viernes, 15 de junio de 2012

Sagrado Corazón de Jesús B

Solemnidad del Sagrado Corazón

Profeta Oseas 11,1b. 3-4. 8c-9. Esto dice el Señor: Cuando Israel era joven lo amé, desde Egipto llamé a mi hijo. Yo enseñé a andar a Efraím, lo alzaba en brazos, y él no comprendía que yo lo curaba. Con cuerdas humanas, con correas de amor lo atraía; era para ellos como el que levanta el yugo de la cerviz, me inclinaba y lo daba de comer. Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas. No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraím; que soy Dios y no hombre, santo en medio de ti, y no enemigo a la puerta.

Salmo responsorial: Is 12,2-3.4bcd.5-6 R/. Sacaréis aguas con gozo, de las fuentes de la salvación.

El Señor es mi Dios y Salvador: / confiaré y no temeré, / porque mi fuerza y mi poder es el Señor; / El fue mi salvación. / Y sacaréis aguas con gozo / de las fuentes de la salvación.

Dad gracias al Señor, / invocad su nombre; / contad a los pueblos sus hazañas,

proclamad que su nombre es excelso.

Tañed para el Señor que hizo proezas, / anunciadlas a toda la tierra; / gritad jubilosos, habitantes de Sión: / «qué grande es en medio de ti / el santo de Israel.

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 3,8-12.14-19. Hermanos: A mí, el más insignificante de todo el pueblo santo, se me ha dado esta gracia: anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo; e iluminar la realización del ministerio, escondido desde el principio de los siglos en Dios, creador de todo. Así, mediante la Iglesia, los Principados y Potestades en los cielos conocen ahora la multiforme sabiduría de Dios; según el designio eterno, realizado en Cristo Jesús, Señor Nuestro, por quien tenemos libre y confiado acceso a Dios por la fe en él. Por eso doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma -nombre toda familia en el cielo y en la tierra, pidiéndole que, de los tesoros de, su gloria, os conceda por medio de su Espíritu robusteceros en lo profundo de vuestro ser; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; y así, con todo el pueblo de Dios, lograréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la Plenitud total de Dios.

Lectura del santo Evangelio según San Juan 19,31-37. En aquel tiempo los judíos, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que atraversaron».

Comentario: Una persona con corazón es una persona profunda y a la vez cercana; entrañable y comprensiva, capaz de sentir emociones a la vez que de ir al fondo de las cosas y los acontecimientos. El corazón ha simbolizado para la gran mayoría de las culturas el centro de la persona, donde vuelve a la unidad y se fusiona la múltiple complejidad de sus facultades, dimensiones, niveles, estratos: lo espiritual. y lo material, lo afectivo y lo racional, lo instintivo y lo intelectual. Una persona con corazón es no la dominada por el sentimentalismo sino la que ha alcanzado una unidad y una coherencia, un equilibrio de madurez que le permite ser objetivo y cordial, lúcido y apasionado, instintivo y racional; la que nunca es fría sino siempre cordial, nunca ciega sino siempre realista. Tener corazón equivale para el hombre antiguo a ser una personalidad integrada. En fin, el corazón es el símbolo de la profundidad y de la hondura. Sólo quien ha llegado a una armonía consciente con el fondo de su ser, consigue alcanzar la unidad y la madurez personales. Jesús, el hombre para los demás, tiene corazón porque toda su vida es como un fruto logrado y pingüe, un fruto suculento de sabiduría y santidad. Su corazón no es de piedra sino de carne (Ez 11,19). Su vida es un signo del buen amar, del saber amar. Pero sobre todo, Jesús en su corazón es la profundidad misma del hombre. En él está la fuente del Espíritu que brota como agua fecunda hasta la vida eterna (Jn 7,37; 19,34).

1. Os 11. 1b.3-4.8c-9. Es tal la sencillez de esta lectura, tal su dramatismo interno, tan acusados y manifiestos los sentimientos paternales de Dios, que debería constituir la reflexión callada y reconocida su mejor comentario. Perdónesemos si, al pretender encuadrarla en su contexto histórico, aminoramos en lo más mínimo el delicado sentido de su interioridad. Esta lectura es única, no ya en el libro de Oseas sino en todo el Antiguo Testamento. Es, permítasenos la comparación, la perla preciosa escondida en el campo por la que hemos de venderlo todo para adquirirla; es una de las más altas cumbres de la revelación sobre la naturaleza de Dios en todo el Antiguo Testamento. Y, aunque parezca paradójico, el profeta llegó a ella a través de la sencilla vulgaridad de su vida matrimonial. Ni revelaciones especiales ni visiones ni éxtasis ni arrebatos. Esposo y padre cariñoso, le bastó tener un hijo entre sus brazos para comprender el amor de Dios. En su transición del amor humano al divino y en su comprensión de lo divino por lo humano, Oseas recuerda los primeros días de la existencia de Israel con la ternura y romance de aquellos momentos. Entonces había muchos pueblos, pueblos fuertes y poderosos, pueblos de historia y raigambre. Y Yahveh fue a fijarse en quien no era pueblo todavía, en un grupo de esclavos y emigrantes por tierras de Egipto, sin historia, sin tierra, sin civilización. Era la creación de algo de la nada. A esa nada Dios la amó y comenzó a existir, a ser hija predilecta suya; y su hija, libre. Y de Egipto Dios la sacó. Cada vez que Dios "le llamaba" e intentaba realizar en él y por él sus planes, Israel, voluble e incomprensivo, "se alejaba"; lo posponía a sus ídolos y baales, se prostituía y divorciaba de él rompiendo la Alianza que habían sellado en el Sinaí. Yahveh, su padre, no se rindió. Fue El y no los baales quien "le enseño a andar", quien siguió sus pasos con firmeza por la tierra de promisión hasta el esplendor de los tiempos davídicos; él le "alzaba en brazos", gozoso y salvífico a la vez, mostrándole todo su amor hacia él. Sin embargo, "él no comprendía que Yo le curaba". Quizás sea necesario ser padre para comprender el dolor por la incomprensión de un hijo a quien se mima con toda clase de ternuras. Podía, sin duda, forzarla. Era Dios. Pero prefiere respetar aquello que él ha dado al hombre como esencia de su ser, su libertad. ¡Ay de aquel que osare violar aquello que el mismo Dios respeta! Por eso se acercó a él, se inclinó hacia él para alimentarlo, intentó atraerlo hacia sí -sublime ejemplo de condescendencia divina-... pero "con cuerdas humanas". Es la más preciosa descripción del misterio de la libertad y la gracia. Nada consiguió y se vio forzado a castigarlo. Era justo. Pero nuestra lectura bíblica se salta el castigo, porque el castigo nunca es la última palabra de Dios, para tratar de explicar sicológica y humanamente el incomprensible y deconcertante misterio del amor de Dios. Se le "revuelven las entrañas" al tener que castigar. Es Dios y no hombre. Es santo y no enemigo al acecho. Por eso, "ni cederá a la cólera... ni volverá a destruir a Efraím". Ha querido corregirlo, no aniquilarlo. Es la misma enseñanza que se encierra en el término profético "Resto". La testimoniada por Cristo en la Cruz por amor. Quien tenga oídos para oir que oiga. Y como prueba, entonces imprecisa y hoy constatable históricamente, se les promete la vuelta del exilio con la misma seguridad que el rugido del león produce el pánico en quien lo escucha. Cuando Yahveh "ruja", eficaz imagen de la eficacia de su palabra, Israel volverá con la docilidad de un pájaro y la obediencia de la paloma a la voz de su amo. Así es Dios cuando castiga y corrige para poder salvar (Edic. Marova).

El profeta, sirviéndose aún del procedimiento acusatorio, presenta una de las más bellas y profundas síntesis del amor de Dios, negativamente más destacado aún por la ingratitud de Israel: «Cuando Israel era niño, lo amé; y desde Egipto llamé a mi hijo. Pero cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí: ofrecían sacrificios a los baales...» (vv 1 2). El amor es presentado como la causa del nacimiento de Israel, la clave de la elección. Todo el amor tierno, pero educador, de Dios se resume en la imagen del padre que levanta a su hijo hasta sus mejillas y le ayuda a comer. Todas estas imágenes intentan traducir la realidad vital del compromiso de Dios a favor del hombre. Pero Israel ha despreciado el don del amor. Pecar, opción de esclavitud, de retorno a Egipto, es para Oseas obligar a Dios, el más amoroso de los padres, a castigar. Sin embargo, el castigo no es la última palabra del Señor. En el corazón de Dios hay una especie de «conversión». Oseas la describe con una afirmación única en toda la literatura profética: "No desencadenaré todo el furor de mi ira, no destruiré del todo a Efraín, que soy Dios y no hombre, el Santo en medio de ti" (9).

No, el estilo de Dios no es el estilo vengativo del hombre. La apelación sorprendente a su santidad, a su radical distinción de todo y de todos es la más fuerte garantía de un amor sin retroceso. Toda la predicación de Oseas prepara esta afirmación, que hallará eco en otros profetas: «¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del fruto de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara yo no te olvidaría» (Is 49, 15) La proclamación de Oseas sobre el amor de Dios que sale al encuentro del hombre en la doble relación de matrimonio y filiación, de un Dios que ama simplemente porque es Dios, constituye uno de los capítulos más ricos de la teologia veterotestamentaria. Es una anticipación de aquella doctrina joánica que considera el amor como la esencia y realidad de Dios. Sólo quien tiene experiencia de amor puede tener experiencia de este Dios que es el primero en amar. Amar creadoramente significa estar presente a favor de los hombres. Dios es amor, se compromete personalmente en favor de los hombres, pero, como el amor, jamás es del todo asequible, sino que siempre precede al hombre. En la medida en que el amor nunca está plenamente realizado, abre siempre un futuro nuevo. Amor es camino hacia Dios y camino hacia la propia realización (F. Raurell).

2. Is 12, 2-3.4bcd. 5-6. El nombre de Isaías («Dios-salva») simboliza y localiza la fuente salvadora de Israel. Catequesis del Papa: “Constituye una especie de culminación de algunas páginas del libro de Isaías que se han hecho célebres por su lectura mesiánica. Se trata de los capítulos 6-12, que se suelen denominar "el libro del Emmanuel". En efecto, en el centro de esos oráculos proféticos resalta la figura de un soberano que, aun formando parte de la histórica dinastía davídica, tiene perfiles transfigurados y recibe títulos gloriosos: "Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz" (Is 9, 5). La figura concreta del rey de Judá que Isaías promete como hijo y sucesor de Ajaz, el soberano de entonces, que estaba muy lejos de los ideales davídicos, es el signo de una promesa más elevada: la del rey Mesías que realizará en plenitud el nombre de "Emmanuel", es decir, "Dios con nosotros", convirtiéndose en la perfecta presencia divina en la historia humana. Así pues, es fácilmente comprensible que el Nuevo Testamento y el cristianismo hayan intuido en esa figura regia la fisonomía de Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre solidario con nosotros.

Los estudiosos consideran que el himno al que nos estamos refiriendo (cf. Is 12, 1-6), tanto por su calidad literaria como por su tono general, es una composición posterior al profeta Isaías, que vivió en el siglo VIII antes de Cristo. Casi es una cita, un texto de estilo sálmico, tal vez para uso litúrgico, que se incrusta en este punto para servir de conclusión del "libro del Emmanuel". En efecto, evoca algunos temas referentes a él: la salvación, la confianza, la alegría, la acción divina, la presencia entre el pueblo del "Santo de Israel", expresión que indica tanto la trascendente "santidad" de Dios como su cercanía amorosa y activa, con la que el pueblo de Israel puede contar. El cantor es una persona que ha vivido una experiencia amarga, sentida como un acto del juicio divino. Pero ahora la prueba ha pasado, la purificación ya se ha producido; la cólera del Señor ha dado paso a la sonrisa y a la disponibilidad para salvar y consolar.

Las dos estrofas del himno marcan casi dos momentos. En el primero (cf. vv. 1-3), que comienza con la invitación a orar: "Dirás aquel día", domina la palabra "salvación", repetida tres veces y aplicada al Señor: "Dios es mi salvación... Él fue mi salvación... las fuentes de la salvación". Recordemos, por lo demás, que el nombre de Isaías -como el de Jesús- contiene la raíz del verbo hebreo ylsa", que alude a la "salvación". Por eso, nuestro orante tiene la certeza inquebrantable de que en la raíz de la liberación y de la esperanza está la gracia divina. Es significativo notar que hace referencia implícita al gran acontecimiento salvífico del éxodo de la esclavitud de Egipto, porque cita las palabras del canto de liberación entonado por Moisés: "Mi fuerza y mi canto es el Señor" (Ex 15, 2).

La salvación dada por Dios, capaz de suscitar la alegría y la confianza incluso en el día oscuro de la prueba, se presenta con la imagen, clásica en la Biblia, del agua: "Sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación" (Is 12, 3). El pensamiento se dirige idealmente a la escena de la mujer samaritana, cuando Jesús le ofrece la posibilidad de tener en ella misma una "fuente de agua que salta para la vida eterna" (Jn 4, 14). Al respecto, san Cirilo de Alejandría comenta de modo sugestivo: "Jesús llama agua viva al don vivificante del Espíritu, por medio del cual sólo la humanidad, aunque abandonada completamente, como los troncos en los montes, y seca, y privada por las insidias del diablo de toda especie de virtud, es restituida a la antigua belleza de la naturaleza... El Salvador llama agua a la gracia del Espíritu Santo, y si uno participa de él, tendrá en sí mismo la fuente de las enseñanzas divinas, de forma que ya no tendrá necesidad de consejos de los demás, y podrá exhortar a quienes tengan sed de la palabra de Dios. Eso es lo que eran, mientras se encontraban en esta vida y en la tierra, los santos profetas y los Apóstoles y sus sucesores en su ministerio. De ellos está escrito: Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación". Por desgracia, la humanidad con frecuencia abandona esta fuente que sacia a todo el ser de la persona, como afirma con amargura el profeta Jeremías: "Me abandonaron a mí, manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que no retienen el agua" (Jr 2, 13). También Isaías, pocas páginas antes, había exaltado "las aguas de Siloé, que corren mansamente", símbolo del Señor presente en Sión, y había amenazado el castigo de la inundación de "las aguas del río -es decir, el Éufrates- impetuosas y copiosas" (Is 8, 6-7), símbolo del poder militar y económico, así como de la idolatría, aguas que fascinaban entonces a Judá, pero que la anegarían.

La segunda estrofa (cf. Is 12, 4-6) comienza con otra invitación -"Aquel día diréis"-, que es una llamada continua a la alabanza gozosa en honor del Señor. Se multiplican los imperativos para cantar: "dad gracias, invocad, contad, proclamad, tañed, anunciad, gritad". En el centro de la alabanza hay una única profesión de fe en Dios salvador, que actúa en la historia y está al lado de su criatura, compartiendo sus vicisitudes: "El Señor hizo proezas... ¡Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel!" (vv. 5-6). Esta profesión de fe tiene también una función misionera: "Contad a los pueblos sus hazañas... Anunciadlas a toda la tierra" (vv. 4-5). La salvación obtenida debe ser testimoniada al mundo, de forma que la humanidad entera acuda a esas fuentes de paz, de alegría y de libertad.

