MIÉRCOLES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA: el apostolado, en la primitiva Iglesia, guiada por Jesús, luz que nos guía en el Espíritu Santo, y la intercesión de la Virgen
1ª Lectura, He 12,24-26-13,1-5: 24 Mientras tanto la palabra del Señor crecía y se multiplicaba. 25 Bernabé y Saulo, después de haber cumplido su misión, volvieron de Jerusalén, llevando consigo a Juan Marcos.
1 En la Iglesia de Antioquía había profetas y doctores: Bernabé y Simón, apodado el Negro; Lucio de Cirene; Manahén, hermano de leche de Herodes el virrey, y Saulo. 2 Mientras celebraban el culto del Señor y ayunaban, el Espíritu Santo dijo: «Separadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado». 3 Entonces, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron. 4 Con esta misión del Espíritu Santo fueron a Seleucia, desde donde se embarcaron hacia Chipre. 5 Al llegar a Salamina, se pusieron a anunciar la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos. Tenían también a Juan como auxiliar.
Salmo Responsorial 67,2-3,5-6.8: 2 Que Dios tenga piedad y nos bendiga, haga brillar su rostro entre nosotros 3 para que en la tierra se conozca su camino y su salvación en todas las naciones. 5 Que canten de alegría las naciones, pues tú juzgas al mundo con justicia y gobiernas los pueblos de la tierra. 6 Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. 8 Que Dios nos bendiga y que le rinda honor el mundo entero.
Evangelio Jn 12,44-50: 44 Jesús proclamó: «El que cree en mí no cree en mí, sino en el que me ha enviado; 45 y el que me ve a mí ve al que me ha enviado. 46 Yo he venido como luz al mundo, para que todo el que crea en mí no quede en tinieblas. 47 Yo no condeno al que oye mis palabras y no las guarda, pues no he venido a condenar al mundo, sino a salvarlo. 48 El que me rechaza y no acepta mi doctrina ya tiene quien lo juzgue; la doctrina que yo he enseñado lo condenará en el último día, 49 porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me ha enviado me ha ordenado lo que tengo que decir y enseñar, 50 y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso lo que yo os digo, lo digo tal y como me lo ha dicho el Padre».
Comentario: 1. –El relato se centra ahora en la iglesia en Antioquia, donde había profetas y doctores, estructurada con responsabilidades diferentes, determinados sin duda por carismas diversificados. Los profetas eran cristianos especialmente capaces de discernir la voluntad de Dios en los acontecimientos concretos de la vida humana y de la historia. ¡Ayúdanos, Señor, a saber leer los signos de tu Palabra, en los signos de los tiempos! Tú nos hablas a través de lo que va sucediendo. Pensando en un acontecimiento que acaba de producirse o que está a punto de ocurrir, trato humildemente de descubrir lo que Tú, Señor, quieres decir al mundo... Los doctores discernían las Escrituras, comentando el antiguo Testamento y el Nuevo, que se estaba elaborando entonces. Enseñaban a los catecúmenos y a los demás cristianos, eran maestros, sin ser sacerdotes tenían lugar importante por lo delicado de su misión educadora, doctrinal y moral (cf 1 Tim 4,7;6,20; Tit 2,1, cf. Biblia de Navarra). La Carta a Diogneto enuncia el ideal de esas personas: “no hablo de cosas peregrinas ni voy a la búsqueda de lo novedoso, sino, como discípulo que he sido de los Apóstoles, me puedo convertir en maestro de pueblos. Yo no hago otra cosa que transmitir lo que me ha sido entregado a quienes se han hecho discípulos dignos de la verdad”. Ayúdanos, Señor, a comprender inteligentemente lo que quieres decirnos a través de las palabras de tu evangelio y de los demás textos sagrados.
-“Un día, mientras estaban celebrando el culto del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo”... Culto, ayuno, Espíritu... "Celebran el culto del Señor". La Eucaristía, centro del culto cristiano, se pone en paralelo con el culto sacrificial de la ley mosaica, y es lógico, pues era el referente de la época, diríamos que el contexto cultural obligaba a ello y además hay un motivo más profundo: la Eucaristía, que “edifica y hace crecer la Iglesia de Dios” (Unitatis redintegratio 15, cf Ecclesia de Eucaristía), está enraizada en el culto al Dios de Israel, y vemos aquí como marca el crecimiento de la Iglesia. Pero la cita añade ¡«y ayunando»! El «ayuno» es decir «la libre privación de alimento» es un gesto de todas las religiones -Judaísmo, Islamismo, Hinduísmo, Fetichismo, etc...- Los primeros cristianos también hacían regularmente ese gesto, signo de sacrificio y penitencia por sus pecados (en Cuaresma hemos hablado de su necesidad, descuidada en la Iglesia actual). Un día, durante esa «celebración» -de culto y ayuno- el Espíritu Santo les dijo... sorprende ver el papel importante del Espíritu Santo como "actor" que anima a los cristianos. Esa comunidad cristiana no es una agrupación ordinaria. Es un grupo consciente de poseer en su seno al Señor Jesucristo, vivo, resucitado, glorificado, actuando y animando a su comunidad, la Iglesia, por el poder de su Espíritu. Son hombres, ciertamente semejantes a todos los demás, con los que se codean por las calles de Antioquía. Pero, esos hombres son portadores de Dios, están a la escucha de Dios y movidos por El. Son hombres conscientes de que ¡«el Espíritu Santo les habla»! y les pide que hagan ciertas cosas.
-«Separadme ya a Bernabé y a Pablo para la obra a la que los he llamado». Es el inicio de la gran «misión» de san Pablo, de la que saldrá la evangelización de toda la cuenca del Mediterráneo: Chipre, Salamina, Grecia, el Imperio Romano... El Espíritu Santo está en el origen de todo esfuerzo misionero (cf. Ad gentes 5, Gal 1,15-16). –“Después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos...” Con el ayuno y oración, hay una buena preparación apostólica, y el Señor no dejará “caer en tierra ninguna de sus palabras” (1 Sam 3,19). Es también la Iglesia la que envía a misión. La «comunidad» acepta la responsabilidad de aquellos a los que envía, «se sacrifica y ora» por ellos... les da un «signo» -sacramento- que se halla en el origen de la ordenación de los obispos y de los sacerdotes: la imposición de las manos. ¿Es misionera la comunidad a la cual pertenezco? ¿Sostiene, por la oración y el esfuerzo, a los que ha enviado a ponerse «en contacto con los paganos»?
-“Enviados por el Espíritu Santo... anunciaban la Palabra de Dios”. Todo cristiano, -sacerdote, laico, o religioso- debe ser «misionero». Ayúdame, Señor, a ver de qué modo «soy enviado» yo también. Y de cómo, yo también, he de «anunciar la Palabra de Dios» (Noel Quesson / Biblia de Navarra).
Y así comienza el primero de los tres grandes viajes misioneros de Pablo, que llevará al Apóstol a evangelizar primero la isla de Chipre y después algunas regiones del sur de Asia Menor: Panfilia, Pisidia y Licaonia (años 44-49). El Espíritu Santo deja oir su voz en la Iglesia de Cristo. Oigamos a Nicetas de Remecían: «¿Quién puede, pues, silenciar aquella dignidad del Espíritu Santo? Pues los antiguos profetas clamaban: “Esto dice el Señor” (Ez 22,28). En su venida Cristo aplicó esta expresión a su persona diciendo: “Y yo os digo” (Mt 5,22,43). Y los nuevos profetas ¿qué clamaban? Como Agabo que profetiza y dice en los Hechos de los Apóstoles: “Esto dice el Espíritu Santo” (21,11). Y el mismo Pablo en la Carta a Timoteo: “El Espíritu Santo dice claramente” (1 Ti 4,1). Y Pablo dice que él ha sido llamado por Dios Padre y por Cristo: “Pablo, dice, apóstol no por los hombres, ni por medio de un hombre, sino por medio de Jesucristo y Dios Padre” (Gál 1,1). Y en los Hechos de los Apóstoles se lee que fue segregado y enviado por el Espíritu Santo. En efecto, así está escrito (13,2)». Le pedimos en la Postcomunión: «Ven, Señor, en ayuda de tu pueblo y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu Reino, haz que abandonemos nuestra antigua vida de pecado y vivamos, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna».
2. Sal. 66. El Señor ha tenido piedad de nosotros y nos ha bendecido al enviarnos a su propio Hijo como Salvador nuestro. Quienes hemos sido beneficiados con el Don de Dios debemos convertir toda nuestra vida en una continua alabanza de su Nombre. Agradecidos, alabamos al Señor: «El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros…” deseo bendición a Dios por los designios salvíficos (eco de la bendicion señalada en Nm 6,24-26 sobre la fecundidad de la tierra: Gn 1,28 y la protección ante los enemigos: Sal 4,7; 13,2), deseo de salvación que se cumple en Jesús, la predicación de los Apóstoles (cf. Lc 12,47; Hch 2,9-12.47). Si queremos que el mundo entero vuelva al Señor y bendiga su Nombre y le rinda honor, debemos anunciarlo desde una vida que se convierta en testimonio creíble de la eficacia de la salvación que Dios ofrece a todos, pues si vivimos sujetos a la maldad ¿cómo creerá el mundo que el Dios que les ofrecemos en verdad los librará del pecado y los llevará sanos y salvos a su Reino celestial? “¡Oh bienaventurada Iglesia! En un tiempo oíste, en otro viste. Oíste en tiempo de las promesas, viste en el tiempo de su realización; oíste en el tiempo de las profecías, viste en el tiempo del Evangelio. En efecto, todo lo que ahora se cumple había sido antes profetizado. Levanta, pues, tus ojos y esparce tu mirada por todo el mundo; contempla la heredad del Señor difundida ya hasta los confines del orbe” (S. Agustín). La Iglesia emplea este salmo el día de la Maternidad de la Virgen María, pues por su intercesión maternal hemos recibido la mayor bendición, Jesús.
Veamos el comentario de Juan Pablo II: “Acaba de resonar la voz del antiguo salmista que elevó al Señor un gozoso canto de acción de gracias. Es un texto breve y esencial, pero que abarca un inmenso horizonte hasta alcanzar a todos los pueblos de la tierra. Esta apertura universal refleja probablemente el espíritu profético de la época sucesiva al exilio en Babilonia, cuando se auspiciaba el que incluso los extranjeros fueran guiados por Dios a su monte santo para ser colmados de alegría. Sus sacrificios y holocaustos habrían sido gratos, pues el templo del Señor se convertiría en «casa de oración para todos los pueblos» (Isaías 56,7). También en nuestro Salmo, el 67, el coro universal de las naciones es invitado a asociarse a la alabanza que Israel eleva en el templo de Sión. En dos ocasiones, de hecho, se pronuncia la antífona: «Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben» (versículos 4.6).
Incluso los que no pertenecen a la comunidad escogida por Dios reciben de Él una vocación: están llamados a conocer el «camino» revelado a Israel. El «camino» es el plan divino de salvación, el reino de luz y de paz, en cuya actuación quedan asociados también los paganos, a quienes se les invita a escuchar la voz de Yahvé (cf v. 3). El resultado de esta escucha obediente es el temor del Señor «hasta los confines del orbe» (v. 8), expresión que no evoca el miedo sino más bien el respeto adorante del misterio trascendente y glorioso de Dios.
Al inicio y en la conclusión del Salmo, se expresa un insistente deseo de bendición divina: «El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros... Nos bendice el Señor, nuestro Dios. Que Dios nos bendiga» (versículos 2.7-8). Es fácil escuchar en estas palabras el eco de la famosa bendición sacerdotal enseñada, en nombre de Dios, por Moisés y Aarón a los descendientes de la tribu sacerdotal: «Que el Señor te bendiga y te guarde; que el Señor ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio; que el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Num 6, 24-26). Pues bien, según el Salmista, esta bendición sobre Israel será como una semilla de gracia y de salvación que será enterrada en el mundo entero y en la historia, dispuesta a germinar y a convertirse en un árbol frondoso. El pensamiento recuerda también la promesa hecha por el Señor a Abraham en el día de su elección: «De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición... Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra» (Gen 12, 2-3)”. “Gracias a la bendición implorada por Israel, toda la humanidad podrá experimentar «la vida» y «la salvación» del Señor (cf v. 3), es decir, su proyecto salvífico. A todas las culturas y a todas las sociedades se les revela que Dios juzga y gobierna a los pueblos y a las naciones de todas las partes de la tierra, guiando a cada uno hacia horizontes de justicia y paz (cf. v. 5). Es el gran ideal hacia el que estamos orientados, es el anuncio más apremiante que surge del Salmo 67 y de muchas páginas proféticas (cf Is 2,1-5;60,1-22;Jonás 4,1-11; Sofonías 3,9-10; Mal 1, 11). Esta será también la proclamación cristiana que delineará san Pablo al recordar que la salvación de todos los pueblos es el centro del «misterio», es decir, del designio salvífico divino: «los gentiles sois coherederos, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de la misma Promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio» (Efesios 3, 6).
Ahora Israel puede pedir a Dios que todas las naciones participen en su alabanza; será un coro universal: «Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben», se repite en el Salmo (Cf. Salmo 66, 4.6). El auspicio del Salmo precede al acontecimiento descrito por la Carta a los Efesios, cuando parece hacer alusión al muro que en el templo de Jerusalén separaba a los judíos de los paganos: «En Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad... Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (Ef 2, 13-14.19). Hay aquí un mensaje para nosotros: tenemos que abatir los muros de las divisiones, de la hostilidad y del odio, para que la familia de los hijos de Dios se vuelva a encontrar en armonía en la única mesa, para bendecir y alabar al Creador para los dones que él imparte a todos, sin distinción (cf Mt 5,43-48).
La tradición cristiana ha interpretado el Salmo 67 en clave cristológica y mariológica. Para los Padres de la Iglesia, «la tierra que ha dado su fruto» es la virgen María que da a luz a Jesucristo. De este modo, por ejemplo, san Gregorio Magno, en el «Comentario al primer Libro de los Reyes», glosa este versículo, comparándolo a otros muchos pasajes de la Escritura: «María es llamada y con razón "monte rico de frutos", pues de ella ha nacido un óptimo fruto, es decir, un hombre nuevo. Y al ver su belleza, adornada en la gloria de su fecundidad, el profeta exclama: "Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará" (Is 11,1). David, al exultar por el fruto de este monte, dice a Dios: "Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. La tierra ha dado su fruto". Sí, la tierra ha dado su fruto, porque aquel a quien engendró la Virgen no fue concebido por obra de hombre, sino porque el Espíritu Santo extendió sobre ella su sombra. Por este motivo, el Señor dice al rey y profeta David: "El fruto de tu seno asentaré en tu trono" (Sal 131,11). De este modo, Isaías afirma: "el germen del Señor será magnífico" (Is 4,2). De hecho, aquel a quien la Virgen engendró no sólo ha sido un "hombre santo", sino también "Dios poderoso" (Is 9,5)».
3. Este pasaje, en el evangelio de san Juan, sigue a la resurrección de Lázaro y a la unción en Betania. Es una colección de palabras muy características de Jesús que parecen haber sido agrupadas aquí para concluir la primera parte del evangelio, antes de abordar la segunda, que es la Pasión y la Resurrección. –“El que cree en mí, no es en mí en quien cree”, Jesús no atrae a sí, remite a otro: “-Sino en el que me ha enviado”. Jesús se define a menudo como "el enviado" = missus, en latín... apóstoles, en griego... Jesús, misionero del Padre. Jesús, "apóstol" del Padre, "enviado" por el Padre. Humildad profunda del misionero: no es nada por sí mismo... esta allí en nombre de otro... quiere conducir a los demás a descubrir a este otro. Conducir a Dios. Llevar a nuestros amigos a experimentar su relación con Dios. Pero en primer lugar tener nosotros esta experiencia: ¿cómo pretender ser misionero si uno mismo no vive su profunda relación con Dios? La "misión" no es ante todo una empresa, ni una cuestión de métodos... es un "envío"
-“El que me ve, ve al que me ha enviado”. Sin palabras, sin "empresas", el verdadero misionero "hace que vean" a Dios... así sencillamente, a través de su propia persona. ¡Quien ve a Jesús, ve al Padre! ¡Qué exigencia extraordinaria y maravillosa! ¡Qué Gracia! Oh, Señor, hazme transparente, como Tú lo eras.
"Vosotros sois el Cuerpo de Cristo" traducirá san Pablo. Debo ser el rostro de Cristo, como Jesús era el rostro del Padre. A través de mi vida, hacer ver a Dios.
-“Yo he venido como luz al mundo, para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas”. Transparencia... luz... belleza... seguridad... Opacidad... tinieblas... miedo... Evocar imagen de sol... de día... e imágenes de noche...
-“Si alguno escucha mis palabras y no las guarda, yo no le condeno, porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo... El que me rechaza y no recibe mis palabras, tiene ya quien le juzgue: La palabra que Yo he hablado, esa le juzgará en el último día”. Jesús sabe que llega el fin de su vida: es una especie de balance negativo. Los hombres no han querido la luz, no han escuchado sus palabras. Es el fracaso, globalmente... aparte el pequeño núcleo de discípulos, unos pocos en número. Pues bien, ¡Jesús reafirma que no condena! Que ha venido para salvar. Son solamente los hombres los que se condenan, cuando rehúsan escuchar. La condenación no es obra de Dios. La "salvación" ofrecida se transforma en "juicio", no por voluntad de Dios, sino por las opciones negativas de los hombres. Todo está ahora a punto para la Pasión.
-“Las palabras que Yo hablo, las hablo según el Padre me ha dicho”. Siempre la profunda dependencia y humildad del misionero. Jesús no ha inventado lo que nos ha dicho. ¿Y yo? ¿Digo las palabras del Padre, o las mías? (Noel Quesson).
Son las últimas palabras de la predicación pública de Jesús, y recopila temas fundamentales: la fe en Él (v. 44), unidad y distinción entre Padre e Hijo (v. 45), Jesús como Luz y Vida del mundo (vv. 46.50), juicio de los hombres según la aceptación de Cristo (vv. 47-49); es el relato previo a la oración sacerdotal y relatos Pascuales. Es el signo de la luz. Es la misma imagen que aparecía en el prólogo del evangelio: «la Palabra era la luz verdadera» (Jn 1,9) y en otras ocasiones solemnes: «yo soy la luz del mundo: el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8, l 2; 9, 5). Pero siempre sucede lo mismo: algunos no quieren ver esa luz, porque «los hombres amaron más las tinieblas que la luz» (Jn 3,19). Cristo como luz sigue dividiendo a la humanidad. También ahora hay quien prefiere la oscuridad o la penumbra: y es que la luz siempre compromete, porque pone en evidencia lo que hay, tanto si es bueno como defectuoso. Nosotros, seguidores de Jesús, ¿aceptamos plenamente en nuestra vida su luz, que nos viene por ejemplo a través de su Palabra que escuchamos tantas veces? ¿somos «hijos de la luz», o también en nuestra vida hay zonas que permanecen en la penumbra, por miedo a que la luz de Cristo nos obligue a reformarlas? Ser hijos de la luz significa caminar en la verdad, sin trampas, sin subterfugios. Significa caminar en el amor, sin odios o rencores («quien ama a su hermano permanece en la luz» (I Jn 2,10). La «tiniebla» es tanto dejarnos manipular por el error, como encerrarnos en nuestro egoísmo y no amar. Durante la Cincuentena Pascual, después de haber entonado solemnemente en la Vigilia la aclamación «Luz de Cristo», encendemos en nuestras celebraciones el Cirio Pascual, cerca del libro de la Palabra. Quiere ser un símbolo de que a Cristo Resucitado lo seguimos porque es la auténtica luz del mundo, y que queremos vivir según esa luz, sin tinieblas en nuestra vida. Y además, siendo luz para los demás, porque ya nos dijo Jesús: «vosotros sois la luz del mundo... brille así vuestra luz delante de los hombres» (Mt 5, 1416)” (J. Aldazábal). Comenta San Agustín: «No les dijo: “Vosotros sois la luz, habéis venido al mundo para que quien crea en vosotros no permanezca en las tinieblas”. Yo os aseguro que no leeréis esto en ningún lugar. Candelas son todos los Santos. Pero la Luz aquella que les da la luz no puede separarse de sí misma, porque es inconmutable. Creemos, pues, a las candelas encendidas, como son los profetas y los apóstoles, pero de tal modo les damos fe, que no creemos en la misma candela iluminada, sino que por medio de ella creemos en aquella Luz que las ilumina, para que nosotros seamos también iluminados, no por ellas, sino con ellas, por aquella Luz de quien ellas reciben la suya. Y al decir que vino “para que todo aquel que crea en Mí no permanezca en tinieblas”, claramente manifiesta que a todos encontró envueltos en las tinieblas; pero para que no permanezcan en las tinieblas en que fueron hallados deben creer en la Luz que vino al mundo, porque por Ella fue hecho el mundo». San Juan de la Cruz señala que en Jesús el Padre lo ha dicho todo: «[El Padre] todo nos lo habló junto y de una vez por esta sola Palabra (...). Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo sería una necedad, sino que haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, evitando querer otra alguna cosa o novedad».
«Dice el Señor: “Yo os he escogido sacándoos del mundo y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure”. Aleluya» (cf. Jn 15,16.19; comunión). Y le respondemos: «Te daré gracias entre las naciones Señor; contaré tu fama a mis hermanos. Aleluya» (Sal 17,50;12,23: Entrada). «Señor, Tú que eres la vida de los fieles, la gloria de los humildes y la felicidad de los santos, escucha nuestras súplicas, y sacia con la abundancia de tus dones a los que tienen sed de tus promesas» (Colecta). Es la petición que los frutos pascuales nos aprovechen y conviertan: «¡Oh Dios!, que por el admirable trueque de este sacrificio nos haces partícipes de tu divinidad; concédenos que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta verdad que conocemos» (Ofertorio).
