Viernes de la Octava de Pascua: Jesús es la piedra angular por la que somos salvados
Libro de los Hechos de los Apóstoles 4,1-12 (también se lee el domingo 4º de Pascua (B)): Mientras los Apóstoles hablaban al pueblo, se presentaron ante ellos los sacerdotes, el jefe de los guardias del Templo y los saduceos, irritados de que predicaran y anunciaran al pueblo la resurrección de los muertos cumplida en la persona de Jesús. Estos detuvieron a los Apóstoles y los encarcelaron hasta el día siguiente, porque ya era tarde. Muchos de los que habían escuchado la Palabra abrazaron la fe, y así el número de creyentes, contando sólo los hombres, se elevó a unos cinco mil. Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes de los judíos, los ancianos y los escribas, con Anás, el Sumo Sacerdote, Caifás, Juan, Alejandro y todos los miembros de las familias de los sumos sacerdotes. Hicieron comparecer a los Apóstoles y los interrogaron: "¿Con qué poder o en nombre de quién ustedes hicieron eso?" Pedro, lleno del Espíritu Santo, dijo: "Jefes del pueblo y ancianos, ya que hoy se nos pide cuenta del bien que hicimos a un enfermo y de cómo fue curado, sepan ustedes y todo el pueblo de Israel: este hombre está aquí sano delante de ustedes por el nombre de nuestro Señor Jesucristo de Nazaret, al que ustedes crucificaron y Dios resucitó de entre los muertos. Él es la piedra que ustedes, los constructores, han rechazado, y ha llegado a ser la piedra angular. Porque no existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos alcanzar la salvación".
Salmo 118,1-2.4.22-27: ¡Aleluya! ¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor! / Que lo diga el pueblo de Israel: ¡es eterno su amor! / Que lo digan los que temen al Señor: ¡es eterno su amor! / La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. / Esto ha sido hecho por el Señor y es admirable a nuestros ojos. / Este es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en él. / Sálvanos, Señor, asegúranos la prosperidad. / ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Nosotros los bendecimos desde la Casa del Señor: / el Señor es Dios, y Él nos ilumina. "Ordenen una procesión con ramas frondosas hasta los ángulos del altar".
Evangelio según San Juan 21,1-14 (también se lee el domingo 3º de Pascua (B)): Después de esto, Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: "Voy a pescar". Ellos le respondieron: "Vamos también nosotros". Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada. Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era Él. Jesús les dijo: "Muchachos, ¿tienen algo para comer?" Ellos respondieron: "No". Él les dijo: "Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán". Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: "¡Es el Señor!" Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla. Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: "Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar". Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: "Vengan a comer". Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: "¿Quién eres", porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.
Comentario: ¡Encarcelados «por haber anunciado la resurrección»! La defensa de los apóstoles, con gallardía y libertad de espíritu, recuerda lo que Jesús profetizó de que el Espíritu Santo les recordaría lo que debían decir (cf. Mt 10-17-20). Han ido a parar a la cárcel. El mismo sanedrín que dispuso la muerte de Jesús ahora los intimida. Pedro -portavoz de los demás apóstoles también ahora, como lo había sido en vida de Jesús- no se calla: aprovecha la ocasión para dar testimonio del Mesías delante de las autoridades, como lo había hecho delante del pueblo. Ya no tiene miedo. Es su tercer discurso, y siempre dice lo mismo: que los judíos mataron a Jesús, pero Dios le resucitó y así le glorificó y reivindicó, y hay que creer en Él, porque es el único que salva. El amor que Pedro había mostrado hacia Cristo en vida, pero con debilidad y malentendidos, ahora se ha convertido en una convicción madura y en un entusiasmo valiente que le llevará a soportar todas las contradicciones y al final la muerte en Roma, para dar testimonio de Aquél a quien había negado delante de la criada. Ya Jesús les había dicho que les llevarían a los tribunales, pero que no se preocuparan, porque su Espíritu les ayudaría (cf. Lc 12, 11-12). Aquí Lucas se encarga de decirnos, como hará en otras ocasiones en el libro de los Hechos, que Pedro respondió «lleno de Espíritu Santo» (J. Aldazábal)
Vendría a la memoria de los Apóstoles cómo ese mismo Sanedrín condenó a muerte a Jesús, los procesos contra Él: Anás, Caifás, Pilato. Cuando “el procurador romano se retira, la multitud se dispersa, el tribunal se queda desierto, pero el proceso continúa. También hoy Jesús de Nazaret está en el centro de un proceso. Filósofos, historiadores, cineastas, simples estudiantes de teología: todos se sienten autorizados a juzgar su persona, sus enseñanzas, sus reivindicaciones mesiánicas, a su Iglesia...
Pero las palabras de Pedro que acabamos de escuchar y las palabras que Jesús mismo pronuncia ante el Sanedrín levantan de improviso algo así como un velo, dejando entrever una escena totalmente distinta: "Desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios y venir sobre las nubes del cielo" (Mt 26,64). ¡Qué gran contraste! Ahora todos sentados y Él de pie, maniatado; entonces todos de pie y Él sentado a la derecha de Dios. Ahora los hombres y la historia juzgando a Cristo, entonces Cristo juzgando a los hombres y a la historia.
Desde que el Mesías llevó a cabo la salvación inmolándose como cordero en la cruz, se convirtió en juez universal. Él "pesa" a los hombres y a los pueblos. Ante Él se decide quién cae y quién se mantiene en pie. No hay apelación posible. Él es la instancia suprema. Esta es la fe inmutable de la Iglesia, que sigue proclamando en el Credo: "Y de nuevo vendrá con gloría para juzgar a vivos y muertos. Y su reino no tendrá fin"…” (R. Cantalamessa).
2. –“Este es el día en que actuó el Señor”. Cristo rechazado por los suyos, ha resucitado y es el centro de todas las cosas. Llenos de gozo proclamamos con el Salmo 117, que ha sido un milagro patente y abrimos nuestro corazón a la plenitud que la resurrección da a nuestra fe: “Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.
a) Comentaba Juan Pablo II: “La voz orante de Israel canta el Salmo 117, que acabamos de escuchar, siente en su interior un particular estremecimiento. En este himno, descubre dos frases de intenso carácter litúrgico cuyo eco se escucha en el Nuevo Testamento con una nueva tonalidad.
La primera aparece en el versículo 22: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». Esta frase es citada por Jesús, quien la aplica a su misión de muerte y de gloria, después de haber narrado la parábola de los viñadores asesinos (cf. Mateo 21, 42). La frase es evocada también por Pedro en los Hechos de los Apóstoles: Jesús «es la piedra que vosotros los constructores habéis despreciado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hechos 4, 11-12)”. Y comenta Cirilo de Jerusalén: «Decimos que uno sólo es el Señor Jesucristo pues su filiación es única; uno sólo para que tú no creas que hay otro... De hecho, es llamado piedra, pero no una piedra tallada por manos humanas, sino una piedra angular, para que quien crea en Él no quede decepcionado». Ya vimos el comentario de S. Ambrosio, que da un sentido espiritual de que nosotros, cada uno, hemos de ser “piedra” firme.
“La segunda frase que el Nuevo Testamento toma del Salmo 117 es proclamada por la muchedumbre en la solemne entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén: «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!» (Mt 21,9; cf. Sal 117,26). La aclamación queda enmarcada por un «Hosanna», «hoshiac na’, deh», «¡sálvanos!»”.
Este espléndido himno bíblico se enmarca en la pequeña serie de Salmos, del 112 al 117, llamada el «Hallel pasquale», es decir, la alabanza salmódica utilizada en el culto judío para la Pascua y las principales solemnidades del año litúrgico. Una bella antífona abre y cierra el texto: «Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia» (v. 1.29). “La palabra «misericordia» traduce la palabra judía «hesed», que designa la fidelidad generosa de Dios hacia su pueblo aliado y amigo. Tres categorías de personas son involucradas en el cántico de esta alabanza: todo Israel, «la casa de Aarón», es decir, los sacerdotes, y «quien teme a Dios», una locución que indica a los fieles y sucesivamente también a los prosélitos, es decir, los miembros de otras naciones que desean adherir a la ley del Señor (cf. v. 2-4)”; es un “himno de acción de gracias (cf. vv. 5-18), cuyo mensaje esencial es: incluso en la angustia es necesario conservar la llama de la confianza, pues la mano potente del Señor lleva a su fiel a la victoria sobre el mal y a la salvación”.
El salmo es como una procesión, y una vez se llega al templo, “una vez atravesada la puerta, comienza el himno de acción de gracias al Señor, que en el templo se ofrece como «piedra» estable y segura sobre la que se edifica la casa de la vida (cf. Mt 7,24-25). Una bendición sacerdotal desciende sobre los fieles, que han entrado en el templo para expresar su fe, elevar su oración y celebrar el culto”.
“Al aplicarse a sí mismo este Salmo, Cristo abre el camino a la interpretación cristiana de este himno de confianza y de gratitud al Señor por su «hesed», es decir, por su fidelidad amorosa, de la que se hace eco todo el Salmo (Cf. Salmo 117,1.2.3.4.29)”.
b) El salmo 118, uno de los salmos más pascuales, que rezamos cada domingo, o en Laudes o en la Hora intermedia, habla de cómo actúa la misericordia divina que se canta en el salmo 117,2; cómo –hay otros aspectos, que no salen en el trozo aquí escogido- «la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». Es el que cita aquí Pedro: de nuevo apela al AT para mostrar a los que lo conocen que todo lo anunciado por los salmos se ha cumplido en Cristo Jesús. No hay otro que pueda ser la piedra angular del edificio. Hay en el salmo una procesión hacia la casa del Señor, para darle gracias por todo, por el nuevo orden establecido por el rey (vv. 22-24), con esta imagen de la piedra rechazada que es puesta en lugar principal, que representa tanto al rey como al pueblo. Jesús lo aplica a su persona cuando habla de los viñadores homicidas a los que se quita la viña para entregarla a otros (cf. Mt 21,42; Mc 12,10; Lc 20,17). “Ese cambio se ha realizado con la muerte y resurrección de Jesús, pues Él es la piedra desechada por las autoridades judías, que se ha convertido en piedra angular en cuanto que ‘no hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, por el que tengamos que ser salvados’ (Hch 4,12). Pero también es ‘piedra de tropiezo’ para quienes le rechazan (cf. 1 Pet 2,6.8). Al mismo tiempo Cristo es la piedra angular en la Iglesia; en Él ‘toda la edificación se alza bien compacta para ser templo santo en el Señor’ (Ef 2,21). La Iglesia utiliza este salmo en la liturgia del Domingo de Resurrección, y repite con frecuencia durante su octava las palabras del v. 24 (“Este es el día que ha hecho el Señor, exultemos y gocémonos en él”) reconociendo así el establecimiento del nuevo orden salvífico operado por la resurrección de Cristo” (Biblia de Navarra).
La resurrección de Cristo destruye el poder del abismo, los recién bautizados renuevan la tierra, el Espíritu Santo abre las puertas del cielo. Porque el abismo, al ver sus puertas destruidas, devuelve los muertos, la tierra renovada germina resucitados y el cielo abierto acoge a los que ascienden. El ladrón es admitido en el paraíso, los cuerpos de los santos entran en la ciudad santa y los muertos vuelven a tener su morada entre los vivos. Así, como si la resurrección de Cristo fuera germinando en el mundo, todos los elementos de la creación se ven arrebatados a lo alto… Por esto el salmista invita a toda la creación a celebrar la resurrección de Cristo, al decir que hay que alegrarse y llenarse de gozo en este día en que actuó el Señor” (San Máximo de Turín).
3. El lago de Genesaret es un lugar privilegiado de la naturaleza. Sus aguas dulces son fruto de las altas cumbres del monte Hermón y las vierte a su vez en el Jordán. Le rodea una vegetación arborada y su entorno son prados, en las épocas primaverales se llenan de pequeñas flores que le dan un colorido agradable a la vista. La temperatura es deliciosa, ya que es un clima levantino. Los puertos de pescadores se suceden a poca distancia unos de otros, ya que la pesca es abundante. Es también un lugar privilegiado por Dios, por la presencia de Jesús: allí realizó muchos milagros y expuso el núcleo de su predicación: el Sermón del monte. Nazaret está cercana, pero alejada de sus orillas; entre las poblaciones que se encuentra allí se puede contar a Betsaida -lugar de nacimiento de Pedro, Juan, Felipe, Andrés y Santiago- Cafarnaúm -donde vivían Pedro y Andrés cuando Jesús les llamó definitivamente-, Magdala -lugar de la conversión de la mujer pecadora, Tesbhita -donde realizaron la segunda pesca milagrosa, la de los peces contados, la de los 153 peces grandes-, Tiberíades -localidad romana de mala fama entre los judíos-, y otras junto a pequeños puertos de pescadores. Este es el marco, pero lo decisivo es lo que ocurre a los que viven en ese lugar tan grato y amable.
a) Han sentido la llamada, y la han seguido. San Josemaría Escrivá conectaba con las pescas milagrosas, la primera que sonaba como un grito de guerra: “duc in altum!” -¡mar adentro!, y esta segunda, que tiene muchas facetas: por ejemplo, la actividad sacerdotal, que a la orilla espera las almas que llevan los miembros de la Iglesia, en su acercar amigos a Jesús. Pero nos referiremos ahora a lo que este santo aplicaba al “Apostolado en la vida ordinaria”: “Veamos ahora aquella otra pesca, después de la Pasión y Muerte de Jesucristo. Pedro ha negado tres veces al Maestro, y ha llorado con humilde dolor; el gallo con su canto le recordó las advertencias del Señor, y pidió perdón desde el fondo de su alma. Mientras espera, contrito, en la promesa de la Resurrección, ejercita su oficio, y va a pescar. A propósito de esta pesca, se nos pregunta con frecuencia por qué Pedro y los hijos de Zebedeo volvieron a la ocupación que tenían antes de que el Señor los llamase. Eran, en efecto, pescadores cuando Jesús les dijo: seguidme, y os haré pescadores de hombres. A los que se sorprenden de esta conducta, se debe responder que no estaba prohibido a los Apóstoles ejercer su profesión, tratándose de cosa legítima y honesta.
El apostolado, esa ansia que come las entrañas del cristiano corriente, no es algo diverso de la tarea de todos los días: se confunde con ese mismo trabajo, convertido en ocasión de un encuentro personal con Cristo. En esa labor, al esforzarnos codo con codo en los mismos afanes con nuestros compañeros, con nuestros amigos, con nuestros parientes, podremos ayudarles a llegar a Cristo, que nos espera en la orilla del lago. Antes de ser apóstol, pescador. Después de apóstol, pescador. La misma profesión que antes, después.
¿Qué cambia entonces? Cambia que en el alma -porque en ella ha entrado Cristo, como subió a la barca de Pedro- se presentan horizontes más amplios, más ambición de servicio, y un deseo irreprimible de anunciar a todas las criaturas las magnalia Dei , las cosas maravillosas que hace el Señor, si le dejamos hacer. No puedo silenciar que el trabajo -por decirlo así- profesional de los sacerdotes es un ministerio divino y público, que abraza exigentemente toda la actividad hasta tal punto que, en general, si a un sacerdote le sobra tiempo para otra labor que no sea propiamente sacerdotal, puede estar seguro de que no cumple el deber de su ministerio.
Hallábanse juntos Simón Pedro, y Tomás, llamado Dídimo, y Natanael, que era de Caná de Galilea, y los hijos del Zebedeo, y otros dos de sus discípulos. Díceles Simón Pedro: voy a pescar. Ellos respondieron: vamos también nosotros contigo. Fueron, pues, y entraron en la barca; y aquella noche no cogieron nada. Venida la mañana, se apareció Jesús en la ribera.
Pasa al lado de sus Apóstoles, junto a esas almas que se han entregado a Él: y ellos no se dan cuenta. ¡Cuántas veces está Cristo, no cerca de nosotros, sino en nosotros; y vivimos una vida tan humana! Cristo está vecino, y no se lleva una mirada de cariño, una palabra de amor de sus hijos.
Los discípulos -escribe San Juan- no conocieron que fuese Él. Y Jesús les preguntó: muchachos, ¿tenéis algo que comer? Esta escena familiar de Cristo, a mí, me hace gozar. ¡Que diga esto Jesucristo, Dios! ¡Él, que ya tiene cuerpo glorioso! Echad la red a la derecha y encontraréis. Echaron la red, y ya no podían sacarla por la multitud de peces que había. Ahora entienden. Vuelve a la cabeza de aquellos discípulos lo que, en tantas ocasiones, han escuchado de los labios del Maestro: pescadores de hombres, apóstoles. Y comprenden que todo es posible, porque Él es quien dirige la pesca.
Entonces, el discípulo aquel que Jesús amaba se dirige a Pedro: es el Señor. El amor, el amor lo ve de lejos. El amor es el primero que capta esas delicadezas. Aquel Apóstol adolescente, con el firme cariño que siente hacia Jesús, porque quería a Cristo con toda la pureza y toda la ternura de un corazón que no ha estado corrompido nunca, exclamó: ¡es el Señor!
Simón Pedro apenas oyó es el Señor, vistióse la túnica y se echó al mar. Pedro es la fe. Y se lanza al mar, lleno de una audacia de maravilla. Con el amor de Juan y la fe de Pedro, ¿hasta dónde llegaremos nosotros?
Los demás discípulos vinieron en la barca, tirando de la red llena de peces, pues no estaban lejos de tierra, sino como a unos doscientos codos. Enseguida ponen la pesca a los pies del Señor, porque es suya. Para que aprendamos que las almas son de Dios, que nadie en esta tierra puede atribuirse esa propiedad, que el apostolado de la Iglesia -su anuncio y su realidad de salvación- no se basa en el prestigio de unas personas, sino en la gracia divina. No hacemos nuestro apostolado. En ese caso, ¿qué podríamos decir? Hacemos -porque Dios lo quiere, porque así nos lo ha mandado: id por todo el mundo y predicad el Evangelio - el apostolado de Cristo. Los errores son nuestros; los frutos, del Señor”.
b) –Simón Pedro dijo a Tomás, a Natanael, a los hijos de Zebedeo y a otros dos: "Voy a pescar." Le replicaron: "Vamos también nosotros contigo."” Estamos en Galilea, en la orilla del hermoso lago de Tiberíades. Pedro vuelve a su oficio, y ahí va a buscarle el Señor, ahora como antes.
-“Salieron y entraron en la barca, y en aquella noche no cogieron nada”. Nada. Nada. El fracaso. El trabajo inútil aparentemente. A cualquier hombre le suele pasar esto alguna vez: se ha estado intentando y probando alguna cosa... y después, nada. “Pienso en mis propias experiencias, en mis decepciones. No para entretenerme en ellas morbosamente, sino para ofrecértelas, Señor. Creo que Tú conoces todas mis decepciones... como Tú les habías visto afanarse penosamente en el lago, durante la noche, y como les habías visto volver sin "nada"...
-“Llegada la mañana, se hallaba Jesús en la playa; pero los discípulos no se dieron cuenta de que era Él”. Pronto descubrirán su "presencia" en medio de sus ocupaciones profesionales ordinarias. Por de pronto, Tú ya estás allí... pero ellos no lo saben.
-“Díjoles Jesús: "Muchachos, ¿no tenéis nada que comer?"” Conmovedora familiaridad. Una vez más, Jesús toma la iniciativa... se interesa por el problema concreto de estos pescadores.
-"¡Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis!" Escucho este grito dirigido, desde la orilla; a los que están en la barca. Trato de contemplarte, de pie, al borde del agua. Tú les ves venir. En tu corazón, compartes con ellos la pena de no haber cogido nada. Tú eres salvador: No puedes aceptar el mal.
-“Echaron pues la red y no podían arrastrarla tan grande era la cantidad de peces”. Como tantas otras veces, has pedido un gesto humano, una participación. Habitualmente no nos reemplazas; quieres nuestro esfuerzo libre; pero terminas el gesto que hemos comenzado para hacerlo más eficaz.
-“Dijo entonces a Pedro, aquel discípulo a quien amaba Jesús: "¡Es el Señor!"” Ciertamente es una constante: ¡Tú estás ahí, y no se te reconoce! te han reconocido gracias a un "signo': la pesca milagrosa, un signo que ya les habías dado en otra ocasión, un signo que había que interpretar para darle todo su significado, un signo que ¡"aquel que amaba" ha sido el primero en comprender! Si se ama, las medias palabras bastan.
-“Jesús les dijo: "¡Venid y comed!" Se acercó Jesús, tomó el pan y se lo dio, e igualmente el pescado”. Siempre este otro "signo" misterioso de "dar el pan"..., de la comida en común, de la que Jesús toma la iniciativa, la que Jesús sirve... La vida cotidiana, en lo sucesivo, va tomando para ellos una nueva dimensión. Tareas profesionales. Comidas. Encuentros con los demás. En todas ellas está Jesús "escondido". ¿Sabré yo reconocer tu presencia?” (Noel Quesson).
c) «El Señor condujo a su pueblo seguro, sin alarmas, mientras el mar cubría a sus enemigos. Aleluya» (Sal 77,53), comenzamos diciendo en la Misa de hoy, y rezamos en la Colecta: «Dios Todopoderoso y eterno, que por el misterio pascual has restaurado tu alianza con los hombres; concédenos realizar en la vida cuanto celebramos en la fe». E insistimos en el Ofertorio: «Realiza, Señor, en nosotros el intercambio que significa esta ofrenda pascual, para que el amor a las cosas de la tierra se transfigure en amor a los bienes del cielo». El medio para la santificación es sobre todo la Comunión: «Jesús dijo a sus discípulos: “Vamos, comed”. Y tomó el pan y se lo dio. Aleluya» (cf. Jn 21,12-13), hoy representada en esta comida que Jesús ofrece a los discípulos, ahí se aplican los méritos de su resurrección, como pedimos en la Postcomunión: «Dios Todopoderoso, no ceses de proteger con amor a los que has salvado, para que así, quienes hemos sido redimidos por la Pasión de tu Hijo, podamos alegrarnos en su Resurrección». Oigamos a San Hipólito: «Antes que los astros, inmortal e inmenso, Cristo brilla más que el sol sobre todos los seres. Por ello, para nosotros que nacemos en Él, se instaura un día de Luz largo, eterno, que no se acaba: la Pascua maravillosa, prodigio de la virtud divina y obra del poder divino, fiesta verdadera y memorial eterno, impasibilidad que dimana de la Pasión e inmortalidad que fluye de la muerte. Vida que nace de la tumba y curación que brota de la llaga, resurrección que se origina de la caída y ascensión que surge del descanso... Este árbol es para mí una planta de salvación eterna, de él me alimento, de él me sacio. Por sus raíces me enraízo y por sus ramas me extiendo, su rocío me regocija y su espíritu como viento delicioso me fertiliza. A su sombra he alzado mi tienda y huyendo de los grandes calores allí encuentro un abrigo lleno de rocío... Él es en el hambre mi alimento, en la sed mi fuente... Cuando temo a Dios, Él es mi protección; cuando vacilo, mi apoyo; cuando combato, mi premio; y cuando triunfo, mi trofeo...».
Benedicto XVI hizo referencia a este pasaje en el comienzo de su pontificado: “El signo con el cual la liturgia de hoy representa el comienzo del Ministerio Petrino es la entrega del anillo del pescador. La llamada de Pedro a ser pastor, que hemos oído en el Evangelio, viene después de la narración de una pesca abundante; después de una noche en la que echaron las redes sin éxito, los discípulos vieron en la orilla al Señor resucitado. Él les manda volver a pescar otra vez, y he aquí que la red se llena tanto que no tenían fuerzas para sacarla; había 153 peces grandes y, "aunque eran tantos, no se rompió la red" (Jn 21,11).
Este relato al final del camino terrenal de Jesús con sus discípulos, se corresponde con uno del principio: tampoco entonces los discípulos habían pescado nada durante toda la noche; también entonces Jesús invitó a Simón a remar mar adentro. Y Simón, que todavía no se llamaba Pedro, dio aquella admirable respuesta: "Maestro, por tu palabra echaré las redes". Se le confió entonces la misión: "No temas, desde ahora serás pescador de hombres" (Lc 5,1.11). También hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera.
Los Padres han dedicado también un comentario muy particular a esta tarea singular. Dicen así: para el pez, creado para vivir en el agua, resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital para convertirlo en alimento del hombre. Pero en la misión del pescador de hombres ocurre lo contrario. Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios.
Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar a Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con Él. La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo.
