Jueves después de Ceniza: primer anuncio de la Pasión para Jesús y sus discípulos
Deuteronomio 30,15-20. Hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha. Si escuchas los mandamientos del Señor, tu Dios, que hoy te prescribo, si amas al Señor, tu Dios, y cumples sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos, entonces vivirás, te multiplicarás, y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde ahora vas a entrar para tomar posesión de ella. Pero si tu corazón se desvía y no escuchas, si te dejas arrastrar y vas a postrarte ante otros dioses para servirlos, yo les anuncio hoy que ustedes se perderán irremediablemente, y no vivirán mucho tiempo en la tierra que vas a poseer después de cruzar el Jordán. Hoy tomo por testigos contra ustedes al cielo y a la tierra; yo he puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, y vivirás, tú y tus descendientes, con tal que ames al Señor, tu Dios, escuches su voz y le seas fiel. Porque de ello depende tu vida y tu larga permanencia en la tierra que el Señor juró dar a tus padres, a Abraham, a Isaac y a Jacob.
Salmo 1,1-4.6. ¡Feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los impíos, sino que se complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche! El es como un árbol plantado al borde de las aguas, que produce fruto a su debido tiempo, y cuyas hojas nunca se marchitan: todo lo que haga le saldrá bien. No sucede así con los malvados: ellos son como paja que se lleva el viento, porque el Señor cuida el camino de los justos, pero el camino de los malvados termina mal.
Texto del Evangelio (Lc 9,22-25; paralelos: Mt 16,21-27; Mc 8,31-38): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día». Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?».
Comentario: 1. Moisés dirige a su pueblo un discurso, cuyo resumen leemos hoy. Les dice que les vendrá toda clase de bendiciones si son fieles a Dios. Pero si no lo son les esperan desgracias de las que ellos mismos tendrán la culpa. Se lo plantea como una alternativa ante una encrucijada en el camino. Si siguen la voluntad de Dios, van hacia la vida; si se dejan arrastrar por las tentaciones y adoran a dioses extraños, están eligiendo la muerte. Es lo mismo que dice el salmo responsorial, esta vez con la comparación de un árbol que florece y prospera si sabe estar cerca del agua: «dichoso el que ha puesto su confianza en el Señor, que no entra por la senda de los pecadores... será como árbol plantado al borde de la acequia», «no así los impíos, no así: serán paja que arrebata el viento; porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal».
La Cuaresma es tiempo de opciones. Nos invita a revisar cada año nuestra dirección en la vida. Desde la Pascua anterior seguro que nos ha crecido más el hombre viejo que el nuevo. Tendemos más a desviarnos que a seguir por el recto camino. En el camino de la Pascua no podemos conformarnos con lo que ya somos y cómo vivimos. Esa palabrita «hoy», que la la lectura repite varias veces, nos sitúa bien: para nosotros el «hoy» es esta Cuaresma que acabamos de iniciar. Nosotros hoy, este año concreto, somos invitados a hacer la opción: el camino del bien o el de la dejadez, la marcha contra corriente o la cuesta abajo. Si Moisés podía urgir a los israelitas ante esta alternativa, mucho más nosotros, que hemos experimentado la salvación de Cristo Jesús, tenemos que reavivar una y otra vez -cada año, en la Pascua- la opción que hemos hecho por él y decidirnos a seguir sus caminos. También a nosotros nos va en ello la vida o la muerte, nuestro crecimiento espiritual o nuestra debilidad creciente. Ahí está nuestra libertad ante la encrucijada, una libertad responsable, siempre a renovar: como los religiosos renuevan cada año sus votos, como los cristianos renuevan cada año en Pascua sus compromisos bautismales. Todos tenemos la experiencia de que el bien nos llena a la larga de felicidad, nos conduce a la vida y nos hace sentir las bendiciones de Dios. Y de que cuando hemos sido flojos y hemos cedido a las varias idolatrías que nos acechan, a la corta o a la larga nos tenemos que arrepentir, nos queda el regusto del remordimiento y padecemos muchas veces en nuestra propia piel el empobrecimiento que supone abandonar a Dios.
El tema de los dos caminos, el de la vida y el de la muerte, es muy típico de las literaturas religiosas de la antigüedad. La vida y la felicidad dependen de la obediencia a los mandamientos del Señor. El camino de la muerte y de la desgracia parte del corazón desviado, de la idolatría. La llamada de Dios es una opción que coloca al hombre ante el dilema de la bendición o la maldición divinas. El Señor exhorta amablemente a escoger la senda buena (Misa dominical 1990).
En el evangelio de hoy, Jesús propone la cruz como un camino, una vía hacia la plenitud de la "vida": es preciso que el Hijo del hombre padezca mucho para entrar en su gloria: "muerte» que conduce a "resurrección".
–“Yo te propongo HOY vida y felicidad, muerte y desgracia”. Escucho, Señor, tu palabra, pronunciada ya por Moisés. La repito en mi interior, como si la oyera directamente de Ti, HOY. Tú respetas mi libertad. Propones la vida y la felicidad... o bien me abandonas a mi muerte y a mi desgracia. No te impones. Pero queda claro que lo que Tú deseas para nosotros es la vida y la felicidad. Estoy ante mi jornada de HOY. Que no deje para mañana esa decisión, esa elección por hacer. ¿Escojo la vida y la felicidad, sí o no?
-“Si escuchas... al Señor, vivirás”. Si amas... Si tu corazón se desvía... perecerás. Si no escuchas... Escuchar a Dios, será el esfuerzo de toda mi cuaresma, será la elección de la vida y la felicidad. De ese modo, la cuaresma, a pesar de ciertas apariencias y de ciertos hábitos, no está orientada primordialmente hacia el sacrificio... sino hacia "la vida y la felicidad". Es un tiempo de vitalidad, de expansión humana y cristiana... y de ningún modo es un tiempo de morosidad y de tristeza. Pascua está ya al final del camino: ¡vivirás!
Pero, Señor, escucho también la segunda frase, la frase de amenaza. Sé que nos tomas en serio, y que tendrás en cuenta mi elección. Me pedirás cuentas de mi rechazo: «Si no me escuchas, perecerás». Más allá del castigo exterior, en el hecho mismo del rechazo de Dios está inscrito una especie de castigo. Ayúdame, ayúdanos, Señor, a nunca jamás desviarnos voluntariamente de ti. Sería perecer.
-“Te propongo la vida o la muerte, la bendición o la maldición: ¡escoge pues la vida! a fin que vivas amando al Señor, tu Dios”. Lo que Dios quiere, lo que preferiría que eligiéramos... está muy claro: ¡es la vida! Te doy gracias, Señor, por repetirme tan a menudo, y tan fuertemente esas cosas, la Salvación, la Liberación, la Redención... Tu voluntad es darnos la vida y la felicidad. Jesús ha venido sólo para esto. ¿Qué debo hacer, para que así sea? Escuchar los mandamientos de Dios, vivir unido a El, caminar según sus sendas, amar al Señor.
-“Dichoso el hombre que medita la Ley del Señor. Es como un árbol cuyo follaje no se mustia jamás y que da el fruto a su tiempo”. Son palabras del Salmo 1 que leemos hoy. Hay que leerlo entero, y llevarlo a la oración. Dios hizo al hombre para la "vida", para «no mustiarse», para «dar fruto sabroso». La cuaresma también... (Noel Quesson).
2. Sal. 1. El salterio, dedicado especialmente a exaltar la Ley del Señor y a alabar a quienes la cumplen, y a maldecir a quienes la transgreden, se abre con este Salmo en el que se nos habla del camino del justo y del camino del malvado. Para el que ama la Ley de Dios y se goza en cumplir sus mandamientos: la dicha y el éxito; para el malvado la maldición que lo hará desaparecer como la paja barrida por el viento. Por medio de Cristo Jesús se nos ha abierto el Camino que nos conduce al Padre. Vamos hacia Él no como esclavos, sino como hijos. Tratemos de corregir nuestros caminos, que muchas veces pudieron desviarse hacia la maldad. Aprovechemos este tiempo de gracia para humillarnos ante el Señor y pedirle perdón; y Él tendrá compasión de nosotros.
3. También Jesús nos pone ante la alternativa. El camino que propone es el mismo que él va a seguir. Ya desde el inicio de la Cuaresma se nos propone la Pascua completa: la muerte y la nueva vida de Jesús. Ese es el camino que lleva a la salvación. Jesús va poniendo unas antítesis dialécticas que son en verdad paradójicas: el discípulo que quiera «salvar su vida» ya sabe qué tiene que hacer, «que se niegue a si mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo». Mientras que si alguien se distrae por el camino con otras apetencias, «se pierde y se perjudica a sí mismo». «El que quiera salvar su vida, la perderá. El que pierda su vida por mi causa, la salvará».No olvidemos que la Cuaresma es camino hacia la Pascua. Este misterio de muerte y vida llega a la existencia íntima del cristiano. El discípulo de JC debe abrazarse a la cruz para encontrar la vida. De nada sirve ganar el mundo si uno se pierde. Únicamente muriendo a nosotros mismos tendremos la senda de la libertad y de la alegría verdaderas (Misa dominical 1990).
“Si alguno quiere venir en pos de mi…” Jesús no es masoquista, no le gusta el dolor, no propone la mortificación como fin en sí mismo. Juan Pablo II nos indicaba pistas para entender mejor el mensaje: “En realidad, «negarse a sí mismo» y «tomar la cruz» equivale a asumir hasta el fondo la propia responsabilidad ante Dios y el prójimo. El Hijo de Dios ha sido fiel a la misión que le confió el Padre hasta derramar su propia sangre por nuestra salvación. A sus seguidores, les pide que hagan lo mismo, entregándose sin reservas a Dios y a los hermanos. Al acoger estas palabras, descubrimos cómo la Cuaresma es un tiempo de fecunda profundización en la fe. La Cuaresma tiene un elevado valor educativo, de manera particular, para los jóvenes, llamados a orientar con claridad su vida. A cada uno, Cristo les repite: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame». Cristo es exigente: “Quienes se ponen a la escucha del divino Maestro abrazan con amor su Cruz, que conduce a la plenitud de la vida y de la felicidad”.
Claro que el camino que nos propone Jesús -el que siguió él- no es precisamente fácil. Es más bien paradójico: la vida a través de la muerte. Es un camino exigente, que incluye la subida a Jerusalén, la cruz y la negación de sí mismo: saber amar, perdonar, ofrecerse servicialmente a los demás, crucificar nuestra propia voluntad: «los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias» (Ga 5,24). Pero es el camino que vale la pena, el que siguió él. La Pascua está llena de alegría, pero también está muy arriba: es una subida hasta la cruz de Jerusalén. Lo que vale, cuesta. Todo amor supone renuncias. En el fondo, para nosotros Cristo mismo es el camino: «yo soy el camino y la verdad y la vida». Celebrar la Eucaristía es una de las mejores maneras, no sólo de expresar nuestra opción por Cristo Jesús, sino de alimentarnos para el camino que hemos elegido. La Eucaristía nos da fuerza para nuestra lucha contra el mal. Es auténtico «viático», alimento para el camino. Y nos recuerda continuamente cuál es la opción que hemos hecho y la meta a la que nos dirigimos. «Que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras» (oración)… «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renúevame por dentro» (comunión; J. Aldazábal).
La salvación del género humano culmina en la Cruz, hacia la que Cristo encamina toda su vida en la tierra. Y es en la Cruz donde el alma alcanza la plenitud de la identificación con Cristo. Ese es el sentido más profundo que tienen los actos de mortificación y penitencia. Para ser discípulo del Señor es preciso seguir su consejo. No es posible seguir al Señor sin la Cruz. Unida al Señor, la mortificación voluntaria y las mortificaciones pasivas adquieren su más hondo sentido. No son algo dirigido a la propia perfección, o una manera de sobrellevar con paciencia las contrariedades de esta vida, sino participación en el misterio de la Redención. La mortificación puede parecer a algunos locura o necedad, y también puede ser signo de contradicción o piedra de escándalo para aquellos olvidados de Dios. Pero no nos debe extrañar, pues ni los mismos Apóstoles no siguen a Cristo hasta el Calvario, pues aún, por no haber recibido al Espíritu Santo, eran débiles.
En este primer anuncio de la pasión choca con un mundo que pretende bienestar y no sacrificio, rosas y no espinas; pero el camino cristiano no es de satisfacción casi animal, como aquella a la que aspiraba el necio de la parábola que se decía: descansa, come, bebe, pásalo bien (Lc. 12,19). Jesús nos convoca en el Calvario, para que nos entreguemos con El. Este es el único camino para alcanzar la felicidad en el Cielo y en la tierra, pues el que pierda su vida por mí -promete el Señor-, la encontrará (Mt. 16, 25). La mortificación está muy relacionada con la alegría, y cuando el corazón se purifica se torna más humilde para tratar a Dios y a los demás. La Cruz del Señor, con la que hemos de cargar cada día, no es ciertamente la que producen nuestros egoísmos, envidias o pereza. Esto no es del Señor, no santifica. En alguna ocasión encontraremos la Cruz en una gran dificultad, en una enfermedad grave y dolorosa, en un desastre económico, en la muerte de un ser querido. Sin embargo, lo normal será que encontremos la cruz de cada día en pequeñas contrariedades en el trabajo, en la convivencia; en un imprevisto que no contábamos, planes que debemos cambiar, instrumentos de trabajo que se estropean, molestias por el frío o calor, o el carácter difícil de una persona con la que convivimos. Hemos de recibir estas contrariedades con ánimo grande, ofreciéndolas al Señor con espíritu de reparación, sin quejarnos: nos ayudará a mejorar en la virtud de la paciencia, en caridad, en comprensión: es decir, en santidad. Además experimentaremos una profunda paz y gozo. Además de aceptar la cruz que sale a nuestro encuentro, muchas veces sin esperarla, debemos buscar otras pequeñas mortificaciones para mantener vivo el espíritu de penitencia que nos pide el Señor. Unas nos facilitarán el trabajo, otras nos ayudarán a vivir la caridad. No es preciso que sean cosas más grandes, sino que se adquiera el hábito de hacerlas con constancia y por amor de Dios. Digámosle a Jesús que estamos dispuestos a seguirle cargando con la Cruz, hoy y todos los días.
Decía San Josemaría, después de experiencias duras, al meditarlas al cabo de los años: “Tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios (...). Vale la pena clavarse en la Cruz, porque es entrar en la Vida, embriagarse en la Vida de Cristo”. Y escribía en su epacta: “in laetitia, nulla dies sine cruce! –¡con alegría, ningún día sin cruz!”. Rezan unos versos: "Corazón de Jesús, que me iluminas, / hoy digo que mi Amor y mi Bien eres, / hoy me has dado tu Cruz y tus espinas / hoy digo que me quieres". Jesús bendice con su cruz, pero la ayuda a llevar: "Me has dicho: Padre, lo estoy pasando muy mal. Y te he respondido al oído: toma sobre tus hombros una partecica de esa cruz, sólo una parte pequeña. Y si ni siquiera así puedes con ella... déjala toda entera sobre los hombros fuertes de Cristo. Y ya desde ahora, repite conmigo: Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno. Y quédate tranquilo".
Antes de cargar con nuestra “cruz”, lo primero, es seguir a Cristo. No se sufre y luego se sigue a Cristo... A Cristo se le sigue desde el Amor, y es desde ahí desde donde se comprende el sacrificio, la negación personal: «Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 25). Es el amor y la misericordia lo que conduce al sacrificio. Todo amor verdadero engendra sacrificio de una u otra forma, pero no todo sacrificio engendra amor. Dios no es sacrificio; Dios es Amor, y sólo desde esta perspectiva cobra sentido el dolor, el cansancio y las cruces de nuestra existencia tras el modelo de hombre que el Padre nos revela en Cristo. San Agustín sentenció: «En aquello que se ama, o no se sufre, o el mismo sufrimiento es amado».
En el devenir de nuestra vida, no busquemos un origen divino para los sacrificios y las penurias: «¿Por qué Dios me manda esto?», sino que tratemos de encontrar un “uso divino” para ello: «¿Cómo podré hacer de esto un acto de fe y de amor?». Es desde esta posición como seguimos a Cristo y como —a buen seguro— nos hacemos merecedores de la mirada misericordiosa del Padre. La misma mirada con la que contemplaba a su Hijo en la Cruz.
“Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará”. Como a san Pedro –a quien el Señor tuvo que reprender por no entender estas palabras- también a nosotros nos cuesta entender esta paradoja de la cruz, de perder la vida: los planes de salvación muchas veces aparecen oscuros a nuestra inteligencia, son planes subversivos a nuestro podo de pensar, a la lógica del mundo y de la vida a la que tendemos en nuestra comodidad, pero es necesaria esta reacción sobrenatural, esta corrección del ángulo, de la perspectiva de todo lo creado, para alcanzar el corazón de Dios, no son anti-naturales los planes divinos sino pobres nuestros esquemas humanos, es un riesgo acogernos a la fe en Jesús, pero él vuelca la situación: ese morir es en realidad un camino a la vida auténtica, aquí en la tierra, y también camino a la a la felicidad del cielo para siempre. ¡Cuántos calvarios hay en el mundo, por no querer tomar el suave yugo de la cruz! Seguir a Cristo no es fácil, pues es encontrarse con su cruz, su propuesta pide entrega, correspondencia, sacrificios…
Como siempre, son los ejemplos los que mejor muestran el misterio, como el de Tomás Moro. En determinadas ocasiones ser coherente con la propia conciencia puede ser algo heroico. La etapa histórica que le tocó vivir en la Inglaterra del siglo XVI fue dura: someterse a las presiones del rey Enrique VIII (respecto a la aprobación del divorcio con su mujer Catalina de Aragón y aceptar un nuevo matrimonio real con Ana Bolena), o morir. Muchos eclesiásticos ingleses cedieron. La propia familia de Tomás Moro intentó persuadirle de que diera su consentimiento para salvar la vida. Moro, ex- Lord Canciller de Inglaterra, intentó primero no opinar, pero su silencio era acusación para el rey, por eso le pusieron entre la espada y la pared, hasta que dijera su pensamiento. Su palabra era más fuerte que la de todos, querían doblegarle o matarle. Es una imagen de Jesús, un mártir. En la película “Un hombre para la eternidad” se relata bien la grandeza de su conciencia, que no se doblega ante ningún poder humano, siempre abierta a Dios. Hemos podido ver también al Papa Juan Pablo II como un heraldo de la Verdad, el que Dios ha puesto en un mundo fracturado y atribulado, para hacer resplandecer el sentido de Dios, como quien da auténtico sentido al hombre.
La paradoja del seguimiento de Jesús: «¿De qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?» (Lc 9,25). Palabras que hicieron santo a Francisco Javier, «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». Lo confiamos al Señor desde la antífona e entrada: «Cuando invoqué al Señor, Él escuchó mi voz, rescató mi alma de la guerra que me hacían. Encomienda a Dios tus afanes, que Él te sustentará» (cf. Sal 54,17-20.23). Colecta (del Misal anterior, antes Gregoriano): «Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en Ti como en su fuente, y tienda siempre a Ti como a su fin». Postcomunión: «Favorecidos con el don del Cielo te pedimos, Dios Todopoderoso, que esta Eucaristía se haga viva realidad en nosotros y nos alcance la salvación».
San León Magno nos dice: «Es necesario, amadísimos, para adherirnos inseparablemente a este misterio [el de la cruz de Cristo] hacer los mayores esfuerzos del alma y del cuerpo; porque, si es malo permanecer ajeno a la solemnidad pascual, es aún peor asociarse a la comunidad de los fieles sin haber participado antes en los sufrimientos de Cristo. El Señor ha dicho: “quien no toma su cruz y me sigue no es digno de Mí” (Mt 10,38). «Y añade San Pablo: “si participamos en sus sufrimientos, también participaremos en su Reino” (Rom 8,17; 1 Tim 2,12). Así, pues, el mejor modo de honrar la pasión, muerte y resurrección de Cristo es sufrir, morir y resucitar con Él... Por eso, cuando alguien se da cuenta que sobrepasa los límites de las disciplina cristiana y que sus deseos van hacia lo que le haría desviar del camino recto, que recurra a la cruz del Señor y clave en ella lo que le lleva a la perdición».
La cercanía del amor a la cruz es esencial a la vida cristiana. Jesús amor, en medio de un mundo de pecado, origina la oposición y el rechazo. Toda la razón de ser de Jesús es amar, su misión es amar y dar la vida a los hombres. Pero el pecado de los hombres unirá esta misión a la muerte. Dios quiere que su Hijo sufra; pues quiere que ame y dé la vida por todos (Is 53.) La muerte de Jesús no es la meta, es sólo el paso para la "Vida". Como Jesús, los discípulos deben amar, vivir para los demás, en medio del egoísmo del mundo. Esto es dar la vida, enterrarse cada día en el don teniendo como apoyo la esperanza. Dar la vida, morir, es vivir para el cristiano. Es realizarse en el don total, enterrarse en el surco, en la esperanza de una primavera que está más allá de nuestra muerte. Este vivir en la muerte es duro cuando se piensa en el camino de los triunfalismos. Es más fácil destruir a los otros que construirlos, cuando la condición para ello es la propia muerte. El vivir cristiano es una continua cercanía a la cruz. Morir es vivir, ganar el mundo es perderlo, amar la propia vida es odiarse. Sólo el que se abraza con la muerte por el amor a los otros pasa más allá de la muerte y entra en la vida de Aquél que venció a la muerte (“Comentarios bíblicos).
Este pasaje, íntimamente ligado al anuncio de la Pasión, contiene el enunciado de las condiciones para seguir a Jesús por el nuevo camino que se prepara a recorrer. Jesús no se ha limitado a mostrar la necesidad escatológica de sus propios sufrimientos; ha preparado también a los discípulos para aceptar de la misma forma una vida de pruebas. Para ilustrar estas enseñanzas, Lucas ha compuesto en torno a este tema una especie de antología, un tanto artificial, de sentencias de Cristo. Los verbos renunciar, cargar con la cruz, seguir a Cristo son sinónimos. Designan, cada uno a su manera, en qué consiste lo esencial de la vida cristiana. Hay que renunciar a toda seguridad personal y aceptar los consejos del Maestro (sentido rabínico de la expresión: "seguir a alguien"), no sólo en teoría sino en la práctica de la vida ("llevar su cruz"). Esa solidaridad con Jesús implicará una participación activa en su resurrección y en su reino escatológico. Así termina para todo cristiano el misterio pascual: lo que Cristo vive muriendo y resucitando se convierte en condición de todos sus discípulos, que han de portar su cruz para vivir con Él en la gloria (Maertens-Frisque).
Seguir a Jesús se identifica con perder la vida. En un lenguaje evidentemente cristiano, la iglesia representa simbólicamente esa actitud con la exigencia de cargar la cruz de cada día. El gesto de Jesús que sube con su cruz hacia el Calvario y muere aplastado por su peso se convierte en la verdad universal, el principio de interpretación en que se basa toda nuestra historia. Los modelos de las viejas religiones de la tierra ya no sirven. Por eso la grandeza del hombre no consiste en trascender la finitud de la materia, subiendo hasta la altura del ser de lo divino (mística oriental) ni consiste en identificarnos sacramentalmente con las fuerzas de la vida que laten en la hondura radical del cosmos (religión de los misterios) ni es perfecto quien cumple la ley hasta el final (fariseísmo) ni el que pretende escaparse del abismo de miseria del mundo, en la esperanza de la meta que se acerca (apocalíptica)... Frente a todos los posibles caminos de la historia de los hombres, Jesús nos ha trazado su camino: "El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo". Cargar la cruz de Jesús significa escuchar su mensaje del reino, adoptar su manera de ser y cumplir hasta el final la urgencia de su ejemplo: ofrecer siempre el perdón, amar sin limitaciones, vivir abiertos al misterio de Dios y mantenerse fieles, aunque eso signifique un riesgo que nos pone en camino de la muerte. Desde esta exigencia, la iglesia se definirá como el conjunto de los hombres que se mantienen unidos en el recuerdo de Jesús y han tomado su gesto personal como la norma de conducta. En esta perspectiva es imposible dictar unas leyes de moral objetiva a la que todos deban someterse. La verdadera ley (la norma final) es siempre el Cristo: su mensaje de evangelio y su camino de amor hasta la muerte. Sobre ese fondo, la ley de Jesús se puede traducir de la siguiente forma: se gana en realidad aquello que se pierde, es decir, lo que se ofrece a los demás, aquello que se sacrifica en bien del otro. Por el contrario, todo aquello que los hombres retienen para sí de una manera cerrada y egoísta lo han perdido. La concreción de esta manera de vida es el "Calvario": resucita lo que ha muerto en bien del otro. No olvidemos que toda esta ley de la existencia cristiana se formula y tiene sentido como expansión de la verdad de Cristo. Sin su muerte y resurrección todas estas palabras no serían más que un sueño sin sentido (Edic. Marova).
La cruz es el camino hacia la plenitud de la vida, y la condición indispensable para seguir a Jesús. -Jesús decía a sus discípulos: "Es preciso que el Hijo del Hombre padezca mucho y que sea rechazado por los ancianos, y por los príncipes de los sacerdotes, y por los escribas y sea muerto y resucite al tercer día. Desde el segundo día de cuaresma, la liturgia nos sitúa delante de lo esencial de la cuaresma: es una subida hacia la Pascua... una marcha hacia la vida en plenitud... una ascensión hacia las cumbres de la alegría, del gozo... Dios se propone que tengamos vida, felicidad... Pascua está al final del camino. Yo voy hacia la Pascua. Pero el camino es la cruz, es el sufrimiento y la renuncia. Un solo modelo, un solo principio, un solo esfuerzo cuaresmal: imitar a Jesús, seguir el camino que El siguió. De ahí la importancia primordial de la oración, de la meditación, para poner realmente a Cristo ante nuestros ojos, en nuestros corazones y en nuestras vidas.
-“Si alguno quiere venir en pos de mí...” Tú has sido el primero en pasar por ello, Señor. Quisiera vivir esos cuarenta días a tu lado, contigo "siguiéndote". Imagino que me dies: -"En verdad ¿quieres acompañarme? -Bien lo quisiera, Señor. Dame ánimo y valor para ello. -Niéguese a sí mismo... -Es verdad, paso demasiado tiempo "pensando en mí"; y sin embargo sé muy bien que esa postura es contraria al amor. Amar es olvidarse... no pensar más en sí mismo... ser y vivir para los demás. Dios es amor. Por esto renunció a sí mismo, por amor nuestro. "No hay amor mayor que el de dar la vida por aquellos que ama". "Siendo de condición divina no quiso ávidamente mantenerse igual a Dios, sino que se anonadó...". Jesús es el hombre que de una manera total, definitiva e infinitamente, ha renunciado a sí mismo... para estar total, definitiva e infinitamente vuelto hacia los demás.
