Jueves de la semana 5ª: la fe puede corromperse con el orgullo egoista, y en cambio se vuelve grande por la humildad y la caridad, en un culto auténtico a Dios
Primer Libro de los Reyes 11,4-13. Así, en la vejez de Salomón, sus mujeres les desviaron el corazón hacia otros dioses, y su corazón ya no perteneció íntegramente al Señor, su Dios, como el de su padre David. Salomón fue detrás de Astarté, la diosa de los sidonios, y detrás de Milcóm, el abominable ídolo de los amonitas. El hizo lo que es malo a los ojos del Señor, y no siguió plenamente al Señor, como lo había hecho su padre David. Fue entonces cuando Salomón erigió, sobre la montaña que está al este de Jerusalén, un lugar alto dedicado a Quemós, el abominable ídolo de Moab, y a Milcóm, el ídolo de los amonitas. Y lo mismo hizo para todas sus mujeres extranjeras, que quemaban incienso y ofrecían sacrificios a sus dioses. El Señor se indignó contra Salomón, porque su corazón se había apartado de él, el Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces y le había prohibido ir detrás de otros dioses. Pero Salomón no observó lo que le había mandado el Señor. Entonces el Señor dijo a Salomón: "Porque has obrado así y no has observado mi alianza ni los preceptos que yo te prescribí, voy a arrancarte el reino y se lo daré a uno de tus servidores. Sin embargo, no lo haré mientras tú vivas, por consideración a tu padre David: se lo arrancaré de las manos a tu hijo. Pero no le arrancaré todo el reino, sino que le daré a tu hijo una tribu, por consideración a mi servidor David y a Jerusalén, la que yo elegí".
Salmo 106,3-4.35-37.40. ¡Felices los que proceden con rectitud, los que practican la justicia en todo tiempo! Acuérdate de mi, Señor, por el amor que tienes a tu pueblo; visítame con tu salvación, se mezclaron con los paganos e imitaron sus costumbres; rindieron culto a sus ídolos, que fueron para ellos una trampa. Sacrificaron en honor de los demonios a sus hijos y a sus hijas; por eso el Señor se indignó contra su pueblo y abominó de su herencia.
Evangelio según San Marcos 7,24-30. En aquel tiempo, Jesús fue a la región de Tiro. Se alojó en una casa procurando pasar desapercibido, pero no lo consiguió; una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró en seguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies. La mujer era pagana, una fenicia de Siria, y le rogaba que echase el demonio de su hija. Él le dijo: - «Deja que coman primero los hijos. No está bien echarles a los perros el pan de los hijos».
Pero ella replicó: - «Tienes razón, Señor: pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños».
Él le contestó: - «Anda vete, que por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija».
Al llegar a su casa, se encontró a la niña echada en la cama; el demonio se había marchado.
Comentario: 1. 1 R 11,4-13. Se oscureció al final el reinado de Salomón. Tuvo problemas políticos y económicos, y dificultades dentro y fuera de sus fronteras. Se apuntaba ya la división que pronto sucedería entre los reinos del Norte y del Sur. El autor del libro no duda en atribuir esta decadencia al pecado en que cayó Salomón. Su pecado no es tanto lo de la multiplicidad de esposas, que era costumbre de la época, como signo de riqueza y prestigio, sobre todo cuando los pactos y las alianzas se firmaban a base de matrimonios políticos, cuanto más numerosos mejor. El pecado que se le achaca al ya anciano Salomón es la idolatría: esas mujeres le arrastraron cada una hacia sus dioses, con la edificación de ermitas o templos y la corrupción consiguiente. Salomón faltó al primer mandamiento, que entonces como ahora es el más importante: «No tendrás otro Dios más que a mí». Por eso Dios se encoleriza contra él y le anuncia el castigo que seguirá por su infidelidad.
¿Qué dioses extraños podemos estar adorando nosotros? ¿qué altares o ermitas hemos construido, en vez de adorar y seguir al único Dios? ¿Se podría decir de nosotros lo que el texto dice de Salomón: «había desviado su corazón del Señor Dios»? En nuestro caso no será la multitud de mujeres o los templos a dioses falsos. Pero puede ser el dinero, o el deseo de poder, o la ambición, o el poco control de la sensualidad, o el excesivo apego al dinero, o algún otro afecto desordenado. Algo que nos aleja de nuestro seguimiento de Cristo y de Dios. Algo que hace que dividamos nuestro corazón entre el amor a Dios y el amor a otros dioses falsos. Por ejemplo, a nosotros mismos. Parecía imposible de pensar que Salomón, el que había iniciado su reinado pidiendo humildemente a Dios que le diera la sabiduría y que construyó el Templo en honor de Yahvé, pudiera caer luego en idolatría y construir templos a otros dioses. También nosotros podemos caer en inconsecuencias pequeñas o grandes en nuestra vida. Nadie está seguro. Podemos llegar incluso a negar a Cristo como luego hará Pedro. Porque todos estamos en medio del mundo, con el encargo de no ser del mundo, pero con la tentación de conformarnos a este mundo que no piensa precisamente como Cristo.
-En la ancianidad de Salomón sus mujeres inclinaron su corazón tras otros dioses. La posesión de muchas mujeres era entonces un signo de riqueza y notoriedad más que de depravación de las costumbres. De hecho, lo que se reprocha aquí es la idolatría. En aquel tiempo, la mujer era considerada como el lugar misterioso de fuerzas incontrolables, y recurría gustosa a la magia para dominar las fuerzas que rigen la fecundidad o la esterilidad. Las mujeres de Salomón permanecían así en contacto con los cultos de su clan y de su pueblo.
-Astarté, diosa de los sidonios... Milkom, ídolo abominable de los ammonitas... Kemós, dios de Moab... Sus mujeres extranjeras ofrecían sacrificios a sus dioses. El Señor se irritó contra Salomón. Fecundidad. Esterilidad. Contracepción. Regulación de nacimientos. Es un tema de reflexión que sigue siendo actual y un problema siempre renaciente. Como en tiempo de Salomón. En comportamientos muy concretos, aun cuando sean diferentes, es donde se juega nuestra fidelidad a Dios. La sexualidad queda siempre como uno de los puntos en los que se juega la dignidad del hombre. «Milkom» es calificado de ídolo abominable, ¡porque se le ofrecían sacrificios de niños recién nacidos que se hacían pasar por el fuego! Líbranos, Señor, de todos nuestros ídolos. Libera a la humanidad de sus ídolos abominables. Ayúdanos, Señor, a progresar siempre más en humanidad. Hay que progresar la ciencia y el saber para que los hombres no tengamos necesidad de recurrir a ninguna clase de magia.
-Porque tal ha sido tu modo de comportarte... Y porque no has guardado mi alianza, ni las prescripciones que te ordené... Dios no es indiferente a los comportamientos humanos. Le interesan. Hay cosas que no pueden hacerse. Aunque no sea siempre fácil determinar «lo que está bien y lo que está mal», tenemos que «buscar lo que es mejor». Sabemos que las normas morales son ambiguas y que han evolucionado al correr de los siglos, es cierto. Pero eso no nos dispensa de buscar lo que está «bien», lo que construye... ni de evitar lo que está «mal», lo que destruye... De otra parte, el bien y el mal están inextricablemente mezclados, según Jesús. En nosotros, en nuestros comportamientos y decisiones, hay una parte de «buen grano» y otra de «cizaña». Lo esencial es no resignarnos, por cansancio o hastío, a hacer «cualquier cosa», o bien a hacer solamente «lo que nos gusta».
-Se enojó el Señor contra Salomón porque había desviado su corazón del Señor... A través de nuestro combate moral, es Dios quien está «en juego». Es nuestra relación con Dios la que sale maltrecha o reforzada. «Apartarse de Dios»... «observar la Alianza»... Son palabras que se refieren al amor. El pecado es ante todo una rotura entre nosotros y Dios. Me reconozco pecador, ¡oh Padre! Al pensar en mis pecados habituales, dirijo a Ti mi súplica, Señor (Noel Quesson).
Desviar el corazón significó, en Salomón, dar culto a otros dioses. Las alianzas con otros pueblos se concretizaron por infinidad de matrimonios del Rey con mujeres extranjeras, que exigiendo el tener lugares donde dar culto a sus dioses, obligaron a Salomón a construir los santuarios o altozanos donde poder continuar con sus cultos idolátricos. Y el corazón del Rey también se desvió hacia ese culto. No podemos hacer alianzas con los poderosos, ni con los malvados bajo pena de quedar atrapados en sus males y desviaciones. Muchos hay que, para no perder la amistad ni el apoyo de los poderosos de este mundo, buscan razones para justificarles sus maldades. Finalmente ya no están al servicio de Dios sino de los poderosos. Si somos personas consagradas al Señor debemos ser un signo profético que ayude a que todos, dejando sus malos caminos, vivan con la dignidad que todos tenemos de hijos de Dios, siempre dispuestos para construir un mundo más justo y más fraterno, con la mirada siempre puesta en Aquel que nos ha amado para vivir, no conforme a los criterios de este mundo, sino conforme a los criterios de Cristo. Por eso, con humildad y sencillez de espíritu, hemos de tomar nuestra cruz de cada día y seguir sus huellas.
2. Sal. 105. Ante Dios ¿quién está libre de culpa? Tal vez no nos hemos postrado ante ídolos, sin embargo, olvidados de Dios, hemos entregado nuestro corazón a las cosas pasajeras, al poder o al desenfreno de las propias pasiones. Esto ha generado grandes desequilibrios en la relación humana, de tal forma que, levantados unos contra otros, hemos generado guerras, persecuciones injustas, muerte de inocentes, falta de respeto a los derechos fundamentales del hombre, hambres y muerte, desánimo por falta de oportunidades para poder llevar una vida digna. No olvidemos que somos hijos de Dios y que nuestra vida debe tener como horizonte el amor, que no sólo nos lleve a amar a Dios por encima de todo, sino también a amar a nuestro prójimo como el Señor nos ha amado a nosotros, pues sólo amando a nuestro prójimo estaremos haciendo realidad el amor a Dios. Pidámosle al Señor que nos ayude para no quedar atrapados por aquello que nos debe poner al servicio de los demás (el poder), por aquello que nos debe llevar a tender la mano a los más desprotegidos (los bienes materiales) o por aquello que nos debe impulsar a trabajar por el bien de todos (nuestras pasiones). Cuando en lugar de buscar a Dios para servirlo con gran amor en los demás nos buscamos a nosotros mismos, hacemos que, incluso, las cosas santas se conviertan en ocasión de maldad y de pecado, de destrucción y de muerte en nosotros.
Podría darse que lo que dice el salmo de hoy se nos pudiera aplicar a nosotros: «Emparentaron con los paganos, imitaron sus costumbres, adoraron sus ídolos y cayeron en sus lazos».
3.- Mc 7, 24-30 (paralelo: Mt 15, 21-28: Miércoles de la 18ª Semana). El episodio sucede en el extranjero, en territorio de Tiro y Sidón, en Fenicia. La mujer que protagoniza esta escena no es judía, lo que le da un sentido muy particular al gesto de Jesús. La buena mujer se le acerca con fe, para pedirle la curación de su hija, que está poseída por el demonio. Jesús pone a prueba esta fe, con palabras que a nosotros nos pueden parecer duras (los judíos serían los hijos, mientras que los paganos son comparados a los perritos), pero que a la mujer no parecen desanimarla. A Jesús le gusta su respuesta sobre los perritos que también comen las migajas de la casa y le concede lo que pide. Lo que puede la súplica de una madre. La de esta mujer la podemos considerar un modelo de oración humilde y confiada.
A los contemporáneos de Jesús el episodio les muestra claramente que la salvación mesiánica no es exclusiva del pueblo judío, sino que también los extranjeros pueden ser admitidos a ella, si tienen fe. No es la raza lo que cuenta, sino la disposición de cada persona ante la salvación que Dios ofrece.
Lo que Jesús dice de que primero son los hijos de la casa es razonable: la promesa mesiánica es ante todo para el pueblo de Israel. También Pablo, cuando iba de ciudad en ciudad, primero acudía a la sinagoga a anunciar la buena nueva a los judíos. Sólo después pasaba a los paganos.
Para nosotros también es una lección de universalismo. No tenemos monopolio de Dios, ni de la gracia, ni de la salvación. También los que nos parecen alejados o marginados pueden tener fe y recibir el don de Dios. Esto nos tendría que poner sobre aviso: tenemos que saber acoger a los extraños, a los que no piensan como nosotros, a los que no pertenecen a nuestro círculo.
Igual que la primera comunidad apostólica tuvieron sus dudas sobre la apertura a los paganos, a pesar de estos ejemplos diáfanos por parte de Jesús, también nosotros a veces tenemos la mente o el corazón pequeños, y nos encerramos en nuestros puntos de vista, cuando no en nuestros privilegios y tradiciones, para negar a otros el pan y la sal, para no reconocer que también otros pueden tener una parte de razón y sabiduría.
Deberíamos corregir nuestra pequeñez de corazón en el ámbito familiar (por ejemplo en las relaciones de los jóvenes con los mayores), en el trato social (los de otra cultura y lengua), en el terreno religioso (sin discriminaciones de ningún tipo). «Anunció la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo» (Plegaria eucarística IV) (J. Aldazábal).
-Jesús se fue hacia los confines de Tiro. Entró en una casa, no queriendo ser de nadie conocido; pero no le fue posible ocultarse... Jesús no busca las acciones brillantes. Siempre el secreto mesiánico. La obra de Dios es una labor escondida, que no hace ruido... ni busca hacerlo. Partiendo de esto, yo me pregunto: ¿Deseo con avidez manifestaciones espectaculares de Dios, de la Iglesia? ¿Acepto francamente la humildad de Dios? ¿Busco acaso sobresalir, ocupar los primeros puestos?
-Una mujer cuya hijita tenía un espíritu impuro, entró y se postró a sus pies. La expresión "espíritu impuro" se encuentra 23 veces en el Nuevo Testamento. ¡Cuántas madres en el mundo entero, tienen preocupaciones acerca de sus hijos, rezan y confían su preocupación a Jesús!
-Esta mujer era pagana, Sirofenicia de origen. Marcos lo subraya. Cuando Marcos redacta su evangelio, en Roma, en pleno núcleo del paganismo, este detalle tiene su importancia. Quiere mostrarnos que Jesús es efectivamente el fundador de la "misión a los paganos o gentiles". Jesús, de hecho, salió de su país para ir a Tiro, en Siria. ¿Tengo yo, siguiendo a Jesús, un corazón misionero? La Iglesia no puede limitarse a mantener en la Fe a los que ya conocen al Evangelio. El Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia comienza así: "Enviada por Dios a las gentes para ser "el sacramento universal de la salvación obedeciendo el mandato de su Fundador (Mc 16, 16), por exigencias íntimas de su catolicidad se esfuerza en anunciar el Evangelio a todos los hombres". ¿Tengo un corazón universal? "Católico" es una palabra griega que significa "universal". Dios ama a todos los hombres. Dios quiere la salvación de todos. Y yo, ¿qué hago para ello?
-Jesús le dijo: "Deja primero hartarse a los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los cachorrillos". Ella replicó: "Sí, Señor, pero los cachorrillos debajo de la mesa comen de las migajas de los hijos." Todo el interés de este episodio está en habernos conservado esta frase. Jesús, ante la suplica de una mujer pagana, acepta que el pan de los hijos, -reservado a los judíos- sea participado también por los "cachorrillos" -es decir por los paganos. Esto adquiere toda su importancia si recordamos que el gran debate de la Iglesia primitiva fue precisamente este problema de la incorporación de los paganos. Jesús deja claramente entender que el pan del que quiere saciar a las gentes, si bien ha sido destinado primero a Israel, será un día participado por todos.
-Díjole entonces Jesús: "Por eso que has dicho, vete, que ya el demonio salió de tu hija". Y habiendo vuelto a su casa habló a la niña, acostada en la cama y libre ya del demonio. A través de estas palabras penetró mejor en la conciencia que tenía Jesús de su papel: no es tan sólo el mesías esperado por Israel, sino el salvador que todos los hombres, todos los pueblos esperan en la oscuridad. Es aquél que puede liberar a todas las razas de sus malos demonios. Es aquél que en todo hombre puede liberar "lo mejor de sí mismo". Señor, libéranos de nuestros demonios, de todas las fuerzas que nos dominan (Noel Quesson).
Es sorprendente la facilidad con la que nos damos por vencidos; con que razón decía Nuestro Señor que “el Reino sufre violencia y los aguerridos lo arrebata”. Para la mujer, que ante todo cree en el poder de Jesús, no acepta tan fácilmente su negación. Al contrario, la usa para persuadirlo. Jesús compara la mujer con un perrito (cosa en el lenguaje de los judíos de corte usual en el trato con los no judíos a quienes llamaban “Goyim” que significa perro o apartado de Dios); la mujer, en lugar de sentirse ofendida, reconoce lo que es, no se quiere poner por encima de lo que le está diciendo Jesús, pero usa sus mismas palabras para arrebatarle el milagro. Si Señor, dices bien, si soy un perrito, pero déjame comer de las migajas que los niños tiran. Mientras que los judíos despreciaban la gracia de Jesús ella se conforma con las migajas. Cuánta enseñanza en un pasaje. Por un lado no desperdiciemos la gracia que Dios nos ha dado en nuestro bautismo y al tener como Dios a Jesús. Por otro lado no nos demos por vencidos en nuestras peticiones. No sabemos qué nos dará pero de seguro no nos dejará marcharnos con las manos vacías, sobre todo si somos capaces de reconocer con humildad lo que somos: Unos pobres pecadores (Ernesto María).
Estamos por Tiro y Sidón (3,8). Contra la costumbre judía de no pisar territorio pagano (impuro), Jesús lleva a la práctica la universalidad de su mensaje.
v. 24b Se alojó en una casa, no queriendo que nadie se enterase, pero no pudo pasar inadvertido. Alojarse en una casa, con una familia del lugar, sin especificar religión ni raza, fue una instrucción que dio Jesús a los Doce (6,8). Se rompe el tabú judío de la impureza de los demás pueblos… hay que preparar el terreno para la difusión del mensaje, trabajando en primer lugar por la humanización progresiva de esa sociedad. Este sería el objetivo primario de la misión. Mientras la relación entre los hombres no tenga un mínimo de humanidad y los individuos no alcancen en alguna medida el nivel de personas, no se puede proponer el mensaje. El evangelista lo expone narrativamente en el encuentro que se describe a continuación.
vv. 25-26 Una mujer que había oído hablar de el, y cuya hijita tenía un espíritu inmundo, llegó en seguida y se echó a sus pies. La mujer era una griega, siro fenicia de origen, y le rogaba que echase el demonio de su hija. La sociedad pagana, antes considerada desde el punto de vista de los esclavos en rebelión (5,2-20: geraseno), está ahora representada por una madre y su hija. Este binomio está en paralelo con el de Jairo y su hija (cf. 5,23 y 7,25: hijita; 5,35 y 7,25.29: su/tu hija; 5,39ss y 7,30: la chiquilla), que en forma figurada describía la situación extrema en que se encontra ba el pueblo sometido a la institución religiosa judía. La madre es una griega, es decir, pertenece a la clase privilegiada, a la ciudadanía libre, aunque ella misma fuera de origen indígena (sirofenicia); representa la clase dominante. La hija, figura de la clase dominada, está infantilizada (25: hijita; 30: chiquilla) y tiene un espíritu inmundo (cf 5,2), un demonio (26.29.30, cf 5,15), es decir, está alienada por un espíritu de odio que la lleva a la autodestrucción; no se resigna a su condición, pero su falta de desarrollo humano (infantilismo), efecto de la opresión, la priva de toda iniciativa. La madre reconoce la superioridad y poder de Jesús (se echó a sus pies), mostrando al mismo tiempo la gravedad de su problema. La situación de su hija le resulta insostenible. Quiere que Jesús la libere del espíritu inmundo, de su actitud de odio, de la que ella, sin embargo, no se reconoce responsable…
v. 27 El le dijo: «Deja que primero se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros». La respuesta de Jesús sorprende por su tono despectivo, pero replica a la mujer de ese modo para hacerle comprender lo que ella hace dentro de su sociedad. Si los judíos, que se consideran privilegiados como pueblo, llaman perros a los paganos, ella, la clase social privilegiada, quizá trata como perros a los oprimidos que dependen de ella...
v. 28 Reaccionó ella diciendo: «Señor, también los perros debajo de la mesa comen de las migajas que dejan caer los chiquillos». Al oír la frase despectiva, la mujer no se marcha. Comprende el reproche y responde reconociendo para los despreciados al menos un mínimo derecho humano, el derecho a la supervivencia, a la vida. No hay que esperar, como decía Jesús, a que se sacien los hijos, pueden comer al mismo tiempo los perros, aunque sean las migajas. ¿Da así un primer paso para disminuir la distancia social? No sabemos las lecturas que podría tener ese diálogo para la mujer…
vv. 29-30 El le dijo: «En vista de lo que has dicho, márchate: el demonio ha salido de tu hija». Al llegar a su casa encontró a la chiquilla tirada en la cama y que el demonio ya había salido. Jesús la despide (márchate): ha hecho el mínimo indispensable, si por ejemplo fuera cierto que ella era algo altiva y que ahora ha aprendido a ser humilde, reconociendo que debe compartir en cierta medida con la los humildes. Por este mismo hecho queda liberada la chiquilla, denominación que indica minoría de edad, pero no ya dependencia ni posesión («mi hija»). Aunque sigue siendo menor, el término chiquilla ha designado a los que comen a la mesa y dejan caer las migajas (28); de este modo el evangelista, al designar a la gente sencilla con un término que expresa su igualdad con la clase dirigente, propone el ideal que hay que alcanzar.
Parece que no fuera Jesús quien expulsa al demonio, que sale por el cambio de actitud de la «madre». En cuanto ésta acepta con humildad ese diálogo que no conocemos, pero que hemos supuesto aquí que es tomar conciencia de la injusticia que practica, empieza a desaparecer el obstáculo; pero «la chiquilla» aún no tiene vitalidad (tirada en la cama, sin fuerzas); sólo el encuentro con Jesús podría dársela (5,41s). Jesús no habla a los paganos de la Ley judía ni de normas a las que tengan que atenerse. Es la renuncia a la injusticia de su sociedad la que les abre la posibilidad de acceder al reinado de Dios y formar parte de la nueva comunidad universal.
Quizá no haya nada de esta cosa social o de conversión en el corazón de la cananea, lo cierto es que lo grandioso del relato evangélico es la forma como una mujer pagana es colocada como modelo de fe, pero modelo de fe así como Israel entendió la fe en su sentido más genuino y original. Ella se abandona en los brazos de aquél que viene de parte de Dios y se declara sin fuerza y limitada humanamente. Declara en su expresión que sin su ayuda, sin su poder, sería imposible llegar a humanizarse ella y su pequeña hija que se encuentra dominada por la enfermedad.
