viernes, 12 de febrero de 2010

Domingo 5º, ciclo C: no hemos de pensar que somos indignos y tener miedo, pues el amor de Dios nos hace dignos, y Jesús nos dice que no tengamos miedo

Domingo 5º, ciclo C: no hemos de pensar que somos indignos y tener miedo, pues el amor de Dios nos hace dignos, y Jesús nos dice que no tengamos miedo, que Él nos hace pescadores de hombres como a Pedro
 
Lectura del Profeta Isaías 6,1-2a. 3-8. El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Y vi serafines en pie junto a él. Y se gritaban uno a otro diciendo: -¡Santo, santo, santo, el Señor de los Ejércitos, la tierra está llena de su gloria! Y temblaban las jambas de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. Yo dije: -¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos. Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: -Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado. Entonces escuché la voz del Señor, que decía: -¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí? Contesté: -Aquí estoy, mándame.
 
Salmo 137,1-2a,2bc-3.4-5.7c-8. R/. Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti, me postraré hacia tu santuario.
Daré gracias a tu nombre por tu misericordia y tu lealtad. Cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma.
Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra, al escuchar el oráculo de tu boca; canten los caminos del Señor, porque la gloria del Señor es grande.
Extiendes tu brazo y tu derecha me salva. El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.
 
Primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 15,1-11. El texto entre [ ] puede omitirse por razón de brevedad.
Hermanos: [Os recuerdo el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado nuestra adhesión a la fe. Porque] lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los Apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.
[Porque soy el menor de los Apóstoles, y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.] Pues bien; tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.
 
Evangelio según San Lucas 5,1-11. En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: -Rema mar adentro y echad las redes para pescar. Simón contestó: -Maestro nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes. Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: -Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zedebeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: -No temas: desde ahora, serás pescador de hombres. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
 
