sábado, 13 de febrero de 2010

Sábado de la semana 5ª. Jeroboán hizo dos becerros de oro… si nos apartamos de Dios y entregamos a los ídolos somos esclavos de nuestros diosecillos.

Sábado de la semana 5ª. Jeroboán hizo dos becerros de oro… si nos apartamos de Dios y entregamos a los ídolos somos esclavos de nuestros diosecillos. Jesús multiplica los panes y atiende nuestras necesidades espirituales y corporales, cuando nos confiamos a Él
 
Reyes 12,26-32; 13,33-34. En aquellos días, Jeroboán pensó para sus adentros: «Todavía puede volver el reino a la casa de David. Si la gente sigue yendo a Jerusalén para hacer sacrificios en el templo del Señor, terminarán poniéndose de parte de su señor, Roboán, rey de Judá; me matarán y volverán a unirse a Roboán, rey de Judá.» Después de aconsejarse, el rey hizo dos becerros de oro y dijo a la gente: « ¡Ya está bien de subir a Jerusalén! ¡Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto! » Luego colocó un becerro en Betel y el otro en Dan. Esto incitó a pecar a Israel, porque unos iban a Betel y otros a Dan. También edificó ermitas en los altozanos; puso de sacerdotes a gente de la plebe, que no pertenecía a la tribu de Levi. Instituyó también una fiesta el día quince del mes octavo, como la fiesta que se celebraba en Judá, y subió al altar que había levantado en Betel, a ofrecer sacrificios al becerro que había hecho. En Betel estableció a los sacerdotes de las ermitas que había construido. Jeroboán no se convirtió de su mala conducta y volvió a nombrar sacerdotes de los altozanos a gente de la plebe; al que lo deseaba lo consagraba sacerdote de los altozanos. Este proceder llevó al pecado a la dinastía de Jeroboán y motivó su destrucción y exterminio de la tierra.
 
Salmo 105,6.7a.19-20.21-22. R. Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo.
Hemos pecado con nuestros padres, hemos cometido maldades e iniquidades. Nuestros padres en Egipto no comprendieron tus maravillas.
En Horeb se hicieron un becerro, adoraron un ídolo de fundición; cambiaron su gloria por la imagen de un toro que come hierba.
Se olvidaron de Dios, su salvador, que había hecho prodigios en Egipto, maravillas en el país de Cam, portentos junto al mar Rojo.
 
Evangelio según san Marcos 8,1-10. Uno de aquellos días, como había mucha gente y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discipulos y les dijo: «Me da lástima de esta gente; llevan ya tres dias conmigo y no tienen qué comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, se van a desmayar por el camino. Además, algunos han venido desde lejos.» Le replicaron sus discipulos: « ¿Y de dónde se puede sacar pan, aqui, en despoblado, para que se queden satisfechos?» Él les preguntó: «¿Cuántos panes tenéis?» Ellos contestaron: «Siete.» Mandó que la gente se sentara en el suelo, tomó los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a sus discipulos para que los sirvieran. Ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos cuantos peces; Jesús los bendijo, y mandó que los sirvieran también. La gente comió hasta quedar satisfecha, y de los trozos que sobraron llenaron siete canastas; eran unos cuatro mil. Jesús los despidió, luego se embarcó con sus discipulos y se fue a la región de Dalmanuta.
 
Comentario: 1. 1R 12,26-32.13,33-34. Terminamos hoy las cinco semanas de lectura de los libros históricos del AT con nubarrones oscuros sobre la casa de David y Salomón: el pecado de idolatría de Jeroboán. El lunes que viene pasaremos a leer libros del NT, empezando por la carta de Santiago. Al cisma político le sigue ahora el cisma religioso. Es una jugada astuta la de Jeroboán, el rey del Norte: si permite que sus súbditos sigan yendo cada año a adorar a Dios en el Templo de Jerusalén, que está en el Sur, nunca se consolidará la unidad de su pueblo. Como tantas veces, entonces y a lo largo de la historia antigua y moderna, el poder político tiene la tentación de servirse de la religión para sus fines. Y como han pagado los templos, luego pueden mandar callar a los profetas o a los sacerdotes. Aquí Jeroboán construye en los antiguos santuarios de Betel y Dan dos becerros de oro, que en un principio parece que querían representar a Yahvé («éste es tu Dios, el que te sacó de Egipto»), pero que luego fácilmente derivaron a la idolatría. Establece fiestas y sacrificios. Pero lo que peor le sabe al autor del libro es que nombrara sacerdotes tomados del pueblo, sin que pertenecieran a la tribu de Leví.
Disimulando más o menos nuestras debilidades, también los cristianos podemos caer en la tentación de adorar ídolos y levantarles ermitas y altares y ofrecerles sacrificios. Cada uno sabrá cuáles son esos dioses falsos a los que les dedica al menos parte de su corazón y de su fe. Estamos avisados de que el pecado nos lleva a la destrucción: «Este proceder llevó al pecado a la dinastía de Jeroboán y motivó su destrucción y exterminio de la tierra». Pero no solemos hacer mucho caso, porque los ídolos son agradables y nos volvemos ciegos. Tendemos a elegir lo más fácil, lo que satisface más inmediatamente nuestros gustos. No vemos desde los ojos de la fe, sino con los humanos. Luego nos quejamos de las consecuencias, o de que la comunidad no va bien (la comunidad es la suma del valor de cada uno de sus miembros) y que la sociedad o la Iglesia van decayendo y que nosotros mismos nos sentimos cada vez más débiles. Pero no escarmentamos. Cuántas veces nos tenemos que arrepentir de haber iniciado aquel camino que ya veíamos que no era el recto. Pero nos dejamos seducir por los muchos dioses y altares que nos ofrece el mundo de hoy. Tenemos que estar corrigiendo siempre, a la luz de la Palabra que nos amonesta y nos enseña, nuestra tendencia a desviarnos del recto camino: «Hemos pecado con nuestros padres... nuestros padres se hicieron un becerro, adoraron un ídolo de fundición, cambiaron su Gloria por la imagen de un toro que come hierba, se olvidaron de Dios su salvador»...
-El cisma humano, político, pasa a ser un cisma religioso. Anterior al período real, el único enlace entre las doce tribus era su fe religiosa en Yahvéh. A partir de Saúl y sobre todo, de David y de Salomón, el enlace fue político, pero siempre frágil. Bajo un solo rey, las tribus conservaron su peculiaridad. Las torpezas económicas de Salomón y de Roboan exasperan en extremo a las tribus del Norte: a la primera dificultad, cada grupo se encierra en sí mismo... ¡la unidad se ha roto! Ahora bien, los habitantes del Norte habían tomado la costumbre de ir en peregrinación a Jerusalén, donde estaba el Arca de la Alianza. Que ese movimiento continúe no agrada a Jeroboam, rey de las tribus del Norte. Renovará pues para el culto dos antiguos santuarios, Betel y Dan. Al cisma humano se añade entonces el cisma religioso. Todo está muy íntimamente relacionado. También HOY. Sabemos muy bien que las situaciones económicas y políticas marcan profundamente la vida de los hombres. La Fe es influenciada por el salario ganado: esto puede chocarnos pero es un hecho. Ayúdanos, Señor, a dilucidar todas las condiciones que requiere la evangelización: creer en Dios, ser misionero, debe conducirnos a todos a trabajar también para una mayor justicia, para una verdadera promoción del hombre. Los Papas y el Concilio nos lo repiten insistentemente. Ruego para que el Señor me ilumine sobre lo que El espera de mí en ese punto. Ruego también por todos aquellos que tienen mayores responsabilidades en la marcha del gobierno de los pueblos.
-Jeroboam se dijo en su interior: "Tal como van las cosas, el Reino volverá a la casa de David. Si este pueblo continúa subiendo a la Casa del Señor, en Jerusalén, el corazón de este pueblo volverá también a su señor, a Roboam, rey de Judá. Jeroboam erigió pues dos becerros de oro, uno en Betel y otro en Dan..." Al principio no fue un culto idolátrico. En el pensamiento de Jeroboam, estas dos estatuas son una evocación del verdadero Dios, Yahvéh. Pero el pueblo pronto se deslizará hacia la idolatría por contagio de los cultos de Baal, existentes en toda la región. Baal era también representado por estatuas de animales. ¿Cuál es mi «becerro de oro»? ¿Qué contaminación de los valores del mundo, contrarios a los valores evangélicos, dejo penetrar en mí? La falta, el error de Jeroboam y el de las tribus del Norte, en el fondo consiste en usar la «religión» «para un fin político». Para conservar su reino, para salvaguardar sus intereses, instituye lugares de culto. También ocurre esto entre nosotros, ponemos a Dios a nuestro servicio, en vez de ponernos nosotros al servicio de Dios. Nos forjamos una cierta concepción de Dios según nuestras necesidades. Señor, ayúdanos a aceptar tus exigencias, incluso cuando nos parece que van contra nuestros intereses inmediatos.
-Este proceder hizo caer en pecado a la casa de Jeroboam y fue causa de su ruina y su exterminio sobre la faz de la tierra. Interpretación de la historia. El destino trágico de las tribus del norte está ahí para confirmar que no nos separamos impunemente de Dios. "Ruina" y "exterminio" son las secuelas del rechazo explícito de Dios. Los golpes de Estado para las sucesiones de los reyes serán continuos durante dos siglos, hasta la total destrucción del reino bajo las armas de Teglat-Falasar. Señor, ten piedad. Sálvanos de nuestras culpas (Noel Quesson).
Cuando el pueblo de Israel se libera del abuso de poder introducido por Salomón, ya estaba demasiado habituado a ser gobernado por un rey. Por eso, aunque elige uno de la oposición lo hace rey, pensando que éste sí respetará sus tradiciones y su dignidad. ¿Acertará en su esperanza? Aunque Jeroboán se había rebelado contra la política de Salomón, no por esto, una vez nombrado rey, dejará de imitar en más de un aspecto su conducta. Igual que él, se construye una capital y fortifica al menos la ciudad de Fanuel que se añade a las que Salomón había dejado fortificadas en el territorio que ahora pertenece a su reino. Sólo esto ya indica que la fuerza misma de la institución le ha llevado a mantener al menos una parte del aparato estatal salomónico. No tiene nada de extraño que en este clima el cálculo político le obligue a crear un santuario rival del que Salomón había creado en su capital de Jerusalén. Como hemos visto tantas veces en la historia, el poder político quiere utilizar para sus propios fines las instituciones religiosas del pueblo de Dios. La división política cristalizará en una multiplicidad de santuarios y de instituciones sagradas: un becerro de oro en lugar del arca, un sacerdocio no levítico de elección real, una fiesta de peregrinación celebrada un mes más tarde que la de Jerusalén. Algunas de estas diferencias tal vez no eran otra cosa que la consagración de diversas tradiciones vigentes en el pueblo de Israel, pero a los ojos de los narradores deuteronomistas significaban una manifestación del capricho real que tergiversaba arbitrariamente las instituciones dictadas a Moisés por Dios mismo. Al amparo de estos santuarios fueron creciendo desviaciones en la fe, en el culto y en la vida moral, desviaciones que los profetas, como Oseas y Amós, denunciaban crudamente.
Las consecuencias de la protección real sobre santuarios y sacerdocio se manifiestan en los intentos de hacer callar la voz de los profetas: Jeroboán mismo intenta hacer callar a un hombre de Dios que le habla (1 Re 13,4), el sacerdote Amasías expulsa de Betel al profeta Amós (Am 7,10). Pero es inútil taparse los oídos delante de la llamada de Dios. El libro de los Reyes saca una clara lección de la historia del reino del Norte: los cálculos para salvar el poder real pasando por encima de la fidelidad a Dios son una culpa de origen que acabará llevando a la ruina, tanto la dinastía de Jeroboán, que Dios habría consolidado igual que la de David (1 Re 11,38), como el mismo reino de Israel con todo su pueblo, que finalmente será deportado (1 Re 14,7-16). El pueblo de Dios y sus dirigentes pueden temer un mismo fin siempre que para obtener sus deseos abandonen a Dios, fuente de agua viva, para excavar cisternas que no pueden retener el agua, como dirá Jeremías (Jr 2,13; G. Camps).
¿Apartarse del Dios verdadero no tendrá, acaso, como consecuencia la destrucción de quien se alejó del Señor? Dios nos quiere en torno a Él con un amor indiviso. La Religión no es cuestión política, sino de fe. Jesús nos dirá: mi Reino no es de este mundo. Y muchas veces las envidias, el ansia de poder, lleva a querer fundar nuevas iglesias o nuevas congregaciones religiosas. La Iglesia no puede convertirse realmente en una comunidad de fe mientras quienes la conformamos vivamos guiados por la envidia, o por el ansia de dominar a los demás. Por desgracia esto, en lugar de conducir hacia Cristo, podría convertirse en una práctica de dogmatismos que nos llevarían a despreciar a los demás, y a pensar que sólo nosotros tenemos la razón y que los demás son unos malditos. Vivamos firmemente afianzados en Cristo para que seamos constructores o restauradores de la unidad, muchas veces resquebrajada en la misma Iglesia por culpa nuestra. Dios es Dios de todos; y no podemos crearnos imágenes falsas de Él para asegurar nuestros intereses. Quien vaya hacia el Señor no puede ir encadenado, sino con la libertad de quien se siente hijos suyo.
 
2. Sal. 105. Quien se olvida del Dios que nos salvó es fácil presa de otros dioses, que ni son dioses sino fabricaciones del hombre. Finalmente todos estamos necesitando de un punto de referencia para la realización plena de nuestra vida. No vamos en medio del mar a la deriva. Sólo quien no tiene ilusiones, sólo quien no tiene un punto final bien definido es presa de cualquier viento, y se convierte en la persona más inmadura, movida por el viento hacia cualquier lado como las ojas de los árboles. Seamos muy conscientes de a quién o a qué entregamos nuestra vida. Si es el Señor, entonces aprendamos a escucharlo y a serle fieles. Si es a otra cosa distinta de Él entonces pensemos si eso realmente será capaz de salvarnos y de dar la respuesta definitiva a lo que buscamos como nuestro punto de llegada al final de nuestra existencia para lograr nuestra realización plena y nuestra felicidad sin ocaso.
 
