domingo, 31 de marzo de 2013



Pascua, Domingo (Misa del día): La Resurrección de Jesús, fundamento de nuestra filiación divina, la fe en ella se convierte en fuente de esperanza y causa de la alegría

“El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos” (Juan 20,1-9).

1. Pascua es el paso de la muerte a la vida. Cristo crucificado ha resucitado y ha vencido al mundo. El amor es más fuerte que el odio, ha vencido y tenemos que asociarnos a esta victoria del amor. En una estancia por Madrid, por la calle, pude conocer a un hombre algo anciano, que no podía aguantar contar su alegría a alguien, y me contó. Había llegado a la capital después de la guerra, y entre pesares pudo ir adelante, recogiendo colillas y papeles y otros desechos. Allí fue bautizado, pero pronto abandonó la práctica religiosa porque no se atrevía, se veía indigno. Pasaron los años y le pasó de todo. Acabó en la cárcel, 12 años estuvo en tiempos del anterior régimen. Perdió un tobillo en un accidente (le colocaron una prótesis) y al poco murió su mujer. En medio de muchos pesares, y sin saber qué rumbo tomar, salió a ver procesiones de Semana Santa, y decía: “ayer, al ver el paso del Cristo de los gitanos, no pude aguantar más y me puse a llorar como un niño... Quiero volver al trato con Dios, volver al momento en que lo dejé…” Tenía ganas de portarse mejor, de cambiar de vida, de hacer algo... confesó y fue a los Oficios, para comulgar. Qué tendría aquella mirada del Cristo de los gitanos...
«¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado» (Lucas 24,5-6), preguntó el ángel a las santas mujeres aquel primer domingo de pascua, y como una onda que pasa transversalmente a través de los siglos, parece que aletean en el aire estas palabras del ángel, para que el anuncio de la resurrección de Jesús llegue a toda persona de buena voluntad y todos nos sintamos protagonistas en construir un mundo mejor. Porque en medio de tantos rincones del planeta envueltos en zumbidos de guerras y lágrimas, late este mensaje de esperanza, que nos dice que es posible vencer en la apuesta de la tolerancia y de la solidaridad, es posible tener capacidad y coraje para un desarrollo respetuoso de cada ser humano.
Después que hubieran puesto la experiencia de Jesús resucitado por escrito, la fe de los primeros cristianos quiso conocer los hechos anecdóticos, los acontecimientos según el orden de los sucesos, y antes de que murieran los Apóstoles se fueron recogiendo los relatos, que se fueron escribiendo según el orden de los Evangelistas, y con sus variantes y tradiciones fueron componiéndose los Evangelios.
Pienso que primero Jesús se aparece en su interior a la Virgen y le comunica, en la madrugada del domingo, es decir hoy, que ha resucitado. Este gozo lo comunican los ángeles a las mujeres, que anuncian la nueva a los Apóstoles, primero Simón y Juan que van y creen, al ver los lienzos como “desinflados”. María Magdalena se queda allí, y habla con Jesús creyendo que es el hortelano hasta que la llama por su nombre: “María” y ella le reconoce. Esto nos hace ver que Jesús en su cuerpo glorioso –que no tiene materia, que puede pasar por espacios sólidos y cruzar en el mismo tiempo varios lugares- se aparece a quien quiere, y quizá también a quien está preparado para ver, como vemos en la siguiente aparición, los de Emaús: por el camino les explica las Escrituras, y se encienden al ver que desde Moisés y los profetas hablan de que Jesús tiene que sufrir antes de resucitar (toda la cuaresma hemos leído estos pasajes) y luego le dicen que se quede (se hace de noche, cuando Él no está) y Él cena con ellos, y al partir el pan lo reconocen. En esta aparición vemos las dos escenas de la Misa: la lectura viva de la Palabra que enciende nuestros corazones, y nos prepara para verle en la fracción del pan, segunda parte de la Misa, en la mesa del altar. Luego, siguiendo con las apariciones, lo hace aquella misma noche de pascua a los apóstoles ya reunidos, y luego el domingo siguiente –es una repetición dominical- y otro más en el lago, y luego por último el día de la Ascensión.
En las palabras de María Magdalena resuena probablemente la controversia con la sinagoga judía, que acusaban a los discípulos de haber robado el cuerpo de Jesús para así poder afirmar su resurrección. Los discípulos no se han llevado el cuerpo de Jesús. Más aún, al encontrar doblados y en su sitio la sábana y el sudario, queda claro que no ha habido robo.
Corrieron ellos, entraron, vieron solamente las vendas, pero no el cuerpo y creyeron que había desaparecido, no que hubiese resucitado. Al verlo ausente del sepulcro, creyeron que lo habían sustraído y se fueron”. En este día santo "lucharon vida y muerte / en singular batalla / y, muerto el que es Vida, / triunfante se levanta" (Secuencia de Pascua). Y ya tenemos las primeras aplicaciones a nosotros: nuestro pensar, sentir, hablar, el unir nuestra acción con la idea de Dios, el buscar la realidad de su amor, éste es el camino para entrar en el espacio de la inmortalidad.
Ratzinger señala que el amor tiende a morir a uno mismo, esto hace fructificar; el egoísmo, que trata de evitar esa muerte, ese es el que precisamente empobrece y vacía a los hombres. Solamente el grano de trigo que muere fructifica. El egoísmo destruye el mundo. Dios, que es amor, nos hace entender que el amor no se acaba con la muerte, que después de esta etapa hay otra para siempre. Que Dios no quiere lo malo, pero lo permite en su respeto a la libertad, sabiendo reconducirlo con Jesús hacia algo mejor… la muerte para la fe cristiana es una participación en la muerte de Jesús, desde el bautismo estamos unidos a Él, en la Misa vivimos toda la potencia salvadora de la muerte hacia la resurrección.
Las fuerzas atávicas del mal, que volcaban en un inocente sus traumas y represiones (el chivo expiatorio) que por el demonio se vierte toda la agresividad en contra del Mesías, quedan truncadas. Pues en la muerte de Jesús esas fuerzas quedan vencidas, el círculo del odio queda sustituido por el círculo del amor; una nueva ola que alcanza –con su Resurrección- todos los lugares del cosmos en todos sus tiempos. "En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra si mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical" (Benedicto XVI). Se establece la redención, la vuelta al paraíso original, a la auténtica comunión con todos y todo. Y cuando estamos en contacto con Jesús, en la comunión, también estamos con los que están con Él, de todos los lugares de todos los tiempos, con los que queremos y ya se han ido de nuestro mundo y tiempo.
Este es el misterio pascual de Jesús, el paso de la muerte a la Vida, la luz que se enciende con la nueva aurora. El cuerpo que se entierra es semilla –grano de trigo que muere y da mucho fruto- para una vida más plena, de resurrección.
El amor humano nos hace entender ese amor eterno, pues el amor nace para ser eterno, aunque cambiemos de casa quedamos unidos a los que amamos. Jesús nos enseña plenamente el diccionario del amor, nos habla del amor de un Dios que es padre y que nos quiere con locura, y dándose en la Cruz, hace nuevas todas las cosas, en una renovación cósmica del amor: las cosas humanas, sujetas al dolor y la muerte, tienen una potencia salvífica, se convierten en divinas.
Estos días queremos vivir el misterio, abrir los ojos como las mujeres al buscar a Jesús en la mañana de pascua, y les dice el ángel, aquel primer domingo: “¿por qué buscáis entre los muertos aquel que está vivo? No está aquí, ha resucitado”. Queremos ver más allá de lo que se ve, beber de ese amor verdadero que es eterno, para iluminar nuestros días con ese día de fiesta, de esperanza cierta. La misa de Pascua está llena de gozo, del gozo de la Vida que nos comunica el  Resucitado: “Señor Dios, que en este día nos has abierto las puertas de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte, concédenos a los que celebramos la solemnidad de la resurrección de Jesucristo, ser renovados por tu Espíritu para resucitar en el reino de la luz y de la paz”, pedimos en la Oración colecta.
Es el día en que Jesús «manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre y le descubre su altísima vocación» (Gaudium et Spes 22). El gran signo que hoy nos da el Evangelio es que el sepulcro de Jesús está vacío. Ya no tenemos que buscar entre los muertos a Aquel que vive, porque ha resucitado. Y los discípulos, que después le verán Resucitado, es decir, lo experimentarán vivo en un encuentro de fe maravilloso, captan que hay un vacío en el lugar de su sepultura. Sepulcro vacío y apariciones serán las grandes señales para la fe del creyente. El Evangelio dice que «entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó». Supo captar por la fe que aquel vacío y, a la vez, aquella sábana de amortajar y aquel sudario bien doblados eran pequeñas señales del paso de Dios, de la nueva vida. El amor sabe captar aquello que otros no captan, y tiene suficiente con pequeños signos. El «discípulo a quien Jesús quería» se guiaba por el amor que había recibido de Cristo. “Ver y creer” de los discípulos que ha de ser también nuestro.
2. Tenemos aquí un compendio de la predicación de Pedro, que habla solidariamente con todos los apóstoles: "Nosotros somos testigos..." ¿de qué? De que Jesús es el Cristo, el Señor. El Cristo predicado es el Jesús histórico.
Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”El amor de Dios se ve en el salmo, que Jesús rezó al ofrecerse. Como decía Juan Pablo II, "si no hubiera existido esa agonía en la Cruz, la verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar."
"La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular". Jesús cita esta frase, aplicándola a su misión de muerte y de gloria, después de narrar la parábola de los viñadores homicidas (cf. Mt 21,42). También la recoge san Pedro en los Hechos de los Apóstoles: "Este Jesús es la piedra que vosotros, los constructores, habéis desechado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos".
3. Los primeros relatos que tenemos de la pascua son las cartas apostólicas, que recogen lo que vivían los primeros cristianos en su primitiva liturgia: el hecho de la resurrección. Pensar en las cosas de arriba donde está Jesús, “gustar” de esas cosas… son reminiscencias de esos himnos litúrgicos que recibe S. Pablo y que re-piensa en su teología: es posible la nueva vida; porque todavía no se ha manifestado, es necesario dar frutos de vida eterna. Nuestra vida se mueve entre el "ya" y el "todavía-no".
Se nos invita a pensar en "los bienes de arriba". Sin dejar de estar en la tierra. Cuando Cristo aparezca, se mostrará en Él nuestra vida y entonces veremos lo que ahora somos ya en Cristo. S. Agustín comenta esta expresión: “Si habéis resucitado con Cristo... ¿Cómo vamos a resucitar si aún no hemos muerto? ¿Qué quiso decir entonces el Apóstol con estas palabras: Si habéis resucitado con Cristo? ¿Acaso Él hubiese resucitado de no haber muerto antes? Hablaba a personas que aún vivían, que todavía no habían muerto y ya habían resucitado. ¿Qué significa esto? Ved lo que dice: ‘Si habéis resucitado con Cristo, gustad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; buscad las cosas de arriba, no las de la tierra; pues estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vuestra vida, también vosotros apareceréis entonces en la gloria con Él’”.
Llucià Pou Sabaté

