jueves, 10 de enero de 2019

Feria post-Epifanía: 11 de Enero

Feria post-Epifanía: 11 de enero

Jesús nos trae la curación de nuestras dolencias, y nos salva con su Espíritu
“Y sucedió que, estando en una ciudad, se presentó un hombre cubierto de lepra que, al ver a Jesús, se echó rostro en tierra, y le rogó diciendo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Él extendió la mano, le tocó, y dijo: «Quiero, queda limpio». Y al instante le desapareció la lepra. Y él le ordenó que no se lo dijera a nadie. Y añadió: «Vete, muéstrate al sacerdote y haz la ofrenda por tu purificación como prescribió Moisés para que les sirva de testimonio». Su fama se extendía cada vez más y una numerosa multitud afluía para oírle y ser curados de sus enfermedades. Pero Él se retiraba a los lugares solitarios, donde oraba” (Lucas 5,12-16).
1. –“Estando Jesús en una ciudad, compareció un hombre cubierto de lepra”. La lepra era una enfermedad considerada contagiosa, castigo divino por excelencia (Deuteronomio 28,27-35), signo del pecado que excluye de la comunidad, y abarcaba varios tipos de enfermedades, una de ellas la que hoy llamamos lepra. Los leprosos debían evitar las ciudades, rasgar sus vestiduras y a todos los que se acercasen a ellos, gritarles: "¡Impuro, Impuro!" Esta enfermedad, hoy muy fácilmente vencida, era entonces incurable: el leproso era considerado un muerto. Señor, ayúdanos hoy, con los medios científicos, a luchar contra esa plaga de la lepra que subsiste aún en ciertas regiones de la tierra.
-“Viendo a Jesús, se postró de hinojos ante El diciendo: Señor, si quieres puedes limpiarme”. ¡Qué sufrimiento! El leproso era muy consciente de su mal: hunde el rostro en el polvo. En el mundo hay "lepras" peores que la lepra. ¿Somos conscientes de ello? Lo que desfigura al hombre es, ante todo el "no-amor", el repugnante egoísmo; y de eso hay manchas y cicatrices en mi vida. ¿Sufro yo por ello? ¿Deseo librarme de ese mal? ¿Que hago para lograrlo?
-“Jesús extendió la mano y le tocó”. Tocar a un leproso. Jesús rehúsa los tabúes rigurosos de su tiempo: Deja abolida la frontera entre lo puro y lo impuro, y reintegra en la comunidad a los excluidos. Contemplo este gesto: la mano sana de Jesús... toca la piel purulenta de un leproso... Es todo el símbolo de la Encarnación: por nosotros los hombres, por nosotros los pecadores, y por nuestra salvación bajó del cielo.
-"¡Quiero, sé limpio!..." Es voluntad de Jesús. Estoy aquí, delante de ti, Señor, yo también, con mi mal, del que soy consciente, y con toda la otra parte del mal que no conozco suficientemente. Purifícame, también.
-“Y al instante desapareció la lepra”. Y le encargó: No se lo digas a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu limpieza lo que prescribió Moisés, para que les sirva de testimonio”. Un testimonio sobre el poder de Jesús y sobre su obediencia a la Ley.
"¡Muéstrate al sacerdote!" ¿Es excesivo pensar que esta palabra es siempre actual? El sacerdote no es un hombre superior a los demás, es un hermano entre sus hermanos, pero ha recibido del Señor el asombroso honor de ser un mediador, de representar un papel de intermediario, más aún, de representar al mismísimo Señor. Yo no puedo salvarme solo. Tengo necesidad de Cristo. El camino concreto que he de hacer para ir a encontrar a un sacerdote, a un ministro del Señor es el signo de que no me salvo por mis únicas fuerzas, sino por la gracia. Oigo que Jesucristo me repite: "Ve y preséntate al sacerdote".
-“Numerosas muchedumbres concurrían para oírle y ser curados de sus enfermedades”. Pero él se retiraba a lugares solitarios y se daba a la oración. Jesús no se deja engañar por el éxito. Busca la soledad. Le gusta orar. Es un acto habitual, corriente, continuo en El (Noel Quesson).
En estos días de la Epifanía, al ver esta curación del leproso, pienso que también yo estoy necesitado de curación, y pido al Niño Jesús que me mire y salve. Tú, Mesías prometido, ungido de Dios, nuevo Adán que, apareciendo en la condición de nuestra mortalidad, nos has regenerado con la nueva luz de tu inmortalidad, quiero acogerme en tu misericordia.
Al contemplarte, Señor, cómo ayudas a los pobres de Israel, me da paz saber que si me siento pobre voy por tu camino de la pobreza, que tú naces en un establo. José se las ingenia lo mejor que puede para buscar abrigo durante la noche, quizá en los alrededores había algunas cuevas abiertas en la ladera del monte, que habitualmente se utilizaban para guardar los animales de carga durante la noche. Quizá fue la misma Virgen quien propuso a José instalaros provisionalmente en alguna de aquellas cuevas, que hacían de establo en las afueras de Belén. José se quedaría confortado por esas palabras y por la sonrisa de María. De modo que allí os quedasteis, Jesús, con los enseres que habíais podido traer desde Nazaret: los pañales, alguna ropa de abrigo, algo de comida.... los pastores fueron los testimonios del mayor portento de la historia, y no son socialmente bien considerados: no servían de testimonio en los juicios.
El Cantar de los cantares habla del alma deseosa del amado, pero sobre todo del Esposo que viene en Navidad, Dios que no aguanta la separación y desea encontrarse la amada, que somos cada uno de nosotros. Hay malentendidos, amor deseado que se hace amor comprobado, y sobretodo una visión del amor limpio y sano, fiel e incondicional, más fuerte que la muerte y que todos los peligros y tentaciones. Como se ha dicho, el alma que comienza se fortalece y se hace esposa fiel del amado: “¡Qué hermosa eres, amiga mía, que hermosa eres! Como de paloma, así son tus ojos, además de lo que dentro se oculta. Tus cabellos dorados y finos, como el pelo de rebaños que viene del monte de Galaad.... Subiré a buscarte al monte de la mirra y al collado del incienso”.... Dios muestra su amor por la belleza del alma, aunque dentro hay más bellezas ocultas que sólo aparecerán con la lucha y la gracia que van descubriendo lo que era inmaduro. Aún imperfecta pero amada pues el Amado exclama: “Toda hermosa eres hermosa, amiga mía, no hay defecto alguno en ti, ven del Líbano, esposa mía, vente del Líbano, serás coronada (...) huerto cerrado eres, hermana mía, esposa, huerto cerrado, fuente sellada” (Cant 4). Y añade después de una separación que parece dura, pero que acrecienta el deseo: “¡Qué hermosa y agraciada eres, oh amabílisima y deliciosísima princesa!” Y luego viene el canto de la fidelidad probada: “ponme como sello sobre tu corazón, ponme por marca sobre tu brazo: porque fuerte como la muerte es el amor, implacables como el infierno los celos; sus brasa, brasas ardientes y un volcán de llamas. Las muchas aguas no han podido extinguir la fuerza del amor” (Cant 8).
Jesús, ves más allá de nuestras lepras para prepararnos como esposa purificada por el fuego de tu amor, también con el de pruebas interiores y exteriores, así consigues desvelar toda la belleza del amor humano y divino. Hay nubarrones de polvo, enfermedades y lepras, además por fuera: enemigos de nuestra santificación presentan batalla de una tan vehemente y bien orquestada, que podrían hundirnos, y de hecho hay gente que se deprime… son técnicas de terrorismo psicológico... mentiras, denigraciones, deshonras, supercherías, insultos, susurraciones tortuosas (J. Escrivá, Homilías 2,298). Estar con Jesús es toparse con la Cruz. Pero ante todo esto, sabemos que nos abandonamos en las manos de Dios, estamos bien, contentos. Es la lepra que queremos quitarnos sobre todo, la propia estima desligada de ese amor de Dios, que incluye dolor, soledad, contradicciones, calumnias, difamaciones, burlas: si Dios lo permite, hemos de dejarnos hacer, Él quiere conformaros a su imagen. Dejarnos llamar locos, necios. Dejarlo todo, la honra, el prestigio, para seguirle a Él solo, y así no nos importarán las sospechas, odios, injurias personales.... Aunque podamos sentirnos leprosos, enfermos, indignos, dentro de un silencio en el que Dios calla o parece que no nos escucha, que andamos engañados, que sólo se oye el monólogo de nuestra voz, como sin apoyo sobre la tierra y abandonados del cielo.... Aún así, Jesús nos lavará de esas lepras, y dejará su presencia dentro de nosotros, con serenidad y gozo eternos.
2. ¿Quién es el que vence al mundo? Para san Juan, "mundo" significa: «al hombre encerrado en sí mismo y tentado de construirse y salvarse por sus propias fuerzas». De hecho, el verdadero cristiano ha vencido esa tentación: no vive replegado en sí mismo, sino abierto a Dios... ha vencido la ridícula y vana tentativa de querer «divinizarse» por sí mismo y deja el éxito de toda su vida en las manos de Dios.
-“El que cree que Jesús es el Hijo de Dios”. La Fe nos hace vencedores de aquella tentación. La Fe nos «abre a Dios» que hace que nuestra salvación y el éxito de nuestra vida los confiemos a Jesús, Hijo de Dios. ¿Es así el modo como concibo yo mi Fe?
-“Dios nos ha concedido la vida eterna, y esta vida eterna está en su Hijo”. El éxito en la vida es el amor esperanzado, la fe, creer que Jesús, Hijo de Dios, posee la vida eterna, especialmente después de su victoria sobre la muerte... y que esa vida eterna es también herencia nuestra si creemos en Jesucristo.
-“Quien tiene al Hijo, posee la vida”. Quien no tiene al Hijo, no posee la vida. Señor, quiero creer en tu Hijo. Cristo es mi vida. Pienso en todos esos jóvenes que dicen tener un vehemente deseo de vivir... Señor, haz que descubran que Tú estás de parte de la vida, que eres un apasionado por todo lo que vive, que Tú eres el viviente por excelencia... y que Tú propones y ofreces la explosión de tu propia vida a todos los que están ávidos de vida en plenitud.
-“Es El, Jesucristo, el que vino por el agua y por la sangre...” «El agua y la sangre» tienen un doble significado simbólico en san Juan: simbolizan la obediencia filial de Jesús hasta la muerte, por amor a todos los hombres. Juan vio esto. Estaba al pie de la cruz. Lo afirma. Jesús lo ha dado todo. El Corazón abierto, del que mana «el agua y la sangre» ¡es el símbolo más fuerte y expresivo del amor!
-el agua y la sangre» simbolizan también la sacramentalidad eclesial: la presencia del resucitado es perpetuada por su Cuerpo que es la Iglesia, y que se expresa en unos ritos visibles, los sacramentos. En particular el bautismo y la eucaristía, «el agua y la sangre» el más fuerte testimonio, HOY, del don de Dios a los hombres.
-“Tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre...” El procedimiento judicial de los tribunales judíos exigía tres testigos... Hoy diríamos que tenemos varios testimonios que recibir y que dar: el de los sacramentos participando en su Cuerpo y Sangre, el de la vida para que sea una ofrenda agradable a Dios por amor (Noel Quesson).
3. “Glorifica al Señor, Jerusalén; / alaba a tu Dios, Sión: / que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, / y ha bendecido a tus hijos dentro de ti”. Es el Señor Dios nuestro defensor, que nos invita a ser sus hijos, en Jesús: “Ha puesto paz en tus fronteras, / te sacia con flor de harina. / Él envía su mensaje a la tierra, / y su palabra corre veloz”. Su Espíritu nos ayuda a conocer el Camino para la Casa del Padre, que es su Palabra, Jesús: “Anuncia su palabra a Jacob, / sus decretos y mandatos a Israel; / con ninguna nación obró así, / ni les dio a conocer sus mandatos”.
Llucià Pou Sabaté


