Viernes 30 semana tiempo ordinario.
San Lucas 14,1-6:
“Quisiera ser un proscrito por el bien de más hermanos”: Pablo está
dispuesto a todo para salvar a todos. Jesús nos enseña a “quemarnos”
por caridad, pues Él lo ha dado todo por nosotros: no poner la
reputación o las reglas por encima del amor
Autor: Padre Llucià Pou Sabaté
Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 9,1-5. Hermanos: Digo la
verdad en Cristo; mi conciencia, iluminada por el Espíritu Santo, me
asegura que no miento. Siento una gran pena y un dolor incesante en mi
corazón, pues por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la
carne, quisiera incluso ser un proscrito lejos de Cristo. Ellos
descienden de Israel, fueron adoptados como hijos, tienen la presencia
de Dios, la alianza, la ley, el culto y las promesas. Suyos son los
patriarcas, de quienes, según la carne, nació el Mesías, el que está
por encima de todo: Dios bendito por los siglos. Amén.
Salmo 147,12-13.14-15.19-20. R. Glorifica al Señor, Jerusalén.
Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión: que ha reforzado
los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti.
Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina. Él envía
su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz.
Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con
ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos.
Evangelio según san Lucas 14,1-6. Un sábado, entró Jesús en casa de
uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban
espiando. Se encontró delante un hombre enfermo de hidropesía y,
dirigiéndose a los maestros de la Ley y fariseos, preguntó: -«¿Es
lícito curar los sábados, o no?» Ellos se quedaron callados. Jesús,
tocando al enfermo, lo curó y lo despidió. Y a ellos les dijo: -«Si a
uno de vosotros se le cae al pozo el hijo o el buey, ¿no lo saca en
seguida, aunque sea sábado?» Y se quedaron sin respuesta.
Comentario: 1.- Rm 9,1-5 (ver domingo 19 A). Después del capítulo
octavo, sobre la vida en el Espíritu, Pablo dedica tres, del noveno al
undécimo, a manifestar el dolor que siente por la obstinación de su
pueblo Israel y a reflexionar sobre su futuro. Él se siente judío y
desearía que todos sus "hermanos de raza y sangre", hubieran aceptado
a Cristo, como él lo ha hecho. Pero no es así. La mayoría del pueblo
elegido se ha quedado fuera de la Iglesia cristiana: "siento una gran
pena y un dolor incesante". Reconoce Pablo que Israel tiene valores
muy ricos que ha dejado en herencia a la Iglesia: "la presencia de
Dios, la alianza, la ley, el culto y las promesas". De ese pueblo ha
nacido el Mestas, Jesús. ¿Cómo puede ser que no le hayan aceptado?
Ha sido siempre un interrogante la situación de Israel en relación con
la fe. El mismo Jesús lloró sobre Jerusalén, previendo su ruina. Había
intentado, como nos dice en el evangelio (lo leíamos ayer), "recoger a
sus hijos como la gallina protege bajo sus alas a sus polluelos", y no
han querido. Igualmente fracasó la comunidad primera: fueron
perseguidos y se tuvieron que dispersar fuera de Palestina. Pablo,
allí donde iba, predicaba primero en las sinagogas, a los judíos, los
herederos primeros de la promesa, y sólo cuando allí era rechazado
pasaba a predicar a los paganos. Nosotros miramos con respeto este
misterio de obstinación. Jesús nació en el pueblo judío, de familia
judía, descendiente de la casa de David. Sus primeros seguidores -toda
la "plana mayor" de la primera comunidad- eran judíos. Creyeron en él
bastantes, pero la mayoría le rechazó. Respetamos su sensibilidad y
les estamos agradecidos por la herencia que nos han dejado: los
salmos, su capacidad de oración, su veneración por la Palabra, los
libros inspirados del Antiguo Testamento, sus fiestas, las grandes
categorías de la alianza, del memorial o de la asamblea. Pero nos
duele, como a Pablo, que el pueblo judío no haya aceptado a Jesús como
el Mesías esperado. También experimentamos dolor por la increencia de
muchos, en la sociedad de hoy, por la pérdida de la fe y de los
valores cristianos. ¡Cuántos padres, religiosos y educadores, están
sufriendo por esta situación de frialdad de la fe en Cristo Jesús!
¿Sentimos con la misma fuerza que Pablo este dolor?, ¿no es todavía
más triste que los cristianos, que han recibido más bienes y
privilegios que los judíos, también se olviden de Dios?, ¿no se puede
decir, de nosotros más que de ellos, lo del salmo: "con ninguna nación
obró así, ni les dio a conocer sus mandatos"? Pasamos aquí a un
desarrollo completamente nuevo de la gran Carta a los Romanos. Hasta
aquí Pablo nos ha demostrado: - la miseria universal del hombre, la
humanidad «separada» de Dios... - la reconciliación universal, la
humanidad «animada» por Dios -Fe-... Ahora bien, Pablo sabe, desde lo
interior, porque formaba parte de este pueblo, que a esta demostración
podría hacerse una objeción mayor: ¡el problema de la incredulidad
judía! ¿Cómo explicar que el pueblo, el primer beneficiario de esa
revelación maravillosa, haya podido rehusar a Jesucristo, en su
conjunto? Esto es lo que abordará ahora en los capítulos 9, 10 y 11 de
su carta.
-Afirmo la verdad en Cristo. No miento. Mi conciencia me lo atestigua
en el Espíritu Santo. Nos damos cuenta de que abordar este asunto le
desgarra el corazón. Y lo hace sólo por fidelidad a la «inspiración
interior». Lo que nos ha predicado es el primero en vivirlo. Habla «en
Cristo» y «en el Espíritu». Las palabras que salen de la boca de
Pablo, las verdades que trata de desarrollar no son suyas, son «las de
Cristo». Aludan, Señor, a referirme siempre a ti.
-Siento una gran tristeza y un dolor incesante en el corazón.
¡Desearía incluso ser anatema, separado de Cristo por los judíos, mis
hermanos de raza! Pablo sufre. No con un dolor personal, sino por la
salvación del mundo. ¡Pablo obsesionado por la salvación de sus
hermanos! ¡Un auténtico misionero! ¡Viendo que sus hermanos de raza,
los judíos, rehúsan la fe, llega hasta a desear su condena personal si
esto puede salvarlos! Dicho de otro modo, está presto a renunciar a su
eterna felicidad si esto pudiera asegurar la de ellos. ¡No debemos
dejar pasar a la ligera tales declaraciones! Se ha reprochado a menudo
a los cristianos ser «interesados» -portarse bien en la tierra para
obtener el cielo en recompensa-: esto es una caricatura del
cristianismo. De hecho el verdadero amor es desinteresado. Leyendo
estas palabras apasionadas, no olvidemos que Pablo era perseguido por
aquellos de quienes habla: la Sinagoga lo consideraba un renegado, un
apóstata... Concédeme, Señor, que mi oración sea también por los que
no me aman. Dame el ansia de la salvación de mis hermanos. Hazme
misionero.
-Son, en efecto, los hijos de Israel, de los cuales es la adopción
filial, la gloria, las alianzas, la Ley, el culto, las promesas de
Dios y los patriarcas, de los cuales también procede Cristo, según la
carne. Una letanía de siete privilegios excepcionales. Siete es la
cifra de la perfección. Se resume aquí toda una historia. La historia
de un amor. Dios y ese pueblo se amaron. ¿Amor decepcionado? ¿Amor
fallido? No, dirá Pablo, más aún, esto no es posible. Todo continúa
siendo válido. Dios continúa amándolos.
-De ellos procede Cristo, el cual está por encima de todas las cosas,
Dios bendito eternamente. Esta profesión de amor por los judíos, sus
infieles hermanos de raza, termina en una plegaria, una doxología a
Cristo. Es el equivalente de una de nuestras fórmulas finales de
oración: «por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Dios y Señor». Pablo
atribuye pues a Cristo, hombre nacido según la carne, de la raza
judía, un título que los judíos reservaban sólo a Dios, como para que
resaltase mejor el «rechazo escandaloso» de los judíos. No quisieron
reconocerlo como «Dios». Y sin embargo, verdaderamente, ¡Jesucristo es
Dios! (Noel Quesson).
Recordamos aquella afirmación de Jesús hecha a la Samaritana: La
salvación viene de los judíos. Pues, efectivamente, de ellos procede
Cristo según la carne. ¿Tendrá algún caso el que el Padre Dios,
cumpliendo las promesas hechas a los antiguos padres, haya enviado a
su Hijo para que, encarnado, nos salvara, si al final nadie de su
Pueblo lo aceptara? A pesar de su cerrazón, los Israelitas son los
primeros en ser llamados a la salvación en Cristo. Y aun cuando no
todos aceptaron a Cristo, hubo un pequeño resto fiel que sí lo hizo.
Tenemos la esperanza de que algún día todos reconozcan al Salvador,
Cristo Jesús. Pablo, muchas veces rechazado por ellos, continuaría
toda su vida preocupándose por encaminarlos a Cristo; hoy nos dice
que, incluso, estaría dispuesto a ser considerado un anatema de Cristo
(Separado de Cristo) si eso ayudara a la salvación de los de su pueblo
y raza. Nosotros no podemos conformarnos con vivir nuestra fe de un
modo personalista, sino que hemos de esforzarnos constantemente en
cumplir con la misión que el Señor nos ha confiado: Hacer que todos
los hombres se salven en Cristo; pero ¿Realmente estamos dispuestos a
ser condenados con tal de salvar a quienes viven rechazando a Cristo?,
¿Estamos dispuestos a cargar como nuestros sus pecados, y hacer
nuestras sus pobrezas y enfermedades? ¿Estamos dispuestos a padecer
por Cristo sabiendo que Él está presente en nuestros hermanos? ¿Hasta
dónde amamos? ¿Realmente hasta que nos duela? o ¿Sólo anunciamos el
nombre de Dios y volvemos a nuestras comodidades y a nuestra vida
muelle y poltrona? ¿Cuál es nuestro compromiso de fe?
2. Juan Pablo II comentaba: “El Salmo que se acaba de proponer a
nuestra meditación constituye la segunda parte del precedente Salmo
146. Las antiguas traducciones griega y latina, seguidas por la
Liturgia, lo han considerado, sin embargo, como un canto
independiente, pues su inicio lo distingue claramente de la parte
anterior. Este inicio se ha hecho famoso en parte por haber sido
llevado con frecuencia a la música en latín: «Lauda, Jerusalem,
Dominum». Estas palabras iniciales constituyen la típica invitación de
los himnos de los salmos a alabar al Señor: Jerusalén, personificación
del pueblo, es interpelada para que exalte y glorifique a su Dios (Cf.
V 12). Ante todo se menciona el motivo por el que la comunidad orante
debe elevar al Señor su alabanza. Es de carácter histórico: ha sido
Él, el Liberador de Israel del exilio de Babilonia, quien ha dado
seguridad a su pueblo, reforzando «los cerrojos de las puertas» de la
ciudad (v 13). Cuando Jerusalén se derrumbó ante el asalto del
ejército del rey Nabucodonosor en el año 586 a. c., el libro de las
Lamentaciones presentó al mismo Señor como juez del pecado de Israel,
mientras «decidió destruir la muralla de la hija de Sión... Él deshizo
y rompió sus cerrojos» (Lam 2,8.9). Ahora, el Señor vuelve a construir
la ciudad santa; en el templo resurgido vuelve a bendecir a sus hijos.
Se menciona así la obra realizada por Nehemías (Cf. Neh 3,1-38), quien
restableció los muros de Jerusalén para que volviera a ser oasis de
serenidad y paz.
De hecho, la paz, «shalom» es evocada inmediatamente, pues es
contenida simbólicamente en el mismo nombre de Jerusalén. El profeta
Isaías ya había prometido a la ciudad: «Te pondré como gobernantes la
paz, y por gobierno la justicia» (60, 17). Pero, además de reconstruir
los muros de la ciudad, de bendecirla y de pacificarla en la
seguridad, Dios ofrece a Israel otros dones fundamentales: así lo
describe el final del Salmo. Se recuerdan los dones de la Revelación,
de la Ley de las prescripciones divinas:
«Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con
ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos» (Sal
147,19). De este modo, se celebra la elección de Israel y su misión
única entre los pueblos: proclamar al mundo la Palabra de Dios. Es una
misión profética y sacerdotal, pues «¿cuál es la gran nación cuyos
preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os
expongo hoy?» (Dt 4, 8). A través de Israel y, por tanto, también a
través de la comunidad cristiana, es decir, la Iglesia, la Palabra de
Dios puede resonar en el mundo y convertirse en norma y luz de vida
para todos los pueblos (Cf Sal 147,20).
Hasta este momento hemos descrito el primer motivo de la alabanza que
hay que elevar al Señor: es una motivación histórica, ligada a la
acción liberadora y reveladora de Dios con su pueblo. Hay, además,
otra razón para exultar y alabar: es de carácter cósmico, es decir,
ligada a la acción creadora de Dios. La Palabra divina irrumpe para
dar vida al ser. Como un mensajero, recorre los espacios inmensos de
la tierra (v 15). E inmediatamente hace florecer maravillas. De este
modo, llega el invierno, presentado en sus fenómenos atmosféricos con
un toque de poesía: la nieve es como lana por su candor, la escarcha
recuerda al polvo del desierto (v 16), el granizo se parece a las
migajas de pan echadas al suelo, el hielo congela la tierra y bloquea
la vegetación (v 17). Es un cuadro invernal que invita a descubrir las
maravillas de la creación y que será retomado en una página sumamente
pintoresca por otro libro bíblico, el Eclesiástico (43,18-20).
Ahora bien, la acción de la Palabra divina también hace reaparecer la
primavera: el hielo se deshace, el viento caluroso sopla y hace
discurrir las aguas (v 18), repitiendo así el perenne ciclo de las
estaciones y, por tanto, la misma posibilidad de vida para hombres y
mujeres. Naturalmente no han faltado lecturas metafóricas de estos
dones divinos: La «flor de harina» ha hecho pensar en el don del pan
eucarístico. Es más, el gran escritor cristiano del siglo III,
Orígenes, vio en esa harina un signo del mismo Cristo, y en
particular, de la Sagrada Escritura. Este es su comentario: «Nuestro
Señor es el grano de trigo que cae a tierra y se multiplicó por
nosotros. Pero este grano de trigo es superlativamente copioso. La
Palabra de Dios es superlativamente copiosa, recoge en sí misa todas
las delicias. Todo lo que quieres, proviene de la Palabra de Dios,
como narran los judíos: cuando comían el maná sentían en su boca el
sabor de lo que cada quien deseaba. Lo mismo sucede con la carne de
Cristo, palabra de la enseñanza, es decir, la comprensión de las
santas Escrituras: cuanto más grande es nuestro deseo, más grande es
el alimento que recibimos. Si eres santo, encuentras refrigerio; si
eres pecador, tormento».
Por tanto, el señor actúa con su Palabra no sólo en la creación, sino
también en la historia. Se revela con el lenguaje mudo de la
naturaleza (cf. Sal 18,2-7), pero se expresa de manera explícita a
través de la Biblia y a través de su comunicación personal por medio
de los profetas y en plenitud por medio del Hijo (Cf. Hebr 1,1-2). Son
dos dones de su amor diferentes, pero convergentes. Por este motivo
todos los días debe elevarse hacia el cielo nuestra alabanza. Es
nuestro gracias, que florece desde la aurora en la oración de Laudes
para bendecir al Señor de la vida y de la libertad, de la existencia y
de la fe, de la creación y de la redención”.
“El «Lauda Jerusalem» que acabamos de proclamar es particularmente
querido por la liturgia cristiana. Con frecuencia entona el Salmo 147
para referirse a la Palabra de Dios, que «corre veloz» sobre la faz de
la tierra, pero también a la Eucaristía, auténtica «flor de harina»
donada por Dios para «saciar» el hambre del hombre (Cf. vv 14-15).
Orígenes, en una de sus homilías, traducidas y difundidas en Occidente
por san Jerónimo, al comentar este Salmo, ponía precisamente en
relación la Palabra de Dios con la Eucaristía: «Nosotros leemos las
sagradas Escrituras. Yo pienso que el Evangelio es el Cuerpo de
Cristo; yo pienso que las sagradas escrituras son sus enseñanzas. Y
cuando dice: "Quien no coma de mi carne y beba de mi sangre" (Juan 6,
53), si bien puede referirse también al Misterio [eucarístico]; sin
embargo, el cuerpo de Cristo y su sangre es verdaderamente la palabra
de la Escritura, y la enseñanza de Dios. Si al recibir el Misterio
[eucarístico] dejamos caer una brizna, nos sentimos perdidos. Y al
escuchar la Palabra de Dios, cuando nuestros oídos perciben la Palabra
de Dios y la carne de Cristo y su sangre, ¿en qué peligro tan grande
caeríamos si nos ponemos a pensar en otras cosas? Se abre con un
gozoso llamamiento a la alabanza: «Alabad al Señor, que la música es
buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa» (Salmo 146, 1).
Si prestamos atención al pasaje que acabamos de escuchar, podemos
descubrir tres momentos de alabanza, introducidos por una invitación a
la ciudad santa, Jerusalén, a glorificar y alabar a su Señor (v 12).
Díos actúa en la historia
En un primer momento (vv 13-14) entra en escena la acción histórica de
Dios. Es descrita a través de una serie de símbolos que representan la
obra de protección y de apoyo del Señor a la ciudad de Sión y a sus
hijos. Ante todo, hace referencia a los «cerrojos» que refuerzan y
hacen infranqueables las puertas de Jerusalén. El Salmista se refiere
probablemente a Nehemías que fortificó la ciudad santa, reconstruida
después de la experiencia amarga del exilio de Babilonia (Cf. Nehemías
3, 3.6.13-15; 4, 1-9; 6, 15-16; 12, 27-43). Entre otras cosas, la
puerta es un signo que indica a toda la ciudad en su compacidad y
tranquilidad. En su interior, representado como un seno seguro, los
hijos de Sión, es decir, los ciudadanos, gozan de paz y serenidad,
envueltos en el manto protector de la bendición divina. La imagen de
la ciudad gozosa y tranquila es exaltada por el don altísimo y
precioso de la paz que hace seguros los confines. Pero precisamente
porque para la Biblia la paz-«shalôm» no es un concepto negativo,
evocador de la ausencia de la guerra, sino un dato positivo de
bienestar y prosperidad, el Salmista habla de saciedad al mencionar la
«flor de harina», es decir, el excelente trigo de espigas repletas de
granos. El Señor, por tanto, ha reforzado las murallas de Jerusalén
(Cf. Salmo 87, 2), ha ofrecido su bendición (Cf. Salmo 128, 5; 134,
3), extendiéndola a todo el país, ha donado la paz (Cf. Salmo 122,
6-8), ha saciado a sus hijos (Cf. Salmo 132, 15).
En la segunda parte del Salmo (Cf. Salmo 147, 15-18), Dios se presenta
sobre todo como creador. En dos ocasiones se relaciona la obra
creadora con la palabra que había dado origen al ser: «Dijo Dios:
"Haya luz"» y hubo luz... «Manda su mensaje a la tierra...» «Manda una
orden» (Cf. Génesis 1, 3; Salmo 147, 15.18). Por indicación de la
Palabra divina irrumpen y se establecen las dos estaciones
fundamentales. Por un lado, la orden del Señor hace descender sobre la
tierra el invierno, representado por la nieve blanca como la lana, por
la escarcha parecida a la ceniza, por el granizo comparado a las
migajas de pan y por el hielo que todo lo bloquea (Cf. versículos
16-17). Por otro lado, otra orden divina hace soplar el viento
caliente que trae el verano y que derrite el hielo: las aguas de la
lluvia y de los torrentes pueden discurrir libres e irrigar la tierra,
fecundándola. La Palabra de Dios está, por tanto, en la raíz del frío
y del calor, del ciclo de las estaciones y del flujo de la vida de la
naturaleza. Se invita a la humanidad a reconocer y dar gracias al
Creador por el don fundamental del universo, que la circunda, y
permite respirar, la alimenta y la sostiene. Dios ofrece su
Revelación.
Se pasa entonces al tercer y último momento de nuestro himno de
alabanza (Cf. vv 19-20). Se vuelve a hacer mención del Señor de la
historia con quien se había comenzado. La Palabra divina lleva a
Israel un don todavía más elevado y precioso, el de la Ley, la
Revelación. Un don específico: «con ninguna nación obró así, ni les
dio a conocer sus mandatos» (v 20). La Biblia es, por tanto, el tesoro
del pueblo elegido al que hay que acudir con amor y adhesión fiel. Es
lo que dice, en el Deuteronomio, Moisés a los judíos: «Y ¿cuál es la
gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta
Ley que yo os expongo hoy?» (Dt 4, 8).
Así como se constatan dos acciones gloriosas de Dios en la creación y
en la historia, así existen también dos revelaciones: una escrita en
la naturaleza misma y abierta a todos; la otra ha sido donada al
pueblo elegido, que tendrá que testimoniarla y comunicarla a toda la
humanidad y que está comprendida en la Sagrada Escritura. Dos
revelaciones distintas, pero Dios es único como única es su Palabra.
Todo se ha hecho por medio de la Palabra --dirá el prólogo del
Evangelio de Juan-- y sin ella nada de lo que existe ha sido hecho. La
Palabra, sin embargo, también se hizo «carne», es decir, entró en la
historia, y puso su morada entre nosotros (cf. Juan 1,3.14)”.
Meditando la historia de las intervenciones de Dios a favor de su
Pueblo, podemos decir que en verdad Dios lo ha amado. Muchas veces
ofendieron a Dios y se alejaron de Él; pero el Señor, rico en
misericordia, siempre ha estado dispuesto a perdonar cuando ve que se
retorna a Él con un corazón realmente arrepentido. ¿Qué manifestación
más grande de amor podría Dios darle a su Pueblo cuando ha hecho que
de Él naciera el Salvador del mundo? En verdad que no ha hecho nada
igual con ninguna otra nación, ni le ha confiado a otro sus decretos.
En Cristo, Dios, a quienes no pertenecemos al Pueblo de los
Israelitas, nos ha llamado para hacernos partícipes de su Vida. Así,
las promesas de salvación no sólo se cumplieron para Israel, sino
también para nosotros que, como ramas de un olivo silvestre, fuimos
injertados en el olivo fértil, pudiendo compartir con él la raíz y la
savia del olivo. En verdad que Dios nos ha amado como a ningún otro
pueblo. Por eso debemos ser testigos de la vida nueva que hemos
recibido en Cristo colaborando, así, para que muchos más alcancen en
Él la salvación.
3.- Lc 14,1-6. Otra curación en sábado. El lunes pasado leíamos una
que hizo Jesús con la mujer encorvada. Hoy es con un hombre aquejado
del mal de la hidropesía, la acumulación de líquido en su cuerpo. Pero
no importa tanto el hecho milagroso, que se cuenta con pocos detalles.
