MARTES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA: con la confianza puesta en el Señor, abandonamos en Él nuestro espíritu y todas nuestras cosas. La fe nos hace ver incluso en las contrariedades que todo será para bien
1ª Lectura: Hechos 7,51-60;8,1: 51 Hombres de cabeza dura e incircuncisos de corazón y de oídos, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como fueron vuestros padres, así sois también vosotros. 52 ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Mataron a los que predijeron la venida del Justo, del cual vosotros ahora sois los traidores y asesinos; 53 vosotros, que habéis recibido la ley por ministerio de los ángeles, y no la habéis guardado». 54 Al oír esto estallaban de rabia sus corazones, y rechinaban los dientes contra él. 55 Pero él, lleno del Espíritu Santo, con los ojos fijos en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios, 56 y dijo: «Veo los cielos abiertos y al hijo del hombre de pie a la derecha de Dios». 57 Ellos, lanzando grandes gritos, se taparon los oídos y se lanzaron todos a una sobre él; 58 lo llevaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos habían dejado sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo. 59 Mientras lo apedreaban, Esteban oró así: «Señor Jesús, recibe mi espíritu». 60 Y puesto de rodillas, gritó con fuerte voz: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado». Y diciendo esto, expiró. Saulo aprobaba este asesinato. 1 Aquel día se desencadenó una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén; y todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría.
Salmo Responsorial 31,3-4.6-8.17-21: 3 atiéndeme, ven corriendo a liberarme; sé tú mi roca de refugio, la fortaleza de mi salvación; 4 ya que eres tú mi roca y mi fortaleza, por el honor de tu nombre, condúceme tú y guíame; 6 En tus manos encomiendo mi espíritu; tú me rescatarás, Señor, Dios verdadero. 7 Aborrezco a los que adoran ídolos vanos, pero yo he puesto mi confianza en el Señor; 8 tu amor ser mi gozo y mi alegría, porque te has fijado en mi miseria y has comprendido la angustia de mi alma; 17 mira a tu siervo con ojos de bondad y sálvame por tu amor. 21 tú los guardas al amparo de tu rostro, lejos de las intrigas de los hombres; tú los cobijas en tu tienda lejos de las lenguas mordaces.
Evangelio Jn 6,30-35: 30 Le replicaron: «¿Qué milagros haces tú para que los veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? 31 Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo». 32 Jesús les dijo: «Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo; mi Padre es el que os da el verdadero pan del cielo. 33 Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo». 34 Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan». 35 Jesús les dijo: «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.
Comentario: 1. Este discurso, el más largo de los Hechos, resume la historia de Israel hasta la Redención de Jesús. Los que escucharon fueron duros, como a menudo yo, Señor, “soy «duro», «me encierro en mí mismo»... en lugar de dejarme dócilmente conducir por tu Espíritu hacia nuevos horizontes, hacia conversiones profundas, las que Tú deseas para todos nosotros.
a) -Esteban, lleno del Espíritu Santo, los ojos mirando al cielo vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios. Danos, Señor, esa mirada interior que nos hace «ver» a Dios, por el Espíritu.
Esteban, hombre fogoso, contestatario, discutidor vigoroso, es también un hombre de vida interior, contemplativo, un visionario que saca sus ideas, sus palabras, sus actos, de su oración contemplativa.
-«Veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre en pie a la diestra de Dios». Efectivamente, ¡Jesús está vivo, resucitado, exaltado! Y Esteban vive con El, vive de El. Es el tiempo pascual. Es en esta visión, alimentada ciertamente por la eucaristía que Esteban saca su fuerza y su certidumbre. A partir de esto, ¡nada puede detenerle! Reflexiono: Jesús, ¿es alguien para mí? ¿Tengo intimidad, compañerismo con El?
-Gritando fuertemente, se taparon los oídos y empezaron a apedrearle... Habían puesto sus vestidos a los pies de un joven, llamado Saulo. En una explosión de furor, se le conduce a la muerte. ¡Saulo de Tarso está allí! Pronto cambiará su nombre por el de Pablo. Toda su vida conservará el recuerdo de sus persecuciones a los cristianos. Estaba allí aquel día en que mataban a un hombre a pedradas. Desde aquel día debió de hacerse la pregunta: «¿De dónde le viene esa valentía?» ¿Hay a mi alrededor paganos, no-creyentes, indiferentes, que observan mi vivir? ¿Es mi vida una pregunta, una interpelación para ellos? ¿Pueden adivinar que hay un secreto en mi vida «una mirada fija en el cielo?»
-Mientras lo apedreaban, Esteban rogaba: «Señor, no les tengas en cuenta ese pecado.» Esta muerte es admirable. Como su maestro Jesús, Esteban perdona. Es la víctima que «ama» a sus verdugos, y «ruega» por ellos, como había pedido Jesús. ¿A quién tengo que perdonar?” (Noel Quesson). San Efrén: «Es evidente que los que sufren por Cristo gozan de la gloria de toda la Trinidad. Esteban vio al Padre y a Jesús situado a su derecha, porque Jesús se aparece sólo a los suyos, como a los Apóstoles después de la resurrección. Mientras el Campeón de la fe permanecía sin ayuda en medio de los furiosos asesinos del Señor, llegado el momento de coronar al primer mártir, vio al Señor, que sostenía una corona en la mano derecha, como si se animara a vencer la muerte y para indicarle que Él asiste interiormente a los que van a morir por su causa. Revela, por tanto, lo que ve, es decir, los cielos abiertos, cerrados a Adán y vueltos a abrir solamente a Cristo en el Jordán, pero abiertos también después de la Cruz a todos los que conllevan el dolor de Cristo y en primer lugar a este hombre. Observad que Esteban revela el motivo de la iluminación de su rostro, pues estaba a punto de contemplar esta visión maravillosa. Por eso se mudó en la apariencia de un ángel, a fin de que su testimonio fuera más fidedigno».
b) La fe nos ayuda a ver que todas las cosas de la tierra, incluso los problemas y las cosas malas, por culpa nuestra o sin ella, nos ayudan a una vida mejor, que todo será para bien. Tenemos idea de lo que es bueno y lo malo, pero no tenemos la perspectiva, visión de conjunto de la historia del mundo y cada uno de nosotros. Recuerdo la pregunta que nos hacíamos ante la desgracia de hace unos años en el desastre del tsunami oriental, y es aplicable a cualquier circunstancia histórica “¿Dónde estaba Dios el día del tsunami?” La catástrofe del terremoto submarino (200.000 muertos, cinco millones de personas que perdieron su casa...) es algo muy duro. Además, se necesitaran años para la obra de reconstrucción. ¿Por qué el mal? ¿Por qué el tsunami, tanta muerte y devastación? ¿Cómo es posible que Dios permita todo esto?, y si es bueno, ¿cómo cuida de los hombres? Si es Omnipotente ¿por qué no hace algo? Estas preguntas filosóficas son las que oímos muchos días, las que se hace un niño de 10 años, las que hace una persona mayor. ¿Existe Dios? Mirando el orden del firmamento o la abeja que con sus patas traslada el polen para fecundar las flores, pensando en la armonía de todo lo creado, en el agua que cae en la lluvia y fecunda la tierra para ir al mar y a través de las nubes rehacer el ciclo, pensando en tanta belleza y sobre todo la maravilla del amor, la riqueza de la memoria, la sed de entender,... sí, es fácil llegar al Dios creador. Pero, ¿qué providencia permite los desastres?
Esta es la gran pregunta. Hay dos soluciones ante esta pregunta: o todo es absurdo o la vida es un misterio. Pero acogernos al misterio no significa dejar de pensar. No. También ahí se me presentan dos opciones: Dios es malo porque yo no entiendo como permitiría esto, o bien Dios es bueno y sabio, pero yo no entiendo de qué va la cosa. Es como aquella historia de un aprendiz de monje que al entrar en el convento le encargaron colaborar en tejer un tapiz. Al cabo de varios días, dijo de golpe: "no aguanto más, esto es insoportable, trabajar con un hilo amarillo tejiendo en una maraña de nudos, sin belleza alguna, ni ver nada. ¡Me voy!..." El maestro de novicios le dijo: "ten paciencia, porque ves las cosas por el lado que se trabaja, pero sólo se ve tu trabajo por el otro lado", y le llevó al otro lado de la gran estructura del andamio, y se quedó boquiabierto. Al mirar el tapiz contempló una escena bellísima: el nacimiento de Jesús, con la Virgen y el Santo Patriarca, con los pastores y los ángeles... y el hilo de oro que él había tejido, en una parte muy delicada del tapiz: la corona del niño Jesús. Y entendió que formamos parte de un designio divino, el tapiz de la historia, que se va tejiendo sin que veamos nunca por completo lo que significa lo que vemos, su lugar en el proyecto divino. No lo veremos totalmente hasta que pasemos al otro lado, cuando muramos a esta vida y pasemos a la otra.
Los judíos y cristianos, al ver los desastres humanos y naturales en la historia, han creído en que aquello tenía un sentido escondido; la confianza en Dios ha pasado por encima del diluvio, y la destrucción de Sodoma y Gomorra, etc. Él es siempre refugio y fortaleza: "Por ello, no tememos aunque tiembla la tierra o se derrumban los montes en el mar, aunque bramen las olas, y tiemblen los montes con su fuerza. El Señor... está con nosotros" (Salmo 45).
No somos los cristianos insensibles al sufrimiento, basta ver la respuesta de caritas, que en España recaudó enseguida el doble de dinero en ayudas que las que prometía el gobierno. Pero no aceptamos que sea absurdo, pensamos que tiene un sentido escondido. De hecho Jesús no vino a quitar el sufrimiento, sino a llenarlo de contenido, al dejarse clavar en la cruz. Y enseñó incluso que los que lloran son bienaventurados porque serán consolados (Mt 5, 4). De manera que el mal es un problema difícil de resolver, pero ante él toda la tradición cristiana es una respuesta de afirmación de que donde la cabeza no entiende, el amor encuentra un sentido escondido cuando se ve con la fe que Dios no quiere el mal, pero deja que los acontecimientos fluyan, procurando en su providencia que todo concurra hacia el bien: todo es para bien, para los que aman a Dios. Aunque cósmicamente defectuoso, dice el Cardenal George Pell, Arzobispo de Sydney, el mundo “va hacia la perfección. Dios ha dado la libertad a sus criaturas, que puede ser usada para fines malvados, mientras que la naturaleza avanza y cambia, por el contrario, según reglas fijas. Es inexacto decir que el tsunami ha sido un acto de Dios porque no ha sido Dios quien ha provocado este desastre. Podríamos preguntarnos porque Dios no ha creado un mundo más perfecto, porque permite tanto sufrimiento. No lo sabemos. El mal continúa siendo un misterio, pero nosotros estamos llamados a combatirlo, y el mal es sólo una parte de nuestra historia”.
No es correcto ver un sentido de castigo a lo que ha pasados a esos pueblos. No, las olas no han matado caprichosamente, no han hecho ninguna distinción. Pero siempre nace en nuestro interior, junto al sin-sentido del mal que requiere una re-ordenación divina, una justicia celestial, un lugar donde vayan los justos, donde no sufran ya más. Seguía diciendo el prelado: “Para los ateos no existe una explicación. Por ellos la vida es pura fortuna, sin ningún objetivo. Sólo un Dios bueno pide y da un sentido al amor universal y puede hacer cuadrar todos los sufrimientos humanos en la próxima vida. Ahora nuestra tarea es llevar a la práctica este amor que nosotros profesamos y ofrecer ayuda a los supervivientes".
2. Este salmo, que leemos en viernes santo, también es apropiado para este mártir que se une a la cruz de Jesús con las palabras: "Padre; en tus manos encomiendo mi espíritu". Karl Rahner comentaba estas palabras (Lc 23,46): “¡Oh Jesús, el más abandonado de todos los hombres! Oh corazón traspasado de dolor, estás al final. He aquí el final, en el que todo es arrancado, hasta el alma misma, el libre arbitrio entre aceptación o rechazo, y en el que el hombre ya no se pertenece a sí mismo…
Son las señales de la muerte. ¡Pero quién o qué cosa despoja así? ¿La nada? ¿El destino ciego? ¿La naturaleza implacable? No. Es el Padre, es el Dios de sabiduría y amor.
He aquí por qué te abandonas así. Con toda la confianza te entregas a estas suaves manos invisibles, que para nosotros, incrédulos y aferrados a nuestro yo, son las garras crueles del destino ciego de la muerte.
Tú sabes que son las manos del Padre, y tus ojos oscurecidos por la muerte todavía ven al Padre, se miran en los ojos serenos de su amor, cuando la boca pronuncia la última palabra de tu vida: "Padre, en tus manos entrego mi espíritu”.
Todo lo das al que todo te dio. ¡Todo lo depositas, sin garantía ni restricción, en las manos de tu Padre! ¿Es mucho, y cuán pesado y amargo! Lo que constituía el peso de tu vida, tuviste que cargarlo tú solo: los hombres con su dureza, tu misión, tu cruz, el fracaso y la muerte.
Pero, ahora, terminaste de cargar todo esto, pues se te ha concedido entregarlo todo, incluyéndote a ti mismo, en las manos del Padre. ¡Todo! ¡Estas manos cargan todo muy bien, con mucha dulzura! Manos de madre.
Se encierra sobre tu alma, como nosotros encerramos un pajarito, con precaución y cariño entre las palmas de las manos. Ahora nada pesa, todo es suave, todo es luz y gracia, todo es seguridad, al abrigo del corazón de Dios, en donde se pueden enjugar las lágrimas de dolor, en cuanto el Padre, como un anciano, enjuga las mejillas del Hijo.
Oh Jesús, ¿entregarás también algún día mi pobre alma y mi pobre cuerpo en las manos del Padre? Deposita, entonces, todo, el peso de mi vida y de mis pecados, no en la balanza de la justicia, sino en las manos del Padre.
¿A dónde huir, en dónde ocultarme, sino junto a ti, mi hermano en la amargura, que sufriste toda la pena por causa de mis pecados? ¡Mira! Hoy vengo a ti; me arrodillo ante tu cruz; beso los pies que sangraron por seguirme, sin desviación y sin ruido, durante el trayecto desordenado de mi vida. Abrazo tu cruz, Maestro de eterno amor, corazón de todos los corazones, corazón traspasado, corazón paciente, infinitamente bueno.
Ten piedad de mí. Recíbeme en tu amor. Y cuando llegue el final de mi peregrinación, cuando el día decline y las sombras de la muerte me envuelvan, pronuncia una vez más, en mi último instante, tu última palabra: "Padre, entrego su alma en tus manos" ¡Oh buen Jesús! Amén”.
–En tus manos encomiendo mi espíritu. Palabra que en Cristo encuentran plenitud de sentido: el abandono, el sufrimiento, la confianza, la liberación. Invitación a todos los creyentes a una apertura total a Dios que revela los prodigios de su misericordia protectora. Por eso empleamos el Salmo 3, en el que se insertan estas palabras: «Señor, sé la Roca de mi refugio, un baluarte donde me salve, Tú que eres mi Roca y mi baluarte, por tu nombre dirígeme y guíame. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu; Tú el Dios leal, me librarás; yo confío en el Señor. Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría. Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia. En el asilo de tu presencia nos escondes de las conjuras humanas».
“Habiendo puesto este salmo "en labios" de Jesús, hay que ponerlo "en nuestros propios labios", repetirlo por cuenta nuestra, y para el mundo de hoy. ¡Hay tantos enfermos, en los hogares y en los hospitales! ¡Tantos perseguidos, tantos despreciados, tantas personas consideradas como "cosas"! ¡Tantos aislados, abandonados! Pero vayamos hasta el fin del salmo, y repitamos también la acción de gracias” (Noel Quesson).
“"Tú eres mi Dios". Tú eres el Creador; yo no soy sino un poquito de polvo en tus manos. Puedes configurarme a tu antojo o dejarme reducido a la nada. Y, con todo, eres mi Dios; sí, mío, yo te tengo, me perteneces. No me has creado para luego abandonarme, sino que te ocupas de mí. Es cierto que riges al mundo entero, pero él no te preocupa más que yo: "Tú eres mi Dios; mis días están en tus manos"” (Emiliana Löhr).
Al comienzo del salmo estamos tensos, inseguros, aprensivos: el salmista está encerrado en sí mismo. Podemos obsesionarnos, preocuparnos, estamos en tensión… (vv. 2-5). Es el hombre literalmente atrapado en sus propias redes. En-si-mismado. Y este ensimismamiento es una cárcel, una prisión; el hombre, preso de sí mismo; y en un calabozo no hay sino sombras y fantasmas. Por eso está asustado: tendencias subjetivas, obsesiones, complejos de inferioridad, manías persecutorias, inclinaciones pesimistas... fulano no me escribe, ¿qué le habrán dicho de mí?; aquella amiga no me ha mirado, ¿por qué será?; aquí ya nadie me quiere, están pensando mal de mí, etc. ¡Cómo sufre la gente, y tan sin motivo! La explicación de fondo, repetimos, es que estas personas están encerradas en sí mismas como en una prisión. Cuando el hombre se encuentra consigo mismo, en sí mismo, se siente tan inseguro, tan precario y tan infeliz que es difícil evitar el asalto de miedo, el cual, a su vez, engendra los fantasmas.
En el versículo 6, el salmista despierta, ¡gran verbo de liberación! Toma conciencia de su situación de encierro, y sale ¡otro verbo de liberación! Toda liberación es siempre una salida. El salmista se suelta de sí mismo -estaba preso de sí- y salta a otra órbita, a un Tú. «A tus manos encomiendo mi espíritu» (v. 6). Y, al colocarse en ese otro «mundo», en ese otro «espacio», como por arte de magia se derrumban los muros de la cárcel, se ensanchan los horizontes y desaparecen las sombras. Amaneció la libertad: «Tú, el Dios leal, me librarás» (v. 6). Me librarás, ¿de qué? De los enemigos. ¿Qué enemigos? De aquellos que fundamentalmente eran «hijos» del miedo. Y, aun cuando antes hubieran sido objetivos, el mal del enemigo es el miedo del enemigo, o mejor, es el miedo el que constituye y declara como enemigos a las cosas adversas. Pero, al situarse el hombre en el «espacio» divino, al experimentar a Dios como roca y fuerza, se esfuma el miedo y, como consecuencia, desaparecen los enemigos. He ahí el itinerario de la libertad.
«Yo confío en el Señor» (v. 7). Confiar, ¡precioso verbo! En todo acto de confianza hay un salir de sí mismo, un soltar tensiones y un entregar al otro las llaves de la propia casa, como quien extiende un cheque en blanco. En un salto más audaz, la libertad se encarama sobre un pináculo mucho más elevado: «tu misericordia», expresión entrañable, sinónimo en el Antiguo Testamento de lealtad, gracia, amor (más exactamente, presencia amante), «es mi gozo y mi alegría» (v. 8). No solamente a los fantasmas se los llevó el viento y a los miedos se los tragó la tierra, sino que el salmista se baña en el océano de la Bienaventuranza: paz, alegría, seguridad, casi júbilo. Y, para colmo de tanta dicha, en los siguientes versículos viene a decir: cuando las aguas ya me llegaban al cuello y sentía que me ahogaba, tú me mirabas atenta y solícitamente, revoloteando sobre mí como el águila madre; no has permitido que las sombras me devoraran ni me alcanzaran las manos de mis enemigos, sino que, por el contrario, has colocado mis pies en un camino anchuroso, iluminado por la libertad (vv. 8-9).
La libertad profunda, esa libertad tejida de alegría y seguridad, consiste en que «brille tu rostro sobre tu siervo» (v. 17), en «caminar a la luz de su rostro» (Sal 89), en experimentar que Dios es mi Dios. Entonces, las angustias se las lleva el viento, y los enemigos rinden sus armas por el poder de «su misericordia» (v. 17), ya que los enemigos se albergan en el corazón del hombre: en tanto son enemigos en cuanto se los teme; y el temor tiene su asiento en el interior del hombre, pero el Señor nos libra del temor.
Y cuando desaparece el temor, «los malvados bajan mudos al abismo» (v. 18). ¿Quiénes eran esos malvados? Ahora se sabe: viento y nada. ¿En qué quedaron sus amenazas e «insolencias»? En un sonido de flautas. ¿Qué fue de los «labios mentirosos»? Quedaron enmudecidos (v. 19).
A medianoche, la tierra está cubierta de tinieblas. Llega la alborada y desaparecen las tinieblas. ¿Dónde se ocultaron? En ninguna parte. Al salir el sol, «se descubrió» que las tinieblas no eran tales, sino vacío y mentira. No de otro modo, al brillar el sol en los abismos del hombre, se comprueba que el miedo y sus «hijos» naturales no eran sino entes subjetivos, carentes de fundamento real. El Señor nos ha librado verdaderamente de nuestros enemigos.
No faltarán las conjuras humanas, las flechas envenenadas, las lenguas viperinas (v. 21). Pero a «los que a ti se acogen» (v. 20) «los escondes en el asilo de tu presencia» (v. 21). Expresión altamente preciosa, y analíticamente precisa. Quiero decir que, para quienes se dejan envolver vivamente por la presencia divina, esa presencia se transformará en refugio y abrigo (un abrigo anti-balas); para quienes se acogen a El, Dios será una presencia inmunizadora. Lloverán las flechas, pero se estrellarán contra el abrigo de quien ha confiado, y ni siquiera rozarán su piel: está inmunizado por la Presencia envolvente; Dios mismo es quien lo envuelve y lo cubre, haciéndolo insensible a los dardos (“Salmos para la vida”). Es la protección que pedimos en la Colecta: «Señor, tú que abres las puertas de tu reino a los que han renacido del agua y del Espíritu. Acrecienta la gracia que has dado a tus hijos, para que purificados del pecado alcancen todas tus promesas». Y en el Ofertorio: «Recibe, Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo; y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno». Esperanza que se renueva en la Comunión: «Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él. Aleluya» (Rm 6,8) y en la Postcomunión: «Mira, Señor, con bondad a tu pueblo, y ya que has querido renovarnos con estos sacramentos de vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa».
Comenta San Ambrosio: «¿A qué fin pides, oh judío, que te conceda el pan Aquél que lo da a todos, lo da a diario, lo da siempre? En ti mismo está el recibir este pan: acércate a este pan y lo recibirás. De este pan está dicho: “Todos los que se alejan de ti perecerán” (Sal 72,27). Si te alejares de Él, perecerás. Si te acercares a Él, vivirás. Este es el pan de la vida; así pues, el que come la vida no puede morir. Porque, ¿cómo morirá aquél para quien el manjar es la vida? ¿Cómo desfallecerá el que tuviere sustancia vital?
«Acercaos a Él y saciaos, porque es pan. Acercaos a Él y bebed, porque es fuente. Acercaos a Él y seréis iluminados (Sal 33,6), porque es luz (Jn 1,9). Acercaos a Él y sed libres, porque donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad (2 Cor 3,17). Acercaos a Él y sed absueltos, porque es perdón de los pecados (Ef 1,7). ¿Preguntáis quién es éste? Oídle a Él mismo que dice: “Yo soy el Pan de Vida; el que viene a Mí no tendrá hambre; y el que cree en Mí no pasará nunca sed” (Jn 6,35). Le oísteis y le visteis y no le creísteis; por eso estáis muertos; ahora siquiera, creed para que podáis vivir».
3. –Juan 6,30-35: No fue Moisés, sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. Como en otros pasajes del Evangelio, Jesús hace pasar a sus oyentes del sentido material al espiritual. De este modo llegamos al culmen de la revelación de Jesús, cuando éste proclama: «Yo soy el Pan de Vida». Comenta San Ambrosio: «¿A qué fin pides, oh judío, que te conceda el pan Aquél que lo da a todos, lo da a diario, lo da siempre? En ti mismo está el recibir este pan: acércate a este pan y lo recibirás. De este pan está dicho: “Todos los que se alejan de ti perecerán” (Sal 72,27). Si te alejares de Él, perecerás. Si te acercares a Él, vivirás. Este es el pan de la vida; así pues, el que come la vida no puede morir. Porque, ¿cómo morirá aquél para quien el manjar es la vida? ¿Cómo desfallecerá el que tuviere sustancia vital? «Acercaos a Él y saciaos, porque es pan. Acercaos a Él y bebed, porque es fuente. Acercaos a Él y seréis iluminados (Sal 33,6), porque es luz (Jn 1,9). Acercaos a Él y sed libres, porque donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad (2 Cor 3,17). Acercaos a Él y sed absueltos, porque es perdón de los pecados (Ef 1,7). ¿Preguntáis quién es éste? Oídle a Él mismo que dice: “Yo soy el Pan de Vida; el que viene a Mí no tendrá hambre; y el que cree en Mí no pasará nunca sed” (Jn 6,35). Le oísteis y le visteis y no le creísteis; por eso estáis muertos; ahora siquiera, creed para que podáis vivir» (Exposición sobre el Salmo 118,28).
Dios, en su Hijo Jesús, nos dio el verdadero Pan del cielo para saciar nuestra hambre y sed de vida eterna. Quien se alimenta es porque quiere continuar viviendo. Pero el alimento temporal sólo prolonga nuestra vida por un poco de tiempo. El Señor Jesús nos da vida eterna. Quien lo acepte tendrá esa vida, quien lo rechace habrá perdido la oportunidad de vivir eternamente, pues no hay otro camino, ni otro nombre en el cual podamos salvarnos. Pero tener la vida no significa sólo gozarla de un modo egoísta; la vida es como un fruto que los demás deben disfrutar, pues, junto con ellos, estaremos trabajando para que todos vivan con mayor dignidad y se encaminen, también con nosotros, a la posesión de los bienes definitivos que Dios nos ofreció por medio de su propio Hijo, que vino a alimentar nuestra fe, a levantar nuestra esperanza y a hacer arder nuestros corazones con el fuego de su amor. Alimentémonos de Cristo para poder alimentar al mundo, convertidos en pan de vida y dejando de ser, para él, un pan venenoso, podrido o deteriorado.
