II Samuel 6,12-15,17-19. Cuando informaron a David: "El Señor ha bendecido a la familia de Obededóm y todos sus bienes a causa del Arca de Dios", David partió e hizo subir el Arca de Dios desde la casa de Obededóm a la Ciudad de David, con gran alegría. Los que transportaban el Arca del Señor avanzaron seis pasos, y él sacrificó un buey y un ternero cebado. David, que sólo llevaba ceñido un efod de lino, iba danzando con todas sus fuerzas delante del Señor. Así, David y toda la casa de Israel subieron el Arca del Señor en medio de aclamaciones y al sonido de trompetas. Luego introdujeron el Arca del Señor y la instalaron en su sitio, en medio de la carpa que David había levantado para ella, y David ofreció holocaustos y sacrificios de comunión delante del Señor. Cuando David terminó de ofrecer el holocausto y los sacrificios de comunión, bendijo al pueblo en nombre del Señor de los ejércitos. Después repartió a todo el pueblo, a toda la multitud de Israel, hombres y mujeres, una hogaza de pan, un pastel de dátiles y uno de pasas de uva por persona. Luego todo el pueblo se fue, cada uno a su casa.
Salmo 24: 7–10 7 ¡Puertas, levantad vuestros dinteles, alzaos, portones antiguos, para que entre el rey de la gloria!
8 ¿Quién es ese rey de gloria? Yahveh, el fuerte, el valiente, Yahveh, valiente en la batalla.
9 ¡Puertas, levantad vuestros dinteles, alzaos, portones antiguos, para que entre el rey de la gloria!
10 ¿Quién es ese rey de gloria? Yahveh Sebaot, él es el rey de gloria.
Texto del Evangelio (Mc 3,31-35): En aquel tiempo, llegan la madre y los hermanos de Jesús, y quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Él les responde: «¿Quién es mi madre y mis hermanos?». Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».
Comentario: 1. 2S 6, 12b-15.17-19. David es hábil político, además de persona creyente. Ayer vimos que conquistó Jerusalén y estableció allí la capital de su reino. Ahora da un paso adelante: la hace también capital religiosa.
Hasta entonces Jerusalén, ciudad pagana, no tenía ninguna tradición religiosa para los israelitas, como podía tenerla por ejemplo Silo. David traslada solemnemente el Arca de la Alianza a su ciudad. Todavía no hay Templo -lo construirá su hijo Salomón- pero la presencia del Arca va a ser punto de referencia para la consolidación política y religiosa del pueblo.
La fiesta que organiza con tal ocasión -danzando él mismo ante el Arca- es muy simpática y de alguna manera significa el fin de la época nómada del pueblo. El Arca, en la Tienda del encuentro, había sido el símbolo de la cercanía de Dios para con su pueblo en el periodo de su larga travesía por el desierto. Ahora se estabiliza tanto el pueblo como la presencia de Dios con ellos.
A pesar de que Dios está presente en todas partes y podemos rezarle también fuera de nuestras iglesias, necesitamos lugares de oración. que nos ayuden también psicológicamente en nuestros momentos de culto y de reunión ante Dios.
Aunque en todo momento de nuestra vida podamos establecer contacto con Dios, la iglesia o la capilla, como lugar de reunión y de celebración, nos favorece en nuestro encuentro con Dios. El altar, en el que somos invitados a celebrar el memorial de Cristo y participar en su Cuerpo y Sangre; el lugar de la Palabra, desde el que se nos proclama la lectura bíblica; y luego el sagrario, donde se reserva el Pan eucarístico sobre todo para los enfermos: son para nosotros, con mucha más razón que el Arca para los israelitas, gozosos puntos de referencia que nos recuerdan la continua presencia de Cristo Jesús en nuestra vida. Todos los signos de aprecio y veneración serán pocos para agradecerle este don. David nos recuerda también con su actuación que necesitamos la fiesta, la expresión total -espiritual y corpórea- de nuestra pertenencia a la comunidad de fe y de nuestra relación con Dios. Por eso nos resulta aleccionadora la fiesta que él organizó, con elementos que continúan siendo válidos en la expresión de la fe: procesiones, oraciones, sacrificios, cantos, música, danza cúltica, comida festiva.
Necesitamos expresar exteriormente el aprecio que sentimos en el interior. A veces con formas litúrgicas y oficiales. Otras, con manifestaciones de religiosidad popular, también legítimas, y a veces más eficaces y comunicativas. Lo importante es rendir a Dios nuestro mejor culto y dar a nuestra vida una conciencia mayor de pertenencia a la comunidad cristiana y un tono más alegre de fiesta y comunión.
David hace introducir "el Arca de la Alianza" en Jerusalén. Al mandar transferir el Arca a Jerusalén, David actúa una vez más con fines políticos: la antigua ciudad neutra jebusea, admirablemente situada entre los dos reinos, pasa a ser su capital política... pero David quiere que sea también su capital religiosa, a fin de conferir al poder real y a la unidad que simboliza, unos cimientos más profundos, más sagrados. ¡Jerusalén! ¡Ciudad santa! No puede decirse que Dios esté más presente en ella que en otra parte... ¿Y sin embargo?... ¡Jerusalén! La ciudad de Dios: el símbolo mismo de la voluntad de Dios de estar «presente» en la humanidad, de implantarse, de encarnarse, de «plantar su tienda entre nosotros». ¡Jerusalén! Es allá -en esa ciudad que David escogió- que Tú, Señor, instituirás la comida de la Cena para simbolizar tu presencia entre nosotros... Es allí, la ciudad, en que Tú elegirás para morir y para resucitar. A través de la elección histórica de David, no podemos dejar de pensar que la humanidad entera tiene, en lo sucesivo, una capital, un símbolo de su unidad: ese lugar, esa colina donde una cruz fue plantada... esa roca, esa tumba donde reposó el cuerpo de Jesús... ese punto de gravedad de la humanidad, ese momento en el que cambió de sentido la historia cuando la muerte fue vencida, ahí mismo por primera vez. ¡Jerusalén! cuyo nombre significa "Ciudad de paz". Jerusalén, ciudad constantemente desgarrada, y que permanece como signo de la búsqueda de la humanidad: vivir juntos... vivir con Dios...
-Durante la procesión del Arca, David «danzaba» y daba vueltas con todas sus fuerzas «ante el Señor». David, rey y jefe político, es también el jefe religioso: organiza la liturgia, se entrega con todo su ser, cuerpo y alma. Canta y danza: sabemos que él compuso muchos de los salmos. Es una religión la suya exuberante y entusiasta.
-Toda la casa de Israel acompañaba el Arca con «aclamaciones» y resonar de cuernos... Se ofrecieron holocaustos y sacrificios de comunión... Luego se hizo una distribución a todo el pueblo: para cada uno, una torta de pan, un pastel de dátiles y un pan de pasas... ¡Qué religión tan alegre y comunitaria tenían nuestros antepasados! ¡Qué fiesta! divina y humana a la vez: la danza, el arte, los gritos, el banquete. Tenemos mucho que redescubrir en ese sentido. Nuestras liturgias han llegado a ser demasiado silenciosas, demasiado pasivas, demasiado «cada uno para sí». Basta comparar la escena tan viva que se nos describe el día del traslado del Arca a Jerusalén, con nuestras misas del domingo, tan a menudo apagadas y tristes. Quizá la juventud actual, sacudiendo un poco nuestras costumbres, nos ayudará a reencontrar una «fiesta», una religión «alegre».
Mi religión, ¿es una fiesta para mí?, ¿una dicha?, ¿una alegría?
Mi fe, ¿es una buena noticia? y el evangelio ¿un maravilloso mensaje?
¿Soy de los que no abren la boca en la iglesia, de los que se aíslan? o bien ¿me esfuerzo en cantar, en aclamar, en participar en la liturgia?
-Delante del Señor... en presencia del Señor... Es uno de los temas de esos pasajes de la Escritura. Vivir «delante» de Dios. David "danza" delante de Dios. Es toda mi vida la que se juega «delante de Ti, Señor» (Noel Quesson).
La lectura de ayer contaba dos hechos muy importantes: la unción de David como rey de todo Israel y la conquista de Jerusalén. La de hoy describe el traslado a Jerusalén del arca de la alianza. Si al elegir Jerusalén como residencia suya había hecho de ella la capital política, al instalar allí el arca la convierte en capital religiosa. La capital política, en una antigua ciudad jebusea situada en la frontera entre el territorio de las tribus del norte y las del sur, quiere quedarse por encima de la animadversión entre los dos grupos rivales; la capital religiosa, a más de heredar antiquísimas tradiciones sagradas (cf Gn 14), será enriquecida con la posesión del arca y superará en importancia a todos los santuarios israelitas, sobre todo con la edificación del templo de Salomón y más todavía con la reforma religiosa de Josías, que hizo de ella el único lugar donde se podrían ofrecer legítimos sacrificios. A partir de David, el tema de la ciudad santa se une, como un nuevo artículo de fe, como objeto de promesas y fuente de esperanzas (y una vez destruida, como tema de oración), al conjunto de tradiciones religiosas de Israel. A Jerusalén subirá Jesús a morir y resucitar, en Jerusalén nacerá la Iglesia, desde Jerusalén se esparcirá el evangelio a todas las naciones, y con la visión de la nueva Jerusalén que baja del cielo se cierra la Biblia (Ap 21).
Este capítulo procede de la historia del arca de la alianza, que habíamos comenzado a leer en 1 Sm 4-6 (sábado de la semana XII y domingo XIII), aunque la redacción es de otro estilo. Hallamos en la narración del traslado aquella conjunción de los valores humanos de David con una sensibilidad religiosa profunda y sincera y, al mismo tiempo, un gran talento político. Raramente se encuentran, así en la historia sagrada como en la profana, estas tres dimensiones en tan alto grado.
El arca había sido el signo de la presencia de Yahvé en medio de su pueblo cuando hacía camino por el desierto. Es el recuerdo de la alianza lo que ha de dar unidad política y religiosa al pueblo escogido. El templo será construido fundamentalmente como santuario del arca, ante la cual se ofrecerán los sacrificios prescritos y será invocado y santificado el nombre de Dios. La santidad de Dios se manifiesta, como en las religiones más primitivas, en forma de terror sagrado. No es imposible que Ozá, habiendo tocado el arca, muriese, cuando todavía en nuestros días, en África, hay quien muere literalmente de terror por el conjuro de un brujo. David mismo tiene miedo y renuncia a instalar el arca en su casa (9).
La sensibilidad religiosa de David se revela en el entusiasmo con que danza ante el arca, bien distinto de Mical, que le desprecia por haberse quitado las prendas reales para danzar. El hecho de que David tenga muchos hijos, pero ninguno de Mical, será interpretado como un premio para David, un castigo para ella y rechazo para la casa de su padre, Saúl, condenada a la extinción (H. Raguer).
Jerusalén es elevada a ciudad sagrada porque el Señor ha llegado a morar en ella. En medio de cantos, holocaustos y danzar rituales llega el Señor de los ejércitos para habitar en medio de su pueblo santo. Cuando llegue la plenitud de los tiempos el Verbo se hará carne y plantará su tienda de campaña en medio de las nuestras. Más aún: Él hará su morada en nuestros corazones, y hará que toda nuestra vida se convierta en una continua ofrenda de alabanza a nuestro Dios y Padre. Dios nos ha consagrado por medio del Bautismo. Tratemos de ser una digna morada del Señor, de tal forma que manifestemos con nuestras buenas obras que realmente el Señor está con nosotros. No nos conformemos con disfrutar de la presencia del Señor en nuestro interior. Procuremos ser un signo de su amor para cuantos nos traten sabiendo compartir con ellos los dones que Dios nos ha dado; y no sólo los bienes materiales, sino el Don de la Vida y del Espíritu, que Dios quiere que llegue a todos para que todos seamos hijos suyos y nos convirtamos en una digna morada de su Espíritu.
2. Sal. 23. No sólo abramos las puertas del Templo al Señor; abrámosle, especialmente, las puertas de nuestro corazón. Abramos las puertas de nuestra vida al Redentor que se acerca a nosotros para hacer su morada en nuestros corazones. Pero no sólo hemos de abrirle al Señor nuestro corazón; sabiendo que Él está con nosotros, sepamos escuchar su Palabra y vivir conforme a sus enseñanzas. Así, llevando una vida intachable en su presencia, cuando Él vuelva glorioso al final de los tiempos, Él mismo nos abrirá las puertas de las moradas eternas para que disfrutemos eternamente del Gozo de nuestro Dios y Padre. A Él sea dado todo honor y toda gloria ahora y siempre y por infinitos siglos de los siglos.
3.- Mc 3, 31-35 (cf Lc 8,19-21, martes de la semana 26). 3. Sorprende la distancia que toma Jesús con respecto a su familia. En el Nuevo Testamento se inaugura un nuevo concepto de familia, los que creen en Jesús, como Hijo de Dios vivo: estos forman la familia de Jesús: los doce Apóstoles y muchos otros discípulos como Marta, María y Lázaro… lo que leemos hoy vamos a ponerlo en relación con el gran amor que Jesús tiene a su madre, a José y a su gente. Porque no podemos ver un texto en solitario, y mucho más cuando “golpea” sobre un aspecto, cuando lo subraya con contundencia; el contexto –es decir, el tono general de los otros textos- y sobretodo la tradición apostólica, dan "el espíritu" que late tras estos sentimientos de Jesús, que toma distancia sobre su ligazón con su familia de sangre, queriéndolos mucho, para establecer una intimidad nueva en su familia digamos “apostólica”. Esto nos sitúa en un contexto de Iglesia como familia, donde las comunidades, instituciones por así decir, pueden tener vida en familia, sentirse en Jesús familia. Dentro de este sentido de familia, un caso especial es el de aquellos que viven en celibato. Al igual que los que se unen en matrimonio y forman una familia nueva, que deja a un segundo lugar la familia de la que surgieron, en el sentido de que la prioritaria es la que forman, también la tradición sobre virginidad y celibato va en esta línea de “injertarse” en la persona, en la conciencia de Jesús, una vocación en vistas al Reino de Dios, y razona con motivos estrictamente sobrenaturales. Establece una libertad para estar con “el Cordero dondequiera que vaya”, o como dice San Pablo: "el célibe se ocupa de los asuntos del Señor…, mientras que el casado de los asuntos del mundo… y está dividido" (1 Cor 7). El sentido esponsal de todo cristiano con Jesús se ve aquí reforzado en un sentido de familia, esas personas forman una familia, a imagen de la que está formando Jesús.
Nos preguntamos con frecuencia si le costaría a Jesús poner distancia ante tanto sufrimiento como se encontró en su ministerio. Me decía hace poco una madre, sobre el tema del dolor y el amor: “precisamente hace 17 anos perdí a mi única hija, duele mucho porque uno la amaba tanto, y ahora no poder verla mas…, pero la gracias de la aceptación la tuve siempre y lo mismo mi hija, ahí aprendimos lo que es la muerte, no se entiende que un Dios bueno lo permita si no es para que de eso saque también un bien. Ya sabemos por qué no hay que tener miedo de la muerte, sino al contrario, es el encuentro con Dios, al fin no tener ya sufrimientos de la enfermedad, solo gozo... Le digo a Jesús que continúo siendo mama, y Él me entiende, sé que un día veré a mi hija, que en el cielo estaré con los míos. Todo ese dolor me ha hecho aprender a amar a Dios por sobre todo, y mi vida es otra, vivo para hacer su voluntad”. Esa persona se dedica con más intensidad a los hijos de los demás, participa de un ambiente apostólico donde puede vivir la maternidad, de otro modo. Conmueve ver las muchas experiencias que podríamos añadir a ésta, de esta familia que hoy nos muestra el Evangelio, en la que la oración de las madres la sostienen. Lo podemos repetir: principalmente son la oración de esas madres las que sostienen la Iglesia (junto a los que sufren y los niños), pues saben de amor y de sufrimiento, de Cruz y de la vida de Jesús, que también pasó por esto, que tuvo que tomar distancia ante su familia, provocarles dolor con su muerte... para tomar el dolor de todos, y curarnos.
Volviendo al principio, cuando veamos curiosa la reacción de Jesús en algunos pasajes, pero hemos de aprender del sentido profundo de sus hechos para descubrir su relación con el Reino que está instaurando, esa nueva creación, el mundo de la gracia, la Redención. Nuestra mirada no ha de ser la del que piensa que Jesús se equivoca, sino la de quien ve en Él la verdad, y nosotros somos aprendices de esa Verdad, que es Camino a la Vida. En la respuesta de Jesús, por tanto, no hay ningún rechazo hacia sus familiares. Jesús ha renunciado a una dependencia de ellos: “no por frialdad de sentimientos o por menosprecio de los vínculos familiares, sino porque pertenece completamente a Dios Padre. Jesucristo ha realizado personalmente en Él mismo aquello que justamente pide a sus discípulos.
En lugar de su familia de la tierra, Jesús ha escogido una familia espiritual. Echa una mirada sobre los hombres sentados a su alrededor y les dice: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mc 3,34-35). San Marcos, en otros lugares de su Evangelio, refiere otras de esas miradas de Jesús a su alrededor.
¿Es que Jesús nos quiere decir que sólo son sus parientes los que escuchan con atención su palabra? ¡No! No son sus parientes aquellos que escuchan su palabra, sino aquellos que escuchan y cumplen la voluntad de Dios: éstos son su hermano, su hermana, su madre.
Lo que Jesús hace es una exhortación a aquellos que se encuentran allí sentados —y a todos— a entrar en comunión con Él mediante el cumplimiento de la voluntad divina. Pero, a la vez, vemos en sus palabras una alabanza a su madre, Maria, la siempre bienaventurada por haber creído” (Josep Gassó).
Acaba el capítulo tercero de Marcos con este breve episodio que tiene como protagonistas, esta vez en un contexto diferente del anterior, a sus familiares. Los «hermanos» en el lenguaje hebreo son también los primos y tíos y demás familiares. Esta vez sí se dice que estaba su madre. Las palabras de Jesús, que parecen como una respuesta a las dificultades de sus familiares que leíamos anteayer, nos suenan algo duras. Pero ciertamente no desautorizan a su madre ni a sus parientes. Lo que hace es aprovechar la ocasión para decir cuál es su visión de la nueva comunidad que se está reuniendo en torno a él. La nueva familia no va a tener como valores determinantes ni los lazos de sangre ni los de la raza. No serán tanto los descendientes raciales de Abraham, sino los que imitan su fe: «El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre».
Nosotros, como personas que creemos y seguimos a Cristo, pertenecemos a su familia. Esto nos llena de alegría. Por eso podemos decir con confianza la oración que Jesús nos enseñó: «Padre nuestro». Somos hijos y somos hermanos. Hemos entrado en la comunidad nueva del Reino.
En ella nos alegramos también de que esté la Virgen María, la Madre de Jesús. Si de alguien se puede decir que «ha cumplido la voluntad de Dios» es de ella, la que respondió al ángel enviado de Dios: «Hágase en mi según tu Palabra». Ella es la mujer creyente, la totalmente disponible ante Dios.
Incluso antes que su maternidad física, tuvo María de Nazaret este otro parentesco que aquí anuncia Cristo, el de la fe. Como decían los Santos Padres, ella acogió antes al Hijo de Dios en su mente por medio de la fe que en su seno por su maternidad.
Por eso es María para nosotros buena maestra, porque fue la mejor discípula en la escuela de Jesús. Y nos señala el camino de la vida cristiana: escuchar la Palabra, meditarla en el corazón y llevarla a la práctica (J. Aldazábal).
Marcos va a relatar más adelante (Mc 4,1-9) la parábola de la semilla que cae en diferentes terrenos. Pero ya de antemano la ilustra diciéndonos que la familia de Jesús no fue necesariamente el terreno ideal. La fe no se confunde con el contexto sociológico; no se reduce a sentimientos humanos, aun cuando estos sean fraternos o familiares (Maertens-Frisque). ¡Otra vez la tribu! "Te buscan", le dicen a Jesús. Este grupo de parientes trae a la memoria el recuerdo de esas camarillas siempre dispuestas a incautarse de Dios en provecho propio. "Te buscan". Pues bien, ¡perderán el tiempo! "¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?". La respuesta más obvia no tendría en cuenta al Reino, que hace saltar todas las realidades. "Estos son mi madre y mis hermanos", dice Jesús mirando a los que están a su alrededor escuchándole. Así, en el Reino, la fraternidad cristiana no se funda en los vínculos de carne y sangre, sino en un espíritu común: hacer la voluntad del Padre. (...) "El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre". Llevarán el nombre de Jesús los que vivan en su corazón lo que fue para él la razón de ser de su vida: "En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros". No sólo se trata de ser partidarios de un hombre admirable, ni de hacer nuestra una norma de vida de gran elevación: se trata de ser "los de Jesús". Los discípulos no lo serán de verdad hasta que, el día de Pentecostés, reciban plenamente el Espíritu del Hijo. "Aquí estoy para hacer tu voluntad!": ésta es la norma de vida del cristiano y, más aún, la oración del Espíritu que se nos dio el día del bautismo (“Dios cada día”, de San Terrae).
Marcos, después del altercado con los escribas "venidos de Jerusalén", reemprende el relato comenzado en el versículo 21 y que leímos el sábado último: "su familia vino para llevárselo, pues afirmaban: "Está fuera de sí."
-Jesús entra en una casa, y la muchedumbre acude. La "muchedumbre" está siempre ahí.
-Vinieron su madre y sus hermanos, y desde fuera le mandaron llamar. Su madre es María. La conocemos bien. Por Lucas y Mateo sabemos qué actitud ejemplar de Fe, de búsqueda espiritual ha tenido siempre a lo largo de todos los acontecimientos y circunstancias de la infancia de Jesús. Pero tratemos de ponernos, momentáneamente, en la actitud de los primeros lectores de Marcos, que no tenían aún los evangelios de Lucas ni de Mateo. Procuremos olvidar lo que sabemos por los otros evangelios. Es la primera vez que oímos hablar de ¡"su madre"! Es el primer pasaje de Marcos que evoca a María. ¡Y es para decirnos "esto" de ella! Verdaderamente ¡el evangelista no busca adornar su narración! Si su relato saliera de su imaginación, de su admiración, no hubiera escrito esto. Autenticidad algo áspera del evangelio según San Marcos. Son cosas difíciles de decir y que no se inventan. ¡La familia de Jesús no comprende! Y quiere recuperarlo.
-"Ahí fuera están tu madre y tus hermanos que te buscan." Jesús les respondió: "¿Quién es mi madre? y ¿quién son mis hermanos?" El verdadero parentesco de Jesús no es lo que se piensa ni lo que aparenta. Para Jesús los lazos de la sangre, los lazos familiares, los lazos sociales no son lo primero, son indispensables y reales, pero no es lícito encerrarse en ellos. ¡Su familia no lo comprende! Pero su pueblo, ¡tampoco! Su medio social más natural, Nazaret, será el que más lo rechazará (Mc 6, 1-6).
