lunes, 5 de abril de 2010

Día 39º. SÁBADO QUINTO (27 de Marzo): Jesús nos trae la nueva Alianza en su Sangre redentora, la liberación que nos hace hijos de Dios

Cámbiate por Jesús. Barrabás es un personaje del evangelio que no
parece muy importante, pero si nos fijamos, cada uno de nosotros
estamos representados por él. Cuando Barrabás iba a morir por haber
matado a un soldado, Jesús apareció y le cambiaron por él, y murió
Jesús en vez de Barrabás. El Señor se cambió por cada uno de nosotros
para que no muriéramos a la vida del alma y para que pudiéramos nacer
de nuevo a la vida de la gracia después del pecado, nacer a la vida
para poder ir también al cielo. Todo lo que hizo fue para que
tuviéramos la oportunidad de amarle.
Y los hombres hemos pagado ese amor tuyo, Señor, con pecados y faltas
de amor. Jesús sabía que íbamos a pagarle así, que íbamos a serle
desagradecidos, y aun así decidió entregarse para que le amáramos.
Puedes imaginarte ahora tú, cambiándote por Jesús en la Cruz de cada
día: faenas que te hacen, enfados, cosas que no te salen, pequeñas
contrariedades... y coger así tu cruz de cada día llevándola con
alegría (José Pedro Manglano). Continúa hablándole a Dios con tus
palabras, o con las pistas de la liturgia que hay más adelante.
Ezequiel anuncia la vuelta de Israel a los momentos de gloria con el
Mesías, después de los sufrimientos del Exilio. Es la continuidad de
la promesa hecha a los patriarcas, a Moisés, a David. Dios establecerá
una Alianza nueva y definitiva de paz y de bienestar con su pueblo
(Misa dominical). En el evangelio de hoy, Jesús es presentado como el
que da su vida «para reunir en la unidad a los hijos de Dios
dispersos». El profeta había ya desarrollado ese tema de la «reunión
de los dispersados», cuando el exilio en Babilonia. Estar juntos.
Estar de acuerdo. Amar y ser amados. Sin embargo, la humanidad siempre
ha sido desgarrada, y los conflictos de hoy son, sin duda, más
profundos que nunca. Pero la aspiración subsiste como un anhelo de
felicidad. ¿Cuál es el hombre que no prefiere la "caricia" al
«puñetazo»? ¿Cuál es el niño que no prefiere la paz familiar a la
discordia entre sus padres? Dios se presenta como «el que procura la
unión». «Voy a congregarlos...» Él mismo es, en sí mismo, un misterio
de unidad: Tres constituidos en uno. Dios hizo la humanidad, cada
hombre, a su imagen. Evoco en mi memoria los esfuerzos de los hombres
para vivir más solidarios unos de los otros, para ayudarse mutuamente,
para dialogar. Dios está obrando en ello... Evoco también las
situaciones contrarias: racismos, separatismos, conflictos, silencios,
no querer dar el primer paso, espíritu partidista, orgullo... Perdón,
Señor.
-"No volverán a formar dos naciones, ni volverán a estar divididos en
dos reinos". Estaban reñidos el Reino de Judá al sur y el Reino de
Israel, al norte. Pero tal situación es símbolo de todas las rupturas
entre hermanos, entre esposos, entre naciones, entre grupos sociales,
entre Iglesias. Hijos del mismo Padre, amados del mismo Dios. Toda
ruptura entre hermanos comienza por desgarrar el corazón de Dios. Toda
división entre hombres, hechos para entenderse, comienza por ser
contraria al proyecto de Dios. Y, para la Iglesia, es un escándalo:
"¡que todos sean uno para que el mundo crea!", «os doy un mandamiento
nuevo: amaos los unos a los otros.» «Felices los constructores de paz,
serán llamados hijos de Dios.» ¿Qué llamada es oída más intensamente
por mí a través de esas Palabras de Dios? ¿En qué punto de la
humanidad he de ser «constructor de unidad», lazo de unión, elemento
de diálogo?
-"Yo seré su Dios... y ellos serán mi pueblo... Y las naciones sabrán
que yo soy el Señor, el que santifica a Israel". La reputación de Dios
está comprometida con el testimonio de unidad que da, o que no da, una
«comunidad cristiana». La desunión de los cristianos, el rechazo del
diálogo y de la búsqueda en común... impiden reconocer a Dios. Las
«naciones no sabrán que Él es el Señor» si no se hace ese esfuerzo de
unidad (Noel Quesson).
La lectura del profeta parece más un pregón de fiesta que una página
propia de la Cuaresma. Y es que la Pascua, aunque es seria, porque
pasa por la muerte, es un anuncio de vida: para Jesús hace dos mil
años y para la Iglesia y para cada uno de nosotros ahora. Dios nos
tiene destinados a la vida y a la fiesta. Los que no sólo oímos a
Ezequiel o Jeremías, sino que conocemos ya a Cristo Jesús, tenemos
todavía más razones para mirar con optimismo esta primavera de la
Pascua que Dios nos concede. Porque es más importante lo que Él quiere
hacer que lo que nosotros hayamos podido realizar a lo largo de la
Cuaresma. La Pascua de Jesús tiene una finalidad: Dios quiere, también
este año, restañar nuestras heridas, desterrar nuestras tristezas y
depresiones, perdonar nuestras faltas, corregir nuestras divisiones.
¿Estamos dispuestos a una Pascua así? En nuestra vida personal y en la
comunitaria, ¿nos damos cuenta de que es Dios quien quiere «celebrar»
una Pascua plena en nosotros, poniendo en marcha de nuevo su energía
salvadora, por la que resucitó a Jesús del sepulcro y nos quiere
resucitar a nosotros? ¿Se notará que le hemos dejado restañar heridas
y unificar a los separados y perdonar a los arrepentidos y llenar de
vida lo que estaba árido y raquítico? «Tú concedes a tu pueblo, en los
días de Cuaresma, gracias más abundantes» (oración; J. Aldazábal). Y
en la Postcomunión añadiremos: «Humildemente te pedimos, Señor, que
así como nos alimentas con el cuerpo y la sangre de tu Hijo, nos des
también parte en su naturaleza divina»…
"Ecce nunc dies salutis! –¡He aquí el día de la salvación!" vamos a
responder al Señor, como nos animaba san Josemaría: "Estoy decidido a
que no pase este tiempo de Cuaresma como pasa el agua sobre las
piedras, sin dejar rastro. Me dejaré empapar, transformar; me
convertiré, me dirigiré de nuevo al Señor, queriéndole como Él desea
ser querido". Cuaresma que ahora nos pone delante de estas preguntas
fundamentales: ¿avanzo en mi fidelidad a Cristo?, ¿en deseos de
santidad?, ¿en generosidad apostólica en mi vida diaria, en mi trabajo
ordinario entre mis compañeros de profesión? "El cristianismo no es
camino cómodo: no basta estar en la Iglesia y dejar que pasen los
años". Procuremos aguzar el ingenio –el amor es agudo- para descubrir
que nuestro Padre del Cielo –que tiene como propio perdonar y tener
misericordia- está siempre esperándonos pues desea perdonar cualquier
ofensa para ofrecernos su casa, está feliz cuando el hijo vuelve de
nuevo a Él, se siente realizado cuando el hijo se arrepiente y pide
perdón. Nuestro Señor es tan Padre, que previene nuestros deseos de
ser perdonados, y se adelanta, abriéndonos los brazos con su gracia.
San León Magno nos anima a descubrir nuestro mejor yo en ese amor que
Dios nos ha puesto, esas semillas divinas, así decía: "Que cada uno de
los fieles se examine, pues, a sí mismo, esforzándose en discernir sus
más íntimos afectos".
Y de ahí saldrán propósitos de más sacrificio pues el amor se muestra
ahí, en cosas pequeñas, y ahí también se estropea, con la rutina y
dejadez… "Hemos de convencernos de que el mayor enemigo de la roca no
es el pico o el hacha, ni el golpe de cualquier otro instrumento, por
contundente que sea: es esa agua menuda, que se mete gota a gota,
entre las grietas de la peña, hasta arruinar su estructura. El peligro
más fuerte para el cristiano es desperdiciar la pelea en esas
escaramuzas sobrenaturales, que calan poco a poco en el alma, hasta
volverla blanda, quebradiza e indiferente, insensible a las voces de
Dios" (san Josemaría).
«Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino
también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos».
Hoy, de camino hacia Jerusalén, Jesús se sabe perseguido, vigilado,
sentenciado, porque se ha revelado como Hijo de Dios y ha dado "el
anuncio del Reino" pero no han creido y Caifás ha dicho «os conviene
que muera uno sólo por el pueblo y no perezca toda la nación». Se
prepara para «reunir en uno a los hijos de Dios que estaban
dispersos». Nguyen van Thuan decía: "Mira la cruz y encontrarás la
solución a todos los problemas que te preocupan".
Nos encontramos a las puertas de la Semana Santa. Como se suele decir,
el tiempo ha pasado "volando". Hemos hecho el camino de 40 días:
"Caminarán según mis mandatos y cumplirán mis preceptos, poniéndolos
por obra". Sin embargo, si hemos de ser sinceros, y a la vista de las
antífonas de las misas de todos estos días de Cuaresma, en donde se
nos ha invitado a la conversión, a la penitencia, a la penitencia… y a
más penitencia, nos hemos de preguntar: ¿en qué ha consistido esa
reparación, sacrificio o desagravio diario? Yo siempre tengo la
impresión que tenía que haber hecho más. Menos mal que hay una cosa
llamda "tiempo" que con la experiencia de lo vivido puedo seguir
mejorando: mientras hay vida hay esperanza… siempre suelo decir: "esto
no ha salido… todavía".
Jesús "se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada
Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos". El Señor se reúne
con sus íntimos en vísperas de lo que ha de acontecer. La oración, es
la antesala de la penitencia, y ésta la mesa del sacrificio. Pero
Jesús, además de acompañarse de sus discípulos, cuenta contigo y
conmigo, y en ese altar de la Eucaristía se encuentra toda la
humanidad, esperando, una vez más, la pequeña penitencia que hoy
hayamos podido realizar. Sólo así, ganaremos almas para Dios
(Archidiócesis Madrid).
Como un "gong" suenan en los oídos lo que nos ha dicho estos días: "El
que es fiel a mis palabras no morirá para siempre", "tiene ya la vida
eterna": Señor, no quiero más egoísmo, reticencias, cálculo; hazme
como tú, entregado a mi vocación a la que Dios me llama, a la Verdad,
quiero oír que me dices: "Yo soy el Hijo de Dios", y que me devuelves
la pregunta: ¿Y tú quién pretendes ser? ¿Quién pretendes ser, que no
aceptas plenamente mi amor en tu corazón? ¿Quién pretendes ser, que
calculas una y otra vez la entrega de tu corazón a tu vocación
cristiana en tu familia, en la sociedad? ¿Por qué no terminar de
entregarnos? ¿Por qué estar siempre a medio gas? Las ceremonias que la
Iglesia nos va a ofrecer esta Semana Santa no pueden ser simplemente
momentos de ir a Misa, momentos de rezar un poco más o momentos de
dedicar un tiempo más grande a la oración. La Semana Santa es un
encuentro con el misterio de un Cristo que se ofrece por nosotros para
decirnos Quién es. El encuentro, la presencia de Cristo que se me da
totalmente en la cruz y que se muestra victorioso en la resurrección,
tenemos que realizarla en nuestro interior. Tenemos que enfrentarnos
cara a cara con Él. Es muy serio y muy exigente el camino del Señor.
Cristo en la Eucaristía se nos vuelve a dar totalmente. Cada
Eucaristía es el signo de la fidelidad de la promesa de Dios: "Yo
estaré contigo todos los días hasta el fin del mundo". Dios no se
olvida de sus promesas. Y cuando vemos a un Dios que se entrega de
esta manera, no nos queda otro camino sino buscarlo sin descanso.