Señor, danos siempre de ese Pan. Sí, porque nosotros queremos entrar en una relación personal y amorosa con el Señor de la historia. A partir de nuestra comunión de Vida con Él entraremos también en comunión con la Misión que el Padre Dios le encomendó: salvar al mundo entero por medio del amor llevado hasta el extremo. El Señor nos alimenta con su propio Ser. Nosotros, a partir de entrar en comunión de vida con Él, somos transformados en Él, de tal forma que su Iglesia se convierte en un signo visible y creíble de la encarnación del Hijo de Dios. A nosotros, por tanto, corresponde continuar la obra de salvación de Dios en el mundo. Pero no lo hacemos bajo nuestras propias luces ni bajo nuestra propia iniciativa, ni con nuestras propias fuerza. Es el Señor quien continúa su obra por medio nuestro. Por eso aprendamos a confiarnos totalmente a Él. Abramos nuestros oídos y nuestro corazón para que su Palabra sea sembrada en nosotros y produzca frutos abundantes de salvación; sólo entonces seremos realmente un signo profético del amor salvador de Dios para el mundo.
Quienes hemos entrado en comunión de vida con el Señor estamos obligados a hacerlo presente, con todo su poder salvador, en el mundo. No podemos conformarnos con sólo darle culto al Señor. El verdadero hombre de fe vive totalmente comprometido con la historia para convertirse en un auténtico fermento de santidad en el mundo. Proclamar el Nombre de Dios en la diversidad de ambientes en que se desarrolla la vida de los Cristianos nos ha de llevar a no sólo dar testimonio del Señor con las palabras, ni sólo con una vida personal íntegra, sino a trabajar para que vayan desapareciendo las estructuras de maldad y de pecado en el mundo. Si cerramos nuestros labios ante las injusticias, si no somos capaces de fortalecer las manos cansadas y las rodillas vacilantes, si no volvemos a encender la mecha de la fe y del amor que ya sólo humea, si no somos capaces de devolver la esperanza a las cañas resquebrajadas para que vuelvan a la vida y produzcan frutos abundantes de buenas obras, estaremos fallando gravemente a la misión que Dios confió a su Iglesia. No tengamos miedo ante las amenazas de morir aplastados por los demás; el Señor nos envió a perdonar, a amar y a salvar y no a condenar, ni a destruirnos unos y otros. Aprendamos de Cristo en la cruz lo que es el amor hasta el extremo y lo que es saber perdonar a pesar de las más grandes traiciones u ofensas. Sólo el amor, finalmente, será lo único creíble, en la presencia de Dios, al final de nuestra vida, pues con él habremos sido un alimento de esperanza, de fe y de amor para aquellos que vivían en tierra de sombras y de muerte, y que necesitaban de una Iglesia realmente comprometida con el Señor, para hacerlo presente con todo su poder salvador entre ellos.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, convertirnos, por nuestra unión verdadera a Cristo, en un auténtico alimento de vida eterna para el hombre de nuestro tiempo, hasta que finalmente estemos, junto con Él, sentados a la diestra de Dios Padre todopoderoso. Amén (www.homiliacatolica.com; textos tomados de mercaba.org). LLUCIÀ pou SABATÉ
martes, 10 de mayo de 2011
lunes, 9 de mayo de 2011
LUNES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA: con la aceptación de Jesús realizamos en la fe la obra de Dios
LUNES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA: con la aceptación de Jesús realizamos en la fe la obra de Dios
1ª lectura, Hechos 6,8-15: 8 Esteban, por su parte, lleno de gracia y de poder, realizaba grandes prodigios y milagros en el pueblo. 9 Unos cuantos de la sinagoga llamada de los Libertos, de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban; 10 pero no podían resistir la sabiduría y el espíritu con que hablaba. 11 Entonces sobornaron a unos hombres para que dijeran: «Nosotros hemos oído a éste decir blasfemias contra Moisés y contra Dios». 12 Con esto amotinaron al pueblo, a los ancianos y a los maestros de la ley, los cuales se echaron sobre él, lo prendieron y lo llevaron al tribunal supremo. 13 Después presentaron testigos falsos, que dijeron: «Este hombre no cesa de decir palabras contra este lugar santo y contra la ley; 14 le hemos oído decir que ese Jesús, el Nazareno, destruirá este lugar y cambiará las costumbres que nos transmitió Moisés». 15 Entonces todos los que estaban sentados en el tribunal clavaron sus ojos en él y vieron su rostro como el rostro de un ángel.
Salmo Responsorial, 119,23-24.26.29: 23 aunque los jefes se reúnan y deliberen contra mí, tu siervo medita en tus decretos; 24 tus decretos hacen mis delicias, ellos son mis consejeros. 26 Te he contado mis andanzas y tú me has escuchado: enséñame tus decretos; 27 señálame el camino de tus mandamientos y yo meditaré en tus maravillas. 29 Aleja de mí el camino de la mentira y dame la gracia de tu ley; 30 he elegido el camino de la verdad y he preferido tus sentencias.
Evangelio, Jn 6,22-29: 22 Al día siguiente la gente, que se había quedado a la otra parte del lago, notó que allí había sólo una barca y que Jesús no había subido a ella con sus discípulos, pues éstos se habían ido solos. 23 Entretanto, llegaron otras barcas de Tiberíades y atracaron cerca de donde habían comido el pan después que el Señor dio gracias. 24 Cuando la gente vio que no estaban allí ni Jesús ni sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. 25 Lo encontraron al otro lado del lago, y le dijeron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?». 26 Jesús les contestó: «Os aseguro que no me buscáis porque habéis visto milagros, sino porque habéis comido pan hasta hartaros. 27 Procuraos no el alimento que pasa, sino el que dura para la vida eterna; el que os da el hijo del hombre, a quien Dios Padre acreditó con su sello». 28 Le preguntaron: «¿Qué tenemos que hacer para trabajar como Dios quiere?». 29 Jesús les respondió: «Lo que Dios quiere que hagáis es que creáis en el que él ha enviado».
Comentario: 1. En esta semana, durante tres días, la primera lectura nos hace revivir la actuación admirable del diácono Esteban. Elegido por Dios y por el pueblo para ser servidor de los demás en la comunidad, aparece ante nosotros como un espejo de vida en el que podemos mirarnos todos los discípulos de Jesús. Él, perseverando en su fidelidad hasta el fin, fue coronado (Apocalipsis). Él, llegado el momento final en la cercanía de Dios, nos invita a bendecir todas las obras del Señor, a suplicar perdón por nuestras miserias, y a perdonar a cuantos nos ofenden. Él, ofreciéndose por todos, es ejemplo del amor que sirve a los demás, del amor que se entrega en fidelidad, del amor que perdona y ve los cielos abiertos. Apreciemos que la vida se alegra y ennoblece sólo con amor, y que sólo faltando el amor se convierte en un infierno de amarguras. A su vez, escuchando el texto evangélico que nos ofrece la escena de la “multiplicación de los panes”, acojamos con una profunda reflexión el misterio de “Jesucristo, pan de vida”. Él, uno de esos primeros «diáconos» («Diácono» = "servidor" en griego), no teme predicar a Cristo a esos «Judíos de lengua griega», originarios, como él, del extranjero. Es un modelo de la audacia en el desarrollo del cristianismo primitivo, y el primer mártir de la Iglesia. Su rostro “como de un ángel” recuerda el de Moisés al bajar del Sinaí (Ex 34,29-35) que reflejaba la gloria de Dios, como dice S. Juan Crisóstomo: “era la gracia, era la gloria de Moisés. Me parece que Dios le había revestido de este resplandor porque quizá tenía algo que decir, y para atemorizarles con su solo aspecto. Pues es posible, muy posible, que las figuras llenas de gracia celestial sean amables a los ojos de los amigos y terribles ante los adversarios”. También a nosotros, a veces, nos pasará, como a Esteban, que nos encontramos en medio de un mundo hostil al mensaje cristiano. Y no es extraño que nos asalte la tentación de ocultar nuestro testimonio, para no tener dificultades. Haremos bien en rezar con convicción el salmo de hoy: «dichoso el que camina con vida intachable». El cristiano tiene que seguir los caminos del evangelio, y no los de este mundo, que muchas veces son opuestos: «aunque los nobles se sientan a murmurar de mí, tu siervo medita tus leyes... apártame del camino falso y dame la gracia de tu voluntad». Probablemente no tendremos ocasión de pronunciar discursos elocuentes ante las autoridades o las multitudes. Nuestra vida es el mejor testimonio y el más elocuente discurso, si se conforma a Cristo Jesús, si de veras «rechazamos lo que es indigno del nombre cristiano y cumplimos lo que en él se significa» (oración del día). Creer en Cristo es un venturoso esfuerzo, audacia, riesgo, aventura. Es eso y mucho más. No cabe duda. ¿Podría decirse incluso que es una sinrazón porque nos pone en manos de Dios, más allá de lo que perciben nuestra inteligencia y nuestros sentidos? ¡Cuidado! Sinrazón no. Creer en algo más allá de nuestros sentidos es algo muy positivo, admirable, delicioso, fascinante, aunque sorprendente y arriesgado. Es como tener luz en medio de la niebla. Ahí está su valor. Sólo los valientes lo alcanzan. “Creer en Cristo, el enviado del Padre”, es un trabajo de alma generosa, abierta, esperanzada, sensible, y “agrada a Dios”. Si ese don, la fe, lo hemos recibido ya, démosle gracias. Si no, abrámosle las puertas de nuestro corazón. Trabajo y amor.
2. –Acertadamente cantamos ahora el Salmo 118, en algunos de sus versos, pues encaja perfectamente en todo lo referente a San Esteban. Una señal de que hemos resucitado con Cristo es nuestra vida intachable. Renacidos en Cristo por el Espíritu, fortalecidos por el pan que ha bajado del Cielo y permanece por siempre, cumplimos la voluntad del Padre: «Dichoso el que camina con vida intachable. Aunque los nobles se sientan a murmurar de mí, tu siervo medita tus leyes; tus preceptos son mi delicia, tus decretos son mis consejeros. Te expliqué mi camino y me escuchaste; enséñame tus leyes; instrúyeme en el camino de tus decretos, y meditaré tus maravillas. Apártame del camino falso, y dame la gracia de tu voluntad; escogí el camino verdadero, deseé tus mandamientos».
Blaise Pascal recitaba diariamente este Salmo, que es el más amplio de todos; mientras que el teólogo Dietrich Bonhoeffer lo convertía en oración viva y actual escribiendo: «Indudablemente el Salmo 118 es largo y monótono, pero nosotros tenemos que ir palabra por palabra, frase por frase, lenta y pacientemente. Descubriremos entonces que las aparentes repeticiones son en realidad aspectos nuevos de una misma realidad: el amor por la Palabra de Dios. Como este amor no puede tener nunca fin, tampoco tienen fin las palabras que lo confiesan. Pueden acompañarnos por toda nuestra vida. En su sencillez se convierten en la oración del niño, del hombre, del anciano». Decía Juan Pablo II: “El hecho de repetir, además de ayudar la memoria con el canto coral, se convierte en un camino para estimular la adhesión interior y el abandono confiado entre los brazos de Dios invocado y amado. De las repeticiones del Salmo 118 queremos señalar una que es sumamente significativa. Cada uno de los 176 versículos que conforman esta alabanza de la Torá, es decir de la Ley y la Palabra divina, contiene al menos una de las ocho palabras con las que se define la Torá misma: ley, palabra, testimonio, juicio, dicho, decreto, precepto, orden. Se celebra así la Revelación divina, que es revelación del misterio de Dios, así como guía moral para la existencia del fiel. Dios y el hombre están, de este modo, unidos en un diálogo compuesto de palabras y de obras, de enseñanzas, de escucha, de verdad y de vida”...
3. Durante toda la semana leeremos el Capítulo 6 de san Juan: "Discurso sobre el Pan de Vida". Esta larga discusión con sus oyentes, Jesús la desarrolló al "día siguiente" de los dos milagros de la multiplicación de los panes y la marcha sobre las aguas... Este "Pan de Vida" tiene un sentido espiritual: "el pan de vida", es "la persona de Jesús y su Palabra", que se asimila por la Fe... pero también es propiamente eucarístico, del principio al fin: el "pan de vida", es la eucaristía, una comida real. Los dos temas van muy unidos: la Fe total en Cristo implica la Fe en su "presencia" en la Eucaristía... La Eucaristía es el misterio de la Fe por excelencia... meditar la Palabra de Jesús por la Fe y comulgar a su Cuerpo se siguen el uno al otro... “Jesús se sirve de la comparación del alimento para hacer comprender lo que El aporta a la humanidad. Hay dos clases de vida y dos clases de alimentos: el alimento corporal, que da una "vida perecedera" y el alimento venido del cielo que ¡da la "vida eterna"! Creado por Dios y para Dios, el hombre tiene hambre y sed de Dios. Nada, fuera de Dios, puede satisfacerle enteramente. Todos los alimentos terrestres perecederos dejan al ser humano insatisfecho.
-"¿Qué hay que hacer para "ejercitarnos en obras del agrado de Dios? Jesús respondió: 'La obra agradable a Dios, es que creáis en Aquel que El os ha enviado." Este alimento esencial del cual el hombre tiene hambre es El mismo, Jesús, enviado por el Padre, y que tomamos ya por la Fe "creyendo en El". Obrar, afanarse, trabajar... esforzarse, para nuestra vida espiritual... es tanto más necesario que "ganarse el pan"” (Noel Quesson).
“La gente busca a Jesús, al día siguiente de la multiplicación de los panes. Pero Jesús les tiene que echar en cara que la motivación de esta búsqueda es superficial: «me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros». Se quedan en el hecho, pero no llegan al mensaje. Como la samaritana que apetecía el agua del pozo, cuando Jesús le hablaba de otra agua. Con sus milagros, Jesús quiere que las personas capten su persona, su misterio, su misión. «Que crean en el que Dios ha enviado». Es admirable, a lo largo del evangelio, ver cómo Jesús, a pesar de la cortedad de sus oyentes, les va conduciendo con paciencia hacia la verdadera fe: «yo soy la luz», «yo soy la vida», «yo soy el Pastor». Aquí, a partir del pan que han comido con gusto, les ayudará a creer en su afirmación: «yo soy el pan que da la vida eterna».
Como Jesús, con pedagogía y paciencia, fue conduciendo a la gente a la fe en él, a partir de las apetencias meramente humanas -el pan para saciar el hambre, el mesianismo humano y político que buscaba Pedro-, también nosotros deberíamos ayudar a nuestros hermanos, jóvenes y mayores, a llegar a captar cómo Jesús es la respuesta de Dios a todos nuestros deseos y valores. Buscar a Jesús porque multiplica el pan humano es flojo, pero es un punto de partida. El hombre de hoy, aunque tal vez no conscientemente, busca felicidad, seguridad, vida y verdad. Como la gente de Cafarnaum, anda bastante desconcertado, buscando y no encontrando respuesta al sentido de su vida. Hay buena voluntad en mucha gente. Lo que necesitan es que alguien les ayude. A veces tienen una concepción pobre de la fe cristiana, por temor o por un sentido meramente de precepto, o por interés: algunos buscan a Dios por los favores que de él esperan, sin buscarle a él mismo. Si nosotros los cristianos, con nuestra palabra y nuestras obras, les ayudamos y les evangelizamos, pueden llegar a entender que la respuesta se llama Jesús, y del pan humano y caduco podrán pasar a apreciar el Pan que es Cristo y el Pan que nos da Cristo. Nosotros, los que celebramos con frecuencia la Eucaristía, ya sabemos distinguir bien entre el pan humano y el Pan eucarístico que es la Carne salvadora de Cristo. Esta conciencia nos debe llevar a una jornada vivida mucho más decididamente en el seguimiento de ese Cristo Jesús que es a la vez nuestro alimento y nuestro Maestro de vida” (J. Aldazábal).
No basta encontrar solución a la necesidad material; hay que aspirar a la plenitud humana, y esto requiere colaboración del hombre (trabajad). Han limitado su horizonte: el alimento que se acaba (el pan) da sólo una vida que perece; el que no se acaba (el amor), da vida definitiva. El pan ha de ser expresión del amor. Ellos ven el pan sin comprender el amor, y en Jesús ven al hombre, sin descubrir el Espíritu. Jesús es el Hijo del Hombre portador del Espíritu (sellado por el Padre). Pedimos en la Postcomunión: «Dios todopoderoso y eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has hecho renacer a la vida eterna; haz que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante y que el alimento de salvación que acabamos de recibir fortalezca nuestras vidas». Comenta San Agustín: «Jesús, a continuación del misterio o sacramento milagroso, hace uso de la palabra, con la intención de alimentar, si es posible, a los mismos que ya alimentó; de saciar con su palabra las inteligencias de aquellos cuyo vientre había saciado con pan abundante, pero es con la condición de que lo entiendan y, si no lo entienden, que se recoja para que no perezcan ni las sobras siquiera... “Me buscabais por la carne, no por el Espíritu”. ¡Cuántos hay que no buscan a Jesús sino para que les haga beneficios temporales! Tiene uno un negocio y acude a la mediación de los clérigos; es perseguido otro por alguien más poderoso que él y se refugia en la iglesia. No faltan quienes piden que se les recomiende a una persona ante la que tienen poco crédito.
«En fin, unos por unos motivos y otros por otros, llenan todos los día la iglesia. Apenas se busca a Jesús por Jesús... “Me buscabais por algo que no es lo que yo soy; buscadme a Mí por mí mismo”. Ya insinúa ser Él este manjar, lo que se verá con más claridad en lo que sigue...Yo creo que ya estaban esperando comer otra vez pan y sentarse otra vez, y saciarse de nuevo. Pero Él había hablado de un alimento que no perece, sino que permanece hasta la vida eterna. Es el mismo lenguaje que había usado con la mujer aquella samaritana... Entre diálogos la llevó hasta la bebida espiritual. Lo mismo sucede aquí, lo mismo exactamente. Alimento es, pues, éste que no perece, sino que permanece hasta la vida eterna». De este alimento distinto que hay que buscar, el debate se eleva hasta la preocupación por el obrar que agrada a Dios. A las obras múltiples que los galileos se muestran dispuestos a cumplir, Jesús opone la única "obra de Dios", la que Dios realiza en el creyente. Esta obra es creer en Jesús como el Enviado de Dios. Santa Teresa de Jesús nos enseña a buscar al Señor y a creer en Él: "Porque, a cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración y consideración, no digo más mental que vocal, que, como sea oración, ha de ser consideración; porque la que no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quien pide y a quien, no lo llamo yo oración aunque mucho menee los labios".
“Dicen que hace mucho tiempo, vivía en un pueblo una aldeana muy hermosa. Todos querían esposarla pero ella sentía que nadie le aseguraba verdadero amor. Así, se le acercó el mercader más rico diciéndole: “Te amaré a pesar de tu pobreza”. Pero como en sus palabras no encontró verdadero amor prefirió no casarse. Después se le acercó un gran general y le dijo: “Me casaré contigo a pesar de las distancias que nos separen”. Pero tampoco aceptó la hermosa aldeana. Más tarde se le acercó el emperador a decirle: “Te aceptaré en mi palacio a pesar de tu condición de mortal”. Y también rehusó la muchacha a casarse porque tampoco veía en él un amor desinteresado. Hasta que un día se le acercó un joven y le dijo: “Te amaré a pesar... de mí mismo”. Y como en sus palabras encontró un amor verdadero y sincero, optó por casarse con él. Ojalá que en nuestra vida suceda lo mismo. Que estemos buscando a Dios por amor desinteresado. Que le ofrezcamos nuestro amor a pesar de nosotros mismos. No busquemos a Dios por el alimento perecedero como lo buscaban las personas que menciona el evangelio. Es claro que nosotros no buscamos a Dios por un alimento material, pues sabemos y experimentamos que ese hay que ganárselo. Pero sí podríamos acercarnos a Cristo buscando alguna ganancia personal. Pidiéndole cosas que en lugar de acercarnos a nuestra santificación nos aleja. Tal vez vemos en Jesús un genio que nos concederá deseos si pronunciamos una fórmula mágica que nosotros llamamos “oración”. Cristo ve nuestras intenciones y sabe porqué le pedimos las cosas, conoce porqué le seguimos y porqué le buscamos. Busquemos a Cristo en la Eucaristía de forma desinteresada. No a pesar de... lo que nos pueda gustar o disgustar de Él, sino sabiendo que la Eucaristía es el punto privilegiado del encuentro del amor hacia nosotros, de forma desinteresada, a pesar de nuestra condición de mortal y a pesar de nuestra pobreza” (de mercaba.org).
“Quien conozca en verdad a Cristo y viva unido a Él no puede dejarse amordazar por los poderosos de este mundo para dejar de proclamar, con la valentía que nos viene del Espíritu, el Evangelio de la gracia. En el anuncio del Evangelio trabajamos por la auténtica liberación de la humanidad; pero no podemos quedarnos en un esfuerzo por liberar al hombre de las esclavitudes temporales, o de las manos de quienes, cometiendo grandes injusticias, destruyen a su prójimo olvidando la responsabilidad que todos tenemos de velar por el bien de unos por otros. Hay una liberación más profunda, la liberación del pecado al que todos estamos sometidos. No podemos cerrar los ojos ante la maldad que otros cometen pecando, incluso gravemente, en contra de su prójimo. Pero no podemos enrolarnos en una espiral de violencia. Mientras no vivamos y proclamemos a todos el camino de una auténtica conversión podríamos, inútilmente, enrolarnos en "guerras santas" queriendo acabar con los que destruyen a los demás o les causan grandes males movidos por su egoísmo. Proclamemos a Cristo no sólo como aquel que multiplica el pan temporal, sino como Aquel que nos da vida, y Vida eterna. Y esta oferta de salvación es para todos, sin distinción de raza, o cultura, o condición social, en la medida en que sepamos aceptar en nosotros al Enviado del Padre y sepamos amarnos unos y otros como hermanos. Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de saber vivir de tal forma comprometidos con nuestra fe en Cristo Jesús, que nos esforcemos por lograr una mayor justicia social, pero también busquemos que Cristo Reine en todos los corazones para que desde ahí brote, entre nosotros, un auténtico amor fraterno y podamos, juntos, encaminarnos a la posesión de los bienes definitivos en la Casa de nuestro Dios y Padre. Amén” (www.homiliacatolica.com). Llucià Pou Sabaté
1ª lectura, Hechos 6,8-15: 8 Esteban, por su parte, lleno de gracia y de poder, realizaba grandes prodigios y milagros en el pueblo. 9 Unos cuantos de la sinagoga llamada de los Libertos, de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban; 10 pero no podían resistir la sabiduría y el espíritu con que hablaba. 11 Entonces sobornaron a unos hombres para que dijeran: «Nosotros hemos oído a éste decir blasfemias contra Moisés y contra Dios». 12 Con esto amotinaron al pueblo, a los ancianos y a los maestros de la ley, los cuales se echaron sobre él, lo prendieron y lo llevaron al tribunal supremo. 13 Después presentaron testigos falsos, que dijeron: «Este hombre no cesa de decir palabras contra este lugar santo y contra la ley; 14 le hemos oído decir que ese Jesús, el Nazareno, destruirá este lugar y cambiará las costumbres que nos transmitió Moisés». 15 Entonces todos los que estaban sentados en el tribunal clavaron sus ojos en él y vieron su rostro como el rostro de un ángel.
Salmo Responsorial, 119,23-24.26.29: 23 aunque los jefes se reúnan y deliberen contra mí, tu siervo medita en tus decretos; 24 tus decretos hacen mis delicias, ellos son mis consejeros. 26 Te he contado mis andanzas y tú me has escuchado: enséñame tus decretos; 27 señálame el camino de tus mandamientos y yo meditaré en tus maravillas. 29 Aleja de mí el camino de la mentira y dame la gracia de tu ley; 30 he elegido el camino de la verdad y he preferido tus sentencias.
Evangelio, Jn 6,22-29: 22 Al día siguiente la gente, que se había quedado a la otra parte del lago, notó que allí había sólo una barca y que Jesús no había subido a ella con sus discípulos, pues éstos se habían ido solos. 23 Entretanto, llegaron otras barcas de Tiberíades y atracaron cerca de donde habían comido el pan después que el Señor dio gracias. 24 Cuando la gente vio que no estaban allí ni Jesús ni sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. 25 Lo encontraron al otro lado del lago, y le dijeron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?». 26 Jesús les contestó: «Os aseguro que no me buscáis porque habéis visto milagros, sino porque habéis comido pan hasta hartaros. 27 Procuraos no el alimento que pasa, sino el que dura para la vida eterna; el que os da el hijo del hombre, a quien Dios Padre acreditó con su sello». 28 Le preguntaron: «¿Qué tenemos que hacer para trabajar como Dios quiere?». 29 Jesús les respondió: «Lo que Dios quiere que hagáis es que creáis en el que él ha enviado».
