lunes, 5 de abril de 2010

Día 36º. MIÉRCOLES QUINTO (24 de Marzo): Jesús y la auténtica liberación; la libertad interior del amor

Nabucodonosor al ver que Sadrac, Mesac y Abed-Negó no adoraban a sus
dioses y la estatua de oro los echó dentro de un horno de fuego
ardiente, porque ellos respondieron: "Nuestro Dios, a quien servimos,
puede salvarnos del horno de fuego ardiente y nos librará de tus
manos. Y aunque no lo haga, ten por sabido, rey, que nosotros no
serviremos a tus dioses ni adoraremos la estatua de oro que tú has
erigido". Nabucodonosor se llenó de furor y la expresión de su rostro
se alteró frente a Sadrac, Mesac y Abed-Negó. El rey tomó la palabra y
ordenó activar el horno siete veces más de lo habitual. Luego ordenó a
los hombres más fuertes de su ejército que ataran a Sadrac, Mesac y
Abed-Negó, para arrojarlos en el horno de fuego ardiente. Entonces el
rey Nabucodonosor, estupefacto, se levantó a toda prisa y preguntó a
sus consejeros: «¿No hemos echado nosotros al fuego a estos tres
hombres atados?» Respondieron ellos: «Indudablemente, oh rey.» Dijo el
rey: «Pero yo estoy viendo cuatro hombres que se pasean libremente por
el fuego sin sufrir daño alguno, y el cuarto tiene el aspecto de un
hijo de los dioses» Y vio el rey que un ángel los salvó, y exclamó:
«Bendito sea el Dios de Sadrak, Mesak y Abed-Negó, que ha enviado a su
ángel a librar a sus siervos que, confiando en Él, quebrantaron la
orden del rey y entregaron su cuerpo antes que servir y adorar a
ningún otro fuera de su Dios".
En los tiempos de Antíoco, los judíos fueron obligados a venerar otros
dioses, pero hubo quienes no quisieron acatar el mandamiento del rey,
y algunos fueron torturados. También responderá así san Pedro: «Es
preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). Es un
canto de libertad en medio de la esclavitud (el Evangelio de hoy
profundizará más en lo que es la libertad verdadera). Es precioso el
ejemplo de fortaleza que nos dan esos tres jóvenes del horno de
Babilonia, que en un ambiente hostil, pagano, saben pensar por libre,
por encima de las órdenes y amenazas de la corte real en la que
sirven. Las personas coherentes son admiradas y por eso su cántico es
propuesto como modelo de hombres libres, mártires (J. Aldazábal). En
"El señor de los anillos" se ve cómo la Comunidad lucha contra los
malvados para cumplir una misión y es un ejemplo de cómo unos débiles
hobbits unidos a otros más poderosos, formando una comunidad, pueden
afrontar esos poderes del mal y liberar a tantos ignorantes. Han
hallado un Sentido, una razón de vivir que es más importante que su
propia vida, un ideal. La muerte misma no les condiciona, no les da
miedo, no empaña su libertad, ni es capaz de doblegarles. La historia
está hecha por la gente sencilla, y algunos son escogidos para grandes
cosas (como muestran los niños de las apariciones de Lourdes y
Fátima), es el mundo de los sencillos, que creen, que son fieles a esa
misión divina (también Juan Diego, ante la Virgen de Guadalupe). Y
ante los ataques y calumnias, «atados»... cantan como los 3 jóvenes:
«Bendito eres, Señor Dios de nuestros padres, a Ti el honor y la
gloria para siempre». No se encadena al espíritu. Podemos preguntarnos
en nuestro examen: ¿Tengo yo ese sentimiento de que es Dios quien me
libera? Jesús en la cruz, sujetado también, clavado en la madera...
era total e íntimamente libre. Señor, concédenos seguirte libremente,
incluso si es preciso ir contra la corriente.
Las ocasiones de heroísmo son excepcionales. El martirio en su forma
violenta se presenta raras veces, pero el martirio del día a día es
más importante: permanecer fiel en cumplir los compromisos
aceptados... levantarse por la mañana, estudiar cuando toca… no
comerse las uñas, no pelearse, hacer las paces enseguida, bajar la
basura, obedecer a la primera, dar un beso a mamá cuando la hemos
hecho enfadar, combatir contra un defecto que nos hace sufrir...
reemprender la resolución mil veces hecha. Señor, no confío en mí...
creo y confío en Ti... (Noel Quesson). Con la ayuda de la gracia, como
decimos en la Entrada: «Dios me libró de mis enemigos, me levantó
sobre los que resistían y me salvó del hombre cruel». Y es lo que
pedimos, acabando este tiempo de preparación, en la Colecta: «Ilumina,
Señor, el corazón de tus fieles, purificado por las penitencias de
Cuaresma; y Tú que nos infundes el piadoso deseo de servirte, escucha
paternalmente nuestras súplicas». Pedimos obrar como justos, que obran
libremente, por amor a Dios. Dice San Jerónimo: «Él, que promete estar
con sus discípulos hasta la consumación de los siglos, manifiesta que
ellos habrán de vencer siempre, y que Él nunca se habrá de separar de
los que creen».
Estos tres son mártires en vistas de Jesús. Orígenes dirá: «El Señor
nos libra del mal no cuando el enemigo deja de presentarnos batalla
valiéndose de sus mil artes, sino cuando vencemos arrostrando
valientemente las circunstancias». Todo es figura de Cristo en su
Pasión. El fuego no toca a sus siervos. El condenado, el vencido, se
levanta glorioso al tercer día de entre los muertos.
La Iglesia desde sus primeras persecuciones vio en los tres jóvenes
arrojados al horno de Babilonia su propia imagen: los jóvenes
perseguidos, castigados, condenados a muerte, perseveran en la
alabanza divina y son protegidos por una brisa suave que los inmuniza
del fuego mortal. También la Iglesia, en medio de sus persecuciones
continúa alabando al Señor con el Cántico de Daniel: «A Ti gloria y
alabanza por los siglos. Bendito eres, Señor, Dios de nuestros
padres... Bendito tu nombre santo y glorioso. Bendito eres en el
templo de tu santa gloria. Bendito sobre el trono de tu reino. Bendito
eres Tú, que sentado sobre querubines, sondeas los abismos. Bendito
eres en la bóveda del cielo. A Ti gloria y alabanza por los siglos».
La fe, el testimonio de estos jóvenes, capaces de arriesgarlo todo,
hasta su propia vida, por su confianza absoluta en Dios, es algo
maravilloso. Y no dependen de una especie de "negocio" con Dios, pues
su oración es madura, no depende de los resultados: confían en Dios,
pero no piden un milagro y que los salve, quieren ser fieles aun con
la consecuencia de morir por ello. Sobrecogido de temor, el tirano
descubre que hay un poder por encima de su poder, sucede con
frecuencia que la fe, en su debilidad frente al poder externo,
convierte con su fuerza interior. Las dificultades abren paso a la fe,
la virtud mejora en la dificultad, a veces necesitamos que se arruinen
nuestros planes para que admiremos la sabiduría, bondad y poder de Sus
planes. A veces, ser vencidos es la única forma de salir ganando. La
fidelidad, dirá Jesús, es lo que define al creyente: "Si permanecéis
fieles a mi palabra..." San Alfonso María de Ligorio dice de los
mandamientos: "¿pesan al cristiano los divinos mandamientos? Sí, como
al ave sus alas". Las alas pesan, pero las alas son vuelo, vida.
Unirse a la palabra de Dios, Jesús, "es vuelo, es vida, y es libertad"
(Fray Nelson).
"Bendito eres en la bóveda del cielo: a Ti honor y alabanza por los
siglos": se siente el alma agradecida "no sólo por el don de la
creación, sino también por el hecho de ser destinatario del cuidado
paterno de Dios, que en Cristo le ha elevado a la dignidad de hijo.
Un cuidado paterno que permite ver con ojos nuevos a la misma creación
y permite gozar de su belleza, en la que se entrevé, como distintivo,
el amor de Dios. Con estos sentimientos, Francisco de Asís contemplaba
la creación y elevaba su alabanza a Dios, manantial último de toda
belleza. Espontáneamente la imaginación considera que el santo de Asís
debió experimentar el eco de este texto bíblico cuando, en San Damián,
después de haber alcanzado las cumbres del sufrimiento en el cuerpo y
en el espíritu, compuso el "Cántico al hermano sol.""
Engarzada esta luminosa oración en forma de letanía, el cántico de las
criaturas es de acción de gracias, por todas las maravillas del
universo. El hombre se hace eco de toda la creación para alabar y dar
gracias a Dios. "El dolor rudo y violento de la prueba desaparece,
parece casi disolverse en presencia de la oración y de la
contemplación. Precisamente esta actitud de confiado abandono suscita
la intervención divina… Las pesadillas se deshacen como la niebla ante
el sol, los miedos se disuelven, el sufrimiento es cancelado cuando
todo el ser humano se convierte en alabanza y confianza, expectativa y
esperanza. Esta es la fuerza de la oración cuando es pura, intensa,
cuando está llena de abandono en Dios, providente y redentor".
Jesús dijo a los judíos que habían creído en Él: «Si os mantenéis en
mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la
verdad y la verdad os hará libres». Ellos le respondieron: «Nosotros
somos descendencia de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie.
¿Cómo dices tú: Os haréis libres?». Jesús les respondió: «En verdad,
en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo. Y el
esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda
para siempre. Así pues, si el Hijo os da la libertad, seréis realmente
libres. Ya sé que sois descendencia de Abraham; pero tratáis de
matarme, porque mi Palabra no prende en vosotros. Yo hablo lo que he
visto donde mi Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído donde
vuestro padre». La palabra de Jesús es como la señal de tráfico para
la vida del creyente. La señal única y definitiva. La que nos lleva al
cielo: "Conoceréis la verdad y la verdad os haré libres". Esta
maravillosa sentencia de Jesús de la verdad que hace libres, forma ya
parte del mejor patrimonio de la humanidad. Últimamente han dicho que
es al revés, que es la libertad lo que nos hace verdaderos, en
realidad son las dos cosas, la verdad nos hace libres y la libertad ha
de ser la base de nuestra verdad, pues no puede ir una sin la otra y
sin la belleza.
¡Estar en casa! Estar siempre en la casa del Padre, siempre con Dios,
como recordábamos ayer, ese Dios que "soy el que soy con vosotros",
Dios aquí presente, en mi vida y nuestra historia: "Si el Hijo os
libera, seréis verdaderamente libres". Sucedía alguna vez que "un hijo
de la casa", tramaba amistad con uno de sus esclavos, y sentía el
deseo de "liberarle"... para que no continuara en situación de
dependencia humillante. Es lo que ha hecho Jesús con nosotros. Nos ha
introducido en "su casa", en "su familia". Como en la historia de
"Príncipe y mendigo", por amistad se cambian y el mendigo vive en la
casa del Rey. Él nos ha liberado, redimido. En aquel momento, los
criados podían ser despedidos en cualquier momento, mientras que los
miembros de la familia estaban firmemente vinculados a la casa. El
Hijo nos saca de servidumbres, y trae la verdadera libertad y la
regala; pero esto no significa que podemos abusar, pues sentirse
libres requiere vivir la vida de Jesús, darse: "A vosotros, hermanos,
os han llamado a la libertad, pero que esa libertad no dé pie a los
bajos instintos. Al contrario, que el amor os tenga al servicio de los
demás" (Gal 5,13-14). La libertad característica del cristiano es la
libertad de amar. "Soy libre, cierto, nadie es mi amo; sin embargo, me
ha puesto al servicio de todos" (1Co 9,19). Dice san Agustín: "La
libertad es un placer. Mientras que tú haces el bien por miedo, no
gozas de Dios. Mientras que estés obrando como un esclavo no puedes
disfrutar. Que Dios te fascine y entonces serás libre", y aquí
acabamos este itinerario de libertad, que se activa en el amor.
¿Hago yo esta experiencia? ¿Siento que el pecado me ata, me encadena?
San Pablo decía: "No hago el bien que quisiera, y hago el mal que no
quisiera... ¿Quién me librará?" (Rm 7,24). Señor: ¡Dame amor a esta
Palabra, libérame, Señor! ¡Libre! Palabra preciosa que muchos artistas
han querido retratar, como Matisse (en "La danza"), el padre del color
quiso ir más allá de la impresión, captar la naturaleza y la persona
en su mundo interior, pero pienso que su visión naturalista es muy
pobre, cuando capta sólo un aspecto de la alegría de vivir, no ha
podido reflejar lo que en profundidad significa ¡ser libre!, que es
tener holgura interior, sin trabas ni obstáculos, sin tantas cosas que
me encadenan: mis hábitos, mis límites, mis pecados... y esto no se
consigue dejando los instintos de forma natural sino con la educación
de las virtudes, la libertad es una conquista, un trabajo, como un
cuadro, dejando que el pincel, cada uno, sea llevado por Dios: con
esfuerzo y gracia: Hazme libre, Señor. La Cuaresma es un tiempo muy a
propósito para la liberación. Hoy, ¿de qué atadura procuraré
liberarme? ¿Qué cadenas voy a romper con tu ayuda? En la mili había
una garita del puesto donde hacía guardia el soldado, y allí,
aburrido, dibujaba en la pared. En mi turno vi los dibujos, incluso
poesías, que habían pintado otros. En uno de los dibujos, de unas
manos que rompían unas cadenas, había al lado una poesía o algo así,
que decía: "no morirá jamás / quien de esclavo se libera / rompiendo
para ser libre / con su vida / cadenas". Se ve que era alguien que
estaba allí obligado, pero por dentro se sentía libre, volaba… Esta es
la Gracia.
Hace unos años dos amigos que estaban haciendo vela cerca de Bakio
fueron llevados por una corriente mar adentro. Tan solo uno de ellos
llevaba chaleco salvavidas y éste preguntó a su amigo: "¿Estás en
gracia?". El otro reconoció que no, y el primero le dio su salvavidas
porque él tenía a Jesús en el alma: Si se ahogaba iría al Cielo.
¿Te das cuenta de lo importante que es estar en gracia, como este
chico que se arriesgó a morir ahogado para que su amigo pudiese vivir
con Jesús en el alma? Cuando le acusaban a Juana de Arco de que no
tenía gracia de Dios, los malvados, ella con sencillez contestó: "pues
le pido a Dios que me dé su gracia ahora mismo". Nosotros sabemos que
si hacemos un pecado basta pedir perdón para que el Señor nos dé su
gracia, pero que para ser fieles el acto de contrición lleva el
propósito de la confesión. Jesús dijo que Dios vive en el alma que
está en gracia: vive conmigo ayudándome, dándome luz para entender,
fuerza para luchar y vencer, deseos buenos, amor y comprensión, etc.
Viviendo Dios en mí, Dios me da una vida nueva y distinta. Por eso,
vivir en gracia es lo más importante: porque es vivir con Dios. Pide
que tus amigos y familia vivan siempre en gracia de Dios. Continúa
hablándole a Dios con tus palabras (José Pedro Manglano).
"Yo hablo lo que he visto en el Padre". Jesús es perfectamente libre,
porque es perfectamente Hijo. Ama, y es libre porque ama: no está
apegado a sí mismo. Nada le detiene. Ningún egoísmo. Ningún obstáculo
al amor.
"Yo no he venido de mí mismo". El amor hace salir de uno, ¡libera!
Amar al solo Dios verdadero. Someterse al solo Dios verdadero. Es el
único medio de no estar sometido a nadie, sino a Dios, y de liberarse
de cualquier ídolo. Líbrame, Señor, de mis ídolos, de todo lo que no
tiene valor verdadero alguno, de todo lo que obstaculiza mi libertad
(Noel Quesson).
Cuando rezamos el Padrenuestro deberíamos decir esas breves palabras
con un corazón esponjado, un corazón no sólo de criaturas o de
siervos, sino de hijos que se saben amados por el Padre y que le
responden con su confianza y su propósito de vivir según su voluntad.
Es la oración de los que aman. De los libres (J. Aldazábal). «El
sacramento que acabamos de recibir sea medicina para nuestra
debilidad» (comunión); «Dios nos ha trasladado al Reino de su Hijo
querido, por cuya sangre hemos recibido la Redención, el perdón de los
pecados» (Ant. Comunión: Col 1,13-14). San Agustín dice: «Eres, al
mismo tiempo, siervo y libre: siervo porque fuiste hecho, libre porque
eres amado de Aquel que te hizo, y también porque amas a tu Hacedor».
Al terminar nuestra oración acudimos a la Virgen para que nos enseñe a
vivir nuestra vocación de libertad –don y tarea- con Cristo en medio
de nuestra vida ordinaria, con la mirada puesta en el cielo, en la
libertad completa.

