domingo, 15 de noviembre de 2009

Viernes de la 31ª semana. Pablo, Ministro de Cristo Jesús, nos enseña a dedicarnos al Reino de Dios, con la misma dedicación que la astucia de los hijos de la luz, pero por amor.

 

 

Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 15,14-21. Respecto a vosotros, hermanos, yo personalmente estoy convenido de que rebosáis de buena voluntad y de que os sobra saber para aconsejaros unos a otros. A pesar de eso, para traeros a la memoria lo que ya sabéis, os he escrito, a veces propasándome un poco. Me da pie el don recibido de Dios, que me hace ministro de Cristo Jesús para con los gentiles: mí acción sacra consiste en anunciar el Evangelio de Dios, para que la ofrenda de los gentiles, consagrada por e Espíritu Santo, agrade a Dios. En Cristo Jesús estoy orgulloso de mi trabajo por Dios. Sería presunción hablar de algo que no fuera lo que Cristo hace por mi miedo para que los gentiles respondan a la fe, con mis palabras y acciones con la fuerza de señales y prodigios, con la fuerza del Espíritu de Dios. Tanto, que en todas direcciones, a partir de Jerusalén y llegando hasta la Iliria, lo he dejado todo lleno del Evangelio de Cristo. Eso sí, para mi es cuestión de amor propio no anunciar el Evangelio más que donde no se ha pronunciado aún el nombre de Cristo; en vez de construir sobre cimiento ajeno, hago lo que dice la Escritura: «Los que no tenían noticia lo verán, los que no habían oído hablar comprenderán.»

 

Salmo 97, 1.2-3ab.3cd-4. R. El Señor revela a las naciones su victoria.

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclamad al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.

 

Evangelio según san Lucas 16,1-8. En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: "¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido." El administrador se puso a echar sus cálculos: "¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa." Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: "¿Cuánto debes a mi amo?" Éste respondió: "Cien barriles de aceite." El le dijo: "Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta." Luego dijo a otro: "Y tú, ¿cuánto debes?" Él contestó: "Cien fanegas de trigo." Le dijo: "Aquí está tu recibo, escribe ochenta." Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que habla procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.»

 

Comentario: 1.- Rm 15,14-21. Está terminando la carta a los Romanos. Y Pablo siente un poco de temor que sea mal interpretado el que les "haya escrito, a veces propasándose un poco". Como la de Roma no era una comunidad que hubiera fundado él, siente la necesidad de justificar el haberles dedicado una carta, porque normalmente él escribe sólo a las comunidades que conoce. Es que Pablo no puede vivir sin evangelizar. Su interés básico y casi único es "anunciar la buena noticia de Dios a los gentiles". Igual que "desde Jerusalén y llegando hasta la Iliria, todo lo ha dejado lleno del evangelio de Cristo", también se interesa por Roma, la capital del mundo, a la que piensa ir próximamente, y de la que se siente corresponsable, aunque todavía no les conozca.

Es admirable el orgullo que Pablo siente por la misión recibida: predicar la buena noticia de Jesús a todos los pueblos. Ha dedicado toda su vida a eso. Este orgullo no es vanidad, porque reconoce que todo eso es "lo que Cristo hace por mi medio para que los gentiles respondan a la fe". Él, Pablo, ha puesto todas sus energías para que llegue el evangelio a todas partes, pero es obra de Cristo y de su Espíritu. Aquí emplea una comparación litúrgica para describir lo que ha hecho: él es "ministro (en griego "liturgo") de Cristo para los gentiles", y su "acción sagrada consiste en anunciar el evangelio" (en griego: ejercer el culto del evangelio), "para que la ofrenda de los paganos" ("prosforá", ofrenda sacrificial) sea agradable a Dios". Es la liturgia de la vida.

Al terminar su carta, Pablo, una vez más, se siente obligado a hacer la apología de su ministerio. Va a justificar el derecho y el deber que siente de decir todo lo que dijo a los cristianos de Roma. En particular, se excusará de haber, de algún modo, intervenido en una comunidad que él, directamente, no fundó: son muchas las regiones paganas a evangelizar para que entre en conflicto de jurisdicción con los otros apóstoles. -Me propuse, por mi honor, anunciar el Evangelio solamente allá donde el nombre de Cristo fuera desconocido, para no construir sobre los fundamentos puestos por otro. San Pedro fundó la Iglesia de Roma. Al dirigirse a ella, Pablo siente un cierto escrúpulo. Esto dará tanto más peso a lo que está dispuesto a decir. Toda la doctrina del «sacerdocio cristiano» va a ser revisada. Y es de todos conocida su actualidad hoy. El «ministro» no es solamente una emanación de la comunidad. Recibió una "función" que le viene de Dios... y que no es exclusiva de la comunidad de la cual es directamente responsable... es una función de "Iglesia".

-Os he escrito a veces con un cierto atrevimiento, en virtud del don que Dios me ha otorgado. No son los hombres quienes le dieron la palabra. Esto le viene de Dios y ello le confiere un cierto "atrevimiento". Ocasión de rogar por los sacerdotes de HOY. ¡Que sean dóciles a la gracia que Dios les hace! ¡Que sean atrevidos para escribir o hablar con valentía!

-El don recibido de Dios me ha hecho un ministro de Jesucristo para con los paganos, ejerciendo el sagrado oficio del Evangelio de Dios... Esta frase ha sido de las más utilizadas, en los textos conciliares, para definir el «sacerdote». El "ministerio" del sacerdote es presentado por san Pablo como «un oficio litúrgico», como un acto sagrado... y esta liturgia es la «evangelización» del mundo pagano... el anuncio sagrado de la Palabra de Dios, la buena "nueva" de la salvación.

-Para que la ofrenda de los paganos sea agradable a Dios, santificada por el Espíritu Santo... El sacerdote cristiano es, como en la antigua Alianza, el especialista de ritos sacrificiales a la manera de los sacerdotes del Templo de Jerusalén: lo que él ofrece es la «vida misma de los hombres»... o, más exactamente, su palabra evangelizadora induce a sus oyentes a «ofrecerse a sí mismos». Lo esencial de la misión del sacerdote podría resumirse así: - revelar a los hombres el sentido pascual de todas las cosas, la salvación de Jesucristo. - a fin de inducirlos a unas actitudes de Fe, de conversión, de compromiso al servicio de Dios: ofrecer su vida en «sacrificio espiritual». La misa es, ante todo, esto. Y la evangelización es ante todo esto. "Pasar a ser una ofrenda agradable". «Ofrecer nuestras personas, nuestras vidas.» "Por efecto del Evangelio que nos ha transformado." Nuestra vida cotidiana entera «consagrada» por el evangelio pasa a ser materia de una ofrenda continua a Dios, resumida en la misa.

-Así, partiendo de Jerusalén hasta Iliria, he completado el anuncio del Evangelio de Cristo. Es la evocación de la "colegialidad apostólica". Pablo, por esta fórmula se une al colegio de los Doce y a su envío en misión: "de Jerusalén hasta los confines de la tierra". Es lo que Jesús les había dicho (Noel Quesson).

Nuestra misión consiste en anunciarles a todos los hombres a Cristo, Buena Nueva del Padre. Quien no sólo llegue a conocerle sino que, por la fe, lo acepte en su vida, estará aceptando la salvación que en Él nos ofrece el Padre Dios. El cumplimiento, así, de la misión de la Iglesia, le lleva a que quienes, por su testimonio y por el anuncio del Evangelio, se acercan a Cristo, por medio de Él se conviertan en una ofrenda de suave aroma a Dios. Digamos, pues, que el anuncio del Evangelio se convierte en una acción litúrgica de la Iglesia. Pareciera que nuestros ambientes familiares, y el de muchos grupos así llamados cristianos, tuviesen ya a Cristo y viviesen un verdadero compromiso de fe con el Señor. Sin embargo vemos cómo se ha deteriorado la fe en muchas personas, familias y grupos. No importa que otros hayan edificado o puesto ya los cimientos de la fe. Ahí llegaremos también nosotros con nuestra labor evangelizadora, pues la Iglesia, para ser evangelizadora, primero ha de ser evangelizada. Y, probablemente, tengamos que edificar y reedificar sobre antiguas ruinas, hasta lograr que todos, con una vida intachable, se conviertan en una ofrenda agradable a Dios.

 

2. Sal 97. El apostolado de Pablo se une a la ofrenda vital de la fe de los creyentes, en una única liturgia ofrecida a Dios. Si nosotros tuviéramos tanto amor a Cristo como él, tampoco nos pararíamos ante nada con tal de seguir evangelizando este mundo, a los niños y a los jóvenes y a los mayores, a los de cerca y a los de lejos. No nos asustarían las dificultades y ya encontraríamos el lenguaje y la pedagogía oportunos. Lo importante es si estamos convencidos de que vale la pena esta buena noticia: ése era el motor de Pablo en su admirable actividad evangelizadora. El salmo nos ha hecho expresar un sentimiento misionero: "el Señor revela a las naciones su justicia... los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Señor". No sé si podremos decir, al final de un año o de la vida, como Pablo: "lo he dejado todo lleno del evangelio de Cristo". Pero sí tenemos que hacer todo lo posible para comunicar nuestra fe a otros.

Dios, por medio de su Hijo Jesucristo, nos ha manifestado su amor y su lealtad, cumpliéndose en Él las promesas hechas a nuestros antiguos padres: que nos suscitaría un Salvador de la casa de David, su siervo. Por medio de la entrega de Jesús por nosotros, el Señor ha realizado la obra más maravillosa de su amor en favor nuestro. Al resucitar Jesús de entre los muertos el Señor se ha levantado victorioso sobre el pecado y la muerte a la vista de todas las naciones. Por eso aclamemos con júbilo al Señor. Que nuestra aclamación reconociéndolo como Señor nuestro, no sólo la hagamos con los labios sino con una vida íntegra, conforme a nuestra fidelidad amorosa a su Palabra y guiados por su Espíritu Santo, que habita en nosotros.

 

3.- Lc 16,1-8 (ver domingo 25C). La parábola del administrador infiel pero listo, puede parecernos un poco extraña. Parece como si Jesús -o el amo del relato- alabara la actuación de ese empleado injusto. No alaba su infidelidad: por eso le despide. Lo que le interesa a Jesús subrayar aquí es la inteligencia de ese gerente que, sabiéndose despedido, consigue, con nuevas trampas, granjearse amigos para cuando se quede sin trabajo. Jesús no nos cuenta esta parábola para criticar las diversas trampas del mundo de la economía que también ahora se dan: las dobles contabilidades o los desvíos de capital o el cobro de comisiones ilegales que hace el gerente de esa empresa. Sino para que los cristianos seamos tan espabilados para nuestras cosas como ese gerente lo fue para las suyas: "los hijos de este mundo son más astutos que los hijos de la luz".

