martes, 24 de abril de 2012


MIÉRCOLES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA: Jesús, pan de vida y auténtica libertad más allá de la muerte

Hechos de los apóstoles 8, 1-8: “Y Saulo consentía en su muerte.
En aquel día se desató una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén, y todos fueron esparcidos por las regiones de Judea y de Samaria, con excepción de los apóstoles.
2 Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban, e hicieron gran lamentación por él. 3 Entonces Saulo asolaba a la iglesia. Entrando de casa en casa, arrastraba tanto a hombres como a mujeres y los entregaba a la cárcel. 4 Entonces, los que fueron esparcidos anduvieron anunciando la palabra. 5 Y Felipe descendió a la ciudad de Samaria y les predicaba a Cristo. 6 Cuando la gente oía y veía las señales que hacía, escuchaba atentamente y de común acuerdo lo que Felipe decía. 7 Porque de muchas personas salían espíritus inmundos, dando grandes gritos, y muchos paralíticos y cojos eran sanados; 8 de modo que había gran regocijo en aquella ciudad.

Salmo responsorial: 65, 1-3a.4-5.6-7ª: 1 Aclamad a Dios con alegría, toda la tierra. 2 Cantad la gloria de su nombre; poned gloria en su alabanza. 3 Decid a Dios: ¡Cuán asombrosas son tus obras! 4 Toda la tierra te adorará, y cantará a ti; cantarán a tu nombre. 5 Venid, y ved las obras de Dios, temible en hechos sobre los hijos de los hombres. 6 Volvió el mar en seco; por el río pasaron a pie; allí en Él nos alegramos. 7 Él señorea con su poder para siempre; Sus ojos atalayan sobre las naciones;

Evangelio según san Juan 6, 35-40: “Jesús continuó hablando a la gente: Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed. Sin embargo, vosotros, como ya os he dicho, aun viendo lo que habéis visto, no creéis. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad del que me ha enviado, a saber: que no se pierda nada de lo que me dio sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”.