3. Ef 3,8-12.14-19: El tema del designio de Dios. Los cristianos son depositarios de un secreto, pero la mayoría de las veces se comportan como si lo ignoraran. Tienen acceso al misterio "escondido desde los siglos, en Dios" (Ef 3, 9)… los cristianos no tienen medios concretos para comprender que su condición normal es la de "estar dispersos" entre los demás hombres, no se ven empujados por las circunstancias a percibir en su interior aquello que es lo específico del cristianismo. Muchas veces, sin darse cuenta, reducen fácilmente esto a algunas exigencias evangélicas, perdiendo de vista que el Evangelio es ante todo una Persona, Alguien. Y entonces se imaginan que el cristiano se distingue del no cristiano por diversas actitudes que le son propias, tales como el desinterés, el amor a los más pobres, etc. Esto, evidentemente, no es falso, pero es incompleto. Hoy, que la Iglesia está un poco por todas partes en estado de misión, cristianos y no cristianos se codean a diario.

El misterio oculto desde la eternidad en Dios (Ef 3, 9): Desde toda la eternidad, Dios tuvo el designio de crear por amor y de llamar a los hombres a la filiación adoptiva en unión de vida con el Verbo encarnado, con Cristo recapitulador, a fin de que por su don mutuo, que es el don del Espíritu Santo, se edifique la Familia del Padre. Este designio es, en primer lugar, un designio de salvación, puesto que el hombre no puede dar por sí mismo una respuesta a Dios que tenga la cualidad de ser una respuesta "filial", y el amor divino que le anima es lo suficientemente grande como para alcanzar al hombre, incluso cuando le rechaza e incluso en su pecado… por parte de Dios todo se ha cumplido desde el principio: la iniciativa divina de la salvación, que tiene lugar en la creación, es la misma que se manifestará en Jesús de Nazaret. La creación del hombre a imagen y semejanza de Dios no es extraña a la acción del Verbo eterno, imagen perfecta del Padre, y la Historia de la humanidad no se puede comprender sin la acción del Espíritu Santo, que es el que reúne a los hombres y da unidad en el amor, porque El es el don mutuo del Padre y del Hijo. Si el misterio de la salvación, que tiene toda su consistencia en Dios, ha permanecido, sin embargo, oculto a los ojos de los hombres durante tanto tiempo, esto no ha podido ser más que por una razón esencial, relativa a la naturaleza misma de este misterio. La explicación de que la Encarnación tardara tanto tiempo se basa en lo siguiente: la salvación de la humanidad es un misterio de amor y, por consiguiente, un misterio de reciprocidad. A la iniciativa de Dios debe corresponder la respuesta del hombre. Inspirado por el amor, el gesto creador de Dios es infinitamente respetuoso para con el hombre. Este no sale ya completamente fabricado de las manos de Dios, sino que recibe el poder de construirse a sí mismo, de irse elaborando lentamente a través de los años. ¡Cuánto tiempo ha sido necesario para que la humanidad aprenda a hablar y después a escribir! ¡Cuánto tiempo ha sido necesario para que un pueblo llegue al descubrimiento del Dios Todo-Otro, a través de los acontecimientos de su propia historia! Sin duda alguna, el pecado del hombre ha frenado la marcha de la humanidad, invitándola sin cesar a seguir unos caminos que no tenían salida. Pero, de todos modos, se necesitaba mucho tiempo para que la historia humana desembocara en esta mujer humilde, la Virgen María, que es la que ha vivido con toda verdad y con toda lucidez la religión de la Espera o del Adviento. María es la mujer en quien la libertad espiritual del hombre ha producido los más abundantes frutos; la que nos ha manifestado, en el más alto grado, hasta dónde el gesto creador del Amor ha querido manifestar el respeto por el hombre, su criatura. Desde ahora en adelante, la religión de la Espera puede dar lugar a la religión de la Realización. La Encarnación del Hijo de Dios no entrañará para la humanidad ninguna secreta alienación. Jesús, en cuanto hombre, ha sido engendrado por una mujer y preparado por ella para su misión de mediador de la salvación.

El designio eterno engendrado en Cristo Jesús nuestro Señor (Ef 3, 11): La iniciativa divina de gracia en los designios de salvación, que ha estado obrando constantemente durante el período de la historia humana anterior a la venida del Hijo, desemboca en el misterio de la Encarnación. Esta iniciativa divina nos descubre el significado final de la larga marcha de la humanidad hasta llegar a Cristo. Ya desde el principio el llamamiento divino a la filiación adoptiva está grabado, en cierta manera, en el corazón de la libertad humana, impidiendo al hombre el contentarse definitivamente con la posesión de los bienes creados, haciéndole acceder con Israel al plano de la fe, embarcándole en esta extraordinaria aventura espiritual que es la esperanza mesiánica, esta esperanza humana que va a salvar al hombre, ajustándole perfectamente a la iniciativa divina. Pero este plan de Dios desemboca necesariamente en la Encarnación, porque solo el Hombre-Dios puede dar a Dios una respuesta verdaderamente filial, sin dejar por eso un solo momento de ser criatura. Solo el Hombre-Dios puede cerrar de una manera adecuada el lazo de reciprocidad perfecta entre Dios y la humanidad. O, dicho de otro modo: el momento preciso en que la humanidad ha alcanzado en uno de sus miembros su propia cima, es también el momento en que Dios le ha dado el testimonio supremo de su amor: el envío de su Hijo eterno. El misterio oculto desde todos los siglos ha sido, por fin, revelado. La historia de la salvación comienza verdaderamente en Cristo nuestro Señor. Esto, que es revelado, no es una doctrina, sino la salvación que se ha hecho efectiva. Es el reencuentro del hombre con Dios, que se ha realizado al fin. La iniciativa gratuita del Padre encuentra en Jesús una respuesta perfecta, y la historia de la salvación se manifiesta como una empresa convergente de Dios y el hombre. El Hombre-Dios, el Hombre de entre los hombres que supera con éxito la aventura humana, concilia en su Persona la paradoja esencial de la vocación del hombre: su obediencia de criatura hasta morir en la Cruz es una obediencia filial: la del Unigénito del Padre. En Cristo, la adopción filial se ofrece a todos los hombres, cuya aspiración más íntima ha sido colmada así por encima de toda medida. Todos podrán decir al Padre común un "sí" verdaderamente filial, siendo únicamente, pero de una manera total, fieles a su condición de criatura. Finalmente, el envío del Hijo entraña el envío del Espíritu Santo, que es común al Padre y al Hijo; el Espíritu de amor que sella la unidad de sus relaciones personales. Porque habiéndose asociado en Cristo la humanidad en estas relaciones inefables, el mismo Espíritu que está obrando en la creación desde sus orígenes, también puede ser enviado desde ahora a toda la humanidad, para significar con ello que ha adquirido la adopción filial en el Hijo unigénito y, al mismo tiempo, para sellar en la unidad del amor el reencuentro efectivo de Dios y el hombre.

La sabiduría de Dios en su diversidad inmensa, revelada por medio de la Iglesia (Ef 3, 10): La resurrección de Cristo marca el final del primer acto de la historia de la salvación. Se ha edificado el Templo del reencuentro perfecto de Dios y del hombre. Sus sólidos cimientos se han colocado ya de una manera definitiva. El Cuerpo resucitado de Cristo es ya para siempre el "sacramento" primordial del diálogo de amor entre Dios y la humanidad. Pero habiéndose dado ya el primer paso, todavía continúa la historia de la salvación. La piedra angular ha sido colocada ya de una manera sólida, y el templo del diálogo de Dios y el hombre va adquiriendo forma de una manera progresiva, hasta que todas las piedras hayan sido colocadas en su sitio. La historia de la salvación es la historia de la Iglesia. Familia del Padre y Cuerpo de Cristo.

Anunciar a los paganos la incomparable riqueza de Cristo (Ef 3, 8): Los miembros del Cuerpo de Cristo, esos hombres que han tenido acceso a la revelación del misterio oculto en Dios desde los siglos, se ven empujados por el dinamismo irresistible de su fe a anunciar a sus hermanos la Buena Nueva de la salvación, que de una vez para siempre nos ganó Jesucristo. San Pablo expresa el objeto de la Buena Nueva con estas palabras: es la incomparable riqueza de Cristo.

S. Agustín: “Cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad (Ef 3,16-18). La palabra altitudo tiene un doble significado en la lengua latina: significa tanto la dirección hacia arriba como hacia abajo. Por tanto, estuvo acertado el traductor al poner altura: lo que va hacia arriba, y profundidad: lo que va hacia abajo.

Os voy a exponer qué significa esto... Las palabras del Apóstol nos han puesto delante en cierto modo la cruz. Tiene, en efecto, su anchura sobre la que se clavan las manos; su longitud: lo que va hasta la tierra desde aquélla; tiene también su altura: lo que sobrepasa el madero transversal sobre el que clavan las manos, donde se sitúa la cabeza del crucificado; tiene igualmente su profundidad, es decir, lo que se clava en la tierra y no se ve. Contempla el gran misterio: de la profundidad que no ves surge todo cuanto ves.

¿Dónde está la anchura? Acomoda tu vida a la vida y costumbres de los santos, que dicen: lejos de mí el gloriarme, a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. En sus costumbres percibimos la anchura de la caridad, razón por la que los exhorta el mismo Apóstol con estas palabras: Ensanchaos, para no uniros en yunta con los infieles. Y como también él, que invitaba a la anchura, era ancho, ved lo que les dice: Os abrimos, ¡oh corintios!, nuestra boca; nuestro corazón se ha ensanchado (2 Cor 6,14.11). La anchura es, por lo tanto, la caridad; sólo ella obra el bien. La anchura hace que Dios ame al que da con alegría. En efecto, si ha pasado estrechez, dará con tristeza; y si da con tristeza, perece lo que da. Necesitas, pues, la anchura de la caridad, para que no perezca nada del bien que haces.

Mas, puesto que son también del Señor estas palabras: Donde abunde la iniquidad se enfriará la caridad de muchos, dame también la longitud. ¿Qué es la longitud? Quien persevere hasta el final, ése se salvará (Mt 24,12-13). Tal es la longitud de la cruz sobre la que se extiende todo el cuerpo, en el que en cierta manera está fijo y, estando fijo, persevera. Tú que te glorías en la cruz, si buscas la anchura de la cruz, ten la fuerza para obrar el bien. Si quieres poseer su longitud, ten la longanimidad de la perseverancia. Pero si quieres poseer la altura de la cruz, reconoce lo que escuchas y dónde lo escuchas: «¡En alto el corazón!». ¿Qué significa eso? Pon allí tu esperanza y tu amor; busca allí la fuerza, espera de allí la recompensa. Pues si obras el bien y das con alegría, te encontrarás en posesión de la anchura. Y si perseveras hasta el fin en esas buenas obras, te hallarás en posesión de la longitud.

Pero si todas esas cosas no las haces con vistas a la recompensa celeste, carecerás de altura y desaparecerá tanto la anchura como la longitud. ¿Qué otra cosa es tener altura, sino pensar en Dios y amarle a él? Amar gratuitamente a ese Dios que nos ayuda, que nos contempla, nos corona y otorga el premio, y, finalmente, considerarle a él mismo como el premio y no esperar de él otra cosa que él mismo. Si amas, ama gratuitamente; si amas en verdad, sea él la recompensa que amas. ¿O acaso consideras todo valioso, y, en cambio, te parece vil quien hizo todas las cosas?

El Apóstol dobló sus rodillas por nosotros para que seamos capaces de todo esto; más aún, para que se nos conceda. También el evangelio nos atemoriza: A vosotros se os ha dado conocer los misterios del reino, pero no a ellos. A quien tiene se le dará. ¿Quién tiene para que se le dé, sino aquel a quien se le ha dado? En cambio, a quien no tiene se le quitará hasta lo que tiene (Mt 13,11-12). ¿Quién es el que no tiene sino aquel a quien no se le ha dado? ¿Por qué pues a uno se la ha dado y a otro no? No temo decirlo: esta es la profundidad de la cruz. Todo lo que podemos procede de no sé qué profundidad del juicio de Dios, que no puede escrutarse ni contemplarse. Veo lo que puedo, pero no por qué o de dónde me viene el poderlo, a no ser lo que he llegado a ver hasta el presente: sé que es don de Dios. ¿Por qué a éste sí y a aquél no? Es demasiado para mí, es un abismo, es la profundidad de la cruz. Puedo exclamar admirado, pero no puedo demostrarlo con palabras.

4. Los dirigentes judíos, como era Preparación -para que no se quedasen en la cruz los cuerpos durante el día de descanso, pues era solemne el día de aquel descanso-, le rogaron a Pilato que les quebrasen las piernas y los quitasen. Reaparecen los dirigentes judíos (19,20), los que han conseguido dar muerte a Jesús, entre los cuales se encuentran los sumos sacerdotes (cf. 19,14.15). Desde la primera entrevista con Pilato, «los Judíos» tenían presente la pureza legal requerida por la Pascua que se avecinaba (18,28). Ahora siguen preocupados; se consideraba que una ejecución capital profanaba el sábado o la fiesta. No quieren que nada impida la celebración. Era Preparación; ellos creen que están preparando su propia Pascua, cuando en realidad ha sido sustituida por la de Jesús (11,55a; 12,1 Lects.). La mención de los cuerpos expresa la solidaridad de Jesús con los que están crucificados con él y con todo hombre, como la había expresado «la carne» (1,14; 17,2). «El cuerpo», que iguala a Jesús con los hombres, es el santuario de Dios (2,21). Los cuerpos están en su misma cruz (en la cruz), ésta es la de todos los suyos, como lo será su sepulcro (19,41). No debían quedar en la cruz el día de descanso, porque el día de fiesta que imponía aquel descanso era muy solemne. Hay que distinguir aquí dos puntos de vista, el de los judíos y el de Jesús. Desde el punto de vista de los judíos, es la preparación de su Pascua, que no llegará a celebrarse (cf. 19,42). Su fiesta quedará vacía. Desde el punto de vista de Dios y de Jesús, terminada el día sexto la obra de la creación (19,30), comienza el sábado, el descanso. La frase el día era solemne está en paralelo con 7,37: El último día, el [más] solemne de la fiesta, puesto en relación con la manifestación de la gloria (7,39). Este día sexto de la muerte de Jesús, en que el hombre queda creado, es «el último día»; en él se acaba la obra de Dios, pero al mismo tiempo se inicia. El día último es al mismo tiempo el día primero (20,1) que abre la marcha de la nueva historia. La nueva pareja en el huerto-jardín dará comienzo a la nueva humanidad (20,11ss).

«Los Judíos» van a rogar a Pilato. Le hacen peticiones concretas: que les quiebren las piernas, para acelerar la muerte, y que los quiten. Ni una ni otra se verificarán con Jesús; los soldados no le quebrarán las piernas; tampoco serán ellos los que lo quiten de la cruz, esto será motivo de otra petición de un discípulo (19,38). Quieren acelerar la muerte, para que no estén vivos en la fiesta. La presencia de Jesús y la de sus compañeros crucificados es incompatible con ella, pues produciría una impureza según la Ley. No consideran que el crimen los impurifique, pero sí la violación de una prescripción legal. Para ellos, pueden rompérsele las piernas a Jesús. No saben que es el Cordero de la nueva Pascua (1,36).

