domingo, 15 de noviembre de 2009

Jueves de la 32ª semana de Tiempo Ordinario. La sabiduría es reflejo de la luz eterna, espejo nítido de la actividad de Dios; es el Reino de Dios que se va haciendo realidad dentro de nosotros y en la Historia

 

 

Lectura del libro de la Sabiduría 7, 22-8, 1. La sabiduría es un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, móvil, penetrante, inmaculado, lúcido, invulnerable, bondadoso, agudo, incoercible, benéfico, amigo del hombre, firme, seguro, sereno, todopoderoso, todo vigilante, que penetra todos los espíritus inteligentes, puros, sutilísimos. La sabiduría es más móvil que cualquier movimiento, y, en virtud de su pureza, lo atraviesa y lo penetra todo; porque es efluvio del poder divino, emanación purísima de la gloria del Omnipotente; por eso, nada inmundo se le pega. Es reflejo de la luz eterna, espejo nítido de la actividad de Dios e imagen de su bondad. Siendo una sola, todo lo puede; sin cambiar en nada, renueva el universo, y, entrando en las almas buenas de cada generación, va haciendo amigos de Dios y profetas; pues Dios ama sólo a quien convive con la sabiduría. Es más bella que el sol y que todas las constelaciones; comparada a la luz del día, sale ganando, pues a éste le releva la noche, mientras que a la sabiduría no le puede el mal. Alcanza con vigor de extremo a extremo y gobierna el universo con acierto.

 

Salmo 118, 89. 90. 91. 130. 135. 175. R. Tu palabra, Señor, es eterna.

Tu fidelidad de generación en generación, igual que fundaste la tierra y permanece. Por tu mandamiento subsisten hasta hoy, porque todo está a tu servicio.

La explicación de tus palabras ilumina, da inteligencia a los ignorantes.

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, enséñame tus leyes.

Que mi alma viva para alabarte, que tus mandamientos me auxilien.

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas, 17, 20-25. En aquel tiempo, a unos fariseos que le preguntaban cuándo iba a llegar el reino de Dios Jesús les contestó: -«El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros.» Dijo a sus discípulos: -«Llegará un tiempo en que desearéis vivir un día con el Hijo del hombre, y no podréis. Si os dicen que está aquí o está allí no os vayáis detrás. Como el fulgor del relámpago brilla de un horizonte a otro, así será el Hijo del hombre en su día. Pero antes tiene que padecer mucho y ser reprobado por esta generación.»

 

Comentario: 1.- Sb 7, 22-8,1. Hoy leemos un magnífico himno a la sabiduría. El autor acumula una letanía de alabanzas, exactamente veintiuna, cosa que los entendidos en ciencias bíblicas afirman que no es casual: es el producto de tres por siete, lo que indica plenitud y perfección. Llama la atención que diga que la sabiduría es "efluvio del poder divino", "reflejo de la luz eterna", "espejo de la actividad de Dios", "imagen de su bondad", "emanación de la gloria de Dios". La sabiduría se va personificando cada vez más. Ya se notaba esto mismo en el libro de los Proverbios y el Eclesiástico, pero aquí todavía más, subrayando su carácter divino. Se está preparando la venida de Jesús, la Palabra viviente de Dios.

Nosotros no podemos leer este hermoso elogio de la sabiduría sin pensar en Cristo Jesús: él es, no sólo el Maestro que Dios nos ha enviado, sino la Palabra misma, hecha persona: "la Palabra se hizo hombre". Él es la Sabiduría en persona. (La basílica de Santa Sofía en Estambul no está dedicada a ninguna santa, sino a la "Santa Sabiduría", que es Cristo). Pero a la vez tenemos que preguntarnos si, teniendo más luces que los creyentes del AT, estamos asimilando de hecho esta sabiduría de Dios. Cuando escuchamos la Palabra de Dios en las lecturas bíblicas, ¿vamos identificando nuestra mentalidad con la de Dios, vemos las cosas con sus mismos ojos? Cristo nos enseñó una jerarquía de valores, una lista de bienaventuranzas: se trata de que vayamos mirándonos a su espejo para ir actuando como él.

-Pues hay en la «sabiduría» un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, penetrante, puro, sincero, amable... amigo de los hombres, apacible... El autor enumera así veintiuna cualidades de la sabiduría. Este elogio es como un elogio de Dios. Poco tiempo antes de Jesucristo se tiene una especie de anuncio o indicio. Jesús es la Sabiduría de Dios. En El, en Jesús, la Sabiduría de Dios descrita aquí, se encarnó verdaderamente. -La movilidad de la Sabiduría supera todo movimiento. Todo lo atraviesa y penetra. Es una visión sorprendente: Dios presente en todos y en todas partes, pero penetrando todos los seres, animando todo lo que se mueve, todo lo que vive Es preciso dejarse captar por esta visión, por esta contemplación.

-Porque es un hálito del poder de Dios, una emanación pura de la gloria del Omnipotente, el reflejo de la gloria eterna, el espejo sin mancha de la actividad de Dios, la imagen de su bondad... Todo esto puede aplicarse directamente a Jesús Verdaderamente en un último esfuerzo de explicitación, la «revelación» estaba madura para atreverse a afirmar el misterio de la Trinidad: unas personas divinas, distintas y unidas. Efectivamente, muchos textos del Nuevo Testamento no harán más que repetir esas palabras para aplicarlas al Verbo encarnado (Hb 1, 3; Jn 1, 9; Col 1 15). De hecho, en estas imágenes, se tiene la idea de una actividad de Dios en el hombre. Hay que reconsiderar cada palabra empleada. "Emanación", «Reflejo», "Espejo", «Imagen»: en todas estas palabras, estamos ante una realidad que "viene de un ser", que es "distinta" y a la vez depende de este ser en el que encuentra su origen.

-La Sabiduría es única y lo puede todo. Sin salir de sí misma, renueva todas las cosas. La Sabiduría de Dios trabaja en el corazón del hombre, de todo hombre. ¡Cuán bueno es, Señor, que nos repitas esto! Con frecuencia no vemos más que los pequeños aspectos de las personas y de las situaciones. Mientras tanto se está desarrollando un misterio grandioso y divino. Uno de los esfuerzos de la oración debería penetrar en nuestro interior para «re-visar» nuestra vida desde esa nueva mirada. Descubrir a Dios obrando. Señor, ¿qué estás obrando ahora en tal... y un tal... y una tal...? ¿Qué estás «renovando» en tal persona? ¿En qué podría yo ayudarte, Señor, unirme a tu trabajo en el corazón de aquellos que me rodean?

-En todas las edades, entrando en las almas santas, la Sabiduría forma en ellas amigos de Dios y profetas. Ninguna religión se ha atrevido, hasta este punto, a concebir que la transcendencia divina podría "transmitirse" al mismo corazón del hombre. Una centella divina en el hombre. Que hace del hombre el amigo de Dios.

-La Sabiduría es más hermosa que el sol... Se despliega de un confín al otro del universo y gobierna todas las cosas. Presencia bienhechora y activa. De la que el sol no es más que un pálido símbolo. Nuestro sol, el que, sin embargo, hace crecer y anima todo viviente. Dios, Sabiduría, ayúdanos a dejarnos animar por Ti (Noel Quesson).

Salomón, el modélico rey de Israel reconoce humildemente su condición de hombre mortal, hijo de la tierra, rodeado de llantos y angustias como la humanidad entera. La realeza, el poder sobre los súbditos, la suntuosidad del palacio, el cetro y el trono, el oro, la plata y las piedras preciosas no son más que arena y barro en comparación con la sabiduría de Dios. «Por eso supliqué y se me concedió la prudencia. Invoqué al Señor y vino a mí el espíritu de sabiduría» (v 7). Salomón no es sabio por descender del linaje de David su padre. Ha obtenido la sabiduría como fruto de una plegaria suplicante, como don gratuito de Dios. La ha preferido a cetros y tronos y, en comparación con ella, ha tenido por nada la riqueza. Esa es la opción radical que la sabiduría recomienda a los gobernantes, pero que pocos -por no decir ninguno- llegan a tomar, ya que supone invertir las categorías mentales y las opciones prácticas. «La aprendí sin malicia, la reparto sin envidia y no me guardo sus riquezas; porque es un tesoro inagotable para los hombres; los que la adquieren se atraen la amistad de Dios, porque el don de su enseñanza los recomienda» (13-14). El elogio de la sabiduría mediante el encadenamiento de 21 atributos nos describe las cualidades personales y el dinamismo del Espíritu de Dios, su polivalencia y unidad, su sutileza y su presencia en toda la creación, especialmente en el espíritu del hombre, del que es amigo y compañero. La Sabiduría aparece unas veces como el espíritu de Dios, inteligente y santo, el espíritu profético que entra en las personas buenas de cada generación y hace amigos de Dios y profetas, mientras que otras se presenta como imagen de la bondad de Dios, como reflejo de la luz eterna y espejo nítido de la actividad de Dios; se trata de imágenes que el NT y los Padres emplearán luego para describir la igualdad de naturaleza del Hijo con el Padre: «Reflejo de su gloria, impronta de su ser» (Heb 1,3), «imagen de Dios invisible» (Col 1,15).

La revelación del Padre, manifestada por el Hijo, y la experiencia del Espíritu derramado por él sobre la comunidad cristiana contribuyeron a precisar estas dos características fundamentales de la sabiduría, que más tarde cristalizaron en una doble identificación de la sabiduría como Espíritu Santo (Ireneo) o como Hijo de Dios (Orígenes). La sabiduría penetra hasta el fondo de la persona y le manifiesta el plan de Dios escondido desde siempre, mora en ella y le comunica la experiencia de un orden nuevo, de la vida que Dios ha decidido comunicar a los hombres para hacerlos hijos suyos (J. Rius Camps).

La lectura de hoy forma parte del grupo de textos (6,22-9,18) que hablan de la sabiduría en sí misma. En una primera parte, «Salomón», prototipo del maestro de sabiduría, ruega para obtenerla (vv 7-12) y para que le sea posible comunicarla (13-17). «Salomón» explica cómo la ha adquirido, cómo la conoció. Para conseguirla se dirige a Dios (1 Re 3,6-9: «...Da a tu siervo un corazón prudente para juzgar a tu pueblo y poder discernir entre el bien y el mal; porque ¿quien, si no, podrá gobernar a este pueblo tuyo tan grande?»), tal como se relata de una manera más extensa todavía en 9,1-18. El orante se eleva al Dios de los padres, que por medio de la sabiduría creó el universo y le dio al hombre el dominio sobre todo lo creado, y le suplica que le conceda esta sabiduría para poder comprender la voluntad de Dios y serle totalmente grato. La sabiduría, en el banquete preparado a los discípulos (cf. Prov 9,1-6: «... venid y comed mi pan y bebed mi vino que he mezclado...»), les comunica conocimiento experimental, inteligencia y profecía. Todo ello actúa ya en los discípulos escuchándolo. «Salomón» invita a sus interlocutores a que antepongan la sabiduría a cualquier valor terrenal, porque únicamente ella, madre de todos los bienes, puede colmar al hombre en plenitud.

En la segunda parte (13-17), en que se pide la fuerza para comunicar la sabiduría, aparece la vocación misionera, testimonial, del judío creyente. El autor rompe con la resistencia de la mayoría, que se niega a que los paganos participen de la salvación y de la amistad con Dios que concede la sabiduría «a través de las generaciones» (7,27).

