sábado, 3 de enero de 2015

Feria de Navidad: 3 de Enero

Feria de Navidad: 3 de enero

Jesús es el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo
“Al día siguiente Juan ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es por quien yo dije: ‘Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él. Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios»” (Juan 1,29-34).
1. Celebramos hoy la fiesta del "Santísimo Nombre de Jesús" –que significa Salvador– e indica su misión, según había el ángel anunciado a la Virgen y a su esposo. Jesu-Cristo tiene ahí asociada la misión (Jesús=Salvador) a su persona (Cristo=Mesías, el ungido, el hijo de Dios). También es inseparable del verdadero cristiano la actitud apostólica, al participar de la filiación divina en Cristo participamos también de su misión redentora.
Juan el Bautista, al ver a Jesús, pronunció estas palabras: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Es la primera vez que sale esta expresión en el Nuevo Testamento, la primera vez que se aplica a Jesús. ¿Qué significan estas palabras, que en la liturgia romana se pronuncian antes de comulgar? ¿En qué sentido Jesús es «cordero» y cómo quita los pecados del mundo, los vence hasta dejarlos sin sustancia ni realidad? Cuando yo era niño, me sentía necesitado de que me explicaran esas palabras, cuando se alzaba el Cuerpo del Señor antes de comulgar: “este es el Cordero de Dios…” Luego fui conociendo que los antiguos hacían sacrificios, con corderos, y que el cordero se deja hacer y llevar, como hizo Jesús, que quiso obedecer hasta la muerte y con su pasión nos salvó, por eso se añade: “que quita el pecado del mundo”. Y al entrar en el cielo, nos prepara una fiesta: “Dichosos los invitados a la Cena del Cordero”…
San Cirilo de Alejandría (380-444) explica: “Un solo Cordero ha muerto por todos, aquel que guarda todo el rebaño de los hombres para su Dios y Padre, uno por todos para someter a todos a Dios, uno por todos para ganarlos a todos, para que finalmente todos “los que viven, no vivan ya para ellos, sino para el que ha muerto y resucitado por ellos” (2Cor 5,15) En efecto, cuando todavía estábamos bajo el pecado y sujetos a la muerte y la corrupción, el Padre ha entregado a su Hijo para nuestra redención, él sólo por todos, ya que todo está en él y él es más que todos. Uno sólo ha muerto por todos, para que todos vivan gracias a él.
Así como la muerte golpeó al Cordero, inmolado por todos, así la muerte nos ha dejado en libertad, gracias a él. Todos estábamos en Cristo muerto y resucitado por nosotros y a causa de nosotros. Verdaderamente, una vez destruido el pecado ¿cómo no iba a ser destruido también la muerte que viene del pecado? Muerta la raíz ¿cómo podía conservarse el fruto? Muerto el pecado ¿qué razón quedaba para que muriésemos todos? De modo que podemos decir con gozo, respecto a la muerte del Cordero: “Muerte ¿dónde está tu victoria, muerte dónde está tu aguijón?”(1Cor 15,55).
Joachim Jeremías subraya que hay alusiones al canto del siervo de Dios (Isaías 53,7): «Como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca». También a la Pascua y el sacrificio del cordero pascual (memoria de la salida de Egipto, de la libertad de la tierra prometida): Jesús es el Cordero Pascual (1 Co 5,7; Jn 19,36; 1 Pe 1,19; Ap 5,6…). La palabra hebrea significa tanto «cordero» como «mozo», «siervo» de Dios que «carga» con los pecados; puede verse el verdadero cordero pascual, que con su expiación borra los pecados del mundo: «Paciente como un cordero ofrecido en sacrificio, el Salvador se ha encaminado hacia la muerte por nosotros en la cruz; con la fuerza expiatoria de su muerte inocente ha borrado la culpa de toda la humanidad» (ThWNT 1343s). En las penas de la opresión egipcia el cordero pascual era el signo de la salvación por su sangre, ahora Jesús es el pastor que se ha convertido en cordero que quita los pecados del «mundo», ya no es sólo Israel sino la humanidad.
Insiste Ratzinger: “Con ello se introduce el gran tema de la universalidad de la misión de Jesús. Israel no existe sólo para sí mismo: su elección es el camino por el que Dios quiere llegar a todos. Encontraremos repetidamente el tema de la universalidad como verdadero centro de la misión de Jesús. Aparece ya al comienzo del camino de Jesús, en el cuarto Evangelio, con la frase del cordero de Dios que quita el pecado del mundo. / La expresión «cordero de Dios» interpreta, si podemos decirlo así, la teología de la cruz que hay en el bautismo de Jesús, de su descenso a las profundidades de la muerte”. Por eso recitamos esta oración antes de comulgar, en el contexto de la renovación del sacrificio de la Cruz, cuando Jesús se nos da como alimento.
2. San Juan nos dice hoy: -“Todo el que practica la justicia «ha nacido» de DiosMirad qué magnífico regalo nos ha hecho el Padre: que nos llamemos hijos de Dios... y además lo somos”. Podemos ir saboreando interiormente estas palabras: «soy un hijo de Dios»... «Dios es mi Padre»...
-“La razón de que el mundo no nos conozca es que no ha descubierto a Dios”. La verdadera grandeza del hombre es el hecho de ser «hijo de Dios». ¡Es algo inaudito! El que no conoce a Dios, desconoce también lo que es esencial en mí.
-“Amigos míos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos”. Lo esencial, mi vida divina... Ya ha empezado, desde ahora, desde HOY, desde este mismo instante. Es una realidad que se está haciendo, también en la medida que yo ayude... -“Sabemos: Cuando el Hijo de Dios se manifieste, seremos semejantes a él...”: llegar a ser completamente «semejante» a Jesús, el perfecto «Hijo de Dios». -“Lo veremos tal cual es”. Ver a Jesús. ¡Ya le vemos... un poco! Le veremos un día... a plena luz. Para Juan se trataba de un "volver a ver". Recordaba aquellos momentos pasados con Jesús, y aspiraba al nuevo reencuentro, definitivo.
-“Todo el que tiene puesta en Jesús esa esperanza se purifica para ser puro como El lo es”. El camino que conduce a Dios es el de una purificación cada vez más perfecta. «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios», había dicho Jesús. Quiero poner aquí una breve carta, que leyó un niño muy maduro (a sus 9 años) en el funeral (que me tocó celebrar) por su padre, que murió de cáncer, en poco tiempo de enfermedad, sin que nada hiciera sospechar que duraría tan poco. El niño, bien preparado en su fe cristiana sabiendo que morir es nacer a la vida eterna, leyó:
"Querido Papá: Desde que Mami me dijo lo que podía pasar, tuve la esperanza de que te quedarías con nosotros. Pero el Señor te ha llevado con El. Esta Misa es para que veas lo que te queremos. Gracias por el tiempo que has estado con nosotros y nos has querido. Nos has dado muchas lecciones de bondad que nunca olvidaremos. Cuando sea un hombre espero parecerme a ti. No te preocupes por mamá, porque yo cuido de ella. Te quiero, te queremos".
-“Todo el que comete pecado, comete rebeldía contra Dios. Como sabéis, Jesús se manifestó para quitar el pecado, y en El no hay pecado”. Ver a Dios. Ser semejante a Jesús. Estar sin pecado. Mantengo en mí ese deseo. Esa gracia pido. Admiro a Jesús en quien no hay pecado, quien jamás hizo mal alguno.
-“Todo el que permanece en El, no peca. Todo el que peca ni le ha visto ni le ha conocido”. Efectivamente, lo sé por experiencia: mis pecados se insinúan en mi vida cuando no tengo presente a Jesús; porque cuando «veo y conozco» a Jesús, no peco (Noel Quesson).
Esto nos pone en conexión con el Evangelio donde se habla de bautismo. La persona que se acercaba a Juan para ser bautizada se preparaba para este momento tan importante. La entrada en el lago y la inmersión en el agua tenía el significado de dejar sumergida la vida pasada e iniciar una nueva vida. Era una muestra de conversión por la cual salía del agua dispuesto a cambiar en su forma de ser en la vida cotidiana y en su relación con Dios.
3. Dijo el salmista: “Un día los confines de la tierra contemplarán la victoria del Señor”. Ese día cantaremos juntos un cántico nuevo de gozo, de gloria, de paz. Hoy nosotros, alzando la voz, podemos decir más que el salmista: El Señor está con nosotros... Aclámele la tierra entera.
Jesús ha nacido para mi la noche de Navidad, y queremos acercarnos a este misterio, queremos participar de esta Vida, queremos emprender el camino justo que es la Humanidad Santísima de Cristo. Queremos entender el sentido de nuestra vida en Cristo. Queremos mirar, abrir los ojos, tener los ojos abiertos y dejar que el Señor haga, realice este milagro en nuestra poquedad. La tierra, la tierra estéril, la tierra agreste, se transformaba en tierra esponjosa, en tierra amorosa: -"Ya no serás la desolada, serás la amada", porque el Señor cultiva nuestro campo, nuestra alma, como su jardín, donde va realizando su obra. Vamos a abrir las verjas de nuestro jardín, para que el Señor entre, vamos a contemplarlo, para saber mirar a Cristo, dejarle hacer en nuestra alma, dejarle entrar en nuestro jardín y colaborar con Él, en tener sus mismos sentimientos, en participar en sus afanes, en participar en el amor a su Madre -que es nuestra Madre Santa María-, y participar de nuestra nueva creación, en esta transformación –como en Caná- de lo humano, lo terreno, en divino, el agua en vino, el pobre corazón que tenemos en un corazón que sepa amar a la medida del corazón de Cristo.
"Este es el día que ha hecho el Señor”, la Pascua de Navidad, el día más grande, aunque nos podemos plantear que si Navidad es el día más popular, los teólogos dirán que es mayor la Pascua de Resurrección. Pero también es cierto que si Jesús no hubiera nacido, no hubiera podido resucitar. El Nacimiento es el momento más grande de la historia, al menos en palabras de San Pablo: "Llegada la plenitud de los tiempos, entonces, hijo de una mujer, vino Dios al mundo". Así pues, "éste es el día que ha hecho el Señor", en este día las cosas humanas, la tierra agreste, las cosas que todavía no son, quedan transformadas en divinas, como dirá el prefacio de Navidad dirigiéndose a Dios Padre: “gracias al misterio del Verbo hecho carne, la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor, para que conociendo a Dios visiblemente, Él nos lleve al amor de lo invisible”. Por Jesús, unidos a él, las cosas humanas se convierten en divinas, es una nueva creación. Jesús, ha venido a traer el sentido de nuestra Filiación Divina. Nunca más estaremos solos, la tierra nunca más estará desolada. Ésta es la gran verdad que hemos de extender, a la gente que nos rodea, a todo el mundo.
Llucià Pou Sabaté

