domingo, 15 de noviembre de 2009

11 de noviembre. Dedicación de la Basílica de Letrán. El templo de Dios ya no es de piedra sino Jesús, y manaba agua del lado derecho de su Cuerpo en la Cruz, y de ahí habrá vida dondequiera que llegue la corriente

 

 

Lectura de la profecía de Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12. En aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo. Del zaguán del templo manaba agua hacia levante -el templo miraba a levante-. El agua iba bajando por el lado derecho del templo, al mediodía del altar. Me sacó por la puerta septentrional y me llevó a la puerta exterior que mira a levante. El agua iba corriendo por el lado derecho. Me dijo: -«Estas aguas fluyen hacia la comarca levantina, bajarán hasta la estepa, desembocarán en el mar de las aguas salobres, y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida; y habrá peces en abundancia. Al desembocar allí estas aguas, quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente. A la vera del río, en sus dos riberas, crecerán toda clase de frutales; no se marchitarán sus hojas ni sus frutos se acabarán; darán cosecha nueva cada luna, porque los riegan aguas que manan del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales.»

 

Salmo 45,2-3.5-6.8-9. R. El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada.

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro. Por eso no tememos aunque tiemble la tierra, y los montes se desplomen en el mar.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada. Teniendo a Dios en medio, no vacila; Dios la socorre al despuntar la aurora.

El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob. Venid a ver las obras del Señor, las maravillas que hace en la tierra: pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe.

 

Primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 3,9c-11.16-17. Hermanos: Sois edificio de Dios. Conforme al don que Dios me ha dado, yo, como hábil arquitecto, coloqué el cimiento, otro levanta el edificio. Mire cada uno cómo construye. Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo. ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros.

 

Evangelio según san Juan 2,13-22. Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: -«Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.» Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.» Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: -«¿Qué signos nos muestras para obrar así?» Jesús contestó: -«Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.» Los judíos replicaron: -«Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo habla dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.

 

Comentario: La dedicación o consagración de la basílica de san Juan de Letrán es celebrada en toda la iglesia católica romana por tratarse de la catedral del papa, obispo de Roma. Se trata de la primera y de la cabeza de todas las iglesias del mundo católico. Fue mandada construir en el siglo IV por el emperador Constantino, el primero de los emperadores cristianos.

 

            1. La lectura del libro del profeta Ezequiel nos presenta una visión del templo de Jerusalén, el templo añorado por los judíos durante su destierro en Babilonia, después de que fuera profanado y destruido por los babilonios. El profeta ve un templo renovado y espléndido, construido por el mismo Dios. De uno de sus costados laterales, el que mira hacia oriente, se ve surgir un torrente de aguas milagrosas que, a través del valle del Cedrón, fluye hasta alcanzar el Mar Muerto, purificando y dando vida a sus aguas. A orillas del torrente verdeará la tierra de árboles frutales cuyas hojas son medicinales. En realidad, hasta el día de hoy, todas son tierras desérticas hacia el oriente del lugar donde se levantaba el templo de los judíos, y el Mar Muerto sigue siendo un lago de aguas saladas sin ningún género de vida visible. La visión del profeta se realiza no un lugar determinado de la tierra, sino allí donde los cristianos viven el evangelio, amando a sus hermanos y sirviéndolos por amor a Jesucristo, constituyendo comunidades cristianas en las cuales, no sólo la naturaleza, sino sobre todo los seres humanos, son renovados, respetados y amados.

Ezequiel nos presenta un templo del que brotan la vida y la salvación. Un lugar de gracia. Un manantial de vida que sanea las aguas dañadas y que hace fecundos los árboles, con frutos deliciosos y nutritivos, y con hojas medicinales. La imagen es muy fuerte: el río se va volviendo más y más impetuoso a medida que corre. Todo lo cambia a su paso avanza invencible restaurando el orden y la salud que se habían perdido. Si lo miramos bien, se trata de un retorno victorioso a la condición inicial del paraíso. Del templo sale una fuerza que hace posible el plan original de Dios. En el templo, pero más aún: desde el templo la redención nos acerca a la hermosura y la inocencia propias de la creación. Según esto, el templo es la señal visible de la acción progresiva de la gracia. Mientras la gracia tenga que seguir peregrinando, necesitamos de templos que marquen el ritmo de su caminar maravilloso (fray Nelson).

El edificio puede decir mucho de los que habitan dentro, pero cuando los edificios no tienen vida... terminan por derruirse. Nosotros no hablamos de esos edificios. Nuestra realidad se hace diferente cuando tomamos conciencia de lo que llevamos dentro de nuestro ser, de lo que significa ser transmisores de un gran regalo de parte de Dios para la humanidad entera. Las lecturas de hoy nos hacen adentrarnos en la inmensidad de Dios, en las posibilidades con las que Dios cuenta también en nuestros días para acercarse a todos y dar su vida. Dice Ezequiel que un hombre lo lleva al Templo. Desde allí él es capaz de vislumbrar que sale una fuerte corriente de agua viva. Por donde pasa va gestando y produciendo vida en todo lo que las aguas tocan, hasta el punto de sanear el Mar Muerto, ese lugar donde no puede existir criatura alguna por el exceso de sal.