El NT reunirá y ampliará muchos aspectos de estas reflexiones. La sabiduría aumenta el conocimiento recibido en la fe, otorga una inteligencia más profunda del acontecimiento de la salvación, de la voluntad divina y de las obligaciones morales que de ella derivan. Escrito está maravillosamente en Col 1,9s: «Por esta razón nosotros, desde el momento que nos enteramos, oramos por vosotros sin cesar; pedimos a Dios que os dé pleno conocimiento de su designio, con todo el saber e inteligencia que procura el Espíritu. Así viviréis como el Señor se merece agradándole en todo: dando fruto creciente en toda buena actividad gracias al conocimiento de Dios». Dicha sabiduría no es una especulación veleidosa, sino que está unida a la madurez moral. El creyente sólo puede ser «doctor» si se ha hecho doctus, si su sabiduría no procede de la carne (2 Cor 1,12), sino de Dios (F. Raurell).

Tal vez no pueden decirse cosas más bellas acerca de la Sabiduría, eligiéndola muy por encima de todo. Ella es Luz de Luz. Quien la contemple estará contemplando al mismo Dios. Ella no hace sino lo que le ve hacer a Dios. Ya sólo faltó que, en el tiempo en que se escribió este Libro, se nos revelara lo que en la Nueva Alianza se nos dirá en el Evangelio de San Juan: Y el Verbo era Dios. Así, Aquel que ha sido engendrado desde la eternidad por el Padre Dios, no sólo se encarnó y puso su morada entre nosotros, sino que, en una alianza más fuerte y más íntima que el mismo matrimonio humano, habita en nosotros y nos hace ser y actuar conforme a la imagen del mismo Hijo de Dios. Por eso, quienes hemos aceptado esa Alianza nueva y eterna con el Señor, debemos ser tan santos y tan puros como Él.

 

2. Sal. 118. Al iniciarse el libro del Génesis se nos hace ver que por la Palabra de Dios fueron creadas todas las cosas. Quienes permitamos que, por la fe, la Palabra de Dios haga su morada en nosotros, estamos permitiéndole al Señor continuar formándonos constantemente como hijos de Dios, hasta lograr la perfección en Él. Por eso, quien acepta a Aquel que el Padre Dios envió como salvación y camino que nos lleva a la unión con Él, debe estar dispuesto, como María, a escuchar la Palabra de Dios y a ponerla en práctica. Y para que esto se haga realidad en nosotros, hemos de escuchar al Señor, meditar profundamente su Palabra, dejarnos instruir por su Espíritu Santo para que vivamos esa Palabra hasta sus últimas consecuencias. Entonces podremos proclamar a los demás la Palabra que nos salva siendo, nosotros mismos, un reflejo de la Sabiduría de Dios en el mundo, y colaborando para que todos lleguen a alabar y a glorificar el Nombre de Dios.

La sabiduría es el mejor don que podemos apetecer. Una sabiduría que no sólo es sentido común y sensatez humana, que no es poco, sino también luz que impregna nuestra visión de las cosas y de los acontecimientos, viéndolo todo desde Dios. Hay personas sencillas que pueden tener esta sabiduría, mientras que nosotros, que tal vez nos afanamos de tantos conocimientos y talentos, somos sabios para otras cosas, pero no para las de Dios. El salmo nos vuelve al recto camino: "tu palabra, Señor, es eterna, más estable que el cielo; la explicación de tus palabras ilumina y da inteligencia a los ignorantes... enséñame tus leyes".

Comienza el salmista con un entusiasta reconocimiento de la fidelidad de Dios (vv. 89-91), la cual tiene los caracteres de (A) celestial (v. 89) y, por tanto, inmutable como los cielos; (B) eterna: de generación en generación, a perpetuidad, como la tierra cuyo fundamento ha sido puesto por Dios (v. 90); (C) soberana, pues los cielos y la tierra, con todo lo que contienen, así como las vicisitudes de la historia, todo ello sirve a los propósitos de la voluntad de Dios (v. 91). La fidelidad es la verdad de Dios (ambos vocablos tienen en hebreo la misma raíz: aman, estar seguro), y Dios no puede mentir ni contradecirse a sí mismo: Dios es la verdad (comp. con Jn. 14:6). Y la palabra de Dios: sus promesas y sus normas, participan de las cualidades divinas. Todo lo creado, por perfecto que sea, tiene un límite; la palabra de Dios no lo tiene (v. 96)

(versículos 129-136) Esta sección puede titularse: La Maravilla de la Iluminación, según la bella imagen del versículo 130, en cuanto a la palabra de Dios, y la petición del versículo 135, en cuanto al rostro de Dios. Como en el versículo 18, el salmista queda encantado de lo maravillosos que son los testimonios de Dios (v. 129); por eso, tos guarda, como quien custodia y asegura un tesoro. Esos testimonios son tan luminosos que hacen sabio al sencillo (v. 130b, comp. con 19:7), es decir, al «ingenuo», sin experiencia, que se deja influir de toda clase de opiniones y doctrinas. Esa iluminación se debe a que «el portal de tus palabras (lit.) da luz» (lit.), dice el salmista. Comenta W.T. Davies: «En Palestina, las casas, en su mayoría, carecen de ventanas, entrando la luz por el portal. Entra luz por la palabra de Dios del mismo modo que la luz del sol entra por un portal oriental.» Hay otra luz que el salmista desea para disipar las tinieblas de la opresión: la del rostro de Dios (v. 135, comp. con 80:3 y Nm. 6:25), que proporciona salvación.

A la petición que acabamos de comentar, añade otra («y enséñame tus estatutos» —v. 135b), con lo que da a entender una vez más el amor que abriga hacia la ley de Dios. Véase la bella imagen con que lo expresa en el versículo 131: «Mi boca abrí de par en par y aspiré con afán» (no es el mismo verbo de 42:1). ¿Para qué? Para sorber el alimento espiritual que la Ley de Dios proporciona: «Porque anhelaba tus mandamientos. »

(versículos 169-176) esta última sección del salmo: Resolución de firmeza, con base en el versículo 173b. Sin embargo, el compendio de la sección, y de todo el salmo, se halla en el versículo 176, singular—como advierte Arconada— pues «es trimembre y apenas contiene petición». Su interpretación depende del sentido que se dé al perfecto hebreo thaiti que encabeza el versículo, como veremos luego. Se mezclan peticiones y alabanzas. Entreveradas con las peticiones de socorro hallamos alabanzas. Los verbos que encabezan los versículos 171,172 y 175 se traducen mejor por optativo: «Prorrumpan... Cante... Viva...» Este tono de alegría en la alabanza de Dios y de sus mandamientos es típicamente hebreo, y (con mayor razón) debería ser cristiano. Nótese, en el versículo 175, cuál es el fin primordial de la vida del hombre: alabar, glorificar, a Dios (comp. con 115:17,18; 146:1,2). Este objetivo es el que impulsa al salmista a desear ardientemente vivir: que Dios le salve la vida y le reanime, a fin de poder alabarle. Y, para que su vida sea una alabanza continua, ruega a Dios que sus juicios (u ordenanzas), como principios que regulan la conducta moral humana, le ayuden para ese fin último (v. 175b). Para terminar el comentario de este bellísimo salmo, viene bien la observación de Oesterley a la última frase («no me he olvidado de tus mandamientos»): «Es perfectamente verdadero —dice— que el objetivo principal del salmista es la glorificación de la Ley, y la expresión del gozo que, como hombre verdaderamente piadoso, experimenta en la observancia de sus preceptos; pero, como él mismo pone constantemente de relieve, la Ley es la expresión de la voluntad de Dios. No es la Ley, per se, lo que ama; ama la Ley porque ella declara la voluntad de Dios; y la ama porque ama a Dios primeramente».

 

            3.- Lc 17, 20-25. Una de las curiosidades más comunes es la de querer saber cuándo va a suceder algo tan importante como la llegada del Reino. Es lo que preguntan los fariseos, obsesionados por la llegada de los tiempos que había anunciado el profeta Daniel. Jesús nunca contesta directamente a esta clase de preguntas (por ejemplo, a la que oíamos hace unos días: ¿cuántos se salvarán?). Aprovecha, eso sí, para aclarar algunos aspectos. Por ejemplo, "que el Reino de Dios no vendrá espectacularmente" y que "el Reino de Dios está dentro de vosotros". Por tanto, no hay que preocuparse, ni creer en profecías y en falsas alarmas sobre el fin. "Antes tiene que padecer mucho".

El Reino -los cielos nuevos y la tierra nueva que anunciaba Jesús- no tiene un estilo espectacular. Jesús lo ha comparado al fermento que actúa en lo escondido, a la semilla que es sepultada en tierra y va produciendo su fruto. Rezamos muchas veces la oración que Jesús nos enseñó: "venga a nosotros tu Reino". Pero este Reino es imprevisible, está oculto, pero ya está actuando: en la Iglesia, en su Palabra, en los sacramentos, en la vitalidad de tantos y tantos cristianos que han creído en el evangelio y lo van cumpliendo. Ya está presente en los humildes y sencillos: "bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos". Seguimos teniendo una tendencia a lo solemne, a lo llamativo, a nuevas apariciones y revelaciones y signos cósmicos. Y no acabamos de ver los signos de la cercanía y de la presencia de Dios en lo sencillo, en lo cotidiano. Al impetuoso Elías, Dios le dio una lección y se le apareció, no en el terremoto ni en el estruendo de la tormenta ni en el viento impetuoso, sino en una suave brisa. El Reino está "dentro de vosotros", o bien, "en medio de vosotros", como también se puede traducir, o "a vuestro alcance" (en griego es "entós hymón", y en latín "intra vos"). Y es que el Reino es el mismo Jesús. Que, al final de los tiempos, se manifestará en plenitud, pero que ya está en medio de nosotros. Y más, para los que celebramos su Eucaristía: "el que me come, permanece en mí y yo en él" (J. Aldazábal).

Jesús, al pronunciar las palabras de los versículos 20-21, quería sin duda desanimar a sus discípulos para que no intentaran seguir pensando en la fecha concreta de la instauración del Reino y anunciarles la próxima venida del Espíritu (cf. Act 1, 7-8; rechazo de las computaciones y anuncio del Espíritu).(...) Además, el verbo "observar" del versículo 20 designa la actitud de aquellos que estaban oficialmente encargados de seguir las fases de la luna para determinar exactamente las fiestas del calendario. Jesús enseña a los suyos a renunciar a una venida del Reino que se pudiera calcular, antes bien ellos deben aficionarse a la venida del Espíritu "dentro de los corazones".(...) Al situar los versículos 20-21 delante precisamente de un texto escatológico (vv. 22-25), Lucas quiere ciertamente predeterminar su interpretación e impedir un comentario demasiado apocalíptico.

Lucas piensa que el Reino está ya presente en la vida moral de cada uno y es separarse de esta interpretación el esperar masivamente los acontecimientos de tipo apocalíptico. Debe servir de lección el ejemplo de Cristo que vivió hasta el final siendo fiel a su condición de hombre (v. 25): él no esperó un "día" extraordinario, su día fue continuamente el día de su fidelidad a la vida cotidiana. El Reino de Dios no se inscribe ya en el tiempo de los antiguos, observable externamente en los signos de la naturaleza, sino en el tiempo que define el hombre mismo mediante su compromiso con el momento presente.

Hasta que llegó Cristo, el hombre consideró el tiempo como una fatalidad que se le imponía desde fuera. Inclusive el judío que ansiaba ya más un tiempo de tipo lineal e "histórico", seguía concibiendo su evolución como una iniciativa exclusiva de Dios. Festejar el tiempo era conformarse con una evolución de la que no se poseían las llaves. Con Jesucristo, el primer hombre que percibió la eternidad del presente porque era Hombre-Dios, el hombre festeja su propio tiempo en la medida en que busca la eternidad de cada instante y la vive en la vida misma de Dios.

