jueves, 17 de diciembre de 2009

Lunes de la 3ª semana de Adviento. Avanza el Reino de Dios, anunciado por los profetas, y últimamente por Juan Bautista.

Lunes de la 3ª semana de Adviento. Avanza el Reino de Dios, anunciado por los profetas, y últimamente por Juan Bautista.

 

Libro de los Números 24,2-7.15-17a. En aquellos días, Balaán, tendiendo la vista, divisó a Israel acampado por tribus. El espíritu de Dios vino sobre él, y entonó sus versos: «Oráculo de Balaán, hijo de Beor, oráculo del hombre de ojos perfectos; oráculo del que escucha palabras de Dios, que contempla visiones del Poderoso, en éxtasis, con los ojos abiertos: ¡Qué bellas las tiendas de Jacob y las moradas de Israel! Como vegas dilatadas, como jardines junto al río, como áloes que plantó el Señor o cedros junto a la corriente; el agua fluye de sus cubos, y con el agua se multiplica su simiente. Su rey es más alto que Agag, y su reino descuella.» Y entonó sus versos: «Oráculo de Balaán, hijo de Beor, oráculo del hombre de ojos perfectos; oráculo del que escucha palabras de Dios y conoce los planes del Altísimo, que contempla visiones del Poderoso, en éxtasis, con los ojos abiertos: Lo veo, pero no es ahora, lo contemplo, pero no será pronto: Avanza la constelación de Jacob, y sube el cetro de Israel.»

 

Salmo 24,4-5ab.6-7bc.8-9. R. Señor, instrúyeme en tus sendas.

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.

El Señor es bueno y es recto, enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humilles con rectitud, enseña su camino a los humildes.

 

Evangelio según san Mateo 21,23-27. En aquel tiempo, Jesús llegó al templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo para preguntarle: -«¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?» Jesús les replicó: «Os voy a hacer yo también una pregunta; si me la con- testáis, os diré yo también con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿de dónde venía, del cielo o de los hombres?» Ellos se pusieron a deliberar: -«Si decimos "del cielo", nos dirá: "¿Por qué no le habéis creído7' Si le decimos "de los hombres". tememos a la gente; porque todos tienen a Juan por profeta.» Y respondieron a Jesús: - «No sabemos.» Él, por su parte, les dijo: - «Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.»

 

Comentario: 1.-Nm 24,2-07.15-17a. Se recogen aquí los oráculos tercero y cuarto del ciclo de Balaán. El rey de Moab le encarga, por su fama de vidente, que maldiga al pueblo de Israel y sus campamentos. Pero Dios toca su corazón, y el adivino pagano se convierte en uno de los mejores profetas del futuro mesiánico. En sus poemas breves, llenos de admiración, en vez de maldecir, bendice el futuro de Israel. Ve su estrella y su cetro y anuncia la aparición de un héroe que dominará sobre todos los pueblos. Sorpresas de Dios, que no se deja manipular ni entra en nuestros cálculos. Somos nosotros los que debemos ver y oír lo que él quiere. Es una profecía que en un primer momento se interpretó como cumplida en el rey David, pero que luego los mismos israelitas dirigieron a la espera del Mesías. El adivino pagano Balam había sido llamado por el rey de Moab, Balac, para que maldijera a Israel en su camino hacia la tierra prometida. Pero Balam no pudo cumplir su cometido. Cada vez que intentaba maldecir a Israel, el Señor le cambiaba la maldición en una bendición. A la cuarta vez, Balam pronuncia un oráculo que habla de un futuro rey que habrá de surgir de Israel. Este oráculo se refiere al rey David quien le da seguridad al reino, al liberarlo de sus enemigos. Pero David es sólo tipo del verdadero rey. Aunque no se lo cita expresamente en Nuevo Testamento, el episodio de la adoración de los magos ha sido inspirado en su presentación por el oráculo de Balam. Jesús es el que establecerá definitivamente el reino de Dios. La liturgia de este día nos presenta dos casos que muestran dos actitudes radicalmente opuestas. Por un lado, el caso de Balaam, el adivino madianita (ver Nm 22-23). Pese a ser un extranjero se ve obligado a bendecir a Israel, reconociendo en Yavé a un Dios poderoso y en Israel a un futuro vencedor de Moab. Y por otro, la cerrazón de espíritu de las autoridades religiosas que pueden reconocer en este pobre predicador ambulante al verdadero Hijo de Dios.

La estratagema de Balac para asegurarse la victoria sobre Israel mediante una maldición pronunciada contra los ejércitos enemigos, lejos de surtir el efecto apetecido, produce un efecto contrario. Balaán lo dice con toda claridad: «Yo no puedo quebrantar el mandamiento de Yahvé haciendo mal o bien por cuenta propia; lo que Yahvé me diga le diré» (v 13). Es una afirmación contra la creencia popular en la eficacia maléfica de ciertas palabras humanas. Dios está por encima de los hombres, los cuales no pueden manipularlo a su antojo, por más que lo intenten. Lo que deben hacer los hombres es tener los ojos abiertos (3.15) y escuchar las palabras de Dios (4.16) para conocer los planes del Altísimo (16). Entonces verán las cosas tal como son, en toda su profunda realidad anclada en el presente, pero que se extiende hacia el futuro como crecen las ramas del árbol que goza de aguas abundantes (7). Y acertarán a interpretar auténticamente los hechos de la historia y descubrirán que Yahvé es el gran protagonista de la salvación del pueblo (6c.8). El cuarto y último oráculo de Balaán (15-25) es el más importante. Lo pronuncia sin que nadie se lo pida. Toda su fuerza reside en la interpretación mesiánica que le han dado los Padres. Los versículos 17-19 fueron leídos por los cristianos de los primeros siglos como una anticipación de la aparición de Jesús en el horizonte de Israel. El Nuevo Testamento no menciona esta profecía, pero sí contiene resonancias de sus imágenes. En la antigüedad, la estrella representaba la divinidad o la realeza. Balaán ve cómo se alza de Jacob una estrella (17) un rey que dominará sobre todos los otros reyes. Jesús, descendiente de Jacob, es la estrella que Lucas, en el cántico del Benedictus, identifica con Dios, que nos visita de lo alto para iluminar a los que están sentados en tinieblas y sombras de muerte y enderezar nuestros pasos por el camino de la paz (Lc 1,78s). O la luz verdadera que Juan nos presenta en lucha victoriosa con las tinieblas (Jn 1,9ss). Que la profecía de Balaán nos ayude a profundizar en el misterio de Jesús, que en breve celebraremos, la lucha de la vida contra la muerte, de la luz contra nuestra oscuridad, y haga que en la impotencia de la caída, de la humillación, se abran nuestros ojos (4c) y podamos contemplar la luz de Cristo resucitado, nuestra auténtica Pascua. Esta es la buena palabra, el oráculo favorable, el evangelio de Dios que transforma nuestra vida (J.M. Aragonés).

La profecía que leeremos hoy es bastante sorprendente. Fue pronunciada en las siguientes circunstancias: Durante el Éxodo, después de cuarenta años de larga marcha a través del desierto de Sinaí, el pueblo de Israel, conducido por Moisés, llega al Este del Mar Muerto, cerca de la tierra prometida; pero le queda todavía por atravesar el territorio de Moab. El rey de ese país no ve con agrado esa tropa de nómadas que quieren pasar. Envía pues a buscar, por las orillas del Eúfrates, a un famoso adivino, una especie de brujo poderoso para que maldiga a esos inoportunos y les lance un maleficio. ¡Balaam es pues un profeta pagano! Ahora bien, esto es lo que pasó: En lugar de maldecir, anuncia el futuro mesiánico del pueblo de Israel. -El profeta pagano Balaam, alzando los ojos, vio el pueblo que acampaba... Le sobrevino el Espíritu de Dios, y pronunció estas palabras: ¡Sorprendente! Ya en el Antiguo Testamento, esto es una prueba manifiesta que el Espíritu de Dios no está encerrado en los límites demasiado estrechos de un pueblo o de una institución. Dios no es tan solo el Dios del «pueblo escogido»... es el Dios de «todos los hombres»... Su acción no está limitada al marco de las instituciones de la Ley de Moisés. HOY, todavía, esto es igualmente real. Es verdad que Dios ha escogido la Iglesia como instrumento de salvación para el mundo; pero su gracia, su acción divina no se limitan a las fronteras visibles de la Iglesia. Dios por su Espíritu, está presente en el corazón de los paganos. Trabaja en el corazón de todos y de cada uno de los hombres. Permanezco en silencio el tiempo necesario para contemplar a Dios, HOY, trabajando en el corazón de los hombres que no pertenecen visiblemente a la Iglesia. Oráculo de Balaam, el varón clarividente, que oye las palabras de Dios. También a mí, Señor, me pides aguzar mi mirada para ver mejor... No sé «ver» ni sé «oír» suficientemente los signos de Dios, «los signos de los tiempos». Dios sigue obrando y hablando. ¿Qué me dices, Señor? ¿Hacia donde suscitas, HOY, mi atención?

-Saldrá un héroe de la descendencia de Israel, dominará sobre pueblos numerosos. Su reino será mayor que el de... La fe nos proyecta, a nosotros también, hacia el futuro del mundo. Nos hace ver, por adelantado, «lo que ha de venir». Cristo va creciendo hasta su advenimiento definitivo. En silencio, busco, en mí y a mi alrededor, los signos de ese crecimiento. Todo hombre que progresa, que va siendo mejor... es Cristo que está creciendo. Pero, todo ello no es algo deslumbrante. Son pequeños signos.

-A ese héroe, lo veo... aunque no para ahora. Lo diviso, pero no de cerca. Un astro se levanta, un cetro se endereza. Sí, no es muy aparente todavía. No se ve bien. Es necesario tener buenos ojos para discernir esas cosas. Así, el anuncio del Mesías viene jalonando toda la historia. Incluso entre los paganos de buena fe. En ese tiempo de Adviento hay que aguzar nuestra mirada (Noel Quesson).

Un adivino llamado Balaam vivía en las orillas del río Eufrates y fue llamado para que predijera el porvenir del pueblo de Israel. Este oráculo es uno de los más antiguos poemas reales de Israel. Es el primero que encamina las esperanzas del pueblo por la senda de la realeza. Israel llegará a tener un rey, figura-tipo del Mesías esperado. Quien ha sido poseído por el Espíritu de Dios no puede convertirse en una maldición para los demás. Sin embargo, la Palabra que Dios pronuncia sobre los suyos es para que sea escuchada, de tal forma que se conozca la ciencia del Altísimo y se produzcan abundantes frutos de buenas obras, con la misma abundancia de frutos que dan los árboles que han hundido sus raíces en las corrientes de los ríos. Balaam contempla en el futuro cómo de Jacob se levanta una estrella y cómo surge un cetro de Israel. Es el Señor que viene a reinar en el corazón de todos los hombres. En Cristo, Hijo de Dios y descendiente de David se cumple plenamente esta profecía. Él se ha convertido en luz que ilumina a todas las naciones; Él es el Camino que nos conduce al Padre; Él es, para nosotros, la fuente de agua que nos da vida eterna. Quien posea su Espíritu no podrá, jamás pasar haciendo el mal, sino el bien, que procede de Dios. Ese es el fruto que Dios espera de quienes creen en Él.

Balaam en la Historia Sagrada representa el fruto del cálculo de los hombres para que no se realicen los planes de Dios. Pero, al mismo tiempo, Balaam es el triunfo de Dios sobre los cálculos de los hombres, sobre el modo en el cual los seres humanos consideramos las cosas. Nos narra la Escritura que cuando Balaam maldice al pueblo de Israel, un ángel se le aparece, pero sólo el burro en el que él va montado lo puede ver. Y aunque el profeta intenta que el burro siga caminando, no lo logra pues el burro está muy asustado. De pronto Baalam también ve al ángel y dice: ¡Cómo es posible que un animal haya visto lo que yo no veía! Esto hace que él reflexione y cambie. Y en vez de hacer una profecía de maldición, hace una profecía de bendición: "Qué hermosas son tus tiendas, son como extensos valles, como jardines junto al río".

Al ver que Balaam sin pertenecer al pueblo de Israel y sin ser profeta ungido en Israel es capaz de verse a sí mismo como vocero de la Palabra de Dios al pueblo de Israel, nosotros tendríamos que ser capaces de preguntarnos si ante Cristo que viene estamos poniendo una especie de barrera con nuestros cálculos, o si por el contrario, nuestra vida se abre a lo que Jesucristo nos pide. Si la mayoría de las veces vemos perfectamente lo que Cristo nos está pidiendo, ¿por qué razón no lo hacemos?

Las reminiscencias del origen davídico de Jesús se pueden hacer remontar no sólo a este pasaje de Nm, sino también a las mismas profecías de Natán y de otros profetas posteriores; pero lo que cuenta no es llegar a descubrir si realmente Jesús pertenecía al "tronco de Jesé" o sea a la familia de David para poder considerarlo Mesías. Lo importante es constatar que en él se cumplen las expectativas mesiánicas más genuinas: el ansia de liberación, las formas claras y concretas de realización y de implantación del reino de Dios... y algo muy importante también: en Jesús la procedencia o la descendencia queda totalmente relativizada; no es el vínculo de sangre lo que afilia a todos los hombres y mujeres con Dios como Padre Único, sino la actitud de cada uno de escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica.