Quisiera ahora destacar todavía una cosa: tanto en la imagen del pastor como en la del pescador, emerge de manera muy explícita la llamad a la unidad. "Tengo , además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor" (Jn 10, 16), dice Jesús al final del discurso del buen pastor. Y el relato de los 153 peces grandes termina con la gozosa constatación: "Y aunque eran tantos, no se rompió la red" (Jn 21, 11). ¡Ay de mí, Señor amado! ahora la red se ha roto, quisiéramos decir doloridos. Pero no, ¡no debemos estar tristes! Alegrémonos por tu promesa que no defrauda y hagamos todo lo posible para recorrer el camino hacia la unidad que tú has prometido. Hagamos memoria de ella en la oración al Señor, como mendigos; sí, Señor, acuérdate de lo que prometiste. ¡Haz que seamos un solo pastor y una sola grey! ¡No permitas que se rompa tu red y ayúdanos a ser servidores de la unidad!
En este momento mi recuerdo vuelve al 22 de octubre de 1978, cuando el Papa Juan Pablo II inició su ministerio aquí en la Plaza de San Pedro. Todavía, y continuamente, resuenan en mis oídos sus palabras de entonces: "¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!" El Papa hablaba a los fuertes, a los poderosos del mundo, los cuales tenían miedo de que Cristo pudiera quitarles algo de su poder, si lo hubieran dejado entrar y hubieran concedido la libertad a la fe. Sí, Él ciertamente les habría quitado algo: el dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y de la arbitrariedad. Pero no les habría quitado nada de lo que pertenece a la libertad del hombre, a su dignidad, a la edificación de una sociedad justa.
Además, el Papa hablaba a todos los hombres, sobre todo a los jóvenes. ¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo - si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a Él -, miedo de que Él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y todavía el Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada - absolutamente nada - de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera.
Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida. Amén".
Es deliciosa la escena del desayuno con pescado y pan preparado por Jesús al amanecer de aquel día. Después de que casi todos le abandonaran en su momento crítico de la cruz, y Pedro además le negara tan cobardemente, Jesús tiene con ellos detalles de amistad y perdón que llenaron de alegría a los discípulos.
Noches de trabajo infructuoso: “Te empeñas en andar solo, haciendo tu propia voluntad, guiado exclusivamente por tu propio juicio... y, ¡ya lo ves!, el fruto se llama "infecundidad". Hijo, si no rindes tu juicio, si eres soberbio, si te dedicas a "tu" apostolado, trabajarás toda la noche —¡toda tu vida será una noche!—, y al final amanecerás con las redes vacías… Algunos hacen sólo lo que está en las manos de unas pobres criaturas, y pierden el tiempo. Se repite al pie de la letra la experiencia de Pedro: Maestro, hemos trabajado toda la noche, y no hemos pescado nada. Si trabajan por su cuenta, sin unidad con la Iglesia, sin la Iglesia, ¿qué eficacia tendrá ese apostolado?: ¡ninguna! —Han de persuadirse de que, ¡por su cuenta!, nada podrán. Tú has de ayudarles a continuar escuchando el relato evangélico: fiado en tu palabra, lanzaré la red. Entonces la pesca será abundante y eficaz. ¡Qué bonito es rectificar, cuando se ha hecho, por cualquier motivo, un apostolado por cuenta propia!” (S. Josemaría, referencia a la primera pesca). “Escribes, y copio: ¡Señor, Tú sabes que te amo! cuántas veces, Jesús, repito y vuelvo a repetir, como una letanía agridulce, esas palabras de tu Cefas: porque sé que te amo, pero ¡estoy tan poco seguro de mí!, que no me atrevo a decírtelo claro. ¡Hay tantas negaciones en mi vida perversa! ¡Tú sabes que te amo! Que mis obras, Jesús, nunca desdigan estos impulsos de mi corazón". Insiste en esta oración tuya, que ciertamente Él oirá” (idem, después de la segunda pesca). Con Jesús, frutos. “Nosotros también podemos tener noches malas y fracasos en nuestro trabajo, decepciones en nuestro camino. Podemos aprender la lección: cuando no estaba Jesús, los pescadores no lograron nada. Siguiendo su palabra, llenaron la barca. Ese es el Cristo en quien creemos y a quien seguimos: el Resucitado que se nos aparece misteriosamente -en la Eucaristía, no nos prepara pan y pescado, sino que nos da su Cuerpo y su Sangre- hace eficaz nuestra jornada de pesca y nos invita a comer con Él y a descansar junto a Él. Podemos sentirnos contentos: «dichosos los invitados a la Cena del Señor». Por una parte, esto nos invita a no perder nunca la esperanza ni dejarnos llevar del desaliento. Nuestras fuerzas serán escasas, pero en su nombre, con la fuerza del Señor, podemos mucho. Pero, por otra parte, nos hace pensar que si fuéramos los unos para con los otros como Jesús: si ante el que trabaja sin gran fruto y tiene la tentación de echarlo todo a rodar, fuéramos tan humanos y amables como Él, si supiéramos improvisar un desayuno fraterno en ambiente de serenidad y amistad para el que viene cansado, si le dirigiéramos una palabra de interés y de ayuda, sería mucho más fácil seguir trabajando como cristianos o como apóstoles, a pesar de los fracasos o de las dificultades” (J. Aldazábal).
Con lo que le damos, el Señor nos da mucho más. Comenta San Agustín: «Con esto hizo el Señor una comida para aquellos siete discípulos suyos, a saber, con el pez que habían visto sobre las brasas y con algunos de los que habían cogido y con el pan que ellos habían visto, según la narración. El pez asado es Cristo sacrificado. Él mismo es el pan bajado del cielo. A este pan se incorpora la Iglesia para participar de la eterna bienaventuranza. Y por eso dice: “Traed los peces que ahora habéis cogido”, para que cuantos abrigamos esta esperanza podamos por medio de estos siete discípulos, en los cuales se puede ver figurada la totalidad de todos nosotros, tomar parte en tan excelente sacramento y quedar asociados a la misma bienaventuranza. Esta es la comida del Señor con sus discípulos, con lo cual el Evangelista San Juan, aun teniendo muchas cosas que decir de Cristo, y absorto según mi parecer en alta contemplación de cosas excelsas, concluye su Evangelio».
El Concilio Vaticano II enseña: "El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre perfecto, salvará a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia humana, "punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización", centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones. Él es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos". "Es precisamente esta singularidad única de Cristo la que le confiere un significado absoluto y universal, por lo cual, mientras está en la historia, es el centro y el fin de la misma : "Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin" (Ap 22,13)".
jueves, 12 de abril de 2012
miércoles, 11 de abril de 2012
Pascua 1, miércoles: la experiencia de Jesús resucitado con los discípulos de Emaús, modelo de cómo Jesús nos busca y podemos encontrarle
Libro de los Hechos de los Apóstoles 3,1-10: En una ocasión, Pedro y Juan subían al Templo para la oración de la tarde. Allí encontraron a un paralítico de nacimiento, que ponían diariamente junto a la puerta del Templo llamada "la Hermosa", para pedir limosna a los que entraban. Cuando él vio a Pedro y a Juan entrar en el Templo, les pidió una limosna. Entonces Pedro, fijando la mirada en él, lo mismo que Juan, le dijo: "Míranos". El hombre los miró fijamente esperando que le dieran algo. Pedro le dijo: "No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina". Y tomándolo de la mano derecha, lo levantó; de inmediato, se le fortalecieron los pies y los tobillos. Dando un salto, se puso de pie y comenzó a caminar; y entró con ellos en el Templo, caminando, saltando y glorificando a Dios. Toda la gente lo vio camina y alabar a Dios. Reconocieron que era el mendigo que pedía limosna sentado a la puerta del Templo llamada "la Hermosa", y quedaron asombrados y llenos de admiración por lo que le había sucedido.
Salmo 105,1-4.6-9: ¡Den gracias al Señor, invoquen su Nombre, hagan conocer entre los pueblos sus proezas; / canten al Señor con instrumentos musicales, pregonen todas sus maravillas! / ¡Gloríense en su santo Nombre, alégrense los que buscan al Señor! / ¡Recurran al Señor y a su poder, busquen constantemente su rostro; / descendientes de Abraham, su servidor, hijos de Jacob, su elegido: / el Señor es nuestro Dios, en toda la tierra rigen sus decretos. / Él se acuerda eternamente de su alianza, de la palabra que dio por mil generaciones, / del pacto que selló con Abraham, del juramento que hizo a Isaac.
Evangelio según San Lucas 24,13-35: Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran.
Él les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?». Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?». Él les dijo: «¿Qué cosas?». Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron». Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?». Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras.
Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado». Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando.
Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.
Comentario: “Hoy «es el día que hizo el Señor: regocijémonos y alegrémonos en Él» (Sal 117,24). Así nos invita a rezar la liturgia de estos días de la octava de Pascua. Alegrémonos de ser conocedores de que Jesús resucitado, hoy y siempre, está con nosotros. Él permanece a nuestro lado en todo momento. Pero es necesario que nosotros le dejemos que nos abra los ojos de la fe para reconocer que está presente en nuestras vidas. Él quiere que gocemos de su compañía, cumpliendo lo que nos dijo: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20)” (Xavier Pagès).
1. a) De momento los discípulos seguían con las liturgias del Templo. -Un tullido de nacimiento pedía limosna... Pedro le dijo: «oro no tengo, pero lo que tengo te doy: en nombre de Jesucristo el Nazareno, levántate y anda». Los Apóstoles son los continuadores de Jesús. Son los depositarios del poder taumatúrgico -hacer milagros- del Mesías. La acción de Jesús no terminó con su muerte: Dios continúa actuando a través de su presencia misteriosa en su Iglesia. Y para subrayar esa continuidad: Pedro dice las mismas palabras que Jesús: «Levántate y anda...» (Lc 5, 23). Pedro hace el mismo gesto que Jesús: «Tomándole de la mano...» (Lc 8, 54). Y sana la misma enfermedad, un paralítico y en el mismo lugar... (Mt 21, 14). ¿Creo yo en la Iglesia, depositaria de los beneficios de Dios? ¿Creo, de veras, que Jesús está viviendo en ella? ¿Es su Palabra la que oigo, cuando se lee la Escritura en la Misa? ¿Es a Él a quien encuentro, cuando me confieso? Ocasión de descubrir de nuevo la misteriosa profundidad de la "acción Apostólica": el Papa y los obispos continúan la función de Pedro y de los Doce.
-En nombre de Jesucristo, ¡Levántate y anda! Eso es los que repite la Iglesia a la humanidad, con tanta frecuencia paralizada. «Levántate». La Iglesia, siguiendo a Jesús, quiere la grandeza del hombre: un hombre de pie, un hombre activo, un hombre capaz de tomar su destino en su mano... En mi vida familiar o profesional, ¿contribuyo a «levantar» a la humanidad? ¿Contribuyo a curar? Yo mismo, ¿sé apoyarme en la fuerza de la resurrección para ponerme de nuevo en pie cada vez que una prueba me ha paralizado o anonadado? «En nombre de Jesucristo, ¡que me levante y ande!»
-Entró con ellos en el Templo... La ley de Moisés había establecido un cierto número de barreras: así ciertas categorías de personas, consideradas como «impuras» legalmente no tenían derecho a entrar en el Templo. Los tullidos estaban en este caso (ver Lv 21, 18 y II Samuel 5, 8). Pero he aquí que la nueva religión rompe todas esas barreras legales: nadie es excluido... Todos están invitados a entrar. ¡Gracias, Señor! Ayúdanos a no reinstalar barreras ni exclusiones. Que seamos acogedores y abiertos a todos. En particular a los más pobres... -Andando... saltando... y alabando a Dios... Es algo muy comprensible. Imagino la escena en el templo. El poder maravilloso de la resurrección comienza a difundirse en el cuerpo de la humanidad, como presagio y anuncio de la exultación final de los «resucitados» (Noel Quesson).
b) Pedro y Juan curan en nombre de Jesús al paralítico del templo, a la hora del sacrificio de la tarde. Qué bien cuenta Lucas el episodio: el pobre mendigo a la puerta del templo -como se ve, fenómeno antiguo-, la mirada fija del mendigo que espera algo, la mirada también fija de Pedro, el contacto de la mano, las palabras breves y solemnes: «en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar», y la curación progresiva del buen hombre hasta seguirles dando brincos al Templo, ante la admiración de la gente. La fuerza salvadora, que en vida de Jesús brotaba de él, curando a los enfermos y resucitando a los muertos, es ahora energía pascual que sigue activa: el Resucitado está presente, aunque invisible, y actúa a través de su comunidad, en concreto a través de los apóstoles, a los que había enviado a «proclamar el Reino de Dios y a curar» (Lc 9,2). No tendrán medios económicos, pero sí participan de la fuerza del Señor.
2. Sal. 104. Dios es siempre fiel a su Alianza y a su amor hacia nosotros. Él jamás abandonará a su Pueblo a pesar de nuestras infidelidades. ¿Habrá alguien que nos ame como Dios lo ha hecho? Su misericordia es eterna y se prolonga de generación en generación. En su amor por nosotros se hizo uno de nosotros para ofrecernos su perdón, y para hacernos partícipes de su Vida y de su Espíritu. Aun cuando muchas veces nosotros nos alejemos del Señor y traicionamos su amor, Él no se olvidará de nosotros y siempre estará dispuesto a perdonarnos, pues Él es nuestro Dios y Padre misericordioso, y no enemigo a la puerta. Mientras aún es tiempo, volvamos al Señor, dejémonos amar por Él y convirtámonos en fieles testigos suyos, proclamando sus prodigios a todos los pueblos.
3. Los dos en Emaús recuperan la esperanza. a) Sólo María Santísima tendrá fe en todo momento, los discípulos están en desbandada, y ahí van los de hoy, desanimados, descorazonados. “Aquella tarde van de Jerusalén a Emaús, a pocas horas de camino de la Ciudad Santa, tristes, bajo el peso de la mayor de las decepciones: el Maestro acaba de ser crucificado como un malhechor, no había tenido ningún poder contra la muerte, y ahora todos los suyos se dispersaban sin saber donde ir. Si el único que tenía palabras de vida eterna había muerto, ¿qué iba a ser de ellos? Andaban -eran dos, un tal Cleofás y otro- contándose entre sí una y otra vez todo aquel desastre, el fin de la gran esperanza. Sin duda se han equivocado, Jesús debió ser profeta, pero no el Mesías, habían entendido mal el mensaje, su muerte, un hecho tan seguro, sólo podía interpretarse así” (Carlos Pujol). Quizá no perdieron la luz íntima de la fe en Jesús, sino la esperanza mesiánica en un líder terrenal. Lo que no consiguió Jesús en vida, lo obtuvo agonizante y muerto, curándoles definitivamente de su fe ingenua y pueril en un camino de Dios según la fantasía humana, alejado del camino de la cruz. En su alma se formó un vacío, quedando así espacio libre para la sabiduría divina que es locura para el mundo. -Dos discípulos iban a Emaús... y hablaban entre sí... El viernes último murió su amigo. Todo ha terminado. Vuelven a su casa. Sorprende que no sean capaces de tener en consideración el testimonio de las mujeres; quizá estaban tan deprimidos por el “fracaso” que para ellos era la muerte de Jesús, que están temporalmente cerrados a todo misterio.
Hasta que llegan a la raíz de su decepción: Sin embargo nosotros esperábamos que Él sería quien redimiera a Israel. Este es el tema. ¿Cuál era su esperanza?: parece una salvación humana; muchos problemas vienen de la tergiversación de la esperanza... ya el tercer día desde que han pasado estas cosas. Ya no esperan nada. "Nosotros esperábamos..." Estas palabras están llenas de una esperanza perdida. Me imagino su decepción. Camino con ellos. Les escucho. En toda vida humana esto sucede algún día: una gran esperanza perdida, una muerte cruel, un fracaso humillante, una preocupación, una cuestión insoluble, un pecado que hace sufrir. Humanamente, no hay salida.
-Jesús se les acercó e iba con ellos... pero sus ojos estaban ciegos, no podían reconocerle... "¿De qué estáis hablando? Parecéis tristes." Por su camino has venido a encontrarles; e inmediatamente te interesas por sus preocupaciones. Tú conoces nuestras penas y nuestras decepciones. Me alivia pensar que no ignoras nada de lo que soporto en el fondo de mí mismo. Me dejo mirar e interrogar por ti.
-Lo de Jesús Nazareno... Cómo le entregaron nuestros magistrados para que fuese condenado a muerte y crucificado... Jesús deja que se expresen detenidamente, sobre sus preocupaciones. No se da a conocer enseguida: deja que hablen, que se desahoguen.
-¡Hombres tardos de corazón para creer todo lo que vaticinaron los profetas! Y comenzando por Moisés y por todos los profetas les fue declarando cuanto a Él se refería en todas las Escrituras. He aquí el primer método para "reconocer" a Jesús: tomar contacto, profundamente, cordialmente, con las Escrituras con la Palabra de Dios. Hacer "oración". Procurar por encima de todo tener unos momentos de corazón a corazón. Leer y releer la Escritura.
Llegan al pueblo, le piden que se quede: “Una de las súplicas más conmovedoras del Evangelio, oscurece (¿quién tiene miedo a la oscuridad, los de Emaús o su compañero misterioso?), y después de aquel coloquio ambulante ahora que todo son sombras lo necesitan.” (Carlos Pujol).
“Jesús en el camino. ¡Señor, qué grande eres siempre! Pero me conmueves cuando te allanas a seguirnos, a buscarnos, en nuestro ajetreo diario. Señor, concédenos la ingenuidad de espíritu, la mirada limpia, la cabeza clara, que permiten entenderte cuando vienes sin ningún signo exterior de tu gloria.
Se termina el trayecto al encontrar la aldea, y aquellos dos que -sin darse cuenta- han sido heridos en lo hondo de su corazón por la palabra y el amor de Dios hecho hombre, sienten que se vaya. Porque Jesús les saluda con un ademán de continuar adelante. No se impone nunca, este Señor Nuestro. Quiere que le llamen libremente, desde que hemos entrevisto la pureza del Amor, que nos ha metido en el alma. Hemos de detenerlo por fuerza y rogarle: continua con nosotros porque ya es tarde, y ya va el día de caída, se hace de noche.
Así somos: siempre poco atrevidos, quizá por insinceridad, o quizá por pudor. En el fondo, pensamos: quédate con nosotros porque nos rodean las tinieblas, y sólo Tú eres luz, sólo Tú puedes calmar esta ansia que nos consume. Porque ‘entre las cosas hermosas, honestas, no ignoramos cuál es la primera: poseer siempre a Dios’ (San Gregorio Nacianzeno).
Y Jesús se queda. Se abren nuestros ojos como los de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y aunque Él vuelva a desaparecer de nuestra vista, seremos también capaces de emprender de nuevo la marcha -anochece-, para hablar a los demás de Él, porque tanta alegría no cabe en un pecho solo.
Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra” (San Josemaría Escrivá). Vale la pena recordar a los discípulos de Emaús si alguna vez nos ataca el fantasma del desaliento o la desesperanza; Jesús nunca nos dejará solos, de una manera o de otra nos acompañará en el camino y nos hablará, pero conviene pedirle que se quede con nosotros para que su presencia se haga continua en nuestra vida. Muchas veces Jesús utilizará nuestras vidas para que otros encuentren el consuelo y la luz en sus vidas en tinieblas. No se trata sólo de ser Apóstoles, sino el mismo Cristo que pasa por sus vidas como ha pasado por la nuestra para orientar al perdido, consolar al triste y animar al desesperanzado.
b) En el fondo, ahí está el sentido de la Misa. La misa es el ofrecimiento de Cristo y nuestro al Padre, y básicamente tiene dos partes, que son la liturgia de la palabra y la Eucaristía. Ofrecimiento al Padre de Jesús y nuestro, pues somos también nosotros hijos de Dios (como le dijo a María el primer domingo: "di a mis hermanos: subo a mi Padre, que es también vuestro Padre"). Decía una persona: "La Palabra de Dios proclamada en la celebración de la Eucaristía me ha llevado en diversos momentos de mi vida a tomar decisiones concretas para ir adelante en hacer la voluntad de Dios en mi vida; no es cuestión de voluntad (muchas veces no encuentro esta intensidad) sino un don de Dios". A nosotros nos toca, como en el milagro de Caná, llenar las tinajas de agua (estar ahí, dispuestos a la escucha de la Palabra): es Jesús quien puede hacer el milagro de convertir el agua en vino (cambiar nuestro corazón), y hacer realidad lo que oímos al comienzo del Evangelio: "El Señor esté con vosotros".
Una historia poco piadosa nos puede ilustrar esa necesidad de contacto vital. Habla de un joven inquieto se presentó a un sacerdote y le dijo: -'Busco a Dios'. El reverendo le echó un sermón, que el joven escuchó con paciencia. Acabado el sermón, el joven marchó triste en busca del obispo. -'Busco a Dios', le dijo llorando al obispo. Monseñor le leyó una pastoral que acababa de publicar en el boletín de la diócesis y el joven oyó la pastoral con gran cortesía, pero al acabar la lectura se fue angustiado al Papa a pedirle: -'Busco a Dios'. Su Santidad se dispuso a resumirle su última encíclica, pero el joven rompió en sollozos sin poder contener la angustia. -'¿Por qué lloras?', le preguntó el Papa totalmente desconcertado. -'Busco a Dios y me dan palabras' dijo el joven apenas pudo recuperarse. Aquella noche, el sacerdote, el obispo y el Papa tuvieron un mismo sueño. Soñaron que morían de sed y que alguien trataba de aliviarles con un largo discurso sobre el agua.
-Jesús, “puesto con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Se les abrieron los ojos y le reconocieron”. “Esta es la segunda experiencia para "reconocer a Jesús": la eucaristía, la fracción del pan. La primera había sido la Escritura, explicada por Él. Fijémonos en que los dos momentos del encuentro de Emaús son como las dos partes de la Misa: la liturgia de la Palabra y la "fracción del pan", que Jesús hizo el jueves santo (y que estos discípulos recordarían cuando reconocieron a Jesús). La Eucaristía nunca es aislada, sino que -inscrita en el año litúrgico, con unos sentimientos distintos según sea la esperanza del Adviento, o el dolor de la Cuaresma o la alegría de Navidad o Pascua...- siempre nos hace viva la muerte y resurrección de Jesús, por esto es buena disposición ver que la vida es como un camino de Emaús, un encuentro con Jesús en el que cada día hay una palabra suya que va germinando en nuestro corazón, algo que nos va explicando por el camino.
La eucaristía es el sacramento, el signo eficaz de la presencia de Cristo resucitado. Es el gran misterio de la Fe: un signo muy pobre, un signo muy modesto. Comulgar con el "Cuerpo de Cristo". Valorar la eucaristía por encima de todo. Arrodillarse alguna vez ante un sagrario. En el mismo instante se levantaron, y volvieron a Jerusalén. Siempre la "misión". Nadie puede quedarse quieto en su sitio contemplando a Cristo resucitado: Hay que ponerse en camino y marchar hacia los hermanos” (Noel Quesson).
Caminemos con la esperanza que nos da el hecho de saber que el Señor nos ayuda a encontrar sentido a todos los acontecimientos. Sobre todo, en aquellos momentos en que, como los discípulos de Emaús, pasemos por dificultades, contrariedades, desánimos... Ante los diversos acontecimientos, nos conviene saber escuchar su Palabra, que nos llevará a interpretarlos a la luz del proyecto salvador de Dios. Aunque, quizá, a veces, equivocadamente, nos pueda parecer que no nos escucha, Él nunca se olvida de nosotros; Él siempre nos habla. Sólo a nosotros nos puede faltar la buena disposición para escuchar, meditar y contemplar lo que Él nos quiere decir.
En los variados ámbitos en los que nos movemos, frecuentemente podemos encontrar personas que viven como si Dios no existiera, vidas carentes de sentido. Conviene que nos demos cuenta de la responsabilidad que tenemos de llegar a ser instrumentos aptos para que el Señor pueda, a través de nosotros, acercarse y “hacer camino” con los que nos rodean. Busquemos cómo hacerlos conocedores de la condición de hijos de Dios y de que Jesús nos ha amado tanto, que no sólo ha muerto y resucitado para nosotros, sino que ha querido quedarse para siempre en la Eucaristía. Fue en el momento de partir el pan cuando aquellos discípulos de Emaús reconocieron que era Jesús quien estaba a su lado.
c) Muchos cristianos, jóvenes y mayores, experimentamos en la vida, como los dos de Emaús, momentos de desencanto y depresión. A veces por circunstancias personales. Otras, por la visión deficiente que la misma comunidad puede ofrecer. El camino de Emaús puede ser muchas veces nuestro camino. Viaje de ida desde la fe hasta la oscuridad, y ojalá de vuelta desde la oscuridad hacia la fe. Cuántas veces nuestra oración podría ser: «quédate con nosotros, que se está haciendo de noche y se oscurece nuestra vida». La Pascua no es para los perfectos: fue Pascua también para el paralítico del templo y para los discípulos desanimados de Emaús.
