Cuaresma 4, viernes: Jesús va a Jerusalén y le matarán, cuando llegue su hora; es signo de contradicción, y también los cristianos sufrirán por la verdad. (Consideramos hoy la fisonomía corporal y espiritual de Jesús)
Libro de la Sabiduría 2,1.12-22 (Sb 2, 17-20 se lee en el Domingo 25B): Ellos se dicen entre sí, razonando equivocadamente: "Breve y triste es nuestra vida, no hay remedio cuando el hombre llega a su fin ni se sabe de nadie que haya vuelto del Abismo. Tendamos trampas al justo, porque nos molesta y se opone a nuestra manera de obrar; nos echa en cara las transgresiones a la Ley y nos reprocha las faltas contra la enseñanza recibida. Él se gloría de poseer el conocimiento de Dios y se llama a sí mismo hijo del Señor. Es un vivo reproche contra nuestra manera de pensar y su sola presencia nos resulta insoportable, porque lleva una vida distinta de los demás y va por caminos muy diferentes. Nos considera como algo viciado y se aparta de nuestros caminos como de las inmundicias. Él proclama dichosa la suerte final de los justos y se jacta de tener por padre a Dios. Veamos si sus palabras son verdaderas y comprobemos lo que le pasará al final. Porque si el justo es hijo de Dios, Él lo protegerá y lo librará de las manos de sus enemigos. Pongámoslo a prueba con ultrajes y tormentos, para conocer su temple y probar su paciencia. Condenémoslo a una muerte infame, ya que Él asegura que Dios lo visitará". Así razonan ellos, pero se equivocan, porque su malicia los ha enceguecido. No conocen los secretos de Dios, no esperan retribución por la santidad, ni valoran la recompensa de las almas puras.
Salmo 34,17-21.23: Pero el Señor rechaza a los que hacen el mal para borrar su recuerdo de la tierra. / Cuando ellos claman, el Señor los escucha y los libra de todas sus angustias. / El Señor está cerca del que sufre y salva a los que están abatidos. / El justo padece muchos males, pero el Señor lo libra de ellos. / Él cuida todos sus huesos, no se quebrará ni uno solo. / Pero el Señor rescata a sus servidores, y los que se refugian en Él no serán castigados.
Evangelio según San Juan 7,1-2.10.25-30: Después de esto, Jesús recorría la Galilea; no quería transitar por Judea porque los judíos intentaban matarlo. Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas. Sin embargo, cuando sus hermanos subieron para la fiesta, también Él subió, pero en secreto, sin hacerse ver. Algunos de Jerusalén decían: "¿No es este aquel a quien querían matar? ¡Y miren cómo habla abiertamente y nadie le dice nada! ¿Habrán reconocido las autoridades que es verdaderamente el Mesías? Pero nosotros sabemos de dónde es este; en cambio, cuando venga el Mesías, nadie sabrá de dónde es". Entonces Jesús, que enseñaba en el Templo, exclamó: "¿Así que ustedes me conocen y saben de dónde soy? Sin embargo, yo no vine por mi propia cuenta; pero el que me envió dice la verdad, y ustedes no lo conocen. Yo sí lo conozco, porque vengo de Él y es Él el que me envió". Entonces quisieron detenerlo, pero nadie puso las manos sobre Él, porque todavía no había llegado su hora.
Comentario: 1. En el Libro de la Sabiduría -último del Antiguo Testamento- aparece una dinámica que luego vemos cumplirse a lo largo de los siglos y también ahora: los justos resultan incómodos en medio de una sociedad no creyente, y por tanto hay que eliminarlos. «Nos resulta incómodo, se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados... es un reproche para nuestras ideas... lleva una vida distinta de los demás». La decisión es: «lo condenaremos a muerte ignominiosa». Las fuerzas del mal, encarnadas en los impíos, quieren ahogar la fuerza de Dios que se manifiesta en la vida de los justos; los judíos fieles de Alejandría son perseguidos y despreciados por los judíos renegados y por los paganos, pero más allá de lo histórico tiene un sentido cristológico: se anuncia la pasión de Cristo (Misa dominical). Al acercarse la semana santa va siendo más frecuente la contemplación de Cristo sufriente; se ve al Mesías rodeado de odio..., acorralado. Dirán: "Si eres hijo de Dios... baja de la cruz". «¡Deja! Veamos si Elías viene a salvarle.» No puedo meditar sobre esto quedándome «ajeno» (Noel Quesson). Hemos de implicarnos en hacer ese camino de cuaresma, como recordaba san Agustín: "Si dices "ya basta", estás perdido. Aumenta siempre, progresa siempre, avanza siempre, no te pares en el camino, no vuelvas atrás, no te desvíes..."
2. Dios, como repite el salmo, «está cerca de los atribulados... el Señor se enfrenta con los malhechores... aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor». Nos mueve a confiar en Dios. Confiar en Él aun en los momentos más difíciles. Saber levantar la mirada hacia el Señor y decirle: “en tus manos encomiendo mi espíritu”, hará que nuestro Dios leal nos libre de todas nuestras angustias y dolores. Dios siempre está cercano de aquellos que le aman y le viven fieles. Y a quienes se alejaron a causa del pecado, Él no los ha abandonado, sino que ha salido, por medio de su propio Hijo, a buscarlos para llevarlos amorosamente de vuelta a Casa, para que todos vivamos como hijos en el Hijo. A pesar de que muchos nos persigan y quieran acabar con nosotros, pongamos nuestra vida totalmente en manos de Dios. Él velará por nosotros y nos llevará sanos y salvos a su Reino celestial.
3. Entre hoy y mañana leemos el capitulo 7 del evangelio de Juan. Sucede en la fiesta de las Tiendas o Tabernáculos, la fiesta del final de la cosecha, muy concurrida en Jerusalén, que duraba ocho días. La oposición de las clases dirigentes a Jesús se va enconando cada vez más, porque se presentaba como igual a Dios. Francisco de Asís se paseaba por las calles quejumbroso: "el amor no es amado... el amor no es amado... el amor no es amado..." Jesús se sabe amado, pero a su alrededor, sólo se habla de matarle; y Tú sólo hablas de este amor que te colma. Ayúdanos, Señor, a vivir como Tú, en la intimidad del Padre. Da a todos los que sufren esa paz que era la tuya. Otorga a todos los que sienten la soledad, la gracia de ser reconfortados por la presencia del Padre.
-“Buscaban, pues, prenderle..., pero nadie le ponía las manos, porque aún no había llegado su hora”. El complot se va estrechando. La Pasión se acerca. ¡Es "tu hora"! Sin ningún miedo, ciertamente. Todo sucederá según los insondables designios del Padre, a la hora por Él fijada desde toda la eternidad. Tener plena y total confianza en Dios. Ponerse en sus manos, es el secreto de la paz (Noel Quesson).
-En busca del rostro de Jesús. Estos días vemos un estudio a fondo sobre la personalidad de Jesús, en su unión al Padre. Pero –como decía Fra Angélico- “quien quiera pintar a Cristo sólo tiene un procedimiento: vivir con Cristo”. Es lo que hizo S. Juan, de cuyo ambiente nacen estas palabras que leemos en su Evangelio. Hay muchas leyendas, desde san Lucas pintor, la Verónica, y otras por el estilo, que nos hablan de la santa Faz, cuya reliquia más importante es la de Turín. Pero también es cierto que “Cristo graba su rostro en el alma de aquellos que le buscan y le aman” (Fray Justo Pérez de Urbel). San Policarpo, uno de los primeros Padres, discípulo de san Juan, ya nos dice: “la imagen carnal de Jesús nos es desconocida”. Y san Agustín, en el siglo IV: “ignoramos por completo cómo era su rostro”. Se puede decir que los iconos bizantinos, de gran belleza en mostrar un hombre de armonía y equilibrio perfectos, de paz y bondad, es imagen que coincide con la sábana santa de Turín (una persona alta, de 1.75-1.80 metros, unos 75-80 kilos, etc.). La reciente película de "El hombre que hacía milagros", de plastilina, lograba caracterizar a Jesús muy bien, pues cuando le ponemos un rostro no nos resulta cómodo. Nos es velado el rostro de Jesús, y la búsqueda no puede cesar, pues como decía la revista "Time" (6.12.2000) la figura de estos 2000 años más influyente es Jesús de Nazaret: "un hombre que vivió una vida corta, en un lugar atrasado y rural del Imperio Romano y que murió en agonía como un criminal convicto y que nunca se propuso causar ni la más mínima porción de los efectos que se han obrado en su nombre.
Juan Pablo II nos invitaba a fijar la mirada en el rostro de Cristo crucificado y hacer de su Evangelio la regla cotidiana de vida. Decía una chica que es muy difícil explicar esta experiencia: "cuando crees en el Evangelio, cuando rezas, te sientes mejor, y sería estupendo que viviéramos lo que nos enseña... el mundo sería distinto". Hay una cierta "experiencia de Dios", un "laboratorio" en el que descubrimos, aun dentro del ambiente secularizado que nos rodea, el rostro de Jesús. Sólo podemos saber cómo era Jesucristo por lo que nos dicen los Evangelios. Para muchos los libros santos son en esto muy parcos. Por el contrario, hay en ellos mucho más sobre la realidad humana de Nuestro Salvador de cuanto parece a primera vista. Y cuanto nos dicen los Sacros Biógrafos nos trazan una figura que para unos causa sorpresa, para otros fascinación y para todos admiración y, en cierto sentido, desconcierto.
Por los relatos evangélicos podemos vislumbrar que Jesús tenía una constitución física singularmente perfecta. La incesante actividad durante su vida pública, sus incontables privaciones, su predicación de todos los días, los períodos enteros que pasaba sin reposo, etc., exigían un gasto considerable de fuerzas físicas y, por lo tanto, un cuerpo sano y robusto. Nunca dan a entender, ni siquiera permiten sospechar, sus evangelistas que padeciera enfermedad alguna. Sin embargo, sí afirman que conoció el hambre (cf. Mt 4,2; Mc 3,20), la sed (cf. Jn 4,7; 19,28), la necesidad del sueño (cf. Mt 8,24), la fatiga tras el largo caminar (cf. Jn 4,6), estuvo sujeto a la muerte y su vista anticipada le causó viva repugnancia (cf. Mt 26,37-42).
En noticias incidentales, los evangelistas nos recuerdan algunas de sus actitudes y gestos. Nos dicen que a veces hablaba a las muchedumbres de pie (Jn 7,37), otras sentado (Mt 5,1) y a veces –cuando comía– se reclinaba en un diván, según costumbre de entonces (Lc 7,37ss). Solía rezar de rodillas (Lc 22,41) o postrado totalmente en tierra (Mc 14,35). Los gestos más frecuentemente descritos por los evangelistas son los de sus manos, que parten los panes para distribuirlos (Mt 14,19), que toman el cáliz consagrado y lo pasan a sus discípulos (Mt 26,27), que abrazan y bendicen a los pequeñuelos (Mc 10,16), que tocann a los enfermos (incluso a los leprosos) para curarlos (Mc 1,31; Lc 5,13), que alza a los muertos (Lc 8,54), que azotan a los vendedores del Templo y vuelcan las mesas de los cambistas de monedas (Jn 2,15), que lavan los pies de los apóstoles (Jn 13,5).
A veces nos hablan de los movimientos de todo su cuerpo, como cuando se inclina a levantar a Pedro que se hunde en las aguas (Mt 14,31), cuando se agacha a escribir con su dedo en el suelo frente a los acusadores de la mujer adúltera (Jn 8,8), cuando vuelve la espalda a alguno de sus interlocutores para demostrar su descontento (Mt 16,23). El más conmovedor de todos es el que hace en la cruz, cuando, inclinando su cabeza expiró.
Los evangelistas también nos han guardado algunos gestos de los ojos de Jesús que exteriorizaban sus sentimientos íntimos. A Pedro, cuando lo vio por vez primera, lo miró de hito en hito, es decir, fijó su vista en él como para leer hasta el fondo de su alma (Jn 1,42); más profundamente lo miró la noche de un jueves para mover su corazón después de sus negaciones (Lc 22,61). Con particular ternura miró al joven rico (Mc 10,21). A veces gustaba mirar a sus seguidores con la mirada que usan los grandes oradores al comenzar a predicar, como abarcando todo el auditorio (Lc 6,20). En sus ojos no sólo brillaba la dulzura, sino también en oportunidades podía verse el resplandor de una santa cólera (Mc 3,5). Con ellos lloró sobre Jerusalén (Lc 19,38) y también miró con tristeza por última vez los atrios del Templo antes de partir para su muerte (Mc 11,11).
¿Cómo era su voz? Anticipadamente dijo de Él Isaías: He aquí mi siervo, que yo he escogido; no contenderá, ni voceará, ni oirá ninguno su voz en las plazas públicas (Is 42 1-3; Mt 12,16-21). Era firme y severa cuando tenía que dirigir un reproche (Mt 16,1-4) o dar una orden cuyo cumplimiento exigía con especial empeño (Mc 1,25). Terrible para pronunciar un anatema (Mt 25,41); irónica y desdeñosa si quería (Lc 13,15-16), alegre (Lc 10,21), triste (Mt 26,38) o tierna (Jn 19,26), según las muchas circunstancias de su vida.
Su aspecto y apariencia externa no lo conocemos, pero podemos pensar acertadamente que tendría el “tipo” de su pueblo. Santo Tomás comentando el Salmo 44 dice simplemente: “tuvo en sumo grado aquella belleza que correspondía a su estado, la reverencia y la gracia del aspecto; de tal modo que lo divino irradiaba de su rostro”. Unamuno lo describe cifrándolo en dos versos: “Tu cuerpo de hombre con blancura de hostia / para los hombres es el evangelio” (Miguel Ángel Fuentes).
-El alma de Cristo. Jesucristo habla a veces de su alma: Mi alma está turbada (Jn 12,27). El Hijo del hombre vino a dar su alma como rescate de muchos (Mt 20,28). Los evangelistas se refieren a ella a veces diciendo que Jesús conoció en su espíritu los pensamientos secretos de los hombres (Mc 2,8), gimió en su espíritu (Mc 8,12), etc.
Si observamos la sensibilidad del alma de Jesús veremos que experimentó la mayor parte de nuestras afecciones, alegres o tristes, dulces o amargas, pero en especial las dolorosas. A pesar de lo cual, sucediese lo que sucediese, en el fondo de su alma reinaban siempre serenidad y alegría. La paz que se complacía en desear a sus apóstoles (Lc 24,36) la poseyó Él plenamente y de continuo. Aunque a veces los evangelistas anoten que sintió cierta turbación, lo vemos siempre enteramente dueño de sus impresiones, como, por ejemplo, en Getsemaní. Nunca manifiesta duda. Nunca pierde la calma, ni cuando los endemoniados interrumpían sus discursos (Mc 1,22-26), ni cuando sus adversarios lo insultaban groseramente (Mt 9,3) ni cuando intentaban poner sobre Él sus manos (Lc 4,28). Su vida pública estuvo llena de trances difíciles, inquietantes, peligrosos; pero Él nunca perdió la tranquilidad. No lo afectaron las aclamaciones populares (como al entrar triunfante en Jerusalén) ni las condenas del populacho (como cuando la turba pidió su muerte).
Tuvo una gran sensibilidad: sintió profundamente el dolor, la alegría, la tristeza. Se admiró grandemente y saltó de júbilo al ver la fe de los pequeños y las revelaciones que su Padre hace a los humildes (cf. Lc 10,21).
Su fisonomía intelectual es apabullante. Tiene una lucidez única. Su predicación es diáfana, directa. Sus parábolas son un género único, perlas de la literatura humana. El contenido de sus dichos sorprende por la altura, la penetración, la sobrenaturalidad. No menos asombrosa es la “pedagogía” de Cristo: es significativo cómo fue llevando a sus discípulos (algunos simples pescadores) a aceptar y entender los misterios más grandes de nuestra fe (su filiación divina, la trinidad de Personas, la unidad de Dios, el misterio de la inhabitación trinitaria, de la gracia, el Reino de Dios, etc.). Su oratoria demuestra una grandeza de pensamiento inigualable. Por ejemplo, aquellas palabras que dirige a la muchedumbre hablándoles de Juan Bautista: “¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No! Los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes. Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino. En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él” (Mt 11,7-11). ¿Cómo no escuchar atónitos elocuencia tal? Además, sabía, como ninguno, apelar a las imágenes vivas, conocidas por sus oyentes: el soplo rápido y misterioso del viento (Jn 3,8), la fuente de agua viva (Jn 4,10), el vaso de agua fresca (Mt 10,42), el labrador que guía el arado (Lc 9,62), el hombre fuerte y armado que cuida su casa (Lc 11,21), los servidores que con la lámpara en la mano esperan la venida de su señor (Lc 18,35), el ciego que guía a otro ciego (Lc 6,39), etc. Sabía poner sobrenombres apropiados: a Simón, Cefas “piedra”, a Juan y Santiago, Boanerges, “hijos del trueno”. Sus consejos y réplicas eran penetrantes y dejaban sin voz a sus adversarios, como repetidamente nos señalan los evangelistas.
Su fisonomía moral responde más que adecuadamente a la profecía del ángel a la Virgen: Lo que nacerá de ti será santo (Lc 1,35). Brillan en Él todas las virtudes: la paciencia, la caridad, la obediencia, la humildad, la fortaleza, la templanza, la justicia. De su espíritu de abnegación y sacrificio dice San Pablo: “Christus non sibi placuit”, Cristo no buscó contentarse a Sí mismo (Rom 15,3). En Él contemplamos el más hermoso ejemplo de castidad, de pobreza (nació en una familia de pobres, vivió como pobre y murió como pobre), de obediencia. No cometió pecado, ni en su boca se encontró engaño, dice San Pedro hablando de Él (1 Pe 2,22), y lo mismo el autor de la Carta a los Hebreos (Hb 4,15). Proclamaron su inocencia el mismo Pilato lavándose las manos para no ser culpable de derramar su sangre (Mt 27,24), y el mismo Judas que lo entregó (Mt 27,4). Por eso, el mismo Cristo puede atreverse a decir a sus enemigos: ¿Quién de vosotros me argüirá de pecado? (Jn 8,46); por cuanto sepamos, ninguno de ellos se atrevió a hablar. Por el contrario, muchas veces debieron reconocer sus virtudes, como cuando los fariseos envían sus discípulos a preguntarle sobre el tributo del César y comienzan confesando la “autoridad moral” de su enseñanza: Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios en verdad sin hacer acepción de personas (Mt 22,16).
Pero sobre todas las cosas, sabía amar a lo grande. Tuvo muchas amistades y muy profundas (sus apóstoles, María, Marta y Lázaro; sus amigos escondidos como José de Arimatea y Nicodemo, etc.). Juan era llamado el discípulo que Jesús amaba (Jn 13,23), y a él lo hace recostar sobre su pecho en la Ultima Cena. Sabía enamorarse rápidamente de un alma limpia, como hace con el joven rico: Jesús lo miró y lo amó (Mc 10,21). Amó a los niños (Mc 9,35-36). Amó a los suyos hasta el extremo de dar la vida por ellos (Jn 13,1ss), cumpliendo así lo que Él mismo había dicho: Nadie tiene mayor amor que quien da su vida por sus amigos (Jn 15,13).
Además de tener la perfección de la naturaleza divina, Jesús fue también plenamente humano, plenamente hombre como nosotros. Y ya en su misma naturaleza humana ha excedido a todo hombre. ¿Quién podrá igualarlo? Ha hecho bien Guardini al hablar de “la absoluta diversidad de Jesús”. Es enteramente como nosotros, y también es enteramente diverso de nosotros. Fue un hombre –fue “el” hombre o “el Hijo del hombre” como se autodefinía Él–, pero al mismo tiempo, ningún hombre obró como Él, ningún hombre habló como Él, ningún hombre amó como Él, ningún hombre sufrió como Él (Miguel Ángel Fuentes).
Debía ser muy fácil enamorarse de Jesucristo. Quien llega a conocerlo profundamente no puede evitarlo; y por eso Lope cantó: “No sabe qué es amor quien no te ama...” hay un texto atribuido a san Cipriano que es como si Jesús dice: “en vosotros mismos es donde me veréis, como ve un hombre su propio rostro en un espejo”.
-Se acerca la Pasión. Hoy, viernes, faltan dos semanas justas para el Viernes Santo, fijos los ojos en la Cruz de Cristo. Las lecturas de hoy parecen orientarnos ya a esa perspectiva. Algunas frases las volveremos a escuchar aquel día: «ha puesto su confianza en Dios, que le salve ahora, si es que de verdad le quiere» (Mt 27,43).
También hay en nuestro tiempo un rechazo a Jesús, a la imagen que tienen de él, porque a él no le conocen en realidad. También nosotros podemos ser si no amenazados de muerte, sí desacreditados o ignorados. No pasa nada. Jesús fue y es signo de contradicción, como hemos visto que les anunció el anciano Simeón a María y a José. Los cristianos, si somos luz y sal, podemos también resultar molestos en el ambiente en que nos movemos. Lo triste sería que no diéramos ninguna clase de testimonio, que fuéramos insípidos, incapaces de iluminar o interpelar a nadie. Ante el Triduo Pascual, ya cercano, nuestra opción por Cristo debe movernos también a la aceptación de su cruz y de su testimonio radical, si queremos en verdad celebrar la Pascua con Él (J. Aldazábal). Le pedimos hoy al Señor: «Concédenos recibir con alegría la salvación que nos otorgas y manifestarla a los hombres con nuestra propia vida» (oración).
Hoy asistimos a nuevas utopías, con motivos incluso de cienciología. A la espera de nuevos Mesías, no miramos al Salvador… «Por la fuerza de la cruz, el mundo es juzgado como reo y el crucificado, exaltado como juez poderoso» (prefacio I de la Pasión). Como decimos en la Entrada: «Oh Dios, sálvame por tu Nombre, sal por mí con tu poder. Oh Dios, escucha mi súplica, atiende a mis palabras» (Sal 53,3-4). Es la Pasión que nos da esa vida, como señala la oración de Comunión: «Por Cristo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados; el tesoro de su gracia ha sido un derroche para con nosotros» (Ef 1,7). Así pasamos de la esclavitud a la libertad, como pedimos en la Postcomunión: «Señor, así como en la vida humana nos renovamos sin cesar, haz que, abandonado el pecado que envejece nuestro espíritu, nos renovemos ahora por su gracia».
