Comentario para la memoria de san Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, 4 de agosto.
Hoy la Iglesia celebra la memoria de san Juan María Vianney, el humilde párroco de Ars, modelo insigne del sacerdocio, espejo de penitencia, de oración, de celo pastoral y de amor a la Eucaristía.
Nacido en 1786 cerca de Lyon, en una época convulsa para la Iglesia, encontró innumerables obstáculos en sus estudios y formación. No era un hombre brillante a los ojos del mundo: escasa memoria, pocas dotes para la retórica, y sin embargo, el Señor lo eligió para realizar en él una de las obras más fecundas de la historia moderna de la Iglesia. Su parroquia, Ars, un pequeño y olvidado pueblo, se convirtió en un lugar de peregrinación espiritual para miles, atraídos no por prodigios visibles, sino por algo más poderoso: la santidad.
Un abogado de Lyon que volvió de Ars, al preguntarle qué había visto, respondió sencillamente: "He visto a Dios en un hombre."
Un sacerdote que lleva a Dios a los hombres y a los hombres a Dios
Juan Pablo II lo describió como un hombre sorprendente por su penitencia, familiar con Dios en la oración, profundamente humilde en medio de su creciente fama, y sobre todo, dotado de una finísima intuición para reconocer las disposiciones interiores de las almas y liberarlas de sus cargas. Su vida en el confesionario —hasta 16 horas diarias— fue su verdadero púlpito. Allí fue padre, médico, pastor, maestro y juez, con la ternura de Cristo y la firmeza de quien conoce el mal y el bien.
Fue también un hombre de desagravio. Lloraba con frecuencia al pensar en las ofensas a Dios, y ofrecía su penitencia por los pecadores. Conocía el peso del pecado, no por haberlo probado, sino por haberlo combatido, por haberlo sentido como una traición al Amigo fiel, como reza el salmo: "Eres tú, mi familiar, mi amigo, con quien compartía confidencias y caminábamos juntos a la casa del Señor."
Sacerdote cien por cien
"El sacerdocio no es una simple función", escribe Mons. Ocáriz, "sino que afecta toda la existencia". Y san Juan María Vianney encarnó esta verdad. Su ministerio no era parcial, ni funcional: era una entrega completa, sin fisuras. Todo en él hablaba de Dios. Todo en él llevaba a Dios.
Hoy rezamos por los sacerdotes. Como recordaba nuestro fundador, "todo lo que sea ayudar a un sacerdote es salvar miles de almas". Su fidelidad, su oración, su presencia entre los fieles es fuente inagotable de vida cristiana. El fruto de su labor apostólica, tantas veces oculta, queda en la diócesis, en las parroquias, en las almas, allí donde Dios ha querido plantar su cruz.
Por eso, la santidad sacerdotal no es un lujo: es una urgencia. Pedimos al Señor que sus sacerdotes sean amables, doctos, alegres, entregados, hombres de oración y de sacrificio, capaces de ver en cada alma una joya preciosa de Jesucristo, capaces de vivir "una vida tan por encima de lo humano" que cada palabra, cada gesto, cada decisión esté guiada por la fe.
Oración, confesión y Eucaristía: claves de un fuego que no se apaga
El Santo Cura de Ars decía que la oración es al alma como el agua al pez. Sin oración, el sacerdote pierde su savia interior. Y sin confesión —personal y ministerial— no puede guiar al pueblo en la conversión.
Pero el gran secreto de su vida fue su amor a la Eucaristía. Celebraba la Misa como si fuera su primera y su última, como hacen los santos. Como pedía san Juan Pablo II, vivía la liturgia con unción, sin estilo personalista ni rutinas, sino con fidelidad, respeto y hondura. De ahí brotaba su fuerza, su caridad, su luz.
Y no faltaba a su lado María, Madre del Sumo Sacerdote, primer Sagrario viviente, compañera inseparable de todo sacerdote fiel. En Ella encontraba consuelo, fortaleza y ejemplo. Ora pro nobis.
El sacerdote según el corazón de Dios
"Hay una ciencia a la que sólo se llega con santidad: y hay almas oscuras, ignoradas, profundamente humildes, sacrificadas, santas, con un sentido sobrenatural maravilloso… Estoy persuadido —y tengo experiencias concretas— de que esas almas sencillas son poderosas delante de Dios, y obran en sus oraciones prodigios apostólicos que pasan inadvertidos a los hombres".
(san Josemaría)
Cuando el Vicario General lo envió a Ars, le dijo:
"No hay mucho amor de Dios en esta parroquia; usted procurará introducirlo".
Lo que atraía a la gente no era la curiosidad por los milagros (que él trataba de ocultar), sino el presentimiento de encontrarse con un sacerdote santo. San Juan Pablo II lo describía así:
"Sorprendente por su penitencia, tan familiar con Dios en la oración, sobresaliente por su paz y su humildad en medio de los éxitos populares, y sobre todo tan intuitivo para corresponder a las disposiciones interiores de las almas y librarlas de su carga, particularmente en el confesionario".
Un abogado de Lyon, que volvía de Ars, fue preguntado:
—¿Qué has visto allí?
—"He visto a Dios en un hombre".
¿Qué esperan los hombres del sacerdote?
—"Un hombre que dé con sencillez y alegría… aquello que él solo puede dar: la riqueza de gracia, de intimidad divina, que a través de él Dios quiere distribuir a los hombres".
San Pío X decía: "El sacerdote debe gustar, exponer y aconsejar lo que conduce al Cielo; debe llevar una vida tan por encima de lo humano que, cuanto hace por razón de su ministerio, debe hacerlo según Dios, inspirado y guiado por la fe.
Ahora bien, esta disposición del alma, esta espontánea unión con Dios, se alcanza y se defiende con el cuidado de la meditación cotidiana".
Hoy pedimos al Señor sacerdotes santos, amables, doctos, que traten las almas como joyas preciosas de Jesucristo, que sepan renunciar a sus planes personales por amor a los demás.
Pío XI afirmaba: "Desde la cuna hasta la tumba —más aún, hasta el Cielo— el sacerdote es para los fieles guía, consuelo, ministro de salvación, distribuidor de gracias y bendiciones".
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