La dignidad e igualdad de la mujer aparece en la misma respuesta que la mujer le da a Jesús, que es también una crítica a la desvalorización que el judío hacía de otras culturas. Ella habla del perrito, dulcificando la palabra perro, expresión judía para nombrar a los pueblos de la gentilidad.
Jesús, con este milagro, entra a combatir el alma social judía ya que en el fondo de esta alma está el peso acumulado de la opresión femenina: un ser inferior, sin plenos derechos, impura por su condición sexual. Ella era una cananea, una extranjera. La mujer no se deja amedrentar frente a un judío. Ella, a Jesús, le habla con claridad y es la claridad de su palabra la que hace que Jesús actúe frente a ella con libertad y la libere de la opresión en la que vive; por eso el milagro ocurrió y su hija fue sanada a distancia.
La Iglesia también tiene que entrar a respetar las múltiples expresiones culturales que existen en nuestro mundo. Tenemos, como Iglesia, que dejar de ser tan colonialistas y respetar el legado cultural y ancestral que los otros pueblos tienen. Hay que mirar a los otros pueblos con respeto y con admiración para hacer de este mundo una casa donde todos quepamos. También tenemos que comenzar a ver a la mujer con ojos adultos, y asimilar una Iglesia donde ella adquiera responsabilidad eclesial. ¿Hasta cuándo seguirá la subvaloración femenina en el seno del catolicismo? ¿En qué podemos ayudar nosotros a superar este error histórico frente a la mujer? (Juan Mateos).
Hoy se nos muestra la fe de una mujer que no pertenecía al pueblo elegido, pero que tenía la confianza en que Jesús podía curar a su hija. En efecto, aquella madre «era pagana, sirofenicia de nacimiento, y le rogaba que expulsara de su hija al demonio» (Mc 7,26). El dolor y el amor le llevan a pedir con insistencia, sin tener en cuenta ni desprecios, ni retrasos, ni indignidad. Y consigue lo que pide, pues «volvió a su casa y encontró que la niña estaba echada en la cama y que el demonio se había ido» (Mc 7,30).
San Agustín decía que muchos no consiguen lo que piden pues son «aut mali, aut male, aut mala». O son malos y lo primero que tendrían que pedir es ser buenos; o piden malamente, sin insistencia, en lugar de hacerlo con paciencia, con humildad, con fe y por amor; o piden malas cosas que si se recibiesen harían daño al alma o al cuerpo o a los demás. Hay que esforzarse, pues, por pedir bien. La mujer sirofenicia es buena madre, pide algo bueno («que expulsara de su hija al demonio») y pide bien («vino y se postró a sus pies»).
El Señor nos mueve a usar perseverantemente la oración de petición. Ciertamente, existen otros tipos de plegaria —la adoración, la expiación, la oración de agradecimiento—, pero Jesús insiste en que nosotros frecuentemos mucho la oración de petición.
¿Por qué? Muchos podrían ser los motivos: porque necesitamos la ayuda de Dios para alcanzar nuestro fin; porque expresa esperanza y amor; porque es un clamor de fe. Pero existe uno que quizá sea poco tenido en cuenta: Dios quiere que las cosas sean un poco como nosotros queremos. De este modo, nuestra petición —que es un acto libre— unida a la libertad omnipotente de Dios, hace que el mundo sea como Dios quiere y algo como nosotros queremos. ¡Es maravilloso el poder de la oración! (Enric Cases Martín).
San Juan Crisóstomo (hacia 345-407), obispo de Antioquia y Constantinopla, doctor de la Iglesia, en su Homilía “Que Cristo sea anunciado” (12-13; PG 51, 319-320) habla de la “La oración humilde e insistente” y dice: “Una mujer cananea se acerca a Jesús suplicándole a grandes gritos que curase a su hija, poseída de un demonio... Esta mujer, una extranjera, una bárbara, sin relación alguna con el pueblo judío ¿no era como una perra, indigna de alcanzar lo que ella pedía? “No está bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los perrillos.” (Mt 15,26) Sin embargo, la perseverancia de la mujer le ha valido ser escuchada. Aquella, que no era sino una perrilla, Jesús la levanta a la nobleza de los hijos de la casa. Más aún, la colma de alabanzas. Le dice al despedirla: “¡Mujer, qué grande es tu fe! Que te suceda lo que pides.” (Mt 15,28) Cuando se oye a Cristo decir: “Tu fe es grande” no hace falta buscar otras pruebas para ver la grandeza de alma de esta mujer. Ha salido de su indignidad por la perseverancia en la petición. Observa también que alcanzamos del Señor más por nuestra propia oración que por la de los otros”.
Pocas veces en el Evangelio escuchamos respuestas en las que Jesús aplace algo que le piden de corazón (no esas peticiones de los escribas y los fariseos para ponerlo a prueba, sino de personas que ponen en Él su confianza). Hoy es una de ellas. Otras ocasiones en que parece que Jesús se niega a escuchar a los que le piden algo: en las bodas de Caná a su madre santísima y cuando le avisan de que su amigo Lázaro está enfermo y se muere. En todas ellas el Señor se sobrepasa en generosidad cuando ve la fe probada como oro en crisol.
Hoy una mujer pagana, fenicia de Siria, de la que ni tan siquiera sabemos su nombre le pide la curación de su hijita y recibe lo que parece una negativa, “no está bien echar a los perros el pan de los hijos”. Pero la mujer no baja la cabeza y se va a buscar a otro, cuando una madre se arranca no hay quien la pare y como sabe que el Señor puede hacerlo, no ceja en su intento y responde con la misma gallardía: “También los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños”, y por esa valentía su hija queda curada.
Enfrentarse a Dios, puede parecer una blasfemia pero creo que a veces es necesario y desde luego es mucho mejor que intentar comprarlo o acostumbrarse a Él. Muchas veces en el Antiguo Testamento los patriarcas y profetas se han “enfrentado” con Dios, le han pedido explicaciones o le han intentado “regatear” sus decisiones y lo hacían desde el convencimiento de que Dios les escuchaba y que haría siempre lo mejor. En tu oración nunca te des por vencido, nunca digas: “Dios no me ha escuchado”; continúa clamando sin cesar, no pierdas la constancia, no digas “ya se me ha acabado la paciencia” y desesperes. El Señor te escucha y sabe, mejor que tú, lo que te hace falta. Si eres constante verás que en el mejor momento- no antes- el Señor te dará aquello que de verdad necesitabas, aunque no fuese lo que tú habías imaginado. No seas como esa pobre mujer que desconsolada lloraba por la calle diciendo: “Dios me ha fallado, no volveré más a Misa, me ha traicionado y no ha escuchado mi oración, n hace justicia, no creo ya ni que de verdad exista”. Cuando le preguntabas el por qué de tanta desolación, qué no le había concedido Dios, qué le había hecho perder la fe, te contestaba: “Se ha llevado a mi madre, ha muerto mi madre y Él la podía salvar”. Su madre tenía 97 años (ella 75) y no entendía que la muerte es inexorable para todos pero que- en pocos años- volvería a encontrarla (por la misericordia de Dios) en el cielo, llena de vida y de amor de Dios, que realmente sí la había salvado aunque su egoísmo la llevase a pensar que era mejor tener a su madre anciana, medio demente y paralítica a su lado.
Pide siempre, no pares, no te canses, no seas como Salomón que ya creía que no le hacía falta pedir nada al Señor pues lo tenía todo y lo perdió todo, desvió su corazón y aún así el Señor no le abandonó completamente. Pide junto con María, ella sabe arrancar esos milagros -que no salen en la prensa pero conceden la paz- al corazón misericordioso de su Hijo.
La cananea, la fe que vence a Dios. "La Cananea" nos va a enseñar cómo la fe es capaz de ganarle a Dios ese pulso que Dios le echa. Es un relato tan hermoso que parece casi un cuento de hadas. Sin embargo, aquella mujer se llevó en el corazón aquello que tanto quería: la curación de su hija. "Ten piedad de mí, Señor. Mi hija está malamente endemoniada". Esta mujer parte de una realidad: nadie, a excepción de Dios, puede solucionarle eso que atormenta tanto su corazón, el tormento de su hija a manos del demonio. En nuestras vidas cuántas veces Dios no entra en nuestros cálculos humanos: son nuestras propias fuerzas, son los demás, es la esperanza en el progreso, es el psicólogo, las primeras puertas a las que llamamos. Cómo nos cuesta poder decir que aquella sencillez de Marta y María: "Señor, el que amas, está enfermo" Cómo nos cuesta ser niños ante Dios y decirle con esta mujer: "Ten piedad de mí".
Parece que Jesús no escucha aquel grito desgarrado, porque no le responde. Sin embargo, cómo le dolió a Cristo aquella súplica. Quiere poner a prueba la fe de aquella mujer para que su fe fuera más grande si cabía. Y son los discípulos quienes intervienen abogando en favor de ella, pero no por motivos profundos, sino para quitársela de encima, pues ya molestaba. Parece que Dios muchas veces no nos escucha, no nos oye. Nos llega a desesperar a veces el silencio de Dios. Es posible que hasta a veces pensemos que a Dios no le interesamos. Y es ahí justamente cuando Dios está esperando ese último gesto de entrega a él, de confianza en su amor de Padre.
Jesús responde a los discípulos, no a ella, que él no ha sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Es como un gesto de desprecio, de rechazo, como queriendo zanjar todo aquello de golpe. Pero ella insiste en su oración: "Señor, socórreme". Hay que ser humildes para aceptar a Dios. "Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos". Ante aquel grito de dolor, Cristo va a poner la última prueba. Le dice que no está bien quitarle el pan a los hijos para dárselo a los perritos. Es como un insulto. Hoy diríamos que Cristo ha pisoteado la dignidad humana de aquella persona. Pero Él sabe lo que está haciendo, y lo que está haciendo es purificar aquel corazón plenamente antes de hacer el gran milagro.
Por ello responde la mujer que también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores. Aquello doblega el corazón de Cristo que ya desde antes venía sufriendo junto con aquella mujer aquel dolor terrible que experimentaba por la enfermedad de su hija. Ya no puede más, y ante tanta humildad dice: "Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas". Y la hija quedó curada. La fe siempre lo puede todo hasta lo imposible. La fe y la humildad de una pobre mujer cananea habían doblegado el Corazón de Dios. "A los humildes Dios los bendice". ¡Cómo se llenaría de gozo el corazón de aquella mujer que ahora contemplaba a su hija curada! Diría: "Ha valido la pena pasar por esto mil veces", y tal vez no se daba cuenta del todo de que había sido su fe perseverante quien había ganado aquel duelo.
Nosotros los cristianos tenemos que aprender de esta mujer muchas cosas hermosas y bellas. A Dios se le vence con la fe, no con el orgullo. De Dios se obtiene todo no con el racionalismo, sino con la confianza. En Dios siempre encuentra uno acogida cuando se le acerca con humildad, no con auto-suficiencia. Por ello, estos ejercicios nos dan la oportunidad de revisar nuestra fe.
¿Es mi fe la primera actitud que define mi relación personal con Dios? O más bien, ¿la fe es el último recurso, cuando ya no cabe ninguna otra esperanza? A Dios le gusta que mi relación habitual, diaria, personal con Él se de siempre en el campo de la fe. Dios quiere que me fíe de Él, que tenga la suficiente confianza como para pedirle cosas de niño, que nunca ponga en duda su amor y su poder.
¿Es mi fe humilde? Parecería una contradicción porque la fe sin humildad no es tal. Pero conviene preguntarse si sé agarrarme de Dios incluso cuando no entiendo nada de nada, cuando no comprendo sus planes, cuando me resulta imposible ver su amor en algo que me ha sucedido. Entonces, tengo que hacerme pequeño y decirle a Dios: "No te entiendo, pero me fío de ti", como tuvo que hacer María al comprobar que duros eran los planes de Dios sobre el modo y el cómo del Nacimiento de su Hijo, o al ignorar cómo se iba a resolver el tema de su embarazo con José, o al escuchar que una espada iba a atravesar su corazón por culpa de aquel niño que llevaba a presentar ante el Señor.
¿Es mi fe tan grande que, incluso no entendiendo nada de nada de los planes de Dios sobre mí o sobre los demás, pongo por delante siempre mi fe absoluta en Él? ¡Cómo nos gustaría escuchar de los labios del mismo Dios: "Qué grande es tu fe. Que se haga como quieres"! Hay que apostar en la vida por Dios y aceptar que Dios nos sobrepasa y nos supera. No somos nada a su lado. Todo lo que de Él venga será bienvenido. No dejemos nunca que el orgullo nos someta y dejemos de curarnos porque se nos hace humillante bañarnos en el río que nos ha aconsejado Dios cuando tenemos ríos tan bellos en nuestra tierra (2 Re 5, 1-15).
El Evangelio de la gracia, la Buena Nueva de Cristo, nos ha enseñado que la fe es fundamental en el cristiano. Incluso cuando uno ve el futuro y siente ansiedad, incluso cuando uno ve los problemas y siente impotencia, incluso cuando uno constata los graves problemas que afligen al mundo, al hombre, a la familia. No hay otra solución que la fe. Dios es más grande que todo eso. Dios es quien me garantiza mi alegría y mi salvación.
Tal vez el Señor quería tener un momento de descanso junto con sus discípulos. Pero cuando acude a Él la gente no se niega a atenderlos, pues es consciente de que ha venido como el Pastor que busca, incansablemente, a las ovejas que se han extraviado. Su ministerio se desenvuelve conforme a la cultura de su tiempo. Por eso nos da a entender que el Mensaje de salvación debería de ser anunciado primero a los judíos. Llegará el momento en que envíe a sus discípulos a anunciar el Evangelio hasta el último rincón de la tierra. Ese Mensaje de Salvación no es sólo para ser escuchado, sino para liberar al hombre de sus ataduras al pecado y a la muerte. Y esto con la finalidad de que todos seamos criaturas nuevas en Cristo. El Señor, a quienes no pertenecíamos al Pueblo de los elegidos, no nos dio las migajas que caen de la mesa de los hijos, sino que nos sentó a ella para que podamos disfrutar en plenitud de la Vida de Dios y de la participación de su Espíritu Santo. Sólo si tenemos puesta nuestra fe en Cristo podremos, por nuestra unión a Él, llegar a ser hijos de Dios. Vivamos no sólo como quienes esperan de Dios sus dones, sino como quienes, al recibir la vida de Dios se preocupan, a impulsos del Espíritu Santo, en hacerla llegar a todos, sin darnos jamás descanso en ello.
El Señor nos convoca para sentarnos a su Mesa y alimentarnos con su Palabra y con el Pan de Vida. Ese alimento no es sólo para que lo guardemos como un don para nosotros. El Señor nos quiere apóstoles suyos. Por eso a quienes llamó los purificó; a quienes purificó los llenó de su Vida y a quienes llenó de su Vida los envió como testigos suyos en el mundo a través de la historia. Nosotros hemos venido en este día a participar de la Vida que el Señor nos ofrece. Y venimos con la intención de dejar a un lado nuestros ídolos. Nuestro corazón, en adelante, sólo ha de pertenecer al Señor. Él será el centro de nuestra vida, de nuestro amor y de nuestra entrega en favor de los demás. No sólo contemplamos la entrega de Cristo por nosotros. Sabemos que, por nuestra unión a Él, hemos de tomar nuestra cruz de cada día e ir tras sus huellas.
Por eso, quienes participamos de la Mesa del Señor no podemos volver a nuestra vida diaria para sentarnos en la mesa de los demonios. Si somos sinceros en nuestra unión con Cristo deben haber quedado atrás nuestras maldades y vicios. Si antes fuimos unos malvados, ahora, renovados en Cristo, hemos de vivir de un modo santo y justo. Es verdad que estando en una continua relación con el mundo muchas veces encontraremos la ocasión de ser injustos, de hacer el mal a los demás. El Señor nos invita e impulsa diciendo: En el mundo tendréis muchas tribulaciones; pero ¡ánimo! no tengan miedo, yo he vencido al mundo. Si muchas veces nos encontramos con personas que tal vez se han vuelto enemigos nuestros, no los despreciemos; no pasemos de largo ante su dolor, ante su pobreza, ante su sufrimiento, ante sus desesperanzas diciendo que si ellos se lo buscaron, ellos lo encontraron. Cristo nos invita a dar, no sólo las migajas de nuestro amor, de nuestra ayuda; sino dar incluso nuestra propia vida para que los demás recobren su dignidad y vivan como hijos de Dios y hermanos nuestros.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vernos y amarnos como hermanos velando unos por otros y preocupándonos de hacer el bien a todos, especialmente a los más desprotegidos, o a los que viven lejos del Señor hasta que todos juntos podamos sentarnos a la mesa eterna de nuestro Dios y Padre. Amén (www.homiliacatolica.com).
viernes, 12 de febrero de 2010
Miércoles de la semana 5ª. Salomón tenía el don de Dios de la sabiduría, que ha de ir unida a la humildad para tener buen corazón, que es lo que nos p
Miércoles de la semana 5ª. Salomón tenía el don de Dios de la sabiduría, que ha de ir unida a la humildad para tener buen corazón, que es lo que nos pide Jesús, que se manifieste en actos de amor
Primer Libro de los Reyes 10,1-10. La reina de Sabá oyó hablar de la fama de Salomón, y fue a ponerlo a prueba, proponiéndole unos enigmas. Llegó a Jerusalén con un séquito imponente, con camellos cargados de perfumes, de muchísimo oro y de piedras preciosas. Cuando se presentó ante Salomón, le expuso todo lo que tenía pensado decirle. Salomón respondió a todas sus preguntas: no hubo para el rey ninguna cuestión tan oscura que no se la pudiera explicar. Cuando la reina de Sabá vio toda la sabiduría de Salomón, la casa que había construido, los manjares de su mesa, los aposentos de sus servidores, el porte y las libreas de sus camareros, sus coperos y los holocaustos que ofrecía en la Casa del Señor, se quedó sin aliento y dijo al rey: "¡Realmente era verdad lo que había oído decir en mi país acerca de ti y de tu sabiduría! Yo no lo quería creer, sin venir antes a verlo con mis propios ojos. Pero ahora compruebo que no me habían contado ni siquiera la mitad: tu sabiduría y tus riquezas superan la fama que llegó a mis oídos. ¡Felices tus mujeres, felices también estos servidores tuyos, que están constantemente delante de ti, escuchando tu sabiduría! ¡Y bendito sea el Señor, tu Dios, que te ha mostrado su favor poniéndote sobre el trono de Israel! Sí, por su amor eterno a Israel, el Señor te estableció como rey para que ejercieras el derecho y la justicia". La reina regaló al rey ciento veinte talentos de oro, una enorme cantidad de perfumes y piedras preciosas; nunca más se recibieron tantos perfumes como los que la reina de Sabá dio al rey Salomón.
Salmo 37,5-6.30-31.39-40. Encomienda tu suerte al Señor, confía en él, y él hará su obra; hará brillar tu justicia como el sol y tu derecho, como la luz del mediodía. La boca del justo expresa sabiduría y su lengua dice lo que es recto: la ley de Dios está en su corazón y sus pasos no vacilan. La salvación de los justos viene del Señor, él es su refugio en el momento del peligro; el Señor los ayuda y los libera, los salva porque confiaron en él.
Evangelio según San Marcos 7,14-23. En aquel tiempo, llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: - «Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. El que tenga oídos para oír que oiga.»
Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la comparación. Él les dijo: - «¿Tan torpes sois también vosotros? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina». (Con esto declaraba puros todos los alimentos). Y siguió: - «Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.»
Comentario: 1R 10,1-10. La sabiduría y la fama de Salomón atraen visitas de extranjeros: esta vez la reina de Sabá, del sur de Arabia. Riquezas, fama, sabiduría, prestigio: pero el autor del libro se cuida muy bien de afirmar que todo ello se debe a Dios. Pone en labios de la reina visitante esta confesión: «Bendito sea el Señor tu Dios que, por el amor eterno que tiene a Israel, te ha elegido para colocarte en el trono de Israel y te ha nombrado rey para que gobiernes con justicia».
-La fama de Salomón llegó hasta la reina de Saba. Salomón es pues un rey importante en el concierto de naciones del Próximo oriente. Hasta aquí ha triunfado, gracias a la obra de su padre David, y gracias a su propia inteligencia política. Hoy puedo pensar en los aciertos que he tenido en mi vida. En otros días, la Palabra de Dios me ayudará a meditar sobre mis fracasos. Pero hoy, ¿no es quizá el momento de "dar gracias" al Señor? Jesús nos pide que hagamos fructificar nuestros "talentos". Recordemos cuán duramente condenó la «higuera estéril».
-«Tu sabiduría y tu prosperidad superan todo lo que oí decir. Bendito el Señor, tu Dios, que te ha mostrado su favor...» Atribuir nuestros éxitos a Dios. Tener una actitud gozosa, que sabe alegrarse de lo que «marcha bien». Pero sin querer deslumbrar a los demás con nuestra dicha... Un santo triste es un triste santo. Aprender la «bendición»: Bendito seas, Señor, por... ¡Proclamar la bondad de Dios! Actitud «eucarística». Una oración que deberíamos repetir a menudo -¿por qué no hoy?- es recitar la letanía de nuestras alegrías: «¡Bendito seas por esto...! ¡Bendito seas por aquello...!»
-Salomón resolvió todas sus preguntas. Ninguna le resultó oscura. La reina de Saba vio toda la sabiduría de Salomón. ¡Percatémonos bien de lo que significan esas frases para la época! El relato que leemos quiere hacer resaltar la "Sabiduría" de Salomón, su «Inteligencia». El mundo moderno está ávido de «conocimiento», de «ciencia»: los secretos de la naturaleza, desde la época de Salomón, han ido retrocediendo siguiendo la orden de Dios al hombre: "¡Dominad la tierra y sometedla!" Algunos cristianos miran la ciencia con cierto recelo. Y es verdad que puede apartar de Dios y desorientar al hombre. Pero la ciencia en sí no es mala; en sí más bien es buena. Permite participar del conocimiento mismo de Dios. La inteligencia humana descubre las maravillas que la Inteligencia Primera ha creado. Te ofrezco, Señor, las maravillas de la ciencia. Ayuda a los hombres, como hiciste con Salomón, a seguir descubriendo, a penetrar los secretos restantes, a terminar el "dominio de la tierra" que nos has confiado... pero ayúdanos a hacerlo sin orgullo. Esa sabiduría-prudencia de Salomón, es uno de los "valores humanos"... Ese encuentro entre el Rey de Israel y una Reina de un país lejano del sur de Egipto... tiene un gran significado en la Biblia. Salomón practica una política de apertura: hace alianza con el Faraón, (I Reyes 3, 1); llama a técnicos extranjeros para construir el templo de Dios (I Reyes 9, lO-24); concluye acuerdos comerciales con Tiro (I Reyes 9, lO-28). Y, por encima de todo, busca integrar el saber humano de su tiempo al pensamiento religioso de su pueblo. La Iglesia ha intentado siempre lo mismo, a lo largo de las distintas épocas. Hoy abre sus puertas al dialogo con todas las grandes corrientes de pensamiento de la humanidad actual. La gracia «eleva» la naturaleza, no la «destruye». Todo lo que es un «valor» en el mundo, todo lo que es «sabiduría» es ya obra de Dios. Visión optimista (Noel Quesson).
