viernes, 12 de febrero de 2010

Domingo 5º, ciclo C: no hemos de pensar que somos indignos y tener miedo, pues el amor de Dios nos hace dignos, y Jesús nos dice que no tengamos miedo

Domingo 5º, ciclo C: no hemos de pensar que somos indignos y tener miedo, pues el amor de Dios nos hace dignos, y Jesús nos dice que no tengamos miedo, que Él nos hace pescadores de hombres como a Pedro
 
Lectura del Profeta Isaías 6,1-2a. 3-8. El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Y vi serafines en pie junto a él. Y se gritaban uno a otro diciendo: -¡Santo, santo, santo, el Señor de los Ejércitos, la tierra está llena de su gloria! Y temblaban las jambas de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. Yo dije: -¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos. Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: -Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado. Entonces escuché la voz del Señor, que decía: -¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí? Contesté: -Aquí estoy, mándame.
 
Salmo 137,1-2a,2bc-3.4-5.7c-8. R/. Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti, me postraré hacia tu santuario.
Daré gracias a tu nombre por tu misericordia y tu lealtad. Cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma.
Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra, al escuchar el oráculo de tu boca; canten los caminos del Señor, porque la gloria del Señor es grande.
Extiendes tu brazo y tu derecha me salva. El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.
 
Primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 15,1-11. El texto entre [ ] puede omitirse por razón de brevedad.
Hermanos: [Os recuerdo el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado nuestra adhesión a la fe. Porque] lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los Apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.
[Porque soy el menor de los Apóstoles, y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.] Pues bien; tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.
 
Evangelio según San Lucas 5,1-11. En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: -Rema mar adentro y echad las redes para pescar. Simón contestó: -Maestro nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes. Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: -Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zedebeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: -No temas: desde ahora, serás pescador de hombres. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
 
Comentario: 1. Is 6,1-2a.3-8.-La muerte de Azarías (=Ozías) de Judá, el rey leproso, acaece el año 739 a. de C. Fue un largo reinado, más de cuarenta años, de prosperidad y seguridad. Con su muerte asistimos a la decadencia y ocaso de los reinos del N. y del S. La gran amenaza viene de Asiria: Tiglat-Pileser sube al trono de Asiria el año 745, conquista Damasco (732) y se proclama rey de Babilonia (729). El peligro es inminente: Salmanasar V, sucesor de Tiglat-Pileser, se apodera de Samaria (722), y Senaquerib invadirá Judá el año 701 a. de C.
Isaías es un excelente poeta que nos narra, con palabras muy precisas y de enorme contenido, su experiencia religiosa del primer encuentro con el Señor. Resulta muy difícil exponer en breves líneas el sentido profundo del texto. La visión es del año 739, año de la muerte de Ozías. El autor se halla, o al menos es transportado mediante la visión, al templo terrestre donde se halla el altar del incienso (vv 1.9; Ex 30,1s.; 1 Re 6,17). Isaías no nos describe la visión, sino que de forma muy escueta nos dice: "vi al Señor". Aquella rica experiencia interna debe expresarla con unos símbolos, los bíblicos, para que puedan entenderla sus oyentes y lectores. Así el humo (=nube; cfr. Ex 13,21; 40,34; 1 Re 8,10 s; Ex 10,4) que llena el templo (v 4) es un símbolo que expresa la presencia de Dios, sentado sobre un trono en actitud de rey (v 1; 1 Re 22,19). Que el Señor aparezca envuelto en un manto es imagen bíblica (Sal 104,1s), pero el profeta sólo ve su orla o parte inferior. Así, de forma velada, el autor nos dice que la parte superior ocupa el templo celeste (por eso usa los adjetivos "alto y excelso" aplicados al trono). Según Jn 12,41, esta orla es la gloria del Señor, término que, al igual que nube, nos indica manifestación de Dios.
La corte de este Rey está formada por serafines (su nombre indica relación con el fuego). Son seres alados que cubren su rostro y desnudez en señal de reverencia: como servidores, están de pie y con dos alas se ciernen para indicar prontitud a hacer lo ordenado por el Señor. En su canto (v 3) tres veces se repite el término "santo", práctica muy corriente en hebreo (cf Jr 7,4;22,29; Ez 21,32) para indicar de forma superlativa que Dios es santo y sólo santo (cf Is 1,4;5,16.19.24; 10,17.20; 12,6; 29,19...). Y a la vez se ansía que la gloria (=manifestación de la Majestad divina) invada toda la tierra. El gran coro produce una especie de terremoto en el templo.
-Vs. 5-8: reacción y purificación. Ante la santidad divina la reacción del profeta es reconocerse hombre de labios impuros, al igual que su pueblo; en esta condición no puede participar en el coro de serafines, no puede ejercer la labor de anunciar. Además, el miedo le invade porque sus ojos han visto al Señor y en consecuencia debe morir (Ex. 3, 20). Un serafín coge del altar sagrado un ascua y purifica los labios: desde entonces Isaías es apto para la misión de la palabra porque por este rito se le ha perdonado su pecado y su culpa. Y libre de obstáculos se ofrece, con prontitud, a la misión (v. 8).
Reflexiones. -¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?" (v.8). Todo el relato de vocación profética está orientado hacia el ministerio de la palabra, palabra que nos haga ver cómo la gloria o manifestación divina invade toda la tierra. La tarea no es nada fácil. Los hombres somos seres ciegos que ni siquiera palpamos esa presencia divina en nuestro mundo; más aún, con nuestro actuar hacemos que esa presencia resulte aún menos visible, menos comprensible. Nuestros odios, injusticias, desmanes, afán de poder bélico..., han convertido a nuestro planeta en un "iceberg" agrietado que se desliza por rumbos peligrosos. El profeta sale a nuestro encuentro, pero ¿con qué credenciales? Con su palabra. ¡Credencial insignificante! Por eso, la palabra profética será siempre arma de doble filo: salvación para el que crea y piedra de precipicio para el que endurezca su corazón. Por eso Isaías recibe esta misión; "...que sus ojos no vean, que sus oídos no oigan, que su corazón no entienda..." (vs. 9-10).
