viernes, 5 de marzo de 2010

  Día 14º. MARTES SEGUNDO (2 de Marzo): la pureza de corazón es el amor con que hacemos las cosas.


 
Día 14º. MARTES SEGUNDO (2 de Marzo): la pureza de corazón es el amor con que hacemos las cosas.
Isaías escucha estas palabras de Dios: “Aunque sus pecados sean como la escarlata, se volverán blancos como la nieve; aunque sean rojos como la púrpura, serán como la lana”. Dios nos perdona siempre, pero hemos de ir con cuidado porque la naturaleza no perdona y si me caigo y me rompo la pierna esto no hay quien lo arregle. Pero para Dios todo tiene arreglo, Él busca la conversión del corazón, he de ser sincero. Cuentan de un hombre que murió y mientras iba al cielo le decía a su ángel que sufría porque no sabía qué decirle al Señor, y el ángel le contestó: “le dirás lo que todos los que le han querido, tranquilo”… y él insistía, nervioso: “pero lo que más miedo me da es lo que me dirá el Señor”, y el ángel: “te dirá lo que a todos los que le han querido, tranquilo”. Cuando llegó a la presencia de Dios sólo se le ocurrió decirle: “Gracias, Señor, por quererme tanto”, y el ángel decía por lo bajo: “¿ves? Lo que todos…” y Dios le respondio: “-Gracias a ti, por pedirme perdón tantas veces”, y el ángel otra vez: “¿ves? Lo que a todos…” porque Dios está esperando que le pidamos perdón, para podernos perdonar de todo corazón, y así puede limpiarnos más.
Un buen sacerdote contaba de un periodista que le preguntó a Dios en una entrevista: “-tu que  tienes tanto tiempo, ¿a qué te gusta dedicar el tiempo libre?” y que le contestó: “-a perdonar, hijo mío, a perdonar”. Dios es capaz de «hacer aguas puras con aguas de desagüe», «almas puras con almas gastadas»... «almas blancas con almas sucias»... –“Si aceptáis obedecer, comeréis lo bueno del país”. Promesa de felicidad (Ch. Péguy-Noel Quesson).
El Salmo nos anima a vivir la religión con el amor a los demás, con el buen consejo, corregir, animar, perdonar, consolar… dice: “El que ofrece sacrificios de alabanza, me honra de verdad; y al que va por el buen camino, le haré gustar la salvación de Dios". Así nuestra Cuaresma será un éxito, como el que va a una fiesta con un vestido espléndido. «No todo el que dice “Señor, señor”, entrará en el reino de los cielos»: «Te rogamos, Señor, que esta Eucaristía nos ayude a vivir más santamente, y nos obtenga tu ayuda constantemente» (Poscomunión).
El Evangelio nos habla de seguir a Cristo. “El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado”.
Vimos en Juan Pablo II un ejemplo de amar al enemigo. Perdonar todo y siempre. El 13 de mayo de 1981, fiesta de la Virgen de Fátima, miles de personas acuden a la plaza de San Pedro para ver a Juan Pablo II. Una niña rubia con un globo azul levanta sus manitas al Papa, que la toma en sus brazos y la levanta en alto sonriente. "Nada hacía presentir -comenta el secretario del Papa, don Estanislao- lo que iba a suceder. Cuando el Santo Padre daba la segunda vuelta a la plaza, el turco Alí Agca disparó contra él... Yo estaba sentado como de costumbre detrás de¡ Santo Padre, y la bala, a pesar de su fuerza, cayó entre nosotros en el automóvil, a mis pies. La otra rozó el codo derecho, quemó la piel y fue a herir a otras personas...".
"¿Qué pensé? Nadie creía que una cosa así fuera posible ...Vi que el Santo Padre había sido alcanzado. Entonces le pregunté:
¿Dónde está herido?" Me respondió: "En el vientre". Todavía le pregunté: "¿Es doloroso?". Y me respondió: "Sí"."
"El Santo Padre no nos miraba. Con los ojos cerrados, sufría mucho y repetía breves plegarias exclamatorias. Si no recuerdo mal, eran sobre todo: "¡María, Madre mía! ¡María, Madre mía!."
"Cuando llegamos al hospital todo era confusión. Una cosa era prepararse para recibir a un Papa, y otra verle llegar exangüe e inconsciente La operación duró cinco horas y veinte minutos, el pulso era casi imperceptible. Todos temíamos lo peor. Le administré el sacramento de la Unción, justo antes de la intervención. El Santo Padre estaba inconsciente."
"La esperanza renació durante la operación gradualmente. Al principio parecía que la muerte era inevitable: el Santo Padre había perdido las tres cuartas partes de su sangre".
"Es extraordinario que la bala no destruyese en su trayectoria ningún órgano esencial. Una bala de nueve milímetros es un proyectil de una brutalidad inaudita. Para no causar daños irreparables en una parte tan compleja del cuerpo, tuvo que seguir una trayectoria improbable. Pasó a unos milímetros de la aorta. Si la hubiera alcanzado, habría sido la muerte instantánea. No tocó la espina dorsal ni ningún punto vital. Digamos, entre nosotros, milagrosamente. "
El Papa estuvo en serio peligro de muerte hasta el 15 de julio. Pero en cuanto pudo, Juan Pablo II se desplazó hasta la cárcel donde estaba prisionero Alí Agca, quien le disparó. Habló con él, a solas, durante mucho tiempo. Le perdonó. Le ayudó. Continúa hablándole a Dios con tus palabras (tomado de Juan Pablo II, Memoria e identidad; com. por José Pedro Manglano). Señor, qué ejemplo para mí. Como Tú, que perdonaste desde la Cruz a los que crucificaban: "Perdónales, Padre". iQue perdone siempre! ¡Ayúdame! Como cristiano no puedo guardar rencor nunca, me hagan lo que me hagan.
Llucià Pou Sabaté

Cuaresma, Domingo 1 (C): Las tentaciones de Jesús son el resumen de todos los males, y nos enseña cómo combatirlos y salir vencedores.


Cuaresma, Domingo 1 (C): Las tentaciones de Jesús son el resumen de todos los males, y nos enseña cómo combatirlos y salir vencedores.
 
Moisés da sus consejos, y dice que se ofrezca a Dios todas las cosas. ¡Qué bonito empezar el día ofreciéndolo a Dios! Por ejemplo, persignándonos, mientras nos hacemos la señal de la cruz  en la frente y diciendo “todos los pensamientos” y luego en los labios” las palabras” y en el pecho “las obras todas de este día” y luego la señal de la cruz “yo te ofrezco este día, y la vida entera, por amor”. O cualquier otra oración. Abel, hijo de Adán y Eva, como era pastor, le ofrecía la mejor de sus ovejas, la más gorda y saludable. Caín, en cambio, era labrador, y le ofrecía lo peor de su cosecha: tomates podridos y manzanas picadas. Dios aceptaba la ofrenda de Abel, y por eso su humo subía derecho al Cielo, pero rechazaba la de Caín, cuyo humo se estancaba a ras de suelo.
En la Misa ponemos imaginariamente sobre el altar el fruto de nuestro trabajo; en la del Domingo, por ejemplo, ofrecemos a Dios el estudio y las tareas domésticas de toda la semana. Ahora bien, hay que trabajar bien, no podemos ofrecerle chapuzas. Y si hemos trabajado mal, al menos pediremos perdón con el propósito de rectificar. Oración:
Te ofrezco, Señor, mi trabajo
como ofrenda limpia y pura,
este esfuerzo de aquí abajo
hasta ti quiero que suba.
No queremos la malicia de Caín, sino la bondad de Abel.
          Un ejemplo. Papá y mamá están ocupados trabajando en el jardín y ruegan a la pequeña Sofía, su hija, que ponga la mesa. Sofía, que está viendo su programa favorito de televisión, dice que sí, pero continúa ante el televisor, de tal forma que cuando sus padres entran en casa, la mesa no está puesta. Aquello desagrada a los padres, pero no les ofende, porque en la desobediencia de Sofía ha habido poco interés, descuido, poca malicia, ir a lo suyo en algo pequeño.
Una noche, sin embargo, Vanesa, la hija mayor, ya en la puerta, se enfrenta a sus padres y les dice: "¡Ya estoy harta de que me digáis a qué hora tengo que regresar. Me voy de casa, aquí os quedáis, volveré cuando me apetezca!". Y, dando un portazo, desaparece. En este caso, está claro que hay mayor malicia, una desobediencia buscada y querida, que lleva consigo desprecio a los padres y rechazo de su autoridad. Entre la desobediencia de Sofía y la de Vanesa, hay una diferencia. Pues bien, tal es la diferencia que existe, desde el punto de vista de Dios, entre el pecado mortal y el pecado venial; una diferencia inmensa. El pecado mortal mata la presencia de Dios en mí; rompe y destruye mi relación con Dios: le doy un portazo y desaparezco. Señor, te pido que me ayudes a darme cada vez más cuenta de que mis pecados, son actos míos que te duelen a ti, momentos en los que paso de ti, elijo lo que a mí me viene bien, dejándote a ti o a otros de lado; y por lo tanto mis pecados te duelen. Dame dolor de mis pecados, dolor de amor. El pecado mortal es el mal de verdad, lo que mancha el mundo, lo que le duele a Dios, lo que nos hace daño. Pero también nos pone enfermitos los veniales sobre todo si hay un montón, como el que tiene un grano y no pasa nada, pero si le aparecen cientos… ¿Te duelen de verdad los pecados veniales? ¡Madre mía, antes morir que pecar!
“Si tus labios profesan que Jesús es el Señor, y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás… todo el que invoca el nombre del Señor se salvará”: ¡qué tranquilidad, nos dan esas palabras tuyas, Dios mío…  (José Pedro Manglano).
Jesús, después del Bautismo, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. Estuvo sin comer, y al final sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: - “Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan”. Es la primera tentación: las cosas materiales, la concupiscencia de la carne, la ley del gusto. Si tenemos presentes los siete pecados capitales aquí cabrían tres: la lujuria, la gula y la pereza. El cuerpo se cuida y se viste, como hicieron Adán y Eva, y cuando ya crecen las personas se preparan para casarse. La tele o los amigos enseñan o hablan del sexo sin amor, pero es mejor preguntar sobre esto a los padres, ellos nos ayudan a entender lo que sentimos. Ansias de comerse un pastel, necesidad de hacer nuestro capricho… pereza que es tristeza, y luego falta de entusiasmo, falta de alegría, falta de amor. La tristeza va con el egoísmo, es lo que queda tras haber quemado el fuego del egoísmo, cuanto no queda nada, la escoria, lo que más brilla. Jesús contesta: “no solo de pan vive el hombre”. La solución para todas esas fuerzas, es la oración. Con la oración, recibimos las vitaminas, la fuerza de la fe. Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: - «Te daré el poder y la gloria de todo eso… Si tú te arrodillas delante de mi, todo será tuyo». La concupiscencia de los ojos, el tenerlo todo, el desear, esta especie de “cosa que veo, cosa que quiero”. Y ante esta concupiscencia, que serían los pecados de avaricia y de envidia, que es querer tener o desear el mundo del otro, o tener tristeza por el bien del otro..., es una cosa muy mala porque la persona tiene una especie de inquietud por el que tiene el otro. Vive más pensando en el otro que en un mismo y no tiene la libertad de vivir la vida propia; vive sólo por el otro, por hacerle daño o por llorar porque el otro tiene más. Es también lo que S. Juan llama el mundo: El mundo, el demonio y la carne. Jesús le contestó: - «Está escrito: "Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto".» No adorar cosas que no son Dios: la solución es la caridad, es darse, darse. Si antes vimos que la oración es la fe, aquí la virtud teologal que está reflejada es la caridad, tener detalles con los demás, que es la limosna, el segundo gran medio que Jesús nos dice para la cuaresma.
-La tercera tentación, es la más demoníaca, hacer cosas extraordinarias: lo llevó a Jerusalén y lo puso en lo alto del templo y le dijo: - “Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: "Encargará a los ángeles que cuiden de ti"”… le pone palabras de Dios para animarlo a hacer el chulo… la soberbia, sería el que nos falta junto con la ira: Jesús le contestó: - «Está mandado: "No tentarás al Señor, tu Dios".» Es la gran tentación del orgullo, se debe vencer con la humildad, para no querer ser como dioses, sino obedecer, hacer sacrificios, el ayuno que es la tercera manera de vencer al mal, con la esperanza de que estos sacrificios y la cruz nos llevan al cielo. “Ayuno del yo”, con la esperanza del cielo, de una vida de amor, es la vitamina que necesitamos para vencer esta concupiscencia -la soberbia de la vida, donde se esconde el demonio-. No queremos ser Dios: es la tentación de pecado más grande.
Con las armas de la oración, sacrificios y amor a los demás, el demonio no puede nada, como un león atado, que si no nos acercamos no nos muerde… así nos entrenamos en esta cuaresma.
Los dos primeros domingos nos hablan de compartir la lucha y el triunfo de Cristo, los otros tres nos invitarán a la conversión y a la reconciliación: se trata de reconocer a Jesús y abrir nuestro corazón a su salvación, como hizo el buen ladrón, y Jesús le dijo: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". María, nuestra Madre Santísima, nos acompaña en este camino hacia la Pascua.
llucia.pou@gmail.com
 