3.- Mc 8,1-10. En el evangelio de Marcos se cuenta dos veces la multiplicación de panes por parte de Jesús. La primera no se lee en Misa. La segunda la escuchamos hoy y sucede en territorio pagano, la Decápolis. Dicen los estudiosos que podría ser el mismo milagro, pero contado en dos versiones, una en ambiente judeocristiano y otro en territorio pagano y helenista. Así Jesús se presenta como Mesías para todos, judíos y no judíos.
Lo importante es que Jesús, compadecido de la muchedumbre que le sigue para escuchar su palabra sin acordarse ni de comer, provee con un milagro para que coman todos. Con siete panes y unos peces da de comer a cuatro miI personas y sobran siete cestos de fragmentos.
La Iglesia -o sea, nosotros- hemos recibido también el encargo de anunciar la Palabra. Y a la vez, de «dar de comer», de ser serviciales, de consentir un mundo más justo. Aprendamos de Jesús su buen corazón, su misericordia ante las situaciones en que vemos a todo el mundo. Por pobres o alejadas que nos parezcan las personas, Jesús nos ha enseñado a atenderlas y dedicarles nuestro tiempo. No sabremos hacer milagros. Pero hay multiplicaciones de panes -y de paz y de esperanza y de cultura y de bienestar- que no necesitan poder milagroso, sino un buen corazón, semejante al de Cristo, para hacer el bien.
La «salvación» o la «liberación» que Jesús nos ha encargado que repartamos por el mundo es por una parte espiritual y por otra también corporal: la totalidad de la persona humana es destinataria del Reino de Jesús, que ahora anuncia y realiza la comunidad cristiana, con el pan espiritual de su predicación y sus sacramentos, y con el pan material de todas las obras de asistencia y atención que está realizando desde hace dos mil años en el mundo.
La Eucaristía es, por otra parte. la multiplicación que Cristo nos regala a nosotros: su cercanía y su presencia, su Palabra, su mismo Cuerpo y Sangre como alimento. ¿Qué alimento mejor podemos pensar como premio por seguir a Cristo Jesús? Esa comida eucarística es la que luego nos tiene que impulsar a repartir también nosotros a los demás lo que tenemos: nuestros dones humanos y cristianos, para que todos puedan alimentarse y no queden desmayados por los caminos tan inhóspitos y desesperanzados de este mundo.
«Cuando por desobediencia perdió tu amistad, no le abandonaste al poder de la muerte» (plegaria eucarística IV) (J. Aldazábal).
Lo que impresiona ante todo en estos relatos es la gente: un gentío numeroso, que ha venido a pie de todas partes, que sigue y escucha a Jesús durante días y días. Según H. Montefiore, toda esa gente nos hace sospechar la formación de un movimiento mesiánico de tipo político que ve en Jesús a un posible jefe. Es verosímil; por lo demás, Juan, a propósito de este mismo episodio, indica que la gente buscaba a Jesús con la intención de hacerlo rey (Jn 6, 15). El clima de Galilea por aquel tiempo estaba efectivamente bastante recalentado y bastaba con cualquier cosa para suscitar fanatismos mesiánicos.
Flavio Josefo, por ejemplo, escribe: "Había individuos falaces e impostores que bajo la apariencia de una inspiración divina promovían revueltas y agitaciones, inducían a la gente a realizar actos de fanatismo religioso y la llevaban al desierto, como si Dios tuviera que mostrarles allí los signos de su inminente libertad" (De bello judaico 2, 259). Bajo esta luz adquiere especial importancia la indicación de que Jesús "obligó" a los discípulos a alejarse y de que él, después de haber despedido a la gente, se retiró a rezar a la montaña (6, 46). Jesús no quiere fomentar las esperanzas de la gente (que expresan la misma tentación con que se enfrentó en el desierto), sino que se aleja de ellas, encontrando en la oración la claridad de su camino mesiánico hacia la cruz y el ánimo para recorrerlo (Bruno Maggioni).
"Me da lástima de esta gente", dice Dios. Hermanos, nuestro Dios es un Dios compasivo. ¡No nos engañemos! El amor que se hace piedad y compasión tiene una fuerza que no es la de nuestras compasiones humanas, ni tampoco la de esas compasiones impotentes que suscitan el sarcasmo de nuestros contemporáneos. El amor no se define por la lástima, sino por la admiración. Cuando Dios dice: "me da lástima", no hay en él ninguna condescendencia, ninguna afectación intolerable, sino, más bien, esta revelación inaudita: Dios es un enamorado. "¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré" (Is 49,15). Dios está apasionado, Dios está loco. Como un enamorado, porque ama, lo deja todo: su tranquilidad, su reputación, su renombre.
¿Qué puede ver de bueno en nosotros? ¿Cómo puede hacer de nuestra tierra agotada, ingrata, pervertida o sublevada el objeto de semejante amor? ¿Qué pudo obligar al Hijo a tomar la cruz? "Me da lástima esta gente". Y Dios rompe su propio cuerpo, para saciar con él a esta tierra que ni siquiera conoce el hambre que padece.
Dios se tiende sobre el leño del Gólgota, para así levantar a una humanidad que aún no ha llegado a ver agotado su deseo. "Me da lástima de esta gente". Sólo Dios puede decir con verdad estas palabras, porque sólo él admira suficientemente a nuestra tierra.
Sólo él puede conocer lo que esa frase significa, porque sólo él conoce al hombre tal y como lo soñaba él al atardecer del día sexto. Sólo Dios puede repetirla sin condescendencia, porque sólo él puede hacer lo necesario para que se convierta en realidad aquel sueño olvidado. "Me da lástima de esta gente". Sólo Dios tiene derecho a pronunciar estas palabras, por haber pagado un alto precio para que la lástima se trocara en purificación. "Tomad y comed: esto es mi cuerpo entregado por vosotros y por todos los hombres" (Dios cada día, Sal terrae).
El evangelio de ayer era un anuncio del bautismo. El de hoy nos orienta hacia la Eucaristía. Jesús está siempre presente, con los mismos gestos.
-Por aquellos días, hallándose rodeado de una gran muchedumbre que no tenía qué comer, llamó a los discípulos... La escena que se contará es una "segunda multiplicación de los panes". Pero aquí todos los detalles son empleados por Marcos para mostrarnos que la "mesa de Jesús" está abierta a todos, incluidos los paganos.
1ª multiplicación de los panes / 2ª multiplicación de los panes
-En territorio judío para judíos. / -En pleno territorio de la Decápolis.
-Jesús "bendijo" los panes..., término familiar a los judíos... "eu-logein" en griego / -Jesús "da gracias": término familiar a los paganos... "eu-caristein" en griego
-Quedan "doce cestas" palabra usada sobre todo por los judíos ("Doce" es la cifra de las "doce tribus de Israel"... -La primera comunidad "judeo-cristiana" estaba organizada alrededor de los "doce", como los "doce patriarcas" del primer pueblo de Israel.) / Quedan "siete canastas", palabra usada sobre todo por los griegos (Siete" es la cifra de los "siete  diáconos" que organizaron la primera comunidad helenística -suceso extremadamente importante para introducir a los paganos en la Iglesia y darles la impresión de estar a la misma mesa: Hch 6.)
Marcos tiene pues interés en anticipar la evangelización de los paganos, en el ministerio de Jesús: esto corresponde muy bien a la orientación misionera de su evangelio. Es necesario que los apóstoles amplíen su horizonte. ¡La Mesa ofrecida por Jesús está abierta a todos! ¿Siento yo también estas ansias?
-"Tengo compasión de esta muchedumbre... si les despido en ayunas desfallecerá en el camino, porque algunos vienen de lejos. Todavía el mismo símbolo: los paganos, "los que vienen de lejos", expresión que se encuentra en el libro de Josué 9, 6 y en Isaías 60, 4. Los primeros lectores de Marcos podían reconocerse: también ellos habían venido de lejos, algo más tarde, para ser introducidos en el festín mesiánico en el pueblo de Dios. Gracias, Señor.
-El rol de los discípulos. El retrato del apóstol. Asociados a Jesús para alimentar a las muchedumbres. Lanzados por Jesús a la acción. Ven muy bien lo que hay que hacer, pero no tienen los medios. Así sucede también hoy. El misionero, invitado por Jesús, debe hacer lo que pueda con lo que tiene: y ¡Jesús terminará la obra! No quedarse ociosos ante las necesidades de nuestros hermanos.
-Recogieron siete canastas de los mendrugos sobrantes. En las dos multiplicaciones de panes hay "residuos". Esto indica que el alimento distribuido es inagotable... es el símbolo de un "acto que tendrá que repetirse constantemente", un alimento que debe ponerse sin cesar a disposición de los demás...
-Dando gracias, los partió... Es una comida "de acción de gracias" -eucaristía en griego- La alusión es muy clara. Esta relación no puede pasar desapercibida a un lector cristiano: allí también, los primeros oyentes de Marcos se reconocían... el rito esencial de su comunidad era la "cena del Señor". ¿Qué es la misa para mí, hoy? (Noel Quesson).
Baudoin de Ford (hacia 1190) abad cisterciense, en (SC 93, I, pag. 131ss) comenta: “Tomó los siete panes, dio gracias, los partió...” (cf Mc 8,6) y dice: “Jesús partió el pan. Si no hubiese partido el pan ¿cómo habrían llegado las migajas hasta nosotros? Pero Jesús rompió el pan y lo distribuyó “da con largueza a los pobres” (Sal 111,9) Ha roto el pan para romper la cólera del Padre y la suya propia. Dios le había dicho: “Dios pensaba ya en aniquilarlos, pero Moisés, su elegido, se mantuvo ante él para apartar su furia destructora.” (Sal 105,23) Jesús se mantuvo ante él y lo apaciguó. Por su fuerza indefectible se mantuvo ante Dios sin romperse.
Pero Jesús, voluntariamente ha ofrecido su carne rota por el sufrimiento...”quebraste las cabezas de los monstruos marinos” (sal 73,13) y todos sus enemigos, con tu cólera. Jesús, de alguna manera, ha roto las tablas de la primer alianza, para que ya no estemos bajo la Ley. Ha roto el yugo de nuestra cautividad . Ha roto todo lo que nos aplastaba para reparar en nosotros todo aquello que estaba roto, para hacer volver a la libertad los que estaban cautivos...
Buen Jesús, a pesar de haber partido el pan por nosotros, pobres mendigos, seguimos con hambre... ¡Parte cada día este pan para los que tienen hambre! Hoy, como todos los días, recogemos algunas migajas, y cada día volvemos a tener hambre de nuestro pan de cada día. ¿Si tú no nos lo das, quien nos lo va a dar? Somos menesterosos y desprovistos de todo, no tenemos a nadie que nos parta el pan, nadie que nos alimente, nadie que nos restablezca las fuerzas, nadie más que tú, Dios nuestro. En cualquier consuelo que nos envíes, recogemos las migajas de aquel pan que tú nos partes”.
Tres días lleva la gente y no tienen que comer… significa que la situación es bastante crítica y que a diferencia del primer relato de multiplicación, no hay aldeas cercanas donde pueda ser despedida la gente para procurarse alimentos. Pero también, tres días indica en la Biblia el plazo máximo que se da Dios para intervenir con su ayuda (Jos 1,11; Gén 40,13; Os 6,2). Pasados los tres días, es tiempo para la intervención salvífica de Dios. La preocupación de Jesús de que puedan desfallecer por hambre al regresar a sus lejanas casas, es una buena manera de introducir el milagro.
El hecho que vengan “desde lejos” ratifica el contexto pagano del relato, pues era común entre las primeras comunidades cristianas considerar a los paganos como los lejanos, en cuanto lejanía de Dios y de la salvación (Ef 2,13.17; Hch 2,39; 22,21). La actitud de los discípulos refleja el máximo de la incomprensión y falta de fe, si suponemos que ya había presenciado un milagro similar. Con razón se afirma en Mc 6,52 “pues no habían entendido lo que había pasado con los panes, tenían la mente cerrada”. También podría pensarse que estamos ante una pregunta retórica, recurso literario utilizado por Marcos, para responder que solo hay uno, Jesús de Nazaret, que puede saciar el hambre de la multitud. Como en la primera multiplicación, Jesús pregunta por la existencia de pan.
Los discípulos sin tener que indagar entre la gente le contestan de inmediato que hay siete panes, número que indica plenitud. Los paganos están invitados a participar de la plenitud del banquete eucarístico. Cabe anotar que en la primera multiplicación el número siete se forma de los cinco panes y los dos peces, con el mismo carácter simbólico. Las palabras de Jesús: “tomando”... “dio gracias”... “los partió”, son típicas de la fórmula utilizada en las diferentes comunidades cristianas en la comida eucarística (Lc 22,19; 24,30; 1 Cor11,24). El papel de los discípulos es el de intermediarios entre Jesús y la multitud. La compasión de Jesús pone en acción la inactividad e incomprensión de los discípulos en favor de los hambrientos. Aunque los discípulos son lentos para entender son rápidos para ejecutar las iniciativas de Jesús, esto les permite continuar el camino del discipulado. Cuando todo parecía estar listo, el evangelista añade la presencia de unos “pescaditos”, sin precisar siquiera el número. La bendición a los pescados es extraña, en cuanto en el judaísmo no se bendecían los alimentos como tal sino a Dios que los procuraba. Otra pista para pensar que es un relato cuya procedencia es de ambientes no judíos.
De nuevo los discípulos reparten lo que a su vez han recibido de Jesús. Todos comieron hasta saciarse. Es interesante constatar que el verbo “saciar” solo aparece tres veces en Marcos, en los dos relatos de la multiplicación de los panes y en el de la mujer sirofenicia. La petición de la mujer, que se conformaba con las migajas que caían de la mesa, es ahora escuchada hasta el punto de compartir la mesa y comer hasta saciarse. En el primer relato eran doce el número de canastos donde se recogieron los sobrantes, simbolizando probablemente las doce tribus de Israel y los doce apóstoles. Aquí, el número de canastos son siete, cifra que puede hacer referencia a los “siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu y sabiduría” (Hch 6,3) que reciben el encargo de “hacerse cargo de las mesas (Hch 6,2). También puede indicar los siete pueblos que habitaban la tierra prometida (Dt 7,1), es decir la totalidad del mundo pagano, anteriormente expulsados y hoy invitados a participar de la totalidad del banquete eucarístico.
El número de los que habían comido varía en los dos relatos. En el primero eran cinco mil hombres, en el segundo cuatro mil, un número que podría simbolizar los cuatro puntos cardinales de la tierra, de donde acudirán todos al banquete del Reino de Dios (Lc 13,19). Pasado el tercer día, con la manifestación salvífica de Dios a través de la consolación y la solución de una necesidad básica como la de la alimentación, Jesús puede despedir tranquilamente la gente para continuar su travesía misionera.
Al escuchar este Evangelio, el del reparto de los panes y peces por parte de los discípulos de Jesús, no puedo dejar de pensar en cómo estamos repartiendo los alimentos que, gracias a Dios, hay en abundancia en el mundo. Parece inútil el milagro de Jesús: aunque Él siga multiplicando y regalándonos en abundancia alimento, nosotros aquí lo robamos a los que no lo tienen, nosotros dejamos que millones de personas mueran de hambre, nosotros permitimos que se derrochen alimentos en nuestra casa y un poco más allá haya gente que no tiene para comer.
¿Qué estamos haciendo con el don abundante de Jesús? La tierra produce mucho más de lo necesario, pero somos incapaces de repartir lo que se produce de forma justa. He dicho que somos incapaces, pero igual debería decir que no queremos, que no tenemos “voluntad política” de hacerlo. Os dejo con un pequeño regalo: dicen que una imagen vale más de mil palabras… (Carlo Gallucci).
El anuncio de la Palabra de Dios no puede quedarse sin inserirnos en el compromiso de un trabajo eficaz para que, quienes reciben el anuncio del Evangelio, reciban también el consuelo en sus necesidades temporales. A la Iglesia de Cristo se le ha confiado el anuncio del Evangelio que nos salva. Quienes tratamos de unir vida y Palabra podemos correr el riezgo de quedarnos sólo en la promoción humana de nuestras comunidades. Sin embargo el compromiso del auténtico hombre de fe nace de la meditación humilde de la Palabra de Dios, que viene a transformanos desde dentro, y que nos impulsa, que nos envía para que proclamemos lo que hemos vivido. Sólo entonces seremos un signo vivo de Cristo, y podremos compadecernos de las multitudes hambrientas de pan, de justicia, de perdón, de paz, de amor, de comprensión y de tantas otras cosas de las que adolece la humanidad actual. Vamos al mundo no conforme a los criterios del mismo, buscando tal vez nuestra gloria; sino con los criterios de Cristo, como siervos al servicio del Evangelio que pasan haciendo el bien a todos.
El Señor nos ha convocado a esta Eucaristía; y nosotros hemos respondido a su llamado. El Señor toma el pan, pronuncia sobre él la acción de gracias, lo parte y lo distribuye entre nosotros. Es Cristo, no que pasa, sino que entra a nuestra propia vida para hacernos uno con Él. Entramos en comunión de vida con Él para ser, día a día, transformados en un signo cada vez más claro de su amor salvador para todos los hombres. Por eso no podemos venir sólo a ver; venimos a sentarnos a la mesa del Señor para gozar de su Vida y de su Espíritu. No podremos, tampoco, alejarnos de Él como si hubiésemos venido sólo a participar en un rito sagrado. El Señor irá con nosotros y hará que nuestra Eucaristía se prolongue en la vida diaria, pues Él, por medio nuestro, se hará encontradizo a todo hombre de buena voluntad que le busque, y se hará cercano a todos aquellos que necesitan de quien vele por ellos en medio de sus pobrezas, sufrimientos y dolores.
La vida que hemos recibido del Señor, así como los bienes, incluso materiales, de los que nos permite disfrutar, los pone en nuestras manos para que los distribuyamos entre los que nada tienen. Dios no nos quiere egoístas; Él no quiere que lo busquemos sólo para que nos llene las manos y para que acumulemos bienes que, al final de nuestra vida, no podremos llevar con nosotros. No nos quire esclavos de los ídolos que nosotros mismos nos hemos creado. Quienes somos hijos de Dios tenemos como única esperanza final la posesión del Señor, donde viviremos eternamente unidos a Él, como el único y perfecto don que Dios hará a quienes le amaron y sirvieron en los demás. Vivamos comprometidos en una auténtica caridad fraterna para que, viviendo todos con dignidad ya desde esta vida, podamos, fraternalmente unidos por el amor, disfrutar eternamente del Banquete Eterno en la Casa de nuestro Padre Dios.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir como verdaderos hijos de Dios amándonos como hermanos, de tal forma que seamos capaces de velar por el bien de todos, especialmente de los más desprotegidos. Amén (www.homiliacatolica.com).
 