La vida cotidiana avanza según esto al compás de un calendario preestablecido; la memoria del pasado y los proyectos hacia el futuro solo sirven para contribuir al valor de eternidad que se encierra en el presente. No existe ningún día que haya que esperar más allá de la historia; cada día encierra en sí la eternidad para quien lo vive en unión con Dios (Maertens-Frisque).

-Los fariseos preguntaron a Jesús; «¿Cuándo va a llegar el reino de Dios?» El «Reino de Dios», palabra mágica que contenía, como en concentrado, toda la espera febril de Israel: un Día, Dios tomaría el poder, y salvaría a su pueblo de todos sus opresores... Era la espera de «días mejores», la espera de la «gran noche», el deseo de «una sociedad nueva», el sueño de una humanidad feliz. No eran sólo los fariseos los que deseaban ese Día. Los Doce, ellos también, en el momento en que Jesús iba a dejarles, se acercaban aún a preguntarle: «¿Es ahora cuando vas a restaurar el Reino para Israel?» (Hch 1, 6) ¿Es este también hoy nuestro deseo? ¿Deseamos que Dios reine? ¿Qué incluimos, con nuestra imaginación, en ese deseo? ¿Qué espero de Dios en este momento? ¿De qué está más fuertemente deseosa la humanidad de hoy? Jesús les contestó: "El Reino de Dios viene sin dejarse sentir". Esa respuesta debió de decepcionar profundamente a los fariseos. Y, te lo confieso, Señor, también a mí me decepciona. No me resulta fácil pensar que Dios reina de una manera tan discreta, tan modesta, «sin dejarse sentir». ¡Señor, sana mi deseo! Ayúdame a sentir agrado por las tareas modestas, ayúdame a promover el reino de Dios en las «cosas pequeñas», en las cosas sin apariencia.

-Ni podrán decir: «¡Míralo aquí o allí!" porque el Reino de Dios ya está entre vosotros. Los cálculos, los presagios de catástrofes, los signos precursores del castigo de la humanidad, no tienen valor para Jesús: la próxima llegada del reino de Dios no puede observarse... no puede decirse: «Míralo aquí o allí»... simplemente porque ¡ya ha llegado! ¡Ese Reino está oculto! Para detectarlo es necesaria mucha agudeza de atención, buenos oídos finos para oír su susurro, y ojos nuevos para discernirlo «en la noche». ¡Ese Reino es misterio! No se le encuentra nunca en lo espectacular y ruidoso sino tan sólo en humildes trazos, en pobres «signos», en los sacramentos de su presencia oculta. Pero, como precisamente un signo es siempre frágil y ambiguo, hay que descifrarlo, interpretarlo... ese es el papel de la Fe.

-Llegará un tiempo en que desearéis vivir siquiera un día con el Hijo del hombre y no lo veréis. Os dirán: «¡Míralo aquí, míralo allí!" No vayáis, no corráis detrás. ¡Siempre tenemos la tentación de ir a buscar los signos de Dios en otra parte ! «¡No vayáis!» dice Jesús. Es en vuestra vida cotidiana donde se encuentra Dios.

-Porque igual que el fulgor del relámpago brilla de un extremo a otro del cielo, así ocurrirá con el Hijo del hombre cuando vendrá en "su Día" Pero antes tiene que padecer mucho y ser rechazado por esa generación. Sí, «un Día» vendrá para Gloria de Dios, para el Esplendor de Dios, para el Triunfo de Dios y de su Cristo. Será como el estruendo del trueno, como el rayo que cruza el firmamento: imprevisible, sorprendente, súbito. Pero, entre tanto, es el tiempo del «sufrimiento», del «rechazo», de la «humillación y vergüenza». Antes de ese triunfo de Jesús y de su Padre, ambos, escarnecidos, humillados, arrastrados en el lodo y la sangre... negados por los ateos, dejados de lado por los indiferentes... ridiculizados por todos los descreídos... y, por desgracia, traicionados por «los suyos». ¡Señor, ten piedad de nosotros! (Noel Quesson).

Una tercera prueba (directa) de que Jesús afirmaba la actualidad del reino de Dios la tenemos en Lc 17,20: Habiéndole preguntado los fariseos cuándo llegaría el reino de Dios, les respondió: El reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán vedlo aquí o allá, porque el reino de Dios está ya entre vosotros. La célebre traducción de Martín Lutero del v. 21 dice: "pues ved, el reino de Dios está dentro de vosotros". La inteligencia popular ha favorecido una interpretación, entre las muchas posibles, que enlaza el reino de Dios e interioridad [69,26s], pero éste no es, en absoluto, el sentido originario. Más bien lo contrario, aquí Jesús rechaza concepciones corrientes. Teorías sobre el tema "venida del reino de Dios", cálculos previos y especulaciones apocalípticas, observación de presagios como la que luego practicará la apocalíptico cristiana, todo ello aquí es descaminado como lo es también, y además es desproporcionado, la concepción de que el reino de Dios existirá en algún lugar y en algún tiempo: sólo necesitaremos correr hacia allí para encontrarlo y tenerlo (v. 21). No, el reino de Dios no llegará cuando sea, según un horario determinado. Y tampoco deberemos buscarlo, "porque el reino de Dios está ya entre vosotros", es decir, el reino de Dios es una realidad palpable aquí y ahora. Allí donde Dios a través de Jesús interviene y salva una vida, allí donde hay hombres como Jesús que tienen el valor y la fe suficientes para comprender que esta salvación es un don de Dios, allí ha empezado ya el reino de Dios. El reino de Dios está aquí. Esto califica el tiempo de Jesús como tiempo de cumplimiento. El tiempo anterior fue de expectación, una época distinta, diferente cualitativamente del tiempo actual. Por eso son bienaventurados los que escuchan y ven lo que ahora sucede (Eckart Ott).

Algunos profetas de mal agüero anuncian el "fin de la historia". Para ellos, el desastre actual es el Reino que todo ser humano debe esperar. Su clarividencia tan sólo los habilita para ver un mundo dominado por el imperio de la producción sofisticada y el olvido de los continentes pobres. Tamaña visión del futuro exclusivamente cabe en las estrechas mentes de quienes piensan que la petrificación de la historia es el mejor bien de la humanidad. Para estos profetas del imperio, el único futuro posible es el mantenimiento del orden vigente. Jesús enfrentó una situación similar, "vivió en una época en la que parecía que el mundo iba a llegar a su fin". El imperio romano había impuesto un orden que exclusivamente beneficiaba a los poderosos. Los pobres rondaban las aldeas y las grandes ciudades viviendo por completo de la limosna. El desempleo era generalizado y los impuestos incrementaban a una velocidad vertiginosa la miseria de la población y la riqueza de los poderosos. En contrapartida, no existía en el pueblo de Israel una práctica política que hiciera frente a las imposiciones imperiales. La mayoría de grupos aspiraban a un gobierno puramente nacionalista que propusiera la reivindicación de Israel en el campo internacional. Pero, estas iniciativas no pretendían mejorar las condiciones de vida de la población o hacer distribuciones equitativas de las riquezas. Su único interés era restaurar la teocracia judía, pero sin restaurar las leyes que defendían el derecho de los pobres. Ante esta situación Jesús predijo el fin de la nación de Israel a manos de los romanos. Para él, la solución no estaba en fortalecer las estructuras vigentes de poder, sino en crear una alternativa que hiciera frente al régimen establecido, fuera romano o judío. Para Jesús, la verdadera liberación no llegaría por la vía de la violencia, ya fuera esta psicológica, física o moral. Para Jesús, la alternativa era un grupo de hombres y mujeres que vivieran auténticamente la vida e hicieran del respeto y la misericordia la base de las relaciones interhumanas (servicio bíblico latinoamericano).

En esto consiste el Reino de Dios. Y esto no depende de nuestra capacidad para ir encontrando respuestas. Jesús nos dice que "el Reino de Dios está dentro de vosotros". No se refiere, naturalmente, a que el Reino de Dios sea sólo una experiencia íntima, que no tiene nada que ver con las estructuras sociales. Creo que las palabras de Jesús son una advertencia para con confundir el Reino con los ídolos que cada generación construye: "Si os dicen que está aquí o está allí, no os vayáis detrás" (gonzalo@claret.org).

La cuestión sobre el final de los tiempos muchas veces está motivada por la curiosidad y, por ello, se busca encontrar una respuesta a ella en grandes prodigios y señales extraordinarias que lo manifiesten…

Jesús nos pone alerta frente a esa curiosidad que, en lugar de ayudarnos a descubrir a Dios y a su Reino, nos impide descubrir las verdaderas señales del paso de Dios por nuestra existencia. El presente de salvación que ofrece la misericordia de Dios no puede residir en señales sensibles, sino que sólo puede ser descubierto desde la fe en Jesús.

Gracias a la fe, el Reino de Dios está a nuestro alcance, en medio de nosotros, y debemos tener la capacidad y apertura necesarias para descubrirlo en todos los ámbitos en vez de correr de un lugar a otro en que se anuncia su realización. En el Jesús rechazado y maltratado por sus contemporáneos debemos descubrir la presencia de Dios en la historia y en la vida de los hombres.

Este descubrimiento del presente, sin embargo, no se agota en este momento y nos remite también a la expectativa sobre la venida gloriosa del Reino. Pero ella tampoco se concilia con el anuncio de señales acontecidas aquí y allí. Preparados por una actitud de recepción del Reino aprendida en el presente de la vida cristiana, habremos de descubrir la clara venida del Hijo del Hombre que llevará aquel presente a su realización plena.

El Reino exige, por tanto, conciliar en cada momento de la vida la atención al presente y la tensión al futuro. Sólo desde esta conciliación podremos realizar nuestra vida conforme al querer divino (Josep Rius-Camps).

El Reino de Dios. Ojalá y ya esté no sólo entre nosotros, sino dentro de nosotros. Cuando al final del tiempo vuelva el Señor para dar a cada uno según sus obras, nos llena de esperanza el saber que Él nos recibirá para siempre en su presencia, pues vivimos, ya desde ahora, esforzándonos denodadamente por su Reino, y caminamos, en medio de pruebas y riesgos por nuestra fidelidad al Evangelio, trabajando para que el amor del Señor se haga realidad entre nosotros en todas y cada una de las personas. ¿Acaso nos angustia la segunda venida de Cristo? ¿Nos dejaremos espantar por esos charlatanes que nos dicen que el Señor ya está aquí o allá? Si les hacemos caso viviremos entre angustias y temores, y tal vez nos olvidemos de seguir luchando por un mundo más justo y más fraterno. El Señor no nos ha revelado el día ni la hora de ese momento para que no perdamos la fe y continuemos viviendo en una constante conversión, para que cuando termine nuestra vida personal, nos presentemos ante el Señor como hijos en el Hijo porque su Reino haya cobrado vida en nosotros.

Habiendo entrado en comunión de vida con el Señor; estando el Señor en nosotros y nosotros en Él, a través de la historia continuamos su Obra de salvación. A nosotros corresponde seguir proclamando el Evangelio, para que en quienes lo escuchen se despierte la fe en Jesucristo. Al continuar la Iglesia la obra salvadora que le confió su Señor, Cristo Jesús, se ha de convertir en un signo vivo del amor de Dios en el mundo. Nuestra mirada ha de estar puesta en Cristo para escucharlo, para dejarnos instruir por Él, de tal forma que no hagamos nuestra voluntad, sino la suya. Contemplándolo a Él aprenderemos a ser justos, a hacer el bien, a perdonar y a socorrer a los necesitados. Tenemos la esperanza cierta de que Él volverá al final de los tiempos para llevarnos, junto con Él, a la Gloria del Padre. Sin embargo no podemos vivir angustiados, engañados por supuestas revelaciones, o por interpretaciones equivocadas de la Escritura, o por charlatanes que quieren ganar adeptos a costa de infundir temores infundados en las mentes de quienes tienen una fe demasiado frágil. El Señor vendrá, y vendrá con seguridad. ¿Cuándo? Nadie lo sabe. Por eso debemos vivir vigilantes y permitirle al Señor que venga a habitar en nuestro corazón, pues esa venida es la más importante, ya que definirá nuestra vida a favor del Señor y de su Reino, poniéndonos en el Camino seguro que nos conduce a la posesión de los bienes eternos.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la Sabiduría necesaria para poder vivir con lealtad nuestra fe, convirtiéndonos, así, en testigos del Mundo Nuevo, inaugurado por Cristo e impulsado en nosotros por el Espíritu Santo. Amén (www.homiliacatolica.com).