Comentario: 1. Is 6,1-2a.3-8.-La muerte de Azarías (=Ozías) de Judá, el rey leproso, acaece el año 739 a. de C. Fue un largo reinado, más de cuarenta años, de prosperidad y seguridad. Con su muerte asistimos a la decadencia y ocaso de los reinos del N. y del S. La gran amenaza viene de Asiria: Tiglat-Pileser sube al trono de Asiria el año 745, conquista Damasco (732) y se proclama rey de Babilonia (729). El peligro es inminente: Salmanasar V, sucesor de Tiglat-Pileser, se apodera de Samaria (722), y Senaquerib invadirá Judá el año 701 a. de C.
Isaías es un excelente poeta que nos narra, con palabras muy precisas y de enorme contenido, su experiencia religiosa del primer encuentro con el Señor. Resulta muy difícil exponer en breves líneas el sentido profundo del texto. La visión es del año 739, año de la muerte de Ozías. El autor se halla, o al menos es transportado mediante la visión, al templo terrestre donde se halla el altar del incienso (vv 1.9; Ex 30,1s.; 1 Re 6,17). Isaías no nos describe la visión, sino que de forma muy escueta nos dice: "vi al Señor". Aquella rica experiencia interna debe expresarla con unos símbolos, los bíblicos, para que puedan entenderla sus oyentes y lectores. Así el humo (=nube; cfr. Ex 13,21; 40,34; 1 Re 8,10 s; Ex 10,4) que llena el templo (v 4) es un símbolo que expresa la presencia de Dios, sentado sobre un trono en actitud de rey (v 1; 1 Re 22,19). Que el Señor aparezca envuelto en un manto es imagen bíblica (Sal 104,1s), pero el profeta sólo ve su orla o parte inferior. Así, de forma velada, el autor nos dice que la parte superior ocupa el templo celeste (por eso usa los adjetivos "alto y excelso" aplicados al trono). Según Jn 12,41, esta orla es la gloria del Señor, término que, al igual que nube, nos indica manifestación de Dios.
La corte de este Rey está formada por serafines (su nombre indica relación con el fuego). Son seres alados que cubren su rostro y desnudez en señal de reverencia: como servidores, están de pie y con dos alas se ciernen para indicar prontitud a hacer lo ordenado por el Señor. En su canto (v 3) tres veces se repite el término "santo", práctica muy corriente en hebreo (cf Jr 7,4;22,29; Ez 21,32) para indicar de forma superlativa que Dios es santo y sólo santo (cf Is 1,4;5,16.19.24; 10,17.20; 12,6; 29,19...). Y a la vez se ansía que la gloria (=manifestación de la Majestad divina) invada toda la tierra. El gran coro produce una especie de terremoto en el templo.
-Vs. 5-8: reacción y purificación. Ante la santidad divina la reacción del profeta es reconocerse hombre de labios impuros, al igual que su pueblo; en esta condición no puede participar en el coro de serafines, no puede ejercer la labor de anunciar. Además, el miedo le invade porque sus ojos han visto al Señor y en consecuencia debe morir (Ex. 3, 20). Un serafín coge del altar sagrado un ascua y purifica los labios: desde entonces Isaías es apto para la misión de la palabra porque por este rito se le ha perdonado su pecado y su culpa. Y libre de obstáculos se ofrece, con prontitud, a la misión (v. 8).
Reflexiones. -¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?" (v.8). Todo el relato de vocación profética está orientado hacia el ministerio de la palabra, palabra que nos haga ver cómo la gloria o manifestación divina invade toda la tierra. La tarea no es nada fácil. Los hombres somos seres ciegos que ni siquiera palpamos esa presencia divina en nuestro mundo; más aún, con nuestro actuar hacemos que esa presencia resulte aún menos visible, menos comprensible. Nuestros odios, injusticias, desmanes, afán de poder bélico..., han convertido a nuestro planeta en un "iceberg" agrietado que se desliza por rumbos peligrosos. El profeta sale a nuestro encuentro, pero ¿con qué credenciales? Con su palabra. ¡Credencial insignificante! Por eso, la palabra profética será siempre arma de doble filo: salvación para el que crea y piedra de precipicio para el que endurezca su corazón. Por eso Isaías recibe esta misión; "...que sus ojos no vean, que sus oídos no oigan, que su corazón no entienda..." (vs. 9-10).
-A pesar de la dificultad de la misión profética, Isaías se muestra pronto a la llamada: "...aquí estoy, mándame". Buen ejemplo para imitar, pero no para imponer. También Jeremías y Moisés, con sus objeciones y reticencias, fueron grandes profetas, heraldos de la palabra profética (A. Gil Modrego)
El capítulo 6 contiene la narración sobre la vocación de Isaías, como es el caso del principio de otros libros proféticos (Jeremías, Ezequiel). Entre todas las descripciones de llamadas proféticas, la de Isaías es la más impresionante: la visión del rey Yahvé, rodeado de serafines, la purificación con el tizón encendido, la pregunta de Dios y la dispuesta contestación del profeta son de una belleza literaria incomparable.
La manifestación del que es santo, del que se eleva por encima de la mediocridad humana, descubre la pequeñez y el pecado del hombre. ¿Cómo puede un hombre de labios impuros hacerse eco de la gloria de Dios? ¿Cómo puede participar en su alabanza? ¿Cómo puede tomar en sus labios el santo nombre de Dios y su palabra? ¿Cómo puede llevar esa palabra a un pueblo que es también un pueblo de labios impuros? No es miedo alocado ni terror lo que invade al profeta; es el sentimiento radical del pecador ante la santidad transparente de Dios, que le hace incapaz de mantenerse en su presencia.
Ahora bien, Isaías se tranquiliza ante la revelación de un Dios que le purifica y le llena para hacer de él su enviado, para confiarle una misión: "Vete y di a ese pueblo...". El profeta, con disponibilidad total, salvará la distancia entre el Dios santo y su pueblo. Es esa disponibilidad lo que conservará la pureza de sus labios y lo que hará que la palabra de Dios llegue sin adulteraciones al pueblo que ha de escucharla (“Eucaristía 1989”).
El profeta se siente abrumado ante el enorme contraste entre su insignificancia e indignidad y la dignidad y grandeza de la misión que se le confía: anunciar con sus propios labios la palabra de Dios. Y es que resulta carga excesiva el que la palabra humana sea vehículo de la palabra de Dios. Este mismo es el riesgo y la osadía de todo el pueblo de Dios, a quien se le ha confiado la misión profética: que, siendo pecadores, tenemos que ser heraldos de la palabra del Santo.
El profeta se serena y cobra ánimos cuando sabe que es Dios mismo quien le purifica y capacita para la misión. También en el caso de Jeremías, el profeta se crece y supera dificultad para hablar, cuando sabe que es Dios quien habla y le envía. Jesús tranquilizará a sus discípulos con la promesa de su presencia: él será quien les diga lo que tienen que decir. Sólo es posible cargar con la responsabilidad de la misión profética, cuando el hombre está totalmente a disposición del Señor.
Con la misma disposición que María se someterá a los designios de Dios, ahora el profeta acepta voluntariamente la misión que se le encomienda: "Aquí estoy, mándame" (“Eucaristía 1974”).
¿Cuantos de nuestros fieles, al cantar el "Santo, santo, santo" del principio de la plegaria eucarística, saben que se unen al grito de los serafines del Templo? La conclusión del prefacio ha mencionado a los coros celestiales, pero ¿quién piensa en ellos? Los occidentales tendemos a pensar -suponiendo que haya suficiente fe- que en la liturgia Dios se hace presente en la tierra; los orientales, más fieles a la mentalidad bíblica, creen más bien que en la liturgia la Iglesia de la tierra se une a la del cielo. Nuestro Templo verdadero es la humanidad glorificada de Cristo, que está sentada a la derecha del Padre. Nuestras asambleas deben efectuar el salto necesario, empezando por reconocer la distancia infinita entre Dios y nosotros, salvada por el misterio de Cristo. Esta distancia, la visión de Isaías la expresa en términos de santidad-pecado, binomio que no debe entenderse tanto en sentido moral (Dios es bueno, nosotros malos) como en sentido ontológico. El Antiguo Testamento lo expresa como un terror sagrado: "¡Ay de mí!" (v.5;cf.la reacción de Pedro, en el evangelio de hoy: "Apártate de mí, Señor, que soy un pecador"). Hay un respeto para con Dios y para con lo que lo representa que es necesario mantener. El Dios de Isaías es "el Santo de Israel", incluso en aquello que Congar denomina "lo sagrado pedagógico": lugares, cosas, tiempos dedicados a facilitar nuestra relación con Dios. No es normal, como dice Charles Moellers, que haya quien trate a su Cadillac como si del arca de la alianza se tratara y en cambio entre en la Iglesia como si entrase en el garaje. Pero Dios -tanto el del Antiguo como el del Nuevo Testamento- cuando se aparece invita siempre a superar el temor inicial, convirtiéndolo en amor filial.
Comenzamos la Eucaristía proclamando la santidad de Dios, y la concluimos, antes de comulgar, "atreviéndonos a decirle" Padre nuestro.
Isaías asegura que "vio al Señor", pero el relato precisa que nada de lo que vio (el trono, el manto, los serafines, el humo) u oyó (el clamor angélico, el mensaje que recibe) no son el propio Dios, sino aquella manifestación indirecta que la Biblia llama "gloria". También nosotros,aunque ahora celebremos la Eucaristía de cara al pueblo, hayamos aproximado el altar a la nave y proclamemos la Palabra en la lengua de los fieles, no podemos pensar que ya lo vemos o lo comprendemos todo. La visión de Isaías hoy, y cada día el canto del "Santo", nos exhortan a dar, desde la liturgia y desde la vida, el salto de la fe (H. Raguer).
2. Sal 137. Este salmo proclama la "trascendencia" de Dios: "¡qué grande es tu gloria!" nada original, esto lo hacen todas las religiones auténticas. Toma tiempo dejarse invadir por este sentimiento de adoración que hace "prosternar", el rostro contra el polvo, como dice el salmo, hasta tomar conciencia de "ante quién estás".
Lo que es original, en la revelación que Dios hace de sí mismo a Israel es ante todo, que este Dios "trascendente" mira a los humildes con predilección. Prodigio de lo infinitamente grande, ante lo infinitamente pequeño. La grandeza de Dios no es aplastante, es la grandeza del amor, la "Hessed", sentimiento que llega hasta las entrañas. La palabra aparece dos veces en este salmo. Si es amor, Dios da la vida, Dios salva. Dios está contra todo lo que hace daño, su mano se abate contra los enemigos del hombre", su mano "protege al pobre rodeado de peligros"... ¡Que tu "mano", Señor, no deje incompleta su obra!
Finalmente este mensaje, esta "palabra" (aparece dos veces en este salmo) recibida gozosamente por Israel, y destinada un día a todos los hombres. "Te alabarán, todos los reyes de la tierra, cuando oigan las palabras de tu boca". Los reyes representan a su pueblo; a través de ellos, todos los pueblos darán gracias a Dios, en el día escatológico del Mesías. ¡Admirable visión universalista!
Nada cuesta poner este salmo en boca de Jesús. Repitamos una vez más, nunca lo diremos bastante, que Jesús "dijo" este salmo, dándole una dimensión de oración personal. La suya.
¡La gloria del Padre! "Santificado sea tu nombre, venga tu reino". "Padre, glorifica tu nombre". (Juan 12,28). "Que vuestra luz brille ante los hombres, para que viendo vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre que está en los cielos". (Mateo 5,16).
Acción de gracias. Sentimiento dominante del alma de Jesús, una especie de exultación sonora, íntima, que sin cesar, afloraba a sus labios: "te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes, y las revelaste a los pequeños" (Mt 11,25). Aun los milagros, a menudo, los hacía con una oración de alabanza: "tomó los siete panes y los peces, dio gracias, y los repartió..." (Mt 15,36). El instante cumbre de su vida, su "hora", como decía el mismo Jesús, fue una celebración de acción de gracias, que nos pidió repetir "en memoria suya": "tomó el pan, y después de dar gracias, lo partió diciendo: esto es mi cuerpo entregado por vosotros. Y con la copa hizo lo mismo después de la comida" (Lc 22,19-20).
El amor a los humildes, a los pequeños... Esta "mirada" divina que transforma las situaciones, desinflando a los orgullosos, y exaltando a los pequeños. Escuchamos, anticipadamente el canto de acción de gracias del Magníficat. Para Jesús, la "grandeza del Altísimo", lejos de ser un poder aterrador, era la seguridad llena de dulzura de que un amor todopoderoso se ocupa de esta creación hecha por El. "Ni un pajarillo cae a tierra sin que vuestro Padre celestial lo vea". Y continúa el salmo: "por excelso que sea el Señor, atiende al más humilde". Fórmulas como éstas, nos muestran hasta qué punto Jesús estaba familiarizado con el pensamiento de los salmos.
El redescubrimiento de la "adoración". Mientras más se manifiesta el mundo moderno como un mundo vacío de Dios y de sentido, hombres y mujeres experimentan por contraste el deseo de una gran "respiración" en "aquello que los supera": la opinión cada vez más frecuente de que el hombre es pequeño, de que la naturaleza y el cosmos son más grandes que nosotros. Esto ha sido siempre verdad. No es nada nuevo. Pero puede llevar al hombre contemporáneo hacia "el más allá de todo", Dios. Hay días en que estamos forzados a reconocer que "¡Dios es el más fuerte!" Y lo que llama la atención, como dice el salmo, es que nuestra derrota aparente, nuestra confesión, se convierten maravillosamente en acción de gracias. Porque el poder, la trascendencia de Dios es de amarnos con amor de "Hessed", de ternura hacia los más pequeños. Entonces, alegre, me rindo, me doy por vencido, y estoy feliz. ¡Adoro la prodigiosa grandeza de tu amor que supera todo!
El redescubrimiento del "amor"... Del amor de Dios para nosotros. Pensamos demasiado en los esfuerzos que tenemos que hacer para amar a Dios. ¡Dejémonos amar por El! ¡No sé si te amo, Señor, pero si de algo estoy seguro, es que Tú me amas! Y este amor, el tuyo, es eterno... Aun si el mío es voluble, pasajero, infiel. Para Ti, lo "dado" es dado. Lo "prometido, es prometido". "Te doy gracias por tu palabra". La fidelidad conyugal, los esfuerzos que muchas parejas tienen que hacer para mantenerla y acrecentarla, son gracia de Dios. ¡La fuente del amor es Dios! "Todo hombre que ama verdaderamente, conoce a Dios", nos dice San Juan (Jn 4,7-8). Hagamos la experiencia: somos amados de Dios, y "el otro-difícil-de-amar" ¡es también amado por Dios! Eso cambia todo. Nos preguntamos a veces cómo Jesús pudo decir: "amad a vuestros enemigos". Pues bien, meted en la cabeza y en el corazón que Dios, El, ama a vuestros enemigos. Entonces, si decís que amáis a Dios... sacad la conclusión.
El universalismo del proyecto de Dios. Que Israel, pueblo "escogido", haya podido, hace más de 20 siglos, pensar en una religión universal, en una inmensa "acción de gracias" que sube de todos los pueblos, da una idea de la verdad de su experiencia religiosa. Nosotros, creyentes de hoy, no pensamos a veces que nuestras "eucaristías" no son un pequeño culto de privilegiados, sino la inmensa proa de este navío que lleva hacia Dios la humanidad, ¡lo sepa ella o no! Las pobres eucaristías de nuestras grandes ciudades paganas... son la punta de lanza de la caravana humana. ¡Un día, "todos los reyes, todos los pueblos, celebrarán la acción de gracias" que es ya la nuestra por el amor y la verdad de Dios que se han revelado en Jesucristo muerto y resucitado por nosotros!
"¡No abandones Señor, la obra de tus manos!" Oración que debemos repetir, constantemente, en el mundo de hoy. Dios en acción, hoy. Y si mi oración no es perezosa... Yo también, Señor, en acción contigo. En "acción"... ¿para hacer qué? Para amar, porque "Dios es amor" (Noel Quesson).
¡No dejes por acabar la obra de tus manos! «El Señor llevará a cabo sus planes sobre mí. Señor, tu misericordia es eterna; no abandones la obra de tus manos». Palabras consoladoras, si las hay. «El Señor llevará a cabo sus planes sobre mí». Sé que tienes planes sobre mí, Señor, que has comenzado tu trabajo y que quieres llevar a feliz término lo que has comenzado. Eso me basta. Con eso descanso. Estoy en buenas manos. El trabajo ha comenzado. No quedará estancado a mitad de camino. Has prometido que lo acabarás. Gracias, Señor.
Tú mismo hablaste con reproche del hombre que comienza y no acaba: del labrador que mira hacia atrás a mitad del surco, del aparejador que deja la torre a medias, sin acabar de construir. Eso quiere decir que tú, Señor, no eres así. Tú trazas el surco hasta el final, acabas la torre, llevas a buen fin tu trabajo. Yo soy tu trabajo. Tus manos me han hecho, y tu gracia me ha traído adonde estoy. No eludas tu responsabilidad, Señor. No me dejes en la estacada. No repudies tu trabajo. Se trata de tu propia reputación, Señor. Que nadie, al verme a mí, pueda decir de ti: «Comenzó a construir y no pudo acabar». Lleva a feliz término lo que en mí has comenzado, Señor.
Tú me has dado los deseos; dame ahora la ejecución de esos deseos. Tú me invitaste a hacer los votos; dame ahora fuerza para cumplirlos. Tú me llamaste para que me pusiera en camino hacia ti; dame ahora determinación para llegar. ¿Por qué me llamaste, si luego no ibas a continuar llamándome? ¿Por qué me hiciste salir, si no tenías intención de hacerme llegar? ¿Por qué me diste la mano, si luego me ibas a soltar a mitad de camino? Eso no se hace, Señor...
Estoy en pleno trajinar, y siento la dificultad, el cansancio, la duda. Por eso me consuela pensar en la seriedad de tus palabras y la solidez de tu promesa. «El Señor llevará a cabo sus planes sobre mí». Esa declaración me da esperanza cuando me fallan las fuerzas, y ánimo cuando se acobarda mi fe. Yo puedo fallar, pero tú no. Tú te has comprometido en mi causa. Y tú cumples tu promesa hasta el final.
Permíteme expresar mi fe en una oración, mi propia convicción en una humilde plegaria, con las palabras que tú me has dado y que me deleitan al pronunciarlas: «¡Señor, no dejes por acabar la obra de tus manos!» (Carlos G. Vallés).
3. 1 Co 15,1-11. Este texto es central en el anuncio paulino en particular y cristiano en general. La ocasión de exponer su tema central es que -parece- en Corinto existía un grupo que negaba la resurrección de los cristianos. No la de Cristo, pero sí la de los hombres. Las razones quizá no eran por puro materialismo, sino por lo contrario: creerse ya resucitados por el bautismo. Pero eso es menos importante. Pablo quiere hacerles ver que es imposible que se confiese, se crea en la Resurrección del Señor y no creer también en la propia. Inicialmente recuerda el Evangelio predicado por él, que ciertamente tenía como punto central la proclamación de la Resurrección de Cristo. Naturalmente, al decir que este Evangelio salva, si se permanece en él. Pablo no piensa en una aceptación meramente intelectual, sino que comprenda toda la vida (vs. 1-2), la cabeza, el corazón y las manos. Recuerda luego (vs. 3-6) una confesión tradicional. Probablemente es fórmula no suya, sino de la tradición. Con lo cual nos remontamos todavía más cerca de los acontecimientos pascuales. Da también la primera lista, cronológicamente hablando, de los testigos de la Resurrección. Testigos oficiales por así decir que proclaman cómo el Crucificado vive actualmente y ellos mismos lo han experimentado. También se menciona a sí mismo (vs. 8-11) sin solución de continuidad. Es un testimonio directo de su propia experiencia del Señor Jesús glorioso y resucitado. Hace algunas observaciones interesantes sobre sí mismo, en las que reconoce la gracia recibida y su propia respuesta a esa gracia. Lo principal es el testimonio de la Resurrección de Cristo. No se insiste mucho en ella porque el anuncio inicial ya era el punto más importante. Pero se nos recuerda. Tenemos en estos versículos el texto más antiguo que habla de ese suceso central para nuestra fe. Pablo saca a continuación la conclusión apuntada más arriba: si Cristo ha resucitado, también nosotros. Pero esto no forma parte de la lectura de hoy (F. Pastor).
Situada entre los mares Adriático y Egeo, en la ruta comercial de oriente a occidente, capital de la provincia romana de Acaya, Corinto se había convertido en la ciudad más brillante del imperio, propicia a los negocios y a la vida alegre. Tenía dos puertos. Su población se componía, sobre todo, de colonos italianos. Los griegos volvieron poco a poco, y había también gran afluencia de orientales. Corinto era un mosaico de gentes y mentalidades distintas. Esta circunstancia facilitaba la disgregación, las rivalidades y la relativización de todo y de todos.
La comunidad cristiana de Corinto no era excepción a la regla. En ella se da toda la anterior problemática: elitismos, separatismos, fanatismos. En este fragmento, Pablo sale al paso de la tendencia relativizadora de todo y de todos, recordando lo que está por encima de todo partidismo o ideología: la buena noticia de la muerte y resurrección de Jesús. Porque éste es el acontecimiento único que hace feliz a la humanidad: un hombre ha resucitado y nos resucitará a nosotros. Este es el corazón del mensaje cristiano (“Eucaristía 1989”).
Después de abordar una serie de cuestiones prácticas para la convivencia comunitaria y de cuestiones morales para la vida cristiana en general. Pablo vuelve a lo que es principio y fundamento de la fe con todas sus exigencias o deberes. No quiere terminar su carta sin recordarles el Evangelio que les predicó y que ellos aceptaron, el Evangelio que es lo único que puede salvarles si es que no lo han olvidado. Porque tiene sus dudas al respecto, ya que algunos niegan la resurrección de los muertos (v.12).