-Y echando una mirada sobre los que estaban sentados en derredor suyo... Marcos utiliza a menudo esta fórmula: la mirada de Jesús. Trataré de imaginar esa mirada... y de rezar a partir de ella.
-Dijo: "He aquí mi madre y mis hermanos. Quien hiciere la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre." He aquí un "sumergirse" absolutamente sorprendente en el corazón de Jesús. Tiene un corazón universal... grande como el mundo: abierto a toda la humanidad. Se siente hermano de todo aquel que "hace la voluntad de Dios". Esta familia es amplia y grande. ¡No! No se le encerrará en su familia humana inmediata. ¡El replegarse en sí mismo es contrario, al modo de ser de Jesús! Las únicas fronteras de su familia son el horizonte del mundo entero. ¿Todo hombre es mi hermano, mi hermana, mi madre, también para mí? La fidelidad a la "voluntad del Padre" ¿es lo primero para mí? Por esta razón, ¡María es doblemente su madre! La verdadera grandeza de su madre, no es haberle dado su sangre, sino el hecho de ser "la humilde esclava de Dios", como nos lo enseñará Lucas cuando escribirá su evangelio, algunos años después. Pero esto nos lo ha dicho ya Marcos, aquí de un modo enigmático. Señor, ayúdanos a vivir nuestros lazos familiares como un primer aprendizaje y un primer lazo de amor... sin encerrarnos en círculo alguno (Noel Quesson).
Jesús es el Hijo amado del Padre por su fidelidad total a su Voluntad. Jesús mismo diría: mi alimento es hacer la voluntad de Aquel que me envió. Todo aquel que, unido a Cristo, haga la voluntad del Padre Dios, será considerado de la familia de Dios. Por eso, junto con María, debemos aprender a decir: Hágase en mi según tu Palabra. No basta escuchar la Palabra de Dios, sino hay que ponerla en práctica. Dios quiere hacer su obra de salvación en nosotros; si tenemos la apertura suficiente al Espíritu de Dios en nosotros, Dios hará de nosotros sus hijos amados, pues su amor llegará en nosotros a su plenitud. No nos quedemos como discípulos sentados a los pies de Jesús, vayamos y demos testimonio de Él en nuestra vida diaria; con eso estaremos dando a conocer que en verdad Dios ha hecho su morada en nosotros y que nosotros lo tenemos por Padre.
Mediante la Eucaristía nosotros entramos en una Alianza de comunión con Cristo. Así participamos de la misma Vida que el Hijo recibe del Padre y somos hechos hijos de Dios. Mediante esta obra de salvación que celebramos como un Memorial de la Pascua de Cristo, Él nos hace entender cuánto nos ama. Nosotros no sólo le ofrecemos un sacrificio agradable, pues al permanecer en comunión de vida con Cristo, cuando lo ofrecemos al Padre nosotros mismos nos ofrecemos junto con Él. Por eso al celebrar la Eucaristía estamos adquiriendo un compromiso: consagrarle todo a Dios, de tal forma que nuestra vida, nuestra historia, nuestro mundo, lleguen, por medio nuestro, a la presencia de Dios libres de todo lo que oscurece en ellos la presencia del Señor. Así, no sólo somos santificados, sino que Dios nos convierte en instrumentos de su salvación para todos los pueblos. Venimos ante Él trayendo el fruto del trabajo que nos confió, y volvemos al mundo, impulsados por el Espíritu Santo, para seguir trabajando por un mundo más justo, más fraterno, más capaz de manifestar que el Reino de Dios se va haciendo realidad entre nosotros.
Por eso no basta con participar de la Eucaristía para decir que somos de la familia divina. Es necesario que cumplamos la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios consiste en que creamos en Aquel que Él nos envió. Y creer en Jesús no es sólo profesar con los labios que es nuestro Dios y nuestro Señor. Hay que creerle a Jesús, de tal forma que hagamos vida en nosotros su obra de salvación. Su Palabra ha de ser sembrada en nosotros y no puede caer en un terreno malo e infecundo, sino que, por la obra de santificación que realice el Espíritu Santo en nosotros, ha de producir abundantes frutos de buenas obras. Entonces nosotros, a imagen de Jesucristo, pasaremos haciendo el bien a todos.
Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de vivir con la apertura suficiente para dejarnos conducir por el Espíritu Santo, para que haciendo en todo la voluntad de Dios, unidos a Cristo, en Él nos convirtamos en los hijos amados del Padre. Amén www.homiliacatolica.com).
martes, 24 de enero de 2012
lunes, 23 de enero de 2012
Lunes 3º semana, año par: Jesús realiza milagros por su poder divino, y manifiesta qué es el Reino de Dios
Texto del Evangelio (Mc 3,22-30): En aquel tiempo, los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: «Está poseído por Beelzebul» y «por el príncipe de los demonios expulsa los demonios». Entonces Jesús, llamándoles junto a sí, les decía en parábolas: «¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir. Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá subsistir. Y si Satanás se ha alzado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, pues ha llegado su fin. Pero nadie puede entrar en la casa del fuerte y saquear su ajuar, si no ata primero al fuerte; entonces podrá saquear su casa. Yo os aseguro que se perdonará todo a los hijos de los hombres, los pecados y las blasfemias, por muchas que éstas sean. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca, antes bien, será reo de pecado eterno». Es que decían: «Está poseído por un espíritu inmundo».
Comentario: Jesús «es un testimonio insuperable de amor paciente y de humilde mansedumbre» (Juan Pablo II). Se encuentra con la malicia de los hombres, que se une a la astucia de los demonios, para hacer perder la paciencia al Señor. Los milagros y curaciones que hemos visto realizar a Jesús son interpretados como un poder del demonio. Jesús nos habla del sentido de estos signos, de su auténtico sentido, en relación con el Reino que está estableciendo.
1. Como dice R. Cantalamessa, “cerca de un tercio del Evangelio se ocupa de las curaciones obradas por Jesús durante el breve tiempo de su vida pública. Es imposible eliminar estos milagros o darles una explicación natural sin desmembrar todo el Evangelio y hacerlo incomprensible. Los milagros en el Evangelio tienen características inconfundibles. Jamás están para sorprender o para ensalzar a quien los realiza. Hoy algunos se dejan encantar al oír a ciertos personajes que dicen poseer poderes de levitación, de hacer aparecer o desaparecer objetos y cosas por el estilo. ¿A quién sirve este tipo de milagro, suponiendo que sea tal? A nadie, o sólo a uno mismo para ganar adeptos y dinero.
Jesús realiza milagros por compasión, porque ama a los demás: hace milagros también para ayudarles a creer. Obra curaciones para anunciar que Dios es el Dios de la vida y que al final, junto a la muerte, también la enfermedad será vencida y «ya no habrá luto ni llanto». Jesús no es el único que sana, sino que ordena a sus apóstoles hacer lo mismo detrás de Él: «Les envió a anunciar el Reino de Dios y a curar a los enfermos» (Lc 9,2); «Predicad que el reino de los cielos está cerca. Curad a los enfermos» (Mt 10,7 s.). Encontramos siempre las dos cosas a la vez: predicar el Evangelio y curar a los enfermos. El hombre tiene dos medios para intentar superar sus enfermedades: la naturaleza y la gracia. Naturaleza indica la inteligencia, la ciencia, la medicina, la técnica; gracia indica el recurso directo a Dios, a través de la fe, la oración y los sacramentos. Estos últimos son los medios que la Iglesia tiene a disposición para «curar a los enfermos»”. Hoy vemos mucha magia y pretendidos poderes ocultos de la persona que no son ni ciencia ni fe, sino charlatanería y campo abonado para la intervención del demonio. “No es difícil distinguir cuándo se trata de un verdadero carisma de curación y cuándo de su falsificación en la magia. En el primer caso, la persona jamás atribuye a poderes propios los resultados obtenidos, sino a Dios; en el segundo, la gente no hace más que alardear de sus pretendidos «poderes extraordinarios». Cuando por ello se leen anuncios del tipo: mago tal de no sé quién «llega donde otros fracasan», «resuelve problemas de todo tipo», «poderes extraordinarios reconocidos», «expulsa demonios, aleja el mal de ojo», no hay que dudar ni un instante: son grandes engaños. Jesús decía que los demonios se expulsan «con ayuno y oración», ¡no vaciando el bolsillo de la gente!”
¿Y si “no funciona”? ¿Hay que acudir a los astrólogos o brujos? “El poder de Dios no se manifiesta sólo de una manera –eliminando el mal, curando físicamente–, sino también dando la capacidad, y a veces hasta el gozo, de llevar la propia cruz con Cristo y completar lo que falta a sus padecimientos. Cristo redimió también el sufrimiento y la muerte: ya no es signo del pecado, participación en la culpa de Adán, sino instrumento de redención”. Se trata de un reino que no es de este mundo. Hoy se celebra la infancia misionera, sembrar en el corazón de los pequeños, con actividades a medida de sus posibilidades y edad, una preocupación por la evangelización del mundo y por la paz, pues la amistad con Jesús es un don tan precioso que no queremos egoístamente que sea para mí solamente, quiero dar a conocer el amor de Dios encarnado en Jesús, a mucha gente, por todos los medios. Extender esta gran luz “para los que yacían en región y sombra de muerte”, como decimos hoy: “una luz ha amanecido”. Vemos al Señor predicando que el Reino de los Cielos estaba cerca, y era necesario disponerse por la penitencia para ser dignos de él. Él es esa gran luz que muestra el camino de la vida eterna y la auténtica vida terrena, como hijos de Dios.
2. En relación con el Reino que Jesús está instaurando, Benedicto XVI nos habla de este reinado: “El contenido central del «Evangelio» es que el Reino de Dios está cerca. Se pone un hito en el tiempo, sucede algo nuevo. Y se pide a los hombres una respuesta a este don: conversión y fe. El centro de esta proclamación es el anuncio de la proximidad del Reino de Dios; anuncio que constituye realmente el centro de las palabras y la actividad de Jesús. Un dato estadístico puede confirmarlo: la expresión «Reino de Dios» aparece en el Nuevo Testamento 122 veces; de ellas, 99 se encuentran en los tres Evangelios sinópticos y 90 están en boca de Jesús. En el Evangelio de Juan y en los demás escritos del Nuevo Testamento el término tiene sólo un papel marginal. Se puede decir que, mientras el eje de la predicación de Jesús antes de la Pascua es el anuncio de Dios, la cristología es el centro de la predicación apostólica después de la Pascua”.
La teología ideologizada ha seguido otos derroteros, porque no cuenta con la fe ni tiene confianza en la tradición, y también algunos comentarios irónicos han colaborado en cierta imagen confusa que está en el ambiente, como la afirmación del modernista católico Alfred Loisy: «Jesús anunció el Reino de Dios y ha venido la Iglesia». «Reino de Dios», Reino de Cristo (es decir, inicio de la Iglesia). La proclamación del reino de Dios constituye el centro y la actividad de Jesús en su vida terrena antes de la Pascua. Después de la Pascua, sin embargo, el centro de la predicación apostólica es el reino de Cristo. ¿Hay distinción entre el Reino de Dios y el Reino de Cristo? ¿Se ha producido un alejamiento del verdadero anuncio de Jesús? El cambio de sujeto de reino de Dios por el de Cristo ¿supone la aparición de algo distinto? Para comprender el anuncio de Jesús en el Evangelio es útil considerar cómo se ha interpretado la palabra Reino en la historia de la Iglesia. Ratzinger, en su libro “Jesús de Nazaret” (cap. 3) nos habla de ello:
Los santos Padres interpretan el Reino de tres modos distintos aunque conexos:
a) el reino es Jesús mismo en persona (Orígenes);
b) el reino de se encuentra esencialmente en el interior de los hombres. “Esta corriente fue iniciada también por Orígenes, que en su tratado Sobre la oración dice: «Quien pide en la oración la llegada del Reino de Dios, ora sin duda por el Reino de Dios que lleva en sí mismo, y ora para que ese reino dé fruto y llegue a su plenitud... Puesto que en las personas santas reina Dios [es decir, está el reinado, el Reino de Dios]... Así, si queremos que Dios reine en nosotros [que su reino esté en nosotros], en modo alguno debe reinar el pecado en nuestro cuerpo mortal [Rm 6, 12]... Entonces Dios se paseará en nosotros como en un paraíso espiritual [Gn 3,8] y, junto con su Cristo, será el único que reinará en nosotros». La idea de fondo es clara: el «Reino de Dios» no se encuentra en ningún mapa. No es un reino como los de este mundo; su lugar está en el interior del hombre. Allí crece, y desde allí actúa.
c) el Reino de Dios y la Iglesia se relacionan entre sí estableciendo entre ambos una mayor o menor identificación. En la teología católica moderna se ha impuesto esta última interpretación eclesiológica, sin perder de vista las interpretaciones cristológica y mística. “Pero en la teología del siglo XIX y comienzos del XX se hablaba predominantemente de la Iglesia como el Reino de Dios en la tierra; era vista como la realización del Reino de Dios en la historia. Pero, entretanto, la Ilustración había suscitado en la teología protestante un cambio en la exégesis que comportaba, en particular, una nueva interpretación del mensaje de Jesús sobre el Reino de Dios. Sin embargo, esta nueva interpretación se subdividió enseguida en corrientes muy diferentes entre sí”.
La interpretación secularizada del Reino, con la pretensión de hacer aceptable el mensaje de Jesús a todos, despoja al Reino de su referencia divina y cristológica; el reino significaría un mundo en el que reina la paz, la justicia y la salvaguarda de la creación. Se ha pasado de una concepción teocéntrica y cristológica, a un reinocentrismo utópico, tarea común de todos los hombres y religiones.
Harnack hace entrar en la teología católica una contraposición entre el ritualismo del judaísmo (aspecto cultual) y lo que Jesús viene a proclamar, un mensaje estrictamente moral, de obras basadas no en un cumplir normas sino en el amor, so sería lo decisivo para entrar a formar parte del reino o quedar fuera de él. También sería el ritualismo más comunitario, de colectividad, y la vida de amor algo propio de la persona individual. Lógicamente, hay contradicciones internas en esta como todas las teorías que quieren encerrar la verdad del Evangelio. Luego otros le dieron al Reino un aire más escatológico (el fin del mundo estaba próximo, de la irrupción del nuevo mundo de Dios, de su soberanía). Bultmann probó aplicar la filosofía de Martin Heidegger: lo que cuenta es una actitud existencial, una «disposición permanente»; Jürgen Moltmann, enlazando con Ernst Bloch, desarrolló una «Teología de la esperanza» que pretendía interpretar la fe como una participación activa en la construcción del futuro.
“Entretanto se ha extendido en amplios círculos de la teología, particularmente en el ámbito católico, una reinterpretación secularista del concepto de «reino» que da lugar a una nueva visión del cristianismo, de las religiones y de la historia en general, pretendiendo lograr así con esta profunda transformación que el supuesto mensaje de Jesús sea de nuevo aceptable. Se dice que antes del Concilio dominaba el eclesiocentrismo: se proponía a la Iglesia como el centro del cristianismo. Más tarde se pasó al cristocentrismo, presentando a Cristo como el centro de todo. Pero no es sólo la Iglesia la que separa, se dice, también Cristo pertenece sólo a los cristianos. Así que del cristocentrismo se pasó al teocentrismo y, con ello, se avanzaba un poco más en la comunión con las religiones. Pero tampoco así se habría alcanzado la meta, pues también Dios puede ser un factor de división entre las religiones y entre los hombres.
Por eso es necesario dar el paso hacia el reinocentrismo, hacia la centralidad del reino. Éste sería, al fin y al cabo, el corazón del mensaje de Jesús, y ésta sería la vía correcta para unir por fin las fuerzas positivas de la humanidad en su camino hacia el futuro del mundo; «reino» significaría simplemente un mundo en el que reinan la paz, la justicia y la salvaguardia de la creación. No se trataría de otra cosa. Este «reino» debería ser considerado como el destino final de la historia. Y el auténtico cometido de las religiones sería entonces el de colaborar todas juntas en la llegada del «reino»... Por otra parte, todas ellas podrían conservar sus tradiciones, vivir su identidad, pero, aun conservando sus diversas identidades, deberían trabajar por un mundo en el que lo primordial sea la paz, la justicia y el respeto de la creación.
Esto suena bien: por este camino parece posible que el mensaje de Cristo sea aceptado finalmente por todos sin tener que evangelizar las otras religiones. Su palabra parece haber adquirido, por fin, un contenido práctico y, de este modo, da la impresión de que la construcción del «reino» se ha convertido en una tarea común y, según parece, más cercana. Pero, examinando más atentamente la cuestión, uno queda perplejo: ¿Quién nos dice lo que es propiamente la justicia? ¿Qué es lo que sirve concretamente a la justicia? ¿Cómo se construye la paz? A decir verdad, si se analiza con detenimiento el razonamiento en su conjunto, se manifiesta como una serie de habladurías utópicas, carentes de contenido real, a menos que el contenido de estos conceptos sean en realidad una cobertura de doctrinas de partido que todos deben aceptar.
Pero lo más importante es que por encima de todo destaca un punto: Dios ha desaparecido, quien actúa ahora es solamente el hombre. El respeto por las «tradiciones» religiosas es sólo aparente. En realidad, se las considera como una serie de costumbres que hay que dejar a la gente, aunque en el fondo no cuenten para nada. La fe, las religiones, son utilizadas para fines políticos. Cuenta sólo la organización del mundo. La religión interesa sólo en la medida en que puede ayudar a esto. La semejanza entre esta visión postcristiana de la fe y de la religión con la tercera tentación resulta inquietante”.
Después de este “paseo” por las teorías, añade: “Volvamos, pues, al Evangelio, al auténtico Jesús. Nuestra crítica principal a esta idea secular-utópica del reino era: Dios ha desaparecido. Ya no se le necesita e incluso estorba. Pero Jesús ha anunciado el Reino de Dios, no otro reino cualquiera. Es verdad que Mateo habla del «reino de los cielos», pero la palabra «cielo» es otro modo de nombrar a «Dios», palabra que en el judaísmo se trataba de evitar por respeto al misterio de Dios, en conformidad con el segundo mandamiento. Por tanto, con la expresión «reino de los cielos» no se anuncia sólo algo ultraterreno, sino que se habla de Dios, que está tanto aquí como allá, que trasciende infinitamente nuestro mundo, pero que también es íntimo a él”.
Jesús no quiere sólo indicarnos un camino hacia el cielo, sino también un modo de vivir aquí que es el mismo que luego estará plenamente en el cielo. Pero no es aquí su realización; es un reinado sin poder temporal: “hablando del Reino de Dios, Jesús anuncia simplemente a Dios, es decir, al Dios vivo, que es capaz de actuar en el mundo y en la historia de un modo concreto, y precisamente ahora lo está haciendo. Nos dice: Dios existe. Y además: Dios es realmente Dios, es decir, tiene en sus manos los hilos del mundo. En este sentido, el mensaje de Jesús resulta muy sencillo, enteramente teocéntrico. El aspecto nuevo y totalmente específico de su mensaje consiste en que Él nos dice: Dios actúa ahora; ésta es la hora en que Dios, de una manera que supera cualquier modalidad precedente, se manifiesta en la historia como su verdadero Señor, como el Dios vivo. En este sentido, la traducción «Reino de Dios» es inadecuada, sería mejor hablar del «ser soberano de Dios» o del reinado de Dios”.
A lo largo del año, y también en las lecturas del Antiguo Testamento, se va perfilando el alcance de este Reino, y el camino de su realización (en la persona de Jesús, en sus parábolas). “Metodológicamente es inadmisible reconocer como «propio de Jesús» sólo un aspecto del todo y, partiendo de una semejante afirmación arbitraria, doblegar a ella todo lo demás. Tenemos que decir más bien: lo que Jesús llama «Reino de Dios, reinado de Dios», es sumamente complejo y sólo aceptando todo el conjunto podemos acercarnos a su mensaje y dejarnos guiar por él”.
La Iglesia tiene esta misión de “anunciar el Reino de Cristo y establecerlo en medio de las gentes” (LG 5), mostrar a Jesús, con la vida de los santos: la Iglesia misma constituye en la tierra el germen y principio de este Reino. Por otro lado es sacramento, signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano, ella es, por tanto, “el Reino de Cristo presente ya en el misterio” (LG 3), pero solamente en germen e inicio, apuntando a su realización definitiva que llegará con el fin y el cumplimiento de la historia. De los textos bíblicos y los testimonios patrísticos, así como de los documentos de Magisterio no se deducen significados unívocos para las expresiones Reino de los Cielos, Reino de Dios, y Reino de Cristo, ni de la relación de los mismos con la Iglesia. Se pueden dar diversas explicaciones, pero sin negar o vaciar de contenido en modo alguno la íntima conexión entre Cristo, el Reino y la Iglesia. En efecto “el Reino de Dios que conocemos por revelación no puede ser separado ni de Cristo ni de la Iglesia… si se separan de la persona de Jesús no es este ya el reino de Dios revelado por Él y se termina por distorsionar tanto el significado del Reino como la identidad de Cristo. Asimismo, el Reino no puede ser separado de la Iglesia; ciertamente ésta no es un fin en sí misma, está ordenada al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento. Sin embargo, a la vez que se distingue de Cristo y del Reino, está indisolublemente unida a ambos” (Juan Pablo II, “Redemptoris missio”, 8; cf. Declaración “Dominus Iesus”, 4,5.18).
Comentario: Jesús «es un testimonio insuperable de amor paciente y de humilde mansedumbre» (Juan Pablo II). Se encuentra con la malicia de los hombres, que se une a la astucia de los demonios, para hacer perder la paciencia al Señor. Los milagros y curaciones que hemos visto realizar a Jesús son interpretados como un poder del demonio. Jesús nos habla del sentido de estos signos, de su auténtico sentido, en relación con el Reino que está estableciendo.
1. Como dice R. Cantalamessa, “cerca de un tercio del Evangelio se ocupa de las curaciones obradas por Jesús durante el breve tiempo de su vida pública. Es imposible eliminar estos milagros o darles una explicación natural sin desmembrar todo el Evangelio y hacerlo incomprensible. Los milagros en el Evangelio tienen características inconfundibles. Jamás están para sorprender o para ensalzar a quien los realiza. Hoy algunos se dejan encantar al oír a ciertos personajes que dicen poseer poderes de levitación, de hacer aparecer o desaparecer objetos y cosas por el estilo. ¿A quién sirve este tipo de milagro, suponiendo que sea tal? A nadie, o sólo a uno mismo para ganar adeptos y dinero.
