domingo, 22 de mayo de 2011

Domingo 5º de Pascua, ciclo A: en Jesús la misericordia divina se vierte sobre todos los hombres, se nos da el Camino auténtico (caridad, servicio), l

Domingo 5º de Pascua, ciclo A: en Jesús la misericordia divina se vierte sobre todos los hombres, se nos da el Camino auténtico (caridad, servicio), la Verdad que llena (la oración es el medio para llegar), la Vida eterna (la Eucaristía es ya de ella prenda)

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 6,1-7: En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en el suministro diario no atendían a sus viudas. Los apóstoles convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron: “No nos parece bien descuidar la Palabra de Dios para ocuparnos de la administración. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu de sabiduría; y los encargaremos de esta tarea; nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra”. La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Simón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando. La Palabra de Dios iba cundiendo y en Jerusalén crecía mucho el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.

SALMO RESPONSORIAL 32,1-2. 4-5. 18-19: R/. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos; dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas.
La palabra del Señor es sincera y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.
Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.

Lectura de la primera carta del Apóstol San Pedro 2,4-9: Queridos hermanos: Acercándoos al Señor; la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Dice la Escritura: «Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado.»
Para vosotros los creyentes es de gran precio, pero para los incrédulos es la piedra que desecharon los constructores: ésta se ha convertido en piedra angular, en piedra de tropezar y en roca de estrellarse. Y ellos tropiezan al no creer en la palabra: ése es su destino. Vosotros, en cambio, sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.

Lectura del santo Evangelio según San Juan 14,1-12: En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, si no os lo habría dicho, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.
Tomás le dice: -Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?
Jesús le responde: -Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.
Felipe le dice: -Señor, muéstranos al Padre y nos basta.
Jesús le replica: -Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores. Porque yo me voy al. Padre.

