lunes, 5 de abril de 2010

Día 24º. VIERNES TERCERO (12 de Marzo): el amor de Dios está por encima de todo; dejarnos amar por Él, dejar que brote de nuestro corazón, como una fuente, el amor a los demás

Oseas fue un profeta muy maltratado por el sufrimiento, y se fue
volviendo dulce hasta cantar el amor de Dios, que siempre es fiel,
aunque los hombres no lo sean: "Israel, vuelve al Señor, tu Dios…
Decidle: Perdona todas nuestras culpas para que recobremos la
felicidad y te ofrezcamos en sacrificio palabras de alabanza". Los
muchos juegos no nos pueden llenar el corazón, ni la wii, ni nada:
"Asiria no nos puede salvar; no montaremos ya en los caballos, y no
diremos más «dios nuestro» a la obra de nuestras manos, pues en Ti
encuentra compasión el huérfano". Y en cuanto decimos: "perdona" ya
está todo arreglado… "este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la
vida, se había perdido y se le ha encontrado" (Lc 15,32). Quien no
encuentra el camino de Dios, quien no se deja hallar como oveja
perdida, pierde el sentido de la vida (F. Raurell). "Yo los curaré de
su apostasía, los amaré de todo corazón", el Señor es como un
jardinero que nos cuida: "Seré como el rocío para Israel; él florecerá
como el lirio y echará sus raíces como el olmo. Sus ramas se
extenderán lejos, hermosas como el ramaje del olivo, y su fragancia
será como la del Líbano. Volverán a sentarse en mi sombra; cultivarán
el trigo, florecerán como la viña y su renombre será como el del vino
del Líbano… Yo lo atenderé y lo protegeré. Yo soy como un pino siempre
verde; de mí procede todo fruto". Florecerán como la vid; su renombre
será como el del vino del Líbano. Sorprendente acumulación de imágenes
de prosperidad y de felicidad. Frescor. Fecundidad. Belleza.
Fragancia. Flores. Solidez. Hay que "saborear" cada una de las
imágenes: el rocío... el lirio... el árbol frondoso... el vino... los
perfumes... las frutas... Y estamos en plena cuaresma, en medio de la
cuaresma. ¡Y Dios nos promete todas esas cosas!" (Noel Quesson). "Que
el sabio comprenda estas cosas, que el inteligente las entienda,
porque los caminos del Señor son rectos; por ellos caminarán los
justos, mas los injustos tropezarán en ellos". Oseas era también el
profeta y el poeta del amor. Ese amor es aún más hermoso. No es sólo
un amor que promete la felicidad, si se es fiel. Es un amor que
perdona y que pide «Volver». Nos dice: «¡Vuelve!». Como dos esposos
que se perdonan. Como dos amigos que reemprenden su amistad después de
una temporada de frialdad. He de escuchar esas palabras de ternura.
La roca del agua en el desierto, y el camino de Dios son como el hilo
de las lecturas de esta semana. Todo nos lleva a hacer la voluntad
divina, vivir el mandamiento del amor. Además, Jesús, al hombre
"espiritual, lo sació con miel, y no con agua, para que los que crean
y reciban este alimento tengan la miel en su boca" (Orígenes), como
hemos dicho con el salmo: "Oigo un lenguaje desconocido:… Clamaste en
la aflicción, y te libré, te respondí oculto entre los truenos, te
puse a prueba junto a la fuente… ¡ojalá me escuchases Israel! No
tendrás un dios extraño, …yo soy el Señor, Dios tuyo, que saqué del
país de Egipto; abre la boca que te la llene… te alimentaría con flor
de harina, te saciaría con miel silvestre". Siempre hay una referencia
al desierto, porque fue una experiencia fuerte de desierto, de Dios.
"Uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta
pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le
contestó: «El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es
el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con
toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo
es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento
mayor que éstos».
Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él
es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón,
con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo
como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y
Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás
lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle
preguntas".
La Ley de Cristo es el amor a Dios y al prójimo. San Bernardo dice que
el amor no necesita que "sirva para nada", "su mérito y su premio se
identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él
mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma
práctica. Amo porque amo, amo para amar. Gran cosa es el amor", es
como participar de Dios. Amar, en lo del día a día: en detalles de
espíritu de servicio, como bajar la basura o recoger la mesa, hacer la
cama pero antes el trabajo bien hecho: escuchar en clase, hacer los
deberes y estudiar y luego disfrutar con lo que nos gusta, cultivar
aficiones de leer, escribir, música, y todo tipo de juegos… la
conversación amable, la serenidad cuando los nervios asoman.
Cuando nos conectamos al Señor, podemos cargar las pilas, y ningún
momento mejor que el de la Acción de Gracias después de comulgar. Como
sabes, cuando comemos algo, durante un rato sigue siendo lo que es,
pero pasado un tiempo lo convertimos en nuestro cuerpo. Por eso,
después de comulgar y por unos diez minutos, tenemos a Jesús dentro de
nosotros, al mismo que nació de María Virgen, que convertía el agua en
vino, que sanaba a ciegos y cojos, al mismo que murió clavado en la
Cruz para perdonarnos de nuestros pecados. Por eso, ¿por qué no
aprovechas al acabar la Misa para quedarte un rato sentado hablando
tranquilamente con Él, que está físicamente dentro de ti? Es el mejor
momento para darle gracias por todo lo que te ha dado en tu vida, para
pedirle por tus familiares y amigos, para pedirle perdón por tus
pecados y para pedirle que te ayude a sacar adelante aquellas cosas
que necesitas. ¡Gracias, perdón y ayúdame más! Continúa hablándole a
Dios con tus palabras (José Pedro Manglano).
«El alma no puede vivir sin amor, siempre quiere amar alguna cosa,
porque está hecha de amor, que yo por amor la creé» (Santa Catalina de
Siena), por eso o nos cargamos de amor de Dios o nos engancharemos a
lo primero que nos ofrezcan en la tele, y hoy Jesús nos hace una
receta en la que une dos citas bíblicas, nos dice. «Ama al Señor, tu
Dios» (Dt 6,5) y otro lugar del Levítico: «Ama a los otros» (Lev
19,18), Jesús nos da la receta de la nueva Ley, que "cocinada" a fuego
lento, con el amor del Espíritu Santo, al "baño María" nos da la mejor
comida, la más sabrosa, exquisita, la de que hace felices a los demás
y de paso a nosotros, porque para ser feliz hay que darse. Jesús ama
al Padre como Dios verdadero nacido del Dios verdadero y, como Verbo
hecho hombre, crea la nueva Humanidad de los hijos de Dios, hermanos
que se aman con el amor del Hijo.
Es la "buena nueva" que mi vida toda debería estar proclamando. ¿Amo
yo, efectivamente? ¿A quién amo? ¿A quién dejo de amar? ¿Cómo se
traduce este amor? ¿Quién es mi prójimo? Como tú mismo... Como tú
misma...", ¡no es decir poco! ¿Cómo me amo a mí mismo/a? ¿Qué deseo yo
para mí? ¿Cuáles son mis aspiraciones profundas? ¿A qué cosas estoy
más aferrado? ¿Qué es lo que más me falta? Y todo esto quererlo
también para mi prójimo. No debo pasar muy rápidamente sobre todas
estas cuestiones. Debo tomar, sobre ellas, una decisión en este tiempo
de cuaresma.
-"No estás lejos del reino de Dios." ¡Jesús felicitó a un escriba! "El
Reino de Dios" = ¡amar!, ¡a Dios y a los hermanos! ¡Tantas veces se ha
hecho el encontradizo! En la alegría y en el dolor. Como muestra de
amor nos dejó los sacramentos, "canales de la misericordia divina".
Nos perdona en la Confesión y se nos da en la Sagrada Eucaristía. Nos
ha dado a su Madre por Madre nuestra. También nos ha dado un Ángel
para que nos proteja. Y Él nos espera en el Cielo donde tendremos una
felicidad sin límites y sin término. Pero amor con amor se paga. Y
decimos con Francisca Javiera: "Mil vidas si las tuviera daría por
poseerte, y mil... y mil... más yo diera... por amarte si pudiera...
con ese amor puro y fuerte con que Tú siendo quien eres... nos amas
continuamente".

Día 23º. JUEVES TERCERO: Cuaresma 3, jueves: el camino a la felicidad es escuchar la voz de Dios, hacer su voluntad

