sábado, 15 de septiembre de 2012

15 de septiembre, Nuestra Señora de los Dolores. María “estaba al pie de la cruz”, corredimía y ofrecía su consuelo, como sigue haciendo con nosotros

“En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y Maria, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: -«Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego, dijo al discípulo: -«Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa” (Juan 19,25-27).

O bien: Su padre y su madre estaban sorprendidos por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María su madre: -Mira, éste está puesto para que en Israel unos caigan y otros se levanten, y como bandera discutida -y a ti, una espada atravesará tu alma (tus anhelos te los truncará una espada)-; así quedarán al descubierto las ideas de muchos” (Lucas 2,33-35).

1. El evangelio de Juan nos dice que «junto a la cruz de Jesús estaba su madre», con una fidelidad hasta las últimas consecuencias. La virgen dolorosa es una madre valerosa, que se mantuvo firme de pie junto a la cruz, es decir, que no se dejó derrumbar por el dolor. Es un valor que está sustentado por la esperanza. Es luz para que en las penas pensemos en que está por amanecer un día nuevo, el día de la vida.

“…Y a ti una espada te atravesará el corazón”, podemos leer en san Lucas lo que escuchaste tiempo atrás, Virgen María, sobre este momento de la cruz que llegaría, como recuerda el Vaticano II: “Así también la Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz, en donde, no sin designio divino, se mantuvo de pie, se condolió vehementemente con su Unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima engendrada por Ella misma, y, por fin, fue dada como Madre al discípulo por el mismo Cristo Jesús, moribundo en la Cruz con estas palabras: «¡Mujer, he ahí a tu hijo!»(LG 58).

Así reza el himno de hoy: “La Madre piadosa estaba junto a la cruz / lloraba mientras el Hijo pendía; / cuya alma, triste y llorosa, traspasada y dolorosa, fiero cuchillo tenía... // Por los pecados del mundo vio a Jesús / en tan profundo tormento la dulce Madre. / Vio morir al Hijo amado, que rindió desamparado el espíritu a su Padre... // Haz que esa cruz me enamore y que en ella viva y more, / de mi fe y amor indicio, porque me inflame y encienda, / y contigo me defienda en el día del juicio. Amén”.

Y también: “¡Oh dulce fuente de amor!, / hazme sentir tu dolor para que llore contigo. / Haz que, por mi Cristo amado / mi corazón abrasado más viva en Él que conmigo. // ¡Virgen de vírgenes santas!, / llore ya con ansias tántas que el llanto dulce me sea; / porque su pasión y muerte tenga en mi alma, / de suerte que siempre sus penas vea. Amén”.

A ti te pedimos, Nuestra Señora de los Dolores, también en algunos sitios se te llama Nuestra Señora de las Angustias, o Nuestra señora de los Siete Dolores, que esta fiesta nos una por ti a Jesús y nos dejemos contemplar por Él. Tú viste a Jesús rechazado por las autoridades del pueblo y amenazado de muerte. Cuando en el Via Crucis te encontraste con tu Hijo llevado para crucificar, quizá le dijiste “aguanta conmigo, Madre, que estoy haciendo nuevas todas las cosas”… y tu paciencia se consumó en el Calvario.

De esta manera, María se convierte en figura y modelo para todo cristiano. Por haber estado estrechamente unida a la muerte de Cristo, también está unida a su resurrección. La perseverancia de María en el dolor, realizando la voluntad del Padre, le proporciona una nueva irradiación en bien de la Iglesia y de la Humanidad. María nos precede en el camino de la fe y del seguimiento de Cristo. Y el Espíritu Santo nos conduce a nosotros a participar con Ella en esta gran aventura (Josep M. Soler, Abad de Montserrat).

“Entregándonos filialmente a María, el cristiano, como el Apóstol Juan, ‘acoge entre sus cosas propias’ a la Madre de Cristo y la introduce en todo el espacio de su vida interior, es decir, en su ‘yo’ humano y cristiano” (Juan Pablo II). María es al pie de la Cruz Madre de Cristo, Madre de los cristianos: “Así es, porque así lo quiso el Señor. Y el Espíritu Santo dispuso que quedase escrito, para que constase por todas las generaciones: Estaban junto a la cruz de Jesús, su madre, y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Habiendo mirado, pues, Jesús a su madre, y al discípulo que él amaba, que estaba allí, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después, dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel punto el discípulo la tuvo por Madre.

”Juan, el discípulo amado de Jesús, recibe a María, la introduce en su casa, en su vida. Los autores espirituales han visto en esas palabras, que relata el Santo Evangelio, una invitación dirigida a todos los cristianos para que pongamos también a María en nuestras vidas. En cierto sentido, resulta casi superflua esa aclaración. María quiere ciertamente que la invoquemos, que nos acerquemos a Ella con confianza, que apelemos a su maternidad, pidiéndole que se manifieste como nuestra Madre.

”Pero es una madre que no se hace rogar, que incluso se adelanta a nuestras súplicas, porque conoce nuestras necesidades y viene prontamente en nuestra ayuda, demostrando con obras que se acuerda constantemente de sus hijos. Cada uno de nosotros, al evocar su propia vida y ver cómo en ella se manifiesta la misericordia de Dios, puede descubrir mil motivos para sentirse de un modo muy especial hijo de María.

”Los textos de las Sagradas Escrituras que nos hablan de Nuestra Señora, hacen ver precisamente cómo la Madre de Jesús acompaña a su Hijo paso a paso, asociándose a su misión redentora, alegrándose y sufriendo con El, amando a los que Jesús ama, ocupándose con solicitud maternal de todos aquellos que están a su lado” (San Josemaría).

Ella, corredentora, nos enseña la gallardía con que el cristiano debe sobrellevar el dolor. El dolor no es ya un maldito hijo del pecado que nos atormenta tontamente; es el precio del amor a los demás. No es el castigo de un Dios que se regocija en hacer sufrir a sus criaturas, es el momento en que podemos ofrecer ese dolor por el bien espiritual de los demás, es la experiencia de la corredención, como María. Ella miró la cruz y a su Hijo y ofreció su dolor por todos nosotros. ¿No podríamos hacer también lo mismo cuando sufrimos? Mirar la cruz. Salvar almas.

El sufrimiento parece que se aficiona a algunas personas de un modo especial. La vida de la Santísima Virgen estuvo profundamente marcada por el dolor. Dios quiso probar a su Madre, nuestra Madre, en el crisol del sacrificio. Y la probó como a pocos. María padeció mucho. Pero fue capaz de hacerlo con entereza y con amor. Ella es para nosotros un precioso ejemplo también ante el dolor. Hoy repasamos el dolor ante las palabras de Simeón que anuncian la cruz, y el dolor de la cruz es también causa de salvación. El anciano profeta no le predijo grandes alegrías y consuelos a nivel humano. Al contrario: “este niño será puesto como signo de contradicción, -le aseguró-. Y a ti una espada de dolor te atravesará el alma”. Semejantes presagios no le quitaron la paz y la confianza en Dios. Y en su interior volvería a resonar con fuerza y seguridad el fiat aquel lleno de amor de la anunciación.

Ese dolor lo veremos también ante la matanza de los inocentes por Herodes. Sensible al sufrimiento ajeno, no solo piensa en que quieren matar a su hijo, sino que sabe compadecerse, socorrer en la medida que puede, consolar.

El dolor le siguió en la pérdida del Niño. Angustiada por la incertidumbre, pensaría: ¿Dónde estará?, ¿le habrá pasado algo?, ¿me necesita? Rezó mucho y confió en Dios. Esto preparó el dolor de la separación y la primera soledad. ¿Qué pasa por el corazón de una madre en una despedida así, la vida pública del Señor y sobre todo al pie de la Cruz. Mirémosla. “La suave Madre -afirma Luis M. Grignion de Montfort- nos consuela, transforma nuestra tristeza en alegría y nos fortalece para llevar cruces aún más pesadas y amargas”. María en la pasión y junto a la cruz de su Hijo se sintió crucificar con Él. Así describe Atilano Alaiz los sentimientos de la Madre ante el Hijo: “Los latigazos que se abatían chasqueando sobre el cuerpo del Hijo flagelado, flagelaban en el mismo instante el alma de la Madre; los clavos que penetraban cruelmente en los pies y en las manos del Hijo, atravesaban al mismo tiempo el corazón de la Madre; las espinas de la corona que se enterraban en las sienes del Hijo, se clavaban también agudamente en las entrañas de la Madre. Los salivazos, los sarcasmos, el vinagre y la hiel atormentaban simultáneamente al Hijo y a la Madre”.