Comentario: 1. a) “Se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén”... y fue el comienzo de la gran «expansión» misionera del evangelio. Cuando parece que todo se pierde, que la Iglesia será exterminada, entonces en la más negra noche amanece Dios… así pasará con el terrible Saulo, que se levantará luego como san Pablo y Apóstol de las gentes. Aparecen los mártires de la fe. Para el mártir, la pérdida de la vida por dar testimonio de Jesús es una ganancia, pues gana la vida eterna. Pero es también una gran ganancia para la Iglesia que recibe así nuevos hijos, impulsados a la conversión por el ejemplo del mártir y ve que se renuevan los hijos que ya tiene desde hace tiempo. Juan Pablo II se muestra convencido de ello cuando, en el año del Gran Jubileo, decía en su discurso en el Coliseo durante la conmemoración de los mártires del siglo XX: «Permanezca viva, en el siglo y el milenio que acaban de comenzar, la memoria de estos nuestros hermanos y hermanas. Es más, ¡que crezca! ¡Que se transmita de generación en generación, para que de ella brote una profunda renovación cristiana!». La Iglesia, tal como Jesús la ha querido, llevará el evangelio hasta los «confines de la tierra», y los mártires con su sufrimiento son semilla de nuevos cristianos. El milagro de Pentecostés está siempre haciéndose, por eso podemos rezar: Señor, una vez más, agranda nuestros corazones a las dimensiones de tu proyecto universal. Que el evangelio sea proclamado. Concede a todos los cristianos de todos los tiempos no considerarse jamás como unos poseedores privilegiados... sino como responsables. En el día del juicio, Señor, Tú me pedirás cuenta de ese evangelio que he «guardado» sin haberlo «difundido».
-“Los que se habían dispersado iban por todas partes anunciando la Buena Nueva de la Palabra. Felipe bajó a una ciudad de Samaria y les predicó a Cristo”. Como los demás, Felipe, otro diácono, -como Esteban- ha huido. Su camino pasa por Samaria. Recordemos que los judíos despreciaban a los samaritanos (Jn 4,9; 8,48). Jesús había roto ya ese estrecho cerco al convertir a una Samaritana. Y les había anunciado: «Los campos blanquean ya para la siega...» eran promesa de cosechas abundantes en el mundo pagano (Jn 4,35-40). La multitud unánime escuchaba con atención las palabras de Felipe. Efectivamente, Felipe «ha predicado a Jesús» y, contrariamente a lo que podía pensarse, su predicación obtiene un gran éxito en ese mundo nuevo que no está enfundado en sus propias certezas y apriorismos. Libéranos, Señor, de nuestros a priori. Que nuestras ideas sobre Dios no nos impidan ver lo que Tú quieres que vayamos descubriendo. La Palabra de Dios se transmite por palabras de hombres. Yo también he de repetir la Palabra divina a mi manera, con mi temperamento personal, con palabras de mi época y de mi ambiente. El problema del lenguaje es uno de los grandes problemas de la transmisión de la buena nueva. Para decir las cosas eternas, hay que encontrar las palabras de HOY... que correspondan a la cultura de los hombres de HOY.
-“¡Y hubo una gran alegría en aquella ciudad!” «La alegría». Signo evangélico. Cuando la Palabra de Dios es anunciada en «palabras de hombres», esto provoca una gran alegría. ¡Ah Señor!, te ruego por tu Iglesia, que sea siempre una fuente de alegría, un lugar festivo, de una fiesta interior... con mirada de alegría (Noel Quesson).
b) Veamos este ambiente de alegría en la dificultad. Saulo persigue a los cristianos, ya en dispersión la comunidad de Jerusalén. Los apóstoles se quedan.Parecía que esto iba a ser un golpe mortal para la Iglesia, y no lo fue. La comunidad se hizo más misionera y la fe en Cristo se empezó a extender por Samaria y más lejos: «los prófugos iban difundiendo la Buena Noticia» El día de la Ascensión Jesús les había anunciado que iban a ser sus testigos primero en Jerusalén, luego en toda Judea, en Samaria, y hasta los confines del mundo (Hch 1,8). Ahora lo empiezan a realizar. Uno de los diáconos helénicos, Felipe, es el que asume la evangelización en Samaria, y «la ciudad se llenó de alegría». Aunque no lo leemos hoy sabemos que la predicación de Felipe atrajo a muchos al Bautismo, y entonces los apóstoles Pedro y Juan bajaron de Jerusalén a completar esta iniciación, imponiendo las manos y dando el Espíritu a los bautizados por Felipe. No habría que asustarse demasiado, con visión histórica, por las dificultades y persecuciones que sufre la comunidad cristiana. Siempre las ha experimentado y siempre ha prevalecido. Para aquella comunidad de Jerusalén, lo que parecía que iba a ser el principio del final, fue la gran ocasión de la expansión del cristianismo. Así ha sucedido cuando en otras ocasiones cruciales de la historia se han visto cerrar las puertas a la Iglesia en alguna dirección: con las invasiones de los pueblos bárbaros y el hundimiento del imperio romano, o con la pérdida de los Estados Pontificios el siglo pasado”, cosa que ha sido providencial para lograr la libertad de la Iglesia. “Siempre ha habido otras puertas abiertas y el Espíritu del Señor ha ido conduciendo a la Iglesia de modo que nunca faltara el anuncio de la Buena Noticia y la vida de sus comunidades como testimonio ante el mundo. Si tenemos fe y una convicción que comunicar, la podremos comunicar, si no es de una manera de otra. Como sucedía en la primera comunidad con los apóstoles y demás discípulos: nadie les logró hacer callar. Si una comunidad cristiana está viva, las persecuciones exteriores no hacen sino estimularla a buscar nuevos modos de evangelizar el mundo. Lo peor es si no son los factores externos, sino su pobreza interior la que hace inerte su testimonio. Lo que a nosotros nos puede parecer catastrófico -los ataques a la Iglesia y sus pastores, la falta de vocaciones, la progresiva secularización de la sociedad, los momentos de tensión- será seguramente ocasión de bien, de purificación, de discernimiento, de renovado empeño de fe y evangelización por parte de la comunidad cristiana, guiada y animada por el Espíritu. Eso sí, también una llamada a la renovación de nuestros métodos de evangelización. Dios escribe recto con líneas que a nosotros nos pueden parecer torcidas” (J. Aldazábal). Todo es para bien, según los designios de Dios lo reconduce todo hacia algo bueno, y así señala san León Magno: «La religión, fundada por el misterio de la Cruz de Cristo, no puede ser destruida por ningún género de maldad. No se disminuye la Iglesia por las persecuciones, antes al contrario, se aumenta. El campo del Señor se viste entonces con una cosecha más rica. Cuando los granos que caen mueren, nacen multiplicados».
2. El salmista convoca a todos los pueblos a alabar a Dios (v. 1): «Aclamad a Dios toda la tierra». Esto indica la gloria que se debe a Dios porque es bueno para todos El deber del hombre de alabar a Dios es parte de la ley de la creación y, por tanto, se exige a todas las criaturas. Es también una predicción de la conversión de los gentiles a la fe de Cristo; llegará el día en que todos los países de la tierra alabarán al Dios verdadero. El salmista quiere ser pródigo en alabar a Dios y desea que paguen a Dios el tributo de adoración todas las naciones de la tierra y no sólo la tierra de Israel. Hemos de ser fervientes y celosos en publicar las alabanzas de Dios como quienes no se avergüenzan de su Maestro. Esto se implica en el verbo que indica alabar con clamor, con gritos de júbilo. Luego predice (v. 4) que lo harán: «Toda la tierra te adorará» Le cantarán y salmodiarán a su nombre, es decir, a Él. Dice a su nombre porque nada podemos añadir a la gloria esencial de Dios, sino sólo a su gloria externa, a la declaración de su gloria por la que Él se da a conocer. Se nos invita después (v. 5) a venir y ver las obras de Dios, pues ellas mismas le alaban, lo hagamos nosotros o no; y la razón por la que no le alabamos más y mejor es porque no observamos dichas obras con la debida atención y el espíritu apropiado. Veamos, pues, las obras de Dios, y hablemos de ellas no sólo a otros, sino también a Él (v. 3): «Decid a Dios: ¡Cuán pavorosas son tus obras!». Las obras de Dios son tan portentosas en sí mismas que infunden pavor, un asombro profundo y religioso; y así habría que considerarlas. Uno de nuestros deberes primordiales para con Dios es un temor reverencial a su Providencia. Esas obras son beneficiosas para el pueblo de Dios (v. 6). Cuando Israel salió de Egipto, Dios convirtió el mar en tierra seca delante de ellos, lo cual les animó a marchar por el desierto bajo la conducción y guía de Dios; y, cuando entraron en Canaán, para darles ánimo en las guerras que se avecinaban, dividió delante de ellos las aguas del Jordán, y por el río pasaron a pie seco. Los gozos de nuestros padres son también nuestros, y debemos considerarnos partícipes de ellos juntamente con nuestros antepasados. Con sus obras portentosas, Dios se enseñorea de las naciones (hay quienes aplican el versículo 7 a la época de los Jueces): «Él señorea con su poder para siempre; sus ojos atalayan sobre las naciones». Su brazo se impone sobre todos, por lo que el salmista está seguro de que los rebeldes no levantarán cabeza (v. 7c). Esta frase podría traducirse también, y quizá mejor, en imperativo: «¡No se enaltezcan los rebeldes!», los que desafían a Dios (Is. 37,23; comentario tomado de www.adorador.com).
3. “El «discurso del Pan de la vida» que Jesús dirige a sus oyentes el día siguiente a la multiplicación de los panes, en la sinagoga de Cafarnaum, entra en su desarrollo decisivo. Esta catequesis de Jesús tiene dos partes muy claras: una que habla de la fe en Él, y otra de la Eucaristía. En la primera afirma «yo soy el Pan de vida»: en la segunda dirá «yo daré el Pan de vida». Ambas están íntimamente relacionadas, y forman parte de la gran página de catequesis que el evangelista nos ofrece en torno al tema del pan. Hoy escuchamos la primera (repetimos de ayer, el v. 35: «yo soy el pan de vida»). Los verbos que emplea son «el que viene a mí», «el que cree en mí», «el que ve al Hijo y cree en Él». Se trata de creer en el enviado de Dios. Aquí se llama Pan a Cristo no en un sentido directamente eucarístico, sino más metafórico: a una humanidad hambrienta, Dios le envía a su Hijo como el verdadero Pan que le saciará. Como también se lo envía como la Luz, o como el Pastor. Luego pasará a una perspectiva más claramente eucarística, con los verbos «comer» y «beber». El efecto del creer en Jesús es claro: el que crea en Él «no pasará hambre», «no se perderá», «lo resucitaré el último día», «tendrá vida eterna».
La presentación de Jesús por parte del evangelista también nos está diciendo a nosotros que necesitamos la fe como preparación a la Eucaristía. Somos invitados a creer en Él, antes de comerle sacramentalmente. Ver, venir, creer: para que nuestra Eucaristía sea fructuosa, antes tenemos que entrar en esta dinámica de aceptación de Cristo, de adhesión a su forma de vida. Por eso es muy bueno que en cada misa, antes de tomar parte en «la mesa de la Eucaristía», comiendo y bebiendo el Pan y el Vino que Cristo nos ofrece, seamos invitados a recibirle y a comulgar con Él en «La mesa de la Palabra», escuchando las lecturas bíblicas y aceptando como criterios de vida los de Dios. El que nos prepara a «comer» y «beber» con fruto el alimento eucarístico es el mismo Cristo, que se nos da primero como Palabra viviente de Dios, para que «veamos», «vengamos» y «creamos» en Él. Así es como tendremos vida en nosotros. Es como cuando los discípulos de Emaús le reconocieron en la fracción del pan, pero reconocieron que ya «ardía su corazón cuando les explicaba las Escrituras». La Eucaristía tiene pleno sentido cuando se celebra en la fe y desde la fe. A su vez, la fe llega a su sentido pleno cuando desemboca en la Eucaristía. Y ambas deben conducir a la vida según Cristo. Creer en Cristo. Comer a Cristo. Vivir como Cristo” (J. Aldazábal).
a) En los orígenes, el hombre quiso probar el árbol de la vida para hacerse como Dios. Y lo que era fuente de vida se convirtió en veneno: en lugar de recibir su alimento por gracia, el hombre quiso producir él mismo su felicidad. El hombre fue arrojado del paraíso, porque quería vivir sobre su propia tierra, la que construiría él sólo. "¡Al que venga a mí, no lo echaré fuera!". Al escuchar la palabra de Jesús encontramos la tierra de nuestros orígenes. Jesús llama para recibir la gracia y el perdón, y nosotros somos reintroducidos en el jardín para gustar del fruto del árbol. El lo atrae todo a sí: plantada en el corazón del mundo, su cruz es el nuevo árbol de la vida en el que todo hombre puede encontrar su nacimiento. "Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio".
El árbol de la cruz está plantado fuera de los muros de la ciudad, sobre una colina, porque "muchos pasaban por allí", y el nombre que salva está escrito en griego, en hebreo y en latín, para que cada cual conozca en su propia lengua la maravilla de Dios: los brazos de Jesús están abiertos a todos, porque el amor de Dios es para todos.  La salvación es universal, pues no hay justos: todos son enfermos y todos están llamados a la curación. Para que el árbol dé fruto en abundancia, el grano tuvo que ser arrojado al surco del Gólgota. La Palabra de gracia sólo podrá germinar sembrada en las lágrimas y en la sangre. La Vida no podrá salir victoriosa sino después de haber estado aprisionada en una tumba. Una violenta persecución estalló contra la Iglesia de Jerusalén; los que se dispersaron fueron a extender por todas partes la Buena Noticia.
"Si el grano no muere, no puede dar fruto" (Jn 12,24). En cristiano, no hay más que una ley de crecimiento: la de la vida entregada, la de la esperanza que asume el riesgo, la del comenzar de nuevo, una y otra vez, desde la sola confianza en la fidelidad del Espíritu. El árbol no tiene otra razón de ser que no sea la de dar cobijo a los hombres que buscan la vida. Sólo podrá crecer si hay hombres y mujeres que son fieles hoy a la ley del crecimiento del Reino: si entregan su vida al amor gratuito e incondicionado, por encima de toda coacción y en la libertad del Espíritu.
Dios y Padre nuestro, no permitas que encerremos tu Palabra en el reducido ámbito de nuestros hábitos, de nuestras certezas y de nuestros sectarismos. Haz que madure en nosotros lo que Tú has sembrado: la libertad del Espíritu, el entusiasmo del renuevo primaveral y el gozo de estar salvados (tomado de “Dios cada día”, Sal terrae).
b) -Yo soy el pan de vida. Jamás ningún profeta había pedido creer en su persona como lo hace Jesús. Incluso Moisés, sólo pedía que creyeran en Yahvé. Jesús, en cambio, pretende algo exorbitante y radical: se presenta como la fuente suprema de salvación, en múltiples fórmulas, que evocan el "Yo soy el que soy" del mismo Dios: “Yo soy el Pan de vida” (Jn 6, 35; 6, 48-50; 6, 51). Yo soy la Luz del mundo (Jn 8, 12; 9, 5). Yo soy la Puerta de las ovejas (Jn 10, 7-9). Yo soy el Buen Pastor (Jn 10, 11-14). Yo soy la Resurrección y la Vida (Jn 11 25). Yo soy la verdadera Viña (Jn 15, 1-5). "Yo soy el Pan." Fórmula de una fuerza extraordinaria, que recuerda –como hemos visto en la 5ª semana de Cuaresma- el nuevo sentido del “Yo soy” anunciado a Moisés, y llevado a plenitud en el “Emmanuel”, “Yo soy con vosotros”. Jesús se identifica a sus enseñanzas: su doctrina es pan, Él mismo es pan... ¡capaz de mitigar nuestra hambre! Esta semana contemplamos la Eucaristía en el discurso de Cafarnaum, y en el trigo molido de Esteban y los primeros cristianos, que son grano de trigo que al morir dan vida a muchos.
-“El que viene a mí ya no tendrá más hambre. Quien cree en mí, jamás tendrá sed”. El paralelismo de las dos frases permite aclarar la una por la otra. El que "viene a Jesús", el que "cree en Jesús" no necesita ir a otra parte para saciarse... ¡ya no tiene más hambre ni sed! Jesús, fuente de equilibrio y de gozo, fuente de sosiego: la mayoría de nuestras tristezas y de nuestros desequilibrios vienen de no saber apoyarnos realmente sobre la roca de la Palabra substancial del Padre que es Jesús. "Creer" y "venir a Jesús", son presentados aquí como equivalentes: con ello se pone en evidencia el hecho de que la fe es una "actitud vital de adhesión a la persona de Cristo", más que ser el "asentimiento intelectual a una suma de verdades dogmáticas abstractas" -si bien una no excluye a la otra.
-“Todos los que el Padre me da vienen a mí, y al que viene a mí Yo no lo echaré fuera”. El Padre quiere verdaderamente "salvar" a los hombres. Él es quien toma la iniciativa: ¡"los que el Padre me da"! Pero hay también la parte de "correspondencia" en el hombre: es la Fe, que Jesús traduce por la expresión "Venir a Él".
-“Porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me envió”. "Venir a Jesús", es imitarle, es reproducir su actitud. Cumplir la Voluntad de Dios, es un alimento espiritual. Podríamos decir que esto comporta dos exigencias:
-meditar la Palabra de Dios, alimentarse de su pensamiento... Es la oración.
-para poder someterse en los detalles a su Voluntad sobre nosotros... Es la acción.
Minuto tras minuto, algunos quereres divinos están escondidos en nuestras vidas cotidianas. Como para Jesús, el cumplimiento de esta voluntad de Dios es el único camino de la santidad y del gozo total. Corresponder a Dios por la Fe es ya "estar en comunión" con Él.
-“Y esta es la voluntad del Padre, que Yo no pierda a ninguno de los que Él me ha dado… que Yo les resucite a todos en el último día; pues la voluntad de mi Padre es que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga la vida eterna”. Contemplo detenidamente esta "voluntad" del Padre... y hago mi oración a partir de esto (Noel Quesson), y pedimos hoy al Padre: «Concédenos tener parte en la herencia eterna de tu Hijo resucitado» (oración).
c) Vamos a ahondar más en este último aspecto, hacer la voluntad del Padre, diciéndole a Jesús: “Eres la persona más libre, porque eres la Verdad, y la verdad os hará libres. Tú conoces todo y puedes escoger lo mejor con plena libertad, no como el engañado, o el ignorante, o el que está cegado por sus pasiones. Tú, que escoges con la libertad más plena y escoges lo mejor, escoges la obediencia. ¿Por qué? Parece un contrasentido: eres el ser más inteligente y más libre, eres Dios, y escoges no hacer tu voluntad, sino obedecer. ¿Es eso libertad? Jesús, sabes bien que sí, porque sabes a quién obedeces: no hay nada más inteligente que obedecer a Dios, pues Él sólo busca mi bien y además sabe mejor que yo cómo conseguirlo. En la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo también más libre. No hay verdadera libertad sino en el servicio del bien y de la justicia. La elección de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad y conduce a «la esclavitud del pecado» (cf Rm 6,17). Jesús, a veces tengo ganas de ir por mi cuenta, buscándome a mí mismo: lo que me gusta, lo que me interesa, lo que «necesito». Incluso el ambiente actual quiere hacerme creer que así soy más libre, porque decido lo que yo quiero, y no lo que quiere otro. Que me dé cuenta de lo estúpida que es esta postura. Cuando busco hacer tu voluntad, también decido lo que yo quiero, sólo que decido mejor. “Nos quedamos removidos, con una fuerte sacudida en el corazón, al escuchar atentamente aquel grito de San Pablo: «ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación». Hoy, una vez más me lo propongo a mí, y os lo recuerdo también a vosotros y a la humanidad entera: ésta es la Voluntad de Dios, que seamos santos. Para pacificar las almas con auténtica paz, para transformar la tierra, para buscar en el mundo y a través de las cosas del mundo a Dios Señor Nuestro, resulta indispensable la santidad personal” (San Josemaría Escrivá). Jesús, Tú has venido a hacer la voluntad del Padre Celestial y me has dado ejemplo de obediencia hasta en los momentos más difíciles. Ahora me pides que siga ese ejemplo; que mi gran objetivo sea la fidelidad a esa voluntad de Dios para mí que se me va manifestando día a día: mi santidad personal. Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación.
Pero, ¿cómo conocer la Voluntad de Dios? Lo primero es estar lo más unido posible a Él. ¿Cómo? Buscando unos momentos al día para tratarle, para pensar en Él, para pedirle cosas, para darle gracias. Así actuabas Tú, Jesús. Siempre encontrabas la forma de retirarte un poco de la muchedumbre para rezar. Rezar: éste es el gran secreto para unirse a Dios. La oración es fundamental en mi camino hacia la santidad.
Y hay tres tipos de oración: la oración mental, que son estos minutos dedicados a hablar contigo; la oración vocal, que es rezar oraciones ya hechas, entre la que destaca el Rosario; y la oración habitual, que es hacerlo todo en presencia de Dios, convertirlo todo en oración: el estudio, el trabajo, el descanso, el deporte, la diversión, etc... Ayúdame a decir sinceramente cada día: hoy, una vez más, me propongo luchar por cumplir tu Voluntad, luchar por ser santo, luchar por convertir todo mi día en oración (Pablo Cardona), y así, como pedimos en la Postcomunión, «que la participación en los sacramentos de nuestra redención nos sostenga durante la vida presente, y nos dé las alegrías eternas».
Y San Agustín nos dice: «“No he venido a hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”. Ésta es la mejor recomendación de la humildad. La soberbia hace su voluntad, la humildad hace la voluntad de Dios. Por eso, “al que se llega a Mí no lo arrojaré fuera”. ¿Por qué? “No he venido a hacer mi voluntad sino la voluntad del que me envió”. Yo he venido humilde, yo he venido a enseñar la humildad, yo soy el maestro de la humildad. El que se llega a Mí se incorpora a Mí; el que se llega a Mí será humilde, porque no hace su voluntad, sino la de Dios. «Esa es la causa de que no se le arroje fuera; estaba arrojado fuera cuando era soberbio... Se entrega Él mismo al que conserva la humildad y Él mismo lo recibe; y, en cambio, el que no la conserva está distantísimo del Maestro de la humildad. “Que no se pierda nada de lo que me dio”. No es, pues, voluntad de mi Padre que perezca uno solo de estos pequeñuelos. De entre los que se engríen no dejará de haber alguien que perezca; en cambio, de entre los humildes no se dará el caso de perecer uno solo... El que se llega a Mí resucita ahora hecho humilde, como uno de mis miembros; pero yo lo resucitaré también en el día postrero según la carne». Pienso que estamos hechos para lo sublime, la belleza, lo divino, y a imagen de Dios tenemos la inteligencia (afán de posesión de la verdad), el amor (sobre todo necesidad de sentirnos amados) y la libertad (para comprometernos, con la esperanza de llegar al Todo, más allá de la muerte). Jesús es esta Verdad, este amor que es Vida, y el Camino para esta libertad esperanzada. En resumen, este árbol de la vida, pan de vida. 

lunes, 23 de abril de 2012



MARTES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA: con la confianza puesta en el Señor, abandonamos en Él nuestro espíritu y todas nuestras cosas. La fe nos hace ver incluso en las contrariedades que todo será para bien

1ª Lectura: Hechos 7,51-60;8,1: 51 Hombres de cabeza dura e incircuncisos de corazón y de oídos, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como fueron vuestros padres, así sois también vosotros. 52 ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Mataron a los que predijeron la venida del Justo, del cual vosotros ahora sois los traidores y asesinos; 53 vosotros, que habéis recibido la ley por ministerio de los ángeles, y no la habéis guardado». 54 Al oír esto estallaban de rabia sus corazones, y rechinaban los dientes contra él. 55 Pero él, lleno del Espíritu Santo, con los ojos fijos en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios, 56 y dijo: «Veo los cielos abiertos y al hijo del hombre de pie a la derecha de Dios». 57 Ellos, lanzando grandes gritos, se taparon los oídos y se lanzaron todos a una sobre él; 58 lo llevaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos habían dejado sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo. 59 Mientras lo apedreaban, Esteban oró así: «Señor Jesús, recibe mi espíritu». 60 Y puesto de rodillas, gritó con fuerte voz: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado». Y diciendo esto, expiró. Saulo aprobaba este asesinato. 1 Aquel día se desencadenó una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén; y todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría.

