sábado, 30 de marzo de 2013

Reflexiones para el Sábado Santo



Reflexiones para el Sábado Santo
1. Profundo silencio. Las Iglesias están desnudas y no hay liturgia. Jesús duerme en el sepulcro, y nosotros esperamos el gran acontecimiento de la Resurrección, perseverando con María en la espera, rezando y meditando. Hace falta un día de silencio para meditar en la realidad de la vida humana, en las fuerzas del mal y en la gran fuerza del bien que surge de la Pasión y de la Resurrección del Señor. Nos recuerda la espera de las madres, que sufren por los hijos, la compasión de las madres que sufren en silencio, a distancia. Se habla en muchos sitios de imágenes de la Virgen que lloran… son lágrimas que hay que entenderlas no tanto físicas, sino sobre todo lágrimas interiores que son las que más duelen y las que más cuestan.
2. Muerte, resurrección y bautismo. ¿Qué pasa con la muerte? Jesús ha pasado por eso, y no ha vuelto a la vida como un cadáver reanimado como cuando resucitó a Lázaro. Es otra cosa. Una mutación cósmica de la materia que se vuelve espiritual y no sujeta al espacio y tiempo. Esto es, nuestro bautismo, por el que podemos comenzar a gustar, en la fe, este misterio. Cada uno puede decir con san Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Con tal de que participemos de la muerte y resurrección de Cristo. Hoy esperamos la gran promesa, la liberación definitiva de la antigua esclavitud del pecado y de la muerte, el fuego nuevo donde se enciende el cirio pascual, símbolo de Cristo que resucita glorioso. Cristo, luz de la humanidad, despeja las tinieblas del corazón y del espíritu e ilumina a cada hombre que viene al mundo. Junto al cirio pascual, resuena en la Iglesia el gran anuncio pascual: Cristo ha resucitado verdaderamente, la muerte ya no tiene poder sobre Él. Con su muerte, ha derrotado el mal para siempre y ha donado a todos los hombres la vida misma de Dios. Según una antigua tradición, durante la Vigilia Pascual, los catecúmenos reciben el Bautismo para subrayar la participación de los cristianos en el misterio de la muerte y de la resurrección de Cristo. De la esplendorosa noche de Pascua, la alegría, la luz y la paz de Cristo se extienden en la vida de los fieles de toda comunidad cristiana y llegan a todos los puntos del espacio y del tiempo. Sigue el Apóstol: Vosotros habéis llegado a ser uno en Cristo (cf Gal 3,28), nos atrae al Todo participando con nuestro ser en el Ser de Dios. No podemos darnos esta vida a nosotros mismos, aunque la deseamos, sino que nos viene por el Verbo de Dios que es la Verdad, por el Amor divino que es también Vida,
3. Se lee hoy en la liturgia de las Horas una antigua Homilía del siglo II sobre el santo y grandioso Sábado, que nos habla del descenso del Señor a la región de los muertos. Sobran comentarios, pues su lectura nos hace revivir el diálogo entre Cristo salvador y Adán. Se trata de un texto impresionante: “¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglo. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento la región de los muertos.
En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como la oveja perdida. Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte; Dios y su Hijo van liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él.
El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos: «Mi Señor está con todos vosotros.» Y responde Cristo a Adán: «Y con tu espíritu.» Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo.
Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: "Salid" ' y a los que estaban en tinieblas: "Sed iluminados", y a los que estaban adormilados: 'Levantaos".
Yo te lo mando: Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa.
Por ti, yo, tu Dios, me he hecho hijo tuyo; por ti, siendo Señor, asumí tu misma apariencia de esclavo; por ti, yo, que estoy por encima de los cielos, vine a la tierra, y aun bajo tierra; por ti, hombre, vine a ser como hombre sin fuerzas, abandonado entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto paradisíaco, fui entregado a los judíos en un huerto y sepultado en un huerto.
Mira los salivazos de mi rostro, que recibí, por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorado. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido.
 Me dormí en la cruz, y la lanza penetró en mi costado, por ti, de cuyo costado salió Eva, mientras dormías allá en el paraíso. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te sacará del sueño de la muerte. Mi lanza ha reprimido la espada de fuego que se alzaba contra ti.
Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del simbólico árbol de la vida; más he aquí que yo, que soy la vida, estoy unido a ti. Puse a los ángeles a tu servicio, para que te guardaran; ahora hago que te adoren en calidad de Dios.
Tienes preparado un trono de querubines, están dispuestos los mensajeros, construido el tálamo, preparado el banquete, adornados los eternos tabernáculos y mansiones, a tu disposición el tesoro de todos los bienes, y preparado desde toda la eternidad el reino de los cielos.»
4. María, la Madre de Jesús, espera. Ya no ve las miradas de su hijo, ni sus suspiros, ni las caricias que hacía a los niños, ni el respirar pausado del sueño cuando estaba fatigado. Sus ojos ya no expresan ni amor, ni ira; cerrados y protegidos por unas pequeñas monedas, llamadas leptos, para mantenerlos cerrados según costumbre.
Recuerda el descender del Cuerpo de la Cruz con sus llagas sangrantes, su sudor y el barro mezclado con salivazos. El sepulcro por fin para Dios Hijo / José de Arimatea acomoda el cuerpo / Dios espanta las moscas que se posan sobre Dios / Dios mismo está velando sobre su propia cara / Dios se mira en ese espejo y se ve tan muerto / un judío yerto y fracasado / Dios se inclina  piadoso sobre sus restos / Dios está bien así después de tanto dolor y tanta muerte Dios esté tranquilo / José de Arimatea se ha ganado el cielo / Dios Hijo se ha ganado bien ese corazón de la roca viva (J. M. Ibáñez Langlois, El libro de la pasión).
5. Jesús nos dice sin palabras que vence a la Muerte con su Muerte. La naturaleza canta el salmo 138: “Si escalo el cielo, allá estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. Si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha. Si digo: que al menos la tiniebla me encubra…’, ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día” (8-12). Jesús al bajar a la muerte ha iluminado la muerte y la vida, agarrado a la mano del Padre nos invita a resucitar con él, incluso si caemos, caeremos en sus manos. “Muerte, ¿dónde está tu victoria?” (1Cor 15,55).
Necesitamos vivir en esperanza. “Para mí la vida es Cristo. Si puedo estar junto a Él (es decir, si muero) es una ganancia. Pero si quedo en esta vida, todavía puedo llevar fruto. Así me encuentro en este dilema: partir –es decir, ser ejecutado- y estar con Cristo, sería lo mejor; pero, quedarme en esta vida es más necesario para vosotros” (Fil 1,21ss). Tanto si morimos como si vivimos, somos del Señor, en servicio a los demás. Si se pierde el temor a la muerte, al pecado y a Satanás, ya no se temerá a nada ni a nadie como decía San Josemaría. Y eso es la esperanza: no tener miedo a nada ni a nadie. Y dentro de un poco la esperanza será posesión.
6. M. de Unamuno, La vida es sueño:
“¿Estás muerto, Maestro, o bien tranquilo / durmiendo estás el sueño de los justos? / Tu muerte de tres días fue un desmayo, / sueño más largo que los otros tuyos; / pues tú dormías, Cristo, sueños de Hombre, / mientras velaba tu corazón.
Posábase, / ángel sobre tu sien, esta primicia / del descanso mortal, ese pregusto / del sosiego final de aqueste tráfago; / cual pabellón las blandas alas negras / del ángel del silencio y del olvido / sobre tus párpados; lecho de sábana / pardo, la tierra nuestra madre; al borde, / con los brazos cruzados meditando / sobre sí mismo el Verbo.
Y di, ¿soñabas? / ¿Soñaste, Hermano, el reino de tu Padre? / ¿Tu vida fue acaso como la nuestra, / sueño? ¿De tu alma fue en el alma quieta / fiel trasunto del sueño de la vida de nuestro Padre? Di, ¿de qué vivimos / sino del sueño de tu vida, Hermano?
¡No es la sustancia de lo que esperamos / nuestra fe, nada más que de tus obras / el sueño, Cristo! ¡Nos pusiste el cielo / ramilletes de estrellas de venturas; / hicístenos la noche para el alma / cual manto regio de ilusión eterna!
Por Ti los brazos del Señor nos brizan / al vaivén de los cielos y al arrullo / del silencio que tupe las noches / la bóveda de luces tachonada. / ¡Y tu sueño es la paz que da la guerra, / y tu vida la guerra que da paz!”
El cuerpo silencioso y enterrado de nuestro Jesús nos dice: ¡Espera!, ¡Cree!, ¡Ama!, que todo lo demás pasa…
7. La “muerte de Dios” y la esperanza. Nietzsche dice: “¡Dios ha muerto! ¡Sigue muerto! ¡Y nosotros lo  hemos asesinado”. Pero lo hemos  asesinado con los genocidios y otros actos homicidas. Y cuando lo encerrábamos en el edificio de ideologías y  costumbres anticuadas, cuando lo desterrábamos a una piedad  irreal y a frases de devocionarios, convirtiéndolo en una pieza de museo arqueológico; lo hemos asesinado con la duplicidad de nuestra vida, que lo oscurece a él mismo…
El ocultamiento de Dios en este mundo es el  auténtico misterio del sábado santo, expresado en las enigmáticas  palabras: Jesús «descendió a los infiernos»: el sheol, lugar de los muertos. Cristo cruzó la puerta de esa soledad, de nuestro abandono, nos tiende una mano que nos guía. La soledad insuperable del hombre ha sido superada, el infierno ha sido  superado, cuando se realizan las  palabras del salmista: «aunque bajase hasta los infiernos, allí estás tú».
Cuando oramos mirando al crucifijo, vemos él sufrimiento, pero hemos de ver sobre todo la gloria, pues los cristianos oraban vueltos hacia oriente, Cristo, sol verdadero, que aparecería sobre la  historia; cuando decían misa entraba por la ventana en forma de cruz la luz del sol, que dirigía sus rayos al altar y los fieles. Y cuando se predicaba en otro sitio distinto del altar, luego se pedía a los fieles “dirigirse al Señor”, es decir, volver su mirada a la luz de oriente, estar “orientados” hacia Jesús. Es la orientación de la cruz hacia la esperanza y la gloria (Joseph Ratzinger).
Llucià Pou Sabaté