Día 35º. MARTES QUINTO (23 de Marzo): Dios se revela en Jesús, que en la Cruz nos salva, hemos de mirarle y creer en Él para recibir la Vida plena

Por el camino del Mar Rojo, el pueblo perdió la paciencia y comenzó a
hablar contra Dios y contra Moisés: "¿Por qué nos hicieron salir de
Egipto para hacernos morir en el desierto? ¡Aquí no hay pan ni agua, y
ya estamos hartos de esta comida miserable!". Entonces vino una plaga
de serpientes venenosas, que mordieron a la gente, y así murieron
muchos israelitas. El pueblo acudió a Moisés y le dijo: "Hemos pecado
hablando contra el Señor y contra ti. Intercede delante del Señor,
para que aleje de nosotros esas serpientes". Moisés intercedió por el
pueblo, y el Señor le dijo: "Fabrica una serpiente abrasadora y
colócala sobre un asta. Y todo el que haya sido mordido, al mirarla,
quedará curado". Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre
un asta. Y cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba hacia
la serpiente de bronce y quedaba curado.
El pueblo de Israel realiza la experiencia de la dificultad de vivir
la fe, de confiar en la promesa de Dios. Su rebelión le muestra cómo
fuera de Dios no hay salvación (Misa dominical). En el evangelio de
hoy, Jesús dice que «debe ser levantado del suelo» y que será entonces
un signo de salvación... La cruz. La serpiente de bronce era un
anuncio de ese signo de salvación. A lo largo de toda la Biblia, el
desierto es el lugar de la tentación y de las pruebas. La gran prueba
es la de dudar de Dios mismo. Ese estado de duda en nuestras
relaciones con Dios suele aparecer cuando nos sentimos excesivamente
aplastados por el peso de nuestras preocupaciones. Y esto sucede, en
verdad, también a los cristianos más generosos y a los apóstoles más
ardientes. Con mayor razón esto puede explicar en parte el ateísmo y
la incredulidad: ¡con el desánimo a cuestas, se acusa a Dios! Como
Moisés, rezamos por nuestros contemporáneos que prescinden de Dios:
¡Ten piedad, Señor! ¡Alivia la carga que pesa sobre ellos!
Llegan las "serpientes venenosas". La serpiente ha sido siempre
símbolo de espanto. Animal sinuoso y deslizante, difícil de atrapar,
que ataca siempre por sorpresa y cuya mordedura es venenosa: el veneno
que inyecta en la sangre no guarda proporción con su herida
aparentemente benigna. Se está tentado de atribuirlo a una potencia
maléfica, casi mágica. Fue serpiente la que tentó a Eva, y hay mujeres
que tienen sus pesadillas con imágenes de serpientes (supongo que a
causa de haberlas visto por el campo). Los antiguos interpretaban como
un castigo del cielo las desgracias naturales que les sobrevenían, y
de ahí que vean el mal en la serpiente: -"Hemos pecado contra el Señor
y contra ti. Intercede ante el Señor para que aparte de nosotros las
serpientes". También nosotros queremos ser conscientes de nuestros
pecados, ver claro; pero que la evidencia de nuestra culpa no nos deje
sucumbir en el desaliento (Noel Quesson). En el Evangelio vemos que
aquella figura era estandarte a imagen de Cristo en la Cruz: Él sí que
nos cura y nos salva, cuando volvemos la mirada hacia Él, sobre todo
cuando es elevado a la cruz en su Pascua. Jesús, el Salvador.
"Señor, escucha mi oración y llegue a Ti mi clamor; no me ocultes tu
rostro en el momento del peligro; inclina hacia mí tu oído, respóndeme
pronto, cuando te invoco", reza un pobre gravemente enfermo, pero que
no ha perdido la confianza de ser salvado de su enfermedad, pues
conoce las frecuentes visitas de Dios a su pueblo. Por profundo que
sea nuestro abatimiento, alcemos nuestros ojos a Dios, como Israel los
levantó al signo que le presentaba Moisés y contemplemos a Jesucristo,
nuestra salvación, en la Cruz. El Señor nos librará, aunque por
nuestros pecados nos sintamos condenados a muerte: «Señor, escucha mi
oración, que mi grito llegue hasta Ti, no me escondas tu rostro el
día de la desgracia. Inclina tu oído hacia mí, cuando te invoco,
escúchame en seguida... Que el Señor ha mirado desde su excelso
santuario, desde el cielo se ha fijado en la tierra, para escuchar los
gemidos de los cautivos y librar a los condenados a muerte». Es un
clamor hacia la ternura de Dios, para que se haga presente en sus
cuidados: "porque Él se inclinó desde su alto Santuario y miró a la
tierra desde el cielo, para escuchar el lamento de los cautivos y
librar a los condenados a muerte", y nos prepara "una morada… segura".
Queremos acercarnos con esperanza hacia esta morada, viviendo donde
estamos, sabiendo que hasta ahí se "agacha" el Señor, y ahí lo podemos
encontrar, podemos hacer nuestros "refugios", figura de la Ciudad de
Dios y encontrar al divino huésped: "Te amo, te abrazo, estoy
orgulloso de ti. Me alegra vivir en ti, enseñarte a visitantes, dar tu
nombre junto al mío al dar la dirección donde vivo, unir así tu nombre
al mío en sacramento topográfico de matrimonio residencial. Tú eres mi
ciudad, y yo soy tu ciudadano. Nos queremos". Todo puede ser ocasión
de encuentro con Dios: "Tus avenidas son sagradas, tus cruces son
benditas, tus casas están ungidas con la presencia del hombre, hijo de
Dios. Tú eres un templo en tu totalidad, y consagras con el sello del
hombre que trabaja los paisajes vírgenes del planeta tierra.
Por ti rezo, ciudad querida, por tu belleza y por tu gloria; rezo a
ese Dios cuyo templo eres y cuya majestad reflejas, para que repare
los destrozos causados en ti por la insensatez del hombre y los
estragos del tiempo y te haga resplandecer con la perfección final que
yo sueño para ti y que Él, como Dueño y Señor tuyo, quiere también
para ti… Mi propia vida parece a veces desmoronarse, y entonces me
acojo a ti, me escondo en ti, me uno a ti. Cuando sufro, me acuerdo de
tus sufrimientos; y cuando las sombras de la vida se me alargan,
pienso en las sombras de tus ruinas. Y entonces pienso también en tus
cimientos, firmes y permanentes desde tiempos antiguos; y en la
permanencia de tu historia encuentro la fe que necesito para continuar
mi vida.
Ciudad moderna de huelgas y disturbios, de explosiones de bombas y
sirenas de policía. Sufro contigo y vivo contigo, con la esperanza de
que nuestro sufrimiento traerá redención y llegaré a cantar libremente
en ti las alabanzas del Señor que te hizo a ti y me hizo a mí" (Carlos
Vallés), que nos ha hecho para ser felices en el paraíso que ya
tocamos con los dedos cuando nos elevamos de puntillas y alargamos las
manos con la esperanza.
Estamos leyendo de cuando Jesús sube a Jerusalén para la fiesta de las
Tiendas y las controversias con los judíos de Jerusalén que culminarán
en el intento de apedrear a Jesús. La fiesta de las Chozas era para
los judíos la fiesta por excelencia de la esperanza mesiánica. En ella
la autoproclamación de Yahvé tenía una fuerza y centralidad sin igual,
y la celebración venía a subrayar esta presencia poderosa de Yahvé en
el templo con el majestuoso «Yo soy» de la liturgia. Jesús, en medio
de este contexto, se autoproclama «Yo soy», pero ellos no ven... La
revelación no puede ser más clara. Y en estas palabras majestuosas,
que quieren responder a la pregunta explícita: «¿Tú quién eres?», se
da precisamente la razón fundamental del escándalo y del rechazo
judío: lo quieren apedrear. El fragmento de hoy acaba diciendo:
«muchos del pueblo creyeron en Él» (Oriol Tuñi): Dios está aquí, en mi
historia. Jesús es "el sitio" de la presencia divina, el lugar en que
el hombre puede encontrar a Dios en el mundo. Esta revelación se hará
plena con el Espíritu Santo, fruto de la Cruz: "Cuando levantéis al
Hijo del hombre sabréis que Yo soy". Una exaltación por su
abajamiento, como veremos próximamente (según Fil 2). Con esta
conexión establecida entre la cruz y la afirmación "Yo soy" queda
definitivamente claro dónde hay que buscar y encontrar el lugar de la
presencia salvadora de Dios: en Cristo crucificado.
-Con esta pregunta "¿Quién eres tú?" los enemigos de Jesús declaran
que no han entendido la afirmación de Jesús acerca de su origen, ni
tampoco su afirmación "Yo soy". A esta pregunta no hay respuesta por
parte de Jesús. Es una opción de fe, no se puede forzar la libertad.
"Cuando levantéis al Hijo del hombre sabréis que Yo soy y que no hago
nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado": la
cruz es el lugar en que se ha revelado al mundo de manera más plena y
más aplastante el amor entrañable de Dios (cf Jn 3,14-16). "Y como
Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser
levantado el Hijo del hombre... Porque tanto amó Dios al mundo que
entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en él no perezca,
sino que tenga vida eterna" (Jn 19, 37): "Y se cumplió la Escritura:
'Mirarán al que traspasaron'": para ser salvado hay que "mirar" -con
el corazón- a Cristo levantado en la cruz.
"Y cuando levantéis al Hijo del hombre sabréis también que Yo no hago
nada por mi cuenta". Jesús mediante su muerte en la cruz proclama su
obediencia a la voluntad del Padre. Y esa palabra tan fácil de decir
"nada hago por mi cuenta" define exactamente la conducta de Jesús y en
su muerte se confirma y se realiza de una manera perfecta, es la
máxima realización de la voluntad divina, una oración existencial: "El
que me envió está conmigo, no me ha dejado solo, porque yo hago
siempre lo que le agrada". Jesús está máximamente acompañado, el Padre
" no me ha dejado solo", es decir, que la soledad de las palabras de
Jesús en la cruz (Mt 27, 46) "Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"
según los sinópticos, queda completado, para cortar los errores de
interpretación, por esa verdad que explica S. Juan: el Padre no ha
abandonado a su Hijo ni siquiera al ser izado en la cruz y la razón
está en que "yo hago siempre lo que le agrada", es decir, cumplo
siempre su voluntad. San Germán de Constantinopla contempla así esta
obediencia de Cristo: «A raíz de que Cristo se humilló a sí mismo y se
hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz (cf. Flp 2,8), la Cruz
viene a ser el leño de obediencia, ilumina la mente, fortalece el
corazón y nos hace participar del fruto de la vida perdurable. El
fruto de la obediencia hace desaparecer el fruto de la desobediencia.
El fruto pecaminoso ocasionaba estar alejado de Dios, permanecer
lejos del árbol de la vida y hallarse sometido a la sentencia
condenatoria que dice: "volverá a la tierra de donde fuiste formado"
(Gén 3,19). El fruto de la obediencia, en cambio, proporciona
familiaridad con Dios, dando cumplimiento a estas palabras de Cristo:
Cuando yo sea levantado en alto atraeré a todos a Mí (Jn 12,32). Esta
promesa es verdad muy apetecible».
Jesús me enseña a estar pendiente del amor a Dios, a los demás. Así no
me sentiré nunca solo, sino en compañía de Jesús: «Señor, escucha mi
oración: no me escondas tu rostro» (salmo), «perdona nuestras faltas y
guía Tú mismo nuestro corazón vacilante» (ofrendas). San León Magno
dice: «¡Oh admirable poder de la Cruz!... En ella se encuentra el
tribunal del Señor, el juicio del mundo, el poder del Crucificado.
Atrajiste a todos hacia Ti, Señor, a fin de que el culto de todas las
naciones del orbe celebrara mediante un sacramento pleno y manifiesto,
lo que realizaban en el templo de Judea como sombra y figura... Porque
tu Cruz es fuente de toda bendición, el origen de toda gracia; por
ella, los creyentes reciben de la debilidad, la fuerza; del oprobio,
la gloria; y de la muerte, la vida».
El paraíso tenía en el centro el árbol de la vida, y el nuevo paraíso
que nos muestra ese "Dios presencia" es a través de la cruz, árbol de
la vida por la que entramos en la Vida plena, como apunta San Teodoro
Estudita: «La Cruz no encierra en sí mezcla del bien y del mal como el
árbol del Edén, sino que toda ella es hermosa y agradable, tanto para
la vista cuanto para el gusto. Se trata, en efecto, del leño que
engendra la vida, no la muerte; que da luz, no tinieblas; que
introduce en el Edén, no que hace salir de él...».
Sus brazos abiertos, extendidos entre el cielo y la tierra, trazan el
signo indeleble de su amistad con nosotros los hombres. Al verle así,
alzado ante nuestra mirada pecadora, sabremos que Él es (cf. Jn 8,28),
y entonces, como aquellos judíos que le escuchaban, también nosotros
creeremos en Él. "Sólo la amistad de quien está familiarizado con la
Cruz puede proporcionarnos la connaturalidad para adentrarnos en el
Corazón del Redentor... Que nuestra mirada a la Cruz, mirada sosegada
y contemplativa, sea una pregunta al Crucificado, en que sin ruido de
palabras le digamos: «¿Quién eres tú?» (Jn 8,25). Él nos contestará
que es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6), la Vid a la que sin
estar unidos nosotros, pobres sarmientos, no podemos dar fruto, porque
sólo Él tiene palabras de vida eterna. Y así, si no creemos que Él es,
moriremos por nuestros pecados. Viviremos, sin embargo, y viviremos ya
en esta tierra vida de cielo si aprendemos de Él la gozosa certidumbre
de que el Padre está con nosotros, no nos deja solos. Así imitaremos
al Hijo en hacer siempre lo que al Padre le agrada" (Josep Maria
Manresa).
Acabamos con propósitos de mirar a Cristo, de vida de piedad: buscar
la fortaleza en el trato de amistad con Jesús, a través de la oración,
de la presencia de Dios a lo largo de la jornada y en la visita al
Santísimo Sacramento. El Señor quiere a los cristianos corrientes
metidos en la entraña de la sociedad, laboriosos en sus tareas, en un
trabajo que de ordinario ocupará de la mañana a la noche, pues Dios
está ahí, Jesús espera que no nos olvidemos de Él mientras trabajamos,
procuremos mantener su presencia a lo largo de la jornada, con
recordatorios, esas "industrias humanas": jaculatorias, actos de amor
y desagravio, comuniones espirituales, miradas a la imagen de Nuestra
Señora; cosas sencillas, pero de gran eficacia. Si perseveramos,
llegaremos a estar en la presencia de Dios como algo normal y natural.
Aunque siempre tendremos que poner lucha y empeño. Muchas veces vemos
al Señor que se dirigía a su Padre Dios con una oración corta,
amorosa, como una jaculatoria. Nosotros también podemos decirlas desde
el fondo de nuestra alma, y que responden a necesidades o situaciones
concretas por las que estamos pasando. Santa Teresa recuerda la huella
que dejó en su vida una jaculatoria: "¡Para siempre, siempre,
siempre!" Son impresionantes las palabras que evocan esa presencia,
que pronunciaron aquellos discípulos de Emaús: "Quédate con nosotros,
Señor, porque se hace de noche" (Lucas 24, 29), sin Ti, Señor, la vida
es noche, todo es oscuridad cuando Tú no estás. La Virgen María nos
dará ese camino seguro: "bendito es el fruto de tu vientre, Jesús"
(Francisco Fernández Carvajal).
¿Puedo ayudarte en algo, Dios mío? En una obra del escritor brasileño
Pedro Bloch encuentro un diálogo con un niño que me deja literalmente
conmovido.
- ¿Rezas a Dios? - pregunta Bloch.
- Sí, cada noche - contesta el niño.
- ¿Y qué le pides?
- Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.
Y ahora soy yo quien me pregunto a mí mismo qué sentirá Dios al oír a
este chiquillo que no va a Él, como la mayoría de los mayores,
pidiéndole dinero, salud, amor o abrumándole de quejas, de protestas
por lo mal que marcha el mundo, y que en cambio, lo que hace es
simplemente ofrecerse a echarle una mano, si es que la necesita para
algo (José Pedro Manglano).
Que muchos días le reces así a Dios. Coméntale a Dios con tus palabras
algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.