El colmo del sacrificio está en ver morir a los seres amados. Lope de Vega decía con gran realismo: “Sin esposo, porque estaba José / de la muerte preso; / sin Padre, porque se esconde; / sin Hijo, porque está muerto; / sin luz, porque llora el sol; / sin voz, porque muere el Verbo; / sin alma, ausente la suya; / sin cuerpo, enterrado el cuerpo; / sin tierra, que todo es sangre; / sin aire, que todo es fuego; / sin fuego, que todo es agua; / sin agua, que todo es hielo...” Creyendo, confiando y amando Ella supo esperar la mayor alegría de su vida: recuperar a su Jesús para siempre tras la resurrección. Aprendamos de María a llenar el vacío de la soledad que nos invade tras la muerte de nuestros seres queridos. Llenarlo con lo único que puede llenarlo: el amor, la fe y la esperanza de la vida futura. Cuánto nos admira la Virgen dolorosa por haber sufrido como sufrió, por haber amado como amó. Cómo quisiéramos ser como Ella (Marcelino de Andrés).

2. La carta a los Hebreos nos dice que el Hijo de Dios, hecho hombre, compartió con nosotros todo, menos el pecado, pero sufrió más que nosotros; y en su dolor fue acogido y recibió la bendición del Padre, pero sin renunciar a un átomo del camino de amargura en su fidelidad. María lo imitó. Jesús, sufriendo, aprendió a obedecer. Así como Cristo “sufriendo aprendió a obedecer”, también María. ¡Cómo rezaría el Padrenuestro, en los momentos duros, diciendo “hágase tu voluntad”! Y así como la obra de su hijo “se ha convertido en autor de salvación para todos”, también ella se asoció íntimamente a esa obra.

“Jesús, "aun siendo Hijo, con lo que padeció, experimentó la obediencia" (Hb 5, 8). ¡Con cuánta más razón la deberemos experimentar nosotros, criaturas y pecadores, que hemos llegado a ser hijos de adopción en él! Pedimos a nuestro Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, su designio de salvación para la vida del mundo. Nosotros somos radicalmente impotentes para ello, pero unidos a Jesús y con el poder de su Espíritu Santo, podemos poner en sus manos nuestra voluntad y decidir escoger lo que su Hijo siempre ha escogido: hacer lo que agrada al Padre (cf Jn 8, 29): ‘Adheridos a Cristo, podemos llegar a ser un solo espíritu con él, y así cumplir su voluntad: de esta forma ésta se hará tanto en la tierra como en el cielo (Orígenes, or. 26).

Considerad cómo Jesucristo nos enseña a ser humildes, haciéndonos ver que nuestra virtud no depende sólo de nuestro esfuerzo sino de la gracia de Dios. El ordena a cada fiel que ora, que lo haga universalmente por toda la tierra. Porque no dice 'Que tu voluntad se haga' en mí o en vosotros 'sino en toda la tierra': para que el error sea desterrado de ella, que la verdad reine en ella, que el vicio sea destruido en ella, que la virtud vuelva a florecer en ella y que la tierra ya no sea diferente del cielo (San Juan Crisóstomo, hom. in Mt 19, 5)’” (Catecismo 2825).

Sálvame, Señor, por tu misericordia”, rezamos con el salmista: “A ti, Señor, me acojo: no quede yo nunca defraudado; tú, que eres justo, ponme a salvo, inclina tu oído hacia mí”. Pedimos al Señor que sea “la roca de mi refugio, un baluarte donde me salve, tú que eres mi roca y mi baluarte; por tu nombre dirígeme y guíame”. Que nos quite todo mal, y nos abandonamos en Él: “Pero yo confío en ti, Señor, te digo: «Tú eres mi Dios.» En tu mano están mis azares: líbrame de los enemigos que me persiguen”. Esta confianza nos sostiene, y está basada en el amor que Dios nos tiene: “Qué bondad tan grande, Señor, reservas para tus fieles, y concedes a los que a ti se acogen a la vista de todos”.

Llucià Pou Sabaté

jueves, 13 de septiembre de 2012

14 de septiembre, Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz: la misericordia divina transforma el mal y el pecado en perdón y salvación, pero es precis

“En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: -Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. (Juan 3,13-17)

1. “En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: -Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre”. Señor, te das a ti mismo, en ti Dios se nos da del todo.

-“Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. En esta tu entrega, Señor, se nos recuerda el sacrificio que otro padre -Abraham- hizo también de su hijo único Jesús, como el Padre se entrega también en ti. Aquí nos hablas de cuando "Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte", aquel gesto salvador del desierto, y así "cuando una serpiente mordía a uno, éste miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado". Todo ello era una profecía de tu pasión en la cruz; el que te mira, el que cree, queda curado, salvado.

La salvación nos viene por tu Pasión, Señor: "Cuando yo sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí". Se salva el abismo que había abierto el pecado, eres Pontífice, creador de puentes, entre el cielo y la tierra, por el sacrificio de tu Persona divina y humana. Tu nombre, "Jesús", significa "Dios salva".

San Josemaría tuvo una iluminación: “Llegó la hora de la Consagración: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, sin perder el debido recogimiento, sin distraerme, vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: ‘et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum’ Jn 12,32. Y comprendí que serían lo hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana. Y vi triunfar a Cristo, atrayendo a sí todas las cosas”.

Vio –explica Álvaro del Portillo- que si ponemos a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, entonces Dios Nuestro Señor reinará en el mundo entero. Regnare Christum volumus! Para eso, la Cruz. Así como Jesucristo, alzado en el madero entre el cielo y la tierra, muriendo por Amor, abrió a todos las puertas del Cielo; así nosotros, muriendo cada uno a sí mismo, procurando hacer con perfección las cosas pequeñas de cada día, buscando siempre y sólo la gloria de Dios, convirtiendo en oración todo lo que hacemos, levantamos también la Cruz de Cristo en la cumbre, en el pináculo de todas las actividades humanas, y arrastraremos hacia Dios a otras almas, que se fijarán en esos instrumentos que somos cada uno de nosotros.

Regnare Christum volumus! Y para eso, la Cruz de cada día...: el esfuerzo por cumplir un poquito mejor las prácticas de piedad, el empeño para realizar con más perfección el trabajo profesional, la lucha para afinar en los detalles de delicadeza en el trato y ayudar a los demás con la corrección fraterna, los pequeños vencimientos por los que nuestro espíritu apostólico resulta verdaderamente como el latir del corazón...

Dentro de esa devoción al Crucificado, san Josemaría –que ponía cada año en la epacta: In laetitia, nulla dies sine cruce!, y veía que la alegría tiene las raíces en forma de cruz- quiso que representaran a Jesús vivo en alguna imagen, de la que hay copia en el santuario de Torreciudad y en Roma: “Porque siempre lo representan muerto, y a mí muchas veces me gusta hacer la oración delante de un Crucifijo que me diga algo. También me habla por las llagas, y por los clavos que le tienen cosido al madero de la Cruz". Recordaba bien haber sentido en su interior, en medio de tormentos, un “abba, Pater!” dirigido a Dios… De la Cruz vamos siempre al gozo inmenso de sabernos hijos de Dios. Hoy, fiesta de la Santa Cruz, día en el que todos los piropos que echamos a la Cruz a lo largo del año parece que cuajan en guirnaldas de flores; hoy es día de propósitos, de generosidad, entrega, ansia de adquirir la caridad de Cristo, que cuajen en flores espléndidas, produzcan frutos sabrosos en actos de amor repetidos uno tras otro: Señor, esto por Ti; esto no lo quiero, pero lo ofrezco por Ti; esto me cuesta, Señor, esto me duele, pero lo acepto por Ti.

Jesús nos convoca en el Calvario, para que entreguemos la vida en corredención con Él: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Este es el único camino para alcanzar la felicidad en el Cielo y en la tierra, pues el que pierda su vida por mí -promete el Señor-, la encontrará (Mt 16,25). Decía S. Josemaría, repensando 30 años más tarde aquella experiencia juvenil: “Tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios (...). Vale la pena clavarse en la Cruz, porque es entrar en la Vida, embriagarse en la Vida de Cristo". Y le ayudaban aleluyas de monja a rezar: "Corazón de Jesús, que me iluminas,/ hoy digo que mi Amor y mi Bien eres,/ hoy me has dado tu Cruz y tus espinas/ hoy digo que me quieres". Pues "El Señor, Sacerdote Eterno, bendice siempre con la Cruz".

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”, nos sigues diciendo, Señor, en tu afán de salvarnos a todos… ayúdame a abrirme a tu salvación, a que mucha gente la acoja en su corazón.

2. En el 630 Heraclio, emperador de Bizancio, tras derrotar al rey de Persia, Cosroes, recuperó la reliquia de la Santa Cruz que éste se había llevado de Jerusalén catorce años antes. Cuando iban a colocar de nuevo la reliquia de la Cruz en la basílica que Constantino había erigido en el Calvario, cuenta una tradición litúrgica que "Heraclio, revestido con ornamentos de oro y piedras preciosas, quiso cruzar la puerta que da al Calvario, pero no podía. Cuanto más se esforzaba por seguir, más se sentía como clavado en aquel lugar. Estupor general. Entonces el obispo Zacarías le hizo notar al emperador que tal vez aquellas ropas de triunfo no condecían con la humildad con que Jesucristo había cruzado aquel umbral llevando la cruz. Inmediatamente el emperador se despojó de sus lujosas vestiduras y, con los pies descalzos y vestido como un hombre cualquiera, recorrió sin la menor dificultad el resto del camino y llegó hasta el lugar donde había que colocar la cruz".