Salmo Responsorial 31,3-4.6-8.17-21: 3 atiéndeme, ven corriendo a liberarme; sé tú mi roca de refugio, la fortaleza de mi salvación; 4 ya que eres tú mi roca y mi fortaleza, por el honor de tu nombre, condúceme tú y guíame; 6 En tus manos encomiendo mi espíritu; tú me rescatarás, Señor, Dios verdadero. 7 Aborrezco a los que adoran ídolos vanos, pero yo he puesto mi confianza en el Señor; 8 tu amor ser mi gozo y mi alegría, porque te has fijado en mi miseria y has comprendido la angustia de mi alma; 17 mira a tu siervo con ojos de bondad y sálvame por tu amor. 21 tú los guardas al amparo de tu rostro, lejos de las intrigas de los hombres; tú los cobijas en tu tienda lejos de las lenguas mordaces.

Evangelio Jn 6,30-35: 30 Le replicaron: «¿Qué milagros haces tú para que los veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? 31 Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo». 32 Jesús les dijo: «Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo; mi Padre es el que os da el verdadero pan del cielo. 33 Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo». 34 Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan». 35 Jesús les dijo: «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.

Comentario: 1. Este discurso, el más largo de los Hechos, resume la historia de Israel hasta la Redención de Jesús. Los que escucharon fueron duros, como a menudo yo, Señor, “soy «duro», «me encierro en mí mismo»... en lugar de dejarme dócilmente conducir por tu Espíritu hacia nuevos horizontes, hacia conversiones profundas, las que Tú deseas para todos nosotros.
a) -Esteban, lleno del Espíritu Santo, los ojos mirando al cielo vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios. Danos, Señor, esa mirada interior que nos hace «ver» a Dios, por el Espíritu.
Esteban, hombre fogoso, contestatario, discutidor vigoroso, es también un hombre de vida interior, contemplativo, un visionario que saca sus ideas, sus palabras, sus actos, de su oración contemplativa.
-«Veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre en pie a la diestra de Dios». Efectivamente, ¡Jesús está vivo, resucitado, exaltado! Y Esteban vive con El, vive de El. Es el tiempo pascual. Es en esta visión, alimentada ciertamente por la eucaristía que Esteban saca su fuerza y su certidumbre. A partir de esto, ¡nada puede detenerle! Reflexiono: Jesús, ¿es alguien para mí? ¿Tengo intimidad, compañerismo con El?
-Gritando fuertemente, se taparon los oídos y empezaron a apedrearle... Habían puesto sus vestidos a los pies de un joven, llamado Saulo. En una explosión de furor, se le conduce a la muerte. ¡Saulo de Tarso está allí! Pronto cambiará su nombre por el de Pablo. Toda su vida conservará el recuerdo de sus persecuciones a los cristianos. Estaba allí aquel día en que mataban a un hombre a pedradas. Desde aquel día debió de hacerse la pregunta: «¿De dónde le viene esa valentía?» ¿Hay a mi alrededor paganos, no-creyentes, indiferentes, que observan mi vivir? ¿Es mi vida una pregunta, una interpelación para ellos? ¿Pueden adivinar que hay un secreto en mi vida «una mirada fija en el cielo?»
-Mientras lo apedreaban, Esteban rogaba: «Señor, no les tengas en cuenta ese pecado.» Esta muerte es admirable. Como su maestro Jesús, Esteban perdona. Es la víctima que «ama» a sus verdugos, y «ruega» por ellos, como había pedido Jesús. ¿A quién tengo que perdonar?” (Noel Quesson). San Efrén: «Es evidente que los que sufren por Cristo gozan de la gloria de toda la Trinidad. Esteban vio al Padre y a Jesús situado a su derecha, porque Jesús se aparece sólo a los suyos, como a los Apóstoles después de la resurrección. Mientras el Campeón de la fe permanecía sin ayuda en medio de los furiosos asesinos del Señor, llegado el momento de coronar al primer mártir, vio al Señor, que sostenía una corona en la mano derecha, como si se animara a vencer la muerte y para indicarle que Él asiste interiormente a los que van a morir por su causa. Revela, por tanto, lo que ve, es decir, los cielos abiertos, cerrados a Adán y vueltos a abrir solamente a Cristo en el Jordán, pero abiertos también después de la Cruz a todos los que conllevan el dolor de Cristo y en primer lugar a este hombre. Observad que Esteban revela el motivo de la iluminación de su rostro, pues estaba a punto de contemplar esta visión maravillosa. Por eso se mudó en la apariencia de un ángel, a fin de que su testimonio fuera más fidedigno».
b) La fe nos ayuda a ver que todas las cosas de la tierra, incluso los problemas y las cosas malas, por culpa nuestra o sin ella, nos ayudan a una vida mejor, que todo será para bien. Tenemos idea de lo que es bueno y lo malo, pero no tenemos la perspectiva, visión de conjunto de la historia del mundo y cada uno de nosotros. Recuerdo la pregunta que nos hacíamos ante la desgracia de hace unos años en el desastre del tsunami oriental, y es aplicable a cualquier circunstancia histórica “¿Dónde estaba Dios el día del tsunami?” La catástrofe del terremoto submarino (200.000 muertos, cinco millones de personas que perdieron su casa...) es algo muy duro. Además, se necesitaran años para la obra de reconstrucción. ¿Por qué el mal? ¿Por qué el tsunami, tanta muerte y devastación? ¿Cómo es posible que Dios permita todo esto?, y si es bueno, ¿cómo cuida de los hombres? Si es Omnipotente ¿por qué no hace algo? Estas preguntas filosóficas son las que oímos muchos días, las que se hace un niño de 10 años, las que hace una persona mayor. ¿Existe Dios? Mirando el orden del firmamento o la abeja que con sus patas traslada el polen para fecundar las flores, pensando en la armonía de todo lo creado, en el agua que cae en la lluvia y fecunda la tierra para ir al mar y a través de las nubes rehacer el ciclo, pensando en tanta belleza y sobre todo  la maravilla del amor, la riqueza de la memoria, la sed de entender,... sí, es fácil llegar al Dios creador. Pero, ¿qué providencia permite los desastres?
Esta es la gran pregunta. Hay dos soluciones ante esta pregunta: o todo es absurdo o la vida es un misterio. Pero acogernos al misterio no significa dejar de pensar. No. También ahí se me presentan dos opciones: Dios es malo porque yo no entiendo como permitiría esto, o bien Dios es bueno y sabio, pero yo no entiendo de qué va la cosa. Es como aquella historia de un aprendiz de monje que al entrar en el convento le encargaron colaborar en tejer un tapiz. Al cabo de varios días, dijo de golpe: "no aguanto más, esto es insoportable, trabajar con un hilo amarillo tejiendo en una maraña de nudos, sin belleza alguna, ni ver nada. ¡Me voy!..." El maestro de novicios le dijo: "ten paciencia, porque ves las cosas por el lado que se trabaja, pero sólo se ve tu trabajo por el otro lado", y le llevó al otro lado de la gran estructura del andamio, y se quedó boquiabierto. Al mirar el tapiz contempló una escena bellísima: el nacimiento de Jesús, con la Virgen y el Santo Patriarca, con los pastores y los ángeles... y el hilo de oro que él había tejido, en una parte muy delicada del tapiz: la corona del niño Jesús. Y entendió que formamos parte de un designio divino, el tapiz de la historia, que se va tejiendo sin que veamos nunca por completo lo que significa lo que vemos, su lugar en el proyecto divino. No lo veremos totalmente hasta que pasemos al otro lado, cuando muramos a esta vida y pasemos a la otra.
Los judíos y cristianos, al ver los desastres humanos y naturales en la historia, han creído en que aquello tenía un sentido escondido; la confianza en Dios ha pasado por encima del diluvio, y la destrucción de Sodoma y Gomorra, etc. Él es siempre refugio y fortaleza: "Por ello, no tememos aunque tiembla la tierra o se derrumban los montes en el mar, aunque bramen las olas, y tiemblen los montes con su fuerza. El Señor... está con nosotros" (Salmo 45).
No somos los cristianos insensibles al sufrimiento, basta ver la respuesta de caritas, que en España recaudó enseguida el doble de dinero en ayudas que las que prometía el gobierno. Pero no aceptamos que sea absurdo, pensamos que tiene un sentido escondido. De hecho Jesús no vino a quitar el sufrimiento, sino a llenarlo de contenido, al dejarse clavar en la cruz. Y enseñó incluso que los que lloran son bienaventurados porque serán consolados (Mt 5, 4). De manera que el mal es un problema difícil de resolver, pero ante él toda la tradición cristiana es una respuesta de afirmación de que donde la cabeza no entiende, el amor encuentra un sentido escondido cuando se ve con la fe  que Dios no quiere el mal, pero deja que los acontecimientos fluyan, procurando en su providencia que todo concurra hacia el bien: todo es para bien, para los que aman a Dios. Aunque cósmicamente defectuoso, dice el Cardenal George Pell, Arzobispo de Sydney, el mundo “va hacia la perfección. Dios ha dado la libertad a sus criaturas, que puede ser usada para fines malvados, mientras que la naturaleza avanza y cambia, por el contrario, según reglas fijas. Es inexacto decir que el tsunami ha sido un acto de Dios porque no ha sido Dios quien ha provocado este desastre. Podríamos preguntarnos porque Dios no ha creado un mundo más perfecto, porque permite tanto sufrimiento. No lo sabemos. El mal continúa siendo un misterio, pero nosotros estamos llamados a combatirlo, y el mal es sólo una parte de nuestra historia”.
No es correcto ver un sentido de castigo a lo que ha pasados a esos pueblos. No, las olas no han matado caprichosamente, no han hecho ninguna distinción. Pero siempre nace en nuestro interior, junto al sin-sentido del mal que requiere una re-ordenación divina, una justicia celestial, un lugar donde vayan los justos, donde no sufran ya más. Seguía diciendo el prelado: “Para los ateos no existe una explicación. Por ellos la vida es pura fortuna, sin ningún objetivo. Sólo un Dios bueno pide y da un sentido al amor universal y puede hacer cuadrar todos los sufrimientos humanos en la próxima vida. Ahora nuestra tarea es llevar a la práctica este amor que nosotros profesamos y ofrecer ayuda a los supervivientes".
2. Este salmo, que leemos en viernes santo, también es apropiado para este mártir que se une a la cruz de Jesús con las palabras: "Padre; en tus manos encomiendo mi espíritu". Karl Rahner comentaba estas palabras (Lc 23,46): “¡Oh Jesús, el más abandonado de todos los hombres! Oh corazón traspasado de dolor, estás al final. He aquí el final, en el que todo es arrancado, hasta el alma misma, el libre arbitrio entre aceptación o rechazo, y en el que el hombre ya no se pertenece a sí mismo…
Son las señales de la muerte. ¡Pero quién o qué cosa despoja así? ¿La nada? ¿El destino ciego? ¿La naturaleza implacable? No. Es el Padre, es el Dios de sabiduría y amor.
He aquí por qué te abandonas así. Con toda la confianza te entregas a estas suaves manos invisibles, que para nosotros, incrédulos y aferrados a nuestro yo, son las garras crueles del destino ciego de la muerte.
Tú sabes que son las manos del Padre, y tus ojos oscurecidos por la muerte todavía ven al Padre, se miran en los ojos serenos de su amor, cuando la boca pronuncia la última palabra de tu vida: "Padre, en tus manos entrego mi espíritu”.
Todo lo das al que todo te dio. ¡Todo lo depositas, sin garantía ni restricción, en las manos de tu Padre! ¿Es mucho, y cuán pesado y amargo! Lo que constituía el peso de tu vida, tuviste que cargarlo tú solo: los hombres con su dureza, tu misión, tu cruz, el fracaso y la muerte.
Pero, ahora, terminaste de cargar todo esto, pues se te ha concedido entregarlo todo, incluyéndote a ti mismo, en las manos del Padre. ¡Todo! ¡Estas manos cargan todo muy bien, con mucha dulzura! Manos de madre.
Se encierra sobre tu alma, como nosotros encerramos un pajarito, con precaución y cariño entre las palmas de las manos. Ahora nada pesa, todo es suave, todo es luz y gracia, todo es seguridad, al abrigo del corazón de Dios, en donde se pueden enjugar las lágrimas de dolor, en cuanto el Padre, como un anciano, enjuga las mejillas del Hijo.
Oh Jesús, ¿entregarás también algún día mi pobre alma y mi pobre cuerpo en las manos del Padre? Deposita, entonces, todo, el peso de mi vida y de mis pecados, no en la balanza de la justicia, sino en las manos del Padre.
¿A dónde huir, en dónde ocultarme, sino junto a ti, mi hermano en la amargura, que sufriste toda la pena por causa de mis pecados? ¡Mira! Hoy vengo a ti; me arrodillo ante tu cruz; beso los pies que sangraron por seguirme, sin desviación y sin ruido, durante el trayecto desordenado de mi vida. Abrazo tu cruz, Maestro de eterno amor, corazón de todos los corazones, corazón traspasado, corazón paciente, infinitamente bueno.
Ten piedad de mí. Recíbeme en tu amor. Y cuando llegue el final de mi peregrinación, cuando el día decline y las sombras de la muerte me envuelvan, pronuncia una vez más, en mi último instante, tu última palabra: "Padre, entrego su alma en tus manos" ¡Oh buen Jesús! Amén”.
–En tus manos encomiendo mi espíritu. Palabra que en Cristo encuentran plenitud de sentido: el abandono, el sufrimiento, la confianza, la liberación. Invitación a todos los creyentes a una apertura total a Dios que revela los prodigios de su misericordia protectora. Por eso empleamos el Salmo 3, en el que se insertan estas palabras: «Señor, sé la Roca de mi refugio, un baluarte donde me salve, Tú que eres mi Roca y mi baluarte, por tu nombre dirígeme y guíame. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu; Tú el Dios leal, me librarás; yo confío en el Señor. Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría. Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia. En el asilo de tu presencia nos escondes de las conjuras humanas».
 “Habiendo puesto este salmo "en labios" de Jesús, hay que ponerlo "en nuestros propios labios", repetirlo por cuenta nuestra, y para el mundo de hoy. ¡Hay tantos enfermos, en los hogares y en los hospitales! ¡Tantos perseguidos, tantos despreciados, tantas personas consideradas como "cosas"! ¡Tantos aislados, abandonados! Pero vayamos hasta el fin del salmo, y repitamos también la acción de gracias” (Noel Quesson).
“"Tú eres mi Dios". Tú eres el Creador; yo no soy sino un poquito de polvo en tus manos. Puedes configurarme a tu antojo o dejarme reducido a la nada. Y, con todo, eres mi Dios; sí, mío, yo te tengo, me perteneces. No me has creado para luego abandonarme, sino que te ocupas de mí. Es cierto que riges al mundo entero, pero él no te preocupa más que yo: "Tú eres mi Dios; mis días están en tus manos"” (Emiliana Löhr).
Al comienzo del salmo estamos tensos, inseguros, aprensivos: el salmista está encerrado en sí mismo. Podemos obsesionarnos, preocuparnos, estamos en tensión… (vv. 2-5). Es el hombre literalmente atrapado en sus propias redes. En-si-mismado. Y este ensimismamiento es una cárcel, una prisión; el hombre, preso de sí mismo; y en un calabozo no hay sino sombras y fantasmas. Por eso está asustado: tendencias subjetivas, obsesiones, complejos de inferioridad, manías persecutorias, inclinaciones pesimistas... fulano no me escribe, ¿qué le habrán dicho de mí?; aquella amiga no me ha mirado, ¿por qué será?; aquí ya nadie me quiere, están pensando mal de mí, etc. ¡Cómo sufre la gente, y tan sin motivo! La explicación de fondo, repetimos, es que estas personas están encerradas en sí mismas como en una prisión. Cuando el hombre se encuentra consigo mismo, en sí mismo, se siente tan inseguro, tan precario y tan infeliz que es difícil evitar el asalto de miedo, el cual, a su vez, engendra los fantasmas.
En el versículo 6, el salmista despierta, ¡gran verbo de liberación! Toma conciencia de su situación de encierro, y sale ¡otro verbo de liberación! Toda liberación es siempre una salida. El salmista se suelta de sí mismo -estaba preso de sí- y salta a otra órbita, a un Tú. «A tus manos encomiendo mi espíritu» (v. 6). Y, al colocarse en ese otro «mundo», en ese otro «espacio», como por arte de magia se derrumban los muros de la cárcel, se ensanchan los horizontes y desaparecen las sombras. Amaneció la libertad: «Tú, el Dios leal, me librarás» (v. 6). Me librarás, ¿de qué? De los enemigos. ¿Qué enemigos? De aquellos que fundamentalmente eran «hijos» del miedo. Y, aun cuando antes hubieran sido objetivos, el mal del enemigo es el miedo del enemigo, o mejor, es el miedo el que constituye y declara como enemigos a las cosas adversas. Pero, al situarse el hombre en el «espacio» divino, al experimentar a Dios como roca y fuerza, se esfuma el miedo y, como consecuencia, desaparecen los enemigos. He ahí el itinerario de la libertad.
«Yo confío en el Señor» (v. 7). Confiar, ¡precioso verbo! En todo acto de confianza hay un salir de sí mismo, un soltar tensiones y un entregar al otro las llaves de la propia casa, como quien extiende un cheque en blanco. En un salto más audaz, la libertad se encarama sobre un pináculo mucho más elevado: «tu misericordia», expresión entrañable, sinónimo en el Antiguo Testamento de lealtad, gracia, amor (más exactamente, presencia amante), «es mi gozo y mi alegría» (v. 8). No solamente a los fantasmas se los llevó el viento y a los miedos se los tragó la tierra, sino que el salmista se baña en el océano de la Bienaventuranza: paz, alegría, seguridad, casi júbilo. Y, para colmo de tanta dicha, en los siguientes versículos viene a decir: cuando las aguas ya me llegaban al cuello y sentía que me ahogaba, tú me mirabas atenta y solícitamente, revoloteando sobre mí como el águila madre; no has permitido que las sombras me devoraran ni me alcanzaran las manos de mis enemigos, sino que, por el contrario, has colocado mis pies en un camino anchuroso, iluminado por la libertad (vv. 8-9).
La libertad profunda, esa libertad tejida de alegría y seguridad, consiste en que «brille tu rostro sobre tu siervo» (v. 17), en «caminar a la luz de su rostro» (Sal 89), en experimentar que Dios es mi Dios. Entonces, las angustias se las lleva el viento, y los enemigos rinden sus armas por el poder de «su misericordia» (v. 17), ya que los enemigos se albergan en el corazón del hombre: en tanto son enemigos en cuanto se los teme; y el temor tiene su asiento en el interior del hombre, pero el Señor nos libra del temor.
Y cuando desaparece el temor, «los malvados bajan mudos al abismo» (v. 18). ¿Quiénes eran esos malvados? Ahora se sabe: viento y nada. ¿En qué quedaron sus amenazas e «insolencias»? En un sonido de flautas. ¿Qué fue de los «labios mentirosos»? Quedaron enmudecidos (v. 19).
A medianoche, la tierra está cubierta de tinieblas. Llega la alborada y desaparecen las tinieblas. ¿Dónde se ocultaron? En ninguna parte. Al salir el sol, «se descubrió» que las tinieblas no eran tales, sino vacío y mentira. No de otro modo, al brillar el sol en los abismos del hombre, se comprueba que el miedo y sus «hijos» naturales no eran sino entes subjetivos, carentes de fundamento real. El Señor nos ha librado verdaderamente de nuestros enemigos.
No faltarán las conjuras humanas, las flechas envenenadas, las lenguas viperinas (v. 21). Pero a «los que a ti se acogen» (v. 20) «los escondes en el asilo de tu presencia» (v. 21). Expresión altamente preciosa, y analíticamente precisa. Quiero decir que, para quienes se dejan envolver vivamente por la presencia divina, esa presencia se transformará en refugio y abrigo (un abrigo anti-balas); para quienes se acogen a El, Dios será una presencia inmunizadora. Lloverán las flechas, pero se estrellarán contra el abrigo de quien ha confiado, y ni siquiera rozarán su piel: está inmunizado por la Presencia envolvente; Dios mismo es quien lo envuelve y lo cubre, haciéndolo insensible a los dardos (“Salmos para la vida”). Es la protección que pedimos en la Colecta: «Señor, tú que abres las puertas de tu reino a los que han renacido del agua y del Espíritu. Acrecienta la gracia que has dado a tus hijos, para que purificados del pecado alcancen todas tus promesas». Y en el Ofertorio: «Recibe, Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo; y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno». Esperanza que se renueva en la Comunión: «Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él. Aleluya» (Rm 6,8) y en la Postcomunión: «Mira, Señor, con bondad a tu pueblo, y ya que has querido renovarnos con estos sacramentos de vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa».
Comenta San Ambrosio: «¿A qué  fin pides, oh judío, que te conceda el pan Aquél que lo da a todos, lo da a diario, lo da siempre? En ti mismo está el recibir este pan: acércate a este pan y lo recibirás. De este pan está dicho: “Todos los que se alejan de ti perecerán” (Sal 72,27). Si te alejares de Él, perecerás. Si te acercares a Él, vivirás. Este es el pan de la vida; así pues, el que come la vida no puede morir. Porque, ¿cómo morirá aquél para quien el manjar es la vida? ¿Cómo desfallecerá el que tuviere sustancia vital?
«Acercaos a Él y saciaos, porque es pan. Acercaos a Él y bebed, porque es fuente. Acercaos a Él y seréis iluminados (Sal 33,6), porque es luz (Jn 1,9). Acercaos a Él y sed libres, porque donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad (2 Cor 3,17). Acercaos a Él y sed absueltos, porque es perdón de los pecados (Ef 1,7). ¿Preguntáis quién es éste? Oídle a Él mismo que dice: “Yo soy el Pan de Vida; el que viene a Mí no tendrá hambre; y el que cree en Mí no pasará nunca sed” (Jn 6,35). Le oísteis y le visteis y no le creísteis; por eso estáis muertos; ahora siquiera, creed para que podáis vivir».

