martes, 31 de mayo de 2011

MARTES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA: el Espíritu Santo sigue la obra de Jesús en el mundo: nos lleva a la alegría de la salvación, y a difundirla en l

MARTES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA: el Espíritu Santo sigue la obra de Jesús en el mundo: nos lleva a la alegría de la salvación, y a difundirla en los demás.

Hch 16, 22-34: 22La multitud se alborotó contra ellos y los pretores les hicieron quitar sus vestidos y mandaron azotarles. 23Después de haberles dado numerosos azotes, los arrojaron en la cárcel y ordenaron al carcelero custodiarlos con todo cuidado. 24Este, recibida la orden, los metió en el calabozo interior y aseguró sus pies al cepo.
25Hacia la medianoche Pablo y Silas oraban y cantaban alabanzas a Dios, y los presos les escuchaban. 26De repente se produjo un terremoto tan fuerte que se conmovieron los cimientos de la cárcel e inmediatamente se abrieron todas las puertas y se soltaron las cadenas de todos. 27Despertado el jefe de la prisión, al ver abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada y quería matarse pensando que los presos se habían fugado. 28Pero Pablo le gritó con fuerte voz: No te hagas ningún daño, que todos estamos aquí. 29El jefe de la prisión pidió una luz, entró precipitadamente y se arrojó temblorosamente ante Pablo y Silas. 30Los sacó fuera y les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para salvarme? 31Ellos le contestaron: Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa. 32Le predicaron entonces la palabra del Señor a él y a todos los de su casa. 33En aquella hora de la noche los tomó consigo, les lavó las heridas y acto seguido se bautizó él y todos los suyos. 34Les hizo subir a su casa, les preparó la mesa y se regocijó con toda su familia por haber creído en Dios.

Salmo responsorial: 137, 1-2a.2bc-3.7c-8: Señor, tu derecha me salva.
«Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para Ti. Me postraré hacia tu santuario. Daré gracias a tu nombre: Por tu misericordia y lealtad, porque tu promesa supera a tu fama. Cuando te invoqué me escuchaste; acreciste el valor en mi alma. El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos».

Evangelio de Jn 16, 5b-11: Ahora voy a quien me envió y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? Pero porque os he dicho esto, vuestro corazón se ha llenado de tristeza; mas yo os digo la verdad: os conviene que me vaya, pues si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy os lo enviaré. Y cuando venga Él, argüirá al mundo de pecado, de justicia y de juicio: de pecado, porque no creen en mí; de justicia, porque me voy al Padre y ya no me veréis; de juicio, porque el príncipe de este mundo ya está juzgado.

