lunes, 25 de enero de 2010

Domingo 3º, C – La Palabra de Dios la meditamos en la oración, y así vivimos lo que nos pide el Señor, donde nos ha puesto en su Iglesia.

Domingo 3º, C – La Palabra de Dios la meditamos en la oración, y así vivimos lo que nos pide el Señor, donde nos ha puesto en su Iglesia.

1. Nehemías cuenta de cuando encontraron el Libro y lo leyeron "en la plaza que hay ante la puerta del agua, desde el amanecer hasta el mediodía, en presencia de hombres, mujeres y de los que podían comprender; y todo el pueblo estaba atento al libro de la ley", y lo celebraron. Nosotros también ADORAMOS AL SEÑOR EN LA ORACIÓN, cuando vamos a rezar cada uno por su cuenta, o juntos en familia o en la iglesia. Podemos decir una oración que nos ponga en presencia de Dios: "Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes; te adoro con profunda reverencia, te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía inmaculada, San José  mi Padre y Señor, ángel de mi guarda, interceded por mí"… así pedimos que sea un sincero y real acto de adoración, queremos estar despiertos como las lámparas junto al sagrario, encendidas, como las velas que se ponen en el altar, como estaban los corazones despiertos ese día que el pueblo de Israel volvió a encontrar el libro de la Biblia. Quiero así cargar las pilas para vivir lo que dice este libro, el resumen de todo: "Escucha, Israel, el Señor tu Dios es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas..." adoración que me lleva a amar a los demás por encima del dinero, comodidad, caprichos... (el propio yo). Porque al cargar las pilas me lleno de amor: al orar, que es hablar con Dios, conversar, dialogar con Él. Nuestro hablar con Dios se hace oración cuando se convierte en un sincero y real acto de adoración. Jesús nos advierte que no todo el que dice: ¡Señor! ¡Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la Voluntad de mi Padre... Hay  muchas formas de orar, pero la auténtica oración nunca son meras palabras desconectadas de la mente y del corazón, sino que va siempre unida al deseo eficaz de conocer y cumplir la Voluntad de Dios: Orar es siempre adorar. "La oración" es la humildad del hombre que reconoce su profunda miseria y la grandeza de Dios a quien se dirige y adora, de manera que todo lo espera de Él y nada de sí mismo. Propósito: - Haré la oración vocal con pausa y atención para que sea también un acto real de adoración. Yo quisiera, Señor, adoraros, con aquella fe y amor, con aquella pureza, humildad y devoción con que os adoró vuestra Santísima Madre, como os adoró San José, y los humildes pastores y los Magos, con el espíritu y fervor de los Santos. Como André Frossard contaba de Juan Pablo II. En su libro No tengáis miedo nos habla de la extrema delicadeza con que dice la Santa Misa -"con la aparente lentitud de los astros en traslación por el cielo"-, de la acción de gracias posterior, en la que permanece arrodillado por espacio de veinte minutos. Resume así su experiencia de hombre que ha visto rezar al Papa: "Ante mí tenía un bloque de oración".

2. El Salmo reza: "Tus palabras, Señor, son espíritu y vida. / La ley del Señor es perfecta / y es descanso del alma; / el precepto del Señor es fiel / e instruye al ignorante. / Los mandatos del Señor son rectos / y alegran el corazón; / la norma del Señor es límpida / y da luz a los ojos. / La voluntad del Señor es pura / y eternamente estable; / los mandamientos del Señor son verdaderos / y enteramente justos". Al contemplar las maravillas del cielo adoro a Dios que lo ha hecho todo… me preguntaba un niño de 10 años: "Antes de Dios, ¿qué había?" y le intenté explicar que estamos dentro de un "sistema operativo" que tiene espacio y tiempo, y que no entendemos eso de "para siempre", pues en Dios todo es presente, porque ha hecho este sistema, Él está fuera, nosotros estamos programados dentro de espacio y tiempo, pero Jesús ha entrado dentro también, y nos explica cómo está la cosa fuera, cómo estaremos en el cielo, cómo serán las maravillas que nos están reservadas cuando acabe este mundo y tengamos uno nuevo.

3. San Pablo cuenta que todos formamos "un solo cuerpo" en Cristo. Nunca hemos de pensar que somos más que otra persona, pero nunca hemos de pensar que somos menos que otra persona: todos iguales, "bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu". Y no hemos de tener envidia de que otro sepa jugar mejor a fútbol, o tocar la guitarra, pues es bueno que cada uno quiera ser justo como Dios ha querido: "Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿cómo oiría? Si el cuerpo entero fuera oído, ¿cómo olería? Pues bien, Dios distribuyó el cuerpo y cada uno de los miembros como Él quiso". Hemos de procurar ser y sentirnos útiles donde Dios quiere, sabiendo estar como los diamantes en las joyas, allí donde las ponen, formando parte del conjunto: "Si todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: «no te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «no os necesito»".

Cuentan de hace algunos años, en los paraolímpicos de Seattle, nueve corredores, todos con alguna discapacidad física o mental, se reunieron en la línea de salida para correr los 100 metros lisos. Al sonido del disparo todos salieron, con gran entusiasmo de participar en la carrera, llegar a la meta y ganar. Uno tropezó en el asfalto, dió dos vueltas y empezó a llorar. Los otros ocho oyeron al chico llorar, disminuyeron la velocidad y miraron hacia atrás. Todos dieron la vuelta y regresaron... todos. Una niña con Síndrome de Down se agachó, le dio un beso en la herida y le dijo: "Eso te lo va a curar". Entonces, los nueve se agarraron de las manos y juntos caminaron hasta la meta. Todos en el estadio se pusieron de pie, los aplausos duraron varios minutos. Todos recuerdan aún la historia. ¿Por qué? Porque dentro de nosotros sabemos una cosa: lo importante en esta vida va más allá de ganar nosotros mismos. Lo importante en esta vida es ayudar a ganar a otros, aun cuando esto signifique tener que disminuir la velocidad o cambiar el ritmo… "Así no hay divisiones en el cuerpo, porque todos los miembros por igual se preocupan unos de otros. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos le felicitan. Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro".

4. El Evangelio nos dice que fue Jesús a Nazaret y leyó en la sinagoga el Libro: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor». Y todos tenían los ojos fijos en él. Y él dijo: -"Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír". Jesús viene a hacer la Iglesia como la Gran Familia de los hijos de Dios, Él es Dios y me ofrece ser mi mejor Amigo y mi Hermano mayor. Le podemos decir: Jesús, Te doy gracias porque has hecho que yo pertenezca a tu Familia. Cuando Jesús rezaba, al acabar, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar... Entonces Jesús les enseñó que Dios es nuestro Padre y que cuando hablemos con Él podemos llamarle así: Padre nuestro, que estás en el Cielo... rezando esta oración conozco mejor la Familia de Dios y de sus hijos que somos nosotros. En ella, el Padre es Dios: Jesús es el Hermano mayor -su representante en la tierra es el Papa-, la Madre de Jesús es también mi Madre, la Virgen María, y todos nosotros y muchos millones más, somos los hijos de Dios y hermanos entre nosotros. Es una familia de nuestras familias, que las reúne todas… De modo que tenemos dos papás, el del cielo y el de la tierra, y la Virgen madre del cielo, y tenemos muchos hermanos. Y estos día rezamos porque algunos de estos hermanos se han separado y pedimos que se unan otra vez con el Papa en la Iglesia de Jesús, los orientales (ortodoxos) y los protestantes (y anglicanos) y seamos todos una Iglesia (Ricardo Martínez Carazo), pues rezaba Jesús: Tengo otras ovejas que no son de este redil y es necesario que yo las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor.

llucia.pou@gmail.com

 

miércoles, 20 de enero de 2010

Tiempo ordinario II, martes: Jesús, señor del sábado: Jesús, Señor del sábado, es el nuevo Moisés que establece la nueva Ley, verdaderamente para el bien del hombre

Tiempo ordinario II, martes: Jesús, señor del sábado: Jesús, Señor del sábado, es el nuevo Moisés que establece la nueva Ley, verdaderamente para el bien del hombre

 

Primer Libro de Samuel 16,1-13. El Señor dijo a Samuel: "¿Hasta cuándo vas a estar lamentándote por Saúl, si yo lo he rechazado para que no reine más sobre Israel? ¡Llena tu frasco de aceite y parte! Yo te envío a Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos al que quiero como rey". Samuel respondió" "¿Cómo voy a ir? Si se entera Saúl, me matará". Pero el Señor replicó: "Llevarás contigo una ternera y dirás: 'Vengo a ofrecer un sacrificio al Señor'. Invitarás a Jesé al sacrificio, y yo te indicaré lo que debes hacer: tú me ungirás al que yo te diga". Samuel hizo lo que el Señor le había dicho. Cuando llegó a Belén, los ancianos de la ciudad salieron a su encuentro muy atemorizados, y le dijeron: "¿Vienes en son de paz, vidente?". "Sí, respondió él; vengo a ofrecer un sacrificio al Señor. Purifíquense y vengan conmigo al sacrificio". Luego purificó a Jesé y a sus hijos y los invitó al sacrificio. Cuando ellos se presentaron, Samuel vio a Eliab y pensó: "Seguro que el Señor tiene ante él a su ungido". Pero el Señor dijo a Samuel: "No te fijes en su aspecto ni en lo elevado de su estatura, porque yo lo he descartado. Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón". Jesé llamó a Abinadab y lo hizo pasar delante de Samuel, el cual dijo: "Tampoco a este ha elegido el Señor". Luego hizo pasar a Sammá; pero Samuel dijo: "Tampoco a este ha elegido el Señor". Así Jesé hizo pasar ante Samuel a siete de sus hijos, pero Samuel dijo a Jesé: "El Señor no ha elegido a ninguno de estos". Entonces Samuel preguntó a Jesé: "¿Están aquí todos los muchachos?". El respondió: "Queda todavía el más joven, que ahora está apacentando el rebaño". Samuel dijo a Jesé: "Manda a buscarlos, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que llegue aquí". Jesé lo hizo venir: era de tez clara, de hermosos ojos y buena presencia. Entonces el Señor dijo a Samuel: "Levántate y úngelo, porque es este". Samuel tomó el frasco de óleo y lo ungió en presencia de sus hermanos. Y desde aquel día, el espíritu del Señor descendió sobre David. Samuel, por su parte, partió y se fue a Ramá.