viernes, 29 de marzo de 2013


VIA CRUCIS
“Señor mío y Dios mío, bajo la mirada amorosa de nuestra Madre, nos disponemos a acompañarte por el camino de dolor, que fue precio de nuestro rescate.
Queremos sufrir todo lo que Tú sufriste, ofrecerte nuestro pobre corazón, contrito, porque eres inocente y vas a morir por nosotros, que somos los únicos culpables.
Madre mía, Virgen dolorosa, ayúdame a revivir aquellas horas amargas que tu Hijo quiso pasar en la tierra, para que nosotros, hechos de un puñado de lodo, viviésemos al fin in libertatem gloriæ filiorum Dei, en la libertad y gloria de los hijos de Dios” (Josemaría Escrivá).

El Via Crucis, es una contemplación del camino de la Cruz... lo haremos con un romance anónimo precioso.

1. Jesús es condenado a muerte… no respondió a ninguna acusación (Mt 27,14). Te condenaron a muerte / tu silencio y mi silencio. / Las gargantas en tumulto / ante el Pretor somnoliento, / lapidaron con sus gritos / el mármol de tu silencio. / Tu mutismo era una estatua / de blancura y de misterio...
“¡Habla, Jesús, que te matan! / Arropada en tu silencio / la muerte viene volando / entre graznidos de cuervos.
¡Habla, Señor, tu palabra, / como un huracán de fuego, / salga de tu boca / y queme lo falso de los denuestos!
¿Por qué te quedas callado / si eres el Divino Verbo...?”
La boca de Dios / quedó baldía como el desierto.
Lo condenaron a muerte / su silencio y mi silencio.
Escupieron las gargantas / alaridos a mi miedo.
Al oleaje de gritos / debí levantar mi pecho / -dique de amor y diamante- / contra el torrente protervo.
Pero fui arena medrosa / que no supo defenderlo.
Debí gritarles:  / “¡Judíos, yo soy, / yo soy el perverso; / a mí la hiel, las espinas, / a mí la cruz y el flagelo!”, / pero se anudó a mi voz / la vil serpiente del miedo.
¡Pastores, por cobardía / me mataron mi Cordero: / fue más fuerte que mi amor / el ladrido de los perros...!
Lo condenaron a muerte / su silencio y mi silencio / : uno, silencio de amor; / otro, silencio de miedo.

2. Jesús se abraza con la cruz… Levántate, Amiga mía, hermosa mía, y ven (Cant. 2,13).
Acércate, Bienamada, / la de los brazos abiertos.
A ti corro enamorado / con un ciclón de deseos.
Tengo sed de tu regazo  / para morir en silencio.
Amada, la presentida / desde los montes eternos, / la elegida por el Padre  / para el Varón Unigénito, / eres morena de sol  / y tienes olor a cedro;

yo pondré sobre tus hombros / el lino en flor de mi cuerpo / y un rojo manto prendido / con cinco rosas de fuego:
¡divino traje de bodas / en el abrazo supremo!
Ven a mis brazos, Amada, / la de los brazos abiertos.
Bajo la noche del odio / iremos por el sendero/ relampagueante de gritos / y enraizado de tropiezos:  / ¡que el amor siempre camina / por sendas de sufrimiento!
Cuando estemos en la cumbre/ unidos los dos y quietos,/ en holocausto humeante, / transverberados de fuego, / una nueva epifanía / alumbrará tierra y cielo.
Serás llamada Señora / y Madre de muchos pueblos.
Vendrán a ti con sus dones / los reyes del mundo entero.
Con tus brazos extendidos / serás rosa de los vientos / que conduzca caminantes / a mi Corazón abierto.
Los que a Mí quieran venir / tendrán que amarte primero...
Salgamos ya, Bienamada, / la de los brazos abiertos.