Esto último es lo que en definitiva constituye a Jesús como Señor Único de la historia y del universo; su autoridad y señorío no vienen dados por su procedencia de familia real, sino por su decisión radical de poner en práctica única y exclusivamente la voluntad de Dios. Eso es lo que en el fondo deben tener claro los escribas y sumos sacerdotes. Su experiencia, pero también las pretensiones de creerse profundos conocedores de la Escritura y de todas sus minucias, los lleva a interrogar a Jesús. Supuestamente ellos debían haber sido consultados por Jesús para poder realizar su ministerio; ellos sienten que son los únicos que pueden avalar o no las palabras de Jesús. Desde esta óptica comprendemos mejor el por qué de la pregunta a Jesús. Sin embargo, Jesús, conciente de su autoridad, que sobrepasa a la de los ancianos y sumos sacerdotes los pone aprietos. Si ellos son autoridad ¿por qué no dieron crédito a la predicación de Juan? ¿Por qué no cambiaron?

Jesús desenmascara la hipocresía y la forma tan soterrada como los líderes de Israel manipulan la Escritura intentando de paso manipular también la misma voluntad divina. Para Jesús sólo hay un criterio de autoridad: realizar la voluntad del Padre....

El Espíritu de Dios ha venido sobre nosotros para convertirnos en fuente de bendición y de vida para todos. Escuchar la Palabra de Dios y meditarla con gran amor nos debe llevar a convertirnos en un signo del amor de Dios para toda la humanidad. No podemos acercarnos a escuchar al Señor para después retirarnos de su presencia olvidando lo que aquí hemos vivido, visto y escuchado. No podemos decir que tenemos a Dios en nuestro corazón cuando sólo nos conformamos con rezarle, pero no hemos hecho nuestros su Vida, su Amor y su Paz. Teniendo a Dios con nosotros no podemos convertirnos en proclamadores de maldades, de pecados, de escándalos ni de signos de muerte. El Espíritu de Dios ha tomado posesión de nosotros para que anunciemos la Verdad, la santidad, la justicia, la paz, la misericordia y el amor. El Señor quiere enviarnos como constructores de una vida que, día a día, se vaya renovando en Él. En Jesús se ha cumplido la promesa que hoy hemos escuchado, pronunciada por Balaam, que, aunque extranjero, fue poseído por el Espíritu de Dios: "De la descendencia de Israel nace un héroe que domina sobre pueblos numerosos; de Jacob se levanta una estrella y un cetro surge de Israel." Pero de nada nos servirá saber lo que hoy se nos ha comunicado si cerramos nuestro corazón a la salvación que Dios nos ofrece y, si en lugar de ir por caminos de luz, continuamos sujetos a nuestros camino de tinieblas, de maldades y de injusticias.

 

2. Sal. 24. Que Dios nos descubra sus caminos para que no sólo los conozcamos, sino para que los sigamos. Muchas veces pudimos perdernos en el laberinto de nuestros pecados, y pareciera como que nos vamos a quedar atrapados en ellos. Sin embargo, quienes confiamos en el Señor, seremos guiados por su Palabra para encontrar el camino de salvación. Dios jamás se olvidará de nosotros, pues el amor y la ternura que nos tiene son eternos. Esto no puede llevarnos a vivir descuidados en el amor, pensando que Dios nos perdonará y salvará, pues el tiempo de gracia no es marcado por el hombre, sino por Dios. Ojalá y escuchemos hoy su voz y no endurezcamos ante Él nuestro corazón.

El Señor es recto y bondadoso. Nosotros, frágiles y pecadores, acudimos a Él para que nos enseñe a caminar en el bien, deseando llegar a ser perfectos, como Él es perfecto. Por tanto no podemos acudir a su presencia buscando Vida y Sabiduría, para después volver a nuestros antiguos caminos de maldad. El Señor nos conoce hasta en lo más profundo de nuestras intenciones. Él sabe que hay muchas obras buenas en nosotros; pero ante Él no se ocultan nuestros pecados y miserias. A pesar de todo eso Él nos sigue amando, y puesto que su ternura y su misericordia hacia nosotros son eternas, siempre está dispuesto a perdonarnos, a llenarnos de su Espíritu y a guiar nuestros pasos por el camino del bien mediante su Palabra, que, hecha uno de nosotros, se convierte para nosotros en Camino, Verdad y Vida. Acudamos, pues, al Señor, con gran humildad. Que su Palabra no se pronuncie inútilmente sobre nosotros; más bien que, día a día, por obra del Espíritu Santo, esa Palabra vaya encarnándose en nosotros.

 

3.- Mt 21,23-27. Jesús se enfrenta al judaísmo oficial y renuncia a dar testimonio explícito de sí mismo, porque una sola palabra no podía convencer a quienes se han opuesto a todo su ministerio con una actitud incrédula y negativa. Jesús no esquiva la pregunta de los sumos sacerdotes y ancianos ni les discute el derecho de plantearle la cuestión de la autoridad. Con su contrapregunta sólo quiere hacerles recapacitar. La respuesta a la pregunta sobre la autoridad del Bautista proyectará luz sobre la autoridad de Jesús, porque Juan preparó los caminos a Jesús. La sanedritas no buscan la verdad de Dios, sino que se buscan a sí mismos. Por eso no toman ninguna decisión. En cualquier decisión que tomaran estarían perdidos. Si declaran a Juan Bautista como verdadero profeta, entonces tienen que creer y consiguientemente perderse, entregándose a Dios. Tienen que aceptar a Jesús. Hay aquí algo que aprender para el enfrentamiento de la fe con la incredulidad. No existen pruebas para los hombres que no quieren creer. Quien no se deja convencer por la imagen general que Jesús le brinda con su persona, con sus palabras y con su vida de que Dios habla y actúa por medio de él, tampoco puede ser instruido por ninguna discusión. Si dicen que es falso profeta entonces se ve amenazada su vida por el pueblo, que cree en la misión divina del Bautista. Cuando tenemos algo que defender -nuestra razón, nuestra voluntad, a nosotros mismos- son intereses que nos impiden descubrir a Dios. -No defenderme. -No exigir. -No reprochar.

El tiempo de Adviento es el tiempo de preparación para... de encaminarse hacia... Raramente las grandes decisiones y los grandes compromisos surgen de la nada sin haber sido suficientemente preparados. Frente a la opción "Jesús", tan nueva desde muchos aspectos, los hombres se separarán según una elección que ya se les había presentado frente a Juan Bautista". La posición tomada ante la llamada del Bautista prepara la posición a tomar ante la llamada de Jesús. Trato hoy de contemplar, a mi alrededor y en mi propia vida, las múltiples elecciones humanas, que son como andaduras hacia Jesucristo, o que, por el contrario, bloquean ya cualquier avance hacia El.

-Cuando Jesús enseñaba en el templo, los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo se acercaron a él y le preguntaron: "¿Con qué autoridad haces estas cosas, y quién te ha dado tal potestad?" En el relato de Mateo, a esta pregunta precede la escena de Jesús expulsando a los vendedores en el templo. Ante un "acto" tal no cabe la indiferencia: hay que tomar una decisión. Es un dilema: o esto... o esto...

-Respondióles Jesús: "Yo también quiero haceros una pregunta, sólo una.. Me gusta verte así, Señor Jesús, como una persona enérgica, que no se deja intimidar, una persona que contra-ataca. Esta era a menudo tu táctica: en vez de contestar, hacías otra pregunta. ¿Acepto yo también dejarme interpelar? ¿Soy de los que pasan su tiempo haciendo preguntas a Dios, como si yo fuera el centro del mundo y Dios debiera estar a mi servicio? o bien ¿me dejo contestar por Dios? La primera actitud, frente a la opción "Jesús", es la disponibilidad: aceptar que él dirija el juego en mi vida. ¿Qué pregunta vas a hacernos, Señor?

-"El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo o de los hombres?" Efectivamente, es la pregunta más radical. Jesús va siempre directamente a lo esencial. La opción fundamental es esta: o... o... No hay escapatoria posible. Todo el porvenir queda comprometido.

-Mas ellos discurrían, diciendo: "Si respondemos "del cielo", nos dirá... "Si respondemos, "de los hombres", tenemos que temer al pueblo... Contestaron, pues, diciendo: "No lo sabemos. A menudo, también nosotros, contestamos huyendo las preguntas radicales de Dios. Hoy mismo, ¿cuál es la pregunta, la invitación, que yo siento que Dios me hace? ¿Cuál va a ser mi respuesta?

-"¿Por qué no le habéis creído?" La fe. Si Dios habla, incluso a través de un profeta como Juan Bautista, incluso a través de personas y de acontecimientos que me solicitan, ¿cómo se explica que yo tome estas actitudes ambiguas, huidizas? Escucho esta palabra de Jesús: "¿Por qué no creéis?". Señor, ante las grandes o las pequeñas opciones, te necesito.

-Pues yo tampoco os diré con qué autoridad hago estas cosas. A qué dar una respuesta, si no sirve para nada. También esta escena se termina, con una decepción de Dios. Contemplo en el corazón de Cristo esta decepción de no haber sido escuchado (Noel Quesson).

Los dirigentes de Israel no quieren aceptar a Juan, como tampoco el rey de Moab quedó nada satisfecho con las profecías del vidente Balaán, a quien él había contratado con la intención contraria. La peor ceguera es la voluntaria. Aquí se cumple una vez más lo que decía Jesús: que los que se creen sabios no saben nada, y los sencillos y humildes son los que alcanzan la verdadera sabiduría. Estas lecturas nos interpelan hoy y aquí a nosotros. Balaán anunció la futura venida del Mesías. El Bautista lo señaló ya como presente. Nosotros sabemos que el Enviado de Dios, Cristo Jesús, vino hace dos mil años y que como Resucitado sigue estándonos presente. La pregunta es siempre incómoda: ¿le hemos acogido, le estamos acogiendo de veras en este Adviento y nos disponemos a celebrar el sacramento de la Navidad en todo su profundo significado?

Admiramos las sorpresas de Dios en el pasado -elige a un vidente pagano para anunciar su salvación, como luego elegirá al perseguidor Saulo para convertirlo en el apóstol Pablo- pero tendríamos que estar dispuestos a saberlas reconocer también en el presente. El testimonio de la presencia de Dios en nuestra historia no nos viene siempre a través de personas importantes y solemnes. Otras mucho más sencillas, de las que menos nos lo podamos esperar, que nos dan ejemplo con su vida de valores auténticos del Evangelio, pueden ser los profetas que Dios nos envía para que entendamos sus intenciones de salvación. Pueden ser mayores o jóvenes, hombres o mujeres, laicos o religiosos, personas de poca cultura o grandes doctores, creyentes o alejados de la Iglesia. La voz de Dios nos puede venir de las direcciones más inesperadas, como en el caso de Balaán, si sabemos estar atentos. Al Bautista le entendió el pueblo sencillo, y las autoridades no. ¿Tendrá que seguir clamando en el desierto también hoy? ¿Qué velos o intereses tapan nuestros ojos para impedirnos ver lo que Dios nos está queriendo decir a través del ejemplo de generoso sacrificio de un familiar nuestro, o de la fidelidad alegre de un miembro de nuestra comunidad?, ¿o es que queremos mantenernos cómodos con nuestra ceguera de corazón.

El Dios del ayer es el Dios del hoy y el Dios del mañana. El que vino, el que viene, el que vendrá. Cada día, no sólo en la Eucaristía, sino a lo largo de la jornada, en esos pequeños encuentros personales y acontecimientos, sucede una continuada venida de Dios a nuestra vida, si estamos despiertos y sabemos interpretar la historia (J. Aldazábal).

Los sacerdotes están preocupados por el poder y la autoridad con que actúa Jesús. Parece que el permiso de enseñanza en los patios del templo estaba restringido al reducido grupo de maestros y levitas reconocidos por las autoridades de Jerusalén. La intromisión de Jesús en el Templo causa revuelo. Ha realizado la purificación del templo y este gesto profético los llena de miedo. Temen perder su influjo en la gente. Por eso interrogan a Jesús sobre su autoridad y sobre el origen de ella. Se creen los guardianes del templo y ven en Jesús un intruso. Quieren ver sus credenciales. Siguiendo el método rabínico de controversia, Jesús les responde a su vez con otra pregunta. Ante el dilema que les plantea Jesús, ellos nos son capaces de responder ni toman posición frente a la autoridad de Juan. Jesús muestra así que tiene más autoridad que ellos. También a nosotros los cristianos se nos puede preguntar por la autoridad que tenemos para predicar. Nuestra autoridad a través de Jesús que nos ha enviado, viene de Dios. Lo que preguntan, en cambio, callaron por miedo y encubrieron por astucia, de este modo perdieron su legitimidad ante el pueblo. Por eso Jesús pasa de confrontado a confrontador. El les ha devuelto la amenaza y las autoridades se ven en aprietos para legitimar la propia autoridad. De este modo, queda en firme la autoridad de Jesús y en entredicho la de las autoridades supuestamente legítimas (servicio bíblico latinoamericano). La otra cara de la historia estará representado por las autoridades. Ellos, preocupados por ortodoxia, por el verticalismo, por la seguridad de la autoridad competente, de forma desconfiada exigen una prueba de autoridad a este pobre peregrino. Ellos no podían considerar que la autoridad no siempre va ligada al poder, que Dios no se manifiesta verticalmente sino desde los pobres y apartados por las mismas autoridades. Lo mismo pensaba Balac, que por tener el poder de convocar a este vidente pensaba que con eso ya había ganado la maldición para Israel. Dios se manifiesta, lo ha demostrado, no desde el poder sino desde su propia iniciativa allí en dónde esté un corazón dispuesto a reconocerlo (servicio bíblico latinoamericano).