-A pesar de la dificultad de la misión profética, Isaías se muestra pronto a la llamada: "...aquí estoy, mándame". Buen ejemplo para imitar, pero no para imponer. También Jeremías y Moisés, con sus objeciones y reticencias, fueron grandes profetas, heraldos de la palabra profética (A. Gil Modrego)
El capítulo 6 contiene la narración sobre la vocación de Isaías, como es el caso del principio de otros libros proféticos (Jeremías, Ezequiel). Entre todas las descripciones de llamadas proféticas, la de Isaías es la más impresionante: la visión del rey Yahvé, rodeado de serafines, la purificación con el tizón encendido, la pregunta de Dios y la dispuesta contestación del profeta son de una belleza literaria incomparable.
La manifestación del que es santo, del que se eleva por encima de la mediocridad humana, descubre la pequeñez y el pecado del hombre. ¿Cómo puede un hombre de labios impuros hacerse eco de la gloria de Dios? ¿Cómo puede participar en su alabanza? ¿Cómo puede tomar en sus labios el santo nombre de Dios y su palabra? ¿Cómo puede llevar esa palabra a un pueblo que es también un pueblo de labios impuros? No es miedo alocado ni terror lo que invade al profeta; es el sentimiento radical del pecador ante la santidad transparente de Dios, que le hace incapaz de mantenerse en su presencia.
Ahora bien, Isaías se tranquiliza ante la revelación de un Dios que le purifica y le llena para hacer de él su enviado, para confiarle una misión: "Vete y di a ese pueblo...". El profeta, con disponibilidad total, salvará la distancia entre el Dios santo y su pueblo. Es esa disponibilidad lo que conservará la pureza de sus labios y lo que hará que la palabra de Dios llegue sin adulteraciones al pueblo que ha de escucharla (“Eucaristía 1989”).
El profeta se siente abrumado ante el enorme contraste entre su insignificancia e indignidad y la dignidad y grandeza de la misión que se le confía: anunciar con sus propios labios la palabra de Dios. Y es que resulta carga excesiva el que la palabra humana sea vehículo de la palabra de Dios. Este mismo es el riesgo y la osadía de todo el pueblo de Dios, a quien se le ha confiado la misión profética: que, siendo pecadores, tenemos que ser heraldos de la palabra del Santo.
El profeta se serena y cobra ánimos cuando sabe que es Dios mismo quien le purifica y capacita para la misión. También en el caso de Jeremías, el profeta se crece y supera dificultad para hablar, cuando sabe que es Dios quien habla y le envía. Jesús tranquilizará a sus discípulos con la promesa de su presencia: él será quien les diga lo que tienen que decir. Sólo es posible cargar con la responsabilidad de la misión profética, cuando el hombre está totalmente a disposición del Señor.
Con la misma disposición que María se someterá a los designios de Dios, ahora el profeta acepta voluntariamente la misión que se le encomienda: "Aquí estoy, mándame" (“Eucaristía 1974”).
¿Cuantos de nuestros fieles, al cantar el "Santo, santo, santo" del principio de la plegaria eucarística, saben que se unen al grito de los serafines del Templo? La conclusión del prefacio ha mencionado a los coros celestiales, pero ¿quién piensa en ellos? Los occidentales tendemos a pensar -suponiendo que haya suficiente fe- que en la liturgia Dios se hace presente en la tierra; los orientales, más fieles a la mentalidad bíblica, creen más bien que en la liturgia la Iglesia de la tierra se une a la del cielo. Nuestro Templo verdadero es la humanidad glorificada de Cristo, que está sentada a la derecha del Padre. Nuestras asambleas deben efectuar el salto necesario, empezando por reconocer la distancia infinita entre Dios y nosotros, salvada por el misterio de Cristo. Esta distancia, la visión de Isaías la expresa en términos de santidad-pecado, binomio que no debe entenderse tanto en sentido moral (Dios es bueno, nosotros malos) como en sentido ontológico. El Antiguo Testamento lo expresa como un terror sagrado: "¡Ay de mí!" (v.5;cf.la reacción de Pedro, en el evangelio de hoy: "Apártate de mí, Señor, que soy un pecador"). Hay un respeto para con Dios y para con lo que lo representa que es necesario mantener. El Dios de Isaías es "el Santo de Israel", incluso en aquello que Congar denomina "lo sagrado pedagógico": lugares, cosas, tiempos dedicados a facilitar nuestra relación con Dios. No es normal, como dice Charles Moellers, que haya quien trate a su Cadillac como si del arca de la alianza se tratara y en cambio entre en la Iglesia como si entrase en el garaje. Pero Dios -tanto el del Antiguo como el del Nuevo Testamento- cuando se aparece invita siempre a superar el temor inicial, convirtiéndolo en amor filial.
Comenzamos la Eucaristía proclamando la santidad de Dios, y la concluimos, antes de comulgar, "atreviéndonos a decirle" Padre nuestro.
Isaías asegura que "vio al Señor", pero el relato precisa que nada de lo que vio (el trono, el manto, los serafines, el humo) u oyó (el clamor angélico, el mensaje que recibe) no son el propio Dios, sino aquella manifestación indirecta que la Biblia llama "gloria". También nosotros,aunque ahora celebremos la Eucaristía de cara al pueblo, hayamos aproximado el altar a la nave y proclamemos la Palabra en la lengua de los fieles, no podemos pensar que ya lo vemos o lo comprendemos todo. La visión de Isaías hoy, y cada día el canto del "Santo", nos exhortan a dar, desde la liturgia y desde la vida, el salto de la fe (H. Raguer).