Comentario: 1. En esta semana, durante tres días, la primera lectura nos hace revivir la actuación admirable del diácono Esteban. Elegido por Dios y por el pueblo para ser servidor de los demás en la comunidad, aparece ante nosotros como un espejo de vida en el que podemos mirarnos todos los discípulos de Jesús. Él, perseverando en su fidelidad hasta el fin, fue coronado (Apocalipsis). Él, llegado el momento final en la cercanía de Dios, nos invita a bendecir todas las obras del Señor, a suplicar perdón por nuestras miserias, y a perdonar a cuantos nos ofenden. Él, ofreciéndose por todos, es ejemplo del amor que sirve a los demás, del amor que se entrega en fidelidad, del amor que perdona y ve los cielos abiertos. Apreciemos que la vida se alegra y ennoblece sólo con amor, y que sólo faltando el amor se convierte en un infierno de amarguras. A su vez, escuchando el texto evangélico que nos ofrece la escena de la “multiplicación de los panes”, acojamos con una profunda reflexión el misterio de “Jesucristo, pan de vida”. Él, uno de esos primeros «diáconos» («Diácono» = "servidor" en griego), no teme predicar a Cristo a esos «Judíos de lengua griega», originarios, como él, del extranjero. Es un modelo de la audacia en el desarrollo del cristianismo primitivo, y el primer mártir de la Iglesia. Su rostro “como de un ángel” recuerda el de Moisés al bajar del Sinaí (Ex 34,29-35) que reflejaba la gloria de Dios, como dice S. Juan Crisóstomo: “era la gracia, era la gloria de Moisés. Me parece que Dios le había revestido de este resplandor porque quizá tenía algo que decir, y para atemorizarles con su solo aspecto. Pues es posible, muy posible, que las figuras llenas de gracia celestial sean amables a los ojos de los amigos y terribles ante los adversarios”. También a nosotros, a veces, nos pasará, como a Esteban, que nos encontramos en medio de un mundo hostil al mensaje cristiano. Y no es extraño que nos asalte la tentación de ocultar nuestro testimonio, para no tener dificultades. Haremos bien en rezar con convicción el salmo de hoy: «dichoso el que camina con vida intachable». El cristiano tiene que seguir los caminos del evangelio, y no los de este mundo, que muchas veces son opuestos: «aunque los nobles se sientan a murmurar de mí, tu siervo medita tus leyes... apártame del camino falso y dame la gracia de tu voluntad». Probablemente no tendremos ocasión de pronunciar discursos elocuentes ante las autoridades o las multitudes. Nuestra vida es el mejor testimonio y el más elocuente discurso, si se conforma a Cristo Jesús, si de veras «rechazamos lo que es indigno del nombre cristiano y cumplimos lo que en él se significa» (oración del día). Creer en Cristo es un venturoso esfuerzo, audacia, riesgo, aventura. Es eso y mucho más. No cabe duda. ¿Podría decirse incluso que es una sinrazón porque nos pone en manos de Dios, más allá de lo que perciben nuestra inteligencia y nuestros sentidos? ¡Cuidado! Sinrazón no. Creer en algo más allá de nuestros sentidos es algo muy positivo, admirable, delicioso, fascinante, aunque sorprendente y arriesgado. Es como tener luz en medio de la niebla. Ahí está su valor. Sólo los valientes lo alcanzan. “Creer en Cristo, el enviado del Padre”, es un trabajo de alma generosa, abierta, esperanzada, sensible, y “agrada a Dios”. Si ese don, la fe, lo hemos recibido ya, démosle gracias. Si no, abrámosle las puertas de nuestro corazón. Trabajo y amor.
2. –Acertadamente cantamos ahora el Salmo 118, en algunos de sus versos, pues encaja perfectamente en todo lo referente a San Esteban. Una señal de que hemos resucitado con Cristo es nuestra vida intachable. Renacidos en Cristo por el Espíritu, fortalecidos por el pan que ha bajado del Cielo y permanece por siempre, cumplimos la voluntad del Padre: «Dichoso el que camina con vida intachable. Aunque los nobles se sientan a murmurar de mí, tu siervo medita tus leyes; tus preceptos son mi delicia, tus decretos son mis consejeros. Te expliqué mi camino y me escuchaste; enséñame tus leyes; instrúyeme en el camino de tus decretos, y meditaré tus maravillas. Apártame del camino falso, y dame la gracia de tu voluntad; escogí el camino verdadero, deseé tus mandamientos».
Blaise Pascal recitaba diariamente este Salmo, que es el más amplio de todos; mientras que el teólogo Dietrich Bonhoeffer lo convertía en oración viva y actual escribiendo: «Indudablemente el Salmo 118 es largo y monótono, pero nosotros tenemos que ir palabra por palabra, frase por frase, lenta y pacientemente. Descubriremos entonces que las aparentes repeticiones son en realidad aspectos nuevos de una misma realidad: el amor por la Palabra de Dios. Como este amor no puede tener nunca fin, tampoco tienen fin las palabras que lo confiesan. Pueden acompañarnos por toda nuestra vida. En su sencillez se convierten en la oración del niño, del hombre, del anciano». Decía Juan Pablo II: “El hecho de repetir, además de ayudar la memoria con el canto coral, se convierte en un camino para estimular la adhesión interior y el abandono confiado entre los brazos de Dios invocado y amado. De las repeticiones del Salmo 118 queremos señalar una que es sumamente significativa. Cada uno de los 176 versículos que conforman esta alabanza de la Torá, es decir de la Ley y la Palabra divina, contiene al menos una de las ocho palabras con las que se define la Torá misma: ley, palabra, testimonio, juicio, dicho, decreto, precepto, orden. Se celebra así la Revelación divina, que es revelación del misterio de Dios, así como guía moral para la existencia del fiel. Dios y el hombre están, de este modo, unidos en un diálogo compuesto de palabras y de obras, de enseñanzas, de escucha, de verdad y de vida”...
3. Durante toda la semana leeremos el Capítulo 6 de san Juan: "Discurso sobre el Pan de Vida". Esta larga discusión con sus oyentes, Jesús la desarrolló al "día siguiente" de los dos milagros de la multiplicación de los panes y la marcha sobre las aguas... Este "Pan de Vida" tiene un sentido espiritual: "el pan de vida", es "la persona de Jesús y su Palabra", que se asimila por la Fe... pero también es propiamente eucarístico, del principio al fin: el "pan de vida", es la eucaristía, una comida real. Los dos temas van muy unidos: la Fe total en Cristo implica la Fe en su "presencia" en la Eucaristía... La Eucaristía es el misterio de la Fe por excelencia... meditar la Palabra de Jesús por la Fe y comulgar a su Cuerpo se siguen el uno al otro... “Jesús se sirve de la comparación del alimento para hacer comprender lo que El aporta a la humanidad. Hay dos clases de vida y dos clases de alimentos: el alimento corporal, que da una "vida perecedera" y el alimento venido del cielo que ¡da la "vida eterna"! Creado por Dios y para Dios, el hombre tiene hambre y sed de Dios. Nada, fuera de Dios, puede satisfacerle enteramente. Todos los alimentos terrestres perecederos dejan al ser humano insatisfecho.
-"¿Qué hay que hacer para "ejercitarnos en obras del agrado de Dios? Jesús respondió: 'La obra agradable a Dios, es que creáis en Aquel que El os ha enviado." Este alimento esencial del cual el hombre tiene hambre es El mismo, Jesús, enviado por el Padre, y que tomamos ya por la Fe "creyendo en El". Obrar, afanarse, trabajar... esforzarse, para nuestra vida espiritual... es tanto más necesario que "ganarse el pan"” (Noel Quesson).
“La gente busca a Jesús, al día siguiente de la multiplicación de los panes. Pero Jesús les tiene que echar en cara que la motivación de esta búsqueda es superficial: «me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros». Se quedan en el hecho, pero no llegan al mensaje. Como la samaritana que apetecía el agua del pozo, cuando Jesús le hablaba de otra agua. Con sus milagros, Jesús quiere que las personas capten su persona, su misterio, su misión. «Que crean en el que Dios ha enviado». Es admirable, a lo largo del evangelio, ver cómo Jesús, a pesar de la cortedad de sus oyentes, les va conduciendo con paciencia hacia la verdadera fe: «yo soy la luz», «yo soy la vida», «yo soy el Pastor». Aquí, a partir del pan que han comido con gusto, les ayudará a creer en su afirmación: «yo soy el pan que da la vida eterna».
Como Jesús, con pedagogía y paciencia, fue conduciendo a la gente a la fe en él, a partir de las apetencias meramente humanas -el pan para saciar el hambre, el mesianismo humano y político que buscaba Pedro-, también nosotros deberíamos ayudar a nuestros hermanos, jóvenes y mayores, a llegar a captar cómo Jesús es la respuesta de Dios a todos nuestros deseos y valores. Buscar a Jesús porque multiplica el pan humano es flojo, pero es un punto de partida. El hombre de hoy, aunque tal vez no conscientemente, busca felicidad, seguridad, vida y verdad. Como la gente de Cafarnaum, anda bastante desconcertado, buscando y no encontrando respuesta al sentido de su vida. Hay buena voluntad en mucha gente. Lo que necesitan es que alguien les ayude. A veces tienen una concepción pobre de la fe cristiana, por temor o por un sentido meramente de precepto, o por interés: algunos buscan a Dios por los favores que de él esperan, sin buscarle a él mismo. Si nosotros los cristianos, con nuestra palabra y nuestras obras, les ayudamos y les evangelizamos, pueden llegar a entender que la respuesta se llama Jesús, y del pan humano y caduco podrán pasar a apreciar el Pan que es Cristo y el Pan que nos da Cristo. Nosotros, los que celebramos con frecuencia la Eucaristía, ya sabemos distinguir bien entre el pan humano y el Pan eucarístico que es la Carne salvadora de Cristo. Esta conciencia nos debe llevar a una jornada vivida mucho más decididamente en el seguimiento de ese Cristo Jesús que es a la vez nuestro alimento y nuestro Maestro de vida” (J. Aldazábal).
No basta encontrar solución a la necesidad material; hay que aspirar a la plenitud humana, y esto requiere colaboración del hombre (trabajad). Han limitado su horizonte: el alimento que se acaba (el pan) da sólo una vida que perece; el que no se acaba (el amor), da vida definitiva. El pan ha de ser expresión del amor. Ellos ven el pan sin comprender el amor, y en Jesús ven al hombre, sin descubrir el Espíritu. Jesús es el Hijo del Hombre portador del Espíritu (sellado por el Padre). Pedimos en la Postcomunión: «Dios todopoderoso y eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has hecho renacer a la vida eterna; haz que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante y que el alimento de salvación que acabamos de recibir fortalezca nuestras vidas». Comenta San Agustín: «Jesús, a continuación del misterio o sacramento milagroso, hace uso de la palabra, con la intención de alimentar, si es posible, a los mismos que ya alimentó; de saciar con su palabra las inteligencias de aquellos cuyo vientre había saciado con pan abundante, pero es con la condición de que lo entiendan y, si no lo entienden, que se recoja para que no perezcan ni las sobras siquiera... “Me buscabais por la carne, no por el Espíritu”. ¡Cuántos hay que no buscan a Jesús sino para que les haga beneficios temporales! Tiene uno un negocio y acude a la mediación de los clérigos; es perseguido otro por alguien más poderoso que él y se refugia en la iglesia. No faltan quienes piden que se les recomiende a una persona ante la que tienen poco crédito.
«En fin, unos por unos motivos y otros por otros, llenan todos los día la iglesia. Apenas se busca a Jesús por Jesús... “Me buscabais por algo que no es lo que yo soy; buscadme a Mí por mí mismo”. Ya insinúa ser Él este manjar, lo que se verá con más claridad en lo que sigue...Yo creo que ya estaban esperando comer otra vez pan y sentarse otra vez, y saciarse de nuevo. Pero Él había hablado de un alimento que no perece, sino que permanece hasta la vida eterna. Es el mismo lenguaje que había usado con la mujer aquella samaritana... Entre diálogos la llevó hasta la bebida espiritual. Lo mismo sucede aquí, lo mismo exactamente. Alimento es, pues, éste que no perece, sino que permanece hasta la vida eterna». De este alimento distinto que hay que buscar, el debate se eleva hasta la preocupación por el obrar que agrada a Dios. A las obras múltiples que los galileos se muestran dispuestos a cumplir, Jesús opone la única "obra de Dios", la que Dios realiza en el creyente. Esta obra es creer en Jesús como el Enviado de Dios. Santa Teresa de Jesús nos enseña a buscar al Señor y a creer en Él: "Porque, a cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración y consideración, no digo más mental que vocal, que, como sea oración, ha de ser consideración; porque la que no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quien pide y a quien, no lo llamo yo oración aunque mucho menee los labios".
“Dicen que hace mucho tiempo, vivía en un pueblo una aldeana muy hermosa. Todos querían esposarla pero ella sentía que nadie le aseguraba verdadero amor. Así, se le acercó el mercader más rico diciéndole: “Te amaré a pesar de tu pobreza”. Pero como en sus palabras no encontró verdadero amor prefirió no casarse. Después se le acercó un gran general y le dijo: “Me casaré contigo a pesar de las distancias que nos separen”. Pero tampoco aceptó la hermosa aldeana. Más tarde se le acercó el emperador a decirle: “Te aceptaré en mi palacio a pesar de tu condición de mortal”. Y también rehusó la muchacha a casarse porque tampoco veía en él un amor desinteresado. Hasta que un día se le acercó un joven y le dijo: “Te amaré a pesar... de mí mismo”. Y como en sus palabras encontró un amor verdadero y sincero, optó por casarse con él. Ojalá que en nuestra vida suceda lo mismo. Que estemos buscando a Dios por amor desinteresado. Que le ofrezcamos nuestro amor a pesar de nosotros mismos. No busquemos a Dios por el alimento perecedero como lo buscaban las personas que menciona el evangelio. Es claro que nosotros no buscamos a Dios por un alimento material, pues sabemos y experimentamos que ese hay que ganárselo. Pero sí podríamos acercarnos a Cristo buscando alguna ganancia personal. Pidiéndole cosas que en lugar de acercarnos a nuestra santificación nos aleja. Tal vez vemos en Jesús un genio que nos concederá deseos si pronunciamos una fórmula mágica que nosotros llamamos “oración”. Cristo ve nuestras intenciones y sabe porqué le pedimos las cosas, conoce porqué le seguimos y porqué le buscamos. Busquemos a Cristo en la Eucaristía de forma desinteresada. No a pesar de... lo que nos pueda gustar o disgustar de Él, sino sabiendo que la Eucaristía es el punto privilegiado del encuentro del amor hacia nosotros, de forma desinteresada, a pesar de nuestra condición de mortal y a pesar de nuestra pobreza” (de mercaba.org).
“Quien conozca en verdad a Cristo y viva unido a Él no puede dejarse amordazar por los poderosos de este mundo para dejar de proclamar, con la valentía que nos viene del Espíritu, el Evangelio de la gracia. En el anuncio del Evangelio trabajamos por la auténtica liberación de la humanidad; pero no podemos quedarnos en un esfuerzo por liberar al hombre de las esclavitudes temporales, o de las manos de quienes, cometiendo grandes injusticias, destruyen a su prójimo olvidando la responsabilidad que todos tenemos de velar por el bien de unos por otros. Hay una liberación más profunda, la liberación del pecado al que todos estamos sometidos. No podemos cerrar los ojos ante la maldad que otros cometen pecando, incluso gravemente, en contra de su prójimo. Pero no podemos enrolarnos en una espiral de violencia. Mientras no vivamos y proclamemos a todos el camino de una auténtica conversión podríamos, inútilmente, enrolarnos en "guerras santas" queriendo acabar con los que destruyen a los demás o les causan grandes males movidos por su egoísmo. Proclamemos a Cristo no sólo como aquel que multiplica el pan temporal, sino como Aquel que nos da vida, y Vida eterna. Y esta oferta de salvación es para todos, sin distinción de raza, o cultura, o condición social, en la medida en que sepamos aceptar en nosotros al Enviado del Padre y sepamos amarnos unos y otros como hermanos. Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de saber vivir de tal forma comprometidos con nuestra fe en Cristo Jesús, que nos esforcemos por lograr una mayor justicia social, pero también busquemos que Cristo Reine en todos los corazones para que desde ahí brote, entre nosotros, un auténtico amor fraterno y podamos, juntos, encaminarnos a la posesión de los bienes definitivos en la Casa de nuestro Dios y Padre. Amén” (www.homiliacatolica.com). Llucià Pou Sabaté
sábado, 7 de mayo de 2011
Domingo 3º de Pascua (A): Jesús es nuestra protección, con Él vamos seguros, y al final será nuestra heredad (que se aplica también a quien lo deja to
Domingo 3º de Pascua (A): Jesús es nuestra protección, con Él vamos seguros, y al final será nuestra heredad (que se aplica también a quien lo deja todo por Jesús)
1ª lectura. Hechos de los Apóstoles 2,14.22-28: El día de Pentecostés, se presentó Pedro con los once, levantó la voz y dirigió la palabra:
Escuchadme, israelitas: Os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocéis. Conforme al plan previsto y sancionado por Dios, os lo entregaron, y vosotros por mano de paganos, lo matasteis en una cruz. Pero Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio, pues David dice:
Tengo siempre presente al Señor, / con él a mi derecha no vacilaré. / Por eso se me alegra el corazón, / exulta mi lengua / y mi carne descansa esperanzada. / Porque no me entregarás a la muerte / ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. / Me has enseñado el sendero de la vida, / me saciarás de gozo en tu presencia.
Salmo 16/15,1-2,5.7-11: Señor, me enseñarás el sendero de la vida.
Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; / yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.» / El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, / mi suerte está en tu mano. / Bendeciré al Señor que me aconseja; / hasta de noche me instruye internamente. / Tengo siempre presente al Señor, / con él a mi derecha no vacilaré. / Por eso se me alegra el corazón, / se gozan mis entrañas, / y mi carne descansa serena: / porque no me entregarás a la muerte / ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.
Me enseñarás el sendero de la vida, / me saciarás de gozo en tu presencia, / de alegría perpetua a tu derecha.
Lectura de la primera carta del Apóstol San Pedro 1,17-21: Queridos hermanos:
Si llamáis Padre al que juzga a cada uno, según sus obras, sin parcialidad, tomad en serio vuestro proceder en esta vida.
Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil recibido de vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por nuestro bien.
Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza.
Evangelio (Lc 24,13-35): Aquel mismo día, el domingo, iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran.
Él les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?». Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado, Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?». Él les dijo: «¿Qué cosas?». Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron».
Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?». Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado».
Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.
Comentario: 1. Pedro habla en nombre de la Iglesia con audacia, sin los miedos que antes tenía; recuerda los milagros de Jesús y su muerte y resurrección. Pedro habla con la fuerza del "Espíritu de verdad". “Su discurso se centra en la proclamación de la Resurrección que ellos, los apóstoles, han vivido como un hecho de su propia experiencia, pero que lo han interpretado como el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. Que la resurrección del Señor fuera "según las Escrituras", como dice el símbolo nicenocostantinopolitano, fue desde el principio una de las convicciones más arraigadas en la Iglesia (Hch 13.32-37; 1 Co 15.3)”. El salmo que cita san Pedro, y que leeremos hoy, “expresa la confianza inquebrantable del justo que se apoya en Dios y que no teme ni tan siquiera la muerte. Ahora bien, el autor de este salmo, David, cuya tumba se muestra hoy en Jerusalén, no escapó al poder de la muerte. Por eso cree san Pablo que David hablaba proféticamente en nombre del Mesías, su descendiente, que había de resucitar (cf. 13.32-37) como el primer nacido de entre los muertos. La resurrección es comparada a un nacimiento desde el seno de la muerte, incapaz de retener a Jesús en la corrupción” (“Eucaristía” 1981).
“Las primeras lecturas de este domingo están tomadas de los discursos misioneros pronunciados por los apóstoles ante los judíos. El libro de los Hechos ha recogido ocho discursos: seis van dirigidos a miembros del pueblo elegido (Act 2, 14-35; 3, 12-26; 4, 9-12; 5, 29-32; 10, 34-43; 13, 17-41) y dos a paganos (Act 14, 15-17; 17, 22-31). Los primeros recurren a los mismos argumentos y se inspiran en un fondo escriturístico común, sin que siempre sea posible determinar si esas semejanzas son fruto de la redacción de San Lucas o de la catequesis primitiva. De hecho, todos contienen un exordio que recuerda el contexto del discurso, un relato generalmente idéntico de la muerte y de la resurrección de Cristo, apoyado en las Escrituras, una proclamación de la soberanía de Cristo sobre el mundo y un llamamiento a la conversión”. La liturgia de este día presenta, en primer lugar, un fragmento del primer discurso pronunciado por Pedro el día de Pentecostés (Maertens-Frisque).
2. En la Entrada decimos: «Aclamad al Señor tierra entera, tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria. Aleluya» (Sal 65,1-2). Es un tiempo de paciencia y esperanza: “la paciencia todo lo alcanza”, como diría Teresa de Jesús y recordamos en el Salmo: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti… «Tú eres mi bien.» / El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, / mi suerte está en tu mano… Me enseñarás el sendero de la vida, / me saciarás de gozo en tu presencia, / de alegría perpetua”...
Junto a Él, estamos seguros. Sabe que todo tiene una razón de bien, que Dios es padre y que reconduce todo hacia el bien, que al final todo serán alegrías, por encima de las tormentas de la tierra, de las cosas que no entendemos… “porque no me entregarás a la muerte / ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción”. “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; / yo digo al Señor: «Tú eres mi bien»” (v. 1-2). Este arranque constituye el tema principal de toda la oración del salmista. Proclama la relación personal entre el Señor y quien le sirven en exclusividad (cf. 16,4-6), y ante los que dicen “no hay Dios” (Sal 14,1) proclama la esperanza, como también el 23 y recogió bien es espíritu Teresa de Jesús cuando dijo: “quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta”. “Con él a mi derecha no vacilaré. / Por eso se me alegra el corazón, / se gozan mis entrañas, / y mi carne descansa serena (v. 8-9). “Me ha tocado un lote hermoso, / me encanta mi heredad” (v. 6).
“Un salmo de una fuerte tensión espiritual”, le llamó Juan Pablo II; dentro de las “dificultades del texto”, en el original hebreo, se trata de “un luminoso cántico místico, como sugiere la profesión de fe del inicio: «yo digo al Señor: "Tú eres mi bien"» (v. 2). Dios es visto como el único bien… Nuestro salmo desarrolla dos temas que son expresados a través de tres símbolos. Ante todo, el símbolo de la «heredad», término que cimienta los versículos 5 y 6: se habla de «lote de mi heredad», «mi copa»; «suerte». Se usaban estos términos para describir el don de la tierra prometida al pueblo de Israel. Nosotros sabemos ahora que la única tribu que no había recibido un lote de tierra era la de los levitas, pues el Señor mismo constituía su heredad. El salmista declara: «El Señor es el lote de mi heredad y mi copa... me encanta mi heredad» (v. 5-6). Por tanto, da la impresión de ser un sacerdote que está proclamando la alegría de estar totalmente entregado al servicio de Dios”. San Agustín comenta: «El salmista no dice: "Dios, ¡dame una heredad! ¿Qué me darás como heredad?". Dice por el contrario: todo lo que me des fuera de ti no vale nada. Sé tu mismo mi heredad. Eres tú a quien yo amo... Buscar a Dios en Dios, ser colmado de Dios por Dios. Él te basta, fuera de él nada te puede bastar».
“El segundo tema es el de la comunión perfecta y continua con el Señor. El salmista expresa la firme esperanza de se preservado de la muerte para poder permanecer en la intimidad de Dios… en la línea de una victoria sobre la muerte que asegura la intimidad eterna con Dios.
El orante utiliza dos símbolos. Ante todo, evoca el cuerpo: los exegetas nos dicen que en el original hebreo (vv. 7-10) se habla de «riñones», símbolo de las pasiones y de la interioridad más escondida; de «derecha», signo de fuerza; de «corazón», sede de la conciencia; incluso de «hígado», que expresa emotividad; de «carne», que indica la existencia frágil del hombre; y por último de «aliento de vida».
Se trata por tanto de la representación de todo el ser de la persona, que no es absorbido ni aniquilado en la corrupción del sepulcro (v. 10), sino que es mantenido en una vida plena y feliz con Dios.
Aparece, así, el segundo símbolo del Salmo 15, el del «camino»: «Me enseñarás el sendero de la vida» (v. 11). Es el camino que conduce al «gozo en tu presencia» divina, a la «alegría perpetua a tu derecha». Estas palabras se adaptan perfectamente a una interpretación que amplía la perspectiva a la esperanza de la comunión con Dios, más allá de la muerte, en la vida eterna.
De este modo, es fácil comprender por qué el Salmo ha sido tomado por el Nuevo Testamento para hacer referencia a la resurrección de Cristo. San Pedro, en su discurso de Pentecostés, cita precisamente la segunda parte del himno con una luminosa aplicación pascual y cristológica: «Dios le resucitó [a Cristo] librándole de los dolores de la muerte, pues no era posible que quedase bajo su dominio» (Hch 2, 24).
San Pablo hace referencia al Salmo 15 en el anuncio de la Pascua de Cristo durante su discurso en la sinagoga de Antioquia de Pisidia. También nosotros lo proclamamos desde esta perspectiva: «No permitirás que tu santo experimente la corrupción. Ahora bien, David, después de haber servido en sus días a los designios de Dios, murió, se reunió con sus padres y experimentó la corrupción. En cambio aquel a quien Dios resucitó [Jesucristo], no experimentó la corrupción» (Hch 13, 35-37)”.
También hay aquí “una intuición psicológica de la seguridad de uno que ama y por eso «siente» que la muerte no puede separarle de esa persona amada. Y como Dios es esta persona amada su omnipotencia puede extenderse sobre la vida y sobre la muerte. Estamos en la lógica del amor. El amor que desarma a la muerte: un tema vivo en cierta literatura contemporánea. Un novelista pone en boca de Cristo estas palabras: ‘Sí; esto es el milagro. Quien ame a los demás como yo he amado, después de la muerte vivirá... Y el ángel del sepulcro dice: él no puede permanecer en la muerte; la muerte es el castigo del egoísmo, se apodera sólo de quien elige existir para si solo’ (L. Santucci)”.