Jesús vuelto hacia el Padre. Jesús vuelto hacia sus hermanos. -Tome cada día su cruz... Amar es crucificante... pero es también expansionante. Paradoja de la cruz. Vivir según el evangelio no es una vida "en agua de rosas": es una vida que requiere valentía, energía, vigor, ascesis. -Y me siga..¡Tú caminas delante, Señor! Tú, el primero, has renunciado a ti mismo. -Tú me dices: "No es en broma que Yo te he amado." -Lo sé. Y yo ¿qué seré capaz de hacer, en cambio? -Quien quisiere salvar su vida la perderá; Pero quien perdiere su vida por amor a mí, la salvará. ¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si él se pierde y se condena? El sacrificio no es pues un valor en sí mismo. No se trata de renunciar por el placer de renunciarse. La renuncia es negativa. Su finalidad es positiva: se trata de "salvarse"...El hombre no se expansiona sino dándose, renunciando a sí mismo, pero la renuncia conduce a la expansión, en plenitud (Noel Quesson).
Hemos comenzado el tiempo de gracia que es la Cuaresma. La Iglesia, Madre y Maestra, nos va preparando para la Pascua. Con el Evangelio de hoy nos habla de dos temas complementarios: nuestra cruz de cada día y su fruto, es decir, la Vida en mayúscula, sobrenatural y eterna.
Nos ponemos de pie para escuchar el Santo Evangelio, como signo de querer seguir sus enseñanzas. Jesús nos dice que nos neguemos a nosotros mismos, expresión clara de no seguir «el gusto de los caprichos» —como menciona el salmo— o de apartar «las riquezas engañosas», como dice san Pablo. Tomar la propia cruz es aceptar las pequeñas mortificaciones que cada día encontramos por el camino.
Nos puede ayudar a ello la frase que Jesús dijo en el sermón sacerdotal en el Cenáculo: «Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta; y todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto» (Jn 15,1-2). ¡Un labrador ilusionado mimando el racimo para que alcance mucho grado! ¡Sí, queremos seguir al Señor! Sí, somos conscientes de que el Padre nos puede ayudar para dar fruto abundante en nuestra vida terrenal y después gozar en la vida eterna.
Jesús, el Mesías e Hijo de Dios, no es reconocido como tal sino cuando, después de padecer por nosotros, se levantó victorioso sobre la muerte. Sólo hasta entonces hemos conocido el amor que Dios nos tiene, pues, siendo pecadores, nos envió a su propio Hijo para que, quienes creamos en Él, en Él obtengamos la reconciliación que nos salva. Pero no basta reconocer con la mente que Jesús es nuestro Dios y Salvador. Es necesario tomar nuestra cruz de cada día e ir tras sus huellas. El Señor quiere hacernos partícipes de la Gloria que, como a Hijo unigénito, le pertenece. Pero no podemos quedarnos sentados gozando egoístamente la Salvación que de Dios hemos recibido. El Señor nos ha enviado a proclamar la Buena Nueva de salvación a todos los pueblos; y para eso es necesario hacer nuestras las angustias, tristezas, miserias, pobrezas y pecados de los demás para esforzarnos, con la Fuerza del Espíritu Santo que habita en nosotros, en trabajar para que el Reino de Dios vaya haciendo de nuestro mundo un mundo más libre de todas esas esclavitudes, y, por tanto, un verdadero inicio del Reino de Dios entre nosotros. Dios no nos llamó para la muerte, sino para la vida. Sabiendo que el salario del pecado es la muerte, Dios nos envió a su propio Hijo para rescatarnos del pecado y de la muerte. En esto se ha manifestado el gran amor que Dios nos tiene. Hoy nos reunimos para celebrar este misterio de su amor por nosotros. El Memorial de su Muerte y Resurrección nos recuerda que el Señor con su muerte nos perdonó nuestros pecados, y con su resurrección nos dio nueva vida. Participar de la Eucaristía nos debe llevar a aceptar, con gran amor, esta oferta de salvación que Dios nos hace. Quienes hemos venido a entrar en comunión de vida con el Señor no podremos volver a nuestras actividades diarias cargados de pecado, ni generando signos de muerte. Si el Espíritu de Dios está con nosotros, si su Vida es nuestra vida, seamos portadores de vida y trabajemos esforzadamente para que el amor de Dios llegue a todos y para que también en ellos se haga realidad el Plan de Salvación de Dios. En la vida nos encontramos con dos realidades bien definidas: El camino de la vida, por el que todos aspiramos; y el camino de la muerte, contra el que todos luchamos. Contemplamos nuestra realidad, tal vez con algunos, o con muchos lados oscuros a causa del egoísmo del ser humano. Contemplamos nuestro futuro realizado como un lugar de paz, de fraternidad, de luz nacida de un auténtico amor. Queremos encaminar hacia él nuestros pasos. Sin embargo, ante el deseo de paz y de felicidad, somos conscientes de que mentes guiadas por ansias de un mayor poder económico, han tratado de trastocar el auténtico anhelo de felicidad que anida en el corazón del hombre. Muchos han confundido, así, la felicidad con el poseer lo pasajero, y se han vuelto en compradores compulsivos de cosas que, finalmente les continúan dejando el corazón vacío. Jesucristo nos ha enseñado, no sólo con palabras, sino con su propio ejemplo, que el camino de la felicidad, el camino de la vida se encuentra en la capacidad de relacionarnos con los demás y de vivir fraternalmente unidos por el amor. Por eso hemos de aprender a ir tras las huellas de Cristo, cargando nuestra cruz de cada día. Quien vaya por un camino diferente al del amor que Cristo nos ha mostrado, en lugar de dar vida dará muerte; se convertirá en un destructor, a pesar de que ore al Señor, pues una oración sin compromiso con la realidad, es una oración inútil. Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de vivir con amor la fe que en Él hemos depositado. Que nos fortalezca para que, guiados por su Espíritu, nuestros pasos se encaminen siempre por el camino del bien, de la verdad, del amor y de la paz (www.homiliacatolica.com). San Ignacio guiaba a san Francisco Javier con las palabras del texto de hoy: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» (Mc 8,36). Así llegó a ser el patrón de las Misiones. Con la misma tónica, leemos el último canon del Código de Derecho Canónico (n. 1752): «(...) teniendo en cuenta la salvación de las almas, que ha de ser siempre la ley suprema de la Iglesia». San Agustín tiene la famosa lección: «Animam salvasti tuam predestinasti», que el adagio popular ha traducido así: «Quien la salvación de un alma procura, ya tiene la suya segura». La invitación es evidente. María, la Madre de la Divina Gracia, nos da la mano para avanzar en este camino (muchos textos están tomados de mercaba.org).
miércoles, 22 de febrero de 2012
sábado, 28 de enero de 2012
Domingo IV del Tiempo ordinario, ciclo B: Jesús es el profeta que nos trae la Palabra de Dios, para poderla hacer vida en nosotros y participar de est
Domingo IV del Tiempo ordinario, ciclo B: Jesús es el profeta que nos trae la Palabra de Dios, para poderla hacer vida en nosotros y participar de esta nueva Vida
Deuteronomio 18,15-20: Habló Moisés al pueblo diciendo: El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo, de entre tus hermanos. A él le escucharéis. Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea: «No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir.»
El Señor me respondió: «Tienen razón; suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, es reo de muerte..»
Salmo 94,1-2.6-7.8-9: R/. Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestros corazones.
Venid, aclamemos al Señor, / demos vítores a la Roca que nos salva; / entremos en su presencia dándole gracias, / vitoreándole al son de instrumentos.
Entrad, postrémonos por tierra, / bendiciendo al Señor, creador nuestro. / Porque él es nuestro Dios / y nosotros su pueblo, / el rebaño que él guía.
Ojalá escuchéis hoy su voz: / «No endurezcáis el corazón como en Meribá, / como el día de Masá en el desierto: / cuando vuestros padres me pusieron a prueba / y me tentaron, aunque habían visto mis obras.»
Primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 7,32-35. Hermanos: Quiero que os ahorréis preocupaciones: el célibe se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido. Lo mismo, la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido. Os digo todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones.
Evangelio según San Marcos 1,21-28: Llegó Jesús a Cafarnaún y, cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él». El espíritu inmundo se retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundo les manda y le obedecen». Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.
Comentario: 1. Dt 18, 15-20: Después de haber hablado sobre el rey y sobre el sacerdote, pasa a hablar sobre el profeta. Este tema está introducido por una prescripción que prohíbe a Israel recurrir a la adivinación, como lo hacen los paganos (Dt 18,9-14). En efecto, para los hebreos el único medio de conocer la voluntad de Dios será recurriendo a los profetas (vv. 15-20). El pasaje termina enunciando los criterios que permiten reconocer al verdadero profeta (Dt 18,21-22). El Dt difiere de otros documentos del Pentateuco cuando presenta a Moisés como profeta (vv. 15.18; cf. Dt 34,10-12). La mediación profética es subrayada, en una época en que la realeza y el sacerdocio pasan por una grave crisis y en la que los profetas son los únicos que proclaman la voluntad de Dios, el regreso a las fuentes de la Ley y la constitución de un pueblo en torno a la Palabra. El profeta es más sensible a las instancias nuevas, a los casos imprevistos. Su Dios es un Dios del cambio, de la novedad, y tiene el poder de transformar sus palabras en actos: Moisés es realmente un profeta, y el autor, que escribe probablemente en el tiempo de los grandes profetas de Israel, sabe lo que dice cuando considera a Moisés como de mayor importancia que ellos (cf. Dt 34,10). Habrá que esperar la llegada de Jesús (Hch 3,33; 7,37) para encontrar un profeta más importante que Moisés, que libre la palabra del sacerdocio y del político para hacerla presencia activa de Dios en el seno de la realidad más cotidiana (Maertens-Frisque).
"Pediste al Señor tu Dios: "No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios". A la hora de la teofanía del Sinaí, ante los truenos, los relámpagos y el terrible incendio, el pueblo se asustó y dijo a Moisés: "No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios; no quiero morir" (Ex 20,18-19). "En diversas ocasiones y de muchas maneras Dios antiguamente había hablado a los padres por boca de los profetas; pero ahora, en estos días que son los últimos, nos ha hablado a nosotros en la persona del Hijo" (Hb 12,1-2) leíamos por Navidad. En él "se ha revelado el amor de Dios que quiere salvar a todos los hombres (...); la bondad de Dios, nuestro salvador, y el amor que tiene a los hombres" (Tt 2,11; 3,4). El pueblo esperaba un Profeta como Moisés (cf Jn 1,21). Pero la realidad sobrepasa la profecía. Nosotros vemos a Dios y le escuchamos en Jesús (J. Totosaus).
2. Sal 94: Jesús quiso revivir el tiempo del desierto, lugar de la prueba, lugar de la tentación y del desafío a Dios ("Meribá y Masá" Éx 17,1-7; Núm 20,1-13). Durante 40 días, evocando los 40 años de la larga peregrinación en el desierto, Jesús fue tentado. Y las tres formas concretas de esta tentación eran precisamente las mismas del pueblo de Israel: la tentación del hambre, la tentación de los ídolos, la tentación de los signos milagrosos. Un día u otro, son las tentaciones de cualquier hombre. "Durante 40 años esa generación me ha decepcionado". Esta palabra "generación", tomada en sentido peyorativo (como si se dijera "ralea"), la utilizó Jesús con el mismo sentido condenatorio de este salmo. "¿Por qué esta generación pide un signo? No se dará ningún signo a esta generación" (Mc 8,12). "Generación mala y adúltera que pide un signo" (Mt 12,39). "Generación incrédula, ¿hasta cuándo estaré con vosotros?" (Mc 9,19). "El rebaño guiado por su mano". Este tema del "pastor", Jesús lo utilizó también: "Yo soy el buen pastor"... (Jn 10). "Viendo las muchedumbres, se llenó de compasión hacia ellas porque las veía como ovejas sin pastor" (Mt 9,36). La imagen de la "roca" es la roca sólida que Jesús utilizó varias veces. "El hombre que escucha la palabra de Dios se parece a quien construye su casa sobre la roca" (Mt 7,24). Hoy renovamos con alegría la invitación: “venid, entrad, cantemos con alegría, aclamemos”. "¡Nadie es una isla!" Después de largos siglos de individualismo, el mundo actual redescubre los valores comunitarios. El gran anonimato de las ciudades causa una soledad que por contraste, hace desear "estar con" los demás. La liturgia actual se esfuerza por valorizar la participación comunitaria. Nunca deberíamos olvidar que si la Iglesia nos convoca a la misma hora, en el mismo lugar, no es para hacer una oración individual (por indispensable que ella sea, pero en horas distintas), sino para una oración "juntos": ¡venid, entrad, cantad con alegría, aclamad, cantad! Esto explica, por qué los monjes de madrugada, se invitan unos a otros a la alabanza común. Dejémonos llevar por la oración de los demás. No seamos de aquellos que rechazan esta invitación y se encierran en su aislamiento piadoso. Inclinaos, prosternaos. En oriente hay quizá más conciencia de lo sagado, necesidad de prosternarse, de adorar. ¿Hemos acaso olvidado en Occidente, este gesto casi universal de las religiones? Hay que hacerlo, para experimentar toda la carga afectiva: "Dime ante quién te inclinas"... "Dime a quién reconoces superior a ti"... Lo sabemos muy bien, un gesto es más verdadero y comprometedor que una palabra. Pero por desgracia, nuestra cultura occidental nos ha desencarnado... Pese a la célebre advertencia de Pascal: "Quien quiere hacer el ángel, hace la bestia".
La Alianza:... "El es nuestro Dios, nosotros somos su pueblo"... "¿Lo escucharemos?" "La Alianza", anillo recíproco que llevan los esposos, símbolo corporal de pertenencia mutua. Palabra clave de la Biblia. Audacia extraordinaria del hombre religioso que imagina su relación con Dios en términos de desposorio. Aventura extraordinaria de Dios, totalmente otro, que se une amorosamente a un pueblo, a pobres humanos. Esto garantiza vivir la fe como una relación de amor. Pero ilumina también el estado del matrimonio, haciendo de él un "sacramento" de fe. Los valores esenciales del amor humano son también valores fundamentales de la fe. "No me abandones, no me abandones" dice la canción, exigencia de fidelidad. "Escúchame, escúchame pues", forma concreta que toma el amor. "Tú me has defraudado, has cerrado tu corazón", el amor es también fuente de sufrimiento y decepciones . El pecado como "infidelidad", negación a escuchar". El "tú" de reproche que aparece al final del salmo: es el signo de un amor herido. Tal es, efectivamente, la verdadera dimensión del pecado. Se reduce considerablemente el mal cuando se limita a la simple transgresión de una ley, cuando se sitúa en relación a un mandamiento. Cuando se queda al nivel de lo permitido y lo prohibido. Para el hombre religioso, la moral no es solamente un sistema de normas de funcionamiento de la sociedad humana, es uno de los elementos de la relación con Dios. El mal "alcanza" a Dios,"frustra" a Dios. En lugar de acusar a Dios, de lanzarle "un desafío", por el problema del mal existente en el mundo, debemos comprender que el mal es contrario al plan de Dios, que El es el primero que sufre, como un artesano que ve desbaratarse su obra, como un esposo ridiculizado.
Hoy. La Iglesia nos propone recitar este salmo cada mañana, esto no es mera casualidad. La invitación a la alegre alabanza del comienzo, es una invitación diaria. La advertencia severa de resistir a la tentación, es también una invitación positiva: Hoy... todo es posible. El pasado es pasado... El mal de ayer se acabó. Una nueva jornada comienza (Noel Quesson). "Ojalá escuchéis hoy su voz" (Sal 94,8). El salmo, del cual se ha tomado la Palabra de vida, nos recuerda que nosotros somos el pueblo de Dios y que él nos quiere guiar, como hace un pastor con su rebaño, para introducirnos en la tierra prometida. El, que nos ha pensado desde siempre, sabe cómo tenemos que caminar para vivir en plenitud, para alcanzar nuestro verdadero ser. En su amor nos sugiere qué hacer, qué no hacer y nos señala el camino a seguir. Dios nos habla como a amigos porque quiere introducirnos en la comunión con Él. Si uno escucha su voz -dice nuestro salmo en su conclusión-, entrará en el "reposo" de Dios, es decir, en la tierra prometida, en la alegría del Paraíso. Jesús es el buen pastor al que hemos de escuchar su voy… Dios le hace sentir su voz a cada uno. Nos lo recuerda el Concilio Vaticano II: "En lo más profundo de su conciencia el hombre descubre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo pero a la cual debe obedecer y, cuya voz, lo llama siempre que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal; cuando es necesario le dice claramente a los sentidos del alma: haz esto, evita aquello. En realidad el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón…" ¿Qué tenemos que hacer cuando Dios habla a nuestro corazón? Simplemente tenemos que ponernos a la escucha de su Palabra sabiendo que, en el lenguaje bíblico, escuchar significa adherir enteramente, obedecer, adecuarse a lo que se nos dice. Es como dejarse tomar de la mano y hacerse guiar por Dios. Podemos confiarnos a Él como un niño que se abandona en los brazos de la madre y se deja llevar por ella. El cristiano es una persona guiada por el Espíritu Santo. "Ojalá escuchéis hoy su voz"… Enseguida después de estas palabras el salmo continua: "No endurezcáis el corazón". También Jesús ha hablado muchas veces de la dureza del corazón. Se puede oponer resistencia a Dios, uno puede cerrarse a Él y negarse a escuchar su voz. El corazón duro no se deja plasmar. A veces no se trata ni siquiera de mala voluntad. Es que cuesta reconocer "esa voz" en medio de muchas otras voces que resuenan dentro. Muchas veces el corazón está contaminado de demasiados ruidos ensordecedores: son inclinaciones desordenadas que conducen al pecado, la mentalidad de este mundo que se opone al proyecto de Dios, las modas, los "slogan" publicitarios. Sabemos lo fácil que resulta confundir las propias opiniones, los propios deseos con la voz del Espíritu en nosotros y lo fácil que es, por consiguiente, caer en caprichos y en lo subjetivo. Nunca tengo que olvidar que la Realidad está dentro de mí. Tengo que hacer callar todo en mí para descubrir la voz de Dios. Y tengo que extraer esa voz como se rescata un diamante del barro: limpiarla, sacarla a relucir y dejarse guiar por ella. Entonces también podré ser guía para otros, porque esa voz sutil de Dios que empuja e ilumina, esa linfa que sube del fondo del alma, es sabiduría, es amor y el amor se debe dar.
“Ojalá escuchéis hoy su voz"… ¿Cómo afinar la sensibilidad sobrenatural y la intuición evangélica para estar en condiciones de percibir las sugerencias de esa voz? Antes que nada, es necesario reevangelizarse constantemente acudiendo a la Palabra de Dios, leyendo, meditando, viviendo el Evangelio, para ir adquiriendo, cada vez más, una mentalidad evangélica. Aprenderemos a reconocer la voz de Dios dentro de nosotros en la medida en que aprendamos a conocerla de los labios de Jesús, Palabra de Dios hecha hombre. Y esto se lo puede pedir con la oración. Luego deberemos dejar vivir al Resucitado en nosotros, renegando a nosotros mismos, haciéndole la guerra al egoísmo, al "hombre viejo" que está siempre al acecho. Esto requiere una gran inmediatez a decir que no a todo lo que va contra la voluntad de Dios y a decirle sí a todo lo que Él quiera; no a nosotros mismos en el momento de la tentación, cortando de inmediato con sus insinuaciones y sí a las tareas que Él nos ha confiado, sí al amor hacia todos los prójimos, sí a las pruebas y a las dificultades que encontramos. Podemos, finalmente, identificar más fácilmente la voz de Dios si tenemos al Resucitado en medio de nosotros, es decir, si amamos hasta la reciprocidad, creando en todas partes oasis de comunión, de fraternidad. Jesús en medio de nosotros es como el altavoz que amplifica la voz de Dios dentro de cada uno, haciéndola escuchar más claramente. También el apóstol Pablo enseña que el amor cristiano, vivido en la comunidad, se enriquece siempre más en conciencia y en todo tipo de discernimiento, ayudándonos a reconocer siempre lo mejor. Entonces nuestra vida estará como entre dos fuegos: Dios en nosotros y Dios en medio de nosotros. En este horno divino nos formamos y nos entrenamos a escuchar y seguir a Jesús. Una vida guiada en todo lo posible por el Espíritu Santo resulta hermosa: tiene sabor, tiene vigor, tiene mordiente, es auténtica y luminosa (Chiara Lubich).
Hablando con niños sobre los Evangelios de la Misa de estos días, veíamos que Dios pone pistas en nuestro corazón, como en la búsqueda de un tesoro o –salvando las distancias- las películtas tipo “Piratas del Caribe”, las pistas que ofrece Dios son para seguirlas y luchar en estos puntos, y vencer en una pelea en algún punto (sonreír ante las dificultades, evitar discusiones con sentido del humor, acabar un trabajo hasta los últimos detalles…) y así, después de una batalla se nos muestra otra pista, para seguir adelante esta aventura del amor, en la medida que hacemos oración facilitamos la labor del Señor para intuir esta pista, y al cumplirla se nos ofrece la siguiente pista, cada vez más interesante pues nos aproxima más a la meta que es participar de los sentimiento del corazón de Jesús.
También nos ayuda la oración para ver esa voz divina en las circunstancias de nuestro hoy. Por ejemplo, en un mundo en crisis económica, el que nos falten algunas cosas puede suponer un revulsivo para no caer en la esclavitud del tener. Es una oportunidad de oro para que todos nos eduquemos sin la idea de que las cosas se pueden conseguir de forma inmediata y sin esfuerzo, que cuando se rompe algo se repone enseguida comprándolo nuevo, sin ni siquiera considerar arreglarlo, que con dinero se compra todo o casi todo... a veces se comenta lo deprimida que está la gente en estos países del primer mundo y cómo cuesta renunciar a lo más superfluo de lo superfluo (ir a esquiar, estudiar fuera, blanquearse los dientes, cambiar de coche o de ordenador, la segunda residencia, la empleada doméstica fija, las extraescolares de los niños...). Mientras, en sitios más pobres de América, África o Asia se nota la providencia divina más cercana, y se valora más lo poco que se tiene, hay una alegría de vivir…, que ya sabemos que no está en el tener sino en el amar.
3. 1 Cor 7,32-35: el celibato por el Reino. A ejemplo de Jesús, san Pablo también quiso poder entregarse totalmente a Dios y anunciar su mensaje; e invita a otros a hacer lo mismo. El hombre ha sido creado en cuerpo y espíritu con vistas al matrimonio (Gén 1,27.31). Y sin embargo, hay hombres y mujeres cristianos que con pleno conocimiento y libertad, y con gran alegría, renuncian de por vida al matrimonio. Lo hacen «por amor al Reino de los Cielos» (Mt 19,12). El «celibato» es siempre por motivos divinos, la «virginidad cristiana» es por causa de una vocación apostólica y por tanto fecunda, en la que se vive la paternidad y maternidad de otro modo, no biológico sino espiritual pero no por eso menos profundo. Así habló Jesús: «Hay hombres que se quedan sin casar por causa del Reino de los Cielos. El que puede aceptar esto, que lo acepte» (Mt 19,12). El Apóstol Pablo hace entender que en su tiempo ya había algunos creyentes que vivieron como vírgenes por un tiempo para dedicarse a la oración (1Cor. 7, 5). También dice el Apóstol que el cuerpo no está sólo destinado para la unión sexual, sino también para dar testimonio de Dios: «El cuerpo es para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Y así como Dios resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros por su poder... ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?» (1 Cor 6,13-15). Y en el texto de hoy Pablo habla de la virginidad como un estado mejor que el matrimonio, porque este estado de vida expresa más claramente la entrega total al Señor. Esto no es un mandato del Señor, dice Pablo (1 Cor 7, 25), sino una llamada personal de Dios, un carisma o un don del Espíritu Santo (1 Cor 7,7) y, como dice Jesús, esto no todos lo pueden entender. La virginidad es un signo del mundo que vendrá. Los que permanecen vírgenes en este mundo están despegando de este mundo (1 Cor 7,27) y esperan al Esposo y al Reino que ya vienen, según la parábola de las diez vírgenes (Mt 25,10). Su vida, su virginidad, es un «signo permanente» del mundo que vendrá, es signo visible del estado de resurrección, de la nueva creación, del mundo futuro donde no habrá matrimonio, y donde seremos semejantes a los ángeles y a los hijos de Dios (Lc 20,35-36).
El ejemplo de Jesús es iluminante para nuestra vida: no se casó, no tuvo hijos, no hizo una fortuna. El, que nada poseía, trajo al mundo tesoros que no destruyen ni el moho ni la polilla. El, que no tuvo mujer, ni hijos, era hermano de todos y entregó su vida por todos. Además, Jesús invitó a sus discípulos a seguirlo hasta lo último. Al joven rico, no le pidió solamente que cumpliera los mandamientos de la ley; le pidió un despojo total para seguirlo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y entonces tendrás riquezas en el cielo; luego ven y sígueme» (Mt 19,21). «Todos los que han dejado sus casas, o sus hermanos o hermanas, o padre, o madre, o esposa, o hijos, o bienes terrenos, por causa mía, recibirán la vida eterna» (Mt 19,29). María, la Madre de Jesús, es la única mujer del Nuevo Testamento a quien se aplica, casi como un título de honor, el nombre de «virgen» (Lc 1,27; Mt 1,23). Por su deseo de guardar su virginidad (Lc 1,34), María asumía la suerte de las mujeres sin hijos, pero lo que en otro tiempo era humillación iba a convertirse para ella en una bendición (Lc 1, 48). Desde antes de su concepción virginal, María tenía la intención de reservarse para Dios. En María apareció en plenitud la virginidad cristiana.
