viernes, 20 de abril de 2012


SÁBADO DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA: Jesús se muestra en las tempestades de la vida, para darnos su presencia y con ella fuerza y esperanza.

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 6,1-7: 1 En aquellos días, debido a que el grupo de los discípulos era muy grande, los creyentes de origen helenista murmuraron contra los de origen judío, porque sus viudas no eran bien atendidas en el suministro cotidiano. 2 Los Doce convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron:
— No está bien que nosotros dejemos de anunciar la Palabra de Dios para dedicarnos al servicio de las mesas. 3 Por tanto, elegid de entre vosotros, hermanos, siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a los cuales encomendaremos este servicio 4 para que nosotros podamos dedicarnos a la oración y al ministerio de la Palabra.
5 La proposición agradó a todos, y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, y a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. 6 Los presentaron ante los apóstoles, y ellos, después de orar, les impusieron las manos.
7 La Palabra de Dios se extendía, el número de discípulos aumentaba mucho en Jerusalén e incluso muchos sacerdotes se adherían a la fe.

Salmo Responsorial: 32,1-2, 4-5, 18-19: 1 Justos, alabad al Señor, la alabanza es propia de los rectos; 2 dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor con el arpa de diez cuerdas; 4 pues la palabra del Señor es eficaz, y sus obras demuestran su lealtad; 5 Él ama la justicia y el derecho, la tierra está llena del amor del Señor.  18 Pero el Señor se cuida de sus fieles, de los que confían en su misericordia, 19 para librarlos de la muerte y sostenerlos en tiempos de hambre.
"Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti."

Evangelio: Juan 6,16-21 (también se lee en el 5º domingo de Pascua (A)): 16 A la caída de la tarde, los discípulos bajaron al lago, 17 subieron a una barca y emprendieron la travesía hacia Cafarnaum. Era ya de noche y Jesús no había llegado. 18 De pronto se levantó un viento fuerte que alborotó el lago. 19 Habían avanzado unos cinco kilómetros cuando vieron a Jesús, que se acercaba a la barca caminando sobre el lago, y les entró mucho miedo. 20 Jesús les dijo:
- Soy yo. No tengáis miedo.
21 Entonces quisieron subirlo a bordo y, al instante, la barca tocó tierra en el lugar al que se dirigían.