2. Sal 137. Este salmo proclama la "trascendencia" de Dios: "¡qué grande es tu gloria!" nada original, esto lo hacen todas las religiones auténticas. Toma tiempo dejarse invadir por este sentimiento de adoración que hace "prosternar", el rostro contra el polvo, como dice el salmo, hasta tomar conciencia de "ante quién estás".
Lo que es original, en la revelación que Dios hace de sí mismo a Israel es ante todo, que este Dios "trascendente" mira a los humildes con predilección. Prodigio de lo infinitamente grande, ante lo infinitamente pequeño. La grandeza de Dios no es aplastante, es la grandeza del amor, la "Hessed", sentimiento que llega hasta las entrañas. La palabra aparece dos veces en este salmo. Si es amor, Dios da la vida, Dios salva. Dios está contra todo lo que hace daño, su mano se abate contra los enemigos del hombre", su mano "protege al pobre rodeado de peligros"... ¡Que tu "mano", Señor, no deje incompleta su obra!
Finalmente este mensaje, esta "palabra" (aparece dos veces en este salmo) recibida gozosamente por Israel, y destinada un día a todos los hombres. "Te alabarán, todos los reyes de la tierra, cuando oigan las palabras de tu boca". Los reyes representan a su pueblo; a través de ellos, todos los pueblos darán gracias a Dios, en el día escatológico del Mesías. ¡Admirable visión universalista!
Nada cuesta poner este salmo en boca de Jesús. Repitamos una vez más, nunca lo diremos bastante, que Jesús "dijo" este salmo, dándole una dimensión de oración personal. La suya.
¡La gloria del Padre! "Santificado sea tu nombre, venga tu reino". "Padre, glorifica tu nombre". (Juan 12,28). "Que vuestra luz brille ante los hombres, para que viendo vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre que está en los cielos". (Mateo 5,16).
Acción de gracias. Sentimiento dominante del alma de Jesús, una especie de exultación sonora, íntima, que sin cesar, afloraba a sus labios: "te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes, y las revelaste a los pequeños" (Mt 11,25). Aun los milagros, a menudo, los hacía con una oración de alabanza: "tomó los siete panes y los peces, dio gracias, y los repartió..." (Mt 15,36). El instante cumbre de su vida, su "hora", como decía el mismo Jesús, fue una celebración de acción de gracias, que nos pidió repetir "en memoria suya": "tomó el pan, y después de dar gracias, lo partió diciendo: esto es mi cuerpo entregado por vosotros. Y con la copa hizo lo mismo después de la comida" (Lc 22,19-20).
El amor a los humildes, a los pequeños... Esta "mirada" divina que transforma las situaciones, desinflando a los orgullosos, y exaltando a los pequeños. Escuchamos, anticipadamente el canto de acción de gracias del Magníficat. Para Jesús, la "grandeza del Altísimo", lejos de ser un poder aterrador, era la seguridad llena de dulzura de que un amor todopoderoso se ocupa de esta creación hecha por El. "Ni un pajarillo cae a tierra sin que vuestro Padre celestial lo vea". Y continúa el salmo: "por excelso que sea el Señor, atiende al más humilde". Fórmulas como éstas, nos muestran hasta qué punto Jesús estaba familiarizado con el pensamiento de los salmos.
El redescubrimiento de la "adoración". Mientras más se manifiesta el mundo moderno como un mundo vacío de Dios y de sentido, hombres y mujeres experimentan por contraste el deseo de una gran "respiración" en "aquello que los supera": la opinión cada vez más frecuente de que el hombre es pequeño, de que la naturaleza y el cosmos son más grandes que nosotros. Esto ha sido siempre verdad. No es nada nuevo. Pero puede llevar al hombre contemporáneo hacia "el más allá de todo", Dios. Hay días en que estamos forzados a reconocer que "¡Dios es el más fuerte!" Y lo que llama la atención, como dice el salmo, es que nuestra derrota aparente, nuestra confesión, se convierten maravillosamente en acción de gracias. Porque el poder, la trascendencia de Dios es de amarnos con amor de "Hessed", de ternura hacia los más pequeños. Entonces, alegre, me rindo, me doy por vencido, y estoy feliz. ¡Adoro la prodigiosa grandeza de tu amor que supera todo!
El redescubrimiento del "amor"... Del amor de Dios para nosotros. Pensamos demasiado en los esfuerzos que tenemos que hacer para amar a Dios. ¡Dejémonos amar por El! ¡No sé si te amo, Señor, pero si de algo estoy seguro, es que Tú me amas! Y este amor, el tuyo, es eterno... Aun si el mío es voluble, pasajero, infiel. Para Ti, lo "dado" es dado. Lo "prometido, es prometido". "Te doy gracias por tu palabra". La fidelidad conyugal, los esfuerzos que muchas parejas tienen que hacer para mantenerla y acrecentarla, son gracia de Dios. ¡La fuente del amor es Dios! "Todo hombre que ama verdaderamente, conoce a Dios", nos dice San Juan (Jn 4,7-8). Hagamos la experiencia: somos amados de Dios, y "el otro-difícil-de-amar" ¡es también amado por Dios! Eso cambia todo. Nos preguntamos a veces cómo Jesús pudo decir: "amad a vuestros enemigos". Pues bien, meted en la cabeza y en el corazón que Dios, El, ama a vuestros enemigos. Entonces, si decís que amáis a Dios... sacad la conclusión.