El Apóstol Pablo, un hombre apasionado por predicar el mensaje de la salvación, no quiso, como los predicadores de su tiempo, ir acompañado de una esposa (1 Cor 9,4-12). Además Pablo invitó a otros a seguir este estado de vida y dice: «Yo personalmente quisiera que todos fueran como yo» (1 Cor 7,7). El Apóstol vio que su vida como célibe le daba mayor disponibilidad de tiempo y una mayor libertad para la predicación. Vio que el celibato le daba más tiempo para el servicio de Dios y de sus hermanos (1 Cor 7,35). Seguramente los apóstoles y muchos discípulos siguieron esta forma de vida; recordamos las palabras de Pedro: «Señor, nosotros hemos dejado todo lo que teníamos y te hemos seguido» (Mt 19,27). ¿Cuál es el motivo fundamental para optar por una vida sin casarse? Después de todo, podemos decir que el celibato religioso brota de una experiencia muy especial de Dios. El no casarse en sentido evangélico es fruto de una profunda fe y de una experiencia de que Dios entra en la vida del hombre o de la mujer. Es el Dios vivo, que deja huellas en una persona. Es el Dios, Padre de Jesucristo, que ha seducido a algunas personas de tal manera, que ellos dejan todo atrás y van como enamorados detrás de Jesús. El hombre célibe religioso es una persona «seducida por Dios»: «Tú me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir» (Jer 20,7). Desde el momento que llega Dios a la vida del religioso todo cambia. El hombre religioso deja todo atrás, aun el amor humano, porque simplemente ha llegado el Amor. Dios vuelve a ser el «único amor», es como si de improviso aparece el sol y se apagan las estrellas... Dice la Escritura: «Tú eres mi bien, la parte de mi herencia, mi copa. Me ha tocado en suerte la mejor parte, que Dios mismo me escogió» (Salmo 16, 5-6)… Dios como «amor». Con su oración y su silencio, esas almas quieren llegar a la fuente de todo amor que Dios ha manifestado en su Hijo Jesucristo. Quieren permanecer en celibato a fin de estar más disponibles para servir a sus hermanos y para entregarse totalmente al amor de Cristo. No hay nada más bello, nada más profundo, nada más perfecto que Cristo. He aquí el último núcleo de una vida célibe por el Reino de los Cielos.
No optan por un camino de egoísmo, ni tampoco desprecian la sexualidad o el matrimonio. No hacen un compromiso de «desamor», sino radicalismo en el amor: en su experiencia de amor descubren por in-tuición una dimensión más abierta y reclama un amor absoluto en toda su vida. Sin estos «especialistas de Dios», el mundo sería más pobre. Pero esto no todos lo pueden entender. Por algo dijo Jesús: «El que pueda entender que entienda» (Mt 19,12: Miguel Jordá. Sobre la virginidad y realización persona ver mi artículo http://www.churchforum.com/virginidad-realizacion-personal.htm; he escrito también sobre el celibato sacerdotal en http://es.catholic.net/sacerdotes/222/1091/articulo.php?id=2392 y también sus bases teológicas en http://es.catholic.net/escritoresactuales/542/1263/articulo.php?id=14285).
4. Mc 1, 21-28 (par.: Lc 4, 31-37): Siempre me ha interrogado la vida y el amor de Jesús en todo. Se acercaban a Él porque transmitía vida y acogía a todos. Nadie se marchaba de su lado sin haber experimentado de una u otra manera que era amado de Dios, de una forma única e irrepetible. Pero lo que más me ha impresionado siempre ha sido que Jesús no enseñaba como los demás, enseñaba con autoridad. ¿Qué significa esta autoridad? Jesús siempre era sugerente y no imponía nada que uno no pudiese aceptar libremente. «Si quieres...», le dijo al joven rico. He llegado a la conclusión de que la autoridad de Jesús se fundamentaba en que estaba detrás de ella la coherencia de su vida. Jesús enseñaba con autoridad porque todo lo que decía lo vivía. Su autoridad era su amor incondicional, la entrega total y absoluta de su vida. Nada le desautorizaba, porque lo que decía lo vivía, y en lo que mandaba estaba detrás la explicación con su ejemplo. Era coherente y veraz en todo, ésta era la autoridad que causa asombro. Enseñar con autoridad al estilo de Jesús es no un autoritarismo que no sabe de comprensión con las personas y que tiene mucho de amor propio. Enseñar con autoridad es la coherencia de que quienes le conocían decían de Él: «He ahí un hombre que lo que enseña lo vive y, sobre todo, que, antes de nada, enseña con su ejemplo de vida». ¡Qué distinto nuestro mundo de tanta palabrería y de tan poco hacer. De acciones sin contenido. De charlatanes sin cumplir casi con nada! Me quedo con Jesús, con su autoridad, la única que sigue siendo creíble, que brota de una vida auténtica, que se moja el primero. Autoridad, porque no decía, ni enseñaba nada que no estuviera explicado con su vida. Precisamente porque en la situación que hoy vivimos hay tanta inflación de palabras, por eso, hay tanto autoritarismo y tan poca autoridad, al estilo de Jesús. Nos falta vida y nos sobran palabras. Sólo con asomarse un poquito a nuestro querido, maltrecho y pequeño mundo, nos damos cuenta de ello (Francisco Cerro Chaves).
Jesús habla como quien tiene autoridad, porque es consciente de que en él y en su mensaje la Ley y los Profetas adquieren plenitud de sentido. Él es el Hijo a quien el Padre le ha entregado todas las cosas (Mt 11, 27). Por eso su palabra es poderosa para ordenar a los demonios y someterlos a su voluntad (v. 27), para perdonar los pecados que sólo Dios puede perdonar (2, 10), para curar enfermos y resucitar a los muertos. Por eso habla con autoridad y dispone de la Ley: "Habéis oído que se dijo... pero yo os digo" (Mt 5, 21ss; cf. Mt 7, 29). Jesús no rechaza el título de "Santo de Dios"; pero impone silencio al espíritu inmundo porque no ha llegado el momento de manifestarse públicamente como Mesías y, sobre todo, porque no admite sobre él ninguna influencia. El nombre de Jesús, lo que él es, sólo deben pronunciarlo aquellos que reconocen su autoridad y la confiesan en la obediencia de la fe. Según la concepción religiosa popular, el conocimiento del nombre y su pronunciación ejercía un dominio mágico sobre la persona que lo llevaba. Esta concepción subyace en nuestro texto, en el que la autoridad de Jesús se opone abiertamente al poder de los demonios y los vence (“Eucaristía 1982”; escribí sobre la autoridad de Jesús en http://www.es.catholic.net/educadorescatolicos/693/2138/articulo.php?id=26843).
Aquello es nuevo. "Nuevo" de la novedad de Dios, algo que te regenera, te renueva y rejuvenece. Lo viejo se purifica. Novedad, "ruptura", discontinuidad con lo que precede, con lo que dicen los demás, con lo que eres. Llamada de Dios nueva, sorprendente, inesperada; pero después de haberla oído, la encuentras dentro de ti; era lo que estabas esperando, quizás sin saberlo siquiera... La enseñanza de los escribas (los teólogos, los biblistas y los juristas de la época) sacaban su propia autoridad de las Escrituras y de la tradición de los antiguos, o bien se hacía aceptar remitiendo a la autoridad de algún maestro célebre; su autoridad no residía en la enseñanza misma. Pero no era así la palabra de Jesús: era un anuncio que llevaba consigo su propia fuerza, clara y transparente; un anuncio que te pone frente a tus contradicciones, con una evidencia que te penetra y te desconcierta. No remite a otra cosa. Frente a ella no hay que pensar en pruebas o falta de pruebas. Si te pones a buscar pruebas, es que no te rindes ante la luz. Si se te ofrece alguna prueba, ¿de qué serviría? La pondrías en discusión. Más aún, la enseñanza de Jesús es autoritaria, porque no es solamente palabra, sino gesto. Es una palabra poderosa que libera y que cura (Bruno Maggioni).
Deuteronomio 18,15-20: Habló Moisés al pueblo diciendo: El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo, de entre tus hermanos. A él le escucharéis. Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea: «No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir.»
El Señor me respondió: «Tienen razón; suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, es reo de muerte..»
Salmo 94,1-2.6-7.8-9: R/. Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestros corazones.
Venid, aclamemos al Señor, / demos vítores a la Roca que nos salva; / entremos en su presencia dándole gracias, / vitoreándole al son de instrumentos.
Entrad, postrémonos por tierra, / bendiciendo al Señor, creador nuestro. / Porque él es nuestro Dios / y nosotros su pueblo, / el rebaño que él guía.
Ojalá escuchéis hoy su voz: / «No endurezcáis el corazón como en Meribá, / como el día de Masá en el desierto: / cuando vuestros padres me pusieron a prueba / y me tentaron, aunque habían visto mis obras.»
Primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 7,32-35. Hermanos: Quiero que os ahorréis preocupaciones: el célibe se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido. Lo mismo, la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido. Os digo todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones.
Evangelio según San Marcos 1,21-28: Llegó Jesús a Cafarnaún y, cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él». El espíritu inmundo se retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundo les manda y le obedecen». Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.
Comentario: 1. Dt 18, 15-20: Después de haber hablado sobre el rey y sobre el sacerdote, pasa a hablar sobre el profeta. Este tema está introducido por una prescripción que prohíbe a Israel recurrir a la adivinación, como lo hacen los paganos (Dt 18,9-14). En efecto, para los hebreos el único medio de conocer la voluntad de Dios será recurriendo a los profetas (vv. 15-20). El pasaje termina enunciando los criterios que permiten reconocer al verdadero profeta (Dt 18,21-22). El Dt difiere de otros documentos del Pentateuco cuando presenta a Moisés como profeta (vv. 15.18; cf. Dt 34,10-12). La mediación profética es subrayada, en una época en que la realeza y el sacerdocio pasan por una grave crisis y en la que los profetas son los únicos que proclaman la voluntad de Dios, el regreso a las fuentes de la Ley y la constitución de un pueblo en torno a la Palabra. El profeta es más sensible a las instancias nuevas, a los casos imprevistos. Su Dios es un Dios del cambio, de la novedad, y tiene el poder de transformar sus palabras en actos: Moisés es realmente un profeta, y el autor, que escribe probablemente en el tiempo de los grandes profetas de Israel, sabe lo que dice cuando considera a Moisés como de mayor importancia que ellos (cf. Dt 34,10). Habrá que esperar la llegada de Jesús (Hch 3,33; 7,37) para encontrar un profeta más importante que Moisés, que libre la palabra del sacerdocio y del político para hacerla presencia activa de Dios en el seno de la realidad más cotidiana (Maertens-Frisque).
"Pediste al Señor tu Dios: "No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios". A la hora de la teofanía del Sinaí, ante los truenos, los relámpagos y el terrible incendio, el pueblo se asustó y dijo a Moisés: "No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios; no quiero morir" (Ex 20,18-19). "En diversas ocasiones y de muchas maneras Dios antiguamente había hablado a los padres por boca de los profetas; pero ahora, en estos días que son los últimos, nos ha hablado a nosotros en la persona del Hijo" (Hb 12,1-2) leíamos por Navidad. En él "se ha revelado el amor de Dios que quiere salvar a todos los hombres (...); la bondad de Dios, nuestro salvador, y el amor que tiene a los hombres" (Tt 2,11; 3,4). El pueblo esperaba un Profeta como Moisés (cf Jn 1,21). Pero la realidad sobrepasa la profecía. Nosotros vemos a Dios y le escuchamos en Jesús (J. Totosaus).
2. Sal 94: Jesús quiso revivir el tiempo del desierto, lugar de la prueba, lugar de la tentación y del desafío a Dios ("Meribá y Masá" Éx 17,1-7; Núm 20,1-13). Durante 40 días, evocando los 40 años de la larga peregrinación en el desierto, Jesús fue tentado. Y las tres formas concretas de esta tentación eran precisamente las mismas del pueblo de Israel: la tentación del hambre, la tentación de los ídolos, la tentación de los signos milagrosos. Un día u otro, son las tentaciones de cualquier hombre. "Durante 40 años esa generación me ha decepcionado". Esta palabra "generación", tomada en sentido peyorativo (como si se dijera "ralea"), la utilizó Jesús con el mismo sentido condenatorio de este salmo. "¿Por qué esta generación pide un signo? No se dará ningún signo a esta generación" (Mc 8,12). "Generación mala y adúltera que pide un signo" (Mt 12,39). "Generación incrédula, ¿hasta cuándo estaré con vosotros?" (Mc 9,19). "El rebaño guiado por su mano". Este tema del "pastor", Jesús lo utilizó también: "Yo soy el buen pastor"... (Jn 10). "Viendo las muchedumbres, se llenó de compasión hacia ellas porque las veía como ovejas sin pastor" (Mt 9,36). La imagen de la "roca" es la roca sólida que Jesús utilizó varias veces. "El hombre que escucha la palabra de Dios se parece a quien construye su casa sobre la roca" (Mt 7,24). Hoy renovamos con alegría la invitación: “venid, entrad, cantemos con alegría, aclamemos”. "¡Nadie es una isla!" Después de largos siglos de individualismo, el mundo actual redescubre los valores comunitarios. El gran anonimato de las ciudades causa una soledad que por contraste, hace desear "estar con" los demás. La liturgia actual se esfuerza por valorizar la participación comunitaria. Nunca deberíamos olvidar que si la Iglesia nos convoca a la misma hora, en el mismo lugar, no es para hacer una oración individual (por indispensable que ella sea, pero en horas distintas), sino para una oración "juntos": ¡venid, entrad, cantad con alegría, aclamad, cantad! Esto explica, por qué los monjes de madrugada, se invitan unos a otros a la alabanza común. Dejémonos llevar por la oración de los demás. No seamos de aquellos que rechazan esta invitación y se encierran en su aislamiento piadoso. Inclinaos, prosternaos. En oriente hay quizá más conciencia de lo sagado, necesidad de prosternarse, de adorar. ¿Hemos acaso olvidado en Occidente, este gesto casi universal de las religiones? Hay que hacerlo, para experimentar toda la carga afectiva: "Dime ante quién te inclinas"... "Dime a quién reconoces superior a ti"... Lo sabemos muy bien, un gesto es más verdadero y comprometedor que una palabra. Pero por desgracia, nuestra cultura occidental nos ha desencarnado... Pese a la célebre advertencia de Pascal: "Quien quiere hacer el ángel, hace la bestia".
La Alianza:... "El es nuestro Dios, nosotros somos su pueblo"... "¿Lo escucharemos?" "La Alianza", anillo recíproco que llevan los esposos, símbolo corporal de pertenencia mutua. Palabra clave de la Biblia. Audacia extraordinaria del hombre religioso que imagina su relación con Dios en términos de desposorio. Aventura extraordinaria de Dios, totalmente otro, que se une amorosamente a un pueblo, a pobres humanos. Esto garantiza vivir la fe como una relación de amor. Pero ilumina también el estado del matrimonio, haciendo de él un "sacramento" de fe. Los valores esenciales del amor humano son también valores fundamentales de la fe. "No me abandones, no me abandones" dice la canción, exigencia de fidelidad. "Escúchame, escúchame pues", forma concreta que toma el amor. "Tú me has defraudado, has cerrado tu corazón", el amor es también fuente de sufrimiento y decepciones . El pecado como "infidelidad", negación a escuchar". El "tú" de reproche que aparece al final del salmo: es el signo de un amor herido. Tal es, efectivamente, la verdadera dimensión del pecado. Se reduce considerablemente el mal cuando se limita a la simple transgresión de una ley, cuando se sitúa en relación a un mandamiento. Cuando se queda al nivel de lo permitido y lo prohibido. Para el hombre religioso, la moral no es solamente un sistema de normas de funcionamiento de la sociedad humana, es uno de los elementos de la relación con Dios. El mal "alcanza" a Dios,"frustra" a Dios. En lugar de acusar a Dios, de lanzarle "un desafío", por el problema del mal existente en el mundo, debemos comprender que el mal es contrario al plan de Dios, que El es el primero que sufre, como un artesano que ve desbaratarse su obra, como un esposo ridiculizado.
Hoy. La Iglesia nos propone recitar este salmo cada mañana, esto no es mera casualidad. La invitación a la alegre alabanza del comienzo, es una invitación diaria. La advertencia severa de resistir a la tentación, es también una invitación positiva: Hoy... todo es posible. El pasado es pasado... El mal de ayer se acabó. Una nueva jornada comienza (Noel Quesson). "Ojalá escuchéis hoy su voz" (Sal 94,8). El salmo, del cual se ha tomado la Palabra de vida, nos recuerda que nosotros somos el pueblo de Dios y que él nos quiere guiar, como hace un pastor con su rebaño, para introducirnos en la tierra prometida. El, que nos ha pensado desde siempre, sabe cómo tenemos que caminar para vivir en plenitud, para alcanzar nuestro verdadero ser. En su amor nos sugiere qué hacer, qué no hacer y nos señala el camino a seguir. Dios nos habla como a amigos porque quiere introducirnos en la comunión con Él. Si uno escucha su voz -dice nuestro salmo en su conclusión-, entrará en el "reposo" de Dios, es decir, en la tierra prometida, en la alegría del Paraíso. Jesús es el buen pastor al que hemos de escuchar su voy… Dios le hace sentir su voz a cada uno. Nos lo recuerda el Concilio Vaticano II: "En lo más profundo de su conciencia el hombre descubre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo pero a la cual debe obedecer y, cuya voz, lo llama siempre que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal; cuando es necesario le dice claramente a los sentidos del alma: haz esto, evita aquello. En realidad el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón…" ¿Qué tenemos que hacer cuando Dios habla a nuestro corazón? Simplemente tenemos que ponernos a la escucha de su Palabra sabiendo que, en el lenguaje bíblico, escuchar significa adherir enteramente, obedecer, adecuarse a lo que se nos dice. Es como dejarse tomar de la mano y hacerse guiar por Dios. Podemos confiarnos a Él como un niño que se abandona en los brazos de la madre y se deja llevar por ella. El cristiano es una persona guiada por el Espíritu Santo. "Ojalá escuchéis hoy su voz"… Enseguida después de estas palabras el salmo continua: "No endurezcáis el corazón". También Jesús ha hablado muchas veces de la dureza del corazón. Se puede oponer resistencia a Dios, uno puede cerrarse a Él y negarse a escuchar su voz. El corazón duro no se deja plasmar. A veces no se trata ni siquiera de mala voluntad. Es que cuesta reconocer "esa voz" en medio de muchas otras voces que resuenan dentro. Muchas veces el corazón está contaminado de demasiados ruidos ensordecedores: son inclinaciones desordenadas que conducen al pecado, la mentalidad de este mundo que se opone al proyecto de Dios, las modas, los "slogan" publicitarios. Sabemos lo fácil que resulta confundir las propias opiniones, los propios deseos con la voz del Espíritu en nosotros y lo fácil que es, por consiguiente, caer en caprichos y en lo subjetivo. Nunca tengo que olvidar que la Realidad está dentro de mí. Tengo que hacer callar todo en mí para descubrir la voz de Dios. Y tengo que extraer esa voz como se rescata un diamante del barro: limpiarla, sacarla a relucir y dejarse guiar por ella. Entonces también podré ser guía para otros, porque esa voz sutil de Dios que empuja e ilumina, esa linfa que sube del fondo del alma, es sabiduría, es amor y el amor se debe dar.
“Ojalá escuchéis hoy su voz"… ¿Cómo afinar la sensibilidad sobrenatural y la intuición evangélica para estar en condiciones de percibir las sugerencias de esa voz? Antes que nada, es necesario reevangelizarse constantemente acudiendo a la Palabra de Dios, leyendo, meditando, viviendo el Evangelio, para ir adquiriendo, cada vez más, una mentalidad evangélica. Aprenderemos a reconocer la voz de Dios dentro de nosotros en la medida en que aprendamos a conocerla de los labios de Jesús, Palabra de Dios hecha hombre. Y esto se lo puede pedir con la oración. Luego deberemos dejar vivir al Resucitado en nosotros, renegando a nosotros mismos, haciéndole la guerra al egoísmo, al "hombre viejo" que está siempre al acecho. Esto requiere una gran inmediatez a decir que no a todo lo que va contra la voluntad de Dios y a decirle sí a todo lo que Él quiera; no a nosotros mismos en el momento de la tentación, cortando de inmediato con sus insinuaciones y sí a las tareas que Él nos ha confiado, sí al amor hacia todos los prójimos, sí a las pruebas y a las dificultades que encontramos. Podemos, finalmente, identificar más fácilmente la voz de Dios si tenemos al Resucitado en medio de nosotros, es decir, si amamos hasta la reciprocidad, creando en todas partes oasis de comunión, de fraternidad. Jesús en medio de nosotros es como el altavoz que amplifica la voz de Dios dentro de cada uno, haciéndola escuchar más claramente. También el apóstol Pablo enseña que el amor cristiano, vivido en la comunidad, se enriquece siempre más en conciencia y en todo tipo de discernimiento, ayudándonos a reconocer siempre lo mejor. Entonces nuestra vida estará como entre dos fuegos: Dios en nosotros y Dios en medio de nosotros. En este horno divino nos formamos y nos entrenamos a escuchar y seguir a Jesús. Una vida guiada en todo lo posible por el Espíritu Santo resulta hermosa: tiene sabor, tiene vigor, tiene mordiente, es auténtica y luminosa (Chiara Lubich).
Hablando con niños sobre los Evangelios de la Misa de estos días, veíamos que Dios pone pistas en nuestro corazón, como en la búsqueda de un tesoro o –salvando las distancias- las películtas tipo “Piratas del Caribe”, las pistas que ofrece Dios son para seguirlas y luchar en estos puntos, y vencer en una pelea en algún punto (sonreír ante las dificultades, evitar discusiones con sentido del humor, acabar un trabajo hasta los últimos detalles…) y así, después de una batalla se nos muestra otra pista, para seguir adelante esta aventura del amor, en la medida que hacemos oración facilitamos la labor del Señor para intuir esta pista, y al cumplirla se nos ofrece la siguiente pista, cada vez más interesante pues nos aproxima más a la meta que es participar de los sentimiento del corazón de Jesús.
También nos ayuda la oración para ver esa voz divina en las circunstancias de nuestro hoy. Por ejemplo, en un mundo en crisis económica, el que nos falten algunas cosas puede suponer un revulsivo para no caer en la esclavitud del tener. Es una oportunidad de oro para que todos nos eduquemos sin la idea de que las cosas se pueden conseguir de forma inmediata y sin esfuerzo, que cuando se rompe algo se repone enseguida comprándolo nuevo, sin ni siquiera considerar arreglarlo, que con dinero se compra todo o casi todo... a veces se comenta lo deprimida que está la gente en estos países del primer mundo y cómo cuesta renunciar a lo más superfluo de lo superfluo (ir a esquiar, estudiar fuera, blanquearse los dientes, cambiar de coche o de ordenador, la segunda residencia, la empleada doméstica fija, las extraescolares de los niños...). Mientras, en sitios más pobres de América, África o Asia se nota la providencia divina más cercana, y se valora más lo poco que se tiene, hay una alegría de vivir…, que ya sabemos que no está en el tener sino en el amar.
3. 1 Cor 7,32-35: el celibato por el Reino. A ejemplo de Jesús, san Pablo también quiso poder entregarse totalmente a Dios y anunciar su mensaje; e invita a otros a hacer lo mismo. El hombre ha sido creado en cuerpo y espíritu con vistas al matrimonio (Gén 1,27.31). Y sin embargo, hay hombres y mujeres cristianos que con pleno conocimiento y libertad, y con gran alegría, renuncian de por vida al matrimonio. Lo hacen «por amor al Reino de los Cielos» (Mt 19,12). El «celibato» es siempre por motivos divinos, la «virginidad cristiana» es por causa de una vocación apostólica y por tanto fecunda, en la que se vive la paternidad y maternidad de otro modo, no biológico sino espiritual pero no por eso menos profundo. Así habló Jesús: «Hay hombres que se quedan sin casar por causa del Reino de los Cielos. El que puede aceptar esto, que lo acepte» (Mt 19,12). El Apóstol Pablo hace entender que en su tiempo ya había algunos creyentes que vivieron como vírgenes por un tiempo para dedicarse a la oración (1Cor. 7, 5). También dice el Apóstol que el cuerpo no está sólo destinado para la unión sexual, sino también para dar testimonio de Dios: «El cuerpo es para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Y así como Dios resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros por su poder... ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?» (1 Cor 6,13-15). Y en el texto de hoy Pablo habla de la virginidad como un estado mejor que el matrimonio, porque este estado de vida expresa más claramente la entrega total al Señor. Esto no es un mandato del Señor, dice Pablo (1 Cor 7, 25), sino una llamada personal de Dios, un carisma o un don del Espíritu Santo (1 Cor 7,7) y, como dice Jesús, esto no todos lo pueden entender. La virginidad es un signo del mundo que vendrá. Los que permanecen vírgenes en este mundo están despegando de este mundo (1 Cor 7,27) y esperan al Esposo y al Reino que ya vienen, según la parábola de las diez vírgenes (Mt 25,10). Su vida, su virginidad, es un «signo permanente» del mundo que vendrá, es signo visible del estado de resurrección, de la nueva creación, del mundo futuro donde no habrá matrimonio, y donde seremos semejantes a los ángeles y a los hijos de Dios (Lc 20,35-36).
El ejemplo de Jesús es iluminante para nuestra vida: no se casó, no tuvo hijos, no hizo una fortuna. El, que nada poseía, trajo al mundo tesoros que no destruyen ni el moho ni la polilla. El, que no tuvo mujer, ni hijos, era hermano de todos y entregó su vida por todos. Además, Jesús invitó a sus discípulos a seguirlo hasta lo último. Al joven rico, no le pidió solamente que cumpliera los mandamientos de la ley; le pidió un despojo total para seguirlo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y entonces tendrás riquezas en el cielo; luego ven y sígueme» (Mt 19,21). «Todos los que han dejado sus casas, o sus hermanos o hermanas, o padre, o madre, o esposa, o hijos, o bienes terrenos, por causa mía, recibirán la vida eterna» (Mt 19,29). María, la Madre de Jesús, es la única mujer del Nuevo Testamento a quien se aplica, casi como un título de honor, el nombre de «virgen» (Lc 1,27; Mt 1,23). Por su deseo de guardar su virginidad (Lc 1,34), María asumía la suerte de las mujeres sin hijos, pero lo que en otro tiempo era humillación iba a convertirse para ella en una bendición (Lc 1, 48). Desde antes de su concepción virginal, María tenía la intención de reservarse para Dios. En María apareció en plenitud la virginidad cristiana.