3. Bajo el peso de la cruz Jesús cae y da con su boca en tierra… Béseme con el beso de su boca (Cant. 1,1).
¡Decidme quién me besó / con unos labios de fuego...!
Muchas veces he sentido  el ósculo del invierno.

Sus labios -copos de nieve-   (al caer blancos y lentos / me visten con la pureza / de los glaciares eternos:
son un bautismo de gracia / que me renueva por dentro.

Al llegar la primavera / florida por los oteros, / la fecundidad despierta / en mis ateridos senos.
Con sus rojas amapolas / ¡cómo me cubre de besos / y cascabeles de espigas / y música de jilgueros!
Pero nunca conocí / un beso como este beso: / ¡si me ha dejado más blanca / que los altos ventisqueros/ y me ha vuelto más fecunda / que los jardines del cielo!
Decidme quién me besó / con unos labios de fuego. / ¡Qué dulce, cuando el estío / con sus labios de aguacero / deja el cauce de mis trenzas / constelado con sus besos, / y mis arenas febriles / ungidas de refrigerio!
¡Qué triste el beso de otoño, / cuando, al impulso del viento, / besa con sus hojas secas / la planta de mis senderos / y me deja en la garganta / sabor a muerte y a duelo!
Pero nunca conocí un beso / como este beso: / tan lleno de suavidades, / de tristeza y de misterio...
Eternos labios heridos, / divinos labios de fuego / que, quemando, purifican / y sirven de refrigerio;
labios de Cristo, / caído en el camino tremendo, / ¿a la Tierra, vuestra esclava, / así la tratáis, a besos...?
¡OH labios, yo no soy digna, / pero... besadme de nuevo!

4. Jesús se encuentra con su madre… ¿A dónde se te fue el amado, oh tú, la más hermosa de las mujeres? (Cant 5,17).
Cristo, Niño mío, / ¿para dónde vas?
María, Mar de lágrimas, / ¿quién te lo dirá?
Piececitos como lirios / que en mi regazo crecieron, / ¿por qué lleváis a mi Niño / por tan ingratos senderos: / alfombras: charcos de sangre, / sandalias: llagas de fuego? / Manecitas de jazmines / que en diciembre florecieron,
¿por qué os alejáis crispadas / sobre ese oscuro madero / y ni podéis despediros de mí, / perfumando al viento?
Cristo, Niño mío, / ¿para dónde vas? / María, Mar de lágrimas, / ¿quién te lo dirá?
¡Oh cabeza de mi Niño / que durmió sobre mi pecho, / negras espinas te ciñen, / ya no dulcísimos besos;
dolor y llanto te arrullan, / ya no cantares maternos! / ¡Oh puñadito de mirra / que perfumaste mi seno!
¿Por qué vas con esos hombres / y a mí me dejas gimiendo?
Yo, por Tí, diera mi vida, ellos... / ¡dan treinta dineros!
Cristo, Niño mío; / ¿para dónde vas? / Pobre María, Mar de lágrimas, / no te canses de llorar.

5. El cirineo ayuda a jesús a llevar la cruz… Mi Amado para mí, y yo para Él (Cant 2,16).
Yo seré tu cirineo, / Tú, Jesús, serás el mío, / Eres
de mi mismo barro, / Dios sudoroso y herido, / te faltan muchas caídas / para llegar al patíbulo.
Tu vida puede quebrarse / a la mitad del camino, / y si mueres a deshora / nos dejas sin crucifijo, / sin testamento, sin Madre, / sin el Refugio Divino de tu Corazón, / abierto por la lanza de Longinos...
Tienes que llegar al ara muerto de dolor.., / y vivo; si te abruma mucho / el peso de tu amor y mis delitos, / yo seré tu cirineo...
¡Vayamos al Sacrificio! / Y después, cuando en la vida / se cambien nuestros destinos, / cuando Tú, resucitado todo balsámico/ y limpio me esperes en los trigales viviente / pero escondido, y yo cruce ante tus ojos / hecho temblor y martirio, / llevando mi cruz a cuestas, / de dolor desmorecido, / Tú serás el cirineo / que me lleve al Sacrificio.
Eres, como yo, de barro; / hazme, como Tú, de trigo; / exprímeme sobre el monte / como maduro racimo; / y los dos, compenetrados, / hechos de harina y de vino, / en la cumbre amanecida / seremos un Sacrificio.

6. La verónica enjuga el rostro de Jesús. Como una marca de fuego sobre el corazón (Cant 8,6).
Así quiero que me pintes  / sobre mi pecho tu rostro. / En el pesebre, de niño, / eras estrellita de oro; / de joven, entre los lirios, / el más fragante de todos;
bajo los soles maduros / pareciste el más hermoso; / mas hoy, cuando todos dicen / que no tienes ni decoro, / es cuando me gustas más: / eres ¡el Divino Rostro!
Así quiero que te pintes / en mis entrañas muy hondo, / con pinceladas de sangre, / de salivas y de polvo; / morado de bofetadas, / palidecido de oprobios.
Me enamoras como nunca / porque en tu cara conozco / todo el amor que me tienes / encendido y doloroso.
Mi corazón es el lienzo / para que pintes tu rostro. / En Ti quiero retratarme / como un espejo en el otro.
¡Que no me falten espinas / ni lágrimas en los ojos, / ni sudor, ni bofetadas, / ni manchas de sangre y lodo!
Con tal que a Tí me parezca, / sufrir me parece poco.

7. Jesús cae por segunda vez. Hasta los perrillos comen las migajas que caen de la mesa (Mt 15,27). ¿Quién tiró el Pan de los hijos para dárselo a los perros?
Viviente Copo de harina / caído sobre el sendero, / Pedazo de pan cocido / en hornos de sufrimiento,
Migajita resbalada / desde el regazo paterno, / ¿para caer en el polvo / descendiste de los cielos?
Escándalo de los hijos, / Ludibrio de todo el pueblo, / ¿así quieres que te coman / los ricos, los opulentos?
Eres tan poquita cosa, / estás tan sucio y tan feo / que ni el hijo más humilde / ni el mendigo más hambriento / se dignarían inclinarse / por recogerte del suelo.
¿Quién tiró el Pan de los hijos / para dárselo a los perros?
Yo bendigo tu caída / que me infunde atrevimiento.
Con lágrimas y temblores / de ternura a Tí me acerco.
Yo soy el pobre perrillo / punzado de hambre y de miedo.
Si no te hubieras caído, / como lluvia, en mi desierto, / lleno de angustia y miseria / yo moriría sin remedio.
¡Estabas, oh Dios, tan alto / y yo tan vil y pequeño! / Bajo tu disfraz de polvo escondido, / te presiento tan lleno de resplandores / como en la gloria del cielo.
Si los hombres no te quieren, / ven, y descansa en mi pecho.
Migaja de pan, / caído para el hambre de los perros: / ¡el amor que me tuviste / te puso en tales extremos!