Comentario: 1. Los recién llegados, los de una cultura nueva, se sentían cristianos de segunda clase respecto a los judíos «de origen». Son problemas humanos, que también vemos en la Iglesia: los “antiguos” y sus “privilegios”, ante la actitud que ha de ser siempre abierta y acogedora a los recién llegados. Tensiones que en diversas épocas pueden ser distintas, estar más a gusto con unos u otros, o de acuerdo.
a) -“No conviene que abandonemos la Palabra de Dios por servir a las mesas”. Había banquete, es una idea que sugiere regocijo, fiesta, comunión humana que termina con la comunión del mismo Cristo.
-“Buscad entre vosotros unos hermanos... y los pondremos al frente de este cargo. Mientras que nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra”. De este incidente humano, sale una nueva organización de la Iglesia. La Iglesia “inventa” este «ministerio» nuevo, porque hay de él necesidad; de la necesidad surgen cosas nuevas (Noel Quesson). Son siete los elegidos, un número que recuerda los 70 jueces que elige Moisés para que le ayuden a administrar justicia (Ex 18, 13-27; Nm 11, 16-17) o los 70 miembros del Sanedrín. La elección de los siete abre un nuevo apartado de los Hechos de los Apóstoles, en el que ocupan el primer plano cristianos procedentes de mundo griego. A partir de ahora, los cristianos se llamarán “discípulos” en los Hechos. Veremos, de entre los escogidos, destacar Esteban. Los Apóstoles dicen: «nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra». Es todo un programa de apostolado. Sin vida interior, sin oración, no es posible una verdadera evangelización. Así lo ve San Agustín: «Al hablar haga cuanto esté de su parte, para que se le escuche inteligentemente, con gusto y docilidad. Pero no dude de que, si logra algo y en la medida en que lo logre, es más por la piedad de sus oraciones que por sus dotes oratorias. Por tanto, orando por aquellos a quienes ha de hablar, sea antes varón de oración, que de peroración y cuando se acerque la hora de hablar, antes de comenzar a proferir palabras, eleve a Dios su alma sedienta, para derramar de lo que bebió y exhalar de lo que se llenó». Y también: «Si no arde el ministro de la Palabra, no enciende al que predica».
La primera comunidad de Jerusalén, al crecer, también conoció dificultades internas, además de las externas: problemas en la convivencia. La razonable descentralización y división de funciones entre los apóstoles y los diáconos surgió de la necesidad, de la vida: así las leyes surgen de la experiencia. Nos puede ayudar esta manera positiva de resolver problemas, cuando en nuestra comunidad, ya sea la familiar o eclesial o social, aparezcan problemas de convivencia y casos de discriminación, que pueden dar lugar a momentos de tensión y contestación entre unos y otros (hombres y mujeres, jóvenes y mayores, nativos y emigrantes). No pararse en lo que divide, y dedicarse a la expansión del Reino: «la Palabra de Dios iba cundiendo, y en Jerusalén crecía mucho el número de discípulos». La unidad fraterna es la que posibilita el trabajo misionero. El signo que más creíble hace lo que se predica, es la caridad: la caridad hacia dentro y hacia fuera. ¿Resolvemos en nuestra comunidad los problemas que van surgiendo con este espíritu de diálogo y sinceridad?; ¿no podría ser la falta de unidad interna la razón de la poca eficacia en nuestro apostolado hacia fuera? (J. Aldazábal).
2. –Jesús resucitado es signo manifiesto de que Dios quiere salvarnos de todo lo que es negativo en nuestra vida. Se nos exige una confianza absoluta en la misericordia del Señor. Así nos lo dice el Salmo 32: «Que la misericordia del Señor venga sobre nosotros, como lo esperamos de Él». Es un himno a la providencia de Dios: “dividido en 22 versículos, tantos cuantas letras hay en el alfabeto hebraico, es un canto de alabanza al Señor del universo y de la historia. Está impregnado de alegría desde sus primeras palabras: "Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones" (vv. 1-3). Por tanto, esta aclamación (tern'ah) va acompañada de música y es expresión de una voz interior de fe y esperanza, de felicidad y confianza. El cántico es "nuevo", no sólo porque renueva la certeza en la presencia divina dentro de la creación y de las situaciones humanas, sino también porque anticipa la alabanza perfecta que se entonará el día de la salvación definitiva, cuando el reino de Dios llegue a su realización gloriosa” (Juan Pablo II). Nuevo por la alegría y que las palabras sirvan para expresar lo que lleva el corazón (s. Agustín). "Habitualmente se llama "nuevo" a lo insólito o a lo que acaba de nacer. Si piensas en el modo de la encarnación del Señor, admirable y superior a cualquier imaginación, cantas necesariamente un cántico nuevo e insólito. Y si repasas con la mente la regeneración y la renovación de toda la humanidad, envejecida por el pecado, y anuncias los misterios de la resurrección, también entonces cantas un cántico nuevo e insólito" (San Basilio). Y sigue diciendo el Papa: “En resumidas cuentas, según san Basilio, la invitación del salmista, que dice: "Cantad al Señor un cántico nuevo", para los creyentes en Cristo significa: "Honrad a Dios, no según la costumbre antigua de la "letra", sino según la novedad del "espíritu". En efecto, quien no valora la Ley exteriormente, sino que reconoce su "espíritu", canta un "cántico nuevo"" (ib.)…
En el libro bíblico de los Proverbios se afirma sintéticamente: "Muchos proyectos hay en el corazón del hombre, pero sólo el plan de Dios se realiza" (Pr 19, 21). De modo semejante, el salmista nos recuerda que Dios, desde el cielo, su morada trascendente, sigue todos los itinerarios de la humanidad, incluso los insensatos y absurdos, e intuye todos los secretos del corazón humano.
"Dondequiera que vayas, hagas lo que hagas, tanto en las tinieblas como a la luz del día, el ojo de Dios te mira", comenta san Basilio. Feliz será el pueblo que, acogiendo la revelación divina, siga sus indicaciones de vida, avanzando por sus senderos en el camino de la historia. Al final sólo queda una cosa: "El plan del Señor subsiste por siempre; los proyectos de su corazón, de edad en edad" (Sal 32, 11)”.  
Es el señorío de Dios sobre la historia humana. Los ojos de Dios velan por los que le son fieles (v. 18); a su divino auxilio debemos la vida y la fidelidad y la misericordia divinas nos cuidan (vv. 4-5). "La humildad de los que sirven a Dios -explica también san Basilio- muestra que esperan en su misericordia. En efecto, quien no confía en sus grandes empresas, ni espera ser justificado por sus obras, tiene como única esperanza de salvación la misericordia de Dios". El Salmo concluye con una antífona que es también el final del conocido himno Te Deum: "Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti" (v. 22). “La gracia divina y la esperanza humana se encuentran y se abrazan. Más aún, la fidelidad amorosa de Dios (según el valor del vocablo hebraico original usado aquí, hésed), como un manto, nos envuelve, calienta y protege, ofreciéndonos serenidad y proporcionando un fundamento seguro a nuestra fe y a nuestra esperanza”.
3. Narra el Evangelio de la Misa que los Apóstoles navegaban hacia Cafarnaum cuando ya había oscurecido. El mar estaba agitado por el fuerte viento, y la barca estaba batida por las olas. La tradición ha visto en esta barca la imagen de la Iglesia, zarandeada a lo largo de los siglos por el oleaje de las persecuciones, de las herejías y de las infidelidades. Siempre, desde el principio sufrió contradicciones, y hoy como ayer se sigue combatiendo a la Iglesia. Eso nos hace sufrir, pero a la vez nos da una inmensa seguridad y una gran paz, que Cristo mismo esté dentro de la barca; vive para siempre en la Iglesia, y por eso, las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella (Mateo 16, 18); durará hasta el final de los tiempos. No nos dejemos impresionar porque ha arreciado la tempestad contra nuestra Madre, porque perderíamos la paz, la serenidad y la visión sobrenatural. Cristo está siempre cerca de nosotros, de cada uno, y nos pide confianza.
La indefectibilidad de la Iglesia significa que ésta tiene carácter imperecedero, es decir, que durará hasta el fin del mundo, e igualmente que no habrá cambio sustancial en su doctrina, en su constitución o en su culto. La razón de la permanencia de la Iglesia está en su íntima unión con Cristo, que es su Cabeza y Señor. Después de subir a los cielos envió a los suyos el Espíritu Santo para que les enseñe toda la verdad (Juan 14, 16), y cuando les encargó predicar el Evangelio a todas las gentes, les aseguró que Él estaría siempre con ellos hasta el final del mundo (Mateo 28, 20). La fe nos atestigua que esta firmeza en su constitución y en su doctrina durará siempre, hasta que Él venga. Los ataques a la Iglesia, los malos ejemplos, los escándalos, nos llevarán a amarla más, a rezar por esas personas y a desagraviar. Permanezcamos siempre en comunión con Ella, fieles a su doctrina, unidos a sus sacramentos, y dóciles a la jerarquía.
Inmediatamente después de la multiplicación de los panes, san Juan nos trae este relato de una acción misteriosa de Jesús: alcanza a sus discípulos, a media noche, caminando sobre las aguas del lago en medio de las cuales ellos bregan contra la tempestad. En el momento de alcanzarlos, cuando ellos, asustados, quieren hacerlo subir a bordo, la barca toca tierra. Es uno de los llamados “milagros sobre la naturaleza”, diferentes de las curaciones y los exorcismos y mucho menos numerosos. Jesús acaba de manifestarse como el Profeta, como Moisés o Eliseo, que alimenta al pueblo en el desierto (Ex 16, 9-16; 2Re 4, 42-44), de forma generosa y milagrosa. Ahora, caminando sobre las aguas del lago, no puede ser otro que el Señor del universo, creador y ordenador de las fuerzas del mundo que, como tantas veces es descrito en el AT, domina las aguas del caos (Gn 1, 6-10), envía la lluvia a la tierra (Sal 65, 10-11), hace pasar a su pueblo, sin mojarse los pies, a través del Mar Rojo (Ex 14, 15-31). El mismo que se sienta por encima de la tormenta (Sal 29, 10) y cuyos caballos pisotean el océano sin dejar rastro de sus huellas (Sal 77, 17-20). Por eso la palabra de Jesús para calmar a sus discípulos es muy significativa: “Yo soy, no tengan miedo”. El “Yo soy” nos remite al nombre mismo de Dios tal y como lo reveló a Moisés al pie de la zarza (Ex 3, 13-14). Esto significa que los cristianos entre los cuales se formó y difundió inicialmente el evangelio de san Juan, afirmaban la divinidad de Jesucristo, parangonable a Dios, el Padre, partícipe de sus atributos. Y esto gracias a la fe en la resurrección por la cual Dios había exaltado a Jesús manifestándolo como su hijo muy amado.
