Tiempo ordinario XXVII, domingo (A): el amor de Dios con nosotros es comparado al cuidado que tiene el agricultor con su viña amada; nosotros somos su viña, y en Jesús nos lo entrega todo
Lectura del libro de Isaías 5, 1-7: Voy a cantar en nombre de mi amigo / un canto de amor a su viña.
Mi amigo tenía una viña / en fértil collado. / La entrecavó, la descantó / y plantó buenas cepas; / construyó en medio una atalaya / y cavó un lagar.
Y esperó que diese uvas, / pero dio agrazones.
Pues ahora, habitantes de Jerusalén, / hombres de Judá, / por favor, sed jueces / entre mí y mi viña.
¿Qué más cabía hacer por mi viña / que yo no lo haya hecho? / ¿Por qué, esperando que diera uvas, / dio agrazones?
Pues ahora os diré a vosotros / lo que voy a hacer con mi viña: / quitar su valla / para que sirva de pasto, / derruir su tapia / para que la pisoteen.
La dejaré arrasada: / no la podarán ni la escardarán, / crecerán zarzas y cardos, / prohibiré a las nubes / que lluevan sobre ella.
La viña del Señor de los ejércitos / es la casa de Israel; / son los hombres de Judá / su plantel preferido.
Esperó de ellos derecho, / y ahí tenéis asesinatos; / esperó justicia, / y ahí tenéis: lamentos.
Salmo 79, 9 y 12.13-14.15-16.19-20: R/. La viña del Señor es la casa de Israel
Sacaste, Señor, una vid de Egipto, / expulsaste a los gentiles, / y la trasplantaste. / Extendió sus sarmientos / hasta el mar / y sus brotes hasta el Gran Río.
¿Por qué has derribado su cerca, / para que la saqueen los viandantes, / la pisoteen los jabalíes / y se la coman las alimañas?
Dios de los ejércitos, vuélvete: / mira desde el cielo, fíjate, / ven a visitar tu viña, / la cepa que tu diestra plantó, / y que tu hiciste vigorosa.
No nos alejaremos de ti / danos vida, para que invoquemos tu nombre. / Señor Dios de los ejércitos, restáuranos, / que brille tu rostro y nos salve.
Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses 4, 6-9. Hermanos: Nada os preocupe; sino que en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios.
Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.
Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito tenedlo en cuenta.
Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros.
Lectura del santo Evangelio según San Mateo 21,33-43. En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo: —Escuchad otra parábola:
Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: «Tendrán respeto a mi hijo.» Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: «Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia.» Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo ataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?
Le contestaron: —Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos.
Y Jesús les dice: —¿No habéis leído nunca en la Escritura: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente»? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los Cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.
Comentario: 1. Is 5, 1-7 (cf. Os 10,1; Jr 2,21;5,10;6,9;3,14;27). La imagen de la viña aplicada al pueblo se encuentra bastantes veces en el AT (Is 3,14; 27,2-5; Jr 2,21; 12,10; Ez 17,6; etc.). Con ocasión de la fiesta de la vendimia, tenemos aquí una de las piezas líricas más preciosas, lo que hoy llamaríamos una canción-denuncia, en una situación social llena de acaparadores de tierras y fortunas, especuladores del suelo y estafadores, jueces corrompidos, campeones en beber vino y los que confunden el mal y el bien y los que son sabios a sus propios ojos... (se toma el castigo divino como causa de lo que les pasó: Israel será abandonado a su propia suerte y fácil presa a los asirios. Pues esperaba uvas y le ha dado agrazones; quería que corriera el derecho y la justicia como un río y sólo corre la sangre inocente y los lamentos de los oprimidos, una explicación típica de cuando el éxito o fracaso temporal es señal de predilección o castigo divinos, también esta explicación quedará superada por Jesús). Esta alegoría logra en el canto de Isaías su versión más brillante, en la que se inspirará la parábola de Jesús que vamos a escuchar en el evangelio de hoy. El profeta, el poeta (deberíamos escuchar con atención a los verdaderos poetas, pues la poesía auténtica es muchas veces latente profecía) pronuncia un canto inocente, adaptado a la situación festiva del momento.
Expresaba bien la alianza de Dios con su pueblo, alianza emparentada con la unión conyugal (cf. Os 1-3), ya que la vid es también el símbolo del amor (Ct 1. 6-14; 2,14; 8,12). Es un canto de amor, donde se toma la imagen de la viña para hablar de la amada. La esterilidad es la falta de amor, y ahí viene el juicio, expresado con palabras fuertes que con Jesús adquirirán un tono de invitación a la conversión, a la que siempre estamos llamados. Tenemos aquí un caso análogo al de Natán cuando invita al rey David para que juzgue sobre un asunto que resultaría ser el suyo (2 S 12. 1 ss.). Pues los habitantes de Jerusalén son "la viña del Señor". Este canto de amor contiene una extraña paradoja. El amor en todas sus manifestaciones exige una respuesta de cariño y de amor exclusivos: Dios ha hecho por el pueblo un derroche de amor y lo que Dios quería con todo su cariño y todo su esfuerzo es que reinara entre ellos la justicia y el derecho. Que supieran amarse y respetarse mutuamente. Esas son las uvas que esperaba el Señor Dios. También es un canto al amor entre hombres que viene de una postura de fe. Todo el esfuerzo del viñador se orienta a que las cepas convivan y se respeten entre ellas. Hay una forma de saber si uno se mantiene dentro de la alianza entre Dios y el hombre: la prueba de la justicia (“Eucaristía 1978/81”), como decía S. Ambrosio: "Paga al obrero su salario, no le defraudes en el jornal debido por su trabajo, pues tú también eres asalariado de Cristo, quien te ha dado trabajo en su viña y te tiene preparado el salario en los cielos. No causes perjuicio, pues, al siervo que trabaja en verdad ni al jornalero que consume su vida en el trabajo; no desprecies al pobre que se gana la vida con su trabajo y se sustenta con su salario. Pues es un homicidio negar a un hombre el salario que le es necesario para su vida".
Las delicadas atenciones de que es objeto la viña (v. 2; cf. Mt 21. 33-44) son las que Dios prodiga a su esposa (Ez 16. 1-14 o Ef 5. 25-33). El juicio que Dios emite sobre su viña se desarrolla públicamente (vv. 3-4), según lo prescribía la Ley en caso de adulterio. La condenación de la viña a la esterilidad (v. 6) es la maldición prometida a la esposa infiel, y la decisión de derribar el muro y la cerca (v. 5) recuerdan la orden de exponer a la mujer adúltera a la vergüenza pública antes de proceder a su muerte por lapidación (Ez 16. 35-43; Os 2. 4-15). Las religiones semíticas hablan a menudo de las bodas de Dios con la humanidad, pero jamás lo hacen de su amor mutuo. Después de Oseas, Isaías es el primero en describir el amor apasionado de Yahvé, así como las atenciones que prodiga a su esposa y la venganza que no duda en tomarse, caso de que ésta le sea infiel: desde que el amor de Dios al hombre se hace patente, aparece revestido de un acusado matiz dramático. Irá revelándose poco a poco la paciencia de Dios que afrontará, a todo lo largo de los siglos, la debilidad e inconsistencia del hombre, hasta que un buen día, en el corazón de la humanidad, surja una viña, fiel y capaz de dar abundantes frutos de vida divina; esta nueva viña no es otro que Jesucristo (cf. Jn 15; Maertens-Frisque).
2. El salmo 79 nos habla de la viña con la perspectiva de la oración; y es imagen de la Iglesia que implora la visita de su Señor. Él la escucha, viene y se hace presente en su Liturgia: "Cristo está presente a su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica... No sólo en la celebración de la Eucaristía y en la administración de los Sacramentos, sino también, con preferencia a los modos restantes, cuando se celebra la Liturgia de las Horas. En ella Cristo está presente en la asamblea congregada, en la Palabra de Dios que se proclama y cuando la Iglesia suplica y canta salmos, pues Él mismo prometió que: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos." La presencia de Cristo en la Liturgia es una presencia dinámica y eficaz, que hace de los actos litúrgicos acontecimientos de salvación. En la Eucaristía esta presencia es, además, substancial: "Tal presencia se llama 'real', no por exclusión, como si las otras no fueran 'reales', sino por antonomasia". Además de ser el Maestro y el Modelo, Cristo es siempre el Mediador y el Sujeto de nuestra oración. Como Mediador, ora por nosotros; como sujeto, es el Orante que une a Sí a la Iglesia haciéndose presente en aquellos que se reúnen en su nombre. Así pues, nuestra oración de hoy presupone a Cristo activamente presente, implicando en su alabanza e intercesión a la Iglesia, de la que es Cabeza y a la humanidad de la que es Primogénito, según la expresión de Tertuliano: "Cristo es el Sacerdote universal del Padre." "Se puede y se debe rezar de varios modos, como la Biblia nos enseña con abundantes ejemplos. 'El Libro de los Salmos es insustituible'. Hay que rezar con «gemidos inefables» para entrar en el 'ritmo de las súplicas del Espíritu mismo'. Hay que implorar para obtener el perdón, integrándose en el profundo grito de Cristo Redentor (Hb 5: 7). Y a través de todo esto hay que proclamar la gloria. 'La oración es siempre un «opus gloriae»'" (Juan Pablo II).
El Señor es la verdadera vid, nosotros los sarmientos y su Padre el labrador. De las cepas de los Patriarcas y los Profetas, ha germinado Cristo, como un vástago prodigioso. La antigua viña infiel ha sido renovada por Él y de ella ha nacido la Iglesia, plenitud de Cristo mismo, que forma con Jesús una misma cosa y se extiende y dilata sobre toda la superficie de la tierra (Félix Arocena).
Juan Pablo II comentaba así el salmo: “El Señor es invocado como "pastor de Israel", el que "guía a José como un rebaño" (Sal 79, 2). Desde lo alto del arca de la alianza, sentado sobre los querubines, el Señor guía a su rebaño, es decir, a su pueblo, y lo protege en los peligros. Así lo había hecho cuando Israel atravesó el desierto. Sin embargo, ahora parece ausente, como adormilado o indiferente… En la segunda parte de la oración, llena de preocupación y a la vez de confianza, encontramos otro símbolo muy frecuente en la Biblia, el de la viña. Es una imagen fácil de comprender, porque pertenece al panorama de la tierra prometida y es signo de fecundidad y de alegría. Como enseña el profeta Isaías en una de sus más elevadas páginas poéticas (cf. Is 5, 1-7), la viña encarna a Israel. Ilustra dos dimensiones fundamentales: por una parte, dado que ha sido plantada por Dios (cf. Is 5, 2; Sal 79, 9-10), la viña representa el don, la gracia, el amor de Dios; por otra, exige el trabajo diario del campesino, gracias al cual produce uvas que pueden dar vino y, por consiguiente, simboliza la respuesta humana, el compromiso personal y el fruto de obras justas. A través de la imagen de la viña, el Salmo evoca de nuevo las etapas principales de la historia judía: sus raíces, la experiencia del éxodo de Egipto y el ingreso en la tierra prometida. La viña había alcanzado su máxima extensión en toda la región palestina, y más allá, con el reino de Salomón. En efecto, se extendía desde los montes septentrionales del Líbano, con sus cedros, hasta el mar Mediterráneo y casi hasta el gran río Éufrates (cf. vv. 11-12).
Pero el esplendor de este florecimiento había pasado ya. El Salmo nos recuerda que sobre la viña de Dios se abatió la tempestad, es decir, que Israel sufrió una dura prueba, una cruel invasión que devastó la tierra prometida. Dios mismo derribó, como si fuera un invasor, la cerca que protegía la viña, permitiendo así que la saquearan los viandantes, representados por los jabalíes, animales considerados violentos e impuros, según las antiguas costumbres. A la fuerza del jabalí se asocian todas las alimañas, símbolo de una horda enemiga que lo devasta todo (cf. vv. 13-14). Entonces se dirige a Dios una súplica apremiante para que vuelva a defender a las víctimas, rompiendo su silencio: "Dios de los Ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña" (v. 15). Dios seguirá siendo el protector del tronco vital de esta viña sobre la que se ha abatido una tempestad tan violenta, arrojando fuera a todos los que habían intentado talarla y quemarla (cf. vv. 16-17). En este punto el Salmo se abre a una esperanza con colores mesiánicos… está implícita la confianza en el futuro Mesías, el "hijo del hombre" que cantará el profeta Daniel (cf. Dn 7, 13-14) y que Jesús escogerá como título predilecto para definir su obra y su persona mesiánica. Más aún, los Padres de la Iglesia afirmarán de forma unánime que la viña evocada por el Salmo es una prefiguración profética de Cristo, "la verdadera vid" (Jn 15, 1) y de la Iglesia.
Ciertamente, para que el rostro del Señor brille nuevamente, es necesario que Israel se convierta, con la fidelidad y la oración, volviendo a Dios salvador. Es lo que el salmista expresa, al afirmar: "No nos alejaremos de ti" (Sal 79, 19). Así pues, el salmo 79 es un canto marcado fuertemente por el sufrimiento, pero también por una confianza inquebrantable. Dios siempre está dispuesto a "volver" hacia su pueblo, pero es necesario que también su pueblo "vuelva" a él con la fidelidad. Si nosotros nos convertimos del pecado, el Señor se "convertirá" de su intención de castigar: esta es la convicción del salmista, que encuentra eco también en nuestro corazón, abriéndolo a la esperanza”.
Con este salmo podemos hoy pedir por la Iglesia y sus pastores. También el nuevo Israel sucumbe frecuentemente ante el enemigo, y le falta mucho para ser aquella vid frondosa que atrae las miradas de quienes tienen hambre de Dios: «Tú, Señor, elegiste a la Iglesia para que llevara fruto abundante, tú la quisiste universal, quisiste que su sombra cubriera las montañas, que extendiera sus sarmientos hasta el mar; y, fíjate, sus enemigos la están talando, su mensaje topa con dificultades, su Evangelio, con frecuencia, es adulterado; pon tus ojos sobre tu Iglesia, despierta tu poder y ven a salvarnos, que tu mano proteja a los pastores, a nuestro obispo, el hombre que tú fortaleciste para guiar a tu Iglesia. Ven, Señor Jesús, y sálvanos (Pedro Farnés).
Siento alegría, Señor, al ver que puedo dirigirme a ti hoy con las mismas palabras que tú inspiraste en otras edades; que puedo rezar por tu Iglesia la oración que el salmista rezó por tu pueblo cuando tu palabra se hacía Escriturñ y cada poeta era un profeta. Conozco la imagen de la vid y los sarmientos y el muro alrededor y la destrucción del muro y su restauración a cuenta tuya para protegerla. Me veo a mí mismo en cada palabra, en cada sentimiento, y rezo hoy por tu vid con palabras que han sonado en tus oídos desde el día en que tu pueblo comenzó a llamarse tu pueblo… La vid, los pámpanos, las montañas, la cerca. Destrucción y ruina; y el hombre a quien escogiste y fortaleciste. Términos de ayer para realidades de hoy. Tú inspiraste esa oración, Señor, y tú la preservaste en escritura santa para que yo pudiera presentártela hoy con nuevo fervor en palabras añejas. Te complaces en oír esas palabras, tuyas por su edad y mías en su urgencia; y si te complaces en oírlas, es porque quieres hacer lo que en ellas dices y quieres que yo te vuelva a decir. Con esa confianza rezo, y disfruto al rezar en unión de siglos con palabras de otro tiempo y vivencias del mío. Bendita continuidad del pueblo de Dios que sigue en peregrinación por el desierto del mundo. «Señor Dios de los Ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve» (Carlos García Vallés).
3. Flp 4, 6-9. El modelo de comportamiento que se propone a los creyentes es el del mismo Pablo, en tanto que su vida es una vida en Xto. El cristiano no será nunca un hombre pasivo, sino que se interesa por todo lo bueno y justo que hay en el mundo: las cualidades que aquí se enumeran ("lo que es verdadero, noble, justo...") formaban parte del ideal del mundo pagano de la época. Todo esto lo vivirá el cristiano desde su pertenencia a Xto y dará como fruto la presencia de Dios en él (J. Roca).
Vamos a decir algo sobre ese “amor al mundo” que aletea en la Buena Nueva. A lo largo de la historia hemos visto concepciones de la vida muy pegadas a gozar de la tierra, y otras que desprecian esta realidad y buscan el cielo. Joan Maragall en su cántico espiritual se refería a un mundo al que amaba, y le costaba imaginar algo más grande: “si el mundo es ya tan hermoso, Señor, … / ¿qué más nos podéis dar en otra vida? /… querría / detener muchos momentos de cada día / para hacerlos eternos dentro de mi corazón”; su fe le llevaba no sólo a pensar en un más allá, sino ver a Dios en nuestra realidad, por eso acababa su plegaria diciendo: “¡Déjame creer, pues, que estás aquí!” Luego, quizás llevado por un escrúpulo de exceso de “vitalismo”, añadió la estrofa final sobre la maravilla del cielo. Hay quien piensa que el gozo del mundo no es bueno, hay un miedo a quedarse con lo humano: “¿puede pregustarse la felicidad eterna en esta vida temporal hasta el punto de volverse innecesaria la misma felicidad eterna?”, pero si bien hace años había este tipo de dificultades culturales, ahora podemos entender lo que quiso decir el poeta: sin miedo a la vida, pues este amor por la vida no está reñido con el deseo del más allá. “¿Es bueno sentirse feliz ya aquí, sin perder la fe en el más allá?” Y respondemos claramente: ¡sí! El placer no es pecado, y la vida no es sólo un “valle de lágrimas” donde es obligatorio llorar; decía una mujer: “es un valle de lágrimas la vida, pero, ¡qué bien se llora!”. La vida no es sólo mirar al más allá, olvidando disfrutar del regalo que Dios nos ha hecho. Si el mundo es un regalo divino (volviendo a la poesía citada), y Dios nos ha hecho un jardín delicioso como regalo, ¿no sería una blasfemia cerrar los ojos y despreciar este regalo? ¿Cómo se agradecen los regalos? Abriendo el envoltorio, y disfrutándolos. Pues por ahí va la poesía. Oímos hablar mucho de que la vida moral es hacer la voluntad de Dios en el cumplimiento de obligaciones, cuando lo que Dios quiere en ese cumplir por amor es que seamos felices: “la felicidad del cielo es para los que saben ser felices en la tierra”, decía San Josemaría Escrivá quien hablaba de “amar el mundo apasionadamente”.
He podido visitar una exposición en el Museo del Prado sobre el retrato en el Renacimiento, cuando la expresión de los rostros se vuelve arte, belleza en sí misma, sin necesidad de ser un “pretexto” para un motivo religioso. Ahí, el renacimiento es humanismo que conecta con aspectos de la antigua Roma, que reciben una nueva vitalidad en la cultura cristiana. Pero en la historia ha sido difícil encontrar un equilibrio, el maniqueísmo ha hecho que a veces no se acepte la belleza y el gozo en sí mismos. El cielo será también belleza y encanto, y no se llega a él sólo a través de obligaciones y cosas desagradables, palabras muertas que no mueven: “¿Cuando llegará el momento que despreciaréis cualquier otro ritmo y no hablaréis sino con palabras vivas? Entonces seréis escuchados con entusiasmo y vuestras palabras misteriosas darán frutos de vida verdadera y desvelaréis entusiasmo” (decía también Joan Maragall). San Ireneo nos dará una aportación importante para captar lo que es la gloria de Dios, la voluntad de Dios: "Gloria Dei vivens homo", la gloria de Dios es la vida del hombre, y la vida del hombre es la visión de Dios. Esto está bien lejos de considerar a Dios como un ser lejano de los hombres, como un rey que recibe el tributo de los hombres con una especie de autocomplacencia. La gloria de Dios es nuestra vida plena, humana y divina: hacia el más allá, viviendo “a tope” nuestra existencia actual, con una “alegría de vivir” que lejos de ser un vitalismo hueco, hedonista, es una verdadera pasión por la vida en la que ya tenemos “el más allá”, pues “Dios está aquí”, “en presente”: abrir los ojos a la vida es alegría, sentirse en casa, libres, sin atarse a nada más que al amor que procede de ese Dios que nos ama… eso es la vida. Jesús amaba la vida con asombro y entusiasmo, sabía disfrutar de todo lo humano, dentro del camino pascual.
El cristiano debe estar siempre abierto a los auténticos valores. En el último capítulo de su carta, Pablo da a los filipenses unos consejos. En primer lugar, hace una invitación a la alegría (4,4). La causa de esta alegría es la próxima venida del Señor (v. 5). Es cierto que dicha venida ha de ser también motivo de vigilancia y que no podemos vivir "alegremente", pero debemos descansar de todas nuestras preocupaciones en el Señor. Por eso Pablo añade: "Nada os preocupe". Es una llamada a la serenidad de ánimo que nace de la confianza en Dios y que nos libera de la inquietud propia de cuantos no tienen en quien confiar.
La petición es la oración del pobre, del que todavía no ha llegado, del que todavía camina hacia la plenitud de Dios. Por eso es la oración de los cristianos que esperan la venida del Señor. Por otra parte, sabemos que Dios nos ama y se ha revelado en su Hijo, Jesucristo. Así que tenemos siempre motivos para dar gracias a Dios, y nuestras peticiones deben ir acompañadas incesantemente de la acción de gracias.
La "paz de Dios" porque viene de Dios y no es la paz que el mundo puede dar. Esta es la paz que posee el que sabe conjugar en su vida la responsabilidad vigilante y la petición a Dios de lo que todavía espera, con la seguridad de una fe agradecida por lo que ya ha recibido en Jesús. Pablo, que escribe desde la cárcel y a la vista de sus guardianes, compara esta paz de Dios a los guardianes que Dios pone ante las puertas del corazón y de la mente para que nada perturbe la serenidad interior. Pero esta paz de Dios, que nos custodia de falsos temores, nos libera por ello mismo para apreciar y aceptar sin recelo cuanto de bueno hay en el mundo. Los cristianos tienen que tener siempre abierto el corazón a todos los valores que, no siendo específicamente suyos, son sin embargo auténticos (“Eucaristía 1981”).
Muchos cristianos creen que la moral cristiana es "otra cosa"/otra moral alejada de la vida. El cristianismo no se inventa una moral propia haciendo tabla rasa del sentido común y de la conciencia ética. Se hace uno la pregunta: Si el Evangelio era una Buena Nueva, si era efectivamente algo nuevo, ¿había también una moral nueva? La moral antigua, la ética del sentido común y de la ley natural, ¿seguía teniendo vigencia para ellos, o el cristianismo suponía una moral nueva, inventada, partiendo de cero, haciendo tabla rasa del sentido moral habitual? La pregunta no se quedó allí. Pablo respondió claramente en un texto que este domingo leemos en la liturgia de la Palabra. Pero la pregunta sigue latiendo hoy, porque nuestra conducta habitual no se basa sobre la respuesta de Pablo, sino sobre unos supuestos bien distintos. En efecto, si miramos bien el sentir común de muchos cristianos, observaremos que existe el supuesto, consciente o inconscientemente, de que la moral cristiana es "otra cosa", otra moral alejada de la vida. Existe, diríamos, el convencimiento de que la moral cristiana pide a sus seguidores cosas muy alejadas de la vida. Las cosas ordinarias, las realidades diarias, las tareas e implicaciones sociales o personales modernas -y no pocas de las muy antiguas- quedan como fuera de la moral cristiana habitual porque se piensa que ésta es, efectivamente, otra cosa. Alejada de la vida real, o reducida a unas parcelas de la misma, para muchos la moral queda en unas “cosas” que son desgajadas de las relaciones humanas y sólo se consideran aspectos familiares, la sexualidad y a la disciplina de la Iglesia (precepto dominical). Fuera de eso parece que ella no tiene ya nada que decir. Quedan fuera de la moral cristiana las grandes realidades diarias. De hecho muchos piensan que las obligaciones de las leyes de tráfico -en las que tantas veces jugamos con la vida propia y la ajena- son una cuestión civil, pero no moral frente a Dios. Muchos cristianos han podido intentar defraudar a Hacienda en sus declaraciones porque esto, ya se sabe, no tiene que ver para ellos con la moral cristiana. El mundo de la corrupción administrativa y jurídica, las recomendaciones, tráfico de influencias, las injusticias en los procedimientos administrativos y legales está también lamentablemente protagonizados por cristianos que viven tranquilos de conciencia en esas irregularidades, porque para ellos la moral cristiana es "otra cosa". Y no digamos aspectos más importantes aún si cabe, como las relaciones laborales, los compromisos políticos, el paro, el hambre en el mundo, el subdesarrollo... son cuestiones irrelevantes desde el punto de vista moral cristiano, porque la moral cristiana se refiere, efectivamente, a "otras cosas". ¿Y la obligación de estar formado cristianamente, siempre?, ¿el esfuerzo de evangelización, de compartir sus bienes en la comunidad cristiana, en participar activamente en la vida de la Iglesia?... Por eso la palabra de Pablo puede hoy de nuevo conmover nuestras conciencias, nuestra moral cristiana tradicional: "todo lo que es bueno, noble, bello, justo, verdadero, amable, laudable... tenedlo en cuenta". El cristianismo no se inventa una moral propia haciendo tabla rasa del sentido común y de la conciencia ética natural. Cierto que tiene aspectos propios, nuevos, peculiares, que da una nueva perspectiva a todo el conjunto. Pero no queda reducida a ser "otra cosa". Se impone la tarea de redescubrir la moral cristiana, de ampliarla a sus verdaderas dimensiones. Porque Jesús no trajo una moral nueva, más sofisticada o perfeccionada. Jesús trajo el anuncio de un Reino nuevo, que tiene en cuenta todo lo que es bueno, noble, bello, justo, verdadero amable, laudable... El día que "tengamos en cuenta" todo esto ganará mucho prestigio la moral cristiana. Que sea pronto (“Dabar 1981”).