Juan Pablo I, en su primer mensaje como Papa, urgía a los cristianos a cambiar de actitud: “Queremos recordar a toda la Iglesia que la evangelización sigue siendo su principal deber... Animada por la fe, alimentada por la caridad y sostenida por el alimento celestial de la Eucaristía, la Iglesia debe estudiar todos los caminos, procurarse todos los medios, oportuna e inoportunamente (2 Tim 4, 2), para sembrar la palabra, proclamar el mensaje, anunciar la salvación que infunde en el alma la inquietud de la búsqueda de la verdad y la sostiene con la ayuda de lo alto en esta búsqueda. Si todos los hijos de la Iglesia fueran misioneros incansables del Evangelio brotaría una nueva floración de santidad y de renovación en este mundo sediento de amor y de verdad” (27-VIII-1978).
«Nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora» (Jn 7,30). Se refiere a la hora de la Cruz, al preciso y precioso tiempo de darse por los pecados de la entera Humanidad. Todavía no ha llegado la hora, pero ya se encuentra muy cerca, cuando sentirá —como escribía el Cardenal Wojtyla— todo «el peso de aquella hora, en la que el Siervo de Yahvé ha de cumplir la profecía de Isaías, pronunciado su “sí». Cristo —en su constante anhelo sacerdotal— habla muchísimas veces de esta hora definitiva y determinante (Mt 26,45; Mc 14,35; Lc 22,53; Jn 7,30; 12,27; 17,1). Toda la vida del Señor se verá dominada por la hora suprema y la deseará con todo el corazón: «Con un bautismo he de ser bautizado, y ¡cómo me siento urgido hasta que se realice!» (Lc 12,50). Y «la víspera de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, como hubiera amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). Aquel viernes, nuestro Redentor entregará su espíritu a las manos del Padre, y desde aquel momento su misión ya cumplida pasará a ser la misión de la Iglesia y de todos sus miembros, animados por el Espíritu Santo. A partir de la hora de Getsemaní, de la muerte en la Cruz y la Resurrección, la vida empezada por Jesús «guía toda la Historia» (Catecismo de la Iglesia n. 1165). “La vida, el trabajo, la oración, la entrega de Cristo se hace presente ahora en su Iglesia: es también la hora del Cuerpo del Señor; su hora deviene nuestra hora, la de acompañarlo en la oración de Getsemaní” (Josep Vall), «siempre despiertos —como afirmaba Pascal— apoyándole en su agonía, hasta el final de los tiempos». Es la hora de actuar como miembros vivos de Cristo. Por esto, «al igual que la Pascua de Jesús, sucedida “una vez por todas” permanece siempre actual, de la misma manera la oración de la Hora de Jesús sigue presente en la Liturgia de la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia n. 2746).
viernes, 8 de abril de 2011
jueves, 7 de abril de 2011
Cuaresma 4, jueves: el Señor perdona nuestras idolatrías y su misericordia se manifiesta en el perdón
Cuaresma 4, jueves: el Señor perdona nuestras idolatrías y su misericordia se manifiesta en el perdón
Primera lectura: Éxodo 32, 7-14 (también el domingo 24-C): “En aquellos días dijo el Señor a Moisés: Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo... Se han desviado del camino que yo les había señalado, y se han hecho un toro de metal, y se postran ante él, y le ofrecen sacrificios... Veo que es un pueblo de dura cerviz..., y mi ira se va a encender contra ellos...
¡Señor!, dijo Moisés, ¿se va a encender tu ira contra tu pueblo que sacaste de Egipto con gran poder? ¿Tendrán que decir los egipcios que ‘con mala intención los sacaste para hacerlos morir en las montañas y exterminarlos’...? Por favor, acuérdate de tus siervos, Abraham, Isaac.... Y el Señor se arrepintió de su amenaza...”
Salmo responsorial: 105, 19-20.21-22.23: «En Horeb se hicieron un becerro, adoraron un ídolo de fundición; cambiaron su gloria por la imagen de un toro que come hierba. Se olvidaron de Dios, su salvador, que había hecho prodigios en Egipto, maravillas en el país de Cam, portentos en el Mar Rojo. Dios hablaba de aniquilarlos; pero Moisés, su elegido, se puso en la brecha frente a Él, para apartar su cólera del exterminio. Acuérdate de nosotros por amor a tu pueblo».
Evangelio: Juan 5, 31-47: 31«Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido. Otro es el que da testimonio de mí, y yo sé que es válido el testimonio que da de mí. Vosotros mandasteis enviados donde Juan, y él dio testimonio de la verdad. No es que yo busque testimonio de un hombre, sino que digo esto para que os salvéis. El era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz.
Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado. Y el Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro, ni habita su palabra en vosotros, porque no creéis al que Él ha enviado.
Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida. La gloria no la recibo de los hombres. Pero yo os conozco: no tenéis en vosotros el amor de Dios. Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que os voy a acusar yo delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza. Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí.
Pero si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?»
Comentario: Jesús aporta testimonios según las leyes judías, que sirvan para avalar una verdad: las obras divinas que realiza, y las Escrituras. Para creer, es necesario dejar que su Palabra habite en nosotros. Jesús reprocha a sus contemporáneos no haber escuchado realmente a Moisés: «si creyerais en Moisés, creeríais también en mí». “Jesús, está claro que no puedo amarte si primero no creo. La fe es muy importante, porque es el paso previo a la caridad, al amor. Por eso, he de fomentarla y cuidarla; no puedo jugar con la fe, ponerla en peligro. En otros tiempos se incitaba a los cristianos a renegar de Cristo; en nuestra época se enseña a los mismos a negar a Cristo. Entonces se impelía, ahora se enseña; entonces se usaba de la violencia, ahora de insidias; entonces se oía rugir al enemigo, ahora, presentándose con mansedumbre insinuante y rondando, difícilmente se le advierte” (San Agustín, Comentario al salmo 39).
1-2) La primera lectura (y el salmo que la glosa) nos da «precisamente» una actitud de Moisés. Al bajar de la Montaña del Sinaí, donde había estado hablando con Dios, encuentra al pueblo en adoración ante una estatua de metal, ¡un becerro! Todas las épocas, los hombres han tenido esta tentación: las «cosas de la tierra»... los «alimentos terrestres»... los «bienes temporales»... el dinero. Bienes necesarios, pero tentadores, porque pueden adueñarse como un ídolo.
-“Se han apartado de mí... Se han postrado ante un becerro”... En “El Señor de los Anillos” un protagonista, Gollum, tiene en su poder “el anillo” que da poderes, pero quien se lo pone corre un gran peligro, pues queda por él dominado. No es fácil sustraerse a esos poderes y a ese dominio, pues la codicia lleva a ponerse el anillo, hay una especial atracción en ello. Es entonces cuando el hombre, imagen de Dios, que se posee a sí mismo, es decir es libre, se rebaja hasta convertirse en esclavo de un ídolo o de los demás, alienado. La adoración al verdadero Dios es la única que no envilece ni rebaja. Sólo Tú, Señor, mereces nuestras sumisiones y nuestros sacrificios.
-“Mi ira se encenderá”. La «ira» de Dios es una imagen también, una manera de hablar: para poderlo entender, lo imaginaron como nosotros, prestamos a Dios sentimientos humanos para significar que Dios no puede pactar con el mal. Dios toma la defensa del hombre, contra sí mismo, para indicar “¡no os rebajéis de ese modo!” ¿Qué conversiones son urgentes en mi vida?
Moisés en solidaridad con sus hermanos, rezando por los pecadores, es imagen de Jesús, que intercede por todos los pecadores... Cuaresma es un tiempo en el que la plegaria de los fieles tiene una oración específica por los pecadores, pues nosotros también nos identificamos con Jesús en este punto. Es, como siempre, el tercer sentido de las lecturas: el protagonista histórico (Moisés), el típico (Cristo), el espiritual (nosotros cuando leemos la Palabra, lo hacemos en el Espíritu y nos hacemos protagonistas). En la Postcomunión pedimos: «Que esta comunión, Señor, nos purifique de todas nuestras culpas, para que se gocen en la plenitud de tu auxilio quienes están agobiados por el peso de su conciencia». ¿Cómo va el espíritu de reparación? ¿Desagravio a Dios por los que veo que se portan mal? ¿Intento ayudar a los demás, a salir de las esclavitudes en las que se encuentran? O bien ¿busco solamente la compañía de los justos? “Te ruego, Señor, en nombre de todos los hombres pecadores. Yo soy uno de ellos, me conozco. Sé también muy bien que muchos están como pegados, ligados a sus hábitos de injusticia, de egoísmo, de impureza, de orgullo, de desprecio, de violencia... ¡nuestros ídolos! y Tú, Señor, quieres liberarnos de todo esto, darnos la auténtica libertad: ¡de tal manera quieres el bien de la humanidad! Sé que Tú perdonas. Que esperas nuestras intercesiones, nuestras plegarias. Ten piedad de nosotros” (Noel Quesson).
El diálogo entre Yahvé y Moisés es entrañable. Después del pecado del pueblo, que se ha hecho un becerro de oro y le adora como si fuera su dios (pecado que describe muy bien el salmo de hoy), Yahvé habla a Moisés, que intercede ante Dios en defensa de su pueblo. Es una llamada a hacer oración, a que nosotros también hablemos con Dios, como Moisés, que es imagen de Jesús, el único que conoce al Padre, que habla cara a cara con Él.
3. Sigue el comentario de Jesús después del milagro de la piscina y de la reacción de sus enemigos; Él será el nuevo Moisés, que se sacrifica hasta el final por la humanidad, por nosotros pecadores: «Que esta comunión nos purifique de todas nuestras culpas» (comunión). Hoy vemos que se trata de aceptar a Cristo, para tener parte con Él en la vida, para sentir como Él la urgencia de la evangelización de nuestros hermanos de todo el mundo (J. Aldazábal).
"Padre, he venido a este mundo para glorificar tu nombre. He llevado a término tu obra; glorifícame". Hemos visto estos días cómo Jesús es la Luz que ilumina, da vida, refleja un Dios que es amor, que resucita y salva. En la cruz, el Enviado será objeto de burla. “Pues he aquí "la obra" que autentifica su misión: una vida entregada hasta el final. La cruz derriba los pedestales de los falsos dioses. Los dioses de los justos, de los ricos, de los satisfechos; los dioses cuyas gracias se compran y cuyos favores hay que ganarse...; esos dioses sólo sirven para ser derribados, pues no son más que becerros de oro de pacotilla, imágenes deformadas de quienes las han fabricado. Dios tendrá para siempre el rostro de un crucificado, expulsado fuera de las murallas de la ciudad, ridiculizado, injustamente condenado.
"El Padre que me ha enviado es el que da testimonio de mí". En el desierto, los hombres se habían unido a dioses conformes a sus deseos. También en el desierto, Moisés erigió otra señal, un bastón coronado por una serpiente de bronce. Señal desconcertante e irrisoria. Sin embargo, dice la Escritura que los que la miraban eran salvados. Dios, por su parte, ha erigido en el universo la única señal en la que se reconoce: una cruz plantada en el corazón del mundo. Los que la miran quedan salvados” (Dios cada día, Sal Terrae).
Los testimonios de Jesús vienen en primer lugar de Juan Bautista y de los profetas, "pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido realizar; esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado". Estos "signos" son particularmente vivos en el evangelio de Juan; "para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo tengáis vida en su nombre" (20, 30-31): comunican vida al hombre, son de Dios (5, 17-21) (anteayer). Escuchar la voz de Dios. San Agustín dice: «¿Por qué creéis que en las Escrituras está la vida eterna? Preguntadle a ellas de quién dan testimonio y veréis cuál es la vida eterna. Por defender a Moisés ellos quieren repudiar a Cristo, diciendo que se opone a las instituciones y preceptos de Moisés. «Pero Jesús los deja convictos de su error, sirviéndose como de otra antorcha... Moisés dio testimonio de Cristo, Juan dio testimonio de Cristo y los profetas y apóstoles dieron también testimonio de Cristo... Y Él mismo, por encima de todos estos testimonios, pone el testimonio de sus obras. Y Dios da testimonio de su Hijo de otra manera: muestra a su Hijo por su Hijo mismo, y por su Hijo se muestra a Sí mismo. El hombre que logre llegar a Él no tendrá ya necesidad de antorcha y, avanzando en lo profundo, edificará sobre roca viva» (Tratado 23 sobre el Evangelio de San Juan, 2-4).
No es cuestión (como hemos visto ayer) de conocer la Escritura, sino “vivirla”, quien tiene la máxima intimidad de Dios, quiere hacer partícipes de ese gozo a los demás. Sabe de nuestros problemas, cuán terrible es para el hombre la ausencia de Dios. Es la mayor desesperación... que nada puede reemplazar. Es patente hoy, en nuestro mundo ateo, a qué vacío y soledad suele enfrentarse el hombre: “Señor Jesús, haznos descubrir la "faz" de nuestro Padre; que oigamos su "voz"”.
-“No tenéis su palabra en vosotros, porque no habéis creído”... En medio de un bello paisaje es más fácil ver la fuerza restauradora de la creación de Dios, la necesidad de trascendencia, recordaba Benedicto XVI después de visitar una casa de recuperación de drogadictos en medio del campo: “sólo Dios basta, dijo Teresa de Ávila. Si Él nos falta, el hombre debe tratar de superar por sí mismo los confines del mundo; entonces la droga se convierte para él en casi una necesidad; pero bien pronto descubre que ése es un horizonte ilusorio y una burla que el diablo hace al hombre”. Por eso proponía busca escuchar a Dios en su palabra, en la plegaria de la Iglesia, en los Sacramentos, en los testimonios de los santos. La fe necesita formarse al fuego de la lectura de la palabra de Dios, meditación pausada de las ideas que brotan en nuestro interior; es necesario para ser fieles en asumir las responsabilidades y desarrollar una personalidad armónica como hijos de Dios. También da coherencia y fortaleza, para ir contracorriente: no ahogarse en dudas, por falta de fuerzas o discrepancia entre lo que se vive y piensa. Ayuda también la reflexión a saber dar respuestas convincentes, razones de nuestra fe, y buscar las respuestas a las preguntas que se van formulando. Ayuda a hacer vida propia la que vemos en Jesús, que influya en nuestra personalidad. Porque las ideas (aunque sean de la exégesis bíblica) sin lo otro, no basta: “jamás se puede conocer a Cristo sólo teóricamente. Con gran doctrina se puede saber todo sobre las Sagradas Escrituras, sin haberlo encontrado jamás. Caminar junto a Él, entrar en sus sentimientos, forma parte integrante del conocerlo. Pablo escribe estos sentimientos así: ‘tener el mismo amor, formar juntos una sola alma”, vivir en comunión, en concordia con los demás. Le pedimos que la Palabra de Dios habite más en nosotros; no hay formulitas mágicas para eso, es cuestión de hacer meditación, "hacer habitar la Palabra" en nosotros: fijar la mente, la imaginación en una escena evangélica... Repetir, interiorizar una frase, dejar que fluya nuestra vida al compás de esos sentimientos, para iluminar esos hechos con el amor de Dios, considerar que Dios es amor y sacará bien de aquellas circunstancias de nuestra vida, nos ayudará a amar más. Quien no ama, no conoce a Dios: “Te lo ruego, Señor. Ayúdame a amarte. Haz que yo sea "amor" de pies a cabeza, para que pueda revelar algo de ti”. Ante tanto ídolo, “uno se queda dando vueltas, siempre en lo humano, no hay modo de salir del cielo desesperante "producción-consumo"... producir para destruir... Haría falta que el hombre levantase un poco la cabeza y valorase en sí mismo sus aspiraciones al infinito, al absoluto... Encontrar a Dios. Escuchar a Dios. Contemplar a Dios” (Noel Quesson), buscar su rostro, como decimos en la antífona de entrada: «Que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro» (Sal 104,3-4). Así viviremos de ese amor que recibimos, como pedimos en la Colecta (que hoy viene del Gelasiano y del Sacramentario de Bérgamo): «Padre lleno de amor, te pedimos que, purificados por la penitencia y por la práctica de las buenas obras, nos mantengamos fieles a tus mandamientos, para llegar bien dispuestos a las fiestas de Pascua». Lo mismo se insiste en la Comunión: «Meteré mi Ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo, dice el Señor» (Jer 31,33). Vemos que esa ley divina es el amor que se manifiesta en la misericordioso, ahí se manifiesta de forma máxima su omnipotencia, dice Santo Tomás de Aquino (Suma Teológica, 2-2,30,4). Casiano explica que la misericordia de Dios perdona y mueve a conversión: «En ocasiones Dios no desdeña visitarnos con su gracia, a pesar de la negligencia y relajamiento en que ve sumido nuestro corazón... Tampoco tiene a menos hacer nacer en nosotros abundancia de pensamientos espirituales. Por indignos que seamos, suscita en nuestra alma santas inspiraciones, nos despierta de nuestro sopor, nos alumbra en la ceguedad en que nos tiene envueltos la ignorancia, y nos reprende y castiga con clemencia. Más aún, su gracia se difunde en nuestros corazones para que ese toque divino nos mueva a compunción y nos haga sacudir la inercia que nos paraliza» (Colaciones, 4). San Gregorio Magno también ensalza la misericordia de Dios: «¡Qué grande es la misericordia de nuestro Creador! No somos ni siquiera siervos dignos, pero Él nos llama amigos. ¡Qué grande es la dignidad del hombre que es amigo de Dios!» (Homilía 27 sobre los Evangelios). «La suprema misericordia no nos abandona, ni siquiera cuando la abandonamos» (Homilía 36 sobre los Evangelios).
La fe se robustece con el estudio, con la formación. No es coherente que vaya creciendo mi cultura, mi ciencia, mi capacidad crítica, y continúe con una formación religiosa «de primera comunión»: con explicaciones de la fe que no dan respuesta a las preguntas de una vida de adulto, ni pueden contrarrestar los ataques a la fe solapados bajo un lenguaje pseudocientífico y «progresista». Por eso es importante asistir a charlas de formación, pedir consejo para leer libros interesantes sobre la doctrina y la vida cristiana. Y, desde luego, leer las Escrituras. A este respecto, explica Jacques Philippe, al introducir consejos para la práctica de la Lectio Divina: “Es fundamental hacer resonar en nuestros corazones la Palabra de Dios. Esto se lleva a cabo, por supuesto, en la asamblea litúrgica, cuando se proclama la Sagrada Escritura y se comenta en la iglesia. Pero es necesario también que cada uno de nosotros sepa reservar unos momentos personales para ponerse a la escucha de la Palabra de Dios, dejarse interpelar, orientar y moldear por ella, repitiendo las palabras de Juan Pablo II… El gran secreto de la Lectio Divina es que, cuanto mayor sea el deseo de conversión, más fecunda será la lectura de la Escritura. Son muchas las personas sencillas e ignorantes que han recibido grandes luces y poderosos estímulos a través de la Sagrada Escritura porque tenían confianza en que iban a encontrar en ella la palabra viva de Dios. Los ejemplos en la historia de la Iglesia son innumerables, entre ellos, Teresa de Lisieux que, sin embargo, nunca tuvo una Biblia completa a su disposición” (Llamados a la vida).
Primera lectura: Éxodo 32, 7-14 (también el domingo 24-C): “En aquellos días dijo el Señor a Moisés: Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo... Se han desviado del camino que yo les había señalado, y se han hecho un toro de metal, y se postran ante él, y le ofrecen sacrificios... Veo que es un pueblo de dura cerviz..., y mi ira se va a encender contra ellos...
¡Señor!, dijo Moisés, ¿se va a encender tu ira contra tu pueblo que sacaste de Egipto con gran poder? ¿Tendrán que decir los egipcios que ‘con mala intención los sacaste para hacerlos morir en las montañas y exterminarlos’...? Por favor, acuérdate de tus siervos, Abraham, Isaac.... Y el Señor se arrepintió de su amenaza...”
Salmo responsorial: 105, 19-20.21-22.23: «En Horeb se hicieron un becerro, adoraron un ídolo de fundición; cambiaron su gloria por la imagen de un toro que come hierba. Se olvidaron de Dios, su salvador, que había hecho prodigios en Egipto, maravillas en el país de Cam, portentos en el Mar Rojo. Dios hablaba de aniquilarlos; pero Moisés, su elegido, se puso en la brecha frente a Él, para apartar su cólera del exterminio. Acuérdate de nosotros por amor a tu pueblo».
Evangelio: Juan 5, 31-47: 31«Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido. Otro es el que da testimonio de mí, y yo sé que es válido el testimonio que da de mí. Vosotros mandasteis enviados donde Juan, y él dio testimonio de la verdad. No es que yo busque testimonio de un hombre, sino que digo esto para que os salvéis. El era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz.
Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado. Y el Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro, ni habita su palabra en vosotros, porque no creéis al que Él ha enviado.
Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida. La gloria no la recibo de los hombres. Pero yo os conozco: no tenéis en vosotros el amor de Dios. Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que os voy a acusar yo delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza. Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí.
Pero si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?»
Comentario: Jesús aporta testimonios según las leyes judías, que sirvan para avalar una verdad: las obras divinas que realiza, y las Escrituras. Para creer, es necesario dejar que su Palabra habite en nosotros. Jesús reprocha a sus contemporáneos no haber escuchado realmente a Moisés: «si creyerais en Moisés, creeríais también en mí». “Jesús, está claro que no puedo amarte si primero no creo. La fe es muy importante, porque es el paso previo a la caridad, al amor. Por eso, he de fomentarla y cuidarla; no puedo jugar con la fe, ponerla en peligro. En otros tiempos se incitaba a los cristianos a renegar de Cristo; en nuestra época se enseña a los mismos a negar a Cristo. Entonces se impelía, ahora se enseña; entonces se usaba de la violencia, ahora de insidias; entonces se oía rugir al enemigo, ahora, presentándose con mansedumbre insinuante y rondando, difícilmente se le advierte” (San Agustín, Comentario al salmo 39).
1-2) La primera lectura (y el salmo que la glosa) nos da «precisamente» una actitud de Moisés. Al bajar de la Montaña del Sinaí, donde había estado hablando con Dios, encuentra al pueblo en adoración ante una estatua de metal, ¡un becerro! Todas las épocas, los hombres han tenido esta tentación: las «cosas de la tierra»... los «alimentos terrestres»... los «bienes temporales»... el dinero. Bienes necesarios, pero tentadores, porque pueden adueñarse como un ídolo.
-“Se han apartado de mí... Se han postrado ante un becerro”... En “El Señor de los Anillos” un protagonista, Gollum, tiene en su poder “el anillo” que da poderes, pero quien se lo pone corre un gran peligro, pues queda por él dominado. No es fácil sustraerse a esos poderes y a ese dominio, pues la codicia lleva a ponerse el anillo, hay una especial atracción en ello. Es entonces cuando el hombre, imagen de Dios, que se posee a sí mismo, es decir es libre, se rebaja hasta convertirse en esclavo de un ídolo o de los demás, alienado. La adoración al verdadero Dios es la única que no envilece ni rebaja. Sólo Tú, Señor, mereces nuestras sumisiones y nuestros sacrificios.