¿Somos igual de sabios y sagaces nosotros para las cosas del espíritu? En nuestra vida personal, debemos hacer los oportunos cálculos para conseguir nuestros objetivos. Hace unos días nos ponía Jesús el ejemplo del que hace presupuestos para la edificación de una casa o para la batalla que piensa librar contra el enemigo. Hoy nos amonesta con el ejemplo de este administrador, para que sepamos dar importancia a lo que la tiene de veras y, cuando nos toque dar cuentas de nuestra gestión al final de nuestra vida, ser ricos en lo que vale la pena, en lo que nos llevaremos con nosotros, no en lo que tenemos que dejar aquí abajo. También en nuestra vida misionera -evangelización, catequesis, construcción de la comunidad- debemos mantenernos despiertos, ser inteligentes para buscar los medios mejores. Al menos con la misma diligencia que ponemos para nuestros negocios materiales. Para que vaya bien el negocio nos sentamos y hacemos números para ver cómo reducir gastos, mejorar la producción, tener contentos a los clientes. ¿Cuidamos así nuestra tarea evangelizadora? Los hijos de este mundo se esfuerzan por ganar más, por tener más, por mandar más. Y nosotros, los seguidores de Jesús, los que hemos recibido el encargo de ser luz y sal y fermento de este mundo, ¿ponemos igual empeño y esfuerzo para ser eficaces en nuestra misión? ¿somos hijos de la luz que iluminan a otros, o escondemos esa luz bajo la mesa? (J. Aldazábal).

Hay que ver la cantidad de explicaciones que se han dado a esta parábola, para no convencer a nadie… sigue siendo un misterio porque no entendemos el contexto… por favor, que no me expliquen los misterios, que la cosa queda aún peor… dejémoso como está… Aquí lo importante es el tema de la pobreza. Estoy viendo que todos estos días, hasta el domingo, la riqueza va asociada a la idolatría ("riquezas de iniquidad"), y la pobreza a la fe y la esperanza en la vida eterna, a la entrega indondicionada a Dios en la confianza en Él y en su providencia amorosa, en una pasión ciega de tipo amoroso por Dios que lleva a un abandono total, "atesorar riquezas en el cielo" (Mt 6,20): "seguir a Cristo con más libertad e imitarlo más de cerca" (Perfectae caritatis, 1).

De todas formas, pienso que aquí hay algo que en la cultura actual no entendemos: los recibos quizá caducaban a los 7 años, el llamado sabático, en que todo volvía a su dueño y se perdonaban las deudas (en teoría). Al renovar los recibos, quizá también había una nueva deuda viva, que podía llevarse ante el juez, de manera que el amo salía ganando porque era dinero más seguro aunque en menor cantidad que el otro que –en mayor cantidad- ya era menos probable que cobrara, a la vez que el administrador se conseguía un amigo para después del despido por rebajar el precio de la deuda… esto se puede unir con otras lecturas: lo poquísimo se convertirá en mucho, como diciendo: No le importa a mi Padre la cantidad de lo que hacéis, sino el espíritu con que obráis (cf Prov. 4,23). Si sabéis ser niños, y os contentáis con ser pequeños (cf Mt 18,1 ss.), El se encargará de haceros gigantes, puesto que la santidad es un don de su Espíritu (1 Tes 4,8). De aquí sacó Teresa de Lisieux su técnica de preferir y recomendar las virtudes pequeñas más que las "grandes" en las cuales fácilmente se infiltra, o la falaz presunción, como dice el Kempis, que luego falla como la de Pedro (Jn 13,37 ss), o la satisfacción venosa del amor propio, como en el fariseo que Jesús nos presenta (18,9ss), cuya soberbia, notémoslo bien, no consistía en cosas temporales, riquezas o mando, sino en el orden espiritual, en pretender que poseía virtudes (cito junto con mis palabras algo de servicio bíblico latinoamericano). Pero hay más: el dios Mamón de iniquidad o don Dinero se veneraba entonces con los intereses altos, quizá también se suman a lo que hemos dicho más arriba del vencimiento de las deudas: lo que el deudor debía al señor podía ser pongamos 50 medidas de aceite, las otras 50 que está perdonando pongamos que sean el interés por la deuda o lo que le correspondía a él por cobrar. Algo semejante para con las cargas de trigo. El administrador se gana el favor de los deudores, perdonando los intereses por la deuda. La conclusión del v. 8 nos deja perplejos: "El señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente". El administrador se haría amigos perdonando estos intereses injustos por la deuda, actuando de forma semejante a Zaqueo (19,1-10), aunque por motivos diversos (Zaqueo por la alegría del encuentro con el Señor, éste por la necesidad de verse sin nada). Pero en fin, lo dicho más arriba son hipótesis que habría que contrastar con expertos en historia de la época.

Una aplicación al contexto actual sería que el Primer Mundo perdonara todos los intereses 'legales', pero injustos, que pesan sobre la famosa 'deuda externa' (de interés 'flotante') de los pueblos del Tercer Mundo, que tiene a pueblos enteros condenados a entregar hasta el 30% y más de su producto nacional bruto sólo para pagar intereses (no siquiera para devolver la deuda); es decir, con unos intereses claramente usureros. Los Gobiernos y Bancos que aceptan recibir esos intereses son injustos, pero serían alabados por el sistema si perdonasen esos intereses 'legales' pero injustos, con el fin de salvar la vida de los pobres que son quienes pagan con su carencia de salud, educación,vivienda… los intereses de la deuda. Así 'recibiríamos a los ricos del norte en nuestras casas'.

Una vez más, Lucas es el único que relata la parábola. -Un hombre rico tenía un administrador... que fue denunciado por malbaratar su hacienda." ¿Qué oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración". Toda la parábola gira en torno a esa idea de gerencia. Delante de Dios no somos "propietarios" sino "gerentes". Todo lo que poseo: mis bienes, mis cualidades, mis riquezas intelectuales y morales, mis facultades afectivas, los aspectos de mi carácter... De todo ello, se me pedirá cuenta. No soy más que el gerente de todo esto que me ha sido "confiado" por Dios, y que continúa perteneciendo a Dios. No tengo derecho a "malbaratar" los dones de Dios. Tendré que dar cuenta de las riquezas que no hubiere acrecentado.

-El administrador pensó: Qué voy a hacer ahora... para que cuando me echen de la administración, haya quien me reciba... Se trata de asegurar el futuro. ¿Tengo yo también esa preocupación... que evidentemente hay que referirla al "futuro escatológico"? Jesús, a menudo ha repetido la idea de que nuestra vida aquí abajo y nuestras decisiones actuales, comprometen nuestro "futuro eterno". El gerente aprovecha el tiempo que le queda, para preparar su porvenir.

-El amo alabó al administrador injusto: Efectivamente, había obrado sagazmente. A la apreciación del amo no le falta el sentido del humor. "¡Es injusto; pero ha mostrado habilidad y astucia!" Este elogio, procediendo de un amo corriente es muy poco verosímil. Pero, viniendo de Jesús, ese elogio "es penetrante". Respecto a las riquezas tan codiciadas por los amos de la tierra en general, Jesús, el Mesías de los pobres, deja entrever un irónico desdén, que lleva a felicitar al intendente injusto por usarlas tan sagazmente. En el fondo, ese dinero, para aquel amo, no tiene mucha importancia. Para Jesús, es una manera paradójica de volver a decir lo que no ha cesado de repetir: "Vended lo que poseéis y dadlo a los pobres. Haceos bolsas que no se deterioren, un tesoro inagotable en el cielo" (Lc 12,33) Sin embargo, interpretemos bien ese humor. ¡Evidentemente, Jesús no puede recomendarnos ser injustos! ¡Y menos aún con el dinero de los demás!

-Porque los "Hijos de este mundo" son más astutos para sus cosas que los "Hijos de la luz". ¡Desoladora constatación! En los asuntos económicos y financieros, los hombres despliegan maravillas de ingenio y de inteligencia para asegurar el mejor rendimiento, la eficacia. El hombre moderno, sobre todo es muy sensible a ese aspecto. ¡Y Jesús no parece reprochárselo! Jesús reprocha más bien a los cristianos el hecho de no tener el mismo ingenio ni la misma inteligencia para "sus asuntos espirituales". El Reino de Dios, en algunos aspectos, no está condenado a la ineficacia ni a la incomprensibilidad. ¿Pongo yo todas mis cualidades humanas, todo mi ingenio, al servicio del Reino? "Hijos de la luz" Es así como quisieras a los cristianos, Señor. Seres luminosos. Hijos de Dios-Luz. Dios es amor. Dios es luz. Dios es nuestro Padre. Hacer en virtud de la luz, lo que otros hacen por el poder de las tinieblas. No quedarme en los hermosos principios. Preocuparme por llegar hasta la eficacia (Noel Quesson).

La parábola del administrador astuto, leída en su totalidad, nos ofrece la imagen de un hombre que aprovecha sus últimos momentos al frente de una gran fortuna, para beneficiar a los deudores. Es un administrador que emplea el dinero para reducir la carga de los demás y para procurarse amistades duraderas. Esta parábola no quiere ser un elogio a la corrupción, sino una invitación a que no aumentemos las cargas de los demás, porque podemos estar a punto de perderlo todo. Jesús plantea un desafío enorme: convertir la economía de la explotación en una economía de los beneficios. Él quiere un nuevo ser humano que rompa con la mentalidad acaparadora y vea el horizonte de fraternidad y solidaridad que se alza más allá de la acumulación desmedida. Ilusiones, tonterías, simples ideales: así tildaron la propuesta de Jesús en su época. Y así continúan llamando a la utopía aquellos que están interesados en hacernos creer que el mundo actual es el máximo bien posible. Sin embargo, Dios en Jesús nos sale al encuentro con una alternativa. De nosotros depende que la veamos como posible y realizable (servicio biblico latinoamericano).

Los antiguos tenían una visión del mundo que no coincide con la nuestra. Concebían la tierra como una enorme superficie plana. Por debajo estaba el "sheol", el lugar de los muertos. Por encima, diversas bóvedas celestes. En la más alta habitaba Dios. Con este trasfondo se comprende mejor lo que Pablo nos dice hoy en su carta. Nosotros, aunque vivimos en la superficie de la tierra, "somos ciudadanos del cielo". Por eso, como dirá en otro lugar, "debemos buscar las cosas de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha del Padre". No creo que hoy, que tan rabiosamente defendemos nuestra condición mundana, que tanto acentuamos (y con razón) el misterio del Cristo "hecho carne", estemos habituados a considerarnos "ciudadanos del cielo". Y, sin embargo, a medida que nos dejamos educar por el Espíritu, sintonizamos más con estas expresiones del nuevo testamento. Ser ciudadano del cielo no significa refugiarse en un paraíso feliz para huir de la compleja vida de esta tierra. Por si hubiera alguna duda, bastaría dejarse iluminar por la parábola que hoy nos propone el evangelio de Lucas y sobre la cual volveremos luego. Ser ciudadano del cielo significa creer profundamente, sin glosas que desnaturalicen el espesor del misterio, que "Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo". Nos asomamos ahora a la parábola del "administrador injusto". Quizá deberíamos llamarlo, más bien, el "administrador astuto". En su apariencia no es un cuento muy edificante y, sin embargo, nos abre los ojos ante un aspecto de nuestra vocación cristiana que no figura entre los más destacados. El cristiano es un ciudadano del cielo ... "astuto", con los ojos abiertos, capaz de caer en la cuenta de los entresijos del mal para no dejarse dominar ingenuamente. La imagen social del cristiano suele ser un poco blandengue. Cuando uno quiere decir que no es un ingenuo, utiliza frases como: "No creas que soy una hermanita de la Caridad" o, en su versión modernizada, "No te creas que soy Teresa de Calcuta". La humildad es siempre fortaleza. La lucidez es astucia. La caridad es energía. Y, si no, basta contemplar cómo era Jesús. No creo que nadie, salvo quizá Nietzsche y sus teloneros, se atreva a calificar a Jesús de blandengue o de ingenuo. Naturalmente, para evitar este extremo, tampoco es necesario caer en esa literatura que habla del creyente en términos grandilocuentes: "madera de héroe", "aprendiz de caudillo" y lindezas por el estilo (gonzalo@claret.org).