sábado, 30 de marzo de 2013

Semana Santa, Vigilia Pascual (ciclo C)



Semana Santa, Vigilia Pascual (ciclo C): Jesús pasa de la muerte a la Vida, y con su glorificación nos abre las puertas del paraíso

“El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Encontraron corrida la piedra del sepulcro. Y entrando no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas por esto, se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes. Ellas, despavoridas, miraban al suelo, y ellos les dijeron: -¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. HA RESUCITADO. Acordaos de lo que os dijo estando todavía en Galilea: «El Hijo del Hombre tiene que ser entregado en manos de pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar».
Recordaron sus palabras, volvieron del sepulcro y anunciaron todo esto a los Once y a los demás. María Magdalena, Juana y María la de Santiago, y sus compañeras contaban esto a los Apóstoles. Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron. Pedro se levantó y fue corriendo al sepulcro. Asomándose vio sólo las vendas por el suelo. Y se volvió admirándose de lo sucedido.” (Lucas 24,1-12).

1. “El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado”.
Los dos primeros testigos de la resurrección son las mujeres. Ellas, llevadas del corazón,  con las primeras luces del día del sol, se fueron al sepulcro para ungir mejor el cuerpo del  Amado. Los discípulos, muy prudentes ellos, estaban escondidos, a la espera. Lo que pasó aquella madrugada fue una experiencia indecible. Se disiparon todos los  miedos y todas las dudas. Tendrían miedo por los guardas, pensarían cómo mover la piedra del sepulcro… pero van. El amor las lleva.
Encontraron corrida la piedra del sepulcro. Y entrando no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Verían una luz que no hacía más que  crecer y crecer. Y empezaron a recordar las palabras del Señor. Todo encajaba  perfectamente. Era ya el tercer día, y Cristo había resucitado. En adelante ya no será solo el día del sol, sino el día del Señor.
“Mientras estaban desconcertadas por esto, se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes. Ellas, despavoridas, miraban al suelo, y ellos les dijeron: -¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. HA RESUCITADO. Acordaos de lo que os dijo estando todavía en Galilea: «El Hijo del Hombre tiene que ser entregado en manos de pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar»”.
Ellas, nerviosas y gozosas, “recordaron sus palabras, volvieron del sepulcro y anunciaron todo esto a los Once y a los demás. María Magdalena, Juana y María la de Santiago, y sus compañeras contaban esto a los Apóstoles. Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron”. Así tiene que ser todo  testigo. Pero los apóstoles, muy sensatos ellos, lo tomaron por «delirio» y cosas de  mujeres (Caritas).
 “Pedro se levantó y fue corriendo al sepulcro. Asomándose vio sólo las vendas por el suelo. Y se volvió admirándose de lo sucedido.” (Lucas 24,1-12).
Cuando vivimos con esta realidad, se palpa en el ambiente: una caridad discreta, fuerte y generosa en desmesura, un respeto sagrado por cada persona, imagen de Dios, un trabajo perseverante por una sociedad más justa, con unas relaciones de sinceridad y confianza que generan paz, una atención preferencial a los pobres, una esperanza cierta de vida ante los signos de dolor y muerte. "¡Aquí hay una vida nueva! ¡Aquí hay alguien!". Es la presencia del Resucitado: "Yo estaré con vosotros cada día hasta el fin del mundo".
El escándalo de la cruz resulta fuente de vida. Canta el himno litúrgico: “la gracia está en el fondo de la pena y la salud naciendo de una herida”. Herida luminosa, que iría curando las heridas… la de Pedro, que guarda distancias antes de creer, hasta que se le aparece el Señor, por la tarde: "Paz a vosotros".
Si Jesús ha muerto por nosotros, su resurrección es también para nosotros. "Si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él". Después de bendecir el agua bautismal renovaremos la fe de nuestro bautismo. Los que hemos sido bautizados en Cristo hemos sido sumergidos en su muerte y plantados a su vera en las aguas de la resurrección, a fin de ver el mundo con ojos de bautizados, ojos de resucitados, y dar frutos del "cielo nuevo y la tierra nueva" (Jaume Camprodon).