Jesús llega inesperadamente caminando sobre las aguas, para auxiliar a los Apóstoles que se encontraban llenos de pavor, para robustecer su fe débil y para darles ánimos en medio de la tempestad. En nuestra vida personal no faltarán tempestades. Con el Señor, mediante la oración y los sacramentos, las tormentas interiores se tornan en ocasiones de crecer en fe, en esperanza, en caridad y fortaleza. Con el tiempo comprenderemos el sentido de estas dificultades. Siempre contaremos con la ayuda de nuestra Madre del Cielo, especialmente cuando lo pasamos mal. No dejemos de acudir a Ella” (Francisco Fernández Carvajal-Tere Correa).
b) "No tengáis miedo... Soy Yo". Juan Pablo II comentó mucho esta expresión del Señor: “Cristo dirigió muchas veces esta invitación a los hombres con que se encontraba. Esto dijo el Ángel a María: "No tengas miedo" (cfr. Lucas 1,30). Y esto mismo a José: "No tengas miedo" (cfr. Mateo 1,20). Cristo lo dijo a los Apóstoles, y a Pedro, en varias ocasiones, y especialmente después de su Resurrección, e insistía: "¡No tengáis miedo!"; se daba cuenta de que tenían miedo porque no estaban seguros de si Aquel que veían era el mismo Cristo que ellos habían conocido. Tuvieron miedo cuando fue apresado, y tuvieron aún más miedo cuando, Resucitado, se les apareció. Esas palabras pronunciadas por Cristo las repite la Iglesia. Y con la Iglesia las repite también el Papa. Lo ha hecho desde la primera homilía en la plaza de San Pedro: "¡No tengáis miedo!" No son palabras dichas porque sí, están profundamente enraizadas en el Evangelio; son, sencillamente, las palabras del mismo Cristo.
¿De qué no debemos tener miedo? No debemos temer a la verdad de nosotros mismos. Pedro tuvo conciencia de ella, un día, con especial viveza, y dijo a Jesús: "¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!" (Lucas 5,8). Pienso que no fue sólo Pedro quien tuvo conciencia de esta verdad. Todo hombre la advierte. La advierte todo Sucesor de Pedro. La advierte de modo particularmente claro el que, ahora, le está respondiendo. Todos nosotros le estamos agradecidos a Pedro por lo que dijo aquel día: "¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!" Cristo le respondió: "No temas; desde ahora serás pescador de hombres" (Lucas 5,10). ¡No tengas miedo de los hombres! El hombre es siempre igual; los sistemas que crea son siempre imperfectos, y tanto más imperfectos cuanto más seguro está de sí mismo. ¿Y esto de dónde proviene? Esto viene del corazón del hombre, nuestro corazón está inquieto; Cristo mismo conoce mejor que nadie su angustia, porque "Él sabe lo que hay dentro de cada hombre" (cfr. Juan 2,25)”. Así lo decía también en el último encuentro de los jóvenes: “¡Queridos jóvenes! Cada vez más me doy más cuenta de cómo fue providencial y profético el que este día, Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor, se convirtiera en vuestra jornada. Esta fiesta contiene una gracia especial, la de la alegría unida a la Cruz, sintetiza el misterio cristiano. Os digo hoy: continuad sin cansaros el camino emprendido el camino emprendido para ser por doquier testigos de la Cruz gloriosa de Cristo. ¡No tengáis miedo! Que la alegría del Señor, crucificado y resucitado, sea vuestra fuerza, y que María Santísima esté siempre a vuestro lado”.
¡Qué poca fe la nuestra cuando dudamos porque arrecia la tempestad! Nos dejamos impresionar demasiado por las circunstancias: enfermedad, trabajo, reveses de fortuna, contradicciones del ambiente. Olvidamos que Jesucristo es, siempre, nuestra seguridad. Debemos aumentar nuestra confianza en Él y poner los medios humanos que están a nuestro alcance. Jesús no se olvida de nosotros: “nunca falló a sus amigos” (Santa Teresa). Dios nunca llega tarde para socorrer a sus hijos; siempre llega, aunque sea de modo misterioso y oculto, en el momento oportuno. La plena confianza en Dios, da al cristiano una singular fortaleza y una especial serenidad en todas las circunstancias. “Si no le dejas, Él no te dejará” (J. Escrivà). Y nosotros le decimos que no queremos dejarle. “ Cuando imaginamos que todos se hunde ante nuestros ojos, no se hunde nada, porque Tú eres, Señor, mi fortaleza (Salmos 42, 2). Si Dios habita en nuestra alma, todo lo demás, por importante que parezca, es accidental, transitorio. En cambio, nosotros, en Dios, somos lo permanente” (Id.) Esta es la medicina para barrer, de nuestras vidas, miedos, tensiones y ansiedades. En toda nuestra vida, en lo humano y en lo sobrenatural, nuestro “descanso”, nuestra seguridad, no tiene otro fundamento firme que nuestra filiación divina. Esta realidad es tan profunda que afecta al mismo hombre, hasta tal punto de que Santo Tomás afirma que por ella el hombre es constituido en un nuevo ser. Dios es un Padre que está pendiente de cada uno de nosotros y ha puesto un Ángel para que nos guarde en todos los caminos. En la tribulación acudamos siempre al Sagrario, y no perderemos la serenidad. Nuestra Madre nos enseñará a comportarnos como hijos de Dios; también en las circunstancias más adversas.
“Soy yo, no tengáis miedo”, hemos de sentir esa palabra de Jesús que nos da confianza. “¿Quién no ha pasado por una situación idéntica? Se ha cerrado la noche, el viento nos es contrario, el mar de la vida se encrespa y todo parecen ser dificultades, y cuando aparece el fantasma resulta que el susto se transforma en el encuentro esperado, que nos descubre que todo está en su sitio, y que ya llegamos a la meta de la que nos parecía estar tan lejos... Situaciones de noche cerrada y mar contrario… El ser humano es un ser que no puede caminar por la vida a la fuerza, contra el viento y contra el mar, en noche cerrada... Eso sólo en algunos momentos. No se puede convivir con los fantasmas de la noche... Confianza en la vida, en la gente, en sí mismo (autoestima) y también en Él, el único fantasma que nos puede decir insinuantemente: «Soy yo»... Cuando el sinsentido, la mala suerte, el absurdo, o la culpa nos cierran el paso y nos parece estar perdidos, como aquellos discípulos, es bueno descubrir que tras esos fantasmas muchas veces es Dios mismo quien nos prueba, y quien llegado el momento nos mira con amor y nos dice «Soy yo, no temas» (Juan Mateos-Jesús Peláez; “Diario Bíblico”).
c) Esta noche fatídica del pánico por la mar encrespada y, además, por la visión de Jesús que se les acerca caminando sobre las aguas, es motivo para pensar en nuestros miedos y oír las palabras tranquilizadoras: «soy yo, no temáis». Como en el caso de las pescas milagrosas, cuando no está Jesús con ellos, es inútil su esfuerzo y no tienen paz. Cuando se acerca Jesús, vuelve la calma y el trabajo resulta plenamente eficaz. Cuando se hace de noche en todos los sentidos, cuando arrecia el viento contrario y se encrespan los acontecimientos, cuando se nos junta todo en contra y perdemos los ánimos y a Jesús no lo tenemos a bordo -porque estamos nosotros distraídos o porque Él nos esconde su presencia- no es extraño que perdamos la paz y el rumbo de la travesía. Si a pesar de todo, supiéramos reconocer la cercanía del Señor en nuestra historia, sea pacífica o turbulenta, nos resultaría bastante más fácil mantener o recobrar la calma. Cada vez que celebramos la Eucaristía, el Resucitado se nos hace presente en la comunidad reunida, se nos da como Palabra salvadora, y -lo que es el colmo de la cercanía y de la donación- Él mismo se nos da como alimento para nuestro camino. Es verdad que su presencia es siempre misteriosa, inaferrable, como para los discípulos de entonces. Pero por la fe tenemos que saber oír la frase que tantas veces se repite con sus variaciones en la Biblia: «soy yo, no temáis». Llegaríamos a la playa con tranquilidad, y de cada Misa sacaríamos ánimos y convicción para el resto de la jornada, porque el Señor nos acompaña, aunque no le veamos con los ojos humanos (J. Aldazábal).
d) «Tú has querido hacernos hijos tuyos: míranos siempre con amor de padre”, para que “alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna» (oración), y «que esta Eucaristía nos haga progresar en el amor» (comunión), en medio de la oscuridad de la noche: "En el mar trazaste tu camino, tu paso en las aguas profundas, y nadie pudo reconocer tus huellas" (Sal 77, 20). El mar, símbolo de las potencias malignas, es vencido por Jesús, como fue vencido antes por Dios en la creación (Is 51, 9s), en el éxodo (Ex 14-15), en el combate escatológico (Dan 7, 2-7; León-Dufour). Él nos hará llegar rápida y seguramente al puerto” (“Diario Bíblico”). Este es el motivo de los milagros que Jesús realiza, afianzar nuestra fe: «Mas Jesús llevaba, por los milagros que hacía, a los que contemplaban aquel hermoso espectáculo a que mejorasen en sus costumbres. ¿Cómo no pensar entonces en que se ofrecía a sí mismo como ejemplo de la vida más santa, no sólo ante sus auténticos discípulos, sino también ante los otros? Ante sus discípulos, para moverlos a enseñar a los hombres conforme a la voluntad de Dios; ante los otros, para que enseñados a la par por la doctrina, vida y  milagros cómo habían de vivir, todo lo hicieran con intención de agradar a Dios sumo» (Orígenes). “El miedo llamó a mi puerta; / la fe fue a abrir / y no había nadie” (Juan Carlos Martos). “Jesús no es un fantasma, ni la figura de un Dios que venga a causarnos terror. Él es el Dios que se hace cercanía a nosotros siempre; y en los momentos más difíciles de nuestra vida no podemos espantarnos pensando que el Señor se nos ha acercado para castigarnos a causa de nuestros pecados. Dios se acerca constantemente a nosotros, especialmente, de un modo culminante, en la Eucaristía. Su paz es nuestra paz; ojalá no perdamos la paz a causa de volver a desviar nuestros caminos de Él. El Señor nos alimenta con su Palabra y con su Pan de Vida eterna. Nosotros nos alegramos porque, a pesar de que muchas veces vivimos lejos de Él, ahora nos recibe en su casa para perdonarnos y para sentarnos a su mesa. Pero el Señor al llenarnos de su Vida y al hacernos partícipes de su salvación, nos quiere comprometidos con nuestro mundo para manifestarle el rostro amoroso de Dios, que se acerca para socorrer a los necesitados y para remediar los males de los que sufren. Por eso nuestra Eucaristía se convierte para nosotros en un auténtico compromiso que nos ha de llevar a cumplir con la misma Misión que el Padre Dios encomendó a su Hijo y que el Hijo nos encomendó a nosotros. También nosotros hemos de llevar esta presencia. Nosotros, por voluntad de Dios, hemos de ser la cercanía amorosa de Dios para nuestro prójimo (www.homiliacatolica.com).