3. –Juan 6,30-35: No fue Moisés, sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. Como en otros pasajes del Evangelio, Jesús hace pasar a sus oyentes del sentido material al espiritual. De este modo llegamos al culmen de la revelación de Jesús, cuando éste proclama: «Yo soy el Pan de Vida». Comenta San Ambrosio: «¿A qué  fin pides, oh judío, que te conceda el pan Aquél que lo da a todos, lo da a diario, lo da siempre? En ti mismo está el recibir este pan: acércate a este pan y lo recibirás. De este pan está dicho: “Todos los que se alejan de ti perecerán” (Sal 72,27). Si te alejares de Él, perecerás. Si te acercares a Él, vivirás. Este es el pan de la vida; así pues, el que come la vida no puede morir. Porque, ¿cómo morirá aquél para quien el manjar es la vida? ¿Cómo desfallecerá el que tuviere sustancia vital? «Acercaos a Él y saciaos, porque es pan. Acercaos a Él y bebed, porque es fuente. Acercaos a Él y seréis iluminados (Sal 33,6), porque es luz (Jn 1,9). Acercaos a Él y sed libres, porque donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad (2 Cor 3,17). Acercaos a Él y sed absueltos, porque es perdón de los pecados (Ef 1,7). ¿Preguntáis quién es éste? Oídle a Él mismo que dice: “Yo soy el Pan de Vida; el que viene a Mí no tendrá hambre; y el que cree en Mí no pasará nunca sed” (Jn 6,35). Le oísteis y le visteis y no le creísteis; por eso estáis muertos; ahora siquiera, creed para que podáis vivir» (Exposición sobre el Salmo 118,28).
Dios, en su Hijo Jesús, nos dio el verdadero Pan del cielo para saciar nuestra hambre y sed de vida eterna. Quien se alimenta es porque quiere continuar viviendo. Pero el alimento temporal sólo prolonga nuestra vida por un poco de tiempo. El Señor Jesús nos da vida eterna. Quien lo acepte tendrá esa vida, quien lo rechace habrá perdido la oportunidad de vivir eternamente, pues no hay otro camino, ni otro nombre en el cual podamos salvarnos. Pero tener la vida no significa sólo gozarla de un modo egoísta; la vida es como un fruto que los demás deben disfrutar, pues, junto con ellos, estaremos trabajando para que todos vivan con mayor dignidad y se encaminen, también con nosotros, a la posesión de los bienes definitivos que Dios nos ofreció por medio de su propio Hijo, que vino a alimentar nuestra fe, a levantar nuestra esperanza y a hacer arder nuestros corazones con el fuego de su amor. Alimentémonos de Cristo para poder alimentar al mundo, convertidos en pan de vida y dejando de ser, para él, un pan venenoso, podrido o deteriorado.
Señor, danos siempre de ese Pan. Sí, porque nosotros queremos entrar en una relación personal y amorosa con el Señor de la historia. A partir de nuestra comunión de Vida con Él entraremos también en comunión con la Misión que el Padre Dios le encomendó: salvar al mundo entero por medio del amor llevado hasta el extremo. El Señor nos alimenta con su propio Ser. Nosotros, a partir de entrar en comunión de vida con Él, somos transformados en Él, de tal forma que su Iglesia se convierte en un signo visible y creíble de la encarnación del Hijo de Dios. A nosotros, por tanto, corresponde continuar la obra de salvación de Dios en el mundo. Pero no lo hacemos bajo nuestras propias luces ni bajo nuestra propia iniciativa, ni con nuestras propias fuerza. Es el Señor quien continúa su obra por medio nuestro. Por eso aprendamos a confiarnos totalmente a Él. Abramos nuestros oídos y nuestro corazón para que su Palabra sea sembrada en nosotros y produzca frutos abundantes de salvación; sólo entonces seremos realmente un signo profético del amor salvador de Dios para el mundo.
Quienes hemos entrado en comunión de vida con el Señor estamos obligados a hacerlo presente, con todo su poder salvador, en el mundo. No podemos conformarnos con sólo darle culto al Señor. El verdadero hombre de fe vive totalmente comprometido con la historia para convertirse en un auténtico fermento de santidad en el mundo. Proclamar el Nombre de Dios en la diversidad de ambientes en que se desarrolla la vida de los Cristianos nos ha de llevar a no sólo dar testimonio del Señor con las palabras, ni sólo con una vida personal íntegra, sino a trabajar para que vayan desapareciendo las estructuras de maldad y de pecado en el mundo. Si cerramos nuestros labios ante las injusticias, si no somos capaces de fortalecer las manos cansadas y las rodillas vacilantes, si no volvemos a encender la mecha de la fe y del amor que ya sólo humea, si no somos capaces de devolver la esperanza a las cañas resquebrajadas para que vuelvan a la vida y produzcan frutos abundantes de buenas obras, estaremos fallando gravemente a la misión que Dios confió a su Iglesia. No tengamos miedo ante las amenazas de morir aplastados por los demás; el Señor nos envió a perdonar, a amar y a salvar y no a condenar, ni a destruirnos unos y otros. Aprendamos de Cristo en la cruz lo que es el amor hasta el extremo y lo que es saber perdonar a pesar de las más grandes traiciones u ofensas. Sólo el amor, finalmente, será lo único creíble, en la presencia de Dios, al final de nuestra vida, pues con él habremos sido un alimento de esperanza, de fe y de amor para aquellos que vivían en tierra de sombras y de muerte, y que necesitaban de una Iglesia realmente comprometida con el Señor, para hacerlo presente con todo su poder salvador entre ellos.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, convertirnos, por nuestra unión verdadera a Cristo, en un auténtico alimento de vida eterna para el hombre de nuestro tiempo, hasta que finalmente estemos, junto con Él, sentados a la diestra de Dios Padre todopoderoso. Amén (www.homiliacatolica.com; textos tomados de mercaba.org).