 

 

Miércoles de la 32ª semana. La sabiduría viene de escuchar a Dios, y hemos de volver a Él pues es quien nos da la salvación: para darle gloria y agradecerle todo.

 

 

Lectura del libro de la Sabiduría 6,1-11. Escuchad, reyes, y entended; aprendedlo, gobernantes del orbe hasta sus confines; prestad atención, los que domináis los pueblos y alardeáis de multitud de súbditos; el poder os viene del Señor, y el mando, del Altísimo: él indagará vuestras obras y explorará vuestras intenciones; siendo ministros de su reino, no gobernasteis rectamente, ni guardasteis la ley, ni procedisteis según la voluntad de Dios. Repentino y estremecedor vendrá sobre vosotros, porque a los encumbrados se les juzga implacablemente. A los más humildes se les compadece y perdona, pero los fuertes sufrirán una fuerte pena; el Dueño de todos no se arredra, no le impone la grandeza: él creó al pobre y al rico y se preocupa por igual de todos, pero a los poderosos les aguarda un control riguroso. Os lo digo a vosotros, soberanos, a ver si aprendéis a ser sabios y no pecáis; los que observan santamente su santa voluntad serán declarados santos; los que se la aprendan encontrarán quien los defienda. Ansiad, pues, mis palabras; anheladlas, y recibiréis instrucción.

 

Salmo 81,3-4.6-7. R. Levántate, oh Dios, y juzga la tierra.

«Proteged al desvalido y al huérfano, haced justicia al humilde y al necesitado, defended al pobre y al indigente, sacándolos de las manos del culpable.»

Yo declaro: «Aunque seáis dioses, e hijos del Altísimo todos, moriréis como cualquier hombre, caeréis, príncipes, como uno de tantos.»

 

Evangelio según san Lucas 17,11-19. Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: -«Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.» Al verlos, les dijo: -«ld a presentaros a los sacerdotes.» Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: -«¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? » Y le dijo: -«Levántate, vete; tu fe te ha salvado.»

 

 

Comentario: 1.- Sb 6,2-12. Dios es muy riguroso con los gobernantes, por su responsabilidad, pero extremadamente benigno con los humildes, ensalza a estos y humilla a los poderosos y soberbios, paradoja divina que invierte los valores humanos (cf Fil 2,6-11): Ya desde el principio, el libro de la Sabiduría iba dirigido sobre todo a los gobernantes: "amad la justicia, los que regís la tierra", leíamos el lunes; y hoy les dice: "oíd, reyes y entended; aprended, soberanos de los confines de la tierra". Son los que más necesitan sabiduría para tomar decisiones justas. Se les dan unas advertencias muy claras: que "han recibido el poder del Señor" y que el juicio sobre su actuación será más exigente que para los demás: "él examinará vuestras obras y sondeará vuestras intenciones... un juicio implacable espera a los que mandan".

Ante Dios, origen de todo poder, no hay autoridad ni grandeza que valga, todos somos pequeños. También en el ambiente de una familia, de una comunidad o de la Iglesia, el que tiene autoridad debe recordar que se juzgarán sus acciones con mayor rigor. Es lo que también enseñaba Jesús, en sus parábolas sobre los criados y los administradores que esperan la vuelta de su señor: a los criados se les juzgará, pero sobre todo recibirán mayor castigo los que tienen responsabilidad, si es que se dejan llevar por sus caprichos y cometen injusticias o se emborrachan de poder y de tiranía. A los gobernantes políticos y a los eclesiásticos, además de otros criterios de sabia administración, les va bien que les recuerden que su autoridad deriva de Dios, como dijo Jesús a Pilato: "no tendrías ninguna autoridad ni no la hubieras recibido de Dios". Y que tendrán que dar cuenta a Dios. Esto les urgirá a que vayan actuando según la sabiduría de Dios, y no por propio interés.

El autor del Libro de la Sabiduría se adjudica ficticiamente la personalidad del Rey Salomón. Al poner sus reflexiones en labios de ese Rey se permite dar buenos consejos a las «autoridades» de su tiempo. Lo que es siempre válido para todos los que tienen «responsabilidades».

-Oíd, oh reyes, y entended; aprended, soberanos de la tierra. Estad atentos los que gobernáis multitudes y estáis orgullosos de mandar... Guardada toda proporción, lo que se dirá aquí es verdad para todo hombre o mujer: cada uno de nosotros tiene una parte de responsabilidad sobre uno u otro punto. En primer lugar, una actitud de humildad: aceptar «instruirse», «oír», "atender". No considerarse perfecto. Preocuparse de ir adquiriendo siempre una nueva competencia.

-El Señor es quien os ha dado el poder... Las antiguas tradiciones judías veían en los reyes davídicos a los representantes de Dios... pero nunca se habían atrevido a afirmar que ¡los reyes paganos detentaban también el poder de Dios! Ya algunos profetas habían presentado a algunos jefes paganos como «instrumentos» de los que Dios podía servirse accidentalmente -Ciro, por ejemplo, en Isaías-. Aquí el autor de «La Sabiduría» va mucho más lejos. Toda responsabilidad viene de Dios, el cual ¡«pedirá cuentas»!

-Dios examinará vuestra conducta y escrutará vuestras intenciones. En lugar de aplicar esto a los demás, procuro considerar mis propias responsabilidades desde este ángulo. Ayuda, Señor, a todo hombre a responder de lo que Tú esperas. Ayúdame a «aceptar mis responsabilidades» bajo tu mirada, pensando que las decisiones que tomaré te interesan, que las examinas y que me pedirás cuenta de ellas. Te ruego, Señor, especialmente, por todos aquellos que, en la ciudad temporal,  tienen responsabilidades más graves: jefes de estado, responsables económicos, jefes de partidos políticos, responsables sindicales, responsables municipales, responsables de barrio, jefes de equipo de todas clases. Te ruego, Señor, muy especialmente por aquellos que en la Iglesia tienen responsabilidades más graves: el Papa, los Obispos, los presidentes de conferencias episcopales, los sacerdotes, los responsables de movimientos y servicios de Iglesia. Te ruego por los responsables de ese nuevo «poder» que es la opinión pública: los periodistas, los organizadores de emisiones de radio y televisión...

-Si no habéis gobernado rectamente, ni observado la ley, ni caminado siguiendo la voluntad de Dios, terrible y repentino se presentará ante vosotros. Porque para los «dominadores» habrá un juicio implacable. Los "humildes", en efecto, merecen excusa y compasión, pero los «poderosos» serán juzgados «poderosamente». El autor usa aquí de la sabiduría popular que, de instinto, lo siente así.

-El Señor de todos, ante nadie retrocede; no hay grandeza que se le imponga. Es verdad que la gran tentación de los jefes es creer que son amos absolutos y ¡que no tienen a nadie por encima de ellos! De hecho, saben muy bien que su poder no viene ni de su «genealogía», ni de su audacia personal, ni de su «grandeza». Dios, concebido como garantía absoluta de la rectitud de las relaciones humanas en la ciudad: todos estamos sometidos al mismo dueño imparcial y justo (Noel Quesson).

San Agustín, en su Sermón sobre los pastores, nos dice: Por una parte soy cristiano y por otra soy obispo. El ser cristiano se me ha dado como un don propio; el ser obispo, en cambio, lo he recibido para vuestro bien. Consiguientemente, por mi condición de cristiano debo pensar en mi salvación, en cambio, por mi condición de obispo debo ocuparme de la vuestra. Hoy el Señor en su Palabra se dirige a quienes se les ha confiado el poder en cualquier nivel para que lo ejerzan escuchando la Palabra de aquel que los escogió para ese ministerio. Entonces, en el día del juicio no serán condenados, pues realizaron el bien y condujeron a los demás, no conforme a los propios criterios, sino conforme a los criterios de Dios. El nivel más cercano del ejercicio de la autoridad es el de los padres respecto a sus hijos en la familia. Ojalá y no se les descuide sino se les oriente y eduque para que, desde la familia, pueda surgir un mundo más integrado, más fraterno y más justo.

 

2. Sal. 81. El ejercicio de la autoridad pública no es para echarse sobre los bienes de los gobernados, sino para defender sus derechos y esforzarse para que todos gocen de una vida digna. Por eso las autoridades están obligadas a proteger al pobre y al huérfano; a hacer justicia al humilde y al necesitado; a defender al desvalido y al pobre, y a librarlos de la mano del malvado. Al final, al que mucho se le dio, mucho se le pedirá; y a quien mucho se le confió, se le exigirá mucho más. Por eso, si alguien aspira al poder, debe meditar sobre la madurez y la capacidad que tiene para servir a los demás y para procurar el bien de los más desprotegidos.

El salmo les encarga a los gobernantes que "protejan al desvalido y al huérfano, que hagan justicia al humilde y al necesitado". Si no lo hacen, si cometen o consienten injusticias, no escaparán del juicio de Dios: "aunque seáis dioses, moriréis como cualquier hombre; caeréis, príncipes, como uno de tantos".

 

Este salmo 82/81 es parecido al 58 y semejante al oráculo de Is. 3,13 y ss. Dios, como Supremo Juez, llama a cuentas a los administradores de la justicia en Israel, los cuales no desempeñan su cargo con la equidad necesaria. Tenemos aquí, I. La dignidad de la magistratura y su dependencia de Dios (v. 1). II. Las obligaciones de los jueces (vv. 3, 4). III. Los males que ocasionan los malos jueces (vv. 2, 5). IV. La sentencia que contra ellos pronuncia Dios (vv. 6,7). V. El deseo y la oración de todos los buenos de que el reinado de Dios se extienda a toda la tierra (v. 8).

Encargo que se da a todos los magistrados de que hagan el bien con el poder que se les ha conferido y del que tendrán que rendir cuentas al que se les confirió (vv. 3, 4): «Defended al débil y al huérfano, a los que no tienen medios de fortuna ni pueden defenderse a sí mismos. Los magistrados tienen que ser como padres de los necesitados, en general. Deben administrar justicia imparcialmente, haciendo justicia al afligido y al menesteroso (v. 3b) y librándolos de mano de los impíos (v. 4), ya que ellos no pueden escapar por sus propios medios.

La dignidad del oficio de magistrado es reconocida por Dios (v. 6): «Yo (enfático en el original) dije: Vosotros sois dioses (hombres investidos de una prerrogativa divina), y todos vosotros hijos del Altísimo.» Al participar, en cierto modo, de la naturaleza divina, deberían conformar su modo de juzgar al de su Padre Celestial. Dios había delegado en ellos, con el poder de juzgar, el poder de regir la sociedad mediante la justicia y su producto, que es la paz pública. A pesar de estos privilegios, en cierto modo «divinos», estos jueces se habían comportado tan mal que a continuación se les sentenció a morir como (los demás) hombres (v. 7). Y así como los príncipes caen bajo el juicio de Dios, también vosotros caeréis (adorador.com).