Pablo no cae en la trampa de concretar excesivamente esta exhortación a la práctica. El obrar está enraizado y brota espontáneamente del ser, de la condición humana. Pero el modo de proceder ha de estar matizado conforme a las circunstancias concretas de cada uno, y tomando como último criterio la propia conciencia. Si no se quiere tratar a los cristianos como a niños, se ha de procurar que sean autónomos y responsables en su conducta. De ahí que Pablo suela limitarse a recomendaciones generales como las de este párrafo de Flp. Naturalmente, en otras ocasiones, cuando es necesario, desciende a más detalles, como en 1 Co, pero eso no suele ser su talante (F. Pastor). Con un destino muy incierto, se despide de los filipenses. Y lo hace con una invitación a la paz: "Nada os preocupe". Ahora bien, esta actitud del cristiano no surge de una filosofía o modo de entender la vida a nivel simplemente humano, sino que surge de la seguridad del próximo encuentro con el Señor: -"Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús": La paz que proviene de Dios está en otro plano que la paz que proviene de las posibilidades humanas y de su modo de comprenderla. Es una paz que, como un centinela, mantiene al cristiano adherido de corazón y pensamiento a Jesucristo (Joan Naspleda). Pablo esboza aquí para sus amigos de Filipos un estilo de moral, una forma de comportamiento que no tiene nada que ver con la moral pagana, sino que camina en otra línea. Señala varios puntos de apoyo que los creyentes harán bien en tomar. El primero es que el actuar cristiano se desarrolla en la oración, en un clima de ternura en Cristo Jesús. La prescripción de toda moral queda desplazada por una visión de amor y esto lo expresa el creyente en la acción de gracias. Algo que cada domingo toda comunidad cristiana se esfuerza por poner de manifiesto. Según el pensamiento de Pablo (Cf Rom 5), la paz no es algo que se caracteriza exclusivamente por la ausencia de guerra, no es siquiera una virtud moral, sino es el saberse salvado por Jesús. Esta es la paz fundamental de la que dimana toda otra paz. Pues bien, el creyente tendrá que esforzarse, si quiere ser consecuente con el hecho de Jesús, por ser un hombre de paz. El cristiano es, por definición, un pacifista, un no violento nato, un antimilitarista profundo, porque cree que el mejor medio para llegar al entendimiento entre dos personas es el camino de la paz. Construir la paz es querer infundir serenidad y coraje, simpatía y ánimo. El creyente, dice también Pablo, se caracteriza por una gran humanidad. Queda superada la concepción del que se aleja de los hombres porque le defraudan y "se refugia" en Dios. Ciertamente ese Dios no lo es tal, porque el Dios de Jesús pasa por el hombre Jesús. Por eso se podría definir al creyente como un apasionado por todo lo humano, por mejorar lo que se pueda mejorar dentro de la vida del hombre, por hacer al hombre más hombre. Y todo ello por exigencias de la fe. Este es el fruto que Dios espera del derroche de amor que ha hecho con el hombre (cf 1. lectura). Otras veces se ha propuesto Pablo a sí mismo como modelo de imitación en la lucha de la fe (3, 17; 1 Cor 4, 16; 1 Tes 4, 1). No es de ningún modo un orgullo fatuo sino la seguridad que da el mantenerse en fidelidad, la seguridad del profeta de verdad. El que desea avanzar por caminos de fe hará bien en animarse y tomar conciencia a través de los que se han lanzado a este trabajo de amor que es la fe en la más completa generosidad (“Eucaristía 1978).
4. Mt 21, 33-43 (paralelos: Mc 12, 1-12 Lc 20, 9-19). Un hombre desechado por sus contemporáneos, que llegaron hasta hacerle morir, se ha convertido en la base de una comunidad nueva. Esta maravilla de la que sólo Dios es capaz, se produjo una vez en Jesús, la piedra que es clave de todo el edificio de la humanidad. A los oyentes de la parábola toca ahora elegir. Cada uno ha de tender a estar ligado a esta piedra, para con ella, por ella, gracias a ella, encontrarse integrado en el edificio; cada cual ha de atender a que esta piedra no sea la roca sobre la que uno cae y se rompe los huesos, o la piedra que se desprende y cae, aplastando al que se encuentra debajo (Louis Monloubou).
Después de tantos emisarios para los arrendatarios de la viña, con la misión del Hijo se pone en evidencia el último intento realizado por Dios, su extremo y definitivo "mensaje" para los rebeldes. Marcos (12. 1-12) precisará: "...Todavía le quedaba uno, su hijo querido". Es una expresión que me desconcierta cada vez que la leo. Parece que Dios ha quedado al borde de la pobreza. Le queda solamente el hijo. El último tesoro que arriesgar en ese "juego" en donde hasta ahora sólo ha encontrado mala suerte. "Y se lo envió el último..." (Mc; mejor que Lc: "por último, les mandó"). Jesús es verdaderamente el último, el "eskatos", desde la perspectiva de Dios. No el último en relación al tiempo, no el último de una serie de intentos. El ultimo, es decir, el definitivo, todo. Después del cual ya no queda nada (en él lo da todo: San Juan de la Cruz). Ahora Dios es verdaderamente el pobre por excelencia. Pobre porque ha dado todo. En su incurable pasión por los hombres no se ha quedado ni con su Hijo. También se lo "ha jugado". Dios es pobre. La prueba está en que, con la venida de Jesús, no les falta nada a los hombres.
-La conducta de los labradores se juzga durante la ausencia del amo. Se diría que la ausencia de Dios garantiza el trabajo del hombre. Nadie está desocupado, gracias a ella. "El Dios de la confianza es también el Dios de la ausencia. Pero hay que comprender exactamente esta ausencia. Esta significa sólo que Dios nos toma en serio, nos deja el campo libre. Desaparece. Deja su puesto. No se trata ni de abandono, ni de evasión ni de deserción. Es un signo de amor. Se podría decir que se va el Dios de los filósofos y de los sabios (el Dios de la Religión). Y se queda en medio de nosotros únicamente el Dios confiado, pero débil, de la revelación. El Dios que pretende actuar exclusivamente a través del amor que lleva a los hombres" (A. Maillot; Alessandro Pronzato).
La garantía de permanencia para la Iglesia, no asegura la estabilidad de una iglesia local; mayores árboles han caído aunque el bosque permanezca (norte de África en el primer milenio… ahora quizá otras regiones). Mucho menos asegura una fe personal, que hemos de mirar con temor y temblor como tesoro que puede perderse, y que cada día habremos de pedirla de rodillas con súplicas y oraciones. ¿Cómo puede alguien decir: "a mí nadie me quita la fe", como si tuviera un título de propiedad sobre ella y no fuera el don cuyo disfrute nos permite el Señor para fructificar en bien del mundo? (Miguel Flamarique). Jesús dirige su palabra crítica a los sumos sacerdotes y senadores del pueblo, a los jefes de Israel, y a los fariseos (v. 45). La viña de la parábola es todo el pueblo de Israel, pero los jefes son los responsables que deben cuidar de esa viña y dar al amo lo que le pertenece y espera; esto es, el derecho y la justicia (primera lectura de hoy). No hay padre que entregue a su hijo a semejante banda de criminales, pero Dios ha amado tanto al mundo que ha entregado a su propio Hijo para que se salven cuantos crean en él y tengan vida (Jn 3, 16). En estas palabras de Jesús hay una profecía de la muerte que le espera en Jerusalén y una confesión indirecta de que él es el Hijo de Dios. Mateo, teniendo en cuenta los acontecimientos de la crucifixión de Jesús en el calvario, dice aquí que los arrendatarios, agarrando al heredero, "lo empujaron fuera de la viña y lo mataron". Recordemos que Jesús murió fuera de los muros de Jerusalén, rechazado por los jefes de Israel y el pueblo judío. Hecho éste al que atribuye un hondo significado el autor de la carta a los hebreos (13, 12s). Jesús acostumbraba a referirse a su muerte sin olvidar nunca la resurrección (16, 21; 17, 23; 20, 19). Por eso añade ahora una alusión a su exaltación final, sirviéndose de la cita del salmo 118 (“Eucaristía 1990”). La parábola de la viña describe alegóricamente los principales acontecimientos de la relación entre Dios y su pueblo: la alianza, los profetas, la venida del Hijo y su muerte. Y se añade que el rechazo de Jesús por parte de los hombres será transformado por Dios en glorificación. El pueblo elegido ha de velar siempre para dar fruto a su tiempo (Misa dominical 1990). Y así acudimos a la misericordia divina: "Con amor generoso desbordas los méritos y deseos de los que te suplican"… (colecta); en el Misterio, que es la realidad de Dios, nosotros nos hallamos inmersos. Dios es más grande que nuestros méritos y deseos. Es más grande que nuestra conciencia y nuestras súplicas. Y aquí radica nuestra confianza: "en caso de que nos condene nuestra conciencia, Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo" (1Jn 3, 20). Al fin y al cabo, el cristiano no descansa en sí mismo (en sus méritos, deseos, súplicas, en el arrepentimiento que experimenta por las faltas que condena su conciencia...). El cristiano descansa en la bondad del Padre que se ha manifestado en Jesús, el Señor. Y el mismo ir al Padre es también obra del Espíritu del Padre y del Hijo: "El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; ...intercede por nosotros" (Rm 8,26; José Totosaus).
sábado, 1 de octubre de 2011
viernes, 30 de septiembre de 2011
Sábado de la semana 26ª del tiempo ordinario. En medio de las penas el Señor enciende la esperanza de la salvación. En el nombre de Jesús nos Dios nos
Sábado de la semana 26ª del tiempo ordinario. En medio de las penas el Señor enciende la esperanza de la salvación. En el nombre de Jesús nos Dios nos concede todo
Evangelio de Lucas 10,17-24: En aquel tiempo, regresaron alegres los setenta y dos, diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño; pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos».
En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».
Comentario: 1.- Ba 4,5-12.27-29. Sigue el profeta Baruc, esta vez animando al pueblo a volver decididamente a Dios. Ante todo, repite la idea de que las desgracias que les están abrumando las tienen bien merecidas: "os entregaron a vuestros enemigos porque os olvidasteis del Señor que os había criado". Es patética la queja que pone en labios de Jerusalén, la madre que ha perdido a sus hijos y además se siente viuda: "Dios me ha enviado una pena terrible, mandó cautivos a mis hijos e hijas: yo los crié con alegría y los despedí con lágrimas de pena. Que nadie se alegre viendo a esta viuda abandonada de todos". Pero prevalece la esperanza: "ánimo, pueblo, ánimo, hijos, gritad a Dios, que el que os castigó se acordará de vosotros, os mandará el gozo eterno de vuestra salvación". Eso sí, deben convertirse a él: "volveos a buscarlo con redoblado empeño".
El destierro ayudó al pueblo israelita a madurar en su fe. Las pruebas de la vida nos templan, nos van puliendo, nos hacen revisar nuestros caminos y reorientar la dirección de nuestras vidas. A Ignacio de Loyola la herida de Pamplona le resultó providencial para encontrar cuál era la voluntad de Dios sobre su futuro. A nosotros, los diversos acontecimientos de la vida, también las desgracias y hasta nuestros propios fallos y pecados, nos recuerdan que somos frágiles y nos urgen a adoptar una actitud, ante Dios y ante los demás, no de orgullo y autosuficiencia, sino de humildad. Además, nuestros fallos, los de cada uno de nosotros, empobrecen a toda la comunidad eclesial. Se pueden poner en labios de la Iglesia los lamentos que Baruc pone en boca de Sión, abandonada y empobrecida por sus hijos. El remedio es, según el profeta, que volvamos a Dios: "si un día os empeñasteis en alejaros de Dios, volveos a buscarlo con redoblado empeño". Es una consigna para cada uno de nosotros. Con nuestra vuelta al buen camino, no sólo saldremos ganando nosotros, sino llenaremos de alegría el corazón de la Madre Iglesia y enriqueceremos a toda la comunidad.
-¡Animo, pueblo mío!... El mismo profeta que ayer hizo que fuesen conscientes de su propia participación al pecado del mundo a las comunidades judías dispersas en el paganismo, les envía ahora un mensaje de esperanza.
-Habéis sido vendidos a las naciones paganas, pero no para vuestra destrucción; por haber provocado la ira de Dios, habéis sido entregados a los enemigos. Pues irritasteis a vuestro Creador. Sería un error extrañarnos de esos antropomorfismos que prestan a Dios unos sentimientos humanos. Cómo hablar de Dios de otro modo que con nuestras palabras y nuestras experiencias corrientes... Aquí se presenta la experiencia de una padre, o de una madre que castiga a sus hijos porque los ama y no para «destruirlos», sino para conducirlos a la felicidad verdadera.
-Olvidasteis al Dios eterno, el que os sustenta. Contristasteis a Jerusalén, la que os crió... En efecto, se trata de la experiencia maternal. Este lenguaje nos anuncia ya lo que el evangelio nos repetirá en términos inolvidables. Dios sufre más que nosotros de nuestros pecados.
-Con gozo los había yo criado. Los he despedido con lágrimas y duelo. Que nadie se regocije de mi suerte, que soy viuda y abandonada de todo el mundo. Estoy sola a causa de los pecados de mis hijos, porque se apartaron de la ley de Dios. Es con «lágrimas y duelo» también que el padre del hijo pródigo verá «partir» a su hijo. Otro antropomorfismo emocionante: ¡mis pecados hacen «sufrir» a Dios! Y Jerusalén, personificada como una viuda dolorosa, es la imagen del sufrimiento de Dios. Esas imágenes concretas son más elocuentes que todos los tratados de teología. Conviene contemplar esas hermosas comparaciones, que nos hablan de Dios: un padre a quien los hijos hacen sufrir, una madre abandonada por sus hijos... Sí, mi pecado no es ante todo una infracción a un orden legal, ¡es una relación de amor rota, una herida hecha al corazón de alguien! ¡Piedad, Señor, porque hemos pecado!
-¡Animo hijos! clamad a Dios. El que os infligió la prueba se acordará de vosotros. Una infracción a una Ley permanece ineluctablemente: ¡el mal está hecho! Cuando un vaso se rompe, queda roto para siempre. A este nivel de apreciación, el mal es dramático. Pero una relación de amor puede restablecerse. Y el perdón concedido, lo mismo que la gestión de reconciliación, pueden ser el origen de un mayor amor (Lucas 7, 36-50.)
-Vuestro pensamiento os ha llevado lejos de Dios. Una vez convertidos, buscadle con ardor cada vez mayor. Esta es la gran maravilla: podemos, efectivamente apoyarnos sobre la conciencia del pecado para amar diez veces más a ese Dios que nos ha perdonado.
-Pues el que trajo sobre vosotros estas calamidades, os traerá la alegría eterna con vuestra salvación. ¡La alegría eterna! Tal es la intención de Dios. Y la desgracia que nos viene de nuestros pecados puede, de hecho, ser un trampolín que nos haga desear la felicidad que Dios quiere para nosotros, y más aún que nosotros (Noel Quesson).
En estos versículos, que constituyen el primer discurso profético del libro de Baruc, explica el autor el sentido del castigo que implica el exilio, pero a la vez abre las esperanzas de su pueblo afectuosamente llamado «pueblo mío», con la promesa de un retorno definitivo. De manera figurada, el exilio está descrito como una transacción comercial con la que Dios vendió a su pueblo, que en virtud de la alianza era suyo como esclavo a Babilonia. La finalidad de esta venta no era su destrucción total, sino abrirle los ojos del arrepentimiento para retornar al Señor. El pecado está descrito en términos de desnaturalización idolátrica: «Porque irritasteis a vuestro Creador, sacrificando a demonios y no a Dios. Os olvidasteis del Señor eterno que os había creado» (vv 7ss). Dios es descrito como una nodriza que alimenta a su pueblo a lo largo de la historia. Jerusalén es personificada como una mujer que ha perdido marido e hijos, por el trágico destino que les ha tocado: «Yo los crié con alegría, y los despedí con lágrimas de pena» (11). Desde el versículo 19 al 29 se extiende la bella plegaria de la Jerusalén madre que pide como un nuevo nacimiento para los hijos, el nacimiento del regreso. Nuevamente se manifestará el Señor con el poder de su gloria, es decir, como salvador. La revelación de Dios con su «gloria» solamente se da en momentos importantes de la historia de salvación. La «gloria de Dios» es Dios mismo que se manifiesta como salvador. El autor nos habla de Dios no en la distancia de la relación objeto-sujeto, sino en el sentido de que la palabra y la realidad de Dios provocan una situación decisoria. De acuerdo con el concepto bíblico de verdad en tanto que fidelidad, la alternativa no es conocer o ignorar, sino aceptar o rehusar, fidelidad o traición, salvación o condenación, vida o muerte. De aquí el estilo de la cólera de Dios, que forma parte del pathos divino, y que se integra bien en el cuadro de la religión de la alianza, en cuya base se encuentra la afirmación de la soberanía de Yahvé. La cólera aparece como un aspecto particular de los celos divinos, pero que nunca es la última palabra tal como lo presenta Baruc y como lo expresa bellamente el Sal 30, 6: «Su cólera inspira temor, su favor da vida». Los celos significan en el lenguaje bíblico lo absoluto y profundo del amor de Dios y la lógica de la respuesta del hombre. Los textos más remotos del AT conocen el amor indulgente de Dios y hasta en los castigos descubren el efecto de este amor, ya que por este medio Dios quiere conducir al hombre a la verdadera conversión: «Yahvé es un Dios compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel que conserva la misericordia hasta la milésima generación, que perdona culpas, delitos y pecados, aunque no los deja impunes» (Ex 34,6-7; F. Raurell).
Yo soy tu Dios y Padre, y no enemigo a la puerta de tu casa. Dios compasivo, misericordioso y siempre fiel para con nosotros, ¿quién podrá negar que su amor hacia nosotros no tiene fin? Es verdad que muchas veces permite que quedemos atrapados en las redes del dolor, del sufrimiento, de la enfermedad como consecuencia de nuestras rebeldías en contra suya; sin embargo, Él siempre tiene puesta en nosotros su mirada amorosa; siempre está dispuesto a perdonarnos y a liberarnos de la mano de nuestros enemigos. Por eso, no sólo lo hemos de invocar, sino que hemos de hacer volver hacia Él nuestro corazón humilde y arrepentido, para pedirle perdón, pues Él siempre está dispuesto a recibirnos nuevamente como a hijos suyos en su casa, dándonos así su salvación y llenando de alegría y de paz nuestra vida. La Iglesia de Cristo ha de salir al encuentro de todos aquellos que se empeñaron en alejarse de Dios, para que, proclamándoles la Buena Nueva del amor que el Señor les sigue teniendo, lo busquen con mayor empeño y vuelvan a Él; entonces el Señor hará realidad su Reino entre nosotros, puesto que reconoceremos a un único Dios y Padre nos amaremos como hermanos unidos por un mismo Espíritu.
2. Sal.68. Si hacemos caso del salmo, "buscad al Señor y vivirá vuestro corazón", entonces sucederá además que "el Señor salvará a Sión, reconstruirá las ciudades de Judá y los que aman su nombre vivirán en ella".
Ante los momentos de desgracia el hombre sabio reconoce que ha fallado a Dios; entonces entona un salmo de humillación y de reconocimiento de la propia culpa, pidiendo al Señor misericordia. Y el Señor, siempre rico en misericordia, no olvida la vida de sus cautivos y sus pobres, sino que los salva y les devuelve la paz y la alegría. Por eso, quien ha recibido tan grandes muestras del amor misericordioso de Dios lo ha de proclamar a todos, para que también ellos despierten su confianza en el Señor y le den una nueva orientación a su vida. Entonces seremos capaces, con la Fuerza de Dios, de construir nuestra ciudad terrena como una presencia del Reino de Dios entre nosotros.
Hay en vv 36-37, en sentido cristológico, “una plegaria del Salvador, pronunciada en función de su humanidad, y recoge tmabién las causas por las que fue conducido a la muerte en la cruz. Además, cuenta claramente sus sufrimientos, así como las desgracias que tenían que acaecerles a los judíos después de su Pasión. En cuanto a que el Señor ha presentado esta plegaria en función de su naturaleza humana, esto está indicado al final del salmo cuando dice: el Señor escucha a los necesitados, no desdeña a sus cautivos” (S. Atanasio).
3.- Lc 10,17-24. La vuelta de los 72 discípulos de su ensayo misionero es eufórica: "hasta los demonios se nos someten en tu nombre". Jesús les escucha, les anima y se deja contagiar de su optimismo: "lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó: te doy gracias, Padre...". Y alaba a Dios porque revela estas cosas a los sencillos de corazón y no a los que se creen sabios. Habla también de su íntima unión con el Padre, que es la raíz de su misión y de su alegría, y entona la bienaventuranza de sus seguidores: "dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis".
También hay momentos de satisfacción y éxitos en nuestra vida de testimonio cristiano. Como aquellos discípulos, sería bueno que tuviéramos alguien con quien poder compartir nuestros interrogantes y dificultades, y también nuestras alegrías. Que sepamos "rezar" nuestra experiencia, tanto si es buena como mala. Que la convirtamos en alabanza y en súplica ante Dios. Que sepamos dar gracias a Dios porque sigue moviendo los corazones de muchos, e iluminando a los de corazón sencillo, y triunfando de los poderes del mal y abriendo las puertas de su Reino a muchas personas.
También personalmente podemos sentirnos satisfechos: lo que han visto nuestros ojos -la riqueza de la fe, de la verdad, de la salvación que Dios nos ha concedido en Cristo Jesús- es una suerte que no todos tienen. Podremos estar contentos, como les dijo Jesús a los suyos, de que "nuestros nombres están inscritos en el cielo". Es legítima y profunda la alegría que sentimos por la fe que Dios nos ha concedido y por haber sido llamados a colaborar en el bien de los demás (J. Aldazábal).
La misión de los setenta y dos discípulos se ha visto a veces coronada por el fracaso (cf. Lc 10, 10), pero ha sido con más frecuencia coronada por el éxito (v. 17). La maldición de las ciudades hostiles (Lc 10, 10-15) hace olvidar lo uno, mientras que la alegría y el triunfo son la recompensa de los otros (vv. 18-20). Los discípulos vuelven de la misión, conscientes de haber liberado a los hombres del mal, moral y físico (v. 17), por el uso que han hecho de la potencia mesiánica (el nombre) de Jesús. Este les explica que una victoria semejante es el signo de la derrota de las fuerzas cósmicas que dominaban al hombre hasta entonces (v. 18). Satán y sus tropas estaban, en efecto, designados a vivir en los aires desde dónde imponían a las criaturas gran cantidad de alienaciones. La llegada de Jesús abole este estado de esclavitud y permite al hombre acceder a la libertad. Este es el mensaje de este Evangelio.
El v. 20 matiza, sin embargo, la alegría de Cristo y de los discípulos. No es la liberación lo que cuenta, sino el fin a que conduce: la participación del hombre en el reino de Dios (representado aquí de forma bastante "judía", bajo el aspecto de una inscripción en los registros de ciudadanía del cielo). La Iglesia tiene el deber de revelar al hombre que escape verdaderamente a la fatalidad y que conserve su propia vida en sus manos. Realiza esta función cuando sus miembros denuncian la servidumbre del hombre a las potencias económicas y políticas de todos los confines y colaboran en la edificación de un universo realmente humano. Realiza esta función cuando sus miembros liberan a sus hermanos de la adquisición de atavismos y hábitos, del legalismo y de sacralizaciones ilusorias. Pero no basta con denunciar las alienaciones; es preciso curar las heridas. Hacer "bajar a Satán del cielo", es hacer las ciudades más humanas, es luchar contra las segregaciones de todas clases, es suprimir las razones que motivan la opresión, es reformar las estructuras políticas cuando se muestran incapaces de resolver los problemas de la sociedad moderna (alojamiento, enseñanza, etc.), es luchar contra las enfermedades mentales, la vejez y el aislamiento, es rechazar las presiones que arrastran a los hombres al vicio y a la injusticia (Maertens-Frisque). Y sobre todo llevar el Evangelio, la palabra que salva…
La misión cristiana (y toda la obra de Jesús entre los hombres) se ha interpretado a partir de la caída de Satán (10,18). El tema pertenece al mito apocalíptico judío, en que se alude a la presencia del diablo sobre el cielo. Ciertamente, su lugar y su función se diferencian del lugar y la función de Dios, pero se piensa que Satán ha puesto el trono en las esferas superiores y domina desde allí toda la marcha de los hombres sobre el mundo. Pues bien, la predicación de Jesús y de la iglesia se interpreta aquí como derrota de Satán, que ha sido destronado, cae sobre el mundo y pierde su poder sobre los hombres. Ap 12 ha introducido esa caída dentro de una concepción conjunta de la historia. Lucas, transmitiendo quizá una vieja palabra de Jesús, se ha contentado con mostrar el hecho: la misión cristiana es el acontecimiento cósmico donde se está jugando el destino de la realidad (la presencia de Dios, la derrota de lo malo).
A la luz de esta experiencia se sitúa la función de los misioneros. Su victoria sobre Satán se traduce en el hecho de que son capaces de vencer (o superar) el mal del mundo (10, 19). Por eso se les viene a declarar dichosos; son dichosos porque están experimentando aquella plenitud mesiánica que los viejos profetas y los reyes de Israel habían anhelado (10, 23-24). Sin embargo, su auténtica grandeza está en el hecho de su encuentro personal con Dios: sus nombres pertenecen al reino de los cielos (10, 20). Esta victoria de los misioneros de Jesús sobre la fuerza de Satán desvela el contenido más profundo de los humano. El hombre no es un esclavo de los elementos cósmicos, ni está sometido a los poderes irracionales del mal, ni puede darse por vencido ante la miseria de los otros hombres o del mundo. Los enviados de Jesús han recibido el poder de superar la maldición de nuestra tierra; por eso tenemos la certeza de que la suerte final se encuentra de su lado.
En esta dimensión se descubre la "grandeza" de los hombres. Grandes son los sabios que suponen que la vida se encuentra de su lado; piensan que son fuertes y rechazan la ayuda que Jesús le ha ofrecido. Por eso quedan solos. Mientras tanto, los pequeños se mantienen abiertos al misterio y comprenden (o reciben) la verdad de Jesucristo (10, 21).
Sobre este plano se formula una de las revelaciones definitivas del misterio de Jesús. Jesús alaba al Padre por el don que ha regalado a los pequeños (10, 21) y descubre la unión en que los dos están ligados. "Todos me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre..." (10, 22). En este contexto, conocerse significa estar unidos. Jesús y el Padre constituyen un misterio de unidad y entrega en que penetran todos los que quieren recibir al Cristo.
A manera de conclusión podemos afirmar: la misión se estructura como expansión del amor en que se unen Dios y el Cristo (Hijo). En ese amor, revelado a los pequeños y escondido para todos los grandes de este mundo, se fundamenta la derrota de las fuerzas destructoras de la historia (lo satánico) (Edic. Marova).