Jesús realiza milagros por compasión, porque ama a los demás: hace milagros también para ayudarles a creer. Obra curaciones para anunciar que Dios es el Dios de la vida y que al final, junto a la muerte, también la enfermedad será vencida y «ya no habrá luto ni llanto». Jesús no es el único que sana, sino que ordena a sus apóstoles hacer lo mismo detrás de Él: «Les envió a anunciar el Reino de Dios y a curar a los enfermos» (Lc 9,2); «Predicad que el reino de los cielos está cerca. Curad a los enfermos» (Mt 10,7 s.). Encontramos siempre las dos cosas a la vez: predicar el Evangelio y curar a los enfermos. El hombre tiene dos medios para intentar superar sus enfermedades: la naturaleza y la gracia. Naturaleza indica la inteligencia, la ciencia, la medicina, la técnica; gracia indica el recurso directo a Dios, a través de la fe, la oración y los sacramentos. Estos últimos son los medios que la Iglesia tiene a disposición para «curar a los enfermos»”. Hoy vemos mucha magia y pretendidos poderes ocultos de la persona que no son ni ciencia ni fe, sino charlatanería y campo abonado para la intervención del demonio. “No es difícil distinguir cuándo se trata de un verdadero carisma de curación y cuándo de su falsificación en la magia. En el primer caso, la persona jamás atribuye a poderes propios los resultados obtenidos, sino a Dios; en el segundo, la gente no hace más que alardear de sus pretendidos «poderes extraordinarios». Cuando por ello se leen anuncios del tipo: mago tal de no sé quién «llega donde otros fracasan», «resuelve problemas de todo tipo», «poderes extraordinarios reconocidos», «expulsa demonios, aleja el mal de ojo», no hay que dudar ni un instante: son grandes engaños. Jesús decía que los demonios se expulsan «con ayuno y oración», ¡no vaciando el bolsillo de la gente!”
¿Y si “no funciona”? ¿Hay que acudir a los astrólogos o brujos? “El poder de Dios no se manifiesta sólo de una manera –eliminando el mal, curando físicamente–, sino también dando la capacidad, y a veces hasta el gozo, de llevar la propia cruz con Cristo y completar lo que falta a sus padecimientos. Cristo redimió también el sufrimiento y la muerte: ya no es signo del pecado, participación en la culpa de Adán, sino instrumento de redención”. Se trata de un reino que no es de este mundo. Hoy se celebra la infancia misionera, sembrar en el corazón de los pequeños, con actividades a medida de sus posibilidades y edad, una preocupación por la evangelización del mundo y por la paz, pues la amistad con Jesús es un don tan precioso que no queremos egoístamente que sea para mí solamente, quiero dar a conocer el amor de Dios encarnado en Jesús, a mucha gente, por todos los medios. Extender esta gran luz “para los que yacían en región y sombra de muerte”, como decimos hoy: “una luz ha amanecido”. Vemos al Señor predicando que el Reino de los Cielos estaba cerca, y era necesario disponerse por la penitencia para ser dignos de él. Él es esa gran luz que muestra el camino de la vida eterna y la auténtica vida terrena, como hijos de Dios.
2. En relación con el Reino que Jesús está instaurando, Benedicto XVI nos habla de este reinado: “El contenido central del «Evangelio» es que el Reino de Dios está cerca. Se pone un hito en el tiempo, sucede algo nuevo. Y se pide a los hombres una respuesta a este don: conversión y fe. El centro de esta proclamación es el anuncio de la proximidad del Reino de Dios; anuncio que constituye realmente el centro de las palabras y la actividad de Jesús. Un dato estadístico puede confirmarlo: la expresión «Reino de Dios» aparece en el Nuevo Testamento 122 veces; de ellas, 99 se encuentran en los tres Evangelios sinópticos y 90 están en boca de Jesús. En el Evangelio de Juan y en los demás escritos del Nuevo Testamento el término tiene sólo un papel marginal. Se puede decir que, mientras el eje de la predicación de Jesús antes de la Pascua es el anuncio de Dios, la cristología es el centro de la predicación apostólica después de la Pascua”.
La teología ideologizada ha seguido otos derroteros, porque no cuenta con la fe ni tiene confianza en la tradición, y también algunos comentarios irónicos han colaborado en cierta imagen confusa que está en el ambiente, como la afirmación del modernista católico Alfred Loisy: «Jesús anunció el Reino de Dios y ha venido la Iglesia». «Reino de Dios», Reino de Cristo (es decir, inicio de la Iglesia). La proclamación del reino de Dios constituye el centro y la actividad de Jesús en su vida terrena antes de la Pascua. Después de la Pascua, sin embargo, el centro de la predicación apostólica es el reino de Cristo. ¿Hay distinción entre el Reino de Dios y el Reino de Cristo? ¿Se ha producido un alejamiento del verdadero anuncio de Jesús? El cambio de sujeto de reino de Dios por el de Cristo ¿supone la aparición de algo distinto? Para comprender el anuncio de Jesús en el Evangelio es útil considerar cómo se ha interpretado la palabra Reino en la historia de la Iglesia. Ratzinger, en su libro “Jesús de Nazaret” (cap. 3) nos habla de ello:
Los santos Padres interpretan el Reino de tres modos distintos aunque conexos:
a) el reino es Jesús mismo en persona (Orígenes);
b) el reino de se encuentra esencialmente en el interior de los hombres. “Esta corriente fue iniciada también por Orígenes, que en su tratado Sobre la oración dice: «Quien pide en la oración la llegada del Reino de Dios, ora sin duda por el Reino de Dios que lleva en sí mismo, y ora para que ese reino dé fruto y llegue a su plenitud... Puesto que en las personas santas reina Dios [es decir, está el reinado, el Reino de Dios]... Así, si queremos que Dios reine en nosotros [que su reino esté en nosotros], en modo alguno debe reinar el pecado en nuestro cuerpo mortal [Rm 6, 12]... Entonces Dios se paseará en nosotros como en un paraíso espiritual [Gn 3,8] y, junto con su Cristo, será el único que reinará en nosotros». La idea de fondo es clara: el «Reino de Dios» no se encuentra en ningún mapa. No es un reino como los de este mundo; su lugar está en el interior del hombre. Allí crece, y desde allí actúa.
c) el Reino de Dios y la Iglesia se relacionan entre sí estableciendo entre ambos una mayor o menor identificación. En la teología católica moderna se ha impuesto esta última interpretación eclesiológica, sin perder de vista las interpretaciones cristológica y mística. “Pero en la teología del siglo XIX y comienzos del XX se hablaba predominantemente de la Iglesia como el Reino de Dios en la tierra; era vista como la realización del Reino de Dios en la historia. Pero, entretanto, la Ilustración había suscitado en la teología protestante un cambio en la exégesis que comportaba, en particular, una nueva interpretación del mensaje de Jesús sobre el Reino de Dios. Sin embargo, esta nueva interpretación se subdividió enseguida en corrientes muy diferentes entre sí”.
La interpretación secularizada del Reino, con la pretensión de hacer aceptable el mensaje de Jesús a todos, despoja al Reino de su referencia divina y cristológica; el reino significaría un mundo en el que reina la paz, la justicia y la salvaguarda de la creación. Se ha pasado de una concepción teocéntrica y cristológica, a un reinocentrismo utópico, tarea común de todos los hombres y religiones.
Harnack hace entrar en la teología católica una contraposición entre el ritualismo del judaísmo (aspecto cultual) y lo que Jesús viene a proclamar, un mensaje estrictamente moral, de obras basadas no en un cumplir normas sino en el amor, so sería lo decisivo para entrar a formar parte del reino o quedar fuera de él. También sería el ritualismo más comunitario, de colectividad, y la vida de amor algo propio de la persona individual. Lógicamente, hay contradicciones internas en esta como todas las teorías que quieren encerrar la verdad del Evangelio. Luego otros le dieron al Reino un aire más escatológico (el fin del mundo estaba próximo, de la irrupción del nuevo mundo de Dios, de su soberanía). Bultmann probó aplicar la filosofía de Martin Heidegger: lo que cuenta es una actitud existencial, una «disposición permanente»; Jürgen Moltmann, enlazando con Ernst Bloch, desarrolló una «Teología de la esperanza» que pretendía interpretar la fe como una participación activa en la construcción del futuro.
“Entretanto se ha extendido en amplios círculos de la teología, particularmente en el ámbito católico, una reinterpretación secularista del concepto de «reino» que da lugar a una nueva visión del cristianismo, de las religiones y de la historia en general, pretendiendo lograr así con esta profunda transformación que el supuesto mensaje de Jesús sea de nuevo aceptable. Se dice que antes del Concilio dominaba el eclesiocentrismo: se proponía a la Iglesia como el centro del cristianismo. Más tarde se pasó al cristocentrismo, presentando a Cristo como el centro de todo. Pero no es sólo la Iglesia la que separa, se dice, también Cristo pertenece sólo a los cristianos. Así que del cristocentrismo se pasó al teocentrismo y, con ello, se avanzaba un poco más en la comunión con las religiones. Pero tampoco así se habría alcanzado la meta, pues también Dios puede ser un factor de división entre las religiones y entre los hombres.
Por eso es necesario dar el paso hacia el reinocentrismo, hacia la centralidad del reino. Éste sería, al fin y al cabo, el corazón del mensaje de Jesús, y ésta sería la vía correcta para unir por fin las fuerzas positivas de la humanidad en su camino hacia el futuro del mundo; «reino» significaría simplemente un mundo en el que reinan la paz, la justicia y la salvaguardia de la creación. No se trataría de otra cosa. Este «reino» debería ser considerado como el destino final de la historia. Y el auténtico cometido de las religiones sería entonces el de colaborar todas juntas en la llegada del «reino»... Por otra parte, todas ellas podrían conservar sus tradiciones, vivir su identidad, pero, aun conservando sus diversas identidades, deberían trabajar por un mundo en el que lo primordial sea la paz, la justicia y el respeto de la creación.
Esto suena bien: por este camino parece posible que el mensaje de Cristo sea aceptado finalmente por todos sin tener que evangelizar las otras religiones. Su palabra parece haber adquirido, por fin, un contenido práctico y, de este modo, da la impresión de que la construcción del «reino» se ha convertido en una tarea común y, según parece, más cercana. Pero, examinando más atentamente la cuestión, uno queda perplejo: ¿Quién nos dice lo que es propiamente la justicia? ¿Qué es lo que sirve concretamente a la justicia? ¿Cómo se construye la paz? A decir verdad, si se analiza con detenimiento el razonamiento en su conjunto, se manifiesta como una serie de habladurías utópicas, carentes de contenido real, a menos que el contenido de estos conceptos sean en realidad una cobertura de doctrinas de partido que todos deben aceptar.
Pero lo más importante es que por encima de todo destaca un punto: Dios ha desaparecido, quien actúa ahora es solamente el hombre. El respeto por las «tradiciones» religiosas es sólo aparente. En realidad, se las considera como una serie de costumbres que hay que dejar a la gente, aunque en el fondo no cuenten para nada. La fe, las religiones, son utilizadas para fines políticos. Cuenta sólo la organización del mundo. La religión interesa sólo en la medida en que puede ayudar a esto. La semejanza entre esta visión postcristiana de la fe y de la religión con la tercera tentación resulta inquietante”.
Después de este “paseo” por las teorías, añade: “Volvamos, pues, al Evangelio, al auténtico Jesús. Nuestra crítica principal a esta idea secular-utópica del reino era: Dios ha desaparecido. Ya no se le necesita e incluso estorba. Pero Jesús ha anunciado el Reino de Dios, no otro reino cualquiera. Es verdad que Mateo habla del «reino de los cielos», pero la palabra «cielo» es otro modo de nombrar a «Dios», palabra que en el judaísmo se trataba de evitar por respeto al misterio de Dios, en conformidad con el segundo mandamiento. Por tanto, con la expresión «reino de los cielos» no se anuncia sólo algo ultraterreno, sino que se habla de Dios, que está tanto aquí como allá, que trasciende infinitamente nuestro mundo, pero que también es íntimo a él”.
Jesús no quiere sólo indicarnos un camino hacia el cielo, sino también un modo de vivir aquí que es el mismo que luego estará plenamente en el cielo. Pero no es aquí su realización; es un reinado sin poder temporal: “hablando del Reino de Dios, Jesús anuncia simplemente a Dios, es decir, al Dios vivo, que es capaz de actuar en el mundo y en la historia de un modo concreto, y precisamente ahora lo está haciendo. Nos dice: Dios existe. Y además: Dios es realmente Dios, es decir, tiene en sus manos los hilos del mundo. En este sentido, el mensaje de Jesús resulta muy sencillo, enteramente teocéntrico. El aspecto nuevo y totalmente específico de su mensaje consiste en que Él nos dice: Dios actúa ahora; ésta es la hora en que Dios, de una manera que supera cualquier modalidad precedente, se manifiesta en la historia como su verdadero Señor, como el Dios vivo. En este sentido, la traducción «Reino de Dios» es inadecuada, sería mejor hablar del «ser soberano de Dios» o del reinado de Dios”.
A lo largo del año, y también en las lecturas del Antiguo Testamento, se va perfilando el alcance de este Reino, y el camino de su realización (en la persona de Jesús, en sus parábolas). “Metodológicamente es inadmisible reconocer como «propio de Jesús» sólo un aspecto del todo y, partiendo de una semejante afirmación arbitraria, doblegar a ella todo lo demás. Tenemos que decir más bien: lo que Jesús llama «Reino de Dios, reinado de Dios», es sumamente complejo y sólo aceptando todo el conjunto podemos acercarnos a su mensaje y dejarnos guiar por él”.
La Iglesia tiene esta misión de “anunciar el Reino de Cristo y establecerlo en medio de las gentes” (LG 5), mostrar a Jesús, con la vida de los santos: la Iglesia misma constituye en la tierra el germen y principio de este Reino. Por otro lado es sacramento, signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano, ella es, por tanto, “el Reino de Cristo presente ya en el misterio” (LG 3), pero solamente en germen e inicio, apuntando a su realización definitiva que llegará con el fin y el cumplimiento de la historia. De los textos bíblicos y los testimonios patrísticos, así como de los documentos de Magisterio no se deducen significados unívocos para las expresiones Reino de los Cielos, Reino de Dios, y Reino de Cristo, ni de la relación de los mismos con la Iglesia. Se pueden dar diversas explicaciones, pero sin negar o vaciar de contenido en modo alguno la íntima conexión entre Cristo, el Reino y la Iglesia. En efecto “el Reino de Dios que conocemos por revelación no puede ser separado ni de Cristo ni de la Iglesia… si se separan de la persona de Jesús no es este ya el reino de Dios revelado por Él y se termina por distorsionar tanto el significado del Reino como la identidad de Cristo. Asimismo, el Reino no puede ser separado de la Iglesia; ciertamente ésta no es un fin en sí misma, está ordenada al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento. Sin embargo, a la vez que se distingue de Cristo y del Reino, está indisolublemente unida a ambos” (Juan Pablo II, “Redemptoris missio”, 8; cf. Declaración “Dominus Iesus”, 4,5.18).
domingo, 22 de enero de 2012
Domingo III del Tiempo ordinario, ciclo B: Jesús anuncia el Reino de Dios y nos llama a seguirle, a través de una conversión del corazón, una apertura
Domingo III del Tiempo ordinario, ciclo B: Jesús anuncia el Reino de Dios y nos llama a seguirle, a través de una conversión del corazón, una apertura a la Buena Nueva
Lectura del Profeta Jonás 3,1-5. 10. En aquellos días, vino de nuevo la Palabra del Señor a Jonás: -Levántate y vete a Nínive, la gran capital, y pregona allí el pregón que te diré. Se levantó Jonás y fue a Nínive, como le había mandado el Señor. (Nínive era una ciudad enorme; tres días hacían falta para atravesarla.) Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día pregonando: -Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada. Los ninivitas creyeron en Dios, proclamaron un ayuno, y se vistieron de sayal, grandes y pequeños. Cuando vio Dios sus obras y cómo se convertían de su mala vida, tuvo piedad de su pueblo el Señor, Dios nuestro.
Salmo 24,4bc-5ab.6-7bc. 8.9: R/. Señor, instrúyeme en tus sendas.
Señor, enséñame tus caminos, / instrúyeme en tus sendas. / Haz que camine con lealtad; / enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.
Recuerda, Señor, que tu ternura / y tu misericordia son eternas; / acuérdate de mí con misericordia, / por tu bondad, Señor.
El Señor es bueno y es recto, / y enseña el camino a los pecadores; / hace caminar a los humildes con rectitud, / enseña su camino a los humildes.
Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 7,29-31. Hermanos: Os digo esto: el momento es apremiante. Queda como solución: que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la presentación de este mundo se termina.
Lectura del santo Evangelio según San Marcos 1,14-20. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: -Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed la Buena Noticia. Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo: -Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con El.
Comentario: 1. Jon 3,1-5.10: El autor del libro de Jonás es el primero en liberarse de los límites estrechos de una benevolencia hacia Israel y castigo para los demás. Cree que un rey pagano puede convertirse lo mismo que un rey hebreo (Jon 3, 5-8), mejor incluso que algunos reyes de Israel o de Judá que se negaron a reconocer sus errores (Jr 36, 24). El relato recrimina a los judíos su lentitud en convertirse (cf. Jr 7, 25-26; 25, 4; 26, 5), cuando los paganos se convierten al primer requerimiento (v. 5) y sin necesidad de que intervenga ningún signo particular. Todo hombre, cualquiera que sea, está llamado a arrepentirse, y el perdón de Dios está a disposición de todos (como nos revelará en plenitud Cristo en el Evangelio de hoy y otros lugares: Mt 12, 38-42). El episodio de Jonás pone bien en relieve las condiciones psicológicas indispensables para el encuentro del otro y, por tanto, para la evangelización. Así como los esclavos desean por encima de todo la libertad, los trabajadores no quieren paternalismo de sus jefes sino respeto, hemos de ir con buenas disposiciones de respeto a la libertad de cada uno, a recordar a cada uno su dignidad, anunciar sin dogmatismos la buena nueva a todos (Maertens-Frisque).
El libro de Jonás no es un relato histórico, sino didáctico (aunque pudo tener como referentes personajes anteriores históricos, y transformarlos en el estilo). En 2 Reyes 14, 25 nos encontramos con un Jonás, contemporáneo de Amós y de Jeroboam II (s. VIII a. C.), pero nada tiene que ver con el personaje de este libro escrito unos cuantos siglos después (época después del destierro). Mediante esquemas y repeticiones, el autor de esta pequeña obra sólo nos quiere inculcar que Dios es, ante todo, misericordioso, perdona a todos, incluso a los paganos, con tal que se conviertan. -Los caps. 3,1-4,4 forman una unidad literaria concéntrica cuyo núcleo es el edicto del rey ordenando ayuno y penitencia (3, 6-9). Dios habla con Jonás (3, 1-2) y le responde (4, 4); Jonás en Nínive (3, 3-4) y su lamentación al Señor (4, 1-3); efectos de su predicación (3, 5) y consecuencias de la penitencia realizada (3, 10). vv 1-3: Nínive, capital del imperio, era el símbolo de la opresión e injusticia contra Israel (cf. cap. 1). Los descubrimientos arqueológicos han confirmado que Nínive era una gran metrópoli (la distancia entre dos de sus puertas de entrada eran de 4 kms.), aunque no tanto como recalca el v. 3. Como centro de corrupción y de hostilidad juega, para el autor, el mismo papel que Babilonia en el relato de la torre de Babel (Gn 11, 1-9). Aquí es enviado Jonás a predicar por segunda vez. Por contraposición al primer mandato (cap. 1: Jonás huye en vez de obedecer), aquí se dirige a cumplir su misión. Dios ha vencido la obstinación de Jonás, pero no se dice para nada que éste haya accedido gustosamente.
-v. 4: "Dentro de 40 días, Nínive será arrasada". Este es el escueto mensaje de Jonás, breve, frío..., en nada parecido a la predicación profética. El número 40 es tiempo de espera, de preparación: 40 días dura el diluvio, 40 años es la etapa de prueba del desierto, 40...
-v. 5:Efectos de la predicación de Jonás. Los extraños creen (he'emin) y se arrepienten mientras que el pueblo de Israel no hace caso a su palabra profética (Is 7, 9; 28, 16); los ninivitas se apoyan en Dios, lo toman en serio. El encuentro personal con el Señor es el centro de toda auténtica religiosidad, traduciéndose esta fe en obras concretas: ayunos, vestir el sayal... (gestos penitenciales, de arrepentimiento). La penitencia llega hasta el palacio real, ya que el rey cambia su trono por la ceniza, su manto por el sayal..., y manda promulgar un edicto para que todos hagan penitencia y se conviertan al Señor (vv. 6-9). El bando termina con las palabras "tal vez Dios..."; el perdón es puro don divino.
-v. 10: Y ante este volverse de los ninivitas de su mala conducta, Dios también se vuelve de la anunciada amenaza y concede su perdón. El Señor no quiere la muerte del hombre, sino su vida; la misericordia divina prevalece siempre sobre su justicia. Y no sólo se reserva a Israel, sino que abarca al mundo entero. Así, el mensaje divino es aceptado por el mundo pagano (A. Gil Modrego).
Nínive se convierte, y es emblemático y causa de sorpresa y contraste evidentes. Porque muchas veces Israel no ha hecho caso de amenazas y promesas, mientras que uno de sus peores enemigos (enemigo del pueblo de Dios) se convierte con humildad y fervor. Las apariencias engañan: Nínive ha comprendido mejor al Dios de Israel, que Israel mismo. También llama la atención, como en otros lugares de la Escritura, que "Yavé se arrepiente". Esto es una contraposición respecto a lo que puede significar el destino ciego. Una amenaza pierde su efecto por medio de la penitencia; una promesa, por medio del pecado (Ex 32, 14; Jer 18; Am 7,3). Y esto hay que diferenciarlo bien de la veleidosa o caprichosa voluntad humana, en la que no se puede confiar (Núm 23, 19; I Sam 15, 29; “Eucaristía 1988”).