 

Salmo 89,20-22.27-28. Tú hablaste una vez en una visión y dijiste a tus amigos: "Impuse la corona a un valiente, exalté a un guerrero del pueblo.

Encontré a David, mi servidor, y lo ungí con el óleo sagrado, para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga poderoso.

El me dirá: "Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora". Yo lo constituiré mi primogénito, el más alto de los reyes de la tierra.

 

Texto del Evangelio (Mc 2,23-28): Un sábado, cruzaba Jesús por los sembrados, y sus discípulos empezaron a abrir camino arrancando espigas. Decíanle los fariseos: «Mira ¿por qué hacen en sábado lo que no es lícito?». Él les dice: «¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad, y él y los que le acompañaban sintieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios, en tiempos del Sumo Sacerdote Abiatar, y comió los panes de la presencia, que sólo a los sacerdotes es lícito comer, y dio también a los que estaban con él?». Y les dijo: «El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es señor del sábado».

 

Comentario: 1. 1S 16,1-13. Hoy se nos cuenta -en una de las varias versiones que existen en los libros históricos de la época- la elección y unción de David como rey. Samuel recibe el encargo de preparar al sucesor de Saúl, que todavía seguirá un tiempo en su cargo. Empieza la historia de David, «el rey ideal», carismático por excelencia. Uno de los personajes más importantes de todo el AT, junto con Abrahán y Moisés. El que logró la victoria contra los filisteos y la unidad territorial y política de Israel. Lo que más se resalta es que, sea cual sea la intervención que han tenido los hombres y las circunstancias, la de David ha sido una elección hecha por Dios, que es el que guía la historia de su pueblo. Como dice el salmo de hoy, «encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado, para que mi mano esté siempre con él». El fracaso de Saúl se interpreta como castigo de Dios. El éxito de David, como don gratuito de Dios. La simpática -y un tanto novelesca- escena de Samuel en casa de Jesé y su familia nos da a entender, una vez más, que los caminos de Dios no son como los nuestros. Todos hubieran apostado por los hermanos mayores, más fuertes y avezados. Nadie contaba con David. Su padre Jesé por poco se olvida de que existe. Ya iban a empezar a comer sin él. Pero Samuel espera que llegue el más joven y le unge de parte de Dios. En aquel momento «el espíritu del Señor invadió a David». Las bromas de Dios, libre y sorprendente en sus caminos.

También nosotros, muchas veces, juzgamos por apariencias, por valores externos. El mundo de hoy aplaude en sus concursos, en sus campeonatos y en sus medios de comunicación a los fuertes, a los sanos, a los que tienen éxito. Pero Dios aplaude a veces otros valores. De David no vio si era fuerte o no, sino que vio su corazón. Sigue siendo actual para nosotros, si queremos ir consiguiendo la sabiduría de Dios y no la del mundo, el consejo que se le dio a Samuel: «No mires su apariencia ni su gran estatura... la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón». Si siguiéramos esta norma, nos llevaríamos seguramente menos desengaños en la vida. Porque tendemos a poner nuestras ilusiones y nuestra confianza en ídolos humanos y en instituciones efímeras. No acabamos de aprender la lección que nos da Dios, que elige con criterios diversos y que con los medios más pobres y las personas más débiles según el mundo es capaz de hacer cosas grandes. Como dijo la Virgen María: «Ha mirado la pequeñez de su sierva y ha hecho en mí cosas grandes».

La lectura del Antiguo Testamento por desconcertante que sea tiene la ventaja de proporcionarnos unos resúmenes sorprendentes. Si miráramos sólo nuestra historia contemporánea correríamos el riesgo de no ver ciertas verdades importantes: las tenemos demasiado cerca... nos falta mirarlas a una cierta distancia. ¡Sin embargo Saúl, elegido por Dios, debió de reinar diez años! Apenas sabemos por el relato que ha sido proclamado rey (Samuel 10) que ya, en Samuel 15, leemos que ha sido rechazado. Y hoy sabremos quién es el nuevo elegido y cómo lo escogió Dios.

Con todo ello aprendemos una lección esencial que el "pasado" pone en evidencia para nuestro «día de hoy»... El rey no debe jamás olvidar que su realeza le viene del único verdadero Rey... y en cuanto a mí, he de saber que si he recibido unas responsabilidades no es a causa de mis excelencias, sino a fin de que la gracia de Dios sea exaltada en nuestras debilidades.

-El Señor dijo a Samuel: «¿Hasta cuándo vas a estar llorando por Saúl? Lo he rechazado para que no reine sobre Israel.» No hay que mirar atrás. ¡Avanzad siempre! dice Dios. Tras un desastre nacional no os quedéis en las lamentaciones -el rey Saúl morirá en el combate- ni ante una dificultad colectiva o personal. La vida sigue. Hay que mirar al futuro. Ante Dios oigo esas palabras divinas y las aplico a mi propia vida. ¿Qué es lo que debo emprender?, ¿qué es lo que debo continuar? En los próximos diez años, ¿qué proyecto, qué trabajo, qué responsabilidad esperas, Señor, de mí y de los que de mí dependen?

-Samuel dijo: «¿Cómo voy a ir?» Ciertamente, el profeta duda, tiene miedo. En la Biblia, cada vez que alguien es investido por Dios de una responsabilidad, se constata ese primer reparo. Yo también, Señor, tengo miedo de lo que me pides. San Pablo escribirá: «lo que hay de necio en el mundo, lo ha escogido Dios para confundir a los sabios... Io que hay de débil Dios lo ha escogido... a fin de que ningún mortal se gloríe delante de Dios... Yo mismo, me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso...» (I Cor 1,27; 2,3)

-La elección de David, el hijo menor. El problema de Samuel es dar un sucesor al rey Saúl, en una época difícil de la historia de las doce tribus. Humanamente se esperaría una elección racional y segura... un hombre maduro, fuerte y experimentado. Pero he ahí que Dios envía a su profeta a casa de un sencillo campesino de Belén y hace que desfilen los siete hijos mayores, los más gallardos y más fuertes, los que parecían designados por adelantado. Pero no son éstos los que Dios ha elegido. «¿No quedan ya más muchachos?» Sí, aquel en quien nadie pensaba: David, el más pequeño, el pequeño David, sólo capaz de guardar el rebaño en las colinas de Belén.

-Porque Dios no ve las cosas al modo de los hombres... el Señor mira el corazón. Debo detenerme a escuchar esta Palabra. Y contemplar detenidamente también la escena de la ¡«elección del más débil»! ¡Qué misterio! Es ya el misterio de Jesús nacido, débil, en ese mismo lugar: Belén. Y, a pesar de ello, nosotros continuamos elaborando unos criterios en nombre de los cuales un hombre podría pretender el ejercicio de responsabilidades: el derecho de primogenitura, la pertenencia a una dinastía o a una familia particular, los méritos, la experiencia de los años... Los designios de Dios no son los de los hombres. Libertad absoluta de Dios. Ayúdame, Señor, a no ser más que un pobre instrumento en tus fuertes manos (Noel Quesson).

Dentro del grupo de tradiciones de distintas procedencias recopiladas en estos capítulos, leemos hoy el relato de la unción de David. En lo que atañe al hilo de los acontecimientos tal como históricamente debieron de suceder, habrá que dar confianza más bien a otras narraciones, según las cuales David fue ungido rey primeramente por los hombres de Judá (2 Sm 2) y más tarde por los ancianos de Israel (2 Sm 5). El presente relato, nacido probablemente en ambientes proféticos, da una visión más teológica que rigurosamente histórica del traspaso de la monarquía de Saúl a David. Pero eso no significa que no sea una perspectiva real: únicamente que, en lugar de los hechos externos, trata de iluminar aquello que pasa en el corazón de los hombres y en el corazón de Dios. Esta unción profética, que se mantiene oculta (Eliab, el hermano mayor de David, desconoce la unción de éste cuando se enfrenta con Goliat: 17,28), recuerda la unción secreta de Saúl por el propio Samuel (10,1). Dios interviene por medio de sus profetas en la historia de los hombres y la conduce según desea, sin que, por otra parte, esta intervención estorbe la libertad de los hombres. Si el pueblo libremente aclama por rey a Saúl o David es porque previamente Dios, en su impenetrable designio, los había ya escogido, y esta elección divina está simbolizada por la unción con el óleo sagrado. "Desde aquel momento (de la unción) invadió a David el espíritu de Yahvé (que se había retirado de Saúl)" (v 13).

Todos estos textos nos hablan de la libre iniciativa de Dios en la dirección de la historia de su pueblo. La gran novedad es que, a diferencia de Saúl, la elección de David será irrevocable. Pero esta irrevocabilidad será también un don inmerecido, que brota de la misericordia gratuita del corazón de Dios. El lector se preguntará por qué Saúl, de quien conocemos solamente dos faltas no demasiado graves (véase el comentario de ayer), fue rechazado, mientras que David, del cual la historia sagrada cuenta pecados muy graves, no sólo es perdonado, sino que se le nombra repetidas veces «hombre según el deseo de Yahvé», y es propuesto como un modelo para sus sucesores. En primer lugar, David no es elegido por sus méritos, ni por ellos conservó el favor del Señor. Por tanto, no podemos pedir a Dios la razón de su generosidad porque nos podría responder, como el amo de la viña a los jornaleros que murmuraban contra él: "¿No puedo hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O ves tú con malos ojos que yo sea generoso?" (Mt 20,15). En segundo lugar, cuando Samuel reprende a Saúl, busca éste excusas, mientras que cuando Natán echa en cara a David su crimen, David responde inmediatamente: «¡He pecado!» (2 Sm 12,13) (H. Raguer).