domingo, 22 de abril de 2012


LUNES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA: con la aceptación de Jesús realizamos en la fe la obra de Dios

1ª lectura, Hechos 6,8-15: 8 Esteban, por su parte, lleno de gracia y de poder, realizaba grandes prodigios y milagros en el pueblo. 9 Unos cuantos de la sinagoga llamada de los Libertos, de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban; 10 pero no podían resistir la sabiduría y el espíritu con que hablaba. 11 Entonces sobornaron a unos hombres para que dijeran: «Nosotros hemos oído a éste decir blasfemias contra Moisés y contra Dios». 12 Con esto amotinaron al pueblo, a los ancianos y a los maestros de la ley, los cuales se echaron sobre él, lo prendieron y lo llevaron al tribunal supremo. 13 Después presentaron testigos falsos, que dijeron: «Este hombre no cesa de decir palabras contra este lugar santo y contra la ley; 14 le hemos oído decir que ese Jesús, el Nazareno, destruirá este lugar y cambiará las costumbres que nos transmitió Moisés». 15 Entonces todos los que estaban sentados en el tribunal clavaron sus ojos en él y vieron su rostro como el rostro de un ángel.

Salmo Responsorial, 119,23-24.26.29: 23 aunque los jefes se reúnan y deliberen contra mí, tu siervo medita en tus decretos; 24 tus decretos hacen mis delicias, ellos son mis consejeros. 26 Te he contado mis andanzas y tú me has escuchado: enséñame tus decretos; 27 señálame el camino de tus mandamientos y yo meditaré en tus maravillas. 29 Aleja de mí el camino de la mentira y dame la gracia de tu ley; 30 he elegido el camino de la verdad y he preferido tus sentencias.

Evangelio, Jn 6,22-29:  22 Al día siguiente la gente, que se había quedado a la otra parte del lago, notó que allí había sólo una barca y que Jesús no había subido a ella con sus discípulos, pues éstos se habían ido solos. 23 Entretanto, llegaron otras barcas de Tiberíades y atracaron cerca de donde habían comido el pan después que el Señor dio gracias. 24 Cuando la gente vio que no estaban allí ni Jesús ni sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. 25 Lo encontraron al otro lado del lago, y le dijeron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?». 26 Jesús les contestó: «Os aseguro que no me buscáis porque habéis visto milagros, sino porque habéis comido pan hasta hartaros. 27 Procuraos no el alimento que pasa, sino el que dura para la vida eterna; el que os da el hijo del hombre, a quien Dios Padre acreditó con su sello». 28 Le preguntaron: «¿Qué tenemos que hacer para trabajar como Dios quiere?». 29 Jesús les respondió: «Lo que Dios quiere que hagáis es que creáis en el que él ha enviado».

Comentario: 1. En esta semana, durante tres días, la primera lectura nos hace revivir la actuación admirable del diácono Esteban. Elegido por Dios y por el pueblo para ser servidor de los demás en  la comunidad, aparece ante nosotros como un espejo de vida en el que podemos mirarnos todos los discípulos de Jesús. Él, perseverando en su fidelidad hasta el fin, fue coronado (Apocalipsis).  Él, llegado el momento final en la cercanía de Dios, nos invita a bendecir todas las obras del Señor, a suplicar perdón por nuestras miserias, y a perdonar a cuantos nos ofenden. Él, ofreciéndose por todos, es ejemplo del amor que sirve a los demás, del amor que se entrega en fidelidad, del amor que perdona y ve los cielos abiertos. Apreciemos que la vida se alegra y ennoblece sólo con amor, y que sólo faltando el amor se convierte en un infierno de amarguras. A su vez, escuchando el texto evangélico que nos ofrece la escena de la “multiplicación de los panes”, acojamos con una profunda reflexión el misterio de “Jesucristo, pan de vida”. Él, uno de esos primeros «diáconos» («Diácono» = "servidor" en griego), no teme predicar a Cristo a esos «Judíos de lengua griega», originarios, como él, del extranjero. Es un modelo de la audacia en el desarrollo del cristianismo primitivo, y el primer mártir de la Iglesia. Su rostro “como de un ángel” recuerda el de Moisés al bajar del Sinaí (Ex 34,29-35) que reflejaba la gloria de Dios, como dice S. Juan Crisóstomo: “era la gracia, era la gloria de Moisés. Me parece que Dios le había revestido de este resplandor porque quizá tenía algo que decir, y para atemorizarles con su solo aspecto. Pues es posible, muy posible, que las figuras llenas de gracia celestial sean amables a los ojos de los amigos y terribles ante los adversarios”. También a nosotros, a veces, nos pasará, como a Esteban, que nos encontramos en medio de un mundo hostil al mensaje cristiano. Y no es extraño que nos asalte la tentación de ocultar nuestro testimonio, para no tener dificultades. Haremos bien en rezar con convicción el salmo de hoy: «dichoso el que camina con vida intachable». El cristiano tiene que seguir los caminos del evangelio, y no los de este mundo, que muchas veces son opuestos: «aunque los nobles se sientan a murmurar de mí, tu siervo medita tus leyes... apártame del camino falso y dame la gracia de tu voluntad». Probablemente no tendremos ocasión de pronunciar discursos elocuentes ante las autoridades o las multitudes. Nuestra vida es el mejor testimonio y el más elocuente discurso, si se conforma a Cristo Jesús, si de veras «rechazamos lo que es indigno del nombre cristiano y cumplimos lo que en él se significa» (oración del día). Creer en Cristo es un venturoso esfuerzo, audacia, riesgo, aventura. Es eso y mucho más. No cabe duda. ¿Podría decirse incluso que es una sinrazón porque nos pone en manos de Dios, más allá de lo que perciben nuestra inteligencia y nuestros sentidos? ¡Cuidado! Sinrazón no. Creer en algo más allá de nuestros sentidos es algo muy positivo, admirable, delicioso, fascinante, aunque sorprendente y arriesgado. Es como tener luz en medio de la niebla. Ahí está su valor. Sólo los valientes lo alcanzan. “Creer en Cristo, el enviado del Padre”, es un trabajo de alma generosa, abierta, esperanzada, sensible, y “agrada a Dios”. Si ese don, la fe, lo hemos recibido ya, démosle gracias. Si no, abrámosle las puertas de nuestro corazón. Trabajo y amor.
2. –Acertadamente cantamos ahora el Salmo 118, en algunos de sus versos, pues encaja perfectamente en todo lo referente a San Esteban. Una señal de que hemos resucitado con Cristo es nuestra vida intachable. Renacidos en Cristo por el Espíritu, fortalecidos por el pan que ha bajado del Cielo y permanece por siempre, cumplimos la voluntad del Padre: «Dichoso el que camina con vida intachable. Aunque los nobles se sientan a murmurar de mí, tu siervo medita tus leyes; tus preceptos son mi delicia, tus decretos son mis consejeros. Te expliqué mi camino y me escuchaste; enséñame tus leyes; instrúyeme en el camino de tus decretos, y meditaré tus maravillas. Apártame del camino falso, y dame la gracia de tu voluntad; escogí el camino verdadero, deseé tus mandamientos».
Blaise Pascal recitaba diariamente este Salmo, que es el más amplio de todos; mientras que el teólogo Dietrich Bonhoeffer lo convertía en oración viva y actual escribiendo: «Indudablemente el Salmo 118 es largo y monótono, pero nosotros tenemos que ir palabra por palabra, frase por frase, lenta y pacientemente. Descubriremos entonces que las aparentes repeticiones son en realidad aspectos nuevos de una misma realidad: el amor por la Palabra de Dios. Como este amor no puede tener nunca fin, tampoco tienen fin las palabras que lo confiesan. Pueden acompañarnos por toda nuestra vida. En su sencillez se convierten en la oración del niño, del hombre, del anciano». Decía Juan Pablo II: “El hecho de repetir, además de ayudar la memoria con el canto coral, se convierte en un camino para estimular la adhesión interior y el abandono confiado entre los brazos de Dios invocado y amado. De las repeticiones del Salmo 118 queremos señalar una que es sumamente significativa. Cada uno de los 176 versículos que conforman esta alabanza de la Torá, es decir de la Ley y la Palabra divina, contiene al menos una de las ocho palabras con las que se define la Torá misma: ley, palabra, testimonio, juicio, dicho, decreto, precepto, orden. Se celebra así la Revelación divina, que es revelación del misterio de Dios, así como guía moral para la existencia del fiel. Dios y el hombre están, de este modo, unidos en un diálogo compuesto de palabras y de obras, de enseñanzas, de escucha, de verdad y de vida”...
3. Durante toda la semana leeremos el Capítulo 6 de san Juan: "Discurso sobre el Pan de Vida". Esta larga discusión con sus oyentes, Jesús la desarrolló al "día siguiente" de los dos milagros de la multiplicación de los panes y la marcha sobre las aguas... Este "Pan de Vida" tiene un sentido espiritual: "el pan de vida", es "la persona de Jesús y su Palabra", que se asimila por la Fe... pero también es propiamente eucarístico, del principio al fin: el "pan de vida", es la eucaristía, una comida real. Los dos temas van muy unidos: la Fe total en Cristo implica la Fe en su "presencia" en la Eucaristía... La Eucaristía es el misterio de la Fe por excelencia... meditar la Palabra de Jesús por la Fe y comulgar a su Cuerpo se siguen el uno al otro... “Jesús se sirve de la comparación del alimento para hacer comprender lo que El aporta a la humanidad. Hay dos clases de vida y dos clases de alimentos: el alimento corporal, que da una "vida perecedera" y el alimento venido del cielo que ¡da la "vida eterna"! Creado por Dios y para Dios, el hombre tiene hambre y sed de Dios. Nada, fuera de Dios, puede satisfacerle enteramente. Todos los alimentos terrestres perecederos dejan al ser humano insatisfecho.
-"¿Qué hay que hacer para "ejercitarnos en obras del agrado de Dios? Jesús respondió: 'La obra agradable a Dios, es que creáis en Aquel que El os ha enviado." Este alimento esencial del cual el hombre tiene hambre es El mismo, Jesús, enviado por el Padre, y que tomamos ya por la Fe "creyendo en El". Obrar, afanarse, trabajar... esforzarse, para nuestra vida espiritual... es tanto más necesario que "ganarse el pan"” (Noel Quesson).
“La gente busca a Jesús, al día siguiente de la multiplicación de los panes. Pero Jesús les tiene que echar en cara que la motivación de esta búsqueda es superficial: «me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros». Se quedan en el hecho, pero no llegan al mensaje. Como la samaritana que apetecía el agua del pozo, cuando Jesús le hablaba de otra agua. Con sus milagros, Jesús quiere que las personas capten su persona, su misterio, su misión. «Que crean en el que Dios ha enviado». Es admirable, a lo largo del evangelio, ver cómo Jesús, a pesar de la cortedad de sus oyentes, les va conduciendo con paciencia hacia la verdadera fe: «yo soy la luz», «yo soy la vida», «yo soy el Pastor». Aquí, a partir del pan que han comido con gusto, les ayudará a creer en su afirmación: «yo soy el pan que da la vida eterna».
Como Jesús, con pedagogía y paciencia, fue conduciendo a la gente a la fe en él, a partir de las apetencias meramente humanas -el pan para saciar el hambre, el mesianismo humano y político que buscaba Pedro-, también nosotros deberíamos ayudar a nuestros hermanos, jóvenes y mayores, a llegar a captar cómo Jesús es la respuesta de Dios a todos nuestros deseos y valores. Buscar a Jesús porque multiplica el pan humano es flojo, pero es un punto de partida. El hombre de hoy, aunque tal vez no conscientemente, busca felicidad, seguridad, vida y verdad. Como la gente de Cafarnaum, anda bastante desconcertado, buscando y no encontrando respuesta al sentido de su vida. Hay buena voluntad en mucha gente. Lo que necesitan es que alguien les ayude. A veces tienen una concepción pobre de la fe cristiana, por temor o por un sentido meramente de precepto, o por interés: algunos buscan a Dios por los favores que de él esperan, sin buscarle a él mismo. Si nosotros los cristianos, con nuestra palabra y nuestras obras, les ayudamos y les evangelizamos, pueden llegar a entender que la respuesta se llama Jesús, y del pan humano y caduco podrán pasar a apreciar el Pan que es Cristo y el Pan que nos da Cristo. Nosotros, los que celebramos con frecuencia la Eucaristía, ya sabemos distinguir bien entre el pan humano y el Pan eucarístico que es la Carne salvadora de Cristo. Esta conciencia nos debe llevar a una jornada vivida mucho más decididamente en el seguimiento de ese Cristo Jesús que es a la vez nuestro alimento y nuestro Maestro de vida” (J. Aldazábal).
No basta encontrar solución a la necesidad material; hay que aspirar a la plenitud humana, y esto requiere colaboración del hom­bre (trabajad). Han limitado su horizonte: el alimento que se acaba (el pan) da sólo una vida que perece; el que no se acaba (el amor), da vida definitiva. El pan ha de ser expresión del amor. Ellos ven el pan sin comprender el amor, y en Jesús ven al hombre, sin descubrir el Espíritu. Jesús es el Hijo del Hombre portador del Espíritu (sellado por el Padre). Pedimos en la Postcomunión: «Dios todopoderoso y eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has hecho renacer a la vida eterna; haz que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante y que el alimento de salvación que acabamos de recibir fortalezca nuestras vidas». Comenta San Agustín: «Jesús, a continuación del misterio o sacramento milagroso, hace uso de la palabra, con la intención de alimentar, si es posible, a los mismos que ya alimentó; de saciar con su palabra las inteligencias de aquellos cuyo vientre había saciado con pan abundante, pero es con la condición de que lo entiendan y, si no lo entienden, que se recoja para que no perezcan ni las sobras siquiera... “Me buscabais por la carne, no por el Espíritu”. ¡Cuántos hay que no buscan a Jesús sino para que les haga beneficios temporales! Tiene uno un negocio y acude a la mediación de los clérigos; es perseguido otro por alguien más poderoso que él y se refugia en la iglesia. No faltan quienes piden que se les recomiende a una persona ante la que tienen poco crédito.
«En fin, unos por unos motivos y otros por otros, llenan todos los día la iglesia. Apenas se busca a Jesús por Jesús... “Me buscabais por algo que no es lo que yo soy; buscadme a Mí por mí mismo”. Ya insinúa ser Él este manjar, lo que se verá con más claridad en lo que sigue...Yo creo que ya estaban esperando comer otra vez pan y sentarse otra vez, y saciarse de nuevo. Pero Él había hablado de un alimento que no perece, sino que permanece hasta la vida eterna. Es el mismo lenguaje que había usado con la mujer aquella samaritana... Entre diálogos la llevó hasta la bebida espiritual. Lo mismo sucede aquí, lo mismo exactamente. Alimento es, pues, éste que no perece, sino que permanece hasta la vida eterna». De este alimento distinto que hay que buscar, el debate se eleva hasta la preocupación por el obrar que agrada a Dios. A las obras múltiples que los galileos se muestran dispuestos a cumplir, Jesús opone la única "obra de Dios", la que Dios realiza en el creyente. Esta obra es creer en Jesús como el Enviado de Dios. Santa Teresa de Jesús nos enseña a buscar al Señor y a creer en Él: "Porque, a cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración y consideración, no digo más mental que vocal, que, como sea oración, ha de ser consideración; porque la que no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quien pide y a quien, no lo llamo yo oración aunque mucho menee los labios".
“Dicen que hace mucho tiempo, vivía en un pueblo una aldeana muy hermosa. Todos querían esposarla pero ella sentía que nadie le aseguraba verdadero amor. Así, se le acercó el mercader más rico diciéndole: “Te amaré a pesar de tu pobreza”. Pero como en sus palabras no encontró verdadero amor prefirió no casarse. Después se le acercó un gran general y le dijo: “Me casaré contigo a pesar de las distancias que nos separen”. Pero tampoco aceptó la hermosa aldeana. Más tarde se le acercó el emperador a decirle: “Te aceptaré en mi palacio a pesar de tu condición de mortal”. Y también rehusó la muchacha a casarse porque tampoco veía en él un amor desinteresado. Hasta que un día se le acercó un joven y le dijo: “Te amaré a pesar... de mí mismo”. Y como en sus palabras encontró un amor verdadero y sincero, optó por casarse con él. Ojalá que en nuestra vida suceda lo mismo. Que estemos buscando a Dios por amor desinteresado. Que le ofrezcamos nuestro amor a pesar de nosotros mismos. No busquemos a Dios por el alimento perecedero como lo buscaban las personas que menciona el evangelio. Es claro que nosotros no buscamos a Dios por un alimento material, pues sabemos y experimentamos que ese hay que ganárselo. Pero sí podríamos acercarnos a Cristo buscando alguna ganancia personal. Pidiéndole cosas que en lugar de acercarnos a nuestra santificación nos aleja. Tal vez vemos en Jesús un genio que nos concederá deseos si pronunciamos una fórmula mágica que nosotros llamamos “oración”. Cristo ve nuestras intenciones y sabe porqué le pedimos las cosas, conoce porqué le seguimos y porqué le buscamos. Busquemos a Cristo en la Eucaristía de forma desinteresada. No a pesar de... lo que nos pueda gustar o disgustar de Él, sino sabiendo que la Eucaristía es el punto privilegiado del encuentro del amor hacia nosotros, de forma desinteresada, a pesar de nuestra condición de mortal y a pesar de nuestra pobreza” (de mercaba.org).
“Quien conozca en verdad a Cristo y viva unido a Él no puede dejarse amordazar por los poderosos de este mundo para dejar de proclamar, con la valentía que nos viene del Espíritu, el Evangelio de la gracia. En el anuncio del Evangelio trabajamos por la auténtica liberación de la humanidad; pero no podemos quedarnos en un esfuerzo por liberar al hombre de las esclavitudes temporales, o de las manos de quienes, cometiendo grandes injusticias, destruyen a su prójimo olvidando la responsabilidad que todos tenemos de velar por el bien de unos por otros. Hay una liberación más profunda, la liberación del pecado al que todos estamos sometidos. No podemos cerrar los ojos ante la maldad que otros cometen pecando, incluso gravemente, en contra de su prójimo. Pero no podemos enrolarnos en una espiral de violencia. Mientras no vivamos y proclamemos a todos el camino de una auténtica conversión podríamos, inútilmente, enrolarnos en "guerras santas" queriendo acabar con los que destruyen a los demás o les causan grandes males movidos por su egoísmo. Proclamemos a Cristo no sólo como aquel que multiplica el pan temporal, sino como Aquel que nos da vida, y Vida eterna. Y esta oferta de salvación es para todos, sin distinción de raza, o cultura, o condición social, en la medida en que sepamos aceptar en nosotros al Enviado del Padre y sepamos amarnos unos y otros como hermanos. Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de saber vivir de tal forma comprometidos con nuestra fe en Cristo Jesús, que nos esforcemos por lograr una mayor justicia social, pero también busquemos que Cristo Reine en todos los corazones para que desde ahí brote, entre nosotros, un auténtico amor fraterno y podamos, juntos, encaminarnos a la posesión de los bienes definitivos en la Casa de nuestro Dios y Padre. Amén” (www.homiliacatolica.com).