Buscarlo sin descanso a través de la oración y, sobre todo, a través
de la voluntad, que una vez que se ha optado por Dios nuestro Señor,
así se mueva la tierra, no se altera, no varía; así no entienda qué es
lo que está pasando ni sepa por dónde le está llevando el Señor, no
cambia. Dios promete, pero Dios también pide. Y pide que por nuestra
parte le seamos fieles en todo momento, nos mantengamos fieles a la
palabra dada pase lo que pase. Romper esto es romper la verdad y la
fidelidad de nuestra entrega a Cristo. Que la Eucaristía abra en
nuestro corazón una opción decidida por nuestro Señor, una gratitud
profunda porque permitió que mi vida, una vez más, lo vuelva a
encontrar, lo vuelva a amar, consciente de que el Señor nunca olvida
sus promesas.
"He aquí mi Cuerpo entregado. He aquí mi Sangre derramada". Jesús se
da para enrolar en su movimiento de amor a toda la humanidad.
"Humildemente, te suplicamos que, participando al Cuerpo y a la Sangre
de Cristo, seamos reunidos en un solo cuerpo". La fraternidad
universal de la familia humana -familia de Dios- es un don del Padre,
que la sangre de Jesús nos ha merecido. La humanidad desgarrada de hoy
tiene siempre la misma necesidad de sacrificio. Racismos. Oposiciones.
Luchas y violencia. La humanidad es un gran cuerpo descuartizado.
Cristo ha dado su vida para que, en Él, la humanidad llegue a ser un
Cuerpo único. ¿Y yo? ¿Trabajo en esa gran obra de Dios?
Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María,
nuestra Madre, que nos conceda la gracia de que este tiempo Pascual,
que estamos por celebrar, sea realmente para nosotros un tiempo
especial de gracia, para que, vueltos de nuestros pecados, podamos
participar de la Vida que Dios nos ofrece en Cristo Jesús, y podamos,
así, convertirnos en luz que ilumine el camino de la humanidad hacia
la unión plena con Dios. Amén (homiliacatolica.com)

Día 38º. VIERNES QUINTO (26 de Marzo): Jesús, hijo de Dios, es el inocente que por el sufrimiento nos abre las puertas para entrar a la familia de Dios

Así, casi sin darnos cuenta, mañana acaba este libro de la cuaresma,
pues pasado ya es Domingo de Ramos. Todo llega. Desanimarse es una
tontería. Escucha el consejo que da el barrendero a Momo: "Cuando
barro, las cosas son así: a veces tienes ante ti una calle larguísima.
Te parece tan terriblemente larga que crees que nunca podrás acabar. Y
entonces te empiezas a dar prisa. Cada vez que levantas la vista, ves
que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, al
final estás sin aliento. Y la calle sigue estando por delante... Nunca
se ha de pensar en toda la calle de una vez ¿entiendes? Sólo hay que
pensar en el paso siguiente.... entonces es divertido... de repente
uno se da cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle."
Ser santo, amar mucho a Dios... cualquier meta se alcanza siempre.
Consiste en dar un paso cada día; por eso, no te desanimes nunca: haz
bien hoy las pequeñas cosas de¡ día. ¡Qué no me desanime, Señor, que
es una tontería! Poco a poco, con pequeños pocos, conseguiré hacer
realidad las cosas grandes que quiero - y Tú también quieres - en mi
vida (José Pedro Manglano). Continúa hablándole a Dios con tus
palabras, o con las pistas que nos trae la lectura del día y que te
pongo a continuación…
Ahora damos la palabra al profeta Jeremías, que al pobre lo llevaban
por el camino de la amargura: "Yo oía a mis adversarios que decían
contra mí: «¿Cuándo, por fin, lo denunciarán?» Ahora me observan los
que antes me saludaban, esperando que yo tropiece para desquitarse de
mí. Pero Yahvé está conmigo, Él, mi poderoso defensor; los que me
persiguen no me vencerán. Caerán ellos y tendrán la vergüenza de su
fracaso, y su humillación no se olvidará jamás. Yahvé, Señor, tus ojos
están pendientes del hombre justo. Tú conoces las conciencias y los
corazones, haz que vea cuando te desquites de ellos, porque a Ti he
confiado mi defensa. ¡Canten y alaben a Yahvé, que salvó al
desamparado de las manos de los malvados! El cuchicheo de la gente
que decía: ... delatadlo, vamos a delatarlo". Jeremías sufre por la
verdad. En todo hombre que sufre, en todo "hombre de dolor", se ve
reflejada la imagen de Jesús, el Justo, que se une a nuestro
sufrimiento para que podamos llevarlo con provecho para nuestra
salvación: ayúdanos, Señor, a ver tu faz... y a la vez creeremos «que
sufren contigo»... y «que resucitarán también contigo» (Rm 6-8). Y
todo hombre que sufre me ayuda a ver el rostro de Jesús. Momentos de
"terror" del profeta.
El hombre acorralado: "A ti he confiado mi causa", se abandona en
Dios, como hará Jesús: «Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu...». Decimos en la Entrada: «Piedad, Señor, que estoy en
peligro; líbrame de los enemigos que me persiguen. Señor, que no me
avergüence de haberte invocado». A todo hombre le llega el
encontrarse, algún día, en esa situación extrema. Pecados personales y
de los otros (es la libertad…), límites humanos o leyes de la
naturaleza (catástrofes, enfermedades...). ¿El mal nos viene como
castigo por los pecados? La muerte de Jesús, el «inocente», viene a
decir claramente que no. Jeremías es modelo de una vida marcada por la
incomprensión y dureza de su propio pueblo, soledad dolorosa en su
ministerio profético, de "amar a Dios sobre todas las cosas". Su voz
sigue proclamando fuerte el amor a Dios y su alianza.
"En el peligro invoqué al Señor y me escuchó. Yo te amo, Señor, Tú
eres mi fortaleza, Dios míos, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi
fuerza salvadora, mi baluarte… En el peligro invoqué al Señor, grité a
mi Dios; desde su templo Él escuchó mi voz y mi grito llegó a sus
oídos": En el salmo meditamos el dolor y las afrentas en las
persecuciones. Es como la oración de Cristo en su Pasión. Fue
perseguido, pero también triunfó. El cristiano puede recitar este
salmo en sus tribulaciones y dolores, y también en la pena de la
esclavitud del pecado.
Este viernes hay un recuerdo especial para la Virgen de los Dolores,
que acompañó a Jesús en la Pasión. De su mano queremos entrar en estos
días de preparación última a la Semana Santa. El Viernes de pasión,
antiguamente memoria de la Virgen de los dolores, es como el pórtico
para comenzar a meternos en las escenas del Evangelio que narran la
Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, y
preguntarnos cómo vamos a vivir estos próximos días de una manera
especial. Será ésta una Semana Santa eucarística, de acción de gracias
por la Redención, especialmente el Triduo pascual, con jueves santo,
el día que Jesús se nos da todo Él en este Sacramento, el viernes
cuando se entrega a la pasión y muerte por amor, y el Domingo de
Resurrección, el día que Jesús ha hecho nuevas todas las cosas. Y como
siempre, lo mejor para acompañar de cerca al Señor, para contemplarle
y demostrarle un amor con propósitos de conversión, es hacerlo con la
Virgen de los Dolores.
Para hacer una buena fotografía se requiere un encuadre adecuado,
enfocar bien el campo visual, un punto de vista adecuado. Pues para
vivir la Semana Santa el mejor ángulo de encuadre es el corazón de la
Santísima Virgen, meternos en su corazón y desde allí acompañar a
Jesús.
Ella nos dice que hagamos lo que su Hijo nos diga. Es bueno que
pensemos qué es lo que Jesús nos dice con su Pasión, y al contemplar
lo mucho que Jesús nos quiere hasta morir crucificado por nuestra
salvación, nos vendrá a la cabeza, como decía san Josemaría Escrivá:
Jesús ha hecho esto por mí... yo, ¿qué hago por Jesús? Y de ahí salen
propósitos de correspondencia: puesto que la causa de la muerte de
Jesús son mis pecados, voy a vivir en gracia de Dios acudiendo al
sacramento de la confesión. Voy a acompañar a Jesús de la mejor
manera: que Él esté conmigo, y huyendo de las ocasiones de pecado,
acudiendo a la Virgen en las tentaciones, reaccionando con prontitud
como han hecho los santos: "¡Aparta Señor de mí lo que me aparte de
Ti!"
Como nos dice en el libro "Getsemaní" el prelado del Opus Dei, hemos
de mirar a Cristo para aprender de Él a tratar al Padre, meternos
entre los apóstoles en esas escenas: "Los llevó con Él, para que
participaran en su oración... Durante los tres años de caminar con Él
por Tierra Santa, sería constante la invitación del Maestro a los
discípulos para que rezaran. Ahora les pidió que se sumasen a su
recogimiento, a su preparación para el Sacrificio redentor de la
humanidad. Les remachaba así que la vida del cristiano, a todas horas
y especialmente en las circunstancias más extraordinarias, debe
discurrir por el cauce de una oración con Él y como la de Él", y "orar
con Cristo lleva necesariamente a asumir como propia la Voluntad del
Padre... los planes divinos". Meternos en Jesús significa que le
"dejaremos habitar en la inteligencia y en el corazón, confiriendo a
nuestras potencias la hondura del diálogo del Hijo de Dios con su
Padre".
"Contemplar" así es desligarnos de nuestra miseria y volar alto, en
esas alturas del amor de Dios. La oración es necesaria para no caer en
la tentación, para no abandonar a Jesús en las horas duras:
"abandonándole huyeron todos" (Mc 14, 50), en una desbandada que dura
siglos... Hoy Jesús sigue teniendo pocos amigos: para no fallarle,
para que Jesús no se quede más solo, para acompañarle... hay que estar
con Él cada día, incorporar a nuestro plan de vida estar unos minutos
con quien sabemos nos quiere tanto: la lectura del Evangelio, la
oración para meter la cabeza y el corazón en cada una de las escenas
de la Pasión del Señor, si puede ser meditación, que lleve a la
contemplación que es cerrar los ojos y representar a Cristo en el
momento a considerar según lo que nos presenta la liturgia cada uno de
estos días: hecho un guiñapo en la flagelación, caído en el suelo por
el camino de la Vía dolorosa, con la cruz a plomo... "Contemplar" ha
de ser dejarse mirar por Él, y mirarle nosotros con petición de
perdón... esta actitud ha hecho muchos santos y es el mejor sistema
para crecer en amor a Cristo, a través de su Humanidad Santísima. Va
muy bien beber en la sabiduría de las imágenes del crucificado, como
el pequeño crucifijo que podemos llevar encima, y al que acudir a
escondernos en sus heridas; o admirar el padecimiento de Jesús cuando
vamos a dejar un trabajo por cansancio, cuando somos perezosos; ver su
humillación cuando nos sentimos vanidosos; ver su generosidad cuando
nos vence el egoísmo, ver su entrega cuando luchamos poco.
Nos acercamos a Jesús con los protagonistas de la Pasión, por ejemplo
Verónica, esa mujer atrevida, que se abre paso para dar la cara por
Jesús; limpia su rostro y queda grabada su faz en el velo, como queda
impresa la imagen de Cristo en nuestra alma. Por eso, de ahí nacen
deseos de no empañar esa imagen con cosas malas, queremos limpiar el
rostro de Jesús... Son los actos de amor y de desagravio, jaculatorias
y petición de perdón ante nuestros retrasos e indelicadezas, desganas
y falta de sensibilidad. Son también nuestras contrariedades,
enfermedades, unidas a la cruz de Jesús; y las correcciones que nos
hacen, agradecer esa ayuda. Y siempre con María, ir de su mano, a
donde Ella nos lleve.