32-33 Fueron, pues, los soldados, y les quebraron las piernas, primero a uno y luego al otro de los que estaban crucificados con él. Pero, al llegar a Jesús, viendo que estaba ya muerto, no le quebraron las piernas. Los soldados comienzan por los compañeros de Jesús. Estos estaban aún vivos; ahora, una vez que él ha muerto, pueden morir ellos. El ha abierto el camino hacia el Padre y pueden seguirlo. Nadie puede quitarle la vida, la ha dado por propia iniciativa (10, 17s; 19,30). Al afirmar que no le quebraron las piernas prepara Jn la cita del texto sobre el cordero pascual (19,36). Jesús, como Lázaro, está muerto (11,44; 12,1 nota); para los soldados, es una muerte definitiva, como las demás. 34 Sin embargo, uno de los soldados, con una lanza, le traspasó el costado, y salió inmediatamente sangre y agua. Como el vinagre representaba el odio (19,29s), así la lanza. La acción del soldado era innecesaria, pero la hostilidad sigue. Ahora es el pagano quien la expresa. Los soldados se habían burlado de la realeza de Jesús y lo habían escarnecido. (19,1-3), se habían repartido su ropa (19,23-24). Ahora, la punta de la lanza quiere destruirlo definitivamente. La expresión de odio permite la del amor que produce vida. Lo mismo que al vinagre del odio respondió Jesús con su muerte aceptada por amor (19, 30: reclinando la cabeza), cuyo fruto fue la entrega del Espíritu, así ahora, a la herida de la lanza, sucede la efusión de la sangre y el agua.

«Salió sangre y agua» (Jn 19, 34): San Juan concede gran importancia a la lanzada que siguió a la muerte de Cristo en la Cruz: "Llegados a Jesús (los soldados), le encontraron muerto, y no le rompieron las piernas. Pero uno de los soldados le abrió el costado con su lanza, y al instante salió sangre y agua" (Jn 19, 33-34). Para el evangelista, toda la economía sacramental de la Iglesia ha brotado, en cierta manera, de Cristo en el momento de su muerte en la cruz, y se funda ante todo en los sacramentos del bautismo y de la Eucaristía. O, dicho de otro modo, el desarrollo de la historia de la salvación va unido al desarrollo de la sacramentalidad. El templo del reencuentro perfecto de Dios y de la humanidad debe crecer, y los momentos privilegiados de este crecimiento están marcados por la celebración del bautismo y de la Eucaristía. Pero, tanto el significado del bautismo como el de la Eucaristía se refieren al sacrificio de la cruz. Es decir, que hay que conceder gran importancia en cada uno de ellos a la proclamación de la Palabra de Dios. Ella es la que, poco a poco, va labrando el corazón y el espíritu de los creyentes, para que se conviertan en compañeros de Cristo en el cumplimiento de los designios de la salvación. Ella es la que los prepara para el descubrimiento de las incomparables riquezas de Cristo.

El hecho es de una importancia excepcional, como aparece por el solemne testimonio que de él da a continuación el evangelista. Hay que esperar, por tanto, una gran riqueza de significado. La sangre que sale del costado de Jesús figura su muerte, que él acepta para salvar a la humanidad (cf. 18,11). Es la expresión de su gloria, su amor hasta el extremo (1,14; 13,1), el del pastor que se entrega por las ovejas (10,11), del amigo que da la vida por sus amigos (15,13). Esta prueba máxima de amor, que no se detiene ante la muerte, es objeto de contemplación para la comunidad de Jn (1,14: hemos contemplado su gloria). Es así. Jesús, en la cruz, la Tienda del Encuentro del nuevo Éxodo p (2,21). En ella se verifica la suprema manifestación de la gloria, según la petición de Jesús al Padre (17,1; cf. 7,39; 12,23; 13,31s). De su costado fluye el amor, que es al mismo tiempo e inseparablemente suyo y del Padre. El agua que brota representa, a su vez, el Espíritu, principio de vida que todos podrían recibir cuando manifestase su gloria, según la invitación que hizo Jesús el gran día de la fiesta (7,37-39). Se anunciaba allí el cumplimiento de la profecía de Ezequiel. En aquella escena, Jesús, puesto de pie, postura que anunciaba la de la cruz, invitaba a acercarse a él el último día para beber el agua que había de brotar de su entraña. Es Jesús en la cruz el nuevo templo de donde brotan los ríos del Espíritu (7,38; cf. Ez 47,1.12 ), el agua que se convertirá en el hombre en un manantial que salta dando vida sin término (4,14). Puede cumplirse así lo anunciado en el prólogo (1,16): de su plenitud todos nosotros hemos recibido, un amor (el agua-Espíritu) que responde a su amor (la sangre-muerte aceptada). La sangre simboliza, pues, su amor demostrado; el agua, su amor comunicado.

La alusión a la frase del prólogo es tan clara que existe posiblemente un juego de palabras entre 1,14: plérés; 1,16: pléróma (lleno, plenitud), y 19,34: pleura (costado): «de su plenitud todos nosotros hemos recibido», «de su costado salió sangre y agua». Aparece aquí ahora la señal permanente, el Hombre levantado en alto, cuyo tipo había sido la serpiente levantada por Moisés en el desierto, para que todo el que lo haga objeto de su adhesión tenga vida definitiva (3,14s). De él baja el agua del Espíritu (3,5), para que el hombre nazca de nuevo y de arriba (3,3) y comience la vida propia de la creación terminada, siendo «espíritu» (3,6; cf. 7,39), amor y lealtad (1,17). Se ha sacrificado el Cordero de la nueva Pascua, el que libera al hombre de la opresión, quitando así el pecado del mundo (1,29; 8,21.23). Según los textos de Zacarías a que se aludirá más tarde (19,37), la fuente de agua que aquí se abre, la del Espíritu, será la que purifique del pecado (1,33). Esta purificación se prometió en Caná, combinando los símbolos de agua y vino (2,7) y se opone a la que vanamente buscaban en el recinto del templo los peregrinos que habían acudido a Jerusalén para la Pascua (11,55b). La nueva Pascua significa la nueva alianza, anunciada en Caná (2,4). Ha llegado la hora en que Jesús da el vino de su amor. Empieza la boda definitiva. Como antiguamente Moisés, está ahora Jesús de pie promulgando la Ley (7,37 nota). Es la del amor leal (1,17) que él manifiesta en la cruz, expresa en su mandamiento (13,34: Igual que yo os he amado, también vosotros amaos unos a otros, cf. 15,12) e infunde con el Espíritu, que identifica con él. El proyecto divino ha quedado terminado en Jesús (19,28-30); ahora se prepara su terminación en los hombres. El Espíritu que brota será el que transforme al hombre dándole la capacidad de amar y hacerse hijo de Dios (1,12). Con estos hombres nuevos se formará la comunidad mesiánica. La descripción de la muerte de Jesús como un sueño (19,30: reclinando la cabeza; cf. 11,11-13) y el uso del término pleura (costado) relacionan este pasaje con el de la creación de la mujer en Gn 2,21s: «Él Señor Dios echó sobre el hombre un letargo y el hombre se durmió. Le sacó una costilla (LXX: mian ton pleurón autou) ... de la costilla ... formó una mujer». Del costado de Jesús, el Hombre terminado (cf. 19,30), el Hombre-Dios, procede el agua del Espíritu que completará al hombre de carne (9,6). Por este nacimiento de agua-Espíritu (3,5) se formará la comunidad de Jesús, representada en figura de mujer-esposa (cf. 20, 13.15) por María Magdalena (19,25). El encuentro de la nueva pareja primordial tendrá lugar en el huerto/jardín el primer día de la nueva creación (20,16). La primera mujer era carne de la carne de Adán y hueso de sus huesos (Gn 2,23); la nueva esposa del Hombre es espíritu del Espíritu de Jesús (1,16: de su plenitud todos nosotros hemos recibido; 3,6: del Espíritu nace espíritu; cf. 7,39: aún no había espíritu, porque la gloria de Jesús aún no se había manifestado). En este último día, el de la creación terminada (19,30), Jesús da al hombre con el Espíritu la vida que vence la muerte: ésta es la resurrección prometida (6,39.40.44.54; cf. 11,25).

Testimonio del evangelista y de la Escritura: 35 El que lo ha visto personalmente deja testimonio -y este testimonio suyo es verdadero, y él sabe que dice la verdad- para que también vosotros lleguéis a creer. El testimonio que da el evangelista ante el espectáculo de Jesús traspasado en la cruz es el más solemne del evangelio. Éste testimonio cierra el arco abierto por el de Juan Bautista (1,34: Yo en persona lo he visto y dejo testimonio de que éste es el Hijo de Dios) sobre la bajada y presencia del Espíritu en Jesús, su unción mesiánica, que lo constituye en Hijo de Dios y lo anuncia como el que va a bautizar con Espíritu Santo (1,32-34). Juan Bautista describía con estas palabras la misión de Jesús, antes que comenzase su actividad; ahora, el evangelista ve la obra terminada (cf. 19,30). Juan Bautista preparaba la manifestación a Israel (1,31), el evangelista da su testimonio para que todos los que lo escuchen lleguen a creer. Como en Caná, donde la primera manifestación de la gloria fue la que llevó a los discípulos a darle su adhesión (2,11), esta manifestación definitiva y suprema será el fundamento de la fe de los discípulos futuros. Es la primera vez que el evangelista se dirige a sus lectores: vosotros, correlativo al «nosotros» del prólogo (1,14.16). El testimonio se refiere directamente a la sangre y el agua que salen del costado; pero, al identificar sangre con muerte y agua con Espíritu, se remonta a lo narrado en 19,28-30.

36 Pues estas cosas sucedieron para que se cumpliese aquel pasaje: «No se le romperá ni un hueso». El evangelista ve en lo sucedido el cumplimiento de dos textos de la Escritura. El primero está tomado de Ex 12,46: «Cada cordero se ha de comer ... y no le romperéis ni un hueso» (cf. Nm 9,12) 1. Vuelve a aparecer Jesús como Cordero de Dios, cuya figura fue el cordero pascual (1,29) de la antigua alianza. El texto del Éxodo se refiere a la comida del cordero. Jesús ha sido preparado como alimento de los que se sumen a su éxodo. Serán discípulos suyos los que coman la carne de este cordero y beban su sangre (6,53-58), es decir, los que se identifican con este amor de Jesús expresado en su vida y culminado en su muerte. Éstos tienen la vida definitiva (6,54) según el designio del Padre (6,39-40). Está presente el pan bajado del cielo, que dará vida al mundo (6,51). 37 Y todavía otro pasaje dice: «Mirarán al que traspasaron».

Jn utiliza el pasaje de Zac 12,10. En él, según el texto hebreo, habla en primera persona uno que ha sido traspasado: «Me mirarán a mí, traspasado por ellos mismos, harán duelo como por un hijo único, llorarán como se llora a un primogénito». El texto expone uno de los acontecimientos de «aquel día», el día del Señor. Está, pues, en relación con Zac 13,1: «Aquel día se alumbrará un manantial contra los pecados e impurezas»; 14,8: «Aquel día brotará un manantial en Jerusalén: la mitad fluirá hacia el mar oriental, la otra mitad hacia el mar occidental, lo mismo en verano que en invierno. Él Señor será rey de todo el mundo. Aquel día el Señor será único y su nombre único». A la luz de los textos de Zacarías, la figura del Traspasado, del que brota el manantial de sangre y agua, significa, pues, la universalidad del don del Espíritu, que se extenderá hacia oriente y occidente. Así será el Señor rey del mundo entero; el Rey de los judíos (19,19) admitirá a su reino a todos los que escuchen su voz y reconozcan su verdad (18,37).

En Jerusalén se alumbra el manantial contra los pecados e impurezas; es el amor lo único que purifica (15,3), y es el Espíritu el que comunica el amor de Jesús. Es a este nuevo templo adonde hay que venir a purificarse (cf. 11,55; 7,37-39: J. Mateos-J. Barreto).

jueves, 14 de junio de 2012

Jueves de la semana 10 de tiempo ordinario

El amor une todos los mandatos de la ley: "Todo el que esté peleado con su hermano, será procesado"

“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: "Si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano, será procesado. Y si uno llama a su hermano "imbécil", tendrá que comparecer ante el sanedrín, y si lo llama "renegado", merece la condena del fuego.
Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Procura arreglarte con el que te pone pleito en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí” (Mateo 5,20-26).

1. Los primeros ejemplos que hoy leemos se presentan a partir de la oposición entre “lo que fue dicho a los antiguos” y el “yo les digo” de Jesús, que con su actividad legislativa lo conecta con Moisés que en el Sinaí transmitió la ley divina a Israel.

Jesús, quieres enseñarnos a amar como tú nos amas. Las autoridades judías son puestas en evidencia por tus palabras, cuando dices: “Os digo que si vuestra justicia y fidelidad no sobrepasa la de los escribas o letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de Dios”.

Luego pasas a darnos el sentido de la ley de Moisés, con una interpretación verdadera, auténtica: -“Habéis oído que se mandó a los antiguos: No matarás... Pues Yo os digo: Todo el que trate con ira a su hermano será condenado por el tribunal”. La falta de respeto contra el hermano es un modo de homicidio, y requiere la intervención del tribunal; pero estás hablando también de otro tribunal: el de la conciencia, el del juicio ante Dios. En el fondo, es un cambio total: nos pides, Jesús, que de la práctica formalista pasemos a una actitud de interiorización, mucho más exigente. Lo que corrompe el interior del corazón humano no es en primer lugar el gesto de matar -por desgracia se puede matar sin querer-... sino el odio -alguien puede ser un verdadero homicida de su hermano sin derramamiento de sangre-...

Quería fijarme en el modo de interpretar la ley: «Pero yo os digo». Jesús, te veo con la autoridad del profeta definitivo enviado por Dios,

Y añades que la piedad hacia Dios no es verdadera si la acompaña el amor a los hermanos. "El que dice "amo a Dios" y no ama primero a su hermano, es un mentiroso". El culto será bueno si es auténtico, y para eso la fraternidad verdadera es prioritaria al servicio cultual de Dios; o mejor aún, está Dios, ¡el servicio que Dios espera en primer lugar!

-“…si yendo a presentar tu ofrenda al altar, te acuerdas allí de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí ante el altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano; vuelve entonces y presenta tu ofrenda”. Se me ocurre que si alguien cuando va a comulgar se acuerda de que tiene algo que resolver con alguien, no se trata de salir de la fila para ir enseguida a hacer las paces, pero sí de tener en aquel momento el propósito de hacerlas cuanto antes mejor…

-“Muéstrate conciliador con el que te pone pleito, mientras vais todavía de camino...” ¡Restablece rápidamente la amistad con tu adversario! Casi siempre un buen acuerdo es mejor que un mal pleito, incluso un mal acuerdo es mejor que un buen pleito… No siempre se puede arreglar así, Jesús, pero eres realista y pones el caso de un hombre que tiene deudas con otro hombre, que está obligado a comparecer ante el tribunal... con riesgo de ser encarcelado. Y dices: “procura aprovechar el tiempo que aún te queda para obtener "amistosamente" la reconciliación” (Noel Quesson).