(Para leer este texto en el web y compartirlo pulse aquí)


El Santísimo Nombre de Jesús

Meditaciones de la semana
en Word
 y en PDB

JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles, 14 de enero de 1987
Jesús, Hijo de Dios y Salvador
1. Con la catequesis de la semana pasada, siguiendo los Símbolos más antiguos de la fe cristiana, hemos iniciado un nuevo ciclo de reflexiones sobre Jesucristo. El Símbolo Apostólico proclama: “Creo... en Jesucristo su único Hijo (de Dios)”. El Símbolo Niceno-constantinopolitano, después de haber definido con precisión aún mayor el origen divino de Jesucristo como Hijo de Dios, continúa declarando que este Hijo de Dios “por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y... se encarnó”. Como vemos, el núcleo central de la fe cristiana está constituido por la doble verdad de que Jesucristo es Hijo de Dios e Hijo del hombre (la verdad cristológica) y es la realización de la salvación del hombre, que Dios Padre ha cumplido en El, Hijo suyo y Salvador del mundo (la verdad soteriológica).
2. Si en las catequesis precedentes hemos tratado del mal, y especialmente del pecado, lo hemos hecho también para preparar el ciclo presente sobre Jesucristo Salvador. Salvación significa, de hecho, liberación del mal, especialmente del pecado. La Revelación contenida en la Sagrada Escritura, comenzando por el Proto-Evangelio (Gén 3, 15), nos abre a la verdad de que sólo Dios puede librar al hombre del pecado y de todo el mal presente en la existencia humana. Dios, al revelarse a Sí mismo como Creador del mundo y su providente Ordenador, se revela al mismo tiempo como Salvador: como Quien libera del mal, especialmente del pecado cometido por la libre voluntad de la criatura. Este es el culmen del proyecto creador obrado por la Providencia de Dios, en el cual, mundo (cosmología), hombre (antropología) y Dios Salvador (soteriología) están íntimamente unidos.
Tal como recuerda el Concilio Vaticano II, los cristianos creen que el mundo está “creado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado (cf. Gaudium et spes
 2).
3. El nombre “Jesús”, considerado en su significado etimológico, quiere decir “Yahvé libera”, salva, ayuda. Antes de la esclavitud de Babilonia se expresaba en la forma “Jehosua”: nombre teofórico que contiene la raíz del santísimo nombre de Yahvé. Después de la esclavitud babilónica tomó la forma abreviada “Jeshua” que en la traducción de los Setenta se transcribió como “Jesoûs”, de aquí “Jesús”.
El nombre estaba bastante difundido, tanto en a antigua como en la Nueva Alianza. Es, pues, el nombre que tenía Josué, que después de la muerte de Moisés introdujo a los israelitas en la tierra prometida: “EI fue, según su nombre, grande en la salud de los elegidos del Señor... para poner a Israel en posesión de su heredad” (Eclo 46, 1-2). Jesús, hijo de Sirah, fue el compilador del libro del Eclesiástico (50, 27). En la genealogía del Salvador, relatada en el Evangelio según Lucas, encontramos citado a “Er, hijo de Jesús” (Lc 3, 28-29). Entre los colaboradores de San Pablo está también un tal Jesús, “llamado Justo” (cf. Col 4, 11).
4. El nombre de Jesús, sin embargo, no tuvo nunca esa plenitud del significado que habría tomado en el caso de Jesús de Nazaret y que se le habría revelado por el ángel a María (cf. Lc 1, 31 ss.) y a José (cf. Mt 1, 21). Al comenzar el ministerio público de Jesús, la gente entendía su nombre en el sentido común de entonces.
“Hemos hallado a Aquél de quien escribió Moisés en la Ley y los Profetas, a Jesús, hijo de José de Nazaret”. Así dice uno de los primeros discípulos, Felipe, a Natanael; el cual contesta: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” (Jn 1, 45-46). Esta pregunta indica que Nazaret no era muy estimada por los hijos de Israel. A pesar de esto, Jesús fue llamado “Nazareno” (cf. Mt 2, 23), o también “Jesús de Nazaret de Galilea” (Mt 21, 11), expresión que el mismo Pilato utilizó en la inscripción que hizo colocar en la cruz: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos” (Jn 19, 19).
5. La gente llamó a Jesús “el Nazareno” por el nombre del lugar en que residió con su familia hasta la edad de treinta años. Sin embargo, sabemos que el lugar de nacimiento de Jesús no fue Nazaret, sino Belén, localidad de Judea, al sur de Jerusalén. Lo atestiguan los Evangelistas Lucas y Mateo. El primero, especialmente, hace notar que a causa del censo ordenado por las autoridades romanas, “José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y de la familia de David, para empadronarse con María, su esposa que estaba encinta. Estando allí se cumplieron los días de su parto” (Lc 2, 4-6).
Tal como sucede con otros lugares bíblicos, también Belén asume un valor profético. Refiriéndose al Profeta Miqueas (5, 1-3), Mateo recuerda que esta pequeña ciudad fue elegida como lugar del nacimiento del Mesías: “Y tú, Belén, tierra de Judá, de ninguna manera eres la menor entre los clanes de Judá pues de ti saldrá un caudillo, que apacentará a mi pueblo Israel” (Mt 2, 6). El Profeta añade: “Cuyos orígenes serán de antiguo, de días de muy remota antigüedad (Miq 5, 1).
A este texto se refieren los sacerdotes y los escribas que Herodes había consultado para dar respuesta a los Magos, quienes, habiendo llegado de Oriente, preguntaban dónde estaba el lugar del nacimiento del Mesías.
El texto del Evangelio de Mateo: “Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del rey Herodes” (Mt 2, 1), hace referencia a la profecía de Miqueas, a la que se refiere también la pregunta que trae el IV Evangelio: “¿No dice la Escritura que del linaje de David y de la aldea de Belén ha de venir el Mesías?” (Jn 7, 42).
6. De estos detalles se deduce que Jesús es el nombre de una persona histórica, que vivió en Palestina. Si es justo dar credibilidad histórica figuras como Moisés y Josué, con más razón hay que acoger la existencia histórica de Jesús. Los Evangelios no nos refieren detalladamente su vida, porque no tienen finalidad primariamente historiográfica. Sin embargo, son precisamente los Evangelios los que, leídos con honestidad de crítica, nos llevan a concluir que Jesús de Nazaret es una persona histórica que vivió en un espacio y tiempo determinados. Incluso desde un punto de vista puramente científico ha de suscitar admiración no el que afirma, sino el que niega la existencia de Jesús, tal como han hecho las teorías mitológicas del pasado y como aún hoy hace algún estudioso.
Respecto a la fecha precisa del nacimiento de Jesús, las opiniones de los expertos no son concordes. Se admite comúnmente que el monje Dionisio el Pequeño, cuando el año 533 propuso calcular los años no desde la fundación de Roma, sino desde el nacimiento de Jesucristo, cometió un error. Hasta hace algún tiempo se consideraba que se trataba de una equivocación de unos cuatro años, pero la cuestión no está ciertamente resuelta.
7. En la tradición del pueblo de Israel el nombre “Jesús” conservó su valor etimológico: “Dios libera”. Por tradición, eran siempre los padres quienes ponían el nombre a sus hijos. Sin embargo en el caso de Jesús, Hijo de María, el nombre fue escogido y asignado desde lo alto, y antes de su nacimiento, según la indicación del Ángel a María, en la anunciación (Lc 1, 31 ) y a José en sueño (Mt 1, 21). “Le dieron el nombre de Jesús” )subraya el Evangelista Lucas), porque este nombre se le había “impuesto por el Ángel antes de ser concebido en el seno de su Madre” (Lc 2, 21).
8. En el plan dispuesto por la Providencia de Dios, Jesús de Nazaret lleva un nombre que alude a la salvación: “Dios libera”, porque Él es en realidad lo que el nombre indica, es decir, el Salvador. Lo atestiguan algunas frases que se encuentran en los llamados Evangelios de la infancia, escritos por Lucas: “...os ha nacido... un Salvador” (Lc 2, 11), y por Mateo: “Porque salvará al pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). Son expresiones que reflejan la verdad revelada y proclamada por todo el Nuevo Testamento. Escribe, por ejemplo, el Apóstol Pablo en la Carta a los Filipenses: “Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó un nombre, sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble la rodilla y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor (Kyrios, Adonai) para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 9-11).
La razón de la exaltación de Jesús la encontramos en el testimonio que dieron de El los Apóstoles, que proclamaron con coraje “En ningún otro hay salvación, pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos” (Act 4, 12).