Los que se dedican especialmente a Dios, reciben una cercanía, confianza: “Me enseñarás el sendero de la vida, / me saciarás de gozo en tu presencia, / de alegría perpetua a tu derecha” (v. 10-11). El hecho es que, quizá, nos estamos avergonzando de hablar de la alegría. Afirmaba Bertrand Russel: «Lo único que necesita hay el hombre para elevarse es abrir el corazón a la alegría y dejar que el miedo continúe rechinando los dientes como un fantasma entre las sombras del pasado olvidado». ¿Qué es la alegría? Algo misterioso. Saliendo del colegio me asaltó un niño: “-¡mossèn!” –“¿Qué quieres?” –“nada, quería saludarte, estar contigo” Pensé que ese hablar sencillo de los niños me daba buena definición de amistad, estar con alguien de quien no necesitamos nada más que estar con él. Otra persona, por e-mail, me decía sobre algún texto que le mandé: “Ayer, estaba desmotivado, había discutido con unos compañeros del trabajo y no podía dormir. Me sentía mal, no estaba contento conmigo mismo, ni con ellos y menos con lo que había pasado. Empecé algunos de esos escritos guardados, y me hicieron sentir bien. Me ayudo mucho, me reconfortaron, recobre mi paz y pude dormir. Te lo quería comentar, para que sepas lo mucho que te agradezco que me los envíes y sobretodo que los escribas”.
Ahora, anoto lo que escribe otro: “Alegría de quien puede proclamar una palabra. Una palabra que le molesta y le serena, le inquieta y le conforta, le hace daño y le cura, le amedrenta y le da valor. Alegría de quien puede partir el pan todos los días entre los hermanos. Alegría de quien para no citar más que un ejemplo ha podido celebrar la eucaristía entre unos centenares de presidiarios, unidos alrededor de un altar improvisado en un oscuro corredor de la cárcel, custodiado por una implacable fila de rejas. Era el 11 de mayo de 1969. Porto Azzurro, Isla de Elba. Una fecha fundamental de mi sacerdocio. La acción de gracias se ha convertido en lágrimas. Y he sido capaz de balbucir: «Aunque sólo me hubiese hecho sacerdote para esta hora, valía realmente la pena... Gracias, Señor». Podría aún continuar... Pero que nadie crea que mi vida es coser y cantar y que mi camino está siempre iluminado por un haz de luz. Conozco momentos de equivocaciones, de desilusión, de desánimo. Alguna vez me sorprendo incluso mirando de reojo «el trozo de tierra» de los otros. Pero después, al hacer el inventario de lo que he recibido, me veo obligado a reconocer que «me ha tocado un lote hermoso» y a gritar que «me encanta mi heredad» (v. 6).
Es un lote que exteriormente puede parecer modesto y limitado. Pero me sobra. Es suficiente. Tengo mi cruz. Y también la de muchos otros. Puedo cultivar mis esperanzas y mis alegrías. Pero también las esperanzas y alegrías de los demás. Contiene mis afanes. Pero también las penas, los sufrimientos y las angustias de tantos otros hermanos. En definitiva estoy seguro de no mentir cuando exclamo: Me ha tocado un lote hermoso, / me encanta mi heredad (v. 6).
Me viene a la mente el título de un libro del sacerdote escritor J. Montaurier: «La alegría de ser verdadero». Pienso que se aplica especialmente al sacerdote. El sacerdote es verdadero cuando desaparece. Cuando detrás de sí deja adivinar, trasparentar a Alguien. Nuestro papel es el de ser «signos». «Significar» es ciertamente un papel ingrato porque deja subsistir la inquietud, la duda de la propia opacidad. Además nunca se sabe si se llega a hacer algo en el corazón del hombre.
Cuando se es «signo» no es posible jamás hablar de éxito, de conquistas, y ni quisiera tener una contabilidad que tranquilice en los momentos de desaliento. El éxito es siempre el éxito de otro.
Sin embargo es ésta precisamente la fuente más segura de la alegría de un sacerdote. Desaparecer la gloria del «siervo inútil», hacerse trasparente, para dejar entrever la presencia de otro. Con esta clave creo que hemos de leer el v. 1 del salmo: «Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti».
Este «refugiarse» no es una evasión, una solución cómoda impuesta por el miedo. Es simplemente la «verdad» del sacerdote. De quien puede gritar la propia alegría de ser verdadero… Yo digo al Señor: «Tu eres mi bien» (v. 2)… Por tanto, no hemos de admirarnos de que nuestra alegría haya sido hecha pedazos. Y que los pedazos que fatigosamente recogemos nos hieren las manos...” (Alessandro Pronzato).
Este salmo es Cristológico, por Él y por nosotros, y toca el tema de la felicidad, como dice una traducción de P. Claudel: "Permitidme medir maravillado esta herencia que me cayó del cielo... Tú me has saciado con tu rostro... Escucha lo que te digo muy quedo para que solamente Tú lo oigas: Oh, el Señor que no he merecido de ninguna manera... ¡Magnífico! ¡La porción que me tocó es algo del otro mundo! ¡La parte que me tocó no hay cómo ponderarla, es algo bello!... Tú has embriagado mi corazón, Tú has desatado mi lengua... Lléname de las delicias de tu rostro, lugar en que todos los caminos terminan..."
«¡No hay dicha para mí fuera de ti!» Cuando el salmo habla de heredad y tierra, Dios ha venido a ser, por consiguiente, la «Tierra» del orante. Dios “está siempre a mi diestra”. Este “caminar con Dios, saberlo siempre cercano, tratar con él, mirarle y dejarse examinar por El, he ahí lo que constituye el centro de esta prerrogativa de los levitas. De esta suerte, Dios se hace verdaderamente una tierra, el territorio de nuestra vida. Y así vivimos y «moramos» en su casa. El salmo enlaza aquí con todo lo que hemos encontrado en Juan. En consecuencia, ser sacerdote significa: ir a su casa y de este modo aprender a ver, permanecer en su morada... Este salmo se halla construido en torno a la afirmación fundamental de la existencia del levita: «El Señor es mi porción»... Este salmo representara para la Iglesia antigua la gran profecía de la Resurrección, la descripción del nuevo David y del Sacerdote definitivo, Jesucristo. Conocer la vida no significa dominar una técnica cualquiera, sino superar los límites de la muerte. El misterio de Jesucristo, su muerte y su resurrección resplandecen allí donde la pasión de la palabra y su indestructible fuerza vital se hacen experiencia viva.
Para que esto se haga realidad no es preciso llevar a cabo grandes transposiciones en nuestra propia espiritualidad. Pertenecen a la esencia misma del sacerdocio aspectos tales como el estar expuesto del levita, la carencia de una tierra, el vivir proyectado hacia Dios. El relato de la vocación de Lucas (5,1-11), que consideramos al principio, concluye lógicamente con estas palabras: «Ellos lo dejaron todo y le siguieron» (v.11). Sin ese despojarse de todas nuestras posesiones no hay sacerdocio. La llamada al seguimiento de Cristo no es posible sin ese gesto de libertad y de renuncia ante cualquier compromiso. Creo que, bajo esta luz, adquiere todo su profundo significado el celibato como renuncia a un futuro afincamiento terreno y a un ámbito propio de vida familiar; más aún, se hace indispensable para asegurar el carácter fundamental y la realización concreta de la entrega a Dios. Esto significa, claro está, que el celibato impone sus exigencias respecto a toda forma de plantearse la existencia. No puede alcanzar su pleno significado si nos plegamos a las reglas de la propiedad y del juego de la vida, tal como hoy se aceptan comúnmente. Sobre todo, no puede consolidarse si no hacemos de ese nuestro habitar en la presencia de Dios el centro de nuestra existencia. El salmo 16, como el salmo 119, acentúa vigorosamente la necesidad de una continua familiaridad meditativa con la palabra de Dios; únicamente así puede esta palabra convertirse en morada nuestra. El aspecto comunitario de la piedad litúrgica, que esta plegaria sálmica necesariamente implica, queda de manifiesto cuando el salmo habla del Señor como «mi cáliz» (v.5). Según el lenguaje habitual del Antiguo Testamento, esta alusión se refiere al cáliz festivo que se hacía pasar de mano en mano durante la cena cultual, o al cáliz fatídico, al cáliz de la ira o al de la salvación. El orante sacerdotal del Nuevo Testamento puede encontrar aquí indicado, de un modo particular, aquel cáliz por medio del cual el Señor, en el más profundo de los sentidos, se ha hecho nuestra tierra, el Cáliz eucarístico, en el que él se entrega como vida nuestra. La vida sacerdotal en la presencia de Dios viene de este modo a realizarse de una manera concreta como vida que vive en virtud del misterio eucarístico. La Eucaristía, en su más profunda significación, es la tierra que se ha hecho nuestra heredad y de la que podemos decir: «Cayó para mí la suerte en parajes amenos y es mi heredad muy agradable para mí» (v.6)” (Joseph Ratzinger). Así pedimos en la postcomunión: «Mira, Señor, con bondad a tu pueblo y, ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa».
3. Hemos sido redimidos con la sangre de Cristo, el Cordero de Dios, y Melitón dice: «Este es el Cordero que enmudecía y que fue inmolado; el mismo que nació de María, la hermosa Cordera; el mismo que fue arrebatado del rebaño, empujado a la muerte, inmolado al atardecer y sepultado por la noche; aquél que no fue quebrantado en el leño, ni se descompuso en la tierra; el mismo que resucitó de entre los muertos e hizo que el hombre surgiera desde lo más hondo del sepulcro» (Homilía sobre la Pascua 71).
4. San León Magno explica el profundo cambio que experimentan los discípulos, en sus mentes y corazones: «Durante estos días, el Señor se juntó, como uno más, a los dos discípulos que iban de camino y les reprendió por su resistencia en creer, a ellos que estaban temerosos y turbados, para disipar en nosotros toda tiniebla de duda. Sus corazones, por Él iluminados, recibieron la llama de la fe y se convirtieron de tibios en ardientes, al abrirles el Señor el sentido de las Escrituras. En la fracción del pan, cuando estaban sentados con Él a la mesa, se abrieron también sus ojos, con lo cual tuvieron la dicha inmensa de poder contemplar su naturaleza glorificada». La Pascua de Jesús devuelve su belleza a todo lo creado; es como si el mundo fuese creado nuevamente. Dice al respecto San Ambrosio: "en ella (en la Pascua) resucitó el mundo, el cielo y la tierra; en adelante habrá un cielo nuevo y una tierra nueva".
“Quédate con nosotros, / la tarde está cayendo. / ¿Cómo te encontraremos / al declinar el día, / si tu camino no es nuestro camino? // Detente con nosotros; / la mesa está servida, / caliente el pan y envejecido el vino. // ¿Cómo sabremos que eres / un hombre entre los hombres, / si no compartes nuestra mesa humilde? / Repártenos tu cuerpo, / y el gozo irá alejando / la oscuridad que pesa sobre el hombre. // Vimos romper el día / sobre tu hermoso rostro, / y al sol abrirse paso por tu frente. / Que el viento de la noche / no apague el fuego vivo / que nos dejó tu paso en la mañana. // Arroja en nuestras manos, / tendidas en tu busca, / las ascuas encendidas del Espíritu; / y limpia, en lo más hondo / del corazón del hombre, / tu imagen empañada por la culpa…
Porque anochece ya, / porque es tarde, Dios mío, / porque temo perder / las huellas del camino, / no me dejes tan solo / y quédate conmigo. / Porque he sido rebelde / y he buscado el peligro / y escudriñé curioso / las cumbres y el abismo, / perdóname, Señor, / y quédate conmigo. // Porque ardo en sed de ti / en hambre de tu trigo, / ven, siéntate a mi mesa, / bendice el pan y el vino. / ¡Qué aprisa cae la tarde! / ¡Quédate al fin conmigo! Amén (himno de Vísperas).
«Pues bien, hermanos, ¿cuándo se dejó reconocer el Señor? En la fracción del pan. En nosotros no hay ninguna sorpresa: partimos el pan y reconocemos al Señor. (...) Tú, que crees en El, que no llevas en vano el nombre de cristiano; tú, que no entras en la Iglesia por azar; tú, que escuchas la palabra de Dios con temor y esperanza, hallas consuelo en la fracción del pan. La ausencia de Dios no es una ausencia. Ten fe, y El estará contigo, aunque no lo veas. Estos discípulos durante su conversación con el Señor no tenían fe. No creían que hubiese resucitado y no sabían que podía resucitar. Caminaban, muertos, junto a un viviente; caminaban, muertos, junto a la vida. Junto a ellos caminaba la vida. Pero en sus corazones no había renacido vida alguna.
Si tú quieres la vida, imita a los discípulos y reconocerás al Señor. Le ofrecieron su hospitalidad. El Señor parecía decidido a seguir camino, pero lo retuvieron. Cuando llegaron al término de su viaje, le dijeron: «Quédate con nosotros, porque es tarde y el día se acaba» Retened con vosotros al extranjero, si queréis reconocer al Señor. La hospitalidad les devolvió lo que la duda les había quitado. El Señor se manifestó en la fracción del pan. Aprended a buscar al Señor, a poseerlo, a reconocerlo cuando coméis. Instruidos en esta verdad, los fieles entienden el sentido de este texto mejor que aquéllos que no son iniciados” (San Agustín).
“Te glorificamos, Padre santo, / porque estás siempre con nosotros en el camino de la vida; / sobre todo cuando Cristo, tu Hijo, nos congrega / para el banquete pascual de su amor. / Como hizo en otro tiempo con los discípulos de Emaús, / él nos explica las Escrituras y parte para nosotros el pan” (Plegaria Eucarística V).
“«Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída» (cf.Lc 24,29). Ésta fue la invitación apremiante que, la tarde misma del día de la resurrección, los dos discípulos que se dirigían hacia Emaús hicieron al Caminante que a lo largo del trayecto se había unido a ellos. Abrumados por tristes pensamientos, no se imaginaban que aquel desconocido fuera precisamente su Maestro, ya resucitado. No obstante, habían experimentado cómo «ardía» su corazón (cf. ibíd. 32) mientras él les hablaba «explicando» las Escrituras. La luz de la Palabra ablandaba la dureza de su corazón y «se les abrieron los ojos» (cf. ibíd. 31). Entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz. «Quédate con nosotros», suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús desaparecería, pero el Maestro se había quedado veladamente en el «pan partido», ante el cual se habían abierto sus ojos.
El icono de los discípulos de Emaús viene bien para orientar un Año en que la Iglesia estará dedicada especialmente a vivir el misterio de la Santísima Eucaristía. En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a veces de nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro llega a su plenitud, a la luz de la Palabra se añade la que brota del «Pan de vida», con el cual Cristo cumple a la perfección su promesa de «estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo» (cf. Mt 28,20).
La «fracción del pan» —como al principio se llamaba a la Eucaristía— ha estado siempre en el centro de la vida de la Iglesia. Por ella, Cristo hace presente a lo largo de los siglos el misterio de su muerte y resurrección. En ella se le recibe a Él en persona, como «pan vivo que ha bajado del cielo» (Jn 6,51), y con Él se nos da la prenda de la vida eterna, merced a la cual se pregusta el banquete eterno en la Jerusalén celeste. Varias veces, y recientemente en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia, siguiendo la enseñanza de los Padres, de los Concilios Ecuménicos y también de mis Predecesores, he invitado a la Iglesia a reflexionar sobre la Eucaristía. Por tanto, en este documento no pretendo repetir las enseñanzas ya expuestas, a las que me remito para que se profundicen y asimilen. No obstante, he considerado que sería de gran ayuda, precisamente para lograr este objetivo, un Año entero dedicado a este admirable Sacramento” (Juan Pablo II).
"Iban aquellos dos discípulos hacia Emaús. Su paso era normal, como el de tantos otros que transitaban por aquel paraje. Y allí, con naturalidad, se les aparece Jesús, y anda con ellos, con una conversación que disminuye la fatiga. Me imagino la escena, ya bien entrada la tarde. Sopla una brisa suave. Alrededor, campos sembrados de trigo ya crecido, y los olivos viejos, con las ramas plateadas por la luz tibia. Jesús, en el camino. ¡Señor, qué grande eres siempre! Pero me conmueves cuando te allanas a seguirnos, a buscarnos, en nuestro ajetreo diario. Señor, concédenos la ingenuidad de espíritu, la mirada limpia, la cabeza clara, que permiten entenderte cuando vienes sin ningún signo exterior de tu gloria" (San Josemaría Escrivá). Es el encuentro de cada día con Jesús que pasa, que nos sale al encuentro en las mil circunstancias de cada día, si ponemos los medios para verle, para hablarle, para escucharle... Es el trato con Jesús, que “deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto" (id.). "Se termina el trayecto al encontrar la aldea, y aquellos dos que -sin darse cuenta- han sido heridos en lo hondo del corazón por la palabra y el amor del Dios hecho Hombre, siente que se vaya. Porque Jesús les saluda con ademán de continuar adelante. No se impone nunca, este Señor nuestro. Quiere que le llamemos libremente, desde que hemos entrevisto la pureza del Amor, que nos ha metido en el alma. Hemos de detenerlo por fuerza y rogarle: continúa con nosotros, porque es tarde, y va ya el día de caída, se hace de noche (...) Y Jesús se queda. Se abren nuestros ojos como los de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y aunque El vuelva a desaparecer de nuestra vista , seremos también capaces de emprender de nuevo la marcha -anochece-, para hablar a los demás de El, porque tanta alegría no cabe en un pecho solo. Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra" (id.).
El salmo se aplicaba a Jesús y al sacerdote, y también aquí la escena de Emaús se aplica a la eucaristía, como recordaba Juan Pablo II: «Desde hace más de medio siglo, cada día, desde ese 2 de noviembre de 1946 en que celebré mi primera misa en la cripta de San Leonardo, en la catedral del Wawel de Cracovia, mis ojos se han recogido sobre la hostia y el cáliz en los que el tiempo y el espacio parecen haberse “contraído” y el drama del Gólgota vuelve a presentarse vivo, desvelando su misteriosa “contemporaneidad”. Cada día, mi fe ha podido reconocer en el pan y el vino consagrados al divino Viajero que un día se acercó a los dos discípulos de Emaús para abrirles los ojos a la luz y el corazón a la esperanza (cfr. Lc 24,13-35)». Es un testimonio “de la manera en que ha educado sus ojos a ver lo invisible en la escuela de la fe enamorada del Dios hecho carne, hallado cada día en la celebración eucarística, y a partir de ella le ha enseñado a su corazón a latir al unísono con el del amor divino, a su boca a ser un vehículo de verdad evangélica, a sus manos a realizar obras de caridad y paz, a sus pies a llevar la buena nueva al mayor número posible de hombres y mujeres. Este testimonio, tan personal y cautivante, demuestra, mucho mejor que cualquier razonamiento abstracto, el carácter esencial de la eucaristía para la vida y la identidad del presbítero, cumbre y fuente verdadera de todo lo que éste es y hace. Y este ejemplo me alienta a reflexionar sobre la relación entre el sacerdote y el sacramento eucarístico, memorial de la pascua del Señor, de manera directa y discursiva, dirigiéndome como hermano a mis hermanos presbíteros, no sólo bajo la luz de la fe pensada, sino también bajo la del misterio celebrado y vivido como cita fiel en la sucesión de los días. Escribo así una suerte de carta que dirigida a los amigos sacerdotes, reflexionando con ellos en voz alta, en presencia de nuestro Dios, sobre el mayor don colocado en nuestras manos y sobre las razones que hacen de la eucaristía el acontecimiento que da sentido, fuerza y belleza a cada uno de nuestros días...” (Bruno Forte, dejamos la reflexión que sigue para otro día, que hoy ya ha salido larga).
Llucià Pou Sabaté
1ª lectura. Hechos de los Apóstoles 2,14.22-28: El día de Pentecostés, se presentó Pedro con los once, levantó la voz y dirigió la palabra:
Escuchadme, israelitas: Os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocéis. Conforme al plan previsto y sancionado por Dios, os lo entregaron, y vosotros por mano de paganos, lo matasteis en una cruz. Pero Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio, pues David dice:
Tengo siempre presente al Señor, / con él a mi derecha no vacilaré. / Por eso se me alegra el corazón, / exulta mi lengua / y mi carne descansa esperanzada. / Porque no me entregarás a la muerte / ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. / Me has enseñado el sendero de la vida, / me saciarás de gozo en tu presencia.
Salmo 16/15,1-2,5.7-11: Señor, me enseñarás el sendero de la vida.
Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; / yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.» / El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, / mi suerte está en tu mano. / Bendeciré al Señor que me aconseja; / hasta de noche me instruye internamente. / Tengo siempre presente al Señor, / con él a mi derecha no vacilaré. / Por eso se me alegra el corazón, / se gozan mis entrañas, / y mi carne descansa serena: / porque no me entregarás a la muerte / ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.
Me enseñarás el sendero de la vida, / me saciarás de gozo en tu presencia, / de alegría perpetua a tu derecha.
Lectura de la primera carta del Apóstol San Pedro 1,17-21: Queridos hermanos:
Si llamáis Padre al que juzga a cada uno, según sus obras, sin parcialidad, tomad en serio vuestro proceder en esta vida.
Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil recibido de vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por nuestro bien.
Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza.
Evangelio (Lc 24,13-35): Aquel mismo día, el domingo, iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran.
Él les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?». Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado, Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?». Él les dijo: «¿Qué cosas?». Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron».
Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?». Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado».
Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.
Comentario: 1. Pedro habla en nombre de la Iglesia con audacia, sin los miedos que antes tenía; recuerda los milagros de Jesús y su muerte y resurrección. Pedro habla con la fuerza del "Espíritu de verdad". “Su discurso se centra en la proclamación de la Resurrección que ellos, los apóstoles, han vivido como un hecho de su propia experiencia, pero que lo han interpretado como el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. Que la resurrección del Señor fuera "según las Escrituras", como dice el símbolo nicenocostantinopolitano, fue desde el principio una de las convicciones más arraigadas en la Iglesia (Hch 13.32-37; 1 Co 15.3)”. El salmo que cita san Pedro, y que leeremos hoy, “expresa la confianza inquebrantable del justo que se apoya en Dios y que no teme ni tan siquiera la muerte. Ahora bien, el autor de este salmo, David, cuya tumba se muestra hoy en Jerusalén, no escapó al poder de la muerte. Por eso cree san Pablo que David hablaba proféticamente en nombre del Mesías, su descendiente, que había de resucitar (cf. 13.32-37) como el primer nacido de entre los muertos. La resurrección es comparada a un nacimiento desde el seno de la muerte, incapaz de retener a Jesús en la corrupción” (“Eucaristía” 1981).
“Las primeras lecturas de este domingo están tomadas de los discursos misioneros pronunciados por los apóstoles ante los judíos. El libro de los Hechos ha recogido ocho discursos: seis van dirigidos a miembros del pueblo elegido (Act 2, 14-35; 3, 12-26; 4, 9-12; 5, 29-32; 10, 34-43; 13, 17-41) y dos a paganos (Act 14, 15-17; 17, 22-31). Los primeros recurren a los mismos argumentos y se inspiran en un fondo escriturístico común, sin que siempre sea posible determinar si esas semejanzas son fruto de la redacción de San Lucas o de la catequesis primitiva. De hecho, todos contienen un exordio que recuerda el contexto del discurso, un relato generalmente idéntico de la muerte y de la resurrección de Cristo, apoyado en las Escrituras, una proclamación de la soberanía de Cristo sobre el mundo y un llamamiento a la conversión”. La liturgia de este día presenta, en primer lugar, un fragmento del primer discurso pronunciado por Pedro el día de Pentecostés (Maertens-Frisque).
2. En la Entrada decimos: «Aclamad al Señor tierra entera, tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria. Aleluya» (Sal 65,1-2). Es un tiempo de paciencia y esperanza: “la paciencia todo lo alcanza”, como diría Teresa de Jesús y recordamos en el Salmo: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti… «Tú eres mi bien.» / El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, / mi suerte está en tu mano… Me enseñarás el sendero de la vida, / me saciarás de gozo en tu presencia, / de alegría perpetua”...
Junto a Él, estamos seguros. Sabe que todo tiene una razón de bien, que Dios es padre y que reconduce todo hacia el bien, que al final todo serán alegrías, por encima de las tormentas de la tierra, de las cosas que no entendemos… “porque no me entregarás a la muerte / ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción”. “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; / yo digo al Señor: «Tú eres mi bien»” (v. 1-2). Este arranque constituye el tema principal de toda la oración del salmista. Proclama la relación personal entre el Señor y quien le sirven en exclusividad (cf. 16,4-6), y ante los que dicen “no hay Dios” (Sal 14,1) proclama la esperanza, como también el 23 y recogió bien es espíritu Teresa de Jesús cuando dijo: “quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta”. “Con él a mi derecha no vacilaré. / Por eso se me alegra el corazón, / se gozan mis entrañas, / y mi carne descansa serena (v. 8-9). “Me ha tocado un lote hermoso, / me encanta mi heredad” (v. 6).
“Un salmo de una fuerte tensión espiritual”, le llamó Juan Pablo II; dentro de las “dificultades del texto”, en el original hebreo, se trata de “un luminoso cántico místico, como sugiere la profesión de fe del inicio: «yo digo al Señor: "Tú eres mi bien"» (v. 2). Dios es visto como el único bien… Nuestro salmo desarrolla dos temas que son expresados a través de tres símbolos. Ante todo, el símbolo de la «heredad», término que cimienta los versículos 5 y 6: se habla de «lote de mi heredad», «mi copa»; «suerte». Se usaban estos términos para describir el don de la tierra prometida al pueblo de Israel. Nosotros sabemos ahora que la única tribu que no había recibido un lote de tierra era la de los levitas, pues el Señor mismo constituía su heredad. El salmista declara: «El Señor es el lote de mi heredad y mi copa... me encanta mi heredad» (v. 5-6). Por tanto, da la impresión de ser un sacerdote que está proclamando la alegría de estar totalmente entregado al servicio de Dios”. San Agustín comenta: «El salmista no dice: "Dios, ¡dame una heredad! ¿Qué me darás como heredad?". Dice por el contrario: todo lo que me des fuera de ti no vale nada. Sé tu mismo mi heredad. Eres tú a quien yo amo... Buscar a Dios en Dios, ser colmado de Dios por Dios. Él te basta, fuera de él nada te puede bastar».