Por si esto fuera poco, contamos con otro auxilio luminoso, María (que significa “estrella”). San Bernardo intuyó muy bien al invocar a María como “Estrella de los mares”. San Bernardo exhortaba así a los cristianos: “Si alguna vez te alejas del camino de la luz y las tinieblas te impiden ver el Faro, mira la Estrella, invoca a María. Si se levantan los vientos de las tentaciones, si te ves arrastrado contra las rocas del abatimiento, mira a la estrella, invoca a María. (...) Que nunca se cierre tu boca al nombre de María, que no se ausente de tu corazón”. No dudemos ni un sólo instante de pedir su maternal cariño y protección. Si la sigues, no te desviarás; si recurres a ella, no desesperarás. Si Ella te sostiene, no vendrás abajo. Nada temerás si te protege; con su favor llegarás a puerto. Jesús vino como Salvador de la humanidad entera. En Él conocemos el Rostro amoroso y misericordioso de Dios. Por eso podemos decir que quien ve a Jesús está viendo al Padre Dios que se ha hecho cercanía a nosotros para perdonarnos, para darnos su vida y para concedernos todo aquello que le pidamos en Nombre de Jesús, su Hijo, para salvación nuestra. Y Jesús se ha desposado con su Iglesia y le ha confiado la misión, no de condenar, sino de salvar. En el cumplimiento de esa vocación estamos involucrados todos. Por eso podemos decir que quien contemple a la Iglesia estará contemplando y experimentando desde ella el amor que el Padre Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús. No podemos, por tanto, vivir condenando a los demás, sino que hemos de buscar al pecador tratando, en nombre de Cristo, de salvar todo lo que se había perdido. Dios nos quiere apóstoles suyos, sin importar lo que haya sido nuestra vida pasada, pues Él sólo tiene en cuenta nuestro retorno a Él para dejarnos revestir de su propio Hijo, y para calzarnos con sandalias nuevas para enviarnos a dar testimonio de lo misericordioso que es Dios para con todos. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber ser discípulos fieles del Señor para que su Palabra sea sembrada en nuestros corazones, y, como en un buen terreno, produzca abundantes frutos de salvación, que hagan que nosotros mismos seamos como un alimento que fortalezca a quienes hemos de conducir por el camino del bien, hasta lograr juntos la salvación eterna. Amén (www.homiliacatolica.com).Llucià Pou Sabaté
miércoles, 18 de mayo de 2011
MARTES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA: Jesús, Buen Pastor, nos lleva la Iglesia madre, santuario de Cristo y salvación, y María es quien nos acompaña y
MARTES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA: Jesús, Buen Pastor, nos lleva la Iglesia madre, santuario de Cristo y salvación, y María es quien nos acompaña y la fortaleza que nos protege
Antioquia es, después de Roma y Alejandría, la tercera ciudad del Imperio romano (con medio millón de habitantes, y una numerosa colonia judía), centro de gran importancia cultural, económica y religiosa; fue la primera gran urbe del mundo antiguo donde se predica el Evangelio. La fundación de la Iglesia en Antioquía, capital de Siria y entonces en pleno país pagano es una etapa principal en la expansión de la Iglesia. Cuando parecía que los acontecimientos iban a señalar el final de la comunidad de Jesús, por la persecución de Esteban y la dispersión que le siguió resultó que la Iglesia empezó a sentirse misionera y abierta. Los discípulos huidos de Jerusalén fueron evangelizando -anunciando que Jesús es el Señor- a regiones como Chipre, Cirene y Antioquía de Siria. Primero a los judíos, y luego también a los paganos: “Los que se habían dispersado a causa de la persecución ocurrida con ocasión de Esteban, llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, predicando sólo a los judíos. Pero había entre ellos algunos chipriotas y cirenenses, quienes, llegados a Antioquía, se dirigieron también a los griegos, anunciando a Jesús, el Señor. El Señor estaba con ellos, y un gran número creyó y se convirtió al Señor”. Problema típico de todos los tiempos: el respeto a la diversidad: los «griegos», paganos, tienen una mentalidad totalmente distinta a la de los judíos… “anunciándoles el Evangelio del Señor Jesús...”: es decir, que Jesús es Dios (no Mesías de un solo pueblo, sino que su dominio es sobre todos los hombres).
Dios dirige la Iglesia, se sirve de todo para que la cosa vaya hacia el bien. “Llegó la noticia a oídos de la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía”. No se contentan con "crear" nuevas Iglesias locales, la comunidad de Jerusalén cuida de incorporarlas a la unidad de la Iglesia única. «Creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica». Se crean lazos entre una y otra comunidad, así se «envía a Bernabé», que pertenecía a la comunidad de Jerusalén, a la comunidad de Antioquía... Aparece aquí un personaje muy significativo del nuevo talante de la comunidad: Bernabé. Era de Chipre. Había vendido un campo y puesto el dinero a disposición de los apóstoles. Había ayudado a Pablo en su primera visita de convertido a Jerusalén, para que se sintiera un poco mejor acogido por los hermanos. Era generoso, conciliador: y éste vio en seguida la mano del Espíritu en lo que sucedía en aquella comunidad, se alegró y les exhortó a seguir por ese camino. Más aún: fue a buscar a Pablo, que se había retirado a Tarso, su patria, y lo trajo a Antioquía como colaborador en la evangelización. Bernabé influyó así decisivamente en el desarrollo de la fe en gran parte de la Iglesia. También la comunidad cristiana de ahora debería imitar a la de Antioquía y ser más misionera, más abierta a las varias culturas y estilos, más respetuosa de lo esencial, y no tan preocupada de los detalles más ligados a una determinada cultura o tradición. La apertura que el Vaticano II supuso -por ejemplo, en la celebración litúrgica, con las lenguas vivas y una clara descentralización de normas y aplicaciones concretas- debería seguir produciendo nuevos frutos de inculturación y espíritu misionero. Nuestra comunidad sigue necesitando personas como Bernabé, que saben ver el bien allí donde está y se alegran por ello, que creen en las posibilidades de las personas y las valoran dándoles confianza, que se fijan, no sólo en los defectos, sino en las fuerzas positivas que existen en el mundo y en la comunidad. Personas conciliadoras, dialogantes, que saben mantener en torno suyo la ilusión por el trabajo de evangelización en medio de un mundo difícil. Esto tendría que notarse hoy mismo, en nuestra vida personal, al tratar a las personas y valorar sus capacidades y virtudes, en vez de constituirnos en jueces rápidos e inclementes de sus defectos. Deberíamos ser, como Bernabé, conciliadores, y no divisores en la comunidad.
“Al llegar y ver la gracia de Dios, se llenó de alegría y exhortaba a todos a perseverar con un corazón firme, fieles al Señor, porque era un hombre bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe. Y una gran multitud se unió al Señor. Se fue a Tarso en busca de Saulo; lo encontró y se lo llevó a Antioquía. Y estuvieron un año entero en aquella Iglesia instruyendo en la fe a muchas personas. Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos recibieron el nombre de cristianos (Hch 11,19-26). El Espíritu hace que de las patadas que les pegan las persecuciones, como un saco lleno de semilla, más se extienden los granos y el viento los lleva lejos (decía san Josemaría). Te ruego, Señor, por la unidad de tu Iglesia. Que cada comunidad esté abierta a las demás. Que ninguna llegue a ser un gheto, un círculo cerrado, un club reservado a sólo algunos. Te ruego, Señor, por la unidad del mundo. Que la Iglesia, en el mundo, sea signo y fermento de unidad entre todos los hombres.
“En Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de cristianos”. «Cristianos» = «hombres de Cristo». Se ha inventado una palabra nueva. ¿Soy yo otro Cristo? ¿Soy de veras un cristiano? Reflexiono sobre esta palabra, que expresa mi identidad. o bien, ¿se trata sólo de una etiqueta externa? ¡Oh Cristo, hazme semejante a Ti! (Noel Quesson/J. Aldazábal).
El Salmo 87/86 habla del nuevo Pueblo de Dios, el Reino de Dios entre nosotros. El Señor nos ha elegido como pueblo suyo: «alabad al Señor todas las naciones», porque Dios llama a todos por igual. “Contaré a Egipto y a Babilonia entre mis fieles; filisteos, tirios y etíopes han nacido allí…” con alusiones al Templo, que es Jesús, la Presencia de Dios vivo, y todos seremos puestos en el registro de este pueblo santo, familia de Dios, Iglesia: “Este ha nacido allí”; y cantarán mientras danzan: “Todas mis fuentes están en ti”». Es la hermandad de todos los pueblos. Es la «ciudad de Dios»; está por tanto en la base del proyecto de Dios. Todos los puntos cardinales de la tierra se encuentran en relación con esta Madre: Ráhab, es decir, Egipto, el gran estado Occidental; Babilonia, la conocida potencia oriental; Tiro, que personifica al pueblo comercial del norte; mientras que Etiopía representa al profundo sur; y Palestina, el área central, también es hija de Sión. Es sugerente observar cómo incluso las naciones consideradas hostiles a Israel suben a Jerusalén y son acogidas no como extranjeras sino como «familiares», miembros de la misma familia, llamados a abrazarse como hermanos, de regreso a casa. Página de auténtico diálogo interreligioso, anticipa la tradición cristiana que aplica este Salmo a la «Jerusalén de arriba» de la que san Pablo proclama que «es libre y es nuestra madre» y tiene más hijos que la Jerusalén terrena. Del mismo modo habla el Apocalipsis cuando ensalza «la Jerusalén que bajaba del Cielo, de junto a Dios». Siguiendo la línea del Salmo 87, también el Concilio Vaticano II ve en la Iglesia universal el lugar en el que se reúnen «todos los justos descendientes de Adán, desde Abel el justo hasta el último elegido». Tendrá su «cumplimiento glorioso al fin de los tiempos».
El buen pastor -el verdadero pastor- es Jesús: pastor "bueno, bravo, honrado, hermoso, perfecto en todos los aspectos"... ¿qué significa “pastor” en la Biblia? El guía ("El Señor es mi pastor, nada me falta, sobre verdes praderas reposo, hacia fuentes tranquilas me conduce..."), el que cuida ("como un Pastor que apacienta su rebaño, recoge con su brazo los corderos, los lleva junto a su pecho y cuida las ovejas madres"), y gobierna ("he aquí que yo mismo cuidaré de mi rebaño..."), el "mesías", el "jefe del pueblo", pero Jesús añade: -“El verdadero pastor da su vida por sus ovejas...”, "pone su alma" = "deja su vida" = "da su vida". ¡Esta es una imagen sorprendente! Cuando un pastor muere, no puede ya defender sus ovejas... Pero Jesús, por su muerte misma, salva a sus ovejas. Por otra parte, enseguida añadirá que El tiene el poder de "recobrar su vida" -resurrección. Conscientemente Jesús dice que es capaz de "morir" por nosotros.
“Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la dedicación del templo. Era invierno. Jesús se paseaba en el templo, por el pórtico de Salomón. Los judíos lo rodearon y le preguntaron: «¿Hasta cuándo nos has de tener en vilo? Si tú eres el mesías, dínoslo claramente». Jesús les respondió: «Os lo he dicho y no me habéis creído. Las obras que yo hago en nombre de mi Padre lo demuestran claramente. Pero vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías…” y sigue con los versículos que leímos este domingo (Jn 10,22-30).
-“El pastor mercenario, si ve venir el lobo, huye... No tiene interés alguno por las ovejas”. He aquí la imagen contrastante. El falso pastor, sólo piensa en él. Es incapaz de arriesgar su vida ante el lobo. Las ovejas no cuentan para él. Jesús ha arriesgado su vida para defender a la humanidad. Ha arriesgado su vida por mí. Y Pablo, para expresar el inmenso valor de todo ser humano dirá: "¡es un hermano por quien Cristo ha muerto! (Rm 14, 15; Co 8, 11) Yo soy alguien para Jesús. Soy importante para El. Todo hombre es importante para Jesús. Está dispuesto a batirse por él.
-“Conozco a mis ovejas, y las mías me conocen a mí, como el Padre me conoce y yo conozco a mi Padre”. Esto va muy lejos. La intimidad entre Jesús y sus amigos es como la que existe entre las personas divinas en el seno de la Trinidad de Amor. Fue al llamarla por su nombre "María", cuando Magdalena reconoció la "voz de Jesús". La llamó por su nombre. Y fue entonces que ella le reconoció. De ese modo soy yo también conocido. Gracias por este amor, gracias.
-“Tengo otras ovejas que no son de este aprisco: y es preciso que Yo las traiga con las demás. Escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor”. Es el corazón universal de Jesús, la dimensión misionera de la Iglesia. Jesús no se contenta jamás con el "pequeño rebaño" ya salvado, ya reunido... se preocupa de la "oveja perdida" que ha abandonado el rebaño. ¿Cuál es mi oración y mi acción para las misiones, para la evangelización? ¿Cuál es mi participación en el apostolado? -“Tengo poder para dar mi vida y poder para volver a tomarla de nuevo” (Noel Quesson). La revelación de Jesús llega a mayor profundidad en la fiesta de la Dedicación del Templo. No sólo es la puerta y el pastor, no sólo está mostrando ser el enviado de Dios por las obras que hace. Su relación con el Padre, con Dios, es de una misteriosa identificación: «yo y el Padre somos uno». Jesús va manifestando progresivamente el misterio de su propia persona: el «yo soy».
El pasaje del evangelio nos invita a renovar también nosotros nuestra fe y nuestro seguimiento de Jesús. ¿Podemos decir que le escuchamos, que le conocemos, que le seguimos?, ¿que somos buenas ovejas de su rebaño? Tendríamos que hacer nuestra la actitud que expresó tan hermosamente Pedro (leímos el sábado): «Señor, ¿a quién iremos? tú tienes palabras de vida eterna». En la Eucaristía escuchamos siempre su voz. Hacemos caso de su Palabra. Nos alimentamos con su Cuerpo y Sangre. En verdad, éste es un momento privilegiado en que Cristo es Pastor y nosotros comunidad suya. Eso debería prolongarse a lo largo de la jornada: siguiendo sus pasos, viviendo en unión con él, imitando su estilo de vida (J. Aldazábal). Le pedimos a la Virgen, Divina Pastora, que nos haga escuchadores del Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús.
Antioquia es, después de Roma y Alejandría, la tercera ciudad del Imperio romano (con medio millón de habitantes, y una numerosa colonia judía), centro de gran importancia cultural, económica y religiosa; fue la primera gran urbe del mundo antiguo donde se predica el Evangelio. La fundación de la Iglesia en Antioquía, capital de Siria y entonces en pleno país pagano es una etapa principal en la expansión de la Iglesia. Cuando parecía que los acontecimientos iban a señalar el final de la comunidad de Jesús, por la persecución de Esteban y la dispersión que le siguió resultó que la Iglesia empezó a sentirse misionera y abierta. Los discípulos huidos de Jerusalén fueron evangelizando -anunciando que Jesús es el Señor- a regiones como Chipre, Cirene y Antioquía de Siria. Primero a los judíos, y luego también a los paganos: “Los que se habían dispersado a causa de la persecución ocurrida con ocasión de Esteban, llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, predicando sólo a los judíos. Pero había entre ellos algunos chipriotas y cirenenses, quienes, llegados a Antioquía, se dirigieron también a los griegos, anunciando a Jesús, el Señor. El Señor estaba con ellos, y un gran número creyó y se convirtió al Señor”. Problema típico de todos los tiempos: el respeto a la diversidad: los «griegos», paganos, tienen una mentalidad totalmente distinta a la de los judíos… “anunciándoles el Evangelio del Señor Jesús...”: es decir, que Jesús es Dios (no Mesías de un solo pueblo, sino que su dominio es sobre todos los hombres).
Dios dirige la Iglesia, se sirve de todo para que la cosa vaya hacia el bien. “Llegó la noticia a oídos de la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía”. No se contentan con "crear" nuevas Iglesias locales, la comunidad de Jerusalén cuida de incorporarlas a la unidad de la Iglesia única. «Creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica». Se crean lazos entre una y otra comunidad, así se «envía a Bernabé», que pertenecía a la comunidad de Jerusalén, a la comunidad de Antioquía... Aparece aquí un personaje muy significativo del nuevo talante de la comunidad: Bernabé. Era de Chipre. Había vendido un campo y puesto el dinero a disposición de los apóstoles. Había ayudado a Pablo en su primera visita de convertido a Jerusalén, para que se sintiera un poco mejor acogido por los hermanos. Era generoso, conciliador: y éste vio en seguida la mano del Espíritu en lo que sucedía en aquella comunidad, se alegró y les exhortó a seguir por ese camino. Más aún: fue a buscar a Pablo, que se había retirado a Tarso, su patria, y lo trajo a Antioquía como colaborador en la evangelización. Bernabé influyó así decisivamente en el desarrollo de la fe en gran parte de la Iglesia. También la comunidad cristiana de ahora debería imitar a la de Antioquía y ser más misionera, más abierta a las varias culturas y estilos, más respetuosa de lo esencial, y no tan preocupada de los detalles más ligados a una determinada cultura o tradición. La apertura que el Vaticano II supuso -por ejemplo, en la celebración litúrgica, con las lenguas vivas y una clara descentralización de normas y aplicaciones concretas- debería seguir produciendo nuevos frutos de inculturación y espíritu misionero. Nuestra comunidad sigue necesitando personas como Bernabé, que saben ver el bien allí donde está y se alegran por ello, que creen en las posibilidades de las personas y las valoran dándoles confianza, que se fijan, no sólo en los defectos, sino en las fuerzas positivas que existen en el mundo y en la comunidad. Personas conciliadoras, dialogantes, que saben mantener en torno suyo la ilusión por el trabajo de evangelización en medio de un mundo difícil. Esto tendría que notarse hoy mismo, en nuestra vida personal, al tratar a las personas y valorar sus capacidades y virtudes, en vez de constituirnos en jueces rápidos e inclementes de sus defectos. Deberíamos ser, como Bernabé, conciliadores, y no divisores en la comunidad.
“Al llegar y ver la gracia de Dios, se llenó de alegría y exhortaba a todos a perseverar con un corazón firme, fieles al Señor, porque era un hombre bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe. Y una gran multitud se unió al Señor. Se fue a Tarso en busca de Saulo; lo encontró y se lo llevó a Antioquía. Y estuvieron un año entero en aquella Iglesia instruyendo en la fe a muchas personas. Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos recibieron el nombre de cristianos (Hch 11,19-26). El Espíritu hace que de las patadas que les pegan las persecuciones, como un saco lleno de semilla, más se extienden los granos y el viento los lleva lejos (decía san Josemaría). Te ruego, Señor, por la unidad de tu Iglesia. Que cada comunidad esté abierta a las demás. Que ninguna llegue a ser un gheto, un círculo cerrado, un club reservado a sólo algunos. Te ruego, Señor, por la unidad del mundo. Que la Iglesia, en el mundo, sea signo y fermento de unidad entre todos los hombres.
“En Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de cristianos”. «Cristianos» = «hombres de Cristo». Se ha inventado una palabra nueva. ¿Soy yo otro Cristo? ¿Soy de veras un cristiano? Reflexiono sobre esta palabra, que expresa mi identidad. o bien, ¿se trata sólo de una etiqueta externa? ¡Oh Cristo, hazme semejante a Ti! (Noel Quesson/J. Aldazábal).
El Salmo 87/86 habla del nuevo Pueblo de Dios, el Reino de Dios entre nosotros. El Señor nos ha elegido como pueblo suyo: «alabad al Señor todas las naciones», porque Dios llama a todos por igual. “Contaré a Egipto y a Babilonia entre mis fieles; filisteos, tirios y etíopes han nacido allí…” con alusiones al Templo, que es Jesús, la Presencia de Dios vivo, y todos seremos puestos en el registro de este pueblo santo, familia de Dios, Iglesia: “Este ha nacido allí”; y cantarán mientras danzan: “Todas mis fuentes están en ti”». Es la hermandad de todos los pueblos. Es la «ciudad de Dios»; está por tanto en la base del proyecto de Dios. Todos los puntos cardinales de la tierra se encuentran en relación con esta Madre: Ráhab, es decir, Egipto, el gran estado Occidental; Babilonia, la conocida potencia oriental; Tiro, que personifica al pueblo comercial del norte; mientras que Etiopía representa al profundo sur; y Palestina, el área central, también es hija de Sión. Es sugerente observar cómo incluso las naciones consideradas hostiles a Israel suben a Jerusalén y son acogidas no como extranjeras sino como «familiares», miembros de la misma familia, llamados a abrazarse como hermanos, de regreso a casa. Página de auténtico diálogo interreligioso, anticipa la tradición cristiana que aplica este Salmo a la «Jerusalén de arriba» de la que san Pablo proclama que «es libre y es nuestra madre» y tiene más hijos que la Jerusalén terrena. Del mismo modo habla el Apocalipsis cuando ensalza «la Jerusalén que bajaba del Cielo, de junto a Dios». Siguiendo la línea del Salmo 87, también el Concilio Vaticano II ve en la Iglesia universal el lugar en el que se reúnen «todos los justos descendientes de Adán, desde Abel el justo hasta el último elegido». Tendrá su «cumplimiento glorioso al fin de los tiempos».
El buen pastor -el verdadero pastor- es Jesús: pastor "bueno, bravo, honrado, hermoso, perfecto en todos los aspectos"... ¿qué significa “pastor” en la Biblia? El guía ("El Señor es mi pastor, nada me falta, sobre verdes praderas reposo, hacia fuentes tranquilas me conduce..."), el que cuida ("como un Pastor que apacienta su rebaño, recoge con su brazo los corderos, los lleva junto a su pecho y cuida las ovejas madres"), y gobierna ("he aquí que yo mismo cuidaré de mi rebaño..."), el "mesías", el "jefe del pueblo", pero Jesús añade: -“El verdadero pastor da su vida por sus ovejas...”, "pone su alma" = "deja su vida" = "da su vida". ¡Esta es una imagen sorprendente! Cuando un pastor muere, no puede ya defender sus ovejas... Pero Jesús, por su muerte misma, salva a sus ovejas. Por otra parte, enseguida añadirá que El tiene el poder de "recobrar su vida" -resurrección. Conscientemente Jesús dice que es capaz de "morir" por nosotros.
“Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la dedicación del templo. Era invierno. Jesús se paseaba en el templo, por el pórtico de Salomón. Los judíos lo rodearon y le preguntaron: «¿Hasta cuándo nos has de tener en vilo? Si tú eres el mesías, dínoslo claramente». Jesús les respondió: «Os lo he dicho y no me habéis creído. Las obras que yo hago en nombre de mi Padre lo demuestran claramente. Pero vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías…” y sigue con los versículos que leímos este domingo (Jn 10,22-30).
-“El pastor mercenario, si ve venir el lobo, huye... No tiene interés alguno por las ovejas”. He aquí la imagen contrastante. El falso pastor, sólo piensa en él. Es incapaz de arriesgar su vida ante el lobo. Las ovejas no cuentan para él. Jesús ha arriesgado su vida para defender a la humanidad. Ha arriesgado su vida por mí. Y Pablo, para expresar el inmenso valor de todo ser humano dirá: "¡es un hermano por quien Cristo ha muerto! (Rm 14, 15; Co 8, 11) Yo soy alguien para Jesús. Soy importante para El. Todo hombre es importante para Jesús. Está dispuesto a batirse por él.
-“Conozco a mis ovejas, y las mías me conocen a mí, como el Padre me conoce y yo conozco a mi Padre”. Esto va muy lejos. La intimidad entre Jesús y sus amigos es como la que existe entre las personas divinas en el seno de la Trinidad de Amor. Fue al llamarla por su nombre "María", cuando Magdalena reconoció la "voz de Jesús". La llamó por su nombre. Y fue entonces que ella le reconoció. De ese modo soy yo también conocido. Gracias por este amor, gracias.
-“Tengo otras ovejas que no son de este aprisco: y es preciso que Yo las traiga con las demás. Escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor”. Es el corazón universal de Jesús, la dimensión misionera de la Iglesia. Jesús no se contenta jamás con el "pequeño rebaño" ya salvado, ya reunido... se preocupa de la "oveja perdida" que ha abandonado el rebaño. ¿Cuál es mi oración y mi acción para las misiones, para la evangelización? ¿Cuál es mi participación en el apostolado? -“Tengo poder para dar mi vida y poder para volver a tomarla de nuevo” (Noel Quesson). La revelación de Jesús llega a mayor profundidad en la fiesta de la Dedicación del Templo. No sólo es la puerta y el pastor, no sólo está mostrando ser el enviado de Dios por las obras que hace. Su relación con el Padre, con Dios, es de una misteriosa identificación: «yo y el Padre somos uno». Jesús va manifestando progresivamente el misterio de su propia persona: el «yo soy».
