martes, 14 de mayo de 2013


Martes de la semana 7 de Pascua

Meditaciones de la semana
en Word y en PDB
Jesús nos da lo que recibe de Dios Padre y se nos da; y nos confía la misión de darnos también nosotros
En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar.Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese. He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado.Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti».(Jn 17,1-11a)
1. Leemos hoy y en los dos próximos días, toda la oración-testamento de Jesús, oración sacerdotal, oración por la unión de los cristianos: cuando “elevó sus ojos al cielo”, sus "ojos" expresan la actitud de todo su ser. Nosotros, por la fe, querríamos participar de este anhelo divino, de esta “presencia a oscuras” que decía Ernestina de Champourcin: “Estrella que viste a Dios, / dame un rayo de su luz. / ¡Oh nube que me lo ocultas, / desgarra un poco tu velo! / Águila que lo rozaste, / inclina hacia mí tus alas. / Sol que estuviste a sus pies, / ¡abrásame con tu fuego”: querríamos entrar en esta conversación íntima de Jesús en él Cenáculo, “en silencio”: “Quiero cerrar los ojos y mirar hacia dentro / para verte, Señor, / quiero cerrar los ojos y volver la mirada / al faro de tu amor; / quiero cerrar mis ojos y olvidar los paisajes / de tan lánguido ardor, / que en el alma despiertan morbosas inquietudes / de escondido dulzor; / quiero olvidar pupilas que en las mías clavaron / su hechizo tentador, / dejando para siempre temblando en mi recuerdo / su místico dolor. / Quiero cerrar los ojos y sentir de tu fuerza / el terrible vigor, / quiero cerrar los ojos y mirar hacia dentro / ¡para verte, Señor!” Es el deseo de ver al Señor, que llevamos dentro…
“Padre... Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique”. Este "glorificar" se repetirá cuatro veces en unas pocas frases: la "gloria", para toda la tradición bíblica, es el resplandor y honor de Dios. Pero no pensemos que la gloria de Dios es una autocomplacencia suya: es la salvación del hombre, y la salvación del hombre, es el conocimiento de Dios. Por eso sigue Jesús: “ya que le diste poder sobre toda carne [al Hijo], que él dé vida eterna a todos los que Tú le has dado”. Señor, que entre en esta "Vida" que es "conocerte", en el amor a Ti y a los demás. ¡Danos, Señor, este conocimiento vital de ti!: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien Tú has enviado”.
La segunda palabra importante, después de la de glorificar es la de "dar: en el evangelio de hoy, Jesús la pronuncia diez veces... El Padre ha "dado" poder al Hijo... ha "dado" la Gloria al Hijo... ha "dado" palabras al Hijo... Y Jesús "da" la vida eterna a los hombres... "da" las palabras del Padre a los hombres... La obra de Jesús es darnos lo que ha recibido del Padre. Darse es la actitud esencial del amor, junto a la unión: Jesús unido al Padre… Señor, úneme a ti, úneme a los demás pensando en Ti para darme con un amor más lleno. ¡Enséñame a amar de verdad! (Noel Quesson).
2. Hoy y mañana vemos a Pablo que se despide de los de Éfeso. Acosado en persecuciones, hace un viaje interior donde tiene premoniciones de que le “esperan cadenas y tribulaciones”. Se dirige a Jerusalén, «forzado por el Espíritu». Señor, que yo también me deje llevar por tu Espíritu, con la confianza de Pablo: «no me importa la vida: lo que me importa es completar mi carrera y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios» (Hechos 20,17-27). Con la fuerza de tu Espíritu, recibiré tu Fortaleza – Valentía, Seguridad, Audacia- y podré decir con él: -“Yo nunca me acobardé, cuando era necesario anunciar la palabra de Dios”. Sentiría en su carne la tentación de huir, de callarse, de renunciar. Perdón, Señor por todas mis cobardías, por todos mis silencios.
Decía san Josemaría Escrivá: El camino del cristiano, el de cualquier hombre, no es fácil. Ciertamente, en determinadas épocas, parece que todo se cumple según nuestras previsiones; pero esto habitualmente dura poco. Vivir es enfrentarse con dificultades, sentir en el corazón alegrías y sinsabores; y en esta fragua el hombre puede adquirir fortaleza, paciencia, magnanimidad, serenidad (…) Lógicamente, en nuestra jornada no toparemos con tales ni con tantas contradicciones como se cruzaron en la vida de Saulo. Nosotros descubriremos la bajeza de nuestro egoísmo, los zarpazos de la sensualidad, los manotazos de un orgullo inútil y ridículo, y muchas otras claudicaciones: tantas, tantas flaquezas. ¿Descorazonarse? No. Con San Pablo, repitamos al Señor: siento satisfacción en mis enfermedades, en los ultrajes, en las necesidades, en las persecuciones, en las angustias por amor de Cristo; pues cuando estoy débil, entonces soy más fuerte”.
Señor, que como Pablo sepa yo dar mi vida. Ya no me pertenezco. Que Viva para Jesús. Que anuncie, por entero, la voluntad de Dios. Tal es el contenido de la liturgia de hoy: el don gratuito (Noel Quesson). Señor, que tenga generosidad y espíritu creativo, siempre a tu servicio, porque me deje llevar en todo momento por tu Espíritu. Que sea más y más totalmente de Cristo, con la fuerza del Espíritu, como reza aquella poesía de Ernestina de Champourcin: “Espíritu que limpias, santificas y creas. / Espíritu que abrasas y consumes la escoria, / Tú que aniquilas todo lo inútil y lo impuro / y puedes convertirnos en antorchas vivientes, // ciéganos con tu luz, ven y arrasa este mundo, ven y arrasa este mundo / sucio de tantos siglos que lo surcan y agobian… / Se nos derrumba el suelo maltrecho y abrumado / bajo la carga inmensa del tiempo y del dolor.
”Sana esta pobre tierra enferma de nosotros, / de nuestro andar confuso que no sabe abrir rastros, / de nuestra eterna duda con su temblor constante, / de las vacilaciones que ahogan la semilla.
”Desgaja, rompe, azota… Seremos leño dócil / si quieres inflamarnos para prender tu hoguera. / Visítanos, al fin, con un viento de gracia / que aniquile y destruya para sembrar de nuevo.
”Espíritu de Dios, quémanos las entrañas / con ese fuego oculto que corroe y devora. / Cuando sólo seamos unos huesos ardientes / se iniciará en nosotros la gloria de tu reino”.
3. Es lo que clama el Salmo de hoy: Derramaste una lluvia copiosa, oh Dios, / reconfortaste tu heredad extenuada. / Tu grey habitó en la heredad / que, en tu bondad, oh Dios, preparaste al pobre. // ¡Bendito sea el Señor, día tras día! / Él lleva nuestras cargas, es el Dios de nuestra salvación. / Dios es para nosotros el Dios que salva, / y al Señor, nuestro Dios, / debemos el escapar de la muerte”(67,10-11.20-21). Padre, te pido que yo no te abandone jamás; sepa sentirte como Padre lleno de amor, que me da fortaleza, protección. Te lo pido por intercesión de Santa María, mi amparo y auxilio.
Llucià Pou Sabaté


San Matías, apóstol

«Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Esto os mando, que os améis los unos a los otros.» (Juan 15, 12-17)

1º. Jesús, me llamas amigo.
¡A mi!
A mí, que te he vuelto tantas veces la espalda, o que he pasado de largo con indiferencia cuando me pedías algo.
Pagas bien por mal.
Gracias.
Que sepa responder a tu amistad tratando de cumplir tu voluntad, que está bien clara: «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.»
Jesús, ¿cómo me has amado?
«Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos.»
Tú me has amado con el amor más grande posible: dando tu vida por mí; y ahora me pides que te imite.
Ayúdame a pensar en los demás, a servir a los que me rodean: mi familia, mis compañeros, mis amigos, mis vecinos.
«No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros.»
Jesús, me has elegido Tú: te has puesto a mi alcance, me has llenado de gracias.
No es mérito mío el ser cristiano; es un don tuyo, un talento valiosísimo que me has prestado para que lo haga rendir.
Porque no quieres que entierre mis talentos -los dones que me das-, sino que los haga fructificar: «el treinta por uno, el sesenta por uno, y el ciento por uno» (Mateo 4,8).
La   nueva es llamada 'ley de amor', porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; 'ley de gracia', porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; 'ley de libertad' porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo «que ignora lo que hace su señor», a la de amigo de Cristo, «porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer»(CEC.-1972).