En medio, sobre todo si alguien nos ayuda, deberíamos tener la experiencia del encuentro con el Resucitado. En la Eucaristía compartida. En la Palabra escuchada. En la comunidad que nos apoya y da testimonio. Y la presencia del Señor curará nuestros males. ¿Nos ayuda alguien en este encuentro? ¿Ayudamos nosotros a los demás cuando notamos que su camino es de alejamiento y frialdad?
El relato de Lucas, narrado con evidente lenguaje eucarístico, quiere ayudar a sus lectores -hoy, a nosotros- a que conectemos la misa con la presencia viva del Señor Jesús. Pero a la vez, de nuestro encuentro con el Resucitado, si le hemos sabido reconocer en la Palabra, en la Eucaristía y en la Comunidad, ¿salimos alegres, presurosos a dar testimonio de él en nuestra vida, dispuestos a anunciar la Buena Noticia de Jesús con nuestras palabras y nuestros hechos? ¿Imitamos a los dos de Emaús, que vuelven a la comunidad, y a las mujeres que se apresuran a anunciar la buena nueva? Si es así, eso cambiará toda nuestra jornada” (J. Aldazábal).
Hoy le rezamos a Dios Padre, que «todos los años nos alegras con la solemnidad de la resurrección del Señor» (oración), «que la participación en los sacramentos nos transforme en hombres nuevos» (poscomunión). Dice San Bernardo: «El nombre de Jesús no es solamente Luz, es también manjar. ¿Acaso no te sientes confortado cuantas veces lo recuerdas? ¿Qué otro alimento como él sacia así la mente del que medita? ¿Qué otro manjar repara así los sentidos fatigados, esfuerza las virtudes, vigoriza la buenas y honestas costumbres y fomenta las castas afecciones? Todo alimento del alma es árido si con este óleo no está sazonado; es insípido si no está condimentado con esta sal. Si escribes, no me deleitas, a no ser que lea el nombre de Jesús. Si disputas o conversas, no me place, si no oigo el nombre de Jesús. Jesús es miel en la boca, melodía en los oídos, alegría en el corazón. ¿Está triste alguno de vosotros? Venga a su corazón Jesús, y de allí salga a la boca. Y he aquí que apenas aparece el resplandor de este nombre desaparecen todas las nubes y todo queda sereno».
d) Newman decía: “Reflexionemos sobre lo que significaban las apariciones de Jesús a sus discípulos después de su resurrección. Tienen tanto más importancia cuanto que nos muestran que una comunión de este género con Cristo sigue siendo posible. Este contacto con Cristo nos es posible también hoy. En el período de los cuarenta días que siguieron a la resurrección, Jesús inauguró su nueva relación con la Iglesia, su relación actual con nosotros, la forma de presencia que ha querido manifestar y asegurar. Después de su resurrección ¿cómo se hizo Cristo presente a la Iglesia? Iba y venía libremente, nada se oponía a su venida, ni siquiera las puertas cerradas. Pero una vez presente, los discípulos no eran capaces de reconocer su presencia. Los discípulos de Emaús no tenían conciencia de su presencia hasta después, recordando la influencia que él había ejercido sobre ellos: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba?”
Observemos bien en qué momento se les abrieron los ojos: en la fracción del pan. Esto es lo que el evangelio nos dice. Aunque uno reciba la gracia de darse cuenta de la presencia de Cristo, se le reconoce sólo más tarde. Es sólo por la fe que uno puede reconocer su presencia. En lugar de su presencia sensible, nos deja el memorial de su redención. Se hace presente en el sacramento. ¿Cuándo se ha manifestado? Cuando, para decirlo de alguna manera, hace pasar a los suyos de una visión sin verdadero conocimiento a un auténtico conocimiento en lo invisible de la fe”.
Salmo 105,1-4.6-9: ¡Den gracias al Señor, invoquen su Nombre, hagan conocer entre los pueblos sus proezas; / canten al Señor con instrumentos musicales, pregonen todas sus maravillas! / ¡Gloríense en su santo Nombre, alégrense los que buscan al Señor! / ¡Recurran al Señor y a su poder, busquen constantemente su rostro; / descendientes de Abraham, su servidor, hijos de Jacob, su elegido: / el Señor es nuestro Dios, en toda la tierra rigen sus decretos. / Él se acuerda eternamente de su alianza, de la palabra que dio por mil generaciones, / del pacto que selló con Abraham, del juramento que hizo a Isaac.
Evangelio según San Lucas 24,13-35: Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran.
Él les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?». Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?». Él les dijo: «¿Qué cosas?». Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron». Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?». Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras.
Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado». Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando.
Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.
Comentario: “Hoy «es el día que hizo el Señor: regocijémonos y alegrémonos en Él» (Sal 117,24). Así nos invita a rezar la liturgia de estos días de la octava de Pascua. Alegrémonos de ser conocedores de que Jesús resucitado, hoy y siempre, está con nosotros. Él permanece a nuestro lado en todo momento. Pero es necesario que nosotros le dejemos que nos abra los ojos de la fe para reconocer que está presente en nuestras vidas. Él quiere que gocemos de su compañía, cumpliendo lo que nos dijo: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20)” (Xavier Pagès).
1. a) De momento los discípulos seguían con las liturgias del Templo. -Un tullido de nacimiento pedía limosna... Pedro le dijo: «oro no tengo, pero lo que tengo te doy: en nombre de Jesucristo el Nazareno, levántate y anda». Los Apóstoles son los continuadores de Jesús. Son los depositarios del poder taumatúrgico -hacer milagros- del Mesías. La acción de Jesús no terminó con su muerte: Dios continúa actuando a través de su presencia misteriosa en su Iglesia. Y para subrayar esa continuidad: Pedro dice las mismas palabras que Jesús: «Levántate y anda...» (Lc 5, 23). Pedro hace el mismo gesto que Jesús: «Tomándole de la mano...» (Lc 8, 54). Y sana la misma enfermedad, un paralítico y en el mismo lugar... (Mt 21, 14). ¿Creo yo en la Iglesia, depositaria de los beneficios de Dios? ¿Creo, de veras, que Jesús está viviendo en ella? ¿Es su Palabra la que oigo, cuando se lee la Escritura en la Misa? ¿Es a Él a quien encuentro, cuando me confieso? Ocasión de descubrir de nuevo la misteriosa profundidad de la "acción Apostólica": el Papa y los obispos continúan la función de Pedro y de los Doce.
-En nombre de Jesucristo, ¡Levántate y anda! Eso es los que repite la Iglesia a la humanidad, con tanta frecuencia paralizada. «Levántate». La Iglesia, siguiendo a Jesús, quiere la grandeza del hombre: un hombre de pie, un hombre activo, un hombre capaz de tomar su destino en su mano... En mi vida familiar o profesional, ¿contribuyo a «levantar» a la humanidad? ¿Contribuyo a curar? Yo mismo, ¿sé apoyarme en la fuerza de la resurrección para ponerme de nuevo en pie cada vez que una prueba me ha paralizado o anonadado? «En nombre de Jesucristo, ¡que me levante y ande!»
-Entró con ellos en el Templo... La ley de Moisés había establecido un cierto número de barreras: así ciertas categorías de personas, consideradas como «impuras» legalmente no tenían derecho a entrar en el Templo. Los tullidos estaban en este caso (ver Lv 21, 18 y II Samuel 5, 8). Pero he aquí que la nueva religión rompe todas esas barreras legales: nadie es excluido... Todos están invitados a entrar. ¡Gracias, Señor! Ayúdanos a no reinstalar barreras ni exclusiones. Que seamos acogedores y abiertos a todos. En particular a los más pobres... -Andando... saltando... y alabando a Dios... Es algo muy comprensible. Imagino la escena en el templo. El poder maravilloso de la resurrección comienza a difundirse en el cuerpo de la humanidad, como presagio y anuncio de la exultación final de los «resucitados» (Noel Quesson).
b) Pedro y Juan curan en nombre de Jesús al paralítico del templo, a la hora del sacrificio de la tarde. Qué bien cuenta Lucas el episodio: el pobre mendigo a la puerta del templo -como se ve, fenómeno antiguo-, la mirada fija del mendigo que espera algo, la mirada también fija de Pedro, el contacto de la mano, las palabras breves y solemnes: «en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar», y la curación progresiva del buen hombre hasta seguirles dando brincos al Templo, ante la admiración de la gente. La fuerza salvadora, que en vida de Jesús brotaba de él, curando a los enfermos y resucitando a los muertos, es ahora energía pascual que sigue activa: el Resucitado está presente, aunque invisible, y actúa a través de su comunidad, en concreto a través de los apóstoles, a los que había enviado a «proclamar el Reino de Dios y a curar» (Lc 9,2). No tendrán medios económicos, pero sí participan de la fuerza del Señor.
2. Sal. 104. Dios es siempre fiel a su Alianza y a su amor hacia nosotros. Él jamás abandonará a su Pueblo a pesar de nuestras infidelidades. ¿Habrá alguien que nos ame como Dios lo ha hecho? Su misericordia es eterna y se prolonga de generación en generación. En su amor por nosotros se hizo uno de nosotros para ofrecernos su perdón, y para hacernos partícipes de su Vida y de su Espíritu. Aun cuando muchas veces nosotros nos alejemos del Señor y traicionamos su amor, Él no se olvidará de nosotros y siempre estará dispuesto a perdonarnos, pues Él es nuestro Dios y Padre misericordioso, y no enemigo a la puerta. Mientras aún es tiempo, volvamos al Señor, dejémonos amar por Él y convirtámonos en fieles testigos suyos, proclamando sus prodigios a todos los pueblos.
3. Los dos en Emaús recuperan la esperanza. a) Sólo María Santísima tendrá fe en todo momento, los discípulos están en desbandada, y ahí van los de hoy, desanimados, descorazonados. “Aquella tarde van de Jerusalén a Emaús, a pocas horas de camino de la Ciudad Santa, tristes, bajo el peso de la mayor de las decepciones: el Maestro acaba de ser crucificado como un malhechor, no había tenido ningún poder contra la muerte, y ahora todos los suyos se dispersaban sin saber donde ir. Si el único que tenía palabras de vida eterna había muerto, ¿qué iba a ser de ellos? Andaban -eran dos, un tal Cleofás y otro- contándose entre sí una y otra vez todo aquel desastre, el fin de la gran esperanza. Sin duda se han equivocado, Jesús debió ser profeta, pero no el Mesías, habían entendido mal el mensaje, su muerte, un hecho tan seguro, sólo podía interpretarse así” (Carlos Pujol). Quizá no perdieron la luz íntima de la fe en Jesús, sino la esperanza mesiánica en un líder terrenal. Lo que no consiguió Jesús en vida, lo obtuvo agonizante y muerto, curándoles definitivamente de su fe ingenua y pueril en un camino de Dios según la fantasía humana, alejado del camino de la cruz. En su alma se formó un vacío, quedando así espacio libre para la sabiduría divina que es locura para el mundo. -Dos discípulos iban a Emaús... y hablaban entre sí... El viernes último murió su amigo. Todo ha terminado. Vuelven a su casa. Sorprende que no sean capaces de tener en consideración el testimonio de las mujeres; quizá estaban tan deprimidos por el “fracaso” que para ellos era la muerte de Jesús, que están temporalmente cerrados a todo misterio.
Hasta que llegan a la raíz de su decepción: Sin embargo nosotros esperábamos que Él sería quien redimiera a Israel. Este es el tema. ¿Cuál era su esperanza?: parece una salvación humana; muchos problemas vienen de la tergiversación de la esperanza... ya el tercer día desde que han pasado estas cosas. Ya no esperan nada. "Nosotros esperábamos..." Estas palabras están llenas de una esperanza perdida. Me imagino su decepción. Camino con ellos. Les escucho. En toda vida humana esto sucede algún día: una gran esperanza perdida, una muerte cruel, un fracaso humillante, una preocupación, una cuestión insoluble, un pecado que hace sufrir. Humanamente, no hay salida.
-Jesús se les acercó e iba con ellos... pero sus ojos estaban ciegos, no podían reconocerle... "¿De qué estáis hablando? Parecéis tristes." Por su camino has venido a encontrarles; e inmediatamente te interesas por sus preocupaciones. Tú conoces nuestras penas y nuestras decepciones. Me alivia pensar que no ignoras nada de lo que soporto en el fondo de mí mismo. Me dejo mirar e interrogar por ti.
-Lo de Jesús Nazareno... Cómo le entregaron nuestros magistrados para que fuese condenado a muerte y crucificado... Jesús deja que se expresen detenidamente, sobre sus preocupaciones. No se da a conocer enseguida: deja que hablen, que se desahoguen.
-¡Hombres tardos de corazón para creer todo lo que vaticinaron los profetas! Y comenzando por Moisés y por todos los profetas les fue declarando cuanto a Él se refería en todas las Escrituras. He aquí el primer método para "reconocer" a Jesús: tomar contacto, profundamente, cordialmente, con las Escrituras con la Palabra de Dios. Hacer "oración". Procurar por encima de todo tener unos momentos de corazón a corazón. Leer y releer la Escritura.
Llegan al pueblo, le piden que se quede: “Una de las súplicas más conmovedoras del Evangelio, oscurece (¿quién tiene miedo a la oscuridad, los de Emaús o su compañero misterioso?), y después de aquel coloquio ambulante ahora que todo son sombras lo necesitan.” (Carlos Pujol).
“Jesús en el camino. ¡Señor, qué grande eres siempre! Pero me conmueves cuando te allanas a seguirnos, a buscarnos, en nuestro ajetreo diario. Señor, concédenos la ingenuidad de espíritu, la mirada limpia, la cabeza clara, que permiten entenderte cuando vienes sin ningún signo exterior de tu gloria.
Se termina el trayecto al encontrar la aldea, y aquellos dos que -sin darse cuenta- han sido heridos en lo hondo de su corazón por la palabra y el amor de Dios hecho hombre, sienten que se vaya. Porque Jesús les saluda con un ademán de continuar adelante. No se impone nunca, este Señor Nuestro. Quiere que le llamen libremente, desde que hemos entrevisto la pureza del Amor, que nos ha metido en el alma. Hemos de detenerlo por fuerza y rogarle: continua con nosotros porque ya es tarde, y ya va el día de caída, se hace de noche.
Así somos: siempre poco atrevidos, quizá por insinceridad, o quizá por pudor. En el fondo, pensamos: quédate con nosotros porque nos rodean las tinieblas, y sólo Tú eres luz, sólo Tú puedes calmar esta ansia que nos consume. Porque ‘entre las cosas hermosas, honestas, no ignoramos cuál es la primera: poseer siempre a Dios’ (San Gregorio Nacianzeno).
Y Jesús se queda. Se abren nuestros ojos como los de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y aunque Él vuelva a desaparecer de nuestra vista, seremos también capaces de emprender de nuevo la marcha -anochece-, para hablar a los demás de Él, porque tanta alegría no cabe en un pecho solo.
Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra” (San Josemaría Escrivá). Vale la pena recordar a los discípulos de Emaús si alguna vez nos ataca el fantasma del desaliento o la desesperanza; Jesús nunca nos dejará solos, de una manera o de otra nos acompañará en el camino y nos hablará, pero conviene pedirle que se quede con nosotros para que su presencia se haga continua en nuestra vida. Muchas veces Jesús utilizará nuestras vidas para que otros encuentren el consuelo y la luz en sus vidas en tinieblas. No se trata sólo de ser Apóstoles, sino el mismo Cristo que pasa por sus vidas como ha pasado por la nuestra para orientar al perdido, consolar al triste y animar al desesperanzado.
b) En el fondo, ahí está el sentido de la Misa. La misa es el ofrecimiento de Cristo y nuestro al Padre, y básicamente tiene dos partes, que son la liturgia de la palabra y la Eucaristía. Ofrecimiento al Padre de Jesús y nuestro, pues somos también nosotros hijos de Dios (como le dijo a María el primer domingo: "di a mis hermanos: subo a mi Padre, que es también vuestro Padre"). Decía una persona: "La Palabra de Dios proclamada en la celebración de la Eucaristía me ha llevado en diversos momentos de mi vida a tomar decisiones concretas para ir adelante en hacer la voluntad de Dios en mi vida; no es cuestión de voluntad (muchas veces no encuentro esta intensidad) sino un don de Dios". A nosotros nos toca, como en el milagro de Caná, llenar las tinajas de agua (estar ahí, dispuestos a la escucha de la Palabra): es Jesús quien puede hacer el milagro de convertir el agua en vino (cambiar nuestro corazón), y hacer realidad lo que oímos al comienzo del Evangelio: "El Señor esté con vosotros".
Una historia poco piadosa nos puede ilustrar esa necesidad de contacto vital. Habla de un joven inquieto se presentó a un sacerdote y le dijo: -'Busco a Dios'. El reverendo le echó un sermón, que el joven escuchó con paciencia. Acabado el sermón, el joven marchó triste en busca del obispo. -'Busco a Dios', le dijo llorando al obispo. Monseñor le leyó una pastoral que acababa de publicar en el boletín de la diócesis y el joven oyó la pastoral con gran cortesía, pero al acabar la lectura se fue angustiado al Papa a pedirle: -'Busco a Dios'. Su Santidad se dispuso a resumirle su última encíclica, pero el joven rompió en sollozos sin poder contener la angustia. -'¿Por qué lloras?', le preguntó el Papa totalmente desconcertado. -'Busco a Dios y me dan palabras' dijo el joven apenas pudo recuperarse. Aquella noche, el sacerdote, el obispo y el Papa tuvieron un mismo sueño. Soñaron que morían de sed y que alguien trataba de aliviarles con un largo discurso sobre el agua.
-Jesús, “puesto con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Se les abrieron los ojos y le reconocieron”. “Esta es la segunda experiencia para "reconocer a Jesús": la eucaristía, la fracción del pan. La primera había sido la Escritura, explicada por Él. Fijémonos en que los dos momentos del encuentro de Emaús son como las dos partes de la Misa: la liturgia de la Palabra y la "fracción del pan", que Jesús hizo el jueves santo (y que estos discípulos recordarían cuando reconocieron a Jesús). La Eucaristía nunca es aislada, sino que -inscrita en el año litúrgico, con unos sentimientos distintos según sea la esperanza del Adviento, o el dolor de la Cuaresma o la alegría de Navidad o Pascua...- siempre nos hace viva la muerte y resurrección de Jesús, por esto es buena disposición ver que la vida es como un camino de Emaús, un encuentro con Jesús en el que cada día hay una palabra suya que va germinando en nuestro corazón, algo que nos va explicando por el camino.
La eucaristía es el sacramento, el signo eficaz de la presencia de Cristo resucitado. Es el gran misterio de la Fe: un signo muy pobre, un signo muy modesto. Comulgar con el "Cuerpo de Cristo". Valorar la eucaristía por encima de todo. Arrodillarse alguna vez ante un sagrario. En el mismo instante se levantaron, y volvieron a Jerusalén. Siempre la "misión". Nadie puede quedarse quieto en su sitio contemplando a Cristo resucitado: Hay que ponerse en camino y marchar hacia los hermanos” (Noel Quesson).
Caminemos con la esperanza que nos da el hecho de saber que el Señor nos ayuda a encontrar sentido a todos los acontecimientos. Sobre todo, en aquellos momentos en que, como los discípulos de Emaús, pasemos por dificultades, contrariedades, desánimos... Ante los diversos acontecimientos, nos conviene saber escuchar su Palabra, que nos llevará a interpretarlos a la luz del proyecto salvador de Dios. Aunque, quizá, a veces, equivocadamente, nos pueda parecer que no nos escucha, Él nunca se olvida de nosotros; Él siempre nos habla. Sólo a nosotros nos puede faltar la buena disposición para escuchar, meditar y contemplar lo que Él nos quiere decir.
En los variados ámbitos en los que nos movemos, frecuentemente podemos encontrar personas que viven como si Dios no existiera, vidas carentes de sentido. Conviene que nos demos cuenta de la responsabilidad que tenemos de llegar a ser instrumentos aptos para que el Señor pueda, a través de nosotros, acercarse y “hacer camino” con los que nos rodean. Busquemos cómo hacerlos conocedores de la condición de hijos de Dios y de que Jesús nos ha amado tanto, que no sólo ha muerto y resucitado para nosotros, sino que ha querido quedarse para siempre en la Eucaristía. Fue en el momento de partir el pan cuando aquellos discípulos de Emaús reconocieron que era Jesús quien estaba a su lado.
c) Muchos cristianos, jóvenes y mayores, experimentamos en la vida, como los dos de Emaús, momentos de desencanto y depresión. A veces por circunstancias personales. Otras, por la visión deficiente que la misma comunidad puede ofrecer. El camino de Emaús puede ser muchas veces nuestro camino. Viaje de ida desde la fe hasta la oscuridad, y ojalá de vuelta desde la oscuridad hacia la fe. Cuántas veces nuestra oración podría ser: «quédate con nosotros, que se está haciendo de noche y se oscurece nuestra vida». La Pascua no es para los perfectos: fue Pascua también para el paralítico del templo y para los discípulos desanimados de Emaús.
En medio, sobre todo si alguien nos ayuda, deberíamos tener la experiencia del encuentro con el Resucitado. En la Eucaristía compartida. En la Palabra escuchada. En la comunidad que nos apoya y da testimonio. Y la presencia del Señor curará nuestros males. ¿Nos ayuda alguien en este encuentro? ¿Ayudamos nosotros a los demás cuando notamos que su camino es de alejamiento y frialdad?
El relato de Lucas, narrado con evidente lenguaje eucarístico, quiere ayudar a sus lectores -hoy, a nosotros- a que conectemos la misa con la presencia viva del Señor Jesús. Pero a la vez, de nuestro encuentro con el Resucitado, si le hemos sabido reconocer en la Palabra, en la Eucaristía y en la Comunidad, ¿salimos alegres, presurosos a dar testimonio de él en nuestra vida, dispuestos a anunciar la Buena Noticia de Jesús con nuestras palabras y nuestros hechos? ¿Imitamos a los dos de Emaús, que vuelven a la comunidad, y a las mujeres que se apresuran a anunciar la buena nueva? Si es así, eso cambiará toda nuestra jornada” (J. Aldazábal).
Hoy le rezamos a Dios Padre, que «todos los años nos alegras con la solemnidad de la resurrección del Señor» (oración), «que la participación en los sacramentos nos transforme en hombres nuevos» (poscomunión). Dice San Bernardo: «El nombre de Jesús no es solamente Luz, es también manjar. ¿Acaso no te sientes confortado cuantas veces lo recuerdas? ¿Qué otro alimento como él sacia así la mente del que medita? ¿Qué otro manjar repara así los sentidos fatigados, esfuerza las virtudes, vigoriza la buenas y honestas costumbres y fomenta las castas afecciones? Todo alimento del alma es árido si con este óleo no está sazonado; es insípido si no está condimentado con esta sal. Si escribes, no me deleitas, a no ser que lea el nombre de Jesús. Si disputas o conversas, no me place, si no oigo el nombre de Jesús. Jesús es miel en la boca, melodía en los oídos, alegría en el corazón. ¿Está triste alguno de vosotros? Venga a su corazón Jesús, y de allí salga a la boca. Y he aquí que apenas aparece el resplandor de este nombre desaparecen todas las nubes y todo queda sereno».
d) Newman decía: “Reflexionemos sobre lo que significaban las apariciones de Jesús a sus discípulos después de su resurrección. Tienen tanto más importancia cuanto que nos muestran que una comunión de este género con Cristo sigue siendo posible. Este contacto con Cristo nos es posible también hoy. En el período de los cuarenta días que siguieron a la resurrección, Jesús inauguró su nueva relación con la Iglesia, su relación actual con nosotros, la forma de presencia que ha querido manifestar y asegurar. Después de su resurrección ¿cómo se hizo Cristo presente a la Iglesia? Iba y venía libremente, nada se oponía a su venida, ni siquiera las puertas cerradas. Pero una vez presente, los discípulos no eran capaces de reconocer su presencia. Los discípulos de Emaús no tenían conciencia de su presencia hasta después, recordando la influencia que él había ejercido sobre ellos: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba?”