sábado, 21 de abril de 2012


Domingo de la 3º semana de Pascua (B): la alegría pascual viene de nuestra filiación divina, conseguida por Jesús con su resurrección

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 3,13-15. 17-19: En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: -Israelitas, ¿de qué os admiráis?, ¿por qué nos miráis como si hubiésemos hecho andar a éste por nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Rechazasteis al santo, al justo y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos. Sin embargo, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia y vuestras autoridades lo mismo; pero Dios cumplió de esta manera lo que había dicho por los profetas: que su Mesías tenía que padecer. Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados.

Salmo 4,2.4.7.9: R/. Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro.
Escúchame cuando te invoco, Dios, defensor mío, / tú que en el aprieto me diste anchura, / ten piedad de mí y escucha mi oración. / Sabedlo: El Señor hizo milagros en mi favor, / y el Señor me escuchará cuando lo invoque.
Hay muchos que dicen: / «¿Quién nos hará ver la dicha, / si la luz de tu rostro ha huido de nosotros? / En paz me acuesto y en seguida me duermo, / porque tú sólo, Señor, me haces vivir tranquilo.

Lectura de la primera carta del Apóstol San Juan 2,1-5a: Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. El es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros sino también por los del mundo entero. En esto sabemos que lo conocemos: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice : «Yo lo conozco» y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él.

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 24,35-48. En aquel tiempo contaban los discípulos lo que les había acontecido en el camino y cómo reconocieron a Jesús en el partir el pan. Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: -Paz a vosotros. Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. El les dijo: -¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: -¿Tenéis ahí algo que comer? Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. El lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: -Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí, tenía que cumplirse. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: -Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.