2º. «Si el Señor te ha llamado «amigo», has de responder a la llamada, has de caminar a paso rápido, con la urgencia necesaria, ¡al paso de Dios! De otro modo, corres el riesgo de quedarte en simple espectador» (Surco.-629).
Jesús, eres Tú el que me has llamado, el que te has metido en mi vida, casi sin darme cuenta.
No soy yo el que te he elegido: Tú has querido contar conmigo.
Por eso, no tengo derecho a dejarte; no puedo quedarme en una posición cómoda, de simple espectador, cuando Tú me estás pidiendo más: «os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.»
Jesús, me pides que dé fruto.
¿Pero qué fruto?
Fruto de santidad,
fruto de apostolado,
fruto de trabajo bien hecho,
fruto de servicio a los demás.
Este es el fruto que me pides después de decirme que has dado tu vida por mí y que ya no puedes mostrarme más el amor que me tienes; después de llamarme amigo «porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer.»
¿Cómo no voy a responder a tu llamada?
¿Cómo no voy a intentar ir a paso rápido, al paso de Dios?
Pero necesito ayuda, y por eso me aseguras que «todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá.»
Padre, te pido más corazón, para corresponder al amor que me tienes;
te pido más fortaleza, para no conformarme con «ir tirando», sino que me ponga a luchar en serio en el camino de la santidad;
te pido más generosidad, para saber dar la vida por Ti y por los demás como ha hecho Jesús;
te pido más lealtad, para no traicionar la amistad que Jesús me ha dado, rechazando el pecado con todas mis fuerzas;
te pido más vibración apostólica, para que sepa dar ejemplo y hablar de Ti a mis familiares y amigos: para dar fruto, y que ese fruto permanezca.
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lunes, 13 de mayo de 2013


LUNES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA: hemos de fomentar una fe sin miedo a nada ni nadie, porque Jesús ha vencido todo lo malo, con Él estamos seguros

Evangelio (Jn 16,29-33): En aquel tiempo, los discípulos dijeron a Jesús: «Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios». Jesús les respondió: «¿Ahora creéis? Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo».

1. Jesús, tú sabes las cosas de Dios y lo que me da la felicidad, y te digo como los apóstoles: “ahora vemos que lo sabes todo… por esto creemos que has salido de Dios”. No eres como los maestros de este mundo, que se guardan el saber exclusivamente para sí y algunos de los suyos; es verdad lo que dices: "Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer".
"El Espíritu de la verdad os conducirá a la verdad plena". Quiero rezarle hoy, en preparación de su fiesta: Espíritu de amor, creador y santificador de las almas, Espíritu de Verdad, ayúdame a parecerme más y más a Jesús, a pensar y hablar como Él, a amar y actuar como Él. Que sea fiel a tus mociones, y lleve la cruz de cada día con alegría con tu luz y tu fuerza. Que te sepa escuchar en mi silencio. He leído que un cristiano sin tu ayuda es como un animal fiero en un zoológico: los leones están tristes, los tigres ya no son fieros sino vagos, los búfalos apáticos… por eso dice el Salmo “pero a mí me das la fuerza de un búfalo y me unges con aceite nuevo” (91).
«¿Ahora creéis?», dice Jesús, que sabe muy bien que dentro de pocas horas le van a abandonar todos, asustados en una desbandada que vemos también en nuestro tiempo. Jesús no dice que la victoria es segura: «en el mundo tendréis luchas, pero tened valor: yo he vencido al mundo». Dice el Concilio Vaticano II: “Por lo demás, el Señor Jesús, que dijo: "Confiad, yo he vencido al mundo", no prometió a su Iglesia con estas palabras una victoria completa en este mundo. Pero se goza el Sagrado Concilio porque la tierra, repleta de la semilla del Evangelio, fructifica ahora en muchos lugares bajo la guía del Espíritu del Señor, que llena el orbe de la tierra”.
Jesús dice que ellos le dejarán solo, y añade: “Pero no estoy solo: el Padre está conmigo”. Señor, que sienta también yo tu presencia, también cuando llegue la cruz, las dificultades (Noel Quesson).
Son días para pensar en la fiesta de Pentecostés a la que nos preparan las lecturas, de la mano de María en este mes de mayo, y estos días contemplándola como Esposa del Espíritu Santo. Ella nos enseñará a guardar en nuestro corazón lo que oímos de la Palabra de Jesús, que está con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 16-20). El Señor se marcha, pero no nos deja huérfanos: se queda en la Iglesia: en los Sacramentos, en la Escritura, en la intimidad del corazón donde nos guía con su Espíritu: «Derrama sobre nosotros la fuerza del Espíritu, para que demos testimonio de ti con nuestras obras» (oración).
2. Entre los años 53 y 56, Pablo… llegó a Efeso, encontró a algunos discípulos y les preguntó: ¿Habéis recibido el Espíritu Santo al abrazar la fe? Ellos le respondieron: Ni siquiera hemos oído que haya Espíritu Santo”. Les instruyó y “al imponerles Pablo las manos, vino el Espíritu Santo sobre ellos, de modo que hablaban en lenguas y profetizaban” (Hechos 19,1-8). Quiero empaparme estos días de tu presencia, oh Santo Espíritu, y anunciarte a los que me rodean. Quiero vivir en ti: ayúdame a tener vida divina, nacer de nuevo, empaparme bien de tu fuente de agua viva, de la Eucaristía, de la Confesión. Ayúdame a cuidar la oración y sacrificios.

3. Al infundir en nuestros corazones el Don de su Amor, Dios habita en nosotros como en un templo; desde allí protege al débil, protege a su pueblo como profetizó Moisés y cantamos en el Salmo: “Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos… como el humo se disipa, se disipan ellos; / como se derrite la cera ante el fuego, / así perecen los impíos ante Dios. // En cambio, los justos se alegran, / gozan en la presencia de Dios, / rebosando de alegría. / Cantad a Dios, tocad en su honor… su nombre es el Señor… // Padre de huérfanos, protector de viudas, / Dios vive en su santa morada. / Dios prepara casa a los desvalidos, / libera a los cautivos y los enriquece” (67,2-7).
                Llucià Pou Sabaté