Comentario: 1. Comienzan los conflictos de Pablo y los no judíos: era de esperar… toma forma de denuncia legal ante los magistrados locales, y alegan alborotos y falta de religiosidad –sin mostrar la envidia que les mueve y el afán de dinero-. También hoy vemos ataques a la libertad religiosa, con excusas de legalidad sin mostrar los auténticos motivos ideológicos… La gente se amotinó contra Pablo y Silas... Les arrancaron los vestidos, les azotaron con varas... Molidos a palos, los echaron a la cárcel. ¿Por qué todo esto? Sencillamente, porque Pablo había exorcizado a una pobre muchacha, endemoniada, que daba mucha ganancia a sus amos por sus dotes adivinatorias. Así, los azotes recibidos en Asia procedían de los judíos, descontentos de ver la creciente expansión de la nueva Fe... Pero los primeros azotes, recibidos por san Pablo en Europa, ¡proceden de una historia de brujería! Señor, ¿qué es lo que quieres decirme, por medio de estos detalles? La violencia es de todos los tiempos. En todo tiempo se ha tratado de impedir a la Iglesia que llevara a cabo su obra. «Dichosos seréis, si, por mi causa, se dice cualquier clase de mal contra vosotros.»
-“Hacia la medianoche, Pablo y Silas oraban cantando himnos a Dios, y los otros prisioneros los escuchaban”. Viven esa bienaventuranza. Son felices. ¡Cantan! Su actitud misma es una predicación del Evangelio: los otros prisioneros parecen sorprendidos: ¡Gente "molida a palos" y cantando! Esto ha de tener una explicación... Dios es el todo de su vida. En las dificultades de la vida puede suceder que uno se rebele, y así es a veces. O bien, de modo un tanto misterioso, uno puede aceptar la extraña "bienaventuranza": ¡Felices los que lloran! Repítenos, Señor, cómo ha de ser asumido el sufrimiento para que se convierta en un valor. No es porque sí -por nada- que se está contigo en la cruz, porque no es porque sí -por nada- que Tú estuviste primero en la cruz. De hecho, ¿por qué, Señor, padeciste en la cruz? Muéstranos esa verdad…
-“De repente, un terremoto... la puertas de la cárcel quedan abiertas... El carcelero se despierta y quiere suicidarse creyendo que los presos habían huido”. El pobre hombre, al cuidado y servicio de la cárcel está perturbado. Se cree en falta.
-“Pablo le grita al carcelero: «No te hagas ningún mal, estamos todos aquí. Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y toda tu familia.»” ¡Divertida situación! Es el prisionero quien reconforta a su guardián y quien le comunica la "buena noticia": ¡no te hagas ningún mal! ¡Dios no quiere el mal de los hombres! ¡Dios quiere que la humanidad sea feliz!
-“En seguida el carcelero los llevó consigo a su habitación, lavó sus heridas, preparó la mesa y exultó de gozo con toda su familia”. La no-violencia desarma. Extraña escena final, en la que se ve al verdugo curando a la víctima y recibiéndola en su mesa familiar. Escena simbólica. ¿Es quizá el anuncio del mundo de mañana? ¿Cómo puedo comprometerme en esta vía ya desde HOY? ¿Con quién puedo reconciliarme?
-“Exultó de gozo, por haber creído en Dios”. Después de una comerciante, ahora un policía del Imperio. La fe progresa... como la alegría que la acompaña. Alegría y fe. ¡Aumenta nuestra fe, Señor! ¡Aumenta nuestra alegría, Señor! Y que la cruz no sea fuente de tristeza (Noel Quesson).
El relato es una buena muestra del entramado de hechos y narraciones maravillosas…: todo esto, que constituyó las delicias de los primeros lectores y de tantas generaciones de creyentes hasta hoy, puede convertirse en piedra de escándalo para los lectores de nuestro mundo secular, puede hoy sonar a raro... y sin embargo es la presencia del Espíritu anunciada por Jesús, que continúa en la historia. Podemos también apreciar la tendencia redaccional de Lucas a establecer paralelos en el curso de la narración: compárese el caso de la pitonisa (16-18) con el del poseso de Cafarnaum (Lc 4,33-36), la liberación milagrosa de Pablo y Silas (25-34) con la de los apóstoles y Pedro (Hch 5,17-20; 12,1-11). También debemos resaltar en este relato la valiente actitud de Pablo, que no duda en invocar sus derechos de ciudadano romano (cf. también 22,25-28 Y 25,10-12) y fuerza a los magistrados a presentar excusas. Eso nos lleva a no hacer dejación de derechos que son deberes, y defenderlos sin dejar que nos aplasten en nuestras libertades civiles (cf. F. Casal).
Ayer tocaba éxito. Hoy, la persecución, la paliza y la cárcel. Instruye en la fe al carcelero y a toda su familia, y les bautiza (es una de las primeras experiencias de bautismo de niños), y todo termina en una fiestecita en casa del carcelero. Lo que podía haber sido un fracaso, termina bien. Y Pablo y los suyos pueden seguir predicando a Cristo, aunque deciden salir de Filipos, por la tensión creada. Pablo podía cantar con toda razón el salmo que hoy cantamos nosotros: «Señor, tu derecha me salva... te doy gracias de todo corazón... cuando te invoqué, me escuchaste». ¿Cuántas “palizas” hemos recibido nosotros por causa de Cristo?, ¿cuántas veces hemos sido “detenidos”? Quizá ante dificultades mucho menores que las de Pablo, hemos perdido los ánimos. ¿Seríamos capaces de estar a medianoche, molidos de una paliza, cantando salmos con nuestros compañeros de cárcel? Pablo nos interpela en nuestra actuación como cristianos en este mundo. La comunidad cristiana está empeñada también hoy, después de dos mil años, en la evangelización: en guiar a la fe a los niños, a los jóvenes, a los ambientes profesionales, a los medios de comunicación, a las comunidades parroquiales, a los ancianos, a los enfermos... Cada uno de nosotros, no sólo nos hemos de conformar con creer nosotros, sino que debemos intentar dar testimonio de Cristo a los demás, de la mejor manera posible y con toda la pedagogía que las circunstancias nos aconsejen. Pero con la valentía y la decisión de Pablo. ¿Sabemos aprovechar toda circunstancia en nuestra vida para seguir anunciando a Jesús, como hizo Pablo en el episodio del carcelero? (J. Aldazábal).
Me impresiona en esta escena, desde siempre, ver el ímpetu del carcelero, esclavo de la obligación, que pasa de querer quitarse la vida por no cumplir la ley (escena digna de “Los miserables” de Victor Hugo) a ser un hombre libre, que libera Pablo sin importarle ya su vida (pues tiene la Vida). El efecto de la fe es la salvación. Quien cree vive ya como un salvado, como alguien que sabe por qué y para qué existe, que se siente amado, libre, con razones para esperar. ¿Puede ser creíble lo que llamamos fe cuando no produce en nosotros frutos de salvación? Se trata, además, de una salvación de largo alcance: afecta también a quienes comparten nuestra vida. Hoy somos tan absolutamente sensibles al individuo que nos cuesta entender eso de que se pueda bautizar una familia entera (caso de Lidia) o de que se prometa la salvación a otra familia (caso del carcelero; cf. gonzalo@claret.org). Comenta San Juan Crisóstomo: «Ved al carcelero venerar a los Apóstoles. Les abrió su corazón, al ver las puertas de la prisión abiertas. Les alumbra con su antorcha, pero es otra la luz que ilumina su alma... Después les lavó las heridas y su alma fue purificada de las inmundicias del pecado. Al ofrecerles un alimento, recibe a cambio el alimento celeste... Su docilidad prueba que creyó sinceramente que todas las faltas le habían sido perdonadas» (cf. los comentarios de la Biblia de Navarra, con citas de Padres de la Iglesia, sobre estos pasajes): «Concédenos, Señor, darte gracias siempre por medio de estos misterios pascuales; y ya que continúan en nosotros la obra de tu redención, sean también fuente de gozo incesante» (Ofertorio).
2. Comienza el salmo con la alabanza a Dios por los bienes recibidos, pues «Cristo tenía que padecer y resucitar de entre los muertos, para entrar en su gloria. Aleluya. (cf. Lc 24,46.26; ant. comunión): «con alegría y regocijo demos gloria a Dios, porque el Señor ha establecido su reinado. Aleluya» (Ap 19, 7.6). Es la petición de la colecta de hoy: «Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu; y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente». Es un canto de acción de gracias, que a su vez dispone el corazón del orante para terminar en súplica confiada. Este salmo proclama la "trascendencia" de Dios: "¡qué grande es tu gloria!" Jesús lo hizo suyo al proclamar ¡La gloria del Padre! "Santificado sea tu nombre, venga tu reino". "Padre, glorifica tu nombre". (Juan 12,28). "Que vuestra luz brille ante los hombres, para que viendo vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5,16). Dar gloria al Padre, que se manifiesta también en el amor a los humildes, a los pequeños... Esta "mirada" divina que transforma las situaciones, desinflando a los orgullosos, y exaltando a los pequeños. Escuchamos, anticipadamente el canto de acción de gracias del Magníficat. Para Jesús, la "grandeza del Altísimo", lejos de ser un poder aterrador, era la seguridad llena de dulzura de que un amor todopoderoso se ocupa de esta creación hecha por Él. "Ni un pajarillo cae a tierra sin que vuestro Padre celestial lo vea". Y continúa el salmo: "por excelso que sea el Señor, atiende al más humilde". Fórmulas como éstas, nos muestran hasta qué punto Jesús estaba familiarizado con el pensamiento de los salmos.
El redescubrimiento de la "adoración". Cuanto más se manifiesta el mundo moderno como un mundo vacío de Dios y de sentido, hombres y mujeres experimentan por contraste el deseo de una gran "respiración" en "aquello que los supera": la opinión cada vez más frecuente de que el hombre es pequeño, de que la naturaleza y el cosmos son más grandes que nosotros. Esto ha sido siempre verdad. No es nada nuevo. Pero puede llevar al hombre contemporáneo hacia "el más allá de todo", Dios. Hay días en que estamos forzados a reconocer que "¡Dios es el más fuerte!" Y lo que llama la atención, como dice el salmo, es que nuestra derrota aparente, nuestra confesión, se convierten maravillosamente en acción de gracias. Porque el poder, la trascendencia de Dios es de amarnos con amor de "Hessed", de ternura hacia los más pequeños. Entonces, alegre, me rindo, me doy por vencido, y estoy feliz. ¡Adoro la prodigiosa grandeza de tu amor que supera todo!
El redescubrimiento del "amor"... Del amor de Dios para nosotros. Pensamos demasiado en los esfuerzos que tenemos que hacer para amar a Dios. ¡Dejémonos amar por Él! ¡No sé si te amo, Señor, pero si de algo estoy seguro, es que Tú me amas! Y este amor, el tuyo, es eterno... Aun si el mío es voluble, pasajero, infiel. Para Ti, lo "dado" es dado. Lo "prometido, es prometido". "Te doy gracias por tu palabra". La fidelidad conyugal, los esfuerzos que muchas parejas tienen que hacer para mantenerla y acrecentarla, son gracia de Dios. ¡La fuente del amor es Dios! "Todo hombre que ama verdaderamente, conoce a Dios", nos dice San Juan (Juan 4,7-8). Hagamos la experiencia: somos amados de Dios, y "el otro-difícil-de-amar" ¡es también amado por Dios! Eso cambia todo. Nos preguntamos a veces cómo Jesús pudo decir: "amad a vuestros enemigos". Pues bien, meted en la cabeza y en el corazón que Dios, Él, ama a vuestros enemigos. Entonces, si decís que amáis a Dios... sacad la conclusión.
El universalismo del proyecto de Dios. Que Israel, pueblo "escogido", haya podido, hace más de 20 siglos, pensar en una religión universal, en una inmensa "acción de gracias" que sube de todos los pueblos, da una idea de la verdad de su experiencia religiosa. Nosotros, creyentes de hoy, no pensamos a veces que nuestras "eucaristías" no son un pequeño culto de privilegiados, sino la inmensa proa de este navío que lleva hacia Dios la humanidad, ¡lo sepa ella o no! Las pobres eucaristías de nuestras grandes ciudades paganas... son la punta de lanza de la caravana humana. ¡Un día, "todos los reyes, todos los pueblos, celebrarán la acción de gracias" que es ya la nuestra por el amor y la verdad de Dios que se han revelado en Jesucristo muerto y resucitado por nosotros!
"¡No abandones Señor, la obra de tus manos!" Oración que debemos repetir, constantemente, en el mundo de hoy. Dios en acción, hoy. Y si mi oración no es perezosa... Yo también, Señor, en acción contigo. En "acción"... ¿para hacer qué? Para amar, porque "Dios es amor" (Noel Quesson). Así lo comentaba Juan Pablo II: “El himno de acción de gracias que acabamos de escuchar, y que constituye el salmo 137, atribuido por la tradición judía al rey David, aunque probablemente fue compuesto en una época posterior, comienza con un canto personal del orante. Alza su voz en el marco de la asamblea del templo o, por lo menos, teniendo como referencia el santuario de Sión, sede de la presencia del Señor y de su encuentro con el pueblo de los fieles.
En efecto, el salmista afirma que «se postrará hacia el santuario» de Jerusalén (cf. v. 2): en él canta ante Dios, que está en los cielos con su corte de ángeles, pero que también está a la escucha en el espacio terreno del templo (cf. v. 1). El orante tiene la certeza de que el «nombre» del Señor, es decir, su realidad personal viva y operante, y sus virtudes de fidelidad y misericordia, signos de la alianza con su pueblo, son el fundamento de toda confianza y de toda esperanza (cf. v. 2).
Aquí la mirada se dirige por un instante al pasado, al día del sufrimiento: la voz divina había respondido entonces al clamor del fiel angustiado. Dios había infundido valor al alma turbada (cf. v. 3). El original hebreo habla literalmente del Señor que «agita la fuerza en el alma» del justo oprimido: es como si se produjera la irrupción de un viento impetuoso que barre las dudas y los temores, infunde una energía vital nueva y aumenta la fortaleza y la confianza…
Como proclama Isaías, «así dice el Excelso y Sublime, el que mora por siempre y cuyo nombre es Santo: "En lo excelso y sagrado yo moro, y estoy también con el humillado y abatido de espíritu, para avivar el espíritu de los abatidos, para avivar el ánimo de los humillados"» (Is 57,15). Por consiguiente, Dios opta por defender a los débiles, a las víctimas, a los humildes (...) el orante vuelve a la alabanza personal (cf. Sal 137,7-8). Con una mirada que se dirige hacia el futuro de su vida, implora una ayuda de Dios también para las pruebas que aún le depare la existencia. Y todos nosotros oramos así juntamente con el orante de aquel tiempo… Las palabras conclusivas del Salmo son, por tanto, una última y apasionada profesión de confianza en Dios porque su misericordia es eterna. «No abandonará la obra de sus manos», es decir, su criatura (cf. v. 8). Y también nosotros debemos vivir siempre con esta confianza, con esta certeza en la bondad de Dios.
Debemos tener la seguridad de que, por más pesadas y tempestuosas que sean las pruebas que debamos afrontar, nunca estaremos abandonados a nosotros mismos, nunca caeremos fuera de las manos del Señor, las manos que nos han creado y que ahora nos siguen en el itinerario de la vida. Como confesará san Pablo, «Aquel que inició en vosotros la obra buena, él mismo la llevará a su cumplimiento» (Flp 1,6).
Así hemos orado también nosotros con un salmo de alabanza, de acción de gracias y de confianza. Ahora queremos seguir entonando este himno de alabanza con el testimonio de un cantor cristiano, el gran san Efrén el Sirio (siglo IV), autor de textos de extraordinaria elevación poética y espiritual.
«Por más grande que sea nuestra admiración por ti, Señor, tu gloria supera lo que nuestra lengua puede expresar», canta san Efrén en un himno, y en otro: «Alabanza a ti, para quien todas las cosas son fáciles, porque eres todopoderoso»; y éste es un motivo ulterior de nuestra confianza: que Dios tiene el poder de la misericordia y usa su poder para la misericordia. Una última cita de san Efrén: «Que te alaben todos los que comprenden tu verdad»”. En la Postcomunión pedimos: «Escucha, Señor, nuestras oraciones, para que este santo intercambio, en el que has querido realizar nuestra redención, nos sostenga durante la vida presente y nos dé las alegrías eternas».
3. En su primer discurso después de la Cena (Jn 13, 33; 14, 31), Jesús había anunciado a sus apóstoles su próxima partida y estos le asaltaron a preguntas más o menos oportunas (Jn 13, 36; 14, 5). Jesús les había respondido que todos se volverían a encontrar junto al Padre (Jn 14, 1-3), y que el amor (Jn 13, 33-36) y el conocimiento (Jn 14, 4-10) podían compensar la ausencia. En su segundo discurso, Cristo anuncia de nuevo su partida (v. 5). Como los apóstoles se guardan de hacerle preguntas, aun cuando la tristeza se refleja en sus rostros (v. 6), Jesús observa, no sin ironía, que, sin embargo este sería el momento oportuno para interrogarle (v. 5). Él vuelve al Padre (Jn 14, 2, 3, 12; 16, 5), porque su misión ha terminado y el Espíritu Paráclito será el testigo de su presencia (Jn 14, 26; 15, 26). Jesús compara la misión del Espíritu con la suya; en efecto, no se trata de creer que ha terminado el reino de Cristo y que es reemplazado por el del Espíritu. Sino que de hecho, la distinción reside más bien entre el modo de vida terrestre de Cristo que oculta al Espíritu y el modo de vida del que Él se beneficiará después de su resurrección y que no será ya perceptible por los sentidos, sino solamente por la fe: un modo de vida "transformado por el Espíritu" (Jn 7, 37-39). Volvemos a encontrar aquí, pues, la pedagogía del Cristo resucitado, que no deja de utilizar para convencer a sus apóstoles de que no busquen ya una presencia física, sino que descubran en la fe la presencia "espiritual" (entendiendo aquí espiritual no solamente como opuesto a físico, sino designando verdaderamente el mundo nuevo animado por Dios; cf. Ez 37, 11-14-20; 39, 28-29). La nueva presencia del Señor en medio de los suyos presentará las características de un juicio y de una contestación. En efecto, si el nuevo modo de vida en "espíritu" se opone al modo de vida del mundo, resultarán de ello enfrentamientos e incluso persecuciones (Jn 15, 18-16, 4). Por eso la presencia del Espíritu revestirá un carácter judicial (tema del Paráclito defensor). En el curso de su pasión, Cristo perderá su proceso contra el mundo: será convicto de pecado (Mt 26, 65), no le será reconocida su justicia (Act 3, 14) y un juicio le condenará a muerte (Jn 19, 12-216; 8, 15). Pero el Espíritu apelará y cambiará la sentencia: el mundo será convicto de pecado y se hará justicia a Cristo ante el tribunal del Padre. El juicio final pronunciará la condenación del Príncipe de este mundo (vv. 3-11). La vida del cristiano en el Espíritu y el modo de vida de Cristo plenamente divinizado por su resurrección constituirán este juicio de apelación que establece que Cristo es realmente Dios. Aparte del aspecto judicial de la presencia del Espíritu, el Evangelio subraya su papel educativo (v. 13). En efecto, Cristo que aún tiene muchas revelaciones que hacer (contrariamente al primer discurso: Jn 15, 15), confía esta tarea al Espíritu. ¿Quiere esto decir que el mundo aprenderá verdades nuevas que Cristo no habría enseñado? No. Jesús es la Palabra, Él lo ha dicho verdaderamente todo. Pero aún queda el profundizar en su enseñanza, el comprenderla mejor y el confrontarla con los acontecimientos. Los apóstoles no pueden realizar este trabajo, porque sólo disponen aún de un conocimiento demasiado material, únicamente basado en la visión y en la inteligencia. Una vez que participa en la Eucaristía, el cristiano está habilitado para emprender la contestación del mundo. Es la forma concreta del juicio del Espíritu. En efecto, el Espíritu suscita hombres particularmente sensibles a los valores auténticos y la Eucaristía los capacita para comprometerse efectivamente en la contestación de los pseudos-valores. Es cierto que un hombre animado por el Espíritu no puede tolerar el beneficio económico erigido en absoluto, la prosecución alienadora del rendimiento, el totalitarismo que desprecia las libertades fundamentales, el ultra-nacionalismo que pone a una comunidad por encima de otra y a expensas de las colaboraciones internacionales, o la guerra considerada como medio de mantener el orden establecido. Por otra parte, la contestación del cristiano y del Espíritu no se detiene en el simple hecho de no tolerar estos abusos, sino que debe tomar forma concreta y manifestar su juicio mediante acciones eficaces. El cristiano se juega hasta su salvación en estas cuestiones, porque implica en ellas al Espíritu Paráclito (Maertens-Frisque).