jueves, 19 de abril de 2012

VIERNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA: la Eucaristía, fortaleza para ser testimonios de la verdad, da alas para amar

Hechos de los apóstoles 5, 34-42: Entonces levantándose en el concilio un Fariseo llamado Gamaliel, doctor de la ley, venerable á todo el pueblo, mandó que sacasen fuera un poco á los apóstoles. 35 Y les dijo: Varones Israelitas, mirad por vosotros acerca de estos hombres en lo que habéis de hacer. 36 Porque antes de estos días se levantó Teudas, diciendo que era alguien; al que se agregó un número de hombres como cuatrocientos: el cual fué matado; y todos los que le creyeron fueron dispersos, y reducidos á nada. 37 Después de éste, se levantó Judas el Galileo en los días del empadronamiento, y llevó mucho pueblo tras sí. Pereció también aquél; y todos los que consintieron con Él, fueron derramados. 38 Y ahora os digo: Dejaos de estos hombres, y dejadlos; porque si este consejo ó esta obra es de los hombres, se desvanecerá: 39 Mas si es de Dios, no la podréis deshacer; no seáis tal vez hallados resistiendo á Dios. 40 Y convinieron con Él: y llamando á los apóstoles, después de azotados, les intimaron que no hablasen en el nombre de Jesús, y soltáronlos. 41 Y ellos partieron de delante del concilio, gozosos de que fuesen tenidos por dignos de padecer afrenta por el Nombre. 42 Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar á Jesucristo.

Samo 27, 1.4.13-14: el Altísimo es mi luz y mi salvación: ¿de quién temeré? el Altísimo es la fortaleza de mi vida: ¿de quién he de atemorizarme? 4 Una cosa he demandado á el Altísimo, ésta buscaré: Que esté yo en la casa del Altísimo todos los días de mi vida, Para contemplar la hermosura del Altísimo, y para inquirir en su templo. 13 Hubiera yo desmayado, si no creyese que tengo de ver la bondad del Altísimo En la tierra de los vivientes. 14 Aguarda á el Altísimo; Esfuérzate, y aliéntese tu corazón: Sí, espera á el Altísimo.

Evangelio según san Juan 6,1-15 (también se lee el domingo 17 (B)): En aquel tiempo, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia Él mucha gente, dice a Felipe: «¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?». Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco». Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?».
Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente». Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda». Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Éste es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte Él solo.

Comentario: 1. Fariseo de tendencia liberal, Gamaliel fue el profesor de Pablo de Tarso (cf. Hch 22,3). Cuando fueron detenidos los apóstoles, sugirió al tribunal que dejara que las cosas siguieran su curso. Según él, si el movimiento cristiano venía de Dios, los hombres no podrían nada contra él; si, por el contrario, venía de los hombres, desaparecería por sí mismo.
a) La historia de Teudas y Judas son recogidas por Flavio Josefa (Antiquitates iud. 18,4-10;20,169-172), parece que fueron revueltas de tiempos del nacimiento de Jesús. Sagacidad y cálculo es la base del procedimiento de los miembros del Sanedrín. Mandan azotar a los apóstoles, como lo fueron Jeremías, y Elías y otros muchos amenazados; el efecto causado en los apóstoles no es de retraimiento sino de alegría por haber sufrido a causa de Jesús, y por ello se dedican a la predicación con ardor, inmediatamente, según las palabras que recogerá Mateo de la boca de Jesús: “bienaventurados seréis cuando os injurien…” (5,11-12).
b) Gamaliel nos da una lección de coherencia, de honradez, de no dejarse llevar por la moda. Cuando es difícil ejercer lúcidamente un discernimiento, vemos gente que se pone del lado de la Iglesia por motivos de sinceridad, de buscar la verdad aunque no compartan la doctrina. Gamaliel recuerda a los senadores judíos que esas insurrecciones acabaron en nada: sus jefes fueron muertos violentamente y sus seguidores dispersados. Les aconseja entonces que no den mucha importancia al naciente movimiento de los apóstoles: si es de los hombres se disolverá por sí mismo. Si es de Dios nada podrán contra ellos. Hombres como él están muy cerca del Reino de Dios, son los que llamamos “hombres de buena voluntad” que, sin saberlo, encarnan muchos de los valores y de las virtudes evangélicas (“Diario Bíblico”), esa familia inaugurada por Jesús, aunque algunos no lo sepan, como recordamos en la Entrada: «Con tu sangre, Señor, has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; has hecho de ellos una dinastía sacerdotal que sirva a Dios. Aleluya» (Apoc 5,9-10), y esta familia tiene una tierra, que es la que nos promete la esperanza, que recordamos en la Colecta: «Oh Dios, que, para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la Cruz; concédenos alcanzar la gracia de la resurrección». Supone vivir con los pies en la tierra pero sin valorar lo material más que lo que es para siempre, como pedimos en el Ofertorio: «Acoge, Señor, con bondad las ofrendas de tu pueblo, para que, bajo tu protección, no pierda ninguno de tus bienes y descubra los que permanecen para siempre».
c) es de destacar la alegría de los Apóstoles por padecer por Cristo, como recuerda Juan Pablo II: «La alegría cristiana es una realidad que no se puede describir fácilmente, porque es espiritual y también forma parte del misterio. Quien verdaderamente cree que Jesús es el Verbo Encarnado, el Redentor del hombre, no puede menos de experimentar en lo íntimo un sentido de alegría inmensa, que es consuelo, paz, abandono, resignación, gozo... ¡No apaguéis esa alegría que nace de la fe en Cristo crucificado y resucitado! ¡Testimoniad vuestra alegría! ¡Habituaros a gozar de esta alegría!»
2. Esta alegría es la que proclamamos con el Salmo 26: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la Casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor contemplando su Templo. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor», pues como recordamos en la Comunión, «Cristo nuestro Señor fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación. Aleluya» (Rom 4,25), y pedimos en la Postcomunión: «Dios todopoderoso, no ceses de proteger con amor a los que has salvado, para que así, quienes hemos sido redimidos por la Pasión de tu Hijo, podamos alegrarnos en su resurrección».
Querer vivir en la casa del Señor puede ser el mejor de los deseos. La confianza absoluta en Dios tiene una referencia completa en Jesús, luz del mundo que ilumina el camino (cf. Jn 8,12; 1,9) que se ha encendido plenamente en su resurrección; este es el sentido de “tierra de los vivos” (v. 13) pues el cielo es donde está el Santuario (v. 4; Ap 7,15-16).
Juan Pablo II comentaba así este Salmo, que tiene como telón de fondo el templo de Sión, sede del culto de Israel. “De hecho, el salmista habla explícitamente de la «casa del Señor», del «templo» (versículo 4)… En el original hebreo, estos términos indican más precisamente el «tabernáculo» y la «tienda», es decir, el corazón mismo del templo, en el que el Señor se revela con su presencia y palabra”. El Salmo está imbuido de un ambiente de gran serenidad, basada en la confianza en Dios. Ante las dificultades, no está el hombre solo y su corazón mantiene una paz interior sorprendente, pues -como dice la espléndida «antífona» de apertura del Salmo- «El Señor es mi luz y mi salvación». Parece ser un eco de las palabras de san Pablo que proclaman: «Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? » (Romanos 8, 31)… «habitaré en la casa del Señor por años sin término». Entonces podrá «gozar de la dulzura del Señor» (Salmo 26, 4). El monje Isaías lo aplica a la oración en la tentación: «Si vemos que los enemigos nos rodean con su astucia, es decir, con la acidia, debilitando nuestra alma en el placer, ya sea porque no contenemos nuestra cólera contra el prójimo cuando actúa contra su deber, o si tientan nuestros ojos con la concupiscencia, o si quieren llevarnos a experimentar los placeres de gula, si hacen que para nosotros la palabra del prójimo sean como el veneno, si nos hacen devaluar la palabra de los demás, si nos inducen a diferenciar a los hermanos diciendo: "Este es bueno, este es malo", si nos rodean de este modo, no nos desalentemos, más bien, gritemos como David con corazón firme diciendo: "El Señor es la defensa de mi vida" (v.1)». Es bellísimo el llamamiento que se dirige a sí mismo al final el salmista: «Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor» (versículo 14; Cf. Salmo 41,6.12 y 42,5). También en otros Salmos estaba viva la certeza de que del Señor se obtiene fortaleza y esperanza: «a los fieles protege el Señor... ¡Valor, que vuestro corazón se afirme, vosotros todos que esperáis en el Señor!» (Salmo 30, 24-25). El profeta Oseas exhortaba así a Israel: «espera en tu Dios siempre» (Oseas 12, 7). En varias ocasiones el Salmo reclama: «Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro» (versículos 8-9). “El rostro de Dios es, por tanto, la meta de la búsqueda espiritual del orante. Al final emerge una certeza indiscutible, la de poder «gozar de la dicha del Señor» (v. 13).
En el lenguaje de los salmos, «buscar el rostro del Señor» es con frecuencia sinónimo de la entrada en el templo para celebrar y experimentar la comunión con el Dios de Sión. Pero la expresión comprende también la exigencia mística de la intimidad divina a través de la oración. En la liturgia, por tanto, y en la oración personal, se nos concede la gracia de intuir ese rostro que nunca podremos ver directamente durante nuestra existencia terrena (cf. Ex 33,20). Pero Cristo nos ha revelado, de manea accesible, el rostro divino y ha prometido que en el encuentro definitivo de la eternidad -como nos recuerda san Juan- «le veremos tal cual es» (1 Juan 3, 2). Y san Pablo añade: «Entonces veremos cara a cara» (1 Corintios 13, 12)”. Orígenes, escribe: «Si un hombre busca el rostro del Señor, verá la gloria del Señor de manera desvelada y, al hacerse igual que los ángeles, verá siempre el rostro del Padre que está en los cielos» (PG 12, 1281). Y san Agustín, en su comentario a los Salmos, continúa de este modo la oración del salmista: «No he buscado en ti algún premio que esté fuera de ti, sino tu rostro. "Tu rostro buscaré, Señor". Con perseverancia insistiré en esta búsqueda; no buscaré otra cosa insignificante, sino tu rostro, Señor, para amarte gratuitamente, ya que no encuentro nada más valioso... "No te alejes airado de tu siervo" para que buscándote no me encuentre con otra cosa. ¿Qué pena puede ser más dura que ésta para quien ama y busca la verdad de tu rostro?
Pero ese buscar el rostro del Señor, querer encontrar refugio, consuelo y apoyo en el Señor no puede convertirse para nosotros en un signo de huida del mundo y del cumplimiento de nuestros compromisos temporales. No nos importa tanto el templo, sino el saber que al llegar a él nos vamos a reunir con aquellos con quienes disfrutamos de la misma fe, con quienes tenemos las mismas aspiraciones para darle un nuevo rumbo a nuestra historia. Ahí nos sentiremos fortalecidos por Dios y por los hermanos. Ahí encontraremos fuerzas para seguir luchando por el Reino de Dios y su justicia. Busquemos al Señor para orar, para escuchar su Palabra y para vivir totalmente comprometidos en el trabajo a favor de su Reino entre nosotros.
3. “Empezamos hoy la lectura del famoso capítulo 6 de san Juan: es una verdadera síntesis teológica sobre la eucaristía y sobre la fe. Según un procedimiento de composición, habitual en san Juan, tendremos el relato de dos milagros, luego un largo discurso de Jesús que expresa y prolonga la significación de estos dos "signos" prodigiosos. La lectura de este conjunto abarcará toda la próxima semana. 1) Multiplicación de los panes. 2) Marcha sobre las aguas. 3) Discurso sobre el Pan de Vida. La alusión explícita a la proximidad de la Pascua... y, como enseguida veremos, la fórmula de bendición de los panes (eucaristasas en griego) que es exactamente la utilizada durante la Cena-comida pascual... prueban que san Juan pensaba ciertamente en la Eucaristía. No olvidemos, además, que cuando Juan escribió este relato, la Iglesia tenía ya una práctica de al menos unos 40 o 50 años de celebraciones eucarísticas.
-“Levantando pues los ojos, y contemplando la gran muchedumbre que venía a El, dijo a Felipe: "¿Dónde compraremos pan para dar de comer a estos?"” Dios es amor, dirá san Juan en su primera Epístola. Jesús es amor, nos revela a Dios. Jesús ve las necesidades de los hombres. Jesús se preocupa de la felicidad de los hombres. Jesús tiene presente la vida de los hombres. Su milagro de la multiplicación de los panes, como su sacramento de eucaristía... son gestos de amor. ¡Me paro a escuchar tu voz, Jesús! Eres Tú quien nos interroga, quien nos provoca. Eres Tú, Señor, quien nos pide saber mirar el hambre de los hombres, y sus necesidades aun las más prosaicas... "para que tengan de qué comer" Tú dices... ¡simplemente de qué comer! Y nosotros que tan a menudo soñamos en un Dios lejano, en las nubes. Eres Tú que nos conduces a nuestra vida humana cotidiana. Amar... ¡ahí está! es un humilde servicio cotidiano.
-“Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es esto para tanta gente?” Ante los grandes problemas humanos -el Hambre, la Paz, la Justicia- repetimos constantemente la misma respuesta: "¿qué podemos hacer nosotros? esto nos rebasa." Retengo la inmensa desproporción: 5 panes... 2 peces... 5.000 hombres.
-“Jesús tomó los panes, y, habiendo "eucaristiado" -habiendo "dado gracias"- se los distribuyó”. Dar Gracias. Agradecer a Dios. Tal es el sentimiento de Jesús en este instante. Piensa en otra multiplicación de "panes". Piensa en el inaudito misterio de la comida pascual que ofrecerá a los hombres de todos los tiempos. No descuida el "hambre corporal", pero piensa sobre todo en el "hambre de Dios" que es de tal modo más grave aún para los hombres.
-"Verdaderamente éste es el gran profeta, que ha de venir al mundo." Pero Jesús conociendo que iban a venir para arrebatarle y hacerle rey se retiró otra vez al monte El solo. Jesús no quiere dejar creer que El trabaja para un reino terrestre. Su proyecto no es político, incluso si tiene incidencias humanas profundas. Jesús no entra directamente en el proyecto de "liberación" cívica en el que sus contemporáneos quisieran arrastrarle. Esto será por otra parte la gran decepción de estas gentes, que le abandonarán todos. Jesús piensa que su proyecto es otro: su gran discurso sobre el "pan de la vida eterna" nos revelará ese "proyecto"” (Noel Quesson).
b) “En un mundo también ahora desconcertado y hambriento, Cristo Jesús nos invita a la continuada multiplicación de su Pan, que es él mismo, su Cuerpo y su Sangre. También ahora la Eucaristía se puede entender como relacionada a los dones humanos y limitados, pero dones al fin, que podemos aportar nosotros. Los cinco panes y dos peces del joven pueden compararse a los deseos de justicia y de paz por parte de la humanidad, el amor ecologista a la naturaleza, la igualdad apetecida entre hombres y mujeres, y entre razas y razas, los progresos de la ciencia: Jesús multiplica esos panes y se nos da él mismo como el alimento vital y la respuesta a las mejores aspiraciones de la humanidad. Nosotros, los que podemos gozar de la Eucaristía diaria, apreciamos más todavía el don de Cristo que se nos da como Palabra iluminadora y como Pan de vida (J. Aldazábal).
Quiero comentar brevemente aquella frase: «Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer». Hoy leemos el Evangelio de la multiplicación de los panes: «Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron» (Jn 6,11). El agobio de los Apóstoles ante tanta gente hambrienta nos hace pensar en una multitud actual, no hambrienta, sino peor aún: alejada de Dios, con una "anorexia espiritual", que impide participar de la Pascua y conocer a Jesús. No sabemos cómo llegar a tanta gente... Aletea en la lectura de hoy un mensaje de esperanza: no importa la falta de medios, sino los recursos sobrenaturales; no seamos "realistas", sino "confiados" en Dios. Así, cuando Jesús pregunta a Felipe dónde podían comprar pan para todos, en realidad «se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer» (Jn 6,5-6). El Señor espera que confiemos en Él.
Al contemplar esos "signos de los tiempos", no queremos pasividad (pereza, languidez por falta de lucha...), sino esperanza: el Señor, para hacer el milagro, quiere la dedicación de los Apóstoles y la generosidad del joven que entrega unos panes y peces. Jesús aumenta nuestra fe, obediencia y audacia, aunque no veamos enseguida el fruto del trabajo, como el campesino no ve despuntar el tallo después de la siembra. «Fe, pues, sin permitir que nos domine el desaliento; sin pararnos en cálculos meramente humanos. Para superar los obstáculos, hay que empezar trabajando, metiéndonos de lleno en la tarea, de manera que el mismo esfuerzo nos lleve a abrir nuevas veredas» (San Josemaría), que aparecerán de modo insospechado.
No esperemos el momento ideal para poner lo que esté de nuestra parte: ¡cuanto antes!, pues Jesús nos espera para hacer el milagro. «Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo alto puede hacer esperar un futuro menos oscuro», escribió Juan Pablo II. Acompañemos, pues, con el Rosario a la Virgen, pues su intercesión se ha hecho notar en tantos momentos delicados por los que ha surcado la historia de la Humanidad.
Llucià Pou Sabaté