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miércoles, 9 de enero de 2019

Coloquio sobre "el Tao y la salud", el próximo lunes 14 de enero en la Biblioteca de Andalucía

Hola! 
   Espero que hayas tenido unas felices fiestas, y te deseo un feliz 2019!
   Te invitamos al Coloquio sobre "el Tao y la salud", el próximo lunes 14 de enero en la Biblioteca de Andalucía, a las 19.00.
   Será a cargo de una médico experta, Olalla Gómez, directora del centro Tao Vital Serrallo. 
   Adjunto invitación, para tu información y por si puedes darle difusión.


El Departamento de difusión de la Biblioteca de Andalucía y la Asociación Vivir aprendiendo tienen el placer de invitarle al Coloquio sobre "el Tao the  king y la salud".

 

Día, hora y lugar: Lunes 14 enero 2018, a las 19.00, en la sala 1 de la Biblioteca de Andalucía – Biblioteca Provincial de Granada, c/ Sainz Cantero 6, 18002 Granada

 

En el marco de un diálogo intercultural, consciencia, espiritualidad y ecología, le invitamos a un coloquio sobre este importante texto de Oriente que tanto ha influido en Occidente. Después de una presentación general que ya se hizo, en esta ocasión profundizaremos sobre el Tao y la salud.

 

Dirigirá el coloquio Olalla Gómez: Médico tradicional chino, Osteópata, Maestra Reiki, Craneosacral, especialista en Acupuntura y Fitoterapia, método Bindu, patologías del sistema nervioso… dirige el Centro Tao Serrallo (www.taovital.es)

 