Quisiera proponer tres aspectos de reflexión, de oración. Primero: no estamos solos, tenemos en nosotros, en cada uno de nosotros, en la realidad de nuestra vida personal, el don, la presencia, la fuerza del Espíritu. Es muy importante que nos lo digamos, que seamos conscientes de ello. Segundo: este don del Espíritu nos ha sido dado para ser testigos de Jesucristo. Es decir, pide de nosotros una coherencia de vida según el evangelio de Jesús. Cada vez más, paso a paso, debemos ponernos en camino de seguimiento de Jesucristo. Tercero: nuestra oración debe ser PEDIR con toda confianza esta venida a nosotros del Espíritu de Jesús, del Espíritu de Dios. Para que fecunde nuestra vida de cada día. Pidámoslo hoy y durante toda la semana. -Voy al que me ha enviado... Voy al Padre... Jesús está a pocas horas de su muerte. Él lo sabe. Lo ha dicho. Lo comenta así. Es para Él algo muy simple, como un "retorno a casa". Sé a dónde voy... Alguien me espera... Soy amado... Voy a encontrar a Aquel a quien amo... Dejo resonar en mí estas palabras. Pensando en mi propia muerte, son también estas palabras las que he de repetir después de Jesús y con Él. Paz. Certidumbre. Gozo íntimo. -Ninguno de vosotros me pregunta "¿A dónde vas?" Atmósfera de partida. Como cuando en el andén del tren o en el aeropuerto, se abraza a un ser querido que se va por mucho tiempo. -Antes, porque os hablé de estas cosas, vuestro corazón se llenó de tristeza. Mientras Jesús estaba con ellos, era una "Presencia" reconfortante. El anuncio de su partida ahoga cualquier otra reflexión. Más tarde, quizá, llegarán a dominar su tristeza porque comprenderán la "significación" de esta partida: el retorno de Jesús al Padre, el paso a la Gloria del Padre, origen de la efusión abundante del Espíritu. -Pero os digo la verdad: os conviene que Yo me vaya. Porque si no me fuere, el Espíritu Santo, el Defensor, no vendrá a vosotros; pero si me fuere, os lo enviaré. Cada uno puede probar a entender estas frases misteriosas. He aquí un intento de explicación. Durante su estancia en la tierra Jesús ha sido una "Presencia" visible de Dios. Pero esta Presencia, tan útil para nosotros, seres corpóreos y sensibles, era al mismo tiempo, una pantalla, un límite: a causa de su humanidad, a causa de su cuerpo, Jesús estaba "limitado" a un tiempo y a un lugar. Y era consciente de ello: "os conviene que Yo me vaya". Enviando al Espíritu, Jesús es consciente de multiplicar su Presencia: el Espíritu no tiene ningún límite, puede invadirlo todo. "Oh Señor, envía tu Espíritu para que renueve la faz de la tierra". El Espíritu es la Presencia "secreta" de Dios... después de la Presencia "visible" que ha sido Jesús. Pero el "tiempo del Espíritu" es también el "tiempo de la Iglesia". Es la Iglesia, somos nosotros, los que hemos venido a ser el Cuerpo de Cristo, su "visibilidad"... con todo lo que esto comporta de "límites" y de imperfecciones... pero también con esta certeza de que el Espíritu está aquí, con nosotros, animando siempre el Cuerpo de Jesús. -Y en viniendo éste, argüirá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. Mañana por la mañana, ante el Gran Consejo de la Sinagoga, y ante el Gobernador romano, Jesús será "condenado"... y todas las apariencias irán contra Él: podrá creerse que no era más que un impostor y un blasfemo, y que después de todo recibió el castigo merecido por su pecado, por su osadía en decir que era Hijo de Dios y que destruiría el Templo. Pero he aquí que la situación se invertirá: el mundo será condenado, y Jesús será glorificado. Y el Espíritu Santo vendrá para convencer interiormente a los discípulos de que Jesús no es el "vencido", el "pecador", sino el vencedor del mal; el muy amado del Padre (Noel Quesson). Así lo dice el Catecismo (1848): “Como afirma S. Pablo, "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rm 5, 20). Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos "la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor" (Rm 5, 20-21). Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado:
‘La conversión exige el reconocimiento del pecado, y éste, siendo una verificación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: "Recibid el Espíritu Santo". Así pues, en este "convencer en lo referente al pecado" descubrimos una 'doble dádiva': el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito’ (DeV 31)”.
Juan Pablo II lo explicó con más detalle: “Cuando ya era inminente para Jesús el momento de dejar este mundo, anunció a los apóstoles "otro Paráclito". Durante la cena pascual precisamente lo llama Paráclito, Consolador y también Intercesor o Abogado. "El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo he dicho". No sólo seguirá inspirando la predicación del Evangelio de salvación, sino que también ayudará a comprender mejor el justo significado del contenido del mensaje de Cristo, asegurando su continuidad e identidad de comprensión en medio de las condiciones y circunstancias mudables. El Espíritu de la verdad, dice luego, "os guiará hasta la verdad completa"... el misterio de Cristo en su globalidad. En el Espíritu Santo la Iglesia continúa incesantemente la presencia histórica del Redentor sobre la tierra y su obra salvífica.
El Espíritu Santo vendrá cuando Cristo se haya ido por medio de la Cruz; vendrá no sólo después, sino como causa de la Redención realizada por Cristo por voluntad del Padre. Así, en el discurso pascual de despedida, se llega al cúlmen de la revelación trinitaria. Dios, en su vida íntima, "es amor", amor esencial, común a las tres Personas divinas. El Espíritu Santo es Amor personal, es Persona-Amor. Es Amor-Don increado del que deriva como de una fuente toda dádiva a las criaturas: la donación de la existencia a todas las cosas mediante la creación y donación de la gracia a los hombres mediante la economía de la salvación.
Cristo, describiendo su partida como condición a la venida del Paráclito une un nuevo inicio porque entre el primer inicio y toda la historia del hombre -empezando por el pecado original- se ha interpuesto el pecado que es contrario a la presencia del Espíritu de Dios, contrario a la comunicación salvífica de Dios al hombre. A costa de la Cruz redentora, y por la fuerza de todo el misterio pascual de Jesucristo, el Espíritu Santo viene para quedarse desde el día de Pentecostés, para estar con la Iglesia y en la Iglesia y, por medio de ella, en el mundo. De este modo se realiza definitivamente el nuevo inicio de la comunicación de Dios uno y trino en el Espíritu Santo por obra de Jesucristo, Redentor del hombre y del mundo.
Jesús, en el discurso del Cenáculo, añade: "Y cuando Él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, a la justicia y al juicio. En lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia, porque me voy al Padre y ya no me veréis; en lo referente al juicio porque el príncipe de este mundo está juzgado". En el pensamiento de Jesús, el pecado, la justicia y el juicio tienen un sentido muy preciso, distinto al que quizá alguno sería propenso a atribuir... Esta misión del Espíritu Santo es convencer al hombre de la salvación definitiva en Dios, del juicio o condenación con la que ha sido castigado el pecado de Satanás, "príncipe de este mundo". El Espíritu Santo al mostrar en el marco de la Cruz de Cristo el pecado, hace comprender que su misión es la de "convencer" también en lo referente al pecado que ya ha sido juzgado definitivamente. El Concilio explica cómo entiende el mundo: "la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre las que éste vive; el mundo, teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo que los cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito divino y llegue a su consumación" (GS, 2)...
En la raíz del pecado humano está la mentira como radical rechazo de la verdad. Por consiguiente, el Espíritu que "todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios", conoce desde el principio lo íntimo del hombre. El Espíritu de la verdad conoce la realidad originaria del pecado, causado en la voluntad del hombre por obra del "padre de la mentira", de aquel que ya está juzgado. Al hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, el Espíritu Santo da como don la conciencia... es para el hombre la luz de la conciencia y la fuente del orden moral. A pesar de todo el testimonio de la creación y de la economía salvífica, el espíritu de las tinieblas es capaz de mostrar a Dios como enemigo de la propia criatura y, ante todo, como enemigo del hombre, como fuente de peligro y de amenaza. Esto lo vemos confirmado en nuestros días en los que las ideologías ateas intentan desarraigar la religión en base al presupuesto de la "alienación del hombre", como si el hombre fuera expropiado de su humanidad cuando, al aceptar la idea de Dios, le atribuye lo que pertenece al hombre y exclusivamente al hombre. El rechazo de Dios ha llegado hasta la declaración de su "muerte". Esto es un absurdo conceptual pero la ideología de la "muerte de Dios" amenaza al hombre, como indica el Vaticano II cuando sometiendo a análisis la cuestión de la "autonomía de la realidad terrena", afirma: "La criatura sin el Creador se esfuma... Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida".
Convencer al mundo del pecado quiere decir demostrar el mal contenido en él. La Iglesia cree y profesa que el pecado es una ofensa a Dios. Si el pecado ha engendrado el sufrimiento del hombre, en Jesús redentor, en su humanidad se verifica el sufrimiento de Dios. En el sacrificio del Hijo del hombre el Espíritu Santo está presente y actúa del mismo modo con que actuaba en su concepción, en su vida oculta y en su ministerio público. El Espíritu Santo actuó de manera especial en el sacrificio de la Cruz para transformar el sufrimiento en amor redentor. En el Antiguo Testamento se habla varias veces del "fuego del cielo" que quemaba los sacrificios. El Espíritu Santo desciende al centro mismo del sacrificio que se ofrece en la Cruz: él consuma este sacrificio con el fuego del amor que une al Hijo con el Padre.
¿Por qué la blasfemia contra el Espíritu Santo es imperdonable? Por que la blasfemia consiste en el rechazo de aceptar la salvación que Dios ofrece por medio del Espíritu Santo que actúa en virtud del sacrificio de la Cruz y encuentra una resistencia interior, como una impermeabilidad de la conciencia, una "dureza de corazón". En nuestro tiempo a esta actitud de mente y corazón corresponde quizá la pérdida del sentido del pecado, el rechazo de los Mandamientos de Dios "hasta el desprecio de Dios". La conversión es purificación de la conciencia por medio de la sangre del Cordero.
Bajo el influjo del Paráclito se realiza la conversión del corazón humano que es condición indispensable para el perdón de los pecados. Sin una verdadera conversión que implica una contrición interior, y sin un propósito sincero y firme de enmienda, los pecados quedan "retenidos", como afirma Jesús. La Redención es realizada por la sangre del Hijo del hombre, "sangre que purifica nuestra conciencia". Esta sangre pues, abre al Espíritu Santo el camino hacia la intimidad del hombre, es decir, hacia el santuario de las conciencias.
Si la conciencia es recta, ayuda entonces a resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad. Fruto de la recta conciencia es llamar por su nombre al bien y al mal como hace la Constitución conciliar Gaudium et spes: "Cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado-; cuanto viola la integridad de la persona, como por ejemplo la mutilación, las torturas morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la dignidad humana como las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana". Y después de haber llamado por su nombre a los numerosos pecados tan frecuentes y difundidos en nuestros días, el mismo documento conciliar añade: "Todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes, degradan la civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador" (GS,16).
El Espíritu Santo convence en lo referente al pecado y así el hombre, lejos de dejarse enredar en su condición de pecado, apoyándose sobre todo en la voz de su conciencia, "ha de luchar continuamente para acatar el bien y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad de sí mismo" (GS,37).
La Iglesia no cesa de implorar a Dios la gracia de que no disminuya la rectitud en las conciencias humanas, que no se atenúe su sana sensibilidad ante el bien y el mal... tan unida a la acción íntima del Espíritu de la verdad.
Por desgracia, la cercanía y presencia de Dios en el hombre y en el mundo, encuentra resistencia y oposición. En el hombre, ser compuesto espiritual y corporal, existe una cierta tensión, una cierta lucha entre el "espíritu" y la "carne", herencia del pecado. No se trata de discriminar o condenar el cuerpo... La obra del Espíritu "que da vida" alcanza su cúlmen en el misterio de la Encarnación con el que se abre la fuente de la vida divina en la historia de la humanidad: el Espíritu Santo. El Verbo, "primogénito de toda la creación", se convierte en "el primogénito entre muchos hermanos" y así llega a ser también la cabeza del cuerpo que es la Iglesia... y es en la Iglesia la cabeza de la humanidad: de los hombres de toda nación, raza y cultura, lengua y continente, que han sido llamados a la salvación.
"La Palabra se hizo carne... a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios". Hijos de Dios son, en efecto, los que son guiados por el Espíritu de Dios. La filiación de la adopción divina nace en los hombres sobre la base del misterio de la Encarnación. Por tanto, aquella filiación divina, insertada en el alma humana con la gracia santificante, es obra del Espíritu Santo.
Es necesario ir más allá de la dimensión histórica del hecho; es necesario insertar, abarcando con la mirada de fe, los dos milenios de la acción del Espíritu de la verdad... Pero hay que mirar atrás, aun antes de Cristo: desde el principio, en todo el mundo y, especialmente en la economía de la antigua alianza. El Concilio Vaticano II nos recuerda la acción del Espíritu Santo incluso fuera del cuerpo visible de la Iglesia. Nos habla justamente de "todos los hombres de buena voluntad en cuyo corazón obra la gracia de modo visible. Dios es espíritu y los que adoran deben adorar «en espíritu y verdad»". Estas palabras las pronunció Jesús en su diálogo con la samaritana.
Orando, la Iglesia profesa incesantemente su fe: existe en nuestro mundo creado un Espíritu que es un don increado. Es el Espíritu del Padre y del Hijo; como el Padre y el Hijo es increado, inmenso, eterno, omnipotente, Dios y Señor. A Él se dirige la Iglesia a lo largo de los intrincados caminos de la peregrinación del hombre sobre la tierra; y pide de modo incesante la rectitud de los actos humanos como obra suya; pide el gozo y el consuelo; pide la gracia y las virtudes; pide la salvación eterna, la felicidad, la alegría; pide "justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo", en el que, según san Pablo, consiste el reino de Dios”.
Nos duele no ver a Jesús, pero en la Eucaristía y las demás manifestaciones del Espíritu de la Verdad (entre paréntesis, los pecados imperdonables pienso que son los que cierran el corazón al perdón: presunción y desesperación, por eso es tan importante promover hoy la Divina misericordia), Él continúa entre nosotros, como explica San Agustín: «Veía la tormenta que aquellas palabras suyas iban a levantar en sus corazones, porque, careciendo aún del espiritual consuelo del Espíritu Santo, tenían miedo a perder la presencia corporal de Cristo y, como sabían que Cristo decía la verdad, no podían dudar de que le perderían, y por eso se entristecían sus afectos humanos al verse privados de su presencia carnal. Bien conocía Él lo que les era más conveniente, porque era mucho mejor la visión interior con la que les había de consolar el Espíritu Santo, no trayendo un cuerpo visible a los ojos humanos, sino infundiéndose Él mismo en el pecho de los creyentes... Os conviene que esta forma de sierpe se separe de vosotros: como Verbo hecho carne, vivo entre vosotros, pero no quiero que continuéis amándome con un amor carnal... Si no os quitare los tiernos manjares con que os he alimentado no apeteceréis los sólidos... No podéis tener el Espíritu de Cristo mientras persistáis en conocer a Cristo según la carne... Después de la partida de Cristo, no solamente el Espíritu Santo, sino también el Padre y el Hijo estuvieron en ellos espiritualmente...».
“Promesa hecha realidad de forma impetuosa en el día de Pentecostés, diez días después de la Ascensión de Jesús al cielo. Aquel día —además de sacar la tristeza del corazón de los Apóstoles y de los que estaban reunidos con María, la Madre de Jesús (cf. Hch 1,13-14)— los confirma y fortalece en la fe, de modo que, «todos se llenaron del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu Santo les impulsaba a expresarse» (Hch 2,4). Hecho que se “hace presente” a lo largo de los siglos a través de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica, ya que, por la acción del mismo Espíritu prometido, se anuncia a todos y en todas partes que Jesús de Nazaret —el Hijo de Dios, nacido de María Virgen, que fue crucificado, muerto y sepultado— verdaderamente resucitó, está sentado a la diestra de Dios Padre (cf. Credo) y vive entre nosotros. Su Espíritu está en nosotros por el Bautismo, constituyéndonos hijos en el Hijo, reafirmando su presencia en cada uno de nosotros el día de la Confirmación. Todo ello para llevar a término nuestra vocación a la santidad y reforzar la misión de llamar a otros a ser santos. Así, gracias al querer del Padre, la redención del Hijo y la acción constante del Espíritu Santo, todos podemos responder con total fidelidad a la llamada, siendo santos; y, con una caridad apostólica audaz, sin exclusivismos, llevar a cabo la misión, proponiendo y ayudando a los otros a serlo. Como los primeros —como los fieles de siempre— con María rogamos y, confiando que de nuevo vendrá el Defensor y que habrá un nuevo Pentecostés, digamos: «Ven, Espíritu Santo, llena el corazón de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor» (Aleluya de Pentecostés)” (Lluís Roqué).