De este episodio proviene remotamente el rito del Papa que se dirige sin ornamentos y con los pies descalzos, a besar la cruz. Nosotros también queremos, como el publicano (cf Lc 18,14), acercarnos con sencillez a la cruz y sentirnos perdonados, renovados como dice el profeta Isaías: "Será doblegado el orgullo del mortal, será humillada la arrogancia del hombre; sólo el Señor será ensalzado aquel día" (Is 2,17).

En la Cruz, Señor, dijiste "todo está cumplido" (Jn 19,30). Te pido que hagas que ese día sea también hoy, que me meta en esas palabras de tu anonadamiento: "Cristo Jesús, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó a sí mismo" (Flp 2,6-8). Tú haces, Señor, que en tu carne el dolor sea convertido en gloria: "No tenía presencia ni belleza que atrajera nuestras miradas, ni aspecto que nos cautivase. Despreciado y evitado de la gente, al verlo se tapaban la cara; lo tuvimos por un contagiado, herido de Dios y afligido" (Is 53,2-4). María, tú entiendes de ese dolor, te pido que con tu intercesión participe yo también de "la fuerza de la cruz" (cf 1 Co 1,18), de la debilidad convertida en gloria.

El pueblo de Israel se queja por el desierto de la comida, añora el pescado y las cebollas de Egipto cuando unas serpientes muy peligrosas los atacaron, y la serpiente de bronce levantada por Moisés sobre un asta en medio del campamento pasa a ser profecía de Jesús, levantado sobre el madero de la cruz. Somos salvados también nosotros si «nos volvemos» hacia la cruz de Jesús, es decir, si nos convertimos. El pecado de la serpiente del Génesis, la seducción de la humanidad por el mal, queda aquí transformado en motivo de salvación.

Nos dijiste también, Señor, que «cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí. Decía esto para significar de qué muerte iba a morir» (Jn 12,32-33). Moisés intercedió por el pueblo, y así tú, Señor, en oración eres el que nos lleva a la tierra prometida de tu Reino. Tú eres el Camino, la Verdad que en él encontramos, y la Vida que es compartir con nosotros la tuya.

Así, te nos muestras en el salmo como el buen Pastor que nos busca para salvarnos: “Escucha, pueblo mío, mi enseñanza; / inclinad el oído a las palabras de mi boca: / que voy a abrir mi boca a las sentencias, / para que broten los enigmas del pasado”. Quiero aprender de tu providencia, Señor, para sentirme seguro en tus manos, en que me guías a lo largo de mi vida, de la historia: «Hizo portentos a vista de sus padres, en el país de Egipto, en el campo de Soán: hendió el mar para abrirles paso, sujetando las aguas como muros; los guiaba de día con una nube, de noche con el resplandor del fuego». Sé que tú eres siempre fiel, aunque nosotros tengamos dudas, infidelidades, flaquezas… «Hendió la roca en el desierto y les dio a beber raudales de agua; sacó arroyos de la peña, hizo correr las aguas como ríos». Sé que no te retraes por nuestros pecados, sino que te mantienes en tu amor misericordioso: «Pero ellos volvieron a pecar contra él y se rebelaron en el desierto contra el Altísimo… El hirió la roca, brotó el agua y desbordaron los torrentes… dio orden a las altas nubes, abrió las compuertas del cielo: hizo llover sobre ellos maná, les dio un trigo celeste, y el hombre comió pan de los ángeles; les mandó provisiones hasta la hartura. Hizo soplar desde el cielo el Levante y dirigió con fuerza el viento Sur: hizo llover carne como una polvareda, y volátiles como arena del mar; los hizo caer en mitad del campamento, alrededor de sus tiendas. Ellos comieron y se hartaron; así satisfizo él su avidez».

En tu cruz, Señor, Dios se vuelve contra sí mismo, hasta que gana tu misericordia: «Y, con todo, volvieron a pecar y no dieron fe a sus milagros. Su corazón no era sincero con él, ni eran fieles a su alianza. ¡Qué rebeldes fueron en el desierto, enojando a Dios en la estepa! Volvían a tentar a Dios, a irritar al Santo de Israel, sin acordarse de aquella mano que un día los rescató de la opresión».

Es la historia de nuestra flaqueza y tu amor de Padre: «Ellos abusaron de la paciencia de Dios y se rebelaron contra él; no guardaron los preceptos del Altísimo; fueron desertores y traidores como sus padres, fallaron como un arco flojo. Provocaron su ira». Ten aún paciencia conmigo, Señor. Abre mis ojos para que vea tus obras y confíe en tu poder. Que las lecciones del pasado levanten mi confianza en el futuro. Refréscame la memoria… (Carlos G. Vallés); que sepa sentir como el salmista: “se acordaban de que Dios era su roca, / el Dios Altísimo, su redentor”.

Déjame que reconozca el historial de tu misericordia, Señor: «El, en cambio, sentía lástima, perdonaba la culpa y no los destruía: / una y otra vez reprimió su cólera, / y no despertaba todo su furor”.

3. Jesús, aceptaste la humillación recordada por el himno, te haces esclavo y te vacías de tu divinidad para darme Vida eterna: "Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz". La cruz, señal del cristiano: “Es preciso pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios” (Hch 14, 22). Así lo han hecho los santos, como Josemaría Escrivá: “La vida espiritual y apostólica del nuevo Beato estuvo fundamentada en saberse, por la fe, hijo de Dios en Cristo. De esta fe se alimentaba su amor al Señor, su ímpetu evangelizador, su alegría constante, incluso en las grandes pruebas y dificultades que hubo de superar” (Juan Pablo II).

Señor, te doy gracias pues tu humanidad exaltada hasta entrar en Dios hace que "toda lengua proclame: Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre", como el centurión proclamó en tu cruz: "verdaderamente este hombre era hijo de Dios".

Quisiera vivir tu consejo, Pablo: "tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús". El himno tiene una primera parte descendente por la humillación, y una segunda ascendente pues al descenso gradual en la humillación corresponde una ascensión triunfal en la gloria. Esto nos recuerda otro pasaje: "siendo él rico se hizo pobre por vosotros, para que os hicierais vosotros ricos por su pobreza" (2 Cor 8,9). Te anonadaste, Señor (te vaciaste de ti mismo, en contraposición al que se hincha con un honor aparente) hasta el límite: hasta la muerte y muerte de cruz. Pero desde el abismo de la cruz adonde descendió porque quiso, Dios lo ensalzó para darle un "nombre" que está por encima de todo nombre. El nombre es para los hebreos la expresión del propio ser, la proclamación de lo que uno es; al recibir Jesús el "nombre-sobre-todo-nombre" se expresa lo que él es por encima de toda criatura. Jesús es el Señor. El nombre significa también la misión que uno ha de cumplir en el mundo, la misión de Cristo es la más excelsa. Al Señor, a Jesús exaltado como Señor, le compete el culto supremo de adoración, la exaltación de Cristo es la proclamación de la gloria de Dios Padre (“Eucaristía 1975”).

Llucià Pou Sabaté

Viernes de la 23ª semana (par). Para poder ayudar a otros en la misión que nos pide el Señor, hemos de mejorar en primer lugar nosotros mismos

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola: -«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? Un discípulo no es más que su maestro, sí bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: "Hermano, déjame que te saque la mota del ojo", sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano»” (Lucas 6,39-42).

1. Jesús, sigues con tus parábolas: -“¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo?” Nos equivocamos muchas veces, pues la inteligencia está influenciada por la emotividad, por tantas cosas que absolutizan un aspecto de la verdad. Por eso nos animas a tener los ojos muy abiertos, a no dejarnos engañar. Se señala la incapacidad de hacer de guía de otros, cuando uno está desorientado: ese afán puede esconder cierta tendencia de dominio, la ayuda a un necesitado puede esconder entonces ganas de ser como dueño de su destino…

Jesús, tú eres el maestro verdadero, y no has querido juzgar a los demás, sino que les ayudas; les ofreces lo que tienes. Este ejemplo del maestro se debe convertir en norma de conducta para todos los creyentes.

-“¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo, y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?” Muchas veces echamos la culpa a los demás, de algo que nosotros fallamos los primeros. La autocrítica es muy importante, la sencillez, y algo muy bonito que es la vulnerabilidad: mostrarnos como somos, con defectos, no intentar disimularnos. Esto hace más atractiva esa humanidad del cristiano, de quien se sabe con los méritos de Cristo aunque sea miserable.

Es muy grande la tendencia a dominar a los demás, querer hacerlos a nuestra medida, que piensen según la verdad que “yo tengo”… pero nadie es dueño de los otros, ni de la verdad… muchas veces la autoridad intenta imponer el criterio a los súbditos; sometidos así “a los que mandan”. Jesús, ayúdanos a entender el modo de salir de estos egoísmos, con la lógica del amor (edic Marova).

