"Dice Yahveh, que trazó camino en el mar, y vereda en aguas
impetuosas". La lectura de Isaías nos recuerda el paso del mar Rojo y
de cómo Dios protegió a su pueblo, y todo esto es figura de nuestro
bautismo y nos anuncia "algo nuevo que ya está brotando": es un nuevo
Éxodo, un retorno del exilio, que tendrá las maravillas del primero.
Así como en el desierto surgió el agua para que beba el pueblo, ahora
surgirán aguas vivas… "Mirad que realizo algo nuevo..." La Palabra de
Dios lo proclamará definitivamente en la Pascua de Jesús: "Haré que
todo sea nuevo" (Ap 21,5).
"Los ojos de Dios están puestos en los justos", Dios se complace en
ellos. Sus oídos están siempre atentos a las peticiones y a las
súplicas de sus fieles. Cuando uno clama a Dios, lo escucha y lo
atiende, le libra de sus angustias, porque el Señor está cerca de los
atribulados, de los abatidos y perseguidos, y él les devuelve la vida
y la esperanza. El salmista insiste en la confianza, en la idea de la
pronta intervención de Dios. El justo está bajo las alas protectoras
del Señor y nada le puede afectar.
"El que cava una fosa caerá en ella, el que deshace una pared es
mordido por el áspid" (Eccl 10,8).
El salmos canta "gritos de alegría. Entonces se decía entre las
naciones: ¡Grandes cosas ha hecho Yahveh con éstos!
¡Sí, grandes cosas hizo con nosotros Yahveh, el gozo nos colmaba!...
Los que siembran con lágrimas cosechan entre cánticos.
Al ir, va llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando
trayendo sus gavillas".
San Pablo (Filipenses 3,8-14) nos dice hoy que "juzgo que todo es
pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor,
por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a
Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de
la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene
de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su
resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme
semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de
entre los muertos. No que lo tenga ya conseguido o que sea ya
perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo,
habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no
creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé
atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta,
para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo
Jesús". Cada vez que un cristiano intenta mantenerse fiel a Dios,
vivir esperanzado, perdonar a sus enemigos, ahogar el mal a fuerza de
bien, amar y hacer el bien a quienes no puedan devolvérselo, poner en
riesgo su vida, salud, fama o bienes por amor o por la causa de la
justicia, vivir en paz y alegría en medio de las dificultades,
participa de la fuerza de la resurrección, resucita con Cristo (Col
2,12; "Eucaristía 1989").
Le presentan a Jesús una mujer pecadora, y le dicen: "Moisés nos mandó
en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?"
Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús,
inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Como
insistieron, Jesús contestó: «Aquel de vosotros que esté sin pecado,
que le arroje la primera piedra.»
E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra.
Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro,
comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que
seguía en medio.
Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?»
Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno.
Vete, y en adelante no peques más.»"
El nuevo éxodo de la primera lectura nos lleva hacia la mirada de
Cristo, que nos da vida: "Mírame... para que yo sepa que existo" (A.
Baggio). La mirada es muy importante, y las personas rechazadas por
nuestra mirada serán condenadas, quizás, a llevar durante toda su vida
una marca de soledad, de rechazo, de insignificancia. También una
mirada indiferente puede ser "homicida". Su mensaje, en efecto, se
puede traducir así: "Para mí tú no existes. Negándote importancia, te
niego el derecho a la existencia". Una mirada de indiferencia tiene la
capacidad de borrar a una persona. Una mirada libre es una mirada que
no se limita a tocar de soslayo a las personas que encuentra. No es
una mirada rápida. No es huidiza. Sabe pararse y acoger. Acoger, pero
no forzar. Es necesario que, cada mañana, purifiquemos nuestra mirada.
Se trata, en efecto, de:
-Desvincularla de todo instinto de posesión.
-Desarmarla de los varios elementos de hostilidad, agresividad,
malignidad, dureza.
-Darle capacidad de sorpresa y de maravilla que hace nuevas las cosas
y las devuelve el gusto del descubrimiento del otro.
-Hacerla atenta al otro. O sea capaz de ver al otro como yo quisiera
ser visto. Así, la atención se hace expresión de respeto y vehículo de
liberación. Solamente la atención que nace del amor declara al otro:
"Te reconozco el derecho de ser lo que eres. Deseo que seas todo lo
que puedes ser" (A.Baggio). Sí, solamente si conseguimos una mirada
purificada, las piedras comenzarán a caer de nuestras manos
(Alessandro Pronzato). Jesús hace nuevas las cosas, y el orden nuevo
está hecho de respeto, de delicadeza, de comprensión, de amor. Dirá:
"Vuestros juicios siguen normas humanas; yo no llevo a nadie a juicio"
(Jn 8,15). Y quedan solos, la mujer, que estaba en el centro y Jesús:
"sólo dos han quedado -dice S. Agustín- la miseria y la misericordia".
Ahora es cuando Jesús se encuentra realmente con la mujer, a la que
mira cara a cara al templo que le pregunta "¿Nadie te ha condenado?"
La mujer se encuentra frente a Jesús con su pobre humanidad, con su
culpa y su vergüenza. "Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no
peques más". Significa que nosotros, a ejemplo de Jesús, no debemos
condenar nunca a nadie, y hemos de ayudar a todos a combatir el
pecado. Equilibrio de Cristo, entre la comprensión para con el pecador
y severidad para con el mal, difícil de imitar (Joan Llopis).
Curiosamente todos los textos de la misa de hoy remiten al futuro, a
la salvación de Dios que crea algo nuevo y hacia la que nos dirigimos.
Y esto precisamente como introducción a la semana de pasión. Pero
justamente aquí se realiza lo nuevo, la salvación definitiva; y toda
nuestra vida consistirá en dirigirnos hacia esta acción de Dios.
El evangelio nos muestra a pecadores que, en presencia de Jesús, se
permiten acusar a una mujer pecadora. Jesús, que aparece escribiendo
en el suelo, está como ausente. Sólo dos veces rompe su silencio: la
primera vez para reunir a acusadores y acusada en la comunidad de la
culpa; y la segunda para -como nadie puede ya condenar a otro-
pronunciar su perdón. Ante su mudo sufrimiento por todos, toda
acusación deberá enmudecer también, pues «Dios nos encerró a todos en
desobediencia», no para castigarnos, como querrían los acusadores,
sino «para tener misericordia de todos» (Rm 11,32). Nadie se atreve a
tirar la primera piedra; Jesús ha sufrido por todos para conseguir el
perdón del cielo para todos nosotros, ya nadie puede condenar a otro
ante Dios.
Si Jesús nos perdona, dice S. Pablo, puedo estar «olvidándome de lo
que queda atrás», nada tiene ya valor: todo es abandonado como
«basura» para ganar lo que nos gana la pasión y resurrección de
Cristo. Esto, lo que nos ha ganado, es nuestro verdadero futuro, hacia
el que nos dirigimos directamente, sin mirar a derecha o izquierda,
mirando siempre hacia delante, con los ojos puestos sólo en la «meta».
Porque esta meta nos ha «alcanzado» por Cristo»-, y por eso sigue
corriendo como si aún no la hubiera conseguido. Vuela más alto, "sobre
las alas de la fe", dice la canción: siempre hacia lo que está por
delante. Si corremos al encuentro de Cristo, todo mirar atrás, hacia
una falta del pasado, para afligirse por ella, sólo puede hacernos
daño, pues la falta está ya perdonada.
"Mirad que realizo algo nuevo": «No recordéis lo viejo» (primera
lectura). En Israel era una costumbre profundamente arraigada recordar
el comienzo de la salvación, la salida de Egipto: ciertamente pensando
que este hacer memoria era recordar las raíces, la identidad del
pueblo, que fortalecía la fe en el Dios que camina actualmente con el
pueblo. Re-cordar es re-vivir en el corazón, pero Dios no quiere que
Israel permanezca cautivo de este recuerdo del pasado, sobre todo no
ahora, pues eso significaría pensar en el tiempo del exilio: el Señor
promete algo nuevo, y es ciertamente algo que «ya está brotando», cuya
presencia se puede «notar», al igual que en la Nueva Alianza el
Espíritu Santo que se otorga a los creyentes será una «prenda» de la
vida eterna. De este modo Dios traza una camino para Israel, a través
del desierto, hacia la vida eterna; y para nosotros, que estamos
redimidos, traza un camino que conduce a la bienaventuranza eterna
(Hans Urs von Balthasar). "Mirad que realizo algo nuevo; ya está
brotando, ¿no lo notáis?"
El hijo pequeño del domingo anterior, ahora es sustituído por la mujer
pecadora. El hermano mayor cascarrabias de la parábola, es reemplazado
por los que quieren matarla a pedradas. Y en la escena Cristo se pone
en el lugar del Corazón del Padre, que reanima, cura y celebra la
fiesta del perdón:
-"Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ninguno te ha condenado?".
Entre el corazón destrozado de la mujer avergonzada y Jesús, manso y
humilde de corazón, hay estrecha unión:
-"Tampoco yo te condeno. Anda y no peques más". Esta mujer ha
estrenado el brote nuevo de la misericordia, que anunció Isaías. "Su
suerte ha cambiado, como los torrentes del Negeb". El no peques más la
está introduciendo en el mundo de gracia, que Jesús ha venido a
instaurar.
¿Quién no ha tirado piedras alguna vez? Ante Cristo, luz que conoce
los rincones más escondidos, escuchemos sus palabras, y pidamos que
nos purifique con este sacrificio para que nos convirtamos en seres
libres, como esa mujer, y que aprendamos a no juzgar y a no condenar,
y "a conocerlo a él y la fuerza de su resurrección, para llegar un día
a la resurrección" (Filipenses 3,8). Es la manera de caminar hacian
una sociedad más habitable y fraterna (J. Martí Ballester). Perdonar
siempre. Un día, la Madre Teresa de Calcuta, encontró sobre un montón
de basura una mujer moribunda que le dijo que su propio hijo la había
dejado abandonada allí. La Madre la recogió y la llevó al hogar de
Kalighat. Aquella mujer no se quejaba de su estado sino de que hubiera
sido su propio hijo quien la dejó allí. No podía perdonarle... La
Madre Teresa, que quería que aquella mujer muriese en gracia de Dios,
trataba de convencerla:
-"¿Debe perdonar a su hijo? -le decía. Es carne de su carne y sangre
de su sangre... Sin duda hizo lo que hizo en un momento de locura y ya
estará arrepentido... Pórtese como una verdadera madre y perdónelo...
Si ha pedido a Dios que le perdone sus pecados debe perdonar el que su
hijo cometió con usted. Si lo hace, Dios recompensará su generosidad
con un lugar en el Cielo". La mujer se resistía, pero la gracia
terminó venciendo.
-"Le perdono, le perdono... dijo por fin llorando". Poco después moría.
Dios mío, dame gracia y amor para perdonar siempre: que ningún día me
acueste guardando rencor a alguien, aunque me parezca que tengo
motivos. ¡Me has perdonado Tú a mí!
Coméntale a Dios con tus palabras algo de lo que has leído. Después
termina con la oración final (José Pedro Manglano).
lunes, 5 de abril de 2010
Día 32º. SÁBADO CUARTO (20 de Marzo): Jesús, el justo que sufre injustamente, y así nos salva
"Yo era como un manso cordero, llevado al matadero, sin saber que
ellos urdían contra mí sus maquinaciones: "¡Destruyamos el árbol
mientras tiene savia, arranquémoslo de la tierra de los vivientes, y
que nadie se acuerde más de su nombre!". Señor de los ejércitos, que
juzgas con justicia, que sondeas las entrañas y los corazones, ¡que yo
vea tu venganza contra ellos, porque a ti he confiado mi causa!" Jesús
que, como un cordero, morirá para quitar el pecado del mundo. Es como
un corderito inocente, pequeña víctima que no merece ser sacrificada.
La liturgia del cordero pascual, que tomaban los israelitas en
recuerdo de la salida de la esclavitud de Egipto, representa a Jesús,
cuyo sacrificio es útil al pueblo entero.Todo hombre que sufre es una
imagen de Cristo sufriente. Todo sufrimiento, sobre todo si es llevado
conscientemente y ofrecido, colabora en la redención y contribuye a
salvar el mundo en unión con Jesús. "Te ofrezco, Señor, en este día,
mis propios sufrimientos... Te ofrezco también todo el peso de todos
los sufrimientos de todos los hombres en el mundo. Ayúdales a
descubrir, en lo posible, que su sufrimiento no está "perdido", sino
que puede adquirir una misteriosa significación. Y que todo «viernes
santo» conduce a la aurora de Pascua" (Noel Quesson). Un sacrificio
agradable a Dios es el de la pureza de corazón. "Por defender su
pureza, San Francisco de Asís se revolcó en la nieve, San Benito se
arrojó a un zarzal , San Bernardo se zambulló en un estanque helado...
Tú, ¿Qué has hecho?", escribía san Josemaría. Así huyeron de las
ocasiones, y cortaron las tentaciones los santos. Tú, como ellos,
tienes tentaciones. Madre mía, que como ellos sea fuerte para no
ponerme en ocasión de pecado (no ver la tele solo, por ejemplo) y para
cortar desde el principio las tentaciones. Cuando las tenga, rezará un
bendita sea tu pureza, y, así contigo, seré más fuerte (José Pedro
Manglano).
-"Destruyamos el árbol en su vigor. Arranquémoslo de la tierra de los
vivos, a fin de que se olvide su nombre".
Comenta Benedicto XVI, en su Misa de inauguración de pontificado, que
"era costumbre en el antiguo Oriente que los reyes se llamaran a sí
mismos pastores de su pueblo. Era una imagen de su poder, una imagen
cínica: para ellos, los pueblos eran como ovejas de las que el pastor
podía disponer a su agrado. Por el contrario, el pastor de todos los
hombres, el Dios vivo, se ha hecho Él mismo cordero, se ha puesto de
la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados.
Precisamente así se revela Él como el verdadero pastor: "Yo soy el
buen pastor [...]. Yo doy mi vida por las ovejas", dice Jesús de sí
mismo (Jn 10,14s.). No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste
es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos
que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el
mal y creara un mundo mejor", como quieren hacer los abusones, los
prepotentes. "Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no
obstante, todos necesitamos su paciencia. Dios, que se ha hecho
cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por
los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y
destruido por la impaciencia de los hombres", que además juzgan...
¡Qué error compararse con los demás! Leo Trese cuenta esta historia:
Pedro había sido un hombre muy favorecido por la vida. Había tenido
unos padres cariñosos y una niñez feliz. Su mente era despierta y
siempre sacó buenas notas. Tuvo éxito en la vida y su posición social
era más que desahogada. Se casó con una mujer guapa, excelente ama de
casa y buena madre de familia; además adoraba a Pedro a quien
consideraba el mejor hombre del mundo... En resumen: Que tuvo una
existencia feliz, en una atmósfera tranquila, libre de tensiones y de
frustraciones. Su vida, pues, había sido irreprochable, gozando de una
merecida buena reputación.
La vida de Juan había sido otra cosa. Tuvo una juventud amarga, pues
sus padres se llevaban mal, discutían constantemente y amenazaban con
separarse. Fuese por sus taras emocionales, fuese porque no era
demasiado inteligente, sus notas eran casi siempre malas. Obtuvo a
duras penas un título universitario casi por condescendencia, y luego
un modesto empleo, justo para malvivir. Sin posibilidades para
ahorrar, temía siempre caer enfermo o sufrir un accidente grave. Había
vivido en un barrio modestísimo, ruidoso y poco recomendable, con
casas antiguas y apiñadas. Su mujer era apática y además gruñona. Tal
vez por eso Juan bebía demasiado, perdía los nervios con frecuencia y
decía palabras malsonantes.
Ambos eran católicos y cumplían con sus deberes religiosos. Pedro iba
a Misa y comulgaba a menudo; Juan, sólo los domingos, las fiestas de
guardar y algunas otras fiestas señaladas. Dios se los llevó casi al
mismo tiempo, y los dos comparecieron ante Él para ser juzgados.
Fueron ambos al Cielo, pero el juicio les deparó sorpresas
considerables. La de Pedro consistió en que no obtuvo el puesto que se
esperaba. "Sí, fuiste bueno -le dijo Dios-, pero ¿cómo no ibas a
serlo? Apenas tuviste contrariedades ni problemas. Tus pasiones eran
por naturaleza moderadas y no tuviste en tu vida fuertes tentaciones.
Has sido un hombre virtuoso, sí, pero debías haber sido un hombre
santo.
Juan, por su parte, tuvo una sorpresa todavía mayor, porque pasó por
delante y quedó situado más alto. Sin duda podías haber sido mejor -le
dijo el Señor- pero, al menos, luchaste. No te compadeciste en exceso
de ti mismo y nunca tiraste la toalla. Teniendo en cuenta tus
insuficiencias y tus circunstancias, no lo hiciste mal del todo y
aprovechaste muchas de mis gracias...
Tú, ¿por quién te ves representado? El Señor nos pide que seamos
santos. No te compares con el resto de la gente pues puede sucederles
lo que a Juan. Jesús, que sólo me compare contigo y que te imite en
todo.
Sigue el Papa: "Una de las características fundamentales del pastor
debe ser amar a los hombres que le han sido confiados, tal como ama
Cristo, a cuyo servicio está. "Apacienta mis ovejas", dice Cristo a
Pedro, y también a mí, en este momento. Apacentar quiere decir amar, y
amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa
dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios,
de la Palabra de Dios; el alimento de su presencia, que Él nos da en
el Santísimo Sacramento. Queridos amigos, en este momento sólo puedo
decir: rogad por mí, para que aprenda a amar cada vez más al Señor.
Rogad por mí, para que aprenda a querer cada vez más a su rebaño, a
vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal
como comunitariamente. Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante
los lobos. Roguemos unos por otros para que sea el Señor quien nos
lleve y nosotros aprendamos a llevarnos unos a otros".
«Señor, Dios mío, A Ti me acojo, líbrame de mis enemigos y
perseguidores y sálvame, que no me atrapen como leones y me desgarren
sin remedio. Júzgame, Señor, según mi justicia, según la inocencia que
hay en mí...Tú que sondeas las mentes y los corazones, Tú que eres un
Dios justo, apoya al inocente".
Jesús, ahora en cuanto a su origen, provoca discusiones y postura
diversas. Se ignora lo más profundo de su personalidad: su origen
divino. Jesús es presentado hoy como el nuevo Jeremías. También él es
perseguido, condenado a muerte por los que se escandalizan de su
mensaje. Será también «como cordero manso llevado al matadero». Confía
en Dios: si Jeremías pide «Señor, a ti me acojo», Jesús en la cruz
grita: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Pero Jesús
muestra una entereza y un estilo diferente. Jeremías pedía a Dios que
le vengara de sus enemigos. Jesús muere pidiendo a Dios que perdone a
sus verdugos (J. Aldazábal). «Que tu amor y tu misericordia dirijan
nuestros corazones, Señor» (oración). Que Jesús, « como cordero manso,
llevado al matadero» (lectura), nos guíe hacia esa palabra de
esperanza, por su palabra que llena de gozo: «Jamás ha hablado nadie
así» (evangelio).
La confianza y la imagen emocionante del cordero manso, llevado al
matadero que ha inspirado el canto del Siervo de Dios en Isaías
(53,6-7) y le ha hecho símbolo de la Pasión del Cordero de Dios (Mt
26,63; Jn 1,29; Hch 8,32) es cantado por San Juan Crisóstomo: «La
sangre derramada por Cristo reproduce en nosotros la imagen del rey:
no permite que se malogre la nobleza del alma; riega el alma con
profusión, y le inspira el amor a la virtud. Esta sangre hace huir a
los demonios, atrae a los ángeles...; esta sangre ha lavado a todo el
mundo y ha facilitado el camino del cielo». Y San León Magno:
«Efectivamente, la encarnación del Verbo, lo mismo que la muerte y
resurrección de Cristo, ha venido a ser la salvación de todos los
fieles, y la sangre del único justo nos ha dado, a nosotros que la
creemos derramada para la reconciliación del mundo, lo que concedió a
nuestros padres, que igualmente creyeron que sería derramada».
También el cristiano está llamado a encarnar esos sentimientos
redentores de Jesús: "Se necesitan –dice Juan Pablo II- heraldos del
Evangelio expertos en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del
hombre de hoy, participen de sus gozos y esperanzas, de sus angustias
y tristezas, y al mismo tiempo sean contemplativos, enamorados de
Dios. Para esto se necesitan nuevos santos. Los grandes
evangelizadores de Europa han sido los santos. Debemos suplicar al
Señor que aumente el espíritu de santidad de la Iglesia y nos mande
nuevos santos para evangelizar el mundo de hoy."
ellos urdían contra mí sus maquinaciones: "¡Destruyamos el árbol
mientras tiene savia, arranquémoslo de la tierra de los vivientes, y
que nadie se acuerde más de su nombre!". Señor de los ejércitos, que
juzgas con justicia, que sondeas las entrañas y los corazones, ¡que yo
vea tu venganza contra ellos, porque a ti he confiado mi causa!" Jesús
que, como un cordero, morirá para quitar el pecado del mundo. Es como
un corderito inocente, pequeña víctima que no merece ser sacrificada.