Lo fundamental es el diálogo de Jesús con sus adversarios sobre el
sentido del sábado: una vez más da a entender que la mejor manera de
honrar este día santo es practicar la caridad con los necesitados. Y
les echa en cara que por interés personal -por ejemplo para ayudar a
un animal de su propiedad- sí suelen encontrar motivos para
interpretar más benignamente la ley del descanso. Por tanto no pueden
acusarle a él si ayuda a un enfermo.
Uno de los 39 trabajos que se prohibían en sábado era el de curar.
Pero una reglamentación, por religiosa que pretenda ser, que impida
ayudar al que está en necesidad, no puede venir de Dios. Será, como en
el caso de aquí, una interpretación exagerada, obra de escuelas
rigoristas. ¿Qué excusas ponemos nosotros para no salir de nuestro
horario, en ayuda del hermano, y tranquilizar así nuestra conciencia?,
¿el rezo?, ¿el trabajo?, ¿el derecho al descanso? Sí, el domingo es
día de culto a Dios, de agradecimiento por sus grandes dones de la
creación y de la resurrección de Jesús. Todo lo que hagamos para
mejorar la calidad de nuestra Eucaristía dominical y para dar a esa
jornada un contenido de oración y de descanso pascual, será poco. Pero
hay otros aspectos del domingo que también pertenecen a su celebración
en honor del Resucitado: es un día de alegría, todo él -sus
veinticuatro horas- vivido pascualmente, sabiendo encontrarnos a
nosotros mismos y nuestra paz y armonía interior y exterior, un día de
contacto con la naturaleza, por poco que podamos. Y también un día de
apertura a los demás: vida de familia y de comunidad -que nos resulta
menos posible los días entre semana- y un día de "saber descansar
juntos", cultivando valores humanos importantes. Un día de caridad, en
que se nos ocurran detalles pequeños de humanidad con los demás: ¿a
qué enfermo de hidropesía ayudamos a sanar en domingo?, ¿no hay
personas a nuestro lado con depresiones o agobiadas por miedos o
complejos, a las que podemos echar una mano y alegrar el ánimo? Jesús
iba a la sinagoga, los sábados. Y parece como que además prefiriera
ese día precisamente para ayudar a las personas curándolas de sus
males. Sus seguidores podríamos conjugar también las dos cosas (J.
Aldazábal).
-Un sábado, Jesús fue a comer a casa de uno de los jefes fariseos, y
ellos lo estaban observando. No rehúsa las invitaciones de sus
adversarios habituales. Porque ha venido a salvar a todos los hombres.
La casa de ese jefe de los fariseos es muy significada por un gran
respeto y devoción a la Ley: en ella, las tradiciones morales y
culturales son respetadas de modo muy estricto. Es un sábado, un día
sagrado para el anfitrión de Jesús. Desde su entrada en la casa, Jesús
es "observado" acechado, vigilado... se le va a medir con el mismo
rasero de la piedad farisea más rigurosa; son personas aferradas a la
santificación del sábado y que se imaginan que Dios no puede pensar de
manera distinta al parecer de ellos.
-Un hidrópico se encontraba en frente de Jesús. Aparentemente éste no
era un "invitado". Quizá estaba mirando al interior desde la ventana.
Para los fariseos toda enfermedad era el castigo de un vicio no
declarado. Según ellos, ese pobre hombre debió haber llevado una vida
inmoral y por esto Dios le habría castigado.
-Jesús tomó la palabra y preguntó a los Doctores de la Ley y a los
fariseos: "¿Es lícito curar en sábado, o no?" Ellos se callaron. ¡Qué
extraña pregunta! ¿A qué viene ese innovador? Hace ya tiempo que las
"Escuelas" han saldado definitivamente todos esos casos. Si Jesús
hubiera ido a las Escuelas, sabría que: - Cuando la vida de una
persona corre peligro, está permitido socorrerlo... - Cuando el
peligro no es mortal agudo, hay que esperar que termine el día sábado
para prestarle alguna ayuda. ¿No es esto lógico? ¿Por qué no
contentarse con la "tradición de los antiguos"? ¿Por qué suscitar
nuevas cuestiones? Los fariseos callan. No quieren discutir. Ellos
poseen la verdad. No es cuestión de modificar en nada sus costumbres.
Jesús no puede hablar ni actuar en nombre de Dios, puesto que no se
conforma a "su" enseñanza... a la enseñanza tradicional.
-Jesús tomó al enfermo de la mano, lo curó y lo despidió. Y a ellos
les dijo: "Si a uno de vosotros se le cae al pozo su hijo o su buey
¿no lo saca en seguida aunque sea sábado?" ¡Perdón, caballero! Este
caso está también previsto por la casuística, parecéis ignorarlo... Si
un animal cae en una cisterna los legistas permitían que se le
alimentara para que no muriera antes del día siguiente... y de otra
parte, estaba permitido echarle unas mantas y almohadas para
facilitarle salir por sus propios medios; pero ¡sin "trabajar" uno
mismo en sábado! Esos ejemplos nos muestran la gran liberación
aportada por Jesús. Una nueva manera de concebir el "descanso" del
sábado, del domingo. Mas allá de todos los juridicismos. El sábado es
el día de la benevolencia divina, el día de la redención, de la
liberación, de la misericordia de Dios para con los pobres, los
desgraciados, los pecadores. El día por excelencia para hacer el bien,
curar, salvar. El día en el que hay que dejarse curar por Jesús.
Señor, ayúdanos a ser fieles, incluso en las cosas pequeñas, pero sin
ningún formalismo, sin meticulosidad. Señor, ayúdanos a permanecer
abiertos, a no estar demasiado seguros de nuestras opiniones, a no
quedarnos inmovilizados en nuestras opciones precedentes. El mundo de
hoy nos presenta muchas cuestiones nuevas: ¿sabremos abordarlas con la
misma profundidad con que las juzga Jesús? (Noel Quesson).
Ante el sufrimiento, ante la pobreza, ante las injusticias, ante el
pecado que padecen muchos hermanos nuestros no podemos pasar de largo
dejándolos hundidos en sus males. En dar una respuesta, en esforzarnos
por remediar esos males no podemos argumentar ni siquiera que es el
día del Señor para eludir nuestras responsabilidades. No podemos
esperar para mañana para hacer el bien a quien hoy lo necesita. Cada
día debemos ser la Iglesia de Cristo que no sólo anuncia el Nombre de
Dios, sino que, además, sirve con gran amor a los necesitados. Dar
culto a Dios, en este sentido, no es sólo arrodillarnos ante Él, sino
además, identificarnos con Cristo que, como Buen Pastor, salió al
encuentro de la oveja descarriada y herida, empobrecida y hambrienta,
enseñándonos, así, que también nosotros hemos de dar culto a Dios
amando como el Señor nos ha amado y enseñado, pues Él no descansó,
sentándose en la Gloria de su Padre, hasta dar su Vida para sacarnos
del pozo de nuestra maldad en el que habíamos caído.
El Señor lo dio todo por nosotros. Esa entrega hasta el extremo es no
sólo lo que recordamos, sino lo que vivimos en esta Eucaristía,
Memorial de Quien por nosotros fue al Calvario, lleno de amor, para
ser Crucificado para el perdón de nuestros pecados. Pero celebramos
también a Quien, al tercer día de muerto, resucitó para darnos nueva
vida y darle sentido a nuestra fe. Nosotros, ahora, somos testigos de
todo esto. Y el Señor viene a sanar las heridas que el pecado dejó en
nosotros, pues por sus llagas hemos sido curados. Él, como el buen
samaritano, se ha detenido ante nuestro dolor, y ha dado su vida para
que, en ese momento de Gracia, retornemos a Dios, ya no como esclavos,
sino como hijos por nuestra fe y unión al Hijo de Dios. Así
experimentamos el gran amor que Dios nos tiene, pues compartiendo
nuestros sufrimientos, no retuvo para sí el ser igual a Dios, sino
que, humillado, dio su vida para que nosotros tengamos Vida, la misma
que Él posee recibida del Padre Dios.
Y somos testigos del Memorial de la Pascua de Cristo no sólo porque
contemplamos extasiados el amor que Dios nos ha tenido, sino porque, a
partir de nuestro encuentro con el Señor Resucitado nuestra vida ya no
puede ir por el mismo camino. El Señor nos ha cautivado y nos ha
llenado de su amor y nos ha enviado para que vayamos y hagamos
nosotros lo mismo que Él ha hecho por nosotros y en nosotros. Unidos a
Cristo, firmemente afianzados en Él no debemos tener miedo a dar
nuestra vida por los demás, sabiendo que, siendo condenados por ellos,
Dios, nuestro Padre, nos levantará para glorificarnos junto con
Cristo, con quien vivimos íntimamente unidos desde ahora como los
miembros de un cuerpo lo están a la cabeza. Al igual que Cristo,
detengámonos ante el dolor, ante el sufrimiento, ante la pobreza de
nuestro prójimo y, si es necesario, paguemos con nuestra propia vida,
con tal de que él recobre su dignidad y alcance su salvación en
Cristo. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen
María, nuestra Madre, la gracia de saber amar, no con la miopía nacida
de nuestro miedos, sino con la amplitud, la fuerza y la valentía que
nos vienen del Espíritu de Dios que habita en nosotros. Amén
(www.homiliacatolica.com)
San Lucas 14,1.7-11:
Si la reprobación de los judíos es reconciliación del mundo, ¿qué será
su reintegración sino un volver de la muerte a la vida? Dios quiere
que todos se salven. Esta es la exaltación buena, y no la pretensión
de ser más que los demás: “El que se enaltece será humillado, y el que
se humilla será enaltecido”
Autor: Padre Llucià Pou Sabaté
Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11,1-2a.11-12.25-29.
Hermanos: ¿Habrá Dios desechado a su pueblo? De ningún modo. También
yo soy israelita, descendiente de Abrahán, de la tribu de Benjamín.
Dios no ha desechado al pueblo que él eligió. Pregunto ahora: ¿Han
caído para no levantarse? Por supuesto que no. Por haber caído ellos,
la salvación ha pasado a los gentiles, para dar envidia a Israel. Por
otra parte, si su caída es riqueza para el mundo, es decir, si su
devaluación es la riqueza de los gentiles, ¿qué será cuando alcancen
su pleno valor? Hay aquí una profunda verdad, hermanos, y, para evitar
pretensiones entre vosotros, no quiero que la ignoréis: el
endurecimiento de una parte de Israel durará hasta que entren todos
los pueblos; entonces todo Israel se salvará, según el texto de la
Escritura: «Llegará de Sión el Libertador, para alejar los crímenes de
Jacob; así será la alianza que haré con ellos cuando perdone sus
pecados.» Considerando el Evangelio, son enemigos, y ha sido para
vuestro bien; pero considerando la elección, Dios los ama en atención
a los patriarcas, pues los dones y la llamada de Dios son
irrevocables.
Salmo 93,12-13a.14-15.17-18. R. El Señor no rechaza a su pueblo.
Dichoso el hombre a quien tú educas, al que enseñas tu ley, dándole
descanso tras los años duros.
Porque el Señor no rechaza a su pueblo, ni abandona su heredad: el
justo obtendrá su derecho, y un porvenir los rectos de corazón.
Si el Señor no me hubiera auxiliado, ya estaría yo habitando en el
silencio. Cuando me parece que voy a tropezar, tu misericordia, Señor,
me sostiene.
Evangelio según san Lucas 14,1.7-11. Un sábado, entró Jesús en casa de
uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban
espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos,
les propuso esta parábola: -«Cuando te conviden a una boda, no te
sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de
más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te
dirá: "Cédele el puesto a éste." Entonces, avergonzado, irás a ocupar
el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el
último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga:
"Amigo, sube más arriba." Entonces quedarás muy bien ante todos los
comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se
humilla será enaltecido.»
Comentario: 1.- Rm 11,1-2a.11-12.25-29. Sigue la reflexión de Pablo
sobre la suerte de su pueblo y la pena que le da su obstinación contra
Cristo. "¿Habrá Dios desechado a su pueblo? Ni hablar". Pablo está
convencido de que Dios sigue siendo fiel a sus promesas: pues "los
dones y la llamada de Dios son irrevocables". Dos consideraciones
suyas pueden llegar a sorprendernos. Afirma que, aunque parezca que el
rechazo de Cristo es definitivo, llegará al fin la conversión de
Israel: "entonces todo Israel se salvará". Además, la caída de Israel
puede considerarse providencial para los otros pueblos: "por haber
caído ellos, la salvación ha pasado a los gentiles". Recordemos que,
según el libro de los Hechos, tuvieron que salir de Jerusalén y de
Judea, y ésa fue la ocasión para que anunciaran a los otros pueblos la
Buena Noticia de Jesús.
En el Concilio Vaticano II hubo una Declaración, titulada Nostra
aetate, en la que se habla de la postura de la Iglesia con las
religiones no cristianas. En su número 4 habla del pueblo judío. Son
dos páginas que haríamos bien en leer hoy, para ambientar el lamento
de Pablo (cita expresamente estos capítulos de la carta a los Romanos)
y a la vez resituar nuestra postura respecto al pueblo judío, al que
tanto le debemos en el terreno de la fe. Les respetamos de corazón y,
siguiendo el ejemplo de Pablo, no perdemos la esperanza de que un día
acabarán aceptando a Jesús. Tenemos fe en la fidelidad de Dios con su
pueblo, el pueblo en el que nació Jesús de María, la Hija de Sión. Con
el salmo decimos: "El Señor no rechaza a su pueblo ni abandona su
heredad". Además, nos aplicamos nosotros mismos la lección. Porque los
que han sido más privilegiados pueden llegar a desaprovechar las
gracias de Dios. Por una parte nos duele el que en torno nuestro
parezca perderse la fe, y vemos alejarse a la juventud, y que las
vocaciones escasean, y que la vieja Europa no da tantas muestras de
vitalidad como otros pueblos más jóvenes. Y, por otra parte, podemos
reflexionar sobre nuestra propia persona y preguntarnos si no podría
aplicarse a nosotros, en alguna medida, el lamento de Pablo sobre la
ceguera de su pueblo ante tanta luz. ¿Somos higueras que dan el fruto
que el amo espera?, ¿semilla que da el ciento por ciento?, ¿siervos
que sacan rendimiento a los talentos que han recibido?, ¿o sólo
pensamos en Israel a la hora de señalar con el dedo la ingratitud y la
inoperancia con los dones de Dios?
-Hermanos, os pregunto: ¿Habría Dios rechazado a su pueblo? No, de
ningún modo. Yo mismo soy prueba de ello: también soy uno de Israel.
Pablo subraya aquí que no fue Dios quien tomó la iniciativa de la
ruptura. No deja de ser fiel a su esposa infiel. Dios ama a aquellos
que no le aman. Dios no rechaza a nadie. Y Pablo, tomando de nuevo la
tesis de los profetas según la cual sólo un «pequeño resto»
subsistiría, hace notar que hay un grupito de judíos, como él, por
ejemplo, que son los testigos de ese amor. Conservar las
solidaridades. No quedarse aparte, resguardado, como aquellos que
huyen del peligro. Al contrario, considerarse como responsable de
todos aquellos que son solidarios con él: no soy un salvado "para mí",
sino «para todos». Pablo-creyente es ya una parte del pueblo de
Israel... ¡creyente! Pablo-salvado es ya una porción, algo del pueblo
de Israel... ¡salvado!
-¿Ha caído Israel para no levantarse?... si por haber caído ellos la
salvación ha pasado a los paganos, su caída ha supuesto riqueza para
el mundo. Es preciso comprender bien este sorprendente argumento.
Pablo alude al «hecho histórico» muy conocido: el rechazo de los
judíos ayudó a Pablo a no encerrarse en el mundo judío e ir a los
paganos. Expulsado de la Sinagoga y de la comunidad judía, se halló
casi obligado a dirigirse a los paganos (Hch 23,44-52; 17,1-9;
11,19-26).
-No quiero dejaros en la ignorancia de este misterio: el
endurecimiento de los judíos durará hasta la entrada del conjunto de
los paganos. Visión histórica audaz. Así el rechazo de la Fe, de los
judíos, lejos de contradecir el prodigioso amor salvador de Dios por
todos los hombres -tesis de la Epístola de los Romanos- no es sino una
ilustración temporal y brillante de ese amor universal. A través de
este misterio quisiera comprender mejor el misterio de la
"incredulidad" HOY. ¡Muchos son los que "rechazan" HOY a Dios o viven
«como si no existiera»! Quiero creer que Tú sigues amándolos, Señor, y
que quieres también salvarlos a todos. Tu proyecto es ¡«la entrada del
conjunto de los paganos»! en la salvación.
-Es así que todo Israel será salvo. En cuanto al Evangelio, son
enemigos para vuestro bien. Pero en cuanto a la elección de Dios, son
amados en atención a sus padres... ¡Los dones y la vocación de Dios
son irrevocables! También los judíos un día serán creyentes. El Señor
vendrá. Pero retrasa su venida para dar a todos ¡un «plazo» de
conversión! Así, todo contribuye al proyecto de Dios. La incredulidad
de los judíos es la prueba dramática del fracaso del hombre que quiere
salvarse por sí mismo. Como tal, esta «incredulidad» tiene un aspecto
positivo, pone en evidencia que nos salvamos «por pura misericordia»:
mas entonces los judíos pueden también beneficiarse, y se beneficiarán
de ello. Los dones de Dios son "IRREVOCABLES". Pueblo nacido de una
iniciativa del amor de Dios, Israel está siempre acosado por este
amor, incluso en su rechazo: continúa viviendo de la fidelidad a la
Palabra de Dios... Los judíos de HOY leen la misma Biblia que
nosotros. Ojalá el cristiano pueda preparar su retorno definitivo y su
propia plenitud, edificando una Iglesia que "sólo busque su fuerzas en
la iniciativa de Dios y su pura misericordia. Sí, ¡los "enemigos de
Dios" son los "muy amados" de Dios! Ruego por todos aquellos que se
creen o que se dicen "enemigos de Dios" (Noel Quesson).
En este tercer capítulo sobre el tema, Pablo insiste en la exageración
de los que dicen que el pueblo judío no ha aceptado a Cristo. «También
yo soy israelita», afirma, y tras este «yo» está toda la plana mayor
de la Iglesia y una parte considerable de sus fieles. Dios puede sacar
de las piedras hijos de Abrahán. Si en tiempos de Elías, mientras la
masa del pueblo claudicaba ante las persecuciones, Dios se reservó
siete mil fieles que representasen la continuidad de la elección,
también en el momento presente ha suscitado Dios millares de
conversiones entre los judíos. Porque si la elección es obra de Dios
no fruto de las obras humanas, también la continuidad de la elección
es obra de Dios. Entonces, ¿habría podido Dios llevar a Cristo toda la
masa del pueblo, lo mismo que ha llevado a una pequeña parte de él?
Pablo respondería que sí, que es Dios quien no ha querido sacarlos de
las tinieblas en que, como ha dicho antes, se encontraban. Y ¿por qué
no lo ha hecho? Por una parte, para darles celos: para que, viendo las
piedras convertidas en hijos de Abrahán, comprendieran que sólo Dios
puede asegurar al hombre la continuidad en el camino de la salvación.
Por otra, para facilitar el contacto directo a los pueblos no judíos:
para que la montaña de la legalidad judía no se interpusiese como una
barrera entre Dios y los pueblos paganos. De todas formas, añade
Pablo, si la pérdida de los judíos ha sido una riqueza para los
paganos, su retorno lo será todavía más, porque en la tradición
multisecular del pueblo judío hay una experiencia de Dios que los
cristianos necesitaremos siempre.
La realidad concreta de veinte siglos de historia en que el pueblo
judío no ha llegado a la meta de la ley, que es Cristo, hace todavía
más urgente la exhortación de Pablo a no creernos demasiado
inteligentes, a comprender que los designios de Dios están por encima
de nuestra interpretación y de nuestros cálculos. De todas maneras hay
una promesa divina (eso quiere decir la palabra «misterio» o
"designio" con que empieza el fragmento) de que esa llegada se
producirá por caminos que sólo Dios conoce. Más siglos duró la miseria
espiritual de los pueblos paganos. En otro tiempo, los demás pueblos
desconocían a Dios, mientras Israel era el pueblo escogido. Ahora, en
cambio, Dios ha tenido compasión de los otros pueblos, mientras
Israel, por no reconocer esa misericordia, se ha vuelto infiel. Así,
todos habrán pasado por la desobediencia y al final todos aprenderán
qué significa ser salvado por misericordia. En medio de su infidelidad
(parcial y temporal, como se nos repite varias veces), los judíos
merecen ser amados a causa de las promesas de Dios: porque la elección
del pueblo -como todos los dones de Dios- tiene algo de irrevocable.
Eso es tan cierto que, mientras la masa de Israel no haya entrado en
la Iglesia, no se podrá decir que se han cumplido las profecías
mesiánicas. En diversas profecías se dice que el Salvador vendrá a
expiar los pecados de Israel y a restablecer un pacto con quienes lo
habían roto. Ni unos ni otros tenían suficientemente claro que
nosotros no hemos dado a Dios nada que nos permita exigirle alguno de
sus dones. Sólo el retorno constante a la idea de la gracia y de
nuestra necesidad de salvación puede ser fuente de verdadera
renovación para la humanidad (J. Sánchez Bosch).
2. Contrasta el salmo con el anterior y con los que le siguen, pues
trata de la triste realidad que nos presenta el mundo de hoy, lejos de
la victoria total del bien en la era escatológica. Dos cosas presenta
aquí el salmista: I. Convicción y terror para los perseguidores del
pueblo de Dios (vv. 1-11), mostrándoles el peligro al que se exponen y
la insensatez que muestran. II. Consuelo y paz para los perseguidos
(vv. 12-23), asegurándoles, con base en la promesa de Dios y en la
propia experiencia del salmista, que sus aflicciones tendrán un final
feliz: que es la parte que nos interesa.
El salmista profiere ahora palabras de consuelo a los santos que
sufren. Lo hace basado en las promesas de Dios y en su propia
experiencia.
=Basado en las promesas de Dios, las cuales no sólo les preservan de
la calamidad, sino que les aseguran la verdadera dicha (v. 12):
«Dichoso el hombre a quien tú, Yahvé, corriges.» Aquí el salmista
eleva la mirada por encima de los instrumentos de aflicción, y se fija
en las manos de Dios, con lo que el castigo cambia de color. Los
enemigos quebrantan al pueblo de Dios (v. 5); pero Dios, mediante ese
quebranto, corrige a su pueblo, como un padre al hijo en quien tiene
su deleite; los perseguidores son sólo la vara con que los corrige.
Aquí se promete: (A) Que el pueblo de Dios obtendrá bienes de sus
sufrimientos. Cuando Dios les castiga, les enseña (v. 12b), y dichoso
es el hombre que recibe esta disciplina divina, pues nadie enseña como
Dios. Cuando somos castigados, hemos de orar ser instruidos, y ver en
la ley de Dios el mejor expositor de su Providencia. No es el castigo
mismo el que hace bien, sino la enseñanza que le acompaña y explica.