8. Jesús consuela a las piadosas mujeres. No lloréis por mí, llorad sobre vosotras (Lc 23,28).
No quiero llorar por Ti: / quiero llorar mis pecados.
Las almas vienen siguiendo / la púrpura de tus pasos; / todas quieren consolarte / ¡y todos vienen llorando!,
yo, Señor, aunque te miro / todo del Amor llagado, / no quiero llorar por Ti, / oh divino Enamorado.
Yo sé que por fuera sufres, / más, por dentro, estás gozando, / porque el Amor, cuando hiere, / es como aroma de bálsamo / que mientras más nos traspasa / es más suave y delicado.
Las heridas de amor saben / a miel y huelen a nardo.
¿Por qué entonces, sin quererlo, / van mis lágrimas brotando?
¡Señor, no lloro por Ti: / que lloro por mis pecados!
No lloro de verte herido, / lloro de haberte olvidado.
Déjame llorar, Señor, / para siempre, sin descanso.
Déjame llorar, Señor, / -lluvia de pétalos blancos- / de mis ojos doloridos / caigan las gotas de llanto, / y laven con su blancura / lo negro de mis pecados.
Tu amor y yo, frente a frente, / a solas, los dos estamos; / y mis dos ojos te dicen / lo que no puede mi labio.
Mira quebrado a tus pies / mi corazón de alabastro, / ¡tan duro para quererte,  / para olvidarte, tan blando! / mira cómo, de la herida mana / el olor de mis nardos...
Tu amor y yo, frente a frente, / a solas, los dos estamos.
Los dos, con el alma rota; / los dos, transidos de bálsamo.
¡Y tus dos ojos me dicen: / “Mucho se te ha perdonado”!

9. Jesús cae por tercera vez. Levántate y anda (Mt 9,5).
Triplicaste tu caída / entre sollozos y lágrimas.
La magnolia de tu veste yace en tierra, / deshojada y el caudal de tus cabellos / hontanar de limpias aguas / sobre las piedras desnudas / dormido se desparrama...
¡Qué desfallecer del cuerpo, / qué desaliento en el alma! / ¡Cuánta sed de abandonarse / y no proseguir la marcha, / suspender eternamente / el ritmo de las pisadas!
¿Por qué un grito se me sube / tembloroso a la garganta / un grito para gritarte: / “Jesús, levántate y anda”?
Porque otras muchas caídas / tus tres caídas retratan: / el azoro de los niños / caídos de madrugada;
el derrumbe de los jóvenes / desde las cumbres nevadas; / las caídas de los viejos / tan negras y tan amargas...
Porque mil negras pupilas / ansiosas en Ti se clavan / por ver si quedas caído / o mirar sí te levantas / por eso mi voz te grita: / “Jesús, levántate y anda.
Levántate aunque el cansancio / se desploma en tus entrañas / Levántate, aunque el suplicio / con vivas lumbres te aguarda. / Levántate, que la meta / se mira ya muy cercana”.
Enséñales a los hombres / esa ciencia necesaria / de resurgir varoniles / cuando en el camino caigan.
Si Tú te quedas caído / derrumbas nuestra esperanza.
Somos flores de los campos / que hasta un soplo desarraiga, / y ¡es tan fácil que en la vida / se quede caída el alma, / cuando ha sentido el abrazo / cenagoso de las charcas / que ofrecen lotos de oro / y víboras anidadas!
¡Y es tan duro levantarse / para proseguir la marcha / cuando en las venas hay frío / y anochece en las entrañas...!
Jesús, por los pecadores / mi voz te grita angustiada, / por nosotros pecadores, / Jesús, ¡levántate y anda!

10. Jesús es desnudado y abrevado con hiel y vinagre. Revestíos de Cristo (Rom 18,14)
Así, desnudo, Dios mío, / ¡qué pena me da mirarte, / escultura de vergüenza / cincelado en nieve y sangre!
Tienes todo el desamparo / de nuestros Primeros Padres, / al esconderse llorosos / y desnudos tras los árboles / con el sabor del pecado / amargándoles las fauces.
También hay entre tus labios / sabor a hiel y vinagre: / amargura de pecados que, / sin beberla, probaste.
Las saetas de los ojos / y de las risas procaces / sobre tu cuerpo desnudo / volando van a clavarse.
¡Oh si pudieras correr, / como un niño, hasta tu Madre, / y esconderte entre sus brazos, / y en su regazo anidarte!
¿En dónde estarán ahora / aquellos limpios pañales / de la luminosa noche; / dónde los lirios del valle / que tejen túnicas blancas / sin ruecas y sin telares;
dónde están los corderitos / vestidos de lana suave / que te ven a Tí desnudo / y no corren a abrigarte?
Pero, bien visto, / ¿qué importa Si los soldados / reparten entre sí tus vestiduras / llenas de sudor y sangre?
Tienes oh Dios, / una túnica que nadie podrá arrancarte: / la túnica de tu cuerpo / que te tejiera tu Madre / en el telar de su seno / con el lino de su carne.
¡De esa veste, / ni la muerte podrá jamás despojarte!
Mira, Señor, / a mi alma también desnuda y sangrante: / se jugaron a los dados / entre el Demonio y la Carne / mi túnica de la gracia / en frenético aquelarre,
mientras el Mundo miraba / mi angustia sin inmutarse... / ¡No me dejaron ni el manto / para cubrir mis maldades!
y, ante los ojos del mundo, / tan crueles y tan cobardes, / ser pecador descubierto / es ser dos veces culpable.
¡Cómo duelen las miradas / que en mí vienen a clavarse! / ¡Qué amargas son estas culpas / de ceniza y de vinagre!
¿Y cómo entraré desnudo / a tus festines nupciales?
Si viene el Rey y me mira / me arrojarán a la calle...
Cuando tú subas glorioso, / por los caminos del aire, / revísteme con tu veste de fuego santificante; / revísteme con la túnica inconsútil de tu sangre.
Y así, vestido de Cristo, / ceñido de claridades, / mientras los ángeles cantan / el cantar de los cantares, / iré a hundirme en el regazo / oceánico de tu Padre.