El Evangelio no es propiamente una doctrina, sino el anuncio de un hecho de salvación. Su contenido es, ante todo, el mensaje apostólico de la resurrección del Señor. Su forma es la tradición viva. Pablo se presenta como testigo de esa tradición que viene de los Apóstoles, de los que vieron y oyeron. El transmite lo que ha recibido. Cuando él comienza a predicar, la tradición ya está en marcha. El empalma con ella en Antioquía, de esta iglesia recibe la tradición formulada en un símbolo (vv. 3-5) y como enviado de esta iglesia la difunde entre los gentiles. Pero la proclamación del Evangelio no es sólo la difusión de una noticia, sino también la difusión del Espíritu con cuya fuerza se proclama. Por eso es una tradición viva y vivificante.
Aunque Pablo no pertenece ya a la generación de los Doce, se considera apóstol por excepción. Pues ha tenido también su "experiencia" del Señor resucitado. Su caso excepcional es como un nacimiento fuera de tiempo, como un aborto. Por eso Pablo no puede predicar el Evangelio sólo desde su experiencia, sino ateniéndose también al testimonio de los mayores, de las columnas de la iglesia, transmitiendo lo que ha recibido con fidelidad (“Eucaristía 1986”).
La antigua ciudad de Corinto era célebre en su época; y lo era, entre otras cosas, por la corrupción moral que en ella se había llegado a desarrollar. En ella había un templo dedicado a la diosa Afrodita, en el que más de mil muchachas se dedicaban a la prostitución cultual.
En el terreno religioso, la ciudad se caracterizaba por un gran sincretismo; el terreno de lo social, por un marcado contraste entre situaciones de riqueza desmedida y miseria absoluta.
No hubo ninguna comunidad que crease a Pablo tantos quebraderos de cabeza como ésta, y por lo mismo fue con ella con la que mantuvo una relación intensa y rica. Pablo conocedor del ambiente que se vivía en Corinto, estaba bien informado de la vida de esta comunidad y de sus problemas; las informaciones que le llegaban eran preocupantes; abusos litúrgicos, uso de los tribunales paganos para dirimir las diferencias entre los hermanos, graves confusiones en lo referente a la resurrección, que algunos negaban, etc.
Con todo, San Pablo escribió esta primera carta (al menos la primera que conservamos, y de la que la liturgia de hoy nos trae un fragmento) en Éfeso, se calcula que hacia la primavera del año 57, para responder a una serie de preguntas que la comunidad le había planteado. En ella podemos encontrar tres partes: una primera dedicada a la corrección de las desviaciones (capítulos 1 al 6); una segunda dedicada a responder las preguntas que le habían planteado (7 al 10); y una tercera dedicada a dar instrucciones sobre las asambleas litúrgica y a aclarar las ideas sobre la resurrección (11 al 15).
En este último capítulo San Pablo expresa una serie de ideas que para él son de capital importancia; en realidad no se trata de simples ideas; ni tampoco es una cuestión de práctica o de conducta: es lo decisivo, lo fundamental en la fe y en la vida de San Pablo y de todo aquel que quiera ser discípulo de Jesús.
Así que San Pablo les recuerda algo que ya les ha anunciado; les recuerda el punto central de su fe: Jesucristo ha resucitado, y también nosotros resucitaremos.
Como aquella comunidad de Corinto, también nosotros necesitamos que se nos recuerde el Evangelio que se nos ha anunciado; a veces incluso necesitamos que se nos anuncie, porque nuestro olvido se ha vuelto deformación, y hemos puesto el acento de nuestra fe en cualquier cosa menos en lo que es realmente central: la resurrección de Jesucristo. Hay muchos cristianos convencidos de que lo fundamental es ir a misa los domingos, o confesarse con escrúpulo neurótico de los más mínimos detalles de sus pensamientos en materia sexual, o no saltarse ni una coma de las rúbricas de los ritos litúrgicos, o la novena al santo de su devoción, o la romería y la procesión a la ermita de su pueblo...
Hemos repartido nuestra atención entre demasiadas cosas y no hemos sabido jerarquizarlas adecuadamente.
Las mismas palabras que San Pablo dirigía a los Corintios para recordarles el Evangelio que les anunció nos sirven hoy a nosotros, en nuestras circunstancias. Y esas palabras de Pablo nos hablan de lo esencial en nuestra fe: la vida, la gratuidad y el amor.
La vida de Jesucristo, que ha resucitado; hay muchos testigos de esa resurrección; en aquellos momentos lo era, principalmente, los apóstoles, entre lo cuales se cuenta él mismo, y los hermanos; hoy día nosotros somos esos testigos; pero es evidente que, para ello, lo primero es tener la experiencia de que Cristo ha resucitado y vive, pues de lo contrario, ¿cómo vamos a ser testigos de algo que no conocemos? Y esa vida es como un ofrecimiento que se nos hace también a nosotros. Era lo que pretendía San Pablo: que tuviesen fe en su propia resurrección, y que la tuviesen porque Jesucristo había resucitado.
La gratuidad: "por la gracia de Dios soy lo que soy, y lo que he trabajado no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo"; otro buen recuerdo, otra buena lección para tanto orgullo y tanta autosuficiencia, para tanta eminencia y tanta pompa. Agradecer todo lo que gratuitamente nos da Dios; reconocer que todo lo que somos y tenemos nos viene de El; compartir nuestras riquezas, del tipo que sean, con los demás, pues para eso nos las ha dado; quien más tiene, más ha de compartir, más ha de servir; la presunción sólo es posible en ignorantes que no conocen por qué ni para qué son lo que son y tienen lo que tienen. Y, desde luego, renunciar a la presunción de poseer la exclusiva de Dios, como si se tratase de un objeto del que presumir ante las visitas; el mismo Jesús nos enseñó a decir al terminar nuestra tarea que "somos siervos inútiles".
Y todo esto por amor, por el amor que Dios nos tiene y por el amor que nosotros debemos tenerle y tenernos. Por amor nos da la vida, por amor nos regala el triunfo sobre la muerte, por su amor nos es posible todo lo que para nosotros era imposible. Reconozcámoslo: son tres cosas de las que no andamos muy sobrados en nuestro tiempo y en nuestra historia: la vida, la gratuidad, el amor. Florecen y abundan en nuestro tiempo la muerte en mil y una formas, los intereses que mueven a los hombre en casi todas sus actividades, el egoísmo que nos pone a cada uno por encima de todo y de todos. Pero Pablo ha dejado su palabra escrita que, a través de los siglos, nos llega en sus cartas, y también nos recuerda hoy a nosotros el Evangelio en el que estamos fundados y que nos salva, si es que conservamos el Evangelio que la Iglesia nos proclama: de lo contrario, también nosotros, como los cristianos de Corinto, podríamos estar malgastando nuestra adhesión a la fe (Luis Gracieta).
El tema de la resurrección creaba dificultades a los corintios. Sería ingenuo pensar que tales dificultades han dejado de existir para el hombre moderno y para el cristiano de nuestros días. Se podría decir que la dificultad de aceptar la resurrección personal es proporcional a la de aceptar la muerte, y es evidente que una de las grandes inhibiciones colectivas de nuestro mundo, tecnificado y aburguesado, es no contar con la muerte en la perspectiva de la existencia humana. Tal inhibición, si se da, constituye un obstáculo insuperable para poseer una visión coherente y acabada que dé sentido al mundo y al hombre.
La respuesta de Pablo consiste en repetir a los corintios el anuncio de la «buena noticia», en este caso una tradición de la Iglesia ya formulada y anterior sin duda a la predicación del Apóstol. Es difícil precisar hasta dónde llega la fórmula litúrgica de este símbolo de fe; pero, por su forma rimada, es seguro que incluía los tres versículos referentes a la muerte y resurrección de Cristo. Si la sepultura y la mención de los tres días corroboran la historicidad de la muerte, las apariciones corroboran la resurrección (5-8).
La respuesta de Pablo tiene implicaciones importantes. La resurrección sólo es comprensible cuando se acepta plenamente el hecho de la muerte. Cristo no habría resucitado verdaderamente si no hubiera muerto realmente. De igual modo, los cristianos sólo llegan a comprender el verdadero sentido de su resurrección en la medida en que aceptan morir en lo que tienen de hombre viejo. De la novedad de vida que implica la resurrección sólo puede hablar el que ha experimentado voluntariamente la muerte de todo lo que estructura al hombre carnal.
Pero el texto va más lejos. Nadie puede creer en la resurrección de Cristo si no cree también en la resurrección de los hombres (13). Pablo se niega categóricamente a reducir la esperanza cristiana a la moralidad de la vida y a la fe en un hecho histórico singular (19). Eso sería una ilusión vana. Creer es aceptar que la Iglesia es el cuerpo de Cristo y que lo que es ya una realidad para la cabeza lo será también para todos los miembros (A. R. Sastre).
4. Resuena explícita la Palabra de Dios a través de Jesús. Sacad la barca lago adentro y echad vuestras redes para la pesca. Pedro replica constatando lo descabellado, absurdo incluso, de la propuesta de Jesús. La pesca tiene sus horas propicias, fuera de las cuales es inútil intentarlo. Pero, puesto que tú lo dices, echaré las redes. Es decir, la Palabra de Jesús adquiere para Pedro rango de valor superior a la lógica de la situación. Pedro acoge, hace suya esa Palabra. Se fia más de ella que de la lógica de la situación. Los dos versículos siguientes, 6-7, reflejan el resultado de la acogida de la Palabra de Jesús. Un resultado imprevisible, impensable incluso, desde la lógica de la situación previa. La escena recuerda la de María e Isabel y las palabras de ésta: ¡Dichosa tú, que has creído que se cumpliría lo que te había dicho el Señor! (Lc. 1,45).
La escena final tipifica la reacción de Pedro en términos que recuerdan lo escuchado en la primera lectura de Isaías. Es la reacción humana ante lo imprevisible-impensable desde la lógica de la situación previa. Asombro, pasmo, temor, autocuestionamiento de la propia persona que se experimenta a sí misma como indigna, poca cosa. Señor, apártate de mí, que soy un pecador. Pero la Palabra de Jesús disipa temores e introduce al que se ha fiado de ella en una novedad de vida. Una vez más la escena nos lleva a Isabel y María en Lc. 1,26-56 y a las palabras, en este caso, de María: Desde ahora, todos me llamarán feliz, pues ha hecho maravillas conmigo Aquél que es todopoderoso (Lc. 1, 48-49).
Resumiendo: En su línea de profundizar en la instrucción cristiana, Lucas ha elaborado un relato cuyo tema central es la Palabra de Dios o, que para él es lo mismo, la Palabra de Jesús.
Una Palabra desconcertante, absurda incluso, si se mide desde el pragmatismo y la lógica de las situaciones. Pero una Palabra de maravillosas consecuencias inéditas, si se acoge y acepta con confianza. A su vez, la vida del que se ha fiado de la Palabra de Jesús entra en una dinámica nueva. Nos hallamos ante un relato gráfico de invitación a aceptar la Palabra de Jesús.
Comentario. Lucas incide en una temática que ya había desarrollado ampliamente en Lc1,26-56, y que comentábamos con ocasión del cuarto domingo de adviento. Frente a la lógica de la situación, del pragmatismo y del realismo, nos invita a hacer nuestra la Palabra de Jesús.
Fiarse de esa Palabra hace posible que acontezca lo impensable o, lo que es lo mismo, la utopía, la cual jamás será posible desde la lógica del pragmatismo. Fiarse de la Palabra de Jesús introduce además a la persona que lo hace en una dinámica nueva para sí mismo y para los demás. A sí mismo lo limpia de jactancias más o menos inconfesadas, por lo general más bien inconfesadas o no conscientes. Para los demás es una referencia de ilusión y de esperanza (A. Benito).
Lucas agrupa en este pasaje tres acontecimienos distintos, sacrificando un orden cronológico en aras de un orden pedagógico.
La predicación de Jesús, el milagro de la pesca y la decisión de abandonarlo todo para seguir al Maestro, marcan tres momentos psicológicos en el proceso de la vocación de los apóstoles. La "señal" o el milagro refuerza las palabras de Jesús y aumenta su credibilidad ante los que van a ser sus discípulos en adelante.
La invitación a internarse en alta mar conlleva el riesgo a afrontar los temporales tan frecuentes como inesperados en el lago de Tiberiades o de Genesaret. Toda la tradición exegética se ha recreado glosando este pasaje, interpretando la barca de Pedro como figura de la iglesia de Cristo. En este sentido resultan sugerentes las palabras de Jesús: "Rema mar adentro y echa las redes para pescar". El riesgo de la pesca de altura, en medio del temporal, viene compensado por la abundancia de la pesca. Así le ocurre a la iglesia cuando anuncia el evangelio donde están los conflictos, cuando lleva la palabra de Dios a los problemas concretos y no se queda en vaguedades y en abstracciones que no significan nada y no comprometen a nadie.
Pedro conocía bien su oficio, sabía que la noche y no el mediodía era el tiempo propicio para la pesca. Con todo se fia más de la palabra del Maestro que de su propia experiencia.
Dios se manifiesta en un prodigio inesperado. Ante este milagro Pedro, lo mismo que Isaías ante la revelación de Dios, se siente sobrecogido y descubre su propia indignidad. Lucas hace notar que los compañeros de Pedro participan de los mismos sentimientos de temor y de asombro ante el milagro. Pero las palabras de Jesús confortan a Pedro y le capacitan para la misión que ha de recibir. Pedro y sus compañeros, seguros en el que los envía, podrán aceptar responsablemente la vocación de ser en adelante "pescadores de hombres". Esto no debe entenderse en un sentido proselitista, de "echar el gancho" o de servirse de tretas para que la gente "pique". Echar las redes tiene aquí el sentido de sembrar o de anunciar generosamente la palabra de Dios, confiando en la virtud de esta palabra y en Dios que es el que da el incremento y la cosecha (“Eucaristía 1986”).
Se comprende mejor la importancia del episodio de la pesca milagrosa si se tiene en cuenta que el judío considera el agua, sobre todo el mar, como morada de Satanás y de las fuerzas contrarias a Dios. Hasta la venida del Salvador, nada podía hacerse -salvo un milagro del tipo del del mar Rojo- para salvar a quienes la mar enemiga engullía; pero desde que Él está aquí, se pueden pescar hombres en abundancia y sustraerlos a las garras del imperio del mal. Ese es, por otro lado, el sentido profundo de la bajada a los infiernos (inferi=aguas inferiores) en 1P 3,19, en donde Cristo desciende precisamente para salvar a quienes habían sucumbido bajo las aguas del diluvio. Ser pescadores de hombres es, pues, participar en esa empresa de salvamento de todos cuantos se han visto absorbidos por el mal; ya Jr 16, 15-16a preveía esa función.
San Lucas considera, pues, a la Iglesia como la institución encargada de salvar a la humanidad de la sumersión que la amenaza. Para garantizar la realización de esa misión hay hombres encargados de una misión apostólica particular dentro de esa Iglesia. Pero sólo a Cristo le deben las fuerzas con que cuentan para llevar a buen término su "pesca" y el ardor que ponen en conseguirlo.
El misionero será un pescador de hombres en la medida en que salve seres humanos mediante la administración del bautismo. El cristiano será pescador de hombres en la medida en que multiplique a su alrededor las conversiones e introduzca en la Iglesia a muchas almas. Este concepto individualista no corresponde quizá del todo con la manera de pensar de Lucas y ni siquiera con la mentalidad moderna. Bajo apariencias místicas, el relato de la pesca milagrosa parece tener otro alcance: la humanidad es presa de potencias que la absorben y la anegan; Cristo se reserva a Sí y a sus discípulos una misión liberadora que frene y contrarrestre ese deslizamiento hacia la catástrofe.
El caso es que la humanidad actual se mueve en la cuerda floja y bastaría muy poca cosa para que se hundiese a sí misma sin necesidad de otras fuerzas demoníacas que su propio egoísmo y su afán de poder. Ser pescador de hombres consiste, por tanto, hoy, en participar en todas las empresas que quieren evitarle al hombre esa perdición y colaborar, mediante una mayor igualdad, una paz más estable y una mayor posibilidad para los humildes de promoverse a sí mismos, a sacar a la humanidad del océano que la sumerge. Dejarla fuera de estos movimientos es condenar a la Iglesia a no revelar su identidad y su misión entre los hombres (Maertens-Frisque).
El evangelio de hoy es la expresión gráfica de lo que la solemnidad litúrgica obra. Estamos en torno al altar, lo mismo que los discípulos se congregaban en torno a Cristo, fatigados por inútiles trabajos: "Toda la noche hemos estado fatigándonos y nada hemos cogido". Podemos decir también nosotros: "Hemos trabajado toda la semana al servicio del Señor y ¿qué hemos conseguido? ¿Qué podemos presentar a Cristo? Mas, ahora está El entre nosotros; le tenemos presente en la palabra del Evangelio, en su cuerpo sacrificado, en la sangre de su sacrificio. El es la víctima por nuestros pecados y "su debilidad -en la cruz- constituye nuestra fortaleza" (S. Agustín). Al verlo, nuestra fe se aviva y el amor vuelve a tomar con alegría el peso de la vida. Sí; Cristo está aquí, está en nosotros por el santo sacrificio y el banquete eucarístico. ¿A quién temeremos? Nos eleva El del orden natural del ser, incapaz de redimirse a sí mismo, hasta el orden sobrenatural, puro y libre, de la gracia.
"No temas, dice a su Iglesia, de hoy en adelante serás pescador de hombres". No temas, por más que tus miembros sean hombres mortales, débiles e inclinados al pecado. ¡No temas! Mientras te parece que te esfuerzas en vano para santificar a tus hijos, Yo estoy contigo, como Salvador de mi propio cuerpo. Sano a mis miembros, vengo constantemente y me hago presente en ti por el misterio de la celebración del santo sacrificio. "Guía mar adentro"; echa tu red en las profundidades de la fe y de los misterios; reúne a tus hijos alrededor del altar. Cuando estén en mi presencia, llenos de amor y de abandono, vendré y los santificaré; realizaré en ellos lo que ellos no pueden verificar a pesar de sus redobles esfuerzos.
Debes esperarlo todo de mí. Si has trabajado en vano toda la noche, me presentaré ante ti a la madrugada y en un momento haré cuanto necesitas y te conseguiré la salvación tan ansiada. Bueno es que tengas conciencia de tu debilidad; así crece tu fe en mi poder. ¡No temas, Iglesia mía! ¡Pide sin cesar mi presencia! ¡Llámame! No te hace falta nada más; de lo demás me ocupo yo. Duc in altum, "guía mar adentro", penetra profundamente en la fe y busca tu salvación en el divino abismo del misterio. Incluso cuando creas trabajar sin ningún resultado durante todo el curso de tu existencia terrena, aun cuando veas a los tuyos sumidos en la flaqueza del pecado, por más que el mundo se levante contra ti y haga de ti mofa diciendo: "¿Dónde está tu Dios?", aunque te veas impotente para atraer a ti los que se han alejado... ¡no temas! ¡no temas en ningún caso! Me verás, es cosa cierta, en la aurora de la eternidad y tu red entonces estará llena hasta rebosar.
Ya hoy, al finalizar la solemnidad litúrgica puedes hechar una mirada a tu red. ¿Está, quizá, vacía? No; está llena. Deo gratias!, respondemos nosotros. Nuestra red está llena, sí, pues dentro de ella se encuentra un gran pez, el Ichthys, Jesucristo (estas palabra griega signifia "Pez". Las letras que la componen son las iniciales, en griego también, de la frase: Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador. Por esto entre los antiguos cristianos el pez era el símbolo de Cristo). Le hemos recibido en el banquete eucarístico y se ha convertido en nuestro alimento. Alimenta la paciencia de su Iglesia, a fin de que bajo el yugo, pero esperando, pase por encima de los "dolores de este tiempo" al encuentro de la "gloria venidera" (Emiliana Löhr).
"El Concilio, con el propósito de intensificar el dinamismo apostólico del pueblo de Dios, se dirige solícitamente a los cristianos seglares, cuya función específica y absolutamente necesaria en la misión de la Iglesia ha recordado ya en otros documentos... Las circunstancias actuales piden un apostolado seglar mucho más intenso y amplio. Porque el diario incremento demográfico, el progreso científico y técnico y la intensificación de las relaciones humanas no sólo han ampliado inmensamente los campos del apostolado de los seglares, en su mayor parte abiertos sólo a estos, sino que, además, han provocado nuevos problemas, que exigen atención despierta y preocupación diligente por parte del seglar. La urgencia de este apostolado es hoy mucho mayor, porque ha aumentado, como es justo, la autonomía de muchos sectores de la vida humana, a veces con cierta independencia del orden ético y religioso y con grave peligro de la vida cristiana".
Nos reunimos en la iglesia y en la eucaristía para dispersarnos en el mundo y por la vida. Aquí nos llenamos de la palabra de Dios, para repartirla luego como heraldos del evangelio. En la eucaristía nos llenamos del Espíritu de Jesús, compartiendo su cuerpo y sangre, para luego ser testigos de su amor, compartiendo el pan y la justicia. Somos apóstoles, es decir, enviados para una misión. Para eso hemos sido bautizados.
Por eso nos reunimos a celebrar la eucaristía y salir a cumplir nuestra misión de predicar el evangelio (“Eucaristía 1989”).
 