 

3.- Lc 17,11-19 (ver domingo 28C). De los diez leprosos curados, sólo uno, y extranjero, vuelve a dar gracias a Jesús. La breve oración de los diez había sido modélica: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros". Pero luego nueve de ellos, se supone que judíos, no regresan. Sólo un samaritano, que era mal visto por los judíos: "los otros nueve ¿dónde están?, ¿no ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?". La lección que da Jesús va dirigida a sus paisanos: los del pueblo elegido son, a veces, los que menos saben agradecer los favores de Dios, mientras que hay extranjeros que tienen un corazón más abierto a la fe.

Nosotros empezamos nuestra celebración eucarística con una súplica parecida a la de los leprosos: "Señor, ten piedad". Y hacemos bien, porque somos débiles y pecadores, y sufrimos diversas clases de lepra. La oración de súplica nos sale bastante espontánea. Pero ¿sabemos también rezar y cantar dando gracias? Los varios himnos de alabanza en la misa -el Gloria, el Santo- y tantos salmos de alegría y acción de gracias, ¿nos salen desde dentro, reconociendo los signos de amor con que Dios nos ha enriquecido?, ¿sólo sabemos pedir, o también admirar y agradecer? Hay personas que nos parecen alejadas y que nos dan lecciones, porque saben reconocer la cercanía de Dios, mientras que nosotros, tal vez por la familiaridad y la rutina de los sacramentos -por ejemplo del perdón que Dios nos concede en la Reconciliación- no sabemos asombrarnos y alegrarnos de la curación que Jesús nos concede. Debemos cultivar en nosotros un corazón que sepa agradecer, a las personas que nos rodean y que seguramente nos llenan de sus favores, y sobre todo a Dios (J. Aldazábal).

-Yendo camino de Jerusalén, atravesó Jesús Samaría... No olvidemos jamás ese contexto. Jesús está en camino. Va caminando. Es su último viaje. Va «hacia Jerusalén» donde matan a los profetas. «No conviene que un profeta muera fuera de Jerusalén» (Lucas 13, 33). El camino de cruz, el camino de Jesús, ha comenzado desde hace ya mucho tiempo. Contemplo a Jesús subiendo hacia Jerusalén, libremente, conscientemente, voluntariamente, sabiendo donde va.

-Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron hacia Él diez leprosos. Le pararon a distancia y le gritaron... La legislación de Moisés era rigurosa: «El leproso debe desgarrar sus vestidos, dejar los cabellos desgreñados, flotar al viento, cubrir su barba y gritar: «¡impuro!, ¡impuro!» (Levítico 13, 45). Esos pobres entre los más pobres respetan pues la Ley: gritan a distancia. Evoco la escena.

-«¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!» Uno de los grandes clamores de toda humanidad sufriente. Una plegaria que repetimos, con frecuencia en la misa. «¡Señor, piedad!» Que no tenga yo jamás miedo de clamar al Señor, de apelar a su misericordia. En la Biblia, la lepra es a menudo el símbolo del pecado, el mal que desfigura. No es inútil apelar a esa imagen que afecta nuestra sensibilidad, para mejor comprender lo que es el pecado, para Dios.

-Al verlos, Jesús les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes.» Era también la Ley (Levítico 14, 2). De paso, es un hermoso ejemplo de sumisión de Jesús a las autoridades de su país. Mientras iban de camino quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a voces. Se echó, el rostro contra el suelo, a los pies de Jesús, dándole las gracias. «Alabar a Dios a voces» «Darle gracias» Actitud esencial del que ha sido «salvado». Actitud principal del que participa en la «eucaristía», en griego «acción de gracias». Ayúdame, Señor, a saber reconocer tus beneficios... Ayúdame a orar con mis alegrías, mis horas felices, con las gracias que recibo de ti. Cada noche, examinar cómo he pasado el día para darte las gracias. Ir a la eucaristía con el corazón rebosante de gozo por las maravillas de Dios. Y estar dispuesto, durante el acto litúrgico, a glorificar a Dios «de viva voz». Me imagino al leproso curado, sus gritos de alegría, sus gestos...

-Ahora bien, era un «samaritano»... Un nuevo detalle a inscribir en el dossier del racismo. El hombre despreciado, la raza desdeñada... está más cerca de la verdadera Fe que el que cree estar en la buena religión. Una vez más -según la parábola del buen samaritano, (Lucas 10, 30)-  Jesús pone como ejemplo a los que eran mal vistos por los judíos fieles. Algunos paganos, por sus cualidades humanas auténticas, pueden estar más cerca de Dios que algunos fieles. A través de esos hechos evangélicos, adivinamos la apertura del Evangelio a naciones y países hasta aquí apartadas del pueblo de Dios.

-¿Y los otros nueve? ¿Sólo este extranjero ha vuelto para dar gracias a Dios? Ruego por todos los «samaritanos», los extraños a nuestra fe... y también por todos los fieles que no saben alabar a Dios (Noel Quesson).

Los leprosos eran en la época de Jesús los seres más despreciables. Estaban proscritos y permanecían completamente aislados. Vivían en cavernas a las orillas de los caminos y comían lo que los peregrinos les arrojaban. Eran considerados impuros y no aptos para vivir en sociedad. No se podían acercar a nadie, bajo riesgo de morir si incumplían las prescripciones. Prácticamente, no eran considerados seres humanos.

Jesús permite que un grupo de leprosos se le acerque. Rompe con este gesto la mentalidad segregacionista que divide el mundo en puros e impuros, sacros y profanos. Jesús afronta solo la escena. Los discípulos se ausentan ante tamaño grupo de leprosos proscritos. La petición de los leprosos es simple: haz algo por nosotros. Jesús los remite a los sacerdotes, que era la institución encargada de decidir quién es puro y quién impuro. De camino, todos quedan curados, pero únicamente uno regresa.

El leproso que retorna a Jesús sabe que quien le ha dado la sanación vale más que la institución a la que ha sido remitido. Reconoce a Jesús por encima de otras instancias de Israel. El leproso entiende que Jesús lo ha reintegrado a la comunidad humano, sin importarle que como leproso y extranjero fuera un doble marginado. Frente a Jesús se postra y reconoce al hombre de Galilea que ha sido su redentor.

Jesús en seguida afea a la aldea por su actitud: solamente el leproso extranjero ha mostrado tener una fe verdadera. Únicamente el que ha regresado reconoce que en medio del pueblo, Dios ha puesto una instancia superior. La fe del hombre enfermo y marginado es la que le permite ser completamente redimido. Los otros nueve han corrido detrás de sus opresores, sólo el extranjero se ha puesto a los pies de su Liberador (servicio bíblico latinoamericano).

Lucas nos pinta hoy un cuadro lleno de contrastes. La historia tiene lugar en un territorio herético (entre Samaría y Galilea). Los personajes son gente proscrita (un grupo de leprosos). El protagonista es doblemente maldito (por ser samaritano y por ser leproso). Sobre este telón de fondo destaca mucho más la actitud del leproso samaritano que "vuelve" para dar gracias a Jesús por su curación. Jesús alaba esta actitud ("Tu fe te ha salvado"), que es una actitud de "vuelta". ¿Habéis caído en la cuenta de que a Lucas le encanta subrayar la "vuelta" de sus personajes (el hijo pródigo, los discípulos de Emaús, el leproso curado)? En estas "vueltas" veo representadas las experiencias de muchos amigos y conocidos. De niños recibieron la fe en el seno de sus familias. Durante la juventud, muchos se alejaron de lo que consideraban un residuo infantil. Es probable que hayan vivido en tierra de nadie durante diez, veinte, treinta años. A veces, la vida los ha colocado de nuevo en situaciones extremas en las que han proferido una súplica rescatada del baúl de la infancia: "Jesús, maestro, ten compasión de mí". Volver a creer al cabo de muchos años de duda o de increencia es recorrer el camino que va de la autosuficiencia a la gratitud. Estas "vueltas" no tienen quizá el ímpetu de las primeras experiencias de fe, pero están enriquecidas por la profundidad y la humildad (gonzalo@claret.org).

De nuevo nos encontramos aquí con una escena en que hombres aparentemente religiosos están más alejados de la verdadera piedad que otros que, a simple vista y en la consideración general, parecen ser adversarios del plan de Dios.

Los diez leprosos han experimentado por igual en su vida el paso salvador de Dios. Pero nueve de ellos, y precisamente aquellos que pertenecen a la realidad salvífica de Israel, poseedores de su Ley y partícipes de su culto, han sido conducidos por la preocupación de realizar los pasos legales prescritos. Y se han olvidado de la obligación religiosa principal: dar gloria a Dios en voz alta.

Por el contrario, alguien que no pertenecía a esa realidad salvífica se convierte en pregonero de las maravillas de Dios realizadas en su propia vida. Él no está atrapado en las prescripciones legales respecto a Templo y sacerdotes, y esta aparente falta de piedad lo conduce a la piedad auténtica de quienes saben descubrir la presencia de Dios como una gracia y un don.

Atrapados en reglamentos, leyes y convicciones que determinan el ámbito religioso, también nosotros estamos expuestos al riesgo de olvidar que la única actitud exigida ante el Dios de la gracia es aquella que brota de un corazón agradecido.

El leproso samaritano curado nos señala el auténtico camino del acercamiento a Dios. La fe que lo ha salvado debe hacerse presente en toda vida cristiana que siempre debe estar pronta a correr a los pies de Jesús para dar gracias y glorificar a Dios (Josep Rius-Camps).

En una sencilla narración evangélica encontramos las claves de lo que debe ser la vida del cristiano. Las podemos definir en tres sencillas palabras: misericordia, fe y agradecimiento. La misericordia es una de las actitudes que los evangelistas nos presentan más habitualmente en Jesús. ¡Cuántas veces sintió piedad ante los necesitados y enfermos! Hoy a veces parece que sentir piedad ante otra persona significa rebajarla. No es eso lo que hace Jesús. Su piedad no rebaja sino que libera, levanta a las personas. Jesús siente piedad porque siente como suyo el dolor o el sufrimiento de la persona que tiene ante sí.

La fe hay que entenderla como la capacidad de acoger la presencia de Dios cerca de nosotros. Varias veces a lo largo del Evangelio dice Jesús a los que acaba de curar que ha sido su fe, la de ellos, la que les ha curado. Es como si la fe lograse unificar la persona y unirla de tal modo a Dios que le diese el poder de hacer verdaderos milagros. Y el agradecimiento como respuesta de corazón a lo que se ha recibido gratis. Fruto de ese agradecimiento ante el don de Dios es la misericordia, la compasión, que experimenta el cristiano ante el hermano pobre o necesitado. Y la cadena vuelve a empezar, porque el cristiano que se deja llevar por esa misericordia se hace testigo de la presencia de Dios para sus hermanos y hermanas (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica).

Muchos, nosotros mismos, hemos sido objeto de la misericordia y de los dones divinos. De un modo especial hemos recibido el perdón gratuito y total de nuestros pecados. Así Dios nos ha manifestado, hasta el extremo, su amor y su misericordia. Sin importarle nuestras grandes miserias y pecados que nos mantenían al margen del Reino de Dios y lejos de la presencia del Señor, Él ha tenido misericordia de nosotros, y ha salido a nuestro encuentro como el pastor busca a la oveja descarriada. Él nos ha perdonado y nos ha recibido como a hijos suyos, revistiéndonos de la dignidad de su Hijo Jesucristo. Pero ¿hemos sido agradecidos con Dios? Sólo lo seremos cuando mediante nuestra vida y nuestras obras nos convirtamos en una continua glorificación de su Santo Nombre.