Feria post-Epifanía; 10 de Enero

Feria post-Epifanía: 10 de enero

El Espíritu de Jesús se nos entrega en el bautismo: ser en Cristo hijos de Dios
“En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región. Él iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos.Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor».Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy». Y todos daban testimonio de Él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca” (Lucas 4,14-22).
1. «El Espíritu del Señor está sobre mí», dirá Jesús, haciendo suyo este texto mesiánico de Isaías. Es el Espíritu del Amor que hizo del Mesías el «ungido para llevar la buena nueva a los pobres», y que también “reposa” encima nuestro y nos conduce hacia el amor perfecto: como dice el Concilio Vaticano II, «todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad». El Espíritu Santo nos transformará como hizo con los Apóstoles, para que podamos actuar bajo su moción, otorgándonos sus frutos y, así, llevarlos a todos los corazones: «El fruto del Espíritu es: caridad, paz, alegría, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza» (Gal 5,22-23).
La liturgia nos ha llevado estos días de Navidad por caminos de esperanza y de alegría, de apertura al portador de la luz, Jesús, que hoy vemos anunciando al Espíritu Santo en su pueblo. María es modelo de este dejar actuar al Espíritu divino, en su escucha orante:
a) Dios «miró la pequeñez de su esclava»; pero es que ella estaba atenta, a la escucha con fidelidad y entrega: si siempre había estado pendiente del Señor, después de la embajada esa entrega creció sobremanera. De esa apertura a la esperanza por la que recibe el Espíritu y a Jesús, ella está llena de gracia, y de ahí viene su alegría.
b) En la Visitación a su pariente: oye «bendita tú entre las mujeres». ¿Porqué?: «porque has creído». Ante la presencia de la Virgen, Isabel también se llena del Espíritu Santo; el niño de sus entrañas, salta de gozo. Y llena del Espíritu Santo, que le ha cubierto con su sombra, entona María el Magnificat, ese cántico de alabanza al Señor, agradeciendo su infinita misericordia: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se regocija en Dios mi salvador». Ambas, llenas de una gran esperanza, aguardan los nacimientos del Precursor y de Jesús.
Ahora, al ver a Jesús ya hecho un hombre, oírle decir que el Espíritu le lleva, nos va la imaginación a Belén, donde hemos celebrado que nació la noche de Navidad. Los santos proclaman: “¡buscaré, Señor, tu rostro!”: ¡tengo deseos ardientes de verte cara a cara, Señor! Los pastores después de recibir aquel anuncio exultante de los ángeles se dicen lo mismo: vayamos y veamos. Hoy queremos ver, contemplar, conocer el modo divino de salvarnos y vemos un Niño. «Puer natus est nobis, Puer datus est nobis» (el Niño ha nacido para nosotros, el Niño nos ha sido dado para nosotros), repite la liturgia. El amor busca ver, contemplar… al ungido por el Espíritu, al que se llamará maravilloso consejero, Dios fuerte, Príncipe de la paz, Padre sempiterno (Isaías 9,6-7). Como dijo el Ángel a José, será Emmanuel, “Dios con nosotros”, y a la Virgen: Hijo del Altísimo y se le dará el trono de David, Jesús: “Dios salva”. En Belén ha comenzado una nueva lógica entre los hombres: la lógica divina, que es lógica de amor y de humildad, y hoy la vemos proclamada por Jesús en el comienzo de su enseñanza. El Dios de majestad y poder, prefiere manifestarse en debilidad, porque el todopoderoso Dios es sobretodo Amor.
El Espíritu sobre mí…” Nosotros también lo pedimos: “que caiga tu luz sobre mí, Señor, que venga tu Espíritu”. Estos días de la Epifanía queremos verle en la  “grandeza de un Niño que es Dios: su Padre es el Dios que ha hecho el cielo y la tierra, y El está ahí, en un pesebre (...) porque no había otro sitio en la tierra para el dueño de todo lo creado. No me aparto de la verdad más rigurosa, si os digo que Jesús sigue buscando ahora posada en nuestro corazón...Hemos de pedirle la gracia de no cerrarle nunca más la puerta de nuestra alma” (S. Josemaría Escrivá). Se lo pedimos a Dios por la intercesión de la Santísima Virgen, que nos muestra el Niño, y nos anima a atrevernos.
La Navidad es la gran fiesta de la filiación divina, y por eso de la alegría, pues Dios nos ama siempre, hagamos lo que hagamos. Hemos de desterrar todo temor y toda intranquilidad, pues a partir de que Dios se hace Hombre, no hay nada que pueda intranquilizar a los hombres, pues no hay nada que pueda quitarnos la paz, pues la falta de amor, el pecado, puede siempre arreglarse, correspondiendo al amor de Dios que siempre se nos ofrece, tan manifiesto, tan patente en Navidad.
Los pastores "tuvieron gran temor" ante la claridad de Dios que les cercó de resplandor, pero oyen del ángel: "No temáis....os anuncio un gran gozo", lección de paz y de alegría, que pide de inmediato una respuesta: y Él no desea meros ritos, sino el corazón: Él, ofreciéndose a cumplir la voluntad de Dios con plena disponibilidad: "Sacrificios y ofrendas y holocaustos por el pecado no quisiste... entonces dije: Heme aquí que vengo, para hacer, oh Dios, tu voluntad" (Heb 10,5), nos pide lo mismo. Dios no se satisface con sacrificios de cosas, pues nos pide amor por amor, quiere nuestra propia persona, nuestra libertad, que le amemos y así seamos felices.
Pero los hombres no eran capaces de comprender que esa era su felicidad, y andaban extraviados. Hoy, una buena parte de la humanidad, sigue extraviada, sin saber ni llegar a comprender la verdadera felicidad que nos trae Jesús en la Navidad. Y Dios, que se compadece de todos, en su misericordia busca a todos, se humilla, para levantarnos a nosotros.
Nuestra respuesta al Espíritu ha de ser generosa, es decir: con humildad a toda prueba que nos debe hacer olvidarnos de nosotros mismos para sentirnos y actuar como servidores de Dios y de los demás.
Con fe firme en que el Señor vendrá y nos salvará. Está junto a nosotros siempre que le llamemos, y nos llama de continuo, ese es el mensaje de su Nacimiento.         
Con disponibilidad a la Voluntad de Dios, con aquella obediencia con que la Virgen fue dócil.
Con desprendimiento de los bienes materiales, pues Cristo viene al mundo prescindiendo de ellos.
Entrando en estas lecciones de la Navidad podremos participar de la Pascua, de la Eucaristía donde se condensa toda la vida de Jesús, y hacerla nuestra. Son lecciones muy marianas, y por eso acudimos a la intercesión de nuestra Madre: “Salve, por ti resplandece la dicha; / Salve, por ti se eclipsa la pena. /  Salve, por ti la creación se renueva; / Salve, por ti el Creador nace niño”. Ella nos llevará a esa humildad y pobreza, obediencia y templanza, servicio y alegría, justicia y piedad, a ese amor hecho vida con el que engendró a Jesús.
2.–“Queridos míos: podemos amar nosotros porque Dios nos amó primero”. No fundamentamos nuestra seguridad sobre nuestros propios méritos. Si consideráramos nuestra propia vida, más bien tendríamos muchas razones para "temer" a Dios; pero todo descansa en el hecho que «Dios nos amó primero», antes de cualquier mérito nuestro. Nos ama tal como somos, es decir, «pecadores». No nos ama por ser más o menos agradables, atractivos, simpáticos... o por ser personas «bien»... Nos ama para que seamos amables -tengamos amor-, para salvarnos. Dios nos ama primero, aun siendo llenos de egoísmo... nos ama tal como somos. Gracias, Señor, por amarme de ese modo.
-“Si alguno dice: «amo a Dios» y aborrece a su hermano, es un mentiroso”. Mi actitud hacia mis prójimos es el test de mi actitud hacia Dios. Si no llego a soportar, a amar a tal o cual de mis colegas, de mis parientes, de mis vecinos... tampoco alcanzo a amar a Dios. Y si digo que amo a Dios, en ese caso, soy un mentiroso.
-“Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”. El amor de un ser «invisible» puede ilusionarnos... ¡es un sentimiento muy fácil! Pero amar, soportar, aceptar diariamente a un ser concreto, próximo a nosotros es verificable: uno sabe muy bien, por desgracia, si se lo soporta o no se lo soporta. El amor al prójimo, a quien vemos, es nuestro medio de controlar nuestro amor de Dios, a quien no vemos. Concédeme, Señor, saber aceptar las dificultades de la vida fraterna. Señor, ayúdame a amar a los que Tú me has dado.
-“Este es el mandamiento que hemos recibido de El: «Quien ama a Dios... ame también a su hermano...»” Nos dice hoy san Juan que «quien ama Dios, ame también a su hermano». ¿Cómo podríamos amar a Dios a quien no vemos, sin no amamos a quien vemos, imagen de Dios? Después que san Pedro renegara, Jesús le preguntó si le amaba: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo» (Jn 21,17), respondió. Como a san Pedro, también a nosotros nos pregunta Jesús: «¿Me amas?»; y queremos responderle ahora mismo: «Tú lo sabes todo, Señor, tú sabes que te amo a pesar de mis deficiencias; pero ayúdame a demostrártelo, ayúdame a descubrir las necesidades de mis hermanos, a darme de verdad a los otros, a aceptarlos tal como son, a valorarlos».
La vocación del hombre es el amor, es vocación a darse, buscando la felicidad del otro, y encontrar así la propia felicidad. Como dice san Juan de la Cruz, «al atardecer seremos juzgados en el amor». Vale la pena que nos preguntemos al final de la jornada, cada día, en un breve examen de conciencia, cómo ha ido este amor, y puntualizar algún aspecto a mejorar para el día siguiente (Noel Quesson). -“Conocemos que amamos a los hijos de Dios, si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos”.
3. El Señor nos ama por encima de nuestros pecados: “Dios mío, confía tu juicio al rey, / tu justicia al hijo de reyes, / para que rija a tu pueblo con justicia, / a tus humildes con rectitud.”
Estamos en buenas manos, pendientes de ellas que nos conducen al bien: “Él rescatará sus vidas de la violencia, / su sangre será preciosa a sus ojos. / Que recen por él continuamente / y lo bendigan todo el día.”
Bendecir a Dios nos hace bien, porque nos hace buenos: “Que su nombre sea eterno, / y su fama dure como el sol; / que él sea la bendición de todos los pueblos, / y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra”.
Llucià Pou Sabaté


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martes, 8 de enero de 2019

Feria post-Epifanía: 9 de Enero

Feria post-Epifanía: 9 de enero

Encontrar a Jesús
“Después que se saciaron los cinco mil hombres, Jesús enseguida dio prisa a sus discípulos para subir a la barca e ir por delante hacia Betsaida, mientras Él despedía a la gente. Después de despedirse de ellos, se fue al monte a orar. Al atardecer, estaba la barca en medio del mar y Él, solo, en tierra. Viendo que ellos se fatigaban remando, pues el viento les era contrario, a eso de la cuarta vigilia de la noche viene hacia ellos caminando sobre el mar y quería pasarles de largo. Pero ellos viéndole caminar sobre el mar, creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, pues todos le habían visto y estaban turbados. Pero Él, al instante, les habló, diciéndoles: «¡Ánimo!, que soy yo, no temáis!». Subió entonces donde ellos a la barca, y amainó el viento, y quedaron en su interior completamente estupefactos, pues no habían entendido lo de los panes, sino que su mente estaba embotada” (Marcos 6,45-52).