El pasaje del evangelio nos invita a renovar también nosotros nuestra fe y nuestro seguimiento de Jesús. ¿Podemos decir que le escuchamos, que le conocemos, que le seguimos?, ¿que somos buenas ovejas de su rebaño? Tendríamos que hacer nuestra la actitud que expresó tan hermosamente Pedro (leímos el sábado): «Señor, ¿a quién iremos? tú tienes palabras de vida eterna». En la Eucaristía escuchamos siempre su voz. Hacemos caso de su Palabra. Nos alimentamos con su Cuerpo y Sangre. En verdad, éste es un momento privilegiado en que Cristo es Pastor y nosotros comunidad suya. Eso debería prolongarse a lo largo de la jornada: siguiendo sus pasos, viviendo en unión con él, imitando su estilo de vida (J. Aldazábal). Le pedimos a la Virgen, Divina Pastora, que nos haga escuchadores del Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús.
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Iglesia santuario de Cristo
lunes, 16 de mayo de 2011
LUNES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA: Jesús, el Buen Pastor, continúa guiándonos, abriendo nuestro corazón a la verdad, como hizo con Pedro y los prime
LUNES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA: Jesús, el Buen Pastor, continúa guiándonos, abriendo nuestro corazón a la verdad, como hizo con Pedro y los primeros.
Hechos de los apóstoles 11, 1-18: “1 Los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea supieron que también los paganos habían recibido la palabra de Dios. 2 Cuando Pedro llegó a Jerusalén, los partidarios de la circuncisión le echaron en cara: 3 «¿Por qué has entrado en casa de hombres incircuncisos y has comido con ellos?». 4 Entonces Pedro comenzó a explicarles por orden, diciendo: 5 «Estaba yo en la ciudad de Jafa orando, cuando tuve en éxtasis una visión: un objeto descendía a modo de un gran lienzo, colgado por las cuatro puntas desde el cielo, y llegó hasta mí. 6 Yo lo miré fijamente, lo examiné y ví cuadrúpedos, bestias, reptiles y aves. 7 Oí también una voz que me decía: Levántate, Pedro, mata y come. 8 Pero yo dije: De ninguna manera, Señor; porque nada profano o impuro ha entrado jamás en mi boca. 9 Pero la voz del cielo dijo por segunda vez: Lo que Dios ha purificado, tú no lo llames impuro. 10 Esto se repitió por tres veces, y todo fue arrebatado de nuevo al cielo. 11 Entonces mismo se presentaron en la casa donde yo estaba tres hombres que me habían enviado desde Cesarea. 12 Y el Espíritu me dijo que fuera con ellos sin dudar. Estos seis hermanos vinieron también conmigo y entramos en la casa del hombre en cuestión, 13 el cual nos contó que se le había aparecido un ángel y que le había dicho: Manda a Jafa a llamar a Simón Pedro, 14 el cual, con sus palabras, te traerá la salvación a ti y a tu familia. 15 Y al comenzar yo a hablar, descendió el Espíritu Santo sobre ellos, como al principio sobre nosotros. 16 Recordé estas palabras del Señor: Juan bautizó en agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo. 17 Pues si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿cómo podía yo oponerme a Dios?». 18 Al oír esto callaron y glorificaron a Dios, diciendo: «Así que también a los paganos Dios ha concedido el arrepentimiento para alcanzar la vida».
Salmo Responsorial 42,2-4: 2 Como la cierva busca corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; 3 mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente: ¿cuándo podré ir a ver el rostro del Señor? Envía tu luz y tu verdad; ellas me guiarán, me conducirán a tu montaña santa, a tus moradas. 4 Yo llegaré hasta el altar de Dios, del Dios que es mi gozo y mi alegría; te alabaré al son de la cítara, Señor, Dios mío.
Evangelio Jn 10,1-10 (ciclos B y C): 1 «Un día Jesús dijo a los fariseos: Os aseguro que el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino saltando por otra parte, es un ladrón y un salteador. 2 Pero el que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. 3 El guarda le abre la puerta y las ovejas reconocen su voz; él llama a sus ovejas por sus nombres y las saca fuera. 4 Y cuando ha sacado todas sus ovejas, va delante de ellas, y las ovejas lo siguen porque conocen su voz. 5 Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». 6 Jesús les puso esta semejanza, pero ellos no entendieron qué quería decir. 7 Por eso Jesús se lo explicó así: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. 8 Todos los que vinieron antes de mí eran ladrones y salteadores, pero las ovejas no les hicieron caso. 9 Yo soy la puerta; el que entra por mí se salvará; entrará y saldrá y encontrará pastos. 10 El ladrón sólo entra para robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.
Texto del Evangelio para el ciclo A (Jn 10,11-18): En aquel tiempo, Jesús habló así: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre».
Comentario: 1. La vida en comunidad de unos cristianos, de orígenes y costumbres diferentes, planteaba un grave problema a la Iglesia primitiva. Ciertos miembros de la comunidad, de mentalidad limitada, querían imponer a los demás sus propias costumbres. Acusan a Pedro de ser traidor a su patria por el hecho de ir donde los romanos, el asunto es grave. Todo pueblo, todo cultura, toda raza, todo medio ambiente... podrá entrar en la Iglesia y en la Fe, sin renegar de sus propias riquezas, con sólo suprimir de sus mentalidades lo que, en ellas, es pecado. Una sola condición para ello: no querer imponer a los demás su propia cultura... Ayúdame, Señor, a no encerrarme en el particularismo... La intervención milagrosa de Dios hizo que Pedro, a pesar de todo el peso de su pasado y de su ambiente, se resolviera por fin a entrar en casa de los gentiles y comer con ellos. «Una oración...». «Una visión del cielo...». Es el Espíritu de Dios que empuja a la misión. ¡Dios ama a los gentiles! -La visión del mantel lleno de toda clase de alimentos «¡Vamos, Pedro, come!» Hoy, todavía, los judíos tienen prohibidos muy estrictamente ciertos alimentos, que según la tradición de Moisés, eran considerados impuros. Lo que se le pide a Pedro es que supere su propia tradición, y sobre todo que no la imponga a los que no son de su raza. Apertura de espíritu. Universalismo. Unidad que respeta las diversidades. Pluralismo. Comunión profunda en lo esencial, dejando a cada uno su libertad en lo secundario (Noel Quesson).
Hoy vemos una apertura de la Iglesia a los gentiles: su misteriosa visión en Jope, la visión del mismo Cornelio y el llamado «Pentecostés de los gentiles» (4-15). «¿Quién era yo -exclama Pedro- para oponerme a Dios?» (17). El resultado, muy positivo, fue que todos se sosegaron y glorificaron a Dios. Con eso protagonizaba Pedro, el primero de los apóstoles, una opción misionera, trascendental y aleccionadora en la vida de la Iglesia. Daba a la vez acogida a un nuevo signo de los tiempos y mantenía una cohesión dinámica y peregrinante de la comunidad cristiana. Ya llevamos tres días en los que Pedro ocupa un papel especial. Ahora, para dilucidar el camino justo entre los extremos: la visión estrecha de algunos de la circuncisión, enfrentados ahora con Pedro (2-3) y más tarde con Pablo (15,5); la actitud radical de Pablo, alérgico a los compromisos mixtificadores, y la actitud intermedia de Pedro, que Pablo en Gál 2,11-14 llega a censurar como escandalosamente vacilante. Este episodio con Cornelio se revela como una medida pastoral profética, que, mirando hacia el futuro, tiene éxito en conciliar los espíritus en aquella Iglesia tan polarizada. En nuestro mundo, marcado por cambios culturales acelerados, la Iglesia conciliar y posconciliar vive también transformaciones profundas y aun enfrentamientos crispados entre algunos grupos eclesiales. Juan XXIII, que convocó y dio la orientación básica al Concilio del aggiornamento eclesial, fue también una opción profética en la línea de la de Pedro (F. Casal).
Es claro el proceso de cambio que se da en Pedro: por su formación judía, no podía admitir tan fácilmente la apertura universal de la Iglesia, simbolizada en la visión del lienzo y los alimentos que no se podían comer: «ni pensarlo, Señor: jamás ha entrado en mi boca nada profano o impuro». Recordamos la negativa de Pedro a que Jesús le lavara los pies: «no me lavarás los pies jamás». Ahora llega el cambio. El argumento que a él le convence -y luego también a la comunidad- es que Dios ha tomado la iniciativa: «lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tú profano» (referente a las comidas); «si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros, ¿quién era yo para oponerme a Dios?» (esta vez referido a la admisión de los paganos). El Espíritu va guiando a Pedro hacia la universalidad de la fe cristiana: ya que los apóstoles no se decidían, fue el mismo Espíritu el que bautizó a la familia de Cornelio, con el «nuevo Pentecostés», que ahora sucede en casa de un pagano. Otro dato admirable: Pedro, máxima autoridad, acepta la interpelación crítica de algunos de la comunidad, que le tachan de precipitado en su decisión. Da las explicaciones oportunas. Y la comunidad las acepta, reconociendo que «también a los gentiles les ha otorgado la conversión que lleva a la vida». El diálogo sincero resuelve un momento de tensión que podría haber sido más grave. ¿Somos dóciles a los signos con los que el Espíritu nos quiere conducir también a nosotros a fronteras siempre más de acuerdo con el plan misionero y universal de Dios? Ciertamente estos últimos años se están dando evoluciones positivas de apertura más sincera a los laicos, al puesto de la mujer en la Iglesia, a las culturas y lenguas de los varios países, a la inculturación teológica y litúrgica, etc. Pero ¿es suficiente esta voluntad de cambio y de liberación?, ¿o todavía somos víctimas de las ataduras que podamos tener, por formación o pereza mental?, ¿o seguimos teniendo discriminaciones contrarias al amor universal de Dios y a la voluntad ecuménica de su Espíritu? Esto puede pasar en el nivel eclesial, y también en el más cercano y doméstico, en nuestras relaciones con las demás personas. ¿Cómo resolvemos las tensiones inevitables que se crean en una comunidad, ante situaciones nuevas y pareceres diferentes?, ¿sabemos dialogar?, ¿estamos dispuestos a ver con honradez la parte de razón de los demás?, ¿nos buscamos a nosotros mismos o la voluntad de Dios y el bien de la comunidad?
La acción del Espíritu Santo es expuesta por los Santos Padres, por ejemplo San Cirilo de Jerusalén: «Su actuación en el alma es suave y apacible, su experiencia es agradable y placentera y su yugo es levísimo. Su venida va precedida de los rayos brillantes de su luz y de su ciencia. Viene con la bondad de genuino protector; pues viene a salvar, a curar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar, en primer lugar la mente del que lo recibe y después, por las obras de éste, la mente de los demás. Y del mismo modo que el que se hallaba en tinieblas, al sentir el sol, recibe su luz en los ojos del cuerpo y contempla con toda claridad lo que antes no veía, así también al que es hallado digno del don del Espíritu Santo se le ilumina el alma y, levantado por encima de su razón natural, ve lo que antes ignoraba».
Lucas nos presenta la conversión de Cornelio, pero al mismo tiempo la conversión del mismo Pedro en su misión en casa de Cornelio. Pedro ahora está convencido de la misión a los gentiles, pero la Iglesia judeo-cristiana de Jerusalén no lo está. Por eso este texto donde Pedro debe "convertir" a la Iglesia madre de Jerusalén. La misión a los gentiles exige esta conversión.
2. “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo”. Jesús, buen pastor, nos lleva a aguas deliciosas (como ya vimos al comentar este salmo el lunes de la 3ª semana de Cuaresma). Jesús, buen pastor, sigue guiándonos desde su gloria: «Cristo, una vez resucitado de entre los muertos ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Aleluya» (Rom 6,9, ant. de entrada); le pedimos que donde Él está vayamos también nosotros: «Oh Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la Humanidad caída; concede a tus fieles la verdadera alegría, para que quienes han sido librados de la esclavitud del pecado alcancen la felicidad eterna». Y las otras oraciones insisten en la idea: «Recibe, Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo, y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno»; «mira, Señor, con bondad a tu pueblo, y, ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa».
Convertirse a Dios –decíamos en la primera lectura- es abrirse a la vida. Con el Salmo 41 cantamos y subrayamos nuestro carácter de peregrinos gozosos por caminar hacia el que es Luz, Verdad y Vida: «Como busca la sierva corriente de agua, así mi alma te busca a Ti, Dios mío. Mi alma tiene sed del Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Envía tu luz y tu verdad: que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada. Que yo me acerque al altar de Dios, al Dios de mi alegría; que te dé gracias al son de la cítara, Dios, Dios mío». Ponemos en relación estas palabras con los silbidos del buen pastor, en palabras de San Agustín: «Aunque camine en medio de la sombra de la muerte; aun cuando camine en medio de esta vida, la cual es sombra de muerte no temeré los males, porque Tú, oh Señor, habitas en mi corazón por la fe, y ahora estás conmigo a fin de que, después de morir, también yo esté contigo. Tu vara y tu cayado me consolaron; tu doctrina, como vara que guía el rebaño de ovejas y como cayado que conduce a los hijos mayores que pasan de la vida animal a la espiritual, más bien me consoló que me afligió, porque te acordaste de mí».
3. a) Juan 10,1-10 (ciclos B y C): Habla Jesús de puertas y apriscos. Para comprender bien esta imagen de Jesús, conviene conocer las costumbres de los pastores de oriente; por la noche varios pastores se entienden entre sí para agrupar sus rebaños en un solo redil, vigilado por un solo portero. Los ladrones sólo pueden entrar saltando las empalizadas. Contrariamente, de madrugada los pastores retornan al redil y el portero les abre sin vacilación y pueden llamar a sus ovejas y llevarlas a los pastos. Jesús, aquí, responde a una pregunta de los fariseos, durante la discusión que siguió al milagro de la curación del ciego de nacimiento: ¡Pues qué!, ¿nosotros seríamos también ciegos?" (Juan, 9, 40). Notemos también la correspondencia con un pasaje de los sinópticos: "Dejadlos, ellos son ciegos que guían a otros ciegos” (Mt 15,14; Lc 6,39). Jesús opone los "falsos pastores" -ladrones y salteadores- que pretenden guiar a los demás sin tener para ello mandato... al "verdadero pastor" que es introducido, a plena luz, por la puerta...
-"Las hace salir..." hasta los verdes pastos. Jesús nos conduce hacia la felicidad, hacia la verdadera expansión, hacia los verdaderos alimentos (ayer hablamos del tema). -"Llama a cada una por su nombre..." Jesús me conoce, por mi nombre, en el detalle. ¿No debo yo imitar a Jesús y desarrollar a mi alrededor toda una red de lazos de amistad..., luchar contra el "anonimato"? "Anónimo" = "lo que no tiene nombre, que no se le puede llamar por su nombre"
-"Va delante de ellas..." Toda mi vida humana y cristiana no es otra cosa: tratar de seguir a Jesús, hacer todo como Él, imitarle. En este momento preciso de mi vida, ¿qué aspecto de la vida de Jesús debo seguir?
-"Las ovejas conocen su voz..." Esto es también una característica esencial de la vida cristiana: escuchar la voz... meditar con amor la palabra... de Jesús. Hacer oración. Pasar un poco de tiempo sin hacer otra cosa que escuchar a Jesús.
-Jesús tomó la palabra de nuevo: "Sí, en verdad os digo, Yo soy la puerta de las ovejas". Fuera de Él, la humanidad está encerrada en sí misma: ninguna ideología, ninguna teoría, ninguna religión nos libera de la fatalidad de "no ser más que hombre, y por lo tanto, de morir". Pero Jesús nos saca de nuestra impotencia y nos introduce en el dominio divino... un "espacio infinito, eterno se abre a nosotros, por esta Puerta". El que por mí entrare, se salvará y hallará pasto... Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia... (Noel Quesson).
El capítulo 10 de san Juan, el dedicado al Buen Pastor, que leemos hoy y mañana, tiene diversas perspectivas: el pasaje de hoy no habla tanto del pastor, sino de la puerta. Cuando buscamos seguridad y felicidad, o tratamos de legitimar nuestras actuaciones: ¿es Él en quien pensamos y creemos? Él ya dijo que la puerta que conduce a la vida es estrecha: ¿tratamos nosotros de buscar otras puertas más cómodas, otros caminos más llanos y agradables, o aceptamos plenamente a Jesús como la única puerta a la vida? Si tenemos algún encargo «pastoral», ¿nos sentimos unidos a Él, entramos por la puerta que es Él, o somos como ladrones que saquean, más que ayudan, a las ovejas?
b) En el ciclo A, por haberse leído el pasaje anterior en domingo, se lee hoy el siguiente (los vv. 11-18), que enfoca en directo la metáfora del Buen Pastor. El nombre de pastor es muy expresivo. En el Antiguo Testamento se aplica a Dios con relación a su pueblo, y también a los reyes como David, o a los sacerdotes, y ahora en el evangelio a Cristo Jesús, y más tarde al ministerio de Pedro («apacienta mis ovejas»). A veces se trata de pastores malos (Ez 34). Otras, del auténtico pastor: Yahvé en el Antiguo Testamento, Jesús en el Nuevo. Jesús enumera las cualidades del buen pastor: se preocupa por sus ovejas, las defiende, las conoce y es conocido por ellas, da la vida por ellas, quiere que también otras ovejas vengan y formen un solo redil. Mientras que el pastor mercenario se busca a sí mismo y no se preocupa de las ovejas. Nadie como Jesús puede decir: «yo soy el Buen Pastor». Él puede hablar de estas cualidades porque las cumple perfectamente en su vida. Un pastor, normalmente, no tiene por qué dar la vida por sus ovejas, ni conocer a todas, ni querer reunir a otras: pero Jesús lleva su condición de Pastor de la humanidad, que le ha encomendado Dios, hasta las últimas consecuencias. Él conoce a sus ovejas de igual manera que el Padre le conoce a Él y Él conoce al Padre. El mejor modelo de unión.
Jesús, Buen Pastor, es el espejo en que tendríamos que mirarnos todos los que de alguna manera somos «pastores», o sea, tenemos encargos de autoridad o de ministerio con relación a otros: en la Iglesia, en la parroquia, en la comunidad religiosa, en la familia, en cualquier agrupación cristiana o humana. Es bueno que hoy hagamos examen de conciencia, pensando ante todo si en verdad somos nosotros mismos ovejas de Cristo: si le conocemos, obedecemos su voz y le seguimos. Pero también, en cuanto estamos revestidos de mayor o menor autoridad para con los demás, mirando a las cualidades que Jesús describe y cumple: ¿somos buenos pastores?, ¿nos preocupamos de los demás?, ¿buscamos su interés, o el nuestro?, ¿nos sacrificamos por aquellos de los que somos encargados, hasta dar la vida por ellos?, ¿les dedicamos gratuitamente nuestro tiempo? En medio de un mundo en que las personas viven aisladas, encerradas en sí mismas, ¿nos conocemos mutuamente?, ¿conocemos a las personas que encontramos, que viven con nosotros, en la familia o en el grupo?, ¿o vivimos en la incomunicación y el aislamiento, ignorando o permaneciendo indiferentes ante la persona de los demás? Cristo es nuestro Pastor. En la Eucaristía nos da su Palabra -se nos da Él mismo como la Palabra que ilumina y alimenta- y sobre todo nos da su Cuerpo y su Sangre para que tengamos fuerzas a lo largo de la jornada. Mostrémosle nuestro agradecimiento. Pidámosle que nos ayude a ser buenos seguidores suyos, imitando también su entrega al servicio de los demás (J. Aldazábal).
Es importante conocer esta Puerta que es Jesús, conocer la Escritura santa, donde está la Palabra que es Cristo. No se conoce mucho a Jesús porque no se lee la Sagrada Escritura. Por eso decía san Jerónimo, que desconocer la Escritura es desconocer a Jesús. Este conocimiento nos va llevando de la mano hasta llegar a tener la experiencia profunda e interior de Jesús, el conocimiento íntimo, que nos lleva a conocer y a gustar interiormente, como decía san Ignacio de Loyola, el amor de Dios. Si todavía la lectura del Evangelio no es un hábito en tu vida, inicia hoy mismo un programa de estudio sistemático (ordenado) que te lleve a conocer a Jesús. Si no tienes tu Biblia personal, una buena idea sería el comprarla. Conoce a Jesús, y verás, como dice el salmo: qué bueno es el Señor (Ernesto María Caro). Esta lectura va en la línea de lo que en cinco palabras se ha dicho en el texto de hoy, que se manifiesta claramente en el sentido profundo de la relación del alma con Cristo: escuchar la voz del Señor. La intimidad con Cristo, la oración, no consiste en elaborar ingeniosos y elegantes discursos o en hacer elevadas reflexiones espirituales. Ni siquiera se trata de enunciar muchos ruegos o peticiones. Se trata más bien de hacer silencio en lo íntimo del alma. Recoger el alma dentro de sí... Escuchar la voz del Señor. He aquí la mejor parte. Aquel tesoro escondido por el cual bien valdría la pena sacrificar todos los halagos y vanidades del mundo. Pero para alcanzar este tesoro es preciso aprender a huir de todas las voces que no sean las del Buen Pastor. Saber escapar, como un ladrón, de la frivolidad de la imaginación, de la disipación de los sentidos, de la irreflexión y la charlatanería. Amar el silencio y la soledad como el precioso santuario de nuestra unión con Dios, el lugar de la paz y la serenidad del alma y del encuentro profundo con nosotros mismos. Ya en una ocasión, durante la Transfiguración, la voz del Padre desde la luminosa nube nos decía: “Este es mi Hijo Amado, en quien me complazco. Escuchadle”. Ahora es Cristo mismo, nuestro pastor, quien nos invita a sentarnos junto a sus pies, con la docilidad y mansedumbre de un cordero y escuchar su palabra.