El Apóstol Pablo, un hombre apasionado por predicar el mensaje de la salvación, no quiso, como los predicadores de su tiempo, ir acompañado de una esposa (1 Cor 9,4-12). Además Pablo invitó a otros a seguir este estado de vida y dice: «Yo personalmente quisiera que todos fueran como yo» (1 Cor 7,7). El Apóstol vio que su vida como célibe le daba mayor disponibilidad de tiempo y una mayor libertad para la predicación. Vio que el celibato le daba más tiempo para el servicio de Dios y de sus hermanos (1 Cor 7,35). Seguramente los apóstoles y muchos discípulos siguieron esta forma de vida; recordamos las palabras de Pedro: «Señor, nosotros hemos dejado todo lo que teníamos y te hemos seguido» (Mt 19,27). ¿Cuál es el motivo fundamental para optar por una vida sin casarse? Después de todo, podemos decir que el celibato religioso brota de una experiencia muy especial de Dios. El no casarse en sentido evangélico es fruto de una profunda fe y de una experiencia de que Dios entra en la vida del hombre o de la mujer. Es el Dios vivo, que deja huellas en una persona. Es el Dios, Padre de Jesucristo, que ha seducido a algunas personas de tal manera, que ellos dejan todo atrás y van como enamorados detrás de Jesús. El hombre célibe religioso es una persona «seducida por Dios»: «Tú me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir» (Jer 20,7). Desde el momento que llega Dios a la vida del religioso todo cambia. El hombre religioso deja todo atrás, aun el amor humano, porque simplemente ha llegado el Amor. Dios vuelve a ser el «único amor», es como si de improviso aparece el sol y se apagan las estrellas... Dice la Escritura: «Tú eres mi bien, la parte de mi herencia, mi copa. Me ha tocado en suerte la mejor parte, que Dios mismo me escogió» (Salmo 16, 5-6)… Dios como «amor». Con su oración y su silencio, esas almas quieren llegar a la fuente de todo amor que Dios ha manifestado en su Hijo Jesucristo. Quieren permanecer en celibato a fin de estar más disponibles para servir a sus hermanos y para entregarse totalmente al amor de Cristo. No hay nada más bello, nada más profundo, nada más perfecto que Cristo. He aquí el último núcleo de una vida célibe por el Reino de los Cielos.
No optan por un camino de egoísmo, ni tampoco desprecian la sexualidad o el matrimonio. No hacen un compromiso de «desamor», sino radicalismo en el amor: en su experiencia de amor descubren por in-tuición una dimensión más abierta y reclama un amor absoluto en toda su vida. Sin estos «especialistas de Dios», el mundo sería más pobre. Pero esto no todos lo pueden entender. Por algo dijo Jesús: «El que pueda entender que entienda» (Mt 19,12: Miguel Jordá. Sobre la virginidad y realización persona ver mi artículo http://www.churchforum.com/virginidad-realizacion-personal.htm; he escrito también sobre el celibato sacerdotal en http://es.catholic.net/sacerdotes/222/1091/articulo.php?id=2392 y también sus bases teológicas en http://es.catholic.net/escritoresactuales/542/1263/articulo.php?id=14285).
4. Mc 1, 21-28 (par.: Lc 4, 31-37): Siempre me ha interrogado la vida y el amor de Jesús en todo. Se acercaban a Él porque transmitía vida y acogía a todos. Nadie se marchaba de su lado sin haber experimentado de una u otra manera que era amado de Dios, de una forma única e irrepetible. Pero lo que más me ha impresionado siempre ha sido que Jesús no enseñaba como los demás, enseñaba con autoridad. ¿Qué significa esta autoridad? Jesús siempre era sugerente y no imponía nada que uno no pudiese aceptar libremente. «Si quieres...», le dijo al joven rico. He llegado a la conclusión de que la autoridad de Jesús se fundamentaba en que estaba detrás de ella la coherencia de su vida. Jesús enseñaba con autoridad porque todo lo que decía lo vivía. Su autoridad era su amor incondicional, la entrega total y absoluta de su vida. Nada le desautorizaba, porque lo que decía lo vivía, y en lo que mandaba estaba detrás la explicación con su ejemplo. Era coherente y veraz en todo, ésta era la autoridad que causa asombro. Enseñar con autoridad al estilo de Jesús es no un autoritarismo que no sabe de comprensión con las personas y que tiene mucho de amor propio. Enseñar con autoridad es la coherencia de que quienes le conocían decían de Él: «He ahí un hombre que lo que enseña lo vive y, sobre todo, que, antes de nada, enseña con su ejemplo de vida». ¡Qué distinto nuestro mundo de tanta palabrería y de tan poco hacer. De acciones sin contenido. De charlatanes sin cumplir casi con nada! Me quedo con Jesús, con su autoridad, la única que sigue siendo creíble, que brota de una vida auténtica, que se moja el primero. Autoridad, porque no decía, ni enseñaba nada que no estuviera explicado con su vida. Precisamente porque en la situación que hoy vivimos hay tanta inflación de palabras, por eso, hay tanto autoritarismo y tan poca autoridad, al estilo de Jesús. Nos falta vida y nos sobran palabras. Sólo con asomarse un poquito a nuestro querido, maltrecho y pequeño mundo, nos damos cuenta de ello (Francisco Cerro Chaves).
Jesús habla como quien tiene autoridad, porque es consciente de que en él y en su mensaje la Ley y los Profetas adquieren plenitud de sentido. Él es el Hijo a quien el Padre le ha entregado todas las cosas (Mt 11, 27). Por eso su palabra es poderosa para ordenar a los demonios y someterlos a su voluntad (v. 27), para perdonar los pecados que sólo Dios puede perdonar (2, 10), para curar enfermos y resucitar a los muertos. Por eso habla con autoridad y dispone de la Ley: "Habéis oído que se dijo... pero yo os digo" (Mt 5, 21ss; cf. Mt 7, 29). Jesús no rechaza el título de "Santo de Dios"; pero impone silencio al espíritu inmundo porque no ha llegado el momento de manifestarse públicamente como Mesías y, sobre todo, porque no admite sobre él ninguna influencia. El nombre de Jesús, lo que él es, sólo deben pronunciarlo aquellos que reconocen su autoridad y la confiesan en la obediencia de la fe. Según la concepción religiosa popular, el conocimiento del nombre y su pronunciación ejercía un dominio mágico sobre la persona que lo llevaba. Esta concepción subyace en nuestro texto, en el que la autoridad de Jesús se opone abiertamente al poder de los demonios y los vence (“Eucaristía 1982”; escribí sobre la autoridad de Jesús en http://www.es.catholic.net/educadorescatolicos/693/2138/articulo.php?id=26843).
Aquello es nuevo. "Nuevo" de la novedad de Dios, algo que te regenera, te renueva y rejuvenece. Lo viejo se purifica. Novedad, "ruptura", discontinuidad con lo que precede, con lo que dicen los demás, con lo que eres. Llamada de Dios nueva, sorprendente, inesperada; pero después de haberla oído, la encuentras dentro de ti; era lo que estabas esperando, quizás sin saberlo siquiera... La enseñanza de los escribas (los teólogos, los biblistas y los juristas de la época) sacaban su propia autoridad de las Escrituras y de la tradición de los antiguos, o bien se hacía aceptar remitiendo a la autoridad de algún maestro célebre; su autoridad no residía en la enseñanza misma. Pero no era así la palabra de Jesús: era un anuncio que llevaba consigo su propia fuerza, clara y transparente; un anuncio que te pone frente a tus contradicciones, con una evidencia que te penetra y te desconcierta. No remite a otra cosa. Frente a ella no hay que pensar en pruebas o falta de pruebas. Si te pones a buscar pruebas, es que no te rindes ante la luz. Si se te ofrece alguna prueba, ¿de qué serviría? La pondrías en discusión. Más aún, la enseñanza de Jesús es autoritaria, porque no es solamente palabra, sino gesto. Es una palabra poderosa que libera y que cura (Bruno Maggioni).
jueves, 26 de enero de 2012
Jueves de la 3ª semana, año par: el Señor promete a David un linaje real, perenne: profecía de la Iglesia. Jesús es la Luz para el mundo, y nosotros s
Segundo libro de Samuel 7, 18-19. 24-29. Después que Natán habló a David, el rey fue a presentarse ante el Señor y dijo: -«¿Quién soy yo, mi Señor, y qué es mi familia, para que me hayas hecho llegar hasta aquí? ¡Y, por si fuera poco para ti, mi Señor, has hecho a la casa de tu siervo una promesa para el futuro, mientras existan hombres, mi Señor! Has establecido a tu pueblo Israel como pueblo tuyo para siempre, y tú, Señor, eres su Dios. Ahora, pues, Señor Dios, mantén siempre la promesa que has hecho a tu siervo y su familia, cumple tu palabra. Que tu nombre sea siempre famoso. Que digan: "¡El Señor de los ejércitos es Dios de Israel!" Y que la casa de tu siervo David permanezca en tu presencia. Tú, Señor de los ejércitos, Dios de Israel, has hecho a tu siervo esta revelación: "Te edificaré una casa"; por eso tu siervo se ha atrevido a dirigirte esta plegaria. Ahora, mi Señor, tú eres el Dios verdadero, tus palabras son de fiar, y has hecho esta promesa a tu siervo. Dígnate, pues, bendecir a la casa de tu siervo, para que esté siempre en tu presencia; ya que tú, mi Señor, lo has dicho, sea siempre bendita la casa de tu siervo.»
Salmo responsorial 131, 1-2. 3-5. 11. 12. 13-14. R. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre.
Señor, tenle en cuenta a David todos sus afanes: cómo juró al Señor e hizo voto al Fuerte de Jacob.
«No entraré bajo el techo de mi casa, no subiré al lecho de mi descanso, no daré sueño a mis ojos, ni reposo a mis párpados, hasta que encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Fuerte de Jacob.»
El Señor ha jurado a David una promesa que no retractara: «A uno de tu linaje pondré sobre tu trono.»
«Si tus hijos guardan mi alianza y los mandatos que les enseño, también sus hijos, por siempre, se sentarán sobre tu trono.»
Porque el Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella: «Ésta es mi mansión por siempre, aquí viviré, porque la deseo.»
Evangelio Marcos 4,21-25: En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: «¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero? Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto. Quien tenga oídos para oír, que oiga».
Les decía también: «Atended a lo que escucháis. Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará».
Comentario: 1. 2Sam 7,18-19.24-29. Si ayer leíamos las palabras del profeta anunciando la fidelidad de Dios para con David y su descendencia, hoy escuchamos una hermosa oración de David, llena de humildad y confianza. David muestra aquí su profundo sentido religioso, dando gracias a Dios, reconociendo su iniciativa y pidiéndole que le siga bendiciendo a él y a su familia. Lo que quiere el rey es que todos hablen bien de Dios, que reconozcan la grandeza y la fidelidad de Dios: «que tu nombre sea siempre famoso y que la casa de David permanezca en tu presencia».
Ojalá tuviéramos nosotros siempre estos sentimientos, reconociendo la actuación salvadora de Dios: «¿quién soy yo, mi Señor, para que me hayas hecho llegar hasta aquí?», «tú eres el Dios verdadero, tus palabras son de fiar», «dígnate bendecir a la casa de tu siervo, para que esté siempre en tu presencia». ¿Son nuestros los éxitos que podamos tener? ¿son mérito nuestro los talentos que hemos recibido? Como David, deberíamos dar gracias a Dios porque todo nos lo da gratis. Y sentir la preocupación de que su nombre sea conocido en todo el mundo. Que la gloria sea de Dios y no nuestra.
-Cuando David se enteró por Nathán de las promesas divinas, fue a presentarse "ante el Señor" y le dijo... De nuevo el tema "ante el Señor". David es un hombre de Fe. Se mantiene "delante de Dios". El profeta acaba de cumplir su promesa; rechazo del Templo, anuncio de un descendiente «que será un Hijo para Dios». Inmediatamente David estalla de alegría, y de su corazón, brota una oración de acción de gracias -eucaristía = dar gracias. Ayúdanos, Señor, a nosotros también, a saber interpretar los acontecimientos... ayúdanos a orar partiendo de las alegrías que nos llegan... Te alabo, Señor, por... (evocar las alegrías del día de hoy).
-¿Quién soy yo, Señor, y qué es mi "casa", para que me hayas hecho llegar hasta aquí? Humildad. David repite, en el fondo, la Palabra que Dios le había dirigido. Le ha recordado la pobreza de su origen de pastorcillo. David, a su vez, incorpora a la oración esa Palabra de Dios.
-Ahora, Señor, guarda siempre la promesa que has hecho a tu servidor y a su casa, y obra tal como has dicho. Repetir la Palabra de Dios. Pero en sumisión profunda a la voluntad divina. Ciertamente, en esto, David podía equivocarse gravemente si imaginaba que su dinastía conservaría, humanamente, siempre el poder, y que las herencias y las transmisiones de poder se llevarían a cabo sin problemas. De hecho, la promesa de Dios no se cumplió materialmente: tres hijos de David. Ammón, Absalón y Adonías, morirán por la espada. desgarrándose los unos a los otros. Y a partir de la segunda generación, con los hijos de Salomón la dinastía davídica se dividirá en dos reinos rivales antes de desaparecer. A través de las promesas humanas era pues preciso entender una promesa divina: el verdadero descendiente de David no es Salomón, sino Jesús... ¡Pero después de cuántos fracasos humanos! y de una realeza sin gloria humana.
-Luego, ¿tú eres rey? dijo Pilato.-Tú lo dices soy rey... Pero mi reino no es de este mundo... (Jn 18,36-37). Dios trastorna nuestras concepciones demasiado estrechas. Su reino no es como cabría esperarlo. Hay que contemplar en silencio, y dejarse llevar: "Hágase tu voluntad, venga a nosotros tu Reino".Creo, Señor, que tu Reino está «ya aquí», que tu reino está cerca. Confío en Ti, Señor, a pesar de todas las apariencias contrarias.
-Señor mío, Tú eres Dios, tus palabras son verdad... La oración debería terminar siempre con esa confesión. El rey David reconoce la soberanía de Dios. No busca imponer a Dios «sus» propias voluntades. Después de haber expuesto «sus» deseos, se somete a lo contrario.
-Vuestro Padre sabe de qué tenéis necesidad (Mt 6,8) Así hablaba Jesús... siguiendo a David, su antepasado. Nos es conveniente haber meditado, hoy, sobre la «oración de David» y haber admirado su alma, porque mañana meditaremos sobre el pecado de David: el justo que llegará a ser criminal (Noel Quesson).
Ciertamente Dios no procede como proceden los hombres. A pesar de las miserias de David, puesto que supo humillarse y pedir perdón, Dios no le retiró su favor; más aún lo bendijo extendiendo sus promesas a sus descendientes. Dios nos conoce hasta lo más profundo de nuestro corazón. Ante Él están patentes nuestras obras y hasta los más recónditos de nuestros pensamientos. Él sabe que somos frágiles; por eso, cuando nos ve caídos espera nuestro retorno como un Padre amoroso, siempre dispuesto a perdonarnos. Pero esto no puede llevarnos a convertirnos en unos malvados pensando que finalmente Dios nos perdonará, sino a vivir vigilantes para no alejarnos de Dios. Manifestemos continuamente nuestro amor a Dios pidiéndole que nos fortalezca para permanecer fieles a su voluntad. Cuando Dios nos contemple siempre dispuestos a escuchar su Palabra y a ponerla en práctica, derramará su bendición sobre nosotros, nos llenará de su Espíritu y nos contemplará como a sus hijos amados, a quienes bendecirá con la más grande de las gracias que pidiéramos esperar: participar de su vida eternamente unidos a su Hijo que, para conducirnos a la vida eterna, dio su vida por nosotros. ¿Cómo no vivir agradecidos con Dios cuando conociendo nuestra vida Él nos ha amado y nos ha llamado para que seamos sus hijos? ¿Quiénes somos nosotros ante Dios? ¿Qué significamos para Él? Si Él nos amó primero, sea bendito por siempre.
2. Sal 131. Si Dios bendice a Sión por amor a David su siervo, Dios nos bendice a nosotros por amor a Jesús, su Hijo, en quien Dios cumplió las promesas hechas a David. Trabajemos constantemente conforme a los bienes que de Dios hemos recibido. Que nuestra apertura a la vida de la gracia y a dejarnos guiar por el Espíritu Santo nos ayude a llegar a ser una digna morada de Dios. Esa morada que no es construida con manos humanas, ni con materiales de este mundo, pues es Dios mismo quien la construye mediante su Amor que derrama en nuestros corazones. Cuando en verdad el amor sea lo único que rija nuestra existencia, entonces Dios podrá reinar en nuestra propia vida y seremos descendencia, linaje de Dios; entonces sabremos que en verdad estamos llamados a permanecer eternamente ante Dios, pues Dios, que nos amó primero, concede la salvación a quienes le aman y le viven fieles.
3.- Mc 4,21-25. Otras dos parábolas o comparaciones de Jesús nos ayudan a entender cómo es el Reino que él quiere instaurar. La del candil, que está pensado para que ilumine, no para que quede escondido. Es él, Cristo Jesús, y su Reino, lo primero que no quedará oculto, sino aparecerá como manifestación de Dios. El que dijo «yo soy la Luz».
La de la medida: la misma medida que utilicemos será usada para nosotros y con creces. Los que acojan en si mismos la semilla de la Palabra se verán llenos, generosamente llenos, de los dones de Dios. Sobre todo al final de los tiempos experimentarán cómo Dios recompensa con el ciento por uno lo que hayan hecho.
Esto tiene también aplicación a lo que se espera de nosotros, los seguidores de Cristo. Si él es la Luz y su Reino debe aparecer en el candelero para que todos puedan verlo, también a nosotros nos dijo: «vosotros sois la luz del mundo» y quiso que ilumináramos a los demás, comunicándoles su luz. Creer en Cristo es aceptar en nosotros su luz y a la vez comunicar con nuestras palabras y nuestras obras esa misma luz a una humanidad que anda siempre a oscuras. Pero ¿somos en verdad luz? ¿iluminamos, comunicamos fe y esperanza a los que nos están cerca? ¿somos signos y sacramentos del Reino en nuestra familia o comunidad o sociedad? ¿o somos opacos, «malos conductores» de la luz y de la alegría de Cristo?
En la celebración del Bautismo, y luego en su anual renovación en la Vigilia Pascual, la vela de cada uno, encendida del Cirio Pascual, es un hermoso símbolo de la luz que es Cristo, que se nos comunica a nosotros y que se espera que luego se difunda a través nuestro a los demás. No podemos esconderla. Tenemos que dar la cara y testimoniar nuestra fe en Cristo (J. Aldazábal).
* Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para los que entren tengan luz (dice también Lucas 8, 16-18). Quien sigue a Cristo –quien enciende un candil- no sólo ha de trabajar por su propia santificación, sino también por la de los demás. Vosotros sois la luz del mundo (Mateo 5, 14) dice en otra ocasión el Señor a sus discípulos. “Jesús nos explica el secreto del Reino. Incluso utiliza una cierta ironía para mostrarnos que la “energía” interna que tiene la Palabra de Dios —la propia de Él—, la fuerza expansiva que debe extenderse por todo el mundo, es como una luz, y que esta luz no puede ponerse «debajo del celemín o debajo del lecho» (Mc 4,21). ¿Qué pretendería decir Jesús con estas palabras? ¿No es el Señor esa luz a la que hace referencia? ¿Por qué ahora nos lo dice a nosotros?
Si, esos hemos de ser los “hijos de Dios. -Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras. / -El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna” (S. Josemaría Escrivá). Y “¿acaso podemos imaginarnos la estupidez humana que sería colocar la vela encendida debajo de la cama? ¡Cristianos con la luz apagada o con la luz encendida con la prohibición de iluminar! Esto sucede cuando no ponemos al servicio de la fe la plenitud de nuestros conocimientos y de nuestro amor. ¡Cuán antinatural resulta el repliegue egoísta sobre nosotros mismos, reduciendo nuestra vida al marco de nuestros intereses personales! ¡Vivir bajo la cama! Ridícula y trágicamente inmóviles: “autistas” del espíritu.
El Evangelio —todo lo contrario— es un santo arrebato de Amor apasionado que quiere comunicarse, que necesita “decirse”, que lleva en sí una exigencia de crecimiento personal, de madurez interior, y de servicio a los otros. «Si dices: ¡Basta!, estás muerto», dice san Agustín. Y san Josemaría: «Señor: que tenga peso y medida en todo..., menos en el Amor».
«‘Quien tenga oídos para oír, que oiga’. Les decía también: ‘Atended a lo que escucháis’» (Mc 4,23-24). Pero, ¿qué quiere decir escuchar?; ¿qué hemos de escuchar? Es la gran pregunta que nos hemos de hacer. Es el acto de sinceridad hacia Dios que nos exige saber realmente qué queremos hacer. Y para saberlo hay que escuchar: es necesario estar atento a las insinuaciones de Dios. Hay que introducirse en el diálogo con Él. Y la conversación pone fin a las “matemáticas de la medida”: «Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará» (Mc 4,24-25). Los intereses acumulados de Dios nuestro Señor son imprevisibles y extraordinarios. Ésta es una manera de excitar nuestra generosidad” (Àngel Caldas).
** Celebrábamos estos días la luz que Jesús ha traído al mundo, en la fiesta de la Presentación de Jesús al Templo (2 de febrero); esta “luz para las naciones”, es decir para todos los hombres, es la de Jesús, de la que participamos nosotros. Sin esta luz de Cristo, el mundo está a oscuras, se vuelve difícil y poco habitable. Hemos de llevar esta luz, ser portadores de la luz de la filiación divina, para iluminar el ambiente en el que vivimos. "El trabajo profesional -sea el que sea- se convierte en un candelero que ilumina a vuestros colegas y amigos (…) la santificación del trabajo ordinario constituye como el quicio de la verdadera espiritualidad para los que -inmersos en las realidades temporales- estamos decididos a tratar a Dios" (San Josemaría), a ejemplo de Jesús queremos iluminar con esa labor bien hecha: desde el comienzo de su vida pública conocen al Señor como el artesano, el Hijo de María (Marcos 6, 3). Y a la hora de los milagros la multitud exclama: ¡Todo lo hizo bien! Lo grande y lo pequeño. Luz para los demás es tener prestigio profesional, y para ello es necesario cuidar la formación continua de la propia actividad u oficio, y sin apenas darse cuenta el cristiano estará mostrando cómo la doctrina de Cristo se hace realidad en medio del mundo, en una vida corriente. Todos tienen derecho a nuestro buen ejemplo.
En nuestra actuación, lo que más se valora es el buen carácter, ese cúmulo de virtudes humanas. La doctrina de Cristo se ha difundido a impulsos de la gracia y no a fuerza de medios humanos. Pero la acción apostólica edificada sobre una vida sin virtudes humanas, sin valía profesional, sería hipocresía y ocasión de desprecio por parte de los que queremos acercar al Señor. San Pablo escribe a los primeros cristianos de Filipo y les exhorta a vivir como luceros en medio del mundo.
Para llevar la luz de Cristo también hemos de practicar las normas de la convivencia, que deben ser fruto de la caridad y no solamente por costumbre o conveniencia. Todo esto es parte de la luz divina que hemos de llevar a los demás con nuestra vida (cf. "Hablar con Dios" de Francisco Fernández). Todas estas virtudes naturales constituyen en el hombre el terreno bien dispuesto para que, con la ayuda de la gracia, arraiguen y crezcan las sobrenaturales, porque el comportamiento humano recto, las disposiciones nobles y honradas, son el punto de apoyo y el cimiento del edificio sobrenatural. Aunque la gracia puede transformar por sí misma a las personas, lo normal es que requiera las virtudes humanas; la virtud cardinal de la fortaleza no puede arraigar en alguien que no se vence en pequeños hábitos de comodidad o de pereza, que siempre está preocupado del calor y del frío. Que se deja llevar por los estados de ánimo siempre cambiantes y que siempre está pendiente de sí mismo y de su comodidad. El Señor nos quiere con una personalidad bien definida, resultado del aprecio que tenemos por todo lo que Él nos ha dado y del empeño que ponemos para cultivar estos dones personales.
Si contemplamos al Señor, podemos ver en Él la plenitud de todo lo humano noble y recto: esa es la luz que irradia mediante el ejemplo. En Jesús tenemos el ideal humano y divino al que nos debemos parecer. Él quiere que practiquemos todas las virtudes naturales: el optimismo, la generosidad el orden la reciedumbre, la alegría, la cordialidad, la sinceridad, la veracidad; que seamos sencillos, leales, diligentes, comprensivos, equilibrados. Recordemos que el Señor extrañó las muestras de cortesía y de urbanidad, y echó de menos la gratitud de los leprosos a los que había curado.
El cristiano en medio del mundo es como una ciudad construida en lo alto de un monte, como la luz sobre el candelero. Y lo humano es lo primero que se ve y es lo que primero atrae. Por eso, las virtudes propias de la persona, se convierten en instrumento de la gracia para acercar a otros a Dios: el prestigio profesional, la amistad, la sencillez, la cordialidad ..., pueden disponer a las almas a oír con atención el mensaje de Cristo. Muchos apreciarán la vida sobrenatural cuando la vean hecha realidad en una conducta plenamente humana.
Pensemos también en la luz que han dado las madres cristianas, que han enseñado en la intimidad a sus hijos con palabras expresivas, pero sobre todo con la “luz” de su buen ejemplo. También han sembrado con la típica cordura popular y evangélica, comprimida en muchos refranes, llenos de sabiduría y de fe a la vez. Uno de ellos es éste: «Iluminar y no difuminar».
Este es el sentido de la moral cristiana. Nuestro examen de conciencia al final del día puede compararse al tendero que repasa la caja para ver el fruto de su trabajo. No empieza preguntando: —¿Cuánto he perdido? Sino que más bien: —¿Qué he ganado? Es decir, ¿qué luces he dado a los demás? Esto es lo que da una vida llena. —Quiero proporcionar más luz y disminuir el humo del fuego de mi amor.
“La Iglesia —y, como una parte viva de la Iglesia, la Obra— está llamada a reflejar la luz que recibe constantemente de Cristo y a difundirla sobre el mundo. Jesucristo lo enseñó a todos los cristianos: vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos (Mt 5, 14-16)” (Javier Echevarría).
«Al escuchar estas palabras de Jesús —comenta Benedicto XVI—, nosotros, los miembros de la Iglesia, no podemos por menos de notar toda la insuficiencia de nuestra condición humana, marcada por el pecado. La Iglesia es santa, pero está formada por hombres y mujeres con sus límites y sus errores. Es Cristo, sólo Él, quien donándonos el Espíritu Santo puede transformar nuestra miseria y renovarnos constantemente. Él es la luz de las naciones, lumen gentium, que quiso iluminar el mundo mediante su Iglesia (cfr. Const. dogm. Lumen gentium, n. 1). / ¿Cómo sucederá eso?, nos preguntamos también nosotros con las palabras que la Virgen dirigió al arcángel Gabriel. Precisamente Ella, la Madre de Cristo y de la Iglesia, nos da la respuesta: con su ejemplo de total disponibilidad a la voluntad de Dios —fiat mihi secundum verbum tuum (Lc 1, 38)—. Ella nos enseña a ser "epifanía" del Señor con la apertura del corazón a la fuerza de la gracia y con la adhesión fiel a la palabra de su Hijo, luz del mundo y meta final de la historia».