"Jesús se paseaba en el Templo... De nuevo los judíos trajeron
piedras para apedrearle". Así nos muestras, Jesús, que tu pasión
comenzó mucho antes del viernes. Las últimas semanas de tu vida
terrena las viviste rodeado de enemigos despiadados. Sabes lo que es
el sufrimiento moral: el miedo, la aprehensión, el ansia, la
inseguridad... ser incomprendido, mal juzgado... vivir en medio de
gentes que deforman nuestras intenciones profundas... no llegar a
hacerse comprender. Todo esto que es lote doloroso de tantos seres
humanos, lo has experimentado, Señor Jesús. ¿Cuáles eran entonces tus
reacciones interiores? Ayúdame, Señor, a contemplar lo que pasa en ti
mientras Tú vives los últimos días de tu vida. Pero no estás solo: "El
Padre está en mi y Yo en el Padre"... Incluso en medio de las
tormentas, seguramente estabas en posesión de una paz constante.
Incluso en la angustia podías apoyarte en el Padre. Te sabías amado,
acompañado, cuidado (Noel Quesson). "El Padre está en mí". Comunión.
Unidad profunda. Los Padres de la Iglesia se atreverán a decir: "Dios
se hizo hombre, para que el hombre llegara a ser Dios". Colocándonos
espiritualmente ante el Cristo crucificado, Salvador, Buen Pastor,
Amigo que da la vida por sus amigos, meditemos sobre ese momento de
gracia, perdón y salvación, hablándole desde nuestra más profunda
intimidad:
Pastor, que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño;
tú que hiciste cayado de ese leño
en que tiendes los brazos poderosos,
vuelve tus ojos a mi fe piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño,
y la palabra de seguir empeño
tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, Pastor, que por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados,
pues tan amigo de rendidos eres.

Espera, pues, y escucha mis cuidados.
Pero ¿cómo te digo que me esperes,
si estás, para esperar, los pies clavados?"
(cf. "Gratis datae").
Jesús sufrió viendo que se acercaba el momento de su ofrecimiento…
Pero lo que más te debía doler era la incomprensión de aquellos
hombres: les habías demostrado con obras que eras el Hijo de Dios, y
te iban a pagar con la cruz. ¡Jerusalén, Jerusalén!, que matas a los
profetas y lapidas a los que te son enviados. Cuántas veces he querido
reunir a tus hijos, como la gallina cobija a sus polluelos bajo las
alas, y no quisiste (Mt 23,37). Jesús, quiero acompañarte estos días
teniendo tus mismos sentimientos. Aquello del Apóstol: «tened en
vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el
suyo», exige a todos los cristianos que reproduzcan en sí, en cuanto
al hombre es posible, aquel sentimiento que tenía el divino Redentor
cuando se ofrecía en sacrificio. Exige, además, que de alguna manera
adopten la condición de víctima, negándose a sí mismos según los
preceptos del Evangelio, entregándose voluntaria y gustosamente a la
penitencia, detestando y confesando cada uno sus propios pecados. Si
unimos nuestras pequeñeces -las insignificantes y las grandes
contradicciones- a los grandes sufrimientos del Señor, Víctima -¡la
única Víctima es Él!-, aumentará su valor, se harán un tesoro y,
entonces, tomaremos a gusto, con garbo, la Cruz de Cristo. -Y no habrá
así pena que no se venza con rapidez; y no habrá nada ni nadie que nos
quite la paz y la alegría (Forja, 785).
Jesús, que cuando sufra por algún motivo, físico o moral, me acuerde
de lo mucho que has sufrido por mí, y me dé cuenta de que también así,
sufriendo, me estoy pareciendo y uniendo a Ti. Son esas caricias de
Dios, que me trata como a su Hijo, y que me permite aportar mi pequeño
grano de arena a la Redención. Cada día puedo ofrecer esas
contradicciones en la Misa, junto al Pan y el Vino, de manera que se
unan al sacrificio de la Cruz (Pablo Cardona).

Día 37º. JUEVES QUINTO (25 de Marzo): Dios establece una alianza con Abraham, y por la fe genera una familia de los hijos de Dios que se lleva a cumplimiento en Jesús, Dios y hermano nuestro

Sé fiel en lo poco. Plinio, un escritor romano de la antigüedad,
cuenta que unos sicarios asesinaron a un hombre que tenía un perro. El
perro, que se había quedado sin amo, permaneció junto al cadáver de su
amo muchos días, para impedir que las aves de rapiña o las fieras
carroñeras lo devorasen. Habla también de otro perro de un ciudadano
romano condenado a muerte, que no quiso alejarse de la cárcel donde
estaba preso su amo. Hasta después de¡ suplicio -añade- permaneció
junto al cadáver, manifestando su dolor con tristes ladridos. Y cuando
el cuerpo del amo fue arrojado al Tíber, se lanzó también al río,
donde le vieron emplear todas sus fuerzas para impedir que se hundiera
el cadáver.
Es el instinto de los animales. No podemos hablar de auténtico amor.
Pero da la impresión de que hasta las criaturas irracionales nos dan
lecciones, nos exhortan a dar gracias, a amar y ser fieles a los
demás.
¿Eres tú fiel en lo poco? ¿Hablas mal de alguien que no está presente?
¿Cuándo quedas en algo, lo cumples? ¿Dices siempre la verdad, aunque
sea en tonterías? ¿Engañas en el juego? Señor, que sea fiel en lo
poco, que sea fiel a los demás y a Ti (José Pedro Manglano).
Abrám fue de los primeros en hacer un pacto de fidelidad con Dios, y
Dios le dijo: "Esta será mi alianza contigo: tú serás el padre de una
multitud de naciones. Y ya no te llamarás más Abrám: en adelante tu
nombre será Abraham, para indicar que Yo te he constituido padre de
una multitud de naciones. Te haré extraordinariamente fecundo: de ti
suscitaré naciones, y de ti nacerán reyes. Estableceré mi alianza
contigo y con tu descendencia a través de las generaciones. Mi alianza
será una alianza eterna, y así yo seré tu Dios y el de tus
descendientes. Yo te daré en posesión perpetua, a ti y a tus
descendientes, toda la tierra de Canaán, esa tierra donde ahora
resides como extranjero, y yo seré su Dios". Después, Dios dijo a
Abraham: "Tú, por tu parte, serás fiel a mi alianza; tú, y también tus
descendientes, a lo largo de las generaciones".
Por eso es nuestro padre en la fe. De él dice hoy Jesús: «Abraham
exultó esperando ver mi día. Lo vio y se alegró... Antes que naciera
Abraham, "¡Yo soy!"». Es siempre ese "yo soy con vosotros", que esta
semana Jesús repite, para que sepamos que Él está conmigo, hay una
presencia divina en nuestra vida, por la Encarnación. Dirá Clemente de
Alejandría: "ésta es la única manera de mantenerse sin tropiezo: tener
presente que Dios está siempre a nuestro lado".
Abraham rostro en tierra habla con Dios (se le llama "El-Saday", que
puede significar "Dios omnipotente", "Dios de las montañas", "Dios de
la abundancia"). Nosotros también podemos hablar con Dios. En Singapur
una chica seguramente budista, que como todos los orientales tiene
mucho respeto a lo sagrado, fue a un santuario de la Virgen, y se
encontró un cura católico y le preguntó:
-"¿usted habla con Dios?"
-"Sí" –le contestó el sacerdote.
-"¿Y… hoy tiene que hablar con Él? ¿Le podría decir una cosa de mi parte?"
Se ve que tenía un problema y quería "un intermediario seguro". El
cura ya le explicó que ella también podía hablar con Dios. Volvemos a
Abraham: Y Dios le habla: -"Esta es mi alianza contigo: Serás padre de
una multitud de pueblos. Te haré fecundo sobremanera". No era fecundo,
y le es anunciada una fecundidad sobrehumana. Es su inmensa fecundidad
espiritual: él es el «padre de los creyentes»: es el primero en haber
creído... puso su fe en Dios... se lanzó a la mayor aventura
espiritual de todos los tiempos, renunciando a apoyarse en sus propias
luces y en sus propias fuerzas, para únicamente apoyarse en Dios; que
le dice –por primera vez en la Biblia-: "sé perfecto", llamada a la
santidad que Jesús extiende a todos (cf. Mt 4,48). Es el hermoso
riesgo de la Fe. La aventura de la Fe. Abandonar su país. Sus
seguridades humanas. Entregarlo todo. Esperarlo todo de otro.
Renunciar a sus aparentes certezas naturales, para confiarse a la
Palabra y a la Promesa de otro.
-"Estableceré mi alianza entre nosotros dos, una alianza perpetua..."
(Jesús dirá: «Si alguien guarda mi Palabra, no verá jamás la muerte»).
Una alianza eterna entre Dios y el hombre. El hombre que no quiere
morir, el hombre que se agarra excesivamente a la vida... es ridículo
y loco. Hay quien lo tiene todo atado, y una enfermedad… y se
descontrola todo, basta tener un accidente y todo se derrumba, si no
se ve la mano de Dios. Abram cree. Dios –por primera vez también-
cambia su nombre: se llamará "Abraham", le hace padre de un linaje. Si
no queremos morir, tenemos sólo un medio a nuestra disposición; se
trata de un famoso salto a lo desconocido: aceptar un contrato con
Dios, hacer «Alianza con Él», perpetuarnos –personalmente, en el
cielo, y crear un linaje-: «En verdad, yo os digo: si alguien guarda
mi Palabra, no verá jamás la muerte.» ¡Esa fue la apuesta de Abraham!
La Fe. Abraham hizo esa apuesta, fue el primero entre esa categoría de
hombres que juegan toda su vida a una carta: Dios. San Pablo dirá que
Abraham apostó sobre «aquel que es capaz de resucitar a los muertos»
(Rm 4, 18). Esperando contra toda esperanza, creyó, y pasó a ser padre
de una multitud: "Yo seré tu Dios... y tú, guardarás mi alianza..."
Dios, por su parte, es fiel. Pero nosotros, ¿somos fieles a la
alianza? ¿De veras hemos apostado todo a Dios? ¿Confiamos, realmente,
en su Palabra? Nuestra vida diaria, nuestros gustos y decisiones
cotidianas no ponen de manifiesto, a menudo, que sólo nos fiamos de
nosotros mismos? Señor, creo, pero haz que crezca mi Fe (Noel
Quesson). Dios le da como hijo a Isaac, que significa: "Dios, sonríe".
Y la sonrisa de Dios llena de alegría el corazón del viejo patriarca.
Jesús se declara el verdadero objeto de la promesa hecha a Abraham, la
verdadera causa de su alegría, el Isaac espiritual, el hijo de Dios.
"¡Recurrid al Señor y a su poder, buscad constantemente su rostro;
recordad las maravillas que Él obró, sus portentos y los juicios de su
boca!... Él se acuerda eternamente de su alianza", está siempre
pendiente de nosotros, siempre fiel a pesar de nuestras tonterías.
Siempre dispuesto a perdonar nuestras culpas, y nos conviene
corresponde y obedecer sus mandamientos y practicar sus leyes, mucho
más porque siempre está a nuestro lado como Padre y como poderoso
defensor. Busquémoslo sin descanso para vivir totalmente comprometidos
con Él y no sólo para recibir sus beneficios. El mismo Cristo nos
invita a buscar primero el Reino de Dios y su justicia, sabiendo que
todo lo demás llegará a nosotros por añadidura.