lunes, 30 de mayo de 2011

LUNES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA: el Espíritu Santo nos da la fortaleza para vivir en la Verdad y ser amigos de Jesús en medio de las contradiccione

LUNES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA: el Espíritu Santo nos da la fortaleza para vivir en la Verdad y ser amigos de Jesús en medio de las contradicciones del mundo
San Pablo se dedica con toda el alma a la causa del Evangelio. Quien busca encuentra, dice el Señor, y serán los primeros discípulos instrumentos de Dios para llevar la semilla a muchos lugares: “Haciéndose a la mar, fuimos desde Tróade derechos a Samotracia; al día siguiente a Neápolis, y de allí a Filipos, que es la primera ciudad de la región de Macedonia, y colonia romana. En esta ciudad permanecimos algunos días.
El sábado salimos fuera de la puerta de la ciudad, junto al río, donde pensábamos que se tendría la oración. Nos sentamos y hablamos a las mujeres que se habían reunido. Una de ellas, llamada Lidia, vendedora de púrpura de la ciudad de Tiatira y temerosa de Dios, nos escuchaba. El Señor abrió su corazón para que comprendiese lo que Pablo decía. Después de haber sido bautizada ella y su casa, nos insistía diciendo: Si juzgáis que soy fiel al Señor, venid y permaneced en mi casa. Y nos obligó” (Hechos 16,11-15). Cuando alguien está dispuesto a buscar a Dios con generosidad, de un modo o de otro, Dios se le manifestará. Se hace la luz… como Dios quiera, cuando Dios quiera. Del mejor modo, según como es cada uno. Hoy vemos a Lidia, la primera europea convertida escuchando a S. Pablo a la orilla de un río. Los caminos de Dios son variadísimos. Pero en todos hay una constante: la gracia de Dios que opera a través de alguien en los corazones más o menos bien dispuestos. Comenta S. Juan Crisóstomo: «Qué sabiduría la de Lidia! ¡Con qué humildad y dulzura habla a los apóstoles: “Si juzgáis que soy fiel al Señor”! Nada más eficaz para persuadirlos que estas palabras, que hubiesen ablandado cualquier corazón. Más que suplicar y comprometer a los apóstoles, para que vayan a su casa, les obliga con insistencia. Ved cómo en ella la fe produce sus frutos y cómo su vocación le parece un bien inapreciable».
La comunidad cristiana de Filipos recibió más tarde una de las cartas más amables de Pablo: señal de que guardaba recuerdos muy positivos de ella. No es extraño que el salmo sea optimista, porque la entrada de la fe cristiana en Europa ha sido esperanzadora: «el Señor ama a su pueblo... cantad al Señor un cántico nuevo».
¿Dónde nos toca evangelizar a nosotros? Pablo se adaptaba a las circunstancias que iba encontrando. A veces predicaba en la sinagoga, otras en una cárcel, o junto al río, o en la plaza de Atenas. Si le echaban de un sitio, iba a otro. Si le aceptaban, se quedaba hasta consolidar la comunidad. Pero siempre anunciaba a Cristo. Como nosotros hoy… En grandes poblaciones y en el campo. En ambientes favorables y en climas hostiles. En la escuela y en los medios de comunicación. Cuando nos alaban y cuando nos critican o persiguen: “que nos persuadamos de que nuestro caminar en la tierra -en todas las circunstancias y en todas las temporadas- es para Dios, de que es un tesoro de gloria, un trasunto celestial; de que es, en nuestras manos, una maravilla que hemos de administrar, con sentido de responsabilidad y de cara a los hombres y a Dios: sin que sea necesario cambiar de estado, en medio de la calle, santificando la propia profesión u oficio y la vida del hogar, las relaciones sociales, toda la actividad que parece sólo terrena” (san Josemaría Escrivá).
Entonemos un canto nuevo al Señor: «Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles, que se alegre Israel por su Creador, los hijos de Sión por su Rey. // Alabad su nombre con danzas, cantadle con tambores y cítaras, porque el Señor ama a su pueblo, y adorna con la victoria a los humildes. Que los fieles festejen su gloria y canten jubilosos en filas con vítores a Dios en la boca» (Salmo 149,1-6.9). El canto es nuevo, porque las situaciones son nuevas, pero también porque el amor es nuevo y canta, como dice S. Agustín: “cantar suele ser tarea de enamorados”. Los cantos de maldad, de pecado, de injusticia, de egoísmo, de infidelidades, que más que una alabanza son una ofensa al Señor, deben quedar atrás, superados por la Victoria de Cristo, de la que participamos quienes creemos en Él.
Juan Pablo II recordaba que se definen los orantes de este salmo con "los pobres, los humildes"… los oprimidos, los pobres y perseguidos por la justicia, también los que, siendo fieles a los compromisos morales de la alianza con Dios, son marginados por los que escogen la violencia, la riqueza y la prepotencia. Este es el sentido de la célebre primera bienaventuranza: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos". Ya el profeta Sofonías se dirigía así a los anawim (pobres-humildes): "Buscad al Señor, vosotros todos, humildes de la tierra, que cumplís sus normas; buscad la justicia, buscad la humildad; quizá encontréis cobijo el día de la cólera del Señor"…
El canto de María recogido en el evangelio de san Lucas -el Magníficat- es el eco de los mejores sentimientos de los "hijos de Sión": alabanza jubilosa a Dios Salvador, acción de gracias por las obras grandes que ha hecho por ella el Todopoderoso, lucha contra las fuerzas del mal, solidaridad con los pobres y fidelidad al Dios de la alianza.
“Jesús decía a sus discípulos: Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí”; Espíritu de verdad es otro título que Jesús da al Espíritu. La verdad libera, la verdad es la única fuerza capaz de contrarrestarle el mal. Ser, cada vez más, un hambriento de la verdad, para ser, cada vez más, un testigo ("martyr" en griego) de la verdad.
…“y después también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. Os he hablado de esto para que no se tambalee vuestra fe”. Se nos pide ser "martyr", que hoy traducimos por "testigo". "Vosotros también seréis mártires míos = vosotros seréis también mis testigos."
“Seréis expulsados de las sinagogas; aun más, llega la hora en que todo el que os dé muerte pensará que hace un servicio a Dios. Y esto os lo harán porque no han conocido a mi Padre ni a mí. Pero os he dicho estas cosas para que cuando llegue la hora os acordéis de que ya os las había anunciado....” (Juan 15,26-16,4). "Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones" (2 Tm 3,12). Pero con el Espíritu Santo nada pueden temer. Pasan los perseguidores, y Cristo permanece ayer, hoy y siempre. San Agustín exclama: «Señor y Dios mío; en ti creo, Padre, Hijo y Espíritu Santo. No diría la Verdad: “Id, bautizad a todas las gentes en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19), si no fuera Trinidad. Y no mandarías a tus siervos bautizar, mi Dios y Señor, en el nombre de quien no es Dios y Señor. Y si vos, Señor, no fuerais al mismo tiempo Trinidad y un solo Dios y Señor, no diría la palabra divina: “Escucha, Israel: El Señor tu Dios, es un Dios único” (Dt 6,4). Y si Tú mismo no fueras Dios Padre y fueras también Hijo, y Espíritu Santo, no leeríamos en las Escrituras canónicas: “Envió Dios a su Hijo” (Gál 4,4); y Tú, ¡oh Unigénito!, no dirías del Espíritu Santo: “que el Padre enviará en mi nombre” (Jn 14,26) y que “yo os enviaré de parte del Padre” (Jn 15, 26)...
Cuando arribemos a tu presencia, cesarán estas muchas cosas que ahora hablamos sin entenderlas, y Tú permanecerás todo en todos, y entonces modularemos un cántico eterno alabándote a un tiempo unidos todos a ti. Señor, Dios uno y Dios Trinidad, cuanto con tu auxilio queda dicho en estos mis libros, conózcanlo los tuyos; si algo hay en ellos de mi cosecha, perdóname Tú, Señor, y perdónenme los tuyos. Así sea».
Ser cristiano cuesta… también hoy. ¿Soy realmente el testigo (mártir) de Dios? ¿Estoy de parte de Dios? ¿Es Dios al que defiendo, o es a mí, mis opciones, mis ideas? Sé que tengo un Defensor. El Espíritu esta ahí conmigo. Gracias. Concédeme, Señor, el no tener nunca miedo (Noel Quesson). El encargo fundamental para los cristianos es que den testimonio de Jesús. El día de la Ascensión les dijo: «seréis mis testigos en Jerusalén y en Samaría y en toda la tierra, hasta el fin del mundo». Llucià Pou Sabaté

domingo, 29 de mayo de 2011

DOMINGO 6º DE PASCUA – CICLO A: Jesús anuncia el Espíritu Santo, que continúa su vida en nosotros, hemos de llevar su presencia amorosa y dar razón de

DOMINGO 6º DE PASCUA – CICLO A: Jesús anuncia el Espíritu Santo, que continúa su vida en nosotros, hemos de llevar su presencia amorosa y dar razón de nuestra esperanza

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 8,5-8. 14-17: En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y predicaba allí a Cristo. El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.
Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaría había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por los fieles, para que recibieran el Espíritu Santo; aún no había bajado sobre ninguno, estaban sólo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

SALMO RESPONSORIAL 65,13a.4-5.6-7a.16.20: R/. Aclamad al Señor, tierra entera. [o Aleluya].
Aclamad al Señor, tierra entera; / tocad en honor de su nombre, / cantad himnos a su gloria. / Decid a ¡Dios: «Qué temibles son tus obras.»
Que se postre ante ti la tierra entera, / que toquen en tu honor, / que toquen para tu nombre. / Venid a ver las obras de Dios, / sus temibles proezas en favor de los hombres.
Transformó el mar en tierra firme, / a pie atravesaron el río. / Alegrémonos con Dios, / que con su poder gobierna eternamente.
Fieles de Dios, venid a escuchar; / os contaré lo que ha hecho conmigo. / Bendito sea Dios que no rechazó mi súplica.

Lectura de la primera carta del Apóstol San Pedro 3,15-18: Hermanos:
Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere; pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia, para que en aquello mismo en que sois calumniados queden confundidos los que denigran vuestra buena conducta en Cristo; que mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal.
Porque también Cristo murió una vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios. Murió en la carne, pero volvió a la vida por el Espíritu.

Lectura del santo Evangelio según San Juan 14,15-21: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis porque vive con vosotros y está con vosotros.
No os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.