El contexto de Jesús Puerta es también eucarístico, pues la mesa de la Eucaristía es donde mejor nos conformamos a Él; Tomás de Aquino escribe: «es evidente que el título de “pastor” conviene a Cristo, ya que de la misma manera que un pastor conduce el rebaño al pasto, así también Cristo restaura a los fieles con un alimento espiritual: su propio cuerpo y su propia sangre». Todo comenzó con la Encarnación, y Jesús lo cumplió a lo largo de su vida, llevándolo a término con su muerte redentora y su resurrección: “Después de resucitado, confió este pastoreo a Pedro, a los Apóstoles y a la Iglesia hasta el fin del tiempo. A través de los pastores, Cristo da su Palabra, reparte su gracia en los sacramentos y conduce al rebaño hacia el Reino: Él mismo se entrega como alimento en el sacramento de la Eucaristía, imparte la Palabra de Dios y su Magisterio, y guía con solicitud a su Pueblo. Jesús ha procurado para su Iglesia pastores según su corazón, es decir, hombres que, impersonándolo por el sacramento del Orden, donen su vida por sus ovejas, con caridad pastoral, con humilde espíritu de servicio, con clemencia, paciencia y fortaleza” (Josep Vall). Agustín siente esta responsabilidad: «Este honor de pastor me tiene preocupado (...), pero allá donde me aterra el hecho de que soy para vosotros, me consuela el hecho de que estoy entre vosotros (...). Soy obispo para vosotros, soy cristiano con vosotros». Y cada uno de nosotros, cristianos, trabajamos apoyando a los pastores, rezamos por ellos, les amamos y les obedecemos. “También somos pastores para los hermanos, enriqueciéndolos con la gracia y la doctrina que hemos recibido, compartiendo preocupaciones y alegrías, ayudando a todo el mundo con todo el corazón. Nos desvivimos por todos aquellos que nos rodean en el mundo familiar, social y profesional hasta dar la vida por todos” (Josep Vall) con el mismo espíritu de Cristo, que vino al mundo «no a ser servido, sino a servir» (Mt 20,28)Llucià Pou Sabaté
Hechos de los apóstoles 11, 1-18: “1 Los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea supieron que también los paganos habían recibido la palabra de Dios. 2 Cuando Pedro llegó a Jerusalén, los partidarios de la circuncisión le echaron en cara: 3 «¿Por qué has entrado en casa de hombres incircuncisos y has comido con ellos?». 4 Entonces Pedro comenzó a explicarles por orden, diciendo: 5 «Estaba yo en la ciudad de Jafa orando, cuando tuve en éxtasis una visión: un objeto descendía a modo de un gran lienzo, colgado por las cuatro puntas desde el cielo, y llegó hasta mí. 6 Yo lo miré fijamente, lo examiné y ví cuadrúpedos, bestias, reptiles y aves. 7 Oí también una voz que me decía: Levántate, Pedro, mata y come. 8 Pero yo dije: De ninguna manera, Señor; porque nada profano o impuro ha entrado jamás en mi boca. 9 Pero la voz del cielo dijo por segunda vez: Lo que Dios ha purificado, tú no lo llames impuro. 10 Esto se repitió por tres veces, y todo fue arrebatado de nuevo al cielo. 11 Entonces mismo se presentaron en la casa donde yo estaba tres hombres que me habían enviado desde Cesarea. 12 Y el Espíritu me dijo que fuera con ellos sin dudar. Estos seis hermanos vinieron también conmigo y entramos en la casa del hombre en cuestión, 13 el cual nos contó que se le había aparecido un ángel y que le había dicho: Manda a Jafa a llamar a Simón Pedro, 14 el cual, con sus palabras, te traerá la salvación a ti y a tu familia. 15 Y al comenzar yo a hablar, descendió el Espíritu Santo sobre ellos, como al principio sobre nosotros. 16 Recordé estas palabras del Señor: Juan bautizó en agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo. 17 Pues si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿cómo podía yo oponerme a Dios?». 18 Al oír esto callaron y glorificaron a Dios, diciendo: «Así que también a los paganos Dios ha concedido el arrepentimiento para alcanzar la vida».
Salmo Responsorial 42,2-4: 2 Como la cierva busca corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; 3 mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente: ¿cuándo podré ir a ver el rostro del Señor? Envía tu luz y tu verdad; ellas me guiarán, me conducirán a tu montaña santa, a tus moradas. 4 Yo llegaré hasta el altar de Dios, del Dios que es mi gozo y mi alegría; te alabaré al son de la cítara, Señor, Dios mío.
Evangelio Jn 10,1-10 (ciclos B y C): 1 «Un día Jesús dijo a los fariseos: Os aseguro que el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino saltando por otra parte, es un ladrón y un salteador. 2 Pero el que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. 3 El guarda le abre la puerta y las ovejas reconocen su voz; él llama a sus ovejas por sus nombres y las saca fuera. 4 Y cuando ha sacado todas sus ovejas, va delante de ellas, y las ovejas lo siguen porque conocen su voz. 5 Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». 6 Jesús les puso esta semejanza, pero ellos no entendieron qué quería decir. 7 Por eso Jesús se lo explicó así: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. 8 Todos los que vinieron antes de mí eran ladrones y salteadores, pero las ovejas no les hicieron caso. 9 Yo soy la puerta; el que entra por mí se salvará; entrará y saldrá y encontrará pastos. 10 El ladrón sólo entra para robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.
Texto del Evangelio para el ciclo A (Jn 10,11-18): En aquel tiempo, Jesús habló así: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre».
Comentario: 1. La vida en comunidad de unos cristianos, de orígenes y costumbres diferentes, planteaba un grave problema a la Iglesia primitiva. Ciertos miembros de la comunidad, de mentalidad limitada, querían imponer a los demás sus propias costumbres. Acusan a Pedro de ser traidor a su patria por el hecho de ir donde los romanos, el asunto es grave. Todo pueblo, todo cultura, toda raza, todo medio ambiente... podrá entrar en la Iglesia y en la Fe, sin renegar de sus propias riquezas, con sólo suprimir de sus mentalidades lo que, en ellas, es pecado. Una sola condición para ello: no querer imponer a los demás su propia cultura... Ayúdame, Señor, a no encerrarme en el particularismo... La intervención milagrosa de Dios hizo que Pedro, a pesar de todo el peso de su pasado y de su ambiente, se resolviera por fin a entrar en casa de los gentiles y comer con ellos. «Una oración...». «Una visión del cielo...». Es el Espíritu de Dios que empuja a la misión. ¡Dios ama a los gentiles! -La visión del mantel lleno de toda clase de alimentos «¡Vamos, Pedro, come!» Hoy, todavía, los judíos tienen prohibidos muy estrictamente ciertos alimentos, que según la tradición de Moisés, eran considerados impuros. Lo que se le pide a Pedro es que supere su propia tradición, y sobre todo que no la imponga a los que no son de su raza. Apertura de espíritu. Universalismo. Unidad que respeta las diversidades. Pluralismo. Comunión profunda en lo esencial, dejando a cada uno su libertad en lo secundario (Noel Quesson).
Hoy vemos una apertura de la Iglesia a los gentiles: su misteriosa visión en Jope, la visión del mismo Cornelio y el llamado «Pentecostés de los gentiles» (4-15). «¿Quién era yo -exclama Pedro- para oponerme a Dios?» (17). El resultado, muy positivo, fue que todos se sosegaron y glorificaron a Dios. Con eso protagonizaba Pedro, el primero de los apóstoles, una opción misionera, trascendental y aleccionadora en la vida de la Iglesia. Daba a la vez acogida a un nuevo signo de los tiempos y mantenía una cohesión dinámica y peregrinante de la comunidad cristiana. Ya llevamos tres días en los que Pedro ocupa un papel especial. Ahora, para dilucidar el camino justo entre los extremos: la visión estrecha de algunos de la circuncisión, enfrentados ahora con Pedro (2-3) y más tarde con Pablo (15,5); la actitud radical de Pablo, alérgico a los compromisos mixtificadores, y la actitud intermedia de Pedro, que Pablo en Gál 2,11-14 llega a censurar como escandalosamente vacilante. Este episodio con Cornelio se revela como una medida pastoral profética, que, mirando hacia el futuro, tiene éxito en conciliar los espíritus en aquella Iglesia tan polarizada. En nuestro mundo, marcado por cambios culturales acelerados, la Iglesia conciliar y posconciliar vive también transformaciones profundas y aun enfrentamientos crispados entre algunos grupos eclesiales. Juan XXIII, que convocó y dio la orientación básica al Concilio del aggiornamento eclesial, fue también una opción profética en la línea de la de Pedro (F. Casal).
Es claro el proceso de cambio que se da en Pedro: por su formación judía, no podía admitir tan fácilmente la apertura universal de la Iglesia, simbolizada en la visión del lienzo y los alimentos que no se podían comer: «ni pensarlo, Señor: jamás ha entrado en mi boca nada profano o impuro». Recordamos la negativa de Pedro a que Jesús le lavara los pies: «no me lavarás los pies jamás». Ahora llega el cambio. El argumento que a él le convence -y luego también a la comunidad- es que Dios ha tomado la iniciativa: «lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tú profano» (referente a las comidas); «si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros, ¿quién era yo para oponerme a Dios?» (esta vez referido a la admisión de los paganos). El Espíritu va guiando a Pedro hacia la universalidad de la fe cristiana: ya que los apóstoles no se decidían, fue el mismo Espíritu el que bautizó a la familia de Cornelio, con el «nuevo Pentecostés», que ahora sucede en casa de un pagano. Otro dato admirable: Pedro, máxima autoridad, acepta la interpelación crítica de algunos de la comunidad, que le tachan de precipitado en su decisión. Da las explicaciones oportunas. Y la comunidad las acepta, reconociendo que «también a los gentiles les ha otorgado la conversión que lleva a la vida». El diálogo sincero resuelve un momento de tensión que podría haber sido más grave. ¿Somos dóciles a los signos con los que el Espíritu nos quiere conducir también a nosotros a fronteras siempre más de acuerdo con el plan misionero y universal de Dios? Ciertamente estos últimos años se están dando evoluciones positivas de apertura más sincera a los laicos, al puesto de la mujer en la Iglesia, a las culturas y lenguas de los varios países, a la inculturación teológica y litúrgica, etc. Pero ¿es suficiente esta voluntad de cambio y de liberación?, ¿o todavía somos víctimas de las ataduras que podamos tener, por formación o pereza mental?, ¿o seguimos teniendo discriminaciones contrarias al amor universal de Dios y a la voluntad ecuménica de su Espíritu? Esto puede pasar en el nivel eclesial, y también en el más cercano y doméstico, en nuestras relaciones con las demás personas. ¿Cómo resolvemos las tensiones inevitables que se crean en una comunidad, ante situaciones nuevas y pareceres diferentes?, ¿sabemos dialogar?, ¿estamos dispuestos a ver con honradez la parte de razón de los demás?, ¿nos buscamos a nosotros mismos o la voluntad de Dios y el bien de la comunidad?
La acción del Espíritu Santo es expuesta por los Santos Padres, por ejemplo San Cirilo de Jerusalén: «Su actuación en el alma es suave y apacible, su experiencia es agradable y placentera y su yugo es levísimo. Su venida va precedida de los rayos brillantes de su luz y de su ciencia. Viene con la bondad de genuino protector; pues viene a salvar, a curar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar, en primer lugar la mente del que lo recibe y después, por las obras de éste, la mente de los demás. Y del mismo modo que el que se hallaba en tinieblas, al sentir el sol, recibe su luz en los ojos del cuerpo y contempla con toda claridad lo que antes no veía, así también al que es hallado digno del don del Espíritu Santo se le ilumina el alma y, levantado por encima de su razón natural, ve lo que antes ignoraba».
Lucas nos presenta la conversión de Cornelio, pero al mismo tiempo la conversión del mismo Pedro en su misión en casa de Cornelio. Pedro ahora está convencido de la misión a los gentiles, pero la Iglesia judeo-cristiana de Jerusalén no lo está. Por eso este texto donde Pedro debe "convertir" a la Iglesia madre de Jerusalén. La misión a los gentiles exige esta conversión.
2. “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo”. Jesús, buen pastor, nos lleva a aguas deliciosas (como ya vimos al comentar este salmo el lunes de la 3ª semana de Cuaresma). Jesús, buen pastor, sigue guiándonos desde su gloria: «Cristo, una vez resucitado de entre los muertos ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Aleluya» (Rom 6,9, ant. de entrada); le pedimos que donde Él está vayamos también nosotros: «Oh Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la Humanidad caída; concede a tus fieles la verdadera alegría, para que quienes han sido librados de la esclavitud del pecado alcancen la felicidad eterna». Y las otras oraciones insisten en la idea: «Recibe, Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo, y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno»; «mira, Señor, con bondad a tu pueblo, y, ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa».
Convertirse a Dios –decíamos en la primera lectura- es abrirse a la vida. Con el Salmo 41 cantamos y subrayamos nuestro carácter de peregrinos gozosos por caminar hacia el que es Luz, Verdad y Vida: «Como busca la sierva corriente de agua, así mi alma te busca a Ti, Dios mío. Mi alma tiene sed del Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Envía tu luz y tu verdad: que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada. Que yo me acerque al altar de Dios, al Dios de mi alegría; que te dé gracias al son de la cítara, Dios, Dios mío». Ponemos en relación estas palabras con los silbidos del buen pastor, en palabras de San Agustín: «Aunque camine en medio de la sombra de la muerte; aun cuando camine en medio de esta vida, la cual es sombra de muerte no temeré los males, porque Tú, oh Señor, habitas en mi corazón por la fe, y ahora estás conmigo a fin de que, después de morir, también yo esté contigo. Tu vara y tu cayado me consolaron; tu doctrina, como vara que guía el rebaño de ovejas y como cayado que conduce a los hijos mayores que pasan de la vida animal a la espiritual, más bien me consoló que me afligió, porque te acordaste de mí».
3. a) Juan 10,1-10 (ciclos B y C): Habla Jesús de puertas y apriscos. Para comprender bien esta imagen de Jesús, conviene conocer las costumbres de los pastores de oriente; por la noche varios pastores se entienden entre sí para agrupar sus rebaños en un solo redil, vigilado por un solo portero. Los ladrones sólo pueden entrar saltando las empalizadas. Contrariamente, de madrugada los pastores retornan al redil y el portero les abre sin vacilación y pueden llamar a sus ovejas y llevarlas a los pastos. Jesús, aquí, responde a una pregunta de los fariseos, durante la discusión que siguió al milagro de la curación del ciego de nacimiento: ¡Pues qué!, ¿nosotros seríamos también ciegos?" (Juan, 9, 40). Notemos también la correspondencia con un pasaje de los sinópticos: "Dejadlos, ellos son ciegos que guían a otros ciegos” (Mt 15,14; Lc 6,39). Jesús opone los "falsos pastores" -ladrones y salteadores- que pretenden guiar a los demás sin tener para ello mandato... al "verdadero pastor" que es introducido, a plena luz, por la puerta...
-"Las hace salir..." hasta los verdes pastos. Jesús nos conduce hacia la felicidad, hacia la verdadera expansión, hacia los verdaderos alimentos (ayer hablamos del tema). -"Llama a cada una por su nombre..." Jesús me conoce, por mi nombre, en el detalle. ¿No debo yo imitar a Jesús y desarrollar a mi alrededor toda una red de lazos de amistad..., luchar contra el "anonimato"? "Anónimo" = "lo que no tiene nombre, que no se le puede llamar por su nombre"
-"Va delante de ellas..." Toda mi vida humana y cristiana no es otra cosa: tratar de seguir a Jesús, hacer todo como Él, imitarle. En este momento preciso de mi vida, ¿qué aspecto de la vida de Jesús debo seguir?
-"Las ovejas conocen su voz..." Esto es también una característica esencial de la vida cristiana: escuchar la voz... meditar con amor la palabra... de Jesús. Hacer oración. Pasar un poco de tiempo sin hacer otra cosa que escuchar a Jesús.
-Jesús tomó la palabra de nuevo: "Sí, en verdad os digo, Yo soy la puerta de las ovejas". Fuera de Él, la humanidad está encerrada en sí misma: ninguna ideología, ninguna teoría, ninguna religión nos libera de la fatalidad de "no ser más que hombre, y por lo tanto, de morir". Pero Jesús nos saca de nuestra impotencia y nos introduce en el dominio divino... un "espacio infinito, eterno se abre a nosotros, por esta Puerta". El que por mí entrare, se salvará y hallará pasto... Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia... (Noel Quesson).
El capítulo 10 de san Juan, el dedicado al Buen Pastor, que leemos hoy y mañana, tiene diversas perspectivas: el pasaje de hoy no habla tanto del pastor, sino de la puerta. Cuando buscamos seguridad y felicidad, o tratamos de legitimar nuestras actuaciones: ¿es Él en quien pensamos y creemos? Él ya dijo que la puerta que conduce a la vida es estrecha: ¿tratamos nosotros de buscar otras puertas más cómodas, otros caminos más llanos y agradables, o aceptamos plenamente a Jesús como la única puerta a la vida? Si tenemos algún encargo «pastoral», ¿nos sentimos unidos a Él, entramos por la puerta que es Él, o somos como ladrones que saquean, más que ayudan, a las ovejas?
b) En el ciclo A, por haberse leído el pasaje anterior en domingo, se lee hoy el siguiente (los vv. 11-18), que enfoca en directo la metáfora del Buen Pastor. El nombre de pastor es muy expresivo. En el Antiguo Testamento se aplica a Dios con relación a su pueblo, y también a los reyes como David, o a los sacerdotes, y ahora en el evangelio a Cristo Jesús, y más tarde al ministerio de Pedro («apacienta mis ovejas»). A veces se trata de pastores malos (Ez 34). Otras, del auténtico pastor: Yahvé en el Antiguo Testamento, Jesús en el Nuevo. Jesús enumera las cualidades del buen pastor: se preocupa por sus ovejas, las defiende, las conoce y es conocido por ellas, da la vida por ellas, quiere que también otras ovejas vengan y formen un solo redil. Mientras que el pastor mercenario se busca a sí mismo y no se preocupa de las ovejas. Nadie como Jesús puede decir: «yo soy el Buen Pastor». Él puede hablar de estas cualidades porque las cumple perfectamente en su vida. Un pastor, normalmente, no tiene por qué dar la vida por sus ovejas, ni conocer a todas, ni querer reunir a otras: pero Jesús lleva su condición de Pastor de la humanidad, que le ha encomendado Dios, hasta las últimas consecuencias. Él conoce a sus ovejas de igual manera que el Padre le conoce a Él y Él conoce al Padre. El mejor modelo de unión.
Jesús, Buen Pastor, es el espejo en que tendríamos que mirarnos todos los que de alguna manera somos «pastores», o sea, tenemos encargos de autoridad o de ministerio con relación a otros: en la Iglesia, en la parroquia, en la comunidad religiosa, en la familia, en cualquier agrupación cristiana o humana. Es bueno que hoy hagamos examen de conciencia, pensando ante todo si en verdad somos nosotros mismos ovejas de Cristo: si le conocemos, obedecemos su voz y le seguimos. Pero también, en cuanto estamos revestidos de mayor o menor autoridad para con los demás, mirando a las cualidades que Jesús describe y cumple: ¿somos buenos pastores?, ¿nos preocupamos de los demás?, ¿buscamos su interés, o el nuestro?, ¿nos sacrificamos por aquellos de los que somos encargados, hasta dar la vida por ellos?, ¿les dedicamos gratuitamente nuestro tiempo? En medio de un mundo en que las personas viven aisladas, encerradas en sí mismas, ¿nos conocemos mutuamente?, ¿conocemos a las personas que encontramos, que viven con nosotros, en la familia o en el grupo?, ¿o vivimos en la incomunicación y el aislamiento, ignorando o permaneciendo indiferentes ante la persona de los demás? Cristo es nuestro Pastor. En la Eucaristía nos da su Palabra -se nos da Él mismo como la Palabra que ilumina y alimenta- y sobre todo nos da su Cuerpo y su Sangre para que tengamos fuerzas a lo largo de la jornada. Mostrémosle nuestro agradecimiento. Pidámosle que nos ayude a ser buenos seguidores suyos, imitando también su entrega al servicio de los demás (J. Aldazábal).
Es importante conocer esta Puerta que es Jesús, conocer la Escritura santa, donde está la Palabra que es Cristo. No se conoce mucho a Jesús porque no se lee la Sagrada Escritura. Por eso decía san Jerónimo, que desconocer la Escritura es desconocer a Jesús. Este conocimiento nos va llevando de la mano hasta llegar a tener la experiencia profunda e interior de Jesús, el conocimiento íntimo, que nos lleva a conocer y a gustar interiormente, como decía san Ignacio de Loyola, el amor de Dios. Si todavía la lectura del Evangelio no es un hábito en tu vida, inicia hoy mismo un programa de estudio sistemático (ordenado) que te lleve a conocer a Jesús. Si no tienes tu Biblia personal, una buena idea sería el comprarla. Conoce a Jesús, y verás, como dice el salmo: qué bueno es el Señor (Ernesto María Caro). Esta lectura va en la línea de lo que en cinco palabras se ha dicho en el texto de hoy, que se manifiesta claramente en el sentido profundo de la relación del alma con Cristo: escuchar la voz del Señor. La intimidad con Cristo, la oración, no consiste en elaborar ingeniosos y elegantes discursos o en hacer elevadas reflexiones espirituales. Ni siquiera se trata de enunciar muchos ruegos o peticiones. Se trata más bien de hacer silencio en lo íntimo del alma. Recoger el alma dentro de sí... Escuchar la voz del Señor. He aquí la mejor parte. Aquel tesoro escondido por el cual bien valdría la pena sacrificar todos los halagos y vanidades del mundo. Pero para alcanzar este tesoro es preciso aprender a huir de todas las voces que no sean las del Buen Pastor. Saber escapar, como un ladrón, de la frivolidad de la imaginación, de la disipación de los sentidos, de la irreflexión y la charlatanería. Amar el silencio y la soledad como el precioso santuario de nuestra unión con Dios, el lugar de la paz y la serenidad del alma y del encuentro profundo con nosotros mismos. Ya en una ocasión, durante la Transfiguración, la voz del Padre desde la luminosa nube nos decía: “Este es mi Hijo Amado, en quien me complazco. Escuchadle”. Ahora es Cristo mismo, nuestro pastor, quien nos invita a sentarnos junto a sus pies, con la docilidad y mansedumbre de un cordero y escuchar su palabra.
El contexto de Jesús Puerta es también eucarístico, pues la mesa de la Eucaristía es donde mejor nos conformamos a Él; Tomás de Aquino escribe: «es evidente que el título de “pastor” conviene a Cristo, ya que de la misma manera que un pastor conduce el rebaño al pasto, así también Cristo restaura a los fieles con un alimento espiritual: su propio cuerpo y su propia sangre». Todo comenzó con la Encarnación, y Jesús lo cumplió a lo largo de su vida, llevándolo a término con su muerte redentora y su resurrección: “Después de resucitado, confió este pastoreo a Pedro, a los Apóstoles y a la Iglesia hasta el fin del tiempo. A través de los pastores, Cristo da su Palabra, reparte su gracia en los sacramentos y conduce al rebaño hacia el Reino: Él mismo se entrega como alimento en el sacramento de la Eucaristía, imparte la Palabra de Dios y su Magisterio, y guía con solicitud a su Pueblo. Jesús ha procurado para su Iglesia pastores según su corazón, es decir, hombres que, impersonándolo por el sacramento del Orden, donen su vida por sus ovejas, con caridad pastoral, con humilde espíritu de servicio, con clemencia, paciencia y fortaleza” (Josep Vall). Agustín siente esta responsabilidad: «Este honor de pastor me tiene preocupado (...), pero allá donde me aterra el hecho de que soy para vosotros, me consuela el hecho de que estoy entre vosotros (...). Soy obispo para vosotros, soy cristiano con vosotros». Y cada uno de nosotros, cristianos, trabajamos apoyando a los pastores, rezamos por ellos, les amamos y les obedecemos. “También somos pastores para los hermanos, enriqueciéndolos con la gracia y la doctrina que hemos recibido, compartiendo preocupaciones y alegrías, ayudando a todo el mundo con todo el corazón. Nos desvivimos por todos aquellos que nos rodean en el mundo familiar, social y profesional hasta dar la vida por todos” (Josep Vall) con el mismo espíritu de Cristo, que vino al mundo «no a ser servido, sino a servir» (Mt 20,28)Llucià Pou Sabaté
domingo, 15 de mayo de 2011
DOMINGO 4º DE PASCUA (A): abrir nuestra puerta a Jesús, buen pastor, que nos da la felicidad, vivir la sublime alegría de sentirnos hijos de Dios, ama
DOMINGO 4º DE PASCUA (A): abrir nuestra puerta a Jesús, buen pastor, que nos da la felicidad, vivir la sublime alegría de sentirnos hijos de Dios, amar a los demás en la esperanza del cielo
PRIMERA LECTURA. Lectura de los Hechos de los Apóstoles 2,14a. 36-41: El día de Pentecostés se presentó Pedro con los once, levantó la voz y dirigió la palabra: -“Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías”. Estas palabras les traspasaron el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: -“¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” Pedro les contestó: -“Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y, además, para todos los que llame el Señor Dios nuestro, aunque estén lejos”. Con éstas y otras muchas razones los urgía y los exhortaba diciendo: -“Escapad de esta generación perversa”. Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día se les agregaron unos tres mil.