¡Cómo no ofrecerle a Dios un corazón lleno de gratitud por el amor, por la misericordia y por el perdón que, a manos llenas, nos ha ofrecido por medio de su Hijo Jesús! El Poderoso no se hizo presente entre nosotros para destruirnos, sino para socorrer a los pobres, levantar a los decaídos y perdonar a los culpables. Así, el más grande entre nosotros se hizo el último de todos y el servidor de todos. ¡Mirad, pues, qué amor tan grande nos ha tenido el Señor! Él se acercó a nosotros como el Buen Samaritano; y no sólo sanó nuestras heridas, sino que pagó con su sangre para que la Vida que Él ha recibido de su Padre Dios, sea también vida nuestra. Por eso celebremos con amor y gratitud esta Acción de Gracias, pues el Señor no sólo nos ha dado la salud corporal, sino la salvación y la Vida eterna.

Quienes creemos en Cristo no sólo debemos ser conscientes de que nuestra fe en Él nos ha salvado, sino que, estando Él en nosotros y nosotros en Él, continuamos en la historia su obra de salvación hasta el final de los tiempos. A nosotros corresponde acercarnos a quienes han sido marginados a causa de sus enfermedades, pobrezas, edad o cultura. A ellos hemos de llegar con el mismo amor de Cristo, para ayudarles a vivir con mayor dignidad en el aspecto humano y en su vida de fe. Nuestra mejor forma de manifestarle al Señor nuestra gratitud por todo lo que ha hecho por nosotros, es trabajando por su Reino. Y ese trabajo, convertido especialmente en testimonio de vida, nos ha de manifestar ante todos como personas que viven y caminan haciendo el bien a todos en todo tiempo y lugar. Por lo cual no puede limitarse a unas horas de apostolado al día o a la semana, sino que debe ser un continuo testimonio del Señor que se ha de dar en los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra vida, de tal forma que nos convirtamos en motivo de paz, de alegría y de amor fraterno para cuantos nos traten.

Que el Señor nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir comprometidos en el amor a Dios, protegiendo al pobre y al huérfano, haciendo justicia al humilde y al necesitado, y defendiendo al desvalido y al pobre. Así manifestaremos que en verdad somos hombres con una fe firmemente asentada en Cristo Jesús, Señor nuestro. Amén (www.homiliacatolica.com).

¡Cuánto se agradece cuando una persona se detiene en la carretera para ayudarnos cuando nuestro coche se ha averiado! "Jamás me había visto antes, sabía que muy probablemente no nos volveríamos a encontrar para que yo le agradeciera este favor... y sin embargo, tuvo el detalle de detenerse para hacerlo." Parece obligado que ante este hecho, brote del corazón la gratitud.

Pero suele suceder que las personas que saben agradecer las cosas grandes, son las que también lo hacen ante pequeños detalles, que podrían pasar inadvertidos. A quien le cede el paso en medio del tráfico, al que sabe sonreír en el trabajo los lunes por la mañana, a la persona que atiende en la farmacia o en el banco... Son felices porque les sobran motivos para decir esa palabra que para otros es extraña y humillante.

Quien la pronuncia con sinceridad, al mismo tiempo llena de alegría a los demás, y crea "el círculo virtuoso" de la gratitud, en el que cada uno cumple su deber con mayor gusto y perfección.

Y si estas personas agradecen a los hombres los pequeños favores y detalles, ¡cuánto más a Dios que es quien a través de canales tan variados nos hace llegar todo lo bueno que hay en nuestra vida! ¡Gracias! (Juan Gralla). Copio del 20minutos, una noticia del 27.10.2009: Montse Ventura está viva gracias a que una mujer que viajaba con ella en un bus urbano de Barcelona a principios de año identificó en su cara unas señales sintomáticas de un tumor. Hoy, operada y recuperada, busca a su 'ángel de la guarda' a través de la prensa catalana para darle las gracias. El azar quiso que Montse, de 55 años y ex maestra, viuda y madre de dos hijas, viajara en un bus de vuelta de un museo al lado de una desconocida que no le quitaba ojo. En un momento dado le pidió hablar con ella a solas y le recomendó que se hiciera una analítica. En un papel le escribió los dos marcadores que debía vigilar. Le dijo poco más, sólo que había visto en su cara un agrandamiento de labios y nariz que podría anticipar un tumor de hipófisis. Y otra cosa: que estaba a tiempo, pero que no tardara en mirarse.

Busca a una mujer de 50 años, pelo rizado, castaño y delgada Al cabo de un mes, Montse pidió cita médica y se hizo el preceptivo análisis. Los dos marcadores elegidos por la más que probable doctora del autobús salieron disparados. Tras peregrinar de ginecólogos a endocrinos le diagnosticaron un minúsculo tumor de hipófisis, la parte del cerebro que regula el equilibrio hormonal del cuerpo. Montse decidió operarse, siguiendo el consejo de los médicos, porque la ubicación del tumor era muy peligrosa.

Ahora Montse busca a una mujer de unos 50 años, delgada, con pelo rizado, castaño, que viajaba en el autobús 64 de Barcelona aquella mañana de principios de año. Quiere darle las gracias por salvarle la vida.

Agradezcamos a Dios los ángeles que pone en nuestro camino… "¿Qué cosa mejor podemos traer en el corazón, pronunciar con la boca, escribir con la pluma, que estas palabras: ¡gracias a Dios!? No hay cosa que se pueda decir con mayor brevedad, ni oír con mayor alegría, ni sentirse con mayor elevación, ni hacer con mayor utilidad" (San Agustín).

 

Martes de la 32ª semana. La gente insensata pensaba que morían, pero ellos están en paz. Dios nos protege y estamos en sus manos

 

 

Libro de la Sabiduría 2,23-3,9. Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo, y los de su partido pasarán por ella. En cambio, la vida de los justos está en manos de Dios, y no los tocará el tormento. La gente insensata pensaba que morían, consideraba su tránsito como una desgracia, y su partida de entre nosotros como una destrucción; pero ellos están en paz. La gente pensaba que cumplían una pena, pero ellos esperaban de lleno la inmortalidad; sufrieron pequeños castigos, recibirán grandes favores, porque Dios los puso a prueba y los halló dignos de si; los probó como oro en crisol, los recibió como sacrificio de holocausto; a la hora de la cuenta resplandecerán como chispas que prenden por un cañaveral; gobernarán naciones, someterán pueblos, y el Señor reinará sobre ellos eternamente. Los que confían en él comprenderán la verdad, los fieles a su amor seguirán a su lado; porque quiere a sus devotos, se apiada de ellos y mira por sus elegidos.

 

Salmo 33,2-3.16-17.18-19. R. Bendigo al Señor en todo momento.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloria en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren.

Los ojos del Señor miran a los justos, sus oídos escuchan sus gritos; pero el Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria.

Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias; el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos.

 

Evangelio según san Lucas 17,7-10. En aquel tiempo, dijo el Señor: -«Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: "En seguida, ven y ponte a la mesa"? ¿No le diréis: "Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú"? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer."

 

Comentario: 1.- Sb 2,23-3,9. Uno de los aspectos en que el libro de la Sabiduría supone un progreso en relación con el resto del AT es su visión sobre la vida futura. El interrogante de la vida y de la muerte preocupa a todos. Antes que nada, aquí se dice que Dios sólo creó la vida, "creó al hombre incorruptible, le hizo imagen de su misma naturaleza". El mal, el pecado y, como consecuencia, la muerte, entró después, "por envidia del diablo", como dice el autor. Pero, sea cual sea el origen de la muerte, lo que es más importante es el más allá después de la misma. Los justos están destinados a la vida: "la gente insensata pensaba que morían, pero ellos están en paz; la gente pensaba que eran castigados, pero ellos esperaban seguros la inmortalidad".

Esta perspectiva es la que da sentido a nuestra vida y la que nos llena de esperanza. La muerte no es una pared con la que chocamos al final de la carrera. Con ojos humanos, es un misterio sin sentido, un fatalismo sin esperanza. Pero ya desde estas últimas páginas del AT se nos orienta hacia una visión luminosa del más allá. Los justos vivirán en Dios, en el amor, en la felicidad. Que antes hayan tenido que pasar por tribulaciones y pruebas, pierde importancia ante la intensidad de lo que les espera: "sufrieron un poco, pero recibirán grandes favores". Dios los ha probado como se prueba el oro en un crisol "y los halló dignos de sí''. La sabiduría humana se contenta con la perspectiva de aquí abajo. Y, por tanto, la muerte la considera la desgracia total: "la gente insensata pensaba que morían, consideraba su tránsito como una desgracia". Pero no es así, en los planes de Dios. Nosotros, con mayores razones que el autor del AT, sabemos que estamos destinados a compartir con Cristo su existencia gloriosa: "los que en él confían, conocerán la verdad y los fieles permanecerán con él en el amor". En el año litúrgico, para celebrar el recuerdo de los Santos, no elegimos el día en que nacieron: su auténtico "dies natalis" es el día en que murieron, su verdadero nacimiento a la vida definitiva.

El autor escribe sin duda durante la persecución que el pueblo sufrió de parte de Ptolomeo Latiro (88-80 antes de Jesucristo). Los judíos, por sus usos y costumbres, su anticonformismo y su repulsa en colaborar con la sociedad política de la época, irritan a los paganos que quieren acabar con un pueblo tan rebelde. Conviene, pues, revelar a los miembros del pueblo elegido la significación del proceso del que son objeto.

a) La idea de retribución terrestre, que animaba todavía a los círculos piadosos a los cuales el autor se dirige, no respondían ya apenas a las nuevas condiciones que habían surgido a raíz de la persecución. ¿Cómo un justo, fiel a Dios, puede ver su vida cortada por la sola voluntad de los hombres? Una doctrina así no podía apagar la inquietud de los fieles que eran conducidos prematuramente a la muerte. Por eso el autor propone una doctrina nueva, inspirada en el helenismo, según la cual el alma subsiste después de la muerte. Tal visión no pertenece a la revelación bíblica anterior, tiene inclusive aires de dicotomía y encratismo que un judío no podía admitir, pero permite al autor explicar que la muerte no es un final, sino una intervención del diablo (v 24) que no ensombrece para nada el plan de Dios (v 23). Por tanto no hay por qué inquietarse: no se acaba todo con la muerte y aquel que con todo derecho busca la retribución de sus méritos debe mirar hacia Dios (v 9) para que El le recompense después de la muerte (vv 1-4). Por consiguiente, todo cambia si la muerte tiene un más allá: los justos disfrutarán de la retribución que esperaron y los perseguidores se encontrarán delante de sus víctimas que se habrán convertido en sus jueces (vv 7-9).

b) El fiel puede, pues, ir a la muerte con confianza y ponerse en las manos de Dios. De esta manera la muerte queda vencida por la misma actitud con que se toma y que es un medio para afirmar el carácter incorruptible del alma (v 23) y la voluntad del hombre de triunfar sobre Satanás, su autor (v 24). Esta actitud es también una actitud sacrificial (vv 5-6) en la medida en que transforma la muerte en un paso hacia Dios y permite convertirla en un acto libre y voluntario (Maertens-Frisque).

El autor escribe su libro en una época en la cual el poder de los Ptolomeos, reinante en Alejandría, persigue a los judíos. Por sus particulares costumbres de vida, por su no-conformismo y su rechazo a colaborar con la religión oficial, los judíos irritan a los paganos y éstos buscan el modo de suprimir una secta tan contestataria. El autor del Libro de la Sabiduría trata de revelar al pueblo elegido la significación del proceso de que son objeto.