Jesús, tú quieres que cuidemos nuestras actitudes interiores, que es de donde proceden los actos externos. Antes de comulgar con Cristo, en la misa hacemos el gesto de que queremos estar en comunión con el hermano. El «daos fraternalmente la paz» no apunta sólo a un gesto para ese momento, sino a un compromiso para toda la jornada: ser obradores de paz, tratar bien a todos, callar en el momento oportuno, decir palabras de ánimo, saludar también al que no me saluda, saber perdonar. Son las actitudes que, según Jesús, caracterizan a su verdadero seguidor. Las que al final, decidirán nuestro destino: «tuve hambre y me diste de comer, estaba enfermo y me visitaste» (J. Aldazábal).

Nos dices todo esto, Jesús, para movilizarnos en un gran amor. San Pablo resumirá: «En efecto lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rm 13,9-10). Te pedimos, Señor, ser renovados en el don de la caridad —hasta el mínimo detalle— para con el prójimo, y nuestra vida será la mejor y más auténtica ofrenda al Dios.

2. Jesús, tú eres el verdadero Elías (S. Ambrosio), quien por medio de incesantes oraciones al Padre consiguió que el cielo cerrado se abriese en señal de perdón y la tierra árida de los corazones endurecidos por el pecado fuera regada por el rocío de la gracia y así "la tierra produjese" de nuevo "su fruto". Jesús, tú eres este rocío y lluvia celestial, de la que había prometido el profeta "caerá como lluvia sobre el prado segado, como lluvia que penetra en la tierra" (Sal 71, 6). Primero humedeció el "prado", pues fue la Virgen Madre quien antes que ninguna otra fue cubierta con la sombra del Espíritu Santo. Pero también lo fue toda la tierra del rededor; es decir, todo el resto de la Humanidad, en tanto que creía y se hacía bautizar, fue visitada, lavada y fecundada por la lluvia celestial (Emiliana Löhr).

-“Elías subió a la cima del Carmelo, se encorvó incluso hacia la tierra y puso su rostro entre sus rodillas”. Se pone en oración, como tú, Jesús, como yo. Se aísla, sube a una montaña y se concentra en postración profunda. Los occidentales han abandonado esas técnicas corporales de oración. Juan Pablo II se prostraba en suelo. Muchos jóvenes redescubren esta tradición del oriente.

Sube y mira hacia el mar», le dice el Señor. Pero «no hay nada.» «Vuelve siete veces.» Después de un largo período de sequía, espera ahora la lluvia bienhechora que hará cesar el hambre. Puesto que el pueblo ha abandonado a los falsos dioses, ¡es ahora el tiempo del perdón! Pero esto no se hace sin más, ni con una sola oración rápida y fugitiva. Elías persevera y pide perseverar. Siete veces. A nosotros también nos pides constancia, Señor, ayúdame a tener paciencia, como dices: "Hay que orar sin cesar y sin cansarse".

Señor, suelo desanimarme con mucha frecuencia. Creo que es suficiente pedir una vez. Me imagino que un solo esfuerzo me convertirá para siempre.

-“A la séptima vez, el servidor dijo: "Hay una nube como la palma de la mano que sube del mar"”. No es mucho, pero Elías sabe interpretar los "signos de los tiempos", y se mueve en la esperanza. Ayúdanos, Señor, a ver claro... a descubrir tu manera de atender a nuestras plegarias, a escrutar los pequeños signos que nos envías...

-“Luego se fue oscureciendo el cielo por las nubes y el viento y se produjo una gran lluvia”. Para un pueblo que durante meses de sequía está esperando, la estación de las lluvias es una promesa de fecundidad. La lluvia tan deseada acabará con el hambre. Para esos pueblos, el agua es vida, lo que da vida... Dondequiera que falte el agua la vida se para y decae. Allí donde el agua es abundante la vida brota y se desarrolla. Por eso el agua viva es una imagen de Jesús y su gracia.

Jesús, nos hablas de «agua viva». Tu bautismo, el que nos das, es inmersión en el agua, símbolo de la vida divina.

Elías reza, y Tú, Señor, nos dices que el mundo necesita almas de oración. Todos hemos de ser «contemplativos» (Noel Quesson).

3. Acabamos esta meditación pidiéndote, Señor, que nuestra caridad aumente con una oración viva, y te damos gracias con el salmo (64): "Oh Dios, tú mereces un himno en Sión," por tus cuidados continuos: “Tú cuidas de la tierra, la riegas / y la enriqueces sin medida; / la acequia de Dios va llena de agua, / preparas los trigales… / bendices sus brotes. / Coronas el año con tus bienes, / tus carriles rezuman abundancia; / rezuman los pastos del páramo, / y las colinas se orlan de alegría”.

Llucià Pou Sabaté

miércoles, 13 de junio de 2012

Miercoles semana 10 tiempo ordinario

I Corintios 3,4-11 4 Esta es la confianza que tenemos delante de Dios por Cristo. 5 No que por nosotros mismos seamos capaces de atribuirnos cosa alguna, como propia nuestra, sino que nuestra capacidad viene de Dios, 6 el cual nos capacitó para ser ministros de una nueva Alianza, no de la letra, sino del Espíritu. Pues la letra mata mas el Espíritu da vida. 7 Que si el ministerio de la muerte, grabado con letras sobre tablas de piedra, resultó glorioso hasta el punto de no poder los hijos de Israel fijar su vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, aunque pasajera, 8 ¡cuánto más glorioso no será el ministerio del Espíritu! 9 Efectivamente, si el ministerio de la condenación fue glorioso, con mucha más razón lo será el ministerio de la justicia. 10 Pues en este aspecto, no era gloria aquella glorificación en comparación de esta gloria sobreeminente. 11 Porque si aquello, que era pasajero, fue glorioso, ¡cuánto más glorioso será lo permanente!

Salmo 99,5-9: 5 Exaltad a Yahveh nuestro Dios, postraos ante el estrado de sus pies: santo es él. 6 Moisés y Aarón entre sus sacerdotes, Samuel entre aquellos que su nombre invocaban, invocaban a Yahveh y él les respondía. 7 En la columna de nube les hablaba, ellos guardaban sus dictámenes, la ley que él les dio. 8 Yahveh, Dios nuestro, tú les respondías, Dios paciente eras para ellos, aunque vengabas sus delitos. 9 Exaltad a Yahveh nuestro Dios, postraos ante su monte santo: santo es Yahveh, nuestro Dios.

Mateo 5,17-19 17 «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. 18 Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. 19 Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.

Comentario: 1.- 2Co 3, 4-11: -Hermanos, si tenemos tanta confianza delante de Dios, gracias a Cristo... No es a causa de una capacidad personal de la que podríamos atribuirnos el mérito. Con el tema de la «tribulación», el tema de la "confianza" es uno de los más importantes de san Pablo. El cristiano no es un timorato, un semi-hombre, una larva, es un ser lleno de seguridades. Hay HOY algunas timideces, una vergüenza de ser cristiano, ciertos miedos de afirmar, que repugnarían a san Pablo si volviera entre nosotros. ¡No! Pablo no baja la vista. Frente a sus adversarios se presenta como un hombre «seguro de sí mismo». «Si tenemos tanta confianza...» Tanto más seguro porque ¡su confianza no proviene de él! Pablo se conoce. Se sabe débil e incapaz. Dame, Señor, esta confianza que se apoya en Ti y no en mí.

-Nuestra capacidad viene de Dios, el cual nos capacitó para ser ministros de una nueva alianza. Estas fórmulas nos ponen de entrada en una actitud acogedora y abierta. Ni la vida cristiana ni el ministerio en la Iglesia son realidades que construimos, son realidades que recibimos... que nos han sido «dadas». También yo, Señor, quisiera ser todo disponibilidad, tener siempre abiertas las dos palmas de mis manos, como el sacerdote en el altar, la posición del orante... en la postura del mendigo que espera recibir. Así estoy ante Ti, Señor, abre mi corazón.

-Comparación entre el ministerio de Moisés y el de los ministros de la nueva alianza: la letra y el espíritu. Los judaizantes de la Iglesia de Corinto -que reprochaban a Pablo sus novedades en relación a la antigua Ley judaica- trataban de desacreditar el carácter apostólico de san Pablo y su postura en relación a la Ley de Moisés. Pablo se defiende con una triple «comparación»: -La Ley Antigua: una «letra» demasiado material... una «gloria velada» antes deslumbrante... una «condenación del pecado»... La nueva Alianza: un «espíritu» interiorizado... «una gloria manifiesta y resplandeciente»... una «justificación del pecado»... Esta comparación confirma a Pablo en su confianza. La historia sagrada progresa. Dios conduce esa historia. Lo que Dios había revelado a Moisés en su tiempo, era bueno. Pero lo que nos revela en su Hijo Jesús es mejor aún y hace caducar todo lo precedente. Danos el sentido de TU HOY. Ayúdanos a ver claramente lo que Tú quieres para tu Pueblo, para tu Iglesia. Ayuda a esta Iglesia a no encerrarse de nuevo en «la letra» sino a dejarse llevar por el «Espíritu». Es verdad, Señor, siento siempre la tentación de pararme.

-La letra mata, pero el espíritu vivifica. En mi vida este riesgo es constante. Quedarme sólo en el cumplimiento formal de gestos, contentarme con una rectitud exterior, según la letra. Así se degradan las más hermosas cosas: lo mismo sucede con las más hermosas vocaciones, profesiones, plegarias... los más sanos amores y los más puros sentimientos. Ayúdame, Señor, a no cesar de vivificarlo todo con una nueva vida. No hacer mi quehacer de HOY sólo de un modo formal, porque hay que hacerlo, sino poniendo en él todo mi ser. «Espíritu... ven sobre el mundo... danos la vida...» (Noel Quesson).

En la vida de un cristiano, sobre todo si se dedica a algún tipo de apostolado, tiene que haber unas convicciones claras, sin las cuales le resultará difícil perseverar en su camino. También nosotros, como Pablo, ponemos nuestra confianza en Dios: por la fuerza que él nos comunica, y no por nuestras cualidades, es como podemos seguir adelante, viviendo en cristiano y haciendo algo para el bien de los demás. Lo que intentamos transmitir a otros, con nuestra palabra y nuestro testimonio de vida, es la novedad absoluta de Jesús, su estilo de vida, la Nueva Alianza sellada por su Espíritu, de la que participamos cada vez que celebramos la Eucaristía: «mi Sangre de la Nueva Alianza». Si en el AT «Moisés y Aarón con sus sacerdotes invocaban al Señor y él les respondía», como nos ha hecho decir el salmo, y descubrían la cercanía de Dios en sus vidas, cuánto más nosotros, que conocemos y seguimos al Hijo mismo de Dios, el Sacerdote supremo, a quien nos unimos para alabar a Dios e interceder por la humanidad.

El apóstol Pablo es no sólo maestro sino testigo invaluable de la obra del Espíritu Santo. Su propia experiencia de vida se resume en haber sido arrollado por las aguas caudalosas de una gracia y un amor que cambiaron todo adentro de él, o mejor: que hicieron que todo lo suyo se convirtiera en instrumento puesto en manos de Dios para manifestar su gloria. Fue este apóstol el que una vez dijo: "No vivo yo, sino que Cristo vive en mí" (Gl 2,20). Hoy este mismo hombre nos deja ver que tiene clara conciencia de ser poseído por la virtud que viene de lo alto: "Ni siquiera somos capaces de pensar que algo procede de nosotros, sino que nuestra capacidad proviene de Dios." Este modo de obrar y hablar, este sabernos inundados del amor y del poder de Dios, es lo que llamamos vivir en el Espíritu Santo. Pablo reconoce que hay una "gloria" en todo aquello que preparó la llegada del Mesías, es decir, lo que nosotros llamamos el Antiguo Testamento; sin embargo, eso era transitorio. Lo permanente es esta acción nueva del Espíritu, y es permanente porque no puede ser derrotada, ya que en Cristo hemos visto que ni la furia del demonio, ni el abandono de la cruz, ni la frialdad del sepulcro fueron mayores que la vida que Cristo anunció y trajo a nosotros. Pablo lo vio y vivió; nosotros podemos verlo y vivirlo.

2. Salm 99: La acción de Dios como Rey es ejercida en la tierra estableciendo, mediante la Ley, lo que es recto, y juzgando según ello a su pueblo Israel –“derecho y justicia”: v. 4-, que ha de proclamar ante el Arca –“estrado de sus pies”, también como Templo o monte santo: vv.5.9- su santidad. Ahí se ve una referencia a la Encarnación de Jesús, glorificada en la Resurrección, como apunta Orígenes: “alguno ha dicho que el estrado de los pies es la carne de Cristo que debe ser adorada por motivo de Cristo. Y Cristo debe ser adorado por motivo del Verbo de Dios que está en él. San Jerónimo prefiere la aplicación al cuerpo resucitado del Señor: “he leído en el libro de un autor: ‘se trata, dice, de la Encarnación, es decir, que (el salmo) afirma que el Homre que Dios se dignó asumir en María, es Él mismo, el estrado de sus pies’. Aunque en realidad el hombre haya estado asumido –y, delante de Dios, toda criatura es estrado de sus pies- aun en este caso, este estrado fue estrechamente unido con Dios y con aquel que está sentado con Él. Daos cuenta de lo que me atrevo a afirmar. Lo que un día fue estrado yo lo adoro de la misma manera que el trono. Y aunque hayamos conocido a Cristo según la carne, ahora no lo conocemos ya más según la carne (2 Cor 5,16). Admitamos que haya sido estrado antes de la muerte, antes de la resurrección, cuando comía, cuando bebía, cuando tenía nuestros mismos sentimientos. Pero después de resucitar y ascender victorioso al cielo yo no distingo entre el que está sentado y el que es estrado: en Cristo todo es trono. Tú me preguntarás y me dirás: ‘¿Por qué?, o ‘¿cómo?’. Yo no sé de qué modo, y, sin embargo, creo que es así”. La Santísima Humanidad de Cristo merece adoración, culto de latría, por su unión hipostática con el Verbo de Dios.

Dios ejerce el derecho y la justicia en su pueblo a través de mediadores. Se califica a Moisés y a Aarón de sacerdotes por ser ambos de la tribu de Leví, pero sobre todo por haber sido intercesores entre Dios y el pueblo a la salida del Egipto (Ex 4,15-16), y junto a ellos se cita Samuel que medió por la monarquía, todos ellos según el querer de Dios (v. 7), que es santo y no admite el pecado y lo castiga (vv. 8-9), y la Iglesia ensalza su nombre diciendo: “Santo, santo, santo, Señor Dios Todopoderoso” (cf. Ap 4,8: notas de la Biblia de Navarra).

