sábado, 13 de febrero de 2010

Domingo 6º, ciclo C: ante la vida se abren dos caminos: el mal, que conduce al fracaso y a la destrucción de uno mismo, y el de amor y renuncia que ll

Domingo 6º, ciclo C: ante la vida se abren dos caminos: el mal, que conduce al fracaso y a la destrucción de uno mismo, y el de amor y renuncia que lleva a la felicidad y a Dios, y está hecho vida en Jesús y sus bienaventuranzas.
 
Lectura del libro de Jeremías 17,5-8. Así dice el Señor: «Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita. Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto.»
 
Salmo responsorial Sal 1,1-2.3.4 y 6. R. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.
Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche.
Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin.
No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal.
 
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 15,12.16-20. Hermanos: Si anunciamos que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo es que dice alguno de vosotros que los muertos no resucitan? Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y, si Cristo no a resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís con vuestros pecados; y los que murieron con Cristo se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.
 
Lectura del santo evangelio según san Lucas 6, 17. 20-26. En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: - «Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacian vuestros padres con los falsos profetas.»
 
Comentario: 1. Jr 17,5-8. De forma similar y sencilla como en el Sal 1 (que es posterior), se hace aquí una contraposición entre los "dos caminos", el que siguen los justos y el de los impíos. Estos son unos necios que ponen su confianza sólo en los hombres y en la debilidad de la carne. Sobre ellos recae la maldición de Dios, su vida es como la de un cardo en el desierto y en la tierra salobre. Y bendice a los que ponen en él toda su confianza: son como árbol plantado junto al arroyo, que da fruto incluso en los años de sequía. En el salmo se compara la vida del impío a la paja que se la lleva el viento. Jeremías recoge la primera máxima sapiencial del c. 17 sobre la retribución con la que el Señor premia a los justos. Podemos ver aquí el peculiar concepto de verdad que tiene la Biblia y que difiere notablemente de la verdad abstracta o la que se dice sobre las cosas. Dios no es la verdad de una frase o una teoría verdadera, sino la verdad misma que existe. Nadie puede vivir de una frase, nadie puede fundar su vida en una verdad abstracta, tampoco puede amarla, ni tiene que morir por ella. En cambio uno puede apoyar su vida en un verdadero amigo, puede amarlo y hasta morir por él. Pero sobre todo puede fundarse en el Dios vivo, en el que no nos falla. Porque Dios es como un río para las raíces de un árbol, o como la roca para los fundamentos de una casa. Adherirse a Dios, a la verdad viva, es creer en él, confiar en él, amarlo sobre todas las cosas. Algo muy distinto a un conocimiento teórico (“Eucaristía 1983”).
-La perfecta contraposición entre los vs. 5-6 y 7-8 (maldición/bendición; cardo estepario/árbol plantado junto al agua; muerte/vida) da unión a esta sección y de ella se sirve el autor para exponernos su pensamiento. Antítesis que nos recuerda las contraposiciones, tan frecuentes en Prov. 10-15, entre sensato e insensato, honrado y malvado, etc. Son pensamientos que pertenecen al acervo de la humanidad, y que expresa aquí el profeta con caracteres de poeta… para poner la confianza en el Señor.
Este pasaje agrupa dos textos diferentes que, por otro lado, no son, probablemente, de manos de Jeremías, sino que pertenecen más bien a la literatura sapiencial. El primero (vv. 5-8) es un salmo que, probablemente, inspiró el Sal 1; el segundo (vv. 9-11) engloba dos proverbios, de los que solo el primero figura en la liturgia de este día. El salmo contrapone el justo al impío en una serie de comparaciones muy sugestivas, como la del árbol. El proverbio, por su parte, insiste sobre la profundidad insospechada del corazón humano, al que solo Dios puede conocer.
El mito antiguo del árbol de la vida (Gén 2, 9) es la base del tema del árbol y de sus frutos. Pero la tradición judía ha depurado este mito pagano haciendo depender la posesión de los frutos del árbol de la actitud moral (Gén 3, 22).
La corriente sapiencial utilizará frecuentemente el árbol de la vida, comprendiendo dentro de esa imagen la vida moral del hombre, productora de los frutos de vida larga y de felicidad (Prov 3,18; 11,30; 13,12; 15,4).
La corriente profética, por su parte, aplicará el tema del árbol y de sus frutos a todo el pueblo, en la medida de su fidelidad a la Alianza (Is 5,1-7; Jer 2,21; Ez 15; 19,10-14; Sal 79/80,9-20) Dios destruirá el árbol que no produce buenos frutos. Otra corriente profética compara al Rey (y también al Mesías) con un árbol (Jue 9, 7-21; Dan 4, 7-9; Ez 31, 8-9). Este cliché, corriente en las literaturas orientales, tiene la ventaja de personalizar el tema y de hacer comprender que el pueblo puede sacar provecho de la vida de uno solo: la vida del rey, tronco central, se comunica, en efecto, a las ramas y a los sarmientos.
Al final de la evolución de esas distintas corrientes el Justo es, a su vez, comparado con un árbol que produce frutos llenos de sabor, mientras que los otros árboles permanecen estériles (Sal 1; 91/92,13-14; Cant 2,1-3; Eclo 24,12-27). Pero se necesita también que ese árbol sea regado por Dios. Ezequiel prevé que la economía escatológica llevará a efecto esa fecundidad del árbol (Ez 47,1-12). Antes de plantar Él mismo su cruz portadora del fruto eterno, Cristo denuncia, efectivamente, el árbol de Israel, que no ha producido frutos (Mt 3,8-10; 21,18-19). Personalizando este tema, Juan hace del mismo Cristo el árbol que produce fruto (Jn 15,1-6) y en el que hay que estar injertado para producir a su vez buen fruto.
Los frutos que podemos producir, injertados en el árbol de vida, que es Cristo, son los "frutos del Espíritu Santo" (Gál 5,5-26; 6,7-8,15-16), es decir, las obras que despiertan en nosotros la presencia de la vida nueva, la pertenencia al Hombre nuevo.
Finalmente, el árbol de vida será plantado definitivamente en el Paraíso, rodeado de todos los árboles portadores de frutos para la eternidad (Ap 2,7; 22,1-2,14,19). (Maertens-Frisque).
 