I. La Sagrada Familia solía trasladarse a Jerusalén durante la Pascua para asistir al Templo en cumplimiento de la ley. Al ser ya el Niño de doce años cumplidos, subió a Jerusalén, según solían hacer en aquella fiesta (Lucas 2, 42), y terminados los ritos pascuales, se inicia la vuelta a Nazaret. Cuando terminó la primera jornada de regreso, sus padres creyeron haber perdido a Jesús, o que Jesús les había perdido a ellos, y andaba solo. Desandaron el camino y le buscaron angustiados durante tres días. Todo inútil. María y José le perdieron sin culpa suya. Nosotros le perdemos por el pecado, por la tibieza, por la falta de espíritu de mortificación y sacrificio. Entonces, nuestra vida sin Jesús se queda a oscuras. Cuando nos encontremos en esa oscuridad hemos de reaccionar enseguida y buscarle, hemos de saber preguntar a quien puede y debe saberlo: ¿Dónde está el Señor?
II. María Y José no perdieron a Jesús, fue Él quien se ausentó de su lado. Con nosotros es distinto; Jesús jamás nos abandona. Somos nosotros los hombres quienes podemos echarlo de nuestro lado por el pecado, o al menos alejarlo por la tibieza. En todo encuentro entre el hombre y Cristo, la iniciativa ha sido de Jesús; por el contrario, en toda situación de desunión, la iniciativa la llevamos siempre nosotros. Él no nos deja jamás. Cuando el hombre peca gravemente se pierde para sí mismo y para Cristo. Con la tibieza y el desamor, se valora poco o nada la compañía de Jesús. María y José amaban a Jesús entrañablemente; por eso le buscaron sin descanso, por eso sufrieron de una manera que nosotros no podemos comprender, por eso se alegraron tanto cuando de nuevo le encontraron. Nosotros hemos de pedirles que sepamos apreciar la compañía de Jesús, y que estemos dispuestos a todo antes de perderle.
III. Jesús se encontraba entre los doctores y llamaba su atención por su sabiduría y su ciencia. Sus padres contemplaron maravillados esta escena: fue un rayo de luz que les va descubriendo el misterio de la vida de Jesús. Si nosotros alguna vez perdemos a Jesús, sabemos que le encontramos siempre en el Sagrario, en aquellas personas que Dios mismo ah puesto para señalarnos el camino, y que nos espera en el sacramento de la Penitencia. Hoy podemos repetir muchas veces en la intimidad de nuestro corazón: “Jesús: que nunca más te pierda...” (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Santo Rosario). María y José nos ayudarán a no perder de vista a Jesús durante el día y durante toda nuestra vida.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

lunes, 7 de enero de 2019

Feria post-Epifanía: 8 de Enero

Feria post-Epifanía: 8 de enero

La vida en Nazareth. Trabajo
“En aquel tiempo, vio Jesús una gran multitud y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tienen pastor, y comenzó a enseñarles muchas cosas. Y como fuese muy tarde, se llegaron a Él sus discípulos y le dijeron: «Este lugar es desierto y la hora es ya pasada; despídelos para que vayan a las granjas y aldeas de la comarca a comprar de comer». Y Él les respondió y dijo: «Dadles vosotros de comer». Y le dijeron: «¿Es que vamos a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?». Él les contestó: «¿Cuántos panes tenéis? Id a verlo». Y habiéndolo visto, dicen: «Cinco, y dos peces».Entonces les mandó que se acomodaran todos por grupos de comensales sobre la hierba verde. Y se sentaron en grupos de ciento y de cincuenta. Y tomando los cinco panes y los dos peces y levantando los ojos al cielo, bendijo, partió los panes y los dio a sus discípulos para que los distribuyesen; también partió los dos peces para todos. Y comieron todos hasta que quedaron satisfechos. Y recogieron doce cestas llenas de los trozos que sobraron y de los peces. Los que comieron eran cinco mil hombres” (Marcos 6,34-44).

I. Jesús pasó la mayor parte de su vida aquí en la tierra, en la oscuridad de un pueblo, a 140 kilómetros de Jerusalén. Vivía en una casa modesta con su Madre, María, pues José debió haber fallecido ya en ese tiempo. Dios Hombre trabajaba como los demás hombres del pueblo. Cuando Jesús vuelve más tarde a Nazaret, sus paisanos se extrañan de su sabiduría y de los hechos prodigiosos que de Él se cuentan; le conocen por su oficio y por ser Hijo de María: ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama María su madre? (Mateo 13, 55). Jesús, en estos años de vida oculta en Nazaret, nos está enseñando el valor de la vida ordinaria como medio de santificación. Nuestros días pueden quedar santificados si se asemejan a los de Jesús en esos años de vida oculta y sencilla: si trabajamos a conciencia y mantenemos la presencia de Dios en la tarea, si vivimos la caridad, si sabemos aceptar las contradicciones, si ayudamos a los demás y los acercamos a Dios.
II. Si contemplamos la vida de Jesús en esos días de vida oculta le veremos trabajar bien, sin chapuzas, llenando las horas de trabajo intenso. Nos imaginamos al Señor dejando ordenados los instrumentos de trabajo, recibiendo afablemente al vecino. Tendría Jesús el prestigio de hacer las cosas bien, todo lo hizo bien (Marcos 7, 37). Jesús amó su humilde labor nuestra y nos enseñó a amar la nuestra. El Señor conoció también el cansancio de la faena diaria, y experimentó la monotonía de los días sin relieve y sin historia aparente. Contemplando al Señor, entendemos que no podemos santificar un trabajo mal hecho. Hemos de aprender a encontrar a Dios en nuestras ocupaciones humanas, a ayudar a nuestros conciudadanos y a contribuir a elevar el nivel de la sociedad entera y de la creación.
III. Con nuestro trabajo habitual tenemos que ganarnos el Cielo, por eso debemos imitar a Jesús. Ahí encontraremos un campo abundante de pequeñas mortificaciones que procuraremos llevar de la mejor manera, y también encontraremos muchas ocasiones de rectificar la intención para que realmente sea una obra ofrecida a Dios y no una ocasión de buscarnos a nosotros mismos. Le pedimos a Jesús que nos abra la puerta del taller de Nazaret con el fin de contemplarlo con su Madre y con San José.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

Feria post-Epifanía: 7 de Enero

Feria post-Epifanía: 7 de enero

La huída a Egipto, las virtudes de José
“En aquel tiempo, cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, se retiró a Galilea. Y dejando la ciudad de Nazaret, fue a morar en Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y de Neftalí. Para que se cumpliese lo que dijo Isaías el profeta: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino de la mar, de la otra parte del Jordán, Galilea de los gentiles. Pueblo que estaba sentado en tinieblas, vio una gran luz, y a los que moraban en tierra de sombra de muerte les nació una luz».Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: «Haced penitencia, porque el Reino de los cielos está cerca». Y andaba Jesús rodeando toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos y predicando el Evangelio del Reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia del pueblo. Y corrió su fama por toda Siria, y le trajeron todos los que tenían algún mal, poseídos de varios achaques y dolores, y los endemoniados, y los lunáticos y los paralíticos, y los sanó. Y le fueron siguiendo muchas gentes de Galilea y de Decápolis y de Jerusalén y de Judea, y de la otra ribera del Jordán” (Mateo 4,12-17.23-25).

I. Después de partir de regreso los Magos, un Ángel le comunica a José: Levántate, toma al Niño y a su Madre, huye a Egipto y estate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al Niño para matarlo (Mateo 2, 13). Era la señal de la Cruz al término de un día repleto de felicidad. Fue un viaje extenuante, a través de regiones desérticas, con el temor de ser alcanzados en la fuga. Dios no quiso ahorrar estas fatigas a los seres que más quería, para que supiéramos que estar cerca de Él no significa ausencia de dolor y dificultades. José no se escandalizó, con prisa siguió el camino que el Ángel le había indicado, cumpliendo en todas las circunstancias la voluntad de Dios. Obedeció sin más, con fortaleza para hacerse cargo de la situación y para poner los medios a su alcance, confiando plenamente en que Dios no le dejaría solo. Así hemos de hacer nosotros en situaciones difíciles, quizá extremas, cuando nos cueste ver la mano providente de Dios Padre en nuestra vida o en la de quienes más amamos.
II. Tras una larga y penosa travesía llegó la Sagrada Familia a su nuevo país. José llevaba con él a lo más importante: a Jesús, a María, y su laboriosidad y empeño para sacarles adelante a costa de todos los sacrificios del mundo. San José es para nosotros ejemplo de muchas virtudes: obediencia inteligente y rápida, de fe, de esperanza, de laboriosidad, de fortaleza. Ante las contrariedades que podamos padecer, si el Señor las permite, hemos de contemplar la figura de San José y encomendarnos a Él como han hecho muchos santos: “Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los peligros que me ha librado, ansí de cuerpo como de alma...” (SANTA TERESA, Vida)
III. En Egipto permaneció sin disgustos ni protestas, paciente, realizando su trabajo como si nunca fuera a salir de aquel lugar. ¡Qué importante es saber estar, permanecer donde se debe, ocupado en lo que a cada uno le compete, sin ceder a la tentación de cambiar continuamente de sitio! Hemos de pedir a San José de su fortaleza, no sólo en casos extraordinarios y difíciles, sino también en la vida ordinaria: constancia en el trabajo, sonreír, tener una palabra amable para todos; y para superar obstáculos como la vanidad, la impaciencia, la timidez y los respetos humanos. Aprendamos hoy de San José a sacar adelante, con reciedumbre y fortaleza, todo lo que, de modo ordinario, el Señor nos encomienda, contando con que lo habitual será que encontremos obstáculos, superables siempre con la ayuda de la gracia.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

sábado, 5 de enero de 2019

La paz interior

 Con el deseo de que tengas un feliz 2019, te comparto esta intervención mía en la jornada de Navidad del ayuntamiento de Granada: https://youtu.be/0vFZEMsJlCM