-“Mi ira se encenderá”. La «ira» de Dios es una imagen también, una manera de hablar: para poderlo entender, lo imaginaron como nosotros, prestamos a Dios sentimientos humanos para significar que Dios no puede pactar con el mal. Dios toma la defensa del hombre, contra sí mismo, para indicar “¡no os rebajéis de ese modo!” ¿Qué conversiones son urgentes en mi vida?
Moisés en solidaridad con sus hermanos, rezando por los pecadores, es imagen de Jesús, que intercede por todos los pecadores... Cuaresma es un tiempo en el que la plegaria de los fieles tiene una oración específica por los pecadores, pues nosotros también nos identificamos con Jesús en este punto. Es, como siempre, el tercer sentido de las lecturas: el protagonista histórico (Moisés), el típico (Cristo), el espiritual (nosotros cuando leemos la Palabra, lo hacemos en el Espíritu y nos hacemos protagonistas). En la Postcomunión pedimos: «Que esta comunión, Señor, nos purifique de todas nuestras culpas, para que se gocen en la plenitud de tu auxilio quienes están agobiados por el peso de su conciencia». ¿Cómo va el espíritu de reparación? ¿Desagravio a Dios por los que veo que se portan mal? ¿Intento ayudar a los demás, a salir de las esclavitudes en las que se encuentran? O bien ¿busco solamente la compañía de los justos? “Te ruego, Señor, en nombre de todos los hombres pecadores. Yo soy uno de ellos, me conozco. Sé también muy bien que muchos están como pegados, ligados a sus hábitos de injusticia, de egoísmo, de impureza, de orgullo, de desprecio, de violencia... ¡nuestros ídolos! y Tú, Señor, quieres liberarnos de todo esto, darnos la auténtica libertad: ¡de tal manera quieres el bien de la humanidad! Sé que Tú perdonas. Que esperas nuestras intercesiones, nuestras plegarias. Ten piedad de nosotros” (Noel Quesson).
El diálogo entre Yahvé y Moisés es entrañable. Después del pecado del pueblo, que se ha hecho un becerro de oro y le adora como si fuera su dios (pecado que describe muy bien el salmo de hoy), Yahvé habla a Moisés, que intercede ante Dios en defensa de su pueblo. Es una llamada a hacer oración, a que nosotros también hablemos con Dios, como Moisés, que es imagen de Jesús, el único que conoce al Padre, que habla cara a cara con Él.
3. Sigue el comentario de Jesús después del milagro de la piscina y de la reacción de sus enemigos; Él será el nuevo Moisés, que se sacrifica hasta el final por la humanidad, por nosotros pecadores: «Que esta comunión nos purifique de todas nuestras culpas» (comunión). Hoy vemos que se trata de aceptar a Cristo, para tener parte con Él en la vida, para sentir como Él la urgencia de la evangelización de nuestros hermanos de todo el mundo (J. Aldazábal).
"Padre, he venido a este mundo para glorificar tu nombre. He llevado a término tu obra; glorifícame". Hemos visto estos días cómo Jesús es la Luz que ilumina, da vida, refleja un Dios que es amor, que resucita y salva. En la cruz, el Enviado será objeto de burla. “Pues he aquí "la obra" que autentifica su misión: una vida entregada hasta el final. La cruz derriba los pedestales de los falsos dioses. Los dioses de los justos, de los ricos, de los satisfechos; los dioses cuyas gracias se compran y cuyos favores hay que ganarse...; esos dioses sólo sirven para ser derribados, pues no son más que becerros de oro de pacotilla, imágenes deformadas de quienes las han fabricado. Dios tendrá para siempre el rostro de un crucificado, expulsado fuera de las murallas de la ciudad, ridiculizado, injustamente condenado.
"El Padre que me ha enviado es el que da testimonio de mí". En el desierto, los hombres se habían unido a dioses conformes a sus deseos. También en el desierto, Moisés erigió otra señal, un bastón coronado por una serpiente de bronce. Señal desconcertante e irrisoria. Sin embargo, dice la Escritura que los que la miraban eran salvados. Dios, por su parte, ha erigido en el universo la única señal en la que se reconoce: una cruz plantada en el corazón del mundo. Los que la miran quedan salvados” (Dios cada día, Sal Terrae).
Los testimonios de Jesús vienen en primer lugar de Juan Bautista y de los profetas, "pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido realizar; esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado". Estos "signos" son particularmente vivos en el evangelio de Juan; "para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo tengáis vida en su nombre" (20, 30-31): comunican vida al hombre, son de Dios (5, 17-21) (anteayer). Escuchar la voz de Dios. San Agustín dice: «¿Por qué creéis que en las Escrituras está la vida eterna? Preguntadle a ellas de quién dan testimonio y veréis cuál es la vida eterna. Por defender a Moisés ellos quieren repudiar a Cristo, diciendo que se opone a las instituciones y preceptos de Moisés. «Pero Jesús los deja convictos de su error, sirviéndose como de otra antorcha... Moisés dio testimonio de Cristo, Juan dio testimonio de Cristo y los profetas y apóstoles dieron también testimonio de Cristo... Y Él mismo, por encima de todos estos testimonios, pone el testimonio de sus obras. Y Dios da testimonio de su Hijo de otra manera: muestra a su Hijo por su Hijo mismo, y por su Hijo se muestra a Sí mismo. El hombre que logre llegar a Él no tendrá ya necesidad de antorcha y, avanzando en lo profundo, edificará sobre roca viva» (Tratado 23 sobre el Evangelio de San Juan, 2-4).
No es cuestión (como hemos visto ayer) de conocer la Escritura, sino “vivirla”, quien tiene la máxima intimidad de Dios, quiere hacer partícipes de ese gozo a los demás. Sabe de nuestros problemas, cuán terrible es para el hombre la ausencia de Dios. Es la mayor desesperación... que nada puede reemplazar. Es patente hoy, en nuestro mundo ateo, a qué vacío y soledad suele enfrentarse el hombre: “Señor Jesús, haznos descubrir la "faz" de nuestro Padre; que oigamos su "voz"”.
-“No tenéis su palabra en vosotros, porque no habéis creído”... En medio de un bello paisaje es más fácil ver la fuerza restauradora de la creación de Dios, la necesidad de trascendencia, recordaba Benedicto XVI después de visitar una casa de recuperación de drogadictos en medio del campo: “sólo Dios basta, dijo Teresa de Ávila. Si Él nos falta, el hombre debe tratar de superar por sí mismo los confines del mundo; entonces la droga se convierte para él en casi una necesidad; pero bien pronto descubre que ése es un horizonte ilusorio y una burla que el diablo hace al hombre”. Por eso proponía busca escuchar a Dios en su palabra, en la plegaria de la Iglesia, en los Sacramentos, en los testimonios de los santos. La fe necesita formarse al fuego de la lectura de la palabra de Dios, meditación pausada de las ideas que brotan en nuestro interior; es necesario para ser fieles en asumir las responsabilidades y desarrollar una personalidad armónica como hijos de Dios. También da coherencia y fortaleza, para ir contracorriente: no ahogarse en dudas, por falta de fuerzas o discrepancia entre lo que se vive y piensa. Ayuda también la reflexión a saber dar respuestas convincentes, razones de nuestra fe, y buscar las respuestas a las preguntas que se van formulando. Ayuda a hacer vida propia la que vemos en Jesús, que influya en nuestra personalidad. Porque las ideas (aunque sean de la exégesis bíblica) sin lo otro, no basta: “jamás se puede conocer a Cristo sólo teóricamente. Con gran doctrina se puede saber todo sobre las Sagradas Escrituras, sin haberlo encontrado jamás. Caminar junto a Él, entrar en sus sentimientos, forma parte integrante del conocerlo. Pablo escribe estos sentimientos así: ‘tener el mismo amor, formar juntos una sola alma”, vivir en comunión, en concordia con los demás. Le pedimos que la Palabra de Dios habite más en nosotros; no hay formulitas mágicas para eso, es cuestión de hacer meditación, "hacer habitar la Palabra" en nosotros: fijar la mente, la imaginación en una escena evangélica... Repetir, interiorizar una frase, dejar que fluya nuestra vida al compás de esos sentimientos, para iluminar esos hechos con el amor de Dios, considerar que Dios es amor y sacará bien de aquellas circunstancias de nuestra vida, nos ayudará a amar más. Quien no ama, no conoce a Dios: “Te lo ruego, Señor. Ayúdame a amarte. Haz que yo sea "amor" de pies a cabeza, para que pueda revelar algo de ti”. Ante tanto ídolo, “uno se queda dando vueltas, siempre en lo humano, no hay modo de salir del cielo desesperante "producción-consumo"... producir para destruir... Haría falta que el hombre levantase un poco la cabeza y valorase en sí mismo sus aspiraciones al infinito, al absoluto... Encontrar a Dios. Escuchar a Dios. Contemplar a Dios” (Noel Quesson), buscar su rostro, como decimos en la antífona de entrada: «Que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro» (Sal 104,3-4). Así viviremos de ese amor que recibimos, como pedimos en la Colecta (que hoy viene del Gelasiano y del Sacramentario de Bérgamo): «Padre lleno de amor, te pedimos que, purificados por la penitencia y por la práctica de las buenas obras, nos mantengamos fieles a tus mandamientos, para llegar bien dispuestos a las fiestas de Pascua». Lo mismo se insiste en la Comunión: «Meteré mi Ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo, dice el Señor» (Jer 31,33). Vemos que esa ley divina es el amor que se manifiesta en la misericordioso, ahí se manifiesta de forma máxima su omnipotencia, dice Santo Tomás de Aquino (Suma Teológica, 2-2,30,4). Casiano explica que la misericordia de Dios perdona y mueve a conversión: «En ocasiones Dios no desdeña visitarnos con su gracia, a pesar de la negligencia y relajamiento en que ve sumido nuestro corazón... Tampoco tiene a menos hacer nacer en nosotros abundancia de pensamientos espirituales. Por indignos que seamos, suscita en nuestra alma santas inspiraciones, nos despierta de nuestro sopor, nos alumbra en la ceguedad en que nos tiene envueltos la ignorancia, y nos reprende y castiga con clemencia. Más aún, su gracia se difunde en nuestros corazones para que ese toque divino nos mueva a compunción y nos haga sacudir la inercia que nos paraliza» (Colaciones, 4). San Gregorio Magno también ensalza la misericordia de Dios: «¡Qué grande es la misericordia de nuestro Creador! No somos ni siquiera siervos dignos, pero Él nos llama amigos. ¡Qué grande es la dignidad del hombre que es amigo de Dios!» (Homilía 27 sobre los Evangelios). «La suprema misericordia no nos abandona, ni siquiera cuando la abandonamos» (Homilía 36 sobre los Evangelios).
La fe se robustece con el estudio, con la formación. No es coherente que vaya creciendo mi cultura, mi ciencia, mi capacidad crítica, y continúe con una formación religiosa «de primera comunión»: con explicaciones de la fe que no dan respuesta a las preguntas de una vida de adulto, ni pueden contrarrestar los ataques a la fe solapados bajo un lenguaje pseudocientífico y «progresista». Por eso es importante asistir a charlas de formación, pedir consejo para leer libros interesantes sobre la doctrina y la vida cristiana. Y, desde luego, leer las Escrituras. A este respecto, explica Jacques Philippe, al introducir consejos para la práctica de la Lectio Divina: “Es fundamental hacer resonar en nuestros corazones la Palabra de Dios. Esto se lleva a cabo, por supuesto, en la asamblea litúrgica, cuando se proclama la Sagrada Escritura y se comenta en la iglesia. Pero es necesario también que cada uno de nosotros sepa reservar unos momentos personales para ponerse a la escucha de la Palabra de Dios, dejarse interpelar, orientar y moldear por ella, repitiendo las palabras de Juan Pablo II… El gran secreto de la Lectio Divina es que, cuanto mayor sea el deseo de conversión, más fecunda será la lectura de la Escritura. Son muchas las personas sencillas e ignorantes que han recibido grandes luces y poderosos estímulos a través de la Sagrada Escritura porque tenían confianza en que iban a encontrar en ella la palabra viva de Dios. Los ejemplos en la historia de la Iglesia son innumerables, entre ellos, Teresa de Lisieux que, sin embargo, nunca tuvo una Biblia completa a su disposición” (Llamados a la vida).
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Misericordia,
perdón
Cuaresma 4, miércoles: Dios, Señor de la historia, en Jesús nos muestra su misericordia, y nos da la Vida
Cuaresma 4, miércoles: Dios, Señor de la historia, en Jesús nos muestra su misericordia, y nos da la Vida
Libro de Isaías 49,8-15: Así habla el Señor: En el tiempo favorable, yo te respondí, en el día de la salvación, te socorrí. Yo te formé y te destiné a ser la alianza del pueblo, para restaurar el país, para repartir las herencias devastadas, para decir a los cautivos: "¡Salgan!", y a los que están en las tinieblas: "¡Manifiéstense!". Ellos se apacentarán a lo largo de los caminos, tendrán sus pastizales hasta en las cumbres desiertas. No tendrán hambre, ni sufrirán sed, el viento ardiente y el sol no los dañarán, porque el que se compadece de ellos los guiará y los llevará hasta las vertientes de agua. De todas mis montañas yo haré un camino y mis senderos serán nivelados. Sí, ahí vienen de lejos, unos del norte y del oeste, y otros, del país de Siním. ¡Griten de alegría, cielos, regocíjate, tierra! ¡Montañas, prorrumpan en gritos de alegría, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de sus pobres! Sión decía: "El Señor me abandonó, mi Señor se ha olvidado de mí". ¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré!
Salmo 145,8-9.13-14.17-18: El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; / el Señor es bueno con todos y tiene compasión de todas sus criaturas. / Tu reino es un reino eterno, y tu dominio permanece para siempre. El Señor es fiel en todas sus palabras y bondadoso en todas sus acciones. / El Señor sostiene a los que caen y endereza a los que están encorvados. / El Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todas sus acciones; / está cerca de aquellos que lo invocan, de aquellos que lo invocan de verdad.
Evangelio según San Juan 5,17-30: El les respondió: "Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo". Pero para los judíos esta era una razón más para matarlo, porque no sólo violaba el sábado, sino que se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre. Entonces Jesús tomó la palabra diciendo: "Les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino solamente lo que ve hacer al Padre; lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace. Y le mostrará obras más grandes aún, para que ustedes queden maravillados. Así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, del mismo modo el Hijo da vida al que él quiere. Porque el Padre no juzga a nadie: él ha puesto todo juicio en manos de su Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió. Les aseguro que el que escucha mi palabra y cree en aquel que me ha enviado, tiene Vida eterna y no está sometido al juicio, sino que ya ha pasado de la muerte a la Vida. Les aseguro que la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan, vivirán. Así como el Padre dispone de la Vida, del mismo modo ha concedido a su Hijo disponer de ella, y le dio autoridad para juzgar porque él es el Hijo del hombre. No se asombren: se acerca la hora en que todos los que están en las tumbas oirán su voz y saldrán de ellas: los que hayan hecho el bien, resucitarán para la Vida; los que hayan hecho el mal, resucitarán para el juicio. Nada puedo hacer por mí mismo. Yo juzgo de acuerdo con lo que oigo, y mi juicio es justo, porque lo que yo busco no es hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.
Comentario: 1. En la primera lectura el profeta Isaías describe el retorno del Exilio -signo y prenda de la liberación mesiánica- con los temas y las imágenes renovados del antiguo éxodo de Egipto. El amor eterno del Señor por su pueblo, parecido al amor de una madre por sus hijos, se expresa de una manera concreta en toda su gratuidad y fidelidad indefectible (Misa dominical). Isaías prometía ya esos bienes mesiánicos, para la vuelta del exilio.
a) El amor de Dios es maternal. Nos dice por el profeta: -“En tiempo favorable, te escucharé, el día de la salvación, te asistiré”. Sabemos que el conjunto de la población judía, entre los años 587 al 538 antes de Jesucristo, fue deportada a Babilonia, lejos de su patria. Esa experiencia trágica fue objeto de numerosas reflexiones. Los profetas vieron en ella el símbolo del destino de la humanidad: somos, también nosotros, unos cautivos... el pecado es una especie de esclavitud... esperamos nuestra liberación. Es momento para detenerme, una vez más, en la experiencia de mis limitaciones, mis cadenas, mis constricciones, no para estar dándole vueltas y machacando inútilmente, sino para poder escuchar de veras el anuncio de mi liberación.
-“Yo te formé, para levantar el país..., para decir a los presos: «Salid». No tendrán más hambre ni sed, ni les dañará el bochorno ni el sol”. Anuncios del Reino de Dios «en el que no habrá llanto, ni grito, ni sufrimiento, ni muerte», como pedimos en el padrenuestro: ¡Señor! venga a nosotros tu Reino. Con la resurrección de Jesús, se repitió esas mismas promesas: "llega la hora en que muchos se levantarán de sus tumbas...".
-“¡Aclamad cielos y exulta tierra! Prorrumpan los montes en gritos de alegría. Pues el Señor consuela a su pueblo, y de sus pobres se compadece”. ¿Cómo puedo yo estar en ese plan? En medio de todas mis pruebas, ¿cómo vivir en ese clima? Y en el contexto del mundo, tan frecuentemente trágico, ¿cómo permanecer alegre, sin dejarse envenenar por el ambiente de derrota y de morosidad? Comprometerme, en lo que está de mi parte, a que crezca la alegría del mundo. Dar «una» alegría a alguien... a muchos.
-“Sión decía: «El Señor me ha olvidado». ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque una llegase a olvidarlo, Yo, no te olvidaré. Palabra del Señor todopoderoso”. Hay que detenerse indefinidamente ante esas frases ardientes, que Jesús nos recordará, para darnos pistas de cómo entrar en el corazón de Dios, que nos ama con amor maternal. Dios no nos olvida nunca: gracias, Señor, porque Tú no me olvidas jamás (Noel Quesson).
b) Dios es Señor de la historia. El texto tiene dos partes; en la primera (48,12-21) se describe cómo el persa Ciro, que destruye los enemigos persas, es instrumento de Dios: «Yo mismo, yo he hablado, yo lo he llamado, lo he traído y he dado éxito a su empresa» (48,15). Pienso que no es que Dios quiera las cosas que están sometidas a la malicia humana, o que provoque cosas que dependen de la libertad de las personas, pero sí que –sabiendo lo que va a pasar- aprovecha el resultado para reconducirlo hacia el bien, como enseña san Pablo en Romanos 8.
En la segunda parte (49,9b-13), Dios se ve como pastor que guía su pueblo. La identidad de Israel reside en escuchar y seguir la palabra creadora de Dios, el factor más importante de la fe bíblica. Yahvé está a nuestro lado, en todo momento histórico. Esta es la base de la teología de la historia. A diferencia del movimiento cíclico e impersonal de los griegos, la historia de salvación tiene un comienzo, la alianza y la creación; un plan propuesto por Dios, y un fin; y Dios está inmanente a todo: «Desde el principio no os he hablado en secreto; cuando las cosas se hacían, allí estaba yo. Y ahora Yahvé me ha enviado...» (48,16b). No es simplemente historia, sino historia de salvación, porque Yahvé ha estado siempre presente. En la historia de Israel, como en la nuestra, podemos ver una serie de oportunidades desaprovechadas; pensamos que el pasado es irreversible, pero en realidad Yahvé siempre sale a nuestro encuentro para “reciclar” aquellas situaciones adversas, para que de lo malo salga lo bueno; el bien vence al mal: «Exulta, cielo, y alégrate; romped en exclamaciones, montañas, porque ha consolado Yahvé a su pueblo, ha tenido compasión de los desamparados» (49,13)” (F. Raurell).
c) Cristo, el Siervo de Yahvé. Este poema de Isaías, uno de los cuatro cánticos del Siervo de Yahvé, nos prepara para ver luego en Cristo al enviado de Dios. El amor misericordioso se realiza plenamente en la venida de Jesucristo; en estos días se expresa con la preparación al bautismo, y con la penitencia, como predica San Agustín: «La penitencia purifica el alma, eleva el pensamiento, somete la carne al espíritu, hace al corazón contrito y humillado, disipa las nebulosidades de la concupiscencia, apaga el fuego de las pasiones y enciende la verdadera luz de la castidad». (Sermón 73).
2. Diremos en la Entrada: «Mi oración se dirige hacia ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude» (Sal 68,14). El salmo profundiza en este mensaje, central de hoy: «el Señor es clemente y misericordioso... el Señor es bueno con todos, es fiel a sus palabras, el Señor sostiene a los que van a caer». Con tal que sepamos acoger ese amor, como nos dirá Jesús: "el que escucha mi palabra tiene la vida eterna, no es juzgado, ha pasado de la muerte a la vida". La muerte ha sido vencida con su muerte, que conecta con lo que hemos leído: "los muertos oirán su voz...", y se refiere también a los muertos espiritualmente, que son vivificados por la palabra de Jesús (aquellos que escuchan su palabra y creen, tienen la vida eterna, y para ellos, la experiencia de la muerte y del juicio está superada), como expresa la Colecta (del misal anterior, y antes del Gelasiano y Gregoriano): «Señor, Dios nuestro, que concedes a los justos el premio de sus méritos, y a los pecadores que hacen penitencia les perdonas sus pecados, ten piedad de nosotros y danos, por la humilde confesión de nuestras culpas, tu paz y tu perdón». Esta idea sigue en la Comunión («Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él»: Jn 3,17) y en la Postcomunión: «No permitas, Señor, que estos sacramentos que hemos recibido sean causa de condenación para nosotros, pues los instituiste como auxilios de nuestra salvación».
Juan Pablo II comentaba que el Salmo 145 “es un «aleluya», el primero de los cinco Salmos que cierran el Salterio”. Nos muestra “una verdad consoladora: no estamos abandonados a nosotros mismos, las vicisitudes de nuestros días no están dominadas por el caos o el hado, los acontecimientos no representan una mera sucesión de actos sin sentido y meta”. Canta el amor y la bondad de Dios. “Dios es el creador del cielo y de la tierra, es el custodio fiel del pacto que lo une a su pueblo, es el que hace justicia a los oprimidos, da el pan a los hambrientos y libera a los cautivos. Abre los ojos a los ciegos, levanta a los caídos, ama a los justos, protege al extranjero, sustenta al huérfano y a la viuda. Trastorna el camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y sobre todos los tiempos. Se trata de doce afirmaciones teológicas que -con su número perfecto- quieren expresar la plenitud y la perfección de la acción divina. El Señor no es un soberano alejado de sus criaturas, sino que queda involucrado en su historia, luchando por la justicia, poniéndose de parte de los últimos, de las víctimas, de los oprimidos, de los infelices…
Es necesario vivir en la adhesión a la voluntad divina, ofrecer el pan a los hambrientos, visitar a los prisioneros, apoyar y consolar a los enfermos, defender y acoger a los extranjeros, dedicarse a los pobres y míseros. En la práctica, es el mismo espíritu de las Bienaventuranzas: decidirse por esa propuesta de amor que nos salva ya en esta vida y que después será objeto de nuestro examen en el juicio final, que sellará la historia. Entonces seremos juzgados por la opción de servir a Cristo en el hambriento, en el sediento, en el forastero, en el desnudo, en el enfermo, en el encarcelado. «Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25, 40), dirá entonces el Señor”.