miércoles, 18 de abril de 2012

JUEVES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA: la vida nueva lleva a obedecer a Dios en lo profundo de nuestra conciencia.

1ª Lectura, Hch 5,27-33 (también se lee en el 3º domingo (C)): 27 Los trajeron y los presentaron al tribunal supremo. El sumo sacerdote les preguntó: 28 «¿No os ordenamos solemnemente que no enseñaseis en nombre de ése? Y, sin embargo, habéis llenado Jerusalén de vuestra doctrina y queréis hacernos responsables de la sangre de este hombre». 29 Pedro y los apóstoles respondieron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. 30 El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero. 31 Dios lo ha ensalzado con su diestra como jefe y salvador para dar a Israel el arrepentimiento y el perdón de los pecados. 32 Nosotros somos testigos de estas cosas, como lo es también el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que lo obedecen». 33 Ellos, enfurecidos con estas palabras, querían matarlos.

Salmo Responsorial, 34,2.9.17-20: 2 Bendeciré al Señor a todas horas, su alabanza estará siempre en mi boca; 9 Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el hombre que se refugia en Él. 17 El Señor se enfrenta con los criminales para borrar su memoria de la tierra. 18 Ellos gritan, el Señor los atiende y los libra de todas sus angustias; 19 el Señor está cerca de los atribulados, Él salva a los que están hundidos. 20 El hombre justo tendrá muchas contrariedades, pero de todas el Señor lo hará salir airoso.

Evangelio Jn 3,31-36: 31 El que es de la tierra es terreno y habla como terreno; el que viene del cielo está sobre todos. 32 Da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie acepta su testimonio. 33 El que lo acepta certifica que Dios dice la verdad. 34 Porque el que Dios ha enviado dice las palabras de Dios, pues Dios le ha dado su espíritu sin medida. 35 El Padre ama al hijo y ha puesto en sus manos todas las cosas. 36 El que cree en el hijo tiene vida eterna; el que no quiere creer en el hijo no verá la vida; la ira de Dios pesa sobre él».