Las escrituras cuneiformes nos informan de la penitencia pública de los asirios, que se extendía incluso a los animales domésticos; Herodes nos dice que ésta era también la costumbre de los persas. Pero los signos de penitencia no valen nada sin la conversión interior, sin el cambio del corazón y de la vida. El autor nos dice que los ninivitas se convirtieron de su mala conducta (“Eucaristía 1985”). El tema fundamental de la lectura de Jonás es la conversión. El vocablo griego tiene una fuerza metafórica y realista. Metanoia quiere decir literalmente: cambio de mente. La conversión es, por tanto, un tema de pellejo para adentro, un tema tan serio y grave como puede ser cambiarse uno de cabeza; es decir, dejar las viejas categorías de enjuiciar y pensar para tomar nuevos criterios y cánones nuevos para ver la vida y sus problemas. También la palabra latina tiene fuerza etimológica: conversión, convertirse, quiere decir volverse. (En esto sigue el término hebreo): Es decir: desandar el camino, poner los pies donde está la cabeza y poner la cabeza donde están los pies. Se trata, en definitiva, de tomarse a sí mismo como el carnicero toma la res para despellejarla: agarrar la piel por la cabeza y sacarle por la cola. Podemos destacar en primer lugar el cuerpo del delito: la ciudad de Nínive. A partir de este relato es una ciudad mítica, la ciudad del pecado y el olvido. No se nos dicen los pecados de que Nínive era culpable. Se afirma sin más el pecado de la ciudad; todos sus miembros, desde el rey hasta el último animal, son parte responsable. Muchos cristianos no entramos en trance de conversión porque nos falta la conciencia de esta dimensión social del pecado. Para muchos de nosotros, el horizonte queda reducido exclusivamente a "nuestros" pecados. Por eso, cuando creemos estar libres de culpas más o menos graves, tomamos como cosa de otros este tema de la conversión. Nos falta responsabilidad y conciencia de culpa con respecto a la Nínive -la ciudad del pecado, el mundo de la guerra y la opresión- en que estamos viviendo. Tal vez reconocemos que hay muchos cosas mal a nuestro alrededor, pero nadie se solidariza con ellas y nadie sale fiador de ellas. Esta concepción que tenemos del pecado del mundo repugna con la lectura que hoy comentamos y con una postura que en la Biblia está claramente definida. Al escuchar las palabras de Jonás, el rey de Nínive no es consciente de sus pecados ni de los pecados de su pueblo; no sabe quién o quiénes son los culpables. Y sin embargo, se solidariza él y toda la ciudad en un sentimiento de conversión, ayuno y oración colectivos.
Subrayemos el paralelismo que existe entre Jonás y Elías (1 Re 19,4). Los dos, sentados a la sombra fuera de la ciudad, están tristes y desengañados. Pero mientras Elías lamenta la actitud del rey y del pueblo hacia Dios, Jonás se aflige por su fracaso, pese a que ha significado un éxito para Dios. La única razón de su dolor reside en la estrechez de sus ideas… También podríamos subrayar el carácter condicional de los vaticinios proféticos, cosa que debía de ser desconcertante para la mentalidad de aquella época. El antiguo oriente creía en la eficacia casi mágica y autónoma de la palabra profética. Además, esta palabra se confundía con la palabra divina, que tenía una trascendencia o, al menos, cierta autonomía de acción (Os 6,5). Por eso se tenía la impresión de que el oráculo profético entrañaba algo de inevitable. Jeremías (18,7-12) había enseñado ya que el anuncio del castigo estaba condicionado a la conversión. Pero al hombre Jonás, como al resto de los hombres, no le resulta fácil aceptar ideas nuevas (J. Aragonés).
«Por segunda vez fue dirigida la palabra del Señor a Jonás en estos términos: 'Vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama lo que yo te diga'» (4,1). Como si no hubiera pasado nada, como si fuera la primera vez... Y Jonás se fue a Nínive y predicó allí. Y cuando Nínive se convirtió, Jonás se disgustó mucho y se quejó a Dios, cosa que a nosotros, tan deseosos de éxitos apostólicos, nos parece extrañísimo: «¡Ay, Yahvé! ¿No es esto lo que yo decía cuando estaba todavía en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis. Porque bien sabía yo que tú eres un Dios entrañable y misericordioso, tardo a la cólera y rico en amor, que se arrepiente del mal...» Esas palabras son el nudo que revela todo el secreto del relato y cuál fue la ruptura que se le pidió a Jonás: tenía que dejar atrás todas sus ideas sobre Dios y vincularse a alguien que le llevaba más allá de sus fronteras y le dejaba en una intemperie amenazadora y vacía de seguridades. A eso se resistía Jonás, porque no era a Nínive a quien temía, sino a Dios; y no era su cólera lo que le atemorizaba, sino su amor incontrolable y desmesurado. Pobre Jonás, o dichoso Jonás, a quien Dios quiso elegir como compañero de juego y le fue ganando, una a una, todas las partidas, hasta darle un jaque mate en el que, misteriosamente, fue el vencido quien salió ganando...!
De Tarsis a Nínive… Dios no tuvo en cuenta sus anteriores cobardías… Cuando nuestras viejas ideas sobre Dios han caído, y las maneras de servirle cambiado, y los lugares en que hacernos presentes se han ampliado... ¿nos tambalearon las seguridades, y el sistema de creencias que creíamos inamovible se reveló incapaz de sostenernos? La sociedad ha cambiado, hemos visto crisis y sacudidas, y mucha gente se nos quedó por el camino. Y, a lo mejor, después de la tormenta, creímos que al fin estábamos seguros en el vientre de la ballena, y pensamos: «gracias a Dios, ya ha pasado el alboroto de la renovación, ya hemos alcanzado la estabilidad… ya casi no nos calificamos unos a otros de 'tradicionales' o 'progresistas'». Pero, de pronto, puede sorprendernos la evidencia de que aquello no había sido más que una etapa, y que ahora la ballena nos ha vomitado en la Nínive de un mundo técnico y secularizado en el que Dios parece estar ausente y al que las palabras que nosotros pronunciamos le son prácticamente indescifrables y los valores que tratamos de anunciar le resultan arcaicos e irrelevantes. Nuestros hábitos culturales se sienten amenazados; no ejercemos como antes el liderazgo moral; tenemos delante problemas para los que desconocemos la respuesta; nos resistimos a ser tragados por la «invisibilidad social»... Por eso nos acomete la tentación de huir a una «Tarsis» que puede tener muchos nombres y llamarse refugio en nuevas sacralizaciones, restauracionismo, individualismo, fuga hacia el espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas ya fijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, vuelta al normativismo y al moralismo... Pero, lo mismo que Jonás, podemos escuchar una llamada persistente que vuelve a invitarnos a correr la aventura de Nínive, a aceptar el riesgo de una vinculación nueva a un Dios desconcertante que nos empuja a ir más allá de lo conocido, que está queriendo desplazarnos más allá, hacia los desiertos, las periferias y las fronteras, allí donde está su humanidad más herida y donde sus hijos, por debajo de la apariencia de la intrascendencia y del divertimento, viven la brecha abierta de la pregunta por el sentido y el silencio vacío que espera una Palabra. Son “ninivitas” bastante reacios a convertirse en objeto de nuestro apostolado y no parecen necesitar mucho de nuestras instituciones, nuestras enseñanzas, nuestra predicación o nuestras respuestas; pero con ellos podemos hablar el lenguaje del servicio, de la presencia, del diálogo, del testimonio, del anuncio gratuito, de la disponibilidad para hacer camino con ellos y aguantar juntos la incertidumbre y la dureza de la vida. Quizá nos estamos resistiendo a todo eso que nos aleja de un territorio que nos era familiar; pero muchas de las insatisfacciones que sentimos y de los problemas de los que nos quejamos («estamos tan mayores, no tenemos vocaciones, hay muchas dificultades...») pueden ser como la tormenta, la ballena, el gusano que secó el ricino de Jonás o el viento solano que le abrasó la cabeza. Y, lo mismo que para él, pueden tener la función pedagógica de forzarnos a dar la vuelta de nuestros Tarsis, decidirnos a entablar diálogo con Nínive y, sobre todo, perderle el miedo a ese Dios que asedia nuestra vida a través de los extraños caminos de su gracia (Dolores Aleixandre).
2. Salm 24: Nos encontramos ante un salmo que respira una ferviente piedad personal. Y ante una oración más bien curiosa. En realidad el procedimiento adoptado para su composición es el llamado alfabético. Es decir, que el autor para componer el salmo sigue la sucesión de las letras del alfabeto. El primer versículo corresponde a la primera letra. Y así sucesivamente..., respetando rigurosamente el orden. Es una alabanza con todas las letras, es decir completa (que hemos comentado ya en otros momentos). “‘Vias tuas, Domine, demonstra mihi, et semitas tuas edoce me’; Señor, indícame tus caminos, enséñame tus sendas. Pedimos al Señor que nos guíe, que nos muestre sus pisadas, para que podamos dirigirnos a la plenitud de sus mandamientos, que es la caridad” (San Josemaría).
3. 1 Co 7, 29-31: Este breve pasaje forma parte de una larga argumentación de Pablo encaminada a explicar a sus lectores que, desde Jesús, el matrimonio, aun cuando sigue siendo bueno, ya no es algo absoluto, y que la relación de los sexos no se resuelve ya tan solo en la unión conyugal, también en el encuentro personal de cada uno con el Señor.
a) El argumento principal mediante el que Pablo relativiza, por una parte, la institución matrimonial remite a la nueva concepción del "tiempo" nacida de la venida en el tiempo del Dios hecho hombre: el "tiempo se hace corto" (v. 29) y "pasa la figura de este mundo" (v. 31). En el A.T., el matrimonio representa la institución ideal mediante la cual el hombre, de generación en generación, proseguía la obra de la creación para llevarla a la recreación prevista para los últimos tiempos. Mas esos tiempos han llegado: a partir de Cristo, Dios está presente en la humanidad y en el universo de tal forma que los transfigura progresivamente hasta su divinización. El matrimonio no deja, pues, de ser la institución ideal mediante la que el hombre presta su colaboración en la creación y en la historia, una colaboración ya recompensada, puesto que de ahora en adelante significa la presencia de Dios en los últimos tiempos. Pero la institución matrimonial no es ya exclusiva: ahora que Dios está ya presente en todas las cosas y en todos los hombres a través de la mediación de Cristo, el matrimonio no es ya el único medio de que la humanidad llegue hasta ese encuentro con Dios, y la virginidad puede también, y mejor incluso que el matrimonio, testificar la presencia de Dios.
b) Por lo demás, todo acontecimiento de la vida, triste o feliz, en Jesús, es relativizado y el cristiano debe poder mantener sus distancias respecto a él (vv. 30-31). Una vez que Dios ha penetrado en la historia, ésta ha alcanzado su término en el sentido de que todas las instituciones y todos los acontecimientos no sólo andan en busca de los últimos tiempos, sino que son el signo de la presencia escatológica de Dios. Habiendo alcanzado así su término, instituciones y acontecimientos se relativizan y permiten al hombre adoptar una actitud libre respecto a ellos con tal que esa libertad le venga de su fe en su participación en los últimos tiempos. No se trata de rechazar la institución y de desligarse con desdén del acontecimiento: Pablo no es un encratita ni un estoico: se trata tan sólo de percibir con lucidez la finalidad de estas cosas y de acomodarse a ella mediante la continencia o un tipo nuevo de uso de las cosas del mundo (Maerens-Frisque). El que ha descubierto la urgencia y la importancia del Evangelio y se ha convertido al reinado de Dios que se acerca, no puede instalarse ya en este mundo. No puede llorar como si no hubiera consuelo para sus lágrimas, no puede reír como si ya hubiera hallado la felicidad completa, no puede trabajar o negociar como si esto fuera su verdadera vocación y destino... Si llora, si ríe, si negocia... debe hacerlo como si no lo hiciera, "porque la presentación de este mundo se termina". El adviento de Dios en Jesús pone coto y medida al mundo y a todo lo que hacemos en él, y así, nos libera de todos los falsos absolutos. El cristiano ha de vivir en este mundo y ocuparse de este mundo, pero con reservas, o si se quiere, con esperanza. Pablo no quiere decirnos que vivamos en el mundo con la indiferencia y la apatía de los estoicos, sino que pongamos las cosas en su sitio y, por encima de todas, el reinado de Dios que se acerca (“Eucaristía 1982”). Las palabras de Pablo sólo se comprenden desde la situación especial en la que se encontraba la comunidad cristiana de Corinto y desde la situación fundamental de los que esperan el advenimiento del Reino de Dios. La comunidad de Corinto estaba dividida en grupos y en intereses opuestos. San Pablo sale al paso de todos los extremismos y particularismos haciendo una llamada común al realismo cristiano: cualquiera que sea el estado y la posición de los cristianos en el mundo, la verdad es que este mundo pasa y no vale la pena de afincarse cada uno en su propia situación. La esperanza escatológica que deben tener todos los creyentes, supera las diferencias que nos dividen y nos condicionan. San Pablo no predica un cristianismo instalado en las contradicciones de este mundo, sino todo lo contrario. Pues el anuncio de la pronta venida del Señor nos obliga a todos a vivir en el desarraigo. Sin esa actitud no es posible la paz en la comunidad cristiana. Sentir que este mundo pasa y que nada permanece no implica necesariamente el pesimismo. Si este viejo mundo pasa es para dar lugar a la nueva tierra y al nuevo cielo. Tampoco se recomienda el absentismo de las realidades terrenas. Esto sería una alienación. San Pablo no dice que no lloremos, que no tengamos mujer, que no compremos... sino que nada de eso lo hagamos como si fuera la razón y el sentido último de nuestras vidas. El absolutizar cualquiera de estas cosas que pasan sí es una alienación (“Eucaristía 1973”). Las presentes frases están dichas en el marco del discurso fundamental sobre el matrimonio y la virginidad, que Pablo desarrolla en este capítulo, y que se refieren a lo que ha de ser la actitud del hombre a causa de la espera del final de los tiempos. La brevedad del tiempo que queda exige un desprendimiento interior respecto del mundo: las situaciones y quehaceres exteriores requerirán seriedad, pero frente a ellas hay que ser y sentirse libres. Porque a la vista de la venida del Señor todas las ataduras terrenales pierden importancia. En realidad, la auténtica seriedad ha de estar dirigida hacia el Señor. Y esto es mucho más fácil para el no-casado, que para el casado ya que aquél no está dividido en su corazón, encontrando menos impedimentos para el "ser santo en cuerpo y espíritu". Dentro de estos pensamientos no se expresa desprecio alguno por el orden terreno, ni siquiera por el matrimonio; únicamente se hace clara la conciencia de que el hombre, ya en su existencia actual, está ordenado al mundo venidero y a la plenitud del reino de Dios, de manera que en cualquier circunstancia de esta vida tiene que tomar una actitud en correspondencia. El cristiano está situado en tensión entre su condición de necesariamente "comprometido" con el estado actual del mundo y con su conocimiento de lo que está por venir, o sea, en una palabra, con esa "creación expectante que está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios" (Rom 9, 19). Cualquier sobrevaloración de las realidades terrenas, sea matrimonio, alegría o pena, negocio o cambio no es más que una pérdida de lo definitivo y confiable. El cristiano y la iglesia, en el reconocimiento de todos los valores y tareas intramundanas, están llamados a ser signos y testigos de la venida del Señor. Si se tiene en cuenta la situación concreta de la comunidad de Corinto, se comprenderá la intención del Apóstol, que no quiere "tenderle un lazo", sino decirle "lo mejor" (“Eucaristía 1988”). Cuando Pablo escribe estas palabras, la comunidad de Corinto se hallaba dividida en diferentes grupos e intereses opuestos. Pablo invita a los corintios a que adopten una actitud coherente con su esperanza en el adviento del Señor. De esta suerte quiere ayudarles a que unos y otros sepan relativizar sus opciones y posiciones temporales y hagan así posible la unidad y la convivencia. Evidentemente, Pablo no predica un cristianismo instalado en las contradicciones sociales: todo lo contrario, pues aconseja vivir en el desarraigo y en la conciencia de que pasan todas las formas de este mundo. El "como sí..." de Pablo no es indiferencia que deja las cosas como están, sino la fuerza de la esperanza cristiana que nos ha sido dada para descongelar todo fixismo. Tampoco predica la apatía de los estoicos. Pablo sabe muy bien que unos ríen y otros lloran; pero ni los primeros deben absolutizar su dolor como si no tuviera remedio, ni los segundos deben reír y gozar con plena satisfacción mientras haya una sola lágrima en el mundo. Pablo entiende que el hombre anda despistado y se pierde cuando se agarra a lo que tiene y absolutiza cualquiera de las cosas que pasan (“Eucaristía 1985”). Tras haber puesto en claro la actitud a seguir con un incestuoso consentido en la comunidad de cristianos (5, 1-13) y la actitud del cristiano frente a su propia sexualidad (6, 12-20; 7), Pablo concluye diciendo: "el tiempo es corto". Cualquiera que sea el lapso de tiempo que quede por correr hasta la parusía, el tiempo futuro está ya de algún modo presente. De ahí que el creyente tenga que mantenerse en la sana tensión del que espera algo definitivo que se acerca. El apóstol ha hablado ampliamente durante casi todo el cap. 7 sobre la ética sexual y matrimonial. Esta conclusión que saca aquí no es un desdecirse de lo anterior o despreciar el estado matrimonial. Sino que quiere dejar bien claro que hasta lo más importante para el hombre, como es su propia situación familiar y afectiva, tiene que ser orientada al reino, porque, al fin y al cabo, lo importante es ser fiel al don de Jesús. Tenemos aquí evidentemente un precioso estilo oratorio que apunta a una idea general. Viene a decir Pablo: Supuesto que el cristiano tiene como meta lo último, la manifestación de Jesús, su vida ha de moverse en ese horizonte; que tanto su alegría como su llanto encuentren su sitio y su contexto en el marco del reino. Toda la vida del creyente tiene que tener este matiz cristiano y escatológico si quiere rendir al máximo en su camino de fe. Corinto era una ciudad particularmente rica, centro comercial de primera importancia. Incluso en la comunidad de cristianos había, al parecer, algunos hombres ricos (cf. cap 11). Por eso Pablo dice con claridad: está fuera del contexto cristiano quien tiene la sensación de seguridad en sus propias negocios. Al fin y al cabo la única seguridad es Jesús. No tiene más probabilidades de éxito el rico, ya que el reino no tiene nada que ver ni con el dinero ni con la posición social. Con esta conclusión no invita Pablo a un desentendimiento sin más de las realidades presentes. Sino a un trabajo humano pero cristiano, con la óptica de Jesús y del reino. Esto hará precisamente que el trabajo cristiano adquiera una dimensión nueva y fructífera en favor de todos (“Eucaristía 1979”). "La presentación de este mundo se termina" dice san Pablo. Pero terminará la presentación de un mundo fundado en valores caducos, provisionales. Esta "provisionalidad" de las cosas que nos rodean hará que el cristiano viva un cierto tipo de "humor". Porque las cosas no son del todo "serias". Este mundo que se deshace entre las manos no nos puede hacer ni llorar del todo, cuando nos es adverso, ni reír y gozar del todo, cuando parece favorable. Por eso el cristiano conserva una "agilidad" especial que le permite actuar y estar presente en todos los acontecimientos, pero sin quedar aprisionado y encallado en los valores transeúntes. Así lo comenta S. Agustín: “Poned la mirada en el último día, en el de la venida del Hijo del Hombre, porque ha de encontrar viviendo mal a los que ahora están seguros, aunque con una falsa seguridad; se hallan seguros en los placeres del mundo, cuando deberían estarlo por haberlos sometido. El Apóstol nos preparó para aquella vida. Éstas son sus palabras: “Por lo demás, hermanos, el tiempo es corto; sólo queda que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran, y los que compran como si no comprasen, los que se gozan como si no se gozasen, los que lloran como si no llorasen y los que disfrutan de este mundo como si no disfrutasen, porque la figura de este mundo. Quiero que estéis sin preocupaciones” (1 Cor 7,29-32). El que pone todo su gozo y toda su felicidad en comer, en beber, en estar casado, en comprar, en vender, en disfrutar de este mundo, está ciertamente sin preocupaciones, pero se halla fuera del arca. ¡Ay de él cuando llegue el diluvio! Por el contrario, el que come y bebe o hace otra cosa, y la ejecuta para gloria de Dios; y, si tiene que soportar alguna tristeza debida a las cosas humanas, llora de tal modo que interiormente se goza con la esperanza; y, si le sobreviene algún gozo originado por las cosas terrenas, de tal modo se goza que teme espiritualmente en su interior, y, por lo tanto, no se entrega de lleno a la felicidad para no ser pervertido, ni a la adversidad para no quedar quebrantado, lo cual es llorar como si no llorase y gozarse como si no se gozase; el que, teniendo esposa, compadeciéndose de la flaqueza de ella, da pero no exige el débito; o si por su propia debilidad se casa, pero más bien se lamenta por no poder pasar sin la mujer que se goza por haberse casado; el que vende lo que sabe que, si lo retuviese, no le haría feliz; el que conoce que pasa todo lo que compra, y, por lo tanto, no presume de los bienes en que abunda y le rodean, y emplea lo que tiene en obras de misericordia con quien nada tiene, para recibir también él mismo lo que no tiene de manos de quien tiene todas las cosas; todos estos esperan confiados el último día, porque no están fuera del arca. Ya son contados entre las maderas incorruptibles con las que se fabrica. No teman, pues, al Señor que ha de venir; antes bien, espérenlo y deséenlo, pues su venida no le aportará el castigo, sino la eliminación de las fatigas. Todo esto se consigue en el deseo de aquella ciudad. Luego lo que encarece el evangelio se logra con el deseo de esta ciudad a la que canta el salmo”.