Jesús no se dejaba amedrentar, no rea un mojigato. Las imágenes dulces de Jesús han ido en contra de su perfil como hombre decidido y valiente. Hoy su reacción en el Evangelio roza en la altanería: «Pues tampoco yo os digo con que autoridad hago yo esto». La fortaleza de Jesús encara la mala intención de los que querían ningunearlo. El cristiano ha de tener paciencia y no usar la violencia, pero no es un ingenuo, que deba rendirse a los prepotentes. Las situaciones adversas debemos afrontarlas con inteligencia, sin rehuir el debate y el derecho a expresar nuestras crítica o desacuerdo. Demasiados silencios cristianos han velado la verdad, e inclinado la balanza de parte de quienes se aprovechan del débil. A Jesús le negaban su autoridad porque enseñaba a ver las cosas de otra manera. Él demuestra una inteligencia sutil para poner a sus interlocutores ante un callejón sin salida. La palabra al servicio de la causa justa . Un modo de pensar inteligente, para desarmar la mala intención de quienes se creen poseedores exclusivos de la verdad. Aprendamos de nuestro Maestro el coraje de un enfrentamiento limpio, cuando esté en juego la verdad y la vida.

La respuesta displicente de Jesús enseña también que hay quienes no tienen derecho a la verdad. Hay gente cerrada de antemano. A quien veía el corazón no se le escapaba esa posición. Por eso los cristianaos debemos usar también nuestra agudeza visual. Hay que tratar de evitar el caer en las trampas y en la complicidad de quienes, haciendo gala de verdad, solo velan por su propio interés. Un maestro agudo para unos seguidores que quisiéramos aprender su inteligencia y decisión. Que él nos la enseñe, para afrontar las situaciones complicadas y capciosas de la vida (Pedro Sarmiento).

En su mente se sienten los depositarios del poder de Dios y cuestionan la actuación de Jesús, colocada al margen e independientemente de la propia. De esa forma, sitúan la defensa de sus propios intereses sociales y de clase por encima de los auténticos intereses de Dios y de la justicia del Reino.

Jesús responde con otra pregunta que gira en torno al origen de la autoridad de Juan. Este también se había situado al margen del poder religioso de sumos sacerdotes y senadores del pueblo. Su bautismo, ejercicio de esa autoridad, se efectuaba en la denuncia del poder institucional de los que formulaban la primera pregunta.

Ante esa contrapregunta los interlocutores de Jesús se encuentran en un callejón sin salida. El temor de la gente les impide considerar la autoridad de Juan originada en la voluntad humana, la propia reacción ante el Bautista les imposibilita colocar su fuente en la voluntad divina.

Su negativa a dar respuesta pone en claridad dos realidades: primeramente, su mala fe, porque actúan movidos por sus mezquinos intereses y, en segundo lugar, que no han llegado ni siquiera al nivel de comprensión de la gente que en Juan, ha reconocido la presencia de "un profeta" (v.25).

Ligando la actuación de Dios a su propia actuación, se han vuelto incapaces de comprender el designio salvador de Dios a través de sus profetas. Su incapacidad de dar una respuesta al origen de la autoridad del Bautista cierra sus corazones a la aceptación a los signos de Dios realizados por Jesús.

Jesús se inscribe en la prolongación de la larga historia de la Palabra divina, manifestada a lo largo de las vicisitudes de Israel. Como la dirigencia del pasado, sumos sacerdotes y senadores del pueblo no han querido aceptar la Palabra profética de Juan. Por ello, tampoco pueden comprender el sentido de la actuación de Jesús que es el cumplimiento definitivo de supervivencia de la Palabra divina en medio del rechazo egoísta de la dirigencia israelita.

El texto presenta, de este modo, la necesidad de no dejar que los propios intereses nos lleven al rechazo de la Palabra. La identificación de nuestros intereses con los intereses divinos nace de un corazón egoísta que buscando manipular a Dios, impide el reconocimiento de su señorío sobre la propia vida y sobre la vida de los demás.

Frecuentemente, la defensa de los propios privilegios es el principal obstáculo que impide la posibilidad de la apertura a la gracia y a la libertad divina. Esa actitud impide plantear correctamente la pregunta sobre el obrar divino y hace inútil cualquier tipo de respuesta. La respuesta está ya dada en la presencia definitiva de Dios a través de Jesús y su mensaje (J. Mateos-F. Camacho).

Lo propio del rey es poseer autoridad para reinar. Precisamente en torno a la autoridad de Cristo se centra todo el evangelio de hoy. Así como a Juan Bautista le vinieron a preguntar con qué autoridad bautizaba, los sumos sacerdotes y los ancianos, es decir, los depositarios de la autoridad, vienen a investigar sobre la autoridad en cuyo nombre Jesús se permite enseñar y trastocar los hábitos del templo (Mt 21,12-22). Y con razón surge este interrogante, ya que Jesús durante su vida pública aparece como el depositario de una autoridad singular: predica con autoridad (Mc 1,22), tiene poder para perdonar los pecados (Mt 9,6), es Señor del Sábado (Mc 2,28), expulsa los traficantes del templo, etc. Motivos suficientes para que quienes representaban la autoridad "legítima" lo abordaran con la pregunta: ¿Con qué autoridad haces esto?

Los sumos sacerdotes y los ancianos, que eran los jefes del pueblo judío, piden cuentas al Señor de lo que hace, pero no movidos por un sincero deseo de saber de dónde procedía el poder de Jesús, sino buscando en su respuesta la manera de condenarlo. El pueblo en cambio, reconocía en Jesús la autoridad con la que hablaba, confirmada con sus obras maravillosas.

Los enemigos de Jesús piensan tenderle una celada de la que no podría evadirse: si Jesús contesta que la autoridad le viene de ser el Hijo de Dios, entonces ellos rasgarían sus vestiduras y lo proclamarían blasfemo. Jesús no responde directamente a esta cuestión: son los signos que realiza los que dan razón para orientar los espíritus hacia una respuesta adecuada. La malicia de los judíos jefes se hace evidente y el Señor los desenmascara al ponerlos en una situación de apremio que les descubrirá sus malas intenciones.

El pueblo, los humildes y sencillos de corazón, esos sí que comprenden de dónde proviene la autoridad de Jesús y no necesitan preguntárselo, pues ven las obras que hace y creen en sus palabras y en sus obras; pero los sacerdotes y magistrados se hacen los sordos y ciegos. Ya habían condenado a Jesús, ahora sólo les faltaba desacreditarlo frente al pueblo, primer paso para luego realizar su propósito de ejecutarlo, condenándolo a muerte ignominiosa (servicio bíblico latinoamericano).

Hoy, el Evangelio nos invita a contemplar dos aspectos de la personalidad de Jesús: la sagacidad y la autoridad. Fijémonos, primero, en la sagacidad: Él conoce profundamente el corazón del hombre, conoce el interior de cada persona que se le acerca. Y, cuando los sumos sacerdotes y los notables del pueblo se dirigen a Jesús para preguntarle, con malicia: «Con qué autoridad haces esto?» (Mt 21,23), Jesús, que conoce su falsedad, les responde con otra pregunta: «El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?» (Mt 21,25). Ellos no saben qué contestarle, ya que si dicen que venía de Dios, entrarían en contradicción con ellos mismos por no haberle creído, y si dicen que venía de los hombres se pondrían en contra del pueblo, que lo tenía por profeta. Se encuentran en un callejón sin salida. Astutamente, Jesús con una simple pregunta ha denunciado su hipocresía; les ha dado la verdad. Y la verdad siempre es incómoda, te hace tambalear.

También nosotros estamos llamados a hacer tambalear a la mentira. Tantas veces los hijos de las tinieblas usan toda su astucia para conseguir más dinero, más poder y más prestigio; mientras que los hijos de la luz parece que tengamos la imaginación un poco adormecida. Del mismo modo que un hombre del mundo la utiliza al servicio de sus intereses, los cristianos la hemos de emplear al servicio de Dios y del Evangelio. Jesús ejercía su autoridad gracias al profundo conocimiento que tenía de las personas y de las situaciones. También nosotros estamos llamados a tener esta autoridad. Es un don que nos viene de lo alto. Cuanto más nos ejerzamos en poner las cosas en su sitio —las pequeñas cosas de cada día—, mejor sabremos orientar a las personas y las situaciones, gracias a las inspiraciones del Espíritu Santo (Melcior Querol i Solà).

Hace unos días mi ordenador decidió cambiar las extensiones de mis archivos. Las extensiones, como bien sabéis, son esas pocas letras colocadas tras el nombre del documento precedidas por un punto, del estilo: ".doc; .jpeg; .exe". Están situadas al final del nombre, pero es lo primero que el procesador lee para utilizar el programa adecuado para abrir el documento. Si la extensión no es la correcta no se abrirá el documento. Perfecto, pensaréis, este cura ahora, en vez de hablar de las lecturas, nos quiere colocar una clase de informática. No os preocupéis, no pierdo el hilo: contempla a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo del evangelio de hoy cuando se acercan a Jesús. ¡Tienen la extensión cambiada!. Son incapaces de reconocer al Mesías, de reconocer la obra de Dios, de escucharle. Por eso Jesús les da el "mensaje de error". Podría haber hecho un gran milagro en ese momento para hacerles creer, una manifestación cósmica y que el sol diese vueltas o quitarle veinte años de golpe a Caifás, pero seguramente ni aún así habrían creído. Intentaban abrir un documento de Dios con la extensión de los hombres, así que se quedaron como estaban: ignorantes. En ocasiones a nosotros con Dios nos puede pasar algo parecido. Muchas veces en la dura experiencia de los funerales o la enfermedad me preguntan: ¿Por qué Dios permite esto? En el fondo es la misma pregunta del evangelio ¿Quién le ha dado a Dios autoridad sobre la vida y la muerte, sobre mí o sobre mis seres queridos? ¿Quién se cree que es? Estas preguntas presentadas tan descarnadamente, y que pueden sonar a blasfemas son, en el fondo, las que surgen de nuestra soberbia, de no dejar a Dios ser Dios. Dudamos si realmente "el Señor es bueno y recto" y que, a pesar de nuestras rebeliones, "su ternura y su misericordia son eternas". Repite despacio: "Sé que Dios me quiere" y acércate a Dios como María, desde la humildad, dejándole hablar pues "enseña su camino a los humildes".

Cuando te acerques al sagrario, cuando asistas a Misa, asegúrate de ir con la "extensión correcta". No vayas para reprender a Dios, ni a juzgar al celebrante o a los que te rodean. Simplemente ponte en actitud humilde ante Dios y la Iglesia y dile despacio, con el corazón: "Señor, que no venga a pedirte cuentas, como los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, sino que esté ya escuchándote como aquellos personajes anónimos que oían atentamente tus enseñanzas". Dentro de poco llegaremos a Belén. Ésa es nuestra escuela de oración (Archimadrid).

Cristo acababa de entrar triunfalmente en Jerusalén; había echado a los mercaderes del templo, y sus enemigos, llenos de odio y envidia, se acercan a preguntarle: «¿Con qué autoridad haces esto?» Jesús ya había manifestado y enseñado que su poder y misión venía de Dios Padre. Sus enemigos se habían resistido a creerlo y ahora tampoco venían con ganas de abrirse a la verdad. Por tanto, Cristo opta por tomar la iniciativa y proponerles una pregunta para ponerles en aprieto. Les pregunta sobre el Bautista. Su predicación, misión y bautismo, ¿tenían origen divino o no? Básicamente era la misma pregunta que le acababan de hacer. El Bautista había predicado que Cristo era el Mesías. Así que, si los sacerdotes decían que las enseñanzas de Juan eran de origen divino, entonces habrían de admitir la misión de Jesús. Si decían que era sólo de origen humano, la gente se les echaría encima y les apedrearía. Ellos fingen la ignorancia, -pues habían venido de mala fe-, y Jesús les respeta su decisión de permanecer cerrados.

Los sacerdotes intentan rebajar a Jesús con su pregunta y, sin embargo, habiendo venido por lana, salen trasquilados. En vez de ser hombres que buscan a Dios, se buscan a sí mismos y ven en Jesús a alguien que les va a quitar protagonismo o incluso les va a desbancar. Esa envidia les llevará incluso a buscar la muerte de Cristo. Así es la envidia. Basta recordar a Herodes intentando matar al niño Jesús, o a Antipas matando a Juan para no quedar mal ante los invitados al banquete. Casi todos los apóstoles seguirían la misma suerte que el Bautista. Y así padecerían también los mártires de todos los tiempos. Los celos, la envidia, el amor propio, el deseo de ser estimado, tenido por alguien importante, del temor al «qué dirán, el brillar en un cierto nivel social, el ostentar un puesto de honra o poder son fuerzas que carcomen y matan el espíritu del evangelio en nosotros. Dios todopoderoso, que nació niño en una cueva, desmentirá esas creencias: «El que busca su vida, la perderá; el que la pierda por amor a mí, la hallará». En la película "The Damnet", los malditos, traducida como "La caída de los dioses", de Visconti, muestra como una familia de alemanes degenera como tanta gente. Recuerdo que un chico mejoró su posición social, y dejó a la novia amiga de toda la vida que ya no le "vestía", por otra de más "nivel". Le dije que estaba siendo egoista. Salimos en coche y aún en el garaje ya me decía escandalizado: "¡el cinturón de seguridad!": para él lo importante era ponérselo cuanto antes. Pensé que estábamos en una sociedad puritana… Oración: Señor, dame la gracia de vivir con pureza de intención. Que mi obrar, pensar, sentir sea por Dios y delante de Dios. Actuar: Revisaré mi actuar para no dejar que la envidia y otros males se instalen en mi corazón.

Los poderes de Jesús. Los fariseos y todos aquellos que habían sido perjudicados por la expulsión de los vendedores del Templo, se unen para poner a prueba a Jesús. Podrían tramar algo así: "A ese maestro tenemos que acusarle de blasfemo. Si le tiramos de la lengua y le provocamos con adulaciones nos dirá quien es, lo que la chusma anda pregonando de él: que es "divino", que es hijo del Altísimo... o algo por el estilo. Entonces será más sencillo acusarle..."