3.- Mt 5, 17-20 (ver domingo 6º-A y miércoles de la 3ª semana de Cuaresma). Jesús, en el sermón de la montaña, compara el AT con el NT: un tema que no resultaba nada fácil para los primeros cristianos. Jesús criticó repetidas veces las interpretaciones que se hacían de la ley de Moisés, pero no la desautorizó, sino que la cumplió e invitó a cumplirla, porque, durante siglos, había sido, para el pueblo elegido, la concretización de la voluntad de Dios.No ha venido a abolir el AT, sino a perfeccionarlo, a llevarlo a su plenitud. Pondrá, sucesivamente, varios ejemplos (referentes a la caridad fraterna, la fidelidad conyugal, la claridad de la verdad). Siempre en la línea de una interiorización vivencial, sin conformarse con el mero cumplimiento exterior.

El AT no está derogado. Está perfeccionado por Jesús y su evangelio. Los mandamientos de Moisés siguen siendo válidos. La Pascua de Israel ya fue salvación liberadora, aunque tiene su pleno cumplimiento en la Pascua de Cristo y en la nuestra. La Alianza del Sinaí (Juan Pablo II la llamó «la nunca derogada primera Alianza») ya era sacramento de salvación, pero ahora ha recibido su plenitud en el sacrificio pascual de Cristo en la cruz y en su celebración memorial de la Eucaristía. Lo mismo podemos decir de los sacrificios y del sacerdocio y del Templo y del Pueblo elegido de Dios: en el NT llegan a su realización definitiva en Cristo y su Iglesia. Eso sí, conscientes de que Jesús ha llevado a su perfección todo lo que se nos dice en el AT, como lo ha hecho en este sermón de la montaña con el novedoso programa de sus bienaventuranzas. No nos lo ha hecho más fácil, sino más profundo e interior (J. Aldazábal).

Hoy escuchamos del Señor: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas; (...), sino a dar cumplimiento» (Mt 5,17). En el Evangelio de hoy, Jesús enseña que el Antiguo Testamento es parte de la Revelación divina: Dios primeramente se dio a conocer a los hombres mediante los profetas. El Pueblo escogido se reunía los sábados en la sinagoga para escuchar la Palabra de Dios. Así como un buen israelita conocía las Escrituras y las ponía en práctica, a los cristianos nos conviene la meditación frecuente —diaria, si fuera posible— de las Escrituras. En Jesús tenemos la plenitud de la Revelación. Él es el Verbo, la Palabra de Dios, que se ha hecho hombre (cf. Jn 1,14), que viene a nosotros para darnos a conocer quién es Dios y cómo nos ama. Dios espera del hombre una respuesta de amor, manifestada en el cumplimiento de sus enseñanzas: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14,15). Del texto del Evangelio de hoy encontramos una buena explicación en la Primera Carta de san Juan: «En esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados» (1Jn 5,3). Guardar los mandamientos de Dios garantiza que le amamos con obras y de verdad. El amor no es sólo un sentimiento, sino que —a la vez— pide obras, obras de amor, vivir el doble precepto de la caridad. Jesús nos enseña la malicia del escándalo: «El que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos» (Mt 5,19). Porque —como dice san Juan— «quien dice: ‘Yo le conozco’ y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él» (1Jn 2,4). A la vez enseña la importancia del buen ejemplo: «El que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos» (Mt 5,19). El buen ejemplo es el primer elemento del apostolado cristiano (Miquel Masats Roca).

Los actos externos, el culto, los ritos y todos los sacrificios, no pueden todo unido llegar al valor de un simple acto de contricción, de una simple y sencilla oración que nace del corazón y que diga: “Señor, ten piedad de mi, porque soy un pecador”... “un corazón contrito y humillado tú, Oh Dios, no lo desprecias”, dice el salmo. Cuántos se habían olvidado de esto en aquellos tiempos, y cuántos hoy pensamos que para tranquilizar la conciencia basta un acto externo, una limosna, o ni siquiera eso... Hemos adaptado tanto a nuestro antojo la ley de Dios que su contenido casi ha desaparecido o nos contentamos con “decir algo a Dios de vez en cuando”... El camino de una verdadera conversión interior, es el de un leal esfuerzo por interiorizar nuestra experiencia y relación con Él, pero sin dejar de aprovechar las riquezas espirituales de la Iglesia, sobre todo a través de los sacramentos. Ahí encontraremos al Señor siempre que le busquemos. Su espíritu está ahí presente y actúa por encima de las instituciones y de las personas... “yo estaré con vosotros hasta el final del mundo”...

Nos hemos acostumbrado a ver, ya casi con naturalidad, las faltas en contra de los principios fundamentales de la familia y de la sociedad, que cometen muchos de los que se encuentran en el poder. Poco a poco va surgiendo una sociedad, no inmoral sino amoral, que ya no tiene claro el sentido del bien y del mal. Estamos llegando a una sociedad permisiva, en la que ya no quiere juzgar uno mismo sus propias acciones. La New Age está creando una sociedad light, sin sustancia y sin sustento: todo es válido, en la medida en que te deje satisfecho, sin tener que relacionarte con alguien que coarte tu libertad (¿libertinaje?). Se han encendido las luces rojas para que la Iglesia abra los ojos ante lo que muchos llaman el SIDA de la fe, pues la está afectando irremediablemente. ¿Cuáles son nuestras acciones para afianzar la fe de los que nos han sido confiados? ¿Cuál es nuestra capacidad de respuesta? Recordemos que también es un quebrantamiento de la Ley el no saber amar para convertirnos en una luz firme, segura para el hombre de nuestro tiempo. No nos lamentemos de las desviaciones en que están cayendo las nuevas generaciones; lamentémonos más bien de quedarnos con los brazos cruzados... El Señor nos pide que seamos fieles a su Ley, la Ley del Amor. La Iglesia de Cristo debe convertirse en el camino seguro del hombre hacia su plena perfección (www.homiliacatolica.com).

La idea no es arrasar con la antigua alianza; no es cosa de anular sino de "llevar a plenitud." Pero no es fácil entender cuál es esta plenitud. Una traducción dice: "llevar hasta sus últimas consecuencias;" otra dice: "perfeccionar"; otra dice: "cumplir." San Pablo nos da una idea que parece que aclara el sentido: "Pues lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carne, Dios lo hizo : enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne, para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu" (Rm 8,3-4). Ello significa que Jesús alcanza lo que no alcanzaba la Ley, pero no a espaldas de la Ley ni en contra de la Ley sino más allá y en la misma dirección de la Ley, pues al fin y al cabo, la Ley vino del mismo Dios providente que después de la Ley nos ha dado el régimen de la gracia. Por esta razón no es bueno despreciar los preceptos de la Ley o tratarlos como cosas sin significado. Si alguien cree en la salvación de Dios como es propuesta en el nuevo régimen de la gracia pero comete este desprecio, en realidad el despreciado es él mismo, pues achica el significado del plan providente de Dios para sí mismo. Por eso es "el más pequeño en el Reino de los Cielos." Por el contrario, el que descubre el amor y la sabiduría de Dios incluso en las cosas elementales que fueron prescritas, también abre para sí mismo una abundancia de luz y de gracia de Dios, y así es "grande en el Reino de los Cielos (Fray Nelson).

lunes, 11 de junio de 2012


Martes de la semana 10ª del tiempo ordinario: Dios nos llama a ser la sal de la tierra, luz del mundo, con nuestra vida de cristianos

II Corintios 1,18–22 (ver también Domingo 7º B): ¡Por la fidelidad de Dios!, que la palabra que os dirigimos no es sí y no. Porque el Hijo de Dios, Cristo Jesús, a quien os predicamos Silvano, Timoteo y yo, no fue sí y no; en Él no hubo más que sí. Pues todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en Él; y por eso decimos por Él «Amén» a la gloria de Dios. Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones.

Salmo  119, 129-133,135: 129 Maravillas son tus dictámenes, por eso mi alma los guarda. /130 Al abrirse, tus palabras iluminan dando inteligencia a los sencillos. /131 Abro mi boca franca, y hondo aspiro, que estoy ansioso de tus mandamientos. /132 Vuélvete a mí y tenme piedad, como es justo para los que aman tu nombre. /133 Mis pasos asegura en tu promesa, que no me domine ningún mal. /135 Haz que brille tu faz para tu siervo, y enséñame tus preceptos.