4. Mc 1, 14-20 (par. Mt 4, 18-22). Dios quiere que su reino en la tierra se haga realidad, como fruto de la "conversión" que la llegada del reino solicita (cf. Mc 1, 15), aquí anunciada por el profeta. Reino que será de justicia, de verdad, de paz y de gracia, que es posible si el hombre es capaz de volver los ojos hacia Dios para tener vida, una vida plena, total. Es la Salvación. Este Reino no viene con nuestro esfuerzo, no lo ganamos nosotros con nuestra lucha, como tendremos ya experiencia. Tampoco es algo que nos ofrece mágicamente. Dios no es un hada que usa su varita para arreglar nuestros problemas sólo porque le caemos en gracia. Dios no alimenta la vagancia ni sustituye al hombre para que durmamos plácidamente mientras Él se responsabiliza de nuestro destino. Si las cosas no cambian con nuestra lucha y esfuerzo o por el progreso, si tampoco nos va a venir como lluvia caída del cielo. Convertirse es cambiar. Cambiar nuestra forma de ser, abandonar los modos de convivencia que tenemos, nuestros criterios de actuación, nuestra forma de valorar a la gente, nuestras concepciones religiosas legalistas, dejar de querer aprovechar las ventajas que tenemos sobre los otros, superar nuestros esquemas de amistad y enemistad, no empeñarnos en querer ser y tener más que los otros, preocuparnos y ser más sensibles de las necesidades, angustias y problemas de todos. Cambiar nuestro interior, lo profundo de nuestra personalidad. Cambiar nosotros mismos. Creer es pensar lo tremendamente positivo y bueno que sería para los hombres una vida de hermandad, de colaboración, de confianza. Es ver lo bonito de esta vida nueva que podríamos comenzar a experimentar. Darse cuenta que merece la pena por los resultados a los que lleva. La fe ya no es vivir sometidos a unas normas para después de morir ganarse el cielo. Es confiar en que Dios va a hacer algo grande para que podamos vivir bien todos, antes y después de la muerte (“Dabar 1982”). Probablemente la “conversión” es el núcleo del evangelio de hoy y -en buena parte- de todo el Evangelio de Marcos. Me atrevería a proponer que la predicación de estos cuatro domingos tuviera como intención de fondo el ofrecer una alternativa al generalizado escepticismo que explícitamente tenemos muchos cristianos respecto a nuestra capacidad de convertirnos y de anunciar el Evangelio. El cristiano de hoy vive en solitario su fe, es normal que le suene un poco a música celestial las exhortaciones a la radicalidad evangélica, no tanto porque la sociedad esté "en contra de" los valores evangélicos sino porque está "al margen de" ellos. La denominada "postmodernidad" se caracteriza por su escepticismo ante los grandes valores, por la crisis de las utopías, por el convertirse hacia las pequeñas satisfacciones, hacia los valores sencillos y cotidianos. La Iglesia ya no vive el fervor posconciliar y la sociedad del progreso -de los años sesenta- ha hecho crisis. Las explicables/necesarias preocupaciones son conservar u obtener un trabajo para subsistir, evitar los conflictos excesivos en la vida familiar... Los políticos hablan ya sólo de "lo posible" (entre reconversiones, ajustes, etc). En este contorno es normal que el cristiano tienda a vivir su fe sólo como algo privado, simplemente a conservar. Con un hondo escepticismo respecto a su capacidad de comunicarlo, quizá renunciando a que su fe impregne/transforme toda su vida (¿cómo la transformará si su vida es en gran parte simple subsistencia en el cotidiano "ir tirando"?). Nos sale pedir "el pan de cada día", pero no resuenan en la realidad pedir la venida del Reino. Y, sin embargo, el Jesús de Marcos une el Reino con el pan. Toda homilía debería tener en cuenta esta situación actual, comprenderla para ayudarla, y así ofrecer elementos de posible optimismo. Pienso que el evangelio de hoy -y de estos cuatro domingos- puede ofrecer ocasión para esta "animación" de la fe. El evangelio de hoy nos dice que el vivir cristiano pide conversión y pide sumarse al anuncio de la gran Buena Noticia de Jesús (el Reino/Amor de Dios está ahí, presente, al alcance, puede cambiar/enriquecer nuestra vida). Pero -¡atención!: ahí está el punto clave entonces y ahora -esta conversión y este sumarse al anuncio no se identifica con una "perfección" del seguidor de Jesús, con un automático/milagroso identificarse del seguidor con Jesús: Marcos insistirá continuamente en que los discípulos no entendían/compartían la acción y persona de Jesús. Pero lo importante -lo decisivo- es ponerse a seguir a Jesús, es abrirse a su Buena Noticia de esperanza, es procurar compartir su acción liberadora en favor -en amor-de los demás (evangelio de los domingos 5 y 6). En una palabra: la conversión/anuncio son fruto del seguimiento, no al revés. Y al seguimiento están llamados hombres y mujeres del pueblo, normales, sencillos (como Simón, Andrés, los Zebedeos...). Todos tenemos "vocación" de seguidores de Jesús (J. Gomis).
La invitación que hace Jesús es a la "conversión", y "convertirse significará aceptar, entrando totalmente en él, el mundo de los juicios y de los valores de Jesucristo, la concepción de la felicidad y de las exigencias de la vida según Jesucristo: acoger en el propio interior una mentalidad nueva que es la de Jesucristo... Una conversión que sólo afectara a las ideas, un cambio puramente intelectual, no sería de ningún modo la conversión evangélica, así como tampoco lo sería una conversión que no implicara más que las zonas de la sensibilidad y del sentimiento religioso; o una conversión que únicamente modificara la relación del hombre consigo mismo en el plano de la ética" (A. Liégé). La actitud de los apóstoles es la que nos muestra el camino cristiano. Empezando con Simón, Jesús reúne a su alrededor a los primeros discípulos. Son la imagen viva de los "convertidos que creen en el evangelio". Por eso lo dejan todo: las redes, el padre en la barca con los jornaleros... y se van a predicar. Recuérdese como Marcos subrayará intencionadamente más adelante que los Doce debían estar con él, antes de enviarlos a predicar (cf. Mc 3,14). La misión sólo podrá realizarse a partir de una profunda comunión con Jesús. "La fe cristiana del adulto será el encuentro... del Dios del Reino que, presente en la historia -en Jesucristo-, lleva a término en ella la realización de su proyecto con la colaboración de los hombres" (A. Liégé) El encuentro con Jesús en nuestra historia es "el momento" que apremia y no puede dejarse perder. A partir de este encuentro, toda nuestra vida debería quedar transformada-convertida. Las realidades presentes -como las redes, el padre, los jornaleros y la barca...- quedan des-centradas, porque el centro es Jesucristo. Decir des-centradas no equivale a decir despreciadas ni aborrecidas; equivale a decir que no son el Absoluto, que no son el Reino (P. Tena). Jesús nos habla de conversión, para que lo que profesamos, lo que hemos aceptado, si de hecho estamos abiertos a Dios y a los hombres, adquiera nuevo relieve, conversión tiene muchos sentidos (el griego de matanoia o transformación del corazón, el arameo-también latino de “volver” y desandar o vuelta por el camino) pero siempre es un ver de nuevo con luz especial aquello mismo que ya es distinto, nos descubre aspectos ocultos, nos hace permanecer atentos, nos ilumina nuevas situaciones personales, eclesiales, sociales, que surgen constantemente en el devenir histórico de cada uno de nosotros y de la colectividad, y cómo de vez en cuando, estas nuevas situaciones adquieren el carácter de momentos claves y decisivos. El que cree en Jesús siempre está de camino. El inmovilismo, aunque sea de formas exteriores, es profundamente contrario al evangelio. Así pues, hay que convertirse, renovarse constantemente. ¿Reconociendo nuestras limitaciones, estamos dispuestos a una verdadera conversión, o más bien de una manera consciente o semiinconscientemente, pactamos con las conversiones a medias, o bien nos da miedo llegar a la realidad más profunda? El cristiano, en paz, pero con decisión, vive en la paradoja de la fidelidad a Jesucristo que siempre es el mismo y en la preocupación de actualizar de una manera constante al Jesucristo de siempre. La conversión empieza por un cambio, por la renovación de la mentalidad. Muchas veces y en personas de buena voluntad, éste es el aspecto más difícil de la conversión; al cambio de mentalidad debe corresponder un cambio de comportamiento. Esta conversión se hace difícil, en los diferentes niveles de la persona y de las situaciones por las ideas preconcebidas y por los muchos intereses creados. La auténtica conversión nos hace relativizar lo que debe relativizarse, dentro del discernimiento actual de separar el trigo (lo esencial de la fe) de la paja (manifestaciones históricas, ec.) y nos conserva cada vez más firmes en la fidelidad a Jesucristo; nos puede guiar a descubrir los intereses más sutiles que nos mantendrían en nombre de la renovación evangélica, en arreglos que no tendrían nada de evangélicos y serían la salvaguardia de unas ideologías y de unos intereses que se quieren conservar; esto es difícil; se necesita la libertad de los hijos de Dios, la pobreza evangélica, la fuerza que nos viene de la acción del Espíritu y del hecho de compartir la vida comunitaria. Nos hemos de convencer, con esperanza pero también con humildad, que siempre hemos de convertirnos, pero que nunca lo estaremos del todo. Marcos nos presenta la llamada de cuatro de los que serán del grupo de los doce discípulos del Señor. Han escuchado su voz, se convierten, cambian de vida y dejando las redes y los peces se van con el Señor que los quiere para que anuncien a los hombres quién es El. Todos tenemos nuestros peces y nuestras redes para dejar; el Señor nos llama, a cada uno en su situación, a proclamar la Buena Nueva. ¿Cómo respondemos a esta llamada? (J. M. Bardés).
El corazón del hombre, a pesar de haber sido renovado por la gracia, sigue siendo pecador, sigue sin entregarse del todo al Evangelio; incluso, muchas veces, lucha contra él. La conversión al Evangelio no es más que la aceptación tensa, consciente, paciente, de un deber ineludible: que nuestro compromiso bautismal de seguir a Jesús sea cada día más profundo y vaya calando las capas de nuestra vida, aun las más reacias y egoístas. La mayor dificultad, a mi parecer, para una verdadera postura de conversión, está en que muchos cristianos no se han planteado la necesidad de una elección personal y responsable de Cristo y del Evangelio. Se es cristiano por el bautismo recibido, por una tradición familiar o social, por una serie de prácticas religiosas, por un deseo vago de ser bueno, por un temor al más allá. Pero, en realidad, el Evangelio está allí muy lejos, quizá desconocido, y el hombre está aquí, con su vida concreta, en la que caben criterios, sentimientos, y obras muy lejanos a los evangélicos. No es posible la conversión mientras no se dé una auténtica y sincera confrontación entre la vida concreta y el Evangelio. El cristiano se decide a la conversión cuando, humildemente, se deja interpelar y acepta la llamada que le hace Jesús, no para un cambio accidental sino para una transformación profundamente vital que sea capaz de dar al traste con los modos de pensar, de sentir y de obrar exclusivamente humanos. “Venid conmigo”… Comienza así hoy la lectura continuada del Evangelio de san Marcos. Una oportunidad para, domingo tras domingo, adentrarnos en la intención que vertebra todo este evangelio: desvelar el misterio de Cristo al que presenta como "una figura desconcertante ante un auditorio desconcertado" (P. Schökel). Tanto el evangelio como la primera lectura comienzan con frases parecidas. Jonás recibe este mandato: "Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo"; san Marcos encabeza la vida pública de Jesús con estas palabras: "Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios". No es una anécdota que cuando, según el libro de Jonás, Dios decide intervenir en el caos moral que esta llevando a la ruina a Nínive envíe a un profeta sencillamente para que hable, para que diga a los ninivitas una palabra que los podía arrancar de sus pecados y hacerles beneficiarios del perdón y de la salvación. Tampoco es un dato insignificante que Jesús, como nos narra Marcos, iniciase su vida pública y a lo largo de toda ella se dedicase a hablar, a proclamar el Evangelio la Buena Noticia de Dios. Con estas coincidencias, ambas lecturas nos alertan sobre el lugar que ocupa en nuestra vida cristiana la Palabra de Dios, que la Iglesia ha conservado en la Biblia. De su escucha meditativa y de la fidelidad con que la conservemos en nuestra vida dependerá que se haga realidad en nosotros el deseo de Jesús: "Venid conmigo". Buen propósito será dejar las "redes" de tantas voces que nos aturden y atendamos solamente a la suya y le sigamos (Antonio Luis Martínez). Marcos, 1, 2-20, tiene que ser considerado como un prólogo de todo el evangelio. Su finalidad no es la de indicarnos cuáles fueron los primeros episodios de Jesús, sino la de señalarnos las perspectivas generales dentro de las cuales hay que leer toda la historia de Jesús. ¿Cuáles son los elementos fundamentales de esta perspectiva? Aunque simplifiquemos un poco las cosas, podemos reducirlos a tres: a) con Jesús ha llegado el Reino de Dios; hay que tomar conciencia de ello y convertirse. Este motivo comienza con el anuncio de Juan y se concreta en el anuncio de Jesús en Galilea; es éste, sobre todo, el tema del trozo que vamos a comentar; b) el Mesías no se coloca fuera de la historia de los hombres; se hace solidario de los hombres y la asume. Entra, por ejemplo, en el movimiento penitencial de su pueblo (bautismo). Se deja envolver por la lucha entre el bien y el mal que caracteriza a la historia humana (tentación). "Entrando en el dinamismo de nuestra historia, se hace solidario de nuestra humanidad" (Duquoc). Esta solidaridad encuentra su cima en la muerte de cruz, pero es la ley de toda la existencia de Cristo, ya desde el principio. La historia que comienza en el bautismo es una historia que no constituye sólo un viaje hacia la cruz-resurrección, sino que saca de la cruz-resurrección toda la lógica de su desarrollo; c) entre Cristo y Satán, entre el reino de Dios y el reino del mundo, existe un contraste irreductible. El Mesías es solidario con la historia, pero no con la lógica de Satanás que con frecuencia le sirve de guía: precisamente, puesto que está de parte del hombre, no acepta el pecado. Así el Mesías aparece al mismo tiempo SOLIDARIO y SEPARADO. Siempre es difícil para el cristiano encontrar la medida justa en su manera de situarse dentro de la historia. Para ello hay dos modos muy fáciles (por eso mismo su facilidad y claridad se convierten en tentaciones): el conformismo y la fuga. Pero la historia del Hijo de Dios no permite ni una cosa ni la otra: el discípulo no puede aceptar el conformismo (de esa manera ya no sería el portador de la "novedad" del reino), y tampoco puede salvar su diversidad en la fuga, evitando el conflicto (no sería ya signo de la "solidaridad" de Dios), más bien debe manifestarse a sí mismo en un esfuerzo -bastante incómodo- de "participación crítica". Con lo que vamos viendo, ¿qué es lo que significa convertirse? La conversión nace ante todo como RESPUESTA a un acontecimiento (supone por tanto la fe), a esa alegre noticia que debería ensancharnos el corazón: en Jesús ha aparecido, en toda su profundidad, el amor increíble y sorprendente de Dios al hombre, a cada uno de los hombres, a todos nosotros. Ese es el acontecimiento que tengo que ACEPTAR, del que tengo que FIARME, y por el que tengo que dejarme MODELAR ("creed en la buena nueva"): eso es la conversión. No se trata de un cambio parcial, sino de una verdadera y auténtica transformación total, de un PASO (sin calcular sus consecuencias) del egoísmo al amor, de la defensa de mis privilegios a la solidaridad más radical. Es un cambio que ES IMPOSIBLE CONTENER EN LAS VIEJAS ESTRUCTURAS (personales, mentales, sociales); las rompe. Las viejas estructuras fueron creadas para servir a otro tipo de Dios y para otra visión del hombre. El seguimiento La breve narración que Mc pone detrás del anuncio del Reino -la llamada de los primeros discípulos (1, 16-20)- quiere ser un ejemplo concreto de conversión. No se trata de una conversión que se les proponga a los especialistas del Reino de Dios, sino simplemente de la conversión necesaria para ser cristianos. Se señalan enseguida unas cuantas estructuras fundamentales -las estructuras que definen el seguimiento- y que se pueden observar como elementos constantes en todos los textos siguientes relativos al seguimiento de Jesús. La INICIATIVA parte de Jesús: en su invitación gratuita e inesperada, resuena la llamada de Dios frente a la que no es posible vacilar: tienes que decidirte. La existencia cristiana, más que decisión, es una respuesta. Este concepto de gratuidad no está sólo en el término "llamar" ni en la narración en sí misma, sino que aparece todavía con mayor claridad si pensamos en el contexto ambiental. Los rabinos de la época -como todos los profesores ilustres- no iban en busca de discípulos; eran los discípulos los que buscaban al maestro. En tiempos de Jesús había algunos grupos -por ejemplo, los monjes esenios- que se reunían y se alejaban del mundo para aguardar al Mesías y estar dispuestos a recibirlo; Jesús, por el contrario, llama sólo a una gente que vivía y trabajaba como los demás. La llamada de Cristo tiene una nota de URGENCIA: es la llamada del tiempo favorable (el "kairós"), el tiempo de la salvación, el plazo final. A la llamada hay que contestar enseguida; es la gran ocasión que hay que saber aprovechar. La llamada de Cristo exige una SEPARACIÓN; este tema se irá concretando sucesivamente. De todas formas se ve ya que se trata de una separación radical. No se trata de dejar las redes o un trabajo, sino más a fondo -como irá aclarando luego el evangelio- se trata de dejar las riquezas (Mc 10, 21), de abandonar el camino del dominio y del poder, de desmantelar esa idea que nos hemos forjado nosotros mismos de Dios para defender nuestros privilegios (Mc 8, 34). Pero la llamada de Cristo, más bien que a una separación, se dirige a un SEGUIMIENTO. Esa es la razón de la separación: una libertad para un nuevo proyecto que se presenta como un proyecto a "compartir". Y esto es lo que importa: seguir significa recorrer el camino del maestro, realizar sus gestos preferidos (preferir a quienes los hombres marginan, pero a los que Dios ama: preferirlos no porque importen sólo ellos, sino precisamente porque los hemos marginado nosotros). Podría parecer éste un proyecto de muerte, pero es de vida, es el ciento por uno. Podría parecer un proyecto imposible, pero todo es posible para el milagro de Dios (10, 27). Podría parecer un proyecto para unos pocos, para gente selecta, pero es para todos, para justos y para pecadores: Jesús no se encuentra con el hombre (para dirigirle su invitación) en una esfera particularmente religiosa o privilegiada de algún modo, sino en la orilla del lago, en donde vive verdaderamente el hombre, en la vida cotidiana. Y sobre todo quedará claro que seguir significa "servir", dar la vida "en rendición", lo mismo que el Hijo de Dios, que se solidariza con los hombres y asume todas nuestras responsabilidades. No tomó distancia frente a nosotros, sino que se sintió afectado por todo lo nuestro, como el pariente que paga la fianza para obtener la libertad de sus hermanos. Así pues, es el término "seguir" el que caracteriza al discípulo, no el término "aprender". Esto es significativo: en primer plano no está la doctrina, sino una persona y un proyecto de existencia. Podremos captar con más precisión esta originalidad del seguimiento evangélico si comparamos al alumnado de Jesús con el alumnado de los rabinos. En el seguimiento evangélico el hecho esencial es la persona de Jesús; únicamente él es el que da forma y contenido a la relación con los discípulos. En el alumnado rabínico es la doctrina lo que ocupa el primer puesto: el discípulo se une al rabino porque busca su doctrina, quiere posesionarse de ella y convertirse también él en maestro: renuncia a muchas cosas para hacer vida común con el rabino, pero en último análisis es siempre para aprender la ley. El discípulo evangélico, por su parte, renuncia para seguir a Jesús y compartir su destino; ser discípulo es una condición permanente. En conclusión: el tema del seguimiento nos lleva al centro de la fe cristiana (así al menos lo pensaban las primeras comunidades) y esto nos invita a una comprobación. Hay quienes creen en Dios y en una doctrina religiosa, pero muchas veces no se trata, en substancia, del Dios que se ha revelado en Jesucristo; puede incluso tratarse de un Dios mágico, construido para que resuelva nuestros conflictos y nuestras ansiedades. De todas formas es una fe que no se mide en concreto según el proyecto mesiánico del evangelio; también los fariseos eran creyentes y adoraban a Dios, pero rechazaron el camino de Jesús; se imaginaban que Dios iba por caminos distintos. Hay quienes viven en la lógica de la cruz sin ver en ella el rostro de Dios. No son aún los hombres del seguimiento. Hoy se habla de discípulos "anónimos". Esto es verdad, pero a Marcos le gustaría que se llegara más allá. Finalmente, hay quienes viven la lógica de la cruz y descubren en ella el rostro de Dios. Esos son los hombres del seguimiento de Jesús (Bruno Maggioni). Marcos da entrada a la actuación del más fuerte anunciado por Juan una vez que éste abandona la escena violentamente. El verbo empleado en el original griego para referir la suerte de Juan es el mismo que se empleará más adelante para referir la suerte de Jesús. Quizá subraya este término que está comenzando la nueva alianza con esta actuación que se inicia en Galilea con la proclamación de la Buena Noticia de Dios. Esta buena noticia se concreta luego en los siguientes términos: Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. La palabra "plazo" designa el tiempo señalado para la realización de un acontecimiento. "Cumplirse el plazo" pertenece al lenguaje profético y expresa una concepción religiosa de la historia. El acontecimiento cuyo plazo se ha fijado es el reino de Dios. "Está cerca el reino de Dios". ¿Proximidad inmediata? ¿Realidad presente? Hoy se interpreta la frase en el sentido de una realidad que ya ha llegado pero cuya realización plena está reservada al futuro. En este sentido se prefiere emplear la expresión "reinado de Dios" para designar la situación presente inaugurada con Jesús, reservando la expresión "reino de Dios" para la culminación de esta situación en el futuro.