Comentario: 1. a) Los apóstoles no admiten un mandato injusto, por eso desobedecen al Sanedrín, recuerdan a los gobernantes que la obediencia a Dios es lo primero. La profundidad de las convicciones que Jesús ha despertado ya no se apagará con el martirio, al revés: se extenderá más y más la fe. “Este grito –serviam!- es voluntad de ‘servir’ fidelísimamente, aun a costa de la hacienda, de la honra y de la vida, a la Iglesia de Dios” (J. Escrivá). El Salmo 119 (57-64) habla de cómo la ley divina es una pedagogía hacia la libertad interior, que da seguir esta ley inscrita en la conciencia “en cuya obediencia consiste la libertad humana y por la cual será juzgado personalmente (cf. Rm 2,15-16). La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla” (Gaudium et spes 16), la base para vivir la moralidad. A veces tenemos miedo de que esa voz interior nos hable y nos diga lo que no queremos oír, porque nuestros sueños nos parecen más interesantes que la verdad. También podemos dudar de Dios y de que nos ame, pero -me decía una persona- “noto a Dios entre las costillas, algo así como un dolor que me hace ver lo que he hacer aunque cueste”, es hacer aquello que es justo, “lo que hay que hacer”… de algún modo es lo que hace ver Susanna Tamaro al pintar qué pasa cuando no se escucha la voz: “Mi madre vivió plenamente su tiempo, se dejó arrastrar por aquella corriente colectiva sin sospechar la inminente vorágine del precipicio. Habiendo crecido sin raíces sólidas la arrolló el ímpetu del torrente… puede que ante el estruendo de la cascada, que al cabo de poco la arrojaría a lo desconocido, haya sentido nostalgia de esas raíces que nunca tuvo… las estalactitas continúan bajando hacia las estalagmitas como enamorados separados por una divinidad perversa. En ese mundo creado por el agua todo vive y se repite con un orden casi invariable. Así mi madre vivió con fervor los años de la revolución y, para abrazar ese sueño, llegó hasta alterar sus sentimientos: entonces era más importante la aprobación del grupo… prosiguiendo su navegación llegarían al fin a un mundo nuevo, una tierra en la que el mal no tendría ya razón de existir y reinaría soberana la fraternidad. La grandeza de esa meta no permitía dudas ni indecisiones, había que seguir adelante unidos, sin individualismos, sin añoranzas, marcando todos el mismo paso como las hormigas africanas, capaces de devorar un elefante en pocos instantes”… esa falta de moralidad conduce al desastre, al comunismo o el nihilismo, “porque es amar y ser amado, y no la revolución, la aspiración más profunda de toda criatura que viene a este mundo”. Y, en referencia a esta ley inscrita dentro, añade: “Un niño que nace no es una pizarra limpia sobre la que se puede escribir cualquier cosa, sino una tela en la que alguien ha trazado ya la trama de un bordado: ¿recorrerá ese camino marcado por otro o escogerá uno diferente? ¿Continuará calcando el surco trazado o tendrá el valor de salirse de él? ¿Por qué uno rompe la urdimbre y otro la completa con ciega diligencia?”… Esta ley con todos estos condicionantes, “¿existe algún lugar del cielo que los contiene: un catálogo, un archivo, una memoria cósmica?” No: nuestra percepción de la verdad es dinámica, a través de las decisiones y de las equivocaciones entramos en ese “saber”, en el juicio de la balanza de lo bueno y lo malo… hay una búsqueda de algo… “era precisamente la belleza la luz que ilumina el corazón del hombre” que tiene muchas manifestaciones artísticas, por eso dice: después de haber hecho Dios el mundo, inventó la música para que el hombre lo pudiera comprender. “Estoy convencido de que tenía mucho que ver en esto su relación con la armonía, con la música: en el terreno de la belleza lograban disolver cualquier conflicto”. Esta estética es divina y constituye la sabiduría, el árbol de la vida, que nos da Jesús ya ahora en la esperanza...
b) “-Los guardias se llevaron a los Apóstoles y los presentaron ante el Gran Consejo. Imagino la escena. Once hombres. El grupo de los apóstoles, conducidos por la policía al tribunal. En Jerusalén, están de actualidad estos días: arrestos sucesivos... cárcel... interrogatorios. Se piensa en ese Gran Consejo, el Sanedrín, ante el cual compareció, hace poco otro «personaje» llamado Jesús, y que ese mismo Gran Consejo tuvo a bien hacer desaparecer.
-Os prohibimos severamente enseñar en ese nombre... Queréis, pues, hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre... En el fondo, los jefes de Jerusalén tienen miedo. Les remuerde la conciencia el recuerdo del homicidio cometido hace poco: ¡la sangre derramada les atormenta! No se atreven siquiera a pronunciar su nombre: El caso Jesús continúa embarazándolos. De hecho Jesús está siempre allí, se prolonga en sus apóstoles. En realidad, ¡la cosa no les ha salido bien! Se creyó haberlo suprimido. En vez de uno, ¡son ahora once! Y no es por azar que reproduzcan casi físicamente la vida de su maestro: Vedlos también, a pocos días de distancia, ante el mismo tribunal. La Iglesia es la continuación de Cristo. Hoy, la Iglesia sigue también estando expuesta al «juicio» del mundo.
-Pedro y los apóstoles contestaron...
Toda la realidad del «colegio apostólico» existe ya y se está manifestando. El papel de Pedro no compite con el de los demás. El Papa es el continuador de esa misión de unificación, de fiador, de porta-voz en nombre de todos.
-Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.
En su situación de acusados, los apóstoles continúan siendo testigos. Ninguna situación incluso la más desfavorable nos dispensa de ser apóstoles. ¿Me encuentro yo también, alguna vez, ante opciones o decisiones de ese género: obedecer a Dios, o bien, obedecer a los hombres? Decidirme por lo que Dios quiere y no por lo que el mundo quiere. Ser capaz de resistir a las mentalidades corrientes, a las incitaciones recíprocas, a los hábitos. ¡Ayúdanos, Señor!
-Dios resucitó a ese Jesús a quien vosotros disteis muerte.
Tiempo pascual. Tiempo de testimonio y de resurrección. Tiempo de audacia y de valentía. Tiempo de esperanza y de certeza: Dios conducirá bien su obra. La obra de Dios no puede fracasar. La muerte no puede quedar victoriosa. El pecado no puede vencernos siempre. «¡Dios resucitó a Jesús!».
-Nosotros somos testigos de estas cosas, nosotros y el Espíritu Santo.
«Nosotros... y el Espíritu...» ¡Qué audacia y que conciencia de ser los portavoces de Dios! Se han entregado totalmente a la empresa de Dios. Señor, envía tu Espíritu.
-El Espíritu Santo que ha dado Dios a los que le obedecen.
«Los que le obedecen...» Una de las definiciones del cristiano. ¡Si fuese así, en realidad! ¡Qué imagen más dinámica del apóstol nos dan esas páginas!: un hombre apasionado de Dios, investido por Dios... para ser testigo de Dios entre los hombres; apasionado por sus hermanos, vuelto hacia sus hermanos para dirigirlos hacia Dios” (Noel Quesson). La valentía en el hablar la recordaba San Gregorio Magno: «Así como el hablar indiscreto lleva al error, así el silencio imprudente deja en su error a quienes pudieran haber sido adoctrinados».
2. En el salmo hay una intensificación de esa presencia de Dios que nos infunde confianza, ante Él está el justo, que no sólo actúa con recta conducta, sino también es quien vive el arrepentimiento y la vuelta humilde a Dios. También nos indica que Jesús pasó por la Cruz para llegar a la Resurrección. Es necesario que el grano de trigo muera para que pueda dar fruto. Los sufrimientos de todo apóstol, de todo creyente, pues todos hemos de ser apóstoles en nuestro ambiente, están marcados con vida. El Señor está cerca de los que sufren. A Dios pedimos hoy «que los dones recibidos en esta Pascua den fruto abundante en toda nuestra vida» (oración), con la firme esperanza de las palabras del Señor: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (aleluya). Damos gracias al Padre, que “en la resurrección de Jesucristo nos has hecho renacer a la vida eterna” (comunión) y le pedimos “que el alimento que acabamos de recibir fortalezca nuestras vidas” (comunión).
San Juan Crisóstomo hablaba de esta rectitud de conciencia: «Lo que hay que temer no es el mal que digan contra nosotros, sino la simulación de nuestra parte; entonces sí que perderíais vuestro sabor y seríais pisoteados. Pero, si no cejáis en presentar el mensaje con toda su austeridad, si después oís hablar mal de vosotros, alegraos. Porque lo propio de la sal es morder y escocer a los que llevan una vida de molicie. Por tanto, estas maledicencias son inevitables y en nada os perjudicarán, antes serán pruebas de vuestra firmeza. Mas, si por el temor de ellas, cedéis en la vehemencia conveniente, peor será vuestro sufrimiento, ya que entonces todos hablarán mal de vosotros y os despreciarán; en esto consiste en ser pisoteados por la gente». Y San Agustín advierte: «En otros tiempos se incitaba a los cristianos a renegar de Cristo; en nuestra época se enseña a los mismos a negar a Cristo. Entonces se impelía, ahora se enseña; entonces se oía rugir al enemigo, ahora, presentándose con mansedumbre insinuante y rondando, difícilmente se le advierte. Es cosa sabida de qué modo se violentaba entonces a los cristianos a negar a Cristo; procuraban atraerlos así para que renegasen; pero ellos, confesando a Cristo, eran coronados. Ahora se enseña a negar a Cristo y, engañándoles, no quieren que parezca que se les aparta de Cristo (…). Como ciego que oye las pisadas de Cristo que pasa, le llamo... pero cuando haya comenzado a seguir a Cristo, mis parientes, vecinos y amigos comienzan a bullir. Los que aman el siglo se me ponen enfrente: “¿Te has vuelto loco? ¡Qué extremoso eres! ¿Por ventura los demás no son cristianos? Esto es una tontería. Esto es una locura”. Y cosas tales clama la turba para que no sigamos llamando al Señor los ciegos».
3. a) Las palabras con las que concluye el diálogo de Jesús con Nicodemo son el resumen de todo el evangelio de Juan:
- Jesús ha venido del cielo, es el enviado de Dios, nos trae sus palabras, que son la verdadera sabiduría y las que dan sentido a la vida: son la mejor prueba del amor que Dios tiene a su Hijo y a nosotros;
- el que acoge a Jesús y su palabra es el que acierta: tendrá la vida eterna que Dios le está ofreciendo a través de su Hijo; el que no le quiera aceptar, él mismo se excluye de la vida.
Nosotros seguramente hemos hecho hace tiempo la opción, en nuestra vida, de acoger a Jesús como el enviado de Dios. Hemos considerado que es él quien da sentido pleno a nuestra existencia, y nos esforzamos por seguir su estilo de vida. Estamos guiándonos, no con los criterios «de la tierra», sino los «del cielo», como decía Jesús a Nicodemo.
Esto supone que nos esforzamos, día tras día, en ir asimilando vitalmente las categorías evangélicas, para no dejarnos llevar de las categorías humanas que se respiran en este mundo, que son «de la tierra» y a veces opuestas a las «de arriba».
Pedro nos ha dicho que Jesús es el Jefe y Salvador, que en él encontramos el perdón de los pecados. El evangelio nos ha repetido que el que cree y sigue a este Jesús posee la vida eterna. Esto nos llena de alegría y a la vez de compromiso.
Si tenemos la posibilidad y la opción de una Eucaristía diaria, ella nos da la mejor ocasión de acudir a la escuela de Jesús, de escuchar su Palabra, de dejarnos iluminar continuamente por los criterios de Dios. Para que nuestra categoría de valores y nuestra manera de pensar y de interpretar a las personas y los hechos de la historia vayan coincidiendo plenamente con la de Dios. Y además, la Eucaristía nos da la fuerza diaria para que podamos realizar esto en la vida.
b) “Hoy, el Evangelio nos invita a dejar de ser “terrenales”, a dejar de ser hombres que sólo hablan de cosas mundanas, para hablar y movernos como «el que viene de arriba» (Jn 3,31), que es Jesús. En este texto vemos —una vez más— que en la radicalidad evangélica no hay término medio. Es necesario que en todo momento y circunstancia nos esforcemos por tener el pensamiento de Dios, ambicionemos tener los mismos sentimientos de Cristo y aspiremos a mirar a los hombres y las circunstancias con la misma mirada del Verbo hecho hombre. Si actuamos como “el que viene de arriba” descubriremos el montón de cosas positivas que pasan continuamente a nuestro alrededor, porque el amor de Dios es acción continua a favor del hombre. Si venimos de lo alto amaremos a todo el mundo sin excepción, siendo nuestra vida una tarjeta de invitación para hacer lo mismo.
«El que viene de arriba está por encima de todos» (Jn 3,31), por esto puede servir a cada hombre y a cada mujer justo en aquello que necesita; además «da testimonio de lo que ha visto y oído» (Jn 3,32). Y su servicio tiene el sello de la gratuidad. Esta actitud de servir sin esperar nada a cambio, sin necesitar la respuesta del otro, crea un ambiente profundamente humano y de respeto al libre albedrío de la persona; esta actitud se contagia y los otros se sienten libremente movidos a responder y actuar de la misma manera.
Servicio y testimonio siempre van juntos, el uno y el otro se identifican. Nuestro mundo tiene necesidad de aquello que es auténtico: ¿qué más auténtico que las palabras de Dios?, ¿qué más auténtico que quien «da el Espíritu sin medida» (Jn 3,34)? Es por esto que «el que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz» (Jn 3,33).
“Creer en el Hijo” quiere decir tener vida eterna, significa que el día del Juicio no pesa encima del creyente porque ya ha sido juzgado y con un juicio favorable; en cambio, «el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él» (Jn 3,36)..., mientras no crea” (Melcior Querol).
c) Quien cree tiene la vida eterna... Fe y esperanza en el Nuevo Testamento y en los comienzos de la Iglesia van unidos; “pero siempre se ha tenido también claro que no sólo hablamos del pasado; toda la reflexión concierne a la vida y a la muerte en general y, por tanto, también tiene que ver con nosotros aquí y ahora. No obstante, es el momento de preguntarnos ahora de manera explícita: la fe cristiana ¿es también para nosotros ahora una esperanza que transforma y sostiene nuestra vida? ¿Es para nosotros «performativa», un mensaje que plasma de modo nuevo la vida misma, o es ya sólo «información» que, mientras tanto, hemos dejado arrinconada y nos parece superada por informaciones más recientes? En la búsqueda de una respuesta quisiera partir de la forma clásica del diálogo con el cual el rito del Bautismo expresaba la acogida del recién nacido en la comunidad de los creyentes y su renacimiento en Cristo. El sacerdote preguntaba ante todo a los padres qué nombre habían elegido para el niño, y continuaba después con la pregunta: «¿Qué pedís a la Iglesia?». Se respondía: «La fe». Y «¿Qué te da la fe?». «La vida eterna». Según este diálogo, los padres buscaban para el niño la entrada en la fe, la comunión con los creyentes, porque veían en la fe la llave para «la vida eterna». En efecto, ayer como hoy, en el Bautismo, cuando uno se convierte en cristiano, se trata de esto: no es sólo un acto de socialización dentro de la comunidad ni solamente de acogida en la Iglesia. Los padres esperan algo más para el bautizando: esperan que la fe, de la cual forma parte el cuerpo de la Iglesia y sus sacramentos, le dé la vida, la vida eterna. La fe es la sustancia de la esperanza” (Benedicto XVI).

martes, 17 de abril de 2012

MIÉRCOLES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA: por amor Jesús se nos entrega, y nos ofrece participar de este amor, que es la luz para iluminar la vida, y

MIÉRCOLES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA: por amor Jesús se nos entrega, y nos ofrece participar de este amor, que es la luz para iluminar la vida, y fuerza para caminar

Hechos de los apóstoles 5, 27-33: “En aquellos días el sumo sacerdote y los de su partido –los saduceos- mandaron prender a los apóstoles y meterlos en la cárcel común. Y así lo hicieron. Pero por la noche un ángel del Señor les abrió las puertas de la cárcel y los sacó fuera, diciéndoles: “Id al templo y explicad allí al pueblo este modo de vida”.
Al amanecer, ellos entraron en el templo y se pusieron a enseñar... El comisario salió con los guardias y se los trajo de nuevo a la cárcel, sin emplear la fuerza, por miedo a que el pueblo los apedrease”.