(B) Que el pueblo de Dios obtendrá paz de sus sufrimientos (v. 13):
«Para hacerle descansar (no física, sino mentalmente, comp. Is. 7:4)
en los días de aflicción». Dice Cohén: «El hombre que ha aceptado la
instrucción de Dios no perderá ánimos ni fe en los días de prueba,
porque está convencido de que llegará el día de dar cuentas.» (C) Que
verán la ruina de los que eran instrumentos de sus padecimientos
(v.13b). (D) Que, aunque se hallen abatidos, no quedarán abandonados
(v. 14). Les pase lo que les pase. Dios no los desechará, no los
borrará de su pacto ni les retirará su protección. El Apóstol Pablo se
consolaba grandemente con esto (Ro. 11:1). (E) Que, por mal que
marchen ahora las cosas, se han de arreglar un día (v. 15): «El juicio
será vuelto a la justicia», es decir, los tribunales de justicia
volverán a dictar sentencia de forma justa y equitativa, y abundarán
los rectos de corazón que busquen la justicia. Todo esto será obra de
Dios a favor del pueblo, para que Israel recobre su prosperidad. Esta
misma esperanza nos ha de consolar cuando parezca que las cosas
marchan mal en contra nuestra.
=Basado en sus experiencias y observaciones personales. (A) Él y sus
amigos habían estado oprimidos por crueles tiranos, que disponían del
poder necesario para abusar de los buenos ciudadanos. Eran malignos y
hacedores de iniquidad (v. 16). Se entregaban a toda clase de impiedad
e inmoralidad, de forma que su tribunal era inicuo (v. 20). La
iniquidad es suficientemente atrevida aun en el caso de que las leyes
humanas la persigan, pues raras veces resultan efectivas, pero ¡cuánto
mas insolente y dañina es cuando está respaldada por la ley! Estos
obradores de iniquidad condenaban la sangre inocente (v. 21b) haciendo
agravio bajo forma de ley (v. 20b), lo mismo que hicieron contra
Daniel (Dan. 6:7) para echarle al foso de los leones. Así han sido
tratados con frecuencia los mayores bienhechores de la humanidad, bajo
capa de ley y justicia, como si fueran los peores malhechores. (B) La
opresión que sufría pesaba gravemente sobre ellos. El salmista se veía
a sí mismo, si no fuese por la ayuda de Dios, morando en el silencio
de la tumba (v. 17, comp. con 115,17); estaba «en las últimas», sin
saber qué decir ni hacer. El Apóstol había recibido, en un caso
similar, dentro de sí respuesta (lit.) de muerte (2 Co. 1,8, 9). El
salmista decía : «Mi pie resbala» (v. 18, comp. con 38,16; 73,2). Una
multitud de pensamientos contradictorios le dejaban perplejo, sin
saber en qué iba a parar aquello ni qué medidas tomar. (C) En su
apuro, buscó ayuda, socorro y alivio (v. 16): «¿Quién se levantará por
mí contra los malignos? ¿Tengo algún amigo que se preste, por amor, a
socorrerme?» Miraba en derredor y no veía a ninguno. Cuando Pablo fue
llevado ante el tribunal de Nerón, ninguno estuvo a su lado (2 Ti.
4:16). Le gritaban al Señor (v. 20): «¿Se aliará contigo el tribunal
inicuo?» Como diciendo: «¿Es posible que estos inicuos puedan
resguardarse bajo el pretexto de que administran la justicia en nombre
de Yahweh?» Sólo cuando está a favor de la equidad y de la justicia
puede decirse que un tribunal es aliado de Dios. El tribunal inicuo no
puede en modo alguno tener comunión con Dios. (D) Hallaron socorro y
alivio en Dios, y sólo en Él. Por eso, habla el salmista de la ayuda
de Yahweh (v. 17), cuando se pone en Él la confianza y se espera de Él
el alivio. « Si no fuera por eso, dice, nunca habría podido conservar
el dominio de mí mismo; pero viviendo por fe en Él, he podido
conservar la cabeza por encima del agua.» El socorro que recibimos se
lo debemos no sólo al poder de Dios, sino a su misericordia (vv.
18,19): «Tu misericordia, Yahweh, me sustenta. Tus consolaciones
alegran mi alma, cuando son muchas las preocupaciones dentro de mí.
Cuando se agolpan en mi mente los pensamientos inquietantes, sólo el
consuelo que tú me ofreces sirve para aquietar mi mente y dar paz a mi
alma.» Las consolaciones de Dios llegan hasta el alma, no sólo hasta
la imaginación, y le dan la paz y el gozo que no pueden darle las
sonrisas del mundo, ni pueden quitarle los enfados del mundo. (E) Dios
es, y siempre será, Justo Juez, protector del derecho y castigador del
mal; de esto tenía el salmista la seguridad y la experiencia (v. 22):
«Cuando nadie quiera, o no pueda, o no se atreva a defenderme, Yahweh
es mi baluarte, para preservarme de la maldad de mis apuros, para no
hundirme bajo su peso ni ser arruinado por ellos; y es la roca de mi
refugio, en cuyas hendiduras puedo cobijarme y encima de la cual puedo
asentar mis pies para estar fuera del alcance de todo peligro.»
3.- Lc 14,1.7-11. Invitado a comer en casa de un fariseo, Jesús
aprovecha para darles una lección plástica de humildad. No sabíamos
decir si se trata de una parábola, o sencillamente, de un hecho
observado en la vida. Lo de buscar los primeros puestos era, se ve, un
defecto característico de los fariseos. Hace pocos días leíamos cómo
Jesús se lo echaba en cara: "Ay de vosotros, que os encantan los
asientos de honor en las sinagogas" (Lc 11,43). Hoy les invita a
elegir los lugares más humildes. La lección se resume al final:
"porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será
enaltecido".
No hace falta que seamos fariseos para merecer la reprimenda de Jesús.
Porque a todos nos gusta aparecer y ser vistos y alabados por la
gente. Eso no pasa sólo en los actos políticos y sociales, en que se
sigue un riguroso orden protocolario, sino también en nuestra vida de
cada día, en que cada uno intenta deslumbrar a los otros mostrando un
nivel de vida y unas cualidades, que a veces son nada más apariencia,
pero que provocan la admiración y la envidia. Jesús nos ha enseñado
una y otra vez que su estilo y, por tanto, el de sus discípulos, debe
ser el contrario: la humildad y la sencillez de corazón. Aunque eso de
ser humildes no esté de moda en el mundo de hoy. A los seguidores de
Jesús no les tendría que importar ocupar los últimos lugares. Y no
como un truco, para que luego nos inviten a subir, sino con
sinceridad, por imitación del Maestro, que no vino a ser servido sino
a servir. ¿O somos como los apóstoles, que no acababan de entender la
lección de humildad, y discutían sobre quién iba a ocupar los puestos
de honor?, ¿no tendríamos que moderar nuestro afán de protagonismo y
de aparecer? Si fuéramos humildes, seríamos más felices: nos
llevaríamos menos disgustos. Seríamos más aceptados por los demás: a
los vanidosos nadie les quiere. Y más agradables a los ojos de Dios:
él prefiere a los humildes. Un ejemplo muy cercano lo tenemos en la
Virgen Marta, la madre de Jesús. Humilde y discreta, ella pudo decir,
resumiendo también el estilo de Dios en la historia: "enaltece a los
humildes y a los ricos los despide vacíos". Y, hablando de sí misma,
"ha mirado la pequeñez de su sierva" (J. Aldazábal).
-Durante la comida en casa de uno de los jefes de los fariseos, Jesús,
notando que los invitados elegían los primeros puestos... El mundo
judío -por ejemplo, las "reglas de la Comunidad de Qumram- tenía gran
preocupación por seguir el orden jerárquico. En un banquete, antes de
sentarse, cada invitado elegía "su" puesto según su rango, según la
idea que él tenía de su propia dignidad, en comparación a los demás
invitados. Y esto estaba codificado por las escuelas de Doctores de la
Ley. Se aconsejaba un poco de prudencia elemental, por ejemplo:
"Sitúate dos o tres puestos más allá del que te convendría".
Sinceramente, ¿podría decirse que la preocupación de "mantener su
rango" es algo del pasado? Hoy tenemos muchos signos distintivos que
permiten realzar la posición social de cada uno: un cierto estilo o
clase en el vestir... una marca de automovil...
-Jesús les propuso esta parábola: "Cuando alguien te convide a una
boda no ocupes el puesto principal... Jesús no entra aquí en los
problemas de las conveniencias mundanas, no es su objeto... repite lo
que ya dijo otras muchas veces... ¡sed humildes!, ¡disponeos a ser el
servidor de los demás!, ¡ocupad el ultimo puesto!, ¡los pequeños son
los más grandes!, si no os hacéis pequeños, ¡no entraréis en el Reino
de Dios! No, nadie puede revindicar la entrada a las Bodas eternas
como algo que le es debido, en virtud de su propia justicia.
-Al revés, cuando te conviden, vete derecho al último puesto. Durante
la última Cena, sabemos que hubo una discusión entre los Doce sobre
sus jerarquías y sus prelaciones. "Llegaron a querellarse sobre quién
parecía ser el mayor. Jesús les dijo: Los reyes de las naciones
gobiernan como señores... Pero no así vosotros, sino que el mayor
entre vosotros, ocupe el puesto del más joven, y el que manda, el
puesto del que sirve... Pues yo estoy en medio de vosotros como el que
sirve" (Lc 22,24-27) Al relatar esa escena, Lucas pensaba en las
"asambleas eucarísticas, donde, en su tiempo -¿y en el nuestro?-
surgían dificultades entre clases sociales. Santiago (2,14) y san
Pablo (1 Cor 11,20) se encontraban con esos mismos problemas en sus
comunidades. "Si en vuestra reunión entra un personaje con sortijas de
oro, magníficamente vestido y entra también un pobretón con traje
mugriento; si atendéis al primero en detrimento del pobre, ¿no hacéis
una discriminación?" Hoy, hay muchas maneras de creerse superior, de
excluir a un tal o a un cual, de hacer discriminaciones. Señor, haznos
acogedores los unos hacia los otros. Que todos los participantes a
nuestras asambleas dominicales se sientan cómodos. Que las
celebraciones eucarísticas no pasen a ser pequeños clubs cerrados en
los que "las personas, allí reunidas, se sientan bien", porque se ha
comenzado por excluir a "los que no piensan como nosotros".
-El que se encumbre, lo abajarán, y al que se abaja lo encumbrarán. Es
la condena de cualquier suficiencia. Dios cerrará su Reino, a los que
están persuadidos de su propia justicia. Ser humilde. Hacerse pequeño.
Juzgarse indigno... No juzgar indignos a los demás. La parábola del
Fariseo y del Publicano se terminará con la misma fórmula (Lc 18,14):
"Todo el que se encumbra lo abajarán, y al que se abaja, lo
encumbrarán." Señor, ayúdame; quiero combatir todas mis formas de
orgullo. Quiero conocer mis miserias, para que no me estime superior a
los demás. Ayúdame a encontrarme feliz en el "último puesto". como Tú,
Señor: "Jesús, de tal manera tomó para sí el último puesto, que nadie
se lo ha podido quitar
jueves, 27 de octubre de 2011
miércoles, 26 de octubre de 2011
San Lucas 13,31-35: Ninguna criatura podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Autor: Padre Llucià Pou Sabaté
San Lucas 13,31-35:
Ninguna criatura podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo
Autor: Padre Llucià Pou Sabaté
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8,31b-39.
Hermanos: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El
que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos
nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos
de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso
Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y
que intercede por nosotros? ¿Quién podrá apartarnos del amor de
Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?,
¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?, como dice la Escritura: «Por
tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza.»
Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Pues
estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni
principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni
profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.
Salmo 108,21-22.26-27.30-31. R. Sálvame, Señor, por tu bondad.
Tú, Señor, trátame bien, por tu nombre, líbrame con la ternura de tu
bondad; que yo soy un pobre desvalido, y llevo dentro el corazón
traspasado.
Socórreme, Señor, Dios mío, sálvame por tu bondad. Reconozcan que aquí
está tu mano, que eres tú, Señor, quien lo ha hecho.
Yo daré gracias al Señor con voz potente, lo alabaré en medio de la
multitud: porque se puso a la derecha del pobre, para salvar su vida
de los jueces.
Evangelio según san Lucas 13,31-35. En aquella ocasión, se acercaron
unos fariseos a decirle: -«Márchate de aquí, porque Herodes quiere
matarte.» Él contestó: -«ld a decirle a ese zorro: "Hoy y mañana
seguiré curando y echando demonios; pasado mañana llego a mi término."
Pero hoy y mañana y pasado tengo que caminar, porque no cabe que un
profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a
los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces he
querido reunir a tus hijos, como la clueca reúne a sus pollitos bajo
las alas! Pero no habéis querido. Vuestra casa se os quedará vacía. Os
digo que no me volveréis a ver hasta el día que exclaméis: "Bendito el
que viene en nombre del Señor."»
Comentario: 1.- Rm 8,31-39. Estamos leyendo páginas profundas y
consoladoras en extremo. Hoy, Pablo entona un himno triunfal, que pone
fin a la primera parte de su carta, un himno al amor que nos tiene
Dios. Con un lenguaje lleno de interrogantes retóricos y de respuestas
vivas, canta la seguridad que nos da el sabernos amados por Dios: "si
Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?". No puede
condenarnos ni el mismo Jesús, que se entregó por nosotros, ni ninguna
de las cosas que nos puedan pasar, por malas que parezcan: ni la
persecución ni los peligros ni la muerte ni los ángeles ni criatura
alguna "podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo
Jesús".
Esta confianza fue para Pablo el punto de apoyo en sus momentos
difíciles, el motor de su vida, la motivación de su entrega absoluta a
la tarea misionera de la evangelización. Se sintió amado por Dios y
elegido personalmente por Cristo para una misión. Lo que nos da tanta
seguridad no es el amor que nosotros tenemos a Dios: ése es bien
débil, y nos lo podrían arrebatar fácilmente esas fuerzas que nombra
Pablo. Es el amor que Dios nos tiene: ése sí que es firme, en ése sí
que podemos confiar, "el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús". Si
tuviéramos esta misma convicción del amor de Dios, nuestra vida
tendría sentido mucho más optimista. De tanto decirlo y cantarlo, tal
vez no nos lo acabamos de creer: que Dios nos ama, que Cristo está de
nuestra parte e intercede por nosotros. Gracias a eso, "vencemos
fácilmente por aquél que nos ha amado". Ni siquiera nuestro pecado
podrá con el amor que Dios nos tiene. Este texto inspira cantos
preciosos, que saborean la serenidad que nos infunde en lo más hondo
de nuestro ser esta explosión de euforia de Pablo.
He ahí el final de la primera parte de la Epístola a los Romanos.
Después de haber «encerrado» todo el universo en la impotencia, bajo
la «cólera de Dios». Después de haber revelado la justificación
universal por la gracia y el «amor de Dios». He ahí en conclusión un
«grito de victoria», apasionado, vibrante.
-Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? No estamos seguros
de nosotros, ¡oh no! Seguimos sin fiarnos de nuestros propios límites,
desgraciadamente continuamos pecando... Pero ¡estamos seguros de Dios
¡Estamos seguros del amor de Jesús!
-El que no perdonó ni a su propio Hijo... Antes bien lo entregó por
todos nosotros... ¿cómo no nos dará con El todas las cosas? Quiero
tratar de contemplar detenidamente ese «don del Hijo». Dios, ¡que ha
dado su Hijo por nosotros! Que es lo más querido. Alusión al
sacrificio que Abraham había aceptado también (Gn 22,16). Cuidado. Hay
que entender bien esta expresión: «entregó» a su Hijo. ¡No tiene aquí
el mismo sentido que en la frase: «Judas entregó a Jesús»! Sería
inicuo y cruel. Estamos ante el misterio: Dios ama a su Hijo y el Hijo
ama a su Padre y ambos están de acuerdo en el Espíritu y el Hijo «se
entrega". Esto es mi Cuerpo entregado por vosotros. Y el Padre acepta
ese don total, que la malignidad de los hombres se ingenió en hacer
cruel.¿De qué obstáculo no podrá triunfar tal amor?
-¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¡Pues es Dios quien justifica!
¿Quién condenará? Puesto que Jesucristo murió... Más aún, resucitó...
Está a la diestra del Padre... Intercede por nosotros... No somos
dignos, Señor. Somos muy ingratos contigo. Quisiera amarte más. Quiero
contemplar la intercesión que en este instante estás llevando a cabo
por mí en el cielo... por nosotros los hombres, ¡por todos! En este
mismo instante, Tú, Señor, estás intercediendo por los pecadores, por
aquellos que, como yo, cometen el mal. Estás intercediendo por todos
los que me están dañando, por todos los que yo no amaría o que
detestaría.
-¿Quién podrá separarme del amor de Cristo? A veces, Señor, llego a
preguntarme si te amo de veras... Lo cierto, es que yo quisiera
amarte, sinceramente. Pero, ¡mis actos cotidianos contradicen tan a
menudo este deseo y esta buena voluntad! Esa frase de san Pablo me
invita HOY a no pensar ya en el "amor que debería yo tener por Ti"...
para pensar, en cambio, en el «amor que Tú tienes por mí». Incluso si
llego a abandonarte alguna vez, Señor, sé que Tú no me abandonas
nunca. ¿«Quién podrá separarme del amor de Cristo»?
-Nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Jesús. Ni la
tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el peligro, ni...
Es una especie de letanía triunfal en la que san Pablo pone a
continuación todos los obstáculos que ha ido encontrando
personalmente: nada, nada, nada, puede separarnos de Ti. Guardo unos
momentos de silencio para reflexionar en lo que podría yo añadir a esa
lista: ¿cuáles son mis pruebas y dificultades desde hace unas semanas,
HOY mismo? Trato de repetir a mi vez la certeza: ni... ni... ¡ni...
podrán jamás separarme de tu amor, Señor!
-Saldremos vencedores, gracias a Aquel que nos amó. Qué hermosa
definición de Jesús: «aquel que nos amó"... Trato de dar a estas
palabras un contenido concreto: Tú piensas en mí, Señor... Quieres mi
felicidad... Me tiendes la mano cuando caigo... Me comprendes... Das
tu vida por mí... Me perdonas... Me amas... (Noel Quesson).
2. El salmista reacciona contra estas calumniosas acusaciones, y
comienza su defensa exponiendo ante Dios lo que ellos desean. El v. 20
dice literalmente: «Esta (es) la obra (que) mis adversarios (demandan)
de Yahweh y los que hablan el mal contra mi alma.»
A continuación, pide a Dios: «Favoréceme en atención a tu nombre» (v.
21) y, más detalladamente, en el v. 26: «Ayúdame, Yahweh Dios mío;
sálvame conforme a tu amor misericordioso.» Pide (v. 28): «Maldigan
ellos, pero bendice tú.» Si Dios nos bendice, no nos ha de importar
que nos maldigan los hombres.
Expone ante Dios su triste situación (vv. 22-25). (A) Está pobre y
necesitado, con el corazón herido (v. 22), no por conciencia de
pecado, sino por la maldad de sus enemigos. (B) Se siente cerca de la
muerte («Me voy»), como la sombra cuando se alarga, y sacudido como la
langosta (v. 23), que uno se sacude cuando se le pega al vestido. (C)
Se siente sumamente débil (v. 24): Las piernas le flaquean y todo su
cuerpo está macilento por falta de aceite, tan importante en la dieta
de los orientales. Aun así, es mejor tener un cuerpo macilento por el
ayuno si el alma está ganando salud, que estar bien cebados, como
Israel, y tener el alma rebelde (Dt. 32:15).
Pide a Dios que sus enemigos sean avergonzados (v. 28), vestidos de
ignominia (v. 29), cubiertos de confusión como de un manto (v. 29b),
de forma que su insensatez quede a la vista de todos, pues el manto
era la vestidura exterior. Si esa confusión les lleva al
arrepentimiento, no hay duda de que el salmista se verá satisfecho,
pues eso es lo que debemos pedir a Dios con respecto a nuestros
enemigos.
Apela a la gloria de Dios y al honor de su nombre, como ya lo había
hecho en el v. 21. Allí había dicho: «Líbrame, porque tu amor
misericordioso es bueno.» Y esto es lo que quiere alabar (lit. dar
gracias) en gran manera con su boca (v. 30), es decir, en voz alta y
públicamente. Y añade que tendrá buen motivo para ser agradecido a
Dios, pues Dios estaba a su diestra, no para acusarle, sino para
protegerle (v. 31) y librarle de los que le juzgaban, es decir,
querían que se le condenara a muerte (www.eladorador.com).
Quien se ve perseguido y condenado injustamente, fácilmente reacciona
con violencia; y si busca su refugio en Dios no es sólo para que Él lo
proteja, sino también para pedirle que le haga justicia de tal forma
que el mal que han tramado contra él sus enemigos se vuelva en contra
de ellos. Y dará gracias a Dios porque se puso a favor del pobre para
salvarle la vida de sus jueces. El Señor Jesús nos ha enseñado a
comportarnos de un modo muy diferente. Él nos dice: Amen a sus
enemigos y oren por quienes los persiguen para que sean dignos hijos
de su Padre del cielo. Y Él no se quedó en una vana palabrería, sino
que, a quienes le persiguieron, condenaron y asesinaron colgándolo de
la cruz les perdonó y disculpó ante su Padre Dios diciendo: Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen. Sólo cuando nos amemos como
hermanos seremos capaces de colaborar en la construcción del Reino de
Dios entre nosotros, pues entonces seremos un signo creíble del amor
del Señor en medio de nuestros hermanos.
3.- Lc 13,31-35. No sabemos si la advertencia que hicieron a Jesús los
fariseos era sincera, para que escapara a tiempo del peligro que le
acechaba: "márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte". Herodes,
el que había encarcelado y dado muerte al Bautista (como antes, su
padre Herodes el Grande había mandado matar a los inocentes de Belén
cuando nació Jesús), quiere deshacerse de Jesús. Jesús responde con
palabras duras, llamando "zorro" al virrey y mostrando que camina
libremente hacia Jerusalén a cumplir allí su misión. No morirá a manos
de Herodes: no es ése el plan de Dios. La idea de su muerte le
entristece, sobre todo por lo que supone de ingratitud por parte de
Jerusalén, la capital a la que él tanto quiere. Es entrañable que se
compare a sí mismo con la gallina que quiere reunir a sus pollitos
bajo las alas.
Jesús aprovecha la amenaza de Herodes para dar sentido a su marcha
hacia Jerusalén y a su muerte, que él mismo ha anunciado y que no va a
depender de la voluntad de otros, sino que sucederá porque él la
acepta, por solidaridad, y además cuando él considere que ha llegado
"su hora". Mientras tanto, sigue su camino con decisión y firmeza. El
lamento de Jesús -"Jerusalén, Jerusalén"- es parecido al dolor que
siente luego Pablo (Rm 9,11) al ver la obstinación del pueblo judío
que no ha querido aceptar, al menos en su mayoría, la fe en el Mesías
Jesús. El amor de Dios a veces se describe ya en el AT con un lenguaje
parecido al de la gallina y sus pollitos: el águila que juega con sus
crías y les enseña a volar (Dt 32,11), o el salmista que pide a Dios:
"guárdame a la sombra de tus alas" (Ps 17,8), y otras con un lenguaje
materno y femenino: "en brazos seréis llevados y sobre las rodillas
seréis acariciados, como uno a quien su madre le consuela, así yo os
consolaré" (Is 66,12-13). ¿Estamos dispuestos a una entrega tan
decidida como la de Jesús?; ¿incluso si aquellos por los que nos
entregamos se nos vuelven contra nosotros?; ¿tenemos un corazón
paterno o materno, un corazón bueno, lleno de misericordia y de amor,
para seguir trabajando y dándonos día a día, por el bien de los
demás?; ¿o nos influyen los Herodes de turno para cambiar nuestro
camino, por miedo o por cansancio? (J. Aldazábal).