Día 34º. LUNES QUINTO (22 de Marzo): encuentro de la miseria humana con la misericordia divina

Vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín, casado con una mujer
llamada Susana, muy bella y temerosa de Dios; sus padres eran justos y
habían educado a su hija según la ley de Moisés. Joaquín era muy rico,
tenía un jardín contiguo a su casa, donde le gustaba pasear Susana, y
los judíos solían acudir donde él, porque era el más prestigioso de
todos. Aquel año habían sido nombrados jueces dos ancianos corruptos
que acusaron injustamente a Susana para hacerla morir. "Ella,
llorando, levantó los ojos al cielo, porque su corazón tenía puesta su
confianza en Dios". Y la condenaron a muerte. Entonces Susana gritó
fuertemente: "Oh Dios eterno, que conoces los secretos, que todo lo
conoces antes que suceda, Tú sabes que éstos han levantado contra mí
falso testimonio. Y ahora voy a morir, sin haber hecho nada de lo que
su maldad ha tramado contra mí." El Señor escuchó su voz y, cuando era
llevada a la muerte, suscitó el santo espíritu de un jovencito llamado
Daniel, que se puso a gritar: "¡Yo estoy limpio de la sangre de esta
mujer!" Todo el pueblo se volvió hacia él y dijo: "¿Qué significa eso
que has dicho?" Él, de pie en medio de ellos, respondió: "¿Tan necios
sois, hijos de Israel, para condenar sin investigación y sin evidencia
a una hija de Israel? ¡Volved al tribunal, porque es falso el
testimonio que éstos han levantado contra ella!" Todo el pueblo se
apresuró a volver allá, y los ancianos dijeron a Daniel: "Ven a
sentarte en medio de nosotros y dinos lo que piensas, ya que Dios te
ha dado la dignidad de la ancianidad." Daniel les interrogó separados
y al preguntarles por ejemplo por un árbol se contradecían, uno decía
"una acacia" y el otro "una encina", pues antes se pilla al mentiroso
que al cojo. "Luego se levantaron contra los dos ancianos, a quienes,
por su propia boca, había convencido Daniel de falso testimonio y,
para cumplir la ley de Moisés, les aplicaron la misma pena que ellos
habían querido infligir a su prójimo: les dieron muerte, y aquel día
se salvó una sangre inocente. Jilquías y su mujer dieron gracias a
Dios por su hija Susana, así como Joaquín su marido y todos sus
parientes, por el hecho de que nada indigno se había encontrado en
ella". Te ruego, Señor, por todos aquellos que HOY todavía ven
afectada su reputación por calumnias o por maledicencias. Ayúdame,
Señor, a conocerme, a vigilar mi conducta para que no caiga en
acusaciones, críticas o juicios maliciosos... ni siquiera sin
quererlo, por descuido... Susana acude a Dios, en el peligro. ¿Tengo
yo también ese reflejo? En vez de dejarme abrumar por mis
preocupaciones, debo aceptarlas a manos llenas, ofrecerlas
transformándolas en oración. «Tú que penetras los secretos...» Señor,
Tú sabes mis preocupaciones (Noel Quesson).
Susana refleja la naturaleza de la Iglesia: su hermosura, su
inocencia, y en el jardín: la desposada, esposa feliz y honrada por su
esposo, rico y poderoso, paseándose gozosa por el parque de su marido:
es Susana en el paraíso. "La Iglesia comenzó a vivir en el jardín al
punto que Jesús hubo padecido en el huerto" (san Ambrosio). ¡Cristo en
Cruz y la Iglesia en el jardín! Jesús rezó en un huerto y cerca de un
huerto murió y lo prometió al ladrón: "Hoy vas a estar conmigo en el
Paraíso" (Lc 23, 43). Ese huerto primero de gozo (Gn 2, 8) quedó
cerrado por la espada de fuego (Gn 3, 23-24). El hombre tuvo entonces
que cultivar el desierto de este mundo, con el sudor de su frente;
pero la tierra maldita es el campo en el que Caín dio muerte a su
hermano Abel, campo que luego se compró con el precio de la sangre que
cobró Judas. Pero el grano de trigo que cae en la tierra y muere da
mucho fruto. Hay un tesoro escondido, Cristo muere y resucita, y con
Él el desierto se ha tornado jardín. Susana se pasea en pleno mediodía
de la redención, Cristo es la luz esplendorosa y sol verdadero. En el
jardín fluye el agua del manantial abierto por la cruz. Dos doncellas,
la Fe y la Caridad (Cassel), preparan el baño de la salud, el "aceite
de la alegría" celeste, la vida divina que se derramó en el jardín al
romperse el frasco con la muerte de Jesús.
"Es, en verdad, un jardín cerrado, un bosque sagrado que oculta los
misterios de Cristo. La Iglesia dice, como la esposa del Cantar de los
Cantares: "Voy a bajar al jardín" (Ct 6,10). Y viene, y baja a "la
fuente del huerto, fuente de agua viva" (Ct 4,15), al agua de la
pasión de Cristo, al manantial de su sangre. Allí se lava en la
corriente de su amor, se sumerge en su muerte y vuelve a salir limpia
y resplandeciente de inmaculada belleza: Susana, el lirio que brilla
con la pureza de Cristo. Entonces, habiendo subido del baño de la
muerte de Cristo, se unge con el "aceite esparcido" (Ct 1,02), la
"fuerza del cielo" (Lc 24, 40), la vida divina del Amado. Y exclama:
"Venga mi amado al jardín" (Ct 5,1)".
El buen olor del Amado perfuma el jardín: "Estoy en mi jardín, hermana
mía, esposa mía" (Ct 5, 1). La Iglesia está ardiente de amor, y le
pide: "Grábame como un sello en tu corazón" (Ct 8, 6).
El maligno puede penetrar en el jardín (en el paraíso, la serpiente;
en Susana, los libertinos; en el huerto de los olivos, al traidor). La
Iglesia también ha de sufrir tentaciones, como Jesús. La Iglesia es
siempre joven, el pecado bajo la capa de engaño está próximo a la
muerte y envejecido. Busca ávidamente apoderarse de la vida, pero su
poder no puede nada contra la oración confiada de la Iglesia (Emiliana
Löhr).
Podemos decir con Susana, con Jesús, con todos los que son acusados
injustamente, con todos los que sufren, con los que se fían de Dios,
el salmo de hoy: "El Señor es mi Pastor, nada me falta: en verdes
praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y
repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su
nombre". La vida es como una excursión, en la que Jesús nos acompaña,
aunque no lo vemos de compañero de viaje, es el amigo invisible.
"Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan". La oscuridad del jardín o
tentaciones no le quita la paz, ni el futuro pues Jesús, auténtico
filósofo, nos lleva más allá de la muerte, es el buen pastor que nos
guía hasta el paraíso, el jardín de la nueva aurora donde no hay ya
noche (Emiliana Löhr).
"Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la
cabeza con perfume, y mi copa rebosa". Es la Misa: allí estamos todos
unidos, con nuestro Amigo Jesús.
"Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y
habitaré en la casa del Señor por años sin término": nos prepara un
cielo muy grande.
Acaba de celebrarse la fiesta de los Tabernáculos. Alrededor del
Maestro la bulla de siempre, unos porque le quieren, otros porque no,
otros que miran... traen una mujer, la que querían matar ayer, por
pecadora. Jesús entonces les invita a examinar su corazón, y a lanzar
la primera piedra quien se vea libre de pecado. Algo sorprendente,
todos se van…
- "Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿ninguno te ha condenado?
- Ninguno, Señor.
- "Yo tampoco te condeno; vete y no peques más". El examen de
conciencia es siempre una nueva oportunidad, cada noche al acostarnos,
cada vez que nos confesamos, llenos de alegría y de agradecimiento.
Esta es tu actitud ante nuestros pecados. Con delicadeza, no levantas
tu mirada hacia ella, porque sabes su vergüenza... Bajas los ojos al
suelo. Tú, Señor, eres el único que no la juzgas. Te compadeces de
ella. Tú miras el corazón de esta mujer, mucho más que "la ley".
Ellos insisten. Son ellos los que insisten. Querían que Tú la
condenaras, Jesús. No, Tú los remites a su propia conciencia: y te ves
obligado a decirles: -"El que de vosotros esté sin pecado... arrójele
la piedra el primero".. Miremos pues dentro de vosotros. Cuando me
siento tentado de juzgar duramente, es también conveniente que busque
en mí, para ver si yo mismo estoy "sin pecado". ¿Hay quizás en mí
pecados equivalentes o peores... o por lo menos, raíces de esas mismas
tendencias que condeno en los demás? Mis propias debilidades deberían
hacerme indulgente para con las debilidades de los demás.
-"Jesús quedó solo con la mujer. Se incorporó y le dijo: "Mujer,
¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?" Dijo ella "Nadie, Señor". Jesús
dijo: "Ni yo te condeno tampoco..."". Este es un diálogo todo belleza
y todo delicadeza (Noel Quesson).
Esta semana se llama de Pasión, hasta el Domingo de Ramos, es una
llamada a ver cómo vamos en el camino de estos 40 días, y qué más
podemos hacer. Vemos hoy que en Jesús la conversión va unida a la
comprensión, supone la valentía de profundizar dentro de la propia
alma, entrar al propio corazón.
El sentirse perdonado va muy ligado a la correspondencia de amor.
Quien se sabe amado y perdonado, devuelve amor por Amor: «Preguntaron
al Amigo cuál era la fuente del amor. Respondió que aquella donde el