El pregón pascual exulta de gozo en esta noche santa, cuando se ve que “necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! ¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos… ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos”.
La noche de Pascua es la fiesta nupcial  de la Iglesia. La imagen del pozo de Jacob se ha hecho feliz realidad: la mujer que no tenía esposo, pero que había pertenecido a muchos, ha encontrado al esposo celestial que le estaba  destinado desde el comienzo. La humanidad ha acabado por  comprender a quién debe dirigir el saludo que hasta ahora había  dirigido a un esposo falso y seductor. Este saludo era: "¡Salve,  esposo! ¡Salve, nueva luz!" (Fírmico Materno). Pues sólo hay una luz, sólo hay un esposo: Cristo es el único que ha recibido la gracia de tal nombre. Aquí, en la noche de Pascua, en boca de la Iglesia y ante la luz  del cirio pascual, figura de Cristo, el antiguo saludo de los misterios  paganos alcanza su verdadero sentido. Ya es de noche; llega el  esposo a casa y encuentra a la esposa desvelada. No ha podido  pegar los ojos sabiéndolo fuera, en la noche del sepulcro. ¡Ahora ha vuelto vivo! "Sus cabellos están cubiertos de la  escarcha de la noche" (Ct 5,2), como decía S. Paulino de Nola: aún lleva impresas las huellas de la  pasión. Pero está ante la puerta, sobrenaturalizado, con el cuerpo  glorificado, revestido de la divinidad, "mirando por las ventanas,  atisbando por entre las celosías" (Ct 2,9); San Ambrosio dirá que las "ventanas"  se interpretan como si fuesen los profetas, “por los cuales Dios miró al  género humano antes de bajar Él mismo a la tierra". Hasta ahora la esposa  solamente ha podido adivinarlo a Él a través de las ventanas y las celosías, a través de los dichos y las imágenes de los profetas.  Ahora ha salido de la oscuridad de la noche, y su presencia viva en la gloria de su resurrección sobrepasa con su resplandor cualquier  imagen y profecía” (Emiliana Löhr).

2. Las lecturas del AT tienen un ritmo interno bien conocido: la Ley y los Profetas, con los Salmos. En el primer grupo, la creación, el sacrificio de Abrahán y el paso del mar Rojo. En el segundo, la llamada al amor renovador (con una alusión intencionada a los días de Noé y al diluvio: referencia bautismal y eclesial) y las imágenes sapienciales de la alianza (el agua, el alimento, la Palabra) en los dos textos de Isaías; la llamada entusiasta a la fe, en el texto de Baruc; la promesa del don escatológico (un pueblo, un agua pura, un corazón y un espíritu nuevos), en el maravilloso texto de Ezequiel. En los salmos resuenan los temas de las lecturas que les preceden, destacándose los dos cánticos bíblicos: el de Moisés para la lectura del Éxodo y el de Isaías 12 como cántico bautismal (Pere Tena).
El Génesis nos narra el principio, cuando “creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era un caos informe; sobre la faz del abismo, la tiniebla. Y el aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: "Que exista la luz."” Y así cada día de su trabajo… separó el día y la noche, y puso lumbreras en la bóveda del cielo, “para señalar las fiestas, los días y los años… para dar luz sobre la tierra”. Y así hasta su obra maestra, vio Dios que era bueno. Y dijo Dios: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos, los reptiles de la tierra." Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: "Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo, los vivientes que se mueven sobre la tierra…" Y les hizo señores de todo. “Y vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día sexto”.
Y descansó el día séptimo, anuncio del octavo que hoy celebramos, la nueva creación. Obra de Dios, por amor. Como el enamorado que busca al ser amado con una pasión que da sentido a su vida. Vive sólo para él y por él; piensa en él, existe con referencia a lo que el otro piensa, experimenta y vive. Ser buscado por alguien es la felicidad del que es amado. Somos buscados por Dios desde el principio. Y con impaciencia y pasión. Sí, somos fruto de la pasión de Dios, que nos dice: "La fuerza con que te amo no es distinta de la fuerza por la cual existes"” (Paul Claudel).
“Dios y Padre creador, / bendito sea tu nombre; / Tú nos has hecho a tu imagen / y nos has moldeado a semejanza tuya. / Llevamos ya estos nombres gloriosos: / hijos amados, / hombres nacidos de una palabra de amor. / Haz que nada desfigure nuestra belleza original, / sino que ésta florezca esplendorosa, / sin mancha ni arruga, / en la resurrección eterna” (“Dios cada día”, Sal terrae). De todas las cosas creadas, sólo el hombre es llamado "imagen de Dios". La faz del Dios invisible se halla sobre el frágil rostro del hombre.
"Vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno". Es una visión positiva de la creación, la realidad material no es mala sino buena, la idea maniqueísta de que lo corporal es malo, no es bíblica ni cristiana. El tapiz de la creación, de la catedral de Gerona, habla con pinturas de esta realidad teológica: el mundo es bueno, salido de las manos de Dios, y las realidades de nuestro mundo son buenas, no hemos de renegar de nada, ni reprimir, sino –como dice el texto- trabajar el jardín, cuidar de la creación, dar gloria al Creador trabajando con Él en la superación del caos: Dios pone orden, separa, distingue. El Salmo canta por eso: “bendice, alma mía, al Señor: / ¡Dios mío, qué grande eres!... ¡Qué magníficas son tus obras, Señor! / Todas las cosas hiciste con sabiduría”.
El Génesis nos sigue contando que Abraham fue a sacrificar a su hijo, pero el Señor le mando a un ángel para impedirlo. Dios no quiere la muerte. Abraham tomó un carnero “y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo”. Anunciaba tu sacrificio, Jesús. Y escuchó la divina bendición: “te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa… Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido." También ahí habla de ti, Señor, del nuevo pueblo de tu Iglesia. Nos hablas ahí de la obediencia de la fe. El Salmo dice: “el Señor es el lote de mi heredad y mi copa […] me encanta mi heredad… / Tengo siempre presente al Señor, / con Él a mi derecha no vacilaré. / Por eso se me alegra el corazón, / se gozan mis entrañas, / y mi carne descansa serena. / Porque no me entregarás a la muerte, / ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. / Me enseñarás el sendero de la vida, / me saciarás de gozo en tu presencia, / de alegría perpetua a tu derecha”. Todo es anuncio de la resurrección, Dios es el único bien… la tierra prometida al pueblo de Israel: "Todo lo que Tú puedes darme fuera de ti, carece de valor. Sé Tú mismo mi heredad. A ti es a quien amo"” (san Agustín).
El Éxodo nos presenta a Moisés, cuando Dios le dice: "extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los israelitas entren en medio del mar a pie enjuto”. No sabemos qué significa la muerte de los perseguidores, pues se mezcla historia y revelación. Pero ahí vemos el paso por las aguas, el bautismo. Y vemos el canto en honor del Señor: "Cantaré al Señor […] es mi fuerza y mi protección, Él me salvó”. Es el gran relato del paso de la esclavitud a ser hijos, el acto fundador del pueblo: habla del nuevo pueblo que tú has creado, Señor, con tu pascua, como  rezamos en la oración: “Oh Dios, que has  iluminado los prodigios de los tiempos antiguos con la luz del Nuevo  Testamento: el mar Rojo fue imagen de la fuente bautismal, y el  pueblo liberado de la esclavitud imagen de la familia cristiana...” Jesús se  convierte en el nuevo Moisés y el agua que era considerada mala, es ahora vida.
Las tres siguientes lecturas, de los profetas, anuncian al pueblo el amor de Dios, el amor inmenso que jamás falla, que siempre espera. El amor que es más fuerte que todas las infidelidades, que todas las debilidades de los hombres. Isaías es el primero: “el que te hizo te tomará por esposa”; la mujer abandonada y abatida oye ahora: “con misericordia eterna te quiero -dice el Señor, tu redentor-, “no se retirará de ti mi misericordia, ni mi alianza de paz vacilará -dice el Señor, que te quiere-”: la nueva etapa de amor no tendrá fin: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado... sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa”. Tu resurrección es también la mí, oh Jesús: “te daré gracias por siempre”. Ha pasado la noche de la muerte, clarea el alba pascual.
Isaías otra vez: “Oíd, sedientos todos, acudid por agua... Inclinad el oído, venid a mí: escuchadme, y viviréis. Sellaré con vosotros alianza perpetua”, y el que era malo “que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón”. Lo dice con su omnipotencia: “mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo." El agua (bautismo) y la palabra, como sacramentos. Y cita el trigo y vino de resonancias eucarísticas. “Mi fortaleza y mi gloria es el Señor y ha sido mi salvación. / Sacaréis aguas con gozo de las fuentes del Salvador”.
Baruc nos habla de cómo Dios nos llama: “el que manda a la luz, y ella va, la llama, y le obedece temblando; a los astros que velan gozosos en sus puestos de guardia, los llama, y responden: ¡presentes!, y brillan gozosos para su Creador”.
Ezequiel nos habla de la maravilla de la convocación del pueblo por la Resurrección de Jesús: “os reuniré de todos los países, y os llevaré a vuestra tierra. Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar. Y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, que guardéis y cumpláis mis mandatos. Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios." Nosotros, al ser así purificados, recibimos un don del  Espíritu (Rm 5,5) por el que somos hijos de Dios. En las palabras que siguen se expresa todo el dinamismo pascual: "Cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los  impíos... Justificados ahora por su sangre, seremos por Él salvados de la cólera" (Rm 5,6ss). Somos hombres nuevos, tema que repetirá san Pablo (Ef 4, 24) y que san Juan hace  desarrollar a Jesús, en su entrevista con Nicodemo: "nacer de agua y de Espíritu" (Jn 3). Y así, “como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; / tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?” Lamento del alma que ansía agua y luz: “Envía tu luz y tu verdad”, entrar en la felicidad: “Entraré al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud”. Orante que tiende con todo su ser, cuerpo y espíritu, hacia el Señor, al que siente lejano pero a la vez necesario: "Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo" (Sal 41,3). En hebreo,  una sola palabra, nefesh, indica a la vez el "alma" y la "garganta", la sed es aquí expresión muy gráfica, alma y el cuerpo están unidas, como la oración que es "respiración", aliento vital, desdeo del "manantial de aguas vivas" (Jr 2,13).
Por eso necesitamos purificación: “crea en mí, oh Dios, un corazón puro y renueva en mis entrañas un espíritu recto. No me apartes de tu rostro y no quites de mí tu Espíritu Santo”. El perdón divino borra, lava y limpia, llega a transformar al pecador en una nueva criatura. "Aunque nuestros pecados -afirmaba santa Faustina Kowalska- fueran negros como la noche, la misericordia divina es más fuerte que nuestra miseria. Hace falta una sola cosa: que el pecador entorne al menos un poco la puerta de su corazón... El resto lo hará Dios. Todo comienza en tu misericordia y en tu misericordia acaba"”.
Romanos: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Porque, si nuestra existencia está unida a Él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya”.  Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más. El cristiano no puede permanecer en una vida de  pecado: el bautismo ha purificado al "hombre  pecador". El cristiano debe esforzarse en que el pecado no domine ya más en  él: su vida está en Dios: “Alabad al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” y todo gracias a Cristo, “la piedra que desecharon los edificadores, ésta ha sido puesta por piedra angular. Por el Señor ha sido hecho esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos”. Cantemos el aleluya con la Virgen, Regina coeli.
Llucià Pou Sabaté