 

viernes, 12 de febrero de 2010

Viernes de la semana 5ª: Se independizó Israel de la casa de David, por no escuchar a Dios y perderse en idolatrías. Jesús, que hace oír a los sordos

Viernes de la semana 5ª: Se independizó Israel de la casa de David, por no escuchar a Dios y perderse en idolatrías. Jesús, que hace oír a los sordos y hablar a los mudos, nos trae el amor del Padre y su misericordia
 
Primer libro de los Reyes 11, 29-32;12.9: “Un día, salió Jeroboán de Jerusalén, y el profeta Ajías, de Siló, envuelto en un manto nuevo, se lo encontró en el camino; estaban los dos solos, en descampado. Ajías agarró su manto nuevo, lo rasgó en doce trozos y dijo a Jeroboán: «Cógete diez trozos, porque así dice el Señor, Dios de Israel: "Voy a arrancarle el reino a Salomón y voy a darte a ti diez tribus; lo restante será para él, en consideración a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que elegí entre todas las tribus de Israel."» Así fue como se independizó Israel de la casa de David hasta hoy.
 
Salmo 80,10.11ab.12-13.14-15. R. Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz.
No tendrás un dios extraño, no adorarás un dios extranjero; yo soy el Señor, Dios tuyo, que te saqué del país de Egipto.
Pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso obedecer: los entregué a su corazón obstinado, para que anduviesen según sus antojos.
¡Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino!: en un momento humillaría a sus enemigos y volvería mi mano contra sus adversarios.
 
Evangelio según san Marcos 7,31-37. En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. El, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete.» Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»
 
Comentario: 1.- 1R 11, 29-32.12,19. Ha terminado, no muy gloriosamente, la historia de David y Salomón, que habla conocido días tan felices. A Salomón le sucede su hijo Roboán, pero muy pronto diez de las tribus del Norte se separan y se van con Jeroboán, uno de los arquitectos más brillantes del Templo, a quien Salomón había nombrado ministro. Es bien expresivo el gesto simbólico del profeta Ajías con el manto rasgado en doce trozos. Probablemente los motivos concretos de la desgraciada separación entre Israel (Norte) y Judá (Sur) fueron de índole política y económica, junto con la falta de habilidad en el trato con las tribus del Norte, que en el fondo seguían fieles a la memoria de Saúl y se sentían marginadas en relación con las de Judá. Pero en este libro de los Reyes todo se interpreta como castigo por el mal que había llegado a hacer al final Salomón.
-El cisma de las diez tribus del Norte. Una vez más, la Biblia nos interpela. No podemos quedarnos simplemente con el relato de esos acontecimientos "antiguos"... interesantes para el historiador o el curioso de antigüedades. Es preciso escuchar lo que Dios quiere decimos HOY, a través de esos textos. De nuevo, la aventura humana, vivida por el Pueblo de Israel, tiene un valor simbólico ejemplar: el cisma, la separación de los que estaban destinados a vivir unidos... ¿Quién de nosotros no vive, más o menos, en situaciones de ese género? Evoco situaciones parecidas en mi vida... Evoco en mi medio de trabajo, en mi vida de familia, en la Iglesia, entre las Iglesias, en la vida del mundo de hoy, unos hechos, unos cismas, en el más hondo sentido: divisiones, rechazos de diálogo, oposiciones.
-Las causas del cisma. La Biblia reflexiona e interpreta. Son las faltas de Salomón que recogen sus frutos. -Al casarse con mujeres extranjeras, por razones de prestigio político, introdujo cultos idolátricos: los profetas de Yahvéh reaccionan. -Los fastos grandiosos y las construcciones de Salomón pesaron sobre la economía del país, en particular sobre los pobres. La rebelión está a punto. -Las reformas administrativas favorecieron el feudo real -la tribu de Judá- en detrimento de las provincias del norte; que reclamarán la autonomía. Tratando también de interpretar a la luz de la Fe, las "divisiones" que encuentro a mi alrededor y en el mundo, me pongo a reconsiderar mi conducta: no todo depende de mí, ciertamente, y no debo culpabilizarrne de manera excesiva... pero tampoco tengo derecho de cargar todas las culpas sobre los demás. ¿Cuál es mi parte de responsabilidad, en las «faltas de unión» entre los míos, o que yo mismo sufro? ¿Cuál es mi parte de pecado en las «faltas de comunicación» entre personas, o entre grupos?
-Así habla el Señor, Dios de Israel: «He ahí que voy a arrancar el Reino de la mano de Salomón...» y el profeta rasgó su manto nuevo en doce jirones. Al pie de la cruz, los soldados no quisieron rasgar «la túnica de Jesús que era sin costura», y la echaron a suertes. Pero los cristianos han desgarrado la tela sin costura. Están separados. Y ¡esto es un escándalo! Jesús había rogado a su Padre para que «sean uno como nosotros, a fin de que el mundo crea». ¿No es ésta una de las grandes razones de su incredulidad, del rechazo a la Fe?: ¡entendeos primero entre vosotros, vivid lo que decís, vivid como hermanos! Repito la oración de Jesús. Ruego por la unidad... -Dichosos los artesanos de paz. Serán llamados hijos de Dios. ¿Soy de los que se resignan a los cismas, a los racismos, a las opresiones? o, más modestamente, ¿de los que no se esfuerzan ya para reanudar los contactos perdidos? Vivimos cerca, los unos al lado de los otros y nos ignoramos. ¿Se puede ser llamado «hijo de Dios», si uno se contenta con esto? «Artesano de paz». Pienso en la lenta paciencia del artesano. En los medios modestos del artesano. En la tenacidad humilde del artesano. Para la paz (Noel Quesson).
La historia está llena de misterios, y se pone en boca de Dios la culpabilización de ciertos hechos como castigos debidos a los pecados de los hombres, pero es difícil distinguir cuándo tiene un valor pedagógico, y cuándo es una intervención divina real, pues Jesús ha corregido ciertas exageraciones que hacían los judíos. Cierto que Dios es Señor de la historia: «no dejó de cumplirse una palabra de todas las promesas de Yahvé a la casa de Israel; todas se cumplieron» (Jos 21,45). Aquí se subraya la idolatría (Jue 3,6; Sal 106,35) y sus consecuencias fatales del comportamiento de Salomón. La interpretación histórica que se hace es: la consideración de los males que los matrimonios de Salomón con extranjeras habían traído a la casa de David apartaría al pueblo de continuar siguiendo aquel ejemplo. Dios, fiel a su amor a la casa de David y a la ciudad escogida, reserva Jerusalén y una tribu para los sucesores de David, mas da el resto del pueblo a la dinastía de Jeroboán, con la promesa de conservarla para siempre si guarda la fidelidad que no ha guardado Salomón. Y el pueblo queda definitivamente dividido en dos.
Con esta narración, por tanto, ponen en guardia los profetas deuteronomistas al pueblo de Dios, que somos nosotros, contra la ilusión de creer asegurada nuestra felicidad únicamente por el hecho de que Dios nos haya escogido y nos haya concedido sus promesas. A menudo, en lugar de la felicidad esperada, el pueblo escogido ha sido víctima de cismas y otros desastres, tanto en razón de sus propias infidelidades como por las de sus dirigentes. En el caso de Salomón, el cálculo político de unos matrimonios que le aseguraban buenas relaciones con los Estados vecinos le hizo perder la verdadera felicidad de su pueblo, que sólo habría hallado guardando fidelidad a su Dios (G. Camps).
El Reino del Norte en Israel finalmente volverá a vivir separado, como antes de los reinados de David y de Salomón. Aun cuando se da una interpretación religiosa a esa separación, sin embargo los del Norte siempre quisieron liberarse de los de Judá y Jerusalén; finalmente lo logran teniendo como su rey a un siervo de Salomón: Jeroboam. En el futuro siempre estará presente la nostalgia de la unión, en un sólo pueblo, de todas las tribus de Israel; sin embargo Judá y su capital, Jerusalén, siempre reclamarán estar al frente de todos los Israelitas. Hay muchas divisiones que constantemente se generan en los pueblos. No podemos negar, incluso, las divisiones que, por diversas causas, se han generado dentro de los cristianos. El Señor nos llama a la unidad. Él pide a su Padre para nosotros esa unidad en la última cena. San Pablo nos recordará que hemos de vivir unidos por un sólo Señor, una sola fe, un solo Bautismo; un solo Dios y Padre. Sólo el Espíritu Santo, que habita en el corazón de los creyentes logrará la unidad entre todos los hombres; sin embargo, por querer manipular al mismo Espíritu, muchos lo han convertido también en motivo de división por dar preeminencia, no al amor, sino a los carismas que nos deberían ponen al servicio de los demás.
 
2. Sal. 80. Juan Pablo II comentaba: “la religión bíblica no es un monólogo solitario de Dios, una acción suya destinada a permanecer estéril. Al contrario, es un diálogo, una palabra a la que sigue una respuesta, un gesto de amor que exige adhesión. Por eso, se reserva gran espacio a las invitaciones que Dios dirige a Israel. El Señor lo invita ante todo a la observancia fiel del primer mandamiento, base de todo el Decálogo, es decir, la fe en el único Señor y Salvador, y la renuncia a los ídolos (cf Ex 20,3-5). En el discurso del sacerdote en nombre de Dios se repite el verbo "escuchar", frecuente en el libro del Deuteronomio, que expresa la adhesión obediente a la Ley del Sinaí y es signo de la respuesta de Israel al don de la libertad. Efectivamente, en nuestro salmo se repite: "Escucha, pueblo mío. (...) Ojalá me escuchases, Israel (...). Pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso obedecer. (...) Ojalá me escuchase mi pueblo" (Sal 80, 9.12.14). Sólo con su fidelidad en la escucha y en la obediencia el pueblo puede recibir plenamente los dones del Señor. Por desgracia, Dios debe constatar con amargura las numerosas infidelidades de Israel. El camino por el desierto, al que alude el salmo, está salpicado de estos actos de rebelión e idolatría, que alcanzarán su culmen en la fabricación del becerro de oro (cf. Ex 32,1-14).
La última parte del salmo (cf. vv. 14-17) tiene un tono melancólico. En efecto, Dios expresa allí un deseo que aún no se ha cumplido: "Ojalá me escuchase mi pueblo, y caminase Israel por mi camino" (v. 14). Con todo, esta melancolía se inspira en el amor y va unida a un deseo de colmar de bienes al pueblo elegido. Si Israel caminase por las sendas del Señor, él podría darle inmediatamente la victoria sobre sus enemigos (cf. v. 15), y alimentarlo "con flor de harina" y saciarlo "con miel silvestre" (v. 17). Sería un alegre banquete de pan fresquísimo, acompañado de miel que parece destilar de las rocas de la tierra prometida, representando la prosperidad y el bienestar pleno, como a menudo se repite en la Biblia (cf. Dt 6,3; 11,9; 26,9.15; 27,3; 31,20). Evidentemente, al abrir esta perspectiva maravillosa, el Señor quiere obtener la conversión de su pueblo, una respuesta de amor sincero y efectivo a su amor tan generoso. En la relectura cristiana, el ofrecimiento divino se manifiesta en toda su amplitud. En efecto, Orígenes nos brinda esta interpretación: el Señor "los hizo entrar en la tierra de la promesa; no los alimentó con el maná como en el desierto, sino con el grano de trigo caído en tierra (cf. Jn 12,24-25), que resucitó... Cristo es el grano de trigo; también es la roca que en el desierto sació con su agua al pueblo de Israel. En sentido espiritual, lo sació con miel, y no con agua, para que los que crean y reciban este alimento tengan la miel en su boca".
Como siempre en la historia de la salvación, la última palabra en el contraste entre Dios y el pueblo pecador nunca es el juicio y el castigo, sino el amor y el perdón. Dios no quiere juzgar y condenar, sino salvar y librar a la humanidad del mal. Sigue repitiendo las palabras que leemos en el libro del profeta Ezequiel: "¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado y no más bien en que se convierta de su conducta y viva? (...) ¿Por qué habéis de morir, casa de Israel? Yo no me complazco en la muerte de nadie, sea quien fuere, oráculo del Señor. Convertíos y vivid" (Ez 18, 23.31-32). La liturgia se transforma en el lugar privilegiado donde se escucha la invitación divina a la conversión, para volver al abrazo del Dios "compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad" (Ex 34,6)”.
No seamos rebeldes al Señor. Ojalá y jamás se cumplan en nosotros esas terribles palabras que el Señor pronuncia en este salmo: Pero mi pueblo no quiso escuchar mi voz, Israel no quiso obedecerme. Por eso los abandoné a la dureza de su corazón, a merced de sus caprichos (vv 12-13) Dios siempre está dispuesto a perdonarnos. Él nos ama, y nos sigue contemplando amorosamente cuando nos alejamos de su presencia, sin embargo jamás nos retira su amor. Él siempre está dispuesto a perdonarnos y a recibirnos nuevamente como a hijos suyos. Lo único que espera es que volvamos a escuchar su voz y, arrepentidos, nuevamente vayamos por sus caminos haciendo en todo su voluntad. En aquel que cumpla sus mandamientos el Padre Dios y Jesucristo harán su morada. Si queremos que nuestro mundo tome un nuevo rumbo desde nuestra propia vida, es porque antes nosotros mismos hemos escuchado la voz del Señor y le hemos sido fieles.
Pronto o tarde pagamos siempre las consecuencias de nuestros fallos y de nuestro pecado. Salomón había faltado gravemente nada menos que al primer mandamiento, adorando a dioses extraños. Pero además en su acceso al trono -como también había sido el caso de David- hubo intrigas y violencias, llegando a eliminar a los enemigos que se les ponían en el camino. Nosotros también caemos en idolatrías a voces inconfesables, siendo infieles a la Alianza que hemos prometido a Dios. También podemos llegar a ser intolerantes y hasta violentos, en nuestra vida doméstica, con una actitud que tiene sus raíces en el egoísmo, la ambición, el ansia de dinero y de oír los aplausos de los demás. No nos extrañemos que eso produjera división y cisma en tiempos de los sucesores de Salomón y que los siga produciendo ahora en nuestra vida comunitaria. Roto el equilibrio, todo se precipita y decae. Una de las consignas de Juan Pablo II para el Jubileo del año 2000 ha sido la de la unidad. El reconoce que en el doble cisma que existe en la Iglesia, con los orientales desde el siglo XI y con los protestantes desde el XVI, la culpa hay que considerarla repartida entre ellos y nosotros. Y quien dice en la esfera eclesial, dice también en la familiar o la de una comunidad religiosa. El pecado de la idolatría y del egoísmo tienen consecuencias fatales a corto o largo plazo. Tendremos que oir también nosotros, en silencio y con la cabeza inclinada, la queja de Dios en el Salmo de hoy: «Yo soy el Señor Dios tuyo, escucha mi voz... no tendrás un dios extraño... pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso obedecer... ojalá me escuchase mi pueblo y caminase por mi camino».
 