Jeremías proclama la voz del Señor: "Yo seré vuestro Dios y vosotros
seréis mi pueblo". Es una de las expresiones más perfectas de la
Alianza. Una pertenencia recíproca: yo soy tuyo, tú eres mío. Marca el
camino seguro, "a fin de que todo os vaya bien y seáis felices".
Siempre el mismo lazo entre la «fidelidad» a Dios y la "alegría". No
es para tomarlo en un sentido material, de tener éxito: «No te prometo
hacerte feliz en este mundo», decía la Virgen a Bernardita Soubirous.
A veces los que hacen cosas malas parece que se la pasan muy bien, y
que gente buena se la pasan mal en la vida. Pero el que hace el bien,
por dentro siente algo íntimo, como un calorcito parecido a la
"felicidad", y es la alegría íntima que da el Señor a todos los que se
esfuerzan en ser fieles. Dios espera «mi rostro»... cara a cara. Como
los que se quieren. Y yo me aparto de Él. Como los que no se quieren.
Me despisto… Señor, que no me despiste, que me acuerde de mis citas
contigo, de ir a verte, de rezar ahí donde esté y conectar contigo…
para que no digas de mí lo que de aquellos: "-No me escucharon". Tú no
nos hablas sólo en la misa o en la oración. Debo escuchar en mi vida,
en mi estudio y en mis clases, en mi casa y en mis responsabilidades,
en mis amigos y en mis juegos. Pero, con frecuencia, no sé escucharte.
Concédeme esa atención que me falta, Señor (Noel Quesson).
Rezo con el Salmo: "¡Venga, cantemos con júbilo al Señor, aclamemos a
la Roca que nos salva! ¡Vamos hasta Él dándole gracias, aclamemos con
música al Señor! ¡Entremos, inclinémonos para adorarlo! ¡Doblemos la
rodilla ante el Señor que nos creó! Porque Él es nuestro Dios, y
nosotros, el pueblo que Él apacienta, las ovejas conducidas por su
mano. Ojalá hoy escuchéis la voz del Señor"… siento que va por mí:
«ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón». Es una
continuación de lo que me ha dicho el profeta antes: «Escuchad mi voz,
caminad por el camino que os mando, para que os vaya bien» (1ª
lectura).
Hay muchos que lo hacen, son santos anónimos. "Soy consciente, rezaba
Newman, de que a pesar de mis faltas, deseo vivir y morir para gloria
de Dios. Deseo entregarme completamente a Él como instrumento suyo
para la tarea que quiera y a costa de cualquier sacrificio personal".
Hoy hago mía esta oración del converso inglés que tanto hizo por la
Iglesia de su país: ¡Señor, aunque no valga nada, aquí estoy para
hacer, por Ti, lo que quieras!
B. Tierno hablaba de los héroes anónimos, que no los saben ni ellos:
"Jamás pensé que estar en contacto con la enfermedad y el sufrimiento
de los demás podría hacerme tanto bien. Estando de camillero en
Lourdes, una señora, medio ciega y sin piernas, rezaba el rosario.
Como advertí preocupación en su rostro, le pregunté qué le apenaba.
Ella me respondió: "Me entristece este pobre hombre de la camilla de
al lado". Se me hizo un nudo en la garganta y pensé, ¡Dios mío! Ella
sí que está físicamente mal y, sin embargo, no piensa en sí misma.
Esta aleccionadora experiencia me la contaba hace unos días en San
Sebastián el propio protagonista, Luis, un hombre de mediana edad que,
desde hace años, junto con su esposa, asiste como camillero voluntario
a los enfermos que peregrinan a Lourdes. Tantas personas anónimas, la
mayoría donantes de sangre, como Luis, que no desaprovechan la menor
ocasión que se les presenta para ayudar según sus posibilidades, son
héroes anónimos.
Tú nos explicaste que lo que hacemos con los demás lo hacemos contigo.
Por eso trataré de ser generoso, Jesús, con los demás. En concreto
estos días de Cuaresma procuraré hacer muchos favores. Recuérdamelo,
por favor, y que sepas que los haré por amor a ti y a ellos. ¡Cada
día, al menos, un buen favor! Continúa hablándole a Dios con tus
palabras (José Pedro Manglano).
"Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando
salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron".
Pero algunos decían que estaba endemoniado. Pero Jesús les responde
que cómo va a ser del demonio quitar demonios, que ningún reino puede
durar si está dividido,pero "si por el dedo de Dios expulso yo los
demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios", porque si él
quita demonios es que es más fuerte que los demonios: "Cuando uno
fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro;
pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en
las que estaba confiado y reparte sus despojos" y nos anima a seguirle
en su reino: "El que no está conmigo, está contra mí, y el que no
recoge conmigo, desparrama". Nos habla el Evangelio de ese combate
espiritual contra las fuerzas del mal... con Cristo. Señor, sálvame de
mis demonios... líbranos del mal. Eres más fuerte que Batman, que
Superman, que todos los héroes, eres mi Salvador. Ven Jesús a combatir
conmigo en esta Cuaresma. Cuaresma = energía (Noel Quesson).
Cuentan de una señora muy pobre telefoneó a un programa cristiano de
radio pidiendo ayuda, pues no tenía nada que comer.
- Un brujo dedicado al mal que por casualidad oía el programa
consiguió su dirección, llamó a sus secretarios y ordenó que compraran
alimentos y los llevaran hacia la mujer, con la siguiente instrucción:
- Cuando ella pregunte quien mandó estos alimentos, respondan que fue el DIABLO
- Cuando llegaron a la casa, la mujer los recibió con alegría y fue
inmediatamente guardando los alimentos que le llevaron los secretarios
del brujo. Al ver que ella no preguntaba nada, ellos le preguntaron:
¿Señora no quiere saber quién le envió estas cosas? La mujer, en la
simplicidad de la fe, respondió:
- No, hijito... No es preciso.
- Cuando Dios manda, hasta el diablo obedece!
En el ritual del Bautismo hay un gesto simbólico expresivo, el
«effetá», «ábrete». El ministro toca los labios del bautizado para que
se abran y sepa hablar. Y toca sus oídos para que aprenda a escuchar.
Dios se ha quejado hoy de que su pueblo no le escucha. ¿Se podría
quejar también de nosotros, bautizados y creyentes, de que somos
sordos, de que no escuchamos lo que nos está queriendo decir en esta
Cuaresma, de que no prestamos suficiente atención a su palabra? La
Virgen María, maestra en esto, como en otras tantas cosas, de nuestra
vida cristiana, nos ha dado la consigna que fue el programa de su
vida: «hágase en mí según tu palabra» (J. Aldazábal).

Día 22º. MIÉRCOLES TERCERO (10 de Marzo) Cuaresma 3, miércoles: Alabemos a Jesús que nos ha enviado Dios para darnos la ley de la libertad de los hijos de Dios

Los caminos que Dios enseña son justos y muy buenos, camino para la
felicidad y la vida. Dios se dirige a los hombres como a una persona
amada, por su nombre: «Escucha, Israel...» y sigue hablando de los
mandamientos… En estos días de cuaresma trato de estar «a la escucha».
«Para vivir» plenamente... Escuchar a Dios para vivir en plenitud.
Ayúdame, Señor: que yo experimente, que tu Palabra escuchada sea
«vida» para mí... como una respiración. Para así entrar en posesión de
la tierra que Dios da. Que tu Palabra, Señor, sea mi "sabiduría", un
alimento de mi espíritu. Que tus pensamientos lleguen a ser también
mis pensamientos. Que tu manera de ver impregne mis modos de ver. Y
todo ello en plena libertad. No como una coacción exterior
obligatoria... sino como una fuente vivificante y profunda. No como
algo mandado: "qué palo, hay que ir a misa…" sino quiero sentir como
una necesidad interior aceptada de buen grado de quererte. Sin
embargo, a veces dudamos: Tú te callas, pareces estar lejos de
nosotros. Pero lo sé, estás ahí. Tú me miras en este mismo momento. Te
interesas por mí y estás más cerca de mí que mi propio corazón (Noel
Quesson).
"¡Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión! … Envía su
mensaje a la tierra… le dio a conocer sus mandamientos. ¡Aleluya!" La
paz, «shalom», es evocada inmediatamente, pues es contenida
simbólicamente en el mismo nombre de Jerusalén.
Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley
y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os
lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una
tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de
estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el
más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y
los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».
¿Qué son esos mandamientos tan importantes que hay que seguir? El
amor. El que da es rico. El que se queda con todo es pobre. El pobre
es el egoísta. Y hay una pobreza aún mayor: "Hay diversas clases de
pobreza -cuenta la madre Teresa de Calcuta-. En la India hay gente que
muere de hambre. Un puñado de arroz es precioso, valiosísimo. En los
países occidentales, sin embargo, no hay pobreza en ese sentido. Nadie
muere de hambre y ni siquiera abundan los pobres como en la India...
Pero existe otra clase de pobreza, la del espíritu que es mucho peor.
La gente no cree en Dios, no reza, no ama, va a lo suyo... Es una
pobreza del alma, una sequedad del corazón que resulta mucho más
difícil de "remediar". ¿Puedes tener tú esa pobreza? Pídeles a Jesús y
a María que nunca caigas en esa pobreza de espíritu; que te ayuden a
quererles cada día más y a acudir a ellos ante cualquier necesidad, y
que te ayuden a querer a los demás. ¡Jesús, María, que no olvide rezar
ni por la noche ni al levantarme! Que sea generoso: porque el
verdaderamente "pobre" es el egoísta. Continúa hablando a Dios con tus
palabras, pídele purificar este amor, con la forja donde se ponen los
sentimientos en el fuego y se quema lo malo y se esculpe la imagen de
Jesús en nosotros...
Cuentan que un obrero había encontrado un billete de mil dólares; no
le llamó mucho la atención porque en América los billetes son iguales
aunque tengan más valor y aquel papelito no le impresionó demasiado.
Se lo guardó en un bolsillo, varios días más tarde, al pasar por un
Banco, entró a preguntar cuánto valía. Casi se desmaya cuando se lo
dijeron, pues la suma equivalía a tres meses de su jornal...
No es raro encontrarse con gente que no sabe lo que tiene; puede ser
un cuadro de un pintor famoso, un objeto antiguo, unas monedas raras,
unos sellos valiosísimos... Cuando nos enteramos, solemos sentir una
especie de envidia. No se nos ocurre pensar que nosotros también
tenemos un tesoro que quizá no apreciamos: El Sacramento de la
Penitencia es esa forja donde se realiza ese milagro. Tal vez al
recibirlo frecuentemente y sepamos que no sólo sirve para perdonar los
pecados graves, sino también los leves; que aumenta la gracia
santificante y nos proporciona una gracia especial para rechazar las
tentaciones... Sin embargo, a lo mejor nos parece que no nos aprovecha
demasiado, que no nos hace mejores; que nos acusamos una y otra vez de
los mismos pecados, inútilmente... Si eso pensamos, lo más probable es
que nuestras confesiones no sean buenas. La Penitencia es un
sacramento que Jesús pagó con su vida. Debemos cuidar todo lo que
tiene que ver con la confesión.
¿Hago bien el examen? ¿Pido perdón con dolor? ¿Digo los pecados en
concreto y también los veniales? ¿Hago propósito de no volver a
cometerlos? ¿Cumplo la penitencia? Continúa hablándole a Dios con tus
palabras.
Trataba de burlarse un individuo de las mujeres que van a confesarse, diciendo:
- Por cada hombre que se confiesa, se confiesan treinta mujeres.
Una señora que le oía le contestó al momento:
- Es verdad. Y, quizás por eso mismo, en las cárceles, por cada mujer
hay treinta hombres.
No suelen ser los que van a la cárcel quienes se confiesan con más
frecuencia. Quizás tengan algo que ver entre sí esas dos estadísticas.
El santo cura de Ars procuraba, con toda su alma, acercar a los fieles
a la recepción frecuente de los sacramentos de la Penitencia y de la
Eucaristía. Solía decir: "No todos los que se acercan son santos. Pero
los santos serán siempre escogidos entre aquellos que los reciben con
frecuencia". Y otro gran sacerdote decía: "un santo es un cristiano
que se confiesa".
La gracia de Dios que nos llega por esos dos sacramentos no circula en
vano por nuestra alma, algo hace en nosotros (Agustín Filgueiras
Pita).
Desagravio. ¡Señor perdónales porque no saben lo que hacen! Estas
fueron casi las últimas palabras que Jesús dijo antes de morir en la
Cruz. Dios perdona siempre que le pedimos perdón, pero
desafortunadamente no todos los hombres tienen la costumbre de pedir
perdón y de terminar con cosas o actitudes que ofendan al Señor. Ese
cine que proyecta películas desaconsejadas, una conversación salida de
tono, cuando se leen noticias en las que se informa de alguien que
asesina o secuestra, cuando te enteras de alguien que roba o engaña,
cuando pasas por delante de uno de esos sitios en los que se ofende a
Dios, ¿te acuerdas de pedir perdón por esa gente que no sabe lo que
hace? ¡Jesús perdónales porque no se dan cuenta! Coméntale a Dios con
tus palabras algo de o que has leído (José Pedro Manglano).