 
 

Sábado de la semana 4ª: Salomón pide tener sabiduría, aunque la mejor ciencia es el buen corazón y el servicio que nos muestra Jesús  

Sábado de la semana 4ª: Salomón pide tener sabiduría, aunque la mejor ciencia es el buen corazón y el servicio que nos muestra Jesús
 
Primer Libro de los Reyes 3,4-13. El rey fue a Gabaón para ofrecer sacrificios allí, porque ese era el principal lugar alto. Sobre ese altar, Salomón ofreció mil holocaustos. En Gabaón, el Señor se apareció a Salomón en un sueño, durante la noche. Dios le dijo: "Pídeme lo que quieras". Salomón respondió: "Tú has tratado a tu servidor, David, mi padre, con gran fidelidad, porque él caminó en tu presencia con lealtad, con justicia y rectitud de corazón; tú le has atestiguado esta gran fidelidad, dándole un hijo que hoy está sentado en su trono. Y ahora, Señor, Dios mío, has hecho reinar a tu servidor en lugar de mi padre David, a mí, que soy apenas un muchacho y no sé valerme por mí mismo. Tu servidor está en medio de tu pueblo, el que tú has elegido, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede entonces a tu servidor un corazón comprensivo, para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal. De lo contrario, ¿quién sería capaz de juzgar a un pueblo tan grande como el tuyo?". Al Señor le agradó que Salomón le hiciera este pedido, y Dios le dijo: "Porque tú has pedido esto, y no has pedido para ti una larga vida, ni riqueza, ni la vida de tus enemigos, sino que has pedido el discernimiento necesario para juzgar con rectitud, yo voy a obrar conforme a lo que dices: Te doy un corazón sabio y prudente, de manera que no ha habido nadie como tú antes de ti, ni habrá nadie como tú después de ti. Y también te doy aquello que no has pedido: tanta riqueza y gloria que no habrá nadie como tú entre los reyes, durante toda tu vida.
 
Salmo 119,9-14. ¿Cómo un joven llevará una vida honesta? Cumpliendo tus palabras. Yo te busco de todo corazón: no permitas que me aparte de tus mandamientos. Conservo tu palabra en mi corazón, para no pecar contra ti. Tú eres bendito, Señor: enséñame tus preceptos. Yo proclamo con mis labios todos los juicios de tu boca. Me alegro de cumplir tus prescripciones, más que de todas las riquezas.
 
Evangelio según San Marcos 6,30-34. Los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. El les dijo: "Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco". Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto. Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos. Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.
 
Comentario: 1.- 1R 3,4-13. La oración de Salomón pidiendo sabiduría le gustó a Dios. El joven rey quiso inaugurar su reinado con un acto religioso, ofreciendo sacrificios a Dios. En su oración no pidió riquezas ni venganza ni prestigio ni fuerza militar. Pidió una cosa que no esperaríamos tal vez de un joven: sabiduría para saber discernir en la vida y gobernar bien. Lo necesitaba: no todos le aceptaban de corazón y no era fácil gobernar aquel pueblo dividido anímicamente entre los reinos del Norte y del Sur. A fe que en la Escritura aparece Salomón como el prototipo del hombre sabio: se le atribuyen libros sapienciales como el de los Proverbios y una fama universal superior a la de todos los sabios, que provocará la visita de la reina de Sabá. Es famoso el juicio de Salomón -que no leemos en esta selección de la Misa- cuando tuvo que dictaminar sobre el caso de las dos mujeres y el niño que ambas reclamaban como suyo (I Reyes 3). Se puede leer también el capitulo 7 del libro de la Sabiduría sobre el acierto y las consecuencias de esta oración de Salomón. A la vez Dios le concedió también riquezas y éxitos en todos los órdenes sociopolíticos. En Salomón se cumplía ya lo que dirá Jesús más adelante: buscad primero el reino de Dios y lo demás se os dará por añadidura.
Todos necesitamos sabiduría. Muchas veces en la vida, tanto en la personal como en la comunitaria o familiar, nos encontramos ante la encrucijada de una decisión y a veces nos resulta difícil discernir. Podemos aplicar todos los recursos humanos y los cálculos y las experiencias. Pero nos iría mucho mejor que fuéramos adquiriendo la sabiduría de Dios: o sea, la visión de las cosas y de las personas y de los acontecimientos que tiene Dios. Necesitamos tener juicio y sentido común, saber decidir bien. Sobre todo si tenemos algún cargo de responsabilidad. ¿Y quién no tiene alguno, en el orden que sea, familiar, eclesial, social? Tendríamos que decir sinceramente con el salmo de hoy: «Enséñame tus leyes... no consientas que me desvíe de tus mandamientos... mi alegría es el camino de tus preceptos, más que todas las riquezas».
Abordamos hoy la vida de Salomón, hijo de David y de Betsabé. Hoy leemos una «plegaria de Salomón»: Recibió el poder real en circunstancias bastante trágicas, después de intrigas sangrientas. Su corazón está lleno de inquietud: ¿sabrá estar a la altura de su tarea abrumadora?
-Pídeme lo que quieras, y te lo daré. Como su padre, el nuevo rey está «delante de Dios».
-"Soy muy joven, incapaz de conducirme y estoy aquí en medio del pueblo que Tú has escogido... Este reinado empieza bien: por la humildad. Sabemos que ésta no durará mucho y que muy pronto Salomón quedará prendido en los sueños de poder.
-"Concede a tu siervo un corazón atento..." Un «corazón atento»... Un «corazón que escucha»... Para la mentalidad semítica, corazón es equivalente a inteligencia, es la sede del pensamiento. En primer lugar Salomón pide pues la «sabiduría», «la agudeza de la inteligencia», la «comprensión»...
-«Para que sepa gobernar a tu pueblo y discernir el bien y el mal.» Una «inteligencia práctica» aplicada a la acción y en particular a la justicia. Hoy diríamos «tener buen juicio», «ser un hombre de buen consejo». ¿Por qué no repetirla nosotros, por nuestra cuenta esta «plegaria de Salomón?»... Aplicándola a nuestras situaciones y responsabilidades: Señor, dame un corazón atento, dame la comprensión inteligente de las personas con las cuales convivo. Señor, ayúdame a «ver», a "escuchar", a «interpretar», para que sepa discernir el bien del mal. Señor, en medio de las evoluciones del mundo y de la Iglesia, dame «un buen criterio», lléname de «prudente sabiduría» para que no me deje llevar a ningún exceso de optimismo o de pesimismo. Señor, soy tu servidor, ayúdame a «gobernar» la partecita de universo que me ha sido confiada, esa familia que me has dado, ese oficio que es el mío, esa responsabilidad que he aceptado. Es tarea de cada uno repetir, recomponer, prolongar esa plegaria...
-Porque es esto lo que me has pedido, y no largos años de vida, ni la riqueza, ni la muerte de tus enemigos... Porque has pedido el discernimiento, el arte de estar atento y de gobernar, hago lo que me has pedido: te doy un corazón inteligente y prudente... Y te concedo también lo que no me has pedido: la riqueza y la gloria. «Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y el resto se os dará por añadidura.» Señor, no me des riquezas... dame la inteligencia y el discernimiento de tu Voluntad, dame... tu Espíritu, el Espíritu de Jesús... (Noel Quesson).
Como fruto de la oración sincera ante Dios y del culto que Salomón le tributa, el Señor se le aparece en sueños y dice que le pida lo que quiera, pues se lo va a conceder. Y Salomón pide la Sabiduría para poder estar atento a juzgar al pueblo y para discernir entre el bien y el mal. Así, Salomón prefiere la sabiduría por encima de la vida que se prolonga, de las riquezas y de la muerte de sus enemigos. Junto con la sabiduría llegarán a Salomón las riquezas y la victoria sobre sus enemigos. Nosotros hemos de examinar sobre el objeto de nuestra oración ante Dios: ¿Qué buscamos, que pedimos, qué deseamos como lo más importante en nuestra vida? Ojalá y pidamos la Sabiduría necesaria para ser rectos, para ayudar a los demás y para saber compartir con ellos los bienes que Dios nos concede. Junto con la Sabiduría llegará a nosotros todo lo demás; pero no busquemos la sabiduría con una intención torcida, pensando que si la pedimos al Señor Él nos llenará las manos de bienes materiales, pues quien llegue ante el Señor con una intención torcida no piense recibir de Él lo que equivocadamente ha tramado en su corazón.
 
2. Sal. 118. Dios nos dio su santa Ley para que nos sirviera como un ayo que nos llevara hasta Cristo, fuente de salvación y de vida eterna. Por eso hemos de pedir al Señor que nos enseñe a cumplir sus preceptos. No nos quedemos pensando que por cumplir la Ley tenemos ya con nosotros la salvación, sino que quien cumpla la Ley del Señor debe saber que se encuentra en camino hacia Cristo, por eso en este Salmo se nos recuerda: Con todo el corazón te voy buscando, no me dejes desviar de tus preceptos. Quien viva, así, en camino hacia Cristo será una persona recta, justa y sabia. Pero no nos quedemos en el camino, sino que lleguemos hasta Cristo; Él ha venido ya como plenitud de la Ley y de los profetas, como cumplimiento y término de las promesas divinas. Unamos a Él nuestra vida y, guiados por el Espíritu Santo, seamos fieles no sólo a sus enseñanzas, sino al amor que nos ha manifestado y que ha infundido en nuestros corazones.
 