-Algunos fariseos se acercaron a Jesús para decirle: "Vete, márchate
de aquí, que Herodes quiere matarte". Ya hemos observado que Lucas, a
diferencia de Mateo, no parece tener ningún a priori contra los
fariseos. Anota aquí un paso que ellos hicieron para salvar la vida de
Jesús. Y todo ello, no lo olvidemos, es revelación del clima dramático
en el que vivía Jesús: ¡quieren su muerte! Los poderosos de este mundo
lo consideran un hombre peligroso al que hay que suprimir. Herodes
sería capaz... ya había hecho decapitar a Juan Bautista, unos meses
antes solamente (Lc 3,19). Quiero compartir contigo, Señor, esa
angustia de tu muerte que se avecina.
-Jesús les contestó: "Id a decir a ese zorro..." Jesús no se presta a
dejarse influenciar por Herodes. Es Jesús quien decide su camino a
seguir. Jesús responde a esa amenaza de Herodes con el desprecio: el
"zorro" es un animal miedoso que sólo caza de noche y huye a su
madriguera al menor peligro... ¡Herodes, ese zorro, ese cobarde! ese
hipócrita que no se atreverá siquiera a tomar sobre sí la
responsabilidad de la muerte de Jesús y la endosará a Pilato (Lc
23,6-12).
-"Mira, hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; y al tercer
día acabo". La expresión "el tercer día" es usual en lengua aramea
para significar "en plazo breve". "Acabo"... estoy llegando al final,
o bien "he logrado mi objetivo..." Jesús sube a Jerusalén. Sube hacia
su muerte. Pero no es un condenado a muerte ordinario. Es consciente
de ir hacia un cumplimiento. Jesús conoce perfectamente a lo que va.
No morirá el día que Herodes decida, sino ¡el día que El decida!
-Pero hoy, mañana, y el día siguiente es preciso que prosiga mi
camino, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén.
¡Palabras misteriosas! El profeta Oseas había escrito esas otras
palabras misteriosas "Dentro de dos días, el Señor nos dará la vida y
al tercer día, nos levantará y en su presencia, viviremos" (Oseas 6,
2) Jesús, caminando hacia Jerusalén, caminando hacia su muerte, pone
en manos de Dios el cuidado de prolongar su misión.
-¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que
se te envían!... Jerusalén, ciudad de los dones de Dios, ciudad de la
"proximidad de Dios..." Jerusalén, ciudad de la revuelta contra Dios,
del rechazo a Dios... Pero, la tierra y la humanidad entera están
simbolizadas en esa ciudad: la historia de los rechazos hecho a Dios
por tantos hombres, alcanzara aquí su punto culminante... ¡los hombres
van a juzgar a Dios! Y eso continúa también hoy.
-¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la clueca a sus
pollitos bajo las alas... pero no habéis querido! Imagen de ternura.
Imagen maternal. El pájaro que protege a sus polluelos (Dt 32 10; Isa
31,5, Sal 17,8; 57,2; 61,5; 63,8; 91,4). La oferta de la salvación, de
la protección, de la ternura de Dios... ha sido rehusada. "¡No habéis
querido!"
-Pero Yo os digo: "No me volveréis a ver hasta el día que exclaméis:
Bendito el que viene en nombre del Señor". Jesús sabe que hay un más
allá después de su muerte... Día vendrá en el que se le saludará
exclamando: "Bendito el que viene" (Noel Quesson).
Irreverente para con la autoridad parecería Jesús con ese modo de
hablar… En vez de huir, por la amenaza que le dicen que pesa sobre él,
Jesús desafía al "zorro" de Herodes, con un misterioso argumento de
que no conviene que un profeta muera fuera de Jerusalén… Se trata de
una virtud -la libertad y autonomía personal frente a la autoridad-
que nos es en verdad muy extraña. Siglos de inculcamiento de la
obediencia y la sumisión como las grandes virtudes cristianas, pesan
notablemente, y todavía el subconsciente colectivo está dependiente de
ellas. Tenemos introyectada la mitificación de la autoridad. Como si
estar investido de autoridad fuese un certificado de ser una persona
divina. Como si las personas revestidas de autoridad no fueran… eso:
simples personas humanas, de carne y hueso, con la misma
responsabilidad ante Dios y ante la historia que cada uno de nosotros.
Afortunadamente la sociedad humana ha crecido mucho en los últimos
siglos, desde la Ilustración y la modernidad hasta nuestros días.
Lamentablemente, ha tenido que ser fuera del ámbito eclesiástico donde
ha florecido más claramente esta conciencia de la dignidad de la
persona y de la igualdad de todos ante Dios y ante la historia. Todos
somos simples seres humanos, sometidos a la misma oscuridad,
igualmente impelidos a jugarnos nuestra vida a unos determinados
valores. Todos tenemos el riesgo de equivocarnos, y cada cual debe
asumir su riesgo. Podemos y debemos discrepar de la autoridad cuando,
según nuestra conciencia, no está actuando correctamente. Eso, por sí
mismo, no es irreverencia ni rebeldía, sino rectitud de conciencia y
coherencia consigo mismo. El poder puede dar apariencia de triunfo en
este mundo, pero el único verdadero triunfo es la fidelidad al amor y
a la verdad (Josep Rius-Camps).
Durante la persecución religiosa en España, en el año de 1936, un
grupo de milicianos llegó a un convento de carmelitas descalzas con la
orden de subir a todas las monjas a un camión y llevarlas a fusilar.
La sorpresa de los soldados fue mayúscula cuando escucharon a la madre
superiora comunicar a las religiosas que "estos señores nos llevan al
cielo porque nos van a hacer mártires, como los primeros cristianos" y
acto seguido ver a las monjas felicitarse alegremente porque recibían
el mayor don de Dios. A los ojos de Cristo eran de las pocas que
habían entendido lo que significa amar a Dios hasta dar la vida por
él. Cristo va subiendo a Jerusalén decidido; lleva prisa. En otro
pasaje del Evangelio se nos dirá que en este su último viaje «iba
delante de los discípulos». No tiene miedo, sino premura. Sabe que la
voluntad de Dios es, a fin de cuentas, lo único que nos cuenta en esta
vida, y sabe que muchos cristianos a lo largo de la historias sabrán
renunciar a muchas cosas, incluso a su vida misma, por cumplir
fielmente la voluntad de Dios. Jesús está loco, porque es el amor. Por
eso todo amor que se precie ha de llevar una dosis de locura e
incomprensión. Locura porque lo que se hace no tiene sentido desde el
punto de vista humano, parece ir en contra de lo natural y de lo que
es razonable. Incomprensión porque no sólo va a estar teñido de un
color que las personas que no entiendan, sino que provocará sorpresa
por lo desconocido que es y desatará todo tipo de opiniones desde las
risas y tachaduras de tontos hasta las más incisivas y violentas.
Jesús con su vida provoca, ha llegado la hora de preguntarse qué pasa
con nuestra vida, que reacción provocamos en los demás, ojalá que la
respuesta no sea indiferencia.
Jesús tiene una conciencia clara de la Misión que el Padre Dios le ha
confiado: salvar a la humanidad y llevarla de retorno a la casa
paterna, no en calidad de siervos, sino de hijos en el Hijo. Y nadie
le impedirá cumplir con la voluntad de su Padre. Dios, efectivamente,
quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la
verdad. Él, a pesar de nuestras rebeldías, no sólo nos llama a la
conversión, sino que nos da muchos signos de su ternura para con
nosotros; jamás se comporta como juez, sino siempre como un
Padre-Madre amoroso, cercano a nosotros y amándonos hasta el extremo.
Ojalá y algún día no sea demasiado tarde cuando, terminada nuestro
peregrinar por este mundo, tengamos que juzgar nuestra vida
confrontándola con el amor que el Señor nos ha tenido y salgamos
reprobados; y nuestra casa, nuestra herencia, la que nos corresponde
en la eternidad, quede desierta por no poder tomar posesión de ella a
causa de nuestra rebeldía al amor de Dios.
Miremos cuánto amor nos ha tenido el Señor. Él, con sinceridad, ha
dicho: todo está cumplido. La Misión que el Padre Dios le confió fue
cumplida con un amor fiel a Dios y al hombre. Este Memorial de su
Pascua que estamos celebrando nos lo recuerda. Pero nos lo recuerda no
sólo para que lo admiremos, sino para que sepamos cuál es el camino
que hemos de seguir quienes creemos en Él. Hacernos uno con el Señor
en una Alianza nueva y eterna que nos lleva a entregar nuestra vida, a
derramar nuestra sangre no por actitudes enfermizas ni masoquistas,
sino porque, al amar a nuestro prójimo y al verlo hundido en el pecado
y en una diversidad de signos de muerte, vamos en su búsqueda para
ayudarle, con mucho amor, a volver a la casa paterna; con amor, con el
mismo y en la misma forma en que nosotros hemos sido amados por Dios.
Si lo hacemos así entonces estaremos en una verdadera comunión de Vida
con el Señor.
A todos los que participamos de la Vida Divina, por la fe y el
bautismo, se nos ha confiado la proclamación de la Buena Nueva de
Salvación. Y en el cumplimiento fiel de esa Misión no podemos darnos
descanso. No ha de importarnos la tribulación, ni la angustia, ni la
persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro, ni la espada
que tengamos que padecer por Cristo. El Señor está siempre a nuestro
lado para que su Victoria sea nuestra Victoria, de tal forma que el
amor de Dios siempre esté en nosotros. No nos dejemos amedrentar por
quienes, teniendo el poder, quisieran apagar nuestra voz e impedir
nuestro testimonio y nuestra labor conforme al Evangelio de Cristo con
toda su fuerza y poder salvador. No vendamos nuestra vida a los
poderosos, ni a los ricos de este mundo. No diluyamos la Fuerza del
Mensaje de Cristo en aras de recibir protección o unas cuantas
monedas, sabiendo que de nada sirve al hombre ganar el mundo entero si
al final pierde su vida. No permitamos que nadie nos tenga como perros
mudos a su servicio, amordazados e incapaces de velar por el Pueblo de
Dios y de esforzarnos para que todos sean alimentados a su Tiempo con
la Palabra de Dios, proclamada con lealtad.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María,
tomar nuestra cruz de cada día y echarnos a andar tras las huellas de
Cristo, aceptando con amor todas las consecuencias que por ello nos
vengan; pero con la seguridad de que la muerte no tiene la última
palabra, sino la Vida, Vida eterna que Dios regala a quienes le viven
fieles. Amén (www.homiliacatolica.com; textos tomados de mercaba.org;
Llucià Pou, 2009).
Ninguna criatura podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo
Autor: Padre Llucià Pou Sabaté
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8,31b-39.
Hermanos: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El
que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos
nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos
de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso
Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y
que intercede por nosotros? ¿Quién podrá apartarnos del amor de
Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?,
¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?, como dice la Escritura: «Por
tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza.»
Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Pues
estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni
principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni
profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.
Salmo 108,21-22.26-27.30-31. R. Sálvame, Señor, por tu bondad.
Tú, Señor, trátame bien, por tu nombre, líbrame con la ternura de tu
bondad; que yo soy un pobre desvalido, y llevo dentro el corazón
traspasado.
Socórreme, Señor, Dios mío, sálvame por tu bondad. Reconozcan que aquí
está tu mano, que eres tú, Señor, quien lo ha hecho.
Yo daré gracias al Señor con voz potente, lo alabaré en medio de la
multitud: porque se puso a la derecha del pobre, para salvar su vida
de los jueces.
Evangelio según san Lucas 13,31-35. En aquella ocasión, se acercaron
unos fariseos a decirle: -«Márchate de aquí, porque Herodes quiere
matarte.» Él contestó: -«ld a decirle a ese zorro: "Hoy y mañana
seguiré curando y echando demonios; pasado mañana llego a mi término."
Pero hoy y mañana y pasado tengo que caminar, porque no cabe que un
profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a
los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces he
querido reunir a tus hijos, como la clueca reúne a sus pollitos bajo
las alas! Pero no habéis querido. Vuestra casa se os quedará vacía. Os
digo que no me volveréis a ver hasta el día que exclaméis: "Bendito el
que viene en nombre del Señor."»
Comentario: 1.- Rm 8,31-39. Estamos leyendo páginas profundas y
consoladoras en extremo. Hoy, Pablo entona un himno triunfal, que pone
fin a la primera parte de su carta, un himno al amor que nos tiene
Dios. Con un lenguaje lleno de interrogantes retóricos y de respuestas
vivas, canta la seguridad que nos da el sabernos amados por Dios: "si
Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?". No puede
condenarnos ni el mismo Jesús, que se entregó por nosotros, ni ninguna
de las cosas que nos puedan pasar, por malas que parezcan: ni la
persecución ni los peligros ni la muerte ni los ángeles ni criatura
alguna "podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo
Jesús".
Esta confianza fue para Pablo el punto de apoyo en sus momentos
difíciles, el motor de su vida, la motivación de su entrega absoluta a
la tarea misionera de la evangelización. Se sintió amado por Dios y
elegido personalmente por Cristo para una misión. Lo que nos da tanta
seguridad no es el amor que nosotros tenemos a Dios: ése es bien
débil, y nos lo podrían arrebatar fácilmente esas fuerzas que nombra
Pablo. Es el amor que Dios nos tiene: ése sí que es firme, en ése sí
que podemos confiar, "el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús". Si
tuviéramos esta misma convicción del amor de Dios, nuestra vida
tendría sentido mucho más optimista. De tanto decirlo y cantarlo, tal
vez no nos lo acabamos de creer: que Dios nos ama, que Cristo está de
nuestra parte e intercede por nosotros. Gracias a eso, "vencemos
fácilmente por aquél que nos ha amado". Ni siquiera nuestro pecado
podrá con el amor que Dios nos tiene. Este texto inspira cantos
preciosos, que saborean la serenidad que nos infunde en lo más hondo
de nuestro ser esta explosión de euforia de Pablo.
He ahí el final de la primera parte de la Epístola a los Romanos.
Después de haber «encerrado» todo el universo en la impotencia, bajo
la «cólera de Dios». Después de haber revelado la justificación
universal por la gracia y el «amor de Dios». He ahí en conclusión un
«grito de victoria», apasionado, vibrante.
-Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? No estamos seguros
de nosotros, ¡oh no! Seguimos sin fiarnos de nuestros propios límites,
desgraciadamente continuamos pecando... Pero ¡estamos seguros de Dios
¡Estamos seguros del amor de Jesús!
-El que no perdonó ni a su propio Hijo... Antes bien lo entregó por
todos nosotros... ¿cómo no nos dará con El todas las cosas? Quiero
tratar de contemplar detenidamente ese «don del Hijo». Dios, ¡que ha
dado su Hijo por nosotros! Que es lo más querido. Alusión al
sacrificio que Abraham había aceptado también (Gn 22,16). Cuidado. Hay
que entender bien esta expresión: «entregó» a su Hijo. ¡No tiene aquí
el mismo sentido que en la frase: «Judas entregó a Jesús»! Sería
inicuo y cruel. Estamos ante el misterio: Dios ama a su Hijo y el Hijo
ama a su Padre y ambos están de acuerdo en el Espíritu y el Hijo «se
entrega". Esto es mi Cuerpo entregado por vosotros. Y el Padre acepta
ese don total, que la malignidad de los hombres se ingenió en hacer
cruel.¿De qué obstáculo no podrá triunfar tal amor?
-¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¡Pues es Dios quien justifica!
¿Quién condenará? Puesto que Jesucristo murió... Más aún, resucitó...
Está a la diestra del Padre... Intercede por nosotros... No somos
dignos, Señor. Somos muy ingratos contigo. Quisiera amarte más. Quiero
contemplar la intercesión que en este instante estás llevando a cabo
por mí en el cielo... por nosotros los hombres, ¡por todos! En este
mismo instante, Tú, Señor, estás intercediendo por los pecadores, por
aquellos que, como yo, cometen el mal. Estás intercediendo por todos
los que me están dañando, por todos los que yo no amaría o que
detestaría.
-¿Quién podrá separarme del amor de Cristo? A veces, Señor, llego a
preguntarme si te amo de veras... Lo cierto, es que yo quisiera
amarte, sinceramente. Pero, ¡mis actos cotidianos contradicen tan a
menudo este deseo y esta buena voluntad! Esa frase de san Pablo me
invita HOY a no pensar ya en el "amor que debería yo tener por Ti"...
para pensar, en cambio, en el «amor que Tú tienes por mí». Incluso si
llego a abandonarte alguna vez, Señor, sé que Tú no me abandonas
nunca. ¿«Quién podrá separarme del amor de Cristo»?
-Nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Jesús. Ni la
tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el peligro, ni...
Es una especie de letanía triunfal en la que san Pablo pone a
continuación todos los obstáculos que ha ido encontrando
personalmente: nada, nada, nada, puede separarnos de Ti. Guardo unos
momentos de silencio para reflexionar en lo que podría yo añadir a esa
lista: ¿cuáles son mis pruebas y dificultades desde hace unas semanas,
HOY mismo? Trato de repetir a mi vez la certeza: ni... ni... ¡ni...
podrán jamás separarme de tu amor, Señor!
-Saldremos vencedores, gracias a Aquel que nos amó. Qué hermosa
definición de Jesús: «aquel que nos amó"... Trato de dar a estas
palabras un contenido concreto: Tú piensas en mí, Señor... Quieres mi
felicidad... Me tiendes la mano cuando caigo... Me comprendes... Das
tu vida por mí... Me perdonas... Me amas... (Noel Quesson).
2. El salmista reacciona contra estas calumniosas acusaciones, y
comienza su defensa exponiendo ante Dios lo que ellos desean. El v. 20
dice literalmente: «Esta (es) la obra (que) mis adversarios (demandan)
de Yahweh y los que hablan el mal contra mi alma.»
A continuación, pide a Dios: «Favoréceme en atención a tu nombre» (v.
21) y, más detalladamente, en el v. 26: «Ayúdame, Yahweh Dios mío;
sálvame conforme a tu amor misericordioso.» Pide (v. 28): «Maldigan
ellos, pero bendice tú.» Si Dios nos bendice, no nos ha de importar
que nos maldigan los hombres.
Expone ante Dios su triste situación (vv. 22-25). (A) Está pobre y
necesitado, con el corazón herido (v. 22), no por conciencia de
pecado, sino por la maldad de sus enemigos. (B) Se siente cerca de la
muerte («Me voy»), como la sombra cuando se alarga, y sacudido como la
langosta (v. 23), que uno se sacude cuando se le pega al vestido. (C)
Se siente sumamente débil (v. 24): Las piernas le flaquean y todo su
cuerpo está macilento por falta de aceite, tan importante en la dieta
de los orientales. Aun así, es mejor tener un cuerpo macilento por el
ayuno si el alma está ganando salud, que estar bien cebados, como
Israel, y tener el alma rebelde (Dt. 32:15).
Pide a Dios que sus enemigos sean avergonzados (v. 28), vestidos de
ignominia (v. 29), cubiertos de confusión como de un manto (v. 29b),
de forma que su insensatez quede a la vista de todos, pues el manto
era la vestidura exterior. Si esa confusión les lleva al
arrepentimiento, no hay duda de que el salmista se verá satisfecho,
pues eso es lo que debemos pedir a Dios con respecto a nuestros
enemigos.
Apela a la gloria de Dios y al honor de su nombre, como ya lo había
hecho en el v. 21. Allí había dicho: «Líbrame, porque tu amor
misericordioso es bueno.» Y esto es lo que quiere alabar (lit. dar
gracias) en gran manera con su boca (v. 30), es decir, en voz alta y
públicamente. Y añade que tendrá buen motivo para ser agradecido a
Dios, pues Dios estaba a su diestra, no para acusarle, sino para
protegerle (v. 31) y librarle de los que le juzgaban, es decir,
querían que se le condenara a muerte (www.eladorador.com).
Quien se ve perseguido y condenado injustamente, fácilmente reacciona
con violencia; y si busca su refugio en Dios no es sólo para que Él lo
proteja, sino también para pedirle que le haga justicia de tal forma
que el mal que han tramado contra él sus enemigos se vuelva en contra
de ellos. Y dará gracias a Dios porque se puso a favor del pobre para
salvarle la vida de sus jueces. El Señor Jesús nos ha enseñado a
comportarnos de un modo muy diferente. Él nos dice: Amen a sus
enemigos y oren por quienes los persiguen para que sean dignos hijos
de su Padre del cielo. Y Él no se quedó en una vana palabrería, sino
que, a quienes le persiguieron, condenaron y asesinaron colgándolo de
la cruz les perdonó y disculpó ante su Padre Dios diciendo: Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen. Sólo cuando nos amemos como
hermanos seremos capaces de colaborar en la construcción del Reino de
Dios entre nosotros, pues entonces seremos un signo creíble del amor
del Señor en medio de nuestros hermanos.
3.- Lc 13,31-35. No sabemos si la advertencia que hicieron a Jesús los
fariseos era sincera, para que escapara a tiempo del peligro que le
acechaba: "márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte". Herodes,
el que había encarcelado y dado muerte al Bautista (como antes, su
padre Herodes el Grande había mandado matar a los inocentes de Belén
cuando nació Jesús), quiere deshacerse de Jesús. Jesús responde con
palabras duras, llamando "zorro" al virrey y mostrando que camina
libremente hacia Jerusalén a cumplir allí su misión. No morirá a manos
de Herodes: no es ése el plan de Dios. La idea de su muerte le
entristece, sobre todo por lo que supone de ingratitud por parte de
Jerusalén, la capital a la que él tanto quiere. Es entrañable que se
compare a sí mismo con la gallina que quiere reunir a sus pollitos
bajo las alas.
Jesús aprovecha la amenaza de Herodes para dar sentido a su marcha
hacia Jerusalén y a su muerte, que él mismo ha anunciado y que no va a
depender de la voluntad de otros, sino que sucederá porque él la
acepta, por solidaridad, y además cuando él considere que ha llegado
"su hora". Mientras tanto, sigue su camino con decisión y firmeza. El
lamento de Jesús -"Jerusalén, Jerusalén"- es parecido al dolor que
siente luego Pablo (Rm 9,11) al ver la obstinación del pueblo judío
que no ha querido aceptar, al menos en su mayoría, la fe en el Mesías
Jesús. El amor de Dios a veces se describe ya en el AT con un lenguaje
parecido al de la gallina y sus pollitos: el águila que juega con sus
crías y les enseña a volar (Dt 32,11), o el salmista que pide a Dios:
"guárdame a la sombra de tus alas" (Ps 17,8), y otras con un lenguaje
materno y femenino: "en brazos seréis llevados y sobre las rodillas
seréis acariciados, como uno a quien su madre le consuela, así yo os
consolaré" (Is 66,12-13). ¿Estamos dispuestos a una entrega tan
decidida como la de Jesús?; ¿incluso si aquellos por los que nos
entregamos se nos vuelven contra nosotros?; ¿tenemos un corazón
paterno o materno, un corazón bueno, lleno de misericordia y de amor,
para seguir trabajando y dándonos día a día, por el bien de los
demás?; ¿o nos influyen los Herodes de turno para cambiar nuestro
camino, por miedo o por cansancio? (J. Aldazábal).