-Los setenta y dos discípulos volvieron muy alegres de la "misión". La maldición de las ciudades hostiles no debe hacernos olvidar este otro aspecto: Efectivamente, los primeros misioneros se encontraron con el fracaso, y tuvieron que sacudir el polvo de sus pies en alguna ocasión... pero también obtuvieron éxitos: se les escuchó y su trabajo apostólico dio mucho fruto. ¡Y regresaron muy alegres!
-Y contaron: "Señor, hasta los demonios se nos someten por tu nombre". Es esto lo único que retuvieron: las potencias del mal se retiraron; y, felices, Io contaban a Jesús. ¿Me ha sucedido alguna vez "contar" a Jesús mis empresas apostólicas?
-Jesús les dijo: "Yo veía a Satanás que caía del cielo como un rayo..." Mientras trabajaban en los pueblos y aldeas, Jesús estaba en oración, y "veía"... Io invisible. Contemplaba su victoria espiritual. ¿Estoy yo también convencido de que Jesús "ve" lo que estoy tratando de hacer? ¿Y de que El trabaja conmigo?
-Os he dado poder sobre toda fuerza enemiga, y nada podrá haceros daño. Escucho y me repito estas palabras.
-"Sin embargo, no os regocijéis porque se os someten los espíritus; más bien regocijaos porque vuestros nombres están escritos en el cielo". Jesús aporta un matiz a la alegría de sus amigos: no son los "medios" lo que cuenta ante todo, sino el "fin"... no es la batalla contra el mal lo que debe alegrarnos, ante todo, sino la participación al Reino de Dios... "Vuestros nombres están escritos en el cielo": imagen bíblica corriente, lenguaje simbólico concreto para decir que hay hombres elegidos y salvados. (Ap 3,5; 13,8; 17,8; 20,12; 21,27; Dan 2,1).
-Entonces se llenó de gozo en el Espíritu Santo. Trato de contemplar detenidamente ese estremecimiento, esa alegría expresada, esa felicidad que se traduce corporalmente... y que florecerá también en oración.
-Se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: "Bendito seas Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque si has ocultado esas cosas a los sabios y entendidos se las has revelado a la gente sencilla, a los pequeñuelos..." Es, una vez más, el eco de la primera bienaventuranza: "¡Felices los pobres!" La alegría de Jesús se transforma en "Acción de gracias" al Padre. Su júbilo pasa a ser "eucaristía". El trabajo misionero de sus amigos fue también una participación a la obra del Padre. Y, ¿de qué se alegra Jesús? De que los "pequeños" los pobres entienden los misterios de Dios, en tanto que los doctores de la Ley, los intelectuales de la época, los que figuraban... ellos, se cierran a la revelación. Esta experiencia de la misteriosa predilección de Dios era muy corriente en la Iglesia primitiva. Conviene volver a leer en ese contexto 1 Corintios 1, 26-31. Delante de Dios, ¿hago el entendido? ¿Me considero un sabio en las cosas divinas? o bien, me dispongo a recibir la "revelación" del Padre con la sencillez de un niño, de un "pequeño"?
-Sí, Padre, bendito seas, por haberte parecido eso bien. Mi Padre me lo ha enseñado todo; quien es el Hijo lo sabe sólo el Padre; quien es el Padre, lo sabe sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar... ¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros véis! ¡No, ciertamente, si los grandes de este mundo permanecen cerrados a las maravillosas realidades invisibles, incognoscibles para la ciencia, no tendrán esa suerte! Por el contrario, dichosos los que aceptan dejarse introducir en ese misterio de las relaciones de amor entre el Padre y el Hijo... relaciones absolutamente perfectas, símbolos y modelos de todos nuestros propios amores (Noel Quesson).
Este “himno de júbilo” del Señor al ver cómo los humildes entienden y aceptan la palabra de Dios nos recuerda las palabras de Teresita de Jesús: “los niños no reflexionan sobre el alcance de sus padres. Sin embargo, sus padres cuando ocupan un trono y poseen inmensas riquezas, no vacilan en satisfacer los deseos de sus pequeñuelos (…). No son las riquezas ni la gloria (ni siquiera la gloria del cielo) lo que reclama el corazón del niñito (…). Lo que pide es el amor… No puede hacer más que una cosa: ¡amarte, oh Jesús!” (ver Biblia de Navarra, con cita de S. Bernardo).
El poder del que Jesús ha dotado a la comunidad cristiana debe ser entendido de forma totalmente diferente de la concepción que los hombres usualmente tienen respecto a este ámbito. En este pasaje se niega que el auténtico poder esté ligado a la posibilidad de satisfacción de caprichos e intereses ilimitados..
Por el contrario, dicho poder, para su recta comprensión, debe ser situado en la dependencia filial, puesta de manifiesto en la actitud de Jesús para con su Padre, perfectamente comprensible para sus débiles seguidores pero oculta e ignorada por los sabios e inteligentes dominadores de este mundo.
Ello exige una purificación de nuestro lenguaje sobre el poder si queremos expresarlo adecuadamente en el marco del mensaje de Jesús. El poder entonces encuentra su verdadero marco de comprensión en su íntima unión con la vulnerabilidad del corazón de Dios frente a todos los débiles y desvalidos de este mundo. Sólo del poder entendido como íntima compasión con ellos puede brotar la alegría de Jesús y la alegría de sus seguidores.
El triunfo sobre las fuerzas del mal tiene su fuente en esta relación de intimidad con ese Dios de los "impotentes" de este mundo que destruye de este modo todo orgullo y autosuficiencia incapaces de crear la feliz comunión de la familia de los hijos de Dios.
De esta forma llega a su plenitud toda la revelación divina. El profeta, defensor de huérfano y de viuda, y el rey llamado a defender el derecho y la justicia no pudieron verlo plenamente realizado. Por el contrario, el discípulo de Jesús es testigo con ojos y oídos de su concreción definitiva (Josep Rius-Camps).
Hoy, el evangelista Lucas nos narra el hecho que da lugar al agradecimiento de Jesús para con su Padre por los beneficios que ha otorgado a la Humanidad. Agradece la revelación concedida a los humildes de corazón, a los pequeños en el Reino. Jesús muestra su alegría al ver que éstos admiten, entienden y practican lo que Dios da a conocer por medio de Él. En otras ocasiones, en su diálogo íntimo con el Padre, también le dará gracias porque siempre le escucha. Alaba al samaritano leproso que, una vez curado de su enfermedad —junto con otros nueve—, regresa sólo él donde está Jesús para darle las gracias por el beneficio recibido.
Escribe san Agustín: «¿Podemos llevar algo mejor en el corazón, pronunciarlo con la boca, escribirlo con la pluma, que estas palabras: ‘Gracias a Dios’? No hay nada que pueda decirse con mayor brevedad, ni oír con mayor alegría, ni sentirse con mayor elevación, ni hacer con mayor utilidad». Así debemos actuar siempre con Dios y con el prójimo, incluso por los dones que desconocemos, como escribía san Josemaría Escrivá. Gratitud para con los padres, los amigos, los maestros, los compañeros. Para con todos los que nos ayuden, nos estimulen, nos sirvan. Gratitud también, como es lógico, con nuestra Madre, la Iglesia.
La gratitud no es una virtud muy “usada” o habitual, y, en cambio, es una de las que se experimentan con mayor agrado. Debemos reconocer que, a veces, tampoco es fácil vivirla. Santa Teresa afirmaba: «Tengo una condición tan agradecida que me sobornarían con una sardina». Los santos han obrado siempre así. Y lo han realizado de tres modos diversos, como señalaba santo Tomás de Aquino: primero, con el reconocimiento interior de los beneficios recibidos; segundo, alabando externamente a Dios con la palabra; y, tercero, procurando recompensar al bienhechor con obras, según las propias posibilidades (Josep Vall i Mundó).
Nuestra verdadera alegría: el que nuestros nombres estén inscritos en el cielo. No importa que en la mente o en el corazón de los hombres estemos borrados, o tal vez tengan nuestros nombres como personas no gratas a ellos ni a sus intereses. Todo lo que hagamos a favor del Reino de Dios, todos nuestros esfuerzos para que el Evangelio de salvación llegue a más y más personas, no debe realizarse con el afán de ser considerados como seres que realmente están dando su vida por los demás; pues no buscamos el aprecio de los hombres, sino sólo la gloria de Dios. No vaya a suceder que al final, cuando el Señor abra la puerta para encontrarnos con Él definitivamente, le digamos: ¡Señor, Señor! ¿No profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? y que Él nos responda: No los conozco. ¡Apártense de mí, malvados! Y es que efectivamente no basta incluso hacer creer a los demás que Dios nos habla y nos dice lo que hemos de comunicarles. Mientras nosotros no vivamos y caminemos en el amor, mientras en lugar de unir dividamos a su Iglesia, mientras en nombre de Dios nos levantemos contra los demás y pongamos en la boca de Dios palabras que nos separan del amor fraterno, no podemos decir que estamos viviendo conforme a su Evangelio, sino conforme a nuestros caprichos e imaginaciones. Con humildad seamos los primeros en hacer nuestro el Evangelio del Señor, para después poder proclamarlo desde una vida que manifieste que en verdad estamos en Comunión de Vida con Él y con su Iglesia.
El Señor nos ha reunido en torno a Él en esta Eucaristía. Para Él no cuenta la importancia o el prestigio de las personas conforme a los criterios mundanos. Para Él todos somos sus hijos. Y a todos nos llama para hacernos conocer su Palabra, para manifestársenos como Padre, para ofrecernos su perdón, para levantar nuestra vida de las indignidades en que la metimos, o en las que nos metieron los demás. El Señor se manifiesta como el Dios que nos ama, que nos salva y que nos hace participar de su dignidad de Hijo de Dios. Mediante la Fe y el Bautismo hemos hecho nuestra su vida. Hoy, en la celebración del Memorial de su Pascua, renovamos nuestro compromiso de comunión de vida con Él; así, su Evangelio no se queda sólo en un anuncio, sino en la Palabra que cobra vida en nosotros.
Por eso, al volver a nuestras tareas diarias, vayamos todos a proclamar su Nombre. Lo haremos con la sencillez de quien mediante su vida colabora para que la maldad de la injusticia, del egoísmo, de los odios, de las guerras, de la droga, de la malversación de fondos, del terrorismo, de la inseguridad ciudadana vayan desapareciendo día a día de nuestro entorno. Entonces caerá el reino de la maldad y se afianzará el Reino de Dios entre nosotros. Dios nos ha manifestado su amor, no para que lo vivamos cobardemente, sino para que lo proclamemos ante los demás; para que, siendo instrumentos del Espíritu de Dios, nos esforcemos para que se viva y se camine en la unidad, fruto del amor fraterno que procede de Dios por habernos hecho partícipes de su mismo Espíritu. No sólo nos hemos de alegrar por tener en nosotros el Espíritu del Señor, sino que hemos de ser motivo de alegría para los demás por ayudarles a vivir libres de sus esclavitudes al pecado, a vivir con mayor dignidad porque el hambre, la desnudez, la miseria vayan desapareciendo de entre nosotros. Cuando viviendo y actuando como hijos de Dios procuremos el bien de todos alegrémonos de ser instrumentos del amor de Dios para ellos, pero sobre todo alegrémonos porque, siendo fieles nosotros mismos al amor de Dios, nuestros nombres están inscritos en el cielo.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber amar a nuestro prójimo como nosotros hemos sido amados por Dios. Pidámosle al Señor que nos conceda ser los primeros en hacer nuestra su Palabra y ponerla en práctica, para que, así, al final, seamos recibidos en las Moradas eternas. Amén (www.homiliacatolica.com).
Evangelio de Lucas 10,17-24: En aquel tiempo, regresaron alegres los setenta y dos, diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño; pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos».
En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».
Comentario: 1.- Ba 4,5-12.27-29. Sigue el profeta Baruc, esta vez animando al pueblo a volver decididamente a Dios. Ante todo, repite la idea de que las desgracias que les están abrumando las tienen bien merecidas: "os entregaron a vuestros enemigos porque os olvidasteis del Señor que os había criado". Es patética la queja que pone en labios de Jerusalén, la madre que ha perdido a sus hijos y además se siente viuda: "Dios me ha enviado una pena terrible, mandó cautivos a mis hijos e hijas: yo los crié con alegría y los despedí con lágrimas de pena. Que nadie se alegre viendo a esta viuda abandonada de todos". Pero prevalece la esperanza: "ánimo, pueblo, ánimo, hijos, gritad a Dios, que el que os castigó se acordará de vosotros, os mandará el gozo eterno de vuestra salvación". Eso sí, deben convertirse a él: "volveos a buscarlo con redoblado empeño".
El destierro ayudó al pueblo israelita a madurar en su fe. Las pruebas de la vida nos templan, nos van puliendo, nos hacen revisar nuestros caminos y reorientar la dirección de nuestras vidas. A Ignacio de Loyola la herida de Pamplona le resultó providencial para encontrar cuál era la voluntad de Dios sobre su futuro. A nosotros, los diversos acontecimientos de la vida, también las desgracias y hasta nuestros propios fallos y pecados, nos recuerdan que somos frágiles y nos urgen a adoptar una actitud, ante Dios y ante los demás, no de orgullo y autosuficiencia, sino de humildad. Además, nuestros fallos, los de cada uno de nosotros, empobrecen a toda la comunidad eclesial. Se pueden poner en labios de la Iglesia los lamentos que Baruc pone en boca de Sión, abandonada y empobrecida por sus hijos. El remedio es, según el profeta, que volvamos a Dios: "si un día os empeñasteis en alejaros de Dios, volveos a buscarlo con redoblado empeño". Es una consigna para cada uno de nosotros. Con nuestra vuelta al buen camino, no sólo saldremos ganando nosotros, sino llenaremos de alegría el corazón de la Madre Iglesia y enriqueceremos a toda la comunidad.
-¡Animo, pueblo mío!... El mismo profeta que ayer hizo que fuesen conscientes de su propia participación al pecado del mundo a las comunidades judías dispersas en el paganismo, les envía ahora un mensaje de esperanza.
-Habéis sido vendidos a las naciones paganas, pero no para vuestra destrucción; por haber provocado la ira de Dios, habéis sido entregados a los enemigos. Pues irritasteis a vuestro Creador. Sería un error extrañarnos de esos antropomorfismos que prestan a Dios unos sentimientos humanos. Cómo hablar de Dios de otro modo que con nuestras palabras y nuestras experiencias corrientes... Aquí se presenta la experiencia de una padre, o de una madre que castiga a sus hijos porque los ama y no para «destruirlos», sino para conducirlos a la felicidad verdadera.
-Olvidasteis al Dios eterno, el que os sustenta. Contristasteis a Jerusalén, la que os crió... En efecto, se trata de la experiencia maternal. Este lenguaje nos anuncia ya lo que el evangelio nos repetirá en términos inolvidables. Dios sufre más que nosotros de nuestros pecados.
-Con gozo los había yo criado. Los he despedido con lágrimas y duelo. Que nadie se regocije de mi suerte, que soy viuda y abandonada de todo el mundo. Estoy sola a causa de los pecados de mis hijos, porque se apartaron de la ley de Dios. Es con «lágrimas y duelo» también que el padre del hijo pródigo verá «partir» a su hijo. Otro antropomorfismo emocionante: ¡mis pecados hacen «sufrir» a Dios! Y Jerusalén, personificada como una viuda dolorosa, es la imagen del sufrimiento de Dios. Esas imágenes concretas son más elocuentes que todos los tratados de teología. Conviene contemplar esas hermosas comparaciones, que nos hablan de Dios: un padre a quien los hijos hacen sufrir, una madre abandonada por sus hijos... Sí, mi pecado no es ante todo una infracción a un orden legal, ¡es una relación de amor rota, una herida hecha al corazón de alguien! ¡Piedad, Señor, porque hemos pecado!
-¡Animo hijos! clamad a Dios. El que os infligió la prueba se acordará de vosotros. Una infracción a una Ley permanece ineluctablemente: ¡el mal está hecho! Cuando un vaso se rompe, queda roto para siempre. A este nivel de apreciación, el mal es dramático. Pero una relación de amor puede restablecerse. Y el perdón concedido, lo mismo que la gestión de reconciliación, pueden ser el origen de un mayor amor (Lucas 7, 36-50.)
-Vuestro pensamiento os ha llevado lejos de Dios. Una vez convertidos, buscadle con ardor cada vez mayor. Esta es la gran maravilla: podemos, efectivamente apoyarnos sobre la conciencia del pecado para amar diez veces más a ese Dios que nos ha perdonado.
-Pues el que trajo sobre vosotros estas calamidades, os traerá la alegría eterna con vuestra salvación. ¡La alegría eterna! Tal es la intención de Dios. Y la desgracia que nos viene de nuestros pecados puede, de hecho, ser un trampolín que nos haga desear la felicidad que Dios quiere para nosotros, y más aún que nosotros (Noel Quesson).
En estos versículos, que constituyen el primer discurso profético del libro de Baruc, explica el autor el sentido del castigo que implica el exilio, pero a la vez abre las esperanzas de su pueblo afectuosamente llamado «pueblo mío», con la promesa de un retorno definitivo. De manera figurada, el exilio está descrito como una transacción comercial con la que Dios vendió a su pueblo, que en virtud de la alianza era suyo como esclavo a Babilonia. La finalidad de esta venta no era su destrucción total, sino abrirle los ojos del arrepentimiento para retornar al Señor. El pecado está descrito en términos de desnaturalización idolátrica: «Porque irritasteis a vuestro Creador, sacrificando a demonios y no a Dios. Os olvidasteis del Señor eterno que os había creado» (vv 7ss). Dios es descrito como una nodriza que alimenta a su pueblo a lo largo de la historia. Jerusalén es personificada como una mujer que ha perdido marido e hijos, por el trágico destino que les ha tocado: «Yo los crié con alegría, y los despedí con lágrimas de pena» (11). Desde el versículo 19 al 29 se extiende la bella plegaria de la Jerusalén madre que pide como un nuevo nacimiento para los hijos, el nacimiento del regreso. Nuevamente se manifestará el Señor con el poder de su gloria, es decir, como salvador. La revelación de Dios con su «gloria» solamente se da en momentos importantes de la historia de salvación. La «gloria de Dios» es Dios mismo que se manifiesta como salvador. El autor nos habla de Dios no en la distancia de la relación objeto-sujeto, sino en el sentido de que la palabra y la realidad de Dios provocan una situación decisoria. De acuerdo con el concepto bíblico de verdad en tanto que fidelidad, la alternativa no es conocer o ignorar, sino aceptar o rehusar, fidelidad o traición, salvación o condenación, vida o muerte. De aquí el estilo de la cólera de Dios, que forma parte del pathos divino, y que se integra bien en el cuadro de la religión de la alianza, en cuya base se encuentra la afirmación de la soberanía de Yahvé. La cólera aparece como un aspecto particular de los celos divinos, pero que nunca es la última palabra tal como lo presenta Baruc y como lo expresa bellamente el Sal 30, 6: «Su cólera inspira temor, su favor da vida». Los celos significan en el lenguaje bíblico lo absoluto y profundo del amor de Dios y la lógica de la respuesta del hombre. Los textos más remotos del AT conocen el amor indulgente de Dios y hasta en los castigos descubren el efecto de este amor, ya que por este medio Dios quiere conducir al hombre a la verdadera conversión: «Yahvé es un Dios compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel que conserva la misericordia hasta la milésima generación, que perdona culpas, delitos y pecados, aunque no los deja impunes» (Ex 34,6-7; F. Raurell).
Yo soy tu Dios y Padre, y no enemigo a la puerta de tu casa. Dios compasivo, misericordioso y siempre fiel para con nosotros, ¿quién podrá negar que su amor hacia nosotros no tiene fin? Es verdad que muchas veces permite que quedemos atrapados en las redes del dolor, del sufrimiento, de la enfermedad como consecuencia de nuestras rebeldías en contra suya; sin embargo, Él siempre tiene puesta en nosotros su mirada amorosa; siempre está dispuesto a perdonarnos y a liberarnos de la mano de nuestros enemigos. Por eso, no sólo lo hemos de invocar, sino que hemos de hacer volver hacia Él nuestro corazón humilde y arrepentido, para pedirle perdón, pues Él siempre está dispuesto a recibirnos nuevamente como a hijos suyos en su casa, dándonos así su salvación y llenando de alegría y de paz nuestra vida. La Iglesia de Cristo ha de salir al encuentro de todos aquellos que se empeñaron en alejarse de Dios, para que, proclamándoles la Buena Nueva del amor que el Señor les sigue teniendo, lo busquen con mayor empeño y vuelvan a Él; entonces el Señor hará realidad su Reino entre nosotros, puesto que reconoceremos a un único Dios y Padre nos amaremos como hermanos unidos por un mismo Espíritu.
2. Sal.68. Si hacemos caso del salmo, "buscad al Señor y vivirá vuestro corazón", entonces sucederá además que "el Señor salvará a Sión, reconstruirá las ciudades de Judá y los que aman su nombre vivirán en ella".
Ante los momentos de desgracia el hombre sabio reconoce que ha fallado a Dios; entonces entona un salmo de humillación y de reconocimiento de la propia culpa, pidiendo al Señor misericordia. Y el Señor, siempre rico en misericordia, no olvida la vida de sus cautivos y sus pobres, sino que los salva y les devuelve la paz y la alegría. Por eso, quien ha recibido tan grandes muestras del amor misericordioso de Dios lo ha de proclamar a todos, para que también ellos despierten su confianza en el Señor y le den una nueva orientación a su vida. Entonces seremos capaces, con la Fuerza de Dios, de construir nuestra ciudad terrena como una presencia del Reino de Dios entre nosotros.
Hay en vv 36-37, en sentido cristológico, “una plegaria del Salvador, pronunciada en función de su humanidad, y recoge tmabién las causas por las que fue conducido a la muerte en la cruz. Además, cuenta claramente sus sufrimientos, así como las desgracias que tenían que acaecerles a los judíos después de su Pasión. En cuanto a que el Señor ha presentado esta plegaria en función de su naturaleza humana, esto está indicado al final del salmo cuando dice: el Señor escucha a los necesitados, no desdeña a sus cautivos” (S. Atanasio).
3.- Lc 10,17-24. La vuelta de los 72 discípulos de su ensayo misionero es eufórica: "hasta los demonios se nos someten en tu nombre". Jesús les escucha, les anima y se deja contagiar de su optimismo: "lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó: te doy gracias, Padre...". Y alaba a Dios porque revela estas cosas a los sencillos de corazón y no a los que se creen sabios. Habla también de su íntima unión con el Padre, que es la raíz de su misión y de su alegría, y entona la bienaventuranza de sus seguidores: "dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis".
También hay momentos de satisfacción y éxitos en nuestra vida de testimonio cristiano. Como aquellos discípulos, sería bueno que tuviéramos alguien con quien poder compartir nuestros interrogantes y dificultades, y también nuestras alegrías. Que sepamos "rezar" nuestra experiencia, tanto si es buena como mala. Que la convirtamos en alabanza y en súplica ante Dios. Que sepamos dar gracias a Dios porque sigue moviendo los corazones de muchos, e iluminando a los de corazón sencillo, y triunfando de los poderes del mal y abriendo las puertas de su Reino a muchas personas.
También personalmente podemos sentirnos satisfechos: lo que han visto nuestros ojos -la riqueza de la fe, de la verdad, de la salvación que Dios nos ha concedido en Cristo Jesús- es una suerte que no todos tienen. Podremos estar contentos, como les dijo Jesús a los suyos, de que "nuestros nombres están inscritos en el cielo". Es legítima y profunda la alegría que sentimos por la fe que Dios nos ha concedido y por haber sido llamados a colaborar en el bien de los demás (J. Aldazábal).
La misión de los setenta y dos discípulos se ha visto a veces coronada por el fracaso (cf. Lc 10, 10), pero ha sido con más frecuencia coronada por el éxito (v. 17). La maldición de las ciudades hostiles (Lc 10, 10-15) hace olvidar lo uno, mientras que la alegría y el triunfo son la recompensa de los otros (vv. 18-20). Los discípulos vuelven de la misión, conscientes de haber liberado a los hombres del mal, moral y físico (v. 17), por el uso que han hecho de la potencia mesiánica (el nombre) de Jesús. Este les explica que una victoria semejante es el signo de la derrota de las fuerzas cósmicas que dominaban al hombre hasta entonces (v. 18). Satán y sus tropas estaban, en efecto, designados a vivir en los aires desde dónde imponían a las criaturas gran cantidad de alienaciones. La llegada de Jesús abole este estado de esclavitud y permite al hombre acceder a la libertad. Este es el mensaje de este Evangelio.
El v. 20 matiza, sin embargo, la alegría de Cristo y de los discípulos. No es la liberación lo que cuenta, sino el fin a que conduce: la participación del hombre en el reino de Dios (representado aquí de forma bastante "judía", bajo el aspecto de una inscripción en los registros de ciudadanía del cielo). La Iglesia tiene el deber de revelar al hombre que escape verdaderamente a la fatalidad y que conserve su propia vida en sus manos. Realiza esta función cuando sus miembros denuncian la servidumbre del hombre a las potencias económicas y políticas de todos los confines y colaboran en la edificación de un universo realmente humano. Realiza esta función cuando sus miembros liberan a sus hermanos de la adquisición de atavismos y hábitos, del legalismo y de sacralizaciones ilusorias. Pero no basta con denunciar las alienaciones; es preciso curar las heridas. Hacer "bajar a Satán del cielo", es hacer las ciudades más humanas, es luchar contra las segregaciones de todas clases, es suprimir las razones que motivan la opresión, es reformar las estructuras políticas cuando se muestran incapaces de resolver los problemas de la sociedad moderna (alojamiento, enseñanza, etc.), es luchar contra las enfermedades mentales, la vejez y el aislamiento, es rechazar las presiones que arrastran a los hombres al vicio y a la injusticia (Maertens-Frisque). Y sobre todo llevar el Evangelio, la palabra que salva…
La misión cristiana (y toda la obra de Jesús entre los hombres) se ha interpretado a partir de la caída de Satán (10,18). El tema pertenece al mito apocalíptico judío, en que se alude a la presencia del diablo sobre el cielo. Ciertamente, su lugar y su función se diferencian del lugar y la función de Dios, pero se piensa que Satán ha puesto el trono en las esferas superiores y domina desde allí toda la marcha de los hombres sobre el mundo. Pues bien, la predicación de Jesús y de la iglesia se interpreta aquí como derrota de Satán, que ha sido destronado, cae sobre el mundo y pierde su poder sobre los hombres. Ap 12 ha introducido esa caída dentro de una concepción conjunta de la historia. Lucas, transmitiendo quizá una vieja palabra de Jesús, se ha contentado con mostrar el hecho: la misión cristiana es el acontecimiento cósmico donde se está jugando el destino de la realidad (la presencia de Dios, la derrota de lo malo).