Amado nos ha lavado nuestras culpas» (Ramon Llull). "Por esto, el
sentido de la conversión y de la penitencia propias de la Cuaresma es
ponernos cara a cara ante Dios, mirar a los ojos del Señor en la Cruz,
acudir a manifestarle personalmente nuestros pecados en el sacramento
de la Penitencia. Y como a la mujer del Evangelio, Jesús nos dirá:
«Tampoco yo te condeno... En adelante no peques más» (Jn 8,11). Dios
perdona, y esto conlleva por nuestra parte una exigencia, un
compromiso: ¡No peques más! (Jordi Pascual).
-"Mujer, ¿ninguno te ha condenado? –Ninguno, Señor.- Tampoco yo te
condeno. Anda y en adelante no peques más" (Juan 8, 10-11). "Podemos
imaginar la enorme alegría de aquella mujer pecadora, sus deseos de
comenzar de nuevo, su profundo amor a Cristo después de recibir Su
perdón. En el alma de esta mujer, manchada por el pecado y por su
pública vergüenza, se ha realizado un cambio tan profundo, que sólo
podemos entreverlo a la luz de la fe. Cada día, en todos los rincones
del mundo, Jesús a través de sus ministros los sacerdotes, sigue
diciendo: "Yo te absuelvo de tus pecados..." Es el mismo Cristo que
perdona. San Agustín afirma que el prodigio que obran estas palabras
supera a la misma creación del mundo. Por la absolución, el hombre se
une a Cristo redentor, que quiso cargar con nuestros pecados. Por esta
unión, el pecador participa de nuevo de esa fuente de gracia que mana
sin cesar del costado abierto de Jesús. En el momento de la absolución
intensificaremos el dolor de nuestros pecados, renovaremos el
propósito de enmienda, y escucharemos con atención las palabras del
sacerdote que nos conceden el perdón de Dios. Después de cada
confesión debemos dar gracias a Dios por la misericordia que ha tenido
con nosotros y concretaremos cómo poner en práctica los consejos
recibidos. Una manifestación de nuestra gratitud es procurar que
nuestros amigos acudan a esa fuente de gracias, acercarlos a Cristo,
¡difícilmente encontraremos una obra de caridad mayor! (Francisco
Fernández Carvajal).
"Dios perdona siempre, los hombres a veces, la naturaleza no perdona",
reza el dicho popular, por eso hay que procurar no hacer tonterías en
la bici o patines, en la carretera o imprudencias en las que pongamos
en peligro la vida, porque aunque el Señor lo puede arreglar y
llevarnos al cielo mejor vivir la vida que nos ha dado, y no dar penas
a nuestros padres, no morirse antes de tiempo, lo demás tiene arreglo
fácil: la confesión, pedir perdón, volver a empezar; la escena de hoy
podría titularse si fuera un cuadro: "Cómo condenan los Hombres. Cómo
perdona Dios". Alguno se pregunta seriamente: ¿Podrá Dios perdonarme a
mí? Incluso alguno desespera como Judas: "Yo no tengo perdón de Dios".
Jesús le lavó los pies al traidor por si se dejaba lavar el corazón,
como hizo Pedro. Hay dos clases de personas: unos que se saben
pecadores y otros que no se saben pecadores, pero todos pecamos. Pero
una cosa es el pecado, otra el pecador. Decía una madre: "La Iglesia
no es partidaria del pero está con el pecador humilde que se
arrepiente (es el hijo pródigo que vuelve a empezar, que vuelve a la
casa del padre). Es madre, pero firme educadora, a diferencia de las
madres débiles que no amonestan a sus hijos para ahorrarles la pena y
que luego lloran de remordimientos..."
Jesús es el nuevo Daniel (ese nombre significa «el Señor, mi juez»),
instrumento de la misericordia de Dios incluso para los pecadores. Con
viveza narra Juan el ambiente: acusadores, gente curiosa, la mujer
avergonzada, y Cristo que resuelve con elegancia la situación. El
examen de hoy puede también abarcar cómo tratamos a los demás en
nuestros juicios: ¿les juzgamos precipitadamente?, ¿escuchamos a las
personas antes de acusarles de algo?, ¿nos dejamos llevar de las
apariencias? Si antes de juzgar a nadie nos juzgáramos a nosotros
mismos («el que esté libre de pecado tire la primera piedra»)
seguramente seríamos un poco más benévolos en nuestros juicios
internos y en nuestras actitudes exteriores para con los demás.
¿Sabemos tener para con los que han fallado la misma delicadeza de
trato de Jesús para con la mujer pecadora, o estamos retratados más
bien en los intransigentes judíos que arrojaron a la mujer a los pies
de Jesús para condenarla?
"La figura central es Jesús y el juicio de Dios sobre nuestro pecado.
Si en la primera escena es el joven Daniel quien desenmascara a los
falsos acusadores, en el evangelio es Jesús el que va camino de la
muerte para asumir sobre sí mismo el juicio y la condena que la
humanidad merecía. El nuevo Daniel se deja juzgar y condenar él, en un
juicio totalmente injusto, para salvar a la humanidad. Por eso puede
perdonar ya anticipadamente a la mujer pecadora.
Ese Jesús que camina hacia su Pascua -muerte y resurrección- es el que
nos invita también a nosotros a seguirle, para que participemos de su
victoria contra el mal y el pecado, y nos acojamos a la sentencia de
misericordia que Él nos ha conseguido con su muerte.
Antes de comulgar cada vez se nos presenta a Cristo como «el que quita
el pecado del mundo». Con su cruz y su resurrección nos ha liberado de
todo pecado. Jesús, el perdonador. Es el que se nos da en cada
Eucaristía, como se nos dio de una vez para siempre en la cruz" (J.
Aldazábal). En la oración de hoy pedimos (con palabras de San León
Magno): «Señor, Dios nuestro, cuyo amor nos enriquece sin medida con
toda bendición: haz que, abandonando nuestra vida caduca, fruto del
pecado, nos preparemos como hombres nuevos, a tomar parte en la gloria
de tu Reino». Con la ayuda de la recepción de la Eucaristía: «Te
pedimos, Señor, que estos sacramentos que nos fortalecen, sean siempre
para nosotros fuente de perdón y, siguiendo las huellas de Cristo, nos
lleven a Ti, que eres nuestra vida» (Postcomunión).
Estos días vamos con una mochila llena de trastos, en el camino de la
cuaresma que es una peregrinación (éxodo, salir de mis cosas) como el
Camino de Santiago, hacia la Semana Santa, con Jesús. Sigo las pistas
de la Liturgia, como una ginkana, y voy tirando cosas viejas que me
pesan y descubro que son inútiles para andar, para el viaje de la
vida, y en cambio otras sí que me sirven, como las tiritas del perdón,
para los roces, o cosas por el estilo. También hay buenas compañías en
el camino, sobre todo Jesús, el compañero fiel que me acompaña… con su
libro preferido (Biblia) y el pan de los ángeles (Eucaristía), y el
abrazo que lo cura todo (Confesión).
Hemos ido leyendo curaciones como la del paralítico de la piscina
milagrosa… "De la cruz de Cristo ha brotado la fuente de agua y
sangre, y no uno sólo, sino todos los que se arrojen dentro salen
curados. Después del bautismo, esta piscina milagrosa es el sacramento
de la Reconciliación, y esta meditación desearía servir precisamente
como preparación a una buena confesión pascual. Dolor de los pecados
porque pensaba en ti. "¡Qué dolor de muelas! No puedo estudiar, ni
leer, ni jugar, y ni siquiera puedo dormir ", se quejaba
desconsoladamente. Alguna vez habrás tenido dolor fuerte de algo, ¡qué
pesadilla! Pues bien, el dolor de los pecados NO es así. Para
perdonarnos en la confesión Dios nos pide dolor, y este dolor consiste
en tres cosas: 1) reconocer que se ha pecado voluntariamente; 2)
desear no haberlo hecho; 3) querer no volver a hacerlo y, para ello,
poner los medios oportunos. Es bueno que fomentes y busques el dolor
de ¡os pecados. Cristo, como Hombre que era, padeció todos los
sufrimientos de su Pasión hace muchos siglos. Pero como Dios es
eterno, no tiene tiempo: no hay para Él un antes y un después. Todo
está presente ahora delante de Él. Es igual el año 580 que el 1990 o
el 3150.
Y hacia el año 30 y pico, cuando cargó con la cruz, y le atravesaron
sus manos y pies con clavos, etc., tenía presente en su cabeza divina
todo lo que yo -y cualquier otro hombre- hacemos ahora y en cualquier
otro momento de la historia. Por eso en la Cruz PENSABA EN TI, Y TU
ESTABAS PRESENTE EN LA PASIÓN. Dame, Señor, dolor de mis pecados.
Dolor de amor. Lo que yo hago te afecta. Tú pensabas en mí en tu
pasión. Y cada día, en cada misa, renuevas tu pasión. Y la renuevas
pensando en mí. Gracias, y auméntame el dolor de mis pecados. Continúa
hablándole a Dios con tus palabras (José Pedro Manglano).
Por cierto, que el dolor de remordimiento no es bueno, una vez
transformado en arrepentimiento hay que quitarlo. El dolor es como una
alarma, para avisar que hay un mal, una vez se cura el mal, ya está.
Si no se va, se quita con una aspirina… Porque Jesús es Príncipe de la
paz, nos dice "yo tengo pensamientos de paz". Lo que no da paz, no es
de Dios, y la penitencia que nos pide es que nos demos a los demás con
alegría: «Bienaventurados los misericordiosos». Señor, frecuentemente
he pedido y he recibido a la ligera tu misericordia, ¡sin darme cuenta
de a qué precio me la has procurado! A menudo he sido el siervo
perdonado que no sabe perdonar: ¡Kyrie eleison! ¡Señor, ten piedad!