11. Jesús es clavado en la cruz. Y golpearás la Roca, y brotará de Ella el agua para que beba el pueblo (Ex 17,6).
Eres la Roca de la luz / con entrañas de agua nueva; / nosotros somos el barro / amasado con tinieblas.
Hay en tus claros abismos / veneros de vida eterna; / nosotros tenemos sed / en nuestras áridas venas.
Nuestra sed es infinita, / nuestra sequedad, tremenda; / el ardor de los desiertos / en nuestras almas llamea.
Espejismos de locura, / en la mente reverberan / y sube un grito de fuego / desde las entrañas secas.
En los íntimos jardines / se requemó la azucena, / y la rosa enamorada, / de sed, ha quedado muerta.
El oro dulce del trigo / vuela al aire hecho pavesas / y las viñas bajo un cielo / de lumbre crujen sedientas...
Así, sin vino, sin rosas, / sin pan y sin azucenas, / y con este fuego oscuro / que se arrastra por las venas,
¿qué vida puede vivirse? / ¿Qué muerte será más negra?...
Eres la Roca que guarda / torrentes de vida eterna; / nosotros somos la sed / coagulada de la tierra.
Será preciso que el hombre, / en un rato de demencia taladre / sin compasión la noble Roca serena...
¡Si no podemos vivir, / sí están nuestras almas secas... / Extiende tus pies y manos en cruz / sobre la madera y deja / que nuestros golpes / penetren en tus arterias.
¡Ya sale huyendo tu sangre / a los cauces de la tierra, / en divina transfusión / de tus venas a sus venas!
¡Ya se apagan nuestros fuegos / en estas aguas eternas, / ya vuelve a lanzar la vida / su canción en las arterias!
Cuando en tus miembros exangües / caiga la noche suprema, / un amanecer de lirios / alumbrará las praderas.
Y nacerás repetido en las castas azucenas, / y estarás en cada rosa, / cuando las rosas florezcan, / y cuando el dulce racimo / su jugo en el cáliz vierta,
allí beberán los hombres / sorbos de tu sangre nueva; / y cuando el trigo maduro / se triture entre las piedras,
en cada pan hallaremos / el sabor de tu presencia.
/ Porque tu sangre ha corrido / por nuestros cauces de tierra; / se eterniza entre los hombres / tu invisible permanencia: / ¡nosotros en Tí vivimos, / Tú vives en nuestras venas!

12. Jesús muere en la cruz. Me levantaré e iré a mi Padre (Lc 15,18).
Vuelve ya a tu casa, / Pródigo el de las manos vacías.
¿A dónde vino a parar / toda tu gloria: divina, / oh mi Dios, encarcelado / en una cárcel de arcilla?
Tú que colmas los abismos / con tu presencia infinita / cabes entre cuatro clavos / y una corona de espinas.
Dejaste el seno del Padre / por el seno de María; / del cielo huiste trayendo / toda tu herencia divina:
la diste a los pecadores / y a las mujeres perdidas.
El mosto de las granadas, / coronó tus sienes limpias / con su locura de fuego / bajo la huerta sombría
y así saliste, embriagado, / por la clara mañanita, / a derrochar tus tesoros / con amor y sin medida. / Tus manos fueron sembrando / su lluvia de rosas finas / en el surco azul del aire / sobre las tierras baldías...
Ya estás ahí, manirroto, / en cruz sobre la colina; / ¿qué te queda ya por dar de / tus riquezas divinas?
Por tener las manos rotas / se te quedaron vacías.
Junto a tu Padre, / en la luz inaccesible vivías; / hoy estás entre tinieblas / como una estrella caída.
En tu palacio, / un enjambre de arcángeles te servía; / hoy estás entre mujeres / que lloran y hombres que gritan.
Antes eras el Ungido / con bálsamo de alegría; / hoy navegas en un mar / de tristeza sin orillas.
Dijiste que entre los hombres / vivir era una delicia; / y no hay dolor comparable / a tu tremenda agonía...
¡Pródigo de manos rotas... / y eres la Sabiduría!
Oh Cisne de Dios / que cantas a la muerte presentida: / ya van tus siete palabras / cantando en la lejanía...
¿qué esperas para que salga, / de tu corazón, la vida? / ¡Vuelve ya a tu casa, / Pródigo el de las manos heridas!
En su palacio tu Padre, / el Gran Anciano de días, / escrutando los senderos / con sus eternas pupilas,
espera ya tu retorno / por las sendas florecidas.
Las lámparas del Paráclito / orladas de siempre vivas / para iluminar tus pasos / también están encendidas....
Pero, ya sé lo que esperas / para que vuelva tu vida,/ por el túnel de la muerte, / a las mansiones divinas:
buscas a quien regalar / tus clavos y tus heridas; / y buscas otra cabeza / para poner tus espinas.
¡Dámelas a mí, Señor, / ansiosos, por recibirlas, / esperan mis pies, / mis manos y mis sienes doloridas! / ante tu suprema dádiva / está mi fe de rodillas.
Yo subiré sobre el monte / al quedar tu cruz vacía, / y dormiré mis ensueños / sobre tu lecho de mirra.
Ahí dejaré que irrumpan / mis cataratas dormidas, / por completar en mi cuerpo / tu pasión interrumpida.
Pero ya vuelve, Dios mío, / a las mansiones divinas. / Vuelve a encender / en los labios de tu Padre, la sonrisa.
Ve a desatar las hogueras, / del Paráclito, cautivas. / Ve a devolver a los cielos / su inextinguible alegría: / ¡si todo está consumado, / si ya tienes otra víctima!

13. Jesús es desclavado de la cruz y puesto en los brazos de su madre. María guardaba todo esto en su corazón (Lc 2,19)
Mi Jesús, tiene sueño, / por el camino se me durmió  / tres veces el pobrecillo.
Hijito, duerme, duerme, / que en esta noche, / no habrá quien te despierte.
De mañanita, llorando, / por los caminos del cielo, / salió mi niño a buscar / su rebaño de corderos.
Todos andaban perdidos / entre los barrancos negros.... / En un bosque de alaridos / y brazos en alto tensos, / entró mi Niño temblando / de soledad y de miedo...
Las flores eran de sangre, / las ramas eran flagelos, / las maldiciones volaban, / como pájaros, al viento.
¡Era tan largo el camino, / estaba el aire tan negro, / que mi Niño se cayó / tres veces en el sendero;
y cuando a los ojos de agua / se acercó a beber sediento / le dieron a beber mirra / aquellos crueles veneros!
Por fin se subió mi Niño / sobre las ramas de un cedro / por ver si de las alturas / divisaba sus corderos.
Su séptuple canto / triste rodó por el universo.
Como un gorrioncito herido / -todo púrpura su pecho- / quedó dormido mi Niño/ sobre las ramas del cedro;
las nubes le acariciaban / con devoción los cabellos.. / Dormidito lo encontraron / en el camino del cielo, / y dormidito, a mis brazos, / de noche, me lo trajeron.
Tiene en sus pies dos claveles, / y en sus manos dos luceros / y en su Corazón un sol / tres veces santo y abierto.
Hijito, que entre mis brazos / yaces cansado y deshecho, / duérmete sin ansiedades / por tus perdidos corderos.
En esta noche de luna / los has juntado en el cielo; / por la inmensidad azul
vagan cándidos, / paciendo entre rosas inmortales / y remansos de luceros.
Innumerables y puros, / como los copos de invierno, / de todos los horizontes / ascienden al firmamento.
Cuando la luz te despierte / ya sin dolor y sin sueño, / ¡oh cómo habrás de alegrarte / por tus hallados corderos!
Hijito, que entre mis brazos yaces / desnudo y deshecho, / sigue durmiendo en la cuna / de mi amor y de mis besos....
Estos besos son los últimos / pero mi amor es eterno.
Sigue durmiendo en mis brazos, / aunque sabes que tu sueño / es espada de dos filos / que me traspasa por dentro...
Duerme que, para velarte, / está mi dolor despierto. / Mi Jesús tiene sueño, / por el camino se me durmió / tres veces el pobrecillo.
Hijito duerme, duerme, / que en la alborada vendrá / la luz divina que te despierte.