A la luz de esta experiencia se sitúa la función de los misioneros. Su victoria sobre Satán se traduce en el hecho de que son capaces de vencer (o superar) el mal del mundo (10, 19). Por eso se les viene a declarar dichosos; son dichosos porque están experimentando aquella plenitud mesiánica que los viejos profetas y los reyes de Israel habían anhelado (10, 23-24). Sin embargo, su auténtica grandeza está en el hecho de su encuentro personal con Dios: sus nombres pertenecen al reino de los cielos (10, 20). Esta victoria de los misioneros de Jesús sobre la fuerza de Satán desvela el contenido más profundo de los humano. El hombre no es un esclavo de los elementos cósmicos, ni está sometido a los poderes irracionales del mal, ni puede darse por vencido ante la miseria de los otros hombres o del mundo. Los enviados de Jesús han recibido el poder de superar la maldición de nuestra tierra; por eso tenemos la certeza de que la suerte final se encuentra de su lado.
En esta dimensión se descubre la "grandeza" de los hombres. Grandes son los sabios que suponen que la vida se encuentra de su lado; piensan que son fuertes y rechazan la ayuda que Jesús le ha ofrecido. Por eso quedan solos. Mientras tanto, los pequeños se mantienen abiertos al misterio y comprenden (o reciben) la verdad de Jesucristo (10, 21).
Sobre este plano se formula una de las revelaciones definitivas del misterio de Jesús. Jesús alaba al Padre por el don que ha regalado a los pequeños (10, 21) y descubre la unión en que los dos están ligados. "Todos me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre..." (10, 22). En este contexto, conocerse significa estar unidos. Jesús y el Padre constituyen un misterio de unidad y entrega en que penetran todos los que quieren recibir al Cristo.
A manera de conclusión podemos afirmar: la misión se estructura como expansión del amor en que se unen Dios y el Cristo (Hijo). En ese amor, revelado a los pequeños y escondido para todos los grandes de este mundo, se fundamenta la derrota de las fuerzas destructoras de la historia (lo satánico) (Edic. Marova).
-Los setenta y dos discípulos volvieron muy alegres de la "misión". La maldición de las ciudades hostiles no debe hacernos olvidar este otro aspecto: Efectivamente, los primeros misioneros se encontraron con el fracaso, y tuvieron que sacudir el polvo de sus pies en alguna ocasión... pero también obtuvieron éxitos: se les escuchó y su trabajo apostólico dio mucho fruto. ¡Y regresaron muy alegres!
-Y contaron: "Señor, hasta los demonios se nos someten por tu nombre". Es esto lo único que retuvieron: las potencias del mal se retiraron; y, felices, Io contaban a Jesús. ¿Me ha sucedido alguna vez "contar" a Jesús mis empresas apostólicas?
-Jesús les dijo: "Yo veía a Satanás que caía del cielo como un rayo..." Mientras trabajaban en los pueblos y aldeas, Jesús estaba en oración, y "veía"... Io invisible. Contemplaba su victoria espiritual. ¿Estoy yo también convencido de que Jesús "ve" lo que estoy tratando de hacer? ¿Y de que El trabaja conmigo?
-Os he dado poder sobre toda fuerza enemiga, y nada podrá haceros daño. Escucho y me repito estas palabras.
-"Sin embargo, no os regocijéis porque se os someten los espíritus; más bien regocijaos porque vuestros nombres están escritos en el cielo". Jesús aporta un matiz a la alegría de sus amigos: no son los "medios" lo que cuenta ante todo, sino el "fin"... no es la batalla contra el mal lo que debe alegrarnos, ante todo, sino la participación al Reino de Dios... "Vuestros nombres están escritos en el cielo": imagen bíblica corriente, lenguaje simbólico concreto para decir que hay hombres elegidos y salvados. (Ap 3,5; 13,8; 17,8; 20,12; 21,27; Dan 2,1).
-Entonces se llenó de gozo en el Espíritu Santo. Trato de contemplar detenidamente ese estremecimiento, esa alegría expresada, esa felicidad que se traduce corporalmente... y que florecerá también en oración.
-Se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: "Bendito seas Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque si has ocultado esas cosas a los sabios y entendidos se las has revelado a la gente sencilla, a los pequeñuelos..." Es, una vez más, el eco de la primera bienaventuranza: "¡Felices los pobres!" La alegría de Jesús se transforma en "Acción de gracias" al Padre. Su júbilo pasa a ser "eucaristía". El trabajo misionero de sus amigos fue también una participación a la obra del Padre. Y, ¿de qué se alegra Jesús? De que los "pequeños" los pobres entienden los misterios de Dios, en tanto que los doctores de la Ley, los intelectuales de la época, los que figuraban... ellos, se cierran a la revelación. Esta experiencia de la misteriosa predilección de Dios era muy corriente en la Iglesia primitiva. Conviene volver a leer en ese contexto 1 Corintios 1, 26-31. Delante de Dios, ¿hago el entendido? ¿Me considero un sabio en las cosas divinas? o bien, me dispongo a recibir la "revelación" del Padre con la sencillez de un niño, de un "pequeño"?
-Sí, Padre, bendito seas, por haberte parecido eso bien. Mi Padre me lo ha enseñado todo; quien es el Hijo lo sabe sólo el Padre; quien es el Padre, lo sabe sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar... ¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros véis! ¡No, ciertamente, si los grandes de este mundo permanecen cerrados a las maravillosas realidades invisibles, incognoscibles para la ciencia, no tendrán esa suerte! Por el contrario, dichosos los que aceptan dejarse introducir en ese misterio de las relaciones de amor entre el Padre y el Hijo... relaciones absolutamente perfectas, símbolos y modelos de todos nuestros propios amores (Noel Quesson).
Este “himno de júbilo” del Señor al ver cómo los humildes entienden y aceptan la palabra de Dios nos recuerda las palabras de Teresita de Jesús: “los niños no reflexionan sobre el alcance de sus padres. Sin embargo, sus padres cuando ocupan un trono y poseen inmensas riquezas, no vacilan en satisfacer los deseos de sus pequeñuelos (…). No son las riquezas ni la gloria (ni siquiera la gloria del cielo) lo que reclama el corazón del niñito (…). Lo que pide es el amor… No puede hacer más que una cosa: ¡amarte, oh Jesús!” (ver Biblia de Navarra, con cita de S. Bernardo).
El poder del que Jesús ha dotado a la comunidad cristiana debe ser entendido de forma totalmente diferente de la concepción que los hombres usualmente tienen respecto a este ámbito. En este pasaje se niega que el auténtico poder esté ligado a la posibilidad de satisfacción de caprichos e intereses ilimitados..
Por el contrario, dicho poder, para su recta comprensión, debe ser situado en la dependencia filial, puesta de manifiesto en la actitud de Jesús para con su Padre, perfectamente comprensible para sus débiles seguidores pero oculta e ignorada por los sabios e inteligentes dominadores de este mundo.
Ello exige una purificación de nuestro lenguaje sobre el poder si queremos expresarlo adecuadamente en el marco del mensaje de Jesús. El poder entonces encuentra su verdadero marco de comprensión en su íntima unión con la vulnerabilidad del corazón de Dios frente a todos los débiles y desvalidos de este mundo. Sólo del poder entendido como íntima compasión con ellos puede brotar la alegría de Jesús y la alegría de sus seguidores.
El triunfo sobre las fuerzas del mal tiene su fuente en esta relación de intimidad con ese Dios de los "impotentes" de este mundo que destruye de este modo todo orgullo y autosuficiencia incapaces de crear la feliz comunión de la familia de los hijos de Dios.
De esta forma llega a su plenitud toda la revelación divina. El profeta, defensor de huérfano y de viuda, y el rey llamado a defender el derecho y la justicia no pudieron verlo plenamente realizado. Por el contrario, el discípulo de Jesús es testigo con ojos y oídos de su concreción definitiva (Josep Rius-Camps).
Hoy, el evangelista Lucas nos narra el hecho que da lugar al agradecimiento de Jesús para con su Padre por los beneficios que ha otorgado a la Humanidad. Agradece la revelación concedida a los humildes de corazón, a los pequeños en el Reino. Jesús muestra su alegría al ver que éstos admiten, entienden y practican lo que Dios da a conocer por medio de Él. En otras ocasiones, en su diálogo íntimo con el Padre, también le dará gracias porque siempre le escucha. Alaba al samaritano leproso que, una vez curado de su enfermedad —junto con otros nueve—, regresa sólo él donde está Jesús para darle las gracias por el beneficio recibido.
Escribe san Agustín: «¿Podemos llevar algo mejor en el corazón, pronunciarlo con la boca, escribirlo con la pluma, que estas palabras: ‘Gracias a Dios’? No hay nada que pueda decirse con mayor brevedad, ni oír con mayor alegría, ni sentirse con mayor elevación, ni hacer con mayor utilidad». Así debemos actuar siempre con Dios y con el prójimo, incluso por los dones que desconocemos, como escribía san Josemaría Escrivá. Gratitud para con los padres, los amigos, los maestros, los compañeros. Para con todos los que nos ayuden, nos estimulen, nos sirvan. Gratitud también, como es lógico, con nuestra Madre, la Iglesia.
La gratitud no es una virtud muy “usada” o habitual, y, en cambio, es una de las que se experimentan con mayor agrado. Debemos reconocer que, a veces, tampoco es fácil vivirla. Santa Teresa afirmaba: «Tengo una condición tan agradecida que me sobornarían con una sardina». Los santos han obrado siempre así. Y lo han realizado de tres modos diversos, como señalaba santo Tomás de Aquino: primero, con el reconocimiento interior de los beneficios recibidos; segundo, alabando externamente a Dios con la palabra; y, tercero, procurando recompensar al bienhechor con obras, según las propias posibilidades (Josep Vall i Mundó).
Nuestra verdadera alegría: el que nuestros nombres estén inscritos en el cielo. No importa que en la mente o en el corazón de los hombres estemos borrados, o tal vez tengan nuestros nombres como personas no gratas a ellos ni a sus intereses. Todo lo que hagamos a favor del Reino de Dios, todos nuestros esfuerzos para que el Evangelio de salvación llegue a más y más personas, no debe realizarse con el afán de ser considerados como seres que realmente están dando su vida por los demás; pues no buscamos el aprecio de los hombres, sino sólo la gloria de Dios. No vaya a suceder que al final, cuando el Señor abra la puerta para encontrarnos con Él definitivamente, le digamos: ¡Señor, Señor! ¿No profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? y que Él nos responda: No los conozco. ¡Apártense de mí, malvados! Y es que efectivamente no basta incluso hacer creer a los demás que Dios nos habla y nos dice lo que hemos de comunicarles. Mientras nosotros no vivamos y caminemos en el amor, mientras en lugar de unir dividamos a su Iglesia, mientras en nombre de Dios nos levantemos contra los demás y pongamos en la boca de Dios palabras que nos separan del amor fraterno, no podemos decir que estamos viviendo conforme a su Evangelio, sino conforme a nuestros caprichos e imaginaciones. Con humildad seamos los primeros en hacer nuestro el Evangelio del Señor, para después poder proclamarlo desde una vida que manifieste que en verdad estamos en Comunión de Vida con Él y con su Iglesia.
El Señor nos ha reunido en torno a Él en esta Eucaristía. Para Él no cuenta la importancia o el prestigio de las personas conforme a los criterios mundanos. Para Él todos somos sus hijos. Y a todos nos llama para hacernos conocer su Palabra, para manifestársenos como Padre, para ofrecernos su perdón, para levantar nuestra vida de las indignidades en que la metimos, o en las que nos metieron los demás. El Señor se manifiesta como el Dios que nos ama, que nos salva y que nos hace participar de su dignidad de Hijo de Dios. Mediante la Fe y el Bautismo hemos hecho nuestra su vida. Hoy, en la celebración del Memorial de su Pascua, renovamos nuestro compromiso de comunión de vida con Él; así, su Evangelio no se queda sólo en un anuncio, sino en la Palabra que cobra vida en nosotros.
Por eso, al volver a nuestras tareas diarias, vayamos todos a proclamar su Nombre. Lo haremos con la sencillez de quien mediante su vida colabora para que la maldad de la injusticia, del egoísmo, de los odios, de las guerras, de la droga, de la malversación de fondos, del terrorismo, de la inseguridad ciudadana vayan desapareciendo día a día de nuestro entorno. Entonces caerá el reino de la maldad y se afianzará el Reino de Dios entre nosotros. Dios nos ha manifestado su amor, no para que lo vivamos cobardemente, sino para que lo proclamemos ante los demás; para que, siendo instrumentos del Espíritu de Dios, nos esforcemos para que se viva y se camine en la unidad, fruto del amor fraterno que procede de Dios por habernos hecho partícipes de su mismo Espíritu. No sólo nos hemos de alegrar por tener en nosotros el Espíritu del Señor, sino que hemos de ser motivo de alegría para los demás por ayudarles a vivir libres de sus esclavitudes al pecado, a vivir con mayor dignidad porque el hambre, la desnudez, la miseria vayan desapareciendo de entre nosotros. Cuando viviendo y actuando como hijos de Dios procuremos el bien de todos alegrémonos de ser instrumentos del amor de Dios para ellos, pero sobre todo alegrémonos porque, siendo fieles nosotros mismos al amor de Dios, nuestros nombres están inscritos en el cielo.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber amar a nuestro prójimo como nosotros hemos sido amados por Dios. Pidámosle al Señor que nos conceda ser los primeros en hacer nuestra su Palabra y ponerla en práctica, para que, así, al final, seamos recibidos en las Moradas eternas. Amén (www.homiliacatolica.com).
jueves, 29 de septiembre de 2011
Viernes 26º. La penitencia transforma nuestro corazón y nos hace agradables a Dios y dignos del perdón y de su amor
Evangelio de Lucas 10,13-16. En aquel tiempo, Jesús dijo: «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que, sentados con sayal y ceniza, se habrían convertido. Por eso, en el Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás! Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado».
Comentario: 1.- Ba 1,15-22. Hoy y mañana leemos una selección del libro de Baruc, también de la época del destierro de Babilonia y la vuelta a Sión. Este Baruc es probablemente el secretario y hombre de confianza del profeta Jeremías. Le encontramos en Babilonia, con los desterrados, a la muerte de Jeremías, hacia el 580 antes de Cristo. Aquí leemos su oración emocionada, humilde, en la que reconoce que son culpables de lo que les está pasando, porque todos han sido infieles a Dios, empezando por los políticos y sacerdotes: "no obedecimos al Señor que nos hablaba, seguimos nuestros malos deseos, haciendo lo que el Señor nuestro Dios reprueba".
Nos viene bien a todos recapacitar y sentir humildemente "vergüenza" por lo que nos está pasando. Y reconocernos culpables, porque "pecamos contra el Señor no haciéndole caso". Tenemos que aprender las lecciones que nos da la historia. Los períodos de decadencia de una persona o de la Iglesia se deben, seguramente, a muchas causas. Una de ellas es nuestra propia dejadez y nuestra infidelidad a la Alianza que habíamos prometido a Dios. Sembramos vientos y recogemos tempestades. Olvidamos la base sólida del edificio y luego nos quejamos de que la primera ventolera ha derrumbado sus paredes. La oración de Baruc sigue siendo actual. Solemos excusarnos echando las culpas a los demás o a las instituciones o al mundo que nos rodea. Pero entonar el "mea culpa" de cuando en cuando, con golpes en el pecho bien dados -en el nuestro, no en el de los demás-, nos ayuda a progresar en nuestra vida de fe. Lo hacemos normalmente al empezar la Eucaristía, con el acto penitencial. Lo hacemos, sobre todo, cuando celebramos el sacramento de la Reconciliación. Eso nos ayuda a reflexionar sobre si estamos "siguiendo nuestros malos deseos sirviendo a dioses ajenos". Y nos invita a corregir la dirección de nuestra vida para no llegar hasta la ruina total.
El comienzo de esta oración está marcado por la doctrina de la retribución (Dt 28,15-68; Lev 26,14-39). La desgracia castiga al pueblo porque ha pecado, y como todas las generaciones son solidarias en el pecado y el castigo, se trata, para que dicha desgracia sea alejada, de reconocer, en el nombre de las generaciones pasadas, las responsabilidades incurridas. La confesión de sus faltas es por consiguiente para el pueblo una forma de situarse de nuevo en la historia de la salvación. La oración penitencial y la confesión de las faltas tienen en el Nuevo Testamento un contexto totalmente diferente, en un cántico de gratuidad, de gracia de Cristo.
El libro de Baruc se escribió en el siglo anterior a Jesucristo. En este época muchos judíos se encontraban en la Diáspora -Dispersión-, reunidos en pequeñas comunidades en ciudades paganas. Es la experiencia apasionante de una vida religiosa que se mantiene fervorosa, por la oración. En muchos ambientes los cristianos de HOY se encuentran en minoría y dispersos entre unos hombres y mujeres prácticamente extraños a su fe.
-Al Señor, nuestro Dios, pertenece la justicia, a nosotros, en cambio, la confusión del rostro, como es patente en el día de hoy. La humildad no tiene HOY buena prensa. El mundo se burla de los humildes. Esta postura o estado se considera una dimisión. Y sin embargo, más allá de posibles desviaciones contra las que tenemos que luchar para no contribuir a que esta virtud resulte odiosa a nuestros contemporáneos, la humildad es un valor esencial. Desde un simple punto de vista humano, la humildad es un valor de verdad, lo contrario de la ampulosidad y la suficiencia. Desde el punto de vista religioso, la humildad es el reconocimiento de nuestra verdadera situación delante de Dios.
En el evangelio, la humildad es presentada como una virtud fundamental: el Reino se promete a los humildes y a los pobres. (Mateo 11, 25). La humildad debe ser muy importante puesto que la Encarnación del Hijo de Dios fue un «anonadamiento» (Filipenses 2, 5) que nos salva del orgullo demencial del primer Adán, que quería «hacerse dios» .
-Sí, hemos pecado contra el Señor, le hemos desobedecido. En efecto, nuestra "condición humana" no es solamente frágil, limitada, efímera... es pecadora. Es preciso, es verdad, cerrar los ojos para no verlo. Estamos de veras inmersos en un baño de violencia, de sexo, de dinero, de opresión. Y basta mirar lúcidamente el fondo de nuestro interior para descubrir allí esas mismas tendencias. El solo hecho de «reconocer» este pecado en nosotros es ya liberador: afirmamos por ende cuál es la dirección esencial de nuestra vida. Cuando reconozco que te he desobedecido, Señor, afirmo al mismo tiempo que eres Tú el verdadero sentido de mi vida.
-En nuestra ligereza, no hemos escuchado la voz del Señor. Cada uno de nosotros, según el capricho de su perverso corazón, hemos ido a servir a dioses extraños, a hacer lo malo a los ojos del Señor, nuestro Dios. Nuestra libertad profunda no se ejerce de veras más que en los límites de nuestra conciencia real. Nuestra responsabilidad recae en lo que «sabemos». Y Jesús pudo decir de sus verdugos: «perdónalos, Padre, que no saben lo que hacen». Efectivamente, nuestra ligereza y nuestra inconsciencia nos inducen a satisfacer «nuestros propios caprichos» en lugar de cumplir «la Voluntad de Dios» porque Dios sólo quiere nuestro bien más profundo.
-Por esto, como sucede en este día, se nos han pegado los males. El pensamiento judío, como también el pensamiento popular de muchos pueblos, piensa que hay una relación entre el pecado y la desgracia. Es la tesis de la «retribución»: ¡cosecha lo que ha sembrado! Cristo ha superado netamente ese punto de vista demasiado estrecho, -defendiendo de toda acusación al ciego de nacimiento- (Juan 9,3).
Sigue siendo verdad que la felicidad consiste en seguir a Dios. Y todo aquello que nos desvía de su voluntad, nos aleja también de nuestro bien más profundo (Noel Quesson).
Los textos que leemos hoy se han seleccionado así porque contienen una larga oración litúrgica que les da unidad. Esta oración, tanto en la forma como en el contenido, tiene precedentes en otros libros (Dn 9,4b-19; Esd 9,6-15; Neh 1,5-11; 9,6-37), donde el clamor colectivo responde a situaciones parecidas de angustia y desastre nacional. La plegaria empieza con una confesión sincera y lúcida de los pecados de toda la comunidad de ahora y de antes; sigue con el reconocimiento del sentido del castigo divino; termina pidiendo misericordia. En este triple momento se encierra una bella y profunda teología del pecado, de la conversión y del perdón, todo ello en un clima y en un ritmo mental de salud y serenidad.
El pueblo -no sólo el de ahora, sino también el de antes- es responsable en todos sus estratos, son responsables los de arriba y los de abajo, el poder político y el religioso y carismático, los reyes, los magistrados, los sacerdotes, los profetas, el pueblo (1,16). El principal pecado reside en haber despreciado la palabra de Dios: «Desde el día en que el Señor sacó a nuestros padres de Egipto hasta hoy no hemos hecho caso al Señor, nuestro Dios... No escuchamos la voz del Señor, nuestro Dios, que nos hablaba por medio de sus enviados» (1,19.21). Se recuerda constantemente el beneficio del éxodo, que contrasta con la contumacia del pueblo.
El desprecio secular de la palabra de Dios explica las calamidades en que se encuentra el pueblo. Entre los desastres más graves se mencionan las escenas de antropofagia que se produjeron durante el asedio de Jerusalén en cumplimiento de una amenaza ya anunciada: «Una nación... te sitiará en todas tus ciudades, y te comerás el fruto de tu vientre, la carne de los hijos e hijas que te haya dado Yahvé tu Dios» (Dt 28,53). Otro castigo es la sujeción a pueblos extranjeros, que los escarnecen.
Esta situación ha hecho que el pueblo reflexione sobre su «historia nacional» de pecado y clame a Yahvé. Tal clamor, que en lenguaje bíblico significa conversión, indica también la esperanza de poder ser nuevamente pueblo de Dios.
Según esta visión, el hombre se encuentra sometido a la exigencia total de la palabra divina, y su vida depende enteramente de tal palabra: «Esta palabra es vuestra vida» (Dt 32,47). La religión bíblica es esencialmente la religión de la palabra escuchada, a la cual el hombre, con sus obras, debe dar la fisonomía de la respuesta. La afirmación fundamental del NT se resume en esta proposición: la palabra de Dios es el hombre Jesús de Nazaret. En este hombre, Dios se hace palabra definitiva y se percibe quién es Dios para nosotros (F. Raurell).
El llamado que Dios nos hace a la conversión es el inicio de la manifestación de su amor misericordioso hacia nosotros. No podemos ser gratos ante Él; no podemos presentarnos ante Él como sus hijos amados, si antes no hemos reconocido que le fallamos, que fuimos rebeldes a la Alianza nueva y definitiva que pactó con nosotros. Y no sólo hemos de reconocer nuestras faltas, sino que hemos de arrepentirnos y pedir perdón, lo cual nos ha de llevar a reiniciar un volver a caminar con lealtad en la presencia del Señor. Dios es siempre fiel a su amor por nosotros. Jamás dejará de amarnos, por muchas ofensas y rebeldías que hayamos hecho en contra suya, pues en medio de nuestras infidelidades, Él permanece fiel, ya que no puede desdecirse a sí mismo. Si a veces, por culpa nuestra, la vida se nos complica, no podemos hacer responsable a Dios de lo que nosotros mismos hemos provocado. Si queremos disfrutar de una sociedad más sana y más en paz, nosotros, que decimos creer en Cristo como nuestro Dios hecho Hombre, escuchemos su voz y, como fieles discípulos suyos, pongámosla en práctica; hagamos la prueba y veremos qué bueno es el Señor y cuán rectos son sus caminos.
2. El salmista comienza con un lamento por las desgracias (pérdida del Templo, deportación) que causaron los gentiles, y pide la liberación… Hagamos nuestro el salmo y sus sentimientos: "¿hasta cuándo, Señor? ¿vas a estar siempre enojado? Que tu compasión nos alcance pronto. Socórrenos, Dios, Salvador nuestro, líbranos y perdona nuestros pecados". Es una buena manera de afirmar que no estamos conformes ni con nuestra vida ni con la situación de la sociedad, si la vemos decadente, y que estamos dispuestos a luchar por su mejora.
Dios, por medio de Jesús, su Hijo, ha descubierto su brazo a la vista de nuestros enemigos y nos ha liberado de ellos. Dios escucha el clamor de sus pobres y está pronto a sus plegarias para librarlos de la muerte. Aún en medio de nuestras más grandes miserias, aún cuando hayamos vivido demasiado lejos del Señor, volvamos a Él nuestra mirada y nuestro corazón, pues el Señor es rico en misericordia y su bondad nunca se acaba. Retornemos a Él dispuestos a dejar que nos purifique de nuestras maldades y nos revista de su propio Hijo, de tal forma que no sólo participemos de sus bienes, sino que, bien calzados nuestros pies, vayamos a anunciar el Evangelio de la paz y de la misericordia que el Señor nos ha manifestado, y del cual quiere que participen los hombres de todos los lugares y tiempos.
3.- Lc 10,13-16. Jesús y los suyos tenían ya experiencia de fracaso en su trabajo evangelizador. Acababan de dejar Galilea, de donde conservaban algunos recuerdos amargos. En su paso por Samaria no les habían querido hospedar. En Jerusalén les esperaban cosas aún peores. Jesús anuncia que, al final, habrá un juicio duro para los que no han sabido acoger al enviado de Dios. Tres ciudades de Galilea, testigos de los milagros y predicaciones de Jesús, recibirán un trato mucho más exigente que otras ciudades paganas: hoy se nombra a Tiro y Sidón, y ayer a Sodoma. Los de casa -el pueblo elegido, los israelitas- son precisamente los más reacios en interpretar los signos de los tiempos mesiánicos.