La liturgia del cordero pascual, que tomaban los israelitas en
recuerdo de la salida de la esclavitud de Egipto, representa a Jesús,
cuyo sacrificio es útil al pueblo entero.Todo hombre que sufre es una
imagen de Cristo sufriente. Todo sufrimiento, sobre todo si es llevado
conscientemente y ofrecido, colabora en la redención y contribuye a
salvar el mundo en unión con Jesús. "Te ofrezco, Señor, en este día,
mis propios sufrimientos... Te ofrezco también todo el peso de todos
los sufrimientos de todos los hombres en el mundo. Ayúdales a
descubrir, en lo posible, que su sufrimiento no está "perdido", sino
que puede adquirir una misteriosa significación. Y que todo «viernes
santo» conduce a la aurora de Pascua" (Noel Quesson). Un sacrificio
agradable a Dios es el de la pureza de corazón. "Por defender su
pureza, San Francisco de Asís se revolcó en la nieve, San Benito se
arrojó a un zarzal , San Bernardo se zambulló en un estanque helado...
Tú, ¿Qué has hecho?", escribía san Josemaría. Así huyeron de las
ocasiones, y cortaron las tentaciones los santos. Tú, como ellos,
tienes tentaciones. Madre mía, que como ellos sea fuerte para no
ponerme en ocasión de pecado (no ver la tele solo, por ejemplo) y para
cortar desde el principio las tentaciones. Cuando las tenga, rezará un
bendita sea tu pureza, y, así contigo, seré más fuerte (José Pedro
Manglano).
-"Destruyamos el árbol en su vigor. Arranquémoslo de la tierra de los
vivos, a fin de que se olvide su nombre".
Comenta Benedicto XVI, en su Misa de inauguración de pontificado, que
"era costumbre en el antiguo Oriente que los reyes se llamaran a sí
mismos pastores de su pueblo. Era una imagen de su poder, una imagen
cínica: para ellos, los pueblos eran como ovejas de las que el pastor
podía disponer a su agrado. Por el contrario, el pastor de todos los
hombres, el Dios vivo, se ha hecho Él mismo cordero, se ha puesto de
la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados.
Precisamente así se revela Él como el verdadero pastor: "Yo soy el
buen pastor [...]. Yo doy mi vida por las ovejas", dice Jesús de sí
mismo (Jn 10,14s.). No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste
es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos
que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el
mal y creara un mundo mejor", como quieren hacer los abusones, los
prepotentes. "Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no
obstante, todos necesitamos su paciencia. Dios, que se ha hecho
cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por
los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y
destruido por la impaciencia de los hombres", que además juzgan...
¡Qué error compararse con los demás! Leo Trese cuenta esta historia:
Pedro había sido un hombre muy favorecido por la vida. Había tenido
unos padres cariñosos y una niñez feliz. Su mente era despierta y
siempre sacó buenas notas. Tuvo éxito en la vida y su posición social
era más que desahogada. Se casó con una mujer guapa, excelente ama de
casa y buena madre de familia; además adoraba a Pedro a quien
consideraba el mejor hombre del mundo... En resumen: Que tuvo una
existencia feliz, en una atmósfera tranquila, libre de tensiones y de
frustraciones. Su vida, pues, había sido irreprochable, gozando de una
merecida buena reputación.
La vida de Juan había sido otra cosa. Tuvo una juventud amarga, pues
sus padres se llevaban mal, discutían constantemente y amenazaban con
separarse. Fuese por sus taras emocionales, fuese porque no era
demasiado inteligente, sus notas eran casi siempre malas. Obtuvo a
duras penas un título universitario casi por condescendencia, y luego
un modesto empleo, justo para malvivir. Sin posibilidades para
ahorrar, temía siempre caer enfermo o sufrir un accidente grave. Había
vivido en un barrio modestísimo, ruidoso y poco recomendable, con
casas antiguas y apiñadas. Su mujer era apática y además gruñona. Tal
vez por eso Juan bebía demasiado, perdía los nervios con frecuencia y
decía palabras malsonantes.
Ambos eran católicos y cumplían con sus deberes religiosos. Pedro iba
a Misa y comulgaba a menudo; Juan, sólo los domingos, las fiestas de
guardar y algunas otras fiestas señaladas. Dios se los llevó casi al
mismo tiempo, y los dos comparecieron ante Él para ser juzgados.
Fueron ambos al Cielo, pero el juicio les deparó sorpresas
considerables. La de Pedro consistió en que no obtuvo el puesto que se
esperaba. "Sí, fuiste bueno -le dijo Dios-, pero ¿cómo no ibas a
serlo? Apenas tuviste contrariedades ni problemas. Tus pasiones eran
por naturaleza moderadas y no tuviste en tu vida fuertes tentaciones.
Has sido un hombre virtuoso, sí, pero debías haber sido un hombre
santo.
Juan, por su parte, tuvo una sorpresa todavía mayor, porque pasó por
delante y quedó situado más alto. Sin duda podías haber sido mejor -le
dijo el Señor- pero, al menos, luchaste. No te compadeciste en exceso
de ti mismo y nunca tiraste la toalla. Teniendo en cuenta tus
insuficiencias y tus circunstancias, no lo hiciste mal del todo y
aprovechaste muchas de mis gracias...
Tú, ¿por quién te ves representado? El Señor nos pide que seamos
santos. No te compares con el resto de la gente pues puede sucederles
lo que a Juan. Jesús, que sólo me compare contigo y que te imite en
todo.
Sigue el Papa: "Una de las características fundamentales del pastor
debe ser amar a los hombres que le han sido confiados, tal como ama
Cristo, a cuyo servicio está. "Apacienta mis ovejas", dice Cristo a
Pedro, y también a mí, en este momento. Apacentar quiere decir amar, y
amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa
dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios,
de la Palabra de Dios; el alimento de su presencia, que Él nos da en
el Santísimo Sacramento. Queridos amigos, en este momento sólo puedo
decir: rogad por mí, para que aprenda a amar cada vez más al Señor.
Rogad por mí, para que aprenda a querer cada vez más a su rebaño, a
vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal
como comunitariamente. Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante
los lobos. Roguemos unos por otros para que sea el Señor quien nos
lleve y nosotros aprendamos a llevarnos unos a otros".
«Señor, Dios mío, A Ti me acojo, líbrame de mis enemigos y
perseguidores y sálvame, que no me atrapen como leones y me desgarren
sin remedio. Júzgame, Señor, según mi justicia, según la inocencia que
hay en mí...Tú que sondeas las mentes y los corazones, Tú que eres un
Dios justo, apoya al inocente".
Jesús, ahora en cuanto a su origen, provoca discusiones y postura
diversas. Se ignora lo más profundo de su personalidad: su origen
divino. Jesús es presentado hoy como el nuevo Jeremías. También él es
perseguido, condenado a muerte por los que se escandalizan de su
mensaje. Será también «como cordero manso llevado al matadero». Confía
en Dios: si Jeremías pide «Señor, a ti me acojo», Jesús en la cruz
grita: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Pero Jesús
muestra una entereza y un estilo diferente. Jeremías pedía a Dios que
le vengara de sus enemigos. Jesús muere pidiendo a Dios que perdone a
sus verdugos (J. Aldazábal). «Que tu amor y tu misericordia dirijan
nuestros corazones, Señor» (oración). Que Jesús, « como cordero manso,
llevado al matadero» (lectura), nos guíe hacia esa palabra de
esperanza, por su palabra que llena de gozo: «Jamás ha hablado nadie
así» (evangelio).
La confianza y la imagen emocionante del cordero manso, llevado al
matadero que ha inspirado el canto del Siervo de Dios en Isaías
(53,6-7) y le ha hecho símbolo de la Pasión del Cordero de Dios (Mt
26,63; Jn 1,29; Hch 8,32) es cantado por San Juan Crisóstomo: «La
sangre derramada por Cristo reproduce en nosotros la imagen del rey:
no permite que se malogre la nobleza del alma; riega el alma con
profusión, y le inspira el amor a la virtud. Esta sangre hace huir a
los demonios, atrae a los ángeles...; esta sangre ha lavado a todo el
mundo y ha facilitado el camino del cielo». Y San León Magno:
«Efectivamente, la encarnación del Verbo, lo mismo que la muerte y
resurrección de Cristo, ha venido a ser la salvación de todos los
fieles, y la sangre del único justo nos ha dado, a nosotros que la
creemos derramada para la reconciliación del mundo, lo que concedió a
nuestros padres, que igualmente creyeron que sería derramada».
También el cristiano está llamado a encarnar esos sentimientos
redentores de Jesús: "Se necesitan –dice Juan Pablo II- heraldos del
Evangelio expertos en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del
hombre de hoy, participen de sus gozos y esperanzas, de sus angustias
y tristezas, y al mismo tiempo sean contemplativos, enamorados de
Dios. Para esto se necesitan nuevos santos. Los grandes
evangelizadores de Europa han sido los santos. Debemos suplicar al
Señor que aumente el espíritu de santidad de la Iglesia y nos mande
nuevos santos para evangelizar el mundo de hoy."
Día 31º. VIERNES CUARTO (19 de Marzo): Jesús va a Jerusalén y le matarán, cuando llegue su hora; es signo de contradicción, y también los cristianos sufrirán por la verdad. (Consideramos hoy la forma de ser corporal y espiritual de Jesús)
Los que quieren ser santos resultan incómodos en medio de una sociedad
no creyente, y por tanto hay que eliminarlos. «Nos resulta incómodo,
se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados... es
un reproche para nuestras ideas... lleva una vida distinta de los
demás». La decisión es: «lo condenaremos a muerte ignominiosa». Las
fuerzas del mal, encarnadas en los impíos, quieren ahogar la fuerza de
Dios que se manifiesta en la vida de los justos; es lo que les pasaba
cuando se escribió ese libro, que los judíos fieles de Alejandría son
perseguidos y despreciados por los judíos renegados y por los paganos,
pero tiene un sentido profético y es que todo esto habla de Cristo: se
anuncia su pasión (Misa dominical). El Mesías rodeado de odio...,
acorralado. Dirán: "Si eres hijo de Dios... baja de la cruz". «¡Deja!
Veamos si Elías viene a salvarle.» No puedo meditar sobre esto
quedándome «ajeno» (Noel Quesson). Hemos de implicarnos en hacer ese
camino de cuaresma, como recordaba san Agustín: "Si dices "ya basta",
estás perdido. Aumenta siempre, progresa siempre, avanza siempre, no
te pares en el camino, no vuelvas atrás, no te desvíes..." aunque nos
digan lo que van contra el justo: "porque nos molesta y se opone a
nuestra manera de obrar; nos echa en cara las transgresiones a la Ley
y nos reprocha las faltas contra la enseñanza recibida. Él se gloría
de poseer el conocimiento de Dios y se llama a sí mismo hijo del
Señor. Es un vivo reproche contra nuestra manera de pensar y su sola
presencia nos resulta insoportable, porque lleva una vida distinta de
los demás y va por caminos muy diferentes. Nos considera como algo
viciado y se aparta de nuestros caminos como de las inmundicias. Él
proclama dichosa la suerte final de los justos y se jacta de tener por
padre a Dios".
Dios, como repite el salmo, «está cerca de los atribulados... el Señor
se enfrenta con los malhechores... aunque el justo sufra muchos males,
de todos lo libra el Señor». Nos mueve a confiar en Dios. Confiar en
Él aun en los momentos más difíciles: "Cuando ellos claman, el Señor
los escucha y los libra de todas sus angustias. El Señor está cerca
del que sufre y salva a los que están abatidos. El justo padece muchos
males, pero el Señor lo libra de ellos. Él cuida todos sus huesos, no
se quebrará ni uno solo". Cuando Jesús sufra la Cruz, se cumplirá este
salmo: no se romperán sus huesos como a los ladrones, sino que una
lanza traspasará su pecho, cuando su alma ya estaba salvando los que
le esperaban en el limbo de los justos.
En la fiesta de las Tiendas o Tabernáculos, la fiesta del final de la
cosecha, muy concurrida en Jerusalén, que duraba ocho días, vemos a
Jesús que sufre. Se presenta como igual a Dios. A su alrededor, sólo
se habla de matarle. Y Tú, Señor, sólo hablas de este amor que te
colma. Francisco de Asís se paseaba por las calles quejumbroso: "el
amor no es amado... el amor no es amado... el amor no es amado..."
Ayúdanos, Señor, a vivir como Tú, en la intimidad del Padre. Da a
todos los que sufren esa paz que era la tuya. Otorga a todos los que
sienten la soledad, la gracia de ser reconfortados por la presencia
del Padre.
-"Buscaban, pues, prenderle..., pero nadie le ponía las manos, porque
aún no había llegado su hora". El complot se va estrechando. La Pasión
se acerca. ¡Es "tu hora"! Sin ningún miedo, ciertamente. Todo sucederá
según los insondables designios del Padre, a la hora por Él fijada
desde toda la eternidad. Tener plena y total confianza en Dios.
Ponerse en sus manos, es el secreto de la paz (Noel Quesson).
¿Cómo era el rostro de Jesús? Fra Angélico decía: "quien quiera pintar
a Cristo sólo tiene un procedimiento: vivir con Cristo". Es lo que
hizo S. Juan, de cuyo ambiente nacen estas palabras que leemos en su
Evangelio. Hay muchas leyendas, desde san Lucas pintor, la Verónica, y
otras por el estilo, que nos hablan de la santa Faz, cuya reliquia más
importante es la de Turín. Pero también es cierto que "Cristo graba su
rostro en el alma de aquellos que le buscan y le aman" (Fray Justo
Pérez de Urbel). San Policarpo, uno de los primeros Padres, discípulo
de san Juan, ya nos dice: "la imagen carnal de Jesús nos es
desconocida". Y san Agustín, en el siglo IV: "ignoramos por completo
cómo era su rostro". Se puede decir que los iconos bizantinos, de gran
belleza en mostrar un hombre de armonía y equilibrio perfectos, de paz
y bondad, es imagen que coincide con la sábana santa de Turín (una
persona alta, de 1.75-1.80 metros, unos 75-80 kilos, etc.). La
reciente película de "El hombre que hacía milagros", de plastilina,
lograba caracterizar a Jesús muy bien, pues cuando le ponemos un
rostro no nos resulta cómodo. Nos es velado el rostro de Jesús, y la
búsqueda no puede cesar, pues como decía la revista "Time" (6.12.2000)
la figura de estos 2000 años más influyente es Jesús de Nazaret: "un
hombre que vivió una vida corta, en un lugar atrasado y rural del
Imperio Romano y que murió en agonía como un criminal convicto y que
nunca se propuso causar ni la más mínima porción de los efectos que se
han obrado en su nombre.
Juan Pablo II nos invitaba a fijar la mirada en el rostro de Cristo
crucificado y hacer de su Evangelio la regla cotidiana de vida. Decía
una chica que es muy difícil explicar esta experiencia: "cuando crees
en el Evangelio, cuando rezas, te sientes mejor, y sería estupendo que
viviéramos lo que nos enseña... el mundo sería distinto". Hay una
cierta "experiencia de Dios", un "laboratorio" en el que descubrimos,
aun dentro del ambiente secularizado que nos rodea, el rostro de
Jesús. Sólo podemos saber cómo era Jesucristo por lo que nos dicen los
Evangelios. Para muchos los libros santos son en esto muy parcos. Por
el contrario, hay en ellos mucho más sobre la realidad humana de
Nuestro Salvador de cuanto parece a primera vista. Y cuanto nos dicen
los Sacros Biógrafos nos trazan una figura que para unos causa
sorpresa, para otros fascinación y para todos admiración y, en cierto
sentido, desconcierto.
Por los relatos evangélicos podemos vislumbrar que Jesús tenía una
constitución física singularmente perfecta. La incesante actividad
durante su vida pública, sus incontables privaciones, su predicación
de todos los días, los períodos enteros que pasaba sin reposo, etc.,
exigían un gasto considerable de fuerzas físicas y, por lo tanto, un
cuerpo sano y robusto. Nunca dan a entender, ni siquiera permiten
sospechar, sus evangelistas que padeciera enfermedad alguna. Sin
embargo, sí afirman que conoció el hambre (cf Mt 4,2; Mc 3,20), la sed
(cf Jn 4,7; 19,28), la necesidad del sueño (cf Mt 8,24), la fatiga
tras el largo caminar (cf Jn 4,6), estuvo sujeto a la muerte y su
vista anticipada le causó viva repugnancia (cf Mt 26,37-42).
En noticias incidentales, los evangelistas nos recuerdan algunas de
sus actitudes y gestos. Nos dicen que a veces hablaba a las
muchedumbres de pie (Jn 7,37), otras sentado (Mt 5,1) y a veces
–cuando comía– se reclinaba en un diván, según costumbre de entonces
(Lc 7,37ss). Solía rezar de rodillas (Lc 22,41) o postrado totalmente
en tierra (Mc 14,35). Los gestos más frecuentemente descritos por los
evangelistas son los de sus manos, que parten los panes para
distribuirlos (Mt 14,19), que toman el cáliz consagrado y lo pasan a
sus discípulos (Mt 26,27), que abrazan y bendicen a los pequeñuelos
(Mc 10,16), que toca a los enfermos (incluso a los leprosos) para
curarlos (Mc 1,31; Lc 5,13), que alza a los muertos (Lc 8,54), que
azota a los vendedores del Templo y vuelca las mesas de los cambistas
de monedas (Jn 2,15), que lava los pies de los apóstoles (Jn 13,5).
A veces nos hablan de los movimientos de todo su cuerpo, como cuando
se inclina a levantar a Pedro que se hunde en las aguas (Mt 14,31),
cuando se agacha a escribir con su dedo en el suelo frente a los
acusadores de la mujer adúltera (Jn 8,8), cuando vuelve la espalda a
alguno de sus interlocutores para demostrar su descontento (Mt 16,23).
El más conmovedor de todos es el que hace en la cruz, cuando,
inclinando su cabeza expiró.
Los evangelistas también nos han guardado algunos gestos de los ojos
de Jesús que exteriorizaban sus sentimientos íntimos. A Pedro, cuando
lo vio por vez primera, lo miró de hito en hito, es decir, fijó su
vista en él como para leer hasta el fondo de su alma (Jn 1,42); más
profundamente lo miró la noche de un jueves para mover su corazón
después de sus negaciones (Lc 22,61). Con particular ternura miró al
joven rico (Mc 10,21). A veces gustaba mirar a sus seguidores con la
mirada que usan los grandes oradores al comenzar a predicar, como
abarcando todo el auditorio (Lc 6,20). En sus ojos no sólo brillaba la
dulzura, sino también en oportunidades podía verse el resplandor de
una santa cólera (Mc 3,5). Con ellos lloró sobre Jerusalén (Lc 19,38)
y también miró con tristeza por última vez los atrios del Templo antes
de partir para su muerte (Mc 11,11).
¿Cómo era su voz? Anticipadamente dijo de Él Isaías: He aquí mi
siervo, que yo he escogido; no contenderá, ni voceará, ni oirá ninguno
su voz en las plazas públicas (Is 42 1-3; Mt 12,16-21). Era firme y
severa cuando tenía que dirigir un reproche (Mt 16,1-4) o dar una
orden cuyo cumplimiento exigía con especial empeño (Mc 1,25). Terrible
para pronunciar un anatema (Mt 25,41); irónica y desdeñosa si quería
(Lc 13,15-16), alegre (Lc 10,21), triste (Mt 26,38) o tierna (Jn
19,26), según las muchas circunstancias de su vida.
Su aspecto y apariencia externa no lo conocemos, pero podemos pensar
acertadamente que tendría el "tipo" de su pueblo. Santo Tomás
comentando el Salmo 44 dice simplemente: "tuvo en sumo grado aquella
belleza que correspondía a su estado, la reverencia y la gracia del
aspecto; de tal modo que lo divino irradiaba de su rostro". Unamuno lo
describe cifrándolo en dos versos: "Tu cuerpo de hombre con blancura
de hostia / para los hombres es el evangelio" (Miguel Ángel Fuentes).
-El alma de Cristo. Jesucristo habla a veces de su alma: Mi alma está
turbada (Jn 12,27). El Hijo del hombre vino a dar su alma como rescate
de muchos (Mt 20,28). Los evangelistas se refieren a ella a veces
diciendo que Jesús conoció en su espíritu los pensamientos secretos de
los hombres (Mc 2,8), gimió en su espíritu (Mc 8,12), etc.
Si observamos la sensibilidad del alma de Jesús veremos que
experimentó la mayor parte de nuestras afecciones, alegres o tristes,
dulces o amargas, pero en especial las dolorosas. A pesar de lo cual,
sucediese lo que sucediese, en el fondo de su alma reinaban siempre
serenidad y alegría. La paz que se complacía en desear a sus apóstoles
(Lc 24,36) la poseyó Él plenamente y de continuo. Aunque a veces los
evangelistas anoten que sintió cierta turbación, lo vemos siempre
enteramente dueño de sus impresiones, como, por ejemplo, en Getsemaní.
Nunca manifiesta duda. Nunca pierde la calma, ni cuando los
endemoniados interrumpían sus discursos (Mc 1,22-26), ni cuando sus
adversarios lo insultaban groseramente (Mt 9,3) ni cuando intentaban
poner sobre Él sus manos (Lc 4,28). Su vida pública estuvo llena de
trances difíciles, inquietantes, peligrosos; pero Él nunca perdió la
tranquilidad. No lo afectaron las aclamaciones populares (como al
entrar triunfante en Jerusalén) ni las condenas del populacho (como
cuando la turba pidió su muerte).