2. Sal 1. -El camino que conduce a la "felicidad", simbolizado por la imagen del árbol que reverdece...-El otro que conduce a la "nada", simbolizado por la imagen de la "paja que se lleva el viento"... El autor no ha querido hacer una simetría exacta, mecánica. Sería dar demasiada importancia al "mal", al "vacío". Se toma el tiempo necesario (10 renglones de su texto) para detallar "la firmeza" del justo. Y de un plumazo rápido (solamente cinco líneas), sugiere la desaparición del impío. Esto es una obra de arte. Este salmo hacía parte del ritual de la Alianza, y debía cantarse en la fiesta de los Tabernáculos en la cual se renovaba la Alianza. Es un anuncio profético de las "bendiciones" que conlleva la fidelidad y de las "maldiciones" que pesan sobre aquellos que son infieles a la Alianza. Es un texto paralelo a Jeremias 17,5-8. En pocas palabras este salmo primero es verdaderamente el prefacio de todo el libro de los salmos, y el resumen de toda la vida humana: se trata de una gigantesca lucha entre el bien y el mal (concretamente el salmista dice entre los justos y los impíos), esta lucha culminará con la victoria del bien. Aquí se expresa una esperanza, una certeza sobre el éxito del plan de Dios. ¿Tenemos nosotros, igual optimismo sobre el "dinamismo del porvenir"? La era Mesiánica esperada por Israel, es una felicidad, un éxito.
No es mera coincidencia que la primera palabra de la Buena Nueva del Reino de Dios sea la misma de este salmo: "dichosos" "Asherei". El resumen del pensamiento de Jesús son las bienaventuranzas, seguidas en la versión de San Lucas (6,20-26) de maldiciones como en este salmo. Jesús puso a menudo la imagen del "árbol" que da buenos frutos (Mateo 7) que crece en tal forma que las aves del cielo hacen en él sus nidos (Mateo 13,32). Se compara Él mismo con una viña que da su fruto en tiempo oportuno (Juan 15,1). Observemos de paso algunas alusiones sugestivas: la corriente de agua viva que permite al árbol permanecer verde y del cual dirá Jesús que es el Espíritu Santo (Juan 4,14; 7,38). En el sacramento del Bautismo, el agua es también símbolo de vida que renace (Juan 3,5). De igual manera, si bien el salmista nunca pensó en la cruz, hablando del árbol que da su fruto... podemos ciertamente aceptar estas comparaciones que son algo más que simbólicas: en el jardín del paraíso, también, Dios había colocado un "Arbol de Vida" (Gén 2,9; Ap 2,7).
En nuestro mundo moderno, estamos tentados a decir que este salmo es irreal, demasiado bello para ser verdadero. Vemos en efecto, santos que fracasan y malvados que prosperan. Ya Job lo había comprobado. Este es el escándalo de todas las épocas. Jesús, el justo por excelencia, murió en el árbol seco de la cruz, bajo apariencia del fracaso el más radical. Escuchemos sin embargo al sabio que nos habla en este salmo. Habla como hombre de experiencia... y afirma que "cuanto emprende el justo tiene buen fin". Ahora bien, hay que escuchar esta afirmación paradójica, y comprenderla en el nivel de la fe, y no en el nivel de los éxitos materiales inmediatos. Pascal, al finalizar su famoso "Apuestas sobre Dios" nos da la clave del problema... diciendo que el justo es profundamente "dichoso" aún si es probado dolorosamente en su vida, "¿qué perdéis escogiendo a Dios? ¿qué mal os alcanzará si estáis a su lado? Seréis fieles, honestos, humildes, agradecidos, bienhechores, amigos sinceros, veraces. En realidad, no estaréis en medio de placeres apestosos, en la gloria, en las delicias; pero tendréis otra clase de placeres. Os digo que ganaréis en esta vida y que cada paso que avancéis por este camino, veréis con certeza la ganancia, y la nada de aquello que arriesgáis; conoceréis finalmente que habéis apostado por una cosa cierta, infinita, por la cual no habéis dado nada" (Pensamientos de Pascal, 343). Se trata de un pensamiento muy moderno: la "nada", el "absurdo". Muchos autores contemporáneos, mediante reflexiones desilusionadas pronunciadas desde su ateísmo, justifican sin saberlo el pensamiento del antiguo sabio. El filósofo contemporáneo Michel Foucault, con lucidez valiente escribe: "Nietzsche ha encontrado el mundo en que el hombre y Dios se pertenecen mutuamente, en que la muerte del segundo es sinónimo de la desaparición del primero y donde la promesa del superhombre significa ante todo la inminencia de la muerte del hombre" (Las palabras y las cosas, pág. 353). Es evidente que el hombre es nada, sin Dios.
Frente a este pensamiento desesperado, adquiere todo su valor la esperanza optimista del salmista. Porque, si la existencia del hombre sin Dios no es más que el vacío... con Dios la existencia humana se convierte en fantástica maduración de vida, según la imagen del árbol. Sí, algo está madurando. Y Jesús lo repite con fortaleza. Nuestra tierra dará su fruto. La creación es una formidable fuerza de evolución que va hacia el éxito, el "éxito" de la obra que Dios ha comenzado y que él llevará a feliz término. Estamos lejos de una comprensión mezquina de la palabra "éxito", que hace un momento nos hacía dudar del realismo de este salmo. Se trata de algo muy distinto de lo que comúnmente se llama "retribución temporal": La dicha, el éxito, el de los pobres, de los "anawim"... ¡Bienaventurados los pobres! ¡No se les promete dinero! Se les promete la dicha, y el éxito de su vida en Dios.
Y esta dicha, y este éxito... tú los puedes comenzar desde hoy. ¡Rechaza el contagio del mal! ¡No frecuentes el camino de los injustos! ¡Toma tu evangelio y medítalo cada día, cada noche! Vivir es optar: pues bien, ¡opta por Dios! ¡Medítalo diariamente, cordialmente! La dicha está allí, te lo aseguro. Una dicha que nada podrá jamás vencer. Escuchemos la traducción que hace Claudel de este salmo: "El compañero apestado, la compañía del sarnoso, el libro que huele a grasa, excúsame si prefiero la sugerencia saludable y esta santa confirmación la noche de las proposiciones. ¡Es muy verde! Todo se anima por las lluvias de abril, este árbol en pleno fuego de la combinación, que predica a la hierba en la pradera, y por todas partes, ¡no hay nada tan fresco, tan rosado, y tan dorado, para profetizar a estos frutos del éxito! ¡Todo lo demás, fuera! ¡polvo y más polvo a los ojos! Basta sonarse y todo termina" (Noel Quesson).
Arbol y paja. El árbol está plantado. Hunde sus raíces en la tierra. Se diría que ha hecho alianza con la tierra, que se ha desposado con la tierra de la que recibe alimento y consistencia. Siempre estará en su sitio. Al verle no se pregunta: ¿qué hace? Está y basta. En él estar tiene la razón de su existencia. Ciertamente no está libre del viento, que le azota con furia por todas partes. Pero el árbol «está en pie». Quizá sacudido violentamente, maltratado, mutilado, con alguna rama seca. Pero «está en pie».
La paja no está plantada. Está simplemente sobre la tierra. La tierra es sólo su pista de lanzamiento. Se diría que está allí para estar en otro sitio. Siempre a disposición del viento que se divierte en remolinarla. Tan pronto aquí como allí. Según los caprichos del viento. El hombre, por tanto, puede ser árbol. Es decir, una persona con raíces profundas; pienso en la estupenda expresión de san Pablo: «arraigados y cimentados en amor» (Ef 3, 17). Por eso está en pie. El hombre es una caña, decía Pascal: pero una caña pensante… su pensamiento es débil, porque está condicionado por emociones, como un enamoramiento pasajero, una sugestión del Enemigo, una ira que lo obceca, cualquier cosa que lo aparte de Dios… pero si espera un tiempo y sibre todo espera con esperanza, es decir espera en Dios, aquello se pasa y vuelve la luz… si espera se vuelve fuerte…
Una persona que ha elegido. Que se siente tan libre como para «vincularse» siempre a aquella tierra. Que ha descubierto su propia identidad en la coincidencia de su ser más profundo con una vocación. Esta clase de hombre es capaz de resistir durante mucho tiempo. A pesar de todo. A pesar del viento de la tentación, que llega puntual, como un suceso ordinario, y «probarlo» (y la prueba puede ser, como para san Pedro, la pregunta tonta de una criada curiosa). Para él la fidelidad no es una palabra vacía. Los demás siempre pueden «contar» con él. Y también Dios puede contar a cada momento con él. Su valor no está en lo que hace o en lo que tiene, sino en lo que es. No se avergúenza de meditar, de masticar la palabra de Dios «día y noche». Más aún, «su gozo es la ley del Señor» (v. 2). Le gusta arreglar cuentas con esta ley, aunque estas cuentas sean más bien inquietantes. No es simplemente curioso. Se deja herir y molestar por la verdad.
Está plantado «al borde de la acequia» (v. 3). Jeremías dice una frase aún más expresiva: «hunden sus raíces en profundidad». Reconoce que no se basta a sí mismo. Tiene necesidad de aquel agua, Pues la mayor maldición para un árbol es el secarse. Un árbol seco. Está siempre allí, en pie, en su puesto -observancia, prácticas, limosna, misa del domingo, comportamiento exterior intachable, sentido del deber-; pero es un espectáculo mortificante. Una desolación. Una desilusión para los demás. No corre ya la linfa. Aún ocupa un puesto, pero está «deshabitado», sin vida, sin frescor, inhóspito. La fe reducida a un sistema de verdades áridas.
Con un Señor de quien se sabe que ha resucitado, pero que es solamente una momia ante la que se inclinan otras momias (T. Riebel).
El hombre que no quiere caer en esta maldición se preocupa de establecer un contacto continuo con «la acequia». Oración, silencio, sacramentos, contemplación, liturgia, confrontación constante con la palabra de Dios. Precisamente para conservar el frescor, la espontaneidad, la juventud, la libertad, el gusto por lo nuevo. Para garantizar la sombra, es decir, un reposo reconfortante, un sentido de paz y de confianza a todos los que se nos acercan.
Su contacto con la ley del Señor y con la «acequia» le hace crecer. Continuamente. Pero el hombre puede ser también paja. Nos encontramos de pronto con él. No se sabe de dónde viene ni cómo. Ni siquiera él sabe por qué. Por otra. parte no se plantea muchos porqués. Ligero, superficial, voluble, incierto. Sin verdadera interioridad. Sin profundidad, Sin auténticas relaciones con los demás. A expensas del viento. Dispuesto a enloquecer en el viento de todas las modas.
Incluso, a veces, dispuesto a servir de lecho o soporte a todos los ídolos más despreciables. Los tiranos, los ídolos de siempre, tienen necesidad de la «paja» para poder gobernar. Y desgraciadamente no cuesta mucho trabajo encontrarla en abundancia. Existen demasiados ídolos, demasiados déspotas, demasiados «monstruos» en circulación precisamente porque hay demasiada paja que les sostiene, les protege, les sirve de cabecera.
Gente sin ideas propias, sin convicciones meditadas y vividas, sin iniciativas personales. Incapaz de comprometerse, refractaria a arriesgarse, alérgica a pagar de su bolsillo. Inconstante. Fácilmente arrastrada por entusiasmos y aterrada ante una dificultad mínima. Siempre ocupada en rumiar su propia insatisfacción (¡ya lo creo!). Disponible a todos los compromisos. Preparada para adoptar todos los conformismos, incluso el conformismo del anticonformismo. Equipada para todas las cobardías propias, o también para avalar las cobardías o cubrir las injusticias de los demás.
Incapaz de coherencia; desamparada ante cualquier oportunismo. Su religiosidad es solamente fruto de educación, de ambiente, de rutina o incluso de miedo. Algo que afecta a la fachada, pero que no provoca jamás decisiones personales. Un cesado profesado con la boca, pero desmentido en la conducta. Está sobre todo condenado a la esterilidad. Como la paja. El enemigo de estos hombres-paja es el viento. Si no existiesen ciertas pruebas... si no fuese la naturaleza... el interés, el placer... si Dios no fuese tan exigente..., terminarían por ser fieles. La paja no tiene necesidad de ser castigada. Lleva en sí el propio castigo. Precisamente la maldición de ser sólo paja.
En el juicio los impíos no se levantarán, ni los pecadores en la asamblea de los justos (v. 5).
El día en que el viento del Espíritu rompa las apariencias, quite las máscaras, descubra la inconsistencia de ciertos personajes ficticios, ponga al desnudo el ser, entonces los impíos, los hombres-paja «no se levantarán», pues no tienen centro de gravedad ni raíces. Serán tragados por su vacío. Desaparecerán por su inconsistencia. Se desvanecerán en su irrealidad.
No serán condenados por un amo vengativo; sino que al rechazar el terreno donde habrían podido echar raíces, no podrán 'estar en pie' en la asamblea de quienes están arraigados en Dios (M. Mannati).
La evanescencia del impío, del réprobo, en contraposición al arraigo del justo me parece que es el tema dominante de este salmo. Pero el premio al árbol no es algo venido de fuera. Un árbol bueno, lleno de vitalidad, produce frutos. Esta es su recompensa. Así como para la paja, el castigo consiste en ser sólo paja, del mismo modo para el árbol el premio consiste en ser árbol-que-lleva-frutos.
El árbol realiza su destino de árbol, el destino de los fieles, que no consiste en no sufrir por el viento o la sequía, sino en dar fruto a pesar del viento y de la sequía (T. Riebel).
¡Dichoso el hombre! Es el prólogo de las bienaventuranzas. Con algunos siglos de anticipación sobre el sermón de la montaña, aparece la primera bienaventuranza «Dichoso el hombre...». Se trata de un augurio que posee ya en sí una eficacia, un elemento de bendición. Es Dios quien felicita al hombre. Señor, repito incesantemente el comienzo de este salmo: «dichoso el hombre...». Cien, mil veces. Pero tengo un miedo tremendo a no merecerme estas «felicitaciones». Temo que no sean para mí. Porque no soy árbol. Y quizá ni siquiera paja. Algo intermedio. Un arbusto; eso es, Un arbusto medio seco que ha dejado de crecer. Que no tiene ganas de crecer. Entristecido. Sin energías; sin perspectivas. Condenado a secarse sin frutos. Desde hace tiempo mis raíces se han encogido y ha perdido el contacto con «la acequia». Por ahora «estoy en pie». ¿Pero hasta cuándo? Además es demasiado triste una existencia tan penosa. Fuera. Te autorizo. Arráncame de esta humillante mediocridad y «trasplántame» a tu terreno. junto a tu árbol. Allí sobre «el monte de la calavera». No hace falta leer entre líneas este salmo, más allá de las intenciones del mismo recopilador. No sé dónde encontrar a los justos. A pesar de mi esfuerzo, mí búsqueda es tan desilusionante... En este caso, atención al Justo. Al Justo que es árbol. Que está clavado en el árbol. Para obtener «a su tiempo» el fruto de la salvación. Sé dónde encontrarte, Allí quiero ser trasplantado. Sobre el árido «monte de la calavera». junto a una cruz. No es un terreno demasiado pintoresco ni atrayente. ¡Qué importa! Es «tu» terreno; por tanto puede ser «mi» terreno. Entonces las raíces volverán a alargarse «hacia abajo». Por donde corre un agua un poco oscura. Como sangre (Alessandro Pronzato).
Los dos caminos. El salmo primero viene a ser como la introducción al entero libro de los salmos: Dios muestra al hombre los dos caminos que puede seguir en su vida y le exhorta a seguir el del bien, que lleva a la felicidad. El salterio comienza con este salmo-introducción y termina con el salmo 150, salmo-alabanza, compilación de todas las respuestas del hombre a Dios, hecha de exultación y gratitud. El principio y el fin: como un resumen de la actitud de Dios y del hombre: Dios que habla y el hombre que escucha y obedece alabando al Creador. La finalidad de este salmo sapiencial es, al decir de san Basilio, el animar al estudio de la Ley de Dios. La Ley no la hemos de entender aquí en un sentido jurídico: mandato, precepto, obligación; sino en el sentido que tiene la palabra hebrea "torá" que quiere decir enseñanza, instrucción, revelación: en una palabra, la revelación de Dios al hombre, toda la Escritura inspirada por Dios. Ley, sinónimo de Escritura, de Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Este salmo es una invitación al estudio de la Palabra de Dios contenida en la Biblia para dejarse guiar por ella, para dejarse estructurar por ella. Hoy, en medio de un mundo marcado por tantas corrientes de pensamiento desorientador y corrosivo, de tantas ideologías ateas o anticristianas, debilitado por un ambiente carente de valores cristianos, cómo agradecemos una voz que nos invite a profundizar en el estudio y en la práctica de la palabra de vida y de verdad de la Sagrada Escritura. Es lo que hace el salmo primero, mostrándonos el camino de la felicidad y de la plenitud humana.
Este breve salmo de tan sólo 6 versículos podemos dividirlo en tres partes: a) presentación: la doble actitud del hombre ante su vida (vv.1-2); b) doble comparación ilustrativa: árbol frondoso - paja seca (vv.3-4); c) conclusión: la presencia o ausencia de Dios en el camino elegido (vv.5-6).
a) Presentación. "Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos..." La primera palabra con la que se abre el salmo (y el salterio) es: "dichoso", "feliz". De la misma manera comenzará la nueva enseñanza de Cristo en el Sermón de la montaña: "dichosos", "felices" (Mt 5,3). Palabra que quiere sintetizar lo positivo, lo atractivo, lo profundamente humano del mensaje de Dios a los hombres. Es un grito de alegría, un llamamiento a la felicidad, ¿y qué otra cosa no desea nuestro corazón sino la felicidad? Nuestra religión es la religión del Dios con nosotros, del Dios para nosotros, que nos ama y busca nuestro bien.
Pero, apenas leída la primera palabra optimista, nos encontramos con algo negativo y que puede desconcertar; pasa lo mismo que en las bienaventuranzas: empiezan con esta palabra positiva y sigue luego una lista de realidades a primera vista negativas: los pobres, los que lloran, los perseguidos, los hambrientos... El salmista es un buen pedagogo, sabe lo que hace, y por vía de contraste enumera primero lo negativo para exaltar más lo positivo de que hablará luego. Habla de tres aspectos negativos, tres momentos que indican progresivamente una adhesión siempre más grande al mal. Estos tres aspectos están representados por los verbos y los sujetos de estas frases: -seguir el consejo de los impíos: dejarse llevar, dejarse arrastrar por las insinuaciones del mal, moverse en la atmósfera del mal; -entrar por la senda de los pecadores: caminar por el mal, adentrarse en la maldad; -sentarse en la reunión de los cínicos: participar en la mentalidad perversa, hacerla propia.
Esta progresión eficaz en el movimiento hacia el mal la vemos también en la descripción de los personajes: -los impíos: los que no tienen ninguna relación con Dios, no creen en él ni se interesan por él; lo religioso les viene grande; -los pecadores: los que cometen el mal, los que no tienen para nada en cuenta la ley de Dios; -los cínicos: los que se befan de todo, de todo se burlan, los eternos volterianos que todo lo ridiculizan y desprecian.
Hoy diríamos que aquí están representados todos aquellos que se creen suficientes, que menosprecian los valores del espíritu, que pasan de todos ellos, que arrastran al mal y que pervierten. El camino es resbaladizo: quien se aventura por el camino del mal corre el riesgo de llegar hasta el fin, de pervertirse totalmente.
Pero después de este enunciado negativo aparece el positivo que es a donde va dirigida la enseñanza del salmo. La bienaventuranza va especialmente encaminada hacia el hombre que medita la Ley del Señor, que se complace en ella y la cumple: "Su gozo es la Ley del Señor y medita su Ley día y noche". La Ley, para el salmista, no es ningún peso o carga: es simplemente la voluntad de Dios para que nosotros sepamos conducirnos, orientarnos en nuestra vida y podamos seguir un camino de realización y plenitud. Al decir Ley, en el sentido bíblico, entendemos no sólo la observancia sino también la confianza en la bondad de Dios que ayudará y bendecirá. Eco de la felicidad que proporciona el conocimiento y práctica de la Ley lo encontramos en muchos pasajes de la Escritura: "Somos felices, Israel, porque conocemos lo que a Dios agrada" (Bar 494) "Escucha y guarda todo esto que yo te mando para que seas feliz tú y tus hijos después de ti para siempre, haciendo lo que es recto a los ojos de Yahvé tu Dios" (Dt 12,28). "Estos son los mandamientos. Escúchalos, Israel, y ten mucho cuidado en ponerlos en práctica para que seas feliz y os multipliquéis grandemente" (Dt 6,1-2). "Les di mis leyes y mis mandamientos, y les hice saber mis disposiciones que son vida para quien las cumple" (Ez 20,11).
Dios es el creador del hombre, y sabe qué es lo que le conviene a él y a la comunidad humana. Y si el hombre no obedece y sigue su criterio, no tarda en sentir el efecto de su actuación, y tiene que experimentar aquello del profeta Jeremías: "Reconoce y advierte cuán malo y amargo es para ti haberte separado de Yahvé, tu Dios, y haberte apartado de Yahvé, tu Dios" (Jer 2,19.17). Por todo ello día y noche el salmista medita la Ley: la lee, la repasa, la estudia para conocerla y practicarla. Vale la pena, aunque no fuera sino por interés, el disponerse un camino de paz y de felicidad.
Comparaciones: "Será como un árbol plantado al borde de la acequia..." Ahora pasamos del lenguaje real al figurado. Arbol frondoso al borde de las aguas: imagen realmente sugestiva en el árido Oriente. Da fruto en su sazón, a su tiempo, no defrauda. Mantiene sus hojas siempre verdes, signo de vitalidad y vigor. La imagen ayuda a la comprensión de la doctrina. Pero el salmista pasa de nuevo al lenguaje real: "cuanto emprende tiene buen fin". Cuanto emprende el hombre que teme a Dios no queda a medias o abandonado. Nunca se desanima, sabe esperar, ve la ayuda de Dios, Dios lo lleva y le favorece. Dios es quien actúa en él. De Dios únicamente le viene la fuerza y la alegría para continuar adelante en sus trabajos, por arduos y difíciles que sean. Asi lo vemos en la persona de Josué: "Yo estaré contigo como estuve con Moisés: no te dejaré ni te abandonaré. Esfuérzate y ten buen ánimo porque tú has de introducir a este pueblo a posesionarse de la tierra que a sus padres juré darles. Esfuérzate, pues, y ten gran valor, para cumplir cuidadosamente cuanto Moisés, mi siervo, te ha mandado. No te apartes ni a derecha ni a izquierda para que triunfes en todas tus empresas" (Jos 1,5-7). Esta es la realidad del hombre fiel que describe el salmo: Dios es quien le ayuda y le anima a proseguir en la tarea emprendida, en el camino iniciado. En esto vemos brillar el ejemplo de los santos que llevaron a cabo empresas arduas y humanamente imposibles, pero ellos, confiando en Dios, llevaron a buen fin sus trabajos, sus fundaciones, su apostolado. La otra comparación: "La paja que el viento se lleva", propiamente no hablaría de la paja, útil para tantas cosas: para los animales, la construcción, la combustión, etc, sino del tamo, es decir, de aquella especie de polvillo, restos de la trilla, que permanece en las eras y que es levantado y llevado por el viento sin la más pequeña utilidad. Con esto se nos muestra la sensación de inutilidad y de vaciedad que experimenta una vida sin Dios. Un árbol frondoso y lleno de frutos - el tamo de la era que para nada sirve: doble comparación, sugestiva y acertada, de los dos caminos que sigue el hombre, de las dos conductas de su vida.
Conclusión: "En el juicio los impíos no se levantarán..." El cristiano, con la doctrina del evangelio, puede profundizar más en la verdad de esta proposición: en la justicia de Dios, en el más allá, en la recompensa eterna. El impío no podrá afrontar el juicio de Dios que lo fulminará, lo mismo que su presencia le resulta incómoda y a veces insoportable cuando se halla entre los justos, entre los fieles, entre aquellos que él ha perjudicado u oprimido. San Pablo nos recuerda: "turbación y angustia sobre todo el que hace el mal" (Rm 2,9), "calamidad e infelicidad en todos sus caminos" (Rm 3,16).
En cambio el Señor cuida del camino de los justos, su providencia se encarga de ellos, de su camino, de su recompensa final, Dios conoce el camino del justo, es decir, lo ama y favorece, se interesa por él. El camino de los impíos perecerá. Ni siquiera se hace mención de Dios. Quien nunca lo quiso perecerá en su soledad radical y en su tristeza. Dos caminos bien delimitados, claros: el del bien y el del mal. El salmo primero nos lo muestra y nos anima a seguir el camino del bien con el conocimiento de la Ley del Señor y con la vivencia de la misma. Ahí está el bien, la paz y la felicidad (J. M. Vernet).
Comentario de Santo Tomás de Aquino al Salmo 1: “Este Salmo se distingue de todo el resto de la obra, pues no tiene título, sino que es más bien como el título de toda la obra. David compuso los Salmos a la manera del que reza, es decir, no conservando una sola manera, sino según los diversos sentimientos y movimientos del que reza. Por lo tanto, este primer Salmo expresa el sentimiento de un hombre que eleva sus ojos a la situación entera del mundo, y considera cómo algunos avanzan y otros caen. Cristo fue el primero de los bienaventurados, así como Adán lo fue de los malvados. Pero se ha de notar que todos concuerdan en una cosa y difieren en dos. Concuerdan en que todos buscan la felicidad, pero difieren en la manera de dirigirse hacia ella, y al final de esto, en que algunos la alcanzan, y otros no. Así pues, se divide este Salmo en dos partes. En la primera se describe el camino de todos hacia la felicidad. En la segunda se describe el final, allí donde dice: Y será como el árbol, que está plantado a las corrientes etc.