Comentario: «Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas; revela a las naciones su justicia. Aleluya» (Sal 97,1-2: ant. de entrada). Vemos la Iglesia desarrollarse, como sacramento pascual: de la resurrección de Jesús surgen todas las virtualidades unidas al Espíritu Santo, fruto de la Pascua. Se van desarrollando las lecturas como una explosión de frutos, decía Jacint Verdaguer que la naturaleza –árboles, flores- no puede aguantar la primavera que lleva dentro, y estalla en un mar de colores: así es la alegría de este tiempo pascual: «Señor, Tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos; míranos siempre con amor de Padre y haz que cuantos creemos en Cristo tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna» (Colecta). Y también pedimos hoy: «¡Oh Dios!, que por el admirable trueque de este sacrificio nos haces partícipes de tu divinidad; concédenos que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta verdad que conocemos» (Ofertorio). La clave está en la unión a Jesús, que hoy –después de contemplarlo la semana pasada como buen pastor, aparece hoy como Camino, Verdad y Vida, especialmente en la Comunión: «Yo soy la vid verdadera; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante. Aleluya» (Jn 15,1.5); por eso le pedimos en la Postcomunión: «Ven Señor en ayuda de tu pueblo y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu Reino, haz que abandonemos nuestra antigua vida de pecado y vivamos, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna».
Ya desde los tiempos del Crisóstomo y de Agustín está documentada la lectura de los Hechos de los Apóstoles durante la cincuentena pascual. Se narran los orígenes de la Iglesia; la selección de los domingos ofrece, en cada uno de los ciclos, a modo de un álbum de fotos de familia de la primera comunidad cristiana. Se pone de relieve que la vida de la Iglesia arranca del misterio pascual. Pero este domingo son las tres lecturas las que se prestan a un tratamiento eclesiológico. Permiten proponer tres aspectos complementarios del misterio de la Iglesia, siempre en relación con la perspectiva pascual obligada en este tiempo, que coinciden con las tres lecturas (puntos 1, 3, 4, pues el salmo es como una glosa poética de la primera):
1. Por vez primera en los Hechos se nombra a los "discípulos" en contraposición a los "apóstoles". En los evangelios se llama "discípulos" a cuantos siguen a Jesús (Mt 28. 19). Los "apóstoles" proponen a los "discípulos" que elijan a siete varones para que se encarguen de servir a los pobres. Al parecer, se tiene en cuenta la queja de los helenistas, y la comunidad elige precisamente a siete hombres que llevan nombres de origen griego. La comunidad elige, pero sólo los Apóstoles imponen las manos. La "imposición de manos" es un rito ya conocido en el A.T. (Gn 48.14; Nm 8. 10s). Aquí aparece como un símbolo sagrado y jurídico (Hch 8. 17; 13. 3; 14. 23; 28. 8; 1 Tm 4. 14; 5. 22; 2 Tm 1. 6; Hb 6. 2). No es fácil ver en otros casos si tiene o no carácter sacramental, pero aquí es muy probable. Es dudoso que se trate de la ordenación de unos "diáconos" en el sentido actual, y parece más bien que debe pensarse en aquellos "presbíteros" que, más tarde, hallaremos en este mismo libro unidos a los Apóstoles (11.30; 14. 23; 15. 2; etc.). Como puede verse, estamos en una fase inicial en la que comienza un proceso de institucionalización cada vez más necesario e inevitable ante el crecimiento de la comunidad. Ya se van distinguiendo funciones y servicios, pero estamos todavía muy lejos de unos "ministerios" perfectamente definidos en el ámbito de la Iglesia. San Ignacio de Antioquía distinguirá ya claramente entre obispos, presbíteros y diáconos. La Iglesia sigue ordenando hoy a sus "ministros" (es decir, servidores) mediante la imposición de manos. Pero se ha olvidado, por desgracia, la participación del pueblo en la elección de aquellos que le han de servir (“Eucaristía” 1981).
a) La primera lectura nos muestra una Iglesia en formación, en la primera crisis, de crecimiento: "al crecer el número de los discípulos"; y a las primeras tensiones, y se solucionó aquel problema organizando mejor entre sus miembros el servicio, la "diakonía". Así es como se establece el reino de Cristo: "Si dejamos que Cristo reine en nuestras almas, no nos convertiremos en dominadores, seremos servidores de los demás hombres. Servicio. Como me gusta esta palabra, Servir a mi Rey y por El a todos los demás hombres, que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiéramos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar nuestra tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen…
-Servicio es el punto central del funcionamiento de la Iglesia. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey, Cristo Jesús. Servir, y servir siempre. Danos, Madre nuestra, este sentido de servicio. Tu que antes las maravillas del Dios que se iba a ser hombre, dijiste: ecce ancilla! Enséñame a servir así" (san Josemaría Escrivá). En el "pueblo del Servidor de Yahvé" todo ha de entenderse como servicio humilde (el número siete era para los griegos símbolo de universalidad, como lo era el número doce para los judíos). En la Iglesia de Cristo todo es servicio: servicio de la Palabra, servicio de la oración, servicio de las mesas. Todos son "servidores" -"diakonoi"-, empezando por los responsables de la comunidad. De una manera u otra, todos están al servicio de la comunión. El modelo supremo, la referencia última obligada, es el gran Acto de Servicio que realizó en la cruz aquél que "no vino para que le sirvieran, sino para servir y dar su vida en rescate por todos" (Mc 10,5). A partir de aquel momento, en la Iglesia el servicio no se practica como un gesto aislado, sino como estilo de vida. Esta disponibilidad hacia las necesidades ajenas nos llevará a ayudar a los demás de tal forma que, siempre que sea posible, no se advierta, y así no puedan darnos ellos ninguna recompensa a cambio. Nos basta la mirada de Jesús sobre nuestra vida. ¡Ya es suficiente recompensa! Servicio alegre, como nos recomienda la Sagrada Escritura: Servid al Señor con alegría, especialmente en aquellos trabajos de la convivencia diaria que pueden resultar más molestos o ingratos y que suelen ser con frecuencia los más necesarios. La vida se compone de una serie de servicios mutuos diarios. Procuremos nosotros excedernos en esta disponibilidad, con alegría, con deseos de ser útiles. Encontraremos muchas ocasiones en la propia profesión, en medio del trabajo, en la vida de familia..., con parientes, amigos, conocidos, y también con personas que nunca más volveremos a ver. Cuando somos generosos en esta entrega a los demás, sin andar demasiado pendientes de si lo agradecerán o no, de si lo han merecido.... comprendemos que «servir es reinar» (Concilio Vaticano II). Aprendamos de Nuestra Señora a ser útiles a los demás, a pensar en sus necesidades, a facilitarles la vida aquí en la tierra y su camino hacia el Cielo. Ella nos da ejemplo: «En medio del júbilo de la fiesta, en Caná, sólo María advierte la falta de vino... Hasta los detalles más pequeños de servicio llega el alma si, como Ella, se vive apasionadamente pendiente del prójimo, por Dios» (san Josemaría). Entonces hallamos con mucha facilidad a Jesús, que nos sale al encuentro y nos dice: cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a Mí me lo hicisteis (Mt 25,40).
-Para ello hace falta humildad, la gran virtud eclesial: María es el modelo, por eso une, la medida de su fe es su humildad sin medida. San Juan Bautista ya lo indicó: “Preciso es que él crezca y que yo mengüe” (Io 3, 30). Es no buscar ser más que los demás: “La humidad humildad se ignora, / sabrá que la tiene el alma, / si sufre cuando la elogian”. Dice S. Fco de Sales : “soportar los oprobios es la piedra de pargón de la humildad y de la verdadera virtud”. Si no es como una caña vacía. Y el de Kempis: “quien no tiene Dios ante los ojos se conturba por toda palabra que desprecio que oye”. Tampoco trabajar por tener “buena imagen”: “Humildad es contentarse / con lo que les dan, no pidan. Todo el que quiera alcanzar / perfección, huya mil leguas / del “razón tuve”… “me hicieron / sin razón”… “razonar quieran”… / De tantas buenas razones / Dios libre a las almas buenas”. El soberbio es como un balón de viento que aparece grande a sí mismo, pero en sustancia toda su grandeza se reduce a un poco de viento, que abriéndose el balón, todo en un momento se desvanece, como aquel sapo de la fábula que hinchándose quiso interrumpir el camino a la vaca, que inadvertida aplastó al que se sobreestimaba. Hay gente que busca tener el éxito en la vida, pero es mucho más importante que la vida sea un éxito, y así oímos muchos decir: “He desperdiciado la vida…” pero cuando se sirve esto no ocurre, la vida no es banal cuando hay amor, a una persona que sirve hay que decirle: tú sí que “sirves”, estos años de servicio “no los has tirado por la borda”… te has gastado eficazmente. Nunca se pierde el tiempo ni los talentos, cuando se entregan por amor.
-Manifestaciones de este servicio: -Dejarse llevar por el Espíritu Santo, donde nos coloque en la vida. -Olvido de mí, solo Dios basta. -Rectificar la intención, cuando me busque, no hacerme la víctima cuando venga la señal de la cruz: acoger a Cristo en ella. -No retener cargos, por desgracia los dictadores no saben hacer equipo, y no tienen continuidad. -No “santificar nuestros defectos”, pensando que por el prestigio que tenemos ya todo lo hacemos bien, acoger las correcciones. Sucede que uno descuida el trato con las personas, cuando tiene poder y no ha de cuidar tanto la imagen, pero la gente sencilla no valora el prestigio social sino estas pequeñas atenciones, el interés cordial por cada persona, y eso es lo que da fruto. -No hacer como esas gallinas que apenas ponen un solo huevo van cacareando por toda la casa: pasar inadvertidos… -No preocuparse por los fracasos, tomar experiencia. No me parece oportuno lo de olvidar, sino aprovechar esas cosas malas, para el servicio: nos hacen más humildes, y con la humildad hay una renovada lucha fruto de confiar más en Dios y menos en nuestras fuerzas, y así el remordimiento convertido en arrepentimiento sirve para el servicio: la mejor penitencia es pensar en los demás: “darse, darse, darse a los demás… es de tal eficacia que Dios lo premia con una humildad llena de servicio, de gozo espiritual” (san Joseraría). Las ramas secas enterradas a los pies del árbol, dan vida y lozanía. –no ser tan tontos de pensar que lo nuestro es lo mejor: estar abiertos. –No pensar nunca “éste no sirve” para trabajar en esto; “eres tú el que no sirves”, por no saber gobernar, poner a cada uno en su sitio… Como la lamparilla alumbrando en el sagrario, así el servicio, gastar los años de juventud y de madurez en los demás, indica: “ahí está Dios”. Servir es poner en práctica lo que antes escribían en “la medalla del amor: + que ayer, – que mañana”. -Que sepa escuchar, aprender de los demás. -No ser nunca susceptible, ni justificarme, pues no tengo razón cuando me pierdo en razonar todo. –Ser acogedores como Jesús, que no va a imponer el criterio, sino a amar, y a partir de lo que a la gente le preocupa (el agua, la cosecha…) va subiendo las miras hacia el agua viva, el fruto que no se pudre… S. Francisco de Sales decía que la humildad es “base y fundamento de todas las otras y sumamente necesaria al hombre en la vida presente”, y añadía: “Amadas imperfecciones, que nos hacen descubrir nuestra miseria y nos ejercitan en la humildad!” Boylan señalaba que los desequilibrios mentales muchas veces es por no adaptarse a la realidad. Servir es trabajar por Dios, sin delirios de grandeza, pues todo es grande cuando se hace por amor. S. Bernardo decía: el pecador por caminar sobre las pisadas del ángel, en este camino de la humildad, toma una vía más segura que el hombre que en su virginidad sigue el camino de la soberbia, porque la humildad de uno lo purificará de sus daños, mientras la soberbia del otro no puede que manchar su pureza. S. Juan Crisóstomo: madre, raíz, nutriz y centro de todos los otros bienes: la soberbia de por sí (secundum genus suum) es el peor de los pecados, más grave que la infidelidad, que la desesperación, que el homiciod, que la lujuria, etc. (S. Francisco de Sales habla mucho de esto, Tissot y otros lo han recogido ordenadamente). “Plus placet Deo humilitas malis in factis quam superbia in bonis” (Dios mira más complaciente acciones malas acompañadas de la humildad, que buenas obras infectadas de orgullo” (S. Agustín). San Ottato de Milevi: “mejor pecados con humildad, que inocencia con orgullo”. San Gregorio Niseno: “un carro lleno de obras buenas, conducido con soberbia, lleva al infierno; un carro de pecados, conducido con humildad, conduce al paraíso”. San Gregorio Magno: “sucede a menudo que quien se ve cubierto de muchas manchas ante Dios, no es menos ricamente embellecido con el vestido de una más profunda humildad”.
El hombre santo y humilde, cuando es corregido gime por el error cometido: y el soberbio también gime cuando es corregido, pero gime porque se ve descubierto en su defecto, y por eso se turba, responde y se indigna con quien lo corrige”. Y dice La Chantal: “si no podemos adquirir muchas virtudes, por lo menos tengamos la humildad!” ¿La razón?: si el pecado es aversión contra Dios, la soberbia es el peor, pues los otros pecados alejan de Dios por la ignorancia, debilidad, deseo de un bien. La soberbia porque no quiere someterse a El y a su ley, y Dios resiste a los soberbios (Iac 4). La aversión a Dios y a sus preceptos en los demás pecados es una consecuencia, en la soberbia en la que el acto propio es el desprecio de Dios, tal aversión le es natural.
Triste la persona en la que nada quede del niño que lleva dentro: «Un testimonio elocuente para los creyentes de cómo "reinar" significa "servir"», concluyó. Ejemplo que no es sólo válido para los «padres», sino también para todos aquellos que tienen un papel de «guía»”, decía el Papa refiriéndose a los obispos. En la Iglesia se toma el “poder” ordenarse sacerdote no como un servicio, y ahí está el problema de hoy, de las reivindicaciones, que dejan entrar en la comunidad lo domina en la sociedad civil: el afán de dominio sobre los demás. Lo que vale es el amor, el servicio.
Hay que afrontar como aquellos primeros cristianos las problemáticas de pobreza actual: «Nuestra época, por primera vez, tiene el conocimiento, los medios y las posibilidades políticas para derrotar a la pobreza y las desigualdades. A pesar de ello, los fuertes desequilibrios siguen existiendo» (Diarmuid Martin). Se habla mucho de ayuda pero crece la pobreza: “hay algo que no funciona”. “Los países desarrollados, empezando por la Unión Europea…, deben tener el valor de admitir sus errores, que se pueden resumir en una postura de superioridad respecto a los países más pobres. Un comportamiento de superpotencia que debe ser sustituido por una relación de cooperación… Se trata de invertir en la capacidad de las personas. Invertir en formación. En el fondo el objetivo del desarrollo es preparar a las personas para que puedan aportar las capacidades que Dios les ha dado. Traducido en pocas palabras: menos asistencia y más desarrollo de la persona… se habla todavía demasiado de asistencia y no se habla, por ejemplo, de creación de puestos de trabajo. Y sin embargo, este es un tema central, un pilar para cualquier política de desarrollo real. Sobre todo, porque un trabajo digno es el primer factor que permite al hombre poner a disposición sus propias capacidades. Y, en segundo lugar, permite a la persona ser dueña de su destino, no depender de la ayuda del poderoso de turno. La creación de nuevos puestos de trabajo debería usarse también como instrumento para evaluar la eficacia de los diversos programas de lucha contra la pobreza. Invertir en formación es importante pero lo es también crear un espíritu de pequeña empresa. Los ejemplos positivos no faltan y demuestran también que las mujeres son especialmente capaces de responder a este estímulo. Las relaciones de cooperación deberían por tanto premiar a las pequeñas empresas que funcionan. Y aquí se engancha el tema de la deuda externa. Cuando estas empresas funcionan, es importante que se garantice la reinversión de los beneficios en el mismo lugar. Los altos niveles de deuda, en cambio, impiden esto, de manera que las riquezas locales se gastan en pagar intereses que ya no son sostenibles, y se perpetúa la espiral de la pobreza”. El comercio de armas y en general los gobiernos occidentales no son modelo de solidaridad: hasta que no bloqueen el tráfico de armas hacia estos países, “dado que la guerra y los conflictos civiles están entre las primeras causas de la pobreza”, no hay que confiar en esas políticas.
-Caridad, servicio… “quien quiera ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero sea esclavo de todos”. Es un nuevo señorío el que instaura el Señor, demuestra que ahí está el fundamento de la nobleza y su razón de ser: “porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar Su vida en redención de muchos”: no cargos, servicio, eso es lo que vale, el éxito auténtico. A la luz de esta actitud de Cristo se puede reinar sólo sirviendo, a la vez, el servir exige tal madurez espiritual que es necesario definirla como reinar. Necesitamos de la humildad de corazón, la generosidad, la fortaleza, la alegría para poner la vida al servicio de Dios y de los hombres. La vida de Jesús es un incansable servicio a los hombres: los enseña, los conforta, los atiende…, hasta dar la vida. Y nosotros, si queremos ser discípulos de Cristo, debemos fomentar esa disposición del corazón que nos impulsa a darnos constantemente a quienes están a nuestro lado. La última noche, antes de la Pasión, Cristo, ante los discípulos, que discutían por motivos de soberbia y de vanagloria, realizó la tarea propia de los siervos, se inclina y lava sus pies: fustiga amorosamente la falta de generosidad de aquellos hombres. La vida eclesial, familiar, profesional, es un excelente lugar para manifestar este espíritu de servicio en multitud de detalles que pasarán frecuentemente inadvertidos, pero que ayudan a fomentar una convivencia grata y amable, en la que está presente Cristo. El Señor nos llama particularmente en los enfermos y en los ancianos, para ayudarlos con humildad y finura humana que apenas se advierten. El Señor sirve con alegría, amablemente, con gesto y tono cordiales. Y así debemos ser nosotros cuando realizamos esos quehaceres que son un servicio a Dios, a la sociedad o a quienes están próximos: Servid al Señor con alegría (Salmo 99, 2), nos dice el Espíritu Santo por boca del Salmista. El Señor promete la felicidad a quienes sirven a los demás. Aquello que entregamos con una sonrisa, con una actitud amable, parece como si adquiriera un valor nuevo y se apreciara también más. Además, para servir, hemos de ser competentes en nuestro trabajo: para servir, servir. Acudamos a San José, servidor fiel y prudente, y con su ayuda veremos en los demás a Jesús y María. Así nos será fácil servirles (Francisco Fernández Carvajal-Tere Correa).
Cristo es siempre consciente de ser el "Siervo del Señor", según la profecía de Isaías (cf. 42,1; 49,3.6; 52,13), en la cual se encierra el contenido esencial de su misión mesiánica: la conciencia de ser el Redentor del mundo. María, desde el primer momento de su maternidad divina, de su unión con el Hijo que "el Padre ha enviado al mundo, para que el mundo se salve por él" (cf. Jn 3, 17), se inserta en el servicio mesiánico de Cristo. Precisamente este servicio constituye el fundamento mismo de aquel Reino, en el cual "servir" (...) quiere decir "reinar". Cristo, "Siervo del Señor", manifestará a todos los hombres la dignidad real del servicio, con la cual se relaciona directamente la vocación de cada hombre, decía Juan Pablo II, quien proponía también formas concretas de ayuda como adoptar una familia del tercer mundo: «una nueva forma de adopción a distancia -aclaró el obispo de Roma- que, a través de la mediación directa de los misioneros, permite asegurar un trabajo digno a los cabezas de familia en los países más pobres».
Hallándose Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, se acercó a Él una mujer que traía un frasco de alabastro, con perfume muy caro, y lo derramó sobre su cabeza mientras estaba a la mesa. Al ver esto los discípulos se indignaron y dijeron: ¿para qué este despilfarro? Se podía haber vendido a buen precio y habérselo dado a los pobres. Mas Jesús, dándose cuenta, les dijo: ¿Por qué molestáis a esta mujer? Pues una "obra buena" ha hecho conmigo. Porque pobres tendréis siempre con vosotros, pero a mí no me tendréis siempre. Y al derramar ella este ungüento sobre mi cuerpo, en vista de mi sepultura lo ha hecho. Yo os aseguro: dondequiera que se proclame esta Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya (Mt 26,6). Luego Juan explica que quien murmuraba, Judas, era para quedarse con el dinero, no porque le importaran los pobres. Cuando alguien critica la Iglesia diciendo que no se ocupa suficientemente de los pobres, digamos que sí, que somos pecadores, pero con sencillez digamos: “yo hago esto...”, y hagámosles también la pregunta: “¿tú qué haces por los pobres?” Los Apóstoles centran la cuestión: la dedicación a la palabra y la oración es prioritaria, para ellos; conviene que haya otros, escogidos por sus virtudes, quienes administren el dinero destinado a esas cosas sociales. El servicio es aquí lo prioritario: servicio a Dios, a las almas: perfume dedicado al Señor, y que ese amor se vierta en los demás. Jesús no vino 'a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención por muchos' (Mt 20,28). Si no, se vive muy lejos de Dios con una falsa piedad, aunque mucho se rece. Bien claro ha hablado el Maestro: "apartaos de mí, e id al fuego eterno, porque tuve hambre..., tuve sed..., estaba en la cárcel..., y no me atendisteis". El servicio va ligado a la alegría, pues servir con caras largas, es igual que no hacerlo.
S. Agustín pedía a Dios: “"Míranos siempre con amor de Padre". El tiempo pascual es particularmente apto para gustar la realidad de la paternidad divina recibida en el Bautismo. El plan eterno de Dios, preparado largamente, llegó a su plena realización en la pasión y resurrección del Hijo. El regalo de la Pascua del Hijo es el don del Espíritu. Por él podemos llamar a Dios "Padre". Ya no somos esclavos sino hijos en el Hijo. El Padrenuestro "entregado" y "devuelto" por los bautizados durante la Cuaresma tenía la finalidad de conducir, por la oración modelo de los cristianos, a una experiencia gozosa de Dios como Padre. De ella debe vivir toda su vida el bautizado. Por eso pide la oración colecta: "...míranos siempre con amor de Padre". Dios desea ver siempre grabada en nosotros la imagen del Hijo. Aquella unidad promovida por el entusiasmo de los creyentes y de la que nos habla san Lucas en los primeros capítulos de los Hechos, tiene que afirmarse ahora, superando el primer conflicto. La comunidad cristiana de Jerusalén estaba formada por "hebreos", es decir, los indígenas de habla aramea, y de "helenistas", judíos procedentes de la diáspora, de habla griega (cf. Hch 2.5-11). Al parecer, se daba una cierta discriminación, en perjuicio de los pobres del grupo de los helenistas, a la hora de distribuir los bienes de la comunidad (2. 45; 4. 35).
2. El punto central en el fragmento del salmo de hoy es la gratitud hacia Dios, por su misericordia (vv. 4-5), su providencia se ensancha hacia todos los hombres (vv. 18-19), y se ha manifestado especialmente en Jesús, la máxima revelación divina. Es necesario personalizar este salmo, en nuestra propia vida y en nuestra propio estilo: alabar... Creer en el poder de Dios... Creer que Dios interviene "hoy y siempre en los acontecimientos contemporáneos..." "hacerse pobre": la "mirada de Dios" sobre nosotros es una defensa más segura que todos los medios del poder humano. He aquí un ejemplo de personalización... He aquí como PAUL Claudel "releía" este salmo a su manera, vigorosa, truculenta, poética:
"Escuchad, pájaros cantores, el ímpetu que doy a mi canto: lo que llaman en música la anacrusa. Mirad mis dedos que sin hacer ruido en los rayos del sol, pulsan el arpa entre mis rodillas: hay diez cuerdas, ¡Atentos cuando levante la mano! Yo también canto muy suave, y los ojos bien abiertos, llevo el compás, el oído atento a vuestra vociferación. Dios es hombre de bien: se escucha la conciencia en todo lo que El ha hecho. Alguien de confianza y de buenos sentimientos: que no pide otra cosa que estar bien con el mundo. Esto es sólido, vamos, este cielo que ha fabricado con sus manos, y es El quien está en el interior, este espíritu que hace marchar todo. Es El quien ha juntado el mar como en un odre y que ha colocado cuidadosamente aparte los abismos para servirse de ellos. ¡Toda la tierra, si tiene corazón, que palpite sobre el corazón de Dios! En un abrir y cerrar de ojos todo fue hecho. Y entonces, las combinaciones de las gentes, poco tienen que ver con él. ¡Hacéos los listos, hombres de estado! Dios es alguien que recurre a su eternidad para pasar el tiempo. Escoge, Señor, entre nosotros: dichosos aquellos a quienes tú has confiado la tarea de continuar tu obra. De lo alto de los cielos el Señor abre los ojos para mirar: ¿son esos los hijos de los hombres? De lo alto de su arquitectura, esta tierra que El ha hecho, mira cómo nos las arreglamos para habitarla. ¡Todo está unido!, ¡nadie es intercambiable! Ha puesto dentro de nosotros un corazón, para que fuera nuestro corazoncito para nosotros solos. Alguien hace de rey, otro de gigante. Esto es gracioso. El caballo para salvaros, deberá tener más de cuatro patas para atarlo a vuestra ruleta. Decid solamente: espero, tú eres bueno, eso basta. ¿Eso basta para no ir al infierno y no tener hambre? ¡Nunca más tendremos hambre! Dios es como una columna entre mis brazos. ¡Intentad arrebatármela! Estamos felices de estar juntos: nos decimos el nombre de pila unos a otros. Y entonces, queridos hijos, atentos y todos juntos. "Que tu amor, Señor, esté sobre nosotros, como nuestra esperanza está en ti".
Así tradujo Claudel para él, este salmo. A nosotros toca ahora, "gritar a Dios nuestra alabanza" (Noel Quesson).
Recordaba Juan Pablo II que este salmo, de “22 versículos, tantos cuantas son las letras del alfabeto hebraico, es un canto de alabanza al Señor del universo y de la historia. Está impregnado de alegría desde sus primeras palabras: "Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas… La tercera y última parte del Salmo (vv. 16-22) vuelve a tratar, desde dos perspectivas nuevas, el tema del señorío único de Dios sobre la historia humana. Por una parte, invita ante todo a los poderosos a no engañarse confiando en la fuerza militar de los ejércitos y la caballería; por otra, a los fieles, a menudo oprimidos, hambrientos y al borde de la muerte, los exhorta a esperar en el Señor, que no permitirá que caigan en el abismo de la destrucción. Así, se revela la función también "catequística" de este salmo. Se transforma en una llamada a la fe en un Dios que no es indiferente a la arrogancia de los poderosos y se compadece de la debilidad de la humanidad, elevándola y sosteniéndola si tiene confianza, si se fía de él, y si eleva a él su súplica y su alabanza. "La humildad de los que sirven a Dios -explica también san Basilio- muestra que esperan en su misericordia. En efecto, quien no confía en sus grandes empresas, ni espera ser justificado por sus obras, tiene como única esperanza de salvación la misericordia de Dios". El Salmo concluye con una antífona que es también el final del conocido himno Te Deum: "Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti" (v. 22). La gracia divina y la esperanza humana se encuentran y se abrazan. Más aún, la fidelidad amorosa de Dios (según el valor del vocablo hebraico original usado aquí, hésed), como un manto, nos envuelve, calienta y protege, ofreciéndonos serenidad y proporcionando un fundamento seguro a nuestra fe y a nuestra esperanza”.
3. b) La Iglesia, templo espiritual: estamos en la segunda lectura, san Pedro nos ofrece una de las más bellas descripciones de la Iglesia, pueblo sacerdotal, templo de Dios. Es una construcción "espiritual", no en el sentido de realidad "invisible", sino por estar construida y habitada por el Espíritu (cf. 1 Co 3. 15): la cohesión mutua de las piedras vivas que la conforman es obra del Espíritu. Estas piedras vivas "entran en la construcción del templo del Espíritu" por el sacramento del Bautismo, primera experiencia pascual del cristiano, que lo deja marcado para toda la vida. No olvidemos que el tiempo pascual es el tiempo de los sacramentos de la iniciación cristiana, que definen la condición del cristiano como comunión con la Pascua del Señor. Sin apartarse de la imagen y del texto de Pedro, cabe hablar del origen pascual de esta construcción espiritual que es la Iglesia: descansa sobre "la piedra escogida y preciosa" que los constructores desecharon, el Señor Jesús, a quien crucificaron los hombres, pero Dios hizo "piedra angular" de la Iglesia (cf. Ef 2,20-22). "Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo" (1Co 3,11). La Iglesia es "un pueblo adquirido por Dios": lo adquirió con la sangre de su Hijo.
La Iglesia, en su triple función -sacerdotal, regia y profética- está llamada a "ofrecer sacrificios espirituales", "proclamar las hazañas del que nos llamó". En el Evangelio se nos dirá que todos están llamados a participar de la salvación de Cristo, el único camino para la verdad y la vida.
Pe 2,4-9 dice: Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real. Por nuestra unión con Cristo Sacerdote todos debemos sentirnos piedras vivas de un inmenso templo viviente que glorifica a Dios y es signo de salvación para todos los hombres. Orígenes afirma: «Todos los que creemos en Cristo Jesús somos llamados piedras vivas... Para que te prepares con mayor interés, tú que me escuchas, a la construcción de este edificio, para que seas una de las piedras próximas a los cimientos, debes saber que es Cristo mismo el cimiento de este edificio que estamos describiendo. Así lo afirma el Apóstol Pablo. Nadie puede poner otro cimiento distinto del que está puesto, que es Jesucristo (1 Cor 3,11)»… “¡Ea, pues, hermanos! Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba donde está Cristo sentado a la derecha del Padre; gustad las cosas de arriba, no las de la tierra (Col 3,1-2). Ésta es la razón por la que Cristo, nuestro cimiento, fue puesto allí en lo alto: para ser edificados hacia arriba. En las construcciones terrestres, como los pesos tienden por su propio peso a los lugares más bajos, se ponen allí los cimientos; lo mismo sucede en nuestro caso, pero al revés: la piedra que sirve de cimiento, está colocada arriba, para elevarnos hacia arriba por el peso de la caridad. Alegremente, pues, obrad vuestra salvación con temor y temblor. Dios es quien obra en nosotros el querer y el obrar según la buena voluntad. Haced todo sin murmurar (Flp 2,12-14). Como piedras vivas, contribuís a la edificación del templo de Dios (1 Pe 2,5); como vigas incorruptibles, haced de vosotros mismos la casa de Dios. Ajustaos, tallaos en el trabajo, en la necesidad, en las vigilias, en las ocupaciones; estad dispuestos a toda obra buena, para que merezcáis descansar en la vida eterna, como en la trabazón de la sociedad de los ángeles” (S. Agustín).
4. Juan 14,1-6: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (cf. comentario del viernes 4ª semana).
c) La Iglesia, sacramento del Reino: El pasaje evangélico está enteramente proyectado hacia las "estancias del cielo". Por continuidad con los dos puntos anteriores, cabe interpretarlo también en clave eclesiológica: la Iglesia, aparece pueblo en marcha hacia la casa del Padre, va guiada por el Hijo resucitado. Su gran esperanza es volver a estar con su Señor, que ha llegado a la comunión total con el Padre. Su destino último y definitivo es entrar también ella en la familiaridad perfecta con Dios (Ignacio Oñatibia). En Juan se suma como elemento decisivo el que esa vida eterna no se entienda sólo como algo futuro que sólo se nos otorgará en el futuro lejano o después de la muerte, sino que la fe es el comienzo de esa vida eterna. Con la fe el hombre alcanza ya, aquí y ahora, una nueva calidad de vida escatológica. La fe es el paso decisivo "de la muerte a la vida", porque es la participación del hombre en la comunión divina que se le ha abierto por Jesús (cf. 1 Jn 1,1-4).
Dícele Felipe: "Señor, muéstranos al Padre..." Objetivamente la súplica formula el deseo de una contemplación de Dios. En ese deseo de contemplar directamente la divinidad en toda su plenitud, se condensa la quintaesencia de todo anhelo religioso, el anhelo de que en el encuentro con Dios se nos abra el sentido del universo. Pese a toda la diversidad de sus respuestas, las religiones son las formas expresivas de un sentido último definitivo y que ya no puede superarse. También la Biblia conoce ese deseo del hombre de contemplar a Dios, pero alude una y otra vez a sus limitaciones. A Moisés, que dirige a Yahveh la súplica "Déjame contemplar tu gloria", se le da la respuesta: "No puedes contemplar mi rostro, pues ningún hombre que me ve puede seguir viviendo." Lo más que puede otorgársele es que pueda contemplar "las espaldas" de la gloria divina, pero nada más (cf. Ex 34,18-23). También el evangelio de Juan mantiene esta concepción de que ningún hombre ha visto a Dios ni puede verle (1,18; 6,46; cf. 1Jn 4,12). Ese principio de la invisibilidad de Dios por el hombre constituye precisamente un supuesto básico de la teología joánica de la revelación. Ciertamente que al hablar de Dios se tiene a menudo la impresión de que ese principio básico ha quedado en el olvido, pues de otro modo nos encontraríamos hombres con mayor inteligencia que no se contentan con la fe en Dios.
Según la concepción bíblica Dios se muestra sobre todo al "oyente de la palabra". La respuesta de Jesús se mantiene exactamente en ese cuadro. El reproche "Llevo tanto tiempo con vosotros, ¿y no me has conocido, Felipe?", remite al lector una vez más al trato con el Jesús histórico. Conocer a Jesús equivale justamente a reconocerle como el revelador de Dios. Sobre Jesús se pueden decir muchas cosas. Cuando no se ha encontrado ese punto decisivo, es que aún no se ha dado con el lugar justo para hablar de Jesús, por seguir moviéndose siempre en preliminares y cuestiones acusatorias. Todo trato con Jesús, el teológico y el piadoso, así como el trato mundano con él, debe siempre plantearse esta cuestión.
Ahora el lado positivo: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre". En el encuentro con Jesús encuentra su objetivo la búsqueda de Dios. Pues ése es el sentido de la fe en Jesús: que en él se halla el misterio de lo que llamamos Dios. Por lo demás, el "ver a Jesús", de que aquí se trata, no es una visión física, sino la visión creyente. La fe tiene su propia manera de ver, en que siempre debe ejercitarse de nuevo. Pero lo que en definitiva llega a ver la fe en Jesús es la presencia de Dios en este revelador. Y es evidente que, así las cosas, huelga la súplica de "¡Muéstranos al Padre"!
Se da ahora la razón de por qué la fe en Jesús puede ver al Padre: "¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?" Hallamos aquí una forma de lenguaje típica de Juan (fórmula de inmanencia recíproca), para indicar que Jesús está "en el Padre" y que el Padre está "en Jesús". En esa fórmula, que no debe interpretarse mal como una concepción espacial, se manifiesta la íntima relación y comunión entre Dios y Jesús. Que Jesús "está en el Padre" quiere decir que está condicionado en su existencia y en su obrar por Dios, a quien él entiende como su Padre; y, a la inversa, que Dios se revela a través de la obra Jesús, hasta el punto de que "en Jesús" se hace presente. Se comprende que la verdad de esta afirmación sólo se manifiesta en la fe, y no en una especulación sobre Dios que pueda separarse de la fe. Y que la fe pone al hombre en una relación viva con Jesús y, justamente por ello, en una relación viva con Dios, asegurando una participación en la comunión divina (“El Nuevo Testamento y su mensaje”).Llucià Pou Sabaté