El reinado de Dios que ha irrumpido y que empuja hacia el reino de Dios va a determinar las posteriores palabras de Jesús: "Convertíos y creed la buena noticia". Convertirse pertenece también a la tradición profética y designa un cambio de mentalidad y de actuación. Creer la buena noticia significa darle crédito, hacerla algo propio. Sin pausa alguna Marcos pasa de las palabras del más fuerte a la narración de sus acciones. "Pasando... vio... les dijo". Jesús es la figura dominante, el fuerte. En tono imperioso se dirige a personas desconocidas, que obedecen al punto. Hace dos domingos el mensajero Juan nos anunciaba la llegada de uno más fuerte que él que nos introduciría en una situación nueva. En el texto de hoy vemos al fuerte proclamando esa situación nueva. El tiempo está ya maduro. Con Jesús ha hecho irrupción el tiempo final de la utopía. Un tiempo en el que son posibles un nuevo modo de ser y de vivir. Lo viejo ha terminado, ha comenzado lo nuevo. Lentamente, progresivamente: porque la mentalidad y la actuación no se cambian de la noche a la mañana. Hay hábitos demasiado arraigados, costumbres demasiado inveteradas, tanto que parecen fuerzas necesarias y naturales. De ahí la continua necesidad de conversión en las personas (A. Benito). En su calidad de preparador del camino, Juan proclamaba un bautismo de conversión (cf. Mc 1, 4). Proclamar la buena noticia es tarea que Mc, a diferencia de Mt, reserva exclusivamente a Jesús (cf. en cambio Mt 3, 2 y 4, 17: Juan y Jesús proclaman el mismo mensaje). Empieza así Mc a poner de manifiesto en qué sentido es Jesús más poderoso que Juan y tiene un derecho que éste no tenía (cf. Mc 1, 7). LA BUENA NOTICIA DE DIOS (mejor traducción que la litúrgica EL EVANGELIO DE DIOS). Es decir, Dios como buena noticia. La expresión es tanto más llamativa cuanto que es la única vez que la emplea Mc en toda la obra. El v. 15 explica el sentido de la expresión. Dios es buena noticia porque, en la formulación de Pablo, va a ser todo en todos. Por fin, Dios va a ser reconocido y querido. Su soberanía va a ser aceptada y se va a hacer su voluntad. Dios es al fin rey del mundo (cf. Sal 47,6-10). De Él es la tierra y cuanto la llena (cf. Sal 24,1). Así es como el A.T. concebía el final de los tiempos. Jesús, a quien Mc ha presentado como el que está para llegar a inaugurar el final de los tiempos, este Jesús nos introduce en este final. Por eso, convertíos y dad crédito a esta buena noticia, continúa Mc. La eterna tensión entre el ya y el todavía no (A. Benito). Es sintomático que la actividad de Jesús cambia de lugar, cambia exteriormente, Juan había desarrollado su labor en un desierto de Judea -en un lugar fijo y determinado, al que la gente tuvo que acudir-; Jesús, sin embargo, se hizo al camino en Galilea -al camino hacia los hombres-, en una comarca, de la que el historiador Flavio Josefo dijo que era una tierra, a lo largo del lago de Genesaret, llena de belleza, de naturaleza admirable. No es el desierto con su sequedad y sus temperaturas extremas lo que constituye el medio vital de Jesús, sino una fructífera tierra habitada, con sus aguas, su hierba (Mc 6, 39) y sus lugares sombreados. (Nos recuerda la primera lectura, el Jonás que al ir al lugar de los paganos, Nínive, es imagen de Jesús que lleva a todos la salvación). Aún hubo otra cosa que en Jesús fue diferente; no dejó que los hombres fueran a él, sino que fue él quien se dirigió a ellos; se puso en camino hacia ellos para anunciarles el Evangelio, es decir, la buena noticia de Dios: "El tiempo se ha cumplido; el reino de Dios está cerca". "Se ha cumplido el plazo", "ha sonado la hora", "ha llegado el tiempo"... La lengua griega tiene dos palabras para el término "tiempo"; por un lado, CRONOS; por el otro, KAIROS. El primero es el tiempo que pasa; el segundo es el momento, el instante (por ejemplo, el momento de la cosecha -12,20 o de la recogida de los higos -11,13-). Este segundo es el que emplea Marcos aquí. Por tanto, lo que Jesús anuncia es: Ha llegado el momento decisivo; no hay motivo para esperar a otro momento, porque el reinado de Dios ha comenzado ya (el reinado de Dios está aquí). Esta llamada tenía para los contemporáneos de Jesús un eco bíblico: eran conocidas las palabras de Isaías (52, 7-9). Y desde entonces, además, el deseo del pueblo judío de que Dios sea su rey nunca se había apagado. Aún más, se obviaría siempre todo aquello que pudiera impedir al creyente reconocer a Dios como su único rey (Sof 3, 14 s): Si viniera Dios de una vez y nos hiciera experimentar su reinado... En el marco de esta esperanza anuncia Jesús que el reino de Dios está ahí. El resto de lo que Jesús hizo por Galilea no le interesó a Marcos. Sólo le preocupó lo importante. Y puesto que por mucho tiempo los cristianos fueron una "cosa pequeña" y una excepción (no se trató de una expansión como la de otras grandes religiones), a Marcos le preocupa constatar la vida, la existencia de los creyentes, de las comunidades (que, por otra parte, incluso en el año 70 d. C son también algo excepcional). Las comunidades de discípulos de Jesús comienzan a existir en el preciso momento, en ese mismo momento, en que llama a las dos parejas de hermanos Simón y Andrés, Santiago y Juan. Las primeras comunidades cristianas tienen en definitiva un solo motivo de existencia: la palabra de Jesús (“Eucaristía 1988”). Aproximadamente al empezar el verano del año 28, cuando Juan Bautista había sido reducido al silencio de la cárcel, Jesús levanta la voz para anunciar la buena Noticia. También Jesús, lo mismo que su precursor, hace una llamada a la penitencia, tanto más apremiante cuanto más inminente era ya el reino de Dios; en realidad, este reino comienza con la venida de Jesús al mundo, pues no es otra cosa que el cumplimiento de toda la voluntad de Dios por Jesucristo, su enviado. La proclamación del reinado de Dios pone al hombre en responsabilidad, le sitúa ante la decisión; el que quiera entrar en este reinado ha de cambiar la mente y el corazón, ha de escuchar a Jesucristo y creer lo que él anuncia. Esto es hacer penitencia. El que no hace penitencia no puede entrar en el reino de Dios. La llamada de Jesús es urgente y exige una respuesta sin componendas, un seguimiento sin condiciones. Habrá que dejarlo todo si es preciso. Simón, Andrés y Juan procedían del círculo de los discípulos del Bautista y habían reconocido a Jesús como Mesías (Jn 1, 35-42). Así que la llamada de Jesús y la invitación a seguirle no pudo sorprenderles demasiado. En realidad ya le habían acompañado y habían sido testigos de su primer milagro, de su primera "señal", en unas bodas celebradas en Caná de Galilea. Después volverían a sus ocupaciones habituales hasta este momento en el que Jesús los llama de nuevo para que le sigan a todas partes de un modo permanente y como discípulos suyos. Estos discípulos no han sido llamados solamente al reino de Dios, sino también a ser los testigos privilegiados de la vida pública de Jesús y a anunciarlo después por todo el mundo. Ellos serán los heraldos del reino, los pregoneros. Conviene que los heraldos tengan los pies ligeros y estén dispuestos a dejarlo todo: la casa, los parientes, el propio oficio..., pues han de ir a todas partes y han de ir de prisa. Deberán acostumbrarse ya desde ahora a la vida de Jesús, que no tiene donde reposar su cabeza. Sólo cuando el "pregón" sea escuchado y aparezcan las comunidades cristianas, será preciso profundizar en él, será necesario la enseñanza. Entonces, los que sirvan a la palabra de Dios en estas comunidades adoptarán otros géneros de vida (“Eucaristía 1985”). Al comenzar hoy la lectura continua del evangelio de Marcos, vemos los primeros pasos de la predicación de Jesús, después de los acontecimientos introductorios (predicación de Juan, bautismo, tentaciones). Los relatos de Marcos que vamos a leer en estos domingos hasta la Cuaresma son un continuo fluir de hechos que caen uno sobre otro pisándose los talones, en los que, con un frescor y una inmediatez que sólo se hallan en este evangelista, vemos a Jesús lanzado a actuar, "haciendo el bien y curando a todos los vejados por el diablo: por cuanto Dios estaba con él" (Hch 10,38): Marcos muestra cómo la aparición de Jesús representa la destrucción del diablo, del mal, de todo lo que oprime la vida concreta de los hombres. Y toda esta actividad de Jesús será la proclamación "en acto" de las palabras de síntesis que hoy encabezan el evangelio: "Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed la Buena Noticia". En esta frase-resumen de la predicación de Jesús está concentrado un gran sentido que vale la pena recordar. "El Reino de Dios" es la expresión que había llegado a formular la esperanza del judaísmo: la esperanza del momento en que Dios mismo tomaría en sus manos la dirección del pueblo y de toda la historia, sin intermediarios, y que esto sería el único medio de asegurar que ningún mal podría tocar a los fieles; por eso, la gran proclamación de júbilo de los profetas y de los salmos de después del exilio consistía en anunciar "Yahvé reina!". Y la otra palabra clave es "Buena Nueva" (en griego "Evangelio"): esta expresión aparece por primera vez en el segundo Isaías, para indicar la "gran noticia" del retorno de los exiliados a Jerusalén, precedidos por Dios, que reinará en medio de ellos (Is 52,7); el retorno del exilio fue una experiencia de esto: la gran noticia de que Dios reina, la gran noticia de que el mal desaparece. Y es esto lo que viene anunciar Jesús: que, definitivamente, la gran noticia de Dios presente en medio de los hombres para liberarlos ya es una realidad; y que por tanto hay que cambiar de manera de pensar y de vivir (=tener ganas de ser liberado; y vivir de acuerdo con esta liberación). Y Jesucristo, para proclamar todo esto, empieza reuniendo un grupo de gente que quiera ir con él y empaparse de esta doctrina (segunda parte del evangelio de hoy). Y acto seguido (próximos domingos) empieza a realizar lo que anunciaba: primero liberando del mal concreto, del diablo concreto; después, en la cruz, venciendo definitivamente el mal y el diablo (J. Lligadas).
Lectura del Profeta Jonás 3,1-5. 10. En aquellos días, vino de nuevo la Palabra del Señor a Jonás: -Levántate y vete a Nínive, la gran capital, y pregona allí el pregón que te diré. Se levantó Jonás y fue a Nínive, como le había mandado el Señor. (Nínive era una ciudad enorme; tres días hacían falta para atravesarla.) Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día pregonando: -Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada. Los ninivitas creyeron en Dios, proclamaron un ayuno, y se vistieron de sayal, grandes y pequeños. Cuando vio Dios sus obras y cómo se convertían de su mala vida, tuvo piedad de su pueblo el Señor, Dios nuestro.
Salmo 24,4bc-5ab.6-7bc. 8.9: R/. Señor, instrúyeme en tus sendas.
Señor, enséñame tus caminos, / instrúyeme en tus sendas. / Haz que camine con lealtad; / enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.
Recuerda, Señor, que tu ternura / y tu misericordia son eternas; / acuérdate de mí con misericordia, / por tu bondad, Señor.
El Señor es bueno y es recto, / y enseña el camino a los pecadores; / hace caminar a los humildes con rectitud, / enseña su camino a los humildes.
Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 7,29-31. Hermanos: Os digo esto: el momento es apremiante. Queda como solución: que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la presentación de este mundo se termina.
Lectura del santo Evangelio según San Marcos 1,14-20. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: -Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed la Buena Noticia. Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo: -Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con El.
Comentario: 1. Jon 3,1-5.10: El autor del libro de Jonás es el primero en liberarse de los límites estrechos de una benevolencia hacia Israel y castigo para los demás. Cree que un rey pagano puede convertirse lo mismo que un rey hebreo (Jon 3, 5-8), mejor incluso que algunos reyes de Israel o de Judá que se negaron a reconocer sus errores (Jr 36, 24). El relato recrimina a los judíos su lentitud en convertirse (cf. Jr 7, 25-26; 25, 4; 26, 5), cuando los paganos se convierten al primer requerimiento (v. 5) y sin necesidad de que intervenga ningún signo particular. Todo hombre, cualquiera que sea, está llamado a arrepentirse, y el perdón de Dios está a disposición de todos (como nos revelará en plenitud Cristo en el Evangelio de hoy y otros lugares: Mt 12, 38-42). El episodio de Jonás pone bien en relieve las condiciones psicológicas indispensables para el encuentro del otro y, por tanto, para la evangelización. Así como los esclavos desean por encima de todo la libertad, los trabajadores no quieren paternalismo de sus jefes sino respeto, hemos de ir con buenas disposiciones de respeto a la libertad de cada uno, a recordar a cada uno su dignidad, anunciar sin dogmatismos la buena nueva a todos (Maertens-Frisque).
El libro de Jonás no es un relato histórico, sino didáctico (aunque pudo tener como referentes personajes anteriores históricos, y transformarlos en el estilo). En 2 Reyes 14, 25 nos encontramos con un Jonás, contemporáneo de Amós y de Jeroboam II (s. VIII a. C.), pero nada tiene que ver con el personaje de este libro escrito unos cuantos siglos después (época después del destierro). Mediante esquemas y repeticiones, el autor de esta pequeña obra sólo nos quiere inculcar que Dios es, ante todo, misericordioso, perdona a todos, incluso a los paganos, con tal que se conviertan. -Los caps. 3,1-4,4 forman una unidad literaria concéntrica cuyo núcleo es el edicto del rey ordenando ayuno y penitencia (3, 6-9). Dios habla con Jonás (3, 1-2) y le responde (4, 4); Jonás en Nínive (3, 3-4) y su lamentación al Señor (4, 1-3); efectos de su predicación (3, 5) y consecuencias de la penitencia realizada (3, 10). vv 1-3: Nínive, capital del imperio, era el símbolo de la opresión e injusticia contra Israel (cf. cap. 1). Los descubrimientos arqueológicos han confirmado que Nínive era una gran metrópoli (la distancia entre dos de sus puertas de entrada eran de 4 kms.), aunque no tanto como recalca el v. 3. Como centro de corrupción y de hostilidad juega, para el autor, el mismo papel que Babilonia en el relato de la torre de Babel (Gn 11, 1-9). Aquí es enviado Jonás a predicar por segunda vez. Por contraposición al primer mandato (cap. 1: Jonás huye en vez de obedecer), aquí se dirige a cumplir su misión. Dios ha vencido la obstinación de Jonás, pero no se dice para nada que éste haya accedido gustosamente.
-v. 4: "Dentro de 40 días, Nínive será arrasada". Este es el escueto mensaje de Jonás, breve, frío..., en nada parecido a la predicación profética. El número 40 es tiempo de espera, de preparación: 40 días dura el diluvio, 40 años es la etapa de prueba del desierto, 40...
-v. 5:Efectos de la predicación de Jonás. Los extraños creen (he'emin) y se arrepienten mientras que el pueblo de Israel no hace caso a su palabra profética (Is 7, 9; 28, 16); los ninivitas se apoyan en Dios, lo toman en serio. El encuentro personal con el Señor es el centro de toda auténtica religiosidad, traduciéndose esta fe en obras concretas: ayunos, vestir el sayal... (gestos penitenciales, de arrepentimiento). La penitencia llega hasta el palacio real, ya que el rey cambia su trono por la ceniza, su manto por el sayal..., y manda promulgar un edicto para que todos hagan penitencia y se conviertan al Señor (vv. 6-9). El bando termina con las palabras "tal vez Dios..."; el perdón es puro don divino.
-v. 10: Y ante este volverse de los ninivitas de su mala conducta, Dios también se vuelve de la anunciada amenaza y concede su perdón. El Señor no quiere la muerte del hombre, sino su vida; la misericordia divina prevalece siempre sobre su justicia. Y no sólo se reserva a Israel, sino que abarca al mundo entero. Así, el mensaje divino es aceptado por el mundo pagano (A. Gil Modrego).
Nínive se convierte, y es emblemático y causa de sorpresa y contraste evidentes. Porque muchas veces Israel no ha hecho caso de amenazas y promesas, mientras que uno de sus peores enemigos (enemigo del pueblo de Dios) se convierte con humildad y fervor. Las apariencias engañan: Nínive ha comprendido mejor al Dios de Israel, que Israel mismo. También llama la atención, como en otros lugares de la Escritura, que "Yavé se arrepiente". Esto es una contraposición respecto a lo que puede significar el destino ciego. Una amenaza pierde su efecto por medio de la penitencia; una promesa, por medio del pecado (Ex 32, 14; Jer 18; Am 7,3). Y esto hay que diferenciarlo bien de la veleidosa o caprichosa voluntad humana, en la que no se puede confiar (Núm 23, 19; I Sam 15, 29; “Eucaristía 1988”).
Las escrituras cuneiformes nos informan de la penitencia pública de los asirios, que se extendía incluso a los animales domésticos; Herodes nos dice que ésta era también la costumbre de los persas. Pero los signos de penitencia no valen nada sin la conversión interior, sin el cambio del corazón y de la vida. El autor nos dice que los ninivitas se convirtieron de su mala conducta (“Eucaristía 1985”). El tema fundamental de la lectura de Jonás es la conversión. El vocablo griego tiene una fuerza metafórica y realista. Metanoia quiere decir literalmente: cambio de mente. La conversión es, por tanto, un tema de pellejo para adentro, un tema tan serio y grave como puede ser cambiarse uno de cabeza; es decir, dejar las viejas categorías de enjuiciar y pensar para tomar nuevos criterios y cánones nuevos para ver la vida y sus problemas. También la palabra latina tiene fuerza etimológica: conversión, convertirse, quiere decir volverse. (En esto sigue el término hebreo): Es decir: desandar el camino, poner los pies donde está la cabeza y poner la cabeza donde están los pies. Se trata, en definitiva, de tomarse a sí mismo como el carnicero toma la res para despellejarla: agarrar la piel por la cabeza y sacarle por la cola. Podemos destacar en primer lugar el cuerpo del delito: la ciudad de Nínive. A partir de este relato es una ciudad mítica, la ciudad del pecado y el olvido. No se nos dicen los pecados de que Nínive era culpable. Se afirma sin más el pecado de la ciudad; todos sus miembros, desde el rey hasta el último animal, son parte responsable. Muchos cristianos no entramos en trance de conversión porque nos falta la conciencia de esta dimensión social del pecado. Para muchos de nosotros, el horizonte queda reducido exclusivamente a "nuestros" pecados. Por eso, cuando creemos estar libres de culpas más o menos graves, tomamos como cosa de otros este tema de la conversión. Nos falta responsabilidad y conciencia de culpa con respecto a la Nínive -la ciudad del pecado, el mundo de la guerra y la opresión- en que estamos viviendo. Tal vez reconocemos que hay muchos cosas mal a nuestro alrededor, pero nadie se solidariza con ellas y nadie sale fiador de ellas. Esta concepción que tenemos del pecado del mundo repugna con la lectura que hoy comentamos y con una postura que en la Biblia está claramente definida. Al escuchar las palabras de Jonás, el rey de Nínive no es consciente de sus pecados ni de los pecados de su pueblo; no sabe quién o quiénes son los culpables. Y sin embargo, se solidariza él y toda la ciudad en un sentimiento de conversión, ayuno y oración colectivos.
Subrayemos el paralelismo que existe entre Jonás y Elías (1 Re 19,4). Los dos, sentados a la sombra fuera de la ciudad, están tristes y desengañados. Pero mientras Elías lamenta la actitud del rey y del pueblo hacia Dios, Jonás se aflige por su fracaso, pese a que ha significado un éxito para Dios. La única razón de su dolor reside en la estrechez de sus ideas… También podríamos subrayar el carácter condicional de los vaticinios proféticos, cosa que debía de ser desconcertante para la mentalidad de aquella época. El antiguo oriente creía en la eficacia casi mágica y autónoma de la palabra profética. Además, esta palabra se confundía con la palabra divina, que tenía una trascendencia o, al menos, cierta autonomía de acción (Os 6,5). Por eso se tenía la impresión de que el oráculo profético entrañaba algo de inevitable. Jeremías (18,7-12) había enseñado ya que el anuncio del castigo estaba condicionado a la conversión. Pero al hombre Jonás, como al resto de los hombres, no le resulta fácil aceptar ideas nuevas (J. Aragonés).
«Por segunda vez fue dirigida la palabra del Señor a Jonás en estos términos: 'Vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama lo que yo te diga'» (4,1). Como si no hubiera pasado nada, como si fuera la primera vez... Y Jonás se fue a Nínive y predicó allí. Y cuando Nínive se convirtió, Jonás se disgustó mucho y se quejó a Dios, cosa que a nosotros, tan deseosos de éxitos apostólicos, nos parece extrañísimo: «¡Ay, Yahvé! ¿No es esto lo que yo decía cuando estaba todavía en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis. Porque bien sabía yo que tú eres un Dios entrañable y misericordioso, tardo a la cólera y rico en amor, que se arrepiente del mal...» Esas palabras son el nudo que revela todo el secreto del relato y cuál fue la ruptura que se le pidió a Jonás: tenía que dejar atrás todas sus ideas sobre Dios y vincularse a alguien que le llevaba más allá de sus fronteras y le dejaba en una intemperie amenazadora y vacía de seguridades. A eso se resistía Jonás, porque no era a Nínive a quien temía, sino a Dios; y no era su cólera lo que le atemorizaba, sino su amor incontrolable y desmesurado. Pobre Jonás, o dichoso Jonás, a quien Dios quiso elegir como compañero de juego y le fue ganando, una a una, todas las partidas, hasta darle un jaque mate en el que, misteriosamente, fue el vencido quien salió ganando...!
De Tarsis a Nínive… Dios no tuvo en cuenta sus anteriores cobardías… Cuando nuestras viejas ideas sobre Dios han caído, y las maneras de servirle cambiado, y los lugares en que hacernos presentes se han ampliado... ¿nos tambalearon las seguridades, y el sistema de creencias que creíamos inamovible se reveló incapaz de sostenernos? La sociedad ha cambiado, hemos visto crisis y sacudidas, y mucha gente se nos quedó por el camino. Y, a lo mejor, después de la tormenta, creímos que al fin estábamos seguros en el vientre de la ballena, y pensamos: «gracias a Dios, ya ha pasado el alboroto de la renovación, ya hemos alcanzado la estabilidad… ya casi no nos calificamos unos a otros de 'tradicionales' o 'progresistas'». Pero, de pronto, puede sorprendernos la evidencia de que aquello no había sido más que una etapa, y que ahora la ballena nos ha vomitado en la Nínive de un mundo técnico y secularizado en el que Dios parece estar ausente y al que las palabras que nosotros pronunciamos le son prácticamente indescifrables y los valores que tratamos de anunciar le resultan arcaicos e irrelevantes. Nuestros hábitos culturales se sienten amenazados; no ejercemos como antes el liderazgo moral; tenemos delante problemas para los que desconocemos la respuesta; nos resistimos a ser tragados por la «invisibilidad social»... Por eso nos acomete la tentación de huir a una «Tarsis» que puede tener muchos nombres y llamarse refugio en nuevas sacralizaciones, restauracionismo, individualismo, fuga hacia el espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas ya fijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, vuelta al normativismo y al moralismo... Pero, lo mismo que Jonás, podemos escuchar una llamada persistente que vuelve a invitarnos a correr la aventura de Nínive, a aceptar el riesgo de una vinculación nueva a un Dios desconcertante que nos empuja a ir más allá de lo conocido, que está queriendo desplazarnos más allá, hacia los desiertos, las periferias y las fronteras, allí donde está su humanidad más herida y donde sus hijos, por debajo de la apariencia de la intrascendencia y del divertimento, viven la brecha abierta de la pregunta por el sentido y el silencio vacío que espera una Palabra. Son “ninivitas” bastante reacios a convertirse en objeto de nuestro apostolado y no parecen necesitar mucho de nuestras instituciones, nuestras enseñanzas, nuestra predicación o nuestras respuestas; pero con ellos podemos hablar el lenguaje del servicio, de la presencia, del diálogo, del testimonio, del anuncio gratuito, de la disponibilidad para hacer camino con ellos y aguantar juntos la incertidumbre y la dureza de la vida. Quizá nos estamos resistiendo a todo eso que nos aleja de un territorio que nos era familiar; pero muchas de las insatisfacciones que sentimos y de los problemas de los que nos quejamos («estamos tan mayores, no tenemos vocaciones, hay muchas dificultades...») pueden ser como la tormenta, la ballena, el gusano que secó el ricino de Jonás o el viento solano que le abrasó la cabeza. Y, lo mismo que para él, pueden tener la función pedagógica de forzarnos a dar la vuelta de nuestros Tarsis, decidirnos a entablar diálogo con Nínive y, sobre todo, perderle el miedo a ese Dios que asedia nuestra vida a través de los extraños caminos de su gracia (Dolores Aleixandre).