Sobre lo primero hace dos cosas. En primer lugar, se refiere al camino de los malvados, y en segundo lugar al de los buenos, allí donde dice: Sino que en la ley del Señor está su voluntad etc.. Tres cosas se han de considerar en el camino de los malos. En primer lugar su deliberación acerca del pecado, y esto en su pensamiento. En segundo lugar, su consentimiento y ejecución. Y en tercer lugar el inducir a otros a algo semejante, y esto es lo peor. Y por eso indica en primer lugar el consejo de los malvados, allí donde dice: Bienaventurado el hombre etc. Y dice: que no anduvo, pues cuando el hombre delibera, está andando. En segundo lugar indica el consentimiento y la ejecución, diciendo: y en camino de pecadores, es decir, en la operación: "El camino de los impíos es tenebroso, no saben adónde se tropiezan" (Prov 4). No se paró, es decir, consintiendo, y actuando. Y dice de impíos, porque la impiedad es un pecado contra Dios, y de pecadores, contra el prójimo, y en cátedra; y este tercero es inducir a otros a pecar. Así pues, en cátedra como un maestro que enseña a otros a pecar; y por eso dice, de pestilencia, porque la pestilencia es una enfermedad infecciosa. "Hombres pestilentes devastan la ciudad" (Prov 29). Así pues, quien no camina así no es feliz, sino todo al contrario. Pues la felicidad del hombre está en Dios: Feliz el pueblo cuyo Dios es el Señor etc. (Sal 143). Por lo tanto el camino recto a la felicidad es en primer lugar que nos sometamos a Dios, y esto de dos maneras. Primero mediante la voluntad, obedeciendo sus mandatos; y por eso dice: Sino que en la ley del Señor; y esto corresponde de modo especial a Cristo: "He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me ha enviado" (Jn 8). Y conviene también de modo semejante a toda persona justa. Dice en la ley, por medio del amor, no bajo la ley por temor: "La ley no ha sido puesta para el justo" (1Tim 1). En segundo lugar mediante el entendimiento, meditando constantemente; y por eso dice: y en su ley medita día y noche, es decir, continuamente, o bien a ciertas horas del día y de la noche, o bien tanto en las circunstancias prósperas y en las adversas. Y será como el árbol etc. En esta parte se describe el final de la felicidad: e indica en primer lugar su diversidad; en segundo lugar añade su razón, allí donde dice: Porque conoce el Señor etc. Sobre lo primero hace dos cosas. En primer lugar indica el final de los buenos, y en segundo lugar el de los malos, allí donde dice No así los impíos etc. Acerca del final de los buenos se vale de una comparación; primero la indica, y luego la adapta, allí donde dice: y todo cuanto él hiciere etc. Así pues, toma la comparación del árbol, del que se consideran tres cosas, a saber, el ser plantado, el dar fruto, y el conservarse. Para ser plantado, es necesaria una tierra humedecida por las aguas, pues de otro modo se secaría; y por eso dice: que está plantado a las corrientes de las aguas, es decir, junto a las corrientes de las gracias: "el que cree en mí... de su seno correrán ríos de agua viva" (Jn 7). Y quien tenga sus raíces junto a esta agua fructificará haciendo buenas obras; y esto es lo que sigue: el cual dará su fruto. "Pero el fruto del espíritu es caridad, alegría, paz, y paciencia, generosidad, bondad, fidelidad", etc. (Gál 5). En su tiempo, es decir, sólo cuando es momento de obrar. "Mientras tenemos tiempo, obremos el bien a todos" (Gál 6). Y no se seca. Por el contrario, se conserva. Ciertos árboles se conservan en su substancia, pero no en sus hojas, pero otros se conservan también en sus hojas: así también los justos, por lo que dice: Y su hoja no caerá, es decir, no serán abandonados por Dios ni siquiera en las obras más pequeñas y exteriores. "Pero los justos germinarán como una hoja verde" (Prov 11). Luego cuando dice, Y todo, adapta la comparación: pues los bienaventurados prosperarán en todo, cuando alcancen el fin deseado en todo lo que desean, pues los justos llegarán a la felicidad. Oh Señor, sálvame, oh Señor, dame la prosperidad etc (Sal 117).  
Opuesto es el final de los malvados, que se describe allí donde dice No así etc. Y sobre esto hace dos cosas. En primer lugar hace una comparación, y en segundo lugar la adapta, allí donde dice No se levantará. Pero nota que aquí repite no así y no así dos veces, para una mayor certeza. "Lo que viste por segunda vez, es juicio de firmeza" (Gén 41). O bien, no así obran en el camino, y por eso no así reciben al final. "Recibiste bienes en tu vida, y Lázaro asimismo males: pero ahora éste es consolado, y tú atormentado" (Lc 16). Ahora, son propiamente comparados con el polvo, porque poseen tres características que son contrarias a lo que se ha dicho sobre el hombre justo. Primero que el polvo no se adhiere a la tierra, sino que está en la superficie; el árbol plantado, en cambio, ha echado raíces. Asimismo, el árbol es compacto en sí mismo, y es además húmedo; pero el polvo es en sí mismo dividido, seco y árido, por lo que se dice que los buenos están unidos por la caridad como un árbol: Estableced un día solamente con espesuras, hasta el cornijal del altar (Sal 117); pero los malos están divididos: "Entre los soberbios siempre hay contiendas" (Prov 13). Asimismo, los buenos se adhieren radicalmente en las cosas espirituales y en los bienes divinos, mientras que los malos se sostienen en los bienes exteriores. Asimismo, están sin el agua de la gracia: "Eres polvo etc." (Gén 3). Y por eso toda su malicia pasa. "No perecerá ni un cabello de vuestra cabeza" (Lc 21). Pero sobre estos malos se dice que serán arrojados completamente de la faz, esto es, de los bienes superficiales; el viento, es decir la tribulación, los arroja de la faz de la tierra. "Vi que los que obran la iniquidad, y siembran dolores, y los siegan, han perecido ante el soplo de Dios, y han sido consumidos por el espíritu de su ira" (Job 4). Luego adapta la comparación, allí donde dice, no se levantarán, pues son como el polvo. Pero por el contrario, "es necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo" (2Cor 5). Y asimismo, "Todos resucitaremos" (1Cor 15). Ante ello se puede decir que esto puede ser leído de dos maneras. En efecto, se dice que un hombre resucita propiamente en el juicio, cuando su causa es vista favorable por la sentencia del juez. Así pues, éstos no resucitarán, porque no habrá sentencia a su favor en el juicio, sino más bien en contra; por eso otra variante dice: no podrán ponerse de pie. Pero los buenos sí, pues si bien han sido afligidos por el pecado del primer padre, tendrán una sentencia en su favor. Ni los pecadores se congregarán en el concilio de los justos, pues los buenos se congregarán para la vida eterna, en la que no serán admitidos los malvados. O bien dice que esto se entiende acerca de la reparación de la justicia, para la que harán reparación en su propio juicio. "Si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados" (1Cor 11). Y sobre esto dice: no se levantarán en el juicio, es decir, propiamente, y sobre esto dice Ef 5: "Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo" (Ef 5). Ahora bien, ciertos hombres son reparados por el consejo de los buenos, pero tampoco de este modo se levantan del pecado los malvados. O los impíos, es decir, los infieles, no se levantarán en el juicio de discusión y de examen, pues según Gregorio algunos serán condenados sin ser juzgados, como por ejemplo los infieles. Algunos no serán juzgados ni serán condenados, es decir, los Apóstoles, y los hombres perfectos. Algunos serán juzgados y serán condenados, es decir, los fieles malos. Así pues los fieles no se levantarán para ser examinados en el juicio de discusión. "Quien no cree, ya está juzgado" (Jn 3). Pero los pecadores no se levantarán en el juicio de los juicios, es decir, para ser juzgados y no condenados. Luego se da la razón por la que éstos no se levantarán en el juicio: Porque conoce etc. Y habla con propiedad: pues cuando alguien sabe que algo está echado a perder, lo repara; pero cuando no lo sabe, no lo repara. Los justos se pierden con la muerte, pero sin embargo Dios los sigue conociendo. "Dios conoce al que le pertenece" (2Tim 2). Los conoce con un conocimiento de aprobación, y por eso son reparados. Pero puesto que no conoce el camino de los impíos con un conocimiento de aprobación, el camino de los impíos perecerá. Anduve errando como una oveja que perece: busca a tu siervo, pues no he olvidado tus mandamientos (Sal 118). Sea su camino tinieblas y resbaladero (Sal 34)”.
Oración de un hombre con suerte. «¡Dichoso el hombre cuyo gozo es la ley del Señor!» Tengo suerte, Señor, y lo sé. Tengo la suerte de conocerte, de conocer tus caminos, tu voluntad, tu Ley. La vida tiene sentido para mí, porque te conozco a ti, porque sé que este mundo difícil tiene una razón de ser, que hay una mano cariñosa que me sostiene, un corazón amigo que piensa en mí, y una presencia de eternidad día y noche dentro de mí. Conozco mi camino, porque te conozco a ti, y tú eres el Camino. El pensar en eso me hace caer en la cuenta de la suerte que tengo de conocerte y de vivir contigo. Veo tal confusión a mi alrededor, Señor, tanta oscuridad y tanta duda y tal desorientación en la vida de gentes con las que trato, y en escritos que leo, que yo mismo a veces dudo y me confundo y me quedo ciego en la oscuridad de un mundo que no ve. La gente habla de sus vidas sin rumbo, de su falta de dirección, de seguridad, de certeza, de su sentirse a la deriva en un viaje que no sabe de dónde viene ni a dónde va, del vacío en su vida, de las sombras, de la nada. Todo eso me toca a mi de cerca, porque todo lo que sufre un hombre o una mujer lo sufro yo con solidaridad fraterna en la familia de la que tú eres Padre.
Mucha gente es en verdad «paja que arrebata el viento», colgados tristemente de los caprichos de la brisa, de las exigencias de una sociedad competitiva, de las tormentas de sus propios deseos. Son incapaces de dirigir su propio curso y definir sus propias vidas. Tal es la enfermedad del hombre moderno y, según aprendo en tu Palabra, Señor, era también la enfermedad del hombre en la antigüedad cuando se escribió el primer Salmo. También aprendo allí el remedio que es tu palabra, tu voluntad, tu ley. La fe en ti es lo que da dirección y sentido y fuerza y firmeza. Sólo tú puedes dar tranquilidad al corazón del hombre, luz a su mente y dirección a sus pasos. Sólo tú puedes dar estabilidad en un mundo que se tambalea.
En ti encuentro las raíces que dan firmeza a mi vida. Tú me haces sentirme como «un árbol plantado al borde de las aguas». Siento la corriente de tu gracia que me riega el alma y el cuerpo, hace florecer mi capacidad de pensar y de amar y convierte mis deseos en fruto cuando llega la estación y el sol de tu presencia bendice los campos que tú mismo has sembrado.
Necesito seguridad, Señor, en medio de este mundo amenazador en que vivo, y tu ley, que es tu voluntad y tu amor y tu presencia, es mi seguridad. Te doy gracias, Señor, como el árbol se las da al agua y a la tierra. ¡Que nunca «se marchiten mis hojas», Señor! (Carlos G. Vallés).
3. 1 Co 15,12-16,20. -Aunque no conocemos bien las motivaciones profundas y las razones de los que negaban la resurrección de los muertos que predicaba Pablo, parece que se trata, una vez más, de tendencias espiritualistas como las que propugnaban los gnósticos. El desprecio del cuerpo que tenían estos espiritualistas no les permitía creer en la resurrección de la carne. La sorprendente réplica de Pablo sólo se comprende desde la fe en la resurrección de Jesús y en lo que este hecho significa para los creyentes. Porque no se trata sólo de un hecho excepcional y aislado, que concierna únicamente al destino de Jesús de Nazaret, sino de un hecho de salvación universal: Jesús es "el primogénito entre muchos hermanos" (Rom 8,29), el primer nacido de entre los muertos o el primero que resucita. De ahí que el sentido y la eficacia de su resurrección se ha de manifestar todavía cuando llegue la resurrección de todos los muertos. El que no cree con la esperanza de resucitar no cree ya en la resurrección de Jesús, que es el contenido esencial del evangelio, y su fe carece de fundamento (“Eucaristía 1983”).
-Este pasaje tiene el claro objeto de combatir las doctrinas equivocadas (v.12) que, sobre la resurrección de los muertos, circulaban entre los corintios. Pablo rebate con energía esta desviación de los primeros cristianos porque, si así fuera, no solamente la fe de los cristianos se habría malogrado (v.2), sino que incluso Pablo mismo sería un impostor y su mensaje un engaño (v.15). Casi se puede decir que lo que da seguridad sobre la esperanza futura es que Dios resucita a todos los salvados, incluido y como primero el mismo Jesucristo. Si el cristiano no resucita es que tampoco Cristo ha resucitado. Por eso mismo la certeza de la resurrección es, si cabe, mayor. Esta es la única vez que Pablo argumenta de este modo. Consuelo para el creyente y seguridad para el que se ha fiado de Dios. Para el apóstol lo que hace que el pecado no tenga ya sentido, lo que constituye el triunfo sobre la muerte radical es la resurrección de Cristo. Si éste no ha resucitado, el pecado permanece aún entre los hombres, y, en consecuencia, la perdición: el cristiano se encuentra abocado al fracaso radical (v.18). La vida del resucitado (cf. Rom 7,4) fundamenta la vida futura del creyente y, por lo mismo, le es posible al que cree vivir en la esperanza de que el mal y la muerte han sido fundamentalmente vencidas por la cruz de Jesús y su resurrección.
De ahí también que toda su lucha contra la muerte tenga valor; que toda superación de la limitación del hombre tenga relación con la resurrección. La esperanza cristiana fundamentada en la muerte de Cristo y en su resurrección no se agota con el quehacer cristiano diario, con la posible superación de la limitación que conlleva el ser hombre. La resurrección de Cristo empuja también al creyente hacia un tipo de vida escatológica, superior y más total: la vida de la resurrección. El problema que maneja este pasaje de la primera carta a los corintios es, en el fondo, el de la resurrección de los que ya han muerto, puesto que para el hombre helenístico es un problema insoluble. De ahí que hayan surgido teorías en las primeras comunidades (bautismo de un vivo en favor de un muerto no bautizado) que pretenden subsanar la inseguridad que produce el morir y el no saber qué hay más allá de la muerte. Pablo lo dice con energía: la muerte y resurrección de Cristo fundamentan la resurrección de los que han muerto. O dicho de otro modo: el creyente sabe que esta realidad actual no agota toda la realidad existente; sabe que es posible vivir otro tipo de vida diferente a éste, pero tan real y tan verdadero como éste. Todo ello porque Dios resucita a los que mueren y porque Cristo fue el primer resucitado de todos. Confianza, seguridad y certeza es la herencia del resucitado (“Eucaristía 1977”).
-Prosiguiendo el tema de la Resurrección, comenzado anteriormente en la carta, San Pablo lo desarrolla desde otro punto de vista. Tras recordar brevemente el testimonio de la Resurrección, pasa a la exposición de los efectos salvadores de ella. Su perspectiva es dogmático-salvífica y no apologética. El problema de los corintios no era aceptar la Resurrección de Cristo, sino que ese hecho tuviera incidencia sobre la existencia humana. Dicho de otro modo, que la Resurrección hiciera que los creyentes en Cristo tuvieran vida nueva. San Pablo insiste en la conexión entre Cristo resucitado y el creyente en El. Parte de la aceptación del hecho de la Resurrección y argumenta así: negar la vida nueva de los creyentes es negar la Resurrección. Ahora bien, esto no es posible, pues Cristo resucitó realmente. Luego es preciso aceptar que los muertos viven y viven en sentido total, como el propio resucitado, más allá de los lazos del pecado y la muerte (cfr Rom 6,6-11 y 8,2). La Resurrección de Cristo es no sólo algo que le afecta a El, sino extiende su efecto a los creyentes, los coloca en la situación nueva. Y la muerte no destruye esa situación, sino precisamente hace vivirla más plenamente.
El presupuesto paulino de esta forma de pensar es la unión total entre Cristo y el cristiano. No puede negarse la consecuencia en el hombre de los sucesos de Cristo, sin negar al mismo tiempo esos mismo sucesos. Porque lo de Jesús está en función de su efecto salvador. Cristo es el primero en tiempo y en importancia.
De lo dicho se desprende que la frase "si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe", ha de entenderse en sentido principalmente salvífico. La Resurrección no sólo prueba que Jesús tenía razón, sino causa la vida, coloca al hombre en una nueva situación. Hay, pues, razones de esperanza vital, real, presente. El cristiano ya está en este camino. No puede decirse solamente en sentido apologético, sino total. Ciertamente esta predicación puede resultar chocante. ¿Cuándo no ha suscitado escándalo este mensaje? También en los primero tiempos (cfr Hech 17,32: Pablo en Atenas). Pero renunciar a ella o disimularla es renuncia a lo típicamente propio del anuncio del Señor (Dabar 1983).
La resurreción de los cuerpos se les hacia un tanto difícil a más de un corintio (v. 12). Probablemente no dudaban de la resurrección de Cristo, pero negaban todo nexo entre el acontecimiento de Pascua y la resurrección general de los cuerpos. Cabe pensar que esos corintios eran, o bien discípulos de judíos saduceos, que negaban la resurrección (Mt. 22, 23), o bien personas de tendencia platónica para las que no había necesidad alguna de encontrar en el más allá un cuerpo, que lo único que podría hacer sería obstaculizar el goce de la felicidad espiritual esperada.
La argumentación de Pablo discurre en dos planos complementarios. Por otra parte, si Cristo ha resucitado, está claro que también nosotros estamos llamados a la misma resurreción, por el simple hecho de que poseemos la misma naturaleza que El (v. 20). Por otra parte, la resurreción de Cristo no puede comprenderse sino en función de la de todos los hombres, y no a la inversa (vv. 13-18). Que exista un nexo interno entre ambas resurrecciones, eso no lo ve Pablo, puesto que se sitúa no en el plano filosófico, sino en el plano de la salvación. Afirma que si los muertos no resucitan, esto probaría que Cristo no consiguió salvar a la humanidad. La salvación implica efectivamente la victoria sobre la muerte corporal.
Inconscientemente, el cristiano moderno se vería fácilmente impulsado a razonar como los corintios. Admite sin mayores reparos, a título apologético, la resurrección de Cristo como un milagro extraordinario que ratifica la misión y la doctrina de Jesús, pero no acierta a ver tan claro por qué esa resurrección supone la suya y la de todos los hombres. Encuentra, además, alguna dificultad en admitir que este cuerpo enterrado y descompuesto pueda recobrar la vida, porque el cristiano disocia fácilmente el alma del cuerpo, en nombre de una filosofía griega dicotómica tradicional y que tiene que hacer un esfuerzo para creer en la unidad de la persona humana.
La contraposición entre los corintios y San Pablo a propósito de la resurrección se basa, por lo demás, en gran parte sobre dos conceptos antropológicos diferentes: el dualismo griego que separa el alma del cuerpo hasta atribuir a la primera una existencia cuasi autónoma y el concepto unitario judío según el cual el cuerpo y el alma, juntos, constituyen la persona humana (Maertens-Frisque).
S. Agustín comenta: “La lectura del evangelio nos llenó de pánico, pues se refería al último día (Mt 24,4). Pero tal pánico engendra seguridad, en cuanto que movidos por él, nos ponemos en guardia y puestos en guardia, conseguimos esa seguridad. Como una seguridad precipitada nos empuja al temor, así la preocupación que nace del orden engendra seguridad. Se nos atemoriza para que no amemos la vida presente, caduca, inconstante y pasajera, como si no existiera otra. Si en verdad no existe otra, amemos ésta. Si no hay otra son más felices que nosotros los que hoy han corrido al anfiteatro. Pues ¿qué dice el Apóstol? Si nosotros ponemos nuestra esperanza en Cristo pensando sólo en esta vida, somos los más desdichados de todos los hombres (1 Cor 15,19). Existe, por tanto, otra vida.
Que cada cual interrogue a Cristo en su fe. ¡Pero la fe está dormida! Con razón fluctúas, pues Cristo está dormido en tu nave. Jesús dormía en la nave y, por eso, zozobraba ésta entre las aguas y la gran tempestad. Vacila el corazón cuando Cristo está dormido en él. Pero Cristo siempre está despierto. ¿Qué significa, entonces, que Cristo duerme? Que duerme tu fe. ¿Por qué te turbas aún en la tempestad de tu duda? Despierta a Cristo, despierta la fe. Contempla la vida futura con los ojos de la fe por la que creíste y por la que fuiste marcado con la señal de aquel que vivió esta vida para mostrarte hasta qué punto ha de ser despreciada la que amas tú y ha de esperarse aquella en que no creías. Luego, si despiertas la fe y diriges tus ojos a las realidades últimas, al siglo futuro, en el que gozaremos después de la segunda venida del Señor, una vez concluido el juicio y entregado el reino de los cielos a los santos; si piensas en aquella vida y en la actividad tranquila que allí habrá y sobre la que os he hablado muchas veces, amadísimos, no fluctuará nuestra actividad, la actividad serena llena de dulzura, sin molestia alguna, sin cansancio ni fatiga, sin nube que la perturbe.
¿Cuál será nuestra actividad? Alabar a Dios; amarlo y alabarlo; alabarlo con amor y amarlo entre alabanzas. Dichosos los que habitan en tu casa: te alabarán por los siglos de los siglos (Sal 83,5). ¿Por qué, sino porque te amarán por los siglos de los siglos? ¿Por qué, sino porque te verán en los siglos de los siglos? Y este ver a Dios, hermanos míos, ¡qué espectáculo será! Contemplan los hombres a un cazador de fieras y encuentran en ello su gozo. ¡Ay de ellos, desgraciados, si no se corrigen! Quienes tanto disfrutan al ver a un cazador, se llenarán de tristeza cuando vean al Salvador. ¿Habrá gente más desdichada que aquellos a quienes el Salvador no sirva de salvación? Nada tiene de extraño que el Dios Salvador no sirva de salvación para aquellos cuyo único gozo consiste en ver el combate de un hombre. Nosotros, en cambio, hermanos, si nos contamos entre sus miembros, si suspiramos por él, si somos perseverantes, lo veremos y nos gozaremos en él.
Aquella ciudad será para ciudadanos completamente purificados; no será admitido ningún sedicioso o perturbador. El mismo enemigo que, lleno de envidia intenta impedir que lleguemos a esa patria, allí no podrá tender asechanzas a ninguno, pues ni siquiera se le permitirá entrar. Si ya ahora está excluido del corazón de los creyentes, ¡cuánto más lo estará de la ciudad de los vivientes! ¿Qué cosa será, hermanos míos, qué cosa será -os ruego- el estar en aquella ciudad, si el simple hablar de ella procura gozo? Para esa vida futura debemos preparar nuestros corazones, y todo el que prepara el corazón para ella desprecia la presente en su totalidad. El desprecio de ésta permite esperar con confianza el día que el Señor nos mandó esperar llenándonos de pánico” (Comentario al salmo 147,3).
4. Lc 6,17.20-26 (cf Todos los santos y Domingo 4º, A). Jesús dirige su palabra a los discípulos, pero su enseñanza concierne a todos. En su auditorio hay de todo. Mateo trae ocho bienaventuranzas (Mt 5.3-12), Lucas cuatro; pero añade, en contrapartida, otras cuatro amenazas. Todas se refieren al único camino  que conduce al reino de Dios. Es interesante hacer notar cómo Lucas habla únicamente de los "pobres", de los  "hambrientos", de los que "lloran", sin añadir calificativo alguno, mientras que Mateo nos  habla de los "pobres de espíritu" o de los que "tienen hambre y sed de justicia". El texto de  Mateo se refiere a los hombres que se tienen a sí mismos por pobres delante de Dios y lo  esperan todo de él, sin confiar en su propia autosuficiencia. Y aunque este significado  puede salvaguardarse también en el texto de Lucas, puesto que el reino de los cielos y no  la riqueza es la esperanza y la dicha de los pobres no cabe duda que subraya la pobreza  como una situación objetiva favorable y hasta necesaria, aunque no suficientemente, para  llegar al reino de Dios.
Jesús dirige expresamente esta bienaventuranza a los que van a ser sus testigos, a los  que van a ser perseguidos "por causa del Hijo del hombre" (Cfr. Mt 5,10-12): "Dichosos  vosotros..." Los discípulos de Jesús, los que le siguen, padecerán por su causa, pero  participarán también de su gloria y de la gloria de los profetas. Lo específico de los  cristianos no es ser pobre o estar con los pobres, no es luchar por la justicia o construir la  paz, sino dar testimonio de Cristo. Para éstos, además de las otras bienaventuranza que  comparten con los pobres, hay una bienaventuranza específica.
El evangelio es anuncio y denuncia al mismo tiempo, bendición y maldición, buena y mala  noticia. No es imparcial. No lo puede ser en un mundo dividido por la injusticia. Por eso  Jesús no bendice a unos sin maldecir a los otros. Pero la maldición o la amenaza que hace  a los ricos y a los autosuficientes es, ante todo una advertencia severa y una exhortación  para que se conviertan.