domingo, 12 de mayo de 2013


Domingo de la 7ª semana de Pascua - La Ascensión de Jesús al Cielo, donde Dios lo sentó a su derecha, es modelo para nosotros: estamos también llamados a estar allí
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.» Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios” (Lucas 24,46-53).
1. -Desde la Ascensión del Señor, algo de nosotros está ya en el cielo. Como todos los misterios de la vida del Señor, la Ascensión no sólo nos revela quién es Dios. Nos desvela también la profundidad y la altura de nuestra condición humana. En la glorificación de Jesús, la humanidad ha entrado en Dios. Él, que siendo de condición divina no se avergonzó de llamarse nuestro hermano, nos introduce en el cielo. Hoy dice a sus discípulos que el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.”
«Y dejas, Pastor santo, tu grey en este valle hondo, escuro». Es una poesía de Fray Luis que refleja la tristeza de aquellos discípulos que ven cómo una «nube envidiosa» les priva «deste breve gozo» de la presencia de Jesús y se preguntan: «¿Qué norte guiará la nave al puerto?» Para exclamar finalmente: «¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!». Pero no nos deja… León Felipe lo explica mejor: «Aquí vino y se fue. Vino..., nos marcó una tarea y se fue. Tal vez detrás de aquella nube hay alguien que trabaja, lo mismo que nosotros, y tal vez las estrellas no son más que ventanas encendidas de una fábrica, donde Dios tiene que repartir una labor también. Aquí vino y se fue. Vino..., llenó nuestra caja de caudales con millones de siglos y de siglos; nos dejó unas herramientas..., y se fue. Él, que lo sabe todo, sabe que estando solos, sin dioses que nos miren, trabajamos mejor. Detrás de ti no hay nadie. Nadie. Ni un maestro, ni un amo, ni un patrón. Pero tuyo es el tiempo. El tiempo y esa gubia con que Dios comenzó la creación»… No hay soledad y la nostalgia tras la ascensión, sino alegría por el don del Espíritu Santo, de gozar ya su presencia en nuestra vida, y una misión que se nos confía: ser testigos de Jesús hasta los confines del mundo (Javier Gafo): Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto”, sigue diciendo el Señor. “Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo”. Los discípulos, después de haber recibido la última bendición de Jesús, "se volvieron a Jerusalén con gran alegría y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios».
2. Lucas dedica su obra al amador de Dios, Teófilo, y después de los Evangelios escribe lo que pasa después de la Ascensión, lo que hemos leído en Pascua, el “evangelio del Espíritu Santo”, después “de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios”.
“Una vez que comían juntos, les recomendó: -«No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.»”
Ellos todavía tienen confuso ese Reino y piensan en poder humano: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?» Pero Jesús aprovecha eso para abrirles horizontes: -«No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.» Es hoy la coronación de la glorificación de Cristo realizada en la Pascua, y preparación de la fiesta del Espíritu Santo.
No se ha ido Jesús, se queda, como señala Juan Pablo II: “En realidad, Jesús resucitado no deja definitivamente a sus discípulos; más bien, empieza un nuevo tipo de relación con ellos. Aunque desde el punto de vista físico y terreno ya no está presente como antes, en realidad su presencia invisible se intensifica, alcanzando una profundidad y una extensión absolutamente nuevas. Gracias a la acción del Espíritu Santo prometido, Jesús estará presente donde enseñó a los discípulos a reconocerlo: en la palabra del Evangelio, en los sacramentos y en la Iglesia, comunidad de cuantos creerán en él, llamada a cumplir una incesante misión evangelizadora a lo largo de los siglos”.
“Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista”. Se va y se queda. No podemos quedarnos mirando solo al cielo, sino que hemos de volver a lo de antes, con esa presencia de Dios, la cabeza en el cielo y los pies en la tierra: “Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: - «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse» (Hechos 1,1-11).
Dios es un Rey y estamos a su servicio, nos dice el salmista: Pueblos todos batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo; porque el Señor es sublime y terrible, emperador de toda la tierra”. A veces se oye hablar que el mundo se ha apartado de Dios, pero es que los cristianos nos hemos apartado del mundo, vivimos en Babia, a veces en la nostalgia del pasado. Nos ve el pelo a los cristianos en las películas y las telenovelas, en el mundo de la política hay pocos y pocos en los bancos y los que llevan la economía mundial. Además, no nos preocupemos mucho de hacer quinielas sobre a dónde va ir a parar el mundo, sino de lo que nos pone el Señor en las manos en este momento… el futuro está en manos de Dios, y el Espíritu Santo es un Artista que va llevando la Iglesia, y a cada uno de nosotros, nos va dando pistas en nuestro corazón, para que las sigamos y seamos felices, bienaventurados, para que en medio de nuestra debilidad nos apoyemos en su fortaleza, y en medio del tiempo vayamos descubriendo la gloria.
“Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas; tocad para Dios, tocad, tocad para nuestro Rey, tocad. Porque Dios es el rey del mundo; tocad con maestría. Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sagrado” (Salmo 46). Subes al cielo, Señor, y me dejas en tu viña, y me encuentro a gusto en mi cultura y feliz en mi tierra, donde me has puesto. Es fantástico estar vivo en este momento de la historia, y me alegro de ello con toda el alma, Señor. Oigo a gente que compara y se queja y preferiría haber nacido en otra tierra y en otra edad. Para mí eso es rebelión y herejía. Todos los tiempos son buenos y todas las tierras son sagradas, y el tiempo y el espacio que tú escoges para mí son doblemente sagrados a mis ojos por ser tú quien los has escogido en amor y providencia como regalo personal para mí. Me encanta mi viña, Señor, y no la cambiaría por ninguna.
Veo tu belleza y tu poder en tu obra viva, Señor, en toda tu creación y en la persona, en mí y los demás. Tú me preparas mi heredad. Soy hijo de mi tiempo, y considero este tiempo como don tuyo que quiero aprovechar con fe y alegría, sin desanimarme ni desconfiar nunca. El mundo es bello, porque tú lo has creado para mí. Gracias por este mundo, por esta vida, por esta tierra y por este tiempo. Gracias por mi viña, Señor (Carlos G. Vallés).
3. Pide S. Pablo a Dios que conceda a los efesios "espíritu de sabiduría y revelación" para conocerlo. No se trata de saber más cosas, sino del don de sabiduría que lleva al conocimiento y a la aceptación del amor de Dios y de su voluntad. S. Agustín nos habla de cuál es esa sabiduría:Quien beba de este agua, jamás volverá a tener sed (Jn 4,13). Conocer es también amar, es ver a Dios con los ojos del corazón por una fe práctica: Hermanos: Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama”: la esperanza es lo primero que hemos de comprender, a lo que nos lleva la Ascensión de Jesús, que también será la nuestra; “cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro”: la herencia que esperamos, la promesa del cielo.
“Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos”: es la exaltación de Jesús resucitado que actúa en nosotros para que también resucitemos con Él. Nuestro agradecimiento se abre en acción de gracias por lo que ya hemos recibido y en la petición confiada de lo que está por venir.
Llucià Pou Sabaté