3. Mc 7,31-37. La curación del sordomudo provocó reacciones muy buenas hacia Jesús por parte de los habitantes de Sidón: «Todo lo ha hecho bien, hace oir a los sordos y hablar a los mudos». 
Jesús curó al enfermo con unos gestos característicos, imponiéndole las manos, tocándole con sus dedos y poniéndole un poco de saliva. Y con una palabra que pronunció mirando al cielo: «effetá», «ábrete». El profeta Isaías había anunciado -lo leemos en el Adviento cada año- que el Mesías iba a hacer oír a los sordos y hablar a los mudos. Una vez más, ahora en territorio pagano, Jesús está mostrando que ha llegado el tiempo mesiánico de la salvación y de la victoria contra todo mal.
Además, Jesús trata al sordomudo como una persona: cada encuentro de los enfermos con él es un encuentro distinto, personal. Esos enfermos nunca se olvidarán en su vida de que Jesús les curó.
El Resucitado sigue curando hoy a la humanidad a través de su Iglesia. Los gestos sacramentales -imposición de manos, contacto con la mano, unción con óleo y crisma- son el signo eficaz de cómo sigue actuando Jesús. «Una celebración sacramental está tejida de signos y de símbolos». Son gestos que están tomados de la cultura humana y de ellos se sirve Dios para transmitir su salvación: son «signos de la alianza, símbolos de las grandes acciones de Dios en favor de su pueblo», sobre todo desde que «han sido asumidos por Cristo, que realizaba sus curaciones y subrayaba su predicación por medio de signos materiales o gestos simbólicos» (Catecismo 1145-1152).
El episodio de hoy nos recuerda de modo especial el Bautismo, porque uno de los signos complementarios con que se expresa el efecto espiritual de este sacramento es precisamente el rito del «effetá», en el que el ministro toca con el dedo los oídos y la boca del bautizado y dice: «El Señor Jesús, que hizo oir a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre».
Un cristiano ha de tener abiertos los oídos para escuchar y los labios para hablar. Para escuchar tanto a Dios como a los demás, sin hacerse el sordo ni a la Palabra salvadora ni a la comunicación con el prójimo. Para hablar tanto a Dios como a los demás, sin callar en la oración ni en el diálogo con los hermanos ni en el testimonio de nuestra fe.
Pensemos un momento si también nosotros somos sordos cuando deberíamos oir. Y mudos cuando tendríamos que dirigir nuestra palabra, a Dios o al prójimo. Pidamos a Cristo Jesús que una vez más haga con nosotros el milagro del sordomudo (J. Aldazábal).
Es casi seguro que Marcos ha incorporado este milagro dentro de un ritual de iniciación al bautismo ya existente. La actitud de Cristo levantando la vista al cielo antes de curar al mudo (v 34) no aparece más que en el relato de la multiplicación de los panes (Mc 6, 41). ¿No es esto un indicio del carácter litúrgico de este episodio? Este pasaje parece ser, efectivamente, un eco del primer ritual de iniciación cristiana. Los más antiguos rituales bautismales preveían ya un rito para los sentidos (ojos, en Act 9, 18; nariz y oídos, en la Tradición de Hipólito, núm 20, 35c). Si se tiene en cuenta que, para la mentalidad judía, la saliva es una especie de soplo solidificado, podría significar el don del Espíritu característico de una nueva creación (Gen 2,7; 7,22; Sab 15,15-16). Marcos conserva, sin duda, la palabra aramea pronunciada por Cristo, Ephphata (v. 34), porque así la había conservado la tradición.
Los elementos de este ritual de iniciación podrían ser, pues, un exorcismo (Mc 7, 29, inmediatamente antes de este Evangelio), un padrinazgo de "quienes les llevan", un rito de imposición de las manos (v. 32), un "apartamiento" (v. 33, sin ser el arcano, más tardío, refleja ya la toma de conciencia de la originalidad de la fe), un rito sobre los sentidos (v. 34), tres días de ayuno preparatorio (Mc 8, 3; Act 9,9), y después la participación en la Eucaristía.
Volveremos aquí, a propósito del aspecto particular de las curaciones de mudos en la Biblia, al tema de la fe, que es el punto principal de esta época. La mayoría de los relatos que tratan de la vocación de profetas, es decir, de personajes que han de ser portadores de la Palabra de Dios, refieren al mismo tiempo curaciones de mudos o tartamudos (Ex 4, 10-17; Is 6; Jer 1). Se trata de un procedimiento literario cuya finalidad es dar a entender que el profeta es incapaz, apoyado tan solo en sus facultades naturales, de comenzar siquiera a hablar, sino que recibe de Otro una palabra que hay que transmitir. Por eso, la curación de un mudo, que proclama la Palabra, es considerada como un signo evidente de lo que es la fe: una virtud infusa que no depende de las cualidades humanas.
Hay otro elemento que interviene con frecuencia en las curaciones de mudos. En períodos de castigo divino, los profetas permanecían mudos: no se proclamaba la Palabra de Dios porque el pueblo se tapaba los oídos para no oírla (1 Sam 3, 1; Is 28, 7-13; Lam 2, 9-10; Ez 3, 22-27; Am 8, 11-12; Gén 11, 1-9). El mutismo está, pues, ligado a la falta de fe: el mudo es muchas veces sordo con anterioridad.
Pero si los profetas hablan, y hablan abundamentemente, es señal de que han llegado los tiempos mesiánicos y de que Dios está presente y la fe ampliamente extendida (cf. Lc 1, 65; 2, 27-29). Hay un texto profético muy significativo a este respecto: Jl 3, 1-2, que se verá precisamente cumplido con el milagro de Pentecostés (Act 2, 1-3).
El crecido número de curaciones de sordos y mudos operadas por Cristo es signo de la inauguración de la era mesiánica (Lc 1, 64-67; 11, 14-28; Mt 9, 32-34; 12, 22-24; Mc 7, 31-37; 9, 14-18), como si también ellos tuvieran que salir del mutismo.
La curación del mudo quiere darnos, pues, a entender que debemos tomar conciencia de que la fe es un bien mesiánico. Mas, al relatar esta curación, Marcos quiere hacer suyo el tema del Antiguo Testamento que relaciona mutismo y falta de fe. El evangelista subraya repetidas veces que la multitud tiene oídos y no oye, y tiene ojos y no ve (Mc 4, 10-12, repetido en 8, 18). Por otra parte, toda la "sección de los panes" (Mc 6, 30-8, 26) es la sección de la no inteligencia (Mc 6, 52; 7, 7, 18; 8, 17, 21). Ahora bien: para curar al sordomudo, Cristo le lleva fuera de la multitud (Mc 7, 33), como para subrayar que el mutismo es característica de la multitud y que es necesario apartarse de su manera de juzgar las cosas para abrirse a la fe.
La característica de los últimos tiempos es la de situarnos en un clima de relaciones filiales con Dios, capacitarnos para oír su palabra, corresponderle y hablar de El a los demás. El cristiano que vive estos últimos tiempos se convierte así, en cierto modo, en profeta, especialista de la Palabra, familiar de Dios. Para ello debe poder escuchar esa Palabra y proclamarla: para hacerlo necesita los oídos y los labios de la fe (Maertens-Frisque).
-Dejando de nuevo los confines de Tiro, se fue por Sidón hacia el lago de Galilea, atravesando los términos de la Decápolis.
Todos estos desplazamientos son significativos. Jesús se encuentra en territorio extranjero. Este milagro, una vez más será hecho a favor de un pagano, en pleno país de misión, en pleno territorio de la Decápolis .
-Le presentan a un sordomudo. De hecho el texto griego pone la palabra "tartamudo", "le presentaron pues un sordo que hablaba con dificultad". En toda la Biblia esta palabra se encuentra sólo dos veces: en Is 35, 6 y en Mc 7, 32. Y es precisamente este pasaje de Isaías el que citan las gentes: Es admirable todo lo que hace, los sordos oyen y hablan bien los tartamudos. Marcos subraya pues que Jesús cumple la gran esperanza prometida por Isaías. Es como una nueva creación, un hombre nuevo, ¡con oídos bien abiertos para oír y con la lengua bien suelta para hablar! La salvación que Dios había prometido por los profetas es como un perfeccionamiento del hombre, una mejora de sus facultades: por la fe la humanidad adquiere como unos "sentidos" nuevos, más afinados.
-Y tomándole aparte de la muchedumbre... y después del milagro les recomendó que no lo dijesen a nadie. Consigna del silencio. Hay que evitar que la muchedumbre saque enseguida la conclusión: es el Mesías. Pues este título es demasiado ambiguo. Debe ser purificado, desmitologizado por la muerte en la cruz. Cuando Cristo habrá sido crucificado, solamente entonces podrá decirse que es el Mesías. Esto vale siempre. No nos equivoquemos de Mesías, no carguemos a Cristo ni a la Iglesia de nuestros mitos ni de nuestras esperanzas demasiado humanas: Jesús no acepta nuestros sueños de grandeza, ni nuestro esperar éxitos fáciles. Contemplo a Jesús cuidando de hacer sus milagros "aparte, lejos de la gente"... y "recomendando silencio". Rezo a partir de esto.
-Le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Gestos humanos, corporales, sensibles. Se tiende hoy a borrar esta imagen de Jesús, para presentarnos a un Jesús más moderno, más racional. ¡Ciertamente quedaríamos desconcertados si una filmación grabada en vivo nos presentara a Jesús tal como fue, al hacer estos gestos! Todos los sacramentos, son también gestos sensibles, humanos, corporales. Inmensa dignidad del cuerpo, instrumento de comunicación, de expresión. La gracia más divina, más espiritual, pasa por esos humildes y modestos "signos": al sordo-tartamudo no le estorbaron nuestras teorías desencarnadas... y pudo experimentar, como extremadamente reveladores de la ternura de Jesús, estos gestos de contacto tan sencillos y naturales.
-Y mirando al cielo, suspiró y dijo: "¡Efeta!"... "Abrete". "Mirando al cielo": este gesto indica que la omnipotencia divina es la que hará el milagro. Gesto familiar en Jesús, observado ya en la multiplicación de los panes (Mc 6, 41). Luego Jesús "¡suspira!" ¡Un gemido de Jesús! ¿Participación en el sufrimiento del enfermo? quizá... Pero sobre todo ¡una profunda llamada a Dios! Jesús reza y en su oración participa su cuerpo, su respiración.
-Y se abrieron sus oídos. Se le soltó la lengua. Y hablaba correctamente. Los primeros lectores de Marcos han asistido a "bautizos", en los que el rito del "Efeta" se practicaba concretamente. Yo, por mi bautismo, ¿tengo los oídos abiertos o tapados?... la lengua ¿muda o suelta? ¿Me "comunico" correctamente con Dios y con mis hermanos? (Noel Quesson).
Hoy, el Evangelio nos presenta un milagro de Jesús: hizo volver la escucha y destrabó la lengua a un sordo. La gente se quedó admirada y decía: «Todo lo ha hecho bien» (Mc 7,37).
Ésta es la biografía de Jesús hecha por sus contemporáneos. Una biografía corta y completa. ¿Quién es Jesús? Es aquel que todo lo ha hecho bien. En el doble sentido de la palabra: en el qué y en el cómo, en la sustancia y en la manera. Es aquel que sólo ha hecho obras buenas, y el que ha realizado bien las obras buenas, de una manera perfecta, acabada. Jesús es una persona que todo lo hace bien, porque sólo hace acciones buenas, y aquello que hace, lo deja acabado. No entrega nada a medias; y no espera a acabarlo después.
—Procura también tú dejar las cosas totalmente listas ahora: la oración; el trato con los familiares y las otras personas; el trabajo; el apostolado; la diligencia para formarte espiritual y profesionalmente; etc. Sé exigente contigo mismo, y sé también exigente, suavemente, con quienes dependen de ti. No toleres chapuzas. No gustan a Dios y molestan al prójimo. No tomes esta actitud simplemente para quedar bien, ni porque este procedimiento es el que más rinde, incluso humanamente; sino porque a Dios no le agradan las obras malas ni las obras “buenas” mal hechas. La Sagrada Escritura afirma: «Las obras de Dios son perfectas» (Dt 32,4). Y el Señor, a través de Moisés, manifiesta al Pueblo de Israel: «No ofrezcáis nada defectuoso, pues no os sería aceptado» (Lev 22,20). Pide la ayuda maternal de la Virgen María. Ella, como Jesús, también lo hizo todo bien.
San Josemaría nos ofrece el secreto para conseguirlo: «Haz lo que debas y está en lo que haces». ¿Es ésta tu manera de actuar? (Joan Marqués Suriñach).
¿Podremos conformarnos con anunciar el Evangelio, llenando la cabeza de los demás con conceptos? Ciertamente no podemos prescindir de la Palabra anunciada con los labios. Sin embargo el Evangelio también lo hemos de anunciar con nuestras buenas obras a favor de los demás. Mientras no iniciemos en los demás un auténtico proceso de liberación del pecado y de sus consecuencias, nuestra proclamación del Evangelio se quedará como algo inútil. Jesucristo no sólo vino como Maestro; vino también como aquel que nos conduce a su Reino libres del pecado y de la muerte en todas sus manifestaciones. Por eso la gente del tiempo de Jesús exclama: ¡Qué bien lo hace todo! Ojalá y nosotros no sólo hablemos bien, sino que pasemos, al igual que Cristo, haciendo el bien a todos.
La Eucaristía nos reúne, de toda raza y condición social, en torno a nuestro Dios y Padre común. Él no hace distinción alguna entre nosotros. Él nos creó a todos y a todos nos llama a participar de su Vida eterna. En este Memorial de la Pascua de Cristo pregustamos esa Gloria a la que estamos llamados. Por eso también aquí, en la Eucaristía, debemos iniciar el camino de nuestra unión fraterna. No cerremos nuestros oídos a la Palabra de Dios. No nos conformemos con escucharla como discípulos distraídos. Dejemos que la Palabra de Dios nos cure de nuestras fragilidades, y nos capacite para que estemos dispuestos a dar testimonio de nuestra fe y razón de nuestra esperanza.
El Señor nos quiere fraternalmente unidos. Y la unidad no podemos reducirla a una alharaca inútil. No basta con hablar, no basta con hacer foros sobre la unidad que debe reinar en la humanidad. No basta orar para la unidad entre los cristianos. Hay que implementar acciones concretas, bajo la inspiración del Espíritu Santo, para que desaparezcan de entre nosotros los odios y las divisiones. La unidad debe vivirse, debe propiciarse desde la vida familiar. Es en el seno de la familia donde aprendemos la solidaridad, el respeto y el amor hacia los demás. Quienes creemos en Cristo no podemos ser sinceros cuando, teniendo al Señor como Cabeza de su Cuerpo, que es la Iglesia, vivimos destruyéndonos unos a otros. No seamos sordos ante el mandato de Cristo que nos pide amarnos unos a otros como hermanos.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber escuchar la voz de Dios y de confesar nuestra fe no sólo con nuestros labios, sino con nuestras obras y con nuestra vida misma. Entonces podremos decir que en verdad Dios sigue realizando su obra salvadora en el mundo por medio de su Iglesia. Amén (www.homiliacatolica.com).
 
 

Jueves de la semana 5ª: la fe puede corromperse con el orgullo egoista, y en cambio se vuelve grande por la humildad y la caridad, en un culto auténti

Jueves de la semana 5ª: la fe puede corromperse con el orgullo egoista, y en cambio se vuelve grande por la humildad y la caridad, en un culto auténtico a Dios
 
Primer Libro de los Reyes 11,4-13. Así, en la vejez de Salomón, sus mujeres les desviaron el corazón hacia otros dioses, y su corazón ya no perteneció íntegramente al Señor, su Dios, como el de su padre David. Salomón fue detrás de Astarté, la diosa de los sidonios, y detrás de Milcóm, el abominable ídolo de los amonitas. El hizo lo que es malo a los ojos del Señor, y no siguió plenamente al Señor, como lo había hecho su padre David. Fue entonces cuando Salomón erigió, sobre la montaña que está al este de Jerusalén, un lugar alto dedicado a Quemós, el abominable ídolo de Moab, y a Milcóm, el ídolo de los amonitas. Y lo mismo hizo para todas sus mujeres extranjeras, que quemaban incienso y ofrecían sacrificios a sus dioses. El Señor se indignó contra Salomón, porque su corazón se había apartado de él, el Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces y le había prohibido ir detrás de otros dioses. Pero Salomón no observó lo que le había mandado el Señor. Entonces el Señor dijo a Salomón: "Porque has obrado así y no has observado mi alianza ni los preceptos que yo te prescribí, voy a arrancarte el reino y se lo daré a uno de tus servidores. Sin embargo, no lo haré mientras tú vivas, por consideración a tu padre David: se lo arrancaré de las manos a tu hijo. Pero no le arrancaré todo el reino, sino que le daré a tu hijo una tribu, por consideración a mi servidor David y a Jerusalén, la que yo elegí".
 