Pero Jesús conoce sus pensamientos, sus intenciones torcidas y su mala fe. No responde, porque ellos tampoco tienen el valor de reconocer su pecado: "No echéis vuestras perlas delante de los puercos" diría en otra ocasión...

Jesús enseñaba con autoridad, no como los escribas y fariseos. Mientras ellos se refieren a las tradiciones, a interpretaciones o a normas, Jesús habla en primera persona. "Yo os digo"... su autoridad moral es incomparable porque a su doctrina añade la convincente fuerza de sus milagros. Habrá quien no crea en sus palabras, pero ¿y a los hechos? ¿quién los podía negar? Como arguyó ante los fariseos el ciego de nacimiento recién curado: "si éste (Jesús) no viniera de Dios, no podría hacer nada". Pero he aquí que "topamos" con el misterio de nuestra libertad humana, que es capaz hasta de negar lo que es evidente.

La libertad es el mayor don que hemos recibido y también nuestro mayor riesgo. Con ella podemos aceptar a nuestro Creador, pero paradójicamente también negarle. Dios no nos ha "programado", para que le aceptemos por obligación. No somos ordenadores, sino que nuestras opciones son libres. Prueba de ello es que podemos optar por lo que no es de Dios. ¡Qué responsabilidad tenemos para saber usar bien de ella! Y ser libre es optar por obrar según la conciencia. No según es simple gusto... porque la conciencia responde ante Dios del bien, de lo mejor, y también del mal. Por ejemplo: una mentalidad materialista, no puede ser libre, porque está condicionada por el dinero, etc. Por tanto, si la libertad está gobernada por una conciencia recta, regida por la ley del amor (generosa, veraz, sincera y sacrificada), aunque pueda equivocarse alguna vez, también sabrá reencontrar el camino y elegir siempre lo bueno.

Dios habla en nuestro interior, lo ilumina para que nuestra libertad sea siempre la de un buen hijo ante su Padre (Juan Pablo Menéndez).

Cristo ha venido a purificar nuestras conciencias de todo pecado y a darnos la salvación. Él no viene con una autoridad humana, sino con la autoridad que ha recibido de su Padre Dios, pues el Padre y Él son uno. No porque hayamos recibido el Bautismo y, en razón de él, seamos templo del Espíritu Santo, tenemos asegurada la salvación eterna. El Señor nos pide que demos fruto, y que lo demos en abundancia, pues quien se cierre al amor de Dios y al amor al prójimo, quien viva en una soledad espiritual, quien piense que está en paz con el Señor porque le da culto, pero desprecia a su prójimo, se está engañando a sí mismo. No basta ofrecer el Sacrificio al Señor, es necesario que nuestro interior quede libre de egoísmos, de injusticias sociales, de persecuciones injustas, de falta de amor fraterno y solidario. No podemos cerrar nuestro corazón al llamado que Dios nos hace a la conversión por medio de su Iglesia, pues por su medio la Palabra de Dios se actualiza entre nosotros, y al mismo tiempo el Señor continúa, por medio de ella, presente entre nosotros con todo su poder salvador. ¿Realmente creemos esto?

En esta Eucaristía nos reunimos en torno al Señor como una comunidad de fe, dispuesta a darle un nuevo rumbo, el rumbo del amor, a nuestra vida personal y social. Por eso, ante el Señor y confrontando nuestra vida con su Palabra, reconocemos nuestras miserias, nuestros pecados; y no sólo pedimos perdón, sino que estamos totalmente dispuestos a reiniciar nuestro camino en el bien, libres de todo aquello que nos divide o destruye. El Señor, con un gran amor hacia nosotros, se acerca a cada uno para manifestársenos como el Dios y Padre de misericordia. Que Él purifique nuestras conciencias de todo pecado, pues tiene poder y autoridad para hacerlo. Que Él nos descubra sus caminos para seguirlos, y nos haga brillar con su luz para que jamás nos convirtamos en motivo de maldición, sino de bendición para todos cuantos nos traten.

Quienes participamos de la Eucaristía sabemos que hemos recibido el poder salvador de Dios, pues el Señor nos lo ha querido participar. La Iglesia de Cristo no tiene un poder humano sino divino. La Iglesia tiene como principal encomienda el trabajar para que todos los hombres, de todos los tiempos y lugares, se reconcilien con Dios y se reconcilien entre sí, de tal forma que vivamos como hijos de Dios unidos por un auténtico amor fraterno. Trabajar por la paz, por la unidad, por el bien de todos es la forma como la Iglesia manifiesta el poder que ha recibido de su Señor. Quien en lugar de preocuparse por su prójimo lo aplasta o destruye; quien en lugar se ser motivo de bendición se convierte en maldición para los demás, no podemos decir que realmente esté cumpliendo con la vocación que ha recibido de ser para todos un signo del amor salvador del Señor. No dejemos que nuestra fe en el Señor se nos diluya. Si realmente creemos en Cristo, si realmente esperamos de Él la salvación, aceptemos al Señor que se acerca a nosotros para purificarnos y renovarnos, de tal forma que en adelante seamos criaturas nuevas en Cristo.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser un signo del amor, de la ternura y de la misericordia del Señor para nuestros hermanos, convirtiendo así a la Iglesia en un signo creíble del amor del Señor en medio del mundo (www.homiliacatolica.com).

Domingo de la 3ª semana de Adviento, C. Nos alegramos porque se acerca Jesús, y queremos preparar bien nuestras almas para que nazca en nuestro corazón

Domingo de la 3ª semana de Adviento, C. Nos alegramos porque se acerca Jesús, y queremos preparar bien nuestras almas para que nazca en nuestro corazón

       Este domingo se llama de "la alegría". Cuando el ángel le dice a la Virgen "alégrate, llena de gracia"… le dice el motivo: "el Señor es contigo". La llena de gracia está llena de alegría porque tiene a Jesús, y como se acerca Navidad nosotros también nos llenamos de contento. Pero vamos a verlo con las lecturas.

       1. El profeta Sofonías dice: "alégrate… Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén". Y dice que nos ha perdonado, que hemos de estar de fiesta, además las cosas que antes nos costaban,  al calor de la Navidad quedarán vencidas: "El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos. El Señor será el rey de Israel, en medio de ti, y ya no temerás". Hemos de pensar en hacer un Belén no sólo en nuestra casa sino en nuestro corazón, para que Jesús esté a gusto, y para esto prepararnos como el que se prepara para una fiesta y se pone guapo. Y con la Virgen tenemos una buena ayuda, ella es para nosotros fuerza y modelo de cómo prepararse para esperar a Jesús que está a punto de nacer, ella estaba ilusionada por recibirle como madre. "Aquel día dirán a Jerusalén: «No temas, Sión, no desfallezcan tus manos. El Señor, tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva. Él se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta.»" Ya no tendremos miedo, y si hay algo que nos quita la paz y nos da "mal rollo" enseguida haremos las paces y pondremos la fórmula mágica para que haya otra vez "buen rollo": el aceite del perdón, de arreglar aquello enseguida, y el pan de la alegría, de una sonrisa que lo arregla todo: es el pan que pedimos en el Padrenuestro que no falte ningún día, que nos dé cada día para festejar la alegría de vivir, el pan de la Eucaristía.

       ¿Se interesa Dios por los hombres? ¿Tiene algo que ver con la historia de mi vida? Hay una canción que habla de este discurrir del tiempo: "Unos que nacen otros morirán / Unos que ríen otros llorarán / Agua sin cauce río sin mar / Penas y glorias, guerras y paz: / Siempre hay por qué vivir / Por qué luchar. / Siempre hay por quién sufrir / Y a quién amar. / Al final las obras quedan / Las gentes se van. / Otros que vienen las continuarán". Pero la vida no sigue igual, porque Jesús nos lleva de la mano en este diario que se escribe día a día, Él y nosotros escribimos el libro de la historia. "Pocos amigos que son de verdad / Cuantos te halagan si triunfando estás / Y si fracasas bien comprenderás / Los buenos quedan los demás se van. / En cualquier parte / no importa el lugar / hay hombres buenos / que al morir se van / Y mientras mueren, / en otro lugar, / los buenos viven / sin pensar en más"… hay hombres de esperanza que nos recuerdan que hay cielo, son los santos: saben que Dios nos ha dicho: «No temas, rebañito mío, porque vuestro Padre se ha complacido en daros el reino».

       2. Por eso le cantamos en el Salmo: "El Señor es mi Dios y salvador: confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Y sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación", y le damos gracias: "Dad gracias al Señor, invocad su nombre"…

       3. En la Carta a los Filipenses,  san Pablo nos dice: "Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres... El Señor está cerca". Y nos dice que se note, "que lo conozca todo el mundo", no podemos ir con caras tristes si somos hijos de Dios. ¿Por qué ponerse tristes, si está con nosotros el Señor? Si hacemos algo mal hacemos las paces, pedimos perdón: "Nada os preocupe"; y para esto nos da el sistema: "sino que, en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios". O sea que hay que procurar rezar y procurar en lugar de quejarse dar gracias, esto nos lo inspira Dios "para que nos sirva de salvación" (prefacio común 4). Y así la consecuencia es que "la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús". Ya no nos preocupamos por la muerte o el fin del mundo porque la salvación, el cielo, ya lo comenzamos a tener aquí con Jesús con su Reino de amor. ¡El Señor está cerca! Vamos a prepararnos. Después de la consagración, al proclamar el misterio de nuestra fe, decimos: "¡ven, Señor Jesús!", y podríamos preguntarnos: "¿pero no está ya aquí?": claro, pero estas palabras con las que acaba la Biblia significan también que Jesús viene al acabar la historia, como vino hace 2000 años, y significa que viene a nuestra alma en la comunión, y de otro modo su aliento vital, su vida divina se respira en cada bautizado; y de su fuerza y amor viven todos los que en Él creen. ¡El Señor está cerca! Por esto, "¡no os preocupéis por nada!" Ocupados tan sólo en las cosas buenas, hacerlas por amor, viviendo en la presencia del Señor.

       4. El Evangelio nos dice que la gente preguntaba a Juan: - «¿Entonces, qué hacemos?» y él va diciendo que se porten bien, a nosotros nos diría: estudia y procura sacar buenas notas, sé buen compañero y no engañes, di la verdad aunque te cueste pasar algún mal rato, no falles a tus amigos ni los traiciones, procura compartir las cosas y vencer el egoísmo, vence la pereza cumpliendo tus encargos aunque no te vean…  Resumiendo: procura hacer las cosas con Jesús, que te acompaña aunque no lo ves, y cuando te cueste algo piensa que los demás necesitamos de tu lucha, que todos estamos unidos y nos ayudamos aunque no se vea, aunque estemos solos; de aquella hora de estudio depende la historia del mundo. Al Señor se le acoge en la vida normal, no a través de cosas excepcionales. Más que los gestos extraordinarios, cuenta la fidelidad en lo cotidiano. Las Tres Avemarías de la noche nos puede ayudar mucho porque en cada Avemaría le recordamos a la Virgen el momento más feliz de su vida: cuando Ella dijo Sí a lo que Dios le pedía y por ella nos vienen del Cielo tantas cosas, y le pedimos que nos ayude. Por esto los cristianos no nos cansamos de repetir esas palabras divinas: Las rezamos 50 veces en el Santo Rosario; 3 veces en el Ángelus y muchas veces en otras ocasiones. Y es la misma Virgen Santísima quien nos ha hecho saber que desea que se las recemos también tres veces, antes de acostarnos.

       Una clínica, un quirófano, y, tendida sobre la mesa de operaciones, una niña de muy pocos años. La operación a practicar es francamente difícil: tres doctores en cirugía están presentes y dos médicos anestesistas. –"A ver, nena -dice uno de éstos-; cierra los ojitos, vas a dormir". –"¡Pero si es de día! -replica la niña-; yo nunca duermo de día". –"No importa. Ahora vas a dormir. Cierra los ojitos..." –"Bueno" -dijo la pequeña conformándose, pues se dio cuenta que tarde o temprano aquellos señores se saldrían con la suya. Pero añadió. –"Yo, antes de dormir rezo siempre las tres Avemarías, ¿puedo?" –"Sí, puedes rezar tus tres Avemarías"... Y con toda sencillez, la niña se incorporó, se arrodilló, juntó sus manecitas, y empezó su oración de todas las noches: "Dios te salve, María... Ruega por nosotros, pecadores..." Luego, acabadas las tres Avemarías, se tendió en la mesa y, sin esperar otra recomendación, cerró sus inocentes ojos... Ante aquel cuadro encantador, uno de los cirujanos se sintió conmovido, y, en cuanto pudo abandonó el quirófano para retirarse a su despacho. Allí se arrodilló y empezó a llorar. Llevaba muchos años sin recibir los sacramentos y sin hacer oración. Y salió de allí decidido a cambiar. Propósito: - Rezaré las Tres Avemarías a la Virgen todas las noches antes de acostarme.

llucia.pou@gmail.com

 

 

 

AVE MARÍA

 

Domingo de la 3ª semana de Adviento, C. “El Señor se alegra con júbilo en ti”, porque se acerca nuestra salvación: hemos de prepararnos, con una conversión en nuestras vidas para acoger al Señor

Domingo de la 3ª semana de Adviento, C. "El Señor se alegra con júbilo en ti", porque se acerca nuestra salvación: hemos de prepararnos, con una conversión en nuestras vidas para acoger al Señor

 

Profecía de Sofonías 3,14-18a. Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén. El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos. El Señor será el rey de Israel, en medio de ti, y ya no temerás. Aquel día dirán a Jerusalén: «No temas, Sión, no desfallezcan tus manos. El Señor, tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva. Él se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta.»