-“¿Cómo te permites decirle a tu hermano: "Hermano, déjame que te saque la mota del ojo", sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo...? ¡Te equivocas! Sácate primero la viga de tu ojo.” Echamos la culpa a los gobiernos de la corrupción, pero fácilmente nos quedamos con un dinero que no nos toca, sin darnos cuenta de que la justicia social es la suma de pequeñas justicias personales. Así los padres echan la culpa a los profesores de la deficiente educación de sus hijos, y estos a los padres, y así muchas cosas… «Cuando nos veamos precisados a reprender a otros, pensemos primero si alguna vez hemos cometido aquella falta que vamos a reprender; y si no la hemos cometido, pensemos que somos hombres y que hemos podido cometerla. O si la hemos cometido en otro tiempo, aun que ahora no la cometamos. Y entonces tengamos presente la común fragilidad para que la misericordia, y no el rencor, preceda a aquella corrección» (San Agustín).

-“Sácate primero la viga de tu ojo, entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano”. La "revisión de vida" es un ejercicio espiritual eminentemente evangélico: se trata de reconsiderarse a sí mismo, de revisar, de repasar la propia vía y los propios compromisos. Señor, haznos lúcidos y clarividentes; así podremos intentar ayudar a nuestros hermanos a ver también más claro (Noel Quesson).

¡Qué fácilmente vemos los defectos de nuestros hermanos, y qué capacidad tenemos de disimular los nuestros! Eso se llama ser hipócritas. Hablaba un sufí oriental que de joven quería cambiar el mundo, y fracasó; luego pensó cambiar a los que estaban más cerca de él, solo ellos… y también fracasó. Por fin, ya mayor, pensó en cambiar él mismo… por donde tenía que haber comenzado desde el principio. Pero yo añadiría que así es como podemos ayudar a los de alrededor, y cambiar el mundo, cuando hacemos la revolución en nuestro interior, y llenos de esperanza vamos llevando a otros corazones ese mismo afán de mejora. No hay más maestro que Jesús, y como instrumentos suyos podemos ser maestros, si sabemos que nunca hemos acabado de aprender nosotros. Jesús, te pido que cuando vea fallos en los demás, piense: "y yo seguramente tengo fallos mayores y los demás no me los echan en cara continuamente, sino que disimulan: ¿por qué tengo tantas ganas de ser juez y fiscal de mis hermanos?". Ayúdame, Jesús, a mirarme en el espejo de tu vida, en tu Palabra, que me vaya orientando día tras día (J. Aldazábal).

El evangelio de hoy nos invita a mirar el mundo y a los otros con la misma mirada de Jesús: una mirada de benevolencia. Los ojos son como un espejo en el que se refleja el mundo. “Si tú me dices: ‘muéstrame a tu Dios’, yo te diré a mi vez: ‘muéstrame tú al hombre que hay en ti’, y yo te mostraré a mi Dios. Muéstrame, por tanto, si los ojos de tu mente ven, y si oyen los oídos de tu corazón… ven a Dios los que son capaces de mirarlo, porque tienen abiertos los ojos del espíritu. Porque todo el mundo tiene ojos, pero algunos los tienen oscurecidos y no ven la luz del sol. Y no porque los ciegos no vean ha de decirse que el sol ha dejado de lucir, sino que esto hay que atribuírselo a sí mismos y a sus propios ojos. De la misma manera, tienes tú los ojos de tu alma oscurecidos a causa de tus pecados y malas acciones” (S. Teófilo de Antioquía).

Hay personas para las que toda la realidad es triste y está sujeta a lamentaciones. Todo va mal; y los "sí, pero..." minan toda razón de esperar. Son aguafiestas… El mundo, como por una especie de mimetismo, toma el color de nuestra mirada. Te pido, Señor, tu benevolencia, corazón bueno, y no ser de los que siempre están con sospechas o piensan que son los carceleros de la libertad de los demás, para tomarlos en la argolla de las condenaciones. No queremos ser de la “cofradía del santo reproche”… decía un slogan: "Los demás ven la vida en negro, nosotros vemos razones para esperar". Eso es la benevolencia cristiana: el amor tiene paciencia, lo excusa todo, lo perdona todo, porque toma como modelo la misericordia de Dios. Nuestra benevolencia no es "ver las cosas de color rosa"; es teologal. Nuestras razones para esperar se arraigan en el ser mismo de Dios, que tiene paciencia, y en su gracia, que no fallará jamás. Dios de paciencia infinita, / sé nuestro maestro: / enséñanos a amar como Tú solo puedes amar. / Danos un corazón misericordioso / y razones para esperar / que nuestro tiempo desembocará en la felicidad eterna (Dios cada día, Sal terrae).

El prestigio que de veras ha de interesarnos es el del amor, del que manan la buena conciencia, la misericordia y solidaridad... Danos, Señor, la gracia de ser sinceros, de reconocer nuestras propias miserias y debilidades antes de descubrir la parte oscura de la vida de nuestros hermanos, y de rectificar nuestra conducta, conforme a la verdad, justicia y caridad.

2. Pablo dio respuestas ágiles y relativas a los problemas que le planteaban los de Corinto: el valor del celibato, las carnes provenientes de templos…

-“Predicar el evangelio no es para mí ningún motivo de gloria, es más bien ¡un deber que me incumbe!” Con humildad, no desea ningún privilegio ni gloria, quien se ve como un «esclavo» que cumple su tarea porque no puede dejar de cumplirla!

-“¡Ay de mí, si no predicara el evangelio!” ¿Soy yo también, o procuro ser, un anuncio vivo del Evangelio?

-“No predico por propia iniciativa; es una misión que me ha sido confiada. ¿Por qué he de recibir yo una recompensa?”¡Es una misión confiada por Dios!

-“Efectivamente, siendo libre con relación a todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que pueda”. Es el apostolado concebido como un «servicio» -ministerio significa «servicio». ¿De quién soy servidor?

-“Los atletas se privan de todo por una corona corruptible. Yo golpeo duramente mi cuerpo... y lo esclavizo, no sea que habiendo proclamado el mensaje a los demás, resulte yo mismo descalificado”. La ascesis, el dominio de sí mismo. Útil en muchos deportes... ¡y también en muchos oficios! Indispensable en la vida cristiana. Necesario en la vida apostólica. ¿Continuó siendo un cristiano mediano, comodón? (Noel Quesson).

Pablo se siente libre, pues quién esté aferrado a sus seguridades todavía tiene miedo…

3. Te pedimos, Señor, con el salmista, vivir en tu casa por siempre, “mi alma se consume y anhela los atrios del señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo”. Y así como el gorrión y la golondrina buscan su nido, así “dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre. Dichosos los que encuentran en ti su fuerza al preparar su peregrinación”.

Llucià Pou Sabaté

Jueves de la 23ª semana. Por encima de todo, el amor, que es la unidad consumada, siguiendo el consejo de Jesús: Sed compasivos, como vuestro Padre es

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. ¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros»” (Lucas 6,27-38).

1. Jesús, te pido ayuda para entender que esos consejos que Lucas aquí recoge (y que Mateo había agrupado en el sermón de la Montaña) son unas actitudes evangélicas esenciales:

-“A vosotros que me escucháis os digo: "Amad a vuestros enemigos"”... y se detallan unos ejemplos que no son otra cosa que aplicación de las bienaventuranzas que ayer leímos, cuando la cuarta bienaventuranza ("dichosos cuando os odien y os insulten") se desarrolla aquí. Jesús, aquí nos pides: - amad a vuestros enemigos, - haced el bien a los que os odian, - bendecid a los que os maldicen, - orad por los que os injurian, - al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra, - al que te quite la capa, déjale también la túnica... es una revolución. Nos dices: si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?; si hacéis el bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis?; si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis?

“En el hecho de amar a nuestros enemigos se ve claramente cierta semejanza con nuestro Padre Dios, que reconcilió al género humano, que estaba en enemistad con él y le era contrario, redimiéndole de la eterna condenación por medio de la muerte de su hijo” (Catecismo romano). La manera de llegar a la cercanía de Dios es la misericordia, y “el mismo Dios, que se digna dar en el cielo, quiere recibir en la tierra” (S. Cesáreo de Arlés, comentando que lo que hacemos a los demás lo hacemos con Él).

Finalmente, la llamada al perdón es clara, condición para el perdón de nuestras ofensas es que perdonemos a los demás: “el Señor añade una condición necesaria e ineludible, que es, a la vez, un mandato y una promesa, esto es, que pidamos el perdón de nuestras ofensas en la medida en que nosotros perdonamos a los que nos ofenden, para que sepamos que es imposible alcanzar el perdón que pedimos de nuestros pecados si nosotros no actuamos de modo semejante con los que nos han hecho alguna ofensa. Por ello, dice también en otro lugar: la medida que uséis, la usarán con vosotros. Y aquel siervo del Evangelio, a quien su amo había perdonado toda la deuda y que no quiso luego perdonarla a su compañero, fue arrojado a la cárcel. Por no haber querido ser indulgente con su compañero, perdió la indulgencia que había conseguido de su amo” (S. Cipriano).