Administrar los bienes de Dios. El Señor nos ha enriquecido con su Vida y ha derramado abundantemente su Espíritu Santo en nosotros. Tal vez nos ha pasado lo del hijo pródigo, que hemos malgastado los bienes del Señor y nos hemos quedado con las manos vacías. El Señor nos pide dejar nuestras miradas egoístas y miopes, y abrir nuestros ojos para trabajar colaborando para que el Reino de Dios llegue a quienes se han alejado de Él, o viven hundidos en el pecado y dominados por la maldad. Pero no sólo hemos de proclamar el Nombre de Dios; también hemos de compartir los bienes que tenemos, con quienes viven en condiciones menos dignas que las nuestras. Cuando anunciamos el Evangelio, o cuando alguien reciba, por medio nuestro, la Vida Divina, o cuando alguien reciba nuestra ayuda en bienes materiales, recordemos que no estamos compartiendo o repartiendo algo nuestro, sino los bienes de Dios que Él puso en nuestras manos, no para acumularlos, sino para socorrer a los necesitados. Esa es la sagacidad que el Señor espera de nosotros: compartir lo nuestro para hacernos ricos ante Dios; pues quien atesora para sí mismo se empobrece ante Dios y pierde su alma.

En esta Eucaristía el Señor nos reúne para llenarnos de su Vida y de su Espíritu. Él no limita su entrega hacia nosotros. Él se da plenamente a todos y a cada uno de nosotros. La presencia del Señor en nosotros es como una gran luz que se enciende; pero esa luz no puede quedar encerrada, sino que debe iluminar a todos. Así, quienes hemos entrado en comunión de vida con Cristo, nos convertimos en portadores de su amor salvador para todos los hombres. Hechos luz, por nuestra unión a Cristo, el Padre Dios no sólo acepta la ofrenda que hacemos de su Hijo mediante estos signos sacramentales de su Pascua; sino que nos contempla también a nosotros, que nos convertimos en una ofrenda agradable a Él por saber escuchar su Palabra y ponerla en práctica. Sabemos que hemos malgastado la vida de Dios en nosotros. Pero Dios, nuestro Padre lleno de misericordia, vuelve hacia nosotros su mirada para perdonarnos y volver a confiarnos el anuncio de su Evangelio, para que lo anunciemos tanto con las palabras, como, especialmente, con las obras. Ojalá y no defraudemos la confianza que el Señor ha depositado en nosotros.

El Señor, por medio nuestro, quiere continuar haciendo su obra de salvación en favor de todos los pueblos. Quien se convierta en portador de Cristo debe amoldar sus palabras, sus obras, sus actitudes y su vida misma al Señor. A nosotros corresponde permitirle al Señor, desde nuestra propia vida, consolar a los tristes, perdonar a los pecadores, socorrer a los pobres y hacer a todos hijos de Dios en Cristo, para que, convertidos en una ofrenda agradable a Él, todos lleguemos a participar de su Gloria. No denigremos el Nombre de Dios entre nosotros con actitudes pecaminosas. Más bien propiciemos el que al ver los hombres nuestras buenas obras, glorifiquen a nuestro Padre Dios, que está en los cielos.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, la gracia de vivir amando a todos. Como creció este amor en Jesús y en la familia que formó en el seno de María y se extendió en los apóstoles y en san Pablo y en los cristianos, en toda la Iglesia, que no está hecha de la carne sino de la fe, de los hijos de Dios, del amor. Una anécdota ilustra esta paternidad espiritual que viene de Dios, esta fraternidad de los hijos de Dios, ese amor que nace del corazón: la sabiduría de los niños: Debbie Moons, maestra de primer grado, estaba discutiendo con su grupo la pintura de una familia. En la pintura había un niño que tenía el cabello de diferente color al resto de los miembros de la familia. Uno de los niños del grupo sugirió que el niño de la pintura era adoptado y una niña compañera de él le dijo: "Yo sé todo acerca de las adopciones, porque yo soy adoptada".

 * "¿Qué significa ser adoptada?" preguntó el niño y la niña le contestó: 

* "Significa que uno no crece en el vientre de su mamá sino que crece en su corazón".

Que nuestro amor no se limite a algún grupo, sino que esté abierto a todos para que, distribuyendo con amor la Gracia de Dios, todos lleguemos algún día a alabar su Nombre eternamente. Amén (www.homiliacatolica.com; la anécdota me la mandaron por internet; los textos como siempre los escogí de entre los de mercaba.org; Llucià Pou Sabaté 2009: llucia.pou@gmail.com).

Jueves de la 31ª semana de Tiempo Ordinario. En la vida y en la muerte somos del Señor, Él va detrás de nosotros cuando nos perdemos y se alegra mucho cuando volvemos al camino de la vida, por la conversión.

 

 

Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 14,7-12. Hermanos: Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para si mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos. Tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? Y tú, ¿por qué desprecias a tu hermano? Todos compareceremos ante el tribunal de Dios, porque está escrito: «Por mi vida, dice el Señor, ante mi se doblará toda rodilla, a mí me alabará toda lengua.» Por eso, cada uno dará cuenta a Dios de sí mismo.

 

Salmo 26, 1.4.13-14. R. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?

Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo.

Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.

 

Evangelio según san Lucas 15,1-10. En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: -«Ése acoge a los pecadores y come con ellos.» Jesús les dijo esta parábola: -«Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: "¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido." Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: "¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido." Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta. »

 

Comentario: 1.- Rm 14,7-12. El pasaje de hoy no se entiende bien si no se tiene en cuenta el contexto anterior. Seria bueno que la lectura empezara en 14,1, y no en 14,7. Pablo ve que, en las comunidades, hay distintas maneras de pensar: unos dan importancia a algunos detalles, otros a otros. Por ejemplo, en cuanto a las comidas ("uno cree poder comer de todo, mientras el débil no come más que verduras") o en cuanto a los días que se celebran con especial énfasis ("éste da preferencia a un día, aquél los considera todos iguales"). Aquí viene la lección: en esas cosas que no son importantes, hemos de ser tolerantes y no querer imponer nuestra opinión: "el que come, no desprecie al que no come". Unos y otros se entiende que siguen su conciencia: "el que come, lo hace por el Señor; el que no come, lo hace por el Señor". Por eso, deberíamos tener como punto de referencia lo que sí es importante: "si vivimos, vivimos para el Señor, en la vida y en la muerte, somos del Señor". Y todo eso sin criticar a los hermanos porque hacen esto o lo otro: si su conciencia les dice que lo hagan así, no soy yo quien se debe meter a juez de sus acciones. "Cada uno dará cuenta a Dios de si mismo". Vemos ahí también razones teológicas para el ejercicio de la caridad fraterna (vv 7-9): ningún cristiano vive o muere para sí mismo, sino para el Señor, al que dará cuenta (vv 10-12), y comenta S. Juan Crisóstomo: "tenemos un Dios que quiere que vivamos y que no desea que muramos, y ambas cosas le interesan más a Él que a nosotros"; y S. Gregorio Magno: "los santos, pues, no viven ni mueren para sí. No viven para sí porque en todo lo quehacen buscan ganancias espirituales, pues orando, predicando y perseverando en las buenas obras, desean aumentar los ciudadanos de la patria celestial. Ni mueren para sí, porque, ante los hombres, glorifican con su muerte a Dios, al cual se apresuran a llegar muriendo".

En todo grupo humano, y también en las comunidades cristianas, tenemos necesidad de una mayor apertura de corazón. Debemos ser más pluralistas y respetar la conducta de los demás, aunque sea distinta de la nuestra. Debemos saber distinguir lo que es importante y lo que puede dejarse libremente a la conciencia de cada uno. Yo tengo que dar cuenta, ante Dios y ante la comunidad, de mis actos, sin meterme continuamente a fisgonear en lo que hacen los demás, ni perder la paz porque haya diversidad de opiniones y costumbres, cosa que deberíamos considerar como sana. Esto no es una invitación a despreocuparnos de los hermanos y a no buscar su bien. Pablo está hablando de cosas no importantes, en las que con frecuencia solemos fijarnos hasta perder el humor y la caridad. En la vida hay pocas cosas realmente trascendentes: ahí si debemos poner toda la carne en el asador. Pero en otras muchas, seriamos más felices si consiguiéramos un corazón comprensivo, tolerante, si respetáramos más al hermano y no nos escandalizáramos tan fácilmente de lo que hacen los demás. No vale la pena estar siempre discutiendo ni agriándonos el ánimo por cosas que no tienen importancia: seguramente son buenas las que pensamos nosotros y las que piensan los que hacen lo contrario.

El texto que meditaremos hoy se inscribe en el contexto en que san Pablo trata de las "divergencias", concretas que oponen a los cristianos entre sí. Algunos cristianos, aun habiendo abrazado la Fe en Cristo Salvador, se creían obligados a observar las prescripciones legales antiguas de la Ley de Moisés: días de ayuno... abstinencia de carne y vino... prohibición de algunos alimentos... otros cristianos -los "fuertes"- estimaban que su Fe les confería libertad plena, frente a esas antiguas prácticas religiosas. Se puede leer ese pasaje al comienzo de este capítulo (Rm 14 1 a 7). En este capítulo, Pablo aborda el problema de la caridad entre cristianos que profesan opiniones distintas acerca de la observancia de prácticas religiosas: días de ayuno (v 5), abstinencia de carne y de vino (vv 14,17,21), no comer ciertos alimentos (vv 14, 20). De hecho algunos cristianos ("los fuertes") creen que su fe los libera de esta religión; otros, más timoratos o más conservadores ("los débiles") opinan que tienen que hacer caso a sus escrúpulos. La lectura de hoy se dirige especialmente a los "débiles" que no tienen que juzgar a los "fuertes".

a) Un primer principio para mantener la caridad entre estos cristianos es que cada uno obre por el Señor (vv 5-6), con la certeza de ser, en cualquier circunstancia, siervo del mismo Señor (vv 7-9). Ni la vida ni la muerte cambian en nada este depender del Señor y mucho menos las cuestiones sobre prácticas religiosas. Y san Pablo continúa:

-Hermanos, ninguno de nosotros vive para sí mismo, y tampoco muere nadie para sí mismo. Es la condena más rotunda del "individualismo". Las "divergencias", si las hay, y los particularismos legítimos, deben finalmente al menos, orientarse y canalizarse hacia el bien común. No se puede vivir "para sí mismo". Nuestros valores personales, lo que nos hace ser nosotros mismos queda bajo el "celemín" si no es compartido, puesto en común, orientado «hacia los demás», hacia Dios.

-Vivimos para el Señor, morimos para el Señor. Es el primer principio para conservar o desarrollar la unidad entre cristianos de "opciones" opuestas: que cada uno actúe con lealtad "como servidor del mismo Señor".