“El segundo tema es el de la comunión perfecta y continua con el Señor. El salmista expresa la firme esperanza de se preservado de la muerte para poder permanecer en la intimidad de Dios… en la línea de una victoria sobre la muerte que asegura la intimidad eterna con Dios.
El orante utiliza dos símbolos. Ante todo, evoca el cuerpo: los exegetas nos dicen que en el original hebreo (vv. 7-10) se habla de «riñones», símbolo de las pasiones y de la interioridad más escondida; de «derecha», signo de fuerza; de «corazón», sede de la conciencia; incluso de «hígado», que expresa emotividad; de «carne», que indica la existencia frágil del hombre; y por último de «aliento de vida».
Se trata por tanto de la representación de todo el ser de la persona, que no es absorbido ni aniquilado en la corrupción del sepulcro (v. 10), sino que es mantenido en una vida plena y feliz con Dios.
Aparece, así, el segundo símbolo del Salmo 15, el del «camino»: «Me enseñarás el sendero de la vida» (v. 11). Es el camino que conduce al «gozo en tu presencia» divina, a la «alegría perpetua a tu derecha». Estas palabras se adaptan perfectamente a una interpretación que amplía la perspectiva a la esperanza de la comunión con Dios, más allá de la muerte, en la vida eterna.
De este modo, es fácil comprender por qué el Salmo ha sido tomado por el Nuevo Testamento para hacer referencia a la resurrección de Cristo. San Pedro, en su discurso de Pentecostés, cita precisamente la segunda parte del himno con una luminosa aplicación pascual y cristológica: «Dios le resucitó [a Cristo] librándole de los dolores de la muerte, pues no era posible que quedase bajo su dominio» (Hch 2, 24).
San Pablo hace referencia al Salmo 15 en el anuncio de la Pascua de Cristo durante su discurso en la sinagoga de Antioquia de Pisidia. También nosotros lo proclamamos desde esta perspectiva: «No permitirás que tu santo experimente la corrupción. Ahora bien, David, después de haber servido en sus días a los designios de Dios, murió, se reunió con sus padres y experimentó la corrupción. En cambio aquel a quien Dios resucitó [Jesucristo], no experimentó la corrupción» (Hch 13, 35-37)”.
También hay aquí “una intuición psicológica de la seguridad de uno que ama y por eso «siente» que la muerte no puede separarle de esa persona amada. Y como Dios es esta persona amada su omnipotencia puede extenderse sobre la vida y sobre la muerte. Estamos en la lógica del amor. El amor que desarma a la muerte: un tema vivo en cierta literatura contemporánea. Un novelista pone en boca de Cristo estas palabras: ‘Sí; esto es el milagro. Quien ame a los demás como yo he amado, después de la muerte vivirá... Y el ángel del sepulcro dice: él no puede permanecer en la muerte; la muerte es el castigo del egoísmo, se apodera sólo de quien elige existir para si solo’ (L. Santucci)”.
Los que se dedican especialmente a Dios, reciben una cercanía, confianza: “Me enseñarás el sendero de la vida, / me saciarás de gozo en tu presencia, / de alegría perpetua a tu derecha” (v. 10-11). El hecho es que, quizá, nos estamos avergonzando de hablar de la alegría. Afirmaba Bertrand Russel: «Lo único que necesita hay el hombre para elevarse es abrir el corazón a la alegría y dejar que el miedo continúe rechinando los dientes como un fantasma entre las sombras del pasado olvidado». ¿Qué es la alegría? Algo misterioso. Saliendo del colegio me asaltó un niño: “-¡mossèn!” –“¿Qué quieres?” –“nada, quería saludarte, estar contigo” Pensé que ese hablar sencillo de los niños me daba buena definición de amistad, estar con alguien de quien no necesitamos nada más que estar con él. Otra persona, por e-mail, me decía sobre algún texto que le mandé: “Ayer, estaba desmotivado, había discutido con unos compañeros del trabajo y no podía dormir. Me sentía mal, no estaba contento conmigo mismo, ni con ellos y menos con lo que había pasado. Empecé algunos de esos escritos guardados, y me hicieron sentir bien. Me ayudo mucho, me reconfortaron, recobre mi paz y pude dormir. Te lo quería comentar, para que sepas lo mucho que te agradezco que me los envíes y sobretodo que los escribas”.
Ahora, anoto lo que escribe otro: “Alegría de quien puede proclamar una palabra. Una palabra que le molesta y le serena, le inquieta y le conforta, le hace daño y le cura, le amedrenta y le da valor. Alegría de quien puede partir el pan todos los días entre los hermanos. Alegría de quien para no citar más que un ejemplo ha podido celebrar la eucaristía entre unos centenares de presidiarios, unidos alrededor de un altar improvisado en un oscuro corredor de la cárcel, custodiado por una implacable fila de rejas. Era el 11 de mayo de 1969. Porto Azzurro, Isla de Elba. Una fecha fundamental de mi sacerdocio. La acción de gracias se ha convertido en lágrimas. Y he sido capaz de balbucir: «Aunque sólo me hubiese hecho sacerdote para esta hora, valía realmente la pena... Gracias, Señor». Podría aún continuar... Pero que nadie crea que mi vida es coser y cantar y que mi camino está siempre iluminado por un haz de luz. Conozco momentos de equivocaciones, de desilusión, de desánimo. Alguna vez me sorprendo incluso mirando de reojo «el trozo de tierra» de los otros. Pero después, al hacer el inventario de lo que he recibido, me veo obligado a reconocer que «me ha tocado un lote hermoso» y a gritar que «me encanta mi heredad» (v. 6).
Es un lote que exteriormente puede parecer modesto y limitado. Pero me sobra. Es suficiente. Tengo mi cruz. Y también la de muchos otros. Puedo cultivar mis esperanzas y mis alegrías. Pero también las esperanzas y alegrías de los demás. Contiene mis afanes. Pero también las penas, los sufrimientos y las angustias de tantos otros hermanos. En definitiva estoy seguro de no mentir cuando exclamo: Me ha tocado un lote hermoso, / me encanta mi heredad (v. 6).
Me viene a la mente el título de un libro del sacerdote escritor J. Montaurier: «La alegría de ser verdadero». Pienso que se aplica especialmente al sacerdote. El sacerdote es verdadero cuando desaparece. Cuando detrás de sí deja adivinar, trasparentar a Alguien. Nuestro papel es el de ser «signos». «Significar» es ciertamente un papel ingrato porque deja subsistir la inquietud, la duda de la propia opacidad. Además nunca se sabe si se llega a hacer algo en el corazón del hombre.
Cuando se es «signo» no es posible jamás hablar de éxito, de conquistas, y ni quisiera tener una contabilidad que tranquilice en los momentos de desaliento. El éxito es siempre el éxito de otro.
Sin embargo es ésta precisamente la fuente más segura de la alegría de un sacerdote. Desaparecer la gloria del «siervo inútil», hacerse trasparente, para dejar entrever la presencia de otro. Con esta clave creo que hemos de leer el v. 1 del salmo: «Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti».
Este «refugiarse» no es una evasión, una solución cómoda impuesta por el miedo. Es simplemente la «verdad» del sacerdote. De quien puede gritar la propia alegría de ser verdadero… Yo digo al Señor: «Tu eres mi bien» (v. 2)… Por tanto, no hemos de admirarnos de que nuestra alegría haya sido hecha pedazos. Y que los pedazos que fatigosamente recogemos nos hieren las manos...” (Alessandro Pronzato).
Este salmo es Cristológico, por Él y por nosotros, y toca el tema de la felicidad, como dice una traducción de P. Claudel: "Permitidme medir maravillado esta herencia que me cayó del cielo... Tú me has saciado con tu rostro... Escucha lo que te digo muy quedo para que solamente Tú lo oigas: Oh, el Señor que no he merecido de ninguna manera... ¡Magnífico! ¡La porción que me tocó es algo del otro mundo! ¡La parte que me tocó no hay cómo ponderarla, es algo bello!... Tú has embriagado mi corazón, Tú has desatado mi lengua... Lléname de las delicias de tu rostro, lugar en que todos los caminos terminan..."
«¡No hay dicha para mí fuera de ti!» Cuando el salmo habla de heredad y tierra, Dios ha venido a ser, por consiguiente, la «Tierra» del orante. Dios “está siempre a mi diestra”. Este “caminar con Dios, saberlo siempre cercano, tratar con él, mirarle y dejarse examinar por El, he ahí lo que constituye el centro de esta prerrogativa de los levitas. De esta suerte, Dios se hace verdaderamente una tierra, el territorio de nuestra vida. Y así vivimos y «moramos» en su casa. El salmo enlaza aquí con todo lo que hemos encontrado en Juan. En consecuencia, ser sacerdote significa: ir a su casa y de este modo aprender a ver, permanecer en su morada... Este salmo se halla construido en torno a la afirmación fundamental de la existencia del levita: «El Señor es mi porción»... Este salmo representara para la Iglesia antigua la gran profecía de la Resurrección, la descripción del nuevo David y del Sacerdote definitivo, Jesucristo. Conocer la vida no significa dominar una técnica cualquiera, sino superar los límites de la muerte. El misterio de Jesucristo, su muerte y su resurrección resplandecen allí donde la pasión de la palabra y su indestructible fuerza vital se hacen experiencia viva.
Para que esto se haga realidad no es preciso llevar a cabo grandes transposiciones en nuestra propia espiritualidad. Pertenecen a la esencia misma del sacerdocio aspectos tales como el estar expuesto del levita, la carencia de una tierra, el vivir proyectado hacia Dios. El relato de la vocación de Lucas (5,1-11), que consideramos al principio, concluye lógicamente con estas palabras: «Ellos lo dejaron todo y le siguieron» (v.11). Sin ese despojarse de todas nuestras posesiones no hay sacerdocio. La llamada al seguimiento de Cristo no es posible sin ese gesto de libertad y de renuncia ante cualquier compromiso. Creo que, bajo esta luz, adquiere todo su profundo significado el celibato como renuncia a un futuro afincamiento terreno y a un ámbito propio de vida familiar; más aún, se hace indispensable para asegurar el carácter fundamental y la realización concreta de la entrega a Dios. Esto significa, claro está, que el celibato impone sus exigencias respecto a toda forma de plantearse la existencia. No puede alcanzar su pleno significado si nos plegamos a las reglas de la propiedad y del juego de la vida, tal como hoy se aceptan comúnmente. Sobre todo, no puede consolidarse si no hacemos de ese nuestro habitar en la presencia de Dios el centro de nuestra existencia. El salmo 16, como el salmo 119, acentúa vigorosamente la necesidad de una continua familiaridad meditativa con la palabra de Dios; únicamente así puede esta palabra convertirse en morada nuestra. El aspecto comunitario de la piedad litúrgica, que esta plegaria sálmica necesariamente implica, queda de manifiesto cuando el salmo habla del Señor como «mi cáliz» (v.5). Según el lenguaje habitual del Antiguo Testamento, esta alusión se refiere al cáliz festivo que se hacía pasar de mano en mano durante la cena cultual, o al cáliz fatídico, al cáliz de la ira o al de la salvación. El orante sacerdotal del Nuevo Testamento puede encontrar aquí indicado, de un modo particular, aquel cáliz por medio del cual el Señor, en el más profundo de los sentidos, se ha hecho nuestra tierra, el Cáliz eucarístico, en el que él se entrega como vida nuestra. La vida sacerdotal en la presencia de Dios viene de este modo a realizarse de una manera concreta como vida que vive en virtud del misterio eucarístico. La Eucaristía, en su más profunda significación, es la tierra que se ha hecho nuestra heredad y de la que podemos decir: «Cayó para mí la suerte en parajes amenos y es mi heredad muy agradable para mí» (v.6)” (Joseph Ratzinger). Así pedimos en la postcomunión: «Mira, Señor, con bondad a tu pueblo y, ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa».
3. Hemos sido redimidos con la sangre de Cristo, el Cordero de Dios, y Melitón dice: «Este es el Cordero que enmudecía y que fue inmolado; el mismo que nació de María, la hermosa Cordera; el mismo que fue arrebatado del rebaño, empujado a la muerte, inmolado al atardecer y sepultado por la noche; aquél que no fue quebrantado en el leño, ni se descompuso en la tierra; el mismo que resucitó de entre los muertos e hizo que el hombre surgiera desde lo más hondo del sepulcro» (Homilía sobre la Pascua 71).
4. San León Magno explica el profundo cambio que experimentan los discípulos, en sus mentes y corazones: «Durante estos días, el Señor se juntó, como uno más, a los dos discípulos que iban de camino y les reprendió por su resistencia en creer, a ellos que estaban temerosos y turbados, para disipar en nosotros toda tiniebla de duda. Sus corazones, por Él iluminados, recibieron la llama de la fe y se convirtieron de tibios en ardientes, al abrirles el Señor el sentido de las Escrituras. En la fracción del pan, cuando estaban sentados con Él a la mesa, se abrieron también sus ojos, con lo cual tuvieron la dicha inmensa de poder contemplar su naturaleza glorificada». La Pascua de Jesús devuelve su belleza a todo lo creado; es como si el mundo fuese creado nuevamente. Dice al respecto San Ambrosio: "en ella (en la Pascua) resucitó el mundo, el cielo y la tierra; en adelante habrá un cielo nuevo y una tierra nueva".
“Quédate con nosotros, / la tarde está cayendo. / ¿Cómo te encontraremos / al declinar el día, / si tu camino no es nuestro camino? // Detente con nosotros; / la mesa está servida, / caliente el pan y envejecido el vino. // ¿Cómo sabremos que eres / un hombre entre los hombres, / si no compartes nuestra mesa humilde? / Repártenos tu cuerpo, / y el gozo irá alejando / la oscuridad que pesa sobre el hombre. // Vimos romper el día / sobre tu hermoso rostro, / y al sol abrirse paso por tu frente. / Que el viento de la noche / no apague el fuego vivo / que nos dejó tu paso en la mañana. // Arroja en nuestras manos, / tendidas en tu busca, / las ascuas encendidas del Espíritu; / y limpia, en lo más hondo / del corazón del hombre, / tu imagen empañada por la culpa…
Porque anochece ya, / porque es tarde, Dios mío, / porque temo perder / las huellas del camino, / no me dejes tan solo / y quédate conmigo. / Porque he sido rebelde / y he buscado el peligro / y escudriñé curioso / las cumbres y el abismo, / perdóname, Señor, / y quédate conmigo. // Porque ardo en sed de ti / en hambre de tu trigo, / ven, siéntate a mi mesa, / bendice el pan y el vino. / ¡Qué aprisa cae la tarde! / ¡Quédate al fin conmigo! Amén (himno de Vísperas).
«Pues bien, hermanos, ¿cuándo se dejó reconocer el Señor? En la fracción del pan. En nosotros no hay ninguna sorpresa: partimos el pan y reconocemos al Señor. (...) Tú, que crees en El, que no llevas en vano el nombre de cristiano; tú, que no entras en la Iglesia por azar; tú, que escuchas la palabra de Dios con temor y esperanza, hallas consuelo en la fracción del pan. La ausencia de Dios no es una ausencia. Ten fe, y El estará contigo, aunque no lo veas. Estos discípulos durante su conversación con el Señor no tenían fe. No creían que hubiese resucitado y no sabían que podía resucitar. Caminaban, muertos, junto a un viviente; caminaban, muertos, junto a la vida. Junto a ellos caminaba la vida. Pero en sus corazones no había renacido vida alguna.
Si tú quieres la vida, imita a los discípulos y reconocerás al Señor. Le ofrecieron su hospitalidad. El Señor parecía decidido a seguir camino, pero lo retuvieron. Cuando llegaron al término de su viaje, le dijeron: «Quédate con nosotros, porque es tarde y el día se acaba» Retened con vosotros al extranjero, si queréis reconocer al Señor. La hospitalidad les devolvió lo que la duda les había quitado. El Señor se manifestó en la fracción del pan. Aprended a buscar al Señor, a poseerlo, a reconocerlo cuando coméis. Instruidos en esta verdad, los fieles entienden el sentido de este texto mejor que aquéllos que no son iniciados” (San Agustín).
“Te glorificamos, Padre santo, / porque estás siempre con nosotros en el camino de la vida; / sobre todo cuando Cristo, tu Hijo, nos congrega / para el banquete pascual de su amor. / Como hizo en otro tiempo con los discípulos de Emaús, / él nos explica las Escrituras y parte para nosotros el pan” (Plegaria Eucarística V).
“«Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída» (cf.Lc 24,29). Ésta fue la invitación apremiante que, la tarde misma del día de la resurrección, los dos discípulos que se dirigían hacia Emaús hicieron al Caminante que a lo largo del trayecto se había unido a ellos. Abrumados por tristes pensamientos, no se imaginaban que aquel desconocido fuera precisamente su Maestro, ya resucitado. No obstante, habían experimentado cómo «ardía» su corazón (cf. ibíd. 32) mientras él les hablaba «explicando» las Escrituras. La luz de la Palabra ablandaba la dureza de su corazón y «se les abrieron los ojos» (cf. ibíd. 31). Entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz. «Quédate con nosotros», suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús desaparecería, pero el Maestro se había quedado veladamente en el «pan partido», ante el cual se habían abierto sus ojos.
El icono de los discípulos de Emaús viene bien para orientar un Año en que la Iglesia estará dedicada especialmente a vivir el misterio de la Santísima Eucaristía. En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a veces de nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro llega a su plenitud, a la luz de la Palabra se añade la que brota del «Pan de vida», con el cual Cristo cumple a la perfección su promesa de «estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo» (cf. Mt 28,20).
La «fracción del pan» —como al principio se llamaba a la Eucaristía— ha estado siempre en el centro de la vida de la Iglesia. Por ella, Cristo hace presente a lo largo de los siglos el misterio de su muerte y resurrección. En ella se le recibe a Él en persona, como «pan vivo que ha bajado del cielo» (Jn 6,51), y con Él se nos da la prenda de la vida eterna, merced a la cual se pregusta el banquete eterno en la Jerusalén celeste. Varias veces, y recientemente en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia, siguiendo la enseñanza de los Padres, de los Concilios Ecuménicos y también de mis Predecesores, he invitado a la Iglesia a reflexionar sobre la Eucaristía. Por tanto, en este documento no pretendo repetir las enseñanzas ya expuestas, a las que me remito para que se profundicen y asimilen. No obstante, he considerado que sería de gran ayuda, precisamente para lograr este objetivo, un Año entero dedicado a este admirable Sacramento” (Juan Pablo II).
"Iban aquellos dos discípulos hacia Emaús. Su paso era normal, como el de tantos otros que transitaban por aquel paraje. Y allí, con naturalidad, se les aparece Jesús, y anda con ellos, con una conversación que disminuye la fatiga. Me imagino la escena, ya bien entrada la tarde. Sopla una brisa suave. Alrededor, campos sembrados de trigo ya crecido, y los olivos viejos, con las ramas plateadas por la luz tibia. Jesús, en el camino. ¡Señor, qué grande eres siempre! Pero me conmueves cuando te allanas a seguirnos, a buscarnos, en nuestro ajetreo diario. Señor, concédenos la ingenuidad de espíritu, la mirada limpia, la cabeza clara, que permiten entenderte cuando vienes sin ningún signo exterior de tu gloria" (San Josemaría Escrivá). Es el encuentro de cada día con Jesús que pasa, que nos sale al encuentro en las mil circunstancias de cada día, si ponemos los medios para verle, para hablarle, para escucharle... Es el trato con Jesús, que “deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto" (id.). "Se termina el trayecto al encontrar la aldea, y aquellos dos que -sin darse cuenta- han sido heridos en lo hondo del corazón por la palabra y el amor del Dios hecho Hombre, siente que se vaya. Porque Jesús les saluda con ademán de continuar adelante. No se impone nunca, este Señor nuestro. Quiere que le llamemos libremente, desde que hemos entrevisto la pureza del Amor, que nos ha metido en el alma. Hemos de detenerlo por fuerza y rogarle: continúa con nosotros, porque es tarde, y va ya el día de caída, se hace de noche (...) Y Jesús se queda. Se abren nuestros ojos como los de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y aunque El vuelva a desaparecer de nuestra vista , seremos también capaces de emprender de nuevo la marcha -anochece-, para hablar a los demás de El, porque tanta alegría no cabe en un pecho solo. Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra" (id.).
El salmo se aplicaba a Jesús y al sacerdote, y también aquí la escena de Emaús se aplica a la eucaristía, como recordaba Juan Pablo II: «Desde hace más de medio siglo, cada día, desde ese 2 de noviembre de 1946 en que celebré mi primera misa en la cripta de San Leonardo, en la catedral del Wawel de Cracovia, mis ojos se han recogido sobre la hostia y el cáliz en los que el tiempo y el espacio parecen haberse “contraído” y el drama del Gólgota vuelve a presentarse vivo, desvelando su misteriosa “contemporaneidad”. Cada día, mi fe ha podido reconocer en el pan y el vino consagrados al divino Viajero que un día se acercó a los dos discípulos de Emaús para abrirles los ojos a la luz y el corazón a la esperanza (cfr. Lc 24,13-35)». Es un testimonio “de la manera en que ha educado sus ojos a ver lo invisible en la escuela de la fe enamorada del Dios hecho carne, hallado cada día en la celebración eucarística, y a partir de ella le ha enseñado a su corazón a latir al unísono con el del amor divino, a su boca a ser un vehículo de verdad evangélica, a sus manos a realizar obras de caridad y paz, a sus pies a llevar la buena nueva al mayor número posible de hombres y mujeres. Este testimonio, tan personal y cautivante, demuestra, mucho mejor que cualquier razonamiento abstracto, el carácter esencial de la eucaristía para la vida y la identidad del presbítero, cumbre y fuente verdadera de todo lo que éste es y hace. Y este ejemplo me alienta a reflexionar sobre la relación entre el sacerdote y el sacramento eucarístico, memorial de la pascua del Señor, de manera directa y discursiva, dirigiéndome como hermano a mis hermanos presbíteros, no sólo bajo la luz de la fe pensada, sino también bajo la del misterio celebrado y vivido como cita fiel en la sucesión de los días. Escribo así una suerte de carta que dirigida a los amigos sacerdotes, reflexionando con ellos en voz alta, en presencia de nuestro Dios, sobre el mayor don colocado en nuestras manos y sobre las razones que hacen de la eucaristía el acontecimiento que da sentido, fuerza y belleza a cada uno de nuestros días...” (Bruno Forte, dejamos la reflexión que sigue para otro día, que hoy ya ha salido larga).
Llucià Pou Sabaté
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Jesus es nuestra protección
SÁBADO DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA: Jesús se muestra en las tempestades de la vida, para darnos su presencia y con ella fuerza y esperanza.
SÁBADO DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA: Jesús se muestra en las tempestades de la vida, para darnos su presencia y con ella fuerza y esperanza.
Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 6,1-7: 1 En aquellos días, debido a que el grupo de los discípulos era muy grande, los creyentes de origen helenista murmuraron contra los de origen judío, porque sus viudas no eran bien atendidas en el suministro cotidiano. 2 Los Doce convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron:
— No está bien que nosotros dejemos de anunciar la Palabra de Dios para dedicarnos al servicio de las mesas. 3 Por tanto, elegid de entre vosotros, hermanos, siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a los cuales encomendaremos este servicio 4 para que nosotros podamos dedicarnos a la oración y al ministerio de la Palabra.
5 La proposición agradó a todos, y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, y a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. 6 Los presentaron ante los apóstoles, y ellos, después de orar, les impusieron las manos.
7 La Palabra de Dios se extendía, el número de discípulos aumentaba mucho en Jerusalén e incluso muchos sacerdotes se adherían a la fe.
Salmo Responsorial: 32,1-2, 4-5, 18-19: 1 Justos, alabad al Señor, la alabanza es propia de los rectos; 2 dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor con el arpa de diez cuerdas; 4 pues la palabra del Señor es eficaz, y sus obras demuestran su lealtad; 5 Él ama la justicia y el derecho, la tierra está llena del amor del Señor. 18 Pero el Señor se cuida de sus fieles, de los que confían en su misericordia, 19 para librarlos de la muerte y sostenerlos en tiempos de hambre.
"Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti."
Evangelio: Juan 6,16-21 (también se lee en el 5º domingo de Pascua (A)): 16 A la caída de la tarde, los discípulos bajaron al lago, 17 subieron a una barca y emprendieron la travesía hacia Cafarnaum. Era ya de noche y Jesús no había llegado. 18 De pronto se levantó un viento fuerte que alborotó el lago. 19 Habían avanzado unos cinco kilómetros cuando vieron a Jesús, que se acercaba a la barca caminando sobre el lago, y les entró mucho miedo. 20 Jesús les dijo:
- Soy yo. No tengáis miedo.
21 Entonces quisieron subirlo a bordo y, al instante, la barca tocó tierra en el lugar al que se dirigían.
Comentario: 1. Los recién llegados, los de una cultura nueva, se sentían cristianos de segunda clase respecto a los judíos «de origen». Son problemas humanos, que también vemos en la Iglesia: los “antiguos” y sus “privilegios”, ante la actitud que ha de ser siempre abierta y acogedora a los recién llegados. Tensiones que en diversas épocas pueden ser distintas, estar más a gusto con unos u otros, o de acuerdo.
a) -“No conviene que abandonemos la Palabra de Dios por servir a las mesas”. Había banquete, es una idea que sugiere regocijo, fiesta, comunión humana que termina con la comunión del mismo Cristo.