Mateo 5: 13 – 16: Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Comentario: 1.  Las relaciones de Pablo con los discípulos de Corinto no siempre fueron tranquilas. En el año 57 se produce una especial crisis en Corinto y se reclama la presencia de Pablo (2 Cor 1, 23-2, 1). Pero para no dar la impresión de "gobernar su fe" (v. 24), Pablo renunció a ese viaje, con lo que se ganó inmediatamente el reproche de "no tener palabra" (vv. 17-18). En Cristo, en efecto, no se encuentra ningún rastro de duplicidad: ha dicho sí a su Padre sin la menor reserva (v. 19) y esa obediencia ha permitido a Dios cumplir sus promesas y ser Él también fiel (v. 20a); ha permitido igualmente a los hombres que están unidos a Cristo responder sí, a su vez, al Padre (v. 20b), practicando así la sinceridad. Pablo, ministro que proclama a ese Cristo y cristiano que vive de ese Cristo, no abriga tampoco duplicidad en su corazón cuando se compromete y empeña su palabra. Y, así también, todo cristiano dice sí a los hombres y ese sí es como el eco del de Dios. Los vv. 21-22 constituyen una fórmula trinitaria. Al Padre le corresponde la unción y el sello; al Espíritu, el don de las arras de la gloria; al Hijo, el afianzamiento de la fe. Este reparto de misiones es más literario que doctrinal. El sello y la unción designan, probablemente, el bautismo; las arras son el Espíritu mismo, considerado por San Pablo como prenda de la vida eterna futura; el afianzamiento procurado por Cristo es la participación de su sí en la obediencia que es garantía del cumplimiento de las promesas.
La mentalidad moderna manifiesta una sed de sinceridad como nunca: la psicología y la sociología desenmascaran falsas verdades consideradas hasta ahora como tabúes, el arte tiende a la mayor sencillez y rechaza toda clase de florituras hasta hacerse abstracto, la opinión pública condena menos la falta o el error que la no autenticidad o la hipocresía de un personaje o de un sistema y aun cuando esas diferentes exigencias de sinceridad no sean negadas en la Iglesia, ésta se adapta afortunadamente a la mentalidad moderna no sacrificando la sinceridad a la verdad. Sin embargo, ¿no es precisamente eso lo que hemos hecho muchas veces elaborando una casuística que conseguía decir lo contrario de la ley acudiendo a distinciones sutiles o a restricciones mentales, absolutizando posiciones o definiciones que no eran más que el reflejo de condiciones históricas pasajeras? Si el mundo moderno tuviera que hacer un nuevo catálogo de las virtudes, está claro que colocaría a la sinceridad entre las virtudes principales. El Concilio Vaticano II ha desmontado una serie de instituciones eclesiales que obstaculizaban la sinceridad de la conciencia; pero la reforma no tendrá efectividad si cada individuo no se reforma a sí mismo y aprende a educar su conciencia y después a obedecerla abiertamente y sin desmayos (Maertens-Frisque). Pablo se defiende de la acusación de falta de sinceridad: Sucede a menudo que el hombre "conciliador" se encuentra dividido en su afán de querer conciliar puntos de vista y personas opuestas. Pero Pablo se defiende. Su única fidelidad no es a los partidos humanos sino a Dios. Se apoya en Dios: "tan verdadero como Dios es fiel" he tratado de ser sincero con vosotros. El mundo moderno va descubriendo las leyes de la comunicación entre las personas. Nada hay más difícil que «comunicarse». Muchas divisiones e incomprensiones provienen del «lenguaje». Las palabras no tienen el mismo sentido para todos. Se hiere sin quererlo. ¡Señor, ayuda a los hombres a comprenderse! Ayúdame a que mi lenguaje sea «sí» y "no", claro y neto.
-El Hijo de Dios, Jesucristo, que os hemos anunciado nunca ha sido a la vez "sí" y "no". Siempre ha sido un "sí". Esta definición de ti, Señor, que hoy descubro, me encanta. Cristo es un "sí". Sí, es decir, "lo positivo"; "la claridad", «la simplicidad», "la franqueza". "la acogida", "la aquiescencia", «la disponibilidad». Sí es la palabra del matrimonio, del amor, del consentimiento del otro. Sí, es el símbolo de un «ser que no está vuelto en sí mismo» sino «que se vuelve hacia el otro». Sí es una "respuesta". Hay que ser dos para que exista un sí, en correspondencia a la secreta espera del otro. De esta manera el «sí» termina y satisface una espera. Jesús es «aquel-que-ha-dicho-siempre-sí-a-Dios». Que sea yo también un «sí».
-Todas las promesas hechas por Dios han tenido su «sí» en Jesucristo. Jesucristo es el «sí» de Dios. En Jesús, Dios ha dicho «sí» al hombre. Es también una especie de matrimonio, una alianza. ¡Qué misterio! Dios se ha comprometido conmigo, como el esposo se compromete con su esposa. Ahora bien, Dios es fiel. Y ¡yo lo soy tan poco!
-Es también por Cristo que decimos "amén" a Dios, nuestro "sí" para su gloria. El término «amén» en hebreo es el equivalente a nuestro «sí». En las liturgias de la misa trataré de pronunciarlo pensando en lo que digo. Decir «sí» a Dios. Y en mi vida cotidiana lo pronunciaré mejor por los actos de cada día. "Es por Cristo que decimos "sí" a Dios." Ciertamente, «por mí mismo» sería incapaz de ello.
-Dios nos marcó con su sello -nos ha consagrado- y, en avance a sus dones nos ha dado: al Espíritu Santo que habita en nosotros. Pablo partió de una discusión en la que se defendía de los ataques contra su propia persona: pero lo vemos ahora elevado a los más altos misterios. ¡La inhabitación del Espíritu en el corazón del hombre! Pablo era un hombre consciente de llevar a Dios consigo. Señor, ¿es esto verdad? Y es sólo un «a cuenta», un «primer avance», ¡un comienzo de lo que será un día total y definitivo! ¡Gracias! (Noel Quesson)
Nosotros le tenemos que decir a ese Dios Trino, día tras día, nuestro «sí» particular. No sólo el día del Bautismo, por boca de nuestros padres y padrinos, sino nosotros mismos, a lo largo de la vida. Por eso, cada año, en la Vigilia Pascual, personalizamos el compromiso del Bautismo con las renuncias y la profesión de fe, del mismo modo que el «sí» del matrimonio, de la vocación cristiana de cada uno… se concreta a lo largo de los días y los años. Nuestra vida ¿es un «si» o un «no», tanto en nuestra relación con Dios como con el prójimo? ¿O vamos cambiando según nos conviene? Vivir en el «sí» es acoger la palabra de Dios, serle fieles y, al mismo tiempo, amar y abrirse a los demás (Fray Nelson).
La relación de Pablo con la comunidad de Corinto fue bastante compleja y cargada de tensiones y desilusiones, así como también de algunas sorpresas gratas y amables esperanzas. Por eso nos extraña que la comunicación epistolar entre el apóstol fundador de esta iglesia de Corinto y la comunidad por él fundada resultara también compleja y llena de situaciones que comprendemos bien en sus líneas generales pero cuyos detalles a veces se nos escapan. Cuando el apóstol habla, por ejemplo, del consuelo de Dios o cuando dice, como hemos escuchado en el texto de hoy: "nuestras palabras no son hoy sí y mañana no", está aludiendo a reproches, indirectas o murmuraciones -como hemos visto más arriba-  que ciertamente dificultaron su labor apostólica y le propinaron más de una amargura o disgusto. Es bueno conservar esta escala "real" al recordar las condiciones en que nació el cristianismo, para no idealizar a seres humanos que, como nosotros, vivieron sus propias dificultades y produjeron sus propias decepciones. A veces sucede, en efecto, que cuando hablamos de "los primeros cristianos", dejamos volar una especie de romanticismo espiritual que no ayuda a comprender cuál es el verdadero lugar de la fidelidad y de la gracia de Dios en la vida de ellos y en nuestra propia vida.
2. Sal : Podemos rezar con el salmo nuestra confianza en la fidelidad de Dios: «vuélvete a mí y ten misericordia, como es tu norma con los que aman tu nombre», a la vez que manifestamos nuestro compromiso de respuesta afirmativa: «enséñame tus leyes... tus preceptos son admirables, por eso los guarda mi alma». Quizá nos pueda servir para meditar este salmo de hoy las siguientes palabras de S. Roberto Belarmino: “Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia; ¿quién, que haya empezado a gustar, por poco que sea, la dulzura de tu dominio paternal, dejará de servirte con todo el corazón? ¿Qué es, Señor, lo que mandas a tus siervos? Cargad –nos dices– con mi yugo. ¿Y cómo es este yugo tuyo? Mi yugo –añades– es llevadero y mi carga ligera. ¿Quién no llevará de buena gana un yugo que no oprime, sino que halaga, y una carga que no pesa, sino que da nueva fuerza? Con razón añades: Y encontraréis vuestro descanso. ¿Y cuál es este yugo tuyo que no fatiga, sino que da reposo? Por supuesto aquel mandamiento, el primero y el más grande: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón. ¿Qué más fácil, más suave, más dulce que amar la bondad, la belleza y el amor, todo lo cual eres tú, Señor, Dios mío? ¿Acaso no prometes además un premio a los que guardan tus mandamientos, más preciosos que el oro fino, más dulces que la miel de un panal? Por cierto que sí, y un premio grandioso, como dice Santiago: La corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman. ¿Y qué es esta corona de la vida? Un bien superior a cuanto podamos pensar o desear, como dice san Pablo, citando al profeta Isaías: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman. En verdad es muy grande el premio que proporciona la observancia de tus mandamientos. Y no sólo aquel mandamiento, el primero y el más grande, es provechoso para el hombre que lo cumple, no para Dios que lo impone, sino que también los demás mandamientos de Dios perfeccionan al que los cumple, lo embellecen, lo instruyen, lo ilustran, lo hacen en definitiva bueno y feliz. Por esto, si juzgas rectamente, comprenderás que has sido creado para la gloria de Dios y para tu eterna salvación, comprenderás que éste es tu fin, que éste es el objetivo de tu alma, el tesoro de tu corazón. Si llegas a este fin, serás dichoso; si no lo alcanzas, serás un desdichado. Por consiguiente, debes considerar como realmente bueno lo que te lleva a tu fin, y como realmente malo lo que te aparta del mismo. Para el auténtico sabio, lo próspero y lo adverso, la riqueza y la pobreza, la salud y la enfermedad, los honores y los desprecios, la vida y la muerte son cosas que, de por sí, no son ni deseables ni aborrecibles. Si contribuyen a la gloria de Dios y a tu felicidad eterna, son cosas buenas y deseables; de lo contrario, son malas y aborrecibles.”
3. Este Evangelio es uno de los pasajes más estructurados de Mateo. Comprende sucesivamente los temas de la sal, de la luz y de la ciudad. Es muy importante precisar lo que Mateo ha tomado de la tradición oral y lo que procede de su propio trabajo de redacción para descifrar el o los mensajes de esta lectura.
a) El logión de Cristo sobre la sal ha sido entendido de tres maneras diferentes y colocado en tres contextos diversos por los sinópticos. Mc 9, 50 ha conservado la fórmula primitiva en la que la sentencia sobre la sal, unida a las demás sentencias por medio de las palabras-nexo sal y fuego, se incrusta en un conjunto de orientación escatológica. De sentencia que era, el logión se convierte en una parábola en Lc 14, 34-35, en donde sirve para convencer, lo mismo que la parábola del rey que emprende una guerra, de que, en el Reino, hay que ir hasta el fondo, sin desalentarse. En Marcos y en Lucas la sal designa, pues, la nueva religión y las exigencias que implica. En Mateo, por el contrario, la sentencia se convierte en una alegoría misionera. Incorpora una introducción peculiar suya ("vosotros sois la sal...") y la sal representa a los discípulos. Ser la sal de la tierra es ser su elemento más precioso: sin la sal, la tierra no tiene ya razón de ser; con la sal, por el contrario, si sigue siendo sal, la tierra puede proseguir su vocación y su historia. La Iglesia que no es ya fiel a sí misma no sólo se pierde, sino que deja al mundo sin salvador.
b) La sentencia sobre la luz (vv. 14-16) ha sido profundamente reelaborada por Mateo y en el mismo sentido alegórico que la sal. En efecto, en Mc 4, 21, la luz sacada de debajo del celemín para iluminar todo alrededor designa la enseñanza de Jesús, progresivamente descubierto y comprendido. Pero Mateo le da una interpretación alegórica y moralizante: añade de su cosecha el v. 14a ("vosotros sois...") para establecer el paralelismo con la sal, añade igualmente la imagen de la ciudad elevada (v. 14b) y concluye con una aplicación moral: cada discípulo es luz en la medida en que sus acciones se convierten en signos de Dios para el mundo. El testimonio cristiano está, pues, dotado de visibilidad y responde a una exigencia misionera: no se santifica uno de manera puramente interior: no se encuentra uno dispersado en el mundo hasta el punto de perderse en él en la conformidad total con ese mundo, o de olvidar el testimonio de la trascendencia.
Las imágenes de la sal de la tierra y de la luz del mundo interesan directamente a la eclesiología. La Iglesia puede ser considerada, en efecto, como luz para los hombres, puesto que es el cuerpo de ese Cristo que ha revelado a la humanidad el sentido último de su razón de ser: la vida con Dios. Los cristianos estaban convencidos antiguamente de ello y los resultados culturales y educativos conseguidos por la Iglesia en los países impulsados por ella hacia el desarrollo y la ilustración les fortalecían en esa convicción. Pero he ahí que la influencia cultural de la Iglesia está cediendo hoy ante la del Estado, que su autoridad es puesta en entredicho y que la inmensa mayoría de los hombres prescinden de la luz que pretende ofrecerles. Comienza a surgir una nueva raza de cristianos que ya no se aferran incondicionalmente a las convenciones, dentro de las cuales se ejercía hasta ahora la moral y la religión; unos cristianos que se saben amenazados en su fe y que no cesan de encontrar nuevas respuestas a unas preguntas permanentemente renovadas. Se preguntan sobre lo que pueden significar para ellos la "luz" y la "sal de la tierra. Pues bien: la única manera de ser luz en la humanidad actual consiste precisamente en despojarse de toda seguridad, en aceptar no saber de Dios otra cosa sino que es fiel a sí mismo y a su amor y que es Dios incluso precisamente porque puede negársele. El cristiano se convertirá en luz y sal el día en que se quede libre de todas esas "verdades", el día en que dé pruebas de su lealtad total en la búsqueda de Dios y acepte el recibir y el escuchar, el perdonar y el compartir (Maertens-Frisque) Veámoslo ahora frase a frase:
-Vosotros sois la sal de la tierra. La sal es cosa buena. Sin sal, la comida es sosa, sin sabor. Jesús acaba de exponernos el tipo de hombre que Él desea, el de las bienaventuranzas: un hombre "contento" de ser pobre, no violento, sino misericordioso, sincero y puro, perseguido, artesano de la paz. ¡Se trata de un tipo de hombre de muy alta exigencia y perfección! Si sois así, sigue diciendo Jesús, seréis entonces la sal de la tierra, seréis en verdad la fuerza sabrosa y tonificante de esta humanidad que corre constantemente el riesgo de debilitarse en la banalidad. Las gentes que han orientado toda su vida hacia el Reino de Dios son las que salvan a la humanidad... Las gentes que se alegran en las persecuciones son una fuerza irremplazable en el seno de la humanidad... La sal aumenta el sabor. ¿Qué es lo que crece y se desarrolla a mi alrededor? ¿La bondad, el amor, el sabor de Dios? o quizá ¿la amargura, la mezquindad... la banalidad?
-Si la sal se pone sosa, ¿con qué se salará? Ya no sirve más que para tirarla a la calle y que la pise la gente. Responsabilidad de los discípulos de Jesús. Dar "sabor" al mundo. Decididamente, Señor, no eres un predicador que halaga los instintos de facilidad de tu público. ¡Eres exigente! Hay aquí una advertencia: la vocación puede debilitarse, perder su vigor... la llamada de Dios en nosotros puede perderse en el desabrimiento... después de un tiempo de generosidad y de empuje. La Fe puede zozobrar. Se nos ha advertido. Entonces no valemos para nada. Un cristiano inútil que "no sirve para nada". Es el que ha perdido el sabor de Dios. Ser "echado fuera", como el invitado al banquete que no llevaba puesto su traje de fiesta (Mt 22, 12), como el mal servidor que enterró su talento -su millón- (Mt 25. 30). "El evangelio es sal. Algunos cristianos lo han hecho azúcar" (Paul Claudel).
-Vosotros sois la Luz del Mundo. Segunda parábola con el mismo sentido de la primera... pero, ¡en mayor grado! ¡Ser el "sol" del mundo! Sin él no hay color, ni belleza, ni actividad vital. "Sal de la tierra." "Luz del mundo" (cosmos en griego). La mirada de Jesús abarca un amplio horizonte. Propone a sus discípulos una perspectiva vasta como el mundo. Al lado de esto ¡cuán estrechos son nuestros puntos de vista! A mi alrededor ¿emana una luz resplandeciente y radiante? San Juan nos relata una palabra equivalente de Jesús: "YO soy la luz del mundo." Los discípulos no son "luz" más que por reflejo, en la medida en que son transparentes y penetrados de la luz de Jesús. ¿Qué oración me sugiere esto?
-No se puede ocultar una ciudad situada en lo alto de un monte: ni se enciende un candil para meterlo debajo del perol, sino para ponerlo en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Jesús subraya la potencia, la virulencia de la luz; no se la puede destruir, ni resistir a su irradiación. ¡Sería absurdo encender una vela para esconderla debajo de un recipiente! El discípulo, el hombre de las bienaventuranzas es un hombre irradiante.
-Así alumbre también vuestra luz a los hombres; que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del cielo. El adjetivo "vuestro" me remite a "mi" vida cotidiana. En esta frase de Jesús no se trata de ideas ni de verdades doctrinales. Lo que el mundo espera de los discípulos de Jesús son actos: la luz de la que habla Jesús, es una "vida"... "lo que hacéis, hacedlo bien". Y todo esto de un modo habitual, para Dios y para la gloria del Padre (Noel Quesson)
Todo lo que Jesús dice no era sólo por los discípulos: va por nosotros. Hoy y aquí. Nuestra fe, y la vida que Dios nos comunica, no deben quedar en nosotros mismos: deben, de alguna manera, repercutir en bien de los demás. Se nos dice que debemos ser sal en el mundo, que sepamos dar gusto y sentido a la vida. Que contagiemos sabiduría, o sea, el gusto de Dios y, a la vez, el sabor humano, sinónimo de esperanza, de amabilidad y de humor. Que seamos personas que contagian felicidad y visión optimista de la vida (en otra ocasión dijo Jesús: «tened sal en vosotros y tened paz unos con otros», Mc 9,50). Como la sal, debemos también preservar de la corrupción, siendo una voz profética de denuncia, si hace falta, en medio de la sociedad (se nos invita a ser sal, no azúcar).
Se nos pide que seamos luz para los demás. El que dijo que era la Luz verdadera, con mayúscula, aquí nos dice a sus seguidores que seamos luz, con minúscula. Que, iluminados por Él, seamos iluminadores de los demás. Todos sabemos qué clase de cegueras y penumbras y oscuridades reinan en este mundo, y también dentro de nuestros mismos ambientes familiares o religiosos. Quien más quien menos, todos necesitamos a alguien que encienda una luz a nuestro lado para no tropezar ni caminar a tientas. El día de nuestro Bautismo se encendió una vela del Cirio pascual de Cristo. Cada año, en la Vigilia Pascual, tomamos esa vela encendida en la mano. Es la luz que debe brillar en nuestra vida de cristianos, la luz del testimonio, de la palabra oportuna, de la entrega generosa. No se nos ha dicho que seamos lumbreras, sino luz. No se espera de nosotros que deslumbremos, sino que alumbremos. Hay personas que lucen mucho e iluminan poco. Se nos dice, finalmente, que seamos como una ciudad puesta en lo alto de un monte, como punto de referencia que guía y ofrece cobijo. Esto lo aplica la Plegaria Eucarística II de la Reconciliación a la comunidad eclesial: «que la Iglesia resplandezca en medio de los hombres como signo de unidad e instrumento de tu paz»; y la Plegaria V b: «que tu Iglesia sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando». Pero también se pide eso mismo de las familias y las comunidades cristianas. Qué hermoso el testimonio de aquellas casas que están siempre abiertas, disponibles, para niños y mayores, parientes o vecinos. Cada vez no les darán de cenar, pero sí caras acogedoras y una mano tendida. ¿Somos de verdad sal que da sabor en medio de un mundo soso, luz que alumbra el camino a los que andan a oscuras, ciudad que ofrece casa y refugio a los que se encuentran perdidos? (J. Aldazábal).
La gente que ama mucho sonríe fácilmente, porque la sonrisa es, ante todo, una gran fidelidad a sí mismo. Y atención porque se habla de sonrisa y no de risa. “Mayor felicidad hay en dar que en recibir” (Hch 20,35). Esos a quienes llamamos santos lograron la nota más alta en su vida porque se dedicaron a servir. Porque se entregaron sin límites a sus hermanos. La alegría del cristiano es una alegría verdadera, profunda que está llamada a ser sal de la tierra. No puede quedarse oculta. Siendo lo que es, debe calar y debe motivarnos a transmitirla, a darla a conocer a los demás. Esta felicidad se halla en el encuentro personal con Cristo. Sí, antes de salir a predicar, los santos se encontraron con Jesús. Por ello, tan sólo les bastaba una sonrisa para trasmitir a Dios, lo irradiaban, estaban rebosantes de Él. Cuentan que un día, san Francisco de Asís le pidió a uno de los frailes cofundadores que se preparara para salir a predicar con él. Salieron y estuvieron caminando y dando vueltas por todo Asís, durante una hora y media. En un cierto momento, el fraile que lo acompañaba le dijo a san Francisco: “Padre Francisco, usted me dijo que saldríamos a predicar. Hasta ahora, sólo hemos caminado y recorrido todo el pueblo”. San Francisco le respondió: “Hermano, llevamos una hora y media de predicación. No hay mejor predicación que la sonrisa y el testimonio de una vida auténticamente cristiana”. Ojalá que también nosotros prediquemos el mensaje de la felicidad, de la sonrisa, de la plenitud cristiana. Que seamos sal y luz para nuestros familiares y amigos. Quien verdaderamente se ha encontrado con Jesús no puede callar, no puede encerrarse en sí mismo, debe compartirlo con todo el mundo (Xavier Caballero).
Cuando el Señor nos dice que los cristianos debemos ser sal de la tierra, nos está diciendo que tenemos que dar sabor y sazón al alimento; pero también que debemos servir como conservantes para que el mundo no se pudra en su pecado y en sus vicios. Tenemos que ser como la levadura en la masa, o como el alma en el cuerpo. A este propósito, existe un bello texto espiritual de la época de los Padres, llamado “Carta a Diogneto”, que habla sobre la misión de los cristianos en el mundo. Dice así: “Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos; ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres. Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte; siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida; y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho. Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan esas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se les condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, pero abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados con la muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen; y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad. Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros el cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos porque se oponen a sus placeres. El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado del que no les es lícito desertar” (Carta a Diogneto, cap. 5-6).
Jesús no habla de la sal, sin más, ni de la luz, sin más. El tema es "sal desabrida" y "luz ocultada". Los adjetivos calificativos son importantes; son realmente básicos aquí, si queremos comprender el verdadero alcance de la enseñanza de Nuestro Señor: sal "desabrida" y luz "ocultada". Estos calificativos corresponden a sendos riesgos o tentaciones. Es fácil contentarse con ser "sal" sin percatarse de que hace rato se ha perdido el sabor. Es fácil y tentador deleitarse en el resplandor de la propia "luz" sin caer cuenta de que ya no alumbramos realmente a nadie. Frente a estas posibilidades que nos seducen en silencio se levanta la voz del profeta de Nazaret, porque no quiere que durmamos porque se apagó nuestra luz o se disolvió nuestro sabor (Fray Nelson).
Quienes hemos unido nuestra vida a Cristo hemos recibido el "Sabor" que nos viene de Él. Quien entre en contacto con la Iglesia de Cristo sabrá de su amor, de su entrega, de su cercanía, de su perdón, de su misericordia, de su Vida eterna. Hemos sido formados por Dios del costado abierto de su Hijo para que le demos un nuevo rumbo a la historia. Pero si perdemos el sabor de Cristo, si en lugar de que los demás encuentren en nosotros la Verdad y la Vida sólo encuentran destrucción, muerte y desprecio, por muy eruditos que sean nuestros discursos sobre Cristo sólo serviremos de burla para los demás y no serviremos sino para ser expulsados de la Casa del Padre par ser pisoteados, eternamente humillados por vivir como los hipócritas. Por eso, la Vida que Dios ha infundido en nosotros es como una luz, que el mismo Dios ha encendido en nosotros. No podemos ocultarla bajo nuestras cobardías. El Señor nos quiere testigos suyos. Testigos de la Verdad y de su Vida de la que nos ha hecho partícipes. En la Eucaristía el Señor no sólo ilumina nuestra vida, sino que hace que nosotros también seamos convertidos en fuego que ilumine al mundo y el camino de la humanidad hacia su plena realización en Cristo. La Iglesia es Luz que hace brillar el Rostro resplandeciente de su Señor a través de la historia. Pero esta Luz no es algo propio de la humanidad, sino un Don que Dios nos hace por medio de su Hijo. Quienes creemos en Él no podemos empañar esa luz con nuestros pecados. El Señor quiere que su Iglesia sea un signo claro de su amor, de su bondad y de su misericordia. Y para ello entregó su vida por nosotros. Celebrar la Eucaristía y participar de ella significa todo un compromiso para trabajar en orden a hacer llegar la Vida de Dios y su Espíritu, hasta el último rincón de la tierra, como la Buena Noticia del Amor de Dios que se nos ha comunicado por medio de Cristo Jesús. Esa Vida divina debe dar frutos de buenas obras en nosotros. Quienes disfruten de esos frutos, quienes sean objeto de nuestro amor, de nuestro trabajo por la paz y la justicia, de nuestra misericordia, de nuestra generosidad, estarán experimentando a Dios desde nosotros y lo glorificarán a Él, pues no buscamos nuestra gloria, sino la de Aquel que es el único autor de todo bien. Habiendo, pues recibido, el Don de Dios, no lo ocultemos. No guardemos únicamente para nosotros la santidad de vida que Dios nos ha concedido. Seamos portadores de ese regalo que el Señor quiere hacer llegar a todos.
El Señor no quiere que su Iglesia sea una comunidad de cobardes. Él no le ha pedido a su Padre que nos saque del mundo, sino que nos preserve del mal, pues, siendo de Dios, permanecemos en el mundo como testigos del amor y de la verdad. Con la valentía y la fuerza que nos viene del Espíritu de Dios, que hemos recibido, debemos abrir los ojos ante tantas miserias y pecados que han atrapado a buena parte de la sociedad. Junto con el Papa Juan Pablo II reflexionamos que no sólo se nos ha perdido una de las 100 ovejas del rebaño, sino una gran parte del mismo. Con el corazón de Cristo hemos de llegar hasta los lugares más arriesgados y peligrosos en busca de quienes se dispersaron en un día de nubarrones y oscuridad. El Señor quiere que vayamos totalmente definidos a favor de la Verdad, de la Vida y del Amor que proceden de Dios hacia nosotros. Que vayamos como luz, dispuestos a iluminar y a no dejarnos apagar en la misión que se nos ha confiado. Muchos habrá que querrán comprarnos para sí y silenciar la voz de profeta que le corresponde a la Iglesia. Tratemos de no hacerle el juego al mal ni a los poderosos de este mundo. Aprendamos a cumplir con la misión que el Señor nos ha confiado, dispuestos a correr todos los riesgos que nos vengan por creer en Cristo Jesús. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber convertirnos en auténticos testigos del amor de Dios en el mundo, de tal forma seamos una verdadera Iglesia profética por cumplir y vivir todo lo que nosotros decimos acerca del Dios amor, y que, por tanto, no sólo lo anunciamos con nuestros labios. Amén (www.homiliacatolica.com).