Yo no juzgo como juzga el hombre, dice el Señor. El hombre se fija en las apariencias, pero el Señor se fija en los corazones. Y no es que en nuestro corazón haya algún mérito para que el Señor recompense lo que nosotros hacemos. A pesar de que conoce nuestras miserias, Él nos ama de un modo gratuito, porque así lo ha decidido Él. Lo único que espera de nosotros es que tengamos un corazón dispuesto a dejarse moldear por Él, como el barro tierno en manos del alfarero. Ante una voluntad que se entrega a Dios y le dice con lealtad: Hágase en mí según tu Palabra, Dios tomará nuestra vida en sus manos y, sacándonos de detrás de las ovejas, o levantándonos de nuestras miserias y pecados, podrá, si es su voluntad, ponernos al frente de su Pueblo, pues a Dios le agrada más la obediencia que miles de holocaustos y sacrificios. David, amado por Dios, será un símbolo de quien, a pesar de sus grandes miserias, siempre estará dispuesto a volver a Dios con un corazón arrepentido y, dispuesto también, a iniciar un nuevo camino bajo la fidelidad a Dios. Cristo, Hijo de Dios e Hijo de David, será para nosotros el motivo de nuestra santificación porque su alimento era hacer la voluntad de su Padre celestial. Ese es el mismo camino que se espera de quienes creemos en Cristo.

 

2. Sal. 88. Dios fue quien eligió al rey (v 20), lo ungió (21) y le prometió fuerza frente a sus enemigos (vv 22-24) y un reino desde el Mediterráneo al Éufrateses y al Tigris (vv 25-26). Le hizo además la promesa de una relación paterno-filial con Él y de un linaje perpetuo (vv 27-39). San Juan en el libro del Ap aplica a Jesús resucitado las palabras del v 28 al llamarle "primogénito de los muertos", "el Príncipe de los reyes de la tierra" (Ap 1,5; cf Biblia de Navarra). Y se fija especialmente la tradición cristiana en Cristo al recitar el v27: "aquí, aquel que se encarnó en virtud de la economía divina llama a Dios su propio padre: 'subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios' (Jn 20,17). Porque es de Él de quien habla el profeta, porque, profetizando acerca del niño engendrado, le llama 'Dios fuerte, padre del mundo venidero' (Is 9,6)" (S. Atanasio). Dios, siempre fiel a sus promesas; su amor hacia los suyos jamás dará marcha atrás, pues lo que Dios da jamás lo retira. Él escogió a David como siervo suyo; lo ungió y, poniéndolo al frente del Pueblo, Dios siempre estuvo de su lado. Por eso David, con toda lealtad, puede llamar Padre a Dios; podrá invocar a Dios pues Él estará siempre dispuesto a protegerlo y a defenderlo de sus enemigos. ¿Habrá amor más grande hacia David, que el que Dios le ha manifestado? A nosotros, por medio de Cristo, Dios nos ha amado hasta el extremo. Desde Cristo Dios no sólo es llamado Padre nuestro, sino que en verdad lo tenemos por nuestro Padre. Cuando nos acercamos a pedirle perdón Él nos recibe y nos vuelve a enviar como testigos de su amor y de su misericordia. Por eso aprendamos a no luchar contra las fuerzas del mal con nuestros propios recursos, pues saldríamos vencidos. Pongámonos en manos de Dios y hagamos nuestra la Victoria de Jesucristo sobre el pecado y la muerte. Aprendamos a dejarnos guiar, no por nuestros caprichos ni por nuestras pasiones desordenadas, sino por el Espíritu de Dios, que nos ha ungido y nos ha hecho hijos de Dios, por nuestra unión a Cristo, habitando en nosotros como en un templo.

Se nos habla de la elección de la persona a la que es otorgada la promesa (vv. 19, 20). David era el rey según la elección de Dios, lo mismo que Cristo, por lo que ambos son llamados reyes de Dios (2:6). David era poderoso. Dios le enalteció y ordenó a Samuel que le ungiese. Pero esto se aplica mejor a Cristo, pues: 1. Él es poderoso, capaz de efectuar una salvación completa. 2. Como David, también Él fue escogido del pueblo (v. 19c), pues participó de nuestra carne y de nuestra sangre (He. 2:14). 3. Dios lo ha hallado; es decir, es un salvador provisto por Dios (Jn. 3:16). 4. Como a David (v. 20b), Dios lo ha ungido también a él (Is. 61:1) y le ha constituido sacerdote, profeta y rey, le ha investido de todo poder y autoridad, y le ha resucitado de entre los muertos y lo ha sentado a su diestra. Él es el Ungido por excelencia (hebreo, Mesías; griego. Cristo).

III. Las promesas hechas a su escogido: a David como tipo, y a Cristo como el antitipo:

1. Con referencia a él mismo, como rey y siervo de Dios, se le promete aquí: (A) Que Dios estaría con él y le fortalecería en sus empresas (v. 21): «Mi mano le sostendrá siempre, nunca le faltará mi apoyo, y mi brazo lo fortalecerá a fin de que pueda superar todas las dificultades.»

 (B) Que saldría victorioso de todos sus enemigos (vv. 22,23): «No lo sorprenderá el enemigo, etc.» Cristo salió fiador de nuestras deudas y, por eso. Satanás y la muerte pensaron que podían hacer presa en Él; pero Cristo satisfizo las demandas de la justicia de Dios y, así, no pudieron sus enemigos sorprenderle: «Viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí» (Jn. 14:30b). «Sino que quebrantaré delante de Él a sus enemigos» (v. 23); el príncipe de este mundo será arrojado, los principados y poderes serán despojados y Cristo será la muerte de la muerte misma, y la destrucción del sepulcro (Os. 13:14; 1 Co. 15:55).

 (C) «Mi verdad (lit. mi fidelidad) y mi misericordia estarán con Él» (v. 24). Estuvieron con David y están con Cristo, pues Dios hizo buenas todas sus promesas a Él. Pero eso no es todo: La misericordia y la fidelidad de Dios, esto es, su gracia y su verdad, nos vienen con Cristo (Jn. 1:14 y ss.); y todas las promesas de Dios son en Él Sí y Amén (2 Co. 1:20). Así que todo pobre pecador que espere el beneficio de la misericordia y de la fidelidad de Dios, ha de saber que están en Cristo y a Él debe apelar para conseguirlas (v. 28): «Para siempre le conservaré mi misericordia; en el canal de la mediación de Cristo correrán para siempre todos los arroyos de la bondad divina para con nosotros.^Y, así como la misericordia de Dios fluye hasta nosotros por medio de El, también por medio de Él es firme la promesa de Dios a nosotros: «y mi pacto con Él será estable» (v. 28b), tanto el pacto de la redención hecho con Él (2 Co. 5:19), como el pacto de la gracia hecho en Él (Ef. 1:4 y ss.; 2:5-10)...

 (E) Que llamará a Dios su Padre, y Dios le tendrá por hijo, le nombrará su primogénito (vv. 26,27); como llamó a su pueblo (Ex. 4:22), llama también a su rey y, con él, al antitipo: Cristo. Esto es una alusión a las palabras del mensaje de Natán que se referían a Salomón (pues también él era tipo de Cristo, lo mismo que David): «Yo le seré por Padre y él me será por Hijo» (2 S. 7:14), y así la relación será mutua y reconocida por ambas partes: «Él me invocará diciendo: Mi padre eres tú» (v. 26). Así lo hizo Cristo, en los días de su vida mortal, cuando clamó a Él con clamor y lágrimas en Getsemaní, y así nos enseñó a nosotros a dirigirnos a Dios: «Padre nuestro, etc.» Es asimismo prerrogativa de Cristo ser el primogénito de toda creación (Col. 1:15) y, como tal, el heredero de todo (He. 1:2, 6).

 

3. * "Hoy como ayer, Jesús se las ha de tener con los fariseos, que han deformado la Ley de Moisés, quedándose en las pequeñeces y olvidándose del espíritu que la informa. Los fariseos, en efecto, acusan a los discípulos de Jesús de violar el sábado (cf. Mc 2,24). Según su casuística agobiante, arrancar espigas equivale a "segar", y trillar significa "batir": estas tareas del campo —y una cuarentena más que podríamos añadir— estaban prohibidas en sábado, día de descanso. Como ya sabemos, los panes de la ofrenda de los que nos habla el Evangelio, eran doce panes que se colocaban cada semana en la mesa del santuario, como un homenaje de las doce tribus de Israel a su Dios y Señor.

La actitud de Abiatar es la misma que hoy nos enseña Jesús: los preceptos de la Ley que tienen menos importancia han de ceder ante los mayores; un precepto ceremonial debe ceder ante un precepto de ley natural; el precepto del reposo del sábado no está, pues, por encima de las elementales necesidades de subsistencia. El Concilio Vaticano II, inspirándose en la perícopa que comentamos, y para subrayar que la persona ha de estar por encima de las cuestiones económicas y sociales, dice: «El orden social y su progresivo desarrollo se han de subordinar en todo momento al bien de la persona, porque el orden de las cosas se ha de someter al orden de las personas, y no al revés. El mismo Señor lo advirtió cuando dijo que el sábado había sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado (cf. Mc 2,27)».