Comentario: «Aclamad al Señor tierra entera, tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria. Aleluya» (Sal 65,1-2, antífona de entrada). Cantamos llenos de alegría también en la Colecta: «Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu; y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resurrección gloriosamente». Es la misma alegría que sigue resonando en la oración del Ofertorio: «Recibe, Señor, las ofrendas de su Iglesia exultante de gozo; y pues en la resurrección de su Hijo nos diste motivo para tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno», pues (así reza la antífona de comunión, año B) «así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión de los pecados a todos los pueblos. Aleluya» (Lc 24,46-47). Y acabamos dando gracias en la Postcomunión: «Mira, Señor, con bondad a tu pueblo y, ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa». La alegría es un sentimiento muy propio del tiempo pascual. Contrasta notablemente con la austeridad y la sobriedad cuaresmal. Tiene su origen en la esperanza, que es inherente a la fe. Hoy la liturgia nos invita a exultar por nuestra condición de hijos adoptivos, que el pecado había desfigurado, y que Cristo nos ha restituido con su misterio pascual. Así, pues, brota espontánea la esperanza de participar de todos los beneficios de los hijos. Ya no somos esclavos, sin ningún derecho y sin ningún futuro. La filiación divina nos hace herederos de las promesas de Dios -resucitar gloriosamente-, a la vez, claro, que nos carga con la responsabilidad de los hijos. No podemos olvidar cuán cierta es la expresión evangélica: "A quién más se le dé, más se le exigirá". Y, ¿se nos puede dar algo más grande que la filiación divina? Dejemos que sea de nuevo el apóstol Pablo quien lo diga con sus palabras certeras: "No habéis recibido un espíritu de esclavos para reincidir nuevamente en el temor, sino que habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos en el que clamamos: ¡Abba! ¡Padre! Y el Espíritu mismo testifica, junto con nuestro espíritu, que somos hijos de Dios. Hijos, y por tanto herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, toda vez que padecemos con Él para ser glorificados también con El" (Rm 8,15-17). Vivir en la responsabilidad del amor, en la sensibilidad del amor, en el gozo del amor, en la novedad inacabable del amor, en la eterna juventud del amor, en el Espíritu del amor. ¡He ahí nuestro ser cristiano! (Jaume González Padrós).
1. Hch 3,13-15.17-19: Es la segunda presentación en Hechos del núcleo del kerygma primitivo. Hay hasta cinco discursos en esta línea dentro de este libro. Todos estos discursos son construcciones de Lucas, como puede apreciarse en la redacción. Pero recogen los puntos fundamentales que parece se predicaban en Jerusalén al poco tiempo de los acontecimientos pascuales. Por ello, aunque no sean simplemente históricos, ofrecen base para reconstruir este mensaje. Este anuncio primitivo se concreta en estos pocos puntos. Jesús es el enviado del Padre, ha existido realmente y ha tenido una actividad concreta beneficiosa para los hombres. Estos, sin embargo, no lo han aceptado y le han dado muerte. Pero Dios lo ha resucitado, dándole la razón en su actividad. Quien crea en esto, lo acepta con su vida, emprende una conducta acorde con ese convencimiento, obtiene la salvación global que es más que el propio perdón de los pecados. Todo esto está testimoniado por los apóstoles. Como puntos propios de esta perícopa destacan el plan de Dios anunciado y realizado en Cristo, la participación humana negativa, excusada en la línea del "perdónales, Padre" (Federico Pastor).
Pedro ha curado a un pobre tullido que pedía limosna en la puerta del templo de Jerusalén, en la que llamaban "Hermosa" o "de Nicanor", que era la más frecuentada por el pueblo. Todo el mundo se hace lenguas de lo sucedido (v. 10). Y la admiración de la gente da paso a la pregunta. Pedro se dispone ahora a dar la respuesta, pues ha llegado el momento de la evangelización. El signo y la palabra van siempre inseparablemente unidos en la actividad misionera de los apóstoles. Pedro comienza dando gloria a Dios y a Jesucristo en cuyo nombre ha realizado el milagro (v. 6). Pues no ha sido el poder de Pedro el que ha hecho andar al tullido, sino la fuerza de Dios que ha resucitado a Jesucristo; y tampoco ha de ser la fe en Pedro, sino la fe en Jesucristo, la que puede borrar los pecados del pueblo. Con sus palabras valientes, Pedro realiza a la vez y en el momento preciso el anuncio y la denuncia del evangelio. La acusación es certera, sin ambigüedades. También esto pertenece a la misión de los testigos de Jesús. Los judíos prefirieron a Barrabás, un asesino (Lc 23, 18ss.), y entregaron a la muerte al "autor de la vida". Pedro dijo entonces lo que tenía que decir, dio testimonio. Nosotros no damos testimonio de Cristo si, en vez de acusar y denunciar hoy a los que siguen entregando a la muerte a los inocentes, nos contentamos con acusar y denunciar a los judíos de aquel tiempo. Observemos cómo Pedro acentúa el carácter de primera mano que tiene el testimonio de los apóstoles sobre la resurrección de Jesús. El y sus amigos, los doce, son testigos de lo que han visto con sus propios ojos. Hay cosas que suceden, aunque no debieran suceder; otras suceden tal y como deben suceder. Pero en la historia de la salvación hay cosas que "tienen que suceder" para que se cumplan los planes de Dios y el hombre pueda salvarse, y , sin embargo, no suceden sin el pecado del hombre. Así, la muerte de Jesús "tenía que venir"; pero esto no exime de la culpa a los judíos. Con todo, Pedro ve en ello un atenuante e, igualmente, en su ignorancia y en la de las autoridades. Por eso lo menciona para disponerlos mejor al arrepentimiento. Dios borra los pecados lo mismo que se borra una deuda (cfr Col 2, 14) es decir, Dios perdona y no tiene en cuenta los pecados de aquellos que creen en Jesucristo (“Eucaristía 1985”).
Centramos nuestra atención en Cristo muerto y resucitado. Los textos bíblicos y litúrgicos nos hablan de Él. Esto nos ayuda a tomar conciencia de los frutos de conversión santificadora que en nuestras vidas debió producir la Cuaresma. Esto es lo que nos ayuda a vivir la vida del Resucitado, una vida nueva de constante renovación espiritual. Esto no deben experimentarlo solamente los recién bautizados, sino también todos los demás, porque la renovación pascual ha de revivir en todos nosotros la responsabilidad de elegidos en Cristo y para Cristo por la santidad pascual. Pedro inaugura la misión de la Iglesia, proclamando valientemente la necesidad de la conversión para responder al designio divino de salvarnos en Cristo Jesús, muerto y resucitado por nosotros. Comenta San Juan Crisóstomo: «San Pedro les dice que la muerte de Cristo era consecuencia de la voluntad y decreto divinos. ¡Ved este incomprensible y profundo designio de Dios! No es uno, son todos los profetas a coro quienes habían anunciado este misterio. Pero, aunque los judíos habían sido, sin saberlo, la causa de la muerte de Jesús, esta muerte había sido determinada por la Sabiduría y la Voluntad de Dios, sirviéndose de la malicia de los judíos para el cumplimiento de sus designios. El Apóstol nos lo dice: “aunque los profetas hayan  predicho esta muerte y vosotros la hayáis hecho por ignorancia, no penséis estar enteramente excusados”. Pedro les dice en tono suave: “Arrepentíos y convertíos”. ¿Con qué objeto? “Para que sean borrados vuestros pecados. No sólo vuestro asesinato en el cual interviene la ignorancia, sino todas las manchas de vuestra alma”».
2. Este salmo es la oración de un "fiel", un hombre religioso de Israel consciente de ser amado por Dios. Tal es el sentido de la palabra "Hassid": el fiel, objeto de la Alianza Divina. Ahora bien, este hombre lleno de fe, no está preservado: su oración al comienzo es jadeante... Para decir que ora, se atreve a decir que "grita" hacia Dios. Su gran angustia, es estar literalmente sofocado por los paganos que lo rodean: este paganismo, este ambiente materialista, diríamos hoy, es atrayente, aun para un fiel. Recurre entonces a una antiquísima costumbre religiosa usada en muchas de las religiones antiguas: "pasará una noche en el Templo", haciéndose el "huésped de Dios", esperando el favor de un "sueño profético" en que Dios le hablará. De hecho, en el fondo de sí mismo, en su fe, escucha decir a Dios que la vida "sin Dios" es "nada", una "carrera hacia la mentira", una vida engañosa. La verdadera felicidad no está en la abundancia de bienes materiales, sino en "la intimidad con Dios": "alza sobre nosotros la lumbre de tu rostro... Diste a mi corazón más alegría que cuando abundan el trigo y el vino". Jesús afirmó a menudo que la verdadera felicidad, "lo único necesario", era la vida íntima con Dios. A Marta, que se atormentaba con los quehaceres del hogar, Jesús dio como ejemplo a María, "que lo escuchaba" tranquilamente sentada junto a El (Lc 10,42). Más que ningún fiel, Jesús vivió la felicidad de sentir sobre El "la iluminación del rostro del Padre". "El Padre no me abandona jamás", decía (Jn 8,16). Jesús vivió esta paz y esta confianza total en el Padre, hasta en su reposo en el sepulcro, esperando "en paz" la resurrección. "En paz me acuesto y me duermo, porque Tú me haces reposar confiadamente, Señor". Jesús hablaba de la muerte como una especie de "sueño". "Nuestro amigo Lázaro duerme, voy a despertarlo" (Jn 11,11). Finalmente la absoluta confianza en la oración, que testimonia este salmo ("El Señor me oye cuando lo invoco"), era igualmente la certeza de Jesús: "pedid y recibiréis... Golpead y se os abrirá" (Mt 7,7). Las numerosas correspondencias entre el salmo 4 y el evangelio, no son fortuitas; Jesús estaba realmente impregnado de esta oración. Los salmos, este salmo, era "su" oración. La oración de Jesús se prolonga en nosotros, cuando recitamos este salmo.
Ante la tremenda inquietud de nuestro tiempo, el salmo habla de un verdadero sueño reparador. La fórmula del salmista es pintoresca y de una elocuencia nada banal. "En paz me acuesto y me duermo"... ¡Hace de este equilibrio un signo de su "fe"! No está turbado, no está tenso, aun en medio de sus cuidados... Su secreto, es poner su confianza en Dios. Confiesa que se duerme tranquilo y que se despierta bien dispuesto, la mañana siguiente, pasada una buena noche: "me acuesto, me duermo, luego me despierto; el Señor me protege, no temo a los muchos millares que en derredor mío acampan contra mí" (Sl 3,6), cantaba el salmo anterior, casi con las mismas palabras. Jesús, era alguien que sabía dormir, aun en medio de las fuertes tempestades, y decía que Dios cuida del trigo que crece aun cuando el agricultor duerma (Mc 4,27). Oración de la tarde antes de acostarse. Este salmo es tradicionalmente utilizado como oración de Completas. Es una bella oración vespertina. Decir a Dios que El es nuestro "único necesario". Hacer "silencio" haciendo callar las preocupaciones. ("Yo os digo, no os inquietéis", decía Jesús: Lc 12,22). Promover en nosotros mismos los valores de "paz", de "tranquilidad", de "felicidad". Luego entregarnos al sueño confiando que la acción misteriosa de Dios continúa en nosotros mientras dormimos. Tener "confianza" en Dios (la palabra se repite dos veces en el salmo) y sepultarse en esta muerte aparente que es el sueño, con la certeza del "despertar". Reflexionad en lo secreto, haced silencio, no pequéis más. Al caer la tarde, es hora del balance, de la "revisión de vida". Han ocurrido quizá cosas desagradables o malas en esta jornada. Es el momento de "reflexionar" en ellas, y de "convertirse". Señor, rectifica en mí lo que no corresponde a tu amor. Perdona mis pecados (Noel Quesson).
3. 1 Jn 2, 1-5ª: Juan acaba de proclamar el poder purificador del sacrificio de Cristo (1 Jn 1, 7). Lo que ahora hace es enumerar las condiciones. Reducido a sí mismo, el hombre no puede realizar su proyecto de llegar hasta el más allá y hasta el misterio de las cosas: el "pecado" obstaculiza sus propósitos y le extravía continuamente por entre las tinieblas. Todos los hombres han experimentado ese pecado, en virtud del cual la satisfacción inmediata de un impulso egoísta u orgulloso da al traste con cualquier movimiento hacia lo absoluto o el misterio. Pero el hombre inventa por su cuenta sistemas religiosos en los que algunos ritos de ablución y de purificación devuelven al pecador su integridad y le permiten reanudar el diálogo con lo trascendente. La religión judía, cuando ya estaba degradada, podía aparecer tan solo como un sistema de este tipo. Existían además otros caminos: refugiarse en el pneumatismo más exagerado hasta el punto de negar su condición pecadora (cf. 1 Jn 1,8), hasta conseguir, en otras palabras, crearse la conciencia de no tener pecado. Es muy probable que Juan haga alusión a alguna de estas sectas pneumáticas. De todas formas, el hombre niega su pecado, o si lo reconoce, aplaca inmediatamente su ansiedad por medio de ritos que él mismo se inventa. El cristianismo propone una regla de conducta: reconocer su pecado y aceptar el ser aceptado por alguien en esa situación de pecado. Saberse pecador y aceptar el depender no de su orgullo, no de un rito tranquilizante, sino de alguien que pueda ayudar a encontrar un medio de superar el pecado. Aceptar el ser perdonado y vivir en ese estado nuevo. Eso es la confesión de los pecados. Ahora bien: después de la resurrección de Cristo tenemos un abogado cerca del Padre, capaz de solicitar el perdón de los pecados (v. 1), puesto que El mismo ha aceptado depender de alguien, su Padre, para vencer la muerte (v. 2). En realidad, confesar sus pecados no consiste tan solo en manifestar su pecado para ser liberado de él mediante un perdón ritual y abstracto, sino que, por el contrario, consiste en aceptarse a sí mismo como aceptado por quien, al morir, aceptó y transformó lo inaceptable. El pecado es, pues, una ocasión de comulgar con Dios por medio del llamamiento al perdón que pone en juego. Solo la pretensión de considerarse sin mancha priva de esa comunión, puesto que niega la intervención salvífica de Dios y hace incluso a Dios mentiroso en su pretensión de perdonar (1 Jn 1,10; Maertens-Frisque).