-Ya vivamos,. ya muramos, pertenecemos al Señor. En definitiva, sólo Dios es la referencia absoluta. San Pablo no cuenta con que "conservadores" y "progresistas" lleguen a tener las mismas opiniones. Pide, incluso, a cada uno que siga su conciencia. La unidad no ha de hacerse a ese nivel concreto, sino más profundamente, en el esfuerzo de cada uno para ser «servidor del mismo Dios», para pertenecer al mismo Dios.

b) Los "conformistas" tienen tendencia a condenar a los "progresistas". Pablo les dice que no tienen derecho alguno a juzgarlos, porque el juicio es una prerrogativa divina (vv 10-12; cf Rom 12,14-21). Además, si los fuertes se comportan muy libremente, es en nombre de una libertad dada por Dios (vv 3-4).

Pablo no pide que conservadores y progresistas compartan las mismas ideas: no es a este nivel donde debe realizarse la unidad, sino mucho más profundamente, en la conciencia que cada uno debe tener de ser siervo del mismo Dios. La sociedad moderna se orienta cada vez más hacia el pluralismo. Es decir, que los cristianos tendrán que compartir cada vez más opiniones no solo sobre cuestiones profanas, políticas o sociales sino también sobre problemas morales, religiosos o litúrgicos. ¿Hay que lamentar esto, inquietarse por esta evolución y querer mantener a toda costa una uniformidad absoluta? Tal actitud correría el peligro de perder de vista que la unidad cristiana se sitúa a otro nivel, en donde solo cuenta la fe y la gloria de Dios único a quien se sirve. En realidad, cada uno tendría que poder contar hasta tal punto con el amor y el respeto ajenos que no tuviera reparo en mostrarse tal cual es, con sus debilidades y su fuerza, sabiendo que, a su vez, devolvía el mismo amor y el respeto hacia todos. La Eucaristía parroquial es precisamente el terreno por excelencia en donde se deben reconocer y asumir los conflictos y tensiones inherentes al pluralismo de esos cristianos reunidos y que poseen distintas opiniones (Maertens-Frisque).

La sociedad moderna y la Iglesia de HOY más que la del tiempo de san Pablo, están marcadas por pluralismos, oposiciones y conflictos. Está claro que los cristianos tienen modos de ver cada vez más diferentes los unos de los otros, sobre asuntos profanos, morales, religiosos, litúrgicos. Señor, ayúdanos a que te pertenezcamos... a que aceptemos las tensiones que nos dividen en todos los otros puntos.

-Entonces tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? Tú, ¿por qué desprecias a tu hermano? Es el segundo «principio» para continuar o desarrollar la unidad entre cristianos que tienen "opciones" opuestas: que cada uno cuide de no juzgar los comportamientos de los demás. Cada uno debería poder contar con el amor y el respeto de todos para no acomplejarse de «ser él mismo» tal cual es. Ayúdanos, Señor, a no juzgar, a no despreciar.

-Todos compareceremos ante el tribunal de Dios. En efecto, no tenemos derecho a juzgar a nuestros hermanos porque el "Juicio" es una prerrogativa sólo de Dios y ¡nosotros seremos juzgados por El! Precisa tener en cuenta esta eventualidad. Jesús mismo nos recomendó firmemente esta actitud cuando nos pidió que no mirásemos demasiado la «paja en el ojo del vecino» cuando no vemos «la viga que hay en el nuestro».

-«Por mi vida, dice el Señor, que toda rodilla se doblegará ante Mí..." Así, pues, cada uno de nosotros deberá rendir cuenta de sí mismo a Dios. No hay nada mejor que ese género de pensamientos para ayudarnos a relativizar nuestras posturas demasiado categóricas. Señor, no quiero temer tu juicio. Pero que esto me ayude a estar más abierto a los demás (Noel Quesson).

 

2. Sal. 26. Es un salmo de confianza, de esperanza. "El Señor es mi luz…" ue para un cristiano tiene una nueva referencia en las palabras de Jesús: "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8,12; cf 1,9). San Juan de Nápoles dice: "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Dichoso el que así hablaba, porque sabía cómo y de dónde procedía su luz y quién era el que lo iluminaba. El veía la luz, no esta que muere al atardecer, sino aquella otra que no vieron ojos humanos. Las almas iluminadas por esta luz no caen en el pecado, no tropiezan en el mal.

Decía el Señor: Caminad mientras tenéis luz. Con estas palabras, se refería a aquella luz que es él mismo, ya que dice: Yo he venido al mundo como luz, para que los que ven no vean y los ciegos reciban la luz. El Señor, por tanto, es nuestra luz, él es el sol de justicia que irradia sobre su Iglesia católica, extendida por doquier. A él se refería proféticamente el salmista, cuando decía: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

El hombre interior, así iluminado, no vacila, sigue recto su camino, todo lo soporta. El que contempla de lejos su patria definitiva aguanta en las adversidades, no se entristece por las cosas temporales, sino que halla en Dios su fuerza; humilla su corazón y es constante, y su humildad lo hace paciente. Esta luz verdadera que viniendo a este mundo alumbra a todo hombre, el Hijo, revelándose a sí mismo, la da a los que lo temen, la infunde a quien quiere y cuando quiere.

El que vivía en tiniebla y en sombra de muerte, en la tiniebla del mal y en la sombra del pecado, cuando nace en él la luz, se espanta de sí mismo y sale de su estado, se arrepiente, se avergüenza de sus faltas y dice: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Grande es, hermanos, la salvación que se nos ofrece. Ella no teme la enfermedad, no se asusta del cansancio, no tiene en cuenta el sufrimiento. Por esto, debemos exclamar, plenamente convencidos, no sólo con la boca, sino también con el corazón: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Si es él quien ilumina y quien salva, ¿a quién temeré? Vengan las tinieblas del engaño: el Señor es mi luz. Podrán venir pero sin ningún resultado, pues, aunque ataquen nuestro corazón, no lo vencerán. Venga la ceguera de los malos deseos: el Señor es mi luz. El es, por tanto, nuestra fuerza, el que se da a nosotros, y nosotros a él. Acudid al médico mientras podéis, no sea que después queráis y no podáis".

Los vv 2-3 Dice S. Agustín: "nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones".

La expresión "tierra de vivos" (v 13) alcanza su significado pleno con Cristo resucitado pues en el cielo está el Santuario de dios donde veremos su rostro. Estemos vigilantes para llegar con seguridad a la casa eterna del Padre Dios. Que lleguemos como hijos en el Hijo. Que ese sea nuestro anhelo, el motivo de nuestras oraciones, la única felicidad y seguridad buscadas. Que ya desde ahora caminemos a la luz del Señor, de su Palabra, de su amor. Entonces Dios volverá su mirada hacia nosotros y nos contemplará como a hijos suyos, y nos manifestará su bondad ya desde esta vida.

 

3.- Lc 15,1-10 (ver domingo 24 C) El capítulo 15 de san Lucas ha sido llamado "el corazón del evangelio". Nos transmite unas parábolas muy características (ha sido llamado "el evangelio de la misericordia": Juan Pablo II), las de la misericordia: hoy leemos la de la oveja descarriada y la de la moneda perdida. La del hijo pródigo, la más famosa, la leemos en Cuaresma. La ocasión se la brindan a Jesús los fariseos y los letrados, que murmuraban porque él acogía a los publicanos y pecadores y comía con ellos. La lección, por tanto, va para estas personas que no tienen misericordia. Lo contrario de Jesús, y de Dios, que sienten gran alegría cuando la oveja que se había descarriado vuelve al redil y cuando la moneda que se había perdido, ha sido recuperada. Son hermosas las imágenes del pastor que, lleno de alegría, se carga sobre los hombros a la oveja perdida, y la de la mujer que reune a sus vecinas para comunicarles su alegría por la moneda encontrada. Así es la alegría de Dios de "los ángeles de Dios"- "por un solo pecador que se convierta".

Dios es rico en misericordia. Su corazón está lleno de comprensión y clemencia. A pesar de que nosotros, a veces, nos alejemos de él, nos busca hasta encontrarnos y se alegra aún más que el pastor por la oveja y la mujer por la moneda. Esta misericordia la emplea, ante todo, con nosotros mismos, que también tenemos nuestros momentos de alejamiento y despiste. Y también con todos los demás pecadores. La Virgen María, en su Magníficat, cantaba a Dios porque "acogió a Israel su siervo acordándose de su misericordia". Si al pueblo elegido de Israel le tuvo que perdonar, también a nosotros, que no somos mucho mejores. Pero la lección se orienta a nuestra actitud con los demás, cuando fallan. Sería una pena que estuviéramos retratados en los fariseos que murmuran por el perdón que Dios da a los pecadores, o en la figura del hermano mayor del hijo pródigo que no quería participar en la fiesta que el padre organizó por la vuelta del hermano pequeño. ¿Tenemos corazón mezquino o corazón de buen pastor?

Las parábolas nos las narra Jesús para que aprendamos a imitar la actitud de ese Dios que busca a los que han fallado, uno por uno, que les hace fácil el camino de vuelta, que les acoge, que se alegra y hace fiesta cuando se convierten. ¿Acogemos nosotros así a los demás cuando han fallado y se arrepienten? ¿qué cara les ponemos? ¿quisiéramos que recibieran un castigo ejemplar? ¿les echamos en cara su fallo una y otra vez? ¿les damos margen para la rehabilitación, como Jesús a Pedro después de su grave fallo?

Si somos tolerantes y sabemos perdonar con elegancia, entonces sí nos podemos llamar discípulos de Jesús. La imagen de Jesús como Buen Pastor que carga sobre sus hombros a la oveja descarriada (la famosa estatua del siglo III que se conserva en el Museo de Letrán en Roma), debería ser una de nuestras preferidas: nos enseña a ser buenos pastores y a no comportarnos como los fariseos puritanos que se creen justos, sino como seguidores de Jesús, que no vino a condenar sino a perdonar y a salvar (J. Aldazábal).

-Los publicanos y los pecadores solían acercarse en masa para escuchar a Jesús. Los fariseos y los escribas lo criticaban diciendo: "Este hombre acepta a los pecadores y come con ellos". Una de las definiciones de Jesús: "aquel que acepta bien a los pecadores". He ahí una revelación sorprendente de Dios.

-Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una ¿no deja las noventa y nueve en el campo para ir en busca... La aritmética de Dios no es la nuestra. El número, la cantidad nos impresionan siempre. Para Dios "uno" iguala a "noventa y nueve". Cada hombre tiene un valor inestimable. Misterio del respeto que Dios tiene para cada uno de nosotros. ¡Tú nos amas, Señor, con un amor "personal", "individualizado"! En mi interior, con el pensamiento, recorro los nombres de las personas que he visto recientemente y cuyos nombres recuerdo bien: señor tal... señora cual... señorita X... el muchacho tal... la jovencita cual... Cada uno de ellos, cada uno, es amado por Dios. El Buen Pastor es Cristo: "puso la oveja sobre sus homros, porque, al aumir la naturaleza humana, Él mismo cargó con nuestros pecados" (San Gregorio Magno). La parábola es una explicación de la conducta de Jesús, y nos explica que frente a Él, quien le juzga acaba por ser juzgado en aquello mismo que juzga. La estructura de esta parábola, como la de la dracma perdida, son similares: expresan la alegría por haber encontrado lo perdido y Jesús añade que así es la alegría en el cielo por el arrepentimiento de un pecador (vv 7.10) de manera que el oyente entiende que la actitud del pastor o de la mujer, su alegría, representan a Dios que no se queda cruzado de brazos ante nuestras debilidades, sale a buscar lo perdido (v 4), y con un celo hace lo necesario para encontrarnos (v 8), pero sobre todo se alegra cuando le buscamos a él: "mas esta fuerza tiene el amor, si es perfecto, que olvidamos nuestro contento por contentar a quien amamos. Y verdaderamente es así que, aunque sean grandísimos trabajos, entendiendo contentamos a Dios, se nos hacen dulces" (Santa Teresa de Jesús; cf Biblia de Navarra).