 

Salmo responsorial Is 12, 2-3. 4bed. 5-6. R. Gritad jubilosos: «Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel.»

El Señor es mi Dios y salvador: confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Y sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación.

Dad gracias al Señor, invocad su nombre, contad a los pueblos sus hazañas, proclamad que su nombre es excelso. Tañed para el Señor, que hizo proezas, anunciadlas a toda la tierra; gritad jubilosos, habitantes de Sión: «Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel.»

 

Carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 4,4-7. Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

 

Evangelio según san Lucas 3, 10-18. En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: - «¿Entonces, qué hacemos?» Él contestó: - «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo.» Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: - «Maestro, ¿qué hacemos nosotros?» Él les contestó: - «No exijáis más de lo establecido.» Unos militares le preguntaron: - «¿Qué hacemos nosotros?» Él les contestó: - «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga.» El pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no seria Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: - «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; tiene en la mano el bieldo para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga.» Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba el Evangelio.

 

Comentario: -La alegría tendría que dar el tono a la celebración de este domingo "Gaudete": la proximidad del Señor (canto de entrada, primera y segunda lecturas) solamente puede despertar alegría en los corazones de los creyentes. Alegría y paz, que significan gozo y plenitud (2. lectura): tal es el Dios que hemos conocido. Una vez más se nos invita a dejar atrás otras representaciones de Dios y a llenarnos del gozo de la salvación. -Esta alegría nace de dentro, de una fuente inagotable: "El señor tu Dios, en medio de ti" (1. lectura). Es un don que nadie podrá quitarnos (Jn 16, 22). No depende de las situaciones fluctuantes de nuestra vida familiar o de nuestra historia colectiva. Por eso nada puede inquietarnos (2. lectura), nada puede quitarnos aquella paz que habita y llena la punta más fina de nuestro espíritu, allí donde nos reconocemos creyentes. De ahí que la oración, que nos hace penetrar en estas regiones que Dios habita, sea necesaria en toda ocasión, y, sean cuales sean las circunstancias en que nos hallemos.

Adviento y llamada a la fortaleza. La antífona de comunión (Is 35,4) dice: "Decid a los cobardes de corazón: 'Sed fuertes, no temáis'. Mirad a nuestro Dios que va a venir a salvarnos". El Adviento es una llamada a la fortaleza, por parte de quienes se sienten pequeños e indefensos. Es a éstos a los que de un modo especial viene a salvar el Mesías. Y lo hace aceptando la debilidad, el abajamiento y la pobreza de la encarnación (Fil 2,5-7; 2 Cor 8,9). La oración sobre las ofrendas del pasado domingo se situaba en esta misma perspectiva: "Que los ruegos y ofrendas de nuestra pobreza te conmuevan, Señor, y al vernos desvalidos y sin méritos propios, acude compasivo en nuestra ayuda". Cuando el hombre se presenta en su pobreza ante Dios, es cuando está en la mejor actitud para que se manifieste la fuerza de Dios", pues los que esperan en ti no quedan defraudados" (Sal 24,1-3). Esta ha sido la actitud de los pobres de Yavé (Lc 2,22-38) y concretamente de María (Lc 1,46-55: Ramiro González).

 

1. So 3,14-18a. Situación histórica: -Tras la invasión de Senaquerib (año 701 a.C.), Judá vive una etapa de decadencia política y religiosa. Durante el reinado de Manasés (698-643) no desaparece como reino, pero se ve obligada a pagar tributo al extranjero y a admitir el culto de los vencedores, incluso en el templo de Jerusalén (II Re 21,4ss). Es una etapa de idolatría, corrupción social e indiferencia religiosa: "¡Ay de la ciudad rebelde, manchada y opresora...!; no confiaba en el Señor...; sus príncipes... eran leones rugientes; sus jueces, lobos a la tarde...; sus profetas, unos fanfarrones...; sus sacerdotes profanaban lo sacro..." (3,1ss).

-Y en medio de esta densa niebla surge, a mediados el siglo VII a. C., una luz. Asur empieza a declinar políticamente (se predice la caída de Nínive) y en Judá, bajo la batuta del nuevo rey Josías (640-609), se inicia un movimiento de restauración política y religiosa (reforma de Josías y promulgación del Deut.).

Contexto: Sofonías, contemporáneo de Jeremías, colabora con Josías en la gran reforma religiosa. Una idea dominante aparece a lo largo de su corto libro: la gran catástrofe que se cierne sobre Jerusalén ("Día de la Ira"). El hombre ha de rendir cuentas a Dios y por eso invita a la conversión y penitencia mientras sea tiempo propicio; el final, un resto de Israel se salvará (2,7.9; 3,13). Sofonías cierra su obra con un oráculo de restauración al igual que otros muchos profetas (3,9-20: se ha dudado mucho de la autenticidad de estos versículos).

Texto: -En forma de Himno, se invita a Sión al gozo y a la alegría: "grita, lanza vítores, festeja exultante" (v 14). El miedo debe ser desterrado: "no temas", "no te acobardes" (vv 15-16). ¿Qué es lo que ha ocurrido? Sofonías nos habla de una restauración, de una época dorada en Jerusalén que anula la anterior de humillación y corrupción.

-La Jerusalén humillada por tiranos (v 15) y obligada a pagar tributo y rendir culto a los dioses extranjeros será el centro del mundo: tendrá fama ante los otros pueblos (v 20), quienes, purificados, invocarán y servirán al Dios de Israel (vv 9-10). Su nuevo amo será un rey y soldado victorioso: el Señor (vv 15-16).

-Jerusalén rebelde, manchada y opresora (vv 1-2) por la conducta denigrante de sus príncipes, jueces, profetas y sacerdotes (vv 3-4) queda purificada con la presencia de Dios como rey y guerrero, garantía de prosperidad y eficaz protección para el pueblo (vv 15 ss.; cf Ez 48,33; Zac 8,23).

-La restauración reúne a los dispersos (v 19) y deja un resto "que no cometerá crímenes ni dirá mentiras..." (vv 12 ss.). Es tiempo de alegría, de la que participa el Señor (El "se goza y se alegra contigo", "se llena de júbilo": v 17). Y esa alegría acarrea la paz y la tranquilidad: el resto "pastarán y se tenderán sin que nadie les espante".

Reflexiones: -Paz y alegría es también el mensaje de la carta de Pablo a los de Filipo. Y la razón es porque "el Señor está cerca". Sofonías habla de una paz y alegría para "aquel día"; sólo la espera de ese día hace que nuestro lúgubre y triste presente tenga algún sentido.

-El peligro de armas nucleares, las promesas políticas que no se cumplen, el miedo de los eclesiásticos al mensaje evangélico porque no se hace carrera, el fallo de muchos jueces que sólo atienden al lucro... ¿Dejan pastar al pueblo y que se tienda sin que nadie les espante? ¿Pueden estar alegres y vivir en paz? Por eso, como Sofonías, también nosotros esperamos ese día de la venida del Señor. Solo El puede traernos la auténtica paz y alegría (A. Gil Modrego).

El libro acaba con un anuncio de futuro, al que pertenece el fragmento que hoy leemos. El profeta, con visión universalista, empieza (3,9-10) anunciando que todos los pueblos volverán la vista hacia el Señor, pero en seguida se centra en Jerusalén y anuncia la salvación para un resto de fieles, "un pueblo humilde y pobre" (3,11-13).

Por eso, Jerusalén podrá volver a gritar de júbilo: aquí empieza el texto de hoy. El futuro es un futuro liberado y sin temor. Las amenazas de los imperios extranjeros que constantemente asedian Jerusalén llegará un día en que desaparecerán. Y es que el pueblo habrá vuelto definitivamente a Dios, y Dios estará en medio del pueblo, impidiendo cualquier desgracia.

El pueblo fiel del Señor cuenta con la fuerza de Dios y por eso, en toda circunstancia, "no desfallecen sus manos".

(Desde el punto de vista histórico, este texto y más aún los versículos siguientes (3,18-20) que no leemos, parece como si estuviera escrito después de la caída de Jerusalén, el año 587: hay quien dice que son un añadido al libro de Sofonías y otros, que el mismo Sofonías vivió hasta la caída de Jerusalén y los añadió; pero también podrían ser un anuncio profético genérico aunque de hecho resulta fácilmente aplicable a los hechos del exilio: J. Lligadas).

La presente lectura recoge casi totalmente la última parte del libro de Sofonías. Anticipando la salvación futura, el profeta entona un himno para celebrarla. El Señor reunirá a todos los elegidos en un mismo pueblo, y ya no habrá más divisiones en Israel (cf Jr 3,18).

El Señor barrerá de Jerusalén a todos sus enemigos y librará a la ciudad del acoso de los conquistadores. No habrá nada que temer, pues el perdón de Dios extirpará de raíz todos los males y cancelará todas las condenas que pesaban sobre su pueblo. Y en medio de una ciudad purificada, el Señor será el rey.

Eliminado el miedo que paraliza la vida, no habrá lugar para el desaliento y sí para festejar la alegría de vivir.

La fuerza de la ciudad será el Señor, plantado en medio de ella como un guerrero poderoso que la salva y la protege.

El amor del Señor hará maravillas en su pueblo, tanto que él mismo saltará de júbilo y se complacerá en su propia obra. El "Señor será como un esposo que se alegra con su esposa, Jerusalén (cf Is 62,5; Jr 2,2; Os 2,21-25; "Eucaristía 1988").

El libro del profeta Sofonías está motivado por una pregunta vital en un tiempo dramático: ¿Se interesa Dios por los hombres? ¿Tiene algo que ver con su historia? (cf Sof 1,12). La respuesta del profeta se desarrolla en el esquema clásico del hacer profético. Y así, tras el célebre tema del día del Señor, grande y terrible (1,14-18), como advertencia a judíos y paganos, tras el rechazo de Jerusalén puesta a la misma altura que los extranjeros (3,1-8), el profeta intuirá la persistencia de la fe en ese "resto" fiel a Dios (2,1-3), los humildes de la tierra. Y por eso, al final (es nuestro pasaje), no puede contener un grito de triunfo futuro y de ardiente esperanza.

A lo largo de todo el AT se repiten palabras y situaciones que indican lo mismo: siempre hay hombres de esperanza que recuerdan lo último de la relación con Dios. Esta promesa tendrá pleno cumplimiento históricamente en el hecho de Jesús. La comunidad de creyentes de hoy tiene también en su seno a gentes que, con su vida, muestran la verdad de Jesús. Profetas para nuestro tiempo.

Tras las sombrías páginas anteriores, Sofonías describe ese amor y esa alegría que tocan incluso al corazón de Dios: él también se alegra de su propio triunfo en el hombre. Un tema que el NT desarrollará con diversos acentos. La justicia de Dios se identifica con su misericordia y el resultado es la alegría (cf Bar 5,9). Estamos en los umbrales del misterio, pero en lo nuclear de la realidad ("Eucaristía 1991").

Los vv 14-18 son un himno jubiloso por la acción de Dios en su nuevo pueblo, el resto de Israel. En el AT el resto es la comunidad formada por gente humilde y sencilla y que, por tanto, confía en el «nombre de Yahvé» (12). Es el pueblo del Señor que de una manera u otra ha pasado por el crisol del exilio o de la tribulación. Durante la prueba o después de ella han visto que, a pesar de todo, Dios está en medio de su pueblo; se han dado cuenta de que a la infidelidad de los hombres responde Dios con una fidelidad siempre repetida, fruto de su amor; en el AT el amor y la fidelidad de Dios van con frecuencia juntos, como dos caras de una misma moneda.

Fidelidad, proximidad, preocupación por los demás, son en Dios dimensiones o manifestaciones de un mismo amor, único e inefable. «Salvaré a la oveja coja y recogeré a la extraviada» dice Dios, el Buen Pastor. Cuando en Mt 5,48 leemos que hemos de ser imitadores del Padre del cielo, tendríamos que afrontar una exigente revisión: ¿cuáles y cómo son nuestras fidelidades? ¿Y nuestras proximidades? (Hemos de hacernos próximos, cercanos, como el buen samaritano).

Dios cambia nuestro miedo irracional -y, si bien se mira, todo miedo es irracional- ("No temas, Sión. No te acobardes", 16) por la audaz actitud característica de los «pobres» de Dios. Pensemos, por ejemplo, en la de un Francisco de Asís, un Carlos de Foucauld y tantos otros que forman el «resto» desde el Antiguo Testamento hasta el Nuevo. Pero el resto definitivo del pueblo de Israel es solamente Jesús de Nazaret. Sofonías pone como algo típico del resto la humildad y la sencillez, que esperan en el nombre de Yahvé (12). La versión de los Setenta tradujo estas palabras de Sofonías por las griegas praús y tapeinós; son las mismas que el Evangelio de Mateo (11,29) pone en labios de Jesús: «Aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón» (praús eimi kai tapeinós te kardía), y es el mismo Jesús el que hace participar a sus imitadores-seguidores de su radical confianza en el Padre: «No temas, rebañito mío, porque vuestro Padre se ha complacido en daros el reino» (Lc 12,32; Armengol).