Enya - Stars And Midnight - Subtitulado Español

sábado, 21 de mayo de 2011

SÁBADO DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA: Cristo, en su Iglesia, proclama un cántico nuevo, por el que Jesús muestra al Padre en la fe.

SÁBADO DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA: Cristo, en su Iglesia, proclama un cántico nuevo, por el que Jesús muestra al Padre en la fe.

1ª Lectura, He 13,44-52 (también se lee el domingo 4º de Pascua, C): 44 El sábado siguiente casi toda la ciudad acudió a escuchar la palabra de Dios. 45 Los judíos, al ver tanta gente, se enfurecieron y se opusieron con blasfemias a lo que Pablo decía. 46 Entonces Pablo y Bernabé dijeron con toda libertad: «A vosotros había que anunciar antes que a nadie la palabra de Dios; pero ya que la rechazáis y no os juzgáis dignos de la vida eterna, nos vamos a los paganos. 47 Así nos lo mandó el Señor: Te he puesto como luz de las naciones, para que lleves la salvación hasta el fin de la tierra». 48 Los paganos, al oírlo, se llenaron de alegría y aplaudieron la palabra del Señor; y todos los que estaban destinados a la vida eterna abrazaron la fe. 49 La palabra del Señor se difundía por todo el país. 50 Pero los judíos soliviantaron a las mujeres religiosas y nobles y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los echaron de su territorio. 51 Éstos sacudieron el polvo de sus pies contra ellos y se fueron a Iconio. 52 Y los discípulos estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo.

Salmo Responsorial 98,1-4: 1 Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas; su diestra, su santo brazo, le alcanzó la victoria; 2 el Señor ha dado a conocer su victoria, ha revelado a las naciones su justicia; 3 se acordó de su amor y su lealtad para con la casa de Israel; todos los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. 4 Aclamad al Señor toda la tierra, alegraos, regocijaos, cantad.

Evangelio Jn 14,7-14 (vv. 7-12 se leen en el quinto domingo de Pascua, A): 7 Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre. Y desde ahora lo conocéis y lo habéis visto». 8 Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». 9 Jesús le dijo: «Llevo tanto tiempo con vosotros, ¿y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: Muéstranos al Padre? 10 ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que os digo no las digo por mi propia cuenta; el Padre, que está en mí, es el que realiza sus propias obras.11 Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Creedlo al menos por las obras mismas».