Día 33º. DOMINGO QUINTO (21 de Marzo): “vete en paz, y no peques más”. Vamos a aprender a comprender a los demás como Jesús hizo con la pecadora

"Dice Yahveh, que trazó camino en el mar, y vereda en aguas
impetuosas". La lectura de Isaías nos recuerda el paso del mar Rojo y
de cómo Dios protegió a su pueblo, y todo esto es figura de nuestro
bautismo y nos anuncia "algo nuevo que ya está brotando": es un nuevo
Éxodo, un retorno del exilio, que tendrá las maravillas del primero.
Así como en el desierto surgió el agua para que beba el pueblo, ahora
surgirán aguas vivas… "Mirad que realizo algo nuevo..." La Palabra de
Dios lo proclamará definitivamente en la Pascua de Jesús: "Haré que
todo sea nuevo" (Ap 21,5).
"Los ojos de Dios están puestos en los justos", Dios se complace en
ellos. Sus oídos están siempre atentos a las peticiones y a las
súplicas de sus fieles. Cuando uno clama a Dios, lo escucha y lo
atiende, le libra de sus angustias, porque el Señor está cerca de los
atribulados, de los abatidos y perseguidos, y él les devuelve la vida
y la esperanza. El salmista insiste en la confianza, en la idea de la
pronta intervención de Dios. El justo está bajo las alas protectoras
del Señor y nada le puede afectar.
"El que cava una fosa caerá en ella, el que deshace una pared es
mordido por el áspid" (Eccl 10,8).
El salmos canta "gritos de alegría. Entonces se decía entre las
naciones: ¡Grandes cosas ha hecho Yahveh con éstos!
¡Sí, grandes cosas hizo con nosotros Yahveh, el gozo nos colmaba!...
Los que siembran con lágrimas cosechan entre cánticos.
Al ir, va llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando
trayendo sus gavillas".
San Pablo (Filipenses 3,8-14) nos dice hoy que "juzgo que todo es
pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor,
por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a
Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de
la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene
de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su
resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme
semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de
entre los muertos. No que lo tenga ya conseguido o que sea ya
perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo,
habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no
creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé
atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta,
para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo
Jesús". Cada vez que un cristiano intenta mantenerse fiel a Dios,
vivir esperanzado, perdonar a sus enemigos, ahogar el mal a fuerza de
bien, amar y hacer el bien a quienes no puedan devolvérselo, poner en
riesgo su vida, salud, fama o bienes por amor o por la causa de la
justicia, vivir en paz y alegría en medio de las dificultades,
participa de la fuerza de la resurrección, resucita con Cristo (Col
2,12; "Eucaristía 1989").
Le presentan a Jesús una mujer pecadora, y le dicen: "Moisés nos mandó
en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?"
Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús,
inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Como
insistieron, Jesús contestó: «Aquel de vosotros que esté sin pecado,
que le arroje la primera piedra.»
E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra.
Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro,
comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que
seguía en medio.
Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?»
Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno.
Vete, y en adelante no peques más.»"
El nuevo éxodo de la primera lectura nos lleva hacia la mirada de
Cristo, que nos da vida: "Mírame... para que yo sepa que existo" (A.
Baggio). La mirada es muy importante, y las personas rechazadas por
nuestra mirada serán condenadas, quizás, a llevar durante toda su vida
una marca de soledad, de rechazo, de insignificancia. También una
mirada indiferente puede ser "homicida". Su mensaje, en efecto, se
puede traducir así: "Para mí tú no existes. Negándote importancia, te
niego el derecho a la existencia". Una mirada de indiferencia tiene la
capacidad de borrar a una persona. Una mirada libre es una mirada que
no se limita a tocar de soslayo a las personas que encuentra. No es
una mirada rápida. No es huidiza. Sabe pararse y acoger. Acoger, pero
no forzar. Es necesario que, cada mañana, purifiquemos nuestra mirada.
Se trata, en efecto, de:
-Desvincularla de todo instinto de posesión.
-Desarmarla de los varios elementos de hostilidad, agresividad,
malignidad, dureza.
-Darle capacidad de sorpresa y de maravilla que hace nuevas las cosas
y las devuelve el gusto del descubrimiento del otro.
-Hacerla atenta al otro. O sea capaz de ver al otro como yo quisiera
ser visto. Así, la atención se hace expresión de respeto y vehículo de
liberación. Solamente la atención que nace del amor declara al otro:
"Te reconozco el derecho de ser lo que eres. Deseo que seas todo lo
que puedes ser" (A.Baggio). Sí, solamente si conseguimos una mirada
purificada, las piedras comenzarán a caer de nuestras manos
(Alessandro Pronzato). Jesús hace nuevas las cosas, y el orden nuevo
está hecho de respeto, de delicadeza, de comprensión, de amor. Dirá:
"Vuestros juicios siguen normas humanas; yo no llevo a nadie a juicio"
(Jn 8,15). Y quedan solos, la mujer, que estaba en el centro y Jesús:
"sólo dos han quedado -dice S. Agustín- la miseria y la misericordia".
Ahora es cuando Jesús se encuentra realmente con la mujer, a la que
mira cara a cara al templo que le pregunta "¿Nadie te ha condenado?"
La mujer se encuentra frente a Jesús con su pobre humanidad, con su
culpa y su vergüenza. "Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no
peques más". Significa que nosotros, a ejemplo de Jesús, no debemos
condenar nunca a nadie, y hemos de ayudar a todos a combatir el
pecado. Equilibrio de Cristo, entre la comprensión para con el pecador
y severidad para con el mal, difícil de imitar (Joan Llopis).
Curiosamente todos los textos de la misa de hoy remiten al futuro, a
la salvación de Dios que crea algo nuevo y hacia la que nos dirigimos.
Y esto precisamente como introducción a la semana de pasión. Pero
justamente aquí se realiza lo nuevo, la salvación definitiva; y toda
nuestra vida consistirá en dirigirnos hacia esta acción de Dios.
El evangelio nos muestra a pecadores que, en presencia de Jesús, se
permiten acusar a una mujer pecadora. Jesús, que aparece escribiendo
en el suelo, está como ausente. Sólo dos veces rompe su silencio: la
primera vez para reunir a acusadores y acusada en la comunidad de la
culpa; y la segunda para -como nadie puede ya condenar a otro-
pronunciar su perdón. Ante su mudo sufrimiento por todos, toda
acusación deberá enmudecer también, pues «Dios nos encerró a todos en
desobediencia», no para castigarnos, como querrían los acusadores,
sino «para tener misericordia de todos» (Rm 11,32). Nadie se atreve a
tirar la primera piedra; Jesús ha sufrido por todos para conseguir el
perdón del cielo para todos nosotros, ya nadie puede condenar a otro
ante Dios.
Si Jesús nos perdona, dice S. Pablo, puedo estar «olvidándome de lo
que queda atrás», nada tiene ya valor: todo es abandonado como
«basura» para ganar lo que nos gana la pasión y resurrección de
Cristo. Esto, lo que nos ha ganado, es nuestro verdadero futuro, hacia
el que nos dirigimos directamente, sin mirar a derecha o izquierda,
mirando siempre hacia delante, con los ojos puestos sólo en la «meta».
Porque esta meta nos ha «alcanzado» por Cristo»-, y por eso sigue
corriendo como si aún no la hubiera conseguido. Vuela más alto, "sobre
las alas de la fe", dice la canción: siempre hacia lo que está por
delante. Si corremos al encuentro de Cristo, todo mirar atrás, hacia
una falta del pasado, para afligirse por ella, sólo puede hacernos
daño, pues la falta está ya perdonada.
"Mirad que realizo algo nuevo": «No recordéis lo viejo» (primera
lectura). En Israel era una costumbre profundamente arraigada recordar
el comienzo de la salvación, la salida de Egipto: ciertamente pensando
que este hacer memoria era recordar las raíces, la identidad del
pueblo, que fortalecía la fe en el Dios que camina actualmente con el
pueblo. Re-cordar es re-vivir en el corazón, pero Dios no quiere que
Israel permanezca cautivo de este recuerdo del pasado, sobre todo no
ahora, pues eso significaría pensar en el tiempo del exilio: el Señor
promete algo nuevo, y es ciertamente algo que «ya está brotando», cuya
presencia se puede «notar», al igual que en la Nueva Alianza el
Espíritu Santo que se otorga a los creyentes será una «prenda» de la
vida eterna. De este modo Dios traza una camino para Israel, a través
del desierto, hacia la vida eterna; y para nosotros, que estamos
redimidos, traza un camino que conduce a la bienaventuranza eterna
(Hans Urs von Balthasar). "Mirad que realizo algo nuevo; ya está
brotando, ¿no lo notáis?"
El hijo pequeño del domingo anterior, ahora es sustituído por la mujer
pecadora. El hermano mayor cascarrabias de la parábola, es reemplazado
por los que quieren matarla a pedradas. Y en la escena Cristo se pone
en el lugar del Corazón del Padre, que reanima, cura y celebra la
fiesta del perdón:
-"Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ninguno te ha condenado?".
Entre el corazón destrozado de la mujer avergonzada y Jesús, manso y
humilde de corazón, hay estrecha unión:
-"Tampoco yo te condeno. Anda y no peques más". Esta mujer ha
estrenado el brote nuevo de la misericordia, que anunció Isaías. "Su
suerte ha cambiado, como los torrentes del Negeb". El no peques más la
está introduciendo en el mundo de gracia, que Jesús ha venido a
instaurar.
¿Quién no ha tirado piedras alguna vez? Ante Cristo, luz que conoce
los rincones más escondidos, escuchemos sus palabras, y pidamos que
nos purifique con este sacrificio para que nos convirtamos en seres
libres, como esa mujer, y que aprendamos a no juzgar y a no condenar,
y "a conocerlo a él y la fuerza de su resurrección, para llegar un día
a la resurrección" (Filipenses 3,8). Es la manera de caminar hacian
una sociedad más habitable y fraterna (J. Martí Ballester). Perdonar
siempre. Un día, la Madre Teresa de Calcuta, encontró sobre un montón
de basura una mujer moribunda que le dijo que su propio hijo la había
dejado abandonada allí. La Madre la recogió y la llevó al hogar de
Kalighat. Aquella mujer no se quejaba de su estado sino de que hubiera
sido su propio hijo quien la dejó allí. No podía perdonarle... La
Madre Teresa, que quería que aquella mujer muriese en gracia de Dios,
trataba de convencerla:
-"¿Debe perdonar a su hijo? -le decía. Es carne de su carne y sangre
de su sangre... Sin duda hizo lo que hizo en un momento de locura y ya
estará arrepentido... Pórtese como una verdadera madre y perdónelo...
Si ha pedido a Dios que le perdone sus pecados debe perdonar el que su
hijo cometió con usted. Si lo hace, Dios recompensará su generosidad
con un lugar en el Cielo". La mujer se resistía, pero la gracia
terminó venciendo.
-"Le perdono, le perdono... dijo por fin llorando". Poco después moría.
Dios mío, dame gracia y amor para perdonar siempre: que ningún día me
acueste guardando rencor a alguien, aunque me parezca que tengo
motivos. ¡Me has perdonado Tú a mí!
Coméntale a Dios con tus palabras algo de lo que has leído. Después
termina con la oración final (José Pedro Manglano).

Día 32º. SÁBADO CUARTO (20 de Marzo): Jesús, el justo que sufre injustamente, y así nos salva