Huashan Pps L

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sábado, 3 de abril de 2010

Día 21º. MARTES TERCERO (9 de Marzo): cuando perdonamos, nos hacemos dignos de la misericordia divina

Se cuenta de Ramón Narváez, un primer ministro de la España del siglo
diecinueve, que firmó la sentencia de muerte de 35.000 enemigos.
Cuando él estaba muriéndose, en 1886, le preguntó el sacerdote si
estaba dispuesto a perdonar a todos sus enemigos. Él contestó:
-"¿Enemigos? Padre, yo no tengo enemigos. Los he fusilado a todos".
La manera cristiana de no tener enemigos no es fusilarles. Si
supiésemos mirar a todos como amigos, no tendríamos enemigos. A las
personas, en buena manera, las convertimos en lo que vemos en ellas
cuando las miramos. Parafraseando el Evangelio: "Mira a los demás, a
cada uno, como quieres que ellos te miren a ti".
A veces no nos gusta algo de los demás: ¿y qué vamos a hacer,
matarlos? No: quererles como son. Fallar y equivocarse es propio de la
criatura. Pedir perdón es profundamente humano. Perdonar es lo más
divino. Cuando perdonamos, de verdad, es, quizás, cuando más nos
parecemos a Dios. Nos cuesta perdonar cualquier cosilla que nos hacen
o que creemos nos hacen. Y aún cuando perdonamos, no somos capaces de
olvidar. Impresiona que todo un Dios, incluso antes de que le
ofendamos, ya está inventando la manera de concedernos su perdón. Y,
además, de hacernos saber que estamos perdonados. Quiere perdonarnos y
que podamos quedar tranquilos. Eso es la confesión. Un buen hombre
desembarca en San Francisco y se va a confesar a la primera iglesia
que encuentra.
- "¿Cómo tarda usted dos años - le pregunta el cura- en venir a confesarse?"
-"Mire usted - explica el hombre- yo vivo en tal isla, que, como sabe,
está perdida en el Pacífico. Este es el puerto más cercano. Cuando
puedo, aprovecho para venir al continente con algún amigo pescador".
El cura recuerda que en esta isla hace escala semanalmente una mala
línea de aviones. Y le dice:
-"Comprendo. Pero todos los lunes tiene usted un servicio de avión".
-"También yo he pensado en eso.- replica el buen hombre- Pero póngase
en mi lugar: tomar ese avión por pecados veniales, es demasiado caro.
Y tomarlo con pecados mortales, es demasiado peligroso (Agustín
Filgueiras Pita).
Pues no: sabemos que con un acto de contrición tenemos la gracia de
Dios, aunque el sacramento nos da la seguridad del perdón. Porque
conviene enseguida pedir perdón a Dios, ya un solo día en pecado
mortal "es demasiado peligroso".
Hoy vemos a Daniel que no quiso adorar dioses falsos y fue echado al
horno con sus amigos, y el rey asombrado vio: "yo veo cuatro hombres
que caminan libremente por el fuego sin sufrir ningún daño, y el
aspecto del cuarto se asemeja a un hijo de los dioses". Daniel pedía a
Dios que dejaran de ser esclavos: -«Por el honor de tu nombre, no nos
desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros
tu misericordia. Por Abraham, tu amigo; por Isaac, tu siervo; por
Israel, tu consagrado; a quienes prometiste multiplicar su
descendencia como las estrellas del cielo, como la arena de las playas
marinas. Pero ahora, Señor, somos el más pequeño de todos los pueblos;
hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados.
En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes; ni
holocausto, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso; ni un sitio
donde ofrecerte primicias, para alcanzar misericordia. Por eso, acepta
nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde... Que éste sea
hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque
los que en ti confían no quedan defraudados. Ahora te seguimos de todo
corazón, te respetamos y buscamos tu rostro, no nos defraudes, Señor.
Trátanos según tu piedad, según tu gran misericordia. Líbranos con tu
poder maravilloso y da gloria a tu nombre, Señor.»
Qué bonito cuando ofrecemos a Dios nuestro corazón. La plegaria de
Daniel se apoya por entero en la «misericordia» de Dios. La época de
Daniel es un período de prueba, de mucha humillación. Los judíos han
sido deportados a Babilonia. Son perseguidos. No tienen templo «ni
jefe, ni profeta, ni príncipe, ni holocausto, ni sacrificio de
ofrenda, ni incienso, ni siquiera un lugar para rezar...»
Cuando Dios perdona, también olvida (algo que nosotros no podemos,
cuando nos han ofendido), lo que significa remisión completa y
absoluta. Podemos decir como oración personal nuestra -por ejemplo,
después de la comunión- el salmo de hoy: «Señor, recuerda tu
misericordia, enséñame tus caminos, haz que camine con lealtad... el
Señor es bueno y recto y enseña el camino a los pecadores...». La
penitencia va muy ligada a la alegría, pues la conversión atrae la
misericordia divina, y se vive la alegría de los hijos de Dios, como
decía S. Josemaría: "¡Qué capacidad tan extraña tiene el hombre para
olvidarse de las cosas más maravillosas, para acostumbrarse al
misterio! … La filiación divina es una verdad gozosa, un misterio
consolador. La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual,
porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del
Cielo, y así colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la
sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque
somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con
amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de
Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del
mundo, amando al mundo… El Señor nos llama para que nos acerquemos a
Él deseando ser como Él: sed imitadores de Dios, como hijos suyos muy
queridos, colaborando humildemente, pero fervorosamente, en el divino
propósito de unir lo que está roto, de salvar lo que está perdido, de
ordenar lo que ha desordenado el hombre pecador, de llevar a su fin lo
que se descamina, de restablecer la divina concordia de todo lo
creado", y después de considerar nuestras flaquezas añade: "La última
palabra la dice Dios, y es la palabra de su amor salvador y
misericordioso y, por tanto, la palabra de nuestra filiación divina.
Por eso os repito hoy con San Juan: ved qué amor hacia nosotros ha
tenido el Padre, queriendo que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos
en efecto. Hijos de Dios, hermanos del Verbo hecho carne, de Aquel de
quien fue dicho: en él estaba la vida, y la vida era la luz de los
hombres. Hijos de la Luz, hermanos de la luz: eso somos. Portadores de
la única llama capaz de encender los corazones hechos de carne". Es a
Cristo a quien buscamos con nuestros deseos de felicidad. Él nos
comprende, "permitió que le tentaran: para que así nos llenemos de
ánimo y estemos seguros de la victoria. Porque Él no pierde batallas
y, encontrándonos unidos a Él, nunca seremos vencidos, sino que
podremos llamarnos y ser en verdad vencedores: buenos hijos de Dios.
Que vivamos contentos. Yo estoy contento. No lo debiera estar, mirando
mi vida, haciendo ese examen de conciencia personal que nos pide este
tiempo litúrgico de la Cuaresma. Pero me siento contento, porque veo
que el Señor me busca una vez más, que el Señor sigue siendo mi Padre.
Sé que vosotros y yo, decididamente, con el resplandor y la ayuda de
la gracia, veremos qué cosas hay que quemar, y las quemaremos; qué
cosas hay que arrancar, y las arrancaremos; qué cosas hay que
entregar, y las entregaremos. La tarea no es fácil. Pero contamos con
una guía clara, con una realidad de la que no debemos ni podemos
prescindir: somos amados por Dios, y dejaremos que el Espíritu Santo
actúe en nosotros y nos purifique, para poder así abrazarnos al Hijo
de Dios en la Cruz, resucitando luego con Él, porque la alegría de la
Resurrección está enraizada en la Cruz. María, Madre nuestra, auxilium
christianorum, refugium peccatorum: intercede ante tu Hijo, para que
nos envíe al Espíritu Santo, que despierte en nuestros corazones la
decisión de caminar con paso firme y seguro, haciendo sonar en lo más
hondo de nuestra alma la llamada que llenó de paz el martirio de uno
de los primeros cristianos: veni ad Patrem, ven, vuelve a tu Padre que
te espera".
Pedro preguntó a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las
ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso
el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas
con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le
debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor
que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que
se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le
decía: 'Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré'. Movido a
compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó
la deuda.
Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros,
que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: 'Paga
lo que debes'. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: 'Ten
paciencia conmigo, que ya te pagaré'. Pero él no quiso, sino que fue y
le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus
compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a
su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le
dijo: 'Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me
lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del
mismo modo que yo me compadecí de ti?'. Y encolerizado su señor, lo
entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto
mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón
cada uno a vuestro hermano».
Está claro: hemos de saber vivir esta misericordia, para poder
recibirla: perdonar nosotros a los que nos hayan podido ofender.
«Perdónanos... como nosotros perdonamos», nos atrevemos a decir cada
día en el Padrenuestro. Para pedir perdón, debemos mostrar nuestra
voluntad de imitar la actitud del Dios perdonador. Se ve que esto del
perdón forma parte esencial del programa de Cuaresma, porque ya ha
aparecido varias veces en las lecturas. ¿Somos misericordiosos?
¿Cuánta paciencia y comprensión almacenamos en nuestro corazón? ¿Tanta
como Dios, que nos ha perdonado a nosotros diez mil talentos? ¿Podría
decirse de nosotros que luego no somos capaces de perdonar cuatro
euros al que nos los debe? ¿Somos capaces de pedir para los pueblos
del tercer mundo la condonación de sus deudas exteriores, mientras en
nuestro nivel doméstico no nos decidimos a perdonar esas pequeñas
deudas?
Cuaresma, tiempo de perdón. De reconciliación en todas las
direcciones, con Dios y con el prójimo. No echemos mano de excusas
para no perdonar: Dios nos ha perdonado sin tantas distinciones. Como
David perdonó a Saúl, y José a sus hermanos, y Esteban a los que lo
apedreaban, y Jesús a los que lo clavaban en la cruz. Es el colofón
del padrenuestro que hoy se vuelve a repetir de modos distintos, para
que nos quede bien grabado: "Perdona nuestras ofensas, como también
nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Dios nos ha perdonado
mucho, y no debemos guardar rencor a nadie. Hemos de aprender a
disculpar con más generosidad, a perdonar con más prontitud. Perdón
sincero, profundo, de corazón. A veces nos sentimos heridos sin una
razón objetiva; sólo por susceptibilidad o por amor propio lastimado
por pequeñeces que carecen de verdadera entidad. Y si alguna vez se
tratara de una ofensa real y de importancia, ¿no hemos ofendido
nosotros mucho más a Dios? Él no acepta el sacrificio de quienes
fomentan la división.
Llucià Pou Sabaté

Día 20º. LUNES TERCERO (8 de Marzo) Cuaresma 3, lunes: Jesús nos da el agua viva que cura, que sacia la sed, que crece cuando se comunica con el amor