3.- Mc 6, 30-34 (ver paralelo: Mt 14.13-21). La escena es muy humana y expresiva de los sentimientos de Jesús: programa un retiro de descanso con sus apóstoles, pero luego le puede la compasión hacia la gente y se pierde el descanso. Los apóstoles, a quienes había enviado de dos en dos a evangelizar, vuelven muy satisfechos. Cuentan y no acaban de los éxitos que han tenido en su salida apostólica. Jesús se da cuenta de que están cansados y de que lo que más necesitan en ese momento es un poco de descanso y un retiro con él, para reponer fuerzas y revisar su actuación. Ese es el plan que les propone. Pero la gente se les adelantó y les salió al encuentro, porque adivinaron a dónde iban, y Jesús, cuando vio a la gente, «le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor», y se acabó el retiro que pensaban hacer: «y se puso a enseñarles con calma».
Podemos vernos espejados en esta escena de varias maneras. A lo largo de nuestras jornadas y temporadas, en nuestro trabajo cosechamos algunos éxitos, seguramente mezclados con fracasos. Que es lo que les pasarla a los apóstoles y al mismo Jesús, a quien no todos le hacían caso. Ojalá tengamos siempre a alguien con quien compartir lo vivido, que sepa escucharnos y con el que podamos hablar de nuestras varias experiencias, para revisar y remotivar lo que vamos haciendo. Ojalá tengamos también la oportunidad de algún retiro: todos necesitamos un poco de paz en la vida, momentos de oración, de silencio, de retiro físico y espiritual, con el Maestro. Además de que cada semana, el domingo está pensado para que sea un reencuentro serenante con Dios, con nosotros mismos, con la naturaleza, con los demás. El activismo nos agota y empobrece. El stress no es bueno, aunque sea el espiritual. Los apóstoles estaban llenos de «todo lo que hablan hecho y enseñado». A veces dice el evangelio que «no tenían tiempo ni para comer». Necesitamos paz y serenidad. Cuando no hay equilibrio interior, todo son nervios y disminuye la eficacia humana y la evangelizadora. A la vez, hay otro factor importante en nuestra vida: la caridad fraterna, la entrega a la misión que tengamos encomendada. A veces esta caridad se antepone al deseo del descanso o del retiro, como en el caso de Jesús y los suyos. Jesús conjuga bien el trabajo y la oración. Se dedica prioritariamente a la evangelización. Pero sabe buscar momentos de silencio y oración para sí y para los suyos, aunque en esta ocasión no haya sido con éxito. Otra lección que nos da Jesús es que no parece tener prisa. No hace ver que le han estropeado el plan. «Se puso a enseñarles con calma». Porque vio que iban desorientados, como ovejas sin pastor. Tener tiempo para los demás, a pesar de que todos andamos escasos de tiempo y con mil cosas que hacer, es una finura espiritual que Jesús nos enseña con su ejemplo: tratar a cada persona que sale a nuestro encuentro como si tuviéramos todo el tiempo del mundo (J. Aldazábal).
Después de su primera "misión" volvieron los apóstoles a reunirse con Jesús... Es la hora del "informe" a los demás... Se actúa y luego se "revisa" la acción para mejor comprenderla en la Fe, y mejorar las próximas intervenciones apostólicas. Hoy también se hacen muchas "reuniones". Se trabaja mucho en grupo, en la vida escolar, profesional, en la investigación. Las Asociaciones y Sindicatos de todas clases convocan a sus miembros para "poner en común" ideas y proyectos. Me agrada, Señor, descubrir, una vez más cómo sus métodos de trabajo corresponden en profundidad a la naturaleza del hombre, que es un ser de relación y de participación. Muchos cristianos han comprendido hoy que su Fe se robustecería si decidieran "reunirse" con otros hermanos para dialogar sobre ella. Señor, ayuda a otros muchos a descubrir, a comprender esto a su vez. Este es ya el sentido de la Asamblea eucarística del domingo: después de su misión durante la semana, los cristianos se reúnen junto a Jesús... ¿Considero yo así mi participación en la misa? Pero es preciso que muchos cristianos se decidan a hacer más, aceptando otras "reuniones" donde participen con otros en una reflexión y una acción colectiva... en la que la Fe sea el fermento de la reflexión y de la acción.
-Le contaron cuanto habían hecho y enseñado... Una gracia a pedir al Señor: la revisión de vida apostólica. Esta revisión de nuestra vida con Jesús, es una de las formas mas útiles de oración. Cada noche debería darnos ocasión para "relatar" a Jesús "lo que hemos hecho". Si así lo hiciéramos cada día, podríamos dar un contenido mucho más rico a la "ofrenda" de nuestras misas y a nuestras puestas en común de equipos apostólicos. Ayúdanos, Señor, a revisar contigo nuestras vidas.
-El les dijo: "Venid, retirémonos a un lugar desierto para que descanséis un poco." Pues eran muchos los que iban y venían y ni espacio les dejaban para comer. Fuéronse en la barca a un lugar desierto... Hay un grado de sobrecarga, de tensión nerviosa, que resulta nefasto para el apostolado como para todo equilibrio simplemente humano.¡Gracias, Señor, por recordárnoslo! Y por ocuparte del "descanso" y de la distensión de tus apóstoles, después de un pesado período de misión. Necesidad de silencio, de recogimiento, de soledad. Esencial al hombre de todas las épocas... pero especialmente indispensable al hombre moderno, en la agitación de la vida de hoy. ¿Qué parte de mis jornadas o de mis semanas dedico voluntariamente al "desierto"?
-Las gentes ven alejarse a Jesús y a sus discípulos... De todas partes corren hacia allá y ¡llegan antes que ellos! Al desembarcar, Jesús ve una gran muchedumbre. Se compadece de ellos porque son como "ovejas sin pastor". Y se pone a enseñarles detenidamente. Este será un problema permanente de la Iglesia: la tensión entre "el pequeño rebaño" de los fieles... y el inmenso redil de la muchedumbre que espera... Jesús hubiera querido consagrarse a la formación más a fondo de su "pequeño grupo" ... pero cede a la llamada de la multitud. Se deja acaparar. Es su debilidad. El también se ha encontrado ante algunas urgencias. El también ha permitido que estorbasen sus planes y sus proyectos... por amor, "compadecido". Señor, consérvanos disponibles, aun en el seno mismo de nuestros planes muy bien previstos (Noel Quesson).
El verdadero pastor es aquél que da su vida por las ovejas, las cuida aunque vea venir al lobo que las mata y dispersa. Los demás, los mercenarios, quienes no son pastores cuando ven venir al lobo abandonan a las ovejas para salvar su pellejo.
Cristo es el Buen Pastor. Él da su vida por las ovejas en todo momento, también cuando no le queda ya tiempo ni para comer. Allí está Él, buscando un tiempo para descansar en compañía de sus discípulos, pero las almas necesitadas de Dios, le buscan para que les dé lo que más necesitan: AMOR.
Es como el padre que después de una jornada cansada y agotadora, regresa a casa con el único deseo de descansar. Pero no tiene en cuenta que allí están los chiquillos que le esperan para jugar un poco antes de irse a la cama. Al ver que sus hijos le piden algo que humanamente le es ya imposible, saca sus últimas fuerzas para seguir jugando y haciendo felices a sus hijitos, dándoles lo mejor de sí, aunque su cuerpo esté deshecho.
No importan las dificultades para el que ama. Si ama de verdad entonces todo queda en segundo plano, lo primero es la felicidad de aquellos a quienes ama. Así es Cristo con nosotros (José Rodrigo Escorza).
Santificar el descanso. Jesús sintió algo tan propio de la naturaleza humana como es la fatiga: lo vemos verdaderamente cansado del camino (Jn 4,6) y se sienta junto a un pozo porque no puede dar un paso más. El Señor experimentó el cansancio en su trabajo, como nosotros cada día, en los treinta años de vida oculta. En muchos otros pasajes del Evangelio también lo vemos extenuado. ¡Qué gran consuelo es contemplar al Señor agotado! En el cumplimiento de nuestros deberes, al gastarnos en servicio de los demás y en nuestro trabajo profesional, es natural que aparezca el cansancio como un compañero casi inseparable. Lejos de quejarnos ante esta realidad, hemos de aprender a descansar cerca de Dios: venid a Mí todos los que andáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré (Mateo 11, 28), nos dice el Señor. Unimos nuestro cansancio al de Cristo, ofreciéndolo por la redención de las almas, y nos esforzaremos en vivir la caridad con quienes nos rodean. No olvidemos que también hemos de santificar el descanso porque el Amor no tiene vacaciones.
Jesús aprovecha sus momentos de descanso junto al pozo de Jacob, para mover a la mujer samaritana a un cambio radical de vida (Juan 4, 8). Nosotros sabemos que ni siquiera nuestros momentos de fatiga deben pasar en vano. No dejemos de ofrecer esos períodos de postración o de inutilidad por el agotamiento o la enfermedad. El cansancio nos enseña a ser humildes y a vivir la caridad; nos dejaremos ayudar y entenderemos el consejo de San Pablo de llevar los unos las cargas de los otros (Gálatas 6, 2). La fatiga nos ayudará a vivir el desprendimiento, la fortaleza y la reciedumbre. Por otro lado, debemos vivir la virtud de la prudencia en el cuidado de la salud: si somos ordenados, encontraremos el modo de vivir el descanso en medio de una actividad exigente y abnegada.
Aprendamos a descansar. Y si podemos evitar el agotamiento, hagámoslo porque cuando se está postrado se tiene menos facilidades para hacer las cosas bien y vivir la caridad. “El descanso no es no hacer nada: es distraernos en actividades que exigen menos esfuerzo” (J. Escrivá, Camino) El descanso, como el trabajo, nos sirven para amar a Dios y al prójimo, por lo tanto la elección del lugar de vacaciones, o el descanso deben ser propicios para un encuentro con Cristo. Hoy veamos si nos preocupamos, como el Señor lo hacía, por la fatiga y la salud de quienes viven a nuestro lado: Venid vosotros solos a un sitio tranquilo y descansar un poco (Mc 6,30-31; Francisco Fernández Carvajal).
Hoy, el Evangelio nos plantea una situación, una necesidad y una paradoja que son muy actuales.
Una situación. Los Apóstoles están “estresados”: «Los que iban y venían eran muchos y no les quedaba tiempo ni para comer» (Mc 6,30). Frecuentemente nosotros nos vemos abocados al mismo trasiego. El trabajo exige buena parte de nuestras energías; la familia, donde cada miembro quiere palpar nuestro amor; las otras actividades en las que nos hemos comprometido, que nos hacen bien y, a la vez, benefician a terceros... ¿Querer es poder? Quizá sea más razonable reconocer que no podemos todo lo que quisiéramos.
Una necesidad. El cuerpo, la cabeza y el corazón reclaman un derecho: descanso. En estos versículos tenemos un manual, frecuentemente ignorado, sobre el descanso. Ahí destaca la comunicación. Los Apóstoles «le contaron todo lo que habían hecho» (Mc 6,30). Comunicación con Dios, siguiendo el hilo de lo más profundo de nuestro corazón. Y —¡qué sorpresa!— encontramos a Dios que nos espera. Y espera encontrarnos con nuestros cansancios. Jesús les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco» (Mc 6,31). ¿En el plan de Dios hay un lugar para el descanso! Es más, nuestra existencia, con todo su peso, debe descansar en Dios. Lo descubrió el inquieto Agustín: «Nos has creado para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti». El reposo de Dios es creativo; no “anestésico”: toparse con su amor centra nuestro corazón y nuestros pensamientos.
Una paradoja. La escena del Evangelio acaba “mal”: los discípulos no pueden reposar. El plan de Jesús fracasa: son abordados por la gente. No han podido “desconectar”. Nosotros, con frecuencia, no podemos liberarnos de nuestras obligaciones (hijos, cónyuge, trabajo...): ¡sería como traicionarnos! Se impone encontrar a Dios en estas realidades. Si hay comunicación con Dios, si nuestro corazón descansa en Él, relativizaremos tensiones inútiles... y la realidad —desnuda de quimeras— mostrará mejor la impronta de Dios. En Él, allí, hemos de reposar (David Compte Verdaguer).
 
 
 

Viernes de la semana 4ª . David fue fiel a pesar de sus pecados, pues confió en la fidelidad de Dios. También Juan Bautista fue fiel hasta el martirio

Viernes de la semana 4ª . David fue fiel a pesar de sus pecados, pues confió en la fidelidad de Dios. También Juan Bautista fue fiel hasta el martirio, y a nosotros se nos pide lo mismo
 
Libro de Eclesiastés 47,2-11. Como se aparta la grasa del sacrificio de comunión, así fue elegido David entre los israelitas. El jugó con leones como si fueran cabritos y con osos como si fueran corderos. ¿Acaso, siendo joven, no mató a un gigante y extirpo el oprobio del pueblo, cuando lanzó una piedra con la honda y abatió la arrogancia de Goliat? Porque él invocó al Señor, el Altísimo, que fortaleció su brazo para exterminar a un guerrero poderoso y mantener erguida la frente de su pueblo. Por eso, lo glorificaron por los diez mil, y lo alabaron por las bendiciones del Señor, ofreciéndole una diadema de gloria. Porque él destruyó a los enemigos de alrededor y aniquiló a sus adversarios, los filisteos, quebrando su poderío hasta el día de hoy. En todas sus obras rindió homenaje al Santo Altísimo, con palabras de gloria; cantó himnos de todo corazón, mostrando su amor por su Creador. Estableció cantores delante del altar, para que entonaran cantos melodiosos; dio esplendor a las fiestas, y ordenó perfectamente las solemnidades, haciendo que se alabara el santo nombre del Señor y que resonara el Santuario desde el alba. El Señor borró sus pecados y exaltó su poderío para siempre, le otorgó una alianza real y un trono de gloria en Israel.
 