2. Is 12, 2-3.4bcd.5-6. La salvación, una fuente inagotable. El nombre de Isaías («Dios-salva») simboliza y localiza la fuente salvadora de Israel. Salvación que si en el pasado fue liberación de Egipto, en el presente es confianza sin temor. En uno y otro caso es lícito celebrar a Dios como fortaleza, poder y salvación. La iniquidad de Israel consistió en haber abandonado a Dios, fuente inagotable de agua viva, salvadora, y haber excavado cisternas agrietadas que no pueden retener el agua. A pesar de todo, el mensaje de Isaías se abre hacia el futuro al invitar a los sedientos a beber gratuitamente. Quien sienta sed está predispuesto a adherirse a Jesús, la roca de la que mana el agua, nuevo Templo y fuente abierta en Jerusalén. Quien bebe en el costado del Traspasado recibe el Espíritu de la nueva Creación. Es un hombre nacido de nuevo y de arriba; goza de la vida que caracteriza a la creación terminada. Este hombre nuevo forma parte de la comitiva del Exodo iniciado por Jesús,

• El testimonio, respuesta de la comunidad. La comunidad posexílica puede proclamar ante el mundo cuanto Dios hizo por ella en el pasado. Corresponde a la comunidad restaurada celebrar jubilosamente las proezas de Dios, contar sus hazañas, proclamar la grandeza del "Santo de Israel", dar gracias a Dios salvador. Es la misma misión confiada a la Iglesia: primero vive la salvación que brota de sus fuentes y después la difunde por el mundo entero. Ser testigos del Resucitado en Jerusalén, en Judea y Samaria y hasta los confines de la Tierra es el programa misionero de la Iglesia.

La finalidad del testimonio es llevar a otros hombres a la fe, a la adhesión personal a Jesús Mesías. Quienes aceptan el testimonio eclesial poseen en sí mismos el testimonio de Jesús, que es la Profecía de los tiempos nuevos. La sangre del Cordero y la Palabra del Testimonio son armas eficaces para vencer los poderes de la Bestia. Ser testigos de Jesús es gritar la grandeza del Santo de Israel.

Dios Padre Santo, nuestros padres nos han hablado de tu grandeza para con ellos: nos enseñaron a darte gracias, a invocar tu nombre, a contar a los pueblos tus hazañas; concédenos ser un vivo testimonio del Resucitado, para que todos los pueblos griten jubilosos que sólo Tú eres grande por los siglos de los siglos (Aparicio-García).

Juan Pablo II decía que es un canto de alegría, un himno que "constituye una especie de culminación de algunas páginas del libro de Isaías que se han hecho  célebres por su lectura mesiánica. Se trata de los capítulos 6-12, que se suelen denominar "el libro del Emmanuel". En efecto, en el centro de esos oráculos proféticos resalta la figura de un soberano que, aun formando parte de la histórica dinastía davídica, tiene perfiles transfigurados y recibe títulos gloriosos:  "Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz" (Is 9, 5). La figura concreta del rey de Judá que Isaías promete como hijo y sucesor de Ajaz, el soberano de entonces, que estaba muy lejos de los ideales davídicos, es el signo de una promesa más elevada:  la del rey Mesías que realizará en plenitud el nombre de "Emmanuel", es decir, "Dios con nosotros", convirtiéndose en la perfecta presencia divina en la historia humana. Así pues, es fácilmente comprensible que el Nuevo Testamento y el cristianismo hayan intuido en esa figura regia la fisonomía de Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre solidario con nosotros.

Los estudiosos consideran que el himno al que nos estamos refiriendo (cf. Is 12, 1-6), tanto por su calidad literaria como por su tono general, es una composición posterior al profeta Isaías, que vivió en el siglo VIII antes de Cristo. Casi es una cita, un texto de estilo sálmico, tal vez para uso litúrgico, que se incrusta en este punto para servir de conclusión del "libro del Emmanuel". En efecto, evoca algunos temas referentes a él:  la salvación, la confianza, la alegría, la acción divina, la presencia entre el pueblo del "Santo de Israel", expresión que indica tanto la trascendente "santidad" de Dios como su cercanía amorosa y activa, con la que el pueblo de Israel puede contar. El cantor es una persona que ha vivido una experiencia amarga, sentida como un acto del juicio divino. Pero ahora la prueba ha pasado, la purificación ya se ha producido; la cólera del Señor ha dado paso a la sonrisa y a la disponibilidad para salvar y consolar.

Las dos estrofas del himno marcan casi dos momentos. En el primero (cf vv 1-3), que comienza con la invitación a orar: "Dirás aquel día", domina la palabra "salvación", repetida tres veces y aplicada al Señor: "Dios es mi salvación... Él fue mi salvación... las fuentes de la salvación". Recordemos, por lo demás, que el nombre de Isaías -como el de Jesús- contiene la raíz del verbo hebreo ylsa", que alude a la "salvación". Por eso, nuestro orante tiene la certeza inquebrantable de que en la raíz de la liberación y de la esperanza está la gracia divina. Es significativo notar que hace referencia implícita al gran acontecimiento salvífico del éxodo de la esclavitud de Egipto, porque cita las palabras del canto de liberación entonado por Moisés: "Mi fuerza y mi canto es el Señor" (Ex 15,2).

La salvación dada por Dios, capaz de suscitar la alegría y la confianza incluso en el día oscuro de la prueba, se presenta con la imagen, clásica en la Biblia, del agua:  "Sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación" (Is 12,3). El pensamiento se dirige idealmente a la escena de la mujer samaritana, cuando Jesús  le ofrece  la  posibilidad  de  tener  en  ella  misma una  "fuente  de agua  que salta para la vida eterna" (Jn 4,14). Al respecto, san Cirilo de Alejandría comenta de modo sugestivo:  "Jesús llama agua viva al don vivificante del Espíritu, por medio del cual sólo la humanidad, aunque abandonada completamente, como los troncos en los montes, y seca, y privada por las insidias del diablo de toda especie de virtud, es restituida a la antigua belleza de la naturaleza... El Salvador llama agua a la gracia del Espíritu Santo, y si uno participa de él, tendrá en sí mismo la fuente de las enseñanzas divinas, de forma que ya no tendrá necesidad de consejos de los demás, y podrá exhortar a quienes tengan sed de la palabra de Dios. Eso es lo que eran, mientras se encontraban en esta vida y en la tierra, los santos profetas y los Apóstoles y sus sucesores en su ministerio. De ellos está escrito: Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación" (Comentario al Evangelio de san Juan II, 4, Roma 1994, pp. 272.75). Por desgracia, la humanidad con frecuencia abandona esta fuente que sacia a todo el ser de la persona, como afirma con amargura el profeta Jeremías:  "Me abandonaron a mí, manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que no retienen el agua" (Jr 2,13). También Isaías, pocas páginas antes, había exaltado "las aguas de Siloé, que corren mansamente", símbolo del Señor presente en Sión, y había amenazado el castigo de la inundación de "las aguas del río -es decir, el Éufrates- impetuosas y copiosas" (Is 8, 6-7), símbolo del poder militar y económico, así como de la idolatría, aguas que fascinaban entonces a Judá, pero que la anegarían.

La segunda estrofa (cf Is 12,4-6) comienza con otra invitación -"Aquel día diréis"-, que es una llamada continua a la alabanza gozosa en honor del Señor. Se multiplican los imperativos para cantar:  "dad gracias, invocad, contad, proclamad, tañed, anunciad, gritad". En el centro de la alabanza hay una única profesión de fe en Dios salvador, que actúa en la historia y está al lado de su criatura, compartiendo sus vicisitudes:  "El Señor hizo proezas... ¡Qué grande es en medio de ti  el Santo de Israel!" (vv. 5-6). Esta profesión de fe tiene también una función misionera: "Contad a los pueblos sus hazañas... Anunciadlas a toda la tierra" (vv 4-5). La salvación obtenida debe ser testimoniada al mundo, de forma que la humanidad entera acuda a esas fuentes de paz, de alegría y de libertad".

 

3. Flp 4,4-7.

3. I) Adviento y alegría en el Señor. Es preciso seguir conduciendo a la comunidad cristiana en la fidelidad al Espíritu Santo y a la Iglesia (=mistagogía). Los mismos textos de la Escritura, oraciones presidenciales y prefacios van marcando las actitudes, el ritmo, los objetivos y metas. Es la espiritualidad litúrgica (objetiva), que brota del contenido de las celebraciones. De nuevo, en este domingo, se insiste en la alegría (antífona de entrada, colecta, poscomunión, lecturas 1 y 2, prefacio II) como actitud distintiva de este tercer domingo. En la raíz está el texto de San Pablo a los Filipenses 4,4-7: "Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres"... Es el mismo texto que abre la celebración como antífona de entrada. La razón de esta alegría es que: "El Señor está cerca".

La perspectiva de la venida definitiva del Señor cede en este domingo a la de su primera venida en la carne (Navidad). Esto mismo lo expresa bellamente la oración colecta; pasa con lógica y sentido de progresión de la espera creyente a la realidad gozosa de la Navidad: "Estás viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe el nacimiento de tu Hijo; concédenos llegar a la Navidad -fiesta de gozo y salvación- y poder celebrarla con alegría desbordante".

La celebración litúrgica es expresión de la vida de la Iglesia orante (SC 41), por eso la mente ha de concordar con la voz (SC90), es decir, que lo que dicen los labios responda a la "verdad de las cosas". Por eso conviene que la comunidad con su actitud respalde la oración del sacerdote: "Estás viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe el nacimiento de tu Hijo..." (oración colecta), la haga verdadera.

El Adviento es tiempo de coherencia, de conversión sincera, de análisis y discernimiento de nuestras opciones, de purificación del pecado para celebrar con gozo y limpios la Navidad (poscomunión), de mesura y moderación (2. Iectura), de oración y súplica, de trabajo por la paz, de compartir los bienes con los más necesitados, de no extorsionar ni exigir más de lo debido, de acoger la "Buena Noticia" (evangelio) del Señor que viene en humildad.

La alegría del adviento. Se nos presenta el mandato de la alegría: Estad alegres. Os lo repito, alegraos en el Señor. Hablar de la alegría es terriblemente difícil. Es fácil emplear la palabra alegría, es fácil definir una alegría en teoría; es difícil manifestar la profundidad de la alegría. Quizá lo que más impresiona es ver el sentido confiado e infantil que necesitamos los mayores para vivir con alegría en nuestro mundo de responsabilidades y de agobios. Es verdad que el niño es, en general, el prototipo dé la felicidad, el que se contenta y juega con cualquier cosa, el que vive feliz; nosotros, los mayores, nos podemos preguntar: ¿Puede uno ser feliz viendo el entorno que le rodea, esa serie de amenazas que están esperando la oportunidad para matar cualquier esbozo de alegría? El niño es feliz porque se sabe protegido y amado porque vive en presencia de sus padres.

Y quizá nosotros, los mayores, tendríamos que pensar si la razón de nuestra alegría no estará ahí, en el sentido de debilidad, en el reconocimiento de que no podemos nada, en esta confesión de que es la presencia de una solicitud paterna la que nos hace vivir con alegría. Y quizá por eso rompemos con nuestros padres o con dios nuestro Padre y renegamos de él cuando vivimos situaciones deprimentes o comprometidas, tristes o dolorosas.

Un mundo sin fe, sin horizonte abierto, un mundo sin cielo y sin esperanza es un absurdo. No puede haber alegría: ni alegría material situada en lo económico, ni alegría social situada en lo político ni alegría familiar situada en lo afectivo. Es un mundo cerrado, sin fronteras. Nosotros tenemos la fórmula y el sentido para nuestra alegría porque creemos en un Dios Padre que protege y mima nuestras debilidades y flaquezas, porque es benévolo y compasivo con nuestros llantos, ante nuestras riñas, ante nuestros enfados porque realmente espera de nosotros esa actitud confiada de levantar nuestros brazos y vivir en el calor de su regazo (Andrés Pardo).

La verdadera alegría se encuentra donde dijo S. Pablo: "En el Señor. Las demás cosas a parte de ser mudables, no nos proporcionan tanto gozo que puedan impedir la tristeza ocasionada por otros avatares en cambio, el temor de Dios la produce indeficiente porque quien teme a Dios como se debe a la vez que teme confio en Él y adquiere la fuente del placer y el manantial de toda la alegría" (S. Juan Crisóstomo, PG. 27 179).

Está cerca la Navidad y la Palabra de Dios nos invita insistentemente a la alegría; "Regocíjate... grita de júbilo... alégrate y goza de todo corazón" (Sof.) "Estén siempre alegres en el Señor..., estén alegres" (Flp).

-Vivid siempre alegres en el Señor. El Señor está cerca. La alegría tiene que ser una de las actitudes cristianas fundamentales: debemos tener una mirada optimista sobre las realidades del mundo y de la vida (que han sido "desencantadas", arrancadas del poder del maligno), sobre el paso del tiempo y el propio destino personal y colectivo (nos acercamos al día del Señor, a aquel día en que Dios será todo en todos). La vida del creyente está llena de gozo interior porque está llena de sentido: es la vida de un hijo del Padre del cielo. ¿Cómo es que con tanta frecuencia no es ésta nuestra tónica vital -la alegría de fondo y no la desmesura superficial- y cómo es que la gente no nos reconoce como personas mesuradas?

El evangelio es "Buena noticia"; por tanto, motivo de alegría para los creyentes. La alegría cristiana proviene de la comunión con Dios y los hermanos (Hch 2, 46; 14-17), se manifiesta incluso en medio de las adversidades (Hch 5, 41; Sant 1,2; 2 Cor 7,4) y nadie la puede quitar al que la tiene (Jn 16, 20.22). Sin embargo, no siempre escuchamos el evangelio como la mejor noticia y, en especial, muchas veces nos parece el anuncio de la venida del Señor una amenaza y un motivo para tener miedo. Pablo no pensó así; antes, al contrario, exhorta repetidamente a la alegría porque el Señor está cerca.