Sólo a Dios sea dado todo honor y toda gloria. La Reina de Sabá ¿sólo reconoce la sabiduría de Salomón? ¿Acaso no llega a reconocer al Dios de los Israelitas, a quien eleva una oración bendiciendo su Santo Nombre? Nadie puede enorgullecerse de sí mismo, pues ¿qué tenemos que no hayamos recibido? Y si lo hemos recibido ¿por qué enorgullecernos como si no lo hubiéramos recibido? Salomón no era sabio por naturaleza, sino porque Dios lo hizo sabio para ponerlo frente a su Pueblo, de tal forma que lo condujera como si Dios mismo estuviera entre los suyos. Dios sabe lo que necesita nuestro mundo. Que Dios nos conceda todos aquellos carismas que necesita la Iglesia para continuar la obra salvadora de Dios; y que, conforme a la gracia recibida, nos pongamos al servicio unos de otros, no vanagloriándonos, sino reconociendo que todo don perfecto viene de Dios.
2. Sal. 36. Los insensatos pensaban que los justos habían perecido como los animales, pero su vida está en las manos de Dios. Por eso, ya desde ahora hemos de aprender a poner nuestra vida en manos del Señor. Si así lo hacemos nuestros pasos jamás vacilarán, pues el Señor vela por los justos, ya que estos son quienes han abierto su vida al amor de Dios y le viven fieles. Teniendo a Dios con nosotros Él hablará y actuará por medio nuestro. A nosotros corresponde ser los primeros en dejarnos salvar y santificar por Él. Sólo entonces, habiendo Dios tomado posesión de nuestra vida, hará que la Iglesia sea un signo claro de su amor salvador para todos los pueblos.
El salmo se recrea en la sabiduría de Salomón y su origen divino: «La boca del justo expone la sabiduría... porque lleva en el corazón la ley de su Dios y sus pasos no vacilan». Son varias las direcciones en que nos puede interpelar esta simpática escena. Salomón aparece como anuncio del verdadero Sabio, el Mesías Jesús. En varios pasajes el profeta Isaías y los Salmos dirán que en los tiempos mesiánicos «vendrán de Sabá portando oro e incienso y pregonando alabanzas a Yahvé» (Is 60,6 y Salmo 71,10). En efecto, los magos de Oriente vinieron a Belén a rendir homenaje de adoración y traer sus dones al recién nacido Mesías. Además esta escena cuestiona nuestra actitud ante las cualidades que podamos tener cada uno de nosotros, aunque no lleguen a despertar admiración hasta en el extranjero. Esas cualidades nos invitan a dar gracias a Dios. Tenemos lo que hemos recibido. Si con nuestras virtudes humanas y cristianas podemos hacer algo útil a nuestro alrededor, bendito sea Dios. Él es quien nos las ha dado. Nuestra preocupación debería ser no defraudarle. No para llamar la atención y recibir los aplausos de la gente, sino para merecer la sonrisa y la aprobación de Dios, porque con los talentos que nos ha dado -sean uno o dos o cinco- hemos hecho algo en bien de todos. Ojalá podamos escuchar al final: «Muy bien, siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco, entra en el gozo de tu señor».
También deberíamos aprender de la reina forastera a saber reconocer y alabar las cualidades de los demás. Alabar a las personas que conviven con nosotros, reconocer sus éxitos y sus méritos, interesarnos por sus cosas y escucharlas, es una de las cosas más finas que podemos hacer y también de las que más nos cuestan. Nos suele gustar que cuando hablamos de lo nuestro nos escuchen y se interesen. Pero cuando son otros los que hablan de lo suyo, ¡lo que nos cuesta dedicarles una palabra de alabanza!
Finalmente, haríamos bien en recordar y tratar de no merecer la queja de Jesús: «La reina de Sabá se levantará en el juicio con esta generación y la condenará, porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón» (Mt 12,42). ¿Tomamos en serio y aprovechamos bien la sabiduría que nos enseña cada día, sobre todo en las lecturas de la misa, el auténtico Maestro que Dios nos ha enviado, Jesús?
3.- Mc 7,14-23. Los fariseos no es que fueran malas personas. Eran piadosos, cumplidores de la ley. Pero habían caído en un legalismo exagerado e intolerante y, llevados de su devoción y de su deseo de agradar a Dios en todo, daban prioridad a lo externo, al cumplimiento escrupuloso de mil detalles, descuidando a veces lo más importante. Ayer era la cuestión de si se lavaban las manos o no. Hoy el comentario de Jesús continúa refiriéndose al tema de lo que se puede comer y lo que no, lo que se considera puro o no en cuestión de comidas. La carne de cerdo, por ejemplo, es considerada impura por los judíos y por otras culturas: inicialmente por motivos de higiene y prevención de enfermedades, pero luego también por norma religiosa.
La enseñanza de Jesús, expresada con un lenguaje muy llano y expresivo, es que lo importante no es lo que entra en la boca, sino lo que sale de ella. Lo que hace buenas o malas las cosas es lo que brota del corazón del hombre, la buena intención o la malicia interior. Los alimentos o en general las cosas de fuera tienen una importancia mucho más relativa.
El defecto de los fariseos puede ser precisamente el defecto de las personas piadosas, deseosas de perfección, que a veces por escrúpulos y otras por su tendencia a refugiarse en lo concreto, pierden de vista la importancia de las actitudes interiores, que son las que dan sentido a los actos exteriores. O sea, puede ser nuestro defecto. Dar, por ejemplo, más importancia a una norma pensada por los hombres que a la caridad o a la misericordia, más a la ley que a la persona. Esta tensión estaba muy viva cuando Marcos escribía su evangelio. En la comunidad apostólica se discutía fuertemente sobre la apertura de la Iglesia a los paganos y la conveniencia o no de que todos tuvieran que cumplir los más mínimos preceptos de la ley de Moisés. Recordamos las posturas de Pablo y Santiago y finalmente del concilio de Jerusalén, así como la visión del lienzo con animales puros e impuros y la invitación a Pedro para que comiera de ellos (Hechos 10). Ha sido un tema que se ha mantenido a lo largo de la vida de la Iglesia. ¿No se podría interpretar, en una historia no demasiado remota, que dábamos más importancia a la lengua en que se celebra la liturgia que a la misma liturgia?, ¿al ayuno eucarístico desde la media noche, casi más que a la misma comunión? La hipocresía, la autosuficiencia y el excesivo legalismo son precisamente el peligro de los buenos. Lo que cuenta es el corazón. Leamos despacio la lista de las trece cosas que Jesús dice que pueden brotar de un corazón maleado: malos propósitos. fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias. Injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. ¿Cuáles de ellas brotan alguna vez de nuestro interior? Pues eso tiene mucha más trascendencia que lo que comemos o dejamos de comer. «Al hombre, formado a tu imagen y semejanza, sometiste las maravillas del mundo para que en nombre tuyo dominara la creación» (prefacio de domingo). (J. Aldazábal).
Nada hay en el exterior del hombre... que entrando en él pueda mancharle. Lo que sale del corazón... esto es lo que mancha al hombre. El que tenga oídos para oír, que oiga. Cuando se hubo retirado de la muchedumbre, y entrado en casa, los discípulos le preguntaron por el significado de la parábola. Volvemos a encontrar pues el procedimiento ya usado por Jesús para la formación más intensiva de su grupito de discípulos. ¿Soy yo también de los que buscan comprender mejor? ¿Tengo "oídos para escuchar" la palabra secreta de Dios? ¿Sé ir más allá de la envoltura de las palabras del evangelio? ¿"Lejos de la muchedumbre", de corazón a corazón con Jesús, me pregunto sobre el "sentido" de sus palabras?
-¿Tan faltos estáis de inteligencia? Este será un tema cada vez más frecuente en san Marcos: la ininteligencia de los mismos discípulos. Ver ya en Mc 4, 13 ¿No comprendéis?". Empezamos a entrever por algunas frases de ese estilo, de qué modo Jesús ha debido encontrarse aislado, incluso entre sus mejores amigos. Atacado por sus enemigos. Incomprendido por sus amigos; Jesús, por la profundidad misma de su personalidad misteriosa, estaba solo. Paso unos instantes contemplando este sufrimiento del corazón de Jesús.
-¿No comprendéis que...? Y Jesús, pacientemente, reemprende en la intimidad con sus discípulos, la explicación de lo que ya ha tratado de hacer comprender a la muchedumbre y a los fariseos. No olvidemos que 40 años más tarde, cuando Marcos escribía este relato, la cuestión de los "alimentos prohibidos" no estaba aún completamente resuelta: los Hechos de los Apóstoles, el primer Concilio de Jerusalén, las Epístolas de san Pablo se hacen eco de las divergencias entre Pedro y Pablo en esas cuestiones. ¿Había que imponer a los paganos que entraban en la Iglesia las estrictas costumbres de la alimentación "pura e impura" que eran tradicionales entre los judíos?
-Así Jesús declaraba puros todos los alimentos. Cuando se sabe la importancia que para cada nación, o para cada provincia tienen las costumbres culinarias... se adivina que Jesús tenía sobre ello una visión amplia, universal, liberadora. La fe y la verdadera religión hacia Dios no están ligadas a estas costumbres. Jesús se retrotrae en relación a los hábitos culturales de su propio pueblo. Es una ley esencial de la misión, -como nos lo ha recordado el Decreto conciliar sobre "La actividad misionera en la Iglesia": "Los misioneros deben familiarizarse con las tradiciones nacionales y religiosas de los pueblos a evangelizar..., descubrir con alegría y respeto las simientes que el Verbo depositó y están escondidas en las diversas culturas..." Descubrir los valores de culturas que no son las nuestras. Al declarar que "todos los alimentos son puros, Jesús contravenía gravemente una tradición de su pueblo... pero lo hacía para abrir la Iglesia a todos los que no tenían esas tradiciones judías. Jesús pensaba en los paganos.
-De dentro del corazón del hombre proceden los pensamientos perversos: las fornicaciones, los hurtos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las maldades, el fraude, la impureza, la envidia, la blasfemia, el orgullo. Todas estas maldades proceden del interior del hombre y lo manchan. Pero Jesús pensaba también en los judíos y en todos los hombres. Todos tenemos necesidad de re-descubrir lo esencial desde el interior. Y es la simple conciencia universal, la moral más natural, lo que Jesús revalora. Ninguna costumbre nacional, ninguna tradición de los antiguos, de los antepasados, puede ir en contra de esas leyes esenciales que todo hombre recto reconoce en el fondo de su conciencia (Noel Quesson).
Si alguna vez te has enfermado del estomago, sabes muy bien que lo que entra en el hombre no toca la vida, aunque sabes que influyen en la vida diaria, haciendo sentirse más cansado de lo ordinario. Lo que realmente te toca directamente no es la comida que te hace engordar y basta, sino algo que es llamado pecado. Éste realmente sí hace destrozos en el alma. No sé si te has dado cuenta de lo mal que uno se siente cuando hace algo que no quieren tus padres, o cuando haces que sabes que está mal. La verdad es que cuando yo he hecho algo que Dios no quería me he sentido fatal al día siguiente, porque allí no estaba la felicidad. La cuestión está en saber qué está mal o no para ser realmente felices y actuar con la convicción de estar haciendo siempre el bien. Tú puedes hacer siempre el bien, evitando aquello que sabes que está mal y que puede dañarte y dejar una marca para toda tu vida: la infelicidad (José Rodrigo Escorza).
Hoy Jesús nos enseña que todo lo que Dios ha hecho es bueno. Es, más bien, nuestra intención no recta la que puede contaminar lo que hacemos. Por eso, Jesucristo dice: «Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre» (Mc 7,15). La experiencia de la ofensa a Dios es una realidad. Y con facilidad el cristiano descubre esa huella profunda del mal y ve un mundo esclavizado por el pecado. La misión que Jesús nos encarga es limpiar —con ayuda de su gracia— todas las contaminaciones que las malas intenciones de los hombres han introducido en este mundo.
El Señor nos pide que toda nuestra actividad humana esté bien realizada: espera que en ella pongamos intensidad, orden, ciencia, competencia, afán de perfección, no buscando otra mira sino restaurar el plan creador de Dios, que todo lo hizo bueno para provecho del hombre: «Pureza de intención. —La tendrás, si, siempre y en todo, sólo buscas agradar a Dios» (San Josemaría).
Sólo nuestra voluntad puede estropear el plan divino y hace falta vigilar para que no sea así. Muchas veces se meten la vanidad, el amor propio, los desánimos por falta de fe, la impaciencia por no conseguir los resultados esperados, etc. Por eso, nos advertía san Gregorio Magno: «No nos seduzca ninguna prosperidad halagüeña, porque es un viajero necio el que se para en el camino a contemplar los paisajes amenos y se olvida del punto al que se dirige».
Convendrá, por tanto, estar atentos en el ofrecimiento de obras, mantener la presencia de Dios y considerar frecuentemente la filiación divina, de manera que todo nuestro día —con oración y trabajo— tome su fuerza y empiece en el Señor, y que todo lo que hemos comenzado por Él llegue a su fin. Podemos hacer grandes cosas si nos damos cuenta de que cada uno de nuestros actos humanos es corredentor cuando está unido a los actos de Cristo (Norbert Estarriol Seseras Lleida, España).
San Gregorio de Nisa (hacia 335-395) monje y obispo en la Homilía 6 sobre las Bienaventuranzas (PG 44, 1269-1272) comentaba “Oh Dios crea en mí un corazón puro” (Sal 50,12) y decía: “Si tú purifica tu corazón de toda escoria por el esfuerzo de una vida perfecta, la belleza divina volverá a brillar en ti. Es lo que pasa con un trozo de metal cuando la lima lo limpia de toda herrumbre. Antes estaba ennegrecido y ahora es radiante y brilla a la luz del sol. Asimismo, el hombre interior, lo que el Señor llama “el corazón”, recobrará la bondad a semejanza de su modelo , una vez quitadas las manchas de herrumbre que alteraban y afeaban su belleza. (cf Gn 1,27) Porque lo que se asemeja a la bondad, necesariamente se vuelve bueno.
El que tiene un corazón puro es feliz (Mt 5,8) porque recobra su pureza que le hace descubrir su origen a través de esta imagen. Aquel que ve el sol en un espejo no necesita fijar la mirada en el cielo para ver al sol; lo ve en el reflejo del espejo tal cual está en el cielo. Así vosotros que sois demasiado frágiles para captar la luz, si os volvéis hacia la gracia de la imagen que tenéis esculpida en vuestro interior desde el principio, encontraréis en vosotros mismos lo que buscáis. En efecto, la pureza, la paz del alma, la distancia de todo mal, es la divinidad. Si posees todo esto posees ciertamente a Dios. Si tu corazón se aparta de toda maldad, libre de toda pasión, limpia de toda mancha, eres feliz porque tu mirada es transparente”.
La verdadera pureza… Esta sería una de las predicaciones por las que Cristo se ganó el odio de algunos judíos. Lo que contamina al hombre no son las cosas externas sino la actitud con las que se aceptan en el interior, pues Cristo sabía que no estaban obrando con rectitud. Son claras sus palabras, y a pesar de ello sus apóstoles no le entendían. Les faltaba fe e inteligencia para comprenderle.
A nosotros también se nos presentan a diario muchas de realidades en la vida que tal vez no las juzgamos debidamente sino más bien las criticamos pasional e injustamente. ¿No será que nos falta ver los sucesos menos agradables con un poco más de comprensión y caridad? Nosotros somos los que le damos un colorido a la vida más o menos combinado o por el contrario se lo damos con colores opacos. De la misma forma, al ver lo que pasa a nuestro alrededor hemos de aprender a juzgar con los mismos ojos con los que Cristo juzgaría, pensar de los demás como Cristo pensaría, perdonar como Él perdonó a los que le crucificaron y sobre todo amar como Cristo nos ama a cada uno de nosotros.
Esto significa ser verdadero cristiano. Seguir las huellas de nuestro maestro, aunque el camino esté lleno de abrojos y espinas. A pesar de los sufrimientos caminemos alegres y seguros porque ese es el camino de nuestro maestro (Misael Cisneros).
Jesús continúa insistiendo en lo que es verdaderamente importante para la vida del hombre. Lo exterior es importante, pero lo es más el interior. Ahora bien, ¿qué es lo que sale de hombre? Sin lugar a dudas lo que hemos metido. En otra ocasión dijo Jesús: “De la boca sale lo que abunda en el corazón” y además: “El árbol bueno no puede dar frutos malos”. Con esta instrucción no solo declara lícitos todos los alimentos, sino que nos previne del tipo de alimentos que verdaderamente pueden dañar al hombre y son aquello con los que alimentamos nuestro corazón (es decir nuestra imaginación, pensamiento, memoria, sentimientos). Por ello tengamos cuidado del tipo de espectáculos, revistas y programas de televisión que vemos, de nuestras conversaciones, etc.. Sería bueno que hoy nos preguntásemos qué tipo de alimentos estamos dejando entrar en nuestro corazón (Ernesto María Caro).
De la abundancia del corazón habla la boca. Si el Espíritu Santo habita en nuestros corazones como en un templo permitámosle que se exprese a través de una multitud de buenas obras nacidas de Él. Entonces amaremos hasta el extremo, pues realmente estaremos unidos al Señor como los miembros de un cuerpo se unen a la cabeza. Pero si en lugar de llenarnos de Dios nos hemos llenado del espíritu malo, entonces se desenfrenarán nuestros deseos e inclinaciones perversas, y nuestras obras serán pecaminosas; y si nos dejamos dominar por ellas finalmente nos iremos manchando y deteriorando cada vez más. Ya el Señor le decía a Caín: Si obraras bien, llevarías bien alta la cabeza; pero si obras mal, el pecado acecha a tu puerta y te acosa, aunque tú puedes dominarlo. Sabiéndonos pecadores y siendo conscientes de que la salvación no es obra del hombre, sino la obra de Dios en el hombre, que Él realiza de un modo gratuito y amoroso, vayamos al Señor para que purifique nuestra conciencia de todo pecado; para que perdonados y libres de la maldad, nos ayude a no quedarnos vacíos y expuestos a ser nuevamente encadenados por el maligno, sino llenos de Dios y dispuestos a hacer el bien que procede de la presencia del Señor en nosotros.
Hemos venido ante el Señor para que Él colme nuestro corazón con su presencia, con su gracia, con su amor, con su Espíritu Santo. Su Palabra se ha pronunciado sobre nosotros como Palabra que no sólo es escuchada con amor, sino que es sembrada en nuestros corazones para que produzca frutos abundantes de buenas obras. La celebración del Memorial de la Muerte y Resurrección de Cristo nos hace entrar en comunión de vida con Aquel que nos ha amado hasta el extremo. Por eso hemos de iniciar un nuevo camino en el bien y no permitir que nuestro corazón se desvíe de Él, pues si esto llegara a suceder seríamos presa fácil de la maldad, de las cosas pasajeras y de nuestras pasiones desordenadas. Entonces no podríamos decir que tenemos por Dios al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, pues en su lugar nos habríamos fabricado ídolos.
Quienes participamos de la Eucaristía no podemos volver a nuestra vida ordinaria convertidos en unos malvados. Dios no sólo es adorado por nosotros en la Liturgia que celebramos; Él se hace huésped de nosotros viviendo en nuestros corazones como en un templo. Por eso no puede salir de nosotros la maldad, la destrucción ni la muerte. Quien se arrodilla ante Dios y vive como delincuente, o envenena a los demás con enervantes, o destruye la paz social, o despoja a los demás de lo que les pertenece, o pisotea sus derechos, no puede, en verdad, llamarse hijo de Dios. Estamos llamados a convertirnos en un signo del amor salvador de Dios para el mundo. Ese es el sentido de acudir al Señor, no sólo para darle culto, sino para que Él nos transforme y nos envíe para continuar su obra de salvación en el mundo.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, ser llenos de la Sabiduría de Dios para poder realizar nuestra vida, no conforme a nuestros pensamientos, muchas veces egoístas y pecaminosos, sino conforme a su Santísima Voluntad, de tal forma que podamos realizar siempre el bien en favor de nuestros hermanos. Amén (www.homiliacatolica.com).
Primer Libro de los Reyes 10,1-10. La reina de Sabá oyó hablar de la fama de Salomón, y fue a ponerlo a prueba, proponiéndole unos enigmas. Llegó a Jerusalén con un séquito imponente, con camellos cargados de perfumes, de muchísimo oro y de piedras preciosas. Cuando se presentó ante Salomón, le expuso todo lo que tenía pensado decirle. Salomón respondió a todas sus preguntas: no hubo para el rey ninguna cuestión tan oscura que no se la pudiera explicar. Cuando la reina de Sabá vio toda la sabiduría de Salomón, la casa que había construido, los manjares de su mesa, los aposentos de sus servidores, el porte y las libreas de sus camareros, sus coperos y los holocaustos que ofrecía en la Casa del Señor, se quedó sin aliento y dijo al rey: "¡Realmente era verdad lo que había oído decir en mi país acerca de ti y de tu sabiduría! Yo no lo quería creer, sin venir antes a verlo con mis propios ojos. Pero ahora compruebo que no me habían contado ni siquiera la mitad: tu sabiduría y tus riquezas superan la fama que llegó a mis oídos. ¡Felices tus mujeres, felices también estos servidores tuyos, que están constantemente delante de ti, escuchando tu sabiduría! ¡Y bendito sea el Señor, tu Dios, que te ha mostrado su favor poniéndote sobre el trono de Israel! Sí, por su amor eterno a Israel, el Señor te estableció como rey para que ejercieras el derecho y la justicia". La reina regaló al rey ciento veinte talentos de oro, una enorme cantidad de perfumes y piedras preciosas; nunca más se recibieron tantos perfumes como los que la reina de Sabá dio al rey Salomón.
Salmo 37,5-6.30-31.39-40. Encomienda tu suerte al Señor, confía en él, y él hará su obra; hará brillar tu justicia como el sol y tu derecho, como la luz del mediodía. La boca del justo expresa sabiduría y su lengua dice lo que es recto: la ley de Dios está en su corazón y sus pasos no vacilan. La salvación de los justos viene del Señor, él es su refugio en el momento del peligro; el Señor los ayuda y los libera, los salva porque confiaron en él.