La unión con Cristo en la Cruz es imprescindible para ejecutar fielmente y con optimismo este programa apostólico. No se puede seguir a Jesús sin negarse a sí mismo (cfr. Lc 9, 23), sin cultivar el espíritu de mortificación, sin la componente habitual de obras concretas de penitencia. Lo señalaba el Santo Padre, meses atrás, al anunciar la celebración de un año dedicado a San Pablo en el bimilenario de su nacimiento. Puntualizaba que los frutos del Apóstol de los gentiles «no se deben atribuir a una brillante retórica o a refinadas estrategias apologéticas y misioneras. El éxito de su apostolado depende, sobre todo, de su compromiso personal al anunciar el Evangelio con total entrega a Cristo; entrega que no temía peligros, dificultades ni persecuciones: "Ni la muerte ni la vida —escribió a los Romanos—, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna, podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro" (Rm 8, 38-39). / De aquí podemos sacar una lección muy importante para todos los cristianos. La acción de la Iglesia sólo es creíble y eficaz en la medida en que quienes forman parte de ella están dispuestos a pagar personalmente su fidelidad a Cristo, en cualquier circunstancia. Donde falta esta disponibilidad, falta el argumento decisivo de la verdad, del que la Iglesia misma depende». Y al contemplar la oscuridad del mundo, la necesidad de esta luz, decía también: «¡cuántos, también en nuestro tiempo, buscan a Dios, buscan a Jesús y a su Iglesia, buscan la misericordia divina, y esperan un "signo" que toque su mente y su corazón! Hoy, como entonces, el evangelista nos recuerda que el único "signo" es Jesús elevado en la cruz: Jesús muerto y resucitado es el signo absolutamente suficiente. En Él podemos comprender la verdad de la vida y obtener la salvación. Éste es el anuncio central de la Iglesia, que no cambia a lo largo de los siglos. Por tanto, la fe cristiana no es ideología, sino encuentro personal con Cristo crucificado y resucitado. De esta experiencia, que es individual y comunitaria, surge un nuevo modo de pensar y de actuar: como testimonian los santos, nace una existencia marcada por el amor».
*** Por último, llevar la luz de Jesús es también participar de sus sentimientos, de su comprensión y misericordia, de ese pensar primero en los demás, olvidarnos de nosotros mismos, perdonar: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida con que midáis se os medirá”. Del modo que midamos se nos medirá. El Señor nos quiere con locura pero sólo pueda albergar su amor el que ensancha su corazón para acogerlo. ¿Cómo podemos hacer esto? Con el amor a los demás. Le pedimos a nuestra Madre del Cielo ser también misericordiosos: María, Estrella de la mañana, Virgen del amanecer que precede a la Luz del Sol-Jesús, nos guía y da la mano; acudimos a tu omnipotencia suplicante para obtener esa misericordia divina, con ella tendremos esta luz para darla a los demás y con ello ensanchar nuestro corazón para participar plenamente de esta Luz divina. «¡Oh Virgen dichosa! Es imposible que se pierda aquel en quien tú has puesto tu mirada» (San Anselmo).
Después de la parábola del sembrador, y su explicación al grupito de los íntimos, escucharemos otras parábolas. Ahora sabemos muy bien que no se trata de historietas infantiles sino que por el contrario, son "palabras misteriosas" que solo se dejan penetrar por los que tienen un corazón verdaderamente disponible. Señor, abre nuestros corazones a tu misterio.
-¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo de un celemín o bajo la cama? ¿No es para ponerla sobre un candelero? Jesús, observador de lo real. Ha visto, mil veces a su madre en la casa encendiendo la lámpara al anochecer, para colocarla, no bajo la cama, donde resultaría inútil, sino en el centro de la sala, sobre un candelero a fin de que ilumine lo más posible. A través de este simple gesto familiar, ya bello humanamente, Jesús ha visto un "símbolo". Cada realidad material evoca para El lo invisible. La Palabra de Dios no está hecha para ser guardada "para sí; no se la recibe verdaderamente si no se está decidido a comunicarla. Y he aquí todavía un sumergirse en la profundidad de la persona de Jesús: a través de esta rápida imagen se sugiere toda una orientación del pensamiento... Replegarse en sí mismo es impensable para Jesús. El egoísmo, incluso el por así decirlo espiritual, que consistiría en "cuidar de la propia almita", es condenado formalmente: toda vida cristiana que se repliega en sí misma en lugar de irradiar no es la querida por Jesús. ¡Señor, ten piedad de nosotros!
-Porque nada hay oculto sino para ser descubierto, y no hay nada escondido sino para que venga a la luz. Hay que dejarse captar por el Dios "escondido", descubrir su "secreto" ... y luego hacerse servidor de ese Dios, trabajando para que "se le descubra". ¡Ah no! Jesús no se ha propuesto ser de antemano oscuro. Las explicaciones de la parábola del sembrador podrían dejarlo entender cuando decía: "¡mirando, miran y no ven!" Jesús sin embargo parece decirnos: no tengo que tomarme por un hombre absurdo, como el que enciende la lámpara para ponerla bajo el celemín. ¡No! dice: vengo a comunicaros el amor que Dios siente por los hombres, y lo digo en vuestra lengua, y no en "no sé qué lengua incomprensible". Se trata ciertamente de un gran secreto, pero de un secreto para ser desvelado a plena luz. Y vosotros, no guardéis tampoco para vosotros mismos vuestros descubrimientos, ¡compartidlos! ¡Es una exigencia esencial hablar la lengua de los demás, y ser lo más claro posible para hablar de lo Indecible!
-Prestad atención a lo que oís: Con la medida con que midiereis se os medirá y se os dará por añadidura. Pues al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Jesús, ha observado también en eso a los comerciantes de su tiempo cuando están midiendo el trigo, o la sal, con un celemín o un recipiente: se tasa más o menos... se llena hasta el borde o se procura dejar un pequeño margen a fin de mejorar la economía. Y Jesús nos revela su temperamento: "lanzaos plenamente, tasad, colmad". Y aplica este símbolo al hecho de escuchar la Palabra de Dios. No olvidemos que estamos al principio del evangelio. Jesús desea que sus oyentes se llenen de esta Palabra, sin perder nada de ella. ¿Qué avidez siento? ¿Soy de los que enseguida dicen: "basta"... o de los que dicen: "¡más!"... La medida de amar, es amar sin medida... (Noel Quesson).
El Hijo de Dios hecho hombre es la luz que el Padre Dios encendió para que iluminara nuestras tinieblas. Y esa Luz Divina ha brillado entre nosotros mediante sus buenas obras. Por medio del anuncio del Evangelio, por medio del perdón de nuestros pecados, por medio de los milagros, de las curaciones, de la expulsión del Demonio, pero sobre todo por medio de su Misterio Pascual, Dios ha venido como una luz ante la cual no puede resistir el dominio del mal, ni la oscuridad del pecado, ni el dominio de los injustos. La luz que brilla es porque en verdad disipa las tinieblas; una luz que no alumbra, sino que se oculta debajo de las cobardías será cómplice de las maldades que han dominado muchos corazones. Dios nos quiere como luz; como luz brillante, como luz fuerte que no se apaga ante las amenazas, ni ante los vientos contrarios, ni ante la entrega de la propia vida por creer en Cristo y, desde Él, amar al prójimo. Dios nos llama para que colaboremos en la disipación de todo aquello que ha oscurecido el camino de los hombres; vivamos fieles a la vocación que de Dios hemos recibido. Si lo damos todo con tal de hacer llegar la vida, el amor, la paz y la misericordia de Dios a los demás, esa misma medida la utilizará Dios cuando, al final de nuestra existencia en este mundo, nos llame para que estemos con Él eternamente.
¿Y cuál es la medida de amor que Dios ha usado para nosotros? Contemplemos a Cristo muerto y resucitado por nosotros. En Él conocemos el amor que Dios nos ha tenido. Al reunirnos para celebrar el Memorial de su Pascua Cristo nos ilumina intensamente con su Palabra y convierte a su Iglesia en luz para todas las naciones; y para que siempre brillemos con la Luz que nos viene de Él, nos alimenta constantemente con su Cuerpo entregado por nosotros y con su Sangre derramada para el perdón de nuestros pecados para que nos seamos una luz débil ni opacada por nuestros pecados. Siendo portadores de Cristo debemos ser un signo claro de su amor para todos los hombres. Por eso, al celebrar la Eucaristía, hacemos nuestro el compromiso de dejar que el Señor nos convierta en un signo claro, nítido, brillante de su amor en el mundo.
Quienes participamos de la Eucaristía no podemos pasarnos la vida como destructores de nuestro prójimo. No podemos vivir una fe intimista, de santidad personalista. Dios nos ha llenado de su propia vida haciéndonos hijos suyos para que nos manifestemos sin cobardías, sino con la fuerza y valentía que nos vienen del mismo Dios. Por eso, quienes formamos la Iglesia debemos ser los primeros en luchar por la paz; los que estemos dispuestos a dar voz a los desvalidos y que son injustamente tratados; los primeros en trabajar por una auténtica justicia social. Si sólo profesamos nuestra fe en los templos y después vivimos como ateos no tenemos derecho a volver a Dios para escucharlo sólo por costumbre y para volver, malamente, a vivir hipócritamente un fe que, aparentemente decimos tener en los templos y en la vida privada, pero que nos da miedo hacerla patente en los diversos ambientes en que se desarrolla nuestra vida. Los cristianos somos los responsables de que el mundo sea cada vez más justo, más recto, más fraterno. ¿Seremos capaces de permitirle al Espíritu de Dios que realice su obra de salvación en el mundo por medio nuestro?
Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de vivir como un signo vivo, creíble y valiente del Reino de Dios entre nosotros. Amén (www.homiliacatolica.com).
Salmo responsorial 131, 1-2. 3-5. 11. 12. 13-14. R. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre.
Señor, tenle en cuenta a David todos sus afanes: cómo juró al Señor e hizo voto al Fuerte de Jacob.
«No entraré bajo el techo de mi casa, no subiré al lecho de mi descanso, no daré sueño a mis ojos, ni reposo a mis párpados, hasta que encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Fuerte de Jacob.»
El Señor ha jurado a David una promesa que no retractara: «A uno de tu linaje pondré sobre tu trono.»
«Si tus hijos guardan mi alianza y los mandatos que les enseño, también sus hijos, por siempre, se sentarán sobre tu trono.»
Porque el Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella: «Ésta es mi mansión por siempre, aquí viviré, porque la deseo.»
Evangelio Marcos 4,21-25: En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: «¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero? Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto. Quien tenga oídos para oír, que oiga».
Les decía también: «Atended a lo que escucháis. Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará».
Comentario: 1. 2Sam 7,18-19.24-29. Si ayer leíamos las palabras del profeta anunciando la fidelidad de Dios para con David y su descendencia, hoy escuchamos una hermosa oración de David, llena de humildad y confianza. David muestra aquí su profundo sentido religioso, dando gracias a Dios, reconociendo su iniciativa y pidiéndole que le siga bendiciendo a él y a su familia. Lo que quiere el rey es que todos hablen bien de Dios, que reconozcan la grandeza y la fidelidad de Dios: «que tu nombre sea siempre famoso y que la casa de David permanezca en tu presencia».
Ojalá tuviéramos nosotros siempre estos sentimientos, reconociendo la actuación salvadora de Dios: «¿quién soy yo, mi Señor, para que me hayas hecho llegar hasta aquí?», «tú eres el Dios verdadero, tus palabras son de fiar», «dígnate bendecir a la casa de tu siervo, para que esté siempre en tu presencia». ¿Son nuestros los éxitos que podamos tener? ¿son mérito nuestro los talentos que hemos recibido? Como David, deberíamos dar gracias a Dios porque todo nos lo da gratis. Y sentir la preocupación de que su nombre sea conocido en todo el mundo. Que la gloria sea de Dios y no nuestra.
-Cuando David se enteró por Nathán de las promesas divinas, fue a presentarse "ante el Señor" y le dijo... De nuevo el tema "ante el Señor". David es un hombre de Fe. Se mantiene "delante de Dios". El profeta acaba de cumplir su promesa; rechazo del Templo, anuncio de un descendiente «que será un Hijo para Dios». Inmediatamente David estalla de alegría, y de su corazón, brota una oración de acción de gracias -eucaristía = dar gracias. Ayúdanos, Señor, a nosotros también, a saber interpretar los acontecimientos... ayúdanos a orar partiendo de las alegrías que nos llegan... Te alabo, Señor, por... (evocar las alegrías del día de hoy).
-¿Quién soy yo, Señor, y qué es mi "casa", para que me hayas hecho llegar hasta aquí? Humildad. David repite, en el fondo, la Palabra que Dios le había dirigido. Le ha recordado la pobreza de su origen de pastorcillo. David, a su vez, incorpora a la oración esa Palabra de Dios.
-Ahora, Señor, guarda siempre la promesa que has hecho a tu servidor y a su casa, y obra tal como has dicho. Repetir la Palabra de Dios. Pero en sumisión profunda a la voluntad divina. Ciertamente, en esto, David podía equivocarse gravemente si imaginaba que su dinastía conservaría, humanamente, siempre el poder, y que las herencias y las transmisiones de poder se llevarían a cabo sin problemas. De hecho, la promesa de Dios no se cumplió materialmente: tres hijos de David. Ammón, Absalón y Adonías, morirán por la espada. desgarrándose los unos a los otros. Y a partir de la segunda generación, con los hijos de Salomón la dinastía davídica se dividirá en dos reinos rivales antes de desaparecer. A través de las promesas humanas era pues preciso entender una promesa divina: el verdadero descendiente de David no es Salomón, sino Jesús... ¡Pero después de cuántos fracasos humanos! y de una realeza sin gloria humana.
-Luego, ¿tú eres rey? dijo Pilato.-Tú lo dices soy rey... Pero mi reino no es de este mundo... (Jn 18,36-37). Dios trastorna nuestras concepciones demasiado estrechas. Su reino no es como cabría esperarlo. Hay que contemplar en silencio, y dejarse llevar: "Hágase tu voluntad, venga a nosotros tu Reino".Creo, Señor, que tu Reino está «ya aquí», que tu reino está cerca. Confío en Ti, Señor, a pesar de todas las apariencias contrarias.
-Señor mío, Tú eres Dios, tus palabras son verdad... La oración debería terminar siempre con esa confesión. El rey David reconoce la soberanía de Dios. No busca imponer a Dios «sus» propias voluntades. Después de haber expuesto «sus» deseos, se somete a lo contrario.
-Vuestro Padre sabe de qué tenéis necesidad (Mt 6,8) Así hablaba Jesús... siguiendo a David, su antepasado. Nos es conveniente haber meditado, hoy, sobre la «oración de David» y haber admirado su alma, porque mañana meditaremos sobre el pecado de David: el justo que llegará a ser criminal (Noel Quesson).
Ciertamente Dios no procede como proceden los hombres. A pesar de las miserias de David, puesto que supo humillarse y pedir perdón, Dios no le retiró su favor; más aún lo bendijo extendiendo sus promesas a sus descendientes. Dios nos conoce hasta lo más profundo de nuestro corazón. Ante Él están patentes nuestras obras y hasta los más recónditos de nuestros pensamientos. Él sabe que somos frágiles; por eso, cuando nos ve caídos espera nuestro retorno como un Padre amoroso, siempre dispuesto a perdonarnos. Pero esto no puede llevarnos a convertirnos en unos malvados pensando que finalmente Dios nos perdonará, sino a vivir vigilantes para no alejarnos de Dios. Manifestemos continuamente nuestro amor a Dios pidiéndole que nos fortalezca para permanecer fieles a su voluntad. Cuando Dios nos contemple siempre dispuestos a escuchar su Palabra y a ponerla en práctica, derramará su bendición sobre nosotros, nos llenará de su Espíritu y nos contemplará como a sus hijos amados, a quienes bendecirá con la más grande de las gracias que pidiéramos esperar: participar de su vida eternamente unidos a su Hijo que, para conducirnos a la vida eterna, dio su vida por nosotros. ¿Cómo no vivir agradecidos con Dios cuando conociendo nuestra vida Él nos ha amado y nos ha llamado para que seamos sus hijos? ¿Quiénes somos nosotros ante Dios? ¿Qué significamos para Él? Si Él nos amó primero, sea bendito por siempre.
2. Sal 131. Si Dios bendice a Sión por amor a David su siervo, Dios nos bendice a nosotros por amor a Jesús, su Hijo, en quien Dios cumplió las promesas hechas a David. Trabajemos constantemente conforme a los bienes que de Dios hemos recibido. Que nuestra apertura a la vida de la gracia y a dejarnos guiar por el Espíritu Santo nos ayude a llegar a ser una digna morada de Dios. Esa morada que no es construida con manos humanas, ni con materiales de este mundo, pues es Dios mismo quien la construye mediante su Amor que derrama en nuestros corazones. Cuando en verdad el amor sea lo único que rija nuestra existencia, entonces Dios podrá reinar en nuestra propia vida y seremos descendencia, linaje de Dios; entonces sabremos que en verdad estamos llamados a permanecer eternamente ante Dios, pues Dios, que nos amó primero, concede la salvación a quienes le aman y le viven fieles.
3.- Mc 4,21-25. Otras dos parábolas o comparaciones de Jesús nos ayudan a entender cómo es el Reino que él quiere instaurar. La del candil, que está pensado para que ilumine, no para que quede escondido. Es él, Cristo Jesús, y su Reino, lo primero que no quedará oculto, sino aparecerá como manifestación de Dios. El que dijo «yo soy la Luz».
La de la medida: la misma medida que utilicemos será usada para nosotros y con creces. Los que acojan en si mismos la semilla de la Palabra se verán llenos, generosamente llenos, de los dones de Dios. Sobre todo al final de los tiempos experimentarán cómo Dios recompensa con el ciento por uno lo que hayan hecho.
Esto tiene también aplicación a lo que se espera de nosotros, los seguidores de Cristo. Si él es la Luz y su Reino debe aparecer en el candelero para que todos puedan verlo, también a nosotros nos dijo: «vosotros sois la luz del mundo» y quiso que ilumináramos a los demás, comunicándoles su luz. Creer en Cristo es aceptar en nosotros su luz y a la vez comunicar con nuestras palabras y nuestras obras esa misma luz a una humanidad que anda siempre a oscuras. Pero ¿somos en verdad luz? ¿iluminamos, comunicamos fe y esperanza a los que nos están cerca? ¿somos signos y sacramentos del Reino en nuestra familia o comunidad o sociedad? ¿o somos opacos, «malos conductores» de la luz y de la alegría de Cristo?
En la celebración del Bautismo, y luego en su anual renovación en la Vigilia Pascual, la vela de cada uno, encendida del Cirio Pascual, es un hermoso símbolo de la luz que es Cristo, que se nos comunica a nosotros y que se espera que luego se difunda a través nuestro a los demás. No podemos esconderla. Tenemos que dar la cara y testimoniar nuestra fe en Cristo (J. Aldazábal).
* Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para los que entren tengan luz (dice también Lucas 8, 16-18). Quien sigue a Cristo –quien enciende un candil- no sólo ha de trabajar por su propia santificación, sino también por la de los demás. Vosotros sois la luz del mundo (Mateo 5, 14) dice en otra ocasión el Señor a sus discípulos. “Jesús nos explica el secreto del Reino. Incluso utiliza una cierta ironía para mostrarnos que la “energía” interna que tiene la Palabra de Dios —la propia de Él—, la fuerza expansiva que debe extenderse por todo el mundo, es como una luz, y que esta luz no puede ponerse «debajo del celemín o debajo del lecho» (Mc 4,21). ¿Qué pretendería decir Jesús con estas palabras? ¿No es el Señor esa luz a la que hace referencia? ¿Por qué ahora nos lo dice a nosotros?
Si, esos hemos de ser los “hijos de Dios. -Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras. / -El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna” (S. Josemaría Escrivá). Y “¿acaso podemos imaginarnos la estupidez humana que sería colocar la vela encendida debajo de la cama? ¡Cristianos con la luz apagada o con la luz encendida con la prohibición de iluminar! Esto sucede cuando no ponemos al servicio de la fe la plenitud de nuestros conocimientos y de nuestro amor. ¡Cuán antinatural resulta el repliegue egoísta sobre nosotros mismos, reduciendo nuestra vida al marco de nuestros intereses personales! ¡Vivir bajo la cama! Ridícula y trágicamente inmóviles: “autistas” del espíritu.
El Evangelio —todo lo contrario— es un santo arrebato de Amor apasionado que quiere comunicarse, que necesita “decirse”, que lleva en sí una exigencia de crecimiento personal, de madurez interior, y de servicio a los otros. «Si dices: ¡Basta!, estás muerto», dice san Agustín. Y san Josemaría: «Señor: que tenga peso y medida en todo..., menos en el Amor».
«‘Quien tenga oídos para oír, que oiga’. Les decía también: ‘Atended a lo que escucháis’» (Mc 4,23-24). Pero, ¿qué quiere decir escuchar?; ¿qué hemos de escuchar? Es la gran pregunta que nos hemos de hacer. Es el acto de sinceridad hacia Dios que nos exige saber realmente qué queremos hacer. Y para saberlo hay que escuchar: es necesario estar atento a las insinuaciones de Dios. Hay que introducirse en el diálogo con Él. Y la conversación pone fin a las “matemáticas de la medida”: «Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará» (Mc 4,24-25). Los intereses acumulados de Dios nuestro Señor son imprevisibles y extraordinarios. Ésta es una manera de excitar nuestra generosidad” (Àngel Caldas).
** Celebrábamos estos días la luz que Jesús ha traído al mundo, en la fiesta de la Presentación de Jesús al Templo (2 de febrero); esta “luz para las naciones”, es decir para todos los hombres, es la de Jesús, de la que participamos nosotros. Sin esta luz de Cristo, el mundo está a oscuras, se vuelve difícil y poco habitable. Hemos de llevar esta luz, ser portadores de la luz de la filiación divina, para iluminar el ambiente en el que vivimos. "El trabajo profesional -sea el que sea- se convierte en un candelero que ilumina a vuestros colegas y amigos (…) la santificación del trabajo ordinario constituye como el quicio de la verdadera espiritualidad para los que -inmersos en las realidades temporales- estamos decididos a tratar a Dios" (San Josemaría), a ejemplo de Jesús queremos iluminar con esa labor bien hecha: desde el comienzo de su vida pública conocen al Señor como el artesano, el Hijo de María (Marcos 6, 3). Y a la hora de los milagros la multitud exclama: ¡Todo lo hizo bien! Lo grande y lo pequeño. Luz para los demás es tener prestigio profesional, y para ello es necesario cuidar la formación continua de la propia actividad u oficio, y sin apenas darse cuenta el cristiano estará mostrando cómo la doctrina de Cristo se hace realidad en medio del mundo, en una vida corriente. Todos tienen derecho a nuestro buen ejemplo.
En nuestra actuación, lo que más se valora es el buen carácter, ese cúmulo de virtudes humanas. La doctrina de Cristo se ha difundido a impulsos de la gracia y no a fuerza de medios humanos. Pero la acción apostólica edificada sobre una vida sin virtudes humanas, sin valía profesional, sería hipocresía y ocasión de desprecio por parte de los que queremos acercar al Señor. San Pablo escribe a los primeros cristianos de Filipo y les exhorta a vivir como luceros en medio del mundo.
Para llevar la luz de Cristo también hemos de practicar las normas de la convivencia, que deben ser fruto de la caridad y no solamente por costumbre o conveniencia. Todo esto es parte de la luz divina que hemos de llevar a los demás con nuestra vida (cf. "Hablar con Dios" de Francisco Fernández). Todas estas virtudes naturales constituyen en el hombre el terreno bien dispuesto para que, con la ayuda de la gracia, arraiguen y crezcan las sobrenaturales, porque el comportamiento humano recto, las disposiciones nobles y honradas, son el punto de apoyo y el cimiento del edificio sobrenatural. Aunque la gracia puede transformar por sí misma a las personas, lo normal es que requiera las virtudes humanas; la virtud cardinal de la fortaleza no puede arraigar en alguien que no se vence en pequeños hábitos de comodidad o de pereza, que siempre está preocupado del calor y del frío. Que se deja llevar por los estados de ánimo siempre cambiantes y que siempre está pendiente de sí mismo y de su comodidad. El Señor nos quiere con una personalidad bien definida, resultado del aprecio que tenemos por todo lo que Él nos ha dado y del empeño que ponemos para cultivar estos dones personales.
Si contemplamos al Señor, podemos ver en Él la plenitud de todo lo humano noble y recto: esa es la luz que irradia mediante el ejemplo. En Jesús tenemos el ideal humano y divino al que nos debemos parecer. Él quiere que practiquemos todas las virtudes naturales: el optimismo, la generosidad el orden la reciedumbre, la alegría, la cordialidad, la sinceridad, la veracidad; que seamos sencillos, leales, diligentes, comprensivos, equilibrados. Recordemos que el Señor extrañó las muestras de cortesía y de urbanidad, y echó de menos la gratitud de los leprosos a los que había curado.
El cristiano en medio del mundo es como una ciudad construida en lo alto de un monte, como la luz sobre el candelero. Y lo humano es lo primero que se ve y es lo que primero atrae. Por eso, las virtudes propias de la persona, se convierten en instrumento de la gracia para acercar a otros a Dios: el prestigio profesional, la amistad, la sencillez, la cordialidad ..., pueden disponer a las almas a oír con atención el mensaje de Cristo. Muchos apreciarán la vida sobrenatural cuando la vean hecha realidad en una conducta plenamente humana.
Pensemos también en la luz que han dado las madres cristianas, que han enseñado en la intimidad a sus hijos con palabras expresivas, pero sobre todo con la “luz” de su buen ejemplo. También han sembrado con la típica cordura popular y evangélica, comprimida en muchos refranes, llenos de sabiduría y de fe a la vez. Uno de ellos es éste: «Iluminar y no difuminar».
Este es el sentido de la moral cristiana. Nuestro examen de conciencia al final del día puede compararse al tendero que repasa la caja para ver el fruto de su trabajo. No empieza preguntando: —¿Cuánto he perdido? Sino que más bien: —¿Qué he ganado? Es decir, ¿qué luces he dado a los demás? Esto es lo que da una vida llena. —Quiero proporcionar más luz y disminuir el humo del fuego de mi amor.