SALMO RESPONSORIAL 22,1-3a. 3b-4. 5. 6: R/. El Señor es mi pastor, nada me falta [o Aleluya].
El Señor es mi pastor, nada me falta: / en verdes praderas me hace recostar, / me conduce hacia fuentes tranquilas / y repara mis fuerzas. // Me guía por el sendero justo; por el honor de su nombre. / Aunque camine por cañadas oscuras, / nada temo, porque tú vas conmigo / tu vara y tu cayado me sosiegan. / Preparas una mesa ante mí, / enfrente de mis enemigos; / me unges la cabeza con perfume, / y mi copa rebosa. // Tu bondad y tu misericordia me acompañan / todos los días de mi vida, / y habitaré en la casa del Señor / por años sin término.
SEGUNDA LECTURA. Lectura de la primera carta del Apóstol San Pedro 2,20b-25: Queridos hermanos: Si obrando el bien soportáis el sufrimiento, hacéis una cosa hermosa ante Dios, pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo padeció su pasión por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. El no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca; cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas; al contrario, se ponía en manos del que juzga justamente. Cargado con nuestros pecados subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas os han curado. Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas.
Lectura del santo Evangelio según San Juan 10,1-10: En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: -“Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.
Jesús, les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: -“Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”.
Comentario: El pastor se distingue del ladrón en que frente al rebaño tiene una actitud de generosidad y de entrega. La división de los cristianos en muchos rebaños replantea si realmente seguimos el “buen pastor”. Ayer veíamos a Pedro como portavoz de la Iglesia, es más: como fiel fundamento de la unidad de la fe, como le anunció Jesús (“confirma a tus hermanos” “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”). El hecho de que Benedicto XVI haya rechazado el título de Patriarca de Occidente va en esta línea, quitar los obstáculos temporales para un papel que ha de ser espiritual: no un jefe de los obispos, sino el fundamento de la unidad en la fe, que se puede ejercer de muchas formas, y ahora se está estudiando desde el ecumenismo, el compromiso decidido a favor del «rebaño». Cristo es a la vez Pastor del pueblo y Cordero de Dios entregado en sacrificio. Porque se entregó hasta la muerte para salvar al pueblo, sin conservar para sí nada, hemos sido salvados, pues andábamos descarriados como ovejas. Jesús es Pastor porque ha renunciado a su vida, haciéndose Cordero de Dios entregado para la salvación de todos, es el hilo de la liturgia de hoy, concentrada en la Colecta: «Dios Todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo; concédenos también la alegría eterna del Reino de tus elegidos, para que así el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor».. Acudimos para ello a lo alto, pues «la misericordia del Señor llena la tierra, la palabra del Señor hizo el Cielo. Aleluya» (Sal 32,5-6; ant. entrada).
1. –Hechos 2,14.36-41: Dios lo ha hecho Señor y Mesías. Pedro es siempre el Primer Pastor-Vicario de Cristo que nos llama a todos, por la conversión y por la fe al redil de salvación que es la Iglesia. Pedro habla tanto en la primera como segunda lectura, sigue como ayer siendo el protagonista en el seguimiento de Jesús, el discernimiento para el buen espíritu, el fiel intérprete del sentir cristiano: “Convertíos y bautizaos…” instrumentos del Espíritu Santo, ofrecido a todos para participar en la familia de Jesús, pero de una manera segura (como refleja el cirio pascual encendido) con el Bautismo lo recibimos en un asentimiento de la fe, que es principio de la vida espiritual, como señalan los Padres como p. ej., san San Basilio: «De la misma manera que los cuerpos transparentes y nítidos, al recibir los rayos de luz se vuelven resplandecientes e irradian brillo, las almas que son llevadas e ilustradas por el Espíritu Santo se vuelven también espirituales y llevan a los demás la luz de la gracia. Del Espíritu Santo proviene el conocimiento de las cosas futuras, el entendimiento de los misterios, la comprensión de las verdades ocultas, la distribución de los dones, la ciudadanía celeste, la conversación con los ángeles. De Él la alegría que nunca termina, la perseverancia en Dios, la semejanza con Dios y, lo más sublime que puede ser pensado, el hacerse Dios».
“Ni entonces ni hoy se trata de un mero proselitismo para que aumente el número de los socios de la institución-iglesia, sino de facilitar el encuentro de Cristo con el hombre de nuestro tiempo, porque la iglesia no es la luz, sino testigo de la luz. Si con excusas de libertad y respeto, jamás presentamos y ofrecemos a nuestros amigos el valor de nuestra fe, tendrían que pensar forzosamente o que no creemos de verdad en Jesucristo o que no les queremos verdaderamente a ellos. Cuando alguien descubre un tesoro, debe intentar compartirlo con aquellos a quienes ama” (“Eucaristía” 1990).
Se trata del final del primer discurso de Pedro a un auditorio exclusivamente judío (v. 36) y de la reacción provocada en el mismo (vs. 37-41). El v. 36 es una apretada síntesis del mensaje pascual. Dos hechos. El primero (la crucifixión), simplemente constatado; el segundo (la resurrección), interpretado. La resurrección de Jesús es presentada como entronización. Señor y Mesías, una realeza que lleva a cumplimiento las profecías mesiánicas; un Señor, que abre el futuro: volverá y su vuelta inaugurará la fase gloriosa del Reino de Dios. Testigo y actor de excepción es Dios en persona. Durante su caminar por Palestina, Jesús se había manifestado de tal manera que denunciaba poseer rango divino. Tenía, pues, que ser Dios mismo, en cuyo lugar se había puesto Jesús, quien aclarase si éste era o no un impostor. La resurrección constituye precisamente la respuesta de Dios; es la gran señal de que Dios aprueba la actitud prepascual de Jesús. El es efectivamente el Hijo de Dios. La conversión predicada por los profetas (Mt 3,2) y Jesús mismo (Mt 4, 17) se expresa en el bautismo (Mt 28, 19). S. Agustín ponía la atención en el centro del misterio cuando decía que este discurso muestra la magnitud del perdón hacia los que mataron a Jesús y ahora son invitados a la Eucaristía, mucho más la redención se extiende a todos: “¿Quién perderá la esperanza de que se le perdonen los pecados, si se les perdonó el crimen de dar muerte a Cristo? Pertenecían al pueblo judío y se convirtieron; se convirtieron y se bautizaron. Se acercaron a la mesa del Señor y bebieron con fe la sangre que habían derramado con furor. Los Hechos de los Apóstoles manifiestan cuán total y plena fue su conversión. Vendieron todo lo que poseían y depositaron el precio de la venta a los pies de los apóstoles; y se distribuía a cada uno según lo que necesitaba, y nadie llamaba propio a nada, sino que todas las cosas les eran comunes. Así está escrito: ‘Tenían un alma sola y un solo corazón tendido hacia Dios’ (Hch 4,32-35).
Éstas son las ovejas de las que dijo: ‘No he sido enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel’ (Mt 15,24). A ellas manifestó su presencia, y al ser crucificado oró por ellas que se ensañaban contra él, diciendo: ‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’ (Lc 23,34). El médico veía a los locos que, perdida la razón, daban muerte al médico, y al dar muerte al médico, sin saberlo, se propinaban una medicina. Con ese Señor muerto nos hemos curado todos; hemos sido redimidos con su sangre y liberados del hambre con el pan de su cuerpo. Esa presencia manifestó Cristo a los judíos. Por eso dijo: No he sido enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel (Mt 15,24). Quería manifestarles la presencia de su cuerpo, pero no desdeñar o marginar a las ovejas que tenía entre los gentiles”.
2. Con el Salmo 22 vemos la maravillosa profecía de lo que es la esperanza cristiana, siglos antes de ser proclamada; estos 6 versículos en sus 4 estrofas dan la pauta de todo comportamiento confiado en este Dios que lo es todo, a modo de excursión, en el camino que es la vida. La primera nos lleva de buena mano a un lugar delicioso: «El Señor es mi Pastor nada me falta, en verdes praderas me hace recostar...». Cuando las cosas no están tan fáciles, en el dolor, aparece en la segunda estrofa la confianza: “aunque pase por barrancos tenebrosos el Señor está a mi vera”, él nos cuida y nos da serenidad y paz en la dificultad. Luego, la llegada: el festín: sentados a su mesa (alusión a la Eucaristía, donde tenemos la prenda de vida eterna) él llena nuestra copa y nos sirve: "El bienaventurado David te da a conocer la gracia del sacramento (de la Eucaristía), cuando dice: "Has preparado una mesa delante de mis ojos, frente a los que me persiguen. ¿Qué otra cosa puede significar con esta expresión sino la Mesa del sacramento y del Espíritu que Dios nos ha preparado? Has ungido mi cabeza con óleo. Sí. El ha ungido tu cabeza sobre la frente con el sello de Dios que has recibido para que quedes grabado con el sello, con la consagración a Dios. Y ves también que se habla del cáliz; es aquél sobre el que Cristo dijo, después de dar gracias: Este es el cáliz de mi sangre" (S. Cirilo de Jerusalén). Y San Ambrosio: "Escucha cuál es el sacramento que has recibido, escucha a David que habla. También él preveía, en el espíritu, estos misterios y exultaba y afirmaba "no carecer de nada". ¿Por qué? Porque quien ha recibido el Cuerpo de Cristo no tendrá jamás hambre. ¡Cuántas veces has oído el salmo 22 sin entenderlo! Ahora ves qué bien se ajusta a los sacramentos del cielo". Por fin, concluido el camino terreno viviremos –cuarta estrofa- en la casa de Dios por años sin fin, en el gozo del Señor.
Ayer veíamos como S. Pedro, ante la desbandada posterior al discurso de Cafarnaum, y la pregunta de Jesús de si querían ellos también irse, respondía: “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Jesús, el buen pastor, es el único que nos habla con verdad de las dos palabras importantes de la vida: amor y muerte. No como los charlatanes que no saben tocar la fibra, hablar auténticamente del sentido de la vida. Jesús –recordaba Benedicto XVI- es el filósofo: “Él nos dice quién es en realidad el hombre y qué debe hacer para ser verdaderamente hombre. Él nos indica el camino y este camino es la verdad. Él mismo es ambas cosas, y por eso es también la vida que todos anhelamos. Él indica también el camino más allá de la muerte; sólo quien es capaz de hacer todo esto es un verdadero maestro de vida. Lo mismo puede verse en la imagen del pastor... el pastor expresaba generalmente el sueño de una vida serena y sencilla, de la cual tenía nostalgia la gente inmersa en la confusión de la ciudad. Pero ahora la imagen era contemplada en un nuevo escenario que le daba un contenido más profundo: «El Señor es mi pastor, nada me falta... Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo...» (Sal 22,1-4). El verdadero pastor es Aquel que conoce también el camino que pasa por el valle de la muerte; Aquel que incluso por el camino de la última soledad, en el que nadie me puede acompañar, va conmigo guiándome para atravesarlo: Él mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con Él, se encuentra siempre un paso abierto. Saber que existe Aquel que me acompaña incluso en la muerte y que con su «vara y su cayado me sosiega», de modo que «nada temo» (cf. Sal 22,4), era la nueva «esperanza» que brotaba en la vida de los creyentes”.
El salmo 22 comienza con una afirmación atrevida: "El Señor es mi pastor, nada me falta". Hay gente que lo tiene todo aparentemente, pero se aburre... hay muchas cosas, que podríamos llamar salud física, y “social”, pero la salud interior es la más importante. Este sentido espiritual de la persona es lo esencial, donde desde Aristóteles se ha situado la centralidad de lo que es la búsqueda de la felicidad; y hay elementos difíciles de encuadrar como las emociones y sentimientos, sobre todo la búsqueda de belleza y sus variantes artísticas (música, pintura, contemplación de la naturaleza y el cosmos...). Podemos sin embargo especificar 3 aspectos: conocer la verdad (la búsqueda de la verdadera sabiduría, es, según Boecio, la verdadera medicina del alma); amar y sentirse amado (lo esencial de la persona); y tener esperanza incluso más allá de la muerte, es decir motivos para luchar en los proyectos, que es el máximo ejercicio de la libertad: el compromiso (para un cristiano, quedan ahí reflejadas la fe, la caridad y la esperanza). Con ello tenemos la armonía de las tres funciones espirituales –trascendentales- de la persona, que son inteligencia, amor y libertad. Interactúan en una realización personal en la comunión, pues la persona no se realiza sola sino como don a los demás, y es importante saber relacionarse, la empatía y formas de carácter sociable: buscando la felicidad de los demás encontramos la propia.
Iremos desarrollando estos puntos, pero ahora quería tocar algo que está como en el motor de arranque, eso que llaman ganas de emprender proyectos, ilusión por la vida, o como dice Jesús Arellano “encontrarse existiendo”, ese disfrutar de la vida tiene algo que ver con el sentido de lo sublime, de participar de lo grandioso, de lo bello: sólo la belleza es divina (porque de ahí surge todo crecimiento espiritual, en el entender, sentirse amado y amar, y vivir la libertad en una apertura a la esperanza). Perseguimos la sublimidad, como opuesto a lo muerto, lo banal: queremos optar por la vida y la tenemos en la Vida: en el fondo tenemos ganas de ser Dios, y esto se cumple con lo la suplantación (tomar el fruto del árbol de la vida con técnicas reproductivas o progresos que nos hagan innecesario a Dios) sino con la filiación divina, por el encuentro con Cristo, ser el mismo Cristo (“ipse Christus”), o como dice s. Pablo, el “sublime conocimiento de Jesucristo” (Fil 3, 8). Si la persona humana es, y debe seguir siendo, la clave hermenéutica para encontrar el camino hacia este diálogo por la promoción humana, la Iglesia ha declarado claramente su convicción de que su propia identidad está fundada al mismo tiempo y de manera igual en los órdenes antropológicos, teológicos y evangélicos que se reúnen en la clave hermenéutica de la persona de Jesucristo. Gaudium et Spes 22 lo indica claramente al enseñar que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado.” Jesucristo “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”. El es “el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones” (n 45). De este deseo de sublimidad nacen las ganas de vivir para algo alto, aunque no se sepa qué es… y de ahí surge esta multiplicidad de funciones que se han sintetizado antes.
Las pasiones incontroladas desencadenan pulsiones instintivas y dependencias (alcohol, sexo, drogas). Hay que educar toda pasión para que –integrándola en la interioridad– nos ayuden a tener un corazón bueno, a base de acciones buenas que se convierten en virtudes. Así, las tendencias hacia el bien, la verdad y la belleza van dominando todo lo que hacemos, va creciendo en nosotros un anhelo de sublimidad, de cosas grandes, y el deseo básico de amar y ser amado se va purificando de adherencias egoístas que hacen daño. La nostalgia de no tenerlo aún todo se va transformando en plenitud de tenerlo todo en la esperanza. La pena causada por la limitación de la realidad (limitaciones físicas o psicológicas, mal de la naturaleza y maldad humana) se vuelve entrega, servicio, y la certeza de que todo mal no sería permitido por Dios si no fuera porque de ello puede sacar –por caminos a nosotros desconocidos todavía– un bien más alto: surge de ahí una confianza muy grande en la vida, que ponemos no en nuestras fuerzas o en el destino, sino en algo que está más allá… en el fondo, en el amor de Dios, que no siempre se intuye directamente. Pero cuando miramos un paisaje precioso, una puesta de sol, los ojos de una persona amiga, nos embarga esa emoción del misterio… Einstein en 1930 publicó un credo, “En qué creo”, apoyando a un grupo de derechos humanos. En él defendía la noción de misterio. “La emoción más hermosa que podemos experimentar es lo misterioso. Es la emoción fundamental que está en la cuna de todo verdadero arte y ciencia. Aquel a quien esta emoción le es ajena, que ya no puede maravillarse y extasiarse en reverencia, es como si estuviera muerto, un candil apagado. Sentir que detrás de lo que puede experimentarse hay algo que nuestras mentes no pueden asir, cuya belleza y sublimidad nos alcanza sólo indirectamente: esto es la religiosidad. En esto sentido, y sólo en este, soy un hombre devotamente religioso.”
Desde el punto de vista teológico, estamos hablando de la conformación con Cristo por la gracia y en la gloria, como explicaría Santo Tomás. Si la predestinación lleva a ser conformes a la imagen de Cristo resucitado (Rom 8, 29), ¿en qué consiste esta conformación, para que seamos dios sin dejar de ser nosotros mismos? Es decir, en el cielo no podemos estar como pegados exteriormente a un Cristo total, pero tampoco podemos disolvernos en Él pues sería panteísmo. Veamos los datos que tenemos en la teología tomasiana de la conformación “in via”, para intuir más de la sublimidad de este misterio: algunos términos claves en este sentido son: -similitudo, assimilatio de la persona a Cristo, o coniformitas, conformatio, configuratio: hay una misteriosa presencia del Espíritu Santo en el alma (misión invisible): “Spiritus enim Sanctus in se sempre vivit, sed in nobis vivit, quando facit nos in se vivere”. Y esta presencia no es pasiva sino activa (cfr. Gal 4, 6), es el Espíritu del Hijo que nos conforma a Cristo. Y así “la criatura racional puede poseer la Persona divina”. El “vivir la vida de Cristo”, es “revestirse de Cristo”, la radicalidad bautismal: Revestirse de Cristo es vivir a su semejanza por las virtudes; es necesario que quien se asemeja a Cristo por el bautismo, se asemejen a su resurrección por la inocencia de la vida (cf. 2 Tim 2, 11), revestirse del hombre nuevo (induite novum hominem: Ef 4, 24) que es Jesucristo, que es principio de vida espiritual. La vida de Cristo «redunda» y «se reproduce» de algún modo en el cristiano. ¿De qué modo? Él es un maestro que enseña interiormente, mostrando los errores, y limpia los afectos -pues mueve los corazones para aspirar a los bienes más altos-, también a través de los Sacramentos, acciones de Cristo. Cristo es la Luz que dirige interiormente al hombre, moviendo su voluntad, con la colaboración libre del creyente que entonces recibe por el Espíritu Santo no sólo el Hijo sino también el Padre (cf. Io 13, 20). «El Hijo de Dios quiso comunicar a los hombres una filiación semejante a la suya (conformitatem suæ), de modo que fuera no sólo Hijo, sino el primogénito de muchos hijos», “teniendo el mismo Padre que Él”. La elevación a ser divinæ consortes naturæ (2 Petr 1, 4), en el Aquinate, es sinónimo de la gracia : «Gratia est quædam supernaturalis participatio divinæ naturæ, secundum quam divinæ efficimur consortes naturæ, ut dicitur in 2 Petr 1, 4, secundum cuius acceptionem dicimur regenerari in filios Dei». En continuidad con los Padres de la Iglesia, considera Santo Tomás que el hombre es imagen de Dios, por su ser espiritual, y que se produce una espiritualización progresiva. «No conviene creer, sin embargo, que el alma racional esté tomada de la substancia de Dios, como erróneamente han creído algunos». Se trata de una perfección real de la «esencia del alma» que sitúa a quienes la reciben en un “cierto orden divino”, en virtud del cual son “en un cierto modo constituidos deiformes”. Esta “semejanza divina” no lo es sólo de las operaciones de Dios, sino también de su vida eterna. El camino para esa unión es la Humanidad Santísima de Jesucristo. La expresión “in Christo” expresa entre otras cosas una participación escatológica en la misma vida misma de Cristo: por la filiación divina participamos en el linaje de Cristo, el nuevo Adán, nos incorporamos a la vida de Cristo: somos hijos de Dios in Christo, viviendo su vida.