Porque si siguen siendo ricos, a pesar de la pobreza de los pobres y a costa de éstos, su  situación es injusta a todas luces y es desesperada en vistas a lo que importa, al reino de  Dios.
También esta cuarta amenaza se dirige expresamente a sus discípulos. Los que le  siguen y han de ser sus testigos no deberán alegrarse si se ven rodeados de una nube de  aduladores, sino todo lo contrario. Porque si buscan los halagos caerán en los errores de  los falsos profetas, de aquellos que sólo predican lo que el mundo quiere escuchar y  traicionan el evangelio (“Eucaristía 1983”).
Las bienaventuranzas no son prometidas a quienes son pobres porque son pobres, y las  maldiciones no se dirigen contra los ricos porque son ricos. De hecho, Jesús elogia a los  pobres que viven en dos mundos a la vez: el presente y la escatología, y amenaza a los  ricos que no viven más que en un solo mundo, el que encadena casi inevitablemente a  quien lleva una vida confortable.
El rico es el que se da tan pronto por satisfecho con lo que posee que no realiza el viaje  hacia la profundidad de su ser, a lo que, por otra parte, nada le llama: un determinado  orden social rico y superindustrializado, una determinada institución eclesiástica  superasegurada de verdades y de derecho.
El pobre no posee más que su soledad, pero la vive con ese valor de ser que le lleva a  las profundidades de su ser, allí donde se vislumbra otro mundo. Solitario en ese orden, es  rico en la participación de este otro orden, participa ya en las victorias y de su proximidad.  Es el revelador de este otro mundo que viene penosamente, a través de gracias y  desgracias, éxitos y fracasos, victorias y traiciones (Maertens-Frisque).
San Agustín comenta: “La solemnidad de la santa virgen (Inés) que dio testimonio de Cristo y mereció que Cristo lo diera de ella, virgen públicamente martirizada y ocultamente coronada, nos invita a hablar a vuestra caridad de aquella exhortación que poco ha nos hacía el Señor en el evangelio, exponiendo los muchos modos de llegar a la vida feliz, cosa que todos desean. No puede encontrarse, en efecto, quien no quiera ser feliz. Pero ¡ojalá que los hombres que tan vivamente desean la recompensa no rehusaran la tarea que conduce a ella! ¿Quién hay que no corra con alegría cuando se le dice: «Vas a ser feliz»? Mas ha de oír también de buen grado lo que se dice a continuación: «Si esto hicieres». No se rehúya el combate si se ama el premio. Enardézcase el ánimo a ejecutar alegremente la tarea ante la recomendación de la recompensa. Lo que queremos, lo que deseamos, lo que pedimos vendrá después. Lo que se nos ordena hacer con vistas a lo que vendrá después, hemos de realizarlo ahora.
Comienza, pues, a traer a la memoria los dichos divinos, tanto los preceptos como los galardones evangélicos. Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos. El reino de los cielos será tuyo más tarde; ahora sé pobre de espíritu.
¿Quieres que sea tuyo el reino de los cielos más tarde? Considera de quién eres tú ahora. Sé pobre de espíritu. Nadie que se infla es pobre de espíritu; luego el humilde es el pobre de espíritu... El reino de los cielos está arriba, pero quien se humilla será ensalzado (Lc 14,11).
Pon atención a lo que sigue: Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. Ya estás pensando en poseer las tierra. ¡Cuidado, no seas poseído por ella! La poseerás si eres manso; de lo contrario, serás poseído. Al escuchar el premio que se te propone: el poseer la tierra, no abras el saco de la avaricia, que te impulsa a poseerla ya ahora tú solo, excluido cualquier vecino. No te engañe el pensamiento. Poseerás verdaderamente la tierra cuando te adhieras a quien hizo el cielo y la tierra. En esto consiste el ser manso: en no poner resistencia a Dios, de manera que en lo bueno que haces sea él quien te agrade, no tú mismo; y en lo malo que sufras no te desagrade él, sino tú a ti mismo. No es poco agradarle a él, desagradándote a ti mismo, pues agradándote a ti le desagradarías a él.
Presta atención a la tercera bienaventuranza: Dichosos los que lloran, porque serán consolados. El llanto significa la tarea; la consolación, la recompensa. En efecto, ¿qué consuelos reciben los que lloran en la carne? Consuelos molestos y temibles. El que llora encuentra consuelo allí donde teme volver a llorar. A un padre, por ejemplo, le causa tristeza la pérdida de un hijo, y alegría el nacimiento de otro; perdió aquél, recibió éste; el primero le produce tristeza, el segundo temor; en ninguno, por tanto, encuentra consuelo. Verdadero consuelo será aquel por el que se da lo que nunca se perderá ya. Quienes lloran ahora por ser peregrinos, luego se gozarán de ser consolados.
Pasemos a lo que viene en cuarto lugar, tarea y recompensa: Dichosos quienes tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Ansias saciarte. ¿Con qué? Si es la carne la que desea saciarse, una vez hecha la digestión, aunque hayas comido lo suficiente, volverás a sentir hambre. Y quien bebiere -dijo Jesús- de este agua, volverá a sentir sed (Jn 4,13). El medicamento que se aplica a la herida, si ésta sana, ya no produce dolor; el remedio, en cambio, con que se ataca al hambre, es decir, el alimento, se aplica como alivio pasajero. Pasada la hartura, vuelve el hambre. Día a día se aplica el remedio de la saciedad, pero no sana la herida de la debilidad. Sintamos, pues, hambre y sed de justicia, para ser saturados de ella, de la que ahora estamos hambrientos y sedientos. Seremos saciados con aquello de lo que ahora sentimos hambre y sed. Sienta hambre y sed nuestro hombre interior, pues también él tiene su alimento y su bebida. Yo soy -dijo Jesús- el pan que ha bajado del cielo (Jn 6,41). He aquí el pan adecuado al que tiene hambre. Desea también la bebida correspondiente: En ti se halla la fuente de la vida (Sal 35,10).
Pon atención a lo que sigue: Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos. Hazla y se te hará; hazla tú con otro para que se te haga contigo, pues abundas y escaseas. Oyes que un mendigo, hombre también, te pide algo; tú mismo eres mendigo de Dios. Te piden a ti y pides tú también. Lo que hagas con quien te pide a ti, eso mismo hará Dios con quien le pide a él. Estás lleno y estás vacío; llena de tu plenitud el vacío del pobre para que tu vaciedad se llene de la plenitud de Dios.
Considera lo que viene a continuación: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Éste es el fin de nuestro amor: fin con que llegamos a la perfección no fin con el que nos acabamos. Se acaba el alimento, se acaba el vestido; el alimento se acaba porque se consume al ser comido; el vestido porque se concluye su tejedura. Una y otra cosa se acaban, pero un fin es de consunción, otro de perfección. Todo lo que obramos, lo que obramos bien, nuestros esfuerzos, nuestras laudables ansias e inmaculados deseos, se acabarán cuando lleguemos a la visión de Dios. Entonces no buscaremos más. ¿Qué puede buscar quien tiene a Dios? O ¿qué le puede bastar a quien no le basta Dios? Queremos ver a Dios, buscamos verlo y ardemos por conseguirlo. ¿Quién no? Pero mira lo que se dijo: Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios.
Prepara tu corazón para llegar a ver. Hablando a lo carnal, ¿cómo es que deseas la salida del sol, teniendo los ojos enfermos? Si los ojos están sanos, la luz producirá gozo; si no lo están, será un tormento. No se te permitirá ver con el corazón impuro lo que no se ve sino con el corazón puro. Serás rechazado, alejado; no lo verás. Pues dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. ¿Cuántas veces ha repetido la palabra dichosos? ¿Qué cosas producen esa felicidad? ¿Cuáles son las obras, los deberes, los méritos, los premios? Hasta ahora en ninguna bienaventuranza se ha dicho porque ellos verán a Dios... Hemos llegado a los limpios de corazón: a ellos se les prometió la visión de Dios. Y no sin motivo, pues allí están los ojos con que se ve a Dios. Hablando de ellos dice el apóstol Pablo: Iluminados los ojos de vuestro corazón (Ef 1,18). Al presente, motivo a la debilidad, esos ojos son iluminados por la fe; luego, ya vigorosos, serán iluminados por la realidad misma” (Sermón 53,1-6).
-Un solo evangelio: Pero esto no quiere decir que el evangelio de Jesús sea una buena  noticia para todos. Es buena noticia para los pobres, porque los pobres son los  evangelizados. Pero es mala noticia para los ricos que no se dejan evangelizar, que  persisten en su riqueza y en su dureza de corazón en un mundo lleno de pobres y  desigualdades injustas. Por eso el texto de las bienaventuranzas, según S. Lucas, se  presenta acompañado inmediatamente por el de las malaventuranzas. El mismo Jesús que  dice: "¡Dichosos, los pobres!", es el que añade a continuación: "¡Ay de vosotros, los ricos!".  Porque no puede olvidarse ni de unos ni de otros, porque no hay unos sin los otros y  porque quiere la salvación de todos.
Los ricos y poderosos de este mundo siempre han necesitado una religión que les  bendiga. Porque no basta con ser ricos para seguir siendo ricos, si no se obtiene además la  justificación de la riqueza. Por eso siempre ha habido una religión inventada para estos menesteres o un abuso de la religión para justificar ideológicamente la riqueza o el poder.  Incluso se ha llegado a ver en las riquezas y en el éxito de los negocios una señal de las  bendiciones divinas y como un signo de predestinación. Pero sin llegar a esos extremos, lo  cierto es que la iglesia se ha avenido con frecuencia a sacralizar con sus bendiciones un  orden construido por los ricos y los señores de este mundo. Sin embargo, Jesús no ha  confiado a la iglesia ninguna bienaventuranza ni bendición alguna para los ricos.
¿Podría decirse, al menos, que puesto que la iglesia de Jesús no tiene para los ricos y  para los poderosos de este mundo ninguna bendición, los dejará tranquilos y abandonados  de la mano de Dios? Nada de eso. La iglesia ha recibido el encargo de anunciar a todos su  evangelio. Los que no quieren escucharlo como buena noticia, tendrán que oírlo como  denuncia de sus injusticias.
-"Dichosos los pobres": ¿Cuál es la dicha de los pobres que proclama Jesús? No es su  pobreza, sino el reino de Dios y la tierra que les ha sido prometido. Tampoco es la riqueza  de los ricos. Jesús no pronuncia palabras de resignación para que los pobres sigan siendo  pobres, para que los que lloran sigan llorando sin esperanza, o para que los que sufren  gocen masoquístamente con su sufrimiento. Menos aún predica la revancha o el cambio de  la tortilla, de modo que los pobres lleguen a ser ricos a costa de los ricos que pasarían a  ser pobres.
La pobreza no es exactamente una virtud en la que hay que  permanecer, no es un bien que no se debe abandonar. Es una situación en la que, sin  embargo, resulta más fácil escuchar y creer en el evangelio. Esa es la ventaja no el mérito,  de los pobres, y por eso Jesús les llama dichosos en vistas al reino y a su evangelio. La  pobreza es también una actitud -"pobres de espíritu"- de desprendimiento y de generosidad, los que adoptan esa actitud ya están en la línea del reinado de Dios que se acerca. Estos  son los que comparten todo lo que tienen, los que saben dar la vida y lo que es menos que  la vida, los que construyen la fraternidad.
Jesús no se limitó a llamar dichosos a los pobres, sino que entró en solidaridad con ellos  y, entre todos ellos, fue el más dichoso, el Bendito del Padre. Fue pobre, no tuvo donde  descansar la cabeza ni donde caerse muerto. Murió en una cruz. Pero resucitó y puso en  pie la esperanza de todos los pobres de la tierra.
-"Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres": Todas las bienaventuranzas las  pronuncia Jesús, sin distinción alguna, para los pobres, para los hambrientos, para los que  lloran..., sin que se refiriera sólo a sus discípulos. De modo que éstos, si quieren compartir  la dicha de ser pobres, deberán entrar en comunión y solidaridad con los pobres y no al  contrario. Sin embargo, Jesús reservó una bienaventuranza y una promesa para aquellos, exclusivamente para aquellos, que padecieran el odio y la persecución del mundo por su  causa, para aquellos que fueran sus testigos. También reservó una amenaza y una  malaventuranza para sus discípulos si en vez de ser objeto de difamación y persecución  son objeto de aplauso y todo el mundo habla bien de ellos. Porque esto seria una prueba  de que se habrían apartado ya de su evangelio y de la solidaridad con los pobres y  marginados de la tierra, que es con los que deben estar.
No quiere decir esto que los cristianos debamos considerarnos felices y fieles al  evangelio precisamente y sólo cuando alguien nos odia y nos persigue. Por desgracia,  también se nos puede odiar porque no somos como Dios manda y el evangelio que  predicamos nos exige. Ningún profeta, ningún testigo del evangelio, lo tiene fácil en un  mundo lleno de injusticias, puesto que tiene que denunciar la injusticia en todas partes. Pero nadie puede considerarse ya un profeta y un testigo de Cristo porque otros hablen  mal de él y lo persigan. En toda situación de conflicto nuestra obligación es examinar a  fondo nuestras conductas. Si nos persiguen sin motivo alguno o sólo porque somos  cristianos y hemos abrazado el evangelio y la causa de los pobres, podemos considerarnos dichosos. Pero si no es así, seremos doblemente desgraciados (“Eucaristía 1983”).
La oración colecta dice: “Señor, tú que te complaces en habitar en los rectos y sencillos de corazón; concédenos vivir por tu gracia de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros”. ¿Quién dudará de la afirmación que representa la primera carta de esta oración colecta? ¿Quién no ha sentido resonar en su corazón cristiano la melodía hermosa y grave a la vez de las Bienaventuranzas, al escuchar estas palabras de nuestra liturgia dominical? Sí, el hombre que mantiene su vida en vigilante atención para que el ladrón de la soberbia y de la autosuficiencia no le robe su tesoro más precioso, ése, es un verdadero sacramento de nuestro Señor, el cual se hizo pobre para enriquecernos a todos. La humildad de corazón, labraba no sin esfuerzo por parte de cada uno, y con el auxilio imprescindible de la gracia de Dios, forma los cimientos sobre los que se levanta y se construye el Cristo en nosotros. Los autores espirituales clásicos dedicaron muchísimas páginas a combatir la soberbia y a alimentar el deseo de la sencillez y de la humildad en los cristianos. De éso hace mucho, y seguro que los tiempos nos reclaman una nueva insistencia aquí. Recobrarse uno mismo en la humildad es el mejor servicio que podemos hacernos, es abrir la puerta principal al Espíritu, ese Espíritu que huye de lo "sabios" y es amigo de los pobres y sencillos de corazón, de los que aman rectitud y aborrecen la tortuosidad y el engaño sistemático e interesado. "Excava en ti el cimiento de la humildad, y así llegarás a la altura de caridad", dice san Agustín. Y para que comprendamos más exactamente qué quiere decir, el santo obispo de Hipona afirma al hablar de la humildad: "No se te dice que seas menos de lo que eres; lo que se te dice es que conozcas lo que eres". He aquí nuestra oración de hoy. Que el Señor nos conceda conocer lo que somos, para que con un corazón sediento de humildad, Dios sea para nosotros la fuente de agua viva donde saciar nuestra sed de caridad (Jaume González Padrós).
Qué son y qué no son las bienaventuranzas. El sermón de la montaña -encabezado por la proclamación solemne de las bienaventuranzas- no es un código jurídico, ni tampoco, propiamente hablando, una lista de normas morales: se trata, en cambio, del anuncio gozoso de las condiciones que hacen posible el seguimiento del camino del Reino de Dios, trazado por Jesús.
Dicho de otro modo: el sermón de la montaña no constituye el resumen de las normas legales y éticas que rigen la vida cristiana, sino que es, sencillamente, la proclamación de las consecuencias -exigentes y liberadoras al mismo tiempo- de la fe cristiana cuando se vive de veras. Sin ánimo de sentar cátedra ni hacer un análisis exhaustivo, vamos a intentar desenmascarar algunas falsas concepciones de las bienaventuranzas; vamos a tratar de ver qué no son las bienaventuranzas.
-Frecuentemente se han considerado las bienaventuranzas como las pautas de vida del cristiano, como el camino para seguir a Cristo; ni Cristo las presenta como tales, pues simplemente hace una relación de quiénes son dichosos, ni podemos nosotros interpretarlo así, puesto que en ellas para nada se habla de seguimiento de Cristo. A Jesús no se le sigue simplemente llorando, porque hay muchos que lloran y eso no significa que le sigan a él; ni basta con ser pobres, pues hay muchos pobres de quienes no se pueden decir en absoluto que sigan a Cristo, etc.
-Tampoco se pueden entender las bienaventuranzas como el código de ética cristiana, o como los mandamientos de la nueva ley. Cristo no dio más que un mandato, el del amor; y las bienaventuranzas, repito, no son más que una relación de quiénes son dichosos; ni siquiera tienen la forma gramatical de unos mandatos.
-Las bienaventuranzas no son un seguro para la felicidad, ni indican el camino a seguir para alcanzar la felicidad, ni son una bendición que cause la felicidad, ni son, tampoco, un seguro para la salvación; nos demuestra la experiencia que cientos de personas sufren, lloran, pasan hambre... y no son felices. Las bienaventuranzas no aseguran al pobre que, por el simple hecho de serlo, sea feliz -la experiencia nos lo demuestra. Esa pobreza ha de tener un por qué que la explique y le dé sentido.
-Mucho menos se puede decir que sean un consuelo, una anestesia contra los males del mundo; ésta sería una solución alienante para tales males o problemas -en realidad ni siquiera sería solución-; sería una salida esclavizadora, impropia del estilo de Jesús. Las bienaventuranzas, entendidas como bálsamo serían, en realidad, verdadero opio en manos de los poderosos.
Es importante observar que lo que se declara bienaventurado son las personas y no las situaciones. La observación es importante porque ello significa que las bienaventuranzas no convalidan o consagran situaciones sociológicas de injusticia y dolor, sino que alaban a personas activas, a personas que llevan adelante una tarea dolorosa o que han hecho una opción dolorosa. En la segunda parte de cada bienaventuranza, Jesús promete en nombre de Dios a todas estas personas un final a su sufrimiento y dolor.
En definitiva, las bienaventuranzas no son algo anterior a un encuentro con Cristo, algo que nos acerque a él, etc., sino todo lo contrario: las bienaventuranzas son algo «a posteriori» de un encuentro personal con Cristo. No son otra cosa que la nueva realidad de los que han optado por Cristo. Las bienaventuranzas no son sino algo que sucede después de haberse decidido por Jesús, lo que uno se va a encontrar en su vida después de dar un sí a Cristo.
Quien se ha encontrado con Cristo y se ha definido a favor de él no tiene más remedio que optar por un cierto estilo de vida. Y quien no opta por tal estilo de vida -que no es otro que el mismo estilo de Jesús- es que o no se ha encontrado real y personalmente con Cristo o que habiéndose encontrado con él, lo ha rechazado. Cristo no engaña; en repetidas ocasiones avisa que, quien quiera seguirle, está llamado a amar de modo definitivo a los demás; y amar implica darse, y darse es renunciar a sí mismo; por eso, quien opta por Cristo acaba siendo pobre, porque no le queda más remedio; y acaba sufriendo, porque el amor que debía existir entre todos los hombres aún no es una realidad; y acaba llorando, teniendo misericordia, trabajando por la paz, siendo limpio de corazón, pasando hambre y sed de justicia...
Esta es la realidad de las bienaventuranzas: que no son otra cosa que la nueva realidad de los que han optado por Cristo. Las bienaventuranzas no son sino algo que sucede después de haberse decidido por Jesús, lo que uno se va a encontrar en su vida después de dar un sí a Cristo. Por eso es dichoso el pobre: porque su pobreza es fruto de una opción por Jesús. Quien llora porque se le ha muerto su madre no es bienaventurado; todos lloran cuando pasan tal trance. Quien llora porque el seguir a Jesús le hace comprender cosas que hacen llorar, quien llega a llorar como efecto de seguir a Cristo, ese es dichoso. Y así con todas las bienaventuranzas. Lo primero es, pues, la decisión por Cristo; y luego, por haber hecho tal opción, seremos dichosos. Y si lo intentamos al revés no conseguiremos nada. La dicha no puede venir por sí sola sino, únicamente, como fruto de nuestra decisión en favor de seguir a Cristo.
El ámbito de las bienaventuranzas es religioso. Es decir, presuponen una toma de posición previa por Jesús y por el reinado de Dios. Jesús se dirige exclusivamente a los que han tomado posición por él y por el Reino (=a los discípulos). Esta toma de posición previa le lleva al discípulo a adoptar posturas concretas. Estas posturas le colocan unas veces en situaciones penosas y otras en actividades cuya realización comporta una serie de dificultades. Tanto en unos casos como en otros el discípulo puede llegar a experimentar el desánimo, la tentación de mandarlo todo a paseo o puede incluso «quemarse». Es aquí, ante estas posibilidades muy humanas, donde interviene Jesús y le dice al discípulo: «No te desanimes. No eres ningún desgraciado. Todo lo contrario: eres un bienaventurado. Eres tú quien está construyendo el Reino y llegará un día en que esto aparezca con toda claridad». La perspectiva de futuro que Jesús introduce no es una evasión; es, sencillamente, la certeza que necesita el luchador de que su lucha no es una quimera, la certeza de que su lucha vale la pena porque efectivamente lleva a un termino glorioso.
Es difícil comentar este precioso pasaje pues nos parece que no hemos entendido nada de las bienaventuranzas (yo, al menos, no las he entendido) y que resulta muy arriesgado intentar comprenderlas. Es una página inquietante, pues decimos que queremos vivir este retrato de Jesús pero en realidad vamos detrás de otros modelos… Buena jugada nos hizo Cristo con las bienaventuranzas; no hay que ver más que las elucubraciones mentales que se han hecho para aguar su contenido. Y se comprende, porque, tomadas directamente, es algo de locos… en la Eucaristía podemos meternos algo en este misterio de amor… que es ya para esta vida.  Hay una bendición descendente y una bendición ascendente, que se emparenta con la eucaristía o acción de gracias (p.ej. Lc 1,68: "Bendito sea el Señor, Dios de Israel..."). Nuestra plegaria eucarística es al propio tiempo bendición ascendente, que alaba al Padre, y descendente, que consagra las ofrendas. La maldición propiamente dicha (hebreo arur, griego epikatáratos, latín maledictus) es una palabra también eficaz pero destructora, que realiza aquello con que amenaza (p.ej., Mt 21,18-19=Mc 11,12-14.20-21; la higuera estéril, maldecida por Jesús se seca). La bienaventuranza (hebreo astrá, griego makarios, latín beatus) es una congratulación por la felicidad que ya existe, o que viene. En el lenguaje popular primitivo era una forma de cumplimentar a alguien, como cuando nosotros decimos "¡enhorabuena!", o "¡te felicito!".
Un ejemplo curioso es el de 1 R 10,8, en que la reina de Saba, para elogiar la sabiduría de Salomón, felicita a sus cortesanos: "Dichosos tus dignatarios, que están siempre ante ti escuchando tu sabiduría!"; o aquel delicado elogio a Jesús, a través de una felicitación a su madre (Lc 11,27). El lenguaje religioso tomó esta forma literaria popular y la convirtió en fórmula hímnica (se celebra a Dios proclamando dichosos al pueblo que él ha escogido, los fieles que le sirven y los piadosos que ponen en él su confianza); o también en una forma de bendición sacerdotal dirigida a los fieles que acudían al templo. Antiguas formas de bendición fueron utilizadas más adelante como conclusión de un mensaje escatológico o de un canto apocalíptico. Finalmente, las bienaventuranzas pasaron al lenguaje sapiencial (especialmente en los salmos) para hacer el elogio de las ventajas que procura la sabiduría y de los beneficios que provienen de vivir según las enseñanzas de los sabios. pero aunque muchas bienaventuranzas se encuentran en salmos sapienciales (22 sobre 36, o sea el 61 por ciento de las bienaventuranzas del A.T.) es porque los salmos recogen textos litúrgicos más antiguos; son los sabios los que, en más de un caso, han sido influenciados por los salmistas, y no al revés (en este análisis seguimos, contra la opinión más habitual, las investigaciones de E. Lipinski).
La antítesis de la bienaventuranza es la conminación, amenaza o ay (hebreo hoi, griego ouai, latín vae), que a menudo, más que expresar el deseo de que se produzca una desgracia, es un anuncio profético, que no pocas veces implica una exhortación a convertirse para escapar del mal amenazado, o a escarmentar viendo el mal que ha caído sobre una persona o un pueblo (como en los "ayes" de Jesús contra las ciudades impenitentes de Galilea, a las que recuerda la suerte de Tiro, Sidón y Sodoma: Mt 11,20-24). De este modo, estas formas literarias se prestan a un uso parenético o moral, para inculcar un juicio de valores, recomendar un estilo de vida y, en definitiva, indicar las condiciones para entrar en el Reino de Dios (Hilari Raguer).
 