Comentario: 1. El pueblo judío había sido elegido primero, pero no podía monopolizar la salvación de Dios, era para todos los pueblos: “los paganos se alegraron y se pusieron a glorificar a Dios... Pero los Judíos incitaron a mujeres distinguidas y a notables del país y promovieron una persecución contra Pablo y Bernabé”. Ayer como hoy: cerrazón de los corazones… obstáculos al evangelio! Hay una referencia a que no llevarán el polvo de Antioquía pegado a sus sandalias (cf. Mt 10,14; Lc 10,11). Perseguidos, expulsados, están «llenos de gozo y del Espíritu»: nunca amarguras, todo sirve para el bien. Cuentan de un chino que tenía un caballo. Le dijeron “hay que ver qué suerte tienes”, y él siempre decía: “no todo es como parece...” El caballo se le escapo y los vecinos fueron a consolarle “por la desgracia”: “¿Quien dice que sea una desgracia?”, comentaba. A la semana siguiente el caballo volvió, trayendo detrás una manada preciosa de caballos. Los vecinos le felicitaron por “la suerte”... “¿quien dice que sea una fortuna?” A los dos días su hijo iba a caballo y cayendo quedó cojo. Volvieron para “consolarle”: “¿quien dice que sea una desgracia?”, les dijo también. Al cabo de poco hubo una guerra y el primogénito por estar cojo se libró de tener que ir a pelear...
Tenemos idea de lo que es bueno y lo malo, pero no tenemos la perspectiva, visión de conjunto de la historia del mundo y cada uno de nosotros. Nos parece muchas veces que la vida es una carrera de obstáculos, que hay una serie de problemas ante nosotros, cada día, y que se trata de irlos superando. En cierto modo es así, pero no podemos agobiarnos con lo que está más adelante, pues el mucho mirar los obstáculos del mañana, el obsesionarse por lo que está aún lejos, puede hacer que caigamos en el obstáculo que tenemos delante, el único que existe y en el que nos hemos de fijar, para no caer: sólo existe el “aquí y ahora”, el presente, y hemos de aprovechar la memoria del pasado como experiencia, y la previsión del futuro como deseo o esperanza. Una de las causas de inquietud que tenemos en nuestro mundo es ésta: que la vida es ir solucionando problemas, a veces agobiantes porque no está en nuestra mano el resolverlos, ir con la lengua fuera corriendo hacia una paz que nunca se alcanza... En realidad, no es ésta la finalidad de nuestra existencia, sino ver en lo de cada día una oportunidad para desarrollar nuestra vocación al amor, al encuentro con Dios. Entonces, en lugar de estar inquietos, veremos la cruz de cada día, como dice el Evangelio: “Por eso os digo: No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿Acaso no vale más la vida que el alimento y el cuerpo que el vestido? Fijaos en las aves del Cielo, que no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre Celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de vosotros por mucho que cavile puede añadir un solo codo a su edad? Y acerca del vestir, ¿por qué preocuparos? Contemplad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe! No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre Celestial que de todo eso estáis necesitados. Buscad, pues, primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mateo, cap. 6).
Mirar los lirios y los pájaros quiere decir saber contemplar, tener fe en las palabras de Jesús, que es nuestro modelo, Camino, Verdad y Vida, que lo que de veras cuenta es participar en esta aventura divina que es la vida. No podemos perdernos en amarguras del pasado y miedos del futuro. La vida es un continuo regalo de Dios, y hay que vivirla en presente, disfrutarla. Pero esto es duro para quien se deja llevar por dos peligros o tentaciones, el remordimiento del pasado y el miedo por el futuro. El pasado, con sus remordimientos de "hubieras debido actuar de manera distinta a como actuaste, hubieras debido decir otra cosa de lo que dijiste": en determinados momentos de la vida, el casado piensa si debería haber hecho otra elección o haber escogido otra persona... y así en todo; es el sentimiento de culpabilidad de "hubiera debido"; pero aún peor que nuestras culpas son nuestras preocupaciones por el futuro, esos miedos que llenan nuestra vida de "¿qué pasaría si?"... "¿y si perdiera mi trabajo?, ¿y si mi padre muriera?, ¿y si faltara dinero? ¿y si la economía se hundiera? ¿y si estallara una guerra?"... Son los "si" que junto con los "hubiera debido" perturban nuestra vida, como decía Henri J. M. Nouwen: "ellos son los que nos tienen atados a un pasado inalterable y hacen que un futuro impredecible nos arrastre. Pero la vida real tiene lugar aquí y ahora.
Dios es Dios del presente..." no existe ni el pasado (queda sólo en la memoria, es la experiencia de la vida) ni el futuro (que forjaremos con lo de ahora), sólo existe una realidad, la presente, y ésta es la que hemos de afrontar. El stress famoso no viene con la abundancia de trabajo, sino con el estado psicológico de agobio ante el trabajo: es decir no es causado por la materialidad de tener muchas cosas que hacer sino por la sensación subjetiva de no llegar: lo que agobian son las cosas “pendientes”. Pienso que algunas personas, más bien perfeccionistas, tienden a esta “saturación”... una búsqueda de la perfección enfermiza, que genera inquietud; un compararse con los demás, hacer siempre más... Más bien deberíamos pensar que no importa ser perfecto, que la vida no es un circo en el que hay que hacer el “¡más difícil todavía!” sino que se trata de hacer las cosas lo mejor que podamos. No competir con los demás, en la búsqueda del éxito, sino sacar lo mejor de nosotros mismos. Hacer lo mejor que podamos esto que traigo entre manos, sabiendo que “lo mejor es enemigo de lo bueno”.
Los Hechos de los Apóstoles nos muestran la primera evangelización cristiana de la resurrección de Jesús, de los testigos, de cómo Dios ha cumplido aquello que había anunciado por boca de todos los Profetas, de cómo el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos el tercer día... El acto de fe cristiana la veremos también en el Evangelio de hoy, y es siempre en el Espíritu Santo, el gran protagonista. No estamos hablando de la noticia histórica -de relatos escritos u orales- sino de tomar las palabras con la confianza propia de la fe, en el don del Espíritu de Dios. “La fe cristiana no nos viene sólo por una simple noticia, sino por una transmisión testimonial activada por el Espíritu de Dios. En el Credo cristiano se afirma: Creemos en el Espíritu Santo, Señor y Vivificador... que habló por boca de los Profetas”; y al grupo apostólico se le dijo: “...Con la venida del Espíritu Santo sobre vosotros, recibiréis una fuerza, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y la Samaria y de cabo a rabo de la tierra” (Hch 1, 8). Vemos también cómo se van cumpliendo las profecías antiguas. Nos encontramos ante la realidad que constituye la razón del ser de la Iglesia cristiana: comunidad de fieles que, unidos en la Comunitat de los Apóstoles por el bautismo en el mismo Espíritu del Pentecostés, participa de la experiencia pascual del Señor de la Gloria. La Iglesia de Jesucristo la forman los bautizados en la fe de los Apóstoles, fe transmitida en la sucesión de la invocación del Señor que los bautizados hacen en la reunión de la fracción del pan –cena del Señor-, que llamamos eucaristía. Acogiendo la Palabra inspirada y participando de un mismo pan, la comunidad creyente celebra la experiencia pascual unidos al Señor de la Gloria. De este encuentro con el Resucitado brota la capacidad y la misión testimonial de la Iglesia; y ella debe contar al mundo su encuentro con el Señor resucitado, testigo en la fe. En el corazón de la reunión eucarística resuena con clara voz el grito: “Proclamamos el misterio de la fe” (Ramon Pou).
No tendríamos que asustarnos demasiado, por tanto, de que la historia o las leyes civiles vayan poniendo a veces cortapisas a la evangelización. Si la comunidad cristiana está viva, ya encontrará el modo de seguir anunciando a Cristo. Si no lo está, la culpa de su silencio o de su esterilidad no será de las leyes ni de la persecución, como dice San Agustín: «El vendaval que sopla es el demonio, quien se opone con todos sus recursos a que nos refugiemos en el puerto. Pero es más poderoso el que intercede por nosotros, el que nos conforta para que no temamos y nos arrojemos fuera del navío. Por muy sacudido que parezca, sin embargo en él navegan no sólo los discípulos, sino el mismo Cristo. Por esto, no te apartes de la nave y ruega a Dios. Cuando fallen todos los medios, cuando el timón no funcione y las velas rotas se conviertan en mayor peligro, cuando se haya perdido la esperanza en la ayuda humana, piensa que sólo te resta rezar a Dios». Y San Juan Crisóstomo anima también: «No desmayéis, pues, aunque se haya dicho que os rodearán grandes peligros, porque no se extinguirá vuestro fervor, antes al contrario, venceréis todas las dificultades».
2. Se agradece a Dios en el salmo los grandes favores hechos por Él a Israel, se reclama que toda la tierra lo haga. En el brazo de Dios (v. 1) se alude a otros pasajes (Ex 15,16; Is 40,10;51,5.9). Ya en el Benedictus, Zacarías anunciaba a Jesús como «luz para alumbrar a las naciones». La historia, guiada sabiamente por el Espíritu, aunque parezca con líneas torcidas, va llenando de fe a toda la tierra. Como ya prometía el salmo, y repetimos responsorialmente hoy, «los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios».
Dios se ha levantado victorioso sobre sus enemigos. Y a nosotros, que somos no sólo su pueblo sino sus hijos, nos ha hecho partícipes de su victoria, manifestándonos así su amor y su lealtad hacia nosotros. Por eso, quienes le pertenecemos, debemos convertirnos en una continua alabanza de su santo Nombre ante todos los pueblos y naciones, para que, con nuestro ejemplo, les ayudemos a ir hacia el Señor para encontrarse con Él y para vivir también su compromiso de fe con Él.
La persecución hace que el Evangelio se extienda por otras partes y así, al anuncio de la resurrección de Jesús, se difunde por doquier y todas las naciones conocen la revelación de la victoria del Señor. Esto es lo que motiva que la Iglesia cante y proclame la misericordia y la fidelidad del Señor y lo hace ahora con el Salmo 98: «Cantaré al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”. Señalaba Juan Pablo II que “se trata de un himno al Señor, rey del universo y de la historia (cf v: 6). Es definido como un «cántico nuevo» (v. 1), que en el lenguaje bíblico significa un cántico perfecto, rebosante, solemne, acompañado por música festiva…se abre con la proclamación de la intervención divina dentro de la historia de Israel (cf vv. 1-3). Las imágenes de la «diestra» y del «brazo santo» se refieren al Éxodo, a la liberación de la esclavitud de Egipto. La alianza con el pueblo de la elección es recordada a través de dos grandes perfecciones divinas: «amor» y «fidelidad» (v. 3). Estos signos de salvación son revelados «a las naciones» y a «los confines de la tierra» (vv. 2-3) para que toda la humanidad sea atraída por Dios salvador y se abra a su palabra y a su obra salvadora... En este Salmo, el apóstol Pablo reconoció con profunda alegría una profecía de la obra del misterio de Cristo. Pablo se sirvió del versículo 2 para expresar el tema de su gran carta a los Romanos: en el Evangelio «la justicia de Dios se ha revelado» (cf. Rom 1,17), «se ha manifestado» (3, 21).
La interpretación de Pablo confiere al Salmo una mayor plenitud de sentido. Leído en la perspectiva del Antiguo Testamento, el Salmo proclama que Dios salva a su pueblo y que todas las naciones, al verlo, quedan admiradas. Sin embargo, en la perspectiva cristiana, Dios realiza la salvación en Cristo, hijo de Israel; todas las naciones lo ven y son invitadas a aprovecharse de esta salvación, dado que el Evangelio «es potencia de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y también del griego», es decir el pagano (Rom 1,16). Ahora «los confines de la tierra» no sólo «han contemplado la victoria de nuestro Dios» (Salmo 97, 3), sino que la han recibido. En esta perspectiva, Orígenes, escritor cristiano del siglo III, en un texto citado después por san Jerónimo, interpreta el «cántico nuevo» del Salmo como una celebración anticipada de la novedad cristiana del Redentor crucificado. Escuchemos entonces su comentario que mezcla el canto del salmista con el anuncio evangélico: «Cántico nuevo es el Hijo de Dios que fue crucificado -algo que nunca antes se había escuchado-. A una nueva realidad le debe corresponder un cántico nuevo. “Cantad al Señor un cántico nuevo». Quien sufrió la pasión en realidad es un hombre; pero vosotros cantáis al Señor. Sufrió la pasión como hombre, pero redimió como Dios”. Orígenes continúa: Cristo “hizo milagros en medio de los judíos: curó a paralíticos, purificó a leprosos, resucitó muertos. Pero también lo hicieron otros profetas. Multiplicó los panes en gran número y dio de comer a un innumerable pueblo. Pero también lo hizo Eliseo. Entonces, ¿qué es lo que hizo de nuevo para merecer un cántico nuevo? ¿Queréis saber lo que hizo de nuevo? Dios murió como hombre para que los hombres tuvieran la vida; el Hijo de Dios fue crucificado para elevarnos hasta el cielo»”.
3. El Padre no es accesible a las miradas, sino a la contemplación, que se apoya en el signo por excelencia del Padre: el Hijo (v. 10) y sus obras (v. 11). El Hijo está en relación con el Padre, su papel es mediador, la significación de sus obras, divina. Es en esta búsqueda del Padre donde la oración cristiana adquiere su verdadero significado (vv. 13-14). Pedir "en el nombre de Jesús" equivale, efectivamente, a solicitar la presencia de Cristo en el actuar humano, a fin de que este último sea verdaderamente signo de la presencia de Dios en el mundo. Solicitan ver al Padre...
“Señor, muéstranos al Padre y esto nos basta”; y Jesús: “Felipe, quien me ve a mí, ve también al Padre”. Es una de las afirmaciones más fuertes de Jesús. Unidad con Dios. La pregunta de Felipe -siempre hay preguntas sencillas de alguien que a Juan le sirven para seguir profundizando en la manifestación de Jesús- conduce a la afirmación más decisiva: «yo estoy en el Padre y el Padre en mí... el Padre permanece en mí y Él mismo hace las obras». “Las consecuencias son riquísimas. Al Padre nadie le ha visto: pero el que ha visto a Jesús, ya ha visto al Padre. El que cree y acepta a Cristo, ha creído y aceptado al mismo Dios. Jesús es la puerta, el camino, la luz, y en Él tenemos acceso a Dios Padre. También el éxito de nuestra oración queda asegurado: «lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré». Tenemos en Jesús al mediador más eficaz: su unión íntima con el Padre hará que nuestra oración sea siempre escuchada, si nosotros estamos unidos a Jesús. Nosotros, como Felipe, no hemos visto al Padre. Y además, a diferencia de Felipe, no hemos visto tampoco a Jesús. Aunque Él ya nos dijo que «dichosos los que crean sin haber visto»… En la Eucaristía tenemos una experiencia sacramental de la presencia de Cristo Jesús en nuestra vida: una experiencia que nos ayuda a saberle «ver» también presente a lo largo de nuestros días, en la persona del prójimo, en nuestro trabajo, en nuestras alegrías y dolores. Convencidos de que unidos a Él, «también haremos las obras que Él hace, y aun mayores», como nos ha dicho hoy” (J. Aldazábal). San Agustín comenta a este respecto: «Así pues, prometió que Él mismo haría aquellas obras mayores. No se alce el siervo sobre su Señor, ni el discípulo sobre su Maestro. Dice que ellos harán obras mayores que las suyas, pero haciéndolas Él en ellos y por ellos, y no ellos por sí mismos. A Él se dirige la alabanza...Y ¿cuáles son esas obras mayores? ¿Acaso que su sombra, al pasar, sanaba los enfermos? Pues es mayor milagro sanar con la sombra que con el contacto de la fimbria de su vestido. Esto lo hizo Él mismo; aquello por ellos, pero ambas cosas las hizo Él, pues es el gran Mediador».
En la Entrada cantamos: «Pueblo adquirido por Dios, proclamad las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y entrar en su luz maravillosa. Aleluya» (1Pe 2,9).En la Colecta seguimos pidiendo entrar en el misterio: «Dios Todopoderoso y eterno, concédenos vivir siempre en plenitud el Misterio Pascual para que, renacidos en el Bautismo, demos frutos abundantes de vida cristiana y alcancemos finalmente las alegrías eternas». Es importante tratar con reverencia las cosas santas: “Por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia” (Sacrosanctum Concilium, 7). “Si la Misa es la representación sacramental del sacrificio de la Cruz, y en el santísimo sacramento de la Eucaristía se encuentra presente el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y, por lo tanto, Cristo entero está verdadera, real y substancialmente presente, está claro que las normas litúrgicas concernientes a la sagrada Eucaristía merecen nuestra atención. No se trata de rúbricas meticulosas, dictadas por mentes legalísticamente estructuradas” (Sacramentum redemptionis). Aquí entramos de lleno en el Misterio. Y, como todo misterio, nuestra actitud ha de ser de contemplación y, en nuestro caso, de agradecimiento. El capricho humano debe dejar paso a la acción de Dios, que quiere mostrar su generosidad con el derroche de tanta gracia divina. Así, entramos en esta promesa: “Lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré”. Es en la oración donde realmente encontramos la mejor de las maneras para tomar la iniciativa. Si rezamos, y rezamos bien, nos iremos identificando cada vez más con el querer de Dios. Y es en la Eucaristía donde nuestras plegarias se “materializarán” en el sacrificio de Cristo por la salvación de todos nosotros. ¿No merecen, por tanto, una dignidad y atención especiales las rúbricas que acompañan a lo que será nuestro “alimento” por excelencia? «Si pedís algo en mi nombre, yo lo haré»: conocer a Cristo es tratar a Dios con confianza, saber que entramos entonces en esta corriente de amor de Jesús con su Padre. También hoy pedimos: «Señor, muéstranos al Padre». Lo hacemos unidos a estos primeros creyentes. “La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre” (Gaudium et Spes 1) El Santo Padre describe al cristiano como un hombre que camina hacia la casa del Padre. Esta meta es la que explica y rige todo su obrar. ¡Queremos ver al Padre! Con esas palabras el cristiano recorre la vida como un verdadero hijo de Dios, como hombre resucitado. De ahí nace un caminar alegre y lleno de esperanza. “Hoy el Señor, en esta celebración del Memorial de su Misterio Pascual, nos ha hablado invitándonos a ir tras su camino, el que Él recorrió con gran amor. Quienes entramos en comunión de vida con Él, entramos también en comunión de Misión con Él. Él nos ha dicho que para llegar a gozar con Él eternamente de la gloria del Padre ya sabemos cuál es el Camino. El Camino es Cristo. Si lo confundimos con un dios poderoso y opresor; si lo confundimos con un Dios a quien sólo llenamos de humo de incienso, probablemente al decir que por medio del Bautismo nos hemos hecho uno con Él, queramos vivir oprimiendo a los demás y aplastándolos con nuestro poder; o queramos que todos nos llenen de honores. Pero el Señor, puesto al servicio del hombre para salvarlo, dio su vida por los pecadores y se inclinó ante los pobres para remediar sus males. Al entrar en comunión de vida con Cristo, ya sabemos cuál es el Camino, el único camino que nos conduce al Padre, y que no podemos modificar a nuestro arbitrio o conveniencia. Quien contemple la vida del cristiano debe contemplar al mismo Cristo. Ir tras las huellas de Cristo es caminar con su Iglesia, su esposa, que es la huella de su amor y de su entrega que Él ha dejado a la humanidad para que vaya, con seguridad, al encuentro definitivo del Padre Dios. Ojalá y podamos decir que en verdad vivimos nuestro compromiso de amor con Cristo y con toda la humanidad, y que si no quieren creer por nuestras palabras que lo crean por nuestras obras, pues ellas hablan de que realmente permanecemos en Dios y vivimos conforme a las enseñanzas y al ejemplo que Cristo nos dio. Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de saber ir tras las huellas de Cristo, hasta lograr nuestra perfección en Dios. Unidos al Señor, que Él nos conceda ser un signo de su amor para el mundo entero, tanto con nuestras palabras como por nuestras obras. Amén “(www.homiliacatolica.com).Llucià Pou Sabaté

VIERNES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA: Jesús, el Camino para el cielo, nuestra felicidad, y aquí en la tierra la santidad como realización personal en

VIERNES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA: Jesús, el Camino para el cielo, nuestra felicidad, y aquí en la tierra la santidad como realización personal en la obediencia a Dios, como hizo Juan Pablo II.