14. El cuerpo de Jesús es depositado en el sepulcro. De ida, llorando caminaban, arrojando la semilla (Sal 125,6).
Niña que llevas al pecho / siete puñales clavados,  / Madre que vas a sembrar / a Dios bajo los granados: / ya vienen los sembradores, / con la semilla, llorando;
ya traen el cuerpo de Cristo / blanco sobre el lino blanco.
¡Señora, yo no quisiera  / ni mirarte, ni mirarlo!
Tú me lo entregaste niño / como manojo de nardos; / yo te lo devuelvo muerto / como racimo pisado.
Trae mucha noche en las venas / y mucha nieve en los labios.
Se le congeló la vida / en el Corazón quebrado...
¡Señora, yo no quisiera/ ni mirarte, ni mirarlo!
Ven y deshoja / la última flor de tu beso / en sus labios / y deja que lo sembremos / en este surco de llanto.
Quién sabe si ya mañana / cosechemos el milagro / de que retoñen / los dulces latidos / en su costado!
¿Si es un augurio de espigas / la muerte de cada grano, / si está la resurrección / bajo la tumba esperando, / por qué sembrar a los muertos / resultará tan amargo?
¡Qué diluvio de silencio / se vació sobre los campos.... / La soledad, con sus aguas, / cubrió los montes más altos!
Niña que llevas al pecho / siete puñales clavados: / bajo el sepulcro, / dejaste tu corazón, olvidado...
¿Por qué florece el silencio / con un inaudito cántico?
¿Y quién se pone a cantar / cuando los hombres lloramos?
¡Señora, los muertos cantan, / los muertos están cantando! / Entre las sombras agitan / el címbalo de sus manos: / que también para los muertos / llegó el Domingo de Ramos.
Ya va el Señor descendiendo / por caminos subterráneos: / de todos los cementerios / sube un clamor a su paso / mientras se impregna de vida la tierra, con su contacto.
Un soplo de primavera / sacude los huesos áridos / y retrocede la Muerte / entre las tumbas aullando.
¿En dónde está tu victoria, / oh Muerte de dedos pálidos? / Ya van bajo los cipreses / las siemprevivas brotando...
Madrecita que sembraste / a Dios bajo los granados: / sobre el surco de tus lágrimas / han florecido los cánticos; / mañana, cuando el lucero del alba / bese tus párpados, / la tierra dará su fruto inmortal y perfumado...
Entonces, cierra tus ojos; / entonces, abre tus labios / para que bebas el vino / del Hijo resucitado.


Meditación de Viernes santo.
1. Jesús, quiero contemplarte en Cruz, como la máxima revelación del amor divino. Me amas tanto que mueres por mí. Y me enseñas con tu vida a no buscar el éxito sino la verdad, el bien, la libertad… tú vences con tu muerte. No con el éxito, sino con el amor que por el dolor nos lleva a la gloria.
Amado Jesús Mío, por mí vas a la muerte, quiero seguir tu suerte, muriendo por tu amor. Perdón y gracia imploro, transido de dolor. F. Carvajal cita la anécdota de un pueblecito alemán, que quedó prácticamente destruido durante la segunda guerra mundial. Tenía en una iglesia un crucifijo, muy antiguo, del que las gentes del lugar eran muy devotas. Cuando iniciaron la reconstrucción de la iglesia, los campesinos encontraron esa magnífica talla, sin brazos, entre los escombros. No sabían muy bien qué hacer: unos eran partidarios de colocar el mismo crucifijo  era muy antiguo y de gran valor- restaurado, con unos brazos nuevos; a otros les parecía mejor encargar una réplica del antiguo. Por fin, después de muchas deliberaciones, decidieron colocar la talla que siempre había presidido el retablo, tal como había sido hallada, pero con la siguiente inscripción: Mis brazos sois vosotros... Así se puede contemplar hoy sobre el altar. Somos los brazos de Dios en el mundo, pues Él ha querido tener necesidad de los hombres. El Señor nos envía para acercarse a este mundo enfermo que no sabe muchas veces encontrar al Médico que le podría sanar. «Si todos los hijos de la Iglesia -decía Juan Pablo I- fueran misioneros incansables del Evangelio, brotaría una nueva floración de santidad y de renovación en este mundo sediento de amor y de verdad». De nuestra unión con Jesús surgirá ese ser Jesús que pasa en el mundo, a través nuestro. Por eso podemos rezar con el Cura de Ars: “Te amo, Dios mío, y mi único deseo es amarte hasta el último suspiro de mi vida.
Te amo, Dios mío, infinitamente amable y prefiero morir amándote que vivir un solo instante sin amarte.
Te amo, Dios mío, y sólo deseo ir al cielo para tener la felicidad de amarte perfectamente.
Te amo, dios mío, y sólo temo el infierno  porque en él no existirá nunca el consuelo de amarte.
Dios mío, si mi lengua no puede decir en todo momento que te amo, al menos quiero que mi corazón te lo repita cada vez que respiro.
Ah! Dame la gracia de sufrir amándote, de amarte en el sufrimiento y de expirar un día amándote y sintiendo que te amo.
A medida que me voy acercando al final de mi vida te pido que vayas aumentando y perfeccionando mi amor. Amén”.
Jesús, gracias porque eres comprensivo, rezando incluso por los que te matan: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc 23,34). Con esto me vences, más que con el temor. Aunque he sido tu enemigo, mi Jesús: como confieso, ruega por mí: que, con eso, seguro el perdón consigo. / Cuando loco te ofendí, no supe lo que yo hacía: / sé, Jesús, del alma mía y ruega al Padre por mí”. 
Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la cruz para pagar con tu sacrificio la deuda de mis pecados, y abriste tus divinos labios para alcanzarme el perdón de la divina justicia: ten misericordia de todos los hombres que están agonizando y de mí cuando me halle en igual caso: y por los méritos de tu preciosísima Sangre derramada para mi salvación, dame un dolor tan intenso de mis pecados, que expire con él en el regazo de tu infinita misericordia.