Comentario: En la entrada cantamos: «Con gritos de júbilo, anunciadlo y proclamadlo; publicadlo hasta el confín de la tierra. Decid: “El Señor ha redimido a su pueblo”. Aleluya» (Is 48,20). Y en estos últimos días antes de la Ascensión, pedimos «que nuestra oración, Señor, y nuestras ofrendas sean gratas en tu presencia, para que así, purificados por tu gracia, podamos participar más dignamente en los sacramentos de tu amor» (Ofertorio); «Dios todopoderoso y eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has hecho renacer a la vida eterna; haz que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante y que el alimento de salvación que acabamos de recibir fortalezca nuestras vidas» (Postcomunión).
En las lecturas de hoy hay una constante alusión al Espíritu Santo, prometido por Jesús. Viene a decirles que su "paso al Padre" no significa "vacío" ni "ausencia". Su presencia entre los suyos está asegurada aún después de su marcha: "No os dejaré desamparados, volveré... Yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros". Esta promesa viene a renglón seguido de la afirmación: "Yo pediré al Padre que os dé otro Defensor, que esté siempre con vosotros". Él asegura la presencia permanente de la Persona de Cristo en su Iglesia y de que su obra de salvación vaya siendo interiorizada y asimilada por sus seguidores. Gracias al Espíritu, la resurrección ha significado para Jesús la posibilidad de una forma nueva, más profunda y perfecta, de hacerse presente a los suyos. La primera lectura narra una Pentecostés en miniatura, que viene a sellar la fundación de la Iglesia en Samaría: el Espíritu que empuja a la misión a Felipe, que confirman Pedro y Juan con la imposición de las manos sobre los bautizados, por la que reciben el Espíritu Santo. Para san Pedro (segunda lectura) dar testimonio de la fe, "dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pidiere" y proclamar el misterio pascual vienen a ser casi sinónimos. El Señor resucitado es la única razón de vivir de los creyentes. En la colecta pedimos poder "manifestar en nuestras obras los misterios que estamos celebrando en estos días de alegría en honor de Cristo resucitado" (Ignacio Oñatibia).
En las dos semanas que quedan de Pascua, el Señor Resucitado nos prepara para vivir el misterio de su «ausencia». Nosotros pertenecemos a las generaciones que ya desde el principio merecieron la «bienaventuranza» de los que, como Cristo le dijo a Tomás, «creen sin haber visto».
Jesús promete enviar el Espíritu de la verdad. Ante la confusión de tanto discurso erróneo y el espejismo de valores mentirosos, es urgente defender la verdad y encontrar caminos para que brille. Muchos, como Pilatos, repiten la vieja pregunta: ¿qué es la verdad? La verdad es conocimiento y exactitud a las ambigüedades y el error. Es libertad interior frente a la dictadura de doctrinas fáciles. Es fortaleza serena al apresuramiento de la incertidumbre. Es sencillez espiritual frente al oropel de la falsa retórica. Es luz del bien frente a la ceguera de la malicia. Es principio de toda perfección, evidencia pacífica del misterio de lo eterno, alma de la historia individual y colectiva. Estamos invitados a participar en el “gaudium de veritate” (gozo en la Verdad) en lo que consiste la felicidad: “El Espíritu Santo, que procede de ti, Señor, / ilumine nuestras mentes / y nos dé a conocer toda la verdad / como lo prometió Jesucristo tu Hijo; / haciendo morada en nosotros / nos convierta en templos de su gloria; / nos haga ante el mundo / testigos valientes del Evangelio; / y nos lleve a la unidad de la fe / y nos fortalezca con su amor; / así contribuiremos a que la Iglesia, Cuerpo de Cristo, / alcance su plenitud” (Oraciones colecta de la Confirmación).
Si nos damos cuenta de la cantidad de miseria e injusticia que hoy se acumula en el mundo, una amarga pregunta surge en nosotros o, por lo menos, una secreta desconfianza: ¿Tiene Dios corazón para el hombre? Ésta es la verdadera pregunta que hacemos a Dios. Confesamos fácilmente que es santo, glorioso, poderoso y grande. Pero sólo le podemos amar, si tiene corazón para el hombre, si realmente nos ama. Y no sólo a los hombres en general, sino a cada uno en particular. La naturaleza revela la grandeza y gloria del Creador; pero también su terribilidad, su enigma y ocultamiento. Pero ¿qué es el hombre, qué es la humanidad entera dentro de la naturaleza y del universo? Menos que un gusanillo, que pisamos, sin notarlo, en nuestro camino.
“También en la historia descubrirnos, aunque oscuramente, un poder que la rige y dirige: pero ¿qué es la vida del individuo y aun la vida de pueblos enteros dentro de los milenios de la historia ante aquel que la dirige? Así hay grandes catástrofes, leyes férreas e inexorables, pero no corazón. La existencia de un Dios vivo que tenga corazón para los hombres, la conocemos sólo por la revelación y sobre todo por Jesucristo. En Él se hizo literalmente verdad que Dios tomó un corazón humano, un corazón de sangre cálida, palpitante, un corazón de hombre con temores y esperanzas, del que se dice haberse conmovido de compasión al ver a la madre que llevaba a enterrar a su hijo único; un corazón del que salió aquellas palabras: «Tengo lástima de esta muchedumbre. . .» Que temblaba y desfallecía, cuando tenía ante sí lo terrible, el dolor y la muerte. Un corazón que amaba a los pecadores. Un corazón, en fin, que se rompió en la cruz y que fue taladrado por la lanza. Cristo que vino no a dominar, ni siquiera solamente a. enseñar, sino a dar su vida en rescate por los muchos. Se ha hablado mucho y aún se habla actualmente de una fe en Dios sin Cristo, de una «credibilidad en Dios», que no necesita de Cristo. Un Dios sin Cristo, es algo así como quedarnos en manos del destino y el destino no tiene corazón ni entrañas. Acaso nos quedara el Dios ante quien los pueblos son como gotas de agua en el mar, pero no un Dios a quien podamos hablar y tratar de tú y en cuyas manos nos podamos entregar; un Dios de quien sabemos que nos oye y se cuida de nosotros. Gracias a Jesús podemos llamar a Dios Padre. Gracias a Jesús podemos conocer el corazón viviente de Dios” (I. Asensio Alvarez).
1. Vemos hoy al diácono Felipe mereció ser llamado "evangelista" por san Lucas (Hch 28,1). Lo vemos hoy en Samaría y comenzar allí la evangelización de los gentiles. La sangre de Esteban y la palabra de Felipe inauguran la misión de la Iglesia y la hacen efectiva más allá de las fronteras del judaísmo. Y en aquella primera hora de la evangelización de las naciones se demuestra ya lo que mucho más tarde reconocería san Agustín, que "la sangre de los mártires es semilla del cristianismo". Los judíos despreciaban a los samaritanos porque después de la cautividad de Babilonia se habían mezclado sin miramiento alguno con los asirios y desde antiguo hacían competencia a Jerusalén con otro santuario nacional en Siquén. Con todo, los samaritanos se mantenían fieles a las enseñanzas del Pentateuco y esperaban al "salvador del mundo" (Jn 4,42). La predicación del evangelio en Siquén significaba una condena del racismo religioso de los judíos y la superación de las enemistades entre judíos y samaritanos. El autor subraya con énfasis la alegría que produce entre las gentes el anuncio de la buena noticia. De momento los apóstoles no tenían nada que temer en Jerusalén, pues la persecución iba dirigida contra los cristianos helenistas. Por eso se quedaron en la ciudad, mientras Felipe huía a Samaría para escapar al control del sanedrín. Los apóstoles siguen de lejos la obra de Felipe, se sienten responsables de la marcha del cristianismo y están preocupados; envían a dos delegados, a Pedro y a Juan. Con la imposición de las manos, los apóstoles reconocen y confirman la obra de Felipe y celebran la unión de todos los cristianos en un mismo espíritu (“Eucaristía 1975”).
Los dos temas centrales de este relato son la evangelización y el don de Dios, que es el Espíritu Santo. La jerarquía eclesial es el órgano sacramental que nos garantiza la donación y la presencia del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia. San Basilio afirma: «Hacia el Espíritu Santo dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación, hacia Él tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa y su soplo es para ellos una manga de riego que los ayuda en la consecución de su fin propio. Fuente de santificación, Luz de nuestra inteligencia, Él es quien da, de Sí mismo, una especie de claridad a nuestra razón natural para que conozca la verdad. Inaccesible por naturaleza, se hace accesible por su bondad; todo lo dirige con su poder, pero se comunica solamente a los que son dignos de ellos, y no a todos en la misma medida, sino que distribuye sus dones en proporción a la fe de cada uno.
2. Con el Salmo 65 proclamamos llenos de gozo: «Aclamad al Señor, tierra entera, tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria...». Como en muchos salmos de acción de gracias, se trata aquí de una oración ante todo "colectiva" (en las siete primeras estrofas aparece el "nosotros"): Israel recuerda las maravillas del Éxodo, en particular "el paso del agua", "la Pascua del Mar Rojo y del Jordán: obstáculos superados por la gracia de Dios... Pero ésta es también una oración "individual", de pronto se pasa al «yo" a partir de la estrofa 8: los actos "liberadores" que Dios hizo en la historia de Israel son "significativos" de todas las situaciones de prueba aun individuales en que Dios es siempre el mismo, el que libera.
Es un canto a la redención, Jesús ha hecho vida la pascua, paso de la muerte a la Resurrección. Jesús es el nuevo Israel, el hombre universal; así como el pueblo judío tuvo que atravesar el Mar Rojo y el Jordán, así también Jesús fue "purificado en el crisol de la Pasión". Nadie mejor que El ofreció un "sacrificio de acción de gracias". Nadie mejor que El invitó a todo el universo a asociarse a su eucaristía (Noel Quesson).
“Venid y ved”. La invitación a la experiencia. La oportunidad de estar presente. El reto de ser testigo. Ven y ve. Para mí, esas tres palabras son la esencia de la fe, el corazón de la mística, el meollo de la religión. Ven. Note quedes sentado esperando tranquilamente a que te sucedan cosas. Levántate y muévete y adéntrate y busca. Acércate, entra y mira cara a cara a la realidad que te llama. Abre los ojos y ve. Contempla con toda tu alma. No te contentes con escuchar o leer o estudiar. Te has pasado toda la vida estudiando y leyendo y abstrayendo y discutiendo. Todo eso está muy bien, pero es sólo evidencia de segunda mano. Hay que trascenderla en fe y en humildad valiente para buscar la evidencia de primera mano de la visión y la presencia. Ven y ve. Busca y encuentra. Entra y disfruta. El Señor te ha invitado a su corte. Y ahora tomo esas palabras sagradas como dichas por ti, Señor, a mí. “Ven y ve”. Me invitas a estar a tu lado y ver tu rostro. Tus palabras no dejan lugar a duda, y tu invitación es seria y deliberada. Sin embargo, yo me dejo llevar por la timidez, me resisto, me refugio en excusas. No soy digno, me han dicho que es más seguro permanecer en la oscuridad de la fe, y prefiero seguir el camino trillado, quedarme en mi sitio y guardar silencio. Dejo a almas más elevadas los derroteros místicos de tu visión cara a cara, y me contento con la espiritualidad rutinaria que espera pacientemente la plenitud que más tarde ha de venir. Tengo miedo, Señor. No quiero meterme en líos. Me encuentro a gusto donde estoy, y pido que se me deje en paz. Las alturas no se hicieron para mí. Me temo que, si de veras me encuentro contigo, mi vida habrá de cambiar, mis apegos habrán de soltarse y mi tranquilidad se acabará. Tengo miedo de tu presencia, y en eso me parezco al pueblo de Israel, que delegaba a Moisés la responsabilidad de reunirse contigo, porque tenían miedo de hacerlo ellos mismos. Sé que en mí es pereza, inercia y cobardía. A fin de cuentas, es falta de confianza en ti, y quizá en mí mismo. Reconozco mi pusilanimidad, y te ruego que no retires tu invitación. Sí, quiero venir y ver tus obras, venir y verte a ti haciéndolas, contemplarte, admirar el esplendor de tu rostro cuando gobiernas la amplitud del universo y las profundidades del espíritu humano. Quiero verte, Señor, en la luz de la fe y en la intimidad de la oración. Quiero la experiencia directa, el encuentro personal, la visión deslumbrante. Siervos tuyos hablan de la experiencia que cambia sus vidas, la visión que satisface sus aspiraciones, la iluminación que da sentido a toda su existencia. Yo, en mi humildad, deseo también esa iluminación, y la espero de tu rostro, que es lo único que puede dar luz sobre su propia existencia a ojos mortales. Quiero ver, y al decir eso quiero decir que quiero verte a ti, que eres la única realidad que merece verse; a ti, que con el resplandor de tu rostro das luz a la creación entera y a mi vida en ella. Ese es mi deseo y ésa es mi esperanza. «Venid y ved». Voy, Señor. Dame la gracia de ver (Carlos G. Vallés).
3. "Dar razón de vuestra esperanza". En la segunda lectura, Pedro nos exhorta a que si el mundo nos mira y espera de nosotros algo más, un signo, una señal para ver, hemos de transparentar a Jesús, dar razón de nuestra esperanza: que no es dar razones para atraer a los otros a nuestra causa, sino vivir con esperanza, esperando a pesar de todo, sin dejarnos embaucar por el dinero y las posibilidades que él abre, para que nuestra vida sea la mejor denuncia frente al egoísmo y la indiferencia del mundo. Para que nuestra solidaridad cuestione la insolidaridad y el rabioso individualismo que degrada la vida y desestabiliza la sociedad. No podemos dar razón de nuestra esperanza con buenas palabras. Sólo el testimonio, el compromiso con los que sufren y se ven marginados, puede hacer recapacitar a este mundo deshumanizado e insolidario. Para que el mundo crea, hace falta que los creyentes vivamos ejemplarmente de acuerdo con la fe que confesamos. Y según esa fe, todos los hombres somos hermanos, sobre todo los más débiles, los que sufren, los enfermos, los disminuidos, los deficientes, los toxicómanos, los olvidados de la sociedad (“Eucaristía 1990”).
También es importante lo que sigue: “con mansedumbre y respeto”: la verdad no se impone, se propone y ha de hablar no por ser aclamada con gritos y represión, sino por la fuerza de la misma verdad, así como yo la acepto: porque me da la gana, así hay que respetar la libertad de las conciencias. Ya sabemos que hoy apenas si se cree en el cielo; que hay moda de inventar cielos de ciencia ficción en lugar de entrar en el misterio de la esperanza del cielo. Pero es que –aparte de que es más fácil aparentemente vivir sin compromiso moral- la idea que se han hecho del cielo quizá no es muy bonita, es imprescindible que la esperanza del cielo tenga verosimilitud a partir de la vida de los creyentes. Quizá las palabras sobre el cielo no las pronunciamos encendidas, o despreciamos la unión de alma y cuerpo, espíritu y mundo, y sólo hablamos de un “más allá”, poniendo lo negativo de este mundo al que hemos de amar apasionadamente (en palabras de s. Josemaría) pues es un regalo de Dios, y la Redención se realiza en esta realidad, la Encarnación no sustituye la naturaleza sino que la perfecciona. Y nos hemos desinteresado de este mundo despreciado como material, en la perspectiva de otro mundo espiritual e increíble. Increíble es ese otro mundo, el cielo, cuando lo brindamos como revancha a los pobres, para que se conformen con su pobreza y no nos pidan cuentas de nuestras riquezas (como un opio del pueblo, o una religión de esclavos). Increíble es el cielo, cuando sólo sirve de pretexto para desentendernos del mundo y sumir en la desesperación a las víctimas de todas las injusticias. Increíble es el cielo con el que se justifican pingües negocios, se enerva la buena voluntad de la gente y se manipula a los hombres, distrayéndolos del mundo, que es el campo de su responsabilidad. El cielo un día desbordará todas nuestras fantasías; pero hoy para nosotros es sólo esperanza, utopía que nos hace entrever un mundo distinto del que estamos forjando, rebeldía que nos impide doblegarnos a las exigencias de este mundo, que no es bueno porque no lo es para todos; subversión que nos obliga a liberar el mundo de todos los poderes que tratan de enseñorearse de él. Hablar del cielo y dar largas a la causa de los otros, puede ser edificante para algunos, pero es desesperante para los otros. Lo esperanzador sería comprometernos en la causa de todos. Y lo que se nos pide, como creyentes, es que demos razón de nuestra esperanza. Y sólo en la medida que el creyente se compromete en la construcción de un mundo acorde con la voluntad de Dios, sólo en esa medida da razón de su esperanza y hace posible la esperanza de todos en el cielo.