El universalismo del proyecto de Dios. Que Israel, pueblo "escogido", haya podido, hace más de 20 siglos, pensar en una religión universal, en una inmensa "acción de gracias" que sube de todos los pueblos, da una idea de la verdad de su experiencia religiosa. Nosotros, creyentes de hoy, no pensamos a veces que nuestras "eucaristías" no son un pequeño culto de privilegiados, sino la inmensa proa de este navío que lleva hacia Dios la humanidad, ¡lo sepa ella o no! Las pobres eucaristías de nuestras grandes ciudades paganas... son la punta de lanza de la caravana humana. ¡Un día, "todos los reyes, todos los pueblos, celebrarán la acción de gracias" que es ya la nuestra por el amor y la verdad de Dios que se han revelado en Jesucristo muerto y resucitado por nosotros!
"¡No abandones Señor, la obra de tus manos!" Oración que debemos repetir, constantemente, en el mundo de hoy. Dios en acción, hoy. Y si mi oración no es perezosa... Yo también, Señor, en acción contigo. En "acción"... ¿para hacer qué? Para amar, porque "Dios es amor" (Noel Quesson).
¡No dejes por acabar la obra de tus manos! «El Señor llevará a cabo sus planes sobre mí. Señor, tu misericordia es eterna; no abandones la obra de tus manos». Palabras consoladoras, si las hay. «El Señor llevará a cabo sus planes sobre mí». Sé que tienes planes sobre mí, Señor, que has comenzado tu trabajo y que quieres llevar a feliz término lo que has comenzado. Eso me basta. Con eso descanso. Estoy en buenas manos. El trabajo ha comenzado. No quedará estancado a mitad de camino. Has prometido que lo acabarás. Gracias, Señor.
Tú mismo hablaste con reproche del hombre que comienza y no acaba: del labrador que mira hacia atrás a mitad del surco, del aparejador que deja la torre a medias, sin acabar de construir. Eso quiere decir que tú, Señor, no eres así. Tú trazas el surco hasta el final, acabas la torre, llevas a buen fin tu trabajo. Yo soy tu trabajo. Tus manos me han hecho, y tu gracia me ha traído adonde estoy. No eludas tu responsabilidad, Señor. No me dejes en la estacada. No repudies tu trabajo. Se trata de tu propia reputación, Señor. Que nadie, al verme a mí, pueda decir de ti: «Comenzó a construir y no pudo acabar». Lleva a feliz término lo que en mí has comenzado, Señor.
Tú me has dado los deseos; dame ahora la ejecución de esos deseos. Tú me invitaste a hacer los votos; dame ahora fuerza para cumplirlos. Tú me llamaste para que me pusiera en camino hacia ti; dame ahora determinación para llegar. ¿Por qué me llamaste, si luego no ibas a continuar llamándome? ¿Por qué me hiciste salir, si no tenías intención de hacerme llegar? ¿Por qué me diste la mano, si luego me ibas a soltar a mitad de camino? Eso no se hace, Señor...
Estoy en pleno trajinar, y siento la dificultad, el cansancio, la duda. Por eso me consuela pensar en la seriedad de tus palabras y la solidez de tu promesa. «El Señor llevará a cabo sus planes sobre mí». Esa declaración me da esperanza cuando me fallan las fuerzas, y ánimo cuando se acobarda mi fe. Yo puedo fallar, pero tú no. Tú te has comprometido en mi causa. Y tú cumples tu promesa hasta el final.
Permíteme expresar mi fe en una oración, mi propia convicción en una humilde plegaria, con las palabras que tú me has dado y que me deleitan al pronunciarlas: «¡Señor, no dejes por acabar la obra de tus manos!» (Carlos G. Vallés).
3. 1 Co 15,1-11. Este texto es central en el anuncio paulino en particular y cristiano en general. La ocasión de exponer su tema central es que -parece- en Corinto existía un grupo que negaba la resurrección de los cristianos. No la de Cristo, pero sí la de los hombres. Las razones quizá no eran por puro materialismo, sino por lo contrario: creerse ya resucitados por el bautismo. Pero eso es menos importante. Pablo quiere hacerles ver que es imposible que se confiese, se crea en la Resurrección del Señor y no creer también en la propia. Inicialmente recuerda el Evangelio predicado por él, que ciertamente tenía como punto central la proclamación de la Resurrección de Cristo. Naturalmente, al decir que este Evangelio salva, si se permanece en él. Pablo no piensa en una aceptación meramente intelectual, sino que comprenda toda la vida (vs. 1-2), la cabeza, el corazón y las manos. Recuerda luego (vs. 3-6) una confesión tradicional. Probablemente es fórmula no suya, sino de la tradición. Con lo cual nos remontamos todavía más cerca de los acontecimientos pascuales. Da también la primera lista, cronológicamente hablando, de los testigos de la Resurrección. Testigos oficiales por así decir que proclaman cómo el Crucificado vive actualmente y ellos mismos lo han experimentado. También se menciona a sí mismo (vs. 8-11) sin solución de continuidad. Es un testimonio directo de su propia experiencia del Señor Jesús glorioso y resucitado. Hace algunas observaciones interesantes sobre sí mismo, en las que reconoce la gracia recibida y su propia respuesta a esa gracia. Lo principal es el testimonio de la Resurrección de Cristo. No se insiste mucho en ella porque el anuncio inicial ya era el punto más importante. Pero se nos recuerda. Tenemos en estos versículos el texto más antiguo que habla de ese suceso central para nuestra fe. Pablo saca a continuación la conclusión apuntada más arriba: si Cristo ha resucitado, también nosotros. Pero esto no forma parte de la lectura de hoy (F. Pastor).
Situada entre los mares Adriático y Egeo, en la ruta comercial de oriente a occidente, capital de la provincia romana de Acaya, Corinto se había convertido en la ciudad más brillante del imperio, propicia a los negocios y a la vida alegre. Tenía dos puertos. Su población se componía, sobre todo, de colonos italianos. Los griegos volvieron poco a poco, y había también gran afluencia de orientales. Corinto era un mosaico de gentes y mentalidades distintas. Esta circunstancia facilitaba la disgregación, las rivalidades y la relativización de todo y de todos.