Jesús confiere la vida eterna, sólo a Dios compete eso, y le llaman
endemoniado. Sin fe, Jesús y los que lo siguen son vistos como
"fanáticos", piensan demasiado en Dios. Se dice que hay que ser
"normal", y se puede abusar del nombre de Dios y, con ello, manchar a
Dios mismo, blasfemar, enfangarlo, por eso en las Bendiciones al
Santísimo hacemos unas jaculatorias para bendecir el nombre del Señor
e intentar decirle cosas bonitas, adorarlo: "¿cómo trato yo el santo
nombre de Dios? ¿Me sitúo con respeto ante el misterio de la zarza que
arde, ante lo inexplicable de su cercanía y ante su presencia en la
Eucaristía, en la que se entrega totalmente en nuestras manos? ¿Me
preocupo de que la santa cohabitación de Dios con nosotros no lo
arrastre a la inmundicia, sino que nos eleve a su pureza y santidad?"
(Ratzinger).
Las palabras de Jesús hoy nos recuerdan: "En el principio ya existía
el Verbo y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios" (Jn 1). Dirá
el Bautista: "vino después que yo, pero existía antes que yo" (Jn
1,30). "Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se
escondió y salió del templo". Jesús sale huyendo del templo. Y dice un
comentarista: la shekina de Yavhé, la gloria de Dios, la presencia de
Dios, se retiró para siempre del templo judío. Conducta lógica, cuando
falta la fe. Hostilidad. Ambiente de homicidio. No se trata solamente
de propósitos violentos: se busca camorra... llegarán a las manos...
se pelearán. "Pero Jesús se ocultó y salió del Templo". ¿Qué es lo que
habías dicho, Señor, para suscitar un odio tal? ¿Qué papel pinta el
demonio en la Historia? No sabemos, pero sí conocemos lo que "Jesús
decía a los judíos: "En verdad os digo: si alguno guardare mi palabra,
jamás verá la muerte."" Está invitando a no tener juicio, ir directos
a la gloria, a los que quieren matarle…: la victoria de la vida sobre
la muerte es difícil de entender, para nuestro corazón con restos de
venganza. Jesús, te toman por loco, por poseso: me fío de Ti, hazme
también loco de amor, dar el gran salto en lo desconocido. Ayúdanos a
confiar en Ti, hasta en la muerte, hasta el último punto imaginable...
hasta no reservar nada para sí. El núcleo del gran problema de la
humanidad es éste: entregar o no la vida a Jesús, creer o no que es
Dios, el único, en el fondo, escoger entre la vida como camino al
"agujero negro" (a la nada) o al misterio del cielo (el todo), entre
el abandono a la desesperanza o la alegría de vivir, entre conformarse
con la derrota o quererlo todo (Noel Quesson): «Mira con amor, Señor,
a los que han puesto su esperanza en tu misericordia» (oración), para
vivir tus mandatos: «Guardad mi alianza, tú y tus descendientes» (1ª
lectura), confiando en Ti: «El Señor se acuerda de su alianza
eternamente» (salmo), pues dices: «Quien guarda mi palabra no sabrá
qué es morir para siempre» (evangelio).
Esta alianza sellada dentro de pocos días con la sangre de Cristo nos
da fuerzas para vivir la fidelidad, en un mundo de cambios y de ir a
la moda. La Eucaristía es el memorial de esta alianza, de la
fidelidad, de arriesgarlo todo, de mantener la palabra dada aun a
costa de la propia vida, como reafirmamos en las promesas bautismales
de la vigilia de Pascua. Con el Rosario, Via crucis, y principalmente
la liturgia de estos días, nos acercamos al misterio de la
Resurrección del Señor; pero no podremos participar de Ella, si no nos
unimos a su Pasión y Muerte. Por eso, durante estos días, acompañemos
a Jesús, con nuestra oración, en su vía dolorosa –via crucis- y en su
muerte en la Cruz. Nosotros estamos ahí implicados, como protagonistas
de aquellos horrores, porque Jesús cargó con nuestros pecados (1 Pedro
2,24), con cada uno de ellos. Somos rescatados de las manos del
demonio y de la muerte a gran precio (1 Corintios 6,20), el de la
Sangre de Cristo. Al preguntarle a San Buenaventura de donde sacaba
tan buena doctrina para sus obras, le contestó presentándole un
Crucifijo, ennegrecido por los muchos besos que le había dado: "Este
es el libro que me dicta todo lo que escribo; lo poco que sé aquí lo
he aprendido". Si tenemos un crucifijo y lo miramos, ahí está nuestro
libro… Nos hace mucho bien contemplar la Pasión de Cristo... nos
imaginamos presentes como espectadores, testigos, contemplar desde el
corazón de la Virgen que antes se celebraba mañana en la advocación de
la Virgen de los Dolores, porque el mejor ángulo de visión, la mejor
perspectiva, el mejor encuadre para la semana santa, para contemplar a
Cristo en la Cruz, es desde el corazón de su Madre, a su lado, al pie
de la cruz, que lo tiene en brazos, que lo espera en su corazón, donde
se le aparece en primer lugar resucitado. San León Magno añade: "el
que quiera de verdad venerar la pasión del Señor debe contemplar de
tal manera a Jesús crucificado con los ojos del alma, que reconozca su
propia carne en la carne de Jesús".
La alianza con Abraham tiene tres puntos: una descendencia, una tierra
y sobre todo, una relación: "yo seré el Dios de tus descendientes".
Aunque ciertamente lo más inmediato y visible es la tierra y la
descendencia, es sobre todo ese modo de relación lo que va a resultar
más durable y decisivo en la alianza cuyo comienzo presenciamos en
esta primera lectura. La descendencia de Abraham es sobre todo Jesús.
Todo miraba desde el principio a Jesús, aunque el mismo Abraham no lo
tuviese del todo claro.
Pienso que hay como tres coordenadas en los textos de hoy:
a) la tierra es:"yo soy con vosotros", la presencia de Dios, se
realiza plenamente en Cristo, ya no hacen falta signos, está Él, y por
la Pascua se nos da como regalo en la Eucaristía: "estaré siempre con
vosotros, cada día, hasta la consumación de los siglos";
b) la descendencia: la alianza fiel forma en la fecundidad de Jesús,
por su amor, una nueva familia que estaba en Abraham anunciada;
c) la relación: el núcleo de esta pertenencia a la familia, la
perfección mejor dicho en su "vivencia", es la ley del amor que Jesús
instaura con su entrega y de modo especial su pasión.
La meditación de la Pasión de Cristo nos consigue innumerables frutos.
En primer lugar nos ayuda a tener una aversión grande a todo pecado,
pues Él fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros
pecados (Isaías 53, 5). Los padecimientos nos animan a huir de todo lo
que pueda significar aburguesamiento y pereza; avivan nuestro amor y
alejan la tibieza. Hacen nuestra alma mortificada, guardando mejor los
sentidos. Y si alguna vez, el Señor permite el dolor, nos será de gran
ayuda y alivio considerar los dolores de Cristo en su Pasión. Hagamos
el propósito de estar más cerca de la Virgen estos días que preceden a
la Pasión de su Hijo, y pidámosle que nos enseñe a contemplarle en
esos momentos en los que tanto sufrió por nosotros (Francisco
Fernández Carvajal).

Día 36º. MIÉRCOLES QUINTO (24 de Marzo): Jesús y la auténtica liberación; la libertad interior del amor

Nabucodonosor al ver que Sadrac, Mesac y Abed-Negó no adoraban a sus
dioses y la estatua de oro los echó dentro de un horno de fuego
ardiente, porque ellos respondieron: "Nuestro Dios, a quien servimos,
puede salvarnos del horno de fuego ardiente y nos librará de tus
manos. Y aunque no lo haga, ten por sabido, rey, que nosotros no
serviremos a tus dioses ni adoraremos la estatua de oro que tú has
erigido". Nabucodonosor se llenó de furor y la expresión de su rostro
se alteró frente a Sadrac, Mesac y Abed-Negó. El rey tomó la palabra y
ordenó activar el horno siete veces más de lo habitual. Luego ordenó a
los hombres más fuertes de su ejército que ataran a Sadrac, Mesac y
Abed-Negó, para arrojarlos en el horno de fuego ardiente. Entonces el
rey Nabucodonosor, estupefacto, se levantó a toda prisa y preguntó a
sus consejeros: «¿No hemos echado nosotros al fuego a estos tres
hombres atados?» Respondieron ellos: «Indudablemente, oh rey.» Dijo el
rey: «Pero yo estoy viendo cuatro hombres que se pasean libremente por
el fuego sin sufrir daño alguno, y el cuarto tiene el aspecto de un
hijo de los dioses» Y vio el rey que un ángel los salvó, y exclamó:
«Bendito sea el Dios de Sadrak, Mesak y Abed-Negó, que ha enviado a su
ángel a librar a sus siervos que, confiando en Él, quebrantaron la
orden del rey y entregaron su cuerpo antes que servir y adorar a
ningún otro fuera de su Dios".
En los tiempos de Antíoco, los judíos fueron obligados a venerar otros
dioses, pero hubo quienes no quisieron acatar el mandamiento del rey,
y algunos fueron torturados. También responderá así san Pedro: «Es
preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). Es un
canto de libertad en medio de la esclavitud (el Evangelio de hoy
profundizará más en lo que es la libertad verdadera). Es precioso el
ejemplo de fortaleza que nos dan esos tres jóvenes del horno de
Babilonia, que en un ambiente hostil, pagano, saben pensar por libre,
por encima de las órdenes y amenazas de la corte real en la que
sirven. Las personas coherentes son admiradas y por eso su cántico es
propuesto como modelo de hombres libres, mártires (J. Aldazábal). En
"El señor de los anillos" se ve cómo la Comunidad lucha contra los
malvados para cumplir una misión y es un ejemplo de cómo unos débiles
hobbits unidos a otros más poderosos, formando una comunidad, pueden
afrontar esos poderes del mal y liberar a tantos ignorantes. Han
hallado un Sentido, una razón de vivir que es más importante que su
propia vida, un ideal. La muerte misma no les condiciona, no les da
miedo, no empaña su libertad, ni es capaz de doblegarles. La historia
está hecha por la gente sencilla, y algunos son escogidos para grandes
cosas (como muestran los niños de las apariciones de Lourdes y
Fátima), es el mundo de los sencillos, que creen, que son fieles a esa
misión divina (también Juan Diego, ante la Virgen de Guadalupe). Y
ante los ataques y calumnias, «atados»... cantan como los 3 jóvenes:
«Bendito eres, Señor Dios de nuestros padres, a Ti el honor y la
gloria para siempre». No se encadena al espíritu. Podemos preguntarnos
en nuestro examen: ¿Tengo yo ese sentimiento de que es Dios quien me
libera? Jesús en la cruz, sujetado también, clavado en la madera...
era total e íntimamente libre. Señor, concédenos seguirte libremente,
incluso si es preciso ir contra la corriente.
Las ocasiones de heroísmo son excepcionales. El martirio en su forma
violenta se presenta raras veces, pero el martirio del día a día es
más importante: permanecer fiel en cumplir los compromisos
aceptados... levantarse por la mañana, estudiar cuando toca… no
comerse las uñas, no pelearse, hacer las paces enseguida, bajar la
basura, obedecer a la primera, dar un beso a mamá cuando la hemos
hecho enfadar, combatir contra un defecto que nos hace sufrir...
reemprender la resolución mil veces hecha. Señor, no confío en mí...
creo y confío en Ti... (Noel Quesson). Con la ayuda de la gracia, como
decimos en la Entrada: «Dios me libró de mis enemigos, me levantó
sobre los que resistían y me salvó del hombre cruel». Y es lo que
pedimos, acabando este tiempo de preparación, en la Colecta: «Ilumina,
Señor, el corazón de tus fieles, purificado por las penitencias de
Cuaresma; y Tú que nos infundes el piadoso deseo de servirte, escucha
paternalmente nuestras súplicas». Pedimos obrar como justos, que obran
libremente, por amor a Dios. Dice San Jerónimo: «Él, que promete estar
con sus discípulos hasta la consumación de los siglos, manifiesta que
ellos habrán de vencer siempre, y que Él nunca se habrá de separar de
los que creen».