Desde el punto de vista antropológico, estamos hablando de entender la vida como regalo. A veces pasamos por delante de algo precioso y no nos paramos a mirar, banalizamos lo más grande, y así nos pasa cuando dedicamos nuestra condición de personas a otra cosa que al regalo de darse a los demás, como decía T. Melendo: “Cualquier otra realidad, incluso el trabajo o la obra de arte más excelsa, se demuestra escasa para acoger la sublimidad ligada a la condición personal: ni puede ser «vehículo» de mi persona, ni está a la altura de aquella a la que pretendo entregarme. De ahí que, con total independencia de su valor material, el regalo sólo cumple su cometido en la medida en que yo me comprometo —me «integro»— en él. («¿Regalo, don, entrega? / Símbolo puro, signo / de que me quiero dar», escribió magistralmente Salinas)”, y la entrega a Dios Padre, la filiación divina, es lo más sublime. Quizá se podría poner ahí la clave de ser uno mismo, sentirse vivo, y la energía para ser feliz: el sentirse hijos de Dios, pero claro, para quien no conoce mucho le basta seguir ese impulso, tan luminoso que a veces los Padres lo usan como base de sus argumentos para demostrar otras verdades de fe, y se entusiasman en presentar la excelencia y sublimidad de la adopción sobrenatural; ha sido para ellos tema de desarrollos al mismo tiempo elevados como también prácticos. Así Cirilo de Jerusalén y el de Alejandría, S. Basilio, S. Juan Crisóstomo, S. Agustín, etc. Según S. Ireneo, constituye el fin de la Encarnación. S. Atanasio deja clara su relación con la totalidad de la obra salvadora de Cristo, también con sus sufrimientos. Clemente de Alejandría muestra su conexión con la vocación a través del bautismo. Insisten -con la Escritura- en que la gloria de Dios consiste en hacer de nosotros hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia (Eph 1, 5-6): «Porque la gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios: si ya la revelación de Dios por la creación procuró la vida a todos los seres que viven en la tierra, cuánto más la manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a los que ven a Dios» S. Agustín resalta: «El Verbo se hizo carne y moró entre nosotros. ¡Trueque admirable! Él se hace carne, y éstos se hacen espíritu (...). Fuisteis comprados a mucho precio; por vosotros se hizo el Verbo carne; por vosotros, quien era el Hijo de Dios, hízose hijo del hombre, a fin de que los hijos del hombre fuerais hechos hijos de Dios». A los que creen en su nombre dioles facultad de ser hijos de Dios (Io 1, 12); y añade: «¿Y cómo son hechos hijos de Dios? Los cuales no de la sangre, ni de la voluntad de varón ni de la voluntad de la carne, sino que de Dios son nacidos. Al recibir la facultad de ser hechos hijos de Dios, nacieron de Dios. Notadlo bien: nacieron de Dios, no por la mezcla de las sangres, como tiene lugar la primera generación (...). ¿Qué eran, en efecto, estos nuevos hijos de Dios? (...) El primer nacimiento es de varón y mujer; el segundo es de Dios y de la Iglesia». Sentirse en casa, libres, sin atarse a nada más que a intentar dejarse amar por ese Dios que nos ama… eso es la vida. Decía Mossen Cima que un alma se fue al cielo, con miedo de qué decirle a Dios, y el ángel le tranquilizó: “-le dirás lo que todos…” y él insistió en sus miedo: “¿y qué me dirá Dios, pues me he portado tan mal…” –“tranquilo, le respondió el ángel: te dirá lo que a todos”. Cuando estuvo en la presencia de Dios le dijo sólo: “¡Gracias, Señor, por amarme tanto!”, y Dios Padre le contestó: “-Gracias a ti, por haberme pedido perdón tantas veces”. Es la única cosa que Dios no puede, esa limitación e impotencia de Dios, de superar la barrera de nuestra libertad, por eso el Evangelio nos pide (Juan Pablo II lo repetía): “¡abrir las puertas a Cristo!”, o al menos abrir el cerrojo de nuestra alma, para que él pueda entrar. Santa Catalina de Siena, al ver en la persona humana la imagen de la dignidad del Autor, su amor inextinguible “con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de amor por ella… ¡Inmenso abismo de caridad! ¿Puede haber un corazón tan duro que pueda mantenerse entero y no partirse al contemplar el descenso de la infinita sublimidad hasta lo más hondo de la vileza, como es la de la condición humana?” Espíritu de Amor que remite a la sublimidad de la propia esencia de Dios en la revelación de Jesucristo. El lenguaje humano siente la rígida limitación de sus palabras, encerradas siempre dentro de la «jaula» (L. Wittgenstein) que nos impide dar nombre a lo que constituye la esencia del misterio, de esta vida auténticamente vivida, de aprender a disfrutar estos “momentos mágicos” especiales de la vida, pero sobre todo encontrar la sublimidad en lo ordinario. La felicidad no está tanto en las grandes hazañas que soñamos con la imaginación, como en vivir de manera sublime las cosas pequeñas, cosa más difícil: dicen que los españoles son capaces de un “2 de mayo” (fecha del levantamiento ante los invasores), es decir un acto heroico, pero que lo que no son capaces es de un “3 de mayo, de un 4…”, es decir la rutina del día a día… Vivimos para la sublimidad, y hemos de saber encontrar la belleza en lo ordinario, no hemos de esperar un mañana donde se hagan realidad los sueños que vamos haciendo, ese “mañana” también vendrá, pues lo mejor siempre está por llegar, pero lo que es verdaderamente importante es encontrar en el “hoy” una vida llena, aunque no tenga momentos de “éxtasis”, entusiasmantes, de estar haciendo continuamente algo “extraordinario”, con descargas de adrenalina. En este sentido, es equivocado quien busca emociones siempre nuevas, porque no hay fuego sólo en la hoguera, también es fuego las brasas, que a veces bajo la ceniza van dando calor... En el fondo, cada día tiene un sentido positivo, porque la vida es una canción que tiene una letra y una música; la letra, es lo que toca hacer, y la música lo que da el ritmo, el entusiasmo, la armonía. Ésta es la música del corazón: el amor, y se trata de ponerla en la letra ordinaria, el “guión” de cada día. El misterio de la vida está ahí, descubrir que todo es del Señor, y cuando nos alejamos de Él perdemos esta sublimidad, vuelve el vacío, cuando hemos probado el cielo la tierra no satisface, lo auténtico está, como decía Joan Maragall, en ver que Dios está aquí, en lo de cada día, el hombre está hecho para Dios, y de tendencia mira también la tierra, y cuando absolutiza esta tendencia pierde terreno la otra, y se pierde. No hablamos aquí de quien se aburre porque tiene falta de serotonina, por una cuestión química, sino que hay una retro-alimentación entre el sentido de sublimidad que estamos analizando bajo la óptica de la filiación divina, y la vida en el espíritu y virtudes, que de alguna manera vemos en toda educación, que básicamente consta de dos elementos: motivación y esfuerzo. Quien está motivado, se esfuerza, y quien se esfuerza crece interiormente y se va motivando. Según este esquema, la vida cristiana tendría como motor de arranque (más o menos consciente) este querer ser dios, hijos de Dios, que se aviva con su consideración: el sentirse hijos de Dios, que da alegría y libertad, de ello hablaremos en otro momento.
Al ver el mundo materializado, no hemos de juzgar ni condenar, que Jesús no lo hace, sino proclamar la divina misericordia, ese amor de Dios, que es lo que más mueve: el castigo también existe, pues si no hay posibilidad de rechazo no hay libertad. Pero una vez dejado claro este supuesto, volvamos a la necesidad de las personas, de sentirse valoradas, cosa que se nota cuando oímos hablar a alguien, cuando reclama atención nos lo está diciendo de mil modos. Esto no quiere decir que las obligaciones no sean importantes, pues son todo palabras si no hay hechos, servicio, y aunque muchas personas hayan trabajado por hacer la voluntad de Dios, por un sentido de obligación quizá muy ligado a la ley, ahí están sus obras de amor, que son lo que cuentan, y no las palabras. Pero también es importante el acogimiento, sentirse querido, como me decía una persona al conocer a otros: “aquí me he sentido acogido, me he sentido bien, querido: me gusta…” Por esto hemos de volver siempre a Jesús, pues en los momentos de la historia (Papas, Concilios, teología…) se ha explicado en el tiempo, en la cultura del momento, una verdad que tienen mil potencialidades, que es dinámica, como también es dinámica nuestra comprensión, nuestro acercamiento a la verdad… La Biblia nos da siempre pistas del discernimiento, para salir de la cultura racionalista que nos ha aprisionado y nos aprisiona con su moralismo y sus reglas que se multiplican hasta un nuevo fariseísmo, hay que volver a Jesús continuamente, a ese sentirnos mirados por Él, sentir el amor que cura. Jesús cuando nos mira nos muestra como podemos ser, y esto nos mueve a ser nosotros mismos, a amar más, a vivir la radicalidad del Evangelio, todo esto significa la luz del cirio pascual. Y fuera de Jesús, todo cansa, nos despistamos, y hemos de volver a la pista… todo esto es que con Jesús “nada me falta”: es quien se sabe guiado y acompañado por la mano firme y protectora del pastor, proclama con tranquila audacia su ausencia de ambiciones. Tiene todo lo que necesita: conducción, seguridad, alimento, defensa, escolta, techo donde habitar... Difícilmente anidarán en su corazón la agresividad, la envidia, la rivalidad, todas esas actitudes que amenazan siempre el convivir con los otros fraternalmente.
Tendríamos que imaginarnos cómo pronuncia Jesús en persona: "Nada me falta... El Padre me conduce... Aunque tenga que pasar por un valle de muerte, no temo mal alguno... Mi copa desborda... Benevolencia y felicidad sin fin... Porque Tú, Oh Padre, estás conmigo...". ¿Quién mejor que Jesús, vivió una intimidad amorosa con el Padre, su alimento, su mesa (Jn 4,32.34)? Es oveja, y pastor… "Yo soy el Buen Pastor" (Juan 10,11). La tonalidad íntima de este salmo, hace pensar en "una oveja", la única oveja que se siente mimada por el Pastor: "El Señor es mi Pastor, nada me falta". Esto evoca la solicitud de que habla Jesús cuando no duda un momento en "dejar las 99 para ir a buscar la única oveja perdida" (Mateo 18,12). Este mismo clima de "intimidad" evocará San Juan para hablar de la unión con Cristo Resucitado, retomando la imagen de la mesa servida: "entraré en su casa para cenar con El, yo cerca de El y El cerca de mí" (Apocalipsis 3,20). Los primeros cristianos cantaron mucho este salmo que lo consideraron como el salmo bautismal por excelencia: este salmo 22 se leía a los recién bautizados, la noche de Pascua, mientras subían de la piscina de inmersión de "aguas tranquilas que los hicieron revivir"... Y se dirigían hacia el lugar de la Confirmación, en que se "derramaba el perfume sobre su cabeza"... antes de introducirlos a su primera Eucaristía, "mesa preparada para ellos". Bajo estas imágenes pastorales de "majada" como telón de fondo, tenemos una oración de gran profundidad teológica y mística; Jesucristo es el único Pastor que procura no falte nada a la humanidad... El nos hace revivir en las aguas bautismales... Nos infunde su Espíritu Santo... Nos preparó la mesa con su cuerpo entregado... Y la copa de su Sangre derramada... El conduce a los hombres, más allá de los valles tenebrosos de la muerte, hasta la Casa del Padre en que todo es gracia y felicidad. No podemos buscar ser felices mientras miramos tanta gente desgraciada, la felicidad es una puerta que se abre hacia fuera, hacia los demás. Pero tiene una fuente secreta, estar con Dios: "porque Tú estás conmigo"... "Nada me falta", cuando vivo esta experiencia. Vuelta a la naturaleza. Es esta una de las aspiraciones del hombre moderno. "Mirad las flores del campo", decía Jesús. Este salmo nos invita a mirar las praderas, las fuentes, los trabajos pastoriles, la mesa en que recibimos a los amigos, las casas que nos alojan. Muchas alegrías inocentes están a nuestro alcance. ¿Por qué no aprovecharlas? ¿Por qué no proporcionarlas a los demás? (Noel Quesson).
San Gregorio Nisa escribe: "En el salmo, David invita a ser oveja cuyo Pastor sea Cristo, y que no te falte bien alguno a ti para quien el Buen Pastor se convierte a la vez en pasto, en agua de reposo, en alimento, en tregua en la fatiga, en camino y guía, distribuyendo sus gracias según tus necesidades. Así enseña a la Iglesia que cada uno debe hacerse oveja de este Buen Pastor que conduce, mediante la catequesis de salvación, a los prados y a las fuentes de la sagrada doctrina". San Cirilo de Alejandría dice de este salmo que es "el canto de los paganos convertidos, transformados en discípulos de Dios, que alimentados y reanimados espiritualmente, expresan a coro su reconocimiento por el alimento salvador y aclaman al Pastor, pues han tenido por guía no un santo como Israel tuvo a Moisés, sino al Príncipe de los pastores y al Señor de toda doctrina en quien están todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia."
3. 1 Pedro 2,20-25: Hay situaciones en las que el hombre, injustamente oprimido, sólo puede resistir a la injusticia con la paciencia. Si el cristiano descubre entonces el sentido del sufrimiento y, sin temor a los hombres, acepta la cruz pacientemente, su dolor estará fortalecido con la esperanza que no defrauda; imitará al Maestro que también padeció injustamente, y alcanzará la vida. Jesús, que fue llevado a la muerte como oveja al matadero; Jesús, por cuyas heridas hemos sido curados, vive, y ahora es el pastor y guardián de nuestras vidas. El sufrimiento del cristiano, asociado al sufrimiento de Cristo, tiene un sentido redentor. La paciencia cristiana es la única manera de resistir a la injusticia sin desesperaciones suicidas y sin traiciones cobardes a la justicia. Estos consejos que Pedro da a los esclavos de su tiempo, deben entenderse teniendo en cuenta la situación y sabiendo que, en cualquier caso, es preciso obedecer antes a Dios que a los hombres (Hech 5, 29). Por eso, recuerda en este contexto: "Respetad al rey, pero temiendo a Dios" (v. 17). Con ello señala un límite a toda autoridad humana y condena todo servilismo (“Eucaristía” 1981). Esta paciencia tiene su fundamento en la esperanza en Jesús, como recordaba S. Agustín: “¿Cuál es, sino, la esperanza de los fieles santos que llevan bajo la alianza conyugal, con castidad y concordia, el yugo del matrimonio, o la de quienes doman en la continencia de la viudez los placeres de la carne, o la de quienes, poniendo más alta la cima de la santidad y floreciendo en la nueva virginidad, siguieron al cordero adondequiera que fuera? ¿Qué esperanza, repito, les queda; qué esperanza nos queda a nosotros, si sólo siguen a Cristo quienes derraman su sangre por él? ¿Ha de perder la madre Iglesia a sus hijos, que engendró con tanta mayor fecundidad cuanta mayor era la tranquilidad de que gozaba en tiempo de paz? ¿Ha de suplicar que llegue la persecución y la prueba para perderlos? De ninguna manera, hermanos. ¿Cómo puede pedir la persecución quien grita día a día: No nos dejes caer en la tentación? (Mt 6,13). Aquel huerto del Señor, hermanos, tiene -y lo repito una y tres veces- no sólo las rosas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes, la hiedra del matrimonio y las violetas de las viudas. De ninguna manera, amadísimos, tiene que perder la esperanza de su vocación ninguna categoría de hombres: Cristo padeció por todos. Con toda verdad está escrito de él: ‘Quien quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad’ (1 Tim 2,4)”.
Si nos preguntamos qué es ser cristiano no podemos responder que es creer en Dios, y menos aún creer en cualquier imagen de Dios (recordemos que los primeros cristianos fueron acusados de ateísmo... y de ateísmo militante). Ser cristiano es creer en aquel Dios que se nos ha manifestado en Jesús el Cristo. Pero una cosa es que Jesús sea la puerta, y otra que se quite la libertad. Los cristianos han querido configurar socialmente el espíritu del evangelio: habla de la necesidad de entrar en la Vida, y se ha querido formar un Reino, facilitando “entrar por la puerta y no intentar saltar por otras partes”. Estas comparaciones, típicas del lenguaje de Juan, son espirituales, pero en la historia se han hecho leyes sociales sobre este espíritu, y algunos se han sentido forzados. Se ha asociado la fe a unas obligaciones, mirando más la explicación histórica de la doctrina, que a la esencia del mensaje de Jesús de Nazaret. Las formas renacentistas y ilustradas de pensamiento, nacidas en estos países cristianos, y no en otras partes del mundo, que han dado lugar al progreso que hoy conocemos en occidente, han surgido como hijas de ese “humus” griego-judeo-romano-cristiano, pero no han sido reconocidas por su padre, al mismo tiempo que ellas también se han alejado de su padre. La filosofía también ha ayudado a formar este modo de pensar, quizá por esto junto al monoteísmo, en esas sociedades cristianas se ha dado también el teísmo y el ateísmo, como formas de adhesión o rechazo a una cierta unión entre reino espiritual-reino terrenal. Todos desean también eso que denominamos la Vida, el Reino (o, simplemente, Dios). Pero han escogido otros caminos, por motivos emotivos, de ideas equivocadas, de incomprensiones y falta de diálogo fe-razón (basta pensar en el ateísmo de Nietzsche y su crítica a la “religión de esclavos”).
Son efectivamente las formas equivocadas de religiosidad, que provocan rechazo en gentes que –sin ser unos santitos- tienen, eso sí, percepción de qué no es humano… ¿Qué tiene la Ley que es tan duramente descalificada en el texto de san Pablo que comentamos? La respuesta es clara: la Ley infantiliza y mata. Jesús es el fin de la Ley. Con el cuarto evangelio en la mano la respuesta es también clara: la Ley incapacita, inmoviliza. Su símbolo son la muchedumbre de ciegos, cojos y paralíticos en el estanque de cinco soportales y en donde la vida se reparte a cuentagotas (cf. Jn 5,1ss). En contraposición con este panorama leemos en el texto de hoy: "quien entre a través de mí estará a salvo; entrará y saldrá libremente y siempre encontrará sustento... Yo he venido para que todos tengan vida y la tengan abundante". El hombre religioso prefiere la Ley; el cristiano prefiere a Jesús. El primero es heterónomo y servil; el segundo es autónomo y dueño. Es importante tener muy clara esta distinción en los tiempos que corren, más propensos a lo religioso que a lo cristiano. Sucede también muy a menudo que ambos órdenes se confunden y se habla de Jesús, cuando lo que en el fondo importa es la Ley (A. Benito).
4. El domingo 4º de Pascua es siempre el del Buen Pastor, se lee Juan 10 dividido, según los ciclos. Este año, la primera parte: la referida a Cristo como puerta: "Tenemos entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús; contamos con el camino nuevo y vivo que él ha inaugurado para nosotros a través de la cortina, o sea de su carne" (Hb 10.19; Mt 27. 51). Es, pues, la misma humanidad pascual de Cristo la que se ha convertido en puerta de acceso al "santuario", a los bienes de la salvación, a "los pastos", a "la vida abundante". Aunque estemos en una Misa con pocos hermanos en la fe, de ahí surge una fuerza que puede llegar a todos, pues la salvación, ofrecida para todos, viene por esta Humanidad de Jesús y sus frutos de la aplicación de la redención, que se vive en estos sacramentos. Jesús camina delante y conoce a sus ovejas, es el interesarse por cada uno con amor, no trata a la gente como “masa social”. Censura los malos pastores. S. Agustín hablaba de cómo hay que tener un amor que lleve a buscar incluso al que no quiere ser buscado: “Tú quieres errar, tú quieres perderte; pero no quiero yo. En última instancia no quiere aquel que me atemoriza. Si yo lo quisiera, mira lo que me dice, mira cómo me increpa: No recondujisteis a la que estaba descarriada ni buscasteis a la que se había perdido”, no es fácil “conquistar” un alma que no quiere y que da miedo de que no nos escuche, en un análisis psicológico entra al fondo del alma como el buen pastor: “Llamaré a la oveja descarriada, buscaré a la perdida. Quieras o no, lo haré. Y aunque al buscarla me desgarren las zarzas de los bosques, pasaré por todos los lugares, por angostos que sean; derribaré todas las vallas; en la medida en que me dé fuerzas el Señor que me atemoriza, recorreré todo. Llamaré a la descarriada, buscaré a la perdida. Si no quieres tener que soportarme, no te extravíes, no te pierdas”. Recuerdo una película-serie, “La mejor juventud” en la que cae por el suelo el concepto de libertad de “dejar hacer” sin más, de la revolución cultural de 1968, a veces se ve cómo esconde falta de amor, cuando con un poco más de cuidado se evitan daños graves.
-«Yo soy la puerta» «Muy muchas veces lo he visto por experiencia; hámelo dicho el Señor; he visto claro que por esta puerta hemos de entrar», escribía desenfadada Santa Teresa de Jesús. No hay otro camino que Cristo para llegar a Dios. Su humanidad es la puerta del templo. Cristo-Puerta. La puerta es una imagen entrañable y familiar; es una invitación a la relación y al encuentro; es signo de apertura. Cristo es, en primer lugar, puerta de Dios, porque nos facilita el acceso al Padre. «Siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene; que amor saca amor» (Santa Teresa).
“La Eucaristía de hoy está empapada de la presencia de Jesús bajo la imagen del Buen Pastor. En otras páginas del cuarto evangelio, san Juan nos presenta a Jesús -generalmente utilizando sus mismas palabras- bajo imágenes muy ricas y sugerentes: cordero inmolado que quita el pecado del mundo; camino, verdad y vida; luz que ilumina a los que están en las tinieblas; fuente de agua viva para todos los que tienen sed; pan bajado del cielo para dar vida a la humanidad... Hoy nos lo presenta bajo la figura del buen Pastor y de puerta del aprisco. Todas estas imágenes tienen su razón de ser y su explicación en esas últimas palabras del evangelio de hoy: "yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante".
La parábola-alegoría del buen Pastor tiene un gran interés eclesiológico. La Iglesia de Cristo es como un rebaño espiritual, al cual todo el mundo está llamado. Conducido por un solo Pastor (Cristo), vive la misma vida sobrenatural (la gracia) y se alimenta en los mismos pastos (palabra de Dios y sacramentos).
Entre el Pastor supremo y guardián del rebaño y las ovejas, existe una mutua relación de simpatía y de amor efectivo, una vida íntima de familia. Todo el rebaño se beneficia de la muerte del Pastor que dio libremente su vida por las ovejas. Resucitado de entre los muertos, sigue influyendo sobre ellas, sirviéndose normalmente de otros pastores que, unidos sacramental- mente con él y subordinados a él, hacen presente y eficaz su acción redentora.
Estas figuras del evangelio de hoy (puerta y pastor) expresan la función salvadora y mediadora de Jesús y también su estilo de servidor sacrificado que da la vida por sus ovejas. Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres (1 Tm 2. 5); sólo a través de él la vida y la luz llegan a los hombres, y los hombres llegan a la salvación y al Padre. Jesús no admite ninguna concurrencia en esta función; todas las demás mediaciones -incluso la singular de María- son derivadas y analógicas” (Josep Maria Guix). San Gregorio de Nisa dice al Buen Pastor: «¿Dónde pastoreas, Pastor Bueno, Tú que cargas sobre tus hombros a toda la grey? Muéstrame el lugar de tu reposo, guíame hasta el pasto nutritivo, llámame por mi nombre, para que yo escuche tu voz y tu voz me dé la vida eterna» (J. Gomis). La Iglesia ora este domingo por las vocaciones a los distintos ministerios y servicios, dentro del Pueblo de Dios. Necesitamos imperante- mente pastores al estilo del Buen Pastor. Hacen falta personas generosas, dispuestas a ofrecerse a Dios y a la Iglesia, para ser signo de la presencia y el amor del Buen Pastor, mensajeros de su Palabra, testigos de su amor, encarnación de su acogida y entrega (Jn 4,35). La figura evangélica del Buen Pastor es una imagen bella y poética que penetró hondamente en los corazones de los cristianos de Roma. En las catacumbas de Domitila, que se remontan al siglo I, aparecen pinturas del Buen Pastor. Imagen oficial en lugar del crucificado; tal vez por repugnancia. Sabemos que Cristo tiene muchos nombres. Fray Luis de León escribió un libro sobre ellos: Pimpollo o Retoño, Rostro de Dios, Camino, Monte, Rey, Pujanza de Dios, Hijo, Verbo, Salvador, Cordero de Dios, Esposo, Amado, Padre del siglo venidero, Príncipe de la Paz, Profeta, etc, etc. Pero este nombre de Pastor es el que se impuso Él solemnemente al final de su predicación y lo explicó largamente. No fue nada original... en el nombre, sí en lo que significa. Homero llamó a uno de sus héroes Agamenón, "Pastor de pueblos". Y su casi contemporáneo Isaías escribe en el Libro de la Consolación: "Ahí está vuestro Dios. Como Pastor pastorea su rebaño, recoge en sus brazos a los corderillos, en el seno los lleva y trata con cuidado a las paridas".
Vivimos en un mundo de contradicciones, ídolos y modelos que ofrecen liderazgos contrapuestos, variados, contradictorios… ¿estamos en un mundo vacío de ideales? Son días de oír al Buen Pastor: “Oveja perdida, ven / sobre mis hombros; que hoy / no sólo tu Pastor soy / sino tu pasto también. // Por descubrirte mejor / cuando balabas perdida, / dejé en un árbol la vida, / donde me subió tu amor; / si prenda quieres mayor, / mis obras hoy te la den. // Oveja perdida, ven / sobre mis hombros; que hoy / no sólo tu Pastor soy / sino tu pasto también. // Pasto al fin yo tuyo hecho, / ¿cuál dará mayor asombro, / el traerte yo en el hombro / o traerme tú en el pecho? / Prendas son de amor estrecho / que aun los más ciegos las ven. // Oveja perdida, ven / sobre mis hombros; que hoy / no sólo tu Pastor soy / sino tu pasto también” (Luís de Góngora). Son días de pedirle: “Pastor bueno, vela con solicitud sobre nosotros y haz que el rebaño adquirido por la sangre de tu Hijo pueda gozar eternamente de las verdes praderas de tu reino y tener parte de la admirable victoria de su Pastor” (Oración después de la comunión / Oración colecta).Llucià Pou Sabaté
PRIMERA LECTURA. Lectura de los Hechos de los Apóstoles 2,14a. 36-41: El día de Pentecostés se presentó Pedro con los once, levantó la voz y dirigió la palabra: -“Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías”. Estas palabras les traspasaron el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: -“¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” Pedro les contestó: -“Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y, además, para todos los que llame el Señor Dios nuestro, aunque estén lejos”. Con éstas y otras muchas razones los urgía y los exhortaba diciendo: -“Escapad de esta generación perversa”. Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día se les agregaron unos tres mil.