1ª Lectura He 13,26-33: 26 Hermanos, hijos de la estirpe de Abraham, y los que sois fieles a Dios: a vosotros ha sido enviada esta palabra de salvación. 27 Porque los habitantes de Jerusalén y sus jefes han cumplido, sin saberlo, las palabras de los profetas que se leen cada sábado; 28 y sin haber encontrado ninguna causa de muerte, le condenaron y pidieron a Pilato que lo matase. 29 Y así que cumplieron lo que acerca de Él estaba escrito, lo bajaron del leño y lo sepultaron. 30 Pero Dios lo resucitó de entre los muertos; 31 Él se apareció durante muchos días a los que habían ido con Él de Galilea a Jerusalén, y que ahora son sus testigos ante el pueblo. 32 Nosotros os anunciamos la buena nueva: la promesa hecha a nuestros padres 33 Dios la ha cumplido en nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús, según está escrito en el salmo segundo: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy.

Salmo Responsorial 2,6-11: 6 «Ya tengo yo a mi rey entronizado sobre Sión, mi monte santo». 7 Proclamaré el decreto que el Señor ha pronunciado: «Tú eres mi hijo, yo mismo te he engendrado hoy. 8 Pídeme y te daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la tierra. 9 Los destrozarás con un cetro de hierro, los triturarás como a vasos de alfarero». 10 Ahora, pues, oh reyes, sed sensatos; dejaos corregir, oh jueces de la tierra. 11 Servid al Señor con reverencia, postraos temblorosos ante Él.

Evangelio Jn 14,1-6 (Jn 14,1-12 se lee en el 5º domingo de Pascua A): 1 «No estéis angustiados. Confiad en Dios, confiad también en mí. 2 En la casa de mi Padre hay sitio para todos; si no fuera así, os lo habría dicho; voy a prepararos un sitio. 3 Cuando me vaya y os haya preparado el sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros; 4 ya sabéis el camino para ir adonde yo voy». 5 Tomás le dijo: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?». 6 Jesús le dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.”