San Agustín nos dice: «Ama y haz lo que quieras». ¿Lo hemos entendido bien, o todavía la obsesión por aquello que es secundario ahoga el amor que hay que poner en todo lo que hacemos? Trabajar, perdonar, corregir, ir a misa los domingos, cuidar a los enfermos, cumplir los mandamientos..., ¿lo hacemos porque toca o por amor de Dios? Ojalá que estas consideraciones nos ayuden a vivificar todas nuestras obras con el amor que el Señor ha puesto en nuestros corazones, precisamente para que le podamos amar a Él" (Ignasi Fabregat).

** Ratzinger cita un texto de Neusner, diálogo hipotético entre "el judío creyente" con Jesús, para ver lo que significaba el sábado para Israel y entender así lo que está en juego en esta disputa. En el relato de la creación, se dice que Dios descansó el séptimo día. «En ese día celebramos la creación (…) No trabajar en sábado significa algo más que cumplir escrupulosamente un rito. Es un modo de imitar a Dios». Por tanto, del sábado forma parte no sólo el aspecto negativo de no realizar actividades externas, sino también lo positivo del «descanso», que implica además una dimensión espacial: «Para respetar el sábado hay que quedarse en casa. No basta con abstenerse de realizar cualquier tipo de trabajo, también hay que descansar, restablecer en un día de la semana el círculo de la familia y el hogar, cada uno en su casa y en su sitio». El sábado no es sólo un asunto de religiosidad individual, sino el núcleo de un orden social: «Ese día convierte al Israel eterno en lo que es, en el pueblo que, al igual que Dios después de la creación, descansa al séptimo día de su creación». Es un tema actual, pues ante tanto afán de consumir "podríamos reflexionar sobre lo saludable que sería también para nuestra sociedad actual que las familias pasaran un día juntas, que la casa se convirtiera en hogar y realización de la comunión en el descanso de Dios".

En ese diálogo entre Jesús e Israel, que es también actual, "el tema del «descanso» como elemento constitutivo del sábado permite a Neusner ponerse en relación con el grito de júbilo de Jesús, que en el Evangelio de Mateo precede a la narración de la recogida de espigas por parte de los discípulos. Es el llamado grito de júbilo mesiánico, que comienza: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla...» (Mt 11,25-30). En nuestra interpretación habitual, éstos aparecen como dos textos evangélicos muy diferentes entre sí: uno habla de la divinidad de Jesús, el otro de la disputa en torno al sábado. Neusner deja claro que ambos textos están estrechamente relacionados, pues en los dos casos se trata del misterio de Jesús, del «Hijo del hombre», del «Hijo» por excelencia.

Las frases inmediatamente precedentes a la narración sobre el sábado son: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (Mt 11, 28-30). Generalmente estas palabras son interpretadas desde la idea del Jesús liberal, es decir, desde un punto de vista moralista: la interpretación liberal de la Ley que hace Jesús facilita la vida frente al «legalismo judío». Sin embargo, en la práctica, esta lectura no resulta muy convincente, pues seguir a Jesús no resulta cómodo, y además Jesús nunca dijo nada parecido. ¿Pero entonces qué?

Neusner nos muestra que no se trata de una forma de moralismo, sino de un texto de alto contenido teológico, o digámoslo con mayor exactitud, de un texto cristológico. A través del tema del descanso, y el que está relacionado con el de la fatiga y la opresión, el texto se conecta con la cuestión del sábado. El descanso del que se trata ahora tiene que ver con Jesús. Las enseñanzas de Jesús sobre el sábado aparecen ahora en perfecta consonancia con este grito de júbilo y con las palabras del Hijo del hombre como señor del sábado. Neusner resume del siguiente modo el contenido de toda la cuestión: «Mi yugo es ligero, yo os doy descanso. El Hijo del hombre es el verdadero señor del sábado. Pues el Hijo del hombre es ahora el sábado de Israel; es nuestro modo de comportarnos como Dios» (p. 72).

Ahora Neusner puede decir con más claridad que antes: «¡No es de extrañar, por tanto, que el Hijo del hombre sea señor del sábado! No es porque haya interpretado de un modo liberal las restricciones del sábado... Jesús no fue simplemente un rabino reformador que quería hacer la vida "más fácil" a los hombres... No, aquí no se trata de aligerar una carga... Está en juego la reivindicación de autoridad por parte de Jesús.»(p. 71). «Ahora Jesús está en la montaña y ocupa el lugar de la Torá» (p. 73). El diálogo del judío observante con Jesús llega aquí al punto decisivo. Ahora, desde su exquisito respeto, el rabino no pregunta directamente a Jesús, sino que se dirige al discípulo de Jesús: «"¿Es realmente cierto que tu maestro, el Hijo del hombre, es el señor del sábado?". Y como lo hacía antes, vuelvo a preguntar: "Tu maestro ¿es Dios?"» (p. 74).

Con ello se pone al descubierto el auténtico núcleo del conflicto. Jesús se ve a sí mismo como la Torá, como la palabra de Dios en persona. El grandioso Prólogo del Evangelio de Juan —«En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios»— no dice otra cosa que lo que dice el Jesús del Sermón de la Montaña y el Jesús de los Evangelios sinópticos. El Jesús del cuarto Evangelio y el Jesús de los Evangelios sinópticos es la misma e idéntica persona: el verdadero Jesús «histórico».

El núcleo de las disputas sobre el sábado es la cuestión sobre el Hijo del hombre, la cuestión referente a Jesucristo mismo. Volvemos a ver cuánto se equivocaban Harnack y la exégesis liberal que le siguió con la idea de que en el Evangelio de Jesús no tiene cabida el Hijo, no tiene cabida Cristo: en realidad, Él es siempre su centro".

*** Al igual que vimos hace días que Jesús tocó el leproso para curarlo, algo que estaba sumamente prohibido y hacía impuro al que cometía tal delito, ahora se vuelve a saltar otro mandamiento inventado por el pueblo judío, referente al sábado. En estos primeros días después de Navidad, y antes de proclamar de un modo solemne el mensaje de Jesús, hemos observado su plan de salvación: escoge a sus apóstoles para continuar su obra en el mundo, y extiende su misericordia poniendo la ley del amor al servicio de las personas, por encima de la ley escrita que ahoga cuando está privada de este espíritu. Ayer hablaba de la alegría de estar con el esposo en lugar de la ley del ayuno, hoy comer cuando está prohibido. Diríamos que Jesús abre las puertas de la religión a una vida auténticamente vivida, sin miedo a vivir, sin esconderse del mundo, aunque no es conformarse a él pues veremos que le cuesta la muerte la cuestión del sábado, pues no le mataron por predicar más laxitud, sino por ponerse en lugar de Dios, por eso le crucificaron, por mostrarse como quien era, el Mesías.

Ante las críticas actuales de si era un invento de la Iglesia, el cuerpo de doctrina que atribuimos a Jesús, podemos responder que nuestra religión no es religión de un libro, pues es en la Tradición por donde nos ha llegado el Evangelio: es una religión del Espíritu Santo en la Tradición viva de la Iglesia que ahora vemos en su primitiva formación, y los primeros cristianos murieron por el Evangelio como también Jesús, no se muere por una mentira. Además, la interpretación liberal de que Jesús fue un hombre bueno luego mitificado cae por su peso, como bien dijo hace medio siglo Romano Guardini: si no se cree que Jesús es Dios podría considerarse un loco o un mentiroso, pero la locura no es correlativa a su magnífica doctrina de lógica impecable, doctrina como nunca hubo, y culmen de sabiduría humana; y la sublimidad de su vida que entrega hasta la muerte no es tampoco la que corresponde a un malvado. Jesús culmina la revelación con la ley que vemos proclamar con sus primeras palabras estos días, y su vida la transmite su cuerpo místico, y esto constituye la Tradición que hemos recibido, y en la que vamos profundizando de la mano del Espíritu de Dios, de ese Señor de la historia del mundo, y de ese microcosmos que somos cada uno de nosotros, con todas nuestras circunstancias… A Jesús le interesan las personas, le interesamos nosotros, y esta prioridad marca su Evangelio. También orienta nuestro pensamiento, nos dice: ¡no seáis esclavos del sábado, de ninguna norma! Ama y haz lo que quieras… es el reino de la libertad del amor…

Ayer el motivo del altercado fue el ayuno. Hoy, una institución intocable del pueblo de Israel: el sábado. El recoger espigas era una de las treinta y nueve formas de violar el sábado, según las interpretaciones exageradas que algunas escuelas de los fariseos hacían de la ley. ¿Es lógico criticar que en sábado se tomen unas espigas y se coman? Jesús aplica un principio fundamental para todas las leyes: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado». Trae como argumento la escena en que David come y da de comer a sus soldados hambrientos los «panes presentados», de alguna manera sagrados. Una cosa es obedecer a la ley de Dios y otra, caer en una casuística tan caprichosa que incluso pasa por encima del bien del hombre. El hombre está siempre en el centro de la doctrina de Jesús. La ley del sábado había sido dada precisamente a favor de la libertad y de la alegría del hombre (cf. Deuteronomio 5,12-15). Además Jesús lanza valientemente una de aquellas afirmaciones suyas que tan nerviosos ponían a sus enemigos: «El Hijo del Hombre es señor también del sábado». No es que Jesús haya venido a abolir la ley, pero sí a darle pleno sentido. Si todo hombre es superior al sábado, mucho más el Hijo del Hombre, el Mesías.