Salmo 106,3-4.35-37.40. ¡Felices los que proceden con rectitud, los que practican la justicia en todo tiempo! Acuérdate de mi, Señor, por el amor que tienes a tu pueblo; visítame con tu salvación, se mezclaron con los paganos e imitaron sus costumbres; rindieron culto a sus ídolos, que fueron para ellos una trampa. Sacrificaron en honor de los demonios a sus hijos y a sus hijas; por eso el Señor se indignó contra su pueblo y abominó de su herencia.
 
Evangelio según San Marcos 7,24-30. En aquel tiempo, Jesús fue a la región de Tiro. Se alojó en una casa procurando pasar desapercibido, pero no lo consiguió; una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró en seguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies. La mujer era pagana, una fenicia de Siria, y le rogaba que echase el demonio de su hija. Él le dijo: - «Deja que coman primero los hijos. No está bien echarles a los perros el pan de los hijos».
Pero ella replicó: - «Tienes razón, Señor: pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños».
Él le contestó: - «Anda vete, que por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija».
Al llegar a su casa, se encontró a la niña echada en la cama; el demonio se había marchado.
 
Comentario: 1. 1 R 11,4-13. Se oscureció al final el reinado de Salomón. Tuvo problemas políticos y económicos, y dificultades dentro y fuera de sus fronteras. Se apuntaba ya la división que pronto sucedería entre los reinos del Norte y del Sur. El autor del libro no duda en atribuir esta decadencia al pecado en que cayó Salomón. Su pecado no es tanto lo de la multiplicidad de esposas, que era costumbre de la época, como signo de riqueza y prestigio, sobre todo cuando los pactos y las alianzas se firmaban a base de matrimonios políticos, cuanto más numerosos mejor. El pecado que se le achaca al ya anciano Salomón es la idolatría: esas mujeres le arrastraron cada una hacia sus dioses, con la edificación de ermitas o templos y la corrupción consiguiente. Salomón faltó al primer mandamiento, que entonces como ahora es el más importante: «No tendrás otro Dios más que a mí». Por eso Dios se encoleriza contra él y le anuncia el castigo que seguirá por su infidelidad.
¿Qué dioses extraños podemos estar adorando nosotros? ¿qué altares o ermitas hemos construido, en vez de adorar y seguir al único Dios? ¿Se podría decir de nosotros lo que el texto dice de Salomón: «había desviado su corazón del Señor Dios»? En nuestro caso no será la multitud de mujeres o los templos a dioses falsos. Pero puede ser el dinero, o el deseo de poder, o la ambición, o el poco control de la sensualidad, o el excesivo apego al dinero, o algún otro afecto desordenado. Algo que nos aleja de nuestro seguimiento de Cristo y de Dios. Algo que hace que dividamos nuestro corazón entre el amor a Dios y el amor a otros dioses falsos. Por ejemplo, a nosotros mismos. Parecía imposible de pensar que Salomón, el que había iniciado su reinado pidiendo humildemente a Dios que le diera la sabiduría y que construyó el Templo en honor de Yahvé, pudiera caer luego en idolatría y construir templos a otros dioses. También nosotros podemos caer en inconsecuencias pequeñas o grandes en nuestra vida. Nadie está seguro. Podemos llegar incluso a negar a Cristo como luego hará Pedro. Porque todos estamos en medio del mundo, con el encargo de no ser del mundo, pero con la tentación de conformarnos a este mundo que no piensa precisamente como Cristo.
-En la ancianidad de Salomón sus mujeres inclinaron su corazón tras otros dioses. La posesión de muchas mujeres era entonces un signo de riqueza y notoriedad más que de depravación de las costumbres. De hecho, lo que se reprocha aquí es la idolatría. En aquel tiempo, la mujer era considerada como el lugar misterioso de fuerzas incontrolables, y recurría gustosa a la magia para dominar las fuerzas que rigen la fecundidad o la esterilidad. Las mujeres de Salomón permanecían así en contacto con los cultos de su clan y de su pueblo.
-Astarté, diosa de los sidonios... Milkom, ídolo abominable de los ammonitas... Kemós, dios de Moab... Sus mujeres extranjeras ofrecían sacrificios a sus dioses. El Señor se irritó contra Salomón. Fecundidad. Esterilidad. Contracepción. Regulación de nacimientos. Es un tema de reflexión que sigue siendo actual y un problema siempre renaciente. Como en tiempo de Salomón. En comportamientos muy concretos, aun cuando sean diferentes, es donde se juega nuestra fidelidad a Dios. La sexualidad queda siempre como uno de los puntos en los que se juega la dignidad del hombre. «Milkom» es calificado de ídolo abominable, ¡porque se le ofrecían sacrificios de niños recién nacidos que se hacían pasar por el fuego! Líbranos, Señor, de todos nuestros ídolos. Libera a la humanidad de sus ídolos abominables. Ayúdanos, Señor, a progresar siempre más en humanidad. Hay que progresar la ciencia y el saber para que los hombres no tengamos necesidad de recurrir a ninguna clase de magia.
-Porque tal ha sido tu modo de comportarte... Y porque no has guardado mi alianza, ni las prescripciones que te ordené... Dios no es indiferente a los comportamientos humanos. Le interesan. Hay cosas que no pueden hacerse. Aunque no sea siempre fácil determinar «lo que está bien y lo que está mal», tenemos que «buscar lo que es mejor». Sabemos que las normas morales son ambiguas y que han evolucionado al correr de los siglos, es cierto. Pero eso no nos dispensa de buscar lo que está «bien», lo que construye... ni de evitar lo que está «mal», lo que destruye... De otra parte, el bien y el mal están inextricablemente mezclados, según Jesús. En nosotros, en nuestros comportamientos y decisiones, hay una parte de «buen grano» y otra de «cizaña». Lo esencial es no resignarnos, por cansancio o hastío, a hacer «cualquier cosa», o bien a hacer solamente «lo que nos gusta».
-Se enojó el Señor contra Salomón porque había desviado su corazón del Señor... A través de nuestro combate moral, es Dios quien está «en juego». Es nuestra relación con Dios la que sale maltrecha o reforzada. «Apartarse de Dios»... «observar la Alianza»... Son palabras que se refieren al amor. El pecado es ante todo una rotura entre nosotros y Dios. Me reconozco pecador, ¡oh Padre! Al pensar en mis pecados habituales, dirijo a Ti mi súplica, Señor (Noel Quesson).
Desviar el corazón significó, en Salomón, dar culto a otros dioses. Las alianzas con otros pueblos se concretizaron por infinidad de matrimonios del Rey con mujeres extranjeras, que exigiendo el tener lugares donde dar culto a sus dioses, obligaron a Salomón a construir los santuarios o altozanos donde poder continuar con sus cultos idolátricos. Y el corazón del Rey también se desvió hacia ese culto. No podemos hacer alianzas con los poderosos, ni con los malvados bajo pena de quedar atrapados en sus males y desviaciones. Muchos hay que, para no perder la amistad ni el apoyo de los poderosos de este mundo, buscan razones para justificarles sus maldades. Finalmente ya no están al servicio de Dios sino de los poderosos. Si somos personas consagradas al Señor debemos ser un signo profético que ayude a que todos, dejando sus malos caminos, vivan con la dignidad que todos tenemos de hijos de Dios, siempre dispuestos para construir un mundo más justo y más fraterno, con la mirada siempre puesta en Aquel que nos ha amado para vivir, no conforme a los criterios de este mundo, sino conforme a los criterios de Cristo. Por eso, con humildad y sencillez de espíritu, hemos de tomar nuestra cruz de cada día y seguir sus huellas.
 
2. Sal. 105. Ante Dios ¿quién está libre de culpa? Tal vez no nos hemos postrado ante ídolos, sin embargo, olvidados de Dios, hemos entregado nuestro corazón a las cosas pasajeras, al poder o al desenfreno de las propias pasiones. Esto ha generado grandes desequilibrios en la relación humana, de tal forma que, levantados unos contra otros, hemos generado guerras, persecuciones injustas, muerte de inocentes, falta de respeto a los derechos fundamentales del hombre, hambres y muerte, desánimo por falta de oportunidades para poder llevar una vida digna. No olvidemos que somos hijos de Dios y que nuestra vida debe tener como horizonte el amor, que no sólo nos lleve a amar a Dios por encima de todo, sino también a amar a nuestro prójimo como el Señor nos ha amado a nosotros, pues sólo amando a nuestro prójimo estaremos haciendo realidad el amor a Dios. Pidámosle al Señor que nos ayude para no quedar atrapados por aquello que nos debe poner al servicio de los demás (el poder), por aquello que nos debe llevar a tender la mano a los más desprotegidos (los bienes materiales) o por aquello que nos debe impulsar a trabajar por el bien de todos (nuestras pasiones). Cuando en lugar de buscar a Dios para servirlo con gran amor en los demás nos buscamos a nosotros mismos, hacemos que, incluso, las cosas santas se conviertan en ocasión de maldad y de pecado, de destrucción y de muerte en nosotros.
Podría darse que lo que dice el salmo de hoy se nos pudiera aplicar a nosotros: «Emparentaron con los paganos, imitaron sus costumbres, adoraron sus ídolos y cayeron en sus lazos».
 