 
 

Sábado de la semana 5ª. Jeroboán hizo dos becerros de oro… si nos apartamos de Dios y entregamos a los ídolos somos esclavos de nuestros diosecillos.

Sábado de la semana 5ª. Jeroboán hizo dos becerros de oro… si nos apartamos de Dios y entregamos a los ídolos somos esclavos de nuestros diosecillos. Jesús multiplica los panes y atiende nuestras necesidades espirituales y corporales, cuando nos confiamos a Él
 
Reyes 12,26-32; 13,33-34. En aquellos días, Jeroboán pensó para sus adentros: «Todavía puede volver el reino a la casa de David. Si la gente sigue yendo a Jerusalén para hacer sacrificios en el templo del Señor, terminarán poniéndose de parte de su señor, Roboán, rey de Judá; me matarán y volverán a unirse a Roboán, rey de Judá.» Después de aconsejarse, el rey hizo dos becerros de oro y dijo a la gente: « ¡Ya está bien de subir a Jerusalén! ¡Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto! » Luego colocó un becerro en Betel y el otro en Dan. Esto incitó a pecar a Israel, porque unos iban a Betel y otros a Dan. También edificó ermitas en los altozanos; puso de sacerdotes a gente de la plebe, que no pertenecía a la tribu de Levi. Instituyó también una fiesta el día quince del mes octavo, como la fiesta que se celebraba en Judá, y subió al altar que había levantado en Betel, a ofrecer sacrificios al becerro que había hecho. En Betel estableció a los sacerdotes de las ermitas que había construido. Jeroboán no se convirtió de su mala conducta y volvió a nombrar sacerdotes de los altozanos a gente de la plebe; al que lo deseaba lo consagraba sacerdote de los altozanos. Este proceder llevó al pecado a la dinastía de Jeroboán y motivó su destrucción y exterminio de la tierra.
 
Salmo 105,6.7a.19-20.21-22. R. Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo.
Hemos pecado con nuestros padres, hemos cometido maldades e iniquidades. Nuestros padres en Egipto no comprendieron tus maravillas.
En Horeb se hicieron un becerro, adoraron un ídolo de fundición; cambiaron su gloria por la imagen de un toro que come hierba.
Se olvidaron de Dios, su salvador, que había hecho prodigios en Egipto, maravillas en el país de Cam, portentos junto al mar Rojo.
 
Evangelio según san Marcos 8,1-10. Uno de aquellos días, como había mucha gente y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discipulos y les dijo: «Me da lástima de esta gente; llevan ya tres dias conmigo y no tienen qué comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, se van a desmayar por el camino. Además, algunos han venido desde lejos.» Le replicaron sus discipulos: « ¿Y de dónde se puede sacar pan, aqui, en despoblado, para que se queden satisfechos?» Él les preguntó: «¿Cuántos panes tenéis?» Ellos contestaron: «Siete.» Mandó que la gente se sentara en el suelo, tomó los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a sus discipulos para que los sirvieran. Ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos cuantos peces; Jesús los bendijo, y mandó que los sirvieran también. La gente comió hasta quedar satisfecha, y de los trozos que sobraron llenaron siete canastas; eran unos cuatro mil. Jesús los despidió, luego se embarcó con sus discipulos y se fue a la región de Dalmanuta.
 
Comentario: 1. 1R 12,26-32.13,33-34. Terminamos hoy las cinco semanas de lectura de los libros históricos del AT con nubarrones oscuros sobre la casa de David y Salomón: el pecado de idolatría de Jeroboán. El lunes que viene pasaremos a leer libros del NT, empezando por la carta de Santiago. Al cisma político le sigue ahora el cisma religioso. Es una jugada astuta la de Jeroboán, el rey del Norte: si permite que sus súbditos sigan yendo cada año a adorar a Dios en el Templo de Jerusalén, que está en el Sur, nunca se consolidará la unidad de su pueblo. Como tantas veces, entonces y a lo largo de la historia antigua y moderna, el poder político tiene la tentación de servirse de la religión para sus fines. Y como han pagado los templos, luego pueden mandar callar a los profetas o a los sacerdotes. Aquí Jeroboán construye en los antiguos santuarios de Betel y Dan dos becerros de oro, que en un principio parece que querían representar a Yahvé («éste es tu Dios, el que te sacó de Egipto»), pero que luego fácilmente derivaron a la idolatría. Establece fiestas y sacrificios. Pero lo que peor le sabe al autor del libro es que nombrara sacerdotes tomados del pueblo, sin que pertenecieran a la tribu de Leví.
Disimulando más o menos nuestras debilidades, también los cristianos podemos caer en la tentación de adorar ídolos y levantarles ermitas y altares y ofrecerles sacrificios. Cada uno sabrá cuáles son esos dioses falsos a los que les dedica al menos parte de su corazón y de su fe. Estamos avisados de que el pecado nos lleva a la destrucción: «Este proceder llevó al pecado a la dinastía de Jeroboán y motivó su destrucción y exterminio de la tierra». Pero no solemos hacer mucho caso, porque los ídolos son agradables y nos volvemos ciegos. Tendemos a elegir lo más fácil, lo que satisface más inmediatamente nuestros gustos. No vemos desde los ojos de la fe, sino con los humanos. Luego nos quejamos de las consecuencias, o de que la comunidad no va bien (la comunidad es la suma del valor de cada uno de sus miembros) y que la sociedad o la Iglesia van decayendo y que nosotros mismos nos sentimos cada vez más débiles. Pero no escarmentamos. Cuántas veces nos tenemos que arrepentir de haber iniciado aquel camino que ya veíamos que no era el recto. Pero nos dejamos seducir por los muchos dioses y altares que nos ofrece el mundo de hoy. Tenemos que estar corrigiendo siempre, a la luz de la Palabra que nos amonesta y nos enseña, nuestra tendencia a desviarnos del recto camino: «Hemos pecado con nuestros padres... nuestros padres se hicieron un becerro, adoraron un ídolo de fundición, cambiaron su Gloria por la imagen de un toro que come hierba, se olvidaron de Dios su salvador»...
-El cisma humano, político, pasa a ser un cisma religioso. Anterior al período real, el único enlace entre las doce tribus era su fe religiosa en Yahvéh. A partir de Saúl y sobre todo, de David y de Salomón, el enlace fue político, pero siempre frágil. Bajo un solo rey, las tribus conservaron su peculiaridad. Las torpezas económicas de Salomón y de Roboan exasperan en extremo a las tribus del Norte: a la primera dificultad, cada grupo se encierra en sí mismo... ¡la unidad se ha roto! Ahora bien, los habitantes del Norte habían tomado la costumbre de ir en peregrinación a Jerusalén, donde estaba el Arca de la Alianza. Que ese movimiento continúe no agrada a Jeroboam, rey de las tribus del Norte. Renovará pues para el culto dos antiguos santuarios, Betel y Dan. Al cisma humano se añade entonces el cisma religioso. Todo está muy íntimamente relacionado. También HOY. Sabemos muy bien que las situaciones económicas y políticas marcan profundamente la vida de los hombres. La Fe es influenciada por el salario ganado: esto puede chocarnos pero es un hecho. Ayúdanos, Señor, a dilucidar todas las condiciones que requiere la evangelización: creer en Dios, ser misionero, debe conducirnos a todos a trabajar también para una mayor justicia, para una verdadera promoción del hombre. Los Papas y el Concilio nos lo repiten insistentemente. Ruego para que el Señor me ilumine sobre lo que El espera de mí en ese punto. Ruego también por todos aquellos que tienen mayores responsabilidades en la marcha del gobierno de los pueblos.
-Jeroboam se dijo en su interior: "Tal como van las cosas, el Reino volverá a la casa de David. Si este pueblo continúa subiendo a la Casa del Señor, en Jerusalén, el corazón de este pueblo volverá también a su señor, a Roboam, rey de Judá. Jeroboam erigió pues dos becerros de oro, uno en Betel y otro en Dan..." Al principio no fue un culto idolátrico. En el pensamiento de Jeroboam, estas dos estatuas son una evocación del verdadero Dios, Yahvéh. Pero el pueblo pronto se deslizará hacia la idolatría por contagio de los cultos de Baal, existentes en toda la región. Baal era también representado por estatuas de animales. ¿Cuál es mi «becerro de oro»? ¿Qué contaminación de los valores del mundo, contrarios a los valores evangélicos, dejo penetrar en mí? La falta, el error de Jeroboam y el de las tribus del Norte, en el fondo consiste en usar la «religión» «para un fin político». Para conservar su reino, para salvaguardar sus intereses, instituye lugares de culto. También ocurre esto entre nosotros, ponemos a Dios a nuestro servicio, en vez de ponernos nosotros al servicio de Dios. Nos forjamos una cierta concepción de Dios según nuestras necesidades. Señor, ayúdanos a aceptar tus exigencias, incluso cuando nos parece que van contra nuestros intereses inmediatos.
-Este proceder hizo caer en pecado a la casa de Jeroboam y fue causa de su ruina y su exterminio sobre la faz de la tierra. Interpretación de la historia. El destino trágico de las tribus del norte está ahí para confirmar que no nos separamos impunemente de Dios. "Ruina" y "exterminio" son las secuelas del rechazo explícito de Dios. Los golpes de Estado para las sucesiones de los reyes serán continuos durante dos siglos, hasta la total destrucción del reino bajo las armas de Teglat-Falasar. Señor, ten piedad. Sálvanos de nuestras culpas (Noel Quesson).
Cuando el pueblo de Israel se libera del abuso de poder introducido por Salomón, ya estaba demasiado habituado a ser gobernado por un rey. Por eso, aunque elige uno de la oposición lo hace rey, pensando que éste sí respetará sus tradiciones y su dignidad. ¿Acertará en su esperanza? Aunque Jeroboán se había rebelado contra la política de Salomón, no por esto, una vez nombrado rey, dejará de imitar en más de un aspecto su conducta. Igual que él, se construye una capital y fortifica al menos la ciudad de Fanuel que se añade a las que Salomón había dejado fortificadas en el territorio que ahora pertenece a su reino. Sólo esto ya indica que la fuerza misma de la institución le ha llevado a mantener al menos una parte del aparato estatal salomónico. No tiene nada de extraño que en este clima el cálculo político le obligue a crear un santuario rival del que Salomón había creado en su capital de Jerusalén. Como hemos visto tantas veces en la historia, el poder político quiere utilizar para sus propios fines las instituciones religiosas del pueblo de Dios. La división política cristalizará en una multiplicidad de santuarios y de instituciones sagradas: un becerro de oro en lugar del arca, un sacerdocio no levítico de elección real, una fiesta de peregrinación celebrada un mes más tarde que la de Jerusalén. Algunas de estas diferencias tal vez no eran otra cosa que la consagración de diversas tradiciones vigentes en el pueblo de Israel, pero a los ojos de los narradores deuteronomistas significaban una manifestación del capricho real que tergiversaba arbitrariamente las instituciones dictadas a Moisés por Dios mismo. Al amparo de estos santuarios fueron creciendo desviaciones en la fe, en el culto y en la vida moral, desviaciones que los profetas, como Oseas y Amós, denunciaban crudamente.
Las consecuencias de la protección real sobre santuarios y sacerdocio se manifiestan en los intentos de hacer callar la voz de los profetas: Jeroboán mismo intenta hacer callar a un hombre de Dios que le habla (1 Re 13,4), el sacerdote Amasías expulsa de Betel al profeta Amós (Am 7,10). Pero es inútil taparse los oídos delante de la llamada de Dios. El libro de los Reyes saca una clara lección de la historia del reino del Norte: los cálculos para salvar el poder real pasando por encima de la fidelidad a Dios son una culpa de origen que acabará llevando a la ruina, tanto la dinastía de Jeroboán, que Dios habría consolidado igual que la de David (1 Re 11,38), como el mismo reino de Israel con todo su pueblo, que finalmente será deportado (1 Re 14,7-16). El pueblo de Dios y sus dirigentes pueden temer un mismo fin siempre que para obtener sus deseos abandonen a Dios, fuente de agua viva, para excavar cisternas que no pueden retener el agua, como dirá Jeremías (Jr 2,13; G. Camps).
¿Apartarse del Dios verdadero no tendrá, acaso, como consecuencia la destrucción de quien se alejó del Señor? Dios nos quiere en torno a Él con un amor indiviso. La Religión no es cuestión política, sino de fe. Jesús nos dirá: mi Reino no es de este mundo. Y muchas veces las envidias, el ansia de poder, lleva a querer fundar nuevas iglesias o nuevas congregaciones religiosas. La Iglesia no puede convertirse realmente en una comunidad de fe mientras quienes la conformamos vivamos guiados por la envidia, o por el ansia de dominar a los demás. Por desgracia esto, en lugar de conducir hacia Cristo, podría convertirse en una práctica de dogmatismos que nos llevarían a despreciar a los demás, y a pensar que sólo nosotros tenemos la razón y que los demás son unos malditos. Vivamos firmemente afianzados en Cristo para que seamos constructores o restauradores de la unidad, muchas veces resquebrajada en la misma Iglesia por culpa nuestra. Dios es Dios de todos; y no podemos crearnos imágenes falsas de Él para asegurar nuestros intereses. Quien vaya hacia el Señor no puede ir encadenado, sino con la libertad de quien se siente hijos suyo.
 