También nosotros podemos caer en unas interpretaciones tan meticulosas de la ley que lleguemos a olvidar el amor. La «letra» puede matar al «espíritu». La ley es buena y necesaria. La ley es, en realidad, el camino para llevar a la práctica el amor. Pero por eso mismo no debe ser absolutizada. El sábado -para nosotros el domingo- está pensado para el bien del hombre. Es un día en que nos encontramos con Dios, con la comunidad, con la naturaleza y con nosotros mismos. El descanso es un gesto profético que nos hace bien a todos, para huir de la esclavitud del trabajo o de la carrera consumista. El día del Señor también es día del hombre, con la Eucaristía como momento privilegiado. Pero tampoco nosotros debemos absolutizar el «cumplimiento» del domingo hasta perder de vista, por una exagerada casuística, su espíritu y su intención humana y cristiana. Debemos ver en el domingo sus «valores» más que el «precepto», aunque también éste exista y siga vigente. Las cosas no son importantes porque están mandadas. Están mandadas porque representan valores importantes para la persona y la comunidad. Es interesante el lenguaje con que el Código de Derecho Canónico (1983) expresa ahora el precepto del descanso dominical, por encima de la casuística de antes sobre las horas y las clases de trabajo: «El domingo los fieles tienen obligación de participar en la Misa y se abstendrán además de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo» (c. 1247). El Código se preocupa del bien espiritual de los cristianos y también de su alegría y de su salud mental y corporal. Tendríamos que saber distinguir lo que es principal y lo que es secundario. La Iglesia debería referirlo todo -también sus normas- a Cristo, la verdadera norma y la ley plena del cristiano (J. Aldazábal).

Elredo de Rielvaux (1110-1167) monje cisterciense inglés (Espejo de la caridad, III, 3,4,6) habla de "El Señor del sábado", y dice así: "Cuando el hombre se aleja de la barahúnda exterior, se recoge en el secreto de su corazón, cierra la puerta a la multitud de vanidades ruidosas, cuando se aparta de sus tesoros, cuando ya no queda en él nada agitado o desordenado, cuando sus afanes cesan, nada le constriñe, al contrario: cuando todo en el hombre es serenidad, armonía, paz, tranquilidad, y cuando todos sus pequeños pensamientos, palabras y acciones sonríen como se sonríe al padre de familia que está reunida en paz, entonces nace en su corazón, de repente, una maravillosa seguridad. De esta seguridad viene un gozo extraordinario, y de este gozo brota un canto de alegría que se convierte en alabanza de Dios tanto más ferviente cuanto más conciencia se tiene que todo bien nos viene dado de parte de Dios.

Esta es la gozosa celebración del sábado que viene precedida de los seis días en que se realizan las obras. Primero hay que sudar en el cumplimiento de nuestras tareas y obras buenas para luego poder reposar en la paz de nuestra conciencia... En este sábado el alma gusta "cuán bueno es Jesús" (cf Sal 33)".

La verdad, a los fariseos no les importaba transgredir la ley, sin embrago la sabían usar muy bien para su propio beneficio, habían olvidado que la ley nunca puede ser más importante que la caridad. Siguiendo este principio, el último código del Derecho Canónico que rige a la Iglesia reza así: "la salvación de las almas es la ley suprema de la Iglesia" (C 1752), y en función de esta norma se rigen las normas... No podemos vivir sin leyes que nos ayuden a normar y a dirigir nuestras vidas. Desde nuestra propia casa hasta las últimas instituciones necesitan de leyes, sin embargo quienes están encargados de la aplicación de éstas, deben tener siempre en cuenta el "espíritu" que las ha inspirado y que en última instancia es el bien de los individuos y de la comunidad. Aquellos a los que Dios nos ha puesto al cuidado de la observancia de la ley (padres, administradores, gobernantes, etc.) debemos tener siempre cuidado de no usarla para beneficio particular sino para el bien de los hermanos (Ernesto María Caro).

Tiempo ordinario II, lunes: Dios es fiel, pero el hombre puede rechazarlo. Jesús es el esposo, como vino nuevo, vestido nuevo para el alma

Tiempo ordinario II, lunes: Dios es fiel, pero el hombre puede rechazarlo. Jesús es el esposo, como vino nuevo, vestido nuevo para el alma

 

Primer Libro de Samuel 15,16-23. Entonces Samuel dijo a Saúl: "¡Basta! Voy a anunciarte lo que el Señor me dijo anoche". "Habla", replicó él. Samuel añadió: "Aunque tú mismo te consideres poca cosa, ¿no estás al frente de las tribus de Israel? El Señor te ha ungido rey de Israel. El te mandó hacer una expedición y te dijo: Ve y consagra al exterminio a esos pecadores, los amalecitas; combátelos hasta acabar con ellos. ¿Por qué entonces no has escuchado la voz del Señor? ¿Por qué te has lanzado sobre el botín y has hecho lo malo a los ojos del Señor?". Saúl le replicó: "¡Yo escuché la voz del Señor! Hice la expedición que él me había encomendado; traje a Agag, rey de Amalec, consagré al exterminio a los amalecitas, y el pueblo tomó del botín ovejas y vacas, lo mejor de lo destinado al exterminio, para ofrecer sacrificios al Señor, tu Dios, en Guilgal". Samuel respondió: "¿Quiere el Señor holocaustos y sacrificios o quiere que se obedezca su voz? La obediencia vale más que el sacrificio; la docilidad, más que la grasa de carneros. Como pecado de hechicería es la rebeldía; como crimen de idolatría es la contumacia. Porque tú has rechazado la palabra del Señor, él te ha rechazado a ti para que no seas rey".

 

Salmo 50,8-9.16-17.21.23. No te acuso por tus sacrificios: ¡tus holocaustos están siempre en mi presencia!

Pero yo no necesito los novillos de tu casa ni los cabritos de tus corrales.

Dios dice al malvado: "¿Cómo te atreves a pregonar mis mandamientos y a mencionar mi alianza con tu boca, tú, que aborreces toda enseñanza y te despreocupas de mis palabras?

Haces esto, ¿y yo me voy a callar? ¿Piensas acaso que soy como tú? Te acusaré y te argüiré cara a cara.

El que ofrece sacrificios de alabanza, me honra de verdad; y al que va por el buen camino, le haré gustar la salvación de Dios".

 

Texto del Evangelio (Mc 2,18-22):   Como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vienen y le dicen a Jesús: «¿por qué mientras los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: «¿pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar. Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán, en aquel día.

Nadie cose un remiendo de paño sin tundir en un vestido viejo, pues de otro modo, lo añadido tira de él, el paño nuevo del viejo, y se produce un desgarrón peor. Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino reventaría los pellejos y se echaría a perder tanto el vino como los pellejos: sino que el vino nuevo se echa en pellejos nuevos.

 

Comentario: 1. 1S 15,16-23. Llevamos ya una semana con la lectura de los Libros de Samuel. Quizá estemos algo desconcertados. Esos textos evocan situaciones muy antiguas y muy diferentes de las nuestras. Si perseveramos meditando sobre esos textos, descubriremos que, por su rareza misma, nos invitan a no detenernos en sus detalles concretos -aunque no sea inútil conocer las explicaciones arqueológicas e históricas que los aclaran-. Lo esencial es descubrir sus profundas significaciones.

-La ambigüedad profunda de los comportamientos y de los principios morales. En la época de Saúl regía un principio moral reconocido por todos los pueblos: terminada una guerra santa, el pueblo vencedor juraba el exterminio total del pueblo vencido. Hombres, mujeres, niños y ganado. ¡Y esto era considerado como un homenaje a Dios, dador de la victoria! Nos horrorizan tales principios; pero eso no impide que tales «hechos» hayan existido históricamente. De otra parte, lo que más nos sorprende es que Dios da la impresión de «seguir» esa costumbre de los hombres. Es como si Él reconociera, a destiempo, la regla moral que la conciencia humana elaboró en un momento dado de su evolución.

-¿Por qué no obedeciste al Señor? ¡El profeta Samuel reprocha a Saúl el haber salvado a una parte de los enemigos! Quizá Saúl experimentó sentimientos de piedad. Quizá creyó rendir un mejor homenaje a Dios «ofreciendo el ganado del botín en sacrificio cultual» antes que destruirlo en un «anatema estéril».

-¿Acaso se complace el Señor en los holocaustos y sacrificios tanto como en la obediencia a la palabra de Dios? Mejor es la obediencia que el sacrificio. Lo que cuenta es hacer la «voluntad de Dios». Obedecer es más importante que ofrecer un culto. Esto es siempre actual. En la ambigüedad de las evoluciones morales -el bien y el mal están cada vez más mezclados-, es preciso ir a lo esencial: estar a la búsqueda constante de la voluntad de Dios.

Jesús repitió frases semejantes: «Es el amor lo que deseo y no el sacrificio». (Mt 8,13). Siguiendo a todos los profetas, Jesús insistió varias veces sobre la necesidad de «interiorizar» la ley y el culto. ¡Señor, si conociéramos más distinta y claramente cuál es tu voluntad! En mi vida actual, evoco los puntos de mi vida en que dudo de qué será lo mejor. Acepto, Señor, no ver claramente, no tener plena seguridad en mis comportamientos... Concédenos, Señor, continuar buscando.

-Porque han rechazado la palabra del Señor, El te rechaza para que no seas Rey. Se esforzó en defenderse, invocando su «sinceridad», presentando sus «excusas». Eso pone en evidencia nuestra radical dependencia respecto a Dios. Cuando nos hemos esmerado en dilucidar cual es el mal menor, debemos, aun entonces, abandonarnos al juicio de Dios. Humildad radical. No somos nosotros los que subjetivamente nos justificamos a nosotros mismos. Señor, en la evolución actual, en la ambigüedad de las situaciones, quiero permanecer dependiendo de Ti (Noel  Quesson).