-Dios creó al hombre para una existencia imperecedera, le hizo imagen de su misma naturaleza. La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo. Admirable expresión, con conceptos griegos de tipo abstracto, de una verdad tradicional de toda la Biblia; recordemos el relato concreto del Génesis que dice lo mismo. Dios creó al hombre para la vida, para la "¡existencia!", ¡para «existir»! Pues Dios «en Sí-Mismo» es el gran viviente, el gran Existente. Y el hombre participa de esa realidad de Dios, es "imagen de Dios". ¡La muerte no es normal! es un incidente de tránsito. Y el autor se atreve a escribir que no es Dios quien ha previsto y querido la muerte. Para aceptar estas Palabras hay que admitir que "la vida humana no se destruye, sino que se transforma" por ese momento que llamamos "la muerte". Ayúdanos, Señor, a creer. Nuestros difuntos están en una "existencia imperecedera".

-La vida de los justos está en la mano de Dios. Ningún tormento puede alcanzarles. No hay que tratar de imaginar esas cosas. Hay que recibirlas sencillamente tal como se nos dicen. A los ojos de los insensatos pareció que habían muerto, su partida de este mundo se tuvo como una desgracia, se los creía destruidos, pero ellos están en la paz. Aunque a los ojos de los hombres hayan sufrido castigo por su esperanza poseen ya la inmortalidad. Las palabras elegidas son las más idóneas, las más ajustadas. No se trata de "muertos", sino de "vivos": han partido, nos han dejado... Humanamente hablando es una desgracia, es como un aniquilamiento. Y así es. Sin embargo, «están en la paz», "tienen ya la inmortalidad". El evangelio no hallará nada más hermoso para decir esas cosas. Hay que repetirlas. Orar con esas fórmulas admirables. a la vez ¡tan modestas, tan humanas y tan serenas!

-Por una corta corrección recibirán largos beneficios, pues Dios los sometió a prueba y los halló dignos de El. Se comprende que los mártires, los perseguidos, puedan hallar en esta certeza, un estímulo para su modo de morir.

-Como un sacrificio ofrecido sin reserva, los «acogió»... El cristiano puede pues ir a la muerte con confianza y remitirse a Dios. La muerte es un «pasaje hacia Dios». La muerte no es un caer en el vacío, en la nada, se nos «acoge»... Y podemos hacer de la muerte un acto libre y voluntario, una ofrenda, un sacrificio, un don de sí a Dios. Si nuestra fe en esas Palabras divinas fuese muy viva no tendríamos miedo alguno. No acaba todo con la muerte. Todo empieza. Todo continúa. En el fondo se trata de que, durante nuestra vida, vivamos ya en estado de ofrenda y de sacrificio a Dios. En este caso, la muerte es la consagración de la vida (Noel Quesson).

Inconscientemente proyectamos nuestras categorías mentales sobre escritos de otras épocas y mentalidades. El uso que la liturgia de difuntos ha hecho de este pasaje y el filtro de nuestra visión dualista del hombre han contribuido a fijar una concepción alienante de la salvación prometida por Dios a los justos, concepción que podría resumirse en la frase: los padecimientos y las injusticias sufridos estoicamente en esta vida serán recompensados en la otra. Basta cambiar la concepción estática (alma) por la dinámica (vida) -única que da razón del texto en el ambiente judeo-alejandrino- para que nuestro texto se convierta en profecía: «La vida (¡el alma!) de los justos está en manos de Dios y no los tocará el tormento. La gente insensata pensaba que morían, consideraba su tránsito como una desgracia..., pero ellos están en paz» (vv 1-3). Y es que los justos viven plenamente la esperanza de la inmortalidad, gracias a que el Justo por excelencia, Jesús el Mesías, ha triunfado de la muerte que le infligió la sociedad opresora de su tiempo. El Padre tuvo en cuenta su compromiso en favor de los más débiles y oprimidos y lo resucitó de entre los muertos mediante el Espíritu vivificador. El Espíritu de la sabiduría lo había ungido Rey y Mesías, confiriéndole la fuerza para anunciar el comienzo decisivo del reinado de Dios entre los hombres. En la cruz asumió, de una vez para siempre, la realeza que Dios, de mala gana, había cedido a Israel en tiempos de Samuel: Jesús de Nazaret, Rey de los judíos. Es la «hora de la visita», el momento propicio en que Dios visita a su pueblo resucitando a Jesús y a muchos de los justos que habían muerto (Mt 27,52), como señal de una nueva y definitiva intervención de Dios en la historia: «A la hora de la cuenta resplandecerán como chispas que prenden en un cañaveral; gobernarán naciones, someterán pueblos, y el Señor reinará sobre ellos eternamente» (vv 7-8).

Todos los cristianos somos reyes. La experiencia personal del Espíritu que nos hace sentirnos hijos de Dios y gritar ¡Abba, Padre! es garantía inequívoca de la nueva vida que la presencia de Jesús hace brotar en medio de la comunidad. Aparentemente acorralada por una sociedad que todo lo cifra en el dinero, la eficacia y el triunfo personal, la comunidad cristiana aprende ya a vivir una vida inmortal (Rius Camps).

Dios nos creó para que fuéramos inmortales. Tenemos la esperanza cierta de llegar a donde ha llegado Cristo, nuestra Cabeza y principio. Él nos invita a tomar nuestra cruz de cada día y a seguirlo, para que donde Él está estemos también nosotros. Vamos de camino hacia la eternidad. Ojalá y no perdamos de vista esta vocación a la que hemos sido llamados. Imitemos a San Pablo en su lanzarse en la carrera para alcanzar la corona de la victoria de la que, junto con Cristo, somos coherederos. Cierto que seremos blanco de muchas tentaciones, persecuciones y tribulaciones, que hemos de padecer por haber depositado nuestra fe en Cristo. Sin embargo, no hemos de temer la muerte, pues nuestra vida está en manos de Dios; y si le permanecemos fieles, aun cuando tengamos que pasar por la muerte, no pereceremos como los animales, sino que será nuestra la vida eterna, que Dios ha reservado para quienes le viven fieles.

 

2. Sal. 33. Este salmo fue redactado con ocasión de una circunstancia que se menciona en el título. Aquí David, I. Alaba a Dios por la experiencia que él y otros habían tenido de su bondad (vv 1-6). II. Anima a todas las personas piadosas a confiar en Dios (vv 7-10). III. Nos da un buen consejo a todos los lectores: que tomemos conciencia de nuestros deberes para con Dios y para con los hombres (vv 11-14). IV. Para dar mayor fuerza a este consejo, pone delante de nosotros el bien y el mal, la bendición y la maldición (vv 15-22).

Se alude a la persecución que David sufrió por parte de Saúl. En esta ocasión, David huyó de Judá y fue a refugiarse en Gat, donde se puso al servicio del rey Aquís, llamado aquí Abimélec por ser el título común de los reyes de aquel país, lo mismo que Agag de los amalecitas, y Faraón de los egipcios (v 1 S. 21:11-16). En el mismo título se nos dice que David cambió su juicio (lit. -o: su conducta), esto es, se fingió loco, por lo que Aquís lo echó, y él se fue.

-Comienza David el salmo prorrumpiendo en alabanzas a Dios (vv 1, 2): «Bendeciré a Yahweh en todo tiempo, en cualquier ocasión, próspera o adversa; su alabanza estará de continuo en mi boca.» Esa alabanza le sale del corazón, gloriándose de la relación que le une a Dios, de su interés en él y de lo que espera de él: «En Yahweh se gloriará mi alma.»

Convoca a otros a que se unan a él en las alabanzas a Dios, por la experiencia que él tiene de la bondad de Yahweh (v. 2b): «Lo oirán los humildes y se alegrarán.» No podemos hacer a Dios más grande de lo que es, pero si le adoramos como al infinitamente grande, Él se agrada en tener en cuenta el engrandecimiento que le tributamos; y esto lo hemos de hacer también comunitariamente, porque las alabanzas de Dios suenan mejor en concierto. «Engrandeced a Yahweh conmigo, etc.» —dice David (v. 3).

-Pone David delante de todos el bien y el mal, la bendición y la maldición (vv. 15-22, a cualquier grito de dolor ante un peligro inminente o por haber sufrido algún accidente (vv 17 y 18). Dios ha prometido librar a los justos de todas sus angustias (vv. 17, 19) y los salvará (v. 18), de forma que, aunque permita que se hallen en aprieto, no sufrirá que se arruinen, sino que los rescatará (v. 22) de su aflicción.

Dios, cuando nos vio caídos y dominados por la maldad, no nos abandonó a la muerte, sino que, lleno de amor y de compasión por nosotros, nos envió a su propio Hijo para que, hecho uno de nosotros, nos rescatara del pecado y de la muerte y nos hiciera hijos de Dios para llevarnos, junto con Él, a la participación de la Gloria del Padre. Dios sabe que somos pecadores y que nadie puede permanecer de pie en su presencia; pues si hasta en los ángeles encontró maldad, qué será de nosotros, humanos, entre quienes hasta el justo peca siete veces al día. Pero Dios, que nos creó por amor, no se ha arrepentido de habernos llamado a la vida y está a nuestro lado para librarnos de la mano de nuestros enemigos, para cuidar de nosotros y conducirnos al gozo eterno de su Reino celestial. ¿Cómo no dar testimonio del amor que Dios nos ha tenido? Por eso hemos de hacer nuestra la orden de Cristo: Vuelve a tu casa, junto a los tuyos, y cuéntales todo lo que el Señor te ha hecho y cómo tuvo misericordia de ti.

 

3.- Lc 17, 7-10 (ver domingo 27C). a) El pasaje de hoy es un poco extraño: parece como si Jesús defendiera una actitud tiránica del amo con su empleado. Cuando éste vuelve del trabajo del campo, todavía le exige que le prepare y le sirva la cena. Jesús no está hablando aquí de las relaciones laborales ni alabando un trato caprichoso. Lo que le interesa subrayar es la actitud de sus discípulos ante Dios, que no tiene que ser como la de los fariseos, que parecen exigir el premio, sino la humildad de los que, después de haber trabajado, no se dan importancia y son capaces de decir: "somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer".

b) Tenemos que servir a Dios, no con el propósito de hacer valer luego unos derechos adquiridos, sino con amor gratuito de hijos. Y lo que decimos en nuestra relación con Dios, también se podría aplicar a nuestro trabajo comunitario, eclesial o familiar. Si hacemos el bien, que no sea llevando cuenta de lo que hacemos, ni pasando factura, ni pregonando nuestros méritos. Que no recordemos continuamente a la familia o a la comunidad todo lo que hacemos por ella y los esfuerzos que nos cuesta. Sino gratuitamente, como lo hacen los padres en su entrega total a su familia. Como lo hacen los verdaderos amigos, que no llevan contabilidad de los favores hechos. Con la reacción que describe Jesús: "hemos hecho lo que teníamos que hacer: somos unos pobres siervos". ¡Cuántas veces nos ha enseñado Jesús que trabajemos gratuitamente, por amor! Eso sí, seguros de que Dios no se dejará ganar en generosidad: "alegraos y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo" (Lc 6,23), "porque con la medida con que midáis se os medirá" (Lc 6,38). Si al final de la jornada nos sentimos cansados por el trabajo realizado, seguro que también estaremos satisfechos, porque nada produce más alegría que lo que se ha logrado con sacrificio. Pero sin darnos importancia ni ir diciendo a todo el mundo lo cansados que estamos. Entre otras cosas, porque también los otros trabajan. Y además, si hemos recibido gratis de Dios, es justo que demos gratis, sin quejarnos demasiado si nadie nos alaba ni nos aplaude. Dios seguro que sí nos está aplaudiendo, si hemos dado con amor (J. Aldazábal).