Esta página del evangelio es de ésas que tienen el inconveniente de que se entienden demasiado. Lo que cuesta es cumplirlas, adecuar nuestro estilo de vida a esta enseñanza de Jesús, que, además, es lo que Él cumplía el primero. Después de escuchar esto, ¿podemos volver a las andadas en nuestra relación con los demás?, ¿nos seguiremos creyendo buenos cristianos a pesar de no vernos demasiado bien retratados en estas palabras de Jesús?, ¿podremos rezar tranquilamente, en el Padrenuestro, aquello de "perdónanos como nosotros perdonamos"?

Jesús, te pido ayuda para vivir lo que nos propones: -"tratad a los demás como queréis que ellos os traten"; "la medida que uséis la usarán con vosotros"; -"sed compasivos como vuestro Padre es compasivo"; y cuando amamos de veras, gratuitamente, seremos "hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos". Saludar al que no nos saluda. Poner buena cara al que sabemos que habla mal de nosotros. Tener buen corazón con todos. No sólo no vengarnos, sino positivamente hacer el bien. Poner la otra mejilla. Prestar sin esperar devolución. No juzgar. No condenar. Perdonar... (J. Aldazábal).

-“Amadles... Hacedles bien... Deseadles el bien... Rogad por ellas... Dad... No reclaméis”... Todo esto no son ideas, ni sentimientos... sino actos reales, actitudes concretas. No, no es fácil vivir el evangelio... ¡no es "agua de rosas"!

-“Tratad a los demás como queréis que ellos os traten”. Ponerse en el lugar de los demás. ¡Cuán difícil es esto, Señor! Ven a nosotros.

-“Si amáis a los que os aman ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Si hacéis bien a los que lo hacen a vosotros... También los pecadores hacen otro tanto. Si prestáis sólo cuando esperáis cobrar...” Jesús, quieres que nuestro "amor" se haga universal, no centrado en los seres queridos.

-“Amad a vuestros enemigos, haced el bien sin esperar nada a cambio”... Es un amor desinteresado, gratuito.

-“Así tendréis una gran recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los malos y los desagradecidos. Sed misericordiosos, como Vuestro Padre es misericordioso”.

-“No juzguéis... No condenéis... Perdonad... Dad...” Dejo resonar en mí cada una de esas palabras, una a una, una después de otra. Y las llevo a la oración (Noel Quesson).

Entre 1915 y 1916, hubo en Turquía una gran masacre de cristianos armenios. Un joven fue asesinado a la vista de su hermana por un soldado turco; ella pudo escapar saltando una tapia. Más tarde, esta muchacha trabajaba de enfermera en un hospital, y llevaron a su sala al mismo soldado que había matado a su hermano. Se desencadenó entonces en el corazón de la joven una batalla: atenderlo o dejarlo morir. Deseaba vengarse, pero su fe cristiana le reclamaba amor y perdón. Felizmente para el soldado y para ella misma, ganó el amor de Cristo, y el infeliz criminal recibió las atenciones necesarias. Cuando el hombre se recuperó, reconoció a la joven que había perseguido y le preguntó por qué no lo había dejado morir. Ella respondió: «Porque yo sigo a Aquel que dijo: 'Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian'». El paciente se quedó pensativo y finalmente dijo: «Yo no sabía nada de una religión así. Explícame más sobre ella, porque la quiero conocer». El amor lo conquistó y ella tuvo el gozo de llevarlo a los pies del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Aquel individuo, que era imagen del hombre terreno, pasó a ser imagen del hombre celestial.

Como dice el Catecismo, «observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación vital y nacida del fondo del corazón, en la santidad, en la misericordia y en el amor de nuestro Dios». El Cardenal Newman escribía: «¡Oh Jesús! Ayúdame a esparcir tu fragancia dondequiera que vaya. Inunda mi alma con tu espíritu y vida. Penetra en mi ser, y hazte amo tan fuertemente de mí que mi vida sea irradiación de la tuya (...). Que cada alma, con la que me encuentre, pueda sentir tu presencia en mí. Que no me vean a mí, sino a Ti en mí». Amaremos, perdonaremos, abrazaremos a los otros sólo si nuestro corazón es engrandecido por el amor a Cristo (Josep Miquel Bombardó).

Sólo si reconozco al enemigo como persona, como ser humano puedo responder desde la misericordia de Dios a la crueldad ajena. Ser capaz de distinguir el mal que me hacen de quien me lo hace: quien me hace mal está por encima del mal que hace, en su dignidad de hijo de Dios, explicaba Jutta Burgraff. Amar a quien nos odia es la medida del verdadero amor. Porque quién sólo ama a quien le retribuye con los mismos sentimientos, no sobrepasa la medida del amor egoísta. Beneficiar a quien nos cause daño, bendecir al que nos maldice y ser generosos con los acaparadores es un modo de proceder que pone la lógica del mundo patas arriba.

Cuando respondemos bendiciendo a quien nos maldice, cuando oramos por quienes nos difaman, estamos propiciando una convivencia menos salvaje y, por lo menos, más humana; ojalá logremos que sea más fraterna y entonces, como dice el profeta Isaías: haremos de nuestras espadas arados, de nuestras lanzas podaderas; nadie se levantará contra los demás, ni nos prepararemos más para la guerra, pues caminaremos no conforme a nuestras miradas torpes y miopes, sino a la luz del Señor (www.homiliacatolica.com).

2. La carne del templo que no se usaba con fines cultuales se vendía en el mercado. Pablo responde ahora que el cristiano es libre: "Todo me está permitido", "pero no todo me conviene", añade.

¡El ídolo es sólo una estatua de piedra! He estado viendo los Toros de Guisando, que estaban al parecer repartidos en el campo y los romanos los reagruparon en su situación actual (y luego fue escenario para un famoso tratado que hizo de Isabel de Castilla la heredera). Ya sin facciones en sus cabezas, están como elemento decorativo, lo que quizá tuviera antaño un significado cultual. Esto pasa con tantas idolatrías, de las que no queda nada más que una estatua de recuerdo.

-“No hay más que un solo Dios: el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos... y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros...” ¡Qué libertad y qué certeza! El Dios único: lo restante no vale nada. Y esta certeza libera totalmente al hombre de cualquier tabú o interdicto que ya no es sagrado sino profano... sólo Dios es sagrado.

-“Mas no todos tienen este conocimiento. Algunos comen la carne inmolada como tal carne ofrecida al ídolo”. Algunos "tienen miedo". Ya en Corinto se oponían los «fuertes» que se consideraban totalmente libres, y los «débiles» que, para sentirse más seguros, defendían las posiciones más estrictas.

-“Su conciencia que es «débil» se encontrará manchada”. Cuando uno cree cometer un pecado, lo comete: es una regla esencial de la conciencia...

-“Por consiguiente, si un alimento ha de causar la caída de mi hermano, -por quien murió Cristo- no comeré jamás carne, antes que causar la caída de mi hermano”. La caridad es el criterio último de juicio. Por mucho que yo sea totalmente libre personalmente y capaz de comer cualquier alimento, evitaré escandalizar a mis hermanos más débiles y, para ello, renunciaré incluso a lo que tengo derecho. «¡Ese hermano por quien murió Cristo!» Admirable fórmula: ¡qué respeto nos infundiría, si pensáramos más en ella! (Noel Quesson).

3. Te pido, Señor, con el salmista, que me guíes interiormente por tus caminos: “Señor, tú me sondeas y me conoces; / me conoces cuando me siento o me levanto, / de lejos penetras mis pensamientos; / distingues mi camino y mi descanso, / todas mis sendas te son familiares”. ¡Qué paz, saber que estoy seguro en tus manos, que me conoces mejor que yo mismo!

Tú has creado mis entrañas, / me has tejido en el seno materno. / Te doy gracias, / porque me has escogido portentosamente, / porque son admirables tus obras.” A pesar de mi poquedad, me has escogido, Señor, y no tengo que simular ser importante, sino que a pesar de todo me eliges, y por eso soy importante, porque me quieres: “Señor, sondéame y conoce mi corazón, / ponme a prueba y conoce mis sentimientos, / mira si mi camino se desvía, / guíame por el camino eterno.”

Llucià Pou Sabaté

miércoles, 12 de septiembre de 2012


Miércoles de la 23ª semana. Hemos resucitado con Cristo, pensemos por tanto en las cosas de arriba, viviendo las bienaventuranzas

“En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: -«Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas» (Lucas 6,20-26).  