Evangelio según San Marcos 7,14-23. En aquel tiempo, llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: - «Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. El que tenga oídos para oír que oiga.»
Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la comparación. Él les dijo: - «¿Tan torpes sois también vosotros? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina». (Con esto declaraba puros todos los alimentos). Y siguió: - «Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.»
Comentario: 1R 10,1-10. La sabiduría y la fama de Salomón atraen visitas de extranjeros: esta vez la reina de Sabá, del sur de Arabia. Riquezas, fama, sabiduría, prestigio: pero el autor del libro se cuida muy bien de afirmar que todo ello se debe a Dios. Pone en labios de la reina visitante esta confesión: «Bendito sea el Señor tu Dios que, por el amor eterno que tiene a Israel, te ha elegido para colocarte en el trono de Israel y te ha nombrado rey para que gobiernes con justicia».
-La fama de Salomón llegó hasta la reina de Saba. Salomón es pues un rey importante en el concierto de naciones del Próximo oriente. Hasta aquí ha triunfado, gracias a la obra de su padre David, y gracias a su propia inteligencia política. Hoy puedo pensar en los aciertos que he tenido en mi vida. En otros días, la Palabra de Dios me ayudará a meditar sobre mis fracasos. Pero hoy, ¿no es quizá el momento de "dar gracias" al Señor? Jesús nos pide que hagamos fructificar nuestros "talentos". Recordemos cuán duramente condenó la «higuera estéril».
-«Tu sabiduría y tu prosperidad superan todo lo que oí decir. Bendito el Señor, tu Dios, que te ha mostrado su favor...» Atribuir nuestros éxitos a Dios. Tener una actitud gozosa, que sabe alegrarse de lo que «marcha bien». Pero sin querer deslumbrar a los demás con nuestra dicha... Un santo triste es un triste santo. Aprender la «bendición»: Bendito seas, Señor, por... ¡Proclamar la bondad de Dios! Actitud «eucarística». Una oración que deberíamos repetir a menudo -¿por qué no hoy?- es recitar la letanía de nuestras alegrías: «¡Bendito seas por esto...! ¡Bendito seas por aquello...!»
-Salomón resolvió todas sus preguntas. Ninguna le resultó oscura. La reina de Saba vio toda la sabiduría de Salomón. ¡Percatémonos bien de lo que significan esas frases para la época! El relato que leemos quiere hacer resaltar la "Sabiduría" de Salomón, su «Inteligencia». El mundo moderno está ávido de «conocimiento», de «ciencia»: los secretos de la naturaleza, desde la época de Salomón, han ido retrocediendo siguiendo la orden de Dios al hombre: "¡Dominad la tierra y sometedla!" Algunos cristianos miran la ciencia con cierto recelo. Y es verdad que puede apartar de Dios y desorientar al hombre. Pero la ciencia en sí no es mala; en sí más bien es buena. Permite participar del conocimiento mismo de Dios. La inteligencia humana descubre las maravillas que la Inteligencia Primera ha creado. Te ofrezco, Señor, las maravillas de la ciencia. Ayuda a los hombres, como hiciste con Salomón, a seguir descubriendo, a penetrar los secretos restantes, a terminar el "dominio de la tierra" que nos has confiado... pero ayúdanos a hacerlo sin orgullo. Esa sabiduría-prudencia de Salomón, es uno de los "valores humanos"... Ese encuentro entre el Rey de Israel y una Reina de un país lejano del sur de Egipto... tiene un gran significado en la Biblia. Salomón practica una política de apertura: hace alianza con el Faraón, (I Reyes 3, 1); llama a técnicos extranjeros para construir el templo de Dios (I Reyes 9, lO-24); concluye acuerdos comerciales con Tiro (I Reyes 9, lO-28). Y, por encima de todo, busca integrar el saber humano de su tiempo al pensamiento religioso de su pueblo. La Iglesia ha intentado siempre lo mismo, a lo largo de las distintas épocas. Hoy abre sus puertas al dialogo con todas las grandes corrientes de pensamiento de la humanidad actual. La gracia «eleva» la naturaleza, no la «destruye». Todo lo que es un «valor» en el mundo, todo lo que es «sabiduría» es ya obra de Dios. Visión optimista (Noel Quesson).
Sólo a Dios sea dado todo honor y toda gloria. La Reina de Sabá ¿sólo reconoce la sabiduría de Salomón? ¿Acaso no llega a reconocer al Dios de los Israelitas, a quien eleva una oración bendiciendo su Santo Nombre? Nadie puede enorgullecerse de sí mismo, pues ¿qué tenemos que no hayamos recibido? Y si lo hemos recibido ¿por qué enorgullecernos como si no lo hubiéramos recibido? Salomón no era sabio por naturaleza, sino porque Dios lo hizo sabio para ponerlo frente a su Pueblo, de tal forma que lo condujera como si Dios mismo estuviera entre los suyos. Dios sabe lo que necesita nuestro mundo. Que Dios nos conceda todos aquellos carismas que necesita la Iglesia para continuar la obra salvadora de Dios; y que, conforme a la gracia recibida, nos pongamos al servicio unos de otros, no vanagloriándonos, sino reconociendo que todo don perfecto viene de Dios.
2. Sal. 36. Los insensatos pensaban que los justos habían perecido como los animales, pero su vida está en las manos de Dios. Por eso, ya desde ahora hemos de aprender a poner nuestra vida en manos del Señor. Si así lo hacemos nuestros pasos jamás vacilarán, pues el Señor vela por los justos, ya que estos son quienes han abierto su vida al amor de Dios y le viven fieles. Teniendo a Dios con nosotros Él hablará y actuará por medio nuestro. A nosotros corresponde ser los primeros en dejarnos salvar y santificar por Él. Sólo entonces, habiendo Dios tomado posesión de nuestra vida, hará que la Iglesia sea un signo claro de su amor salvador para todos los pueblos.
El salmo se recrea en la sabiduría de Salomón y su origen divino: «La boca del justo expone la sabiduría... porque lleva en el corazón la ley de su Dios y sus pasos no vacilan». Son varias las direcciones en que nos puede interpelar esta simpática escena. Salomón aparece como anuncio del verdadero Sabio, el Mesías Jesús. En varios pasajes el profeta Isaías y los Salmos dirán que en los tiempos mesiánicos «vendrán de Sabá portando oro e incienso y pregonando alabanzas a Yahvé» (Is 60,6 y Salmo 71,10). En efecto, los magos de Oriente vinieron a Belén a rendir homenaje de adoración y traer sus dones al recién nacido Mesías. Además esta escena cuestiona nuestra actitud ante las cualidades que podamos tener cada uno de nosotros, aunque no lleguen a despertar admiración hasta en el extranjero. Esas cualidades nos invitan a dar gracias a Dios. Tenemos lo que hemos recibido. Si con nuestras virtudes humanas y cristianas podemos hacer algo útil a nuestro alrededor, bendito sea Dios. Él es quien nos las ha dado. Nuestra preocupación debería ser no defraudarle. No para llamar la atención y recibir los aplausos de la gente, sino para merecer la sonrisa y la aprobación de Dios, porque con los talentos que nos ha dado -sean uno o dos o cinco- hemos hecho algo en bien de todos. Ojalá podamos escuchar al final: «Muy bien, siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco, entra en el gozo de tu señor».
También deberíamos aprender de la reina forastera a saber reconocer y alabar las cualidades de los demás. Alabar a las personas que conviven con nosotros, reconocer sus éxitos y sus méritos, interesarnos por sus cosas y escucharlas, es una de las cosas más finas que podemos hacer y también de las que más nos cuestan. Nos suele gustar que cuando hablamos de lo nuestro nos escuchen y se interesen. Pero cuando son otros los que hablan de lo suyo, ¡lo que nos cuesta dedicarles una palabra de alabanza!
Finalmente, haríamos bien en recordar y tratar de no merecer la queja de Jesús: «La reina de Sabá se levantará en el juicio con esta generación y la condenará, porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón» (Mt 12,42). ¿Tomamos en serio y aprovechamos bien la sabiduría que nos enseña cada día, sobre todo en las lecturas de la misa, el auténtico Maestro que Dios nos ha enviado, Jesús?
3.- Mc 7,14-23. Los fariseos no es que fueran malas personas. Eran piadosos, cumplidores de la ley. Pero habían caído en un legalismo exagerado e intolerante y, llevados de su devoción y de su deseo de agradar a Dios en todo, daban prioridad a lo externo, al cumplimiento escrupuloso de mil detalles, descuidando a veces lo más importante. Ayer era la cuestión de si se lavaban las manos o no. Hoy el comentario de Jesús continúa refiriéndose al tema de lo que se puede comer y lo que no, lo que se considera puro o no en cuestión de comidas. La carne de cerdo, por ejemplo, es considerada impura por los judíos y por otras culturas: inicialmente por motivos de higiene y prevención de enfermedades, pero luego también por norma religiosa.
La enseñanza de Jesús, expresada con un lenguaje muy llano y expresivo, es que lo importante no es lo que entra en la boca, sino lo que sale de ella. Lo que hace buenas o malas las cosas es lo que brota del corazón del hombre, la buena intención o la malicia interior. Los alimentos o en general las cosas de fuera tienen una importancia mucho más relativa.
El defecto de los fariseos puede ser precisamente el defecto de las personas piadosas, deseosas de perfección, que a veces por escrúpulos y otras por su tendencia a refugiarse en lo concreto, pierden de vista la importancia de las actitudes interiores, que son las que dan sentido a los actos exteriores. O sea, puede ser nuestro defecto. Dar, por ejemplo, más importancia a una norma pensada por los hombres que a la caridad o a la misericordia, más a la ley que a la persona. Esta tensión estaba muy viva cuando Marcos escribía su evangelio. En la comunidad apostólica se discutía fuertemente sobre la apertura de la Iglesia a los paganos y la conveniencia o no de que todos tuvieran que cumplir los más mínimos preceptos de la ley de Moisés. Recordamos las posturas de Pablo y Santiago y finalmente del concilio de Jerusalén, así como la visión del lienzo con animales puros e impuros y la invitación a Pedro para que comiera de ellos (Hechos 10). Ha sido un tema que se ha mantenido a lo largo de la vida de la Iglesia. ¿No se podría interpretar, en una historia no demasiado remota, que dábamos más importancia a la lengua en que se celebra la liturgia que a la misma liturgia?, ¿al ayuno eucarístico desde la media noche, casi más que a la misma comunión? La hipocresía, la autosuficiencia y el excesivo legalismo son precisamente el peligro de los buenos. Lo que cuenta es el corazón. Leamos despacio la lista de las trece cosas que Jesús dice que pueden brotar de un corazón maleado: malos propósitos. fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias. Injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. ¿Cuáles de ellas brotan alguna vez de nuestro interior? Pues eso tiene mucha más trascendencia que lo que comemos o dejamos de comer. «Al hombre, formado a tu imagen y semejanza, sometiste las maravillas del mundo para que en nombre tuyo dominara la creación» (prefacio de domingo). (J. Aldazábal).
Nada hay en el exterior del hombre... que entrando en él pueda mancharle. Lo que sale del corazón... esto es lo que mancha al hombre. El que tenga oídos para oír, que oiga. Cuando se hubo retirado de la muchedumbre, y entrado en casa, los discípulos le preguntaron por el significado de la parábola. Volvemos a encontrar pues el procedimiento ya usado por Jesús para la formación más intensiva de su grupito de discípulos. ¿Soy yo también de los que buscan comprender mejor? ¿Tengo "oídos para escuchar" la palabra secreta de Dios? ¿Sé ir más allá de la envoltura de las palabras del evangelio? ¿"Lejos de la muchedumbre", de corazón a corazón con Jesús, me pregunto sobre el "sentido" de sus palabras?
-¿Tan faltos estáis de inteligencia? Este será un tema cada vez más frecuente en san Marcos: la ininteligencia de los mismos discípulos. Ver ya en Mc 4, 13 ¿No comprendéis?". Empezamos a entrever por algunas frases de ese estilo, de qué modo Jesús ha debido encontrarse aislado, incluso entre sus mejores amigos. Atacado por sus enemigos. Incomprendido por sus amigos; Jesús, por la profundidad misma de su personalidad misteriosa, estaba solo. Paso unos instantes contemplando este sufrimiento del corazón de Jesús.
-¿No comprendéis que...? Y Jesús, pacientemente, reemprende en la intimidad con sus discípulos, la explicación de lo que ya ha tratado de hacer comprender a la muchedumbre y a los fariseos. No olvidemos que 40 años más tarde, cuando Marcos escribía este relato, la cuestión de los "alimentos prohibidos" no estaba aún completamente resuelta: los Hechos de los Apóstoles, el primer Concilio de Jerusalén, las Epístolas de san Pablo se hacen eco de las divergencias entre Pedro y Pablo en esas cuestiones. ¿Había que imponer a los paganos que entraban en la Iglesia las estrictas costumbres de la alimentación "pura e impura" que eran tradicionales entre los judíos?
-Así Jesús declaraba puros todos los alimentos. Cuando se sabe la importancia que para cada nación, o para cada provincia tienen las costumbres culinarias... se adivina que Jesús tenía sobre ello una visión amplia, universal, liberadora. La fe y la verdadera religión hacia Dios no están ligadas a estas costumbres. Jesús se retrotrae en relación a los hábitos culturales de su propio pueblo. Es una ley esencial de la misión, -como nos lo ha recordado el Decreto conciliar sobre "La actividad misionera en la Iglesia": "Los misioneros deben familiarizarse con las tradiciones nacionales y religiosas de los pueblos a evangelizar..., descubrir con alegría y respeto las simientes que el Verbo depositó y están escondidas en las diversas culturas..." Descubrir los valores de culturas que no son las nuestras. Al declarar que "todos los alimentos son puros, Jesús contravenía gravemente una tradición de su pueblo... pero lo hacía para abrir la Iglesia a todos los que no tenían esas tradiciones judías. Jesús pensaba en los paganos.
-De dentro del corazón del hombre proceden los pensamientos perversos: las fornicaciones, los hurtos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las maldades, el fraude, la impureza, la envidia, la blasfemia, el orgullo. Todas estas maldades proceden del interior del hombre y lo manchan. Pero Jesús pensaba también en los judíos y en todos los hombres. Todos tenemos necesidad de re-descubrir lo esencial desde el interior. Y es la simple conciencia universal, la moral más natural, lo que Jesús revalora. Ninguna costumbre nacional, ninguna tradición de los antiguos, de los antepasados, puede ir en contra de esas leyes esenciales que todo hombre recto reconoce en el fondo de su conciencia (Noel Quesson).
Si alguna vez te has enfermado del estomago, sabes muy bien que lo que entra en el hombre no toca la vida, aunque sabes que influyen en la vida diaria, haciendo sentirse más cansado de lo ordinario. Lo que realmente te toca directamente no es la comida que te hace engordar y basta, sino algo que es llamado pecado. Éste realmente sí hace destrozos en el alma. No sé si te has dado cuenta de lo mal que uno se siente cuando hace algo que no quieren tus padres, o cuando haces que sabes que está mal. La verdad es que cuando yo he hecho algo que Dios no quería me he sentido fatal al día siguiente, porque allí no estaba la felicidad. La cuestión está en saber qué está mal o no para ser realmente felices y actuar con la convicción de estar haciendo siempre el bien. Tú puedes hacer siempre el bien, evitando aquello que sabes que está mal y que puede dañarte y dejar una marca para toda tu vida: la infelicidad (José Rodrigo Escorza).
Hoy Jesús nos enseña que todo lo que Dios ha hecho es bueno. Es, más bien, nuestra intención no recta la que puede contaminar lo que hacemos. Por eso, Jesucristo dice: «Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre» (Mc 7,15). La experiencia de la ofensa a Dios es una realidad. Y con facilidad el cristiano descubre esa huella profunda del mal y ve un mundo esclavizado por el pecado. La misión que Jesús nos encarga es limpiar —con ayuda de su gracia— todas las contaminaciones que las malas intenciones de los hombres han introducido en este mundo.
El Señor nos pide que toda nuestra actividad humana esté bien realizada: espera que en ella pongamos intensidad, orden, ciencia, competencia, afán de perfección, no buscando otra mira sino restaurar el plan creador de Dios, que todo lo hizo bueno para provecho del hombre: «Pureza de intención. —La tendrás, si, siempre y en todo, sólo buscas agradar a Dios» (San Josemaría).
Sólo nuestra voluntad puede estropear el plan divino y hace falta vigilar para que no sea así. Muchas veces se meten la vanidad, el amor propio, los desánimos por falta de fe, la impaciencia por no conseguir los resultados esperados, etc. Por eso, nos advertía san Gregorio Magno: «No nos seduzca ninguna prosperidad halagüeña, porque es un viajero necio el que se para en el camino a contemplar los paisajes amenos y se olvida del punto al que se dirige».
Convendrá, por tanto, estar atentos en el ofrecimiento de obras, mantener la presencia de Dios y considerar frecuentemente la filiación divina, de manera que todo nuestro día —con oración y trabajo— tome su fuerza y empiece en el Señor, y que todo lo que hemos comenzado por Él llegue a su fin. Podemos hacer grandes cosas si nos damos cuenta de que cada uno de nuestros actos humanos es corredentor cuando está unido a los actos de Cristo (Norbert Estarriol Seseras Lleida, España).
San Gregorio de Nisa (hacia 335-395) monje y obispo en la Homilía 6 sobre las Bienaventuranzas (PG 44, 1269-1272) comentaba “Oh Dios crea en mí un corazón puro” (Sal 50,12) y decía: “Si tú purifica tu corazón de toda escoria por el esfuerzo de una vida perfecta, la belleza divina volverá a brillar en ti. Es lo que pasa con un trozo de metal cuando la lima lo limpia de toda herrumbre. Antes estaba ennegrecido y ahora es radiante y brilla a la luz del sol. Asimismo, el hombre interior, lo que el Señor llama “el corazón”, recobrará la bondad a semejanza de su modelo , una vez quitadas las manchas de herrumbre que alteraban y afeaban su belleza. (cf Gn 1,27) Porque lo que se asemeja a la bondad, necesariamente se vuelve bueno.
El que tiene un corazón puro es feliz (Mt 5,8) porque recobra su pureza que le hace descubrir su origen a través de esta imagen. Aquel que ve el sol en un espejo no necesita fijar la mirada en el cielo para ver al sol; lo ve en el reflejo del espejo tal cual está en el cielo. Así vosotros que sois demasiado frágiles para captar la luz, si os volvéis hacia la gracia de la imagen que tenéis esculpida en vuestro interior desde el principio, encontraréis en vosotros mismos lo que buscáis. En efecto, la pureza, la paz del alma, la distancia de todo mal, es la divinidad. Si posees todo esto posees ciertamente a Dios. Si tu corazón se aparta de toda maldad, libre de toda pasión, limpia de toda mancha, eres feliz porque tu mirada es transparente”.
La verdadera pureza… Esta sería una de las predicaciones por las que Cristo se ganó el odio de algunos judíos. Lo que contamina al hombre no son las cosas externas sino la actitud con las que se aceptan en el interior, pues Cristo sabía que no estaban obrando con rectitud. Son claras sus palabras, y a pesar de ello sus apóstoles no le entendían. Les faltaba fe e inteligencia para comprenderle.
A nosotros también se nos presentan a diario muchas de realidades en la vida que tal vez no las juzgamos debidamente sino más bien las criticamos pasional e injustamente. ¿No será que nos falta ver los sucesos menos agradables con un poco más de comprensión y caridad? Nosotros somos los que le damos un colorido a la vida más o menos combinado o por el contrario se lo damos con colores opacos. De la misma forma, al ver lo que pasa a nuestro alrededor hemos de aprender a juzgar con los mismos ojos con los que Cristo juzgaría, pensar de los demás como Cristo pensaría, perdonar como Él perdonó a los que le crucificaron y sobre todo amar como Cristo nos ama a cada uno de nosotros.
Esto significa ser verdadero cristiano. Seguir las huellas de nuestro maestro, aunque el camino esté lleno de abrojos y espinas. A pesar de los sufrimientos caminemos alegres y seguros porque ese es el camino de nuestro maestro (Misael Cisneros).
Jesús continúa insistiendo en lo que es verdaderamente importante para la vida del hombre. Lo exterior es importante, pero lo es más el interior. Ahora bien, ¿qué es lo que sale de hombre? Sin lugar a dudas lo que hemos metido. En otra ocasión dijo Jesús: “De la boca sale lo que abunda en el corazón” y además: “El árbol bueno no puede dar frutos malos”. Con esta instrucción no solo declara lícitos todos los alimentos, sino que nos previne del tipo de alimentos que verdaderamente pueden dañar al hombre y son aquello con los que alimentamos nuestro corazón (es decir nuestra imaginación, pensamiento, memoria, sentimientos). Por ello tengamos cuidado del tipo de espectáculos, revistas y programas de televisión que vemos, de nuestras conversaciones, etc.. Sería bueno que hoy nos preguntásemos qué tipo de alimentos estamos dejando entrar en nuestro corazón (Ernesto María Caro).
De la abundancia del corazón habla la boca. Si el Espíritu Santo habita en nuestros corazones como en un templo permitámosle que se exprese a través de una multitud de buenas obras nacidas de Él. Entonces amaremos hasta el extremo, pues realmente estaremos unidos al Señor como los miembros de un cuerpo se unen a la cabeza. Pero si en lugar de llenarnos de Dios nos hemos llenado del espíritu malo, entonces se desenfrenarán nuestros deseos e inclinaciones perversas, y nuestras obras serán pecaminosas; y si nos dejamos dominar por ellas finalmente nos iremos manchando y deteriorando cada vez más. Ya el Señor le decía a Caín: Si obraras bien, llevarías bien alta la cabeza; pero si obras mal, el pecado acecha a tu puerta y te acosa, aunque tú puedes dominarlo. Sabiéndonos pecadores y siendo conscientes de que la salvación no es obra del hombre, sino la obra de Dios en el hombre, que Él realiza de un modo gratuito y amoroso, vayamos al Señor para que purifique nuestra conciencia de todo pecado; para que perdonados y libres de la maldad, nos ayude a no quedarnos vacíos y expuestos a ser nuevamente encadenados por el maligno, sino llenos de Dios y dispuestos a hacer el bien que procede de la presencia del Señor en nosotros.