3. El evangelio anuncia las maravillas de "vida" que marcan el Reino inaugurado: el Hijo da la vida a los muertos.
a) "Pero Jesús les dijo: Mi padre sigue trabajando y yo también trabajo". Era doctrina corriente en el judaísmo que Dios no podía haber interrumpido del todo su actividad el séptimo día, porque su actividad funda la del cualquier ser creado. “Jesús amplía esta concepción: El Padre no conoce sábado, no ha cesado de trabajar, porque mientras el hombre está oprimido por el pecado y privado de libertad, es decir, mientras no tenga plenitud de vida, no está realizado su proyecto creador. Dios sigue comunicando vida al hombre, su amor está siempre activo. Jesús actúa como el Padre, no acepta leyes que limiten su actividad en favor del hombre”. También la cultura de hoy debería abrirse a estas palabras, como decía Ratzinger: “Según el modelo de pensamiento dominante, Dios no podría entrar en la trama de nuestra vida cotidiana. En las palabras de Jesús: «Mi Padre trabaja siempre», está el desmentido. Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios actúa siempre, y actúa hoy: debemos por lo tanto dejarlo entrar y dejarlo trabajar. Y es así como nacen las cosas que suscitan un acontecimiento y renuevan la Humanidad”.
b) "Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no sólo violaba el sábado sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios" (v. 18). Jesús tiene una filiación divina peculiar, eminente y única. Y reclama una autoridad por la que "se hace igual a Dios". Se pone en peligro la Torá, como decía Ratzinger: “El tema cristológico (teológico) y el social están indisolublemente relacionados entre sí. Si Jesús es Dios, tiene el poder y el título para tratar la Torá como Él lo hace. Sólo en este caso puede reinterpretar el ordenamiento mosaico de los mandamientos de Dios de un modo tan radical, como sólo Dios mismo, el Legislador, puede hacerlo.
Pero entonces se plantea la pregunta: ¿Fue bueno y justo crear una nueva comunidad de discípulos fundada totalmente en El? ¿Era justo dejar de lado el orden social del «Israel eterno» que desde Abraham, Isaac y Jacob se funda sobre los lazos de la carne y existe gracias a ellos, declarándolo —como dirá Pablo— «el Israel según la carne»? ¿Qué sentido se podría reconocer en todo esto?
Ahora bien, si leemos la Torá junto con todo el canon del Antiguo Testamento, los Profetas, los Salmos y los Libros Sapienciales, resulta muy claro algo que objetivamente ya se anuncia en la Torá: Israel no existe simplemente para sí mismo, para vivir en las disposiciones «eternas» de la Ley, existe para ser luz de los pueblos: tanto en los Salmos como en los Libros proféticos oímos cada vez con mayor claridad la promesa de que la salvación de Dios llegará a todos los pueblos. Oímos cada vez más claramente que el Dios de Israel, que es el mismo único Dios, el verdadero Dios, el creador del cielo y de la tierra, el Dios de todos los pueblos y de todos los hombres, en cuyas manos está su destino, en definitiva que ese Dios no quiere abandonar a los pueblos a su suerte. Oímos que todos lo reconocerán, que Egipto y Babilonia —las dos potencias mundiales opuestas a Israel— tenderán la mano a Israel y con él adorarán a un solo Dios. Oímos que caerán las fronteras y que el Dios de Israel será reconocido y adorado por todos los pueblos como su Dios, como el único Dios”.
c) Luego Jesús va explicando su identidad con el Padre, y de cómo están en sintonía perfecta, incluso en resucitar muertos y dar. El relato acontece luego de levantar al inválido que leíamos ayer, dándole la salud y libertad; y no sólo tiene potestad sobre la vida y la muerte, la curación del cuerpo y del alma, sino también sobre el juicio final, que ya se anticipa en la toma de posición de cada uno frente a Jesús: "Os lo aseguro; quien escucha mi palabra y cree al que me envió, posee la vida eterna y no será condenado, porque ha pasado ya de la muerte a la vida" (v. 24), saliendo de ese estar muerto, que es "vivir sin Dios y sin esperanza en el mundo" (Ef 2, 12; cf. J. Aldazábal).
Así comentaba S. Agustín: «No se enfurecían porque dijera que Dios era su Padre, sino porque le decía Padre de manera muy distinta de como se lo dicen los hombres. Mirad cómo los judíos ven lo que los arrianos no quieren ver. Los arrianos dicen que el Hijo no es igual al Padre, y de aquí la herejía que aflige a la Iglesia.Ved cómo hasta los mismos ciegos y los mismos que mataron a Cristo entendieron el sentido de las palabras de Cristo. No vieron que Él era Cristo ni que era Hijo de Dios; sino que vieron en aquellas palabras que Hijo de Dios tenía que ser igual a Dios. No era Él quien se hacía igual a Dios. Era Dios quien lo había engendrado igual a Él. Si se hubiera hecho Él igual a Dios, esta usurpación le habría hecho caer; pues aquel que se quiso hacer igual a Dios, no siéndolo, cayó y de ángel se hizo diablo y dio a beber al hombre esta soberbia, que fue la que le derribó».
Jesús «obra» en nombre de Dios, su Padre. Igual que Dios da vida, Jesús ha venido a comunicar vida, a curar, a resucitar. Su voz, que es voz del Padre, será eficaz, y como ha curado al paralítico, seguirá curando a enfermos y hasta resucitando a muertos. Es una revelación cada vez más clara de su condición de enviado de Dios. Más aun, de su divinidad, como Hijo del Padre. Los que crean en Jesús y le acepten como al enviado de Dios son los que tendrán vida. Los que no, ellos mismos se van a ver excluidos. El regalo que Dios ha hecho a la humanidad en su Hijo es, a la vez, don y juicio (J. Aldazábal).
Libro de Isaías 49,8-15: Así habla el Señor: En el tiempo favorable, yo te respondí, en el día de la salvación, te socorrí. Yo te formé y te destiné a ser la alianza del pueblo, para restaurar el país, para repartir las herencias devastadas, para decir a los cautivos: "¡Salgan!", y a los que están en las tinieblas: "¡Manifiéstense!". Ellos se apacentarán a lo largo de los caminos, tendrán sus pastizales hasta en las cumbres desiertas. No tendrán hambre, ni sufrirán sed, el viento ardiente y el sol no los dañarán, porque el que se compadece de ellos los guiará y los llevará hasta las vertientes de agua. De todas mis montañas yo haré un camino y mis senderos serán nivelados. Sí, ahí vienen de lejos, unos del norte y del oeste, y otros, del país de Siním. ¡Griten de alegría, cielos, regocíjate, tierra! ¡Montañas, prorrumpan en gritos de alegría, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de sus pobres! Sión decía: "El Señor me abandonó, mi Señor se ha olvidado de mí". ¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré!
Salmo 145,8-9.13-14.17-18: El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; / el Señor es bueno con todos y tiene compasión de todas sus criaturas. / Tu reino es un reino eterno, y tu dominio permanece para siempre. El Señor es fiel en todas sus palabras y bondadoso en todas sus acciones. / El Señor sostiene a los que caen y endereza a los que están encorvados. / El Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todas sus acciones; / está cerca de aquellos que lo invocan, de aquellos que lo invocan de verdad.
Evangelio según San Juan 5,17-30: El les respondió: "Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo". Pero para los judíos esta era una razón más para matarlo, porque no sólo violaba el sábado, sino que se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre. Entonces Jesús tomó la palabra diciendo: "Les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino solamente lo que ve hacer al Padre; lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace. Y le mostrará obras más grandes aún, para que ustedes queden maravillados. Así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, del mismo modo el Hijo da vida al que él quiere. Porque el Padre no juzga a nadie: él ha puesto todo juicio en manos de su Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió. Les aseguro que el que escucha mi palabra y cree en aquel que me ha enviado, tiene Vida eterna y no está sometido al juicio, sino que ya ha pasado de la muerte a la Vida. Les aseguro que la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan, vivirán. Así como el Padre dispone de la Vida, del mismo modo ha concedido a su Hijo disponer de ella, y le dio autoridad para juzgar porque él es el Hijo del hombre. No se asombren: se acerca la hora en que todos los que están en las tumbas oirán su voz y saldrán de ellas: los que hayan hecho el bien, resucitarán para la Vida; los que hayan hecho el mal, resucitarán para el juicio. Nada puedo hacer por mí mismo. Yo juzgo de acuerdo con lo que oigo, y mi juicio es justo, porque lo que yo busco no es hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.
Comentario: 1. En la primera lectura el profeta Isaías describe el retorno del Exilio -signo y prenda de la liberación mesiánica- con los temas y las imágenes renovados del antiguo éxodo de Egipto. El amor eterno del Señor por su pueblo, parecido al amor de una madre por sus hijos, se expresa de una manera concreta en toda su gratuidad y fidelidad indefectible (Misa dominical). Isaías prometía ya esos bienes mesiánicos, para la vuelta del exilio.
a) El amor de Dios es maternal. Nos dice por el profeta: -“En tiempo favorable, te escucharé, el día de la salvación, te asistiré”. Sabemos que el conjunto de la población judía, entre los años 587 al 538 antes de Jesucristo, fue deportada a Babilonia, lejos de su patria. Esa experiencia trágica fue objeto de numerosas reflexiones. Los profetas vieron en ella el símbolo del destino de la humanidad: somos, también nosotros, unos cautivos... el pecado es una especie de esclavitud... esperamos nuestra liberación. Es momento para detenerme, una vez más, en la experiencia de mis limitaciones, mis cadenas, mis constricciones, no para estar dándole vueltas y machacando inútilmente, sino para poder escuchar de veras el anuncio de mi liberación.
-“Yo te formé, para levantar el país..., para decir a los presos: «Salid». No tendrán más hambre ni sed, ni les dañará el bochorno ni el sol”. Anuncios del Reino de Dios «en el que no habrá llanto, ni grito, ni sufrimiento, ni muerte», como pedimos en el padrenuestro: ¡Señor! venga a nosotros tu Reino. Con la resurrección de Jesús, se repitió esas mismas promesas: "llega la hora en que muchos se levantarán de sus tumbas...".
-“¡Aclamad cielos y exulta tierra! Prorrumpan los montes en gritos de alegría. Pues el Señor consuela a su pueblo, y de sus pobres se compadece”. ¿Cómo puedo yo estar en ese plan? En medio de todas mis pruebas, ¿cómo vivir en ese clima? Y en el contexto del mundo, tan frecuentemente trágico, ¿cómo permanecer alegre, sin dejarse envenenar por el ambiente de derrota y de morosidad? Comprometerme, en lo que está de mi parte, a que crezca la alegría del mundo. Dar «una» alegría a alguien... a muchos.
-“Sión decía: «El Señor me ha olvidado». ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque una llegase a olvidarlo, Yo, no te olvidaré. Palabra del Señor todopoderoso”. Hay que detenerse indefinidamente ante esas frases ardientes, que Jesús nos recordará, para darnos pistas de cómo entrar en el corazón de Dios, que nos ama con amor maternal. Dios no nos olvida nunca: gracias, Señor, porque Tú no me olvidas jamás (Noel Quesson).
b) Dios es Señor de la historia. El texto tiene dos partes; en la primera (48,12-21) se describe cómo el persa Ciro, que destruye los enemigos persas, es instrumento de Dios: «Yo mismo, yo he hablado, yo lo he llamado, lo he traído y he dado éxito a su empresa» (48,15). Pienso que no es que Dios quiera las cosas que están sometidas a la malicia humana, o que provoque cosas que dependen de la libertad de las personas, pero sí que –sabiendo lo que va a pasar- aprovecha el resultado para reconducirlo hacia el bien, como enseña san Pablo en Romanos 8.
En la segunda parte (49,9b-13), Dios se ve como pastor que guía su pueblo. La identidad de Israel reside en escuchar y seguir la palabra creadora de Dios, el factor más importante de la fe bíblica. Yahvé está a nuestro lado, en todo momento histórico. Esta es la base de la teología de la historia. A diferencia del movimiento cíclico e impersonal de los griegos, la historia de salvación tiene un comienzo, la alianza y la creación; un plan propuesto por Dios, y un fin; y Dios está inmanente a todo: «Desde el principio no os he hablado en secreto; cuando las cosas se hacían, allí estaba yo. Y ahora Yahvé me ha enviado...» (48,16b). No es simplemente historia, sino historia de salvación, porque Yahvé ha estado siempre presente. En la historia de Israel, como en la nuestra, podemos ver una serie de oportunidades desaprovechadas; pensamos que el pasado es irreversible, pero en realidad Yahvé siempre sale a nuestro encuentro para “reciclar” aquellas situaciones adversas, para que de lo malo salga lo bueno; el bien vence al mal: «Exulta, cielo, y alégrate; romped en exclamaciones, montañas, porque ha consolado Yahvé a su pueblo, ha tenido compasión de los desamparados» (49,13)” (F. Raurell).
c) Cristo, el Siervo de Yahvé. Este poema de Isaías, uno de los cuatro cánticos del Siervo de Yahvé, nos prepara para ver luego en Cristo al enviado de Dios. El amor misericordioso se realiza plenamente en la venida de Jesucristo; en estos días se expresa con la preparación al bautismo, y con la penitencia, como predica San Agustín: «La penitencia purifica el alma, eleva el pensamiento, somete la carne al espíritu, hace al corazón contrito y humillado, disipa las nebulosidades de la concupiscencia, apaga el fuego de las pasiones y enciende la verdadera luz de la castidad». (Sermón 73).
2. Diremos en la Entrada: «Mi oración se dirige hacia ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude» (Sal 68,14). El salmo profundiza en este mensaje, central de hoy: «el Señor es clemente y misericordioso... el Señor es bueno con todos, es fiel a sus palabras, el Señor sostiene a los que van a caer». Con tal que sepamos acoger ese amor, como nos dirá Jesús: "el que escucha mi palabra tiene la vida eterna, no es juzgado, ha pasado de la muerte a la vida". La muerte ha sido vencida con su muerte, que conecta con lo que hemos leído: "los muertos oirán su voz...", y se refiere también a los muertos espiritualmente, que son vivificados por la palabra de Jesús (aquellos que escuchan su palabra y creen, tienen la vida eterna, y para ellos, la experiencia de la muerte y del juicio está superada), como expresa la Colecta (del misal anterior, y antes del Gelasiano y Gregoriano): «Señor, Dios nuestro, que concedes a los justos el premio de sus méritos, y a los pecadores que hacen penitencia les perdonas sus pecados, ten piedad de nosotros y danos, por la humilde confesión de nuestras culpas, tu paz y tu perdón». Esta idea sigue en la Comunión («Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él»: Jn 3,17) y en la Postcomunión: «No permitas, Señor, que estos sacramentos que hemos recibido sean causa de condenación para nosotros, pues los instituiste como auxilios de nuestra salvación».
Juan Pablo II comentaba que el Salmo 145 “es un «aleluya», el primero de los cinco Salmos que cierran el Salterio”. Nos muestra “una verdad consoladora: no estamos abandonados a nosotros mismos, las vicisitudes de nuestros días no están dominadas por el caos o el hado, los acontecimientos no representan una mera sucesión de actos sin sentido y meta”. Canta el amor y la bondad de Dios. “Dios es el creador del cielo y de la tierra, es el custodio fiel del pacto que lo une a su pueblo, es el que hace justicia a los oprimidos, da el pan a los hambrientos y libera a los cautivos. Abre los ojos a los ciegos, levanta a los caídos, ama a los justos, protege al extranjero, sustenta al huérfano y a la viuda. Trastorna el camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y sobre todos los tiempos. Se trata de doce afirmaciones teológicas que -con su número perfecto- quieren expresar la plenitud y la perfección de la acción divina. El Señor no es un soberano alejado de sus criaturas, sino que queda involucrado en su historia, luchando por la justicia, poniéndose de parte de los últimos, de las víctimas, de los oprimidos, de los infelices…
Es necesario vivir en la adhesión a la voluntad divina, ofrecer el pan a los hambrientos, visitar a los prisioneros, apoyar y consolar a los enfermos, defender y acoger a los extranjeros, dedicarse a los pobres y míseros. En la práctica, es el mismo espíritu de las Bienaventuranzas: decidirse por esa propuesta de amor que nos salva ya en esta vida y que después será objeto de nuestro examen en el juicio final, que sellará la historia. Entonces seremos juzgados por la opción de servir a Cristo en el hambriento, en el sediento, en el forastero, en el desnudo, en el enfermo, en el encarcelado. «Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25, 40), dirá entonces el Señor”.
3. El evangelio anuncia las maravillas de "vida" que marcan el Reino inaugurado: el Hijo da la vida a los muertos.
a) "Pero Jesús les dijo: Mi padre sigue trabajando y yo también trabajo". Era doctrina corriente en el judaísmo que Dios no podía haber interrumpido del todo su actividad el séptimo día, porque su actividad funda la del cualquier ser creado. “Jesús amplía esta concepción: El Padre no conoce sábado, no ha cesado de trabajar, porque mientras el hombre está oprimido por el pecado y privado de libertad, es decir, mientras no tenga plenitud de vida, no está realizado su proyecto creador. Dios sigue comunicando vida al hombre, su amor está siempre activo. Jesús actúa como el Padre, no acepta leyes que limiten su actividad en favor del hombre”. También la cultura de hoy debería abrirse a estas palabras, como decía Ratzinger: “Según el modelo de pensamiento dominante, Dios no podría entrar en la trama de nuestra vida cotidiana. En las palabras de Jesús: «Mi Padre trabaja siempre», está el desmentido. Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios actúa siempre, y actúa hoy: debemos por lo tanto dejarlo entrar y dejarlo trabajar. Y es así como nacen las cosas que suscitan un acontecimiento y renuevan la Humanidad”.
b) "Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no sólo violaba el sábado sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios" (v. 18). Jesús tiene una filiación divina peculiar, eminente y única. Y reclama una autoridad por la que "se hace igual a Dios". Se pone en peligro la Torá, como decía Ratzinger: “El tema cristológico (teológico) y el social están indisolublemente relacionados entre sí. Si Jesús es Dios, tiene el poder y el título para tratar la Torá como Él lo hace. Sólo en este caso puede reinterpretar el ordenamiento mosaico de los mandamientos de Dios de un modo tan radical, como sólo Dios mismo, el Legislador, puede hacerlo.
Pero entonces se plantea la pregunta: ¿Fue bueno y justo crear una nueva comunidad de discípulos fundada totalmente en El? ¿Era justo dejar de lado el orden social del «Israel eterno» que desde Abraham, Isaac y Jacob se funda sobre los lazos de la carne y existe gracias a ellos, declarándolo —como dirá Pablo— «el Israel según la carne»? ¿Qué sentido se podría reconocer en todo esto?
Ahora bien, si leemos la Torá junto con todo el canon del Antiguo Testamento, los Profetas, los Salmos y los Libros Sapienciales, resulta muy claro algo que objetivamente ya se anuncia en la Torá: Israel no existe simplemente para sí mismo, para vivir en las disposiciones «eternas» de la Ley, existe para ser luz de los pueblos: tanto en los Salmos como en los Libros proféticos oímos cada vez con mayor claridad la promesa de que la salvación de Dios llegará a todos los pueblos. Oímos cada vez más claramente que el Dios de Israel, que es el mismo único Dios, el verdadero Dios, el creador del cielo y de la tierra, el Dios de todos los pueblos y de todos los hombres, en cuyas manos está su destino, en definitiva que ese Dios no quiere abandonar a los pueblos a su suerte. Oímos que todos lo reconocerán, que Egipto y Babilonia —las dos potencias mundiales opuestas a Israel— tenderán la mano a Israel y con él adorarán a un solo Dios. Oímos que caerán las fronteras y que el Dios de Israel será reconocido y adorado por todos los pueblos como su Dios, como el único Dios”.
c) Luego Jesús va explicando su identidad con el Padre, y de cómo están en sintonía perfecta, incluso en resucitar muertos y dar. El relato acontece luego de levantar al inválido que leíamos ayer, dándole la salud y libertad; y no sólo tiene potestad sobre la vida y la muerte, la curación del cuerpo y del alma, sino también sobre el juicio final, que ya se anticipa en la toma de posición de cada uno frente a Jesús: "Os lo aseguro; quien escucha mi palabra y cree al que me envió, posee la vida eterna y no será condenado, porque ha pasado ya de la muerte a la vida" (v. 24), saliendo de ese estar muerto, que es "vivir sin Dios y sin esperanza en el mundo" (Ef 2, 12; cf. J. Aldazábal).
Así comentaba S. Agustín: «No se enfurecían porque dijera que Dios era su Padre, sino porque le decía Padre de manera muy distinta de como se lo dicen los hombres. Mirad cómo los judíos ven lo que los arrianos no quieren ver. Los arrianos dicen que el Hijo no es igual al Padre, y de aquí la herejía que aflige a la Iglesia.Ved cómo hasta los mismos ciegos y los mismos que mataron a Cristo entendieron el sentido de las palabras de Cristo. No vieron que Él era Cristo ni que era Hijo de Dios; sino que vieron en aquellas palabras que Hijo de Dios tenía que ser igual a Dios. No era Él quien se hacía igual a Dios. Era Dios quien lo había engendrado igual a Él. Si se hubiera hecho Él igual a Dios, esta usurpación le habría hecho caer; pues aquel que se quiso hacer igual a Dios, no siéndolo, cayó y de ángel se hizo diablo y dio a beber al hombre esta soberbia, que fue la que le derribó».
Jesús «obra» en nombre de Dios, su Padre. Igual que Dios da vida, Jesús ha venido a comunicar vida, a curar, a resucitar. Su voz, que es voz del Padre, será eficaz, y como ha curado al paralítico, seguirá curando a enfermos y hasta resucitando a muertos. Es una revelación cada vez más clara de su condición de enviado de Dios. Más aun, de su divinidad, como Hijo del Padre. Los que crean en Jesús y le acepten como al enviado de Dios son los que tendrán vida. Los que no, ellos mismos se van a ver excluidos. El regalo que Dios ha hecho a la humanidad en su Hijo es, a la vez, don y juicio (J. Aldazábal).