3.- Mc 7, 24-30 (paralelo: Mt 15, 21-28: Miércoles de la 18ª Semana). El episodio sucede en el extranjero, en territorio de Tiro y Sidón, en Fenicia. La mujer que protagoniza esta escena no es judía, lo que le da un sentido muy particular al gesto de Jesús. La buena mujer se le acerca con fe, para pedirle la curación de su hija, que está poseída por el demonio. Jesús pone a prueba esta fe, con palabras que a nosotros nos pueden parecer duras (los judíos serían los hijos, mientras que los paganos son comparados a los perritos), pero que a la mujer no parecen desanimarla. A Jesús le gusta su respuesta sobre los perritos que también comen las migajas de la casa y le concede lo que pide. Lo que puede la súplica de una madre. La de esta mujer la podemos considerar un modelo de oración humilde y confiada.
A los contemporáneos de Jesús el episodio les muestra claramente que la salvación mesiánica no es exclusiva del pueblo judío, sino que también los extranjeros pueden ser admitidos a ella, si tienen fe. No es la raza lo que cuenta, sino la disposición de cada persona ante la salvación que Dios ofrece.
Lo que Jesús dice de que primero son los hijos de la casa es razonable: la promesa mesiánica es ante todo para el pueblo de Israel. También Pablo, cuando iba de ciudad en ciudad, primero acudía a la sinagoga a anunciar la buena nueva a los judíos. Sólo después pasaba a los paganos.
Para nosotros también es una lección de universalismo. No tenemos monopolio de Dios, ni de la gracia, ni de la salvación. También los que nos parecen alejados o marginados pueden tener fe y recibir el don de Dios. Esto nos tendría que poner sobre aviso: tenemos que saber acoger a los extraños, a los que no piensan como nosotros, a los que no pertenecen a nuestro círculo.
Igual que la primera comunidad apostólica tuvieron sus dudas sobre la apertura a los paganos, a pesar de estos ejemplos diáfanos por parte de Jesús, también nosotros a veces tenemos la mente o el corazón pequeños, y nos encerramos en nuestros puntos de vista, cuando no en nuestros privilegios y tradiciones, para negar a otros el pan y la sal, para no reconocer que también otros pueden tener una parte de razón y sabiduría.
Deberíamos corregir nuestra pequeñez de corazón en el ámbito familiar (por ejemplo en las relaciones de los jóvenes con los mayores), en el trato social (los de otra cultura y lengua), en el terreno religioso (sin discriminaciones de ningún tipo). «Anunció la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo» (Plegaria eucarística IV) (J. Aldazábal).
-Jesús se fue hacia los confines de Tiro. Entró en una casa, no queriendo ser de nadie conocido; pero no le fue posible ocultarse... Jesús no busca las acciones brillantes. Siempre el secreto mesiánico. La obra de Dios es una labor escondida, que no hace ruido... ni busca hacerlo. Partiendo de esto, yo me pregunto: ¿Deseo con avidez manifestaciones espectaculares de Dios, de la Iglesia? ¿Acepto francamente la humildad de Dios? ¿Busco acaso sobresalir, ocupar los primeros puestos?
-Una mujer cuya hijita tenía un espíritu impuro, entró y se postró a sus pies. La expresión "espíritu impuro" se encuentra 23 veces en el Nuevo Testamento. ¡Cuántas madres en el mundo entero, tienen preocupaciones acerca de sus hijos, rezan y confían su preocupación a Jesús!
-Esta mujer era pagana, Sirofenicia de origen. Marcos lo subraya. Cuando Marcos redacta su evangelio, en Roma, en pleno núcleo del paganismo, este detalle tiene su importancia. Quiere mostrarnos que Jesús es efectivamente el fundador de la "misión a los paganos o gentiles". Jesús, de hecho, salió de su país para ir a Tiro, en Siria. ¿Tengo yo, siguiendo a Jesús, un corazón misionero? La Iglesia no puede limitarse a mantener en la Fe a los que ya conocen al Evangelio. El Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia comienza así: "Enviada por Dios a las gentes para ser "el sacramento universal de la salvación obedeciendo el mandato de su Fundador (Mc 16, 16), por exigencias íntimas de su catolicidad se esfuerza en anunciar el Evangelio a todos los hombres". ¿Tengo un corazón universal? "Católico" es una palabra griega que significa "universal". Dios ama a todos los hombres. Dios quiere la salvación de todos. Y yo, ¿qué hago para ello?
-Jesús le dijo: "Deja primero hartarse a los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los cachorrillos". Ella replicó: "Sí, Señor, pero los cachorrillos debajo de la mesa comen de las migajas de los hijos." Todo el interés de este episodio está en habernos conservado esta frase. Jesús, ante la suplica de una mujer pagana, acepta que el pan de los hijos, -reservado a los judíos- sea participado también por los "cachorrillos" -es decir por los paganos. Esto adquiere toda su importancia si recordamos que el gran debate de la Iglesia primitiva fue precisamente este problema de la incorporación de los paganos. Jesús deja claramente entender que el pan del que quiere saciar a las gentes, si bien ha sido destinado primero a Israel, será un día participado por todos.
-Díjole entonces Jesús: "Por eso que has dicho, vete, que ya el demonio salió de tu hija". Y habiendo vuelto a su casa habló a la niña, acostada en la cama y libre ya del demonio. A través de estas palabras penetró mejor en la conciencia que tenía Jesús de su papel: no es tan sólo el mesías esperado por Israel, sino el salvador que todos los hombres, todos los pueblos esperan en la oscuridad. Es aquél que puede liberar a todas las razas de sus malos demonios. Es aquél que en todo hombre puede liberar "lo mejor de sí mismo". Señor, libéranos de nuestros demonios, de todas las fuerzas que nos dominan (Noel Quesson).
Es sorprendente la facilidad con la que nos damos por vencidos; con que razón decía Nuestro Señor que “el Reino sufre violencia y los aguerridos lo arrebata”. Para la mujer, que ante todo cree en el poder de Jesús, no acepta tan fácilmente su negación. Al contrario, la usa para persuadirlo. Jesús compara la mujer con un perrito (cosa en el lenguaje de los judíos de corte usual en el trato con los no judíos a quienes llamaban “Goyim” que significa perro o apartado de Dios); la mujer, en lugar de sentirse ofendida, reconoce lo que es, no se quiere poner por encima de lo que le está diciendo Jesús, pero usa sus mismas palabras para arrebatarle el milagro. Si Señor, dices bien, si soy un perrito, pero déjame comer de las migajas que los niños tiran. Mientras que los judíos despreciaban la gracia de Jesús ella se conforma con las migajas. Cuánta enseñanza en un pasaje. Por un lado no desperdiciemos la gracia que Dios nos ha dado en nuestro bautismo y al tener como Dios a Jesús. Por otro lado no nos demos por vencidos en nuestras peticiones. No sabemos qué nos dará pero de seguro no nos dejará marcharnos con las manos vacías, sobre todo si somos capaces de reconocer con humildad lo que somos: Unos pobres pecadores (Ernesto María).
Estamos por Tiro y Sidón (3,8). Contra la costumbre judía de no pisar territorio pagano (impuro), Jesús lleva a la práctica la universalidad de su mensaje.
v. 24b Se alojó en una casa, no queriendo que nadie se enterase, pero no pudo pasar inadvertido. Alojarse en una casa, con una familia del lugar, sin especificar religión ni raza, fue una instrucción que dio Jesús a los Doce (6,8). Se rompe el tabú judío de la impureza de los demás pueblos… hay que preparar el terreno para la difusión del mensaje, trabajando en primer lugar por la humanización progresiva de esa sociedad. Este sería el objetivo primario de la misión. Mientras la relación entre los hombres no tenga un mínimo de humanidad y los individuos no alcancen en alguna medida el nivel de personas, no se puede proponer el mensaje. El evangelista lo expone narrativamente en el encuentro que se describe a continuación.
vv. 25-26 Una mujer que había oído hablar de el, y cuya hijita tenía un espíritu inmundo, llegó en seguida y se echó a sus pies. La mujer era una griega, siro fenicia de origen, y le rogaba que echase el demonio de su hija. La sociedad pagana, antes considerada desde el punto de vista de los esclavos en rebelión (5,2-20: geraseno), está ahora representada por una madre y su hija. Este binomio está en paralelo con el de Jairo y su hija (cf. 5,23 y 7,25: hijita; 5,35 y 7,25.29: su/tu hija; 5,39ss y 7,30: la chiquilla), que en forma figurada describía la situación extrema en que se encontra ba el pueblo sometido a la institución religiosa judía. La madre es una griega, es decir, pertenece a la clase privilegiada, a la ciudadanía libre, aunque ella misma fuera de origen indígena (sirofenicia); representa la clase dominante. La hija, figura de la clase dominada, está infantilizada (25: hijita; 30: chiquilla) y tiene un espíritu inmundo (cf 5,2), un demonio (26.29.30, cf 5,15), es decir, está alienada por un espíritu de odio que la lleva a la autodestrucción; no se resigna a su condición, pero su falta de desarrollo humano (infantilismo), efecto de la opresión, la priva de toda iniciativa. La madre reconoce la superioridad y poder de Jesús (se echó a sus pies), mostrando al mismo tiempo la gravedad de su problema. La situación de su hija le resulta insostenible. Quiere que Jesús la libere del espíritu inmundo, de su actitud de odio, de la que ella, sin embargo, no se reconoce responsable…
v. 27 El le dijo: «Deja que primero se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros». La respuesta de Jesús sorprende por su tono despectivo, pero replica a la mujer de ese modo para hacerle comprender lo que ella hace dentro de su sociedad. Si los judíos, que se consideran privilegiados como pueblo, llaman perros a los paganos, ella, la clase social privilegiada, quizá trata como perros a los oprimidos que dependen de ella...
v. 28 Reaccionó ella diciendo: «Señor, también los perros debajo de la mesa comen de las migajas que dejan caer los chiquillos». Al oír la frase despectiva, la mujer no se marcha. Comprende el reproche y responde reconociendo para los despreciados al menos un mínimo derecho humano, el derecho a la supervivencia, a la vida. No hay que esperar, como decía Jesús, a que se sacien los hijos, pueden comer al mismo tiempo los perros, aunque sean las migajas. ¿Da así un primer paso para disminuir la distancia social? No sabemos las lecturas que podría tener ese diálogo para la mujer…
vv. 29-30 El le dijo: «En vista de lo que has dicho, márchate: el demonio ha salido de tu hija». Al llegar a su casa encontró a la chiquilla tirada en la cama y que el demonio ya había salido. Jesús la despide (márchate): ha hecho el mínimo indispensable, si por ejemplo fuera cierto que ella era algo altiva y que ahora ha aprendido a ser humilde, reconociendo que debe compartir en cierta medida con la los humildes. Por este mismo hecho queda liberada la chiquilla, denominación que indica minoría de edad, pero no ya dependencia ni posesión («mi hija»). Aunque sigue siendo menor, el término chiquilla ha designado a los que comen a la mesa y dejan caer las migajas (28); de este modo el evangelista, al designar a la gente sencilla con un término que expresa su igualdad con la clase dirigente, propone el ideal que hay que alcanzar.
Parece que no fuera Jesús quien expulsa al demonio, que sale por el cambio de actitud de la «madre». En cuanto ésta acepta con humildad ese diálogo que no conocemos, pero que hemos supuesto aquí que es tomar conciencia de la injusticia que practica, empieza a desaparecer el obstáculo; pero «la chiquilla» aún no tiene vitalidad (tirada en la cama, sin fuerzas); sólo el encuentro con Jesús podría dársela (5,41s). Jesús no habla a los paganos de la Ley judía ni de normas a las que tengan que atenerse. Es la renuncia a la injusticia de su sociedad la que les abre la posibilidad de acceder al reinado de Dios y formar parte de la nueva comunidad universal.
Quizá no haya nada de esta cosa social o de conversión en el corazón de la cananea, lo cierto es que lo grandioso del relato evangélico es la forma como una mujer pagana es colocada como modelo de fe, pero modelo de fe así como Israel entendió la fe en su sentido más genuino y original. Ella se abandona en los brazos de aquél que viene de parte de Dios y se declara sin fuerza y limitada humanamente. Declara en su expresión que sin su ayuda, sin su poder, sería imposible llegar a humanizarse ella y su pequeña hija que se encuentra dominada por la enfermedad.
La dignidad e igualdad de la mujer aparece en la misma respuesta que la mujer le da a Jesús, que es también una crítica a la desvalorización que el judío hacía de otras culturas. Ella habla del perrito, dulcificando la palabra perro, expresión judía para nombrar a los pueblos de la gentilidad.
Jesús, con este milagro, entra a combatir el alma social judía ya que en el fondo de esta alma está el peso acumulado de la opresión femenina: un ser inferior, sin plenos derechos, impura por su condición sexual. Ella era una cananea, una extranjera. La mujer no se deja amedrentar frente a un judío. Ella, a Jesús, le habla con claridad y es la claridad de su palabra la que hace que Jesús actúe frente a ella con libertad y la libere de la opresión en la que vive; por eso el milagro ocurrió y su hija fue sanada a distancia.
La Iglesia también tiene que entrar a respetar las múltiples expresiones culturales que existen en nuestro mundo. Tenemos, como Iglesia, que dejar de ser tan colonialistas y respetar el legado cultural y ancestral que los otros pueblos tienen. Hay que mirar a los otros pueblos con respeto y con admiración para hacer de este mundo una casa donde todos quepamos. También tenemos que comenzar a ver a la mujer con ojos adultos, y asimilar una Iglesia donde ella adquiera responsabilidad eclesial. ¿Hasta cuándo seguirá la subvaloración femenina en el seno del catolicismo? ¿En qué podemos ayudar nosotros a superar este error histórico frente a la mujer? (Juan Mateos).
Hoy se nos muestra la fe de una mujer que no pertenecía al pueblo elegido, pero que tenía la confianza en que Jesús podía curar a su hija. En efecto, aquella madre «era pagana, sirofenicia de nacimiento, y le rogaba que expulsara de su hija al demonio» (Mc 7,26). El dolor y el amor le llevan a pedir con insistencia, sin tener en cuenta ni desprecios, ni retrasos, ni indignidad. Y consigue lo que pide, pues «volvió a su casa y encontró que la niña estaba echada en la cama y que el demonio se había ido» (Mc 7,30).
San Agustín decía que muchos no consiguen lo que piden pues son «aut mali, aut male, aut mala». O son malos y lo primero que tendrían que pedir es ser buenos; o piden malamente, sin insistencia, en lugar de hacerlo con paciencia, con humildad, con fe y por amor; o piden malas cosas que si se recibiesen harían daño al alma o al cuerpo o a los demás. Hay que esforzarse, pues, por pedir bien. La mujer sirofenicia es buena madre, pide algo bueno («que expulsara de su hija al demonio») y pide bien («vino y se postró a sus pies»).
El Señor nos mueve a usar perseverantemente la oración de petición. Ciertamente, existen otros tipos de plegaria —la adoración, la expiación, la oración de agradecimiento—, pero Jesús insiste en que nosotros frecuentemos mucho la oración de petición.
¿Por qué? Muchos podrían ser los motivos: porque necesitamos la ayuda de Dios para alcanzar nuestro fin; porque expresa esperanza y amor; porque es un clamor de fe. Pero existe uno que quizá sea poco tenido en cuenta: Dios quiere que las cosas sean un poco como nosotros queremos. De este modo, nuestra petición —que es un acto libre— unida a la libertad omnipotente de Dios, hace que el mundo sea como Dios quiere y algo como nosotros queremos. ¡Es maravilloso el poder de la oración! (Enric Cases Martín).
San Juan Crisóstomo (hacia 345-407), obispo de Antioquia y Constantinopla, doctor de la Iglesia, en su Homilía “Que Cristo sea anunciado” (12-13; PG 51, 319-320) habla de la “La oración humilde e insistente” y dice: “Una mujer cananea se acerca a Jesús suplicándole a grandes gritos que curase a su hija, poseída de un demonio... Esta mujer, una extranjera, una bárbara, sin relación alguna con el pueblo judío ¿no era como una perra, indigna de alcanzar lo que ella pedía? “No está bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los perrillos.” (Mt 15,26) Sin embargo, la perseverancia de la mujer le ha valido ser escuchada. Aquella, que no era sino una perrilla, Jesús la levanta a la nobleza de los hijos de la casa. Más aún, la colma de alabanzas. Le dice al despedirla: “¡Mujer, qué grande es tu fe! Que te suceda lo que pides.” (Mt 15,28) Cuando se oye a Cristo decir: “Tu fe es grande” no hace falta buscar otras pruebas para ver la grandeza de alma de esta mujer. Ha salido de su indignidad por la perseverancia en la petición. Observa también que alcanzamos del Señor más por nuestra propia oración que por la de los otros”.
Pocas veces en el Evangelio escuchamos respuestas en las que Jesús aplace algo que le piden de corazón (no esas peticiones de los escribas y los fariseos para ponerlo a prueba, sino de personas que ponen en Él su confianza). Hoy es una de ellas. Otras ocasiones en que parece que Jesús se niega a escuchar a los que le piden algo: en las bodas de Caná a su madre santísima y cuando le avisan de que su amigo Lázaro está enfermo y se muere. En todas ellas el Señor se sobrepasa en generosidad cuando ve la fe probada como oro en crisol.
Hoy una mujer pagana, fenicia de Siria, de la que ni tan siquiera sabemos su nombre le pide la curación de su hijita y recibe lo que parece una negativa, “no está bien echar a los perros el pan de los hijos”. Pero la mujer no baja la cabeza y se va a buscar a otro, cuando una madre se arranca no hay quien la pare y como sabe que el Señor puede hacerlo, no ceja en su intento y responde con la misma gallardía: “También los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños”, y por esa valentía su hija queda curada.
Enfrentarse a Dios, puede parecer una blasfemia pero creo que a veces es necesario y desde luego es mucho mejor que intentar comprarlo o acostumbrarse a Él. Muchas veces en el Antiguo Testamento los patriarcas y profetas se han “enfrentado” con Dios, le han pedido explicaciones o le han intentado “regatear” sus decisiones y lo hacían desde el convencimiento de que Dios les escuchaba y que haría siempre lo mejor. En tu oración nunca te des por vencido, nunca digas: “Dios no me ha escuchado”; continúa clamando sin cesar, no pierdas la constancia, no digas “ya se me ha acabado la paciencia” y desesperes. El Señor te escucha y sabe, mejor que tú, lo que te hace falta. Si eres constante verás que en el mejor momento- no antes- el Señor te dará aquello que de verdad necesitabas, aunque no fuese lo que tú habías imaginado. No seas como esa pobre mujer que desconsolada lloraba por la calle diciendo: “Dios me ha fallado, no volveré más a Misa, me ha traicionado y no ha escuchado mi oración, n hace justicia, no creo ya ni que de verdad exista”. Cuando le preguntabas el por qué de tanta desolación, qué no le había concedido Dios, qué le había hecho perder la fe, te contestaba: “Se ha llevado a mi madre, ha muerto mi madre y Él la podía salvar”. Su madre tenía 97 años (ella 75) y no entendía que la muerte es inexorable para todos pero que- en pocos años- volvería a encontrarla (por la misericordia de Dios) en el cielo, llena de vida y de amor de Dios, que realmente sí la había salvado aunque su egoísmo la llevase a pensar que era mejor tener a su madre anciana, medio demente y paralítica a su lado.
Pide siempre, no pares, no te canses, no seas como Salomón que ya creía que no le hacía falta pedir nada al Señor pues lo tenía todo y lo perdió todo, desvió su corazón y aún así el Señor no le abandonó completamente. Pide junto con María, ella sabe arrancar esos milagros -que no salen en la prensa pero conceden la paz- al corazón misericordioso de su Hijo.
La cananea, la fe que vence a Dios. "La Cananea" nos va a enseñar cómo la fe es capaz de ganarle a Dios ese pulso que Dios le echa. Es un relato tan hermoso que parece casi un cuento de hadas. Sin embargo, aquella mujer se llevó en el corazón aquello que tanto quería: la curación de su hija. "Ten piedad de mí, Señor. Mi hija está malamente endemoniada". Esta mujer parte de una realidad: nadie, a excepción de Dios, puede solucionarle eso que atormenta tanto su corazón, el tormento de su hija a manos del demonio. En nuestras vidas cuántas veces Dios no entra en nuestros cálculos humanos: son nuestras propias fuerzas, son los demás, es la esperanza en el progreso, es el psicólogo, las primeras puertas a las que llamamos. Cómo nos cuesta poder decir que aquella sencillez de Marta y María: "Señor, el que amas, está enfermo" Cómo nos cuesta ser niños ante Dios y decirle con esta mujer: "Ten piedad de mí".
Parece que Jesús no escucha aquel grito desgarrado, porque no le responde. Sin embargo, cómo le dolió a Cristo aquella súplica. Quiere poner a prueba la fe de aquella mujer para que su fe fuera más grande si cabía. Y son los discípulos quienes intervienen abogando en favor de ella, pero no por motivos profundos, sino para quitársela de encima, pues ya molestaba. Parece que Dios muchas veces no nos escucha, no nos oye. Nos llega a desesperar a veces el silencio de Dios. Es posible que hasta a veces pensemos que a Dios no le interesamos. Y es ahí justamente cuando Dios está esperando ese último gesto de entrega a él, de confianza en su amor de Padre.
Jesús responde a los discípulos, no a ella, que él no ha sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Es como un gesto de desprecio, de rechazo, como queriendo zanjar todo aquello de golpe. Pero ella insiste en su oración: "Señor, socórreme". Hay que ser humildes para aceptar a Dios. "Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos". Ante aquel grito de dolor, Cristo va a poner la última prueba. Le dice que no está bien quitarle el pan a los hijos para dárselo a los perritos. Es como un insulto. Hoy diríamos que Cristo ha pisoteado la dignidad humana de aquella persona. Pero Él sabe lo que está haciendo, y lo que está haciendo es purificar aquel corazón plenamente antes de hacer el gran milagro.
Por ello responde la mujer que también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores. Aquello doblega el corazón de Cristo que ya desde antes venía sufriendo junto con aquella mujer aquel dolor terrible que experimentaba por la enfermedad de su hija. Ya no puede más, y ante tanta humildad dice: "Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas". Y la hija quedó curada. La fe siempre lo puede todo hasta lo imposible. La fe y la humildad de una pobre mujer cananea habían doblegado el Corazón de Dios. "A los humildes Dios los bendice". ¡Cómo se llenaría de gozo el corazón de aquella mujer que ahora contemplaba a su hija curada! Diría: "Ha valido la pena pasar por esto mil veces", y tal vez no se daba cuenta del todo de que había sido su fe perseverante quien había ganado aquel duelo.
Nosotros los cristianos tenemos que aprender de esta mujer muchas cosas hermosas y bellas. A Dios se le vence con la fe, no con el orgullo. De Dios se obtiene todo no con el racionalismo, sino con la confianza. En Dios siempre encuentra uno acogida cuando se le acerca con humildad, no con auto-suficiencia. Por ello, estos ejercicios nos dan la oportunidad de revisar nuestra fe.
¿Es mi fe la primera actitud que define mi relación personal con Dios? O más bien, ¿la fe es el último recurso, cuando ya no cabe ninguna otra esperanza? A Dios le gusta que mi relación habitual, diaria, personal con Él se de siempre en el campo de la fe. Dios quiere que me fíe de Él, que tenga la suficiente confianza como para pedirle cosas de niño, que nunca ponga en duda su amor y su poder.
¿Es mi fe humilde? Parecería una contradicción porque la fe sin humildad no es tal. Pero conviene preguntarse si sé agarrarme de Dios incluso cuando no entiendo nada de nada, cuando no comprendo sus planes, cuando me resulta imposible ver su amor en algo que me ha sucedido. Entonces, tengo que hacerme pequeño y decirle a Dios: "No te entiendo, pero me fío de ti", como tuvo que hacer María al comprobar que duros eran los planes de Dios sobre el modo y el cómo del Nacimiento de su Hijo, o al ignorar cómo se iba a resolver el tema de su embarazo con José, o al escuchar que una espada iba a atravesar su corazón por culpa de aquel niño que llevaba a presentar ante el Señor.
¿Es mi fe tan grande que, incluso no entendiendo nada de nada de los planes de Dios sobre mí o sobre los demás, pongo por delante siempre mi fe absoluta en Él? ¡Cómo nos gustaría escuchar de los labios del mismo Dios: "Qué grande es tu fe. Que se haga como quieres"! Hay que apostar en la vida por Dios y aceptar que Dios nos sobrepasa y nos supera. No somos nada a su lado. Todo lo que de Él venga será bienvenido. No dejemos nunca que el orgullo nos someta y dejemos de curarnos porque se nos hace humillante bañarnos en el río que nos ha aconsejado Dios cuando tenemos ríos tan bellos en nuestra tierra (2 Re 5, 1-15).
El Evangelio de la gracia, la Buena Nueva de Cristo, nos ha enseñado que la fe es fundamental en el cristiano. Incluso cuando uno ve el futuro y siente ansiedad, incluso cuando uno ve los problemas y siente impotencia, incluso cuando uno constata los graves problemas que afligen al mundo, al hombre, a la familia. No hay otra solución que la fe. Dios es más grande que todo eso. Dios es quien me garantiza mi alegría y mi salvación.
Tal vez el Señor quería tener un momento de descanso junto con sus discípulos. Pero cuando acude a Él la gente no se niega a atenderlos, pues es consciente de que ha venido como el Pastor que busca, incansablemente, a las ovejas que se han extraviado. Su ministerio se desenvuelve conforme a la cultura de su tiempo. Por eso nos da a entender que el Mensaje de salvación debería de ser anunciado primero a los judíos. Llegará el momento en que envíe a sus discípulos a anunciar el Evangelio hasta el último rincón de la tierra. Ese Mensaje de Salvación no es sólo para ser escuchado, sino para liberar al hombre de sus ataduras al pecado y a la muerte. Y esto con la finalidad de que todos seamos criaturas nuevas en Cristo. El Señor, a quienes no pertenecíamos al Pueblo de los elegidos, no nos dio las migajas que caen de la mesa de los hijos, sino que nos sentó a ella para que podamos disfrutar en plenitud de la Vida de Dios y de la participación de su Espíritu Santo. Sólo si tenemos puesta nuestra fe en Cristo podremos, por nuestra unión a Él, llegar a ser hijos de Dios. Vivamos no sólo como quienes esperan de Dios sus dones, sino como quienes, al recibir la vida de Dios se preocupan, a impulsos del Espíritu Santo, en hacerla llegar a todos, sin darnos jamás descanso en ello.
El Señor nos convoca para sentarnos a su Mesa y alimentarnos con su Palabra y con el Pan de Vida. Ese alimento no es sólo para que lo guardemos como un don para nosotros. El Señor nos quiere apóstoles suyos. Por eso a quienes llamó los purificó; a quienes purificó los llenó de su Vida y a quienes llenó de su Vida los envió como testigos suyos en el mundo a través de la historia. Nosotros hemos venido en este día a participar de la Vida que el Señor nos ofrece. Y venimos con la intención de dejar a un lado nuestros ídolos. Nuestro corazón, en adelante, sólo ha de pertenecer al Señor. Él será el centro de nuestra vida, de nuestro amor y de nuestra entrega en favor de los demás. No sólo contemplamos la entrega de Cristo por nosotros. Sabemos que, por nuestra unión a Él, hemos de tomar nuestra cruz de cada día e ir tras sus huellas.
Por eso, quienes participamos de la Mesa del Señor no podemos volver a nuestra vida diaria para sentarnos en la mesa de los demonios. Si somos sinceros en nuestra unión con Cristo deben haber quedado atrás nuestras maldades y vicios. Si antes fuimos unos malvados, ahora, renovados en Cristo, hemos de vivir de un modo santo y justo. Es verdad que estando en una continua relación con el mundo muchas veces encontraremos la ocasión de ser injustos, de hacer el mal a los demás. El Señor nos invita e impulsa diciendo: En el mundo tendréis muchas tribulaciones; pero ¡ánimo! no tengan miedo, yo he vencido al mundo. Si muchas veces nos encontramos con personas que tal vez se han vuelto enemigos nuestros, no los despreciemos; no pasemos de largo ante su dolor, ante su pobreza, ante su sufrimiento, ante sus desesperanzas diciendo que si ellos se lo buscaron, ellos lo encontraron. Cristo nos invita a dar, no sólo las migajas de nuestro amor, de nuestra ayuda; sino dar incluso nuestra propia vida para que los demás recobren su dignidad y vivan como hijos de Dios y hermanos nuestros.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vernos y amarnos como hermanos velando unos por otros y preocupándonos de hacer el bien a todos, especialmente a los más desprotegidos, o a los que viven lejos del Señor hasta que todos juntos podamos sentarnos a la mesa eterna de nuestro Dios y Padre. Amén (www.homiliacatolica.com).