Cuenta el Libro de los Reyes que "Naamán, general del ejército del rey
de Arám, era un hombre prestigioso y altamente estimado por su señor,
porque gracias a él, el Señor había dado la victoria a Arám. Pero este
hombre, guerrero valeroso, padecía de una enfermedad en la piel". Su
mujer tenía una esclava judía que le dijo a su patrona: "¡Ojalá mi
señor se presentara ante el profeta que está en Samaría! Seguramente,
él lo libraría de su enfermedad". Naamán fue y le contó a su señor:
"La niña del país de Israel ha dicho esto y esto". El rey de Arám
respondió: "Está bien, ve, y yo enviaré una carta al rey de Israel".
Naamán partió llevando consigo diez talentos de plata, seis mil siclos
de oro y diez trajes de gala, y presentó al rey de Israel la carta que
decía: "Al mismo tiempo que te llega esta carta, te envío a Naamán, mi
servidor, para que lo libres de su enfermedad". Apenas el rey de
Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras y se puso nervioso:
"Fíjense bien y verán que él está buscando un pretexto contra mí".
Pero Eliseo, el hombre de Dios, dijo al rey: "Que él venga a mí y
sabrá que hay un profeta en Israel". Naamán llegó y Eliseo mandó un
mensajero para que le dijera: "Ve a bañarte siete veces en el Jordán;
tu carne se restablecerá y quedarás limpio". Pero Naamán, muy
irritado, se fue diciendo: "Yo me había imaginado que saldría él
personalmente, se pondría de pie e invocaría el nombre del Señor, su
Dios; luego pasaría su mano sobre la parte afectada y curaría al
enfermo de la piel. ¿Acaso los ríos de Damasco, el Abaná y el Parpar,
no valen más que todas las aguas de Israel? ¿No podía yo bañarme en
ellos y quedar limpio?". Y dando media vuelta, se fue muy enojado.
Pero sus servidores se acercaron para decirle: "Padre, si el profeta
te hubiera mandado una cosa extraordinaria ¿no la habrías hecho?
¡Cuánto más si él te dice simplemente: Báñate y quedarás limpio!".
Entonces bajó y se sumergió siete veces en el Jordán, conforme a la
palabra del hombre de Dios; así su carne se volvió como la de un
muchacho joven y quedó limpio. Luego volvió con toda su comitiva
adonde estaba el hombre de Dios. Al llegar, se presentó delante de él
y le dijo: "Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra, a no
ser en Israel. Acepta, te lo ruego, un presente de tu servidor".
Estaba enfermo de lepra, era tozudo, pero al final obedeció y se hizo
el milagro. Los sirios tenían fama de poseer secretos mágicos para
curar las enfermedades. Los judíos, inferiores en sabiduría y en
ciencia profana, tienen el favor divino de curar. Cuando sufro por mis
pecados, cuando me siento impuro o egoísta, cuando veo que soy cobarde
ante mis responsabilidades... ¿acudo a Dios, a la gracia de mi
bautismo? Yo también he sido lavado por el agua que purifica por la
Fe. No saldré de mis debilidades con mis esfuerzos sino con tus
sacramentos, Señor: penitencia y eucaristía... Tú eres: "el que
salva", eres mi salvador" (Noel Quesson).
Ayer veíamos que Jesús era la roca de donde manaba agua viva. Es desde
la Cruz de donde saldrán esos ríos de agua y sangre redentora, los
sacramentos, que nos curarán. Su Cruz que explicarán mis cruces. La
cruz de Cristo no era sólo el lugar donde murió, el dolor de la
soledad, las injusticias que sufrió, los insultos que recibió... Los
de aquel momento y los de toda la historia. El dolor que siente por lo
que yo he hecho mal hoy contra otra persona, o contra mí mismo o
contra Él. Esa es su cruz, Él sufre cuando yo no me porto bien.
Y mi cruz de cada día, la que tengo que coger para seguirle, no es
ponerme piedras en los zapatos. Mi cruz es el dolor cuando me duele
algo, las injusticias que sufro, el cansancio de una clase larga,
luchar contra la pereza, el esfuerzo por ser generoso -porque me
cuesta dar mis cosas-. Mi cruz es trabajar bien cuando no me apetece.
Y saber obedecer cuando no quiero, y luchar contra esas debilidades
que me cuestan... todo esto es obedecer y así al hacer la voluntad de
Dios, amar a Dios y a los demás, más que mi voluntad. Durante esta
cuaresma, Señor, quiero coger mi cruz de cada día porque quiero
seguirte. ¡Que sea generoso, Dios mío! Continúa hablándole a Dios con
tus palabras.
Para esto nos ha dado una "poción mágica", un alimento más potente que
el de Asterix y la olla donde cayó Obelix, y es la fe y los
sacramentos, la santa Misa. Que no la desaprovechemos. Una historia: A
media tarde, Jorge entra en la cocina como un huracán y le dice a su
mujer:
"-Hola, cariño... Voy a cambiarme. Felipe y yo vamos a jugar un
partido de tenis antes de que se haga de noche".

-"¡Pero, Jorge! –se queja su mujer- es muy tarde y tenía preparada una
excelente cena: carne a la borgoñesa, y verduras, y una tarta de
limón."
"-Lo siento, cariño -responde Jorge- tomaré un bocadillo en un bar.
Tómatelo tú..."
A los cinco minutos, Jorge ya está en camino. Su mujer no puede
reprimir el llanto.
-"No me quiere", solloza contemplando la excelente cena que había
preparado a su marido. Cualquier mujer que lea esto simpatizará con la
esposa de Jorge y hasta muchos hombres le darán la razón, sin pensar
que casi todos somos culpables de una falta de consideración
semejante, cuando no vamos a este encuentro con nuestro Amigo Jesús.
Falta de consideración con Jesús. Desprecio del amor que ha derrochado
con nosotros. Indiferencia ante el Gran Banquete -la Eucaristía, la
Comunión- a que nos invita. ¿Vas a Misa siempre que puedes? ¿Adelantas
el estudio para poder ir a estar con tu Amigo acompañándole en la
Pasión, que eso es la Misa? Qué buen propósito: durante la Cuaresma ir
a Misa siempre que pueda, todos los días que me sea posible (José
Pedro Manglano).
Mira qué Salmo tan bonito: "Como la cierva sedienta busca las
corrientes de agua, así mi alma suspira por ti, mi Dios.
Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente: ¿Cuándo iré a contemplar
el rostro de Dios?
Envíame tu luz y tu verdad: que ellas me encaminen y me guíen a tu
santa Montaña, hasta el lugar donde habitas.
Y llegaré al altar de Dios, el Dios que es la alegría de mi vida; y te
daré gracias con la cítara, Señor, Dios mío".
«Ningún manjar es más sabroso para el alma que el conocimiento de la
verdad» (Lactancio); pedir luz para en estos días mirar a Dios,
mirarnos a nosotros mismos: considerar la vida del Señor, para
conocerle más, para tratarle más, para amarle más, para seguirle más.
Son momentos de agradecer esta oportunidad de una nueva conversión, de
fomentar la esperanza: Dios se vuelca con gracias muy especiales. Es
el de hoy un salmo de búsqueda… en nuestra vida aparecen preguntas,
dificultades: Si Dios existe, ¿por qué tanto mal en el mundo? ¿Por qué
el malo triunfa y el justo viene pisoteado? ¿La omnipotencia de Dios
no termina con aplastar nuestra libertad y responsabilidad? Este salmo
recoge las aspiraciones del alma: "Como anhela la cierva… así te
anhela mi alma… Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo: ¿Cuándo
iré y veré la faz de Dios?" Esa aspiración es una necesidad del hombre
que no se puede ahogar, nos nace en el interior… Cuando no se
encuentra a Dios, esas palabras expresan nuestra sed de Él, la unión
con Dios: «Tu gracia vale más que la vida» (Salmo 62,4). Esta sed
queda saciada en Cristo crucificado y resucitado. Decía San Josemaría
Escrivá: "Los que se quieren, procuran verse. Los enamorados sólo
tienen ojos para su amor. ¿No es lógico que sea así? El corazón humano
siente esos imperativos. Mentiría si negase que me mueve tanto el afán
de contemplar la faz de Jesucristo… mi corazón está sediento de Dios,
del Dios vivo. ¿Cuándo vendré y veré la faz de Dios?: verle,
contemplarlo, conversar con él. Lo podemos realizar ya ahora, lo
estamos tratando de vivir, es parte de nuestra existencia". También
aquel himno de vísperas:
"Esta es la hora para el buen amigo,
llena de intimidad y confidencia,
y en la que, al examinar nuestra conciencia,
igual que siente el rey, siente el mendigo.
Hora en que el corazón encuentra abrigo
para lograr alivio a su dolencia
y, el evocar la edad de la inocencia,
logra en el llanto bálsamo y castigo.

Hora en que arrullas, Cristo, nuestra vida
con tu amor y caricia inmensamente
y que a humildad y a llanto nos convida.

Hora en que un ángel roza nuestra frente
y en que el alma, como cierva herida,
sacia su sed en la escondida fuente".
Es además una sed que se quita compartiendo el agua que Dios nos da,
como leemos en santa Teresa: el amor crece cuando se sabe comunicar, y
en una pequeña historia que leí por Internet: En cierta ocasión, un
reportero le preguntó a un agricultor si podía divulgar el secreto de
su maíz, que ganaba el concurso al mejor producto, año tras año. El
agricultor confesó que se debía a que compartía su semilla con los
vecinos. - "¿Por qué comparte su mejor semilla de maíz con sus
vecinos, si usted también entra al mismo concurso año tras año?"
preguntó el reportero. - "Verá usted, señor," dijo el agricultor. -
"El viento lleva el polen del maíz maduro, de un sembrío a otro. Si
mis vecinos cultivaran un maíz de calidad inferior, la polinización
cruzada degradaría constantemente la calidad del mío. Si voy a sembrar
buen maíz debo ayudar a que mi vecino también lo haga". Lo mismo es
con otras situaciones de nuestra vida. Quienes quieran lograr el
éxito, deben ayudar a que sus vecinos también tengan éxito. Quienes
decidan vivir bien, deben ayudar a que los demás vivan bien, porque el
valor de una vida se mide por las vidas que toca. Y quienes optan por
ser felices, deben ayudar a que otros encuentren la felicidad, porque
el bienestar de cada uno se halla unido al bienestar de todos.
"Jesús dijo a los de Nazaret que «ningún profeta es bien recibido en
su patria... muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta
Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio». Y se
llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y
le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba
edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de
ellos, se marchó".
Esperaban ver cosas extraordinarias. No tienen fe, y Jesús no hizo
allí ningún milagro. Aquellas gentes sólo vieron en Él al hijo de
José, el que les hacía mesas y les arreglaba las puertas. No supieron
ver más allá. No descubrieron al Mesías que les visitaba. Nosotros,
para contemplar al Señor, también debemos purificar nuestra alma. La
Cuaresma es buena ocasión para intensificar nuestro amor con obras de
penitencia que disponen el alma a recibir las luces de Dios (Noel
Quesson). No te reconocen, Jesús. Tu infancia y juventud habían sido
tan normales que ahora no pueden aceptar tu divinidad y necesitan
milagros como prueba de que eres el Mesías. ¡Auméntanos la fe! «Señor,
purifica y protege a tu Iglesia con misericordia continua» (oración).
«Envía tu luz y tu verdad, que ellas me guíen» (salmo), y queremos
también vivir este deseo: «Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis
vuestro corazón» (aclamación).
Esta apertura hacia la gracia supone ser dócil a las cosas pequeñas
que el Señor nos pide, a esa conversión, y si yo cambio se harán
realidad las grandes cosas, como señalan aquellas frases que corren
por internet: "Si yo cambiara mi manera de pensar hacia otros, me
sentiría seren@.
Si yo cambiara mi manera de actuar ante los demás, los haría felices.
Si yo aceptara a todos como son, sufriría menos.
Si yo me aceptara tal como soy, quitándome mis defectos, cuánto
mejoraría mi familia, mi ambiente.
Si yo comprendiera plenamente mis errores, sería humilde.
Si yo encontrara lo positivo en todos, la vida sería digna de ser vivida.
Si yo amara al mundo, a mi país....lo cambiaría.
Si yo me diera cuenta de que al lastimar, el primer lastimad@ soy yo!
Si yo criticara menos y amara más....
Si yo cambiara... cambiaría el mundo".