“La Iglesia —y, como una parte viva de la Iglesia, la Obra— está llamada a reflejar la luz que recibe constantemente de Cristo y a difundirla sobre el mundo. Jesucristo lo enseñó a todos los cristianos: vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos (Mt 5, 14-16)” (Javier Echevarría).
«Al escuchar estas palabras de Jesús —comenta Benedicto XVI—, nosotros, los miembros de la Iglesia, no podemos por menos de notar toda la insuficiencia de nuestra condición humana, marcada por el pecado. La Iglesia es santa, pero está formada por hombres y mujeres con sus límites y sus errores. Es Cristo, sólo Él, quien donándonos el Espíritu Santo puede transformar nuestra miseria y renovarnos constantemente. Él es la luz de las naciones, lumen gentium, que quiso iluminar el mundo mediante su Iglesia (cfr. Const. dogm. Lumen gentium, n. 1). / ¿Cómo sucederá eso?, nos preguntamos también nosotros con las palabras que la Virgen dirigió al arcángel Gabriel. Precisamente Ella, la Madre de Cristo y de la Iglesia, nos da la respuesta: con su ejemplo de total disponibilidad a la voluntad de Dios —fiat mihi secundum verbum tuum (Lc 1, 38)—. Ella nos enseña a ser "epifanía" del Señor con la apertura del corazón a la fuerza de la gracia y con la adhesión fiel a la palabra de su Hijo, luz del mundo y meta final de la historia».
La unión con Cristo en la Cruz es imprescindible para ejecutar fielmente y con optimismo este programa apostólico. No se puede seguir a Jesús sin negarse a sí mismo (cfr. Lc 9, 23), sin cultivar el espíritu de mortificación, sin la componente habitual de obras concretas de penitencia. Lo señalaba el Santo Padre, meses atrás, al anunciar la celebración de un año dedicado a San Pablo en el bimilenario de su nacimiento. Puntualizaba que los frutos del Apóstol de los gentiles «no se deben atribuir a una brillante retórica o a refinadas estrategias apologéticas y misioneras. El éxito de su apostolado depende, sobre todo, de su compromiso personal al anunciar el Evangelio con total entrega a Cristo; entrega que no temía peligros, dificultades ni persecuciones: "Ni la muerte ni la vida —escribió a los Romanos—, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna, podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro" (Rm 8, 38-39). / De aquí podemos sacar una lección muy importante para todos los cristianos. La acción de la Iglesia sólo es creíble y eficaz en la medida en que quienes forman parte de ella están dispuestos a pagar personalmente su fidelidad a Cristo, en cualquier circunstancia. Donde falta esta disponibilidad, falta el argumento decisivo de la verdad, del que la Iglesia misma depende». Y al contemplar la oscuridad del mundo, la necesidad de esta luz, decía también: «¡cuántos, también en nuestro tiempo, buscan a Dios, buscan a Jesús y a su Iglesia, buscan la misericordia divina, y esperan un "signo" que toque su mente y su corazón! Hoy, como entonces, el evangelista nos recuerda que el único "signo" es Jesús elevado en la cruz: Jesús muerto y resucitado es el signo absolutamente suficiente. En Él podemos comprender la verdad de la vida y obtener la salvación. Éste es el anuncio central de la Iglesia, que no cambia a lo largo de los siglos. Por tanto, la fe cristiana no es ideología, sino encuentro personal con Cristo crucificado y resucitado. De esta experiencia, que es individual y comunitaria, surge un nuevo modo de pensar y de actuar: como testimonian los santos, nace una existencia marcada por el amor».
*** Por último, llevar la luz de Jesús es también participar de sus sentimientos, de su comprensión y misericordia, de ese pensar primero en los demás, olvidarnos de nosotros mismos, perdonar: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida con que midáis se os medirá”. Del modo que midamos se nos medirá. El Señor nos quiere con locura pero sólo pueda albergar su amor el que ensancha su corazón para acogerlo. ¿Cómo podemos hacer esto? Con el amor a los demás. Le pedimos a nuestra Madre del Cielo ser también misericordiosos: María, Estrella de la mañana, Virgen del amanecer que precede a la Luz del Sol-Jesús, nos guía y da la mano; acudimos a tu omnipotencia suplicante para obtener esa misericordia divina, con ella tendremos esta luz para darla a los demás y con ello ensanchar nuestro corazón para participar plenamente de esta Luz divina. «¡Oh Virgen dichosa! Es imposible que se pierda aquel en quien tú has puesto tu mirada» (San Anselmo).
Después de la parábola del sembrador, y su explicación al grupito de los íntimos, escucharemos otras parábolas. Ahora sabemos muy bien que no se trata de historietas infantiles sino que por el contrario, son "palabras misteriosas" que solo se dejan penetrar por los que tienen un corazón verdaderamente disponible. Señor, abre nuestros corazones a tu misterio.
-¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo de un celemín o bajo la cama? ¿No es para ponerla sobre un candelero? Jesús, observador de lo real. Ha visto, mil veces a su madre en la casa encendiendo la lámpara al anochecer, para colocarla, no bajo la cama, donde resultaría inútil, sino en el centro de la sala, sobre un candelero a fin de que ilumine lo más posible. A través de este simple gesto familiar, ya bello humanamente, Jesús ha visto un "símbolo". Cada realidad material evoca para El lo invisible. La Palabra de Dios no está hecha para ser guardada "para sí; no se la recibe verdaderamente si no se está decidido a comunicarla. Y he aquí todavía un sumergirse en la profundidad de la persona de Jesús: a través de esta rápida imagen se sugiere toda una orientación del pensamiento... Replegarse en sí mismo es impensable para Jesús. El egoísmo, incluso el por así decirlo espiritual, que consistiría en "cuidar de la propia almita", es condenado formalmente: toda vida cristiana que se repliega en sí misma en lugar de irradiar no es la querida por Jesús. ¡Señor, ten piedad de nosotros!
-Porque nada hay oculto sino para ser descubierto, y no hay nada escondido sino para que venga a la luz. Hay que dejarse captar por el Dios "escondido", descubrir su "secreto" ... y luego hacerse servidor de ese Dios, trabajando para que "se le descubra". ¡Ah no! Jesús no se ha propuesto ser de antemano oscuro. Las explicaciones de la parábola del sembrador podrían dejarlo entender cuando decía: "¡mirando, miran y no ven!" Jesús sin embargo parece decirnos: no tengo que tomarme por un hombre absurdo, como el que enciende la lámpara para ponerla bajo el celemín. ¡No! dice: vengo a comunicaros el amor que Dios siente por los hombres, y lo digo en vuestra lengua, y no en "no sé qué lengua incomprensible". Se trata ciertamente de un gran secreto, pero de un secreto para ser desvelado a plena luz. Y vosotros, no guardéis tampoco para vosotros mismos vuestros descubrimientos, ¡compartidlos! ¡Es una exigencia esencial hablar la lengua de los demás, y ser lo más claro posible para hablar de lo Indecible!
-Prestad atención a lo que oís: Con la medida con que midiereis se os medirá y se os dará por añadidura. Pues al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Jesús, ha observado también en eso a los comerciantes de su tiempo cuando están midiendo el trigo, o la sal, con un celemín o un recipiente: se tasa más o menos... se llena hasta el borde o se procura dejar un pequeño margen a fin de mejorar la economía. Y Jesús nos revela su temperamento: "lanzaos plenamente, tasad, colmad". Y aplica este símbolo al hecho de escuchar la Palabra de Dios. No olvidemos que estamos al principio del evangelio. Jesús desea que sus oyentes se llenen de esta Palabra, sin perder nada de ella. ¿Qué avidez siento? ¿Soy de los que enseguida dicen: "basta"... o de los que dicen: "¡más!"... La medida de amar, es amar sin medida... (Noel Quesson).
El Hijo de Dios hecho hombre es la luz que el Padre Dios encendió para que iluminara nuestras tinieblas. Y esa Luz Divina ha brillado entre nosotros mediante sus buenas obras. Por medio del anuncio del Evangelio, por medio del perdón de nuestros pecados, por medio de los milagros, de las curaciones, de la expulsión del Demonio, pero sobre todo por medio de su Misterio Pascual, Dios ha venido como una luz ante la cual no puede resistir el dominio del mal, ni la oscuridad del pecado, ni el dominio de los injustos. La luz que brilla es porque en verdad disipa las tinieblas; una luz que no alumbra, sino que se oculta debajo de las cobardías será cómplice de las maldades que han dominado muchos corazones. Dios nos quiere como luz; como luz brillante, como luz fuerte que no se apaga ante las amenazas, ni ante los vientos contrarios, ni ante la entrega de la propia vida por creer en Cristo y, desde Él, amar al prójimo. Dios nos llama para que colaboremos en la disipación de todo aquello que ha oscurecido el camino de los hombres; vivamos fieles a la vocación que de Dios hemos recibido. Si lo damos todo con tal de hacer llegar la vida, el amor, la paz y la misericordia de Dios a los demás, esa misma medida la utilizará Dios cuando, al final de nuestra existencia en este mundo, nos llame para que estemos con Él eternamente.
¿Y cuál es la medida de amor que Dios ha usado para nosotros? Contemplemos a Cristo muerto y resucitado por nosotros. En Él conocemos el amor que Dios nos ha tenido. Al reunirnos para celebrar el Memorial de su Pascua Cristo nos ilumina intensamente con su Palabra y convierte a su Iglesia en luz para todas las naciones; y para que siempre brillemos con la Luz que nos viene de Él, nos alimenta constantemente con su Cuerpo entregado por nosotros y con su Sangre derramada para el perdón de nuestros pecados para que nos seamos una luz débil ni opacada por nuestros pecados. Siendo portadores de Cristo debemos ser un signo claro de su amor para todos los hombres. Por eso, al celebrar la Eucaristía, hacemos nuestro el compromiso de dejar que el Señor nos convierta en un signo claro, nítido, brillante de su amor en el mundo.
Quienes participamos de la Eucaristía no podemos pasarnos la vida como destructores de nuestro prójimo. No podemos vivir una fe intimista, de santidad personalista. Dios nos ha llenado de su propia vida haciéndonos hijos suyos para que nos manifestemos sin cobardías, sino con la fuerza y valentía que nos vienen del mismo Dios. Por eso, quienes formamos la Iglesia debemos ser los primeros en luchar por la paz; los que estemos dispuestos a dar voz a los desvalidos y que son injustamente tratados; los primeros en trabajar por una auténtica justicia social. Si sólo profesamos nuestra fe en los templos y después vivimos como ateos no tenemos derecho a volver a Dios para escucharlo sólo por costumbre y para volver, malamente, a vivir hipócritamente un fe que, aparentemente decimos tener en los templos y en la vida privada, pero que nos da miedo hacerla patente en los diversos ambientes en que se desarrolla nuestra vida. Los cristianos somos los responsables de que el mundo sea cada vez más justo, más recto, más fraterno. ¿Seremos capaces de permitirle al Espíritu de Dios que realice su obra de salvación en el mundo por medio nuestro?
Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de vivir como un signo vivo, creíble y valiente del Reino de Dios entre nosotros. Amén (www.homiliacatolica.com).
miércoles, 25 de enero de 2012
Santoral, 25 de Enero: La Conversión de san Pablo, apóstol nos ayuda a considerar tres puntos: la unidad de los cristianos, la evangelización, nuestra
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 22, 3-16. En aquellos días, dijo Pablo al pueblo: -«Yo soy judío, nací en Tarso de Cilicia, pero me crié en esta ciudad; fui alumno de Gamaliel y aprendí hasta el último detalle de la ley de nuestros padres; he servido a Dios con tanto fervor como vosotros mostráis ahora. Yo perseguí a muerte este nuevo camino, metiendo en la cárcel, encadenados, a hombres y mujeres; y son testigos de esto el mismo sumo sacerdote y todos los ancianos. Ellos me dieron cartas para los hermanos de Damasco, y fui allí para traerme presos a Jerusalén a los que encontrase, para que los castigaran. Pero en el viaje, cerca ya de Damasco, hacia mediodía, de repente una gran luz del cielo me envolvió con su resplandor, caí por tierra y oí una voz que me decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" Yo pregunté: "¿Quién eres, Señor?" Me respondió: "Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues." Mis compañeros vieron el resplandor, pero no comprendieron lo que decía la voz. Yo pregunté: "¿Qué debo hacer, Señor?" El Señor me respondió: 'Levántate, sigue hasta Damasco, y allí te dirán lo que tienes que hacer. " Como yo no veía, cegado por el resplandor de aquella luz, mis compañeros me llevaron de la mano a Damasco. Un cierto Ananlas, devoto de la Ley, recomendado por todos los judíos de la ciudad, vino a verme, se puso a mi lado y me dijo: "Saulo, hermano, recobra la vista." Inmediatamente recobré la vista y lo vi. Él me dijo: "El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, para que vieras al Justo y oyeras su voz, porque vas a ser su testigo ante todos los hombres, de lo que has visto y oído. Ahora, no pierdas tiempo; levántate, recibe el bautismo que, por la invocación de su nombre, lavará tus pecados."»
Salmo responsorial Sal 116,1.2. R. Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.
Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos.
Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre.
Texto del Evangelio (Mc 16,15-18): En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Éstas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien».
Comentario: 1. Hech. 22, 3-16. Una conversión única celebra la Iglesia. Es la conversión de san Pablo. Este acontecimiento suscitó un estremecimiento tal en aquellas primitivas comunidades que no pudieron menos de recordarlo y celebrarlo. Celebraran en última instancia a Dios nuestro Padre que seguía ahora como en los tiempos antiguos haciendo maravillas.
Cómo sería de sorprendente este acontecimiento que lo narran tres veces los Hechos de los Apóstoles y san Pablo mismo hace alusión varias veces al mismo en sus epístolas. ¿Qué había ocurrido?
Que Dios, por medio de Jesucristo, había irrumpido de una manera clamorosa en la vida de san Pablo, yendo éste hacia Damasco, y aquello cambió completamente su vida. La ley, el templo, los sacrificios, el ayuno, el sábado, en suma, todas las instituciones judías, que para Pablo habían sido sumamente importantes, desde este momento pierden relieve. Sólo Dios es absoluto. Sólo Dios Padre manifestado en Cristo Jesús es una realidad a adorar. Después de todo se había manifestado a los hombres, a través de Cristo Jesús, para comunicarles que les quería entrañablemente, y que viviendo en su compañía los humanos, todos, podían vivir más serenamente, aguantar las dificultades más apaciblemente, entregarse a los demás más generosamente, llevar la vida más esperanzadamente, y un día llegar a la patria gloriosamente. Y todo esto conmovidamente se lo dice a los judíos y a los gentiles, predica, escribe, consolida iglesias viejas y funda otras nuevas, se detiene en las comunidades y viaja, comunica este mensaje a la gente sencilla y a los sabios, sufre mil persecuciones y al final es decapitado por Cristo.
San Pablo significa hoy algo para nuestras vidas. Llevó la vida intensamente. Luchó incansablemente por una causa. Para él Cristo era lo más importante. Si nosotros nos pareciéramos a él un poco al menos... de verdad (Patricio García Barriuso: cmfcscolmenar@ctv.es).
Misión de tiempo completo: Festividad de S. Pablo. Finaliza oficialmente la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Tardamos los humanos en darnos cuenta de que el camino real hacia la plenitud de la unidad pasa por el entendimiento, la convivencia pacífica, la concordia y la conversión de los corazones. Nos sobran dentro de la iglesia fronteras, separatismos, divisiones, reglamentaciones y nos faltan audacias, providencias, carismas, hechos, “vida en abundancia” ¿Acaso puede un padre desoír el grito de sus hijos? Dios nos escucha.
Hoy nos fijamos en Pablo. A lo primero que el Señor llevó a Saulo fue a un desprendimiento radical de lo que antes valoraba como muy importante (Flp 3,7-8) Le condujo a una percepción absolutamente nueva de las cosas y de la realidad, a una iluminación. Ya todo le parece distinto. Todo carece de significado cuando se ha encontrado la perla, el tesoro escondido. Lo que ocurrió a Pablo, fue una revelación del ser de Jesús, que le hizo cambiar de juicio y de actitud sobre lo que él era y hacía: le volvió del revés.
Miremos nuestra vida. La conversión llama a tu puerta ¿quieres abrir? ¿Tienes interés o desinterés por la unidad? ¿Cómo lo manifiestas? Pablo puso toda su vida en manos de Dios ¿Lo haces también tú? (Salvador León).
El anuncio gozoso de la Vida Nueva surgida de la Pascua es la finalidad de la existencia del seguidor y discípulo de Jesús. No existe ningún límite espacial para dicho anuncio al que está ligado la suerte de la humanidad y de toda la creación.
Este horizonte exige que dejemos de lado nuestras preocupaciones particularistas que impiden la realización de dicho anuncio. La suerte de la humanidad y del universo amenazado por la destrucción producida por los egoísmos humanos (hambre, guerra, explotación irracional de la naturaleza, etc.) está ligada a la actuación de los seguidores de Jesús que deben tomar conciencia de la magnitud de su tarea.
Sin embargo, esta lucidez de la comprensión de los problemas que afectan al "mundo" y a la "creación" no debe en ellos convertirse en angustia paralizante que impida llevar a cabo esta misión. La presencia confortante del Resucitado junto a ellos es garantía de la posibilidad de realización de esta misión de la que depende; junto al destino del enviado, el destino de "todo el mundo" y el de "toda la creación".
Esta presencia de Jesús es fuente de coraje frente a los obstáculos humanos y sobrehumanos que puedan surgir en el ánimo del enviado. Ni la resistencia de fuerzas que trascienden la realidad humana ("espíritus malos") ni las amenazas que ponen en peligro la propia integridad física ("serpientes", "veneno") o la de los demás ("enfermos") pueden superar la fuerza y el poder que desde de la Resurrección la Jesús tiende a expandirse sobre toda la realidad (Juan Mateos).
Este proceso de conversión de Pablo se describe en el libro de los Hechos a partir del capítulo 9. Pablo, nacido en Tarso de Cilicia, educado en el rigor de la ley, tardaría tiempo en convencerse de que Dios no hace acepción de personas y acepta a todos por igual. Su actitud de anunciar el evangelio a los judíos en primer lugar, para convertirlos al Evangelio del nazareno, y de aducir su condición de ciudadano romano, apelar al César para no ser juzgado, son señales evidentes del trabajo que le costó a él, que había sido fariseo y estaba convencido del privilegio de Israel, aceptar que, como Jesús, debía acoger a todos por igual y no utilizar privilegio alguno en defensa propia. Solamente cuando llega a Roma y se convence de que «la salvación de Dios se ha destinado también a los paganos», se puede decir que está ya plenamente convertido al mensaje de Jesús.
Mientras no se acepta que Dios es Dios de judíos paganos, que Dios es padre de todos, que no ha preferidos y postergados, sino que todos somos iguales, no se está capacitado para «echar demonios, hablar lenguas nuevas, coger serpientes en la mano sanar a los enfermos», o lo que es igual, para liberar los seres humanos del mal que los aflige, y preservarse a uno mismo de ese mismo mal que nos amenaza. No sólo un pueblo es de Dios: todos los pueblos son de Dios. Él se ha comunicado con todos.
Las Iglesias cristianas concluyen hoy el octavario de oración por la Unidad de las Iglesias. A todos nos tiene que doler, como una vergüenza de familia, la división de los que creemos en Aquel que dijo suspi rando: «¡Que sean uno!». Y esta unión de los cristia nos debemos proyectarla hoy día más allá: la unión religiosa de toda la Humanidad, de todas las religiones: «¡Que siendo distintas, estén unidas!» (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica).
Cristo siempre sale a nuestro encuentro; y lo hace no sólo para salvarnos, sino para convertirnos en testigos suyos. Efectivamente nuestra fe en Él no puede ser guardada cobardemente en nuestro interior. El Señor nos quiere como testigos suyos en el mundo, hasta el último rincón de la tierra, para que proclamemos a todos lo misericordioso que ha sido el Señor para con nosotros, y les ayudemos a encontrarse con Él. Muchas veces tal vez hemos quedado deslumbrados y enceguecidos por las cosas mundanas; sin embargo sólo el Señor puede devolverle el auténtico sentido a nuestra existencia. No podemos conformarnos con el conocimiento que tengamos del Señor por nuestros estudios, pues la ciencia hincha y podríamos anunciar al Señor más con el orgullo de nuestros conocimientos y buscando nuestra propia gloria, que con la sencillez de quien ha vivido y caminado en la presencia del Señor y le anuncia como el único camino de salvación, con la humildad de quien sólo busca glorificarlo para que todos encuentren en Él la salvación, con la cual todos hemos sido beneficiados.
2. Sal 117 (116). Alabemos al Señor, nuestro Dios, pues no sólo ha llamado a la santidad al Pueblo de Israel, sino que ha hecho una llamada universal a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Por eso todos estamos llamados a convertirnos en una continua alabanza de nuestro Dios y Padre. Nadie puede decir que no ha sido amado por el Señor, pues Él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad. Efectivamente Dios no creó a alguien para que se condene; Él nos creó porque grande es su amor hacia nosotros, y nos quiere con Él eternamente libres de odios, de divisiones, de maldad, de pecado; Él nos quiere santos en su presencia como Él es santo. Por eso nuestra vida debe convertirse en una continua alabanza de su Santo Nombre. Y seremos una alabanza del Nombre del Señor cuando ya desde ahora vivamos en paz, como hermanos, reconociéndonos hijos de un mismo Dios y Padre, y preocupándonos de pasar haciendo el bien a todos, especialmente a los más pobres, necesitados, desprotegidos, marginados y desvalidos. Entonces, siendo un signo del amor de Dios para los demás, estaremos colaborando para que, desde nosotros, también ellos experimenten el amor y la misericordia del Señor.
3. Mc. 16, 15-20. *Durante la Semana de oración que se concluye hoy se ha intensificado en las diversas Iglesias y comunidades eclesiales del mundo entero la invocación común al Señor por la unidad de los cristianos, recordaba Benedicto XVI el 25.1.2007: las situaciones de racismo, pobreza, conflicto, explotación, enfermedad y sufrimiento, en las que se encuentran muchas comunidades por ejemplo africanas, por la misma imposibilidad de hacer que se comprendan sus necesidades, suscitan en ellos una fuerte exigencia de escuchar la palabra de Dios y de hablar con valentía. El Evangelio ha de iluminar tantas situaciones humanas, y dar paz a una sociedad llena de conflictos.
Las manifestaciones extraordinarias que hemos leído en el Evangelio de hoy (“hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien”) constituyen una buena nueva, que anuncia la venida del reino de Dios y la curación de la incomunicabilidad y de la división. “Este mensaje se encuentra en toda la predicación y la actividad de Jesús, el cual recorría pueblos, ciudades o aldeas, y en todos los lugares a donde llegaba "colocaban a los enfermos en las plazas y le rogaban que les permitiera tocar siquiera la orla de su vestido; y cuantos le tocaban quedaban sanos" (Mc 6, 56)”.
“Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”: es muy actual, no sólo en tierras lejanas sino en nuestros territorios multi-étnicos y plurirreligiosos (cf. Mc 7, 31). En diversas ocasiones, S. Pablo nos recuerda, también por experiencia propia, que lo primero es la escucha divina, a través de signos, recuerda aquellas palabras del Maestro: "bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica" (Lc 11, 28); y a Marta, preocupada por muchas cosas, le dice que "una sola cosa es necesaria" (Lc 10, 42). “Y del contexto se deduce que esta única cosa es la escucha obediente de la Palabra… es lo primero en nuestro compromiso ecuménico. / En efecto, no somos nosotros quienes hacemos u organizamos la unidad de la Iglesia. La Iglesia no se hace a sí misma y no vive de sí misma, sino de la palabra creadora que sale de la boca de Dios. Escuchar juntos la palabra de Dios; practicar la ‘lectio’ divina de la Biblia, es decir, la lectura unida a la oración; dejarse sorprender por la novedad de la palabra de Dios, que nunca envejece y nunca se agota; superar nuestra sordera para escuchar las palabras que no coinciden con nuestros prejuicios y nuestras opiniones; escuchar y estudiar, en la comunión de los creyentes de todos los tiempos, todo lo que constituye un camino que es preciso recorrer para alcanzar la unidad en la fe, como respuesta a la escucha de la Palabra. / Quien se pone a la escucha de la palabra de Dios, luego puede y debe hablar y transmitirla a los demás, a los que nunca la han escuchado o a los que la han olvidado y ahogado bajo las espinas de las preocupaciones o de los engaños del mundo (cf. Mt 13, 22)”.
Ante el mandato de proclamar el Evangelio, “debemos preguntarnos: ¿no habrá sucedido que los cristianos nos hemos quedado demasiado mudos?” ¿No nos falta la valentía para hablar y dar testimonio como hicieron los primeros cristianos? Este testimonio lo espera el mundo, y la escucha de Dios implica también la escucha del otro, el diálogo entre las Iglesias y las comunidades eclesiales, instrumento imprescindible de la búsqueda de la unidad: conocerse. "De este diálogo se obtendrá un conocimiento más claro aún de cuál es el verdadero carácter de la Iglesia católica" (Unitatis redintegratio, 9). Hablar correctamente (orthos) y de modo comprensible. La Virgen María es la gran promotora de la realización del ardiente anhelo de unidad de su Hijo divino: "Que todos sean uno..., para que el mundo crea" (Jn 17, 21).
** Veamos ahora la Evangelización que sugiere el texto de hoy: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva». La misión es grande -«Id por todo el mundo»-, pero no faltará el acompañamiento del Señor: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Con nuestra ayuda, como pedimos en la oración colecta de hoy: «Oh Dios, que con la predicación del Apóstol san Pablo llevaste a todos lo pueblos al conocimiento de la verdad, concédenos, al celebrar hoy su conversión, que, siguiendo su ejemplo, caminemos hacia Ti como testigos de tu verdad». Tenemos la responsabilidad de transmitir hasta donde podamos este maravilloso patrimonio.