2. Ante Cristo crucificado estábamos todos, y por nosotros murió.
a) Llegó la “hora de Jesús”, cuando "entregó el espíritu" (Jn 19,30), “transmitió" el espíritu. Espíritu de amor, de amar hasta dar la vida. En la cruz descubrimos de verdad a Dios, su amor (el cielo). Por eso la cruz es el signo del cristiano. No refleja sufrimiento, aguante, ascesis, fatalidad, sino amor radical hasta dar la vida. No es una opción que se nos impone. Se ofrece para todo aquél que quiera asumirla. Jesús nos da la libertad de rechazar la invitación.
"Envió Dios a su hijo, nacido de mujer, sometido a la ley, para rescatar a los que estaban sometidos a la ley, para que recibiéramos la condición de hijos" (Ga 4,4-5). Jesús da la vida por cada uno de nosotros. Es un gesto de alcance universal, que no excluye a nadie y que respeta la libertad de los que prefieren basar su salvación en la ley. Ya no podemos limitarnos a dar nuestra vida sólo en favor de unos pocos familiares o amigos (a veces se muere por entes abstractos, como las ideologías o las patrias). La invitación es universal: debemos ser capaces de dar la vida por todos. Como Él lo hizo (Dabar 1981).
b) Allí estábamos todos. Una presencia temblorosa, llena de amor. ¿Estabas allí cuando crucificaron a mi Señor? / ¿Estabas allí cuando le clavaron en el árbol? / ¡Oh! A veces me hace temblar, temblar, temblar. / ¿Estabas allí cuando crucificaron a mi Señor?» (Himno popular americano). «La cruz no es solamente el madero, es la corporificación del odio, de la violencia y del  crimen humano» (L. Boff). Es el pecado. Al cargar con la cruz, Cristo cargó con el pecado: el  mío, el tuyo, el de todos. El Cordero de Dios cargó con el pecado del mundo, haciéndose a  sí mismo «pecado» (2 Cor 5,21).
Estábamos allí condenando al Justo… Por lo tanto, cada vez que cometemos una injusticia, estábamos allí condenando al Justo;  cada vez que mordemos al hermano con la crítica o la calumnia, estábamos allí  sentenciando al Inocente; cada vez que despojamos al pobre con nuestro egoísmo y nuestra  insolidaridad, estábamos allí repartiéndonos sus ropas; y cada vez que agredimos al indefenso con nuestra violencia o nuestra prepotencia, estábamos allí torturando al  Cordero; y cada vez que negamos al prójimo una ayuda, estábamos allí como espectadores  fríos e insolidarios; y cada vez que callamos por miedo y no actuamos proféticamente,  estábamos allí, sin atrevernos a dar la cara, ni a salir en defensa del condenado ni a  expresar siquiera nuestros sentimientos. Cuando traicionamos, estábamos allí; cuando  somos cobardes, estábamos allí; cuando somos infieles, estábamos allí; cuando dudamos,  estábamos allí; cuando mentimos, estábamos allí; siempre que nos ciega y nos esclaviza la  pasión, estábamos allí.
Aunque también podríamos decirlo a la inversa, que es Cristo el que está aquí. Cristo se  hace presente en todo hermano que esté oprimido, marginado o injustamente condenado;  en todo el que es pobre, débil, explotado o torturado; en todo el que es de un modo u otro víctima de su hermano. Pues si él está aquí, es que estábamos nosotros allí.
Pascal ponía en boca de Jesús: "Yo  derramaba tal y tal gota de sangre pensando en ti"; antes de que llegaras a la existencia, yo  te elegí; antes de que te formaras en el vientre materno, yo te redimí; antes de que  nacieras, yo te amé. Estábamos allí todos, siendo objeto de la oración de Cristo, que nos iba presentando al  Padre en aquel momento de gracia. Estábamos allí y también a nosotros dirigía sus  palabras: por cada uno de nosotros pedía perdón al Padre, «porque no sabemos lo que  hacemos»; a cada uno de nosotros prometía el paraíso: «Hoy estarás conmigo», y eso es ya  el paraíso; a cada uno de nosotros encomendó la madre, para que la «llevemos a nuestra  propia casa».
Estar ante Jesús en la Cruz es como estar junto a la zarza ardiendo o dentro de la nube divina, es como sentirte invadido por una fuerza  misteriosa que te arrebata y transciende, es entrar en la danza del Espíritu. Reviviendo el  misterio pascual, se tiene que apoderar de nosotros un santo y maravilloso temblor” (de “Caritas”, 1990).

c) “Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37). La liturgia de la Iglesia no es otra cosa que la contemplación del traspasado… Jesús, cuyo costado fue traspasado a la misma hora en que tenía lugar el sacrificio ritual de los corderos pascuales en el templo, el verdadero Cordero pascual, inmaculado, quien de verdad quita el pecado, de quien era símbolo todo sacrificio expiatorio, que era meramente sustitutivo. “Pero todo resulta inútil porque no hay nada que pueda sustituir en realidad al hombre: por mucho que éste ofrezca, siempre es poco. Así lo indican las críticas de los profetas al culto, imbuido de un excesivo ritualismo: Dios, al que pertenece todo el mundo, no necesita vuestros machos cabríos y vuestros toros; la pomposa fachada del rito sólo sirve para ocultar el olvido de lo esencial, del llamamiento de Dios, que nos quiere a nosotros mismos y desea que le adoremos con la actitud de un amor sin reservas” (J. Ratzinger).
El costado también hace referencia a Adán y de su costado del que nace Eva. Así Cristo y la humanidad creyente, la Iglesia nació del costado abierto de Cristo muerto. Cristo existe para los demás, y es meta de la verdadera esencia humana. Hacerse cristiano significa hacerse hombre, existir para los otros y existir a partir de Dios.
Manan sangre y agua, figura de “dos sacramentos fundamentales, eucaristía y bautismo, que, a su vez, significan el contenido auténtico de la esencia de la Iglesia. Bautismo y eucaristía son las dos formas como los hombres se introducen en el ámbito vital de Cristo. Porque el bautismo significa que un hombre se hace cristiano, que se sitúa bajo el nombre de Jesucristo. Y este situarse bajo un nombre representa mucho más que un juego de palabras; podemos comprender su sentido a través del hecho del matrimonio y de la comunidad de nombres que se origina entre dos personas, como expresión de la unión de sus seres. El bautismo, que como plenitud sacramental nos liga al nombre de Cristo, significa, pues, un hecho muy parecido al del matrimonio: penetración de nuestra existencia por la suya, inmersión de mi vida en la suya, que se convierte así en medida y ámbito de mi ser.
La eucaristía significa sentarse a la mesa con Cristo, uniéndonos a todos los hombres, ya que al comer el mismo pan, el cuerpo del Señor, no sólo lo recibimos, sino que nos saca de nosotros mismos y nos introduce en él, con lo que forma realmente su Iglesia” (J. Ratzinger).
“Agua y sangre brotaron del cuerpo traspasado del crucificado. Así, lo que es primordialmente señal de su muerte, de su caída en el abismo, es, al mismo tiempo, un nuevo comienzo: el crucificado resucitará y no volverá a morir. De las profundidades de la muerte brota la promesa de la vida eterna. Sobre la cruz de Jesucristo brilla ya el resplandor glorioso de la mañana de pascua. Vivir con él de la cruz significa, pues, vivir bajo la promesa de la alegría pascual” (J. Ratzinger).