 

martes, 2 de marzo de 2010

Cuaresma, martes de la 2ª semana: la coherencia en relación con la pureza de corazón.  


Cuaresma, martes de la 2ª semana: la coherencia en relación con la pureza de corazón.
 
Libro de Isaías 1,10.16-20. ¡Escuchen la palabra del Señor, jefes de Sodoma! ¡Presten atención a la instrucción de nuestro Dios, pueblo de Gomorra! ¡Lávense, purifíquense, aparten de mi vista la maldad de sus acciones! ¡Cesen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien! ¡Busquen el derecho, socorran al oprimido, hagan justicia al huérfano, defiendan a la viuda! Vengan, y discutamos -dice el Señor-: Aunque sus pecados sean como la escarlata, se volverán blancos como la nieve; aunque sean rojos como la púrpura, serán como la lana. Si están dispuestos a escuchar, comerán los bienes del país; pero si rehúsan hacerlo y se rebelan, serán devorados por la espada, porque ha hablado la boca del Señor.
 
Salmo 50,8-9.16-17.21.23. No te acuso por tus sacrificios: ¡tus holocaustos están siempre en mi presencia! / Pero yo no necesito los novillos de tu casa ni los cabritos de tus corrales. / Dios dice al malvado: "¿Cómo te atreves a pregonar mis mandamientos y a mencionar mi alianza con tu boca, / tú, que aborreces toda enseñanza y te despreocupas de mis palabras? / Haces esto, ¿y yo me voy a callar? ¿Piensas acaso que soy como tú? Te acusaré y te argüiré cara a cara. / El que ofrece sacrificios de alabanza, me honra de verdad; y al que va por el buen camino, le haré gustar la salvación de Dios".
 
Texto del Evangelio (Mt 23,1-12; también el domingo 31,A): En aquel tiempo, Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame "Rabbí".
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar "Rabbí", porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie "Padre" vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar "Doctores", porque uno solo es vuestro Doctor: Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».
 