viernes, 2 de abril de 2010

Día 19º. DOMINGO TERCERO (7 de Marzo): Dios se presenta a Moisés, y le explica su nombre y anuncia que vendrá al mundo más tarde…

"Moisés era pastor del rebaño de su suegro, sacerdote de Madián (en el
Sinaí). Una vez llevó las ovejas más allá del desierto; y llegó hasta
Horeb, la montaña de Dios. El ángel de Yahveh se le apareció en forma
de llama de fuego, en medio de una zarza. Vio que la zarza estaba
ardiendo, pero que la zarza no se consumía". Yahveh le habló:
«¡Moisés, Moisés!» Él respondió: «Heme aquí.» Le dijo: «No te acerques
aquí; quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es
tierra sagrada.» Y añadió: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de
Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.» Moisés no le vio el
rostro a Dios, Yahveh le prometió la libertad para el pueblo de
Israel, y que les llevaría a "una tierra buena y espaciosa; a una
tierra que mana leche y miel". Y Dios se presenta: nos preguntamos
¿cómo es Dios? Pues vamos a ver qué ha dicho Él, ya que nos gustaría
conocer más cosas de cómo es. Nos gustaría preguntarle: «¿Cómo te
llamas, Señor? Dime quién eres. Enséñame tu nombre». Moisés dialogará
más tarde con el Señor como con un amigo, que le concede lo que le
pide «pues has hallado gracia a mis ojos y yo te conozco por tu
nombre». Aquí, cuando se presentan, le dice que quiere conocer su
nombre: «Déjame ver por favor tu gloria». Nosotros también se lo
decimos: Quiero conocer tu misterio, lo que hay más dentro de ti, la
fuente última de tus acciones y sentimientos. Quiero saber cómo nos
miras y qué quieres de nosotros. ¿Qué somos nosotros para ti? ¿Qué
eres Tú para nosotros? Dios dará a conocer a su amigo sólo parte de lo
que pide. Conocer el nombre de una cosa o una persona equivalía casi a
poseerla y dominarla. Por eso le dirá: «pronunciaré delante de ti mi
nombre... Pero mi rostro no podrás verlo porque nadie puede ver a Dios
y seguir con vida». Me podrás ver como de paso, como una ráfaga.
Podrás llegar a ver, no mi cara, sino «mis espaldas». Habrá que
esperar mucho tiempo para poder ver el rostro de Dios, que se
manifestó en Jesucristo, el cual es: «Resplandor de su gloria»; «la
gloria de Dios que está en la faz de Cristo».
Pues Dios le dijo: soy "Yahveh", que significa "El que soy-el que
vendré", la palabra es difícil traducir, por eso también quiere decir
Emmanuel, Dios con nosotros, Jesús es Dios que viene. Cuando Jesús nos
dice "Yo os digo" está hablando como Dios, con ese Nombre. Así se da a
conocer Dios: "Yo soy el que me manifestaré ser en la obra que haga,
por la cual sabréis quien soy". Él es el que nos salva, Dios no tiene
otro nombre que su misma obra salvadora. La obra de Dios es la
revelación de su nombre Yahveh. El nombre de Dios se está siempre
descubriendo a quienes ven la obra de Dios, por eso decimos:
"santificado sea tu nombre…" el nombre de Dios no termina nunca de
revelarse, siempre renovado en su presencia activa a la fe de los
creyentes, que lo están conociendo siempre de nuevo en su acción
salvadora (edic. Marova).
Por eso le damos gracias y cantamos con el Salmo: "Bendice a Yahveh,
alma mía, del fondo de mi ser, su santo nombre, bendice a Yahveh, alma
mía, no olvides sus muchos beneficios. El, que todas tus culpas
perdona, que cura todas tus dolencias, rescata tu vida de la fosa, te
corona de amor y de ternura, Yahveh, el que hace obras de justicia, y
otorga el derecho a todos los oprimidos, manifestó sus caminos a
Moisés, a los hijos de Israel sus hazañas. Clemente y compasivo es
Yahveh, tardo a la cólera y lleno de amor; como se alzan los cielos
por encima de la tierra, así de grande es su amor para quienes le
temen". Como un padre siente ternura por sus hijos siente el Señor
ternura por sus fieles. El salmo de hoy es el de la ternura de Dios,
como madre: como una madre consuela a su niño, así os consolaré yo,
dice el Señor. Esto nos hace dar gracias a Dios, la que más sabe es
la Virgen María con su Magníficat: "Proclama mi alma la grandeza del
Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador..." Queremos tener
mantener encendido el fuego divino de la liberación, del amor,
corresponderle. Señor, quiero hacer oración, tratarte como un amigo,
saber tu nombre, hablar contigo:
"Cuando estén afinadas, Maestro mío,
todas las cuerdas de mi vida,
cada vez que Tú las toques
cantarán amor" (R. Tagore).
Los israelitas en el desierto estuvieron protegidos del sol bajo la
nube (como un paraguas que les mandaba Dios) y todo esto eran símbolos
de lo que vendría: la nube la hemos visto en la transfiguración,
cuando pasaron el Mar Rojo era imagen del bautismo que tenemos, los
cristianos, dice S. Pablo, saboreaban más a Cristo en su corazón que
el maná que tomaban los israelitas en la boca, y la roca de la que
salía una fuente era Cristo era Cristo que de su Corazón abierto
nacerán ríos de agua viva. Todas aquellas cosas eran figuras de lo que
vendría, pero se hallaban oscuras, y hay que iluminarlo para verlo.
Como una castaña o nuez, hay que quitarles la corteza para saborearlo,
hincarle el diente.
Jesús dice que los que han sufrido unas desgracias no son más
pecadores que los demás, que la "mala suerte" no es porque "se lo
merecen". Y explica que hemos de pensar en dar fruto para la vida
eterna, con esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su
viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró.
Dijo entonces al viñador: "Ya hace tres años que vengo a buscar fruto
en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la
tierra?"
Pero él le respondió: "Señor, déjala por este año todavía y mientras
tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en
adelante; y si no da, la cortas."»
Es la "parábola de la paciencia", pero que hemos de procurar no
dormirnos. La idea es que todos tenemos necesidad de cambiar, no sólo
cuando nos sale mal algo. Es lógico que deba rectificar si actúo mal.
Pero si algo va bien tampoco tengo que estar tranquilo, puedo siempre
esforzarme más. No se tratar de ser más que los demás, sino de dar lo
mejor de mi mismo, como los artistas. Esta es la excelencia que se nos
pide. El Dios que Moisés llegó a conocer es un Dios cercano. No está
en las nubes o en el tercer cielo. Es un Dios que se deja encontrar en
lo de cada día. Es el Dios del encuentro. Llegará a poner la Tienda
del Encuentro, en medio de su pueblo. Jesús, el Emmanuel es el que
«acampó entre nosotros»! Está en mi clase, en mi casa, entre mis
amigos...
Quiere decir que Dios viene a nuestro encuentro: «He bajado». Se deja
encontrar por Moisés y se deja encontrar por todos los que le buscan.
Como se dejó encontrar por Magdalena. Se deja encontrar siempre en la
tienda del amor. Dios está con nosotros: «Yo estaré contigo», le dijo
a Moisés. No viene de visita, para ver cómo nos van las cosas. El se
queda y está con nosotros. El «Yo estoy contigo» es una de las frases
más repetidas en toda la historia de la salvación. No sólo contigo,
sino en ti. Su presencia es muy íntima. Está ahí, alentando nuestra
existencia. Es la fuente secreta de nuestra vida. Y quiere decir que
Dios está con nosotros especialmente cuando nos encontramos. Donde hay
unión, "buen rollo", allí está Dios: "donde hay verdad y amor allí
está Dios", dice la canción. La dispersión, la desunión, la discordia,
los muros y las fronteras, son el signo más claro de la ausencia de
Dios.
-Un Dios compasivo y misericordioso. Dios es sensible, entrañable,
benévolo. Le llegan nuestros problemas y le duelen nuestros
sufrimientos. ¡Que Dios no es impasible! ¡Que Dios no es un duro! ¡Que
Dios es capaz de llorar! ¿Cómo serán las lágrimas divinas? En la
conversación con Moisés se manifiesta como: El que ve: «Bien vista
tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto». Esta visión le conmueve,
le interpela y le hace tomar partido. Es una comprensión profunda y
compasiva. El que oye: «He escuchado su clamor. El clamor de los hijos
de Israel ha llegado hasta mí». No hace oídos sordos. Los tiene bien
abiertos, especialmente para los que sufren, para el clamor del pobre:
«Clamará a mí, y yo le oiré, porque soy compasivo».
Es una revelación preciosa. Dios es el que mira con cariño, el que se
prodiga en caricias y gestos de ternura, el que nos sonríe y hace
gracia, el que se emociona con nuestras cosas. El que hace gracia,
favor, y el que hace gracias, alegrías y chirigotas con nosotros. El
que juega con nosotros. ¿Cómo serán sus juegos? El que nos dice
palabras y cosas bonitas. El que llega a bailar gozoso y "danzar"
emocionado con nosotros, «con gritos de júbilo» (Sof 3,17).
Decididamente, Dios es maternal y un pobre enamorado (Caritas).
A la Madre Teresa de Calcuta se atribuyen estos pensamientos: «La vida
es una oportunidad, aprovéchala. La vida es belleza, admírala. La vida
es un reto, afróntalo. La vida es un deber, cúmplelo. La vida es un
juego, juégalo. La vida es preciosa, cuídala. La vida es amor, gózalo.
La vida es un misterio, desvélalo. La vida es tristeza, supérala. La
vida es un combate, acéptalo. La vida es una tragedia, domínala. La
vida es una aventura, arrástrala. La vida es felicidad, merécela. La
vida es la vida, defiéndela.»