-...Para ir en busca de "la descarriada", hasta que la encuentra? Me la imagino. Es precisamente aquella que se ha escapado, o que se ha perdido, Es aquella la que embarga todo el pensamiento del pastor. Sólo ella cuenta, por el momento. ¡Es así nuestro Dios! Un Dios que sigue pensando en los que le han abandonado, un Dios que ama a los que no le aman, un Dios que anda en busca de sus "hijos dispersos" ¡La oveja que causa preocupación a Dios! ¿Soy quizá yo?

-Cuando la encuentra, se la carga en los hombros, muy contento... Un hombre, un pastor feliz, sonriente, exultante, muy contento. ¡Así se nos presenta Dios!

-Y de regreso a su casa, reúne a sus amigos y a sus vecinos para decirles: "alegraos conmigo, porque he encontrado mi oveja, la que había perdido". Alegraos conmigo, dice Dios. Dios es un ser que se alegra, y de su alegría, hace partícipes a los demás. La "alegría de Dios" es encontrar de nuevo a los hijos que estaban perdidos.

-Os digo: "Lo mismo pasa en el cielo, da más alegría un pecador que se enmienda, que noventa y nueve justos que no necesitan enmendarse, convertirse". En el cielo hay alegría ¿Quién quiere alegrarse conmigo. dice Dios? ¡Un solo pecador que se convierte! ¿Lo he oído bien? ¡Un solo pecador que se convierte! ¡Uno solo! pasa a tener una importancia desmesurada a los ojos de Dios. Parece que sólo "él" es el que cuenta. Y tú, ¡no te contentas con esperar que ella vuelva! Tú saliste a buscarla. ¿Y yo? ¿Tengo ese mismo afán por la salvación de los hombres? ¿Tengo, como Dios, un corazón misionero? ¿enviado para salvar lo que se ha perdido?

-Y, si una mujer tiene diez monedas de plata y se le pierde una, ¿no enciende un candil, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Lucas es el único que nos cuenta esa parábola "femenina", que nos repite lo mismo; con otra imagen. "Alumbrar"... "barrer"... "buscar con cuidado..." Yo, pecador, como todos los pecadores, soy objeto de ese amor (Noel Quesson).

La justicia es pensada muchas veces como el estricto cumplimiento de la Ley. Pero pasa muchas veces que la ley no es justa o que se cumple con un sentido egoísta. Jesús se tuvo que enfrentar a muchos que se creían el «non plus ultra» de la sociedad porque «cumplían» la ley. Pero, la realidad era que cumplían sólo la letra, olvidando el espíritu de la ley. La ley de Israel estaba hecha para que le pueblo, luego de la liberación de Egipto, llegara a ser autónomo, equitativo y auténtico. Sin embargo, muchos habían trivializado el sentido de la ley y se contentaban con la exaltación del cumplimiento de las normas más triviales. De esta manera, manipulaban la constitución social y política destinada a beneficiar al pueblo, únicamente para unos intereses muy particulares de clase. La parábola con la que Jesús los encara, muestra cuál es la verdadera intención de Dios al ofrecer una Ley para su pueblo. El interés está dirigido decididamente a que la historia cambie y el pueblo viva. Dios quiere que el ser humano se salve de la injusticia y de la marginación. Por eso, el pastor sale en busca de la oveja extraviada, aquella que está excluida del rebaño. Se alegra de su presencia y festeja la integración de ella en el conjunto mayor. De igual manera, la mujer busca su moneda, porque sólo la unidad (10 monedas) es valiosa. Si falta una, el conjunto carece de valor. El Reino de Dios es una casa donde todos son admitidos, donde no hay excluidos.

Esta manera de pensar y actuar molestaba profundamente a los legalistas, que pensaban solamente en sus intereses individualistas y sectarios. Jesús les privaba con su predicación del instrumento ideológico (su legalismo) con el que defendían su situación y sus deseos de no cambiar. Por estos mismos intereses solucionaron sus diferencias con Jesús por medio de la violencia, lo que mostró hasta qué punto estaban aferrados a ellos (servicio biblico latinoamericano).

El pecado cometido se convierte casi en una joya. «En Pascua, Dios espera. Un pródigo que regresa le da más consuelo que noventa y nueve que siguieron siendo fieles; dada su infinita misericordia, mientras un pecado aún por cometer es evitado a costa de cualquier sacrificio, el pecado ya cometido se convierte en nuestras manos casi en una joya, que podemos regalar a Dios para darle el consuelo de perdonar. ¡Intentémoslo! Uno queda como un señor cuando se regalan joyas».

Estamos muy acostumbrados a subrayar el amor de Dios. En los últimos años se habla también mucho, influidos quizá por la tradición ortodoxa, de la belleza de Dios. ¿No necesitaríamos contemplar más a menudo la alegría de Dios? Lo que más me llama la atención de las parábolas del pastor que encuentra la oveja perdida, de la mujer que encuentra la moneda (e incluso del padre que encuentra a su hijo) es el tono de alegría que impregna a todas ellas. Ciertamente, hay otros aspectos importantes: el esfuerzo de búsqueda, el arrepentimiento, etc. Pero, por encima de todos, destaca la alegría. Donde hay experiencia de gracia (en griego se dice "cháris") siempre hay alegría (en griego se dice "chára"). Sólo cuando experimentamos que Dios es alegre y que nos contagia su alegría podemos renunciar a todo -como leíamos en el evangelio de ayer- sin sentir que nuestra vida se queda vacía. Creo que a esta experiencia se refiere Pablo cuando escribe a los filipenses: "Todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida comparado con Cristo". Por tres veces repite con parecidas palabras esta confesión, este juego de pérdida-ganancia.

¿Por qué tanta gente cuando piensa en el evangelio lo asocia siempre a palabras como cruz, renuncia, exigencia? ¿Por qué hay tantos creyentes que casi de manera obsesiva utilizan continuamente imperativos: debemos, tenemos que, es necesario, ...? Nada es posible sin un corazón feliz. La alegría es fuente de heroísmo. El esfuerzo sin alegría genera crispación y resentimiento, porque encaja mal los medios plazos, porque no tolera los errores. Recuerdo que cuando era adolescente circulaba una canción que hoy me parece ingenua en la letra y simplona en la música, pero que expresaba esta dimensión esencial de la experiencia de Dios…Decía, más o menos, así: Si Dios es alegre y joven, si es bueno y sabe sonreír, ¿por qué rezar tan tristes? ¿por qué vivir sin cantar ni reír? Pues eso. (gonzalo@claret.org)

La alegría de un Dios que sale en busca de lo perdido sólo puede hallar concreción en la actitud de Jesús que recibe a personas que en la consideración general estaban situados fuera de la realidad salvífica de Israel: los odiados publicanos, considerados por su profesión de cobradores del impuesto imperial como traidores a su pueblo, y los pecadores, alejados de la comunión con Dios. De esa forma se responde a la crítica de los autosuficientes que se consideraban justos y partícipes de los bienes divinos. Las parábolas rechazan, por tanto, toda participación basada en reglamentaciones o leyes y colocan como único lugar de encuentro con Dios la participación en su misericordia para con todos (Josep Rius-Camps).

Este evangelio nos hace sentir gozo pero sobre todo esperanza. ¿Quién no se ha sentido alguna vez como la oveja perdida? No sólo por el pecado… ¡Hay tantos conflictos y problemas en la vida…! Todos hemos conocido días amargos. Peor incluso si abrimos los ojos y miramos al mundo. Pero nuestra vida tiene sentido porque Dios nos cuida, nos ama, se alegra con nuestras alegrías y llora con nuestras penas. Los marginados que tuvieron la dicha de encontrarse con Jesús supieron que había algo diferente en aquel hombre. Tanto, que estaban deseosos de oír su palabra. La envidia de los oficial y socialmente buenos no pudo por menos que aparecer. Jesús, usando esta parábola de la oveja perdida les habla claro.

No es tiempo de ser tacaños sino de aprender a gozar con el mismo gozo de Dios. Y sufrir con sus penas. La alegría en el cielo por cada pecador arrepentido nos hace suponer una parecida pena por cada pecado y cada dolor que nos aflige. Si Jesús estuvo cerca de los que en su tiempo eran los últimos y más necesitados, podemos estar seguros de que hoy también está con nosotros, alegrándose cuando somos capaces de superarnos y llorando con nuestros momentos bajos. ¡Maravilloso! (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica).

Amigo de los pecadores. En el Evangelio leemos: Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: Éste recibe a los pecadores y come con ellos (Lucas 15, 1-10). La batalla de Jesús contra el pecado y sus raíces más profundas, no le aleja del pecador. Muy al contrario, lo aproxima a los hombres, a cada hombre. Su vida es un constante acercamiento a quien necesita la salud del alma; hasta tal punto que sus enemigos le dieron el título de amigo de publicanos y pecadores (Mt 11,18-19). Y Jesús les dice: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos (Mc 2,17). Sentado entre estos hombres que parecen muy alejados de Dios, Jesús se nos muestra entrañablemente humano. No se aparta de ellos, sino que busca su trato. La oración de hoy nos debe llevar a aumentar nuestra confianza en Jesús cuanto mayores sean nuestras necesidades; especialmente si en alguna ocasión sentimos con más fuerza la propia flaqueza. Y pediremos con más confianza por aquellos que están alejados del Señor. La vida de Jesús estuvo totalmente entregada a sus hermanos los hombres (Gal 2,20), con un amor tan grande que llegará dar la vida por todos (Jn 13,1). Cuanto más necesitados nos encontramos, más atenciones tiene con nosotros. Esta misericordia supera cualquier cálculo y medida humana. El Buen Pastor no da por definitivamente perdida a ninguna de sus ovejas. Con esta parábola, el Señor expresa su inmensa alegría ante la conversión de un pecador; un gozo divino que está por encima de toda lógica humana. Es la alegría de Dios cuando recomenzamos en nuestro camino, quizá después de pequeños o grandes fracasos. Existe también una alegría muy particular cuando hemos acercado a un amigo o a un pariente al sacramento del perdón, donde Jesucristo le esperaba con los brazos abiertos. Jesucristo sale muchas veces a buscarnos. Jesús se acerca al pecador con respeto, con delicadeza. Sus palabras son siempre expresión de su amor por cada alma. Los cuidados y atenciones de la misericordia divina sobre el pecador arrepentido son abrumadores. Nos perdona y olvida para siempre nuestros pecados. Lo que era muerte se convierte en fuente de vida. Nos muestra el Señor el valor que para Él tiene una sola alma y los esfuerzos que hace para que no se pierda. Este interés es el que debemos tener para que los demás no se extravíen y, si están lejos de Dios, para que vuelvan. Pidámoselo a Nuestra Madre (F. Fernández Carvajal).