No es lo mismo que dar razones para que los otros esperen lo que nosotros mismos no esperamos. Dar razón de la esperanza es esperar en realidad de verdad y esperar contra toda esperanza humana, es mostrar que nosotros esperamos con paciencia en situaciones desesperadas y en la misma muerte. Es poner en cuestión al mundo con el hecho de la esperanza y no con palabras sobre la esperanza. Es, por tanto, vivir de tal manera en el amor que nuestra esperanza tenga fundamento y no aparezca como presunción, pues creemos y confesamos que el que no ama no tiene nada que esperar. Sólo así la esperanza cristiana es en absoluto y es noticia, buena noticia para todos cuantos preguntan y la aceptan. El que quiera dar razón de la esperanza, lo ha de hacer siempre con mansedumbre, pues la agresividad no puede ser nunca señal de la esperanza, sino del miedo. Y lo ha de hacer con respeto, con todo el respeto que merecen los que preguntan y, sobre todo, con el respeto que debemos al Evangelio. Esto nos obliga a decirlo todo y a practicarlo todo, sin mutilar el evangelio, ni avergonzarse de él. Pues todo el evangelio es motivo de esperanza para el creyente. Pedro nos amonesta igualmente para que demos razón de nuestra esperanza con buena conciencia; esto es, que hablemos de la esperanza sin doblez ni segundas intenciones, que proclamemos la esperanza que vivimos y vivamos la esperanza que proclamamos, que seamos sinceros con nosotros mismos y con los demás, que seamos honestos delante de Dios y de los hombres.
Glorificar a Cristo en el corazón es reconocerlo personalmente como Señor, es creer en él sinceramente y no sólo con los labios. El corazón es el centro de la responsabilidad y decisión del hombre, es la persona. El que reconoce a Cristo de corazón y lo glorifica en el corazón, está dispuesto igualmente a confesarlo ante los hombres con coraje (“Eucaristía 1975”).
El cristianismo no se basa en el poder, ni en la fuerza. Ni siquiera en la fuerza de la razón o de la verdad tal como se suele entender. Los cristianos carecemos de ese haz de razones, de verdades apabullantes que desarman a cualquiera. No está ahí nuestra fuerza. Y cuando nos empeñamos en que esté perdemos la "elegancia" del vivir y del sufrir cristianos que nada tiene que ver con la impotencia pero mucho menos tiene que ver con la imposición autárquica o dictatorial. No somos los creyentes del Sinaí con su corte de rayos y truenos atemorizantes, sino los creyentes del Gólgota, con un crucificado que no nos "dejará desamparados". Tenemos el amparo de la Cruz que no está hecha precisamente para abrir brecha al frente de ejércitos de conquista. Las únicas conquistas que merecen nombre de cristianas son las que llevan el sello de la "mansedumbre, el respeto y la buena conciencia" (Bernardino M. Hernando).
Murió en la carne, pero volvió a la vida por el Espíritu. El don del Espíritu Santo no es sino el mismo Espíritu de Cristo (Rm 8,9), que a Él lo glorificó en su Resurrección y a nosotros nos santifica y nos injerta en su Cuerpo místico. Toda nuestra vida ha de ser un himno de alabanza y de acción de gracias a Cristo, que nos otorga tantos bienes materiales y espirituales. Casiano dice: «Debemos expresarle nuestro agradecimiento, porque nos inspira secretamente la compunción de nuestras faltas y negligencias; porque se digna visitarnos con castigos saludables; por atraernos muchas veces, a pesar nuestro, al buen camino; por dirigir nuestro albedrío, a fin de que podamos cosechar mejores frutos, aunque nuestra tendencia hacia el mal sea tan acusada. Porque se digna, en fin, orientar esa tendencia y cambiarla, merced a saludables sugestiones, hacia la senda de la virtud».
4. La gran promesa que nos hizo Cristo fue el envío del Espíritu Santo, tercera persona de la Santísima Trinidad, don del Padre a los que por la fe y el amor se entregan a Cristo. Es también el Espíritu de Verdad, fuente de vida y de santidad para toda la Iglesia. “Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor”. Comenta San Basilio: «Se le llama Espíritu porque Dios es Espíritu (Jn 4, 24), y Cristo Señor es el espíritu de nuestro rostro. Le llamamos santo como el Padre es santo y santo el Hijo. La criatura recibe la santificación de otro, mas para el Espíritu la santidad es elemento esencial de su naturaleza. Él no es santificado, sino santificante. Lo llamamos bueno como el Padre es bueno y bueno aquel que ha nacido del Padre bueno; tiene la bondad por esencia. Él es, sin embargo, el Señor Dios, porque es verdad y justicia y no sabrá desviarse ni doblegarse, en razón de la inmutabilidad de su naturaleza. Es llamado Paráclito como el Unigénito, según la palabra de éste: “Yo rogaré al Padre y él os enviará otro Paráclito” (Jn 14,16).
¡Envíanos el Espíritu de fortaleza, a fin de combatir, en nosotros y en torno de nosotros, valerosamente contra el mal! ¡Envíanos el Espíritu de intrepidez, con el que los apóstoles comparecieron ante reyes y gobernantes y te confesaron! ¡Envíanos el Espíritu de paciencia, a fin de que en todas nuestras pruebas nos mostremos como fieles siervos tuyos! ¡Envíanos el Espíritu de alegría, a fin de sentimos dichosos de ser hijos del Padre del cielo! Y, finalmente, ¡envíanos el Espíritu Santo, Paráclito (consolador), a fin de no desfallecer en este mundo, sino que nos alegremos de tu divina cercanía! ¡Qué nos alegremos de tu divina cercanía!
"No os dejaré huérfanos". Yo estaré con vosotros de manera nueva y misteriosa; de una manera que es más que la presencia personal, limitada por tiempo y espacio, en que sólo puede obrarse desde fuera. Por eso os conviene que me vaya, pues entonces os podré mandar el nuevo consolador, que estará y obrará en vosotros, el Espíritu de la verdad, al que el mundo no ve ni conoce; pero vosotros lo conoceréis. Él permanecerá y morará en vosotros. El mundo no me verá ya más, pero vosotros me veréis, "porque yo vivo y vosotros viviréis". Una y otra cosa, profecía y promesa, son realidad y están estrechamente unidas. Ni una ni otra debemos perder de vista. ¿Qué se nos dice, acerca de este "estar con nosotros", acerca de esta presencia, este nuevo asistente y consolador?
Se trata, primeramente, de una presencia interior y personal que tal vez llamaríamos mejor presencia íntima. No es aquella presencia universal que llena cielo y tierra y en que piensa el apóstol cuando dice: "En Él vivimos, nos movemos y somos'. No es sólo aquella presencia (Sal 138) de la que no podemos apartarnos, sino otra presencia, totalmente personal e íntima. Una presencia personal de conocimiento y amor, como de amigo con amigo, un "morar" en medio de nuestro corazón, en el fondo de nuestra alma, en el hondón oculto de nuestro ser. Una presencia que nos hace en cuerpo y alma templos del Espíritu santo. Esta presencia no depende de nuestro sentimiento, ni de nuestro estado de salud ni de la temperatura o clima variable de nuestra alma. Es una realidad, aunque no nos percatemos de ella. Es desde luego objeto de fe. Mas cuando hoy nos dice la psicología, la ciencia del alma, que hay en el hombre profundidades ocultas, a que no llega ya la conciencia y que, no obstante, determinan con otros factores todo nuestro vivir, pensar y querer, las profundidades psíquicas inconscientes de que vivimos: cuando decimos, que tales cosas nos dice la psicología, ya no es tan difícil pasar de ahí a creer, que aún es más hondo y más íntimo el habitar y obrar del Espíritu divino en nosotros. A pesar de ser oculta, esta presencia es perceptible y experimentable. "Él permanecerá y obrará en vosotros". Aunque personalmente permanece oculta, como "el rey de la cámara oscura", sus efectos son perceptibles y verificables. Basta para ello que nos abramos y prestemos atención.
Estamos tan derramados y somos tan solicitados hacia lo exterior, tan fascinados por lo que hiere nuestros sentidos, que pensamos perder algo aun cuando se trate de mirar u oír dentro de nosotros mismos. Estamos tan aturdidos del ruido que reina en torno nuestro y dentro de nosotros, que no percibimos la voz suave, la llamada susurrante del Espíritu de Dios. Las luces chillonas nos deslumbran de forma que no vemos la luz fina y delicada que hay, para guiamos, dentro de nosotros mismos. El Espíritu de Dios en nosotros no obra justamente aquello a que estamos de ordinario acostumbrados y que, aun sin caer en la cuenta, esperamos también aquí: Que se nos subyugue, deslumbre y arrastre. No, el Espíritu de Dios nos deja intacta la libertad y con ella, también la responsabilidad de la determinación y del propio esfuerzo. No miremos en dirección falsa, no busquemos en lugar y de modo falsos, no aguardemos nada falso.
Y entonces podremos verificar que El está aquí, está con nosotros, obra en nosotros, como espíritu de fe en medio de la duda y confusión, como fuerza en la flaqueza, como espíritu de alegría en medio de las lágrimas y tristeza, como última seguridad secreta entre el desfallecimiento y congojas de todo linaje. Él nos consuela y fortalece y guía, nos sostiene y ayuda, ora dentro de nosotros con gemidos inenarrables, cuando nuestras palabras fallan; Él, consolador está allí ayudando a nuestra debilidad. ¡Gocemos de esta cercanía, de esta intimidad divina! (Jesús Corazón del Dios Viviente).
San Agustín comenta el Evangelio: “Dice el Señor: Todavía un poco y el mundo ya no me verá” (Jn 14,19). ¿Qué decir? ¿Es que entonces le veía el mundo? En efecto, con el nombre de «mundo» quiere indicar a aquellos de quienes habló antes, diciendo con referencia al Espíritu Santo: “A quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce” (Jn 14,17). El mundo, es verdad, veía con los ojos de la carne a quien se había hecho visible mediante la carne, pero no veía a la Palabra que se ocultaba en la carne; veía al hombre, pero no a Dios; veía el vestido, pero no al hombre vestido. Mas como después, de su resurrección mostró a los discípulos también su carne, no sólo para que la vieran, sino incluso para que la tocaran, pero no quiso manifestarla a los que no eran de los suyos, quizá haya que referir a esta realidad las palabras: “Todavía un poco y el mundo ya no me verá; pero vosotros me veréis, porque yo vivo, y también vosotros viviréis” (Jn 14,19).
¿Qué significa: Porque yo vivo, también vosotros viviréis? ¿Por qué se refiere a sí mismo en el presente y a ellos en futuro, sino porque les prometió que poseerían también la vida del cuerpo, pero un cuerpo resucitado, cual aquella en la que él les iba a preceder? Y como estaba tan próxima su resurrección, utilizó el presente para indicar esa inmediatez; refiriéndose a ellos, en cambio, no dijo: «vivís», sino viviréis, puesto que la suya se difiere hasta el fin del mundo.
De una manera breve y discreta, usando respectivamente el presente y el futuro, prometió las dos resurrecciones: la suya, que había de realizarse en breve, y la nuestra, que tendrá lugar al fin del mundo. Porque yo vivo -dice-, también vosotros viviréis: porque vive él, por eso viviremos nosotros también. Pues por un hombre entró la muerte y por un hombre entrará la resurrección de los muertos; y así como en Adán mueren todos, así todos volverán a la vida en Cristo. En efecto, nadie muere sino por Adán y nadie vive, sino por Cristo. Por haber vivido nosotros nos hallamos muertos; por vivir él, viviremos. Estamos muertos para él cuando vivimos para nosotros; pero dado que murió por nosotros, él vive para él y para nosotros. Y, por vivir él, viviremos nosotros también. Nosotros pudimos darnos la muerte, pero no podemos darnos de igual modo la vida.
“En aquel día conoceréis que yo estoy en mi Padre y que vosotros estáis en mí y yo en vosotros” (Jn 14,20). ¿En qué día, sino aquel del que dice: También vosotros viviréis? Entonces podremos ver lo que ahora creemos. También ahora él está en nosotros y nosotros en él; mas ahora lo creemos, entonces lo conoceremos. Y aunque ahora lo conozcamos por la fe, entonces lo conoceremos por la contemplación. Mientras vivimos en este cuerpo actual corruptible, que apesga al alma, somos peregrinos lejos del Señor, porque caminamos en la fe, no en la visión (2 Cor 5,6). Entonces, pues, le veremos en su realidad, porque le veremos tal cual es (1 Jn 3,2). En verdad, si Cristo no estuviese también ahora en nosotros, no diría el Apóstol: Si Cristo está en nosotros, el cuerpo está ciertamente muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia (Rom 8,10). Que también ahora estamos nosotros en él, lo indica con claridad cuando dice: Yo soy la vid y vosotros los sarmientos (Jn 15,5). Por consiguiente, en aquel día en que vivamos con la Vida, que absorbe a la muerte, veremos que él está en el Padre, nosotros en él y él en nosotros, porque entonces llegará a la perfección lo que ahora ha comenzado ya él, es decir, su morada en nosotros y la nuestra en él.
“El que tiene mis mandatos y los observa es quien me ama” (Jn 14,21): el que los tiene en su memoria y los observa en su vida; el que los tiene presentes en sus palabras y los observa en sus costumbres; quien los tiene porque los escucha y los observa practicándolos, o quien los tiene porque los lleva a la práctica y los observa perseverando en ellos. Ése es -dice- quien me ama. El amor debe manifestarse en las obras para que no se quede en palabra estéril. Y a quien me ame, le amará mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a mí mismo (Jn 14,21). ¿Qué significa amaré? Deja entender que le ha de amar entonces, pero que no le ama ahora. No ha de entenderse así. Pues ¿cómo podría amarnos el Padre sin el Hijo o el Hijo sin el Padre? Si su obrar es inseparable, ¿cómo pueden amar de forma separada? Pero dijo: Yo le amaré, para añadir: Y me manifestaré a él. Le amaré y me manifestaré: es decir, le amaré, para manifestarme a él. Al presente nos ha amado para que creamos y guardemos el mandato de la fe; entonces nos amará para que le veamos y recibamos la visión misma como recompensa de la fe. También nosotros le amamos ahora creyendo lo que veremos, pero entonces le amaremos viendo lo que hemos creído”.
Según el evangelista Juan (Jn 16,27; 1 Jn 2,3-6; 3,23), Dios pide al hombre dos actitudes fundamentales: fe y amor. Esta respuesta del hombre al Evangelio comprende ya la plenitud de la nueva ley. Una fe vivida en el amor y un amor operante por la obediencia buscada a la Palabra del Señor constituyen aquella comunión de vida con Jesús que se presupone para que se cumplan las promesas que él hace a sus discípulos. Numerosos santos han subrayado en sus escritos este aspecto. "Ama y haz lo que quieras" (San Agustín). "Jesús no tiene necesidad de nuestras obras, sino solamente de nuestro amor" (Teresa de Lisieux; cf. “Eucaristía 1993).
La escena de hoy relaciona el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (la Trinidad) con los discípulos (la Iglesia). Por la intervención de Jesús, el Padre enviará a los discípulos el Espíritu Santo. El hecho de que el Padre dé el Espíritu Santo a los discípulos de su Hijo Jesús, implica que quiere estar en ellos, como ellos están en el Hijo y el Hijo está en él. El Espíritu une la Trinidad y los discípulos, y hace de la existencia de los discípulos una existencia de comunión con Dios y entre nosotros. Pero los discípulos sólo recibirán el don del Espíritu si se mantienen unidos a Jesús, si guardan su palabra, palabra que se ha hecho relación (1,14), comida y bebida (6,55), donación libre por amor (10,17-18). Jesús nos promete su presencia. No nos deja solos, porque quiere que vivamos la vida que vive desde siempre al lado del Padre, una vida de comunión, una vida de amor en plenitud, una vida libre y feliz para siempre. Por eso, el Padre nos dará el Espíritu, para que éste haga manar de los corazones de los creyentes ríos de agua viva (7,38-39). El Espíritu prometido transformará nuestros corazones para que sirvamos y amemos como Jesús, y nos acompañará siempre en nuestro camino hacia la comunión con Dios y entre nosotros.
“Se acercaba el momento en el que Jesús iba a ofrecer su vida por los hombres. Tan grande era su amor, que en su Sabiduría infinita encontró el modo de irse y de quedarse, al mismo tiempo. San Josemaría Escrivá, al considerar el comportamiento de los que se ven obligados a dejar su familia y su casa, para ganar el sustento en otra parte, comenta que el amor del hombre recurre a un símbolo: los que se despiden se cambian un recuerdo, quizá una fotografía... Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda Él mismo. Irá al Padre, pero permanecerá con los hombres. Bajo las especies del pan y del vino está Él, realmente presente: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad” (Javier Echevarría).
Hoy Jesús se dirige directamente a los que buscamos la felicidad. (“¿Qué buscáis?” 1,38) y a los que buscamos hallarlo vivo (“¿A quién buscas?” 20,15), y nos dice: “Quien me ama, guarda mis mandamientos”. Amar a Jesús (= amar a Dios) y guardar sus mandamientos son una única y misma cosa, son inseparables; no amamos a Dios (= Jesús) si no guardamos sus mandamientos. Ahora bien, ¿cuáles son los mandamientos de Jesús? Son su palabra. Y su palabra es él mismo, su vida de servicio y su misión de amor, para que todos tengan vida y acojan la verdad (el amor de Dios). Por tanto, se trata de creer en Jesús y seguir su ejemplo en el servicio y en el amor desinteresados (Jaume Fontbona).