Comentario: 1. Is 1,1-18. El profeta Isaías nos conmina con su oráculo a buscar la conversión del corazón, y un culto sincero. En el evangelio de hoy, Jesús condena duramente a los fariseos «que dicen y no hacen». Unos siglos antes, Isaías fustigaba también duramente a sus contemporáneos para llevarlos a convertirse. –“Oíd la palabra del Señor”. La invitación a la conversión no es sólo y simplemente una palabra de hombre. Tampoco es una predicación de orden moral. La invitación a la conversión procede de Dios. Las conductas de la humanidad interesan a Dios. –“Escuchad la orden de nuestro Dios...” No es solamente una «invitación» gratuita o indiferente. Dios se compromete en su palabra; ésta es una «orden». Es una palabra activa que lleva a la acción, es una orden. -“Lavaos, purificaos”. Apartad de mi vista vuestras fechorías. Todo el mal del mundo sucede ante los ojos de Dios. Todos los hombres, que se odian, se oprimen o se matan entre sí ante la mirada de su Padre. Toda la hez de la humanidad aparece ante su Rostro. Toda la maldad de los hombres, se desarrolla ante la bondad de su amor... –“Apartad de mi vista vuestras fechorías. Desistid de hacer el mal... Aprended a hacer el bien...” El pueblo judío -como nosotros hoy-, tenía a menudo la impresión de que procuraba la gloria de Dios, aportando ofrendas al Templo y haciendo otros ritos cultuales. Los profetas han recordado siempre, en el nombre de Dios, que "la vida de cada día", haciendo el bien y evitando el mal, es lo que agrada a Dios. –“Buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, defended a la viuda”. Escucho esas palabras. Las repito sucesivamente: el oprimido... el huérfano... la viuda... Todas ellas, personas indefensas. ¿A quiénes representan, para mí? ¡Dios mío! ¿Qué hacer, para responder real y verdaderamente a esas «órdenes» divinas? ¿Cuál será mi respuesta a esos «mandamientos» de Dios? Durante la cuaresma, más que en tiempo ordinario, soy «invitado» a darme, a comprometerme, a luchar por la justicia, por el bien de mis hermanos. Esto es lo que Tú esperas de mí para borrar mis pecados. Y puedo hacerlo a través de mi vida ordinaria, profesional y social. –“Si vuestros pecados son rojos como el carmesí pasarán a ser blancos como la nieve. Si son rojos como la púrpura, serán como la lana blanca”. Gracias, Señor, por repetirme esas cosas. Ch. Péguy dirá que Dios es capaz de «hacer aguas puras con aguas de desagüe», «almas puras con almas gastadas»... «almas blancas con almas sucias»... –“Si aceptáis obedecer, comeréis lo bueno del país”. Promesa de felicidad (Noel Quesson).
Comenta San Agustín: «Mostrad que sois un cuerpo digno de la Cabeza... Tal Cabeza no puede sino tener un cuerpo adecuado a ella». Lactancio dice que la caridad cristiana es la verdadera justicia: «Da preferentemente a ése de quien nada esperas. ¿Por qué eliges las personas? ¿Por qué examinas los miembros? Has de estimar como hombre a todo el que por esto te pide, porque te considera hombre. Expulsa aquellas sombras y apariencias de justicia y adopta la verdadera y tangible. Da copiosamente a los ciegos, enfermos, cojos, desvalidos, a quienes a no ser que se les socorra fallecerán. Son inútiles a los hombres, pero útiles a Dios, quien conserva su vida, quien les da el espíritu, quien los juzga dignos de la luz. Protégelos en cuanto esté en tu mano y sustenta con humanidad la vida de los hombres para que no mueran. Quien puede socorrer a los que están a punto de perecer, si no lo hace los mata. Uno, pues, es el oficio cierto y verdadero de la liberalidad y de la justicia: alimentar a los indigentes y a los impedidos». Así lo afirma también San Ambrosio: «La misericordia es parte de la justicia, de modo que si quieres dar a los pobres esta misericordia es justicia, según aquello: Distribuyó, dio a los pobres, su justicia permanece eternamente (Sal 111,9). Además, porque es injusto que el que es completamente igual a ti no sea ayudado por su semejante».
En una sociedad llamada “cristiana” hemos visto guerras civiles como en España en 1936 o en Rwanda en 1994/1997. Aquellos que se consideraban buenos se sintieron deprimidos y se preguntaban qué habían hecho mal, por qué tanta gente que se llamaba cristiana y cumplía con los ritos, por dentro no amaba a los demás… Recuerdo aquella España reflejada por Galdós en su Misericordia, una sociedad anclada en la Edad Media, sin sombra de progreso, sin medios para hacer frente a tantas injusticias sociales… Con unos patrones que oprimían a los trabajadores tantas veces… El oráculo de hoy arremete contra esto… En la reforma litúrgica última se ha despojado a la Misa de numerosos ritos, para centrarse en la fe y devoción del corazón que, en su sencillez, llevara a una vida de amor a Dios y a los demás. Si se ha conseguido o no, es otro tema.
Una llamada a la conversión... Esta vez con palabras del profeta a los habitantes de dos ciudades que eran todo un símbolo del pecado en el AT: Sodoma y Gomorra. Pues bien, por grandes que sean los pecados de una persona o de un pueblo, si se convierte, «quedarán blancos como la nieve, como lana blanca, y podrán comer de lo sabroso de la tierra» que Dios les prepara. Es expresivo el contraste de los colores: «rojos como la grana... blancos como la nieve». Eso sí, tienen que cambiar su conducta, abandonar el mal y comprometerse activamente en el bien: «escuchad la enseñanza de nuestro Dios... Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones, cesad de obrar mal, defended al oprimido, sed abogados del huérfano». «Señor, vela con amor continuo sobre tu Iglesia; y, pues sin tu ayuda no puede sostenerse lo que se cimienta en la debilidad humana, protege a tu Iglesia en el peligro y mantenla en el camino de la salvación» (Colecta).
Si buscamos al Señor para encontrarlo como a un Padre lleno de amor por nosotros, es porque antes nosotros supimos encontrarnos con nuestro prójimo, no como con un extraño, sino como con un hermano a quien amamos y por cuyo bien nos preocupamos. Lavarnos de nuestras culpas, quitar de nuestras manos los crímenes, significa aceptar que Dios sea quien nos renueve y nos purifique de todo pecado. ¿Cómo podemos ver a Dios como Padre nuestro, si sólo vamos a Él para que nos defienda y nos libre de nuestros enemigos aquí en la tierra, para que nos socorra en nuestras necesidades temporales, pero no para que nos ayude a caminar en el amor? Dios sabe todo lo que necesitamos aun antes de que se lo pidamos. No busquemos sólo las cosas terrenas; busquemos más bien el Reino de Dios y todo lo demás el Señor nos lo dará por añadidura. Convertirnos a Dios nos ha de llevar, incluso, a renunciar a nosotros mismos. Cuando seamos capaces de dar nuestra vida para que nuestro prójimo viva con mayor dignidad su condición de hijo de Dios, entonces Dios abrirá sus oídos ante nuestros ruegos, pues Él sabrá que no vamos sólo buscando acaparar los dones de Dios, sino que vamos para que nos convierta en portadores de su amor y de su gracia.
2. Sal. 49. Ya el Señor reclamaba a los suyos: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Dios no quiere sólo nuestras oraciones. Dios no se conforma con el culto que le tributamos, incluso ofreciéndole sacramentalmente a su Hijo. Dios nos quiere a nosotros. Dios quiere que le pertenezcamos con un corazón indiviso. No podemos presentarle al Señor nuestras ofrendas sólo para tenerlo de parte nuestra, mientras nos dedicamos a ser unos malvados. Dios no se deja comprar por nada ni por nadie, pues Él es el dueño de todo y también de nuestra vida. Busquemos al Señor, démosle culto con nuestra Acción de Gracias, ofrezcámosle el culto que le es agradable porque somos nosotros quienes, con un corazón humilde, nos ponemos en sus manos para que lleve a buen término su obra de salvación en nosotros.
El salmo de hoy da un paso más que Isaías: compara la liturgia con la caridad, y sale ganando, una vez más, la caridad: «no te reprocho tus sacrificios... ¿por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?». La acusación de Dios se hace dramática: «esto haces ¿y me voy a callar? Te acusaré, te lo echaré en cara». La hipocresía que ya denunciaba el salmo -rezar a Dios, pero no cumplir sus enseñanzas en la vida- la desenmascara todavía con mayor fuerza Jesús en el evangelio… Haciendo caso al salmo, está bien que recordemos que nuestra Cuaresma será un éxito, no tanto si hemos cambiado algunas cosas de la liturgia, los colores o los cantos. Ni siquiera si hemos cumplido los días prescritos de abstinencia de algunos alimentos. Sino, como la palabra de Dios insiste en proponernos todos estos días, si cambiamos nuestra conducta, nuestra relación con los demás. No puede ser buena una Eucaristía que no vaya acompañada de fraternidad, una comunión que nos une con Cristo pero no nos une más con el prójimo. –La justicia, la misericordia y las obras de caridad han de salir del interior del corazón. «No todo el que dice “Señor, señor”, entrará en el reino de los cielos» (Mt 7,21). Lo que ha de cambiar en la penitencia es el corazón, pues es de allí de donde proceden nuestros actos (Manuel Garrido). Con el Salmo 49 proclamamos esta verdad. «Te rogamos, Señor, que esta Eucaristía nos ayude a vivir más santamente, y nos obtenga tu ayuda constantemente» (Poscomunión).
3. Mt. 23, 1-12. Su punto de mira son una vez más los fariseos, que hablan pero no cumplen, que son exigentes para con los demás y permisivos para consigo mismos, que todo lo hacen para recibir las alabanzas de la gente y andan buscando los primeros puestos. Jesús les acusa de intransigentes, de vanidosos, de contentarse con las formas exteriores, para la galería, pero sin coherencia interior. Jesús quiere en los suyos la actitud contraria: «el primero entre vosotros será vuestro servidor». Como Él mismo, que no vino a ser servido sino a servir y dar la vida por los demás. La llamada la oímos este año nosotros: cesad de obrar mal, aprended a obrar bien, buscad la justicia... Con mucha confianza en el Dios que sabe y que quiere perdonar. Pero dispuestos a tomar decisiones, a hacer opciones concretas en este camino cuaresmal. No seremos tan viciosos como los de Sodoma o Gomorra. Pero sí somos débiles, flojos, y seguro que podemos acoger en nosotros con mayor coherencia la vida nueva de la Pascua. Si cambian algunas actitudes deficientes de nuestra vida, entonces sí que nos estamos preparando a la Pascua: «al que sigue el buen camino le haré ver la salvación de Dios». Algo tiene que cambiar: ¿qué defecto o mala costumbre voy a corregir? ¿Qué propósito, de los que he hecho tantas veces en mi vida, voy a cumplir este año?
Apliquémonos en concreto la dura advertencia de Jesús a los fariseos, que eran unos catedráticos a la hora de explicar cosas y no cumplirlas. La hipocresía puede ser precisamente el pecado de «los buenos». Nos resulta fácil hablar, explicar a los demás el camino del bien, y luego corremos el peligro de que nuestra conducta esté muy lejos de lo que explicamos. ¿Podría decir Jesús de nosotros -los que hablamos a los demás en la catequesis, en la comunidad parroquial o religiosa, en la escuela, en la familia-, «haced lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen»? ¿Qué hay de fariseo en nosotros? ¿Nos conformamos con la apariencia exterior? ¿Somos exigentes con los demás y comprensivos con nosotros mismos? ¿Nos gusta decir palabras bonitas -amor, democracia, comunidad- y luego resulta que no se corresponden con nuestras obras? ¿Buscamos la alabanza de los demás y los primeros puestos? La palabra de Dios nos va persiguiendo a lo largo de estas semanas de Cuaresma para que no nos quedemos en unos retoques superficiales, sino que profundicemos en nuestro camino de Pascua. «Da luz a mis ojos para que no duerma en la muerte» (entrada)… «Convertíos a mí de todo corazón porque soy compasivo y misericordioso» (aclamación) «Que esta Eucaristía nos ayude a vivir más santamente» (poscomunión; J. Aldazábal). Por todo ello, humildad, bondad, fraternidad... Sí, pero efectivas. Señor, guárdanos del fariseísmo, de toda pretensión de dominar a los demás, de todo instinto de superioridad. Es una tentación de cristianos fervientes. Ser duros en nuestros juicios porque uno está seguro de poseer la verdad. Condenar el mundo, anunciar castigos divinos contra los que no piensan como nosotros. –“Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los otros, pero ellos no quieren aplicar la punta del dedo para moverlas”. Opresión. Aplastamiento. ¿Qué forma concreta toma este defecto en mi vida propia? ¿A quién debo aliviar las cargas? ¿A qué puedo arrimar el hombro? Y más que aplicar la punta del dedo, debo preocuparme, comprometerme. –“Todas sus obras las hacen para ser vistos de los hombres”. Ensanchan sus filacterias y alargan los flecos, gustan de los primeros asientos... y de los saludos en las plazas... y de ser llamados por los hombres "Rabbí". Las "filacterias" eran unas bandas de cuero que llevaban en la frente y alrededor del brazo izquierdo, con unos cofrecitos que contenían textos de la Ley. Los "flecos"eran como los que suelen verse en algunos chales. Estos dos detalles en el vestuario eran obligatorios según la Ley de Moisés. Pero a los fariseos les gustaba llevarlos muy aparatosos para mostrar así su acatamiento a la Ley y para recibir honores por ello. Este orgullo toma, hoy, nuevas formas. No os hagáis llamar "Rabí", ni "padre", ni "maestro"... Renunciar a los títulos honoríficos. Que vuestras relaciones humanas sean siempre naturales y sencillas. Hoy la Iglesia trata también de seguir mejor este consejo evangélico. Y nosotros, ¿cómo reaccionamos? ¿Hay títulos que nos gusta recibir? –“Sois todos hermanos”. Fórmula esencial. Es Jesús quien la pronuncia. Fórmula revolucionaria.
Ante esto, puede retraernos el escándalo -desorientación de las almas- que causa el "antitestimonio", el mal ejemplo de muchos. Esto no ha de ser excusa para no hacer las cosas buenas que dicen quienes luego no las hacen, pero sí reclama más responsabilidad pues el bien también es difusivo: «Hoy más que nunca, la Iglesia es consciente de que su mensaje social se hará creíble por el testimonio de las obras, antes que por su coherencia y lógica interna» (Juan Pablo II). Es una llamada a la coherencia: «sólo la relación entre una verdad consecuente consigo misma y su cumplimiento en la vida puede hacer brillar aquella evidencia de la fe esperada por el corazón humano; solamente a través de esta puerta [de la coherencia] entrará el Espíritu en el mundo» (Benedicto XVI).
Vamos a fijarnos en uno de los múltiples aspectos: La “honorabilidad intelectual” –la coherencia-, hoy día no está de moda. Significa ser yo mismo, ser auténtico. Todos sabemos cómo la clase intelectual europea era comunista en los años 70, y luego se ha pasado a otras corrientes sin decir ni siquiera un “me equivoqué”, sin que aquellos profesores de Historia o Filosofía dijeran: “estaba vendido al sistema, no pensaba por mí sino por la moda”. Esto también pasa hoy, cuando en entrevistas se dice lo “políticamente correcto”, lo que queda bien, y el miedo a quedar mal hace que pocos intelectuales se manifiesten como católicos. Hay como un afán de éxito y gloria que hace decir a muchos lo que conviene, basta ver la entrevista de la última página de algunos periódicos. Dan ganas de decirle a la gente: “tú, ¿por cuánto te vendes?” Recuerdo a un amigo que expuso en una reunión unas ideas que me parecieron vacías. Pensé que las había dicho para quedar bien, para gustar, y le pregunté: “de todo esto, ¿tú en realidad qué piensas?” y me contestó tranquilo: “yo ya no sé lo que pienso”. Sabía lo que convenía decir, no sabía lo que era verdad.
La honorabilidad intelectual (recuerdo un antiguo artículo de R. Paniker que hablaba de esto) me dice que no puedo ser mercenario, querer agradar, por conseguir un cargo. Sería ser mezquino, no sería honrado conmigo mismo, sino que sería prostituirme, darme como mercancía para la vanidad, comodidad, ambición. Muchos se dejan seducir por los cantos de estas sirenas y pierden la cabeza...
Quizá la culpa de este aparentar erudición, hacer remiendos sin cosecha propia (“cortar” y “pegar”, siguiendo el argot del ordenador) es el amor desmesurado a la gloria propia, cosa que va contra el espíritu sencillo del sabio. La voluptuosidad de la dialéctica lleva a una pérdida de sentido de la realidad, dejarse llevar por la “borrachera” de unas ideas que crean éxito, pero que dejan un poso de amargura, de desencanto pues son ideas desencarnadas que apagan mi vida, con excusa de verdades me quitan la verdad, con esas razones me dejan sin razón. Es la insinceridad del intelecto con respecto a mi vida, la culpable dicotomía entre la mente y el corazón, la inteligencia y el amor, entre ideas e ideales.
¿Cuáles son los síntomas que me dan pistas para diagnosticar esta enfermedad funesta? En primer lugar, la ausencia de contemplación, la falta de reposo en el ser, el producir frenéticamente, es el no encontrarse y escoger lo de fuera, no buscar nada en mi interior porque ya no lo tengo. Esto no está reñido con trabajar “con prisa”, pues no hay que ser perfeccionistas, y nos conviene acomodarnos a la imperfección del tiempo para concluir algo. Lo malo es el nerviosismo y el apresuramiento fruto del desasosiego; el vicio intelectual de la “studiositas”, la curiosidad malsana y el dejarme llevar por el mariposeo. Es el diletantismo y la indiscreción, la preocupación intelectualoide más que intelectual.
Otro síntoma de ser mercenario es la envidia intelectual. No es sólo la tristeza por los que triunfan, sino sobre todo porque aquello que dicen otros podía haberlo dicho yo, o lo podía haber hecho mejor, o dicho mucho más profundamente, y nos molesta que publiquen lo que nosotros hemos pensado, no nos importa tanto que se haga el bien (que se conozca una verdad o se propague un conocimiento), sino que lo que nos importa es hacerlo nosotros, sin darnos cuenta de que entonces ya no es bueno, está viciado en sus intenciones (en la misma finalidad de la acción que está incluido en su objeto, y por tanto define su “ethos”).
Frente a estas enfermedades, que no construyen sino la cultura de lo efímero, queda la verdad, lo auténtico, lo que se vive. Eso es lo que pervive en el tiempo, los frutos que perduran, lo demás se pudre. Para un cristiano, todo queda referido al modelo, Cristo, y ofrecido al Padre Dios. Entonces, no hay polilla o polvo, no hay preocupaciones por la precariedad, siguiendo el ejemplo y los consejos de Jesús:  “no os preocupéis por vuestra vida...” Entonces la honorabilidad adquiere una coherencia que es testimonio fiel, martirio, pues muchos sufren por la verdad (desde el antiguo Séneca hasta nuestros días, basta citar el caso emblemático de Tomás Moro). Mi investigación no será entonces ficticia, sino parte de mi vida; no esclaviza, tiene un motivo más alto que la gloria humana; no está desligada de mi preocupación por los demás sino que se dirige a ello; no vivo para estudiar sino que el estudio, como lo demás, es un ingrediente de mi vida, medio de hacer el bien y de hacerme bueno. El vivir no se desliga del contemplar, ni del dar la vida, la verdad me lleva a ser verdadero y en la medida que soy verdadero, soy. En todo pongo un poco de mi corazón, y un trozo de alma, un pedazo de mi vida, en una unidad que me recuerda lo que decía una hija de Tomás Alvira: “todo en mi padre era verdad: por eso era tan buen educador”.
Jesús es el ejemplo supremo de humildad y de entrega a los demás: Yo estoy en medio de vosotros como quien sirve. Sigue siendo ésa su actitud hacia cada uno de nosotros. Dispuesto a servirnos, a ayudarnos, a levantarnos de las caídas. Ejemplo os he dado para que como yo he hecho con vosotros, así hagáis vosotros (Jn 13,15). El Señor nos invita a seguirle y a imitarle, y nos deja una regla muy sencilla, pero exacta, para vivir la caridad con humildad y espíritu de servicio: Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos (Mt 7,12): que nos comprendan cuando nos equivocamos, que nadie hable mal a nuestras espaldas, que se preocupen por nosotros cuando estamos enfermos, que nos exijan y corrijan con cariño, que recen por nosotros... Estas son las cosas que, con humildad y espíritu de servicio, hemos de hacer por los demás.
La caridad cala, como el agua en la grieta de la piedra, y acaba por romper la resistencia más dura. “Amor saca amor”, decía Santa Teresa. De modo particular hemos de vivir este espíritu del Señor con los más próximos, en la propia familia. La Virgen, Esclava del Señor, nos ayudará a entender que servir a los demás es una de las formas de encontrar la alegría en esta vida y uno de los caminos más cortos para encontrar a Jesús. Para eso, hemos de pedirle que nos haga verdaderamente humildes (F. Fernández Carvajal).
 