La oveja perdida. La predicación del Señor atraía por su sencillez y por sus exigencias de entrega y amor. Los fariseos le tenían envidia porque la gente se iba tras Él. Esa actitud farisaica puede repetirse entre los cristianos: una dureza de juicio tal que no acepte que un pecador pueda convertirse y ser santo; o una ceguera de mente que impida reconocer el bien que hacen los demás y alegrarse de ello. Prostitutas, enfermos, mendigos, maleantes, pecadores. Cristo no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores, y por eso, fue signo de contradicción. Llegó rompiendo esquemas, escandalizando, amando hasta el extremo. Jesús se rodeaba de los sedientos de Dios, de los que estaban perdidos y buscaban al Buen Pastor. Esto no significa que el Señor no estime la perseverancia de los justos, sino que aquí se destaca el gozo de Dios y de los bienaventurados ante el pecador que se convierte, que se había perdido y vuelve al hogar. Es una clara llamada al arrepentimiento ya . Otra caída... y ¡qué caída!... No te desesperes, no: humíllate y acude, por María, al Amor Misericordioso de Jesús. ¡Arriba ese corazón! A comenzar de nuevo.

El Señor nos invita a una sincera conversión; lo cual significa aceptar la salvación que nos ofrece, y que Él nos logró a costa de la entrega de su propia vida por amor a nosotros. Dios nos ama con un amor infinito. Su amor por nosotros no es como nube mañanera, ni como el rocío del amanecer. Podrán desaparecer los cielos y la tierra, podrá una madre dejar de amar al hijo de sus entrañas; pero el amor de Dios hacia nosotros jamás se acabará. Ese amor llevó al Hijo de Dios a descender desde la eternidad para que hecho uno de nosotros, saliera a buscarnos, pues andábamos errantes como ovejas sin pastor; y cuando nos encontró, lleno de amor nos cargó sobre sus hombros; es decir, no nos trató con golpes, no nos condenó puesto que Él no vino a condenar, sino a salvar todo lo que se había perdido. Con grandes muestras de amor hacia nosotros, amor manifestado hasta el extremo, nos hizo experimentar que Dios jamás ha dejado de amarnos. Y puesto que sólo el amor es digno de crédito, su amor no se quedó sólo en palabras, sino que se manifestó mediante sus obras; incluso es un amor manifestado hasta la entrega de su propia vida a favor nuestro. ¿Seremos capaces de amar como Él nos ha amado? ¿Seremos capaces de colaborar a la salvación de los que viven lejos del Señor, buscándolos y ayudándoles a retornar, no a golpes y regaños, sino con un amor sincero, manifestado hasta el extremo, por ellos? En esta Eucaristía el Señor sale a nuestro encuentro para ofrecernos su perdón, su Vida, su Espíritu. Alimentarse de Cristo no es sólo acercarse a recibir la Eucaristía por devoción, por costumbre, o, por desgracia, de un modo inconsciente. Entrar en comunión de vida con el Señor significa abrir nuestro corazón para que habite el Señor en nosotros y nos transforme haciéndonos vivir como hijos suyos que, dejándonos amar por Él, comencemos a caminar a su luz, amándolo a Él por encima de todo, y amando a nuestro prójimo como Dios nos ha amado a nosotros. Ese es el compromiso de fe que hemos de adquirir al participar en la Eucaristía. El Señor nos envía como un signo de su amor misericordioso y salvador en el mundo. Conociendo las grandes miserias que aquejan a muchas personas, hemos de trabajar de un modo real por remediarlas. Quien ante el dolor y la pobreza de los demás permanece indiferente, o sólo da las migajas que le sobran mientras él banquetea espléndidamente, no puede identificarse con Cristo que sale al encuentro de la oveja herida por tantas injusticias de que ha sido víctima. Quien vive su fe encerrado en sí mismo, no puede identificarse con Cristo que sale a buscar a la oveja descarriada y que se desvela por ella hasta encontrarla. No podemos ser signo de Cristo mientras nos quedemos en casa esperando que los pecadores y descarriados vuelvan solos. La Vida de Cristo ha de ser como una luz que, por medio nuestro, se hace cercana a quienes viven en tinieblas y en sombras de muerte para que, en Cristo, encuentren el Camino que le dé nuevamente sentido a su vida y les salve. Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la Gracia de ser portadores de Cristo hasta los últimos rincones de la tierra, para que todos salten de gozo en el Señor y queden llenos del Espíritu Santo, y, viviendo como hijos de Dios todos podamos encaminarnos, unidos a Cristo, al gozo eterno. Amén (www.homiliacatolica.com).

 

 

Miércoles de la 31ª semana de Tiempo Ordinario. El amor es el resumen de la ley entera, y una expresión es la pobreza: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío, que también va ligada al santo temor de Dios

 

 

Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 13,8-10. Hermanos: A nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás» y los demás mandamientos que haya, se resumen en esta frase: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera.

 

Salmo 111,1-2.4-5.9. R. Dichoso el que se apiada y presta.

Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón sus mandatos. Su linaje será poderoso en la tierra, la descendencia del justo será bendita.

En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo. Dichoso el que se apiada y presta, y administra rectamente sus asuntos.

Reparte limosna a los pobres; su caridad es constante, sin falta, y alzará la frente con dignidad.

 

Evangelio según san Lucas 14,25-33. En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: -«Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mi no puede ser discípulo mio. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: "Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar. ¿0 qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.»

 

Comentario: 1.- Rm 13,8-10 (ver domingo 23A). Sigue Pablo, en este breve pasaje, apuntando a la vida de la comunidad y las condiciones para su funcionamiento. La idea que le interesa subrayar es que "el que ama, tiene cumplido el resto de la ley". Todos los demás mandamientos son comentario y acompañamiento. Todos "se resumen en esta frase: amarás a tu prójimo como a ti mismo".

Jesús, el Maestro, nos dijo que el amor es el principal mandamiento. El que ama a Dios y al prójimo, cumple todo lo que hay que cumplir. Pablo insiste, aquí, en el amor al prójimo, porque está describiendo la vida de una comunidad cristiana, que ayer comparaba a un cuerpo en el que todos tienen que colaborar para el bien común. Ya sabemos lo difícil que es "amar al prójimo como a nosotros mismos". La medida del amor fraterno, a veces, es "como Dios ama a todos". Otras, "como yo, Cristo, os he amado". Y aquí, "como a ti mismo." Las tres medidas son difíciles, porque suponen radicalidad, gratuidad en el amor, salir de sí mismos y buscar el bien de los demás. ¡Cuántas ocasiones tenemos, al cabo del día, en la vida de familia o en cualquier otra comunidad o ambiente, para mostrar esta actitud, la fundamental de los cristianos! No se nos piden milagros. Se nos piden detalles de amor y delicadeza con los demás. ¿No sigue siendo verdad, también en nuestros tiempos, que "en las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo"? ¿no comunicamos luz y esperanza a los que viven con nosotros cuando les tratamos bien?

Al fin de cada jornada (y en los retiros mensuales o anuales, o cuando acudimos al sacramento de la Penitencia), la pregunta básica que nos podemos hacer es ésta, tan sencilla y profunda: ¿he amado? En el fondo, siempre está la promesa: "a mí me lo hicisteis".

-Pues el que «ama" al otro tiene cumplida la Ley. Es lo que Jesús había dicho ya. El amor es el compendio de la Ley. "Aquel que ama a los demás"... una definición del cristiano. ¡Cuán lejos solemos estar de esto, Señor! Ayúdanos a no soñar en este amor, sino a llevarlo a la práctica humildemente, modestamente, cada día. Guardo un momento de silencio para convencerme nuevamente de esta necesidad: Oigo que Jesús me lo repite... oigo que Pablo me lo repite... oigo que el mundo actual, tan exigente con los cristianos en este sentido, me lo repite. Descubrir de nuevo mis puntos de inserción concretos, en este amor a los demás. ¿A quién... tengo que amar? ¿Cómo... debo amarlos? ¿Qué gestos, qué actitudes, qué palabras, qué compromisos... esperan los demás de mí?

-La Ley dice: «No cometerás adulterio, no matarás, no robarás... no codiciarás..... Estos mandamientos y todos los demás se resumen en esta fórmula: amarás al prójimo como a ti mismo. Es más que un resumen, es un cambio completo de perspectiva. Se pasa de lo "negativo", de lo "interdicto", de lo «permitido y de lo prohibido"... no... no... A lo "positivo", al "dinamismo interior", a la exigencia infinita... ¡ama!

Las reglas de la Ley son una especie de "minimum": Cuando las hemos cumplido, podemos creer que estamos en regla. Pero el amor es una "llamada", dirigida a todos. El fariseo de la parábola "estaba en regla". Jesús dice que no quedó justificado. El publicano, en cambio, era un pobre pecador, que no estaba en regla con la Ley, pero que estaba "abierto al amor". Jesús dice que éste quedó justificado.

-El amor no hace mal al prójimo. «Hacer un mal". Dañar a... La expresión es fuerte y nueva. Comparar la fórmula: «Hacer el mal»... con "hacer un mal"... En el primer caso, se está ante una abstracción, ante un principio. En el segundo, se está ante "alguien", ante una persona. ¡Ayúdanos, Señor, a no hacer daño a nadie! Al menos, voluntariamente. Ayúdanos a sanar, en lo posible, las heridas que hemos podido causar (Noel Quesson).

La Ley y los profetas se resumen en el amor. Quien no ama a su prójimo no conoce a Dios, porque Dios es amor. Toda la Escritura nos hace conocer el amor que Dios nos tiene; y por eso, si queremos escuchar y poner en práctica la Palabra de Dios, hemos de llegar al amor perfecto; si no caminamos hacia esa perfección en vano creemos en Dios, y en vano querremos hacer nuestra su Vida. Sabemos que hemos pecado. Y el pecado ha oscurecido en nosotros el amor y la capacidad de amar. Cristo ha venido a liberarnos del pecado y de la muerte. El hombre reconciliado es aquel que ha recuperado, por medio de Cristo, la capacidad de amar. El hombre perfecto en Cristo es aquel que ama como nosotros hemos sido amados por Él. Hagamos nuestro el amor de Cristo y lleguemos a la perfección que Dios quiere de nosotros.

 

2. Sal. 111. Juan Pablo II comentaba sobre la Felicidad del justo, también en relación con las fiestas de Todos los Santos del cielo y todos los Fieles Difuntos. "Iluminados por la fe, contemplamos el enigma humano de la muerte con serenidad y esperanza. Según la Escritura, más que un final, es un nuevo nacimiento, es el paso obligado a través del cual pueden llegar a la vida plena los que conforman su vida terrena según las indicaciones de la palabra de Dios. El salmo 111, composición de índole sapiencial, nos presenta la figura de estos justos, los cuales temen al Señor, reconocen su trascendencia y se adhieren con confianza y amor a su voluntad a la espera de encontrarse con él después de la muerte. A esos fieles está reservada una "bienaventuranza": "Dichoso el que teme al Señor" (v 1). El salmista precisa inmediatamente en qué consiste ese temor: se manifiesta en la docilidad a los mandamientos de Dios. Llama dichoso a aquel que "ama de corazón sus mandatos" y los cumple, hallando en ellos alegría y paz.