2. Sal. 105. Quien se olvida del Dios que nos salvó es fácil presa de otros dioses, que ni son dioses sino fabricaciones del hombre. Finalmente todos estamos necesitando de un punto de referencia para la realización plena de nuestra vida. No vamos en medio del mar a la deriva. Sólo quien no tiene ilusiones, sólo quien no tiene un punto final bien definido es presa de cualquier viento, y se convierte en la persona más inmadura, movida por el viento hacia cualquier lado como las ojas de los árboles. Seamos muy conscientes de a quién o a qué entregamos nuestra vida. Si es el Señor, entonces aprendamos a escucharlo y a serle fieles. Si es a otra cosa distinta de Él entonces pensemos si eso realmente será capaz de salvarnos y de dar la respuesta definitiva a lo que buscamos como nuestro punto de llegada al final de nuestra existencia para lograr nuestra realización plena y nuestra felicidad sin ocaso.
 
3.- Mc 8,1-10. En el evangelio de Marcos se cuenta dos veces la multiplicación de panes por parte de Jesús. La primera no se lee en Misa. La segunda la escuchamos hoy y sucede en territorio pagano, la Decápolis. Dicen los estudiosos que podría ser el mismo milagro, pero contado en dos versiones, una en ambiente judeocristiano y otro en territorio pagano y helenista. Así Jesús se presenta como Mesías para todos, judíos y no judíos.
Lo importante es que Jesús, compadecido de la muchedumbre que le sigue para escuchar su palabra sin acordarse ni de comer, provee con un milagro para que coman todos. Con siete panes y unos peces da de comer a cuatro miI personas y sobran siete cestos de fragmentos.
La Iglesia -o sea, nosotros- hemos recibido también el encargo de anunciar la Palabra. Y a la vez, de «dar de comer», de ser serviciales, de consentir un mundo más justo. Aprendamos de Jesús su buen corazón, su misericordia ante las situaciones en que vemos a todo el mundo. Por pobres o alejadas que nos parezcan las personas, Jesús nos ha enseñado a atenderlas y dedicarles nuestro tiempo. No sabremos hacer milagros. Pero hay multiplicaciones de panes -y de paz y de esperanza y de cultura y de bienestar- que no necesitan poder milagroso, sino un buen corazón, semejante al de Cristo, para hacer el bien.
La «salvación» o la «liberación» que Jesús nos ha encargado que repartamos por el mundo es por una parte espiritual y por otra también corporal: la totalidad de la persona humana es destinataria del Reino de Jesús, que ahora anuncia y realiza la comunidad cristiana, con el pan espiritual de su predicación y sus sacramentos, y con el pan material de todas las obras de asistencia y atención que está realizando desde hace dos mil años en el mundo.
La Eucaristía es, por otra parte. la multiplicación que Cristo nos regala a nosotros: su cercanía y su presencia, su Palabra, su mismo Cuerpo y Sangre como alimento. ¿Qué alimento mejor podemos pensar como premio por seguir a Cristo Jesús? Esa comida eucarística es la que luego nos tiene que impulsar a repartir también nosotros a los demás lo que tenemos: nuestros dones humanos y cristianos, para que todos puedan alimentarse y no queden desmayados por los caminos tan inhóspitos y desesperanzados de este mundo.
«Cuando por desobediencia perdió tu amistad, no le abandonaste al poder de la muerte» (plegaria eucarística IV) (J. Aldazábal).
Lo que impresiona ante todo en estos relatos es la gente: un gentío numeroso, que ha venido a pie de todas partes, que sigue y escucha a Jesús durante días y días. Según H. Montefiore, toda esa gente nos hace sospechar la formación de un movimiento mesiánico de tipo político que ve en Jesús a un posible jefe. Es verosímil; por lo demás, Juan, a propósito de este mismo episodio, indica que la gente buscaba a Jesús con la intención de hacerlo rey (Jn 6, 15). El clima de Galilea por aquel tiempo estaba efectivamente bastante recalentado y bastaba con cualquier cosa para suscitar fanatismos mesiánicos.
Flavio Josefo, por ejemplo, escribe: "Había individuos falaces e impostores que bajo la apariencia de una inspiración divina promovían revueltas y agitaciones, inducían a la gente a realizar actos de fanatismo religioso y la llevaban al desierto, como si Dios tuviera que mostrarles allí los signos de su inminente libertad" (De bello judaico 2, 259). Bajo esta luz adquiere especial importancia la indicación de que Jesús "obligó" a los discípulos a alejarse y de que él, después de haber despedido a la gente, se retiró a rezar a la montaña (6, 46). Jesús no quiere fomentar las esperanzas de la gente (que expresan la misma tentación con que se enfrentó en el desierto), sino que se aleja de ellas, encontrando en la oración la claridad de su camino mesiánico hacia la cruz y el ánimo para recorrerlo (Bruno Maggioni).
"Me da lástima de esta gente", dice Dios. Hermanos, nuestro Dios es un Dios compasivo. ¡No nos engañemos! El amor que se hace piedad y compasión tiene una fuerza que no es la de nuestras compasiones humanas, ni tampoco la de esas compasiones impotentes que suscitan el sarcasmo de nuestros contemporáneos. El amor no se define por la lástima, sino por la admiración. Cuando Dios dice: "me da lástima", no hay en él ninguna condescendencia, ninguna afectación intolerable, sino, más bien, esta revelación inaudita: Dios es un enamorado. "¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré" (Is 49,15). Dios está apasionado, Dios está loco. Como un enamorado, porque ama, lo deja todo: su tranquilidad, su reputación, su renombre.
¿Qué puede ver de bueno en nosotros? ¿Cómo puede hacer de nuestra tierra agotada, ingrata, pervertida o sublevada el objeto de semejante amor? ¿Qué pudo obligar al Hijo a tomar la cruz? "Me da lástima esta gente". Y Dios rompe su propio cuerpo, para saciar con él a esta tierra que ni siquiera conoce el hambre que padece.
Dios se tiende sobre el leño del Gólgota, para así levantar a una humanidad que aún no ha llegado a ver agotado su deseo. "Me da lástima de esta gente". Sólo Dios puede decir con verdad estas palabras, porque sólo él admira suficientemente a nuestra tierra.
Sólo él puede conocer lo que esa frase significa, porque sólo él conoce al hombre tal y como lo soñaba él al atardecer del día sexto. Sólo Dios puede repetirla sin condescendencia, porque sólo él puede hacer lo necesario para que se convierta en realidad aquel sueño olvidado. "Me da lástima de esta gente". Sólo Dios tiene derecho a pronunciar estas palabras, por haber pagado un alto precio para que la lástima se trocara en purificación. "Tomad y comed: esto es mi cuerpo entregado por vosotros y por todos los hombres" (Dios cada día, Sal terrae).
El evangelio de ayer era un anuncio del bautismo. El de hoy nos orienta hacia la Eucaristía. Jesús está siempre presente, con los mismos gestos.
-Por aquellos días, hallándose rodeado de una gran muchedumbre que no tenía qué comer, llamó a los discípulos... La escena que se contará es una "segunda multiplicación de los panes". Pero aquí todos los detalles son empleados por Marcos para mostrarnos que la "mesa de Jesús" está abierta a todos, incluidos los paganos.
1ª multiplicación de los panes / 2ª multiplicación de los panes
-En territorio judío para judíos. / -En pleno territorio de la Decápolis.
-Jesús "bendijo" los panes..., término familiar a los judíos... "eu-logein" en griego / -Jesús "da gracias": término familiar a los paganos... "eu-caristein" en griego
-Quedan "doce cestas" palabra usada sobre todo por los judíos ("Doce" es la cifra de las "doce tribus de Israel"... -La primera comunidad "judeo-cristiana" estaba organizada alrededor de los "doce", como los "doce patriarcas" del primer pueblo de Israel.) / Quedan "siete canastas", palabra usada sobre todo por los griegos (Siete" es la cifra de los "siete  diáconos" que organizaron la primera comunidad helenística -suceso extremadamente importante para introducir a los paganos en la Iglesia y darles la impresión de estar a la misma mesa: Hch 6.)
Marcos tiene pues interés en anticipar la evangelización de los paganos, en el ministerio de Jesús: esto corresponde muy bien a la orientación misionera de su evangelio. Es necesario que los apóstoles amplíen su horizonte. ¡La Mesa ofrecida por Jesús está abierta a todos! ¿Siento yo también estas ansias?
-"Tengo compasión de esta muchedumbre... si les despido en ayunas desfallecerá en el camino, porque algunos vienen de lejos. Todavía el mismo símbolo: los paganos, "los que vienen de lejos", expresión que se encuentra en el libro de Josué 9, 6 y en Isaías 60, 4. Los primeros lectores de Marcos podían reconocerse: también ellos habían venido de lejos, algo más tarde, para ser introducidos en el festín mesiánico en el pueblo de Dios. Gracias, Señor.
-El rol de los discípulos. El retrato del apóstol. Asociados a Jesús para alimentar a las muchedumbres. Lanzados por Jesús a la acción. Ven muy bien lo que hay que hacer, pero no tienen los medios. Así sucede también hoy. El misionero, invitado por Jesús, debe hacer lo que pueda con lo que tiene: y ¡Jesús terminará la obra! No quedarse ociosos ante las necesidades de nuestros hermanos.
-Recogieron siete canastas de los mendrugos sobrantes. En las dos multiplicaciones de panes hay "residuos". Esto indica que el alimento distribuido es inagotable... es el símbolo de un "acto que tendrá que repetirse constantemente", un alimento que debe ponerse sin cesar a disposición de los demás...
-Dando gracias, los partió... Es una comida "de acción de gracias" -eucaristía en griego- La alusión es muy clara. Esta relación no puede pasar desapercibida a un lector cristiano: allí también, los primeros oyentes de Marcos se reconocían... el rito esencial de su comunidad era la "cena del Señor". ¿Qué es la misa para mí, hoy? (Noel Quesson).
Baudoin de Ford (hacia 1190) abad cisterciense, en (SC 93, I, pag. 131ss) comenta: “Tomó los siete panes, dio gracias, los partió...” (cf Mc 8,6) y dice: “Jesús partió el pan. Si no hubiese partido el pan ¿cómo habrían llegado las migajas hasta nosotros? Pero Jesús rompió el pan y lo distribuyó “da con largueza a los pobres” (Sal 111,9) Ha roto el pan para romper la cólera del Padre y la suya propia. Dios le había dicho: “Dios pensaba ya en aniquilarlos, pero Moisés, su elegido, se mantuvo ante él para apartar su furia destructora.” (Sal 105,23) Jesús se mantuvo ante él y lo apaciguó. Por su fuerza indefectible se mantuvo ante Dios sin romperse.
Pero Jesús, voluntariamente ha ofrecido su carne rota por el sufrimiento...”quebraste las cabezas de los monstruos marinos” (sal 73,13) y todos sus enemigos, con tu cólera. Jesús, de alguna manera, ha roto las tablas de la primer alianza, para que ya no estemos bajo la Ley. Ha roto el yugo de nuestra cautividad . Ha roto todo lo que nos aplastaba para reparar en nosotros todo aquello que estaba roto, para hacer volver a la libertad los que estaban cautivos...
Buen Jesús, a pesar de haber partido el pan por nosotros, pobres mendigos, seguimos con hambre... ¡Parte cada día este pan para los que tienen hambre! Hoy, como todos los días, recogemos algunas migajas, y cada día volvemos a tener hambre de nuestro pan de cada día. ¿Si tú no nos lo das, quien nos lo va a dar? Somos menesterosos y desprovistos de todo, no tenemos a nadie que nos parta el pan, nadie que nos alimente, nadie que nos restablezca las fuerzas, nadie más que tú, Dios nuestro. En cualquier consuelo que nos envíes, recogemos las migajas de aquel pan que tú nos partes”.
Tres días lleva la gente y no tienen que comer… significa que la situación es bastante crítica y que a diferencia del primer relato de multiplicación, no hay aldeas cercanas donde pueda ser despedida la gente para procurarse alimentos. Pero también, tres días indica en la Biblia el plazo máximo que se da Dios para intervenir con su ayuda (Jos 1,11; Gén 40,13; Os 6,2). Pasados los tres días, es tiempo para la intervención salvífica de Dios. La preocupación de Jesús de que puedan desfallecer por hambre al regresar a sus lejanas casas, es una buena manera de introducir el milagro.
El hecho que vengan “desde lejos” ratifica el contexto pagano del relato, pues era común entre las primeras comunidades cristianas considerar a los paganos como los lejanos, en cuanto lejanía de Dios y de la salvación (Ef 2,13.17; Hch 2,39; 22,21). La actitud de los discípulos refleja el máximo de la incomprensión y falta de fe, si suponemos que ya había presenciado un milagro similar. Con razón se afirma en Mc 6,52 “pues no habían entendido lo que había pasado con los panes, tenían la mente cerrada”. También podría pensarse que estamos ante una pregunta retórica, recurso literario utilizado por Marcos, para responder que solo hay uno, Jesús de Nazaret, que puede saciar el hambre de la multitud. Como en la primera multiplicación, Jesús pregunta por la existencia de pan.
Los discípulos sin tener que indagar entre la gente le contestan de inmediato que hay siete panes, número que indica plenitud. Los paganos están invitados a participar de la plenitud del banquete eucarístico. Cabe anotar que en la primera multiplicación el número siete se forma de los cinco panes y los dos peces, con el mismo carácter simbólico. Las palabras de Jesús: “tomando”... “dio gracias”... “los partió”, son típicas de la fórmula utilizada en las diferentes comunidades cristianas en la comida eucarística (Lc 22,19; 24,30; 1 Cor11,24). El papel de los discípulos es el de intermediarios entre Jesús y la multitud. La compasión de Jesús pone en acción la inactividad e incomprensión de los discípulos en favor de los hambrientos. Aunque los discípulos son lentos para entender son rápidos para ejecutar las iniciativas de Jesús, esto les permite continuar el camino del discipulado. Cuando todo parecía estar listo, el evangelista añade la presencia de unos “pescaditos”, sin precisar siquiera el número. La bendición a los pescados es extraña, en cuanto en el judaísmo no se bendecían los alimentos como tal sino a Dios que los procuraba. Otra pista para pensar que es un relato cuya procedencia es de ambientes no judíos.
De nuevo los discípulos reparten lo que a su vez han recibido de Jesús. Todos comieron hasta saciarse. Es interesante constatar que el verbo “saciar” solo aparece tres veces en Marcos, en los dos relatos de la multiplicación de los panes y en el de la mujer sirofenicia. La petición de la mujer, que se conformaba con las migajas que caían de la mesa, es ahora escuchada hasta el punto de compartir la mesa y comer hasta saciarse. En el primer relato eran doce el número de canastos donde se recogieron los sobrantes, simbolizando probablemente las doce tribus de Israel y los doce apóstoles. Aquí, el número de canastos son siete, cifra que puede hacer referencia a los “siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu y sabiduría” (Hch 6,3) que reciben el encargo de “hacerse cargo de las mesas (Hch 6,2). También puede indicar los siete pueblos que habitaban la tierra prometida (Dt 7,1), es decir la totalidad del mundo pagano, anteriormente expulsados y hoy invitados a participar de la totalidad del banquete eucarístico.
El número de los que habían comido varía en los dos relatos. En el primero eran cinco mil hombres, en el segundo cuatro mil, un número que podría simbolizar los cuatro puntos cardinales de la tierra, de donde acudirán todos al banquete del Reino de Dios (Lc 13,19). Pasado el tercer día, con la manifestación salvífica de Dios a través de la consolación y la solución de una necesidad básica como la de la alimentación, Jesús puede despedir tranquilamente la gente para continuar su travesía misionera.
Al escuchar este Evangelio, el del reparto de los panes y peces por parte de los discípulos de Jesús, no puedo dejar de pensar en cómo estamos repartiendo los alimentos que, gracias a Dios, hay en abundancia en el mundo. Parece inútil el milagro de Jesús: aunque Él siga multiplicando y regalándonos en abundancia alimento, nosotros aquí lo robamos a los que no lo tienen, nosotros dejamos que millones de personas mueran de hambre, nosotros permitimos que se derrochen alimentos en nuestra casa y un poco más allá haya gente que no tiene para comer.
¿Qué estamos haciendo con el don abundante de Jesús? La tierra produce mucho más de lo necesario, pero somos incapaces de repartir lo que se produce de forma justa. He dicho que somos incapaces, pero igual debería decir que no queremos, que no tenemos “voluntad política” de hacerlo. Os dejo con un pequeño regalo: dicen que una imagen vale más de mil palabras… (Carlo Gallucci).
El anuncio de la Palabra de Dios no puede quedarse sin inserirnos en el compromiso de un trabajo eficaz para que, quienes reciben el anuncio del Evangelio, reciban también el consuelo en sus necesidades temporales. A la Iglesia de Cristo se le ha confiado el anuncio del Evangelio que nos salva. Quienes tratamos de unir vida y Palabra podemos correr el riezgo de quedarnos sólo en la promoción humana de nuestras comunidades. Sin embargo el compromiso del auténtico hombre de fe nace de la meditación humilde de la Palabra de Dios, que viene a transformanos desde dentro, y que nos impulsa, que nos envía para que proclamemos lo que hemos vivido. Sólo entonces seremos un signo vivo de Cristo, y podremos compadecernos de las multitudes hambrientas de pan, de justicia, de perdón, de paz, de amor, de comprensión y de tantas otras cosas de las que adolece la humanidad actual. Vamos al mundo no conforme a los criterios del mismo, buscando tal vez nuestra gloria; sino con los criterios de Cristo, como siervos al servicio del Evangelio que pasan haciendo el bien a todos.
El Señor nos ha convocado a esta Eucaristía; y nosotros hemos respondido a su llamado. El Señor toma el pan, pronuncia sobre él la acción de gracias, lo parte y lo distribuye entre nosotros. Es Cristo, no que pasa, sino que entra a nuestra propia vida para hacernos uno con Él. Entramos en comunión de vida con Él para ser, día a día, transformados en un signo cada vez más claro de su amor salvador para todos los hombres. Por eso no podemos venir sólo a ver; venimos a sentarnos a la mesa del Señor para gozar de su Vida y de su Espíritu. No podremos, tampoco, alejarnos de Él como si hubiésemos venido sólo a participar en un rito sagrado. El Señor irá con nosotros y hará que nuestra Eucaristía se prolongue en la vida diaria, pues Él, por medio nuestro, se hará encontradizo a todo hombre de buena voluntad que le busque, y se hará cercano a todos aquellos que necesitan de quien vele por ellos en medio de sus pobrezas, sufrimientos y dolores.
La vida que hemos recibido del Señor, así como los bienes, incluso materiales, de los que nos permite disfrutar, los pone en nuestras manos para que los distribuyamos entre los que nada tienen. Dios no nos quiere egoístas; Él no quiere que lo busquemos sólo para que nos llene las manos y para que acumulemos bienes que, al final de nuestra vida, no podremos llevar con nosotros. No nos quire esclavos de los ídolos que nosotros mismos nos hemos creado. Quienes somos hijos de Dios tenemos como única esperanza final la posesión del Señor, donde viviremos eternamente unidos a Él, como el único y perfecto don que Dios hará a quienes le amaron y sirvieron en los demás. Vivamos comprometidos en una auténtica caridad fraterna para que, viviendo todos con dignidad ya desde esta vida, podamos, fraternalmente unidos por el amor, disfrutar eternamente del Banquete Eterno en la Casa de nuestro Padre Dios.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir como verdaderos hijos de Dios amándonos como hermanos, de tal forma que seamos capaces de velar por el bien de todos, especialmente de los más desprotegidos. Amén (www.homiliacatolica.com).
 