jueves, 1 de enero de 2015

Feria de Navidad; 2 de Enero

Feria de Navidad: 2 de enero

Juan Bautista prepara con su bautismo la venida del Señor
Éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron adonde estaba él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: «¿Quién eres tú?». El confesó, y no negó; confesó: «Yo no soy el Cristo». Y le preguntaron: «¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías?». El dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el profeta?». Respondió: «No». Entonces le dijeron: «¿Quién eres, pues, para que demos respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?». Dijo él: «Yo soy voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías».Los enviados eran fariseos. Y le preguntaron: «¿Por qué, pues, bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?». Juan les respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia». Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando” (Juan 1,19-28).
1. –“Sacerdotes y levitas vinieron de Jerusalén para preguntar a Juan: -Tú ¿quien eres?" Estaban como todo el mundo, a la espera... del Mesías prometido por las Escrituras.
-“Yo no soy el Mesías, ni Elías, ni el Gran Profeta”. Humildad. Veracidad. No podemos suplantar a Jesús, pretender tener su voz o su verdad, pues estas distinciones son necesarias: Cristo es Dios... y yo, no soy más que un pobre ser limitado. Sí, Cristo es Santo... y yo, un pobre y débil pecador. Si, Cristo es Señor... y yo, hago lo que puedo para seguirle. La Iglesia está ligada a Cristo, pero tiene también un lado humano y pecador. Es bueno saber distinguir esto, al mismo tiempo que vemos a Cristo en su Iglesia.
-“Yo no soy ni aun digno de desatar la correa de su sandalia”. Ayúdanos, Señor, a reconocer tu grandeza, y nuestra pequeñez, como Juan Bautista. Lo que hacían los antiguos esclavos a su amo, cuando se arrodillaban a sus pies para desatarles las sandalias... Juan, ni de esto se encuentra digno... Juan Bautista tenía una idea muy alta del misterio de la persona de Jesús. La ternura e intimidad con Dios no puede ser nunda descuido, falta de respeto. Señor, quiero respetarte, con amor, incluso y sobre todo cuando "Tú mismo te arrodillas a nuestros pies para desatar la correa de nuestro calzado", como hiciste la tarde del jueves santo, antes de lavar los pies a tus amigos.
-“¿Por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?” Estos especialistas del culto están ante todo según parece, preocupados, celosos por el exacto cumplimiento de las reglas rituales según la religión de Moisés.
-“Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis, que viene en pos de mí”... Juan dirige la atención de sus interlocutores hacia lo esencial: Jesús. Señor, ayúdanos a reconocer tu presencia misteriosa, secreta. Pareces lejano, y estás cerca... Pareces ausente, y estás aquí. Eres el eterno desconocido. Se requiere silencio y un oído atento como a una brisa ligera para percibir tu presencia discreta (Noel Quesson). La Palabra es Jesús: Juan sólo es la voz. La luz es Cristo: Juan sólo es el reflejo de esa luz. Y anuncia a Cristo: «en medio de vosotros hay uno que no conocéis, que existía antes que yo». Te pido, Señor, anunciarte a los demás con mi vida, acercarte a los demás con mis palabras y mi ejemplo, con mi amor hacerte ver. Ser la voz de Cristo, sus manos, su corazón y su mirada…
Quiero experimentar, como nos dice san Pablo, que «quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el Día de Cristo Jesús» (Flp 1,6). Todos, llamados por Cristo a la santidad, hemos de ser su voz en medio del mundo. Un mundo que vive, a menudo, de espaldas a Dios, y que no ama al Señor. Es necesario que lo hagamos presente y lo anunciemos con el testimonio de nuestra vida y de nuestra palabra. No hacerlo, sería traicionar nuestra más profunda vocación y misión. «La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado» —comenta el Concilio Vaticano II. La grandeza de nuestra vocación y de la misión que Dios nos ha encomendado no proviene de méritos propios, sino de Aquel a quién servimos  (Joan Costa Bou).
Para preparar el camino de salvación que Jesús nos trae, ha venido Juan Bautista, que llama a la conversión: “San Juan Bautista es el precursor inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino. "Profeta del Altísimo" (Lc 1,76), sobrepasa a todos los profetas, de los que es el último, e inaugura el Evangelio; desde el seno de su madre saluda la venida de Cristo  y encuentra su alegría en ser "el amigo del esposo" (Jn 3,29) a quien señala como "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29). Precediendo a Jesús "con el espíritu y el poder de Elías" (Lc 1,17), da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio” (Catecismo, 523).
Después de la Segunda Guerra Mundial, el hallazgo de Qumrán ha sacado a la luz textos esenios, poco conocidos hasta entonces. Como dice el Card. Ratzinger, “era un grupo que se había alejado del templo herodiano y de su culto, fundando en el desierto de Judea comunidades monásticas, pero estableciendo también una convivencia de familias basada en la religión, y que había logrado un rico patrimonio de escritos y de rituales propios, particularmente con abluciones litúrgicas y rezos en común. La seria piedad reflejada en estos escritos nos conmueve: parece que Juan el Bautista, y quizás también Jesús y su familia, fueran cercanos a este ambiente. En cualquier caso, en los escritos de Qumrán hay numerosos puntos de contacto con el mensaje cristiano. No es de excluir que Juan el Bautista hubiera vivido algún tiempo en esta comunidad y recibido de ella parte de su formación religiosa.
”Con todo, la aparición del Bautista llevaba consigo algo totalmente nuevo. El bautismo al que invita se distingue de las acostumbradas abluciones religiosas. No es repetible y debe ser la consumación concreta de un cambio que determina de modo nuevo y para siempre toda la vida. Está vinculado a un llamamiento ardiente a una nueva forma de pensar y actuar, está vinculado sobre todo al anuncio del juicio de Dios y al anuncio de alguien más Grande que ha de venir después de Juan”. Además su lema es también el nuestro, dejar hacer a Jesús en nosotros: "Es preciso que El crezca y que yo disminuya" (Jn 3,30).
Hemos de ser, también, nosotros, testimonios, como decía Pablo VI: «El hombre contemporáneo escucha mejor a quienes dan testimonio que a quienes enseñan (…), o, si escuchan a quienes enseñan, es porque dan testimonio». Y el Concilio insistía: “todos los cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar, con el ejemplo de su vida y el testimonio de la palabra, el hombre nuevo de que se revistieron por el Bautismo” (Ad gentes, 11).
2. Sigue san Juan: -“Hijos míos: ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es precisamente el Anticristo: el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo, tampoco posee al Padre y quien confiesa al Hijo, posee también al Padre”. Negar la divinidad de Jesús, es, para Juan, condenarse a no conocer nada de Dios. Todos los sentimientos religiosos del mundo... todas sus especulaciones filosóficas no son sino imperfectas aproximaciones al descubrimiento de Dios. La única y verdadera revelación de Dios es Jesús. Tenemos ahí ciertas afirmaciones típicas del evangelio de Juan:
-"Nadie va al Padre sino por el Hijo..." (Jn 14,6) -"El que conoce al Hijo, conoce también al Padre..." (8,19) -"EI Hijo es el único capaz de revelar al Padre..." (14,7). En mi búsqueda de Dios me esforzaré más en la meditación evangélica. Contemplar a Jesús para contemplar a Dios. Gracias, Jesús, por habernos dado acceso al «secreto» de Dios... Por habernos introducido en lo «incognoscible»... por habernos hecho ver al Dios «escondido»... Me coloco humildemente ante un «pesebre», y contemplo: Dios se revela de ese modo. El verdadero rostro de Dios está ahí. El semblante del Hijo nos aporta el verdadero rostro del Padre.
-“Por vuestra parte, guardad en vosotros lo que aprendisteis desde el principio”. Fidelidad, más necesaria todavía en las horas de crisis de fe, cuando surgen nuevas preguntas en nuestros corazones, cuando viene la «noche». Me agarro a lo que soy, y continúo caminando en el mismo sentido que ha iluminado mi camino anteriormente.
-“La unción con que él os ungió sigue con vosotros”... Es el símbolo del Espíritu que penetra todo el ser desde el interior… ¡estoy en comunión contigo, Señor! -Permaneced en él. Permanecer en Dios. ¡Y esto basta! Alegría y paz.
-“Para que cuando se manifieste, nos sintamos seguros y no quedemos avergonzados delante de él el día de su venida”. Esa es la esperanza: verle cara a cara, en la luz eterna. Camino hacia ese descubrimiento final. Y Jesús es el «camino» que nos conduce hacia ese dulce encuentro en la luz del último día (Noel Quesson).
3. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Dios se ha levantado victorioso sobre el pecado y la muerte. Él es el Salvador y protector de su pueblo”,  rezamos en el salmo. Me veo como la oveja perdida a quien tu buscas, Señor: “Entonces Tú –rezaba J. Torras- recorres caminos, valles y montañas hasta que la encuentras. La coges y la cargas sobre tus hombros contento de haberla rescatado con vida. Cuando veas que no voy a tu lado, o me aparto, poco a poco de Ti y me meto en la oscuridad de mi egoísmo, de mis cosas, y pierdo la gracia de Dios; o voy de un lugar a otro, tonteando con el pecado, búscame, no me abandones a mi suerte. Me doy cuenta de que tarde o temprano me convertiría en un desgraciado porque sólo a tu lado, en tu redil, puedo hallar la felicidad. Necesito que cures mi corazón y lo limpies de todo lo que me aparte de Ti”. Por eso nos alegramos con el salmo: “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel”.
¡Qué bien sabía expresarlo, san Agustín convertido!: "¡Tarde te amé, hermosura soberana, tarde te amé! Y Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y me lanzaba sobre estas cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de Ti aquellas cosas que sin Ti no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera, exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de Ti, y ahora siento hambre y sed de Ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de Ti"Así es el Mesías: "Como un pastor apacentará su rebaño, recogerá con su brazo los corderillos, los tomará en su seno, y conducirá él mismo las ovejas recién nacidas" (Is 40, 41). “Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad”.
Llucià Pou Sabaté

(Para leer este texto en el web y compartirlo pulse aquí)


San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno

SAN BASILIO MAGNO
BENEDICTO XVI  AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 4 de julio de 2007
Hoy queremos recordar a uno de los grandes Padres de la Iglesia, san Basilio, a quien los textos litúrgicos bizantinos definen como una «lumbrera de la Iglesia». Fue un gran obispo del siglo IV, al que mira con admiración tanto la Iglesia de Oriente como la de Occidente por su santidad de vida, por la excelencia de su doctrina y por la síntesis armoniosa de sus dotes especulativas y prácticas.
Nació alrededor del año 330 en una familia de santos, «verdadera Iglesia doméstica», que vivía en un clima de profunda fe. Estudió con los mejores maestros de Atenas y Constantinopla. Insatisfecho de sus éxitos mundanos, al darse cuenta de que había perdido mucho tiempo en vanidades, él mismo confiesa:  «Un día, como si despertase de un sueño profundo, volví mis ojos a la admirable luz de la verdad del Evangelio..., y lloré por mi miserable vida» (cf.Ep. 223:  PG 32, 824 a).