1. Cada vez que leemos las bienaventuranzas leemos el retrato de Jesús. Señor, te vemos bajar de la montaña, donde habías elegido a los doce apóstoles, y al comenzar tu sermón de la montaña, en esta versión “de la llanura" (Lc 6,20-49), nos sobrecogemos al escuchar tus bienaventuranzas. Frente a las ocho de Mateo aquí sólo nos muestras cuatro seguidas de cuatro malaventuranzas o lamentaciones. “La bienaventuranza prometida nos coloca ante elecciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus instintos malvados y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino en Dios solo, fuente de todo bien y de todo amor” (Catecismo 1723).
Jesús, llamas "felices y dichosos" a cuatro clases de personas: los pobres, los que pasan hambre, los que lloran y los que son perseguidos por causa de su fe. Y te lamentas de otras cuatro clases de personas: los ricos, los que están saciados, los que ríen y los que son adulados por el mundo. Se trata, por tanto, de cuatro antítesis. Como las que pone Lucas en labios de María de Nazaret en su Magníficat: Dios derriba a los potentados y enaltece a los humildes, a los hambrientos los sacia y a los ricos los despide vacíos. Es como el desarrollo de lo que había anunciado Jesús en su primera homilía de Nazaret: Dios le ha enviado a los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos.
-“Dichosos, vosotros, los pobres, Dichosos los que ahora pasáis hambre, Dichosos los que ahora lloráis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres y os expulsen y os insulten y os desprecien”. El adverbio "ahora" refuerza el carácter de real, algo histórico. Jesús, me invitas a: mirar mis propias miserias, mis pobrezas reales, mis hambres reales, mis llantos reales, los desprecios reales que he sufrido; y mirar a mi alrededor esos mismos sectores de miseria, esos pobres, esos sufrientes, esos hambrientos, esos despreciados.
Dichosos... El reino de Dios es vuestro. Dichosos... Vosotros seréis saciados... Dichosos... porque reiréis. Dichosos... porque vuestra recompensa será grande en el cielo”. Lucas marca netamente una antítesis entre el presente y el futuro:
Vosotros, que ahora tenéis hambre, seréis saciados... Vosotros, que ahora lloráis, reiréis...” Pero notemos también que la "felicidad" prometida ya está aquí, es actual. Dichosos... el reino de Dios es vuestro, desde hoy. Dichosos... vuestra recompensa es grande en el cielo.
Esta paradoja no va con los criterios del mundo. En nuestra sociedad se felicita a los ricos y a los que tienen éxito y a los que gozan de salud y a los que son aplaudidos por todos. Pero la fe es creer en ti, Señor, en tu estilo de vida y tu verdadera sabiduría, el auténtico camino de la felicidad y de la libertad. La del salmo 1: "Dichoso el que no sigue el consejo de los impíos: es como un árbol plantado junto a corrientes de agua... No así los impíos, no así, que son como paja que se lleva el viento". O como la de Jeremías: "Maldito aquél que se fía de los hombres y aparta de Yahvé su corazón... Bendito aquél que se fía de Yahvé y a la orilla de la corriente echa sus raíces" (Jr 1 7,5-6). Lo anunciado por los profetas se hace patente en ti, Señor (J. Aldazábal).
-“Alegraos ese día y saltad de gozo...” Sí, ese día, a partir de hoy... aun en medio de la pobreza, de las dificultades cotidianas, de los sufrimientos... tú nos invitas, Señor, al gozo que se expresa incluso exteriormente: "¡saltad de gozo!" Se nos debería notar  ese comenzar a vivir en el gozo de la felicidad eterna (Noel Quesson).
El modelo de la bienaventuranza es la Virgen María (1,45.48;11,27.28): “bienaventurada el alma de la Virgen que, guidada por el magisterio del Espíritu que habitaba en ella, se sometía siempre y en todo a las exigencias de la Palabra de Dios. Ella no se dejaba llevar por su propio instinto o juicio, sino que su actuación exterior correspondía siempre a las insinuaciones internas de la sabiduría que nace de la fe. Convenía, en efecto, que la sabiduría divina, que se iba edificando la casa de la Iglesia para habitar en ella, se valiera de María Santísima para lograr la observancia de la ley, la purificación de la mente, la justa medida de la humildad y el sacrificio espiritual. Imítala tú, alma fiel. Entra en el templo de tu corazón, si quieres alcanzar la purificación espiritual y la limpieza de todo contagio de pecado” (S. Lorenzo Justiniani).
Ser cristiano es seguir a Cristo, también en la cruz: “que ninguno de vosotros tenga que sufrir por homicida, ladrón, malhechor o entrometido en lo ajeno; pero si es por ser cristiano, que no se avergüence, sino que glorifique a Dios por llevar ese nombre” (1 P 4,15-16), y así lo entendieron los primeros cristianos: “Lo único que para mí habéis de pedir es que tenga fortaleza interior y exterior, para que no sólo hable, sino que esté también interiormente decidido, a fin de que sea cristiano no sólo de nombre, sino también de hecho. Si me porto como cristiano, tendré también derecho a este nombre y, entonces, seré de verdad fiel a Cristo, cuando haya desaparecido ya del mundo. Nada es bueno sólo por lo que aparece al exterior. El mismo Jesucristo, nuestro Dios, ahora que está con su Padre, es cuando mejor se manifiesta. Lo que necesita el cristianismo, cuando es odiado por el mundo, no son palabras persuasivas, sino grandeza de alma.
Yo voy escribiendo a todas las Iglesias, y a todas les encarezco lo mismo: que moriré de buena gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Os lo pido por favor: no me demostréis una benevolencia inoportuna. Dejad que sea pasto de las fieras, ya que ello me hará posible alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios y he de ser molido por los dientes de las fieras, para llegar a ser pan limpio de Cristo” (S. Ignacio de Antioquía).
 “Alaba mi alma la grandeza del Señor, porque su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los de corazón altanero. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos con las manos vacías”, dice el canto de la Virgen. El Señor no rechaza a los ricos; Él rechaza a los soberbios de corazón y a quienes han puesto su confianza en los bienes pasajeros. Y puesto que el hombre es fácil presa de las riquezas, que le hacen orgulloso y le llevan a rechazar a Dios.

Llucià Pou Sabaté

martes, 11 de septiembre de 2012

Martes de la XXIII semana (par): Jesús nos elige y nos descubre un sentido de misión, para el que nos concedió las capacidades que vamos desarrollando

“Por aquellos días subió Jesús al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles. A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes; a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor. Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.” (Lucas 6,12-19)

1. -“En aquel entonces se fue a la montaña a orar y se pasó la noche orando a Dios. Toda la noche...” Ayúdame, Señor, a rezar a ejemplo tuyo, dedicando tiempo a ese trato necesario con el Padre Dios. Te veo, Jesús, rezar habitualmente, y especialmente en los momentos señalados: en su bautismo en el Jordán, cuando muchedumbres quieren oírte y tu curación, antes de la elección de tus apóstoles... Especialmente en el huerto de Getsemaní, en la Cruz perdonando a todos, y al entregar tu alma al Padre...

-“Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió a "doce" de ellos a los que nombró "apóstoles"” (que significa "enviados por alguien"). Por tanto ahí les diste, Señor, el nombre de “enviados”.

«Un día -no quiero generalizar; abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia-, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana -que es la razón más sobrenatural-, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que sólo desaparece cuando te apartas de El» (J. Escrivá, Es Cristo que pasa 1).

¿Soy apóstol, en mi ambiente, en mi familia, en mi trabajo, en mi oración? ¿Soy consciente de que Jesús espera algo de mí, y me envía? El verdadero apóstol no acapara, no atrae hacia sí mismo... sino que orienta hacia el encuentro personal con Jesús.

-“Simón, Andrés, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, Simón el Zelote, Judas y Judas Iscariote, que fue el traidor”. Misterio de la libertad humana (Noel Quesson).

La comunidad de Jesús es "apostólica". No es cuestión de ser perfectos, sin defectos, pues todo está cimentado en la piedra angular, que es Cristo Jesús. sino de apreciar el don de Dios en nuestra vida. «Es norma general de todas las gracias especiales comunicadas a cualquier creatura racional que, cuando la gracia divina elige a alguien para algún oficio especial o algún estado muy elevado, otorga todos los carismas que son necesarios a aquella persona así elegida y que la adornan con profusión» (San Bernardino de Siena).

En este Cuerpo de Cristo, del que él es la Cabeza, hay fundamento (apóstoles) y sus sucesores, como Bernabé y Timoteo y Tito, ministros y otros muchos hombres y mujeres fieles. Todos somos igualmente miembros activos de la Iglesia (J. Aldazábal).

2. “Cuando alguno de vosotros tiene un pleito con otro, ¿cómo se atreve a llevar la causa ante los injustos y no ante los fieles?” No es bueno ir a los tribunales para cosas que se pueden resolver en la Iglesia. Se dice que esos tribunales contenían fórmulas idolátricas, y estamos ante una sociedad pre-cristiana, con normas muy distintas de las que el Evangelio quiere introducir. Te pido, Jesús, que sepa aportar mi vivencia del Evangelio, a la sociedad en la que vivo, para que mejoren las «instituciones» civiles, judiciales, políticas y sindicales. Es falso que algo mejora en lo social cuando lo que llevo es un espíritu «incoloro, inodoro e insípido».

Benedicto XVI habló de laicidad precisamente a la sociedad francesa, donde se confunde con el laicismo. Propuso una “laicidad positiva”, separación armónica entre Iglesia y del Estado, que se valoren mutuamente, sin negar la contribución de la Iglesia para iluminar los problemas éticos que se plantean en la sociedad: “Cristo ya ofreció el criterio para encontrar una justa solución a este problema al responder a una pregunta que le hicieron afirmando: ‘Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’. La Iglesia en Francia goza actualmente de un régimen de libertad. La desconfianza del pasado se ha transformado paulatinamente en un diálogo sereno y positivo, que se consolida cada vez más”.