Estos tres son mártires en vistas de Jesús. Orígenes dirá: «El Señor
nos libra del mal no cuando el enemigo deja de presentarnos batalla
valiéndose de sus mil artes, sino cuando vencemos arrostrando
valientemente las circunstancias». Todo es figura de Cristo en su
Pasión. El fuego no toca a sus siervos. El condenado, el vencido, se
levanta glorioso al tercer día de entre los muertos.
La Iglesia desde sus primeras persecuciones vio en los tres jóvenes
arrojados al horno de Babilonia su propia imagen: los jóvenes
perseguidos, castigados, condenados a muerte, perseveran en la
alabanza divina y son protegidos por una brisa suave que los inmuniza
del fuego mortal. También la Iglesia, en medio de sus persecuciones
continúa alabando al Señor con el Cántico de Daniel: «A Ti gloria y
alabanza por los siglos. Bendito eres, Señor, Dios de nuestros
padres... Bendito tu nombre santo y glorioso. Bendito eres en el
templo de tu santa gloria. Bendito sobre el trono de tu reino. Bendito
eres Tú, que sentado sobre querubines, sondeas los abismos. Bendito
eres en la bóveda del cielo. A Ti gloria y alabanza por los siglos».
La fe, el testimonio de estos jóvenes, capaces de arriesgarlo todo,
hasta su propia vida, por su confianza absoluta en Dios, es algo
maravilloso. Y no dependen de una especie de "negocio" con Dios, pues
su oración es madura, no depende de los resultados: confían en Dios,
pero no piden un milagro y que los salve, quieren ser fieles aun con
la consecuencia de morir por ello. Sobrecogido de temor, el tirano
descubre que hay un poder por encima de su poder, sucede con
frecuencia que la fe, en su debilidad frente al poder externo,
convierte con su fuerza interior. Las dificultades abren paso a la fe,
la virtud mejora en la dificultad, a veces necesitamos que se arruinen
nuestros planes para que admiremos la sabiduría, bondad y poder de Sus
planes. A veces, ser vencidos es la única forma de salir ganando. La
fidelidad, dirá Jesús, es lo que define al creyente: "Si permanecéis
fieles a mi palabra..." San Alfonso María de Ligorio dice de los
mandamientos: "¿pesan al cristiano los divinos mandamientos? Sí, como
al ave sus alas". Las alas pesan, pero las alas son vuelo, vida.
Unirse a la palabra de Dios, Jesús, "es vuelo, es vida, y es libertad"
(Fray Nelson).
"Bendito eres en la bóveda del cielo: a Ti honor y alabanza por los
siglos": se siente el alma agradecida "no sólo por el don de la
creación, sino también por el hecho de ser destinatario del cuidado
paterno de Dios, que en Cristo le ha elevado a la dignidad de hijo.
Un cuidado paterno que permite ver con ojos nuevos a la misma creación
y permite gozar de su belleza, en la que se entrevé, como distintivo,
el amor de Dios. Con estos sentimientos, Francisco de Asís contemplaba
la creación y elevaba su alabanza a Dios, manantial último de toda
belleza. Espontáneamente la imaginación considera que el santo de Asís
debió experimentar el eco de este texto bíblico cuando, en San Damián,
después de haber alcanzado las cumbres del sufrimiento en el cuerpo y
en el espíritu, compuso el "Cántico al hermano sol.""
Engarzada esta luminosa oración en forma de letanía, el cántico de las
criaturas es de acción de gracias, por todas las maravillas del
universo. El hombre se hace eco de toda la creación para alabar y dar
gracias a Dios. "El dolor rudo y violento de la prueba desaparece,
parece casi disolverse en presencia de la oración y de la
contemplación. Precisamente esta actitud de confiado abandono suscita
la intervención divina… Las pesadillas se deshacen como la niebla ante
el sol, los miedos se disuelven, el sufrimiento es cancelado cuando
todo el ser humano se convierte en alabanza y confianza, expectativa y
esperanza. Esta es la fuerza de la oración cuando es pura, intensa,
cuando está llena de abandono en Dios, providente y redentor".
Jesús dijo a los judíos que habían creído en Él: «Si os mantenéis en
mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la
verdad y la verdad os hará libres». Ellos le respondieron: «Nosotros
somos descendencia de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie.
¿Cómo dices tú: Os haréis libres?». Jesús les respondió: «En verdad,
en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo. Y el
esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda
para siempre. Así pues, si el Hijo os da la libertad, seréis realmente
libres. Ya sé que sois descendencia de Abraham; pero tratáis de
matarme, porque mi Palabra no prende en vosotros. Yo hablo lo que he
visto donde mi Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído donde
vuestro padre». La palabra de Jesús es como la señal de tráfico para
la vida del creyente. La señal única y definitiva. La que nos lleva al
cielo: "Conoceréis la verdad y la verdad os haré libres". Esta
maravillosa sentencia de Jesús de la verdad que hace libres, forma ya
parte del mejor patrimonio de la humanidad. Últimamente han dicho que
es al revés, que es la libertad lo que nos hace verdaderos, en
realidad son las dos cosas, la verdad nos hace libres y la libertad ha
de ser la base de nuestra verdad, pues no puede ir una sin la otra y
sin la belleza.
¡Estar en casa! Estar siempre en la casa del Padre, siempre con Dios,
como recordábamos ayer, ese Dios que "soy el que soy con vosotros",
Dios aquí presente, en mi vida y nuestra historia: "Si el Hijo os
libera, seréis verdaderamente libres". Sucedía alguna vez que "un hijo
de la casa", tramaba amistad con uno de sus esclavos, y sentía el
deseo de "liberarle"... para que no continuara en situación de
dependencia humillante. Es lo que ha hecho Jesús con nosotros. Nos ha
introducido en "su casa", en "su familia". Como en la historia de
"Príncipe y mendigo", por amistad se cambian y el mendigo vive en la
casa del Rey. Él nos ha liberado, redimido. En aquel momento, los
criados podían ser despedidos en cualquier momento, mientras que los
miembros de la familia estaban firmemente vinculados a la casa. El
Hijo nos saca de servidumbres, y trae la verdadera libertad y la
regala; pero esto no significa que podemos abusar, pues sentirse
libres requiere vivir la vida de Jesús, darse: "A vosotros, hermanos,
os han llamado a la libertad, pero que esa libertad no dé pie a los
bajos instintos. Al contrario, que el amor os tenga al servicio de los
demás" (Gal 5,13-14). La libertad característica del cristiano es la
libertad de amar. "Soy libre, cierto, nadie es mi amo; sin embargo, me
ha puesto al servicio de todos" (1Co 9,19). Dice san Agustín: "La
libertad es un placer. Mientras que tú haces el bien por miedo, no
gozas de Dios. Mientras que estés obrando como un esclavo no puedes
disfrutar. Que Dios te fascine y entonces serás libre", y aquí
acabamos este itinerario de libertad, que se activa en el amor.
¿Hago yo esta experiencia? ¿Siento que el pecado me ata, me encadena?
San Pablo decía: "No hago el bien que quisiera, y hago el mal que no
quisiera... ¿Quién me librará?" (Rm 7,24). Señor: ¡Dame amor a esta
Palabra, libérame, Señor! ¡Libre! Palabra preciosa que muchos artistas
han querido retratar, como Matisse (en "La danza"), el padre del color
quiso ir más allá de la impresión, captar la naturaleza y la persona
en su mundo interior, pero pienso que su visión naturalista es muy
pobre, cuando capta sólo un aspecto de la alegría de vivir, no ha
podido reflejar lo que en profundidad significa ¡ser libre!, que es
tener holgura interior, sin trabas ni obstáculos, sin tantas cosas que
me encadenan: mis hábitos, mis límites, mis pecados... y esto no se
consigue dejando los instintos de forma natural sino con la educación
de las virtudes, la libertad es una conquista, un trabajo, como un
cuadro, dejando que el pincel, cada uno, sea llevado por Dios: con
esfuerzo y gracia: Hazme libre, Señor. La Cuaresma es un tiempo muy a
propósito para la liberación. Hoy, ¿de qué atadura procuraré
liberarme? ¿Qué cadenas voy a romper con tu ayuda? En la mili había
una garita del puesto donde hacía guardia el soldado, y allí,
aburrido, dibujaba en la pared. En mi turno vi los dibujos, incluso
poesías, que habían pintado otros. En uno de los dibujos, de unas
manos que rompían unas cadenas, había al lado una poesía o algo así,
que decía: "no morirá jamás / quien de esclavo se libera / rompiendo
para ser libre / con su vida / cadenas". Se ve que era alguien que
estaba allí obligado, pero por dentro se sentía libre, volaba… Esta es
la Gracia.
Hace unos años dos amigos que estaban haciendo vela cerca de Bakio
fueron llevados por una corriente mar adentro. Tan solo uno de ellos
llevaba chaleco salvavidas y éste preguntó a su amigo: "¿Estás en
gracia?". El otro reconoció que no, y el primero le dio su salvavidas
porque él tenía a Jesús en el alma: Si se ahogaba iría al Cielo.
¿Te das cuenta de lo importante que es estar en gracia, como este
chico que se arriesgó a morir ahogado para que su amigo pudiese vivir
con Jesús en el alma? Cuando le acusaban a Juana de Arco de que no
tenía gracia de Dios, los malvados, ella con sencillez contestó: "pues
le pido a Dios que me dé su gracia ahora mismo". Nosotros sabemos que
si hacemos un pecado basta pedir perdón para que el Señor nos dé su
gracia, pero que para ser fieles el acto de contrición lleva el
propósito de la confesión. Jesús dijo que Dios vive en el alma que
está en gracia: vive conmigo ayudándome, dándome luz para entender,
fuerza para luchar y vencer, deseos buenos, amor y comprensión, etc.
Viviendo Dios en mí, Dios me da una vida nueva y distinta. Por eso,
vivir en gracia es lo más importante: porque es vivir con Dios. Pide
que tus amigos y familia vivan siempre en gracia de Dios. Continúa
hablándole a Dios con tus palabras (José Pedro Manglano).
"Yo hablo lo que he visto en el Padre". Jesús es perfectamente libre,
porque es perfectamente Hijo. Ama, y es libre porque ama: no está
apegado a sí mismo. Nada le detiene. Ningún egoísmo. Ningún obstáculo
al amor.
"Yo no he venido de mí mismo". El amor hace salir de uno, ¡libera!
Amar al solo Dios verdadero. Someterse al solo Dios verdadero. Es el
único medio de no estar sometido a nadie, sino a Dios, y de liberarse
de cualquier ídolo. Líbrame, Señor, de mis ídolos, de todo lo que no
tiene valor verdadero alguno, de todo lo que obstaculiza mi libertad
(Noel Quesson).
Cuando rezamos el Padrenuestro deberíamos decir esas breves palabras
con un corazón esponjado, un corazón no sólo de criaturas o de
siervos, sino de hijos que se saben amados por el Padre y que le
responden con su confianza y su propósito de vivir según su voluntad.
Es la oración de los que aman. De los libres (J. Aldazábal). «El
sacramento que acabamos de recibir sea medicina para nuestra
debilidad» (comunión); «Dios nos ha trasladado al Reino de su Hijo
querido, por cuya sangre hemos recibido la Redención, el perdón de los
pecados» (Ant. Comunión: Col 1,13-14). San Agustín dice: «Eres, al
mismo tiempo, siervo y libre: siervo porque fuiste hecho, libre porque
eres amado de Aquel que te hizo, y también porque amas a tu Hacedor».
Al terminar nuestra oración acudimos a la Virgen para que nos enseñe a
vivir nuestra vocación de libertad –don y tarea- con Cristo en medio
de nuestra vida ordinaria, con la mirada puesta en el cielo, en la
libertad completa.