A partir del cap. 14, el evangelista pone a sus lectores en guardia contra los fariseos y los ricos, especialmente. De igual modo, solicita su atención para con los débiles y los pobres. Es muy posible que la parábola del siervo inútil (vv 7-10) haya sido pronunciada por Jesús para censurar duramente a los fariseos, que creen tener derechos sobre Dios. Lucas hace creer que esta parábola va dirigida a los apóstoles (v 5), para invitarlos a la modestia. Pero la relación apóstoles-siervo inútil es bastante deficiente, ya que ningún apóstol se hallaba en la situación descrita en el v 7 ("¡Quién de vosotros...?").

a) Las relaciones amo-esclavo designan a menudo, en los Evangelios, las existentes entre Dios y sus siervos, entre los escribas y los fariseos (Mt 25, 14-30). Dios es presentado como un amo exigente, que se preocupa muy poco de los sufrimientos o aspiraciones de su esclavo. Pero la parábola subraya, sobre todo, que los fariseos -esos creyentes que pesan sus méritos e intentan hacer valer sus derechos sobre Dios- son, en realidad, ante El, unos pobres siervos totalmente incapaces de hacer algo meritorio. La parábola opone la fe pura e ingenua (v 6) de los pobres e ignorantes al cálculo sobre sus propios méritos y a la confianza en sí mismo de los fariseos y de los ricos: la actitud de confianza incondicional en el señor, a las protestas bajo cuerda de los que sitúan la religión en el plano de los méritos y del derecho a la recompensa (cf Mt 20,13).

b) Colocada en otro contexto donde Jesús llama la atención, esta vez, a los apóstoles (v 5), esta parábola considera su ministerio como inútil (v 10). Nos equivocaríamos si creyéramos que es esa la intención de Jesús. Dios necesita a los hombres, y Cristo tiene necesidad de su Iglesia. En realidad, la expresión contenida en este versículo apunta a lo que hay de fariseo y autoritario en el corazón de cada uno, cuando el hombre se atribuye a sí los méritos de una acción que sin Dios le sería imposible realizar: cuando el hombre considera las ventajas y los privilegios de la misión que desempeña como otros tantos derechos a la vida eterna y cuando se glorifica a sí mismo en vez de "glorificarse en el Señor" (1 Cor 9,16; 1,31; 2 Cor 10,17; Fil 3,3; Gál 6,14: Maertens-Frisque).

-Jesús decía: «Cuando un criado vuestro, labrador o pastor, vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dirá: "Ven enseguida a la mesa?" No, más bien le decís: «Prepárame de cenar, ponte el delantal y sírveme mientras yo como y bebo. Después comerás y beberás tú.» En primer lugar, dejemos que esa situación nos escandalice. ¡Es algo casi insostenible! En tiempo de Jesús, esa exigencia y esa dureza debían de ser bastante corrientes... puesto que ninguno de los oyentes parece protestar del: «quién de vosotros...?» Pero, no seamos fariseos: en nuestro tiempo, ¿no existen en absoluto, situaciones equivalentes... y yo, guardada toda proporción, no tengo con los demás algunas exigencias de ese tipo? Jesús no justifica esa situación. Hay muchos otros pasajes del evangelio que nos prueban que Jesús está a favor del espíritu de servicio. Pero se sirve de esa comparación para exponernos una idea importante.

-¿Se tendrá que estar agradecido al criado porque ha hecho lo que se le ha mandado? Pues sí, Señor habría que estarlo. Pero tu intención, Señor, a partir de esa paradoja es decirnos una idea absolutamente esencial. Así también vosotros. Cuando hayáis hecho todo lo que Dios os ha mandado... De modo que es aquí a donde querías llegar. En ese relato, no se trata de una lección sobre las relaciones sociales, sino una lección sobre las relaciones con Dios. «Hacer todo lo que Dios ha mandado». En la mente de Jesús es constante ese pensamiento, Dios es su referencia constante. La imagen que se nos da aquí nos orienta hacia un Dios «amo»: es una imagen muy austera y que sería vano oponerla a tantas otras, en las que Jesús nos habla de Dios como de un «padre» amante y servicial que se desvivirá por sus servidores: «¿Qué hará el dueño de la casa? Yo os lo digo, se pondrá en actitud de servicio, hará que se coloquen a la mesa, y, pasando junto a ellos, los servirá» (Lc 12,37).

Pero aquí Jesús insiste en otra cosa. Hay que aceptar esas aparentes contradicciones. Acepto, Señor, situarme ante ti como un humilde «servidor», atento a satisfacer fielmente los deseos de su amo. Siguiendo el ejemplo de la Virgen y de tantos santos, hacerse el servidor, la servidora de Dios. ¡Dios primer servido! ¡Dios, primero en ser obedecido! Decid: «Somos servidores inútiles, hemos hecho lo que debíamos hacer.» Finalmente, esa es la lección esencial: los hombres no tienen ningún derecho a hacer valer ante Dios. Se sabe que los fariseos ¡habían acabado por persuadirse que a fuerza de buenas obras, adquirían unos derechos sobre Dios, por sus propios méritos! Una parte de la argumentación de San Pablo en la Epístola a los Romanos iba destinada a destruir esa arrogancia. Era lo que ya decía Jesús, sin grandes argumentos teológicos: no os gloriéis de vuestras obras ante Dios... Cuando habéis hecho lo que Dios manda, decíos, ¡que sólo habéis hecho lo que debíais!

Santa Teresa de Lisieux había comprendido muy bien esa lección capital cuando decía que se presentaría ante Dios con «las manos vacías». Nadie termina nunca su «servicio». Nunca se ha hecho lo suficiente. Obrar ante Dios gratuitamente: sin esperar recompensa. Concédenos, Señor, estar a tu servicio desinteresadamente (Noel Quesson).

Dice un dicho popular: "Nadie es necesario, pero todos podemos ser útiles". Este refrán reúne, de alguna manera, la misma enseñanza del evangelio. Muchas personas consideran que su servicio o ministerio es indispensable para su comunidad. Que sin ellos su Iglesia no sería nada. Pero, pensando así se equivocan. El único indispensable es el Señor, mientras él no falte, se tiene todo. La enseñanza que en este pasaje nos dirige Jesús nos ayuda a descubrir el verdadero sentido de los ministerios o servicios en la Iglesia. Los ministerios no son una escala jerárquica en que va ascendiendo en importancia y necesidad. Cuanto más alto, más importante y más necesario. Definitivamente no es esto lo que propone el evangelio. Éste nos propone que valoremos nuestro servicio en relación con la misión que el Señor nos ha encomendado y no por los méritos que nosotros le atribuimos. No es nuestro el mérito de la misión que se nos encomienda en la Iglesia. El mérito pertenece sólo al Espíritu de Dios que actúa de forma eficaz y no a nuestra eficiencia empresarial. Cuando una obra sale adelante y comienza a producir frutos de solidaridad, justicia y amor, es el Señor el que allí actúa y no la diligencia de los servidores. El ministro, el servidor, el apóstol y el discípulo deben reconocer que su lugar está entre los hermanos y no usurpando el lugar del Señor y del Maestro. Todos los que prestan algún servicio en la Iglesia deben estar conscientes que ese ministerio no ha sido instituido en orden al crecimiento personal, sino al crecimiento de la comunidad. Por eso, feliz la comunidad que pueda decir el día del juicio: «hemos sido servidores inútiles porque únicamente hemos hecho lo que nos correspondía» (servicio bíblico latinoamericano).

Fijémonos solamente en un detalle y alegrémonos de lo que nos dice. "Dios creó al hombre incorruptible; le hizo a imagen de su naturaleza". Y después agrega que la "muerte" entró por envidia del diablo, y que éste se queda sólo con quienes le siguen como "pecadores", hijos de muerte, pues los "santos, los justos" no morirán. ¿De qué muerte y de qué vida se trata en este libro? De la muerte que acaba para siempre con la "persona", con este "yo" que siente, ama, piensa, espera. La persopna que es "hija y amiga del pecado" va a la muerte; la persona que es "hija de la justicia, de la verdad, de la santidad", va a la eternidad bienaventurada. La visión del libro de la Sabiduría es todavía limitada: según él, solo tendrán vida eterna los justos. Esto es poco. La revelación se enriquecerá y vendrá a decirnos que toda persona está llamada a vivir para siempre... pero Jesús no quiso responder de quiénes se iban a condenar o salvar… hay que confiar y al mismo tiempo luchar…

 

Lc. 17, 7-10. ¿Estamos dispuestos en todo a hacer la voluntad de Dios? Por muchas riquezas, poder y justificación que tengamos, jamás podremos decir que nos hemos igualado a Dios en su perfección. Siempre estaremos a la altura del siervo, dispuesto en todo a hacer la voluntad de su Señor. Y lo que Él espera de nosotros es que estemos siempre dispuestos, como el Buen Pastor, a cuidar de los suyos. No podemos sentarnos a la mesa mientras no lo sirvamos en los hambrientos, sedientos, desnudos, enfermos y encarcelados. Cuando lo hagamos debemos ser conscientes no sólo de que somos fortalecidos por su Espíritu en nosotros, para dar a nuestros hermanos esas muestras de afecto del amor de Dios, sino que también hemos de ser conscientes de que el mismo amor con que actuamos viene de Dios. Ojalá y pudiésemos decir que lo que realizamos lo hacemos porque tenemos el mismo poder de Dios y, sin Él, al margen de Él, podemos hacer lo mismo que Él hace; esto no es posible. Sin embargo, unidos a Él realizaremos las obras de Dios y trabajaremos conforme a la Gracia recibida. Por eso sólo podremos decir: "No somos más que siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer.

 

Celebramos el Misterio Pascual de Cristo, mediante el cual el Sacrificio del Señor fue aceptado por el Padre Dios como un holocausto agradable. A pesar de que Jesús padeció la muerte, esos momentos fueron breves a comparación de la abundante recompensa recibida. Así se cumplen las palabras de Jesús: Era necesario que el Hijo del Hombre padeciera todo esto para entrar, así, en su Gloria. El Señor, como si fuera el siervo de la casa, nos sienta a su Mesa y parte su pan para nosotros. Al final podrá, satisfecho, decirle a su Padre: Todo está cumplido; en tus manos encomiendo mi Espíritu. Así experimentamos el amor de Dios que, a pesar de nuestras fragilidades, miserias y ofensas, nos sigue amando y contemplando cariñosamente para protegernos como lo hace un padre amoroso con sus hijos.

 

Quienes entramos en comunión de vida con Cristo estamos llamados a comportarnos a la altura del bien que hemos recibido de Dios. Identificados con Cristo por la fe y el bautismo, debemos continuar trabajando para que la salvación llegue a todos. En este aspecto no podemos escatimar esfuerzos. Dios espera de nosotros que seamos esforzados trabajadores de su Reino proclamando la Buena Nueva a todos. Nuestro amor, convertido en un signo del amor de Dios entre nuestros hermanos, debe propagarse como chispas en un cañaveral o en rastrojo. Y esa propagación no sólo se hará mediante palabras que, con erudición expliquen el Evangelio, sino también, y de modo especial, con toda nuestra vida puesta al servicio de todos, preferencialmente a favor de los pobres para socorrerlos, y de los pecadores para ayudarles a encontrar el Camino de salvación, que es Cristo. Con tal de lograr cumplir en nosotros la voluntad de Dios, que nos ha confiado tan noble misión, estemos dispuestos, incluso, a derramar nuestra sangre. Al socorrer a los pobres, al anunciar el Evangelio a los pecadores para que vuelvan a Dios, al asumir con amor todas las consecuencias que por ello nos venga, estamos derramando nuestra sangre por los demás; sangre que se convierte en un holocausto agradable a Dios, asumido por Cristo en el momento de su entrega por nosotros.

 

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la Gracia de hacer en todo su voluntad, sabiendo que ese es el único camino que nos mantiene unidos a Cristo para ser, junto con Él, coherederos de la Gloria del Padre. Amén.

 

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