domingo, 10 de junio de 2012


Lunes de la semana 10ª del tiempo ordinario: las bienaventuranzas, el retrato de Jesús en el que nos podemos mirar para vivir como Él y ser felices

PRIMERA LECTURA
Elías sirve al Señor, Dios de Israel
Lectura del primer libro de los Reyes 17, 1-6
En aquellos días, Ellas, el tesbita, de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab: 
-« ¡Vive el Señor, Dios de Israel, a quien sirvo! En estos años no caerá rocío ni lluvia si yo no lo mando. »
Luego el Señor le dirigió la palabra:
-«Vete de aquí hacia el oriente y escóndete junto al torrente Carit, que queda cerca del Jordán. Bebe del torrente y yo mandaré a los cuervos que te lleven allí la comida.»
Elías hizo lo que le mandó el Señor, y fue a vivir junto al torrente Carit, que queda cerca del Jordán.
Los cuervos le llevaban pan por la mañana y carne por la tarde, y bebía del torrente.
Palabra de Dios.
Sal 120, 1-2. 3-4. 5-6. 7-8 
R. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.
Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor,que hizo el cielo y la tierra. R.
No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme; no duerme ni reposa el guardián de Israel. R.
El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha; de día el sol no te hará daño, 
ni la luna de noche. R.

El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma; el Señor guarda tus entradas y salidas, ahora y por siempre. R.
EVANGELIO
Mateo 5,1-12
            Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:
            -Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.
            -Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