Homilías Epifanía del Señor

Solemn. de la Epifanía del Señor


(Is 60,1-6) "La gloria del Señor ha nacido sobre ti"
(Ef 3,2-3.5-6) "Los gentiles son coherederos y participante de su promesa en Jesucristo"
(Mt 2,1-12) "¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la consagración de nueve Obispos (6-I-1984)
--- Los Magos de Oriente
--- Manifestación del Redentor
--- Reconocer al Mesías
--- Los Magos de Oriente
Hoy, en el horizonte de la Navidad, aparecen tres nuevas figuras: los Magos de Oriente.
Vienen de lejos siguiendo la luz de la estrella que se les ha aparecido. Se dirigen a Jerusalén, llegan a la corte de Herodes. Preguntan: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo” (Mt 2,2).
En la liturgia de la Iglesia la solemnidad de hoy se llama Epifanía del Señor. Epifanía quiere decir manifestación.
Esta expresión nos invita a pensar no sólo en la estrella que apareció a los ojos de los Magos, no sólo en el camino que estos hombres de oriente hacen, siguiendo el signo de la estrella. La Epifanía nos invita a pensar en el camino interior, del que nace el misterioso encuentro del entendimiento y del corazón humano con la luz de Dios mismo.
“La luz... que alumbraba a todo hombre, cuando viene al mundo” (cfr. Jn 1,9).
Los tres personajes de Oriente seguían con certeza esta luz antes aún de que apareciera esta estrella.
Dios les hablaba con la elocuencia de toda la creación: decía que es, que existe; que es Creador y Señor del mundo.
En cierto momento, por encima del velo de las criaturas, los acercó todavía más a Sí mismo. Y a la vez, ha comenzado a confiarles la verdad de su Venida al mundo. De algún modo, los introdujo en el conocimiento del designio divino de la salvación.
--- Manifestación del Redentor
Los Magos respondieron con la fe a esa Epifanía interior de Dios.
Esta fe les permitió reconocer el significado de la estrella. Esta fe les mandó también ponerse en camino. Iban a Jerusalén, capital de Israel, donde se transmitía de generación en generación la verdad sobre la venida del Mesías. La habían predicado los profetas y habían escrito de ella los libros santos.
Dios, que habló al corazón de los Magos con la Epifanía interior, había hablado a lo largo de los siglos al Pueblo elegido y les había predicado la misma verdad sobre su venida.
Esta verdad se cumplió la noche del nacimiento de Dios en Belén. Ya esta noche es la Epifanía de Dios, que ha venido: Dios que nació de la Virgen y fue colocado en el pobre pesebre, Dios que ocultó su venida en la pobreza del nacimiento en Belén: he ahí la Epifanía del divino ocultamiento.
Sólo un grupo de pastores se apresuró para ir a su encuentro...
Pero mirad que ahora vienen los Magos. Dios, que se oculta a los ojos de los hombres que viven cerca de Él, se revela a los hombres que vienen de lejos.
--- Reconocer al Mesías
Dice el profeta a Jerusalén: 
“Caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti: tus hijos llegan de lejos” (Is 60,3-4).
Los guía la fe. Los guía la fuerza interior de la Epifanía.
De esta fuerza habla así el Concilio:
“Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cfr. Ef 1,9); por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina (cfr. Col 1,15; 1Tim 1,17), movido de amor, habla a los hombres como amigos (cfr. Ex 33,11; Jn 15,14-15), trata con ellos (cfr. Bar 3,38) para invitarlos y recibirlos en su compañía” (Dei Verbum, 2).
Los Magos de Oriente llevan en sí esa fuerza interior de la Epifanía. Les permite reconocer al Mesías en el Niño que yace en el pesebre. Esta fuerza les manda postrarse ante Él y ofrecerle los dones: oro, incienso y mirra (cfr. Mt 2,11).
Los Magos son, al mismo tiempo, un anuncio de que la fuerza interior de la Epifanía se difundirá ampliamente entre los pueblos de la tierra.
Dice el Profeta:
“Entonces lo verás, radiante de alegría;/ tu corazón se asombrará, se ensanchará,/ cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar,/ y te traigan las riquezas de los pueblos” (Is 60,5).
Permitid a esta fuerza divina irradiarse en vuestro corazón como en una Jerusalén interior, a la que dice la liturgia de hoy:
“Levántate, brilla,/ que llega tu luz;/ la gloria del Señor amanece sobre ti” (Is 60,1).
Permitid a la fuerza salvífica de la divina Epifanía irradiarse entre los hombres y los pueblos, a los que sois enviados, como testimonio de la verdad y de la misericordia.
Verdaderamente: “Volcarán sobre ti las riquezas de los pueblos” (cfr. Is 60,5).
Y responded al don de la solemnidad de hoy con un incesante, continuo don: ofreced oro, incienso y mirra.
De este modo la abundancia de la Epifanía divina permanecerá en vosotros y se renovará en el camino del servicio apostólico.
DP-5 1984
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
“¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”. Ésta es la razón que dan aquellos Magos para justificar el largo y penoso camino que emprendieron abandonando la serena ocupación de todos los días. La misma razón que conduce a tantas y tantos a dejarlo todo por el Señor. Y es igualmente la razón del caminar cristiano abandonando la tranquilidad burguesa que una sociedad permisiva está constantemente proponiendo.
Pero a veces la estrella, como a los Magos, se oculta, y las sombras de la noche se enseñorean de todo ocultando el camino y suprimiendo sus perfiles orientadores. En esas horas, siempre hay quien puede ayudarnos porque el camino está ahí. Pero también hay quienes, aprovechando la oscuridad, engañan al viajero, como Herodes con su información interesada. Lo que hoy sucede, por lo que se refiere a ese haz de verdades elementales que están a la base de la armónica convivencia entre los pueblos, es objetivamente grave. Hay un ataque organizado y sin tregua a la Verdad revelada por Dios y a las instituciones naturales queridas por Él.
¡Cuántas veces, y por diversos motivos, la estrella que guiaba nuestros pasos se oculta y la oscuridad nos envuelve. La ilusión y el entusiasmo con que se inició un proyecto se esfuman. Un ejemplo. Se casaron. Él y ella decían que no había en el firmamento una estrella más hermosa. Todos decían que parecía que habían nacido el uno para el otro. Hubo años de intensa felicidad. Hoy arrastran una existencia lánguida y piensan que se equivocaron de pareja. ¿Cómo puede ser que lo que ayer era luz y entusiasmo hoy sea oscuridad y decepción? Y otro tanto sucede con la profesión, las aficiones preferidas, los compromisos adquiridos, y también en la vida espiritual. Somos así. Al amanecer vemos claro, al mediodía dudamos y al atardecer todo parece oscuro.
Es preciso contar con la eventualidad de que la estrella del entusiasmo se apague porque Dios desea que no nos movamos por puro entusiasmo sino por la luz de su Palabra. No debemos tolerar que las oscuras luces del capricho o del cansancio desplacen la luminaria del Evangelio. En esos momentos, particularmente críticos, en que se pueden tomar decisiones lamentables, malogrando fidelidades de años, hay que hacer como los Magos: preguntar a quien conoce el camino y puede orientarnos. “Cristo ha dado a su Iglesia la seguridad de la doctrina, la corriente de gracia de los Sacramentos; y ha dispuesto que haya personas para orientar, para conducir, para traer a la memoria constantemente el camino. Disponemos de un tesoro infinito de ciencia: la Palabra de Dios, custodiada en la Iglesia; la gracia de Cristo, que se administra en los Sacramentos; el testimonio y el ejemplo de quienes viven rectamente junto a nosotros, y que han sabido construir con sus vidas un camino de fidelidad a Dios” (S. Josemaría Escrivá).
Si nos dejamos guiar por la estrella que brilló al comienzo del camino cristiano emprendido y no por el resplandor pasajero del entusiasmo, encontraremos al final a María, José y a Jesucristo, Luz y Esperanza de las naciones. “Mientras los Magos -dice S. Juan Crisóstomo- estaban en Persia, no veían sino una estrella; pero cuando dejaron su patria, vieron al mismo Sol de Justicia”.
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica 
«Amanece el Señor, y los pueblos caminan a su luz»
I. LA PALABRA DE DIOS
Is 60,1-6: «La gloria del Señor amanece sobre ti»
Sal 71,2.7-8.10-13: «Se postrarán ante ti, Señor, todos los reyes de la tierra»
Ef 3,2-3a; 5-6: «Ahora ha sido revelado que también los gentiles son coherederos»
Mt 2,1-12: «Venimos de Oriente para adorar al Rey»
II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO
La intención de S. Mateo era dejar bien sentada la universalidad de la salvación de Cristo, y más teniendo en cuenta que los destinatarios principales de su evangelio eran judíos, marcados aún por el particularismo. En el momento de redactar su mensaje, la ruptura de fronteras y razas era ya una realidad. El encuentro de Jesús con culturas y personas supera aquel nacionalismo a ultranza.
Isaías ha previsto un universalismo centrado en torno a la ciudad de Jerusalén. Pero desde ahora, la referencia para el creyente no será una ciudad; será una Persona: Jesucristo. Noticia de que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo por el Evangelio, es la motivación principal de la misión de S. Pablo.
III. SITUACIÓN HUMANA
La búsqueda de la verdad parece un «leit motiv» permanente en la vida humana. Pero en su lucha por encontrarla, se topa a veces con los manipuladores de la verdad. De otra parte, hay otro tipo de personas: aquellas para quienes la verdad ha de venir sin buscarla, o los que saben dónde está y no se molestan en hallarla. Al igual que aquellos notables del Templo ¿llamaríamos buscadores de la verdad a quienes no se molestan en recorrer el camino hacia el sitio que tan bien se creen conocer?
IV. LA FE DE LA IGLESIA
La fe
– Dios ha enviado a su Hijo para salvarnos: "«Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva» (Ga 4, 4-5). He aquí «la Buena Nueva de Jesucristo, Hijo de Dios» (Mc 1,1): Dios ha visitado a su pueblo, ha cumplido las promesas hechas a Abraham y a su descendencia; lo ha hecho más allá de toda expectativa: Él ha enviado a su «Hijo amado» (Mc 1,11)" (422).
– La Epifanía, manifestación de Jesús al mundo: 528; cf 535. 555.
– La salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia: 846. 848.
La respuesta
– "La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser «sacramento universal de salvación», por exigencia íntima de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador, se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres (AG 1)" (849; cf 850).