sábado, 11 de mayo de 2013


Sábado de la semana 6 de Pascua

Meditaciones de la semana
en Word y en PDB
Lo que pedimos a Dios en nombre de Jesús, se nos concederá; y como fruto de la oración, viviremos el apostolado
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo: lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre. Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado. Os he dicho todo esto en parábolas. Se acerca la hora en que ya no os hablaré en parábolas, sino que con toda claridad os hablaré acerca del Padre. Aquel día pediréis en mi nombre y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque me queréis a mí y creéis que salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre» (Jn 16,23-28).
1. En vigilias de la Ascensión del Señor, el Evangelio nos deja unas palabras de despedida entrañables. Jesús nos hace participar de su misterio más preciado; Dios Padre es su origen y es, a la vez, su destino: «Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre» (Jn 16,28). “Y esta filiación divina de Jesús nos recuerda otro aspecto fundamental para nuestra vida: los bautizados somos hijos de Dios en Cristo por el Espíritu Santo. Esto esconde un misterio bellísimo para nosotros: esta paternidad divina adoptiva de Dios hacia cada hombre se distingue de la adopción humana en que tiene un fundamento real en cada uno de nosotros, ya que supone un nuevo nacimiento. Por tanto, quien ha quedado introducido en la gran Familia divina ya no es un extraño” (Xavier Romero).
Jesús les promete a sus discípulos que la oración que dirijan al Padre en nombre de Jesús será eficaz, «para que vuestra alegría sea completa». Él está íntimamente unido al Padre. Jesús, que mi alegría sea completa por estar unido a ti, como nos ha dicho: «permaneced en mí y yo en vosotros», «permaneced en mi amor». Orar es entrar en la órbita de Dios, mirar todo con sus ojos, amar con su corazón. Así me uniré a tu voluntad, Señor, y ya es “eficaz” mi oración entonces: «todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido» (Mc 11,24). “En verdad, en verdad os digo: si algo pedís al Padre en mi nombre, os lo concederá… pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo”.
Rezaba S. Josemaría Escrivá: “Una oración al Dios de mi vida. Si Dios es para nosotros vida, no debe extrañarnos que nuestra existencia de cristianos haya de estar entretejida en oración. Pero no penséis que la oración es un acto que se cumple y luego se abandona. Por la mañana pienso en ti; y, por la tarde, se dirige hacia ti mi oración como el incienso. Toda la jornada puede ser tiempo de oración: de la noche a la mañana y de la mañana a la noche. Más aún: como nos recuerda la Escritura Santa, también el sueño debe ser oración”. Señor, que recuerde cómo tú pasabas a veces la noche en oración, y quiero pedirte como los discípulos: “Señor, enséñanos a orar” así como lo hacían los primeros, que animados de un mismo espíritu, perseveraban juntos en oración (Hch 1,4).
“El temple del buen cristiano se adquiere, con la gracia, en la forja de la oración. Y este alimento de la plegaria, por ser vida, no se desarrolla en un cauce único. El corazón se desahogará habitualmente con palabras, en esas oraciones vocales que nos ha enseñado el mismo Dios, Padre nuestro, o sus ángeles, Ave María. Otras veces utilizaremos oraciones acrisoladas por el tiempo, en las que se ha vertido la piedad de millones de hermanos en la fe: las de la liturgia -lex orandi-, las que han nacido de la pasión de un corazón enamorado, como tantas antífonas marianas: Sub tuum praesidium…, Memorare…, Salve Regina
En otras ocasiones nos bastarán dos o tres expresiones, lanzadas al Señor como saeta, iaculata: jaculatorias, que aprendemos en la lectura atenta de la historia de Cristo: Domine, si vis, potes me mundare (Mt 8,2), Señor, si quieres, puedes curarme; Domine, tu omnia nosti, tu scis quia amo te (Jn 21,17), Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo; Credo, Domine, sed adiuva incredulitatem team (Mt 9,23), creo, Señor, pero ayuda mi incredulidad, fortalece mi fe; Domine, non sum dignus (Mt 8,8), ¡Señor, no soy digno!;Dominus meus et Deus meus (Jn 20,18), ¡Señor mío y Dios mío!… U otras frases, breves y afectuosas, que brotan del fervor íntimo del alma, y responden a una circunstancia concreta” (ibid.). Y además necesitamos unos ratos diarios, dedicados a rezar; junto al Sagrario si podemos, en esa “cárcel de amor” por nosotros donde Jesús nos espera.
“Oración mental es ese diálogo con Dios, de corazón a corazón, en el que interviene toda el alma: la inteligencia y la imaginación, la memoria y la voluntad”, para que así todos se convierta “en una alabanza continua a Dios. Nos mantendremos en su presencia, como los enamorados dirigen continuamente su pensamiento a la persona que aman, y todas nuestras acciones -aun las más pequeñas- se llenarán de eficacia espiritual” (ibid.). Señor, te pido me ayudes en el combate de la oración, porque es una lucha de fe, de preferir estar contigo a hacer otras cosas.
2. En este tercer viaje apostólico, Pablo va de Éfeso a Cesarea, luego Jerusalén y Antioquía... Luego, Galacia y Frigia (Hechos 18, 23-28). Señor, te pido que también yo haga apostolado, en mi ambiente de trabajo, como nos pides: “me serviréis de testigos en Jerusalén y en toda la Judea y Samaría y hasta el cabo del mundo”. Lléname del ardor de tu corazón: “fuego he venido a traer a la tierra y qué he de querer sino que arda”. “Fuego de apostolado que se robustece en la oración: no hay medio mejor que éste para desarrollar, a lo largo y a lo ancho del mundo, esa batalla pacífica en la que cada cristiano está llamado a participar: cumplir lo que resta que padecer a Cristo” (san Josemaría Escrivá).
3. Dios es el Rey del mundo, y por eso cantamos con el salmista: “Pueblos todos, batid palmas, / aclamad a Dios con gritos de júbilo; / porque el Señor es sublime… Dios es el rey del mundo… reina sobre las naciones, / Dios se sienta en su trono sagrado… él es excelso” (Salmo 46,2-3.8-10). Señor, que sepa aclamar tu nombre y proclamar tu Reino, ofrecerte todo por amor, a ti que eres mi Rey; lo pongo en manos de mi madre Santa María, que sabrá presentarte mejor estas ofrendas. Amén.
Llucià Pou Sabaté
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jueves, 9 de mayo de 2013