Hemos venido ante el Señor para que Él colme nuestro corazón con su presencia, con su gracia, con su amor, con su Espíritu Santo. Su Palabra se ha pronunciado sobre nosotros como Palabra que no sólo es escuchada con amor, sino que es sembrada en nuestros corazones para que produzca frutos abundantes de buenas obras. La celebración del Memorial de la Muerte y Resurrección de Cristo nos hace entrar en comunión de vida con Aquel que nos ha amado hasta el extremo. Por eso hemos de iniciar un nuevo camino en el bien y no permitir que nuestro corazón se desvíe de Él, pues si esto llegara a suceder seríamos presa fácil de la maldad, de las cosas pasajeras y de nuestras pasiones desordenadas. Entonces no podríamos decir que tenemos por Dios al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, pues en su lugar nos habríamos fabricado ídolos.
Quienes participamos de la Eucaristía no podemos volver a nuestra vida ordinaria convertidos en unos malvados. Dios no sólo es adorado por nosotros en la Liturgia que celebramos; Él se hace huésped de nosotros viviendo en nuestros corazones como en un templo. Por eso no puede salir de nosotros la maldad, la destrucción ni la muerte. Quien se arrodilla ante Dios y vive como delincuente, o envenena a los demás con enervantes, o destruye la paz social, o despoja a los demás de lo que les pertenece, o pisotea sus derechos, no puede, en verdad, llamarse hijo de Dios. Estamos llamados a convertirnos en un signo del amor salvador de Dios para el mundo. Ese es el sentido de acudir al Señor, no sólo para darle culto, sino para que Él nos transforme y nos envíe para continuar su obra de salvación en el mundo.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, ser llenos de la Sabiduría de Dios para poder realizar nuestra vida, no conforme a nuestros pensamientos, muchas veces egoístas y pecaminosos, sino conforme a su Santísima Voluntad, de tal forma que podamos realizar siempre el bien en favor de nuestros hermanos. Amén (www.homiliacatolica.com).
Domingo 5º, ciclo C: no hemos de pensar que somos indignos y tener miedo, pues el amor de Dios nos hace dignos, y Jesús nos dice que no tengamos miedo
Domingo 5º, ciclo C: no hemos de pensar que somos indignos y tener miedo, pues el amor de Dios nos hace dignos, y Jesús nos dice que no tengamos miedo, que Él nos hace pescadores de hombres como a Pedro
Lectura del Profeta Isaías 6,1-2a. 3-8. El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Y vi serafines en pie junto a él. Y se gritaban uno a otro diciendo: -¡Santo, santo, santo, el Señor de los Ejércitos, la tierra está llena de su gloria! Y temblaban las jambas de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. Yo dije: -¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos. Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: -Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado. Entonces escuché la voz del Señor, que decía: -¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí? Contesté: -Aquí estoy, mándame.
Salmo 137,1-2a,2bc-3.4-5.7c-8. R/. Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti, me postraré hacia tu santuario.
Daré gracias a tu nombre por tu misericordia y tu lealtad. Cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma.
Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra, al escuchar el oráculo de tu boca; canten los caminos del Señor, porque la gloria del Señor es grande.
Extiendes tu brazo y tu derecha me salva. El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.
Primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 15,1-11. El texto entre [ ] puede omitirse por razón de brevedad.
Hermanos: [Os recuerdo el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado nuestra adhesión a la fe. Porque] lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los Apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.
[Porque soy el menor de los Apóstoles, y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.] Pues bien; tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.
Evangelio según San Lucas 5,1-11. En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: -Rema mar adentro y echad las redes para pescar. Simón contestó: -Maestro nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes. Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: -Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zedebeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: -No temas: desde ahora, serás pescador de hombres. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
Comentario: 1. Is 6,1-2a.3-8.-La muerte de Azarías (=Ozías) de Judá, el rey leproso, acaece el año 739 a. de C. Fue un largo reinado, más de cuarenta años, de prosperidad y seguridad. Con su muerte asistimos a la decadencia y ocaso de los reinos del N. y del S. La gran amenaza viene de Asiria: Tiglat-Pileser sube al trono de Asiria el año 745, conquista Damasco (732) y se proclama rey de Babilonia (729). El peligro es inminente: Salmanasar V, sucesor de Tiglat-Pileser, se apodera de Samaria (722), y Senaquerib invadirá Judá el año 701 a. de C.
Isaías es un excelente poeta que nos narra, con palabras muy precisas y de enorme contenido, su experiencia religiosa del primer encuentro con el Señor. Resulta muy difícil exponer en breves líneas el sentido profundo del texto. La visión es del año 739, año de la muerte de Ozías. El autor se halla, o al menos es transportado mediante la visión, al templo terrestre donde se halla el altar del incienso (vv 1.9; Ex 30,1s.; 1 Re 6,17). Isaías no nos describe la visión, sino que de forma muy escueta nos dice: "vi al Señor". Aquella rica experiencia interna debe expresarla con unos símbolos, los bíblicos, para que puedan entenderla sus oyentes y lectores. Así el humo (=nube; cfr. Ex 13,21; 40,34; 1 Re 8,10 s; Ex 10,4) que llena el templo (v 4) es un símbolo que expresa la presencia de Dios, sentado sobre un trono en actitud de rey (v 1; 1 Re 22,19). Que el Señor aparezca envuelto en un manto es imagen bíblica (Sal 104,1s), pero el profeta sólo ve su orla o parte inferior. Así, de forma velada, el autor nos dice que la parte superior ocupa el templo celeste (por eso usa los adjetivos "alto y excelso" aplicados al trono). Según Jn 12,41, esta orla es la gloria del Señor, término que, al igual que nube, nos indica manifestación de Dios.
La corte de este Rey está formada por serafines (su nombre indica relación con el fuego). Son seres alados que cubren su rostro y desnudez en señal de reverencia: como servidores, están de pie y con dos alas se ciernen para indicar prontitud a hacer lo ordenado por el Señor. En su canto (v 3) tres veces se repite el término "santo", práctica muy corriente en hebreo (cf Jr 7,4;22,29; Ez 21,32) para indicar de forma superlativa que Dios es santo y sólo santo (cf Is 1,4;5,16.19.24; 10,17.20; 12,6; 29,19...). Y a la vez se ansía que la gloria (=manifestación de la Majestad divina) invada toda la tierra. El gran coro produce una especie de terremoto en el templo.
-Vs. 5-8: reacción y purificación. Ante la santidad divina la reacción del profeta es reconocerse hombre de labios impuros, al igual que su pueblo; en esta condición no puede participar en el coro de serafines, no puede ejercer la labor de anunciar. Además, el miedo le invade porque sus ojos han visto al Señor y en consecuencia debe morir (Ex. 3, 20). Un serafín coge del altar sagrado un ascua y purifica los labios: desde entonces Isaías es apto para la misión de la palabra porque por este rito se le ha perdonado su pecado y su culpa. Y libre de obstáculos se ofrece, con prontitud, a la misión (v. 8).
Reflexiones. -¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?" (v.8). Todo el relato de vocación profética está orientado hacia el ministerio de la palabra, palabra que nos haga ver cómo la gloria o manifestación divina invade toda la tierra. La tarea no es nada fácil. Los hombres somos seres ciegos que ni siquiera palpamos esa presencia divina en nuestro mundo; más aún, con nuestro actuar hacemos que esa presencia resulte aún menos visible, menos comprensible. Nuestros odios, injusticias, desmanes, afán de poder bélico..., han convertido a nuestro planeta en un "iceberg" agrietado que se desliza por rumbos peligrosos. El profeta sale a nuestro encuentro, pero ¿con qué credenciales? Con su palabra. ¡Credencial insignificante! Por eso, la palabra profética será siempre arma de doble filo: salvación para el que crea y piedra de precipicio para el que endurezca su corazón. Por eso Isaías recibe esta misión; "...que sus ojos no vean, que sus oídos no oigan, que su corazón no entienda..." (vs. 9-10).
-A pesar de la dificultad de la misión profética, Isaías se muestra pronto a la llamada: "...aquí estoy, mándame". Buen ejemplo para imitar, pero no para imponer. También Jeremías y Moisés, con sus objeciones y reticencias, fueron grandes profetas, heraldos de la palabra profética (A. Gil Modrego)
El capítulo 6 contiene la narración sobre la vocación de Isaías, como es el caso del principio de otros libros proféticos (Jeremías, Ezequiel). Entre todas las descripciones de llamadas proféticas, la de Isaías es la más impresionante: la visión del rey Yahvé, rodeado de serafines, la purificación con el tizón encendido, la pregunta de Dios y la dispuesta contestación del profeta son de una belleza literaria incomparable.
La manifestación del que es santo, del que se eleva por encima de la mediocridad humana, descubre la pequeñez y el pecado del hombre. ¿Cómo puede un hombre de labios impuros hacerse eco de la gloria de Dios? ¿Cómo puede participar en su alabanza? ¿Cómo puede tomar en sus labios el santo nombre de Dios y su palabra? ¿Cómo puede llevar esa palabra a un pueblo que es también un pueblo de labios impuros? No es miedo alocado ni terror lo que invade al profeta; es el sentimiento radical del pecador ante la santidad transparente de Dios, que le hace incapaz de mantenerse en su presencia.
Ahora bien, Isaías se tranquiliza ante la revelación de un Dios que le purifica y le llena para hacer de él su enviado, para confiarle una misión: "Vete y di a ese pueblo...". El profeta, con disponibilidad total, salvará la distancia entre el Dios santo y su pueblo. Es esa disponibilidad lo que conservará la pureza de sus labios y lo que hará que la palabra de Dios llegue sin adulteraciones al pueblo que ha de escucharla (“Eucaristía 1989”).
El profeta se siente abrumado ante el enorme contraste entre su insignificancia e indignidad y la dignidad y grandeza de la misión que se le confía: anunciar con sus propios labios la palabra de Dios. Y es que resulta carga excesiva el que la palabra humana sea vehículo de la palabra de Dios. Este mismo es el riesgo y la osadía de todo el pueblo de Dios, a quien se le ha confiado la misión profética: que, siendo pecadores, tenemos que ser heraldos de la palabra del Santo.
El profeta se serena y cobra ánimos cuando sabe que es Dios mismo quien le purifica y capacita para la misión. También en el caso de Jeremías, el profeta se crece y supera dificultad para hablar, cuando sabe que es Dios quien habla y le envía. Jesús tranquilizará a sus discípulos con la promesa de su presencia: él será quien les diga lo que tienen que decir. Sólo es posible cargar con la responsabilidad de la misión profética, cuando el hombre está totalmente a disposición del Señor.
Con la misma disposición que María se someterá a los designios de Dios, ahora el profeta acepta voluntariamente la misión que se le encomienda: "Aquí estoy, mándame" (“Eucaristía 1974”).
¿Cuantos de nuestros fieles, al cantar el "Santo, santo, santo" del principio de la plegaria eucarística, saben que se unen al grito de los serafines del Templo? La conclusión del prefacio ha mencionado a los coros celestiales, pero ¿quién piensa en ellos? Los occidentales tendemos a pensar -suponiendo que haya suficiente fe- que en la liturgia Dios se hace presente en la tierra; los orientales, más fieles a la mentalidad bíblica, creen más bien que en la liturgia la Iglesia de la tierra se une a la del cielo. Nuestro Templo verdadero es la humanidad glorificada de Cristo, que está sentada a la derecha del Padre. Nuestras asambleas deben efectuar el salto necesario, empezando por reconocer la distancia infinita entre Dios y nosotros, salvada por el misterio de Cristo. Esta distancia, la visión de Isaías la expresa en términos de santidad-pecado, binomio que no debe entenderse tanto en sentido moral (Dios es bueno, nosotros malos) como en sentido ontológico. El Antiguo Testamento lo expresa como un terror sagrado: "¡Ay de mí!" (v.5;cf.la reacción de Pedro, en el evangelio de hoy: "Apártate de mí, Señor, que soy un pecador"). Hay un respeto para con Dios y para con lo que lo representa que es necesario mantener. El Dios de Isaías es "el Santo de Israel", incluso en aquello que Congar denomina "lo sagrado pedagógico": lugares, cosas, tiempos dedicados a facilitar nuestra relación con Dios. No es normal, como dice Charles Moellers, que haya quien trate a su Cadillac como si del arca de la alianza se tratara y en cambio entre en la Iglesia como si entrase en el garaje. Pero Dios -tanto el del Antiguo como el del Nuevo Testamento- cuando se aparece invita siempre a superar el temor inicial, convirtiéndolo en amor filial.
Comenzamos la Eucaristía proclamando la santidad de Dios, y la concluimos, antes de comulgar, "atreviéndonos a decirle" Padre nuestro.
Isaías asegura que "vio al Señor", pero el relato precisa que nada de lo que vio (el trono, el manto, los serafines, el humo) u oyó (el clamor angélico, el mensaje que recibe) no son el propio Dios, sino aquella manifestación indirecta que la Biblia llama "gloria". También nosotros,aunque ahora celebremos la Eucaristía de cara al pueblo, hayamos aproximado el altar a la nave y proclamemos la Palabra en la lengua de los fieles, no podemos pensar que ya lo vemos o lo comprendemos todo. La visión de Isaías hoy, y cada día el canto del "Santo", nos exhortan a dar, desde la liturgia y desde la vida, el salto de la fe (H. Raguer).
2. Sal 137. Este salmo proclama la "trascendencia" de Dios: "¡qué grande es tu gloria!" nada original, esto lo hacen todas las religiones auténticas. Toma tiempo dejarse invadir por este sentimiento de adoración que hace "prosternar", el rostro contra el polvo, como dice el salmo, hasta tomar conciencia de "ante quién estás".
Lo que es original, en la revelación que Dios hace de sí mismo a Israel es ante todo, que este Dios "trascendente" mira a los humildes con predilección. Prodigio de lo infinitamente grande, ante lo infinitamente pequeño. La grandeza de Dios no es aplastante, es la grandeza del amor, la "Hessed", sentimiento que llega hasta las entrañas. La palabra aparece dos veces en este salmo. Si es amor, Dios da la vida, Dios salva. Dios está contra todo lo que hace daño, su mano se abate contra los enemigos del hombre", su mano "protege al pobre rodeado de peligros"... ¡Que tu "mano", Señor, no deje incompleta su obra!
Finalmente este mensaje, esta "palabra" (aparece dos veces en este salmo) recibida gozosamente por Israel, y destinada un día a todos los hombres. "Te alabarán, todos los reyes de la tierra, cuando oigan las palabras de tu boca". Los reyes representan a su pueblo; a través de ellos, todos los pueblos darán gracias a Dios, en el día escatológico del Mesías. ¡Admirable visión universalista!
Nada cuesta poner este salmo en boca de Jesús. Repitamos una vez más, nunca lo diremos bastante, que Jesús "dijo" este salmo, dándole una dimensión de oración personal. La suya.
¡La gloria del Padre! "Santificado sea tu nombre, venga tu reino". "Padre, glorifica tu nombre". (Juan 12,28). "Que vuestra luz brille ante los hombres, para que viendo vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre que está en los cielos". (Mateo 5,16).
Acción de gracias. Sentimiento dominante del alma de Jesús, una especie de exultación sonora, íntima, que sin cesar, afloraba a sus labios: "te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes, y las revelaste a los pequeños" (Mt 11,25). Aun los milagros, a menudo, los hacía con una oración de alabanza: "tomó los siete panes y los peces, dio gracias, y los repartió..." (Mt 15,36). El instante cumbre de su vida, su "hora", como decía el mismo Jesús, fue una celebración de acción de gracias, que nos pidió repetir "en memoria suya": "tomó el pan, y después de dar gracias, lo partió diciendo: esto es mi cuerpo entregado por vosotros. Y con la copa hizo lo mismo después de la comida" (Lc 22,19-20).
El amor a los humildes, a los pequeños... Esta "mirada" divina que transforma las situaciones, desinflando a los orgullosos, y exaltando a los pequeños. Escuchamos, anticipadamente el canto de acción de gracias del Magníficat. Para Jesús, la "grandeza del Altísimo", lejos de ser un poder aterrador, era la seguridad llena de dulzura de que un amor todopoderoso se ocupa de esta creación hecha por El. "Ni un pajarillo cae a tierra sin que vuestro Padre celestial lo vea". Y continúa el salmo: "por excelso que sea el Señor, atiende al más humilde". Fórmulas como éstas, nos muestran hasta qué punto Jesús estaba familiarizado con el pensamiento de los salmos.
El redescubrimiento de la "adoración". Mientras más se manifiesta el mundo moderno como un mundo vacío de Dios y de sentido, hombres y mujeres experimentan por contraste el deseo de una gran "respiración" en "aquello que los supera": la opinión cada vez más frecuente de que el hombre es pequeño, de que la naturaleza y el cosmos son más grandes que nosotros. Esto ha sido siempre verdad. No es nada nuevo. Pero puede llevar al hombre contemporáneo hacia "el más allá de todo", Dios. Hay días en que estamos forzados a reconocer que "¡Dios es el más fuerte!" Y lo que llama la atención, como dice el salmo, es que nuestra derrota aparente, nuestra confesión, se convierten maravillosamente en acción de gracias. Porque el poder, la trascendencia de Dios es de amarnos con amor de "Hessed", de ternura hacia los más pequeños. Entonces, alegre, me rindo, me doy por vencido, y estoy feliz. ¡Adoro la prodigiosa grandeza de tu amor que supera todo!
El redescubrimiento del "amor"... Del amor de Dios para nosotros. Pensamos demasiado en los esfuerzos que tenemos que hacer para amar a Dios. ¡Dejémonos amar por El! ¡No sé si te amo, Señor, pero si de algo estoy seguro, es que Tú me amas! Y este amor, el tuyo, es eterno... Aun si el mío es voluble, pasajero, infiel. Para Ti, lo "dado" es dado. Lo "prometido, es prometido". "Te doy gracias por tu palabra". La fidelidad conyugal, los esfuerzos que muchas parejas tienen que hacer para mantenerla y acrecentarla, son gracia de Dios. ¡La fuente del amor es Dios! "Todo hombre que ama verdaderamente, conoce a Dios", nos dice San Juan (Jn 4,7-8). Hagamos la experiencia: somos amados de Dios, y "el otro-difícil-de-amar" ¡es también amado por Dios! Eso cambia todo. Nos preguntamos a veces cómo Jesús pudo decir: "amad a vuestros enemigos". Pues bien, meted en la cabeza y en el corazón que Dios, El, ama a vuestros enemigos. Entonces, si decís que amáis a Dios... sacad la conclusión.
El universalismo del proyecto de Dios. Que Israel, pueblo "escogido", haya podido, hace más de 20 siglos, pensar en una religión universal, en una inmensa "acción de gracias" que sube de todos los pueblos, da una idea de la verdad de su experiencia religiosa. Nosotros, creyentes de hoy, no pensamos a veces que nuestras "eucaristías" no son un pequeño culto de privilegiados, sino la inmensa proa de este navío que lleva hacia Dios la humanidad, ¡lo sepa ella o no! Las pobres eucaristías de nuestras grandes ciudades paganas... son la punta de lanza de la caravana humana. ¡Un día, "todos los reyes, todos los pueblos, celebrarán la acción de gracias" que es ya la nuestra por el amor y la verdad de Dios que se han revelado en Jesucristo muerto y resucitado por nosotros!
"¡No abandones Señor, la obra de tus manos!" Oración que debemos repetir, constantemente, en el mundo de hoy. Dios en acción, hoy. Y si mi oración no es perezosa... Yo también, Señor, en acción contigo. En "acción"... ¿para hacer qué? Para amar, porque "Dios es amor" (Noel Quesson).
¡No dejes por acabar la obra de tus manos! «El Señor llevará a cabo sus planes sobre mí. Señor, tu misericordia es eterna; no abandones la obra de tus manos». Palabras consoladoras, si las hay. «El Señor llevará a cabo sus planes sobre mí». Sé que tienes planes sobre mí, Señor, que has comenzado tu trabajo y que quieres llevar a feliz término lo que has comenzado. Eso me basta. Con eso descanso. Estoy en buenas manos. El trabajo ha comenzado. No quedará estancado a mitad de camino. Has prometido que lo acabarás. Gracias, Señor.
Tú mismo hablaste con reproche del hombre que comienza y no acaba: del labrador que mira hacia atrás a mitad del surco, del aparejador que deja la torre a medias, sin acabar de construir. Eso quiere decir que tú, Señor, no eres así. Tú trazas el surco hasta el final, acabas la torre, llevas a buen fin tu trabajo. Yo soy tu trabajo. Tus manos me han hecho, y tu gracia me ha traído adonde estoy. No eludas tu responsabilidad, Señor. No me dejes en la estacada. No repudies tu trabajo. Se trata de tu propia reputación, Señor. Que nadie, al verme a mí, pueda decir de ti: «Comenzó a construir y no pudo acabar». Lleva a feliz término lo que en mí has comenzado, Señor.
Tú me has dado los deseos; dame ahora la ejecución de esos deseos. Tú me invitaste a hacer los votos; dame ahora fuerza para cumplirlos. Tú me llamaste para que me pusiera en camino hacia ti; dame ahora determinación para llegar. ¿Por qué me llamaste, si luego no ibas a continuar llamándome? ¿Por qué me hiciste salir, si no tenías intención de hacerme llegar? ¿Por qué me diste la mano, si luego me ibas a soltar a mitad de camino? Eso no se hace, Señor...
Estoy en pleno trajinar, y siento la dificultad, el cansancio, la duda. Por eso me consuela pensar en la seriedad de tus palabras y la solidez de tu promesa. «El Señor llevará a cabo sus planes sobre mí». Esa declaración me da esperanza cuando me fallan las fuerzas, y ánimo cuando se acobarda mi fe. Yo puedo fallar, pero tú no. Tú te has comprometido en mi causa. Y tú cumples tu promesa hasta el final.
Permíteme expresar mi fe en una oración, mi propia convicción en una humilde plegaria, con las palabras que tú me has dado y que me deleitan al pronunciarlas: «¡Señor, no dejes por acabar la obra de tus manos!» (Carlos G. Vallés).
3. 1 Co 15,1-11. Este texto es central en el anuncio paulino en particular y cristiano en general. La ocasión de exponer su tema central es que -parece- en Corinto existía un grupo que negaba la resurrección de los cristianos. No la de Cristo, pero sí la de los hombres. Las razones quizá no eran por puro materialismo, sino por lo contrario: creerse ya resucitados por el bautismo. Pero eso es menos importante. Pablo quiere hacerles ver que es imposible que se confiese, se crea en la Resurrección del Señor y no creer también en la propia. Inicialmente recuerda el Evangelio predicado por él, que ciertamente tenía como punto central la proclamación de la Resurrección de Cristo. Naturalmente, al decir que este Evangelio salva, si se permanece en él. Pablo no piensa en una aceptación meramente intelectual, sino que comprenda toda la vida (vs. 1-2), la cabeza, el corazón y las manos. Recuerda luego (vs. 3-6) una confesión tradicional. Probablemente es fórmula no suya, sino de la tradición. Con lo cual nos remontamos todavía más cerca de los acontecimientos pascuales. Da también la primera lista, cronológicamente hablando, de los testigos de la Resurrección. Testigos oficiales por así decir que proclaman cómo el Crucificado vive actualmente y ellos mismos lo han experimentado. También se menciona a sí mismo (vs. 8-11) sin solución de continuidad. Es un testimonio directo de su propia experiencia del Señor Jesús glorioso y resucitado. Hace algunas observaciones interesantes sobre sí mismo, en las que reconoce la gracia recibida y su propia respuesta a esa gracia. Lo principal es el testimonio de la Resurrección de Cristo. No se insiste mucho en ella porque el anuncio inicial ya era el punto más importante. Pero se nos recuerda. Tenemos en estos versículos el texto más antiguo que habla de ese suceso central para nuestra fe. Pablo saca a continuación la conclusión apuntada más arriba: si Cristo ha resucitado, también nosotros. Pero esto no forma parte de la lectura de hoy (F. Pastor).