Día 18º. SÁBADO SEGUNDO (6 de Marzo): la vida es un ir volviendo a la casa del Padre, con la conversión

Reza el profeta: "Como en los días en que salías de Egipto, muéstranos
tus maravillas. ¿Qué dios es como Tú, que perdonas la falta y pasas
por alto la rebeldía…?" sigue diciendo que "ama la fidelidad. Él
volverá a compadecerse de nosotros y pisoteará nuestras faltas. Tú
arrojarás en lo más profundo del mar todos nuestros pecados". Dios ha
salido a buscarnos como el pastor busca a la oveja perdida. Dejémonos
encontrar y salvar por Él... Dios nos ama; dejémonos amar por Él y nos
transforme de pecadores en justos y en hijos suyos. Las ovejas
alocadas, perdidas en el monte bajo, esperan que vaya el pastor a
liberarlas y conducirlas a los verdes pastizales. A veces veo que no
controlo, que estoy como loco, como una cabra, un potro salvaje, y me
da mucha paz pensar: existo, porque Dios se enamoró de mí. Me quiere
como soy. En mí todo es gracia: nací de un sueño de amor de Dios –que
está loco por mí- y me tiene un amor gratuito. Podemos decir: "¡Dios
me quiere como soy! No tengo que hacer nada para que me quiera... ¿no
es alucinante?" A una persona cuando se lo dijeron se le llenaron los
ojos de lágrimas y dijo: "-me han estafado. Me han engañado". Es que
le habían dicho que el amor de Dios hay que merecérselo y ganárselo a
base de méritos. Claro, como eso es imposible, nunca se había sentido
digna y, por tanto feliz. No conocía el significado de "dejarse amar
por Dios". Por eso nos decía Juan Pablo II: "¡abrid las puertas de
vuestro corazón a Cristo!" Porque en Cristo el corazón de Dios se
vuelca en mí como hijo, más allá de la realidad concreta de mis obras
buenas o malas. Cuántas angustias se han causado, por no explicar bien
cómo es Dios, mostrándolo como "justiciero"... toda justicia divina
hay que entenderla desde esa misericordia, todas las verdades de
doctrina, hasta el infierno: que no lo ha hecho Dios para nosotros,
sino que es la triste posibilidad de no amar, la autoexclusión de
quien no quiere amar a Dios y a los demás. ¿Es al mismo tiempo cierto
que las obras son meritorias? Sí, y pienso que sólo podemos captar la
Misericordia cuando abrimos el corazón, es como un chorro inmenso que
está siempre –el Amor que siempre está como cayendo del cielo- pero
del que sólo podemos llenarnos según nuestro recipiente, la medida de
nuestro corazón. Tomaremos más gracia según nuestro corazón: si tengo
un dedal, tomaré todo lo que me quepa: un dedal. Si tengo un pantano,
cabrá un pantano de cielo. ¿Cómo se ensancha el recipiente, el
corazón? Con el amor, cuando se da; y es algo que se retroalimenta: la
grandeza del amor se multiplica cuando se da: eso lleva a fijarse en
lo bueno, en lo positivo de los demás, en sus cualidades, virtudes,
acciones...
Hoy es iluminador este espíritu de Santa Teresita, que nos muestra un
Dios todo amor y misericordia, donde la justicia queda explicada con
la ternura. Escribe poco antes de su muerte: "dice el Evangelio que
Dios vendrá como un ladrón. A mí vendrá a robarme con gran delicadeza.
¡Como me gustaría ayudar al Ladrón!... no tengo ningún miedo del
Ladrón. Lo veo lejos y en vez de gritar: ¡al ladrón!, lo llamo
diciéndole: ¡por aquí, por aquí!" Este espíritu del Evangelio es útil
para impregnar todas las cosas de la vida: vida en familia, escuela,
compañerismo, trato con los vecinos, la educación... Mirando una
imagen de Jesús con dos niños, explica con inocencia profunda: "soy yo
este pequeñito que ha subido al regazo de Jesús, que alarga tan
graciosamente su piernecita, que levanta la cabeza y lo acaricia sin
temor. El otro pequeño no me gusta tanto; le han dicho algo..., sabe
que debe tratar con respeto a Jesús". Tantas veces la educación
–también la religiosa- ha sido cargada de un respeto que da miedo, y
lo que más ayuda al ambiente de nuestro tiempo, lleno de miedo e
inseguridad, es esa paz y esperanza de sentirnos queridos, pese a
nuestras equivocaciones e incertidumbres. Cuando se encuentra vacía de
obras buenas de cara al juicio que llega a su muerte, dice la Doctora
de la Iglesia que Jesús "no podrá pagarme –según mis obras-... Pues
bien, me pagará según las suyas".
Una oración humilde y confiada en Dios, es la que nos ofrece Miqueas
hoy; el Señor:
"- es como el pastor que irá recogiendo a las ovejas de Israel que
andan perdidas por la maleza;
- volverá a repetir lo que hizo entonces liberando a su pueblo de la
esclavitud de Egipto;
- y no los castigará: Dios es el que perdona; ésa es la experiencia de
toda la historia: «se complace en la misericordia», «volverá a
compadecerse», será «compasivo con Abrahán, como juraste a nuestros
padres en tiempos remotos»;
- «arrojará a lo hondo del mar nuestros delitos». Es una verdadera
amnistía la que se nos anuncia hoy.
Por eso cantamos en el Salmo: "bendice al Señor, alma mía, y nunca
olvides sus beneficios. El perdona todas tus culpas y cura todas tus
dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de
ternura… no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a
nuestras culpas… aparta de nosotros nuestros pecados".
Dejarse amar por Dios. Hoy vemos que se acercaban a Jesús todos los
publicanos y pecadores para oírle. Los fariseos y los escribas
murmuraban: "Este acoge a los pecadores y come con ellos." Y Jesús les
dijo entonces la parábola del hijo perdido y encontrado... por su
padre. La parábola del Padre que no desespera jamás de sus hijos. Es
el "padre", y no el hijo, el que constituye el centro de la parábola.
Un padre amoroso, respetuoso de la libertad y de la autonomía de sus
dos hijos. Con la muerte en el alma deja partir al menor; pero con la
esperanza de que será adulto algún día y comprenderá el amor de su
padre. Un hijo disconforme, que quiere vivir su vida, que rehúsa el
estar sometido, que cree que será más libre si está totalmente
independizado. Es una rebelión típica de nuestro tiempo y de todos los
tiempos: "el rechazo del padre"... el rechazo de Dios. Característica
del mundo moderno. Fenómeno global del ateísmo.
"Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: 'Padre,
dame la parte de herencia que me corresponde'. Y el padre les repartió
sus bienes. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que
tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida
licenciosa. Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en
aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al
servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su
campo para cuidar cerdos. El hubiera deseado calmar su hambre con las
bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba".
El pecado siempre se presenta primero como agradable, atrayente,
seductor. El Maligno es suficientemente hábil para de momento,
disimular su "juego". Vivir su libertad, reivindicar su autonomía...
es positivo bajo un cierto aspecto. Eres Tú, Señor, quien nos has dado
esta sed de libertad. Haz que seamos más lúcidos, Señor.
"Entonces recapacitó y dijo: '¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen
pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre! Ahora mismo
iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y
contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de
tus jornaleros'".
-Danos, Señor, este valor... saber reconocer nuestro mal y tomar la
postura eficaz para probar que es verdadera nuestra decisión.
"Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía
estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su
encuentro, lo abrazó y lo besó".
Es así como el padre acoge al hijo "rebelde". Incansablemente, leo y
vuelvo a leer estas palabras.
"El joven le dijo: 'Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no
merezco ser llamado hijo tuyo'. Pero el padre dijo a sus servidores:
'Traed en seguida la mejor ropa y vestidlo, ponedle un anillo en el
dedo y sandalias en los pies. Traed el ternero engordado y matadlo.
Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la
vida, estaba perdido y fue encontrado'. Y comenzó la fiesta".
-Eres Tú, Jesús, quien ha inventado este relato. Eres Tú quien ha
acumulado todos esos detalles del retorno del hijo pródigo. Escucho tu
voz. Trato de imaginar las inflexiones de tu voz cuando decías esto
por primera vez. Querías darnos a entender algo muy importante. ¿Cómo
reaccionaron tus oyentes? ¿Qué hicieron después de haberlo oído?
¿Vinieron a confiarte sus pecados? ¿Oíste confesiones, Señor? ¿Qué
confidencias te hicieron? Los "hijos pródigos" de Dios comprendieron
delante de quién se encontraban, y ¡cuán grande era su suerte de tener
tal Padre!
"El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó
la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de
los sirvientes, le preguntó que significaba eso. El le respondió: 'Tu
hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado,
porque lo ha recobrado sano y salvo'. El se enojó y no quiso entrar.
Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: 'Hace
tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de
tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis
amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado
tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!'.
Pero el padre le dijo: 'Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo
mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano
estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido
encontrado'".
-Hijo mío, todo lo mío es tuyo. Fórmula de amor. Y el padre se ve
obligado a decirla también al hijo mayor quien, aparentemente, se
había quedado "en la casa", ¡pero que tampoco había comprendido gran
cosa del amor que su padre le tiene! El menor, precisamente a causa de
su pecado, y de su vida lejos del hogar... y a causa también del
perdón que acaba de recibir, comprenderá mejor ahora ¡cómo y cuánto es
amado! ¡Gracias! (Noel Quesson).
Comenta san Ambrosio: «No temamos haber despilfarrado el patrimonio de
la dignidad espiritual en placeres terrenales. Porque el Padre vuelve
a dar al hijo el tesoro que antes poseía, el tesoro de la fe, que
nunca disminuye; pues, aunque lo hubiese dado todo, el que no pierde
lo que da lo tiene todo. Y no temas que no te vaya a recibir, porque
Dios no se alegra de la perdición de los vivos. En verdad, saldrá
corriendo a tu encuentro y se arrojará a tu cuello, pues el Señor es
quien levanta los corazones, te dará un beso, señal de la ternura y
del amor, y mandará que te pongan el vestido, el anillo y las
sandalias. Tú todavía temes por la afrenta que le has causado, pero Él
te devuelve tu dignidad perdida; tú tienes miedo al castigo, y Él sin
embargo te besa; tú temes, en fin, el reproche, pero Él te agasaja con
un banquete».
Hoy vemos la misericordia, la nota distintiva de Dios Padre, en el
momento en que contemplamos una Humanidad "huérfana", porque
—desmemoriada— no sabe que es hija de Dios. Cronin habla de una hijo
que marchó de casa, malgastó dinero, salud, el honor de la familia...
cayó en la cárcel. Poco antes de salir en libertad, escribió a su
casa: si le perdonaban, que pusieran un pañuelo blanco en el manzano,
tocando la vía del tren. Si lo veía, volvería a casa; si no, ya no le
verían más. El día que salió, llegando, no se atrevía a mirar...
¿Habría pañuelo? «¡Abre tus ojos!... ¡mira!», le dice un compañero. Y
se quedó boquiabierto: en el manzano no había un solo pañuelo blanco,
sino centenares; estaba lleno de pañuelos blancos.
Nos recuerda aquel cuadro de Rembrandt en el que se ve cómo el hijo
que regresa, desvalido y hambriento, es abrazado por un anciano, con
dos manos diferentes: una de padre que le abraza fuerte; la otra de
madre, afectuosa y dulce, le acaricia. Dios es padre y madre...
«Padre, he pecado», queremos decir también nosotros, y sentir el
abrazo de Dios en el sacramento de la confesión, y participar en la
fiesta de la Eucaristía: «Comamos y celebremos una fiesta, porque este
hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida». Así, ya que «Dios nos
espera —¡cada día— como aquel padre de la parábola esperaba a su hijo
pródigo» (San Josemaría), recorramos el camino con Jesús hacia el
encuentro con el Padre, donde todo se aclara: «El misterio del hombre
sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Concilio
Vaticano II).
El protagonista es siempre el Padre. Que el desierto de la Cuaresma
nos lleve a interiorizar esta llamada a participar en la misericordia
divina, ya que la vida es un ir regresando al Padre.
Todos somos hijos de Dios y, siendo hijos, somos también herederos. La
herencia es un conjunto de bienes incalculables y de felicidad sin
límites, que sólo en el Cielo alcanzará su plenitud y seguridad
completa. Hasta entonces tenemos la posibilidad de marcharnos lejos de
la casa paterna y malgastar los bienes de modo indigno a nuestra
condición de hijos de Dios. Cuando el hombre peca gravemente, se
pierde para Dios, y también para sí mismo, pues el pecado desorienta
su camino hacia el Cielo; es la mayor tragedia que puede sucederle a
un cristiano. Se aparta radicalmente del principio de vida, que es
Dios, por la pérdida de la gracia santificante; pierde los méritos que
ha logrado durante su vida, se incapacita para adquirir otros nuevos,
y queda de algún modo sujeto a la esclavitud del demonio. Fuera de
Dios es imposible la felicidad, incluso aunque durante un tiempo pueda
parecer otra cosa.
En el examen de conciencia se confronta nuestra vida con lo que Dios
esperaba, y espera de ella. En el examen, con la ayuda de la gracia,
nos conocemos como en realidad somos. Los santos se han reconocido
siempre pecadores porque, por su correspondencia a la gracia, han
abierto las ventanas de su conciencia, de par en par, a la luz de
Dios, y han podido conocer bien su alma. En el examen también
descubriremos las omisiones en el cumplimiento de nuestro compromiso
de amor a Dios y a los hombres, y nos preguntaremos: ¿a qué se deben
tantos descuidos? La soberbia también tratará de impedir que nos
veamos tal como somos: han cerrado sus oídos y tapado sus ojos, a fin
de no ver con ellos (Mateo 13, 15).
Todos nosotros, llamados a la santidad, somos también el hijo pródigo.
"La vida humana es, es cierto modo, un constante volver hacia la casa
de nuestro Padre. Volver mediante la contrición... Volver por medio de
ese sacramento del perdón en el que, al confesar nuestros pecados, nos
revestimos de Cristo y nos hacemos así hermanos suyos, miembros de la
familia de Dios" (San Josemaría). Hemos de acercarnos a la Confesión
sin desfigurar la falta ni justificarla. Con humildad, sencillez y
sinceridad. Con verdadero dolor por haber ofendido a nuestro Padre. El
Señor, por Su misericordia, nos devuelve en la Confesión lo que
habíamos perdido por el pecado: la gracia y la dignidad de hijos de
Dios. Y la vuelta acaba siempre en una fiesta llena de alegría
(Francisco Fernández Carvajal).
San Pedro Crisólogo (hacia 406-450) obispo de Rávena, doctor de la
Iglesia en sus Sermones hablaba de ese "Me pondré en camino, volveré a
casa de mi padre", que nos pasa a todos por la cabeza, y decía: "El
que pronuncia estas palabras estaba tirado por el suelo. Toma
conciencia de su caída, se da cuenta de su ruina, se ve sumido en el
pecado y exclama: "Me pondré en camino, volveré a casa de mi padre."
¿De dónde le viene esta esperanza, esta seguridad, esta confianza? Le
viene por el hecho mismo que se trata de su padre. "He perdido mi
condición de hijo; pero el padre no ha perdido su condición de padre.
No hace falta que ningún extraño interceda cerca de un padre; el mismo
amor del padre intercede y suplica en lo más profundo de su corazón a
favor del hijo. Sus entrañas de padre se conmueven para engendrar de
nuevo a su hijo por el perdón. "Aunque culpable, yo iré donde mi
padre."
Y el padre, viendo a su hijo, disimula inmediatamente la falta de
éste. Se pone en el papel de padre en lugar del papel de juez.
Transforma al instante la sentencia en perdón, él que desea el retorno
del hijo y no su perdición... "Lo abrazó y lo cubrió de besos" (Lc
15,20). Así es como el padre juzga y corrige al hijo. Lo besa en lugar
de castigarlo. La fuerza del amor no tiene en cuenta el pecado, por
esto con un beso perdona el padre la culpa del hijo. Lo cubre con sus
abrazos. El padre no publica el pecado de su hijo, no lo abochorna,
cura sus heridas de manera que no dejan ninguna cicatriz, ninguna
deshonra". "Dichoso el que ve olvidada su culpa y perdonado su pecado"
(Sl 31,1)."
El hijo ha preparado un discurso, pero el padre no le permite
terminarlo, no se le gana en generosidad e iniciativa: no sólo -contra
las costumbres orientales- "corre" al encuentro del hijo al que ve de
lejos, sino que le devuelve la filiación que había "perdido": eso
significan el anillo (sello), las sandalias y el mejor vestido, digno
de un huésped de honor. La alegría del padre queda reflejada, además,
en la fiesta por "este hijo mío".
El hermano mayor, que viene de cumplir con sus responsabilidades de
hijo no quiere ingresar a la casa y participar de la fiesta.
Nuevamente el padre sale al encuentro de un hijo y debe escuchar los
reproches. El mayor se niega a reconocerlo como hermano ("ese hijo
tuyo") cosa que el padre le recuerda ("tu hermano"). El padre no le
niega razón a que el hijo mayor "jamás desobedeció una orden", es un
"siempre fiel", uno que "está siempre con el padre" y todo lo suyo le
pertenece, pero el padre quiere ir más allá de la justicia "a secas":
el menor "no merece", pero "es bueno" festejar. La misericordia supone
un salir hacia los otros, los pecadores que -por serlo- no merecen,
pero el amor es siempre gratuito y va más allá de los merecimientos,
mira al caído y lo hace grande. Vamos a pedir a la Virgen que nos
dejemos amar por el Señor, y transformar en lo que Él quiera.
Llucià Pou Sabaté