Viernes de la semana 6 de Pascua

Meditaciones de la semana
en Word y en PDB
Jesús con su Espíritu nos invita a ser hijos de Dios: a no tener miedo, al gozo de la alegría.
En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar. Aquel día no me preguntaréis nada»  (Jn 16,20-23a).
1. Mucha gente suele comenzar hoy el Decenario del Espíritu Santo. Con María están los Apóstoles, y me gustaría estar en las conversaciones que mantendrían durante aquellos días. ¡Señor, que mi oración cada día, conversación contigo, sea tan cordial y llena! Madre de la Iglesia naciente, te pido que nos guíes para recibir los dones y los frutos del Espíritu Santo. Los dones son como la vela de una embarcación cuando está desplegada y el viento —que representa la gracia— le va a favor: ¡qué rapidez y facilidad en el camino!
El Señor nos promete también en nuestra ruta convertir las fatigas en alegría: «Vuestra alegría nadie os la tomará» (Jn 16,23) y «vuestra alegría será completa» (Jn 16,24). Durante toda esta semana, la Liturgia nos habla de rejuvenecer, de exultar (saltar de alegría), de la felicidad segura y eterna. Todo nos lleva a vivir de oración. Como nos dice san Josemaría: «Quiero que estés siempre contento, porque la alegría es parte integrante de tu camino. —Pide esa misma alegría sobrenatural para todos».
“El ser humano necesita reír para la salud física y espiritual. El humor sano enseña a vivir. San Pablo nos dirá: «Sabemos que todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios» (Rom 8,28). ¡He aquí una buena jaculatoria!: «¡Todo es para bien!»: «Omnia in bonum!»”(Joaquim Font).
En la Escritura, los dolores del parto son los que tienen más sentido por traer una nueva vida al mundo. Aquí Jesús nos hablará de ese dolor como paso del alumbramiento a la vida eterna. En el cuadro del entierro del Conde Orgaz, de “el Greco” se ve en primer plano los que rodean al cuerpo del difunto, pero más arriba se pinta la subida de su alma al cielo, que acoge la Virgen cuando pasa por un “útero” para ese nuevo nacimiento. Señor, que sepa ver sufrimientos de esta vida con un valor de gloria, como el gusano que se transforma en mariposa. Que sepa prepararme con la cruz de cada día a salir de este mundo para entrar en la gloria. Jesús, hazme ver que vas al Padre para que recibamos tu Espíritu. María, madre mía, que nos traen a la vida sobrenatural como nueva Eva, dame fe que alumbre mi vida con la esperanza de la Vida: “Recordad: La mujer cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro que pasó, porque la inunda la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre”. Así alguna mujer cuando tiene su criatura piensa que es demasiado dolor, pero al rato de querer a su hijo ya está feliz de poder tenerlo. “También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Y aquel día no me preguntaréis nada (Juan 16,20-23).
Señor, te canto con la “sevillana”: "algo se muere en el alma, cuando un amigo se va", pero quiero estar alegre, porque Tú te quedas… Como nos dice san Josemaría: «Quiero que estés siempre contento, porque la alegría es parte integrante de tu camino. —Pide esa misma alegría sobrenatural para todos».
2. Esta es la alegría que el Señor le da a Pablo, aun en medio de la persecución: "No temas, habla sin callar nada, porque yo estoy contigo." Señor, sé que esta alegría viene de tenerte: «¡Que yo no tema!», «¡que me sepa contigo!» Danos también, Señor, esta seguridad.
3. Señor, te pido que toda nuestra vida se convierta en una continua alabanza de tu santo Nombre, como nos invita el salmista: «Porque el Señor es sublime y terrible, emperador de toda la tierra… Él nos escogió por heredad suya: gloria de Jacob su amado. Dios asciende entre aclamaciones; / el Señor, al son de trompetas: / tocad para Dios, tocad, / tocad para nuestro rey, tocad”(Salmo 47/46,2-7). Y en el Salmo 126,6 nos recuerda el llanto y alegría del sufrimiento de la madre, de la partida de Jesús, de todo dolor que se convierte en cruz: «Al ir, va llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando trayendo sus gavillas». Jesús, dame paciencia, para no precipitarme antes de que salga el fruto de lo que me cuesta; que no abandone la lucha; que no absolutice algún aspecto malo de mi vida o de la de los demás, sino que tenga visión de conjunto, como decía Santo Tomás: «Por experiencia sabemos que, cuando soportamos pruebas difíciles por alguien a quien queremos, no se derrumba el amor sino que crece (...). Y así los santos, que soportan por Dios contrariedades, se afianzan en su amor con ello; es como un artista, que se encariña más con la obra que más sudores le cuesta».
Hoy día, hay modelos distintos: máximo rendimiento sin contar con las personas, el egoísmo elevado a actividad económica; lo efímero, sin ahorrar para el mañana; una educación basada en cosas que eviten el esfuerzo; unos políticos que no son modelo de integridad ética; choca con la música del darse, del sacrificio y de la cruz: «La relativa y pobre felicidad del egoísta, que se encierra en su torre de marfil, en su caparazón..., no es difícil conseguirla en este mundo.   -Pero la felicidad del egoísta no es duradera.
Este amor infinito de Dios para con cada uno de nosotros se manifiesta de modo pleno en Jesucristo. En Él se encuentra la alegría que buscamos. En el Evangelio vemos cómo los hechos que marcan el inicio de la vida de Jesús se caracterizan por la alegría. Cuando el arcángel Gabriel anuncia a la Virgen María que será madre del Salvador, comienza con esta palabra: «¡Alégrate!» (Lc 1,28). En el nacimiento de Jesús, el Ángel del Señor dice a los pastores: «Os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2,11). Y los Magos que buscaban al niño, «al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría» (Mt 2,10). El motivo de esta alegría es, por lo tanto, la cercanía de Dios, que se ha hecho uno de nosotros. Esto es lo que san Pablo quiso decir cuando escribía a los cristianos de Filipos: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca» (Flp 4,4-5). La primera causa de nuestra alegría es la cercanía del Señor, que me acoge y me ama.
¿Vas a perder por esa caricatura del cielo, la Felicidad de la Gloria, que no tendrá fin?» (san Josemaría Escrivá, Camino, 29). La paciencia está unida a la esperanza; hay dificultades, esfuerzo… «Pero vuestra tristeza se convertirá en gozo.» Gozo como fruto del Espíritu Santo, alegría del trabajo hecho, de que “hay más gozo en dar que en recibir”; el gozo de tenerte, Jesús, que nos dices: «Y nadie os quitará vuestro gozo.» La alegría era el lema del 2012 de la Jornada de la Juventud: «¡Alegraos siempre en el Señor!» (Flp 4,4). Y decía Benedicto XVI: “la alegría es un elemento central de la experiencia cristiana… Vemos la fuerza atrayente que ella tiene: en un mundo marcado a menudo por la tristeza y la inquietud, la alegría es un testimonio importante de la belleza y fiabilidad de la fe cristiana… En Jesucristo… se encuentra la alegría que buscamos… Cuando el arcángel Gabriel anuncia a la Virgen María que será madre del Salvador, comienza con esta palabra: «¡Alégrate!» (Lc 1,28). En el nacimiento de Jesús, el Ángel del Señor dice a los pastores: «Os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2,11). Y los Magos que buscaban al niño, «al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría» (Mt 2,10). El motivo de esta alegría es, por lo tanto, la cercanía de Dios, que se ha hecho uno de nosotros. Esto es lo que san Pablo quiso decir cuando escribía a los cristianos de Filipos: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos… El Señor está cerca» (Flp 4,4-5). La primera causa de nuestra alegría es la cercanía del Señor, que me acoge y me ama”. Va citando personajes que al encuentro con Jesús se llenan de alegría: Zaqueo «lo recibió muy contento» (Lc 19,5-6). Y antes de la Pasión, en la Cena, dirá: «Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud» (Jn 15,9.11). “Jesús quiere introducir a sus discípulos y a cada uno de nosotros en la alegría plena, la que Él comparte con el Padre, para que el amor con que el Padre le ama esté en nosotros (cf. Jn 17,26). La alegría cristiana es abrirse a este amor de Dios y pertenecer a Él”. Y en los encuentros con el Resucitado, María Magdalena y otras, «llenas de miedo y de alegría», “corrieron a anunciar la feliz noticia a los discípulos. Jesús salió a su encuentro y dijo: «Alegraos» (Mt 28,8-9)… El mal no tiene la última palabra sobre nuestra vida, sino que la fe en Cristo Salvador nos dice que el amor de Dios es el que vence.
Esta profunda alegría es fruto del Espíritu Santo que nos hace hijos de Dios, capaces… de dirigirnos a Él con la expresión «Abba», Padre (cf. Rm 8,15). La alegría es signo de su presencia y su acción en nosotros”.
Llucià Pou Sabaté