Sería malo entender laicidad como laicismo en el sentido de excluir de lo religioso a la vida civil, pues “es fundamental (…) la distinción entre el ámbito político y el religioso para tutelar tanto la libertad religiosa de los ciudadanos, como la responsabilidad del Estado hacia ellos”. Conviene “adquirir una más clara conciencia de las funciones insustituibles de la religión para la formación de las conciencias y de la contribución que puede aportar, junto a otras instancias, para la creación de un consenso ético de fondo en la sociedad.” La promoción coherente de los derechos humanos puede potenciar estos valores que están a la base de la convivencia social, como son los derechos inalienables del ser humano, desde su concepción hasta su muerte natural, así como los concernientes a su educación libre, su vida familiar, su trabajo, sus derechos religiosos.

-“¿No sabéis que los justos han de juzgar al mundo?” Tú, Señor, dijiste que ellos participarán de su poder real y judicial: «os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel» (Mt 19,28).

-“Y ¿no es ya para vosotros un fallo tener pleito, hermanos entre hermanos, y esto ante los no creyentes?” Entonces podía provocar escándalo ir a tribunales civiles para determinadas cosas. Hoy día podemos discernir, según los casos, qué puede resolverse en el ámbito eclesial, y qué es mejor llevar a esos tribunales.

-“¿Por qué no preferís soportar la injusticia? ¿Por qué no dejaros antes despojar?” Jesús, nos dijiste que «al que te abofetea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra... al que quiera pleitear para quitarte la túnica, déjale también el manto...» (Mt 5, 38). A veces es mejor no discutir entre hermanos por cuestiones de dinero, cuando no se comete una injusticia sino simplemente nos privan de algo que nos correspondía. Si en cambio eso repercute en otras personas, habría que ver…

-“Los injustos no heredarán el Reino de Dios... Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces... y esto fuisteis algunos de vosotros, pero habéis sido lavados por el bautismo y sois «santos»”. Te pido, Padre, por la intercesión de tu Hijo Jesús, que tu misericordia me llene y me libres de todo mal. Que siempre domine en mi corazón la ley que nos enseñaste, Señor: «En esto conocerán que sois discípulos míos: en que os amáis unos a otros» (Jn 13,35). Así resume también san Pablo todo mandamiento: "No cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás y cualquier otro mandamiento que haya se resumen en esta frase: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no causa daño al prójimo y, por tanto, el cumplimiento de la ley es el amor" (Rom 13,8-10).

Vivir «en el nombre del Señor y en el Espíritu de nuestro Dios» es algo nuevo. Y aquí ha mostrado el Apóstol que una familia y una comunidad cristiana deberían saber "lavar la ropa sucia en casa", con una actitud tolerante, imitando la misericordia de Cristo, que refleja la de Dios Padre. Romper la espiral de la violencia o del rencor.

¡Qué impresión más pobre hace el que una familia airee sus tensiones internas con personas ajenas! Te pido, Señor, perdón y capacidad de humor (J. Aldazábal).

3. Con el salmista clamamos: “cantad al Señor un cántico nuevo, / resuene su alabanza en la asamblea de los fieles; / que se alegre Israel por su Creador, / los hijos de Sión por su Rey.

Que los fieles festejen su gloria / y canten jubilosos en filas: / con vítores a Dios en la boca; / es un honor para todos sus fieles

Llucià Pou Sabaté

domingo, 9 de septiembre de 2012


Lunes de la semana 23 de tiempo ordinario

Meditaciones de la semana
en Word y en PDB
«Otro sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y había allí un hombre que tenía seca la mano derecha. Los escribas y los fariseos le observaban a ver si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle. Pero él conocía sus pensamientos, y dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte en medio. Entonces Jesús les dijo: Yo os pregunto: ¿Es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar la vida a un hombre o quitársela? Y mirando a su alrededor a todos ellos, dijo al hombre: Extiende tu mano. Lo hizo, y su mano quedó curada. Ellos se quedaron completamente ofuscados y discutían entre sí qué hacían contra Jesús.» (Lucas 6, 6-11)
1º. Jesús, la reacción de los escribas y fariseos ante tu curación en sábado me muestra la importancia de las disposiciones interiores para recibir tu gracia.
Ante tus milagros, la gente sencilla y humilde «se maravillaba y decía: todo lo ha hecho bien» (Marcos 7,37).
Por el contrario, los escribas y fariseos «se quedaron completamente ofuscados y discutían entre sí qué harían contra Jesús.»
Tú les preguntas: «¿es licito en sábado hacer el bien?»
Pero ellos no responden.
No quieren hablar porque no quieren cambiar sus ideas equivocadas.
Su soberbia les impide convertirse y entender el sentido de tus milagros.
Y lo que debía ser una luz -pues tus milagros muestran que eres el Mesías- se convierte en una oscuridad aún mayor: «se quedaron completamente ofuscados».
«Lo más horrible de ese pecado es que, cuanto más domina al hombre, menos culpable se cree éste del mismo. En efecto, jamás el orgulloso querrá convencerse de que lo es, ni jamás reconocerá que no anda bien: todo cuanto hace y todo cuanto habla, está bien hecho y bien dicho». (Santo Cura de Ars).
Jesús, a veces me construyo mis propias interpretaciones: «esto no está tan mal»; «todo el mundo lo hace así»; «la culpa es del ambiente, o de los demás».
Y en vez de hablar -de explicar mis dificultades en la dirección espiritual- me quedo con mis ideas, con mis dudas o con mis excusas.
De esta manera no lucho por mejorar; y cada vez me siento más a oscuras.
2º. «Me has pedido una sugerencia para vencer en tus batallas diarias, y te he contestado: al abrir tu alma, cuenta en primer lugar lo que querrías que se supiera. Así el diablo resulta siempre vencido.
-¡Abre tu alma con claridad y sencillez, de par en par; para que entre -hasta el último rincón- el sol del Amor de Dios!» (Forja.-129).
Jesús, me has dado un gran medio para vencer en mis batallas diarias, en mi lucha por mejorar, por parecerme más a Ti.
La dirección espiritual es el mejor modo de abrir mi alma, de ventilar esos pensamientos, intenciones y hechos que empezaban a perder la vibración propia de un hijo de Dios.
Jesús, Tú sigues realizando milagros, sigues enviando tu gracia.
Pero no todos son capaces de aprovecharla.
Los que están «ofuscados» por la soberbia y creen que no necesitan abrir su alma a nadie, cada vez se enredan más en sus propios defectos.
Por el contrario, si tengo la sencillez de dejarme ayudar en la dirección espiritual, ¡qué claro es el camino, y qué abundante es tu gracia!
Jesús, ayúdame a ser sincero en la dirección espiritual, contando en primer lugar lo que me cuesta más explican.
Así el diablo resulta siempre vencido.
De la misma manera que al hombre de la mano seca le pediste que hiciera el esfuerzo de estirarla para quedar curado, a mí me pides el esfuerzo de contar lo que me cuesta para darme tu gracia.
«Lo hizo, y su mano quedó curada.»
Ayúdame a ser valientemente sincero en la dirección espiritual y también yo recibiré la fortaleza que necesito para vencer en la lucha diaria contra mis defectos y pasiones.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Domingo de la semana 23 de tiempo ordinario; ciclo B

Dios nos libera de las penas y para esto nos manda a Jesús, con sus milagros cura y con el Evangelio nos salva

«De nuevo, saliendo de la región de Tiro, vino a través de Sidón hacia el mar de Galilea, cruzando el territorio de la Decápolis. Le traen un sordo y mudo, y le ruegan que le imponga su mano. Y apartándolo de la muchedumbre, metió los dedos en sus orejas, y con saliva tocó su lengua; y mirando al cielo, dio un suspiro, y le dice: Eftétha, que significa: ábrete. Al instante se le abrieron los oídos, quedó suelta la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Y les ordenó que no lo dijeran a nadie. Pero cuanto más se lo mandaba, tanto más lo proclamaban; y estaban tan maravillados que decían: Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos.» (Marcos 7; 31-37)

1. El Evangelio nos presenta Jesús con “un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: - «Effetá», esto es: «Ábrete.» Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad… y decían: - «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»” Es como el bautismo cuando se dice a los oidos “ábrete” pero no como en el cuento “¡ábrete sésamo!” sino que se abren los oidos a la Palabra de Dios y se empieza a creer, y se hace el milagro. Hay quienes se tapan los oídos para no oír las palabras, per nosotros queremos oír a Jesús y quedar curado de nuestra sordera, de que a veces nos cuesta creer: con los Sacramentos, todo el hombre queda sanado. Las dolencias que deforman la creación de Dios quedan eliminadas y vuelve a brillar el esplendor original. Es un signo de la creación nueva que Dios realizará algún día. En la mañana de la creación todo lo hizo bien en el día de la consumación todo lo hará nuevo. También en los sacramentos se nos impone las manos y Jesús vuelve a decir las palabras que nos curan. Y entonces la lengua puede pedir perdón, y empieza a alabar a Dios, a estar contenta, con esperanza: sueña un futuro mejor, y lo tendrá, porque él ya será mejor.