Salmo 18,31.47.50-51. El camino de Dios es perfecto, la promesa del Señor es digna de confianza. El Señor es un escudo para los que se refugian en él,
¡Viva el Señor! ¡Bendita sea mi Roca! ¡Glorificado sea el Dios de mi salvación,
Por eso te alabaré entre las naciones y cantaré, Señor, en honor de tu Nombre.
El concede grandes victorias a su rey y trata con fidelidad a su Ungido, a David y a su descendencia para siempre.
 
Evangelio según San Marcos 6,14-29. El rey Herodes oyó hablar de Jesús, porque su fama se había extendido por todas partes. Algunos decían: "Juan el Bautista ha resucitado, y por eso se manifiestan en él poderes milagrosos: Otros afirmaban: "Es Elías". Y otros: "Es un profeta como los antiguos". Pero Herodes, al oír todo esto, decía: "Este hombre es Juan, a quien yo mandé decapitar y que ha resucitado". Herodes, en efecto, había hecho arrestar y encarcelar a Juan a causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe, con la que se había casado. Porque Juan decía a Herodes: "No te es lícito tener a la mujer de tu hermano". Herodías odiaba a Juan e intentaba matarlo, pero no podía, porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo protegía. Cuando lo oía quedaba perplejo, pero lo escuchaba con gusto. Un día se presentó la ocasión favorable. Herodes festejaba su cumpleaños, ofreciendo un banquete a sus dignatarios, a sus oficiales y a los notables de Galilea. La hija de Herodías salió a bailar, y agradó tanto a Herodes y a sus convidados, que el rey dijo a la joven: "Pídeme lo que quieras y te lo daré". Y le aseguró bajo juramento: "Te daré cualquier cosa que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino". Ella fue a preguntar a su madre: "¿Qué debo pedirle?". "La cabeza de Juan el Bautista", respondió esta. La joven volvió rápidamente adonde estaba el rey y le hizo este pedido: "Quiero que me traigas ahora mismo, sobre una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista". El rey se entristeció mucho, pero a causa de su juramento, y por los convidados, no quiso contrariarla. En seguida mandó a un guardia que trajera la cabeza de Juan. El guardia fue a la cárcel y le cortó la cabeza. Después la trajo sobre una bandeja, la entregó a la joven y esta se la dio a su madre. Cuando los discípulos de Juan lo supieron, fueron a recoger el cadáver y lo sepultaron.
 
Comentario: 1. Si 47,2-13. Hoy, antes de seguir con la historia de Salomón, hacemos una breve incursión en el libro del Eclesiástico (Ben Sira), para escuchar un canto de alabanza a la figura de David, cuya historia hemos ido leyendo durante dos semanas. El canto de Ben Sira resume lo que representa David para la historia de este pueblo de Israel, y por tanto también para nosotros, porque somos sus herederos. No podemos olvidar que Jesús de Nazaret, el Mesías, ha venido de la casa de David y los evangelios le llaman muchas veces «hijo de David». Además de recordar episodios más o menos llamativos de su vida -de niño, de joven, de rey, con una rápida alusión a su pecado y a su perdón-, el autor del libro sapiencial resalta sobre todo lo litúrgico y cultual que realizó David en su papel sacerdotal al frente del pueblo: daba gracias y alababa a Dios, entonaba salmos cada día, compuso música para el culto e introdujo instrumentos, celebró solemnes fiestas, ordenó el ciclo del año litúrgico. Política y socialmente fue decisiva su obra, y también en cuanto a la vida religiosa de su pueblo.
Resume bien esta historia una de las estrofas del salmo de hoy: «Tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu ungido, de David y su linaje por siempre». Con sus defectos y fallos David fue un gran hombre y un creyente, y Dios no le retiró su favor. Es una buena figura precursora del Mestas. «el hi jo de David», Cristo Jesús.
Seria presuntuoso por nuestra parte si quisiéramos compararnos con David en cuanto a la importancia histórica de nuestra vida. No podríamos asegurar que nosotros somos lo mejorcito de la Iglesia, «como la grasa es lo mejor» de la carne sacrificada a Dios en el Templo.
Pero sí podemos espejarnos en él, salvadas las diferencias históricas y sociales, en cuanto a los defectos y virtudes, en cuanto a los aciertos y los fallos, en cuanto a las actitudes cara a Dios y a los demás. Seguramente también nosotros hemos tenido caídas y ojalá hayamos reaccionado con humildad ante Dios. Habremos tenido ocasiones de perdonar a los que no nos miraban bien, como David. Tenemos alguna de sus cualidades -buen corazón, visión de fe- y por desgracia también alguno de sus defectos: momentos de debilidad pasional, métodos no siempre limpios de conseguir lo que pretendemos. Ojalá, en conjunto, se pueda resumir nuestra vida diciendo que, a pesar de nuestras debilidades y caídas, hemos tenido buena voluntad, hemos amado a Dios, le hemos cantado y celebrado, hemos confiado en él y hemos hecho el bien a nuestro alrededor, perdonando cuando había que perdonar. Que hemos sido buenas personas y buenos cristianos.
Mucho tiempo después de la muerte de David, los Libros sagrados siguieron haciendo su elogio. En el Eclesiástico/Libro de Sirac encauza de nuevo la esperanza nacional hacia los "sacerdotes" Aaron y Fineas; no hay ya reyes en Israel. El sacerdocio ocupa el lugar de la realeza, el Templo de Jerusalén es el único lugar de unidad del pueblo de Dios, ¡mucho más que el trono real vacío! Es por ello que Sirac hace el elogio de David dándole una fisonomía casi sacerdotal.
-David fue elegido entre los hijos de Israel. Invocó al Señor Altísimo. Sus victorias humanas son presentadas como un «don de Dios», como un fruto de la oración. Si abatió la arrogancia de Goliat no fue por la fuerza de su brazo, al contrario, David era aquel pobre muchacho que esperaba sólo de Dios la victoria. ¿Y yo?, ¿invoco al Señor Altísimo?
-«Escogido», «elegido», «ungido», «Cristo». Estas palabras son equivalentes. David fue el «escogido» por Dios, el «ungido» del Señor... lo que en griego se traduce por «christos». Dios toma la iniciativa, Dios escoge. ¿Sé yo responder, corresponder? Todo cristiano es «otro Cristo».
-En todas sus obras glorificó al Santo, al Altísimo. Con todo su corazón entonó himnos y amó a su Creador. Es el más hermoso elogio que Ben Sirac pueda hacer. David salmista. David «cantor» de Dios. De hecho sabemos que varios de nuestros salmos han sido compuestos por David. Era pues, además, poeta. Lo hemos contemplado exultando y danzando delante del Arca.
-Ante el altar instituyó salmistas y con sus voces dio dulzura a los cantos. Dio esplendor a las solemnidades, y a las fiestas dio belleza y perfección... La «fiesta» es esencial al hombre. La "alegría" es esencial al hombre. Una vez más me interrogo sobre este asunto. Por su resurrección, Cristo instituyó una «fiesta» en el corazón del hombre, al revelarle el sentido de su vida. ¿Soy consciente de que soy un salvado? ¿Tengo dentro de mí la alegría de la resurrección prometida? ¿Mi vida, es toda ella un canto? ¿Participo en la «liturgia» de la Iglesia? ¿Contribuyo a «dar esplendor a las solemnidades»?
-Para que fuera una alabanza al nombre del Señor, y para que, desde la aurora, resonara el santuario. La palabra «eucaristía», en griego, significa «acción de gracias", «alabanza». ¿Es mi vida entera una eucaristía? Todo el pueblo de Dios tiene un oficio sacerdotal: ofrecer a Dios el culto espiritual, la ofrenda de nuestra vida (Noel Quesson).
 
2. Juan permaneció fiel a la misión que le encomendaron. Los cristianos somos elegidos para llevar a cabo su misión. Tenemos en Juan un modelo sobre todo por su austeridad de vida, por su valentía en el anuncio, en indicar el camino que lleva a Dios y en defender la verdad hasta la muerte. Supo hacer realidad lo que el salmo nos dice “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?” Quizá nosotros debamos preguntarnos si vivimos y expresamos nuestra fe con la misma valentía en un mundo en el que ciertamente no es fácil hacerlo. La carta a los Hebreos nos da algunas pistas sobre como podemos ser testigos de lo que creemos y vivimos: amar a los hermanos, respetar el matrimonio, vivir desprendidos de los bienes terrenos, y esto es lo que verdaderamente es importante, por encima de los ritos, las ceremonias.... Lo que realmente importa es el encuentro personal con Cristo resucitado y las consecuencias de este encuentro en nuestra vida (Rosa Pérez).
 