2. Salm 24: Nos encontramos ante un salmo que respira una ferviente piedad personal. Y ante una oración más bien curiosa. En realidad el procedimiento adoptado para su composición es el llamado alfabético. Es decir, que el autor para componer el salmo sigue la sucesión de las letras del alfabeto. El primer versículo corresponde a la primera letra. Y así sucesivamente..., respetando rigurosamente el orden. Es una alabanza con todas las letras, es decir completa (que hemos comentado ya en otros momentos). “‘Vias tuas, Domine, demonstra mihi, et semitas tuas edoce me’; Señor, indícame tus caminos, enséñame tus sendas. Pedimos al Señor que nos guíe, que nos muestre sus pisadas, para que podamos dirigirnos a la plenitud de sus mandamientos, que es la caridad” (San Josemaría).
3. 1 Co 7, 29-31: Este breve pasaje forma parte de una larga argumentación de Pablo encaminada a explicar a sus lectores que, desde Jesús, el matrimonio, aun cuando sigue siendo bueno, ya no es algo absoluto, y que la relación de los sexos no se resuelve ya tan solo en la unión conyugal, también en el encuentro personal de cada uno con el Señor.
a) El argumento principal mediante el que Pablo relativiza, por una parte, la institución matrimonial remite a la nueva concepción del "tiempo" nacida de la venida en el tiempo del Dios hecho hombre: el "tiempo se hace corto" (v. 29) y "pasa la figura de este mundo" (v. 31). En el A.T., el matrimonio representa la institución ideal mediante la cual el hombre, de generación en generación, proseguía la obra de la creación para llevarla a la recreación prevista para los últimos tiempos. Mas esos tiempos han llegado: a partir de Cristo, Dios está presente en la humanidad y en el universo de tal forma que los transfigura progresivamente hasta su divinización. El matrimonio no deja, pues, de ser la institución ideal mediante la que el hombre presta su colaboración en la creación y en la historia, una colaboración ya recompensada, puesto que de ahora en adelante significa la presencia de Dios en los últimos tiempos. Pero la institución matrimonial no es ya exclusiva: ahora que Dios está ya presente en todas las cosas y en todos los hombres a través de la mediación de Cristo, el matrimonio no es ya el único medio de que la humanidad llegue hasta ese encuentro con Dios, y la virginidad puede también, y mejor incluso que el matrimonio, testificar la presencia de Dios.
b) Por lo demás, todo acontecimiento de la vida, triste o feliz, en Jesús, es relativizado y el cristiano debe poder mantener sus distancias respecto a él (vv. 30-31). Una vez que Dios ha penetrado en la historia, ésta ha alcanzado su término en el sentido de que todas las instituciones y todos los acontecimientos no sólo andan en busca de los últimos tiempos, sino que son el signo de la presencia escatológica de Dios. Habiendo alcanzado así su término, instituciones y acontecimientos se relativizan y permiten al hombre adoptar una actitud libre respecto a ellos con tal que esa libertad le venga de su fe en su participación en los últimos tiempos. No se trata de rechazar la institución y de desligarse con desdén del acontecimiento: Pablo no es un encratita ni un estoico: se trata tan sólo de percibir con lucidez la finalidad de estas cosas y de acomodarse a ella mediante la continencia o un tipo nuevo de uso de las cosas del mundo (Maerens-Frisque). El que ha descubierto la urgencia y la importancia del Evangelio y se ha convertido al reinado de Dios que se acerca, no puede instalarse ya en este mundo. No puede llorar como si no hubiera consuelo para sus lágrimas, no puede reír como si ya hubiera hallado la felicidad completa, no puede trabajar o negociar como si esto fuera su verdadera vocación y destino... Si llora, si ríe, si negocia... debe hacerlo como si no lo hiciera, "porque la presentación de este mundo se termina". El adviento de Dios en Jesús pone coto y medida al mundo y a todo lo que hacemos en él, y así, nos libera de todos los falsos absolutos. El cristiano ha de vivir en este mundo y ocuparse de este mundo, pero con reservas, o si se quiere, con esperanza. Pablo no quiere decirnos que vivamos en el mundo con la indiferencia y la apatía de los estoicos, sino que pongamos las cosas en su sitio y, por encima de todas, el reinado de Dios que se acerca (“Eucaristía 1982”). Las palabras de Pablo sólo se comprenden desde la situación especial en la que se encontraba la comunidad cristiana de Corinto y desde la situación fundamental de los que esperan el advenimiento del Reino de Dios. La comunidad de Corinto estaba dividida en grupos y en intereses opuestos. San Pablo sale al paso de todos los extremismos y particularismos haciendo una llamada común al realismo cristiano: cualquiera que sea el estado y la posición de los cristianos en el mundo, la verdad es que este mundo pasa y no vale la pena de afincarse cada uno en su propia situación. La esperanza escatológica que deben tener todos los creyentes, supera las diferencias que nos dividen y nos condicionan. San Pablo no predica un cristianismo instalado en las contradicciones de este mundo, sino todo lo contrario. Pues el anuncio de la pronta venida del Señor nos obliga a todos a vivir en el desarraigo. Sin esa actitud no es posible la paz en la comunidad cristiana. Sentir que este mundo pasa y que nada permanece no implica necesariamente el pesimismo. Si este viejo mundo pasa es para dar lugar a la nueva tierra y al nuevo cielo. Tampoco se recomienda el absentismo de las realidades terrenas. Esto sería una alienación. San Pablo no dice que no lloremos, que no tengamos mujer, que no compremos... sino que nada de eso lo hagamos como si fuera la razón y el sentido último de nuestras vidas. El absolutizar cualquiera de estas cosas que pasan sí es una alienación (“Eucaristía 1973”). Las presentes frases están dichas en el marco del discurso fundamental sobre el matrimonio y la virginidad, que Pablo desarrolla en este capítulo, y que se refieren a lo que ha de ser la actitud del hombre a causa de la espera del final de los tiempos. La brevedad del tiempo que queda exige un desprendimiento interior respecto del mundo: las situaciones y quehaceres exteriores requerirán seriedad, pero frente a ellas hay que ser y sentirse libres. Porque a la vista de la venida del Señor todas las ataduras terrenales pierden importancia. En realidad, la auténtica seriedad ha de estar dirigida hacia el Señor. Y esto es mucho más fácil para el no-casado, que para el casado ya que aquél no está dividido en su corazón, encontrando menos impedimentos para el "ser santo en cuerpo y espíritu". Dentro de estos pensamientos no se expresa desprecio alguno por el orden terreno, ni siquiera por el matrimonio; únicamente se hace clara la conciencia de que el hombre, ya en su existencia actual, está ordenado al mundo venidero y a la plenitud del reino de Dios, de manera que en cualquier circunstancia de esta vida tiene que tomar una actitud en correspondencia. El cristiano está situado en tensión entre su condición de necesariamente "comprometido" con el estado actual del mundo y con su conocimiento de lo que está por venir, o sea, en una palabra, con esa "creación expectante que está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios" (Rom 9, 19). Cualquier sobrevaloración de las realidades terrenas, sea matrimonio, alegría o pena, negocio o cambio no es más que una pérdida de lo definitivo y confiable. El cristiano y la iglesia, en el reconocimiento de todos los valores y tareas intramundanas, están llamados a ser signos y testigos de la venida del Señor. Si se tiene en cuenta la situación concreta de la comunidad de Corinto, se comprenderá la intención del Apóstol, que no quiere "tenderle un lazo", sino decirle "lo mejor" (“Eucaristía 1988”). Cuando Pablo escribe estas palabras, la comunidad de Corinto se hallaba dividida en diferentes grupos e intereses opuestos. Pablo invita a los corintios a que adopten una actitud coherente con su esperanza en el adviento del Señor. De esta suerte quiere ayudarles a que unos y otros sepan relativizar sus opciones y posiciones temporales y hagan así posible la unidad y la convivencia. Evidentemente, Pablo no predica un cristianismo instalado en las contradicciones sociales: todo lo contrario, pues aconseja vivir en el desarraigo y en la conciencia de que pasan todas las formas de este mundo. El "como sí..." de Pablo no es indiferencia que deja las cosas como están, sino la fuerza de la esperanza cristiana que nos ha sido dada para descongelar todo fixismo. Tampoco predica la apatía de los estoicos. Pablo sabe muy bien que unos ríen y otros lloran; pero ni los primeros deben absolutizar su dolor como si no tuviera remedio, ni los segundos deben reír y gozar con plena satisfacción mientras haya una sola lágrima en el mundo. Pablo entiende que el hombre anda despistado y se pierde cuando se agarra a lo que tiene y absolutiza cualquiera de las cosas que pasan (“Eucaristía 1985”). Tras haber puesto en claro la actitud a seguir con un incestuoso consentido en la comunidad de cristianos (5, 1-13) y la actitud del cristiano frente a su propia sexualidad (6, 12-20; 7), Pablo concluye diciendo: "el tiempo es corto". Cualquiera que sea el lapso de tiempo que quede por correr hasta la parusía, el tiempo futuro está ya de algún modo presente. De ahí que el creyente tenga que mantenerse en la sana tensión del que espera algo definitivo que se acerca. El apóstol ha hablado ampliamente durante casi todo el cap. 7 sobre la ética sexual y matrimonial. Esta conclusión que saca aquí no es un desdecirse de lo anterior o despreciar el estado matrimonial. Sino que quiere dejar bien claro que hasta lo más importante para el hombre, como es su propia situación familiar y afectiva, tiene que ser orientada al reino, porque, al fin y al cabo, lo importante es ser fiel al don de Jesús. Tenemos aquí evidentemente un precioso estilo oratorio que apunta a una idea general. Viene a decir Pablo: Supuesto que el cristiano tiene como meta lo último, la manifestación de Jesús, su vida ha de moverse en ese horizonte; que tanto su alegría como su llanto encuentren su sitio y su contexto en el marco del reino. Toda la vida del creyente tiene que tener este matiz cristiano y escatológico si quiere rendir al máximo en su camino de fe. Corinto era una ciudad particularmente rica, centro comercial de primera importancia. Incluso en la comunidad de cristianos había, al parecer, algunos hombres ricos (cf. cap 11). Por eso Pablo dice con claridad: está fuera del contexto cristiano quien tiene la sensación de seguridad en sus propias negocios. Al fin y al cabo la única seguridad es Jesús. No tiene más probabilidades de éxito el rico, ya que el reino no tiene nada que ver ni con el dinero ni con la posición social. Con esta conclusión no invita Pablo a un desentendimiento sin más de las realidades presentes. Sino a un trabajo humano pero cristiano, con la óptica de Jesús y del reino. Esto hará precisamente que el trabajo cristiano adquiera una dimensión nueva y fructífera en favor de todos (“Eucaristía 1979”). "La presentación de este mundo se termina" dice san Pablo. Pero terminará la presentación de un mundo fundado en valores caducos, provisionales. Esta "provisionalidad" de las cosas que nos rodean hará que el cristiano viva un cierto tipo de "humor". Porque las cosas no son del todo "serias". Este mundo que se deshace entre las manos no nos puede hacer ni llorar del todo, cuando nos es adverso, ni reír y gozar del todo, cuando parece favorable. Por eso el cristiano conserva una "agilidad" especial que le permite actuar y estar presente en todos los acontecimientos, pero sin quedar aprisionado y encallado en los valores transeúntes. Así lo comenta S. Agustín: “Poned la mirada en el último día, en el de la venida del Hijo del Hombre, porque ha de encontrar viviendo mal a los que ahora están seguros, aunque con una falsa seguridad; se hallan seguros en los placeres del mundo, cuando deberían estarlo por haberlos sometido. El Apóstol nos preparó para aquella vida. Éstas son sus palabras: “Por lo demás, hermanos, el tiempo es corto; sólo queda que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran, y los que compran como si no comprasen, los que se gozan como si no se gozasen, los que lloran como si no llorasen y los que disfrutan de este mundo como si no disfrutasen, porque la figura de este mundo. Quiero que estéis sin preocupaciones” (1 Cor 7,29-32). El que pone todo su gozo y toda su felicidad en comer, en beber, en estar casado, en comprar, en vender, en disfrutar de este mundo, está ciertamente sin preocupaciones, pero se halla fuera del arca. ¡Ay de él cuando llegue el diluvio! Por el contrario, el que come y bebe o hace otra cosa, y la ejecuta para gloria de Dios; y, si tiene que soportar alguna tristeza debida a las cosas humanas, llora de tal modo que interiormente se goza con la esperanza; y, si le sobreviene algún gozo originado por las cosas terrenas, de tal modo se goza que teme espiritualmente en su interior, y, por lo tanto, no se entrega de lleno a la felicidad para no ser pervertido, ni a la adversidad para no quedar quebrantado, lo cual es llorar como si no llorase y gozarse como si no se gozase; el que, teniendo esposa, compadeciéndose de la flaqueza de ella, da pero no exige el débito; o si por su propia debilidad se casa, pero más bien se lamenta por no poder pasar sin la mujer que se goza por haberse casado; el que vende lo que sabe que, si lo retuviese, no le haría feliz; el que conoce que pasa todo lo que compra, y, por lo tanto, no presume de los bienes en que abunda y le rodean, y emplea lo que tiene en obras de misericordia con quien nada tiene, para recibir también él mismo lo que no tiene de manos de quien tiene todas las cosas; todos estos esperan confiados el último día, porque no están fuera del arca. Ya son contados entre las maderas incorruptibles con las que se fabrica. No teman, pues, al Señor que ha de venir; antes bien, espérenlo y deséenlo, pues su venida no le aportará el castigo, sino la eliminación de las fatigas. Todo esto se consigue en el deseo de aquella ciudad. Luego lo que encarece el evangelio se logra con el deseo de esta ciudad a la que canta el salmo”.
4. Mc 1, 14-20 (par. Mt 4, 18-22). Dios quiere que su reino en la tierra se haga realidad, como fruto de la "conversión" que la llegada del reino solicita (cf. Mc 1, 15), aquí anunciada por el profeta. Reino que será de justicia, de verdad, de paz y de gracia, que es posible si el hombre es capaz de volver los ojos hacia Dios para tener vida, una vida plena, total. Es la Salvación. Este Reino no viene con nuestro esfuerzo, no lo ganamos nosotros con nuestra lucha, como tendremos ya experiencia. Tampoco es algo que nos ofrece mágicamente. Dios no es un hada que usa su varita para arreglar nuestros problemas sólo porque le caemos en gracia. Dios no alimenta la vagancia ni sustituye al hombre para que durmamos plácidamente mientras Él se responsabiliza de nuestro destino. Si las cosas no cambian con nuestra lucha y esfuerzo o por el progreso, si tampoco nos va a venir como lluvia caída del cielo. Convertirse es cambiar. Cambiar nuestra forma de ser, abandonar los modos de convivencia que tenemos, nuestros criterios de actuación, nuestra forma de valorar a la gente, nuestras concepciones religiosas legalistas, dejar de querer aprovechar las ventajas que tenemos sobre los otros, superar nuestros esquemas de amistad y enemistad, no empeñarnos en querer ser y tener más que los otros, preocuparnos y ser más sensibles de las necesidades, angustias y problemas de todos. Cambiar nuestro interior, lo profundo de nuestra personalidad. Cambiar nosotros mismos. Creer es pensar lo tremendamente positivo y bueno que sería para los hombres una vida de hermandad, de colaboración, de confianza. Es ver lo bonito de esta vida nueva que podríamos comenzar a experimentar. Darse cuenta que merece la pena por los resultados a los que lleva. La fe ya no es vivir sometidos a unas normas para después de morir ganarse el cielo. Es confiar en que Dios va a hacer algo grande para que podamos vivir bien todos, antes y después de la muerte (“Dabar 1982”). Probablemente la “conversión” es el núcleo del evangelio de hoy y -en buena parte- de todo el Evangelio de Marcos. Me atrevería a proponer que la predicación de estos cuatro domingos tuviera como intención de fondo el ofrecer una alternativa al generalizado escepticismo que explícitamente tenemos muchos cristianos respecto a nuestra capacidad de convertirnos y de anunciar el Evangelio. El cristiano de hoy vive en solitario su fe, es normal que le suene un poco a música celestial las exhortaciones a la radicalidad evangélica, no tanto porque la sociedad esté "en contra de" los valores evangélicos sino porque está "al margen de" ellos. La denominada "postmodernidad" se caracteriza por su escepticismo ante los grandes valores, por la crisis de las utopías, por el convertirse hacia las pequeñas satisfacciones, hacia los valores sencillos y cotidianos. La Iglesia ya no vive el fervor posconciliar y la sociedad del progreso -de los años sesenta- ha hecho crisis. Las explicables/necesarias preocupaciones son conservar u obtener un trabajo para subsistir, evitar los conflictos excesivos en la vida familiar... Los políticos hablan ya sólo de "lo posible" (entre reconversiones, ajustes, etc). En este contorno es normal que el cristiano tienda a vivir su fe sólo como algo privado, simplemente a conservar. Con un hondo escepticismo respecto a su capacidad de comunicarlo, quizá renunciando a que su fe impregne/transforme toda su vida (¿cómo la transformará si su vida es en gran parte simple subsistencia en el cotidiano "ir tirando"?). Nos sale pedir "el pan de cada día", pero no resuenan en la realidad pedir la venida del Reino. Y, sin embargo, el Jesús de Marcos une el Reino con el pan. Toda homilía debería tener en cuenta esta situación actual, comprenderla para ayudarla, y así ofrecer elementos de posible optimismo. Pienso que el evangelio de hoy -y de estos cuatro domingos- puede ofrecer ocasión para esta "animación" de la fe. El evangelio de hoy nos dice que el vivir cristiano pide conversión y pide sumarse al anuncio de la gran Buena Noticia de Jesús (el Reino/Amor de Dios está ahí, presente, al alcance, puede cambiar/enriquecer nuestra vida). Pero -¡atención!: ahí está el punto clave entonces y ahora -esta conversión y este sumarse al anuncio no se identifica con una "perfección" del seguidor de Jesús, con un automático/milagroso identificarse del seguidor con Jesús: Marcos insistirá continuamente en que los discípulos no entendían/compartían la acción y persona de Jesús. Pero lo importante -lo decisivo- es ponerse a seguir a Jesús, es abrirse a su Buena Noticia de esperanza, es procurar compartir su acción liberadora en favor -en amor-de los demás (evangelio de los domingos 5 y 6). En una palabra: la conversión/anuncio son fruto del seguimiento, no al revés. Y al seguimiento están llamados hombres y mujeres del pueblo, normales, sencillos (como Simón, Andrés, los Zebedeos...). Todos tenemos "vocación" de seguidores de Jesús (J. Gomis).
La invitación que hace Jesús es a la "conversión", y "convertirse significará aceptar, entrando totalmente en él, el mundo de los juicios y de los valores de Jesucristo, la concepción de la felicidad y de las exigencias de la vida según Jesucristo: acoger en el propio interior una mentalidad nueva que es la de Jesucristo... Una conversión que sólo afectara a las ideas, un cambio puramente intelectual, no sería de ningún modo la conversión evangélica, así como tampoco lo sería una conversión que no implicara más que las zonas de la sensibilidad y del sentimiento religioso; o una conversión que únicamente modificara la relación del hombre consigo mismo en el plano de la ética" (A. Liégé). La actitud de los apóstoles es la que nos muestra el camino cristiano. Empezando con Simón, Jesús reúne a su alrededor a los primeros discípulos. Son la imagen viva de los "convertidos que creen en el evangelio". Por eso lo dejan todo: las redes, el padre en la barca con los jornaleros... y se van a predicar. Recuérdese como Marcos subrayará intencionadamente más adelante que los Doce debían estar con él, antes de enviarlos a predicar (cf. Mc 3,14). La misión sólo podrá realizarse a partir de una profunda comunión con Jesús. "La fe cristiana del adulto será el encuentro... del Dios del Reino que, presente en la historia -en Jesucristo-, lleva a término en ella la realización de su proyecto con la colaboración de los hombres" (A. Liégé) El encuentro con Jesús en nuestra historia es "el momento" que apremia y no puede dejarse perder. A partir de este encuentro, toda nuestra vida debería quedar transformada-convertida. Las realidades presentes -como las redes, el padre, los jornaleros y la barca...- quedan des-centradas, porque el centro es Jesucristo. Decir des-centradas no equivale a decir despreciadas ni aborrecidas; equivale a decir que no son el Absoluto, que no son el Reino (P. Tena). Jesús nos habla de conversión, para que lo que profesamos, lo que hemos aceptado, si de hecho estamos abiertos a Dios y a los hombres, adquiera nuevo relieve, conversión tiene muchos sentidos (el griego de matanoia o transformación del corazón, el arameo-también latino de “volver” y desandar o vuelta por el camino) pero siempre es un ver de nuevo con luz especial aquello mismo que ya es distinto, nos descubre aspectos ocultos, nos hace permanecer atentos, nos ilumina nuevas situaciones personales, eclesiales, sociales, que surgen constantemente en el devenir histórico de cada uno de nosotros y de la colectividad, y cómo de vez en cuando, estas nuevas situaciones adquieren el carácter de momentos claves y decisivos. El que cree en Jesús siempre está de camino. El inmovilismo, aunque sea de formas exteriores, es profundamente contrario al evangelio. Así pues, hay que convertirse, renovarse constantemente. ¿Reconociendo nuestras limitaciones, estamos dispuestos a una verdadera conversión, o más bien de una manera consciente o semiinconscientemente, pactamos con las conversiones a medias, o bien nos da miedo llegar a la realidad más profunda? El cristiano, en paz, pero con decisión, vive en la paradoja de la fidelidad a Jesucristo que siempre es el mismo y en la preocupación de actualizar de una manera constante al Jesucristo de siempre. La conversión empieza por un cambio, por la renovación de la mentalidad. Muchas veces y en personas de buena voluntad, éste es el aspecto más difícil de la conversión; al cambio de mentalidad debe corresponder un cambio de comportamiento. Esta conversión se hace difícil, en los diferentes niveles de la persona y de las situaciones por las ideas preconcebidas y por los muchos intereses creados. La auténtica conversión nos hace relativizar lo que debe relativizarse, dentro del discernimiento actual de separar el trigo (lo esencial de la fe) de la paja (manifestaciones históricas, ec.) y nos conserva cada vez más firmes en la fidelidad a Jesucristo; nos puede guiar a descubrir los intereses más sutiles que nos mantendrían en nombre de la renovación evangélica, en arreglos que no tendrían nada de evangélicos y serían la salvaguardia de unas ideologías y de unos intereses que se quieren conservar; esto es difícil; se necesita la libertad de los hijos de Dios, la pobreza evangélica, la fuerza que nos viene de la acción del Espíritu y del hecho de compartir la vida comunitaria. Nos hemos de convencer, con esperanza pero también con humildad, que siempre hemos de convertirnos, pero que nunca lo estaremos del todo. Marcos nos presenta la llamada de cuatro de los que serán del grupo de los doce discípulos del Señor. Han escuchado su voz, se convierten, cambian de vida y dejando las redes y los peces se van con el Señor que los quiere para que anuncien a los hombres quién es El. Todos tenemos nuestros peces y nuestras redes para dejar; el Señor nos llama, a cada uno en su situación, a proclamar la Buena Nueva. ¿Cómo respondemos a esta llamada? (J. M. Bardés).