Tuvo una gran sensibilidad: sintió profundamente el dolor, la alegría,
la tristeza. Se admiró grandemente y saltó de júbilo al ver la fe de
los pequeños y las revelaciones que su Padre hace a los humildes (cf
Lc 10,21).
Su fisonomía intelectual es apabullante. Tiene una lucidez única. Su
predicación es diáfana, directa. Sus parábolas son un género único,
perlas de la literatura humana. El contenido de sus dichos sorprende
por la altura, la penetración, la sobrenaturalidad. No menos asombrosa
es la "pedagogía" de Cristo: es significativo cómo fue llevando a sus
discípulos (algunos simples pescadores) a aceptar y entender los
misterios más grandes de nuestra fe (su filiación divina, la trinidad
de Personas, la unidad de Dios, el misterio de la inhabitación
trinitaria, de la gracia, el Reino de Dios, etc.). Su oratoria
demuestra una grandeza de pensamiento inigualable. Por ejemplo,
aquellas palabras que dirige a la muchedumbre hablándoles de Juan
Bautista: "¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por
el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente
vestido? ¡No! Los que visten con elegancia están en los palacios de
los reyes. Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo,
y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo
envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino.
En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno
mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de
los Cielos es mayor que él" (Mt 11,7-11). ¿Cómo no escuchar atónitos
elocuencia tal? Además, sabía, como ninguno, apelar a las imágenes
vivas, conocidas por sus oyentes: el soplo rápido y misterioso del
viento (Jn 3,8), la fuente de agua viva (Jn 4,10), el vaso de agua
fresca (Mt 10,42), el labrador que guía el arado (Lc 9,62), el hombre
fuerte y armado que cuida su casa (Lc 11,21), los servidores que con
la lámpara en la mano esperan la venida de su señor (Lc 18,35), el
ciego que guía a otro ciego (Lc 6,39), etc. Sabía poner sobrenombres
apropiados: a Simón, Cefas "piedra", a Juan y Santiago, Boanerges,
"hijos del trueno". Sus consejos y réplicas eran penetrantes y dejaban
sin voz a sus adversarios, como repetidamente nos señalan los
evangelistas.
Su fisonomía moral responde más que adecuadamente a la profecía del
ángel a la Virgen: Lo que nacerá de ti será santo (Lc 1,35). Brillan
en Él todas las virtudes: la paciencia, la caridad, la obediencia, la
humildad, la fortaleza, la templanza, la justicia. De su espíritu de
abnegación y sacrificio dice San Pablo: "Christus non sibi placuit",
Cristo no buscó contentarse a Sí mismo (Rom 15,3). En Él contemplamos
el más hermoso ejemplo de castidad, de pobreza (nació en una familia
de pobres, vivió como pobre y murió como pobre), de obediencia. No
cometió pecado, ni en su boca se encontró engaño, dice San Pedro
hablando de Él (1 Pe 2,22), y lo mismo el autor de la Carta a los
Hebreos (Hb 4,15). Proclamaron su inocencia el mismo Pilato lavándose
las manos para no ser culpable de derramar su sangre (Mt 27,24), y el
mismo Judas que lo entregó (Mt 27,4). Por eso, el mismo Cristo puede
atreverse a decir a sus enemigos: ¿Quién de vosotros me argüirá de
pecado? (Jn 8,46); por cuanto sepamos, ninguno de ellos se atrevió a
hablar. Por el contrario, muchas veces debieron reconocer sus
virtudes, como cuando los fariseos envían sus discípulos a preguntarle
sobre el tributo del César y comienzan confesando la "autoridad moral"
de su enseñanza: Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el
camino de Dios en verdad sin hacer acepción de personas (Mt 22,16).
Pero sobre todas las cosas, sabía amar a lo grande. Tuvo muchas
amistades y muy profundas (sus apóstoles, María, Marta y Lázaro; sus
amigos escondidos como José de Arimatea y Nicodemo, etc.). Juan era
llamado el discípulo que Jesús amaba (Jn 13,23), y a él lo hace
recostar sobre su pecho en la Ultima Cena. Sabía enamorarse
rápidamente de un alma limpia, como hace con el joven rico: Jesús lo
miró y lo amó (Mc 10,21). Amó a los niños (Mc 9,35-36). Amó a los
suyos hasta el extremo de dar la vida por ellos (Jn 13,1ss),
cumpliendo así lo que Él mismo había dicho: Nadie tiene mayor amor que
quien da su vida por sus amigos (Jn 15,13).
Además de tener la perfección de la naturaleza divina, Jesús fue
también plenamente humano, plenamente hombre como nosotros. Y ya en su
misma naturaleza humana ha excedido a todo hombre. ¿Quién podrá
igualarlo? Ha hecho bien Guardini al hablar de "la absoluta diversidad
de Jesús". Es enteramente como nosotros, y también es enteramente
diverso de nosotros. Fue un hombre –fue "el" hombre o "el Hijo del
hombre" como se autodefinía Él–, pero al mismo tiempo, ningún hombre
obró como Él, ningún hombre habló como Él, ningún hombre amó como Él,
ningún hombre sufrió como Él (Miguel Ángel Fuentes).
Debía ser muy fácil enamorarse de Jesucristo. Quien llega a conocerlo
profundamente no puede evitarlo; y por eso Lope cantó: "No sabe qué es
amor quien no te ama..." hay un texto atribuido a san Cipriano que es
como si Jesús dice: "en vosotros mismos es donde me veréis, como ve un
hombre su propio rostro en un espejo". «Siempre despiertos —como
afirmaba Pascal— apoyándole en su agonía, hasta el final de los
tiempos».
no creyente, y por tanto hay que eliminarlos. «Nos resulta incómodo,
se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados... es
un reproche para nuestras ideas... lleva una vida distinta de los
demás». La decisión es: «lo condenaremos a muerte ignominiosa». Las
fuerzas del mal, encarnadas en los impíos, quieren ahogar la fuerza de
Dios que se manifiesta en la vida de los justos; es lo que les pasaba
cuando se escribió ese libro, que los judíos fieles de Alejandría son
perseguidos y despreciados por los judíos renegados y por los paganos,
pero tiene un sentido profético y es que todo esto habla de Cristo: se
anuncia su pasión (Misa dominical). El Mesías rodeado de odio...,
acorralado. Dirán: "Si eres hijo de Dios... baja de la cruz". «¡Deja!
Veamos si Elías viene a salvarle.» No puedo meditar sobre esto
quedándome «ajeno» (Noel Quesson). Hemos de implicarnos en hacer ese
camino de cuaresma, como recordaba san Agustín: "Si dices "ya basta",
estás perdido. Aumenta siempre, progresa siempre, avanza siempre, no
te pares en el camino, no vuelvas atrás, no te desvíes..." aunque nos
digan lo que van contra el justo: "porque nos molesta y se opone a
nuestra manera de obrar; nos echa en cara las transgresiones a la Ley
y nos reprocha las faltas contra la enseñanza recibida. Él se gloría
de poseer el conocimiento de Dios y se llama a sí mismo hijo del
Señor. Es un vivo reproche contra nuestra manera de pensar y su sola
presencia nos resulta insoportable, porque lleva una vida distinta de
los demás y va por caminos muy diferentes. Nos considera como algo
viciado y se aparta de nuestros caminos como de las inmundicias. Él
proclama dichosa la suerte final de los justos y se jacta de tener por
padre a Dios".
Dios, como repite el salmo, «está cerca de los atribulados... el Señor
se enfrenta con los malhechores... aunque el justo sufra muchos males,
de todos lo libra el Señor». Nos mueve a confiar en Dios. Confiar en
Él aun en los momentos más difíciles: "Cuando ellos claman, el Señor
los escucha y los libra de todas sus angustias. El Señor está cerca
del que sufre y salva a los que están abatidos. El justo padece muchos
males, pero el Señor lo libra de ellos. Él cuida todos sus huesos, no
se quebrará ni uno solo". Cuando Jesús sufra la Cruz, se cumplirá este
salmo: no se romperán sus huesos como a los ladrones, sino que una
lanza traspasará su pecho, cuando su alma ya estaba salvando los que
le esperaban en el limbo de los justos.
En la fiesta de las Tiendas o Tabernáculos, la fiesta del final de la
cosecha, muy concurrida en Jerusalén, que duraba ocho días, vemos a
Jesús que sufre. Se presenta como igual a Dios. A su alrededor, sólo
se habla de matarle. Y Tú, Señor, sólo hablas de este amor que te
colma. Francisco de Asís se paseaba por las calles quejumbroso: "el
amor no es amado... el amor no es amado... el amor no es amado..."
Ayúdanos, Señor, a vivir como Tú, en la intimidad del Padre. Da a
todos los que sufren esa paz que era la tuya. Otorga a todos los que
sienten la soledad, la gracia de ser reconfortados por la presencia
del Padre.
-"Buscaban, pues, prenderle..., pero nadie le ponía las manos, porque
aún no había llegado su hora". El complot se va estrechando. La Pasión
se acerca. ¡Es "tu hora"! Sin ningún miedo, ciertamente. Todo sucederá
según los insondables designios del Padre, a la hora por Él fijada
desde toda la eternidad. Tener plena y total confianza en Dios.
Ponerse en sus manos, es el secreto de la paz (Noel Quesson).
¿Cómo era el rostro de Jesús? Fra Angélico decía: "quien quiera pintar
a Cristo sólo tiene un procedimiento: vivir con Cristo". Es lo que
hizo S. Juan, de cuyo ambiente nacen estas palabras que leemos en su
Evangelio. Hay muchas leyendas, desde san Lucas pintor, la Verónica, y
otras por el estilo, que nos hablan de la santa Faz, cuya reliquia más
importante es la de Turín. Pero también es cierto que "Cristo graba su
rostro en el alma de aquellos que le buscan y le aman" (Fray Justo
Pérez de Urbel). San Policarpo, uno de los primeros Padres, discípulo
de san Juan, ya nos dice: "la imagen carnal de Jesús nos es
desconocida". Y san Agustín, en el siglo IV: "ignoramos por completo
cómo era su rostro". Se puede decir que los iconos bizantinos, de gran
belleza en mostrar un hombre de armonía y equilibrio perfectos, de paz
y bondad, es imagen que coincide con la sábana santa de Turín (una
persona alta, de 1.75-1.80 metros, unos 75-80 kilos, etc.). La
reciente película de "El hombre que hacía milagros", de plastilina,
lograba caracterizar a Jesús muy bien, pues cuando le ponemos un
rostro no nos resulta cómodo. Nos es velado el rostro de Jesús, y la
búsqueda no puede cesar, pues como decía la revista "Time" (6.12.2000)
la figura de estos 2000 años más influyente es Jesús de Nazaret: "un
hombre que vivió una vida corta, en un lugar atrasado y rural del
Imperio Romano y que murió en agonía como un criminal convicto y que
nunca se propuso causar ni la más mínima porción de los efectos que se
han obrado en su nombre.
Juan Pablo II nos invitaba a fijar la mirada en el rostro de Cristo
crucificado y hacer de su Evangelio la regla cotidiana de vida. Decía
una chica que es muy difícil explicar esta experiencia: "cuando crees
en el Evangelio, cuando rezas, te sientes mejor, y sería estupendo que
viviéramos lo que nos enseña... el mundo sería distinto". Hay una
cierta "experiencia de Dios", un "laboratorio" en el que descubrimos,
aun dentro del ambiente secularizado que nos rodea, el rostro de
Jesús. Sólo podemos saber cómo era Jesucristo por lo que nos dicen los
Evangelios. Para muchos los libros santos son en esto muy parcos. Por
el contrario, hay en ellos mucho más sobre la realidad humana de
Nuestro Salvador de cuanto parece a primera vista. Y cuanto nos dicen
los Sacros Biógrafos nos trazan una figura que para unos causa
sorpresa, para otros fascinación y para todos admiración y, en cierto
sentido, desconcierto.
Por los relatos evangélicos podemos vislumbrar que Jesús tenía una
constitución física singularmente perfecta. La incesante actividad
durante su vida pública, sus incontables privaciones, su predicación
de todos los días, los períodos enteros que pasaba sin reposo, etc.,
exigían un gasto considerable de fuerzas físicas y, por lo tanto, un
cuerpo sano y robusto. Nunca dan a entender, ni siquiera permiten
sospechar, sus evangelistas que padeciera enfermedad alguna. Sin
embargo, sí afirman que conoció el hambre (cf Mt 4,2; Mc 3,20), la sed
(cf Jn 4,7; 19,28), la necesidad del sueño (cf Mt 8,24), la fatiga
tras el largo caminar (cf Jn 4,6), estuvo sujeto a la muerte y su
vista anticipada le causó viva repugnancia (cf Mt 26,37-42).
En noticias incidentales, los evangelistas nos recuerdan algunas de
sus actitudes y gestos. Nos dicen que a veces hablaba a las
muchedumbres de pie (Jn 7,37), otras sentado (Mt 5,1) y a veces
–cuando comía– se reclinaba en un diván, según costumbre de entonces
(Lc 7,37ss). Solía rezar de rodillas (Lc 22,41) o postrado totalmente
en tierra (Mc 14,35). Los gestos más frecuentemente descritos por los
evangelistas son los de sus manos, que parten los panes para
distribuirlos (Mt 14,19), que toman el cáliz consagrado y lo pasan a
sus discípulos (Mt 26,27), que abrazan y bendicen a los pequeñuelos
(Mc 10,16), que toca a los enfermos (incluso a los leprosos) para
curarlos (Mc 1,31; Lc 5,13), que alza a los muertos (Lc 8,54), que
azota a los vendedores del Templo y vuelca las mesas de los cambistas
de monedas (Jn 2,15), que lava los pies de los apóstoles (Jn 13,5).
A veces nos hablan de los movimientos de todo su cuerpo, como cuando
se inclina a levantar a Pedro que se hunde en las aguas (Mt 14,31),
cuando se agacha a escribir con su dedo en el suelo frente a los
acusadores de la mujer adúltera (Jn 8,8), cuando vuelve la espalda a
alguno de sus interlocutores para demostrar su descontento (Mt 16,23).
El más conmovedor de todos es el que hace en la cruz, cuando,
inclinando su cabeza expiró.
Los evangelistas también nos han guardado algunos gestos de los ojos
de Jesús que exteriorizaban sus sentimientos íntimos. A Pedro, cuando
lo vio por vez primera, lo miró de hito en hito, es decir, fijó su
vista en él como para leer hasta el fondo de su alma (Jn 1,42); más
profundamente lo miró la noche de un jueves para mover su corazón
después de sus negaciones (Lc 22,61). Con particular ternura miró al
joven rico (Mc 10,21). A veces gustaba mirar a sus seguidores con la
mirada que usan los grandes oradores al comenzar a predicar, como
abarcando todo el auditorio (Lc 6,20). En sus ojos no sólo brillaba la
dulzura, sino también en oportunidades podía verse el resplandor de
una santa cólera (Mc 3,5). Con ellos lloró sobre Jerusalén (Lc 19,38)
y también miró con tristeza por última vez los atrios del Templo antes
de partir para su muerte (Mc 11,11).
¿Cómo era su voz? Anticipadamente dijo de Él Isaías: He aquí mi
siervo, que yo he escogido; no contenderá, ni voceará, ni oirá ninguno
su voz en las plazas públicas (Is 42 1-3; Mt 12,16-21). Era firme y
severa cuando tenía que dirigir un reproche (Mt 16,1-4) o dar una
orden cuyo cumplimiento exigía con especial empeño (Mc 1,25). Terrible
para pronunciar un anatema (Mt 25,41); irónica y desdeñosa si quería
(Lc 13,15-16), alegre (Lc 10,21), triste (Mt 26,38) o tierna (Jn
19,26), según las muchas circunstancias de su vida.
Su aspecto y apariencia externa no lo conocemos, pero podemos pensar
acertadamente que tendría el "tipo" de su pueblo. Santo Tomás
comentando el Salmo 44 dice simplemente: "tuvo en sumo grado aquella
belleza que correspondía a su estado, la reverencia y la gracia del
aspecto; de tal modo que lo divino irradiaba de su rostro". Unamuno lo
describe cifrándolo en dos versos: "Tu cuerpo de hombre con blancura
de hostia / para los hombres es el evangelio" (Miguel Ángel Fuentes).
-El alma de Cristo. Jesucristo habla a veces de su alma: Mi alma está
turbada (Jn 12,27). El Hijo del hombre vino a dar su alma como rescate
de muchos (Mt 20,28). Los evangelistas se refieren a ella a veces
diciendo que Jesús conoció en su espíritu los pensamientos secretos de
los hombres (Mc 2,8), gimió en su espíritu (Mc 8,12), etc.
Si observamos la sensibilidad del alma de Jesús veremos que
experimentó la mayor parte de nuestras afecciones, alegres o tristes,
dulces o amargas, pero en especial las dolorosas. A pesar de lo cual,
sucediese lo que sucediese, en el fondo de su alma reinaban siempre
serenidad y alegría. La paz que se complacía en desear a sus apóstoles
(Lc 24,36) la poseyó Él plenamente y de continuo. Aunque a veces los
evangelistas anoten que sintió cierta turbación, lo vemos siempre
enteramente dueño de sus impresiones, como, por ejemplo, en Getsemaní.
Nunca manifiesta duda. Nunca pierde la calma, ni cuando los
endemoniados interrumpían sus discursos (Mc 1,22-26), ni cuando sus
adversarios lo insultaban groseramente (Mt 9,3) ni cuando intentaban
poner sobre Él sus manos (Lc 4,28). Su vida pública estuvo llena de
trances difíciles, inquietantes, peligrosos; pero Él nunca perdió la
tranquilidad. No lo afectaron las aclamaciones populares (como al
entrar triunfante en Jerusalén) ni las condenas del populacho (como
cuando la turba pidió su muerte).
Tuvo una gran sensibilidad: sintió profundamente el dolor, la alegría,
la tristeza. Se admiró grandemente y saltó de júbilo al ver la fe de
los pequeños y las revelaciones que su Padre hace a los humildes (cf
Lc 10,21).
Su fisonomía intelectual es apabullante. Tiene una lucidez única. Su
predicación es diáfana, directa. Sus parábolas son un género único,
perlas de la literatura humana. El contenido de sus dichos sorprende
por la altura, la penetración, la sobrenaturalidad. No menos asombrosa
es la "pedagogía" de Cristo: es significativo cómo fue llevando a sus
discípulos (algunos simples pescadores) a aceptar y entender los
misterios más grandes de nuestra fe (su filiación divina, la trinidad
de Personas, la unidad de Dios, el misterio de la inhabitación
trinitaria, de la gracia, el Reino de Dios, etc.). Su oratoria
demuestra una grandeza de pensamiento inigualable. Por ejemplo,
aquellas palabras que dirige a la muchedumbre hablándoles de Juan
Bautista: "¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por
el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente
vestido? ¡No! Los que visten con elegancia están en los palacios de
los reyes. Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo,
y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo
envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino.
En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno
mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de
los Cielos es mayor que él" (Mt 11,7-11). ¿Cómo no escuchar atónitos
elocuencia tal? Además, sabía, como ninguno, apelar a las imágenes
vivas, conocidas por sus oyentes: el soplo rápido y misterioso del
viento (Jn 3,8), la fuente de agua viva (Jn 4,10), el vaso de agua
fresca (Mt 10,42), el labrador que guía el arado (Lc 9,62), el hombre
fuerte y armado que cuida su casa (Lc 11,21), los servidores que con
la lámpara en la mano esperan la venida de su señor (Lc 18,35), el
ciego que guía a otro ciego (Lc 6,39), etc. Sabía poner sobrenombres
apropiados: a Simón, Cefas "piedra", a Juan y Santiago, Boanerges,
"hijos del trueno". Sus consejos y réplicas eran penetrantes y dejaban
sin voz a sus adversarios, como repetidamente nos señalan los
evangelistas.
Su fisonomía moral responde más que adecuadamente a la profecía del
ángel a la Virgen: Lo que nacerá de ti será santo (Lc 1,35). Brillan
en Él todas las virtudes: la paciencia, la caridad, la obediencia, la
humildad, la fortaleza, la templanza, la justicia. De su espíritu de
abnegación y sacrificio dice San Pablo: "Christus non sibi placuit",
Cristo no buscó contentarse a Sí mismo (Rom 15,3). En Él contemplamos
el más hermoso ejemplo de castidad, de pobreza (nació en una familia
de pobres, vivió como pobre y murió como pobre), de obediencia. No
cometió pecado, ni en su boca se encontró engaño, dice San Pedro
hablando de Él (1 Pe 2,22), y lo mismo el autor de la Carta a los
Hebreos (Hb 4,15). Proclamaron su inocencia el mismo Pilato lavándose
las manos para no ser culpable de derramar su sangre (Mt 27,24), y el
mismo Judas que lo entregó (Mt 27,4). Por eso, el mismo Cristo puede
atreverse a decir a sus enemigos: ¿Quién de vosotros me argüirá de
pecado? (Jn 8,46); por cuanto sepamos, ninguno de ellos se atrevió a
hablar. Por el contrario, muchas veces debieron reconocer sus
virtudes, como cuando los fariseos envían sus discípulos a preguntarle
sobre el tributo del César y comienzan confesando la "autoridad moral"
de su enseñanza: Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el
camino de Dios en verdad sin hacer acepción de personas (Mt 22,16).