Observemos bien en qué momento se les abrieron los ojos: en la fracción del pan. Esto es lo que el evangelio nos dice. Aunque uno reciba la gracia de darse cuenta de la presencia de Cristo, se le reconoce sólo más tarde. Es sólo por la fe que uno puede reconocer su presencia. En lugar de su presencia sensible, nos deja el memorial de su redención. Se hace presente en el sacramento. ¿Cuándo se ha manifestado? Cuando, para decirlo de alguna manera, hace pasar a los suyos de una visión sin verdadero conocimiento a un auténtico conocimiento en lo invisible de la fe”.
lunes, 9 de abril de 2012
Lunes de la octava de Pascua: el anuncio del ángel, y la alegría de la resurrección, vivida en la primera Iglesia
Libro de los Hechos de los Apóstoles 2,14.22-32 (se lee también en el 3º domingo de pascua A): Entonces, Pedro poniéndose de pie con los Once, levantó la voz y dijo: "Hombres de Judea y todos los que habitan en Jerusalén, presten atención, porque voy a explicarles lo que ha sucedido. Israelitas, escuchen: A Jesús de Nazaret, el hombre que Dios acreditó ante ustedes realizando por su intermedio los milagros, prodigios y signos que todos conocen, a ese hombre que había sido entregado conforme al plan y a la previsión de Dios, ustedes lo hicieron morir, clavándolo en la cruz por medio de los infieles. Pero Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte, porque no era posible que ella tuviera dominio sobre Él. En efecto, refiriéndose a Él, dijo David: Veía sin cesar al Señor delante de mí, porque Él está a mi derecha para que yo no vacile. Por eso se alegra mi corazón y mi lengua canta llena de gozo. También mi cuerpo descansará en la esperanza, porque Tú no entregarás mi alma al Abismo, ni dejarás que tu servidor sufra la corrupción. Tú me has hecho conocer los caminos de la vida y me llenarás de gozo en tu presencia. Hermanos, permítanme decirles con toda franqueza que el patriarca David murió y fue sepultado, y su tumba se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como él era profeta, sabía que Dios le había jurado que un descendiente suyo se sentaría en su trono. Por eso previó y anunció la resurrección del Mesías, cuando dijo que no fue entregado al Abismo ni su cuerpo sufrió la corrupción. A este Jesús, Dios lo resucitó, y todos nosotros somos testigos.
Salmo 16,1-2.5.7-11: Mictán de David. Protégeme, Dios mío, porque me refugio en ti. / Yo digo al Señor: "Señor, tú eres mi bien, no hay nada superior a ti". / El Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz, ¡tú decides mi suerte! / Bendeciré al Señor que me aconseja, ¡hasta de noche me instruye mi conciencia! / Tengo siempre presente al Señor: él está a mi lado, nunca vacilaré. / Por eso mi corazón se alegra, se regocijan mis entrañas y todo mi ser descansa seguro: / porque no me entregarás a la Muerte ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro. / Me harás conocer el camino de la vida, saciándome de gozo en tu presencia, de felicidad eterna a tu derecha.
Evangelio según San Mateo 28,8-15: En aquel tiempo, las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Dios os guarde!». Y ellas se acercaron a Él, y abrazándole sus pies, le adoraron. Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado. Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: «Decid: ‘Sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos’. Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones». Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el día de hoy.
Comentario: 1. Durante la "cincuentena" pascual que sigue a la "cuarentena" de la cuaresma, de ahí el nombre de Pentecostés, nos introduciremos en el ámbito de la Iglesia naciente. San Lucas, como prolongación de su evangelio, nos relata los treinta primeros años de la Iglesia, hasta el año 63 después de Jesucristo. En los cinco primeros capítulos veremos el nacimiento de la Iglesia en Jerusalén. En los capítulos seis a once, contemplaremos la expansión de la Iglesia hacia Samaría y Siria. En fin, a partir del capítulo doce, el evangelio gracias a la actividad misionera de San Pablo se extiende por todo el oriente Medio y Grecia. Hombres y mujeres, Apóstoles y cristianos han vivido esa sorprendente epopeya misionera. Pero, tras los «hechos» de los apóstoles, se halla un solo "actor", ¡el Espíritu! o, más exactamente, el Señor Jesús viviente, glorificado, resucitado, que actúa por su Iglesia en la potencia del Espíritu, Jesús presente entre nosotros. Por esta razón se leen los Hechos de los Apóstoles como prolongación de la Pascua.
Pedro, de pie en medio de los once, decía con voz fuerte: Escuchad... Jesús el Nazareno, el que matasteis en una cruz, Dios lo ha resucitado. Los acontecimientos son recientes. En una ciudad limitada como Jerusalén, se conservan en el recuerdo de todos. Debieron de ver su cadáver, colgado por los clavos en el patíbulo. Pudieron ver también el lanzazo final que abrió el corazón del condenado. Y Pedro acaba de decirles: después de todo esto ¡nosotros le hemos vuelto a ver! ¡más vivo que antes! (Noel Quesson)
2. -El salmo de David dice de Cristo: «Mi carne descansa confiada: Tú no puedes abandonar mi espíritu al abismo... No dejarás que tu Santo vea la corrupción. Pedro, para un público de judíos, se refiere a la Biblia, cita este salmo, que comentó Juan Pablo II como “un salmo de intensa fuerza espiritual”, “un cántico luminoso, con espíritu místico, como sugiere ya la profesión de fe puesta al inicio: "Mi Señor eres tú; no hay dicha para mí fuera de ti" (v. 2). Así pues, Dios es considerado como el único bien. El salmo 15 desarrolla dos temas, expresados mediante tres símbolos. Ante todo, el símbolo de la "heredad", término que domina los versículos 5-6. En efecto, se habla de "lote de mi heredad, copa, suerte". Estas palabras se usaban para describir el don de la tierra prometida al pueblo de Israel. Ahora bien, sabemos que la única tribu que no había recibido un lote de tierra era la de los levitas, porque el Señor mismo constituía su heredad. El salmista declara precisamente: "El señor es el lote de mi heredad. (...) Me encanta mi heredad" (Sal 15,5-6). Así pues, da la impresión de que es un sacerdote que proclama la alegría de estar totalmente consagrado al servicio de Dios”. San Agustín comenta: "El salmista no dice: "Oh Dios, dame una heredad. ¿Qué me darás como heredad?", sino que dice: "Todo lo que tú puedes darme fuera de ti, carece de valor. Sé tú mismo mi heredad. A ti es a quien amo". (...) Esperar a Dios de Dios, ser colmado de Dios por Dios. Él te basta, fuera de él nada te puede bastar." El segundo tema es el de la comunión perfecta y continua con el Señor: “El salmista manifiesta su firme esperanza de ser preservado de la muerte, para permanecer en la intimidad de Dios, la cual ya no es posible en la muerte (cf. Sal 6,6; 87,6). Con todo, sus expresiones no ponen ningún límite a esta preservación; más aún, pueden entenderse en la línea de una victoria sobre la muerte que asegura la intimidad eterna con Dios”.
“El segundo símbolo del salmo 15 es el del "camino": "Me enseñarás el sendero de la vida" (v. 11). Es el camino que lleva al "gozo pleno en la presencia" divina, a "la alegría perpetua a la derecha" del Señor. Estas palabras se adaptan perfectamente a una interpretación que ensancha la perspectiva a la esperanza de la comunión con Dios, más allá de la muerte, en la vida eterna. En este punto, es fácil intuir por qué el Nuevo Testamento asumió el salmo 15 refiriéndolo a la resurrección de Cristo. San Pedro, en su discurso de Pentecostés, cita precisamente la segunda parte de este himno con una luminosa aplicación pascual y cristológica: "Dios resucitó a Jesús de Nazaret, librándole de los dolores de la muerte, pues no era posible que quedase bajo su dominio" (Hch 2,24). San Pablo, durante su discurso en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, se refiere al salmo 15 en el anuncio de la Pascua de Cristo. Desde esta perspectiva, también nosotros lo proclamamos: "No permitirás que tu Santo experimente la corrupción. Ahora bien, David, después de haber servido en sus días a los designios de Dios, murió, se reunió con sus padres y experimentó la corrupción. En cambio, aquel a quien Dios resucitó -o sea, Jesucristo-, no experimentó la corrupción" (Hch 13,35-37)”.
3. Durante la primera semana después de la Pascua, leemos algunos relatos que nos hablan de la resurrección. “Existen dos tipos sensiblemente diferentes de tradición de la resurrección –decía Ratzinger-: llamaré al primero tradición confesional, y al segundo, tradición narrativa. Como ejemplo del primer tipo encontramos los versículos 3-8 del capítulo 15 de la primera carta a los Corintios; el segundo tipo lo hallamos en los relatos de la resurrección de los cuatro evangelios. Ambos tipos tienen orígenes diferentes; ambos plantean cuestiones muy diversas; ambos tienen significaciones y propósitos distintos, y esto reviste notable importancia a la hora de plantearse y de interpretar aquello que constituye el núcleo del mensaje.
En la tradición narrativa podemos percibir el origen de la tradición confesional. La primera relata cómo los discípulos de Emaús, una vez vueltos a Jerusalén, fueron saludados por los once con este anuncio: “El Señor en verdad ha resucitado y se ha aparecido a Simón” (Lc 24,34). Este pasaje es quizás el más antiguo texto sobre la resurrección que ha llegado hasta nosotros. En todo caso, la formación de la tradición comienza con proclamaciones simples semejantes a ésta, que poco a poco pasan a ser un elemento fundamental, sólidamente formulado en la asamblea de los discípulos. Estos desarrollan, en la presencia del Señor, fórmulas de la profesión de fe que expresan el fundamento de la esperanza cristiana y que, además, tienen la función de servir de signos que permitan a los creyentes reconocerse entre sí.
Ha nacido la confesión cristiana. En este proceso de tradición se desarrolló my pronto –probablemente en la década de los treinta en el ámbito palestinense- la confesión que Pablo nos ha conservado en la primera carta a los Corintios (15,3-8) como una tradición que él mismo recibió de la Iglesia y que transmite fielmente. En estos textos de confesión, que son los más antiguos, ocupa un lugar muy secundario la transmisión de los recuerdos concretos de los testigos. La verdadera intención, como Pablo subraya con énfasis, es preservar el núcleo cristiano, sin el cual el mensaje y la fe carecerían de sentido.
La tradición narrativa se desarrolla impulsada por otros estímulos. Se quiere saber cómo sucedieron las cosas. Crece el deseo de acercarse a los hechos, de conocer los detalles. A este deseo se une muy pronto la necesidad que los cristianos tienen de defenderse contra sospechas y ataques de todo género, que el Evangelio nos permite intuir, y también contra interpretaciones diversas, como ya se insinuaron en Corinto. Es justamente sobre la base de tales exigencias como se fue formando una tradición más detenidamente meditada de los evangelios. Cada una de estas dos tradiciones tiene, pues, una significación propia e insustituible; pero, al mismo tiempo, resulta evidente que existe una jerarquía: la tradición confesional se halla por encima de la tradición narrativa. Es la fides quae, la regla a la que debe someterse toda interpretación”, aquí por tanto las cartas están por encima de los Evangelios (en cuanto recogen incluso la primitiva liturgia celebrativa, como los famosos Fil 2, 5s, Col 3 que leíamos ayer y durante toda la pascua...). Algunos de estos hechos importantes: “Cristo murió según las Escrituras”, y “por nuestros pecados”, como hemos visto ahí se relaciona con toda la Alianza y los profetas (como veremos el miércoles con el Evangelio de Emaús, donde Jesús lo explica así), “un evento que encierra en sí un logos, una lógica; que proviene de la palabra y penetra en la palabra, la descubre y plenifica. Esta muerte es el resultado del hecho de que la palabra de Dios se haya hecho presente entre los hombres. Cómo debe interpretarse esta inmersión de la muerte en la palabra de Dios nos lo indica el segundo complemento: murió ‘por nuestros pecados’. El credo que profesamos recoge con esta fórmula una palabra profética (Is 53,12; cf. también 53,7-11). La remisión que hace a la Escritura no se queda en pura vaguedad; evoca una melodía concreta del Antiguo Testamento, que ya se tiene muy presente en las primeras asambleas de los testigos. De esta suerte, la muerte de Jesús queda excluida de la línea que conecta con aquella muerte maldita que tiene su origen en el árbol de la ciencia del bien y del mal, en la presunción de alcanzar la igualdad con Dios, presunción a la que pone término el juicio divino: volverás a la tierra, pues de ella has sido tomado. Esta muerte pertenece a un género distinto. No es cumplimiento de la justicia que arroja al hombre a la tierra, sino cumplimiento de un amor que no quiere dejar al otro sin palabra, sin sentido, sin eternidad. No arraiga en la sentencia que expulsa al hombre del paraíso, sino en los poemas del Siervo de Dios; es muerte que brota de esta palabra y, por tanto, muerte que se hace luz de las gentes; muerte que se relaciona con un servicio de expiación, que quiere traer consigo la reconciliación. Es, en consecuencia, muerte que pone fin a la muerte. Examinada más de cerca, la doble interpretación que nuestro Credo añade a la breve expresión ‘Cristo murió’, proyecta el camino de la Cruz a la Resurrección; lo que aquí se dice (‘murió por nuestros pecados, según las Escrituras’) es algo más que una interpretación: forma parte integrante del acontecimiento mismo”.
a) -Al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María... Son amigas de Jesús. Han vuelto a la tumba de Jesús por amistad, como entre nosotros, después del sepelio de un ser querido suele hacerse una visita al cementerio. Son las mismas, precisamente, que en la tarde del viernes asistieron al amortajamiento (Mateo, 27, 55-56). No hay pues error posible sobre esta tumba. ¡Danos, Señor, tu amor! Sólo se ve bien con el corazón. Sólo el amor introduce en el conocimiento profundo de los seres con los que vivimos.
-Después de haber visto al ángel del Señor, que les había dicho: "No temáis. Buscáis a Jesús, no está aquí, ha resucitado como había dicho". Se alejaron rápidamente del sepulcro... llenas de temor... ¡Dios está ahí! Hay dos signos claros para todo el que conoce el lenguaje bíblico: -"el ángel", mensajero de Dios.
- el "temor", sentimiento constante en presencia de lo divino. Yo también quisiera dejarme aprehender por esta Presencia.
-Y con gran gozo corrieron a comunicarlo a los discípulos. Temor y gozo, a la vez. Primera reacción: correr... ir a llevar la noticia... Son muchos los que "corren" la mañana de Pascua. Pedro y Juan pronto también correrán para ir a ver. (Juan, 20, 4) ¿Tengo yo ese gozo? ¿Anuncio la "gozosa nueva" de Pascua?
-Jesús les salió al encuentro diciéndoles: Dios os salve. Ellas, acercándose, le abrazaron los pies y se postraron ante Él. Es Jesús el que toma la iniciativa. Es Él quien se presenta, quien les da los "buenos días". Es siempre tan "humano" como antes. Probablemente les sonríe. Pero ellas, manifiestamente ¡están ante la majestad divina! Como derrumbadas, el rostro en tierra. Su gesto es de adoración.
Entonces Jesús les dice: "No temáis". Es lo que Dios dice siempre. El temor es un sentimiento natural ante Dios. Pero Dios nos dice: "No temáis". -"Id y decid a mis hermanos que vayan a Galilea y que allí me verán. Jesús, netamente, envía a la misión. Si se da a conocer a algunos, no es para que nos regocijemos de ello... sino para que nos pongamos en camino hacia nuestros hermanos. "Id a avisar a mis hermanos." Después de esta meditación, ¿qué voy a hacer? Estoy entre los "amigos" de Jesús si participo en la evangelización.
-Mientras iban ellas, algunos de los guardias vinieron a la ciudad y comunicaron a los príncipes de los sacerdotes todo lo sucedido. Reunidos estos en consejo tomaron bastante dinero y se lo dieron a los soldados diciéndoles: "Decid que viniendo los discípulos de noche, lo robaron mientras nosotros dormíamos..." Esta leyenda se difundió entre los judíos hasta ahora.
Esta es la solución que los "enemigos" han encontrado para explicar la tumba vacía... que les estorbaba. Los jefes judíos no desmienten el "hecho": le buscan otra explicación... inverosímil (Noel Quesson). Hay ahí una ironía del Evangelio, pues cómo podían testificar que tales personas robaron el cuerpo, alegando que mientras ellos dormían: si dormían, ¿cómo reconocieron a los ladrones?
b) Que quien ama acaba siempre venciendo. / Que no estamos hechos para las lágrimas. / Que la muerte no destruye nuestra vocación de vida plena. / Que la fe en Jesús no es absurda. / Que el testimonio de su comunidad es verdadero. / Que siempre, siempre, siempre, hay futuro (gonzalo@claret.org).
Quien le viera cargado con el madero, véalo ahora radiante en su gloria. / Quien oyera de Él palabras de denuncia, dolor, misericordia, perdón, oiga ahora el himno que en el cielo se canta al Cordero. / Quien le creyó vencido por la traición y muerte, véalo ahora como Rey de gloria. / Quien ascendió con Él por el camino del calvario, suba ahora con Él al monte de esperanza. Él no defrauda. / Quien lloró arrepentido sus miserias, reciba ahora la bendición del Hijo del Padre, que espera a las ovejas perdidas. / Quien dudó de su poder y gracia, siéntase ahora salvado por el amigo que le espera (Manuel Garrido).
En la Entrada nos preparamos para entrar en ese paraíso perdido: «El Señor nos ha introducido en una tierra que mana leche y miel, para que tengáis en los labios la Ley del Señor. Aleluya” (Ex 13,5-9). O bien «El Señor ha resucitado de entre los muertos, como lo había dicho; alegrémonos y regocijémonos todos, porque reina para siempre. Aleluya». Y también pedimos en la Colecta la ampliación de esta familia que Jesús ha formado: «Señor Dios, que por medio del bautismo haces crecer a tu Iglesia, dándole siempre nuevos hijos; concede a cuantos han renacido en la fuente bautismal, vivir siempre de acuerdo con la fe que profesaron», vida que nos prepara a la Vida, como seguimos pidiendo en el Ofertorio: «Recibe, Señor, en tu bondad, las ofrendas de tu pueblo, para que, renovados por la fe y el bautismo, consigamos la eterna bienaventuranza». Ya que «Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Aleluya» (Rom 6,9, antif. Comunión), y queremos participar de esa vida, como rezamos en la Postcomunión: «Te pedimos, Señor, que la gracia del misterio pascual llene totalmente nuestro espíritu, para que, quienes estamos en el camino de la salvación, seamos dignos de tus beneficios». Este plan salvífico es el que nos recuerda San Juan Damasceno: «El Señor recibió en herencia los despojos de los demonios, o sea, aquellos que desde antiguo habían muerto, y liberó a todos los que se hallaban bajo el yugo del pecado. Habiendo sido contado entre los malhechores, Él fue quien implantó la justicia. La semilla de los incrédulos se abolió; el luto se cambió en fiestas y el llanto en himnos de gozo. En medio de las tinieblas brilló para nosotros la luz; de un sepulcro surgió la vida y del fondo de los infiernos brotaron la resurrección, la alegría, el gozo y la exultación».
“Hoy, la alegría de la resurrección hace de las mujeres que habían ido al sepulcro mensajeras valientes de Cristo. «Una gran alegría» sienten en sus corazones por el anuncio del ángel sobre la resurrección del Maestro. Y salen “corriendo” del sepulcro para anunciarlo a los Apóstoles. No pueden quedar inactivas y sus corazones explotarían si no lo comunican a todos los discípulos. Resuenan en nuestras almas las palabras de Pablo: «La caridad de Cristo nos urge» (2Cor 5,14). Jesús se hace el “encontradizo”: lo hace con María Magdalena y la otra María —así agradece y paga Cristo su osadía de buscarlo de buena mañana—, y lo hace también con todos los hombres y mujeres del mundo. Y más todavía, por su encarnación, se ha unido, en cierto modo, a todo hombre. Las reacciones de las mujeres ante la presencia del Señor expresan las actitudes más profundas del ser humano ante Aquel que es nuestro Creador y Redentor: la sumisión —«se asieron a sus pies» (Mt 28,9)— y la adoración. ¡Qué gran lección para aprender a estar también ante Cristo Eucaristía! «No tengáis miedo» (Mt 28,10), dice Jesús a las santas mujeres. ¿Miedo del Señor? Nunca, ¡si es el Amor de los amores! ¿Temor de perderlo? Sí, porque conocemos la propia debilidad. Por esto nos agarramos bien fuerte a sus pies. Como los Apóstoles en el mar embravecido y los discípulos de Emaús le pedimos: ¡Señor, no nos dejes! Y el Maestro envía a las mujeres a notificar la buena nueva a los discípulos. Ésta es también tarea nuestra, y misión divina desde el día de nuestro bautizo: anunciar a Cristo por todo el mundo, «a fin que todo el mundo pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la potencia de la verdad (...) contenida en el misterio de la Encarnación y de la Redención, con la potencia del amor que irradia de ella» (Juan Pablo II)” (Joan Costa).
c) Sentido de la Octava Pascual. Hemos abierto ayer con toda solemnidad las celebraciones de la Pascua. Extasiados por la luz de la gloria, nuestros ojos saludan la alegría de la vida nueva, como se saluda un amanecer, o como quien pudiera estar junto a Dios el primer día de la creación. Aunque es mayor la fiesta que celebra nuestra Madre, la Iglesia, pues sin comparación el orden de la redención rebasa y trasciende al orden mismo de la creación cuanto la gracia sobrepasa a la naturaleza. Hay fiesta en la Iglesia y en todo nuestro ser. Los oídos se reponen del largo ayuno del "aleluya", y santamente se desquitan cantando una y otra vez con el salmo: "¡este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo!". Pero más grande aún es el alimento que esperan y por eso se abren atentos a la Palabra Divina, que de tantos modos y con tantos testimonios quiere esclarecer nuestro entendimiento para que el reinado de Jesús, el Vencedor, tenga sólido trono en el alma de los creyentes.
Sin Pascua no hay Pentecostés, porque Cristo dijo: "si no me voy, el Paráclito no vendrá para estar con vosotros" (Jn 16,7). Pero sin Pentecostés no es posible recibir ni entender el misterio de la Pascua, pues dijo Cristo también: "Cuando venga el Espíritu de la verdad, Él los guiará a la verdad completa... El Paráclito mostrará mi gloria, porque recibirá de lo que es mío y se lo dará a conocer a ustedes" (Jn 16,13.14). Así entendemos el vínculo íntimo entre el ascenso de Cristo desde el seno de la tierra, que se celebra en Pascua y el descenso del Espíritu desde el seno del Padre, que se celebra en Pentecostés. Cristo envía al Espíritu, y el Espíritu trae a nosotros el misterio, la presencia y la gracia de Cristo (Fray Nelson).
d) La alegría de la resurrección. El Señor ha resucitado de entre los muertos, como lo había dicho, alegrémonos y regocijémonos todos, porque reina para siempre. ¡Aleluya! Nuestra Madre la Iglesia nos introduce en estos días en la alegría pascual a través de los textos de la liturgia; nos pide que esta alegría sea anticipo y prenda de nuestra felicidad eterna en el Cielo. Se suprimen en este tiempo los ayunos y otras mortificaciones corporales, como símbolo de esta alegría del alma y del cuerpo. La verdadera alegría no depende del bienestar material, de no padecer necesidad, de la ausencia de dificultades, de la salud... La alegría profunda tiene su origen en Cristo, en el amor que Dios nos tiene y en nuestra correspondencia a ese amor. Y yo os daré una alegría que nadie os podrá quitar (Juan 16, 22). Nadie: ni el dolor, ni la calumnia, ni el desamparo..., ni las propias flaquezas, si volvemos con prontitud al Señor, sabernos en todo momento hijos de Dios. En la Última Cena, el Señor no había ocultado a los Apóstoles las contradicciones que les esperaban; sin embargo, les prometió que la tristeza se tornaría en gozo. En el amor a Dios, que es nuestro Padre, y a los demás, y en el consiguiente olvido de nosotros mismos, está el origen de esa alegría profunda del cristiano. El pesimismo y la tristeza deberán ser siempre algo extraño al cristiano. Algo, que si se diera, necesitaría de un remedio urgente. El alejamiento de Dios, la pérdida del camino, es lo único que podría turbarnos y quitarnos ese don tan preciado. Por lo tanto, luchemos por buscar al Señor en medio del trabajo y de todos nuestros quehaceres, mortificando nuestros caprichos y egoísmos. Esta lucha interior da al alma una peculiar juventud de espíritu. No cabe mayor juventud y alegría que la del que se sabe hijo de Dios y procura actuar en consecuencia. Estar alegres es una forma de dar gracias a Dios por los innumerables dones que nos hace. Con nuestra alegría hacemos mucho bien a nuestro alrededor, pues esa alegría lleva a los demás a Dios. Dar alegría será con frecuencia la mejor muestra de caridad para quienes están a nuestro lado. Muchas personas pueden encontrar a Dios en nuestro optimismo, en la sonrisa habitual, en nuestra actitud cordial. Pensemos en la alegría de la Santísima Virgen, “abierta sin reservas a la alegría de la Resurrección; sus hijos en la tierra, volviendo los ojos hacia la madre de la esperanza y madre de la gracia, la invocamos como causa de nuestra alegría” (Paulo VI: tomado de Francisco Fernández Carvajal).