Día 35º. MARTES QUINTO (23 de Marzo): Dios se revela en Jesús, que en la Cruz nos salva, hemos de mirarle y creer en Él para recibir la Vida plena

Por el camino del Mar Rojo, el pueblo perdió la paciencia y comenzó a
hablar contra Dios y contra Moisés: "¿Por qué nos hicieron salir de
Egipto para hacernos morir en el desierto? ¡Aquí no hay pan ni agua, y
ya estamos hartos de esta comida miserable!". Entonces vino una plaga
de serpientes venenosas, que mordieron a la gente, y así murieron
muchos israelitas. El pueblo acudió a Moisés y le dijo: "Hemos pecado
hablando contra el Señor y contra ti. Intercede delante del Señor,
para que aleje de nosotros esas serpientes". Moisés intercedió por el
pueblo, y el Señor le dijo: "Fabrica una serpiente abrasadora y
colócala sobre un asta. Y todo el que haya sido mordido, al mirarla,
quedará curado". Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre
un asta. Y cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba hacia
la serpiente de bronce y quedaba curado.
El pueblo de Israel realiza la experiencia de la dificultad de vivir
la fe, de confiar en la promesa de Dios. Su rebelión le muestra cómo
fuera de Dios no hay salvación (Misa dominical). En el evangelio de
hoy, Jesús dice que «debe ser levantado del suelo» y que será entonces
un signo de salvación... La cruz. La serpiente de bronce era un
anuncio de ese signo de salvación. A lo largo de toda la Biblia, el
desierto es el lugar de la tentación y de las pruebas. La gran prueba
es la de dudar de Dios mismo. Ese estado de duda en nuestras
relaciones con Dios suele aparecer cuando nos sentimos excesivamente
aplastados por el peso de nuestras preocupaciones. Y esto sucede, en
verdad, también a los cristianos más generosos y a los apóstoles más
ardientes. Con mayor razón esto puede explicar en parte el ateísmo y
la incredulidad: ¡con el desánimo a cuestas, se acusa a Dios! Como
Moisés, rezamos por nuestros contemporáneos que prescinden de Dios:
¡Ten piedad, Señor! ¡Alivia la carga que pesa sobre ellos!
Llegan las "serpientes venenosas". La serpiente ha sido siempre
símbolo de espanto. Animal sinuoso y deslizante, difícil de atrapar,
que ataca siempre por sorpresa y cuya mordedura es venenosa: el veneno
que inyecta en la sangre no guarda proporción con su herida
aparentemente benigna. Se está tentado de atribuirlo a una potencia
maléfica, casi mágica. Fue serpiente la que tentó a Eva, y hay mujeres
que tienen sus pesadillas con imágenes de serpientes (supongo que a
causa de haberlas visto por el campo). Los antiguos interpretaban como
un castigo del cielo las desgracias naturales que les sobrevenían, y
de ahí que vean el mal en la serpiente: -"Hemos pecado contra el Señor
y contra ti. Intercede ante el Señor para que aparte de nosotros las
serpientes". También nosotros queremos ser conscientes de nuestros
pecados, ver claro; pero que la evidencia de nuestra culpa no nos deje
sucumbir en el desaliento (Noel Quesson). En el Evangelio vemos que
aquella figura era estandarte a imagen de Cristo en la Cruz: Él sí que
nos cura y nos salva, cuando volvemos la mirada hacia Él, sobre todo
cuando es elevado a la cruz en su Pascua. Jesús, el Salvador.
"Señor, escucha mi oración y llegue a Ti mi clamor; no me ocultes tu
rostro en el momento del peligro; inclina hacia mí tu oído, respóndeme
pronto, cuando te invoco", reza un pobre gravemente enfermo, pero que
no ha perdido la confianza de ser salvado de su enfermedad, pues
conoce las frecuentes visitas de Dios a su pueblo. Por profundo que
sea nuestro abatimiento, alcemos nuestros ojos a Dios, como Israel los
levantó al signo que le presentaba Moisés y contemplemos a Jesucristo,
nuestra salvación, en la Cruz. El Señor nos librará, aunque por
nuestros pecados nos sintamos condenados a muerte: «Señor, escucha mi
oración, que mi grito llegue hasta Ti, no me escondas tu rostro el
día de la desgracia. Inclina tu oído hacia mí, cuando te invoco,
escúchame en seguida... Que el Señor ha mirado desde su excelso
santuario, desde el cielo se ha fijado en la tierra, para escuchar los
gemidos de los cautivos y librar a los condenados a muerte». Es un
clamor hacia la ternura de Dios, para que se haga presente en sus
cuidados: "porque Él se inclinó desde su alto Santuario y miró a la
tierra desde el cielo, para escuchar el lamento de los cautivos y
librar a los condenados a muerte", y nos prepara "una morada… segura".
Queremos acercarnos con esperanza hacia esta morada, viviendo donde
estamos, sabiendo que hasta ahí se "agacha" el Señor, y ahí lo podemos
encontrar, podemos hacer nuestros "refugios", figura de la Ciudad de
Dios y encontrar al divino huésped: "Te amo, te abrazo, estoy
orgulloso de ti. Me alegra vivir en ti, enseñarte a visitantes, dar tu
nombre junto al mío al dar la dirección donde vivo, unir así tu nombre
al mío en sacramento topográfico de matrimonio residencial. Tú eres mi
ciudad, y yo soy tu ciudadano. Nos queremos". Todo puede ser ocasión
de encuentro con Dios: "Tus avenidas son sagradas, tus cruces son
benditas, tus casas están ungidas con la presencia del hombre, hijo de
Dios. Tú eres un templo en tu totalidad, y consagras con el sello del
hombre que trabaja los paisajes vírgenes del planeta tierra.
Por ti rezo, ciudad querida, por tu belleza y por tu gloria; rezo a
ese Dios cuyo templo eres y cuya majestad reflejas, para que repare
los destrozos causados en ti por la insensatez del hombre y los
estragos del tiempo y te haga resplandecer con la perfección final que
yo sueño para ti y que Él, como Dueño y Señor tuyo, quiere también
para ti… Mi propia vida parece a veces desmoronarse, y entonces me
acojo a ti, me escondo en ti, me uno a ti. Cuando sufro, me acuerdo de
tus sufrimientos; y cuando las sombras de la vida se me alargan,
pienso en las sombras de tus ruinas. Y entonces pienso también en tus
cimientos, firmes y permanentes desde tiempos antiguos; y en la
permanencia de tu historia encuentro la fe que necesito para continuar
mi vida.
Ciudad moderna de huelgas y disturbios, de explosiones de bombas y
sirenas de policía. Sufro contigo y vivo contigo, con la esperanza de
que nuestro sufrimiento traerá redención y llegaré a cantar libremente
en ti las alabanzas del Señor que te hizo a ti y me hizo a mí" (Carlos
Vallés), que nos ha hecho para ser felices en el paraíso que ya
tocamos con los dedos cuando nos elevamos de puntillas y alargamos las
manos con la esperanza.
Estamos leyendo de cuando Jesús sube a Jerusalén para la fiesta de las
Tiendas y las controversias con los judíos de Jerusalén que culminarán
en el intento de apedrear a Jesús. La fiesta de las Chozas era para
los judíos la fiesta por excelencia de la esperanza mesiánica. En ella
la autoproclamación de Yahvé tenía una fuerza y centralidad sin igual,
y la celebración venía a subrayar esta presencia poderosa de Yahvé en
el templo con el majestuoso «Yo soy» de la liturgia. Jesús, en medio
de este contexto, se autoproclama «Yo soy», pero ellos no ven... La
revelación no puede ser más clara. Y en estas palabras majestuosas,
que quieren responder a la pregunta explícita: «¿Tú quién eres?», se
da precisamente la razón fundamental del escándalo y del rechazo
judío: lo quieren apedrear. El fragmento de hoy acaba diciendo:
«muchos del pueblo creyeron en Él» (Oriol Tuñi): Dios está aquí, en mi
historia. Jesús es "el sitio" de la presencia divina, el lugar en que
el hombre puede encontrar a Dios en el mundo. Esta revelación se hará
plena con el Espíritu Santo, fruto de la Cruz: "Cuando levantéis al
Hijo del hombre sabréis que Yo soy". Una exaltación por su
abajamiento, como veremos próximamente (según Fil 2). Con esta
conexión establecida entre la cruz y la afirmación "Yo soy" queda
definitivamente claro dónde hay que buscar y encontrar el lugar de la
presencia salvadora de Dios: en Cristo crucificado.
-Con esta pregunta "¿Quién eres tú?" los enemigos de Jesús declaran
que no han entendido la afirmación de Jesús acerca de su origen, ni
tampoco su afirmación "Yo soy". A esta pregunta no hay respuesta por
parte de Jesús. Es una opción de fe, no se puede forzar la libertad.
"Cuando levantéis al Hijo del hombre sabréis que Yo soy y que no hago
nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado": la
cruz es el lugar en que se ha revelado al mundo de manera más plena y
más aplastante el amor entrañable de Dios (cf Jn 3,14-16). "Y como
Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser
levantado el Hijo del hombre... Porque tanto amó Dios al mundo que
entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en él no perezca,
sino que tenga vida eterna" (Jn 19, 37): "Y se cumplió la Escritura:
'Mirarán al que traspasaron'": para ser salvado hay que "mirar" -con
el corazón- a Cristo levantado en la cruz.
"Y cuando levantéis al Hijo del hombre sabréis también que Yo no hago
nada por mi cuenta". Jesús mediante su muerte en la cruz proclama su
obediencia a la voluntad del Padre. Y esa palabra tan fácil de decir
"nada hago por mi cuenta" define exactamente la conducta de Jesús y en
su muerte se confirma y se realiza de una manera perfecta, es la
máxima realización de la voluntad divina, una oración existencial: "El
que me envió está conmigo, no me ha dejado solo, porque yo hago
siempre lo que le agrada". Jesús está máximamente acompañado, el Padre
" no me ha dejado solo", es decir, que la soledad de las palabras de
Jesús en la cruz (Mt 27, 46) "Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"
según los sinópticos, queda completado, para cortar los errores de
interpretación, por esa verdad que explica S. Juan: el Padre no ha
abandonado a su Hijo ni siquiera al ser izado en la cruz y la razón
está en que "yo hago siempre lo que le agrada", es decir, cumplo
siempre su voluntad. San Germán de Constantinopla contempla así esta
obediencia de Cristo: «A raíz de que Cristo se humilló a sí mismo y se
hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz (cf. Flp 2,8), la Cruz
viene a ser el leño de obediencia, ilumina la mente, fortalece el
corazón y nos hace participar del fruto de la vida perdurable. El
fruto de la obediencia hace desaparecer el fruto de la desobediencia.
El fruto pecaminoso ocasionaba estar alejado de Dios, permanecer
lejos del árbol de la vida y hallarse sometido a la sentencia
condenatoria que dice: "volverá a la tierra de donde fuiste formado"
(Gén 3,19). El fruto de la obediencia, en cambio, proporciona
familiaridad con Dios, dando cumplimiento a estas palabras de Cristo:
Cuando yo sea levantado en alto atraeré a todos a Mí (Jn 12,32). Esta
promesa es verdad muy apetecible».
Jesús me enseña a estar pendiente del amor a Dios, a los demás. Así no
me sentiré nunca solo, sino en compañía de Jesús: «Señor, escucha mi
oración: no me escondas tu rostro» (salmo), «perdona nuestras faltas y
guía Tú mismo nuestro corazón vacilante» (ofrendas). San León Magno
dice: «¡Oh admirable poder de la Cruz!... En ella se encuentra el
tribunal del Señor, el juicio del mundo, el poder del Crucificado.
Atrajiste a todos hacia Ti, Señor, a fin de que el culto de todas las
naciones del orbe celebrara mediante un sacramento pleno y manifiesto,
lo que realizaban en el templo de Judea como sombra y figura... Porque
tu Cruz es fuente de toda bendición, el origen de toda gracia; por
ella, los creyentes reciben de la debilidad, la fuerza; del oprobio,
la gloria; y de la muerte, la vida».