"Yo era como un manso cordero, llevado al matadero, sin saber que
ellos urdían contra mí sus maquinaciones: "¡Destruyamos el árbol
mientras tiene savia, arranquémoslo de la tierra de los vivientes, y
que nadie se acuerde más de su nombre!". Señor de los ejércitos, que
juzgas con justicia, que sondeas las entrañas y los corazones, ¡que yo
vea tu venganza contra ellos, porque a ti he confiado mi causa!" Jesús
que, como un cordero, morirá para quitar el pecado del mundo. Es como
un corderito inocente, pequeña víctima que no merece ser sacrificada.
La liturgia del cordero pascual, que tomaban los israelitas en
recuerdo de la salida de la esclavitud de Egipto, representa a Jesús,
cuyo sacrificio es útil al pueblo entero.Todo hombre que sufre es una
imagen de Cristo sufriente. Todo sufrimiento, sobre todo si es llevado
conscientemente y ofrecido, colabora en la redención y contribuye a
salvar el mundo en unión con Jesús. "Te ofrezco, Señor, en este día,
mis propios sufrimientos... Te ofrezco también todo el peso de todos
los sufrimientos de todos los hombres en el mundo. Ayúdales a
descubrir, en lo posible, que su sufrimiento no está "perdido", sino
que puede adquirir una misteriosa significación. Y que todo «viernes
santo» conduce a la aurora de Pascua" (Noel Quesson). Un sacrificio
agradable a Dios es el de la pureza de corazón. "Por defender su
pureza, San Francisco de Asís se revolcó en la nieve, San Benito se
arrojó a un zarzal , San Bernardo se zambulló en un estanque helado...
Tú, ¿Qué has hecho?", escribía san Josemaría. Así huyeron de las
ocasiones, y cortaron las tentaciones los santos. Tú, como ellos,
tienes tentaciones. Madre mía, que como ellos sea fuerte para no
ponerme en ocasión de pecado (no ver la tele solo, por ejemplo) y para
cortar desde el principio las tentaciones. Cuando las tenga, rezará un
bendita sea tu pureza, y, así contigo, seré más fuerte (José Pedro
Manglano).
-"Destruyamos el árbol en su vigor. Arranquémoslo de la tierra de los
vivos, a fin de que se olvide su nombre".
Comenta Benedicto XVI, en su Misa de inauguración de pontificado, que
"era costumbre en el antiguo Oriente que los reyes se llamaran a sí
mismos pastores de su pueblo. Era una imagen de su poder, una imagen
cínica: para ellos, los pueblos eran como ovejas de las que el pastor
podía disponer a su agrado. Por el contrario, el pastor de todos los
hombres, el Dios vivo, se ha hecho Él mismo cordero, se ha puesto de
la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados.
Precisamente así se revela Él como el verdadero pastor: "Yo soy el
buen pastor [...]. Yo doy mi vida por las ovejas", dice Jesús de sí
mismo (Jn 10,14s.). No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste
es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos
que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el
mal y creara un mundo mejor", como quieren hacer los abusones, los
prepotentes. "Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no
obstante, todos necesitamos su paciencia. Dios, que se ha hecho
cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por
los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y
destruido por la impaciencia de los hombres", que además juzgan...
¡Qué error compararse con los demás! Leo Trese cuenta esta historia:
Pedro había sido un hombre muy favorecido por la vida. Había tenido
unos padres cariñosos y una niñez feliz. Su mente era despierta y
siempre sacó buenas notas. Tuvo éxito en la vida y su posición social
era más que desahogada. Se casó con una mujer guapa, excelente ama de
casa y buena madre de familia; además adoraba a Pedro a quien
consideraba el mejor hombre del mundo... En resumen: Que tuvo una
existencia feliz, en una atmósfera tranquila, libre de tensiones y de
frustraciones. Su vida, pues, había sido irreprochable, gozando de una
merecida buena reputación.
La vida de Juan había sido otra cosa. Tuvo una juventud amarga, pues
sus padres se llevaban mal, discutían constantemente y amenazaban con
separarse. Fuese por sus taras emocionales, fuese porque no era
demasiado inteligente, sus notas eran casi siempre malas. Obtuvo a
duras penas un título universitario casi por condescendencia, y luego
un modesto empleo, justo para malvivir. Sin posibilidades para
ahorrar, temía siempre caer enfermo o sufrir un accidente grave. Había
vivido en un barrio modestísimo, ruidoso y poco recomendable, con
casas antiguas y apiñadas. Su mujer era apática y además gruñona. Tal
vez por eso Juan bebía demasiado, perdía los nervios con frecuencia y
decía palabras malsonantes.
Ambos eran católicos y cumplían con sus deberes religiosos. Pedro iba
a Misa y comulgaba a menudo; Juan, sólo los domingos, las fiestas de
guardar y algunas otras fiestas señaladas. Dios se los llevó casi al
mismo tiempo, y los dos comparecieron ante Él para ser juzgados.
Fueron ambos al Cielo, pero el juicio les deparó sorpresas
considerables. La de Pedro consistió en que no obtuvo el puesto que se
esperaba. "Sí, fuiste bueno -le dijo Dios-, pero ¿cómo no ibas a
serlo? Apenas tuviste contrariedades ni problemas. Tus pasiones eran
por naturaleza moderadas y no tuviste en tu vida fuertes tentaciones.
Has sido un hombre virtuoso, sí, pero debías haber sido un hombre
santo.
Juan, por su parte, tuvo una sorpresa todavía mayor, porque pasó por
delante y quedó situado más alto. Sin duda podías haber sido mejor -le
dijo el Señor- pero, al menos, luchaste. No te compadeciste en exceso
de ti mismo y nunca tiraste la toalla. Teniendo en cuenta tus
insuficiencias y tus circunstancias, no lo hiciste mal del todo y
aprovechaste muchas de mis gracias...
Tú, ¿por quién te ves representado? El Señor nos pide que seamos
santos. No te compares con el resto de la gente pues puede sucederles
lo que a Juan. Jesús, que sólo me compare contigo y que te imite en
todo.
Sigue el Papa: "Una de las características fundamentales del pastor
debe ser amar a los hombres que le han sido confiados, tal como ama
Cristo, a cuyo servicio está. "Apacienta mis ovejas", dice Cristo a
Pedro, y también a mí, en este momento. Apacentar quiere decir amar, y
amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa
dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios,
de la Palabra de Dios; el alimento de su presencia, que Él nos da en
el Santísimo Sacramento. Queridos amigos, en este momento sólo puedo
decir: rogad por mí, para que aprenda a amar cada vez más al Señor.
Rogad por mí, para que aprenda a querer cada vez más a su rebaño, a
vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal
como comunitariamente. Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante
los lobos. Roguemos unos por otros para que sea el Señor quien nos
lleve y nosotros aprendamos a llevarnos unos a otros".
«Señor, Dios mío, A Ti me acojo, líbrame de mis enemigos y
perseguidores y sálvame, que no me atrapen como leones y me desgarren
sin remedio. Júzgame, Señor, según mi justicia, según la inocencia que
hay en mí...Tú que sondeas las mentes y los corazones, Tú que eres un
Dios justo, apoya al inocente".
Jesús, ahora en cuanto a su origen, provoca discusiones y postura
diversas. Se ignora lo más profundo de su personalidad: su origen
divino. Jesús es presentado hoy como el nuevo Jeremías. También él es
perseguido, condenado a muerte por los que se escandalizan de su
mensaje. Será también «como cordero manso llevado al matadero». Confía
en Dios: si Jeremías pide «Señor, a ti me acojo», Jesús en la cruz
grita: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Pero Jesús
muestra una entereza y un estilo diferente. Jeremías pedía a Dios que
le vengara de sus enemigos. Jesús muere pidiendo a Dios que perdone a
sus verdugos (J. Aldazábal). «Que tu amor y tu misericordia dirijan
nuestros corazones, Señor» (oración). Que Jesús, « como cordero manso,
llevado al matadero» (lectura), nos guíe hacia esa palabra de
esperanza, por su palabra que llena de gozo: «Jamás ha hablado nadie
así» (evangelio).
La confianza y la imagen emocionante del cordero manso, llevado al
matadero que ha inspirado el canto del Siervo de Dios en Isaías
(53,6-7) y le ha hecho símbolo de la Pasión del Cordero de Dios (Mt
26,63; Jn 1,29; Hch 8,32) es cantado por San Juan Crisóstomo: «La
sangre derramada por Cristo reproduce en nosotros la imagen del rey:
no permite que se malogre la nobleza del alma; riega el alma con
profusión, y le inspira el amor a la virtud. Esta sangre hace huir a
los demonios, atrae a los ángeles...; esta sangre ha lavado a todo el
mundo y ha facilitado el camino del cielo». Y San León Magno:
«Efectivamente, la encarnación del Verbo, lo mismo que la muerte y
resurrección de Cristo, ha venido a ser la salvación de todos los
fieles, y la sangre del único justo nos ha dado, a nosotros que la
creemos derramada para la reconciliación del mundo, lo que concedió a
nuestros padres, que igualmente creyeron que sería derramada».
También el cristiano está llamado a encarnar esos sentimientos
redentores de Jesús: "Se necesitan –dice Juan Pablo II- heraldos del
Evangelio expertos en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del
hombre de hoy, participen de sus gozos y esperanzas, de sus angustias
y tristezas, y al mismo tiempo sean contemplativos, enamorados de
Dios. Para esto se necesitan nuevos santos. Los grandes
evangelizadores de Europa han sido los santos. Debemos suplicar al
Señor que aumente el espíritu de santidad de la Iglesia y nos mande
nuevos santos para evangelizar el mundo de hoy."

Día 31º. VIERNES CUARTO (19 de Marzo): Jesús va a Jerusalén y le matarán, cuando llegue su hora; es signo de contradicción, y también los cristianos sufrirán por la verdad. (Consideramos hoy la forma de ser corporal y espiritual de Jesús)