Salmo 16,1-2.5.7-11: Mictán de David. Protégeme, Dios mío, porque me refugio en ti. / Yo digo al Señor: "Señor, tú eres mi bien, no hay nada superior a ti". / El Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz, ¡tú decides mi suerte! / Bendeciré al Señor que me aconseja, ¡hasta de noche me instruye mi conciencia! / Tengo siempre presente al Señor: él está a mi lado, nunca vacilaré. / Por eso mi corazón se alegra, se regocijan mis entrañas y todo mi ser descansa seguro: / porque no me entregarás a la Muerte ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro. / Me harás conocer el camino de la vida, saciándome de gozo en tu presencia, de felicidad eterna a tu derecha.
Evangelio según San Mateo 28,8-15: En aquel tiempo, las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Dios os guarde!». Y ellas se acercaron a Él, y abrazándole sus pies, le adoraron. Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado. Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: «Decid: ‘Sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos’. Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones». Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el día de hoy.
Comentario: 1. Durante la "cincuentena" pascual que sigue a la "cuarentena" de la cuaresma, de ahí el nombre de Pentecostés, nos introduciremos en el ámbito de la Iglesia naciente. San Lucas, como prolongación de su evangelio, nos relata los treinta primeros años de la Iglesia, hasta el año 63 después de Jesucristo. En los cinco primeros capítulos veremos el nacimiento de la Iglesia en Jerusalén. En los capítulos seis a once, contemplaremos la expansión de la Iglesia hacia Samaría y Siria. En fin, a partir del capítulo doce, el evangelio gracias a la actividad misionera de San Pablo se extiende por todo el oriente Medio y Grecia. Hombres y mujeres, Apóstoles y cristianos han vivido esa sorprendente epopeya misionera. Pero, tras los «hechos» de los apóstoles, se halla un solo "actor", ¡el Espíritu! o, más exactamente, el Señor Jesús viviente, glorificado, resucitado, que actúa por su Iglesia en la potencia del Espíritu, Jesús presente entre nosotros. Por esta razón se leen los Hechos de los Apóstoles como prolongación de la Pascua.
Pedro, de pie en medio de los once, decía con voz fuerte: Escuchad... Jesús el Nazareno, el que matasteis en una cruz, Dios lo ha resucitado. Los acontecimientos son recientes. En una ciudad limitada como Jerusalén, se conservan en el recuerdo de todos. Debieron de ver su cadáver, colgado por los clavos en el patíbulo. Pudieron ver también el lanzazo final que abrió el corazón del condenado. Y Pedro acaba de decirles: después de todo esto ¡nosotros le hemos vuelto a ver! ¡más vivo que antes! (Noel Quesson)
2. -El salmo de David dice de Cristo: «Mi carne descansa confiada: Tú no puedes abandonar mi espíritu al abismo... No dejarás que tu Santo vea la corrupción. Pedro, para un público de judíos, se refiere a la Biblia, cita este salmo, que comentó Juan Pablo II como “un salmo de intensa fuerza espiritual”, “un cántico luminoso, con espíritu místico, como sugiere ya la profesión de fe puesta al inicio: "Mi Señor eres tú; no hay dicha para mí fuera de ti" (v. 2). Así pues, Dios es considerado como el único bien. El salmo 15 desarrolla dos temas, expresados mediante tres símbolos. Ante todo, el símbolo de la "heredad", término que domina los versículos 5-6. En efecto, se habla de "lote de mi heredad, copa, suerte". Estas palabras se usaban para describir el don de la tierra prometida al pueblo de Israel. Ahora bien, sabemos que la única tribu que no había recibido un lote de tierra era la de los levitas, porque el Señor mismo constituía su heredad. El salmista declara precisamente: "El señor es el lote de mi heredad. (...) Me encanta mi heredad" (Sal 15,5-6). Así pues, da la impresión de que es un sacerdote que proclama la alegría de estar totalmente consagrado al servicio de Dios”. San Agustín comenta: "El salmista no dice: "Oh Dios, dame una heredad. ¿Qué me darás como heredad?", sino que dice: "Todo lo que tú puedes darme fuera de ti, carece de valor. Sé tú mismo mi heredad. A ti es a quien amo". (...) Esperar a Dios de Dios, ser colmado de Dios por Dios. Él te basta, fuera de él nada te puede bastar." El segundo tema es el de la comunión perfecta y continua con el Señor: “El salmista manifiesta su firme esperanza de ser preservado de la muerte, para permanecer en la intimidad de Dios, la cual ya no es posible en la muerte (cf. Sal 6,6; 87,6). Con todo, sus expresiones no ponen ningún límite a esta preservación; más aún, pueden entenderse en la línea de una victoria sobre la muerte que asegura la intimidad eterna con Dios”.
“El segundo símbolo del salmo 15 es el del "camino": "Me enseñarás el sendero de la vida" (v. 11). Es el camino que lleva al "gozo pleno en la presencia" divina, a "la alegría perpetua a la derecha" del Señor. Estas palabras se adaptan perfectamente a una interpretación que ensancha la perspectiva a la esperanza de la comunión con Dios, más allá de la muerte, en la vida eterna. En este punto, es fácil intuir por qué el Nuevo Testamento asumió el salmo 15 refiriéndolo a la resurrección de Cristo. San Pedro, en su discurso de Pentecostés, cita precisamente la segunda parte de este himno con una luminosa aplicación pascual y cristológica: "Dios resucitó a Jesús de Nazaret, librándole de los dolores de la muerte, pues no era posible que quedase bajo su dominio" (Hch 2,24). San Pablo, durante su discurso en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, se refiere al salmo 15 en el anuncio de la Pascua de Cristo. Desde esta perspectiva, también nosotros lo proclamamos: "No permitirás que tu Santo experimente la corrupción. Ahora bien, David, después de haber servido en sus días a los designios de Dios, murió, se reunió con sus padres y experimentó la corrupción. En cambio, aquel a quien Dios resucitó -o sea, Jesucristo-, no experimentó la corrupción" (Hch 13,35-37)”.
3. Durante la primera semana después de la Pascua, leemos algunos relatos que nos hablan de la resurrección. “Existen dos tipos sensiblemente diferentes de tradición de la resurrección –decía Ratzinger-: llamaré al primero tradición confesional, y al segundo, tradición narrativa. Como ejemplo del primer tipo encontramos los versículos 3-8 del capítulo 15 de la primera carta a los Corintios; el segundo tipo lo hallamos en los relatos de la resurrección de los cuatro evangelios. Ambos tipos tienen orígenes diferentes; ambos plantean cuestiones muy diversas; ambos tienen significaciones y propósitos distintos, y esto reviste notable importancia a la hora de plantearse y de interpretar aquello que constituye el núcleo del mensaje.
En la tradición narrativa podemos percibir el origen de la tradición confesional. La primera relata cómo los discípulos de Emaús, una vez vueltos a Jerusalén, fueron saludados por los once con este anuncio: “El Señor en verdad ha resucitado y se ha aparecido a Simón” (Lc 24,34). Este pasaje es quizás el más antiguo texto sobre la resurrección que ha llegado hasta nosotros. En todo caso, la formación de la tradición comienza con proclamaciones simples semejantes a ésta, que poco a poco pasan a ser un elemento fundamental, sólidamente formulado en la asamblea de los discípulos. Estos desarrollan, en la presencia del Señor, fórmulas de la profesión de fe que expresan el fundamento de la esperanza cristiana y que, además, tienen la función de servir de signos que permitan a los creyentes reconocerse entre sí.
Ha nacido la confesión cristiana. En este proceso de tradición se desarrolló my pronto –probablemente en la década de los treinta en el ámbito palestinense- la confesión que Pablo nos ha conservado en la primera carta a los Corintios (15,3-8) como una tradición que él mismo recibió de la Iglesia y que transmite fielmente. En estos textos de confesión, que son los más antiguos, ocupa un lugar muy secundario la transmisión de los recuerdos concretos de los testigos. La verdadera intención, como Pablo subraya con énfasis, es preservar el núcleo cristiano, sin el cual el mensaje y la fe carecerían de sentido.
La tradición narrativa se desarrolla impulsada por otros estímulos. Se quiere saber cómo sucedieron las cosas. Crece el deseo de acercarse a los hechos, de conocer los detalles. A este deseo se une muy pronto la necesidad que los cristianos tienen de defenderse contra sospechas y ataques de todo género, que el Evangelio nos permite intuir, y también contra interpretaciones diversas, como ya se insinuaron en Corinto. Es justamente sobre la base de tales exigencias como se fue formando una tradición más detenidamente meditada de los evangelios. Cada una de estas dos tradiciones tiene, pues, una significación propia e insustituible; pero, al mismo tiempo, resulta evidente que existe una jerarquía: la tradición confesional se halla por encima de la tradición narrativa. Es la fides quae, la regla a la que debe someterse toda interpretación”, aquí por tanto las cartas están por encima de los Evangelios (en cuanto recogen incluso la primitiva liturgia celebrativa, como los famosos Fil 2, 5s, Col 3 que leíamos ayer y durante toda la pascua...). Algunos de estos hechos importantes: “Cristo murió según las Escrituras”, y “por nuestros pecados”, como hemos visto ahí se relaciona con toda la Alianza y los profetas (como veremos el miércoles con el Evangelio de Emaús, donde Jesús lo explica así), “un evento que encierra en sí un logos, una lógica; que proviene de la palabra y penetra en la palabra, la descubre y plenifica. Esta muerte es el resultado del hecho de que la palabra de Dios se haya hecho presente entre los hombres. Cómo debe interpretarse esta inmersión de la muerte en la palabra de Dios nos lo indica el segundo complemento: murió ‘por nuestros pecados’. El credo que profesamos recoge con esta fórmula una palabra profética (Is 53,12; cf. también 53,7-11). La remisión que hace a la Escritura no se queda en pura vaguedad; evoca una melodía concreta del Antiguo Testamento, que ya se tiene muy presente en las primeras asambleas de los testigos. De esta suerte, la muerte de Jesús queda excluida de la línea que conecta con aquella muerte maldita que tiene su origen en el árbol de la ciencia del bien y del mal, en la presunción de alcanzar la igualdad con Dios, presunción a la que pone término el juicio divino: volverás a la tierra, pues de ella has sido tomado. Esta muerte pertenece a un género distinto. No es cumplimiento de la justicia que arroja al hombre a la tierra, sino cumplimiento de un amor que no quiere dejar al otro sin palabra, sin sentido, sin eternidad. No arraiga en la sentencia que expulsa al hombre del paraíso, sino en los poemas del Siervo de Dios; es muerte que brota de esta palabra y, por tanto, muerte que se hace luz de las gentes; muerte que se relaciona con un servicio de expiación, que quiere traer consigo la reconciliación. Es, en consecuencia, muerte que pone fin a la muerte. Examinada más de cerca, la doble interpretación que nuestro Credo añade a la breve expresión ‘Cristo murió’, proyecta el camino de la Cruz a la Resurrección; lo que aquí se dice (‘murió por nuestros pecados, según las Escrituras’) es algo más que una interpretación: forma parte integrante del acontecimiento mismo”.
a) -Al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María... Son amigas de Jesús. Han vuelto a la tumba de Jesús por amistad, como entre nosotros, después del sepelio de un ser querido suele hacerse una visita al cementerio. Son las mismas, precisamente, que en la tarde del viernes asistieron al amortajamiento (Mateo, 27, 55-56). No hay pues error posible sobre esta tumba. ¡Danos, Señor, tu amor! Sólo se ve bien con el corazón. Sólo el amor introduce en el conocimiento profundo de los seres con los que vivimos.
-Después de haber visto al ángel del Señor, que les había dicho: "No temáis. Buscáis a Jesús, no está aquí, ha resucitado como había dicho". Se alejaron rápidamente del sepulcro... llenas de temor... ¡Dios está ahí! Hay dos signos claros para todo el que conoce el lenguaje bíblico: -"el ángel", mensajero de Dios.
- el "temor", sentimiento constante en presencia de lo divino. Yo también quisiera dejarme aprehender por esta Presencia.
-Y con gran gozo corrieron a comunicarlo a los discípulos. Temor y gozo, a la vez. Primera reacción: correr... ir a llevar la noticia... Son muchos los que "corren" la mañana de Pascua. Pedro y Juan pronto también correrán para ir a ver. (Juan, 20, 4) ¿Tengo yo ese gozo? ¿Anuncio la "gozosa nueva" de Pascua?
-Jesús les salió al encuentro diciéndoles: Dios os salve. Ellas, acercándose, le abrazaron los pies y se postraron ante Él. Es Jesús el que toma la iniciativa. Es Él quien se presenta, quien les da los "buenos días". Es siempre tan "humano" como antes. Probablemente les sonríe. Pero ellas, manifiestamente ¡están ante la majestad divina! Como derrumbadas, el rostro en tierra. Su gesto es de adoración.
Entonces Jesús les dice: "No temáis". Es lo que Dios dice siempre. El temor es un sentimiento natural ante Dios. Pero Dios nos dice: "No temáis". -"Id y decid a mis hermanos que vayan a Galilea y que allí me verán. Jesús, netamente, envía a la misión. Si se da a conocer a algunos, no es para que nos regocijemos de ello... sino para que nos pongamos en camino hacia nuestros hermanos. "Id a avisar a mis hermanos." Después de esta meditación, ¿qué voy a hacer? Estoy entre los "amigos" de Jesús si participo en la evangelización.
-Mientras iban ellas, algunos de los guardias vinieron a la ciudad y comunicaron a los príncipes de los sacerdotes todo lo sucedido. Reunidos estos en consejo tomaron bastante dinero y se lo dieron a los soldados diciéndoles: "Decid que viniendo los discípulos de noche, lo robaron mientras nosotros dormíamos..." Esta leyenda se difundió entre los judíos hasta ahora.
Esta es la solución que los "enemigos" han encontrado para explicar la tumba vacía... que les estorbaba. Los jefes judíos no desmienten el "hecho": le buscan otra explicación... inverosímil (Noel Quesson). Hay ahí una ironía del Evangelio, pues cómo podían testificar que tales personas robaron el cuerpo, alegando que mientras ellos dormían: si dormían, ¿cómo reconocieron a los ladrones?
b) Que quien ama acaba siempre venciendo. / Que no estamos hechos para las lágrimas. / Que la muerte no destruye nuestra vocación de vida plena. / Que la fe en Jesús no es absurda. / Que el testimonio de su comunidad es verdadero. / Que siempre, siempre, siempre, hay futuro (gonzalo@claret.org).
Quien le viera cargado con el madero, véalo ahora radiante en su gloria. / Quien oyera de Él palabras de denuncia, dolor, misericordia, perdón, oiga ahora el himno que en el cielo se canta al Cordero. / Quien le creyó vencido por la traición y muerte, véalo ahora como Rey de gloria. / Quien ascendió con Él por el camino del calvario, suba ahora con Él al monte de esperanza. Él no defrauda. / Quien lloró arrepentido sus miserias, reciba ahora la bendición del Hijo del Padre, que espera a las ovejas perdidas. / Quien dudó de su poder y gracia, siéntase ahora salvado por el amigo que le espera (Manuel Garrido).
En la Entrada nos preparamos para entrar en ese paraíso perdido: «El Señor nos ha introducido en una tierra que mana leche y miel, para que tengáis en los labios la Ley del Señor. Aleluya” (Ex 13,5-9). O bien «El Señor ha resucitado de entre los muertos, como lo había dicho; alegrémonos y regocijémonos todos, porque reina para siempre. Aleluya». Y también pedimos en la Colecta la ampliación de esta familia que Jesús ha formado: «Señor Dios, que por medio del bautismo haces crecer a tu Iglesia, dándole siempre nuevos hijos; concede a cuantos han renacido en la fuente bautismal, vivir siempre de acuerdo con la fe que profesaron», vida que nos prepara a la Vida, como seguimos pidiendo en el Ofertorio: «Recibe, Señor, en tu bondad, las ofrendas de tu pueblo, para que, renovados por la fe y el bautismo, consigamos la eterna bienaventuranza». Ya que «Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Aleluya» (Rom 6,9, antif. Comunión), y queremos participar de esa vida, como rezamos en la Postcomunión: «Te pedimos, Señor, que la gracia del misterio pascual llene totalmente nuestro espíritu, para que, quienes estamos en el camino de la salvación, seamos dignos de tus beneficios». Este plan salvífico es el que nos recuerda San Juan Damasceno: «El Señor recibió en herencia los despojos de los demonios, o sea, aquellos que desde antiguo habían muerto, y liberó a todos los que se hallaban bajo el yugo del pecado. Habiendo sido contado entre los malhechores, Él fue quien implantó la justicia. La semilla de los incrédulos se abolió; el luto se cambió en fiestas y el llanto en himnos de gozo. En medio de las tinieblas brilló para nosotros la luz; de un sepulcro surgió la vida y del fondo de los infiernos brotaron la resurrección, la alegría, el gozo y la exultación».
“Hoy, la alegría de la resurrección hace de las mujeres que habían ido al sepulcro mensajeras valientes de Cristo. «Una gran alegría» sienten en sus corazones por el anuncio del ángel sobre la resurrección del Maestro. Y salen “corriendo” del sepulcro para anunciarlo a los Apóstoles. No pueden quedar inactivas y sus corazones explotarían si no lo comunican a todos los discípulos. Resuenan en nuestras almas las palabras de Pablo: «La caridad de Cristo nos urge» (2Cor 5,14). Jesús se hace el “encontradizo”: lo hace con María Magdalena y la otra María —así agradece y paga Cristo su osadía de buscarlo de buena mañana—, y lo hace también con todos los hombres y mujeres del mundo. Y más todavía, por su encarnación, se ha unido, en cierto modo, a todo hombre. Las reacciones de las mujeres ante la presencia del Señor expresan las actitudes más profundas del ser humano ante Aquel que es nuestro Creador y Redentor: la sumisión —«se asieron a sus pies» (Mt 28,9)— y la adoración. ¡Qué gran lección para aprender a estar también ante Cristo Eucaristía! «No tengáis miedo» (Mt 28,10), dice Jesús a las santas mujeres. ¿Miedo del Señor? Nunca, ¡si es el Amor de los amores! ¿Temor de perderlo? Sí, porque conocemos la propia debilidad. Por esto nos agarramos bien fuerte a sus pies. Como los Apóstoles en el mar embravecido y los discípulos de Emaús le pedimos: ¡Señor, no nos dejes! Y el Maestro envía a las mujeres a notificar la buena nueva a los discípulos. Ésta es también tarea nuestra, y misión divina desde el día de nuestro bautizo: anunciar a Cristo por todo el mundo, «a fin que todo el mundo pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la potencia de la verdad (...) contenida en el misterio de la Encarnación y de la Redención, con la potencia del amor que irradia de ella» (Juan Pablo II)” (Joan Costa).
c) Sentido de la Octava Pascual. Hemos abierto ayer con toda solemnidad las celebraciones de la Pascua. Extasiados por la luz de la gloria, nuestros ojos saludan la alegría de la vida nueva, como se saluda un amanecer, o como quien pudiera estar junto a Dios el primer día de la creación. Aunque es mayor la fiesta que celebra nuestra Madre, la Iglesia, pues sin comparación el orden de la redención rebasa y trasciende al orden mismo de la creación cuanto la gracia sobrepasa a la naturaleza. Hay fiesta en la Iglesia y en todo nuestro ser. Los oídos se reponen del largo ayuno del "aleluya", y santamente se desquitan cantando una y otra vez con el salmo: "¡este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo!". Pero más grande aún es el alimento que esperan y por eso se abren atentos a la Palabra Divina, que de tantos modos y con tantos testimonios quiere esclarecer nuestro entendimiento para que el reinado de Jesús, el Vencedor, tenga sólido trono en el alma de los creyentes.
Sin Pascua no hay Pentecostés, porque Cristo dijo: "si no me voy, el Paráclito no vendrá para estar con vosotros" (Jn 16,7). Pero sin Pentecostés no es posible recibir ni entender el misterio de la Pascua, pues dijo Cristo también: "Cuando venga el Espíritu de la verdad, Él los guiará a la verdad completa... El Paráclito mostrará mi gloria, porque recibirá de lo que es mío y se lo dará a conocer a ustedes" (Jn 16,13.14). Así entendemos el vínculo íntimo entre el ascenso de Cristo desde el seno de la tierra, que se celebra en Pascua y el descenso del Espíritu desde el seno del Padre, que se celebra en Pentecostés. Cristo envía al Espíritu, y el Espíritu trae a nosotros el misterio, la presencia y la gracia de Cristo (Fray Nelson).
d) La alegría de la resurrección. El Señor ha resucitado de entre los muertos, como lo había dicho, alegrémonos y regocijémonos todos, porque reina para siempre. ¡Aleluya! Nuestra Madre la Iglesia nos introduce en estos días en la alegría pascual a través de los textos de la liturgia; nos pide que esta alegría sea anticipo y prenda de nuestra felicidad eterna en el Cielo. Se suprimen en este tiempo los ayunos y otras mortificaciones corporales, como símbolo de esta alegría del alma y del cuerpo. La verdadera alegría no depende del bienestar material, de no padecer necesidad, de la ausencia de dificultades, de la salud... La alegría profunda tiene su origen en Cristo, en el amor que Dios nos tiene y en nuestra correspondencia a ese amor. Y yo os daré una alegría que nadie os podrá quitar (Juan 16, 22). Nadie: ni el dolor, ni la calumnia, ni el desamparo..., ni las propias flaquezas, si volvemos con prontitud al Señor, sabernos en todo momento hijos de Dios. En la Última Cena, el Señor no había ocultado a los Apóstoles las contradicciones que les esperaban; sin embargo, les prometió que la tristeza se tornaría en gozo. En el amor a Dios, que es nuestro Padre, y a los demás, y en el consiguiente olvido de nosotros mismos, está el origen de esa alegría profunda del cristiano. El pesimismo y la tristeza deberán ser siempre algo extraño al cristiano. Algo, que si se diera, necesitaría de un remedio urgente. El alejamiento de Dios, la pérdida del camino, es lo único que podría turbarnos y quitarnos ese don tan preciado. Por lo tanto, luchemos por buscar al Señor en medio del trabajo y de todos nuestros quehaceres, mortificando nuestros caprichos y egoísmos. Esta lucha interior da al alma una peculiar juventud de espíritu. No cabe mayor juventud y alegría que la del que se sabe hijo de Dios y procura actuar en consecuencia. Estar alegres es una forma de dar gracias a Dios por los innumerables dones que nos hace. Con nuestra alegría hacemos mucho bien a nuestro alrededor, pues esa alegría lleva a los demás a Dios. Dar alegría será con frecuencia la mejor muestra de caridad para quienes están a nuestro lado. Muchas personas pueden encontrar a Dios en nuestro optimismo, en la sonrisa habitual, en nuestra actitud cordial. Pensemos en la alegría de la Santísima Virgen, “abierta sin reservas a la alegría de la Resurrección; sus hijos en la tierra, volviendo los ojos hacia la madre de la esperanza y madre de la gracia, la invocamos como causa de nuestra alegría” (Paulo VI: tomado de Francisco Fernández Carvajal).
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Alegria de la Resurrección
domingo, 8 de abril de 2012
Pascua, Domingo (Misa del día): La Resurrección de Jesús, fundamento de nuestra filiación divina, la fe en ella se convierte en fuente de esperanza y
Pascua, Domingo (Misa del día): La Resurrección de Jesús, fundamento de nuestra filiación divina, la fe en ella se convierte en fuente de esperanza y causa de la alegría
Lectura de los Hechos de los Apóstoles 10,34a.37-43: En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: “Hermanos: Vosotros conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con Él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en Él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados”.
Sal 117,1-2. 16ab-17. 22-23: R/. Este es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. [O bien: Aleluya]
Dad gracias al Señor porque es bueno, / porque es eterna su misericordia. / Diga la casa de Israel: / eterna es su misericordia. La diestra del Señor es poderosa, / la diestra del Señor es excelsa. / No he de morir, viviré / para contar las hazañas del Señor.
La piedra que desecharon los arquitectos, / es ahora la piedra angular. / Es el Señor quien lo ha hecho, / ha sido un milagro patente.
Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Colosenses 3,1-4: Hermanos: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con Él, en gloria”.
Secuencia: Ofrezcan los cristianos / ofrendas de alabanza / a gloria de la Víctima / propicia de la Pascua. // Cordero sin pecado / que a las ovejas salva, / a Dios y a los culpables / unió con nueva alianza. // Lucharon vida y muerte / en singular batalla / y, muerto el que es Vida, / triunfante se levanta. // ¿Qué has visto de camino, / María, en la mañana? / -A mi Señor glorioso, / la tumba abandonada, / los ángeles testigos, / sudarios y mortaja. // ¡Resucitó de veras / mi amor y mi esperanza! / Venid a Galilea, / allí el Señor aguarda; / allí veréis los suyos / la gloria de la Pascua. // Primicia de los muertos, / sabemos por tu gracia / que estás resucitado; / la muerte en ti no manda. // Rey vencedor, apiádate / de la miseria humana / y da a tus fieles parte / en tu victoria santa. /Amén. Aleluya.
Texto del Evangelio (Jn 20,1-9): El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.