-“Buscad entre vosotros unos hermanos... y los pondremos al frente de este cargo. Mientras que nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra”. De este incidente humano, sale una nueva organización de la Iglesia. La Iglesia “inventa” este «ministerio» nuevo, porque hay de él necesidad; de la necesidad surgen cosas nuevas (Noel Quesson). Son siete los elegidos, un número que recuerda los 70 jueces que elige Moisés para que le ayuden a administrar justicia (Ex 18, 13-27; Nm 11, 16-17) o los 70 miembros del Sanedrín. La elección de los siete abre un nuevo apartado de los Hechos de los Apóstoles, en el que ocupan el primer plano cristianos procedentes de mundo griego. A partir de ahora, los cristianos se llamarán “discípulos” en los Hechos. Veremos, de entre los escogidos, destacar Esteban. Los Apóstoles dicen: «nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra». Es todo un programa de apostolado. Sin vida interior, sin oración, no es posible una verdadera evangelización. Así lo ve San Agustín: «Al hablar haga cuanto esté de su parte, para que se le escuche inteligentemente, con gusto y docilidad. Pero no dude de que, si logra algo y en la medida en que lo logre, es más por la piedad de sus oraciones que por sus dotes oratorias. Por tanto, orando por aquellos a quienes ha de hablar, sea antes varón de oración, que de peroración y cuando se acerque la hora de hablar, antes de comenzar a proferir palabras, eleve a Dios su alma sedienta, para derramar de lo que bebió y exhalar de lo que se llenó». Y también: «Si no arde el ministro de la Palabra, no enciende al que predica».
La primera comunidad de Jerusalén, al crecer, también conoció dificultades internas, además de las externas: problemas en la convivencia. La razonable descentralización y división de funciones entre los apóstoles y los diáconos surgió de la necesidad, de la vida: así las leyes surgen de la experiencia. Nos puede ayudar esta manera positiva de resolver problemas, cuando en nuestra comunidad, ya sea la familiar o eclesial o social, aparezcan problemas de convivencia y casos de discriminación, que pueden dar lugar a momentos de tensión y contestación entre unos y otros (hombres y mujeres, jóvenes y mayores, nativos y emigrantes). No pararse en lo que divide, y dedicarse a la expansión del Reino: «la Palabra de Dios iba cundiendo, y en Jerusalén crecía mucho el número de discípulos». La unidad fraterna es la que posibilita el trabajo misionero. El signo que más creíble hace lo que se predica, es la caridad: la caridad hacia dentro y hacia fuera. ¿Resolvemos en nuestra comunidad los problemas que van surgiendo con este espíritu de diálogo y sinceridad?; ¿no podría ser la falta de unidad interna la razón de la poca eficacia en nuestro apostolado hacia fuera? (J. Aldazábal).
2. –Jesús resucitado es signo manifiesto de que Dios quiere salvarnos de todo lo que es negativo en nuestra vida. Se nos exige una confianza absoluta en la misericordia del Señor. Así nos lo dice el Salmo 32: «Que la misericordia del Señor venga sobre nosotros, como lo esperamos de Él». Es un himno a la providencia de Dios: “dividido en 22 versículos, tantos cuantas letras hay en el alfabeto hebraico, es un canto de alabanza al Señor del universo y de la historia. Está impregnado de alegría desde sus primeras palabras: "Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones" (vv. 1-3). Por tanto, esta aclamación (tern'ah) va acompañada de música y es expresión de una voz interior de fe y esperanza, de felicidad y confianza. El cántico es "nuevo", no sólo porque renueva la certeza en la presencia divina dentro de la creación y de las situaciones humanas, sino también porque anticipa la alabanza perfecta que se entonará el día de la salvación definitiva, cuando el reino de Dios llegue a su realización gloriosa” (Juan Pablo II). Nuevo por la alegría y que las palabras sirvan para expresar lo que lleva el corazón (s. Agustín). "Habitualmente se llama "nuevo" a lo insólito o a lo que acaba de nacer. Si piensas en el modo de la encarnación del Señor, admirable y superior a cualquier imaginación, cantas necesariamente un cántico nuevo e insólito. Y si repasas con la mente la regeneración y la renovación de toda la humanidad, envejecida por el pecado, y anuncias los misterios de la resurrección, también entonces cantas un cántico nuevo e insólito" (San Basilio). Y sigue diciendo el Papa: “En resumidas cuentas, según san Basilio, la invitación del salmista, que dice: "Cantad al Señor un cántico nuevo", para los creyentes en Cristo significa: "Honrad a Dios, no según la costumbre antigua de la "letra", sino según la novedad del "espíritu". En efecto, quien no valora la Ley exteriormente, sino que reconoce su "espíritu", canta un "cántico nuevo"" (ib.)…
En el libro bíblico de los Proverbios se afirma sintéticamente: "Muchos proyectos hay en el corazón del hombre, pero sólo el plan de Dios se realiza" (Pr 19, 21). De modo semejante, el salmista nos recuerda que Dios, desde el cielo, su morada trascendente, sigue todos los itinerarios de la humanidad, incluso los insensatos y absurdos, e intuye todos los secretos del corazón humano.
"Dondequiera que vayas, hagas lo que hagas, tanto en las tinieblas como a la luz del día, el ojo de Dios te mira", comenta san Basilio. Feliz será el pueblo que, acogiendo la revelación divina, siga sus indicaciones de vida, avanzando por sus senderos en el camino de la historia. Al final sólo queda una cosa: "El plan del Señor subsiste por siempre; los proyectos de su corazón, de edad en edad" (Sal 32, 11)”.
Es el señorío de Dios sobre la historia humana. Los ojos de Dios velan por los que le son fieles (v. 18); a su divino auxilio debemos la vida y la fidelidad y la misericordia divinas nos cuidan (vv. 4-5). "La humildad de los que sirven a Dios -explica también san Basilio- muestra que esperan en su misericordia. En efecto, quien no confía en sus grandes empresas, ni espera ser justificado por sus obras, tiene como única esperanza de salvación la misericordia de Dios". El Salmo concluye con una antífona que es también el final del conocido himno Te Deum: "Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti" (v. 22). “La gracia divina y la esperanza humana se encuentran y se abrazan. Más aún, la fidelidad amorosa de Dios (según el valor del vocablo hebraico original usado aquí, hésed), como un manto, nos envuelve, calienta y protege, ofreciéndonos serenidad y proporcionando un fundamento seguro a nuestra fe y a nuestra esperanza”.
3. Narra el Evangelio de la Misa que los Apóstoles navegaban hacia Cafarnaum cuando ya había oscurecido. El mar estaba agitado por el fuerte viento, y la barca estaba batida por las olas. La tradición ha visto en esta barca la imagen de la Iglesia, zarandeada a lo largo de los siglos por el oleaje de las persecuciones, de las herejías y de las infidelidades. Siempre, desde el principio sufrió contradicciones, y hoy como ayer se sigue combatiendo a la Iglesia. Eso nos hace sufrir, pero a la vez nos da una inmensa seguridad y una gran paz, que Cristo mismo esté dentro de la barca; vive para siempre en la Iglesia, y por eso, las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella (Mateo 16, 18); durará hasta el final de los tiempos. No nos dejemos impresionar porque ha arreciado la tempestad contra nuestra Madre, porque perderíamos la paz, la serenidad y la visión sobrenatural. Cristo está siempre cerca de nosotros, de cada uno, y nos pide confianza.
La indefectibilidad de la Iglesia significa que ésta tiene carácter imperecedero, es decir, que durará hasta el fin del mundo, e igualmente que no habrá cambio sustancial en su doctrina, en su constitución o en su culto. La razón de la permanencia de la Iglesia está en su íntima unión con Cristo, que es su Cabeza y Señor. Después de subir a los cielos envió a los suyos el Espíritu Santo para que les enseñe toda la verdad (Juan 14, 16), y cuando les encargó predicar el Evangelio a todas las gentes, les aseguró que Él estaría siempre con ellos hasta el final del mundo (Mateo 28, 20). La fe nos atestigua que esta firmeza en su constitución y en su doctrina durará siempre, hasta que Él venga. Los ataques a la Iglesia, los malos ejemplos, los escándalos, nos llevarán a amarla más, a rezar por esas personas y a desagraviar. Permanezcamos siempre en comunión con Ella, fieles a su doctrina, unidos a sus sacramentos, y dóciles a la jerarquía.
Inmediatamente después de la multiplicación de los panes, san Juan nos trae este relato de una acción misteriosa de Jesús: alcanza a sus discípulos, a media noche, caminando sobre las aguas del lago en medio de las cuales ellos bregan contra la tempestad. En el momento de alcanzarlos, cuando ellos, asustados, quieren hacerlo subir a bordo, la barca toca tierra. Es uno de los llamados “milagros sobre la naturaleza”, diferentes de las curaciones y los exorcismos y mucho menos numerosos. Jesús acaba de manifestarse como el Profeta, como Moisés o Eliseo, que alimenta al pueblo en el desierto (Ex 16, 9-16; 2Re 4, 42-44), de forma generosa y milagrosa. Ahora, caminando sobre las aguas del lago, no puede ser otro que el Señor del universo, creador y ordenador de las fuerzas del mundo que, como tantas veces es descrito en el AT, domina las aguas del caos (Gn 1, 6-10), envía la lluvia a la tierra (Sal 65, 10-11), hace pasar a su pueblo, sin mojarse los pies, a través del Mar Rojo (Ex 14, 15-31). El mismo que se sienta por encima de la tormenta (Sal 29, 10) y cuyos caballos pisotean el océano sin dejar rastro de sus huellas (Sal 77, 17-20). Por eso la palabra de Jesús para calmar a sus discípulos es muy significativa: “Yo soy, no tengan miedo”. El “Yo soy” nos remite al nombre mismo de Dios tal y como lo reveló a Moisés al pie de la zarza (Ex 3, 13-14). Esto significa que los cristianos entre los cuales se formó y difundió inicialmente el evangelio de san Juan, afirmaban la divinidad de Jesucristo, parangonable a Dios, el Padre, partícipe de sus atributos. Y esto gracias a la fe en la resurrección por la cual Dios había exaltado a Jesús manifestándolo como su hijo muy amado.
Jesús llega inesperadamente caminando sobre las aguas, para auxiliar a los Apóstoles que se encontraban llenos de pavor, para robustecer su fe débil y para darles ánimos en medio de la tempestad. En nuestra vida personal no faltarán tempestades. Con el Señor, mediante la oración y los sacramentos, las tormentas interiores se tornan en ocasiones de crecer en fe, en esperanza, en caridad y fortaleza. Con el tiempo comprenderemos el sentido de estas dificultades. Siempre contaremos con la ayuda de nuestra Madre del Cielo, especialmente cuando lo pasamos mal. No dejemos de acudir a Ella” (Francisco Fernández Carvajal-Tere Correa).
b) "No tengáis miedo... Soy Yo". Juan Pablo II comentó mucho esta expresión del Señor: “Cristo dirigió muchas veces esta invitación a los hombres con que se encontraba. Esto dijo el Ángel a María: "No tengas miedo" (cfr. Lucas 1,30). Y esto mismo a José: "No tengas miedo" (cfr. Mateo 1,20). Cristo lo dijo a los Apóstoles, y a Pedro, en varias ocasiones, y especialmente después de su Resurrección, e insistía: "¡No tengáis miedo!"; se daba cuenta de que tenían miedo porque no estaban seguros de si Aquel que veían era el mismo Cristo que ellos habían conocido. Tuvieron miedo cuando fue apresado, y tuvieron aún más miedo cuando, Resucitado, se les apareció. Esas palabras pronunciadas por Cristo las repite la Iglesia. Y con la Iglesia las repite también el Papa. Lo ha hecho desde la primera homilía en la plaza de San Pedro: "¡No tengáis miedo!" No son palabras dichas porque sí, están profundamente enraizadas en el Evangelio; son, sencillamente, las palabras del mismo Cristo.
¿De qué no debemos tener miedo? No debemos temer a la verdad de nosotros mismos. Pedro tuvo conciencia de ella, un día, con especial viveza, y dijo a Jesús: "¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!" (Lucas 5,8). Pienso que no fue sólo Pedro quien tuvo conciencia de esta verdad. Todo hombre la advierte. La advierte todo Sucesor de Pedro. La advierte de modo particularmente claro el que, ahora, le está respondiendo. Todos nosotros le estamos agradecidos a Pedro por lo que dijo aquel día: "¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!" Cristo le respondió: "No temas; desde ahora serás pescador de hombres" (Lucas 5,10). ¡No tengas miedo de los hombres! El hombre es siempre igual; los sistemas que crea son siempre imperfectos, y tanto más imperfectos cuanto más seguro está de sí mismo. ¿Y esto de dónde proviene? Esto viene del corazón del hombre, nuestro corazón está inquieto; Cristo mismo conoce mejor que nadie su angustia, porque "Él sabe lo que hay dentro de cada hombre" (cfr. Juan 2,25)”. Así lo decía también en el último encuentro de los jóvenes: “¡Queridos jóvenes! Cada vez más me doy más cuenta de cómo fue providencial y profético el que este día, Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor, se convirtiera en vuestra jornada. Esta fiesta contiene una gracia especial, la de la alegría unida a la Cruz, sintetiza el misterio cristiano. Os digo hoy: continuad sin cansaros el camino emprendido el camino emprendido para ser por doquier testigos de la Cruz gloriosa de Cristo. ¡No tengáis miedo! Que la alegría del Señor, crucificado y resucitado, sea vuestra fuerza, y que María Santísima esté siempre a vuestro lado”.
¡Qué poca fe la nuestra cuando dudamos porque arrecia la tempestad! Nos dejamos impresionar demasiado por las circunstancias: enfermedad, trabajo, reveses de fortuna, contradicciones del ambiente. Olvidamos que Jesucristo es, siempre, nuestra seguridad. Debemos aumentar nuestra confianza en Él y poner los medios humanos que están a nuestro alcance. Jesús no se olvida de nosotros: “nunca falló a sus amigos” (Santa Teresa). Dios nunca llega tarde para socorrer a sus hijos; siempre llega, aunque sea de modo misterioso y oculto, en el momento oportuno. La plena confianza en Dios, da al cristiano una singular fortaleza y una especial serenidad en todas las circunstancias. “Si no le dejas, Él no te dejará” (J. Escrivà). Y nosotros le decimos que no queremos dejarle. “ Cuando imaginamos que todos se hunde ante nuestros ojos, no se hunde nada, porque Tú eres, Señor, mi fortaleza (Salmos 42, 2). Si Dios habita en nuestra alma, todo lo demás, por importante que parezca, es accidental, transitorio. En cambio, nosotros, en Dios, somos lo permanente” (Id.) Esta es la medicina para barrer, de nuestras vidas, miedos, tensiones y ansiedades. En toda nuestra vida, en lo humano y en lo sobrenatural, nuestro “descanso”, nuestra seguridad, no tiene otro fundamento firme que nuestra filiación divina. Esta realidad es tan profunda que afecta al mismo hombre, hasta tal punto de que Santo Tomás afirma que por ella el hombre es constituido en un nuevo ser. Dios es un Padre que está pendiente de cada uno de nosotros y ha puesto un Ángel para que nos guarde en todos los caminos. En la tribulación acudamos siempre al Sagrario, y no perderemos la serenidad. Nuestra Madre nos enseñará a comportarnos como hijos de Dios; también en las circunstancias más adversas.
“Soy yo, no tengáis miedo”, hemos de sentir esa palabra de Jesús que nos da confianza. “¿Quién no ha pasado por una situación idéntica? Se ha cerrado la noche, el viento nos es contrario, el mar de la vida se encrespa y todo parecen ser dificultades, y cuando aparece el fantasma resulta que el susto se transforma en el encuentro esperado, que nos descubre que todo está en su sitio, y que ya llegamos a la meta de la que nos parecía estar tan lejos... Situaciones de noche cerrada y mar contrario… El ser humano es un ser que no puede caminar por la vida a la fuerza, contra el viento y contra el mar, en noche cerrada... Eso sólo en algunos momentos. No se puede convivir con los fantasmas de la noche... Confianza en la vida, en la gente, en sí mismo (autoestima) y también en Él, el único fantasma que nos puede decir insinuantemente: «Soy yo»... Cuando el sinsentido, la mala suerte, el absurdo, o la culpa nos cierran el paso y nos parece estar perdidos, como aquellos discípulos, es bueno descubrir que tras esos fantasmas muchas veces es Dios mismo quien nos prueba, y quien llegado el momento nos mira con amor y nos dice «Soy yo, no temas» (Juan Mateos-Jesús Peláez; “Diario Bíblico”).
c) Esta noche fatídica del pánico por la mar encrespada y, además, por la visión de Jesús que se les acerca caminando sobre las aguas, es motivo para pensar en nuestros miedos y oír las palabras tranquilizadoras: «soy yo, no temáis». Como en el caso de las pescas milagrosas, cuando no está Jesús con ellos, es inútil su esfuerzo y no tienen paz. Cuando se acerca Jesús, vuelve la calma y el trabajo resulta plenamente eficaz. Cuando se hace de noche en todos los sentidos, cuando arrecia el viento contrario y se encrespan los acontecimientos, cuando se nos junta todo en contra y perdemos los ánimos y a Jesús no lo tenemos a bordo -porque estamos nosotros distraídos o porque Él nos esconde su presencia- no es extraño que perdamos la paz y el rumbo de la travesía. Si a pesar de todo, supiéramos reconocer la cercanía del Señor en nuestra historia, sea pacífica o turbulenta, nos resultaría bastante más fácil mantener o recobrar la calma. Cada vez que celebramos la Eucaristía, el Resucitado se nos hace presente en la comunidad reunida, se nos da como Palabra salvadora, y -lo que es el colmo de la cercanía y de la donación- Él mismo se nos da como alimento para nuestro camino. Es verdad que su presencia es siempre misteriosa, inaferrable, como para los discípulos de entonces. Pero por la fe tenemos que saber oír la frase que tantas veces se repite con sus variaciones en la Biblia: «soy yo, no temáis». Llegaríamos a la playa con tranquilidad, y de cada Misa sacaríamos ánimos y convicción para el resto de la jornada, porque el Señor nos acompaña, aunque no le veamos con los ojos humanos (J. Aldazábal).
d) «Tú has querido hacernos hijos tuyos: míranos siempre con amor de padre”, para que “alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna» (oración), y «que esta Eucaristía nos haga progresar en el amor» (comunión), en medio de la oscuridad de la noche: "En el mar trazaste tu camino, tu paso en las aguas profundas, y nadie pudo reconocer tus huellas" (Sal 77, 20). El mar, símbolo de las potencias malignas, es vencido por Jesús, como fue vencido antes por Dios en la creación (Is 51, 9s), en el éxodo (Ex 14-15), en el combate escatológico (Dan 7, 2-7; León-Dufour). Él nos hará llegar rápida y seguramente al puerto” (“Diario Bíblico”). Este es el motivo de los milagros que Jesús realiza, afianzar nuestra fe: «Mas Jesús llevaba, por los milagros que hacía, a los que contemplaban aquel hermoso espectáculo a que mejorasen en sus costumbres. ¿Cómo no pensar entonces en que se ofrecía a sí mismo como ejemplo de la vida más santa, no sólo ante sus auténticos discípulos, sino también ante los otros? Ante sus discípulos, para moverlos a enseñar a los hombres conforme a la voluntad de Dios; ante los otros, para que enseñados a la par por la doctrina, vida y milagros cómo habían de vivir, todo lo hicieran con intención de agradar a Dios sumo» (Orígenes). “El miedo llamó a mi puerta; / la fe fue a abrir / y no había nadie” (Juan Carlos Martos). “Jesús no es un fantasma, ni la figura de un Dios que venga a causarnos terror. Él es el Dios que se hace cercanía a nosotros siempre; y en los momentos más difíciles de nuestra vida no podemos espantarnos pensando que el Señor se nos ha acercado para castigarnos a causa de nuestros pecados. Dios se acerca constantemente a nosotros, especialmente, de un modo culminante, en la Eucaristía. Su paz es nuestra paz; ojalá no perdamos la paz a causa de volver a desviar nuestros caminos de Él. El Señor nos alimenta con su Palabra y con su Pan de Vida eterna. Nosotros nos alegramos porque, a pesar de que muchas veces vivimos lejos de Él, ahora nos recibe en su casa para perdonarnos y para sentarnos a su mesa. Pero el Señor al llenarnos de su Vida y al hacernos partícipes de su salvación, nos quiere comprometidos con nuestro mundo para manifestarle el rostro amoroso de Dios, que se acerca para socorrer a los necesitados y para remediar los males de los que sufren. Por eso nuestra Eucaristía se convierte para nosotros en un auténtico compromiso que nos ha de llevar a cumplir con la misma Misión que el Padre Dios encomendó a su Hijo y que el Hijo nos encomendó a nosotros. También nosotros hemos de llevar esta presencia. Nosotros, por voluntad de Dios, hemos de ser la cercanía amorosa de Dios para nuestro prójimo (www.homiliacatolica.com).Llucià Pou Sabaté
Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 6,1-7: 1 En aquellos días, debido a que el grupo de los discípulos era muy grande, los creyentes de origen helenista murmuraron contra los de origen judío, porque sus viudas no eran bien atendidas en el suministro cotidiano. 2 Los Doce convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron:
— No está bien que nosotros dejemos de anunciar la Palabra de Dios para dedicarnos al servicio de las mesas. 3 Por tanto, elegid de entre vosotros, hermanos, siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a los cuales encomendaremos este servicio 4 para que nosotros podamos dedicarnos a la oración y al ministerio de la Palabra.
5 La proposición agradó a todos, y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, y a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. 6 Los presentaron ante los apóstoles, y ellos, después de orar, les impusieron las manos.
7 La Palabra de Dios se extendía, el número de discípulos aumentaba mucho en Jerusalén e incluso muchos sacerdotes se adherían a la fe.
Salmo Responsorial: 32,1-2, 4-5, 18-19: 1 Justos, alabad al Señor, la alabanza es propia de los rectos; 2 dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor con el arpa de diez cuerdas; 4 pues la palabra del Señor es eficaz, y sus obras demuestran su lealtad; 5 Él ama la justicia y el derecho, la tierra está llena del amor del Señor. 18 Pero el Señor se cuida de sus fieles, de los que confían en su misericordia, 19 para librarlos de la muerte y sostenerlos en tiempos de hambre.
"Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti."
Evangelio: Juan 6,16-21 (también se lee en el 5º domingo de Pascua (A)): 16 A la caída de la tarde, los discípulos bajaron al lago, 17 subieron a una barca y emprendieron la travesía hacia Cafarnaum. Era ya de noche y Jesús no había llegado. 18 De pronto se levantó un viento fuerte que alborotó el lago. 19 Habían avanzado unos cinco kilómetros cuando vieron a Jesús, que se acercaba a la barca caminando sobre el lago, y les entró mucho miedo. 20 Jesús les dijo:
- Soy yo. No tengáis miedo.
21 Entonces quisieron subirlo a bordo y, al instante, la barca tocó tierra en el lugar al que se dirigían.
Comentario: 1. Los recién llegados, los de una cultura nueva, se sentían cristianos de segunda clase respecto a los judíos «de origen». Son problemas humanos, que también vemos en la Iglesia: los “antiguos” y sus “privilegios”, ante la actitud que ha de ser siempre abierta y acogedora a los recién llegados. Tensiones que en diversas épocas pueden ser distintas, estar más a gusto con unos u otros, o de acuerdo.
a) -“No conviene que abandonemos la Palabra de Dios por servir a las mesas”. Había banquete, es una idea que sugiere regocijo, fiesta, comunión humana que termina con la comunión del mismo Cristo.
-“Buscad entre vosotros unos hermanos... y los pondremos al frente de este cargo. Mientras que nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra”. De este incidente humano, sale una nueva organización de la Iglesia. La Iglesia “inventa” este «ministerio» nuevo, porque hay de él necesidad; de la necesidad surgen cosas nuevas (Noel Quesson). Son siete los elegidos, un número que recuerda los 70 jueces que elige Moisés para que le ayuden a administrar justicia (Ex 18, 13-27; Nm 11, 16-17) o los 70 miembros del Sanedrín. La elección de los siete abre un nuevo apartado de los Hechos de los Apóstoles, en el que ocupan el primer plano cristianos procedentes de mundo griego. A partir de ahora, los cristianos se llamarán “discípulos” en los Hechos. Veremos, de entre los escogidos, destacar Esteban. Los Apóstoles dicen: «nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra». Es todo un programa de apostolado. Sin vida interior, sin oración, no es posible una verdadera evangelización. Así lo ve San Agustín: «Al hablar haga cuanto esté de su parte, para que se le escuche inteligentemente, con gusto y docilidad. Pero no dude de que, si logra algo y en la medida en que lo logre, es más por la piedad de sus oraciones que por sus dotes oratorias. Por tanto, orando por aquellos a quienes ha de hablar, sea antes varón de oración, que de peroración y cuando se acerque la hora de hablar, antes de comenzar a proferir palabras, eleve a Dios su alma sedienta, para derramar de lo que bebió y exhalar de lo que se llenó». Y también: «Si no arde el ministro de la Palabra, no enciende al que predica».
La primera comunidad de Jerusalén, al crecer, también conoció dificultades internas, además de las externas: problemas en la convivencia. La razonable descentralización y división de funciones entre los apóstoles y los diáconos surgió de la necesidad, de la vida: así las leyes surgen de la experiencia. Nos puede ayudar esta manera positiva de resolver problemas, cuando en nuestra comunidad, ya sea la familiar o eclesial o social, aparezcan problemas de convivencia y casos de discriminación, que pueden dar lugar a momentos de tensión y contestación entre unos y otros (hombres y mujeres, jóvenes y mayores, nativos y emigrantes). No pararse en lo que divide, y dedicarse a la expansión del Reino: «la Palabra de Dios iba cundiendo, y en Jerusalén crecía mucho el número de discípulos». La unidad fraterna es la que posibilita el trabajo misionero. El signo que más creíble hace lo que se predica, es la caridad: la caridad hacia dentro y hacia fuera. ¿Resolvemos en nuestra comunidad los problemas que van surgiendo con este espíritu de diálogo y sinceridad?; ¿no podría ser la falta de unidad interna la razón de la poca eficacia en nuestro apostolado hacia fuera? (J. Aldazábal).