El paraíso tenía en el centro el árbol de la vida, y el nuevo paraíso
que nos muestra ese "Dios presencia" es a través de la cruz, árbol de
la vida por la que entramos en la Vida plena, como apunta San Teodoro
Estudita: «La Cruz no encierra en sí mezcla del bien y del mal como el
árbol del Edén, sino que toda ella es hermosa y agradable, tanto para
la vista cuanto para el gusto. Se trata, en efecto, del leño que
engendra la vida, no la muerte; que da luz, no tinieblas; que
introduce en el Edén, no que hace salir de él...».
Sus brazos abiertos, extendidos entre el cielo y la tierra, trazan el
signo indeleble de su amistad con nosotros los hombres. Al verle así,
alzado ante nuestra mirada pecadora, sabremos que Él es (cf. Jn 8,28),
y entonces, como aquellos judíos que le escuchaban, también nosotros
creeremos en Él. "Sólo la amistad de quien está familiarizado con la
Cruz puede proporcionarnos la connaturalidad para adentrarnos en el
Corazón del Redentor... Que nuestra mirada a la Cruz, mirada sosegada
y contemplativa, sea una pregunta al Crucificado, en que sin ruido de
palabras le digamos: «¿Quién eres tú?» (Jn 8,25). Él nos contestará
que es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6), la Vid a la que sin
estar unidos nosotros, pobres sarmientos, no podemos dar fruto, porque
sólo Él tiene palabras de vida eterna. Y así, si no creemos que Él es,
moriremos por nuestros pecados. Viviremos, sin embargo, y viviremos ya
en esta tierra vida de cielo si aprendemos de Él la gozosa certidumbre
de que el Padre está con nosotros, no nos deja solos. Así imitaremos
al Hijo en hacer siempre lo que al Padre le agrada" (Josep Maria
Manresa).
Acabamos con propósitos de mirar a Cristo, de vida de piedad: buscar
la fortaleza en el trato de amistad con Jesús, a través de la oración,
de la presencia de Dios a lo largo de la jornada y en la visita al
Santísimo Sacramento. El Señor quiere a los cristianos corrientes
metidos en la entraña de la sociedad, laboriosos en sus tareas, en un
trabajo que de ordinario ocupará de la mañana a la noche, pues Dios
está ahí, Jesús espera que no nos olvidemos de Él mientras trabajamos,
procuremos mantener su presencia a lo largo de la jornada, con
recordatorios, esas "industrias humanas": jaculatorias, actos de amor
y desagravio, comuniones espirituales, miradas a la imagen de Nuestra
Señora; cosas sencillas, pero de gran eficacia. Si perseveramos,
llegaremos a estar en la presencia de Dios como algo normal y natural.
Aunque siempre tendremos que poner lucha y empeño. Muchas veces vemos
al Señor que se dirigía a su Padre Dios con una oración corta,
amorosa, como una jaculatoria. Nosotros también podemos decirlas desde
el fondo de nuestra alma, y que responden a necesidades o situaciones
concretas por las que estamos pasando. Santa Teresa recuerda la huella
que dejó en su vida una jaculatoria: "¡Para siempre, siempre,
siempre!" Son impresionantes las palabras que evocan esa presencia,
que pronunciaron aquellos discípulos de Emaús: "Quédate con nosotros,
Señor, porque se hace de noche" (Lucas 24, 29), sin Ti, Señor, la vida
es noche, todo es oscuridad cuando Tú no estás. La Virgen María nos
dará ese camino seguro: "bendito es el fruto de tu vientre, Jesús"
(Francisco Fernández Carvajal).
¿Puedo ayudarte en algo, Dios mío? En una obra del escritor brasileño
Pedro Bloch encuentro un diálogo con un niño que me deja literalmente
conmovido.
- ¿Rezas a Dios? - pregunta Bloch.
- Sí, cada noche - contesta el niño.
- ¿Y qué le pides?
- Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.
Y ahora soy yo quien me pregunto a mí mismo qué sentirá Dios al oír a
este chiquillo que no va a Él, como la mayoría de los mayores,
pidiéndole dinero, salud, amor o abrumándole de quejas, de protestas
por lo mal que marcha el mundo, y que en cambio, lo que hace es
simplemente ofrecerse a echarle una mano, si es que la necesita para
algo (José Pedro Manglano).
Que muchos días le reces así a Dios. Coméntale a Dios con tus palabras
algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.

Día 34º. LUNES QUINTO (22 de Marzo): encuentro de la miseria humana con la misericordia divina

Vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín, casado con una mujer
llamada Susana, muy bella y temerosa de Dios; sus padres eran justos y
habían educado a su hija según la ley de Moisés. Joaquín era muy rico,
tenía un jardín contiguo a su casa, donde le gustaba pasear Susana, y
los judíos solían acudir donde él, porque era el más prestigioso de
todos. Aquel año habían sido nombrados jueces dos ancianos corruptos
que acusaron injustamente a Susana para hacerla morir. "Ella,
llorando, levantó los ojos al cielo, porque su corazón tenía puesta su
confianza en Dios". Y la condenaron a muerte. Entonces Susana gritó
fuertemente: "Oh Dios eterno, que conoces los secretos, que todo lo
conoces antes que suceda, Tú sabes que éstos han levantado contra mí
falso testimonio. Y ahora voy a morir, sin haber hecho nada de lo que
su maldad ha tramado contra mí." El Señor escuchó su voz y, cuando era
llevada a la muerte, suscitó el santo espíritu de un jovencito llamado
Daniel, que se puso a gritar: "¡Yo estoy limpio de la sangre de esta
mujer!" Todo el pueblo se volvió hacia él y dijo: "¿Qué significa eso
que has dicho?" Él, de pie en medio de ellos, respondió: "¿Tan necios
sois, hijos de Israel, para condenar sin investigación y sin evidencia
a una hija de Israel? ¡Volved al tribunal, porque es falso el
testimonio que éstos han levantado contra ella!" Todo el pueblo se
apresuró a volver allá, y los ancianos dijeron a Daniel: "Ven a
sentarte en medio de nosotros y dinos lo que piensas, ya que Dios te
ha dado la dignidad de la ancianidad." Daniel les interrogó separados
y al preguntarles por ejemplo por un árbol se contradecían, uno decía
"una acacia" y el otro "una encina", pues antes se pilla al mentiroso
que al cojo. "Luego se levantaron contra los dos ancianos, a quienes,
por su propia boca, había convencido Daniel de falso testimonio y,
para cumplir la ley de Moisés, les aplicaron la misma pena que ellos
habían querido infligir a su prójimo: les dieron muerte, y aquel día
se salvó una sangre inocente. Jilquías y su mujer dieron gracias a
Dios por su hija Susana, así como Joaquín su marido y todos sus
parientes, por el hecho de que nada indigno se había encontrado en
ella". Te ruego, Señor, por todos aquellos que HOY todavía ven
afectada su reputación por calumnias o por maledicencias. Ayúdame,
Señor, a conocerme, a vigilar mi conducta para que no caiga en
acusaciones, críticas o juicios maliciosos... ni siquiera sin
quererlo, por descuido... Susana acude a Dios, en el peligro. ¿Tengo
yo también ese reflejo? En vez de dejarme abrumar por mis
preocupaciones, debo aceptarlas a manos llenas, ofrecerlas
transformándolas en oración. «Tú que penetras los secretos...» Señor,
Tú sabes mis preocupaciones (Noel Quesson).
Susana refleja la naturaleza de la Iglesia: su hermosura, su
inocencia, y en el jardín: la desposada, esposa feliz y honrada por su
esposo, rico y poderoso, paseándose gozosa por el parque de su marido:
es Susana en el paraíso. "La Iglesia comenzó a vivir en el jardín al
punto que Jesús hubo padecido en el huerto" (san Ambrosio). ¡Cristo en
Cruz y la Iglesia en el jardín! Jesús rezó en un huerto y cerca de un
huerto murió y lo prometió al ladrón: "Hoy vas a estar conmigo en el
Paraíso" (Lc 23, 43). Ese huerto primero de gozo (Gn 2, 8) quedó
cerrado por la espada de fuego (Gn 3, 23-24). El hombre tuvo entonces
que cultivar el desierto de este mundo, con el sudor de su frente;
pero la tierra maldita es el campo en el que Caín dio muerte a su
hermano Abel, campo que luego se compró con el precio de la sangre que
cobró Judas. Pero el grano de trigo que cae en la tierra y muere da
mucho fruto. Hay un tesoro escondido, Cristo muere y resucita, y con
Él el desierto se ha tornado jardín. Susana se pasea en pleno mediodía
de la redención, Cristo es la luz esplendorosa y sol verdadero. En el
jardín fluye el agua del manantial abierto por la cruz. Dos doncellas,
la Fe y la Caridad (Cassel), preparan el baño de la salud, el "aceite
de la alegría" celeste, la vida divina que se derramó en el jardín al
romperse el frasco con la muerte de Jesús.
"Es, en verdad, un jardín cerrado, un bosque sagrado que oculta los
misterios de Cristo. La Iglesia dice, como la esposa del Cantar de los
Cantares: "Voy a bajar al jardín" (Ct 6,10). Y viene, y baja a "la
fuente del huerto, fuente de agua viva" (Ct 4,15), al agua de la
pasión de Cristo, al manantial de su sangre. Allí se lava en la
corriente de su amor, se sumerge en su muerte y vuelve a salir limpia
y resplandeciente de inmaculada belleza: Susana, el lirio que brilla
con la pureza de Cristo. Entonces, habiendo subido del baño de la
muerte de Cristo, se unge con el "aceite esparcido" (Ct 1,02), la
"fuerza del cielo" (Lc 24, 40), la vida divina del Amado. Y exclama:
"Venga mi amado al jardín" (Ct 5,1)".
El buen olor del Amado perfuma el jardín: "Estoy en mi jardín, hermana
mía, esposa mía" (Ct 5, 1). La Iglesia está ardiente de amor, y le
pide: "Grábame como un sello en tu corazón" (Ct 8, 6).
El maligno puede penetrar en el jardín (en el paraíso, la serpiente;
en Susana, los libertinos; en el huerto de los olivos, al traidor). La
Iglesia también ha de sufrir tentaciones, como Jesús. La Iglesia es
siempre joven, el pecado bajo la capa de engaño está próximo a la
muerte y envejecido. Busca ávidamente apoderarse de la vida, pero su
poder no puede nada contra la oración confiada de la Iglesia (Emiliana
Löhr).
Podemos decir con Susana, con Jesús, con todos los que son acusados
injustamente, con todos los que sufren, con los que se fían de Dios,
el salmo de hoy: "El Señor es mi Pastor, nada me falta: en verdes
praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y
repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su
nombre". La vida es como una excursión, en la que Jesús nos acompaña,
aunque no lo vemos de compañero de viaje, es el amigo invisible.
"Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan". La oscuridad del jardín o
tentaciones no le quita la paz, ni el futuro pues Jesús, auténtico
filósofo, nos lleva más allá de la muerte, es el buen pastor que nos
guía hasta el paraíso, el jardín de la nueva aurora donde no hay ya
noche (Emiliana Löhr).
"Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la
cabeza con perfume, y mi copa rebosa". Es la Misa: allí estamos todos
unidos, con nuestro Amigo Jesús.
"Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y
habitaré en la casa del Señor por años sin término": nos prepara un
cielo muy grande.
Acaba de celebrarse la fiesta de los Tabernáculos. Alrededor del
Maestro la bulla de siempre, unos porque le quieren, otros porque no,
otros que miran... traen una mujer, la que querían matar ayer, por
pecadora. Jesús entonces les invita a examinar su corazón, y a lanzar
la primera piedra quien se vea libre de pecado. Algo sorprendente,
todos se van…
- "Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿ninguno te ha condenado?