Comentario: Cristo con su resurrección de entre los muertos ha hecho de la vida de los hombres una fiesta. Los ha colmado de gozo al hacerles vivir no ya una vida terrestre sino una vida celestial. Rezan las primeras homilías que conservamos: "Soy Yo, en efecto vuestra remisión; / soy Yo, la Pascua de la salvación; / Yo el cordero inmolado por vosotros, / Yo vuestro rescate, / Yo vuestra vida, / Yo vuestra luz, / Yo vuestra salvación, / Yo vuestra resurrección, / Yo vuestro rey... / Él es el Alfa y el Omega / Él es el principio y el fin. / Él es el Cristo. Él es el rey. Él es Jesús, / el caudillo, el Señor, / aquel que ha resucitado de entre los muertos / aquel que está sentado a la derecha del Padre...." La misa de Pascua está llena de gozo, del gozo de la Vida que nos comunica el Resucitado. La misa de hoy la tenemos que entender y celebrar sobre todo como un encuentro con el Resucitado tal como lo disfrutaron los discípulos el mismo día de Pascua. “Este es el día en que actuó el Señor, / que sea un día de gozo y de alegría. / Este es el día en que, vencida la muerte, / Cristo sale vivo y victorioso del sepulcro. / Este es el día que lava las culpas y devuelve la inocencia, / el día que destierra los temores y hace renacer la esperanza, / el día que pone fin al odio y fomenta la concordia, / el día en que actuó el Señor, / que sea un día de gozo y de alegría. / Hoy, Señor, cantamos tu victoria, / celebramos tu misericordia y tu ternura, / admiramos tu poder y tu grandeza, / proclamamos tu bondad y tu providencia. / Que sea para nosotros el gran día, / que saltemos de gozo y de alegría, / que no se aparte nunca de nuestra memoria / y que sea el comienzo de una vida / de esperanza, de amor y de justicia”.
"Creer en la resurrección... es el acto de participar en la creación ilimitada... Tener fe, si es que yo alcanzo a descifrar la imagen cristiana, es percibir en su identidad la resurrección y la crucifixión. Sostener la paradoja de la presencia de Dios en un Jesús crucificado, es decir, en el fondo de la desgracia y de la impotencia, un Jesús abandonado de Dios. Tener tal fe es adquirir la libertad de hombre sobre toda ilusión, la del poder y la del tener. Dios no es ya el emperador de los romanos, ni aquel tipo de hombre estimado por los griegos como ejemplar de belleza y de fuerza..., sino más bien la certeza de que es posible creer un futuro cualitativamente nuevo, pero tan sólo si se identifica con aquellos que en el mundo son los más despojados y los más aplastados... Tal amor y la esperanza en la resurrección se identifican. Porque no hay amor más que cuando un ser es para nosotros irreemplazable, y nosotros estamos prestos a dar por él nuestra propia vida... Cuando de verdad estamos dispuestos a tal donación y entrega por el último de los hombres, es entonces cuando Dios está con nosotros; he aquí el poder de transformar el mundo" (R. Garaudy).
“Señor Dios, que en este día nos has abierto las puertas de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte, concédenos a los que celebramos la solemnidad de la resurrección de Jesucristo, ser renovados por tu Espíritu para resucitar en el reino de la luz y de la paz”, pedimos en la Oración colecta.
Los judíos tenían el poema de las cuatro noches. La primera noche fue cuando YHWH se manifestó en el mundo para crearlo. El mundo estaba informe y vacío y las tinieblas se extendían sobre la superficie del abismo, y la palabra de YHWH era luz y brillaba. Y la llamó primera noche. La segunda noche, cuando YHWH se le apareció a Abraham anciano de 100 años y a su esposa Sara, de noventa años, a fin de cumplir lo que dice la Escritura: "Es que Abraham, a los cien años de edad, va a engendrar y su esposa Sara, de noventa años, va a dar a luz un hijo?" Pues bien, Isaac tenía 37 años cuando fue ofrecido en el altar. Los cielos se inclinaron y bajaron e Isaac vio sus perfecciones. Y la llamó la segunda noche. La tercera noche fue cuando YHWH se apareció a los egipcios en medio de la noche; su mano mataba a los primogénitos de Israel, para que se cumpliera lo que dice la Escritura: "Israel es mi primogénito". Y la llamó la tercera noche. La cuarta noche será cuando el mundo llegue a su fin para ser disuelto. Los yugos de hierro se romperán y las generaciones perversas serán aniquiladas. Moisés subirá de en medio del desierto y el rey Mesías vendrá desde lo alto. Uno avanzará a la cabeza del rebaño y su palabra caminará entre los dos y ellos marcharán juntos. Es la noche de la pascua para el nombre de YHWH, noche reservada y fijada para la liberación de todo Israel a lo largo de sus generaciones.
Es el día en que Jesús «manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre y le descubre su altísima vocación» (Gaudium et Spes 22). El gran signo que hoy nos da el Evangelio es que el sepulcro de Jesús está vacío. Ya no tenemos que buscar entre los muertos a Aquel que vive, porque ha resucitado. Y los discípulos, que después le verán Resucitado, es decir, lo experimentarán vivo en un encuentro de fe maravilloso, captan que hay un vacío en el lugar de su sepultura. Sepulcro vacío y apariciones serán las grandes señales para la fe del creyente. El Evangelio dice que «entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó» (Jn 20,8). Supo captar por la fe que aquel vacío y, a la vez, aquella sábana de amortajar y aquel sudario bien doblados eran pequeñas señales del paso de Dios, de la nueva vida. El amor sabe captar aquello que otros no captan, y tiene suficiente con pequeños signos. El «discípulo a quien Jesús quería» (Jn 20,2) se guiaba por el amor que había recibido de Cristo.
“Ver y creer” de los discípulos que han de ser también los nuestros. Renovemos nuestra fe pascual. Que Cristo sea en todo nuestro Señor. Dejemos que su Vida vivifique a la nuestra y renovemos la gracia del bautismo que hemos recibido. Hagámonos apóstoles y discípulos suyos. Guiémonos por el amor y anunciemos a todo el mundo la felicidad de creer en Jesucristo. Seamos testigos esperanzados de su Resurrección.
1. Tenemos aquí un compendio de la predicación de Pedro, que habla solidariamente con todos los apóstoles: "Nosotros somos testigos..." ¿de qué? De que Jesús es el Cristo, el Señor. Hay una identidad entre el Cristo predicado y el Jesús histórico, y esta misma identidad constituye la sustancia de la fe cristiana. En esta predicación vemos: 1ª. Dios ha mostrado que hay que admitir a los paganos sin imponerles la ley mosaica; 2ª. Pedro, por voluntad de Dios, acepta la hospitalidad de un incircunciso-pagano. Vemos una apertura hacia todos del hecho cristiano, y el subrayar la resurrección de Jesús el tercer día es también no sólo determinación temporal, sino una afirmación histórico-salvífica, como ya se ha visto estas semanas. Hoy se cumplen las escrituras, como dirá Jesús a los de Emaús: la ley y los profetas (Pere Franquesa). Este quinto discurso de Pedro en Hechos es, en sus detalles, estructura y estilo una composición de Lucas, pero presenta los temas básicos de la predicación cristiana primitiva, del "kerigma" como suele decirse. Mirar la luz de Jesús, esta estrella, creer en este Ungido, eso es la Pascua, una fiesta de liberación. Creer en el Cristo de Dios es nuestra alegría y nuestra vida, es perdón y reconciliación, es paz y principio de vida eterna (“Caritas”).
2. Compuesto para la liturgia hebrea, este salmo recibe un puesto destacado en la cristiana, que encuentra reflejados en él los misterios redentores de la vida de Cristo. El Señor cantó este salmo al finalizar la Última Cena: así consta -además de en otras fuentes- en las anotaciones de los salterios más antiguos. Y así, la liturgia de acción de gracias de la Nueva Alianza, inaugurada con la Eucaristía, encontró en la expresión de este salmo una admirable conclusión. Con los sentimientos que se contienen en él, nuestro Salvador se encaminó hacia la vía dolorosa que le introduciría en la gloria del día eterno. Pero antes, el designio de su Padre era permanecer en la Cruz hasta el final, como dijo Juan Pablo II: "Si no hubiera existido esa agonía en la Cruz, la verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar."
Salmo pascual por excelencia, expresivo de la acción de gracias por la victoria pascual del Señor. "Nada más grande -comenta san Agustín- que esta pequeña alabanza: porque es bueno. Ciertamente, el ser bueno es tan propio de Dios que, cuando su mismo Hijo oye decir 'Maestro bueno' a cierto joven que, contemplando su carne y no viendo su Divinidad, pensaba que Él era tan sólo un hombre, le respondió: '¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios'. Con esta contestación quería decir: Si quieres llamarme bueno, comprende, entonces, que Yo soy Dios." La Liturgia mozárabe nos brinda esta oración sálmica que, en la celebración de este Domingo, traduce admirablemente el contenido del salmo en oración cristológica al Padre: "Señor, Padre santo, danos tu salvación, da prosperidad a cuantos esperamos en ti; Tú que iluminaste al mundo que yacía en tinieblas, concede a nuestra asamblea celebrar dignamente la solemnidad de este día, de modo que Cristo, el Señor, por quien se concede acceso a los justos y entrada a los que se salvan, sea nuestra puerta y nuestra patria. Él que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén." No he de morir, viviré: "Es una profecía de la Resurrección; en realidad, es como decir: la muerte ya no será más la muerte. Me castigó, me castigó el Señor, pero no me entregó a la muerte: Es Cristo quien da gracias al Padre no sólo por haber sido liberado, sino incluso por haber sufrido la Pasión" (S. Juan Crisóstomo). Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia: "¿Qué otra cosa podremos cantar allí -en el Cielo- sino sus alabanzas? Tú eres mi Dios, te doy gracias; Dios mío, yo te ensalzo. Pero no proclamaremos estas alabanzas con palabras; más bien será el amor mismo, que nos unirá a Él, quien gritará. Esa voz, incluso, será la voz del mismísimo amor. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia: el texto comienza y concluye con estas palabras; son el primer versículo y el último del salmo porque de todo lo que hemos venido narrando desde el principio hasta el fin, no hay cosa que más nos pueda embelesar que la alabanza a Dios y un eterno «Aleluya»" (S. Agustín).
El inicio del salmo es espectacular. Todos los metales de la orquesta, encabezados por las trompetas de plata, lanzan al aire, como una fanfarria piafante, el grito de júbilo que dará el tono a todo el salmo: «Eterna es su misericordia». Exulte la tierra entera y salten de alegría las islas innumerables ante esta gran noticia: nuestro Dios está vestido de un manto de misericordia, le precede la ternura y le acompaña la lealtad, y, desde siempre y para siempre avanza sobre una nube en cuyos bordes está escrita la palabra Amor. Israel está en condiciones de confirmar esta noticia: desde pequeño fue tratado con cuerdas de ternura; fue para él -el Señor- como la madre que se inclina para dar de comer a su pequeño y luego lo levanta hasta su mejilla para acariciarlo, y, en su borrascosa juventud lo acompañó con su brazo tenso y fuerte hasta instalarlo en la tierra jurada y prometida. Esta noticia de su eterno amor lo pueden también constatar todos los fieles en cuyas noches brilló el Señor como una antorcha de estrellas, y fue sombra fresca para sus horas meridianas. ¡Gloria, pues, eternamente a Aquel que vela nuestro sueño y cuida nuestros pasos!
“«¡Abridme las puertas del triunfo! El Señor está conmigo y me auxilia; no me entregó a la muerte. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo». Esta es la liturgia de Pascua en el corazón del año. Pero para el verdadero cristiano, cada domingo es Pascua y cada día es domingo. Por eso cada día es Pascua, es «el día que ha hecho el Señor, el día en que actuó el Señor». Cada día es día de victoria y alabanza, de regocijo y acción de gracias, día de ensayo de la resurrección final conquistando al pecado, que es la muerte, y abriéndose a la alegría, que es la eternidad. Cada día hay revuelo de ángeles y alboroto de mujeres en torno a la tumba vacía. ¡Cristo ha resucitado! «Este es el día en que el Señor ha actuado». ¡Ojalá pudiera decir yo eso de cada día de mi vida! Sé que es verdad, porque, si estoy vivo, es porque Dios está actuando en mí con su infinito poder y su divina gracia; pero quiero sentirlo, palparlo, verlo en fe y experiencia, reconocer la mano de Dios en los sucesos del día y sentir su aliento a cada paso. Este es su día, glorioso como la Pascua y potente como el amanecer de la creación; y quiero tener fe para adivinar la figura de su gloria en la humildad de mis idas y venidas. «La diestra del Señor es excelsa, la diestra del Señor es poderosa. No he de morir: viviré para contar las hazañas del Señor». Que la verdad de fe penetre en mi mente y florezca en mis actos: cristiano es aquel que vive el espíritu de la Pascua. Espíritu de lucha y de victoria, de fe y de perseverancia, de alegría después del sufrimiento y vida después de la muerte. Ninguna desgracia me abatirá y ninguna derrota me desanimará. Vivo ya en el día de los días, y sé que la mano del Señor saldrá victoriosa al final. «El Señor está conmigo, no temo: ¿qué podrá hacerme el hombre?» Yo solo no puedo conseguir el espíritu de Pascua por mi cuenta. Así como el Domingo de Pascua me encuentro en medio de los fieles que proclaman su fe y robustecen la mía con la unión de su presencia y la voz de sus cantos, así ahora también, día a día, necesito a mi alrededor al grupo amigo que afirme esa misma convicción y confirme mi fe con el don de la suya. Invito a la casa de Israel, a la casa de Aarón y a todos los fieles del Señor a que canten conmigo la gloria de Pascua para que todos nos unamos en el estrecho vínculo de la fe y la alegría. «Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia. Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia. Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia» (Carlos G. Vallés).
Señala Juan Pablo II “dos frases que resonarán dentro del Nuevo Testamento con una nueva tonalidad”. La primera: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular" (v. 22). Jesús cita esta frase, aplicándola a su misión de muerte y de gloria, después de narrar la parábola de los viñadores homicidas (cf. Mt 21, 42). También la recoge san Pedro en los Hechos de los Apóstoles: "Este Jesús es la piedra que vosotros, los constructores, habéis desechado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4, 11-12). San Cirilo de Jerusalén comenta: "Afirmamos que el Señor Jesucristo es uno solo, para que la filiación sea única; afirmamos que es uno solo, para que no pienses que existe otro (...). En efecto, le llamamos piedra, no inanimada ni cortada por manos humanas, sino piedra angular, porque quien crea en ella no quedará defraudado". La segunda frase es la que cantaba la muchedumbre en la solemne entrada mesiánica de Cristo en Jerusalén: "¡Bendito el que viene en nombre del Señor!" (Mt 21, 9; cf. Sal 117, 26). “Este espléndido himno bíblico está incluido en la pequeña colección de salmos, del 112 al 117, llamada el "Hallel pascual", es decir, la alabanza sálmica usada en el culto judío para la Pascua y también para las principales solemnidades del Año litúrgico”.
La palabra "misericordia" que abre y cierra la composición “traduce la palabra hebrea hesed, que designa la fidelidad generosa de Dios para con su pueblo aliado y amigo. Esta fidelidad la cantan tres clases de personas: todo Israel, la "casa de Aarón", es decir, los sacerdotes, y "los que temen a Dios", una expresión que se refiere a los fieles y sucesivamente también a los prosélitos, es decir, a los miembros de las demás naciones deseosos de aceptar la ley del Señor (cf. vv. 2-4)”.
“En todas las festividades más significativas y alegres del antiguo judaísmo, especialmente en la celebración de la Pascua, se cantaba la secuencia de salmos que va del 112 al 117… el salmo con el que se concluye este "Hallel egipcio" es precisamente el salmo 117… revela claramente un uso litúrgico en el interior del templo de Jerusalén”. Uno de los símbolos usados en el salmo es el de la piedra. San Ambrosio recuerda que "Cristo es la piedra" y que "también a su discípulo, Cristo le otorgó este hermoso nombre, de modo que también él sea Pedro, para que de la piedra le venga la solidez de la perseverancia, la firmeza de la fe… Esfuérzate por ser tú también piedra. Pero para ello no busques fuera de ti, sino en tu interior, la piedra. Tu piedra son tus acciones; tu piedra es tu pensamiento. Sobre esta piedra se construye tu casa, para que no sea zarandeada por ninguna tempestad de los espíritus del mal. Si eres piedra, estarás dentro de la Iglesia, porque la Iglesia está asentada sobre piedra. Si estás dentro de la Iglesia, las puertas del infierno no prevalecerán contra ti".
3. Los primeros relatos que tenemos de la pascua son las cartas apostólicas, que recogen lo que vivían los primeros cristianos en su primitiva liturgia: el hecho de la resurrección. Pensar en las cosas de arriba donde está Jesús, “gustar” de esas cosas… son reminiscencias de esos himnos litúrgicos que recibe S. Pablo y que re-piensa en su teología: es posible la nueva vida; porque todavía no se ha manifestado, es necesario dar frutos de vida eterna. Nuestra vida se mueve entre el "ya" y el "todavía-no".
Hay, por lo tanto, un camino que recorrer y un deber que cumplir. Estamos en ello, en el paso o trance de la decisión. Hay que elegir, y nuestra elección no puede ser otra que "los bienes de arriba". Lo cual no significa que el cristiano se desentienda de los "bienes de la tierra", si ello implica desentenderse del amor al prójimo. Pues los "bienes de arriba", es decir, lo que esperamos, es también la transformación por el amor del mundo en que habitamos. Cuando Cristo aparezca, se mostrará en Él nuestra vida y entonces veremos lo que ahora somos ya radicalmente, misteriosamente (“Eucaristía” 1982). El paso de lo de "abajo" a lo de "arriba" no se realiza por prácticas ascéticas, gnosis o misterios, sino por la confesión de fe en Cristo Jesús. La contraposición entre las cosas de arriba y las de abajo ha influido fuertemente en la teología y en la piedad cristiana, y ha dejado a un lado con frecuencia la realidad de la vida. Basta recordar algunos textos de oraciones, incluso litúrgicas. Buscar las cosas de arriba no significa despreciar los bienes de la tierra para poder amar los del cielo. La responsabilidad del progreso material no se puede separar de la moral cristiana. La piedad ha valorado excesivamente algunas prácticas destinadas a mortificar el cuerpo para liberar el alma (P. Franquesa). S. Agustín comenta esta expresión: “Si habéis resucitado con Cristo... ¿Cómo vamos a resucitar si aún no hemos muerto? ¿Qué quiso decir entonces el Apóstol con estas palabras: Si habéis resucitado con Cristo? ¿Acaso Él hubiese resucitado de no haber muerto antes? Hablaba a personas que aún vivían, que todavía no habían muerto y ya habían resucitado. ¿Qué significa esto? Ved lo que dice: Si habéis resucitado con Cristo, gustad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; buscad las cosas de arriba, no las de la tierra; pues estáis muertos (Col 3,1-3). Es él, no yo, quien lo dice, y dice la verdad, y por eso lo digo también yo. ¿Por qué lo digo también yo? He creído y por eso he hablado. Si vivimos bien, hemos muerto y resucitado; quien en cambio, aún no ha muerto ni ha resucitado, vive mal todavía, y, si vive mal, no vive; muera para no morir. ¿Qué significa «muera para no morir»? Cambie de vida, para no ser condenado. Repito las palabras del Apóstol: Si habéis resucitado con Cristo, gustad las cosas de arriba donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; buscad las cosas de arriba, no las de la tierra, pues estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vuestra vida, también vosotros apareceréis entonces en la gloria con Él (Col 3,1-3). Son palabras del Apóstol. A quien aún no ha muerto, le digo que muera; a quien aún vive mal, le digo que cambie. Si vivía mal, pero ya no vive, ha muerto; si vive bien, ha resucitado. Pero ¿qué significa vivir bien? Gustad las cosas de arriba, no las de la tierra. Mientras eres tierra, a la tierra irás (Gn 3,19); mientras lames la tierra -cuando amas la tierra la lames- y te haces enemigo de Aquel del que dice el salmo: Y sus enemigos lamen la tierra (Sal 71,9). ¿Qué erais? Hijos de los hombres. ¿Qué sois ahora? Hijos de Dios. Hijos de los hombres ¿hasta cuando tendréis el corazón pesado? ¿Por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira? (Sal 4,3). ¿Que mentira buscáis? Ahora os lo digo. Sé que queréis ser felices. Preséntame un salteador, un criminal, un fornicador, un malhechor, un sacrílego, un hombre manchado con toda clase de vicios y cubierto con toda clase de torpezas y delitos que no quiera vivir una vida feliz. Sé que todos queréis ser felices; pero ¿qué es lo que hace que el hombre viva feliz? Eso es lo que no queréis buscar. Buscas el oro porque piensas que vas a ser feliz con él; pero el oro no te hace feliz. ¿Por qué buscas la mentira? ¿Por qué quieres ser ensalzado en este mundo? ¿Por qué crees que vas a ser feliz con el honor que te tributen los hombres y con la pompa mundana? Pero la pompa mundana no te hace feliz. ¿Por qué buscas la mentira? Cualquier otra cosa que busques, si la buscas al estilo del mundo, si buscas la tierra amándola, si buscas la tierra lamiéndola, la buscas para ser feliz, pero ninguna cosa terrena te hará feliz. ¿Por qué no cesas de buscar la mentira?
¿Qué te hará, entonces, feliz? Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo tendréis el corazón pesado? ¿Cómo queréis que no os pese el corazón si lo llenáis de tierra? ¿Hasta cuándo tuvieron los hombres pesado el corazón? Tuvieron pesado el corazón hasta antes de la venida de Cristo, antes de su resurrección. ¿Hasta cuándo tendréis pesado el corazón? ¿Por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira? Queriendo ser felices, buscáis las cosas que os hacen desgraciados. Os engaña eso que buscáis; lo que buscáis es una mentira. ¿Quieres ser feliz? Si lo deseas, te muestro lo que te puede hacer feliz. Continúa leyendo: ¿Hasta cuándo tendréis pesado el corazón? ¿Por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira? Sabed. ¿Qué? Que el Señor ha engrandecido a su Santo (Sal 4,4). Vino Cristo a nuestras miserias: sintió hambre, sed, se fatigó, durmió, hizo cosas maravillosas, sufrió males, fue flagelado, coronado de espinas, cubierto de salivazos, abofeteado, crucificado, traspasado por la lanza, colocado en el sepulcro; pero al tercer día resucitó, acabada la fatiga, muerta la muerte. Tened vuestros ojos fijos en su resurrección, puesto que el Señor ha engrandecido a su Santo, hasta el punto de resucitarlo de entre los muertos y otorgarle en el cielo el honor de sentarse a su derecha.
Te he mostrado lo que debes saborear si quieres ser feliz. Aquí no puedes serlo. En esta vida no puedes ser feliz. Es cosa buena la que buscas, pero esta tierra no es el lugar donde se da lo que buscas. ¿Qué buscas? La vida feliz. Pero no se encuentra aquí. Si buscases oro en un lugar donde no existe, quien está seguro de que allí no lo hay, ¿no te diría: «¿por qué cavas, por qué remueves la tierra? ¿Estás haciendo una fosa a la que bajar, no en la que encontrar algo?». ¿Qué vas a responder a quien te avisa? «Busco oro». Y él: «No te digo que lo que buscas es una tontería; buena cosa es la que buscas, pero no existe donde la buscas». Así también, cuando tú dices: «Quiero ser feliz», deseas algo bueno, pero no existe aquí.
Si Cristo la poseyó en esta tierra, la tendrás también tú. ¿Qué encontró Él en la región de la muerte? Pon atención: viniendo de otra región, aquí no halló más que lo que abunda aquí: fatigas, dolores, muerte: ve lo que tienes aquí, lo que abunda aquí. Comió contigo lo que abundaba en la despensa de tu miseria. Aquí bebió vinagre, aquí tuvo hiel. He aquí lo que encontró en tu despensa. Pero te invitó a su espléndida mesa, la mesa del cielo, la mesa de los ángeles, en la que el pan es Él mismo. Al descender y encontrar tales cosas en tu despensa, no sólo no despreció tu mesa; sino que te prometió la suya. Y a nosotros ¿qué nos dice? «Creed, creed que llegaréis a los bienes de mi mesa, pues yo no he despreciado los males de la vuestra». Él tomó tu mal y te dará su bien. Lo dará, sí. Nos prometió su vida; pero más increíble es lo que ha hecho: nos envió por delante su muerte. Como diciendo: «Os invito a mi vida, donde nadie muere, donde la vida es en verdad feliz, donde el alimento no se estropea, donde repara fuerzas, sin disminuir él. Ved a qué os invito: a la región de los ángeles, a la amistad con el Padre y el Espíritu Santo, a la cena eterna, a ser hermanos míos: para terminar, a mí mismo. Os invito a mi vida. ¿No queréis creer que os voy a dar mi vida? Recibid en prenda mi muerte». Por tanto, ahora, mientras vivimos en esta carne corruptible, muramos con Cristo, mediante el cambio de vida y vivamos con Cristo mediante el amor a la justicia. La vida feliz no hemos de recibirla más que cuando lleguemos a aquel que vino hasta nosotros y comencemos a vivir con quien murió por nosotros”.