Atraído por Cristo, comenzó a mirarlo y a escucharlo sólo a él (cf. Moralia 80, 1:  PG 31, 860 b c). Con determinación se dedicó a la vida monástica en la oración, en la meditación de las sagradas Escrituras y de los escritos de los Padres de la Iglesia, y en el ejercicio de la caridad (cf. Ep. 2 y 22), siguiendo también el ejemplo de su hermana, santa Macrina, la cual ya vivía el  ascetismo monacal. Después fue ordenado sacerdote y, por último, en el año 370, consagrado obispo de Cesarea de Capadocia, en la actual Turquía.

Con su predicación y sus escritos realizó una intensa actividad pastoral, teológica y literaria. Con sabio equilibrio supo unir el servicio a las almas y la entrega a la oración y a la meditación en la soledad. Aprovechando su experiencia personal, favoreció la fundación de muchas «fraternidades» o comunidades de cristianos consagrados a Dios, a las que visitaba con frecuencia (cf. san Gregorio Nacianceno, Oratio 43, 29 in laudem Basilii:  PG36, 536 b). Con su palabra y sus escritos, muchos de los cuales se conservan todavía hoy (cf. Regulae brevius tractatae, Proemio:  PG 31, 1080 a b), los exhortaba a vivir y a avanzar en la perfección. De esos escritos se valieron después no pocos legisladores de la vida monástica antigua, entre ellos san Benito, que consideraba a san Basilio como su maestro (cf. Regula 73, 5).

En realidad, san Basilio creó una vida monástica muy particular:  no cerrada a la comunidad de la Iglesia local, sino abierta a ella. Sus monjes formaban parte de la Iglesia particular, eran su núcleo animador que, precediendo a los demás fieles en el seguimiento de Cristo y no sólo de la fe, mostraba su firme adhesión a Cristo —el amor a él—, sobre todo con obras de caridad. Estos monjes, que tenían escuelas y hospitales, estaban al servicio de los pobres; así mostraron la integridad de la vida cristiana.

El siervo de Dios Juan Pablo II, hablando de la vida monástica, escribió:  «Muchos opinan que esa institución tan importante en toda la Iglesia como es la vida monástica quedó establecida, para todos los siglos, principalmente por san Basilio o que, al menos, la naturaleza de la misma no habría quedado tan propiamente definida sin su decisiva aportación» (carta apostólica 
Patres Ecclesiae
, 2:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de enero de 1980, p. 13).

Como obispo y pastor de su vasta diócesis, san Basilio se preocupó constantemente por las difíciles condiciones materiales en las que vivían los fieles; denunció con firmeza los males; se comprometió en favor de los más pobres y marginados; intervino también ante los gobernantes para aliviar los sufrimientos de la población, sobre todo en momentos de calamidad; veló por la libertad de la Iglesia, enfrentándose a los poderosos para defender el derecho de profesar la verdadera fe (cf. san Gregorio Nacianceno, Oratio 43, 48-51 in laudem Basilii:  PG 36, 557 c-561 c). Dio testimonio de Dios, que es amor y caridad, con la construcción de varios hospicios para necesitados (cf. san Basilio, Ep. 94:  PG 32, 488 b c), una especie de ciudad de la misericordia, que por él tomó el nombre de «Basiliades» (cf. Sozomeno, Historia Eccl. 6, 34:  PG67, 1397 a). En ella hunden sus raíces los modernos hospitales para la atención y curación de los enfermos.

Consciente de que «la liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» (Sacrosanctum Concilium
, 10), san Basilio, aunque siempre se preocupaba por vivir la caridad, que es la señal de reconocimiento de la fe, también fue un sabio «reformador litúrgico» (cf. san Gregorio Nacianceno, Oratio 43, 34 in laudem Basilii:  PG 36, 541 c). Nos dejó una gran plegaria eucarística, o anáfora, que lleva su nombre y que dio una organización fundamental a la oración y a la salmodia:  gracias a él el pueblo amó y conoció los Salmos y acudía a rezarlos incluso de noche (cf. san Basilio, In Psalmum 1, 1-2:  PG 29, 212 a-213 c). Así vemos cómo la liturgia, la adoración, la oración con la Iglesia y la caridad van unidas y se condicionan mutuamente.

Con celo y valentía, san Basilio supo oponerse a los herejes, que negaban que Jesucristo era Dios como el Padre (cf. san Basilio, Ep. 9, 3:  PG 32, 272 a; Ep.52, 1-3:  PG 32, 392 b-396 a; Adv. Eunomium 1, 20:  PG 29, 556 c). Del mismo modo, contra quienes no aceptaban la divinidad del Espíritu Santo, defendió que también el Espíritu Santo es Dios y «debe ser considerado y glorificado juntamente con el Padre y el Hijo» (cf. De Spiritu Sancto:  SC 17 bis, 348). Por eso, san Basilio es uno de los grandes Padres que formularon la doctrina sobre la Trinidad:  el único Dios, precisamente por ser Amor, es un Dios en tres Personas, que forman la unidad más profunda que existe, la unidad divina.

En su amor a Cristo y a su Evangelio, el gran Padre capadocio trabajó también por sanar las divisiones dentro de la Iglesia (cf. Ep. 70 y 243), procurando siempre que todos se convirtieran a Cristo y a su Palabra (cf. De iudicio 4:  PG31, 660 b-661 a), fuerza unificadora, a la que  todos los creyentes deben obedecer (cf. ib. 1-3:  PG 31, 653 a-656 c).

En conclusión, san Basilio se entregó totalmente al fiel servicio a la Iglesia y al multiforme ejercicio del ministerio episcopal. Según el programa que él mismo trazó, se convirtió en "apóstol y ministro de Cristo, dispensador de los misterios de Dios, heraldo del reino, modelo y norma de piedad, ojo del cuerpo de la Iglesia, pastor de las ovejas de Cristo, médico compasivo, padre nutricio, cooperador de Dios, agricultor de Dios, constructor del templo de Dios" (cf.Moralia 80, 11-20:  PG 31, 864 b-868 b).

Este es el programa que el santo obispo entrega a los heraldos de la Palabra —tanto ayer como hoy—, un programa que él mismo se esforzó generosamente por poner en práctica. En el año 379, san Basilio, sin cumplir aún cincuenta años, agotado por el cansancio y la ascesis, regresó a Dios, «con la esperanza de la vida eterna, por Jesucristo, nuestro Señor» (De Baptismo 1, 2, 9). Fue un hombre que vivió verdaderamente con la mirada puesta en Cristo, un hombre del amor al prójimo. Lleno de la esperanza y de la alegría de la fe, san Basilio nos muestra cómo ser realmente cristianos. 


San Gregorio Nacianceno
SAN GREGORIO NACIANCENO
BENEDICTO XVI  AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 8 y 22 de agosto de 2007
El miércoles pasado hablé de un gran maestro de la fe, el Padre de la Iglesia San Basilio. Hoy quisiera hablar de su amigo Gregorio de Nacianzo originario también, como Basilio, de Capadocia. Ilustre teólogo, orador y defensor de la fe cristiana en el siglo IV, fue famoso por su elocuencia y también tuvo, como poeta, un alma refinada y sensible.

Gregorio nació de una noble familia. Su madre lo consagró a Dios desde su nacimiento, que ocurrió sobre el 330. Después de la primera educación familiar, frecuentó las más célebres escuelas de la época: primero fue a Cesarea de Capadocia, donde trabó amistad con Basilio, futuro obispo de aquella ciudad, y vivió después en otras metrópolis del mundo antiguo, como Alejandría de Egipto y, sobre todo, Atenas, donde de nuevo encontró a Basilio (cfr. «Oratio 43»,14-24; SC 384, 146-180).
Evocando esta amistad, Gregorio escribirá más tarde: “En aquel entonces, no sólo yo sentía una auténtica veneración hacia mi gran Basilio por la seriedad de sus costumbres y por la naturaleza y sabiduría de sus discursos, sino que animaba también a otros, que aún no le conocían, a hacer potro tanto… Nos guiaba la misma ansia de saber. Y esta era nuestra competición: no quién sería el primero, sino quién ayudaría al otro a serlo. Parecía que tuviésemos una sola alma en dos cuerpos” (Oratio 43,16-20; SC 384 154-156.164). Son palabras, que de alguna manera, describen el autorretrato de esta noble alma. Pero también puede imaginarse que este hombre, que estaba proyectado fuertemente más allá de los valores terrenos, sufriera mucho por las cosas de este mundo.

Cuando volvió a casa, Gregorio recibió el bautismo y se orientó hacia la vida monástica: la soledad, la meditación filosófica y espiritual, le fascinaban. Él mismo escribirá: “Nada me parece más grande que esto: hacer callar los propios sentidos, salir de la carne del mundo, recogerse en uno mismo, dejar de ocuparse de las cosas humanas, excepto de las estrictamente necesarias, hablar consigo mismo y con Dios, llevar una vida que trasciende las cosas visibles; llevar en el alma imágenes divinas siempre puras, sin mezcla de firmas terrenas y erróneas, ser verdaderamente un espejo inmaculado de Dios y de las cosas divinas, y serlo cada vez más, tomando luz de la luz…; gozar, en la esperanza presente, el bien futuro, y conversar con los ángeles; haber abandonado ya la tierra, aun estando en la tierra, transportados a lo alto con el espíritu” («Oratio 2»,7: SC 247,96).