Asistimos al drama de la reprobación de Saúl, aquel joven valiente y buen mozo, elegido de Dios y aclamado por el pueblo el primer «mesías», o sea, «ungido del Señor». ¿Cómo pudo fracasar? Tenemos dos versiones de la culpa que motivó su reprobación: una en el capitulo 13 y la segunda en el fragmento que hoy leemos. Pero las dos parecen insuficientes al lector moderno. De acuerdo con el capitulo 13 habría sido una falta ritual: haberse atrevido a ofrecer el holocausto sin esperar a que lo hiciera Samuel. Pero el mismo texto del relato, aun acusándole de desobediencia a las normas de Yahvé, menciona unas circunstancias que hacen más explicable su conducta: había esperado en vano siete días la llegada de Samuel, mientras el ejército se le dispersaba y los filisteos amenazaban atacar. Sin embargo, Samuel le dice que, por haber desobedecido, Yahvé va se ha buscado «un hombre a su gusto» que le sustituirá.

La segunda versión nos la ofrece este capitulo 15 y la atribuye a no haber cumplido estrictamente la ley del anatema propia de las guerras sagradas, de acuerdo con la cual había que exterminar a todos los hombres y ganado del bando vencido. También aquí hay atenuantes: Saúl había reservado las mejores reses, pero era para sacrificarlas a Yahvé en el santuario de Guilgal. ¿Una infracción litúrgica y la poca rapidez en el exterminio de los enemigos pueden ser causa suficiente para perder el favor de Yahvé, de tal manera que ni reconociendo la culpa y pidiendo perdón (24-29) pueda Saúl recuperarlo? Se dijera más bien que los autores sagrados, ante el hecho histórico del final trágico de Saúl, sienten la necesidad de dejar muy claro que no se trata de un fracaso de Dios, sino del hombre. Por otra parte, como dice san Agustín: «Dios no nos abandona si no le abandonamos» (y podríamos añadir que muy a menudo incluso abandonándole él no nos deja, sino que nos persigue con su gracia para conseguir la conversión) y, por consiguiente, debió de mediar alguna infidelidad en Saúl, ya que Dios le retiró su favor. Los autores sagrados escudriñan los recuerdos históricos y hallan solamente esas dos infracciones, que a nuestro parecer no son graves, pero no podemos afirmar que no hubiera habido otras.

Mejor que querer averiguar cuál fue históricamente la falta de Saúl -cada hombre es un misterio-, el mensaje religioso y también histórico de este fragmento hay que buscarlo en otra dirección. Al escribir este relato, algunos siglos después de sucedidos los hechos, el conflicto entre Samuel y Saúl se había convertido en paradigma de la tensión entre monarcas y profetas que atraviesa toda la historia de los reyes, ya en lo que se refiere a Judá (Isaías delante de Acaz y Ezequías), como más aún en el reino del Norte (Elías y Acab, Amós y Jeroboán II). La historia del fracaso de Saúl recordará siempre a los reyes que Dios da la realeza y la quita cuando quiere, y que hay que obedecerle a él y a sus enviados, los profetas. En caso contrario, la liturgia oficial no es grata a Dios: "Obedecer vale más que un sacrificio" (22) (H. Raguer).

 

2. Comentario al Salmos 49, tomado de editorial CLIE: es un salmo de instrucción, no de oración ni de alabanza. Dios se dirige aquí, por medio del salmista, a los que tenían un falso concepto de la religión, para hacerles ver que no se complace en los sacrificios del culto ni en el cumplimiento externo de la ley, mientras no se cumple de corazón lo que El ha ordenado.

La exhortación a los adoradores de Dios, para que conviertan sus sacrificios en oraciones (vv 7-15).

La reprensión a los que albergan la pretensión de que adoran a Dios, pero viven en desobediencia a sus mandatos (vv. 16-20); se les lee la sentencia (vv. 21, 22), y se amonesta a todos a que consideren su conducta tanto como sus devociones (v. 23). Es un salmo de Asaf.

Dios se dirige aquí a los que, en su religión, ponían todo el énfasis en la observancia exterior de la ley ceremonial, pensando que eso bastaba.

Expresa su relativo menosprecio de los sacrificios legales (v 8). Lo cual puede ser considerado: (A) En su relación con la ley misma. Los israelitas creían que Dios les habría de estar agradecido y satisfecho por la multitud de sacrificios que le ofrecían sobre el altar; pero Dios les declara que no necesitaba tales sacrificios. ¿Para qué los quería, siendo el Dueño Soberano de todos los animales? (vv 9,10). La infinita autosuficiencia de Dios muestra nuestra completa insuficiencia para añadir nada a lo que ya es suyo.

Después de instruir a su pueblo, por medio del salmista, sobre el método correcto de rendirle adoración, pasa Dios ahora a reprender a los malvados. El cargo que les imputa. (A) Les acusa de usurpar las funciones y los privilegios de la religión (v 16): «¿Qué tienes tú que hablar de mis leyes?», le dice al malvado. Esto es un reto a los que aparentan ser piadosos, pero son en realidad profanos, para mostrar que no están debidamente cualificados para declarar a otros la ley que ellos mismos no cumplen. Esta es la hipocresía de la que el Señor acusaba a los escribas y fariseos (por ej. Mt 23 y comp. con Ro 2:21,22), pero también tiene aplicación a todos los que profesan la piedad, pero practican la iniquidad, especialmente cuando son ministros de Dios y predicadores del Evangelio. (B) Les acusa de transgredir las leyes y preceptos de la religión (v 17): «Pues tú aborreces la corrección.» Les gustaba instruir y corregir a otros, pues esto les nutría el orgullo, pero aborrecían ser ellos mismos corregidos, pues esto les proporcionaba humillación; así que, para no verlas, se echaban a la espalda las palabras de Dios (v 17b).

La prueba del cargo que les hace (v 21): «Estas cosas hacías.» El Dios que conoce, no sólo los hechos, sino también las intenciones del corazón, puede expresarse categóricamente: Los hechos eran demasiado evidentes para ser negados, y demasiado pecaminosos para ser excusados.

La paciencia del Juez, y el abuso que el pecador hace de esa paciencia: «Y yo he callado.» Como diciendo: «Yo no te he parado los pies ni te he castigado, sino que te he permitido seguir tu curso; te he concedido prórroga, sin ejecutar de inmediato la sentencia que tus maldades merecían.» Sin embargo, el texto hebreo admite otra traducción, aunque menos probable: « ¿Y había yo de haber callado?» La paciencia de Dios es tanto más de admirar por el mal uso que el pecador hace de ella. Los pecadores suelen tomar el silencio de Dios por consentimiento, y la paciencia por connivencia y, por eso, cuanto más tardan en ser castigados, tanto más se les endurece el corazón.

La amable advertencia que les hace (v 22): «Entended ahora esto los que os olvidáis de Dios; considerad que Dios conoce vuestros pecados y toma buena nota de ellos, que la despreciada paciencia se volverá furiosa ira, pues si no consideráis esto ni mejoráis con ello vuestra conducta, os despedazará como un león (comp. con Os. 5:14), y no habrá quien os libre.»

A todos se nos dan luego las instrucciones necesarias para que evitemos ese fatal destino. (A) El fin primordial del hombre es dar gloria a Dios, y aquí se nos dice que «el que ofrece el sacrificio de acción de gracias le glorifica, le honra» (v 23), ya sea judío o gentil, pues esos son los sacrificios espirituales en los que Dios se complace (v He. 13:15,16). Esos son los sacrificios que surgen del fuego del altar de un corazón que arde en afectos de sincera devoción. (B) El fin del hombre es también, en conjunción con la glorificación de Dios, llegar a ser feliz en íntima comunión con El, y aquí se nos dice que al que ordena su camino, esto es, al que rectifica su conducta, le será mostrada la salvación de Dios. Vemos aquí un giro gramatical frecuente en hebreo, pues, siendo Dios el que habla, habríamos de esperar leer: «mi salvación». Buena es la expresión de gratitud, pero mejor es la vivencia de gratitud.

Convocados a juicio ante Dios, ¿quién podrá abrir la boca para defenderse o justificarse? Ante Él está nuestra vida desnuda; nada queda oculto ante sus ojos. Por eso, mientras aún es tiempo, sepamos deponer nuestro orgullo ante Él. Teniendo como punto de referencia el amor que el Padre Dios nos ha manifestado en Cristo, juzguemos nuestra vida y sepamos rectificar nuestros caminos. Acerquémonos con humildad al Señor y pidámosle que tenga misericordia de nosotros; pidámosle perdón y el Señor tendrá compasión de nosotros. Pero, recibido el perdón, a nosotros corresponde en adelante serle fieles al Señor. Sabiendo que somos frágiles, inclinados más hacia el mal que hacia el bien, con humildad pidámosle al Señor que nos renueve y que nos dé la fuerza de su Espíritu Santo, pues sólo así podremos vivir y caminar como hijos suyos, manteniéndonos fieles hasta el final de nuestra vida.

 

3. Mc 2,18-22 (ver domingo 8B). Nos encontramos con un tercer motivo de enfrentamiento de Jesús con los fariseos: después del perdón de los pecados y la elección de un publicano, ahora murmuran porque los discípulos de Jesús no ayunan. Los argumentos suelen ser más bien flojos. Pero muestran la oposición creciente de sus enemigos. Los judíos ayunaban dos veces por semana -los lunes y jueves- dando a esta práctica un tono de espera mesiánica. También el ayuno del Bautista y sus discípulos apuntaba a la preparación de la venida del Mestas. Ahora que ha llegado ya, Jesús les dice que no tiene sentido dar tanta importancia al ayuno. Con unas comparaciones muy sencillas y profundas se retrata a si mismo:

- él es el Novio y por tanto, mientras esté el Novio, los discípulos están de fiesta; ya vendrá el tiempo de su ausencia, y entonces ayunarán; - él es la novedad: el paño viejo ya no sirve; los odres viejos estropean el vino nuevo. Los judíos tienen que entender que han llegado los tiempos nuevos y adecuarse a ellos. El vino nuevo es el evangelio de Jesús. Los odres viejos, las instituciones judías y sobre todo la mentalidad de algunos. La tradición -lo que se ha hecho siempre, los surcos que ya hemos marcado- es más cómoda. Pero los tiempos mesiánicos exigen la incomodidad del cambio y la novedad. Los odres nuevos son la mentalidad nueva, el corazón nuevo. Lo que les costó a Pedro y los apóstoles aceptar el vine nuevo, hasta que lograron liberarse de su formación anterior y aceptar la mentalidad de Cristo, rompiendo con los esquemas humanos heredados.