Jueves de la semana 6 de Pascua

Meditaciones de la semana
en Word y en PDB
Jesús se despide pero se queda en la Iglesia, y con su Espíritu extiende su reino, y convierte las tristezas en alegrías.
En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver». Entonces algunos de sus discípulos comentaron entre sí: «¿Qué es eso que nos dice: ‘Dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver’ y ‘Me voy al Padre’?». Y decían: «¿Qué es ese ‘poco’? No sabemos lo que quiere decir». Se dio cuenta Jesús de que querían preguntarle y les dijo: «¿Andáis preguntándoos acerca de lo que he dicho: ‘Dentro de poco no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver?’. En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo» (Jn 16,16-20).
1. “Dentro de un poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver...” Hoy tocaría celebrar la Ascensión, el día de la despedida... sobre esto leí con gusto estos versos de no sé quien: “Hoy, Jesús, más que la muerte, / temo, Señor, tu partida / y quiero perder la vida / mil veces más que perderte, / pues la inmortal que Tú das / sé que alcanzarla no puedo / cuando yo sin ti me quedo, / cuando Tú sin mí te vas”. Jesús se queda en presencia de amor. Amar es estar presente en el amado; el amado está presente en el amante. Así, con esa presencia de intención muy fuerte, sitúa Santo Tomás la presencia del Espíritu Santo en el alma, en esa labor de “sinergia” de “Él y yo” que llamamos “camino de santidad”. Los que se aman, están unidos estén físicamente juntos o distantes. Se habla incluso de telepatía, comunicación más allá del espacio, que en la fe “notamos” como “comunión de los santos”. Jesús, te pido que así como estás en el Padre, estés en mí por tu Espíritu; que me una a ti en la Eucaristía, como has dicho: "El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él". Que me una a ti en la Iglesia, que yo me alimente de la Eucaristía y que tu presencia dé fecundidad...
“Lloraréis y os lamentaréis, en cambio el mundo se alegrará; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. Dejará a los apóstoles llorando al irse, pero llega pronto el día de la resurrección, “el primero de la semana”, que luego se llamará “domingo: día del Señor”. Jesús resucitado, que sepa yo también estar alegre en este encuentro contigo, que tal como viniste aquellos días en cuerpo presente, glorioso, vienes ahora sacramentalmente, en el Pan y el Vino consagrados, en la comunidad, en la Palabra, en la paz que traes a nuestros corazones, en la Reconciliación cuando vivo la experiencia de tu redención, en un “hoy” que está a nuestra disposición sacramentalmente. Dame esta alegría de tu compañía, con ese amor tuyo que canta el profeta Amós: “aunque una madre se olvidase de su hijo, yo nunca me olvidaré”. Hazme ver, Señor, que podemos unirnos a Ti de una forma más intensa que cuando estabas en la tierra, como dice san Pablo: “¿Quién nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Jesús?... ni la muerte ni la vida...” Jesús, te pido hoy que esta Nueva Alianza entre Dios y los hombres, sellada por tu Preciocísima Sangre, me ate a ti con el cemento de tu amor, de manera que realices en mí ese cambio de mentalidad (metanoia, dice la Escritura), un cambio de dirección en mi vida, que no es de un día sino algo así como hacer de hijo pródigo cada día, un ir contigo, por el camino de la vida, hacia la casa del Padre.
2. Vemos hoy a Pablo en Corinto (está año y medio, del 49-51), ciudad viva, de ambiente romano, capital de Acaya. De mucho comercio, y mala fama. Aquila y su mujer Priscila, huidos de Roma por la persecución de Claudio, lo acogieron y él trabajó confeccionando tiendas. Predicó a los judíos, pero al encontrar resistencia determinó: “Desde ahora me dirigiré a los gentiles” (Hechos 18,1-8). Señor, hazme atento a tu salvación; que sepa colaborar contigo. Que sepa entender la libertad, aquello de san Agustín: “Dios, que te ha creado sin contar contigo, no te salvará sin ti”. Que sepa abrirte mi corazón, pues sólo puedes convertirme si te abro la puerta. Tú, Señor, no te impones: propones. No te demuestras, sino te “muestras” en la fe. Te pido paciencia para conmigo y con los demás, como tú la tienes con todos nosotros. Que, como nos muestra este libro de Lucas (que se ha llamado el Evangelio del Espíritu Santo) sepa dejarme llevar por tu Fortaleza, como dice S. Juan Crisóstomo: “estos galileos, hasta hace poco tan pusilánimes y toscos, aparecen cambiados en hombres nuevos que desprecian las riquezas y los honores, las llamas de la cólera y la codicia de los sentidos, porque han sido hechos superiores a toda pasión”.
3. Cantamos al Señor en el Salmo “un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas; su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. El Señor da a conocer  su victoria, revela a las naciones su justicia; se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel”. Juan Pablo II señalaba: “se trata de un himno al Señor, rey del universo y de la historia...: cántico perfecto, rebosante, solemne, acompañado por música festiva... se abre con la proclamación de la intervención divina dentro de la historia de Israel... liberación de la esclavitud de Egipto. La alianza con el pueblo de la elección es recordada a través de dos grandes perfecciones divinas: «amor» y «fidelidad»...: en el Evangelio «la justicia de Dios se ha revelado», «se ha manifestado»... Dios realiza la salvación en Cristo, hijo de Israel; todas las naciones lo ven y son invitadas a aprovecharse de esta salvación, dado que el Evangelio «es potencia de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y también del griego», es decir el pagano (Rm 1,16). Ahora «los confines de la tierra» no sólo «han contemplado la victoria de nuestro Dios» (Sl 97,3), sino que la han recibido”. “Cántico nuevo –dice Orígenes- es el Hijo de Dios que fue crucificado -algo que nunca antes se había escuchado-. A una nueva realidad le debe corresponder un cántico nuevo. ‘Cantad al Señor un cántico nuevo’. Quien sufrió la pasión en realidad es un hombre; pero vosotros cantáis al Señor. Sufrió la pasión como hombre, pero redimió como Dios... hizo milagros en medio de los judíos: curó a paralíticos, purificó a leprosos, resucitó muertos. Pero también lo hicieron otros profetas. Multiplicó los panes en gran número y dio de comer a un innumerable pueblo. Pero también lo hizo Eliseo. Entonces, ¿qué es lo que hizo de nuevo para merecer un cántico nuevo? ¿Queréis saber lo que hizo de nuevo? Dios murió como hombre para que los hombres tuvieran la vida; el Hijo de Dios fue crucificado para elevarnos hasta el cielo”.
Cristo vence al mal, con su muerte (humana) nos da la vida (pues Él como Dios no muere, y vence a la antigua serpiente o Satanás). Señor, que en las tentaciones a ti acudamos, que tu Espíritu nos fortalezca, que con nuestra vida digamos: “Santificado sea tu nombre”.
Llucià Pou Sabaté
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martes, 7 de mayo de 2013