 

viernes, 12 de febrero de 2010

Viernes de la semana 5ª: Se independizó Israel de la casa de David, por no escuchar a Dios y perderse en idolatrías. Jesús, que hace oír a los sordos

Viernes de la semana 5ª: Se independizó Israel de la casa de David, por no escuchar a Dios y perderse en idolatrías. Jesús, que hace oír a los sordos y hablar a los mudos, nos trae el amor del Padre y su misericordia
 
Primer libro de los Reyes 11, 29-32;12.9: “Un día, salió Jeroboán de Jerusalén, y el profeta Ajías, de Siló, envuelto en un manto nuevo, se lo encontró en el camino; estaban los dos solos, en descampado. Ajías agarró su manto nuevo, lo rasgó en doce trozos y dijo a Jeroboán: «Cógete diez trozos, porque así dice el Señor, Dios de Israel: "Voy a arrancarle el reino a Salomón y voy a darte a ti diez tribus; lo restante será para él, en consideración a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que elegí entre todas las tribus de Israel."» Así fue como se independizó Israel de la casa de David hasta hoy.
 
Salmo 80,10.11ab.12-13.14-15. R. Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz.
No tendrás un dios extraño, no adorarás un dios extranjero; yo soy el Señor, Dios tuyo, que te saqué del país de Egipto.
Pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso obedecer: los entregué a su corazón obstinado, para que anduviesen según sus antojos.
¡Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino!: en un momento humillaría a sus enemigos y volvería mi mano contra sus adversarios.
 
Evangelio según san Marcos 7,31-37. En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. El, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete.» Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»
 
Comentario: 1.- 1R 11, 29-32.12,19. Ha terminado, no muy gloriosamente, la historia de David y Salomón, que habla conocido días tan felices. A Salomón le sucede su hijo Roboán, pero muy pronto diez de las tribus del Norte se separan y se van con Jeroboán, uno de los arquitectos más brillantes del Templo, a quien Salomón había nombrado ministro. Es bien expresivo el gesto simbólico del profeta Ajías con el manto rasgado en doce trozos. Probablemente los motivos concretos de la desgraciada separación entre Israel (Norte) y Judá (Sur) fueron de índole política y económica, junto con la falta de habilidad en el trato con las tribus del Norte, que en el fondo seguían fieles a la memoria de Saúl y se sentían marginadas en relación con las de Judá. Pero en este libro de los Reyes todo se interpreta como castigo por el mal que había llegado a hacer al final Salomón.
-El cisma de las diez tribus del Norte. Una vez más, la Biblia nos interpela. No podemos quedarnos simplemente con el relato de esos acontecimientos "antiguos"... interesantes para el historiador o el curioso de antigüedades. Es preciso escuchar lo que Dios quiere decimos HOY, a través de esos textos. De nuevo, la aventura humana, vivida por el Pueblo de Israel, tiene un valor simbólico ejemplar: el cisma, la separación de los que estaban destinados a vivir unidos... ¿Quién de nosotros no vive, más o menos, en situaciones de ese género? Evoco situaciones parecidas en mi vida... Evoco en mi medio de trabajo, en mi vida de familia, en la Iglesia, entre las Iglesias, en la vida del mundo de hoy, unos hechos, unos cismas, en el más hondo sentido: divisiones, rechazos de diálogo, oposiciones.
-Las causas del cisma. La Biblia reflexiona e interpreta. Son las faltas de Salomón que recogen sus frutos. -Al casarse con mujeres extranjeras, por razones de prestigio político, introdujo cultos idolátricos: los profetas de Yahvéh reaccionan. -Los fastos grandiosos y las construcciones de Salomón pesaron sobre la economía del país, en particular sobre los pobres. La rebelión está a punto. -Las reformas administrativas favorecieron el feudo real -la tribu de Judá- en detrimento de las provincias del norte; que reclamarán la autonomía. Tratando también de interpretar a la luz de la Fe, las "divisiones" que encuentro a mi alrededor y en el mundo, me pongo a reconsiderar mi conducta: no todo depende de mí, ciertamente, y no debo culpabilizarrne de manera excesiva... pero tampoco tengo derecho de cargar todas las culpas sobre los demás. ¿Cuál es mi parte de responsabilidad, en las «faltas de unión» entre los míos, o que yo mismo sufro? ¿Cuál es mi parte de pecado en las «faltas de comunicación» entre personas, o entre grupos?
-Así habla el Señor, Dios de Israel: «He ahí que voy a arrancar el Reino de la mano de Salomón...» y el profeta rasgó su manto nuevo en doce jirones. Al pie de la cruz, los soldados no quisieron rasgar «la túnica de Jesús que era sin costura», y la echaron a suertes. Pero los cristianos han desgarrado la tela sin costura. Están separados. Y ¡esto es un escándalo! Jesús había rogado a su Padre para que «sean uno como nosotros, a fin de que el mundo crea». ¿No es ésta una de las grandes razones de su incredulidad, del rechazo a la Fe?: ¡entendeos primero entre vosotros, vivid lo que decís, vivid como hermanos! Repito la oración de Jesús. Ruego por la unidad... -Dichosos los artesanos de paz. Serán llamados hijos de Dios. ¿Soy de los que se resignan a los cismas, a los racismos, a las opresiones? o, más modestamente, ¿de los que no se esfuerzan ya para reanudar los contactos perdidos? Vivimos cerca, los unos al lado de los otros y nos ignoramos. ¿Se puede ser llamado «hijo de Dios», si uno se contenta con esto? «Artesano de paz». Pienso en la lenta paciencia del artesano. En los medios modestos del artesano. En la tenacidad humilde del artesano. Para la paz (Noel Quesson).
La historia está llena de misterios, y se pone en boca de Dios la culpabilización de ciertos hechos como castigos debidos a los pecados de los hombres, pero es difícil distinguir cuándo tiene un valor pedagógico, y cuándo es una intervención divina real, pues Jesús ha corregido ciertas exageraciones que hacían los judíos. Cierto que Dios es Señor de la historia: «no dejó de cumplirse una palabra de todas las promesas de Yahvé a la casa de Israel; todas se cumplieron» (Jos 21,45). Aquí se subraya la idolatría (Jue 3,6; Sal 106,35) y sus consecuencias fatales del comportamiento de Salomón. La interpretación histórica que se hace es: la consideración de los males que los matrimonios de Salomón con extranjeras habían traído a la casa de David apartaría al pueblo de continuar siguiendo aquel ejemplo. Dios, fiel a su amor a la casa de David y a la ciudad escogida, reserva Jerusalén y una tribu para los sucesores de David, mas da el resto del pueblo a la dinastía de Jeroboán, con la promesa de conservarla para siempre si guarda la fidelidad que no ha guardado Salomón. Y el pueblo queda definitivamente dividido en dos.
Con esta narración, por tanto, ponen en guardia los profetas deuteronomistas al pueblo de Dios, que somos nosotros, contra la ilusión de creer asegurada nuestra felicidad únicamente por el hecho de que Dios nos haya escogido y nos haya concedido sus promesas. A menudo, en lugar de la felicidad esperada, el pueblo escogido ha sido víctima de cismas y otros desastres, tanto en razón de sus propias infidelidades como por las de sus dirigentes. En el caso de Salomón, el cálculo político de unos matrimonios que le aseguraban buenas relaciones con los Estados vecinos le hizo perder la verdadera felicidad de su pueblo, que sólo habría hallado guardando fidelidad a su Dios (G. Camps).
El Reino del Norte en Israel finalmente volverá a vivir separado, como antes de los reinados de David y de Salomón. Aun cuando se da una interpretación religiosa a esa separación, sin embargo los del Norte siempre quisieron liberarse de los de Judá y Jerusalén; finalmente lo logran teniendo como su rey a un siervo de Salomón: Jeroboam. En el futuro siempre estará presente la nostalgia de la unión, en un sólo pueblo, de todas las tribus de Israel; sin embargo Judá y su capital, Jerusalén, siempre reclamarán estar al frente de todos los Israelitas. Hay muchas divisiones que constantemente se generan en los pueblos. No podemos negar, incluso, las divisiones que, por diversas causas, se han generado dentro de los cristianos. El Señor nos llama a la unidad. Él pide a su Padre para nosotros esa unidad en la última cena. San Pablo nos recordará que hemos de vivir unidos por un sólo Señor, una sola fe, un solo Bautismo; un solo Dios y Padre. Sólo el Espíritu Santo, que habita en el corazón de los creyentes logrará la unidad entre todos los hombres; sin embargo, por querer manipular al mismo Espíritu, muchos lo han convertido también en motivo de división por dar preeminencia, no al amor, sino a los carismas que nos deberían ponen al servicio de los demás.
 
2. Sal. 80. Juan Pablo II comentaba: “la religión bíblica no es un monólogo solitario de Dios, una acción suya destinada a permanecer estéril. Al contrario, es un diálogo, una palabra a la que sigue una respuesta, un gesto de amor que exige adhesión. Por eso, se reserva gran espacio a las invitaciones que Dios dirige a Israel. El Señor lo invita ante todo a la observancia fiel del primer mandamiento, base de todo el Decálogo, es decir, la fe en el único Señor y Salvador, y la renuncia a los ídolos (cf Ex 20,3-5). En el discurso del sacerdote en nombre de Dios se repite el verbo "escuchar", frecuente en el libro del Deuteronomio, que expresa la adhesión obediente a la Ley del Sinaí y es signo de la respuesta de Israel al don de la libertad. Efectivamente, en nuestro salmo se repite: "Escucha, pueblo mío. (...) Ojalá me escuchases, Israel (...). Pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso obedecer. (...) Ojalá me escuchase mi pueblo" (Sal 80, 9.12.14). Sólo con su fidelidad en la escucha y en la obediencia el pueblo puede recibir plenamente los dones del Señor. Por desgracia, Dios debe constatar con amargura las numerosas infidelidades de Israel. El camino por el desierto, al que alude el salmo, está salpicado de estos actos de rebelión e idolatría, que alcanzarán su culmen en la fabricación del becerro de oro (cf. Ex 32,1-14).
La última parte del salmo (cf. vv. 14-17) tiene un tono melancólico. En efecto, Dios expresa allí un deseo que aún no se ha cumplido: "Ojalá me escuchase mi pueblo, y caminase Israel por mi camino" (v. 14). Con todo, esta melancolía se inspira en el amor y va unida a un deseo de colmar de bienes al pueblo elegido. Si Israel caminase por las sendas del Señor, él podría darle inmediatamente la victoria sobre sus enemigos (cf. v. 15), y alimentarlo "con flor de harina" y saciarlo "con miel silvestre" (v. 17). Sería un alegre banquete de pan fresquísimo, acompañado de miel que parece destilar de las rocas de la tierra prometida, representando la prosperidad y el bienestar pleno, como a menudo se repite en la Biblia (cf. Dt 6,3; 11,9; 26,9.15; 27,3; 31,20). Evidentemente, al abrir esta perspectiva maravillosa, el Señor quiere obtener la conversión de su pueblo, una respuesta de amor sincero y efectivo a su amor tan generoso. En la relectura cristiana, el ofrecimiento divino se manifiesta en toda su amplitud. En efecto, Orígenes nos brinda esta interpretación: el Señor "los hizo entrar en la tierra de la promesa; no los alimentó con el maná como en el desierto, sino con el grano de trigo caído en tierra (cf. Jn 12,24-25), que resucitó... Cristo es el grano de trigo; también es la roca que en el desierto sació con su agua al pueblo de Israel. En sentido espiritual, lo sació con miel, y no con agua, para que los que crean y reciban este alimento tengan la miel en su boca".
Como siempre en la historia de la salvación, la última palabra en el contraste entre Dios y el pueblo pecador nunca es el juicio y el castigo, sino el amor y el perdón. Dios no quiere juzgar y condenar, sino salvar y librar a la humanidad del mal. Sigue repitiendo las palabras que leemos en el libro del profeta Ezequiel: "¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado y no más bien en que se convierta de su conducta y viva? (...) ¿Por qué habéis de morir, casa de Israel? Yo no me complazco en la muerte de nadie, sea quien fuere, oráculo del Señor. Convertíos y vivid" (Ez 18, 23.31-32). La liturgia se transforma en el lugar privilegiado donde se escucha la invitación divina a la conversión, para volver al abrazo del Dios "compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad" (Ex 34,6)”.
No seamos rebeldes al Señor. Ojalá y jamás se cumplan en nosotros esas terribles palabras que el Señor pronuncia en este salmo: Pero mi pueblo no quiso escuchar mi voz, Israel no quiso obedecerme. Por eso los abandoné a la dureza de su corazón, a merced de sus caprichos (vv 12-13) Dios siempre está dispuesto a perdonarnos. Él nos ama, y nos sigue contemplando amorosamente cuando nos alejamos de su presencia, sin embargo jamás nos retira su amor. Él siempre está dispuesto a perdonarnos y a recibirnos nuevamente como a hijos suyos. Lo único que espera es que volvamos a escuchar su voz y, arrepentidos, nuevamente vayamos por sus caminos haciendo en todo su voluntad. En aquel que cumpla sus mandamientos el Padre Dios y Jesucristo harán su morada. Si queremos que nuestro mundo tome un nuevo rumbo desde nuestra propia vida, es porque antes nosotros mismos hemos escuchado la voz del Señor y le hemos sido fieles.
Pronto o tarde pagamos siempre las consecuencias de nuestros fallos y de nuestro pecado. Salomón había faltado gravemente nada menos que al primer mandamiento, adorando a dioses extraños. Pero además en su acceso al trono -como también había sido el caso de David- hubo intrigas y violencias, llegando a eliminar a los enemigos que se les ponían en el camino. Nosotros también caemos en idolatrías a voces inconfesables, siendo infieles a la Alianza que hemos prometido a Dios. También podemos llegar a ser intolerantes y hasta violentos, en nuestra vida doméstica, con una actitud que tiene sus raíces en el egoísmo, la ambición, el ansia de dinero y de oír los aplausos de los demás. No nos extrañemos que eso produjera división y cisma en tiempos de los sucesores de Salomón y que los siga produciendo ahora en nuestra vida comunitaria. Roto el equilibrio, todo se precipita y decae. Una de las consignas de Juan Pablo II para el Jubileo del año 2000 ha sido la de la unidad. El reconoce que en el doble cisma que existe en la Iglesia, con los orientales desde el siglo XI y con los protestantes desde el XVI, la culpa hay que considerarla repartida entre ellos y nosotros. Y quien dice en la esfera eclesial, dice también en la familiar o la de una comunidad religiosa. El pecado de la idolatría y del egoísmo tienen consecuencias fatales a corto o largo plazo. Tendremos que oir también nosotros, en silencio y con la cabeza inclinada, la queja de Dios en el Salmo de hoy: «Yo soy el Señor Dios tuyo, escucha mi voz... no tendrás un dios extraño... pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso obedecer... ojalá me escuchase mi pueblo y caminase por mi camino».
 