-Algunos fariseos se acercaron a Jesús para decirle: "Vete, márchate
de aquí, que Herodes quiere matarte". Ya hemos observado que Lucas, a
diferencia de Mateo, no parece tener ningún a priori contra los
fariseos. Anota aquí un paso que ellos hicieron para salvar la vida de
Jesús. Y todo ello, no lo olvidemos, es revelación del clima dramático
en el que vivía Jesús: ¡quieren su muerte! Los poderosos de este mundo
lo consideran un hombre peligroso al que hay que suprimir. Herodes
sería capaz... ya había hecho decapitar a Juan Bautista, unos meses
antes solamente (Lc 3,19). Quiero compartir contigo, Señor, esa
angustia de tu muerte que se avecina.
-Jesús les contestó: "Id a decir a ese zorro..." Jesús no se presta a
dejarse influenciar por Herodes. Es Jesús quien decide su camino a
seguir. Jesús responde a esa amenaza de Herodes con el desprecio: el
"zorro" es un animal miedoso que sólo caza de noche y huye a su
madriguera al menor peligro... ¡Herodes, ese zorro, ese cobarde! ese
hipócrita que no se atreverá siquiera a tomar sobre sí la
responsabilidad de la muerte de Jesús y la endosará a Pilato (Lc
23,6-12).
-"Mira, hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; y al tercer
día acabo". La expresión "el tercer día" es usual en lengua aramea
para significar "en plazo breve". "Acabo"... estoy llegando al final,
o bien "he logrado mi objetivo..." Jesús sube a Jerusalén. Sube hacia
su muerte. Pero no es un condenado a muerte ordinario. Es consciente
de ir hacia un cumplimiento. Jesús conoce perfectamente a lo que va.
No morirá el día que Herodes decida, sino ¡el día que El decida!
-Pero hoy, mañana, y el día siguiente es preciso que prosiga mi
camino, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén.
¡Palabras misteriosas! El profeta Oseas había escrito esas otras
palabras misteriosas "Dentro de dos días, el Señor nos dará la vida y
al tercer día, nos levantará y en su presencia, viviremos" (Oseas 6,
2) Jesús, caminando hacia Jerusalén, caminando hacia su muerte, pone
en manos de Dios el cuidado de prolongar su misión.
-¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que
se te envían!... Jerusalén, ciudad de los dones de Dios, ciudad de la
"proximidad de Dios..." Jerusalén, ciudad de la revuelta contra Dios,
del rechazo a Dios... Pero, la tierra y la humanidad entera están
simbolizadas en esa ciudad: la historia de los rechazos hecho a Dios
por tantos hombres, alcanzara aquí su punto culminante... ¡los hombres
van a juzgar a Dios! Y eso continúa también hoy.
-¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la clueca a sus
pollitos bajo las alas... pero no habéis querido! Imagen de ternura.
Imagen maternal. El pájaro que protege a sus polluelos (Dt 32 10; Isa
31,5, Sal 17,8; 57,2; 61,5; 63,8; 91,4). La oferta de la salvación, de
la protección, de la ternura de Dios... ha sido rehusada. "¡No habéis
querido!"
-Pero Yo os digo: "No me volveréis a ver hasta el día que exclaméis:
Bendito el que viene en nombre del Señor". Jesús sabe que hay un más
allá después de su muerte... Día vendrá en el que se le saludará
exclamando: "Bendito el que viene" (Noel Quesson).
Irreverente para con la autoridad parecería Jesús con ese modo de
hablar… En vez de huir, por la amenaza que le dicen que pesa sobre él,
Jesús desafía al "zorro" de Herodes, con un misterioso argumento de
que no conviene que un profeta muera fuera de Jerusalén… Se trata de
una virtud -la libertad y autonomía personal frente a la autoridad-
que nos es en verdad muy extraña. Siglos de inculcamiento de la
obediencia y la sumisión como las grandes virtudes cristianas, pesan
notablemente, y todavía el subconsciente colectivo está dependiente de
ellas. Tenemos introyectada la mitificación de la autoridad. Como si
estar investido de autoridad fuese un certificado de ser una persona
divina. Como si las personas revestidas de autoridad no fueran… eso:
simples personas humanas, de carne y hueso, con la misma
responsabilidad ante Dios y ante la historia que cada uno de nosotros.
Afortunadamente la sociedad humana ha crecido mucho en los últimos
siglos, desde la Ilustración y la modernidad hasta nuestros días.
Lamentablemente, ha tenido que ser fuera del ámbito eclesiástico donde
ha florecido más claramente esta conciencia de la dignidad de la
persona y de la igualdad de todos ante Dios y ante la historia. Todos
somos simples seres humanos, sometidos a la misma oscuridad,
igualmente impelidos a jugarnos nuestra vida a unos determinados
valores. Todos tenemos el riesgo de equivocarnos, y cada cual debe
asumir su riesgo. Podemos y debemos discrepar de la autoridad cuando,
según nuestra conciencia, no está actuando correctamente. Eso, por sí
mismo, no es irreverencia ni rebeldía, sino rectitud de conciencia y
coherencia consigo mismo. El poder puede dar apariencia de triunfo en
este mundo, pero el único verdadero triunfo es la fidelidad al amor y
a la verdad (Josep Rius-Camps).
Durante la persecución religiosa en España, en el año de 1936, un
grupo de milicianos llegó a un convento de carmelitas descalzas con la
orden de subir a todas las monjas a un camión y llevarlas a fusilar.
La sorpresa de los soldados fue mayúscula cuando escucharon a la madre
superiora comunicar a las religiosas que "estos señores nos llevan al
cielo porque nos van a hacer mártires, como los primeros cristianos" y
acto seguido ver a las monjas felicitarse alegremente porque recibían
el mayor don de Dios. A los ojos de Cristo eran de las pocas que
habían entendido lo que significa amar a Dios hasta dar la vida por
él. Cristo va subiendo a Jerusalén decidido; lleva prisa. En otro
pasaje del Evangelio se nos dirá que en este su último viaje «iba
delante de los discípulos». No tiene miedo, sino premura. Sabe que la
voluntad de Dios es, a fin de cuentas, lo único que nos cuenta en esta
vida, y sabe que muchos cristianos a lo largo de la historias sabrán
renunciar a muchas cosas, incluso a su vida misma, por cumplir
fielmente la voluntad de Dios. Jesús está loco, porque es el amor. Por
eso todo amor que se precie ha de llevar una dosis de locura e
incomprensión. Locura porque lo que se hace no tiene sentido desde el
punto de vista humano, parece ir en contra de lo natural y de lo que
es razonable. Incomprensión porque no sólo va a estar teñido de un
color que las personas que no entiendan, sino que provocará sorpresa
por lo desconocido que es y desatará todo tipo de opiniones desde las
risas y tachaduras de tontos hasta las más incisivas y violentas.
Jesús con su vida provoca, ha llegado la hora de preguntarse qué pasa
con nuestra vida, que reacción provocamos en los demás, ojalá que la
respuesta no sea indiferencia.
Jesús tiene una conciencia clara de la Misión que el Padre Dios le ha
confiado: salvar a la humanidad y llevarla de retorno a la casa
paterna, no en calidad de siervos, sino de hijos en el Hijo. Y nadie
le impedirá cumplir con la voluntad de su Padre. Dios, efectivamente,
quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la
verdad. Él, a pesar de nuestras rebeldías, no sólo nos llama a la
conversión, sino que nos da muchos signos de su ternura para con
nosotros; jamás se comporta como juez, sino siempre como un
Padre-Madre amoroso, cercano a nosotros y amándonos hasta el extremo.
Ojalá y algún día no sea demasiado tarde cuando, terminada nuestro
peregrinar por este mundo, tengamos que juzgar nuestra vida
confrontándola con el amor que el Señor nos ha tenido y salgamos
reprobados; y nuestra casa, nuestra herencia, la que nos corresponde
en la eternidad, quede desierta por no poder tomar posesión de ella a
causa de nuestra rebeldía al amor de Dios.
Miremos cuánto amor nos ha tenido el Señor. Él, con sinceridad, ha
dicho: todo está cumplido. La Misión que el Padre Dios le confió fue
cumplida con un amor fiel a Dios y al hombre. Este Memorial de su
Pascua que estamos celebrando nos lo recuerda. Pero nos lo recuerda no
sólo para que lo admiremos, sino para que sepamos cuál es el camino
que hemos de seguir quienes creemos en Él. Hacernos uno con el Señor
en una Alianza nueva y eterna que nos lleva a entregar nuestra vida, a
derramar nuestra sangre no por actitudes enfermizas ni masoquistas,
sino porque, al amar a nuestro prójimo y al verlo hundido en el pecado
y en una diversidad de signos de muerte, vamos en su búsqueda para
ayudarle, con mucho amor, a volver a la casa paterna; con amor, con el
mismo y en la misma forma en que nosotros hemos sido amados por Dios.
Si lo hacemos así entonces estaremos en una verdadera comunión de Vida
con el Señor.
A todos los que participamos de la Vida Divina, por la fe y el
bautismo, se nos ha confiado la proclamación de la Buena Nueva de
Salvación. Y en el cumplimiento fiel de esa Misión no podemos darnos
descanso. No ha de importarnos la tribulación, ni la angustia, ni la
persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro, ni la espada
que tengamos que padecer por Cristo. El Señor está siempre a nuestro
lado para que su Victoria sea nuestra Victoria, de tal forma que el
amor de Dios siempre esté en nosotros. No nos dejemos amedrentar por
quienes, teniendo el poder, quisieran apagar nuestra voz e impedir
nuestro testimonio y nuestra labor conforme al Evangelio de Cristo con
toda su fuerza y poder salvador. No vendamos nuestra vida a los
poderosos, ni a los ricos de este mundo. No diluyamos la Fuerza del
Mensaje de Cristo en aras de recibir protección o unas cuantas
monedas, sabiendo que de nada sirve al hombre ganar el mundo entero si
al final pierde su vida. No permitamos que nadie nos tenga como perros
mudos a su servicio, amordazados e incapaces de velar por el Pueblo de
Dios y de esforzarnos para que todos sean alimentados a su Tiempo con
la Palabra de Dios, proclamada con lealtad.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María,
tomar nuestra cruz de cada día y echarnos a andar tras las huellas de
Cristo, aceptando con amor todas las consecuencias que por ello nos
vengan; pero con la seguridad de que la muerte no tiene la última
palabra, sino la Vida, Vida eterna que Dios regala a quienes le viven
fieles. Amén (www.homiliacatolica.com; textos tomados de mercaba.org;
Llucià Pou, 2009).
viernes, 21 de octubre de 2011
Sábado de la 29ª semana. El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, y nos ayuda a convertirnos para dar fruto
Sábado de la 29ª semana. El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, y nos ayuda a convertirnos para dar fruto
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8,1-11. Hermanos: Ahora no pesa condena alguna sobre los que están unidos a Cristo Jesús, pues, por la unión con Cristo Jesús, la ley del Espíritu de vida me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Lo que no pudo hacer la Ley, reducida a la impotencia por la carne, lo ha hecho Dios: envió a su Hijo encarnado en una carne pecadora como la nuestra, haciéndolo víctima por el pecado, y en su carne condenó el pecado. Así, la justicia que proponía la Ley puede realizarse en nosotros, que ya no procedemos dirigidos por la carne, sino por el Espíritu. Porque los que se dejan dirigir por la carne tienden a lo carnal; en cambio, los que se dejan dirigir por el Espíritu tienden a lo espiritual. Nuestra carne tiende a la muerte; el Espíritu, a la vida y a la paz. Porque la tendencia de la carne es rebelarse contra Dios; no sólo no se somete a la ley de Dios, ni siquiera lo puede. Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.
Salmo 23,1-2.3-4ab.5-6. R. Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor.
Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.
¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.
Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
Evangelio según san Lucas 13,1-9. En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.» Y les dijo esta parábola: -«Uno tenla una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: "Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: "Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas."»
Comentario: 1.- Rm 8,1-11. El capitulo 8 de la carta a los Romanos -que leeremos durante cinco días- es muy importante. Se puede titular "la vida del cristiano en el Espíritu". Es el Espíritu de Jesús el que nos da la fuerza para liberarnos del pecado, de la muerte, de la ley, y para vivir conforme a la gracia. Pablo nos describe aquí un dinámico contraste entre "la carne" y "el Espíritu". Cuando él habla de la carne, se refiere a las fuerzas humanas y a la mentalidad de aquí abajo. Mientras que "el Espíritu" son las fuerzas de Dios y su plan salvador, muchas veces diferente a las apetencias humanas. Antes la ley era débil, no nos podía ni dar fuerzas ni salvar. Pero ahora Dios ha enviado a su Hijo, que con su muerte "condenó el pecado", y ahora vivimos según su Espíritu. Las obras de "la carne" llevan a la muerte. El Espíritu, a la vida y a la paz.
Deberíamos estar totalmente guiados por el Espíritu de Cristo. El que nos conduce a la vida y a la santidad. Ayer terminaba Pablo con la pregunta angustiosa: "¿quién me librará?", y con una respuesta eufórica: "la gracia de Dios". Hoy lo explicita. Dios (Padre) nos ha enviado a su Hijo y también a su Espíritu. Pablo hace aquí una afirmación valiente y densa: "si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos (o sea, el Espíritu del Padre) habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús (el Padre, de nuevo) vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros": - estamos incorporados a Cristo, en su muerte y su resurrección, desde el día de nuestro Bautismo, - si él resucitó, también nosotros estamos destinados a la vida, - a él le resucitó el Espíritu enviado del Padre: también a nosotros el mismo Espíritu es el que nos llena de vida, - con tal que le dejemos "habitar en nosotros". ¿Nos sentimos movidos por el Espíritu de Cristo? ¿es él quien anima nuestra oración -haciéndonos decir "Abbá, Padre"- nuestra caridad, nuestra alegría, nuestra esperanza? ¿o más bien nos dejamos llevar todavía "por la carne", por los criterios de este mundo? Si padecemos anemia espiritual, o tendemos al pesimismo y al desaliento, es que no le dejamos al Espíritu que actúe en nosotros. Ya nos avisa Pablo que, por la debilidad humana, nunca conseguiremos agradar a Dios con nuestras fuerzas. Sólo si "procedemos dirigidos por el Espíritu".
-Para los que están con Cristo Jesús... no hay ninguna condenación. Después de las sombrías descripciones del combate espiritual de cada día, de las tiranteces internas, de la atracción del mal... he ahí el canto de victoria. Para esto, una sola condición, «estar en Cristo»... estar unido a Ti, Señor. -El Espíritu. El Espíritu de Dios. El Espíritu de Cristo. Esta palabra se repite diez veces en la única página leída HOY. Hay que dejarse impregnar por esta palabra y esta realidad misteriosa. -El Espíritu que da la vida en Cristo Jesús me ha liberado... El Espíritu de Dios habita en vosotros. El Espíritu es vuestra vida. Ahora han sido posibles todas las exigencias de la ley de Dios porque el Espíritu de Dios mismo está aquí, presente en nosotros para impulsarnos a ella. No pienso a menudo ni suficientemente en esto. El Espíritu de Dios en mí.
-No estáis bajo el dominio de la carne, sino bajo el dominio del Espíritu. Estoy decidido a dejarme convencer de ello, Señor, puesto que Tú nos lo dices. Yo lo creo. No obstante, continúa en mí esa acción profunda. Transfórmanos. Danos un corazón nuevo.
-Si Cristo está en vosotros, aunque vuestro cuerpo sea para la muerte, el Espíritu es vuestra vida a causa de la justicia. Esta transformación espiritual, este «dominio» del Espíritu, no suprime nuestros otros aspectos mortales. Se continúa yendo hacia la muerte. Y, al mismo tiempo, se va hacia la "vida". Gracias. En medio de nuestros días efímeros, es finalmente ésta la única certeza. Frente a nuestros duelos, junto a nuestros difuntos, creemos que están en la «vida» .
-¡El Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en nosotros! Fórmula trinitaria de la que Pablo tiene el secreto. Las Tres personas divinas son aquí evocadas, en la misma acción. «El Espíritu... de Aquel... que resucitó a Jesús"..., ¡y no es poco! ¡habita en mí! Hay que detenerse ante esta revelación extraordinaria, hay que saborearla. Contemplar a este «huésped». Dirigirse a El, que está ahí, ¡tan cerca!
-Aquel que resucitó a Jesús dará también la vida a vuestros cuerpos mortales, por su Espíritu que habita en vosotros. No es un «huésped muerto», inactivo. Está ahí como una fuerza de resurrección. Difunde la «vida». Una «vida» que repercutirá incluso sobre este pobre cuerpo que me empuja al pecado. Espíritu. ¡Actual ¡Vivifica! ¡Eleva! ¡Anima! ¡Da vida! ¡Santifica! Desde HOY y en el día de la resurrección final. Toda la obra de Dios está destinada al éxito. Y su Espíritu trabaja ya en el fondo de mí mismo, como en el fondo de todo hombre (Noel Quesson).
La antigua condena era la maldición de Adán, por la que todos éramos esclavos del pecado, incapaces de hacer el bien que entreveíamos. Pero Cristo, solidarizándose con los hombres y ofreciendo su sacrificio expiatorio, pasó al ataque: maldijo el pecado y le arrebató su poder sobre el hombre. A partir de ese momento, el hombre tiene la posibilidad de cumplir la intención profunda de la ley (ya que muchas de las «prescripciones», en plural, han quedado abolidas en la era de Cristo). La antigua situación del hombre recibía el nombre de «carne», es decir, significaba limitación, estrechez, egoísmo, pasiones, comportaba enemistad con Dios e incapacidad de cumplir su ley. Pero sobre esta «carne» ha descendido el Espíritu de Dios, que es vida y fuerza liberadora. El Espíritu, que acompañó a Cristo desde su concepción virginal hasta su glorificación, realizará una obra semejante en nosotros hasta destruir todo residuo de mortalidad. Se afirma que el Espíritu nos «conduce». Pero, por otra parte, el Espíritu es puesto en nuestras manos como una especie de instrumento: se nos dice que «con el Espíritu» damos muerte a las obras de pecado. No indica falta de fuerza o de grandeza del Espíritu, sino una manera de expresar el sumo respeto de Dios por nuestra libertad. Además de capacitarnos para cumplir la voluntad de Dios que Moisés consignó y que la humanidad ya entreveía, el Espíritu nos permite penetrar más adentro: en el fondo del alma de Cristo y de la vida íntima de Dios. El significado del Abba, Padre, que Cristo pronunció y enseñó a sus discípulos es algo que sólo comprenden los que han recibido el Espíritu de Cristo (J. Sánchez Bosch).
2. Sal. 23. El Presentarnos ante el Señor en su templo con un corazón limpio y manos puras nos obtendrá la bendición de Dios, y Dios, nuestro Salvador, nos hará justicia. Cuando estamos en la presencia del Señor en su templo, estamos viviendo por anticipado nuestro ingreso a la Vida Eterna, ahí donde nos gozaremos eternamente en Dios. Así como nada manchado entra al cielo, así hemos de purificar nuestras conciencias para presentarnos ante Dios, en su templo, limpios de toda esclavitud al pecado. Más aún, el Señor no quiere sólo que nos presentemos ante Él en el lugar sagrado; Él quiere hacer su templo en nuestros corazones. Por eso vivamos en una continua conversión para que día a día seamos una morada cada vez más digna para Él.
3.- Lc 13,1-9 (ver cuaresma 3C). Dos hechos de la vida son interpretados aquí por Cristo, sacando de ellos una lección para el camino de fe de sus seguidores. Se pueden considerar como ejemplos prácticos de la invitación que nos hacía ayer, a saber interpretar los signos de los tiempos. No conocemos nada de esa decisión que tomó Pilato de aplastar una revuelta de galileos cuando estaban sacrificando en el Templo, mezclando su sangre con la de los animales que ofrecían. Sí sabemos por Flavio Josefo que lo había hecho en otras ocasiones, con métodos expeditivos, pero no es seguro que sea el mismo caso. Tampoco sabemos más de ese accidente, el derrumbamiento de un muro de la torre de Siloé, que aplastó a dieciocho personas. Jesús ni aprueba ni condena la conducta de Pilato, ni quiere admitir que el accidente fuera un castigo de Dios por los pecados de aquellas personas. Lo que sí saca como consecuencia que, dado lo caducos y frágiles que somos, todos tenemos que convertirnos, para que así la muerte, sea cuando sea, nos encuentre preparados. También apunta a esta actitud de vigilancia la parábola de la higuera que al amo le parecía que ocupaba terreno en balde. Menos mal que el viñador intercedió por ella y consiguió una prórroga de tiempo para salvarla. La parábola se parece mucho a la queja poética por la viña desagradecida, en Isaías 5 y en Jeremías 8.
¡Cuántas veces, como consecuencia de enfermedades imprevistas o de accidentes o de cataclismos naturales, experimentamos dolorosamente la pérdida de personas cercanas a nosotros! La lectura cristiana que debemos hacer de estos hechos no es ni fatalista, ni de rebelión contra Dios. La muerte es un misterio, y no es Dios quien la manda como castigo de los pecados ni "la permite" a pesar de su bondad. En su plan no entraba la muerte, pero lo que sí entra es que incluso de la muerte saca vida, y del mal, bien. Desde la muerte de Cristo, también trágica e injusta, toda muerte tiene un sentido misterioso pero salvador. Jesús nos enseña a sacar de cada hecho de estos una lección de conversión, de llamada a la vigilancia (en términos deportivos, podríamos hablar de una "tarjeta amarilla" que nos enseña el árbitro, por esta vez en la persona de otros). Somos frágiles, nuestra vida pende de un hilo: tengamos siempre las cosas en regla, bien orientada nuestra vida, para que no nos sorprenda la muerte, que vendrá como un ladrón, con la casa en desorden. Lo mismo nos dice la parábola de la higuera estéril. ¿Podemos decir que damos a Dios los frutos que esperaba de nosotros? ¿que si nos llamara ahora mismo a su presencia tendríamos las manos llenas de buenas obras o, por el contrario, vacías? Una última reflexión: ¿tenemos buen corazón, como el de aquel viñador que "intercede" ante el amo para que no corte el árbol? ¿nos interesamos por la salvación de los demás, con nuestra oración y con nuestro trabajo evangelizador? ¿Somos como Jesús, que no vino a condenar, sino a salvar? Con nosotros mismos, tenemos que ser exigentes: debemos dar fruto. Con los demás, debemos ser tolerantes y echarles una mano, ayudándoles en la orientación de su vida (J. Aldazábal).