La docilidad a Dios es, por tanto, raíz de esperanza y armonía interior y exterior. El cumplimiento de la ley moral es fuente de profunda paz de la conciencia. Más aún, según la visión bíblica de la "retribución", sobre el justo se extiende el manto de la bendición divina, que da estabilidad y éxito a sus obras y a las de sus descendientes: "Su linaje será poderoso en la tierra, la descendencia del justo será bendita. En su casa habrá riquezas y abundancia" (vv 2-3; cf. v. 9). Ciertamente, a esta visión optimista se oponen las observaciones amargas del justo Job, que experimenta el misterio del dolor, se siente injustamente castigado y sometido a pruebas aparentemente sin sentido. Job representa a muchas personas justas, que sufren duras pruebas en el mundo. Así pues, conviene leer este salmo en el contexto global de la sagrada Escritura, hasta la cruz y la resurrección del Señor. La Revelación abarca la realidad de la vida humana en todos sus aspectos. Con todo, sigue siendo válida la confianza que el salmista quiere transmitir y hacer experimentar a quienes han escogido seguir el camino de una conducta moral intachable, contra cualquier alternativa de éxito ilusorio obtenido mediante la injusticia y la inmoralidad.

El centro de esta fidelidad a la palabra divina consiste en una opción fundamental, es decir, la caridad con los pobres y necesitados: "Dichoso el que se apiada y presta (...). Reparte limosna a los pobres" (vv 5.9). Por consiguiente, el fiel es generoso: respetando la norma bíblica, concede préstamos a los hermanos que pasan necesidad, sin intereses (cf. Dt 15,7-11) y sin caer en la infamia de la usura, que arruina la vida de los pobres. El justo, acogiendo la advertencia constante de los profetas, se pone de parte de los marginados y los sostiene con ayudas abundantes. "Reparte limosna a los pobres", se dice en el versículo 9, expresando así una admirable generosidad, completamente desinteresada…

Nosotros fijamos nuestra mirada en el rostro sereno del hombre fiel, que "reparte limosna a los pobres" y, para nuestra reflexión conclusiva, acudimos a las palabras de Clemente Alejandrino, el Padre de la Iglesia del siglo II, que comenta una afirmación difícil del Señor. En la parábola sobre el administrador injusto aparece la expresión según la cual debemos hacer el bien con "dinero injusto". Aquí surge la pregunta: el dinero, la riqueza, ¿son de por sí injustos?, o ¿qué quiere decir el Señor? Clemente Alejandrino lo explica muy bien en su homilía titulada "¿Cuál rico se salvará?" Y dice: Jesús "declara injusta por naturaleza cualquier posesión que uno conserva para sí mismo como bien propio y no la pone al servicio de los necesitados; pero declara también que partiendo de esta injusticia se puede realizar una obra justa y saludable, ayudando a alguno de los pequeños que tienen una morada eterna junto al Padre (cf. Mt 10,42; 18,10)". Y, dirigiéndose al lector, Clemente añade: "Mira, en primer lugar, que no te ha mandado esperar a que te rueguen o te supliquen; te pide que busques tú mismo a los que son dignos de ser escuchados, en cuanto discípulos del Salvador". Luego, recurriendo a otro texto bíblico, comenta: "Así pues, es hermosa la afirmación del Apóstol: "Dios ama a quien da con alegría" (2 Co 9,7), a quien goza dando y no siembra con mezquindad, para no recoger del mismo modo, sino que comparte sin tristeza, sin hacer distinciones y sin dolor; esto es auténticamente hacer el bien"… todos estamos llamados a confrontarnos con el enigma de la muerte y, por tanto, con la cuestión de cómo vivir bien, cómo encontrar la felicidad. Y este salmo responde: dichoso el hombre que da; dichoso el hombre que no utiliza la vida para sí mismo, sino que da; dichoso el hombre que es "justo, clemente y compasivo"; dichoso el hombre que vive amando a Dios y al prójimo. Así vivimos bien y así no debemos tener miedo a la muerte, porque tenemos la felicidad que viene de Dios y que dura para siempre".

Temer al Señor y amarlo de corazón no es sentir cosquillas en el pecho; es tenerlo en nuestro corazón como el único Dios, centro de nuestra vida, de nuestras obras, de nuestros pensamientos y palabras. Fue el lema de las moradas de Santa Teresa: "A los que por la misericordia de Dios han vencido estos combates, y con la perseverancia entrado a las terceras moradas ¿qué les diremos, sino bienaventurado el varón que teme al Señor? No ha sido poco hacer Su Majestad que entienda yo ahora qué quiere decir el romance de este verso a este tiempo, según soy torpe en este caso.

Por cierto, con razón le llamaremos bienaventurado, pues si no torna atrás, a lo que podemos entender lleva camino seguro de su salvación. Aquí veréis, hermanas, lo que importa vencer las batallas pasadas; porque tengo por cierto que nunca deja el Señor de ponerle en seguridad de conciencia, que no es poco bien.

Digo en seguridad, y dije mal, que no la hay en esta vida, y por eso siempre entended que digo «si no torna a dejar el camino comenzado».

Harto gran miseria es vivir en vida que siempre hemos de andar como los que tienen los enemigos a la puerta, que ni pueden dormir ni comer sin armas, y siempre con sobresalto si por alguna parte pueden desportillar esta fortaleza.

¡Oh Señor mío y bien mío!, ¿cómo queréis que se desee vida tan miserable, que no es posible dejar de querer y pedir nos saquéis de ella si no es con esperanza de perderla por Vos o gastarla muy de veras en vuestro servicio, y sobre todo entender que es vuestra voluntad? Si lo es, Dios mío, muramos con Vos, como dijo Santo Tomás, que no es otra cosa sino morir muchas veces vivir sin Vos y con estos temores de que puede ser posible perderos para siempre.

Por eso digo, hijas, que la bienaventuranza que hemos de pedir es estar ya en seguridad con los bienaventurados; que con estos temores ¿qué contento puede tener quien todo su contento es contentar a Dios? Y considerad que éste, y muy mayor, tenían algunos santos que cayeron en graves pecados; y no tenemos seguro que nos dará Dios la mano para salir de ellos y hacer la penitencia que ellos (entiéndese del auxilio particular).

Por cierto, hijas mías, que estoy con tanto temor escribiendo esto, que no sé cómo lo escribo ni cómo vivo cuando se me acuerda, que es muy muchas veces. Pedidle, hijas mías, que viva Su Majestad en mí siempre; porque si no es así, ¿qué seguridad puede tener una vida tan mal gastada como la mía? Y no os pese de entender que esto es así, como algunas veces lo he visto en vosotras cuando os lo digo, y procede de que quisierais que hubiera sido muy santa, y tenéis razón: también lo quisiera yo; mas ¡qué tengo de hacer si lo perdí por sola mi culpa! Que no me quejaré de Dios que dejó de darme bastantes ayudas para que se cumplieran vuestros deseos; que no puedo decir esto sin lágrimas y gran confusión de ver que escriba yo cosa para las que me pueden enseñar a mí. ¡Recia obediencia ha sido! Plega al Señor que, pues se hace por El, sea para que os aprovechéis de algo porque le pidáis perdone a esta miserable atrevida.

Mas bien sabe Su Majestad que sólo puedo presumir de su misericordia, y ya que no puedo dejar de ser la que he sido, no tengo otro remedio, sino llegarme a ella y confiar en los méritos de su Hijo y de la Virgen, madre suya, cuyo hábito indignamente traigo y traéis vosotras. Alabadle, hijas mías, que lo sois de esta Señora verdaderamente; y así no tenéis para qué os afrentar de que sea yo ruin, pues tenéis tan buena madre. Imitadla y considerad qué tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien de tenerla por patrona, pues no han bastado mis pecados y ser la que soy para deslustrar en nada esta sagrada Orden.

Mas una cosa os aviso: que no por ser tal y tener tal madre estéis seguras, que muy santo era David, y ya veis lo que fue Salomón; ni hagáis caso del encerramiento y penitencia en que vivís, ni os asegure el tratar siempre de Dios y ejercitaros en la oración tan continuo y estar tan retiradas de las cosas del mundo y tenerlas a vuestro parecer aborrecidas.

Bueno es todo esto, mas no basta ­como he dicho­ para que dejemos de temer; y así continuad este verso y traedle en la memoria muchas veces: Beatus vir, qui timet Dominum.

Ya no sé lo que decía, que me he divertido mucho y, en acordándome de mí, se me quiebran las alas para decir cosa buena; y así lo quiero dejar por ahora.

Tornando a lo que os comencé a decir de las almas que han entrado a las terceras moradas, que no las ha hecho el Señor pequeña merced en que hayan pasado las primeras dificultades, sino muy grande, de éstas, por la bondad del Señor, creo hay muchas en el mundo: son muy deseosas de no ofender a Su Majestad ni aun de los pecados veniales se guardan, y de hacer penitencia amigas, sus horas de recogimiento, gastan bien el tiempo, ejercítanse en obras de caridad con los prójimos, muy concertadas en su hablar y vestir y gobierno de casa, los que las tienen.

Cierto, estado para desear y que, al parecer, no hay por qué se les niegue la entrada hasta la postrera morada ni se la negará el Señor, si ellos quieren, que linda disposición es para que las haga toda merced.

¡Oh Jesús!, ¿y quién dirá que no quiere un tan gran bien, habiendo ya en especial pasado por lo más trabajoso? ­ No, ninguna.

Todas decimos que lo queremos; mas como aun es menester más para que del todo posea el Señor el alma, no basta decirlo, como no bastó al mancebo cuando le dijo el Señor que si quería ser perfecto.

Desde que comencé a hablar en estas moradas le traigo delante; porque somos así al pie de la letra, y lo más ordinario vienen de aquí las grandes sequedades en la oración, aunque también hay otras causas; y dejo unos trabajos interiores, que tienen muchas almas buenas, intolerables y muy sin culpa suya, de los cuales siempre las saca el Señor con mucha ganancia, y de las que tienen melancolía  y otras enfermedades.

En fin, en todas las cosas hemos de dejar aparte los juicios de Dios. De lo que yo tengo para mí que es lo más ordinario, es lo que he dicho; porque como estas almas se ven que por ninguna cosa harían un pecado, y muchas que aun venial de advertencia no le harían, y que gastan bien su vida y su hacienda, no pueden poner a paciencia que se les cierre la puerta para entrar adonde está nuestro Rey, por cuyos vasallos se tienen y lo son. Mas aunque acá tenga muchos el rey de la tierra, no entran todos hasta su cámara.

Entrad, entrad, hijas mías, en lo interior; pasad adelante de vuestras obrillas, que por ser cristianas debéis todo eso y mucho más y os basta que seáis vasallas de Dios; no queráis tanto, que os quedéis sin nada.

Mirad los santos que entraron a la cámara de este Rey, y veréis la diferencia que hay de ellos a nosotras.

No pidáis lo que no tenéis merecido, ni había de llegar a nuestro pensamiento que por mucho que sirvamos lo hemos de merecer los que hemos ofendido a Dios.

¡Oh humildad, humildad! No sé qué tentación me tengo en este caso que no puedo acabar de creer a quien tanto caso hace de estas sequedades, sino que es un poco de falta de ella.

Digo que dejo los trabajos grandes interiores que he dicho, que aquéllos son mucho más que falta de devoción. Probémonos a nosotras mismas, hermanas mías, o pruébenos el Señor, que lo sabe bien hacer, aunque muchas veces no queremos entenderlo; y vengamos a estas almas tan concertadas, veamos qué hacen por Dios y luego veremos cómo no tenemos razón de quejarnos de Su Majestad.

Porque si le volvemos las espaldas y nos vamos tristes, como el mancebo del Evangelio, cuando nos dice lo que hemos de hacer para ser perfectos, ¿qué queréis que haga Su Majestad, que ha de dar el premio conforme al amor que le tenemos? Y este amor, hijas, no ha de ser fabricado en nuestra imaginación, sino probado por obras; y no penséis que ha menester nuestras obras, sino la determinación de nuestra voluntad.