Día 17º. VIERNES SEGUNDO (5 de Marzo): el Señor saca bien hasta de las desgracias, si nos dejamos guiar por su providencia

"Israel amaba a José más que a ningún otro de sus hijos, porque era el
hijo de la vejez, y le mandó hacer una túnica de mangas largas. Pero
sus hermanos, al ver que lo amaba más que a ellos, le tomaron tal odio
que ni siquiera podían dirigirle el saludo. Un día, sus hermanos
habían ido hasta Siquém para apacentar el rebaño de su padre. Entonces
Israel dijo a José: "Tus hermanos están con el rebaño en Siquém.
Quiero que vayas a verlos". "Está bien", respondió él. "Se han ido de
aquí, repuso el hombre, porque les oí decir: "Vamos a Dotán". José fue
entonces en busca de sus hermanos, y los encontró en Dotán. Ellos lo
divisaron desde lejos, y antes que se acercara, ya se habían
confabulado para darle muerte. "Ahí viene ese soñador", se dijeron
unos a otros. "¿Por qué no lo matamos y lo arrojamos en una de esas
cisternas? Después diremos que lo devoró una fiera. ¡Veremos entonces
en qué terminan sus sueños!". Pero Rubén, al oír esto, trató de
salvarlo diciendo: "No atentemos contra su vida". Y agregó: "No
derramen sangre. Arrójenlo en esa cisterna que está allá afuera, en el
desierto, pero no pongan sus manos sobre él". En realidad, su
intención era librarlo de sus manos y devolverlo a su padre sano y
salvo. Apenas José llegó al lugar donde estaban sus hermanos, estos lo
despojaron de su túnica -la túnica de mangas largas que llevaba
puesta- , lo tomaron y lo arrojaron a la cisterna, que estaba
completamente vacía. Luego se sentaron a comer. De pronto, alzaron la
vista y divisaron una caravana de ismaelitas que venían de Galaad,
transportando en sus camellos una carga de goma tragacanto, bálsamo y
mirra, que llevaban a Egipto. Entonces Judá dijo a sus hermanos: "¿Qué
ganamos asesinando a nuestro hermano y ocultando su sangre? En lugar
de atentar contra su vida, vendámoslo a los ismaelitas, porque él es
nuestro hermano, nuestra propia carne". Y sus hermanos estuvieron de
acuerdo. Pero mientras tanto, unos negociantes madianitas pasaron por
allí y retiraron a José de la cisterna. Luego lo vendieron a los
ismaelitas por veinte monedas de planta, y José fue llevado a Egipto".
La historia de José es muy bonita, y le toca sufrir, pero Dios escribe
derecho en renglones torcidos. Todo sirve para nuestro bien, "vendido
como esclavo… El rey ordenó que lo soltaran… lo nombró señor de su
palacio y administrador de todos sus bienes".
Aquí José representa también a Jesús, que hoy habla de un «hijo»
enviado para cosechar los frutos de una viña, y que los viñadores
matan para desembarazarse de él. «Venid. Matémosle». Las mismas
palabras de la historia de José, que prefigura la de Jesús. Israel
amaba a José… "Este es mi hijo, mi bien amado, escuchadle...».
-Conspiraron contra él para matarle: «Venid, matémoslo»: otro
"anuncio" de la "Pasión de Jesús". Pero también tienen un valor actual
las palabras: cuando corre la sangre sobre un rostro, víctima de la
brutalidad humana, es el rostro ensangrentado de Jesús que aún sufre.
-"Le vendieron por veinte monedas de plata"... El dinero. Por dinero
se maltrata a los hombres. Perdón, Señor. Por dinero, Judas vendió a
Jesús a los sumos sacerdotes. Dios se sirve de acontecimientos
aparentemente contrarios a su proyecto (Noel Quesson).
Voy a procurar callar cuando me pasen cosas que no me gustan, no
quejarme, pensar en Jesús condenado injustamente, y Pilatos que ordena
que lo azoten. Dos soldados brutales descargan toda su fuerza sobre la
espalda de Jesús. Noventa golpes pueden contarse en la sábana santa.
Cada látigo tenía varias cuerdas y la punta de las cuerdas poseía
pequeños trozos de plomo sin pulir, con puntas y salientes que
hirieron todo el cuerpo de nuestro Dios. Jesús lo sufrió por ti y por
mí. Era tan doloroso que muchos de los condenados morían en la
flagelación. María, nuestra madre, lo ve todo y sufre, pero se calla,
porque quiere que Jesús nos salve y para ello debe morir.
Madre, haz que sepa callar; no contestar a mis padres, no protestar,
no decir siempre la última palabra. Aunque sea injusto, o tenga
motivos para protestar.. que me calle. También Tú podrías haber dicho
muchas cosas, y te callaste. Me cuesta pero ayúdame: que sepa callar
(José Pedro Manglano).
Continúa hablándole a Dios con tus palabras.