Lo que le pasó a Cristo le pasa a su comunidad eclesial, desde siempre: bastantes llegan a la fe y se alegran de la salvación de Cristo. Pero otros muchos se niegan a ver la luz y aceptarla. No nos extrañe que muchos no nos hagan caso. A él tampoco le hicieron, a pesar de su admirable doctrina y sus muchos milagros. La libertad humana es un misterio. Jesús asegura que el que escucha a sus enviados -a su Iglesia- le escucha a él, y quien les rechaza, le rechaza a él y al Dios que le ha enviado. Ése va a ser el motivo del juicio. No valdrá, por tanto, la excusa que tantas veces oímos: "yo creo en Cristo, pero en la Iglesia, no". Sería bueno que la Iglesia fuera siempre santa, perfecta, y no débil y pecadora como es (como somos). Pero ha sido así como Jesús ha querido ser ayudado, no por ángeles, sino por hombres imperfectos.
Jesús nos enseña a reaccionar con cierta serenidad ante el rechazo del mundo. Que no pidamos que baje un rayo del cielo y destruya a los no creyentes. Ni que mostremos excesivo celo en eliminar la cizaña del campo. Nos pide tolerancia y paciencia. Aunque hoy también nos asegura que el juicio, a su tiempo, dará la razón y la quitará (J. Aldazábal).
Ayer, al final de sus consignas para el "envío en misión", Jesús daba una última consigna: "Cuando no seáis recibidos, salid a las plazas y decid: -"Hasta el polvo de este pueblo que se nos ha pegado a los pies nos lo limpiamos, ¡para vosotros! De todos modos sabed: que ya llega el reino de Dios". Es así como Jesús decididamente consideró el fracaso, el rechazo a escuchar. Incluso ante ese rechazo las consignas de pobreza y de no violencia permanecen: ¡id a otra parte! gesto de impotencia; pero la advertencia permanece también: que lo queráis o no, Dios "reinará". Pero no es incumbencia de los apóstoles hacer ese Juicio que se acerca.
-"Yo os digo: El día del Juicio le será más llevadero a Sodoma que a ese pueblo". Y es entonces cuando estallan las maldiciones de los labios de Jesús: -"¡Ay de ti Corazoín, ay de ti Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que habrían hecho penitencia cubiertas de sayal y sentadas en ceniza. Las ciudades de Corazoín, Betsaida y Cafarnaun, al nordeste del Lago de Tiberíades, delimitan el triángulo, el "sector" en el que más trabajó Jesús. Esas ciudades recibieron mucho... Serían ricas de grandes riquezas espirituales si hubiesen querido escuchar. Si se las compara a las ciudades paganas de Sodoma, Tiro y Sidón, éstas son unas "pobres" ciudades que no han tenido la suerte de oír el evangelio: pues bien, una vez más, Jesús se queda con éstas, prefiere las pobres. Esas amenazas hay que escucharlas en el día de HOY. Las "riquezas espirituales", de ningún modo constituyen una seguridad: cuanto más abundantes son las gracias recibidas, tanto más hay que hacerlas fructificar.
-Por eso, en el Juicio, habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. ¿Pensamos a menudo en ese "juicio de Dios" sobre nosotros? Jesús lo nombra sin cesar como punto de referencia. Para apreciar una cosa, un acto, una situación, se necesita una medida de comparación: algo es pequeño o grande según el punto de referencia... Para Jesús el punto de referencia del hombre, en cuanto a su verdadero valor, es el juicio de Dios. Esta apreciación "del punto de vista de Dios" es a menudo bastante diferente de las apreciaciones corrientes del mundo: las ciudades paganas, que no recibieron tanta predicación como las cristianas, serán tratadas menos severamente que las ciudades privilegiadas por una presencia de Iglesia más abundante. ¿Estoy convencido de esto? Y si es así, ¿qué exigencia me sugiere? -Y tú CAFARNAUN, ¿piensas encumbrarte hasta el cielo? No, te hundirás en el abismo. CAFARNAUN es la ciudad que Jesús había adoptado como centro de su predicación, quizá porque en ella Simón Pedro tenía su casa y su oficio. Es la ciudad más nombrada en el evangelio -dieciséis veces. Sí, CAFARNAUN fue una ciudad privilegiada. Jesús hizo de ella "su ciudad" (Mateo 9, 1). Jesús hizo en ella numerosos milagros. (Lucas 4, 23) Jesús ciertamente quiso que sus habitantes entraran en el "Reino de Dios". Pero la oferta no fue aceptada.
-Quien os escucha a vosotros, me escucha a mí; quien os rechaza a vosotros, me rechaza a mí. Esas sorprendentes palabras hacen que resalte la grandeza de la tarea apostólica o misionera: es una participación a la misión misma de Jesús. Dios necesita de los hombres. Hay hombres por los cuales habla Dios... ¿Con qué amor, con qué atención estoy delante de los "enviados" de Dios? Y en principio, acepto yo que Dios me envíe otros hombres, hermanos débiles como yo, pero con el peso de esta responsabilidad? (Noel Quesson).
vv. 13-16. «¡Ay de ti Corozaín..., Betsaida..., Cafarnaún!». Jesús contrasta tres ciudades de Galilea con Sodoma, Tiro y Sidón, tres ciudades paganas. Se trata de dos descripciones com pletas (tres nombres), a la par que reales (nombres propios), de dos situaciones antagónicas. Con esta sentencia Jesús prevé ya que la respuesta de los paganos será muy superior a la del pueblo escogido. No siempre los hombres religiosos y observantes son el mejor terreno de cultivo para la experiencia del reino.
La soberbia humana ha construido una sociedad injusta que se resiste a aceptar el mensaje liberador de Dios. Como el Faraón que no quiere dejar vivir dignamente al pueblo de Dios y como el opresor babilónico, los detentores del poder en la ciudad inhumana que vivimos encuentran a cada paso la justificación para oponerse al designio de Dios.
El endurecimiento de su corazón hace que el anuncio del mensaje asuma la forma peligrosa de una lucha en que el enviado está enfrentado a fuerzas gigantescas que se le oponen. Frente a la presencia de esas fuerzas nace en él una viva conciencia de la propia impotencia que puede conducirlo al desánimo y a sensación aguda de fracaso.
Para superar esos desalientos y manteniéndose fiel en la lucha contra el mal, que se le ha confiado, el enviado debe tomar conciencia de la profunda identificación entre sus intereses y los intereses de Jesús y de Dios. Sólo de esa identificación que hace al Enviado semejante a Quien lo envía puede nacer el coraje para afrontar las enormes dificultades que el anuncio encuentra en el orgullo del corazón de los poderosos de este mundo. Pero junto al aliento y confianza que surge de esta seguridad, brota simultáneamente desde esa identificación un deber para el enviado. Se le exige ser capaz de renunciar a todo interés y egoísmo propio a fin de hacer transparente a Jesús y al designio divino. Sólo si está convencido de esta verdad, podrá realizar con éxito la misión confiada y continuar su tarea hasta el fin (Josep Rius-Camps).
Situémonos en el final de la perícopa evangélica que hemos leído hoy. Allí está el mensaje central del relato proclamado. Lucas deja bien en claro y sin titubear que Jesús, es el enviado del Padre, autorizado por Dios para presentar a la humanidad el designio insondable del Creador. Así como Jesús es el enviado del Padre, los discípulos son los enviados de Jesús. Jesús, los autoriza para que anuncien el Reino y lo extiendan por todos los lugares conocidos. Jesús sabe que a él solo, como hombre, la tarea del anuncio del Reino, lo sobrepasa. Él "no hace alarde de su condición de Dios", por eso siente la necesidad de hacerse ayudar de hombres y mujeres y para hacer que el Reino llegue a toda la tierra por el trabajo de muchos que de buena voluntad se matriculen en esa gran empresa. Toda persona o comunidad que rechace a los discípulos, está rechazando a Jesús mismo, y todo aquel que rechaza a Jesús, rechaza a quien le envió: el Padre. Esta advertencia de Jesús, no tiene por qué llenarnos de falso orgullo; sino que tiene una exigencia profunda: quien más ha sido favorecido por el mensaje de Jesús, más responsabilidad tiene, y a quien mucho se le da, mucho se le exige. Hoy, nosotros, tenemos que evaluar nuestra actitud frente al Reino. También hemos sido elegidos por gracia. No tenemos mérito alguno para ser escogidos. Pero tenemos que responder a este llamado de Dios con altura y con responsabilidad. Es una exigencia y debemos cumplirla. Dejemos el juicio a Dios. Nosotros anunciamos a tiempo y a destiempo el Reino de Dios con todos sus valores. No perdamos el tiempo, ni las oportunidades que nos ofrece la vida para que la soberanía de Dios se a una realidad en los corazones y las conciencias que todas las personas. El Reino nos urge, nos llama, tiene que ser tarea de todos, pero iniciativa única de Dios. Dispongámonos a ser obreros del Reino con alegría y con disponibilidad, pero también con mucha apertura, para que otros accedan a él, con la libertad y la alegría de verdaderos hijos e hijas de Dios (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica).
Junto al texto del envío misionero de los setenta y dos -símbolo quizá de la misión a los gentiles- Lucas nos transmite en el texto de hoy, unos ayes contra las ciudades de Galilea que se han opuesto o han rechazado reconocer los signos de Jesús. Aunque Jesús haya lanzado la propuesta del Reino para todos los pueblos, muchos no quisieron acogerla. Corazaín, Betsaida y Cafarnaún, a pesar de haber recibido la gracia de Dios a través de la predicación y los milagros de Jesús, no aceptaron el plan salvífico de Dios, por eso Jesús las maldice y las compara con Tiro y Sidón, dos ciudades paganas que -dice Jesús- si hubieran recibido las manifestaciones de Dios, se habrían convertido. Todo parece indicar que la predicación y las acciones milagrosas de Jesús sólo fueron para ellos hechos extraordinarios del momento, que no les cambiaron la vida; no las interpretaron a la luz de la fe, por eso Jesús les advierte sobre su condenación en el juicio final. En nuestra vida, Dios sigue haciendo milagros, sigue hablando a nuestro corazón y a veces nuestra respuesta es la indiferencia. Muchas veces nos quedamos en palabras bonitas, nos impresionamos con hechos extraordinarios, pero no pasamos de ahí, seguimos con el corazón endurecido, como la gente de Corazaín, Betsaida y Cafarnaún; peor aún, creemos que ya tenemos la solución, nos creemos salvados, convertidos definitivamente. Puede ser que Jesús en el juicio final nos rechace por lo que pudimos haber hecho y no lo hicimos, por no haber amado a quienes pudimos amar, por no haber sido solidarios con los más necesitados, porque nuestro corazón estuvo siempre endurecido por nuestro egoísmo y por nuestra falta de amor (servicio bíblico latinoamericano).
Hoy vemos a Jesús dirigir su mirada hacia aquellas ciudades de Galilea que habían sido objeto de su preocupación y en las que Él había predicado y realizado las obras del Padre. En ningún lugar como Corazín, Bet-Saida y Cafarnaúm había predicado y hecho milagros. La siembra había sido abundante, pero la cosecha no fue buena. ¡Ni Jesús pudo convencerles...! ¡Qué misterio, el de la libertad humana! Podemos decir “no” a Dios... El mensaje evangélico no se impone por la fuerza, tan sólo se ofrece y yo puedo cerrarme a él; puedo aceptarlo o rechazarlo. El Señor respeta totalmente mi libertad. ¡Qué responsabilidad para mí!
Las expresiones de Jesús: «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!» (Lc 10,13) al acabar su misión apostólica expresan más sufrimiento que condena. La proximidad del Reino de Dios no fue para aquellas ciudades una llamada a la penitencia y al cambio. Jesús reconoce que en Sidón y en Tiro habrían aprovechado mejor toda la gracia dispensada a los galileos.
La decepción de Jesús es mayor cuando se trata de Cafarnaúm. «¿Hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás!» (Lc 10,15). Aquí Pedro tenía su casa y Jesús había hecho de esta ciudad el centro de su predicación. Una vez más vemos más un sentimiento de tristeza que una amenaza en estas palabras. Lo mismo podríamos decir de muchas ciudades y personas de nuestra época. Creen que prosperan, cuando en realidad se están hundiendo.
«Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha» (Lc 10,16). Estas palabras con la que concluye el Evangelio son una llamada a la conversión y traen esperanza. Si escuchamos la voz de Jesús aún estamos a tiempo. La conversión consiste en que el amor supere progresivamente al egoísmo en nuestra vida, lo cual es un trabajo siempre inacabado. San Máximo nos dirá: «No hay nada más agradable y amado por Dios como el hecho de que los hombres se conviertan a Él con sincero arrepentimiento» (Jordi Sotorra i Garriga). El Catecismo nos explica esta penitencia que reclama el Señor: 1431: “La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia. Esta conversión del corazón va acompañada de dolor y tristeza saludables que los Padres llamaron "animi cruciatus" (aflicción del espíritu), "compunctio cordis" (arrepentimiento del corazón) (cf Cc. de Trento: DS 1676-1678; 1705; Catech. R. 2, 5, 4)”.
No basta estirar las manos para recibir los dones de Dios; es necesario esforzarse por vivir conforme al don recibido, pues a base de sólo recibir sin vivir, sin dar testimonio, podemos volver estéril nuestro mundo. Dios nos ha enviado a su propio Hijo, quien nos ha dado el perdón de nuestros pecados y nos ha hecho partícipes de su propia Vida y de su Espíritu. ¿Por qué nuestro mundo continúa, entonces, dominado por tantos egoísmos y tantos males provocados, incluso, por personas que se confiesan cristianas? ¿Acaso vivimos a profundidad nuestra fe? ¿No nos habremos quedado, más bien, en una profesión de fe hecha con los labios, por mera costumbre o tradición familiar, mientras nuestro corazón está lejos del Señor? Ojalá y no rechacemos al Señor alejándolo de nuestra vida, sino que, conforme a la fe que en Él profesamos, sepamos escuchar su Palabra y ponerla en práctica; aceptar su Vida y su Espíritu y dar testimonio, por medio de nuestras buenas obras, de su presencia en nosotros.
El Señor nos ha llamado para que estemos con Él en esta Eucaristía. A Él no se le oculta nuestra fragilidad; ante Él están nuestras miserias y traiciones. Sin embargo se muestra misericordioso para con todos; y a pesar de que nosotros somos quienes hemos tomado por caminos equivocados y Él ha permanecido fiel, hoy sale a nuestro encuentro para ofrecernos su perdón, su bondad, su misericordia, su protección. Sólo espera de nosotros el que estemos dispuestos a recibir, a hacer nuestra su oferta de perdón y de salvación. Mediante la celebración del Memorial de su Pascua quiere, no sólo que comprendamos y aceptemos su amor hacia nosotros, sino que, aceptando su Vida en nosotros, su Espíritu nos renueve de tal forma que en adelante nos convirtamos en testigos suyos y en constructores de su Reino. Ojalá y no sólo vengamos como espectadores a esta Eucaristía, sino con la plena disposición de entrar en comunión de vida con el Señor.
El Señor nos envía como discípulos suyos a proclamar su Evangelio y a construir su Reino. No vamos sólos. Él, además de comunicarnos su Vida, ha derramado en nuestros corazones su Espíritu Santo. No podemos volver a casa para encerrarnos en nuestras cavilaciones personales y vivir nuestra fe sin proyección hacia la vida social. Es cierto que encontraremos muchos ambientes hostiles a la fe; es cierto que quien proclame el Nombre del Señor podrá convertirse en objeto de burla para quienes no quieren un compromiso real de fe; es cierto que muchos no sólo rechazarán, sino que perseguirán e incluso tratarán de acabar con la vida del enviado. Esto no puede acobardarnos, pues, efectivamente, no hemos recibido un espíritu de cobardía, sino el Espíritu que viene de Dios, que nos hace fuertes en la fe. No queramos, por defender nuestra vida, vivir con doblez: como hombres de fe en el templo, y como descreídos y cómplices de la maldad en el mundo. Si en verdad queremos no sólo arrodillarnos ante Dios en su templo, sino convertirnos en testigos del Señor y constructores de su Reino, aceptemos el compromiso que tenemos de vivir como sus enviados para impulsar el nacimiento de una humanidad que, día a día, se vaya renovando en Cristo.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la Gracia de poder vivir con lealtad nuestra fe, como colaboradores esforzados en la construcción de su Reino en los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra existencia. Amén (www.homiliacatolica.com).
Comentario: 1.- Ba 1,15-22. Hoy y mañana leemos una selección del libro de Baruc, también de la época del destierro de Babilonia y la vuelta a Sión. Este Baruc es probablemente el secretario y hombre de confianza del profeta Jeremías. Le encontramos en Babilonia, con los desterrados, a la muerte de Jeremías, hacia el 580 antes de Cristo. Aquí leemos su oración emocionada, humilde, en la que reconoce que son culpables de lo que les está pasando, porque todos han sido infieles a Dios, empezando por los políticos y sacerdotes: "no obedecimos al Señor que nos hablaba, seguimos nuestros malos deseos, haciendo lo que el Señor nuestro Dios reprueba".
Nos viene bien a todos recapacitar y sentir humildemente "vergüenza" por lo que nos está pasando. Y reconocernos culpables, porque "pecamos contra el Señor no haciéndole caso". Tenemos que aprender las lecciones que nos da la historia. Los períodos de decadencia de una persona o de la Iglesia se deben, seguramente, a muchas causas. Una de ellas es nuestra propia dejadez y nuestra infidelidad a la Alianza que habíamos prometido a Dios. Sembramos vientos y recogemos tempestades. Olvidamos la base sólida del edificio y luego nos quejamos de que la primera ventolera ha derrumbado sus paredes. La oración de Baruc sigue siendo actual. Solemos excusarnos echando las culpas a los demás o a las instituciones o al mundo que nos rodea. Pero entonar el "mea culpa" de cuando en cuando, con golpes en el pecho bien dados -en el nuestro, no en el de los demás-, nos ayuda a progresar en nuestra vida de fe. Lo hacemos normalmente al empezar la Eucaristía, con el acto penitencial. Lo hacemos, sobre todo, cuando celebramos el sacramento de la Reconciliación. Eso nos ayuda a reflexionar sobre si estamos "siguiendo nuestros malos deseos sirviendo a dioses ajenos". Y nos invita a corregir la dirección de nuestra vida para no llegar hasta la ruina total.
El comienzo de esta oración está marcado por la doctrina de la retribución (Dt 28,15-68; Lev 26,14-39). La desgracia castiga al pueblo porque ha pecado, y como todas las generaciones son solidarias en el pecado y el castigo, se trata, para que dicha desgracia sea alejada, de reconocer, en el nombre de las generaciones pasadas, las responsabilidades incurridas. La confesión de sus faltas es por consiguiente para el pueblo una forma de situarse de nuevo en la historia de la salvación. La oración penitencial y la confesión de las faltas tienen en el Nuevo Testamento un contexto totalmente diferente, en un cántico de gratuidad, de gracia de Cristo.
El libro de Baruc se escribió en el siglo anterior a Jesucristo. En este época muchos judíos se encontraban en la Diáspora -Dispersión-, reunidos en pequeñas comunidades en ciudades paganas. Es la experiencia apasionante de una vida religiosa que se mantiene fervorosa, por la oración. En muchos ambientes los cristianos de HOY se encuentran en minoría y dispersos entre unos hombres y mujeres prácticamente extraños a su fe.
-Al Señor, nuestro Dios, pertenece la justicia, a nosotros, en cambio, la confusión del rostro, como es patente en el día de hoy. La humildad no tiene HOY buena prensa. El mundo se burla de los humildes. Esta postura o estado se considera una dimisión. Y sin embargo, más allá de posibles desviaciones contra las que tenemos que luchar para no contribuir a que esta virtud resulte odiosa a nuestros contemporáneos, la humildad es un valor esencial. Desde un simple punto de vista humano, la humildad es un valor de verdad, lo contrario de la ampulosidad y la suficiencia. Desde el punto de vista religioso, la humildad es el reconocimiento de nuestra verdadera situación delante de Dios.
En el evangelio, la humildad es presentada como una virtud fundamental: el Reino se promete a los humildes y a los pobres. (Mateo 11, 25). La humildad debe ser muy importante puesto que la Encarnación del Hijo de Dios fue un «anonadamiento» (Filipenses 2, 5) que nos salva del orgullo demencial del primer Adán, que quería «hacerse dios» .
-Sí, hemos pecado contra el Señor, le hemos desobedecido. En efecto, nuestra "condición humana" no es solamente frágil, limitada, efímera... es pecadora. Es preciso, es verdad, cerrar los ojos para no verlo. Estamos de veras inmersos en un baño de violencia, de sexo, de dinero, de opresión. Y basta mirar lúcidamente el fondo de nuestro interior para descubrir allí esas mismas tendencias. El solo hecho de «reconocer» este pecado en nosotros es ya liberador: afirmamos por ende cuál es la dirección esencial de nuestra vida. Cuando reconozco que te he desobedecido, Señor, afirmo al mismo tiempo que eres Tú el verdadero sentido de mi vida.
-En nuestra ligereza, no hemos escuchado la voz del Señor. Cada uno de nosotros, según el capricho de su perverso corazón, hemos ido a servir a dioses extraños, a hacer lo malo a los ojos del Señor, nuestro Dios. Nuestra libertad profunda no se ejerce de veras más que en los límites de nuestra conciencia real. Nuestra responsabilidad recae en lo que «sabemos». Y Jesús pudo decir de sus verdugos: «perdónalos, Padre, que no saben lo que hacen». Efectivamente, nuestra ligereza y nuestra inconsciencia nos inducen a satisfacer «nuestros propios caprichos» en lugar de cumplir «la Voluntad de Dios» porque Dios sólo quiere nuestro bien más profundo.
-Por esto, como sucede en este día, se nos han pegado los males. El pensamiento judío, como también el pensamiento popular de muchos pueblos, piensa que hay una relación entre el pecado y la desgracia. Es la tesis de la «retribución»: ¡cosecha lo que ha sembrado! Cristo ha superado netamente ese punto de vista demasiado estrecho, -defendiendo de toda acusación al ciego de nacimiento- (Juan 9,3).
Sigue siendo verdad que la felicidad consiste en seguir a Dios. Y todo aquello que nos desvía de su voluntad, nos aleja también de nuestro bien más profundo (Noel Quesson).
Los textos que leemos hoy se han seleccionado así porque contienen una larga oración litúrgica que les da unidad. Esta oración, tanto en la forma como en el contenido, tiene precedentes en otros libros (Dn 9,4b-19; Esd 9,6-15; Neh 1,5-11; 9,6-37), donde el clamor colectivo responde a situaciones parecidas de angustia y desastre nacional. La plegaria empieza con una confesión sincera y lúcida de los pecados de toda la comunidad de ahora y de antes; sigue con el reconocimiento del sentido del castigo divino; termina pidiendo misericordia. En este triple momento se encierra una bella y profunda teología del pecado, de la conversión y del perdón, todo ello en un clima y en un ritmo mental de salud y serenidad.
El pueblo -no sólo el de ahora, sino también el de antes- es responsable en todos sus estratos, son responsables los de arriba y los de abajo, el poder político y el religioso y carismático, los reyes, los magistrados, los sacerdotes, los profetas, el pueblo (1,16). El principal pecado reside en haber despreciado la palabra de Dios: «Desde el día en que el Señor sacó a nuestros padres de Egipto hasta hoy no hemos hecho caso al Señor, nuestro Dios... No escuchamos la voz del Señor, nuestro Dios, que nos hablaba por medio de sus enviados» (1,19.21). Se recuerda constantemente el beneficio del éxodo, que contrasta con la contumacia del pueblo.
El desprecio secular de la palabra de Dios explica las calamidades en que se encuentra el pueblo. Entre los desastres más graves se mencionan las escenas de antropofagia que se produjeron durante el asedio de Jerusalén en cumplimiento de una amenaza ya anunciada: «Una nación... te sitiará en todas tus ciudades, y te comerás el fruto de tu vientre, la carne de los hijos e hijas que te haya dado Yahvé tu Dios» (Dt 28,53). Otro castigo es la sujeción a pueblos extranjeros, que los escarnecen.
Esta situación ha hecho que el pueblo reflexione sobre su «historia nacional» de pecado y clame a Yahvé. Tal clamor, que en lenguaje bíblico significa conversión, indica también la esperanza de poder ser nuevamente pueblo de Dios.
Según esta visión, el hombre se encuentra sometido a la exigencia total de la palabra divina, y su vida depende enteramente de tal palabra: «Esta palabra es vuestra vida» (Dt 32,47). La religión bíblica es esencialmente la religión de la palabra escuchada, a la cual el hombre, con sus obras, debe dar la fisonomía de la respuesta. La afirmación fundamental del NT se resume en esta proposición: la palabra de Dios es el hombre Jesús de Nazaret. En este hombre, Dios se hace palabra definitiva y se percibe quién es Dios para nosotros (F. Raurell).
El llamado que Dios nos hace a la conversión es el inicio de la manifestación de su amor misericordioso hacia nosotros. No podemos ser gratos ante Él; no podemos presentarnos ante Él como sus hijos amados, si antes no hemos reconocido que le fallamos, que fuimos rebeldes a la Alianza nueva y definitiva que pactó con nosotros. Y no sólo hemos de reconocer nuestras faltas, sino que hemos de arrepentirnos y pedir perdón, lo cual nos ha de llevar a reiniciar un volver a caminar con lealtad en la presencia del Señor. Dios es siempre fiel a su amor por nosotros. Jamás dejará de amarnos, por muchas ofensas y rebeldías que hayamos hecho en contra suya, pues en medio de nuestras infidelidades, Él permanece fiel, ya que no puede desdecirse a sí mismo. Si a veces, por culpa nuestra, la vida se nos complica, no podemos hacer responsable a Dios de lo que nosotros mismos hemos provocado. Si queremos disfrutar de una sociedad más sana y más en paz, nosotros, que decimos creer en Cristo como nuestro Dios hecho Hombre, escuchemos su voz y, como fieles discípulos suyos, pongámosla en práctica; hagamos la prueba y veremos qué bueno es el Señor y cuán rectos son sus caminos.
2. El salmista comienza con un lamento por las desgracias (pérdida del Templo, deportación) que causaron los gentiles, y pide la liberación… Hagamos nuestro el salmo y sus sentimientos: "¿hasta cuándo, Señor? ¿vas a estar siempre enojado? Que tu compasión nos alcance pronto. Socórrenos, Dios, Salvador nuestro, líbranos y perdona nuestros pecados". Es una buena manera de afirmar que no estamos conformes ni con nuestra vida ni con la situación de la sociedad, si la vemos decadente, y que estamos dispuestos a luchar por su mejora.