3.- Mc 6,14-29. La figura de Juan el Bautista es admirable por su ejemplo de entereza en la defensa de la verdad y su valentía en la denuncia del mal. De la muerte del Bautista habla también Flavio Josefo («Antigüedades judaicas» 18), que la atribuye al miedo que Herodes tenía de que pudiera haber una revuelta política incontrolable en torno a Juan. Marcos nos presenta un motivo más concreto: el Bautista fue ejecutado como venganza de una mujer despechada, porque el profeta había denunciado públicamente su unión con Herodes: «Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano».
Herodes apreciaba a Juan, a pesar de esa denuncia, y le «respetaba, sabiendo que era un hombre honrado y santo». Pero la debilidad de este rey voluble y las intrigas de la mujer y de su hija acabaron con la vida del último profeta del AT, el precursor del Mesías, la persona que Jesús dijo que era el mayor de los nacidos de mujer. Como Elías había sido perseguido por Ajab, rey débil, instigado por su mujer Jezabel, así ahora Herodes, débil, se convierte en instrumento de la venganza de una mujer, Herodías.
De Juan aprendemos sobre todo su reciedumbre de carácter y la coherencia de su vida con lo que predicaba. El Bautista había ido siempre con la verdad por delante, en su predicación al pueblo, a los fariseos, a los publicanos, a los soldados. Ahora está en la cárcel por lo mismo.
Preparó los caminos del Mesías, Jesús. Predicó incansablemente, y con brío, la conversión. Mostró claramente al Mesías cuando apareció. No quiso usurpar ningún papel que no le correspondiera: «él tiene que crecer y yo menguar», «no soy digno ni de desatarle las sandalias».
Cuando fue el caso, denunció con intrepidez el mal, cosa que, cuando afecta a personas poderosas, suele tener fatales consecuencias. Un falso profeta, que dice lo que halaga los oídos de las personas, tiene asegurada su carrera. Un verdadero profeta -los del AT, el Bautista, Jesús mismo, los apóstoles después de la Pascua, y los profetas de todos los tiempos- lo que tienen asegurada es la persecución y frecuentemente la muerte. Tanto si su palabra profética apunta a la justicia social como a la ética de las costumbres. ¡Cuántos mártires sigue habiendo en la historia!
Tal vez nosotros no llegaremos a estar amenazados de muerte. Pero sí somos invitados a seguir dando un testimonio coherente y profético, a anunciar la Buena Noticia de la salvación con nuestras palabras y con nuestra vida. Habrá ocasiones en que también tendremos que denunciar el mal allí donde existe. Lo haremos con palabras valientes, pero sobre todo con una vida coherente que, ella misma, sea como un signo profético en medio de un mundo que persigue valores que no lo son, o que levanta altares a dioses falsos (J. Aldazábal).
He aquí pues a los "doce", ellos solos partiendo hacia los pueblos. ¿Qué hace Jesús durante ese tiempo? Marcos no lo dice. Jesús debe de estar pensando en sus amigos que afrontan el rechazo del cual les había advertido, debe de rezar por ellos... Es la primera experiencia de Iglesia, ¡todo es todavía muy frágil! Esta primera "misión" ha durado sin duda algunas semanas o algunos meses, pues Marcos, antes de contarnos su retorno junto a Jesús, ha creído necesario hacer un intermedio. Y lo que nos dirá no lo intercala al azar: Tendremos con ello una muestra del género de acogida que se hace a los "enviados de Dios"... Juan Bautista es humanamente y aparentemente el fracaso; es el ambiente dramático de la misión. "Como trataron al maestro, así también seréis tratados."
-El rey Herodes oyó hablar de Jesús, pues su nombre iba adquiriendo celebridad. Sobre todo en el momento en que el grupo de los discípulos se rompe, para distribuirse por seis ciudades a la vez. Se habla de Jesús un poco por todas partes: ahora tiene "representantes que actúan en su nombre... su movimiento se organiza... empieza a ser notado por las gentes.
-Y Herodes decía: "Es Juan Bautista que ha resucitado..." otros decían: "Es Elías".' Y otros: "Es un profeta como uno de tantos..." Al principio, ya lo hemos visto, la muchedumbre iba a El simplemente por sus milagros. Ahora las gentes sencillas hacen sus hipótesis. Mientras que los adversarios ya han resuelto la cuestión: "es un loco, un poseso", la opinión pública sigue buscando: debe ser Juan Bautista, o Elías, o un profeta. Todas estas palabras indican la estima en que se le tiene. Es un gran hombre, es un hombre de Dios, es un hombre inspirado, es "un profeta". Y yo, ¿qué es lo que digo de Jesús? Para mí, ¿quién eres Tú, Señor? ¡La pregunta sobre Cristo sigue siendo actual hoy también! Recientemente, unas jóvenes decían a su consiliario que no llegaban a creer que "Jesús fuese Dios". ¡Esto no es nuevo! Los contemporáneos de Jesús que le veían con sus propios ojos, no llegaban tampoco a abarcar totalmente su misterio... y habitualmente se equivocaban sobre su profunda identidad. Señor, danos la Fe. Señor, aun en medio de nuestras dudas; conserva nuestras mentes disponibles y abiertas a nuevos y más profundos descubrimientos. ¡Revélate! Arrástranos en tu seguimiento hasta tu abismo, hasta la región inaccesib1e a nuestras exploraciones humanas, hasta el misterio de tu ser. Pero para ello se precisa una lenta, frecuente y perseverante relación. Una enamorada no descubre en un solo día todas las cualidades de la persona amada. ¿Cuánto tiempo paso cada día con Cristo? ¿Por qué me extraña pues que te conozca tan poco?
-Herodes pues habiendo oído hablar de Jesús, decía: "Juan, aquel a quien hice decapitar, ha resucitado..." A menudo es a través de la voz de la conciencia que Dios se insinúa a los hombres. Herodes no está orgulloso de su conducta: ¡ha matado injustamente! Esto le inquieta. Jesús despierta su conciencia adormecida: ¿la escuchará? ¿Escucho yo mi conciencia?
-Relato de la muerte de Juan Bautista. Marcos se aprovecha de esto para contar el homicidio, del que todo el mundo hablaba en Palestina. Jesús acaba de decir que el éxito aparente de la misión no está asegurado: ya advirtió a sus amigos antes de enviarlos. Y los primeros lectores de Marcos, en Roma, vivían también en la persecución. Es la Pasión redentora que ha comenzado, y que prosigue hoy (Noel Quesson).
Hoy, en este pasaje de Marcos, se nos habla de la fama de Jesús —conocido por sus milagros y enseñanzas—. Era tal esta fama que para algunos se trataba del pariente y precursor de Jesús, Juan el Bautista, que habría resucitado de entre los muertos. Y así lo quería imaginar Herodes, el que le había hecho matar. Pero este Jesús era mucho más que los otros hombres de Dios: más que aquel Juan; más que cualquiera de los profetas que hablaban en nombre del Altísimo: Él era el Hijo de Dios hecho Hombre, Perfecto Dios y perfecto Hombre. Este Jesús —presente entre nosotros—, como hombre, nos puede comprender y, como Dios, nos puede conceder todo lo que necesitamos.
Juan, el precursor, que había sido enviado por Dios antes que Jesús, con su martirio le precede también en su pasión y muerte. Ha sido también una muerte injustamente infligida a un hombre santo, por parte del tetrarca Herodes, seguramente a contrapelo, porque éste le tenía aprecio y le escuchaba con respeto. Pero, en fin, Juan era claro y firme con el rey cuando le reprochaba su conducta merecedora de censura, ya que no le era lícito haber tomado a Herodías como esposa, la mujer de su hermano.
Herodes había accedido a la petición que le había hecho la hija de Herodías, instigada por su madre, cuando, en un banquete —después de la danza que había complacido al rey— ante los invitados juró a la bailarina darle aquello que le pidiera. «¿Qué voy a pedir?», pregunta a la madre, que le responde: «La cabeza de Juan el Bautista» (Mc 6,24). Y el reyezuelo hace ejecutar al Bautista. Era un juramento que de ninguna manera le obligaba, ya que era cosa mala, contra la justicia y contra la conciencia.
Una vez más, la experiencia enseña que una virtud ha de ir unida a todas las otras, y todas han de crecer orgánicamente, como los dedos de una mano. Y también que cuando se incurre en un vicio, viene después la procesión de los otros (Ferran Blasi Birbe).
Lansperge, el Cartujano (1489-1539) monje, teólogo escribe sobre el Sermón para la fiesta del martirio de S. Juan Bautista (Opera omnia II, pag, 514-515; 518-519) así: “Juan Bautista, muere por Cristo. Juan no vivió para él mismo ni murió para él mismo. ¡A cuántos hombres, cargados de pecados, no habrá llevado a la conversión con su vida dura y austera! ¡Cuántos se habrán visto confortados en sus penas por el ejemplo de su muerte inmerecida! Y a nosotros, ¿de dónde nos viene hoy la ocasión de poder dar gracias a Dios sino por el recuerdo de Juan, asesinado por la justicia, es decir, por Cristo?...
Sí, Juan Bautista ha ofrecido generosamente su vida terrena por amor a Cristo; ha preferido desobedecer las órdenes del tirano a desobedecer las de Dios. Este ejemplo nos tiene que mostrar que nada ha de ser más importante que la voluntad de Dios. Agradar a los hombres no sirve para mucho; incluso, a menudo perjudica en gran manera... Por tanto, con todos los amigos de Dios, muramos a nuestros pecados y a nuestras preocupaciones, aplastemos nuestro amor propio desviado y procuremos que crezca en nosotros el amor ardiente a Cristo”.
Fortaleza en la vida ordinaria. El Evangelio de la Misa de hoy nos relata el martirio de Juan el Bautista porque fue coherente hasta el final con su vocación y con los principios que daban sentido a su existencia. El martirio es la mayor expresión de la virtud de la fortaleza y el testimonio supremo de una verdad que se confiesa hasta dar la vida por ella. Sin embargo, el Señor no pide a la mayor parte de los cristianos que derramen su sangre en testimonio de su fe. Pero reclama de todos una firmeza heroica para proclamar la verdad con la vida y la palabra en ambientes quizá difíciles y hostiles a las enseñanzas de Cristo, y para vivir con plenitud las virtudes cristianas en medio del mundo, en las circunstancias en las que nos ha colocado la vida. Santo Tomás (Suma Teológica) nos enseña que esta virtud se manifiesta en dos tipos de actos: acometer el bien sin detenerse ante las dificultades y peligros que pueda comportar, y resistir los males y dificultades de modo que no nos lleven a la tristeza.
Nunca fue tarea cómoda seguir a Cristo. Es tarea alegre, inmensamente alegre, pero sacrificada. Y después de la primera decisión, está la de cada día, la de cada tiempo. Necesitamos la virtud de la fortaleza para emprender el camino de la santidad y para reemprenderlo a diario sin amilanarnos a pesar de todos los obstáculos. La necesitamos para ser fieles en lo pequeño de cada día, que es, en definitiva, lo que nos acerca o nos separa del Señor. La necesitamos para no permitir que el corazón se apegue a las baratijas de la tierra, y para no olvidar nunca que Cristo es verdaderamente el tesoro escondido, la perla preciosa (Mateo 13, 44-46), por cuya posesión vale la pena no llenar el corazón de bienes pequeños y relativos. Además esta virtud nos lleva a ser pacientes ante los acontecimientos, noticias desagradables y obstáculos que se nos presentan, con nosotros mismos, y con los demás.
III. No podemos permanecer pasivos cuando se quiera poner al Señor entre paréntesis en la vida pública o cuando personas sectarias pretenden arrinconarlo en el fondo de las conciencias. Tampoco podemos permanecer callados cuando tantas personas a nuestro lado esperan un testimonio coherente con la fe que profesamos. La fortaleza de Juan es para nosotros un ejemplo a imitar. Si lo seguimos, muchos se moverán a buscar a Cristo por nuestro testimonio sereno, de la misma manera que otros tantos se convertían al contemplar el martirio de los primeros cristianos (Francisco Fernández Carvajal).
 
 
 
 

Jueves de la semana 4ª: David se despide con los consejos de seguir la palabra de Dios. Jesús, la Palabra encarnada, nos pide que anunciemos el Evange

Jueves de la semana 4ª: David se despide con los consejos de seguir la palabra de Dios. Jesús, la Palabra encarnada, nos pide que anunciemos el Evangelio por todo el mundo
 
Primer Libro de los Reyes 2,1-4.10-12. Estando ya próximo a su muerte, David hizo estas recomendaciones a su hijo Salomón: "Yo me voy por el camino de todo el mundo. Sé fuerte y compórtate como un hombre. Observa las prescripciones del Señor, tu Dios, siguiendo sus caminos, observando sus preceptos, sus mandamientos, sus leyes y sus instrucciones, según lo que está escrito en la Ley de Moisés. Así prosperarás en todo lo que hagas y en todo lo que emprendas, y el Señor mantendrá esta palabra que me ha dicho: Si tus hijos vigilan su conducta, caminando delante de mí con fidelidad, de todo corazón y con toda su alma, nunca te faltará un descendiente en el trono de Israel. David se fue a descansar con sus padres, y lo enterraron en la Ciudad de David. Cuarenta años duró su reinado sobre Israel: reinó siete años en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén. Salomón se sentó en el trono de su padre David, y su realeza quedó firmemente afianzada.
 
1 Crónicas 29,10-12. Después David bendijo al Señor en presencia de toda la asamblea, diciendo: "¡Bendito seas, Señor, Dios de nuestro padre Israel, desde siempre y para siempre!
Tuya, Señor, es la grandeza, la fuerza, la gloria, el esplendor y la majestad; porque a ti pertenece todo lo que hay en el cielo y en la tierra. Tuyo, Señor, es el reino; tú te elevas por encima de todo.
De ti proceden la riqueza y la gloria; tú lo gobiernas todo, en tu mano están el poder y la fuerza, es tu mano la que engrandece y afianza todas las cosas.
 
Evangelio según San Marcos 6,7-13. Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias, y que no tuvieran dos túnicas. Les dijo: "Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir. Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos". Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo.
 