El corazón del hombre, a pesar de haber sido renovado por la gracia, sigue siendo pecador, sigue sin entregarse del todo al Evangelio; incluso, muchas veces, lucha contra él. La conversión al Evangelio no es más que la aceptación tensa, consciente, paciente, de un deber ineludible: que nuestro compromiso bautismal de seguir a Jesús sea cada día más profundo y vaya calando las capas de nuestra vida, aun las más reacias y egoístas. La mayor dificultad, a mi parecer, para una verdadera postura de conversión, está en que muchos cristianos no se han planteado la necesidad de una elección personal y responsable de Cristo y del Evangelio. Se es cristiano por el bautismo recibido, por una tradición familiar o social, por una serie de prácticas religiosas, por un deseo vago de ser bueno, por un temor al más allá. Pero, en realidad, el Evangelio está allí muy lejos, quizá desconocido, y el hombre está aquí, con su vida concreta, en la que caben criterios, sentimientos, y obras muy lejanos a los evangélicos. No es posible la conversión mientras no se dé una auténtica y sincera confrontación entre la vida concreta y el Evangelio. El cristiano se decide a la conversión cuando, humildemente, se deja interpelar y acepta la llamada que le hace Jesús, no para un cambio accidental sino para una transformación profundamente vital que sea capaz de dar al traste con los modos de pensar, de sentir y de obrar exclusivamente humanos. “Venid conmigo”… Comienza así hoy la lectura continuada del Evangelio de san Marcos. Una oportunidad para, domingo tras domingo, adentrarnos en la intención que vertebra todo este evangelio: desvelar el misterio de Cristo al que presenta como "una figura desconcertante ante un auditorio desconcertado" (P. Schökel). Tanto el evangelio como la primera lectura comienzan con frases parecidas. Jonás recibe este mandato: "Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo"; san Marcos encabeza la vida pública de Jesús con estas palabras: "Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios". No es una anécdota que cuando, según el libro de Jonás, Dios decide intervenir en el caos moral que esta llevando a la ruina a Nínive envíe a un profeta sencillamente para que hable, para que diga a los ninivitas una palabra que los podía arrancar de sus pecados y hacerles beneficiarios del perdón y de la salvación. Tampoco es un dato insignificante que Jesús, como nos narra Marcos, iniciase su vida pública y a lo largo de toda ella se dedicase a hablar, a proclamar el Evangelio la Buena Noticia de Dios. Con estas coincidencias, ambas lecturas nos alertan sobre el lugar que ocupa en nuestra vida cristiana la Palabra de Dios, que la Iglesia ha conservado en la Biblia. De su escucha meditativa y de la fidelidad con que la conservemos en nuestra vida dependerá que se haga realidad en nosotros el deseo de Jesús: "Venid conmigo". Buen propósito será dejar las "redes" de tantas voces que nos aturden y atendamos solamente a la suya y le sigamos (Antonio Luis Martínez). Marcos, 1, 2-20, tiene que ser considerado como un prólogo de todo el evangelio. Su finalidad no es la de indicarnos cuáles fueron los primeros episodios de Jesús, sino la de señalarnos las perspectivas generales dentro de las cuales hay que leer toda la historia de Jesús. ¿Cuáles son los elementos fundamentales de esta perspectiva? Aunque simplifiquemos un poco las cosas, podemos reducirlos a tres: a) con Jesús ha llegado el Reino de Dios; hay que tomar conciencia de ello y convertirse. Este motivo comienza con el anuncio de Juan y se concreta en el anuncio de Jesús en Galilea; es éste, sobre todo, el tema del trozo que vamos a comentar; b) el Mesías no se coloca fuera de la historia de los hombres; se hace solidario de los hombres y la asume. Entra, por ejemplo, en el movimiento penitencial de su pueblo (bautismo). Se deja envolver por la lucha entre el bien y el mal que caracteriza a la historia humana (tentación). "Entrando en el dinamismo de nuestra historia, se hace solidario de nuestra humanidad" (Duquoc). Esta solidaridad encuentra su cima en la muerte de cruz, pero es la ley de toda la existencia de Cristo, ya desde el principio. La historia que comienza en el bautismo es una historia que no constituye sólo un viaje hacia la cruz-resurrección, sino que saca de la cruz-resurrección toda la lógica de su desarrollo; c) entre Cristo y Satán, entre el reino de Dios y el reino del mundo, existe un contraste irreductible. El Mesías es solidario con la historia, pero no con la lógica de Satanás que con frecuencia le sirve de guía: precisamente, puesto que está de parte del hombre, no acepta el pecado. Así el Mesías aparece al mismo tiempo SOLIDARIO y SEPARADO. Siempre es difícil para el cristiano encontrar la medida justa en su manera de situarse dentro de la historia. Para ello hay dos modos muy fáciles (por eso mismo su facilidad y claridad se convierten en tentaciones): el conformismo y la fuga. Pero la historia del Hijo de Dios no permite ni una cosa ni la otra: el discípulo no puede aceptar el conformismo (de esa manera ya no sería el portador de la "novedad" del reino), y tampoco puede salvar su diversidad en la fuga, evitando el conflicto (no sería ya signo de la "solidaridad" de Dios), más bien debe manifestarse a sí mismo en un esfuerzo -bastante incómodo- de "participación crítica". Con lo que vamos viendo, ¿qué es lo que significa convertirse? La conversión nace ante todo como RESPUESTA a un acontecimiento (supone por tanto la fe), a esa alegre noticia que debería ensancharnos el corazón: en Jesús ha aparecido, en toda su profundidad, el amor increíble y sorprendente de Dios al hombre, a cada uno de los hombres, a todos nosotros. Ese es el acontecimiento que tengo que ACEPTAR, del que tengo que FIARME, y por el que tengo que dejarme MODELAR ("creed en la buena nueva"): eso es la conversión. No se trata de un cambio parcial, sino de una verdadera y auténtica transformación total, de un PASO (sin calcular sus consecuencias) del egoísmo al amor, de la defensa de mis privilegios a la solidaridad más radical. Es un cambio que ES IMPOSIBLE CONTENER EN LAS VIEJAS ESTRUCTURAS (personales, mentales, sociales); las rompe. Las viejas estructuras fueron creadas para servir a otro tipo de Dios y para otra visión del hombre. El seguimiento La breve narración que Mc pone detrás del anuncio del Reino -la llamada de los primeros discípulos (1, 16-20)- quiere ser un ejemplo concreto de conversión. No se trata de una conversión que se les proponga a los especialistas del Reino de Dios, sino simplemente de la conversión necesaria para ser cristianos. Se señalan enseguida unas cuantas estructuras fundamentales -las estructuras que definen el seguimiento- y que se pueden observar como elementos constantes en todos los textos siguientes relativos al seguimiento de Jesús. La INICIATIVA parte de Jesús: en su invitación gratuita e inesperada, resuena la llamada de Dios frente a la que no es posible vacilar: tienes que decidirte. La existencia cristiana, más que decisión, es una respuesta. Este concepto de gratuidad no está sólo en el término "llamar" ni en la narración en sí misma, sino que aparece todavía con mayor claridad si pensamos en el contexto ambiental. Los rabinos de la época -como todos los profesores ilustres- no iban en busca de discípulos; eran los discípulos los que buscaban al maestro. En tiempos de Jesús había algunos grupos -por ejemplo, los monjes esenios- que se reunían y se alejaban del mundo para aguardar al Mesías y estar dispuestos a recibirlo; Jesús, por el contrario, llama sólo a una gente que vivía y trabajaba como los demás. La llamada de Cristo tiene una nota de URGENCIA: es la llamada del tiempo favorable (el "kairós"), el tiempo de la salvación, el plazo final. A la llamada hay que contestar enseguida; es la gran ocasión que hay que saber aprovechar. La llamada de Cristo exige una SEPARACIÓN; este tema se irá concretando sucesivamente. De todas formas se ve ya que se trata de una separación radical. No se trata de dejar las redes o un trabajo, sino más a fondo -como irá aclarando luego el evangelio- se trata de dejar las riquezas (Mc 10, 21), de abandonar el camino del dominio y del poder, de desmantelar esa idea que nos hemos forjado nosotros mismos de Dios para defender nuestros privilegios (Mc 8, 34). Pero la llamada de Cristo, más bien que a una separación, se dirige a un SEGUIMIENTO. Esa es la razón de la separación: una libertad para un nuevo proyecto que se presenta como un proyecto a "compartir". Y esto es lo que importa: seguir significa recorrer el camino del maestro, realizar sus gestos preferidos (preferir a quienes los hombres marginan, pero a los que Dios ama: preferirlos no porque importen sólo ellos, sino precisamente porque los hemos marginado nosotros). Podría parecer éste un proyecto de muerte, pero es de vida, es el ciento por uno. Podría parecer un proyecto imposible, pero todo es posible para el milagro de Dios (10, 27). Podría parecer un proyecto para unos pocos, para gente selecta, pero es para todos, para justos y para pecadores: Jesús no se encuentra con el hombre (para dirigirle su invitación) en una esfera particularmente religiosa o privilegiada de algún modo, sino en la orilla del lago, en donde vive verdaderamente el hombre, en la vida cotidiana. Y sobre todo quedará claro que seguir significa "servir", dar la vida "en rendición", lo mismo que el Hijo de Dios, que se solidariza con los hombres y asume todas nuestras responsabilidades. No tomó distancia frente a nosotros, sino que se sintió afectado por todo lo nuestro, como el pariente que paga la fianza para obtener la libertad de sus hermanos. Así pues, es el término "seguir" el que caracteriza al discípulo, no el término "aprender". Esto es significativo: en primer plano no está la doctrina, sino una persona y un proyecto de existencia. Podremos captar con más precisión esta originalidad del seguimiento evangélico si comparamos al alumnado de Jesús con el alumnado de los rabinos. En el seguimiento evangélico el hecho esencial es la persona de Jesús; únicamente él es el que da forma y contenido a la relación con los discípulos. En el alumnado rabínico es la doctrina lo que ocupa el primer puesto: el discípulo se une al rabino porque busca su doctrina, quiere posesionarse de ella y convertirse también él en maestro: renuncia a muchas cosas para hacer vida común con el rabino, pero en último análisis es siempre para aprender la ley. El discípulo evangélico, por su parte, renuncia para seguir a Jesús y compartir su destino; ser discípulo es una condición permanente. En conclusión: el tema del seguimiento nos lleva al centro de la fe cristiana (así al menos lo pensaban las primeras comunidades) y esto nos invita a una comprobación. Hay quienes creen en Dios y en una doctrina religiosa, pero muchas veces no se trata, en substancia, del Dios que se ha revelado en Jesucristo; puede incluso tratarse de un Dios mágico, construido para que resuelva nuestros conflictos y nuestras ansiedades. De todas formas es una fe que no se mide en concreto según el proyecto mesiánico del evangelio; también los fariseos eran creyentes y adoraban a Dios, pero rechazaron el camino de Jesús; se imaginaban que Dios iba por caminos distintos. Hay quienes viven en la lógica de la cruz sin ver en ella el rostro de Dios. No son aún los hombres del seguimiento. Hoy se habla de discípulos "anónimos". Esto es verdad, pero a Marcos le gustaría que se llegara más allá. Finalmente, hay quienes viven la lógica de la cruz y descubren en ella el rostro de Dios. Esos son los hombres del seguimiento de Jesús (Bruno Maggioni). Marcos da entrada a la actuación del más fuerte anunciado por Juan una vez que éste abandona la escena violentamente. El verbo empleado en el original griego para referir la suerte de Juan es el mismo que se empleará más adelante para referir la suerte de Jesús. Quizá subraya este término que está comenzando la nueva alianza con esta actuación que se inicia en Galilea con la proclamación de la Buena Noticia de Dios. Esta buena noticia se concreta luego en los siguientes términos: Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. La palabra "plazo" designa el tiempo señalado para la realización de un acontecimiento. "Cumplirse el plazo" pertenece al lenguaje profético y expresa una concepción religiosa de la historia. El acontecimiento cuyo plazo se ha fijado es el reino de Dios. "Está cerca el reino de Dios". ¿Proximidad inmediata? ¿Realidad presente? Hoy se interpreta la frase en el sentido de una realidad que ya ha llegado pero cuya realización plena está reservada al futuro. En este sentido se prefiere emplear la expresión "reinado de Dios" para designar la situación presente inaugurada con Jesús, reservando la expresión "reino de Dios" para la culminación de esta situación en el futuro.
El reinado de Dios que ha irrumpido y que empuja hacia el reino de Dios va a determinar las posteriores palabras de Jesús: "Convertíos y creed la buena noticia". Convertirse pertenece también a la tradición profética y designa un cambio de mentalidad y de actuación. Creer la buena noticia significa darle crédito, hacerla algo propio. Sin pausa alguna Marcos pasa de las palabras del más fuerte a la narración de sus acciones. "Pasando... vio... les dijo". Jesús es la figura dominante, el fuerte. En tono imperioso se dirige a personas desconocidas, que obedecen al punto. Hace dos domingos el mensajero Juan nos anunciaba la llegada de uno más fuerte que él que nos introduciría en una situación nueva. En el texto de hoy vemos al fuerte proclamando esa situación nueva. El tiempo está ya maduro. Con Jesús ha hecho irrupción el tiempo final de la utopía. Un tiempo en el que son posibles un nuevo modo de ser y de vivir. Lo viejo ha terminado, ha comenzado lo nuevo. Lentamente, progresivamente: porque la mentalidad y la actuación no se cambian de la noche a la mañana. Hay hábitos demasiado arraigados, costumbres demasiado inveteradas, tanto que parecen fuerzas necesarias y naturales. De ahí la continua necesidad de conversión en las personas (A. Benito). En su calidad de preparador del camino, Juan proclamaba un bautismo de conversión (cf. Mc 1, 4). Proclamar la buena noticia es tarea que Mc, a diferencia de Mt, reserva exclusivamente a Jesús (cf. en cambio Mt 3, 2 y 4, 17: Juan y Jesús proclaman el mismo mensaje). Empieza así Mc a poner de manifiesto en qué sentido es Jesús más poderoso que Juan y tiene un derecho que éste no tenía (cf. Mc 1, 7). LA BUENA NOTICIA DE DIOS (mejor traducción que la litúrgica EL EVANGELIO DE DIOS). Es decir, Dios como buena noticia. La expresión es tanto más llamativa cuanto que es la única vez que la emplea Mc en toda la obra. El v. 15 explica el sentido de la expresión. Dios es buena noticia porque, en la formulación de Pablo, va a ser todo en todos. Por fin, Dios va a ser reconocido y querido. Su soberanía va a ser aceptada y se va a hacer su voluntad. Dios es al fin rey del mundo (cf. Sal 47,6-10). De Él es la tierra y cuanto la llena (cf. Sal 24,1). Así es como el A.T. concebía el final de los tiempos. Jesús, a quien Mc ha presentado como el que está para llegar a inaugurar el final de los tiempos, este Jesús nos introduce en este final. Por eso, convertíos y dad crédito a esta buena noticia, continúa Mc. La eterna tensión entre el ya y el todavía no (A. Benito). Es sintomático que la actividad de Jesús cambia de lugar, cambia exteriormente, Juan había desarrollado su labor en un desierto de Judea -en un lugar fijo y determinado, al que la gente tuvo que acudir-; Jesús, sin embargo, se hizo al camino en Galilea -al camino hacia los hombres-, en una comarca, de la que el historiador Flavio Josefo dijo que era una tierra, a lo largo del lago de Genesaret, llena de belleza, de naturaleza admirable. No es el desierto con su sequedad y sus temperaturas extremas lo que constituye el medio vital de Jesús, sino una fructífera tierra habitada, con sus aguas, su hierba (Mc 6, 39) y sus lugares sombreados. (Nos recuerda la primera lectura, el Jonás que al ir al lugar de los paganos, Nínive, es imagen de Jesús que lleva a todos la salvación). Aún hubo otra cosa que en Jesús fue diferente; no dejó que los hombres fueran a él, sino que fue él quien se dirigió a ellos; se puso en camino hacia ellos para anunciarles el Evangelio, es decir, la buena noticia de Dios: "El tiempo se ha cumplido; el reino de Dios está cerca". "Se ha cumplido el plazo", "ha sonado la hora", "ha llegado el tiempo"... La lengua griega tiene dos palabras para el término "tiempo"; por un lado, CRONOS; por el otro, KAIROS. El primero es el tiempo que pasa; el segundo es el momento, el instante (por ejemplo, el momento de la cosecha -12,20 o de la recogida de los higos -11,13-). Este segundo es el que emplea Marcos aquí. Por tanto, lo que Jesús anuncia es: Ha llegado el momento decisivo; no hay motivo para esperar a otro momento, porque el reinado de Dios ha comenzado ya (el reinado de Dios está aquí). Esta llamada tenía para los contemporáneos de Jesús un eco bíblico: eran conocidas las palabras de Isaías (52, 7-9). Y desde entonces, además, el deseo del pueblo judío de que Dios sea su rey nunca se había apagado. Aún más, se obviaría siempre todo aquello que pudiera impedir al creyente reconocer a Dios como su único rey (Sof 3, 14 s): Si viniera Dios de una vez y nos hiciera experimentar su reinado... En el marco de esta esperanza anuncia Jesús que el reino de Dios está ahí. El resto de lo que Jesús hizo por Galilea no le interesó a Marcos. Sólo le preocupó lo importante. Y puesto que por mucho tiempo los cristianos fueron una "cosa pequeña" y una excepción (no se trató de una expansión como la de otras grandes religiones), a Marcos le preocupa constatar la vida, la existencia de los creyentes, de las comunidades (que, por otra parte, incluso en el año 70 d. C son también algo excepcional). Las comunidades de discípulos de Jesús comienzan a existir en el preciso momento, en ese mismo momento, en que llama a las dos parejas de hermanos Simón y Andrés, Santiago y Juan. Las primeras comunidades cristianas tienen en definitiva un solo motivo de existencia: la palabra de Jesús (“Eucaristía 1988”). Aproximadamente al empezar el verano del año 28, cuando Juan Bautista había sido reducido al silencio de la cárcel, Jesús levanta la voz para anunciar la buena Noticia. También Jesús, lo mismo que su precursor, hace una llamada a la penitencia, tanto más apremiante cuanto más inminente era ya el reino de Dios; en realidad, este reino comienza con la venida de Jesús al mundo, pues no es otra cosa que el cumplimiento de toda la voluntad de Dios por Jesucristo, su enviado. La proclamación del reinado de Dios pone al hombre en responsabilidad, le sitúa ante la decisión; el que quiera entrar en este reinado ha de cambiar la mente y el corazón, ha de escuchar a Jesucristo y creer lo que él anuncia. Esto es hacer penitencia. El que no hace penitencia no puede entrar en el reino de Dios. La llamada de Jesús es urgente y exige una respuesta sin componendas, un seguimiento sin condiciones. Habrá que dejarlo todo si es preciso. Simón, Andrés y Juan procedían del círculo de los discípulos del Bautista y habían reconocido a Jesús como Mesías (Jn 1, 35-42). Así que la llamada de Jesús y la invitación a seguirle no pudo sorprenderles demasiado. En realidad ya le habían acompañado y habían sido testigos de su primer milagro, de su primera "señal", en unas bodas celebradas en Caná de Galilea. Después volverían a sus ocupaciones habituales hasta este momento en el que Jesús los llama de nuevo para que le sigan a todas partes de un modo permanente y como discípulos suyos. Estos discípulos no han sido llamados solamente al reino de Dios, sino también a ser los testigos privilegiados de la vida pública de Jesús y a anunciarlo después por todo el mundo. Ellos serán los heraldos del reino, los pregoneros. Conviene que los heraldos tengan los pies ligeros y estén dispuestos a dejarlo todo: la casa, los parientes, el propio oficio..., pues han de ir a todas partes y han de ir de prisa. Deberán acostumbrarse ya desde ahora a la vida de Jesús, que no tiene donde reposar su cabeza. Sólo cuando el "pregón" sea escuchado y aparezcan las comunidades cristianas, será preciso profundizar en él, será necesario la enseñanza. Entonces, los que sirvan a la palabra de Dios en estas comunidades adoptarán otros géneros de vida (“Eucaristía 1985”). Al comenzar hoy la lectura continua del evangelio de Marcos, vemos los primeros pasos de la predicación de Jesús, después de los acontecimientos introductorios (predicación de Juan, bautismo, tentaciones). Los relatos de Marcos que vamos a leer en estos domingos hasta la Cuaresma son un continuo fluir de hechos que caen uno sobre otro pisándose los talones, en los que, con un frescor y una inmediatez que sólo se hallan en este evangelista, vemos a Jesús lanzado a actuar, "haciendo el bien y curando a todos los vejados por el diablo: por cuanto Dios estaba con él" (Hch 10,38): Marcos muestra cómo la aparición de Jesús representa la destrucción del diablo, del mal, de todo lo que oprime la vida concreta de los hombres. Y toda esta actividad de Jesús será la proclamación "en acto" de las palabras de síntesis que hoy encabezan el evangelio: "Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed la Buena Noticia". En esta frase-resumen de la predicación de Jesús está concentrado un gran sentido que vale la pena recordar. "El Reino de Dios" es la expresión que había llegado a formular la esperanza del judaísmo: la esperanza del momento en que Dios mismo tomaría en sus manos la dirección del pueblo y de toda la historia, sin intermediarios, y que esto sería el único medio de asegurar que ningún mal podría tocar a los fieles; por eso, la gran proclamación de júbilo de los profetas y de los salmos de después del exilio consistía en anunciar "Yahvé reina!". Y la otra palabra clave es "Buena Nueva" (en griego "Evangelio"): esta expresión aparece por primera vez en el segundo Isaías, para indicar la "gran noticia" del retorno de los exiliados a Jerusalén, precedidos por Dios, que reinará en medio de ellos (Is 52,7); el retorno del exilio fue una experiencia de esto: la gran noticia de que Dios reina, la gran noticia de que el mal desaparece. Y es esto lo que viene anunciar Jesús: que, definitivamente, la gran noticia de Dios presente en medio de los hombres para liberarlos ya es una realidad; y que por tanto hay que cambiar de manera de pensar y de vivir (=tener ganas de ser liberado; y vivir de acuerdo con esta liberación). Y Jesucristo, para proclamar todo esto, empieza reuniendo un grupo de gente que quiera ir con él y empaparse de esta doctrina (segunda parte del evangelio de hoy). Y acto seguido (próximos domingos) empieza a realizar lo que anunciaba: primero liberando del mal concreto, del diablo concreto; después, en la cruz, venciendo definitivamente el mal y el diablo (J. Lligadas).
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