Miércoles de la semana 5ª. Salomón tenía el don de Dios de la sabiduría, que ha de ir unida a la humildad para tener buen corazón, que es lo que nos p

Miércoles de la semana 5ª. Salomón tenía el don de Dios de la sabiduría, que ha de ir unida a la humildad para tener buen corazón, que es lo que nos pide Jesús, que se manifieste en actos de amor
 
Primer Libro de los Reyes 10,1-10. La reina de Sabá oyó hablar de la fama de Salomón, y fue a ponerlo a prueba, proponiéndole unos enigmas. Llegó a Jerusalén con un séquito imponente, con camellos cargados de perfumes, de muchísimo oro y de piedras preciosas. Cuando se presentó ante Salomón, le expuso todo lo que tenía pensado decirle. Salomón respondió a todas sus preguntas: no hubo para el rey ninguna cuestión tan oscura que no se la pudiera explicar. Cuando la reina de Sabá vio toda la sabiduría de Salomón, la casa que había construido, los manjares de su mesa, los aposentos de sus servidores, el porte y las libreas de sus camareros, sus coperos y los holocaustos que ofrecía en la Casa del Señor, se quedó sin aliento y dijo al rey: "¡Realmente era verdad lo que había oído decir en mi país acerca de ti y de tu sabiduría! Yo no lo quería creer, sin venir antes a verlo con mis propios ojos. Pero ahora compruebo que no me habían contado ni siquiera la mitad: tu sabiduría y tus riquezas superan la fama que llegó a mis oídos. ¡Felices tus mujeres, felices también estos servidores tuyos, que están constantemente delante de ti, escuchando tu sabiduría! ¡Y bendito sea el Señor, tu Dios, que te ha mostrado su favor poniéndote sobre el trono de Israel! Sí, por su amor eterno a Israel, el Señor te estableció como rey para que ejercieras el derecho y la justicia". La reina regaló al rey ciento veinte talentos de oro, una enorme cantidad de perfumes y piedras preciosas; nunca más se recibieron tantos perfumes como los que la reina de Sabá dio al rey Salomón.
 
Salmo 37,5-6.30-31.39-40. Encomienda tu suerte al Señor, confía en él, y él hará su obra; hará brillar tu justicia como el sol y tu derecho, como la luz del mediodía. La boca del justo expresa sabiduría y su lengua dice lo que es recto: la ley de Dios está en su corazón y sus pasos no vacilan. La salvación de los justos viene del Señor, él es su refugio en el momento del peligro; el Señor los ayuda y los libera, los salva porque confiaron en él.
 
Evangelio según San Marcos 7,14-23. En aquel tiempo, llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: - «Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. El que tenga oídos para oír que oiga.»
Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la comparación. Él les dijo: - «¿Tan torpes sois también vosotros? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina».  (Con esto declaraba puros todos los alimentos). Y siguió: - «Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.»  
 
Comentario: 1R 10,1-10. La sabiduría y la fama de Salomón atraen visitas de extranjeros: esta vez la reina de Sabá, del sur de Arabia. Riquezas, fama, sabiduría, prestigio: pero el autor del libro se cuida muy bien de afirmar que todo ello se debe a Dios. Pone en labios de la reina visitante esta confesión: «Bendito sea el Señor tu Dios que, por el amor eterno que tiene a Israel, te ha elegido para colocarte en el trono de Israel y te ha nombrado rey para que gobiernes con justicia».
-La fama de Salomón llegó hasta la reina de Saba. Salomón es pues un rey importante en el concierto de naciones del Próximo oriente. Hasta aquí ha triunfado, gracias a la obra de su padre David, y gracias a su propia inteligencia política. Hoy puedo pensar en los aciertos que he tenido en mi vida. En otros días, la Palabra de Dios me ayudará a meditar sobre mis fracasos. Pero hoy, ¿no es quizá el momento de "dar gracias" al Señor? Jesús nos pide que hagamos fructificar nuestros "talentos". Recordemos cuán duramente condenó la «higuera estéril».
-«Tu sabiduría y tu prosperidad superan todo lo que oí decir. Bendito el Señor, tu Dios, que te ha mostrado su favor...» Atribuir nuestros éxitos a Dios. Tener una actitud gozosa, que sabe alegrarse de lo que «marcha bien». Pero sin querer deslumbrar a los demás con nuestra dicha... Un santo triste es un triste santo. Aprender la «bendición»: Bendito seas, Señor, por... ¡Proclamar la bondad de Dios! Actitud «eucarística». Una oración que deberíamos repetir a menudo -¿por qué no hoy?- es recitar la letanía de nuestras alegrías: «¡Bendito seas por esto...! ¡Bendito seas por aquello...!»
-Salomón resolvió todas sus preguntas. Ninguna le resultó oscura. La reina de Saba vio toda la sabiduría de Salomón. ¡Percatémonos bien de lo que significan esas frases para la época! El relato que leemos quiere hacer resaltar la "Sabiduría" de Salomón, su «Inteligencia». El mundo moderno está ávido de «conocimiento», de «ciencia»: los secretos de la naturaleza, desde la época de Salomón, han ido retrocediendo siguiendo la orden de Dios al hombre: "¡Dominad la tierra y sometedla!" Algunos cristianos miran la ciencia con cierto recelo. Y es verdad que puede apartar de Dios y desorientar al hombre. Pero la ciencia en sí no es mala; en sí más bien es buena. Permite participar del conocimiento mismo de Dios. La inteligencia humana descubre las maravillas que la Inteligencia Primera ha creado. Te ofrezco, Señor, las maravillas de la ciencia. Ayuda a los hombres, como hiciste con Salomón, a seguir descubriendo, a penetrar los secretos restantes, a terminar el "dominio de la tierra" que nos has confiado... pero ayúdanos a hacerlo sin orgullo. Esa sabiduría-prudencia de Salomón, es uno de los "valores humanos"... Ese encuentro entre el Rey de Israel y una Reina de un país lejano del sur de Egipto... tiene un gran significado en la Biblia. Salomón practica una política de apertura: hace alianza con el Faraón, (I Reyes 3, 1); llama a técnicos extranjeros para construir el templo de Dios (I Reyes 9, lO-24); concluye acuerdos comerciales con Tiro (I Reyes 9, lO-28). Y, por encima de todo, busca integrar el saber humano de su tiempo al pensamiento religioso de su pueblo. La Iglesia ha intentado siempre lo mismo, a lo largo de las distintas épocas. Hoy abre sus puertas al dialogo con todas las grandes corrientes de pensamiento de la humanidad actual. La gracia «eleva» la naturaleza, no la «destruye». Todo lo que es un «valor» en el mundo, todo lo que es «sabiduría» es ya obra de Dios. Visión optimista (Noel Quesson).
Sólo a Dios sea dado todo honor y toda gloria. La Reina de Sabá ¿sólo reconoce la sabiduría de Salomón? ¿Acaso no llega a reconocer al Dios de los Israelitas, a quien eleva una oración bendiciendo su Santo Nombre? Nadie puede enorgullecerse de sí mismo, pues ¿qué tenemos que no hayamos recibido? Y si lo hemos recibido ¿por qué enorgullecernos como si no lo hubiéramos recibido? Salomón no era sabio por naturaleza, sino porque Dios lo hizo sabio para ponerlo frente a su Pueblo, de tal forma que lo condujera como si Dios mismo estuviera entre los suyos. Dios sabe lo que necesita nuestro mundo. Que Dios nos conceda todos aquellos carismas que necesita la Iglesia para continuar la obra salvadora de Dios; y que, conforme a la gracia recibida, nos pongamos al servicio unos de otros, no vanagloriándonos, sino reconociendo que todo don perfecto viene de Dios.
 
2. Sal. 36. Los insensatos pensaban que los justos habían perecido como los animales, pero su vida está en las manos de Dios. Por eso, ya desde ahora hemos de aprender a poner nuestra vida en manos del Señor. Si así lo hacemos nuestros pasos jamás vacilarán, pues el Señor vela por los justos, ya que estos son quienes han abierto su vida al amor de Dios y le viven fieles. Teniendo a Dios con nosotros Él hablará y actuará por medio nuestro. A nosotros corresponde ser los primeros en dejarnos salvar y santificar por Él. Sólo entonces, habiendo Dios tomado posesión de nuestra vida, hará que la Iglesia sea un signo claro de su amor salvador para todos los pueblos.
El salmo se recrea en la sabiduría de Salomón y su origen divino: «La boca del justo expone la sabiduría... porque lleva en el corazón la ley de su Dios y sus pasos no vacilan». Son varias las direcciones en que nos puede interpelar esta simpática escena. Salomón aparece como anuncio del verdadero Sabio, el Mesías Jesús. En varios pasajes el profeta Isaías y los Salmos dirán que en los tiempos mesiánicos «vendrán de Sabá portando oro e incienso y pregonando alabanzas a Yahvé» (Is 60,6 y Salmo 71,10). En efecto, los magos de Oriente vinieron a Belén a rendir homenaje de adoración y traer sus dones al recién nacido Mesías. Además esta escena cuestiona nuestra actitud ante las cualidades que podamos tener cada uno de nosotros, aunque no lleguen a despertar admiración hasta en el extranjero. Esas cualidades nos invitan a dar gracias a Dios. Tenemos lo que hemos recibido. Si con nuestras virtudes humanas y cristianas podemos hacer algo útil a nuestro alrededor, bendito sea Dios. Él es quien nos las ha dado. Nuestra preocupación debería ser no defraudarle. No para llamar la atención y recibir los aplausos de la gente, sino para merecer la sonrisa y la aprobación de Dios, porque con los talentos que nos ha dado -sean uno o dos o cinco- hemos hecho algo en bien de todos. Ojalá podamos escuchar al final: «Muy bien, siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco, entra en el gozo de tu señor».
También deberíamos aprender de la reina forastera a saber reconocer y alabar las cualidades de los demás. Alabar a las personas que conviven con nosotros, reconocer sus éxitos y sus méritos, interesarnos por sus cosas y escucharlas, es una de las cosas más finas que podemos hacer y también de las que más nos cuestan. Nos suele gustar que cuando hablamos de lo nuestro nos escuchen y se interesen. Pero cuando son otros los que hablan de lo suyo, ¡lo que nos cuesta dedicarles una palabra de alabanza!
Finalmente, haríamos bien en recordar y tratar de no merecer la queja de Jesús: «La reina de Sabá se levantará en el juicio con esta generación y la condenará, porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón» (Mt 12,42). ¿Tomamos en serio y aprovechamos bien la sabiduría que nos enseña cada día, sobre todo en las lecturas de la misa, el auténtico Maestro que Dios nos ha enviado, Jesús?
 