4. a) Después que hubieran puesto la experiencia de Jesús resucitado por escrito, la fe de los primeros cristianos quiso conocer los hechos anecdóticos, los acontecimientos según el orden de los sucesos, y antes de que murieran los Apóstoles se fueron recogiendo los relatos, que se fueron escribiendo según el orden de los Evangelistas, y con sus variantes y tradiciones fueron componiéndose los Evangelios. Según lo que me parece entender, las cosas serían algo así como: primero Jesús se aparece en su interior a la Virgen y le comunica, en la madrugada del domingo, es decir hoy, que ha resucitado. Este gozo lo comunican los ángeles a las mujeres, que anuncian la nueva a los Apóstoles, primero Simón y Juan que van y creen, al ver los lienzos como “desinflados”. María Magdalena se queda allí, y habla con Jesús creyendo que es el hortelano hasta que la llama por su nombre: “María” y ella le reconoce. Esto nos hace ver que Jesús en su cuerpo glorioso –que no tiene materia, que puede pasar por espacios sólidos y cruzar en el mismo tiempo varios lugares- se aparece a quien quiere, y quizá también a quien está preparado para ver, como vemos en la siguiente aparición, los de Emaús: por el camino les explica las Escrituras, y se encienden al ver que desde Moisés y los profetas hablan de que Jesús tiene que sufrir antes de resucitar (toda la cuaresma hemos leído estos pasajes) y luego le dicen que se quede (se hace de noche, cuando Él no está) y Él cena con ellos, y al partir el pan lo reconocen. En esta aparición vemos las dos escenas de la Misa: la lectura viva de la Palabra que enciende nuestros corazones, y nos prepara para verle en la fracción del pan, segunda parte de la Misa, en la mesa del altar. Luego, siguiendo con las apariciones, lo hace aquella misma noche de pascua a los apóstoles ya reunidos, y luego el domingo siguiente –es una repetición dominical- y otro más en el lago, y luego por último el día de la Ascensión.
b) En las palabras de María Magdalena resuena probablemente la controversia con la sinagoga judía, que acusaban a los discípulos de haber robado el cuerpo de Jesús para así poder afirmar su resurrección. Los discípulos no se han llevado el cuerpo de Jesús. Más aún, al encontrar doblados y en su sitio la sábana y el sudario, queda claro que no ha habido robo.
La carrera de los dos discípulos puede hacer pensar en un cierto enfrentamiento, en un problema de competencia entre ambos. De hecho, se nota un cierto tira y afloja: "El otro discípulo" llega antes que Pedro al sepulcro, pero le cede la prioridad de entrar. Pedro entra y ve la situación, pero es el otro discípulo quien "ve y cree".
Seguramente que "el otro discípulo" es "aquel que Jesús amaba", que el evangelio de Juan presenta como modelo del verdadero creyente. De hecho, este discípulo, contrariamente a lo que hará Tomás, cree sin haber visto a Jesús. Sólo lo poco que ha visto en el sepulcro le permite entender lo que anunciaban las Escrituras: que Jesús no sería vencido por la muerte (Josep Mª Grané).
S. Agustín también comenta este pasaje: “Entró, vio y creyó (Jn 20,8). Oísteis que creyó, pero no se alaba esta fe; en efecto, se pueden creer tanto cosas verdaderas como falsas. Pues si se hubiese alabado el que creyó en este caso o se hubiera recomendado la fe en el hecho de ver y creer, no continuaría la Escritura con estas palabras: Aún no conocía las Escrituras, según las cuales convenía que Cristo resucitara de entre los muertos (Jn 20,9). Así, pues, vio y creyó. ¿Qué creyó? ¿Qué, sino lo que había dicho la mujer, a saber, que se habían llevado al Señor del sepulcro? Ella había dicho: Se han llevado al Señor del sepulcro y no sé dónde lo han puesto (Jn 20,2).
Corrieron ellos, entraron, vieron solamente las vendas, pero no el cuerpo y creyeron que había desaparecido, no que hubiese resucitado. Al verlo ausente del sepulcro, creyeron que lo habían sustraído y se fueron”. En este día santo "lucharon vida y muerte / en singular batalla / y, muerto el que es Vida, / triunfante se levanta" (Secuencia de Pascua).
c) Ratzinger escribió también una Meditación para el día de pascua: “¡Qué conmoción sacudiría al mundo si leyéramos un día en la prensa: «se ha descubierto una hierba medicinal contra la muerte»! Desde que la humanidad existe, se ha estado buscando tal hierba. Ella espera una medicina contra la muerte, pero, al mismo tiempo, teme a esa hierba. Sólo el hecho de que en una parte del mundo la esperanza de vida se haya elevado de 30 a 70 años ha creado ya problemas casi insolubles.
La iglesia nos anuncia hoy con triunfal alegría: esa hierba medicinal contra la muerte se ha encontrado ya. Existe una medicina contra la muerte y ha producido hoy su efecto: Jesús ha resucitado y no volverá ya a morir. Lo que es posible una vez, es fundamentalmente posible y así esta medicina vale para todos nosotros. Todos nosotros podemos hacernos cristianos con Cristo e inmortales. ¿Pero cómo? Esto debería ser nuestra pregunta más viva. Para encontrar la respuesta, debemos sobre todo preguntar: ¿cómo es que resucitó? Pero, sobre eso, se nos da una simple información que se nos confía a todos: Él resucitó porque era no sólo un hombre, sino también hijo de Dios. Pero era también un hombre real y lo fue por nosotros. Y así sigue, por su propio peso, la próxima pregunta: ¿cómo aparece este «ser-hombre» que une con Dios y que debe ser el camino para todos nosotros? Y parece claro que Jesús vive toda su vida en contacto con Dios. La Biblia nos informa de sus noches pasadas en oración. Siempre queda claro esto: Él se dirige al Padre. Las palabras del Crucificado no se nos refieren en los cuatro evangelios de un modo unitario, pero todos coinciden en afirmar que Él murió orando. Todo su destino se halla establecido en Dios y se traduce así en la vida humana. Y siendo así las cosas, Él respira la atmósfera de Dios: el amor. Y por ello es inmortal y se halla por encima de la muerte. Y ya tenemos las primeras aplicaciones a nosotros: nuestro pensar, sentir, hablar, el unir nuestra acción con la idea de Dios, el buscar la realidad de su amor, éste es el camino para entrar en el espacio de la inmortalidad.
Pero queda todavía otra pregunta. Jesús no era inmortal en el sentido en el que los hombres deseaban serlo desde tiempos inmemoriales, cuando buscaban la hierba contra la muerte. Él murió. Su inmortalidad tiene la forma de la resurrección de la muerte, que tuvo lugar primero. ¿Qué es lo que debe significar esto? El amor es siempre un hecho de muerte: en el matrimonio, en la familia, en la vida común de cada día. A partir de ahí, se explica el poder del egoísmo: él es una huida comprensible del misterio de la muerte, que se halla en el amor. Pero, al mismo tiempo, advertimos que sólo esa muerte que está en el amor hace fructificar; el egoísmo, que trata de evitar esa muerte, ese es el que precisamente empobrece y vacía a los hombres. Solamente el grano de trigo que muere fructifica.
El egoísmo destruye el mundo; él es la verdadera puerta de entrada de la muerte, su poderoso estímulo. En cambio, el Crucificado es la puerta de la vida. Él es el más fuerte que ata al fuerte. La muerte, el poder más fuerte del mundo, es, sin embargo, el penúltimo poder, porque en el Hijo de Dios el amor se ha mostrado como más fuerte. La victoria radica en el Hijo y cuanto más vivamos como Él, tanto más penetrará en este mundo la imagen de aquel poder que cura y salva y que, a través de la muerte, desemboca en la victoria final: el amor crucificado de Jesucristo”.
d) Por último, un pensamiento sobre la Pascua, el día que transforma las penas en alegrías. El enigma mayor de la condición humana es la muerte. ¿Como es que el hombre, con deseos de ser feliz, muere? Es el misterio del dolor, de la cruz, que no tiene explicación. Un proceso de transformación, como una purificación del amor, que nos prepara para la felicidad que es estar con Dios. Realidad misteriosa que no es el final, pues cuando se acaba nuestra estancia aquí en la tierra comienza otra, la vida continúa en el cielo. La muerte no es el final de trayecto, la vida no se acaba, se transforma…
Jesús también muere, y ha resucitado. Y nos dice: “Yo soy el camino…”. La muerte es una realidad misteriosa, tremenda, y del más allá no sabemos mucho, sólo lo que Jesús nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida…”
Dios, que es amor, nos hace entender que el amor no se acaba con la muerte, que después de esta etapa hay otra para siempre. Que Dios no quiere lo malo, pero lo permite en su respeto a la libertad, sabiendo reconducirlo con Jesús hacia algo mejor… la muerte para la fe cristiana es una participación en la muerte de Jesús, desde el bautismo estamos unidos a Él, en la Misa vivimos toda la potencia salvadora de la muerte hacia la resurrección.
Las fuerzas atávicas del mal, que volcaban en un inocente sus traumas y represiones (el chivo expiatorio) que por el demonio se vierte toda la agresividad en contra del Mesías, quedan truncadas. Pues en la muerte de Jesús esas fuerzas quedan vencidas, el círculo del odio queda sustituido por el círculo del amor; una nueva ola que alcanza –con su Resurrección- todos los lugares del cosmos en todos sus tiempos. "En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra si mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical" (Benedicto XVI). Se establece la redención, la vuelta al paraíso original, a la auténtica comunión con todos y todo. Y cuando estamos en contacto con Jesús, en la comunión, también estamos con los que están con Él, de todos los lugares de todos los tiempos, con los que queremos y ya se han ido de nuestro mundo y tiempo.
Este es el misterio pascual de Jesús, el paso de la muerte a la Vida, la luz que se enciende con la nueva aurora. El cuerpo que se entierra es semilla –grano de trigo que muere y da mucho fruto- para una vida más plena, de resurrección.
El amor humano nos hace entender ese amor eterno, pues el amor nace para ser eterno, aunque cambiemos de casa quedamos unidos a los que amamos. Jesús nos enseña plenamente el diccionario del amor, nos habla del amor de un Dios que es padre y que nos quiere con locura, y dándose en la Cruz, hace nuevas todas las cosas, en una renovación cósmica del amor: las cosas humanas, sujetas al dolor y la muerte, tienen una potencia salvífica, se convierten en divinas.
En este retablo de las tres cruces, vemos a la Trinidad volcar su amor en el calvario. Y junto a Jesús, su madre. Allí ella también entrega a su hijo por amor a nosotros. Allí también está el buen ladrón que dice: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino”, y Jesús le da la fórmula de canonización: “en verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”; es un misterio ese juicio divino en el amor. Juntos se fueron al cielo.
Estos días queremos vivir el misterio, abrir los ojos como las mujeres al buscar a Jesús en la mañana de pascua, y les dice el ángel, aquel primer domingo: “¿por qué buscáis entre los muertos aquel que está vivo? No está aquí, ha resucitado”. Queremos ver más allá de lo que se ve, beber de ese amor verdadero que es eterno, para iluminar nuestros días con ese día de fiesta, de esperanza cierta.
Lectura de los Hechos de los Apóstoles 10,34a.37-43: En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: “Hermanos: Vosotros conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con Él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en Él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados”.
Sal 117,1-2. 16ab-17. 22-23: R/. Este es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. [O bien: Aleluya]
Dad gracias al Señor porque es bueno, / porque es eterna su misericordia. / Diga la casa de Israel: / eterna es su misericordia. La diestra del Señor es poderosa, / la diestra del Señor es excelsa. / No he de morir, viviré / para contar las hazañas del Señor.
La piedra que desecharon los arquitectos, / es ahora la piedra angular. / Es el Señor quien lo ha hecho, / ha sido un milagro patente.
Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Colosenses 3,1-4: Hermanos: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con Él, en gloria”.
Secuencia: Ofrezcan los cristianos / ofrendas de alabanza / a gloria de la Víctima / propicia de la Pascua. // Cordero sin pecado / que a las ovejas salva, / a Dios y a los culpables / unió con nueva alianza. // Lucharon vida y muerte / en singular batalla / y, muerto el que es Vida, / triunfante se levanta. // ¿Qué has visto de camino, / María, en la mañana? / -A mi Señor glorioso, / la tumba abandonada, / los ángeles testigos, / sudarios y mortaja. // ¡Resucitó de veras / mi amor y mi esperanza! / Venid a Galilea, / allí el Señor aguarda; / allí veréis los suyos / la gloria de la Pascua. // Primicia de los muertos, / sabemos por tu gracia / que estás resucitado; / la muerte en ti no manda. // Rey vencedor, apiádate / de la miseria humana / y da a tus fieles parte / en tu victoria santa. /Amén. Aleluya.
Texto del Evangelio (Jn 20,1-9): El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.
Comentario: Cristo con su resurrección de entre los muertos ha hecho de la vida de los hombres una fiesta. Los ha colmado de gozo al hacerles vivir no ya una vida terrestre sino una vida celestial. Rezan las primeras homilías que conservamos: "Soy Yo, en efecto vuestra remisión; / soy Yo, la Pascua de la salvación; / Yo el cordero inmolado por vosotros, / Yo vuestro rescate, / Yo vuestra vida, / Yo vuestra luz, / Yo vuestra salvación, / Yo vuestra resurrección, / Yo vuestro rey... / Él es el Alfa y el Omega / Él es el principio y el fin. / Él es el Cristo. Él es el rey. Él es Jesús, / el caudillo, el Señor, / aquel que ha resucitado de entre los muertos / aquel que está sentado a la derecha del Padre...." La misa de Pascua está llena de gozo, del gozo de la Vida que nos comunica el Resucitado. La misa de hoy la tenemos que entender y celebrar sobre todo como un encuentro con el Resucitado tal como lo disfrutaron los discípulos el mismo día de Pascua. “Este es el día en que actuó el Señor, / que sea un día de gozo y de alegría. / Este es el día en que, vencida la muerte, / Cristo sale vivo y victorioso del sepulcro. / Este es el día que lava las culpas y devuelve la inocencia, / el día que destierra los temores y hace renacer la esperanza, / el día que pone fin al odio y fomenta la concordia, / el día en que actuó el Señor, / que sea un día de gozo y de alegría. / Hoy, Señor, cantamos tu victoria, / celebramos tu misericordia y tu ternura, / admiramos tu poder y tu grandeza, / proclamamos tu bondad y tu providencia. / Que sea para nosotros el gran día, / que saltemos de gozo y de alegría, / que no se aparte nunca de nuestra memoria / y que sea el comienzo de una vida / de esperanza, de amor y de justicia”.
"Creer en la resurrección... es el acto de participar en la creación ilimitada... Tener fe, si es que yo alcanzo a descifrar la imagen cristiana, es percibir en su identidad la resurrección y la crucifixión. Sostener la paradoja de la presencia de Dios en un Jesús crucificado, es decir, en el fondo de la desgracia y de la impotencia, un Jesús abandonado de Dios. Tener tal fe es adquirir la libertad de hombre sobre toda ilusión, la del poder y la del tener. Dios no es ya el emperador de los romanos, ni aquel tipo de hombre estimado por los griegos como ejemplar de belleza y de fuerza..., sino más bien la certeza de que es posible creer un futuro cualitativamente nuevo, pero tan sólo si se identifica con aquellos que en el mundo son los más despojados y los más aplastados... Tal amor y la esperanza en la resurrección se identifican. Porque no hay amor más que cuando un ser es para nosotros irreemplazable, y nosotros estamos prestos a dar por él nuestra propia vida... Cuando de verdad estamos dispuestos a tal donación y entrega por el último de los hombres, es entonces cuando Dios está con nosotros; he aquí el poder de transformar el mundo" (R. Garaudy).
“Señor Dios, que en este día nos has abierto las puertas de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte, concédenos a los que celebramos la solemnidad de la resurrección de Jesucristo, ser renovados por tu Espíritu para resucitar en el reino de la luz y de la paz”, pedimos en la Oración colecta.
Los judíos tenían el poema de las cuatro noches. La primera noche fue cuando YHWH se manifestó en el mundo para crearlo. El mundo estaba informe y vacío y las tinieblas se extendían sobre la superficie del abismo, y la palabra de YHWH era luz y brillaba. Y la llamó primera noche. La segunda noche, cuando YHWH se le apareció a Abraham anciano de 100 años y a su esposa Sara, de noventa años, a fin de cumplir lo que dice la Escritura: "Es que Abraham, a los cien años de edad, va a engendrar y su esposa Sara, de noventa años, va a dar a luz un hijo?" Pues bien, Isaac tenía 37 años cuando fue ofrecido en el altar. Los cielos se inclinaron y bajaron e Isaac vio sus perfecciones. Y la llamó la segunda noche. La tercera noche fue cuando YHWH se apareció a los egipcios en medio de la noche; su mano mataba a los primogénitos de Israel, para que se cumpliera lo que dice la Escritura: "Israel es mi primogénito". Y la llamó la tercera noche. La cuarta noche será cuando el mundo llegue a su fin para ser disuelto. Los yugos de hierro se romperán y las generaciones perversas serán aniquiladas. Moisés subirá de en medio del desierto y el rey Mesías vendrá desde lo alto. Uno avanzará a la cabeza del rebaño y su palabra caminará entre los dos y ellos marcharán juntos. Es la noche de la pascua para el nombre de YHWH, noche reservada y fijada para la liberación de todo Israel a lo largo de sus generaciones.
Es el día en que Jesús «manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre y le descubre su altísima vocación» (Gaudium et Spes 22). El gran signo que hoy nos da el Evangelio es que el sepulcro de Jesús está vacío. Ya no tenemos que buscar entre los muertos a Aquel que vive, porque ha resucitado. Y los discípulos, que después le verán Resucitado, es decir, lo experimentarán vivo en un encuentro de fe maravilloso, captan que hay un vacío en el lugar de su sepultura. Sepulcro vacío y apariciones serán las grandes señales para la fe del creyente. El Evangelio dice que «entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó» (Jn 20,8). Supo captar por la fe que aquel vacío y, a la vez, aquella sábana de amortajar y aquel sudario bien doblados eran pequeñas señales del paso de Dios, de la nueva vida. El amor sabe captar aquello que otros no captan, y tiene suficiente con pequeños signos. El «discípulo a quien Jesús quería» (Jn 20,2) se guiaba por el amor que había recibido de Cristo.
“Ver y creer” de los discípulos que han de ser también los nuestros. Renovemos nuestra fe pascual. Que Cristo sea en todo nuestro Señor. Dejemos que su Vida vivifique a la nuestra y renovemos la gracia del bautismo que hemos recibido. Hagámonos apóstoles y discípulos suyos. Guiémonos por el amor y anunciemos a todo el mundo la felicidad de creer en Jesucristo. Seamos testigos esperanzados de su Resurrección.
1. Tenemos aquí un compendio de la predicación de Pedro, que habla solidariamente con todos los apóstoles: "Nosotros somos testigos..." ¿de qué? De que Jesús es el Cristo, el Señor. Hay una identidad entre el Cristo predicado y el Jesús histórico, y esta misma identidad constituye la sustancia de la fe cristiana. En esta predicación vemos: 1ª. Dios ha mostrado que hay que admitir a los paganos sin imponerles la ley mosaica; 2ª. Pedro, por voluntad de Dios, acepta la hospitalidad de un incircunciso-pagano. Vemos una apertura hacia todos del hecho cristiano, y el subrayar la resurrección de Jesús el tercer día es también no sólo determinación temporal, sino una afirmación histórico-salvífica, como ya se ha visto estas semanas. Hoy se cumplen las escrituras, como dirá Jesús a los de Emaús: la ley y los profetas (Pere Franquesa). Este quinto discurso de Pedro en Hechos es, en sus detalles, estructura y estilo una composición de Lucas, pero presenta los temas básicos de la predicación cristiana primitiva, del "kerigma" como suele decirse. Mirar la luz de Jesús, esta estrella, creer en este Ungido, eso es la Pascua, una fiesta de liberación. Creer en el Cristo de Dios es nuestra alegría y nuestra vida, es perdón y reconciliación, es paz y principio de vida eterna (“Caritas”).
2. Compuesto para la liturgia hebrea, este salmo recibe un puesto destacado en la cristiana, que encuentra reflejados en él los misterios redentores de la vida de Cristo. El Señor cantó este salmo al finalizar la Última Cena: así consta -además de en otras fuentes- en las anotaciones de los salterios más antiguos. Y así, la liturgia de acción de gracias de la Nueva Alianza, inaugurada con la Eucaristía, encontró en la expresión de este salmo una admirable conclusión. Con los sentimientos que se contienen en él, nuestro Salvador se encaminó hacia la vía dolorosa que le introduciría en la gloria del día eterno. Pero antes, el designio de su Padre era permanecer en la Cruz hasta el final, como dijo Juan Pablo II: "Si no hubiera existido esa agonía en la Cruz, la verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar."
Salmo pascual por excelencia, expresivo de la acción de gracias por la victoria pascual del Señor. "Nada más grande -comenta san Agustín- que esta pequeña alabanza: porque es bueno. Ciertamente, el ser bueno es tan propio de Dios que, cuando su mismo Hijo oye decir 'Maestro bueno' a cierto joven que, contemplando su carne y no viendo su Divinidad, pensaba que Él era tan sólo un hombre, le respondió: '¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios'. Con esta contestación quería decir: Si quieres llamarme bueno, comprende, entonces, que Yo soy Dios." La Liturgia mozárabe nos brinda esta oración sálmica que, en la celebración de este Domingo, traduce admirablemente el contenido del salmo en oración cristológica al Padre: "Señor, Padre santo, danos tu salvación, da prosperidad a cuantos esperamos en ti; Tú que iluminaste al mundo que yacía en tinieblas, concede a nuestra asamblea celebrar dignamente la solemnidad de este día, de modo que Cristo, el Señor, por quien se concede acceso a los justos y entrada a los que se salvan, sea nuestra puerta y nuestra patria. Él que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén." No he de morir, viviré: "Es una profecía de la Resurrección; en realidad, es como decir: la muerte ya no será más la muerte. Me castigó, me castigó el Señor, pero no me entregó a la muerte: Es Cristo quien da gracias al Padre no sólo por haber sido liberado, sino incluso por haber sufrido la Pasión" (S. Juan Crisóstomo). Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia: "¿Qué otra cosa podremos cantar allí -en el Cielo- sino sus alabanzas? Tú eres mi Dios, te doy gracias; Dios mío, yo te ensalzo. Pero no proclamaremos estas alabanzas con palabras; más bien será el amor mismo, que nos unirá a Él, quien gritará. Esa voz, incluso, será la voz del mismísimo amor. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia: el texto comienza y concluye con estas palabras; son el primer versículo y el último del salmo porque de todo lo que hemos venido narrando desde el principio hasta el fin, no hay cosa que más nos pueda embelesar que la alabanza a Dios y un eterno «Aleluya»" (S. Agustín).
El inicio del salmo es espectacular. Todos los metales de la orquesta, encabezados por las trompetas de plata, lanzan al aire, como una fanfarria piafante, el grito de júbilo que dará el tono a todo el salmo: «Eterna es su misericordia». Exulte la tierra entera y salten de alegría las islas innumerables ante esta gran noticia: nuestro Dios está vestido de un manto de misericordia, le precede la ternura y le acompaña la lealtad, y, desde siempre y para siempre avanza sobre una nube en cuyos bordes está escrita la palabra Amor. Israel está en condiciones de confirmar esta noticia: desde pequeño fue tratado con cuerdas de ternura; fue para él -el Señor- como la madre que se inclina para dar de comer a su pequeño y luego lo levanta hasta su mejilla para acariciarlo, y, en su borrascosa juventud lo acompañó con su brazo tenso y fuerte hasta instalarlo en la tierra jurada y prometida. Esta noticia de su eterno amor lo pueden también constatar todos los fieles en cuyas noches brilló el Señor como una antorcha de estrellas, y fue sombra fresca para sus horas meridianas. ¡Gloria, pues, eternamente a Aquel que vela nuestro sueño y cuida nuestros pasos!