Situada entre los mares Adriático y Egeo, en la ruta comercial de oriente a occidente, capital de la provincia romana de Acaya, Corinto se había convertido en la ciudad más brillante del imperio, propicia a los negocios y a la vida alegre. Tenía dos puertos. Su población se componía, sobre todo, de colonos italianos. Los griegos volvieron poco a poco, y había también gran afluencia de orientales. Corinto era un mosaico de gentes y mentalidades distintas. Esta circunstancia facilitaba la disgregación, las rivalidades y la relativización de todo y de todos.
La comunidad cristiana de Corinto no era excepción a la regla. En ella se da toda la anterior problemática: elitismos, separatismos, fanatismos. En este fragmento, Pablo sale al paso de la tendencia relativizadora de todo y de todos, recordando lo que está por encima de todo partidismo o ideología: la buena noticia de la muerte y resurrección de Jesús. Porque éste es el acontecimiento único que hace feliz a la humanidad: un hombre ha resucitado y nos resucitará a nosotros. Este es el corazón del mensaje cristiano (“Eucaristía 1989”).
Después de abordar una serie de cuestiones prácticas para la convivencia comunitaria y de cuestiones morales para la vida cristiana en general. Pablo vuelve a lo que es principio y fundamento de la fe con todas sus exigencias o deberes. No quiere terminar su carta sin recordarles el Evangelio que les predicó y que ellos aceptaron, el Evangelio que es lo único que puede salvarles si es que no lo han olvidado. Porque tiene sus dudas al respecto, ya que algunos niegan la resurrección de los muertos (v.12).
El Evangelio no es propiamente una doctrina, sino el anuncio de un hecho de salvación. Su contenido es, ante todo, el mensaje apostólico de la resurrección del Señor. Su forma es la tradición viva. Pablo se presenta como testigo de esa tradición que viene de los Apóstoles, de los que vieron y oyeron. El transmite lo que ha recibido. Cuando él comienza a predicar, la tradición ya está en marcha. El empalma con ella en Antioquía, de esta iglesia recibe la tradición formulada en un símbolo (vv. 3-5) y como enviado de esta iglesia la difunde entre los gentiles. Pero la proclamación del Evangelio no es sólo la difusión de una noticia, sino también la difusión del Espíritu con cuya fuerza se proclama. Por eso es una tradición viva y vivificante.
Aunque Pablo no pertenece ya a la generación de los Doce, se considera apóstol por excepción. Pues ha tenido también su "experiencia" del Señor resucitado. Su caso excepcional es como un nacimiento fuera de tiempo, como un aborto. Por eso Pablo no puede predicar el Evangelio sólo desde su experiencia, sino ateniéndose también al testimonio de los mayores, de las columnas de la iglesia, transmitiendo lo que ha recibido con fidelidad (“Eucaristía 1986”).
La antigua ciudad de Corinto era célebre en su época; y lo era, entre otras cosas, por la corrupción moral que en ella se había llegado a desarrollar. En ella había un templo dedicado a la diosa Afrodita, en el que más de mil muchachas se dedicaban a la prostitución cultual.
En el terreno religioso, la ciudad se caracterizaba por un gran sincretismo; el terreno de lo social, por un marcado contraste entre situaciones de riqueza desmedida y miseria absoluta.
No hubo ninguna comunidad que crease a Pablo tantos quebraderos de cabeza como ésta, y por lo mismo fue con ella con la que mantuvo una relación intensa y rica. Pablo conocedor del ambiente que se vivía en Corinto, estaba bien informado de la vida de esta comunidad y de sus problemas; las informaciones que le llegaban eran preocupantes; abusos litúrgicos, uso de los tribunales paganos para dirimir las diferencias entre los hermanos, graves confusiones en lo referente a la resurrección, que algunos negaban, etc.
Con todo, San Pablo escribió esta primera carta (al menos la primera que conservamos, y de la que la liturgia de hoy nos trae un fragmento) en Éfeso, se calcula que hacia la primavera del año 57, para responder a una serie de preguntas que la comunidad le había planteado. En ella podemos encontrar tres partes: una primera dedicada a la corrección de las desviaciones (capítulos 1 al 6); una segunda dedicada a responder las preguntas que le habían planteado (7 al 10); y una tercera dedicada a dar instrucciones sobre las asambleas litúrgica y a aclarar las ideas sobre la resurrección (11 al 15).
En este último capítulo San Pablo expresa una serie de ideas que para él son de capital importancia; en realidad no se trata de simples ideas; ni tampoco es una cuestión de práctica o de conducta: es lo decisivo, lo fundamental en la fe y en la vida de San Pablo y de todo aquel que quiera ser discípulo de Jesús.
Así que San Pablo les recuerda algo que ya les ha anunciado; les recuerda el punto central de su fe: Jesucristo ha resucitado, y también nosotros resucitaremos.
Como aquella comunidad de Corinto, también nosotros necesitamos que se nos recuerde el Evangelio que se nos ha anunciado; a veces incluso necesitamos que se nos anuncie, porque nuestro olvido se ha vuelto deformación, y hemos puesto el acento de nuestra fe en cualquier cosa menos en lo que es realmente central: la resurrección de Jesucristo. Hay muchos cristianos convencidos de que lo fundamental es ir a misa los domingos, o confesarse con escrúpulo neurótico de los más mínimos detalles de sus pensamientos en materia sexual, o no saltarse ni una coma de las rúbricas de los ritos litúrgicos, o la novena al santo de su devoción, o la romería y la procesión a la ermita de su pueblo...
Hemos repartido nuestra atención entre demasiadas cosas y no hemos sabido jerarquizarlas adecuadamente.
Las mismas palabras que San Pablo dirigía a los Corintios para recordarles el Evangelio que les anunció nos sirven hoy a nosotros, en nuestras circunstancias. Y esas palabras de Pablo nos hablan de lo esencial en nuestra fe: la vida, la gratuidad y el amor.
La vida de Jesucristo, que ha resucitado; hay muchos testigos de esa resurrección; en aquellos momentos lo era, principalmente, los apóstoles, entre lo cuales se cuenta él mismo, y los hermanos; hoy día nosotros somos esos testigos; pero es evidente que, para ello, lo primero es tener la experiencia de que Cristo ha resucitado y vive, pues de lo contrario, ¿cómo vamos a ser testigos de algo que no conocemos? Y esa vida es como un ofrecimiento que se nos hace también a nosotros. Era lo que pretendía San Pablo: que tuviesen fe en su propia resurrección, y que la tuviesen porque Jesucristo había resucitado.
La gratuidad: "por la gracia de Dios soy lo que soy, y lo que he trabajado no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo"; otro buen recuerdo, otra buena lección para tanto orgullo y tanta autosuficiencia, para tanta eminencia y tanta pompa. Agradecer todo lo que gratuitamente nos da Dios; reconocer que todo lo que somos y tenemos nos viene de El; compartir nuestras riquezas, del tipo que sean, con los demás, pues para eso nos las ha dado; quien más tiene, más ha de compartir, más ha de servir; la presunción sólo es posible en ignorantes que no conocen por qué ni para qué son lo que son y tienen lo que tienen. Y, desde luego, renunciar a la presunción de poseer la exclusiva de Dios, como si se tratase de un objeto del que presumir ante las visitas; el mismo Jesús nos enseñó a decir al terminar nuestra tarea que "somos siervos inútiles".
Y todo esto por amor, por el amor que Dios nos tiene y por el amor que nosotros debemos tenerle y tenernos. Por amor nos da la vida, por amor nos regala el triunfo sobre la muerte, por su amor nos es posible todo lo que para nosotros era imposible. Reconozcámoslo: son tres cosas de las que no andamos muy sobrados en nuestro tiempo y en nuestra historia: la vida, la gratuidad, el amor. Florecen y abundan en nuestro tiempo la muerte en mil y una formas, los intereses que mueven a los hombre en casi todas sus actividades, el egoísmo que nos pone a cada uno por encima de todo y de todos. Pero Pablo ha dejado su palabra escrita que, a través de los siglos, nos llega en sus cartas, y también nos recuerda hoy a nosotros el Evangelio en el que estamos fundados y que nos salva, si es que conservamos el Evangelio que la Iglesia nos proclama: de lo contrario, también nosotros, como los cristianos de Corinto, podríamos estar malgastando nuestra adhesión a la fe (Luis Gracieta).
El tema de la resurrección creaba dificultades a los corintios. Sería ingenuo pensar que tales dificultades han dejado de existir para el hombre moderno y para el cristiano de nuestros días. Se podría decir que la dificultad de aceptar la resurrección personal es proporcional a la de aceptar la muerte, y es evidente que una de las grandes inhibiciones colectivas de nuestro mundo, tecnificado y aburguesado, es no contar con la muerte en la perspectiva de la existencia humana. Tal inhibición, si se da, constituye un obstáculo insuperable para poseer una visión coherente y acabada que dé sentido al mundo y al hombre.
La respuesta de Pablo consiste en repetir a los corintios el anuncio de la «buena noticia», en este caso una tradición de la Iglesia ya formulada y anterior sin duda a la predicación del Apóstol. Es difícil precisar hasta dónde llega la fórmula litúrgica de este símbolo de fe; pero, por su forma rimada, es seguro que incluía los tres versículos referentes a la muerte y resurrección de Cristo. Si la sepultura y la mención de los tres días corroboran la historicidad de la muerte, las apariciones corroboran la resurrección (5-8).
La respuesta de Pablo tiene implicaciones importantes. La resurrección sólo es comprensible cuando se acepta plenamente el hecho de la muerte. Cristo no habría resucitado verdaderamente si no hubiera muerto realmente. De igual modo, los cristianos sólo llegan a comprender el verdadero sentido de su resurrección en la medida en que aceptan morir en lo que tienen de hombre viejo. De la novedad de vida que implica la resurrección sólo puede hablar el que ha experimentado voluntariamente la muerte de todo lo que estructura al hombre carnal.
Pero el texto va más lejos. Nadie puede creer en la resurrección de Cristo si no cree también en la resurrección de los hombres (13). Pablo se niega categóricamente a reducir la esperanza cristiana a la moralidad de la vida y a la fe en un hecho histórico singular (19). Eso sería una ilusión vana. Creer es aceptar que la Iglesia es el cuerpo de Cristo y que lo que es ya una realidad para la cabeza lo será también para todos los miembros (A. R. Sastre).
4. Resuena explícita la Palabra de Dios a través de Jesús. Sacad la barca lago adentro y echad vuestras redes para la pesca. Pedro replica constatando lo descabellado, absurdo incluso, de la propuesta de Jesús. La pesca tiene sus horas propicias, fuera de las cuales es inútil intentarlo. Pero, puesto que tú lo dices, echaré las redes. Es decir, la Palabra de Jesús adquiere para Pedro rango de valor superior a la lógica de la situación. Pedro acoge, hace suya esa Palabra. Se fia más de ella que de la lógica de la situación. Los dos versículos siguientes, 6-7, reflejan el resultado de la acogida de la Palabra de Jesús. Un resultado imprevisible, impensable incluso, desde la lógica de la situación previa. La escena recuerda la de María e Isabel y las palabras de ésta: ¡Dichosa tú, que has creído que se cumpliría lo que te había dicho el Señor! (Lc. 1,45).
La escena final tipifica la reacción de Pedro en términos que recuerdan lo escuchado en la primera lectura de Isaías. Es la reacción humana ante lo imprevisible-impensable desde la lógica de la situación previa. Asombro, pasmo, temor, autocuestionamiento de la propia persona que se experimenta a sí misma como indigna, poca cosa. Señor, apártate de mí, que soy un pecador. Pero la Palabra de Jesús disipa temores e introduce al que se ha fiado de ella en una novedad de vida. Una vez más la escena nos lleva a Isabel y María en Lc. 1,26-56 y a las palabras, en este caso, de María: Desde ahora, todos me llamarán feliz, pues ha hecho maravillas conmigo Aquél que es todopoderoso (Lc. 1, 48-49).
Resumiendo: En su línea de profundizar en la instrucción cristiana, Lucas ha elaborado un relato cuyo tema central es la Palabra de Dios o, que para él es lo mismo, la Palabra de Jesús.
Una Palabra desconcertante, absurda incluso, si se mide desde el pragmatismo y la lógica de las situaciones. Pero una Palabra de maravillosas consecuencias inéditas, si se acoge y acepta con confianza. A su vez, la vida del que se ha fiado de la Palabra de Jesús entra en una dinámica nueva. Nos hallamos ante un relato gráfico de invitación a aceptar la Palabra de Jesús.
Comentario. Lucas incide en una temática que ya había desarrollado ampliamente en Lc1,26-56, y que comentábamos con ocasión del cuarto domingo de adviento. Frente a la lógica de la situación, del pragmatismo y del realismo, nos invita a hacer nuestra la Palabra de Jesús.
Fiarse de esa Palabra hace posible que acontezca lo impensable o, lo que es lo mismo, la utopía, la cual jamás será posible desde la lógica del pragmatismo. Fiarse de la Palabra de Jesús introduce además a la persona que lo hace en una dinámica nueva para sí mismo y para los demás. A sí mismo lo limpia de jactancias más o menos inconfesadas, por lo general más bien inconfesadas o no conscientes. Para los demás es una referencia de ilusión y de esperanza (A. Benito).
Lucas agrupa en este pasaje tres acontecimienos distintos, sacrificando un orden cronológico en aras de un orden pedagógico.
La predicación de Jesús, el milagro de la pesca y la decisión de abandonarlo todo para seguir al Maestro, marcan tres momentos psicológicos en el proceso de la vocación de los apóstoles. La "señal" o el milagro refuerza las palabras de Jesús y aumenta su credibilidad ante los que van a ser sus discípulos en adelante.
La invitación a internarse en alta mar conlleva el riesgo a afrontar los temporales tan frecuentes como inesperados en el lago de Tiberiades o de Genesaret. Toda la tradición exegética se ha recreado glosando este pasaje, interpretando la barca de Pedro como figura de la iglesia de Cristo. En este sentido resultan sugerentes las palabras de Jesús: "Rema mar adentro y echa las redes para pescar". El riesgo de la pesca de altura, en medio del temporal, viene compensado por la abundancia de la pesca. Así le ocurre a la iglesia cuando anuncia el evangelio donde están los conflictos, cuando lleva la palabra de Dios a los problemas concretos y no se queda en vaguedades y en abstracciones que no significan nada y no comprometen a nadie.
Pedro conocía bien su oficio, sabía que la noche y no el mediodía era el tiempo propicio para la pesca. Con todo se fia más de la palabra del Maestro que de su propia experiencia.
Dios se manifiesta en un prodigio inesperado. Ante este milagro Pedro, lo mismo que Isaías ante la revelación de Dios, se siente sobrecogido y descubre su propia indignidad. Lucas hace notar que los compañeros de Pedro participan de los mismos sentimientos de temor y de asombro ante el milagro. Pero las palabras de Jesús confortan a Pedro y le capacitan para la misión que ha de recibir. Pedro y sus compañeros, seguros en el que los envía, podrán aceptar responsablemente la vocación de ser en adelante "pescadores de hombres". Esto no debe entenderse en un sentido proselitista, de "echar el gancho" o de servirse de tretas para que la gente "pique". Echar las redes tiene aquí el sentido de sembrar o de anunciar generosamente la palabra de Dios, confiando en la virtud de esta palabra y en Dios que es el que da el incremento y la cosecha (“Eucaristía 1986”).
Se comprende mejor la importancia del episodio de la pesca milagrosa si se tiene en cuenta que el judío considera el agua, sobre todo el mar, como morada de Satanás y de las fuerzas contrarias a Dios. Hasta la venida del Salvador, nada podía hacerse -salvo un milagro del tipo del del mar Rojo- para salvar a quienes la mar enemiga engullía; pero desde que Él está aquí, se pueden pescar hombres en abundancia y sustraerlos a las garras del imperio del mal. Ese es, por otro lado, el sentido profundo de la bajada a los infiernos (inferi=aguas inferiores) en 1P 3,19, en donde Cristo desciende precisamente para salvar a quienes habían sucumbido bajo las aguas del diluvio. Ser pescadores de hombres es, pues, participar en esa empresa de salvamento de todos cuantos se han visto absorbidos por el mal; ya Jr 16, 15-16a preveía esa función.
San Lucas considera, pues, a la Iglesia como la institución encargada de salvar a la humanidad de la sumersión que la amenaza. Para garantizar la realización de esa misión hay hombres encargados de una misión apostólica particular dentro de esa Iglesia. Pero sólo a Cristo le deben las fuerzas con que cuentan para llevar a buen término su "pesca" y el ardor que ponen en conseguirlo.
El misionero será un pescador de hombres en la medida en que salve seres humanos mediante la administración del bautismo. El cristiano será pescador de hombres en la medida en que multiplique a su alrededor las conversiones e introduzca en la Iglesia a muchas almas. Este concepto individualista no corresponde quizá del todo con la manera de pensar de Lucas y ni siquiera con la mentalidad moderna. Bajo apariencias místicas, el relato de la pesca milagrosa parece tener otro alcance: la humanidad es presa de potencias que la absorben y la anegan; Cristo se reserva a Sí y a sus discípulos una misión liberadora que frene y contrarrestre ese deslizamiento hacia la catástrofe.
El caso es que la humanidad actual se mueve en la cuerda floja y bastaría muy poca cosa para que se hundiese a sí misma sin necesidad de otras fuerzas demoníacas que su propio egoísmo y su afán de poder. Ser pescador de hombres consiste, por tanto, hoy, en participar en todas las empresas que quieren evitarle al hombre esa perdición y colaborar, mediante una mayor igualdad, una paz más estable y una mayor posibilidad para los humildes de promoverse a sí mismos, a sacar a la humanidad del océano que la sumerge. Dejarla fuera de estos movimientos es condenar a la Iglesia a no revelar su identidad y su misión entre los hombres (Maertens-Frisque).
El evangelio de hoy es la expresión gráfica de lo que la solemnidad litúrgica obra. Estamos en torno al altar, lo mismo que los discípulos se congregaban en torno a Cristo, fatigados por inútiles trabajos: "Toda la noche hemos estado fatigándonos y nada hemos cogido". Podemos decir también nosotros: "Hemos trabajado toda la semana al servicio del Señor y ¿qué hemos conseguido? ¿Qué podemos presentar a Cristo? Mas, ahora está El entre nosotros; le tenemos presente en la palabra del Evangelio, en su cuerpo sacrificado, en la sangre de su sacrificio. El es la víctima por nuestros pecados y "su debilidad -en la cruz- constituye nuestra fortaleza" (S. Agustín). Al verlo, nuestra fe se aviva y el amor vuelve a tomar con alegría el peso de la vida. Sí; Cristo está aquí, está en nosotros por el santo sacrificio y el banquete eucarístico. ¿A quién temeremos? Nos eleva El del orden natural del ser, incapaz de redimirse a sí mismo, hasta el orden sobrenatural, puro y libre, de la gracia.
"No temas, dice a su Iglesia, de hoy en adelante serás pescador de hombres". No temas, por más que tus miembros sean hombres mortales, débiles e inclinados al pecado. ¡No temas! Mientras te parece que te esfuerzas en vano para santificar a tus hijos, Yo estoy contigo, como Salvador de mi propio cuerpo. Sano a mis miembros, vengo constantemente y me hago presente en ti por el misterio de la celebración del santo sacrificio. "Guía mar adentro"; echa tu red en las profundidades de la fe y de los misterios; reúne a tus hijos alrededor del altar. Cuando estén en mi presencia, llenos de amor y de abandono, vendré y los santificaré; realizaré en ellos lo que ellos no pueden verificar a pesar de sus redobles esfuerzos.
Debes esperarlo todo de mí. Si has trabajado en vano toda la noche, me presentaré ante ti a la madrugada y en un momento haré cuanto necesitas y te conseguiré la salvación tan ansiada. Bueno es que tengas conciencia de tu debilidad; así crece tu fe en mi poder. ¡No temas, Iglesia mía! ¡Pide sin cesar mi presencia! ¡Llámame! No te hace falta nada más; de lo demás me ocupo yo. Duc in altum, "guía mar adentro", penetra profundamente en la fe y busca tu salvación en el divino abismo del misterio. Incluso cuando creas trabajar sin ningún resultado durante todo el curso de tu existencia terrena, aun cuando veas a los tuyos sumidos en la flaqueza del pecado, por más que el mundo se levante contra ti y haga de ti mofa diciendo: "¿Dónde está tu Dios?", aunque te veas impotente para atraer a ti los que se han alejado... ¡no temas! ¡no temas en ningún caso! Me verás, es cosa cierta, en la aurora de la eternidad y tu red entonces estará llena hasta rebosar.
Ya hoy, al finalizar la solemnidad litúrgica puedes hechar una mirada a tu red. ¿Está, quizá, vacía? No; está llena. Deo gratias!, respondemos nosotros. Nuestra red está llena, sí, pues dentro de ella se encuentra un gran pez, el Ichthys, Jesucristo (estas palabra griega signifia "Pez". Las letras que la componen son las iniciales, en griego también, de la frase: Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador. Por esto entre los antiguos cristianos el pez era el símbolo de Cristo). Le hemos recibido en el banquete eucarístico y se ha convertido en nuestro alimento. Alimenta la paciencia de su Iglesia, a fin de que bajo el yugo, pero esperando, pase por encima de los "dolores de este tiempo" al encuentro de la "gloria venidera" (Emiliana Löhr).
"El Concilio, con el propósito de intensificar el dinamismo apostólico del pueblo de Dios, se dirige solícitamente a los cristianos seglares, cuya función específica y absolutamente necesaria en la misión de la Iglesia ha recordado ya en otros documentos... Las circunstancias actuales piden un apostolado seglar mucho más intenso y amplio. Porque el diario incremento demográfico, el progreso científico y técnico y la intensificación de las relaciones humanas no sólo han ampliado inmensamente los campos del apostolado de los seglares, en su mayor parte abiertos sólo a estos, sino que, además, han provocado nuevos problemas, que exigen atención despierta y preocupación diligente por parte del seglar. La urgencia de este apostolado es hoy mucho mayor, porque ha aumentado, como es justo, la autonomía de muchos sectores de la vida humana, a veces con cierta independencia del orden ético y religioso y con grave peligro de la vida cristiana".