La nueva vida es irreconciliable con el pecado, lo mismo que la luz y las tinieblas (1, 6). Pero Juan tiene la triste experiencia de que el pecado llega también a introducirse en la comunidad cristiana. Por eso advierte a los cristianos para que no pequen. Si alguno tiene la desgracia de pecar, debe saber que no está sin abogado que interceda por él ante el Padre. Es Jesucristo, el justo que ha muerto por los injustos (1 Pe 3,18) y ha resucitado compareciendo en presencia del Padre como intercesor de todos nosotros. Juan advierte a unos para que no pequen y anima a otros para que no desesperen del perdón de Dios. Porque Jesús no sólo es la víctima de propiciación por nuestros pecados sino incluso por todos los pecados del mundo. Su pasión y muerte en la cruz es el sacrificio que, de una vez por todas y así para todas las veces, alcanza el perdón de los pecados. Por eso es un sacrificio de perenne vigencia y actualidad. Por eso es Jesucristo el "Salvador del mundo" (cfr. 4,14; Jn 3,17; 4,42, 1 Tm 2,4s). Contra las "frases" de los falsos maestros, Juan establece el único criterio válido para discernir entre el verdadero y el falso conocimiento de Dios. Sólo conoce a Dios el que hace lo que Dios manda. Pues conocer a Dios es para Juan siempre "reconocer" a Dios, esto es, tenerlo en consideración y aceptarlo prácticamente como el que es. Es una afirmación característica de Juan ésta de que sólo se conoce la verdad cuando se hace. En consecuencia, conocer a Dios es imposible sin cumplir los mandamientos de Dios (cfr. 3,22. 24; Jn 14,15.23; 15,10). Aplicando el criterio anterior a los falsos maestros que dicen y no practican, se descubre que son unos mentirosos. La "mentira" es para Juan una oposición, a ciencia y conciencia, a la verdad, y la Verdad es Cristo. Los que se oponen a la Verdad no la conocen, pues no está en ellos, sino contra ellos. Por más que digan que conocen a Cristo, a la Verdad, si no cumplen lo que Cristo dice, están ciegos y caminan en las tinieblas. Su pretensión es el peor de los pecados, es obstinación y ceguera, es tinieblas e incredulidad. Pues no hay ortodoxia sin ortopraxis, y nadie está en la verdad si no hace la verdad (“Eucaristía 1985”).
El contexto general de la carta es desenmascarar a unos herejes a los que llama anticristos 2, 19; pseudoprofetas 4, 1. Estos defendían falsas doctrinas sobre la persona de Cristo y sobre la redención. De su doctrina hacían aplicaciones morales contrarias a la enseñanza de los apóstoles. Negaban la posibilidad de pecar y defendían que no tenían necesidad de ser redimidos por la sangre de Cristo. No se sentían ligados a los mandamientos pero creían estar en comunión con Dios. No se preocupaban de su manera de actuar porque ninguna acción, del que está unido y en comunión con Dios, puede ser pecado. El autor afirma la posibilidad del pecado y contra los herejes enseña que la fe en Dios y la observancia de los mandamientos son dos realidades que no se pueden separar, que la realidad del pecado es cierta pero que en la vida del cristiano el perdón del pecado está siempre al alcance de todos. Su conclusión es que ni la afirmación de los herejes ni la facilidad del perdón han de dar una falsa seguridad. Dios perdona en virtud de la intercesión de Cristo que es víctima de propiciación por nuestros pecados. Hay que estar siempre en guardia contra el pecado para no ser excluido de la comunión con Dios pero se puede vivir en paz porque hay un intercesor ante el Padre en caso de pecar. El criterio para saber si el conocimiento que tienen de Dios es verdadero o falso es la observancia de los mandamientos. Cumplir la palabra (v. 5) puede ser una alusión a la Palabra=Cristo. Quien sigue a Cristo tiene el auténtico amor de Dios (Pere Franquesa). Como hoy, que hay quien propugna una imposibilidad de pecar porque Dios tiene misericordia, hay que decir que las dos cosas son compatibles: podemos pecar –pues tenemos libertad- y al mismo tiempo Dios es misericordioso y nos perdona si le abrimos el corazón. Así decía S. Agustín: “Hijos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Pero quizá se cuela el pecado en la vida humana. ¿Qué hacer? ¿Dejar paso a la desesperación? Escucha: Si alguien peca -dice- tenemos un abogado ante el Padre, a Jesucristo el Justo; él es propiciador por nuestros pecados. Él es nuestro abogado. Pon empeño en no pecar; mas si la flaqueza de tu espíritu te indujo al pecado, ponte en guardia al instante, desapruébalo, condénalo enseguida; una vez que le hayas condenado, podrás acercarte seguro al juez. Allí tienes tu abogado; no temas perder la causa de tu confesión. Si a veces se confía el hombre en esta vida a una lengua elocuente, y así evita el perecer, ¿vas a perecer tú, si te confías a la Palabra? Grita: Tenemos un abogado ante el Padre.
Contemplad al mismo Juan revestido de humildad. No cabe duda de que era un hombre justo y excelso, que libaba los secretos de los misterios en el pecho del Señor; él, en efecto, es quien bebiendo del pecho del Señor, eructó la divinidad: En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba en Dios (Jn 1,1). Tan gran varón no dijo: «Tenéis un abogado ante el Padre», sino: Si alguien peca, tenemos un abogado. No dijo: «Tenéis», ni «me tenéis», ni «tenéis a Cristo», sino que presentó a Cristo, no a sí mismo; dijo: «Tenemos», no: «Tenéis». Prefirió contarse en el número de los pecadores para tener por abogado a Cristo, antes que constituirse personalmente como abogado en lugar de él y hallarse entre los soberbios merecedores de condenación. Hermanos, es a Jesucristo, el Justo, a quien tenemos por abogado ante el Padre; él es propiación por nuestros pecados. Quien retiene esto, no es hereje; quien lo defiende, no es cismático. ¿De dónde se originan los cismas? De decir los hombres: «Somos justos»; de afirmar: «Nosotros santificamos a los impuros, justificamos a los impíos, nosotros pedimos y nosotros alcanzamos lo pedido». Pero ¿qué dijo Juan? Si alguien peca, tenemos un abogado ante el Padre, a Jesucristo, el Justo.
Entonces dirá alguien: «¿Luego los santos no interceden por nosotros? ¿No piden por el pueblo los obispos y prelados? Atended a la Escritura y veréis que ellos mismos se encomiendan al pueblo. El Apóstol dice a los fieles: Orad unánimes, orad por mí (Col 4,3). Ora el pueblo por el Apóstol y ora el Apóstol por el pueblo. Rogamos por vosotros, hermanos; rogad vosotros por mí. Rueguen los miembros unos por otros, interceda por todos la Cabeza. Por lo tanto, no es de admirar lo que sigue, y que al mismo tiempo tapa la boca a los que dividen la Iglesia de Dios. El que dijo: Tenemos por abogado a Jesucristo, el Justo, que es propiciación por nuestros pecados puso su mirada en los que habían de apartarse de él y decir: He aquí al Cristo, hele aquí (Mt 24,23), con la intención de mostrar que quien compró el mundo entero y posee todo lo creado se halla sólo en una parte. Por eso añadió a continuación: No sólo por los nuestros sino por los de todo el mundo”.
Si realmente el Misterio Pascual ha prendido en nuestra vida, lo evidenciará nuestra renuncia real al pecado y nuestra fidelidad amorosa a la Voluntad divina. Tal vez uno de los textos más expresivos y valioso de la mediación e intercesión de Cristo ante el Padre como Supremo Pontífice de nuestra fe lo encontremos en los escritos de Santa Gertrudis: «Vio la santa que el Hijo de Dios decía ante el Padre: “¡Oh, Padre mío, único y coeterno y consustancial Hijo! Conozco en mi insondable Sabiduría toda la extensión de la flaqueza humana mucho mejor que esta misma criatura y que toda otra cualquiera. Por eso me compadezco de mil maneras de esa flaqueza. En mi deseo de remediarla, os ofrezco, santísimo Padre mío, la abstinencia de mi sagrada boca para reparar con ella las palabras inútiles que ha dicho esta elegida”...» [Y así va enumerando diversos ofrecimientos y reparación y sigue:] “Finalmente, ofrezco, Padre amantísimo a Vuestra Majestad mi deífico Corazón por todos los pecados que ella hubiere cometido”».
4. Lc 24,35-48: Los discípulos de Emaús vuelven presurosamente a Jerusalén para contar a todo el grupo lo que les ha sucedido en el camino y cómo conocieron a Jesús "en el partir el pan". Pero, antes de abrir la boca, los otros les dicen a coro: "El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Pedro" (v. 34; cfr. 1 Cor 15,5). Por fin les dejan hablar. Pero, súbitamente, unos y otros se quedan mudos ante la presencia del Señor, que les saluda: "Paz a vosotros". Juan nos dice que esta aparición ocurrió aquella misma tarde del domingo (20,19s). Aunque todos tenían noticias de la resurrección por el testimonio de Pedro y de los de Emaús, la presencia de Jesús les sorprende. Bajo la tremenda impresión de los acontecimientos del viernes, entre el miedo a los judíos y la esperanza alimentada con las primeras noticias de aquel domingo, estos hombres no acaban de creer a causa de la inmensa alegría lo que ven con sus propios ojos. Jesús les tranquiliza y les convence de que es verdad lo que están viendo y de que no se trata de ningún fantasma. No es posible comprender cómo un cuerpo glorificado -Pablo dice "espiritualizado" (1 Co 15,44), esto es, sometido a la acción del Espíritu que es la fuerza de Dios que opera la resurrección- pueda ingerir alimentos. De todas formas, el sentido de esta afirmación es que el Señor vive verdaderamente, y lo que los discípulos han visto no es una simple "visión". Los apóstoles sólo pueden ser testigos de Jesucristo si están plenamente convencidos de que él mismo y no otro es el que murió bajo Poncio Pilato y ahora vive para siempre. Jesús les convence de esta verdad y, además, les abre el sentido de las Escrituras para que comprendan que todo ha sucedido como había sido anunciado por los profetas. La vida de Jesús, su pasión y muerte, y todas las Escrituras deben ser interpretadas a la luz de la experiencia pascual. Ahora comprenden que su Maestro no ha sucumbido ante sus enemigos ni ante la misma muerte. Pues todo ha sucedido tal y como "tenía que suceder" para que se cumpliera la voluntad de Dios. La fe no puede evitar lo que "tiene que ser", pero puede siempre aceptar la realidad e interpretarla, sabiendo que de una u otra manera todo sucede para la salvación de los hombres y la gloria de Dios. Esto no es fatalismo, sino realismo cristiano, en el que la esperanza se hace resistencia allí donde todos los optimistas fracasan y todos los pesimistas abandonan. Pues también la muerte que "tiene que ser", puede ser aceptada con esperanza y ganada para la vida. La misión de Jesús ha terminado, pues todo ha sido cumplido. Ahora resta que los apóstoles anuncien a todo el mundo lo que han visto y oído. Resta que se predique en todas partes, comenzando por Jerusalén, que Dios salva a los hombres en Jesucristo y concede el perdón de los pecados.
S. Agustín comenta así este Evangelio: “Los discípulos pensaron lo mismo que hoy piensan los maniqueos y los priscilianistas, a saber: que Cristo el Señor no tenía carne verdadera, que era sólo un espíritu. Veamos si el Señor los dejó errar. Ved que el pensar eso es un perverso error, pues el médico se apresuró a curarlo y no lo quiso confirmar. Ellos, pues, creían estar viendo un espíritu; pero quien sabía lo dañinos que eran esos pensamientos, ¿qué les dijo para erradicarlos de sus corazones? ¿Por qué estáis turbados? ¿Por qué estáis turbados y suben esos pensamientos a vuestro corazón? Ved mis manos y mis pies; tocad y ved que un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo (Lc 24,38-39). Contra cualquier pensamiento dañino, venga de donde venga, agárrate a lo que has recibido; de lo contrario, estás perdido. Cristo, la Palabra verdadera, el Unigénito igual al Padre, tiene verdadera alma humana y verdadera carne, aunque sin pecado. Fue la carne la que murió, la que resucitó, la que colgó del madero, la que yació en el sepulcro y ahora está sentada en el cielo. Cristo el Señor quería convencer a sus discípulos de que lo que estaban viendo eran huesos y carne; tú, sin embargo, le llevas la contraria. ¿Es él quien miente y tú quien dice la verdad? ¿Eres tú quien edifica y él quien engaña? ¿Por qué quiso convencerme Cristo de esto, sino porque sabía lo que me es provechoso creer y lo que me perjudica no creer? Creedlo, pues, así; él es el esposo. Escuchemos también lo referente a la esposa, pues no sé quiénes, poniéndose también de parte de los adúlteros, quieren alejar a la verdadera y poner en su lugar a la extraña. Escuchemos lo referente a la esposa. Después que los discípulos hubieron tocado sus pies, manos, carne y huesos, el Señor añadió: ¿Tenéis algo que comer? (Lc 24,41). En efecto, la consumición del alimento era una prueba más de su verdadera humanidad. Lo recibió, lo comió y repartió de él. Y, cuando aún estaban temblorosos de miedo, les dijo: ¿No os decía estas cosas cuando estaba con vosotros? ¡Cómo! ¿No estaba ahora con ellos? ¿Qué significa: Cuando aún estaba con vosotros? Cuando era aún mortal como lo sois vosotros todavía. ¿Qué os decía? Que convenía que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley, los profetas y en los salmos. Entonces les abrió la inteligencia para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo que convenía que Cristo padeciera y resucitase de entre los muertos al tercer día (Lc 24,44-45). Eliminad la carne verdadera, y dejará de existir verdadera pasión y verdadera resurrección. Aquí tienes al esposo: Convenía que Cristo padeciera y resucitase al tercer día de entre los muertos. Retén lo dicho sobre la Cabeza; escucha ahora lo referente al cuerpo. ¿Qué es lo que tenemos que mostrar ahora? Quienes hemos escuchado quién es el esposo, reconozcamos también a la esposa. Y que se predique la penitencia y el perdón de los pecados en su nombre. ¿Dónde? ¿A partir de dónde? ¿Hasta dónde? En todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Ved aquí la esposa; que nadie te venda fábulas; cese de ladrar desde un rincón la rabia de los herejes. La Iglesia está extendida por todo el orbe de la tierra; todos los pueblos poseen la Iglesia. Que nadie os engañe, ella es la auténtica, ella la católica. A Cristo no le hemos visto, pero sí a ella: creamos lo que se nos dice de él. Los apóstoles, por el contrario, le veían a él y creían lo referente a ella. Ellos veían una cosa y creían la otra; nosotros también, puesto que vemos una, creamos la otra. Ellos veían a Cristo y creían en la Iglesia que no veían; nosotros que vemos la Iglesia, creamos también en Cristo a quien no vemos y, agarrándonos a lo que vemos llegaremos a quien aún no vemos. Conociendo, pues, al esposo y a la esposa, reconozcámoslos en el acta de su matrimonio para que tan santas nupcias no sean objeto de litigio”.
Conocer a Jesús es guardar sus mandamientos: Conocer a Jesús, reconocerlo, saber quién es y aceptarlo como Señor que vive es cumplir sus mandamientos. Pues "el que dice: "yo lo conozco" y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él". Es un falso testigo. Ni él mismo cree lo que dice. Pero el que cumple los mandamientos de Jesús, el que ama a todos los hombres como Jesús nos ha amado, hasta la muerte y muerte de cruz si es preciso, reconoce que Jesús de Nazaret ha resucitado y no es un muerto para él sino fuente de vida y de verdadera esperanza. Y esa fe, aunque siga siendo incomprensible para los que no la comparten, tiene sin embargo su eficacia y su sentido verificable en el mundo, no es "música celestial", sino motivo de asombro y una fuerza que levanta la pregunta allí donde se manifiesta: "Israelitas, ¿de qué os asombráis?". Por tanto, son las obras de los testigos las que hacen creíble su testimonio, aunque éste pueda interpretarse de muchas maneras y sólo sea correctamente comprendido por los que creen en él. La crisis de fe, la incapacidad para seguir escuchando lo que todavía no se comprende y lo que cierra el camino a la conversión del mundo, no es el misterio que anunciamos, sino que ese misterio no se muestre más poderoso en la transformación de nuestras vidas y en el servicio desinteresado a todos los hombres. Porque lo que el mundo necesita no son palabras sobre la vida o la esperanza, sino palabras de vida y para la vida, palabras vivificantes, palabras que hagan andar a los cojos, escuchar a los sordos, resucitar a los muertos (“Eucaristía 1982”).