2. –Jesús resucitado es signo manifiesto de que Dios quiere salvarnos de todo lo que es negativo en nuestra vida. Se nos exige una confianza absoluta en la misericordia del Señor. Así nos lo dice el Salmo 32: «Que la misericordia del Señor venga sobre nosotros, como lo esperamos de Él». Es un himno a la providencia de Dios: “dividido en 22 versículos, tantos cuantas letras hay en el alfabeto hebraico, es un canto de alabanza al Señor del universo y de la historia. Está impregnado de alegría desde sus primeras palabras: "Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones" (vv. 1-3). Por tanto, esta aclamación (tern'ah) va acompañada de música y es expresión de una voz interior de fe y esperanza, de felicidad y confianza. El cántico es "nuevo", no sólo porque renueva la certeza en la presencia divina dentro de la creación y de las situaciones humanas, sino también porque anticipa la alabanza perfecta que se entonará el día de la salvación definitiva, cuando el reino de Dios llegue a su realización gloriosa” (Juan Pablo II). Nuevo por la alegría y que las palabras sirvan para expresar lo que lleva el corazón (s. Agustín). "Habitualmente se llama "nuevo" a lo insólito o a lo que acaba de nacer. Si piensas en el modo de la encarnación del Señor, admirable y superior a cualquier imaginación, cantas necesariamente un cántico nuevo e insólito. Y si repasas con la mente la regeneración y la renovación de toda la humanidad, envejecida por el pecado, y anuncias los misterios de la resurrección, también entonces cantas un cántico nuevo e insólito" (San Basilio). Y sigue diciendo el Papa: “En resumidas cuentas, según san Basilio, la invitación del salmista, que dice: "Cantad al Señor un cántico nuevo", para los creyentes en Cristo significa: "Honrad a Dios, no según la costumbre antigua de la "letra", sino según la novedad del "espíritu". En efecto, quien no valora la Ley exteriormente, sino que reconoce su "espíritu", canta un "cántico nuevo"" (ib.)…
En el libro bíblico de los Proverbios se afirma sintéticamente: "Muchos proyectos hay en el corazón del hombre, pero sólo el plan de Dios se realiza" (Pr 19, 21). De modo semejante, el salmista nos recuerda que Dios, desde el cielo, su morada trascendente, sigue todos los itinerarios de la humanidad, incluso los insensatos y absurdos, e intuye todos los secretos del corazón humano.
"Dondequiera que vayas, hagas lo que hagas, tanto en las tinieblas como a la luz del día, el ojo de Dios te mira", comenta san Basilio. Feliz será el pueblo que, acogiendo la revelación divina, siga sus indicaciones de vida, avanzando por sus senderos en el camino de la historia. Al final sólo queda una cosa: "El plan del Señor subsiste por siempre; los proyectos de su corazón, de edad en edad" (Sal 32, 11)”.
Es el señorío de Dios sobre la historia humana. Los ojos de Dios velan por los que le son fieles (v. 18); a su divino auxilio debemos la vida y la fidelidad y la misericordia divinas nos cuidan (vv. 4-5). "La humildad de los que sirven a Dios -explica también san Basilio- muestra que esperan en su misericordia. En efecto, quien no confía en sus grandes empresas, ni espera ser justificado por sus obras, tiene como única esperanza de salvación la misericordia de Dios". El Salmo concluye con una antífona que es también el final del conocido himno Te Deum: "Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti" (v. 22). “La gracia divina y la esperanza humana se encuentran y se abrazan. Más aún, la fidelidad amorosa de Dios (según el valor del vocablo hebraico original usado aquí, hésed), como un manto, nos envuelve, calienta y protege, ofreciéndonos serenidad y proporcionando un fundamento seguro a nuestra fe y a nuestra esperanza”.
3. Narra el Evangelio de la Misa que los Apóstoles navegaban hacia Cafarnaum cuando ya había oscurecido. El mar estaba agitado por el fuerte viento, y la barca estaba batida por las olas. La tradición ha visto en esta barca la imagen de la Iglesia, zarandeada a lo largo de los siglos por el oleaje de las persecuciones, de las herejías y de las infidelidades. Siempre, desde el principio sufrió contradicciones, y hoy como ayer se sigue combatiendo a la Iglesia. Eso nos hace sufrir, pero a la vez nos da una inmensa seguridad y una gran paz, que Cristo mismo esté dentro de la barca; vive para siempre en la Iglesia, y por eso, las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella (Mateo 16, 18); durará hasta el final de los tiempos. No nos dejemos impresionar porque ha arreciado la tempestad contra nuestra Madre, porque perderíamos la paz, la serenidad y la visión sobrenatural. Cristo está siempre cerca de nosotros, de cada uno, y nos pide confianza.
La indefectibilidad de la Iglesia significa que ésta tiene carácter imperecedero, es decir, que durará hasta el fin del mundo, e igualmente que no habrá cambio sustancial en su doctrina, en su constitución o en su culto. La razón de la permanencia de la Iglesia está en su íntima unión con Cristo, que es su Cabeza y Señor. Después de subir a los cielos envió a los suyos el Espíritu Santo para que les enseñe toda la verdad (Juan 14, 16), y cuando les encargó predicar el Evangelio a todas las gentes, les aseguró que Él estaría siempre con ellos hasta el final del mundo (Mateo 28, 20). La fe nos atestigua que esta firmeza en su constitución y en su doctrina durará siempre, hasta que Él venga. Los ataques a la Iglesia, los malos ejemplos, los escándalos, nos llevarán a amarla más, a rezar por esas personas y a desagraviar. Permanezcamos siempre en comunión con Ella, fieles a su doctrina, unidos a sus sacramentos, y dóciles a la jerarquía.
Inmediatamente después de la multiplicación de los panes, san Juan nos trae este relato de una acción misteriosa de Jesús: alcanza a sus discípulos, a media noche, caminando sobre las aguas del lago en medio de las cuales ellos bregan contra la tempestad. En el momento de alcanzarlos, cuando ellos, asustados, quieren hacerlo subir a bordo, la barca toca tierra. Es uno de los llamados “milagros sobre la naturaleza”, diferentes de las curaciones y los exorcismos y mucho menos numerosos. Jesús acaba de manifestarse como el Profeta, como Moisés o Eliseo, que alimenta al pueblo en el desierto (Ex 16, 9-16; 2Re 4, 42-44), de forma generosa y milagrosa. Ahora, caminando sobre las aguas del lago, no puede ser otro que el Señor del universo, creador y ordenador de las fuerzas del mundo que, como tantas veces es descrito en el AT, domina las aguas del caos (Gn 1, 6-10), envía la lluvia a la tierra (Sal 65, 10-11), hace pasar a su pueblo, sin mojarse los pies, a través del Mar Rojo (Ex 14, 15-31). El mismo que se sienta por encima de la tormenta (Sal 29, 10) y cuyos caballos pisotean el océano sin dejar rastro de sus huellas (Sal 77, 17-20). Por eso la palabra de Jesús para calmar a sus discípulos es muy significativa: “Yo soy, no tengan miedo”. El “Yo soy” nos remite al nombre mismo de Dios tal y como lo reveló a Moisés al pie de la zarza (Ex 3, 13-14). Esto significa que los cristianos entre los cuales se formó y difundió inicialmente el evangelio de san Juan, afirmaban la divinidad de Jesucristo, parangonable a Dios, el Padre, partícipe de sus atributos. Y esto gracias a la fe en la resurrección por la cual Dios había exaltado a Jesús manifestándolo como su hijo muy amado.
Jesús llega inesperadamente caminando sobre las aguas, para auxiliar a los Apóstoles que se encontraban llenos de pavor, para robustecer su fe débil y para darles ánimos en medio de la tempestad. En nuestra vida personal no faltarán tempestades. Con el Señor, mediante la oración y los sacramentos, las tormentas interiores se tornan en ocasiones de crecer en fe, en esperanza, en caridad y fortaleza. Con el tiempo comprenderemos el sentido de estas dificultades. Siempre contaremos con la ayuda de nuestra Madre del Cielo, especialmente cuando lo pasamos mal. No dejemos de acudir a Ella” (Francisco Fernández Carvajal-Tere Correa).
b) "No tengáis miedo... Soy Yo". Juan Pablo II comentó mucho esta expresión del Señor: “Cristo dirigió muchas veces esta invitación a los hombres con que se encontraba. Esto dijo el Ángel a María: "No tengas miedo" (cfr. Lucas 1,30). Y esto mismo a José: "No tengas miedo" (cfr. Mateo 1,20). Cristo lo dijo a los Apóstoles, y a Pedro, en varias ocasiones, y especialmente después de su Resurrección, e insistía: "¡No tengáis miedo!"; se daba cuenta de que tenían miedo porque no estaban seguros de si Aquel que veían era el mismo Cristo que ellos habían conocido. Tuvieron miedo cuando fue apresado, y tuvieron aún más miedo cuando, Resucitado, se les apareció. Esas palabras pronunciadas por Cristo las repite la Iglesia. Y con la Iglesia las repite también el Papa. Lo ha hecho desde la primera homilía en la plaza de San Pedro: "¡No tengáis miedo!" No son palabras dichas porque sí, están profundamente enraizadas en el Evangelio; son, sencillamente, las palabras del mismo Cristo.
¿De qué no debemos tener miedo? No debemos temer a la verdad de nosotros mismos. Pedro tuvo conciencia de ella, un día, con especial viveza, y dijo a Jesús: "¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!" (Lucas 5,8). Pienso que no fue sólo Pedro quien tuvo conciencia de esta verdad. Todo hombre la advierte. La advierte todo Sucesor de Pedro. La advierte de modo particularmente claro el que, ahora, le está respondiendo. Todos nosotros le estamos agradecidos a Pedro por lo que dijo aquel día: "¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!" Cristo le respondió: "No temas; desde ahora serás pescador de hombres" (Lucas 5,10). ¡No tengas miedo de los hombres! El hombre es siempre igual; los sistemas que crea son siempre imperfectos, y tanto más imperfectos cuanto más seguro está de sí mismo. ¿Y esto de dónde proviene? Esto viene del corazón del hombre, nuestro corazón está inquieto; Cristo mismo conoce mejor que nadie su angustia, porque "Él sabe lo que hay dentro de cada hombre" (cfr. Juan 2,25)”. Así lo decía también en el último encuentro de los jóvenes: “¡Queridos jóvenes! Cada vez más me doy más cuenta de cómo fue providencial y profético el que este día, Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor, se convirtiera en vuestra jornada. Esta fiesta contiene una gracia especial, la de la alegría unida a la Cruz, sintetiza el misterio cristiano. Os digo hoy: continuad sin cansaros el camino emprendido el camino emprendido para ser por doquier testigos de la Cruz gloriosa de Cristo. ¡No tengáis miedo! Que la alegría del Señor, crucificado y resucitado, sea vuestra fuerza, y que María Santísima esté siempre a vuestro lado”.
¡Qué poca fe la nuestra cuando dudamos porque arrecia la tempestad! Nos dejamos impresionar demasiado por las circunstancias: enfermedad, trabajo, reveses de fortuna, contradicciones del ambiente. Olvidamos que Jesucristo es, siempre, nuestra seguridad. Debemos aumentar nuestra confianza en Él y poner los medios humanos que están a nuestro alcance. Jesús no se olvida de nosotros: “nunca falló a sus amigos” (Santa Teresa). Dios nunca llega tarde para socorrer a sus hijos; siempre llega, aunque sea de modo misterioso y oculto, en el momento oportuno. La plena confianza en Dios, da al cristiano una singular fortaleza y una especial serenidad en todas las circunstancias. “Si no le dejas, Él no te dejará” (J. Escrivà). Y nosotros le decimos que no queremos dejarle. “ Cuando imaginamos que todos se hunde ante nuestros ojos, no se hunde nada, porque Tú eres, Señor, mi fortaleza (Salmos 42, 2). Si Dios habita en nuestra alma, todo lo demás, por importante que parezca, es accidental, transitorio. En cambio, nosotros, en Dios, somos lo permanente” (Id.) Esta es la medicina para barrer, de nuestras vidas, miedos, tensiones y ansiedades. En toda nuestra vida, en lo humano y en lo sobrenatural, nuestro “descanso”, nuestra seguridad, no tiene otro fundamento firme que nuestra filiación divina. Esta realidad es tan profunda que afecta al mismo hombre, hasta tal punto de que Santo Tomás afirma que por ella el hombre es constituido en un nuevo ser. Dios es un Padre que está pendiente de cada uno de nosotros y ha puesto un Ángel para que nos guarde en todos los caminos. En la tribulación acudamos siempre al Sagrario, y no perderemos la serenidad. Nuestra Madre nos enseñará a comportarnos como hijos de Dios; también en las circunstancias más adversas.
“Soy yo, no tengáis miedo”, hemos de sentir esa palabra de Jesús que nos da confianza. “¿Quién no ha pasado por una situación idéntica? Se ha cerrado la noche, el viento nos es contrario, el mar de la vida se encrespa y todo parecen ser dificultades, y cuando aparece el fantasma resulta que el susto se transforma en el encuentro esperado, que nos descubre que todo está en su sitio, y que ya llegamos a la meta de la que nos parecía estar tan lejos... Situaciones de noche cerrada y mar contrario… El ser humano es un ser que no puede caminar por la vida a la fuerza, contra el viento y contra el mar, en noche cerrada... Eso sólo en algunos momentos. No se puede convivir con los fantasmas de la noche... Confianza en la vida, en la gente, en sí mismo (autoestima) y también en Él, el único fantasma que nos puede decir insinuantemente: «Soy yo»... Cuando el sinsentido, la mala suerte, el absurdo, o la culpa nos cierran el paso y nos parece estar perdidos, como aquellos discípulos, es bueno descubrir que tras esos fantasmas muchas veces es Dios mismo quien nos prueba, y quien llegado el momento nos mira con amor y nos dice «Soy yo, no temas» (Juan Mateos-Jesús Peláez; “Diario Bíblico”).
c) Esta noche fatídica del pánico por la mar encrespada y, además, por la visión de Jesús que se les acerca caminando sobre las aguas, es motivo para pensar en nuestros miedos y oír las palabras tranquilizadoras: «soy yo, no temáis». Como en el caso de las pescas milagrosas, cuando no está Jesús con ellos, es inútil su esfuerzo y no tienen paz. Cuando se acerca Jesús, vuelve la calma y el trabajo resulta plenamente eficaz. Cuando se hace de noche en todos los sentidos, cuando arrecia el viento contrario y se encrespan los acontecimientos, cuando se nos junta todo en contra y perdemos los ánimos y a Jesús no lo tenemos a bordo -porque estamos nosotros distraídos o porque Él nos esconde su presencia- no es extraño que perdamos la paz y el rumbo de la travesía. Si a pesar de todo, supiéramos reconocer la cercanía del Señor en nuestra historia, sea pacífica o turbulenta, nos resultaría bastante más fácil mantener o recobrar la calma. Cada vez que celebramos la Eucaristía, el Resucitado se nos hace presente en la comunidad reunida, se nos da como Palabra salvadora, y -lo que es el colmo de la cercanía y de la donación- Él mismo se nos da como alimento para nuestro camino. Es verdad que su presencia es siempre misteriosa, inaferrable, como para los discípulos de entonces. Pero por la fe tenemos que saber oír la frase que tantas veces se repite con sus variaciones en la Biblia: «soy yo, no temáis». Llegaríamos a la playa con tranquilidad, y de cada Misa sacaríamos ánimos y convicción para el resto de la jornada, porque el Señor nos acompaña, aunque no le veamos con los ojos humanos (J. Aldazábal).
d) «Tú has querido hacernos hijos tuyos: míranos siempre con amor de padre”, para que “alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna» (oración), y «que esta Eucaristía nos haga progresar en el amor» (comunión), en medio de la oscuridad de la noche: "En el mar trazaste tu camino, tu paso en las aguas profundas, y nadie pudo reconocer tus huellas" (Sal 77, 20). El mar, símbolo de las potencias malignas, es vencido por Jesús, como fue vencido antes por Dios en la creación (Is 51, 9s), en el éxodo (Ex 14-15), en el combate escatológico (Dan 7, 2-7; León-Dufour). Él nos hará llegar rápida y seguramente al puerto” (“Diario Bíblico”). Este es el motivo de los milagros que Jesús realiza, afianzar nuestra fe: «Mas Jesús llevaba, por los milagros que hacía, a los que contemplaban aquel hermoso espectáculo a que mejorasen en sus costumbres. ¿Cómo no pensar entonces en que se ofrecía a sí mismo como ejemplo de la vida más santa, no sólo ante sus auténticos discípulos, sino también ante los otros? Ante sus discípulos, para moverlos a enseñar a los hombres conforme a la voluntad de Dios; ante los otros, para que enseñados a la par por la doctrina, vida y milagros cómo habían de vivir, todo lo hicieran con intención de agradar a Dios sumo» (Orígenes). “El miedo llamó a mi puerta; / la fe fue a abrir / y no había nadie” (Juan Carlos Martos). “Jesús no es un fantasma, ni la figura de un Dios que venga a causarnos terror. Él es el Dios que se hace cercanía a nosotros siempre; y en los momentos más difíciles de nuestra vida no podemos espantarnos pensando que el Señor se nos ha acercado para castigarnos a causa de nuestros pecados. Dios se acerca constantemente a nosotros, especialmente, de un modo culminante, en la Eucaristía. Su paz es nuestra paz; ojalá no perdamos la paz a causa de volver a desviar nuestros caminos de Él. El Señor nos alimenta con su Palabra y con su Pan de Vida eterna. Nosotros nos alegramos porque, a pesar de que muchas veces vivimos lejos de Él, ahora nos recibe en su casa para perdonarnos y para sentarnos a su mesa. Pero el Señor al llenarnos de su Vida y al hacernos partícipes de su salvación, nos quiere comprometidos con nuestro mundo para manifestarle el rostro amoroso de Dios, que se acerca para socorrer a los necesitados y para remediar los males de los que sufren. Por eso nuestra Eucaristía se convierte para nosotros en un auténtico compromiso que nos ha de llevar a cumplir con la misma Misión que el Padre Dios encomendó a su Hijo y que el Hijo nos encomendó a nosotros. También nosotros hemos de llevar esta presencia. Nosotros, por voluntad de Dios, hemos de ser la cercanía amorosa de Dios para nuestro prójimo (www.homiliacatolica.com).Llucià Pou Sabaté
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viernes, 6 de mayo de 2011
VIERNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA: la Eucaristía, fortaleza para ser testimonios de la verdad, da alas para amar
Hechos de los apóstoles 5, 34-42: Entonces levantándose en el concilio un Fariseo llamado Gamaliel, doctor de la ley, venerable á todo el pueblo, mandó que sacasen fuera un poco á los apóstoles. 35 Y les dijo: Varones Israelitas, mirad por vosotros acerca de estos hombres en lo que habéis de hacer. 36 Porque antes de estos días se levantó Teudas, diciendo que era alguien; al que se agregó un número de hombres como cuatrocientos: el cual fué matado; y todos los que le creyeron fueron dispersos, y reducidos á nada. 37 Después de éste, se levantó Judas el Galileo en los días del empadronamiento, y llevó mucho pueblo tras sí. Pereció también aquél; y todos los que consintieron con Él, fueron derramados. 38 Y ahora os digo: Dejaos de estos hombres, y dejadlos; porque si este consejo ó esta obra es de los hombres, se desvanecerá: 39 Mas si es de Dios, no la podréis deshacer; no seáis tal vez hallados resistiendo á Dios. 40 Y convinieron con Él: y llamando á los apóstoles, después de azotados, les intimaron que no hablasen en el nombre de Jesús, y soltáronlos. 41 Y ellos partieron de delante del concilio, gozosos de que fuesen tenidos por dignos de padecer afrenta por el Nombre. 42 Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar á Jesucristo.
Samo 27, 1.4.13-14: el Altísimo es mi luz y mi salvación: ¿de quién temeré? el Altísimo es la fortaleza de mi vida: ¿de quién he de atemorizarme? 4 Una cosa he demandado á el Altísimo, ésta buscaré: Que esté yo en la casa del Altísimo todos los días de mi vida, Para contemplar la hermosura del Altísimo, y para inquirir en su templo. 13 Hubiera yo desmayado, si no creyese que tengo de ver la bondad del Altísimo En la tierra de los vivientes. 14 Aguarda á el Altísimo; Esfuérzate, y aliéntese tu corazón: Sí, espera á el Altísimo.
Evangelio según san Juan 6,1-15 (también se lee el domingo 17 (B)): En aquel tiempo, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia Él mucha gente, dice a Felipe: «¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?». Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco». Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?».
Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente». Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda». Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Éste es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte Él solo.
Comentario: 1. Fariseo de tendencia liberal, Gamaliel fue el profesor de Pablo de Tarso (cf. Hch 22,3). Cuando fueron detenidos los apóstoles, sugirió al tribunal que dejara que las cosas siguieran su curso. Según él, si el movimiento cristiano venía de Dios, los hombres no podrían nada contra él; si, por el contrario, venía de los hombres, desaparecería por sí mismo.
a) La historia de Teudas y Judas son recogidas por Flavio Josefa (Antiquitates iud. 18,4-10;20,169-172), parece que fueron revueltas de tiempos del nacimiento de Jesús. Sagacidad y cálculo es la base del procedimiento de los miembros del Sanedrín. Mandan azotar a los apóstoles, como lo fueron Jeremías, y Elías y otros muchos amenazados; el efecto causado en los apóstoles no es de retraimiento sino de alegría por haber sufrido a causa de Jesús, y por ello se dedican a la predicación con ardor, inmediatamente, según las palabras que recogerá Mateo de la boca de Jesús: “bienaventurados seréis cuando os injurien…” (5,11-12).
b) Gamaliel nos da una lección de coherencia, de honradez, de no dejarse llevar por la moda. Cuando es difícil ejercer lúcidamente un discernimiento, vemos gente que se pone del lado de la Iglesia por motivos de sinceridad, de buscar la verdad aunque no compartan la doctrina. Gamaliel recuerda a los senadores judíos que esas insurrecciones acabaron en nada: sus jefes fueron muertos violentamente y sus seguidores dispersados. Les aconseja entonces que no den mucha importancia al naciente movimiento de los apóstoles: si es de los hombres se disolverá por sí mismo. Si es de Dios nada podrán contra ellos. Hombres como él están muy cerca del Reino de Dios, son los que llamamos “hombres de buena voluntad” que, sin saberlo, encarnan muchos de los valores y de las virtudes evangélicas (“Diario Bíblico”), esa familia inaugurada por Jesús, aunque algunos no lo sepan, como recordamos en la Entrada: «Con tu sangre, Señor, has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; has hecho de ellos una dinastía sacerdotal que sirva a Dios. Aleluya» (Apoc 5,9-10), y esta familia tiene una tierra, que es la que nos promete la esperanza, que recordamos en la Colecta: «Oh Dios, que, para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la Cruz; concédenos alcanzar la gracia de la resurrección». Supone vivir con los pies en la tierra pero sin valorar lo material más que lo que es para siempre, como pedimos en el Ofertorio: «Acoge, Señor, con bondad las ofrendas de tu pueblo, para que, bajo tu protección, no pierda ninguno de tus bienes y descubra los que permanecen para siempre».
c) es de destacar la alegría de los Apóstoles por padecer por Cristo, como recuerda Juan Pablo II: «La alegría cristiana es una realidad que no se puede describir fácilmente, porque es espiritual y también forma parte del misterio. Quien verdaderamente cree que Jesús es el Verbo Encarnado, el Redentor del hombre, no puede menos de experimentar en lo íntimo un sentido de alegría inmensa, que es consuelo, paz, abandono, resignación, gozo... ¡No apaguéis esa alegría que nace de la fe en Cristo crucificado y resucitado! ¡Testimoniad vuestra alegría! ¡Habituaros a gozar de esta alegría!»
2. Esta alegría es la que proclamamos con el Salmo 26: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la Casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor contemplando su Templo. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor», pues como recordamos en la Comunión, «Cristo nuestro Señor fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación. Aleluya» (Rom 4,25), y pedimos en la Postcomunión: «Dios todopoderoso, no ceses de proteger con amor a los que has salvado, para que así, quienes hemos sido redimidos por la Pasión de tu Hijo, podamos alegrarnos en su resurrección».
Querer vivir en la casa del Señor puede ser el mejor de los deseos. La confianza absoluta en Dios tiene una referencia completa en Jesús, luz del mundo que ilumina el camino (cf. Jn 8,12; 1,9) que se ha encendido plenamente en su resurrección; este es el sentido de “tierra de los vivos” (v. 13) pues el cielo es donde está el Santuario (v. 4; Ap 7,15-16).