Reflexiones para el Sábado Santo



Reflexiones para el Sábado Santo
1. Profundo silencio. Las Iglesias están desnudas y no hay liturgia. Jesús duerme en el sepulcro, y nosotros esperamos el gran acontecimiento de la Resurrección, perseverando con María en la espera, rezando y meditando. Hace falta un día de silencio para meditar en la realidad de la vida humana, en las fuerzas del mal y en la gran fuerza del bien que surge de la Pasión y de la Resurrección del Señor. Nos recuerda la espera de las madres, que sufren por los hijos, la compasión de las madres que sufren en silencio, a distancia. Se habla en muchos sitios de imágenes de la Virgen que lloran… son lágrimas que hay que entenderlas no tanto físicas, sino sobre todo lágrimas interiores que son las que más duelen y las que más cuestan.
2. Muerte, resurrección y bautismo. ¿Qué pasa con la muerte? Jesús ha pasado por eso, y no ha vuelto a la vida como un cadáver reanimado como cuando resucitó a Lázaro. Es otra cosa. Una mutación cósmica de la materia que se vuelve espiritual y no sujeta al espacio y tiempo. Esto es, nuestro bautismo, por el que podemos comenzar a gustar, en la fe, este misterio. Cada uno puede decir con san Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Con tal de que participemos de la muerte y resurrección de Cristo. Hoy esperamos la gran promesa, la liberación definitiva de la antigua esclavitud del pecado y de la muerte, el fuego nuevo donde se enciende el cirio pascual, símbolo de Cristo que resucita glorioso. Cristo, luz de la humanidad, despeja las tinieblas del corazón y del espíritu e ilumina a cada hombre que viene al mundo. Junto al cirio pascual, resuena en la Iglesia el gran anuncio pascual: Cristo ha resucitado verdaderamente, la muerte ya no tiene poder sobre Él. Con su muerte, ha derrotado el mal para siempre y ha donado a todos los hombres la vida misma de Dios. Según una antigua tradición, durante la Vigilia Pascual, los catecúmenos reciben el Bautismo para subrayar la participación de los cristianos en el misterio de la muerte y de la resurrección de Cristo. De la esplendorosa noche de Pascua, la alegría, la luz y la paz de Cristo se extienden en la vida de los fieles de toda comunidad cristiana y llegan a todos los puntos del espacio y del tiempo. Sigue el Apóstol: Vosotros habéis llegado a ser uno en Cristo (cf Gal 3,28), nos atrae al Todo participando con nuestro ser en el Ser de Dios. No podemos darnos esta vida a nosotros mismos, aunque la deseamos, sino que nos viene por el Verbo de Dios que es la Verdad, por el Amor divino que es también Vida,
3. Se lee hoy en la liturgia de las Horas una antigua Homilía del siglo II sobre el santo y grandioso Sábado, que nos habla del descenso del Señor a la región de los muertos. Sobran comentarios, pues su lectura nos hace revivir el diálogo entre Cristo salvador y Adán. Se trata de un texto impresionante: “¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglo. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento la región de los muertos.
En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como la oveja perdida. Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte; Dios y su Hijo van liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él.
El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos: «Mi Señor está con todos vosotros.» Y responde Cristo a Adán: «Y con tu espíritu.» Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo.
Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: "Salid" ' y a los que estaban en tinieblas: "Sed iluminados", y a los que estaban adormilados: 'Levantaos".
Yo te lo mando: Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa.
Por ti, yo, tu Dios, me he hecho hijo tuyo; por ti, siendo Señor, asumí tu misma apariencia de esclavo; por ti, yo, que estoy por encima de los cielos, vine a la tierra, y aun bajo tierra; por ti, hombre, vine a ser como hombre sin fuerzas, abandonado entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto paradisíaco, fui entregado a los judíos en un huerto y sepultado en un huerto.
Mira los salivazos de mi rostro, que recibí, por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorado. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido.
 Me dormí en la cruz, y la lanza penetró en mi costado, por ti, de cuyo costado salió Eva, mientras dormías allá en el paraíso. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te sacará del sueño de la muerte. Mi lanza ha reprimido la espada de fuego que se alzaba contra ti.
Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del simbólico árbol de la vida; más he aquí que yo, que soy la vida, estoy unido a ti. Puse a los ángeles a tu servicio, para que te guardaran; ahora hago que te adoren en calidad de Dios.
Tienes preparado un trono de querubines, están dispuestos los mensajeros, construido el tálamo, preparado el banquete, adornados los eternos tabernáculos y mansiones, a tu disposición el tesoro de todos los bienes, y preparado desde toda la eternidad el reino de los cielos.»
4. María, la Madre de Jesús, espera. Ya no ve las miradas de su hijo, ni sus suspiros, ni las caricias que hacía a los niños, ni el respirar pausado del sueño cuando estaba fatigado. Sus ojos ya no expresan ni amor, ni ira; cerrados y protegidos por unas pequeñas monedas, llamadas leptos, para mantenerlos cerrados según costumbre.
Recuerda el descender del Cuerpo de la Cruz con sus llagas sangrantes, su sudor y el barro mezclado con salivazos. El sepulcro por fin para Dios Hijo / José de Arimatea acomoda el cuerpo / Dios espanta las moscas que se posan sobre Dios / Dios mismo está velando sobre su propia cara / Dios se mira en ese espejo y se ve tan muerto / un judío yerto y fracasado / Dios se inclina  piadoso sobre sus restos / Dios está bien así después de tanto dolor y tanta muerte Dios esté tranquilo / José de Arimatea se ha ganado el cielo / Dios Hijo se ha ganado bien ese corazón de la roca viva (J. M. Ibáñez Langlois, El libro de la pasión).
5. Jesús nos dice sin palabras que vence a la Muerte con su Muerte. La naturaleza canta el salmo 138: “Si escalo el cielo, allá estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. Si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha. Si digo: que al menos la tiniebla me encubra…’, ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día” (8-12). Jesús al bajar a la muerte ha iluminado la muerte y la vida, agarrado a la mano del Padre nos invita a resucitar con él, incluso si caemos, caeremos en sus manos. “Muerte, ¿dónde está tu victoria?” (1Cor 15,55).
Necesitamos vivir en esperanza. “Para mí la vida es Cristo. Si puedo estar junto a Él (es decir, si muero) es una ganancia. Pero si quedo en esta vida, todavía puedo llevar fruto. Así me encuentro en este dilema: partir –es decir, ser ejecutado- y estar con Cristo, sería lo mejor; pero, quedarme en esta vida es más necesario para vosotros” (Fil 1,21ss). Tanto si morimos como si vivimos, somos del Señor, en servicio a los demás. Si se pierde el temor a la muerte, al pecado y a Satanás, ya no se temerá a nada ni a nadie como decía San Josemaría. Y eso es la esperanza: no tener miedo a nada ni a nadie. Y dentro de un poco la esperanza será posesión.
6. M. de Unamuno, La vida es sueño:
“¿Estás muerto, Maestro, o bien tranquilo / durmiendo estás el sueño de los justos? / Tu muerte de tres días fue un desmayo, / sueño más largo que los otros tuyos; / pues tú dormías, Cristo, sueños de Hombre, / mientras velaba tu corazón.
Posábase, / ángel sobre tu sien, esta primicia / del descanso mortal, ese pregusto / del sosiego final de aqueste tráfago; / cual pabellón las blandas alas negras / del ángel del silencio y del olvido / sobre tus párpados; lecho de sábana / pardo, la tierra nuestra madre; al borde, / con los brazos cruzados meditando / sobre sí mismo el Verbo.
Y di, ¿soñabas? / ¿Soñaste, Hermano, el reino de tu Padre? / ¿Tu vida fue acaso como la nuestra, / sueño? ¿De tu alma fue en el alma quieta / fiel trasunto del sueño de la vida de nuestro Padre? Di, ¿de qué vivimos / sino del sueño de tu vida, Hermano?
¡No es la sustancia de lo que esperamos / nuestra fe, nada más que de tus obras / el sueño, Cristo! ¡Nos pusiste el cielo / ramilletes de estrellas de venturas; / hicístenos la noche para el alma / cual manto regio de ilusión eterna!
Por Ti los brazos del Señor nos brizan / al vaivén de los cielos y al arrullo / del silencio que tupe las noches / la bóveda de luces tachonada. / ¡Y tu sueño es la paz que da la guerra, / y tu vida la guerra que da paz!”
El cuerpo silencioso y enterrado de nuestro Jesús nos dice: ¡Espera!, ¡Cree!, ¡Ama!, que todo lo demás pasa…
7. La “muerte de Dios” y la esperanza. Nietzsche dice: “¡Dios ha muerto! ¡Sigue muerto! ¡Y nosotros lo  hemos asesinado”. Pero lo hemos  asesinado con los genocidios y otros actos homicidas. Y cuando lo encerrábamos en el edificio de ideologías y  costumbres anticuadas, cuando lo desterrábamos a una piedad  irreal y a frases de devocionarios, convirtiéndolo en una pieza de museo arqueológico; lo hemos asesinado con la duplicidad de nuestra vida, que lo oscurece a él mismo…
El ocultamiento de Dios en este mundo es el  auténtico misterio del sábado santo, expresado en las enigmáticas  palabras: Jesús «descendió a los infiernos»: el sheol, lugar de los muertos. Cristo cruzó la puerta de esa soledad, de nuestro abandono, nos tiende una mano que nos guía. La soledad insuperable del hombre ha sido superada, el infierno ha sido  superado, cuando se realizan las  palabras del salmista: «aunque bajase hasta los infiernos, allí estás tú».
Cuando oramos mirando al crucifijo, vemos él sufrimiento, pero hemos de ver sobre todo la gloria, pues los cristianos oraban vueltos hacia oriente, Cristo, sol verdadero, que aparecería sobre la  historia; cuando decían misa entraba por la ventana en forma de cruz la luz del sol, que dirigía sus rayos al altar y los fieles. Y cuando se predicaba en otro sitio distinto del altar, luego se pedía a los fieles “dirigirse al Señor”, es decir, volver su mirada a la luz de oriente, estar “orientados” hacia Jesús. Es la orientación de la cruz hacia la esperanza y la gloria (Joseph Ratzinger).
Llucià Pou Sabaté