SALMO RESPONSORIAL 22,1-3a. 3b-4. 5. 6: R/. El Señor es mi pastor, nada me falta [o Aleluya].
El Señor es mi pastor, nada me falta: / en verdes praderas me hace recostar, / me conduce hacia fuentes tranquilas / y repara mis fuerzas. // Me guía por el sendero justo; por el honor de su nombre. / Aunque camine por cañadas oscuras, / nada temo, porque tú vas conmigo / tu vara y tu cayado me sosiegan. / Preparas una mesa ante mí, / enfrente de mis enemigos; / me unges la cabeza con perfume, / y mi copa rebosa. // Tu bondad y tu misericordia me acompañan / todos los días de mi vida, / y habitaré en la casa del Señor / por años sin término.
SEGUNDA LECTURA. Lectura de la primera carta del Apóstol San Pedro 2,20b-25: Queridos hermanos: Si obrando el bien soportáis el sufrimiento, hacéis una cosa hermosa ante Dios, pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo padeció su pasión por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. El no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca; cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas; al contrario, se ponía en manos del que juzga justamente. Cargado con nuestros pecados subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas os han curado. Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas.
Lectura del santo Evangelio según San Juan 10,1-10: En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: -“Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.
Jesús, les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: -“Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”.
Comentario: El pastor se distingue del ladrón en que frente al rebaño tiene una actitud de generosidad y de entrega. La división de los cristianos en muchos rebaños replantea si realmente seguimos el “buen pastor”. Ayer veíamos a Pedro como portavoz de la Iglesia, es más: como fiel fundamento de la unidad de la fe, como le anunció Jesús (“confirma a tus hermanos” “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”). El hecho de que Benedicto XVI haya rechazado el título de Patriarca de Occidente va en esta línea, quitar los obstáculos temporales para un papel que ha de ser espiritual: no un jefe de los obispos, sino el fundamento de la unidad en la fe, que se puede ejercer de muchas formas, y ahora se está estudiando desde el ecumenismo, el compromiso decidido a favor del «rebaño». Cristo es a la vez Pastor del pueblo y Cordero de Dios entregado en sacrificio. Porque se entregó hasta la muerte para salvar al pueblo, sin conservar para sí nada, hemos sido salvados, pues andábamos descarriados como ovejas. Jesús es Pastor porque ha renunciado a su vida, haciéndose Cordero de Dios entregado para la salvación de todos, es el hilo de la liturgia de hoy, concentrada en la Colecta: «Dios Todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo; concédenos también la alegría eterna del Reino de tus elegidos, para que así el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor».. Acudimos para ello a lo alto, pues «la misericordia del Señor llena la tierra, la palabra del Señor hizo el Cielo. Aleluya» (Sal 32,5-6; ant. entrada).
1. –Hechos 2,14.36-41: Dios lo ha hecho Señor y Mesías. Pedro es siempre el Primer Pastor-Vicario de Cristo que nos llama a todos, por la conversión y por la fe al redil de salvación que es la Iglesia. Pedro habla tanto en la primera como segunda lectura, sigue como ayer siendo el protagonista en el seguimiento de Jesús, el discernimiento para el buen espíritu, el fiel intérprete del sentir cristiano: “Convertíos y bautizaos…” instrumentos del Espíritu Santo, ofrecido a todos para participar en la familia de Jesús, pero de una manera segura (como refleja el cirio pascual encendido) con el Bautismo lo recibimos en un asentimiento de la fe, que es principio de la vida espiritual, como señalan los Padres como p. ej., san San Basilio: «De la misma manera que los cuerpos transparentes y nítidos, al recibir los rayos de luz se vuelven resplandecientes e irradian brillo, las almas que son llevadas e ilustradas por el Espíritu Santo se vuelven también espirituales y llevan a los demás la luz de la gracia. Del Espíritu Santo proviene el conocimiento de las cosas futuras, el entendimiento de los misterios, la comprensión de las verdades ocultas, la distribución de los dones, la ciudadanía celeste, la conversación con los ángeles. De Él la alegría que nunca termina, la perseverancia en Dios, la semejanza con Dios y, lo más sublime que puede ser pensado, el hacerse Dios».
“Ni entonces ni hoy se trata de un mero proselitismo para que aumente el número de los socios de la institución-iglesia, sino de facilitar el encuentro de Cristo con el hombre de nuestro tiempo, porque la iglesia no es la luz, sino testigo de la luz. Si con excusas de libertad y respeto, jamás presentamos y ofrecemos a nuestros amigos el valor de nuestra fe, tendrían que pensar forzosamente o que no creemos de verdad en Jesucristo o que no les queremos verdaderamente a ellos. Cuando alguien descubre un tesoro, debe intentar compartirlo con aquellos a quienes ama” (“Eucaristía” 1990).
Se trata del final del primer discurso de Pedro a un auditorio exclusivamente judío (v. 36) y de la reacción provocada en el mismo (vs. 37-41). El v. 36 es una apretada síntesis del mensaje pascual. Dos hechos. El primero (la crucifixión), simplemente constatado; el segundo (la resurrección), interpretado. La resurrección de Jesús es presentada como entronización. Señor y Mesías, una realeza que lleva a cumplimiento las profecías mesiánicas; un Señor, que abre el futuro: volverá y su vuelta inaugurará la fase gloriosa del Reino de Dios. Testigo y actor de excepción es Dios en persona. Durante su caminar por Palestina, Jesús se había manifestado de tal manera que denunciaba poseer rango divino. Tenía, pues, que ser Dios mismo, en cuyo lugar se había puesto Jesús, quien aclarase si éste era o no un impostor. La resurrección constituye precisamente la respuesta de Dios; es la gran señal de que Dios aprueba la actitud prepascual de Jesús. El es efectivamente el Hijo de Dios. La conversión predicada por los profetas (Mt 3,2) y Jesús mismo (Mt 4, 17) se expresa en el bautismo (Mt 28, 19). S. Agustín ponía la atención en el centro del misterio cuando decía que este discurso muestra la magnitud del perdón hacia los que mataron a Jesús y ahora son invitados a la Eucaristía, mucho más la redención se extiende a todos: “¿Quién perderá la esperanza de que se le perdonen los pecados, si se les perdonó el crimen de dar muerte a Cristo? Pertenecían al pueblo judío y se convirtieron; se convirtieron y se bautizaron. Se acercaron a la mesa del Señor y bebieron con fe la sangre que habían derramado con furor. Los Hechos de los Apóstoles manifiestan cuán total y plena fue su conversión. Vendieron todo lo que poseían y depositaron el precio de la venta a los pies de los apóstoles; y se distribuía a cada uno según lo que necesitaba, y nadie llamaba propio a nada, sino que todas las cosas les eran comunes. Así está escrito: ‘Tenían un alma sola y un solo corazón tendido hacia Dios’ (Hch 4,32-35).
Éstas son las ovejas de las que dijo: ‘No he sido enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel’ (Mt 15,24). A ellas manifestó su presencia, y al ser crucificado oró por ellas que se ensañaban contra él, diciendo: ‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’ (Lc 23,34). El médico veía a los locos que, perdida la razón, daban muerte al médico, y al dar muerte al médico, sin saberlo, se propinaban una medicina. Con ese Señor muerto nos hemos curado todos; hemos sido redimidos con su sangre y liberados del hambre con el pan de su cuerpo. Esa presencia manifestó Cristo a los judíos. Por eso dijo: No he sido enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel (Mt 15,24). Quería manifestarles la presencia de su cuerpo, pero no desdeñar o marginar a las ovejas que tenía entre los gentiles”.
2. Con el Salmo 22 vemos la maravillosa profecía de lo que es la esperanza cristiana, siglos antes de ser proclamada; estos 6 versículos en sus 4 estrofas dan la pauta de todo comportamiento confiado en este Dios que lo es todo, a modo de excursión, en el camino que es la vida. La primera nos lleva de buena mano a un lugar delicioso: «El Señor es mi Pastor nada me falta, en verdes praderas me hace recostar...». Cuando las cosas no están tan fáciles, en el dolor, aparece en la segunda estrofa la confianza: “aunque pase por barrancos tenebrosos el Señor está a mi vera”, él nos cuida y nos da serenidad y paz en la dificultad. Luego, la llegada: el festín: sentados a su mesa (alusión a la Eucaristía, donde tenemos la prenda de vida eterna) él llena nuestra copa y nos sirve: "El bienaventurado David te da a conocer la gracia del sacramento (de la Eucaristía), cuando dice: "Has preparado una mesa delante de mis ojos, frente a los que me persiguen. ¿Qué otra cosa puede significar con esta expresión sino la Mesa del sacramento y del Espíritu que Dios nos ha preparado? Has ungido mi cabeza con óleo. Sí. El ha ungido tu cabeza sobre la frente con el sello de Dios que has recibido para que quedes grabado con el sello, con la consagración a Dios. Y ves también que se habla del cáliz; es aquél sobre el que Cristo dijo, después de dar gracias: Este es el cáliz de mi sangre" (S. Cirilo de Jerusalén). Y San Ambrosio: "Escucha cuál es el sacramento que has recibido, escucha a David que habla. También él preveía, en el espíritu, estos misterios y exultaba y afirmaba "no carecer de nada". ¿Por qué? Porque quien ha recibido el Cuerpo de Cristo no tendrá jamás hambre. ¡Cuántas veces has oído el salmo 22 sin entenderlo! Ahora ves qué bien se ajusta a los sacramentos del cielo". Por fin, concluido el camino terreno viviremos –cuarta estrofa- en la casa de Dios por años sin fin, en el gozo del Señor.
Ayer veíamos como S. Pedro, ante la desbandada posterior al discurso de Cafarnaum, y la pregunta de Jesús de si querían ellos también irse, respondía: “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Jesús, el buen pastor, es el único que nos habla con verdad de las dos palabras importantes de la vida: amor y muerte. No como los charlatanes que no saben tocar la fibra, hablar auténticamente del sentido de la vida. Jesús –recordaba Benedicto XVI- es el filósofo: “Él nos dice quién es en realidad el hombre y qué debe hacer para ser verdaderamente hombre. Él nos indica el camino y este camino es la verdad. Él mismo es ambas cosas, y por eso es también la vida que todos anhelamos. Él indica también el camino más allá de la muerte; sólo quien es capaz de hacer todo esto es un verdadero maestro de vida. Lo mismo puede verse en la imagen del pastor... el pastor expresaba generalmente el sueño de una vida serena y sencilla, de la cual tenía nostalgia la gente inmersa en la confusión de la ciudad. Pero ahora la imagen era contemplada en un nuevo escenario que le daba un contenido más profundo: «El Señor es mi pastor, nada me falta... Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo...» (Sal 22,1-4). El verdadero pastor es Aquel que conoce también el camino que pasa por el valle de la muerte; Aquel que incluso por el camino de la última soledad, en el que nadie me puede acompañar, va conmigo guiándome para atravesarlo: Él mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con Él, se encuentra siempre un paso abierto. Saber que existe Aquel que me acompaña incluso en la muerte y que con su «vara y su cayado me sosiega», de modo que «nada temo» (cf. Sal 22,4), era la nueva «esperanza» que brotaba en la vida de los creyentes”.
El salmo 22 comienza con una afirmación atrevida: "El Señor es mi pastor, nada me falta". Hay gente que lo tiene todo aparentemente, pero se aburre... hay muchas cosas, que podríamos llamar salud física, y “social”, pero la salud interior es la más importante. Este sentido espiritual de la persona es lo esencial, donde desde Aristóteles se ha situado la centralidad de lo que es la búsqueda de la felicidad; y hay elementos difíciles de encuadrar como las emociones y sentimientos, sobre todo la búsqueda de belleza y sus variantes artísticas (música, pintura, contemplación de la naturaleza y el cosmos...). Podemos sin embargo especificar 3 aspectos: conocer la verdad (la búsqueda de la verdadera sabiduría, es, según Boecio, la verdadera medicina del alma); amar y sentirse amado (lo esencial de la persona); y tener esperanza incluso más allá de la muerte, es decir motivos para luchar en los proyectos, que es el máximo ejercicio de la libertad: el compromiso (para un cristiano, quedan ahí reflejadas la fe, la caridad y la esperanza). Con ello tenemos la armonía de las tres funciones espirituales –trascendentales- de la persona, que son inteligencia, amor y libertad. Interactúan en una realización personal en la comunión, pues la persona no se realiza sola sino como don a los demás, y es importante saber relacionarse, la empatía y formas de carácter sociable: buscando la felicidad de los demás encontramos la propia.
Iremos desarrollando estos puntos, pero ahora quería tocar algo que está como en el motor de arranque, eso que llaman ganas de emprender proyectos, ilusión por la vida, o como dice Jesús Arellano “encontrarse existiendo”, ese disfrutar de la vida tiene algo que ver con el sentido de lo sublime, de participar de lo grandioso, de lo bello: sólo la belleza es divina (porque de ahí surge todo crecimiento espiritual, en el entender, sentirse amado y amar, y vivir la libertad en una apertura a la esperanza). Perseguimos la sublimidad, como opuesto a lo muerto, lo banal: queremos optar por la vida y la tenemos en la Vida: en el fondo tenemos ganas de ser Dios, y esto se cumple con lo la suplantación (tomar el fruto del árbol de la vida con técnicas reproductivas o progresos que nos hagan innecesario a Dios) sino con la filiación divina, por el encuentro con Cristo, ser el mismo Cristo (“ipse Christus”), o como dice s. Pablo, el “sublime conocimiento de Jesucristo” (Fil 3, 8). Si la persona humana es, y debe seguir siendo, la clave hermenéutica para encontrar el camino hacia este diálogo por la promoción humana, la Iglesia ha declarado claramente su convicción de que su propia identidad está fundada al mismo tiempo y de manera igual en los órdenes antropológicos, teológicos y evangélicos que se reúnen en la clave hermenéutica de la persona de Jesucristo. Gaudium et Spes 22 lo indica claramente al enseñar que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado.” Jesucristo “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”. El es “el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones” (n 45). De este deseo de sublimidad nacen las ganas de vivir para algo alto, aunque no se sepa qué es… y de ahí surge esta multiplicidad de funciones que se han sintetizado antes.
Las pasiones incontroladas desencadenan pulsiones instintivas y dependencias (alcohol, sexo, drogas). Hay que educar toda pasión para que –integrándola en la interioridad– nos ayuden a tener un corazón bueno, a base de acciones buenas que se convierten en virtudes. Así, las tendencias hacia el bien, la verdad y la belleza van dominando todo lo que hacemos, va creciendo en nosotros un anhelo de sublimidad, de cosas grandes, y el deseo básico de amar y ser amado se va purificando de adherencias egoístas que hacen daño. La nostalgia de no tenerlo aún todo se va transformando en plenitud de tenerlo todo en la esperanza. La pena causada por la limitación de la realidad (limitaciones físicas o psicológicas, mal de la naturaleza y maldad humana) se vuelve entrega, servicio, y la certeza de que todo mal no sería permitido por Dios si no fuera porque de ello puede sacar –por caminos a nosotros desconocidos todavía– un bien más alto: surge de ahí una confianza muy grande en la vida, que ponemos no en nuestras fuerzas o en el destino, sino en algo que está más allá… en el fondo, en el amor de Dios, que no siempre se intuye directamente. Pero cuando miramos un paisaje precioso, una puesta de sol, los ojos de una persona amiga, nos embarga esa emoción del misterio… Einstein en 1930 publicó un credo, “En qué creo”, apoyando a un grupo de derechos humanos. En él defendía la noción de misterio. “La emoción más hermosa que podemos experimentar es lo misterioso. Es la emoción fundamental que está en la cuna de todo verdadero arte y ciencia. Aquel a quien esta emoción le es ajena, que ya no puede maravillarse y extasiarse en reverencia, es como si estuviera muerto, un candil apagado. Sentir que detrás de lo que puede experimentarse hay algo que nuestras mentes no pueden asir, cuya belleza y sublimidad nos alcanza sólo indirectamente: esto es la religiosidad. En esto sentido, y sólo en este, soy un hombre devotamente religioso.”
Desde el punto de vista teológico, estamos hablando de la conformación con Cristo por la gracia y en la gloria, como explicaría Santo Tomás. Si la predestinación lleva a ser conformes a la imagen de Cristo resucitado (Rom 8, 29), ¿en qué consiste esta conformación, para que seamos dios sin dejar de ser nosotros mismos? Es decir, en el cielo no podemos estar como pegados exteriormente a un Cristo total, pero tampoco podemos disolvernos en Él pues sería panteísmo. Veamos los datos que tenemos en la teología tomasiana de la conformación “in via”, para intuir más de la sublimidad de este misterio: algunos términos claves en este sentido son: -similitudo, assimilatio de la persona a Cristo, o coniformitas, conformatio, configuratio: hay una misteriosa presencia del Espíritu Santo en el alma (misión invisible): “Spiritus enim Sanctus in se sempre vivit, sed in nobis vivit, quando facit nos in se vivere”. Y esta presencia no es pasiva sino activa (cfr. Gal 4, 6), es el Espíritu del Hijo que nos conforma a Cristo. Y así “la criatura racional puede poseer la Persona divina”. El “vivir la vida de Cristo”, es “revestirse de Cristo”, la radicalidad bautismal: Revestirse de Cristo es vivir a su semejanza por las virtudes; es necesario que quien se asemeja a Cristo por el bautismo, se asemejen a su resurrección por la inocencia de la vida (cf. 2 Tim 2, 11), revestirse del hombre nuevo (induite novum hominem: Ef 4, 24) que es Jesucristo, que es principio de vida espiritual. La vida de Cristo «redunda» y «se reproduce» de algún modo en el cristiano. ¿De qué modo? Él es un maestro que enseña interiormente, mostrando los errores, y limpia los afectos -pues mueve los corazones para aspirar a los bienes más altos-, también a través de los Sacramentos, acciones de Cristo. Cristo es la Luz que dirige interiormente al hombre, moviendo su voluntad, con la colaboración libre del creyente que entonces recibe por el Espíritu Santo no sólo el Hijo sino también el Padre (cf. Io 13, 20). «El Hijo de Dios quiso comunicar a los hombres una filiación semejante a la suya (conformitatem suæ), de modo que fuera no sólo Hijo, sino el primogénito de muchos hijos», “teniendo el mismo Padre que Él”. La elevación a ser divinæ consortes naturæ (2 Petr 1, 4), en el Aquinate, es sinónimo de la gracia : «Gratia est quædam supernaturalis participatio divinæ naturæ, secundum quam divinæ efficimur consortes naturæ, ut dicitur in 2 Petr 1, 4, secundum cuius acceptionem dicimur regenerari in filios Dei». En continuidad con los Padres de la Iglesia, considera Santo Tomás que el hombre es imagen de Dios, por su ser espiritual, y que se produce una espiritualización progresiva. «No conviene creer, sin embargo, que el alma racional esté tomada de la substancia de Dios, como erróneamente han creído algunos». Se trata de una perfección real de la «esencia del alma» que sitúa a quienes la reciben en un “cierto orden divino”, en virtud del cual son “en un cierto modo constituidos deiformes”. Esta “semejanza divina” no lo es sólo de las operaciones de Dios, sino también de su vida eterna. El camino para esa unión es la Humanidad Santísima de Jesucristo. La expresión “in Christo” expresa entre otras cosas una participación escatológica en la misma vida misma de Cristo: por la filiación divina participamos en el linaje de Cristo, el nuevo Adán, nos incorporamos a la vida de Cristo: somos hijos de Dios in Christo, viviendo su vida.