 

domingo, 28 de febrero de 2010

Día 13º. LUNES SEGUNDO (1 de Marzo): ¿qué es la misericordia de Dios?


Día 13º. LUNES SEGUNDO (1 de Marzo): ¿qué es la misericordia de Dios?
El profeta Daniel dice que hizo esta oración al Señor: “¡Ah, Señor, Dios grande y temible, que guardas la alianza y el amor a los que te aman y observan tus mandamientos! Nosotros hemos pecado, hemos cometido el mal, hemos sido malos, nos hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus normas. No hemos escuchado a los profetas, que en tu nombre hablaban a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres... A ti, Señor, la justicia; a nosotros la vergüenza en el rostro... Y al Señor Dios nuestro, la piedad y el perdón...” El hombre, muchas veces, prefiere irse por su cuenta y Daniel siente la carga de pecado y la traición de los hombres de su pueblo, y esto nos pasa cuando no escuchamos la voz de la conciencia, de nuestro corazón, no obedecemos a los que nos hablan de parte de Dios. Recuerdo un niño que se enfadó en su casa y no quería obedecer, y dando un portazo se fue: “¡me voy de casa!”, gritó. Fue por la calle, a jugar con los amigos, a hacer “el burro”, pero al pasar las horas los amigos fueron a sus casas a merender, se hacía de noche… y él sintió hambre, y frío… y pensó que qué iba a hacer, y se le pasó el enfado, y volvió a pedir perdón, y su madre le abrazó, porque estaba preocupada por él.
Cuando estamos enfadados vemos como con gafas negras, recuerdo que al ir en coche en verano yo me ponía gafas de sol y luego al entrar en un túnel no veía nada y pensaba “esto está muy oscuro, ¡qué raro!” hasta que caía en la cuenta de que llevaba gafas oscuras y por esto lo veía negro. Un ojo enfermo deforma la realidad, nos engaña. Vemos a los demás con el color que los miramos… Una mujer llegó con su familia a un piso nuevo, y veía por la ventana a la vecina tender la ropa y pensaba “qué sucia tiene la ropa la vecina, habrá que decirle algo”, y así un día y otro, hasta que su marido limpió los cristales de la ventana, y vio que la vecina tendía la ropa limpia, pero eran los vidrios de la ventana desde donde miraba que estaban sucios, si miramos mal las cosas las personas nos parecerán llenas de maldad. Hoy le pedimos a Jesús luz para nuestra conciencia, para ir por el buen camino: “Sálvame, Señor, ten misericordia de mí. Mi pie se mantiene en el buen camino”. Empezamos la segunda semana de la Cuaresma con una oración de Daniel sincera: «hemos pecado… Dios grande, que guardas la alianza y el amor a los que te aman... Al Señor Dios nuestro la piedad y el perdón».
En el evangelio de hoy, Jesús nos pide que seamos «misericordiosos», como Él es «misericordioso» con nosotros: nos perdona, toma la miseria y la comprende, la entiende, pero luego quiere que yo perdone a los demás, los comprenda, sea compasivo, y así todo irá bien. Así siempre tendremos “gracia de Dios”, no seremos “desgraciados”, porque el pecado es la pérdida de la gracia. Y la pérdida de la gracia es la auténtica des-gracia.
A veces nos engañamos, y nos vienen ganas de cosas que no nos convienen, como decía desconsolada una buena mujer, que estaba un poco desorientada y además tenía mucho hambre: “Yo no sé lo que me pasa. Pero todo lo que gusta, o es pecado o engorda”. No es verdad que las cosas sean malas porque están prohibidas (“¡qué lástima, si no estuviera prohibido lo haría!”) sino que están prohibidas porque son malas (como un veneno que dice “no comer” o un poste de alta tensión de electricidad “no tocar, peligro de muerte” y ponen una calavera para que quede más claro). Dios no ha puesto los mandamientos para fastidiar, sino para que seamos felices. Hemos de preguntar…
A San Felipe Neri le preguntó una mujer bastante vanidosa:
- Padre Felipe, ¿es pecado ir con tacones demasiado altos?
-No, pero cuidado con no romperte la cabeza al caer- respondió el santo.
Unas chicas querían tomarle el pelo al cura, se acercan y dice una:
-Padre, mi amiga y yo íbamos discutiendo si es o no es pecado pintarse. ¿Usted qué dice?
El cura, que se dio cuenta, se le ocurrió devolver la broma: -La moral no dice que sea pecado. Ahora bien: las guapas no necesitan pintarse; las feas deben pintarse. Vosotras, haced lo que queráis…
No se trata de inventar pecados: una “palabrota” es pecado si insultas a alguien, si no es mala educación. Matar la vaca del vecino sí que es pecado, porque ya no podrá tomar leche, por eso es pecado mortal, porque es un daño gordo. Pero pelearte con el amigo, si no le haces daño serio, será pecado venial. Si tú no sabes que tomar una cosa es malo, no es pecado, pero cuidado, que te hace daño igual, porque si tomas una seta venenosa creyendo que es buena, aunque no seas responsable de tu muerte, no hay quien te resucite. Mejor preguntar, formarse la conciencia. Y también ayudar a los de casa, devolverles un poco de lo mucho que nos dan, porque podemos ayudarles, a veces con pillería...
Un niño de unos nueve años, un domingo recuerda a su padre que hay que ir a misa.
-Hoy no vamos - dice el padre-. Yo tengo otras cosas que hacer.
-Pero, papá, -insiste el niño- es que hoy tenemos obligación de ir. Lo manda el tercer Mandamiento de la Ley de Dios.
-No te preocupes. Eso no tiene importancia. Ya iras otro día.
El pequeño se calla. Pero al poco rato interviene de nuevo:
-Oye papá, si el tercer Mandamiento no tiene importancia, el cuarto aún debe importar menos (Agustín Filgueiras Pita).
Con el Salmo cantamos confiados: «Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados… que tu compasión nos alcance pronto, pues estamos agotados… nosotros, pueblo tuyo, ovejas de tu rebaño, te daremos gracias siempre, cantaremos siempre tus alabanzas».
Jesús dijo a sus discípulos: «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá». Jesús nos invita a saber perdonar a los demás: «sed compasivos... no juzguéis... no condenéis... perdonad... dad». Hacer las cosas como Dios: «sed compasivos como vuestro Padre es compasivo», y tal como hacemos se hará con nosotros: «la medida que uséis, la usarán con vosotros». Es lo que nos enseñó a pedir en el Padrenuestro: «perdónanos... como nosotros perdonamos».
Me gustan mucho las devociones al Sagrado Corazón de Jesús y Corazón de María, y la Divina Misericordia que dijo el Señor a Santa Faustina, que tan devoto era Juan Pablo II, también polaco como ella, y que el día que murió iba a decir su discurso ya preparado recordando que Jesús liberaba "a la humanidad, que a veces parece extraviada y dominada por el poder del mal, del egoísmo y del miedo, el Señor resucitado ofrece como don su amor que perdona, reconcilia y vuelve a abrir el ánimo a la esperanza. Es amor que convierte los corazones y da la paz. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de comprender y acoger la Divina Misericordia!".  No se piden en esta devoción muchas cosas, básicamente rezar aquella sencilla jaculatoria, resumen de la otra del Sagrado Corazón (“Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío”): aquí es simplemente: “Jesús, en ti confío”: "Señor, que con tu muerte y resurrección revelas el amor del Padre, nosotros creemos en ti y con confianza te repetimos hoy: Jesús, confío en Ti, ten misericordia de nosotros y del mundo entero".  La mejor manera de participar de este tesoro es desde el corazón de la Virgen: “contemplar con los ojos de María, el inmenso misterio de este amor misericordioso que brota del Corazón de Cristo.”
Antes se decía “ojo por ojo”, si me has dado una bofetada te doy otra, pero Jesús nos enseña la “ley del talión al revés”, devolver bien por mal, “poner amor donde no hay amor para sacar amor”, ya decía Gandhi que el “ojo por ojo” nos dejaría a todos ciegos, y que la solución del mundo es seguir la ley de Jesús. El perdón es lo más divino, es parecerse a Dios. Ser bueno "sin medida", como Dios. –“Sed misericordiosos...” Es una palabra difícil de explicar: -Compartid las penas de los demás... -Sed indulgentes... -Dejaos conmover... -Excusad... -Participad en las tribulaciones de vuestros hermanos... -Olvidad las injurias… -Sed sensibles... -No guardéis rencor... -Tened buen corazón... –“Así como también vuestro Padre es misericordioso.” "Dios es amor", "Dios es misericordia." Y hemos de ser "imagen de Dios" para realizarnos, sentirnos felices: Tú esperas, Señor, que yo me parezca a ti, que sea el representante de tu amor cerca de mis hermanos. Ser el corazón de Dios, ser la mano de Dios... ser "como si" estuviese Dios presente cerca de fulanito... Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de recibir con amor la Vida que Dios nos ofrece. María, madre de los dolores, ayúdame a perdonar a los demás, que me duelan más las cosas que hago a los demás y me duelan menos las que me hacen, llorar un poco más mis pecados y menos los de los demás, “quererlos” un poco más y “quererme” un poco menos.
 