viernes, 29 de marzo de 2013


VIA CRUCIS
“Señor mío y Dios mío, bajo la mirada amorosa de nuestra Madre, nos disponemos a acompañarte por el camino de dolor, que fue precio de nuestro rescate.
Queremos sufrir todo lo que Tú sufriste, ofrecerte nuestro pobre corazón, contrito, porque eres inocente y vas a morir por nosotros, que somos los únicos culpables.
Madre mía, Virgen dolorosa, ayúdame a revivir aquellas horas amargas que tu Hijo quiso pasar en la tierra, para que nosotros, hechos de un puñado de lodo, viviésemos al fin in libertatem gloriæ filiorum Dei, en la libertad y gloria de los hijos de Dios” (Josemaría Escrivá).

El Via Crucis, es una contemplación del camino de la Cruz... lo haremos con un romance anónimo precioso.

1. Jesús es condenado a muerte… no respondió a ninguna acusación (Mt 27,14). Te condenaron a muerte / tu silencio y mi silencio. / Las gargantas en tumulto / ante el Pretor somnoliento, / lapidaron con sus gritos / el mármol de tu silencio. / Tu mutismo era una estatua / de blancura y de misterio...
“¡Habla, Jesús, que te matan! / Arropada en tu silencio / la muerte viene volando / entre graznidos de cuervos.
¡Habla, Señor, tu palabra, / como un huracán de fuego, / salga de tu boca / y queme lo falso de los denuestos!
¿Por qué te quedas callado / si eres el Divino Verbo...?”
La boca de Dios / quedó baldía como el desierto.
Lo condenaron a muerte / su silencio y mi silencio.
Escupieron las gargantas / alaridos a mi miedo.
Al oleaje de gritos / debí levantar mi pecho / -dique de amor y diamante- / contra el torrente protervo.
Pero fui arena medrosa / que no supo defenderlo.
Debí gritarles:  / “¡Judíos, yo soy, / yo soy el perverso; / a mí la hiel, las espinas, / a mí la cruz y el flagelo!”, / pero se anudó a mi voz / la vil serpiente del miedo.
¡Pastores, por cobardía / me mataron mi Cordero: / fue más fuerte que mi amor / el ladrido de los perros...!
Lo condenaron a muerte / su silencio y mi silencio / : uno, silencio de amor; / otro, silencio de miedo.

2. Jesús se abraza con la cruz… Levántate, Amiga mía, hermosa mía, y ven (Cant. 2,13).
Acércate, Bienamada, / la de los brazos abiertos.
A ti corro enamorado / con un ciclón de deseos.
Tengo sed de tu regazo  / para morir en silencio.
Amada, la presentida / desde los montes eternos, / la elegida por el Padre  / para el Varón Unigénito, / eres morena de sol  / y tienes olor a cedro;

yo pondré sobre tus hombros / el lino en flor de mi cuerpo / y un rojo manto prendido / con cinco rosas de fuego:
¡divino traje de bodas / en el abrazo supremo!
Ven a mis brazos, Amada, / la de los brazos abiertos.
Bajo la noche del odio / iremos por el sendero/ relampagueante de gritos / y enraizado de tropiezos:  / ¡que el amor siempre camina / por sendas de sufrimiento!
Cuando estemos en la cumbre/ unidos los dos y quietos,/ en holocausto humeante, / transverberados de fuego, / una nueva epifanía / alumbrará tierra y cielo.
Serás llamada Señora / y Madre de muchos pueblos.
Vendrán a ti con sus dones / los reyes del mundo entero.
Con tus brazos extendidos / serás rosa de los vientos / que conduzca caminantes / a mi Corazón abierto.
Los que a Mí quieran venir / tendrán que amarte primero...
Salgamos ya, Bienamada, / la de los brazos abiertos.