“«¡Abridme las puertas del triunfo! El Señor está conmigo y me auxilia; no me entregó a la muerte. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo». Esta es la liturgia de Pascua en el corazón del año. Pero para el verdadero cristiano, cada domingo es Pascua y cada día es domingo. Por eso cada día es Pascua, es «el día que ha hecho el Señor, el día en que actuó el Señor». Cada día es día de victoria y alabanza, de regocijo y acción de gracias, día de ensayo de la resurrección final conquistando al pecado, que es la muerte, y abriéndose a la alegría, que es la eternidad. Cada día hay revuelo de ángeles y alboroto de mujeres en torno a la tumba vacía. ¡Cristo ha resucitado! «Este es el día en que el Señor ha actuado». ¡Ojalá pudiera decir yo eso de cada día de mi vida! Sé que es verdad, porque, si estoy vivo, es porque Dios está actuando en mí con su infinito poder y su divina gracia; pero quiero sentirlo, palparlo, verlo en fe y experiencia, reconocer la mano de Dios en los sucesos del día y sentir su aliento a cada paso. Este es su día, glorioso como la Pascua y potente como el amanecer de la creación; y quiero tener fe para adivinar la figura de su gloria en la humildad de mis idas y venidas. «La diestra del Señor es excelsa, la diestra del Señor es poderosa. No he de morir: viviré para contar las hazañas del Señor». Que la verdad de fe penetre en mi mente y florezca en mis actos: cristiano es aquel que vive el espíritu de la Pascua. Espíritu de lucha y de victoria, de fe y de perseverancia, de alegría después del sufrimiento y vida después de la muerte. Ninguna desgracia me abatirá y ninguna derrota me desanimará. Vivo ya en el día de los días, y sé que la mano del Señor saldrá victoriosa al final. «El Señor está conmigo, no temo: ¿qué podrá hacerme el hombre?» Yo solo no puedo conseguir el espíritu de Pascua por mi cuenta. Así como el Domingo de Pascua me encuentro en medio de los fieles que proclaman su fe y robustecen la mía con la unión de su presencia y la voz de sus cantos, así ahora también, día a día, necesito a mi alrededor al grupo amigo que afirme esa misma convicción y confirme mi fe con el don de la suya. Invito a la casa de Israel, a la casa de Aarón y a todos los fieles del Señor a que canten conmigo la gloria de Pascua para que todos nos unamos en el estrecho vínculo de la fe y la alegría. «Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia. Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia. Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia» (Carlos G. Vallés).
Señala Juan Pablo II “dos frases que resonarán dentro del Nuevo Testamento con una nueva tonalidad”. La primera: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular" (v. 22). Jesús cita esta frase, aplicándola a su misión de muerte y de gloria, después de narrar la parábola de los viñadores homicidas (cf. Mt 21, 42). También la recoge san Pedro en los Hechos de los Apóstoles: "Este Jesús es la piedra que vosotros, los constructores, habéis desechado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4, 11-12). San Cirilo de Jerusalén comenta: "Afirmamos que el Señor Jesucristo es uno solo, para que la filiación sea única; afirmamos que es uno solo, para que no pienses que existe otro (...). En efecto, le llamamos piedra, no inanimada ni cortada por manos humanas, sino piedra angular, porque quien crea en ella no quedará defraudado". La segunda frase es la que cantaba la muchedumbre en la solemne entrada mesiánica de Cristo en Jerusalén: "¡Bendito el que viene en nombre del Señor!" (Mt 21, 9; cf. Sal 117, 26). “Este espléndido himno bíblico está incluido en la pequeña colección de salmos, del 112 al 117, llamada el "Hallel pascual", es decir, la alabanza sálmica usada en el culto judío para la Pascua y también para las principales solemnidades del Año litúrgico”.
La palabra "misericordia" que abre y cierra la composición “traduce la palabra hebrea hesed, que designa la fidelidad generosa de Dios para con su pueblo aliado y amigo. Esta fidelidad la cantan tres clases de personas: todo Israel, la "casa de Aarón", es decir, los sacerdotes, y "los que temen a Dios", una expresión que se refiere a los fieles y sucesivamente también a los prosélitos, es decir, a los miembros de las demás naciones deseosos de aceptar la ley del Señor (cf. vv. 2-4)”.
“En todas las festividades más significativas y alegres del antiguo judaísmo, especialmente en la celebración de la Pascua, se cantaba la secuencia de salmos que va del 112 al 117… el salmo con el que se concluye este "Hallel egipcio" es precisamente el salmo 117… revela claramente un uso litúrgico en el interior del templo de Jerusalén”. Uno de los símbolos usados en el salmo es el de la piedra. San Ambrosio recuerda que "Cristo es la piedra" y que "también a su discípulo, Cristo le otorgó este hermoso nombre, de modo que también él sea Pedro, para que de la piedra le venga la solidez de la perseverancia, la firmeza de la fe… Esfuérzate por ser tú también piedra. Pero para ello no busques fuera de ti, sino en tu interior, la piedra. Tu piedra son tus acciones; tu piedra es tu pensamiento. Sobre esta piedra se construye tu casa, para que no sea zarandeada por ninguna tempestad de los espíritus del mal. Si eres piedra, estarás dentro de la Iglesia, porque la Iglesia está asentada sobre piedra. Si estás dentro de la Iglesia, las puertas del infierno no prevalecerán contra ti".
3. Los primeros relatos que tenemos de la pascua son las cartas apostólicas, que recogen lo que vivían los primeros cristianos en su primitiva liturgia: el hecho de la resurrección. Pensar en las cosas de arriba donde está Jesús, “gustar” de esas cosas… son reminiscencias de esos himnos litúrgicos que recibe S. Pablo y que re-piensa en su teología: es posible la nueva vida; porque todavía no se ha manifestado, es necesario dar frutos de vida eterna. Nuestra vida se mueve entre el "ya" y el "todavía-no".
Hay, por lo tanto, un camino que recorrer y un deber que cumplir. Estamos en ello, en el paso o trance de la decisión. Hay que elegir, y nuestra elección no puede ser otra que "los bienes de arriba". Lo cual no significa que el cristiano se desentienda de los "bienes de la tierra", si ello implica desentenderse del amor al prójimo. Pues los "bienes de arriba", es decir, lo que esperamos, es también la transformación por el amor del mundo en que habitamos. Cuando Cristo aparezca, se mostrará en Él nuestra vida y entonces veremos lo que ahora somos ya radicalmente, misteriosamente (“Eucaristía” 1982). El paso de lo de "abajo" a lo de "arriba" no se realiza por prácticas ascéticas, gnosis o misterios, sino por la confesión de fe en Cristo Jesús. La contraposición entre las cosas de arriba y las de abajo ha influido fuertemente en la teología y en la piedad cristiana, y ha dejado a un lado con frecuencia la realidad de la vida. Basta recordar algunos textos de oraciones, incluso litúrgicas. Buscar las cosas de arriba no significa despreciar los bienes de la tierra para poder amar los del cielo. La responsabilidad del progreso material no se puede separar de la moral cristiana. La piedad ha valorado excesivamente algunas prácticas destinadas a mortificar el cuerpo para liberar el alma (P. Franquesa). S. Agustín comenta esta expresión: “Si habéis resucitado con Cristo... ¿Cómo vamos a resucitar si aún no hemos muerto? ¿Qué quiso decir entonces el Apóstol con estas palabras: Si habéis resucitado con Cristo? ¿Acaso Él hubiese resucitado de no haber muerto antes? Hablaba a personas que aún vivían, que todavía no habían muerto y ya habían resucitado. ¿Qué significa esto? Ved lo que dice: Si habéis resucitado con Cristo, gustad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; buscad las cosas de arriba, no las de la tierra; pues estáis muertos (Col 3,1-3). Es él, no yo, quien lo dice, y dice la verdad, y por eso lo digo también yo. ¿Por qué lo digo también yo? He creído y por eso he hablado. Si vivimos bien, hemos muerto y resucitado; quien en cambio, aún no ha muerto ni ha resucitado, vive mal todavía, y, si vive mal, no vive; muera para no morir. ¿Qué significa «muera para no morir»? Cambie de vida, para no ser condenado. Repito las palabras del Apóstol: Si habéis resucitado con Cristo, gustad las cosas de arriba donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; buscad las cosas de arriba, no las de la tierra, pues estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vuestra vida, también vosotros apareceréis entonces en la gloria con Él (Col 3,1-3). Son palabras del Apóstol. A quien aún no ha muerto, le digo que muera; a quien aún vive mal, le digo que cambie. Si vivía mal, pero ya no vive, ha muerto; si vive bien, ha resucitado. Pero ¿qué significa vivir bien? Gustad las cosas de arriba, no las de la tierra. Mientras eres tierra, a la tierra irás (Gn 3,19); mientras lames la tierra -cuando amas la tierra la lames- y te haces enemigo de Aquel del que dice el salmo: Y sus enemigos lamen la tierra (Sal 71,9). ¿Qué erais? Hijos de los hombres. ¿Qué sois ahora? Hijos de Dios. Hijos de los hombres ¿hasta cuando tendréis el corazón pesado? ¿Por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira? (Sal 4,3). ¿Que mentira buscáis? Ahora os lo digo. Sé que queréis ser felices. Preséntame un salteador, un criminal, un fornicador, un malhechor, un sacrílego, un hombre manchado con toda clase de vicios y cubierto con toda clase de torpezas y delitos que no quiera vivir una vida feliz. Sé que todos queréis ser felices; pero ¿qué es lo que hace que el hombre viva feliz? Eso es lo que no queréis buscar. Buscas el oro porque piensas que vas a ser feliz con él; pero el oro no te hace feliz. ¿Por qué buscas la mentira? ¿Por qué quieres ser ensalzado en este mundo? ¿Por qué crees que vas a ser feliz con el honor que te tributen los hombres y con la pompa mundana? Pero la pompa mundana no te hace feliz. ¿Por qué buscas la mentira? Cualquier otra cosa que busques, si la buscas al estilo del mundo, si buscas la tierra amándola, si buscas la tierra lamiéndola, la buscas para ser feliz, pero ninguna cosa terrena te hará feliz. ¿Por qué no cesas de buscar la mentira?
¿Qué te hará, entonces, feliz? Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo tendréis el corazón pesado? ¿Cómo queréis que no os pese el corazón si lo llenáis de tierra? ¿Hasta cuándo tuvieron los hombres pesado el corazón? Tuvieron pesado el corazón hasta antes de la venida de Cristo, antes de su resurrección. ¿Hasta cuándo tendréis pesado el corazón? ¿Por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira? Queriendo ser felices, buscáis las cosas que os hacen desgraciados. Os engaña eso que buscáis; lo que buscáis es una mentira. ¿Quieres ser feliz? Si lo deseas, te muestro lo que te puede hacer feliz. Continúa leyendo: ¿Hasta cuándo tendréis pesado el corazón? ¿Por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira? Sabed. ¿Qué? Que el Señor ha engrandecido a su Santo (Sal 4,4). Vino Cristo a nuestras miserias: sintió hambre, sed, se fatigó, durmió, hizo cosas maravillosas, sufrió males, fue flagelado, coronado de espinas, cubierto de salivazos, abofeteado, crucificado, traspasado por la lanza, colocado en el sepulcro; pero al tercer día resucitó, acabada la fatiga, muerta la muerte. Tened vuestros ojos fijos en su resurrección, puesto que el Señor ha engrandecido a su Santo, hasta el punto de resucitarlo de entre los muertos y otorgarle en el cielo el honor de sentarse a su derecha.
Te he mostrado lo que debes saborear si quieres ser feliz. Aquí no puedes serlo. En esta vida no puedes ser feliz. Es cosa buena la que buscas, pero esta tierra no es el lugar donde se da lo que buscas. ¿Qué buscas? La vida feliz. Pero no se encuentra aquí. Si buscases oro en un lugar donde no existe, quien está seguro de que allí no lo hay, ¿no te diría: «¿por qué cavas, por qué remueves la tierra? ¿Estás haciendo una fosa a la que bajar, no en la que encontrar algo?». ¿Qué vas a responder a quien te avisa? «Busco oro». Y él: «No te digo que lo que buscas es una tontería; buena cosa es la que buscas, pero no existe donde la buscas». Así también, cuando tú dices: «Quiero ser feliz», deseas algo bueno, pero no existe aquí.
Si Cristo la poseyó en esta tierra, la tendrás también tú. ¿Qué encontró Él en la región de la muerte? Pon atención: viniendo de otra región, aquí no halló más que lo que abunda aquí: fatigas, dolores, muerte: ve lo que tienes aquí, lo que abunda aquí. Comió contigo lo que abundaba en la despensa de tu miseria. Aquí bebió vinagre, aquí tuvo hiel. He aquí lo que encontró en tu despensa. Pero te invitó a su espléndida mesa, la mesa del cielo, la mesa de los ángeles, en la que el pan es Él mismo. Al descender y encontrar tales cosas en tu despensa, no sólo no despreció tu mesa; sino que te prometió la suya. Y a nosotros ¿qué nos dice? «Creed, creed que llegaréis a los bienes de mi mesa, pues yo no he despreciado los males de la vuestra». Él tomó tu mal y te dará su bien. Lo dará, sí. Nos prometió su vida; pero más increíble es lo que ha hecho: nos envió por delante su muerte. Como diciendo: «Os invito a mi vida, donde nadie muere, donde la vida es en verdad feliz, donde el alimento no se estropea, donde repara fuerzas, sin disminuir él. Ved a qué os invito: a la región de los ángeles, a la amistad con el Padre y el Espíritu Santo, a la cena eterna, a ser hermanos míos: para terminar, a mí mismo. Os invito a mi vida. ¿No queréis creer que os voy a dar mi vida? Recibid en prenda mi muerte». Por tanto, ahora, mientras vivimos en esta carne corruptible, muramos con Cristo, mediante el cambio de vida y vivamos con Cristo mediante el amor a la justicia. La vida feliz no hemos de recibirla más que cuando lleguemos a aquel que vino hasta nosotros y comencemos a vivir con quien murió por nosotros”.
4. a) Después que hubieran puesto la experiencia de Jesús resucitado por escrito, la fe de los primeros cristianos quiso conocer los hechos anecdóticos, los acontecimientos según el orden de los sucesos, y antes de que murieran los Apóstoles se fueron recogiendo los relatos, que se fueron escribiendo según el orden de los Evangelistas, y con sus variantes y tradiciones fueron componiéndose los Evangelios. Según lo que me parece entender, las cosas serían algo así como: primero Jesús se aparece en su interior a la Virgen y le comunica, en la madrugada del domingo, es decir hoy, que ha resucitado. Este gozo lo comunican los ángeles a las mujeres, que anuncian la nueva a los Apóstoles, primero Simón y Juan que van y creen, al ver los lienzos como “desinflados”. María Magdalena se queda allí, y habla con Jesús creyendo que es el hortelano hasta que la llama por su nombre: “María” y ella le reconoce. Esto nos hace ver que Jesús en su cuerpo glorioso –que no tiene materia, que puede pasar por espacios sólidos y cruzar en el mismo tiempo varios lugares- se aparece a quien quiere, y quizá también a quien está preparado para ver, como vemos en la siguiente aparición, los de Emaús: por el camino les explica las Escrituras, y se encienden al ver que desde Moisés y los profetas hablan de que Jesús tiene que sufrir antes de resucitar (toda la cuaresma hemos leído estos pasajes) y luego le dicen que se quede (se hace de noche, cuando Él no está) y Él cena con ellos, y al partir el pan lo reconocen. En esta aparición vemos las dos escenas de la Misa: la lectura viva de la Palabra que enciende nuestros corazones, y nos prepara para verle en la fracción del pan, segunda parte de la Misa, en la mesa del altar. Luego, siguiendo con las apariciones, lo hace aquella misma noche de pascua a los apóstoles ya reunidos, y luego el domingo siguiente –es una repetición dominical- y otro más en el lago, y luego por último el día de la Ascensión.
b) En las palabras de María Magdalena resuena probablemente la controversia con la sinagoga judía, que acusaban a los discípulos de haber robado el cuerpo de Jesús para así poder afirmar su resurrección. Los discípulos no se han llevado el cuerpo de Jesús. Más aún, al encontrar doblados y en su sitio la sábana y el sudario, queda claro que no ha habido robo.
La carrera de los dos discípulos puede hacer pensar en un cierto enfrentamiento, en un problema de competencia entre ambos. De hecho, se nota un cierto tira y afloja: "El otro discípulo" llega antes que Pedro al sepulcro, pero le cede la prioridad de entrar. Pedro entra y ve la situación, pero es el otro discípulo quien "ve y cree".
Seguramente que "el otro discípulo" es "aquel que Jesús amaba", que el evangelio de Juan presenta como modelo del verdadero creyente. De hecho, este discípulo, contrariamente a lo que hará Tomás, cree sin haber visto a Jesús. Sólo lo poco que ha visto en el sepulcro le permite entender lo que anunciaban las Escrituras: que Jesús no sería vencido por la muerte (Josep Mª Grané).
S. Agustín también comenta este pasaje: “Entró, vio y creyó (Jn 20,8). Oísteis que creyó, pero no se alaba esta fe; en efecto, se pueden creer tanto cosas verdaderas como falsas. Pues si se hubiese alabado el que creyó en este caso o se hubiera recomendado la fe en el hecho de ver y creer, no continuaría la Escritura con estas palabras: Aún no conocía las Escrituras, según las cuales convenía que Cristo resucitara de entre los muertos (Jn 20,9). Así, pues, vio y creyó. ¿Qué creyó? ¿Qué, sino lo que había dicho la mujer, a saber, que se habían llevado al Señor del sepulcro? Ella había dicho: Se han llevado al Señor del sepulcro y no sé dónde lo han puesto (Jn 20,2).
Corrieron ellos, entraron, vieron solamente las vendas, pero no el cuerpo y creyeron que había desaparecido, no que hubiese resucitado. Al verlo ausente del sepulcro, creyeron que lo habían sustraído y se fueron”. En este día santo "lucharon vida y muerte / en singular batalla / y, muerto el que es Vida, / triunfante se levanta" (Secuencia de Pascua).
c) Ratzinger escribió también una Meditación para el día de pascua: “¡Qué conmoción sacudiría al mundo si leyéramos un día en la prensa: «se ha descubierto una hierba medicinal contra la muerte»! Desde que la humanidad existe, se ha estado buscando tal hierba. Ella espera una medicina contra la muerte, pero, al mismo tiempo, teme a esa hierba. Sólo el hecho de que en una parte del mundo la esperanza de vida se haya elevado de 30 a 70 años ha creado ya problemas casi insolubles.
La iglesia nos anuncia hoy con triunfal alegría: esa hierba medicinal contra la muerte se ha encontrado ya. Existe una medicina contra la muerte y ha producido hoy su efecto: Jesús ha resucitado y no volverá ya a morir. Lo que es posible una vez, es fundamentalmente posible y así esta medicina vale para todos nosotros. Todos nosotros podemos hacernos cristianos con Cristo e inmortales. ¿Pero cómo? Esto debería ser nuestra pregunta más viva. Para encontrar la respuesta, debemos sobre todo preguntar: ¿cómo es que resucitó? Pero, sobre eso, se nos da una simple información que se nos confía a todos: Él resucitó porque era no sólo un hombre, sino también hijo de Dios. Pero era también un hombre real y lo fue por nosotros. Y así sigue, por su propio peso, la próxima pregunta: ¿cómo aparece este «ser-hombre» que une con Dios y que debe ser el camino para todos nosotros? Y parece claro que Jesús vive toda su vida en contacto con Dios. La Biblia nos informa de sus noches pasadas en oración. Siempre queda claro esto: Él se dirige al Padre. Las palabras del Crucificado no se nos refieren en los cuatro evangelios de un modo unitario, pero todos coinciden en afirmar que Él murió orando. Todo su destino se halla establecido en Dios y se traduce así en la vida humana. Y siendo así las cosas, Él respira la atmósfera de Dios: el amor. Y por ello es inmortal y se halla por encima de la muerte. Y ya tenemos las primeras aplicaciones a nosotros: nuestro pensar, sentir, hablar, el unir nuestra acción con la idea de Dios, el buscar la realidad de su amor, éste es el camino para entrar en el espacio de la inmortalidad.
Pero queda todavía otra pregunta. Jesús no era inmortal en el sentido en el que los hombres deseaban serlo desde tiempos inmemoriales, cuando buscaban la hierba contra la muerte. Él murió. Su inmortalidad tiene la forma de la resurrección de la muerte, que tuvo lugar primero. ¿Qué es lo que debe significar esto? El amor es siempre un hecho de muerte: en el matrimonio, en la familia, en la vida común de cada día. A partir de ahí, se explica el poder del egoísmo: él es una huida comprensible del misterio de la muerte, que se halla en el amor. Pero, al mismo tiempo, advertimos que sólo esa muerte que está en el amor hace fructificar; el egoísmo, que trata de evitar esa muerte, ese es el que precisamente empobrece y vacía a los hombres. Solamente el grano de trigo que muere fructifica.
El egoísmo destruye el mundo; él es la verdadera puerta de entrada de la muerte, su poderoso estímulo. En cambio, el Crucificado es la puerta de la vida. Él es el más fuerte que ata al fuerte. La muerte, el poder más fuerte del mundo, es, sin embargo, el penúltimo poder, porque en el Hijo de Dios el amor se ha mostrado como más fuerte. La victoria radica en el Hijo y cuanto más vivamos como Él, tanto más penetrará en este mundo la imagen de aquel poder que cura y salva y que, a través de la muerte, desemboca en la victoria final: el amor crucificado de Jesucristo”.
d) Por último, un pensamiento sobre la Pascua, el día que transforma las penas en alegrías. El enigma mayor de la condición humana es la muerte. ¿Como es que el hombre, con deseos de ser feliz, muere? Es el misterio del dolor, de la cruz, que no tiene explicación. Un proceso de transformación, como una purificación del amor, que nos prepara para la felicidad que es estar con Dios. Realidad misteriosa que no es el final, pues cuando se acaba nuestra estancia aquí en la tierra comienza otra, la vida continúa en el cielo. La muerte no es el final de trayecto, la vida no se acaba, se transforma…
Jesús también muere, y ha resucitado. Y nos dice: “Yo soy el camino…”. La muerte es una realidad misteriosa, tremenda, y del más allá no sabemos mucho, sólo lo que Jesús nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida…”
Dios, que es amor, nos hace entender que el amor no se acaba con la muerte, que después de esta etapa hay otra para siempre. Que Dios no quiere lo malo, pero lo permite en su respeto a la libertad, sabiendo reconducirlo con Jesús hacia algo mejor… la muerte para la fe cristiana es una participación en la muerte de Jesús, desde el bautismo estamos unidos a Él, en la Misa vivimos toda la potencia salvadora de la muerte hacia la resurrección.
Las fuerzas atávicas del mal, que volcaban en un inocente sus traumas y represiones (el chivo expiatorio) que por el demonio se vierte toda la agresividad en contra del Mesías, quedan truncadas. Pues en la muerte de Jesús esas fuerzas quedan vencidas, el círculo del odio queda sustituido por el círculo del amor; una nueva ola que alcanza –con su Resurrección- todos los lugares del cosmos en todos sus tiempos. "En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra si mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical" (Benedicto XVI). Se establece la redención, la vuelta al paraíso original, a la auténtica comunión con todos y todo. Y cuando estamos en contacto con Jesús, en la comunión, también estamos con los que están con Él, de todos los lugares de todos los tiempos, con los que queremos y ya se han ido de nuestro mundo y tiempo.
Este es el misterio pascual de Jesús, el paso de la muerte a la Vida, la luz que se enciende con la nueva aurora. El cuerpo que se entierra es semilla –grano de trigo que muere y da mucho fruto- para una vida más plena, de resurrección.
El amor humano nos hace entender ese amor eterno, pues el amor nace para ser eterno, aunque cambiemos de casa quedamos unidos a los que amamos. Jesús nos enseña plenamente el diccionario del amor, nos habla del amor de un Dios que es padre y que nos quiere con locura, y dándose en la Cruz, hace nuevas todas las cosas, en una renovación cósmica del amor: las cosas humanas, sujetas al dolor y la muerte, tienen una potencia salvífica, se convierten en divinas.
En este retablo de las tres cruces, vemos a la Trinidad volcar su amor en el calvario. Y junto a Jesús, su madre. Allí ella también entrega a su hijo por amor a nosotros. Allí también está el buen ladrón que dice: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino”, y Jesús le da la fórmula de canonización: “en verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”; es un misterio ese juicio divino en el amor. Juntos se fueron al cielo.
Estos días queremos vivir el misterio, abrir los ojos como las mujeres al buscar a Jesús en la mañana de pascua, y les dice el ángel, aquel primer domingo: “¿por qué buscáis entre los muertos aquel que está vivo? No está aquí, ha resucitado”. Queremos ver más allá de lo que se ve, beber de ese amor verdadero que es eterno, para iluminar nuestros días con ese día de fiesta, de esperanza cierta.
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La Resurrección de Jesús
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