Ya en el versículo primero del c. 3 de esta misma carta, Pablo inicia su exhortación diciendo: "Por lo demás, hermanos, alegraos en el Señor". Pero esta exhortación queda momentáneamente interrumpida. Por eso ahora, al tomar nuevamente el hilo de su discurso sobre la alegría, dice: "estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegre". La esperanza en la venida del Señor ha de levantar el animo de los cristianos y mantener siempre su serenidad y su buen talante.

Conscientes de que todo pasa y nada puede detener la venida del Señor, nada debe quitarnos la alegría de vivir y preocuparnos demasiado.

La petición es la oración del pobre y del caminante, del hombre que no tiene nada y busca lo que le falta, del hombre que busca nada menos que la infinita riqueza del reino de Dios. Por eso los creyentes deben confiar sus cuidados a Dios. Pero deben enmarcar sus peticiones dentro de un contexto de acción de gracias, sabiendo que son amados por Dios y que en cierto sentido han recibido más de lo que esperan.

Hay una paz que el mundo no puede dar, una paz que viene de Dios para los hombres. Esta es la paz que experimentan los cristianos cuando saben conjugar en su vida el cuidado responsable del caminante y la petición confiada de lo que todavía falta, con la seguridad agradecida de haber recibido por la fe la sustancia de lo que aún esperan. Esta es la paz que guardan nuestros corazones y nuestros pensamientos, para que no perdamos el gozo íntimo en medio de circunstancias adversas. Cristo Jesús, que habita por la fe en nuestros corazones, es la misma "paz de Dios" en persona ("Eucaristía 1988").

La exhortación a la alegría es constante en esta carta (2,17-18; 3,1; 4,4). Pablo escribe desde la cárcel. Los filipenses están ansiosos por la situación de Pablo y de la comunidad. A pesar de esta situación, humanamente desesperada, Pablo invita a la alegría. Insiste, y da por supuesto, que el motivo de esta alegría hay que buscarlo en Dios. Les recuerda que él, a pesar de las cadenas, está lleno de gozo.

Uno de los rasgos de la comunidad ha de ser la afabilidad, el trato cordial con los que hacen el bien a los demás. Deben alejar las preocupaciones, no porque la parusía esté cerca, sino porque sus necesidades están presentes ante Dios. El cristiano no puede dejarse arrastrar por la desconfianza, la desesperación o la resignación fatalista. Cristo está en nosotros y en la comunidad. Su presencia es fuente de alegría.

Para Pablo estar en la cárcel no era en sí ningún motivo de alegría, pero sí lo era el hecho de que estaba en la cárcel por haber aceptado a Cristo con todas sus consecuencias. Las cadenas eran la respuesta que el mundo había dado al anuncio de la paz que Dios le ofrecía. Estad alegres y la paz de Dios custodiará vuestros corazones en Cristo. La paz verdadera proviene de la paz de Dios en Cristo. El Señor que esperamos en Adviento ya está entre nosotros, pero su presencia no es todavía plena y definitiva. Esta presencia está en fase de crecimiento hasta llegar a su plenitud en Cristo.

Somos ahora nosotros, por Cristo y con Cristo, los artífices de la progresiva maduración por la presencia de Dios en el hombre y por tanto de su alegría, gozo y paz.

La historia del cristianismo es la historia del "devenir" del hombre en Cristo. Nuestro ser tiende hacia un futuro que está fuera del alcance del hombre, pero al que podemos llegar si permanecemos en la paz de Dios en Cristo que es la síntesis de todos los bienes mesiánicos (Pere Franquesa).

¡El Señor está cerca! De estas simples palabras irradia toda la gozosa intimidad del introito y toda la alegría de la liturgia de hoy. El Señor está cerca; no tenemos que esperarle durante miles de años, no tenemos que buscarle en el lejano cielo. Está aquí, está en medio de nosotros. Nuestro Adviento no es la angustiosa espera de la humanidad anterior a Cristo. El Mesías, el Dios Salvador esperado tanto por judíos como paganos, ha venido ya. Dios ha redimido a su pueblo. Y no se ha apartado de él; se halla en medio de su Iglesia.

Su aliento vital, su vida divina respira en cada bautizado; de su fuerza y amor viven todos los que en El creen. En cada uno de los que participamos de su santo sacrificio, crece su vida ardiente e inmortal. Todos sabemos, y en cada momento lo experimentamos, que "en El vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17, 28), que no podemos pronunciar una sola palabra buena, ni concebir ningún pensamiento santo, ni alzar siquiera con fe los ojos al Padre Celestial sin El, el Cristo vivo y presente en nosotros.

Es cierto que, a la vez, es El "el que viene". Se nos presenta cada día de nuevo en la palabra de su Sagrada Escritura, en la exhortación de su Iglesia, en su sacrificio y sus sacramentos y en las solemnidades de su año litúrgico. Pero todo esto es un eterno presente. Está en nosotros y viene para estar cada vez más en nosotros.

He aquí la alegría de nuestro canto: ¡El Señor está cerca! La Iglesia se siente feliz en su presencia, como se siente la esposa en la proximidad del amado. Sobre su ser derrama El paz y suavidad, y ella no tiene que preocuparse de nada más, pues sabe que lo tiene junto a sí y que escucha sus súplicas aun antes de formularlas. En el primer domingo de Adviento le había ella suplicado: ¡Muéstranos tu amor! Este amor que se compadece de las miserias y debilidades humanas. Hoy da las gracias porque su súplica se ha visto atendida. El amor de Cristo se ha difundido en su Iglesia, en las almas, y se pone de manifiesto al mundo en su plácida alegría, en su agradecimiento para con Dios y en su suave y dulce vida (modestia vestra). El señor está cerca; bajo la forma del amor y la modestia llena a su Iglesia.

Y por la misma razón de que le tiene cerca, de que se siente llena de El, la iglesia tiene derecho a no quedarse sola en su alegría; quiere alegrarse con sus hijos; el alma quiere regocijarse con sus hermanas, en quienes vive el Señor lo mismo que en ella. ¡Alegraos... , el Señor está cerca!, exclama. ¡Daos cuenta de la dicha de poder caminar ante El, de poder vivir de El, de tenerle más cerca que nuestro propio cuerpo! Y porque el amor de Cristo está en ella, piensa también en aquellos de quienes el Señor no está cerca. Se compadece de ellos y quisiera poderles aportar la dicha de tal proximidad. Por consiguiente, aconseja a sus hijos: "Vuestra modestia (mesura) sea manifiesta a todos los hombres." Deben hacer que la luz de Cristo penetre en las tinieblas del mundo y las disipe. Quien los vea deberá reconocer, en su divina despreocupación por las cosas temporales, la proximidad del Señor, de Aquel que todo lo posee y que aleja de los suyos todo cuidado.

"¡No os preocupéis por nada!" Ocupados tan sólo en el Señor, "libres para la sabiduría divina en el aula del Espíritu" (San León el Grande, octavo sermón sobre los ayunos del décimo mes), los cristianos hallarán toda su alegría, todo su consuelo, el auténtico porqué de su vida, en el trato con Dios próximo y siempre presente. Todo cuanto hagan, todo su trabajo tiene que ser oración, incesante acción de gracias por su vocación a la Iglesia de Cristo, a la proximidad del Señor. En tal vida de oración se acrecienta su paz, "la paz de Dios, que sobrepuja toda imaginación y que guarda los corazones y las inteligencias en Cristo Jesús" (Flp 4, 7).

Con eso, cada vez se convierten más en lo que ya son: portadores de luz, mensajeros de Cristo, evangelistas de la paz y de la buena nueva: Dominus prope est! "¡El Señor está cerca!" Y eso no con muchas palabras, no con un demasiado obrar, únicamente con su "modestia", con la paz inalterable de su corazón, con la serena alegría de su semblante. (...)

Viviendo tan íntimamente en la presencia del Señor, puede comprobar la Iglesia, y también las almas, cómo el Adviento del Señor es al propio tiempo presencia y venida. En tanto que respira su proximidad, vive ya su vida, penetra en su Ser infinito. Por la misma razón de que le posee, desea poseerle cada vez más. Aun cuando ya le tiene aquí, le llama para que venga; porque su luz ha tomado asiento en ella, aprecia mejor sus propias tinieblas y ruega que la "ilumine con la gracia de su visita" (Oración).

A la luz de su presencia cae la Iglesia en la cuenta de todas las maravillosas visitas del Señor, de los muchos Advientos de los que le permite ya participar en los santos misterios de su Iglesia: "Tú, el pastor de Israel..., guías a José como a una ovejuela" (Sal 79, 2). Trae a su memoria la gran obra salvadora del divino amor que ha redimido al mundo, que ha fundado la Iglesia y que en los acontecimientos místicos, siempre nuevos, de las solemnidades del año, continúa obrando la redención. "Has bendecido, Señor, tu tierra; has puesto término a la cautividad de Jacob; has perdonado los pecados de tu pueblo" (Sal 84, 2s).

Sin embargo, cuanto más toma posesión de su ser la presencia del Señor, tanto más reconoce también lo mucho que le queda aún por realizar dentro de los planes divinos de redención y vida, y que, con haberse llevado realmente a cabo ya la redención, todavía tiene que hacerse realidad para millares y millones de seres, además de que el Señor ha de crecer todavía en los fieles y bautizados. Y así exclama en pleno goce de la divina presencia: "tú, Señor, que estás sentado sobre los Querubines, ¡excita tu poder y ven! ¡Ven y sálvanos!" (Sal 79, 2ss.: Emiliana Löhr).

El domingo pasado ya comentábamos la buena relación de Pablo con su comunidad de Filipos, y cómo esto se refleja en la carta que les escribe. Hoy leemos otro fragmento, muy conocido, cuyo inicio en latín ("Gaudete in Domino semper") daba antes nombre a este domingo; este inicio hoy aparece también como antífona de entrada.

El texto tiene un tono exhortativo, homilético, como muchas segundas lecturas (estaría bien, por ejemplo, releerlo después de la comunión), y cada una de las frases es una llamada amable a la manera de vivir cristiana. El motivo de todo es que "el Señor está cerca" y eso hace vivir interiormente con alegría, confianza y paz, y hace que la relación con los demás transmita eso mismo (éste es el sentido de la exhortación "que vuestra mesura la conozca todo el mundo", aunque esta traducción no expresa muy bien todo este sentido: otras biblias traducen "que todo el mundo note lo comprensivos que sois", "que vuestra bondad sea conocida de todos", "que todos os conozcan como personas bondadosas"; J. Lligadas).

S. Agustín nos dice: Gozaos en la verdad, no en la maldad: "Alegraos siempre en el Señor (Fil 4,4). ¿Qué es gozarse en el mundo? Gozarse en el mal, en la torpeza, en cosas deshonrosas y deformes. En todas estas cosas encuentra su gozo el mundo. Cosas todas que no existirían si los hombres no las hubiesen querido. Hay cosas que hacen los hombres y hay otras que las sufren y, aunque no quieran, tienen que soportarlas. ¿Qué es, pues, este mundo, y qué el gozo del mundo? Os lo voy a decir brevemente, hermanos en la medida de mis posibilidades y de la ayuda divina. Os lo diré luego y en breves palabras. La alegría del mundo consiste en la iniquidad impune. Entréguense los hombres a la lujuria y a la fornicación, pierdan el tiempo en espectáculos, anéguense en borracheras, pierdan la dignidad en sus torpezas y no sufran mal alguno: ved el gozo del mundo. Que ninguno de los males mencionados sea castigado con el hambre, o el temor de la guerra o algún otro temor, ni con ninguna enfermedad o cualquier otra adversidad; antes bien, haya abundancia de todo, paz para la carne y seguridad para la mente perversa: ved aquí el gozo del mundo. Pero Dios piensa de manera distinta al hombre; uno es el pensamiento de Dios y otro el del hombre. Fruto de una gran misericordia es no dejar impune la maldad: para no verse obligado a condenar al infierno al final, se digna castigar ahora con el azote.

¿Quieres conocer cuán gran castigo es la falta de castigo? No para el justo, sino para el pecador, a quien se le aplica el castigo temporal para que no le sobrevenga el eterno. ¿Quieres, pues, conocer cuán gran castigo es la falta de castigo? Interroga al salmo: El pecador irritó al Señor. ¡Impetuosa exclamación! Puso atención, reflexionó y exclamó: El pecador irritó al Señor. ¿Por qué?, te suplico. ¿Qué viste? Quien así exclamó vio al pecador entregado impunemente a la lujuria, a hacer el mal, abundando en bienes y gritó: El pecador irritó al Señor. ¿Por qué dijiste eso? ¿Qué viste? Es tan grande su ira que no se lo demanda (Sal 9,4).

Comprended, hermanos cristianos, la misericordia de Dios. Cuando castiga al mundo es porque no quiere condenarlo. Es tan grande su ira que no se lo demanda. El no demandarlo se debe a la magnitud de su ira. Grande es su ira. Su justa severidad es indicadora de perdón. La severidad es como una verdad cruel. Si, pues, alguna vez perdona mostrándose duro, buena cosa es para nosotros el que nos socorra castigándonos. Y con todo, si consideramos las acciones del género humano, ¿qué es lo que padecemos? No nos ha tratado en conformidad con nuestras obras. En efecto, somos hijos. ¿Cómo lo probamos? El Hijo único, para no seguir siendo único, murió por nosotros. No quiso ser único quien murió siendo único. A muchos hizo hijos de Dios el Hijo único de Dios. Con su sangre compró hermanos; siendo él reprobado los aprobó, vendido los rescató, ultrajado los honró, muerto los vivificó. ¿Dudas de que ha de darte sus bienes quien se dignó asumir tus males? Por tanto, hermanos, alegraos en el Señor, no en el mundo; es decir, gozaos en la verdad, no en la maldad; gozad con la esperanza de la eternidad, no en la flor de la vanidad. Sea este vuestro gozo y donde quiera y cuando quiera os halléis aquí, el Señor está cerca, no os inquietéis por nada (Fil 4,4.5-6)" (Sermón 171,4-5).