Comentarios: He ahí una especie de Credo resumido, continuación del de ayer. Una serie de «hechos» históricos. Un cuadro general de la historia de la salvación dirigido hacia Jesús el Salvador. Anuncia Pablo a Jesús, como hará en otras ocasiones, en el misterio de la cruz (1 Cor 2,1s.). Es el misterio del amor encarnado, “obediente hasta la muerte” (Fil 2,8); provoca en nosotros compasión, correspondencia… la conveniencia de este sacrificio la mostraba Tomás de Aquino con estos argumentos: “para ser ejemplo de virtud… además, porque este género de muerte era el más adecuado para satisfacer por el pecado del primer hombre…, convenía que Jesús, para satisfacer aquella falta, tolerase ser clavado en el madero, como si restituyese lo que Adán había arrebatado… también porque al morir en la cruz Jesús nos prepara a la subida al Cielo… y porque así convenía para la universal salvación del mundo entero”. Proclama luego la fe en la resurrección, y sus apariciones (cf. 1 Cor 15,3-6). Y por último, recita el salmo de la realeza de Cristo, que en los versículos siguientes (que no se leen hoy) adquiere un contexto de resurrección según las promesas. Jesús es la culminación de la Biblia, la terminación del proyecto de Dios que leían esos judíos fieles, cada sábado en sus sinagogas. A propósito de esta verdad, hagamos un inciso: en un periódico israelí se lee hoy, jueves 7 de mayo, una amarga crítica al ministerio de turismo israelí por haber difundido un video como promoción turística y bienvenida a Benedicto XVI –que llega mañana a Jordania- en el que se afirma que Jesús es la culminación de la Biblia. Los críticos no dan crédito a esta afirmación y se sienten traicionados por su propio estado que, en lugar de afirmar que Jesús viene a culminar su proyecto cristiano, o al menos sólo del Nuevo Testamento, se refiere a una proyección efectiva en la vida de Jesús, que se puede rastrear en el Antiguo Testamento, justamente lo que Pedro y los demás defienden en el fragmento de Hechos que comentamos hoy.
Jesús es el hombre perfecto según Dios: «el hombre-que-resucita»... «el hombre-que-no-ve-la corrupción» ...«el Hombre-Dios»... «el hombre-que-vive-en-la-gloria-de-la-vida-eterna»... «el resucitado»...
El cristianismo no es una ideología, sino un movimiento histórico y geográfico: eso sucedió en tal época y en tal ciudad... y además tiene otro aspecto: no es pasado, sino siempre presente: eso continúa hoy y aquí (Noel Quesson). Juan Pablo II hablaba de abrir las puertas del corazón a Cristo, en quien lo tenemos todo, nos ha mostrado que únicamente en Él hallamos la plenitud de estas ansias de felicidad. Ha sido un Papa grande en muchas cosas. Desde que Karol escuchó la voz del Señor: “¡Sígueme!” comenzó aquella respuesta a la vocación que fue dando con su vida, en una respuesta total a la llamada divina como el buen pastor que “da su vida por las ovejas” (Jn 10,11) y les lleva a permanecer en el amor. El recuerdo de la entrega de este gigante de la Historia puede aprovecharnos, para sacar propósitos de santidad: «¡Levantaos, vamos!», nos decía hace poco con las palabras que Jesús dirigió a sus apóstoles somnolientos; palabras que hoy resuenan en nuestros oídos con un tono especial de más exigencia, para “levantarnos” en una entrega al ritmo de la suya, pues lo hemos visto luchar sin cansancio hasta el final, superando todo tipo de dificultades, fiel hasta la muerte, en una vida llena. No se reservó nada para él, quiso darse del todo. Desde el 2000 –como dice en su testamento- entendió que podía cantar el "Nunc Dimitis", las palabras que Simeón pronunció cuando su objetivo de ver a Jesús estaba cumplido: "ahora puedes dejar marchar a tu siervo". Sus últimos años fueron de alegría por la misión cumplida (llevar la Iglesia más allá del umbral del tercer milenio con la aplicación del Concilio y de un diálogo entre fe y razón, religiones y culturas; la caída de los muros de Berlín; la proclamación de la civilización del amor que destruyera los muros del odio...). Parece que le fuera dada una señal cuando salió con vida del atentado de 1981, y un plazo: el tiempo que le permitiera su enfermedad. Y al final de su vida vio que debía seguir llevando la cruz como estandarte, para proclamarla ante una sociedad que rechaza el sufrimiento a toda costa. Cuando podemos hay que quitar el dolor, pero sabemos que el amor lleva a sufrir por los demás, y a encontrar un sentido a los dolores que permite Dios para sacar de ahí un bien más grande, la identificación con Cristo en el amor. Cuando nos toca de cerca el mal, podemos unirnos a Cristo y entrar “en una nueva dimensión, en un nuevo orden: el del amor... Es el sufrimiento que quema y consume el mal con la llama del amor y obtiene también del pecado un multiforme florecimiento de bien”, decía Juan Pablo II. En este largo camino, Juan Pablo II fue desde el principio de la mano de María, confiándole todo a ella: “Totus tuus”. Privado de su madre terrenal, ella le hizo de madre. “Y de la madre aprendió a conformarse con Cristo” y proclamar aquel «¡No tengáis miedo!». Con esta frase comenzó su pontificado, esa fue su enseñanza a lo largo de estos 26 años y especialmente con su muerte, llena de paz: es precisamente este grito hecho vida por el amor, lo que ha hecho Magno a Juan Pablo II. Si estamos con María, si queremos a Jesús, tampoco nosotros tendremos miedo.
2. –El Salmo 2 se refiere a la entronización de un rey de la dinastía davídica (siglos X-VI a.C.). Cuando ya no tienen rey, se proclama un Rey enviado… Es un Salmo mesiánico. El “decreto del Señor” es el acta que legitima el trono: “tú eres mi hijo”, y el día de la coronación es “hoy”, día de las promesas, el día del bautismo del Señor, de la transfiguración, de la resurrección, citada en la carta a los Hebreos para hablar de la dignidad de Cristo, y un día abierto, podemos oírlo cuando por la piedad somos hijos de Dios: “Yo he sido por Él constituido Rey sobre Sión, su monte santo, para predicar su Ley. A mí me ha dicho el Señor: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. La misericordia de Dios Padre nos ha dado como Rey a su Hijo. Cuando amenaza, se enternece; anuncia su ira y nos entrega su amor. Tú eres mi hijo: se dirige a Cristo y se dirige a ti y a mí, si nos decidimos a ser alter Christus, ipse Christus.
Las palabras no pueden seguir al corazón, que se emociona ante la bondad de Dios. Nos dice: tú eres mi hijo. No un extraño, no un siervo benévolamente tratado, no un amigo, que ya sería mucho. ¡Hijo! Nos concede vía libre para que vivamos con Él la piedad del hijo y, me atrevería a afirmar, también la desvergüenza del hijo de un Padre, que es incapaz de negarle nada” (san Josemaría Escrivá). La Iglesia lo ha referido a Cristo. En Él se cumplen las promesas de Dios y las profecías, sobre todo con su resurrección. Con este sentido lo cantamos nosotros. El Señor nos ha unido a Él y nos ha hecho partícipes de la Gloria que le corresponde como a Hijo unigénito de Dios. Pero Él nos ha consagrado no para que vivamos sentados y seguros de nosotros mismos. Tenemos que salir y caminar por el mundo en busca de las ovejas descarriadas. Somos signos de Cristo, de Jesús que entrega su vida por nosotros. No tenemos otro camino que podamos seguir. Participar de la dignidad regia de Cristo no nos coloca en un trono para recibir la gloria de los hombros, sino que nos coloca debajo de una cruz que pesa sobre nuestros hombros mientras caminamos tras las huellas del amor de Cristo.
3. Jesús habla de irse y de volver, de la Parusía (1 Cor 4,5;11,26; 1 Tes 4,16-17; 1 Jn 2,28) y el encuentro con cada alma tras la muerte: Cristo nos prepara la morada celestial con su obra redentora, cuando hayamos concluido nuestro tiempo aquí en la tierra. La pascua quiere decir esto, pasar de la muerte a la vida, este ciclo vital se repite: nacer, morir, resucitar... como las plantas: nacer y arraigar, trasplantarse y desarraigo, y volver a arraigar, nacer de nuevo... el cirio pascual nos lo recuerda: el padecimiento, la muerte, es la puerta de la vida, y esta es nuestra esperanza que nos une en el momento de dolor ante alguien querido que está muriendo, esperando el final. Al contemplar la vida llena de quien ha estado tantos años a nuestro lado, el corazón se nos va a Jesús, que con su pasión y resurrección vino a traernos la buena nueva de que Dios es Padre y nos manda su Espíritu para ir hacia Él: “los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios”. Sí, somos hijos de Dios, y si somos hijos, también somos herederos... puesto que sufrimos con Él para llegar a ser glorificados con Él (Carta a los Romanos, 8). Los sufrimientos del mundo presente no son nada comparados con la felicidad de la gloria... todos estamos esperando esta manifestación de los hijos de Dios, tenemos ya los frutos de esta cosecha en la esperanza: cuando sembramos bondad ya la recogemos, en nuestro corazón, pero es sólo una prenda de lo mucho que será el cielo.
Para acompañar a Cristo en su gloria, en el triunfo final, hace falta que participemos antes en su holocausto, así nos identificamos con Él. La devoción cristiana al Santo Cristo nos habla de que hace falta morir para poder vivir, y cuando una persona a la que apreciamos ha alcanzado la cumbre, después de haber disfrutado de la vida, cuando ha conseguido llegar a la otra orilla, en este río que es la vida, queremos recordarla con acción de gracias por el tiempo que la hemos tenido cerca, por la vida que ha podido disfrutar, plena de frutos de bondad. Dar gracias a Dios por todos los años que hemos podido gozar de su compañía, con la pena de no tenerla ya, pero con la certeza que da la esperanza de que la muerte es un cerrar los ojos de aquí y abrirlos a la Vida, a la felicidad, donde se disfruta ya del fruto de las obras buenas. Es sentir a Dios, que dice: “ven conmigo, ya has trabajado lo suficiente, ahora a gozar”.
El enigma más grande de la condición humana es la muerte. Es una cosa muy dolorosa que muera una persona a la que amamos, y sentimos la necesidad de rezar, con la fe de que “las almas de los justos están en manos de Dios”: la vida no se acaba con la muerte, tan sólo se transforma, y cuando termina la estancia aquí en la tierra empieza otra eterna en el cielo. Encomendamos en estos momentos a quien al mismo tiempo esperamos que se encuentre ya con Dios cara a cara, porque así como desde el bautismo ha compartido la muerte de Jesucristo, así estará con Él en el cielo compartiendo plenamente su resurrección, ahora con su alma y después también con el cuerpo glorioso, aquel día cuando Cristo, resucitando a los muertos, transformará nuestro pobre cuerpo para hacerlo semejante a Él (de la Plegaria Eucarística III).
En esta vida no hemos de aspirar a una perfección de ser correctos -como si la cosa consistiera en tener las manos limpias-, sino amar –tener las manos llenas-: S. Juan de la Cruz nos lo recordaba diciendo que “al atardecer (de la vida) seremos juzgados en el amor”. Ya aquí tenemos el premio de las obras de amor, con una vida llena, y la tiene quien ama, así se descubre de donde viene todo amor: Dios es amor, y el amor de la tierra nos hace saber que el amor es eterno, que no se acaba con la muerte... y por lo tanto ya se puede ser feliz aquí (aun cuando dicen que es un valle de lágrimas, que sólo seremos felices en el cielo), pues aquí podemos ya tener, en la esperanza y como prenda segura, todo aquello que esperamos, así la felicidad del cielo es para aquellos que saben ser felices a la tierra; no consiste en tener una vida cómoda, sino un corazón enamorado, que sepa amar, aprender así a vivir la vida sin temor a la muerte: “La santidad consiste precisamente en esto: en luchar, por ser fieles, durante la vida; y en aceptar gozosamente la Voluntad de Dios, a la hora de la muerte” (J. Escrivà). Cuando comulgamos, en ese momento íntimo, podemos sentir más la proximidad de todos aquellos que ya están con el Señor, porque tenemos al Señor dentro, y podemos hablar con Jesús y con los que están con Él... La Virgen María es la gran intercesora para el momento de la muerte, a ella nos encomendamos siempre que decimos: “ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte”, momento que Ella nos abrazará y acompañará a Jesús, para disfrutar de aquello que siempre hemos deseado aun sin saberlo.
-Antes de pasar de este mundo al Padre, Jesús decía. "No se turbe vuestro corazón..." Los apóstoles están inquietos. ¿Dónde va? No olvidemos la atmósfera trágica de esta última tarde, jueves santo, víspera de su muerte. Toda la humanidad, toda la amistad de Jesús en estas palabras de consuelo. Nuestro Dios no es indiferente ni frío, sino un Dios sensible a nuestros sufrimientos. -“Creéis en Dios, creed también en mí”. La paz profunda que supera toda turbación viene de la Fe. Jesús pide un acto de Fe en su persona, idéntico al que puede hacerse respecto a Dios: llamada a una Fe sin reserva, total... ¡que aporta la paz! ¡Señor, dame esta fe, esta paz!
-“En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, os lo diría, porque voy a prepararos el lugar”. Jesús "vuelve a casa" el primero... va a ver de nuevo al Padre. Así ve Jesús su muerte. La alegría de la vuelta a casa para encontrar a alguien a quien se ama y del quien se sabe amado. "Voy al Padre". Jesús debe ser el primero en ir al cielo. Pero hace una gran promesa: ¡nos prepara un lugar! ¡Gracias, Señor! ¡Prepáralo bien! ¡Guárdalo bien! El mío y el de todos los que amo, y el de todos los hombres...
-“Cuando Yo me haya ido y os haya preparado el lugar, de nuevo volveré y os tomaré conmigo”. Son palabras de ternura. "Os tomaré conmigo..." "Volveré..." Promesa de que no estaremos separados de Jesús. Es un lenguaje muy sencillo, casi ingenuo: "la casa del Padre", "preparar un lugar", "tomar junto a sí '...
-“Allí donde Yo estoy, estaréis también vosotros”. Jesús nos hace participar de su vida divina. Tal es el objetivo de mi vida. Es hacia donde va la humanidad. Estar con Dios, estar donde está Jesús. Se comprende que haya dicho: "No se turbe vuestro corazón".
-“Para ir donde Yo voy, vosotros conocéis el camino”. Dice S. Juan Crisóstomo que “era necesario decirles ‘yo soy el camino’ para demostrarles que en realidad sabían lo que les parecía ignorar, porque le conocían a Él”. ¡Cristo, el que abre los caminos! ¡El que va delante! El que ha roto el círculo infernal de la finitud humana, de la mortalidad y del pecado, el que ha abierto "la salida". Sin Cristo la humanidad está encerrada en sus límites; pero he aquí que se abre una esperanza. No seremos siempre egoístas, injustos, duros, impuros, débiles... la humanidad no será siempre opresora, racista, violenta, agresiva, no estará dividida... Hay un camino que conduce a alguna parte, allá donde el amor existe.
-“Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida. Nadie viene al Padre sino por mí”. “Ego sum via, veritas et vita, Yo soy el camino, la verdad y la vida. Con estas inequívocas palabras, nos ha mostrado el Señor cuál es la vereda auténtica que lleva a la felicidad eterna. Ego sum via: Él es la única senda que enlaza el Cielo con la tierra. Lo declara a todos los hombres, pero especialmente nos lo recuerda a quienes, como tú y como yo, le hemos dicho que estamos decididos a tomarnos en serio nuestra vocación de cristianos, de modo que Dios se halle siempre presente en nuestros pensamientos, en nuestros labios y en todas las acciones nuestras, también en aquellas más ordinarias y corrientes.
Jesús es el camino. Él ha dejado sobre este mundo las huellas limpias de sus pasos, señales indelebles que ni el desgaste de los años ni la perfidia del enemigo han logrado borrar. Iesus Christus heri, et hodie; ipse et in sæcula. ¡Cuánto me gusta recordarlo!: Jesucristo, el mismo que fue ayer para los Apóstoles y las gentes que le buscaban, vive hoy para nosotros, y vivirá por los siglos. Somos los hombres los que a veces no alcanzamos a descubrir su rostro, perennemente actual, porque miramos con ojos cansados o turbios... pídele, como aquel ciego del Evangelio: Domine, ut videam!, ¡Señor, que vea!, que se llene mi inteligencia de luz y penetre la palabra de Cristo en mi mente; que arraigue en mi alma su Vida, para que me transforme cara a la Gloria eterna” (San Josemaría Escrivá). “Esta es la vida eterna, luego dirá al Padre ante sus discípulos: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien Tú has enviado” (Jn 17,3). Esta es la "buena nueva": la historia tiene un sentido, el hombre tiene un sentido, todo hombre está destinado a vivir cerca del Padre... "¡en tu Reino, donde esté nuestro lugar, con toda la creación entera por fin liberada del pecado y de la muerte. Glorificarte por Cristo Jesús!" (Noel Quesson). Jesús se nos presenta como el único camino que lleva a la vida. Ante un mundo desconcertado y perdido, en busca de ideologías y mesías y felicidad, Jesús es la respuesta de Dios.
Esta vez la autorrevelación de Jesús, que tan polifacética aparece en el evangelio -estas semanas le hemos oído decir que es el pan, la puerta, el pastor, la luz-, se hace con el símil tan dinámico y expresivo del camino. Ante la interpelación de Tomás, «no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?», Jesús llega, como siempre, a la manifestación del «yo soy»: «yo soy el camino, y la verdad, y la vida: nadie va al Padre, sino por mí». Al igual que había dicho que Él es la puerta, por la que hay que entrar, ahora dice que es el camino, por el que hay que saber seguir para llegar al Padre y a la vida. Además, las categorías de la verdad y de la vida completan la presentación de la persona de Jesús. En la Pascua es cuando más claro vemos que Cristo es nuestro camino. Una metáfora hermosa y llena de fuerza, que ahora se repite mucho en los cantos con los que cantamos la marcha de la comunidad cristiana («camina, pueblo de Dios», «somos un pueblo que camina»...). Cristo como camino es a la vez compromiso -porque tenemos que seguir tras Él- y tranquilidad -«no perdáis la calma»- porque no vamos sin rumbo: Él nos señala el camino, Él es el camino. Nosotros somos personas que hace tiempo hemos optado por seguirle a Él en nuestra vida. No sólo por haber sido bautizados, sino porque conscientemente una y otra vez hemos reafirmado nuestra fe y nuestro seguimiento de Él. Pero el símil del camino nos puede ayudar a preguntarnos: ¿de veras seguimos con fidelidad rectilínea el camino central, que es Jesús? ¿o a veces nos gusta probar otros caminos y atajos que nos pueden parecer más atractivos a corto plazo, más fáciles y agradables? La meditación de hoy debe ser claramente cristocéntrica. Al «yo soy» de Jesús le debe responder nuestra fe y nuestra opción siempre renovada y sin equívocos. Conscientes de que fuera de Él no hay verdad ni vida, porque Él es el único camino. Eso, que podría quedarse en palabras muy solemnes, debería notarse en los mil pequeños detalles de cada día, porque intentamos continuamente seguir su estilo de vida en nuestro trato con los demás, en nuestra vivencia de la historia, en nuestra manera de juzgar los acontecimientos. Cristo es el que va delante de nosotros. Seguir sus huellas es seguir su camino. La Eucaristía es nuestro «alimento para el camino»: eso es lo que significa la palabra «viático», que solemos aplicar a los moribundos, pero los que de veras necesitamos fuerzas para seguir caminando somos nosotros. Celebrar la Eucaristía, escuchando la Palabra de Cristo y recibiendo su Cuerpo y su Sangre, supone que durante la jornada caminamos gozosamente tras Él, dejando que nos «enseñe sus caminos» (J. Aldazábal).
Señor Jesús, queremos seguirte como los primeros apóstoles a quienes llamaste 'para que estuvieran contigo'. Tú eres el camino hacia el Padre, por eso no podremos extraviarnos si te seguimos. Tú eres luz, guía segura, señal de pista hacia la meta; sólo Tú das sentido a nuestro vivir. Tú eres la verdad de Dios, eres nuestra raíz y nuestro cimiento, la roca firme, la piedra angular, el monte que no tiembla, el 'Amén', el Sí total, continuo y gozoso a la voluntad del Padre. Tú eres la vida de Dios, por eso nos animas y nos salvas de todas las muertes que amenazan con destruirnos. Tú nos acompañarás cuando atravesemos la frontera. También entonces -entonces sobre todo- serás nuestro alimento, nuestro viático para el camino, continuarás llamándonos y nosotros te seguiremos: emprenderemos contigo nuestro último viaje. Tú, Señor, nos conduces, nos iluminas y nos salvas. Nosotros creemos en ti y no somos menos privilegiados que tus primeros discípulos: aunque te has ocultado a nuestra vista has puesto ojos en nuestro corazón y has reservado para nosotros una bienaventuranza: 'Dichosos aquellos que sin ver creerán en mí' (de un claretiano). Podemos decirlo también con otro poeta: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Hemos tenido la dicha de que un Amigo nos abrió el sendero, lo regó con su sangre, lo valló con amor, palabra y sacramentos, lo sombreó con su providencia protectora, como decimos en la Entrada: «Con tu sangre, Señor, has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; has hecho de ellos una dinastía sacerdotal que sirva a Dios. Aleluya» (Ap 5,9-10), y pedimos en la Colecta: «Señor Dios, origen de nuestra libertad y de nuestra salvación, escucha las súplicas de quienes te invocamos; y puesto que nos has salvado por la sangre de tu Hijo, haz que vivamos siempre de Ti y en Ti encontremos la felicidad eterna». Un camino en el que con Él no nos perderemos: «Acoge, Señor, con bondad las ofrendas de tu pueblo, para que, bajo tu protección, no pierda ninguno de tus bienes y descubra los que permanecen para siempre» (Ofertorio).
Este camino está en las Escrituras, que San Juan Crisóstomo llama «cartas enviadas por Dios a los hombres». Y San Jerónimo exhortaba a un amigo suyo con esta recomendación: «Lea con mucha frecuencia las divinas Escrituras; es más, nunca abandones la lectura sagrada». Y junto a la mesa de la Palabra, sobre todo está la Mesa de la Eucaristía; en la Comunión recordamos: «Cristo Nuestro Señor Jesús fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra santificación. Aleluya» (Rom 4,25), y pedimos en la postcomunión: «Dios Todopoderoso, no ceses de proteger con amor a los que has salvado, para que así, quienes hemos sido redimidos por la Pasión de tu Hijo, podamos alegrarnos en su resurrección». Comenta San Agustín: «Si lo amas, vete detrás de Él. Lo amo, contestas, ¿por qué camino seguirlo? Si el Señor Dios tuyo te hubiera dicho: “Yo soy la Verdad y la Vida”, tu deseo de la Verdad y tu amor a la Vida te llevarían ciertamente a la búsqueda del camino que te pudiera conducir a ellas y te dirías a ti mismo: “Magnífica cosa es la Verdad y magnífica cosa es la Vida, si existiera el camino de llegar a ellas mi alma”. ¿Buscas el camino? Oye lo primero que te dice: “Yo soy el Camino”... Dice primero por dónde has de ir y luego adónde has de ir. En el Señor del Padre está la Verdad y la Vida; vestido de nuestra carne es el Camino».
“Hoy, en este Viernes IV de Pascua, Jesús nos invita a la calma. La serenidad y la alegría fluyen como un río de paz de su Corazón resucitado hasta el nuestro, agitado e inquieto, zarandeado tantas veces por un activismo tan enfebrecido como estéril. Son los nuestros los tiempos de la agitación, el nerviosismo y el estrés. Tiempos en que el padre de la mentira ha inficionado las inteligencias de los hombres haciéndoles llamar al bien mal y al mal bien, dando luz por oscuridad y oscuridad por luz, sembrando en sus almas la duda y el escepticismo que agostan en ellas todo brote de esperanza en un horizonte de plenitud que el mundo con sus halagos no sabe ni puede dar. Los frutos de tan diabólica empresa o actividad son evidentes: enseñoreado el “sinsentido” y la pérdida de la trascendencia de tantos hombres y mujeres, no sólo han olvidado, sino que han extraviado el camino, porque antes olvidaron el Camino. Guerras, violencias de todo género, cerrazón y egoísmo ante la vida (anticoncepción, aborto, eutanasia...), familias rotas, juventud “desnortada”, y un largo etcétera, constituyen la gran mentira sobre la que se asienta buena parte del triste andamiaje de la sociedad del tan cacareado “progreso”. En medio de todo, Jesús, el Príncipe de la Paz, repite a los hombres de buena voluntad con su infinita mansedumbre: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí» (Jn 14,1). A la derecha del Padre, Él acaricia como un sueño ilusionado de su misericordia el momento de tenernos junto a Él, «para que donde esté yo estéis también vosotros» (Jn 14,3). No podemos excusarnos como Tomás. Nosotros sí sabemos el camino. Nosotros, por pura gracia, sí conocemos el sendero que conduce al Padre, en cuya casa hay muchas estancias. En el cielo nos espera un lugar, que quedará para siempre vacío si nosotros no lo ocupamos. Acerquémonos, pues, sin temor, con ilimitada confianza a Aquél que es el único Camino, la irrenunciable Verdad y la Vida en plenitud” (Josep Maria Manresa).
Santa Teresa de Ávila decía que esta vida es como una mala noche en una mala posada, pero el Señor nos acompaña siempre ahí donde estamos. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Mediante el Misterio Pascual de Cristo, el Señor nos ha abierto el acceso a la eternidad junto a Dios. Sólo quien acepta por medio de la fe al Enviado del Padre, para escuchar su Palabra y vivir conforme a ella, vivirá con Dios eternamente. Jesús, Camino, Verdad y Vida, nos une a Él para que, como Él, caminemos en el amor fiel a la voluntad del Padre, y teniéndolo a Él, Verdad eterna, tengamos vida y vida en abundancia. Muchas veces quisiéramos ver directamente a Dios. Que Él nos conceda vivir con Él eternamente algún día. Pero mientras llega ese momento debemos aprender a descubrirlo en las huellas que de Él nos ha dejado en esta vida. Dichosos quienes contemplaron a Dios, lo conocieron y experimentaron su amor por medio de Cristo Jesús. Ahora la humanidad entera debe seguir conociendo y experimentado la presencia amorosa de Dios en el mundo por medio de su Iglesia. Ojalá seamos ese signo claro y creíble del Señor en la historia, pues a nosotros corresponde continuar siendo camino, verdad y vida para la humanidad, no por nuestro poder, sino por la presencia de Jesús en nosotros, que desde su Iglesia continúa su obra de salvación en el mundo y su historia. En la Eucaristía el Señor nos comunica su misma vida. Su entrega, celebrada en el Memorial de su Misterio Pascual, nos pone en camino de salvación. Quien une su vida a Cristo y va tras sus huellas bien sabe a dónde va. Y no pensemos en Jesús clavado y muerto en una cruz, como si eso fuese el destino final de quienes creemos en Él. Contemplémoslo sentado a la diestra de Dios Padre. Hacia allá tiende la vida del creyente, aun cuando tenga que padecer, por amor, la muerte, como un paso obligado hacia la resurrección y la vida eterna donde seremos glorificados, junto con Cristo, eternamente. Por eso la participación en la Eucaristía nos lleva a ponernos al servicio de la humanidad entera como pan de vida, que se parte y comparte para que los demás tengan vida. Ese es el servicio que el Señor espera de su Iglesia, que se reúne no sólo para alabarlo, sino para comprometerse con Él en la salvación del mundo entero tras las huellas del amor de Cristo Jesús, nuestro Camino hacia el Dios de la Verdad y de la Vida, nos quiere como testigos de esa Verdad y de esa Vida. No podemos decir que creemos en Cristo y que hemos hecho nuestra su Vida, y que vamos tras sus huellas en el camino que él nos ha señalado, ni que somos testigos de la Verdad, que es Dios, mientras, tal vez arrodillándonos un poco ante Él, después vivimos destruyéndonos unos y otros. ¿Sabemos hacia dónde vamos? ¿Sabemos hacia dónde nos conduce el camino que vamos siguiendo? ¿Jesús es ese Camino que nos conduce al Padre? La respuesta a estas preguntas es vital, y no con los labios. Son nuestras obras, nuestras actitudes y nuestra vida misma respecto al trato que demos a los demás, respecto a lo que hagamos o dejemos de hacer por ellos, lo que indicará cuál es el camino que seguimos y cuál es el destino final de nuestra existencia. El Señor nos ha preparado un lugar junto a Él en la eternidad. Ojalá y no lo perdamos a causa de obras y actitudes contrarias a su Evangelio. Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de saber vivir nuestra fe totalmente comprometidos en el camino de amor que el Señor nos ha señalado, para que así podamos ayudar a todas las gentes a ir tras las huellas del Señor, tras las que debemos ir nosotros en primer lugar. Amén. (www.homiliacatolica.com).
Llucia Pou Sabaté