Día 12º. DOMINGO SEGUNDO (28 de Febrero). Dios hace un trato (alianza) con Abrahán, el creyente. Cristo hará un trato mucho mejor: nos transformará en




Día 12º. DOMINGO SEGUNDO (28 de Febrero). Dios hace un trato (alianza) con Abrahán, el creyente. Cristo hará un trato mucho mejor: nos transformará en hijos de Dios, cuerpo glorioso, transfigurados como él. Hoy quiere que nos preparemos para la Pasión
 
Dios dijo a Abran: -«Mira al cielo; cuenta las estrellas, si puedes… Así será tu descendencia.» Abran creyó al Señor, que le prometió aquella tierra. Él replicó: - «Señor Dios, ¿cómo sabré yo que voy a poseerla?» El Señor le pidió que sacrificara “una ternera de tres años, una cabra de tres anos, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón”. “Los buitres bajaban a los cadáveres, y Abran los espantaba. Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abran, y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El sol se puso”, y en la oscuridad el Señor pasó en forma de fuego y humareda. Aquel día Abrahan sabe que será Abraham, padre de un gran pueblo, que tendrá una tierra, y que tiene un pacto con Dios. Todo esto será mucho más grande en el nuevo pacto que tenemos con Jesús con el bautismo por el que somos hijos de Dios: nuestra tierra es ya parte del cielo, porque estamos en casa de nuestro Padre, y estamos de paso para luego ir a nuestra casa del cielo, como nos dice San Pablo hoy: “somos ciudadanos del cielo”, el pueblo es la Iglesia, la familia de Dios que se reune en la Misa con Jesús, el nuevo sacrificio, donde Jesús se transfigura.
Por eso, no tenemos ya miedo, estamos en buenas manos, Jesús, “colgado de tus manos”, como decía la canción del verano: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?”. Siempre que tengo una pena puedo rezar: “Escúchame, Señor, que te llamo; ten piedad, respóndeme”. Él nos pide que le busquemos: “Oigo en mí corazón: «Buscad mi rostro.» Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro”. No se va, aunque a veces parece que juegue al escondite: no te vayas, que “tú eres mi auxilio. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor”.
En el mundo hay muchos que no quieren a Jesús porque no lo conocen, como dice San Pablo: “lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas. Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo. Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos asi, en el Señor, queridos”.
Y para animarnos, “Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros no se aguantaban de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: - «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decia: - «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.» Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que hablan visto”.
LA MONTAÑA MÁGICA que tenemos es la Misa, ahí  los montes Tabor y Calvario se unen hoy. El Tabor está en la llanura de Jezrael, al norte  de Palestina, a 562 metros sobre el nivel del mar y 500 sobre la llanura que lo rodea, una buena subida de 1 hora, como la joroba de un camello en medio de Galilea. El  Calvario, al sur, en los aledaños de la Ciudad Santa, es el monte del ocultamiento, de la  muerte de Dios. Tabor y Calvario, alegrías y penas se unen en la Cuaresma y en nuestras vidas, sonrisas y lágrimas, cruz y gloria, pasión y resurrección… hoy hay  que tomar el caramelo del Tabor para  animarnos y llenarnos de esperanza en el camino a la semana santa.Tabor y Calvario. ¡Qué bien se está aquí! Cuando lo pasamos bien, un buen pastel, o helado, o fresas con nata… pero otras veces nos cuesta estudiar, o nos ponemos enfermos, nos duele la barriga o la cabeza, las muelas o el orgullo, o se nos muere alguien a quien amamos, y la cosa cómo cambia, cambia la vida desde la cruz... que recordemos la montaña mágica, que con Jesús después de la cruz viene la gloria, el Tabor y volver a estar todos juntos y contentos, que no hay pena que dure mucho, que lo mejor siempre está por llegar, que todo será para bien. “Ilusión… pon tus sueños a volar”, como dice la canción. Jesús nos dice ante cualquier pena: “No temas… yo soy la Resurrección y la Vida… ¿tú crees en mí? Ten paciencia… donde yo estoy también estaréis vosotros”. Por eso dirá S. Pablo: «Ante esto, ¿qué diremos? Si Dios está  con nosotros, ¿quién contra nosotros?... ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La  tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada?  Estoy seguro de que, ni la vida, ni la muerte, ni los ángeles, ni los principados, ni lo  presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni otra criatura alguna  podrá separarnos del amor de Dios» (Rom 8,31-39).
¿Cómo llamar a esto: libertad, seguridad, gozo, paz, plenitud? ¿Shalom, felicidad, vivir sin miedo,  alegría, libertad interior, Hijos de la Omnipotencia, fe en la oración, solidez en mi Padre todopoderoso y todocariñoso, fortaleza, fuerza y salvación, euforia, júbilo? Así lo dice uno: “Aborrezco las luces deslumbrantes de ídolos y dioses fabricados.
No corro detrás de las luces atrayentes, espléndidas, de la gran ciudad.
No me dejo seducir por las luces sugerentes de la publicidad, con sus guiños malvados y engañosos:
"Coca-Cola: beba usted.
Carlos III: el amigo en la intimidad.
Fortuna: su tabaco ideal".
Ni me encantan las luces estimulantes de los escaparates o las discotecas.
Me ciega la luz de las estrellas rutilantes y me aburre la luz de las pantallas, grandes o pequeñas.
Son todo luces ficticias y vacías, luces débiles, mortecinas, grotescas, siniestras, fantasmagóricas, que se apagan a golpe de moda y se compran y venden por dinero.
Yo quiero una luz que nunca se apague, una luz que me encienda el corazón y las entrañas, y me convierta en una antorcha viva.
Yo busco una luz viva. "El Señor es mi luz".
Me encanta, Señor, la luz de tu Palabra: cada palabra es un lucero.
Me cautiva la luz de tus ojos: anuncian un océano de dicha.
Me puede la luz de tu costado: es la puerta del paraíso.
Me embriaga la luz de tu Espíritu: es un sol que enciende y no quema, un cielo de amores infinitos.
"Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro". Tu rostro es mi luz y mi salvación.
Tu rostro es mi encanto y mi diversión.
Tu rostro es mi manjar y mi canción.
Lo buscaré como la esposa al amado del alma.
Lo buscaré en la vigilia y en el sueño, en el trabajo y en el descanso, en el gozo y en el sufrimiento.
Lo buscaré siempre.
Pero no lo buscaré en el monte espléndido, ni cuando andaba sobre el mar.
Lo buscaré mejor hecho ascua viva de amor en el madero, ardiendo en la cera de su propia carne, alimentado con el aceite inextinguible del Espíritu.
Lo buscaré siempre en la cruz de cada día: en los pobres, enfermos y oprimidos, pequeños luceros escondidos que iluminan la noche del mundo” (Caritas).
La Iglesia es la familia que hizo Jesús, y cuando damos de comer a uno lo damos a Jesús, Jesús está en cada uno, pero ha hecho un pacto misterioso (no es “mágico” sino sacramental) y es que viene en la Misa, viaja cada vez: "Todo aquello que fue visible en nuestro Salvador  ha pasado ahora a los sacramentos" (papa san León Magno). Jesús, eres mi héroe y te tengo admiración, y quiero venir a verte cada domingo porque te presentas en tu fiesta, que organizas en mi pueblo, no tengo que ir muy lejos, vienes tú, como eres Dios lo puedes todo… te pido que me transformes en ti: quiero ser como tú, hazme como tú, transfigúrame día a día por dentro, hasta que un día en el cielo lo hagas del todo: “qué hermoso estar aquí…
-siempre que creemos o avanzamos en la amistad,
-siempre que ayudamos a ancianos, enfermos, algún niño que está marginado por los demás...,
-siempre que doy un beso a mamá, que pido perdón, que arreglo una pelea, que hago las paces, que vuelvo a empezar…
-siempre que la oración nos introduce en el mundo de Dios, etc. etc., podemos afirmar:  "Qué hermoso es estar aquí", ya que donde quiera que haya Vida, Dios está allí. Hay que vivirlas intensamente las "pequeñas transfiguraciones" que la vida nos ofrece (Vicenç Fiol).
El blanco es el color de Dios. El blanco  demuestra alegría y gloria, es signo de fiesta y de comienzo. Quiero cambiar un poco el color de mi vida, de mi fe, esperanza y caridad. Dejar de vestime de tiniebla, de apariencias, de decir mentiras para autodefenderme para no tener que mostrar a la luz mis manchas. Quiero meterme en la nube con Jesús cada día, conectar con Él, oír que Dios me dice: "Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle". Y luego ya sé que la vida sigue, la vida de cada día, con sus luces y sus sombras. Pero con Jesús.
 

Cuaresma I, sábado: Amar es la ley de los hijos   Libro del Deuteronomio 26, 16-19: Moisés habló al pueblo diciendo: “Hoy el Señor tu Dios te manda qu


Cuaresma I, sábado: Amar es la ley de los hijos
 
Libro del Deuteronomio 26, 16-19: Moisés habló al pueblo diciendo: “Hoy el Señor tu Dios te manda que cumplas estas leyes y decretos. Guárdalos y cúmplelos con todo el corazón y con toda el alma.
Hoy te has comprometido con el Señor a que Él sea tu Dios; a ir por sus caminos; a observar sus leyes...; y a escuchar su voz.
Y hoy el Señor se compromete a que seas su pueblo propio, como te lo había prometido... Él te elevará por encima de todas las naciones que ha hecho, en gloria, renombre y esplendor...”
 
Texto del Evangelio (Mt 5, 43-48): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial».
 