Pero sobre todas las cosas, sabía amar a lo grande. Tuvo muchas
amistades y muy profundas (sus apóstoles, María, Marta y Lázaro; sus
amigos escondidos como José de Arimatea y Nicodemo, etc.). Juan era
llamado el discípulo que Jesús amaba (Jn 13,23), y a él lo hace
recostar sobre su pecho en la Ultima Cena. Sabía enamorarse
rápidamente de un alma limpia, como hace con el joven rico: Jesús lo
miró y lo amó (Mc 10,21). Amó a los niños (Mc 9,35-36). Amó a los
suyos hasta el extremo de dar la vida por ellos (Jn 13,1ss),
cumpliendo así lo que Él mismo había dicho: Nadie tiene mayor amor que
quien da su vida por sus amigos (Jn 15,13).
Además de tener la perfección de la naturaleza divina, Jesús fue
también plenamente humano, plenamente hombre como nosotros. Y ya en su
misma naturaleza humana ha excedido a todo hombre. ¿Quién podrá
igualarlo? Ha hecho bien Guardini al hablar de "la absoluta diversidad
de Jesús". Es enteramente como nosotros, y también es enteramente
diverso de nosotros. Fue un hombre –fue "el" hombre o "el Hijo del
hombre" como se autodefinía Él–, pero al mismo tiempo, ningún hombre
obró como Él, ningún hombre habló como Él, ningún hombre amó como Él,
ningún hombre sufrió como Él (Miguel Ángel Fuentes).
Debía ser muy fácil enamorarse de Jesucristo. Quien llega a conocerlo
profundamente no puede evitarlo; y por eso Lope cantó: "No sabe qué es
amor quien no te ama..." hay un texto atribuido a san Cipriano que es
como si Jesús dice: "en vosotros mismos es donde me veréis, como ve un
hombre su propio rostro en un espejo". «Siempre despiertos —como
afirmaba Pascal— apoyándole en su agonía, hasta el final de los
tiempos».
Día 30º. JUEVES CUARTO (18 de Marzo): mirar a Cristo es encontrarse a Dios Padre, conocerle, sentir su amor y su perdón
"En aquellos días dijo el Señor a Moisés: Anda, baja del monte, que se
ha pervertido tu pueblo... Se han desviado del camino que yo les había
señalado, y se han hecho un toro de metal, y se postran ante él, y le
ofrecen sacrificios... Veo que es un pueblo de dura cerviz..." Qué
tontería, adorar ídolos, cosas que no son Dios… como se adora el
dinero y la fama, el éxito y el poder… "Jesús, está claro que no puedo
amarte si primero no creo. La fe es muy importante, porque es el paso
previo a la caridad, al amor. Por eso, he de fomentarla y cuidarla; no
puedo jugar con la fe, ponerla en peligro. En otros tiempos se
incitaba a los cristianos a renegar de Cristo; en nuestra época se
enseña a los mismos a negar a Cristo. Entonces se impelía, ahora se
enseña; entonces se usaba de la violencia, ahora de insidias; entonces
se oía rugir al enemigo, ahora, presentándose con mansedumbre
insinuante y rondando, difícilmente se le advierte" (San Agustín). En
"El Señor de los Anillos" un protagonista, Gollum, tiene en su poder
"el anillo" que da poderes, pero quien se lo pone corre un gran
peligro, pues queda por él dominado. No es fácil sustraerse a esos
poderes y a ese dominio, pues la codicia lleva a ponerse el anillo,
hay una especial atracción en ello. Es entonces cuando el hombre,
imagen de Dios, que es libre, se rebaja hasta convertirse en esclavo
de los demás.
Moisés en solidaridad con sus hermanos, rezando por los pecadores, es
imagen de Jesús, que intercede por todos los pecadores... Cuaresma es
un tiempo en el que la plegaria de los fieles tiene una oración
específica por los pecadores, pues nosotros también nos identificamos
con Jesús en este punto. En la Postcomunión pedimos: «Que esta
comunión, Señor, nos purifique de todas nuestras culpas, para que se
gocen en la plenitud de tu auxilio quienes están agobiados por el peso
de su conciencia». ¿Cómo va el espíritu de reparación? ¿Desagravio a
Dios por los que veo que se portan mal? ¿Intento ayudar a los demás, a
salir de las esclavitudes en las que se encuentran? "Te ruego, Señor,
en nombre de todos los hombres pecadores. Yo soy uno de ellos, me
conozco. Sé también muy bien que muchos están como pegados, ligados a
sus hábitos de injusticia, de egoísmo, de impureza, de orgullo, de
desprecio, de violencia... ¡nuestros ídolos! y Tú, Señor, quieres
liberarnos de todo esto, darnos la auténtica libertad: ¡de tal manera
quieres el bien de la humanidad! Sé que Tú perdonas. Que esperas
nuestras intercesiones, nuestras plegarias. Ten piedad de nosotros"
(Noel Quesson).
El diálogo entre Yahvé y Moisés es entrañable. Después del pecado del
pueblo, que se ha hecho un becerro de oro y le adora como si fuera su
dios (pecado que describe muy bien el salmo de hoy), Yahvé habla a
Moisés, que intercede ante Dios en defensa de su pueblo. Es una
llamada a hacer oración, a que nosotros también hablemos con Dios,
como Moisés, que es imagen de Jesús, el único que conoce al Padre, que
habla cara a cara con Él.
«En Horeb se hicieron un becerro, adoraron un ídolo de fundición;
cambiaron su gloria por la imagen de un toro que come hierba. Se
olvidaron de Dios, su salvador, que había hecho prodigios en Egipto,
maravillas en el país de Cam, portentos en el Mar Rojo. Dios hablaba
de aniquilarlos; pero Moisés, su elegido, se puso en la brecha frente
a Él, para apartar su cólera del exterminio. Acuérdate de nosotros por
amor a tu pueblo».
Jesús sigue hablando de su unión con el Padre. ¿Cómo va nuestra
presencia de Dios? La madre que tiene el pequeño en la cuna, trabaja
arreglando las cosas de la casa; plancha, limpia..., pero siempre está
pendiente del hijo. Esta madre tiene presencia del hijo, no lo pierde
de vista. Lo mismo que esa madre podemos hacer nosotros con el Señor.
Mientras estudiamos, mientras hacemos deporte, cuando estamos en
clase, cuando vamos por la calle, a la hora de comer, al meternos en
la cama, y en todas las circunstancias en que nos podamos encontrar,
son situaciones en las que si nos empeñamos podemos hablar con el
Señor, decirle una jaculatoria, pedirle ayuda, etc...
Si no tienes concretada una jaculatoria para repetir durante el día,
la Cuaresma es buen momento para hacerlo, porque así el señor se
sentirá más acompañado y más querido. Alguna jaculatoria puede ser:
¡Jesús te amo!, ¡Señor, perdóname porque soy un pecador! Y los días
anteriores ya han salido buenas ocasiones para decir jaculatorias: al
ver un crucifijo, visitar sagrarios cuando pasas cerca de una iglesia,
al hacer un sacrificio, cuando te vienen a la cabeza excusas para no
mortificarte, cuando ves que actúas con la ley del gusto.
Puedes hacer un poco de examen para ver cómo vas en eso. Señor, yo
quiero acordarme y decirte muchas jaculatorias durante el día;
recuérdamelo Tú. Y tú, ángel de mi guarda (José Pedro Manglano).
Hoy Jesús nos dice que Juan Bautista "era la lámpara que arde y
alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz". Juan
hablaba de Jesús, era testimonio que señalaba el Cordero de Dios,
Jesús. "Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las
obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras
que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado. Y el
Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí". Jesús
está para cumplir la Pasión, la gran obra, después de tantos milagros
y obras buenas, ahora hará su sacrificio por nosotros y por nuestra
salvación. Él será el nuevo Moisés, que se sacrifica hasta el final
por la humanidad, por nosotros pecadores: «Que esta comunión nos
purifique de todas nuestras culpas» (comunión). Hoy vemos que se trata
de aceptar a Cristo, para tener parte con Él en la vida, para sentir
como Él la urgencia de la evangelización de nuestros hermanos de todo
el mundo.
"Padre, he venido a este mundo para glorificar tu nombre. He llevado a
término tu obra; glorifícame". Hemos visto estos días cómo Jesús es la
Luz que ilumina, da vida, refleja un Dios que es amor, que resucita y
salva. En la cruz, el Enviado será objeto de burla. "Pues he aquí "la
obra" que autentifica su misión: una vida entregada hasta el final. La
cruz derriba los pedestales de los falsos dioses. Los dioses de los
justos, de los ricos, de los satisfechos; los dioses cuyas gracias se
compran y cuyos favores hay que ganarse...; esos dioses sólo sirven
para ser derribados, pues no son más que becerros de oro de pacotilla,
imágenes deformadas de quienes las han fabricado. Dios tendrá para
siempre el rostro de un crucificado, expulsado fuera de las murallas
de la ciudad, ridiculizado, injustamente condenado.
"El Padre que me ha enviado es el que da testimonio de mí". En el
desierto, los hombres se habían unido a dioses conformes a sus deseos.
También en el desierto, Moisés erigió otra señal, un bastón coronado
por una serpiente de bronce. Señal desconcertante e irrisoria. Sin
embargo, dice la Escritura que los que la miraban eran salvados. Dios,
por su parte, ha erigido en el universo la única señal en la que se
reconoce: una cruz plantada en el corazón del mundo. Los que la miran
quedan salvados (Sal Terrae).
Llucià Pou Sabaté
ha pervertido tu pueblo... Se han desviado del camino que yo les había
señalado, y se han hecho un toro de metal, y se postran ante él, y le
ofrecen sacrificios... Veo que es un pueblo de dura cerviz..." Qué
tontería, adorar ídolos, cosas que no son Dios… como se adora el
dinero y la fama, el éxito y el poder… "Jesús, está claro que no puedo
amarte si primero no creo. La fe es muy importante, porque es el paso
previo a la caridad, al amor. Por eso, he de fomentarla y cuidarla; no
puedo jugar con la fe, ponerla en peligro. En otros tiempos se
incitaba a los cristianos a renegar de Cristo; en nuestra época se
enseña a los mismos a negar a Cristo. Entonces se impelía, ahora se
enseña; entonces se usaba de la violencia, ahora de insidias; entonces
se oía rugir al enemigo, ahora, presentándose con mansedumbre
insinuante y rondando, difícilmente se le advierte" (San Agustín). En
"El Señor de los Anillos" un protagonista, Gollum, tiene en su poder
"el anillo" que da poderes, pero quien se lo pone corre un gran
peligro, pues queda por él dominado. No es fácil sustraerse a esos
poderes y a ese dominio, pues la codicia lleva a ponerse el anillo,
hay una especial atracción en ello. Es entonces cuando el hombre,
imagen de Dios, que es libre, se rebaja hasta convertirse en esclavo
de los demás.
Moisés en solidaridad con sus hermanos, rezando por los pecadores, es
imagen de Jesús, que intercede por todos los pecadores... Cuaresma es
un tiempo en el que la plegaria de los fieles tiene una oración
específica por los pecadores, pues nosotros también nos identificamos
con Jesús en este punto. En la Postcomunión pedimos: «Que esta
comunión, Señor, nos purifique de todas nuestras culpas, para que se
gocen en la plenitud de tu auxilio quienes están agobiados por el peso
de su conciencia». ¿Cómo va el espíritu de reparación? ¿Desagravio a
Dios por los que veo que se portan mal? ¿Intento ayudar a los demás, a
salir de las esclavitudes en las que se encuentran? "Te ruego, Señor,
en nombre de todos los hombres pecadores. Yo soy uno de ellos, me
conozco. Sé también muy bien que muchos están como pegados, ligados a
sus hábitos de injusticia, de egoísmo, de impureza, de orgullo, de
desprecio, de violencia... ¡nuestros ídolos! y Tú, Señor, quieres
liberarnos de todo esto, darnos la auténtica libertad: ¡de tal manera
quieres el bien de la humanidad! Sé que Tú perdonas. Que esperas
nuestras intercesiones, nuestras plegarias. Ten piedad de nosotros"
(Noel Quesson).
El diálogo entre Yahvé y Moisés es entrañable. Después del pecado del
pueblo, que se ha hecho un becerro de oro y le adora como si fuera su
dios (pecado que describe muy bien el salmo de hoy), Yahvé habla a
Moisés, que intercede ante Dios en defensa de su pueblo. Es una
llamada a hacer oración, a que nosotros también hablemos con Dios,
como Moisés, que es imagen de Jesús, el único que conoce al Padre, que
habla cara a cara con Él.
«En Horeb se hicieron un becerro, adoraron un ídolo de fundición;
cambiaron su gloria por la imagen de un toro que come hierba. Se
olvidaron de Dios, su salvador, que había hecho prodigios en Egipto,
maravillas en el país de Cam, portentos en el Mar Rojo. Dios hablaba
de aniquilarlos; pero Moisés, su elegido, se puso en la brecha frente
a Él, para apartar su cólera del exterminio. Acuérdate de nosotros por
amor a tu pueblo».
Jesús sigue hablando de su unión con el Padre. ¿Cómo va nuestra
presencia de Dios? La madre que tiene el pequeño en la cuna, trabaja
arreglando las cosas de la casa; plancha, limpia..., pero siempre está
pendiente del hijo. Esta madre tiene presencia del hijo, no lo pierde
de vista. Lo mismo que esa madre podemos hacer nosotros con el Señor.
Mientras estudiamos, mientras hacemos deporte, cuando estamos en
clase, cuando vamos por la calle, a la hora de comer, al meternos en
la cama, y en todas las circunstancias en que nos podamos encontrar,
son situaciones en las que si nos empeñamos podemos hablar con el
Señor, decirle una jaculatoria, pedirle ayuda, etc...
Si no tienes concretada una jaculatoria para repetir durante el día,
la Cuaresma es buen momento para hacerlo, porque así el señor se
sentirá más acompañado y más querido. Alguna jaculatoria puede ser:
¡Jesús te amo!, ¡Señor, perdóname porque soy un pecador! Y los días
anteriores ya han salido buenas ocasiones para decir jaculatorias: al
ver un crucifijo, visitar sagrarios cuando pasas cerca de una iglesia,
al hacer un sacrificio, cuando te vienen a la cabeza excusas para no
mortificarte, cuando ves que actúas con la ley del gusto.
Puedes hacer un poco de examen para ver cómo vas en eso. Señor, yo
quiero acordarme y decirte muchas jaculatorias durante el día;
recuérdamelo Tú. Y tú, ángel de mi guarda (José Pedro Manglano).
Hoy Jesús nos dice que Juan Bautista "era la lámpara que arde y
alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz". Juan
hablaba de Jesús, era testimonio que señalaba el Cordero de Dios,
Jesús. "Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las
obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras
que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado. Y el
Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí". Jesús
está para cumplir la Pasión, la gran obra, después de tantos milagros
y obras buenas, ahora hará su sacrificio por nosotros y por nuestra
salvación. Él será el nuevo Moisés, que se sacrifica hasta el final
por la humanidad, por nosotros pecadores: «Que esta comunión nos
purifique de todas nuestras culpas» (comunión). Hoy vemos que se trata
de aceptar a Cristo, para tener parte con Él en la vida, para sentir
como Él la urgencia de la evangelización de nuestros hermanos de todo
el mundo.
"Padre, he venido a este mundo para glorificar tu nombre. He llevado a
término tu obra; glorifícame". Hemos visto estos días cómo Jesús es la
Luz que ilumina, da vida, refleja un Dios que es amor, que resucita y
salva. En la cruz, el Enviado será objeto de burla. "Pues he aquí "la
obra" que autentifica su misión: una vida entregada hasta el final. La
cruz derriba los pedestales de los falsos dioses. Los dioses de los
justos, de los ricos, de los satisfechos; los dioses cuyas gracias se
compran y cuyos favores hay que ganarse...; esos dioses sólo sirven
para ser derribados, pues no son más que becerros de oro de pacotilla,
imágenes deformadas de quienes las han fabricado. Dios tendrá para
siempre el rostro de un crucificado, expulsado fuera de las murallas
de la ciudad, ridiculizado, injustamente condenado.
"El Padre que me ha enviado es el que da testimonio de mí". En el
desierto, los hombres se habían unido a dioses conformes a sus deseos.
También en el desierto, Moisés erigió otra señal, un bastón coronado
por una serpiente de bronce. Señal desconcertante e irrisoria. Sin
embargo, dice la Escritura que los que la miraban eran salvados. Dios,
por su parte, ha erigido en el universo la única señal en la que se
reconoce: una cruz plantada en el corazón del mundo. Los que la miran
quedan salvados (Sal Terrae).
Llucià Pou Sabaté
Día 29º. MIÉRCOLES CUARTO (17 de Marzo): Dios, Señor de la historia, en Jesús nos muestra su misericordia, y nos da la Vida
"Así habla el Señor: En el tiempo favorable, yo te respondí, en el día
de la salvación, te socorrí. Yo te formé y te destiné a ser la alianza
del pueblo, para restaurar el país". El amor de Dios es maternal. Nos
dice por el profeta: -"En tiempo favorable, te escucharé, el día de la
salvación, te asistiré". Sabemos que el conjunto de la población
judía, entre los años 587 al 538 antes de Jesucristo, fue deportada a
Babilonia, lejos de su patria. Esa experiencia trágica fue objeto de
numerosas reflexiones. Los profetas vieron en ella el símbolo del
destino de la humanidad: somos, también nosotros, unos cautivos... el
pecado es una especie de esclavitud... esperamos nuestra liberación.
Es momento para detenerme, una vez más, en la experiencia de mis
limitaciones, mis cadenas, mis constricciones, no para estar dándole
vueltas y machacando inútilmente, sino para poder escuchar de veras el
anuncio de mi liberación.
-"Yo te formé, para levantar el país..., para decir a los presos:
«Salid». No tendrán más hambre ni sed, ni les dañará el bochorno ni el
sol". Anuncios del Reino de Dios «en el que no habrá llanto, ni grito,
ni sufrimiento, ni muerte», como pedimos en el padrenuestro: ¡Señor!
venga a nosotros tu Reino. Con la resurrección de Jesús, se repitió
esas mismas promesas: "llega la hora en que muchos se levantarán de
sus tumbas...".
-"¡Aclamad cielos y exulta tierra! Prorrumpan los montes en gritos de
alegría. Pues el Señor consuela a su pueblo, y de sus pobres se
compadece". ¿Cómo puedo yo estar en ese plan? En medio de todas mis
pruebas, ¿cómo vivir en ese clima? Y en el contexto del mundo, tan
frecuentemente trágico, ¿cómo permanecer alegre, sin dejarse envenenar
por el ambiente de derrota y de morosidad? Comprometerme, en lo que
está de mi parte, a que crezca la alegría del mundo. Dar «una» alegría
a alguien... a muchos.
-"Sión decía: «El Señor me ha olvidado». ¿Acaso olvida una mujer a su
niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque una
llegase a olvidarlo, Yo, no te olvidaré. Palabra del Señor
todopoderoso". Hay que detenerse indefinidamente ante esas frases
ardientes, que Jesús nos recordará, para darnos pistas de cómo entrar
en el corazón de Dios, que nos ama con amor maternal. Dios no nos
olvida nunca: gracias, Señor, porque Tú no me olvidas jamás (Noel
Quesson).
Dios se ve también como pastor que guía su pueblo. Es la historia de
salvación, porque Yahvé ha estado siempre presente. En la historia de
Israel, como en la nuestra, podemos ver cosas que nos gustaría haber
hecho mejor: pues tenemos una cosa que se llama "tiempo" y con la
experiencia de ayer hacerlas bien a partir de ahora. Es lo que dice
San Agustín: «La penitencia purifica el alma, eleva el pensamiento,
somete la carne al espíritu, hace al corazón contrito y humillado,
disipa las nebulosidades de la concupiscencia, apaga el fuego de las
pasiones y enciende la verdadera luz de la castidad».
El salmo sigue con en este mensaje, central de hoy: «el Señor es
clemente y misericordioso... el Señor es bueno con todos, es fiel a
sus palabras, el Señor sostiene a los que van a caer». Con tal que
sepamos acoger ese amor, como nos dirá Jesús: "el que escucha mi
palabra tiene la vida eterna, no es juzgado, ha pasado de la muerte a
la vida". La muerte ha sido vencida con su muerte, que conecta con lo
que hemos leído: "los muertos oirán su voz...", los muertos
espiritualmente son vivificados por la palabra de Jesús y dice la
oración de hoy: «Señor, Dios nuestro, que concedes a los justos el
premio de sus méritos, y a los pecadores que hacen penitencia les
perdonas sus pecados, ten piedad de nosotros y danos, por la humilde
confesión de nuestras culpas, tu paz y tu perdón». Esta idea sigue en
la Comunión («Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo,
sino para que el mundo se salve por Él»: Jn 3,17) y en la
Postcomunión: «No permitas, Señor, que estos sacramentos que hemos
recibido sean causa de condenación para nosotros, pues los instituiste
como auxilios de nuestra salvación»: "No tendrán hambre, ni sufrirán
sed, el viento ardiente y el sol no los dañarán, porque el que se
compadece de ellos los guiará y los llevará hasta las vertientes de
agua. De todas mis montañas yo haré un camino y mis senderos serán
nivelados... ¡Griten de alegría, cielos, regocíjate, tierra!