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miércoles, 6 de abril de 2011
Cuaresma 4, martes: Jesús es el agua que da vida; Él cura nuestra parálisis, y nos hace sentirnos responsables de la curación de los demás.
Cuaresma 4, martes: Jesús es el agua que da vida; Él cura nuestra parálisis, y nos hace sentirnos responsables de la curación de los demás.
Libro de Ezequiel 47,1-9.12: El hombre me hizo volver a la entrada de la Casa, y vi que salía agua por debajo del umbral de la Casa, en dirección al oriente, porque la fachada de la Casa miraba hacia el oriente. El agua descendía por debajo del costado derecho de la Casa, al sur del Altar. Luego me sacó por el camino de la puerta septentrional, y me hizo dar la vuelta por un camino exterior, hasta la puerta exterior que miraba hacia el oriente. Allí vi que el agua fluía por el costado derecho. Cuando el hombre salió hacia el este, tenía una cuerda en la mano. Midió quinientos metros y me hizo caminar a través del agua, que me llegó a los tobillos. Midió otros quinientos metros y me hizo caminar a través del agua, que me llegó a las rodillas. Midió otros quinientos metros y me hizo caminar a través del agua, que me llegó a la cintura. Luego midió otros quinientos metros, y ya era un torrente que no pude atravesar, porque el agua había crecido: era un agua donde había que nadar, un torrente intransitable. El hombre me dijo: "¿Has visto, hijo de hombre?", y me hizo volver a la orilla del torrente. Al volver, vi que a la orilla del torrente, de uno y otro lado, había una inmensa arboleda. Entonces me dijo: "Estas aguas fluyen hacia el sector oriental, bajan hasta la estepa y van a desembocar en el Mar. Se las hace salir hasta el Mar, para que sus aguas sean saneadas. Hasta donde llegue el torrente, tendrán vida todos los seres vivientes que se mueven por el suelo y habrá peces en abundancia. Porque cuando esta agua llegue hasta el Mar, sus aguas quedarán saneadas, y habrá vida en todas parte adonde llegue el torrente. Al borde del torrente, sobre sus dos orillas, crecerán árboles frutales de todas las especies. No se marchitarán sus hojas ni se agotarán sus frutos, y todos los meses producirán nuevos frutos, porque el agua sale del Santuario. Sus frutos servirán de alimento y sus hojas de remedio".
Salmo 46,2-3.5-6.8-9: El Señor es nuestro refugio y fortaleza, una ayuda siempre pronta en los peligros. / Por eso no tememos, aunque la tierra se conmueva y las montañas se desplomen hasta el fondo del mar; / los canales del Río alegran la Ciudad de Dios, la más santa Morada del Altísimo. / El Señor está en medio de ella: nunca vacilará; él la socorrerá al despuntar la aurora. / El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro baluarte es el Dios de Jacob. / Vengan a contemplar las obras del Señor, él hace cosas admirables en la tierra.
Evangelio según San Juan 5,1-16: Después de esto, se celebraba una fiesta de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Junto a la puerta de las Ovejas, en Jerusalén, hay una piscina llamada en hebreo Betesda, que tiene cinco pórticos. Bajo estos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, paralíticos y lisiados, que esperaban la agitación del agua. Había allí un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años. Al verlo tendido, y sabiendo que hacía tanto tiempo que estaba así, Jesús le preguntó: "¿Quieres curarte?". El respondió: "Señor, no tengo a nadie que me sumerja en la piscina cuando el agua comienza a agitarse; mientras yo voy, otro desciende antes". Jesús le dijo: "Levántate, toma tu camilla y camina". En seguida el hombre se curó, tomó su camilla y empezó a caminar. Era un sábado, y los judíos dijeron entonces al que acababa de ser curado: "Es sábado. No te está permitido llevar tu camilla". El les respondió: "El que me curó me dijo: 'Toma tu camilla y camina'". Ellos le preguntaron: "¿Quién es ese hombre que te dijo: 'Toma tu camilla y camina?'". Pero el enfermo lo ignoraba, porque Jesús había desaparecido entre la multitud que estaba allí. Después, Jesús lo encontró en el Templo y le dijo: "Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía". El hombre fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Ellos atacaban a Jesús, porque hacía esas cosas en sábado.
Comentario: En esta primera lectura, el profeta utiliza la imagen del torrente. Los torrentes son en el A.T. símbolo de la vida que Dios da, especialmente en los tiempos mesiánicos. Ezequiel utiliza la imagen de la corriente de agua milagrosa que mana del lado derecho del templo (el lugar de la presencia de Dios y el centro del culto que le es agradable), y todo lo inunda con su salud y fecundidad. En san Juan (7. 35-37) este agua es el Espíritu que mana de Cristo glorificado (Misa dominical).
1. a) El agua, como principio de vida, es una imagen que se encuentra con frecuencia en los libros sagrados (por ejemplo, Jl 4,18 Zac 14,8; Is 35, etc.). Las aguas que brotan del Templo, o sea, que vienen de Dios, lo purifican y lo curan todo a su paso, hacen que los campos produzcan fértiles frutos y que el mar muerto se llene de vida. Es una de las mejores imágenes del libro de Ezequiel, hermoso simbolismo que recuerda la visión de los huesos revitalizados del c. 37 (sólo que allí es el Espíritu quien da vida, aquí es el agua que da fertilidad a las aguas muertas, pero como veremos más adelante también simboliza Jesús y su Espíritu), imagen que volveremos a encontrar en la Vigilia Pascual. El río recuerda el paraíso (Gn 2,10-14), recuerdo de añoranza, al paraíso inicial de la humanidad, regado por los cuatro brazos de agua, y, por otra, al futuro mesiánico, que será como un nuevo paraíso.
El agua que crece se refiere al poder vivificante que se ha ido desarrollando, ganando en fecundidad y en calidad. Su salubridad llega hasta curar todo lo que toca, incluido el Mar Muerto (v 8), a que broten gran cantidad de árboles que producen toda clase de frutos y hasta una cosecha por mes; y en ella viven gran cantidad y variedad de peces: es un final apoteósico, de vuelta al paraíso perdido. Adán dejó yermo el Paraíso al ser echado fuera por su pecado, y el agua de aquí es prototipo de la de los últimos tiempos abiertos por Cristo: «Quien tenga sed, que se acerque a mí y beba. Quien crea en mí, ríos de agua viva brotarán de su entraña» (Jn 7,37-38). En Él se ha cumplido esta profecía de Ezequiel; de Él nos viene la gran efusión del Espíritu que simbolizaba el agua. Únicamente de Él nos puede venir la fecundidad, la vida, a nivel personal y a nivel colectivo. “Todo ha de pasar forzosamente a través de Él. La única salvación, la única solución se encuentra en Cristo, según indicó Pedro al pueblo de Jerusalén: «La salvación no está en ningún otro, es decir, que bajo el cielo no tenemos los hombres otro diferente de Él al que debamos invocar para salvarnos» (Hch 4,12)” (J. Pedrós). Los santos Padres ven ahí las aguas bautismales, las que brotan del costado abierto de Jesús en la Cruz: “esto significa que nosotros bajamos al agua repletos de pecados e impureza y subimos cargados de frutos en nuestro corazón, llevando en nuestro espíritu el temor y la esperanza de Jesús” (Epístola de Bernabé; lo veremos con más detalle al comentar el Evangelio de hoy).
b) la abundancia (imagen del cielo): la cosecha significa que Dios no retiene sus bienes, los reparte a profusión… río que va creciendo para evocar las gracias que cada día irrumpen en abundancia sobre la humanidad... sobre mí... “Sin cesar, Dios vierte la abundancia de su vida en mí. ¿Qué atención presto? ¿Cómo respondo a ese don?
-¿Has visto, hijo de hombre? Efectivamente, a menudo no veo. Haz que vea, Señor. HOY, trataré de ver ese río de gracia. En mi oración de la noche, trataré de recapitular, y de decir: «Gracias».
-Mira, a la orilla del torrente, a ambos lados, había gran cantidad de árboles... toda clase de árboles frutales, cuyo follaje no se marchitará. Todos los meses producirán frutos nuevos. Visión maravillosa. Es el comenzar de nuevo del paraíso terrestre: el desierto de Judá, al sur de Jerusalén se cubre «de árboles de la vida». No dan solamente «una» cosecha, sino «doce» cosechas... ¡una por mes! Decididamente, ¡no habrá hambre! Es un sueño.
¿Es realidad? Por contraste, no puedo dejar de pensar en los que sufren, en los que no tienen agua, ni frutos, en los que pasan toda su vida en la miseria. Realiza, Señor, tu promesa.
-Esta agua desemboca en el «Mar Muerto» cuyas aguas quedan saneadas... así como las tierras en las que penetra, y la vida aparece por dondequiera que pase el torrente.
Hay que haber visto el «Mar Muerto» y su paisaje desolado para captar toda la metamorfosis prometida. Las aguas de este mar, verdaderamente «muerto», tienen tal cantidad de sales, que ningún pez tiene vida en ellas y en sus alrededores también reina la muerte.
He aquí pues un «agua nueva» que tiene como un poder de resurrección: suscita seres vivos. Es un agua que da vida.
c) Su signo actual es el bautismo. En el fondo, ¿por qué no creeríamos en esa fuerza divina? ¿Acaso no sería Dios capaz de transformar el desierto de nuestros corazones en jardines florecientes de vida? ¡Oh Dios, impregna nuestras vidas de tu vida! Mi bautismo es una fuente de Vida. ¿Cómo la haría yo más abundante, más exultante, más llena de vida?” (Noel Quesson). La lectura profética nos ayuda a entender la escena del evangelio: el agua que cura y salva, y por tanto, en el marco de la Cuaresma, el recuerdo de nuestro Bautismo, que tendrá su actualización más densa en la Vigilia Pascual.
2. Lo que dice el salmo se refiere a nuestra pequeña historia: «el correr de las acequias alegra la ciudad de Dios... teniendo a Dios en medio, no vacila». El agua salvadora de Dios es su palabra, su gracia, sus sacramentos, su Eucaristía, la ayuda de los hermanos, la oración. La aspersión bautismal de los domingos, y sobre todo la de la Vigilia Pascual, nos quiere comunicar simbólica y realmente esta agua salvadora del Señor, y sigue lo dicho en la primera lectura: «Del umbral del templo manaba agua, y habrá vida dondequiera que llegue la corriente».
Este Dios “sublime y terrible, emperador de toda la tierra”, aclamación inicial que es repetida con tonos diferentes, es «nuestro refugio y nuestra fuerza». Juan Pablo II al comentarlo se refería a este doble sentido: un Dios sublime, y al mismo tiempo cercano a sus criaturas. Este himno al Señor, rey del mundo y de la humanidad, al igual que otras composiciones semejantes del Salterio (cf. Salmo 92; 95-98), supone una atmósfera de celebración litúrgica. Nos encontramos, por tanto, en el corazón espiritual de la alabanza de Israel, que se eleva al cielo partiendo del templo, el lugar en el que el Dios infinito y eterno se revela y encuentra a su pueblo”.
a) “Primero se ve al Dios sublime... (vv. 2-6) cuando con gozo se aclama al Señor "sublime y terrible" (v. 3). Exaltan la trascendencia divina, la primacía absoluta en el ser, la omnipotencia. También Cristo resucitado exclamará: "Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mateo 28, 18). “El orante descubre su presencia particular en Israel, el pueblo de la elección divina, "el predilecto", la herencia más preciosa y querida por el Señor (cf. versículo 5). Israel se siente, por tanto, objeto de un amor particular de Dios que se ha manifestado con la victoria sobre las naciones hostiles. Durante la batalla, la presencia del arca de la alianza entre las tropas de Israel les aseguraba la ayuda de Dios; después de la victoria, el arca se subía al monte Sión (cf. Salmo 67, 19) y todos proclamaban: "Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas" (Salmo 46, 6)”.
b) se presenta como un himno al Señor soberano del universo y de la historia. "Dios es el rey del mundo... Dios reina sobre las naciones”, como un Dios cercano a sus criaturas (vv. 8-9): se abre con otra ola de alabanza y de canto festivo; se alaba al Señor, sentado en su trono en la plenitud de su realeza. Este trono es definido "santo", pues es inalcanzable por el hombre limitado y pecador. Pero también es un trono celeste el arca de la alianza, presente en el área más sagrada del templo de Sión. De este modo, el Dios lejano y trascendente, santo e infinito, se acerca a sus criaturas, adaptándose al espacio y al tiempo (cf. 1 Reyes 8, 27.30).
3. Durante tres días vamos a leer el capítulo quinto de Juan. Hoy “se trata de la historia del hombre que yace enfermo desde hace treinta y ocho años, y espera curarse al entrar en la piscina de Betesda, pero no encuentra a nadie que le ayude a entrar en ella. Jesús lo cura con su poder ilimitado; El realiza en el enfermo lo que éste esperaba que ocurriera al entrar en contacto con el agua curativa”, dice Benedicto XVI al tratar una de las grandes imágenes temáticas de San Juan, el agua. Aunque dice que aquí aparece más bien de soslayo, en realidad toca a fondo el "signo" del bautismo, de la filiación divina, es decir la Nueva Ley. Podemos comentar tres perspectivas del mensaje de hoy: Jesús como nueva ley del sábado, sentido del agua, y nuestra curación (personal y colectiva).
a) El sábado, el domingo, y su aspecto social: día para obrar el bien. Esta relación se puede observar al realizar el milagro en sábado; es un lenguaje simbólico, no lo hace únicamente por motivos humanitarios, sino porque Él viene a salvar, porque se presenta como liberador (el sábado estaba consagrado al recuerdo de la liberación de Egipto: Dt 5. 12-15). Concretamente su liberación consiste en emancipar al hombre de las prácticas formalistas y elevarlo por encima de los avatares de la vida. Liberación que se adquiere no por medios mágicos, como el correr del agua, sino mediante un encuentro personal con el Señor (Misa dominical).
Benedicto XVI comenta que lo que al rabino Neusner le inquieta del mensaje de Jesús sobre el sábado “no es sólo la centralidad de Jesús mismo; la expone claramente pero, con todo, no es eso lo que objeta, sino sus consecuencias para la vida concreta de Israel: el sábado pierde su gran función social. Es uno de los elementos primordiales que mantienen unido al pueblo de Israel como tal. El hacer de Jesús el centro rompe esta estructura sacra y pone en peligro un elemento esencial para la cohesión del pueblo.
La reivindicación de Jesús comporta que la comunidad de los discípulos de Jesús es el nuevo Israel. ¿Acaso no debe inquietar esto a quien lleva en el corazón al «Israel eterno»? También se encuentra relacionada con la cuestión sobre la pretensión de Jesús de ser Él mismo la Torá y el templo en persona, el tema de Israel, la cuestión de la comunidad viva del pueblo, en el cual se realiza la palabra de Dios”. Según él, se plantea también para el cristiano la siguiente cuestión: “¿era justo poner en peligro la gran función social del sábado, romper el orden sacro de Israel en favor de una comunidad de discípulos que sólo se pueden definir, por así decirlo, a partir de la figura de Jesús? Esta cuestión se podría y se puede aclarar sólo en la comunidad de discípulos que se ha ido formando: la Iglesia”. La resurrección de Jesús «el primer día de la semana» hizo que, para los cristianos, ese «primer día» —el comienzo de la creación— se convirtiera en el «día del Señor», en el cual confluyeron por sí mismos —mediante la comunión de la mesa con Jesús— los elementos esenciales del sábado veterotestamentario: “Que en el curso de este proceso la Iglesia haya asumido así de modo nuevo la función social del sábado —orientada siempre al «Hijo del hombre»— se vio claramente cuando Constantino, en su reforma jurídica de inspiración cristiana, asoció también a este día algunas libertades para los esclavos e introdujo así en el sistema legal basado en principios cristianos el día del Señor como el día de la libertad y el descanso. A mí me parece sumamente preocupante que los modernos liturgistas quieran dejar de nuevo a un lado esta función social del domingo, que está en continuidad con la Torá de Israel, considerándola una desviación de Constantino. Pero aquí se plantea todo el problema de las relaciones entre fe y orden social, entre fe y política”. De eso hablaremos al tratar “la familia de Jesús” cuando le hablan de que su madre y hermanos han venido a verle.
b) El agua. “Volvemos al gran tema del agua viva, agua que vive y da la Vida. Como el agua de Caná y la del pozo de Jacob, también la de Betesda era estéril; no podía curar al enfermo. Como el agua de la piscina, tampoco la ley de Moisés podía dar vida al pecador: sólo podía mostrarle sus transgresiones y confirmar la pobreza de la condición humana. En lugar de salvarle, le encerraba, le mantenía en su pasado. Paralizado desde hacía treinta y ocho años...
Jesús pasó: "¿Quieres quedar sano?". El Hijo descendió a la morada de la muerte y cargó con nuestras enfermedades. En medio de las quejas mantuvo la promesa. Incluso el mar Muerto, condenado a la esterilidad, va a poder dar peces milagrosos. El hombre que estaba paralítico desde hacía treinta y ocho años, encadenado a su pasado de desdicha, se pone de pie. La tierra es recreada; los árboles, cuyas hojas no conocen ya los efectos del hielo, dan nuevos frutos cada mes. Cuando Dios da el agua viva, el viejo mundo desaparece.... Dios ha hecho que brotase del costado de su Amado sangre y agua, río de vida que purifica todo cuanto penetra. Nuestra vida reverdece cuando el Espíritu nos inunda. Hemos sido bautizados en la muerte y resurrección de Jesús y pertenecemos a una tierra liberada. Nos ha hecho atravesar el mar y nos ha sumergido en el río de la vida. Pertenecemos al mundo nuevo. En la noche de Pascua, Cristo enterrará nuestras obras estériles, y oiremos el grito de la victoria” (“Dios cada día”, de Sal Terrae).
c) La enfermedad y el milagro. Sobre el número 38, los años de enfermedad, San Agustín propone un significado místico: cuarenta es el número de los días de Cuaresma que nos traen la salud, cincuenta es el número de días ya de salud, que siguen a Pascua, hasta Pentecostés, la paga de los trabajadores en la viña, es la posesión de Dios. El pueblo está enfermo desde hace 38 años, le quedan dos cosas que le sanarán, dos mandamientos que la ley de Moisés le había ya escrito en el corazón, y cuyo alcance profundo consiguen con Cristo: "Amarás al Señor, tu Dios y al prójimo como a ti mismo". El amor de Dios, hecho visible en la persona de Cristo, ha de apoderarse del corazón del hombre, enfermo por el pecado, a fin de inflamarlo y llevarlo por los caminos de la penitencia: "¡Levántate, toma tu camilla y anda!". Es decir: “¡Levántate, recorre el camino de la penitencia, el camino de la cruz, que lleva a Dios! Entonces serás curado, te verás sano, tendrás la vida eterna. Entonces habrás dado el primer paso para salir de tu enfermedad de treinta y ocho años, y al momento, de un salto, te vas a poner no sólo en la salud de la Cuaresma, sino también en la bendita Quincuagésima, el Pentecostés que sigue a Pascua.
Entonces vas ya a marchar sano por la tierra de Dios, por la tierra de la verdadera vida, y tus apetitos desordenados, tus pasiones, a los que antes estabas atado como a un lecho, quedarán ahora dominados”. Cristo hoy “desciende al torbellino del sufrimiento y de la muerte humana, y, como el ángel de Dios, pone este mar en saludable efervescencia, lo vivifica con su muerte. De sepulcro del pecado lo torna seno maternal de la nueva vida. Viene, coge al enfermo "que no tiene a nadie", lo toma Él mismo sobre sus hombros -se reviste del cuerpo de Adán, enfermo por el pecado-, baja con él a la corriente de la muerte y lo vuelve a subir consigo, sano y salvo a la luz. Desciende cual viejo y enfermo Adán y vuelve a subir nuevo y regenerado.
Por tales razones, la presencia mística de Dios, que nos proporciona el Santo Sacrificio, es una auténtica fuente de juventud para todos los fieles, quienes constantemente están expuestos a la contaminación del mal y a la enfermedad del pecado. En el santo sacrificio, el agua del Bautismo vuelve a brillar para el fiel cristiano y le recuerda aquella hora en la que Cristo bajó a por él, le tomó consigo y lo sanó en el agua.
Le exhorta a que procure hacer duradera la salud allí recibida, y si por su ligereza volviese a correr peligro, tan sólo una cosa podrá salvarle: es la hora presente, en la cual el médico divino se le acerca de nuevo, le brinda el baño salvador de su propia sangre y le dice: "¡Levántate y anda!".
Esto lo dice al pecador, nos lo dice a nosotros, pues ¿quién de entre nosotros está sin pecado? Su palabra nos invita a emprender, animosos, el camino del arrepentimiento y de la penitencia; nos llama para obligarnos a salir de la calentura del pecado, para que tomemos sobre nuestros hombros el lecho de nuestra enfermedad y nos apresuremos, a través del desierto de este mundo, hacia Dios y hacia la vida eterna”. ¡Qué alegría, sentirse sanos después de largos años de enfermedad! “¡Qué esperanza, qué infinito agradecimiento al pensar que el médico les quiere sanar otra vez y al darse cuenta de que a diario baja para remover el baño de la salud” (Emiliana Löhr). Es lo que nos concede cuando remueve las aguas de nuestro corazón, nos da su gracia en el sacramento de la Reconciliación, fomenta en nosotros el deseo de perdón y el corazón para perdonar.
d) un nuevo pueblo, libre de enfermedad. Hemos hecho antes referencia a Jesús, que se pone en lugar del sábado, ya que es la nueva Ley (5,10); el tema de todo el cap 5 que se va a leer durante tres días, es la sustitución de la ley por la persona de Jesús, y al final se hará mención de Moisés, el dador de la Ley; esto hace ver que los cinco pórticos son un símbolo de los cinco libros de la Ley, bajo cuya opresión vivía el pueblo: "Y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos"; “los tres adjetivos no designan tres clases de enfermos, sino tres males que los afligen a todos: están ciegos por obra de la tiniebla, que les impide conocer el designio de Dios; tullidos, es decir, privados de movilidad/libertad de movimientos, reducidos a la impotencia; resecos, carentes de vida: son un pueblo muerto.
Era una fiesta de los judíos, pero la multitud tirada en los pórticos está, por tanto, excluida de la fiesta, de la alegría de la vida, de la felicidad.