3. Bajo el peso de la cruz Jesús cae y da con su boca en tierra… Béseme con el beso de su boca (Cant. 1,1).
¡Decidme quién me besó / con unos labios de fuego...!
Muchas veces he sentido  el ósculo del invierno.

Sus labios -copos de nieve-   (al caer blancos y lentos / me visten con la pureza / de los glaciares eternos:
son un bautismo de gracia / que me renueva por dentro.

Al llegar la primavera / florida por los oteros, / la fecundidad despierta / en mis ateridos senos.
Con sus rojas amapolas / ¡cómo me cubre de besos / y cascabeles de espigas / y música de jilgueros!
Pero nunca conocí / un beso como este beso: / ¡si me ha dejado más blanca / que los altos ventisqueros/ y me ha vuelto más fecunda / que los jardines del cielo!
Decidme quién me besó / con unos labios de fuego. / ¡Qué dulce, cuando el estío / con sus labios de aguacero / deja el cauce de mis trenzas / constelado con sus besos, / y mis arenas febriles / ungidas de refrigerio!
¡Qué triste el beso de otoño, / cuando, al impulso del viento, / besa con sus hojas secas / la planta de mis senderos / y me deja en la garganta / sabor a muerte y a duelo!
Pero nunca conocí un beso / como este beso: / tan lleno de suavidades, / de tristeza y de misterio...
Eternos labios heridos, / divinos labios de fuego / que, quemando, purifican / y sirven de refrigerio;
labios de Cristo, / caído en el camino tremendo, / ¿a la Tierra, vuestra esclava, / así la tratáis, a besos...?
¡OH labios, yo no soy digna, / pero... besadme de nuevo!

4. Jesús se encuentra con su madre… ¿A dónde se te fue el amado, oh tú, la más hermosa de las mujeres? (Cant 5,17).
Cristo, Niño mío, / ¿para dónde vas?
María, Mar de lágrimas, / ¿quién te lo dirá?
Piececitos como lirios / que en mi regazo crecieron, / ¿por qué lleváis a mi Niño / por tan ingratos senderos: / alfombras: charcos de sangre, / sandalias: llagas de fuego? / Manecitas de jazmines / que en diciembre florecieron,
¿por qué os alejáis crispadas / sobre ese oscuro madero / y ni podéis despediros de mí, / perfumando al viento?
Cristo, Niño mío, / ¿para dónde vas? / María, Mar de lágrimas, / ¿quién te lo dirá?
¡Oh cabeza de mi Niño / que durmió sobre mi pecho, / negras espinas te ciñen, / ya no dulcísimos besos;
dolor y llanto te arrullan, / ya no cantares maternos! / ¡Oh puñadito de mirra / que perfumaste mi seno!
¿Por qué vas con esos hombres / y a mí me dejas gimiendo?
Yo, por Tí, diera mi vida, ellos... / ¡dan treinta dineros!
Cristo, Niño mío; / ¿para dónde vas? / Pobre María, Mar de lágrimas, / no te canses de llorar.

5. El cirineo ayuda a jesús a llevar la cruz… Mi Amado para mí, y yo para Él (Cant 2,16).
Yo seré tu cirineo, / Tú, Jesús, serás el mío, / Eres
de mi mismo barro, / Dios sudoroso y herido, / te faltan muchas caídas / para llegar al patíbulo.
Tu vida puede quebrarse / a la mitad del camino, / y si mueres a deshora / nos dejas sin crucifijo, / sin testamento, sin Madre, / sin el Refugio Divino de tu Corazón, / abierto por la lanza de Longinos...
Tienes que llegar al ara muerto de dolor.., / y vivo; si te abruma mucho / el peso de tu amor y mis delitos, / yo seré tu cirineo...
¡Vayamos al Sacrificio! / Y después, cuando en la vida / se cambien nuestros destinos, / cuando Tú, resucitado todo balsámico/ y limpio me esperes en los trigales viviente / pero escondido, y yo cruce ante tus ojos / hecho temblor y martirio, / llevando mi cruz a cuestas, / de dolor desmorecido, / Tú serás el cirineo / que me lleve al Sacrificio.
Eres, como yo, de barro; / hazme, como Tú, de trigo; / exprímeme sobre el monte / como maduro racimo; / y los dos, compenetrados, / hechos de harina y de vino, / en la cumbre amanecida / seremos un Sacrificio.

6. La verónica enjuga el rostro de Jesús. Como una marca de fuego sobre el corazón (Cant 8,6).
Así quiero que me pintes  / sobre mi pecho tu rostro. / En el pesebre, de niño, / eras estrellita de oro; / de joven, entre los lirios, / el más fragante de todos;
bajo los soles maduros / pareciste el más hermoso; / mas hoy, cuando todos dicen / que no tienes ni decoro, / es cuando me gustas más: / eres ¡el Divino Rostro!
Así quiero que te pintes / en mis entrañas muy hondo, / con pinceladas de sangre, / de salivas y de polvo; / morado de bofetadas, / palidecido de oprobios.
Me enamoras como nunca / porque en tu cara conozco / todo el amor que me tienes / encendido y doloroso.
Mi corazón es el lienzo / para que pintes tu rostro. / En Ti quiero retratarme / como un espejo en el otro.
¡Que no me falten espinas / ni lágrimas en los ojos, / ni sudor, ni bofetadas, / ni manchas de sangre y lodo!
Con tal que a Tí me parezca, / sufrir me parece poco.

7. Jesús cae por segunda vez. Hasta los perrillos comen las migajas que caen de la mesa (Mt 15,27). ¿Quién tiró el Pan de los hijos para dárselo a los perros?
Viviente Copo de harina / caído sobre el sendero, / Pedazo de pan cocido / en hornos de sufrimiento,
Migajita resbalada / desde el regazo paterno, / ¿para caer en el polvo / descendiste de los cielos?
Escándalo de los hijos, / Ludibrio de todo el pueblo, / ¿así quieres que te coman / los ricos, los opulentos?
Eres tan poquita cosa, / estás tan sucio y tan feo / que ni el hijo más humilde / ni el mendigo más hambriento / se dignarían inclinarse / por recogerte del suelo.
¿Quién tiró el Pan de los hijos / para dárselo a los perros?
Yo bendigo tu caída / que me infunde atrevimiento.
Con lágrimas y temblores / de ternura a Tí me acerco.
Yo soy el pobre perrillo / punzado de hambre y de miedo.
Si no te hubieras caído, / como lluvia, en mi desierto, / lleno de angustia y miseria / yo moriría sin remedio.
¡Estabas, oh Dios, tan alto / y yo tan vil y pequeño! / Bajo tu disfraz de polvo escondido, / te presiento tan lleno de resplandores / como en la gloria del cielo.
Si los hombres no te quieren, / ven, y descansa en mi pecho.
Migaja de pan, / caído para el hambre de los perros: / ¡el amor que me tuviste / te puso en tales extremos!