Nos reunimos en la iglesia y en la eucaristía para dispersarnos en el mundo y por la vida. Aquí nos llenamos de la palabra de Dios, para repartirla luego como heraldos del evangelio. En la eucaristía nos llenamos del Espíritu de Jesús, compartiendo su cuerpo y sangre, para luego ser testigos de su amor, compartiendo el pan y la justicia. Somos apóstoles, es decir, enviados para una misión. Para eso hemos sido bautizados.
Por eso nos reunimos a celebrar la eucaristía y salir a cumplir nuestra misión de predicar el evangelio (“Eucaristía 1989”).
Lectura del Profeta Isaías 6,1-2a. 3-8. El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Y vi serafines en pie junto a él. Y se gritaban uno a otro diciendo: -¡Santo, santo, santo, el Señor de los Ejércitos, la tierra está llena de su gloria! Y temblaban las jambas de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. Yo dije: -¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos. Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: -Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado. Entonces escuché la voz del Señor, que decía: -¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí? Contesté: -Aquí estoy, mándame.
Salmo 137,1-2a,2bc-3.4-5.7c-8. R/. Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti, me postraré hacia tu santuario.
Daré gracias a tu nombre por tu misericordia y tu lealtad. Cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma.
Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra, al escuchar el oráculo de tu boca; canten los caminos del Señor, porque la gloria del Señor es grande.
Extiendes tu brazo y tu derecha me salva. El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.
Primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 15,1-11. El texto entre [ ] puede omitirse por razón de brevedad.
Hermanos: [Os recuerdo el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado nuestra adhesión a la fe. Porque] lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los Apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.
[Porque soy el menor de los Apóstoles, y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.] Pues bien; tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.
Evangelio según San Lucas 5,1-11. En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: -Rema mar adentro y echad las redes para pescar. Simón contestó: -Maestro nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes. Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: -Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zedebeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: -No temas: desde ahora, serás pescador de hombres. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
Comentario: 1. Is 6,1-2a.3-8.-La muerte de Azarías (=Ozías) de Judá, el rey leproso, acaece el año 739 a. de C. Fue un largo reinado, más de cuarenta años, de prosperidad y seguridad. Con su muerte asistimos a la decadencia y ocaso de los reinos del N. y del S. La gran amenaza viene de Asiria: Tiglat-Pileser sube al trono de Asiria el año 745, conquista Damasco (732) y se proclama rey de Babilonia (729). El peligro es inminente: Salmanasar V, sucesor de Tiglat-Pileser, se apodera de Samaria (722), y Senaquerib invadirá Judá el año 701 a. de C.
Isaías es un excelente poeta que nos narra, con palabras muy precisas y de enorme contenido, su experiencia religiosa del primer encuentro con el Señor. Resulta muy difícil exponer en breves líneas el sentido profundo del texto. La visión es del año 739, año de la muerte de Ozías. El autor se halla, o al menos es transportado mediante la visión, al templo terrestre donde se halla el altar del incienso (vv 1.9; Ex 30,1s.; 1 Re 6,17). Isaías no nos describe la visión, sino que de forma muy escueta nos dice: "vi al Señor". Aquella rica experiencia interna debe expresarla con unos símbolos, los bíblicos, para que puedan entenderla sus oyentes y lectores. Así el humo (=nube; cfr. Ex 13,21; 40,34; 1 Re 8,10 s; Ex 10,4) que llena el templo (v 4) es un símbolo que expresa la presencia de Dios, sentado sobre un trono en actitud de rey (v 1; 1 Re 22,19). Que el Señor aparezca envuelto en un manto es imagen bíblica (Sal 104,1s), pero el profeta sólo ve su orla o parte inferior. Así, de forma velada, el autor nos dice que la parte superior ocupa el templo celeste (por eso usa los adjetivos "alto y excelso" aplicados al trono). Según Jn 12,41, esta orla es la gloria del Señor, término que, al igual que nube, nos indica manifestación de Dios.
La corte de este Rey está formada por serafines (su nombre indica relación con el fuego). Son seres alados que cubren su rostro y desnudez en señal de reverencia: como servidores, están de pie y con dos alas se ciernen para indicar prontitud a hacer lo ordenado por el Señor. En su canto (v 3) tres veces se repite el término "santo", práctica muy corriente en hebreo (cf Jr 7,4;22,29; Ez 21,32) para indicar de forma superlativa que Dios es santo y sólo santo (cf Is 1,4;5,16.19.24; 10,17.20; 12,6; 29,19...). Y a la vez se ansía que la gloria (=manifestación de la Majestad divina) invada toda la tierra. El gran coro produce una especie de terremoto en el templo.
-Vs. 5-8: reacción y purificación. Ante la santidad divina la reacción del profeta es reconocerse hombre de labios impuros, al igual que su pueblo; en esta condición no puede participar en el coro de serafines, no puede ejercer la labor de anunciar. Además, el miedo le invade porque sus ojos han visto al Señor y en consecuencia debe morir (Ex. 3, 20). Un serafín coge del altar sagrado un ascua y purifica los labios: desde entonces Isaías es apto para la misión de la palabra porque por este rito se le ha perdonado su pecado y su culpa. Y libre de obstáculos se ofrece, con prontitud, a la misión (v. 8).
Reflexiones. -¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?" (v.8). Todo el relato de vocación profética está orientado hacia el ministerio de la palabra, palabra que nos haga ver cómo la gloria o manifestación divina invade toda la tierra. La tarea no es nada fácil. Los hombres somos seres ciegos que ni siquiera palpamos esa presencia divina en nuestro mundo; más aún, con nuestro actuar hacemos que esa presencia resulte aún menos visible, menos comprensible. Nuestros odios, injusticias, desmanes, afán de poder bélico..., han convertido a nuestro planeta en un "iceberg" agrietado que se desliza por rumbos peligrosos. El profeta sale a nuestro encuentro, pero ¿con qué credenciales? Con su palabra. ¡Credencial insignificante! Por eso, la palabra profética será siempre arma de doble filo: salvación para el que crea y piedra de precipicio para el que endurezca su corazón. Por eso Isaías recibe esta misión; "...que sus ojos no vean, que sus oídos no oigan, que su corazón no entienda..." (vs. 9-10).
-A pesar de la dificultad de la misión profética, Isaías se muestra pronto a la llamada: "...aquí estoy, mándame". Buen ejemplo para imitar, pero no para imponer. También Jeremías y Moisés, con sus objeciones y reticencias, fueron grandes profetas, heraldos de la palabra profética (A. Gil Modrego)
El capítulo 6 contiene la narración sobre la vocación de Isaías, como es el caso del principio de otros libros proféticos (Jeremías, Ezequiel). Entre todas las descripciones de llamadas proféticas, la de Isaías es la más impresionante: la visión del rey Yahvé, rodeado de serafines, la purificación con el tizón encendido, la pregunta de Dios y la dispuesta contestación del profeta son de una belleza literaria incomparable.
La manifestación del que es santo, del que se eleva por encima de la mediocridad humana, descubre la pequeñez y el pecado del hombre. ¿Cómo puede un hombre de labios impuros hacerse eco de la gloria de Dios? ¿Cómo puede participar en su alabanza? ¿Cómo puede tomar en sus labios el santo nombre de Dios y su palabra? ¿Cómo puede llevar esa palabra a un pueblo que es también un pueblo de labios impuros? No es miedo alocado ni terror lo que invade al profeta; es el sentimiento radical del pecador ante la santidad transparente de Dios, que le hace incapaz de mantenerse en su presencia.
Ahora bien, Isaías se tranquiliza ante la revelación de un Dios que le purifica y le llena para hacer de él su enviado, para confiarle una misión: "Vete y di a ese pueblo...". El profeta, con disponibilidad total, salvará la distancia entre el Dios santo y su pueblo. Es esa disponibilidad lo que conservará la pureza de sus labios y lo que hará que la palabra de Dios llegue sin adulteraciones al pueblo que ha de escucharla (“Eucaristía 1989”).
El profeta se siente abrumado ante el enorme contraste entre su insignificancia e indignidad y la dignidad y grandeza de la misión que se le confía: anunciar con sus propios labios la palabra de Dios. Y es que resulta carga excesiva el que la palabra humana sea vehículo de la palabra de Dios. Este mismo es el riesgo y la osadía de todo el pueblo de Dios, a quien se le ha confiado la misión profética: que, siendo pecadores, tenemos que ser heraldos de la palabra del Santo.
El profeta se serena y cobra ánimos cuando sabe que es Dios mismo quien le purifica y capacita para la misión. También en el caso de Jeremías, el profeta se crece y supera dificultad para hablar, cuando sabe que es Dios quien habla y le envía. Jesús tranquilizará a sus discípulos con la promesa de su presencia: él será quien les diga lo que tienen que decir. Sólo es posible cargar con la responsabilidad de la misión profética, cuando el hombre está totalmente a disposición del Señor.
Con la misma disposición que María se someterá a los designios de Dios, ahora el profeta acepta voluntariamente la misión que se le encomienda: "Aquí estoy, mándame" (“Eucaristía 1974”).
¿Cuantos de nuestros fieles, al cantar el "Santo, santo, santo" del principio de la plegaria eucarística, saben que se unen al grito de los serafines del Templo? La conclusión del prefacio ha mencionado a los coros celestiales, pero ¿quién piensa en ellos? Los occidentales tendemos a pensar -suponiendo que haya suficiente fe- que en la liturgia Dios se hace presente en la tierra; los orientales, más fieles a la mentalidad bíblica, creen más bien que en la liturgia la Iglesia de la tierra se une a la del cielo. Nuestro Templo verdadero es la humanidad glorificada de Cristo, que está sentada a la derecha del Padre. Nuestras asambleas deben efectuar el salto necesario, empezando por reconocer la distancia infinita entre Dios y nosotros, salvada por el misterio de Cristo. Esta distancia, la visión de Isaías la expresa en términos de santidad-pecado, binomio que no debe entenderse tanto en sentido moral (Dios es bueno, nosotros malos) como en sentido ontológico. El Antiguo Testamento lo expresa como un terror sagrado: "¡Ay de mí!" (v.5;cf.la reacción de Pedro, en el evangelio de hoy: "Apártate de mí, Señor, que soy un pecador"). Hay un respeto para con Dios y para con lo que lo representa que es necesario mantener. El Dios de Isaías es "el Santo de Israel", incluso en aquello que Congar denomina "lo sagrado pedagógico": lugares, cosas, tiempos dedicados a facilitar nuestra relación con Dios. No es normal, como dice Charles Moellers, que haya quien trate a su Cadillac como si del arca de la alianza se tratara y en cambio entre en la Iglesia como si entrase en el garaje. Pero Dios -tanto el del Antiguo como el del Nuevo Testamento- cuando se aparece invita siempre a superar el temor inicial, convirtiéndolo en amor filial.
Comenzamos la Eucaristía proclamando la santidad de Dios, y la concluimos, antes de comulgar, "atreviéndonos a decirle" Padre nuestro.
Isaías asegura que "vio al Señor", pero el relato precisa que nada de lo que vio (el trono, el manto, los serafines, el humo) u oyó (el clamor angélico, el mensaje que recibe) no son el propio Dios, sino aquella manifestación indirecta que la Biblia llama "gloria". También nosotros,aunque ahora celebremos la Eucaristía de cara al pueblo, hayamos aproximado el altar a la nave y proclamemos la Palabra en la lengua de los fieles, no podemos pensar que ya lo vemos o lo comprendemos todo. La visión de Isaías hoy, y cada día el canto del "Santo", nos exhortan a dar, desde la liturgia y desde la vida, el salto de la fe (H. Raguer).
2. Sal 137. Este salmo proclama la "trascendencia" de Dios: "¡qué grande es tu gloria!" nada original, esto lo hacen todas las religiones auténticas. Toma tiempo dejarse invadir por este sentimiento de adoración que hace "prosternar", el rostro contra el polvo, como dice el salmo, hasta tomar conciencia de "ante quién estás".
Lo que es original, en la revelación que Dios hace de sí mismo a Israel es ante todo, que este Dios "trascendente" mira a los humildes con predilección. Prodigio de lo infinitamente grande, ante lo infinitamente pequeño. La grandeza de Dios no es aplastante, es la grandeza del amor, la "Hessed", sentimiento que llega hasta las entrañas. La palabra aparece dos veces en este salmo. Si es amor, Dios da la vida, Dios salva. Dios está contra todo lo que hace daño, su mano se abate contra los enemigos del hombre", su mano "protege al pobre rodeado de peligros"... ¡Que tu "mano", Señor, no deje incompleta su obra!
Finalmente este mensaje, esta "palabra" (aparece dos veces en este salmo) recibida gozosamente por Israel, y destinada un día a todos los hombres. "Te alabarán, todos los reyes de la tierra, cuando oigan las palabras de tu boca". Los reyes representan a su pueblo; a través de ellos, todos los pueblos darán gracias a Dios, en el día escatológico del Mesías. ¡Admirable visión universalista!
Nada cuesta poner este salmo en boca de Jesús. Repitamos una vez más, nunca lo diremos bastante, que Jesús "dijo" este salmo, dándole una dimensión de oración personal. La suya.
¡La gloria del Padre! "Santificado sea tu nombre, venga tu reino". "Padre, glorifica tu nombre". (Juan 12,28). "Que vuestra luz brille ante los hombres, para que viendo vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre que está en los cielos". (Mateo 5,16).
Acción de gracias. Sentimiento dominante del alma de Jesús, una especie de exultación sonora, íntima, que sin cesar, afloraba a sus labios: "te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes, y las revelaste a los pequeños" (Mt 11,25). Aun los milagros, a menudo, los hacía con una oración de alabanza: "tomó los siete panes y los peces, dio gracias, y los repartió..." (Mt 15,36). El instante cumbre de su vida, su "hora", como decía el mismo Jesús, fue una celebración de acción de gracias, que nos pidió repetir "en memoria suya": "tomó el pan, y después de dar gracias, lo partió diciendo: esto es mi cuerpo entregado por vosotros. Y con la copa hizo lo mismo después de la comida" (Lc 22,19-20).
El amor a los humildes, a los pequeños... Esta "mirada" divina que transforma las situaciones, desinflando a los orgullosos, y exaltando a los pequeños. Escuchamos, anticipadamente el canto de acción de gracias del Magníficat. Para Jesús, la "grandeza del Altísimo", lejos de ser un poder aterrador, era la seguridad llena de dulzura de que un amor todopoderoso se ocupa de esta creación hecha por El. "Ni un pajarillo cae a tierra sin que vuestro Padre celestial lo vea". Y continúa el salmo: "por excelso que sea el Señor, atiende al más humilde". Fórmulas como éstas, nos muestran hasta qué punto Jesús estaba familiarizado con el pensamiento de los salmos.
El redescubrimiento de la "adoración". Mientras más se manifiesta el mundo moderno como un mundo vacío de Dios y de sentido, hombres y mujeres experimentan por contraste el deseo de una gran "respiración" en "aquello que los supera": la opinión cada vez más frecuente de que el hombre es pequeño, de que la naturaleza y el cosmos son más grandes que nosotros. Esto ha sido siempre verdad. No es nada nuevo. Pero puede llevar al hombre contemporáneo hacia "el más allá de todo", Dios. Hay días en que estamos forzados a reconocer que "¡Dios es el más fuerte!" Y lo que llama la atención, como dice el salmo, es que nuestra derrota aparente, nuestra confesión, se convierten maravillosamente en acción de gracias. Porque el poder, la trascendencia de Dios es de amarnos con amor de "Hessed", de ternura hacia los más pequeños. Entonces, alegre, me rindo, me doy por vencido, y estoy feliz. ¡Adoro la prodigiosa grandeza de tu amor que supera todo!
El redescubrimiento del "amor"... Del amor de Dios para nosotros. Pensamos demasiado en los esfuerzos que tenemos que hacer para amar a Dios. ¡Dejémonos amar por El! ¡No sé si te amo, Señor, pero si de algo estoy seguro, es que Tú me amas! Y este amor, el tuyo, es eterno... Aun si el mío es voluble, pasajero, infiel. Para Ti, lo "dado" es dado. Lo "prometido, es prometido". "Te doy gracias por tu palabra". La fidelidad conyugal, los esfuerzos que muchas parejas tienen que hacer para mantenerla y acrecentarla, son gracia de Dios. ¡La fuente del amor es Dios! "Todo hombre que ama verdaderamente, conoce a Dios", nos dice San Juan (Jn 4,7-8). Hagamos la experiencia: somos amados de Dios, y "el otro-difícil-de-amar" ¡es también amado por Dios! Eso cambia todo. Nos preguntamos a veces cómo Jesús pudo decir: "amad a vuestros enemigos". Pues bien, meted en la cabeza y en el corazón que Dios, El, ama a vuestros enemigos. Entonces, si decís que amáis a Dios... sacad la conclusión.
El universalismo del proyecto de Dios. Que Israel, pueblo "escogido", haya podido, hace más de 20 siglos, pensar en una religión universal, en una inmensa "acción de gracias" que sube de todos los pueblos, da una idea de la verdad de su experiencia religiosa. Nosotros, creyentes de hoy, no pensamos a veces que nuestras "eucaristías" no son un pequeño culto de privilegiados, sino la inmensa proa de este navío que lleva hacia Dios la humanidad, ¡lo sepa ella o no! Las pobres eucaristías de nuestras grandes ciudades paganas... son la punta de lanza de la caravana humana. ¡Un día, "todos los reyes, todos los pueblos, celebrarán la acción de gracias" que es ya la nuestra por el amor y la verdad de Dios que se han revelado en Jesucristo muerto y resucitado por nosotros!
"¡No abandones Señor, la obra de tus manos!" Oración que debemos repetir, constantemente, en el mundo de hoy. Dios en acción, hoy. Y si mi oración no es perezosa... Yo también, Señor, en acción contigo. En "acción"... ¿para hacer qué? Para amar, porque "Dios es amor" (Noel Quesson).
¡No dejes por acabar la obra de tus manos! «El Señor llevará a cabo sus planes sobre mí. Señor, tu misericordia es eterna; no abandones la obra de tus manos». Palabras consoladoras, si las hay. «El Señor llevará a cabo sus planes sobre mí». Sé que tienes planes sobre mí, Señor, que has comenzado tu trabajo y que quieres llevar a feliz término lo que has comenzado. Eso me basta. Con eso descanso. Estoy en buenas manos. El trabajo ha comenzado. No quedará estancado a mitad de camino. Has prometido que lo acabarás. Gracias, Señor.
Tú mismo hablaste con reproche del hombre que comienza y no acaba: del labrador que mira hacia atrás a mitad del surco, del aparejador que deja la torre a medias, sin acabar de construir. Eso quiere decir que tú, Señor, no eres así. Tú trazas el surco hasta el final, acabas la torre, llevas a buen fin tu trabajo. Yo soy tu trabajo. Tus manos me han hecho, y tu gracia me ha traído adonde estoy. No eludas tu responsabilidad, Señor. No me dejes en la estacada. No repudies tu trabajo. Se trata de tu propia reputación, Señor. Que nadie, al verme a mí, pueda decir de ti: «Comenzó a construir y no pudo acabar». Lleva a feliz término lo que en mí has comenzado, Señor.
Tú me has dado los deseos; dame ahora la ejecución de esos deseos. Tú me invitaste a hacer los votos; dame ahora fuerza para cumplirlos. Tú me llamaste para que me pusiera en camino hacia ti; dame ahora determinación para llegar. ¿Por qué me llamaste, si luego no ibas a continuar llamándome? ¿Por qué me hiciste salir, si no tenías intención de hacerme llegar? ¿Por qué me diste la mano, si luego me ibas a soltar a mitad de camino? Eso no se hace, Señor...
Estoy en pleno trajinar, y siento la dificultad, el cansancio, la duda. Por eso me consuela pensar en la seriedad de tus palabras y la solidez de tu promesa. «El Señor llevará a cabo sus planes sobre mí». Esa declaración me da esperanza cuando me fallan las fuerzas, y ánimo cuando se acobarda mi fe. Yo puedo fallar, pero tú no. Tú te has comprometido en mi causa. Y tú cumples tu promesa hasta el final.
Permíteme expresar mi fe en una oración, mi propia convicción en una humilde plegaria, con las palabras que tú me has dado y que me deleitan al pronunciarlas: «¡Señor, no dejes por acabar la obra de tus manos!» (Carlos G. Vallés).
3. 1 Co 15,1-11. Este texto es central en el anuncio paulino en particular y cristiano en general. La ocasión de exponer su tema central es que -parece- en Corinto existía un grupo que negaba la resurrección de los cristianos. No la de Cristo, pero sí la de los hombres. Las razones quizá no eran por puro materialismo, sino por lo contrario: creerse ya resucitados por el bautismo. Pero eso es menos importante. Pablo quiere hacerles ver que es imposible que se confiese, se crea en la Resurrección del Señor y no creer también en la propia. Inicialmente recuerda el Evangelio predicado por él, que ciertamente tenía como punto central la proclamación de la Resurrección de Cristo. Naturalmente, al decir que este Evangelio salva, si se permanece en él. Pablo no piensa en una aceptación meramente intelectual, sino que comprenda toda la vida (vs. 1-2), la cabeza, el corazón y las manos. Recuerda luego (vs. 3-6) una confesión tradicional. Probablemente es fórmula no suya, sino de la tradición. Con lo cual nos remontamos todavía más cerca de los acontecimientos pascuales. Da también la primera lista, cronológicamente hablando, de los testigos de la Resurrección. Testigos oficiales por así decir que proclaman cómo el Crucificado vive actualmente y ellos mismos lo han experimentado. También se menciona a sí mismo (vs. 8-11) sin solución de continuidad. Es un testimonio directo de su propia experiencia del Señor Jesús glorioso y resucitado. Hace algunas observaciones interesantes sobre sí mismo, en las que reconoce la gracia recibida y su propia respuesta a esa gracia. Lo principal es el testimonio de la Resurrección de Cristo. No se insiste mucho en ella porque el anuncio inicial ya era el punto más importante. Pero se nos recuerda. Tenemos en estos versículos el texto más antiguo que habla de ese suceso central para nuestra fe. Pablo saca a continuación la conclusión apuntada más arriba: si Cristo ha resucitado, también nosotros. Pero esto no forma parte de la lectura de hoy (F. Pastor).