Los que quieren ser santos resultan incómodos en medio de una sociedad
no creyente, y por tanto hay que eliminarlos. «Nos resulta incómodo,
se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados... es
un reproche para nuestras ideas... lleva una vida distinta de los
demás». La decisión es: «lo condenaremos a muerte ignominiosa». Las
fuerzas del mal, encarnadas en los impíos, quieren ahogar la fuerza de
Dios que se manifiesta en la vida de los justos; es lo que les pasaba
cuando se escribió ese libro, que los judíos fieles de Alejandría son
perseguidos y despreciados por los judíos renegados y por los paganos,
pero tiene un sentido profético y es que todo esto habla de Cristo: se
anuncia su pasión (Misa dominical). El Mesías rodeado de odio...,
acorralado. Dirán: "Si eres hijo de Dios... baja de la cruz". «¡Deja!
Veamos si Elías viene a salvarle.» No puedo meditar sobre esto
quedándome «ajeno» (Noel Quesson). Hemos de implicarnos en hacer ese
camino de cuaresma, como recordaba san Agustín: "Si dices "ya basta",
estás perdido. Aumenta siempre, progresa siempre, avanza siempre, no
te pares en el camino, no vuelvas atrás, no te desvíes..." aunque nos
digan lo que van contra el justo: "porque nos molesta y se opone a
nuestra manera de obrar; nos echa en cara las transgresiones a la Ley
y nos reprocha las faltas contra la enseñanza recibida. Él se gloría
de poseer el conocimiento de Dios y se llama a sí mismo hijo del
Señor. Es un vivo reproche contra nuestra manera de pensar y su sola
presencia nos resulta insoportable, porque lleva una vida distinta de
los demás y va por caminos muy diferentes. Nos considera como algo
viciado y se aparta de nuestros caminos como de las inmundicias. Él
proclama dichosa la suerte final de los justos y se jacta de tener por
padre a Dios".
Dios, como repite el salmo, «está cerca de los atribulados... el Señor
se enfrenta con los malhechores... aunque el justo sufra muchos males,
de todos lo libra el Señor». Nos mueve a confiar en Dios. Confiar en
Él aun en los momentos más difíciles: "Cuando ellos claman, el Señor
los escucha y los libra de todas sus angustias. El Señor está cerca
del que sufre y salva a los que están abatidos. El justo padece muchos
males, pero el Señor lo libra de ellos. Él cuida todos sus huesos, no
se quebrará ni uno solo". Cuando Jesús sufra la Cruz, se cumplirá este
salmo: no se romperán sus huesos como a los ladrones, sino que una
lanza traspasará su pecho, cuando su alma ya estaba salvando los que
le esperaban en el limbo de los justos.
En la fiesta de las Tiendas o Tabernáculos, la fiesta del final de la
cosecha, muy concurrida en Jerusalén, que duraba ocho días, vemos a
Jesús que sufre. Se presenta como igual a Dios. A su alrededor, sólo
se habla de matarle. Y Tú, Señor, sólo hablas de este amor que te
colma. Francisco de Asís se paseaba por las calles quejumbroso: "el
amor no es amado... el amor no es amado... el amor no es amado..."
Ayúdanos, Señor, a vivir como Tú, en la intimidad del Padre. Da a
todos los que sufren esa paz que era la tuya. Otorga a todos los que
sienten la soledad, la gracia de ser reconfortados por la presencia
del Padre.
-"Buscaban, pues, prenderle..., pero nadie le ponía las manos, porque
aún no había llegado su hora". El complot se va estrechando. La Pasión
se acerca. ¡Es "tu hora"! Sin ningún miedo, ciertamente. Todo sucederá
según los insondables designios del Padre, a la hora por Él fijada
desde toda la eternidad. Tener plena y total confianza en Dios.
Ponerse en sus manos, es el secreto de la paz (Noel Quesson).
¿Cómo era el rostro de Jesús? Fra Angélico decía: "quien quiera pintar
a Cristo sólo tiene un procedimiento: vivir con Cristo". Es lo que
hizo S. Juan, de cuyo ambiente nacen estas palabras que leemos en su
Evangelio. Hay muchas leyendas, desde san Lucas pintor, la Verónica, y
otras por el estilo, que nos hablan de la santa Faz, cuya reliquia más
importante es la de Turín. Pero también es cierto que "Cristo graba su
rostro en el alma de aquellos que le buscan y le aman" (Fray Justo
Pérez de Urbel). San Policarpo, uno de los primeros Padres, discípulo
de san Juan, ya nos dice: "la imagen carnal de Jesús nos es
desconocida". Y san Agustín, en el siglo IV: "ignoramos por completo
cómo era su rostro". Se puede decir que los iconos bizantinos, de gran
belleza en mostrar un hombre de armonía y equilibrio perfectos, de paz
y bondad, es imagen que coincide con la sábana santa de Turín (una
persona alta, de 1.75-1.80 metros, unos 75-80 kilos, etc.). La
reciente película de "El hombre que hacía milagros", de plastilina,
lograba caracterizar a Jesús muy bien, pues cuando le ponemos un
rostro no nos resulta cómodo. Nos es velado el rostro de Jesús, y la
búsqueda no puede cesar, pues como decía la revista "Time" (6.12.2000)
la figura de estos 2000 años más influyente es Jesús de Nazaret: "un
hombre que vivió una vida corta, en un lugar atrasado y rural del
Imperio Romano y que murió en agonía como un criminal convicto y que
nunca se propuso causar ni la más mínima porción de los efectos que se
han obrado en su nombre.
Juan Pablo II nos invitaba a fijar la mirada en el rostro de Cristo
crucificado y hacer de su Evangelio la regla cotidiana de vida. Decía
una chica que es muy difícil explicar esta experiencia: "cuando crees
en el Evangelio, cuando rezas, te sientes mejor, y sería estupendo que
viviéramos lo que nos enseña... el mundo sería distinto". Hay una
cierta "experiencia de Dios", un "laboratorio" en el que descubrimos,
aun dentro del ambiente secularizado que nos rodea, el rostro de
Jesús. Sólo podemos saber cómo era Jesucristo por lo que nos dicen los
Evangelios. Para muchos los libros santos son en esto muy parcos. Por
el contrario, hay en ellos mucho más sobre la realidad humana de
Nuestro Salvador de cuanto parece a primera vista. Y cuanto nos dicen
los Sacros Biógrafos nos trazan una figura que para unos causa
sorpresa, para otros fascinación y para todos admiración y, en cierto
sentido, desconcierto.
Por los relatos evangélicos podemos vislumbrar que Jesús tenía una
constitución física singularmente perfecta. La incesante actividad
durante su vida pública, sus incontables privaciones, su predicación
de todos los días, los períodos enteros que pasaba sin reposo, etc.,
exigían un gasto considerable de fuerzas físicas y, por lo tanto, un
cuerpo sano y robusto. Nunca dan a entender, ni siquiera permiten
sospechar, sus evangelistas que padeciera enfermedad alguna. Sin
embargo, sí afirman que conoció el hambre (cf Mt 4,2; Mc 3,20), la sed
(cf Jn 4,7; 19,28), la necesidad del sueño (cf Mt 8,24), la fatiga
tras el largo caminar (cf Jn 4,6), estuvo sujeto a la muerte y su
vista anticipada le causó viva repugnancia (cf Mt 26,37-42).
En noticias incidentales, los evangelistas nos recuerdan algunas de
sus actitudes y gestos. Nos dicen que a veces hablaba a las
muchedumbres de pie (Jn 7,37), otras sentado (Mt 5,1) y a veces
–cuando comía– se reclinaba en un diván, según costumbre de entonces
(Lc 7,37ss). Solía rezar de rodillas (Lc 22,41) o postrado totalmente
en tierra (Mc 14,35). Los gestos más frecuentemente descritos por los
evangelistas son los de sus manos, que parten los panes para
distribuirlos (Mt 14,19), que toman el cáliz consagrado y lo pasan a
sus discípulos (Mt 26,27), que abrazan y bendicen a los pequeñuelos
(Mc 10,16), que toca a los enfermos (incluso a los leprosos) para
curarlos (Mc 1,31; Lc 5,13), que alza a los muertos (Lc 8,54), que
azota a los vendedores del Templo y vuelca las mesas de los cambistas
de monedas (Jn 2,15), que lava los pies de los apóstoles (Jn 13,5).
A veces nos hablan de los movimientos de todo su cuerpo, como cuando
se inclina a levantar a Pedro que se hunde en las aguas (Mt 14,31),
cuando se agacha a escribir con su dedo en el suelo frente a los
acusadores de la mujer adúltera (Jn 8,8), cuando vuelve la espalda a
alguno de sus interlocutores para demostrar su descontento (Mt 16,23).
El más conmovedor de todos es el que hace en la cruz, cuando,
inclinando su cabeza expiró.
Los evangelistas también nos han guardado algunos gestos de los ojos
de Jesús que exteriorizaban sus sentimientos íntimos. A Pedro, cuando
lo vio por vez primera, lo miró de hito en hito, es decir, fijó su
vista en él como para leer hasta el fondo de su alma (Jn 1,42); más
profundamente lo miró la noche de un jueves para mover su corazón
después de sus negaciones (Lc 22,61). Con particular ternura miró al
joven rico (Mc 10,21). A veces gustaba mirar a sus seguidores con la
mirada que usan los grandes oradores al comenzar a predicar, como
abarcando todo el auditorio (Lc 6,20). En sus ojos no sólo brillaba la
dulzura, sino también en oportunidades podía verse el resplandor de
una santa cólera (Mc 3,5). Con ellos lloró sobre Jerusalén (Lc 19,38)
y también miró con tristeza por última vez los atrios del Templo antes
de partir para su muerte (Mc 11,11).
¿Cómo era su voz? Anticipadamente dijo de Él Isaías: He aquí mi
siervo, que yo he escogido; no contenderá, ni voceará, ni oirá ninguno
su voz en las plazas públicas (Is 42 1-3; Mt 12,16-21). Era firme y
severa cuando tenía que dirigir un reproche (Mt 16,1-4) o dar una
orden cuyo cumplimiento exigía con especial empeño (Mc 1,25). Terrible
para pronunciar un anatema (Mt 25,41); irónica y desdeñosa si quería
(Lc 13,15-16), alegre (Lc 10,21), triste (Mt 26,38) o tierna (Jn
19,26), según las muchas circunstancias de su vida.
Su aspecto y apariencia externa no lo conocemos, pero podemos pensar
acertadamente que tendría el "tipo" de su pueblo. Santo Tomás
comentando el Salmo 44 dice simplemente: "tuvo en sumo grado aquella
belleza que correspondía a su estado, la reverencia y la gracia del
aspecto; de tal modo que lo divino irradiaba de su rostro". Unamuno lo
describe cifrándolo en dos versos: "Tu cuerpo de hombre con blancura
de hostia / para los hombres es el evangelio" (Miguel Ángel Fuentes).
-El alma de Cristo. Jesucristo habla a veces de su alma: Mi alma está
turbada (Jn 12,27). El Hijo del hombre vino a dar su alma como rescate
de muchos (Mt 20,28). Los evangelistas se refieren a ella a veces
diciendo que Jesús conoció en su espíritu los pensamientos secretos de
los hombres (Mc 2,8), gimió en su espíritu (Mc 8,12), etc.
Si observamos la sensibilidad del alma de Jesús veremos que
experimentó la mayor parte de nuestras afecciones, alegres o tristes,
dulces o amargas, pero en especial las dolorosas. A pesar de lo cual,
sucediese lo que sucediese, en el fondo de su alma reinaban siempre
serenidad y alegría. La paz que se complacía en desear a sus apóstoles
(Lc 24,36) la poseyó Él plenamente y de continuo. Aunque a veces los
evangelistas anoten que sintió cierta turbación, lo vemos siempre
enteramente dueño de sus impresiones, como, por ejemplo, en Getsemaní.
Nunca manifiesta duda. Nunca pierde la calma, ni cuando los
endemoniados interrumpían sus discursos (Mc 1,22-26), ni cuando sus
adversarios lo insultaban groseramente (Mt 9,3) ni cuando intentaban
poner sobre Él sus manos (Lc 4,28). Su vida pública estuvo llena de
trances difíciles, inquietantes, peligrosos; pero Él nunca perdió la
tranquilidad. No lo afectaron las aclamaciones populares (como al
entrar triunfante en Jerusalén) ni las condenas del populacho (como
cuando la turba pidió su muerte).
Tuvo una gran sensibilidad: sintió profundamente el dolor, la alegría,
la tristeza. Se admiró grandemente y saltó de júbilo al ver la fe de
los pequeños y las revelaciones que su Padre hace a los humildes (cf
Lc 10,21).
Su fisonomía intelectual es apabullante. Tiene una lucidez única. Su
predicación es diáfana, directa. Sus parábolas son un género único,
perlas de la literatura humana. El contenido de sus dichos sorprende
por la altura, la penetración, la sobrenaturalidad. No menos asombrosa
es la "pedagogía" de Cristo: es significativo cómo fue llevando a sus
discípulos (algunos simples pescadores) a aceptar y entender los
misterios más grandes de nuestra fe (su filiación divina, la trinidad
de Personas, la unidad de Dios, el misterio de la inhabitación
trinitaria, de la gracia, el Reino de Dios, etc.). Su oratoria
demuestra una grandeza de pensamiento inigualable. Por ejemplo,
aquellas palabras que dirige a la muchedumbre hablándoles de Juan
Bautista: "¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por
el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente
vestido? ¡No! Los que visten con elegancia están en los palacios de
los reyes. Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo,
y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo
envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino.
En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno
mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de
los Cielos es mayor que él" (Mt 11,7-11). ¿Cómo no escuchar atónitos
elocuencia tal? Además, sabía, como ninguno, apelar a las imágenes
vivas, conocidas por sus oyentes: el soplo rápido y misterioso del
viento (Jn 3,8), la fuente de agua viva (Jn 4,10), el vaso de agua
fresca (Mt 10,42), el labrador que guía el arado (Lc 9,62), el hombre
fuerte y armado que cuida su casa (Lc 11,21), los servidores que con
la lámpara en la mano esperan la venida de su señor (Lc 18,35), el
ciego que guía a otro ciego (Lc 6,39), etc. Sabía poner sobrenombres
apropiados: a Simón, Cefas "piedra", a Juan y Santiago, Boanerges,
"hijos del trueno". Sus consejos y réplicas eran penetrantes y dejaban
sin voz a sus adversarios, como repetidamente nos señalan los
evangelistas.
Su fisonomía moral responde más que adecuadamente a la profecía del
ángel a la Virgen: Lo que nacerá de ti será santo (Lc 1,35). Brillan
en Él todas las virtudes: la paciencia, la caridad, la obediencia, la
humildad, la fortaleza, la templanza, la justicia. De su espíritu de
abnegación y sacrificio dice San Pablo: "Christus non sibi placuit",
Cristo no buscó contentarse a Sí mismo (Rom 15,3). En Él contemplamos
el más hermoso ejemplo de castidad, de pobreza (nació en una familia
de pobres, vivió como pobre y murió como pobre), de obediencia. No
cometió pecado, ni en su boca se encontró engaño, dice San Pedro
hablando de Él (1 Pe 2,22), y lo mismo el autor de la Carta a los
Hebreos (Hb 4,15). Proclamaron su inocencia el mismo Pilato lavándose
las manos para no ser culpable de derramar su sangre (Mt 27,24), y el
mismo Judas que lo entregó (Mt 27,4). Por eso, el mismo Cristo puede
atreverse a decir a sus enemigos: ¿Quién de vosotros me argüirá de
pecado? (Jn 8,46); por cuanto sepamos, ninguno de ellos se atrevió a
hablar. Por el contrario, muchas veces debieron reconocer sus
virtudes, como cuando los fariseos envían sus discípulos a preguntarle
sobre el tributo del César y comienzan confesando la "autoridad moral"
de su enseñanza: Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el
camino de Dios en verdad sin hacer acepción de personas (Mt 22,16).
Pero sobre todas las cosas, sabía amar a lo grande. Tuvo muchas
amistades y muy profundas (sus apóstoles, María, Marta y Lázaro; sus
amigos escondidos como José de Arimatea y Nicodemo, etc.). Juan era
llamado el discípulo que Jesús amaba (Jn 13,23), y a él lo hace
recostar sobre su pecho en la Ultima Cena. Sabía enamorarse
rápidamente de un alma limpia, como hace con el joven rico: Jesús lo
miró y lo amó (Mc 10,21). Amó a los niños (Mc 9,35-36). Amó a los
suyos hasta el extremo de dar la vida por ellos (Jn 13,1ss),
cumpliendo así lo que Él mismo había dicho: Nadie tiene mayor amor que
quien da su vida por sus amigos (Jn 15,13).
Además de tener la perfección de la naturaleza divina, Jesús fue
también plenamente humano, plenamente hombre como nosotros. Y ya en su
misma naturaleza humana ha excedido a todo hombre. ¿Quién podrá
igualarlo? Ha hecho bien Guardini al hablar de "la absoluta diversidad
de Jesús". Es enteramente como nosotros, y también es enteramente
diverso de nosotros. Fue un hombre –fue "el" hombre o "el Hijo del
hombre" como se autodefinía Él–, pero al mismo tiempo, ningún hombre
obró como Él, ningún hombre habló como Él, ningún hombre amó como Él,
ningún hombre sufrió como Él (Miguel Ángel Fuentes).
Debía ser muy fácil enamorarse de Jesucristo. Quien llega a conocerlo
profundamente no puede evitarlo; y por eso Lope cantó: "No sabe qué es
amor quien no te ama..." hay un texto atribuido a san Cipriano que es
como si Jesús dice: "en vosotros mismos es donde me veréis, como ve un
hombre su propio rostro en un espejo". «Siempre despiertos —como
afirmaba Pascal— apoyándole en su agonía, hasta el final de los
tiempos».