Comentario: 1.
3. Mt 5, 1-12ª El texto que hoy leemos en el evangelio resuena en nuestro corazón. En todo hombre hay lo que san Agustín llama “memoria Dei”. Según esta podemos reconocer la verdad, la bondad y la belleza porque hay como una disposición en nuestro corazón para ellas. Podemos decir que cuando nos encontramos con algo verdadero nuestro corazón se satisface, y lo mismo sucede con la bondad y con todo lo que es hermoso. En definitiva, como dice el mismo santo, estamos hechos para Dios y, mientras no lo encontramos experimentamos la insatisfacción.
Pero hay textos como el de las Bienaventuranzas que nos cautivan por su singular belleza y ello a pesar de que resultan paradójicas y contienen mucho de exigencia. Jesús dice, por ejemplo, que son felices los que lloran. Aunque en un primer momento pensemos que eso no puede ser verdad, porque huimos continuamente de las lágrimas, sin embargo intuimos que es cierto y que muchas veces nos habría gustado llorar en vez de salir victoriosos, porque habríamos sido más felices.
Por tanto, el Señor lo que hace es desvelarnos algo muy profundo y que por otra parte tiene que ver con el día a día. ¿Cuántas veces, para quedarnos satisfechos, no hemos descargado nuestra ira contra los demás o, como se dice, lo hemos soltado todo? Pero, después, ¿qué queda? Sólo amargura.
Bienaventuranzas, por tanto, nos sitúan en una perspectiva muy profunda: la de nuestro verdadero bien. Pero también nos damos cuenta de que están más allá de nuestras posibilidades. Intentamos ser felices, como nos muestra el Señor, pero continuamente caemos en nuestras propias trampas y buscamos la “falsa felicidad” de quedar bien, ser reconocidos, no pasar privaciones, evitar las molestias físicas y espirituales… continuamente nos sorprendemos buscando atajos para la felicidad.
Pero las bienaventuranzas son el mismo Jesús, nos describen su persona. Porque también al contemplarlo experimentamos la misma sorpresa. El Señor aparece desprendido de todo y al mismo tiempo lo ama todo. Transita los caminos que nosotros evitamos y tiene una plenitud que desconocemos y nos desconcierta. Lo tiene todo y se acerca a nosotros. La felicidad que Jesús nos dibuja en las bienaventuranzas coincide con su ser. Por eso el camino de la felicidad pasa por pegarse totalmente a Él. Esa identificación puede conducir, como se lee en la última bienaventuranza, en ser perseguidos. Entonces se muestra que hemos alcanzado lo pretendido, porque sufrimos su persecución, por su nombre. Nos quieren arrebatar lo que todo el mundo busca, la felicidad, aunque no todos la pretenden de la manera adecuada.
Pidamos a María Santísima que nos ayude a configurarnos a su Hijo Jesús. Que ella nos eduque para que nunca dejemos de desear la auténtica felicidad, la única que nos va a saciar en plenitud.
Durante tres meses el evangelio de san Mateo guiará nuestro encuentro con Jesús. Comenzamos en el capítulo quinto porque los cuatro primeros se leyeron en tiempo de Navidad y Cuaresma. A diferencia de san Marcos, que relata principalmente "hechos" vividos por Jesús, san Mateo relata muchas "palabras" de Jesús, que agrupó en cinco grandes discursos: 1. Sermón de la montaña (5 a 7). 2. Consignas para la “misión” (10). 3. Parábolas del Reino (13). 4. Lecciones de vida comunitaria (18). 5. Discurso escatológico (24 y 25).
-Dichosos... Dichosos... Dichosos... Dichosos... Dichosos... Dichosos... Dichosos...
Primera palabra de todas las frases con las que inicias tu primer sermón, Señor. La "felicidad" es el sujeto de tu homilía. Y no me extraña, pues vienes a enseñarnos el proyecto del Padre y yo sé muy bien que Dios ha creado al hombre para la felicidad. Para un Padre, lo contrario sería incluso inverosímil e imposible. Sí, Dios puso a Adán y a Eva en un "paraíso" y el destino último de la humanidad es un "paraíso". De otra parte, basta mirar a nuestro alrededor y en nuestro propio corazón para constatar que ¡la felicidad es la gran aspiración del hombre! Es una verdadera y ávida carrera. Esto no me extraña, Señor, porque sé que ¡Tú eres dichoso, feliz! Dios está en la alegría. Dios vive en el gozo. Y la humanidad va hacia ti… y yo voy hacia ti.
-Los pobres... Los no violentos... Los afligidos... Los que tienen hambre y sed de justicia... Los misericordiosos... Los sinceros y limpios de corazón... Los que trabajan por la paz... Los perseguidos... Tú ofreces a la humanidad no un consuelo sentimentaloide, lacrimoso, sino una promoción. De una sola vez. Tú pones la felicidad por encima y más allá de las facilidades baratas. No, Tú no propones alegrías fáciles ni falsas dichas. La felicidad para ti es la del hombre que lucha, que crece, que no se deja abatir: ¡las bienaventuranzas comportan heroísmo y dificultad! ¡Ay! me conozco, Señor, y sé que a ninguna fibra de mi ser le agrada la "pobreza", la "aflicción", la "persecución"... ¿por qué hacer el fanfarrón ante ti? Sabes muy bien que no soy "limpio", ni "sincero", ni "pacífico", ni "misericordioso". Pero me indicas aquí la línea esencial de la promoción del hombre. Y es caminando en este sentido que el hombre adelanta y crece. Siguiendo esta línea, el hombre alcanzará su verdadera felicidad, la que nada podrá alterar.
-Porque suyo es el Reino de los cielos. .. Heredarán la tierra... Serán consolados... Serán saciados... Alcanzarán misericordia... Verán a Dios... Se llamarán hijos de Dios... Suyo es el Reino de los cielos... Si Jesús hubiese sido un revolucionario en el sentido habitual de este término, hubiera prometido a los pobres una revancha sobre los ricos; pero no se coloca a este nivel, por lo que hace a la versión de Mateo. La transformación que Jesús propone, se sitúa en el nivel del "corazón",  de la personalidad profunda. Si bien es una revolución, una especie de inversión de los valores corrientes: ver a Dios... poseer el Reino de los cielos... ser hijos de Dios. La solución total, la verdadera grandeza del hombre, su promoción esencial, que no niega otras grandezas de tipo social y humano, está en Dios (Noel Quesson).
Este camino que nos enseña Jesús es en verdad paradójico: llama felices a los pobres, a los humildes, a los de corazón misericordioso, a los que trabajan por la paz, a los que lloran y son perseguidos, a los limpios de corazón. Naturalmente, la felicidad no está en la misma pobreza o en las lágrimas o en la persecución. Sino en lo que esta actitud de apertura y de sencillez representa y en el premio que Jesús promete. Los que son llamados bienaventurados por Jesús son los «pobres de Yahvé» del AT, los que no son autosuficientes, los que no se apoyan en sí mismos, sino en Dios. A los que quieran seguir este camino, Jesús les promete el Reino, y ser hijos de Dios, y poseer la tierra. Todos buscamos la felicidad. Pero, en medio de un mundo agobiado por malas noticias y búsquedas insatisfechas, Jesús nos la promete por caminos muy distintos de los de este mundo. La sociedad en que vivimos llama dichosos a los ricos, a los que tienen éxito, a los que ríen, a los que consiguen satisfacer sus deseos. Lo que cuenta en este mundo es pertenecer a los VIP, a los importantes, mientras que las preferencias de Dios van a los humildes, los sencillos y los pobres de corazón. La propuesta de Jesús es revolucionaria, sencilla y profunda, gozosa y exigente. Se podría decir que el único que la ha llevado a cabo en plenitud es Él mismo: Él es el pobre, el que crea paz, el misericordioso, el limpio de corazón, el perseguido. Y, ahora, está glorificado como Señor, en la felicidad plena. Desde hace dos mil años, se propone este programa a los que quieran seguirle, jóvenes y mayores, si quieren alcanzar la felicidad verdadera y cambiar la situación del mundo. Las bienaventuranzas no son tanto un código de deberes, sino el anuncio de dónde está el tesoro escondido por el que vale la pena renunciar a todo. Más que un programa de moral, son el retrato de cómo es Dios, de cómo es Jesús, a qué le dan importancia ellos, cómo nos ofrecen su salvación. Además, no son promesa; son, ya, felicitación.
Pensemos hoy un momento si estamos tomando en serio esta propuesta: ¿creemos y seguimos las bienaventuranzas de Jesús o nos llaman más la atención las de este mundo? Si no acabamos de ser felices, ¿no será porque no somos pobres, sencillos de corazón, misericordiosos, pacíficos, abiertos a Dios y al prójimo? Empezamos el evangelio de Mateo oyendo la bienaventuranza de los sencillos y los misericordiosos, y lo terminaremos escuchando, en el capitulo 25, el éxito final de los que han dado de comer y visitado a los enfermos. Resulta que las bienaventuranzas son el criterio de autenticidad cristiana y de la entrada en el Reino. (J. Aldazábal)
Las Bienaventuranzas están destinadas a todo el mundo. El Maestro no sólo enseña a los discípulos que le rodean, ni excluye a ninguna clase de personas, sino que presenta un mensaje universal. Ahora bien, puntualiza las disposiciones que debemos tener y la conducta moral que nos pide. Aunque la salvación definitiva no se da en este mundo, sino en el otro, mientras vivimos en la tierra debemos cambiar de mentalidad y transformar nuestra valoración de las cosas. Debemos acostumbrarnos a ver el rostro del Cristo que llora en los que lloran, en los que quieren vivir desprendidos de palabra y de hecho, en los mansos de corazón, en los que fomentan las ansias de santidad, en los que han tomado una “determinada determinación”, como decía santa Teresa de Jesús, para ser sembradores de paz y alegría. Las Bienaventuranzas son el perfume del Señor participado en la historia humana. También en la tuya y en la mía. Los dos últimos versículos incorporan la presencia de la Cruz, ya que invitan a la alegría cuando las cosas se ponen feas humanamente hablando por causa de Jesús y del Evangelio. Y es que, cuando la coherencia de la vida cristiana sea firme, entonces, fácilmente vendrá la persecución de mil maneras distintas, entre dificultades y contrariedades inesperadas. El texto de san Mateo es rotundo: entonces «alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Àngel Caldas i Bosch).
La mayoría de los sistemas filosóficos de la antigüedad eran “eudemónicos”. Existían muchas y diversas escuelas de pensamiento con diferentes programas. Pero estas diferencias concernían a los diversos modos de alcanzar el fin común del ser humano: la “eudaimonía”. Todas coincidían en la búsqueda de la felicidad. Los estoicos la cifraban en la “ataraxia” o serenidad y quietud del alma frente a los reveses de la vida; los epicúreos la buscaban en un equilibrado placer; otros en el ejercicio de la razón o en el vivir “secundum naturam”. Pero no sólo los filósofos se preocupaban de estos temas. Todas las religiones de la humanidad han buscado dar respuesta a este profundo interrogante del ser humano y han pretendido, por diversos caminos, hacer feliz al hombre en esta vida y asegurarle la felicidad y la paz en el más allá. Santo Tomás de Aquino, el exponente y conciliador más elevado de la filosofía aristotélica y de la teología católica, no podía dejar de lado este tema fundamental. Al comenzar su tratado de moral, en la Suma Teológica, aborda en primer lugar la cuestión del fin último, y éste, a fin de cuentas, es la felicidad, la “beatitudo”. Pero sólo la obtiene cuando alcanza la satisfacción plena de su naturaleza espiritual en el ejercicio máximo de sus facultades superiores. En definitiva, es feliz cuando posee a Dios totalmente y para siempre, el único Ser capaz de colmar todas las aspiraciones de su corazón, el único objeto digno de su inteligencia y voluntad (S.Th. I-II, q. 1-5). El hombre, pues, ha sido creado por Dios para ser feliz, en esta vida y en la otra. “Y sólo en Él encontrará la verdad y la dicha que no cesa de buscar” –como nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica (C.I.C., n. 27)—. Jesucristo conocía -conoce-  perfectamente el corazón del hombre, sus ansias y anhelos de eternidad, y era imposible que hiciera caso omiso de esta realidad tan fuertemente arraigada en el fondo de su ser. Y nos dio la clave para que llegáramos a ser felices.  Pero, a diferencia de los filósofos, y de tantos otros personajes que quieren pasar como “bienhechores de la humanidad” –y que tantas veces tienen una visión bastante miope y achatada de las cosas— nuestro Señor nos indicó un camino seguro, aunque arduo, para alcanzar la felicidad: el Sermón de la montaña. Abre su discurso con las “bienaventuranzas”, la solemne proclamación del proyecto de felicidad que Él nos traía.
El Papa Pablo VI decía que “quien no ha escuchado las bienaventuranzas, no conoce el Evangelio; y quien no las ha meditado, no conoce a Cristo”. Palabras fuertes, pero totalmente ciertas. El Sermón del monte es como la “Carta magna del Reino”, el núcleo más esencial del mensaje de Jesucristo. Nos hemos acostumbrado a pensar –a fuerza de publicidad u obedeciendo a las propias tendencias e instintos de nuestra naturaleza caída— que la felicidad se encuentra en el placer, en el poder, en la riqueza, en los lujos y vanidades, en la honra o en la concesión a nuestro cuerpo de todos los goces posibles. Los epicúreos paganos se quedaban cortos. Hemos llegado a un hedonismo agudizado y sin fronteras. Dice Tomás Melendo que nuestra sociedad se ha especializado en la obtención del placer sin el esfuerzo previo, sin el crecimiento interior de la persona; es decir, el premio, por así decir, que es el placer, sin habérselo ganado. De ahí viene la profunda insatisfacción y el vacío de corazón, en su fuero interno el ser humano sabe que se ha “saltado” un paso y no merece esa felicidad. Es una felicidad-sentimiento/dicha, que desaparece rápidamente, a diferencia de la verdadera felicidad o felicidad-perfeccionamiento/crecimiento personal. Esta última deja un poso profundo y las ganas de esforzarse más y más… (en Felicidad y autoestima). Porque Cristo nos asegura que la verdadera alegría la encontraremos en la pobreza, en la humildad, en la bondad, en la pureza del corazón y en la paciencia ante el sufrimiento. ¡De veras que el Señor va siempre a contrapelo de la mentalidad mundana! Por eso hay tan pocos que lo entienden, lo aceptan y lo siguen. Pero es esto lo que da la auténtica paz al corazón. Y lo que transforma al mundo. Son dichosos no los que no tienen nada, sino los que no tienen su corazón apegado a nada, a ningún bien de esta tierra. Por eso gozan de una total libertad interior y pueden abrirse sin barreras a Dios y a las necesidades de sus semejantes. Los mansos son los hombres y mujeres llenos de bondad, de paciencia y de dulzura, que saben perdonar, comprender y ayudar a todos sin excepción. Por eso pueden poseer la tierra. El que es dueño de sí mismo es capaz de conquistar más fácilmente el corazón de los demás para llevarlo hacia Dios. Y vive feliz y en paz. En su corazón no hay lugar para la amargura. Y por eso, porque vive en paz, puede repartir la paz entorno suyo. Como Francisco de Asís, que podía dialogar, sin armas en la mano, con el terrible sultán de los sarracenos, que hacía la guerra a los cristianos. Los pacíficos son también pacificadores. Porque son misericordiosos y rectos de corazón. Y los que aceptan de buen grado la persecución por amor a Cristo y a su Reino son personas que viven en otra dimensión, que tienen ya el alma en el cielo. Y nadie es capaz de quitarles jamás esa felicidad de la que ya gozan. Han entrado ya en la eternidad sin partir de este mundo. Nada ni nadie puede perturbar su paz. ¡Ésos son los santos! Estas bienaventuranzas son el fiel reflejo del alma de nuestro Salvador. Son como el retrato nítido de su Persona: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11, 29). Él vivía lo que decía. Por eso predicaba con tanta autoridad y arrastraba poderosamente a las multitudes tras de sí. Hoy en día el mensaje de Jesús en la Montaña sigue plenamente vigente. ¡Sólo se necesitan almas nobles, valientes y generosas que quieran ser auténticamente felices y quieran poner por obra su mensaje! Serán realmente dichosas. Y el mundo cambiará (P. Sergio Córdova, LC)
Las palabras de Cristo debieron causar desconcierto y hasta decepción pues constituían un cambio completo de las usuales valoraciones humanas. “Jesús les propone un camino distinto. Exalta y beatifica la pobreza, la dulzura, la misericordia, la pureza y la humildad” (Fray Justo Pérez de Urbel): Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran… El conjunto de todas las Bienaventuranzas señalan el mismo ideal: la santidad. Cualesquiera que sean las circunstancias que atraviese nuestra vida, hemos de sabernos invitados a vivir la plenitud de la vida cristiana. No podemos decirle al Señor que espere hasta resolver nuestros problemas para comenzar de verdad a buscar la santidad. Sería un triste engaño no aprovechar esas circunstancias duras para unirnos más al Señor. Las Bienaventuranzas manifiestan una misma actitud del alma: el abandono en Dios. Ésta es una actitud que nos impulsa a confiar en Dios de un modo absoluto e incondicional, a no contentarnos con los bienes y consuelos de este mundo, y a poner nuestra última esperanza más allá de estos bienes, que resultan pobres y pequeños para una capacidad tan grande como es la del corazón humano. El Señor quiere que estemos alegres. Pidámosle que transforme nuestra alma, que realice un cambio radical en nuestros criterios sobre la felicidad y la desgracia. Seremos necesariamente felices si estamos abiertos a los caminos de Dios en nuestra vida. Sabemos por experiencia que, muchas veces los bienes terrenos se convierten en males y en desgracia cuando no están ordenados según el querer de Dios. Sin el Señor, el corazón se sentirá siempre insatisfecho y desgraciado. Hoy es un buen día para reflexionar si cuando nos falta la alegría es porque no buscamos al Señor en nuestras acciones, y en quienes nos rodean. (Francisco Fernández Carvajal). Porque Dios nos conforta para que nosotros podamos confortar a los demás en todos sus sufrimientos. Ya que el dolor es un visitante permanente de la vida humana, aprendamos de la primera lectura de hoy que hay otro visitante que quiere frecuentar nuestra puerta: el consuelo. Y así, ya que sabemos lo que significa estar tristes, bueno es que tengamos dónde aprender que esa tristeza puede ser superada mediante ese pequeño y hermoso milagro que se llama "consuelo". Consolar... ¿qué es consolar? ¿Quién conoce de veras la ciencia y el arte de consolar? Consolar es ayudar a reconstruir un mundo que ha quedado en ruinas después de un fracaso, un dolor profundo, una decepción fuerte o de una pérdida irreparable. Reconstruir el mundo es un proceso que pide comprensión, paciencia, una dosis de ternura, pero también mucha sabiduría para afianzar los cimientos que aún están en pie y que serán la base de un posible y deseable futuro. Y es maravilloso descubrir que no hay otro experto como Dios en eso de consolar y reconstruir. ¿Podría ser de otro modo, siendo Él nuestro Creador, quien mejor nos conoce y ama?
Anuncio de Gozo: Nadie duda del carácter paradójico de las bienaventuranzas que hemos escuchado en el evangelio de hoy. Eso de llamar felices a los pobres, los sufridos, los mansos o los perseguidos es una contradicción abierta y casi desafiante a los valores y estilos que vemos triunfar en el mundo. Pero hay que ir más allá de la paradoja. O mejor: antes de la paradoja conviene descubrir esa palabra que lo inaugura todo y lo resume todo: "¡Dichosos!"; "¡Felices!". No tengamos temor a pensarlo, a celebrarlo y a decirlo: el Evangelio es un mensaje de dicha. Si esa dicha se parece o no a lo que hemos aprendido no es nuestra primera preocupación ni nuestro primer tema. Lo primero es que se anuncia dicha, alegría, felicidad. El lenguaje de la alegría es sencillamente irreemplazable para el corazón humano. Simplemente necesitamos alegría, así como necesitamos aire, salud, agua o alimento. O es probable que necesitemos más de la alegría que de esas otras cosas, porque lamentablemente no faltan quienes, llevados por la angustia o la tristeza, desechen la posibilidad misma de vivir y se arrojen a la muerte aun teniendo aire, alimento, agua y salud. El Evangelio promete alegría; anuncia alegría; construye alegría. Su modo de alcanzar esta alegría puede parecernos extraño, pero ello no nos autoriza a desconfiar de la novedad que implica (Fray Nelson).
Las bienaventuranzas deben convertirse en la encarnación de la Palabra amorosa y misericordiosa de Dios en nosotros. Antes que nada hemos de ser conscientes de que la obra de salvación es la Obra de Dios en nosotros. Por eso, desprotegidos de todo, nos hemos de confiar totalmente en Dios, dispuestos en todo a hacer su voluntad con gran amor, pues el proyecto del Señor sobre nosotros, su plan de salvación, es el mejor y está muy por encima de cualquier otro que pudiésemos concebir nosotros. Revestidos de Cristo y transformados en Él, debemos continuamente preocuparnos del bien de los demás. Cristo nos ha dado ejemplo y va por delante de nosotros. Nosotros no sólo vamos tras sus huellas y ejemplo, sino que Él continúa actuando, continúa socorriendo, continúa consolando, continúa construyendo la paz, continúa perdonando por medio de su Iglesia, que somos nosotros. Si en verdad amamos al Señor, si en verdad somos sinceros en nuestra fe, trabajemos constantemente por su Reino, sin importar el que por ello seamos perseguidos, calumniados, o que seamos silenciados porque alguien, incómodo ante nuestro testimonio del Evangelio, que es Cristo, y sin querer convertirse a Él, termine con nuestra vida. Ante esas inconformidades de los demás, ante sus críticas y falsos testimonios, alegrémonos, pues, sabiendo que continuamos la Obra de salvación de Dios entre nosotros, estamos seguros de que nuestra recompensa será grande en los cielos. En cambio, preocupémonos en verdad cuando los demás nos aplaudan y nos alaben, pues así han sido siempre tratados los falsos profetas. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, causa de nuestra alegría, la gracia de sabernos dejar transformar, por obra del Espíritu Santo, en un signo real de Cristo, con todo su amor y su misericordia para con nuestro prójimo, hasta que algún día el Padre Dios nos reúna para siempre en el gozo eterno. Amén. (www.homiliacatolica.com).