-En aquel momento llegaron algunos que le contaron lo de los Galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Y aquellas dieciocho personas que murieron aplastadas al desplomarse la torre de Siloé... He ahí pues dos acontecimientos. El uno es el resultado de una voluntad humana: Pilato, gobernador romano, dominó una revuelta de zelotes que querían derribar el poder establecido. La represión política pertenece a todas las épocas. El otro suceso es puramente fortuito: se desplomó una torre de Jerusalén. Es un "accidente" material. Todo lo que acaece puede ser portador de un mensaje; es un signo, si sabemos hacer su lectura en la Fe. Tal enfermedad, tal fracaso, tal éxito, tal solicitud, tal amistad, tal responsabilidad, tal accidente, tal hijo que nos da preocupación o alegría, tal esposo, tal esposa, tal gran corriente contemporánea... Todo es "signo". ¿Qué quiere Dios decirnos a través de esas cosas?
-¿Pensáis que aquellos Galileos eran más pecadores que los demás? ¡Os digo que no!; y si no os enmendáis, todos vosotros pereceréis también. Podemos equivocarnos en la interpretación de los "signos de los tiempos". En tiempo de Jesús -hoy también, por desgracia es corriente esa interpretación- se creía que las víctimas de una desgracia recibían un castigo por sus pecados. Es una manera fácil de justificarse y acallar la conciencia. Pero Jesús da otra interpretación: las catástrofes, las desgracias no son un castigo divino. Jesús lo afirma sin equívoco alguno. No obstante, son, para todos, una invitación a la conversión. Todos nuestros males o los de nuestros vecinos son signos de la fragilidad humana; no hay que abandonarse a una seguridad engañosa... vamos hacia nuestro "fin"... es urgente tomar posición. La "revisión de vida" sobre los acontecimientos no tiene que llevarnos a juzgar a los demás -es demasiado fácil- sino a una conversión personal.
-Jesús añadió esa parábola: "Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar higos y no encontró. Entonces dijo al viñador: "Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto de esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a agotar la tierra?" Siempre es cuestión de urgencia. ¿Soy una higuera estéril para Dios, para mis hermanos?
-Pero el viñador le contestó: "Señor, déjala todavía este año, entretanto yo cavaré y le echaré estiércol. Quizá dará fruto de ahora en adelante" Tenemos aquí un elemento capital de apreciación de los "signos de los tiempos": ¡la paciencia de Dios! La intercesión de ese viñador es una línea de conducta para nosotros. Tan necesario es no perder un minuto en trabajar para nuestra propia conversión como ser nosotros muy pacientes con los demás e interceder a favor de ellos. Tenemos siempre tendencia a juzgar a los demás demasiado aprisa y desconsideradamente. Jesús nos pone como ejemplo a ese viñador que no escatima sus energías: cava, pone abono. Seguramente Jesús, compartiendo la vida dura de los pobres cultivadores galileos, debió también hacer ese humilde trabajo en el cercado de su viña familiar. Contemplo a Jesús cavando la tierra de una higuera que no quería dar fruto. Todo un símbolo de Dios hacia nosotros. Jesús, hoy todavía, se porta así conmigo. Gracias, Señor.
-Si no, la cortas. "Un año" aún ante mí, para dar fruto... El Final de los tiempos se acerca... ha empezado.... ¡Señor, que sepa utilizar bien el tiempo que tú me das! (Noel Quesson).
En la segunda sección de la enseñanza dirigida a la multitud se presentan algunos con el ánimo de controvertir con hechos la propuesta de Jesús. Le dicen: algunos que como tú han exhortado al pueblo a cambiar los valores vigentes, han muerto a manos del imperio, perdiéndose con ellos todas sus aspiraciones. Jesús, entonces pone en evidencia la perspectiva de su mesianismo. Él no intenta en ningún momento y por ninguna excusa tomarse el poder por la vía de las armas. El no aspira siquiera a ocupar el lugar de Pilato o el del presidente del sanedrín. Pues, lo que él propone no es un remplazo de los dirigentes de las estructuras vigentes, sino un cambio de mentalidad que le lleve al ser humano a cambiar las condiciones sociales. Y, además, advierte a la multitud: no crean que esos hombres que murieron eran malos. Simplemente eligieron el camino equivocado; además, si la multitud toma ese camino, le va a ocurrir igual. Precisamente esto fue lo que ocurrió en el año 75 d.C. cuando algunos fanáticos nacionalistas se rebelaron contra Roma. Su mentalidad posesiva y opresora los llevó a interminables luchas internas que le facilitaron el triunfo a Roma. Jesús les advierte: no es el éxito armado lo que garantiza una victoria sobre el sistema vigente, sino el cambio de mentalidad en las personas y en la comunidad. De lo contrario, la violencia seguirá reproduciéndose y la guerra, entonces como ahora, será despiadada e interminable. Jesús llama al Pueblo de Dios para que no se convierta en una higuera estéril, sino que se transforme en un árbol que de abundantes frutos de solidaridad, justicia e igualdad. Por eso, advierte al pueblo que tiene un breve tiempo, en el que Dios espera que la higuera de los frutos que le corresponden. Terminado el tiempo, Dios decidirá qué hacer con ella. Así, el Pueblo tiene que entender que el tiempo no es indefinido, sino que debe comenzar aquí y ahora a cambiar su manera de pensar y a transformar su manera de actuar (servicio bíblico latinoamericano).
Tres años llevaba la higuera plantada en la viña sin dar fruto. Para qué esperar más, diríamos nosotros con el dueño de la viña. El número tres, entre los hebreos, indica sobre todo lo completo y definitivo, la plenitud, para los hebreos; si la higuera no ha dado fruto en este tiempo, será vano esperar. Y, sin embargo, el viñador pide un plazo más, un tiempo en el que va a dedicarle una especial atención: “cavarla alrededor, echarle estiércol, a ver si da fruto el próximo año”. Para cortarla siempre hay tiempo, pero ¿y si da fruto? La paciencia de Dios, como la del viñador, no tiene límite, es capaz de esperar toda la vida para que nos convirtamos al amor y le demos una respuesta de amor.
La paciencia de Dios contrasta con nuestra impaciencia. Queremos ver pronto los resultados, que todo se arregle en un instante, que se acabe de golpe con el mal. Y la vida no es así: se crece lentamente, se madura lentamente, no siempre se da el fruto deseado. Hay que saber, por tanto, adoptar una actitud de espera activa y positiva, como la de aquel viñador que dio un plazo más a la higuera y dejó abierta la puerta a la esperanza de una cosecha abundante de higos, haciendo mientras tanto lo que estaba de su parte: cavar y echar estiércol (servicio bíblico latinoamericano).
Como los amigos de Job, tenemos tendencia a pensar que los que reciben a nuestra vista grandes pruebas son los más culpables. Jesús rectifica esta presunción de penetrar los juicios divinos y de ver la paja en el ojo ajeno, mostrando una vez más, como lo hizo desde el principio de su predicación, que nadie puede creerse exento de pecado y por consiguiente que a todos es indispensable el arrepentimiento y la actitud de un corazón contrito delante de Dios.
El griego metanoeite es algo más que arrepentirse: pensar de otro modo. Equivale al "renunciarse". Cf. 9, 23: Y a todos les decía: "Si alguno quiere venir en pos de Mí, renúnciese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.
La higuera estéril es la Sinagoga. Jesús le consiguió del Padre, al cabo de tres años de predicación desoída, el último plazo para arrepentirse (v. 5), que puede identificarse con el llamado tiempo de los Hechos de los Apóstoles, durante el cual, no obstante el deicidio, Dios le renovó, por boca de Pedro y Pablo, todas las promesas antiguas. Desechada también esta predicación apostólica, perdió Israel su elección definitivamente y S. Pablo pudo revelar a los gentiles, con las llamadas Epístolas de la cautividad, la plenitud del Misterio de la Iglesia. En sentido más amplio la higuera estéril es figura de todos los hombres que no dan los frutos de la fe, como se ve también en la Parábola de los talentos (Mt 25,14 ss.).
Recemos con humildad el Yo confieso ante Dios. Reconozcámonos pecadores diciendo con el Salmista: Reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado; contra ti, contra ti solo pequé; hice lo que tú detestas. Dios, por medio de su Hijo nos ofrece el perdón de nuestros pecados y la liberación de la muerte eterna, ¿aceptamos el don de Dios? Quien rechaza a Cristo, rechaza a Quien lo envió. Y puesto que no tenemos otro nombre en el cual podamos salvarnos, quien se aleja del Señor se está poniendo en riesgo de perecer aplastado por la torre de sus iniquidades. No basta creerse justo por acudir a la celebración en que ofrecemos al Padre Dios el Sacrificio del Memorial del Señor; aún estando junto al Altar, si no nos hemos convertido realmente al Señor, pereceremos víctimas de nuestras hipocresías. Dios quiere que nuestro corazón vuelva a Él para que sea renovado en la Sangre de Cristo. Dios quiere que nos manifestemos como hijos suyos con obras de bondad, de misericordia y de justicia; obras que broten de nuestra permanencia en Él por medio de una fe sincera. Dios se manifiesta con mucha paciencia hacia nosotros; ojalá escuchemos hoy su voz y no continuemos endureciendo ante Él nuestro corazón; no sea que después sea demasiado tarde.
Hoy nos hemos acercado al Monte Santo, que es Cristo, no sólo para ofrecer al Padre Dios el Memorial de su Muerte y Resurrección, sino para ofrecernos, junto con Él como un sacrificio de suave aroma a Dios. Nos reconocemos pecadores; pero al mismo tiempo tenemos la disposición de vivir una constante conversión de nuestros pecados, caminando sin desfallecer hacia la casa paterna, para encontrarnos con el Padre Misericordioso, que siempre está dispuesto a perdonarnos y a revestirnos de su propio Hijo, Cristo Jesús. La celebración de esta Eucaristía, efectivamente nos une a Cristo para que de Él recibamos la Vida nueva que hemos de manifestar en nuestro comportamiento diario. Vivamos, pues, conforme al Espíritu de Cristo que hemos recibido.
Quienes hemos entrado en comunión de Vida con Jesús, no podemos vivir ociosos. Hemos sido llamados a participar de la Vida Divina para dar frutos de buenas obras. Quien vive en la esterilidad, sin trabajar por el amor fraterno, ni por la paz, ni por la justicia; quien no se preocupa de colaborar para dar solución al hambre y a la pobreza de millones de seres humanos, por más que diga que es cristiano, estaría manifestando con su mala vida, con sus desprecios a los demás, con su cerrazón impidiendo a la Palabra de Dios dar fruto desde su vida, que no está cerca, sino lejos de ser un verdadero hombre que haya depositado su fe en Cristo.
Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda vivir nuestra fe no sólo llamándolo Señor, Señor, sino haciendo en todo su Voluntad en nosotros. Amén (www.homiliacatolica.com).
“Convertirse” significa, en el lenguaje del Evangelio, mudar de actitud interior, y también de estilo externo. Es una de las palabras más usadas en el Evangelio. Recordemos que, antes de la venida del Señor Jesús, san Juan Bautista resumía su predicación con la misma expresión: «Predicaba un bautismo de conversión» (Mc 1,4). Y, enseguida, la predicación de Jesús se resume con estas palabras: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). Esta lectura de hoy tiene, sin embargo, características propias, que piden atención fiel y respuesta consecuente. Se puede decir que la primera parte, con ambas referencias históricas (la sangre derramada por Pilato y la torre derrumbada), contiene una amenaza. ¡Imposible llamarla de otro modo!: lamentamos las dos desgracias —entonces sentidas y lloradas— pero Jesucristo, muy seriamente, nos dice a todos: —Si no cambiáis de vida, «todos pereceréis del mismo modo» (Lc 13,5). Esto nos muestra dos cosas. Primero, la absoluta seriedad del compromiso cristiano. Y, segundo: de no respetarlo como Dios quiere, la posibilidad de una muerte, no en este mundo, sino mucho peor, en el otro: la eterna perdición. Las dos muertes de nuestro texto no son más que figuras de otra muerte, sin comparación con la primera. Cada uno sabrá cómo esta exigencia de cambio se le presenta. Ninguno queda excluido. Si esto nos inquieta, la segunda parte nos consuela. El “viñador”, que es Jesús, pide al dueño de la viña, su Padre, que espere un año todavía. Y entretanto, él hará todo lo posible (y lo imposible, muriendo por nosotros) para que la viña dé fruto. Es decir, ¡cambiemos de vida! Éste es el mensaje de la Cuaresma. Tomémoslo entonces en serio. Los santos —san Ignacio, por ejemplo, aunque tarde en su vida— por gracia de Dios cambian y nos animan a cambiar (Cardenal Jorge Mejía).Lluciá Pou
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8,1-11. Hermanos: Ahora no pesa condena alguna sobre los que están unidos a Cristo Jesús, pues, por la unión con Cristo Jesús, la ley del Espíritu de vida me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Lo que no pudo hacer la Ley, reducida a la impotencia por la carne, lo ha hecho Dios: envió a su Hijo encarnado en una carne pecadora como la nuestra, haciéndolo víctima por el pecado, y en su carne condenó el pecado. Así, la justicia que proponía la Ley puede realizarse en nosotros, que ya no procedemos dirigidos por la carne, sino por el Espíritu. Porque los que se dejan dirigir por la carne tienden a lo carnal; en cambio, los que se dejan dirigir por el Espíritu tienden a lo espiritual. Nuestra carne tiende a la muerte; el Espíritu, a la vida y a la paz. Porque la tendencia de la carne es rebelarse contra Dios; no sólo no se somete a la ley de Dios, ni siquiera lo puede. Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.
Salmo 23,1-2.3-4ab.5-6. R. Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor.
Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.
¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.
Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
Evangelio según san Lucas 13,1-9. En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.» Y les dijo esta parábola: -«Uno tenla una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: "Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: "Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas."»
Comentario: 1.- Rm 8,1-11. El capitulo 8 de la carta a los Romanos -que leeremos durante cinco días- es muy importante. Se puede titular "la vida del cristiano en el Espíritu". Es el Espíritu de Jesús el que nos da la fuerza para liberarnos del pecado, de la muerte, de la ley, y para vivir conforme a la gracia. Pablo nos describe aquí un dinámico contraste entre "la carne" y "el Espíritu". Cuando él habla de la carne, se refiere a las fuerzas humanas y a la mentalidad de aquí abajo. Mientras que "el Espíritu" son las fuerzas de Dios y su plan salvador, muchas veces diferente a las apetencias humanas. Antes la ley era débil, no nos podía ni dar fuerzas ni salvar. Pero ahora Dios ha enviado a su Hijo, que con su muerte "condenó el pecado", y ahora vivimos según su Espíritu. Las obras de "la carne" llevan a la muerte. El Espíritu, a la vida y a la paz.
Deberíamos estar totalmente guiados por el Espíritu de Cristo. El que nos conduce a la vida y a la santidad. Ayer terminaba Pablo con la pregunta angustiosa: "¿quién me librará?", y con una respuesta eufórica: "la gracia de Dios". Hoy lo explicita. Dios (Padre) nos ha enviado a su Hijo y también a su Espíritu. Pablo hace aquí una afirmación valiente y densa: "si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos (o sea, el Espíritu del Padre) habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús (el Padre, de nuevo) vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros": - estamos incorporados a Cristo, en su muerte y su resurrección, desde el día de nuestro Bautismo, - si él resucitó, también nosotros estamos destinados a la vida, - a él le resucitó el Espíritu enviado del Padre: también a nosotros el mismo Espíritu es el que nos llena de vida, - con tal que le dejemos "habitar en nosotros". ¿Nos sentimos movidos por el Espíritu de Cristo? ¿es él quien anima nuestra oración -haciéndonos decir "Abbá, Padre"- nuestra caridad, nuestra alegría, nuestra esperanza? ¿o más bien nos dejamos llevar todavía "por la carne", por los criterios de este mundo? Si padecemos anemia espiritual, o tendemos al pesimismo y al desaliento, es que no le dejamos al Espíritu que actúe en nosotros. Ya nos avisa Pablo que, por la debilidad humana, nunca conseguiremos agradar a Dios con nuestras fuerzas. Sólo si "procedemos dirigidos por el Espíritu".
-Para los que están con Cristo Jesús... no hay ninguna condenación. Después de las sombrías descripciones del combate espiritual de cada día, de las tiranteces internas, de la atracción del mal... he ahí el canto de victoria. Para esto, una sola condición, «estar en Cristo»... estar unido a Ti, Señor. -El Espíritu. El Espíritu de Dios. El Espíritu de Cristo. Esta palabra se repite diez veces en la única página leída HOY. Hay que dejarse impregnar por esta palabra y esta realidad misteriosa. -El Espíritu que da la vida en Cristo Jesús me ha liberado... El Espíritu de Dios habita en vosotros. El Espíritu es vuestra vida. Ahora han sido posibles todas las exigencias de la ley de Dios porque el Espíritu de Dios mismo está aquí, presente en nosotros para impulsarnos a ella. No pienso a menudo ni suficientemente en esto. El Espíritu de Dios en mí.
-No estáis bajo el dominio de la carne, sino bajo el dominio del Espíritu. Estoy decidido a dejarme convencer de ello, Señor, puesto que Tú nos lo dices. Yo lo creo. No obstante, continúa en mí esa acción profunda. Transfórmanos. Danos un corazón nuevo.
-Si Cristo está en vosotros, aunque vuestro cuerpo sea para la muerte, el Espíritu es vuestra vida a causa de la justicia. Esta transformación espiritual, este «dominio» del Espíritu, no suprime nuestros otros aspectos mortales. Se continúa yendo hacia la muerte. Y, al mismo tiempo, se va hacia la "vida". Gracias. En medio de nuestros días efímeros, es finalmente ésta la única certeza. Frente a nuestros duelos, junto a nuestros difuntos, creemos que están en la «vida» .
-¡El Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en nosotros! Fórmula trinitaria de la que Pablo tiene el secreto. Las Tres personas divinas son aquí evocadas, en la misma acción. «El Espíritu... de Aquel... que resucitó a Jesús"..., ¡y no es poco! ¡habita en mí! Hay que detenerse ante esta revelación extraordinaria, hay que saborearla. Contemplar a este «huésped». Dirigirse a El, que está ahí, ¡tan cerca!
-Aquel que resucitó a Jesús dará también la vida a vuestros cuerpos mortales, por su Espíritu que habita en vosotros. No es un «huésped muerto», inactivo. Está ahí como una fuerza de resurrección. Difunde la «vida». Una «vida» que repercutirá incluso sobre este pobre cuerpo que me empuja al pecado. Espíritu. ¡Actual ¡Vivifica! ¡Eleva! ¡Anima! ¡Da vida! ¡Santifica! Desde HOY y en el día de la resurrección final. Toda la obra de Dios está destinada al éxito. Y su Espíritu trabaja ya en el fondo de mí mismo, como en el fondo de todo hombre (Noel Quesson).
La antigua condena era la maldición de Adán, por la que todos éramos esclavos del pecado, incapaces de hacer el bien que entreveíamos. Pero Cristo, solidarizándose con los hombres y ofreciendo su sacrificio expiatorio, pasó al ataque: maldijo el pecado y le arrebató su poder sobre el hombre. A partir de ese momento, el hombre tiene la posibilidad de cumplir la intención profunda de la ley (ya que muchas de las «prescripciones», en plural, han quedado abolidas en la era de Cristo). La antigua situación del hombre recibía el nombre de «carne», es decir, significaba limitación, estrechez, egoísmo, pasiones, comportaba enemistad con Dios e incapacidad de cumplir su ley. Pero sobre esta «carne» ha descendido el Espíritu de Dios, que es vida y fuerza liberadora. El Espíritu, que acompañó a Cristo desde su concepción virginal hasta su glorificación, realizará una obra semejante en nosotros hasta destruir todo residuo de mortalidad. Se afirma que el Espíritu nos «conduce». Pero, por otra parte, el Espíritu es puesto en nuestras manos como una especie de instrumento: se nos dice que «con el Espíritu» damos muerte a las obras de pecado. No indica falta de fuerza o de grandeza del Espíritu, sino una manera de expresar el sumo respeto de Dios por nuestra libertad. Además de capacitarnos para cumplir la voluntad de Dios que Moisés consignó y que la humanidad ya entreveía, el Espíritu nos permite penetrar más adentro: en el fondo del alma de Cristo y de la vida íntima de Dios. El significado del Abba, Padre, que Cristo pronunció y enseñó a sus discípulos es algo que sólo comprenden los que han recibido el Espíritu de Cristo (J. Sánchez Bosch).
2. Sal. 23. El Presentarnos ante el Señor en su templo con un corazón limpio y manos puras nos obtendrá la bendición de Dios, y Dios, nuestro Salvador, nos hará justicia. Cuando estamos en la presencia del Señor en su templo, estamos viviendo por anticipado nuestro ingreso a la Vida Eterna, ahí donde nos gozaremos eternamente en Dios. Así como nada manchado entra al cielo, así hemos de purificar nuestras conciencias para presentarnos ante Dios, en su templo, limpios de toda esclavitud al pecado. Más aún, el Señor no quiere sólo que nos presentemos ante Él en el lugar sagrado; Él quiere hacer su templo en nuestros corazones. Por eso vivamos en una continua conversión para que día a día seamos una morada cada vez más digna para Él.
3.- Lc 13,1-9 (ver cuaresma 3C). Dos hechos de la vida son interpretados aquí por Cristo, sacando de ellos una lección para el camino de fe de sus seguidores. Se pueden considerar como ejemplos prácticos de la invitación que nos hacía ayer, a saber interpretar los signos de los tiempos. No conocemos nada de esa decisión que tomó Pilato de aplastar una revuelta de galileos cuando estaban sacrificando en el Templo, mezclando su sangre con la de los animales que ofrecían. Sí sabemos por Flavio Josefo que lo había hecho en otras ocasiones, con métodos expeditivos, pero no es seguro que sea el mismo caso. Tampoco sabemos más de ese accidente, el derrumbamiento de un muro de la torre de Siloé, que aplastó a dieciocho personas. Jesús ni aprueba ni condena la conducta de Pilato, ni quiere admitir que el accidente fuera un castigo de Dios por los pecados de aquellas personas. Lo que sí saca como consecuencia que, dado lo caducos y frágiles que somos, todos tenemos que convertirnos, para que así la muerte, sea cuando sea, nos encuentre preparados. También apunta a esta actitud de vigilancia la parábola de la higuera que al amo le parecía que ocupaba terreno en balde. Menos mal que el viñador intercedió por ella y consiguió una prórroga de tiempo para salvarla. La parábola se parece mucho a la queja poética por la viña desagradecida, en Isaías 5 y en Jeremías 8.