Dios, por medio de Jesús, su Hijo, ha descubierto su brazo a la vista de nuestros enemigos y nos ha liberado de ellos. Dios escucha el clamor de sus pobres y está pronto a sus plegarias para librarlos de la muerte. Aún en medio de nuestras más grandes miserias, aún cuando hayamos vivido demasiado lejos del Señor, volvamos a Él nuestra mirada y nuestro corazón, pues el Señor es rico en misericordia y su bondad nunca se acaba. Retornemos a Él dispuestos a dejar que nos purifique de nuestras maldades y nos revista de su propio Hijo, de tal forma que no sólo participemos de sus bienes, sino que, bien calzados nuestros pies, vayamos a anunciar el Evangelio de la paz y de la misericordia que el Señor nos ha manifestado, y del cual quiere que participen los hombres de todos los lugares y tiempos.
3.- Lc 10,13-16. Jesús y los suyos tenían ya experiencia de fracaso en su trabajo evangelizador. Acababan de dejar Galilea, de donde conservaban algunos recuerdos amargos. En su paso por Samaria no les habían querido hospedar. En Jerusalén les esperaban cosas aún peores. Jesús anuncia que, al final, habrá un juicio duro para los que no han sabido acoger al enviado de Dios. Tres ciudades de Galilea, testigos de los milagros y predicaciones de Jesús, recibirán un trato mucho más exigente que otras ciudades paganas: hoy se nombra a Tiro y Sidón, y ayer a Sodoma. Los de casa -el pueblo elegido, los israelitas- son precisamente los más reacios en interpretar los signos de los tiempos mesiánicos.
Lo que le pasó a Cristo le pasa a su comunidad eclesial, desde siempre: bastantes llegan a la fe y se alegran de la salvación de Cristo. Pero otros muchos se niegan a ver la luz y aceptarla. No nos extrañe que muchos no nos hagan caso. A él tampoco le hicieron, a pesar de su admirable doctrina y sus muchos milagros. La libertad humana es un misterio. Jesús asegura que el que escucha a sus enviados -a su Iglesia- le escucha a él, y quien les rechaza, le rechaza a él y al Dios que le ha enviado. Ése va a ser el motivo del juicio. No valdrá, por tanto, la excusa que tantas veces oímos: "yo creo en Cristo, pero en la Iglesia, no". Sería bueno que la Iglesia fuera siempre santa, perfecta, y no débil y pecadora como es (como somos). Pero ha sido así como Jesús ha querido ser ayudado, no por ángeles, sino por hombres imperfectos.
Jesús nos enseña a reaccionar con cierta serenidad ante el rechazo del mundo. Que no pidamos que baje un rayo del cielo y destruya a los no creyentes. Ni que mostremos excesivo celo en eliminar la cizaña del campo. Nos pide tolerancia y paciencia. Aunque hoy también nos asegura que el juicio, a su tiempo, dará la razón y la quitará (J. Aldazábal).
Ayer, al final de sus consignas para el "envío en misión", Jesús daba una última consigna: "Cuando no seáis recibidos, salid a las plazas y decid: -"Hasta el polvo de este pueblo que se nos ha pegado a los pies nos lo limpiamos, ¡para vosotros! De todos modos sabed: que ya llega el reino de Dios". Es así como Jesús decididamente consideró el fracaso, el rechazo a escuchar. Incluso ante ese rechazo las consignas de pobreza y de no violencia permanecen: ¡id a otra parte! gesto de impotencia; pero la advertencia permanece también: que lo queráis o no, Dios "reinará". Pero no es incumbencia de los apóstoles hacer ese Juicio que se acerca.
-"Yo os digo: El día del Juicio le será más llevadero a Sodoma que a ese pueblo". Y es entonces cuando estallan las maldiciones de los labios de Jesús: -"¡Ay de ti Corazoín, ay de ti Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que habrían hecho penitencia cubiertas de sayal y sentadas en ceniza. Las ciudades de Corazoín, Betsaida y Cafarnaun, al nordeste del Lago de Tiberíades, delimitan el triángulo, el "sector" en el que más trabajó Jesús. Esas ciudades recibieron mucho... Serían ricas de grandes riquezas espirituales si hubiesen querido escuchar. Si se las compara a las ciudades paganas de Sodoma, Tiro y Sidón, éstas son unas "pobres" ciudades que no han tenido la suerte de oír el evangelio: pues bien, una vez más, Jesús se queda con éstas, prefiere las pobres. Esas amenazas hay que escucharlas en el día de HOY. Las "riquezas espirituales", de ningún modo constituyen una seguridad: cuanto más abundantes son las gracias recibidas, tanto más hay que hacerlas fructificar.
-Por eso, en el Juicio, habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. ¿Pensamos a menudo en ese "juicio de Dios" sobre nosotros? Jesús lo nombra sin cesar como punto de referencia. Para apreciar una cosa, un acto, una situación, se necesita una medida de comparación: algo es pequeño o grande según el punto de referencia... Para Jesús el punto de referencia del hombre, en cuanto a su verdadero valor, es el juicio de Dios. Esta apreciación "del punto de vista de Dios" es a menudo bastante diferente de las apreciaciones corrientes del mundo: las ciudades paganas, que no recibieron tanta predicación como las cristianas, serán tratadas menos severamente que las ciudades privilegiadas por una presencia de Iglesia más abundante. ¿Estoy convencido de esto? Y si es así, ¿qué exigencia me sugiere? -Y tú CAFARNAUN, ¿piensas encumbrarte hasta el cielo? No, te hundirás en el abismo. CAFARNAUN es la ciudad que Jesús había adoptado como centro de su predicación, quizá porque en ella Simón Pedro tenía su casa y su oficio. Es la ciudad más nombrada en el evangelio -dieciséis veces. Sí, CAFARNAUN fue una ciudad privilegiada. Jesús hizo de ella "su ciudad" (Mateo 9, 1). Jesús hizo en ella numerosos milagros. (Lucas 4, 23) Jesús ciertamente quiso que sus habitantes entraran en el "Reino de Dios". Pero la oferta no fue aceptada.
-Quien os escucha a vosotros, me escucha a mí; quien os rechaza a vosotros, me rechaza a mí. Esas sorprendentes palabras hacen que resalte la grandeza de la tarea apostólica o misionera: es una participación a la misión misma de Jesús. Dios necesita de los hombres. Hay hombres por los cuales habla Dios... ¿Con qué amor, con qué atención estoy delante de los "enviados" de Dios? Y en principio, acepto yo que Dios me envíe otros hombres, hermanos débiles como yo, pero con el peso de esta responsabilidad? (Noel Quesson).
vv. 13-16. «¡Ay de ti Corozaín..., Betsaida..., Cafarnaún!». Jesús contrasta tres ciudades de Galilea con Sodoma, Tiro y Sidón, tres ciudades paganas. Se trata de dos descripciones com pletas (tres nombres), a la par que reales (nombres propios), de dos situaciones antagónicas. Con esta sentencia Jesús prevé ya que la respuesta de los paganos será muy superior a la del pueblo escogido. No siempre los hombres religiosos y observantes son el mejor terreno de cultivo para la experiencia del reino.
La soberbia humana ha construido una sociedad injusta que se resiste a aceptar el mensaje liberador de Dios. Como el Faraón que no quiere dejar vivir dignamente al pueblo de Dios y como el opresor babilónico, los detentores del poder en la ciudad inhumana que vivimos encuentran a cada paso la justificación para oponerse al designio de Dios.
El endurecimiento de su corazón hace que el anuncio del mensaje asuma la forma peligrosa de una lucha en que el enviado está enfrentado a fuerzas gigantescas que se le oponen. Frente a la presencia de esas fuerzas nace en él una viva conciencia de la propia impotencia que puede conducirlo al desánimo y a sensación aguda de fracaso.
Para superar esos desalientos y manteniéndose fiel en la lucha contra el mal, que se le ha confiado, el enviado debe tomar conciencia de la profunda identificación entre sus intereses y los intereses de Jesús y de Dios. Sólo de esa identificación que hace al Enviado semejante a Quien lo envía puede nacer el coraje para afrontar las enormes dificultades que el anuncio encuentra en el orgullo del corazón de los poderosos de este mundo. Pero junto al aliento y confianza que surge de esta seguridad, brota simultáneamente desde esa identificación un deber para el enviado. Se le exige ser capaz de renunciar a todo interés y egoísmo propio a fin de hacer transparente a Jesús y al designio divino. Sólo si está convencido de esta verdad, podrá realizar con éxito la misión confiada y continuar su tarea hasta el fin (Josep Rius-Camps).
Situémonos en el final de la perícopa evangélica que hemos leído hoy. Allí está el mensaje central del relato proclamado. Lucas deja bien en claro y sin titubear que Jesús, es el enviado del Padre, autorizado por Dios para presentar a la humanidad el designio insondable del Creador. Así como Jesús es el enviado del Padre, los discípulos son los enviados de Jesús. Jesús, los autoriza para que anuncien el Reino y lo extiendan por todos los lugares conocidos. Jesús sabe que a él solo, como hombre, la tarea del anuncio del Reino, lo sobrepasa. Él "no hace alarde de su condición de Dios", por eso siente la necesidad de hacerse ayudar de hombres y mujeres y para hacer que el Reino llegue a toda la tierra por el trabajo de muchos que de buena voluntad se matriculen en esa gran empresa. Toda persona o comunidad que rechace a los discípulos, está rechazando a Jesús mismo, y todo aquel que rechaza a Jesús, rechaza a quien le envió: el Padre. Esta advertencia de Jesús, no tiene por qué llenarnos de falso orgullo; sino que tiene una exigencia profunda: quien más ha sido favorecido por el mensaje de Jesús, más responsabilidad tiene, y a quien mucho se le da, mucho se le exige. Hoy, nosotros, tenemos que evaluar nuestra actitud frente al Reino. También hemos sido elegidos por gracia. No tenemos mérito alguno para ser escogidos. Pero tenemos que responder a este llamado de Dios con altura y con responsabilidad. Es una exigencia y debemos cumplirla. Dejemos el juicio a Dios. Nosotros anunciamos a tiempo y a destiempo el Reino de Dios con todos sus valores. No perdamos el tiempo, ni las oportunidades que nos ofrece la vida para que la soberanía de Dios se a una realidad en los corazones y las conciencias que todas las personas. El Reino nos urge, nos llama, tiene que ser tarea de todos, pero iniciativa única de Dios. Dispongámonos a ser obreros del Reino con alegría y con disponibilidad, pero también con mucha apertura, para que otros accedan a él, con la libertad y la alegría de verdaderos hijos e hijas de Dios (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica).
Junto al texto del envío misionero de los setenta y dos -símbolo quizá de la misión a los gentiles- Lucas nos transmite en el texto de hoy, unos ayes contra las ciudades de Galilea que se han opuesto o han rechazado reconocer los signos de Jesús. Aunque Jesús haya lanzado la propuesta del Reino para todos los pueblos, muchos no quisieron acogerla. Corazaín, Betsaida y Cafarnaún, a pesar de haber recibido la gracia de Dios a través de la predicación y los milagros de Jesús, no aceptaron el plan salvífico de Dios, por eso Jesús las maldice y las compara con Tiro y Sidón, dos ciudades paganas que -dice Jesús- si hubieran recibido las manifestaciones de Dios, se habrían convertido. Todo parece indicar que la predicación y las acciones milagrosas de Jesús sólo fueron para ellos hechos extraordinarios del momento, que no les cambiaron la vida; no las interpretaron a la luz de la fe, por eso Jesús les advierte sobre su condenación en el juicio final. En nuestra vida, Dios sigue haciendo milagros, sigue hablando a nuestro corazón y a veces nuestra respuesta es la indiferencia. Muchas veces nos quedamos en palabras bonitas, nos impresionamos con hechos extraordinarios, pero no pasamos de ahí, seguimos con el corazón endurecido, como la gente de Corazaín, Betsaida y Cafarnaún; peor aún, creemos que ya tenemos la solución, nos creemos salvados, convertidos definitivamente. Puede ser que Jesús en el juicio final nos rechace por lo que pudimos haber hecho y no lo hicimos, por no haber amado a quienes pudimos amar, por no haber sido solidarios con los más necesitados, porque nuestro corazón estuvo siempre endurecido por nuestro egoísmo y por nuestra falta de amor (servicio bíblico latinoamericano).
Hoy vemos a Jesús dirigir su mirada hacia aquellas ciudades de Galilea que habían sido objeto de su preocupación y en las que Él había predicado y realizado las obras del Padre. En ningún lugar como Corazín, Bet-Saida y Cafarnaúm había predicado y hecho milagros. La siembra había sido abundante, pero la cosecha no fue buena. ¡Ni Jesús pudo convencerles...! ¡Qué misterio, el de la libertad humana! Podemos decir “no” a Dios... El mensaje evangélico no se impone por la fuerza, tan sólo se ofrece y yo puedo cerrarme a él; puedo aceptarlo o rechazarlo. El Señor respeta totalmente mi libertad. ¡Qué responsabilidad para mí!
Las expresiones de Jesús: «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!» (Lc 10,13) al acabar su misión apostólica expresan más sufrimiento que condena. La proximidad del Reino de Dios no fue para aquellas ciudades una llamada a la penitencia y al cambio. Jesús reconoce que en Sidón y en Tiro habrían aprovechado mejor toda la gracia dispensada a los galileos.
La decepción de Jesús es mayor cuando se trata de Cafarnaúm. «¿Hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás!» (Lc 10,15). Aquí Pedro tenía su casa y Jesús había hecho de esta ciudad el centro de su predicación. Una vez más vemos más un sentimiento de tristeza que una amenaza en estas palabras. Lo mismo podríamos decir de muchas ciudades y personas de nuestra época. Creen que prosperan, cuando en realidad se están hundiendo.
«Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha» (Lc 10,16). Estas palabras con la que concluye el Evangelio son una llamada a la conversión y traen esperanza. Si escuchamos la voz de Jesús aún estamos a tiempo. La conversión consiste en que el amor supere progresivamente al egoísmo en nuestra vida, lo cual es un trabajo siempre inacabado. San Máximo nos dirá: «No hay nada más agradable y amado por Dios como el hecho de que los hombres se conviertan a Él con sincero arrepentimiento» (Jordi Sotorra i Garriga). El Catecismo nos explica esta penitencia que reclama el Señor: 1431: “La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia. Esta conversión del corazón va acompañada de dolor y tristeza saludables que los Padres llamaron "animi cruciatus" (aflicción del espíritu), "compunctio cordis" (arrepentimiento del corazón) (cf Cc. de Trento: DS 1676-1678; 1705; Catech. R. 2, 5, 4)”.
No basta estirar las manos para recibir los dones de Dios; es necesario esforzarse por vivir conforme al don recibido, pues a base de sólo recibir sin vivir, sin dar testimonio, podemos volver estéril nuestro mundo. Dios nos ha enviado a su propio Hijo, quien nos ha dado el perdón de nuestros pecados y nos ha hecho partícipes de su propia Vida y de su Espíritu. ¿Por qué nuestro mundo continúa, entonces, dominado por tantos egoísmos y tantos males provocados, incluso, por personas que se confiesan cristianas? ¿Acaso vivimos a profundidad nuestra fe? ¿No nos habremos quedado, más bien, en una profesión de fe hecha con los labios, por mera costumbre o tradición familiar, mientras nuestro corazón está lejos del Señor? Ojalá y no rechacemos al Señor alejándolo de nuestra vida, sino que, conforme a la fe que en Él profesamos, sepamos escuchar su Palabra y ponerla en práctica; aceptar su Vida y su Espíritu y dar testimonio, por medio de nuestras buenas obras, de su presencia en nosotros.
El Señor nos ha llamado para que estemos con Él en esta Eucaristía. A Él no se le oculta nuestra fragilidad; ante Él están nuestras miserias y traiciones. Sin embargo se muestra misericordioso para con todos; y a pesar de que nosotros somos quienes hemos tomado por caminos equivocados y Él ha permanecido fiel, hoy sale a nuestro encuentro para ofrecernos su perdón, su bondad, su misericordia, su protección. Sólo espera de nosotros el que estemos dispuestos a recibir, a hacer nuestra su oferta de perdón y de salvación. Mediante la celebración del Memorial de su Pascua quiere, no sólo que comprendamos y aceptemos su amor hacia nosotros, sino que, aceptando su Vida en nosotros, su Espíritu nos renueve de tal forma que en adelante nos convirtamos en testigos suyos y en constructores de su Reino. Ojalá y no sólo vengamos como espectadores a esta Eucaristía, sino con la plena disposición de entrar en comunión de vida con el Señor.
El Señor nos envía como discípulos suyos a proclamar su Evangelio y a construir su Reino. No vamos sólos. Él, además de comunicarnos su Vida, ha derramado en nuestros corazones su Espíritu Santo. No podemos volver a casa para encerrarnos en nuestras cavilaciones personales y vivir nuestra fe sin proyección hacia la vida social. Es cierto que encontraremos muchos ambientes hostiles a la fe; es cierto que quien proclame el Nombre del Señor podrá convertirse en objeto de burla para quienes no quieren un compromiso real de fe; es cierto que muchos no sólo rechazarán, sino que perseguirán e incluso tratarán de acabar con la vida del enviado. Esto no puede acobardarnos, pues, efectivamente, no hemos recibido un espíritu de cobardía, sino el Espíritu que viene de Dios, que nos hace fuertes en la fe. No queramos, por defender nuestra vida, vivir con doblez: como hombres de fe en el templo, y como descreídos y cómplices de la maldad en el mundo. Si en verdad queremos no sólo arrodillarnos ante Dios en su templo, sino convertirnos en testigos del Señor y constructores de su Reino, aceptemos el compromiso que tenemos de vivir como sus enviados para impulsar el nacimiento de una humanidad que, día a día, se vaya renovando en Cristo.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la Gracia de poder vivir con lealtad nuestra fe, como colaboradores esforzados en la construcción de su Reino en los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra existencia. Amén (www.homiliacatolica.com).
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29 de septiembre, Fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Son espíritus enviados para cuidarnos. Jesús habla mucho de ellos: “Veréis
29 de septiembre, Fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Son espíritus enviados para cuidarnos. Jesús habla mucho de ellos: “Veréis a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”
Lectura de la profecía de Daniel 7,9-10.13-14. Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas. Un río impetuoso de fuego brotaba delante de él. Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros. Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.
Salmo 137,1-2a.2b-3.4-5.7c-8. R. Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti, me postraré hacia tu santuario.
Daré gracias a tu nombre: por tu misericordia y tu lealtad, porque tu promesa supera a tu fama; cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma.
Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra, al escuchar el oráculo de tu boca; canten los caminos del Señor, porque la gloria del Señor es grande.
Evangelio según san Juan 1,47-51. En aquel tiempo, vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: -«Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.» Natanael le contesta: -«¿De qué me conoces?» Jesús le responde: -«Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.» Natanael respondió: -«Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.» Jesús le contestó: -«¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.» Y le añadió: -«Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»
Comentario: Miguel: Quis sicut Deus? La humildad es condición fundamental para ser fieles. Serviam! La paz, consecuencia de la lucha, hubo una batalla en el cielo, y él encabezó la victoria. Pax in bello. Moral de victoria (vid. Apoc., 12, 7 ss.). Defende nos in proelio...; ut inimímicos Sanctae Ecclesiae humiliare digneris. Gabriel enviado a la Virgen María el anuncio de la Encarnación de Jesús. Tres santos que carecen de sustancia humana. Sus alas proceden de descripciones simbóicas de los profetas Daniel, Ezequiel e Isías. Dios infinito. Puro amor, sabio, omnipotente decide crear el Universo con una armonía que es belleza toda, y en primer lugar los espíritus puros, amantes, libres. Alguno se rebeló por orgullo, soberbia y envidia. Son pecados de puro espíritu. Los peores porque tienen un grado de consciencia mucho mayor de los materiales que muchas veces tienen un buena dosis de inconsciencia y fragilidad. Luzbel tuvo un pecado muy consciente, corruptio optimi pessima. Su castigo no permite una redenció, pues no quiere ser redimido, permanece en su odio, aunque sufra. Por ello odia a los hombres y trata de seducirlos. Su presencia en la historia es importantísima, pero por contraste se hace más luminosa la misericordia divina y la luminosa presencia de los ángeles fieles, Miguel el primero. San Gregorio Magno dice que "siempre que se debe realizar algo que requiere un poder extraordinario es enviado Miguel para que quede claro que nadie es m㎏ fuerte que Dios." Hacen falta migueles: fuertes, valientes, generosos en esa guerra de amor y de paz que es la vida. El nombre del enviado Gabriel es Poder de Dios, Fortaleza de Dios, ya que necesitamos fortaleza para decir que sí a lo que Dios nos dice por sus emisarios. Rafael, el enviado para acompañar a Tobias joven para el viaje y socorrer a su futura mujer Sara en la adversidad; nos ayuda a buscar la vocación, socorre a Sara de la que murieron los anteriores 7 maridos, curó al padre de Tobías de la ceguera… ayuda en el camino. Su nombre es “medicina de Dios”. Importa mucho no equivocar la ruta. San Rafael es el guía especial de los que aún han de conocer lo que Dios espera de ellos.
San Josemaría sintió una moción para encomendarles a ellos las tres obras del Opus Dei. “Eran los primeros días de octubre de 1932, cuando, haciendo un retiro espiritual en el Convento de los Carmelitas de Segovia, con un aislamiento completo según era mi costumbre, sin que nadie me acompañara ni me diera conversación o plática alguna, pasaba largos ratos de oración en la capilla donde se guardan los restos de San Juan de la Cruz: y allí, en esa capilla, tuve la moción interior de invocar por vez primera a los tres Arcángeles y a los tres Apóstoles –cuya intercesión pedimos cada día todos los socios de la Obra en nuestras Preces-, teniéndoles desde aquel momento como Patronos de las tres obras que componen el Opus Dei”. He podido rezar hace poco en esa capilla, me lo imagino pidiéndole al Señor la intercesión de los Arcángeles para la formación de tantas almas, que fueran luz y ejemplo, fermento en la masa según las características de la vocación de cada uno, su lugar en el mundo.
La historia no es sólo lo que se ve y se toca. Hay una dimensión trascendente, oculta e invisible de la historia. La revelación es un des-ocultamiento de esa realidad, que es el fundamento de nuestra esperanza. Los ángeles son los que nos recuerdan y los que nos hacen visible esa dimensión trascendente. El mundo de los ángeles no es otro mundo, sino la dimensión trascendente de nuestra historia. En la Biblia se evita presentar a Dios actuando en forma directa en la historia, pues esto amenazaría la trascendencia de Dios. Ahí donde aparece un ángel, es Dios mismo que actúa. Espíritus inmortales alabad a Dios. Bendecid al Señor, ángeles suyos, ejecutores de sus órdenes
Te doy gracias, Señor, de todo corazón. Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor (diremos en el Sal 137). La liturgia de hoy nos ofrece como posible primera lectura dos textos alternativos. El primero está tomado del libro de Daniel, y en él se describe una visión fantástica que tiene el profeta contemplando el trono y la corte angélica de Dios, con miles y miles de ángeles a su servicio. Fantaseada imagen del mundo divino descrito al modo de una corte humana oriental. En nuestra pobreza mental, no sabemos hablar de Dios sino rebajándolo. El segundo, tomado del Apocalipsis, describe una terrible guerra entre Miguel y sus ángeles del cielo contra el dragón o serpiente primordial, arrojada del cielo. Este dragón, Satanás, queda derribado por el poder del Cordero triunfador. Nueva fantasía que se pone al servicio del triunfo de la gracia, del amor, del Cordero que se inmola por nosotros, devolviendo el honor y gloria a Dios.
El himno de Laudes es bien expresivo: “Miguel, Gabriel, Rafael. / ¡Oh espíritus señeros / arcángales mensajeros de Dios, que estáis junto a él! / A vuestro lado se sienten / alas de fiel protección, / el incienso de oración y el corazón obediente. / ‘¿Quién como Dios?’ / es la enseña; es el grito de Miguel... / Gabriel trae la embajada..., / al ‘Sí’ de la Virgen Madre... / Rafael / nos encamina por la ruta verdadera... // ¡Oh Dios!, Tú que nos diste a los ángeles por guías y mensajeros, concédenos ser también sus compañeros del cielo. Amén.
En el texto de Daniel tenemos, por una parte, la fascinación de lo divino, es decir, el pasmo que produce imaginarse el trono de Dios en toda su grandeza, asimilando esa grandeza a algo tan pequeño como el trono de un rey oriental en todo su fasto. Pero el trono de Dios ¿no será más que eso?, ¿será siquiera similar a eso? La vida de Dios y la vida en Dios será “espiritual”, sin carrozas ni tronos. Pero no sabemos describirla sino tomando como base “nuestra grandeza” y diciendo: algo parecido a eso, pero totalmente distinto de eso. La gran novedad de esa descripción es la aparición de una figura que se muestra como “una especie de hombre”, que se acerca al Anciano, al Padre: es el Hijo que retorna al misterio de Dios llevando la humanidad que asumió en su persona. ¡Esto sí que es algo más que fantasía! Esto es teología pura. En el misterio de Dios, el Hijo conserva su rostro de hombre. Podríamos decir que, según nuestra fe, en el seno de Dios trino hay algo nuestro: la cicatriz o rostro de Cristo. ¡Qué venturoso y fascinante misterio! Ángeles de Dios suben y bajan.
El diálogo de Jesús con Natanael , ¿a qué se parece el encanto de su inocencia? A la inocencia del niño al que cuidan los ángeles. Natanael está tan abierto a la verdad, al misterio, que fácilmente se remonta de lo humano a lo divino, de lo terreno a lo celestial. Y a Jesús esto le complace. Pero el mismo Jesús advierte: mira Natanael, eso es un detalle; los misterios quedan escondidos. Por ejemplo, os es imposible entender el misterio de la comunicación de Dios Padre con el Hijo, cuando desde el cielo envíe ángeles mensajeros a cuidarle y animarle en su sufrimiento en Getsemaní.
¡Qué misterio el de Dios! ¡Qué misterio el de sus comunicaciones con nosotros! Aceptemos cual forma de comunicación, pero atrevámonos a llamar, mirar, adorar, amar, servir directamente a Él. Él, que está más cerca y más dentro de nosotros que nosotros mismos, juega amorosamente con sus ángeles de bondad.