jueves, 19 de mayo de 2011

JUEVES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA: Jesús, buen pastor, nos hace ver qué es ser persona, y cómo en la Iglesia se realiza la misericordia del Señor e

JUEVES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA: Jesús, buen pastor, nos hace ver qué es ser persona, y cómo en la Iglesia se realiza la misericordia del Señor en la historia.

Primera Lectura, de los Hechos de los Apóstoles (13, 13-25): En aquellos días, Pablo y sus compañeros se hicieron a la mar en Pafos; llegaron a Perge de Panfilia, y allí Juan Marcos los dejó y volvió a Jerusalén. Desde Perge siguieron hasta Antioquia de Pisidia, y el sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento. Acabada la lectura de la ley y los profetas, los jefes de la sinagoga les mandaron decir: “Hermanos, si tienen alguna exhortación que hacer al pueblo, hablen”. Entonces se levantó Pablo, y haciendo señal de silencio con la mano, les dijo: “Israelitas y cuantos temen a Dios, escúchenme: El Dios del pueblo de Israel eligió a nuestros padres, engrandeció al pueblo cuando éste vivía como forastero en Egipto, lo sacó de allí con todo su poder, lo alimentó en el desierto durante cuarenta años, aniquiló siete tribus del país de Canaán y dio el territorio de ellas en posesión a Israel por cuatrocientos cincuenta años. Posteriormente les dio jueces, hasta el tiempo del profeta Samuel. Pidieron luego un rey, y Dios les dio a Saúl, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, que reinó cuarenta años. Después destituyó a Saúl y les dio por rey a David, de quien hizo esta alabanza: He hallado a David, hijo de Jesé, hombre según mi corazón, quien realizará todos mis designios. Del linaje de David, conforme a la promesa, Dios hizo nacer para Israel un salvador, Jesús. Juan preparó su venida, predicando a todo el pueblo de Israel un bautismo de penitencia, y hacia el final de su vida, Juan decía: ‘Yo no soy el que ustedes piensan. Después de mí viene uno a quien no merezco desatarle las sandalias’ ”.

Salmo Responsorial 88, 2-3.21-22.25.27: Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor y daré a conocer que su fidelidad es eterna, pues el Señor ha dicho: “Mi amor es para siempre y mi lealtad, más firme que los cielos. He encontrado a David, mi servidor, y con mi aceite santo lo he ungido. Lo sostendrá mi mano y le dará mi brazo fortaleza. Contará con mi amor y mi lealtad y su poder aumentará en mi nombre. El me podrá decir: ‘Tú eres mi padre, el Dios que me protege y que me salva’”.

† Lectura del santo Evangelio según san Juan (13, 16-20): Después de lavar los pies a sus discípulos, Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía. Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís. No me refiero a todos vosotros; yo conozco a los que he elegido; pero tiene que cumplirse la Escritura: El que come mi pan ha alzado contra mí su talón. Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que Yo Soy. En verdad, en verdad os digo: quien acoja al que yo envíe me acoge a mí, y quien me acoja a mí, acoge a Aquel que me ha enviado».