3. Procesiones y Pasos de Pasión. Jesús, quiero contemplarte en las imágenes que te presentan hoy en la Cruz, o como Santo Entierro. Y tras de ti, la Virgen Dolorosa en sus diversas advocaciones. Me impresiona ver los penitentes, llevando capuchas y capirotes, cruces o incluso cadenas en los pies descalzos… rezando el rosario, confesando antes de salir o en su paso por la catedral, los costaleros a turnos llevando sobre sus espaldas una carga que les hace participar en la que llevaste por amor nuestro, Señor.
En el corazón llevamos la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio que ayer celebramos, la Oración del Huerto y aquella noche en vela sufriendo, el Vía Crucis y tu Muerte, Jesús. Hoy, al adorarte en la Cruz, me siento tristes por lo que te pasó aquel primer Viernes Santo pero a la vez lleno de esperanza porque era necesario para la Pascua, se acerca ya la Resurrección.
3. Las santas mujeres al pie de la cruz. «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena» (Jn 19, 25). María es la madre de Santiago el menor y de Joset, Salomé la madre de los hijos de Zebedeo, hay una cierta Juana y una tal Susana (Lc 8,3). Llegadas con Jesús de Galilea, estas mujeres le habían seguido, llorando, en el camino al Calvario (Lc 23,27-28), ahora en el Gólgota observaban «de lejos» (o sea, desde la distancia mínima que se les permitía) y en poco tiempo le acompañan, con tristeza, al sepulcro con José de Arimatea (Lc 23,55). Las llamamos «las piadosas mujeres», pero son «Madres Coraje!» Desafiaron el peligro que existía en mostrarse tan abiertamente a favor de un condenado a muerte. Jesús había dicho: «¡Dichoso aquél que no halle escándalo en mí!» (Lc 7,23). Estas mujeres son las únicas que no se escandalizaron de Él, junto al joven Juan. Ninguna mujer está involucrada en la muerte de Jesús, tampoco indirectamente, en su condena. Hasta la única mujer pagana que se menciona en los relatos, la esposa de Pilato, se disoció de su condena (Mt 27,19). El Señor, atento a ellas, se aparecerá primero a ellas resucitado.
«¡Ha amado mucho!» (Lc 7,47), dijo Jesús en la unción de la mujer. Ellas seguían a Jesús no disputándose quién era el primero como hacen ellos, sino «para servirle» (Lc 8,3; Mt 27,55), vivir el núcleo del Evangelio. Hoy que vemos un mundo náufrago con la razón, hemos de volver a las «razones del corazón».
El conocer es importante, pero lo es más el amar o no amar, ser amado o no ser amado. El «IQ», «coeficiente intelectual», está bien, pero más importante es el «coeficiente del corazón» Sólo el amor redime y salva, mientras que la ciencia y la sed de conocimiento, solas, pueden llevar a la condenación. Es la conclusión del Fausto de Goethe y es también el grito que lanza el cineasta que hace clavar simbólicamente al suelo los preciosos volúmenes de una biblioteca y hace exclamar al protagonista que «todos los libros del mundo no valen lo que una caricia». Antes que ellos, San Pablo había escrito: «La ciencia hincha, el amor en cambio edifica» (1 Co 8,1).

Después del homo erectus, homo faber, homo sapiens-sapiens, hemos de pensar en el hombre que se realiza con el amor, para que esta tierra deje ya de ser «la pequeña tierra que nos hace tan feroces» (Dante, Paradiso). En cierta forma, «el eterno femenino nos salvará» (Goethe, Fausto), si ella es salvada por Cristo. Libre, pero no manipulada por la ideología de género que venía a decir «Mujer no se nace, sino que se hace» (Simone de Beauvoir). En todo caso, será las dos cosas…
San León Magno dice que «la pasión de Cristo se prolonga hasta el final de los siglos» y Pascal ha escrito que «Cristo estará en agonía hasta el fin del mundo». La Pasión se prolonga en los miembros del cuerpo de Cristo, en tantos que sufren, con sida o encarcelados, rechazados de cualquier tipo por parte de la sociedad. A ellas –creyentes o no creyentes- Cristo repite que lo que hagamos a ellos: «a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).
María Magdalena será la primer testigo de la resurrección, «apóstol de los apóstoles», como la define Santo Tomás de Aquino: «Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos» (Mt 28,8). La liturgia pone en boca de María Magdalena: Mors et vita duello conflixere mirando: dux vitae mortuus regnat vivus: «Muerte y vida se han enfrentado en un prodigioso duelo: el Señor de la vida estaba muerto, pero ahora está vivo y reina».
A la primera de las «piadosas mujeres» e incomparable modelo de éstas, la Madre de Jesús, repetimos una antigua oración de la Iglesia: «Santa María, socorre a los pobres, sostén a los frágiles, conforta a los débiles: ruega por el pueblo, intervén por el clero, intercede por el devoto sexo femenino»: Ora pro populo, interveni pro clero, intercede pro devoto femineo sexu (Antífona al
Magnificat, del Común de la fiesta de la Virgen) (R. Cantalamessa).

4. «Podemos hacer algo por el Jesús que agoniza hoy». De Jesús en el huerto de los olivos está escrito: «Comenzó a sentir tristeza y angustia. Les dijo: "Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo"». Y la oración: «¡Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz!». Sufrimiento que está a punto de caer sobre Él. Y «el pecado del mundo» que Él tomó sobre sí y que pesa sobre su corazón como una piedra.

El filósofo Pascal dijo: «Cristo está en agonía, en el huerto de los olivos, hasta el fin del mundo. No hay que dejarle solo en todo este tiempo». Agoniza allí donde haya un ser humano que lucha con la tristeza, el pavor, la angustia, en una situación sin salida como Él aquel día. No podemos hacer nada por el Jesús agonizante de entonces, pero podemos hacer algo por el Jesús que agoniza hoy. Oímos a diario tragedias que se consuman, a veces en nuestro propio vecindario, en la puerta de enfrente, sin que nadie se percate de nada. ¡Cuántos huertos de los olivos, cuántos Getsemaní en el corazón de nuestras ciudades! No dejemos solos a los que están dentro.

En el Calvario, «clamó Jesús con fuerte voz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Se siente rechazado por Dios. La Madre Teresa de Calcuta participó de eso.
En un campo de concentración nazi se colgó a un hombre. Alguien, señalando a la víctima, preguntó iracundo a un creyente que tenía al lado: «¿Dónde está ahora tu Dios?». «¿No lo ves? -le respondió-. Está ahí, en la horca».
Podemos ser como José de Arimatea, que ayudemos a Jesús a bajar de la Cruz, en tantas personas que sufren a nuestro alrededor.
Llucià Pou Sabaté