El ayuno sigue teniendo sentido en nuestra vida de seguidores de Cristo. Tanto humana como cristianamente nos hace bien a todos el saber renunciar a algo y darlo a los demás, saber controlar nuestras apetencias y defendernos con libertad interior de las continuas urgencias del mundo al consumo de bienes que no suelen ser precisamente necesarios. Por ascética. Por penitencia. Por terapia purificadora. Y porque estamos en el tiempo en que la Iglesia «no ve» a su Esposo: estamos en el tiempo de su ausencia visible, en la espera de su manifestación final. Ahora bien, este ayuno no es un «absoluto» en nuestra fe. Lo primario es la fiesta, la alegría, la gracia y la comunión. Lo prioritario es la Pascua, aunque también tengan sentido el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo como preparación e inauguración de la Pascua. También el amor supone muchas veces renuncia y ayuno. Pero este ayuno no debe disminuir el tono festivo, de alegría, de celebración nupcial de los cristianos con Cristo, el Novio. El cristianismo es fiesta y comunión, en principio. Así como en el AT se presentaba con frecuencia a Yahvé como el Novio o el Esposo de Israel, ahora en el NT es Cristo quien se compara a si mismo con el Novio que ama a su Esposa, la Iglesia. Y eso provoca alegría, no tristeza (J. Aldazábal).

* La novedad esponsal en Jesús, el paño nuevo, el vino nuevo, la alianza nueva, todo es novedad, que requiere no una simple adaptación sino un cambio radical. Dios es siempre nuevo. Los hombres pueden cambiar, pasar de la fidelidad a la infidelidad, pero Dios no, Dios es siempre fiel. Se nos muestra como un enamorado, que entreteje un diálogo nuevo, de intimidad en una nueva alianza sellada en el interior del corazón. La alianza esponsal culmina en el misterio sublime de la pasión, muerte y resurrección, ahí se desposa con el nuevo pueblo de la Iglesia, por el Espíritu Santo, que hace nuevas todas las cosas. La relación esponsal establece una cosa nueva que nace del compromiso entre un hombre y una mujer, con pasión, compromiso y exclusividad. El paño nuevo siempre es para hacer un vestido nuevo, no para remendar el viejo. "Jesús es la tela nueva, que quiere vestir al hombre con la novedad de su mensaje y de su salvación definitiva y total. ¿Puede acaso la novedad de Cristo reducirse a ser un remiendo de las tradiciones, ritos, instituciones del judaísmo o de las religiones paganas existentes en el mundo helenístico?" (cf. el comentario al pasaje, en Iesus.org). El vino nuevo requiere odres nuevos. Jesús es el vino nuevo. "El odre viejo es el hombre no renovado por el misterio de Cristo paciente y glorioso, el hombre perteneciente a las religiones antiguas, principalmente la religión judía. El vino nuevo de Cristo reclama hombres nuevos, dispuestos a beber el cáliz del vino nuevo con alegría y con sinceridad" (ibid.).

El tema de la unión esponsal hace referencia al cuerpo humano como don. "La vocación esponsal no sólo dice a la persona sino que la dice como don. El don de sí, en efecto, es el sentido último de la existencia humana, la vocación que funda todas las demás, lo único que realiza plenamente a la persona. Respecto al don de sí el cuerpo es su signo y su condición de posibilidad; es la persona misma en cuanto susceptible de darse. Sólo en el cuerpo y según el cuerpo es posible el amor humano, cualquiera que sea su forma. Cierto que en el matrimonio tiene lugar la unión según el cuerpo de modo singular y paradigmático, pero lo esponsal rebasa infinitamente lo matrimonial. Incluso podemos decir que la existencia humana en su totalidad acontece según el cuerpo, y por eso mismo posee dimensión esponsal. Así lo comprende el Cristianismo en la perspectiva de la Encarnación, según la cual todo lo humano se halla envuelto en una relación esponsal con Dios cuyo eje es Cristo, el Dios hecho carne. A la luz de este misterio comprendemos que en lo corporal siempre late lo esponsal. Por ejemplo en la presencia, que es la manifestación corporal más básica, adivinamos una entrega incoada, un don de sí incipiente, una afirmación del otro, una apertura al amor, admitiendo todo ello diversos grados. Así ocurre en la palabra de Cristo en la Última Cena "esto es mi Cuerpo" (Mt 26, 26), que equivale a decir: "aquí estoy presente, soy yo aquí y ahora, soy yo en trance de ofrecerme". Por su alusión a la entrega voluntaria, la frase evangélica expresa, además, el grado máximo de presencia corporal, pues en ella se asume la debilidad, la indigencia y la vulnerabilidad. En el cuerpo, efectivamente,  la persona está expuesta al dolor y a la muerte, y necesitada de salvación; por eso en los niños y enfermos la presencia adquiere peculiar intensidad. La fragilidad del cuerpo pone de manifiesto su significado esponsal, aunque también lo hace, de otro modo, la belleza y el vigor físico. Los diversos significados se concilian e iluminan mutuamente en el don de sí salvador, pues la persona se recibe dándose, se gana perdiéndose y se salva entregándose. En este sentido Tertuliano (s. III) consideraba al cuerpo como "quicio de la salvación" (caro salutis est cardo)" (Pablo Prieto).

El esposo, según la expresión de los profetas de Israel, indica al mismo Dios, y es manifestación del amor divino hacia los hombres (Israel es la esposa, no siempre fiel, objeto del amor fiel del esposo, Yahvé). Es decir, Jesús se equipara a Yahvé. Está aquí declarando su divinidad: llama a sus discípulos «los amigos del esposo», los que están con Él, y así no necesitan ayunar porque no están separados de Él.

Jesús nos acompaña en nuestro camino, hace historia con nosotros, y hemos de alegrarnos: "¿Acaso pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos?" Esta presencia del esposo que ama, nos dará alegría y seguridad; y nos ayuda a colaborar con la gracia para superar el pecado, morir al hombre viejo, quitarnos el vestido viejo, y vestirnos del hombre nuevo, revistiéndonos de Jesucristo.

** "Hoy comprobamos cómo los judíos, además del ayuno prescrito para el Día de la Expiación (cf. Lev 16,29-34) observaban muchos otros ayunos, tanto públicos como privados. Eran expresión de duelo, de penitencia, de purificación, de preparación para una fiesta o una misión, de petición de gracia a Dios, etc. Los judíos piadosos apreciaban el ayuno como un acto propio de la virtud de la religión y muy grato a Dios: el que ayuna se dirige a Dios en actitud de humildad, le pide perdón privándose de aquellas cosas que, satisfaciéndole, le hubieran apartado de Él.

Que Jesús no inculque esta práctica a sus discípulos y a los que le escuchan, sorprende a los discípulos de Juan y a los fariseos. Piensan que es una omisión importante en sus enseñanzas. Y Jesús les da una razón fundamental: «¿Acaso pueden los amigos del esposo ayunar mientras está con ellos el esposo?» (Mc 2,19) (…) La Iglesia ha permanecido fiel a esta enseñanza que, viniendo de los profetas e incluso siendo una práctica natural y espontánea en muchas religiones, Jesucristo la confirma y le da un sentido nuevo: ayuna en el desierto como preparación a su vida pública, nos dice que la oración se fortalece con el ayuno, etc" (Joaquim Villanueva).

Pero lo principal no es el ayuno sino el amor, el vestido nuevo que nos ponemos con el paño de la gracia, la filiación divina, revestirnos de Cristo: «Un día -no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia-, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana -que es la razón más sobrenatural-, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que sólo desaparece cuando te apartas de El (…) La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía». Así san Josemaría Escrivá recordaba el mensaje de santidad en medio del mundo, que resumía así: «conocer a Jesucristo; hacerlo conocer; llevarlo a todos los sitios», escribió don Josemaría en un pequeño trozo de papel con trazos fuertes. Y la filiación divina ocupa un lugar de fundamento. En una tertulia de 1967 le preguntaron:  «-¿Qué podemos decir como lo más fundamental de nuestra vocación?: -Di lo que te parezca más adecuado, según cada persona. Para mí, lo más fundamental, lo mejor, lo más bonito es que me hace sentirme hijo de Dios. Da una gran serenidad, aunque se haga una tontería muy gorda. Todos somos hijos de Dios, pero algunos no quieren serlo o no lo saben. Nosotros tenemos la alegría de saberlo, y así podemos pedir ayuda. Cuando surge la dificultad: Abba, Pater!. Y viene inmediatamente la serenidad». 

*** Entre los que escuchaban al Señor, la mayoría serían pobres y sabrían de remiendos en vestidos; habría vendimiadores que sabrían lo que ocurre cuando el vino nuevo se echa en odres viejos. Les recuerda Jesús que han de recibir su mensaje con espíritu nuevo, que rompa el conformismo y la rutina de las almas avejentadas, que lo que Él propone no es una interpretación más de la Ley, sino una vida nueva. Toda nuestro obrar moral se alimenta de este hecho: somos hijos de Dios: Mirad qué amor nos ha manifestado el Padre, pues ha querido que nos llamemos hijos de Dios, y lo seamos (1 Jn, 3, 1). Dios elige al hombre -ego elegi vos -, y lo crea, para ser santo y gozar de la presencia de Dios  siendo en la vida nueva de la gracia imitadores de Jesucristo como hijos queridísimos. «Esta unión de Cristo con el hombre, es en sí misma un misterio, del que nace el hombre nuevo llamado a participar en la vida de Dios (cfr 2 Petr 1, 4), creado nuevamente en Cristo, en la plenitud de la gracia y verdad (cfr. Eph 2, 10; Io 1, 14.16) –seguía diciendo san Josemaría-… El "hombre nuevo", llamado a participar de la vida de Dios, nace de la unión con Cristo, porque el principio de la vida nueva es la gracia, y esta es en el hombre una participación de la gracia que llena plenamente el alma humana de Cristo: su gracia capital».