8. Jesús consuela a las piadosas mujeres. No lloréis por mí, llorad sobre vosotras (Lc 23,28).
No quiero llorar por Ti: / quiero llorar mis pecados.
Las almas vienen siguiendo / la púrpura de tus pasos; / todas quieren consolarte / ¡y todos vienen llorando!,
yo, Señor, aunque te miro / todo del Amor llagado, / no quiero llorar por Ti, / oh divino Enamorado.
Yo sé que por fuera sufres, / más, por dentro, estás gozando, / porque el Amor, cuando hiere, / es como aroma de bálsamo / que mientras más nos traspasa / es más suave y delicado.
Las heridas de amor saben / a miel y huelen a nardo.
¿Por qué entonces, sin quererlo, / van mis lágrimas brotando?
¡Señor, no lloro por Ti: / que lloro por mis pecados!
No lloro de verte herido, / lloro de haberte olvidado.
Déjame llorar, Señor, / para siempre, sin descanso.
Déjame llorar, Señor, / -lluvia de pétalos blancos- / de mis ojos doloridos / caigan las gotas de llanto, / y laven con su blancura / lo negro de mis pecados.
Tu amor y yo, frente a frente, / a solas, los dos estamos; / y mis dos ojos te dicen / lo que no puede mi labio.
Mira quebrado a tus pies / mi corazón de alabastro, / ¡tan duro para quererte,  / para olvidarte, tan blando! / mira cómo, de la herida mana / el olor de mis nardos...
Tu amor y yo, frente a frente, / a solas, los dos estamos.
Los dos, con el alma rota; / los dos, transidos de bálsamo.
¡Y tus dos ojos me dicen: / “Mucho se te ha perdonado”!

9. Jesús cae por tercera vez. Levántate y anda (Mt 9,5).
Triplicaste tu caída / entre sollozos y lágrimas.
La magnolia de tu veste yace en tierra, / deshojada y el caudal de tus cabellos / hontanar de limpias aguas / sobre las piedras desnudas / dormido se desparrama...
¡Qué desfallecer del cuerpo, / qué desaliento en el alma! / ¡Cuánta sed de abandonarse / y no proseguir la marcha, / suspender eternamente / el ritmo de las pisadas!
¿Por qué un grito se me sube / tembloroso a la garganta / un grito para gritarte: / “Jesús, levántate y anda”?
Porque otras muchas caídas / tus tres caídas retratan: / el azoro de los niños / caídos de madrugada;
el derrumbe de los jóvenes / desde las cumbres nevadas; / las caídas de los viejos / tan negras y tan amargas...
Porque mil negras pupilas / ansiosas en Ti se clavan / por ver si quedas caído / o mirar sí te levantas / por eso mi voz te grita: / “Jesús, levántate y anda.
Levántate aunque el cansancio / se desploma en tus entrañas / Levántate, aunque el suplicio / con vivas lumbres te aguarda. / Levántate, que la meta / se mira ya muy cercana”.
Enséñales a los hombres / esa ciencia necesaria / de resurgir varoniles / cuando en el camino caigan.
Si Tú te quedas caído / derrumbas nuestra esperanza.
Somos flores de los campos / que hasta un soplo desarraiga, / y ¡es tan fácil que en la vida / se quede caída el alma, / cuando ha sentido el abrazo / cenagoso de las charcas / que ofrecen lotos de oro / y víboras anidadas!
¡Y es tan duro levantarse / para proseguir la marcha / cuando en las venas hay frío / y anochece en las entrañas...!
Jesús, por los pecadores / mi voz te grita angustiada, / por nosotros pecadores, / Jesús, ¡levántate y anda!

10. Jesús es desnudado y abrevado con hiel y vinagre. Revestíos de Cristo (Rom 18,14)
Así, desnudo, Dios mío, / ¡qué pena me da mirarte, / escultura de vergüenza / cincelado en nieve y sangre!
Tienes todo el desamparo / de nuestros Primeros Padres, / al esconderse llorosos / y desnudos tras los árboles / con el sabor del pecado / amargándoles las fauces.
También hay entre tus labios / sabor a hiel y vinagre: / amargura de pecados que, / sin beberla, probaste.
Las saetas de los ojos / y de las risas procaces / sobre tu cuerpo desnudo / volando van a clavarse.
¡Oh si pudieras correr, / como un niño, hasta tu Madre, / y esconderte entre sus brazos, / y en su regazo anidarte!
¿En dónde estarán ahora / aquellos limpios pañales / de la luminosa noche; / dónde los lirios del valle / que tejen túnicas blancas / sin ruecas y sin telares;
dónde están los corderitos / vestidos de lana suave / que te ven a Tí desnudo / y no corren a abrigarte?
Pero, bien visto, / ¿qué importa Si los soldados / reparten entre sí tus vestiduras / llenas de sudor y sangre?
Tienes oh Dios, / una túnica que nadie podrá arrancarte: / la túnica de tu cuerpo / que te tejiera tu Madre / en el telar de su seno / con el lino de su carne.
¡De esa veste, / ni la muerte podrá jamás despojarte!
Mira, Señor, / a mi alma también desnuda y sangrante: / se jugaron a los dados / entre el Demonio y la Carne / mi túnica de la gracia / en frenético aquelarre,
mientras el Mundo miraba / mi angustia sin inmutarse... / ¡No me dejaron ni el manto / para cubrir mis maldades!
y, ante los ojos del mundo, / tan crueles y tan cobardes, / ser pecador descubierto / es ser dos veces culpable.
¡Cómo duelen las miradas / que en mí vienen a clavarse! / ¡Qué amargas son estas culpas / de ceniza y de vinagre!
¿Y cómo entraré desnudo / a tus festines nupciales?
Si viene el Rey y me mira / me arrojarán a la calle...
Cuando tú subas glorioso, / por los caminos del aire, / revísteme con tu veste de fuego santificante; / revísteme con la túnica inconsútil de tu sangre.
Y así, vestido de Cristo, / ceñido de claridades, / mientras los ángeles cantan / el cantar de los cantares, / iré a hundirme en el regazo / oceánico de tu Padre.

11. Jesús es clavado en la cruz. Y golpearás la Roca, y brotará de Ella el agua para que beba el pueblo (Ex 17,6).
Eres la Roca de la luz / con entrañas de agua nueva; / nosotros somos el barro / amasado con tinieblas.
Hay en tus claros abismos / veneros de vida eterna; / nosotros tenemos sed / en nuestras áridas venas.
Nuestra sed es infinita, / nuestra sequedad, tremenda; / el ardor de los desiertos / en nuestras almas llamea.
Espejismos de locura, / en la mente reverberan / y sube un grito de fuego / desde las entrañas secas.
En los íntimos jardines / se requemó la azucena, / y la rosa enamorada, / de sed, ha quedado muerta.
El oro dulce del trigo / vuela al aire hecho pavesas / y las viñas bajo un cielo / de lumbre crujen sedientas...
Así, sin vino, sin rosas, / sin pan y sin azucenas, / y con este fuego oscuro / que se arrastra por las venas,
¿qué vida puede vivirse? / ¿Qué muerte será más negra?...
Eres la Roca que guarda / torrentes de vida eterna; / nosotros somos la sed / coagulada de la tierra.
Será preciso que el hombre, / en un rato de demencia taladre / sin compasión la noble Roca serena...
¡Si no podemos vivir, / sí están nuestras almas secas... / Extiende tus pies y manos en cruz / sobre la madera y deja / que nuestros golpes / penetren en tus arterias.
¡Ya sale huyendo tu sangre / a los cauces de la tierra, / en divina transfusión / de tus venas a sus venas!
¡Ya se apagan nuestros fuegos / en estas aguas eternas, / ya vuelve a lanzar la vida / su canción en las arterias!
Cuando en tus miembros exangües / caiga la noche suprema, / un amanecer de lirios / alumbrará las praderas.
Y nacerás repetido en las castas azucenas, / y estarás en cada rosa, / cuando las rosas florezcan, / y cuando el dulce racimo / su jugo en el cáliz vierta,
allí beberán los hombres / sorbos de tu sangre nueva; / y cuando el trigo maduro / se triture entre las piedras,
en cada pan hallaremos / el sabor de tu presencia.
/ Porque tu sangre ha corrido / por nuestros cauces de tierra; / se eterniza entre los hombres / tu invisible permanencia: / ¡nosotros en Tí vivimos, / Tú vives en nuestras venas!