La comunidad cristiana de Corinto no era excepción a la regla. En ella se da toda la anterior problemática: elitismos, separatismos, fanatismos. En este fragmento, Pablo sale al paso de la tendencia relativizadora de todo y de todos, recordando lo que está por encima de todo partidismo o ideología: la buena noticia de la muerte y resurrección de Jesús. Porque éste es el acontecimiento único que hace feliz a la humanidad: un hombre ha resucitado y nos resucitará a nosotros. Este es el corazón del mensaje cristiano (“Eucaristía 1989”).
Después de abordar una serie de cuestiones prácticas para la convivencia comunitaria y de cuestiones morales para la vida cristiana en general. Pablo vuelve a lo que es principio y fundamento de la fe con todas sus exigencias o deberes. No quiere terminar su carta sin recordarles el Evangelio que les predicó y que ellos aceptaron, el Evangelio que es lo único que puede salvarles si es que no lo han olvidado. Porque tiene sus dudas al respecto, ya que algunos niegan la resurrección de los muertos (v.12).
El Evangelio no es propiamente una doctrina, sino el anuncio de un hecho de salvación. Su contenido es, ante todo, el mensaje apostólico de la resurrección del Señor. Su forma es la tradición viva. Pablo se presenta como testigo de esa tradición que viene de los Apóstoles, de los que vieron y oyeron. El transmite lo que ha recibido. Cuando él comienza a predicar, la tradición ya está en marcha. El empalma con ella en Antioquía, de esta iglesia recibe la tradición formulada en un símbolo (vv. 3-5) y como enviado de esta iglesia la difunde entre los gentiles. Pero la proclamación del Evangelio no es sólo la difusión de una noticia, sino también la difusión del Espíritu con cuya fuerza se proclama. Por eso es una tradición viva y vivificante.
Aunque Pablo no pertenece ya a la generación de los Doce, se considera apóstol por excepción. Pues ha tenido también su "experiencia" del Señor resucitado. Su caso excepcional es como un nacimiento fuera de tiempo, como un aborto. Por eso Pablo no puede predicar el Evangelio sólo desde su experiencia, sino ateniéndose también al testimonio de los mayores, de las columnas de la iglesia, transmitiendo lo que ha recibido con fidelidad (“Eucaristía 1986”).
La antigua ciudad de Corinto era célebre en su época; y lo era, entre otras cosas, por la corrupción moral que en ella se había llegado a desarrollar. En ella había un templo dedicado a la diosa Afrodita, en el que más de mil muchachas se dedicaban a la prostitución cultual.
En el terreno religioso, la ciudad se caracterizaba por un gran sincretismo; el terreno de lo social, por un marcado contraste entre situaciones de riqueza desmedida y miseria absoluta.
No hubo ninguna comunidad que crease a Pablo tantos quebraderos de cabeza como ésta, y por lo mismo fue con ella con la que mantuvo una relación intensa y rica. Pablo conocedor del ambiente que se vivía en Corinto, estaba bien informado de la vida de esta comunidad y de sus problemas; las informaciones que le llegaban eran preocupantes; abusos litúrgicos, uso de los tribunales paganos para dirimir las diferencias entre los hermanos, graves confusiones en lo referente a la resurrección, que algunos negaban, etc.
Con todo, San Pablo escribió esta primera carta (al menos la primera que conservamos, y de la que la liturgia de hoy nos trae un fragmento) en Éfeso, se calcula que hacia la primavera del año 57, para responder a una serie de preguntas que la comunidad le había planteado. En ella podemos encontrar tres partes: una primera dedicada a la corrección de las desviaciones (capítulos 1 al 6); una segunda dedicada a responder las preguntas que le habían planteado (7 al 10); y una tercera dedicada a dar instrucciones sobre las asambleas litúrgica y a aclarar las ideas sobre la resurrección (11 al 15).
En este último capítulo San Pablo expresa una serie de ideas que para él son de capital importancia; en realidad no se trata de simples ideas; ni tampoco es una cuestión de práctica o de conducta: es lo decisivo, lo fundamental en la fe y en la vida de San Pablo y de todo aquel que quiera ser discípulo de Jesús.
Así que San Pablo les recuerda algo que ya les ha anunciado; les recuerda el punto central de su fe: Jesucristo ha resucitado, y también nosotros resucitaremos.
Como aquella comunidad de Corinto, también nosotros necesitamos que se nos recuerde el Evangelio que se nos ha anunciado; a veces incluso necesitamos que se nos anuncie, porque nuestro olvido se ha vuelto deformación, y hemos puesto el acento de nuestra fe en cualquier cosa menos en lo que es realmente central: la resurrección de Jesucristo. Hay muchos cristianos convencidos de que lo fundamental es ir a misa los domingos, o confesarse con escrúpulo neurótico de los más mínimos detalles de sus pensamientos en materia sexual, o no saltarse ni una coma de las rúbricas de los ritos litúrgicos, o la novena al santo de su devoción, o la romería y la procesión a la ermita de su pueblo...
Hemos repartido nuestra atención entre demasiadas cosas y no hemos sabido jerarquizarlas adecuadamente.
Las mismas palabras que San Pablo dirigía a los Corintios para recordarles el Evangelio que les anunció nos sirven hoy a nosotros, en nuestras circunstancias. Y esas palabras de Pablo nos hablan de lo esencial en nuestra fe: la vida, la gratuidad y el amor.