Juan Pablo II comentaba así este Salmo, que tiene como telón de fondo el templo de Sión, sede del culto de Israel. “De hecho, el salmista habla explícitamente de la «casa del Señor», del «templo» (versículo 4)… En el original hebreo, estos términos indican más precisamente el «tabernáculo» y la «tienda», es decir, el corazón mismo del templo, en el que el Señor se revela con su presencia y palabra”. El Salmo está imbuido de un ambiente de gran serenidad, basada en la confianza en Dios. Ante las dificultades, no está el hombre solo y su corazón mantiene una paz interior sorprendente, pues -como dice la espléndida «antífona» de apertura del Salmo- «El Señor es mi luz y mi salvación». Parece ser un eco de las palabras de san Pablo que proclaman: «Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? » (Romanos 8, 31)… «habitaré en la casa del Señor por años sin término». Entonces podrá «gozar de la dulzura del Señor» (Salmo 26, 4). El monje Isaías lo aplica a la oración en la tentación: «Si vemos que los enemigos nos rodean con su astucia, es decir, con la acidia, debilitando nuestra alma en el placer, ya sea porque no contenemos nuestra cólera contra el prójimo cuando actúa contra su deber, o si tientan nuestros ojos con la concupiscencia, o si quieren llevarnos a experimentar los placeres de gula, si hacen que para nosotros la palabra del prójimo sean como el veneno, si nos hacen devaluar la palabra de los demás, si nos inducen a diferenciar a los hermanos diciendo: "Este es bueno, este es malo", si nos rodean de este modo, no nos desalentemos, más bien, gritemos como David con corazón firme diciendo: "El Señor es la defensa de mi vida" (v.1)». Es bellísimo el llamamiento que se dirige a sí mismo al final el salmista: «Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor» (versículo 14; Cf. Salmo 41,6.12 y 42,5). También en otros Salmos estaba viva la certeza de que del Señor se obtiene fortaleza y esperanza: «a los fieles protege el Señor... ¡Valor, que vuestro corazón se afirme, vosotros todos que esperáis en el Señor!» (Salmo 30, 24-25). El profeta Oseas exhortaba así a Israel: «espera en tu Dios siempre» (Oseas 12, 7). En varias ocasiones el Salmo reclama: «Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro» (versículos 8-9). “El rostro de Dios es, por tanto, la meta de la búsqueda espiritual del orante. Al final emerge una certeza indiscutible, la de poder «gozar de la dicha del Señor» (v. 13).
En el lenguaje de los salmos, «buscar el rostro del Señor» es con frecuencia sinónimo de la entrada en el templo para celebrar y experimentar la comunión con el Dios de Sión. Pero la expresión comprende también la exigencia mística de la intimidad divina a través de la oración. En la liturgia, por tanto, y en la oración personal, se nos concede la gracia de intuir ese rostro que nunca podremos ver directamente durante nuestra existencia terrena (cf. Ex 33,20). Pero Cristo nos ha revelado, de manea accesible, el rostro divino y ha prometido que en el encuentro definitivo de la eternidad -como nos recuerda san Juan- «le veremos tal cual es» (1 Juan 3, 2). Y san Pablo añade: «Entonces veremos cara a cara» (1 Corintios 13, 12)”. Orígenes, escribe: «Si un hombre busca el rostro del Señor, verá la gloria del Señor de manera desvelada y, al hacerse igual que los ángeles, verá siempre el rostro del Padre que está en los cielos» (PG 12, 1281). Y san Agustín, en su comentario a los Salmos, continúa de este modo la oración del salmista: «No he buscado en ti algún premio que esté fuera de ti, sino tu rostro. "Tu rostro buscaré, Señor". Con perseverancia insistiré en esta búsqueda; no buscaré otra cosa insignificante, sino tu rostro, Señor, para amarte gratuitamente, ya que no encuentro nada más valioso... "No te alejes airado de tu siervo" para que buscándote no me encuentre con otra cosa. ¿Qué pena puede ser más dura que ésta para quien ama y busca la verdad de tu rostro?
Pero ese buscar el rostro del Señor, querer encontrar refugio, consuelo y apoyo en el Señor no puede convertirse para nosotros en un signo de huida del mundo y del cumplimiento de nuestros compromisos temporales. No nos importa tanto el templo, sino el saber que al llegar a él nos vamos a reunir con aquellos con quienes disfrutamos de la misma fe, con quienes tenemos las mismas aspiraciones para darle un nuevo rumbo a nuestra historia. Ahí nos sentiremos fortalecidos por Dios y por los hermanos. Ahí encontraremos fuerzas para seguir luchando por el Reino de Dios y su justicia. Busquemos al Señor para orar, para escuchar su Palabra y para vivir totalmente comprometidos en el trabajo a favor de su Reino entre nosotros.
3. “Empezamos hoy la lectura del famoso capítulo 6 de san Juan: es una verdadera síntesis teológica sobre la eucaristía y sobre la fe. Según un procedimiento de composición, habitual en san Juan, tendremos el relato de dos milagros, luego un largo discurso de Jesús que expresa y prolonga la significación de estos dos "signos" prodigiosos. La lectura de este conjunto abarcará toda la próxima semana. 1) Multiplicación de los panes. 2) Marcha sobre las aguas. 3) Discurso sobre el Pan de Vida. La alusión explícita a la proximidad de la Pascua... y, como enseguida veremos, la fórmula de bendición de los panes (eucaristasas en griego) que es exactamente la utilizada durante la Cena-comida pascual... prueban que san Juan pensaba ciertamente en la Eucaristía. No olvidemos, además, que cuando Juan escribió este relato, la Iglesia tenía ya una práctica de al menos unos 40 o 50 años de celebraciones eucarísticas.
-“Levantando pues los ojos, y contemplando la gran muchedumbre que venía a El, dijo a Felipe: "¿Dónde compraremos pan para dar de comer a estos?"” Dios es amor, dirá san Juan en su primera Epístola. Jesús es amor, nos revela a Dios. Jesús ve las necesidades de los hombres. Jesús se preocupa de la felicidad de los hombres. Jesús tiene presente la vida de los hombres. Su milagro de la multiplicación de los panes, como su sacramento de eucaristía... son gestos de amor. ¡Me paro a escuchar tu voz, Jesús! Eres Tú quien nos interroga, quien nos provoca. Eres Tú, Señor, quien nos pide saber mirar el hambre de los hombres, y sus necesidades aun las más prosaicas... "para que tengan de qué comer" Tú dices... ¡simplemente de qué comer! Y nosotros que tan a menudo soñamos en un Dios lejano, en las nubes. Eres Tú que nos conduces a nuestra vida humana cotidiana. Amar... ¡ahí está! es un humilde servicio cotidiano.
-“Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es esto para tanta gente?” Ante los grandes problemas humanos -el Hambre, la Paz, la Justicia- repetimos constantemente la misma respuesta: "¿qué podemos hacer nosotros? esto nos rebasa." Retengo la inmensa desproporción: 5 panes... 2 peces... 5.000 hombres.
-“Jesús tomó los panes, y, habiendo "eucaristiado" -habiendo "dado gracias"- se los distribuyó”. Dar Gracias. Agradecer a Dios. Tal es el sentimiento de Jesús en este instante. Piensa en otra multiplicación de "panes". Piensa en el inaudito misterio de la comida pascual que ofrecerá a los hombres de todos los tiempos. No descuida el "hambre corporal", pero piensa sobre todo en el "hambre de Dios" que es de tal modo más grave aún para los hombres.
-"Verdaderamente éste es el gran profeta, que ha de venir al mundo." Pero Jesús conociendo que iban a venir para arrebatarle y hacerle rey se retiró otra vez al monte El solo. Jesús no quiere dejar creer que El trabaja para un reino terrestre. Su proyecto no es político, incluso si tiene incidencias humanas profundas. Jesús no entra directamente en el proyecto de "liberación" cívica en el que sus contemporáneos quisieran arrastrarle. Esto será por otra parte la gran decepción de estas gentes, que le abandonarán todos. Jesús piensa que su proyecto es otro: su gran discurso sobre el "pan de la vida eterna" nos revelará ese "proyecto"” (Noel Quesson).
b) “En un mundo también ahora desconcertado y hambriento, Cristo Jesús nos invita a la continuada multiplicación de su Pan, que es él mismo, su Cuerpo y su Sangre. También ahora la Eucaristía se puede entender como relacionada a los dones humanos y limitados, pero dones al fin, que podemos aportar nosotros. Los cinco panes y dos peces del joven pueden compararse a los deseos de justicia y de paz por parte de la humanidad, el amor ecologista a la naturaleza, la igualdad apetecida entre hombres y mujeres, y entre razas y razas, los progresos de la ciencia: Jesús multiplica esos panes y se nos da él mismo como el alimento vital y la respuesta a las mejores aspiraciones de la humanidad. Nosotros, los que podemos gozar de la Eucaristía diaria, apreciamos más todavía el don de Cristo que se nos da como Palabra iluminadora y como Pan de vida (J. Aldazábal).
Quiero comentar brevemente aquella frase: «Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer». Hoy leemos el Evangelio de la multiplicación de los panes: «Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron» (Jn 6,11). El agobio de los Apóstoles ante tanta gente hambrienta nos hace pensar en una multitud actual, no hambrienta, sino peor aún: alejada de Dios, con una "anorexia espiritual", que impide participar de la Pascua y conocer a Jesús. No sabemos cómo llegar a tanta gente... Aletea en la lectura de hoy un mensaje de esperanza: no importa la falta de medios, sino los recursos sobrenaturales; no seamos "realistas", sino "confiados" en Dios. Así, cuando Jesús pregunta a Felipe dónde podían comprar pan para todos, en realidad «se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer» (Jn 6,5-6). El Señor espera que confiemos en Él.
Al contemplar esos "signos de los tiempos", no queremos pasividad (pereza, languidez por falta de lucha...), sino esperanza: el Señor, para hacer el milagro, quiere la dedicación de los Apóstoles y la generosidad del joven que entrega unos panes y peces. Jesús aumenta nuestra fe, obediencia y audacia, aunque no veamos enseguida el fruto del trabajo, como el campesino no ve despuntar el tallo después de la siembra. «Fe, pues, sin permitir que nos domine el desaliento; sin pararnos en cálculos meramente humanos. Para superar los obstáculos, hay que empezar trabajando, metiéndonos de lleno en la tarea, de manera que el mismo esfuerzo nos lleve a abrir nuevas veredas» (San Josemaría), que aparecerán de modo insospechado.
No esperemos el momento ideal para poner lo que esté de nuestra parte: ¡cuanto antes!, pues Jesús nos espera para hacer el milagro. «Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo alto puede hacer esperar un futuro menos oscuro», escribió Juan Pablo II. Acompañemos, pues, con el Rosario a la Virgen, pues su intercesión se ha hecho notar en tantos momentos delicados por los que ha surcado la historia de la Humanidad.
Llucià Pou Sabaté
Samo 27, 1.4.13-14: el Altísimo es mi luz y mi salvación: ¿de quién temeré? el Altísimo es la fortaleza de mi vida: ¿de quién he de atemorizarme? 4 Una cosa he demandado á el Altísimo, ésta buscaré: Que esté yo en la casa del Altísimo todos los días de mi vida, Para contemplar la hermosura del Altísimo, y para inquirir en su templo. 13 Hubiera yo desmayado, si no creyese que tengo de ver la bondad del Altísimo En la tierra de los vivientes. 14 Aguarda á el Altísimo; Esfuérzate, y aliéntese tu corazón: Sí, espera á el Altísimo.
Evangelio según san Juan 6,1-15 (también se lee el domingo 17 (B)): En aquel tiempo, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia Él mucha gente, dice a Felipe: «¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?». Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco». Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?».
Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente». Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda». Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Éste es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte Él solo.
Comentario: 1. Fariseo de tendencia liberal, Gamaliel fue el profesor de Pablo de Tarso (cf. Hch 22,3). Cuando fueron detenidos los apóstoles, sugirió al tribunal que dejara que las cosas siguieran su curso. Según él, si el movimiento cristiano venía de Dios, los hombres no podrían nada contra él; si, por el contrario, venía de los hombres, desaparecería por sí mismo.
a) La historia de Teudas y Judas son recogidas por Flavio Josefa (Antiquitates iud. 18,4-10;20,169-172), parece que fueron revueltas de tiempos del nacimiento de Jesús. Sagacidad y cálculo es la base del procedimiento de los miembros del Sanedrín. Mandan azotar a los apóstoles, como lo fueron Jeremías, y Elías y otros muchos amenazados; el efecto causado en los apóstoles no es de retraimiento sino de alegría por haber sufrido a causa de Jesús, y por ello se dedican a la predicación con ardor, inmediatamente, según las palabras que recogerá Mateo de la boca de Jesús: “bienaventurados seréis cuando os injurien…” (5,11-12).
b) Gamaliel nos da una lección de coherencia, de honradez, de no dejarse llevar por la moda. Cuando es difícil ejercer lúcidamente un discernimiento, vemos gente que se pone del lado de la Iglesia por motivos de sinceridad, de buscar la verdad aunque no compartan la doctrina. Gamaliel recuerda a los senadores judíos que esas insurrecciones acabaron en nada: sus jefes fueron muertos violentamente y sus seguidores dispersados. Les aconseja entonces que no den mucha importancia al naciente movimiento de los apóstoles: si es de los hombres se disolverá por sí mismo. Si es de Dios nada podrán contra ellos. Hombres como él están muy cerca del Reino de Dios, son los que llamamos “hombres de buena voluntad” que, sin saberlo, encarnan muchos de los valores y de las virtudes evangélicas (“Diario Bíblico”), esa familia inaugurada por Jesús, aunque algunos no lo sepan, como recordamos en la Entrada: «Con tu sangre, Señor, has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; has hecho de ellos una dinastía sacerdotal que sirva a Dios. Aleluya» (Apoc 5,9-10), y esta familia tiene una tierra, que es la que nos promete la esperanza, que recordamos en la Colecta: «Oh Dios, que, para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la Cruz; concédenos alcanzar la gracia de la resurrección». Supone vivir con los pies en la tierra pero sin valorar lo material más que lo que es para siempre, como pedimos en el Ofertorio: «Acoge, Señor, con bondad las ofrendas de tu pueblo, para que, bajo tu protección, no pierda ninguno de tus bienes y descubra los que permanecen para siempre».
c) es de destacar la alegría de los Apóstoles por padecer por Cristo, como recuerda Juan Pablo II: «La alegría cristiana es una realidad que no se puede describir fácilmente, porque es espiritual y también forma parte del misterio. Quien verdaderamente cree que Jesús es el Verbo Encarnado, el Redentor del hombre, no puede menos de experimentar en lo íntimo un sentido de alegría inmensa, que es consuelo, paz, abandono, resignación, gozo... ¡No apaguéis esa alegría que nace de la fe en Cristo crucificado y resucitado! ¡Testimoniad vuestra alegría! ¡Habituaros a gozar de esta alegría!»
2. Esta alegría es la que proclamamos con el Salmo 26: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la Casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor contemplando su Templo. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor», pues como recordamos en la Comunión, «Cristo nuestro Señor fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación. Aleluya» (Rom 4,25), y pedimos en la Postcomunión: «Dios todopoderoso, no ceses de proteger con amor a los que has salvado, para que así, quienes hemos sido redimidos por la Pasión de tu Hijo, podamos alegrarnos en su resurrección».
Querer vivir en la casa del Señor puede ser el mejor de los deseos. La confianza absoluta en Dios tiene una referencia completa en Jesús, luz del mundo que ilumina el camino (cf. Jn 8,12; 1,9) que se ha encendido plenamente en su resurrección; este es el sentido de “tierra de los vivos” (v. 13) pues el cielo es donde está el Santuario (v. 4; Ap 7,15-16).
Juan Pablo II comentaba así este Salmo, que tiene como telón de fondo el templo de Sión, sede del culto de Israel. “De hecho, el salmista habla explícitamente de la «casa del Señor», del «templo» (versículo 4)… En el original hebreo, estos términos indican más precisamente el «tabernáculo» y la «tienda», es decir, el corazón mismo del templo, en el que el Señor se revela con su presencia y palabra”. El Salmo está imbuido de un ambiente de gran serenidad, basada en la confianza en Dios. Ante las dificultades, no está el hombre solo y su corazón mantiene una paz interior sorprendente, pues -como dice la espléndida «antífona» de apertura del Salmo- «El Señor es mi luz y mi salvación». Parece ser un eco de las palabras de san Pablo que proclaman: «Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? » (Romanos 8, 31)… «habitaré en la casa del Señor por años sin término». Entonces podrá «gozar de la dulzura del Señor» (Salmo 26, 4). El monje Isaías lo aplica a la oración en la tentación: «Si vemos que los enemigos nos rodean con su astucia, es decir, con la acidia, debilitando nuestra alma en el placer, ya sea porque no contenemos nuestra cólera contra el prójimo cuando actúa contra su deber, o si tientan nuestros ojos con la concupiscencia, o si quieren llevarnos a experimentar los placeres de gula, si hacen que para nosotros la palabra del prójimo sean como el veneno, si nos hacen devaluar la palabra de los demás, si nos inducen a diferenciar a los hermanos diciendo: "Este es bueno, este es malo", si nos rodean de este modo, no nos desalentemos, más bien, gritemos como David con corazón firme diciendo: "El Señor es la defensa de mi vida" (v.1)». Es bellísimo el llamamiento que se dirige a sí mismo al final el salmista: «Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor» (versículo 14; Cf. Salmo 41,6.12 y 42,5). También en otros Salmos estaba viva la certeza de que del Señor se obtiene fortaleza y esperanza: «a los fieles protege el Señor... ¡Valor, que vuestro corazón se afirme, vosotros todos que esperáis en el Señor!» (Salmo 30, 24-25). El profeta Oseas exhortaba así a Israel: «espera en tu Dios siempre» (Oseas 12, 7). En varias ocasiones el Salmo reclama: «Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro» (versículos 8-9). “El rostro de Dios es, por tanto, la meta de la búsqueda espiritual del orante. Al final emerge una certeza indiscutible, la de poder «gozar de la dicha del Señor» (v. 13).
En el lenguaje de los salmos, «buscar el rostro del Señor» es con frecuencia sinónimo de la entrada en el templo para celebrar y experimentar la comunión con el Dios de Sión. Pero la expresión comprende también la exigencia mística de la intimidad divina a través de la oración. En la liturgia, por tanto, y en la oración personal, se nos concede la gracia de intuir ese rostro que nunca podremos ver directamente durante nuestra existencia terrena (cf. Ex 33,20). Pero Cristo nos ha revelado, de manea accesible, el rostro divino y ha prometido que en el encuentro definitivo de la eternidad -como nos recuerda san Juan- «le veremos tal cual es» (1 Juan 3, 2). Y san Pablo añade: «Entonces veremos cara a cara» (1 Corintios 13, 12)”. Orígenes, escribe: «Si un hombre busca el rostro del Señor, verá la gloria del Señor de manera desvelada y, al hacerse igual que los ángeles, verá siempre el rostro del Padre que está en los cielos» (PG 12, 1281). Y san Agustín, en su comentario a los Salmos, continúa de este modo la oración del salmista: «No he buscado en ti algún premio que esté fuera de ti, sino tu rostro. "Tu rostro buscaré, Señor". Con perseverancia insistiré en esta búsqueda; no buscaré otra cosa insignificante, sino tu rostro, Señor, para amarte gratuitamente, ya que no encuentro nada más valioso... "No te alejes airado de tu siervo" para que buscándote no me encuentre con otra cosa. ¿Qué pena puede ser más dura que ésta para quien ama y busca la verdad de tu rostro?
Pero ese buscar el rostro del Señor, querer encontrar refugio, consuelo y apoyo en el Señor no puede convertirse para nosotros en un signo de huida del mundo y del cumplimiento de nuestros compromisos temporales. No nos importa tanto el templo, sino el saber que al llegar a él nos vamos a reunir con aquellos con quienes disfrutamos de la misma fe, con quienes tenemos las mismas aspiraciones para darle un nuevo rumbo a nuestra historia. Ahí nos sentiremos fortalecidos por Dios y por los hermanos. Ahí encontraremos fuerzas para seguir luchando por el Reino de Dios y su justicia. Busquemos al Señor para orar, para escuchar su Palabra y para vivir totalmente comprometidos en el trabajo a favor de su Reino entre nosotros.
3. “Empezamos hoy la lectura del famoso capítulo 6 de san Juan: es una verdadera síntesis teológica sobre la eucaristía y sobre la fe. Según un procedimiento de composición, habitual en san Juan, tendremos el relato de dos milagros, luego un largo discurso de Jesús que expresa y prolonga la significación de estos dos "signos" prodigiosos. La lectura de este conjunto abarcará toda la próxima semana. 1) Multiplicación de los panes. 2) Marcha sobre las aguas. 3) Discurso sobre el Pan de Vida. La alusión explícita a la proximidad de la Pascua... y, como enseguida veremos, la fórmula de bendición de los panes (eucaristasas en griego) que es exactamente la utilizada durante la Cena-comida pascual... prueban que san Juan pensaba ciertamente en la Eucaristía. No olvidemos, además, que cuando Juan escribió este relato, la Iglesia tenía ya una práctica de al menos unos 40 o 50 años de celebraciones eucarísticas.
-“Levantando pues los ojos, y contemplando la gran muchedumbre que venía a El, dijo a Felipe: "¿Dónde compraremos pan para dar de comer a estos?"” Dios es amor, dirá san Juan en su primera Epístola. Jesús es amor, nos revela a Dios. Jesús ve las necesidades de los hombres. Jesús se preocupa de la felicidad de los hombres. Jesús tiene presente la vida de los hombres. Su milagro de la multiplicación de los panes, como su sacramento de eucaristía... son gestos de amor. ¡Me paro a escuchar tu voz, Jesús! Eres Tú quien nos interroga, quien nos provoca. Eres Tú, Señor, quien nos pide saber mirar el hambre de los hombres, y sus necesidades aun las más prosaicas... "para que tengan de qué comer" Tú dices... ¡simplemente de qué comer! Y nosotros que tan a menudo soñamos en un Dios lejano, en las nubes. Eres Tú que nos conduces a nuestra vida humana cotidiana. Amar... ¡ahí está! es un humilde servicio cotidiano.
-“Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es esto para tanta gente?” Ante los grandes problemas humanos -el Hambre, la Paz, la Justicia- repetimos constantemente la misma respuesta: "¿qué podemos hacer nosotros? esto nos rebasa." Retengo la inmensa desproporción: 5 panes... 2 peces... 5.000 hombres.
-“Jesús tomó los panes, y, habiendo "eucaristiado" -habiendo "dado gracias"- se los distribuyó”. Dar Gracias. Agradecer a Dios. Tal es el sentimiento de Jesús en este instante. Piensa en otra multiplicación de "panes". Piensa en el inaudito misterio de la comida pascual que ofrecerá a los hombres de todos los tiempos. No descuida el "hambre corporal", pero piensa sobre todo en el "hambre de Dios" que es de tal modo más grave aún para los hombres.
-"Verdaderamente éste es el gran profeta, que ha de venir al mundo." Pero Jesús conociendo que iban a venir para arrebatarle y hacerle rey se retiró otra vez al monte El solo. Jesús no quiere dejar creer que El trabaja para un reino terrestre. Su proyecto no es político, incluso si tiene incidencias humanas profundas. Jesús no entra directamente en el proyecto de "liberación" cívica en el que sus contemporáneos quisieran arrastrarle. Esto será por otra parte la gran decepción de estas gentes, que le abandonarán todos. Jesús piensa que su proyecto es otro: su gran discurso sobre el "pan de la vida eterna" nos revelará ese "proyecto"” (Noel Quesson).
b) “En un mundo también ahora desconcertado y hambriento, Cristo Jesús nos invita a la continuada multiplicación de su Pan, que es él mismo, su Cuerpo y su Sangre. También ahora la Eucaristía se puede entender como relacionada a los dones humanos y limitados, pero dones al fin, que podemos aportar nosotros. Los cinco panes y dos peces del joven pueden compararse a los deseos de justicia y de paz por parte de la humanidad, el amor ecologista a la naturaleza, la igualdad apetecida entre hombres y mujeres, y entre razas y razas, los progresos de la ciencia: Jesús multiplica esos panes y se nos da él mismo como el alimento vital y la respuesta a las mejores aspiraciones de la humanidad. Nosotros, los que podemos gozar de la Eucaristía diaria, apreciamos más todavía el don de Cristo que se nos da como Palabra iluminadora y como Pan de vida (J. Aldazábal).
Quiero comentar brevemente aquella frase: «Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer». Hoy leemos el Evangelio de la multiplicación de los panes: «Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron» (Jn 6,11). El agobio de los Apóstoles ante tanta gente hambrienta nos hace pensar en una multitud actual, no hambrienta, sino peor aún: alejada de Dios, con una "anorexia espiritual", que impide participar de la Pascua y conocer a Jesús. No sabemos cómo llegar a tanta gente... Aletea en la lectura de hoy un mensaje de esperanza: no importa la falta de medios, sino los recursos sobrenaturales; no seamos "realistas", sino "confiados" en Dios. Así, cuando Jesús pregunta a Felipe dónde podían comprar pan para todos, en realidad «se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer» (Jn 6,5-6). El Señor espera que confiemos en Él.
Al contemplar esos "signos de los tiempos", no queremos pasividad (pereza, languidez por falta de lucha...), sino esperanza: el Señor, para hacer el milagro, quiere la dedicación de los Apóstoles y la generosidad del joven que entrega unos panes y peces. Jesús aumenta nuestra fe, obediencia y audacia, aunque no veamos enseguida el fruto del trabajo, como el campesino no ve despuntar el tallo después de la siembra. «Fe, pues, sin permitir que nos domine el desaliento; sin pararnos en cálculos meramente humanos. Para superar los obstáculos, hay que empezar trabajando, metiéndonos de lleno en la tarea, de manera que el mismo esfuerzo nos lleve a abrir nuevas veredas» (San Josemaría), que aparecerán de modo insospechado.
No esperemos el momento ideal para poner lo que esté de nuestra parte: ¡cuanto antes!, pues Jesús nos espera para hacer el milagro. «Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo alto puede hacer esperar un futuro menos oscuro», escribió Juan Pablo II. Acompañemos, pues, con el Rosario a la Virgen, pues su intercesión se ha hecho notar en tantos momentos delicados por los que ha surcado la historia de la Humanidad.
Llucià Pou Sabaté
Etiquetas:
Eucaristia,
fortaleza divina
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