SÁBADO DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA: seguir a Jesús es estar en el mundo sin ser mundanos, preferir la gloria de Dios a la del mundo: trabajar por ex

SÁBADO DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA: seguir a Jesús es estar en el mundo sin ser mundanos, preferir la gloria de Dios a la del mundo: trabajar por extender el Evangelio aunque suponga contradicciones

Hechos de los apóstoles 16, 1-10: Pablo y Silas llegaron a Derbe y Listra. Había allí un discípulo llamado Timoteo, hijo de un griego y de una judía cristiana... Pablo quiso llevárselo consigo y, por consideración a los judíos de la región, lo circuncidó, aunque todos sabían que su padre era pagano.
Según pasaban por las ciudades comunicaban a los fieles las decisiones de los apóstoles y presbíteros de Jerusalén..., y las iglesias se robustecían en la fe y crecían en número de día en día... Atravesaron Frigia y Galacia, porque el Espíritu Santo les había impedido predicar la palabra en Asia. Llegados cerca de Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió. Entonces atravesaron Misia y bajaron a Tróade. Durante la noche Pablo tuvo una visión: un macedonio estaba de pie y le suplicaba diciendo: ven a Macedonia y ayúdanos. En cuanto tuvo la visión, intentamos inmediatamente pasar a Macedonia, convencidos de que Dios nos había llamado para anunciarles el Evangelio.

Salmo responsorial 100/99, 2.3.5: «Que toda la tierra aclame al Señor». «Aclamad al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios; que Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño. El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades».

Evangelio según san Juan 15, 18-21: “Jesús siguió hablando en su discurso a los discípulos: Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia. Recordad lo que os dije: no es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra..."