La vida de Jesucristo, que ha resucitado; hay muchos testigos de esa resurrección; en aquellos momentos lo era, principalmente, los apóstoles, entre lo cuales se cuenta él mismo, y los hermanos; hoy día nosotros somos esos testigos; pero es evidente que, para ello, lo primero es tener la experiencia de que Cristo ha resucitado y vive, pues de lo contrario, ¿cómo vamos a ser testigos de algo que no conocemos? Y esa vida es como un ofrecimiento que se nos hace también a nosotros. Era lo que pretendía San Pablo: que tuviesen fe en su propia resurrección, y que la tuviesen porque Jesucristo había resucitado.
La gratuidad: "por la gracia de Dios soy lo que soy, y lo que he trabajado no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo"; otro buen recuerdo, otra buena lección para tanto orgullo y tanta autosuficiencia, para tanta eminencia y tanta pompa. Agradecer todo lo que gratuitamente nos da Dios; reconocer que todo lo que somos y tenemos nos viene de El; compartir nuestras riquezas, del tipo que sean, con los demás, pues para eso nos las ha dado; quien más tiene, más ha de compartir, más ha de servir; la presunción sólo es posible en ignorantes que no conocen por qué ni para qué son lo que son y tienen lo que tienen. Y, desde luego, renunciar a la presunción de poseer la exclusiva de Dios, como si se tratase de un objeto del que presumir ante las visitas; el mismo Jesús nos enseñó a decir al terminar nuestra tarea que "somos siervos inútiles".
Y todo esto por amor, por el amor que Dios nos tiene y por el amor que nosotros debemos tenerle y tenernos. Por amor nos da la vida, por amor nos regala el triunfo sobre la muerte, por su amor nos es posible todo lo que para nosotros era imposible. Reconozcámoslo: son tres cosas de las que no andamos muy sobrados en nuestro tiempo y en nuestra historia: la vida, la gratuidad, el amor. Florecen y abundan en nuestro tiempo la muerte en mil y una formas, los intereses que mueven a los hombre en casi todas sus actividades, el egoísmo que nos pone a cada uno por encima de todo y de todos. Pero Pablo ha dejado su palabra escrita que, a través de los siglos, nos llega en sus cartas, y también nos recuerda hoy a nosotros el Evangelio en el que estamos fundados y que nos salva, si es que conservamos el Evangelio que la Iglesia nos proclama: de lo contrario, también nosotros, como los cristianos de Corinto, podríamos estar malgastando nuestra adhesión a la fe (Luis Gracieta).
El tema de la resurrección creaba dificultades a los corintios. Sería ingenuo pensar que tales dificultades han dejado de existir para el hombre moderno y para el cristiano de nuestros días. Se podría decir que la dificultad de aceptar la resurrección personal es proporcional a la de aceptar la muerte, y es evidente que una de las grandes inhibiciones colectivas de nuestro mundo, tecnificado y aburguesado, es no contar con la muerte en la perspectiva de la existencia humana. Tal inhibición, si se da, constituye un obstáculo insuperable para poseer una visión coherente y acabada que dé sentido al mundo y al hombre.
La respuesta de Pablo consiste en repetir a los corintios el anuncio de la «buena noticia», en este caso una tradición de la Iglesia ya formulada y anterior sin duda a la predicación del Apóstol. Es difícil precisar hasta dónde llega la fórmula litúrgica de este símbolo de fe; pero, por su forma rimada, es seguro que incluía los tres versículos referentes a la muerte y resurrección de Cristo. Si la sepultura y la mención de los tres días corroboran la historicidad de la muerte, las apariciones corroboran la resurrección (5-8).
La respuesta de Pablo tiene implicaciones importantes. La resurrección sólo es comprensible cuando se acepta plenamente el hecho de la muerte. Cristo no habría resucitado verdaderamente si no hubiera muerto realmente. De igual modo, los cristianos sólo llegan a comprender el verdadero sentido de su resurrección en la medida en que aceptan morir en lo que tienen de hombre viejo. De la novedad de vida que implica la resurrección sólo puede hablar el que ha experimentado voluntariamente la muerte de todo lo que estructura al hombre carnal.
Pero el texto va más lejos. Nadie puede creer en la resurrección de Cristo si no cree también en la resurrección de los hombres (13). Pablo se niega categóricamente a reducir la esperanza cristiana a la moralidad de la vida y a la fe en un hecho histórico singular (19). Eso sería una ilusión vana. Creer es aceptar que la Iglesia es el cuerpo de Cristo y que lo que es ya una realidad para la cabeza lo será también para todos los miembros (A. R. Sastre).
4. Resuena explícita la Palabra de Dios a través de Jesús. Sacad la barca lago adentro y echad vuestras redes para la pesca. Pedro replica constatando lo descabellado, absurdo incluso, de la propuesta de Jesús. La pesca tiene sus horas propicias, fuera de las cuales es inútil intentarlo. Pero, puesto que tú lo dices, echaré las redes. Es decir, la Palabra de Jesús adquiere para Pedro rango de valor superior a la lógica de la situación. Pedro acoge, hace suya esa Palabra. Se fia más de ella que de la lógica de la situación. Los dos versículos siguientes, 6-7, reflejan el resultado de la acogida de la Palabra de Jesús. Un resultado imprevisible, impensable incluso, desde la lógica de la situación previa. La escena recuerda la de María e Isabel y las palabras de ésta: ¡Dichosa tú, que has creído que se cumpliría lo que te había dicho el Señor! (Lc. 1,45).
La escena final tipifica la reacción de Pedro en términos que recuerdan lo escuchado en la primera lectura de Isaías. Es la reacción humana ante lo imprevisible-impensable desde la lógica de la situación previa. Asombro, pasmo, temor, autocuestionamiento de la propia persona que se experimenta a sí misma como indigna, poca cosa. Señor, apártate de mí, que soy un pecador. Pero la Palabra de Jesús disipa temores e introduce al que se ha fiado de ella en una novedad de vida. Una vez más la escena nos lleva a Isabel y María en Lc. 1,26-56 y a las palabras, en este caso, de María: Desde ahora, todos me llamarán feliz, pues ha hecho maravillas conmigo Aquél que es todopoderoso (Lc. 1, 48-49).