Comentario: Las palabras de amistad entre Yahvé y su pueblo elegido tienen expresiones de intimidad y mutuo compromiso admirables y de gran ternura. La gracia y la benevolencia de Dios se realizan en la humanidad de forma histórica y concreta. Dios quiere manifestar su amor por los hombres, amando y siendo fiel a un pueblo, Israel; éste, a su vez, se compromete a ser obediente a la Ley de Dios. Se establece una especie de contrato bilateral, compromiso mutuo de dos libertades (vv. 17-18): "Yo seré tu Dios (v. 17) y tú serás mi pueblo propio" (vv. 18-19) El pueblo se había apartado de su Dios, y tenía necesidad de tener un corazón de carne y no un corazón de piedra (Jer 31) para responder a la acción de Dios. Se prepara así ya la encarnación: no se salvará al hombre sin el hombre y sin una fidelidad total a la condición humana (Maertens-Frisque). Se prepara así la Iglesia, pueblo de Dios creado en el momento en que es elegido.
Seguiremos el comentario de Ratzinger a las lecturas de este día: “Con la oración del sábado volvemos al principio de la semana. El centro de esta oración es la palabra «Converte». Aparece así de nuevo el hilo conductor, el objetivo de la Cuaresma: la conversión. Todos los textos de la Cuaresma no son más que interpretaciones y aplicaciones de esta realidad, de la que todo depende en nuestra vida”.
1. Como el lunes, le pedimos a Dios el don de la conversión, con las palabras «Pater aeterne». “La oración señala la dirección de la conversión: queremos volver a la casa del Padre; la conversión es un retorno. En la conversión buscamos al Padre, la casa del Padre, la patria”. Todos necesitamos un hogar, una patria. “Con estas palabras, la oración alude a la descripción clásica del camino de la conversión, a la parábola del hijo pródigo. El joven de la parábola no se limita a emigrar solamente; su alma, y no sólo su cuerpo, vive en una «tierra lejana». Víctima de su arrogancia, perdida la verdad de su ser, se ha exiliado, ha salido fuera de la casa paterna. Olvidado de Dios y de sí mismo, vive lejos del Padre, en la «regio disimilitudinis», como dicen los Padres; en las tinieblas de la muerte. La vida fuera de la verdad es camino que conduce a la muerte. En consecuencia, también el retorno a la patria comienza por una peregrinación interior: el hijo encuentra de nuevo la verdad”. Juan Pablo II decía: «Semejante visión en la verdad constituye la auténtica humildad» (Dives in misericordia IV, 6). Se trata de un viaje interior que llega a su término en la confesión: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti». La conversión es un «obrar la verdad», afirma San Agustín, interpretando a San Juan: «El que obra la verdad viene a la luz» (Jn 3,21). “El reconocimiento de la verdad se realiza en la confesión; en la confesión venimos a la luz; en la confesión, que ya se ha hecho realidad en tierra lejana, el hijo cubre la distancia, salva el abismo que le separa de la patria; en virtud de la confesión entra de nuevo en la verdad y, en consecuencia, en el amor del Padre, el cual ama la verdad, es la verdad: el amor del Padre abre definitivamente las puertas de la verdad”.
La figura del hermano mayor es enigmática, hay quien habla de la parábola de los dos hermanos (como también se llama la parábola del padre misericordioso, pues es una imagen de Dios). “Con la figura de los dos hermanos, el texto se sitúa en la estela de una larga historia bíblica, que se inicia con el relato de Caín y Abel, continúa con los hermanos Isaac e Ismael, Jacob y Esaú, y es interpretada de nuevo en diferentes parábolas de Jesús. En la predicación de Jesús, la figura de los dos hermanos refleja, ante todo, el problema de la relación Israel-paganos. En esta parábola, es fácil descubrir el mundo pagano en la figura del hijo más joven, que ha dilapidado su vida lejos de Dios”. La carta a los Efesios, por ejemplo, dice a los paganos: «Vosotros, que estabais lejos» (2,17). La descripción de los pecados del mundo pagano en el primer capítulo de la carta a los Romanos parece evocar los vicios del hijo pródigo. “Por otra parte, no es difícil ver en el hijo mayor al pueblo elegido, a Israel, que siempre ha permanecido fiel en la casa del Padre”. Es Israel el que expresa su amargura en el momento de la vocación de los paganos, que están exentos de las obligaciones de la Ley: «Hace ya tantos años que te sirvo sin jamás haber traspasado tus mandatos» (Lc 15,29). Es Israel el que se indigna y se niega a participar en las bodas del hijo con la Iglesia. La misericordia de Dios invita a Israel, suplica a Israel que entre, con las palabras: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todos mis bienes tuyos son» (v.31).
“Pero es todavía más amplio el significado de este hermano mayor. En cierto sentido, representa al hombre fiel; es decir, representa a aquellos que se han mantenido al lado del Padre y no han transgredido sus mandamientos. Con la vuelta del pecador se enciende la envidia, aparece el veneno hasta entonces oculto en el fondo de sus almas. ¿Por qué esta envidia? La envidia revela que muchos de estos «fieles» ocultan también en su corazón el deseo de la tierra lejana y de sus promesas. La envidia muestra que semejantes personas no han llegado a comprender realmente la belleza de la patria, la felicidad que se expresa en las palabras «todos mis bienes tuyos son», la libertad del que es hijo y propietario; así se hace patente que también ellos desean secretamente la felicidad de la tierra lejana; que, con el deseo, han salido ya hacia esa tierra, y no lo saben ni lo quieren reconocer. La pérdida de la verdad es en este caso muy peligrosa: no se percibe la urgencia de la conversión. Y, a lo último, no entran a la fiesta; al final se quedan fuera”. Este es el sentido de estas palabras tremendas: «Y tú, Cafarnaúm, ¿te levantarás hasta el cielo? Hasta el infierno serás precipitada. Porque si en Sodoma se hubieran realizado los milagros obrados en ti, hasta hoy subsistiría. Así, pues, os digo que el país de Sodoma será tratado con menos rigor que tú el día del juicio» (Mt 11,23-24).
“La figura del hermano mayor nos obliga a hacer examen de conciencia; esta figura nos hace comprender la reinterpretación del Decálogo en el Sermón de la Montaña. No sólo nos aleja de Dios el adulterio exterior, sino también el interior; se puede permanecer en casa y, al mismo tiempo, salir de ella. De este modo comprendemos también la «abundancia», la estructura de la justicia cristiana, cuya piedra de toque es el «no» a la envidia, el «sí» a la misericordia de Dios, la presencia de esta misericordia en nuestra misericordia fraterna” (lo hemos destacado, pues es de suma importancia).
2. Siguiendo la colecta de hoy (también en su redacción anterior) vemos que conversión es descubrimiento de la primacía de Dios. «Operi Dei nihil praeponatur»; este axioma de San Benito no se refiere únicamente a los monjes, sino que debe constituirse en regla de vida para todo hombre. “Donde se reconoce a Dios con todo el corazón, donde se tributa a Dios el honor debido, también el hombre halla su centro. La definición, tanto del paraíso como de la ciudad nueva, es la presencia de Dios, el habitar con Dios, el vivir en la luz de la gloria de Dios, en la luz de la verdad”. Cuando ponemos a Dios primero, todo tiene su lugar, no se absolutiza ningún sentimiento nocivo: «Buscad primero el reino y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura» (Mt 6,33).
El ateísmo es deshumanizador: “Es ésta una regla que me parece sumamente importante en la situación que vivimos hoy. Ante la miseria ingente que sufren tantos países del Tercer Mundo, muchos, incluso buenos cristianos, piensan que hoy ya no es posible atenerse a este mandato; piensan que ha de diferirse durante un cierto tiempo el anuncio de la fe, el culto y la adoración, y tratar primero de dar solución a los problemas humanos. Pero con semejante inversión crecen los problemas, se incrementa la miseria. Dios es y será siempre la necesidad primera del hombre, de suerte que allí donde se pone entre paréntesis la presencia de Dios, se despoja al hombre de su humanidad, se cae en la tentación del diablo en el desierto y, a la postre, no se salva al hombre, sino que se le destruye”.
La primacía de Dios alude en nuestra oración de hoy al relato de Marta y María: «Porro unum est necessarium» (Lc 10,42) –una cosa sola es necesaria: del estar con el Señor, de la escucha de su palabra, del «buscad primero el reino de Dios», salen las obras de amor y el trabajo para la renovación del mundo.
3. Era tradición de la Iglesia que la primera semana de Cuaresma fuera la semana de las Cuatro Témporas de primavera. “Las Cuatro Témporas representan una tradición peculiar de la Iglesia de Roma; sus raíces se encuentran, por una parte, en el Antiguo Testamento -donde, por ejemplo, el profeta Zacarías habla de cuatro tiempos de ayuno a lo largo del año-, y por otra, en la tradición de la Roma pagana, cuyas fiestas de la siembra y de la recolección han dejado su huella en estos días. Se nos ofrece así una hermosa síntesis de creación y de historia bíblica, síntesis que es un signo de la verdadera catolicidad. Al celebrar estos días, recibimos el año de manos del Señor; recibimos nuestro tiempo del Creador y Redentor, y confiamos a su bondad siembras y cosechas, dándole gracias por el fruto de la tierra y de nuestro trabajo. La celebración de las Cuatro Témporas refleja el hecho de que «la expectación ansiosa de la creación está esperando la manifestación de los hijos de Dios» (Rom 8,19). A través de nuestra plegaria, la creación entra en la Eucaristía, contribuye a la glorificación de Dios.
Las Cuatro Témporas recibieron en el siglo V una nueva dimensión significativa; pasaron a ser fiestas de la recolección espiritual de la Iglesia, celebración de las ordenaciones sagradas. Tiene un sentido profundo el orden de las estaciones correspondientes a estos tres días: miércoles, Santa María la Mayor; viernes, Los doce Apóstoles; sábado, San Pedro. En el primer día, la Iglesia presenta los ordenandos a la Virgen, a la Iglesia en persona. Al meditar en este gesto, nos viene a la memoria la plegaria mariana del siglo III: «Sub tuum praesidium confugimus», Bajo tu amparo nos acogemos. La Iglesia confía sus ministros a la Madre: «He ahí a tu madre». Estas palabras del Crucificado nos animan a buscar refugio junto a la Madre. Bajo el manto de la Virgen estamos seguros. En todas nuestras dificultades podemos acudir siempre, con una confianza sin límites, a nuestra Madre. Este gesto del miércoles de las Cuatro Témporas se refiere a nosotros. Como ministros de la Iglesia, somos «asumidos» en virtud de este ofrecimiento que representa el verdadero principio de nuestra ordenación. Confiando en la Madre, nos atrevemos a abrazar nuestro servicio”.
La primera semana de Cuaresma es la semana de la siembra. “Confiamos a la bondad de Dios los frutos de la tierra y el trabajo de los hombres, para que todos reciban el pan cotidiano y la tierra se vea libre del azote del hambre. Confiamos también a la bondad de Dios la siembra de la palabra, para que reviva en nosotros el don de Dios, que hemos recibido por la imposición de las manos del obispo (2 Tim 1,6) en la sucesión de los Apóstoles, en la unidad con Pedro. Damos gracias a Dios porque nos ha protegido siempre en las tentaciones y dificultades, y le pedimos, con las palabras de la oración de la comunión, que nos otorgue su favor, es decir, su amor eterno, Él mismo, el don del Espíritu Santo, y que nos conceda también el consuelo temporal que nuestra frágil naturaleza necesita”. Oramos bajo el manto de la Madre. Oramos con la confianza de los hijos. Permanecen vigentes las palabras del Redentor: «Confiad; yo he vencido al mundo» (Jn 16,33; cf. Joseph Ratzinger, “El camino pascual”, pp. 59-65).
4. El evangelio de hoy nos pone delante un ejemplo muy concreto de este estilo de vida que Dios quiere de nosotros. Jesús nos presenta su programa: amar incluso a nuestros enemigos (la expresión “odiar a los enemigos no venía en la ley de Moisés, sino que era de la interpretación rabínica, que Jesús desmonta). “El pasaje recapitula las enseñanzas anteriores. El Señor llega a establecer que el cristiano no tiene enemigos personales” (Biblia de Navarra, com. ad loc.). La expresión final «sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo» está citada en Lumen gentium 40 como el reclamo divino a la llamada universal a la santidad, aunque no se refiere el contexto tanto a tener el poder de Dios sino a beber de su amor y misericordia: ése es el sentido profundo de la santidad, que es exigente: incluye amar a todos, ser misericordiosos y entregados por los demás, y poner buena cara incluso a los que ni nos saludan. «La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma» (entrada), y «dichoso el que camina en la voluntad del Señor» (salmo). ¿Cuál? Participar de la misericordia divina: «Si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis?...  Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (evangelio).
Amar no solo es aceptar las diferencias... La propuesta de Jesús contrasta las actitudes muy radicalmente: amar, hacer el bien y orar antes que todo en relación a los enemigos, a quienes nos aborrecen y a quienes nos persiguen.
“Dios promulgó en el Sinaí su voluntad a Israel. Allí mostró al pueblo, en razón de su camino incipiente de principiantes, el boceto de su divino querer. Como el bulbo de una azucena, que necesita desarrollo y madurez, para convertirse en una flor, así la ley del Señor estaba aún en embrión. Jesús va a actuar como un pintor que, aplicando los colores sobre un boceto hecho al carbón, (Teofilacto), no sólo no destruye el boceto, sino que lo completa, lo perfecciona, lo embellece, y le da mayor realismo. Jesús rejuvenece la Ley Antigua, (Fillion) que, aparte de ser camino de principiantes, había sido deformada por un rabinismo leguleyo, y había degenerado en un formalismo rudimentario, que con frecuencia sólo exigía actos externos. Jesús nos ha enseñado el proyecto de Dios para el hombre, que ya promulgado en el Sinaí, necesitaba desarrollo, progreso y madurez. Necesitaba amor: "No he venido a abolir la ley, sino a perfeccionarla" (Mt 5,17). Lo que era semilla, lo desarrolló y se convirtió en árbol: lo que era flor, lo transformó en fruto. Jesús dirigió su mirada, más que a los actos, al corazón en sentido bíblico, que es todo el ser interior del hombre, porque "del corazón salen las malas ideas: los homicidios, adulterios, inmoralidades, robos, testimonios falsos, calumnias". "Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo os digo: Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian" (Mt 5,45. Parece que Jesús nos señala un camino inalcanzable. Y es verdad si contamos con las fuerzas solas de la naturaleza humana, que sólo siente inclinación a amar a los que le aman y conceder favores a los amigos. Por eso Jesús dice que así todavía somos paganos. Aún no somos discípulos suyos. No nos hemos convertido. ¿Cómo poder hacer lo que nos propone? Él derrama su Espíritu sobre nosotros para que poco a poco vayamos amando como Él, con su fuerza y energía. En un mundo atacado por la peste de la guerra e infectado de odio, orgullo y revancha, ¡cuánta falta hacen bautizados convertidos, hombres de amor!
En la adhesión del hombre a la voluntad de Dios, consiste su felicidad. Por eso el salmista canta: "Dichoso el que con vida intachable camina en la voluntad del Señor. Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes, y lo seguiré puntualmente; enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón" (Salmo 118: J. Martí Ballester).
“El Evangelio nos exhorta al amor más perfecto. Amar es querer el bien del otro y en esto se basa nuestra realización personal. No amamos para buscar nuestro bien, sino por el bien del amado, y haciéndolo así crecemos como personas” (Juan Costa Bou). El ser humano, afirmó el Concilio Vaticano II, “no puede encontrar su plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”, y añadía Juan Pablo II, «el hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente».
“¿Cómo tirar piedras contra nuestros enemigos si en el fondo nosotros nos parecemos a ellos? Ver al prójimo en su intimidad, llegar hasta el fondo de su alma es considerar que tantas veces no es tal vez verdadera maldad la suya, sino fatalidad, herencia, miseria humana. Vernos a nosotros por dentro es percibir que también lo nuestro es muchas veces maldad y miseria humana. Compartimos todos la culpa y miseria común de la humanidad. Es verdad que algunos asesinan con las manos, pero nosotros tal vez asesinamos con el corazón.
Hubo alguien que en la vida no devolvió mal por mal, injuria por injuria, insulto por insulto. Hubo alguien que de esta manera llenó el mundo de luminosidad y bondad. Volvamos los ojos a Él, fijemos nuestra mirada en Él. De seguro que algo comenzará a ser de otra manera en nuestra vida.” (P. Gª Barriuso cmf)
 