Día 30º. JUEVES CUARTO (18 de Marzo): mirar a Cristo es encontrarse a Dios Padre, conocerle, sentir su amor y su perdón

"En aquellos días dijo el Señor a Moisés: Anda, baja del monte, que se
ha pervertido tu pueblo... Se han desviado del camino que yo les había
señalado, y se han hecho un toro de metal, y se postran ante él, y le
ofrecen sacrificios... Veo que es un pueblo de dura cerviz..." Qué
tontería, adorar ídolos, cosas que no son Dios… como se adora el
dinero y la fama, el éxito y el poder… "Jesús, está claro que no puedo
amarte si primero no creo. La fe es muy importante, porque es el paso
previo a la caridad, al amor. Por eso, he de fomentarla y cuidarla; no
puedo jugar con la fe, ponerla en peligro. En otros tiempos se
incitaba a los cristianos a renegar de Cristo; en nuestra época se
enseña a los mismos a negar a Cristo. Entonces se impelía, ahora se
enseña; entonces se usaba de la violencia, ahora de insidias; entonces
se oía rugir al enemigo, ahora, presentándose con mansedumbre
insinuante y rondando, difícilmente se le advierte" (San Agustín). En
"El Señor de los Anillos" un protagonista, Gollum, tiene en su poder
"el anillo" que da poderes, pero quien se lo pone corre un gran
peligro, pues queda por él dominado. No es fácil sustraerse a esos
poderes y a ese dominio, pues la codicia lleva a ponerse el anillo,
hay una especial atracción en ello. Es entonces cuando el hombre,
imagen de Dios, que es libre, se rebaja hasta convertirse en esclavo
de los demás.
Moisés en solidaridad con sus hermanos, rezando por los pecadores, es
imagen de Jesús, que intercede por todos los pecadores... Cuaresma es
un tiempo en el que la plegaria de los fieles tiene una oración
específica por los pecadores, pues nosotros también nos identificamos
con Jesús en este punto. En la Postcomunión pedimos: «Que esta
comunión, Señor, nos purifique de todas nuestras culpas, para que se
gocen en la plenitud de tu auxilio quienes están agobiados por el peso
de su conciencia». ¿Cómo va el espíritu de reparación? ¿Desagravio a
Dios por los que veo que se portan mal? ¿Intento ayudar a los demás, a
salir de las esclavitudes en las que se encuentran? "Te ruego, Señor,
en nombre de todos los hombres pecadores. Yo soy uno de ellos, me
conozco. Sé también muy bien que muchos están como pegados, ligados a
sus hábitos de injusticia, de egoísmo, de impureza, de orgullo, de
desprecio, de violencia... ¡nuestros ídolos! y Tú, Señor, quieres
liberarnos de todo esto, darnos la auténtica libertad: ¡de tal manera
quieres el bien de la humanidad! Sé que Tú perdonas. Que esperas
nuestras intercesiones, nuestras plegarias. Ten piedad de nosotros"
(Noel Quesson).
El diálogo entre Yahvé y Moisés es entrañable. Después del pecado del
pueblo, que se ha hecho un becerro de oro y le adora como si fuera su
dios (pecado que describe muy bien el salmo de hoy), Yahvé habla a
Moisés, que intercede ante Dios en defensa de su pueblo. Es una
llamada a hacer oración, a que nosotros también hablemos con Dios,
como Moisés, que es imagen de Jesús, el único que conoce al Padre, que
habla cara a cara con Él.
«En Horeb se hicieron un becerro, adoraron un ídolo de fundición;
cambiaron su gloria por la imagen de un toro que come hierba. Se
olvidaron de Dios, su salvador, que había hecho prodigios en Egipto,
maravillas en el país de Cam, portentos en el Mar Rojo. Dios hablaba
de aniquilarlos; pero Moisés, su elegido, se puso en la brecha frente
a Él, para apartar su cólera del exterminio. Acuérdate de nosotros por
amor a tu pueblo».
Jesús sigue hablando de su unión con el Padre. ¿Cómo va nuestra
presencia de Dios? La madre que tiene el pequeño en la cuna, trabaja
arreglando las cosas de la casa; plancha, limpia..., pero siempre está
pendiente del hijo. Esta madre tiene presencia del hijo, no lo pierde
de vista. Lo mismo que esa madre podemos hacer nosotros con el Señor.
Mientras estudiamos, mientras hacemos deporte, cuando estamos en
clase, cuando vamos por la calle, a la hora de comer, al meternos en
la cama, y en todas las circunstancias en que nos podamos encontrar,
son situaciones en las que si nos empeñamos podemos hablar con el
Señor, decirle una jaculatoria, pedirle ayuda, etc...
Si no tienes concretada una jaculatoria para repetir durante el día,
la Cuaresma es buen momento para hacerlo, porque así el señor se
sentirá más acompañado y más querido. Alguna jaculatoria puede ser:
¡Jesús te amo!, ¡Señor, perdóname porque soy un pecador! Y los días
anteriores ya han salido buenas ocasiones para decir jaculatorias: al
ver un crucifijo, visitar sagrarios cuando pasas cerca de una iglesia,
al hacer un sacrificio, cuando te vienen a la cabeza excusas para no
mortificarte, cuando ves que actúas con la ley del gusto.
Puedes hacer un poco de examen para ver cómo vas en eso. Señor, yo
quiero acordarme y decirte muchas jaculatorias durante el día;
recuérdamelo Tú. Y tú, ángel de mi guarda (José Pedro Manglano).
Hoy Jesús nos dice que Juan Bautista "era la lámpara que arde y
alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz". Juan
hablaba de Jesús, era testimonio que señalaba el Cordero de Dios,
Jesús. "Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las
obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras
que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado. Y el
Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí". Jesús
está para cumplir la Pasión, la gran obra, después de tantos milagros
y obras buenas, ahora hará su sacrificio por nosotros y por nuestra
salvación. Él será el nuevo Moisés, que se sacrifica hasta el final
por la humanidad, por nosotros pecadores: «Que esta comunión nos
purifique de todas nuestras culpas» (comunión). Hoy vemos que se trata
de aceptar a Cristo, para tener parte con Él en la vida, para sentir
como Él la urgencia de la evangelización de nuestros hermanos de todo
el mundo.
"Padre, he venido a este mundo para glorificar tu nombre. He llevado a
término tu obra; glorifícame". Hemos visto estos días cómo Jesús es la
Luz que ilumina, da vida, refleja un Dios que es amor, que resucita y
salva. En la cruz, el Enviado será objeto de burla. "Pues he aquí "la
obra" que autentifica su misión: una vida entregada hasta el final. La
cruz derriba los pedestales de los falsos dioses. Los dioses de los
justos, de los ricos, de los satisfechos; los dioses cuyas gracias se
compran y cuyos favores hay que ganarse...; esos dioses sólo sirven
para ser derribados, pues no son más que becerros de oro de pacotilla,
imágenes deformadas de quienes las han fabricado. Dios tendrá para
siempre el rostro de un crucificado, expulsado fuera de las murallas
de la ciudad, ridiculizado, injustamente condenado.
"El Padre que me ha enviado es el que da testimonio de mí". En el
desierto, los hombres se habían unido a dioses conformes a sus deseos.
También en el desierto, Moisés erigió otra señal, un bastón coronado
por una serpiente de bronce. Señal desconcertante e irrisoria. Sin
embargo, dice la Escritura que los que la miraban eran salvados. Dios,
por su parte, ha erigido en el universo la única señal en la que se
reconoce: una cruz plantada en el corazón del mundo. Los que la miran
quedan salvados (Sal Terrae).
Llucià Pou Sabaté

Día 29º. MIÉRCOLES CUARTO (17 de Marzo): Dios, Señor de la historia, en Jesús nos muestra su misericordia, y nos da la Vida

"Así habla el Señor: En el tiempo favorable, yo te respondí, en el día
de la salvación, te socorrí. Yo te formé y te destiné a ser la alianza
del pueblo, para restaurar el país". El amor de Dios es maternal. Nos
dice por el profeta: -"En tiempo favorable, te escucharé, el día de la
salvación, te asistiré". Sabemos que el conjunto de la población
judía, entre los años 587 al 538 antes de Jesucristo, fue deportada a
Babilonia, lejos de su patria. Esa experiencia trágica fue objeto de
numerosas reflexiones. Los profetas vieron en ella el símbolo del
destino de la humanidad: somos, también nosotros, unos cautivos... el
pecado es una especie de esclavitud... esperamos nuestra liberación.
Es momento para detenerme, una vez más, en la experiencia de mis
limitaciones, mis cadenas, mis constricciones, no para estar dándole
vueltas y machacando inútilmente, sino para poder escuchar de veras el
anuncio de mi liberación.
-"Yo te formé, para levantar el país..., para decir a los presos:
«Salid». No tendrán más hambre ni sed, ni les dañará el bochorno ni el
sol". Anuncios del Reino de Dios «en el que no habrá llanto, ni grito,
ni sufrimiento, ni muerte», como pedimos en el padrenuestro: ¡Señor!
venga a nosotros tu Reino. Con la resurrección de Jesús, se repitió
esas mismas promesas: "llega la hora en que muchos se levantarán de
sus tumbas...".
-"¡Aclamad cielos y exulta tierra! Prorrumpan los montes en gritos de
alegría. Pues el Señor consuela a su pueblo, y de sus pobres se
compadece". ¿Cómo puedo yo estar en ese plan? En medio de todas mis
pruebas, ¿cómo vivir en ese clima? Y en el contexto del mundo, tan
frecuentemente trágico, ¿cómo permanecer alegre, sin dejarse envenenar
por el ambiente de derrota y de morosidad? Comprometerme, en lo que
está de mi parte, a que crezca la alegría del mundo. Dar «una» alegría
a alguien... a muchos.
-"Sión decía: «El Señor me ha olvidado». ¿Acaso olvida una mujer a su
niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque una
llegase a olvidarlo, Yo, no te olvidaré. Palabra del Señor
todopoderoso". Hay que detenerse indefinidamente ante esas frases
ardientes, que Jesús nos recordará, para darnos pistas de cómo entrar
en el corazón de Dios, que nos ama con amor maternal. Dios no nos
olvida nunca: gracias, Señor, porque Tú no me olvidas jamás (Noel
Quesson).
Dios se ve también como pastor que guía su pueblo. Es la historia de
salvación, porque Yahvé ha estado siempre presente. En la historia de
Israel, como en la nuestra, podemos ver cosas que nos gustaría haber
hecho mejor: pues tenemos una cosa que se llama "tiempo" y con la
experiencia de ayer hacerlas bien a partir de ahora. Es lo que dice
San Agustín: «La penitencia purifica el alma, eleva el pensamiento,
somete la carne al espíritu, hace al corazón contrito y humillado,
disipa las nebulosidades de la concupiscencia, apaga el fuego de las
pasiones y enciende la verdadera luz de la castidad».
El salmo sigue con en este mensaje, central de hoy: «el Señor es
clemente y misericordioso... el Señor es bueno con todos, es fiel a
sus palabras, el Señor sostiene a los que van a caer». Con tal que
sepamos acoger ese amor, como nos dirá Jesús: "el que escucha mi
palabra tiene la vida eterna, no es juzgado, ha pasado de la muerte a
la vida". La muerte ha sido vencida con su muerte, que conecta con lo
que hemos leído: "los muertos oirán su voz...", los muertos
espiritualmente son vivificados por la palabra de Jesús y dice la
oración de hoy: «Señor, Dios nuestro, que concedes a los justos el
premio de sus méritos, y a los pecadores que hacen penitencia les
perdonas sus pecados, ten piedad de nosotros y danos, por la humilde
confesión de nuestras culpas, tu paz y tu perdón». Esta idea sigue en
la Comunión («Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo,
sino para que el mundo se salve por Él»: Jn 3,17) y en la
Postcomunión: «No permitas, Señor, que estos sacramentos que hemos
recibido sean causa de condenación para nosotros, pues los instituiste
como auxilios de nuestra salvación»: "No tendrán hambre, ni sufrirán
sed, el viento ardiente y el sol no los dañarán, porque el que se
compadece de ellos los guiará y los llevará hasta las vertientes de
agua. De todas mis montañas yo haré un camino y mis senderos serán
nivelados... ¡Griten de alegría, cielos, regocíjate, tierra!
¡Montañas, prorrumpan en gritos de alegría, porque el Señor consuela a
su pueblo y se compadece de sus pobres!" Y que nadie diga: "El Señor
me abandonó, mi Señor se ha olvidado de mí". Pues dice Dios: "¿Se
olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus
entrañas? ¡Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré!"
El evangelio anuncia las maravillas de "vida" que marcan el Reino
inaugurado: el Hijo da la vida a los muertos. " Jesús les dijo: Mi
padre sigue trabajando y yo también trabajo". De la manera que lo
decía, se veía que así como Dios tenía el "taller del mundo" abierto
para ir haciendo el bien también en sábado, Jesús tenía que cumplir la
misión de salvador. "Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo:
porque no sólo violaba el sábado sino también llamaba a Dios Padre
suyo, haciéndose igual a Dios". ¿Los judíos son fanáticos? Ven en
peligro su ley, la Torá. Si Jesús es Dios, tiene el poder y el título
para tratar la Torá como Él lo hace.
Luego Jesús va explicando que él y el Padre son una cosa, y de cómo
están en sintonía perfecta, incluso en resucitar muertos, y luego dice
algo sorprendente: "Os lo aseguro; quien escucha mi palabra y cree al
que me envió, posee la vida eterna y no será condenado, porque ha
pasado ya de la muerte a la vida", o sea que el que cree ya vive como
en el cielo, y el que no cree es "vivir sin Dios y sin esperanza en el
mundo" (Ef 2,12). Cada uno de nosotros ha de ayudar a Jesús para dar
la Vida auténtica a los demás, Jesús continúa pasando en el mundo en
ti, en mí, en los santos.
Huellas en la nieve. En Logroño; un diciembre especialmente frío; la
ciudad cubierta de nieve. San Josemaría tiene unos 14 años y va camino
del colegio. De pronto, algo llama poderosamente su atención: -Pero...
¿qué es eso? ¡Son huellas de pies descalzos que se alejan! ¿A quién
pertenecerán?
A cierta distancia descubre un religioso carmelita descalzo que se
dirige a su convento, situado en las afueras de la ciudad.
"¡Son suyas!, se dice Josemaría, ¡Pobre sacerdote! ¡cuánto frío estará pasando!"
Este hecho le remueve el corazón.
"Si ese carmelita es capaz de sacrificarse así por amor a Dios, ¿qué
es lo que yo debo hacer por Él?
Nadie se da cuenta, pero a "partir de ese momento, siente grandes
deseos de acercarse a Dios. Comienza a oír la Santa Misa y a comulgar
a diario; a confesarse más a menudo; a ofrecer todos los días
sacrificios por amor a Dios y a los demás."
Señor, y yo ¿qué deberé hacer por Ti? Continúa hablándole a Dios con
tus palabras.