Resumiendo: En su línea de profundizar en la instrucción cristiana, Lucas ha elaborado un relato cuyo tema central es la Palabra de Dios o, que para él es lo mismo, la Palabra de Jesús.
Una Palabra desconcertante, absurda incluso, si se mide desde el pragmatismo y la lógica de las situaciones. Pero una Palabra de maravillosas consecuencias inéditas, si se acoge y acepta con confianza. A su vez, la vida del que se ha fiado de la Palabra de Jesús entra en una dinámica nueva. Nos hallamos ante un relato gráfico de invitación a aceptar la Palabra de Jesús.
Comentario. Lucas incide en una temática que ya había desarrollado ampliamente en Lc1,26-56, y que comentábamos con ocasión del cuarto domingo de adviento. Frente a la lógica de la situación, del pragmatismo y del realismo, nos invita a hacer nuestra la Palabra de Jesús.
Fiarse de esa Palabra hace posible que acontezca lo impensable o, lo que es lo mismo, la utopía, la cual jamás será posible desde la lógica del pragmatismo. Fiarse de la Palabra de Jesús introduce además a la persona que lo hace en una dinámica nueva para sí mismo y para los demás. A sí mismo lo limpia de jactancias más o menos inconfesadas, por lo general más bien inconfesadas o no conscientes. Para los demás es una referencia de ilusión y de esperanza (A. Benito).
Lucas agrupa en este pasaje tres acontecimienos distintos, sacrificando un orden cronológico en aras de un orden pedagógico.
La predicación de Jesús, el milagro de la pesca y la decisión de abandonarlo todo para seguir al Maestro, marcan tres momentos psicológicos en el proceso de la vocación de los apóstoles. La "señal" o el milagro refuerza las palabras de Jesús y aumenta su credibilidad ante los que van a ser sus discípulos en adelante.
La invitación a internarse en alta mar conlleva el riesgo a afrontar los temporales tan frecuentes como inesperados en el lago de Tiberiades o de Genesaret. Toda la tradición exegética se ha recreado glosando este pasaje, interpretando la barca de Pedro como figura de la iglesia de Cristo. En este sentido resultan sugerentes las palabras de Jesús: "Rema mar adentro y echa las redes para pescar". El riesgo de la pesca de altura, en medio del temporal, viene compensado por la abundancia de la pesca. Así le ocurre a la iglesia cuando anuncia el evangelio donde están los conflictos, cuando lleva la palabra de Dios a los problemas concretos y no se queda en vaguedades y en abstracciones que no significan nada y no comprometen a nadie.
Pedro conocía bien su oficio, sabía que la noche y no el mediodía era el tiempo propicio para la pesca. Con todo se fia más de la palabra del Maestro que de su propia experiencia.
Dios se manifiesta en un prodigio inesperado. Ante este milagro Pedro, lo mismo que Isaías ante la revelación de Dios, se siente sobrecogido y descubre su propia indignidad. Lucas hace notar que los compañeros de Pedro participan de los mismos sentimientos de temor y de asombro ante el milagro. Pero las palabras de Jesús confortan a Pedro y le capacitan para la misión que ha de recibir. Pedro y sus compañeros, seguros en el que los envía, podrán aceptar responsablemente la vocación de ser en adelante "pescadores de hombres". Esto no debe entenderse en un sentido proselitista, de "echar el gancho" o de servirse de tretas para que la gente "pique". Echar las redes tiene aquí el sentido de sembrar o de anunciar generosamente la palabra de Dios, confiando en la virtud de esta palabra y en Dios que es el que da el incremento y la cosecha (“Eucaristía 1986”).
Se comprende mejor la importancia del episodio de la pesca milagrosa si se tiene en cuenta que el judío considera el agua, sobre todo el mar, como morada de Satanás y de las fuerzas contrarias a Dios. Hasta la venida del Salvador, nada podía hacerse -salvo un milagro del tipo del del mar Rojo- para salvar a quienes la mar enemiga engullía; pero desde que Él está aquí, se pueden pescar hombres en abundancia y sustraerlos a las garras del imperio del mal. Ese es, por otro lado, el sentido profundo de la bajada a los infiernos (inferi=aguas inferiores) en 1P 3,19, en donde Cristo desciende precisamente para salvar a quienes habían sucumbido bajo las aguas del diluvio. Ser pescadores de hombres es, pues, participar en esa empresa de salvamento de todos cuantos se han visto absorbidos por el mal; ya Jr 16, 15-16a preveía esa función.
San Lucas considera, pues, a la Iglesia como la institución encargada de salvar a la humanidad de la sumersión que la amenaza. Para garantizar la realización de esa misión hay hombres encargados de una misión apostólica particular dentro de esa Iglesia. Pero sólo a Cristo le deben las fuerzas con que cuentan para llevar a buen término su "pesca" y el ardor que ponen en conseguirlo.
El misionero será un pescador de hombres en la medida en que salve seres humanos mediante la administración del bautismo. El cristiano será pescador de hombres en la medida en que multiplique a su alrededor las conversiones e introduzca en la Iglesia a muchas almas. Este concepto individualista no corresponde quizá del todo con la manera de pensar de Lucas y ni siquiera con la mentalidad moderna. Bajo apariencias místicas, el relato de la pesca milagrosa parece tener otro alcance: la humanidad es presa de potencias que la absorben y la anegan; Cristo se reserva a Sí y a sus discípulos una misión liberadora que frene y contrarrestre ese deslizamiento hacia la catástrofe.