El antiguo Pueblo de Dios ha sido dominado, sucesivamente, por cuatro reinos: Babilonios, Medos, Persas y Griegos. Conforme al sueño de la estatua que es derrumbada por una pequeña piedrecilla, que después crece hasta convertirse en una montaña que domina el mundo entero, ahora Daniel nos hace saber que una vez dominadas las cuatro bestias (o reinos) el Señor entregará el Reinado de su Pueblo a un Hijo de Hombre, cuyo poder nunca se acabará, porque es un poder eterno, y su reino jamás será destruido. Por medio de Cristo, el Enviado del Padre, el poder de la serpiente antigua o Satanás ha llegado a su fin. Quienes pertenecemos a Cristo debemos hacer nuestra su victoria y vivir sin la esclavitud al pecado. También nosotros hemos recibido una altísima misión: Hemos sido enviados para proclamar el Evangelio a todas las naciones. Por ello debemos ser signos de vida y no de muerte, signos de la victoria sobre el pecado y no signos de derrotados por el maligno ni de sometidos al pecado. Quien, finalmente, después de haber sido liberado por Cristo del mal, continúa en él, está indicando que su fe en Cristo no es real sino ficticia, pues aun cuando acuda a dar culto a Dios, si sus obras no concuerdan con su fe está viviendo una auténtica hipocresía ante Dios, ante la humanidad y ante sí mismo. El Señor nos pide que seamos de aquellos miles y millones que le sirven, que están a sus órdenes, pues sólo quien escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica es grato al Señor.
Vemos en Dan la escena del juicio divino, que Jesús anunciará y recuerda el Catecismo (678). El que viene “como un hijo de hombre” es la antítesis de las bestias, ha sido suscitado por Dios y no por el mal, viene en las nubes y lleva en sí la debilidad humana. En ese juicio el hombre parece recuperar su dignidad frente a las bestias a las que está llamado a dominar (cf Sal 8). Tal figura representa al “pueblo de los santos” (7,27), al Israel fiel. Ese hijo del hombre fue entendido como un Mesías personal en el judaísmo en tiempos de Jesús (Libro de las parábolas de Henoc) pero Jesús une este título a los sufrimientos del siervo de Yaveh de las profecías de Isaías: 440 Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre (cf. Mt 16, 23). Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en la identidad transcendente del Hijo del Hombre "que ha bajado del cielo" (Jn 3, 13; cf. Jn 6, 62; Dn 7, 13) a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente: "el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20, 28; cf. Is 53, 10-12). Por esta razón el verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz (cf. Jn 19, 19-22; Lc 23, 39-43). Solamente después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de Dios: "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado" (Hch 2, 36)” (Catecismo 440).
La Iglesia cuando proclama en el Credo que Cristo se sentó a la derecha del Padre confiesea que fue a Cristo a quien se dio el imperio: “Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: "A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" (Dn 7, 14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino que no tendrá fin" (Símbolo de Nicea-Constantinopla)” (id, 664).
2. Sal. 137. Es un canto al Señor que se entona mirando a Sión, comienza con la alabanza a Dios por el bien recibido (vv 1-3) y sigue el deseo de que todos los reyes de la tierra lo alaben y reconozcan su grandeza (vv 4-6) y termina con la expresión de confianza personal en el Señor (vv 7-8). Este deseo de alabanza quedará mejor expresado en Flp 2,9-11, de un modo más solemne. Dirá S. Bernardo, al rememorar el recuerdo que de este salmo se hace en la fiesta de hoy, los ángeles: “A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Den gracias al Señor por su misericordia por las maravillas que hace con los hombres. Den gracias y digan entre los gentiles: «El Señor ha estado grande con ellos». Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Porque te ocupas ciertamente de él, demuestras tu solicitud y tu interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único, le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de tu rostro. Y, para que ninguno de los seres celestiales deje de tomar parte en esta solicitud por nosotros, envías a los espíritus bienaventurados para que nos sirvan y nos ayuden, los constituyes nuestros guardianes, mandas que sean nuestros ayos.
A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Estas palabras deben inspirarte una gran reverencia, deben infundirte una gran devoción y conferirte una gran confianza. Reverencia por la presencia de los ángeles, devoción por su benevolencia, confianza por su custodia. Porque ellos están presentes Junto a ti, y lo están para tu bien. Están presentes para protegerte, lo están en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios les ha dado esta orden, no por ello debemos dejar de estarles agradecidos, pues que cumplen con tanto amor esta orden y nos ayudan en nuestras necesidades, que son tan grandes.
Seamos, pues, devotos y agradecidos a unos guardianes tan eximios; correspondamos a su amor, honrémoslos cuanto podamos y según debemos. Sin embargo, no olvidemos que todo nuestro amor y honor ha de tener por objeto a aquel de quien procede todo, tanto para ellos como para nosotros, gracias al cual podemos amar y honrar, ser amados y honrados.
En él, hermanos, amemos con verdadero afecto a sus ángeles, pensando que un día hemos de participar con ellos de la misma herencia y que, mientras llega este día, el Padre los ha puesto junto a nosotros, a manera de tutores y administradores. En efecto, ahora somos ya hijos de Dios, aunque ello no es aún visible, ya que, por ser todavía menores de edad, estamos bajo tutores y administradores, como si en nada nos distinguiéramos de los esclavos.
Por lo demás, aunque somos menores de edad y aunque nos queda por recorrer un camino tan largo y tan peligroso, nada debemos temer bajo la custodia de unos guardianes tan eximios. Ellos, los que nos guardan en nuestros caminos, no pueden ser vencidos ni engañados, y menos aún pueden engañarnos. Son fieles, son prudentes, son poderosos: ¿por qué espantarnos? Basta con que los sigamos, con que estemos unidos a ellos, y viviremos así a la sombra del Omnipotente”. Oh Dios, que en tu providencia amorosa te has dignado enviar para nuestra custodia a tus santos ángeles, concédenos, atento a nuestras súplicas, vernos siempre defendidos por su protección y gozar eternamente de su compañía. Por nuestro Señor Jesucristo.
Reciba nuestros cantos de alabanza y de acción de gracias delante de sus ángeles, pues está muy por encima de todos los dioses, que ni son dioses, pues son hechura de manos humanas. Nosotros nos sentimos honrados por el amor que Dios nos tiene, y por su lealtad hacia nosotros a pesar de que nuestros caminos no han sido siempre rectos ante Él. Por eso, en el Templo, lugar en que el Señor habita entre nosotros, bendigamos la misericordia que nos ha manifestado por medio de Jesús, su Hijo nuestro Señor. Y puesto que además el Señor ha hecho su morada en nuestros corazones, hagamos de toda nuestra vida una continua alabanza en honor de su santo Nombre.
3. Jn 1,47-51. Jesús, anuncia a Natanael -que lo reconoce como Hijo de Dios y rey de Israel-, un tiempo en el que el cielo quedará abierto y los ángeles, mensajeros de Dios, antes recluidos en el cielo, bajarán y subirán trayendo y llevando mensajes de Dios a los hombres y de éstos a Dios, modo de decir que llegará un día en el que Dios y el hombre podrán comunicarse directamente. Este texto alude al sueño de Jacob en Betel (Gn 28,11-27). Según este, Jacob vio “una rampa que arrancaba del suelo y tocaba el cielo con la cima. Ángeles (mensajeros) de Dios subían y bajaban por ella. El Señor estaba en lo alto y dijo: “Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abrahán y el Dios de Isaac. La tierra donde te has acostado te la daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia se multiplicará como el polvo de la tierra y ocuparás el oriente y el occidente, el norte y el sur, y todas las naciones del mundo serán benditas por causa tuya y de tu descendencia”. Este sueño se hace realidad con Jesús, el Hijo del hombre, que hace posible en la cruz la plena comunicación del hombre con Dios, a cuyos pies nace un nuevo pueblo formado, no sólo por judíos, sino por todos los pueblos de la tierra, sobre el que Dios reinará. La promesa de Dios a Abrahán llega a su plena realización en Jesús. Nunca antes había existido una comunicación tan plena entre Dios y los hombres. Gabriel, Rafael y Miguel son símbolos de esa comunicación entre Dios y los hombres, un Dios que en Jesús infunde fuerza, sana y se muestra totalmente diferente, como Padre de todos.
«Subir y bajar» nos recuerda el episodio del sueño del Patriarca Jacob, quien dormido sobre una piedra durante su viaje a la tierra de origen de su familia (Mesopotamia), ve a los ángeles que “bajan y suben” por una misteriosa escalera que une el cielo y la tierra, mientras Dios mismo está de pié junto a él y le comunica su mensaje. Notemos la relación entre la comunicación divina y la presencia activa de los ángeles. Así, Gabriel, Miguel y Rafael aparecen en la Biblia como presentes en las vicisitudes terrenas y llevando a los hombres —como nos dice san Gregorio el Grande— las comunicaciones, mediante su presencia y sus mismas acciones, que cambian decisivamente nuestras vidas. Se llaman, precisamente, “arcángeles”, es decir, príncipes de los ángeles, porque son enviados para las más grandes misiones. Gabriel fue enviado para anunciar a María Santísima la concepción virginal del Hijo de Dios, que es el principio de nuestra redención (cf. Lc 1). Miguel lucha contra los ángeles rebeldes y los expulsa del cielo (cf. Ap 12). Nos anuncia, así, el misterio de la justicia divina, que también se ejerció en sus ángeles cuando se rebelaron, y nos da la seguridad de su victoria y la nuestra sobre el mal. Rafael acompaña a Tobías “junior”, lo defiende y lo aconseja y cura finalmente al padre Tobit (cf. Tob). Por esta vía, nos anuncia la presencia de los ángeles junto a cada uno de nosotros: el ángel que llamamos de la Guarda. Aprendamos de esta celebración de los arcángeles que “suben y bajan” sobre el Hijo del hombre, que sirven a Dios, pero le sirven en beneficio nuestro. Dan gloria a la Trinidad Santísima, y lo hacen también sirviéndonos a nosotros. Y, en consecuencia, veamos qué devoción les debemos y cuánta gratitud al Padre que los envía para nuestro bien (Jorge Mejía).
Jesucristo habla de los ángeles varias veces. Por ejemplo, cuando se refiere al fin del mundo: Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles... Pero antes habían aparecido ya en gran número con ocasión de su nacimiento, anunciando el hecho a los pastores de Belén; le sirvieron en el desierto después de su ayuno y de haber sido tentado por el diablo; un ángel le confotará en la agonía de Getsemaní; están presentes junto al sepulcro de Cristo resucitado; cuando ascendió finalmente a los cielos, hacen caer a sus discípulos en la cuenta de la realidad que vivían, para que comenzarán sin más dilación la extensión del Evangelio. Los ángeles son criaturas espirituales que glorifican a Dios sin cesar y que sirven a sus designios salvíficos con las otras criaturas, declara el "Catecismo de la Iglesia Católica". Los ángeles cooperan en toda obra buena que hacemos, afirma santo Tomás de Aquino. Y el propio "Catecismo": Los ángeles rodean a Cristo, su Señor. Le sirven particularmente en el cumplimiento de su misión salvífica para con los hombres y la Iglesia venera a los ángeles que la ayudan en su peregrinar terrestre y protegen a todo ser humano. Respetar las leyes inscritas en la creación y las relaciones que derivan de la naturaleza de las cosas es un principio de sabiduría y un fundamento de la moral. Si no mantuviéramos con segura certeza la existencia de los ángeles, ya que aparecen como otra más de las verdades reveladas, estaríamos negando la razón de credibilidad en la fe, que no es verdadera y cierta por ser razonable, sino por la autoridad infalible de Dios que revela.
La fiesta de los tres arcángeles que hoy celebramos, debe ser una buena ocasión para que fomentemos más el trato con estos espíritu celestiales. Los ángeles custodios están junto cada uno para asistirnos en nuestro camino hasta la casa del Cielo. No queramos menospreciar a ese príncipe del Paraíso, que desea colaborar con nuestras fuerzas, mientras deseamos ser cada día más agradables a Dios. San Josemaría nos recuerda uno de tantos detalles, recogidos en la Escritura, de natural familiaridad de los primeros fieles con sus ángeles: “Bebe en la fuente clara de los "Hechos de los Apóstoles": en el capítulo XII, Pedro, por ministerio de Angeles libre de la cárcel, se encamina a casa de la madre de Marcos. —No quieren creer a la criadita, que afirma que está Pedro a la puerta. "Angelus ejus est!" —¡será su Angel!, decían.
—Mira con qué confianza trataban a sus Custodios los primeros cristianos.
—¿Y tú?”
Entre muchos otros piropos, dedicamos a nuestra Madre del Cielo el de Reina de los Ángeles. A Ella suplicamos confiadamente que nos recuerde, siempre que sea preciso, que contamos para nuestro bien con la poderosa y amable asistencia de nuestro ángel.
Jesús describe a Natanael como a modelo de israelita. La mención de la higuera alude a Os 9, 10 (LXX): «Como racimo en el desierto encontré a Israel, como en breva en la higuera me fijé en sus padres». El profeta describía la elección del pueblo; Natanael representa precisamente al Israel elegido que ha conservado la fidelidad a Dios. Jesús renueva la elección.
v. 49: Natanael le respondió: Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres rey de Israel. Reacción entusiasta de Natanael. Rabbí, esto es, maestro fiel a la tradición; el rey mesiánico (v. 45: los profetas) interpretado como rey de Israel, el prometido sucesor de David (Sal 2,26s; 2 Sm 7,14; Sal 89,4s.27), que restauraría la grandeza del pueblo, no como en boca de Juan Bautista (1,33-34: el Hijo de Dios = el portador del Espíritu)
vv. 50-51: 50Jesús le contestó: ¿Es porque te he dicho que me fijé en ti debajo de la higuera por lo que crees? Pues cosas más grandes verás. 51Y le dijo: -Sí, os lo aseguro: Veréis el cielo quedar abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar por el Hombre.
La obra del Mesías no se limita a la elección de Israel (higuera). Jesús hace la primera declaración sobre sí mismo y alude a la visión de Jacob en Betel (Gn 28,11-27) haciendo una promesa (v. 51: Veréis): la comunicación permanente con Dios en Jesús (el cielo quedar abierto). El Hombre (el portador del Espíritu) es el proyecto salvador de Dios que no se basa en la realeza davídica (49, de Natanael), sino en la plenitud humana (51). La promesa se realizará en la cruz, cuando vean al que traspasaron (19,37), en quien brilla la gloria/amor (cf. 19,34: sangre y agua).
En el evangelio de Juan se nos dice que los cielos están abiertos y los ángeles suben y bajan sobre Jesús. Es el sueño de Jacob que aparece en Gn 28, 10-17. Creer en los ángeles es creer en la presencia trascendente de Dios en la historia. Detrás de cada persona y de cada suceso liberador hay siempre un ángel, es decir, hay siempre una realidad divina trascendente. Lo contrario es satanás, que representa el misterio de la iniquidad detrás de las personas y estructuras opresoras. La lucha de los ángeles contra los demonios es la representación simbólica de la lucha trascendente entre el bien y el mal (léase Ef. 6, 10-20; Juan Mateos).
Los grandes arcángeles de Dios testimonian para nosotros la fidelidad y la pasión y celo con que los hijos de Dios han de alabar a su Creador. Ellos, lejos de ser seres desconocidos y “mitológicos” representan los mejores compañeros de viaje, los mejores sanadores del corazón, los mejores defensores de los intereses de Dios en el mundo.
San Miguel es el fiero defensor de Dios. La narración del Apocalipsis nos lo muestra expulsando a satanás de los dominios de Dios, al gran traidor y padre de la mentira que osó rebelarse contra un Dios tan bondadoso. Encendido de celo por el Señor blandió la espada y arrojó a todos los obradores de iniquidad al único lugar en donde pudiesen soportar su soberbia y su rebelión. Por eso san Miguel es en quien el cristiano halla el mejor baluarte para defenderse de las asechanzas demoníacas y gran modelo de fidelidad a Dios. De él hemos de aprender el celo por las cosas de Dios, celo que consume de pasión y que lleva a una acción inmediata, tajante, sobre todo cuando Dios se está viendo ofendido por sus enemigos que incitan sin cesar a la rebelión y desunión.
San Gabriel quizás fue el más afortunado de entre todas las criaturas celestes. A él siempre lo mandaron a dar mensajes. A él le tocó dar el mensaje más hermoso jamás oído a la criatura más hermosa jamás vista. Hablar de él lleva irremediablemente a la contemplación de la Toda Pura, Nuestra Madre de cielo, María. Su ejemplo nos debe enseñar a predicar sin miedos los designios de Dios a nuestros hermanos en la fe y, sobre todo, a testimoniar las maravillas obradas por Dios en Ella. Levantemos confiados la mirada a la Madre y pidamos auxilio al arcángel mensajero para ser fieles a la palabra de Dios en el mundo.
San Rafael representa la mano providente de Dios que no se olvida de sus hijos que sufren en el mundo. A él le tocó sanar muchas heridas del cuerpo y, sobre todo, del alma. Por eso es el arcángel que cura, que alivia las penas del alma, que sabe confortar y comprender al que sufre. De él hemos de aprender a ser un consuelo más que un horrible peso, para el hermano que lo necesita. De él, la confianza inamovible en la acción cierta de Dios en el mundo.
De los tres hemos de aprender a saber servir más que ser servidos. Porque los ángeles son ministros de Dios. Y de los tres a estar pendientes de su cierta acción en favor nuestro. ¿Quién sabe si un día cualquiera hemos sido ayudados por un ángel del Señor?
No cerremos las puertas a nadie, no sea que se las estemos cerrando a uno de estos mensajeros, o más terriblemente, al mismo Señor de la vida y de la historia (Clemente González).
Dios nos ha enviado a su propio Hijo para que quienes, por medio de la fe, entremos en comunión de vida con Él, vivamos como verdaderos hijos de Dios sin doblez. Dios sabe de nuestra cercanía a Él. Él nos contempla aún antes de que iniciemos nuestro camino que nos lleve a encontrarnos y a unirnos a Él. Esforcémonos continuamente en escuchar con fidelidad su Palabra para que, en verdad, seamos dignos de contemplar y gozar lo máximo que Dios puede ofrecernos: su Gloria como hijos en el Hijo. Jesús se ha convertido para nosotros como en la Scala Sancta (Escalera Santa) por la cual podemos llegar a la posesión de los Bienes que nuestro Padre Dios ha reservado para lo que le viven fieles. Fuera de Jesús no hay otro Camino que nos conduzca al Padre, no hay otro camino que nos haga conocer el amor de Dios. Por Él suben los mensajeros divinos para experimentar el amor de Dios y volver después a sus hermanos para proclamarles lo que sus ojos vieron, lo que sus oídos oyeron, lo que sus manos tocaron, lo que en su vida experimentaron acerca del Hijo de Dios, acerca del amor que Dios nos tiene, y acerca de los bienes que Dios ha reservado para nosotros. Nadie puede pretender convertirse en mensajero de la Buena Nueva, si antes no ha subido a Dios mediante la oración, meditación y experiencia de su Palabra, pues sólo quienes vienen del Desierto Sonoro, donde sólo se ha vivido en intimidad con Dios, pueden darnos testimonio de Él, ya que no son los sabios conforme a los criterios de este mundo, sino los santos quienes pueden colaborar para que la salvación llegue a nosotros.
Celebrando en esta Eucaristía la festividad de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, celebramos al mismo Dios que ha santificado, por medio de Jesús, incluso a los mismos espíritus celestes, pues nadie puede ver ni gozar de Dios sino por medio de Jesús, ya que no hay otro Nombre en el cielo (para los espíritus celestes) ni en la tierra (para los hombres) mediante el cual se pueda alcanzar la salvación. Se está a favor o en contra de Jesús; quien lo acepta y está dispuesto a hacer su voluntad, alcanza la perfección, la santidad que nos viene por medio de Él. Nosotros, mientras caminamos por este mundo, decidimos hacer nuestra la fe en Jesús y entrar en comunión de vida con Él. Vivimos la fe en un constante vaivén de fidelidad-infidelidad-fidelidad. Terminado nuestro camino por este mundo no habrá posibilidad de rectificación de aquello que, finalmente hayamos decidido. Entonces quedaremos estables en un punto de perfección o imperfección; entonces, por medio de Cristo, habremos subido para estar con el Señor eternamente; o por nuestro rechazo de Cristo habremos descendido para alejarnos para siempre de Él; finalmente Él hará que muchos caigan o se levanten convirtiéndose, así, en signo de contradicción. Ojalá y nuestra unión con el Señor en esta Eucaristía no sea sólo un haber venido a su presencia movidos por la tradición cristiana, sino por la frescura del amor que nos lleve a entrar en comunión de Vida con Cristo para iniciar un camino que nos haga ser, día a día, un signo cada vez más claro del Amor de Dios y de su Vida, de su Salvación que se hace entrega a favor de todos los hombres por medio de su Iglesia; entonces, nuestra Comunidad de Fe, será, por su unión con Cristo, la forma que la Providencia ha querido regalar a la humanidad para que todos puedan subir, acercarse, tener acceso a Aquel que es la Vida, el Amor, la Paz, la Gloria que se ofrece a toda la humanidad.
Dios, habiéndonos llenado de su Vida, de su Amor, de su Misericordia; finalmente llenándonos de su Presencia, quiere que vayamos a nuestras labores diarias como mensajeros suyos, llevando todos estos dones a todas las personas. Quien vive como mensajero de la destrucción y de la muerte quiere decir que, aun cuando aparentemente se une a Dios mediante el Culto en comunidad y la oración personal, finalmente ha unido su vida al mal y no a Dios, que es la Bondad misma. Tratemos de no ser mensajeros de malas, sino de la Buena Noticia del amor misericordioso de Dios. Que llevemos ese mensaje de salvación no sólo con los labios, sino con las obras, con las actitudes y con la vida misma. Entonces, en verdad, estaremos colaborando para que, quienes entren en contacto con nosotros, puedan acercarse cada día más a Dios con un corazón que no sólo se purifique del mal, sino que se llene de la presencia del mismo Dios para pasar, por esta vida, haciendo el bien a todos.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María y de los santos Arcángeles que hoy celebramos, la gracia de tener una fuerte experiencia personal de Cristo en nosotros, de tal forma que, en verdad, seamos portadores de la vida de la gracia que Dios quiere que llegue a todos los hombres. Amén (www.homiliacatolica.com).
Lectura de la profecía de Daniel 7,9-10.13-14. Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas. Un río impetuoso de fuego brotaba delante de él. Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros. Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.
Salmo 137,1-2a.2b-3.4-5.7c-8. R. Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti, me postraré hacia tu santuario.
Daré gracias a tu nombre: por tu misericordia y tu lealtad, porque tu promesa supera a tu fama; cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma.
Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra, al escuchar el oráculo de tu boca; canten los caminos del Señor, porque la gloria del Señor es grande.
Evangelio según san Juan 1,47-51. En aquel tiempo, vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: -«Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.» Natanael le contesta: -«¿De qué me conoces?» Jesús le responde: -«Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.» Natanael respondió: -«Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.» Jesús le contestó: -«¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.» Y le añadió: -«Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»
Comentario: Miguel: Quis sicut Deus? La humildad es condición fundamental para ser fieles. Serviam! La paz, consecuencia de la lucha, hubo una batalla en el cielo, y él encabezó la victoria. Pax in bello. Moral de victoria (vid. Apoc., 12, 7 ss.). Defende nos in proelio...; ut inimímicos Sanctae Ecclesiae humiliare digneris. Gabriel enviado a la Virgen María el anuncio de la Encarnación de Jesús. Tres santos que carecen de sustancia humana. Sus alas proceden de descripciones simbóicas de los profetas Daniel, Ezequiel e Isías. Dios infinito. Puro amor, sabio, omnipotente decide crear el Universo con una armonía que es belleza toda, y en primer lugar los espíritus puros, amantes, libres. Alguno se rebeló por orgullo, soberbia y envidia. Son pecados de puro espíritu. Los peores porque tienen un grado de consciencia mucho mayor de los materiales que muchas veces tienen un buena dosis de inconsciencia y fragilidad. Luzbel tuvo un pecado muy consciente, corruptio optimi pessima. Su castigo no permite una redenció, pues no quiere ser redimido, permanece en su odio, aunque sufra. Por ello odia a los hombres y trata de seducirlos. Su presencia en la historia es importantísima, pero por contraste se hace más luminosa la misericordia divina y la luminosa presencia de los ángeles fieles, Miguel el primero. San Gregorio Magno dice que "siempre que se debe realizar algo que requiere un poder extraordinario es enviado Miguel para que quede claro que nadie es m㎏ fuerte que Dios." Hacen falta migueles: fuertes, valientes, generosos en esa guerra de amor y de paz que es la vida. El nombre del enviado Gabriel es Poder de Dios, Fortaleza de Dios, ya que necesitamos fortaleza para decir que sí a lo que Dios nos dice por sus emisarios. Rafael, el enviado para acompañar a Tobias joven para el viaje y socorrer a su futura mujer Sara en la adversidad; nos ayuda a buscar la vocación, socorre a Sara de la que murieron los anteriores 7 maridos, curó al padre de Tobías de la ceguera… ayuda en el camino. Su nombre es “medicina de Dios”. Importa mucho no equivocar la ruta. San Rafael es el guía especial de los que aún han de conocer lo que Dios espera de ellos.
San Josemaría sintió una moción para encomendarles a ellos las tres obras del Opus Dei. “Eran los primeros días de octubre de 1932, cuando, haciendo un retiro espiritual en el Convento de los Carmelitas de Segovia, con un aislamiento completo según era mi costumbre, sin que nadie me acompañara ni me diera conversación o plática alguna, pasaba largos ratos de oración en la capilla donde se guardan los restos de San Juan de la Cruz: y allí, en esa capilla, tuve la moción interior de invocar por vez primera a los tres Arcángeles y a los tres Apóstoles –cuya intercesión pedimos cada día todos los socios de la Obra en nuestras Preces-, teniéndoles desde aquel momento como Patronos de las tres obras que componen el Opus Dei”. He podido rezar hace poco en esa capilla, me lo imagino pidiéndole al Señor la intercesión de los Arcángeles para la formación de tantas almas, que fueran luz y ejemplo, fermento en la masa según las características de la vocación de cada uno, su lugar en el mundo.