2. Isaías profetiza: “Sed fuertes, no temáis… vuestro Dios… viene en persona… os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa, el páramo será un estanque, lo reseco un manantial”. Habían salido de Egipto, pero esta nueva salida es distinta… cuando los emisarios de Juan el Bautista le preguntan a Jesús: "¿Eres tú el que tenía que venir o esperamos a otro? Jesús les respondió: Id a contarle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia". Jesús cumple así la gran profecía de Isaías; Él es el gran liberador… Y también tiene un sentido espiritual que nos toca: ¿anunciamos a Jesús a los demás, nos preocupamos de los pobres, no dejamos que haya nadie marginado a nuestro lado? Nadie puede vivir sin esperanza. Todos necesitamos un ideal que dé sentido a la vida. Los pobres, los enfermos son los que necesitan hacer renacer la esperanza, necesitan que les hagamos ver a Jesús…

Por eso pedimos en el Salmo:Alaba, alma mía, al Señor… Que mantiene su fidelidad perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados”. Pedimos el reino de Dios, como en el padrenuestro: “venga a nosotros tu reino”, que la gente sea feliz, y que vaya al cielo: Padre: -Que has creado los cielos -Que mantienes su fidelidad -Que haces justicia a los oprimidos... -Que das el pan a los hambrientos... Yahvéh -Que liberas a los prisioneros... Yahvéh -Que abres los ojos a los ciegos... -Que enderezas a los encorvados... Yahvéh -Que amas a los justos... Yahvéh -Que guardas a los peregrinos... -Que proteges al huérfano y a la viuda... ¡ayúdalos a todos, los que te necesitan! Jesús se pone de lado de los pobres. Muchos milagros de Jesús fueron eso: la multiplicación de los panes para los hambrientos, la devolución de la vista a los ciegos, la liberación de los prisioneros del pecado... Señor, concédenos esta felicidad profunda. Haz que creamos que allí, y únicamente allí está la felicidad estable, que nada, absolutamente nada, puede lastimar ni empañar.

3. Santiago insiste: “No juntéis la fe en nuestro Señor Jesucristo glorioso con el favoritismo. Por ejemplo: llegan dos hombres a la reunión litúrgica. Uno va bien vestido y hasta con anillos en los dedos; el otro es un pobre andrajoso. Veis al bien vestido y le decís: «Por favor, siéntate aquí, en el puesto reservado.» Al pobre, en cambio: «Estáte ahí de pie o siéntate en el suelo.» Si hacéis eso, ¿no sois inconsecuentes y juzgáis con criterios malos?...: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que lo aman?” La mayor contradicción está en pretender compaginar la fe en Jesús con la discriminación de clases: la comunidad prefiere a los ricos y menosprecia a los pobres. Vive en el engaño. Prefiere a los ricos, olvida que la riqueza de la comunidad viene de Dios, que se ha hecho cargo de sus pobres: vive como si Dios no fuera su único Señor: la fe en Jesucristo, el único Señor de todos los creyentes, no se compagina con preferir unos a otros por dinero. Por lo tanto, no debemos estimar a los hombres por lo que aparentan o lo que tienen, sino por lo que son delante de Dios. La máxima del mundo es ésta: "Tanto tienes, tanto vales". Pero Jesús llamó bienaventurados a los pobres. Si preferimos a los ricos y despreciamos a los pobres, nos apartamos en la práctica de la verdadera religión y así no era Jesús. Los pobres, herederos del Reino; el único criterio es el amor. Los que hayan amado al Señor serán herederos del Reino prometido, porque a todos los ha hecho ricos en la fe. La verdadera riqueza es la fe, y la condición de entrada en el Reino es el amor. Nadie es más que nadie, y nadie es menos que nadie. Amar es compartir, el que tenga, que dé a los que no tienen, porque podríamos estar en su lugar, y hemos de tratarlos como nos gustaría que nos trataran si estuviéramos en su lugar, como dice S. Agustín: “Por lo tanto, repartan. Tengan; pero lo que tienen de más, repártanlo. Así tienen lo necesario y no pierden lo que hayan dado. Serán más dueños de esto que de aquello con que se quedaron, pues, o bien lo han de dejar aquí, o bien lo han de consumir en sus necesidades. ¿Qué se hará de lo que hayan dado? Óyelo también. Sigue así: Atesoren para sí una buena base para el futuro, a fin de conseguir la verdadera vida. ¿Qué diste de grande, si has dispuesto emigrar de este lugar donde todo perece? Con lo que diste a los pobres los convertiste en tus portaequipajes. Si sois tales no floreceréis como el heno en la travesía de este mundo, sino como el olivo, que está verde aun en el invierno, y se dirá por vuestra boca: Yo soy como el olivo fructífero en la casa de Dios. Pero como olivo fructífero en la casa de Dios, mira lo que sigue: He esperado en la misericordia de Dios, no en la inseguridad de las riquezas”.

Llucià Pou Sabaté




La Natividad de la Santísima Virgen María

«Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán... (...). La generación de Jesucristo fue así: Estando desposada su madre Maria con José, antes de que conviviesen, se encontró que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. José su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Estando él considerando estas cosas, he aquí que un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto ha ocurrido para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien llamarán Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros. Al despertarse José hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su esposa.» (Mateo 1, 1-16.18-24)

1º. «La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos» (CEC.-522).

Hoy aparece en el Evangelio toda la genealogía tuya desde Abrahán.

Catorce generaciones de Abrahán a David, catorce más hasta la deportación a Babilonia y otras catorce hasta Ti.

¡Cuánta gente ha pasado!

¿Qué queda de ellos?

La vida es corta y después de mí vendrá otra generación, y después otra.

«Maria Santísima, Madre de Dios, pasa inadvertida, como una más entre las mujeres de su pueblo.

Aprende de Ella a vivir con «naturalidad» (Camino.-499).

Madre, nadie se entera de que eres la Elegida; nadie sabe los favores especiales que has recibido de Dios.

No vas con la cara alta, mostrando lo que sólo pertenece a Dios y a quien Él se lo quiera revelar.

Ni siquiera a José le dijiste nada hasta que Dios no le hizo partícipe de la misión que te había encomendado.

Sin embargo, se nota que eres especial. Porque eres dócil, humilde.

Porque eres atenta y servicial. Porque siempre sonríes y tienes una palabra de ánimo. Porque haces las cosas bien.

Esa es tu «naturalidad».

Una vida sin espectáculo pero llena de contenido.

Una vida que tiene un fundamento: Jesús.

Madre, esa es la «naturalidad» que te pido para mí.

No se trata de que vaya pregonando mi vocación personal de cristiano donde no haga falta; pero sí debe notarse en mi modo de comportarme.

Porque yo también tengo a Jesús dentro de mí, en mi alma en gracia.

Por ello tengo la posibilidad de quedarme a solas con él y ofrecerle silenciosamente mi trabajo, las alegrías y las dificultades del día; y decirle que quiero hacerlo todo por Él y para Él.

3º. María está encinta y José no se lo explica.

¡Cómo debiste sufrir, José, durante estos días de desconcierto!

Y lo peor es que ibas a tener que abandonar a la persona que más amabas en esta tierra.

Esta fue la cruz de José, la prueba que Dios le puso antes de encomendarle la gran misión: ser el esposo de María, la Madre de Dios; ser el jefe de la Sagrada Familia.

Jesús, también yo sufro dificultades, reveses, tentaciones.

Son pequeñas pruebas, pequeñas cruces comparadas con la que tuvo que sufrir San José.

Pero son grandes oportunidades para mostrar el amor que te tengo, y para que Tú me puedas también confiar cosas más grandes.

José, no buscaste la solución más fácil, sino la más justa, aunque te costaba terriblemente ponerla en práctica.

Ayúdame a tener siempre esa fortaleza.

Que sepa sufrir, que aguante la dificultad, que tenga el aplomo necesario para que Dios se pueda apoyar en mí y me pueda confiar lo que quiera.

4º. Jesús, hoy quieres que aprenda de tu padre en la tierra, de José.

Quieres que aprenda de su vida corriente en apariencia, pero llena de sentido por la misión que tenía de cuidarte.

Quieres que yo también sea, en medio de mi vida de trabajo, piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina.

José, eres mi padre y señor, eres mi maestro.

Tú has sabido como nadie trabajar en presencia de Dios, con justicia, con profesionalidad; tú has aprendido a amar a Dios cumpliendo sus mandamientos y orientando toda tu vida en servicio de tus hermanos, los demás hombres.

Tú has obedecido siempre la voluntad de Dios: «José hizo como el ángel del Señor le había mandado.»

Ayúdame a comportarme así en mis circunstancias concretas, cada día.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.