Pablo pasa de perseguidor a convertido, quizá también nosotros hacemos de "perseguidores": como a san Pablo, tenemos que convertirnos de "perseguidores" a servidores y defensores de Jesucristo (Josep Gassó). La fiesta de la conversión de san Pablo nos lleva a pensar en el ecumenismo de la caridad (punto 1, más arriba); y en el desafío de la “nueva evangelización”, la misión de la Iglesia en una sociedad que ya ha sido evangelizada, pero que, en su camino histórico, se ha alejado de la fe, de tal modo que es necesario un esfuerzo de nuevo anuncio apostólico, como recordaba Alfonso Carrasco. Esta buena nueva va acompañada de la auténtica paz, que tanto necesita nuestro mundo, después de las terribles guerras mundiales del siglo XX y tras haber experimentado los daños enormes causados por variadas ideologías, la idea de progreso utópico ha cambiado en un vacío de ideas, la misma tecnología ha dado armas terribles que nos llenan de miedo por las consecuencias imprevisibles en manos de gobernantes locos. “Una experiencia muy amarga habría enseñado que ni la violencia o la fuerza de las armas, ni el poder político, pueden resolver los graves problemas de los hombres”. La conversión de San Pablo nos indica también que ha de convertirse nuestra sociedad, pues “ninguna ideología ni poder humano responde a los enigmas e interrogantes de la existencia humana, ninguna puede iluminar adecuadamente su camino en la historia, su relación con el mundo, la vida y la muerte, ninguna afirma definitivamente la dignidad de cada uno. En cambio, el hombre puede encontrar en Cristo la clave, el centro y el fin de la historia humana, porque sólo Él manifiesta plenamente el hombre al propio hombre, desvelando la grandeza de su dignidad y vocación (cf. GS 22.24)”.
Para este cambio social es necesario un cambio personal de cada uno de nosotros, “el hombre que quiera comprenderse hasta el fondo a sí mismo … debe … acercarse a Cristo”, nos decía Juan Pablo II, quien nos avisaba también del hombre de hoy que va perdido cuando llevado por una cultura que ha vuelto a cerrarse a Dios, se esfuerza por olvidar o negar a Cristo, su salvación: “La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera”. Este rechazo perjudica mucho al hombre, aunque progrese materialmente, pues lo envilece en su espíritu, va contra “la dignidad de la persona humana. De esta cultura forma parte también un agnosticismo religiosa cada vez más difuso, vinculado a un relativismo moral y jurídico más profundo, que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad sobre el hombre”.
Muchas personas volvían a la Iglesia, cuando se hacían mayores y reflexionaban sobre los misterios de la vida y de la muerte. Pero hoy mucha gente de países de tradición cristiana ya no “van” a la iglesia, y no conocen el camino para ir, por tanto no podrán “volver” porque no han ido nunca. Otros pueblos que han pasado por la dominación comunista tienen también problemas de falta de formación. La indiferencia religiosa generalizada también tiene el problema de la ignorancia, pues muchos creen saber qué es el cristianismo, pero realmente no lo conocen. Quizá también porque lo que hemos enseñado era poco convincente, como vulgarmente se dice quizás han querido hacerles comulgar con ruedas de molino, es decir han mostrado un moralismo muy fuerte, mucha exigencia para ser cristiano, sin mostrar la belleza del por qué de esa moral cristiana. También habría que revisar las motivaciones de esos límites, que en cuanto a casuística cambian con el tiempo, y en cuanto a la subjetividad muchas veces depende también de la conciencia de las personas, y no habrá que concretar tanto una exigencia desde fuera. Es decir, habrá que poner más atención a la primeros 5 mandamientos del decálogo, pues son más importantes porque en ello se despliega el amor de Dios en sus diversas formas (también el amor a las personas, que son sagradas), para luego –como consecuencia- vivir los bienes terrenales que radican en las personas y que por tanto son también importantes, es decir la segunda serie de los mandamientos.
Por tanto, no hay que presentar la vida cristiana como un sistema moral más o menos anticuado y defendido por una institución jerárquica, sino de acercarnos al acontecimiento cristiano en su ser auténtico, como lugar de vida y esperanza. La cercanía de Dios constituye así una cierta experiencia, una cierta presencia que de Él tenemos ya en esta vida: presencia de Cristo en los sacramentos y en la oración y en la Iglesia; presencia que encontramos en las personas, a través de ellas se trasluce ese amor de Jesús y su mensaje; por ellas intuimos qué es la plenitud de vida. El amor de Dios acogido en nuestro corazón da alegría, nos llena de su luz la compañía de Jesús, que ilumina todo de modo que va adquiriendo sentido incluso lo que antes no tenía ninguno. Ahora ya nada es un obstáculo definitivo, el despertar de la esperanza sabe transformar las dificultades en oportunidades. Ante la esclavitud de las reglas del mundo, la libertad cristiana va empapando de ternura de la acogida y del perdón las relaciones humanas, la mirada profunda y afectuosa sobre la propia persona y el propio destino. La misericordia de Dios se vierte en el mundo y en la historia, y vemos que la dignidad y el destino de la persona depende en gran parte de ese amor, que el mundo lo que necesita de verdad es la misericordia y la esperanza.
Naturalmente, esta experiencia de la cercanía del Reino viene por la fe, la manifestación del Padre, del que nace todo bien. En estas primeras semanas del tiempo ordinario, la predicación de Jesús va centrada en el anuncio del Reino, lo estamos viendo día a día. Aparece como liberación de todo lo que oprime al hombre; victoria sobre todo pecado y sobre el Maligno, sobre la muerte.
“La nueva evangelización es, ante todo, el anuncio de nuevo del amor de Dios y de la victoria de Jesucristo; y ello, ahora como siempre, en medio de un mundo cuya tentación es afirmar la propia suficiencia para vivir sin necesidad de la relación con Dios, es pretender construir y conducir la historia humana a su cumplimiento a partir del propio poder humano, que parece hacerse cada vez más articulado e imponente”.
La conversión de San Pablo nos recuerda la necesidad de la conversión del corazón, una “metanoia”, que el anuncio del Evangelio que lleva a la apertura del corazón con su inteligencia y su amor libre, y con ello la aceptación del amor de Dios. Todo ello conlleva paulatinamente, en unos casos, o también en forma súbita y radical, un cambio profundo de la mente y del corazón del hombre. En el fondo se trata de una apertura, de pasar de vivir encerrado en uno mismo, o a lo sumo una apertura parcial, pero con inquietud por el bienestar y cierto poder y control de las circunstancias de la propia existencia y el ambiente en el que uno se mueve, a una apertura a la trascendencia. Pasar así del ambiente dominante de individualismo y consiguiente soledad, de la adoración de los ídolos –mundo, orgullo-poder, carne-gusto-placer- a una Vida de amor; pasar de la “cultura de la muerte”, a un “cultura fecunda” en profundidad. La prueba de ir por buen camino es la felicidad, que es algo no medible por las palabras que uno pronuncia sino por la alegría que desprende la mirada. La entrega verdadera a Dios da felicidad. Lo que una madre busca en su hijo es que esté contento, y Dios igual: no es religión una visión triste de la vida. Esto no significa que no se sufra, como anunció el Señor a San Pablo, que le tocaría sufrir mucho, pero la cruz es inseparable del amor, como su contrapunto, nos guste o no. Mejor acostumbrarse. Como tampoco hay que querer entender todos los planes divinos, siempre habrá más cosas en Él que no entendamos, en ese caso el corazón si entiende, que hay que seguir confiando, amando, y la esperanza da paz.
Estamos en un mundo complejo, y al abandonar la referencia a Dios, la trascendencia, el hombre pierde el punto central de referencia, queda inmerso en la inmanencia, y absolutiza algunos aspectos, porque pierde la visión de conjunto. El nihilismo, indiferencia en sus formas de relativismo o agnosticismo, la visión negativa o catastrofista, y las formas de ideologizar el egoísmo en el capitalismo, la envidia en el comunismo o ciertas formas de socialismo, las distintas dictaduras de la moda dominante… todo ello hace del hombre moderno un ser complejo, perdido, necesitado especialmente de misericordia, de salvación.
*** Hoy celebramos la conversión de san Pablo: esa transformación que cambia la vida de un hombre. El convertido pasa de las tinieblas a la luz. Ve, comprende, se decide. Dios se le hace manifiesto. Es como un despertar. La expansión de la Iglesia estuvo ligada a este apóstol, como también el esclarecimiento de la doctrina. Él atacó los primeros cristianos (unos quinientos vieron a Jesús resucitado, luego de la Pentecostés fueron miles). Juan y Pedro son encarcelados y azotados. Esteban es muerto a pedradas. Saulo quizá conocía a Esteban, y aprobó su muerte, pero la oración de Esteban conseguiría gracias para su amigo (más datos, en Act. 26, 10-11). Después de convertido dirá San Pablo a los Efesios que Dios nos ha escogido desde antes de la creación del mundo. Parece como un rasgo de buen humor de Dios: llama al judío más celoso para llevar la fe a los no judíos, al más anti-cristiano para ser apóstol de Cristo. Vuelve ciego a uno que no veía por dentro, para que abra los ojos de su corazón y cuando vea pueda volver a ver por fuera. El ciego que veía pasa a no ver para no estar ciego, y con su ceguera ver, para después dejar de estar ciego y poder hacer ver a los demás: “para esto me manifiesto a ti, para constituirte ministro y testigo, así de las cosas que de mí viste como de las que verás, yendo a los gentiles, a los cuales yo te envío, para abrirles los ojos, a fin de que se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios, a fin de que reciban la remisión de los pecados y la herencia de los santificados por la fe en mí" (Act 26, 16-18); y en otro lugar lo resume así: "anda, que yo te enviaré a lejanas naciones" (Act 22,2). Es bonito oírle contar al cabo de los años el cambio de su vida: "todas las cosas estimo ser pérdida, comparadas con la eminencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quién dí al traste con todas, y las tengo por basura, a fin de ganarme a Cristo"(Fil. 3,8-9) o bien "doy gracias al que me dio fuerzas, a Cristo Jesús, Señor nuestro, porque me consideró digno de su confianza, poniéndome en su servicio, a mí que fui blasfemo y perseguidor insolente; más halló misericordia porque obré con ignorancia en mi infidelidad, sobreabundó la gracia de nuestro Señor con la fe y la caridad que está en Cristo Jesús" (1 Tim 1,12). Pablo fue haciendo memoria sobre su conversión ahí profundiza en la revelación y el misterio de la Iglesia. Entiende que aquel “¿por qué me persigues?” se refiere Jesús a su cuerpo, que al perseguir a los cristianos le persigue a Él, que Jesús está en los cristianos como en su cuerpo. Ve muchas cosas al ir repensando en su vida, ve que su vocación le lleva a descubrir el sentido divino de su vida, el por qué de su existencia, para los demás, como misión. Que sepamos cada uno hacer memoria de esos dones divinos, esta cierta experiencia de Dios que vamos teniendo en la vida, para descubrir nuestra vocación.
Pablo quería, como lo más precioso de su vida, a su religión judía. Cuando pensaba que esta fe quedaba destruida por una "secta", el cristianismo naciente, trató de purificar de ese supuesto mal a su pueblo; pero Dios lo llenó de luz y descubrió que Jesucristo no era la gran traición sino la gran respuesta a las antiguas promesas. Entonces orientó toda su energía a mostrar que la fe judía alcanza su plenitud en Jesús, así los mismos judíos le hicieran sufrir lo indecible tanto en su cuerpo como en su alma. Por eso decimos que esa expresión del comienzo de la primera lectura de hoy, "yo soy judío" resume bien la búsqueda y el horizonte fascinante de la vida del apóstol más conocido: san Pablo.
Un perseguidor perseguido. Pablo perseguía a los seguidores de Cristo y Cristo le dice: "Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues" (Hch 22,8). De aquí aprendemos o repasamos dos cosas. Primero: lo que se hace a uno de los humildes hermanos de Cristo, a Cristo mismo se le hace (cf. Mt 25,40.45). Segundo: nadie persigue a Cristo sin que Cristo le persiga.
En efecto, comenta Pablo en su Carta a los Filipenses: "sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús" (Flp 3,12). Es posible que hubiera odio, soberbia o vanidad en la manera como Pablo perseguía a Jesús; de lo que si estamos seguros es de cuánto amor, cuánta paciencia y cuánta mansedumbre abundaron en el modo como Jesús persiguió y conquistó a Pablo.
Ahora bien, Jesús está en sus seguidores y no se puede perseguirlos sin perseguirlo a él. Mas también está en ellos para guiar. Son uno con él en el padecer, pero también en el reinar (cf. Rom 8,17). Y por eso el Señor no da todas las instrucciones sino que envía a Pablo a que sea discípulo de los mismos a los que iba a encadenar y a que aprenda de aquellos a quienes hasta ahora ha despreciado. ¿No es magnífica la pedagogía de Dios?
"Vas a ser testigo". Ananías esclarece no sólo los ojos del cuerpo sino sobre todo los de la mente de Pablo: el sentido de aquel resplandor, de camino a Damasco, es colmar de luz a este hombre que así es ya un testigo de la luz. Y por eso le dice: "vas a ser testigo" (Hch 22,15): porque has visto, harás ver; porque has oído, vas a hablar.
Ananías invita al converso a darse prisa. Lo mejor que se le puede decir a un alma de fuego y un carácter ardiente como el de este Pablo. ¡Y qué bien cumplió ese sencillo encargo! "No pierdas tiempo; no te detengas" le dijo Ananías aquella vez, y eso hizo nuestro amado apóstol: ya nunca se detuvo. Fervoroso, como antes era en propagar el error y sembrar el terror, ahora propaga el Evangelio y siembra amor divino, sin darse nunca por satisfecho, pues bien escribió: " Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús" (Flp 3,13-14).
Hoy, la Iglesia celebra la fiesta de la Conversión de san Pablo, apóstol. El breve fragmento del Evangelio según san Marcos recoge una parte del discurso acerca de la misión que confiere el Señor resucitado. Con la exhortación a predicar por todo el mundo va unida la tesis de que la fe y el bautismo son requisitos necesarios para la salvación: «El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará» (Mc 16,16). Además, Cristo garantiza que a los predicadores se les dará la facultad de hacer prodigios o milagros que habrán de apoyar y confirmar su predicación misionera (cf. Mc 17,18). La misión es grande —«Id por todo el mundo»—, pero no faltará el acompañamiento del Señor: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).
La oración colecta de hoy, propia de la fiesta, nos dice: «Oh Dios, que con la predicación del Apóstol san Pablo llevaste a todos lo pueblos al conocimiento de la verdad, concédenos, al celebrar hoy su conversión, que, siguiendo su ejemplo, caminemos hacia Ti como testigos de tu verdad». Una verdad que Dios nos ha concedido conocer y que tantas y tantas almas desearían poseer: tenemos la responsabilidad de transmitir hasta donde podamos este maravilloso patrimonio.
La Conversión de san Pablo es un gran acontecimiento: él pasa de perseguidor a convertido, es decir, a servidor y defensor de la causa de Cristo. Muchas veces, quizá, también nosotros mismos hacemos de “perseguidores”: como a san Pablo, tenemos que convertirnos de “perseguidores” a servidores y defensores de Jesucristo.
Con Santa María, reconozcamos que el Altísimo también se ha fijado en nosotros y nos ha escogido para participar de la misión sacerdotal y redentora de su Hijo divino: Regina apostolorum, Reina de los apóstoles, ¡ruega por nosotros!; haznos valientes para dar testimonio de nuestra fe cristiana en el mundo que nos toca vivir (Josep Gassó Lécera).
La fiesta de la “Conversión de san Pablo”, nos recuerda el gran mandamiento de Jesús de evangelizar, pero al mismo tiempo, el hecho de que no se pude dar lo que no se tiene. Si hoy en el mundo se vive un paganismo práctico, que lleva a la violencia, al robo, al atropello de los valores humanos, a la corrupción, etc., es porque falta en muchos de los cristianos una conversión profunda. Sin embargo, usando las palabras del apóstol, nos ponemos a pensar: ¿pero, cómo creerán, si no hay quien les anuncie? Y cuando se les anuncia, ¿cómo creerán si la vida de los que predican no es conforme a lo que predican? Un sólo hombre comprometido y tocado profundamente por el amor de Dios, recorrió todo el mundo conocido, hablando de Aquel que había cambiado su vida… Fue así como el mundo pagano se convirtió a la luz y al amor de Cristo. Déjate tocar por el amor de Dios, y responde con generosidad siendo portador del amor de Dios en tu casa, tu empresa, o tu escuela… Recuerda que Dios te necesita (Ernesto María Caro).
Antes de subir al cielo, después de resucitar de entre los muertos, el Señor envió a los suyos a predicar el Evangelio por todo el mundo a toda creatura. Nada ni nadie puede quedar fuera de la obra salvadora que el Señor ha realizado en favor nuestro. Aquel que quiera encasillar la salvación en un grupo estará equivocado, pues la Iglesia debe acoger en su seno a todo hombre de buena voluntad que se decida a creer en Cristo Jesús. Por eso, los que ya hemos hecho nuestra esta fe debemos ser los primeros en experimentar el amor de Dios, pues Él nos ha llamado para que estemos con Él y para que seamos testigos suyos hasta el último confín del mundo. El Señor nos envía como aquellos que han de continuar su obra liberadora en el mundo. Pero no podemos quedarnos en una lucha por la libertad meramente externa; no podemos conformarnos con liberar a nuestros hermanos de la pobreza, o con darle voz a los desvalidos e injustamente tratados. Mientras no colaboremos para que se den a luz nuevos hijos de Dios, libres de la esclavitud al autor del pecado y de la muerte, habremos fallado en el cumplimiento de la Misión salvadora que el Señor nos ha confiado.
Hoy venimos a esta Celebración Eucarística para encontrarnos personalmente con el Señor, que se acerca a nosotros por medio de signos demasiado frágiles y sencillos. Él preside esta celebración por medio del Ministro; Él está en todos y cada uno de nosotros, que creemos en Él y, unidos a Cristo, Cabeza de la Iglesia, formamos su Cuerpo. Él nos dirige su Palabra salvadora, para que no sólo la escuchemos, sino para que la pongamos en práctica; y así, por obra del Espíritu Santo, esa Palabra vaya tomando cuerpo en nosotros para que seamos realmente testigos del Señor. Él se convierte en nuestro Pan de vida para que, entrando en comunión de vida con Él, sean nuestros su Espíritu y su Vida. Así el Señor abre nuestros ojos para que sepamos contemplarlo no sólo bajo los signos sacramentales, sino también en nuestro hermano, en el cual amamos y servimos al mismo Cristo. Aprovechemos, pues, este momento de Gracia del Señor.
Si nos amamos los unos a los otros entonces permanecemos en el amor de Dios. No sólo hemos de proclamar el Evangelio del Señor con los labios. Toda nuestra vida debe convertirse en un anuncio de la Buena Nueva, pues desde nuestra propia existencia los demás no sólo han de escuchar el Evangelio, sino que han de experimentar el amor salvador del Señor. Jesucristo está presente entre nosotros por medio de todos aquellos que creen en Él. Lo que les hagamos a ellos a Cristo mismo se lo hacemos. Al final el Señor nos dará la vida eterna poniendo como condición el amor que le hayamos manifestado en nuestros hermanos. Seamos, pues, portadores de Cristo. Que nadie quede excluido de recibir el anuncio del Evangelio. Que todos escuchen el mensaje de salvación y todos, sin excepción, experimenten el amor de Dios desde aquellos que nos gloriamos en tenerlo como Señor y Salvador nuestro. No hagamos de la Iglesia un grupo cerrado e inútil. Dios nos quiere a todos unidos como hermanos, formando un sólo cuerpo en torno a Cristo, Cabeza de la misma Iglesia. El que se cierre en un grupo, por muy santo que lo parezcan sus miembros, jamás podrá decir que es la Iglesia del Señor, pues ni siquiera será un miembro de la misma en razón de vivir separado de todos aquellos que han sido llamados a participar de la vida divina.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de trabajar constantemente, tanto con nuestras palabras, como con nuestras obras y nuestro testimonio personal y comunitario, en atraer a todos hacia Cristo, para que el mundo entero pueda encontrar en Él el camino que nos una como hermanos, y nos conduzca a la Gloria eterna a la diestra de Dios Padre. Amén (Homiliacatolica.com).
Salmo responsorial Sal 116,1.2. R. Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.
Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos.
Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre.
Texto del Evangelio (Mc 16,15-18): En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Éstas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien».
Comentario: 1. Hech. 22, 3-16. Una conversión única celebra la Iglesia. Es la conversión de san Pablo. Este acontecimiento suscitó un estremecimiento tal en aquellas primitivas comunidades que no pudieron menos de recordarlo y celebrarlo. Celebraran en última instancia a Dios nuestro Padre que seguía ahora como en los tiempos antiguos haciendo maravillas.
Cómo sería de sorprendente este acontecimiento que lo narran tres veces los Hechos de los Apóstoles y san Pablo mismo hace alusión varias veces al mismo en sus epístolas. ¿Qué había ocurrido?
Que Dios, por medio de Jesucristo, había irrumpido de una manera clamorosa en la vida de san Pablo, yendo éste hacia Damasco, y aquello cambió completamente su vida. La ley, el templo, los sacrificios, el ayuno, el sábado, en suma, todas las instituciones judías, que para Pablo habían sido sumamente importantes, desde este momento pierden relieve. Sólo Dios es absoluto. Sólo Dios Padre manifestado en Cristo Jesús es una realidad a adorar. Después de todo se había manifestado a los hombres, a través de Cristo Jesús, para comunicarles que les quería entrañablemente, y que viviendo en su compañía los humanos, todos, podían vivir más serenamente, aguantar las dificultades más apaciblemente, entregarse a los demás más generosamente, llevar la vida más esperanzadamente, y un día llegar a la patria gloriosamente. Y todo esto conmovidamente se lo dice a los judíos y a los gentiles, predica, escribe, consolida iglesias viejas y funda otras nuevas, se detiene en las comunidades y viaja, comunica este mensaje a la gente sencilla y a los sabios, sufre mil persecuciones y al final es decapitado por Cristo.
San Pablo significa hoy algo para nuestras vidas. Llevó la vida intensamente. Luchó incansablemente por una causa. Para él Cristo era lo más importante. Si nosotros nos pareciéramos a él un poco al menos... de verdad (Patricio García Barriuso: cmfcscolmenar@ctv.es).
Misión de tiempo completo: Festividad de S. Pablo. Finaliza oficialmente la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Tardamos los humanos en darnos cuenta de que el camino real hacia la plenitud de la unidad pasa por el entendimiento, la convivencia pacífica, la concordia y la conversión de los corazones. Nos sobran dentro de la iglesia fronteras, separatismos, divisiones, reglamentaciones y nos faltan audacias, providencias, carismas, hechos, “vida en abundancia” ¿Acaso puede un padre desoír el grito de sus hijos? Dios nos escucha.
Hoy nos fijamos en Pablo. A lo primero que el Señor llevó a Saulo fue a un desprendimiento radical de lo que antes valoraba como muy importante (Flp 3,7-8) Le condujo a una percepción absolutamente nueva de las cosas y de la realidad, a una iluminación. Ya todo le parece distinto. Todo carece de significado cuando se ha encontrado la perla, el tesoro escondido. Lo que ocurrió a Pablo, fue una revelación del ser de Jesús, que le hizo cambiar de juicio y de actitud sobre lo que él era y hacía: le volvió del revés.
Miremos nuestra vida. La conversión llama a tu puerta ¿quieres abrir? ¿Tienes interés o desinterés por la unidad? ¿Cómo lo manifiestas? Pablo puso toda su vida en manos de Dios ¿Lo haces también tú? (Salvador León).
El anuncio gozoso de la Vida Nueva surgida de la Pascua es la finalidad de la existencia del seguidor y discípulo de Jesús. No existe ningún límite espacial para dicho anuncio al que está ligado la suerte de la humanidad y de toda la creación.
Este horizonte exige que dejemos de lado nuestras preocupaciones particularistas que impiden la realización de dicho anuncio. La suerte de la humanidad y del universo amenazado por la destrucción producida por los egoísmos humanos (hambre, guerra, explotación irracional de la naturaleza, etc.) está ligada a la actuación de los seguidores de Jesús que deben tomar conciencia de la magnitud de su tarea.
Sin embargo, esta lucidez de la comprensión de los problemas que afectan al "mundo" y a la "creación" no debe en ellos convertirse en angustia paralizante que impida llevar a cabo esta misión. La presencia confortante del Resucitado junto a ellos es garantía de la posibilidad de realización de esta misión de la que depende; junto al destino del enviado, el destino de "todo el mundo" y el de "toda la creación".
Esta presencia de Jesús es fuente de coraje frente a los obstáculos humanos y sobrehumanos que puedan surgir en el ánimo del enviado. Ni la resistencia de fuerzas que trascienden la realidad humana ("espíritus malos") ni las amenazas que ponen en peligro la propia integridad física ("serpientes", "veneno") o la de los demás ("enfermos") pueden superar la fuerza y el poder que desde de la Resurrección la Jesús tiende a expandirse sobre toda la realidad (Juan Mateos).
Este proceso de conversión de Pablo se describe en el libro de los Hechos a partir del capítulo 9. Pablo, nacido en Tarso de Cilicia, educado en el rigor de la ley, tardaría tiempo en convencerse de que Dios no hace acepción de personas y acepta a todos por igual. Su actitud de anunciar el evangelio a los judíos en primer lugar, para convertirlos al Evangelio del nazareno, y de aducir su condición de ciudadano romano, apelar al César para no ser juzgado, son señales evidentes del trabajo que le costó a él, que había sido fariseo y estaba convencido del privilegio de Israel, aceptar que, como Jesús, debía acoger a todos por igual y no utilizar privilegio alguno en defensa propia. Solamente cuando llega a Roma y se convence de que «la salvación de Dios se ha destinado también a los paganos», se puede decir que está ya plenamente convertido al mensaje de Jesús.
Mientras no se acepta que Dios es Dios de judíos paganos, que Dios es padre de todos, que no ha preferidos y postergados, sino que todos somos iguales, no se está capacitado para «echar demonios, hablar lenguas nuevas, coger serpientes en la mano sanar a los enfermos», o lo que es igual, para liberar los seres humanos del mal que los aflige, y preservarse a uno mismo de ese mismo mal que nos amenaza. No sólo un pueblo es de Dios: todos los pueblos son de Dios. Él se ha comunicado con todos.
Las Iglesias cristianas concluyen hoy el octavario de oración por la Unidad de las Iglesias. A todos nos tiene que doler, como una vergüenza de familia, la división de los que creemos en Aquel que dijo suspi rando: «¡Que sean uno!». Y esta unión de los cristia nos debemos proyectarla hoy día más allá: la unión religiosa de toda la Humanidad, de todas las religiones: «¡Que siendo distintas, estén unidas!» (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica).