Situada entre los mares Adriático y Egeo, en la ruta comercial de oriente a occidente, capital de la provincia romana de Acaya, Corinto se había convertido en la ciudad más brillante del imperio, propicia a los negocios y a la vida alegre. Tenía dos puertos. Su población se componía, sobre todo, de colonos italianos. Los griegos volvieron poco a poco, y había también gran afluencia de orientales. Corinto era un mosaico de gentes y mentalidades distintas. Esta circunstancia facilitaba la disgregación, las rivalidades y la relativización de todo y de todos.
La comunidad cristiana de Corinto no era excepción a la regla. En ella se da toda la anterior problemática: elitismos, separatismos, fanatismos. En este fragmento, Pablo sale al paso de la tendencia relativizadora de todo y de todos, recordando lo que está por encima de todo partidismo o ideología: la buena noticia de la muerte y resurrección de Jesús. Porque éste es el acontecimiento único que hace feliz a la humanidad: un hombre ha resucitado y nos resucitará a nosotros. Este es el corazón del mensaje cristiano (“Eucaristía 1989”).
Después de abordar una serie de cuestiones prácticas para la convivencia comunitaria y de cuestiones morales para la vida cristiana en general. Pablo vuelve a lo que es principio y fundamento de la fe con todas sus exigencias o deberes. No quiere terminar su carta sin recordarles el Evangelio que les predicó y que ellos aceptaron, el Evangelio que es lo único que puede salvarles si es que no lo han olvidado. Porque tiene sus dudas al respecto, ya que algunos niegan la resurrección de los muertos (v.12).
El Evangelio no es propiamente una doctrina, sino el anuncio de un hecho de salvación. Su contenido es, ante todo, el mensaje apostólico de la resurrección del Señor. Su forma es la tradición viva. Pablo se presenta como testigo de esa tradición que viene de los Apóstoles, de los que vieron y oyeron. El transmite lo que ha recibido. Cuando él comienza a predicar, la tradición ya está en marcha. El empalma con ella en Antioquía, de esta iglesia recibe la tradición formulada en un símbolo (vv. 3-5) y como enviado de esta iglesia la difunde entre los gentiles. Pero la proclamación del Evangelio no es sólo la difusión de una noticia, sino también la difusión del Espíritu con cuya fuerza se proclama. Por eso es una tradición viva y vivificante.
Aunque Pablo no pertenece ya a la generación de los Doce, se considera apóstol por excepción. Pues ha tenido también su "experiencia" del Señor resucitado. Su caso excepcional es como un nacimiento fuera de tiempo, como un aborto. Por eso Pablo no puede predicar el Evangelio sólo desde su experiencia, sino ateniéndose también al testimonio de los mayores, de las columnas de la iglesia, transmitiendo lo que ha recibido con fidelidad (“Eucaristía 1986”).
La antigua ciudad de Corinto era célebre en su época; y lo era, entre otras cosas, por la corrupción moral que en ella se había llegado a desarrollar. En ella había un templo dedicado a la diosa Afrodita, en el que más de mil muchachas se dedicaban a la prostitución cultual.
En el terreno religioso, la ciudad se caracterizaba por un gran sincretismo; el terreno de lo social, por un marcado contraste entre situaciones de riqueza desmedida y miseria absoluta.
No hubo ninguna comunidad que crease a Pablo tantos quebraderos de cabeza como ésta, y por lo mismo fue con ella con la que mantuvo una relación intensa y rica. Pablo conocedor del ambiente que se vivía en Corinto, estaba bien informado de la vida de esta comunidad y de sus problemas; las informaciones que le llegaban eran preocupantes; abusos litúrgicos, uso de los tribunales paganos para dirimir las diferencias entre los hermanos, graves confusiones en lo referente a la resurrección, que algunos negaban, etc.
Con todo, San Pablo escribió esta primera carta (al menos la primera que conservamos, y de la que la liturgia de hoy nos trae un fragmento) en Éfeso, se calcula que hacia la primavera del año 57, para responder a una serie de preguntas que la comunidad le había planteado. En ella podemos encontrar tres partes: una primera dedicada a la corrección de las desviaciones (capítulos 1 al 6); una segunda dedicada a responder las preguntas que le habían planteado (7 al 10); y una tercera dedicada a dar instrucciones sobre las asambleas litúrgica y a aclarar las ideas sobre la resurrección (11 al 15).
En este último capítulo San Pablo expresa una serie de ideas que para él son de capital importancia; en realidad no se trata de simples ideas; ni tampoco es una cuestión de práctica o de conducta: es lo decisivo, lo fundamental en la fe y en la vida de San Pablo y de todo aquel que quiera ser discípulo de Jesús.
Así que San Pablo les recuerda algo que ya les ha anunciado; les recuerda el punto central de su fe: Jesucristo ha resucitado, y también nosotros resucitaremos.
Como aquella comunidad de Corinto, también nosotros necesitamos que se nos recuerde el Evangelio que se nos ha anunciado; a veces incluso necesitamos que se nos anuncie, porque nuestro olvido se ha vuelto deformación, y hemos puesto el acento de nuestra fe en cualquier cosa menos en lo que es realmente central: la resurrección de Jesucristo. Hay muchos cristianos convencidos de que lo fundamental es ir a misa los domingos, o confesarse con escrúpulo neurótico de los más mínimos detalles de sus pensamientos en materia sexual, o no saltarse ni una coma de las rúbricas de los ritos litúrgicos, o la novena al santo de su devoción, o la romería y la procesión a la ermita de su pueblo...
Hemos repartido nuestra atención entre demasiadas cosas y no hemos sabido jerarquizarlas adecuadamente.
Las mismas palabras que San Pablo dirigía a los Corintios para recordarles el Evangelio que les anunció nos sirven hoy a nosotros, en nuestras circunstancias. Y esas palabras de Pablo nos hablan de lo esencial en nuestra fe: la vida, la gratuidad y el amor.
La vida de Jesucristo, que ha resucitado; hay muchos testigos de esa resurrección; en aquellos momentos lo era, principalmente, los apóstoles, entre lo cuales se cuenta él mismo, y los hermanos; hoy día nosotros somos esos testigos; pero es evidente que, para ello, lo primero es tener la experiencia de que Cristo ha resucitado y vive, pues de lo contrario, ¿cómo vamos a ser testigos de algo que no conocemos? Y esa vida es como un ofrecimiento que se nos hace también a nosotros. Era lo que pretendía San Pablo: que tuviesen fe en su propia resurrección, y que la tuviesen porque Jesucristo había resucitado.
La gratuidad: "por la gracia de Dios soy lo que soy, y lo que he trabajado no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo"; otro buen recuerdo, otra buena lección para tanto orgullo y tanta autosuficiencia, para tanta eminencia y tanta pompa. Agradecer todo lo que gratuitamente nos da Dios; reconocer que todo lo que somos y tenemos nos viene de El; compartir nuestras riquezas, del tipo que sean, con los demás, pues para eso nos las ha dado; quien más tiene, más ha de compartir, más ha de servir; la presunción sólo es posible en ignorantes que no conocen por qué ni para qué son lo que son y tienen lo que tienen. Y, desde luego, renunciar a la presunción de poseer la exclusiva de Dios, como si se tratase de un objeto del que presumir ante las visitas; el mismo Jesús nos enseñó a decir al terminar nuestra tarea que "somos siervos inútiles".
Y todo esto por amor, por el amor que Dios nos tiene y por el amor que nosotros debemos tenerle y tenernos. Por amor nos da la vida, por amor nos regala el triunfo sobre la muerte, por su amor nos es posible todo lo que para nosotros era imposible. Reconozcámoslo: son tres cosas de las que no andamos muy sobrados en nuestro tiempo y en nuestra historia: la vida, la gratuidad, el amor. Florecen y abundan en nuestro tiempo la muerte en mil y una formas, los intereses que mueven a los hombre en casi todas sus actividades, el egoísmo que nos pone a cada uno por encima de todo y de todos. Pero Pablo ha dejado su palabra escrita que, a través de los siglos, nos llega en sus cartas, y también nos recuerda hoy a nosotros el Evangelio en el que estamos fundados y que nos salva, si es que conservamos el Evangelio que la Iglesia nos proclama: de lo contrario, también nosotros, como los cristianos de Corinto, podríamos estar malgastando nuestra adhesión a la fe (Luis Gracieta).
El tema de la resurrección creaba dificultades a los corintios. Sería ingenuo pensar que tales dificultades han dejado de existir para el hombre moderno y para el cristiano de nuestros días. Se podría decir que la dificultad de aceptar la resurrección personal es proporcional a la de aceptar la muerte, y es evidente que una de las grandes inhibiciones colectivas de nuestro mundo, tecnificado y aburguesado, es no contar con la muerte en la perspectiva de la existencia humana. Tal inhibición, si se da, constituye un obstáculo insuperable para poseer una visión coherente y acabada que dé sentido al mundo y al hombre.
La respuesta de Pablo consiste en repetir a los corintios el anuncio de la «buena noticia», en este caso una tradición de la Iglesia ya formulada y anterior sin duda a la predicación del Apóstol. Es difícil precisar hasta dónde llega la fórmula litúrgica de este símbolo de fe; pero, por su forma rimada, es seguro que incluía los tres versículos referentes a la muerte y resurrección de Cristo. Si la sepultura y la mención de los tres días corroboran la historicidad de la muerte, las apariciones corroboran la resurrección (5-8).
La respuesta de Pablo tiene implicaciones importantes. La resurrección sólo es comprensible cuando se acepta plenamente el hecho de la muerte. Cristo no habría resucitado verdaderamente si no hubiera muerto realmente. De igual modo, los cristianos sólo llegan a comprender el verdadero sentido de su resurrección en la medida en que aceptan morir en lo que tienen de hombre viejo. De la novedad de vida que implica la resurrección sólo puede hablar el que ha experimentado voluntariamente la muerte de todo lo que estructura al hombre carnal.
Pero el texto va más lejos. Nadie puede creer en la resurrección de Cristo si no cree también en la resurrección de los hombres (13). Pablo se niega categóricamente a reducir la esperanza cristiana a la moralidad de la vida y a la fe en un hecho histórico singular (19). Eso sería una ilusión vana. Creer es aceptar que la Iglesia es el cuerpo de Cristo y que lo que es ya una realidad para la cabeza lo será también para todos los miembros (A. R. Sastre).
4. Resuena explícita la Palabra de Dios a través de Jesús. Sacad la barca lago adentro y echad vuestras redes para la pesca. Pedro replica constatando lo descabellado, absurdo incluso, de la propuesta de Jesús. La pesca tiene sus horas propicias, fuera de las cuales es inútil intentarlo. Pero, puesto que tú lo dices, echaré las redes. Es decir, la Palabra de Jesús adquiere para Pedro rango de valor superior a la lógica de la situación. Pedro acoge, hace suya esa Palabra. Se fia más de ella que de la lógica de la situación. Los dos versículos siguientes, 6-7, reflejan el resultado de la acogida de la Palabra de Jesús. Un resultado imprevisible, impensable incluso, desde la lógica de la situación previa. La escena recuerda la de María e Isabel y las palabras de ésta: ¡Dichosa tú, que has creído que se cumpliría lo que te había dicho el Señor! (Lc. 1,45).
La escena final tipifica la reacción de Pedro en términos que recuerdan lo escuchado en la primera lectura de Isaías. Es la reacción humana ante lo imprevisible-impensable desde la lógica de la situación previa. Asombro, pasmo, temor, autocuestionamiento de la propia persona que se experimenta a sí misma como indigna, poca cosa. Señor, apártate de mí, que soy un pecador. Pero la Palabra de Jesús disipa temores e introduce al que se ha fiado de ella en una novedad de vida. Una vez más la escena nos lleva a Isabel y María en Lc. 1,26-56 y a las palabras, en este caso, de María: Desde ahora, todos me llamarán feliz, pues ha hecho maravillas conmigo Aquél que es todopoderoso (Lc. 1, 48-49).
Resumiendo: En su línea de profundizar en la instrucción cristiana, Lucas ha elaborado un relato cuyo tema central es la Palabra de Dios o, que para él es lo mismo, la Palabra de Jesús.
Una Palabra desconcertante, absurda incluso, si se mide desde el pragmatismo y la lógica de las situaciones. Pero una Palabra de maravillosas consecuencias inéditas, si se acoge y acepta con confianza. A su vez, la vida del que se ha fiado de la Palabra de Jesús entra en una dinámica nueva. Nos hallamos ante un relato gráfico de invitación a aceptar la Palabra de Jesús.
Comentario. Lucas incide en una temática que ya había desarrollado ampliamente en Lc1,26-56, y que comentábamos con ocasión del cuarto domingo de adviento. Frente a la lógica de la situación, del pragmatismo y del realismo, nos invita a hacer nuestra la Palabra de Jesús.
Fiarse de esa Palabra hace posible que acontezca lo impensable o, lo que es lo mismo, la utopía, la cual jamás será posible desde la lógica del pragmatismo. Fiarse de la Palabra de Jesús introduce además a la persona que lo hace en una dinámica nueva para sí mismo y para los demás. A sí mismo lo limpia de jactancias más o menos inconfesadas, por lo general más bien inconfesadas o no conscientes. Para los demás es una referencia de ilusión y de esperanza (A. Benito).
Lucas agrupa en este pasaje tres acontecimienos distintos, sacrificando un orden cronológico en aras de un orden pedagógico.
La predicación de Jesús, el milagro de la pesca y la decisión de abandonarlo todo para seguir al Maestro, marcan tres momentos psicológicos en el proceso de la vocación de los apóstoles. La "señal" o el milagro refuerza las palabras de Jesús y aumenta su credibilidad ante los que van a ser sus discípulos en adelante.
La invitación a internarse en alta mar conlleva el riesgo a afrontar los temporales tan frecuentes como inesperados en el lago de Tiberiades o de Genesaret. Toda la tradición exegética se ha recreado glosando este pasaje, interpretando la barca de Pedro como figura de la iglesia de Cristo. En este sentido resultan sugerentes las palabras de Jesús: "Rema mar adentro y echa las redes para pescar". El riesgo de la pesca de altura, en medio del temporal, viene compensado por la abundancia de la pesca. Así le ocurre a la iglesia cuando anuncia el evangelio donde están los conflictos, cuando lleva la palabra de Dios a los problemas concretos y no se queda en vaguedades y en abstracciones que no significan nada y no comprometen a nadie.
Pedro conocía bien su oficio, sabía que la noche y no el mediodía era el tiempo propicio para la pesca. Con todo se fia más de la palabra del Maestro que de su propia experiencia.
Dios se manifiesta en un prodigio inesperado. Ante este milagro Pedro, lo mismo que Isaías ante la revelación de Dios, se siente sobrecogido y descubre su propia indignidad. Lucas hace notar que los compañeros de Pedro participan de los mismos sentimientos de temor y de asombro ante el milagro. Pero las palabras de Jesús confortan a Pedro y le capacitan para la misión que ha de recibir. Pedro y sus compañeros, seguros en el que los envía, podrán aceptar responsablemente la vocación de ser en adelante "pescadores de hombres". Esto no debe entenderse en un sentido proselitista, de "echar el gancho" o de servirse de tretas para que la gente "pique". Echar las redes tiene aquí el sentido de sembrar o de anunciar generosamente la palabra de Dios, confiando en la virtud de esta palabra y en Dios que es el que da el incremento y la cosecha (“Eucaristía 1986”).
Se comprende mejor la importancia del episodio de la pesca milagrosa si se tiene en cuenta que el judío considera el agua, sobre todo el mar, como morada de Satanás y de las fuerzas contrarias a Dios. Hasta la venida del Salvador, nada podía hacerse -salvo un milagro del tipo del del mar Rojo- para salvar a quienes la mar enemiga engullía; pero desde que Él está aquí, se pueden pescar hombres en abundancia y sustraerlos a las garras del imperio del mal. Ese es, por otro lado, el sentido profundo de la bajada a los infiernos (inferi=aguas inferiores) en 1P 3,19, en donde Cristo desciende precisamente para salvar a quienes habían sucumbido bajo las aguas del diluvio. Ser pescadores de hombres es, pues, participar en esa empresa de salvamento de todos cuantos se han visto absorbidos por el mal; ya Jr 16, 15-16a preveía esa función.
San Lucas considera, pues, a la Iglesia como la institución encargada de salvar a la humanidad de la sumersión que la amenaza. Para garantizar la realización de esa misión hay hombres encargados de una misión apostólica particular dentro de esa Iglesia. Pero sólo a Cristo le deben las fuerzas con que cuentan para llevar a buen término su "pesca" y el ardor que ponen en conseguirlo.
El misionero será un pescador de hombres en la medida en que salve seres humanos mediante la administración del bautismo. El cristiano será pescador de hombres en la medida en que multiplique a su alrededor las conversiones e introduzca en la Iglesia a muchas almas. Este concepto individualista no corresponde quizá del todo con la manera de pensar de Lucas y ni siquiera con la mentalidad moderna. Bajo apariencias místicas, el relato de la pesca milagrosa parece tener otro alcance: la humanidad es presa de potencias que la absorben y la anegan; Cristo se reserva a Sí y a sus discípulos una misión liberadora que frene y contrarrestre ese deslizamiento hacia la catástrofe.
El caso es que la humanidad actual se mueve en la cuerda floja y bastaría muy poca cosa para que se hundiese a sí misma sin necesidad de otras fuerzas demoníacas que su propio egoísmo y su afán de poder. Ser pescador de hombres consiste, por tanto, hoy, en participar en todas las empresas que quieren evitarle al hombre esa perdición y colaborar, mediante una mayor igualdad, una paz más estable y una mayor posibilidad para los humildes de promoverse a sí mismos, a sacar a la humanidad del océano que la sumerge. Dejarla fuera de estos movimientos es condenar a la Iglesia a no revelar su identidad y su misión entre los hombres (Maertens-Frisque).
El evangelio de hoy es la expresión gráfica de lo que la solemnidad litúrgica obra. Estamos en torno al altar, lo mismo que los discípulos se congregaban en torno a Cristo, fatigados por inútiles trabajos: "Toda la noche hemos estado fatigándonos y nada hemos cogido". Podemos decir también nosotros: "Hemos trabajado toda la semana al servicio del Señor y ¿qué hemos conseguido? ¿Qué podemos presentar a Cristo? Mas, ahora está El entre nosotros; le tenemos presente en la palabra del Evangelio, en su cuerpo sacrificado, en la sangre de su sacrificio. El es la víctima por nuestros pecados y "su debilidad -en la cruz- constituye nuestra fortaleza" (S. Agustín). Al verlo, nuestra fe se aviva y el amor vuelve a tomar con alegría el peso de la vida. Sí; Cristo está aquí, está en nosotros por el santo sacrificio y el banquete eucarístico. ¿A quién temeremos? Nos eleva El del orden natural del ser, incapaz de redimirse a sí mismo, hasta el orden sobrenatural, puro y libre, de la gracia.
"No temas, dice a su Iglesia, de hoy en adelante serás pescador de hombres". No temas, por más que tus miembros sean hombres mortales, débiles e inclinados al pecado. ¡No temas! Mientras te parece que te esfuerzas en vano para santificar a tus hijos, Yo estoy contigo, como Salvador de mi propio cuerpo. Sano a mis miembros, vengo constantemente y me hago presente en ti por el misterio de la celebración del santo sacrificio. "Guía mar adentro"; echa tu red en las profundidades de la fe y de los misterios; reúne a tus hijos alrededor del altar. Cuando estén en mi presencia, llenos de amor y de abandono, vendré y los santificaré; realizaré en ellos lo que ellos no pueden verificar a pesar de sus redobles esfuerzos.
Debes esperarlo todo de mí. Si has trabajado en vano toda la noche, me presentaré ante ti a la madrugada y en un momento haré cuanto necesitas y te conseguiré la salvación tan ansiada. Bueno es que tengas conciencia de tu debilidad; así crece tu fe en mi poder. ¡No temas, Iglesia mía! ¡Pide sin cesar mi presencia! ¡Llámame! No te hace falta nada más; de lo demás me ocupo yo. Duc in altum, "guía mar adentro", penetra profundamente en la fe y busca tu salvación en el divino abismo del misterio. Incluso cuando creas trabajar sin ningún resultado durante todo el curso de tu existencia terrena, aun cuando veas a los tuyos sumidos en la flaqueza del pecado, por más que el mundo se levante contra ti y haga de ti mofa diciendo: "¿Dónde está tu Dios?", aunque te veas impotente para atraer a ti los que se han alejado... ¡no temas! ¡no temas en ningún caso! Me verás, es cosa cierta, en la aurora de la eternidad y tu red entonces estará llena hasta rebosar.
Ya hoy, al finalizar la solemnidad litúrgica puedes hechar una mirada a tu red. ¿Está, quizá, vacía? No; está llena. Deo gratias!, respondemos nosotros. Nuestra red está llena, sí, pues dentro de ella se encuentra un gran pez, el Ichthys, Jesucristo (estas palabra griega signifia "Pez". Las letras que la componen son las iniciales, en griego también, de la frase: Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador. Por esto entre los antiguos cristianos el pez era el símbolo de Cristo). Le hemos recibido en el banquete eucarístico y se ha convertido en nuestro alimento. Alimenta la paciencia de su Iglesia, a fin de que bajo el yugo, pero esperando, pase por encima de los "dolores de este tiempo" al encuentro de la "gloria venidera" (Emiliana Löhr).
"El Concilio, con el propósito de intensificar el dinamismo apostólico del pueblo de Dios, se dirige solícitamente a los cristianos seglares, cuya función específica y absolutamente necesaria en la misión de la Iglesia ha recordado ya en otros documentos... Las circunstancias actuales piden un apostolado seglar mucho más intenso y amplio. Porque el diario incremento demográfico, el progreso científico y técnico y la intensificación de las relaciones humanas no sólo han ampliado inmensamente los campos del apostolado de los seglares, en su mayor parte abiertos sólo a estos, sino que, además, han provocado nuevos problemas, que exigen atención despierta y preocupación diligente por parte del seglar. La urgencia de este apostolado es hoy mucho mayor, porque ha aumentado, como es justo, la autonomía de muchos sectores de la vida humana, a veces con cierta independencia del orden ético y religioso y con grave peligro de la vida cristiana".
Nos reunimos en la iglesia y en la eucaristía para dispersarnos en el mundo y por la vida. Aquí nos llenamos de la palabra de Dios, para repartirla luego como heraldos del evangelio. En la eucaristía nos llenamos del Espíritu de Jesús, compartiendo su cuerpo y sangre, para luego ser testigos de su amor, compartiendo el pan y la justicia. Somos apóstoles, es decir, enviados para una misión. Para eso hemos sido bautizados.
Por eso nos reunimos a celebrar la eucaristía y salir a cumplir nuestra misión de predicar el evangelio (“Eucaristía 1989”).
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