¡Montañas, prorrumpan en gritos de alegría, porque el Señor consuela a
su pueblo y se compadece de sus pobres!" Y que nadie diga: "El Señor
me abandonó, mi Señor se ha olvidado de mí". Pues dice Dios: "¿Se
olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus
entrañas? ¡Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré!"
El evangelio anuncia las maravillas de "vida" que marcan el Reino
inaugurado: el Hijo da la vida a los muertos. " Jesús les dijo: Mi
padre sigue trabajando y yo también trabajo". De la manera que lo
decía, se veía que así como Dios tenía el "taller del mundo" abierto
para ir haciendo el bien también en sábado, Jesús tenía que cumplir la
misión de salvador. "Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo:
porque no sólo violaba el sábado sino también llamaba a Dios Padre
suyo, haciéndose igual a Dios". ¿Los judíos son fanáticos? Ven en
peligro su ley, la Torá. Si Jesús es Dios, tiene el poder y el título
para tratar la Torá como Él lo hace.
Luego Jesús va explicando que él y el Padre son una cosa, y de cómo
están en sintonía perfecta, incluso en resucitar muertos, y luego dice
algo sorprendente: "Os lo aseguro; quien escucha mi palabra y cree al
que me envió, posee la vida eterna y no será condenado, porque ha
pasado ya de la muerte a la vida", o sea que el que cree ya vive como
en el cielo, y el que no cree es "vivir sin Dios y sin esperanza en el
mundo" (Ef 2,12). Cada uno de nosotros ha de ayudar a Jesús para dar
la Vida auténtica a los demás, Jesús continúa pasando en el mundo en
ti, en mí, en los santos.
Huellas en la nieve. En Logroño; un diciembre especialmente frío; la
ciudad cubierta de nieve. San Josemaría tiene unos 14 años y va camino
del colegio. De pronto, algo llama poderosamente su atención: -Pero...
¿qué es eso? ¡Son huellas de pies descalzos que se alejan! ¿A quién
pertenecerán?
A cierta distancia descubre un religioso carmelita descalzo que se
dirige a su convento, situado en las afueras de la ciudad.
"¡Son suyas!, se dice Josemaría, ¡Pobre sacerdote! ¡cuánto frío estará pasando!"
Este hecho le remueve el corazón.
"Si ese carmelita es capaz de sacrificarse así por amor a Dios, ¿qué
es lo que yo debo hacer por Él?
Nadie se da cuenta, pero a "partir de ese momento, siente grandes
deseos de acercarse a Dios. Comienza a oír la Santa Misa y a comulgar
a diario; a confesarse más a menudo; a ofrecer todos los días
sacrificios por amor a Dios y a los demás."
Señor, y yo ¿qué deberé hacer por Ti? Continúa hablándole a Dios con
tus palabras.
de la salvación, te socorrí. Yo te formé y te destiné a ser la alianza
del pueblo, para restaurar el país". El amor de Dios es maternal. Nos
dice por el profeta: -"En tiempo favorable, te escucharé, el día de la
salvación, te asistiré". Sabemos que el conjunto de la población
judía, entre los años 587 al 538 antes de Jesucristo, fue deportada a
Babilonia, lejos de su patria. Esa experiencia trágica fue objeto de
numerosas reflexiones. Los profetas vieron en ella el símbolo del
destino de la humanidad: somos, también nosotros, unos cautivos... el
pecado es una especie de esclavitud... esperamos nuestra liberación.
Es momento para detenerme, una vez más, en la experiencia de mis
limitaciones, mis cadenas, mis constricciones, no para estar dándole
vueltas y machacando inútilmente, sino para poder escuchar de veras el
anuncio de mi liberación.
-"Yo te formé, para levantar el país..., para decir a los presos:
«Salid». No tendrán más hambre ni sed, ni les dañará el bochorno ni el
sol". Anuncios del Reino de Dios «en el que no habrá llanto, ni grito,
ni sufrimiento, ni muerte», como pedimos en el padrenuestro: ¡Señor!
venga a nosotros tu Reino. Con la resurrección de Jesús, se repitió
esas mismas promesas: "llega la hora en que muchos se levantarán de
sus tumbas...".
-"¡Aclamad cielos y exulta tierra! Prorrumpan los montes en gritos de
alegría. Pues el Señor consuela a su pueblo, y de sus pobres se
compadece". ¿Cómo puedo yo estar en ese plan? En medio de todas mis
pruebas, ¿cómo vivir en ese clima? Y en el contexto del mundo, tan
frecuentemente trágico, ¿cómo permanecer alegre, sin dejarse envenenar
por el ambiente de derrota y de morosidad? Comprometerme, en lo que
está de mi parte, a que crezca la alegría del mundo. Dar «una» alegría
a alguien... a muchos.
-"Sión decía: «El Señor me ha olvidado». ¿Acaso olvida una mujer a su
niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque una
llegase a olvidarlo, Yo, no te olvidaré. Palabra del Señor
todopoderoso". Hay que detenerse indefinidamente ante esas frases
ardientes, que Jesús nos recordará, para darnos pistas de cómo entrar
en el corazón de Dios, que nos ama con amor maternal. Dios no nos
olvida nunca: gracias, Señor, porque Tú no me olvidas jamás (Noel
Quesson).
Dios se ve también como pastor que guía su pueblo. Es la historia de
salvación, porque Yahvé ha estado siempre presente. En la historia de
Israel, como en la nuestra, podemos ver cosas que nos gustaría haber
hecho mejor: pues tenemos una cosa que se llama "tiempo" y con la
experiencia de ayer hacerlas bien a partir de ahora. Es lo que dice
San Agustín: «La penitencia purifica el alma, eleva el pensamiento,
somete la carne al espíritu, hace al corazón contrito y humillado,
disipa las nebulosidades de la concupiscencia, apaga el fuego de las
pasiones y enciende la verdadera luz de la castidad».
El salmo sigue con en este mensaje, central de hoy: «el Señor es
clemente y misericordioso... el Señor es bueno con todos, es fiel a
sus palabras, el Señor sostiene a los que van a caer». Con tal que
sepamos acoger ese amor, como nos dirá Jesús: "el que escucha mi
palabra tiene la vida eterna, no es juzgado, ha pasado de la muerte a
la vida". La muerte ha sido vencida con su muerte, que conecta con lo
que hemos leído: "los muertos oirán su voz...", los muertos
espiritualmente son vivificados por la palabra de Jesús y dice la
oración de hoy: «Señor, Dios nuestro, que concedes a los justos el
premio de sus méritos, y a los pecadores que hacen penitencia les
perdonas sus pecados, ten piedad de nosotros y danos, por la humilde
confesión de nuestras culpas, tu paz y tu perdón». Esta idea sigue en
la Comunión («Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo,
sino para que el mundo se salve por Él»: Jn 3,17) y en la
Postcomunión: «No permitas, Señor, que estos sacramentos que hemos
recibido sean causa de condenación para nosotros, pues los instituiste
como auxilios de nuestra salvación»: "No tendrán hambre, ni sufrirán
sed, el viento ardiente y el sol no los dañarán, porque el que se
compadece de ellos los guiará y los llevará hasta las vertientes de
agua. De todas mis montañas yo haré un camino y mis senderos serán
nivelados... ¡Griten de alegría, cielos, regocíjate, tierra!
¡Montañas, prorrumpan en gritos de alegría, porque el Señor consuela a
su pueblo y se compadece de sus pobres!" Y que nadie diga: "El Señor
me abandonó, mi Señor se ha olvidado de mí". Pues dice Dios: "¿Se
olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus
entrañas? ¡Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré!"
El evangelio anuncia las maravillas de "vida" que marcan el Reino
inaugurado: el Hijo da la vida a los muertos. " Jesús les dijo: Mi
padre sigue trabajando y yo también trabajo". De la manera que lo
decía, se veía que así como Dios tenía el "taller del mundo" abierto
para ir haciendo el bien también en sábado, Jesús tenía que cumplir la
misión de salvador. "Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo:
porque no sólo violaba el sábado sino también llamaba a Dios Padre
suyo, haciéndose igual a Dios". ¿Los judíos son fanáticos? Ven en
peligro su ley, la Torá. Si Jesús es Dios, tiene el poder y el título
para tratar la Torá como Él lo hace.
Luego Jesús va explicando que él y el Padre son una cosa, y de cómo
están en sintonía perfecta, incluso en resucitar muertos, y luego dice
algo sorprendente: "Os lo aseguro; quien escucha mi palabra y cree al
que me envió, posee la vida eterna y no será condenado, porque ha
pasado ya de la muerte a la vida", o sea que el que cree ya vive como
en el cielo, y el que no cree es "vivir sin Dios y sin esperanza en el
mundo" (Ef 2,12). Cada uno de nosotros ha de ayudar a Jesús para dar
la Vida auténtica a los demás, Jesús continúa pasando en el mundo en
ti, en mí, en los santos.
Huellas en la nieve. En Logroño; un diciembre especialmente frío; la
ciudad cubierta de nieve. San Josemaría tiene unos 14 años y va camino
del colegio. De pronto, algo llama poderosamente su atención: -Pero...
¿qué es eso? ¡Son huellas de pies descalzos que se alejan! ¿A quién
pertenecerán?
A cierta distancia descubre un religioso carmelita descalzo que se
dirige a su convento, situado en las afueras de la ciudad.
"¡Son suyas!, se dice Josemaría, ¡Pobre sacerdote! ¡cuánto frío estará pasando!"
Este hecho le remueve el corazón.
"Si ese carmelita es capaz de sacrificarse así por amor a Dios, ¿qué
es lo que yo debo hacer por Él?
Nadie se da cuenta, pero a "partir de ese momento, siente grandes
deseos de acercarse a Dios. Comienza a oír la Santa Misa y a comulgar
a diario; a confesarse más a menudo; a ofrecer todos los días
sacrificios por amor a Dios y a los demás."
Señor, y yo ¿qué deberé hacer por Ti? Continúa hablándole a Dios con
tus palabras.
Día 28º. MARTES CUARTO (16 de Marzo): Jesús es el agua que da vida; Él cura nuestra flojera, y nos hace sentirnos responsables de la curación de los demás.
El profeta utiliza la imagen del torrente, símbolo de la vida que Dios
da, corriente de agua milagrosa que mana del lado derecho del templo
(el lugar de la presencia de Dios y el centro del culto que le es
agradable), y todo lo inunda con su salud y fecundidad. En san Juan
este agua es el Espíritu que mana de Cristo glorificado. El agua que
da fertilidad a las aguas muertas simboliza Jesús y su Espíritu. El
río recuerda el paraíso, recuerdo de añoranza, al paraíso inicial de
la humanidad, regado por los cuatro brazos de agua, y, por otra, al
futuro mesiánico, que será como un nuevo paraíso: «Quien tenga sed,
que se acerque a mí y beba. Quien crea en mí, ríos de agua viva
brotarán de su entraña» (Jn 7,37-38). En Él se ha cumplido esta
profecía de Ezequiel; de Él nos viene la gran efusión del Espíritu que
simbolizaba el agua. Únicamente de Él nos puede venir la fecundidad,
la vida (J. Pedrós). Los santos Padres ven ahí las aguas bautismales,
las que brotan del costado abierto de Jesús en la Cruz: "esto
significa que nosotros bajamos al agua repletos de pecados e impureza
y subimos cargados de frutos en nuestro corazón, llevando en nuestro
espíritu el temor y la esperanza de Jesús" (Epístola de Bernabé).
La abundancia es imagen del cielo: la cosecha significa que Dios
reparte sus bienes… como un río que va creciendo, gracias que cada día
irrumpen en abundancia sobre la humanidad... sobre mí... "Sin cesar,
Dios vierte la abundancia de su vida en mí. ¿Qué atención presto?
¿Cómo respondo a ese don?
-¿Has visto, hijo de hombre? Efectivamente, a menudo no veo. Haz que
vea, Señor. HOY, trataré de ver ese río de gracia. En mi oración de la
noche, trataré de decir: «Gracias».
-Mira, a la orilla del torrente, a ambos lados, había gran cantidad de
árboles... toda clase de árboles frutales, cuyo follaje no se
marchitará. Todos los meses producirán frutos nuevos. Visión
maravillosa. Es el comenzar de nuevo del paraíso terrestre: el
desierto de Judá, al sur de Jerusalén se cubre «de árboles de la
vida». No dan solamente «una» cosecha, sino «doce» cosechas... ¡una
por mes! Decididamente, ¡no habrá hambre! Es un sueño.
¿Es realidad? Por contraste, no puedo dejar de pensar en los que
sufren, en los que no tienen agua, ni frutos, en los que pasan toda su
vida en la miseria. Realiza, Señor, tu promesa.
-Esta agua desemboca en el «Mar Muerto» cuyas aguas quedan
saneadas... así como las tierras en las que penetra, y la vida aparece
por dondequiera que pase el torrente.
Hay que haber visto el «Mar Muerto» y su paisaje desolado para captar
toda la metamorfosis prometida. Las aguas de este mar, verdaderamente
«muerto», tienen tal cantidad de sales, que ningún pez tiene vida en
ellas y en sus alrededores también reina la muerte.
He aquí pues un «agua nueva» que tiene como un poder de resurrección:
suscita seres vivos. Es un agua que da vida.
Su signo actual es el bautismo. En el fondo, ¿por qué no creeríamos en
esa fuerza divina? ¿Acaso no sería Dios capaz de transformar el
desierto de nuestros corazones en jardines florecientes de vida? ¡Oh
Dios, impregna nuestras vidas de tu vida! Mi bautismo es una fuente de
Vida. ¿Cómo la haría yo más abundante, más exultante, más llena de
vida? (Noel Quesson). La lectura profética nos ayuda a entender la
escena del evangelio: el agua que cura y salva, y por tanto, el
recuerdo de nuestro Bautismo, que nos prepara para la Vigilia Pascual.
"El Señor es nuestro refugio y fortaleza, una ayuda siempre pronta en
los peligros. Por eso no tememos, aunque la tierra se conmueva y las
montañas se desplomen hasta el fondo del mar"… lo que dice el salmo se
refiere a nuestra pequeña historia: «el correr de las acequias alegra
la ciudad de Dios... teniendo a Dios en medio, no vacila». El agua
salvadora de Dios es su palabra, su gracia, sus sacramentos, su
Eucaristía, la ayuda de los hermanos, la oración. "Los canales del Río
alegran la Ciudad de Dios… El Señor está en medio de ella… El Señor de
los ejércitos está con nosotros".
Esta agua que está en el cielo alegrando la ciudad de Dios, es también
tema del Evangelio: "Junto a la puerta de las Ovejas, en Jerusalén,
hay una piscina llamada en hebreo Betesda, que tiene cinco pórticos.
Bajo estos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos,
paralíticos y lisiados, que esperaban la agitación del agua. Había
allí un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años. Al
verlo tendido, y sabiendo que hacía tanto tiempo que estaba así, Jesús
le preguntó: "¿Quieres curarte?". El respondió: "Señor, no tengo a
nadie que me sumerja en la piscina cuando el agua comienza a agitarse;
mientras yo voy, otro desciende antes". Jesús le dijo: "Levántate,
toma tu camilla y camina". En seguida el hombre se curó, tomó su
camilla y empezó a caminar. Era un sábado, y los judíos dijeron
entonces al que acababa de ser curado: "Es sábado. No te está
permitido llevar tu camilla". El les respondió: "El que me curó me
dijo: 'Toma tu camilla y camina'". Ellos le preguntaron: "¿Quién es
ese hombre que te dijo: 'Toma tu camilla y camina?'". Pero el enfermo
lo ignoraba, porque Jesús había desaparecido entre la multitud que
estaba allí. Después, Jesús lo encontró en el Templo y le dijo: "Has
sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores
cosas todavía". El hombre fue a decir a los judíos que era Jesús el
que lo había curado. Ellos atacaban a Jesús, porque hacía esas cosas
en sábado".
Ya sabemos que Jesús puede hacer nuevas las leyes, porque es el nuevo
Moisés, el hijo de Dios, el Dios que había de venir... vemos también
el agua que necesitaba algo para curar, para el milagro, como el agua
de Caná y la del pozo de Jacob, también la de Betesda era estéril; no
podía curar al enfermo. Así era la ley de Moisés podía dar vida al
pecador: sólo podía acusar. Jesús pasó: "¿Quieres quedar sano?". Él
trae la libertad: como decía el profeta, la tierra es recreada; los
árboles, cuyas hojas no conocen ya los efectos del hielo, dan nuevos
frutos cada mes. Cuando Dios da el agua viva, el viejo mundo
desaparece.... Dios ha hecho que brotase del costado de su Amado
sangre y agua, río de vida que purifica todo cuanto penetra. Nuestra
vida reverdece cuando el Espíritu nos inunda. Hemos sido bautizados en
la muerte y resurrección de Jesús y pertenecemos a una tierra
liberada. Nos ha hecho atravesar el mar y nos ha sumergido en el río
de la vida. Pertenecemos al mundo nuevo. En la noche de Pascua, Cristo
enterrará nuestras obras estériles, y oiremos el grito de la victoria
(Sal Terrae).
Sobre el número 38, los años de enfermedad, San Agustín propone un
significado místico: cuarenta es el número de los días de Cuaresma que
nos traen la salud, cincuenta es el número de días ya de salud, que
siguen a Pascua, hasta Pentecostés, la paga de los trabajadores en la
viña, es la posesión de Dios. El pueblo está enfermo desde hace 38
años, le quedan dos cosas que le sanarán, dos mandamientos que la ley
de Moisés le había ya escrito en el corazón, y cuyo alcance profundo
consiguen con Cristo: "Amarás al Señor, tu Dios y al prójimo como a ti
mismo". El amor de Dios, hecho visible en la persona de Cristo, ha de
apoderarse del corazón del hombre, enfermo por el pecado, a fin de
inflamarlo y llevarlo por los caminos de la penitencia: "¡Levántate,
toma tu camilla y anda!". Es decir: "¡Levántate, recorre el camino de
la penitencia, el camino de la cruz, que lleva a Dios! Entonces serás
curado, te verás sano, tendrás la vida eterna. Entonces habrás dado el
primer paso para salir de tu enfermedad de treinta y ocho años, y al
momento, de un salto, te vas a poner no sólo en la salud de la
Cuaresma, sino también en la bendita Quincuagésima, el Pentecostés que
sigue a Pascua. Entonces vas ya a marchar sano por la tierra de Dios,
por la tierra de la verdadera vida, y tus apetitos desordenados, tus
pasiones, a los que antes estabas atado como a un lecho, quedarán
ahora dominados". Cristo desciende del cielo y como nuevo Adán toma la
"mochila" de nuestros pecados y la carga él. Remueve las aguas de
nuestro corazón, nos da su gracia en el sacramento de la
Reconciliación, fomenta en nosotros el deseo de perdón y el corazón
para perdonar. Y nos anima a nosotros a llevar este amor y este perdón
a otros, a hacer apostolado, a remover las aguas de otros corazones.
Apostolado. ¿Cuántos amigos has acercado a Dios este mes? ¿Y este año?
¿Y el año pasado? ¿Y en toda tu vida? Mucha gente se piensa que ayudar
a otras personas a ser mejores cristianos es tarea de sacerdotes y
religiosos. ¡Nada más falso! Antes de subir a los cielos, Jesús dijo
que debíamos ser testigos suyos hasta los últimos confines de la
tierra. Ser testigos suyos significa hablar de Dios a nuestros amigos,
invitarles a ir a Misa para recibir al Señor, preocuparnos y ocuparnos
de su salud espiritual, animarles a ser mejores cristianos en cosas
concretas, ayudarles a confesarse con frecuencia, rezar algo con
ellos, y un larguísimo etcétera. Puedes hablar ahora con Jesús de 3
amigos tuyos, pedirle por ellos, y ver qué puedes hacer por ayudarles
para que se acerquen a Dios (José Pedro Manglano).
da, corriente de agua milagrosa que mana del lado derecho del templo
(el lugar de la presencia de Dios y el centro del culto que le es
agradable), y todo lo inunda con su salud y fecundidad. En san Juan
este agua es el Espíritu que mana de Cristo glorificado. El agua que
da fertilidad a las aguas muertas simboliza Jesús y su Espíritu. El
río recuerda el paraíso, recuerdo de añoranza, al paraíso inicial de
la humanidad, regado por los cuatro brazos de agua, y, por otra, al
futuro mesiánico, que será como un nuevo paraíso: «Quien tenga sed,
que se acerque a mí y beba. Quien crea en mí, ríos de agua viva
brotarán de su entraña» (Jn 7,37-38). En Él se ha cumplido esta
profecía de Ezequiel; de Él nos viene la gran efusión del Espíritu que
simbolizaba el agua. Únicamente de Él nos puede venir la fecundidad,
la vida (J. Pedrós). Los santos Padres ven ahí las aguas bautismales,
las que brotan del costado abierto de Jesús en la Cruz: "esto
significa que nosotros bajamos al agua repletos de pecados e impureza
y subimos cargados de frutos en nuestro corazón, llevando en nuestro
espíritu el temor y la esperanza de Jesús" (Epístola de Bernabé).
La abundancia es imagen del cielo: la cosecha significa que Dios
reparte sus bienes… como un río que va creciendo, gracias que cada día
irrumpen en abundancia sobre la humanidad... sobre mí... "Sin cesar,
Dios vierte la abundancia de su vida en mí. ¿Qué atención presto?
¿Cómo respondo a ese don?