– La fidelidad de los bautizados, condición primordial para la misión: "El mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos. «El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios»" (2044).
El testimonio cristiano
– «Para la evangelización del mundo hacen falta, sobre todo, evangelizadores. Por eso, todos, comenzando desde las familias cristianas, debemos sentir la responsabilidad de favorecer el surgir y madurar de vocaciones específicamente misioneras, ya sacerdotales y religiosas, ya laicales, recurriendo a todo medio oportuno, sin abandonar jamás el medio privilegiado de la oración, según las mismas palabras del Señor Jesús: «La mies es mucha y los obreros pocos. Pues, ¡rogad al dueño de la mies que envie obreros a su míes!» (Mt 9,37-38)» (Juan Pablo II, ChL 35).
Los notables del Templo sabían dónde nacería Jesús. Pero no buscaron el sitio. Los Reyes no sabían el sitio, pero lo buscaron. Los caminos de Dios no se abren a los entendidos de este mundo, sino a los que se dejan iluminar por su estrella.
Homilía IV: Homilías pronunciadas por S.S. Benedicto XVI
SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR
Basílica Vaticana, Viernes 6 de enero de 2012
Queridos hermanos y hermanas
La Epifanía es una fiesta de la luz. «¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!» (Is 60,1). Con estas palabras del profeta Isaías, la Iglesia describe el contenido de la fiesta. Sí, ha venido al mundo aquel que es la luz verdadera, aquel que hace que los hombres sean luz. Él les da el poder de ser hijos de Dios (cf. Jn 1,9.12). Para la liturgia, el camino de los Magos de Oriente es solo el comienzo de una gran procesión que continúa en la historia. Con estos hombres comienza la peregrinación de la humanidad hacia Jesucristo, hacia ese Dios que nació en un pesebre, que murió en la cruz y que, resucitado, está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20). La Iglesia lee la narración del evangelio de Mateo junto con la visión del profeta Isaías, que hemos escuchado en la primera lectura: el camino de estos hombres es solo un comienzo. Antes habían llegado los pastores, las almas sencillas que estaban más cerca del Dios que se ha hecho niño y que con más facilidad podían «ir allí» (cf. Lc 2,15) hacia él y reconocerlo como Señor. Ahora, en cambio, también se acercan los sabios de este mundo. Vienen grandes y pequeños, reyes y siervos, hombres de todas las culturas y pueblos. Los hombres de Oriente son los primeros, a través de los siglos los seguirán muchos más. Después de la gran visión de Isaías, la lectura de la carta a los Efesios expresa lo mismo con sobriedad y sencillez: que también los gentiles son coherederos (cf. Ef 3,6). El Salmo 2 lo formula así: «Te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra» (Sal 2,8).
Los Magos de Oriente van delante. Inauguran el camino de los pueblos hacia Cristo. Durante esta santa Misa conferiré a dos sacerdotes la ordenación episcopal, los consagraré pastores del pueblo de Dios. Según las palabras de Jesús, ir delante del rebaño pertenece a la misión del pastor (cf. Jn 10,4). Por tanto, en estos personajes que, como los primeros de entre los paganos, encontraron el camino hacia Cristo, podemos encontrar tal vez algunas indicaciones para la misión de los obispos, a pesar de las diferencias en las vocaciones y en las tareas. ¿Qué tipo de hombres eran ellos? Los expertos nos dicen que pertenecían a la gran tradición astronómica que se había desarrollado en Mesopotamia a lo largo de los siglos y que todavía era floreciente. Pero esta información no basta por sí sola. Es probable que hubiera muchos astrónomos en la antigua Babilonia, pero sólo estos pocos se encaminaron y siguieron la estrella que habían reconocido como la de la promesa, que muestra el camino hacia el verdadero Rey y Salvador. Podemos decir que eran hombres de ciencia, pero no solo en el sentido de que querían saber muchas cosas: querían algo más. Querían saber cuál es la importancia de ser hombre. Posiblemente habían oído hablar de la profecía del profeta pagano Balaán: «Avanza la constelación de Jacob, y sube el cetro de Israel» (Nm 24,17). Ellos profundizaron en esa promesa. Eran personas con un corazón inquieto, que no se conformaban con lo que es aparente o habitual. Eran hombres en busca de la promesa, en busca de Dios. Y eran hombres vigilantes, capaces de percibir los signos de Dios, su lenguaje callado y perseverante. Pero eran también hombres valientes a la vez que humildes: podemos imaginar las burlas que debieron sufrir por encaminarse hacia el Rey de los Judíos, enfrentándose por eso a grandes dificultades. No consideraban decisivo lo que algunos, incluso personas influyentes e inteligentes, pudieran pensar o decir de ellos. Lo que les importaba era la verdad misma, no la opinión de los hombres. Por eso afrontaron las renuncias y fatigas de un camino largo e inseguro. Su humilde valentía fue la que les permitió postrarse ante un niño de pobre familia y descubrir en él al Rey prometido, cuya búsqueda y reconocimiento había sido el objetivo de su camino exterior e interior.
Queridos amigos, en todo esto podemos ver algunas características esenciales del ministerio episcopal. El Obispo debe de ser también un hombre de corazón inquieto, que no se conforma con las cosas habituales de este mundo sino que sigue la inquietud del corazón que lo empuja a acercarse interiormente a Dios, a buscar su rostro, a conocerlo mejor para poder amarlo cada vez más. El Obispo debe de ser también un hombre de corazón vigilante que perciba el lenguaje callado de Dios y sepa discernir lo verdadero de lo aparente. El Obispo debe de estar lleno también de una valiente humildad, que no se interese por lo que la opinión dominante diga de él, sino que sigua como criterio la verdad de Dios, comprometiéndose por ella: «opportune – importune». Debe de ser capaz de ir por delante y señalar el camino. Ha de ir por delante siguiendo a aquel que nos ha precedido a todos, porque es el verdadero pastor, la verdadera estrella de la promesa: Jesucristo. Y debe de tener la humildad de postrarse ante ese Dios que haciéndose tan concreto y sencillo contradice la necedad de nuestro orgullo, que no quiere ver a Dios tan cerca y tan pequeño. Debe de vivir la adoración del Hijo de Dios hecho hombre, aquella adoración que siempre le muestra el camino.
La liturgia de la ordenación episcopal recoge lo esencial de este ministerio con ocho preguntas dirigidas a los que van a ser consagrados, y que comienzan siempre con la palabra: «Vultis? – ¿queréis?». Las preguntas orientan a la voluntad mostrándole el camino a seguir. Quisiera aquí mencionar brevemente algunas de las palabras clave de esa orientación, y en las que se concreta lo que poco antes hemos reflexionado sobre los Magos en la fiesta de hoy. La misión de los obispos es «predicare Evangelium Christi», «custodire» y «dirigere», «pauperibus se misericordes praebere» e «indesinenter orare». El anuncio del evangelio de Jesucristo, el ir delante y dirigir, custodiar el patrimonio sagrado de nuestra fe, la misericordia y la caridad hacia los necesitados y pobres, en la que se refleja el amor misericordioso de Dios por nosotros y, en fin, la oración constante son características fundamentales del ministerio episcopal. La oración constante significa no perder nunca el contacto con Dios; sentirlo en la intimidad del corazón y ser así inundados por su luz. Solo el que conoce personalmente a Dios puede guiar a los demás hacia él. Solo el que guía a los hombres hacia Dios, los lleva por el camino de la vida.
El corazón inquieto, del que hemos hablado evocando a san Agustín, es el corazón que no se conforma en definitiva con nada que no sea Dios, convirtiéndose así en un corazón que ama. Nuestro corazón está inquieto con relación a Dios y no deja de estarlo aun cuando hoy se busque, con «narcóticos» muy eficaces, liberar al hombre de esta inquietud. Pero no solo estamos inquietos nosotros, los seres humanos, con relación a Dios. El corazón de Dios está inquieto con relación al hombre. Dios nos aguarda. Nos busca. Tampoco él descansa hasta dar con nosotros. El corazón de Dios está inquieto, y por eso se ha puesto en camino hacia nosotros, hacia Belén, hacia el Calvario, desde Jerusalén a Galilea y hasta los confines de la tierra. Dios está inquieto por nosotros, busca personas que se dejen contagiar de su misma inquietud, de su pasión por nosotros. Personas que lleven consigo esa búsqueda que hay en sus corazones y, al mismo tiempo, que dejan que sus corazones sean tocados por la búsqueda de Dios por nosotros. Queridos amigos, esta era la misión de los apóstoles: acoger la inquietud de Dios por el hombre y llevar a Dios mismo a los hombres. Y esta es vuestra misión siguiendo las huellas de los apóstoles: dejaros tocar por la inquietud de Dios, para que el deseo de Dios por el hombre se satisfaga.
Los Magos siguieron la estrella. A través del lenguaje de la creación encontraron al Dios de la historia. Ciertamente, el lenguaje de la creación no es suficiente por sí mismo. Solo la palabra de Dios, que encontramos en la sagrada Escritura, les podía mostrar definitivamente el camino. Creación y Escritura, razón y fe han de ir juntas para conducirnos al Dios vivo. Se ha discutido mucho sobre qué clase de estrella fue la que guió a los Magos. Se piensa en una conjunción de planetas, en una Super nova, es decir, una de esas estrellas muy débiles al principio pero que debido a una explosión interna produce durante un tiempo un inmenso resplandor; en un cometa, y así sucesivamente. Que los científicos sigan discutiéndolo. La gran estrella, la verdadera Super nova que nos guía es el mismo Cristo. Él es, por decirlo así, la explosión del amor de Dios, que hace brillar en el mundo el enorme resplandor de su corazón. Y podemos añadir: los Magos de Oriente, de los que habla el evangelio de hoy, así como generalmente los santos, se han convertido ellos mismos poco a poco en constelaciones de Dios, que nos muestran el camino. En todas estas personas, el contacto con la palabra de Dios ha provocado, por decirlo así, una explosión de luz, a través de la cual el resplandor de Dios ilumina nuestro mundo y nos muestra el camino. Los santos son estrellas de Dios, que dejamos que nos guíen hacia aquel que anhela nuestro ser. Queridos amigos, cuando habéis dado vuestro «sí» al sacerdocio y al ministerio episcopal, habéis seguido la estrella Jesucristo. Y ciertamente han brillado también para vosotros estrellas menores, que os han ayudado a no perder el camino. En las letanías de los santos invocamos a todas estas estrellas de Dios, para que brillen siempre para vosotros y os muestren el camino. Al ser ordenados obispos estáis llamados a ser vosotros mismos estrellas de Dios para los hombres, a guiarlos en el camino hacia la verdadera luz, hacia Cristo. Recemos por tanto en este momento a todos los santos para que siempre podáis cumplir vuestra misión mostrando a los hombres la luz de Dios. Amén.
SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR
Basílica Vaticana, Jueves 6 de enero de 2011
Queridos hermanos y hermanas:
En la solemnidad de la Epifanía la Iglesia sigue contemplando y celebrando el misterio del nacimiento de Jesús salvador. En particular, la fiesta de hoy subraya el destino y el significado universales de este nacimiento. Al hacerse hombre en el seno de María, el Hijo de Dios vino no sólo para el pueblo de Israel, representado por los pastores de Belén, sino también para toda la humanidad, representada por los Magos. Y la Iglesia nos invita hoy a meditar y orar precisamente sobre los Magos y sobre su camino en busca del Mesías (cf. Mt 2, 1-12). En el Evangelio hemos escuchado que los Magos, habiendo llegado a Jerusalén desde el Oriente, preguntan: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Hemos visto su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo» (v. 2). ¿Qué clase de personas eran y qué tipo de estrella era esa? Probablemente eran sabios que escrutaban el cielo, pero no para tratar de «leer» en los astros el futuro, quizá para obtener así algún beneficio; más bien, eran hombres «en busca» de algo más, en busca de la verdadera luz, una luz capaz de indicar el camino que es preciso recorrer en la vida. Eran personas que tenían la certeza de que en la creación existe lo que podríamos definir la «firma» de Dios, una firma que el hombre puede y debe intentar descubrir y descifrar. Tal vez el modo para conocer mejor a estos Magos y entender su deseo de dejarse guiar por los signos de Dios es detenernos a considerar lo que encontraron, en su camino, en la gran ciudad de Jerusalén.
Ante todo encontraron al rey Herodes. Ciertamente, Herodes estaba interesado en el niño del que hablaban los Magos, pero no con el fin de adorarlo, como quiere dar a entender mintiendo, sino para eliminarlo. Herodes es un hombre de poder, que en el otro sólo ve un rival contra el cual luchar. En el fondo, si reflexionamos bien, también Dios le parece un rival, más aún, un rival especialmente peligroso, que querría privar a los hombres de su espacio vital, de su autonomía, de su poder; un rival que señala el camino que hay que recorrer en la vida y así impide hacer todo lo que se quiere. Herodes escucha de sus expertos en las Sagradas Escrituras las palabras del profeta Miqueas (5, 1), pero sólo piensa en el trono. Entonces Dios mismo debe ser ofuscado y las personas deben limitarse a ser simples peones para mover en el gran tablero de ajedrez del poder. Herodes es un personaje que no nos cae simpático y que instintivamente juzgamos de modo negativo por su brutalidad. Pero deberíamos preguntarnos: ¿Hay algo de Herodes también en nosotros? ¿También nosotros, a veces, vemos a Dios como una especie de rival? ¿También nosotros somos ciegos ante sus signos, sordos a sus palabras, porque pensamos que pone límites a nuestra vida y no nos permite disponer de nuestra existencia como nos plazca? Queridos hermanos y hermanas, cuando vemos a Dios de este modo acabamos por sentirnos insatisfechos y descontentos, porque no nos dejamos guiar por Aquel que está en el fundamento de todas las cosas. Debemos alejar de nuestra mente y de nuestro corazón la idea de la rivalidad, la idea de que dar espacio a Dios es un límite para nosotros mismos; debemos abrirnos a la certeza de que Dios es el amor omnipotente que no quita nada, no amenaza; más aún, es el único capaz de ofrecernos la posibilidad de vivir en plenitud, de experimentar la verdadera alegría.
Los Magos, luego, se encuentran con los estudiosos, los teólogos, los expertos que lo saben todo sobre las Sagradas Escrituras, que conocen las posibles interpretaciones, que son capaces de citar de memoria cualquier pasaje y que, por tanto, son una valiosa ayuda para quienes quieren recorrer el camino de Dios. Pero, afirma san Agustín, les gusta ser guías para los demás, indican el camino, pero no caminan, se quedan inmóviles. Para ellos las Escrituras son una especie de atlas que leen con curiosidad, un conjunto de palabras y conceptos que examinar y sobre los cuales discutir doctamente. Pero podemos preguntarnos de nuevo: ¿no existe también en nosotros la tentación de considerar las Sagradas Escrituras, este tesoro riquísimo y vital para la fe la Iglesia, más como un objeto de estudio y de debate de especialistas que como el Libro que nos señala el camino para llegar a la vida? Creo que, como indiqué en la exhortación apostólica Verbum Domini, debería surgir siempre de nuevo en nosotros la disposición profunda a ver la palabra de la Biblia, leída en la Tradición viva de la Iglesia (n. 18), como la verdad que nos dice qué es el hombre y cómo puede realizarse plenamente, la verdad que es el camino a recorrer diariamente, junto a los demás, si queremos construir nuestra existencia sobre la roca y no sobre la arena.
Pasemos ahora a la estrella. ¿Qué clase de estrella era la que los Magos vieron y siguieron? A lo largo de los siglos esta pregunta ha sido objeto de debate entre los astrónomos. Kepler, por ejemplo, creía que se trataba de una «nova» o una «supernova», es decir, una de las estrellas que normalmente emiten una luz débil, pero que pueden tener improvisamente una violenta explosión interna que produce una luz excepcional. Ciertamente, son cosas interesantes, pero que no nos llevan a lo que es esencial para entender esa estrella. Debemos volver al hecho de que esos hombres buscaban las huellas de Dios; trataban de leer su «firma» en la creación; sabían que «el cielo proclama la gloria de Dios» (Sal 19, 2); es decir, tenían la certeza de que es posible vislumbrar a Dios en la creación. Pero, al ser hombres sabios, sabían también que no es con un telescopio cualquiera, sino con los ojos profundos de la razón en busca del sentido último de la realidad y con el deseo de Dios, suscitado por la fe, como es posible encontrarlo, más aún, como resulta posible que Dios se acerque a nosotros. El universo no es el resultado de la casualidad, como algunos quieren hacernos creer. Al contemplarlo, se nos invita a leer en él algo profundo: la sabiduría del Creador, la inagotable fantasía de Dios, su infinito amor a nosotros. No deberíamos permitir que limiten nuestra mente teorías que siempre llegan sólo hasta cierto punto y que —si las miramos bien— de ningún modo están en conflicto con la fe, pero no logran explicar el sentido último de la realidad. En la belleza del mundo, en su misterio, en su grandeza y en su racionalidad no podemos menos de leer la racionalidad eterna, y no podemos menos de dejarnos guiar por ella hasta el único Dios, creador del cielo y de la tierra. Si tenemos esta mirada, veremos que el que creó el mundo y el que nació en una cueva en Belén y sigue habitando entre nosotros en la Eucaristía son el mismo Dios vivo, que nos interpela, nos ama y quiere llevarnos a la vida eterna.
Herodes, los expertos en las Escrituras, la estrella. Sigamos el camino de los Magos que llegan a Jerusalén. Sobre la gran ciudad la estrella desaparece, ya no se ve. ¿Qué significa eso? También en este caso debemos leer el signo en profundidad. Para aquellos hombres era lógico buscar al nuevo rey en el palacio real, donde se encontraban los sabios consejeros de la corte. Pero, probablemente con asombro, tuvieron que constatar que aquel recién nacido no se encontraba en los lugares del poder y de la cultura, aunque en esos lugares se daban valiosas informaciones sobre él. En cambio, se dieron cuenta de que a veces el poder, incluso el del conocimiento, obstaculiza el camino hacia el encuentro con aquel Niño. Entonces la estrella los guió a Belén, una pequeña ciudad; los guió hasta los pobres, hasta los humildes, para encontrar al Rey del mundo. Los criterios de Dios son distintos de los de los hombres. Dios no se manifiesta en el poder de este mundo, sino en la humildad de su amor, un amor que pide a nuestra libertad acogerlo para transformarnos y ser capaces de llegar a Aquel que es el Amor. Pero incluso para nosotros las cosas no son tan diferentes de como lo eran para los Magos. Si se nos pidiera nuestro parecer sobre cómo Dios habría debido salvar al mundo, tal vez responderíamos que habría debido manifestar todo su poder para dar al mundo un sistema económico más justo, en el que cada uno pudiera tener todo lo que quisiera. En realidad, esto sería una especie de violencia contra el hombre, porque lo privaría de elementos fundamentales que lo caracterizan. De hecho, no se verían involucrados ni nuestra libertad ni nuestro amor. El poder de Dios se manifiesta de un modo muy distinto: en Belén, donde encontramos la aparente impotencia de su amor. Y es allí a donde debemos ir y es allí donde encontramos la estrella de Dios.
Así resulta muy claro también un último elemento importante del episodio de los Magos: el lenguaje de la creación nos permite recorrer un buen tramo del camino hacia Dios, pero no nos da la luz definitiva. Al final, para los Magos fue indispensable escuchar la voz de las Sagradas Escrituras: sólo ellas podían indicarles el camino. La Palabra de Dios es la verdadera estrella que, en la incertidumbre de los discursos humanos, nos ofrece el inmenso esplendor de la verdad divina. Queridos hermanos y hermanas, dejémonos guiar por la estrella, que es la Palabra de Dios; sigámosla en nuestra vida, caminando con la Iglesia, donde la Palabra ha plantado su tienda. Nuestro camino estará siempre iluminado por una luz que ningún otro signo puede darnos. Y también nosotros podremos convertirnos en estrellas para los demás, reflejo de la luz que Cristo ha hecho brillar sobre nosotros. Amén.