3. Mc 7,31-37. La curación del sordomudo provocó reacciones muy buenas hacia Jesús por parte de los habitantes de Sidón: «Todo lo ha hecho bien, hace oir a los sordos y hablar a los mudos». 
Jesús curó al enfermo con unos gestos característicos, imponiéndole las manos, tocándole con sus dedos y poniéndole un poco de saliva. Y con una palabra que pronunció mirando al cielo: «effetá», «ábrete». El profeta Isaías había anunciado -lo leemos en el Adviento cada año- que el Mesías iba a hacer oír a los sordos y hablar a los mudos. Una vez más, ahora en territorio pagano, Jesús está mostrando que ha llegado el tiempo mesiánico de la salvación y de la victoria contra todo mal.
Además, Jesús trata al sordomudo como una persona: cada encuentro de los enfermos con él es un encuentro distinto, personal. Esos enfermos nunca se olvidarán en su vida de que Jesús les curó.
El Resucitado sigue curando hoy a la humanidad a través de su Iglesia. Los gestos sacramentales -imposición de manos, contacto con la mano, unción con óleo y crisma- son el signo eficaz de cómo sigue actuando Jesús. «Una celebración sacramental está tejida de signos y de símbolos». Son gestos que están tomados de la cultura humana y de ellos se sirve Dios para transmitir su salvación: son «signos de la alianza, símbolos de las grandes acciones de Dios en favor de su pueblo», sobre todo desde que «han sido asumidos por Cristo, que realizaba sus curaciones y subrayaba su predicación por medio de signos materiales o gestos simbólicos» (Catecismo 1145-1152).
El episodio de hoy nos recuerda de modo especial el Bautismo, porque uno de los signos complementarios con que se expresa el efecto espiritual de este sacramento es precisamente el rito del «effetá», en el que el ministro toca con el dedo los oídos y la boca del bautizado y dice: «El Señor Jesús, que hizo oir a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre».
Un cristiano ha de tener abiertos los oídos para escuchar y los labios para hablar. Para escuchar tanto a Dios como a los demás, sin hacerse el sordo ni a la Palabra salvadora ni a la comunicación con el prójimo. Para hablar tanto a Dios como a los demás, sin callar en la oración ni en el diálogo con los hermanos ni en el testimonio de nuestra fe.
Pensemos un momento si también nosotros somos sordos cuando deberíamos oir. Y mudos cuando tendríamos que dirigir nuestra palabra, a Dios o al prójimo. Pidamos a Cristo Jesús que una vez más haga con nosotros el milagro del sordomudo (J. Aldazábal).
Es casi seguro que Marcos ha incorporado este milagro dentro de un ritual de iniciación al bautismo ya existente. La actitud de Cristo levantando la vista al cielo antes de curar al mudo (v 34) no aparece más que en el relato de la multiplicación de los panes (Mc 6, 41). ¿No es esto un indicio del carácter litúrgico de este episodio? Este pasaje parece ser, efectivamente, un eco del primer ritual de iniciación cristiana. Los más antiguos rituales bautismales preveían ya un rito para los sentidos (ojos, en Act 9, 18; nariz y oídos, en la Tradición de Hipólito, núm 20, 35c). Si se tiene en cuenta que, para la mentalidad judía, la saliva es una especie de soplo solidificado, podría significar el don del Espíritu característico de una nueva creación (Gen 2,7; 7,22; Sab 15,15-16). Marcos conserva, sin duda, la palabra aramea pronunciada por Cristo, Ephphata (v. 34), porque así la había conservado la tradición.
Los elementos de este ritual de iniciación podrían ser, pues, un exorcismo (Mc 7, 29, inmediatamente antes de este Evangelio), un padrinazgo de "quienes les llevan", un rito de imposición de las manos (v. 32), un "apartamiento" (v. 33, sin ser el arcano, más tardío, refleja ya la toma de conciencia de la originalidad de la fe), un rito sobre los sentidos (v. 34), tres días de ayuno preparatorio (Mc 8, 3; Act 9,9), y después la participación en la Eucaristía.
Volveremos aquí, a propósito del aspecto particular de las curaciones de mudos en la Biblia, al tema de la fe, que es el punto principal de esta época. La mayoría de los relatos que tratan de la vocación de profetas, es decir, de personajes que han de ser portadores de la Palabra de Dios, refieren al mismo tiempo curaciones de mudos o tartamudos (Ex 4, 10-17; Is 6; Jer 1). Se trata de un procedimiento literario cuya finalidad es dar a entender que el profeta es incapaz, apoyado tan solo en sus facultades naturales, de comenzar siquiera a hablar, sino que recibe de Otro una palabra que hay que transmitir. Por eso, la curación de un mudo, que proclama la Palabra, es considerada como un signo evidente de lo que es la fe: una virtud infusa que no depende de las cualidades humanas.
Hay otro elemento que interviene con frecuencia en las curaciones de mudos. En períodos de castigo divino, los profetas permanecían mudos: no se proclamaba la Palabra de Dios porque el pueblo se tapaba los oídos para no oírla (1 Sam 3, 1; Is 28, 7-13; Lam 2, 9-10; Ez 3, 22-27; Am 8, 11-12; Gén 11, 1-9). El mutismo está, pues, ligado a la falta de fe: el mudo es muchas veces sordo con anterioridad.
Pero si los profetas hablan, y hablan abundamentemente, es señal de que han llegado los tiempos mesiánicos y de que Dios está presente y la fe ampliamente extendida (cf. Lc 1, 65; 2, 27-29). Hay un texto profético muy significativo a este respecto: Jl 3, 1-2, que se verá precisamente cumplido con el milagro de Pentecostés (Act 2, 1-3).
El crecido número de curaciones de sordos y mudos operadas por Cristo es signo de la inauguración de la era mesiánica (Lc 1, 64-67; 11, 14-28; Mt 9, 32-34; 12, 22-24; Mc 7, 31-37; 9, 14-18), como si también ellos tuvieran que salir del mutismo.
La curación del mudo quiere darnos, pues, a entender que debemos tomar conciencia de que la fe es un bien mesiánico. Mas, al relatar esta curación, Marcos quiere hacer suyo el tema del Antiguo Testamento que relaciona mutismo y falta de fe. El evangelista subraya repetidas veces que la multitud tiene oídos y no oye, y tiene ojos y no ve (Mc 4, 10-12, repetido en 8, 18). Por otra parte, toda la "sección de los panes" (Mc 6, 30-8, 26) es la sección de la no inteligencia (Mc 6, 52; 7, 7, 18; 8, 17, 21). Ahora bien: para curar al sordomudo, Cristo le lleva fuera de la multitud (Mc 7, 33), como para subrayar que el mutismo es característica de la multitud y que es necesario apartarse de su manera de juzgar las cosas para abrirse a la fe.
La característica de los últimos tiempos es la de situarnos en un clima de relaciones filiales con Dios, capacitarnos para oír su palabra, corresponderle y hablar de El a los demás. El cristiano que vive estos últimos tiempos se convierte así, en cierto modo, en profeta, especialista de la Palabra, familiar de Dios. Para ello debe poder escuchar esa Palabra y proclamarla: para hacerlo necesita los oídos y los labios de la fe (Maertens-Frisque).
-Dejando de nuevo los confines de Tiro, se fue por Sidón hacia el lago de Galilea, atravesando los términos de la Decápolis.
Todos estos desplazamientos son significativos. Jesús se encuentra en territorio extranjero. Este milagro, una vez más será hecho a favor de un pagano, en pleno país de misión, en pleno territorio de la Decápolis .
-Le presentan a un sordomudo. De hecho el texto griego pone la palabra "tartamudo", "le presentaron pues un sordo que hablaba con dificultad". En toda la Biblia esta palabra se encuentra sólo dos veces: en Is 35, 6 y en Mc 7, 32. Y es precisamente este pasaje de Isaías el que citan las gentes: Es admirable todo lo que hace, los sordos oyen y hablan bien los tartamudos. Marcos subraya pues que Jesús cumple la gran esperanza prometida por Isaías. Es como una nueva creación, un hombre nuevo, ¡con oídos bien abiertos para oír y con la lengua bien suelta para hablar! La salvación que Dios había prometido por los profetas es como un perfeccionamiento del hombre, una mejora de sus facultades: por la fe la humanidad adquiere como unos "sentidos" nuevos, más afinados.
-Y tomándole aparte de la muchedumbre... y después del milagro les recomendó que no lo dijesen a nadie. Consigna del silencio. Hay que evitar que la muchedumbre saque enseguida la conclusión: es el Mesías. Pues este título es demasiado ambiguo. Debe ser purificado, desmitologizado por la muerte en la cruz. Cuando Cristo habrá sido crucificado, solamente entonces podrá decirse que es el Mesías. Esto vale siempre. No nos equivoquemos de Mesías, no carguemos a Cristo ni a la Iglesia de nuestros mitos ni de nuestras esperanzas demasiado humanas: Jesús no acepta nuestros sueños de grandeza, ni nuestro esperar éxitos fáciles. Contemplo a Jesús cuidando de hacer sus milagros "aparte, lejos de la gente"... y "recomendando silencio". Rezo a partir de esto.
-Le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Gestos humanos, corporales, sensibles. Se tiende hoy a borrar esta imagen de Jesús, para presentarnos a un Jesús más moderno, más racional. ¡Ciertamente quedaríamos desconcertados si una filmación grabada en vivo nos presentara a Jesús tal como fue, al hacer estos gestos! Todos los sacramentos, son también gestos sensibles, humanos, corporales. Inmensa dignidad del cuerpo, instrumento de comunicación, de expresión. La gracia más divina, más espiritual, pasa por esos humildes y modestos "signos": al sordo-tartamudo no le estorbaron nuestras teorías desencarnadas... y pudo experimentar, como extremadamente reveladores de la ternura de Jesús, estos gestos de contacto tan sencillos y naturales.
-Y mirando al cielo, suspiró y dijo: "¡Efeta!"... "Abrete". "Mirando al cielo": este gesto indica que la omnipotencia divina es la que hará el milagro. Gesto familiar en Jesús, observado ya en la multiplicación de los panes (Mc 6, 41). Luego Jesús "¡suspira!" ¡Un gemido de Jesús! ¿Participación en el sufrimiento del enfermo? quizá... Pero sobre todo ¡una profunda llamada a Dios! Jesús reza y en su oración participa su cuerpo, su respiración.
-Y se abrieron sus oídos. Se le soltó la lengua. Y hablaba correctamente. Los primeros lectores de Marcos han asistido a "bautizos", en los que el rito del "Efeta" se practicaba concretamente. Yo, por mi bautismo, ¿tengo los oídos abiertos o tapados?... la lengua ¿muda o suelta? ¿Me "comunico" correctamente con Dios y con mis hermanos? (Noel Quesson).
Hoy, el Evangelio nos presenta un milagro de Jesús: hizo volver la escucha y destrabó la lengua a un sordo. La gente se quedó admirada y decía: «Todo lo ha hecho bien» (Mc 7,37).
Ésta es la biografía de Jesús hecha por sus contemporáneos. Una biografía corta y completa. ¿Quién es Jesús? Es aquel que todo lo ha hecho bien. En el doble sentido de la palabra: en el qué y en el cómo, en la sustancia y en la manera. Es aquel que sólo ha hecho obras buenas, y el que ha realizado bien las obras buenas, de una manera perfecta, acabada. Jesús es una persona que todo lo hace bien, porque sólo hace acciones buenas, y aquello que hace, lo deja acabado. No entrega nada a medias; y no espera a acabarlo después.
—Procura también tú dejar las cosas totalmente listas ahora: la oración; el trato con los familiares y las otras personas; el trabajo; el apostolado; la diligencia para formarte espiritual y profesionalmente; etc. Sé exigente contigo mismo, y sé también exigente, suavemente, con quienes dependen de ti. No toleres chapuzas. No gustan a Dios y molestan al prójimo. No tomes esta actitud simplemente para quedar bien, ni porque este procedimiento es el que más rinde, incluso humanamente; sino porque a Dios no le agradan las obras malas ni las obras “buenas” mal hechas. La Sagrada Escritura afirma: «Las obras de Dios son perfectas» (Dt 32,4). Y el Señor, a través de Moisés, manifiesta al Pueblo de Israel: «No ofrezcáis nada defectuoso, pues no os sería aceptado» (Lev 22,20). Pide la ayuda maternal de la Virgen María. Ella, como Jesús, también lo hizo todo bien.
San Josemaría nos ofrece el secreto para conseguirlo: «Haz lo que debas y está en lo que haces». ¿Es ésta tu manera de actuar? (Joan Marqués Suriñach).
¿Podremos conformarnos con anunciar el Evangelio, llenando la cabeza de los demás con conceptos? Ciertamente no podemos prescindir de la Palabra anunciada con los labios. Sin embargo el Evangelio también lo hemos de anunciar con nuestras buenas obras a favor de los demás. Mientras no iniciemos en los demás un auténtico proceso de liberación del pecado y de sus consecuencias, nuestra proclamación del Evangelio se quedará como algo inútil. Jesucristo no sólo vino como Maestro; vino también como aquel que nos conduce a su Reino libres del pecado y de la muerte en todas sus manifestaciones. Por eso la gente del tiempo de Jesús exclama: ¡Qué bien lo hace todo! Ojalá y nosotros no sólo hablemos bien, sino que pasemos, al igual que Cristo, haciendo el bien a todos.
La Eucaristía nos reúne, de toda raza y condición social, en torno a nuestro Dios y Padre común. Él no hace distinción alguna entre nosotros. Él nos creó a todos y a todos nos llama a participar de su Vida eterna. En este Memorial de la Pascua de Cristo pregustamos esa Gloria a la que estamos llamados. Por eso también aquí, en la Eucaristía, debemos iniciar el camino de nuestra unión fraterna. No cerremos nuestros oídos a la Palabra de Dios. No nos conformemos con escucharla como discípulos distraídos. Dejemos que la Palabra de Dios nos cure de nuestras fragilidades, y nos capacite para que estemos dispuestos a dar testimonio de nuestra fe y razón de nuestra esperanza.
El Señor nos quiere fraternalmente unidos. Y la unidad no podemos reducirla a una alharaca inútil. No basta con hablar, no basta con hacer foros sobre la unidad que debe reinar en la humanidad. No basta orar para la unidad entre los cristianos. Hay que implementar acciones concretas, bajo la inspiración del Espíritu Santo, para que desaparezcan de entre nosotros los odios y las divisiones. La unidad debe vivirse, debe propiciarse desde la vida familiar. Es en el seno de la familia donde aprendemos la solidaridad, el respeto y el amor hacia los demás. Quienes creemos en Cristo no podemos ser sinceros cuando, teniendo al Señor como Cabeza de su Cuerpo, que es la Iglesia, vivimos destruyéndonos unos a otros. No seamos sordos ante el mandato de Cristo que nos pide amarnos unos a otros como hermanos.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber escuchar la voz de Dios y de confesar nuestra fe no sólo con nuestros labios, sino con nuestras obras y con nuestra vida misma. Entonces podremos decir que en verdad Dios sigue realizando su obra salvadora en el mundo por medio de su Iglesia. Amén (www.homiliacatolica.com).