 
 

Cuaresma I semana, viernes: Dios quiere nuestra conversión, que se manifieste en el amor a los demás


Cuaresma I semana, viernes: Dios quiere nuestra conversión, que se manifieste en el amor a los demás
 
Libro de Ezequiel 18,21-28: Pero si el malvado se convierte de todos los pecados que ha cometido, observa todos mis preceptos y practica el derecho y la justicia, seguramente vivirá, y no morirá. Ninguna de las ofensas que haya cometido le será recordada: a causa de la justicia que ha practicado, vivirá. ¿Acaso deseo yo la muerte del pecador -oráculo del Señor- y no que se convierta de su mala conducta y viva? Pero si el justo se aparta de su justicia y comete el mal, imitando todas las abominaciones que comete el malvado, ¿acaso vivirá? Ninguna de las obras justas que haya hecho será recordada: a causa de la infidelidad y del pecado que ha cometido, morirá. Ustedes dirán: "El proceder del Señor no es correcto". Escucha, casa de Israel: ¿Acaso no es el proceder de ustedes, y no el mío, el que no es correcto? Cuando el justo se aparta de su justicia, comete el mal y muere, muere por el mal que ha cometido. Y cuando el malvado se aparta del mal que ha cometido, para practicar el derecho y la justicia, él mismo preserva su vida. El ha abierto los ojos y se ha convertido de todas las ofensas que había cometido: por eso, seguramente vivirá, y no morirá.
 
Salmo 130,1-8: Canto de peregrinación. Desde lo más profundo te invoco, Señor, / ¡Señor, oye mi voz! Estén tus oídos atentos al clamor de mi plegaria. / Si tienes en cuenta las culpas, Señor, ¿quién podrá subsistir? / Pero en ti se encuentra el perdón, para que seas temido. / Mi alma espera en el Señor, y yo confío en su palabra. / Mi alma espera al Señor, más que el centinela la aurora. Como el centinela espera la aurora, / espere Israel al Señor, porque en él se encuentra la misericordia y la redención en abundancia: / él redimirá a Israel de todos sus pecados.
 
Texto del Evangelio (Mt 5,20-26): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal’. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego.
Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo».
 