Como confía en su autobiografía (cfr «Carmina [histórica] 2»,1,11 «de vita sua» 340-349: PG 37,1053) recibió la ordenación presbiteral con cierta duda, porque sabía que después debería ejercer como pastor, ocuparse de los demás, de sus cosas y, por ello, no podría estar ya recogido en la meditación pura. Sin embargo, después aceptó esta vocación y asumió el ministerio pastoral en plena obediencia, aceptando, como le sucedió a menudo durante su vida, el ser llevado por la Providencia allí a donde no quisiera ir (cfr Jn 21,18). En el 371 su amigo Basilio, Obispo de Cesarea, contra el deseo del mismo Gregorio, quiso consagrarlo como Obispo de Samina, una región estratégicamente importante de Capadocia. Sin embargo, y debido a distintas dificultades, no tomo nunca posesión, y permaneció en la ciudad de Nacianzo.

Hacia el 379, Gregorio fue llamado a Constantinopla, la capital, para guiar a la pequeña comunidad católica fiel al Concilio de Nicea y a la fe trinitaria. La mayoría, por el contrario, se había adherido al arrianismo, que era “políticamente correcto” y que los emperadores consideraban políticamente útil. De esta manera, se encontró en minoría, rodeado de hostilidad.

En la pequeña iglesia de la «Anástasis» pronunció cinco «Discursos Teológicos» («Oraciones» 27- 31; SC 250, 70-343), precisamente para defender y hacer inteligible la fe trinitaria. Son discursos que se han hecho famosos por la seguridad de la doctrina, la habilidad del razonamiento, que hace realmente comprender que ésta es la lógica divina. Y también el esplendor de la forma lo hace hoy fascinante. Gregorio recibió, como consecuencia de estos discursos, el apelativo de “teólogo”: Así se le llama en la Iglesia ortodoxa: el “teólogo”, Y esto porque la teología no es para él una reflexión meramente humana, o menos todavía el fruto de complicadas especulaciones, sino que deriva de una vida de oración y de santidad, de un diálogo constante con Dios. Y precisamente así hace que aparezca ante nuestra razón la realidad de Dios, el misterio trinitario. En el silencio contemplativo, transido de estupor ante las maravillas del misterio revelado, el alma acoge la belleza y la gloria divina.
Mientras participaba en el Segundo Concilio Ecuménico de 381, Gregorio fue elegido Obispo de Constantinopla, y asumió la presidencia del Concilio. Pero de pronto se desencadenó una fuerte oposición contra él, hasta que la situación se hizo insostenible. Para un alma tan sensible, estas enemistades eran insoportables. Se repetía lo que Gregorio ya había lamentado con palabras llenas de dolor: “¡Hemos dividido a Cristo, nosotros, que tanto amábamos a Dios y a Cristo! ¡Nos hemos mentido los unos a los otros con motivo de la Verdad, hemos alimentado sentimientos de odio a causa del Amor, nos hemos separado el uno del otro!” («Oratio 6»,3: SC 405,128). Se llegó así, en un clima de tensión, a su dimisión. En la concurridísima catedral Gregorio pronunció un discurso de adiós de gran efecto y dignidad (cfr «Oratio 42»: SC 384,48-114). Concluía su dolorida intervención con estas palabras: “Adiós, gran ciudad a la que Cristo ama… Hijos míos, os lo suplico, custodiad el depósito [de la fe] que os ha sido confiado (cfr 1 Tm 6,20), acordaos de mis sufrimientos (cfr. Col 4,18). Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos vosotros” (Cfr. «Oratio 42»,27: SC 384, 112-114).
Volvió a Nacianzo y se dedicó al cuidado pastoral de aquella comunidad cristiana durante unos dos años. Después se retiró definitivamente a la soledad en la cercana Arianzo, su tierra natal, dedicándose al estudio ya la vida ascética. En este periodo compuso la mayor parte de su obra poética, especialmente autobiográfica: El «De vita Sua», una relectura en verso de su camino humano y espiritual, un camino ejemplar de un cristiano sufriente, de un hombre de una gran interioridad en un mundo lleno de conflictos. Es un hombre que nos hace sentir la primacía de Dios y por eso nos habla también a nosotros, a nuestro mundo: sin Dios, el hombre pierde su grandeza, sin Dios no hay humanismo auténtico.
 Por eso, escuchemos esta voz e intentemos conocer también nosotros el rostro de Dios. En una de sus poesías, había escrito dirigiéndose a Dios: “Sé benigno, Tú, más Allá de todo” («Carmina [dogmática]» 1,1,29: PG 37,508). Y en el año 390 Dios acogía entre sus brazos a este siervo fiel, que le había defendido en sus escritos con una aguda inteligencia y que le había cantado con tanto amor en sus poesías.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Solemnidad de Santa Maria madre de Dios