Comentario: 1. 1R 2,1-4.10-12. Se acaba el reinado de David, tan importante en la historia de Israel. Leemos los consejos que dio a su hijo Salomón antes de emprender «el viaje de todos», como dice él mismo. Aparece aquí el esquema que se repite en las despedidas típicas de la Biblia (Jacob, Moisés, Pablo, Jesús). Así empezamos la lectura del primer libro de los Reyes, que continúa la historia del pueblo a partir de la muerte de David. Leeremos una primera parte ahora durante diez días: desde el reinado de Salomón hasta la escisión de su reino en tiempo de su sucesor. Volveremos a abrir este libro y el segundo de Reyes más tarde, en las semanas décima a la duodécima del Tiempo Ordinario. Las últimas recomendaciones de David son todo un programa de actuación para un rey que debe ser eficaz políticamente pero a la vez humilde servidor de Dios: si es valiente -«ánimo, sé un hombre»- y camina según los caminos de Dios, siguiendo fielmente sus normas, se asegurará la fidelidad de Dios, que ha hecho Alianza con su pueblo. Empieza así el reinado de Salomón, en el que la monarquía llegará a su mayor esplendor, que durará muy poco, porque inmediatamente después, con la división del Norte y el Sur, empezará la decadenNo estamos ciertamente acostumbrados a que en la toma de posesión o en la despedida de un rey o de un gobernante suenen estas invitaciones a la conducta moral y a la fidelidad a Dios… Se acercan los días de la muerte de David. Su papel ha sido muy importante. Ha soldado la unidad de las doce tribus de Israel, que hasta entonces vivían independientes. Pacificó el país de Palestina, de Dan hasta Bersabé, rechazando a todos los enemigos que todavía atacaban a los hebreos. Dio una capital y una ciudad santa, Jerusalén, a ese pueblo hasta entonces nómada. David, ya lo hemos visto, no es un hombre perfecto. Pero, es incontestable que vivió "delante de Dios". Y su testamento espiritual, que confía a su hijo Salomón, es la última prueba de ello.
-"Yo me voy por el camino de todos..." Una maravillosa fórmula para hablar de la muerte. El "camino de todos". Fórmula de humildad y de solidaridad con el conjunto de la humanidad. Tampoco yo me escaparé de ello. Un día tomaré ese camino por el que pasan todos los hombres. En silencio puedo detenerme considerando esto... Ayúdame, Señor, a morir en paz y a preparar ese momento durante toda mi vida.
-«Ten valor y sé hombre.» Consejo de valentía. No dejarse abatir. Permanecer de pie en la adversidad.
-«Guarda las observaciones del Señor, tu Dios, yendo por su camino... observando sus preceptos... sus órdenes, sus leyes y sus instrucciones...» Hay aquí una acumulación de términos idénticos. El segundo consejo, después de la valentía, es pues la fidelidad a Dios. Estar atento a Dios. Seguir sus caminos. Estar en comunión con la voluntad de Dios. A menudo no estamos atentos. Dios hubiera querido esto o aquello. Y no hemos estado a su escucha. La gracia de la oración cotidiana: un momento privilegiado de escuchar el querer de Dios... y de nuestras responsabilidades humanas. No vivir superficialmente. Vivir en profundidad. Encontrarnos con Dios que está ahí en el corazón de nuestra vida.
-«Para que tengas éxito en cuanto hagas o emprendas...» Seguir la voluntad de Dios conduce a ese éxito de la vida. No será, quizá, un éxito brillante, aparente, externo. Pero es el único éxito esencial. El que corresponde a lo que Dios esperaba de nosotros: llegar al máximo de humanidad... llegar al máximo de amor... llegar al máximo de santidad... «La gloria de Dios es el hombre vivo.» La alegría de Dios es «un hombre logrado», «una vida lograda». Esto no se hace sin obstáculos y dificultades -como se ha visto en la vida de David-. Pero ese éxito sigue siendo el fin, la esperanza. ¿Me esfuerzo en ello? «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.» ¿Tengo sed de perfección? (Noel Quesson).
Aparentemente la sucesión al trono de David es una historia neutra que cuenta unos hechos dramáticos con la sencillez de una nota de diario. Pero, en realidad, los personajes que juegan en el drama encarnan una teología de la institución real dentro del pueblo de Israel, con sus valores y contravalores.
Cuando Israel pidió un rey como el de los demás pueblos Dios accedió a traspasar a su ungido algo de su obra creadora y salvadora: liberarlo de sus enemigos, defender a los desvalidos, promover la prosperidad. Por amor de su pueblo, concedió Dios estos favores a David y a sus sucesores (2 Sm 7,8-16).
Mas no quiso Dios borrar del todo la inspiración pagana de la realeza, que él había aceptado a disgusto (1 Sm 8,4-22). Los derechos concedidos al rey le habían de llevar insensiblemente a la pretensión absolutista de ocupar el lugar de Dios y ejercer en provecho propio el poder real. Partiendo de aquí, nada tienen de extraño las ambiciones, intrigas y disputas que nacen en torno de la sucesión.
Sobre tal fondo se mueve la trama de este episodio. A título de hermano mayor y del favor del pueblo, creía Adonías tener derecho al trono, mientras que Salomón veía en estos derechos de su hermano una amenaza a su propio derecho. Según Betsabé, en cambio, todo Israel esperaba que David designara quién le había de suceder, y David había jurado ya que sería Salomón. Alrededor de ambos pretendientes se habían dividido en dos bandos los grandes dignatarios religiosos y militares de la corte, que se excluían uno a otro hasta sentirse amenazados de muerte: «para que salves tu vida y la de tu hijo», decía Natán a Betsabé.
La entronización de Salomón es una fiesta entusiasta. Era preciso celebrar así el favor divino de la unción real. Mas la raíz pagana de la institución regia tiene la contrapartida del pánico y las amenazas de muerte. El trono de Salomón se consolida al precio de eliminar al hermano y a grandes héroes del pueblo que habían sostenido a David en horas difíciles.
Estos episodios y otros que seguirán en los libros de los Reyes nos hacen comprender mejor el valor de la doctrina de Jesús, el verdadero sucesor de David. Contra la tentación de Israel, que había querido un rey como los de los demás pueblos, Jesús nos enseña a no valorar los primeros lugares como los valoran los reyes paganos, sino como lo hace el Hijo del hombre, que da su vida al servicio de todos (Mc 10,42-45). Sólo este principio nos permitirá festejar sin sombras las misiones que Dios nos ha confiado (G. Camps).
2. 1Cro 29,10-12. No se podría decir que el espíritu del salmo de hoy, el del libro de las Crónicas, esté precisamente en el ánimo de todos los que gobiernan: «Tú eres Señor del universo, en tu mano está el poder y la fuerza... tuyos son, Señor, la grandeza y el poder».
También debería ser éste el tono de las recomendaciones que unos padres hacen a sus hijos, o unos educadores a los que se están formando. Los valores que más les van a servir en su vida -más que las riquezas o los títulos o las cualidades humanas- son los valores profundos humanos y cristianos. Valores que, en un tiempo de tanta corrupción y superficialidad, les darán consistencia humana y les atraerán la bendición de Dios y la de los hombres.
Cuando programamos nuestra vida, o una próxima etapa o año, también nosotros deberíamos dar importancia a los valores más profundos, y no a los más aparentes.
Cuando David ha preparado, con destino al templo de su Dios, infinidad de materiales de toda especie, invita al pueblo a aportar también lo que deseen para engrandecer el Templo que, en el futuro, construirá su hijo Salomón en honor del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Y el pueblo se desborda en donativos. Entonces David entona un cántico de alabanza al Señor, pues no se le está dando, sino devolviendo al Señor lo que es suyo, para que le quede consagrado. Recordemos que no sólo hemos de ofrecerle cosas materiales al Señor; el Padre Dios nos envió a su propio Hijo para que, purificándonos de nuestros pecados, pudiera consagrarnos y presentarnos ante su Padre Dios como una ofrenda agradable a Él. Vivamos conforme a la gracia recibida, dejando los caminos que nos alejan de Dios y que echan por tierra toda la obra de Salvación que el Señor adquirió para nosotros mediante la entrega de su propia vida.
 
3.- Mc 6,7-13 (ver Paralelo: Mt 9,36-10,8). -Jesús llama a los "doce" y, por primera vez, los "envía"... Esta es la primera vez que van a encontrarse solos, sin Jesús... lejos de El. Es el "tiempo de la Iglesia" que empieza con un período de prácticas. Durante los cinco primeros capítulos de su relato, Marcos nos ha presentado, con una insistencia evidente, a "Jesús con sus discípulos"... frente a la muchedumbre... frente a los adversarios. En el momento de su vocación (Mc 3, 13-14), Marcos había dicho: "Jesús estableció a doce para estar con El y para enviarlos..." Es el movimiento del corazón: diástole, sístole... la sangre viene al corazón y de allí es enviada al organismo... Es el mismo movimiento del apostolado: vivir con Cristo, ir al mundo a llevarle este Cristo... intimidad con Dios, presencia en el mundo...
-Los envía de dos en dos... Esto es muy moderno y avanzado. En la Iglesia no se trabaja solo sino en equipo. Es voluntad explícita de Jesús. Me interrogo sobre mis actitudes a partir de aquí. El individualismo tiene formas sutiles, temibles: no suele gustarnos mucho que los hermanos controlen nuestros propios comportamientos apostólicos u otros... Y ¿sin embargo?
-Dándoles poder sobre los espíritus impuros... Partieron, y predicaron que se arrepintiesen. Y echaron muchos demonios, y ungían a muchos enfermos con óleo y los curaban. Hacen exactamente lo que hemos visto hacer a Jesús en estos cinco capítulos. Hoy discutimos mucho sobre el "poder de los ministros" en la Iglesia. Marcos los resume en tres palabras: -el carisma de la "palabra" que proclama la necesidad de un cambio de vida. -el carisma de "echar los demonios", potencia de acción contra el mal. -el carisma de "curar a los enfermos", mejorar la vida humana. El evangelio tiene algo de virulento, de activo. Marcos utiliza las imágenes y los esquemas mentales de sus contemporáneos que veían a Satanás presente en todas partes. Ciertamente se debe hacer una purificación de las imágenes para que nuestros contemporáneos nos comprendan... pero queda claro que la misión tiene un carácter dramático: el misionero, el enviado de Jesús no es un agente publicitario de un producto que se venderá bien si es bueno... sino ¡una persona que va al combate contra los adversarios, contra las fuerzas del mal! El enviado de Jesús debe instaurar un mundo más justo y mas fraternal, debe mejorar la vida humana -convertir, sacar el mal, sanar-: ¡tales son los signos del Reino de Dios! Y yo, en mi vida, ¿dónde estoy?
-Y les encargó que no tomasen para el camino nada más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero en el cinturón... y que se calzasen con sandalias y no llevasen túnica de recambio... Dondequiera que entréis en una casa quedaos en ella, hasta que salgáis de aquel lugar..." Lo que Jesús quiere son tropas ligeras, sin bagajes embarazosos, siempre dispuestos a partir donde sea... caminantes, gentes disponibles, desprendidos. "Lo hemos dejado todo para seguirte: casa, hermanos, hermanas, madre, padre, niños, campos..." (Mc 10, 29-30).
-Y si una localidad no os recibe ni os escucha, partid. Como Jesús, se encontrarán ante el rechazo, ante la incredulidad. La misión de la Iglesia es cosa difícil: Jesús les ha advertido; está previsto (Noel Quesson).
El envío de los apóstoles a una misión evangelizadora, de dos en dos. está sencillamente contado por Marcos. aunque con matices muy interesantes.
Les había elegido para que estuvieran con él y luego les pudiera enviar a misionar. Ya han convivido con él, le han escuchado, han aprendido: ahora les envía a que prediquen la Buena Nueva, con autoridad para expulsar demonios y con el aviso de que puede ser que en algunos lugares sí les reciban y en otros no. Les hace partícipes de su misión mesiánica. Se hace ayudar. Busca quien colabore en la tarea de la evangelización.
Para ello les recomienda un estilo de austeridad y pobreza -la pobreza «evangélica»-, de modo que no pongan énfasis en los medios humanos, económicos o técnicos, sino en la fuerza de Dios que él les transmite.
Los cristianos -y de un modo particular los ministros ordenados, los religiosos y los laicos más comprometidos en la acción pastoral de una comunidad- somos enviados en medio de este mundo a evangelizar. Dios no se sirve normalmente de ángeles ni de revelaciones directas. Es la Iglesia, o sea, los cristianos, los que continúan y visibilizan la obra salvadora de Cristo.
Como los doce apóstoles, que «estaban con Jesús», luego fueron a dar testimonio de Jesús, así nosotros, que celebramos con fe la Eucaristía, luego somos invitados a dar testimonio en la vida. Tal vez no individualmente, cada uno por su cuenta, sino con una cierta organización, de dos en dos, enviados y no tanto autoenviados.
También para nosotros vale la invitación a la pobreza evangélica, para que vayamos a a misión mas ligeros de equipaje, sin gran preocupación por llevar repuestos, no apoyándonos demasiado en los medios humanos -que no habrá que descuidar, por otra parte- sino en la fe en Dios. Es Dios el que hace crecer, el que da vida a todo lo que hagamos nosotros.
Deberíamos dar ejemplo de la austeridad y pobreza que quería Jesús: todos deberían poder ver que no nos dedicamos a acumular «bastones, dinero, sandalias, túnicas». Que nos sentimos más peregrinos que instalados. Que, contando naturalmente con los medios que hacen falta para la evangelización del mundo -la Madre Teresa de Calcula necesita millones para su obra de atención a los pobres-, nos apoyamos sobre todo en la gracia de Dios y nuestra fe, sin buscar seguridades y prestigios humanos. Es el lenguaje que más fácilmente nos entenderá el mundo de hoy: la austeridad y el desinterés a la hora de hacer el bien.
También a nosotros, como a los apóstoles, y al mismo Cristo, en algunos lugares nos admitirán. En otros, no. Estamos avisados. Se nos ha anunciado la incomprensión y hasta la persecución. Pero no seguimos a Cristo porque nos haya prometido éxitos y aplausos fáciles. Sino porque estamos convencidos de que también para el mundo de hoy la vida que ofrece Cristo Jesús es la verdadera salvación y la puerta de la felicidad auténtica. No sólo queremos «salvarnos nosotros», sino colaborar para que todos, nuestros familiares y conocidos, se enteren y acepten el Reino de Dios en sus vidas (J. Aldazábal).
Hoy, el Evangelio relata la primera de las misiones apostólicas. Cristo envía a los Doce a predicar, a curar todo tipo de enfermos y a preparar los caminos de la salvación definitiva. Ésta es la misión de la Iglesia, y también la de cada cristiano. El Concilio Vaticano II afirmó que «la vocación cristiana implica como tal la vocación al apostolado. Ningún miembro tiene una función pasiva. Por tanto, quien no se esforzara por el crecimiento del cuerpo sería, por ello mismo, inútil para toda la Iglesia como también para sí mismo»
El mundo actual necesita —como decía Gustave Thibon— un “suplemento de alma” para poderlo regenerar. Sólo Cristo con su doctrina es medicina para las enfermedades de todo el mundo. Éste tiene sus crisis. No se trata solamente de una parcial crisis moral, o de valores humanos: es una crisis de todo el conjunto. Y el término más preciso para definirla es el de una “crisis de alma”.
Los cristianos con la gracia y la doctrina de Jesús, nos encontramos en medio de las estructuras temporales para vivificarlas y ordenarlas hacia el Creador: «Que el mundo, por la predicación de la Iglesia, escuchando pueda creer, creyendo pueda esperar, y esperando pueda amar» (san Agustín). El cristiano no puede huir de este mundo. Tal como escribía Bernanos: «Nos has lanzado en medio de la masa, en medio de la multitud como levadura; reconquistaremos, palmo a palmo, el universo que el pecado nos ha arrebatado; Señor, te lo devolveremos tal como lo recibimos aquella primera mañana de los días, en todo su orden y en toda su santidad».
Uno de los secretos está en amar al mundo con toda el alma y vivir con amor la misión encomendada por Cristo a los Apóstoles y a todos nosotros. Con palabras de san Josemaría, «el apostolado es amor de Dios, que se desborda, con entrega de uno mismo a los otros (...). Y el afán de apostolado es la manifestación exacta, adecuada, necesaria, de la vida interior». Éste ha de ser nuestro testimonio cotidiano en medio de los hombres y a lo largo de todas las épocas (Josep Vall i Mundó).
La lectura del día de hoy deja para mí una palabra clave: apoyo. Jesús manda a sus discípulos que sólo lleven un bastón. El principal uso de este artículo es para apoyarse, para caminar mejor. Pero también Jesús los manda de dos en dos, para que sean apoyo el uno del otro. No hemos nacido para estar solos. Necesitamos quién nos ayude a echar adelante día a día.
Necesitamos quien camine con nosotros queriendo alcanzar la misma meta y guiados por los mismos principios, valores, convicciones. Estas palabras me hacen reflexionar acerca de quiénes están a mi alrededor, mi pareja, mis amigas y amigos, mis compañeras y compañeros de trabajos. ¿Quién o qué me guía a mí? ¿Quién o qué los guía a ellas y ellos? ¿Quién o qué nos guía en conjunto? ¿De qué o quiénes me apoyo?
Señor, te pido que tú seas mi verdadero sostén. Que como el salmista pueda decir que tu eres la roca en la que me apoyo (Miosotis).