La historia no es sólo lo que se ve y se toca. Hay una dimensión trascendente, oculta e invisible de la historia. La revelación es un des-ocultamiento de esa realidad, que es el fundamento de nuestra esperanza. Los ángeles son los que nos recuerdan y los que nos hacen visible esa dimensión trascendente. El mundo de los ángeles no es otro mundo, sino la dimensión trascendente de nuestra historia. En la Biblia se evita presentar a Dios actuando en forma directa en la historia, pues esto amenazaría la trascendencia de Dios. Ahí donde aparece un ángel, es Dios mismo que actúa. Espíritus inmortales alabad a Dios. Bendecid al Señor, ángeles suyos, ejecutores de sus órdenes
Te doy gracias, Señor, de todo corazón. Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor (diremos en el Sal 137). La liturgia de hoy nos ofrece como posible primera lectura dos textos alternativos. El primero está tomado del libro de Daniel, y en él se describe una visión fantástica que tiene el profeta contemplando el trono y la corte angélica de Dios, con miles y miles de ángeles a su servicio. Fantaseada imagen del mundo divino descrito al modo de una corte humana oriental. En nuestra pobreza mental, no sabemos hablar de Dios sino rebajándolo. El segundo, tomado del Apocalipsis, describe una terrible guerra entre Miguel y sus ángeles del cielo contra el dragón o serpiente primordial, arrojada del cielo. Este dragón, Satanás, queda derribado por el poder del Cordero triunfador. Nueva fantasía que se pone al servicio del triunfo de la gracia, del amor, del Cordero que se inmola por nosotros, devolviendo el honor y gloria a Dios.
El himno de Laudes es bien expresivo: “Miguel, Gabriel, Rafael. / ¡Oh espíritus señeros / arcángales mensajeros de Dios, que estáis junto a él! / A vuestro lado se sienten / alas de fiel protección, / el incienso de oración y el corazón obediente. / ‘¿Quién como Dios?’ / es la enseña; es el grito de Miguel... / Gabriel trae la embajada..., / al ‘Sí’ de la Virgen Madre... / Rafael / nos encamina por la ruta verdadera... // ¡Oh Dios!, Tú que nos diste a los ángeles por guías y mensajeros, concédenos ser también sus compañeros del cielo. Amén.
En el texto de Daniel tenemos, por una parte, la fascinación de lo divino, es decir, el pasmo que produce imaginarse el trono de Dios en toda su grandeza, asimilando esa grandeza a algo tan pequeño como el trono de un rey oriental en todo su fasto. Pero el trono de Dios ¿no será más que eso?, ¿será siquiera similar a eso? La vida de Dios y la vida en Dios será “espiritual”, sin carrozas ni tronos. Pero no sabemos describirla sino tomando como base “nuestra grandeza” y diciendo: algo parecido a eso, pero totalmente distinto de eso. La gran novedad de esa descripción es la aparición de una figura que se muestra como “una especie de hombre”, que se acerca al Anciano, al Padre: es el Hijo que retorna al misterio de Dios llevando la humanidad que asumió en su persona. ¡Esto sí que es algo más que fantasía! Esto es teología pura. En el misterio de Dios, el Hijo conserva su rostro de hombre. Podríamos decir que, según nuestra fe, en el seno de Dios trino hay algo nuestro: la cicatriz o rostro de Cristo. ¡Qué venturoso y fascinante misterio! Ángeles de Dios suben y bajan.
El diálogo de Jesús con Natanael , ¿a qué se parece el encanto de su inocencia? A la inocencia del niño al que cuidan los ángeles. Natanael está tan abierto a la verdad, al misterio, que fácilmente se remonta de lo humano a lo divino, de lo terreno a lo celestial. Y a Jesús esto le complace. Pero el mismo Jesús advierte: mira Natanael, eso es un detalle; los misterios quedan escondidos. Por ejemplo, os es imposible entender el misterio de la comunicación de Dios Padre con el Hijo, cuando desde el cielo envíe ángeles mensajeros a cuidarle y animarle en su sufrimiento en Getsemaní.
¡Qué misterio el de Dios! ¡Qué misterio el de sus comunicaciones con nosotros! Aceptemos cual forma de comunicación, pero atrevámonos a llamar, mirar, adorar, amar, servir directamente a Él. Él, que está más cerca y más dentro de nosotros que nosotros mismos, juega amorosamente con sus ángeles de bondad.
El antiguo Pueblo de Dios ha sido dominado, sucesivamente, por cuatro reinos: Babilonios, Medos, Persas y Griegos. Conforme al sueño de la estatua que es derrumbada por una pequeña piedrecilla, que después crece hasta convertirse en una montaña que domina el mundo entero, ahora Daniel nos hace saber que una vez dominadas las cuatro bestias (o reinos) el Señor entregará el Reinado de su Pueblo a un Hijo de Hombre, cuyo poder nunca se acabará, porque es un poder eterno, y su reino jamás será destruido. Por medio de Cristo, el Enviado del Padre, el poder de la serpiente antigua o Satanás ha llegado a su fin. Quienes pertenecemos a Cristo debemos hacer nuestra su victoria y vivir sin la esclavitud al pecado. También nosotros hemos recibido una altísima misión: Hemos sido enviados para proclamar el Evangelio a todas las naciones. Por ello debemos ser signos de vida y no de muerte, signos de la victoria sobre el pecado y no signos de derrotados por el maligno ni de sometidos al pecado. Quien, finalmente, después de haber sido liberado por Cristo del mal, continúa en él, está indicando que su fe en Cristo no es real sino ficticia, pues aun cuando acuda a dar culto a Dios, si sus obras no concuerdan con su fe está viviendo una auténtica hipocresía ante Dios, ante la humanidad y ante sí mismo. El Señor nos pide que seamos de aquellos miles y millones que le sirven, que están a sus órdenes, pues sólo quien escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica es grato al Señor.
Vemos en Dan la escena del juicio divino, que Jesús anunciará y recuerda el Catecismo (678). El que viene “como un hijo de hombre” es la antítesis de las bestias, ha sido suscitado por Dios y no por el mal, viene en las nubes y lleva en sí la debilidad humana. En ese juicio el hombre parece recuperar su dignidad frente a las bestias a las que está llamado a dominar (cf Sal 8). Tal figura representa al “pueblo de los santos” (7,27), al Israel fiel. Ese hijo del hombre fue entendido como un Mesías personal en el judaísmo en tiempos de Jesús (Libro de las parábolas de Henoc) pero Jesús une este título a los sufrimientos del siervo de Yaveh de las profecías de Isaías: 440 Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre (cf. Mt 16, 23). Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en la identidad transcendente del Hijo del Hombre "que ha bajado del cielo" (Jn 3, 13; cf. Jn 6, 62; Dn 7, 13) a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente: "el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20, 28; cf. Is 53, 10-12). Por esta razón el verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz (cf. Jn 19, 19-22; Lc 23, 39-43). Solamente después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de Dios: "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado" (Hch 2, 36)” (Catecismo 440).
La Iglesia cuando proclama en el Credo que Cristo se sentó a la derecha del Padre confiesea que fue a Cristo a quien se dio el imperio: “Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: "A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" (Dn 7, 14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino que no tendrá fin" (Símbolo de Nicea-Constantinopla)” (id, 664).
2. Sal. 137. Es un canto al Señor que se entona mirando a Sión, comienza con la alabanza a Dios por el bien recibido (vv 1-3) y sigue el deseo de que todos los reyes de la tierra lo alaben y reconozcan su grandeza (vv 4-6) y termina con la expresión de confianza personal en el Señor (vv 7-8). Este deseo de alabanza quedará mejor expresado en Flp 2,9-11, de un modo más solemne. Dirá S. Bernardo, al rememorar el recuerdo que de este salmo se hace en la fiesta de hoy, los ángeles: “A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Den gracias al Señor por su misericordia por las maravillas que hace con los hombres. Den gracias y digan entre los gentiles: «El Señor ha estado grande con ellos». Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Porque te ocupas ciertamente de él, demuestras tu solicitud y tu interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único, le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de tu rostro. Y, para que ninguno de los seres celestiales deje de tomar parte en esta solicitud por nosotros, envías a los espíritus bienaventurados para que nos sirvan y nos ayuden, los constituyes nuestros guardianes, mandas que sean nuestros ayos.
A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Estas palabras deben inspirarte una gran reverencia, deben infundirte una gran devoción y conferirte una gran confianza. Reverencia por la presencia de los ángeles, devoción por su benevolencia, confianza por su custodia. Porque ellos están presentes Junto a ti, y lo están para tu bien. Están presentes para protegerte, lo están en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios les ha dado esta orden, no por ello debemos dejar de estarles agradecidos, pues que cumplen con tanto amor esta orden y nos ayudan en nuestras necesidades, que son tan grandes.
Seamos, pues, devotos y agradecidos a unos guardianes tan eximios; correspondamos a su amor, honrémoslos cuanto podamos y según debemos. Sin embargo, no olvidemos que todo nuestro amor y honor ha de tener por objeto a aquel de quien procede todo, tanto para ellos como para nosotros, gracias al cual podemos amar y honrar, ser amados y honrados.
En él, hermanos, amemos con verdadero afecto a sus ángeles, pensando que un día hemos de participar con ellos de la misma herencia y que, mientras llega este día, el Padre los ha puesto junto a nosotros, a manera de tutores y administradores. En efecto, ahora somos ya hijos de Dios, aunque ello no es aún visible, ya que, por ser todavía menores de edad, estamos bajo tutores y administradores, como si en nada nos distinguiéramos de los esclavos.
Por lo demás, aunque somos menores de edad y aunque nos queda por recorrer un camino tan largo y tan peligroso, nada debemos temer bajo la custodia de unos guardianes tan eximios. Ellos, los que nos guardan en nuestros caminos, no pueden ser vencidos ni engañados, y menos aún pueden engañarnos. Son fieles, son prudentes, son poderosos: ¿por qué espantarnos? Basta con que los sigamos, con que estemos unidos a ellos, y viviremos así a la sombra del Omnipotente”. Oh Dios, que en tu providencia amorosa te has dignado enviar para nuestra custodia a tus santos ángeles, concédenos, atento a nuestras súplicas, vernos siempre defendidos por su protección y gozar eternamente de su compañía. Por nuestro Señor Jesucristo.
Reciba nuestros cantos de alabanza y de acción de gracias delante de sus ángeles, pues está muy por encima de todos los dioses, que ni son dioses, pues son hechura de manos humanas. Nosotros nos sentimos honrados por el amor que Dios nos tiene, y por su lealtad hacia nosotros a pesar de que nuestros caminos no han sido siempre rectos ante Él. Por eso, en el Templo, lugar en que el Señor habita entre nosotros, bendigamos la misericordia que nos ha manifestado por medio de Jesús, su Hijo nuestro Señor. Y puesto que además el Señor ha hecho su morada en nuestros corazones, hagamos de toda nuestra vida una continua alabanza en honor de su santo Nombre.
3. Jn 1,47-51. Jesús, anuncia a Natanael -que lo reconoce como Hijo de Dios y rey de Israel-, un tiempo en el que el cielo quedará abierto y los ángeles, mensajeros de Dios, antes recluidos en el cielo, bajarán y subirán trayendo y llevando mensajes de Dios a los hombres y de éstos a Dios, modo de decir que llegará un día en el que Dios y el hombre podrán comunicarse directamente. Este texto alude al sueño de Jacob en Betel (Gn 28,11-27). Según este, Jacob vio “una rampa que arrancaba del suelo y tocaba el cielo con la cima. Ángeles (mensajeros) de Dios subían y bajaban por ella. El Señor estaba en lo alto y dijo: “Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abrahán y el Dios de Isaac. La tierra donde te has acostado te la daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia se multiplicará como el polvo de la tierra y ocuparás el oriente y el occidente, el norte y el sur, y todas las naciones del mundo serán benditas por causa tuya y de tu descendencia”. Este sueño se hace realidad con Jesús, el Hijo del hombre, que hace posible en la cruz la plena comunicación del hombre con Dios, a cuyos pies nace un nuevo pueblo formado, no sólo por judíos, sino por todos los pueblos de la tierra, sobre el que Dios reinará. La promesa de Dios a Abrahán llega a su plena realización en Jesús. Nunca antes había existido una comunicación tan plena entre Dios y los hombres. Gabriel, Rafael y Miguel son símbolos de esa comunicación entre Dios y los hombres, un Dios que en Jesús infunde fuerza, sana y se muestra totalmente diferente, como Padre de todos.
«Subir y bajar» nos recuerda el episodio del sueño del Patriarca Jacob, quien dormido sobre una piedra durante su viaje a la tierra de origen de su familia (Mesopotamia), ve a los ángeles que “bajan y suben” por una misteriosa escalera que une el cielo y la tierra, mientras Dios mismo está de pié junto a él y le comunica su mensaje. Notemos la relación entre la comunicación divina y la presencia activa de los ángeles. Así, Gabriel, Miguel y Rafael aparecen en la Biblia como presentes en las vicisitudes terrenas y llevando a los hombres —como nos dice san Gregorio el Grande— las comunicaciones, mediante su presencia y sus mismas acciones, que cambian decisivamente nuestras vidas. Se llaman, precisamente, “arcángeles”, es decir, príncipes de los ángeles, porque son enviados para las más grandes misiones. Gabriel fue enviado para anunciar a María Santísima la concepción virginal del Hijo de Dios, que es el principio de nuestra redención (cf. Lc 1). Miguel lucha contra los ángeles rebeldes y los expulsa del cielo (cf. Ap 12). Nos anuncia, así, el misterio de la justicia divina, que también se ejerció en sus ángeles cuando se rebelaron, y nos da la seguridad de su victoria y la nuestra sobre el mal. Rafael acompaña a Tobías “junior”, lo defiende y lo aconseja y cura finalmente al padre Tobit (cf. Tob). Por esta vía, nos anuncia la presencia de los ángeles junto a cada uno de nosotros: el ángel que llamamos de la Guarda. Aprendamos de esta celebración de los arcángeles que “suben y bajan” sobre el Hijo del hombre, que sirven a Dios, pero le sirven en beneficio nuestro. Dan gloria a la Trinidad Santísima, y lo hacen también sirviéndonos a nosotros. Y, en consecuencia, veamos qué devoción les debemos y cuánta gratitud al Padre que los envía para nuestro bien (Jorge Mejía).
Jesucristo habla de los ángeles varias veces. Por ejemplo, cuando se refiere al fin del mundo: Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles... Pero antes habían aparecido ya en gran número con ocasión de su nacimiento, anunciando el hecho a los pastores de Belén; le sirvieron en el desierto después de su ayuno y de haber sido tentado por el diablo; un ángel le confotará en la agonía de Getsemaní; están presentes junto al sepulcro de Cristo resucitado; cuando ascendió finalmente a los cielos, hacen caer a sus discípulos en la cuenta de la realidad que vivían, para que comenzarán sin más dilación la extensión del Evangelio. Los ángeles son criaturas espirituales que glorifican a Dios sin cesar y que sirven a sus designios salvíficos con las otras criaturas, declara el "Catecismo de la Iglesia Católica". Los ángeles cooperan en toda obra buena que hacemos, afirma santo Tomás de Aquino. Y el propio "Catecismo": Los ángeles rodean a Cristo, su Señor. Le sirven particularmente en el cumplimiento de su misión salvífica para con los hombres y la Iglesia venera a los ángeles que la ayudan en su peregrinar terrestre y protegen a todo ser humano. Respetar las leyes inscritas en la creación y las relaciones que derivan de la naturaleza de las cosas es un principio de sabiduría y un fundamento de la moral. Si no mantuviéramos con segura certeza la existencia de los ángeles, ya que aparecen como otra más de las verdades reveladas, estaríamos negando la razón de credibilidad en la fe, que no es verdadera y cierta por ser razonable, sino por la autoridad infalible de Dios que revela.
La fiesta de los tres arcángeles que hoy celebramos, debe ser una buena ocasión para que fomentemos más el trato con estos espíritu celestiales. Los ángeles custodios están junto cada uno para asistirnos en nuestro camino hasta la casa del Cielo. No queramos menospreciar a ese príncipe del Paraíso, que desea colaborar con nuestras fuerzas, mientras deseamos ser cada día más agradables a Dios. San Josemaría nos recuerda uno de tantos detalles, recogidos en la Escritura, de natural familiaridad de los primeros fieles con sus ángeles: “Bebe en la fuente clara de los "Hechos de los Apóstoles": en el capítulo XII, Pedro, por ministerio de Angeles libre de la cárcel, se encamina a casa de la madre de Marcos. —No quieren creer a la criadita, que afirma que está Pedro a la puerta. "Angelus ejus est!" —¡será su Angel!, decían.
—Mira con qué confianza trataban a sus Custodios los primeros cristianos.
—¿Y tú?”
Entre muchos otros piropos, dedicamos a nuestra Madre del Cielo el de Reina de los Ángeles. A Ella suplicamos confiadamente que nos recuerde, siempre que sea preciso, que contamos para nuestro bien con la poderosa y amable asistencia de nuestro ángel.
Jesús describe a Natanael como a modelo de israelita. La mención de la higuera alude a Os 9, 10 (LXX): «Como racimo en el desierto encontré a Israel, como en breva en la higuera me fijé en sus padres». El profeta describía la elección del pueblo; Natanael representa precisamente al Israel elegido que ha conservado la fidelidad a Dios. Jesús renueva la elección.
v. 49: Natanael le respondió: Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres rey de Israel. Reacción entusiasta de Natanael. Rabbí, esto es, maestro fiel a la tradición; el rey mesiánico (v. 45: los profetas) interpretado como rey de Israel, el prometido sucesor de David (Sal 2,26s; 2 Sm 7,14; Sal 89,4s.27), que restauraría la grandeza del pueblo, no como en boca de Juan Bautista (1,33-34: el Hijo de Dios = el portador del Espíritu)
vv. 50-51: 50Jesús le contestó: ¿Es porque te he dicho que me fijé en ti debajo de la higuera por lo que crees? Pues cosas más grandes verás. 51Y le dijo: -Sí, os lo aseguro: Veréis el cielo quedar abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar por el Hombre.
La obra del Mesías no se limita a la elección de Israel (higuera). Jesús hace la primera declaración sobre sí mismo y alude a la visión de Jacob en Betel (Gn 28,11-27) haciendo una promesa (v. 51: Veréis): la comunicación permanente con Dios en Jesús (el cielo quedar abierto). El Hombre (el portador del Espíritu) es el proyecto salvador de Dios que no se basa en la realeza davídica (49, de Natanael), sino en la plenitud humana (51). La promesa se realizará en la cruz, cuando vean al que traspasaron (19,37), en quien brilla la gloria/amor (cf. 19,34: sangre y agua).
En el evangelio de Juan se nos dice que los cielos están abiertos y los ángeles suben y bajan sobre Jesús. Es el sueño de Jacob que aparece en Gn 28, 10-17. Creer en los ángeles es creer en la presencia trascendente de Dios en la historia. Detrás de cada persona y de cada suceso liberador hay siempre un ángel, es decir, hay siempre una realidad divina trascendente. Lo contrario es satanás, que representa el misterio de la iniquidad detrás de las personas y estructuras opresoras. La lucha de los ángeles contra los demonios es la representación simbólica de la lucha trascendente entre el bien y el mal (léase Ef. 6, 10-20; Juan Mateos).
Los grandes arcángeles de Dios testimonian para nosotros la fidelidad y la pasión y celo con que los hijos de Dios han de alabar a su Creador. Ellos, lejos de ser seres desconocidos y “mitológicos” representan los mejores compañeros de viaje, los mejores sanadores del corazón, los mejores defensores de los intereses de Dios en el mundo.
San Miguel es el fiero defensor de Dios. La narración del Apocalipsis nos lo muestra expulsando a satanás de los dominios de Dios, al gran traidor y padre de la mentira que osó rebelarse contra un Dios tan bondadoso. Encendido de celo por el Señor blandió la espada y arrojó a todos los obradores de iniquidad al único lugar en donde pudiesen soportar su soberbia y su rebelión. Por eso san Miguel es en quien el cristiano halla el mejor baluarte para defenderse de las asechanzas demoníacas y gran modelo de fidelidad a Dios. De él hemos de aprender el celo por las cosas de Dios, celo que consume de pasión y que lleva a una acción inmediata, tajante, sobre todo cuando Dios se está viendo ofendido por sus enemigos que incitan sin cesar a la rebelión y desunión.
San Gabriel quizás fue el más afortunado de entre todas las criaturas celestes. A él siempre lo mandaron a dar mensajes. A él le tocó dar el mensaje más hermoso jamás oído a la criatura más hermosa jamás vista. Hablar de él lleva irremediablemente a la contemplación de la Toda Pura, Nuestra Madre de cielo, María. Su ejemplo nos debe enseñar a predicar sin miedos los designios de Dios a nuestros hermanos en la fe y, sobre todo, a testimoniar las maravillas obradas por Dios en Ella. Levantemos confiados la mirada a la Madre y pidamos auxilio al arcángel mensajero para ser fieles a la palabra de Dios en el mundo.
San Rafael representa la mano providente de Dios que no se olvida de sus hijos que sufren en el mundo. A él le tocó sanar muchas heridas del cuerpo y, sobre todo, del alma. Por eso es el arcángel que cura, que alivia las penas del alma, que sabe confortar y comprender al que sufre. De él hemos de aprender a ser un consuelo más que un horrible peso, para el hermano que lo necesita. De él, la confianza inamovible en la acción cierta de Dios en el mundo.
De los tres hemos de aprender a saber servir más que ser servidos. Porque los ángeles son ministros de Dios. Y de los tres a estar pendientes de su cierta acción en favor nuestro. ¿Quién sabe si un día cualquiera hemos sido ayudados por un ángel del Señor?
No cerremos las puertas a nadie, no sea que se las estemos cerrando a uno de estos mensajeros, o más terriblemente, al mismo Señor de la vida y de la historia (Clemente González).
Dios nos ha enviado a su propio Hijo para que quienes, por medio de la fe, entremos en comunión de vida con Él, vivamos como verdaderos hijos de Dios sin doblez. Dios sabe de nuestra cercanía a Él. Él nos contempla aún antes de que iniciemos nuestro camino que nos lleve a encontrarnos y a unirnos a Él. Esforcémonos continuamente en escuchar con fidelidad su Palabra para que, en verdad, seamos dignos de contemplar y gozar lo máximo que Dios puede ofrecernos: su Gloria como hijos en el Hijo. Jesús se ha convertido para nosotros como en la Scala Sancta (Escalera Santa) por la cual podemos llegar a la posesión de los Bienes que nuestro Padre Dios ha reservado para lo que le viven fieles. Fuera de Jesús no hay otro Camino que nos conduzca al Padre, no hay otro camino que nos haga conocer el amor de Dios. Por Él suben los mensajeros divinos para experimentar el amor de Dios y volver después a sus hermanos para proclamarles lo que sus ojos vieron, lo que sus oídos oyeron, lo que sus manos tocaron, lo que en su vida experimentaron acerca del Hijo de Dios, acerca del amor que Dios nos tiene, y acerca de los bienes que Dios ha reservado para nosotros. Nadie puede pretender convertirse en mensajero de la Buena Nueva, si antes no ha subido a Dios mediante la oración, meditación y experiencia de su Palabra, pues sólo quienes vienen del Desierto Sonoro, donde sólo se ha vivido en intimidad con Dios, pueden darnos testimonio de Él, ya que no son los sabios conforme a los criterios de este mundo, sino los santos quienes pueden colaborar para que la salvación llegue a nosotros.
Celebrando en esta Eucaristía la festividad de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, celebramos al mismo Dios que ha santificado, por medio de Jesús, incluso a los mismos espíritus celestes, pues nadie puede ver ni gozar de Dios sino por medio de Jesús, ya que no hay otro Nombre en el cielo (para los espíritus celestes) ni en la tierra (para los hombres) mediante el cual se pueda alcanzar la salvación. Se está a favor o en contra de Jesús; quien lo acepta y está dispuesto a hacer su voluntad, alcanza la perfección, la santidad que nos viene por medio de Él. Nosotros, mientras caminamos por este mundo, decidimos hacer nuestra la fe en Jesús y entrar en comunión de vida con Él. Vivimos la fe en un constante vaivén de fidelidad-infidelidad-fidelidad. Terminado nuestro camino por este mundo no habrá posibilidad de rectificación de aquello que, finalmente hayamos decidido. Entonces quedaremos estables en un punto de perfección o imperfección; entonces, por medio de Cristo, habremos subido para estar con el Señor eternamente; o por nuestro rechazo de Cristo habremos descendido para alejarnos para siempre de Él; finalmente Él hará que muchos caigan o se levanten convirtiéndose, así, en signo de contradicción. Ojalá y nuestra unión con el Señor en esta Eucaristía no sea sólo un haber venido a su presencia movidos por la tradición cristiana, sino por la frescura del amor que nos lleve a entrar en comunión de Vida con Cristo para iniciar un camino que nos haga ser, día a día, un signo cada vez más claro del Amor de Dios y de su Vida, de su Salvación que se hace entrega a favor de todos los hombres por medio de su Iglesia; entonces, nuestra Comunidad de Fe, será, por su unión con Cristo, la forma que la Providencia ha querido regalar a la humanidad para que todos puedan subir, acercarse, tener acceso a Aquel que es la Vida, el Amor, la Paz, la Gloria que se ofrece a toda la humanidad.
Dios, habiéndonos llenado de su Vida, de su Amor, de su Misericordia; finalmente llenándonos de su Presencia, quiere que vayamos a nuestras labores diarias como mensajeros suyos, llevando todos estos dones a todas las personas. Quien vive como mensajero de la destrucción y de la muerte quiere decir que, aun cuando aparentemente se une a Dios mediante el Culto en comunidad y la oración personal, finalmente ha unido su vida al mal y no a Dios, que es la Bondad misma. Tratemos de no ser mensajeros de malas, sino de la Buena Noticia del amor misericordioso de Dios. Que llevemos ese mensaje de salvación no sólo con los labios, sino con las obras, con las actitudes y con la vida misma. Entonces, en verdad, estaremos colaborando para que, quienes entren en contacto con nosotros, puedan acercarse cada día más a Dios con un corazón que no sólo se purifique del mal, sino que se llene de la presencia del mismo Dios para pasar, por esta vida, haciendo el bien a todos.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María y de los santos Arcángeles que hoy celebramos, la gracia de tener una fuerte experiencia personal de Cristo en nosotros, de tal forma que, en verdad, seamos portadores de la vida de la gracia que Dios quiere que llegue a todos los hombres. Amén (www.homiliacatolica.com).
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