Comentario: 1. Pablo, Bernabé, Silas y Judas, tras su largo viaje, pasaron un tiempo juntos en Antioquía. Hasta que un día Pablo dijo a Bernabé: volvamos a visitar las comunidades que fundamos. Bernabé aceptó la invitación, pero quiso que con ellos fuera también Marcos. Pablo no aprobó este deseo, recordando que Marcos los había dejado anteriormente. Por ese motivo surgió entre ellos una aguda tensión, como sucede tantas veces en la vida, y, por el bien de la paz fraterna y apostólica, cada cual tomó su propio camino: Bernabé, con Marcos, se dirigió a Chipre; y Pablo, con Silas, se fue hacia Siria y Cilicia. En la lectura de hoy se habla sólo de Pablo y Silas. Comenzaron por Antioquía, donde concluirá también la misión en primavera del año 53, después de 3 años de viaje –ya no por encargo, sino por su cuenta-. -Pablo recorrió Siria y Cilicia, consolidando las Iglesias... Llegó también a Derbe y luego a Listra... Conforme iba pasando por las ciudades, les entregaba, para que las observasen, las decisiones tomadas por los Apóstoles y los Ancianos en Jerusalén... Empieza visitando de nuevo sus comunidades -es la tercera vez-.
-“Pablo decidió llevar consigo a Timoteo, hijo de una mujer judía y de padre griego. Lo tomó y lo circuncidó a causa de los judíos que había en aquellos lugares...” S. Efrén señala que “dado que Timoteo se disponía a predicar el Evangelio por todas partes a judíos, y para evitar que a causa de su incircuncisión despreciaran su palabra, se decidió a circuncidarlo… para no perjudicar su Evangelio”. Esta es otra prueba de la amplitud de espíritu de Pablo y de su sentido misionero: «Me hice judío con los judíos y griego con los griegos» dirá en una de sus cartas, «para ganarlos a todos para Cristo». Es el movimiento mismo de la encarnación: Dios se hizo hombre con los hombres. ¿A quién debería yo acercarme, HOY?
-“Atravesaron Frigia y la región de Galacia... intentaron dirigirse a Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo consintió... Atravesaron pues Misia y bajaron a Tróada...” Hay que recibir con mucha fe esos nombres de «provincias» del Imperio romano que indican que Pablo y Timoteo recorrieron entonces casi toda la Turquía actual. Pero no hicieron siempre lo que hubieran querido. ¿Qué dificultad les cerró la puerta de Bitinia? En todo caso, lo dejan dócilmente una vez más, a cuenta del Espíritu, y se someten religiosamente, a esta imposibilidad de evangelizar que han encontrado en su ruta. Danos, Señor, este espíritu sobrenatural, esta docilidad total.
-“Por la noche Pablo tuvo una visión: Un macedonio estaba de pie suplicándole: «¡Pasa a Macedonia y ayúdanos!»” Hasta aquí Pablo evangelizó Asia Menor -la actual Turquía-. Dios le empuja a ir más lejos, a abordar un nuevo continente, la Grecia propiamente dicha -Europa-. ¡Es un hombre quien le llama «Ven a ayudarnos»! El paganismo, en el fondo, es la peor miseria y en lo más hondo de sí mismo el hombre aspira a verse liberado de ello: «¡ayúdame!» Es la llamada de un hombre que me pide que le comunique la buena nueva. ¿Estoy atento a las llamadas que percibo a mi alrededor? Los peldaños del evangelio son muchos: valores humanos, rectitud de conciencia, sentido del deber, pobreza, lucha por la justicia, competencia profesional, generosidad y abnegación en el servicio de los demás... etc.
-“Inmediatamente intentamos pasar a Macedonia, persuadidos de que Dios nos llamaba para que les llevásemos la Buena Nueva”. ¡Cuán emocionante resulta ese «macedonio» pidiendo «socorro»! Ese hombre que llama, ¡es Dios que llama! Tal es el origen de la Misión. Una llamada de Dios. ¡Dios llama! Por desgracia, cuántas veces no le oímos. Perdón, Señor, por rehusar tan a menudo la llamada de nuestros hermanos y la llamada de Dios que aquella contiene (Noel Quesson).
San Juan Crisóstomo dice que todos los cristianos han de participar en la evangelización de los no creyentes: «No puedes decir que te es imposible atraer a los demás. Si eres verdadero cristiano, es imposible que esto suceda. Si es cierto que no hay contradicción en la naturaleza, es también verdad lo que nosotros afirmamos, pues esto se desprende de la misma naturaleza del cristiano. Si afirmas que un cristiano no puede ser útil, deshonras a Dios y lo calificas de mendaz. Le resulta más fácil a la luz convertirse en tinieblas que al cristiano no irradiar. No declares nunca una cosa imposible, cuando es precisamente lo contrario lo que es imposible.
A esto hay que añadir que San Pablo no halagaba, sino que presentaba el mensaje de Cristo en toda su exactitud, centrado en la Cruz. Todas las verdades y todos los preceptos de Cristo incluso los más exigentes fueron materia de su predicación. Lo muestran sus Cartas. No quiere saber otra cosa que a Cristo y a Cristo Crucificado, escándalo para unos e insensatez para otros». «Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo y habéis resucitado con Él, porque habéis creído en la fuerza de Dios que lo resucitó. Aleluya» (Col 2,12; ant. entrada). «Señor, Dios Todopoderoso, que por las aguas del bautismo nos has engendrado a la vida eterna; ya que has querido hacernos capaces de la vida inmortal, no nos niegues ahora tu ayuda para conseguir los bienes eternos» (Colecta).
Sal. 99. En este cántico se concentran la fe y esperanza de Israel. Como siguiendo la invitación del salmo, la Virgen María eleva su canto de alegría (cf. Lc 1,46-47). Reconozcamos que el Señor es Dios, que fue Él quien nos hizo y somos suyos, que somos su pueblo y su rebaño. Es Él quien va al frente de nosotros; Él es quien nos alimenta con su Palabra, con las diversas acciones litúrgicas y con el amor fraterno. Es Él quien nos envía, en su Nombre, no sólo a proclamar, sino a llevar el Evangelio de la gracia a todas las naciones, para que, quien lo acepte y viva comprometido con Él, tenga vida eterna. Así Dios nos manifiesta su bondad, su misericordia y su fidelidad. Quienes creemos en Él debemos vivir también esa fidelidad a su amor, manifestando con nuestras buenas obras que realmente Dios vive en nosotros y nosotros en Él.
Juan Pablo II así lo comentaba: “La tradición de Israel ha atribuido al himno de alabanza que se acaba de proclamar, salmo 99, el título de "Salmo para la todáh", es decir, para la acción de gracias en el canto litúrgico... En los pocos versículos de este himno gozoso pueden identificarse tres elementos tan significativos, que su uso por parte de la comunidad orante cristiana resulta espiritualmente provechoso.
Está, ante todo, la exhortación apremiante a la oración, descrita claramente en dimensión litúrgica. Basta enumerar los verbos en imperativo que marcan el ritmo del salmo y a los que se unen indicaciones de orden cultual: "Aclamad..., servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios... Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre" (vv. 2-4). Se trata de una serie de invitaciones no sólo a entrar en el área sagrada del templo a través de puertas y atrios (cf. Sal 14,1; 23,3.7-10), sino también a aclamar a Dios con alegría.
Es una especie de hilo constante de alabanza que no se rompe jamás, expresándose en una profesión continua de fe y amor. Es una alabanza que desde la tierra sube a Dios, pero que, al mismo tiempo, sostiene el ánimo del creyente (…).
(Sobre la alegría de los que entran en el templo): En el clima de alegría y de fiesta… el salmo 99… constituye una jubilosa invitación a alabar al Señor, pastor de su pueblo.
Siete imperativos marcan toda la composición e impulsan a la comunidad fiel a celebrar, en el culto, al Dios del amor y de la alianza: aclamad, servid, entrad en su presencia, reconoced, entrad por sus puertas, dadle gracias, bendecid su nombre. Se puede pensar en una procesión litúrgica, que está a punto de entrar en el templo de Sión para realizar un rito en honor del Señor (cf. Sal 14; 23; 94).
En el salmo se utilizan algunas palabras características para exaltar el vínculo de alianza que existe entre Dios e Israel. Destaca ante todo la afirmación de una plena pertenencia a Dios: "somos suyos, su pueblo" (Sal 99,3), una afirmación impregnada de orgullo y a la vez de humildad, ya que Israel se presenta como "ovejas de su rebaño" (ib.). En otros textos encontramos la expresión de la relación correspondiente: "El Señor es nuestro Dios" (cf. Sal 94,7). Luego vienen las palabras que expresan la relación de amor, la "misericordia" y "fidelidad", unidas a la "bondad" (cf. Sal 99,5), que en el original hebreo se formulan precisamente con los términos típicos del pacto que une a Israel con su Dios.
Aparecen también las coordenadas del espacio y del tiempo. En efecto, por una parte, se presenta ante nosotros la tierra entera, con sus habitantes, alabando a Dios (cf. v. 2); luego, el horizonte se reduce al área sagrada del templo de Jerusalén con sus atrios y sus puertas (cf. v. 4), donde se congrega la comunidad orante. Por otra parte, se hace referencia al tiempo en sus tres dimensiones fundamentales: el pasado de la creación ("él nos hizo", v. 3), el presente de la alianza y del culto ("somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño", v. 3) y, por último, el futuro, en el que la fidelidad misericordiosa del Señor se extiende "por todas las edades", mostrándose "eterna" (v. 5).
Consideremos ahora brevemente los siete imperativos que constituyen la larga invitación a alabar al Señor y ocupan casi todo el Salmo (cf. vv. 2-4), antes de encontrar, en el último versículo, su motivación en la exaltación de Dios, contemplado en su identidad íntima y profunda.
La primera invitación es a la aclamación jubilosa, que implica a la tierra entera en el canto de alabanza al Creador. Cuando oramos, debemos sentirnos en sintonía con todos los orantes que, en lenguas y formas diversas, ensalzan al único Señor. "Pues -como dice el profeta Malaquías- desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura. Pues grande es mi nombre entre las naciones, dice el Señor de los ejércitos" (Ml 1,11).
Luego vienen algunas invitaciones de índole litúrgica y ritual: "servir", "entrar en su presencia", "entrar por las puertas" del templo. Son verbos que, aludiendo también a las audiencias reales, describen los diversos gestos que los fieles realizan cuando entran en el santuario de Sión para participar en la oración comunitaria. Después del canto cósmico, el pueblo de Dios, "las ovejas de su rebaño", su "propiedad entre todos los pueblos" (Ex 19,5), celebra la liturgia.
La invitación a "entrar por sus puertas con acción de gracias", "por sus atrios con himnos", nos recuerda un pasaje del libro Los misterios, de san Ambrosio, donde se describe a los bautizados que se acercan al altar: "El pueblo purificado se acerca al altar de Cristo, diciendo: "Entraré al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud" (Sal 42,4). En efecto, abandonando los despojos del error inveterado, el pueblo, renovado en su juventud como águila, se apresura a participar en este banquete celestial. Por ello, viene y, al ver el altar sacrosanto preparado convenientemente, exclama: "El Señor es mi pastor; nada me falta; en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas" (Sal 22,1-2)".
Los otros imperativos contenidos en el salmo proponen actitudes religiosas fundamentales del orante: reconocer, dar gracias, bendecir. El verbo reconocer expresa el contenido de la profesión de fe en el único Dios. En efecto, debemos proclamar que sólo "el Señor es Dios" (Sal 99,3), luchando contra toda idolatría y contra toda soberbia y poder humanos opuestos a Él.
El término de los otros verbos, es decir, dar gracias y bendecir, es también "el nombre" del Señor (cf. v. 4), o sea, su persona, su presencia eficaz y salvadora.
A esta luz, el salmo concluye con una solemne exaltación de Dios, que es una especie de profesión de fe: el Señor es bueno y su fidelidad no nos abandona nunca, porque Él está siempre dispuesto a sostenernos con su amor misericordioso. Con esta confianza el orante se abandona al abrazo de su Dios: "Gustad y ved qué bueno es el Señor -dice en otro lugar el salmista-; dichoso el que se acoge a Él" (Sal 33,9; cf. 1 P 2,3).
(Después de haber visto cómo el salmista exhorta a toda la tierra a aclamar al Señor: cf. v. 1): Ciertamente, el salmo fijará luego su atención en el pueblo elegido, pero el horizonte implicado en la alabanza es universal, como sucede a menudo en el Salterio, en particular en los así llamados "himnos al Señor, rey" (cf. Sal 95-98). El mundo y la historia no están a merced del destino, del caos o de una necesidad ciega. Por el contrario, están gobernados por un Dios misterioso, sí, pero a la vez deseoso de que la humanidad viva establemente según relaciones justas y auténticas: Él "afianzó el orbe, y no se moverá; Él gobierna a los pueblos rectamente. (...) Regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad" (Sal 95,10.13).
Por tanto, todos estamos en las manos de Dios, Señor y Rey, y todos lo celebramos, con la confianza de que no nos dejará caer de sus manos de Creador y Padre. Con esta luz se puede apreciar mejor el tercer elemento significativo del salmo. En efecto, en el centro de la alabanza que el salmista pone en nuestros labios hay una especie de profesión de fe, expresada a través de una serie de atributos que definen la realidad íntima de Dios. Este credo esencial contiene las siguientes afirmaciones: el Señor es Dios, el Señor es nuestro creador, nosotros somos su pueblo, el Señor es bueno, su misericordia es eterna y su fidelidad no tiene fin (cf. vv. 3-5).
Tenemos, ante todo, una renovada confesión de fe en el único Dios, como exige el primer mandamiento del Decálogo: "Yo soy el Señor, tu Dios. (...) No habrá para ti otros dioses delante de mí" (Ex 20,2.3). Y como se repite a menudo en la Biblia: "Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro" (Dt 4,39). Se proclama después la fe en el Dios creador, fuente del ser y de la vida. Sigue la afirmación, expresada a través de la así llamada "fórmula del pacto", de la certeza que Israel tiene de la elección divina: "Somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño" (v. 3). Es una certeza que los fieles del nuevo pueblo de Dios hacen suya, con la conciencia de constituir el rebaño que el Pastor supremo de las almas conduce a las praderas eternas del cielo (cf. 1 Pe 2,25).
Después de la proclamación de Dios uno, creador y fuente de la alianza, el retrato del Señor cantado por nuestro salmo prosigue con la meditación de tres cualidades divinas exaltadas con frecuencia en el Salterio: la bondad, el amor misericordioso (hésed) y la fidelidad. Son las tres virtudes que caracterizan la alianza de Dios con su pueblo; expresan un vínculo que no se romperá jamás, dentro del flujo de las generaciones y a pesar del río fangoso de los pecados, las rebeliones y las infidelidades humanas. Con serena confianza en el amor divino, que no faltará jamás, el pueblo de Dios se encamina a lo largo de la historia con sus tentaciones y debilidades diarias.
Y esta confianza se transforma en canto, al que a veces las palabras ya no bastan, como observa san Agustín: "Cuanto más aumente la caridad, tanto más te darás cuenta de que decías y no decías. En efecto, antes de saborear ciertas cosas creías poder utilizar palabras para mostrar a Dios; al contrario, cuando has comenzado a sentir su gusto, te has dado cuenta de que no eres capaz de explicar adecuadamente lo que pruebas. Pero si te das cuenta de que no sabes expresar con palabras lo que experimentas, ¿acaso deberás por eso callarte y no alabar? (...) No, en absoluto. No serás tan ingrato. A Él se deben el honor, el respeto y la mayor alabanza. (...) Escucha el salmo: "Aclama al Señor, tierra entera". Comprenderás el júbilo de toda la tierra, si tú mismo aclamas al Señor".
3. En una situación de rechazo y persecución, resuenan las palabras del Maestro: "Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros". La exhortación a la comunidad cristiana comienza con un recuerdo lapidario: la expresión "sabed" invita a los oyentes a reflexionar sobre su situación fundamental y a que piensen en aquel Jesús al que se han unido mediante la fe. El odio del mundo no ha de buscarse, lo que aquí se señala es –comentaba S. Gregorio Magno- que “la hostilidad de los perversos suena como alabanza para nuestra vida, porque demuestra que tenemos al menos algo de rectitud en cuanto que resultamos molestos a los que no aman a Dios: nadie puede resultar grato a Dios y a los enemigos de Dios al mismo tiempo. Demuestra que no es amigo de Dios quien busca complacer a los que se oponen a Él: y quien se somete a la verdad luchará contra lo que se opone a la verdad”. Y a continuación se añade la razón teológica del hecho: los discípulos ya no pertenecen al mundo. "Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia". Los discípulos "no son del mundo", han pasado ya "de la muerte a la vida", por lo cual se han despojado de su naturaleza mundana. Para el mundo ya no son "lo suyo", sino que ahora pertenecen a Jesús. Él los ha hecho suyos mediante su elección. Porque ya no pertenecen al mundo, tampoco el mundo les demuestra su amor, habiendo perdido a sus ojos todo interés. Y por esta pertenencia a Jesús los cristianos han entrado lógicamente en esa oposición tensa y radical que hay entre Dios y el mundo. Pablo llegará a decir que "están crucificados con Jesús". Sin embargo, han de vivir en el mundo aunque no pueden llegar a sentirse en el mundo como en su propia casa. El discípulo de Jesús no puede ya identificarse con el mundo. Y eso es justamente lo que el mundo no le puede perdonar "por eso el mundo os odia". "Y todo esto lo hará con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió". Jesús es el testigo por excelencia del amor y de la fidelidad de Dios, pero el pueblo judío prefiere llamarle blasfemo antes que reconocerlo como Hijo de Dios. Para creer en Jesús de Nazaret y aceptar el Reino inaugurado en su persona, el pueblo elegido tendría que haber renunciado a su orgullo, a su seguridad en sí mismo. Prefirió suprimir al testigo molesto. La Iglesia es el cuerpo de Cristo y encarna la sabiduría de Dios. Por eso, tiene que sufrir inevitablemente los ataques del hombre que se cree dios de sí mismo y que no puede renunciar a ser él el autor de su propia salvación. Este hombre siempre buscará acusaciones contra la Iglesia, por los mismos motivos que las buscó contra Jesús. Entonces no se aceptó a Jesús como enviado de Dios. Ahora no se acepta a la Iglesia como enviada de Cristo.
-“Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí, primero que a vosotros”. Estamos bien advertidos. No tenemos por qué extrañarnos de ser rechazados. La conducta del cristiano, en el mundo, debería ser una conducta original que no adquiere todo su sentido más que para el que tiene Fe. Nada de extraño, pues, que muchos hombres rechacen a los cristianos. "Bienaventurados seréis si sois perseguidos"(Mt 5, 11). La persecución es un medio de unión con Cristo: ser objeto de burla por la fe o por la moral cristiana, es correr la misma suerte que Jesús. En la época en que Juan escribía esto, muchos cristianos morían mártires. "Seréis odiados a causa de mi nombre" (Mc 13, 13). Ser un signo de contradicción... a imitación de Jesús. Señor, perdóname el ser demasiado semejante al “mundo pecador”, y el no parecerme suficientemente a ti.
-“Porque no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por esto el mundo os aborrece”. Para san Juan, habitualmente, el mundo significa "el mundo pecador' "el mundo que rehúsa a Dios" El conflicto es implacable: "el mundo os detesta." No es una visión maniquea de lo creado, que es bueno, sino que podríamos traducir “mundo” por lo que entendemos como “mundanidad” (Noel Quesson). Va a ser una historia de lucha entre el bien y el mal. Como lo ha sido en la persona de Cristo, el maestro, lo será del mismo modo con sus seguidores: «si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros».Y es que de por medio está el gran contraste: ser del mundo o no serlo. Hay diferencia entre «estar en el mundo» y «ser del mundo», o sea, compartir los criterios del mundo. El «mundo» para Juan es siempre el conjunto de las fuerzas del mal, opuestas al Reino que quiere establecer Jesús.
Las palabras de Jesús en la Última Cena nos avisan también a nosotros de que va a ser difícil nuestra relación con el mundo. Como lo fue para Cristo Jesús. El mundo no recibió a Cristo, y podemos caer en el «mimetismo», la asimilación insensible de la jerarquía de valores del mundo, en vez de la de Cristo. Todos somos conscientes de que las bienaventuranzas de este mundo no coinciden en absoluto con las de Jesús, y que nos hace falta lucidez para discernir en cada caso. ¿A cuáles nos apuntamos?, ¿nos dejamos manipular, por las verdades de este mundo y por sus promesas a corto plazo, por cobardía y por pereza, o nos mantenemos fieles a Jesús, el único que «tiene palabras de vida eterna?” (J. Aldazábal). Comenta San Agustín: «Si queréis saber cómo se ama a sí mismo el mundo de perdición que odia al mundo de redención, os diré que se ama con un amor falso, no verdadero. Y si se ama con amor falso, en realidad se odia: porque quien ama la maldad tiene odio a su propia alma... Pero se dice que se ama porque ama la iniquidad que le hace inicuo; y se dice que a la vez se odia, porque ama lo que es perjudicial. En sí mismo odia la naturaleza y ama el vicio; ama lo que en él hizo su propia voluntad. Por lo cual se nos manda y se nos prohíbe amarlo. Se nos prohíbe cuando dice: “No améis el mundo”; y se nos manda en aquellas palabras: “Amad a vuestros enemigos”. Se nos prohíbe, pues, amar en él lo que él en sí mismo odia, esto es, la hechura de Dios y los múltiples consuelos de su bondad. Se nos prohíbe amar sus vicios y se nos manda amar su naturaleza, ya que él ama sus vicios y odia su naturaleza. A fin de que nosotros lo amemos y odiemos con rectitud, ya que él se ama y se odia con perversidad».
Y San Cipriano de Cartago también explica lo que era la mentalidad de una generación de primeros mártires: “...no pertenecéis al mundo, porque yo os elegí y os saqué del mundo, por eso el mundo os odia.” (Jn 15,19). El Señor quiere que nos alegremos, que saltemos de gozo cuando nos vemos perseguidos (Mt 5,12), porque cuando hay persecución es cuando se merece la corona de la fe (Sant 1,12). Es entonces cuando los soldados de Cristo se manifiestan en la pruebas, entonces se abren los cielos a sus testigos. No combatimos en la filas de Dios para tener una vida tranquila, para esquivar el servicio, cuando el Maestro de la humildad, de la paciencia y del sufrimiento llevó el mismo combate antes que nosotros. Lo que él ha enseñado lo ha cumplido antes, y si nos exhorta a mantenernos firmes en la lucha es porque Él mismo ha sufrido antes que nosotros y por nosotros.
Para participar en las competiciones del estadio, uno tiene que entrenarse y ejercitarse y se considera feliz si bajo la mirada de la multitud le entregan el premio. Pero aquí hay una competición más noble y deslumbrante. Dios mismo mira nuestro combate, nos mira como hijos suyos y Él mismo nos entrega el premio celestial. (1 Cor 9,25) Los ángeles nos miran, nos mira Cristo y nos asiste. Pertrechémonos con todas nuestra fuerzas, libremos el buen combate con un ánimo animoso y una fe sincera”. Llucià Pou Sabaté