12. Jesús muere en la cruz. Me levantaré e iré a mi Padre (Lc 15,18).
Vuelve ya a tu casa, / Pródigo el de las manos vacías.
¿A dónde vino a parar / toda tu gloria: divina, / oh mi Dios, encarcelado / en una cárcel de arcilla?
Tú que colmas los abismos / con tu presencia infinita / cabes entre cuatro clavos / y una corona de espinas.
Dejaste el seno del Padre / por el seno de María; / del cielo huiste trayendo / toda tu herencia divina:
la diste a los pecadores / y a las mujeres perdidas.
El mosto de las granadas, / coronó tus sienes limpias / con su locura de fuego / bajo la huerta sombría
y así saliste, embriagado, / por la clara mañanita, / a derrochar tus tesoros / con amor y sin medida. / Tus manos fueron sembrando / su lluvia de rosas finas / en el surco azul del aire / sobre las tierras baldías...
Ya estás ahí, manirroto, / en cruz sobre la colina; / ¿qué te queda ya por dar de / tus riquezas divinas?
Por tener las manos rotas / se te quedaron vacías.
Junto a tu Padre, / en la luz inaccesible vivías; / hoy estás entre tinieblas / como una estrella caída.
En tu palacio, / un enjambre de arcángeles te servía; / hoy estás entre mujeres / que lloran y hombres que gritan.
Antes eras el Ungido / con bálsamo de alegría; / hoy navegas en un mar / de tristeza sin orillas.
Dijiste que entre los hombres / vivir era una delicia; / y no hay dolor comparable / a tu tremenda agonía...
¡Pródigo de manos rotas... / y eres la Sabiduría!
Oh Cisne de Dios / que cantas a la muerte presentida: / ya van tus siete palabras / cantando en la lejanía...
¿qué esperas para que salga, / de tu corazón, la vida? / ¡Vuelve ya a tu casa, / Pródigo el de las manos heridas!
En su palacio tu Padre, / el Gran Anciano de días, / escrutando los senderos / con sus eternas pupilas,
espera ya tu retorno / por las sendas florecidas.
Las lámparas del Paráclito / orladas de siempre vivas / para iluminar tus pasos / también están encendidas....
Pero, ya sé lo que esperas / para que vuelva tu vida,/ por el túnel de la muerte, / a las mansiones divinas:
buscas a quien regalar / tus clavos y tus heridas; / y buscas otra cabeza / para poner tus espinas.
¡Dámelas a mí, Señor, / ansiosos, por recibirlas, / esperan mis pies, / mis manos y mis sienes doloridas! / ante tu suprema dádiva / está mi fe de rodillas.
Yo subiré sobre el monte / al quedar tu cruz vacía, / y dormiré mis ensueños / sobre tu lecho de mirra.
Ahí dejaré que irrumpan / mis cataratas dormidas, / por completar en mi cuerpo / tu pasión interrumpida.
Pero ya vuelve, Dios mío, / a las mansiones divinas. / Vuelve a encender / en los labios de tu Padre, la sonrisa.
Ve a desatar las hogueras, / del Paráclito, cautivas. / Ve a devolver a los cielos / su inextinguible alegría: / ¡si todo está consumado, / si ya tienes otra víctima!

13. Jesús es desclavado de la cruz y puesto en los brazos de su madre. María guardaba todo esto en su corazón (Lc 2,19)
Mi Jesús, tiene sueño, / por el camino se me durmió  / tres veces el pobrecillo.
Hijito, duerme, duerme, / que en esta noche, / no habrá quien te despierte.
De mañanita, llorando, / por los caminos del cielo, / salió mi niño a buscar / su rebaño de corderos.
Todos andaban perdidos / entre los barrancos negros.... / En un bosque de alaridos / y brazos en alto tensos, / entró mi Niño temblando / de soledad y de miedo...
Las flores eran de sangre, / las ramas eran flagelos, / las maldiciones volaban, / como pájaros, al viento.
¡Era tan largo el camino, / estaba el aire tan negro, / que mi Niño se cayó / tres veces en el sendero;
y cuando a los ojos de agua / se acercó a beber sediento / le dieron a beber mirra / aquellos crueles veneros!
Por fin se subió mi Niño / sobre las ramas de un cedro / por ver si de las alturas / divisaba sus corderos.
Su séptuple canto / triste rodó por el universo.
Como un gorrioncito herido / -todo púrpura su pecho- / quedó dormido mi Niño/ sobre las ramas del cedro;
las nubes le acariciaban / con devoción los cabellos.. / Dormidito lo encontraron / en el camino del cielo, / y dormidito, a mis brazos, / de noche, me lo trajeron.
Tiene en sus pies dos claveles, / y en sus manos dos luceros / y en su Corazón un sol / tres veces santo y abierto.
Hijito, que entre mis brazos / yaces cansado y deshecho, / duérmete sin ansiedades / por tus perdidos corderos.
En esta noche de luna / los has juntado en el cielo; / por la inmensidad azul
vagan cándidos, / paciendo entre rosas inmortales / y remansos de luceros.
Innumerables y puros, / como los copos de invierno, / de todos los horizontes / ascienden al firmamento.
Cuando la luz te despierte / ya sin dolor y sin sueño, / ¡oh cómo habrás de alegrarte / por tus hallados corderos!
Hijito, que entre mis brazos yaces / desnudo y deshecho, / sigue durmiendo en la cuna / de mi amor y de mis besos....
Estos besos son los últimos / pero mi amor es eterno.
Sigue durmiendo en mis brazos, / aunque sabes que tu sueño / es espada de dos filos / que me traspasa por dentro...
Duerme que, para velarte, / está mi dolor despierto. / Mi Jesús tiene sueño, / por el camino se me durmió / tres veces el pobrecillo.
Hijito duerme, duerme, / que en la alborada vendrá / la luz divina que te despierte.

14. El cuerpo de Jesús es depositado en el sepulcro. De ida, llorando caminaban, arrojando la semilla (Sal 125,6).
Niña que llevas al pecho / siete puñales clavados,  / Madre que vas a sembrar / a Dios bajo los granados: / ya vienen los sembradores, / con la semilla, llorando;
ya traen el cuerpo de Cristo / blanco sobre el lino blanco.
¡Señora, yo no quisiera  / ni mirarte, ni mirarlo!
Tú me lo entregaste niño / como manojo de nardos; / yo te lo devuelvo muerto / como racimo pisado.
Trae mucha noche en las venas / y mucha nieve en los labios.
Se le congeló la vida / en el Corazón quebrado...
¡Señora, yo no quisiera/ ni mirarte, ni mirarlo!
Ven y deshoja / la última flor de tu beso / en sus labios / y deja que lo sembremos / en este surco de llanto.
Quién sabe si ya mañana / cosechemos el milagro / de que retoñen / los dulces latidos / en su costado!
¿Si es un augurio de espigas / la muerte de cada grano, / si está la resurrección / bajo la tumba esperando, / por qué sembrar a los muertos / resultará tan amargo?
¡Qué diluvio de silencio / se vació sobre los campos.... / La soledad, con sus aguas, / cubrió los montes más altos!
Niña que llevas al pecho / siete puñales clavados: / bajo el sepulcro, / dejaste tu corazón, olvidado...
¿Por qué florece el silencio / con un inaudito cántico?
¿Y quién se pone a cantar / cuando los hombres lloramos?
¡Señora, los muertos cantan, / los muertos están cantando! / Entre las sombras agitan / el címbalo de sus manos: / que también para los muertos / llegó el Domingo de Ramos.
Ya va el Señor descendiendo / por caminos subterráneos: / de todos los cementerios / sube un clamor a su paso / mientras se impregna de vida la tierra, con su contacto.
Un soplo de primavera / sacude los huesos áridos / y retrocede la Muerte / entre las tumbas aullando.
¿En dónde está tu victoria, / oh Muerte de dedos pálidos? / Ya van bajo los cipreses / las siemprevivas brotando...
Madrecita que sembraste / a Dios bajo los granados: / sobre el surco de tus lágrimas / han florecido los cánticos; / mañana, cuando el lucero del alba / bese tus párpados, / la tierra dará su fruto inmortal y perfumado...
Entonces, cierra tus ojos; / entonces, abre tus labios / para que bebas el vino / del Hijo resucitado.