-"Estaba también allí un hombre que llevaba 38 años enfermo". Este hombre es la personificación de la muchedumbre. La curación que va a efectuar Jesús no va dirigida únicamente a un individuo; la curación de este hombre es el signo de la liberación de la multitud sometida a la ley. Así se explica la violenta reacción de los dirigentes, que, inmediatamente, pensarán en matarlo. "Llevaba 38 años enfermo"”, es decir toda una vida (40 es el tiempo de una generación), mucho tiempo (40 años del desierto donde murió toda la generación sin conocer la libertad esperada). "Jesús, al verlo echado y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: ¿Quieres quedar sano?" Jesús inmediatamente le da la salud y con ella la capacidad de actuar por sí mismo, sin la camilla que lo tenía inmóvil. La camilla era lo viejo, “Jesús lo hace dueño de aquello que lo dominaba; le hace poseer aquello que lo poseía.” (Noel Quesson).
e) Uno de los males de nuestros días es la soledad (existencial), como el enfermo al que Jesús acudió. “Todos estamos expuestos a sentirnos desamparados en los momentos duros, o en la cotidianidad de nuestro trabajo diario. Sin embargo, Cristo nos sale al encuentro. Nos cura y hace que cambie nuestra vida. Porque Él quiere permanecer con nosotros en nuestras almas, por medio de la gracia. Dios llama al corazón para que yo vuelva, para que yo aprenda a descubrir la importancia, la trascendencia que tiene en mi existencia esa dimensión interior”. Para vivir la cuaresma hay que ensanchar el corazón, dejarse amar por Dios, sentir esta solidaridad con los hombres, y al pensar en el hambre en el mundo, el despilfarro de occidente, ver que toda nuestra sociedad está enferma, paralítica, solitaria, que necesita el milagro de Jesús, que se muevan las aguas de la justicia social, que nos movamos todos a la entrega y al compromiso, volver a la propia vocación cristiana en todas sus dimensiones. “Y para lograrlo es necesario abrir primero nuestro espíritu a Dios y comprender la gravedad del pecado: del pecado de omisión, de indiferencia, de superficialidad, de ligereza. Es ineludible volver a la dimensión interior de nuestro espíritu, en definitiva, no ir caminando por la vida sin darnos cuenta que en nosotros hay un corazón que está esperando ensancharse con el amor de Dios” (Cipriano Sánchez). Dios, en la Pascua de este año, quiere convertir nuestro jardín particular, y el de toda la Iglesia, por reseco y raquítico que esté, en un vergel lleno de vida. Si hace falta, Él quiere que salgamos de nuestra soledad, de nuestra parálisis, como la del sepulcro antes de la resurrección de Jesús. “Pero, además, ¿ayudaremos a otros a que se puedan acercar a esta piscina de agua medicinal que es Cristo, si no son capaces de moverse ellos mismos («no tengo a nadie que me ayude»)?” (J. Aldazábal). Es una llamada a la responsabilidad, a la solidaridad y la evangelización, al apostolado cristiano.
Llucià Pou Sabaté
Libro de Ezequiel 47,1-9.12: El hombre me hizo volver a la entrada de la Casa, y vi que salía agua por debajo del umbral de la Casa, en dirección al oriente, porque la fachada de la Casa miraba hacia el oriente. El agua descendía por debajo del costado derecho de la Casa, al sur del Altar. Luego me sacó por el camino de la puerta septentrional, y me hizo dar la vuelta por un camino exterior, hasta la puerta exterior que miraba hacia el oriente. Allí vi que el agua fluía por el costado derecho. Cuando el hombre salió hacia el este, tenía una cuerda en la mano. Midió quinientos metros y me hizo caminar a través del agua, que me llegó a los tobillos. Midió otros quinientos metros y me hizo caminar a través del agua, que me llegó a las rodillas. Midió otros quinientos metros y me hizo caminar a través del agua, que me llegó a la cintura. Luego midió otros quinientos metros, y ya era un torrente que no pude atravesar, porque el agua había crecido: era un agua donde había que nadar, un torrente intransitable. El hombre me dijo: "¿Has visto, hijo de hombre?", y me hizo volver a la orilla del torrente. Al volver, vi que a la orilla del torrente, de uno y otro lado, había una inmensa arboleda. Entonces me dijo: "Estas aguas fluyen hacia el sector oriental, bajan hasta la estepa y van a desembocar en el Mar. Se las hace salir hasta el Mar, para que sus aguas sean saneadas. Hasta donde llegue el torrente, tendrán vida todos los seres vivientes que se mueven por el suelo y habrá peces en abundancia. Porque cuando esta agua llegue hasta el Mar, sus aguas quedarán saneadas, y habrá vida en todas parte adonde llegue el torrente. Al borde del torrente, sobre sus dos orillas, crecerán árboles frutales de todas las especies. No se marchitarán sus hojas ni se agotarán sus frutos, y todos los meses producirán nuevos frutos, porque el agua sale del Santuario. Sus frutos servirán de alimento y sus hojas de remedio".
Salmo 46,2-3.5-6.8-9: El Señor es nuestro refugio y fortaleza, una ayuda siempre pronta en los peligros. / Por eso no tememos, aunque la tierra se conmueva y las montañas se desplomen hasta el fondo del mar; / los canales del Río alegran la Ciudad de Dios, la más santa Morada del Altísimo. / El Señor está en medio de ella: nunca vacilará; él la socorrerá al despuntar la aurora. / El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro baluarte es el Dios de Jacob. / Vengan a contemplar las obras del Señor, él hace cosas admirables en la tierra.
Evangelio según San Juan 5,1-16: Después de esto, se celebraba una fiesta de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Junto a la puerta de las Ovejas, en Jerusalén, hay una piscina llamada en hebreo Betesda, que tiene cinco pórticos. Bajo estos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, paralíticos y lisiados, que esperaban la agitación del agua. Había allí un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años. Al verlo tendido, y sabiendo que hacía tanto tiempo que estaba así, Jesús le preguntó: "¿Quieres curarte?". El respondió: "Señor, no tengo a nadie que me sumerja en la piscina cuando el agua comienza a agitarse; mientras yo voy, otro desciende antes". Jesús le dijo: "Levántate, toma tu camilla y camina". En seguida el hombre se curó, tomó su camilla y empezó a caminar. Era un sábado, y los judíos dijeron entonces al que acababa de ser curado: "Es sábado. No te está permitido llevar tu camilla". El les respondió: "El que me curó me dijo: 'Toma tu camilla y camina'". Ellos le preguntaron: "¿Quién es ese hombre que te dijo: 'Toma tu camilla y camina?'". Pero el enfermo lo ignoraba, porque Jesús había desaparecido entre la multitud que estaba allí. Después, Jesús lo encontró en el Templo y le dijo: "Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía". El hombre fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Ellos atacaban a Jesús, porque hacía esas cosas en sábado.
Comentario: En esta primera lectura, el profeta utiliza la imagen del torrente. Los torrentes son en el A.T. símbolo de la vida que Dios da, especialmente en los tiempos mesiánicos. Ezequiel utiliza la imagen de la corriente de agua milagrosa que mana del lado derecho del templo (el lugar de la presencia de Dios y el centro del culto que le es agradable), y todo lo inunda con su salud y fecundidad. En san Juan (7. 35-37) este agua es el Espíritu que mana de Cristo glorificado (Misa dominical).
1. a) El agua, como principio de vida, es una imagen que se encuentra con frecuencia en los libros sagrados (por ejemplo, Jl 4,18 Zac 14,8; Is 35, etc.). Las aguas que brotan del Templo, o sea, que vienen de Dios, lo purifican y lo curan todo a su paso, hacen que los campos produzcan fértiles frutos y que el mar muerto se llene de vida. Es una de las mejores imágenes del libro de Ezequiel, hermoso simbolismo que recuerda la visión de los huesos revitalizados del c. 37 (sólo que allí es el Espíritu quien da vida, aquí es el agua que da fertilidad a las aguas muertas, pero como veremos más adelante también simboliza Jesús y su Espíritu), imagen que volveremos a encontrar en la Vigilia Pascual. El río recuerda el paraíso (Gn 2,10-14), recuerdo de añoranza, al paraíso inicial de la humanidad, regado por los cuatro brazos de agua, y, por otra, al futuro mesiánico, que será como un nuevo paraíso.
El agua que crece se refiere al poder vivificante que se ha ido desarrollando, ganando en fecundidad y en calidad. Su salubridad llega hasta curar todo lo que toca, incluido el Mar Muerto (v 8), a que broten gran cantidad de árboles que producen toda clase de frutos y hasta una cosecha por mes; y en ella viven gran cantidad y variedad de peces: es un final apoteósico, de vuelta al paraíso perdido. Adán dejó yermo el Paraíso al ser echado fuera por su pecado, y el agua de aquí es prototipo de la de los últimos tiempos abiertos por Cristo: «Quien tenga sed, que se acerque a mí y beba. Quien crea en mí, ríos de agua viva brotarán de su entraña» (Jn 7,37-38). En Él se ha cumplido esta profecía de Ezequiel; de Él nos viene la gran efusión del Espíritu que simbolizaba el agua. Únicamente de Él nos puede venir la fecundidad, la vida, a nivel personal y a nivel colectivo. “Todo ha de pasar forzosamente a través de Él. La única salvación, la única solución se encuentra en Cristo, según indicó Pedro al pueblo de Jerusalén: «La salvación no está en ningún otro, es decir, que bajo el cielo no tenemos los hombres otro diferente de Él al que debamos invocar para salvarnos» (Hch 4,12)” (J. Pedrós). Los santos Padres ven ahí las aguas bautismales, las que brotan del costado abierto de Jesús en la Cruz: “esto significa que nosotros bajamos al agua repletos de pecados e impureza y subimos cargados de frutos en nuestro corazón, llevando en nuestro espíritu el temor y la esperanza de Jesús” (Epístola de Bernabé; lo veremos con más detalle al comentar el Evangelio de hoy).
b) la abundancia (imagen del cielo): la cosecha significa que Dios no retiene sus bienes, los reparte a profusión… río que va creciendo para evocar las gracias que cada día irrumpen en abundancia sobre la humanidad... sobre mí... “Sin cesar, Dios vierte la abundancia de su vida en mí. ¿Qué atención presto? ¿Cómo respondo a ese don?
-¿Has visto, hijo de hombre? Efectivamente, a menudo no veo. Haz que vea, Señor. HOY, trataré de ver ese río de gracia. En mi oración de la noche, trataré de recapitular, y de decir: «Gracias».
-Mira, a la orilla del torrente, a ambos lados, había gran cantidad de árboles... toda clase de árboles frutales, cuyo follaje no se marchitará. Todos los meses producirán frutos nuevos. Visión maravillosa. Es el comenzar de nuevo del paraíso terrestre: el desierto de Judá, al sur de Jerusalén se cubre «de árboles de la vida». No dan solamente «una» cosecha, sino «doce» cosechas... ¡una por mes! Decididamente, ¡no habrá hambre! Es un sueño.
¿Es realidad? Por contraste, no puedo dejar de pensar en los que sufren, en los que no tienen agua, ni frutos, en los que pasan toda su vida en la miseria. Realiza, Señor, tu promesa.
-Esta agua desemboca en el «Mar Muerto» cuyas aguas quedan saneadas... así como las tierras en las que penetra, y la vida aparece por dondequiera que pase el torrente.
Hay que haber visto el «Mar Muerto» y su paisaje desolado para captar toda la metamorfosis prometida. Las aguas de este mar, verdaderamente «muerto», tienen tal cantidad de sales, que ningún pez tiene vida en ellas y en sus alrededores también reina la muerte.
He aquí pues un «agua nueva» que tiene como un poder de resurrección: suscita seres vivos. Es un agua que da vida.
c) Su signo actual es el bautismo. En el fondo, ¿por qué no creeríamos en esa fuerza divina? ¿Acaso no sería Dios capaz de transformar el desierto de nuestros corazones en jardines florecientes de vida? ¡Oh Dios, impregna nuestras vidas de tu vida! Mi bautismo es una fuente de Vida. ¿Cómo la haría yo más abundante, más exultante, más llena de vida?” (Noel Quesson). La lectura profética nos ayuda a entender la escena del evangelio: el agua que cura y salva, y por tanto, en el marco de la Cuaresma, el recuerdo de nuestro Bautismo, que tendrá su actualización más densa en la Vigilia Pascual.
2. Lo que dice el salmo se refiere a nuestra pequeña historia: «el correr de las acequias alegra la ciudad de Dios... teniendo a Dios en medio, no vacila». El agua salvadora de Dios es su palabra, su gracia, sus sacramentos, su Eucaristía, la ayuda de los hermanos, la oración. La aspersión bautismal de los domingos, y sobre todo la de la Vigilia Pascual, nos quiere comunicar simbólica y realmente esta agua salvadora del Señor, y sigue lo dicho en la primera lectura: «Del umbral del templo manaba agua, y habrá vida dondequiera que llegue la corriente».
Este Dios “sublime y terrible, emperador de toda la tierra”, aclamación inicial que es repetida con tonos diferentes, es «nuestro refugio y nuestra fuerza». Juan Pablo II al comentarlo se refería a este doble sentido: un Dios sublime, y al mismo tiempo cercano a sus criaturas. Este himno al Señor, rey del mundo y de la humanidad, al igual que otras composiciones semejantes del Salterio (cf. Salmo 92; 95-98), supone una atmósfera de celebración litúrgica. Nos encontramos, por tanto, en el corazón espiritual de la alabanza de Israel, que se eleva al cielo partiendo del templo, el lugar en el que el Dios infinito y eterno se revela y encuentra a su pueblo”.
a) “Primero se ve al Dios sublime... (vv. 2-6) cuando con gozo se aclama al Señor "sublime y terrible" (v. 3). Exaltan la trascendencia divina, la primacía absoluta en el ser, la omnipotencia. También Cristo resucitado exclamará: "Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mateo 28, 18). “El orante descubre su presencia particular en Israel, el pueblo de la elección divina, "el predilecto", la herencia más preciosa y querida por el Señor (cf. versículo 5). Israel se siente, por tanto, objeto de un amor particular de Dios que se ha manifestado con la victoria sobre las naciones hostiles. Durante la batalla, la presencia del arca de la alianza entre las tropas de Israel les aseguraba la ayuda de Dios; después de la victoria, el arca se subía al monte Sión (cf. Salmo 67, 19) y todos proclamaban: "Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas" (Salmo 46, 6)”.
b) se presenta como un himno al Señor soberano del universo y de la historia. "Dios es el rey del mundo... Dios reina sobre las naciones”, como un Dios cercano a sus criaturas (vv. 8-9): se abre con otra ola de alabanza y de canto festivo; se alaba al Señor, sentado en su trono en la plenitud de su realeza. Este trono es definido "santo", pues es inalcanzable por el hombre limitado y pecador. Pero también es un trono celeste el arca de la alianza, presente en el área más sagrada del templo de Sión. De este modo, el Dios lejano y trascendente, santo e infinito, se acerca a sus criaturas, adaptándose al espacio y al tiempo (cf. 1 Reyes 8, 27.30).
3. Durante tres días vamos a leer el capítulo quinto de Juan. Hoy “se trata de la historia del hombre que yace enfermo desde hace treinta y ocho años, y espera curarse al entrar en la piscina de Betesda, pero no encuentra a nadie que le ayude a entrar en ella. Jesús lo cura con su poder ilimitado; El realiza en el enfermo lo que éste esperaba que ocurriera al entrar en contacto con el agua curativa”, dice Benedicto XVI al tratar una de las grandes imágenes temáticas de San Juan, el agua. Aunque dice que aquí aparece más bien de soslayo, en realidad toca a fondo el "signo" del bautismo, de la filiación divina, es decir la Nueva Ley. Podemos comentar tres perspectivas del mensaje de hoy: Jesús como nueva ley del sábado, sentido del agua, y nuestra curación (personal y colectiva).
a) El sábado, el domingo, y su aspecto social: día para obrar el bien. Esta relación se puede observar al realizar el milagro en sábado; es un lenguaje simbólico, no lo hace únicamente por motivos humanitarios, sino porque Él viene a salvar, porque se presenta como liberador (el sábado estaba consagrado al recuerdo de la liberación de Egipto: Dt 5. 12-15). Concretamente su liberación consiste en emancipar al hombre de las prácticas formalistas y elevarlo por encima de los avatares de la vida. Liberación que se adquiere no por medios mágicos, como el correr del agua, sino mediante un encuentro personal con el Señor (Misa dominical).
Benedicto XVI comenta que lo que al rabino Neusner le inquieta del mensaje de Jesús sobre el sábado “no es sólo la centralidad de Jesús mismo; la expone claramente pero, con todo, no es eso lo que objeta, sino sus consecuencias para la vida concreta de Israel: el sábado pierde su gran función social. Es uno de los elementos primordiales que mantienen unido al pueblo de Israel como tal. El hacer de Jesús el centro rompe esta estructura sacra y pone en peligro un elemento esencial para la cohesión del pueblo.
La reivindicación de Jesús comporta que la comunidad de los discípulos de Jesús es el nuevo Israel. ¿Acaso no debe inquietar esto a quien lleva en el corazón al «Israel eterno»? También se encuentra relacionada con la cuestión sobre la pretensión de Jesús de ser Él mismo la Torá y el templo en persona, el tema de Israel, la cuestión de la comunidad viva del pueblo, en el cual se realiza la palabra de Dios”. Según él, se plantea también para el cristiano la siguiente cuestión: “¿era justo poner en peligro la gran función social del sábado, romper el orden sacro de Israel en favor de una comunidad de discípulos que sólo se pueden definir, por así decirlo, a partir de la figura de Jesús? Esta cuestión se podría y se puede aclarar sólo en la comunidad de discípulos que se ha ido formando: la Iglesia”. La resurrección de Jesús «el primer día de la semana» hizo que, para los cristianos, ese «primer día» —el comienzo de la creación— se convirtiera en el «día del Señor», en el cual confluyeron por sí mismos —mediante la comunión de la mesa con Jesús— los elementos esenciales del sábado veterotestamentario: “Que en el curso de este proceso la Iglesia haya asumido así de modo nuevo la función social del sábado —orientada siempre al «Hijo del hombre»— se vio claramente cuando Constantino, en su reforma jurídica de inspiración cristiana, asoció también a este día algunas libertades para los esclavos e introdujo así en el sistema legal basado en principios cristianos el día del Señor como el día de la libertad y el descanso. A mí me parece sumamente preocupante que los modernos liturgistas quieran dejar de nuevo a un lado esta función social del domingo, que está en continuidad con la Torá de Israel, considerándola una desviación de Constantino. Pero aquí se plantea todo el problema de las relaciones entre fe y orden social, entre fe y política”. De eso hablaremos al tratar “la familia de Jesús” cuando le hablan de que su madre y hermanos han venido a verle.
b) El agua. “Volvemos al gran tema del agua viva, agua que vive y da la Vida. Como el agua de Caná y la del pozo de Jacob, también la de Betesda era estéril; no podía curar al enfermo. Como el agua de la piscina, tampoco la ley de Moisés podía dar vida al pecador: sólo podía mostrarle sus transgresiones y confirmar la pobreza de la condición humana. En lugar de salvarle, le encerraba, le mantenía en su pasado. Paralizado desde hacía treinta y ocho años...
Jesús pasó: "¿Quieres quedar sano?". El Hijo descendió a la morada de la muerte y cargó con nuestras enfermedades. En medio de las quejas mantuvo la promesa. Incluso el mar Muerto, condenado a la esterilidad, va a poder dar peces milagrosos. El hombre que estaba paralítico desde hacía treinta y ocho años, encadenado a su pasado de desdicha, se pone de pie. La tierra es recreada; los árboles, cuyas hojas no conocen ya los efectos del hielo, dan nuevos frutos cada mes. Cuando Dios da el agua viva, el viejo mundo desaparece.... Dios ha hecho que brotase del costado de su Amado sangre y agua, río de vida que purifica todo cuanto penetra. Nuestra vida reverdece cuando el Espíritu nos inunda. Hemos sido bautizados en la muerte y resurrección de Jesús y pertenecemos a una tierra liberada. Nos ha hecho atravesar el mar y nos ha sumergido en el río de la vida. Pertenecemos al mundo nuevo. En la noche de Pascua, Cristo enterrará nuestras obras estériles, y oiremos el grito de la victoria” (“Dios cada día”, de Sal Terrae).
c) La enfermedad y el milagro. Sobre el número 38, los años de enfermedad, San Agustín propone un significado místico: cuarenta es el número de los días de Cuaresma que nos traen la salud, cincuenta es el número de días ya de salud, que siguen a Pascua, hasta Pentecostés, la paga de los trabajadores en la viña, es la posesión de Dios. El pueblo está enfermo desde hace 38 años, le quedan dos cosas que le sanarán, dos mandamientos que la ley de Moisés le había ya escrito en el corazón, y cuyo alcance profundo consiguen con Cristo: "Amarás al Señor, tu Dios y al prójimo como a ti mismo". El amor de Dios, hecho visible en la persona de Cristo, ha de apoderarse del corazón del hombre, enfermo por el pecado, a fin de inflamarlo y llevarlo por los caminos de la penitencia: "¡Levántate, toma tu camilla y anda!". Es decir: “¡Levántate, recorre el camino de la penitencia, el camino de la cruz, que lleva a Dios! Entonces serás curado, te verás sano, tendrás la vida eterna. Entonces habrás dado el primer paso para salir de tu enfermedad de treinta y ocho años, y al momento, de un salto, te vas a poner no sólo en la salud de la Cuaresma, sino también en la bendita Quincuagésima, el Pentecostés que sigue a Pascua.
Entonces vas ya a marchar sano por la tierra de Dios, por la tierra de la verdadera vida, y tus apetitos desordenados, tus pasiones, a los que antes estabas atado como a un lecho, quedarán ahora dominados”. Cristo hoy “desciende al torbellino del sufrimiento y de la muerte humana, y, como el ángel de Dios, pone este mar en saludable efervescencia, lo vivifica con su muerte. De sepulcro del pecado lo torna seno maternal de la nueva vida. Viene, coge al enfermo "que no tiene a nadie", lo toma Él mismo sobre sus hombros -se reviste del cuerpo de Adán, enfermo por el pecado-, baja con él a la corriente de la muerte y lo vuelve a subir consigo, sano y salvo a la luz. Desciende cual viejo y enfermo Adán y vuelve a subir nuevo y regenerado.
Por tales razones, la presencia mística de Dios, que nos proporciona el Santo Sacrificio, es una auténtica fuente de juventud para todos los fieles, quienes constantemente están expuestos a la contaminación del mal y a la enfermedad del pecado. En el santo sacrificio, el agua del Bautismo vuelve a brillar para el fiel cristiano y le recuerda aquella hora en la que Cristo bajó a por él, le tomó consigo y lo sanó en el agua.