Solemn. de Sta. María Madre de Dios

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra: vamos a empezar este año de su mano para que no nos apartemos del buen camino.
“En aquel tiempo los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción” (Lucas 2,16-21).
1. El Evangelio nos dice que “los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre”. Queremos nosotros también seguir la voz de los ángeles, como los pastores, hasta ver al Niño con su Madre, estar ahí en actitud contemplativa, y adorar con los ángeles al Niño que es lo más grande del mundo, que se nos aparece en medio de gente sencilla, con los pequeños: “Al verlo, les contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores”.
Le pedimos a la Virgen María ser sencillos, no complicarnos la vida, no ser orgullosos, hacer enseguida las paces, no decir mentiras sino la verdad. Comenzamos el año de la mano de la Virgen con el propósito de dar gracias cada día a Dios por las cosas buenas que nos da, pedir perdón por lo que no hacemos bien, y ayuda para mejorar cada día, para llevar paz a nuestro alrededor y así hacer que haya paz en el mundo. Es verdad que una cosa pequeña no lo cambia todo, pero así como una gota de agua es poca cosa pero sin cada gota no habría mar, así con detalles de amor haremos que las heridas que muchos tienen no vayan sangrando nunca más, que todas las personas se sientan unidas como hijos de Dios, y la familia  humana viva feliz, sea la raza de los hijos de Dios.
Cuando un sosegado silencio todo lo envolvía y la noche se encontraba en la  mitad de su carrera, tu Palabra omnipotente, cual implacable guerrero, saltó del cielo, desde  el trono real” (Sap 18,14-15). Bajó Dios del cielo en Navidad encarnado, como dice san Agustín Dios desposa la carne en el tálamo nupcial del seno de María. Él es la luz, la paz… viene por María, Madre de Dios y Madre nuestra, que sabe que Jesús nos trae la salvación, y por eso nos dice: “Haced lo que Él os diga…”
Es la gran fiesta de la Maternidad de María, con ella comenzamos el año. Antes se celebraba el día 11 de octubre, pero es mucho mejor que se celebre dentro de la Navidad, porque el nacimiento de Jesús y la maternidad divina son aspectos de un mismo hecho. Hay gente que duda, en nuestro tiempo como al principio, de si podía llamarse no sólo madre de Jesús sino Madre de Dios. S. Cirilo de Alejandría resume esta doctrina: “Me extraña en gran manera que haya alguien que tenga alguna duda de si la Santísima Virgen ha de ser llamada Madre de Dios. Si nuestro Señor Jesucristo es Dios ¿por qué razón las Santísima Virgen, que lo dio a luz, no ha de ser llamada Madre de Dios? Esta es la fe que nos ha transmitieron los discípulos del Señor, aunque no emplearon esta misma expresión. Así nos lo han enseñado también los Santos Padres”.
 “Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. La maternidad divina es el hecho esencial que ilumina toda la vida de María y el fundamento de todos los privilegios con que Dios ha adornado a la Virgen. Hoy  recordamos y veneramos el misterio por el que María, por obra y gracia del Espíritu Santo, y sin perder la gloria de su virginidad, ha engendrado y ha dado a luz al Verbo encarnado. Hoy es un buen día sobre todo para agradecer al Señor de la mano de María el año que termina y la perseverancia en querer seguirle, y pedirle –es maestra de contemplación- la gracia de la oración, perseverancia en el año que empieza, fidelidad a nuestra llamada cristiana, en una lucha viva y esperanzada.
“Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho”. La adoración del Niño les llena el corazón de entusiasmo por comunicar lo que han visto y oído, y la comunicación de lo que han visto y oído los conduce hasta la plegaria de alabanza y de acción de gracias, a la glorificación del Señor.
Luego llevaron el niño al templo y “le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción”. Jesús (Salvador) será también llamado Cristo (o Mesías en su lengua, Ungido de Dios). Así se cumple la profecía de que vendrá Enmanuel (Dios con nosotros).
2. En los Números el Señor habló a Moisés y le da la fórmula “con que bendeciréis a los israelitas: El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz”. La auténtica bendición es la venida de Jesús, nuestra paz. Estos días vivimos el nacimiento de este Príncipe que nos trae la paz, la justicia, el amor a Dios y a los hermanos: si invocamos el santo nombre de Jesús, de María, tendremos esta "paz": en hebreoShalom, palabra con la que se saludan los judíos hasta nuestros días, significa mucho más de lo que nosotros solemos traducir, pues es reposo, gloria, riqueza, salvación, vida..., y fruto de la justicia. Hoy es el Día Mundial de la Paz, con un mensaje del Papa para rezar por ese bien tan bonito, esa meta hacia la que caminamos, que va con la libertad y el amor.
El Señor tenga piedad y nos bendiga, / ilumine su rostro sobre nosotros: / conozca la tierra tus caminos, / todos los pueblos tu salvación”. El Salmo canta la bendición que nos llega por Jesucristo, nuestro camino y el regalo del cielo para salvarnos, que vive y reina por los siglos de los siglos: “Que canten de alegría las naciones, / porque riges el mundo con justicia, / riges los pueblos con rectitud, / y gobiernas las naciones de la tierra”. Y pide S. Agustín: "Ya que nos grabaste tu imagen, ya que nos hiciste a tu imagen y semejanza, tu moneda, ilumina tu imagen en nosotros, de manera que no quede oscurecida. Envía un rayo de tu sabiduría para que disipe nuestras tinieblas y brille tu imagen en nosotros... Que aparezca tu Rostro, y si -por mi culpa- estuviese un tanto deformado, sea reformado por ti, aquello que Tú has formado."
“Oh Dios, que te alaben los pueblos, / que todos los pueblos te alaben. / Que Dios nos bendiga; que lo teman / hasta los confines del orbe”. María, que es de nuestra tierra, de nuestra raza, de esta arcilla, de este lodo, de la descendencia de Adán, es nuestra madre. La tierra ha dado su fruto; el fruto perdido en el Paraíso y ahora reencontrado. La tierra “primeramente ha dado la flor, Jesús. Y esta flor se ha convertido en fruto: fruto porque lo comemos, fruto porque comemos su misma Carne. Fruto virgen nacido de una Virgen, Señor nacido del esclavo, Dios nacido del hombre, Hijo nacido de una Mujer, Fruto nacido de la tierra" (S. Jerónimo).
“Nuestro Creador, encarnado en favor nuestro, se ha hecho, también por nosotros, fruto de la tierra; pero es un fruto sublime, porque este Hombre, nacido sobre la tierra, reina en los cielos por encima de los Ángeles (…) María es llamada y con razón ‘monte rico de frutos’, pues de ella ha nacido un óptimo fruto, es decir, un hombre nuevo. Y al ver su belleza, adornada en la gloria de su fecundidad, el profeta exclama: ‘Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará’. David, al exultar por el fruto de este monte, dice a Dios: ‘Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. La tierra ha dado su fruto’. Sí, la tierra ha dado su fruto, porque Aquel a quien engendró la Virgen no fue concebido por obra de hombre, sino porque el Espíritu Santo extendió sobre ella su sombra. Por este motivo, el Señor dice al rey y profeta David: ‘El fruto de tu seno asentaré en tu trono’. De este modo, Isaías afirma: ‘el germen del Señor será magnífico’. De hecho, Aquel a quien la Virgen engendró no sólo ha sido un "hombre santo", sino también "Dios poderoso"” (S. Gregorio Magno).
3. Como Eva fue la "madre de todos los hombres" en el orden natural, María es madre de todos los hombres en el orden de la gracia. Al dar a luz a su primogénito, parió también espiritualmente a aquellos que pertenecerían a él, a los que serían incorporados a él y se convertirían así en miembros suyos, siendo él "primogénito entre muchos hermanos", Cabeza de la humanidad redimida. Así San Pablo a los Gálatas: “Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción”. Eso tiene una madre, poder querer a cada hijo como único, no disminuye con el número de los hijos. En nosotros María ve a Jesús, ella nos alimenta en  la vida de fe y nos lleva a Dios, al cielo. Te pedimos, Madre, saber escuchar como tú, la criatura que está a la escucha de Dios: enséñame a rezar, a conocer el Evangelio, dedicar cada día unos minutos a las practicas de piedad que nos hacen escuchar esta voz del Espíritu Santo, hacer todo con calma, por amor, siguiendo tu respuesta a Dios: "hágase en mí según tu palabra" pues en ello está la santidad. Enséñame a olvidarme de competir y pensar en compartir, no pensar en mí sino en los demás; no inquietarme con lo que no tengo sino estar contentos con lo que tú, Señor, nos mandas o permites (una situación dura, enfermedad, dificultad familiar, la pena por otros a quien amamos y que sufren, cuando no se ve solución…): “hágase tu voluntad…” Contigo, Madre, nos haces ver ese algo divino y positivo en todo, pues de todo sacará Dios fuerza para el bien.
“Como sois hijos Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá! (Padre). Así que ya no eres esclavo, sino hijo, y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios”. Dios nos hace por medio de Jesús ser hijos suyos, bien podemos nosotros llamarle "Padre", lo mismo que Jesús, que con su Espíritu nos anima y nos enseña como un maestro interior en libertad y esperanza. “Maria” significa entre otras acepciones "estrella de la mañana" en lengua hebrea: recuerda la estrella que daba orientación a los navegantes, porque conocieran el camino en la oscuridad de la noche. Así la estrella guía a los Magos, y nosotros queremos seguir nuestra estrella hasta llegar a Jesús…
Cuentan que había millones de estrellas en el cielo, estrellas de todos los colores: blancas, plateadas, rojas, azules, doradas. Un día, inquietas, se acercaron a san Gabriel –que es su jefe- y le propusieron: "- nos gustaría vivir en la Tierra, convivir con las personas." -"Sea", respondió. Se dice que aquella noche hubo una fantástica lluvia de estrellas. Algunas se acurrucaron en las torres de las iglesias, otras fueron a jugar y correr junto con las luciérnagas por los campos, otras se mezclaron con los juguetes de los niños. La Tierra quedó, entonces, maravillosamente iluminada. Pero con el correr del tiempo, las estrellas decidieron abandonar a los hombres y volver al cielo, dejando a la tierra oscura y triste. "-¿Por qué habéis vuelto?", preguntó Gabriel, a medida que ellas iban llegando al cielo. "-Nos fue imposible permanecer en la Tierra, allí hay mucha miseria, mucha violencia, demasiadas injusticias". Les contestó Gabriel: "-Claro. La Tierra es el lugar de lo transitorio, de aquello que cae, de aquel que yerra, de aquel que muere. Nada es perfecto. El Cielo es el lugar de lo inmutable, de lo eterno, de la perfección." Después de que había llegado gran cantidad de estrellas, Gabriel, que sabe muchas matemáticas, las dijo: "-Falta una estrella... ¿dónde estará?". Un ángel que estaba cerca replicó: "-Hay una estrella que quiso quedarse entre los hombres. Descubrió que su lugar es exactamente donde existe la imperfección, donde hay límites, donde las cosas no van bien, donde hay dolor. Es la Esperanza, la estrella verde. La única estrella de ese color." Y cuando miraron para la tierra, la estrella no estaba sola: la Tierra estaba nuevamente iluminada porque había una estrella verde en el corazón de cada persona. Porque el único sentimiento que el hombre tiene y el cielo no necesita retener es la Esperanza, ella es propia de la persona humana, de aquel que yerra, de aquel que no es perfecto, de aquel que no sabe cómo puede conocer el porvenir.
María es esa estrella que con trae el amor de Jesús y nos llena de esperanza. No obliga, nos muestra el camino, respeta nuestra libertad, como hace la estrella, ilumina. Este es el modelo para toda educación, tanto la de los padres con los hijos, la de los miembros de la Iglesia en su apostolado, o como ciudadanos a nivel social y cultural: no se trata sólo de transmitir conocimientos, sino vida, dar luz, ser un referente –estrella- en un mundo de gente que no sabe hacia dónde ir, que necesita maestros. Con qué alegría nos dice un amigo: “quiero contarte esta pena, sólo puedo explicártelo a ti, que me inspiras confianza”. Y estos guías necesitan luz, dar del calor que tienen; con María queremos ir de la mano en este año que comienza, para ir seguros hacia más allá de lo que vemos, que a veces puede parecernos algo negro, que nos proyecta hacia lo que no vemos; nos habla de que si Dios se ha hecho Niño, es posible un mundo mejor, en el que reine la alegría. Que siempre hay un punto en lo más profundo del alma –¡la estrella verde!- que emana la luz y el calor de Belén, que nos llena y nunca nos deja sentirnos vacíos, que es fuente inagotable de ilusiones y proyectos. Porque Jesús entra dentro de la Historia, es solidario con todo lo nuestro, y con María, la orante perfecta, figura de la Iglesia, nos adherimos al designio salvador del Padre.
Llucià Pou Sabaté