- Ninguno, Señor.
- "Yo tampoco te condeno; vete y no peques más". El examen de
conciencia es siempre una nueva oportunidad, cada noche al acostarnos,
cada vez que nos confesamos, llenos de alegría y de agradecimiento.
Esta es tu actitud ante nuestros pecados. Con delicadeza, no levantas
tu mirada hacia ella, porque sabes su vergüenza... Bajas los ojos al
suelo. Tú, Señor, eres el único que no la juzgas. Te compadeces de
ella. Tú miras el corazón de esta mujer, mucho más que "la ley".
Ellos insisten. Son ellos los que insisten. Querían que Tú la
condenaras, Jesús. No, Tú los remites a su propia conciencia: y te ves
obligado a decirles: -"El que de vosotros esté sin pecado... arrójele
la piedra el primero".. Miremos pues dentro de vosotros. Cuando me
siento tentado de juzgar duramente, es también conveniente que busque
en mí, para ver si yo mismo estoy "sin pecado". ¿Hay quizás en mí
pecados equivalentes o peores... o por lo menos, raíces de esas mismas
tendencias que condeno en los demás? Mis propias debilidades deberían
hacerme indulgente para con las debilidades de los demás.
-"Jesús quedó solo con la mujer. Se incorporó y le dijo: "Mujer,
¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?" Dijo ella "Nadie, Señor". Jesús
dijo: "Ni yo te condeno tampoco..."". Este es un diálogo todo belleza
y todo delicadeza (Noel Quesson).
Esta semana se llama de Pasión, hasta el Domingo de Ramos, es una
llamada a ver cómo vamos en el camino de estos 40 días, y qué más
podemos hacer. Vemos hoy que en Jesús la conversión va unida a la
comprensión, supone la valentía de profundizar dentro de la propia
alma, entrar al propio corazón.
El sentirse perdonado va muy ligado a la correspondencia de amor.
Quien se sabe amado y perdonado, devuelve amor por Amor: «Preguntaron
al Amigo cuál era la fuente del amor. Respondió que aquella donde el
Amado nos ha lavado nuestras culpas» (Ramon Llull). "Por esto, el
sentido de la conversión y de la penitencia propias de la Cuaresma es
ponernos cara a cara ante Dios, mirar a los ojos del Señor en la Cruz,
acudir a manifestarle personalmente nuestros pecados en el sacramento
de la Penitencia. Y como a la mujer del Evangelio, Jesús nos dirá:
«Tampoco yo te condeno... En adelante no peques más» (Jn 8,11). Dios
perdona, y esto conlleva por nuestra parte una exigencia, un
compromiso: ¡No peques más! (Jordi Pascual).
-"Mujer, ¿ninguno te ha condenado? –Ninguno, Señor.- Tampoco yo te
condeno. Anda y en adelante no peques más" (Juan 8, 10-11). "Podemos
imaginar la enorme alegría de aquella mujer pecadora, sus deseos de
comenzar de nuevo, su profundo amor a Cristo después de recibir Su
perdón. En el alma de esta mujer, manchada por el pecado y por su
pública vergüenza, se ha realizado un cambio tan profundo, que sólo
podemos entreverlo a la luz de la fe. Cada día, en todos los rincones
del mundo, Jesús a través de sus ministros los sacerdotes, sigue
diciendo: "Yo te absuelvo de tus pecados..." Es el mismo Cristo que
perdona. San Agustín afirma que el prodigio que obran estas palabras
supera a la misma creación del mundo. Por la absolución, el hombre se
une a Cristo redentor, que quiso cargar con nuestros pecados. Por esta
unión, el pecador participa de nuevo de esa fuente de gracia que mana
sin cesar del costado abierto de Jesús. En el momento de la absolución
intensificaremos el dolor de nuestros pecados, renovaremos el
propósito de enmienda, y escucharemos con atención las palabras del
sacerdote que nos conceden el perdón de Dios. Después de cada
confesión debemos dar gracias a Dios por la misericordia que ha tenido
con nosotros y concretaremos cómo poner en práctica los consejos
recibidos. Una manifestación de nuestra gratitud es procurar que
nuestros amigos acudan a esa fuente de gracias, acercarlos a Cristo,
¡difícilmente encontraremos una obra de caridad mayor! (Francisco
Fernández Carvajal).
"Dios perdona siempre, los hombres a veces, la naturaleza no perdona",
reza el dicho popular, por eso hay que procurar no hacer tonterías en
la bici o patines, en la carretera o imprudencias en las que pongamos
en peligro la vida, porque aunque el Señor lo puede arreglar y
llevarnos al cielo mejor vivir la vida que nos ha dado, y no dar penas
a nuestros padres, no morirse antes de tiempo, lo demás tiene arreglo
fácil: la confesión, pedir perdón, volver a empezar; la escena de hoy
podría titularse si fuera un cuadro: "Cómo condenan los Hombres. Cómo
perdona Dios". Alguno se pregunta seriamente: ¿Podrá Dios perdonarme a
mí? Incluso alguno desespera como Judas: "Yo no tengo perdón de Dios".
Jesús le lavó los pies al traidor por si se dejaba lavar el corazón,
como hizo Pedro. Hay dos clases de personas: unos que se saben
pecadores y otros que no se saben pecadores, pero todos pecamos. Pero
una cosa es el pecado, otra el pecador. Decía una madre: "La Iglesia
no es partidaria del pero está con el pecador humilde que se
arrepiente (es el hijo pródigo que vuelve a empezar, que vuelve a la
casa del padre). Es madre, pero firme educadora, a diferencia de las
madres débiles que no amonestan a sus hijos para ahorrarles la pena y
que luego lloran de remordimientos..."
Jesús es el nuevo Daniel (ese nombre significa «el Señor, mi juez»),
instrumento de la misericordia de Dios incluso para los pecadores. Con
viveza narra Juan el ambiente: acusadores, gente curiosa, la mujer
avergonzada, y Cristo que resuelve con elegancia la situación. El
examen de hoy puede también abarcar cómo tratamos a los demás en
nuestros juicios: ¿les juzgamos precipitadamente?, ¿escuchamos a las
personas antes de acusarles de algo?, ¿nos dejamos llevar de las
apariencias? Si antes de juzgar a nadie nos juzgáramos a nosotros
mismos («el que esté libre de pecado tire la primera piedra»)
seguramente seríamos un poco más benévolos en nuestros juicios
internos y en nuestras actitudes exteriores para con los demás.
¿Sabemos tener para con los que han fallado la misma delicadeza de
trato de Jesús para con la mujer pecadora, o estamos retratados más
bien en los intransigentes judíos que arrojaron a la mujer a los pies
de Jesús para condenarla?
"La figura central es Jesús y el juicio de Dios sobre nuestro pecado.
Si en la primera escena es el joven Daniel quien desenmascara a los
falsos acusadores, en el evangelio es Jesús el que va camino de la
muerte para asumir sobre sí mismo el juicio y la condena que la
humanidad merecía. El nuevo Daniel se deja juzgar y condenar él, en un
juicio totalmente injusto, para salvar a la humanidad. Por eso puede
perdonar ya anticipadamente a la mujer pecadora.
Ese Jesús que camina hacia su Pascua -muerte y resurrección- es el que
nos invita también a nosotros a seguirle, para que participemos de su
victoria contra el mal y el pecado, y nos acojamos a la sentencia de
misericordia que Él nos ha conseguido con su muerte.
Antes de comulgar cada vez se nos presenta a Cristo como «el que quita
el pecado del mundo». Con su cruz y su resurrección nos ha liberado de
todo pecado. Jesús, el perdonador. Es el que se nos da en cada
Eucaristía, como se nos dio de una vez para siempre en la cruz" (J.
Aldazábal). En la oración de hoy pedimos (con palabras de San León
Magno): «Señor, Dios nuestro, cuyo amor nos enriquece sin medida con
toda bendición: haz que, abandonando nuestra vida caduca, fruto del
pecado, nos preparemos como hombres nuevos, a tomar parte en la gloria
de tu Reino». Con la ayuda de la recepción de la Eucaristía: «Te
pedimos, Señor, que estos sacramentos que nos fortalecen, sean siempre
para nosotros fuente de perdón y, siguiendo las huellas de Cristo, nos
lleven a Ti, que eres nuestra vida» (Postcomunión).
Estos días vamos con una mochila llena de trastos, en el camino de la
cuaresma que es una peregrinación (éxodo, salir de mis cosas) como el
Camino de Santiago, hacia la Semana Santa, con Jesús. Sigo las pistas
de la Liturgia, como una ginkana, y voy tirando cosas viejas que me
pesan y descubro que son inútiles para andar, para el viaje de la
vida, y en cambio otras sí que me sirven, como las tiritas del perdón,
para los roces, o cosas por el estilo. También hay buenas compañías en
el camino, sobre todo Jesús, el compañero fiel que me acompaña… con su
libro preferido (Biblia) y el pan de los ángeles (Eucaristía), y el
abrazo que lo cura todo (Confesión).
Hemos ido leyendo curaciones como la del paralítico de la piscina
milagrosa… "De la cruz de Cristo ha brotado la fuente de agua y
sangre, y no uno sólo, sino todos los que se arrojen dentro salen
curados. Después del bautismo, esta piscina milagrosa es el sacramento
de la Reconciliación, y esta meditación desearía servir precisamente
como preparación a una buena confesión pascual. Dolor de los pecados
porque pensaba en ti. "¡Qué dolor de muelas! No puedo estudiar, ni
leer, ni jugar, y ni siquiera puedo dormir ", se quejaba
desconsoladamente. Alguna vez habrás tenido dolor fuerte de algo, ¡qué
pesadilla! Pues bien, el dolor de los pecados NO es así. Para
perdonarnos en la confesión Dios nos pide dolor, y este dolor consiste
en tres cosas: 1) reconocer que se ha pecado voluntariamente; 2)
desear no haberlo hecho; 3) querer no volver a hacerlo y, para ello,
poner los medios oportunos. Es bueno que fomentes y busques el dolor
de ¡os pecados. Cristo, como Hombre que era, padeció todos los
sufrimientos de su Pasión hace muchos siglos. Pero como Dios es
eterno, no tiene tiempo: no hay para Él un antes y un después. Todo
está presente ahora delante de Él. Es igual el año 580 que el 1990 o
el 3150.
Y hacia el año 30 y pico, cuando cargó con la cruz, y le atravesaron
sus manos y pies con clavos, etc., tenía presente en su cabeza divina
todo lo que yo -y cualquier otro hombre- hacemos ahora y en cualquier
otro momento de la historia. Por eso en la Cruz PENSABA EN TI, Y TU
ESTABAS PRESENTE EN LA PASIÓN. Dame, Señor, dolor de mis pecados.
Dolor de amor. Lo que yo hago te afecta. Tú pensabas en mí en tu
pasión. Y cada día, en cada misa, renuevas tu pasión. Y la renuevas
pensando en mí. Gracias, y auméntame el dolor de mis pecados. Continúa
hablándole a Dios con tus palabras (José Pedro Manglano).
Por cierto, que el dolor de remordimiento no es bueno, una vez
transformado en arrepentimiento hay que quitarlo. El dolor es como una
alarma, para avisar que hay un mal, una vez se cura el mal, ya está.
Si no se va, se quita con una aspirina… Porque Jesús es Príncipe de la
paz, nos dice "yo tengo pensamientos de paz". Lo que no da paz, no es
de Dios, y la penitencia que nos pide es que nos demos a los demás con
alegría: «Bienaventurados los misericordiosos». Señor, frecuentemente
he pedido y he recibido a la ligera tu misericordia, ¡sin darme cuenta
de a qué precio me la has procurado! A menudo he sido el siervo
perdonado que no sabe perdonar: ¡Kyrie eleison! ¡Señor, ten piedad!