-¿Has visto, hijo de hombre? Efectivamente, a menudo no veo. Haz que
vea, Señor. HOY, trataré de ver ese río de gracia. En mi oración de la
noche, trataré de decir: «Gracias».
-Mira, a la orilla del torrente, a ambos lados, había gran cantidad de
árboles... toda clase de árboles frutales, cuyo follaje no se
marchitará. Todos los meses producirán frutos nuevos. Visión
maravillosa. Es el comenzar de nuevo del paraíso terrestre: el
desierto de Judá, al sur de Jerusalén se cubre «de árboles de la
vida». No dan solamente «una» cosecha, sino «doce» cosechas... ¡una
por mes! Decididamente, ¡no habrá hambre! Es un sueño.
¿Es realidad? Por contraste, no puedo dejar de pensar en los que
sufren, en los que no tienen agua, ni frutos, en los que pasan toda su
vida en la miseria. Realiza, Señor, tu promesa.
-Esta agua desemboca en el «Mar Muerto» cuyas aguas quedan
saneadas... así como las tierras en las que penetra, y la vida aparece
por dondequiera que pase el torrente.
Hay que haber visto el «Mar Muerto» y su paisaje desolado para captar
toda la metamorfosis prometida. Las aguas de este mar, verdaderamente
«muerto», tienen tal cantidad de sales, que ningún pez tiene vida en
ellas y en sus alrededores también reina la muerte.
He aquí pues un «agua nueva» que tiene como un poder de resurrección:
suscita seres vivos. Es un agua que da vida.
Su signo actual es el bautismo. En el fondo, ¿por qué no creeríamos en
esa fuerza divina? ¿Acaso no sería Dios capaz de transformar el
desierto de nuestros corazones en jardines florecientes de vida? ¡Oh
Dios, impregna nuestras vidas de tu vida! Mi bautismo es una fuente de
Vida. ¿Cómo la haría yo más abundante, más exultante, más llena de
vida? (Noel Quesson). La lectura profética nos ayuda a entender la
escena del evangelio: el agua que cura y salva, y por tanto, el
recuerdo de nuestro Bautismo, que nos prepara para la Vigilia Pascual.
"El Señor es nuestro refugio y fortaleza, una ayuda siempre pronta en
los peligros. Por eso no tememos, aunque la tierra se conmueva y las
montañas se desplomen hasta el fondo del mar"… lo que dice el salmo se
refiere a nuestra pequeña historia: «el correr de las acequias alegra
la ciudad de Dios... teniendo a Dios en medio, no vacila». El agua
salvadora de Dios es su palabra, su gracia, sus sacramentos, su
Eucaristía, la ayuda de los hermanos, la oración. "Los canales del Río
alegran la Ciudad de Dios… El Señor está en medio de ella… El Señor de
los ejércitos está con nosotros".
Esta agua que está en el cielo alegrando la ciudad de Dios, es también
tema del Evangelio: "Junto a la puerta de las Ovejas, en Jerusalén,
hay una piscina llamada en hebreo Betesda, que tiene cinco pórticos.
Bajo estos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos,
paralíticos y lisiados, que esperaban la agitación del agua. Había
allí un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años. Al
verlo tendido, y sabiendo que hacía tanto tiempo que estaba así, Jesús
le preguntó: "¿Quieres curarte?". El respondió: "Señor, no tengo a
nadie que me sumerja en la piscina cuando el agua comienza a agitarse;
mientras yo voy, otro desciende antes". Jesús le dijo: "Levántate,
toma tu camilla y camina". En seguida el hombre se curó, tomó su
camilla y empezó a caminar. Era un sábado, y los judíos dijeron
entonces al que acababa de ser curado: "Es sábado. No te está
permitido llevar tu camilla". El les respondió: "El que me curó me
dijo: 'Toma tu camilla y camina'". Ellos le preguntaron: "¿Quién es
ese hombre que te dijo: 'Toma tu camilla y camina?'". Pero el enfermo
lo ignoraba, porque Jesús había desaparecido entre la multitud que
estaba allí. Después, Jesús lo encontró en el Templo y le dijo: "Has
sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores
cosas todavía". El hombre fue a decir a los judíos que era Jesús el
que lo había curado. Ellos atacaban a Jesús, porque hacía esas cosas
en sábado".
Ya sabemos que Jesús puede hacer nuevas las leyes, porque es el nuevo
Moisés, el hijo de Dios, el Dios que había de venir... vemos también
el agua que necesitaba algo para curar, para el milagro, como el agua
de Caná y la del pozo de Jacob, también la de Betesda era estéril; no
podía curar al enfermo. Así era la ley de Moisés podía dar vida al
pecador: sólo podía acusar. Jesús pasó: "¿Quieres quedar sano?". Él
trae la libertad: como decía el profeta, la tierra es recreada; los
árboles, cuyas hojas no conocen ya los efectos del hielo, dan nuevos
frutos cada mes. Cuando Dios da el agua viva, el viejo mundo
desaparece.... Dios ha hecho que brotase del costado de su Amado
sangre y agua, río de vida que purifica todo cuanto penetra. Nuestra
vida reverdece cuando el Espíritu nos inunda. Hemos sido bautizados en
la muerte y resurrección de Jesús y pertenecemos a una tierra
liberada. Nos ha hecho atravesar el mar y nos ha sumergido en el río
de la vida. Pertenecemos al mundo nuevo. En la noche de Pascua, Cristo
enterrará nuestras obras estériles, y oiremos el grito de la victoria
(Sal Terrae).
Sobre el número 38, los años de enfermedad, San Agustín propone un
significado místico: cuarenta es el número de los días de Cuaresma que
nos traen la salud, cincuenta es el número de días ya de salud, que
siguen a Pascua, hasta Pentecostés, la paga de los trabajadores en la
viña, es la posesión de Dios. El pueblo está enfermo desde hace 38
años, le quedan dos cosas que le sanarán, dos mandamientos que la ley
de Moisés le había ya escrito en el corazón, y cuyo alcance profundo
consiguen con Cristo: "Amarás al Señor, tu Dios y al prójimo como a ti
mismo". El amor de Dios, hecho visible en la persona de Cristo, ha de
apoderarse del corazón del hombre, enfermo por el pecado, a fin de
inflamarlo y llevarlo por los caminos de la penitencia: "¡Levántate,
toma tu camilla y anda!". Es decir: "¡Levántate, recorre el camino de
la penitencia, el camino de la cruz, que lleva a Dios! Entonces serás
curado, te verás sano, tendrás la vida eterna. Entonces habrás dado el
primer paso para salir de tu enfermedad de treinta y ocho años, y al
momento, de un salto, te vas a poner no sólo en la salud de la
Cuaresma, sino también en la bendita Quincuagésima, el Pentecostés que
sigue a Pascua. Entonces vas ya a marchar sano por la tierra de Dios,
por la tierra de la verdadera vida, y tus apetitos desordenados, tus
pasiones, a los que antes estabas atado como a un lecho, quedarán
ahora dominados". Cristo desciende del cielo y como nuevo Adán toma la
"mochila" de nuestros pecados y la carga él. Remueve las aguas de
nuestro corazón, nos da su gracia en el sacramento de la
Reconciliación, fomenta en nosotros el deseo de perdón y el corazón
para perdonar. Y nos anima a nosotros a llevar este amor y este perdón
a otros, a hacer apostolado, a remover las aguas de otros corazones.
Apostolado. ¿Cuántos amigos has acercado a Dios este mes? ¿Y este año?
¿Y el año pasado? ¿Y en toda tu vida? Mucha gente se piensa que ayudar
a otras personas a ser mejores cristianos es tarea de sacerdotes y
religiosos. ¡Nada más falso! Antes de subir a los cielos, Jesús dijo
que debíamos ser testigos suyos hasta los últimos confines de la
tierra. Ser testigos suyos significa hablar de Dios a nuestros amigos,
invitarles a ir a Misa para recibir al Señor, preocuparnos y ocuparnos
de su salud espiritual, animarles a ser mejores cristianos en cosas
concretas, ayudarles a confesarse con frecuencia, rezar algo con
ellos, y un larguísimo etcétera. Puedes hablar ahora con Jesús de 3
amigos tuyos, pedirle por ellos, y ver qué puedes hacer por ayudarles
para que se acerquen a Dios (José Pedro Manglano).
Día 27º. LUNES CUARTO (15 de Marzo): las lágrimas se volverán alegría, porque el Señor con nuestra fe hace maravillas, hace nuevas todas las cosas
Dice Dios en el libro de Isaías: "Sí, yo voy a crear un cielo nuevo y
una tierra nueva. No quedará el recuerdo del pasado ni se lo traerá a
la memoria, sino que se regocijarán y se alegrarán para siempre por lo
que yo voy a crear: porque voy a crear a Jerusalén para la alegría y a
su pueblo para el gozo. Jerusalén será mi alegría, yo estaré gozoso a
causa de mi pueblo, y nunca más se escucharán en ella ni llantos ni
alaridos. Ya no habrá allí niños que vivan pocos días ni ancianos que
no completen sus años, porque el más joven morirá a los cien años y al
que no llegue a esa edad se lo tendrá por maldito. Edificarán casas y
las habitarán, plantarán viñas y comerán sus frutos": en la película
"La Pasión" Jesús consuela a la Virgen diciéndole que en ese momento,
con su sufrimiento, hace nuevas todas las cosas. Con la muerte y
resurrección de Jesús ha comenzado ya la nueva creación, los «cielos
nuevos y la tierra nueva»; tal comienzo no se detendrá. La historia
humana sigue dominada, en gran parte, por el pecado, la corrupción y
la muerte; pero algo va cambiando. La convivencia del lobo y del
cordero significa que el odio y la hostilidad deben dar paso al amor;
la injusticia, al derecho. De hecho, los «cielos nuevos y la tierra
nueva» consisten en una nueva relación con Dios y en una nueva
justicia con los hombres. Esta existencia ha sido diseñada por el
mismo Jesús. Quien sigue sus pasos es una nueva criatura: «El que está
en Cristo es una nueva criatura; lo viejo ha pasado; mirad, existe
algo nuevo» (2Cor 5,17). Significa el fin de la dependencia de poderes
mágicos. Dios es autor de esta creación, y Jesús Señor de la historia.
El profeta anuncia como una vuelta al paraíso inicial: ya nos
gustaría, pero no podemos ser hyppies, la cosa no funciona, el estado
primero de felicidad, equilibrio y armonía es más un paraíso interior,
que nos lleva al cielo que anhelamos, y en la medida que podamos
sembrar ese amor "porque el Reino de Dios está en medio de vosotros".
Rezamos en el salmo: "Yo te glorifico, Señor, porque tú me
libraste…Tú, Señor, me levantaste del Abismo y me hiciste revivir,
cuando estaba entre los que bajan al sepulcro.
Canten al Señor, sus fieles; den gracias a su santo Nombre… si por la
noche se derraman lágrimas, por la mañana renace la alegría".
En el evangelio de hoy, Jesús cura a un niño que estaba a punto de
morir. Un funcionario le pidió: "Señor, baja antes que mi hijo se
muera". "Vuelve a tu casa, tu hijo vive", le dijo Jesús. El hombre
creyó en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino.
Mientras descendía, le salieron al encuentro sus servidores y le
anunciaron que su hijo vivía. El les preguntó a qué hora se había
sentido mejor. "Ayer, a la una de la tarde, se le fue la fiebre", le
respondieron. El padre recordó que era la misma hora en que Jesús le
había dicho: "Tu hijo vive". Y entonces creyó él y toda su familia.
Este fue el segundo signo que hizo Jesús cuando volvió de Judea a
Galilea.
Signo mesiánico. Beneficio anunciado por Dios para «el final de los
tiempos». Victoria de Dios sobre el mal. Realización de la profecía de
Isaías. Otra cosa muy bonita es que Jesús no se excusó porque no
estaba en Cafarnaúm, sino que obró el milagro. La distancia no es
ningún problema a la hora de ser generoso, porque la generosidad sale
del corazón y traspasa todas las fronteras. Como diría san Agustín:
«Quien tiene caridad en su corazón, siempre encuentra alguna cosa para
dar»" (Octavio Sánchez). Es preciso compatibilizar nuestra misión
concreta, lo que nos toca, con la misión solidaria, ser parte de ese
"todo" que somos "todos", preocuparnos por ayudar a los que están
lejos y tienen necesidad. Y pedir con la fe de este hombre, como
recoge Josepedro Manglano esas palabras de la Madre Teresa de Calcuta,
que no aceptaba un "no": "En septiembre de 1980 estuve en el Berlín
Oriental, donde íbamos a abrir nuestra primera casa en un país bajo
gobierno comunista. Llegué de Berlín Occidental con una hermana que
debía quedarse allí para iniciar la labor. Habíamos solicitado el
correspondiente visado, pero como no nos lo habían concedido todavía,
le dijeron que sólo podría permanecer en el Berlín Oriental durante 24
horas; son muy estrictos en eso... Así pues, nos pusimos a rezar
"Acordaos" a la Virgen, y al cabo de un rato, sonó el teléfono; no
había nada que hacer: la hermana tendría que volverse conmigo... Pero
como nunca aceptamos un "no" por respuesta, seguimos rezando y, al
octavo "Acordaos", volvió a sonar el teléfono, lo cogí y una voz dijo:
"Enhorabuena. Le han concedido el visado. Puede quedarse..." Le habían
concedido un visado de seis meses, lo mismo que a otras hermanas. Al
día siguiente, regresé a Berlín Occidental, dándole gracias a la
Virgen". Madre mía, auméntame la fe y que me dé cuenta de que las
cosas que son para bien de Dios o de los demás, el "no" quiere decir
"sigue rezando". Tú siempre nos escuchas.
una tierra nueva. No quedará el recuerdo del pasado ni se lo traerá a
la memoria, sino que se regocijarán y se alegrarán para siempre por lo
que yo voy a crear: porque voy a crear a Jerusalén para la alegría y a
su pueblo para el gozo. Jerusalén será mi alegría, yo estaré gozoso a
causa de mi pueblo, y nunca más se escucharán en ella ni llantos ni
alaridos. Ya no habrá allí niños que vivan pocos días ni ancianos que
no completen sus años, porque el más joven morirá a los cien años y al
que no llegue a esa edad se lo tendrá por maldito. Edificarán casas y
las habitarán, plantarán viñas y comerán sus frutos": en la película
"La Pasión" Jesús consuela a la Virgen diciéndole que en ese momento,
con su sufrimiento, hace nuevas todas las cosas. Con la muerte y
resurrección de Jesús ha comenzado ya la nueva creación, los «cielos
nuevos y la tierra nueva»; tal comienzo no se detendrá. La historia
humana sigue dominada, en gran parte, por el pecado, la corrupción y
la muerte; pero algo va cambiando. La convivencia del lobo y del
cordero significa que el odio y la hostilidad deben dar paso al amor;
la injusticia, al derecho. De hecho, los «cielos nuevos y la tierra
nueva» consisten en una nueva relación con Dios y en una nueva
justicia con los hombres. Esta existencia ha sido diseñada por el
mismo Jesús. Quien sigue sus pasos es una nueva criatura: «El que está
en Cristo es una nueva criatura; lo viejo ha pasado; mirad, existe
algo nuevo» (2Cor 5,17). Significa el fin de la dependencia de poderes
mágicos. Dios es autor de esta creación, y Jesús Señor de la historia.
El profeta anuncia como una vuelta al paraíso inicial: ya nos
gustaría, pero no podemos ser hyppies, la cosa no funciona, el estado
primero de felicidad, equilibrio y armonía es más un paraíso interior,
que nos lleva al cielo que anhelamos, y en la medida que podamos
sembrar ese amor "porque el Reino de Dios está en medio de vosotros".
Rezamos en el salmo: "Yo te glorifico, Señor, porque tú me
libraste…Tú, Señor, me levantaste del Abismo y me hiciste revivir,
cuando estaba entre los que bajan al sepulcro.
Canten al Señor, sus fieles; den gracias a su santo Nombre… si por la
noche se derraman lágrimas, por la mañana renace la alegría".
En el evangelio de hoy, Jesús cura a un niño que estaba a punto de
morir. Un funcionario le pidió: "Señor, baja antes que mi hijo se
muera". "Vuelve a tu casa, tu hijo vive", le dijo Jesús. El hombre
creyó en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino.
Mientras descendía, le salieron al encuentro sus servidores y le
anunciaron que su hijo vivía. El les preguntó a qué hora se había
sentido mejor. "Ayer, a la una de la tarde, se le fue la fiebre", le
respondieron. El padre recordó que era la misma hora en que Jesús le
había dicho: "Tu hijo vive". Y entonces creyó él y toda su familia.
Este fue el segundo signo que hizo Jesús cuando volvió de Judea a
Galilea.
Signo mesiánico. Beneficio anunciado por Dios para «el final de los
tiempos». Victoria de Dios sobre el mal. Realización de la profecía de
Isaías. Otra cosa muy bonita es que Jesús no se excusó porque no
estaba en Cafarnaúm, sino que obró el milagro. La distancia no es
ningún problema a la hora de ser generoso, porque la generosidad sale
del corazón y traspasa todas las fronteras. Como diría san Agustín:
«Quien tiene caridad en su corazón, siempre encuentra alguna cosa para
dar»" (Octavio Sánchez). Es preciso compatibilizar nuestra misión
concreta, lo que nos toca, con la misión solidaria, ser parte de ese
"todo" que somos "todos", preocuparnos por ayudar a los que están
lejos y tienen necesidad. Y pedir con la fe de este hombre, como
recoge Josepedro Manglano esas palabras de la Madre Teresa de Calcuta,
que no aceptaba un "no": "En septiembre de 1980 estuve en el Berlín
Oriental, donde íbamos a abrir nuestra primera casa en un país bajo
gobierno comunista. Llegué de Berlín Occidental con una hermana que
debía quedarse allí para iniciar la labor. Habíamos solicitado el
correspondiente visado, pero como no nos lo habían concedido todavía,
le dijeron que sólo podría permanecer en el Berlín Oriental durante 24
horas; son muy estrictos en eso... Así pues, nos pusimos a rezar
"Acordaos" a la Virgen, y al cabo de un rato, sonó el teléfono; no
había nada que hacer: la hermana tendría que volverse conmigo... Pero
como nunca aceptamos un "no" por respuesta, seguimos rezando y, al
octavo "Acordaos", volvió a sonar el teléfono, lo cogí y una voz dijo:
"Enhorabuena. Le han concedido el visado. Puede quedarse..." Le habían
concedido un visado de seis meses, lo mismo que a otras hermanas. Al
día siguiente, regresé a Berlín Occidental, dándole gracias a la
Virgen". Madre mía, auméntame la fe y que me dé cuenta de que las
cosas que son para bien de Dios o de los demás, el "no" quiere decir
"sigue rezando". Tú siempre nos escuchas.
Día 26. DOMINGO CUARTO (14 de Marzo): la tierra prometida es el cielo, pero también cada vez que pedimos perdón, que nacemos de nuevo
Estos días estoy pensando que la Cuaresma es algo parecido a una
imagen de la vida. Porque el Éxodo era una imagen de la Tierra
prometida, y nuestra Cuaresma es una preparación para la Pascua, pero
en realidad es como en miniatura una preparación de la vida que es una
preparación, camino para la Tierra Prometida de Verdad, que es el
Cielo. Pascua significa Paso, pasamos de este mundo a nuestra Casa del
Padre… Vamos a hacer los exámenes parciales bien este año, y así año a
año nos preparamos para el examen final, el gran examen, ya bien
preparados…
Cuando el pueblo de Israel llegó a la tierra prometida y comenzó a
poder comer de la comida normal, "el maná cesó desde el día siguiente,
en que empezaron a comer los productos del país. Los israelitas no
tuvieron en adelante maná, y se alimentaron ya aquel año de los
productos de la tierra de Canaán". La historia de la salvación es
similar a la escalada a una montaña. Se empieza la subida y parece que
ya se toca la cima con las manos. Continúa la ascensión y van
apareciendo colinas y valles intermedios, que alejan la meta una y
otra vez. Son promesas, como etapas de una ginkana, como es nuestra
vida también, siempre hay nuevas metas que descubrir. Primero estaba
sólo Abraham; no había ni pueblo ni Ley ni tierra. Luego ya hubo
pueblo: en Egipto los clanes patriarcales se convirtieron en "pueblo
numeroso". Después, en el Sinaí, hubo Ley. Y ahora, con la entrada en
Canaán, hay tierra. Parecía que la historia había alcanzado la meta,
pero ¡no!, nosotros a treinta y dos siglos de distancia sabemos que la
gesta apenas ha hecho más que empezar. La fiesta continúa. Todo esto
es un signo de la entrada en la "tierra prometida" del cielo:
"Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra" (Mt 5,4;
edic. Marova).