Así pues, el hombre, después de su caída que disgrega sus energías y, herido, quiere ser esclavizado por el pecado, ha sido elevado a la gracia, redimido y recreado -es el 'esse gratiae' (2 Cor 5, 17)-: por Cristo, y en Cristo somos hijos de Dios. Dice S. Pablo: "Quicumque enim spiritu Dei aguntur, ii sunt filii Dei –los que son llevados por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios" (Rom 8, 14). La filiación divina graba en el hombre los rasgos del Unigénito, haciéndole hermano de Jesucristo y con la gracia otorga las virtudes sobrenaturales y los dones, por el Espíritu: por la gracia Dios convierte al hombre en hijo adoptivo y templo de la Santísima Trinidad.

La novedad –el vino nuevo, la nueva alianza, la novedad esponsal- del obrar de los hijos de Dios se basa pues en la docilidad a la gracia. A un alma así, Dios le va llevando «por los caminos de nuestra vida interior -dice a uno grupo de hijos suyos, recordando aquellos años-. ¿Qué puede hacer una criatura que debe cumplir una misión, si no tiene medios, ni edad, ni ciencia, ni virtudes, ni nada? Ir a su madre y a su padre, acudir a los que pueden algo, pedir ayuda a los amigos. Eso hice yo en la vida espiritual. Eso sí, a golpe de disciplina -de expiación, de penitencia-, llevando el compás. ¿Qué buscaba yo? Cor Mariæ Dulcissimum, iter para tutum! Buscaba el poder de la Madre de Dios, como un hijo pequeño, yendo por caminos de infancia. Y acudía a San José, mi Padre y Señor...; y a la intercesión de los Santos...; y a la devoción a los Santos Angeles Custodios» (sigo con el discurso de san Josemaría). Veamos una de las manifestaciones: el temor filial –clásico en los Padres- en relación con el sentido de la filiación divina y el amor esponsal del que vamos hablando.

El hijo de Dios está libre de temor; y la filiación divina se manifiesta en el amor: libre de temor, pues «un hijo de Dios no tiene ni miedo a la vida, ni miedo a la muerte, porque el fundamento de su vida espiritual es el sentido de la filiación divina». No hay temor alguno sino confianza segura: «Un hijo de Dios trata al Señor como Padre. Su trato no es un obsequio servil, ni una reverencia formal, de mera cortesía, sino que está lleno de sinceridad y de confianza. Ante un Dios que corre hacia nosotros, no podemos callarnos, y le diremos con San Pablo, Abba, Pater! (Rom VIII, 15), Padre, ¡Padre mío!, porque, siendo el Creador del universo, no le importa que no utilicemos títulos altisonantes, ni echa de menos la debida confesión de su señorío. Quiere que le llamemos Padre, que saboreemos esa palabra, llenándonos el alma de gozo».  San Josemaría Escrivá, que ha tanto insistido sobre este punto, decía en sus primerísimos escritos: Dios «está siempre a nuestro lado. Y está como un Padre amoroso -a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos-, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y perdonando.

¡Cuántas veces hemos hecho desarrugar el ceño de nuestros padres diciéndoles, después de una travesura: ¡ya no lo haré más! -Quizá aquel mismo día volvimos a caer de nuevo... Y nuestro padre, con fingida dureza en la voz, la cara seria, nos reprende..., a la par que se enternece su corazón, conocedor de nuestra flaqueza, pensando: pobre chico, ¡qué esfuerzos hace para portarse bien!

Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos».

En efecto, así ve al Dios de nuestra fe...: es un Padre que ama a sus hijos (cf. Cristo que pasa, n. 84), continuamente pendiente de nosotros: dispuesto siempre a oírnos, pendiente en cada momento de la palabra del hombre... Nos oye el Señor, para intervenir, para librarnos del mal y llenarnos de bien (n. 57).

Insiste en otro lugar: «El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima. El mismo Padre amoroso que ahora nos atrae suavemente hacia El, mediante la acción del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones»

«La religión es la mayor rebeldía del hombre que no tolera vivir como una bestia, que no se conforma -no se aquieta- si no trata y conoce al Creador. Os quiero rebeldes, libres de toda atadura, porque os quiero -¡nos quiere Cristo!- hijos de Dios. Esclavitud o filiación divina: he aquí el dilema de nuestra vida. O hijos de Dios o esclavos de la soberbia, de la sensualidad, de ese egoísmo angustioso en el que tantas almas parecen debatirse» (Amigos de Dios, 38).

Es un gran tema de la patrística (en mi tesis doctoral toqué este tema), que se resume en los binomios temor filial o casto en relación con la esclavitud del amor, que es la libertad: «Pero se habla también de temor. No me imagino más temor que el de apartarse del Amor. Porque Dios Nuestro Señor no nos quiere apocados, timoratos, o con una entrega anodina. Nos necesita audaces, valientes, delicados. El temor que nos recuerda el texto sagrado nos trae a la cabeza aquella otra queja de la Escritura: busqué al amado de mi alma; lo busqué y no lo hallé (Cant III, 1)» (Amigos de Dios, 277).

«Hijos míos, ved si hay en la tierra un amor más fiel que el amor de Dios por nosotros. Nos mira por las rendijas de las ventanas -son palabras de la Escritura (cfr. Cant. II, 9)-, nos mira con el amor de una madre que está esperando al hijo que debe llegar: ya viene, ya viene... Nos mira con el amor de la esposa casta y fiel, que espera a su marido. Es El quien nos espera, y nosotros hemos sido, tantas veces, quienes le hemos hecho esperar». Consideraciones que nos ayudan a ayunar, sí, pero sobretodo preparar nuestro corazón para el vino nuevo, la nueva alianza esponsal y filial en Cristo.

Siguiendo la "lectura continua" del evangelio, según san Marcos, no olvidemos que estamos ante la predicación de san Pedro, de quien Marcos es como el secretario. Es importante leer este evangelio por sí mismo; olvidando momentáneamente los otros tres evangelios... Como conocemos mejor el evangelio según san Mateo, nos sentimos tentados de "proyectar" sobre una página de Marcos, otros detalles de la misma escena, que Mateo nos ha relatado. La pasada semana vimos el comienzo de la predicación y de la acción de Jesús. Vimos que había escogido ya cinco discípulos y que impone silencio a los que le reconocen como Hijo de Dios. Esta semana, en cada página, encontraremos a "Jesús y sus discípulos" que forman un grupo absolutamente solidario, frente a sus adversarios...

En lo que Pedro nos aporta, es capital recordar esto: Jesús como diríamos hoy contesta y es contestado...

-Los discípulos de Juan y los fariseos ayunaban; vienen pues a Jesús y le dicen: ¿Por qué tus discípulos no ayunan, como los discípulos de Juan y los fariseos?" La solidaridad es pues total. Hemos visto, viernes último, que se hacía a los discípulos una pregunta sobre el comportamiento de Jesús: "¿Por qué habla así este hombre? ¡Basfema!" Hoy vemos a los mismos adversarios hacer a Jesús una pregunta sobre el comportamiento de sus discípulos: "¿Por qué tus discípulos no ayunan?" Todo el evangelio de san Pedro presentará este conflicto: sólo estamos en el segundo capítuIo, pero ya se está preparando el "complot" que conducirá a la Pasión. "Jesús y sus discípulos"... también es la Iglesia que se prepara. Jesús y sus discípulos forman un grupo que nos interpela... por su comportamiento no habitual. ¿Es esto verdad hoy?

-Jesús contesta: "¿Acaso pueden los invitados a la boda ayunar mientras está con ellos el esposo?"

El segundo conflicto que provoca el grupo -siendo el primero la "remisión de los pecados"- es pues una especie de alegría inusitada: gentes que no "ayunan", gentes que "comen y beben" normalmente en lugar de ayunar, ¡gentes con aire de fiesta! Hasta aquí, los piadosos, los espirituales, se distinguían siempre por su austeridad, sus sacrificios. ¡Pues, sí! Es realmente la fiesta, responde Jesús. Mis discípulos son "los invitados a una boda"... tienen al "esposo" con ellos... son gentes felices, alegres. Si estos adversarios hubieran estado disponibles, habrían comprendido la alusión: toda la Bihlia, que ellos creían conocer tan bien habla de Dios como de un Esposo que había hecho Alianza con la humanidad. He aquí llegado el tiempo de la nueva Alianza, he aquí llegado el tiempo de la Boda de Dios con el hombre, es pues el tiempo de la alegria. ¿Tengo yo el mismo espíritu? ¿Soy un discípulo de este hombre?

-Nadie remienda un vestido viejo con una pieza de tela nueva... Nadie echa vino nuevo en odres viejos... A vino "nuevo", odres "nuevos". ¡Pues, sí! Será preciso escoger. O bien se queda uno con lo "viejo", los viejos usos, las viejas costumbres. O bien uno entra en la "novedad", en la renovación, en la juventud. Jesús no teme afirmar, desde el comienzo, la novedad radical de su mensaje. El evangelio no es un "remiendo", ¡es "algo nuevo"! ¿Tengo yo este espíritu? ¿Soy un discípulo de este hombre? (Noel Quesson).