¡Cuántas veces, como consecuencia de enfermedades imprevistas o de accidentes o de cataclismos naturales, experimentamos dolorosamente la pérdida de personas cercanas a nosotros! La lectura cristiana que debemos hacer de estos hechos no es ni fatalista, ni de rebelión contra Dios. La muerte es un misterio, y no es Dios quien la manda como castigo de los pecados ni "la permite" a pesar de su bondad. En su plan no entraba la muerte, pero lo que sí entra es que incluso de la muerte saca vida, y del mal, bien. Desde la muerte de Cristo, también trágica e injusta, toda muerte tiene un sentido misterioso pero salvador. Jesús nos enseña a sacar de cada hecho de estos una lección de conversión, de llamada a la vigilancia (en términos deportivos, podríamos hablar de una "tarjeta amarilla" que nos enseña el árbitro, por esta vez en la persona de otros). Somos frágiles, nuestra vida pende de un hilo: tengamos siempre las cosas en regla, bien orientada nuestra vida, para que no nos sorprenda la muerte, que vendrá como un ladrón, con la casa en desorden. Lo mismo nos dice la parábola de la higuera estéril. ¿Podemos decir que damos a Dios los frutos que esperaba de nosotros? ¿que si nos llamara ahora mismo a su presencia tendríamos las manos llenas de buenas obras o, por el contrario, vacías? Una última reflexión: ¿tenemos buen corazón, como el de aquel viñador que "intercede" ante el amo para que no corte el árbol? ¿nos interesamos por la salvación de los demás, con nuestra oración y con nuestro trabajo evangelizador? ¿Somos como Jesús, que no vino a condenar, sino a salvar? Con nosotros mismos, tenemos que ser exigentes: debemos dar fruto. Con los demás, debemos ser tolerantes y echarles una mano, ayudándoles en la orientación de su vida (J. Aldazábal).
-En aquel momento llegaron algunos que le contaron lo de los Galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Y aquellas dieciocho personas que murieron aplastadas al desplomarse la torre de Siloé... He ahí pues dos acontecimientos. El uno es el resultado de una voluntad humana: Pilato, gobernador romano, dominó una revuelta de zelotes que querían derribar el poder establecido. La represión política pertenece a todas las épocas. El otro suceso es puramente fortuito: se desplomó una torre de Jerusalén. Es un "accidente" material. Todo lo que acaece puede ser portador de un mensaje; es un signo, si sabemos hacer su lectura en la Fe. Tal enfermedad, tal fracaso, tal éxito, tal solicitud, tal amistad, tal responsabilidad, tal accidente, tal hijo que nos da preocupación o alegría, tal esposo, tal esposa, tal gran corriente contemporánea... Todo es "signo". ¿Qué quiere Dios decirnos a través de esas cosas?
-¿Pensáis que aquellos Galileos eran más pecadores que los demás? ¡Os digo que no!; y si no os enmendáis, todos vosotros pereceréis también. Podemos equivocarnos en la interpretación de los "signos de los tiempos". En tiempo de Jesús -hoy también, por desgracia es corriente esa interpretación- se creía que las víctimas de una desgracia recibían un castigo por sus pecados. Es una manera fácil de justificarse y acallar la conciencia. Pero Jesús da otra interpretación: las catástrofes, las desgracias no son un castigo divino. Jesús lo afirma sin equívoco alguno. No obstante, son, para todos, una invitación a la conversión. Todos nuestros males o los de nuestros vecinos son signos de la fragilidad humana; no hay que abandonarse a una seguridad engañosa... vamos hacia nuestro "fin"... es urgente tomar posición. La "revisión de vida" sobre los acontecimientos no tiene que llevarnos a juzgar a los demás -es demasiado fácil- sino a una conversión personal.
-Jesús añadió esa parábola: "Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar higos y no encontró. Entonces dijo al viñador: "Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto de esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a agotar la tierra?" Siempre es cuestión de urgencia. ¿Soy una higuera estéril para Dios, para mis hermanos?
-Pero el viñador le contestó: "Señor, déjala todavía este año, entretanto yo cavaré y le echaré estiércol. Quizá dará fruto de ahora en adelante" Tenemos aquí un elemento capital de apreciación de los "signos de los tiempos": ¡la paciencia de Dios! La intercesión de ese viñador es una línea de conducta para nosotros. Tan necesario es no perder un minuto en trabajar para nuestra propia conversión como ser nosotros muy pacientes con los demás e interceder a favor de ellos. Tenemos siempre tendencia a juzgar a los demás demasiado aprisa y desconsideradamente. Jesús nos pone como ejemplo a ese viñador que no escatima sus energías: cava, pone abono. Seguramente Jesús, compartiendo la vida dura de los pobres cultivadores galileos, debió también hacer ese humilde trabajo en el cercado de su viña familiar. Contemplo a Jesús cavando la tierra de una higuera que no quería dar fruto. Todo un símbolo de Dios hacia nosotros. Jesús, hoy todavía, se porta así conmigo. Gracias, Señor.
-Si no, la cortas. "Un año" aún ante mí, para dar fruto... El Final de los tiempos se acerca... ha empezado.... ¡Señor, que sepa utilizar bien el tiempo que tú me das! (Noel Quesson).
En la segunda sección de la enseñanza dirigida a la multitud se presentan algunos con el ánimo de controvertir con hechos la propuesta de Jesús. Le dicen: algunos que como tú han exhortado al pueblo a cambiar los valores vigentes, han muerto a manos del imperio, perdiéndose con ellos todas sus aspiraciones. Jesús, entonces pone en evidencia la perspectiva de su mesianismo. Él no intenta en ningún momento y por ninguna excusa tomarse el poder por la vía de las armas. El no aspira siquiera a ocupar el lugar de Pilato o el del presidente del sanedrín. Pues, lo que él propone no es un remplazo de los dirigentes de las estructuras vigentes, sino un cambio de mentalidad que le lleve al ser humano a cambiar las condiciones sociales. Y, además, advierte a la multitud: no crean que esos hombres que murieron eran malos. Simplemente eligieron el camino equivocado; además, si la multitud toma ese camino, le va a ocurrir igual. Precisamente esto fue lo que ocurrió en el año 75 d.C. cuando algunos fanáticos nacionalistas se rebelaron contra Roma. Su mentalidad posesiva y opresora los llevó a interminables luchas internas que le facilitaron el triunfo a Roma. Jesús les advierte: no es el éxito armado lo que garantiza una victoria sobre el sistema vigente, sino el cambio de mentalidad en las personas y en la comunidad. De lo contrario, la violencia seguirá reproduciéndose y la guerra, entonces como ahora, será despiadada e interminable. Jesús llama al Pueblo de Dios para que no se convierta en una higuera estéril, sino que se transforme en un árbol que de abundantes frutos de solidaridad, justicia e igualdad. Por eso, advierte al pueblo que tiene un breve tiempo, en el que Dios espera que la higuera de los frutos que le corresponden. Terminado el tiempo, Dios decidirá qué hacer con ella. Así, el Pueblo tiene que entender que el tiempo no es indefinido, sino que debe comenzar aquí y ahora a cambiar su manera de pensar y a transformar su manera de actuar (servicio bíblico latinoamericano).
Tres años llevaba la higuera plantada en la viña sin dar fruto. Para qué esperar más, diríamos nosotros con el dueño de la viña. El número tres, entre los hebreos, indica sobre todo lo completo y definitivo, la plenitud, para los hebreos; si la higuera no ha dado fruto en este tiempo, será vano esperar. Y, sin embargo, el viñador pide un plazo más, un tiempo en el que va a dedicarle una especial atención: “cavarla alrededor, echarle estiércol, a ver si da fruto el próximo año”. Para cortarla siempre hay tiempo, pero ¿y si da fruto? La paciencia de Dios, como la del viñador, no tiene límite, es capaz de esperar toda la vida para que nos convirtamos al amor y le demos una respuesta de amor.
La paciencia de Dios contrasta con nuestra impaciencia. Queremos ver pronto los resultados, que todo se arregle en un instante, que se acabe de golpe con el mal. Y la vida no es así: se crece lentamente, se madura lentamente, no siempre se da el fruto deseado. Hay que saber, por tanto, adoptar una actitud de espera activa y positiva, como la de aquel viñador que dio un plazo más a la higuera y dejó abierta la puerta a la esperanza de una cosecha abundante de higos, haciendo mientras tanto lo que estaba de su parte: cavar y echar estiércol (servicio bíblico latinoamericano).
Como los amigos de Job, tenemos tendencia a pensar que los que reciben a nuestra vista grandes pruebas son los más culpables. Jesús rectifica esta presunción de penetrar los juicios divinos y de ver la paja en el ojo ajeno, mostrando una vez más, como lo hizo desde el principio de su predicación, que nadie puede creerse exento de pecado y por consiguiente que a todos es indispensable el arrepentimiento y la actitud de un corazón contrito delante de Dios.
El griego metanoeite es algo más que arrepentirse: pensar de otro modo. Equivale al "renunciarse". Cf. 9, 23: Y a todos les decía: "Si alguno quiere venir en pos de Mí, renúnciese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.
La higuera estéril es la Sinagoga. Jesús le consiguió del Padre, al cabo de tres años de predicación desoída, el último plazo para arrepentirse (v. 5), que puede identificarse con el llamado tiempo de los Hechos de los Apóstoles, durante el cual, no obstante el deicidio, Dios le renovó, por boca de Pedro y Pablo, todas las promesas antiguas. Desechada también esta predicación apostólica, perdió Israel su elección definitivamente y S. Pablo pudo revelar a los gentiles, con las llamadas Epístolas de la cautividad, la plenitud del Misterio de la Iglesia. En sentido más amplio la higuera estéril es figura de todos los hombres que no dan los frutos de la fe, como se ve también en la Parábola de los talentos (Mt 25,14 ss.).
Recemos con humildad el Yo confieso ante Dios. Reconozcámonos pecadores diciendo con el Salmista: Reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado; contra ti, contra ti solo pequé; hice lo que tú detestas. Dios, por medio de su Hijo nos ofrece el perdón de nuestros pecados y la liberación de la muerte eterna, ¿aceptamos el don de Dios? Quien rechaza a Cristo, rechaza a Quien lo envió. Y puesto que no tenemos otro nombre en el cual podamos salvarnos, quien se aleja del Señor se está poniendo en riesgo de perecer aplastado por la torre de sus iniquidades. No basta creerse justo por acudir a la celebración en que ofrecemos al Padre Dios el Sacrificio del Memorial del Señor; aún estando junto al Altar, si no nos hemos convertido realmente al Señor, pereceremos víctimas de nuestras hipocresías. Dios quiere que nuestro corazón vuelva a Él para que sea renovado en la Sangre de Cristo. Dios quiere que nos manifestemos como hijos suyos con obras de bondad, de misericordia y de justicia; obras que broten de nuestra permanencia en Él por medio de una fe sincera. Dios se manifiesta con mucha paciencia hacia nosotros; ojalá escuchemos hoy su voz y no continuemos endureciendo ante Él nuestro corazón; no sea que después sea demasiado tarde.
Hoy nos hemos acercado al Monte Santo, que es Cristo, no sólo para ofrecer al Padre Dios el Memorial de su Muerte y Resurrección, sino para ofrecernos, junto con Él como un sacrificio de suave aroma a Dios. Nos reconocemos pecadores; pero al mismo tiempo tenemos la disposición de vivir una constante conversión de nuestros pecados, caminando sin desfallecer hacia la casa paterna, para encontrarnos con el Padre Misericordioso, que siempre está dispuesto a perdonarnos y a revestirnos de su propio Hijo, Cristo Jesús. La celebración de esta Eucaristía, efectivamente nos une a Cristo para que de Él recibamos la Vida nueva que hemos de manifestar en nuestro comportamiento diario. Vivamos, pues, conforme al Espíritu de Cristo que hemos recibido.
Quienes hemos entrado en comunión de Vida con Jesús, no podemos vivir ociosos. Hemos sido llamados a participar de la Vida Divina para dar frutos de buenas obras. Quien vive en la esterilidad, sin trabajar por el amor fraterno, ni por la paz, ni por la justicia; quien no se preocupa de colaborar para dar solución al hambre y a la pobreza de millones de seres humanos, por más que diga que es cristiano, estaría manifestando con su mala vida, con sus desprecios a los demás, con su cerrazón impidiendo a la Palabra de Dios dar fruto desde su vida, que no está cerca, sino lejos de ser un verdadero hombre que haya depositado su fe en Cristo.
Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda vivir nuestra fe no sólo llamándolo Señor, Señor, sino haciendo en todo su Voluntad en nosotros. Amén (www.homiliacatolica.com).
“Convertirse” significa, en el lenguaje del Evangelio, mudar de actitud interior, y también de estilo externo. Es una de las palabras más usadas en el Evangelio. Recordemos que, antes de la venida del Señor Jesús, san Juan Bautista resumía su predicación con la misma expresión: «Predicaba un bautismo de conversión» (Mc 1,4). Y, enseguida, la predicación de Jesús se resume con estas palabras: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). Esta lectura de hoy tiene, sin embargo, características propias, que piden atención fiel y respuesta consecuente. Se puede decir que la primera parte, con ambas referencias históricas (la sangre derramada por Pilato y la torre derrumbada), contiene una amenaza. ¡Imposible llamarla de otro modo!: lamentamos las dos desgracias —entonces sentidas y lloradas— pero Jesucristo, muy seriamente, nos dice a todos: —Si no cambiáis de vida, «todos pereceréis del mismo modo» (Lc 13,5). Esto nos muestra dos cosas. Primero, la absoluta seriedad del compromiso cristiano. Y, segundo: de no respetarlo como Dios quiere, la posibilidad de una muerte, no en este mundo, sino mucho peor, en el otro: la eterna perdición. Las dos muertes de nuestro texto no son más que figuras de otra muerte, sin comparación con la primera. Cada uno sabrá cómo esta exigencia de cambio se le presenta. Ninguno queda excluido. Si esto nos inquieta, la segunda parte nos consuela. El “viñador”, que es Jesús, pide al dueño de la viña, su Padre, que espere un año todavía. Y entretanto, él hará todo lo posible (y lo imposible, muriendo por nosotros) para que la viña dé fruto. Es decir, ¡cambiemos de vida! Éste es el mensaje de la Cuaresma. Tomémoslo entonces en serio. Los santos —san Ignacio, por ejemplo, aunque tarde en su vida— por gracia de Dios cambian y nos animan a cambiar (Cardenal Jorge Mejía).Lluciá Pou
Etiquetas:
convertirnos,
Resucitó
jueves, 20 de octubre de 2011
Viernes de la 29ª semana. ¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muerte? Junto al pecado está la gracia, con Jesús que nos acompaña siempre haci
Viernes de la 29ª semana. ¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muerte? Junto al pecado está la gracia, con Jesús que nos acompaña siempre hacia la victoria, la salvación
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 7,18-25a. Hermanos: Sé muy bien que no es bueno eso que habita en mi, es decir, en mi carne; porque el querer lo bueno lo tengo a mano, pero el hacerlo, no. El bien que quiero hacer no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago. Entonces, si hago precisamente lo que no quiero, señal que no soy yo el que actúa, sino el pecado que habita en mi. Cuando quiero hacer lo bueno, me encuentro inevitablemente con lo malo en las manos. En mi interior me complazco en la ley de Dios, pero percibo en mi cuerpo un principio diferente que guerrea contra la ley que aprueba mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mi cuerpo. ¡Desgraciado de mi! ¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias.
Salmo 118,66.68.76.77.93.94. R. Instrúyeme, Señor, en tus leyes.
Enséñame a gustar y a comprender, porque me fío de tus mandatos.
Tú eres bueno y haces el bien; instrúyeme en tus leyes.
Que tu bondad me consuele, según la promesa hecha a tu siervo.
Cuando me alcance tu compasión, viviré, y mis delicias serán tu voluntad.
Jamás olvidaré tus decretos, pues con ellos me diste vida. R. Soy tuyo, sálvame, que yo consulto tus leyes.
Lectura del santo evangelio según san Lucas 12,54-59. En aquel tiempo, decía Jesús a la gente: -«Cuando veis subir una nube por el poniente, decís en seguida: "Chaparrón tenemos", y así sucede. Cuando sopla el sur, decís: "Va a hacer bochorno", y lo hace. Hipócritas: si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que se debe hacer? Cuando te diriges al tribunal con el que te pone pleito, haz lo posible por llegar a un acuerdo con él, mientras vais de camino; no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al guardia, y el guardia te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no pagues el último céntimo. »
Comentario: 1.- Rm 7,18-25a. Romanos 7,18-25. La teoría es muy hermosa, y Pablo la había expuesto con entusiasmo: por el Bautismo hemos sido introducidos en la esfera de Cristo, lo cual supone ser libres del pecado. Pero la práctica es distinta. La lucha continúa, y Pablo la describe dramáticamente en sí mismo: "el bien que quiero hacer no lo hago, y el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago". Es como un análisis psiquiátrico de su propia existencia. Al final, a modo de grito muy sincero, exclama: "¿quién me librará de este ser mío presa de la muerte?". La respuesta viene tajante: "Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias". La tesis que ha repetido en toda la carta -y en la de los Gálatas- aparece ahora aplicada a sí mismo: no podrá liberarse del pecado por sus solas fuerzas, sino por la gracia de Dios. Es también nuestra historia. Todos sabemos lo que nos cuesta hacer, a lo largo del día, el bien que la cabeza y el corazón nos dicen que tenemos que hacer: situar a Dios en el centro de la vida, amar a los hermanos, incluso a los enemigos, vivir en esperanza, dominar nuestros bajos instintos... Solemos saber muy bien qué tenemos que hacer. Pero, cuando nos encontramos en la encrucijada, tendemos a elegir el camino más fácil, no necesariamente el más conforme a la voluntad de Dios. Sentimos en nosotros esa doble fuerza de que habla Pablo: la ley del pecado, que contrarresta la atracción de la ley de la gracia. Hagamos nuestro el grito de confianza: nosotros somos débiles y el "mal habita en nosotros", pero Dios nos concede su gracia por medio de Cristo Jesús. La Eucaristía, entre otros medios de su gracia, nos ofrece en comunión al que "quita el pecado del mundo". En la página que vamos a meditar hallaremos la más dramática descripción de la «condición humana»: el hombre es un ser dividido, que aspira al bien y que hace el mal.
-Bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi naturaleza carnal. En efecto, soy capaz de querer el bien, pero no soy capaz de cumplirlo. El mal está pegado a nuestro ser, «habita» en nosotros. Así, incluso antes de que el hombre tome una decisión, el mal está ya en él. Más que una simple solicitación «exterior» la tentación es interior, está «en el corazón» de mí mismo. Es siempre un error y es superficial, acusar a los demás, al mundo, para justificar o excusar las propias caídas: el mal es mucho más radical que todo esto, «habita» en el hondón de nuestra conciencia que está falseada. Es un mal anterior a nuestra decisión, un mal «original».
-No hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. ¡Cuán verdadero es este análisis de la debilidad humana! ¿Quién de nosotros no ha hecho esta experiencia? Es la impotencia radical de toda voluntad sin la ayuda de la gracia. Sé muy bien lo que «tendría que hacer»... ¡Bien quisiera hacerlo!... Y no lo logro.
-Simpatizo con la Ley de Dios, en tanto que hombre razonable, pero advierto otra ley en mis miembros, que lucha contra la ley de mi inteligencia y me encadena a la ley del pecado. El pecado es la verdadera «alienación del hombre»: el mal aliena al hombre comprometiéndolo a un destino que contradice sus aspiraciones profundas y la vocación a la que Dios le llama. El pecado es destructor del hombre. Y lo más sorprendente es que nos damos perfecta cuenta de ello. Nuestra inteligencia, nuestra razón están de acuerdo con Dios. Y esto es lo mejor de nosotros mismos. Este es nuestro verdadero ser. Señor, mira en mí esta parte de mí mismo que simpatiza contigo, y que está de acuerdo con tu ley. Pero hay otro lado de mi ser que está «encadenado» al pecado, dice san Pablo. Y san Pablo no se coloca fuera de esta constatación. Por el contrario, habla en primera persona: «Yo simpatizo... pero yo advierto... que me encadena...» ¡Qué confesión personal más conmovedora! ¿Por qué hemos sido hechos así, Señor? ¿Por qué esa «lucha» en el fondo de nuestro ser? ¿Por que hay en nosotros lo mejor y lo peor?
-¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? Hay que repetir esta oración. Porque es en verdad una oración. Podemos repetirla con san Pablo. Y darle todo el contenido de nuestras debilidades y de nuestra indigencia.
-Por esta liberación, gracias sean dadas a Dios por Jesucristo, nuestro Señor. Acción de gracias. Alegría. ¡Que mi debilidad termine siempre con ese grito de confianza! El optimismo fundamental de san Pablo no es ingenuo, irreal. Es la conclusión de un análisis riguroso de la impotencia del hombre para salvarse. En el momento mismo en que corremos peligro de salvarnos, «la mano de Dios viene a asirnos y nos salva» (Noel Quesson).
2. Sal. 118. La Ley del Señor es perfecta y reconforta el alma. Dios no nos dio en la Ley una trampa para que pecáramos y nos condenáramos. Quien ama al Señor cumple con amor sus mandamientos. Así, la Ley nos conduce hacia Dios para que, uniéndonos a Él, en Él tengamos la salvación. En el corazón del creyente, que es fiel a la voluntad del Señor, habita la Trinidad Santísima, pues lo ve como al Hijo amado en quien el Padre se complace. Que Dios nos conceda vivir intensamente, de un modo especial, el precepto del amor, en el que se resumen la Ley y los profetas.
3.- Lc 12,54-59. Con un ejemplo tomado de la naturaleza y de la sabiduría popular, Cristo se queja de la poca vista de sus contemporáneos: no ven o no quieren ver que han llegado ya los tiempos mesiánicos. Los hombres del campo y del mar, mirando el color y la forma de las nubes y la dirección del viento, tienen un arte especial, a veces mejor que los meteorólogos de profesión, para conocer el tiempo que va a hacer. Pero los judíos no tenían vista para "interpretar el tiempo presente" y reconocer en Jesús al Enviado de Dios, a pesar de los signos milagrosos que les hacía. Jesús les llama "hipócritas": porque sí que han visto, pero no quieren creer. Otra recomendación se refiere a los dos adversarios que se ponen de acuerdo entre ellos, antes de ir a los tribunales, que se ve que sería peor para los dos. También eso es tener buena vista y ser previsores.
La ofuscación no era exclusiva de los contemporáneos de Jesús. Hay algunos -¿nosotros mismos?- muy hábiles en algunas cosas y necios y ciegos para las importantes. Espabilados para lo humano y obtusos para lo espiritual. Cuando Jesús se queja de esta ceguera voluntaria, emplea la palabra "kairós" para designar "el tiempo presente". "Kairós" significa tiempo oportuno, ocasión de gracia, momento privilegiado que, si se deja escapar, ya no vuelve. Nosotros ya reconocemos en Jesús al Mesías. Pero seguimos, tal vez, sin reconocer su presencia en tantos "signos de los tiempos" y en tantas personas y acontecimientos que nos rodean, y que, si tuviéramos bien la vista de la fe, serían para nosotros otras tantas voces de Dios. El Concilio invitó a la iglesia a que supiera interpretar los signos de los tiempos (GS 4). Nos daría más ánimos y nos interpelaría saludablemente si supiéramos ver como "voces de Dios" y signos de su presencia en este mundo, por ejemplo, las ansias de libertad que tienen los pueblos, la solidaridad con los más injustamente tratados, la defensa de los valores ecológicos de la naturaleza, el respeto a los derechos humanos, la revalorización de la mujer en la sociedad y de los laicos en la Iglesia... Podríamos preguntarnos hoy si tenemos una "visión cristiana" de la historia, de los tiempos, de los grandes hechos de la humanidad y de la Iglesia, viendo en todo un "kairós", una ocasión de crecimiento en nuestra fe (J. Aldazábal).