Comentario: 1. Desde ahora, los Hechos de los Apóstoles relatarán la misión de Pablo y de Bernabé. Los relatos estarán llenos de nombres de provincias y de ciudades que podremos seguir en un mapa: Seleucia, Chipre, Pafos, Perge de Panfilia, Antioquía de Pisidia, donde Pablo fue requerido a que tomase la palabra. En Antioquía de Pisidia -en las altiplanicies de la Turquía actual- existen todavía las ruinas de esa Sinagoga del tiempo de san Pablo. El discurso recoge lo que eran temas principales de la predicación apostólica: iniciativa divina salvadora de Dios en Israel (vv. 17-22), referencia al precursor (24-25), y hasta aquí el trozo de hoy, pero los temas se completan con el anuncio del Evangelio y mención de Jerusalén (26-31), argumentos de la Sagrada Escritura (33-37), completado con la Tradición apostólica (38-39) y exhortación escatológica (40-41; cf. Biblia de Navarra). Como en toda la catequesis petrina, hay una proyección de todo hacia Jesús, como Mesías salvador. Les dio la posesión de ese país... Les suscitó un rey, David. Pablo repite toda la historia de Israel. Dios intervino en esa Historia nacional, tan humana: ser liberado de la servidumbre...luchar por la supervivencia... defenderse contra los invasores vecinos... y elegir el propio gobierno... Se trata de hechos extremadamente «políticos» como decimos hoy. San Pablo, al igual que toda la gran tradición de los profetas, sabe que Dios está presente en todo esto. Dios se interesa por lo humano... Incluso Dios se ha «encarnado» en lo humano, en una historia y una geografía, en una cultura y una tradición. La gloria de Dios es el hombre totalmente abierto, realizado. Y esta apertura o plenitud querida por Dios, es a la vez corporal y espiritual, temporal y eterna. Ayudar al crecimiento. Promocionar a alguien o a todo un grupo humano. Contribuir al «desarrollo». ¡Es Voluntad de Dios! HOY, como ayer. La Iglesia no cesa de recordárnoslo con insistencia. ¿Cuál será, HOY, mi participación en esa gran obra divina? ¿en mi familia, mi ambiente, mis relaciones?
-“De la descendencia de David, Dios, según su promesa ha suscitado para Israel un Salvador, Jesús”. San Pablo pasa así, espontáneamente, del Antiguo al Nuevo Testamento. No basta con referirse al pasado. No basta con repetir o comentar los Libros de la Escritura. Hay que descubrir el misterio «actual» de Cristo que nos salva hoy. La Iglesia no tiene que poner al gusto del día una antigua doctrina; sino que, en la fidelidad a lo antiguo, debe proclamar la actualidad de la acción salvadora de Jesús. En este momento, ¡Jesús salva! La Iglesia quiere contemplar esa acción de Cristo en todos los acontecimientos de hoy (Noel Quesson).
Cuando Pablo predicaba, siempre anunciaba a Jesús como la respuesta plena de Dios a las esperanzas humanas. Si sus oyentes eran judíos, como en el caso de hoy, les hablaba partiendo del AT. Si eran paganos, como cuando llegó a Atenas, les citaba sus autores predilectos y sabía apelar a su búsqueda espiritual del sentido de la vida. ¿Sabemos nosotros sintonizar con las esperanzas y los deseos de nuestros contemporáneos, jóvenes o mayores, creyentes o alejados, para poder presentar a Jesús como el que da pleno sentido a nuestra vida y a nuestros mejores deseos? ¿Somos valientes a la hora de presentar a Jesús como la Palabra decisiva, como el Salvador único, como aquél en quien vale la pena creer y a quien vale la pena seguir? Pedimos en la Colecta: «Oh Dios, que has restaurado la naturaleza humana elevándola sobre su condición original, no olvides tus inefables designios de amor y conserva, en quienes han renacido por el Bautismo, los dones que tan generosamente han recibido».
2. – El Señor ha sido fiel y del linaje de David nos ha dado un Salvador. Jesús, hijo de David, tiene un trono eterno, vence a los enemigos y extiende su poder a todo el mundo por medio de su Iglesia. Él es el Ungido que recibe una descendencia perpetua: los hijos de la Iglesia que se perpetuará en la Jerusalén celeste. Con el Salmo 88 cantamos la fidelidad y la misericordia del Señor, que se vierte en un Mesías que va mucho más allá de la gloria humana, Él será el liberador auténtico, el Redentor. Dios es fiel a sus promesas. Nosotros muchas veces hemos fallado, pero Dios permanece siempre fiel. Y a pesar de nuestros pecados Él jamás ha dejado de amarnos y de procurar nuestro bien. Y el amor de Dios hacia nosotros consiste en esto: Que siendo nosotros pecadores, Él nos envió a su propio Hijo para perdonarnos y hacernos hijos suyos. Dios, que mediante la Unción de su Espíritu nos ha hecho de su misma familia, quiere que vivamos, sostenidos por Él, libres de todas nuestras esclavitudes manifestando, con una vida llena de buenas obras, que en verdad es nuestra la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Por eso podemos afirmar con toda certeza que quien tenga a Dios con Él lo tendrá todo, pues Dios será su Padre y su protector y su salvador, y proclamamos este agradecimiento, desde la Entrada: «Oh Dios, cuando salías al frente de tu pueblo y acampabas con ellos y llevabas sus cargas, la tierra tembló, el cielo destiló. Aleluya» (cf. Sal 67,8-9.20).
3. A partir de hoy, y hasta el final de la Pascua, leemos los capítulos que Juan dedica a la última Cena de Jesús con sus discípulos. Esta cena empezó con un gesto simbólico muy elocuente: el lavatorio de los pies, una gran lección de fraternidad y de actitud de servicio para con los demás. Es una página entrañable que leemos el Jueves Santo. La afirmación de la identidad de Jesús se repite también aquí: «para que creáis que Yo soy». Es como el estribillo de la máxima realización divina, con la Encarnación Dios se nos da, se muestra, se manifiesta máximamente. En la humildad, en el servicio, en la Eucaristía, dándosenos como Pan y Vino de vida, Jesús nos hace participar de su entrega de la cruz por la vida de los demás. Él mismo nos encargó que celebráramos la Eucaristía: «haced esto» en memoria mía. Pero también nos encargó que le imitáramos en el lavatorio de los pies: «haced vosotros» otro tanto, lavaos los pies los unos a los otros. Ya que comemos su «Cuerpo entregado por» y bebemos su «Sangre derramada por», todos somos invitados a ser durante la jornada personas «entregadas por», al servicio de los demás. «Dichosos nosotros si lo ponemos en práctica» (J. Aldazábal). Por eso los Apóstoles exaltan tanto la pertenencia a la Iglesia. Orígenes decía: «Si alguno quiere salvarse, venga a esta Casa, para que pueda conseguirlo. Ninguno se engañe a sí mismo: fuera de esta Casa, esto es, fuera de la Iglesia, nadie se salva». Es verdaderamente Dios con nosotros, el que necesitamos, el que nos salva, como anuncia el salmo -«Cantaré eternamente la misericordia del Señor» (salmo)-, la primera lectura, y la liturgia de hoy: «Sabed que estoy con vosotros todos los días» (comunión); «que el alimento de salvación que acabamos de recibir fortalezca nuestras vidas» (poscomunión). «Conserva en nosotros los dones que tan generosamente hemos recibido» (oración), acoger con la fe la salvación: «Dichosos los que no vieron y creyeron» (aleluya). "Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy". "YO SOY". La fórmula de la revelación de Dios a Moisés: yo estoy aquí con vosotros. Jesús se ha apropiado este título varias veces en su vida. Pero ahora dice a sus discípulos cuál es el momento en que ellos descubrirán que ese título pertenece realmente a Jesús: cuando Judas lo traicione y lo entreguen a la muerte. Jesús es Dios, pero la única prueba que aporta para decir que Él es, es la de morir. Él es eterno y la única manera de demostrarlo es dejar que se ponga término a su vida humana. Él es poderoso y el único procedimiento al cual recurre para afirmar este poder es ponerse dócilmente en las manos de aquel discípulo a quien Él podría juzgar y derribar. El Dios de Jesús no es el Dios lógico de las filosofías y de la razón humana. Jesús anuncia que la muerte es el momento característico de la revelación de Dios. "Os aseguro: el criado no es más que su amo..." La cruz, el servicio a los demás hasta la muerte de mi tiempo, comodidad,... es donde puedo descubrir el poder de Cristo resucitado, donde puedo tener experiencia del "Yo soy" de Jesús.
Y San Agustín llega a decir algo increíble: «Fuera de la Iglesia Católica se puede encontrar todo menos la salvación. Se puede tener honor, se pueden tener los sacramentos, se puede cantar aleluya, se puede responder amén, se puede sostener el Evangelio, se puede tener fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, y predicarla, pero nunca, si no es en la Iglesia Católica, se puede encontrar la salvación».
Este texto de hoy, continuación del relato del lavatorio de los pies, en esos 20 primeros versículos del cap. 13 expone la constitución de la comunidad: es la ley fundamental de la iglesia, por la que deberá regirse. No se trata, por tanto, de entender en sentido moral el ejemplo decisivo de Jesús, sino de deducir de ese ejemplo de Jesús y de sus palabras, la ley, el modelo, la estructura fundamental de la comunidad de Jesús: la Iglesia. “Como en aquellos films que comienzan recordando un hecho pasado, la liturgia hace memoria de un gesto que pertenece al Jueves Santo: Jesús lava los pies a sus discípulos (cf. Jn 13,12). Así, este gesto —leído desde la perspectiva de la Pascua— recobra una vigencia perenne. Fijémonos, tan sólo, en tres ideas. En primer lugar, la centralidad de la persona. En nuestra sociedad parece que hacer es el termómetro del valor de una persona. Dentro de esta dinámica es fácil que las personas sean tratadas como instrumentos; fácilmente nos utilizamos los unos a los otros. Hoy, el Evangelio nos urge a transformar esta dinámica en una dinámica de servicio: el otro nunca es un puro instrumento. Se trataría de vivir una espiritualidad de comunión, donde el otro —en expresión de Juan Pablo II— llega a ser “alguien que me pertenece” y un “don para mí”, a quien hay que “dar espacio”. Nuestra lengua lo ha captado felizmente con la expresión: “estar por los demás”. ¿Estamos por los demás? ¿Les escuchamos cuando nos hablan? En la sociedad de la imagen y de la comunicación, esto no es un mensaje a transmitir, sino una tarea a cumplir, a vivir cada día: «Dichosos seréis si lo cumplís» (Jn 13,17). Quizá por eso, el Maestro no se limita a una explicación: imprime el gesto de servicio en la memoria de aquellos discípulos, pasando inmediatamente a la memoria de la Iglesia; una memoria llamada constantemente a ser otra vez gesto: en la vida de tantas familias, de tantas personas. Finalmente, un toque de alerta: «El que come mi pan ha alzado contra mí su talón» (Jn 13,18). En la Eucaristía, Jesús resucitado se hace servidor nuestro, nos lava los pies. Pero no es suficiente con la presencia física. Hay que aprender en la Eucaristía y sacar fuerzas para hacer realidad que «habiendo recibido el don del amor, muramos al pecado y vivamos para Dios» (San Fulgencio de Ruspe)” (David Compte).
¿Mujeres sacerdote? ¿Quién ha de mandar? El problema que hoy tenemos es que vivimos una crisis de servicio, se valora el poder, y entonces se ve como injusto no dar poder por igualdad a todos. Jesús nos habla de otro orden de cosas: el que más quiera, que más sirva. Se valora la santidad (el amor), el servicio, no el poder temporal. Cada uno con su carisma, su ministerio. Quizá este fundamento cambiaría no sólo el orden social, lleno de egoísmo y envidias, sino también la misma concepción de ministerios eclesiales. Él está siempre dispuesto, basta con que le franqueemos el corazón—, nos veremos urgidos a corresponder en lo que es más importante: amar. Y sabremos difundir esa caridad entre los demás hombres, con una vida de servicio. “Os he dado ejemplo, insiste Jesús, hablando a sus discípulos después de lavarles los pies, en la noche de la Cena. Alejemos del corazón el orgullo, la ambición, los deseos de predominio; y, junto a nosotros y en nosotros, reinarán la paz y la alegría, enraizadas en el sacrificio personal” (san Josemaría Escrivá). Esto va muy unido a la felicidad. Pero hay quien la pone en el yoga, tener salud, etc... ¿Qué factores determinan la felicidad del ser humano?
El cerebro humano incluye por defecto la capacidad de sentir felicidad, que eso es imprescindible para la adaptación y la supervivencia: “En cada momento los mecanismos que regulan el estado de ánimo van recogiendo si disponemos o no de lo necesario para vivir” (Xaro Sánchez), y en esta inter-actuación psico-emotivo-somática en “la corteza cerebral es lo que imprime nuestro grado de bienestar subjetivo”, con algunos “picos” de infelicidad o gozo y en general un “grado moderado”, de rutina diaria. Junto a esto, se dispone “de una gran capacidad de adaptación a las contrariedades vitales” (resiliencia). La felicidad no está en las cosas, sino en nuestra actitud ante ellas (aceptarlas, para reconducirlas), “procesos íntimos o endógenos”, el hombre sólo puede experimentar la auténtica felicidad en la propia interioridad (Boecio). Como el burro detrás de la zanahoria, nos lanzamos a metas que siempre plantean un más allá, como el mito de Aquiles siguiendo la tortuga (que cuando llega donde estaba, ésta se ha ido más adelante y es el cuento de nunca acabar). No hay vida peor que una vida sin esperanza, o una esperanza sin fundamento. Hoy día se ve que las cosas externas como bienes materiales, dinero, cierto estatus no son determinantes, la ambición concreta que nos hemos propuesto alcanzar no causa la felicidad, pero también se confunde la consecuencia con la causa, cuando se dice que lo crucial es tener ganas de luchar por alguna cosa, cuando en realidad, es cuando uno está feliz, cuando emprende proyectos con ganas, y no al revés.
La verdad no cabe en un esquema, pero es necesario integrar los diversos aspectos, pues si no parece que cada uno tiene su verdad: uno ve la felicidad en la salud, o la técnica, yoga... ¿verdades? no: verdad, pero la comprendemos de modo dinámico. Pienso que hay como tres “mónadas” que determinan el equilibrio-armonía que llamamos felicidad, que va mucho más allá de la estabilidad emocional, y otros aspectos de la misma: 1) salud corporal-física; 2) mi entorno, la historia y 3) salud interior-psíquica-espiritual. Cada uno de ellos tiene a su vez 3 puntos, y nos detendremos en el último apartado, porque al componer lo más esencialmente humano, constituye el secreto de cómo ser feliz siempre:
1) salud “física”, determinada, además de cosas más específicas extraordinarias, por ciertas rutinas cotidianas: a) dormir, b) armonía con las funciones instintivas físicas (supervivencia personal y de la especie): comer, integrar la sexualidad dentro del proyecto personal, c) ejercicio físico aeróbico-vascular.
2) salud “ambiental”, como decía Ortega y Gasset, yo soy yo y mis circunstancias: ésas son también mi historia: a) familia donde nacemos, que nos viene dada, b) ambiente en el que vivimos y escogemos-amigos, clase social, etc.; c) ambiente social, la historia de nuestro tiempo (estamos condicionados por factores higiénicos y otros de tipo médicos, cultura, deporte, ideas dominantes, tecnologías, globalización…). En todos estos aspectos, mirando subidos al gigante de la tradición, vemos más y más lejos…
3) salud “interior”: esta armonía interior comprende: a) la personalidad genética: introvertida o extrovertida, primaria o secundaria, racional o sanguínea, flemática o apasionada…; b) una psicología sana en el modo de afrontar la vida: visión positiva, adaptabilidad a los cambios, prever algún remanente para llegar a final de mes… que llamamos también carácter, educado a través de las virtudes, al hacer cosas buenas nos hacemos buenos, nos vamos configurando en primer lugar con lo que hacemos, luego con lo que decimos, y en tercer lugar con lo que pensamos; y c) una espiritualidad llena de trascendencia, las potencias espirituales (inteligencia, amor y libertad) que es lo más importante y puede suplir la ausencia de los otros aspectos. No hablamos aquí de quien se aburre porque tiene falta de serotonina, por una cuestión química, sino que hay una retro-alimentación entre el sentido de sublimidad que estamos analizando bajo la óptica de la filiación divina, y la vida en el espíritu y virtudes, que de alguna manera vemos en toda educación, que básicamente consta de dos elementos: motivación y esfuerzo. Quien está motivado, se esfuerza, y quien se esfuerza crece interiormente y se va motivando. Según este esquema, la vida cristiana tendría como motor de arranque (más o menos consciente) este querer ser dios, hijos de Dios, que se aviva con su consideración: el sentirse hijos de Dios, que da alegría y libertad, de ello hablaremos en otro momento.
Todos queremos ser felices, pero no tenemos un “dispositivo” para conseguir directamente la felicidad: la publicidad muchas veces engaña, al ofrecer algo muy por encima de lo que da aquel producto. Tenemos el placer y riqueza y todo esto como sucedáneos que duran poco; la felicidad hay que buscarla principalmente en las cosas espirituales (conocer y amar), a través de la potencia volitiva, que está en querer lo bueno: he de orientar mi vida –como decía Manzoni- no a estar bien, sino a hacer el bien, y así estaremos todos mucho mejor; es decir: no he de querer ser feliz, sino bueno, y haciendo cosas buenas soy feliz, porque me convierto en bueno. Un «hombre bueno» es la manera que tenemos de honrar una persona cabal. Al estudiar la ética filosófica se entiende que el hombre tiende a la felicidad pero ésta consiste en satisfacer todas sus funciones lo cual implica que a través de sus facultades superiores puede conocer cómo sentirse realizado (inteligencia) y cómo realizar esa plenitud (voluntad). Pero la voluntad consiste en el querer y esta facultad no busca estar bien sino que tiende a través de la libertad a escoger lo que es bueno. Es decir que la voluntad como objeto de sus operaciones no tiene el ser feliz, sino lo que aparece como bueno a sus “apetencias”. Podría decirme a mí mismo que “esencial y radicalmente no he de querer ser feliz, sino bueno. Y es así como “de rebote” seré feliz. En cambio, la búsqueda del placer me lleva a la insatisfacción. Puede parecer complicado, que la felicidad se adquiere no directamente sino “de rebote” cuando hago el bien, pero la más cruel de las desventuras es el engaño de mostrar la felicidad en señuelos pasajeros que dejan rastro de vaciedad.
Pero aún hay que dar otro paso, pues la voluntad tiende al bien pero el bien supremo es el amor. Es más, el hombre –imagen de Dios, que es amor- se realiza cuando –como el modelo de su ejemplar- vive de amor, reconoce el amor y se dedica a amar, la felicidad es propia de un corazón enamorado, del que sabe querer. En definitiva, para ser buenos no hay que hacer cosas bien en un sentido de moral de obligación, sino que se han de unir las dos cosas: el bien y el amor. Porque ella es siempre la consecuencia -¡no buscada!- de la propia perfección, de la propia bondad. Y para ser buenos, hay que olvidarse por completo de uno mismo y querer procurar el bien de los demás, recuerda Tomás Melendo: “hay que aprender a amar. Únicamente entonces, cuando la desestimemos plenamente, nos sobrevendrá, como un regalo, como un don inesperado, la felicidad. El amor, sólo el amor, engendra la dicha”.
El gozo se alcanza siempre al tener lo bueno que se buscaba, y así desde el placer, que es el gozo más sensible, hasta el éxtasis –salir de uno mismo- que es el más sublime. En todos los casos, es siempre consecuencia de tender a lo que se ve como bueno y cuando se busca el gozo en sí mismo se aborta.
El goce de la felicidad es consecuencia del amor, señal de plenitud en la realización personal, como decía Aristóteles, «querer al otro en cuanto otro», es decir, amar. O como dice la moderna fenomenología de Gehlen y Plessner: la superioridad del hombre sobre los animales es la aptitud para olvidarse del propio bien y querer y procurar el bien de los otros (no pensar en que me quieran, sino en querer). Entonces volvemos a confirmarnos en que somos imagen de Dios, quien obra por amor, pone el amor, y quiere sólo amor, correspondencia, reciprocidad, amistad: y puesto que el hombre es imagen del Dios Amor, se realiza también cuando ama, cuando vive de amor, y si no, no es hombre, es hombre frustrado, autorreducido a cosa. Como dice “Gaudium et spes” del Vaticano II, «el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por si misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás», es decir en el éxtasis, la donación amorosa. El hombre bueno es quien hace el bien a los demás, y el hombre malo el que es egoísta y perjudica a los demás, pero entonces se autodestruye pues renuncia a ser hombre. Pero el mal no tiene la última palabra, existe el perdón: pues el amor es fecundo y tiene frutos, hijos: la fecundidad del amor es su hijo, que es el perdón. Como fruto del amor viene la misericordia, que mueve a perdonar todo, y entonces es verdad que “amar es no tener que decir nunca lo siento”, pues está el perdón “englobado” en el amor, metido dentro de él como al “baño maría”.
Entramos en las últimas reuniones de Jesús con sus discípulos, conversaciones habidas en el marco mismo de su Pasión... las últimas confidencias, podría decirse, de alguien que sabe que se va. -Sí, en verdad os digo: Quien recibe al que Yo enviare, a mí me recibe; y el que me recibe, recibe a Quien me ha enviado. Hay aquí una cascada de meditaciones. Recibir a un "enviado" de Jesús, es recibir a "Jesús", y es recibir a "Dios" Es todo el misterio de la Iglesia. Jesús ha escogido no ser ya alcanzado "en directo" sino sólo por la mediación de "hermanos", de "ministros". Cuando Pedro bautiza, es Jesús quien bautiza (Noel Quesson). Pedimos en el Ofertorio: «Que nuestra oración, Señor, y nuestras ofrendas sean gratas en tu presencia, para que así, purificados por tu gracia, podamos participar más dignamente en los sacramentos de tu amor». Y en la Postcomunión: «Dios Todopoderoso y eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has hecho renacer a la vida eterna; haz que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante, y que el alimento de salvación que acabamos de recibir fortalezca nuestras vidas».
Llucià Pou Sabaté