Miércoles de la semana 6 de Pascua

Meditaciones de la semana
en Word y en PDB
El Espíritu Santo es maestro de la Verdad que buscamos, que hemos de propagar como vemos que hace san Pablo.
En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Jn 16,12-15).
1. Jesús lleva a los discípulos hasta la Verdad plena, completando sus enseñanzas y dándoles a conocer las realidades futuras: “Cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena, pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir”. Esta verdad interior irá abriéndose en nuestra vida y la historia. Santa Teresa de Jesús fue muy atacada, y ante las acusaciones (que podían costarle cárcel y torturas) dice: “no lo miro como alguien que desea mi mal, sino como un ministro de Dios Nuestro Señor, escogido por el Espíritu Santo como intermediario para hacerme el bien y ayudarme a realizar mi salvación. Creedme, la lanza mejor y más fuerte para conquistar el cielo es la paciencia. Ella es la que hace al hombre poseedor y dueño de su propia alma, como dijo Nuestro Señor a sus Apóstoles…” y le pedimos al Espíritu de Verdad cono la santa: que te vea como Señor de la historia, que vas abriéndome a Jesús, para que así como Él no "hace nada por sí mismo", yo también esté íntimamente unido al Padre, por Jesús, sin preocuparme por tantas cosas de la vida, que si Tú las permites serán para mí ocasiones de merecer. “Todo lo que tiene el Padre es mío (Jn 16,15). Es el Espíritu Santo quien nos hace entender las cosas buenas, hacer el bien, seguir a Jesús…
2. Atenas en la antigüedad, con su medio millón de habitantes (dos tercios son esclavos y pobres), es la ciudad cosmopolita, mezcla de toda raza, centro de la cultura antigua (pero sin ser brillante como en los tiempos de Aristóteles y Platón). Señor, que sepa yo también, como Pablo, llevar tu nombre a tantos ambientes, como los nuevos Aerópagos como internet: “Entonces Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo: Atenienses, en todo veo que sois más religiosos que nadie, pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados he encontrado también un altar en el que estaba escrito: Al Dios desconocido. Pues bien, yo vengo a anunciaros lo que veneráis sin conocer”. Que sepa hablar de ti, Dios mío, “Señor del cielo y de la tierra”, que fijas “las edades de su historia” que sepa mostrarte como Quien “no está lejos de cada uno de nosotros, ya que en Él vivimos, nos movemos y existimos”, usando el lenguaje del mundo, como les dice a los griegos: “como han dicho algunos de vuestros poetas: Porque somos también de su linaje”. El otro día leímos en el colegio la escena del “becerro de oro” y Moisés. Al preguntar a los niños qué era un “ídolo”, respondían: “un dios falso”. Y al pasar a comentar si eran ídolos (en otra acepción de la palabra) los jugadores de fútbol como Ronaldo o Messi, veían que no podemos tomarnos tan en serio un deporte, como si fuera una religión. Señor, te pido que no me impida verte ni el dinero ni tantas cosas de la tierra. También te pido hacer como Pablo en este su su discurso más largo, darte a conocer usando el diálogo con el pensamiento que hay en mi mundo: buscar lo que une y buscar la verdad. Pero que no deje de dar testimonio, y hable como él de la «resurrección de los muertos», aunque muchos no le escuchan ya, algunos se convirtieron (Hch 17,15.22-18,1). Señor, que antes que el miedo al qué dirán, a la ruptura, al juicio de los hombres, busque tu juicio… que sea éste mi “éxito”.
«La Iglesia Católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero.... Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, aportan sin embargo, no pocas veces, un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres» (Vaticano II). Justino siguió este camino del diálogo con el pensamiento pagano, llegando a decir que “los que cumplieron lo que universal, natural y eternamente es bueno fueron agradables a Dios, y se salvarán por medio de Cristo en la resurrección, del mismo modo que los justos que les precedieron”, pues ahí está Dios, como comentó Agustín: “Tú, Dios mío, estabas dentro de mí, más interior que lo más íntimo mío y más elevado que lo más excelente mío” (san Francisco de Sales insistirá mucho en esta línea).
Es necesario el “conocimiento” que buscan los griegos, pero eso no es lo más importante; Pablo dirá “los griegos buscan sabiduría; nosotros en cambio predicamos a Cristo crucificado… necedad para los gentiles”. Pedimos al Espíritu de Verdad, en preparación a su fiesta: ayúdame a juzgar las cosas que me ocurren, y las del mundo, no con la cabeza sino contigo, lo que llamamos sinergia, tú y yo trabajando juntos. Que sepa verte en la historia y en mi vida, que sepa ver como instrumentos a los demás y todo lo que me pasa, que todo conduce al bien cuando estoy contigo. Dame para eso tus dones: el entendimiento (inteligencia) y la ciencia (para conocer lo que se refiere a ti), el consejo (para juzgar bien) y la sabiduría (la salvación), la piedad (sentirme hijo de Dios) y la fortaleza (sobre todo la paciencia, la forma más alta, y perseverar con constancia) y el temor (por amor, solo miedo de apartarme de Ti).
3. En estos 10 días que mañana comenzamos como preparación a tu fiesta, queremos seguir alabando contigo, Espíritu Santo, a Dios Padre, con las palabras del Salmo: “Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria… Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto, alabadlo todos sus ángeles… Reyes y pueblos del orbe, príncipes y jefes del mundo, los jóvenes y también las doncellas, los viejos junto con los niños» (Salmo 148,1-2.11-12-14). Señor, me uno a este cántico que te hacen todas las criaturas, todo el cosmos. Una vez, había un chico tan negativo al que llamaban de broma “electrón” (por la carga negativa que lleva esa partícula). Él entendió que tenía que mejorar, y la forma era agradecer lo bueno de los demás, de los dones que Dios nos da… así quiero alabarte yo también, Señor, y al ver las cosas buenas, tener la carta positiva de un “positrón”, porque todo es bueno cuando se está contigo.
Llucià Pou Sabaté


Miércoles de la semana 6 de Pascua

Meditaciones de la semana
en Word y en PDB
El Espíritu Santo es maestro de la Verdad que buscamos, que hemos de propagar como vemos que hace san Pablo.
En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Jn 16,12-15).
1. Jesús lleva a los discípulos hasta la Verdad plena, completando sus enseñanzas y dándoles a conocer las realidades futuras: “Cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena, pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir”. Esta verdad interior irá abriéndose en nuestra vida y la historia. Santa Teresa de Jesús fue muy atacada, y ante las acusaciones (que podían costarle cárcel y torturas) dice: “no lo miro como alguien que desea mi mal, sino como un ministro de Dios Nuestro Señor, escogido por el Espíritu Santo como intermediario para hacerme el bien y ayudarme a realizar mi salvación. Creedme, la lanza mejor y más fuerte para conquistar el cielo es la paciencia. Ella es la que hace al hombre poseedor y dueño de su propia alma, como dijo Nuestro Señor a sus Apóstoles…” y le pedimos al Espíritu de Verdad cono la santa: que te vea como Señor de la historia, que vas abriéndome a Jesús, para que así como Él no "hace nada por sí mismo", yo también esté íntimamente unido al Padre, por Jesús, sin preocuparme por tantas cosas de la vida, que si Tú las permites serán para mí ocasiones de merecer. “Todo lo que tiene el Padre es mío (Jn 16,15). Es el Espíritu Santo quien nos hace entender las cosas buenas, hacer el bien, seguir a Jesús…
2. Atenas en la antigüedad, con su medio millón de habitantes (dos tercios son esclavos y pobres), es la ciudad cosmopolita, mezcla de toda raza, centro de la cultura antigua (pero sin ser brillante como en los tiempos de Aristóteles y Platón). Señor, que sepa yo también, como Pablo, llevar tu nombre a tantos ambientes, como los nuevos Aerópagos como internet: “Entonces Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo: Atenienses, en todo veo que sois más religiosos que nadie, pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados he encontrado también un altar en el que estaba escrito: Al Dios desconocido. Pues bien, yo vengo a anunciaros lo que veneráis sin conocer”. Que sepa hablar de ti, Dios mío, “Señor del cielo y de la tierra”, que fijas “las edades de su historia” que sepa mostrarte como Quien “no está lejos de cada uno de nosotros, ya que en Él vivimos, nos movemos y existimos”, usando el lenguaje del mundo, como les dice a los griegos: “como han dicho algunos de vuestros poetas: Porque somos también de su linaje”. El otro día leímos en el colegio la escena del “becerro de oro” y Moisés. Al preguntar a los niños qué era un “ídolo”, respondían: “un dios falso”. Y al pasar a comentar si eran ídolos (en otra acepción de la palabra) los jugadores de fútbol como Ronaldo o Messi, veían que no podemos tomarnos tan en serio un deporte, como si fuera una religión. Señor, te pido que no me impida verte ni el dinero ni tantas cosas de la tierra. También te pido hacer como Pablo en este su su discurso más largo, darte a conocer usando el diálogo con el pensamiento que hay en mi mundo: buscar lo que une y buscar la verdad. Pero que no deje de dar testimonio, y hable como él de la «resurrección de los muertos», aunque muchos no le escuchan ya, algunos se convirtieron (Hch 17,15.22-18,1). Señor, que antes que el miedo al qué dirán, a la ruptura, al juicio de los hombres, busque tu juicio… que sea éste mi “éxito”.
«La Iglesia Católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero.... Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, aportan sin embargo, no pocas veces, un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres» (Vaticano II). Justino siguió este camino del diálogo con el pensamiento pagano, llegando a decir que “los que cumplieron lo que universal, natural y eternamente es bueno fueron agradables a Dios, y se salvarán por medio de Cristo en la resurrección, del mismo modo que los justos que les precedieron”, pues ahí está Dios, como comentó Agustín: “Tú, Dios mío, estabas dentro de mí, más interior que lo más íntimo mío y más elevado que lo más excelente mío” (san Francisco de Sales insistirá mucho en esta línea).
Es necesario el “conocimiento” que buscan los griegos, pero eso no es lo más importante; Pablo dirá “los griegos buscan sabiduría; nosotros en cambio predicamos a Cristo crucificado… necedad para los gentiles”. Pedimos al Espíritu de Verdad, en preparación a su fiesta: ayúdame a juzgar las cosas que me ocurren, y las del mundo, no con la cabeza sino contigo, lo que llamamos sinergia, tú y yo trabajando juntos. Que sepa verte en la historia y en mi vida, que sepa ver como instrumentos a los demás y todo lo que me pasa, que todo conduce al bien cuando estoy contigo. Dame para eso tus dones: el entendimiento (inteligencia) y la ciencia (para conocer lo que se refiere a ti), el consejo (para juzgar bien) y la sabiduría (la salvación), la piedad (sentirme hijo de Dios) y la fortaleza (sobre todo la paciencia, la forma más alta, y perseverar con constancia) y el temor (por amor, solo miedo de apartarme de Ti).
3. En estos 10 días que mañana comenzamos como preparación a tu fiesta, queremos seguir alabando contigo, Espíritu Santo, a Dios Padre, con las palabras del Salmo: “Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria… Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto, alabadlo todos sus ángeles… Reyes y pueblos del orbe, príncipes y jefes del mundo, los jóvenes y también las doncellas, los viejos junto con los niños» (Salmo 148,1-2.11-12-14). Señor, me uno a este cántico que te hacen todas las criaturas, todo el cosmos. Una vez, había un chico tan negativo al que llamaban de broma “electrón” (por la carga negativa que lleva esa partícula). Él entendió que tenía que mejorar, y la forma era agradecer lo bueno de los demás, de los dones que Dios nos da… así quiero alabarte yo también, Señor, y al ver las cosas buenas, tener la carta positiva de un “positrón”, porque todo es bueno cuando se está contigo.
Llucià Pou Sabaté