-Cuando véis subir una nube por el poniente decís enseguida: "Tendremos lluvia", y así sucede. Cuando sopla el viento sur decís: "Hará calor", y así sucede. Por medio de esas palabras, Jesús reprocha a sus conciudadanos no saber interpretar los "signos de los tiempos", cuando son perfectamente capaces de interpretar los signos metereológicos. La Iglesia contemporánea cuida especialmente de ser fiel a esa invitación de Jesús. En el Concilio Vaticano II decía: "Es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y futura... Es necesario, por ello, conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el rasgo dramático que con frecuencia le caracteriza.
-¡Hipócritas! si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo es que no sabéis interpretar el "momento presente"? Analizando el estado actual del mundo, "el momento presente", el Concilio ha reconocido algunos "signos de los tiempos" esenciales. He ahí algunos: - la solidaridad creciente de los pueblos (A.S.,14) - el ecumenismo (D: Ecum. 4) - la preocupación por la libertad religiosa (L.R.15) - la necesidad del apostolado de los laicos (A.L.I). "Movido por la fe que le impulsa a creer que quien le conduce es el Espíritu del Señor, que llena el universo, el pueblo de Dios se esfuerza en discernir en los acontecimientos, las exigencias y los deseos que le son comunes con los demás hombres de nuestro tiempo y cuáles son en ellos las señales de la presencia o de los designios de Dios" (G.S. 11). "¡Darnos cuenta" del momento en que nos encontramos! Dios conduce la historia, Dios sigue actuando HOY. Más que dolernos añorando la Iglesia del pasado... Más que evadirnos soñando la Iglesia de mañana... Es preciso, según la invitación de Jesús, "darnos cuenta del momento en que nos encontramos". Sus contemporáneos en la Palestina de aquella época no supieron aprovechar la actualidad prodigiosa del tiempo excepcional que estaban viviendo. ¿Y nosotros? La finalidad de la "revisión de vida" es tratar, humildemente de "reconocer" la acción de Dios en los acontecimientos, en nuestras vidas... para "encontrarlo" y participar en esa acción de Dios... a fin de "revelarlo", en cuanto fuere posible, a los que lo ignoran. Señor, ayúdanos a vivir los menores acontecimientos de nuestras vidas, como los mayores, a ese nivel. Reconocer participar, revelar tu obra actual.
-Y ¿por qué no juzgáis vosotros mismos lo que se debe hacer? El tiempo en el que "yo" estoy viviendo es el único verdaderamente decisivo para mí. "Juzgad vosotros mismos"... Nadie, nadie más que yo puede ponerse en mi lugar para la opción fundamental. No puedo apoyarme en el juicio de los demás... si bien no es inútil que el suyo me dé alguna luz. La breve parábola siguiente nos repetirá la urgencia de esa toma de posición.
-"Cuando vas con tu contrincante a ver al magistrado, haz lo posible para librarte de él mientras vais de camino; no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al alguacil, y el alguacil te meta en la cárcel..." En Mateo, esa misma parábola (Mt 5,25) servía para insistir sobre el deber de la caridad fraterna. Lucas coloca esa parábola en una serie de consejos de Jesús sobre la urgencia de la conversión: no hay que dejar para mañana la "toma de posición", el discernimiento de los "signos de los tiempos" (Noel Quesson).
Si conociendo las Escrituras percibimos que en Jesús se están cumpliendo lo que del Mesías anunció Dios por medio de la Ley y los Profetas, ¿Habrá razón para rechazarlo? ¿Habrá razón para seguir esperando otro Mesías? Nosotros decimos creer en Él, ¿Somos sinceros en nuestra fe? o ¿Actuamos con hipocresía de tal forma que, a pesar de nuestros rezos, vivimos como si no conociéramos a Dios y a su Hijo, enviado a nosotros como Salvador? No podemos llamarnos realmente hombres de fe en Cristo cuando, según nosotros, vivimos en paz con el Señor, pero vivimos como enemigos con nuestro prójimo. Si al final llegamos ante el Señor divididos por discordias y egoísmos, en lugar de Vida encontraremos muerte; en lugar de una vida libre de toda atadura de pecado y de muerte, estaremos encarcelados y sin esperanzas de la salvación, que Dios concede a quienes aman a su prójimo como Cristo nos ha amado a nosotros (www.homiliacatolica.com).
Los signos de los tiempos: Desde siempre los hombres se han interesado por el tiempo y por el clima, especialmente los agricultores y los marinos, para tener un pronóstico en razón de sus tareas. En Lc 12,54-59, Jesús advierte a los hombres que saben prever el clima, pero no saben discernir las señales abundantes y claras que Dios envía para que conozcan que ha llegado el Mesías. El Señor sigue pasando cerca de nuestra vida, con suficientes referencias, y cabe el peligro de que en alguna ocasión no lo reconozcamos. Se hace presente en la enfermedad o en la tribulación, en las personas con las que trabajamos o en las que forman nuestra familia, en las buenas noticias esperando que le demos las gracias. Nuestra vida sería bien distinta si fuéramos más conscientes de la presencia divina y desaparecería la rutina, el malhumor, las penas y las tristezas porque viviríamos más confiados de la Providencia divina. La fe se hace más penetrante cuanto mejores son las disposiciones de la voluntad. Cuando no se está dispuesto a cortar con una mala situación, cuando no se busca con rectitud de intención sólo la gloria de Dios, la conciencia se puede oscurecer y quedarse sin luz para entender incluso lo que parece evidente. Si la voluntad no se orienta a Dios, la inteligencia encontrará muchas dificultades en el camino de la fe, de la obediencia o de la entrega al Señor (J. Piepper, La fe, hoy). La limpieza de corazón, la humildad y la rectitud de intención son importantes para ver a Jesús que nos visita con frecuencia. Rectifiquemos muchas veces la intención: ¡para Dios toda la gloria! Todos vamos por el camino de la vida hacia el juicio. Aprovechemos ahora para olvidar agravios y rencores, por pequeños que sean, mientras queda algo de trayecto por recorrer. Descubramos los signos que nos señalan la presencia de Dios en nuestra vida. Luego, cuando llegue la hora del juicio, será ya demasiado tarde para poner remedio. Este es el tiempo oportuno de rectificar, de merecer, de amar, de reparar, de pagar deudas de gratitud, de perdón, incluso de justicia. A la vez, hemos de ayudar a otros que nos acompañan en el camino de la vida a interpretar esas huellas que señalan el paso del Señor cerca de su familia, de su trabajo... Hemos de saber descubrir a Jesús, Señor de la historia, presente en el mundo, en medio de los grandes acontecimientos de la humanidad, y en los pequeños sucesos de los días sin relieve. Entonces sabremos darlo a conocer a los demás (Francisco Fernández Carvajal).Llucia Pou
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 7,18-25a. Hermanos: Sé muy bien que no es bueno eso que habita en mi, es decir, en mi carne; porque el querer lo bueno lo tengo a mano, pero el hacerlo, no. El bien que quiero hacer no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago. Entonces, si hago precisamente lo que no quiero, señal que no soy yo el que actúa, sino el pecado que habita en mi. Cuando quiero hacer lo bueno, me encuentro inevitablemente con lo malo en las manos. En mi interior me complazco en la ley de Dios, pero percibo en mi cuerpo un principio diferente que guerrea contra la ley que aprueba mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mi cuerpo. ¡Desgraciado de mi! ¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias.
Salmo 118,66.68.76.77.93.94. R. Instrúyeme, Señor, en tus leyes.
Enséñame a gustar y a comprender, porque me fío de tus mandatos.
Tú eres bueno y haces el bien; instrúyeme en tus leyes.
Que tu bondad me consuele, según la promesa hecha a tu siervo.
Cuando me alcance tu compasión, viviré, y mis delicias serán tu voluntad.
Jamás olvidaré tus decretos, pues con ellos me diste vida. R. Soy tuyo, sálvame, que yo consulto tus leyes.
Lectura del santo evangelio según san Lucas 12,54-59. En aquel tiempo, decía Jesús a la gente: -«Cuando veis subir una nube por el poniente, decís en seguida: "Chaparrón tenemos", y así sucede. Cuando sopla el sur, decís: "Va a hacer bochorno", y lo hace. Hipócritas: si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que se debe hacer? Cuando te diriges al tribunal con el que te pone pleito, haz lo posible por llegar a un acuerdo con él, mientras vais de camino; no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al guardia, y el guardia te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no pagues el último céntimo. »
Comentario: 1.- Rm 7,18-25a. Romanos 7,18-25. La teoría es muy hermosa, y Pablo la había expuesto con entusiasmo: por el Bautismo hemos sido introducidos en la esfera de Cristo, lo cual supone ser libres del pecado. Pero la práctica es distinta. La lucha continúa, y Pablo la describe dramáticamente en sí mismo: "el bien que quiero hacer no lo hago, y el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago". Es como un análisis psiquiátrico de su propia existencia. Al final, a modo de grito muy sincero, exclama: "¿quién me librará de este ser mío presa de la muerte?". La respuesta viene tajante: "Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias". La tesis que ha repetido en toda la carta -y en la de los Gálatas- aparece ahora aplicada a sí mismo: no podrá liberarse del pecado por sus solas fuerzas, sino por la gracia de Dios. Es también nuestra historia. Todos sabemos lo que nos cuesta hacer, a lo largo del día, el bien que la cabeza y el corazón nos dicen que tenemos que hacer: situar a Dios en el centro de la vida, amar a los hermanos, incluso a los enemigos, vivir en esperanza, dominar nuestros bajos instintos... Solemos saber muy bien qué tenemos que hacer. Pero, cuando nos encontramos en la encrucijada, tendemos a elegir el camino más fácil, no necesariamente el más conforme a la voluntad de Dios. Sentimos en nosotros esa doble fuerza de que habla Pablo: la ley del pecado, que contrarresta la atracción de la ley de la gracia. Hagamos nuestro el grito de confianza: nosotros somos débiles y el "mal habita en nosotros", pero Dios nos concede su gracia por medio de Cristo Jesús. La Eucaristía, entre otros medios de su gracia, nos ofrece en comunión al que "quita el pecado del mundo". En la página que vamos a meditar hallaremos la más dramática descripción de la «condición humana»: el hombre es un ser dividido, que aspira al bien y que hace el mal.
-Bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi naturaleza carnal. En efecto, soy capaz de querer el bien, pero no soy capaz de cumplirlo. El mal está pegado a nuestro ser, «habita» en nosotros. Así, incluso antes de que el hombre tome una decisión, el mal está ya en él. Más que una simple solicitación «exterior» la tentación es interior, está «en el corazón» de mí mismo. Es siempre un error y es superficial, acusar a los demás, al mundo, para justificar o excusar las propias caídas: el mal es mucho más radical que todo esto, «habita» en el hondón de nuestra conciencia que está falseada. Es un mal anterior a nuestra decisión, un mal «original».
-No hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. ¡Cuán verdadero es este análisis de la debilidad humana! ¿Quién de nosotros no ha hecho esta experiencia? Es la impotencia radical de toda voluntad sin la ayuda de la gracia. Sé muy bien lo que «tendría que hacer»... ¡Bien quisiera hacerlo!... Y no lo logro.
-Simpatizo con la Ley de Dios, en tanto que hombre razonable, pero advierto otra ley en mis miembros, que lucha contra la ley de mi inteligencia y me encadena a la ley del pecado. El pecado es la verdadera «alienación del hombre»: el mal aliena al hombre comprometiéndolo a un destino que contradice sus aspiraciones profundas y la vocación a la que Dios le llama. El pecado es destructor del hombre. Y lo más sorprendente es que nos damos perfecta cuenta de ello. Nuestra inteligencia, nuestra razón están de acuerdo con Dios. Y esto es lo mejor de nosotros mismos. Este es nuestro verdadero ser. Señor, mira en mí esta parte de mí mismo que simpatiza contigo, y que está de acuerdo con tu ley. Pero hay otro lado de mi ser que está «encadenado» al pecado, dice san Pablo. Y san Pablo no se coloca fuera de esta constatación. Por el contrario, habla en primera persona: «Yo simpatizo... pero yo advierto... que me encadena...» ¡Qué confesión personal más conmovedora! ¿Por qué hemos sido hechos así, Señor? ¿Por qué esa «lucha» en el fondo de nuestro ser? ¿Por que hay en nosotros lo mejor y lo peor?
-¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? Hay que repetir esta oración. Porque es en verdad una oración. Podemos repetirla con san Pablo. Y darle todo el contenido de nuestras debilidades y de nuestra indigencia.
-Por esta liberación, gracias sean dadas a Dios por Jesucristo, nuestro Señor. Acción de gracias. Alegría. ¡Que mi debilidad termine siempre con ese grito de confianza! El optimismo fundamental de san Pablo no es ingenuo, irreal. Es la conclusión de un análisis riguroso de la impotencia del hombre para salvarse. En el momento mismo en que corremos peligro de salvarnos, «la mano de Dios viene a asirnos y nos salva» (Noel Quesson).
2. Sal. 118. La Ley del Señor es perfecta y reconforta el alma. Dios no nos dio en la Ley una trampa para que pecáramos y nos condenáramos. Quien ama al Señor cumple con amor sus mandamientos. Así, la Ley nos conduce hacia Dios para que, uniéndonos a Él, en Él tengamos la salvación. En el corazón del creyente, que es fiel a la voluntad del Señor, habita la Trinidad Santísima, pues lo ve como al Hijo amado en quien el Padre se complace. Que Dios nos conceda vivir intensamente, de un modo especial, el precepto del amor, en el que se resumen la Ley y los profetas.
3.- Lc 12,54-59. Con un ejemplo tomado de la naturaleza y de la sabiduría popular, Cristo se queja de la poca vista de sus contemporáneos: no ven o no quieren ver que han llegado ya los tiempos mesiánicos. Los hombres del campo y del mar, mirando el color y la forma de las nubes y la dirección del viento, tienen un arte especial, a veces mejor que los meteorólogos de profesión, para conocer el tiempo que va a hacer. Pero los judíos no tenían vista para "interpretar el tiempo presente" y reconocer en Jesús al Enviado de Dios, a pesar de los signos milagrosos que les hacía. Jesús les llama "hipócritas": porque sí que han visto, pero no quieren creer. Otra recomendación se refiere a los dos adversarios que se ponen de acuerdo entre ellos, antes de ir a los tribunales, que se ve que sería peor para los dos. También eso es tener buena vista y ser previsores.
La ofuscación no era exclusiva de los contemporáneos de Jesús. Hay algunos -¿nosotros mismos?- muy hábiles en algunas cosas y necios y ciegos para las importantes. Espabilados para lo humano y obtusos para lo espiritual. Cuando Jesús se queja de esta ceguera voluntaria, emplea la palabra "kairós" para designar "el tiempo presente". "Kairós" significa tiempo oportuno, ocasión de gracia, momento privilegiado que, si se deja escapar, ya no vuelve. Nosotros ya reconocemos en Jesús al Mesías. Pero seguimos, tal vez, sin reconocer su presencia en tantos "signos de los tiempos" y en tantas personas y acontecimientos que nos rodean, y que, si tuviéramos bien la vista de la fe, serían para nosotros otras tantas voces de Dios. El Concilio invitó a la iglesia a que supiera interpretar los signos de los tiempos (GS 4). Nos daría más ánimos y nos interpelaría saludablemente si supiéramos ver como "voces de Dios" y signos de su presencia en este mundo, por ejemplo, las ansias de libertad que tienen los pueblos, la solidaridad con los más injustamente tratados, la defensa de los valores ecológicos de la naturaleza, el respeto a los derechos humanos, la revalorización de la mujer en la sociedad y de los laicos en la Iglesia... Podríamos preguntarnos hoy si tenemos una "visión cristiana" de la historia, de los tiempos, de los grandes hechos de la humanidad y de la Iglesia, viendo en todo un "kairós", una ocasión de crecimiento en nuestra fe (J. Aldazábal).
-Cuando véis subir una nube por el poniente decís enseguida: "Tendremos lluvia", y así sucede. Cuando sopla el viento sur decís: "Hará calor", y así sucede. Por medio de esas palabras, Jesús reprocha a sus conciudadanos no saber interpretar los "signos de los tiempos", cuando son perfectamente capaces de interpretar los signos metereológicos. La Iglesia contemporánea cuida especialmente de ser fiel a esa invitación de Jesús. En el Concilio Vaticano II decía: "Es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y futura... Es necesario, por ello, conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el rasgo dramático que con frecuencia le caracteriza.
-¡Hipócritas! si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo es que no sabéis interpretar el "momento presente"? Analizando el estado actual del mundo, "el momento presente", el Concilio ha reconocido algunos "signos de los tiempos" esenciales. He ahí algunos: - la solidaridad creciente de los pueblos (A.S.,14) - el ecumenismo (D: Ecum. 4) - la preocupación por la libertad religiosa (L.R.15) - la necesidad del apostolado de los laicos (A.L.I). "Movido por la fe que le impulsa a creer que quien le conduce es el Espíritu del Señor, que llena el universo, el pueblo de Dios se esfuerza en discernir en los acontecimientos, las exigencias y los deseos que le son comunes con los demás hombres de nuestro tiempo y cuáles son en ellos las señales de la presencia o de los designios de Dios" (G.S. 11). "¡Darnos cuenta" del momento en que nos encontramos! Dios conduce la historia, Dios sigue actuando HOY. Más que dolernos añorando la Iglesia del pasado... Más que evadirnos soñando la Iglesia de mañana... Es preciso, según la invitación de Jesús, "darnos cuenta del momento en que nos encontramos". Sus contemporáneos en la Palestina de aquella época no supieron aprovechar la actualidad prodigiosa del tiempo excepcional que estaban viviendo. ¿Y nosotros? La finalidad de la "revisión de vida" es tratar, humildemente de "reconocer" la acción de Dios en los acontecimientos, en nuestras vidas... para "encontrarlo" y participar en esa acción de Dios... a fin de "revelarlo", en cuanto fuere posible, a los que lo ignoran. Señor, ayúdanos a vivir los menores acontecimientos de nuestras vidas, como los mayores, a ese nivel. Reconocer participar, revelar tu obra actual.
-Y ¿por qué no juzgáis vosotros mismos lo que se debe hacer? El tiempo en el que "yo" estoy viviendo es el único verdaderamente decisivo para mí. "Juzgad vosotros mismos"... Nadie, nadie más que yo puede ponerse en mi lugar para la opción fundamental. No puedo apoyarme en el juicio de los demás... si bien no es inútil que el suyo me dé alguna luz. La breve parábola siguiente nos repetirá la urgencia de esa toma de posición.
-"Cuando vas con tu contrincante a ver al magistrado, haz lo posible para librarte de él mientras vais de camino; no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al alguacil, y el alguacil te meta en la cárcel..." En Mateo, esa misma parábola (Mt 5,25) servía para insistir sobre el deber de la caridad fraterna. Lucas coloca esa parábola en una serie de consejos de Jesús sobre la urgencia de la conversión: no hay que dejar para mañana la "toma de posición", el discernimiento de los "signos de los tiempos" (Noel Quesson).
Si conociendo las Escrituras percibimos que en Jesús se están cumpliendo lo que del Mesías anunció Dios por medio de la Ley y los Profetas, ¿Habrá razón para rechazarlo? ¿Habrá razón para seguir esperando otro Mesías? Nosotros decimos creer en Él, ¿Somos sinceros en nuestra fe? o ¿Actuamos con hipocresía de tal forma que, a pesar de nuestros rezos, vivimos como si no conociéramos a Dios y a su Hijo, enviado a nosotros como Salvador? No podemos llamarnos realmente hombres de fe en Cristo cuando, según nosotros, vivimos en paz con el Señor, pero vivimos como enemigos con nuestro prójimo. Si al final llegamos ante el Señor divididos por discordias y egoísmos, en lugar de Vida encontraremos muerte; en lugar de una vida libre de toda atadura de pecado y de muerte, estaremos encarcelados y sin esperanzas de la salvación, que Dios concede a quienes aman a su prójimo como Cristo nos ha amado a nosotros (www.homiliacatolica.com).
Los signos de los tiempos: Desde siempre los hombres se han interesado por el tiempo y por el clima, especialmente los agricultores y los marinos, para tener un pronóstico en razón de sus tareas. En Lc 12,54-59, Jesús advierte a los hombres que saben prever el clima, pero no saben discernir las señales abundantes y claras que Dios envía para que conozcan que ha llegado el Mesías. El Señor sigue pasando cerca de nuestra vida, con suficientes referencias, y cabe el peligro de que en alguna ocasión no lo reconozcamos. Se hace presente en la enfermedad o en la tribulación, en las personas con las que trabajamos o en las que forman nuestra familia, en las buenas noticias esperando que le demos las gracias. Nuestra vida sería bien distinta si fuéramos más conscientes de la presencia divina y desaparecería la rutina, el malhumor, las penas y las tristezas porque viviríamos más confiados de la Providencia divina. La fe se hace más penetrante cuanto mejores son las disposiciones de la voluntad. Cuando no se está dispuesto a cortar con una mala situación, cuando no se busca con rectitud de intención sólo la gloria de Dios, la conciencia se puede oscurecer y quedarse sin luz para entender incluso lo que parece evidente. Si la voluntad no se orienta a Dios, la inteligencia encontrará muchas dificultades en el camino de la fe, de la obediencia o de la entrega al Señor (J. Piepper, La fe, hoy). La limpieza de corazón, la humildad y la rectitud de intención son importantes para ver a Jesús que nos visita con frecuencia. Rectifiquemos muchas veces la intención: ¡para Dios toda la gloria! Todos vamos por el camino de la vida hacia el juicio. Aprovechemos ahora para olvidar agravios y rencores, por pequeños que sean, mientras queda algo de trayecto por recorrer. Descubramos los signos que nos señalan la presencia de Dios en nuestra vida. Luego, cuando llegue la hora del juicio, será ya demasiado tarde para poner remedio. Este es el tiempo oportuno de rectificar, de merecer, de amar, de reparar, de pagar deudas de gratitud, de perdón, incluso de justicia. A la vez, hemos de ayudar a otros que nos acompañan en el camino de la vida a interpretar esas huellas que señalan el paso del Señor cerca de su familia, de su trabajo... Hemos de saber descubrir a Jesús, Señor de la historia, presente en el mundo, en medio de los grandes acontecimientos de la humanidad, y en los pequeños sucesos de los días sin relieve. Entonces sabremos darlo a conocer a los demás (Francisco Fernández Carvajal).Llucia Pou
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)