Le exhorta a que procure hacer duradera la salud allí recibida, y si por su ligereza volviese a correr peligro, tan sólo una cosa podrá salvarle: es la hora presente, en la cual el médico divino se le acerca de nuevo, le brinda el baño salvador de su propia sangre y le dice: "¡Levántate y anda!".
Esto lo dice al pecador, nos lo dice a nosotros, pues ¿quién de entre nosotros está sin pecado? Su palabra nos invita a emprender, animosos, el camino del arrepentimiento y de la penitencia; nos llama para obligarnos a salir de la calentura del pecado, para que tomemos sobre nuestros hombros el lecho de nuestra enfermedad y nos apresuremos, a través del desierto de este mundo, hacia Dios y hacia la vida eterna”. ¡Qué alegría, sentirse sanos después de largos años de enfermedad! “¡Qué esperanza, qué infinito agradecimiento al pensar que el médico les quiere sanar otra vez y al darse cuenta de que a diario baja para remover el baño de la salud” (Emiliana Löhr). Es lo que nos concede cuando remueve las aguas de nuestro corazón, nos da su gracia en el sacramento de la Reconciliación, fomenta en nosotros el deseo de perdón y el corazón para perdonar.
d) un nuevo pueblo, libre de enfermedad. Hemos hecho antes referencia a Jesús, que se pone en lugar del sábado, ya que es la nueva Ley (5,10); el tema de todo el cap 5 que se va a leer durante tres días, es la sustitución de la ley por la persona de Jesús, y al final se hará mención de Moisés, el dador de la Ley; esto hace ver que los cinco pórticos son un símbolo de los cinco libros de la Ley, bajo cuya opresión vivía el pueblo: "Y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos"; “los tres adjetivos no designan tres clases de enfermos, sino tres males que los afligen a todos: están ciegos por obra de la tiniebla, que les impide conocer el designio de Dios; tullidos, es decir, privados de movilidad/libertad de movimientos, reducidos a la impotencia; resecos, carentes de vida: son un pueblo muerto.
Era una fiesta de los judíos, pero la multitud tirada en los pórticos está, por tanto, excluida de la fiesta, de la alegría de la vida, de la felicidad.
-"Estaba también allí un hombre que llevaba 38 años enfermo". Este hombre es la personificación de la muchedumbre. La curación que va a efectuar Jesús no va dirigida únicamente a un individuo; la curación de este hombre es el signo de la liberación de la multitud sometida a la ley. Así se explica la violenta reacción de los dirigentes, que, inmediatamente, pensarán en matarlo. "Llevaba 38 años enfermo"”, es decir toda una vida (40 es el tiempo de una generación), mucho tiempo (40 años del desierto donde murió toda la generación sin conocer la libertad esperada). "Jesús, al verlo echado y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: ¿Quieres quedar sano?" Jesús inmediatamente le da la salud y con ella la capacidad de actuar por sí mismo, sin la camilla que lo tenía inmóvil. La camilla era lo viejo, “Jesús lo hace dueño de aquello que lo dominaba; le hace poseer aquello que lo poseía.” (Noel Quesson).
e) Uno de los males de nuestros días es la soledad (existencial), como el enfermo al que Jesús acudió. “Todos estamos expuestos a sentirnos desamparados en los momentos duros, o en la cotidianidad de nuestro trabajo diario. Sin embargo, Cristo nos sale al encuentro. Nos cura y hace que cambie nuestra vida. Porque Él quiere permanecer con nosotros en nuestras almas, por medio de la gracia. Dios llama al corazón para que yo vuelva, para que yo aprenda a descubrir la importancia, la trascendencia que tiene en mi existencia esa dimensión interior”. Para vivir la cuaresma hay que ensanchar el corazón, dejarse amar por Dios, sentir esta solidaridad con los hombres, y al pensar en el hambre en el mundo, el despilfarro de occidente, ver que toda nuestra sociedad está enferma, paralítica, solitaria, que necesita el milagro de Jesús, que se muevan las aguas de la justicia social, que nos movamos todos a la entrega y al compromiso, volver a la propia vocación cristiana en todas sus dimensiones. “Y para lograrlo es necesario abrir primero nuestro espíritu a Dios y comprender la gravedad del pecado: del pecado de omisión, de indiferencia, de superficialidad, de ligereza. Es ineludible volver a la dimensión interior de nuestro espíritu, en definitiva, no ir caminando por la vida sin darnos cuenta que en nosotros hay un corazón que está esperando ensancharse con el amor de Dios” (Cipriano Sánchez). Dios, en la Pascua de este año, quiere convertir nuestro jardín particular, y el de toda la Iglesia, por reseco y raquítico que esté, en un vergel lleno de vida. Si hace falta, Él quiere que salgamos de nuestra soledad, de nuestra parálisis, como la del sepulcro antes de la resurrección de Jesús. “Pero, además, ¿ayudaremos a otros a que se puedan acercar a esta piscina de agua medicinal que es Cristo, si no son capaces de moverse ellos mismos («no tengo a nadie que me ayude»)?” (J. Aldazábal). Es una llamada a la responsabilidad, a la solidaridad y la evangelización, al apostolado cristiano.
Llucià Pou Sabaté
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Cura nuestra parálisis
Cuaresma 4, lunes: las lágrimas se volverán alegría, porque el Señor con su Palabra hace nuevas todas las cosas
Cuaresma 4, lunes: las lágrimas se volverán alegría, porque el Señor con su Palabra hace nuevas todas las cosas
Libro de Isaías 65,17-21: Sí, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva. No quedará el recuerdo del pasado ni se lo traerá a la memoria, sino que se regocijarán y se alegrarán para siempre por lo que yo voy a crear: porque voy a crear a Jerusalén para la alegría y a su pueblo para el gozo. Jerusalén será mi alegría, yo estaré gozoso a causa de mi pueblo, y nunca más se escucharán en ella ni llantos ni alaridos. Ya no habrá allí niños que vivan pocos días ni ancianos que no completen sus años, porque el más joven morirá a los cien años y al que no llegue a esa edad se lo tendrá por maldito. Edificarán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán sus frutos:
Salmo 30,2.4-6.11-13: Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste y no quisiste que mis enemigos se rieran de mí. / Tú, Señor, me levantaste del Abismo y me hiciste revivir, cuando estaba entre los que bajan al sepulcro. / Canten al Señor, sus fieles; den gracias a su santo Nombre, / porque su enojo dura un instante, y su bondad, toda la vida: si por la noche se derraman lágrimas, por la mañana renace la alegría. / Escucha, Señor, ten piedad de mí; ven a ayudarme, Señor". / Tú convertiste mi lamento en júbilo, me quitaste el luto y me vestiste de fiesta, / para que mi corazón te cante sin cesar. ¡Señor, Dios mío, te daré gracias eternamente!
Evangelio según San Juan 4,43-54: Transcurridos los dos días, Jesús partió hacia Galilea. Él mismo había declarado que un profeta no goza de prestigio en su propio pueblo. Pero cuando llegó, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la Pascua; ellos también, en efecto, habían ido a la fiesta. Y fue otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía a su hijo enfermo en Cafarnaúm. Cuando supo que Jesús había llegado de Judea y se encontraba en Galilea, fue a verlo y le suplicó que bajara a curar a su hijo moribundo. Jesús le dijo: "Si no ven signos y prodigios, ustedes no creen". El funcionario le respondió: "Señor, baja antes que mi hijo se muera". "Vuelve a tu casa, tu hijo vive", le dijo Jesús. El hombre creyó en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Mientras descendía, le salieron al encuentro sus servidores y le anunciaron que su hijo vivía. El les preguntó a qué hora se había sentido mejor. "Ayer, a la una de la tarde, se le fue la fiebre", le respondieron. El padre recordó que era la misma hora en que Jesús le había dicho: "Tu hijo vive". Y entonces creyó él y toda su familia. Este fue el segundo signo que hizo Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.
Comentario: Las lecturas cambian de orientación. Hasta ahora leíamos según una unidad temática, unas líneas-fuerza, con los tres evangelistas sinópticos y pasajes del Antiguo Testamento correspondientes. Ahora comenzamos hasta Pentecostés la lectura semicontinuada de San Juan. Nuestro camino de conversión hace ahora el camino de Jesús, con la creciente oposición de sus adversarios, que acabarán llevándole a la cruz.
1. En la película “La Pasión” Jesús consuela a la Virgen diciéndole que en ese momento, con su sufrimiento, hace nuevas todas las cosas. Con la muerte y resurrección de Jesús ha comenzado ya la nueva creación, los «cielos nuevos y la tierra nueva»; tal comienzo es imperceptible, pero no se detendrá. La creación antigua sigue existiendo, pero la nueva se ha impuesto y desplaza cada vez más a la primera. La historia humana sigue dominada, en gran parte, por el pecado, la corrupción y la muerte; pero algo va cambiando. La convivencia del lobo y del cordero significa que el odio y la hostilidad deben dar paso al amor; la injusticia, al derecho. De hecho, los «cielos nuevos y la tierra nueva» consisten en una nueva relación con Dios y en una nueva justicia con los hombres. Esta existencia ha sido diseñada por el mismo Jesús. Quien sigue sus pasos es una nueva criatura: «El que está en Cristo es una nueva criatura; lo viejo ha pasado; mirad, existe algo nuevo» (2Cor 5, 17). “La fe en la creación, tal como lo entiende la catequesis bíblica, significa el principio de la libertad humana y el fin de la dependencia de poderes mágicos. Es una afirmación sobre el hombre en el contexto de una afirmación sobre el mundo y su evolución. El proceso del universo está relacionado con Dios”. Cristo es autor de esta creación; en él se hace Dios presente al mundo. A través de su vida se realiza el ser de Dios para nosotros (F. Raurell).
El profeta anuncia como una vuelta al paraíso inicial: Dios está proyectando un cielo nuevo y una tierra nueva. Dios quiere que el hombre y la sociedad vuelvan al estado primero de felicidad, equilibrio y armonía. En el Adviento también se toca este tema. “La vuelta del destierro de Babilonia -que es lo que anuncia el profeta- se describe con tonos poéticos, un poco idílicos, de nueva creación en todos los sentidos: todo será alegría, fertilidad en los campos y felicidad en las personas” (J. Aldazábal).
Hace poco hablábamos sobre la tristeza que aparece en momentos de desgracias, y una corriente de psicología positiva querría arrancar del corazón humano esas experiencias, cuando en realidad la vida está hecha de todas estas cosas, dulces y agrias, y todo sirve al final; dolor y alegría, penitencia y expansión, bocanadas de aire nuevo y gritos de esperanza, como las lecturas de hoy, yendo ya –después del domingo de alegría- hacia la Pascua de resurrección. No hemos nacido para morir sino para vivir, y hemos de saber vivir en la novedad de Cristo. De retorno del exilio, vuelven los deportados a entrar en Palestina. Saborean la libertad, el retorno a su tierra. Esto nos lleva a otro sentido más profundo, de alcanzar un paraíso que anhelamos, una novedad por la que suspiramos, la salvación como una nueva creación. En la esperanza escatológica todo se convierte en alegría. No habrá dolor ni llanto, pues su gozo es el mismo Dios, su creador. San Gregorio de Nisa dice: «“Porque el Reino de Dios está en medio de vosotros”. Quizás quiera esto manifestar la alegría que se produce en nuestras almas por el Espíritu Santo; imagen y testimonio de la constante alegría que disfrutan las almas de los santos en la otra vida». Es una llamada a la esperanza: «Si tenemos fija la mirada en las cosas de la eternidad, y estamos persuadidos de que todo lo de este mundo pasa y termina, viviremos siempre contentos y permaneceremos inquebrantables en nuestro entusiasmo hasta el fin. Ni nos abatirá el infortunio, ni nos llenará de soberbia la prosperidad, porque consideraremos ambas cosas como caducas y transitorias» (Casiano). «Entonces será la alegría plena y perfecta, entonces el gozo completo, cuando ya no tendremos por alimento la leche de la esperanza, sino el manjar sólido de la posesión. Con todo, también ahora, antes de que nosotros lleguemos a esta posesión, podemos alegrarnos ya con el Señor. Pues no es poca la alegría de la esperanza que ha de convertirse luego en posesión» (san Agustín).
2. “Una intensa y suave acción de gracias se eleva a Dios desde el corazón de quien reza, después de desvanecerse en él la pesadilla de la muerte. Este es el sentimiento que emerge con fuerza en el Salmo 29, que acaba de resonar en nuestros oídos y, sin duda, también en nuestros corazones. Este himno de gratitud posee una gran fineza literaria y se basa en una serie de contrastes que expresan de manera simbólica la liberación obtenida gracias al Señor.
De este modo, al descenso «a la fosa» se le opone la salida «del abismo» (versículo 4); a su «cólera» que «dura un instante» le sustituye «su bondad de por vida» (versículo 6); al «lloro» del atardecer le sigue el «júbilo» de la mañana (ibídem); al «luto» le sigue la «danza», al «sayal» luctuoso el «vestido de fiesta» (versículo 12).
Pasada, por tanto, la noche de la muerte, surge la aurora del nuevo día. Por este motivo, la tradición cristiana ha visto este Salmo como un canto pascual”. En las Vísperas va una nota del siglo IV, de Juan Casiano: «Cristo da gracias al padre por su resurrección gloriosa». El salmo –como recuerda Juan Pablo II- glorifica a Dios, agradecido dentro del “recuerdo terrible de la pesadilla pasada y la alegría de la liberación. Ciertamente, el peligro que ha quedado atrás es grave y todavía provoca escalofríos; el recuerdo del sufrimiento pasado es todavía claro y vivo; hace muy poco tiempo que se ha enjugado el llanto de los ojos. Pero ya ha salido la aurora del nuevo día; a la muerte le ha seguido la perspectiva de la vida que continúa”.
(Se omite el versículo que muestra la tentación de prescindir de Dios, y se subraya nuestra dependencia de Él). “Para mostrar que la ayuda de la gracia divina, aunque ya se cuente con ella, tiene que ser de todos modos invocada humildemente sin interrupción, añade: "A ti, Señor, llamo, suplico a mi Dios". Nadie pide ayuda si no reconoce su necesidad, ni cree que puede conservar lo que posee confiando sólo en sus propias fuerzas. Quien ora recuerda entonces la manera en que imploró al Señor: (cf. vv. 9-11): gritó, pidió ayuda, suplicó que le preservara de la muerte, ofreciendo como argumento el hecho de que la muerte no ofrece ninguna ventaja a Dios, pues los muertos no son capaces de alabar a Dios, no tienen ya ningún motivo para proclamar la fidelidad de Dios, pues han sido abandonados por Él”.
Podemos encontrar este mismo argumento en el Salmo 87, en el que el orante, ante la muerte, le pregunta a Dios: «¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia, o tu fidelidad en el reino de la muerte?» (Salmo 87, 12). Del mismo modo, el rey Ezequías, gravemente enfermo y después curado, decía a Dios: «El Seol no te alaba ni la Muerte te glorifica... El que vive, el que vive, ése te alaba» (Isaías 38, 18-19).
“El Antiguo Testamento expresaba de este modo el intenso deseo humano de una victoria de Dios sobre la muerte y hacía referencia a los numerosos casos en los que fue alcanzada esta victoria: personas amenazadas de morir de hambre en el desierto, prisioneros que escaparon a la pena de muerte, enfermos curados, marineros salvados de naufragio (Cf. Salmo 106, 4-32). Ahora bien, se trataba de victorias que no eran definitivas. Tarde o temprano, la muerte lograba imponerse.
La aspiración a la victoria se ha mantenido siempre a pesar de todo y se convirtió al final en una esperanza de resurrección. Es la satisfacción de que esta aspiración poderosa ha sido plenamente asegurada con la resurrección de Cristo, por la que nunca daremos suficientemente gracias a Dios”. A través de la revelación (libro de Job, y Macabeos de forma más directa) se va preparando la esperanza cristiana y de redención.
El perdón es como una nueva creación; el pecador perdonado vive alegre, pues se le ofrecen nuevas posibilidades de vida. Por eso el alma se dilata al alabar a Dios, fuente de perdón y de misericordia. Así lo proclamamos con el Salmo 29. Dios jamás olvidará, ni abandonará a sus hijos. Aun en medio de las grandes pruebas; aun en medio de las grandes persecuciones, Dios permanecerá siempre a nuestro lado, y jamás permitirá que nuestros enemigos se rían de nosotros. Confiemos en el Señor y Él nos salvará. Y aun cuando en algún momento pareciera como que somos vencidos, Dios hará que incluso nuestra muerte tenga sentido de salvación, pues tanto en vida como en muerte somos del Señor. Él hará que al final de nuestra existencia nos levantemos victoriosos, con la Victoria de Cristo, para gozar eternamente de su Glorificación. A Él sea dada toda alabanza, y todo honor y toda gloria ahora y por siempre.
3. En el evangelio de hoy, Jesús cura a un niño que estaba a punto de morir. Signo mesiánico. Beneficio anunciado por Dios para «el final de los tiempos». Victoria de Dios sobre el mal. Realización de la profecía de Isaías. Hay una visión muy falsa de la humanidad y de la creación que consiste en soñar una edad de oro, que hubiera tenido lugar antaño... como si los hombres fueran de decadencia en decadencia. Para Dios, en cambio, la historia es una subida, un progreso que avanza hacia una «nueva creación». Lo mejor están siempre por llegar, el porvenir de la humanidad es "el gozo y la alegría". Tú lo has dicho. Enfermedades, pruebas, pecados... todo esto se acabará un día. El porvenir no está cerrado. ¡La creación de Dios triunfará! ¡Y que yo, contigo, trabaje en ella! Pero, da también, Señor, a todos los afligidos, ese consuelo. Que todos los que sufren sean reconfortados por la esperanza cierta de esa promesa de felicidad. Hiciste al hombre para la felicidad: ¡creo en la resurrección de la carne y en la vida perdurable! (Noel Quesson).
San Juan después del encuentro de Nicodemo y la Samaritana con Jesús, nos habla hoy de un pagano que se presenta a Jesús y nos revela las verdaderas condiciones de la fe: su confianza en la persona de Cristo, que le dice "anda, tu hijo está curado" (Misa dominical).
La enfermedad suponía una exclusión de la sociedad, como en el caso de los leprosos. Se la suponía como un castigo de Dios por pecado o infidelidad. Cristo destroza todos los tabúes, atiende a la gente y quiere manifestar el amor compasivo del Padre. También otros profetas como Eliseo y Elías habían hecho algunas curaciones, y Jesús las hace como signo de la llegada del Reino de Dios. Cristo cura por la fuerza de su palabra; fomenta la fe dentro del mismo proceso de curación. Es la misma fe que nos lleva a creer en los milagros, pues un Dios que no puede hacer milagros no sería Dios (por influencia del protestantismo, se intentan difuminar los milagros de Jesús, o darles explicaciones racionalistas). La dimensión salvífica y la apologética van siempre unidas en los milagros de Cristo, busca nuestra conversión.
Un hombre que ejerce autoridad se acerca a Jesús, movido por la necesidad, necesita ayuda de Jesús a favor de su hijo, que está a punto de morir: que baje en persona y lo cure. Le contestó Jesús: "Como no veáis señales portentosas, no creéis". Parece que por él se dirige a los poderosos. La expresión, "señales portentosas" ("signos y prodigios"), es típica de la actuación de Dios por medio de Moisés para salvar al pueblo de la esclavitud de Egipto. Así, Ex 7, 3: "Yo endureceré el corazón del Faraón y haré muchos signos y prodigios en Egipto". Aquí hay alguien mayor, del que Moisés era profeta. Hay quien ha visto este significado simbólico: La negativa de Jesús a ejercer una actividad parecida a la de Moisés muestra el sentido del episodio. Su tema es, como en el Éxodo, la liberación de una esclavitud. En el funcionario aparece la figura del poder, en el muchacho enfermo la del hombre en situación extrema y próximo a la muerte (correspondiente al antiguo Israel en Egipto). La figura de Jesús se opone a la de Moisés, que salvó al pueblo de manera prodigiosa, insinuando que el Mesías, del que se esperaba la renovación de los prodigios del éxodo, lo realizará de forma diversa. Jesús no accede al deseo del funcionario, de que baje a Cafarnaúm, ni al despliegue de poder que él cree necesario para que el hijo escape de la muerte. No propone la imagen de Dios reflejada en el Éxodo. La obra del Mesías no será la de los signos prodigiosos, sino la del amor fiel (1, 14). Jesús, para salvar, no hará ningún alarde de poder; ante el: "Señor, baja antes de que se muera mi niño" (confiesa la impotencia del poderoso ante la debilidad y la muerte, pero su amor es más fuerte y por eso va a Jesús, saltándose el prestigio, exponiéndose a ser mal considerado: a la hora de la verdad, el poder de este mundo es impotente para salvar), Jesús le dice: "Ponte en camino, que tu hijo vive. Se fió el hombre de las palabras que le dijo Jesús y se puso en camino". Jesús comunica vida con su palabra. ¿Lo pone a prueba, para ver si renuncia a su deseo de señales espectaculares? Sea lo que sea, aquí el Señor expresa sencillez, huye de la ostentosidad de un signo majestuoso, y va a la sencillez de la palabra: La hora de la curación coincide con la de las palabras de Jesús. La determinación del tiempo tiene para S. Juan un sentido particular. El hecho de que recuerde incluso la hora que era el día en que Jesús se cruzó con él a orillas del mar de Tiberíades y lo llamó, dice mucho sobre esa importancia. Y más aún, tratándose en el caso del relato evangélico de una narración sin orden cronológico, porque no se trata de hacer una biografía de Jesús. No hay duda: para Juan, conocer a Jesús, ser llamado a su amistad para siempre, esa fue la hora de su vida…La hora de Jesús aún no ha llegado.
"Creer" sin necesidad de signos ni de prodigios: fuente de vida y de curación. Los hombres están ávidos de lo sensacional… creer sin ver... Después de los primeros gustos, en la vida espiritual llega lo duro, sin emociones… hay quien espera “lo extraordinario” y piensa que en la oración ha de “pasar algo”, y quizá se desanima al final. Es "la noche". Es el tiempo de la purificación de la Fe. El gran salto en lo desconocido. El gran riesgo de la Fe.
“En este momento de mi propia vida, ¿qué "signos y prodigios" estoy tentado, humanamente, de pedir a Dios? Y es muy natural; y quizás hay que pedirlos... Pero, pensando siempre en la invitación de Jesús, que quiere purificar nuestra Fe.