Cristo siempre sale a nuestro encuentro; y lo hace no sólo para salvarnos, sino para convertirnos en testigos suyos. Efectivamente nuestra fe en Él no puede ser guardada cobardemente en nuestro interior. El Señor nos quiere como testigos suyos en el mundo, hasta el último rincón de la tierra, para que proclamemos a todos lo misericordioso que ha sido el Señor para con nosotros, y les ayudemos a encontrarse con Él. Muchas veces tal vez hemos quedado deslumbrados y enceguecidos por las cosas mundanas; sin embargo sólo el Señor puede devolverle el auténtico sentido a nuestra existencia. No podemos conformarnos con el conocimiento que tengamos del Señor por nuestros estudios, pues la ciencia hincha y podríamos anunciar al Señor más con el orgullo de nuestros conocimientos y buscando nuestra propia gloria, que con la sencillez de quien ha vivido y caminado en la presencia del Señor y le anuncia como el único camino de salvación, con la humildad de quien sólo busca glorificarlo para que todos encuentren en Él la salvación, con la cual todos hemos sido beneficiados.
2. Sal 117 (116). Alabemos al Señor, nuestro Dios, pues no sólo ha llamado a la santidad al Pueblo de Israel, sino que ha hecho una llamada universal a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Por eso todos estamos llamados a convertirnos en una continua alabanza de nuestro Dios y Padre. Nadie puede decir que no ha sido amado por el Señor, pues Él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad. Efectivamente Dios no creó a alguien para que se condene; Él nos creó porque grande es su amor hacia nosotros, y nos quiere con Él eternamente libres de odios, de divisiones, de maldad, de pecado; Él nos quiere santos en su presencia como Él es santo. Por eso nuestra vida debe convertirse en una continua alabanza de su Santo Nombre. Y seremos una alabanza del Nombre del Señor cuando ya desde ahora vivamos en paz, como hermanos, reconociéndonos hijos de un mismo Dios y Padre, y preocupándonos de pasar haciendo el bien a todos, especialmente a los más pobres, necesitados, desprotegidos, marginados y desvalidos. Entonces, siendo un signo del amor de Dios para los demás, estaremos colaborando para que, desde nosotros, también ellos experimenten el amor y la misericordia del Señor.
3. Mc. 16, 15-20. *Durante la Semana de oración que se concluye hoy se ha intensificado en las diversas Iglesias y comunidades eclesiales del mundo entero la invocación común al Señor por la unidad de los cristianos, recordaba Benedicto XVI el 25.1.2007: las situaciones de racismo, pobreza, conflicto, explotación, enfermedad y sufrimiento, en las que se encuentran muchas comunidades por ejemplo africanas, por la misma imposibilidad de hacer que se comprendan sus necesidades, suscitan en ellos una fuerte exigencia de escuchar la palabra de Dios y de hablar con valentía. El Evangelio ha de iluminar tantas situaciones humanas, y dar paz a una sociedad llena de conflictos.
Las manifestaciones extraordinarias que hemos leído en el Evangelio de hoy (“hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien”) constituyen una buena nueva, que anuncia la venida del reino de Dios y la curación de la incomunicabilidad y de la división. “Este mensaje se encuentra en toda la predicación y la actividad de Jesús, el cual recorría pueblos, ciudades o aldeas, y en todos los lugares a donde llegaba "colocaban a los enfermos en las plazas y le rogaban que les permitiera tocar siquiera la orla de su vestido; y cuantos le tocaban quedaban sanos" (Mc 6, 56)”.
“Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”: es muy actual, no sólo en tierras lejanas sino en nuestros territorios multi-étnicos y plurirreligiosos (cf. Mc 7, 31). En diversas ocasiones, S. Pablo nos recuerda, también por experiencia propia, que lo primero es la escucha divina, a través de signos, recuerda aquellas palabras del Maestro: "bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica" (Lc 11, 28); y a Marta, preocupada por muchas cosas, le dice que "una sola cosa es necesaria" (Lc 10, 42). “Y del contexto se deduce que esta única cosa es la escucha obediente de la Palabra… es lo primero en nuestro compromiso ecuménico. / En efecto, no somos nosotros quienes hacemos u organizamos la unidad de la Iglesia. La Iglesia no se hace a sí misma y no vive de sí misma, sino de la palabra creadora que sale de la boca de Dios. Escuchar juntos la palabra de Dios; practicar la ‘lectio’ divina de la Biblia, es decir, la lectura unida a la oración; dejarse sorprender por la novedad de la palabra de Dios, que nunca envejece y nunca se agota; superar nuestra sordera para escuchar las palabras que no coinciden con nuestros prejuicios y nuestras opiniones; escuchar y estudiar, en la comunión de los creyentes de todos los tiempos, todo lo que constituye un camino que es preciso recorrer para alcanzar la unidad en la fe, como respuesta a la escucha de la Palabra. / Quien se pone a la escucha de la palabra de Dios, luego puede y debe hablar y transmitirla a los demás, a los que nunca la han escuchado o a los que la han olvidado y ahogado bajo las espinas de las preocupaciones o de los engaños del mundo (cf. Mt 13, 22)”.
Ante el mandato de proclamar el Evangelio, “debemos preguntarnos: ¿no habrá sucedido que los cristianos nos hemos quedado demasiado mudos?” ¿No nos falta la valentía para hablar y dar testimonio como hicieron los primeros cristianos? Este testimonio lo espera el mundo, y la escucha de Dios implica también la escucha del otro, el diálogo entre las Iglesias y las comunidades eclesiales, instrumento imprescindible de la búsqueda de la unidad: conocerse. "De este diálogo se obtendrá un conocimiento más claro aún de cuál es el verdadero carácter de la Iglesia católica" (Unitatis redintegratio, 9). Hablar correctamente (orthos) y de modo comprensible. La Virgen María es la gran promotora de la realización del ardiente anhelo de unidad de su Hijo divino: "Que todos sean uno..., para que el mundo crea" (Jn 17, 21).
** Veamos ahora la Evangelización que sugiere el texto de hoy: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva». La misión es grande -«Id por todo el mundo»-, pero no faltará el acompañamiento del Señor: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Con nuestra ayuda, como pedimos en la oración colecta de hoy: «Oh Dios, que con la predicación del Apóstol san Pablo llevaste a todos lo pueblos al conocimiento de la verdad, concédenos, al celebrar hoy su conversión, que, siguiendo su ejemplo, caminemos hacia Ti como testigos de tu verdad». Tenemos la responsabilidad de transmitir hasta donde podamos este maravilloso patrimonio.
Pablo pasa de perseguidor a convertido, quizá también nosotros hacemos de "perseguidores": como a san Pablo, tenemos que convertirnos de "perseguidores" a servidores y defensores de Jesucristo (Josep Gassó). La fiesta de la conversión de san Pablo nos lleva a pensar en el ecumenismo de la caridad (punto 1, más arriba); y en el desafío de la “nueva evangelización”, la misión de la Iglesia en una sociedad que ya ha sido evangelizada, pero que, en su camino histórico, se ha alejado de la fe, de tal modo que es necesario un esfuerzo de nuevo anuncio apostólico, como recordaba Alfonso Carrasco. Esta buena nueva va acompañada de la auténtica paz, que tanto necesita nuestro mundo, después de las terribles guerras mundiales del siglo XX y tras haber experimentado los daños enormes causados por variadas ideologías, la idea de progreso utópico ha cambiado en un vacío de ideas, la misma tecnología ha dado armas terribles que nos llenan de miedo por las consecuencias imprevisibles en manos de gobernantes locos. “Una experiencia muy amarga habría enseñado que ni la violencia o la fuerza de las armas, ni el poder político, pueden resolver los graves problemas de los hombres”. La conversión de San Pablo nos indica también que ha de convertirse nuestra sociedad, pues “ninguna ideología ni poder humano responde a los enigmas e interrogantes de la existencia humana, ninguna puede iluminar adecuadamente su camino en la historia, su relación con el mundo, la vida y la muerte, ninguna afirma definitivamente la dignidad de cada uno. En cambio, el hombre puede encontrar en Cristo la clave, el centro y el fin de la historia humana, porque sólo Él manifiesta plenamente el hombre al propio hombre, desvelando la grandeza de su dignidad y vocación (cf. GS 22.24)”.
Para este cambio social es necesario un cambio personal de cada uno de nosotros, “el hombre que quiera comprenderse hasta el fondo a sí mismo … debe … acercarse a Cristo”, nos decía Juan Pablo II, quien nos avisaba también del hombre de hoy que va perdido cuando llevado por una cultura que ha vuelto a cerrarse a Dios, se esfuerza por olvidar o negar a Cristo, su salvación: “La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera”. Este rechazo perjudica mucho al hombre, aunque progrese materialmente, pues lo envilece en su espíritu, va contra “la dignidad de la persona humana. De esta cultura forma parte también un agnosticismo religiosa cada vez más difuso, vinculado a un relativismo moral y jurídico más profundo, que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad sobre el hombre”.
Muchas personas volvían a la Iglesia, cuando se hacían mayores y reflexionaban sobre los misterios de la vida y de la muerte. Pero hoy mucha gente de países de tradición cristiana ya no “van” a la iglesia, y no conocen el camino para ir, por tanto no podrán “volver” porque no han ido nunca. Otros pueblos que han pasado por la dominación comunista tienen también problemas de falta de formación. La indiferencia religiosa generalizada también tiene el problema de la ignorancia, pues muchos creen saber qué es el cristianismo, pero realmente no lo conocen. Quizá también porque lo que hemos enseñado era poco convincente, como vulgarmente se dice quizás han querido hacerles comulgar con ruedas de molino, es decir han mostrado un moralismo muy fuerte, mucha exigencia para ser cristiano, sin mostrar la belleza del por qué de esa moral cristiana. También habría que revisar las motivaciones de esos límites, que en cuanto a casuística cambian con el tiempo, y en cuanto a la subjetividad muchas veces depende también de la conciencia de las personas, y no habrá que concretar tanto una exigencia desde fuera. Es decir, habrá que poner más atención a la primeros 5 mandamientos del decálogo, pues son más importantes porque en ello se despliega el amor de Dios en sus diversas formas (también el amor a las personas, que son sagradas), para luego –como consecuencia- vivir los bienes terrenales que radican en las personas y que por tanto son también importantes, es decir la segunda serie de los mandamientos.
Por tanto, no hay que presentar la vida cristiana como un sistema moral más o menos anticuado y defendido por una institución jerárquica, sino de acercarnos al acontecimiento cristiano en su ser auténtico, como lugar de vida y esperanza. La cercanía de Dios constituye así una cierta experiencia, una cierta presencia que de Él tenemos ya en esta vida: presencia de Cristo en los sacramentos y en la oración y en la Iglesia; presencia que encontramos en las personas, a través de ellas se trasluce ese amor de Jesús y su mensaje; por ellas intuimos qué es la plenitud de vida. El amor de Dios acogido en nuestro corazón da alegría, nos llena de su luz la compañía de Jesús, que ilumina todo de modo que va adquiriendo sentido incluso lo que antes no tenía ninguno. Ahora ya nada es un obstáculo definitivo, el despertar de la esperanza sabe transformar las dificultades en oportunidades. Ante la esclavitud de las reglas del mundo, la libertad cristiana va empapando de ternura de la acogida y del perdón las relaciones humanas, la mirada profunda y afectuosa sobre la propia persona y el propio destino. La misericordia de Dios se vierte en el mundo y en la historia, y vemos que la dignidad y el destino de la persona depende en gran parte de ese amor, que el mundo lo que necesita de verdad es la misericordia y la esperanza.
Naturalmente, esta experiencia de la cercanía del Reino viene por la fe, la manifestación del Padre, del que nace todo bien. En estas primeras semanas del tiempo ordinario, la predicación de Jesús va centrada en el anuncio del Reino, lo estamos viendo día a día. Aparece como liberación de todo lo que oprime al hombre; victoria sobre todo pecado y sobre el Maligno, sobre la muerte.
“La nueva evangelización es, ante todo, el anuncio de nuevo del amor de Dios y de la victoria de Jesucristo; y ello, ahora como siempre, en medio de un mundo cuya tentación es afirmar la propia suficiencia para vivir sin necesidad de la relación con Dios, es pretender construir y conducir la historia humana a su cumplimiento a partir del propio poder humano, que parece hacerse cada vez más articulado e imponente”.
La conversión de San Pablo nos recuerda la necesidad de la conversión del corazón, una “metanoia”, que el anuncio del Evangelio que lleva a la apertura del corazón con su inteligencia y su amor libre, y con ello la aceptación del amor de Dios. Todo ello conlleva paulatinamente, en unos casos, o también en forma súbita y radical, un cambio profundo de la mente y del corazón del hombre. En el fondo se trata de una apertura, de pasar de vivir encerrado en uno mismo, o a lo sumo una apertura parcial, pero con inquietud por el bienestar y cierto poder y control de las circunstancias de la propia existencia y el ambiente en el que uno se mueve, a una apertura a la trascendencia. Pasar así del ambiente dominante de individualismo y consiguiente soledad, de la adoración de los ídolos –mundo, orgullo-poder, carne-gusto-placer- a una Vida de amor; pasar de la “cultura de la muerte”, a un “cultura fecunda” en profundidad. La prueba de ir por buen camino es la felicidad, que es algo no medible por las palabras que uno pronuncia sino por la alegría que desprende la mirada. La entrega verdadera a Dios da felicidad. Lo que una madre busca en su hijo es que esté contento, y Dios igual: no es religión una visión triste de la vida. Esto no significa que no se sufra, como anunció el Señor a San Pablo, que le tocaría sufrir mucho, pero la cruz es inseparable del amor, como su contrapunto, nos guste o no. Mejor acostumbrarse. Como tampoco hay que querer entender todos los planes divinos, siempre habrá más cosas en Él que no entendamos, en ese caso el corazón si entiende, que hay que seguir confiando, amando, y la esperanza da paz.
Estamos en un mundo complejo, y al abandonar la referencia a Dios, la trascendencia, el hombre pierde el punto central de referencia, queda inmerso en la inmanencia, y absolutiza algunos aspectos, porque pierde la visión de conjunto. El nihilismo, indiferencia en sus formas de relativismo o agnosticismo, la visión negativa o catastrofista, y las formas de ideologizar el egoísmo en el capitalismo, la envidia en el comunismo o ciertas formas de socialismo, las distintas dictaduras de la moda dominante… todo ello hace del hombre moderno un ser complejo, perdido, necesitado especialmente de misericordia, de salvación.
*** Hoy celebramos la conversión de san Pablo: esa transformación que cambia la vida de un hombre. El convertido pasa de las tinieblas a la luz. Ve, comprende, se decide. Dios se le hace manifiesto. Es como un despertar. La expansión de la Iglesia estuvo ligada a este apóstol, como también el esclarecimiento de la doctrina. Él atacó los primeros cristianos (unos quinientos vieron a Jesús resucitado, luego de la Pentecostés fueron miles). Juan y Pedro son encarcelados y azotados. Esteban es muerto a pedradas. Saulo quizá conocía a Esteban, y aprobó su muerte, pero la oración de Esteban conseguiría gracias para su amigo (más datos, en Act. 26, 10-11). Después de convertido dirá San Pablo a los Efesios que Dios nos ha escogido desde antes de la creación del mundo. Parece como un rasgo de buen humor de Dios: llama al judío más celoso para llevar la fe a los no judíos, al más anti-cristiano para ser apóstol de Cristo. Vuelve ciego a uno que no veía por dentro, para que abra los ojos de su corazón y cuando vea pueda volver a ver por fuera. El ciego que veía pasa a no ver para no estar ciego, y con su ceguera ver, para después dejar de estar ciego y poder hacer ver a los demás: “para esto me manifiesto a ti, para constituirte ministro y testigo, así de las cosas que de mí viste como de las que verás, yendo a los gentiles, a los cuales yo te envío, para abrirles los ojos, a fin de que se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios, a fin de que reciban la remisión de los pecados y la herencia de los santificados por la fe en mí" (Act 26, 16-18); y en otro lugar lo resume así: "anda, que yo te enviaré a lejanas naciones" (Act 22,2). Es bonito oírle contar al cabo de los años el cambio de su vida: "todas las cosas estimo ser pérdida, comparadas con la eminencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quién dí al traste con todas, y las tengo por basura, a fin de ganarme a Cristo"(Fil. 3,8-9) o bien "doy gracias al que me dio fuerzas, a Cristo Jesús, Señor nuestro, porque me consideró digno de su confianza, poniéndome en su servicio, a mí que fui blasfemo y perseguidor insolente; más halló misericordia porque obré con ignorancia en mi infidelidad, sobreabundó la gracia de nuestro Señor con la fe y la caridad que está en Cristo Jesús" (1 Tim 1,12). Pablo fue haciendo memoria sobre su conversión ahí profundiza en la revelación y el misterio de la Iglesia. Entiende que aquel “¿por qué me persigues?” se refiere Jesús a su cuerpo, que al perseguir a los cristianos le persigue a Él, que Jesús está en los cristianos como en su cuerpo. Ve muchas cosas al ir repensando en su vida, ve que su vocación le lleva a descubrir el sentido divino de su vida, el por qué de su existencia, para los demás, como misión. Que sepamos cada uno hacer memoria de esos dones divinos, esta cierta experiencia de Dios que vamos teniendo en la vida, para descubrir nuestra vocación.
Pablo quería, como lo más precioso de su vida, a su religión judía. Cuando pensaba que esta fe quedaba destruida por una "secta", el cristianismo naciente, trató de purificar de ese supuesto mal a su pueblo; pero Dios lo llenó de luz y descubrió que Jesucristo no era la gran traición sino la gran respuesta a las antiguas promesas. Entonces orientó toda su energía a mostrar que la fe judía alcanza su plenitud en Jesús, así los mismos judíos le hicieran sufrir lo indecible tanto en su cuerpo como en su alma. Por eso decimos que esa expresión del comienzo de la primera lectura de hoy, "yo soy judío" resume bien la búsqueda y el horizonte fascinante de la vida del apóstol más conocido: san Pablo.
Un perseguidor perseguido. Pablo perseguía a los seguidores de Cristo y Cristo le dice: "Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues" (Hch 22,8). De aquí aprendemos o repasamos dos cosas. Primero: lo que se hace a uno de los humildes hermanos de Cristo, a Cristo mismo se le hace (cf. Mt 25,40.45). Segundo: nadie persigue a Cristo sin que Cristo le persiga.
En efecto, comenta Pablo en su Carta a los Filipenses: "sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús" (Flp 3,12). Es posible que hubiera odio, soberbia o vanidad en la manera como Pablo perseguía a Jesús; de lo que si estamos seguros es de cuánto amor, cuánta paciencia y cuánta mansedumbre abundaron en el modo como Jesús persiguió y conquistó a Pablo.
Ahora bien, Jesús está en sus seguidores y no se puede perseguirlos sin perseguirlo a él. Mas también está en ellos para guiar. Son uno con él en el padecer, pero también en el reinar (cf. Rom 8,17). Y por eso el Señor no da todas las instrucciones sino que envía a Pablo a que sea discípulo de los mismos a los que iba a encadenar y a que aprenda de aquellos a quienes hasta ahora ha despreciado. ¿No es magnífica la pedagogía de Dios?
"Vas a ser testigo". Ananías esclarece no sólo los ojos del cuerpo sino sobre todo los de la mente de Pablo: el sentido de aquel resplandor, de camino a Damasco, es colmar de luz a este hombre que así es ya un testigo de la luz. Y por eso le dice: "vas a ser testigo" (Hch 22,15): porque has visto, harás ver; porque has oído, vas a hablar.
Ananías invita al converso a darse prisa. Lo mejor que se le puede decir a un alma de fuego y un carácter ardiente como el de este Pablo. ¡Y qué bien cumplió ese sencillo encargo! "No pierdas tiempo; no te detengas" le dijo Ananías aquella vez, y eso hizo nuestro amado apóstol: ya nunca se detuvo. Fervoroso, como antes era en propagar el error y sembrar el terror, ahora propaga el Evangelio y siembra amor divino, sin darse nunca por satisfecho, pues bien escribió: " Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús" (Flp 3,13-14).
Hoy, la Iglesia celebra la fiesta de la Conversión de san Pablo, apóstol. El breve fragmento del Evangelio según san Marcos recoge una parte del discurso acerca de la misión que confiere el Señor resucitado. Con la exhortación a predicar por todo el mundo va unida la tesis de que la fe y el bautismo son requisitos necesarios para la salvación: «El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará» (Mc 16,16). Además, Cristo garantiza que a los predicadores se les dará la facultad de hacer prodigios o milagros que habrán de apoyar y confirmar su predicación misionera (cf. Mc 17,18). La misión es grande —«Id por todo el mundo»—, pero no faltará el acompañamiento del Señor: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).
La oración colecta de hoy, propia de la fiesta, nos dice: «Oh Dios, que con la predicación del Apóstol san Pablo llevaste a todos lo pueblos al conocimiento de la verdad, concédenos, al celebrar hoy su conversión, que, siguiendo su ejemplo, caminemos hacia Ti como testigos de tu verdad». Una verdad que Dios nos ha concedido conocer y que tantas y tantas almas desearían poseer: tenemos la responsabilidad de transmitir hasta donde podamos este maravilloso patrimonio.
La Conversión de san Pablo es un gran acontecimiento: él pasa de perseguidor a convertido, es decir, a servidor y defensor de la causa de Cristo. Muchas veces, quizá, también nosotros mismos hacemos de “perseguidores”: como a san Pablo, tenemos que convertirnos de “perseguidores” a servidores y defensores de Jesucristo.
Con Santa María, reconozcamos que el Altísimo también se ha fijado en nosotros y nos ha escogido para participar de la misión sacerdotal y redentora de su Hijo divino: Regina apostolorum, Reina de los apóstoles, ¡ruega por nosotros!; haznos valientes para dar testimonio de nuestra fe cristiana en el mundo que nos toca vivir (Josep Gassó Lécera).
La fiesta de la “Conversión de san Pablo”, nos recuerda el gran mandamiento de Jesús de evangelizar, pero al mismo tiempo, el hecho de que no se pude dar lo que no se tiene. Si hoy en el mundo se vive un paganismo práctico, que lleva a la violencia, al robo, al atropello de los valores humanos, a la corrupción, etc., es porque falta en muchos de los cristianos una conversión profunda. Sin embargo, usando las palabras del apóstol, nos ponemos a pensar: ¿pero, cómo creerán, si no hay quien les anuncie? Y cuando se les anuncia, ¿cómo creerán si la vida de los que predican no es conforme a lo que predican? Un sólo hombre comprometido y tocado profundamente por el amor de Dios, recorrió todo el mundo conocido, hablando de Aquel que había cambiado su vida… Fue así como el mundo pagano se convirtió a la luz y al amor de Cristo. Déjate tocar por el amor de Dios, y responde con generosidad siendo portador del amor de Dios en tu casa, tu empresa, o tu escuela… Recuerda que Dios te necesita (Ernesto María Caro).
Antes de subir al cielo, después de resucitar de entre los muertos, el Señor envió a los suyos a predicar el Evangelio por todo el mundo a toda creatura. Nada ni nadie puede quedar fuera de la obra salvadora que el Señor ha realizado en favor nuestro. Aquel que quiera encasillar la salvación en un grupo estará equivocado, pues la Iglesia debe acoger en su seno a todo hombre de buena voluntad que se decida a creer en Cristo Jesús. Por eso, los que ya hemos hecho nuestra esta fe debemos ser los primeros en experimentar el amor de Dios, pues Él nos ha llamado para que estemos con Él y para que seamos testigos suyos hasta el último confín del mundo. El Señor nos envía como aquellos que han de continuar su obra liberadora en el mundo. Pero no podemos quedarnos en una lucha por la libertad meramente externa; no podemos conformarnos con liberar a nuestros hermanos de la pobreza, o con darle voz a los desvalidos e injustamente tratados. Mientras no colaboremos para que se den a luz nuevos hijos de Dios, libres de la esclavitud al autor del pecado y de la muerte, habremos fallado en el cumplimiento de la Misión salvadora que el Señor nos ha confiado.
Hoy venimos a esta Celebración Eucarística para encontrarnos personalmente con el Señor, que se acerca a nosotros por medio de signos demasiado frágiles y sencillos. Él preside esta celebración por medio del Ministro; Él está en todos y cada uno de nosotros, que creemos en Él y, unidos a Cristo, Cabeza de la Iglesia, formamos su Cuerpo. Él nos dirige su Palabra salvadora, para que no sólo la escuchemos, sino para que la pongamos en práctica; y así, por obra del Espíritu Santo, esa Palabra vaya tomando cuerpo en nosotros para que seamos realmente testigos del Señor. Él se convierte en nuestro Pan de vida para que, entrando en comunión de vida con Él, sean nuestros su Espíritu y su Vida. Así el Señor abre nuestros ojos para que sepamos contemplarlo no sólo bajo los signos sacramentales, sino también en nuestro hermano, en el cual amamos y servimos al mismo Cristo. Aprovechemos, pues, este momento de Gracia del Señor.
Si nos amamos los unos a los otros entonces permanecemos en el amor de Dios. No sólo hemos de proclamar el Evangelio del Señor con los labios. Toda nuestra vida debe convertirse en un anuncio de la Buena Nueva, pues desde nuestra propia existencia los demás no sólo han de escuchar el Evangelio, sino que han de experimentar el amor salvador del Señor. Jesucristo está presente entre nosotros por medio de todos aquellos que creen en Él. Lo que les hagamos a ellos a Cristo mismo se lo hacemos. Al final el Señor nos dará la vida eterna poniendo como condición el amor que le hayamos manifestado en nuestros hermanos. Seamos, pues, portadores de Cristo. Que nadie quede excluido de recibir el anuncio del Evangelio. Que todos escuchen el mensaje de salvación y todos, sin excepción, experimenten el amor de Dios desde aquellos que nos gloriamos en tenerlo como Señor y Salvador nuestro. No hagamos de la Iglesia un grupo cerrado e inútil. Dios nos quiere a todos unidos como hermanos, formando un sólo cuerpo en torno a Cristo, Cabeza de la misma Iglesia. El que se cierre en un grupo, por muy santo que lo parezcan sus miembros, jamás podrá decir que es la Iglesia del Señor, pues ni siquiera será un miembro de la misma en razón de vivir separado de todos aquellos que han sido llamados a participar de la vida divina.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de trabajar constantemente, tanto con nuestras palabras, como con nuestras obras y nuestro testimonio personal y comunitario, en atraer a todos hacia Cristo, para que el mundo entero pueda encontrar en Él el camino que nos una como hermanos, y nos conduzca a la Gloria eterna a la diestra de Dios Padre. Amén (Homiliacatolica.com).
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