Comentario: 1. –Ezequiel 18,21-28: ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado y que no se convierta de su camino y viva? Cada uno es responsable ante Dios. Por eso se invita una vez más a la conversión y al cambio de vida, tan apropiado en este tiempo de Cuaresma, pues la eficacia de la auténtica penitencia es la conversión personal del corazón a Dios. Colecta: «Que tu pueblo, Señor, como preparación a las fiestas de Pascua, se entregue a las penitencias corporales, y que nuestra austeridad comunitaria sirva para la renovación espiritual de tus fieles». Pero podemos y debemos orar por la conversión de los demás. La penitencia debe restablecer de nuevo el orden alterado, haciendo desaparecer nuestro alejamiento de Dios y nuestro apego desordenado a las criaturas. El alma debe retornar a Dios por el arrepentimiento: «Convertíos a Mí de todo corazón». A la conversión interior deben acompañar las obras externas de penitencia, la mortificación, que tiene muchos aspectos: ayuno, abstinencia, abnegación, paciencia... realizadas con gran discreción, sin hacer alardes de personas austeras. El cristianismo es la religión de la interioridad, no de la ostentación y vana apariencia ante los hombres. La piedad cristiana tiene por único objeto a Dios y a su voluntad. Y el fundamento de esta piedad es el amor. La conversión ha de mostrarse en las buenas obras: ser más caritativos, más serviciales, más cariñosos, más amables, más desprendidos, más bondadosos. Dice San Clemente Romano: «Seamos humildes, deponiendo toda jactancia, ostentación e insensatez, y los arrebatos de la ira... Como quiera, pues, que hemos participado de tantos y tan grandes y tan ilustres hechos, emprendamos otra vez la meta de la paz que nos fue anunciada desde el principio y fijemos nuestra mirada en el Padre y Creador del universo, acogiéndonos a los magníficos y superabundantes dones y beneficios de su paz» (Carta a los Corintios 19,2; cf. P. Manuel Garrido).
Ratzinger pone en relación los textos del profeta y del Evangelio: “La liturgia de la palabra propia de este día es una catequesis sobre la justicia cristiana, una respuesta a la pregunta: ¿Quién es justo a los ojos de Dios? ¿Cómo podemos ser justificados? De esta suerte, se nos ofrece también la respuesta a la cuestión de la ley, la definición de la ley nueva, de la ley de Cristo y de la relación que media entre ley y espíritu, todo ello comprendido en la unidad de la salvación, en la que se da ciertamente progreso, purificación y ahondamiento, pero que no se halla sujeta a ningún género de dialéctica antagónica”. Ezequiel representa un gran avance en el desarrollo de la idea bíblica de justicia. Hay dos puntos importantes:
a) “También el Dios del Antiguo Testamento es un Dios de amor, un verdadero Padre para sus criaturas. Este Dios es la vida; la muerte, pues, viene a contradecir frontalmente la realidad misma de Dios. Dios no puede querer su contrario. En consecuencia, también para su criatura es Dios un Dios de vida. La muerte de la criatura es -hablando en términos humanos- un fracaso para Dios, un alejarse de El. Por esta razón, Dios quiere la vida para su criatura, no el castigo; quiere para ella la vida en su sentido más pleno: la comunicación, el amor, la plenitud del ser la participación en el gozo de la vida, en la gracia del ser”. El texto de hoy dice: «¿Quiero yo acaso la muerte del impío, dice el Señor Dios, y no que se convierta de su mal camino y viva?» (Ez 18,23). Ahora podríamos establecer una relación con el texto de Oseas 11,8-9 que leemos el día del Sagrado Corazón: lo dejamos para esa ocasión. Podemos simplificar la reflexión sobre la medida de la justicia diciendo: “puesto que Dios es esencialmente vida, le correspondemos comprometiéndonos en favor de la vida, luchando contra el dominio de la muerte, contra todas sus emboscadas; en una palabra: entregándonos al servicio de la vida en su sentido más pleno, al servicio del reino de la verdad y del amor”.
b) Pasamos de momento a un comentario de Noel Quesson: En los años del destierro que siguieron a la caída de Jerusalén, la Alianza se había roto, el templo destruido, la ciudad santa arrasada por las llamas, sin culto que les permitiera reconciliarse, víctimas del pasado y sin esperanzas de futuro. Para los desterrados era un amargo presente, cundió el desánimo al pensar que era consecuencia de los pecados, y surgió la tentación de vivir como vivían los de su alrededor, ahogados por el materialismo de una nación poderosa y rica en comodidades, cultos y festejos. Entonces surge Ezequiel, que formula el principio de responsabilidad personal, ya anunciada por Jeremías: “el que peque, ese morirá". No niega el principio de solidaridad en la culpa, sencillamente lo completa. Cada uno debe situarse responsablemente ante Dios. El pasado de las generaciones anteriores no cuenta en la responsabilidad moral de cada individuo; ni siquiera el pasado personal cuenta en la relación actual del hombre con Dios, si es que ha habido un cambio: la conversión. Lo que importa es la conducta personal y actual. El profeta quiere arrancar a los israelitas de un abuso de la solidaridad en el mal o en el bien: escamotear la responsabilidad personal, creer que se cae sin remedio en malas consecuencias por los males del pasado, y creer que por pertenecer a un pueblo oficialmente religioso y "elegido" ya están salvados. No, les dice el profeta, lo importante es la conversión, la conversión incesante: Entrada: «Señor, ensancha mi corazón oprimido y sácame de mis tribulaciones. Mira mis trabajos y mis penas y perdona todos mis pecados» (Sal 24,17-18). No podemos apalancarnos, ahorrarnos la búsqueda personal de Dios y la conversión a él. "Si no sois mejores que los letrados y fariseos no entraréis en el Reino de los cielos" (Mt 5, 20). Hemos quitado los “estados de perfección”, pues de lo que se trata es en encontrar cada “la perfección en su propio estado”. Buda decía alegóricamente: "si encuentras a Dios, mátalo". Se puede entender en el sentido de que: Si ya tienes una imagen de Dios, destrózala, porque Dios no se parece a esa imagen, está más allá y debes de seguir buscándolo. San Agustín dice: "Si lo comprendes, ya no es Dios".
Pero podemos conocerlo, de modo más limitado con la inteligencia, y de modo más perfecto con el amor, en Jesús, que hoy nos pide que nuestra bondad llegue hasta lo más profundo de nuestro ser... que no nos contentemos con evitar cualquier gesto exterior que pueda dañar, sino que, en primer lugar y ya interiormente «estemos de acuerdo» con nuestros adversarios: se nos pedirá cuenta. Ezequiel insiste también sobre la «bondad» y sobre la «responsabilidad». ¡Dios se ha comprometido en el gran combate contra la "maldad"! Está por el "derecho y la justicia."
Volvamos a Ratzinger: Ezequiel muestra el personalismo claro y decidido que acabamos de ver, superación de colectivismo arcaico, sin destino personal distinto del que tiene el clan. “Descubrimos aquí la emancipación, la liberación de la persona en virtud de su destino único y singular. Esta liberación, el descubrimiento de la unicidad de la persona, es el corazón de la libertad. Esta liberación es el fruto de la fe en Dios-persona, o mejor aún: esta liberación proviene de la revelación de Dios-persona. La liberación, y con ella la libertad misma desaparece -no al instante, por supuesto, pero sí con una lógica implacable- cuando este Dios se pierde de vista en el mundo. Este Dios no es -como dicen los marxistas- instrumento de esclavitud; la historia nos enseña exactamente lo contrario: el valor indestructible de la persona humana depende de la presencia de un Dios personal”.
2. – Sal. 129. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y que viva. La conversión es siempre posible y Dios actúa para que se realice. Por muy abrumados que nos veamos por nuestras culpa, nunca hemos de desesperar de la misericordia del Señor. Con el Salmo 129 expresamos esa confianza: «Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón y así infundes respeto. Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora; porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y Él redimirá a Israel de todos sus delitos». La auténtica reconciliación no sólo lleva a perdonar las faltas de quienes nos hayan ofendido, sino que debe llevarnos a dar al olvido todo aquello con lo que fuimos dañados por los demás. Cuando Dios nos perdona en verdad olvida nuestras culpas; no nos echa en cara que malgastamos su fortuna en maldades y vicios, sino que sólo se alegra porque hemos vuelto a Él y nos recibe como a hijos suyos, sentándonos nuevamente a su mesa y calzando nuestros pies con sandalias nuevas para convertirnos nuevamente en testigos suyos en los caminos del mundo. Confiemos siempre en el amor del Señor y en su misericordia. Pero, al mismo tiempo, aceptemos el compromiso de dar a conocer a los demás lo misericordioso que Dios ha sido para con nosotros para que también ellos vuelvan al Señor y experimenten su amor.
3. –Mateo 5,20-26: Los contenidos del evangelio de este día no son más que ejemplificación del principio de la abundancia (que veremos al tratar la multiplicación de los panes): la interpretación cristiana del decálogo, que no es abolición, sino plenitud de la Ley y de los Profetas (Mt 5,17). La estructura cristológica del Sermón de la Montaña es muy clara: “la antítesis: «... se dijo a los antiguos, pero yo os digo», nos viene a indicar el sentido de la nueva legislación predicada por Jesús en este nuevo Sinaí. Con estas palabras, Jesús se revela como el nuevo y verdadero Moisés, con el que se inicia la nueva alianza, el cumplimiento de la promesa que Dios hizo a los Padres: «El Señor, tu Dios, te suscitará de en medio de ti, de entre tus hermanos, un profeta como yo; a él le oirás» (Dt 18,15). Las palabras que hallamos al final del Deuteronomio, palabras que suenan como el lamento de un Israel afligido, como una plegaria urgente para que Dios se acuerde de su promesa: «No ha vuelto a surgir en Israel el profeta semejante a Moisés, con quien cara a cara tratase Yahveh» (Dt 34,10), estas palabras llenas de tristeza y de resignación son superadas por el gozo del Evangelio. Ha surgido el nuevo Profeta, aquel cuyo distintivo es tratar con Dios cara a cara. La antítesis respecto a Moisés implica esta sublime realidad; implica que lo esencial del nuevo Profeta es este hablar con Dios cara a cara, en calidad de amigo.
Pero, según este pasaje evangélico, Cristo es más que un Profeta, más que un nuevo Moisés. Para «ver» este anuncio del Evangelio debemos concentrar en su lectura toda nuestra atención. La antítesis no es «Moisés dijo», «yo digo»; la antítesis es «se dijo», «Yo digo». Esta pasiva «se dijo» es la forma hebraica de velar el nombre de Dios. Para evitar el santo nombre y también la palabra «Dios» se usa la voz pasiva, y todos saben que el sujeto que no se nombra es Dios. En nuestra lengua, pues, la antítesis debe traducirse así: «Dios dijo a los antiguos, pero yo os digo». Esta afirmación corresponde exactamente a la realidad histórica y teológica, porque el Decálogo no fue palabra de Moisés, sino palabra de Dios, de quien Moisés fue únicamente mediador. Si meditamos en este resultado descubrimos algo inaudito: la antítesis es «Dios dijo». «Yo digo»; en otras palabras: Jesús habla al mismo nivel de Dios; no solamente como un nuevo Moisés, sino con la misma autoridad de Dios. Este «Yo» es un Yo divino. No faltan incluso exegetas protestantes que afirman que no es posible otra interpretación y que estas palabras no pueden haber sido inventadas por la comunidad primitiva, que se inclinaba más bien a mitigar los contrastes. Dios dijo a los antiguos; el mismo Dios no nos dice algo distinto en el Yo de Cristo, sino algo nuevo: «Lo viejo pasó, se ha hecho nuevo» (2 Cor 5,17) El Señor del Sermón de la Montaña es el mismo al que se refiere San Pablo con estas palabras; el mismo del que habla el Apocalipsis de San Juan: «He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). La oración después de la comunión de este día está en consonancia con estos testimonios: «Señor, que esta eucaristía nos renueve para que, superando nuestra vida caduca, lleguemos a participar de los bienes de la redención»” (Joseph Ratzinger, “El camino pascual”).
Jesús nos lleva a ser "buenos" hasta el fondo del ser, amar hasta a nuestros enemigos: -“Habéis oído que se dijo a los antiguos: "No matarás"... Pero yo os digo: "No os irritéis contra vuestro hermano..."” ¡Qué diferencia, en efecto! Jesús viene a completar la Ley. Moisés había prohibido matar. Esto era ya encaminar la humanidad hacia la no violencia, hacia el amor fraterno. Pero todo quedaba muy elemental, muy negativo. Jesús va hasta el fondo del problema. Interioriza la ley: no es sólo el gesto exterior lo malo, lo es ya la "cólera" que puede inducir a ello... y las injurias verbales, las disputas que envenenan las relaciones humanas. Llamar a alguien "imbécil" o "descreído" es ya ser culpable de no-amar. A la luz de estas palabras, examino mis relaciones humanas. En este tiempo de cuaresma, es bueno proyectar esa luz exigente sobre mis relaciones cotidianas. ¿Me dejo llevar por mi temperamento? ¿Soy despreciativo? ¿Soy duro en mis palabras?
-“Si vas a presentar tu ofrenda ante el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar...” Si hay discordia entre los hombres, la relación con Dios también se rompe. ¡Dios rehúsa la muestra de amor que pretendemos darle, cuando no amamos también a sus hermanos! Y la pobre "ofrenda" queda allí, en "pana" ante el altar... Dios se hace fiador de nuestras relaciones humanas. Nos dice: Antes de tener relaciones correctas conmigo, tenedlas primero entre vosotros. La caridad fraterna pasa delante del culto. –“Ve primero a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda”. No se trata aquí de un sentimentalismo fácil que evite las verdaderas cuestiones. Supongamos que ha habido una fisura. Se han disputado y ya no se hablan: no se trata tampoco de que el otro dé el primer paso, como suele decirse. "Estoy dispuesto... cuando él quiera, por mi parte estoy a punto". Jesús afirma, precisamente, la postura inversa: Es suficiente que yo me dé cuenta de que el otro tiene algo contra mí... debo yo ir a su encuentro, dar el primer paso. Comprometerse en la reconciliación. Es un principio esencial de supervivencia, para las personas, las familias, las profesiones, las razas, los grandes bloques, y simplemente... de una generación a otra.
“Vete primero a reconciliarte con tu hermano”. El arrepentimiento del cristiano se demuestra ante todo en el deseo de practicar la justicia. La Cuaresma es el tiempo más edecuado para el perdón de las injurias y para la reconciliación. No es posible tener odio al hermano y participar en la Eucaristía, sacramento del Amor. Esta doctrina pasó desde el Evangelio a la literatura cristiana. Ya aparece en el libro más antiguo del cristianismo, no bíblico, la Didajé, de fines del siglo primero. Y así se ha seguido enseñando en la Iglesia hasta nuestros días. San León Magno lo expone con frecuencia en sus sermones de Cuaresma. En el dice: «Vosotros, amadísimos, que os disponéis para celebrar la Pascua del Señor, ejercitaos en los santos ayunos, de modo que lleguéis a la más santa de todas las fiestas libres de toda turbación. Expulse el amor de la humildad el espíritu de la soberbia, fuente de todo pecado, y mitigue la mansedumbre a los que infla el orgullo. Los que con sus ofensas han exasperado los ánimos, reconciliados entre sí, busquen entrar en la unidad de la concordia. No volvais mal por mal, sino perdonaos mutuamente, como Cristo nos ha perdonado (Rom 12,17). Suprimid las enemistades humanas con la paz... «Nosotros, que diariamente tenemos necesidad de los remedios de la indulgencia, perdonemos sin dificultad las faltas de los otros. Si decimos al Señor, nuestro Padre: “perdónanos nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6,12), es absolutamente cierto que, al conceder el perdón a las ofensas de los otros, nos disponemos nosotros mismos para alcanzar la clemencia divina».
Por tanto, se nos invita a pensar en nuestra conversión cuaresmal con el recuerdo de que cada uno es responsable de sus propias actuaciones: no vale echar la culpa a los antepasados o a la sociedad o a los otros. Lo propio de Dios no es castigar y estar espiando nuestra falta, sino que quiere que todos se conviertan de sus caminos y vivan, y está siempre dispuesto a acoger al que vuelve a él. Es lo que subraya más el salmo de hoy: «de ti procede el perdón... del Señor viene la misericordia y él redimirá a Israel de todos sus delitos». Programa exigente, que llega a actitudes interiores, además de los hechos exteriores: los juicios, las intenciones, las envidias y rencores. Sí, existe el pecado colectivo y las estructuras de pecado de las que habla Juan Pablo II en sus encíclicas sociales. Pero cada uno de nosotros es pecador y tenemos nuestra parte de culpa y debemos volvernos hacia Dios en el camino de la Pascua. En concreto, se nos pide: «Ve primero a reconciliarte con tu hermano». No esperes a que venga él: da tú el primer paso. Deberíamos tomar más en serio lo que se nos dice antes de la comunión en cada Misa: «daos fraternalmente la paz». «Señor, ensancha mi corazón oprimido y sácame de mis tribulaciones» (entrada). Se nos pide que participemos en los sentimientos divinos: «¿Acaso quiero yo la muerte del malvado y no, que se convierta de su camino y que viva?» (1ª lectura). «Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa» (salmo; cf. J. Aldazábal, “Enséñame tus caminos”) y lo que está mandado no es «no matar» (porque lo contrario ciertamente sería la contradicción más flagrante contra el amor), sino «amar». No haciendo nada malo se puede cumplir con el mandamiento de no matar, pero no se cumple con el de amar. Pecado es no sólo lo malo que hacemos (pecados que cometemos, pecados de «comisión») sino lo mucho bueno que nos dejamos de hacer (pecados de «omisión», que se cometen precisamente «no haciendo»). «No haciendo» se podría cumplir tal vez la ley de los letrados y fariseos, pero no la de Jesús (Servicio Bíblico Latinoamericano). Así nos lo recuerda el salmo responsorial: “Señor, escucha mi voz, estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica”. En ese ponernos de cara a Dios, esperando confiadamente, con deseo, “más que el centinela a la aurora”, nos encontramos en tiempo de reconocer, tiempo de confiar. Por encima de todo, “mi alma espera en el Señor” (Mila). Hoy, primer viernes de Cuaresma, vamos a poner los ojos en familiares, miembros de una comunidad, socios de una empresa, ciudadanos de un pueblo, hijos de esta tierra amplia y dilatada donde se multiplican las discordias, odios, olvidos, injusticias, insolidaridad, y apliquemos lo dicho. Si una palabra nos distanció en un invierno de hielo, una palabra puede ser el comienzo de una nueva comunión, y para ello tenemos la fuerza de la Eucaristía, como pedimos en la Postcomunión: «Señor, que esta Eucaristía nos renueve, y, purificándonos de la corrupción del pecado, nos haga entrar en comunión con el misterio que nos salva».