Desde el punto de vista antropológico, estamos hablando de entender la vida como regalo. A veces pasamos por delante de algo precioso y no nos paramos a mirar, banalizamos lo más grande, y así nos pasa cuando dedicamos nuestra condición de personas a otra cosa que al regalo de darse a los demás, como decía T. Melendo: “Cualquier otra realidad, incluso el trabajo o la obra de arte más excelsa, se demuestra escasa para acoger la sublimidad ligada a la condición personal: ni puede ser «vehículo» de mi persona, ni está a la altura de aquella a la que pretendo entregarme. De ahí que, con total independencia de su valor material, el regalo sólo cumple su cometido en la medida en que yo me comprometo —me «integro»— en él. («¿Regalo, don, entrega? / Símbolo puro, signo / de que me quiero dar», escribió magistralmente Salinas)”, y la entrega a Dios Padre, la filiación divina, es lo más sublime. Quizá se podría poner ahí la clave de ser uno mismo, sentirse vivo, y la energía para ser feliz: el sentirse hijos de Dios, pero claro, para quien no conoce mucho le basta seguir ese impulso, tan luminoso que a veces los Padres lo usan como base de sus argumentos para demostrar otras verdades de fe, y se entusiasman en presentar la excelencia y sublimidad de la adopción sobrenatural; ha sido para ellos tema de desarrollos al mismo tiempo elevados como también prácticos. Así Cirilo de Jerusalén y el de Alejandría, S. Basilio, S. Juan Crisóstomo, S. Agustín, etc. Según S. Ireneo, constituye el fin de la Encarnación. S. Atanasio deja clara su relación con la totalidad de la obra salvadora de Cristo, también con sus sufrimientos. Clemente de Alejandría muestra su conexión con la vocación a través del bautismo. Insisten -con la Escritura- en que la gloria de Dios consiste en hacer de nosotros hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia (Eph 1, 5-6): «Porque la gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios: si ya la revelación de Dios por la creación procuró la vida a todos los seres que viven en la tierra, cuánto más la manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a los que ven a Dios» S. Agustín resalta: «El Verbo se hizo carne y moró entre nosotros. ¡Trueque admirable! Él se hace carne, y éstos se hacen espíritu (...). Fuisteis comprados a mucho precio; por vosotros se hizo el Verbo carne; por vosotros, quien era el Hijo de Dios, hízose hijo del hombre, a fin de que los hijos del hombre fuerais hechos hijos de Dios». A los que creen en su nombre dioles facultad de ser hijos de Dios (Io 1, 12); y añade: «¿Y cómo son hechos hijos de Dios? Los cuales no de la sangre, ni de la voluntad de varón ni de la voluntad de la carne, sino que de Dios son nacidos. Al recibir la facultad de ser hechos hijos de Dios, nacieron de Dios. Notadlo bien: nacieron de Dios, no por la mezcla de las sangres, como tiene lugar la primera generación (...). ¿Qué eran, en efecto, estos nuevos hijos de Dios? (...) El primer nacimiento es de varón y mujer; el segundo es de Dios y de la Iglesia». Sentirse en casa, libres, sin atarse a nada más que a intentar dejarse amar por ese Dios que nos ama… eso es la vida. Decía Mossen Cima que un alma se fue al cielo, con miedo de qué decirle a Dios, y el ángel le tranquilizó: “-le dirás lo que todos…” y él insistió en sus miedo: “¿y qué me dirá Dios, pues me he portado tan mal…” –“tranquilo, le respondió el ángel: te dirá lo que a todos”. Cuando estuvo en la presencia de Dios le dijo sólo: “¡Gracias, Señor, por amarme tanto!”, y Dios Padre le contestó: “-Gracias a ti, por haberme pedido perdón tantas veces”. Es la única cosa que Dios no puede, esa limitación e impotencia de Dios, de superar la barrera de nuestra libertad, por eso el Evangelio nos pide (Juan Pablo II lo repetía): “¡abrir las puertas a Cristo!”, o al menos abrir el cerrojo de nuestra alma, para que él pueda entrar. Santa Catalina de Siena, al ver en la persona humana la imagen de la dignidad del Autor, su amor inextinguible “con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de amor por ella… ¡Inmenso abismo de caridad! ¿Puede haber un corazón tan duro que pueda mantenerse entero y no partirse al contemplar el descenso de la infinita sublimidad hasta lo más hondo de la vileza, como es la de la condición humana?” Espíritu de Amor que remite a la sublimidad de la propia esencia de Dios en la revelación de Jesucristo. El lenguaje humano siente la rígida limitación de sus palabras, encerradas siempre dentro de la «jaula» (L. Wittgenstein) que nos impide dar nombre a lo que constituye la esencia del misterio, de esta vida auténticamente vivida, de aprender a disfrutar estos “momentos mágicos” especiales de la vida, pero sobre todo encontrar la sublimidad en lo ordinario. La felicidad no está tanto en las grandes hazañas que soñamos con la imaginación, como en vivir de manera sublime las cosas pequeñas, cosa más difícil: dicen que los españoles son capaces de un “2 de mayo” (fecha del levantamiento ante los invasores), es decir un acto heroico, pero que lo que no son capaces es de un “3 de mayo, de un 4…”, es decir la rutina del día a día… Vivimos para la sublimidad, y hemos de saber encontrar la belleza en lo ordinario, no hemos de esperar un mañana donde se hagan realidad los sueños que vamos haciendo, ese “mañana” también vendrá, pues lo mejor siempre está por llegar, pero lo que es verdaderamente importante es encontrar en el “hoy” una vida llena, aunque no tenga momentos de “éxtasis”, entusiasmantes, de estar haciendo continuamente algo “extraordinario”, con descargas de adrenalina. En este sentido, es equivocado quien busca emociones siempre nuevas, porque no hay fuego sólo en la hoguera, también es fuego las brasas, que a veces bajo la ceniza van dando calor... En el fondo, cada día tiene un sentido positivo, porque la vida es una canción que tiene una letra y una música; la letra, es lo que toca hacer, y la música lo que da el ritmo, el entusiasmo, la armonía. Ésta es la música del corazón: el amor, y se trata de ponerla en la letra ordinaria, el “guión” de cada día. El misterio de la vida está ahí, descubrir que todo es del Señor, y cuando nos alejamos de Él perdemos esta sublimidad, vuelve el vacío, cuando hemos probado el cielo la tierra no satisface, lo auténtico está, como decía Joan Maragall, en ver que Dios está aquí, en lo de cada día, el hombre está hecho para Dios, y de tendencia mira también la tierra, y cuando absolutiza esta tendencia pierde terreno la otra, y se pierde. No hablamos aquí de quien se aburre porque tiene falta de serotonina, por una cuestión química, sino que hay una retro-alimentación entre el sentido de sublimidad que estamos analizando bajo la óptica de la filiación divina, y la vida en el espíritu y virtudes, que de alguna manera vemos en toda educación, que básicamente consta de dos elementos: motivación y esfuerzo. Quien está motivado, se esfuerza, y quien se esfuerza crece interiormente y se va motivando. Según este esquema, la vida cristiana tendría como motor de arranque (más o menos consciente) este querer ser dios, hijos de Dios, que se aviva con su consideración: el sentirse hijos de Dios, que da alegría y libertad, de ello hablaremos en otro momento.
Al ver el mundo materializado, no hemos de juzgar ni condenar, que Jesús no lo hace, sino proclamar la divina misericordia, ese amor de Dios, que es lo que más mueve: el castigo también existe, pues si no hay posibilidad de rechazo no hay libertad. Pero una vez dejado claro este supuesto, volvamos a la necesidad de las personas, de sentirse valoradas, cosa que se nota cuando oímos hablar a alguien, cuando reclama atención nos lo está diciendo de mil modos. Esto no quiere decir que las obligaciones no sean importantes, pues son todo palabras si no hay hechos, servicio, y aunque muchas personas hayan trabajado por hacer la voluntad de Dios, por un sentido de obligación quizá muy ligado a la ley, ahí están sus obras de amor, que son lo que cuentan, y no las palabras. Pero también es importante el acogimiento, sentirse querido, como me decía una persona al conocer a otros: “aquí me he sentido acogido, me he sentido bien, querido: me gusta…” Por esto hemos de volver siempre a Jesús, pues en los momentos de la historia (Papas, Concilios, teología…) se ha explicado en el tiempo, en la cultura del momento, una verdad que tienen mil potencialidades, que es dinámica, como también es dinámica nuestra comprensión, nuestro acercamiento a la verdad… La Biblia nos da siempre pistas del discernimiento, para salir de la cultura racionalista que nos ha aprisionado y nos aprisiona con su moralismo y sus reglas que se multiplican hasta un nuevo fariseísmo, hay que volver a Jesús continuamente, a ese sentirnos mirados por Él, sentir el amor que cura. Jesús cuando nos mira nos muestra como podemos ser, y esto nos mueve a ser nosotros mismos, a amar más, a vivir la radicalidad del Evangelio, todo esto significa la luz del cirio pascual. Y fuera de Jesús, todo cansa, nos despistamos, y hemos de volver a la pista… todo esto es que con Jesús “nada me falta”: es quien se sabe guiado y acompañado por la mano firme y protectora del pastor, proclama con tranquila audacia su ausencia de ambiciones. Tiene todo lo que necesita: conducción, seguridad, alimento, defensa, escolta, techo donde habitar... Difícilmente anidarán en su corazón la agresividad, la envidia, la rivalidad, todas esas actitudes que amenazan siempre el convivir con los otros fraternalmente.
Tendríamos que imaginarnos cómo pronuncia Jesús en persona: "Nada me falta... El Padre me conduce... Aunque tenga que pasar por un valle de muerte, no temo mal alguno... Mi copa desborda... Benevolencia y felicidad sin fin... Porque Tú, Oh Padre, estás conmigo...". ¿Quién mejor que Jesús, vivió una intimidad amorosa con el Padre, su alimento, su mesa (Jn 4,32.34)? Es oveja, y pastor… "Yo soy el Buen Pastor" (Juan 10,11). La tonalidad íntima de este salmo, hace pensar en "una oveja", la única oveja que se siente mimada por el Pastor: "El Señor es mi Pastor, nada me falta". Esto evoca la solicitud de que habla Jesús cuando no duda un momento en "dejar las 99 para ir a buscar la única oveja perdida" (Mateo 18,12). Este mismo clima de "intimidad" evocará San Juan para hablar de la unión con Cristo Resucitado, retomando la imagen de la mesa servida: "entraré en su casa para cenar con El, yo cerca de El y El cerca de mí" (Apocalipsis 3,20). Los primeros cristianos cantaron mucho este salmo que lo consideraron como el salmo bautismal por excelencia: este salmo 22 se leía a los recién bautizados, la noche de Pascua, mientras subían de la piscina de inmersión de "aguas tranquilas que los hicieron revivir"... Y se dirigían hacia el lugar de la Confirmación, en que se "derramaba el perfume sobre su cabeza"... antes de introducirlos a su primera Eucaristía, "mesa preparada para ellos". Bajo estas imágenes pastorales de "majada" como telón de fondo, tenemos una oración de gran profundidad teológica y mística; Jesucristo es el único Pastor que procura no falte nada a la humanidad... El nos hace revivir en las aguas bautismales... Nos infunde su Espíritu Santo... Nos preparó la mesa con su cuerpo entregado... Y la copa de su Sangre derramada... El conduce a los hombres, más allá de los valles tenebrosos de la muerte, hasta la Casa del Padre en que todo es gracia y felicidad. No podemos buscar ser felices mientras miramos tanta gente desgraciada, la felicidad es una puerta que se abre hacia fuera, hacia los demás. Pero tiene una fuente secreta, estar con Dios: "porque Tú estás conmigo"... "Nada me falta", cuando vivo esta experiencia. Vuelta a la naturaleza. Es esta una de las aspiraciones del hombre moderno. "Mirad las flores del campo", decía Jesús. Este salmo nos invita a mirar las praderas, las fuentes, los trabajos pastoriles, la mesa en que recibimos a los amigos, las casas que nos alojan. Muchas alegrías inocentes están a nuestro alcance. ¿Por qué no aprovecharlas? ¿Por qué no proporcionarlas a los demás? (Noel Quesson).
San Gregorio Nisa escribe: "En el salmo, David invita a ser oveja cuyo Pastor sea Cristo, y que no te falte bien alguno a ti para quien el Buen Pastor se convierte a la vez en pasto, en agua de reposo, en alimento, en tregua en la fatiga, en camino y guía, distribuyendo sus gracias según tus necesidades. Así enseña a la Iglesia que cada uno debe hacerse oveja de este Buen Pastor que conduce, mediante la catequesis de salvación, a los prados y a las fuentes de la sagrada doctrina". San Cirilo de Alejandría dice de este salmo que es "el canto de los paganos convertidos, transformados en discípulos de Dios, que alimentados y reanimados espiritualmente, expresan a coro su reconocimiento por el alimento salvador y aclaman al Pastor, pues han tenido por guía no un santo como Israel tuvo a Moisés, sino al Príncipe de los pastores y al Señor de toda doctrina en quien están todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia."
3. 1 Pedro 2,20-25: Hay situaciones en las que el hombre, injustamente oprimido, sólo puede resistir a la injusticia con la paciencia. Si el cristiano descubre entonces el sentido del sufrimiento y, sin temor a los hombres, acepta la cruz pacientemente, su dolor estará fortalecido con la esperanza que no defrauda; imitará al Maestro que también padeció injustamente, y alcanzará la vida. Jesús, que fue llevado a la muerte como oveja al matadero; Jesús, por cuyas heridas hemos sido curados, vive, y ahora es el pastor y guardián de nuestras vidas. El sufrimiento del cristiano, asociado al sufrimiento de Cristo, tiene un sentido redentor. La paciencia cristiana es la única manera de resistir a la injusticia sin desesperaciones suicidas y sin traiciones cobardes a la justicia. Estos consejos que Pedro da a los esclavos de su tiempo, deben entenderse teniendo en cuenta la situación y sabiendo que, en cualquier caso, es preciso obedecer antes a Dios que a los hombres (Hech 5, 29). Por eso, recuerda en este contexto: "Respetad al rey, pero temiendo a Dios" (v. 17). Con ello señala un límite a toda autoridad humana y condena todo servilismo (“Eucaristía” 1981). Esta paciencia tiene su fundamento en la esperanza en Jesús, como recordaba S. Agustín: “¿Cuál es, sino, la esperanza de los fieles santos que llevan bajo la alianza conyugal, con castidad y concordia, el yugo del matrimonio, o la de quienes doman en la continencia de la viudez los placeres de la carne, o la de quienes, poniendo más alta la cima de la santidad y floreciendo en la nueva virginidad, siguieron al cordero adondequiera que fuera? ¿Qué esperanza, repito, les queda; qué esperanza nos queda a nosotros, si sólo siguen a Cristo quienes derraman su sangre por él? ¿Ha de perder la madre Iglesia a sus hijos, que engendró con tanta mayor fecundidad cuanta mayor era la tranquilidad de que gozaba en tiempo de paz? ¿Ha de suplicar que llegue la persecución y la prueba para perderlos? De ninguna manera, hermanos. ¿Cómo puede pedir la persecución quien grita día a día: No nos dejes caer en la tentación? (Mt 6,13). Aquel huerto del Señor, hermanos, tiene -y lo repito una y tres veces- no sólo las rosas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes, la hiedra del matrimonio y las violetas de las viudas. De ninguna manera, amadísimos, tiene que perder la esperanza de su vocación ninguna categoría de hombres: Cristo padeció por todos. Con toda verdad está escrito de él: ‘Quien quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad’ (1 Tim 2,4)”.
Si nos preguntamos qué es ser cristiano no podemos responder que es creer en Dios, y menos aún creer en cualquier imagen de Dios (recordemos que los primeros cristianos fueron acusados de ateísmo... y de ateísmo militante). Ser cristiano es creer en aquel Dios que se nos ha manifestado en Jesús el Cristo. Pero una cosa es que Jesús sea la puerta, y otra que se quite la libertad. Los cristianos han querido configurar socialmente el espíritu del evangelio: habla de la necesidad de entrar en la Vida, y se ha querido formar un Reino, facilitando “entrar por la puerta y no intentar saltar por otras partes”. Estas comparaciones, típicas del lenguaje de Juan, son espirituales, pero en la historia se han hecho leyes sociales sobre este espíritu, y algunos se han sentido forzados. Se ha asociado la fe a unas obligaciones, mirando más la explicación histórica de la doctrina, que a la esencia del mensaje de Jesús de Nazaret. Las formas renacentistas y ilustradas de pensamiento, nacidas en estos países cristianos, y no en otras partes del mundo, que han dado lugar al progreso que hoy conocemos en occidente, han surgido como hijas de ese “humus” griego-judeo-romano-cristiano, pero no han sido reconocidas por su padre, al mismo tiempo que ellas también se han alejado de su padre. La filosofía también ha ayudado a formar este modo de pensar, quizá por esto junto al monoteísmo, en esas sociedades cristianas se ha dado también el teísmo y el ateísmo, como formas de adhesión o rechazo a una cierta unión entre reino espiritual-reino terrenal. Todos desean también eso que denominamos la Vida, el Reino (o, simplemente, Dios). Pero han escogido otros caminos, por motivos emotivos, de ideas equivocadas, de incomprensiones y falta de diálogo fe-razón (basta pensar en el ateísmo de Nietzsche y su crítica a la “religión de esclavos”).
Son efectivamente las formas equivocadas de religiosidad, que provocan rechazo en gentes que –sin ser unos santitos- tienen, eso sí, percepción de qué no es humano… ¿Qué tiene la Ley que es tan duramente descalificada en el texto de san Pablo que comentamos? La respuesta es clara: la Ley infantiliza y mata. Jesús es el fin de la Ley. Con el cuarto evangelio en la mano la respuesta es también clara: la Ley incapacita, inmoviliza. Su símbolo son la muchedumbre de ciegos, cojos y paralíticos en el estanque de cinco soportales y en donde la vida se reparte a cuentagotas (cf. Jn 5,1ss). En contraposición con este panorama leemos en el texto de hoy: "quien entre a través de mí estará a salvo; entrará y saldrá libremente y siempre encontrará sustento... Yo he venido para que todos tengan vida y la tengan abundante". El hombre religioso prefiere la Ley; el cristiano prefiere a Jesús. El primero es heterónomo y servil; el segundo es autónomo y dueño. Es importante tener muy clara esta distinción en los tiempos que corren, más propensos a lo religioso que a lo cristiano. Sucede también muy a menudo que ambos órdenes se confunden y se habla de Jesús, cuando lo que en el fondo importa es la Ley (A. Benito).
4. El domingo 4º de Pascua es siempre el del Buen Pastor, se lee Juan 10 dividido, según los ciclos. Este año, la primera parte: la referida a Cristo como puerta: "Tenemos entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús; contamos con el camino nuevo y vivo que él ha inaugurado para nosotros a través de la cortina, o sea de su carne" (Hb 10.19; Mt 27. 51). Es, pues, la misma humanidad pascual de Cristo la que se ha convertido en puerta de acceso al "santuario", a los bienes de la salvación, a "los pastos", a "la vida abundante". Aunque estemos en una Misa con pocos hermanos en la fe, de ahí surge una fuerza que puede llegar a todos, pues la salvación, ofrecida para todos, viene por esta Humanidad de Jesús y sus frutos de la aplicación de la redención, que se vive en estos sacramentos. Jesús camina delante y conoce a sus ovejas, es el interesarse por cada uno con amor, no trata a la gente como “masa social”. Censura los malos pastores. S. Agustín hablaba de cómo hay que tener un amor que lleve a buscar incluso al que no quiere ser buscado: “Tú quieres errar, tú quieres perderte; pero no quiero yo. En última instancia no quiere aquel que me atemoriza. Si yo lo quisiera, mira lo que me dice, mira cómo me increpa: No recondujisteis a la que estaba descarriada ni buscasteis a la que se había perdido”, no es fácil “conquistar” un alma que no quiere y que da miedo de que no nos escuche, en un análisis psicológico entra al fondo del alma como el buen pastor: “Llamaré a la oveja descarriada, buscaré a la perdida. Quieras o no, lo haré. Y aunque al buscarla me desgarren las zarzas de los bosques, pasaré por todos los lugares, por angostos que sean; derribaré todas las vallas; en la medida en que me dé fuerzas el Señor que me atemoriza, recorreré todo. Llamaré a la descarriada, buscaré a la perdida. Si no quieres tener que soportarme, no te extravíes, no te pierdas”. Recuerdo una película-serie, “La mejor juventud” en la que cae por el suelo el concepto de libertad de “dejar hacer” sin más, de la revolución cultural de 1968, a veces se ve cómo esconde falta de amor, cuando con un poco más de cuidado se evitan daños graves.
-«Yo soy la puerta» «Muy muchas veces lo he visto por experiencia; hámelo dicho el Señor; he visto claro que por esta puerta hemos de entrar», escribía desenfadada Santa Teresa de Jesús. No hay otro camino que Cristo para llegar a Dios. Su humanidad es la puerta del templo. Cristo-Puerta. La puerta es una imagen entrañable y familiar; es una invitación a la relación y al encuentro; es signo de apertura. Cristo es, en primer lugar, puerta de Dios, porque nos facilita el acceso al Padre. «Siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene; que amor saca amor» (Santa Teresa).
“La Eucaristía de hoy está empapada de la presencia de Jesús bajo la imagen del Buen Pastor. En otras páginas del cuarto evangelio, san Juan nos presenta a Jesús -generalmente utilizando sus mismas palabras- bajo imágenes muy ricas y sugerentes: cordero inmolado que quita el pecado del mundo; camino, verdad y vida; luz que ilumina a los que están en las tinieblas; fuente de agua viva para todos los que tienen sed; pan bajado del cielo para dar vida a la humanidad... Hoy nos lo presenta bajo la figura del buen Pastor y de puerta del aprisco. Todas estas imágenes tienen su razón de ser y su explicación en esas últimas palabras del evangelio de hoy: "yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante".
La parábola-alegoría del buen Pastor tiene un gran interés eclesiológico. La Iglesia de Cristo es como un rebaño espiritual, al cual todo el mundo está llamado. Conducido por un solo Pastor (Cristo), vive la misma vida sobrenatural (la gracia) y se alimenta en los mismos pastos (palabra de Dios y sacramentos).
Entre el Pastor supremo y guardián del rebaño y las ovejas, existe una mutua relación de simpatía y de amor efectivo, una vida íntima de familia. Todo el rebaño se beneficia de la muerte del Pastor que dio libremente su vida por las ovejas. Resucitado de entre los muertos, sigue influyendo sobre ellas, sirviéndose normalmente de otros pastores que, unidos sacramental- mente con él y subordinados a él, hacen presente y eficaz su acción redentora.
Estas figuras del evangelio de hoy (puerta y pastor) expresan la función salvadora y mediadora de Jesús y también su estilo de servidor sacrificado que da la vida por sus ovejas. Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres (1 Tm 2. 5); sólo a través de él la vida y la luz llegan a los hombres, y los hombres llegan a la salvación y al Padre. Jesús no admite ninguna concurrencia en esta función; todas las demás mediaciones -incluso la singular de María- son derivadas y analógicas” (Josep Maria Guix). San Gregorio de Nisa dice al Buen Pastor: «¿Dónde pastoreas, Pastor Bueno, Tú que cargas sobre tus hombros a toda la grey? Muéstrame el lugar de tu reposo, guíame hasta el pasto nutritivo, llámame por mi nombre, para que yo escuche tu voz y tu voz me dé la vida eterna» (J. Gomis). La Iglesia ora este domingo por las vocaciones a los distintos ministerios y servicios, dentro del Pueblo de Dios. Necesitamos imperante- mente pastores al estilo del Buen Pastor. Hacen falta personas generosas, dispuestas a ofrecerse a Dios y a la Iglesia, para ser signo de la presencia y el amor del Buen Pastor, mensajeros de su Palabra, testigos de su amor, encarnación de su acogida y entrega (Jn 4,35). La figura evangélica del Buen Pastor es una imagen bella y poética que penetró hondamente en los corazones de los cristianos de Roma. En las catacumbas de Domitila, que se remontan al siglo I, aparecen pinturas del Buen Pastor. Imagen oficial en lugar del crucificado; tal vez por repugnancia. Sabemos que Cristo tiene muchos nombres. Fray Luis de León escribió un libro sobre ellos: Pimpollo o Retoño, Rostro de Dios, Camino, Monte, Rey, Pujanza de Dios, Hijo, Verbo, Salvador, Cordero de Dios, Esposo, Amado, Padre del siglo venidero, Príncipe de la Paz, Profeta, etc, etc. Pero este nombre de Pastor es el que se impuso Él solemnemente al final de su predicación y lo explicó largamente. No fue nada original... en el nombre, sí en lo que significa. Homero llamó a uno de sus héroes Agamenón, "Pastor de pueblos". Y su casi contemporáneo Isaías escribe en el Libro de la Consolación: "Ahí está vuestro Dios. Como Pastor pastorea su rebaño, recoge en sus brazos a los corderillos, en el seno los lleva y trata con cuidado a las paridas".
Vivimos en un mundo de contradicciones, ídolos y modelos que ofrecen liderazgos contrapuestos, variados, contradictorios… ¿estamos en un mundo vacío de ideales? Son días de oír al Buen Pastor: “Oveja perdida, ven / sobre mis hombros; que hoy / no sólo tu Pastor soy / sino tu pasto también. // Por descubrirte mejor / cuando balabas perdida, / dejé en un árbol la vida, / donde me subió tu amor; / si prenda quieres mayor, / mis obras hoy te la den. // Oveja perdida, ven / sobre mis hombros; que hoy / no sólo tu Pastor soy / sino tu pasto también. // Pasto al fin yo tuyo hecho, / ¿cuál dará mayor asombro, / el traerte yo en el hombro / o traerme tú en el pecho? / Prendas son de amor estrecho / que aun los más ciegos las ven. // Oveja perdida, ven / sobre mis hombros; que hoy / no sólo tu Pastor soy / sino tu pasto también” (Luís de Góngora). Son días de pedirle: “Pastor bueno, vela con solicitud sobre nosotros y haz que el rebaño adquirido por la sangre de tu Hijo pueda gozar eternamente de las verdes praderas de tu reino y tener parte de la admirable victoria de su Pastor” (Oración después de la comunión / Oración colecta).Llucià Pou Sabaté
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