Parecernos ha que las que tenemos hábito de religión y le tomamos de nuestra voluntad y dejamos todas las cosas del mundo y lo que teníamos por El (aunque sea las redes de San Pedro, que harto le parece que da quien da lo que tiene), que ya está todo hecho. ­ Harto buena disposición es, si persevera en aquello y no se torna a meter en las sabandijas de las primeras piezas, aunque sea con el deseo; que no hay duda sino que si persevera en esta desnudez y dejamiento de todo, que alcanzará lo que pretende.

Mas ha de ser con condición, y mirad que os aviso de esto, que se tenga por siervo sin provecho ­como dice San Pablo, o Cristo­ y crea que no ha obligado a Nuestro Señor para que le haga semejantes mercedes; antes, como quien más ha recibido, queda más adeudado.

¿Qué podemos hacer por un Dios tan generoso que murió por nosotros y nos crió y da ser, que no nos tengamos por venturosos en que se vaya desquitando algo de lo que le debemos, por lo que nos ha servido (de mala gana dije esta palabra, mas ello es así que no hizo otra cosa todo lo que vivió en el mundo), sin que le pidamos mercedes de nuevo y regalos?

Mirad mucho, hijas, algunas cosas que aquí van apuntadas, aunque arrebujadas, que no lo sé más declarar. El Señor os lo dará a entender, para que saquéis de las sequedades humildad y no inquietud, que es lo que pretende el demonio; y creed que adonde la hay de veras, que, aunque nunca dé Dios regalos, dará una paz y conformidad con que anden más contentas que otros con regalos; que muchas veces ­como habéis leído­ los da la divina Majestad a los más flacos; aunque creo de ellos que no los trocarían por las fortalezas de los que andan con sequedad.

Somos amigos de contentos más que de cruz. Pruébanos, tú, Señor, que sabes las verdades, para que nos conozcamos. Quien tiene a Dios consigo camina guiado por su Espíritu para vivir siendo justo, clemente, compasivo y honrado. Quien vive sin Dios se convierte en un injusto, en un malvado, en un usurero, en un delincuente, en alguien que aplasta al pobre y lo destruye. Si queremos ser bendecidos por Dios amémoslo de corazón y seamos fieles a sus mandatos y enseñanzas".

La felicidad del que teme al Señor consistirá en ver prosperar su descendencia (v 2-3) y tener auxilio ante las dificultades (tinieblas: v 4); se habla ahí de que el justo es como una luz y es clemente y misericordioso, aplicando al hombre los atributos divinos. Así, el hombre, que solidario con los demás (v 5) pone su confianza en Dios (v 7) no tendrá nada malo ni aun cuanto tenga enemigos (v 8), y será perdonado por Dios y honrado por los demás (v 9). San Pablo, al organizar la colecta para Jerusalén, citó estas palabras: y poderoso es Dios para colmaros de toda gracia, para que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo necesario, tengáis abundancia en toda obra buena, según está escrito: 'repartió con largueza, dio a los pobres; su justicia permanece para siempre' (2 Co 9,8-9).

 

3.- Lc 14,25-33 (ver domingo 23C). El seguimiento de Jesús no va a ser fácil. Podemos explicarnos en parte lo que él lamentaba ayer, que algunos no aceptan la invitación al banquete de su Reino, porque es exigente y no se trata sólo de sentarse a su mesa. Hoy nos dice que, para ser discípulos suyos, hay que "posponer al padre y a la madre, a la familia, e incluso a sí mismo", y que hay que estar dispuestos a "llevar la cruz detrás de él". Pone Jesús dos ejemplos de personas que hacen cálculos, porque son sabias, y buscan los medios para conseguir lo que vale la pena. Uno que ajusta presupuestos para ver si puede construir la torre que quiere. Otro que hace números, para averiguar si tiene suficientes soldados y armas para la batalla que prepara. Así deberían ser de espabilados los que quieren conseguir la salvación.

Seguir a Jesús es algo serio. Comporta renuncias y cargar con la cruz y posponer otros valores que también nos son muy queridos. Si se tratara de hacer una selección en las páginas del evangelio, y construirnos un cristianismo a nuestra medida, "a la carta", entonces sí que podríamos prepararnos un camino fácil y consolador. Pero el estilo de vida de Jesús es exigente y radical, y hay que aceptarlo entero. La fe en Cristo abarca toda nuestra vida. ¿Hemos hecho bien los cálculos sobre lo que nos conviene hacer para conseguir la vida eterna? ¿a qué estamos dispuestos a renunciar para ser discípulos de Jesús y asegurarnos así los valores definitivos? ¿somos inteligentes al hacer bien los números y los presupuestos, o nos exponemos a gastar nuestras energías en la dirección que no nos va a llevar a la felicidad? Para las cosas de este mundo solemos ser muy sabios, y las programamos y revisamos muy bien: negocios, estudios, deportes. ¿También nos sentamos a hacer números en las cosas del espíritu? Jesús, para llevar a cabo su misión salvadora de la humanidad, renunció a todo, incluso a su vida. Por eso fue constituido Señor y Salvador de todos. Y nos dice que también nosotros debemos saber llevar la cruz de cada día, para hacer el bien como él y con él (J. Aldazábal).

-Un gran gentío acompañaba a Jesús por el camino; El se volvió y les dijo: "Si uno quiere ser de los míos y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas y hasta a su propia vida, no puede ser discípulo mío". Ya estamos advertidos. El amor universal sin condiciones y sin fronteras no es un suave sentimiento muy tranquilo y muy fácil. Es una revolución. Jesús pide una renuncia total, para que nuestra entrega a El sea también total. Escuchemos esto, por difícil que pueda parecernos: Jesús, en la lengua aramea que no tiene "comparativo" ha usado un término mucho más violento y que el texto griego tampoco ha suavizado... pero que nos ha parecido demasiado duro, y que hemos traducido por "preferir": de hecho ¡el término sería "odiar"! "Si uno quiere ser de los míos y no odia a su padre, a su madre, a su mujer..." Ya sabemos que Jesús quiere que amemos a los nuestros. El amor filial, el amor conyugal, el amor fraterno son "sagrados". Pero el amor de Dios, que los sostiene y los anima, debe ser mayor todavía.

-Quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío. ¡Seguir a Jesús no es cosa fácil! y ¡cuesta caro! exige inversiones costosas... ¡Hay que echar el resto! ¡Hay que comprometerse por entero! "Cargar con su cruz". Nosotros, en el siglo XX, no hemos visto este espectáculo en la calle. Pero los oyentes de Jesús y los lectores de Lucas, todos habían visto algún día, al que había de ser crucificado cargado con su cruz hasta el lugar de la ejecución. En la antigüedad ¡éste era el suplicio de los desertores y de los esclavos! No olvidemos que Jesús se prepara para subir a Jerusalén donde El personalmente dará ese espectáculo lamentable por las calles de la ciudad hasta el lugar de su tortura. "Caminar siguiendo a Jesús". De ahora en adelante, que no nos extrañen los obstáculos, ni los sufrimientos, ni las dificultades de la vida cristiana. Tampoco hemos de soportarlos a regañadientes, refunfuñando... más bien tenemos que considerarlos objeto de una comunión con Jesús, o como una participación a su obra esencial, como un "caminar en seguimiento de Jesús". Contemplo a Jesús que va caminando... yo le sigo detrás...

-Quién es el que quiere edificar una torre... construir. Quién es el rey que parte a guerrear... combatir. Dos empresas que requieren reflexión y perseverancia.

-Que no empieza por sentarse... Para calcular el gasto. Que no empieza por sentarse... Para ver si podrá afrontar al adversario... Seguir a Jesús, eso no se hace sin reflexionar, sin pensarlo de antemano. Como para una empresa que hay que prever y para la que es necesario organizarse. "Sentarse" El deber de sentarse para reflexionar, con el bolígrafo en la mano, calculando las ganancias y las pérdidas. Es cosa de considerarla dos veces. Por el hecho de "seguir a Jesús", ¿qué voy a ganar? ¿qué voy a perder?

-De igual manera, todo aquel de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío. ¿Qué "he arriesgado" yo por Jesús? En la alegría del don total (Noel Quesson).

Calcular el costo de nuestro seguimiento a Cristo: Renuncia a poner nuestra seguridad en los bienes temporales y a aquello que nos da seguridad en este mundo: nuestros padres, esposa, hijos, hermanos; e, incluso, uno mismo; saber que hemos de cargar nuestra cruz de cada día haciendo nuestros los dolores, sufrimientos, limitaciones, enfermedades y pecados de los demás para darles una solución adecuada en Cristo; aceptar que en lugar de endurecerle la vida a los demás o hacérsela más pesada, se las aliviaremos y haremos más llevadera. Eso es lo que aceptamos vivir por seguir amorosamente a Cristo. Y lo seguimos para llegar, junto con Él, hasta el extremo de morir en el calvario por amor a los demás. Pero la muerte no tendrá para nosotros la última palabra, sino la vida; pues siguiendo a Cristo pasaremos por la muerte, resucitando junto con Él para ser glorificados también junto con Él. Ante ese panorama que se nos presenta, lancémonos alegres y llenos de valor, cargando nuestra cruz de cada día, para alcanzar la corona y la gloria que Dios nos ofrece. En esta Eucaristía el Señor nos manifiesta cuánto nos ama, dando su vida por nosotros, y haciéndonos partícipes de la Vida que Él recibe de su Padre Dios. En su amor por nosotros, Él cargó sobre sí nuestros pecados para redimirnos de ellos clavándolos en la cruz; por eso se convirtió para nosotros en el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Entremos en comunión de vida con Él y estemos dispuestos a ir tras sus huellas, cargando nuestra cruz de cada día. Entonces no sólo estaremos dando culto a Dios, sino amándolo por serle fieles a su mandato de amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado a nosotros. Carguemos con nuestra cruz de cada día, siendo fieles a la misión que el Señor nos confió de anunciar su Evangelio. Seamos un Evangelio encarnado del amor de Dios para los demás. Pasemos, como Cristo, haciendo el bien a todos. Así edificaremos la Iglesia sobre el Cimiento sólido y Piedra angular, que es Cristo al renunciar a nuestros gestos amenazadores, a nuestros egoísmos, a nuestras injusticias, a nuestras pasiones desordenadas, a nuestras inclinaciones enfermizas al dinero o al poder. Sabiendo que quien ama a su prójimo no le causa daño a nadie viviremos como una Iglesia que se edifica, día a día en el amor. Cristo nos quiere libres de toda carga de maldad, de todo pecado, de toda injusticia y de todo signo de muerte; pues de lo contrario en lugar de cargar la cruz de nuestra entrega a favor del Evangelio, sólo aparentaríamos ir hacia el Señor quedando entrampados en la condenación y la muerte, consecuencia de nuestras esclavitudes al pecado. Trabajemos por construir el Reino de Dios entre nosotros esforzándonos para que brille la justicia, la clemencia y la compasión; que el amor sea algo real y concreto, y no sólo un buen deseo, convertido en espejismo engañoso. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir con lealtad nuestra fe en Cristo, para que, siendo luz en medio de las tinieblas del mundo, colaboremos para que todos encuentren el camino que lleva a Cristo, Luz de las naciones y Salvación para todos los hombres. Amén (www.homiliacatolica.com).