Salmo 34/33: «Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor y me respondió, me libró de todas mis ansias. Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo salva de sus angustias. El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a Él».

Evangelio según san Juan 3, 31-36: Continuando su conversación con Nicodemo, Jesús le dijo: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna.
Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.
Quien cree en el Hijo no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras son malas...”

Comentario: 1. a) Los apóstoles han sido detenidos ya una vez por su predicación (Hch 4,1-21). Su detención es decretada de nuevo (v. 18) y no cabe esperar sino que esta vez la condena será pesada. En los Hechos, cada detención de los apóstoles va seguida inmediatamente de una liberación providencial: así, por ejemplo, la de Pedro (Hch 12,7-10), la de Pablo (Hch 16, 25-26) y la que es objeto de la lectura de este día (v. 19). Esta liberación milagrosa se produce, ante todo, para dar ánimos (v. 20) a los perseguidos y convencerles de que viven realmente los tiempos mesiánicos caracterizados por la apertura de las prisiones (Is 42,7; Sal 106/107,10; Is 49, 9). Tras su primera detención, los apóstoles habían pedido precisamente a Dios que les hiciera patente su presencia mediante algunos signos, para darles fuerza y valor (Hch 4, 23-31): he aquí que han sido escuchados. El misterio de la liberación pascual no se les presenta ya a los apóstoles tan solo como un acontecimiento de la vida de Cristo de la que han de dar testimonio: se convierte en una experiencia religiosa personal, un hecho de vida concreto. Sólo en ese momento alcanza la fe su culminación. La Eucaristía conmemora precisamente los hechos antiguos para que aprendamos a encontrarlos en nuestra vida personal, y especialmente en todo acontecimiento que libera y promociona al hombre. La amnistía de los prisioneros y la asistencia a los condenados incluso por delitos de derecho común han sido siempre signos de la fe cristiana en las estructuras del mundo (Maertens-Frisque).
b) -El que cree en Él, no es juzgado. El que no quiere creer, ya está condenado. Es "la opción" radical: por... o contra... Jesús; creer... no creer en... Jesús. Hay pues una responsabilidad del hombre. ¡Qué misterio! Dios quiere salvar. Pero algunos "rehúsan" esta salvación y se condenan a sí mismos.
-Cuando vino la luz al mundo, los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal aborrece la luz... Pero el que obra según la verdad viene a la luz.
"Hacer el bien"... "Hacer el mal"... Suele ser de esta manera práctica que se hace la división. Cualquiera que hace el bien aun si no conoce a Cristo -está ya en una cierta comunión con Dios” (Noel Quesson).
Así pedimos en las oraciones de hoy: «Que el misterio pascual que celebramos se actualice siempre en el amor» (oración). Damos gracias al Señor: «Jesucristo, nos amaste y lavaste nuestros pecados con tu sangre» (aleluya), y a la disposición del Padre: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único» (evangelio). Y queremos corresponder: «Que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta verdad que conocemos» (ofrendas). Con la confianza que nos muestran los apóstoles, sin miedo, por la gracia del Espíritu Santo, como recuerda San Juan Crisóstomo: «Muchas son las olas que nos ponen en peligro y una gran tempestad nos amenaza; sin embargo, no tememos ser sumergidos, porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas nada podrán contra la barca de Jesús. Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena. ¿La confiscación de los bienes? Nada trajimos al mundo, de modo que nada podemos llevarnos de él. Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas. No tengo deseos de vivir si no es para vuestro bien espiritual. Por eso os hablo de lo que ahora sucede, exhortando vuestra caridad a la confianza».
2. Sal. 33. Dios está cerca de aquellos que le temen y en su bondad confían; los libra de la mano de sus enemigos. Hagamos la prueba y veremos qué bueno es el Señor. Sintiéndonos amados y protegidos por Dios, vivamos con fidelidad en su presencia, de tal forma que toda nuestra vida se convierta en una continua alabanza de su santo Nombre. Él jamás abandonará a los suyos, pues es nuestro Dios y Padre. Él sabe que somos frágiles e inclinados a la maldad desde muy temprana edad; por eso envió a nuestros corazones su Espíritu Santo, para que nos fortalezca y desde nosotros dé testimonio de la Verdad, del Amor y de la rectitud que se espera de quienes ya no se dejan guiar por los propios caprichos y pasiones, sino por Aquel que habita en nuestros corazones como en un templo (www.homiliacatolica.com).
La acción de Dios en el interior del hombre está vista con profundidad por el salmista, que la canta, todo ello es mucho más rico desde la fe cristiana. Según san Agustín, «el que medita día y noche la Palabra del Señor, es como si rumiase y encontrase deleite en el sabor de esa Palabra divina dentro del que podría llamarse paladar del corazón».
3. a) “Hoy, el Evangelio nos vuelve a invitar a recorrer el camino del apóstol Tomás, que va de la duda a la fe. Nosotros, como Tomás, nos presentamos ante el Señor con nuestras dudas, pero Él viene igualmente a buscarnos: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). La mañana del día de Pascua, en la primera aparición, Tomás no estaba. «Pasados ocho días», no obstante su rechazo a creer, Tomás se une a los otros discípulos. La indicación está clara: lejos de la comunidad no se conserva la fe. Lejos de los hermanos, la fe no crece, no madura. En la Eucaristía de cada domingo reconocemos su Presencia. Si Tomás muestra la honestidad de su duda es porque el Señor no le concedió inicialmente lo que sí tuvo María Magdalena: no sólo escuchar y ver al Señor, sino tocarlo con sus propias manos. Cristo viene a nuestro encuentro, sobre todo, cuando nos reencontramos con los hermanos y cuando con ellos celebramos la fracción del Pan, es decir, la Eucaristía. Entonces nos invita a “meter la mano en su costado”, es decir, a penetrar en el misterio insondable de su vida. El paso de la incredulidad a la fe tiene sus etapas. Nuestra conversión a Jesucristo —el paso de la oscuridad a la luz— es un proceso personal, pero necesitamos de la comunidad. En los pasados días de Semana Santa, todos nos sentimos urgidos a seguir a Jesús en su camino hacia la Cruz. Ahora, en pleno tiempo pascual, la Iglesia nos invita a entrar con Él a la vida nueva, con obras hechas según la luz de Dios (cf. Jn 3,21). También nosotros hemos de sentir hoy personalmente la invitación de Jesús a Tomás: «No seas incrédulo, sino fiel» (Jn 3,21). Nos va la vida en ello, ya que «el que cree en Él, no es juzgado» (Jn 3,18), sino que va a la luz” (Manuel Valls).
El proyecto de Dios no es de condenación, ni de juicio, sino de vida eterna y salvación. El juicio se concreta en la adhesión a Cristo, la luz que vino al mundo, y en el rechazo de la tiniebla, de las obras malas. La motivación y la finalidad del don o del envío por Dios del Hijo único es el amor («tanto amó Dios al mundo»), «para que tengan vida eterna», «para que el mundo se salve por Él». Aunque existe la triste posibilidad de escoger las tinieblas, como comenta San Agustín: «Amaron las tinieblas más que la luz... Muchos hay que aman sus pecados y muchos también que los confiesan. Quien confiesa y se acusa de sus pecados hace las paces con Dios. Dios reprueba tus pecados... Deshaz lo que hiciste para que Dios salve lo que hizo. Es preciso que aborrezcas tu obra y que ames en ti la obra de Dios. Cuando empiezas a desterrar lo que hiciste, entonces empiezan tus obras buenas, porque repruebas las tuyas malas. El principio de las obras buenas es la confesión de las malas. Practicas la verdad y vienes a la luz. ¿Qué es practicar la verdad? No halagarte, ni acariciarte, ni adularte tú a ti mismo, ni decir que eres justo, cuando eres inicuo. Así es como tú empiezas a practicar la verdad, así es como vienes a la Luz».
La oscuridad nos inquieta. La luz, en cambio, nos da seguridad. En la oscuridad no sabemos dónde estamos. En la luz podemos encontrar un camino. En pocas líneas, el Evangelio nos presenta los dos grandes misterios de nuestra historia. Por un lado, “tanto amó Dios al mundo”. Sin que lo mereciéramos, nos entregó lo más amado. Aún más, se entregó a sí mismo para darnos la vida. Cristo vino al mundo para iluminar nuestra existencia. Y en contraste, “vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz”. No acabamos de darnos cuenta de lo que significa este amor de Dios, inmenso, gratuito, desinteresado, un amor hasta el extremo.
El infinito amor de Dios se encuentra con el drama de nuestra libertad que a veces elige el mal, la oscuridad, aun a pesar de desear ardientemente estar en la luz. Pero precisamente, Cristo no ha venido para condenar sino para salvarnos. Viene a ser luz en un mundo entenebrecido por el pecado, quiere dar sentido a nuestro caminar.
Obrar en la verdad es la mejor manera de vivir en la luz. Y obrar en la verdad es vivir en el amor. Dejarnos penetrar por el amor de Dios “que entregó a su Hijo unigénito”, y buscar corresponderle con nuestra entrega.
San Pablo en su carta a los Romanos no sale del asombro en cuanto al desmedido amor de Dios, pues dice: “Por un hombre bueno alguien estaría dispuesto a dar su vida, pero Dios probó que nos ama, dando a su Hijo por nosotros que somos malos”. ¿Quién puede entender un amor como este, un amor que no reclama sino que se goza en dar, y en dar incluso lo que más ama? Esta es la locura del amor de Dios: amarnos a nosotros, pobres pecadores. Pero si esto es asombroso lo es más el hecho de que no sólo nos amó y se entregó por nosotros, sino que junto con esto nos regaló el poder ser “hijos de Dios”, nos dio la vida y la Vida en Abundancia. Es triste que haya todavía quien no acepta este regalo y que sigue creyendo en el Dios vengativo y castigador. Jesús murió y resucitó para que no sigamos viviendo en el temor. Su resurrección nos abrió las puertas a la alegría y al gozo, a la confianza infinita en el amor y el perdón del Padre que nos ha amado, nos ama y no dejará jamás de amarnos. Y lo mejor es que no puede hacer otra cosa que amarnos de manera infinita. Te invito a hacerte consciente del gran amor de Dios en tu vida (Ernesto María Caro).
b) La Pasión y Muerte de Jesucristo es la manifestación suprema del amor de Dios por los hombres. Él tomó la iniciativa en el amor entregándonos a su propio Hijo. Dios es amor, amor que se difunde y se prodiga; y todo se resume en esta gran verdad que todo lo explica y lo ilumina. Es necesario ver la historia de Jesús bajo esta luz. Él me ha amado, escribe San Pablo, y cada uno de nosotros puede y debe repetírselo a sí mismo: Él me ha amado y sacrificado por mí (Ga 2,20)”. El amor de Dios por nosotros culmina en el Sacrificio del Calvario. La entrega de Cristo constituye una llamada apremiante para corresponder a ese amor: amor con amor se paga. El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Ge 1,27), y Dios es Amor (1 Jn 4,8). Por eso el corazón del hombre está hecho para amar, y cuanto más ama, más se identifica con Dios; sólo cuando ama puede ser feliz. La santificación personal está centrada en el amor a Cristo, en un amor de mutua amistad. Para amar al Señor es necesario tratarle, hablarle, conocerle. Le conocemos en el Evangelio, en la oración y en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía.
Cuanto el Señor ha hecho por nosotros es un derroche de amor. Nunca nos debe parecer suficiente nuestra correspondencia a tanto amor. La prueba más grande de esta correspondencia es la fidelidad, la lealtad, la adhesión incondicional a la Voluntad de Dios. La Voluntad de Dios se nos muestra principalmente en el cumplimiento fiel de los Mandamientos y de las demás enseñanzas que nos propone la Iglesia. El amor a Dios no consiste en sentimientos sensibles. Consiste esencialmente en la plena identificación de nuestro querer con el de Dios. “Amor con amor se paga”, pero amor efectivo, que se manifiesta en realizaciones concretas, en cumplir nuestros deberes para con Dios y para con los demás, aunque esté ausente el sentimiento, y hayamos de ir “cuesta arriba”, incluso con una aridez total, si el Señor permitiera esta situación.
El verdadero amor, sensible o no, incluye todos los aspectos de la existencia, en una verdadera unidad de vida. Una persona verdaderamente piadosa procura cumplir su deber de cada día con pleno abandono, abrazando siempre la Voluntad del Señor. La falsa piedad carece de consecuencias en la vida ordinaria del cristiano: no se traduce en el mejoramiento de la conducta, en una ayuda a los demás. La Santísima Virgen, que pronunció y llevó a la práctica aquel ‘hágase en mí según tu palabra’ (Lucas 1, 38), nos ayudará a cumplir en todo la Voluntad de Dios (Francisco Fernández Carvajal).