-Vete, tu hijo vive. Creyó el hombre en la palabra que le dijo Jesús y se fue...
San Juan subraya que el hombre creyó en la palabra, sin poderla verificar... Se fue. No tenía ninguna prueba. Tenía solamente "la Palabra" de Jesús.
Ante todas tus promesas, Señor, nos encontramos en la misma situación. Ante tu promesa esencial: la vida eterna, la redención total y definitiva, la victoria del amor, la supresión de todo llanto y de todo sufrimiento, la resurrección, la vida dichosa junto a Dios en la claridad... ante toda esta promesa ¡hay que creer en tu palabra! En la Fe, en el salto de la Fe, en la confianza ilimitada de la Fe. "A quién iremos, Señor, Tú tienes palabras de vida eterna".
-Reflexionó el padre, que le dejó la calentura a la hora misma que Jesús le dijo: "Tu hijo está bueno"; y así creyó él y toda su familia. Este fue el segundo milagro.
Este hijo curado entre tantos otros que no lo serán... hay tan pocos milagros... éste no es sino el segundo- atestigua que el Reino de Dios ha empezado. Dios, creador de los cielos nuevos, una tierra nueva y una humanidad nueva, una vida sin muerte, está actuando.
Desde ahora, Señor, quiero creer. Fuerte en esta Fe, ¿cómo puedo cooperar a esta obra de Dios? ¿Cuál será mi forma de luchar contra el mal... y para la vida?” (Noel Quesson).
También puede entenderse en otro sentido el hecho de que Jesús actúe a distancia: “Esto nos recuerda a todos nosotros que podemos hacer mucho bien a distancia, es decir, sin tener que hacernos presentes en el lugar donde se nos solicita nuestra generosidad. Así, por ejemplo, ayudamos al Tercer Mundo colaborando económicamente con nuestros misioneros o con entidades católicas que están allí trabajando. Ayudamos a los pobres de barrios marginales de las grandes ciudades con nuestras aportaciones a instituciones como Cáritas, incluso sin pisar sus calles. Del mismo modo, podemos dar una alegría a mucha gente que está muy distante de nosotros con una llamada de teléfono, una carta o un correo electrónico.
Muchas veces nos excusamos de hacer el bien porque no tenemos posibilidades de hacernos físicamente presentes en los lugares en los que hay necesidades urgentes. Jesús no se excusó porque no estaba en Cafarnaúm, sino que obró el milagro.
La distancia no es ningún problema a la hora de ser generoso, porque la generosidad sale del corazón y traspasa todas las fronteras. Como diría san Agustín: «Quien tiene caridad en su corazón, siempre encuentra alguna cosa para dar»” (Octavio Sánchez). Es preciso compatibilizar nuestra misión concreta, lo que nos toca, con la misión solidaria, ser parte de ese “todo” que somos “todos”. Llucià Pou Sabaté
Libro de Isaías 65,17-21: Sí, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva. No quedará el recuerdo del pasado ni se lo traerá a la memoria, sino que se regocijarán y se alegrarán para siempre por lo que yo voy a crear: porque voy a crear a Jerusalén para la alegría y a su pueblo para el gozo. Jerusalén será mi alegría, yo estaré gozoso a causa de mi pueblo, y nunca más se escucharán en ella ni llantos ni alaridos. Ya no habrá allí niños que vivan pocos días ni ancianos que no completen sus años, porque el más joven morirá a los cien años y al que no llegue a esa edad se lo tendrá por maldito. Edificarán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán sus frutos:
Salmo 30,2.4-6.11-13: Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste y no quisiste que mis enemigos se rieran de mí. / Tú, Señor, me levantaste del Abismo y me hiciste revivir, cuando estaba entre los que bajan al sepulcro. / Canten al Señor, sus fieles; den gracias a su santo Nombre, / porque su enojo dura un instante, y su bondad, toda la vida: si por la noche se derraman lágrimas, por la mañana renace la alegría. / Escucha, Señor, ten piedad de mí; ven a ayudarme, Señor". / Tú convertiste mi lamento en júbilo, me quitaste el luto y me vestiste de fiesta, / para que mi corazón te cante sin cesar. ¡Señor, Dios mío, te daré gracias eternamente!
Evangelio según San Juan 4,43-54: Transcurridos los dos días, Jesús partió hacia Galilea. Él mismo había declarado que un profeta no goza de prestigio en su propio pueblo. Pero cuando llegó, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la Pascua; ellos también, en efecto, habían ido a la fiesta. Y fue otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía a su hijo enfermo en Cafarnaúm. Cuando supo que Jesús había llegado de Judea y se encontraba en Galilea, fue a verlo y le suplicó que bajara a curar a su hijo moribundo. Jesús le dijo: "Si no ven signos y prodigios, ustedes no creen". El funcionario le respondió: "Señor, baja antes que mi hijo se muera". "Vuelve a tu casa, tu hijo vive", le dijo Jesús. El hombre creyó en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Mientras descendía, le salieron al encuentro sus servidores y le anunciaron que su hijo vivía. El les preguntó a qué hora se había sentido mejor. "Ayer, a la una de la tarde, se le fue la fiebre", le respondieron. El padre recordó que era la misma hora en que Jesús le había dicho: "Tu hijo vive". Y entonces creyó él y toda su familia. Este fue el segundo signo que hizo Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.
Comentario: Las lecturas cambian de orientación. Hasta ahora leíamos según una unidad temática, unas líneas-fuerza, con los tres evangelistas sinópticos y pasajes del Antiguo Testamento correspondientes. Ahora comenzamos hasta Pentecostés la lectura semicontinuada de San Juan. Nuestro camino de conversión hace ahora el camino de Jesús, con la creciente oposición de sus adversarios, que acabarán llevándole a la cruz.
1. En la película “La Pasión” Jesús consuela a la Virgen diciéndole que en ese momento, con su sufrimiento, hace nuevas todas las cosas. Con la muerte y resurrección de Jesús ha comenzado ya la nueva creación, los «cielos nuevos y la tierra nueva»; tal comienzo es imperceptible, pero no se detendrá. La creación antigua sigue existiendo, pero la nueva se ha impuesto y desplaza cada vez más a la primera. La historia humana sigue dominada, en gran parte, por el pecado, la corrupción y la muerte; pero algo va cambiando. La convivencia del lobo y del cordero significa que el odio y la hostilidad deben dar paso al amor; la injusticia, al derecho. De hecho, los «cielos nuevos y la tierra nueva» consisten en una nueva relación con Dios y en una nueva justicia con los hombres. Esta existencia ha sido diseñada por el mismo Jesús. Quien sigue sus pasos es una nueva criatura: «El que está en Cristo es una nueva criatura; lo viejo ha pasado; mirad, existe algo nuevo» (2Cor 5, 17). “La fe en la creación, tal como lo entiende la catequesis bíblica, significa el principio de la libertad humana y el fin de la dependencia de poderes mágicos. Es una afirmación sobre el hombre en el contexto de una afirmación sobre el mundo y su evolución. El proceso del universo está relacionado con Dios”. Cristo es autor de esta creación; en él se hace Dios presente al mundo. A través de su vida se realiza el ser de Dios para nosotros (F. Raurell).
El profeta anuncia como una vuelta al paraíso inicial: Dios está proyectando un cielo nuevo y una tierra nueva. Dios quiere que el hombre y la sociedad vuelvan al estado primero de felicidad, equilibrio y armonía. En el Adviento también se toca este tema. “La vuelta del destierro de Babilonia -que es lo que anuncia el profeta- se describe con tonos poéticos, un poco idílicos, de nueva creación en todos los sentidos: todo será alegría, fertilidad en los campos y felicidad en las personas” (J. Aldazábal).
Hace poco hablábamos sobre la tristeza que aparece en momentos de desgracias, y una corriente de psicología positiva querría arrancar del corazón humano esas experiencias, cuando en realidad la vida está hecha de todas estas cosas, dulces y agrias, y todo sirve al final; dolor y alegría, penitencia y expansión, bocanadas de aire nuevo y gritos de esperanza, como las lecturas de hoy, yendo ya –después del domingo de alegría- hacia la Pascua de resurrección. No hemos nacido para morir sino para vivir, y hemos de saber vivir en la novedad de Cristo. De retorno del exilio, vuelven los deportados a entrar en Palestina. Saborean la libertad, el retorno a su tierra. Esto nos lleva a otro sentido más profundo, de alcanzar un paraíso que anhelamos, una novedad por la que suspiramos, la salvación como una nueva creación. En la esperanza escatológica todo se convierte en alegría. No habrá dolor ni llanto, pues su gozo es el mismo Dios, su creador. San Gregorio de Nisa dice: «“Porque el Reino de Dios está en medio de vosotros”. Quizás quiera esto manifestar la alegría que se produce en nuestras almas por el Espíritu Santo; imagen y testimonio de la constante alegría que disfrutan las almas de los santos en la otra vida». Es una llamada a la esperanza: «Si tenemos fija la mirada en las cosas de la eternidad, y estamos persuadidos de que todo lo de este mundo pasa y termina, viviremos siempre contentos y permaneceremos inquebrantables en nuestro entusiasmo hasta el fin. Ni nos abatirá el infortunio, ni nos llenará de soberbia la prosperidad, porque consideraremos ambas cosas como caducas y transitorias» (Casiano). «Entonces será la alegría plena y perfecta, entonces el gozo completo, cuando ya no tendremos por alimento la leche de la esperanza, sino el manjar sólido de la posesión. Con todo, también ahora, antes de que nosotros lleguemos a esta posesión, podemos alegrarnos ya con el Señor. Pues no es poca la alegría de la esperanza que ha de convertirse luego en posesión» (san Agustín).
2. “Una intensa y suave acción de gracias se eleva a Dios desde el corazón de quien reza, después de desvanecerse en él la pesadilla de la muerte. Este es el sentimiento que emerge con fuerza en el Salmo 29, que acaba de resonar en nuestros oídos y, sin duda, también en nuestros corazones. Este himno de gratitud posee una gran fineza literaria y se basa en una serie de contrastes que expresan de manera simbólica la liberación obtenida gracias al Señor.
De este modo, al descenso «a la fosa» se le opone la salida «del abismo» (versículo 4); a su «cólera» que «dura un instante» le sustituye «su bondad de por vida» (versículo 6); al «lloro» del atardecer le sigue el «júbilo» de la mañana (ibídem); al «luto» le sigue la «danza», al «sayal» luctuoso el «vestido de fiesta» (versículo 12).
Pasada, por tanto, la noche de la muerte, surge la aurora del nuevo día. Por este motivo, la tradición cristiana ha visto este Salmo como un canto pascual”. En las Vísperas va una nota del siglo IV, de Juan Casiano: «Cristo da gracias al padre por su resurrección gloriosa». El salmo –como recuerda Juan Pablo II- glorifica a Dios, agradecido dentro del “recuerdo terrible de la pesadilla pasada y la alegría de la liberación. Ciertamente, el peligro que ha quedado atrás es grave y todavía provoca escalofríos; el recuerdo del sufrimiento pasado es todavía claro y vivo; hace muy poco tiempo que se ha enjugado el llanto de los ojos. Pero ya ha salido la aurora del nuevo día; a la muerte le ha seguido la perspectiva de la vida que continúa”.
(Se omite el versículo que muestra la tentación de prescindir de Dios, y se subraya nuestra dependencia de Él). “Para mostrar que la ayuda de la gracia divina, aunque ya se cuente con ella, tiene que ser de todos modos invocada humildemente sin interrupción, añade: "A ti, Señor, llamo, suplico a mi Dios". Nadie pide ayuda si no reconoce su necesidad, ni cree que puede conservar lo que posee confiando sólo en sus propias fuerzas. Quien ora recuerda entonces la manera en que imploró al Señor: (cf. vv. 9-11): gritó, pidió ayuda, suplicó que le preservara de la muerte, ofreciendo como argumento el hecho de que la muerte no ofrece ninguna ventaja a Dios, pues los muertos no son capaces de alabar a Dios, no tienen ya ningún motivo para proclamar la fidelidad de Dios, pues han sido abandonados por Él”.
Podemos encontrar este mismo argumento en el Salmo 87, en el que el orante, ante la muerte, le pregunta a Dios: «¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia, o tu fidelidad en el reino de la muerte?» (Salmo 87, 12). Del mismo modo, el rey Ezequías, gravemente enfermo y después curado, decía a Dios: «El Seol no te alaba ni la Muerte te glorifica... El que vive, el que vive, ése te alaba» (Isaías 38, 18-19).
“El Antiguo Testamento expresaba de este modo el intenso deseo humano de una victoria de Dios sobre la muerte y hacía referencia a los numerosos casos en los que fue alcanzada esta victoria: personas amenazadas de morir de hambre en el desierto, prisioneros que escaparon a la pena de muerte, enfermos curados, marineros salvados de naufragio (Cf. Salmo 106, 4-32). Ahora bien, se trataba de victorias que no eran definitivas. Tarde o temprano, la muerte lograba imponerse.
La aspiración a la victoria se ha mantenido siempre a pesar de todo y se convirtió al final en una esperanza de resurrección. Es la satisfacción de que esta aspiración poderosa ha sido plenamente asegurada con la resurrección de Cristo, por la que nunca daremos suficientemente gracias a Dios”. A través de la revelación (libro de Job, y Macabeos de forma más directa) se va preparando la esperanza cristiana y de redención.
El perdón es como una nueva creación; el pecador perdonado vive alegre, pues se le ofrecen nuevas posibilidades de vida. Por eso el alma se dilata al alabar a Dios, fuente de perdón y de misericordia. Así lo proclamamos con el Salmo 29. Dios jamás olvidará, ni abandonará a sus hijos. Aun en medio de las grandes pruebas; aun en medio de las grandes persecuciones, Dios permanecerá siempre a nuestro lado, y jamás permitirá que nuestros enemigos se rían de nosotros. Confiemos en el Señor y Él nos salvará. Y aun cuando en algún momento pareciera como que somos vencidos, Dios hará que incluso nuestra muerte tenga sentido de salvación, pues tanto en vida como en muerte somos del Señor. Él hará que al final de nuestra existencia nos levantemos victoriosos, con la Victoria de Cristo, para gozar eternamente de su Glorificación. A Él sea dada toda alabanza, y todo honor y toda gloria ahora y por siempre.
3. En el evangelio de hoy, Jesús cura a un niño que estaba a punto de morir. Signo mesiánico. Beneficio anunciado por Dios para «el final de los tiempos». Victoria de Dios sobre el mal. Realización de la profecía de Isaías. Hay una visión muy falsa de la humanidad y de la creación que consiste en soñar una edad de oro, que hubiera tenido lugar antaño... como si los hombres fueran de decadencia en decadencia. Para Dios, en cambio, la historia es una subida, un progreso que avanza hacia una «nueva creación». Lo mejor están siempre por llegar, el porvenir de la humanidad es "el gozo y la alegría". Tú lo has dicho. Enfermedades, pruebas, pecados... todo esto se acabará un día. El porvenir no está cerrado. ¡La creación de Dios triunfará! ¡Y que yo, contigo, trabaje en ella! Pero, da también, Señor, a todos los afligidos, ese consuelo. Que todos los que sufren sean reconfortados por la esperanza cierta de esa promesa de felicidad. Hiciste al hombre para la felicidad: ¡creo en la resurrección de la carne y en la vida perdurable! (Noel Quesson).
San Juan después del encuentro de Nicodemo y la Samaritana con Jesús, nos habla hoy de un pagano que se presenta a Jesús y nos revela las verdaderas condiciones de la fe: su confianza en la persona de Cristo, que le dice "anda, tu hijo está curado" (Misa dominical).
La enfermedad suponía una exclusión de la sociedad, como en el caso de los leprosos. Se la suponía como un castigo de Dios por pecado o infidelidad. Cristo destroza todos los tabúes, atiende a la gente y quiere manifestar el amor compasivo del Padre. También otros profetas como Eliseo y Elías habían hecho algunas curaciones, y Jesús las hace como signo de la llegada del Reino de Dios. Cristo cura por la fuerza de su palabra; fomenta la fe dentro del mismo proceso de curación. Es la misma fe que nos lleva a creer en los milagros, pues un Dios que no puede hacer milagros no sería Dios (por influencia del protestantismo, se intentan difuminar los milagros de Jesús, o darles explicaciones racionalistas). La dimensión salvífica y la apologética van siempre unidas en los milagros de Cristo, busca nuestra conversión.
Un hombre que ejerce autoridad se acerca a Jesús, movido por la necesidad, necesita ayuda de Jesús a favor de su hijo, que está a punto de morir: que baje en persona y lo cure. Le contestó Jesús: "Como no veáis señales portentosas, no creéis". Parece que por él se dirige a los poderosos. La expresión, "señales portentosas" ("signos y prodigios"), es típica de la actuación de Dios por medio de Moisés para salvar al pueblo de la esclavitud de Egipto. Así, Ex 7, 3: "Yo endureceré el corazón del Faraón y haré muchos signos y prodigios en Egipto". Aquí hay alguien mayor, del que Moisés era profeta. Hay quien ha visto este significado simbólico: La negativa de Jesús a ejercer una actividad parecida a la de Moisés muestra el sentido del episodio. Su tema es, como en el Éxodo, la liberación de una esclavitud. En el funcionario aparece la figura del poder, en el muchacho enfermo la del hombre en situación extrema y próximo a la muerte (correspondiente al antiguo Israel en Egipto). La figura de Jesús se opone a la de Moisés, que salvó al pueblo de manera prodigiosa, insinuando que el Mesías, del que se esperaba la renovación de los prodigios del éxodo, lo realizará de forma diversa. Jesús no accede al deseo del funcionario, de que baje a Cafarnaúm, ni al despliegue de poder que él cree necesario para que el hijo escape de la muerte. No propone la imagen de Dios reflejada en el Éxodo. La obra del Mesías no será la de los signos prodigiosos, sino la del amor fiel (1, 14). Jesús, para salvar, no hará ningún alarde de poder; ante el: "Señor, baja antes de que se muera mi niño" (confiesa la impotencia del poderoso ante la debilidad y la muerte, pero su amor es más fuerte y por eso va a Jesús, saltándose el prestigio, exponiéndose a ser mal considerado: a la hora de la verdad, el poder de este mundo es impotente para salvar), Jesús le dice: "Ponte en camino, que tu hijo vive. Se fió el hombre de las palabras que le dijo Jesús y se puso en camino". Jesús comunica vida con su palabra. ¿Lo pone a prueba, para ver si renuncia a su deseo de señales espectaculares? Sea lo que sea, aquí el Señor expresa sencillez, huye de la ostentosidad de un signo majestuoso, y va a la sencillez de la palabra: La hora de la curación coincide con la de las palabras de Jesús. La determinación del tiempo tiene para S. Juan un sentido particular. El hecho de que recuerde incluso la hora que era el día en que Jesús se cruzó con él a orillas del mar de Tiberíades y lo llamó, dice mucho sobre esa importancia. Y más aún, tratándose en el caso del relato evangélico de una narración sin orden cronológico, porque no se trata de hacer una biografía de Jesús. No hay duda: para Juan, conocer a Jesús, ser llamado a su amistad para siempre, esa fue la hora de su vida…La hora de Jesús aún no ha llegado.
"Creer" sin necesidad de signos ni de prodigios: fuente de vida y de curación. Los hombres están ávidos de lo sensacional… creer sin ver... Después de los primeros gustos, en la vida espiritual llega lo duro, sin emociones… hay quien espera “lo extraordinario” y piensa que en la oración ha de “pasar algo”, y quizá se desanima al final. Es "la noche". Es el tiempo de la purificación de la Fe. El gran salto en lo desconocido. El gran riesgo de la Fe.
“En este momento de mi propia vida, ¿qué "signos y prodigios" estoy tentado, humanamente, de pedir a Dios? Y es muy natural; y quizás hay que pedirlos... Pero, pensando siempre en la invitación de Jesús, que quiere purificar nuestra Fe.
-Vete, tu hijo vive. Creyó el hombre en la palabra que le dijo Jesús y se fue...
San Juan subraya que el hombre creyó en la palabra, sin poderla verificar... Se fue. No tenía ninguna prueba. Tenía solamente "la Palabra" de Jesús.
Ante todas tus promesas, Señor, nos encontramos en la misma situación. Ante tu promesa esencial: la vida eterna, la redención total y definitiva, la victoria del amor, la supresión de todo llanto y de todo sufrimiento, la resurrección, la vida dichosa junto a Dios en la claridad... ante toda esta promesa ¡hay que creer en tu palabra! En la Fe, en el salto de la Fe, en la confianza ilimitada de la Fe. "A quién iremos, Señor, Tú tienes palabras de vida eterna".
-Reflexionó el padre, que le dejó la calentura a la hora misma que Jesús le dijo: "Tu hijo está bueno"; y así creyó él y toda su familia. Este fue el segundo milagro.
Este hijo curado entre tantos otros que no lo serán... hay tan pocos milagros... éste no es sino el segundo- atestigua que el Reino de Dios ha empezado. Dios, creador de los cielos nuevos, una tierra nueva y una humanidad nueva, una vida sin muerte, está actuando.
Desde ahora, Señor, quiero creer. Fuerte en esta Fe, ¿cómo puedo cooperar a esta obra de Dios? ¿Cuál será mi forma de luchar contra el mal... y para la vida?” (Noel Quesson).
También puede entenderse en otro sentido el hecho de que Jesús actúe a distancia: “Esto nos recuerda a todos nosotros que podemos hacer mucho bien a distancia, es decir, sin tener que hacernos presentes en el lugar donde se nos solicita nuestra generosidad. Así, por ejemplo, ayudamos al Tercer Mundo colaborando económicamente con nuestros misioneros o con entidades católicas que están allí trabajando. Ayudamos a los pobres de barrios marginales de las grandes ciudades con nuestras aportaciones a instituciones como Cáritas, incluso sin pisar sus calles. Del mismo modo, podemos dar una alegría a mucha gente que está muy distante de nosotros con una llamada de teléfono, una carta o un correo electrónico.
Muchas veces nos excusamos de hacer el bien porque no tenemos posibilidades de hacernos físicamente presentes en los lugares en los que hay necesidades urgentes. Jesús no se excusó porque no estaba en Cafarnaúm, sino que obró el milagro.
La distancia no es ningún problema a la hora de ser generoso, porque la generosidad sale del corazón y traspasa todas las fronteras. Como diría san Agustín: «Quien tiene caridad en su corazón, siempre encuentra alguna cosa para dar»” (Octavio Sánchez). Es preciso compatibilizar nuestra misión concreta, lo que nos toca, con la misión solidaria, ser parte de ese “todo” que somos “todos”. Llucià Pou Sabaté
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