Es un momento especial, como cuando suena una música solemne en las
películas, un comienzo parecido al del paso del Mar Rojo: la acción de
Dios seca las aguas, los hebreos pasan a pie sin mojarse, actúa el
brazo fuerte de Yahvé. Se nos muestra la potencia salvadora de Dios en
favor de su pueblo y la continuidad de la protección de Yahvé. La
presencia del arca delante del pueblo, símbolo de la presencia de
Dios, nos muestra cómo el Señor guía a su pueblo (al igual que la
columna de fuego o la nube, que precedía a los israelitas en el
desierto), y la superación de un obstáculo muy difícil indica la
eficacia de una fe que sabe confiar en Dios. Ya han llegado a la
tierra prometida, y lo mismo que la fiesta de la Pascua acompañó el
Éxodo, también ahora la celebran los israelitas al acampar en esa
tierra. La fiesta de la Pascua cierra y conmemora la salvación de
Yahvé en los días del desierto desde Egipto a Palestina. Se cierra
también el tiempo del maná; ahora cambia el estilo de vida: los frutos
de la tierra serán en adelante la riqueza y el alimento del pueblo en
la patria que Dios les ha dado. El paso del Jordán fue importante y
cuando Jesús sea allí bautizado será el gran paso de la pascua
definitiva, realizada por Cristo, representante del nuevo pueblo de
Dios, que lo hace llegar a la tierra prometida de la gloria. El
desierto representa para nosotros esta vida, con sus problemas, dudas,
debilidades y esperanzas; el Jordán es el paso pascual de la muerte y
de la resurrección del creyente incorporado a Cristo, y la tierra
prometida es nuestra última meta: la gloria y la felicidad eternas (J.
M. Vernet).
"Bendeciré a Yahveh en todo tiempo, sin cesar en mi boca su alabanza;
en Yahveh mi alma se gloría, ¡óiganlo los humildes y se alegren!",
canta el salmo: "He buscado a Yahveh, y me ha respondido: me ha
librado de todos mis temores... Cuando el pobre grita, Yahveh oye, y
le salva de todas sus angustias". Los "pobres", los "desgraciados",
los "humildes", los "corazones que sufren", son proclamados
"dichosos", ¡en tanto que los ricos son tildados de "desprovistos"!
"Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los
Cielos", dirá Jesús… y María, en su oración "Magnificat", también dice
algo parecido. Otro día Jesús dirá: "Padre, te doy gracias porque
revelaste estas cosas a los pobres y humildes y las ocultaste a los
sabios y prudentes" (Lucas 10,21). San Juan cita este salmo cuando al
explicar que se atravesó el costado de Jesús en la cruz en lugar de
romperle las piernas como se hizo con los otros crucificados dice:
"esto sucedió para que se cumpliera la escritura que dice: no le
romperán ni uno solo de sus huesos" (Juan 19,36). ¡Jesús, el pobre por
excelencia, nos invita a escuchar su "acción de gracias" porque el
Padre "vela sobre El y guarda cada uno de sus huesos". La Biblia nos
invita a hacer una lectura más profunda. Hay que pensar en Jesús al
escuchar al salmista que dice, como la cosa más natural: "las pruebas
llueven sobre el justo, pero cada vez el Señor lo libra y vigila sobre
cada uno de sus huesos... Ni uno solo de ellos será roto". Tan sólo la
resurrección dará final cumplimiento a esta promesa (Noel Quesson).
"Un desgraciado gritó: Dios lo escucha".
"El que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es
nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo
y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo
estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las
transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de
la reconciliación. Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios
exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos:
¡reconciliaos con Dios! A quien no conoció pecado, le hizo pecado por
nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él". Las
barreras que dividen a los hombres y los clasifican ya no existen para
el que está en Cristo y es una criatura nueva. Al morir Cristo por
todos y en lugar de todos, es como si todos hubieran muerto en Cristo.
Al pagar con su sangre nuestro rescate, todos somos de Cristo. Se
acabó lo antiguo. Los que creen en Cristo y saben que ahora le
pertenecen experimentan en sí mismos la fuerza de la resurrección, la
nueva vida. Son criatura nueva. El principio de esta segunda creación,
el principio de esta nueva vida, es Cristo resucitado. Pablo dice que
Cristo se hizo "pecado" por nosotros, no que hiciera pecados. Esto es,
tomó sobre sí la culpa de todo el mundo. Contemplar el gran amor de
Jesús por mí puede servirnos para fomentar el dolor de amor, y evitar
los pecados.
-"¿Qué crimen tan brutal ha cometido este hombre, que ha tenido que
pagarlo con una muerte tan horrorosa?", preguntó un mahometano a un
sacerdote refiriéndose a un crucifijo que tenía en la mesa.
-"Él no cometió ningún crimen -respondió éste-; era completamente inocente".
-"Pues, ¿Quién lo clavó en este madero?"
-"Fuimos nosotros los hombres quienes lo hicimos con nuestros pecados"
-exclamó con tristeza el sacerdote.
-"Ahora comprendo -añadió lleno de compasión el mahometano- por qué
tienes siempre la imagen del crucificado".
¿Has pensado alguna vez que el pecado supone volver a crucificar al
Señor? El Señor espera, una vez que nos ha redimido, que le amemos con
obras. Y amar a Dios supone también decirle muchas veces: ¡lo siento!
Procura, cuando vayas a preparar tu confesión, pedir mucho perdón a
Jesús por los pecados, y también pídele que te dé dolor por ellos,
dolor de amor. Si tienes a mano un crucifijo ahora, puedes hablar con
Jesús en la Cruz comentando esto; Jesús, que no me acostumbre a verte
crucificado; cada vez que vea un crucifijo trataré de acordarme de
decirte: ¡Te amo! Coméntale a Dios con tus palabras algo de lo que has
leído (José Pedro Manglano).
Leemos este domingo la parábola del hijo pródigo, que salió el día 18
(sábado de la 2ª semana). Puedes leerlo allí otra vez. Las
motivaciones del arrepentimiento del hijo menor no son particularmente
puras, y volvió ¿porque añoraba la casa del padre, o porque tenía
hambre? Es igual, el padre lo espera y lo perdona, se pone contento de
que vuelva, que es lo importante. Pero en el momento en que ese amor
alcanza su fiesta, entra en escena el hermano mayor, el cascarabias,
el aguafiestas. El padre tiene que intentar ahora reconciliar a los
hermanos entre sí, que es otro aspecto de la penitencia: perdón con
Dios y hacer las paces con los hermanos: el mayor, comido por la
envidia, rechaza esa mezcla con el pecador de la misma forma que los
escribas y los fariseos. El hermano mayor se comporta además con el
mismo orgullo que el fariseo en el Templo (el de ayer), con el mismo
desprecio hacia el otro (comparar "este hijo tuyo..." y "este
publicano"). En cuanto al hijo menor, su oración se parece a la del
publicano. Por tanto, esta parábola, lo mismo que la del publicano y
el fariseo, trata de justificar la benevolente acogida que Cristo
dispensa a todo los hombres, incluso a los pecadores.
Esta parábola del "padre bondadoso" sigue las otras que dice Jesús
sobre el perdón, y deja ir un grito de gozo: "¡Alegraos conmigo!".
"¡Alegraos, porque he hallado lo que había perdido!". En las otras,
Dios es el pastor que encuentra la oveja perdida, o la mujer que barre
su casa hasta encontrar la moneda perdida, aquí también el padre no
deja de buscar lo que es suyo (el padre salía todos los días a otear
el horizonte). Y cuando lo encuentra, explota la alegría. Y quiere que
todos se alegren con él. Está claro de qué habla Jesús: "¡Este perdona
los pecados!". Pero hay uno que no se entera.
El padre se encuentra -así la parábola- con que el hijo "fiel" no
entiende que ha llegado la hora del júbilo; no puede comprender por
qué su padre "ha tirado la casa por la ventana" cuando vuelve su
hermano perdido. Es llamativo el peculiar alarde sobre su propia
"fidelidad". Pero esa permanencia en la casa del padre no le había
llevado aún a la confianza y a la alegría con él y en él, sino a una
espera por recibir un buen sueldo de obrero. El padre le ruega, sin
embargo, que se reconozca como hijo, y lo abraza, y le dice que "todo
lo mío es tuyo". Y también que se reconozca hermano de ese "mi" hijo
que es "tu" hermano, el que ha vuelto de las miserias extrañas a
nosotros...
En segundo plano, el mayor aprende que no será amado por su Padre si,
a su vez, no recibe al pecador; es la condición del padrenuestro… el
padre amoroso espera que no se le limite en su misericordia, porque
para que nos pueda personar necesitamos abrir el corazón, y perdonar a
los demás. No es él quien excluye al mayor, sino que es éste quien se
excluye a sí mismo porque no ama a su hermano, es como si uno no
quiere jugar el partido: no puede meter goles.
La parábola del hijo pródigo constituye una excelente iniciación al
período de penitencia. Se precisa en primer término que los dos hijos
son pecadores: así es la condición humana. Pero uno lo sabe y monta su
actitud en función de ese conocimiento; el otro se niega a reconocerlo
y no modifica en nada su vida. Dios viene para el uno y para el otro:
sale al encuentro del más pequeño, pero también al encuentro del
mayor; Dios viene para todos los hombres, para los pecadores que saben
que lo son y para los que no lo saben; no viene solo para una
categoría de hombres.
En el pequeño que vuelve vemos que comienza con lo que se llama la
"contrición imperfecta" o "atrición": miedo a las penas del infierno…
el pequeño se convierte porque es desgraciado y porque, al fin de
cuentas, el ambiente de la casa paterna vale mucho más que criar
puercos. Hace examen-de-conciencia ("entrando en sí mismo") y prepara
incluso el texto de la confesión que hará a su padre. Pero el
descubrimiento del penitente que se lanza por el camino de retorno a
Dios es el advertir que Dios sale a su encuentro con una bondad tal
que el penitente pierde el hilo conductor de su discurso de confesión
y se distrae. Los papeles se han cambiado: ya no es la contrición del
penitente lo que cuenta y constituye lo esencial de la actitud
penitencial, sino el amor de Dios y su perdón. El sacerdote no hace
más que encaminar a alguien hacia la alegría del Padre
(Maertens-Frisque). Y entonces nos valoramos más, porque el hijo menor
se sentía indigno de llevar el nombre de "hijo", quería ser tratado
como un "jornalero". Pero el Padre-Madre no lo tolera. Cuando estamos
sin Dios no nos valoramos, nos descuidamos. Cuando alguien no se cuida
es que no le cuidan, no se siente querido. Y no se valora. Al sentirse
querido, deja de vestirse mal, redescubre, más que nunca, su condición
filial. Por eso, él también abraza y se conmueve y entra en Casa.
Deseo de hogar. Volver al niño que todos llevamos dentro, nacer de
nuevo...
imagen de la vida. Porque el Éxodo era una imagen de la Tierra
prometida, y nuestra Cuaresma es una preparación para la Pascua, pero
en realidad es como en miniatura una preparación de la vida que es una
preparación, camino para la Tierra Prometida de Verdad, que es el
Cielo. Pascua significa Paso, pasamos de este mundo a nuestra Casa del
Padre… Vamos a hacer los exámenes parciales bien este año, y así año a
año nos preparamos para el examen final, el gran examen, ya bien
preparados…
Cuando el pueblo de Israel llegó a la tierra prometida y comenzó a
poder comer de la comida normal, "el maná cesó desde el día siguiente,
en que empezaron a comer los productos del país. Los israelitas no
tuvieron en adelante maná, y se alimentaron ya aquel año de los
productos de la tierra de Canaán". La historia de la salvación es
similar a la escalada a una montaña. Se empieza la subida y parece que
ya se toca la cima con las manos. Continúa la ascensión y van
apareciendo colinas y valles intermedios, que alejan la meta una y
otra vez. Son promesas, como etapas de una ginkana, como es nuestra
vida también, siempre hay nuevas metas que descubrir. Primero estaba
sólo Abraham; no había ni pueblo ni Ley ni tierra. Luego ya hubo
pueblo: en Egipto los clanes patriarcales se convirtieron en "pueblo
numeroso". Después, en el Sinaí, hubo Ley. Y ahora, con la entrada en
Canaán, hay tierra. Parecía que la historia había alcanzado la meta,
pero ¡no!, nosotros a treinta y dos siglos de distancia sabemos que la
gesta apenas ha hecho más que empezar. La fiesta continúa. Todo esto
es un signo de la entrada en la "tierra prometida" del cielo:
"Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra" (Mt 5,4;
edic. Marova).
Es un momento especial, como cuando suena una música solemne en las
películas, un comienzo parecido al del paso del Mar Rojo: la acción de
Dios seca las aguas, los hebreos pasan a pie sin mojarse, actúa el
brazo fuerte de Yahvé. Se nos muestra la potencia salvadora de Dios en
favor de su pueblo y la continuidad de la protección de Yahvé. La
presencia del arca delante del pueblo, símbolo de la presencia de
Dios, nos muestra cómo el Señor guía a su pueblo (al igual que la
columna de fuego o la nube, que precedía a los israelitas en el
desierto), y la superación de un obstáculo muy difícil indica la
eficacia de una fe que sabe confiar en Dios. Ya han llegado a la
tierra prometida, y lo mismo que la fiesta de la Pascua acompañó el
Éxodo, también ahora la celebran los israelitas al acampar en esa
tierra. La fiesta de la Pascua cierra y conmemora la salvación de
Yahvé en los días del desierto desde Egipto a Palestina. Se cierra
también el tiempo del maná; ahora cambia el estilo de vida: los frutos
de la tierra serán en adelante la riqueza y el alimento del pueblo en
la patria que Dios les ha dado. El paso del Jordán fue importante y
cuando Jesús sea allí bautizado será el gran paso de la pascua
definitiva, realizada por Cristo, representante del nuevo pueblo de
Dios, que lo hace llegar a la tierra prometida de la gloria. El
desierto representa para nosotros esta vida, con sus problemas, dudas,
debilidades y esperanzas; el Jordán es el paso pascual de la muerte y
de la resurrección del creyente incorporado a Cristo, y la tierra
prometida es nuestra última meta: la gloria y la felicidad eternas (J.
M. Vernet).
"Bendeciré a Yahveh en todo tiempo, sin cesar en mi boca su alabanza;
en Yahveh mi alma se gloría, ¡óiganlo los humildes y se alegren!",
canta el salmo: "He buscado a Yahveh, y me ha respondido: me ha
librado de todos mis temores... Cuando el pobre grita, Yahveh oye, y
le salva de todas sus angustias". Los "pobres", los "desgraciados",
los "humildes", los "corazones que sufren", son proclamados
"dichosos", ¡en tanto que los ricos son tildados de "desprovistos"!
"Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los
Cielos", dirá Jesús… y María, en su oración "Magnificat", también dice
algo parecido. Otro día Jesús dirá: "Padre, te doy gracias porque
revelaste estas cosas a los pobres y humildes y las ocultaste a los
sabios y prudentes" (Lucas 10,21). San Juan cita este salmo cuando al
explicar que se atravesó el costado de Jesús en la cruz en lugar de
romperle las piernas como se hizo con los otros crucificados dice:
"esto sucedió para que se cumpliera la escritura que dice: no le
romperán ni uno solo de sus huesos" (Juan 19,36). ¡Jesús, el pobre por
excelencia, nos invita a escuchar su "acción de gracias" porque el
Padre "vela sobre El y guarda cada uno de sus huesos". La Biblia nos
invita a hacer una lectura más profunda. Hay que pensar en Jesús al
escuchar al salmista que dice, como la cosa más natural: "las pruebas
llueven sobre el justo, pero cada vez el Señor lo libra y vigila sobre
cada uno de sus huesos... Ni uno solo de ellos será roto". Tan sólo la
resurrección dará final cumplimiento a esta promesa (Noel Quesson).
"Un desgraciado gritó: Dios lo escucha".
"El que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es
nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo
y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo
estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las
transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de
la reconciliación. Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios
exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos:
¡reconciliaos con Dios! A quien no conoció pecado, le hizo pecado por
nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él". Las
barreras que dividen a los hombres y los clasifican ya no existen para
el que está en Cristo y es una criatura nueva. Al morir Cristo por
todos y en lugar de todos, es como si todos hubieran muerto en Cristo.
Al pagar con su sangre nuestro rescate, todos somos de Cristo. Se
acabó lo antiguo. Los que creen en Cristo y saben que ahora le
pertenecen experimentan en sí mismos la fuerza de la resurrección, la
nueva vida. Son criatura nueva. El principio de esta segunda creación,
el principio de esta nueva vida, es Cristo resucitado. Pablo dice que
Cristo se hizo "pecado" por nosotros, no que hiciera pecados. Esto es,
tomó sobre sí la culpa de todo el mundo. Contemplar el gran amor de
Jesús por mí puede servirnos para fomentar el dolor de amor, y evitar
los pecados.
-"¿Qué crimen tan brutal ha cometido este hombre, que ha tenido que
pagarlo con una muerte tan horrorosa?", preguntó un mahometano a un
sacerdote refiriéndose a un crucifijo que tenía en la mesa.
-"Él no cometió ningún crimen -respondió éste-; era completamente inocente".
-"Pues, ¿Quién lo clavó en este madero?"
-"Fuimos nosotros los hombres quienes lo hicimos con nuestros pecados"
-exclamó con tristeza el sacerdote.
-"Ahora comprendo -añadió lleno de compasión el mahometano- por qué
tienes siempre la imagen del crucificado".
¿Has pensado alguna vez que el pecado supone volver a crucificar al
Señor? El Señor espera, una vez que nos ha redimido, que le amemos con
obras. Y amar a Dios supone también decirle muchas veces: ¡lo siento!
Procura, cuando vayas a preparar tu confesión, pedir mucho perdón a
Jesús por los pecados, y también pídele que te dé dolor por ellos,
dolor de amor. Si tienes a mano un crucifijo ahora, puedes hablar con
Jesús en la Cruz comentando esto; Jesús, que no me acostumbre a verte
crucificado; cada vez que vea un crucifijo trataré de acordarme de
decirte: ¡Te amo! Coméntale a Dios con tus palabras algo de lo que has
leído (José Pedro Manglano).
Leemos este domingo la parábola del hijo pródigo, que salió el día 18
(sábado de la 2ª semana). Puedes leerlo allí otra vez. Las
motivaciones del arrepentimiento del hijo menor no son particularmente
puras, y volvió ¿porque añoraba la casa del padre, o porque tenía
hambre? Es igual, el padre lo espera y lo perdona, se pone contento de
que vuelva, que es lo importante. Pero en el momento en que ese amor
alcanza su fiesta, entra en escena el hermano mayor, el cascarabias,
el aguafiestas. El padre tiene que intentar ahora reconciliar a los
hermanos entre sí, que es otro aspecto de la penitencia: perdón con
Dios y hacer las paces con los hermanos: el mayor, comido por la
envidia, rechaza esa mezcla con el pecador de la misma forma que los
escribas y los fariseos. El hermano mayor se comporta además con el
mismo orgullo que el fariseo en el Templo (el de ayer), con el mismo
desprecio hacia el otro (comparar "este hijo tuyo..." y "este
publicano"). En cuanto al hijo menor, su oración se parece a la del
publicano. Por tanto, esta parábola, lo mismo que la del publicano y
el fariseo, trata de justificar la benevolente acogida que Cristo
dispensa a todo los hombres, incluso a los pecadores.
Esta parábola del "padre bondadoso" sigue las otras que dice Jesús
sobre el perdón, y deja ir un grito de gozo: "¡Alegraos conmigo!".
"¡Alegraos, porque he hallado lo que había perdido!". En las otras,
Dios es el pastor que encuentra la oveja perdida, o la mujer que barre
su casa hasta encontrar la moneda perdida, aquí también el padre no
deja de buscar lo que es suyo (el padre salía todos los días a otear
el horizonte). Y cuando lo encuentra, explota la alegría. Y quiere que
todos se alegren con él. Está claro de qué habla Jesús: "¡Este perdona
los pecados!". Pero hay uno que no se entera.
El padre se encuentra -así la parábola- con que el hijo "fiel" no
entiende que ha llegado la hora del júbilo; no puede comprender por
qué su padre "ha tirado la casa por la ventana" cuando vuelve su
hermano perdido. Es llamativo el peculiar alarde sobre su propia
"fidelidad". Pero esa permanencia en la casa del padre no le había
llevado aún a la confianza y a la alegría con él y en él, sino a una
espera por recibir un buen sueldo de obrero. El padre le ruega, sin
embargo, que se reconozca como hijo, y lo abraza, y le dice que "todo
lo mío es tuyo". Y también que se reconozca hermano de ese "mi" hijo
que es "tu" hermano, el que ha vuelto de las miserias extrañas a
nosotros...
En segundo plano, el mayor aprende que no será amado por su Padre si,
a su vez, no recibe al pecador; es la condición del padrenuestro… el
padre amoroso espera que no se le limite en su misericordia, porque
para que nos pueda personar necesitamos abrir el corazón, y perdonar a
los demás. No es él quien excluye al mayor, sino que es éste quien se
excluye a sí mismo porque no ama a su hermano, es como si uno no
quiere jugar el partido: no puede meter goles.
La parábola del hijo pródigo constituye una excelente iniciación al
período de penitencia. Se precisa en primer término que los dos hijos
son pecadores: así es la condición humana. Pero uno lo sabe y monta su
actitud en función de ese conocimiento; el otro se niega a reconocerlo
y no modifica en nada su vida. Dios viene para el uno y para el otro:
sale al encuentro del más pequeño, pero también al encuentro del
mayor; Dios viene para todos los hombres, para los pecadores que saben
que lo son y para los que no lo saben; no viene solo para una
categoría de hombres.