lunes, 16 de abril de 2012

Martes de la segunda semana de Pascua: el amor es vínculo de esta familia de hijos de Dios, con la nueva vida que se fomenta en la consideración de la

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 4, 32-37: En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno. José, a quien los apóstoles apellidaron Bernabé, que significa Consolado, que era levita y natural de Chipre, tenía un campo y lo vendió; llevó el dinero y lo puso a disposición de los apóstoles.

Salmo 93/92, l-2.5: R. El Señor reina, vestido de majestad.
El Señor reina, vestido de majestad, el Señor, vestido y ceñido de poder. R.
Así está firme el orbe y no vacila. Tu trono está firme desde siempre, y tú eres eterno. R.
Tus mandatos son fieles y seguros; la santidad es el adorno de tu casa, Señor, por días sin término. R.

Lectura del evangelio según san Juan 3, 5a. 7b-l 5: En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: -«Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.» Nicodemo le preguntó: - «¿Cómo puede suceder eso?» Le contestó Jesús: - « Y tú, el maestro de Israel, ¿no lo entiendes? Te lo aseguro, de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio, y no aceptáis nuestro testimonio. Si no creéis cuando os hablo de la tierra, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo? Porque nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna.»

Comentario: 1. Aparece aquí un nuevo resumen de la vida de la primera comunidad cristiana, la Iglesia, la familia de Jesús, ahí en germen estaba lo que ahora vemos en tantos sitios, donde siempre está la manifestación de todo el Cuerpo místico de Cristo, en cuya unidad está la salvación (S. Th. III, 73, 3; Lumen gentium 26). Ahí vemos cómo se busca la concordia entre los hermanos, el perdón y la armonía, como luego recordamos en el canto del Ubi caritas: “cesen las disputas malvadas y los conflictos, para que viva entre nosotros Cristo Dios”, pues ese amor entre los hermanos manifiesta visiblemente la unidad interna de la Iglesia: “un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo” (Ef 4,5), que con el Papa contiene “la unidad de un solo Dios Padre e Hijo en el Espíritu Santo” (Unitatis redintegratio 2).
La renuncia efectiva de las riquezas (vv. 34-35) se explicarán después con el caso de Bernabé (y en otro trozo posterior, el de Ananías-Zafira), que señala desprendimiento y sencillez de corazón, y se intuye ahí un sistema organizado de ayuda a los necesitados, asistencia a los pobres más o menos institucionalizada en la línea de lo que hoy vemos en “Caritas”. Estas dos cosas que trata aquí Lucas van unidas: amor y desprendimiento. Jesús decía que no se puede amar a Dios y a las riquezas, y podríamos añadir que si uno pone el corazón en las cosas, éstas ejercen un poder de atracción como el anillo de “El Señor de los anillos”, que va tomando nuestra voluntad hasta ser esclavo de esa idolatría, el “dios don dinero”, y entonces no cabe el amor en el corazón pues el cáncer se ha hecho con todo el espacio. Jesús nos habló de esto en aquel monte: sea cual sea el lugar donde se encuentra el «monte de las Bienaventuranzas», éste en realidad se ha de formar en nuestro corazón, que entonces se distingue por esta paz y esta belleza, la libertad para servir, libertad para la misión, confianza extrema en Dios, que se ocupa no sólo de las flores del campo, sino sobre todo de sus hijos. El desapego de ciertos orientales de lo material significa un correctivo para nosotros y nuestro tiempo, que con el sistema capitalista hemos perdido la libertad y el dinamismo que de ella viene. Hemos de recuperar la sencillez, y «tener como si no se tuviera» (cf. 1 Co 7, 29ss). Me decía una persona estos días que vendió un reloj caro, y le dolía hacerlo aunque tuviera la ventaja de poder hacer unas compras necesarias. Pero luego vio que se sentía más libre, pues antes estaba muy pendiente de si se le rayaba o perdía, y ahora estaba más tranquilo. Utilizar los bienes materiales como un medio para el desarrollo personal y el bien social, aumenta nuestra capacidad de amar a Dios, a las personas y a todas las cosas nobles de este mundo. Va bien tener un “remanente” para llegar a final de mes, pero no caer en una excesiva preocupación. Quien pone su confianza en las cosas de la tierra, apartando su corazón del Señor, está condenado a la esterilidad y a la ineficacia para aquello que realmente importa: será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará en la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita (Jer 17,6). Ya se entiende que ese no amar las cosas significa no poner en ellas el amor que se debe a las personas solamente, pues una persona que ame «así» las cosas no deja lugar en su alma para el amor a Dios. Son incompatibles el «apegamiento» a los bienes y querer al Señor: no podéis servir a Dios y a las riquezas (Mt 6, 24). Las cosas pueden convertirse en una atadura que impida el perfecto señorío y la más plena libertad. Ese amor a los bienes llenó de tristeza al joven rico, que tenía muchas posesiones (Mc 10,22) y estaba muy apegado a ellas. Un ídolo ocupa entonces el lugar que sólo Dios debe ocupar. Se trata, en este equilibrio que supone la educación, de no absolutizar algún aspecto, y vivir la vida en plenitud: "La vida es corta, viviendo todo falta, muriendo todo sobra" (Lope de Vega).
2. Se canta en el salmo la realeza de Dios, Él reina sobre todo el mundo y su trono es firme y eterno. Este reinado es punto central en la predicación de Jesús, ya se manifestó con su vida (cf. Mt 4,17; 12,8, etc.), es un reino eterno y universal (cf. Jn 17,5), y con su Cruz y resurrección establece la Iglesia, que recuerda todo esto en la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo con la que se cierra el año litúrgico. Es un reinado que ya Dios estableció con la creación, luego esta realeza se ejercita al dar una Ley al pueblo escogido, y su presencia en el Templo, profecía también de esa Ley nueva y Templo del Espíritu y vida que se nos invita a tener en nuestro corazón, como comenta también Eusebio de Cesarea: “esta Casa es la Iglesia. Para permanecer firme para siempre nada le conviene mejor que la santidad. Pues de la misma manera que lo que es propio del testimonio de Cristo es la verdad, así también lo que es propio de su casa es la santidad”.
3. a) “El Evangelio de hoy continúa la larga entrevista de Jesús con Nicodemo, que ayer comenzó, y que continuaremos leyendo los días siguientes. Se centra en lo que constituye la columna vertebral de la teología de Juan: El don de la vida eterna para todo el que cree en Jesús como enviado e Hijo de Dios. En este diálogo entre Nicodemo y Jesús, el evangelista Juan nos quiere mostrar que la plenitud de la vida, en toda mujer y en todo hombre, se adquiere no por el cumplimiento de la ley, sino por la capacidad de amar. Nicodemo es un representante judío, observante y maestro de la ley, que espera un Mesías del orden, un maestro capaz de explicar la ley e inculcar su práctica, para llegar así a construir el hombre y la sociedad. Jesús nos llama a la vida plena, en el amor a Dios y a los hermanos, no por la observancia de la ley, sino por la capacidad de amar. Esta capacidad que da el Espíritu nos viene de Dios como plenitud del ser humano. El Hijo de Dios, Jesús, que ha “bajado” para hacerse “hijo de la humanidad”, viene a dar testimonio y exige ser creído. “Si os he dicho cosas de la tierra y no creéis, ¿cómo creeréis cuando os diga cosas del cielo?” Él es la fuente de la vida definitiva, el Espíritu que muestra su amor con el don de la vida. Jesús crucificado da vida eterna. Dios en Jesús nos ofrece a todos la vida plena. Sólo con hombres y mujeres dispuestos a amar hasta la muerte puede construirse la verdadera sociedad humana. Su vida será la práctica del amor, el don de sí mismos, con la universalidad con que Dios ama a la humanidad entera. Buena ilustración idealizada de esto lo encontramos en la imagen de la primera comunidad cristiana, presentada en la Primera Lectura: La fe en Cristo resucitado, vivida a fondo, nos ha de llevar a la comunión total en el amor fraterno, que se traduce en unanimidad, participación de bienes, y ayuda mutua en todo. Dios en Jesús ofrece a todos la vida plena. El ser humano tiene que optar entre la vida y la muerte. Quien de alguna manera es enemigo del ser humano y de la vida, la rechaza y se condena a sí mismo a morir. Quien está por el ser humano y por la vida, se adhiere a Jesús (Emilio Gómez).
b) Esta vida nueva como hijos de Dios se resume en el Evangelio, que a su vez se puede expresar en tres cosas: todo lo que es Jesús vivo está en la Eucaristía, lo que enseñó con esta vida como camino para vivir auténticamente está en las Bienaventuranzas, y todo lo que necesitamos y rezamos está en la oración que nos enseñó, y cuyo principio ahora comentaremos: “Padre nuestro, que estás en el cielo”. Con la invocación «Padre» está resumido este compendio de todo el Evangelio, que es la oración que Jesús nos enseñó. Reinhold Schneider -como también Joaquim Jeremias-, nos dice que es un gran consuelo poder llamar a Dios con este nombre, Padre, “papá”, como dice un niño: “En una sola palabra como ésta se contiene toda la historia de la redención. Podemos decir Padre porque el Hijo es nuestro hermano y nos ha revelado al Padre; porque gracias a Cristo hemos vuelto a ser hijos de Dios». Pero el hombre de hoy no percibe inmediatamente el gran consuelo de la palabra «padre», pues muchas veces la experiencia del padre o no se tiene, o se ve oscurecida por las deficiencias de los padres.
Comentaba Benedicto XVI: “Por eso, a partir de Jesús, lo primero que tenemos que aprender es qué significa precisamente la palabra «padre». En la predicación de Jesús el Padre aparece como fuente de todo bien, como la medida del hombre recto («perfecto»): «Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en cielo, que hace salir el sol sobre buenos y malos.» (Mt 5, 44s). El «amor que llega hasta el extremo» (cf. Jn 13, 1), que el Señor ha consumado en la cruz orando por sus enemigos, nos muestra la naturaleza del Padre: este amor es Él. Puesto que Jesús lo pone en práctica, Él es totalmente «Hijo» y, a partir de este criterio, nos invita a que también nosotros seamos «hijos».
Veamos otro texto más. El Señor recuerda que los padres no dan una piedra a sus hijos que piden pan, y prosigue: «Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden?» (Mt 7, 11). Lucas especifica las «cosas buenas» que da el Padre cuando dice: «... ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo piden?» (Lc 11, 13). Esto quiere decir: el don de Dios es Dios mismo. La «cosa buena» que nos da es Él mismo. En este punto resulta sorprendentemente claro que lo verdaderamente importante en la oración no es esto o aquello, sino que Dios se nos quiere dar. Este es el don de todos los dones, lo «único necesario» (cf. Lc 10,42). La oración es un camino para purificar poco a poco nuestros deseos, corregirlos e ir sabiendo lo que necesitamos de verdad: a Dios y a su Espíritu.
Cuando el Señor enseña a conocer la naturaleza de Dios Padre a partir del amor a los enemigos y a encontrar en eso la propia «perfección», para así convertirnos también nosotros en «hijos», entonces resulta perfectamente manifiesta la relación entre Padre e Hijo. Se hace patente que en el espejo de la figura de Jesús reconocemos quién es y cómo es Dios: a través del Hijo encontramos al Padre. «El que me ve a mí, ve al Padre», dice Jesús en el Cenáculo ante la petición de Felipe: «Muéstranos al Padre» (Jn 14, 8s). «Señor, muéstranos al Padre», le decimos constantemente a Jesús, y la respuesta, una y otra vez, es el Hijo: a través de Él, sólo a través de Él, aprendemos a conocer al Padre. Y así resulta evidente el criterio de la verdadera paternidad. El Padrenuestro no proyecta una imagen humana en el cielo, sino que nos muestra a partir del cielo —desde Jesús— cómo deberíamos y cómo podemos llegar a ser hombres. Pero ahora debemos observar aún mejor para darnos cuenta de que, según el mensaje de Jesús, el hecho de que Dios sea Padre tiene para nosotros dos dimensiones: por un lado, Dios es ante todo nuestro Padre puesto que es nuestro Creador. Y, si nos ha creado, le pertenecemos: el ser como tal procede de Él y, por ello, es bueno, porque es participación de Dios. Esto vale especialmente para el ser humano. El Salmo 33, 15 dice en su traducción latina: «Él modeló cada corazón y comprende todas sus acciones». La idea de que Dios ha creado a cada ser humano forma parte de la imagen bíblica del hombre. Cada hombre, individualmente y por sí mismo, es querido por Dios. Él conoce a cada uno. En este sentido, en virtud de la creación, el ser humano es ya de un modo especial «hijo» de Dios. Dios es su verdadero Padre: que el hombre sea imagen de Dios es otra forma de expresar esta idea.
Esto nos lleva a la segunda dimensión de Dios como Padre. Cristo es de modo único «imagen de Dios» (cf. 2 Co 4, 4; Col 1, 15). Basándose en esto, los Padres de la Iglesia dicen que Dios, cuando creó al hombre «a su imagen», estaba prefigurando a Cristo y creó al hombre según la imagen del «nuevo Adán», del Hombre que es la medida de la humanidad. Pero, sobre todo, Jesús es «el Hijo» en sentido propio, es de la misma sustancia del Padre. Nos quiere acoger a todos en su ser hombre y, de este modo, en su ser Hijo, en la total pertenencia a Dios.
Así, la filiación se convierte en un concepto dinámico: todavía no somos plenamente hijos de Dios, sino que hemos de llegar a serlo más y más mediante nuestra comunión cada vez más profunda con Cristo. Ser hijos equivale a seguir a Jesús. La palabra Padre aplicada a Dios comporta un llamamiento para nosotros: a vivir como «hijo» e «hija». «Todo lo mío es tuyo», dice Jesús al Padre en la oración sacerdotal (Jn 17, 10), y lo mismo le dice el padre al hermano mayor en la parábola del hijo pródigo (cf. Lc 15, 31). La palabra «Padre» nos invita a vivir siendo conscientes de esto. Así se supera también el afán de la falsa emancipación que había al comienzo de la historia del pecado de la humanidad. Adán, en efecto, ante las palabras de la serpiente, quería él mismo ser dios y no necesitar más de Dios. Es evidente que «ser hijo» no significa dependencia, sino permanecer en esa relación de amor que sustenta la existencia humana y le da sentido y grandeza.
Por último queda aún una pregunta: ¿es Dios también madre? Se ha comparado el amor de Dios con el amor de una madre: «Como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré Yo» (Is 66,13). «¿Puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, Yo no te olvidaré» (Is 49, 15). El misterio del amor maternal de Dios aparece reflejado de un modo especialmente conmovedor en el término hebreo rahamim, que originalmente significa «seno materno», pero después se usará para designar el con-padecer de Dios con el hombre, la misericordia de Dios. En el Antiguo Testamento se hace referencia con frecuencia a órganos del cuerpo humano para designar actitudes fundamentales del hombre o sentimientos de Dios, como aún hoy en día se dice «corazón» o «cerebro» para expresar algún aspecto de nuestra existencia. De este modo, el Antiguo Testamento no describe las actitudes fundamentales de la existencia de un modo abstracto, sino con el lenguaje de imágenes tomadas del cuerpo. El seno materno es la expresión más concreta del íntimo entrelazarse de dos existencias y de las atenciones a la criatura débil y dependiente que, en cuerpo y alma, vive totalmente custodiada en el seno de la madre. El lenguaje figurado del cuerpo nos permite comprender los sentimientos de Dios hacia el hombre de un modo más profundo de lo que permitiría cualquier lenguaje conceptual”; esto no obstante, “nunca, ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento, se califica o se invoca a Dios como madre. En la Biblia, «Madre» es una imagen, pero no un título para Dios”. Las deidades femeninas antiguas eran panteístas, “la imagen del padre era y es más adecuada para expresar la alteridad entre Creador y criatura… la pura trascendencia de Dios”, por eso seguimos con ello, “el lenguaje de oración de toda la Biblia, en la que, como hemos dicho, a pesar de las grandes imágenes del amor maternal, «madre» no es un título de Dios, no es un apelativo con el que podamos dirigirnos a Dios. Rezamos como Jesús nos ha enseñado a orar, sobre la base de las Sagradas Escrituras, no como a nosotros se nos ocurra o nos guste. Sólo así oramos de modo correcto.
Por último, hemos de ocuparnos aún de la palabra «nuestro». Sólo Jesús podía decir con pleno derecho «Padre mío», porque realmente sólo Él es el Hijo unigénito de Dios, de la misma sustancia del Padre. En cambio, todos nosotros tenemos que decir: «Padre nuestro». Sólo en el «nosotros» de los discípulos podemos llamar «Padre» a Dios, pues sólo en la comunión con Cristo Jesús nos convertimos verdaderamente en «hijos de Dios». Así, la palabra «nuestro» resulta muy exigente: nos exige salir del recinto cerrado de nuestro «yo». Nos exige entrar en la comunidad de los demás hijos de Dios. Nos exige abandonar lo meramente propio, lo que separa. Nos exige aceptar al otro, a los otros, abrirles nuestros oídos y nuestro corazón. Con la palabra «nosotros» decimos «sí» a la Iglesia viva, en la que el Señor quiso reunir a su nueva familia. Así, el Padrenuestro es una oración muy personal y al mismo tiempo plenamente eclesial. Al rezar el Padrenuestro rezamos con todo nuestro corazón, pero a la vez en comunión con toda la familia de Dios, con los vivos y con los difuntos, con personas de toda condición, cultura o raza. El Padrenuestro nos convierte en una familia más allá de todo confín”. Me contaba un amigo chino que ha aprendido de la fe cristiana a rezar por todo el mundo, porque en su tierra los budistas rezan sólo por la familia; tampoco rezan por sí mismos, sino por las necesidades de los demás. También decía que él no es capaz de amar cosas, y pensamos que el amor es sólo para personas, que si se aman las cosas, ésas esclavizan. Estuvimos considerando que podemos ayudar a Oriente con esa expansión de “prójimo”, lo bonito de ser de “la familia de Jesús”, a la que todos los hombres están llamados, ser todos “familia”, y Jesús nos da la clave de ese amor: prójimo son todos, y la regla de oro es amar a Dios sobre todas las cosas, y a los demás como a uno mismo. Pero también hemos de aprender de oriente, a no amar las cosas, pues se cae en esclavitud de idolatría (no se puede ser amigo de Dios y las riquezas). ¿Y cómo he de amarme, es decir hay que ser algo “egoístas”? Cuando me miro al espejo sin relación a los demás, me neurotizo, quizá sirve esta consideración: sólo nos conocemos cuando nos damos, es al mirarme con los ojos que me miran cuando sé quien soy.
Pero volvemos al final de la consideración de Ratzinger: “A partir de este «nuestro» entendemos también la segunda parte de la invocación: «... que estás en el cielo». Con estas palabras no situamos a Dios Padre en una lejana galaxia, sino que afirmamos que nosotros, aun teniendo padres terrenos diversos, procedemos todos de un único Padre, que es la medida y el origen de toda paternidad. «Por eso doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra», dice san Pablo (E/3, 14s). Como trasfondo, escuchamos las palabras del Señor: «No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo» (Mt 23, 9). La paternidad de Dios es más real que la paternidad humana, porque en última instancia nuestro ser viene de Él; porque Él nos ha pensado y querido desde la eternidad; porque es Él quien nos da la auténtica, la eterna casa del Padre. Y si la paternidad terrenal separa, la celestial une: cielo significa, pues, esa otra altura de Dios de la que todos venimos y hacia la que todos debemos encaminarnos. La paternidad «en los cielos» nos remite a ese «nosotros» más grande que supera toda frontera, derriba todos los muros y crea la paz”.
Esta nueva vida, con una comunión en fraternidad basada en la clara conciencia de la filiación divina, que empapa todo el Evangelio, da unidad a todo lo que hacemos y ofrece al hombre una respuesta exhaustiva a sus preguntas. La Iglesia, para ayudarnos nos propuso desde el comienzo la norma de rezar tres veces el Padrenuestro cada día (queda la costumbre en las tres oraciones de la Misa, laudes y vísperas), para ir subiendo poco a poco a las almas a comprender la llamada divina, y ser contemplativos. El misterio de nuestra filiación en Cristo tiene muchas perspectivas: la elevación de la naturaleza humana y la divinización del cristiano, inhabitación de la Santísima Trinidad y acción del Espíritu Santo en el alma del justo, la configuración con Cristo... pero quiero subrayar la fuerza que tiene el conocimiento operativo–sapiencial de esta verdad, fruto de su consideración. Se trata de una toma de conciencia de filiación divina fomentada con su consideración frecuente: de ahí proviene un modo de vivir con serenidad, alegría... un nuevo modo de conocer y de amar, según Dios, que perfecciona el nuestro, que comprende todas las virtudes y los dones: audacia, gratitud y magnanimidad; de ahí surge una lucha ascética confiada, el sentido de la penitencia unida a la alegría, en un espíritu de conversión de los hijos de Dios; humildad y «endiosamiento»; una juventud del alma que proviene del amor y que lleva –con sentido deportivo– a una esperanza: «todo es para bien».... San Josemaría Escrivá desarrolló con su vida y su impulso espiritual un modo de vivir la filiación divina –que se ha analizado en diversas perspectivas – y que estalla en una espiritualidad que surge de ese amor filial: “Niño audaz, grita: ¡Qué amor el de Teresa! —¡Qué celo el de Xavier! —¡Qué varón más admirable San Pablo! —¡Ah, Jesús, pues yo… te quiero más que Pablo, Xavier y Teresa!”.