martes, 30 de diciembre de 2014

Feria del 31-XII

Feria del día 31-XII

Balance de fin de año y de la vida
“En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: - «Éste es de quien dije: "El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo."» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer” (Juan 1,1-18).
El final del año es siempre un tiempo de mirar los últimos meses… desde la gracia de Jesús, que es "el principio y la plenitud de toda religión", dice la oración colecta; y el evangelio nos muestra a Jesús como punto de referencia único de la historia. Hoy podemos hablar de que todo nuestro tiempo, en la vida humana y en la fe, tiene un único centro y criterio: Jesús. Podemos dar gracias por el año que acaba, por la salvación que Dios nos ha continuado dando; y pedir perdón por lo que hay de malo en nosotros.
1. La carta de Juan Pablo II convocando al Jubileo del año 2000 empieza y termina con la misma cita: «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13,8). Dios, por la encarnación de su Hijo, se ha introducido en la historia del hombre para redimirnos y comunicarnos su propia vida. Eso es lo que ha dado sentido a toda la historia y al correr de los años, que ha quedado impregnado de la presencia de Cristo Jesús (J. Aldazábal).
 “El Evangelio de Juan se nos presenta en una forma poética y parece ofrecernos, no solamente una introducción, sino también como una síntesis de todos los elementos presentes en este libro. Tiene un ritmo que lo hace solemne, con paralelismos, similitudes y repeticiones buscadas, y las grandes ideas trazan como diversos grandes círculos. El punto culminante de la exposición se encuentra justo en medio, con una afirmación que encaja perfectamente en este tiempo de Navidad: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14). El autor nos dice que Dios asumió la condición humana y se instaló entre nosotros. Y en estos días lo encontramos en el seno de una familia: ahora en Belén, y más adelante con ellos en el exilio de Egipto, y después en Nazaret. Dios ha querido que su Hijo comparta nuestra vida, y —por eso— que transcurra por todas las etapas de la existencia: en el seno de la Madre, en el nacimiento y en su constante crecimiento (recién nacido, niño, adolescente y, por siempre, Jesús, el Salvador). Y continúa: «Hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad». También en estos primeros momentos, lo han cantado los ángeles: «Gloria a Dios en el cielo», «y paz en la tierra» (cf. Lc 2,14). Y, ahora, en el hecho de estar arropado por sus padres: en los pañales preparados por la Madre, en el amoroso ingenio de su padre —bueno y mañoso— que le ha preparado un lugar tan acogedor como ha podido, y en las manifestaciones de afecto de los pastores que van a adorarlo, y le hacen carantoñas y le llevan regalos. He aquí cómo este fragmento del Evangelio nos ofrece la Palabra de Dios —que es toda su Sabiduría—. De la cual nos hacer participar, nos proporciona la Vida en Dios, en un crecimiento sin límite, y también la Luz que nos hace ver todas las cosas del mundo en su verdadero valor, desde el punto de vista de Dios, con “visión sobrenatural”, con afectuosa gratitud hacia quien se ha dado enteramente a los hombres y mujeres del mundo, desde que apareció en este mundo como un Niño” (Ferran Blasi).
2. "En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo y todos vosotros lo sabéis". Se dirige san Juan a comunidades que atraviesan una crisis grave. En tiempo de crisis, las defecciones son inevitables…
-“En cuanto a vosotros estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo sabéis”. No podemos salvarnos a nosotros mismos: «el que es Santo os ha consagrado por la unción». No es el hombre quien se consagra. Es Dios el que le consagra (Noel Quesson).
Hay quien se deja llevar por las angustias del pasado (hay, si no hubiera hecho esta carrera, o esta elección; si hubiera hecho esta otra cosa...) y los miedos del futuro (¿y si me quedo sin trabajo, y si se cae la casa, y si...?). Todos podemos sentir en algún momento los remordimientos y los miedos, el que quiere preocuparse siempre encuentra motivos. Ante esto, habría que convencerse de que el pasado ya no existe, sólo ha quedado en la memoria como experiencia, y el futuro tampoco existe, sólo se nos ha sido dado el presente, y éste es el que hemos de vivir sin perdernos en esos miedos. Sólo existe el “aquí y ahora”, lo demás es previsión del futuro o recuerdo del pasado, y he de aprender a disfrutar el momento presente. Los días parecen los mismos, pero cada uno es único e irrepetible. Las grandes cosas y las pequeñas suceden un día y a una hora concreta.
Se cuenta de un hombre que se hallaba en el tejado de su casa durante una inundación y el agua le llegaba hasta los pies. Pasó un individuo en una canoa y le dijo: “-¿Quiere que le lleve a un sitio más alto? –“No, gracias -replicó el hombre-. He rezado a mi Dios, y él me salvará”. Pasó el tiempo y el agua le llegaba a la cintura. Entonces pasó por allí una lancha a motor. – “¿Quiere que le lleve a un sitio más alto?” – “No gracias, volvió a decir. Tengo fe en Dios y él me salvará”. Más tarde, cuando el nivel del agua le llegaba ya al cuello, llegó un helicóptero. –“¡Agárrese a la cuerda -le gritó el piloto-. Yo le subiré!” – “No, gracias. Tengo fe en el Señor y él me salvará”. Desconcertado, el piloto dejó a aquel hombre en el tejado. Pocas horas después ese pobre hombre moría ahogado y fue a recibir su recompensa y al presentarse a la presencia de Dios dijo: –“Señor, yo tenía total fe en que Tú me salvarías y me abandonaste. ¿Por qué?” A lo cual Dios replicó: -“¿Qué más querías? ¡Fuíste tú que no quisiste, yo te mandé una canoa, una lancha a motor y un helicóptero!”
A veces estamos ahogados u obsesionados por una cosa y la solución la tenemos al alcance de la mano, no nos enteramos y buscamos la felicidad de un modo equivocado en lugar de disfrutar con los que se nos da, y acomodarse a ello. Hay hombres que no maduran, quienes les sorprende la vejez embriagados todavía en el vértigo de su frivolidad: tratan entonces de apurar la vida a grandes sorbos, a la búsqueda de lo que ya no volver  nunca a ser. En cambio, otros no pierden nunca la admiración e ilusión del niño, y se enriquecen también con las etapas sucesivas de la vida. Hay un tiempo que se pierde y otro que se convierte en aquel “tesoro que no envejece", que es aprovechar el tiempo para amar.
Dentro del misterio del tiempo hay un “crono”  que es el paso sin más y un “kairós” que es el instante precioso, el encontrarse existiendo, el momento de “aquí y ahora” en el que si no tenemos lo que nos parece que es mejor para ser feliz al menos vamos a aprender a ser felices con lo que tenemos, con la esperanza de tenerlo todo un día, fruto de nuestra lucha para amar más. Y así, el mirar el año pasado será ocasión de balance: en primer lugar de las cosas positivas, que son muchas y no las conocemos todas: y daremos gracias a Dios. Son cosas a veces sencillas, pero que descuidamos, las cosas más importantes las consideramos a veces obvias, y así nos va...: ha salido el sol todos los días, hemos dormido, comido, bebido, pero sobre todo hemos hecho amistades, compartido amor, disfrutado de la risa y también agradecemos las lágrimas... todo es bendición. También hay cosas negativas: nuestro egoísmo, errores, limitaciones, que nos dan ocasión de pedir perdón, y pedir a Dios y a los demás más ayuda para mejorar, y así por la humildad, estos fallos sirven también para la maduración personal. Pero al hacer la suma no haremos como el borracho que ve la botella “medio vacía”, sino que la veremos “medio llena” porque vamos creciendo en la esperanza de que un día estará completamente llena, según la medida de nuestro amor.
3. Esta noche es nochevieja, “el último día del año. Frecuentemente, una mezcla de sentimientos —incluso contradictorios— susurran en nuestros corazones en esta fecha. Es como si una muestra de los diferentes momentos vividos, y de aquellos que hubiésemos querido vivir, se hiciesen presentes en nuestra memoria. El Evangelio de hoy nos puede ayudar a decantarlos para poder comenzar el nuevo año con empuje. «La Palabra era Dios (...). Todo se hizo por ella» (Jn 1,1.3). A la hora de hacer el balance del año, hay que tener presente que cada día vivido es un don recibido. Por eso, sea cual sea el aprovechamiento realizado, hoy hemos de agradecer cada minuto del año. Pero el don de la vida no es completo. Estamos necesitados. Por eso, el Evangelio de hoy nos aporta una palabra clave: “acoger”. «Y la Palabra se hizo carne» (Jn 1,14). ¡Acoger a Dios mismo! Dios, haciéndose hombre, se pone a nuestro alcance. “Acoger” significa abrirle nuestras puertas, dejar que entre en nuestras vidas, en nuestros proyectos, en aquellos actos que llenan nuestras jornadas. ¿Hasta qué punto hemos acogido a Dios y le hemos permitido entrar en nosotros? «La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9). Acoger a Jesús quiere decir dejarse cuestionar por Él. Dejar que sus criterios den luz tanto a nuestros pensamientos más íntimos como a nuestra actuación social y laboral. ¡Que nuestras actuaciones se avengan con las suyas! «La vida era la luz» (Jn 1,4). Pero la fe es algo más que unos criterios. Es nuestra vida injertada en la Vida. No es sólo esfuerzo —que también—. Es, sobre todo, don y gracia. Vida recibida en el seno de la Iglesia, sobre todo mediante los sacramentos. ¿Qué lugar tienen en mi vida cristiana? «A todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios» (Jn 1, 12). ¡Todo un proyecto apasionante para el año que vamos a estrenar!” (David Compte).
Hoy es un día para cantar el “Te Deum”, una acción de gracias como hace el salmo: “¡Cantad a Yahveh un canto nuevo, cantad a Yahveh, toda la tierra, cantad a Yahveh, su nombre bendecid! Anunciad su salvación día tras día. ¡Alégrense los cielos, regocíjese la tierra, retumbe el mar y cuanto encierra; exulte el campo y cuanto en él existe, griten de júbilo todos los árboles del bosque”, porque el Señor viene a salvarnos, porque está a nuestro lado cada día para cuidarnos.
Llucià Pou Sabaté

(Para leer este texto en el web y compartirlo pulse aquí)


San Silvestre I, papa

Al finalizar la persecución de la Iglesia en el año 313 con el Edicto de Milán, esta tuvo que afrontar nuevos retos:  El emperador quería inmiscuirse en los asuntos de la Iglesia. Amenazaban también las herejías. Pero Dios proveyó un Papa santo que supo gobernar con sabiduría: San Silvestre I.
Sucedió al Papa San Melquíades. Su pontificado duró 21 años.
San Silvestre no podía viajar largas distancias pero se esmeró para pastorear a la Iglesia universal. Para enfrentar la herejía donatista San Silvestre envió delegados al Concilio de Arles y cuando el emperador ordenó el Concilio de Nicea en el 325, el Papa Silvestre I envió un obispo y dos sacerdotes en su nombre. Después aprobó el Credo de Nicea que se formuló en ese concilio.
Además del cuidado por la doctrina y la pastoral, construyó iglesias y convirtió en Palacio Laterano, donado por el emperador Constantino, en la primera catedral de Roma, llamada San Juan de Letrán. También comenzó los trabajos en San Pedro, en el Vaticano y San Lorenzo.
Es el primer Papa que no muere mártir y la primera persona canonizada sin haber sido mártir.
Sufrió los últimos períodos de persecución a los cristianos. Sucedió como pontífice a San Melquíades el 31 de enero de 314, un año después de que promulgase el Edicto de Milán, por el que los cristianos podían reunirse libremente y predicar su religión. Su pontificado se caracterizó por la intervención en el gobierno de la Iglesia del Emperador Constantino I el Grande.
Convocó el primer concilio ecuménico que se celebró en Nicea en el 325. Este concilio condenó las enseñanzas de Arrio y redactó el Credo Niceno, que recogía en lo fundamental las creencias católicas.
El Papa Silvestre I fue el primero en ceñir la Tiara, o Triple Corona Pontificia. Algunos historiadores le atribuyen la institución oficial del domingo como Día del Señor, para recordar la Resurrección.
También se le considera el inspirador de la Corona de Hierro, cuyo aro interior fue realizado con un clavo de la Vera Cruz.
El antiguo palacio de Letrán y la basílica adjunta le fueron cedidas por Constantino y, desde entonces, se la considera la Catedral de Roma.
Con la ayuda del emperador, además de la de Letrán, San Silvestre hizo edificar en Roma varias basílicas, entre ellas la de San Pablo en la vía Ostiense, y la de la Santa Cruz de Jerusalén. Dictó además reglamentos para la ordenación de los clérigos y para la administración de los santos sacramentos, y organizó la ayuda que debía darse a los sacerdotes y a los fieles necesitados. De vida ascética, pudo atender a las obras de beneficencia y en todo momento supo mantener en alto la ortodoxia de la doctrina frente a las incipientes herejías.
Su pontificado fue muy tranquilo. Es conocido por ser el primer papa que no murió mártir, pero sí santo, el 31 de diciembre de 335. Su cuerpo fue enterrado en la vía Salaria, en el cementerio de Priscila, a unos cuatro kilómetros de Roma, donde más tarde se levantó un iglesia a él consagrada.