3.- Mc 7,14-23. Los fariseos no es que fueran malas personas. Eran piadosos, cumplidores de la ley. Pero habían caído en un legalismo exagerado e intolerante y, llevados de su devoción y de su deseo de agradar a Dios en todo, daban prioridad a lo externo, al cumplimiento escrupuloso de mil detalles, descuidando a veces lo más importante. Ayer era la cuestión de si se lavaban las manos o no. Hoy el comentario de Jesús continúa refiriéndose al tema de lo que se puede comer y lo que no, lo que se considera puro o no en cuestión de comidas. La carne de cerdo, por ejemplo, es considerada impura por los judíos y por otras culturas: inicialmente por motivos de higiene y prevención de enfermedades, pero luego también por norma religiosa.
La enseñanza de Jesús, expresada con un lenguaje muy llano y expresivo, es que lo importante no es lo que entra en la boca, sino lo que sale de ella. Lo que hace buenas o malas las cosas es lo que brota del corazón del hombre, la buena intención o la malicia interior. Los alimentos o en general las cosas de fuera tienen una importancia mucho más relativa.
El defecto de los fariseos puede ser precisamente el defecto de las personas piadosas, deseosas de perfección, que a veces por escrúpulos y otras por su tendencia a refugiarse en lo concreto, pierden de vista la importancia de las actitudes interiores, que son las que dan sentido a los actos exteriores. O sea, puede ser nuestro defecto. Dar, por ejemplo, más importancia a una norma pensada por los hombres que a la caridad o a la misericordia, más a la ley que a la persona. Esta tensión estaba muy viva cuando Marcos escribía su evangelio. En la comunidad apostólica se discutía fuertemente sobre la apertura de la Iglesia a los paganos y la conveniencia o no de que todos tuvieran que cumplir los más mínimos preceptos de la ley de Moisés. Recordamos las posturas de Pablo y Santiago y finalmente del concilio de Jerusalén, así como la visión del lienzo con animales puros e impuros y la invitación a Pedro para que comiera de ellos (Hechos 10). Ha sido un tema que se ha mantenido a lo largo de la vida de la Iglesia. ¿No se podría interpretar, en una historia no demasiado remota, que dábamos más importancia a la lengua en que se celebra la liturgia que a la misma liturgia?, ¿al ayuno eucarístico desde la media noche, casi más que a la misma comunión? La hipocresía, la autosuficiencia y el excesivo legalismo son precisamente el peligro de los buenos. Lo que cuenta es el corazón. Leamos despacio la lista de las trece cosas que Jesús dice que pueden brotar de un corazón maleado: malos propósitos. fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias. Injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. ¿Cuáles de ellas brotan alguna vez de nuestro interior? Pues eso tiene mucha más trascendencia que lo que comemos o dejamos de comer. «Al hombre, formado a tu imagen y semejanza, sometiste las maravillas del mundo para que en nombre tuyo dominara la creación» (prefacio de domingo). (J. Aldazábal).
Nada hay en el exterior del hombre... que entrando en él pueda mancharle. Lo que sale del corazón... esto es lo que mancha al hombre. El que tenga oídos para oír, que oiga. Cuando se hubo retirado de la muchedumbre, y entrado en casa, los discípulos le preguntaron por el significado de la parábola. Volvemos a encontrar pues el procedimiento ya usado por Jesús para la formación más intensiva de su grupito de discípulos. ¿Soy yo también de los que buscan comprender mejor? ¿Tengo "oídos para escuchar" la palabra secreta de Dios? ¿Sé ir más allá de la envoltura de las palabras del evangelio? ¿"Lejos de la muchedumbre", de corazón a corazón con Jesús, me pregunto sobre el "sentido" de sus palabras?
-¿Tan faltos estáis de inteligencia? Este será un tema cada vez más frecuente en san Marcos: la ininteligencia de los mismos discípulos. Ver ya en Mc 4, 13 ¿No comprendéis?". Empezamos a entrever por algunas frases de ese estilo, de qué modo Jesús ha debido encontrarse aislado, incluso entre sus mejores amigos. Atacado por sus enemigos. Incomprendido por sus amigos; Jesús, por la profundidad misma de su personalidad misteriosa, estaba solo. Paso unos instantes contemplando este sufrimiento del corazón de Jesús.
-¿No comprendéis que...? Y Jesús, pacientemente, reemprende en la intimidad con sus discípulos, la explicación de lo que ya ha tratado de hacer comprender a la muchedumbre y a los fariseos. No olvidemos que 40 años más tarde, cuando Marcos escribía este relato, la cuestión de los "alimentos prohibidos" no estaba aún completamente resuelta: los Hechos de los Apóstoles, el primer Concilio de Jerusalén, las Epístolas de san Pablo se hacen eco de las divergencias entre Pedro y Pablo en esas cuestiones. ¿Había que imponer a los paganos que entraban en la Iglesia las estrictas costumbres de la alimentación "pura e impura" que eran tradicionales entre los judíos?
-Así Jesús declaraba puros todos los alimentos. Cuando se sabe la importancia que para cada nación, o para cada provincia tienen las costumbres culinarias... se adivina que Jesús tenía sobre ello una visión amplia, universal, liberadora. La fe y la verdadera religión hacia Dios no están ligadas a estas costumbres. Jesús se retrotrae en relación a los hábitos culturales de su propio pueblo. Es una ley esencial de la misión, -como nos lo ha recordado el Decreto conciliar sobre "La actividad misionera en la Iglesia": "Los misioneros deben familiarizarse con las tradiciones nacionales y religiosas de los pueblos a evangelizar..., descubrir con alegría y respeto las simientes que el Verbo depositó y están escondidas en las diversas culturas..." Descubrir los valores de culturas que no son las nuestras. Al declarar que "todos los alimentos son puros, Jesús contravenía gravemente una tradición de su pueblo... pero lo hacía para abrir la Iglesia a todos los que no tenían esas tradiciones judías. Jesús pensaba en los paganos.
-De dentro del corazón del hombre proceden los pensamientos perversos: las fornicaciones, los hurtos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las maldades, el fraude, la impureza, la envidia, la blasfemia, el orgullo. Todas estas maldades proceden del interior del hombre y lo manchan. Pero Jesús pensaba también en los judíos y en todos los hombres. Todos tenemos necesidad de re-descubrir lo esencial desde el interior. Y es la simple conciencia universal, la moral más natural, lo que Jesús revalora. Ninguna costumbre nacional, ninguna tradición de los antiguos, de los antepasados, puede ir en contra de esas leyes esenciales que todo hombre recto reconoce en el fondo de su conciencia (Noel Quesson).
Si alguna vez te has enfermado del estomago, sabes muy bien que lo que entra en el hombre no toca la vida, aunque sabes que influyen en la vida diaria, haciendo sentirse más cansado de lo ordinario. Lo que realmente te toca directamente no es la comida que te hace engordar y basta, sino algo que es llamado pecado. Éste realmente sí hace destrozos en el alma. No sé si te has dado cuenta de lo mal que uno se siente cuando hace algo que no quieren tus padres, o cuando haces que sabes que está mal. La verdad es que cuando yo he hecho algo que Dios no quería me he sentido fatal al día siguiente, porque allí no estaba la felicidad. La cuestión está en saber qué está mal o no para ser realmente felices y actuar con la convicción de estar haciendo siempre el bien. Tú puedes hacer siempre el bien, evitando aquello que sabes que está mal y que puede dañarte y dejar una marca para toda tu vida: la infelicidad (José Rodrigo Escorza).
Hoy Jesús nos enseña que todo lo que Dios ha hecho es bueno. Es, más bien, nuestra intención no recta la que puede contaminar lo que hacemos. Por eso, Jesucristo dice: «Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre» (Mc 7,15). La experiencia de la ofensa a Dios es una realidad. Y con facilidad el cristiano descubre esa huella profunda del mal y ve un mundo esclavizado por el pecado. La misión que Jesús nos encarga es limpiar —con ayuda de su gracia— todas las contaminaciones que las malas intenciones de los hombres han introducido en este mundo.
El Señor nos pide que toda nuestra actividad humana esté bien realizada: espera que en ella pongamos intensidad, orden, ciencia, competencia, afán de perfección, no buscando otra mira sino restaurar el plan creador de Dios, que todo lo hizo bueno para provecho del hombre: «Pureza de intención. —La tendrás, si, siempre y en todo, sólo buscas agradar a Dios» (San Josemaría).
Sólo nuestra voluntad puede estropear el plan divino y hace falta vigilar para que no sea así. Muchas veces se meten la vanidad, el amor propio, los desánimos por falta de fe, la impaciencia por no conseguir los resultados esperados, etc. Por eso, nos advertía san Gregorio Magno: «No nos seduzca ninguna prosperidad halagüeña, porque es un viajero necio el que se para en el camino a contemplar los paisajes amenos y se olvida del punto al que se dirige».
Convendrá, por tanto, estar atentos en el ofrecimiento de obras, mantener la presencia de Dios y considerar frecuentemente la filiación divina, de manera que todo nuestro día —con oración y trabajo— tome su fuerza y empiece en el Señor, y que todo lo que hemos comenzado por Él llegue a su fin. Podemos hacer grandes cosas si nos damos cuenta de que cada uno de nuestros actos humanos es corredentor cuando está unido a los actos de Cristo (Norbert Estarriol Seseras Lleida, España).
San Gregorio de Nisa (hacia 335-395) monje y obispo en la Homilía 6 sobre las Bienaventuranzas (PG 44, 1269-1272) comentaba “Oh Dios crea en mí un corazón puro” (Sal 50,12) y decía: “Si tú purifica tu corazón de toda escoria por el esfuerzo de una vida perfecta, la belleza divina volverá a brillar en ti. Es lo que pasa con un trozo de metal cuando la lima lo limpia de toda herrumbre. Antes estaba ennegrecido y ahora es radiante y brilla a la luz del sol. Asimismo, el hombre interior, lo que el Señor llama “el corazón”, recobrará la bondad a semejanza de su modelo , una vez quitadas las manchas de herrumbre que alteraban y afeaban su belleza. (cf Gn 1,27) Porque lo que se asemeja a la bondad, necesariamente se vuelve bueno.
El que tiene un corazón puro es feliz (Mt 5,8) porque recobra su pureza que le hace descubrir su origen a través de esta imagen. Aquel que ve el sol en un espejo no necesita fijar la mirada en el cielo para ver al sol; lo ve en el reflejo del espejo tal cual está en el cielo. Así vosotros que sois demasiado frágiles para captar la luz, si os volvéis hacia la gracia de la imagen que tenéis esculpida en vuestro interior desde el principio, encontraréis en vosotros mismos lo que buscáis. En efecto, la pureza, la paz del alma, la distancia de todo mal, es la divinidad. Si posees todo esto posees ciertamente a Dios. Si tu corazón se aparta de toda maldad, libre de toda pasión, limpia de toda mancha, eres feliz porque tu mirada es transparente”.
La verdadera pureza… Esta sería una de las predicaciones por las que Cristo se ganó el odio de algunos judíos. Lo que contamina al hombre no son las cosas externas sino la actitud con las que se aceptan en el interior, pues Cristo sabía que no estaban obrando con rectitud. Son claras sus palabras, y a pesar de ello sus apóstoles no le entendían. Les faltaba fe e inteligencia para comprenderle.
A nosotros también se nos presentan a diario muchas de realidades en la vida que tal vez no las juzgamos debidamente sino más bien las criticamos pasional e injustamente. ¿No será que nos falta ver los sucesos menos agradables con un poco más de comprensión y caridad? Nosotros somos los que le damos un colorido a la vida más o menos combinado o por el contrario se lo damos con colores opacos. De la misma forma, al ver lo que pasa a nuestro alrededor hemos de aprender a juzgar con los mismos ojos con los que Cristo juzgaría, pensar de los demás como Cristo pensaría, perdonar como Él perdonó a los que le crucificaron y sobre todo amar como Cristo nos ama a cada uno de nosotros.
Esto significa ser verdadero cristiano. Seguir las huellas de nuestro maestro, aunque el camino esté lleno de abrojos y espinas. A pesar de los sufrimientos caminemos alegres y seguros porque ese es el camino de nuestro maestro (Misael Cisneros).
Jesús continúa insistiendo en lo que es verdaderamente importante para la vida del hombre. Lo exterior es importante, pero lo es más el interior. Ahora bien, ¿qué es lo que sale de hombre? Sin lugar a dudas lo que hemos metido. En otra ocasión dijo Jesús: “De la boca sale lo que abunda en el corazón” y además: “El árbol bueno no puede dar frutos malos”. Con esta instrucción no solo declara lícitos todos los alimentos, sino que nos previne del tipo de alimentos que verdaderamente pueden dañar al hombre y son aquello con los que alimentamos nuestro corazón (es decir nuestra imaginación, pensamiento, memoria, sentimientos). Por ello tengamos cuidado del tipo de espectáculos, revistas y programas de televisión que vemos, de nuestras conversaciones, etc.. Sería bueno que hoy nos preguntásemos qué tipo de alimentos estamos dejando entrar en nuestro corazón (Ernesto María Caro).
De la abundancia del corazón habla la boca. Si el Espíritu Santo habita en nuestros corazones como en un templo permitámosle que se exprese a través de una multitud de buenas obras nacidas de Él. Entonces amaremos hasta el extremo, pues realmente estaremos unidos al Señor como los miembros de un cuerpo se unen a la cabeza. Pero si en lugar de llenarnos de Dios nos hemos llenado del espíritu malo, entonces se desenfrenarán nuestros deseos e inclinaciones perversas, y nuestras obras serán pecaminosas; y si nos dejamos dominar por ellas finalmente nos iremos manchando y deteriorando cada vez más. Ya el Señor le decía a Caín: Si obraras bien, llevarías bien alta la cabeza; pero si obras mal, el pecado acecha a tu puerta y te acosa, aunque tú puedes dominarlo. Sabiéndonos pecadores y siendo conscientes de que la salvación no es obra del hombre, sino la obra de Dios en el hombre, que Él realiza de un modo gratuito y amoroso, vayamos al Señor para que purifique nuestra conciencia de todo pecado; para que perdonados y libres de la maldad, nos ayude a no quedarnos vacíos y expuestos a ser nuevamente encadenados por el maligno, sino llenos de Dios y dispuestos a hacer el bien que procede de la presencia del Señor en nosotros.
Hemos venido ante el Señor para que Él colme nuestro corazón con su presencia, con su gracia, con su amor, con su Espíritu Santo. Su Palabra se ha pronunciado sobre nosotros como Palabra que no sólo es escuchada con amor, sino que es sembrada en nuestros corazones para que produzca frutos abundantes de buenas obras. La celebración del Memorial de la Muerte y Resurrección de Cristo nos hace entrar en comunión de vida con Aquel que nos ha amado hasta el extremo. Por eso hemos de iniciar un nuevo camino en el bien y no permitir que nuestro corazón se desvíe de Él, pues si esto llegara a suceder seríamos presa fácil de la maldad, de las cosas pasajeras y de nuestras pasiones desordenadas. Entonces no podríamos decir que tenemos por Dios al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, pues en su lugar nos habríamos fabricado ídolos.
Quienes participamos de la Eucaristía no podemos volver a nuestra vida ordinaria convertidos en unos malvados. Dios no sólo es adorado por nosotros en la Liturgia que celebramos; Él se hace huésped de nosotros viviendo en nuestros corazones como en un templo. Por eso no puede salir de nosotros la maldad, la destrucción ni la muerte. Quien se arrodilla ante Dios y vive como delincuente, o envenena a los demás con enervantes, o destruye la paz social, o despoja a los demás de lo que les pertenece, o pisotea sus derechos, no puede, en verdad, llamarse hijo de Dios. Estamos llamados a convertirnos en un signo del amor salvador de Dios para el mundo. Ese es el sentido de acudir al Señor, no sólo para darle culto, sino para que Él nos transforme y nos envíe para continuar su obra de salvación en el mundo.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, ser llenos de la Sabiduría de Dios para poder realizar nuestra vida, no conforme a nuestros pensamientos, muchas veces egoístas y pecaminosos, sino conforme a su Santísima Voluntad, de tal forma que podamos realizar siempre el bien en favor de nuestros hermanos. Amén (www.homiliacatolica.com).