Solemnidad de la Epifanía del Señor

Solemn. de la Epifanía del Señor

La adoración de los Magos
Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: —¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo. Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: —En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el Profeta: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel.» Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: —Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño, y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino” (Mateo 2,1-12).

I. Hoy celebra la Iglesia la manifestación de Jesús al mundo entero, y en los Magos están representadas las gentes de toda lengua y nación que se ponen en camino, para adorar a Jesús. Ellos se alegran con un gozo incontenible al encontrar a Jesús: nosotros aprendemos de ellos en primer lugar que todo reencuentro con el camino que nos conduce a Jesús está lleno de alegría. Nosotros tenemos, quizá, el peligro de no darnos cuenta cabal de lo cerca que está el Señor de nuestra vida, “porque Dios se nos presenta bajo la insignificante apariencia de un trozo de pan...” (J LECLERQ, Siguiendo el año litúrgico). Muchos de los habitantes de Belén vieron en Jesús a un niño semejante a los demás. Los Magos supieron ver en Él al Niño Jesús, y le adoraron (Mateo 2, 11). Saben que es el Mesías. Nosotros hemos de estar atentos porque el Señor se nos manifiesta en lo habitual de cada día, y sabemos que Jesús, presente en el Sagrario, es el mismo a quien encontraron estos hombres sabios en brazos de María, y nosotros, también lo adoramos.
II. Los Magos abrieron sus cofres y le ofrecieron presente: oro, incienso y mirra (Mateo 2, 11). Nosotros también le ofrecemos “el oro fino del desprendimiento del dinero y de los medios materiales” (J ESCRIVÁ DE BALAGUER, Camino), el incienso de “los deseos, que suben hasta el Señor, de llevar una vida noble, de la que se desprenda el bonus odor Christi (2 Corintios 2, 15), el perfume de Cristo..., que se advierte entre los hombres no por la llamarada de un fuego de ocasión, sino por la eficacia de un rescoldo de virtudes: La justicia, la lealtad, la fidelidad, la comprensión, la generosidad, la alegría” (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa). Y con los Magos, ofrecemos también mirra, porque Dios encarnado tomará sobre sí nuestras enfermedades y cargará nuestros dolores. La mirra es nuestra mortificación, que está muy relacionada con la alegría, con la caridad, con hacer la vida agradable a los demás. Diariamente hacemos nuestra ofrenda al Señor, porque cada día podemos tener un encuentro con Él en la Santa Misa y en la Comunión.
III. Nosotros hemos visto la estrella de una llamada de Dios, y llevamos esa luz interior, consecuencia de tratar cada día a Jesús; y sentimos por eso la necesidad de hacer que muchos hombres se acerquen al Señor. La Epifanía nos recuerda que debemos poner todos los medios para que nuestros amigos, familiares y colegas se acerquen a Jesús. Nosotros le pedimos hoy a los Santos Reyes que nos enseñen el camino que lleva a Cristo para que cada día le llevemos nuestras ofrendas. Y también le pedimos a nuestra Estrella, la Virgen María, que nos muestre el sendero que conduce a Cristo

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.