Feria del 30-XII

Feria del día 30-XII

El que hace la voluntad de Dios permanece para siempre… Ana de Fanuel, modelo de quien busca el rostro de Jesús…
“Vivía entonces una profetisa, llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Esta era ya de edad muy avanzada, y había vivido con su marido siete años desde su virginidad; y habíase mantenido viuda hasta los ochenta y cuatro de su edad, no saliendo del templo, y sirviendo en él a Dios día y noche con ayunos y oraciones. Esta, pues, viniendo a la misma hora, alababa igualmente al Señor, y hablaba de El a todos los que esperaban la redención de Israel” (Lucas 2,36-38).
1. San Ambrosio nos cuenta que “había profetizado Simeón, había profetizado una que era casada, y había profetizado una Virgen. Debió también profetizar una viuda para que no faltase ningún sexo ni condición”. Hoy vemos ese testimonio que faltaba: "Vivía entonces una profetisa llamada Ana", etc. No es algo banal, sino que está presentado con todo tipo de detalles, ambientando bien la escena: Teofilacto hace notar que “se detiene el evangelista describiendo la persona de Ana, diciendo quién era su padre, cuál era su tribu, y presentando como testigos a muchos que vieron a su padre y su tribu”.  San Gregorio Niceno admite también que pasados unos años haya más gente con ese nombre…: “O tal vez porque en aquel tiempo había otras mujeres que tenían el mismo nombre de su padre, y dice cuál es su procedencia”.  Pero lo más probable, como señala San Ambrosio, es que se quiere destacar la figura de Ana, por sus virtudes en su estado de viuda, “cuanto por sus costumbres, está representada como digna de anunciar al Redentor del mundo, por lo que continúa: "Que era ya de edad muy avanzada, y había vivido desde su virginidad, siete años con su marido y siendo viuda hasta los ochenta y cuatro años"”.
Orígenes hace notar el sentido alegórico de las dos profecías en el templo, cómo Simeón representa el eslabón entre el Antiguo y Nuevo Testamento: “como Ana la profetisa habló poco y no muy claro de Jesucristo, el Evangelio no refiere explícitamente lo que ella dijo. También se puede creer que tal vez habló Simeón antes que ella, porque éste representaba la forma de la ley (puesto que su nombre quiere decir obediencia) y ella representaba la gracia (según la significación del suyo), y como Jesucristo estaba entre ellos, dejó morir al primero con la ley, y fomentó con la gracia la vida de la última”.
La reciente película de “El hombre que hacía milagros” muestra en plastilina y dibujos la vida de Jesús, y al no tener un protagonista famoso se hace más “llevadera” la interpretación. Y es que nos es velado el rostro de Jesús, y la búsqueda no se satisface con las representaciones cinematográficas. La imagen que podemos encontrar sobre todo en el Evangelio es interior.
Juan Pablo II nos invitaba a fijar la mirada en el rostro de Cristo y hacer de su Evangelio la regla cotidiana de vida. Decía una chica que es muy difícil explicar esta experiencia: “cuando crees en el Evangelio, cuando rezas, te sientes mejor, y sería estupendo que viviéramos lo que nos enseña... el mundo sería distinto”. Hay una cierta “experiencia de Dios”, un “laboratorio” en el que descubrimos, aún dentro del ambiente secularizado que nos rodea, el rostro de Jesús. Ana es portadora de este deseo, de querer ver el rostro de Jesús.
Se ha hablado de un «Jesús histórico» que es distinto del que nos ha llegado por la Iglesia, que sería el «Cristo de la fe». Se habla de que el Jesús que pasó entre nosotros era un antirromano, o un moralista o un hippie. Pero si nos hubieran cambiado a Jesús sería una invención. Jesús es hijo de Dios, y esta es la fe que se une a la historia. Ratzinger nos dice: “Éste es también el punto de apoyo sobre el que se basa mi libro: considera a Jesús a partir de su comunión con el Padre. Éste es el verdadero centro de su personalidad. Sin esta comunión no se puede entender nada y partiendo de ella Él se nos hace presente también hoy”. Si dejamos de lado la historia, la fe cristiana quedaría eliminada y transformada en otra religión. Por tanto, la historia forma parte esencial de la fe cristiana. El Antiguo y el Nuevo Testamento están íntimamente relacionados entre sí, y Jesús es la clave de toda la historia. Hay una unidad que se une a la acción del Espíritu Santo, en la tradición de la Iglesia, en el sentido en que se lee la Palabra, o sentidos, dimensiones de la palabra única, que va más allá del momento: “el pueblo de Dios —la Iglesia— es el sujeto vivo de la Escritura; en él, las palabras de la Biblia son siempre una presencia. Naturalmente, esto exige que este pueblo reciba de Dios su propio ser, en último término, del Cristo hecho carne, y se deje ordenar, conducir y guiar por El”.
En el fondo, tenía razón Dostoyevsky cuando en "Los demonios" preguntaba "¿Puede un hombre culto, un europeo de nuestros días, creer aún en la divinidad de Jesucristo, Hijo de Dios? Pues en ello consiste propiamente la fe toda". Hay gente que busca solo literatura, en palabras muertas, cuando Jesús es la Palabra viva; como si volviéramos a oír la voz del ángel: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado» (Lucas 24,5-6).
Ana de Fanuel no quería llegar a tanto, era simplemente la mujer que no moriría hasta ver el salvador, tenía 84 años y era viuda, servía Dios noche y día, era perseverante, porque era piadosa, y había madurado por los padecimientos. -“Ella proclamaba las alabanzas de Dios, y hablaba del niño a todos aquellos que esperaban la liberación de Israel”.
Hay maneras de madurar como la vitalidad juvenil, cuando podemos entregarnos a un ideal, pero junto a la decisión hay faltas de constancia, desánimos. La paciencia, perseverancia, viene con los años, cuando se acrisola con el tiempo y el sacrificio ese amor, como los viejos robles que no sufren la sequía, en cambio los brotes tiernos siempre pueden secarse y morir, de forma que la edad hace mejorar lo bueno y empeorar lo que es malo. Ana era buen vino, y fue recompensada. Puede ser porque al ser mayor iba más a lo esencial, como hacen las abuelas. Saben que en la vida lo importante es amar y sentirse amado, y ese amor es capaz de cualquier sacrificio. Ella había visto de todo y entendía que todo es vanidad, que los placeres no dan la felicidad y la misma sabiduría si nos aparta de Dios no vale nada. Por eso ella escoge con su piedad sencilla y fuerte, vivir de esperanza, y esperar el Cordero de Dios, confiar en la Palabra divina, no dejarse llevar por el sentimentalismo, que es campo de superstición, música melosa pero hueca, cursiladas vacías... como tampoco se deja llevar por el mundo intelectual y frío, sino que busca en su corazón el centro de la piedad. Sabe que no es el cumplimento de prácticas la base de la santidad, sino el amor, y eso intuye que nos trae Jesús, que somos hijos en brazos de nuestro Padre Dios.
Ana pertenece al grupo de los pobres de Yahvé (los "anawim"). Su vida, su pobreza son de un valor infinito; con lo que salva al mundo. Esta mujer es más importante a los ojos de Dios que todos los doctores de la Ley y los sacerdotes que ejercen sus funciones oficiales en el Templo.
-"Cumplidas todas las cosas ordenadas por la ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios, estaba en El". Es un misterio que Jesús sea Dios, y al mismo tiempo un niño que aprende cosas como todo niño, que sigue todas las leyes naturales del crecimiento humano, crecimiento físico, crecimiento intelectual (progresa en ciencia). Pasa por la pubertad y la adolescencia (Noel Quesson).
2. Nos invita san Juan a revisar nuestros criterios en la vida normal: -"Os escribo, padres, porque conocéis al que es desde el principio": han entrado a participar de su cualidad de testigo y podrán así transmitir a otros su fe y su comunión con Dios.
-"Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes y la Palabra de Dios permanece en vosotros y habéis vencido al Maligno". Frente al maligno, tenemos nosotros la energía combativa y la fuerza de victoria que tienen los jóvenes; que nosotros hemos de recibir y hemos recibido ya de Dios la energía para caminar en la luz.
-Os digo, hijos míos: «Vuestros pecados están perdonados por obra del nombre de Jesús».Incansablemente, debemos repetirnos esas palabras a fin de que del fondo de nuestras vidas surja: -nuestro agradecimiento absoluto a Dios. -y el deseo sincero de nunca más pecar...
-“Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él”. Ya decía Jesús: «¡No se puede servir a dos amos!». Sin embargo, ese mundo pecador con el que ningún compromiso es posible, ¡Dios lo ha amado! para salvarle.
-Todo lo que hay en el mundo es: -Deseos egoístas de la naturaleza humana... -Concupiscencia de los ojos. -Orgullo de las riquezas... ¡Todo ello no procede del Padre! El mundo pagano no es lo que queremos cuando amamos a Dios.
-“Ahora bien, el mundo con sus deseos desaparecerá; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”. ¡Todo lo solamente humano... pasa! es frágil, transitorio, efímero. Todo lo que tiene fin es corto. Sólo Dios permanece. Uniendo mi vida a la tuya. Señor, ligo mi destino a tu vida eterna (Noel Quesson).
3. Dios, nuestro Rey poderoso, no viene a nosotros como alguien que llega a aplastar nuestra dignidad, sino a salvarnos, por eso rezamos en el salmo: “Familias de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor”.
Queremos dar gracias a Dios por su bondad:  “Entrad en sus atrios trayéndole ofrendas, postraos ante el Señor en el atrio sagrado, tiemble en su presencia la tierra toda. Decid a los pueblos: «El Señor es rey, él afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente».”
Llucià Pou Sabaté