Día 16º. JUEVES SEGUNDO (4 de Marzo): al final de la vida seremos juzgados en el amor a los demás, ahí está el examen final, el “peso” del amor de nuestro corazón

Jeremías dice: "¡Maldito el hombre que… se aparta del Señor! Él es
como un matorral en la estepa que no ve llegar la felicidad; habita en
la aridez del desierto, en una tierra salobre e inhóspita. ¡Bendito el
hombre que confía en el Señor y en Él tiene puesta su confianza! Él es
como un árbol plantado al borde de las aguas, que extiende sus raíces
hacia la corriente; no teme cuando llega el calor y su follaje se
mantiene frondoso; no se inquieta en un año de sequía y nunca deja de
dar fruto". El corazón humano es complicado, pero "Yo, el Señor,
sondeo el corazón y examino las entrañas, para dar a cada uno según su
conducta, según el fruto de sus acciones", de su corazón generoso.
¿Qué es generosidad? Es dar limosna a un niño de la calle, invertir
tiempo en obras de caridad, pero también escuchar al amigo que quiere
abrir su corazón. En definitiva, salir de uno mismo, dejar de estar
"en-si-mismado" (metido en sí mismo) y pasar a estar "en-tu-siasmado"
(volcado hacia el tú de los demás, salir de uno mismo). No mirarse al
espejo, sino descubrir qué necesitan los demás.
La generosidad es la expresión del amor, eso que no puede comprarse en
ningún centro comercial, pero que es la esencia de la vida, lo que de
verdad ilumina el mundo. Quizá aparentemente "no sirve de nada", pero
cuando falta no queda nada que sirva. Es virtud de las almas grandes,
una apertura del corazón que sabe amar, donde no se busca más
gratificación que dar y ayudar. Eso, en sí mismo, satisface. "Mejor es
dar que recibir". Con su ejercicio, se ensancha el corazón pues el
egoísmo empequeñece, y el aumento de la capacidad de amor da más
juventud al alma.
Generosidad es juzgar con comprensión; sonreír y hacer la vida
agradable a los demás, aunque tengamos un mal día o esa persona nos
caiga antipática; adelantarse en los pequeños servicios, "que no se
nos caigan los anillos" al hacer algo que está "por debajo" de nuestra
condición, pues para quien es generoso no hay arriba ni abajo, todo es
ocasión de servir: hablando bien de todos, escuchando atentamente, con
el don de la oportunidad y visión positiva, con fe… y haciendo
favores. Qué bonito es oír a un compañero que nos dice: "gracias a ti
aprobé las matemáticas". Facilitar la amistad a quien le cuesta coger
confianza, y acercarse prudentemente. Sobre todo, cuando tratamos a
los demás viendo a Jesús en ellos, oyendo cómo el Señor nos dice "lo
que hacéis con estos lo hacéis conmigo".
La generosidad lleva así al mejor de los sacrificios, que es la
misericordia, participar con los sentimientos de la miseria ajena para
hacerla propia; y así la limosna es algo natural, como el amor a los
pobres. Muchas veces son los más necesitados los que poseen ese don de
la misericordia; cuando servimos experimentamos lo que decía Tagore:
"dormía y soñaba que la vida era alegría. Desperté y ví que la vida
era servicio. Y al servir comprobé que el servicio era alegría".
Vivir no es transcurrir. La primera lectura de hoy nos pregunta por
eso: "¿Quién entenderá el corazón del hombre?".
Hace muchos años, a un hombre se le presentó la oportunidad de mejorar
su empleo, pero debía emigrar con su familia desde Nueva York hasta
Australia; y así lo hizo. Entre su numerosa familia tenía un apuesto
hijo que soñaba en convertirse en un gran actor. Mientras su sueño se
hacía realidad, trabajaba en los embarcaderos. Una noche, de regreso a
casa, fue atacado por un grupo de delincuentes, quienes además de
robarle, lo golpearon salvajemente, desfigurando su rostro y dejándolo
al borde de la muerte. Incluso la policía al encontrarlo lo llevó a la
morgue; sin embargo, al darse cuenta de que aún vivía, lo trasladó a
urgencias.
Al verle, una enfermera exclamó con horror: ¡Este joven no tiene
rostro! (me salto los detalles de la descripción, pueden verse en
Internet). Fue intervenido quirúrgicamente en numerosas ocasiones,
tiempo en que estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte. Su
recuperación fue lenta, aun y así producía asombro y hasta miedo y
rechazo... ya no era más aquel joven apuesto y soñador. Reintegrarse a
la vida social fue difícil; no lograba hacer amigos, no conseguía
trabajo, a excepción de ser atracción en un circo como "El hombre sin
rostro", pero aun ahí la gente no quería acercarse a él; sufría mucho,
hasta el grado de llegar a tener pensamientos suicidas.
Un día, en un templo, lloraba y suplicaba a Dios que tuviera compasión
de él; un sacerdote se impresionó tanto al verle y escuchar su relato
que le prometió hacer todo lo que estuviera a su alcance para que
fuera restaurado su rostro, su dignidad y su vida. Consiguió que un
cirujano plástico le atendiera, sin coste alguno. Él empezó a ver la
vida con alegría, esperanza y amor; la cirugía y la reconstrucción
dental fueron todo un éxito; comenzó a participar en actividades de la
iglesia, fue bendecido con una maravillosa esposa e hijos, alcanzó el
éxito en la carrera que soñaba: ser un gran actor y productor de cine,
con reconocimiento mundial; y debido a su experiencia conserva un alto
grado de sensibilidad solidaria ante las necesidades de quienes
sufren... Este joven es Mel Gibson, que está haciendo grandes
películas (La Pasión, Braveheat, El hombre que hacía milagros…) y su
vida inspiró el filme "Un hombre sin rostro", que él mismo produjo
(Cfr. "Les dejo mi Paz"). En ella muestra cómo este hombre a su vez
ayuda a un chico que tiene serios problemas, y necesita un referente
para crecer por dentro; así, será ayuda para los demás.
Nuestro corazón puede desfigurarse por el pecado, pero la confesión es
la cirugía que nos devuelve la belleza, aunque haya pasado la cosa más
traicionera y difícil de curar; se cura todo si hemos puesto nuestro
corazón en Jesús.
Entonces estamos seguros, como dice el Salmo: "¡Feliz el hombre que no
sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en el camino de los
pecadores, ni se sienta en la reunión de los impíos, sino que se
complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche! Él es como
un árbol plantado al borde de las aguas, que produce fruto a su debido
tiempo, y cuyas hojas nunca se marchitan: todo lo que haga le saldrá
bien. No sucede así con los malvados: ellos son como paja que se lleva
el viento, porque el Señor cuida el camino de los justos, pero el
camino de los malvados termina mal". Es el destino de los buenos y de
los malos. Los dos caminos, que Jesús nos cuenta con una parábola.
«Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos
los días espléndidas fiestas. Y un pobre, llamado Lázaro, que, echado
junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía
de la mesa del rico pero hasta los perros venían y le lamían las
llagas.
Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al
seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el
Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y
a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: 'Padre Abraham, ten compasión
de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y
refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama'. Pero
Abraham le dijo: 'Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu
vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí
consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se
interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a
vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros'.
Replicó: 'Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi
padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no
vengan también ellos a este lugar de tormento'. Díjole Abraham:
'Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan'. Él dijo: 'No, padre
Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se
convertirán'. Le contestó: 'Si no oyen a Moisés y a los profetas,
tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite'».
Al rico lo hemos llamado Epulón y el pobre sí que sabemos el nombre,
se llamaba Lázaro. San Agustín decía: «Ved a uno y a otro, al que vive
en el placer y al que vive en el dolor: el rico vivía entre placeres y
el pobre entre dolores; el primero banqueteaba, el segundo sufría;
aquél era tratado con respeto por la familia que lo rodeaba, éste era
lamido por los perros; aquél se volvía más duro en sus banquetes, éste
ni con las migajas podía alimentarse. / Pasó el placer, pasó la
necesidad; pasaron los bienes del rico y los males del pobre; al rico
le vinieron males y al pobre bienes. Lo pasado pasó para siempre; lo
que vino después nunca disminuyó. El rico ardía en los infiernos; el
pobre se alegraba en el seno de Abrahán. Primeramente había deseado
el pobre una migaja de la mesa del rico; luego deseó el rico una gota
del dedo del pobre. La penuria de éste acabó en la saciedad; el placer
de aquél terminó en el dolor sin fin». Con el tiempo, las cosas se
ponen en su sitio… El rico de la parábola no está en el infierno, pues
tenía ciertos sentimientos de preocupación por los de su familia, y en
el infierno no hay amor. Se está purificando…
La Madre Teresa de Calcuta nos decía que hay que amar "hasta que nos
duela". A veces nos toca repartir caramelos entre nuestros hermanos o
amigos y nos quedamos con muy pocos, y nos duele dar, pero estamos
contentos. Es la alegría del dar. Vamos a hablar con la Virgen: ¿en
qué me puedo dar más?