lunes, 6 de mayo de 2013


Martes de la semana 6 de Pascua

Meditaciones de la semana
en Word y en PDB
El Espíritu Santo nos lleva a la alegría de la salvación, y a difundirla en los demás.
En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Pero ahora me voy a Aquel que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: ‘¿Adónde vas?’. Sino que por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado de tristeza. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré: y cuando Él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado». (Jn 16,5-11)
1. Jesús anuncia a sus apóstoles su próxima partida y estos se llenan de tristeza, por eso añade: “os conviene que me vaya, pues si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros”. Quiero estar ahí, Jesús, con los apóstoles tristes, que se guardan de hacerte preguntas. Vuelves al Padre porque tu misión ha terminado. Te aparecerás luego resucitado, y luego para que se te veamos con la fe. Creo que no nos dejas solos. Ayúdame a ser dócil a las inspiraciones de tu santo Espíritu. Con tu "retorno a casa" haces que yo también me sienta “en casa”, como quien es el “hijo del Amo”, libre, sin complejos. Sé a dónde voy... Alguien me espera... Soy amado... Voy a encontrar a Aquel a quien amo... y ya tengo aquí su compañía. Con tu Espíritu, Señor, tu Presencia en el mundo lo llena todo: "Oh Señor, envía tu Espíritu para que renueve la faz de la tierra".
Estamos en el "tiempo del Espíritu", "tiempo de la Iglesia". Es la Iglesia Cuerpo místico de Cristo, siempre abierta a lo que Dios pide, siempre “en construcción”.
2. La predicación de Pablo provoca conflictos. La gente se amotinó contra Pablo y Silas... También hoy vemos ataques a la libertad religiosa, con excusas de legalidad sin mostrar los auténticos motivos ideológicos… hay violencia entonces y ahora; también hoy se trata de impedir a la Iglesia que lleve a cabo su obra, en India y en Nigeria, y tantos sitios donde mueren mártires de la fe tantos cristianos. «Dichosos seréis, si, por mi causa, se dice cualquier clase de mal contra vosotros
Hacia la medianoche Pablo y Silas oraban y cantaban alabanzas a Dios, y los presos les escuchaban”. Son felices aun en la contradicción. ¡Cantan! Están alegres, porque tienen a Dios. En las dificultades podemos rebelarnos, o vivir la "bienaventuranza": ¡Felices los que lloran! En medio de la noche, se abrieron las puertas de la cárcel y se soltaron las cadenas de todos. El jefe de la prisión “los sacó fuera y les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para salvarme? Ellos le contestaron: Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa. Le predicaron entonces la palabra del Señor a él y a todos los de su casa”. Los llevó a su casa y “les lavó las heridas y acto seguido se bautizó él y todos los suyos. Les hizo subir a su casa, les preparó la mesa y se regocijó con toda su familia por haber creído en Dios” (Hch 16,22-34). Es una de las primeras experiencias de bautismo de niños, de conversión de toda la familia. Señor, dame la libertad, quítame mis cadenas, por ejemplo de ser esclavo de mis obligaciones, para hacerlas libremente. San Juan Crisóstomo: «Ved al carcelero venerar a los Apóstoles. Les abrió su corazón, al ver las puertas de la prisión abiertas. Les alumbra con su antorcha, pero es otra la luz que ilumina su alma... Después les lavó las heridas y su alma fue purificada de las inmundicias del pecado. Al ofrecerles un alimento, recibe a cambio el alimento celeste... Su docilidad prueba que creyó sinceramente que todas las faltas le habían sido perdonadas», y rezamos hoy: «Concédenos, Señor, darte gracias siempre por medio de estos misterios pascuales; y ya que continúan en nosotros la obra de tu redención, sean también fuente de gozo incesante» (Ofertorio).
3. Pablo podía cantar con toda razón el salmo que hoy cantamos nosotros: «Señor, tu derecha me salva... te doy gracias de todo corazón... cuando te invoqué, me escuchaste… Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos» (137,1-3.7-8). La antífona de entrada nos muestra que esa acción de gracias sea porque «Cristo tenía que padecer y resucitar de entre los muertos, para entrar en su gloria. Aleluya… con alegría  y regocijo demos gloria a Dios, porque el Señor ha establecido su reinado. Aleluya». Es la petición de la colecta de hoy: «Que tu pueblo, Señor,  exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu; y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente».  En el Padrenuestro queremos darle a Dios esta gloria: "Santificado sea tu nombre, venga tu reino". Queremos cantar con María su acción de gracias del Magníficat.
Lo más importante en la vida es el "amor": sentirse querido y amar... A veces no sabemos si amamos bastante a Dios, pero sí sabemos que Él nos ama muchísimo. ¡Gracias, Señor! Yo me despisto, me duermo, tú no… Te doy gracias por tu fidelidad “a prueba de bomba”: "¡No abandones Señor, la obra de tus manos!" Cuenta Francisca Javiera del Valle que se quedó con una oscuridad interior, y se abandonaba en la fe de la Iglesia en aquella noche, “y sin poder decir más ni hablar, ni entender, así pasé meses y meses hasta pasados dos años… y de la misma manera que ‘me metieron’ en esa oscuridad, también ahora vi que ‘me sacaron’ de ella. Y cuando lloraba la pérdida de mi fe, me vi vestida de ella”. Y daba gracias a Dios: “me desnudaste de la fe que yo tenía, para vestirme de una fe que nadie me podrá arrancar. Admirable es tu modo de enseñar”.
Decía Juan Pablo II que “debemos tener la seguridad de que, por más pesadas y tempestuosas que sean las pruebas que debamos afrontar, nunca estaremos abandonados a nosotros mismos, nunca caeremos fuera de las manos del Señor, las manos que nos han creado y que ahora nos siguen en el itinerario de la vida. Como confesará san Pablo, «Aquel que inició en vosotros la obra buena, él mismo la llevará a su cumplimiento» (Flp 1,6)”.
Llucià Pou Sabaté
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