En el pequeño que vuelve vemos que comienza con lo que se llama la
"contrición imperfecta" o "atrición": miedo a las penas del infierno…
el pequeño se convierte porque es desgraciado y porque, al fin de
cuentas, el ambiente de la casa paterna vale mucho más que criar
puercos. Hace examen-de-conciencia ("entrando en sí mismo") y prepara
incluso el texto de la confesión que hará a su padre. Pero el
descubrimiento del penitente que se lanza por el camino de retorno a
Dios es el advertir que Dios sale a su encuentro con una bondad tal
que el penitente pierde el hilo conductor de su discurso de confesión
y se distrae. Los papeles se han cambiado: ya no es la contrición del
penitente lo que cuenta y constituye lo esencial de la actitud
penitencial, sino el amor de Dios y su perdón. El sacerdote no hace
más que encaminar a alguien hacia la alegría del Padre
(Maertens-Frisque). Y entonces nos valoramos más, porque el hijo menor
se sentía indigno de llevar el nombre de "hijo", quería ser tratado
como un "jornalero". Pero el Padre-Madre no lo tolera. Cuando estamos
sin Dios no nos valoramos, nos descuidamos. Cuando alguien no se cuida
es que no le cuidan, no se siente querido. Y no se valora. Al sentirse
querido, deja de vestirse mal, redescubre, más que nunca, su condición
filial. Por eso, él también abraza y se conmueve y entra en Casa.
Deseo de hogar. Volver al niño que todos llevamos dentro, nacer de
nuevo...
Día 25º. SÁBADO TERCERO: la misericordia divina se vuelca en nuestro corazón, cuando nos dejamos querer por Dios y llenar de su misericordia
Hoy también es el profeta Oseas el que nos invita a convertirnos a los
caminos de Dios, pero una conversión que esta vez vaya en serio, pues
el pueblo volvía una y otra vez a sus desvaríos. Una vez más se nos
dice en qué ha de consistir la conversión: no en ritos exteriores,
sino en la actitud interior de la misericordia, esa es la luz del
alma: «su amanecer es como la aurora y su sentencia surge como la
luz». Lo que Dios espera de nosotros es que le amemos. «Es amor lo que
quiero». Un amor que se transforme en misericordia, a imagen de Dios,
y que empape todos los actos de nuestras vidas. "¡Ea, volvamos al
Señor!... él nos curará… él nos vendará. En dos días nos sanará, el
tercero nos resucitará y viviremos delante de Él. Esforcémonos por
conocer al Señor: su amanecer es como la aurora, y su sentencia surge
como la luz…" es la iluminación que Dios ha puesto en el corazón, y
que sigue diciendo que "quiero misericordia y no sacrificios,
conocimiento de Dios más que holocaustos".
El salmo 50, penitencial, es un canto del pecado y del perdón, del
"corazón nuevo" y del "Espíritu" de Dios infundido en el hombre
redimido. Vemos al señor oscuro, la región tenebrosa del pecado, pero
sobre todo vemos que si el hombre confiesa su pecado, Dios lo
purificar con su gracia. A través de la confesión de las culpas se
abre un horizonte de luz en el que Dios actúa. El Señor elimina el
pecado, y vuelve a crear la humanidad pecadora a través de su Espíritu
vivificante: infunde en el hombre un "corazón" nuevo y puro, es decir,
una conciencia renovada, y le abre la posibilidad de una fe límpida y
de un culto agradable a Dios. Orígenes habla de una terapia divina:
"Al igual que Dios predispuso los remedios para el cuerpo de las
hierbas terapéuticas sabiamente mezcladas, así también preparó para el
alma medicinas con las palabras infusas, esparciéndolas en las divinas
Escrituras... Dios otorgó también otra actividad médica de la que es
primer exponente el Salvador, quien dice de sí: "No tienen necesidad
de médico los sanos; sino los enfermos". Él es el médico por
excelencia capaz de curar toda debilidad, toda enfermedad". Dice así:
"Misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión borra
mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado…
Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holocausto no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado: un corazón quebrantado y
humillado Tú no lo desprecias.
Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de
Jerusalén: entonces aceptaras los sacrificios rituales, ofrendas y
holocaustos". Lourdes, una madre que ya he citado más arriba, escribía
en el blog: "Alguien a quien queremos mucho dijo una vez "soñad y os
quedareis cortos". Es cierto, qué sabio consejo, en todos los sueños
que consiste en cumplir la voluntad de Dios siempre ha sido como un
breve anuncio para el bello largometraje que me tenian preparado desde
cielo.
Solo he encontrado un solo sueño que lo catalogo como "sueño
imposible" y es el de poder convercer al feo (Maligno) de que el Bueno
es muy Bueno y no entiendo por qué le tiene tanta manía a Él y a sus
asuntos.
Como en los tiempos que estamos las cosas están así porque Dios lo
permite, solo puedo hacerlo callar de una forma, y es yendo y llevando
gente a la confesión. Cuando penetra en el alma la gracia de la
confesión, hace palanca y ya los pecadores como yo solo nos tenemos
que enganchar en el otro extremo de la palanca para levantar el alma.
Mi gran pena es la siguiente. Este sacramento lo llamo el adormecido:
lo tratan de callar, de disimular y lo que me duele es que es callado
por quienes pueden realizarlo (evidentemente no todos los sacerdotes).
No se dan cuenta del poder que tienen, es un poder para ser
humildemente-soberbios.
Si por un momento pudieran entrar dentro de mis sentimientos y
vivieran mi incapacidad a la hora de hablar de Dios si no ha penetrado
la gracia de la confesión, se tomarían más en serio la difusión de
este sacramento (sacramento de Vida).
Mientras no ha penetrado la Gracia de Dios en el alma, cuando hablo a
mis amigas les tengo que hablar en otro idioma, pues no consigo nada,
pero una vez penetrada la Gracia de Dios comenzamos a soñar y nuestro
sueño es el de llevar nuestra alma a Dios PADRE, y como ya sabéis
"soñaréis y os quedareis cortos", al final terminamos llevando las
almas de nuestros maridos, la de nuestros hijos, la de las amigas de
nuestras amigas..."
El perdón divino "borra", "lava", "limpia" al pecador y llega incluso
a transformarlo en una nueva criatura de espíritu, lengua, labios,
corazón transfigurados. "Aunque nuestros pecados fueran negros como la
noche -afirmaba santa Faustina Kowalska-, la misericordia divina es
más fuerte que nuestra miseria. Sólo hace falta una cosa: que el
pecador abra al menos un poco la puerta de su corazón... el resto lo
hará Dios... Todo comienza en tu misericordia y en tu misericordia
termina".
"Jesús dijo a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los
demás, esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno
fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de
esta manera:
-'¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres,
rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno
dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias'.
En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a
alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo:
-'¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!'.
Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el
que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado».
No basta la oración, sacrificios, la limosna, y no darnos cuenta de
que lo principal que se nos pide es algo interior: la misericordia, el
amor a los demás. Importa tener buen corazón, aunque hayan sido
grandes los fallos, como Dimas el buen ladrón, que sabe pedir perdón:
«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino» (Lc 23,42), y con
una jaculatoria consigue el cielo, el Señor responde con un premio
"rápido": «En verdad te digo, hoy mismo estarás conmigo en el paraíso»
(Lc 23,43). Jesús no tiene "memoria", no se acuerda de que hay
purgatorio… pienso que se lo adelantó por el sufrimiento en la cruz,
como un examen que se elimina con parciales. Estos días veremos otros
ejemplos: Magdalena, Zaqueo, Mateo…
El peligro del fariseísmo es estar en regla con Dios, sentirse seguro.
Y en cambio lo seguro es estar en manos de Dios, reconocer el pecado:
"Ten misericordia de mí que soy un pecador". Señor, ayúdame a saber
reconocer mis pecados, mis miserias. Devuelve el valor y el ánimo a
todos los desesperados. Que nadie dude de tu amor a pesar de todas las
apariencias contrarias. Jesús, revélate tal como eres, a todos
nosotros, pobres pecadores (Noel Quesson). Que sepa ir como el
publicano, y saludar Sagrarios. Muchos decían a santa Teresa que les
hubiese gustado vivir en los tiempos de Jesús. Ella les respondía que
no entendía bien por qué, pues poca o ninguna diferencia había entre
aquel Jesús y el Jesús que está en el Sagrario. Vamos a quedarnos con
esta alegría, de que Jesús esté ahí…
Dale gracias por haberse quedado. Pero dáselas con obras. Cada vez que
haces una genuflexión delante del Sagrario, que la hagas bien y
diciéndole por dentro: ¡te amo, Jesús; gracias! Que comulgues bien
preparado y muchas veces, siempre que te sea posible. Que le visites
todos los días...
Si cuando realizas un viaje en coche, en metro, en autobús, te fijaras
en la cantidad de iglesias que dejas por el camino, te darías cuenta
de que el Señor está en muchos sagrarios que te pasan desapercibidos.
Pero no hace falta irse de viaje. Tenemos al Señor muy cerca de
nosotros: en el oratorio del colegio, en la iglesia que podamos tener
al lado de casa...
Te recomiendo un propósito: cada vez que pases cerca de una iglesia
dile al Señor en el sagrario: ¡Jesús, sé que estás ahí!; o le puedes
rezar una comunión espiritual: Yo quisiera, Señor, recibiros, con
aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra
Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los santos. Continúa
hablándole a Dios con tus palabras (José Pedro Manglano).
Y no nos preocupemos si no hacemos todo bien, si no estamos "en
regla". Aunque no correspondamos bien, Dios se mueve a base de
"misericordia" ("jésed" que significa también "lealtad", "fidelidad",
"piedad" y "gracia"...): "Indica la dulzura de un lenguaje común, algo
así como esa atmósfera de entendimiento en el amor que tienen quienes
comparten unas mismas convicciones, unos mismos afectos, es decir: los
que están en comunión. Cuando el Señor dice: "yo quiero jésed y no
sacrificios", está refiriéndose a esa relación entrañable de
proximidad y amor. Los "sacrificios" son un modo de establecer un
pacto con Dios, un modo de negociar con él. Y eso es detestable para
quien quiere que exista una atmósfera de amor y comunión. Por eso la
"jésed" va unida a la "da-aht", que suele ser traducida por
"conocimiento" de Dios". El amor no entiende de "te doy para que me
des" (""Da-aht" alude a "estar despierto", "ser consciente, abrir los
ojos, darse cuenta". El sacrifico y el holocausto tienen una lógica
que puede volverse ciega y mezquina en su repetición: hago esto y Dios
hará aquello. Es necesario tener "da-ath"; es preciso estar
conscientes, darse cuenta de Quién es el que nos llama y con Quién
estamos tratando. No es una ley anónima, no es una energía sin nombre,
no es destino ciego: es el Dios vivo y verdadero y hay que saber Quién
es él y qué quiere para agradarle y vivir la "jésed" que él espera de
nosotros").
El amor es lo que marca las distancias, los conceptos de lo cercano y
lo lejano. "El fariseo se creía cercano y estaba muy lejos; el
publicano parecía distante pero su oración, que era apenas un susurro,
alcanzó los oídos del Altísimo. Hemos de pedir misericordia para
todos: para el publicano que somos y para el fariseo que duerme en
nosotros (Fray Nelson).
El Señor se conmueve y derrocha sus gracias ante un corazón humilde.
La ayuda de la Virgen Santísima es nuestra mejor garantía para ir
adelante en este punto. Cuando contemplamos su humilde ejemplo,
podemos acabar nuestra oración con esta petición: "Señor, quita la
soberbia de mi vida; quebranta mi amor propio, este querer afirmarme
yo e imponerme a los demás. Haz que el fundamento de mi personalidad
sea la identificación contigo" (San Josemaría Escrivá).
caminos de Dios, pero una conversión que esta vez vaya en serio, pues
el pueblo volvía una y otra vez a sus desvaríos. Una vez más se nos
dice en qué ha de consistir la conversión: no en ritos exteriores,
sino en la actitud interior de la misericordia, esa es la luz del
alma: «su amanecer es como la aurora y su sentencia surge como la
luz». Lo que Dios espera de nosotros es que le amemos. «Es amor lo que
quiero». Un amor que se transforme en misericordia, a imagen de Dios,
y que empape todos los actos de nuestras vidas. "¡Ea, volvamos al
Señor!... él nos curará… él nos vendará. En dos días nos sanará, el
tercero nos resucitará y viviremos delante de Él. Esforcémonos por
conocer al Señor: su amanecer es como la aurora, y su sentencia surge
como la luz…" es la iluminación que Dios ha puesto en el corazón, y
que sigue diciendo que "quiero misericordia y no sacrificios,
conocimiento de Dios más que holocaustos".
El salmo 50, penitencial, es un canto del pecado y del perdón, del
"corazón nuevo" y del "Espíritu" de Dios infundido en el hombre
redimido. Vemos al señor oscuro, la región tenebrosa del pecado, pero
sobre todo vemos que si el hombre confiesa su pecado, Dios lo
purificar con su gracia. A través de la confesión de las culpas se
abre un horizonte de luz en el que Dios actúa. El Señor elimina el
pecado, y vuelve a crear la humanidad pecadora a través de su Espíritu
vivificante: infunde en el hombre un "corazón" nuevo y puro, es decir,
una conciencia renovada, y le abre la posibilidad de una fe límpida y
de un culto agradable a Dios. Orígenes habla de una terapia divina:
"Al igual que Dios predispuso los remedios para el cuerpo de las
hierbas terapéuticas sabiamente mezcladas, así también preparó para el
alma medicinas con las palabras infusas, esparciéndolas en las divinas
Escrituras... Dios otorgó también otra actividad médica de la que es
primer exponente el Salvador, quien dice de sí: "No tienen necesidad
de médico los sanos; sino los enfermos". Él es el médico por
excelencia capaz de curar toda debilidad, toda enfermedad". Dice así:
"Misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión borra
mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado…
Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holocausto no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado: un corazón quebrantado y
humillado Tú no lo desprecias.
Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de
Jerusalén: entonces aceptaras los sacrificios rituales, ofrendas y
holocaustos". Lourdes, una madre que ya he citado más arriba, escribía
en el blog: "Alguien a quien queremos mucho dijo una vez "soñad y os
quedareis cortos". Es cierto, qué sabio consejo, en todos los sueños
que consiste en cumplir la voluntad de Dios siempre ha sido como un
breve anuncio para el bello largometraje que me tenian preparado desde
cielo.
Solo he encontrado un solo sueño que lo catalogo como "sueño
imposible" y es el de poder convercer al feo (Maligno) de que el Bueno
es muy Bueno y no entiendo por qué le tiene tanta manía a Él y a sus
asuntos.
Como en los tiempos que estamos las cosas están así porque Dios lo
permite, solo puedo hacerlo callar de una forma, y es yendo y llevando
gente a la confesión. Cuando penetra en el alma la gracia de la
confesión, hace palanca y ya los pecadores como yo solo nos tenemos
que enganchar en el otro extremo de la palanca para levantar el alma.
Mi gran pena es la siguiente. Este sacramento lo llamo el adormecido:
lo tratan de callar, de disimular y lo que me duele es que es callado
por quienes pueden realizarlo (evidentemente no todos los sacerdotes).
No se dan cuenta del poder que tienen, es un poder para ser
humildemente-soberbios.
Si por un momento pudieran entrar dentro de mis sentimientos y
vivieran mi incapacidad a la hora de hablar de Dios si no ha penetrado
la gracia de la confesión, se tomarían más en serio la difusión de
este sacramento (sacramento de Vida).
Mientras no ha penetrado la Gracia de Dios en el alma, cuando hablo a
mis amigas les tengo que hablar en otro idioma, pues no consigo nada,
pero una vez penetrada la Gracia de Dios comenzamos a soñar y nuestro
sueño es el de llevar nuestra alma a Dios PADRE, y como ya sabéis
"soñaréis y os quedareis cortos", al final terminamos llevando las
almas de nuestros maridos, la de nuestros hijos, la de las amigas de
nuestras amigas..."
El perdón divino "borra", "lava", "limpia" al pecador y llega incluso
a transformarlo en una nueva criatura de espíritu, lengua, labios,
corazón transfigurados. "Aunque nuestros pecados fueran negros como la
noche -afirmaba santa Faustina Kowalska-, la misericordia divina es
más fuerte que nuestra miseria. Sólo hace falta una cosa: que el
pecador abra al menos un poco la puerta de su corazón... el resto lo
hará Dios... Todo comienza en tu misericordia y en tu misericordia
termina".
"Jesús dijo a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los
demás, esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno
fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de
esta manera:
-'¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres,
rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno
dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias'.
En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a
alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo:
-'¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!'.
Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el
que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado».
No basta la oración, sacrificios, la limosna, y no darnos cuenta de
que lo principal que se nos pide es algo interior: la misericordia, el
amor a los demás. Importa tener buen corazón, aunque hayan sido
grandes los fallos, como Dimas el buen ladrón, que sabe pedir perdón:
«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino» (Lc 23,42), y con
una jaculatoria consigue el cielo, el Señor responde con un premio
"rápido": «En verdad te digo, hoy mismo estarás conmigo en el paraíso»
(Lc 23,43). Jesús no tiene "memoria", no se acuerda de que hay
purgatorio… pienso que se lo adelantó por el sufrimiento en la cruz,
como un examen que se elimina con parciales. Estos días veremos otros
ejemplos: Magdalena, Zaqueo, Mateo…
El peligro del fariseísmo es estar en regla con Dios, sentirse seguro.
Y en cambio lo seguro es estar en manos de Dios, reconocer el pecado:
"Ten misericordia de mí que soy un pecador". Señor, ayúdame a saber
reconocer mis pecados, mis miserias. Devuelve el valor y el ánimo a
todos los desesperados. Que nadie dude de tu amor a pesar de todas las
apariencias contrarias. Jesús, revélate tal como eres, a todos
nosotros, pobres pecadores (Noel Quesson). Que sepa ir como el
publicano, y saludar Sagrarios. Muchos decían a santa Teresa que les
hubiese gustado vivir en los tiempos de Jesús. Ella les respondía que
no entendía bien por qué, pues poca o ninguna diferencia había entre
aquel Jesús y el Jesús que está en el Sagrario. Vamos a quedarnos con
esta alegría, de que Jesús esté ahí…
Dale gracias por haberse quedado. Pero dáselas con obras. Cada vez que
haces una genuflexión delante del Sagrario, que la hagas bien y
diciéndole por dentro: ¡te amo, Jesús; gracias! Que comulgues bien
preparado y muchas veces, siempre que te sea posible. Que le visites
todos los días...
Si cuando realizas un viaje en coche, en metro, en autobús, te fijaras
en la cantidad de iglesias que dejas por el camino, te darías cuenta
de que el Señor está en muchos sagrarios que te pasan desapercibidos.
Pero no hace falta irse de viaje. Tenemos al Señor muy cerca de
nosotros: en el oratorio del colegio, en la iglesia que podamos tener
al lado de casa...
Te recomiendo un propósito: cada vez que pases cerca de una iglesia
dile al Señor en el sagrario: ¡Jesús, sé que estás ahí!; o le puedes
rezar una comunión espiritual: Yo quisiera, Señor, recibiros, con
aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra
Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los santos. Continúa
hablándole a Dios con tus palabras (José Pedro Manglano).
Y no nos preocupemos si no hacemos todo bien, si no estamos "en
regla". Aunque no correspondamos bien, Dios se mueve a base de
"misericordia" ("jésed" que significa también "lealtad", "fidelidad",
"piedad" y "gracia"...): "Indica la dulzura de un lenguaje común, algo
así como esa atmósfera de entendimiento en el amor que tienen quienes
comparten unas mismas convicciones, unos mismos afectos, es decir: los
que están en comunión. Cuando el Señor dice: "yo quiero jésed y no
sacrificios", está refiriéndose a esa relación entrañable de
proximidad y amor. Los "sacrificios" son un modo de establecer un
pacto con Dios, un modo de negociar con él. Y eso es detestable para
quien quiere que exista una atmósfera de amor y comunión. Por eso la
"jésed" va unida a la "da-aht", que suele ser traducida por
"conocimiento" de Dios". El amor no entiende de "te doy para que me
des" (""Da-aht" alude a "estar despierto", "ser consciente, abrir los
ojos, darse cuenta". El sacrifico y el holocausto tienen una lógica
que puede volverse ciega y mezquina en su repetición: hago esto y Dios
hará aquello. Es necesario tener "da-ath"; es preciso estar
conscientes, darse cuenta de Quién es el que nos llama y con Quién
estamos tratando. No es una ley anónima, no es una energía sin nombre,
no es destino ciego: es el Dios vivo y verdadero y hay que saber Quién
es él y qué quiere para agradarle y vivir la "jésed" que él espera de
nosotros").
El amor es lo que marca las distancias, los conceptos de lo cercano y
lo lejano. "El fariseo se creía cercano y estaba muy lejos; el
publicano parecía distante pero su oración, que era apenas un susurro,
alcanzó los oídos del Altísimo. Hemos de pedir misericordia para
todos: para el publicano que somos y para el fariseo que duerme en
nosotros (Fray Nelson).
El Señor se conmueve y derrocha sus gracias ante un corazón humilde.
La ayuda de la Virgen Santísima es nuestra mejor garantía para ir
adelante en este punto. Cuando contemplamos su humilde ejemplo,
podemos acabar nuestra oración con esta petición: "Señor, quita la
soberbia de mi vida; quebranta mi amor propio, este querer afirmarme
yo e imponerme a los demás. Haz que el fundamento de mi personalidad
sea la identificación contigo" (San Josemaría Escrivá).
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