4. Lc 3,10-18. -El domingo pasado Lucas nos situaba ante Juan, un profeta con proyección universal, con la proclamación de un bautismo de conversión para el perdón de los pecados; hoy Lucas ejemplifica la reforma de vida exigida por Juan, sirviéndose de la pregunta "que tenemos que hacer", que formulan la multitud anónima, unos publicanos y unos militares. Por publicanos se entiende los encargados de la recaudación tributaria. Se trataba por lo general de judíos al servicio de Roma, potencia ocupante. Como había que pagar por anticipado la cantidad estipulada por Roma, eso llevaba a los recaudadores a resarcirse no sólo de la cantidad ya depositada, sino también de los gastos causados en el desempeño de la función, más los intereses. Todo esto hacía que el sistema de recaudación de tributos estuviera abierto a toda clase de abusos. La profesión de recaudador de tributos era generalmente considerada como una actividad más bien infamante y poco escrupulosa. Por militares no se entiende miembros de las tropas romanas de ocupación, sino judíos enrolados al servicio de Herodes Antipas.

A la multitud anónima el profeta le pide la distribución compartida de los recursos fundamentales para cubrir las necesidades primarias de la existencia, alimento y vestido (v. 11). A los recaudadores les pide que cobren exactamente los tributos establecidos y sus legítimas comisiones personales, sin caer en la tentación de la avaricia o de la extorsión (v. 13). A los militares les pide la abolición del chantaje y de cualquier medida intimidatoria (v. 14).

Luego Lucas sintetiza la relación de inferioridad de Juan respecto al Mesías, formulada por tres tipos de imágenes: rituales, jurídicas y apocalípticas, para caracterizar al Mesías como el más fuerte. La imagen jurídica es la expresión "desatar la correa de las sandalias". En el Antiguo Testamento este acto simboliza la privación de un derecho en beneficio del desatante. La imagen no proviene, pues, del mundo de los esclavos. Frente al Mesías, Juan se declara sencillamente sin derechos. Las imágenes apocalípticas del fuego y de la horca de aventar sugieren la idea de un tiempo último y definitivo por un lado, y de un personaje clave y decisivo para los hombres por otro. No tienen nada que ver con el infierno.

Resumiendo: estamos ante un texto ético en su primera parte y cristológico en la segunda. La ética, ejemplificando cambios de comportamiento, facilita y prepara el camino al portador del Espíritu. Los cambios de comportamiento o reforma de vida, expresados y visualizados ritualmente en el bautismo de agua del profeta Juan, hacen posible la dimensión del Espíritu que hará su aparición con Jesús el Mesías.

El comportamiento ético pertenece a los presupuestos del hecho cristiano. Siendo como tenemos que ser, esto es, comportándonos bien, hacemos posible que el Espíritu pueda actuar en nosotros. El buen comportamiento pertenece a la fase previa de eliminación de obstáculos. Supuesta esta eliminación, viene después el ser cristiano. Ya en esta fase previa no hay particularismos ni exclusiones. Lucas está especialmente interesado en esta temática. Por eso introduce en su relato grupos o colectivos marginados por el sentir religioso oficial judío. Hoy introduce a recaudadores y militares. El programa ético del profeta Juan no es maximalista. Las exigencias que formula no pretenden revolucionar las estructuras sociales del momento. A los recaudadores no les dice que corten sus relaciones con el poder invasor; les dice simplemente que huyan de la extorsión. A los militares no les dice que abandonen su posición; les dice simplemente que no chantajeen ni intimiden. ¿Simplemente? Observemos bien que la simplicidad del profeta habla de honestidad en los negocios, de equidad en la aplicación de la justicia. Particularmente y como persona privada me quedo con la simplicidad del profeta frente a los maximalismos de reformas estructurales, aunque sólo sea en base al dicho de que el ideal es enemigo de lo bueno. Desde la honestidad en los negocios y la equidad en la aplicación de la justicia, es decir, desde lo bueno, a lo mejor resulta que cambian las estructuras comerciales y jurídicas, es decir, se consigue el ideal.

¿Y qué decir de la simplicidad del profeta en lo que pide a la multitud anónima? Compartir con los más desafortunados lo necesario para cubrir, al menos, las necesidades primarias. ¿Y si a partir de este domingo nos entrenamos todos un poco en este ejercicio del compartir? No es evidentemente un programa económico, pero si compartiéramos muchos, a lo mejor hasta cambiaban las estructuras económicas (A. Benito).

Tiene en la mano la horca para aventar. Posiblemente, Juan se imaginaba un mesías que reuniría un pueblo de santos y puros, en la línea de los esenios de Qumrán. En cambio, Jesús se presenta como el mesías misericordioso que no viene a condenar a los pecadores sino a ofrecerles gratuitamente la salvación de Dios: también ellos son llamados a la conversión y al Reino. No es el juez que tiene en la mano la horca de aventar y el hacha de leñador, sino el buen pastor que corre tras la oveja perdida. Y si bautiza con Espíritu Santo y con fuego es porque su acción llega a lo más hondo, hasta la transformación del corazón. Felizmente para nosotros. Pero ello no nos exime de responsabilidades ni significa falta de exigencia. Si nos abrimos a la salvación que llega, nuestra vida será transformada. ¿Sucede así? (J. Totosaus).

Se precisa cuáles son los caminos que hay que enderezar para encontrar al Señor que viene. Son los caminos de la justicia, de la caridad, del respeto a los otros. Nada nuevo. Ningún camino excepcional. Pero vuelve una verdad fundamental: el camino hacia Dios pasa obligatoriamente a través del prójimo. La guarda de los mandamientos de la segunda tabla presenta la condición esencial para poderse encontrar frente al "Señor tu Dios, el único." Juan no pretende que los demás se retiren del mundo y lo imiten en su itinerario particularísimo. No les invita a dejar todo y a instalarse en el desierto, como también hicieron los ascetas de Qumrán. Cada uno permanezca en su puesto, continúe haciendo lo que ha hecho hasta hora. Pero de otra manera. Vuelva en buena hora a su oficio. Pero ejercítelo de manera diversa.

Al Señor se le acoge en la vida normal, no a través de cosas excepcionales. Más que los gestos extraordinarios, cuenta la fidelidad en lo cotidiano. Por más que pueda parecer contradictorio, se trata de ir al encuentro de Cristo permaneciendo en el propio puesto. El cambio no está en las cosas y en las situaciones exteriores, sino que se realiza "dentro". Existe un modo diverso de ser y de hacer que se concilia con las cosas de cada día. Así como hay una búsqueda de lo extraordinario, que puede ser una forma de evasión, un sustraerse a los duros compromisos concretos (Alessandro Pronzato).

Un buen comentario sobre este tema se encuentra -elaborado- en el capítulo "Antídoto del miedo" del libro "La fuerza de amar", de M. Luther-King. He aquí un fragmento: "Una fe religiosa positiva no ofrece la ilusión de que estaremos exentos de dolor y sufrimientos, ni nos imbuye la idea de que la vida sea una serie indefinida de comodidades y de placidez nunca entorpecida. Más bien nos proporciona el equilibrio interior necesario para combatir las tensiones, las pesadumbres y los temores que inevitablemente nos asedian y nos asegura que el universo es digno de confianza y que Dios piensa en todo.... Esta fe transforma el torbellino de la desesperación en una brisa cálida y vivificante de esperanza. Debemos grabar en nuestros corazones las palabras de un lema que una generación anterior podía aún leer en las casas de muchas personas devotas: El miedo llamó a la puerta. Salió la fe a abrir. No había nadie!".

El Adviento debe suscitar en nosotros júbilo y esperanza porque el Señor está cerca, su presencia en medio de nosotros es una realidad. ¿Qué debemos hacer para reconocerle? ¿Cómo prepararnos a su venida? Tenemos que profundizar en la conversión continua como actitud perenne; la conversión no es la nota característica del Adviento, que es más bien tiempo de gozosa espera, sin embargo, el cristiano que vive alerta sabe que su vida orientada al Señor se mantiene en esta dinámica. Juan Bautista nos propone el amor y la justicia como el camino más seguro para alcanzar nuestros objetivos cristianos; el convertirnos al amor y la justicia pondrán de manifiesto nuestra voluntad de compartir con los demás la salvación y el amor con que somos amados por Dios; aquí nos encontramos en el ideal, pero será lejano si no buscamos acercarnos al Señor. para que esto se dé es preciso tener una experiencia personal con el Señor, fuente de nuestra alegría; ¿Por qué no un retiro?, ¿una jornada de oración? ¿Por qué no ir al templo y orar leyendo la Palabra de Dios, para dejarme cuestionar por él?.

Juan no pide una conversión hacia el pasado, no pide lamentos y lágrimas sobre el pasado, lo que pide es un cambio hacia el futuro. La penitencia que predica ha de acreditarse por sus frutos y no por sus lamentos, y es una penitencia con una marcada dimensión. En el rito bautismal, la Iglesia supone siempre esta pregunta en los catecúmenos: "¿Qué debemos hacer?", y responde diciendo: "Guardar los mandamientos", sobre todo el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Porque fue así como respondió Jesús a cuantos le preguntaban lo mismo y se interesaban por su salvación. También el precursor dio la misma respuesta.

El bautista predicó la penitencia en un mundo en el que el hombre vivía habitualmente en situaciones extremas y andaba preocupado por el vestir y el comer (cf. 12,22-31). En aquella situación, el bautista exigía nada menos que la reducción del consumo al mínimo vital: una sola túnica y el pan de cada día, en beneficio de los descamisados y los hambrientos. Hoy vivimos en la llamada sociedad de la abundancia; pero, mientras haya hombres en el mundo que no tengan lo necesario para vivir, nuestra sociedad estará condenada ante los ojos de Dios.

El amor al prójimo es una exigencia general, sin esa conversión de amor, no tiene sentido la penitencia. El amor al prójimo supone que se ha cumplido antes con la justicia. Por eso Juan se refiere al cumplimiento de la justicia cuando dirige su palabra a los publicanos y a los soldados. A los publicanos, es decir, a los cobradores de impuestos, Juan les dice que cobren según tarifa justa y que no recurran a los apremios y sobrecargas para enriquecerse a costa de los pobres. Evidentemente, en nuestra sociedad los que más cotizan son los pobres. Por tanto, no se puede hablar de una verdadera conversión cristiana si los cristianos no estamos empeñados en una verdadera reforma fiscal.

A los soldados, a la fuerza pública, el bautista exige que se contenten con la soldada, que no denuncien falsamente y no utilicen la fuerza en provecho propio. El negocio de los armamentos, la violencia establecida, los turbios intereses de los "golpistas"... están pidiendo a gritos una conversión pública. Juan conoce sus propios límites y sabe cuál es su papel. Juan sale al paso de los rumores del pueblo y confiesa abiertamente que él no es el que ha de venir, "el más fuerte", el Mesías.

Juan piensa en un mesías justiciero, que va a venir a separar el trigo de la paja y a purificar el mundo con el fuego. No olvidemos que es aún un hombre del A.T. EL último de los profetas. Por eso anuncia la venida del Señor y el "día del Señor" como un juicio inminente sobre los hombres. Pero Jesús dirá que no ha venido a condenar a los hombres, sino a salvarlos ("Eucaristía 1988").

Lucas interrumpe la serie de palabras de Juan el Bautista según la fuente común de Mt y Lc e introduce una sección (vv. 10-14), de su fuente propia del tercer evangelio. Estos cinco versículos contrastan, por su humanismo y moderación, con la severidad de los que les preceden y les siguen. La pregunta de la gente: "¿Qué hacemos?" es la clásica de los que han iniciado el proceso de conversión y desean sinceramente salvarse. El propio Lucas la pone en boca de los habitantes de Jerusalén después del discurso de Pedro el día de Pentecostés (Hechos 2,37). Es también la pregunta del "joven rico" (Mt 19,16; Mc 10,16; Lc 18,18) y se encuentra asimismo en apocalipsis apócrifos. El Bautista no remite a la Ley, ni a ritos sacrificiales, sino al terreno de las relaciones cotidianas con el prójimo. No sólo se diferencia de los fariseos, que presentaban como camino de salvación la práctica de complicadas observancias, sino también de la secta de Qumran, que se alejaba del pueblo y tenía a todos por condenados a excepción de ellos, y practicaba un rigorismo moral. Juan "no predica al pueblo la pobreza, sino el compartir" (Schalatter). No les pide nada heroico ni extraordinario, sino un mínimo de solidaridad con el prójimo y de fidelidad a los deberes de estado o de profesión. Todo lo que les dice que deben hacer, podemos suponer que la mayoría no lo hacían. De este modo, podemos suponer que entre los que desde lejos habían acudido al desierto de Judá a escuchar al Bautista y a ser bautizados por él, habría bastante gente acomodada, que venían bien abrigados por el frío de la noche y bien provistos de alimentos. La moral del Bautista debería empezarse a cumplir allí mismo, entre los que le escuchan, antes de entrar en las aguas del Jordán para pedir el perdón y la salvación.

La predicación de Juan no es evasiva, sino muy concreta; antes de señalar con el dedo al Mesías ha señalado inequívocamente a los egoístas, que por otra parte no estarían en condiciones de reconocer al Mesías. No exige nada heroico, pero a todos pincha allí donde les duele. A los publicanos no los rechaza, como sin duda habrían hecho los fariseos, ni les dice que deben abandonar su profesión sino sólo que no cobren más de lo mandado, etc. (H. Raguer).