El caso es que la humanidad actual se mueve en la cuerda floja y bastaría muy poca cosa para que se hundiese a sí misma sin necesidad de otras fuerzas demoníacas que su propio egoísmo y su afán de poder. Ser pescador de hombres consiste, por tanto, hoy, en participar en todas las empresas que quieren evitarle al hombre esa perdición y colaborar, mediante una mayor igualdad, una paz más estable y una mayor posibilidad para los humildes de promoverse a sí mismos, a sacar a la humanidad del océano que la sumerge. Dejarla fuera de estos movimientos es condenar a la Iglesia a no revelar su identidad y su misión entre los hombres (Maertens-Frisque).
El evangelio de hoy es la expresión gráfica de lo que la solemnidad litúrgica obra. Estamos en torno al altar, lo mismo que los discípulos se congregaban en torno a Cristo, fatigados por inútiles trabajos: "Toda la noche hemos estado fatigándonos y nada hemos cogido". Podemos decir también nosotros: "Hemos trabajado toda la semana al servicio del Señor y ¿qué hemos conseguido? ¿Qué podemos presentar a Cristo? Mas, ahora está El entre nosotros; le tenemos presente en la palabra del Evangelio, en su cuerpo sacrificado, en la sangre de su sacrificio. El es la víctima por nuestros pecados y "su debilidad -en la cruz- constituye nuestra fortaleza" (S. Agustín). Al verlo, nuestra fe se aviva y el amor vuelve a tomar con alegría el peso de la vida. Sí; Cristo está aquí, está en nosotros por el santo sacrificio y el banquete eucarístico. ¿A quién temeremos? Nos eleva El del orden natural del ser, incapaz de redimirse a sí mismo, hasta el orden sobrenatural, puro y libre, de la gracia.
"No temas, dice a su Iglesia, de hoy en adelante serás pescador de hombres". No temas, por más que tus miembros sean hombres mortales, débiles e inclinados al pecado. ¡No temas! Mientras te parece que te esfuerzas en vano para santificar a tus hijos, Yo estoy contigo, como Salvador de mi propio cuerpo. Sano a mis miembros, vengo constantemente y me hago presente en ti por el misterio de la celebración del santo sacrificio. "Guía mar adentro"; echa tu red en las profundidades de la fe y de los misterios; reúne a tus hijos alrededor del altar. Cuando estén en mi presencia, llenos de amor y de abandono, vendré y los santificaré; realizaré en ellos lo que ellos no pueden verificar a pesar de sus redobles esfuerzos.
Debes esperarlo todo de mí. Si has trabajado en vano toda la noche, me presentaré ante ti a la madrugada y en un momento haré cuanto necesitas y te conseguiré la salvación tan ansiada. Bueno es que tengas conciencia de tu debilidad; así crece tu fe en mi poder. ¡No temas, Iglesia mía! ¡Pide sin cesar mi presencia! ¡Llámame! No te hace falta nada más; de lo demás me ocupo yo. Duc in altum, "guía mar adentro", penetra profundamente en la fe y busca tu salvación en el divino abismo del misterio. Incluso cuando creas trabajar sin ningún resultado durante todo el curso de tu existencia terrena, aun cuando veas a los tuyos sumidos en la flaqueza del pecado, por más que el mundo se levante contra ti y haga de ti mofa diciendo: "¿Dónde está tu Dios?", aunque te veas impotente para atraer a ti los que se han alejado... ¡no temas! ¡no temas en ningún caso! Me verás, es cosa cierta, en la aurora de la eternidad y tu red entonces estará llena hasta rebosar.
Ya hoy, al finalizar la solemnidad litúrgica puedes hechar una mirada a tu red. ¿Está, quizá, vacía? No; está llena. Deo gratias!, respondemos nosotros. Nuestra red está llena, sí, pues dentro de ella se encuentra un gran pez, el Ichthys, Jesucristo (estas palabra griega signifia "Pez". Las letras que la componen son las iniciales, en griego también, de la frase: Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador. Por esto entre los antiguos cristianos el pez era el símbolo de Cristo). Le hemos recibido en el banquete eucarístico y se ha convertido en nuestro alimento. Alimenta la paciencia de su Iglesia, a fin de que bajo el yugo, pero esperando, pase por encima de los "dolores de este tiempo" al encuentro de la "gloria venidera" (Emiliana Löhr).
"El Concilio, con el propósito de intensificar el dinamismo apostólico del pueblo de Dios, se dirige solícitamente a los cristianos seglares, cuya función específica y absolutamente necesaria en la misión de la Iglesia ha recordado ya en otros documentos... Las circunstancias actuales piden un apostolado seglar mucho más intenso y amplio. Porque el diario incremento demográfico, el progreso científico y técnico y la intensificación de las relaciones humanas no sólo han ampliado inmensamente los campos del apostolado de los seglares, en su mayor parte abiertos sólo a estos, sino que, además, han provocado nuevos problemas, que exigen atención despierta y preocupación diligente por parte del seglar. La urgencia de este apostolado es hoy mucho mayor, porque ha aumentado, como es justo, la autonomía de muchos sectores de la vida humana, a veces con cierta independencia del orden ético y religioso y con grave peligro de la vida cristiana".
Nos reunimos en la iglesia y en la eucaristía para dispersarnos en el mundo y por la vida. Aquí nos llenamos de la palabra de Dios, para repartirla luego como heraldos del evangelio. En la eucaristía nos llenamos del Espíritu de Jesús, compartiendo su cuerpo y sangre, para luego ser testigos de su amor, compartiendo el pan y la justicia. Somos apóstoles, es decir, enviados para una misión. Para eso hemos sido bautizados.
Por eso nos reunimos a celebrar la eucaristía y salir a cumplir nuestra misión de predicar el evangelio (“Eucaristía 1989”).
 
 
 

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