 

            2. Juan Pablo II decía: "Acabamos de escuchar el primero de los seis himnos a Sión que recoge el Salterio (cf Sal 47,75,83,86 y 121). El salmo 45, como las otras composiciones análogas, celebra la ciudad santa de Jerusalén, "la ciudad de Dios, la santa morada del Altísimo" (v 5), pero sobre todo expresa una confianza inquebrantable en Dios, que "es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro" (v 2; cf vv 8 y 12). Este salmo evoca los fenómenos más tremendos para afirmar con mayor fuerza la intervención victoriosa de Dios, que da plena seguridad. Jerusalén, a causa de la presencia de Dios en ella, "no vacila" (v 6). El pensamiento va al oráculo del profeta Sofonías, que se dirige a Jerusalén y le dice: "Alégrate, hija de Sión; regocíjate, Israel; alégrate y exulta de todo corazón, hija de Jerusalén. (...) El Señor, tu Dios, está en medio de ti, como poderoso salvador. Él exulta de gozo por ti; te renovará por su amor; se regocijará por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta" (Sof 3, 14. 17-18).

El salmo 45 se divide en dos grandes partes mediante una especie de antífona, que se repite en los versículos 8 y 12: "El Señor de los Ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob". El título "Señor de los ejércitos" es típico del culto judío en el templo de Sión y, a pesar de su connotación marcial, vinculada al arca de la alianza, remite al señorío de Dios sobre todo el cosmos y sobre la historia. Por tanto, este título es fuente de confianza, porque el mundo entero y todas sus vicisitudes se encuentran bajo el gobierno supremo del Señor. Así pues, este Señor está "con nosotros", como lo confirma la antífona, con una referencia implícita al Emmanuel, el "Dios con nosotros" (cf. Is 7,14; Mt 1,23).

La primera parte del himno (vv 2-7) está centrada en el símbolo del agua, que presenta dos significados opuestos. En efecto, por una parte, braman las olas del mar, que en el lenguaje bíblico son símbolo de devastaciones, del caos y del mal. Esas olas hacen temblar las estructuras del ser y del universo, simbolizadas por los montes, que se desploman por la irrupción de una especie de diluvio destructor (vv 3-4). Pero, por otra parte, están las aguas saludables de Sión, una ciudad construida sobre áridos montes, pero a la que alegra "el correr de las acequias" (v 5). El salmista, aludiendo a las fuentes de Jerusalén, como la de Siloé (cf Is 8,6-7), ve en ellas un signo de la vida que prospera en la ciudad santa, de su fecundidad espiritual y de su fuerza regeneradora. Por eso, a pesar de las convulsiones de la historia que hacen temblar a los pueblos y vacilar a los reinos (cf Sal 45,7), el fiel encuentra en Sión la paz y la serenidad que brotan de la comunión con Dios. La segunda parte del salmo 45 (vv 9-11) puede describir así un mundo transfigurado. El Señor mismo, desde su trono en Sión, interviene con gran vigor contra las guerras y establece la paz que todos anhelan…

La tradición cristiana ha ensalzado con este salmo a Cristo "nuestra paz" (cf Ef 2,14) y nuestro liberador del mal con su muerte y resurrección. Es sugestivo el comentario cristológico que hace san Ambrosio partiendo del versículo 6 del salmo 45, en el que se asegura que Dios "socorre" a la ciudad "al despuntar la aurora". El célebre Padre de la Iglesia ve en ello una alusión profética a la resurrección. En efecto -explica-, "la resurrección matutina nos proporciona el apoyo del auxilio celestial; esa resurrección, que ha vencido a la noche, nos ha traído el día, como dice la Escritura: "Despiértate y levántate, resucita de entre los muertos. Y brillará para ti la luz de Cristo". Advierte el sentido místico. Al atardecer se realizó la pasión de Cristo. (...) Al despuntar la aurora, la resurrección. (...) Muere al atardecer del mundo, cuando ya desaparece la luz, porque este mundo yacía totalmente en tinieblas y estaría inmerso en el horror de tinieblas aún más negras si no hubiera venido del cielo Cristo, luz de eternidad, a restablecer la edad de la inocencia al género humano. Por tanto, el Señor Jesús sufrió y con su sangre perdonó nuestros pecados, ha resplandecido la luz de una conciencia más limpia y ha brillado el día de una gracia espiritual".

Cuenta una cristiana en Tierra Santa: "He visto muchos grupos de peregrinos en los Santos Lugares. A veces, si se puede, me uno a su celebración eucarística. Y siempre se interesan por cómo se vive el cristianismo en su cuna, pisando las huellas que Él dejó.  Yo me limitaba a sonreír y asentir, es cierto, es una gracia enorme. Qué más puede uno añadir… Hasta que una vez, en el Cenáculo, tras recibir todos nosotros al Señor en aquel bendito lugar donde el propio Jesús nos dio para siempre los más grandes regalos  -a Él mismo, y a sus sacerdotes- me oí con sorpresa decir: -Sí, vivir en Tierra Santa es una gracia, una enorme suerte,  pero la verdadera Tierra Santa está en cada sagrario del mundo, en tu parroquia, seguramente habrá unos cuantos en el camino a tu trabajo, que nunca has visitado, y allí vive Él, permanentemente, mucho más de verdad que aquí, en Tierra Santa. Y allí, cerca de casa, nos espera Él, día y noche, como alimento, como amigo que nunca falla… no es necesario llegar tan lejos. Lo que Él quiere de mí es tan sencillo como no ignorar que se ha quedado conmigo, que lo reciba siempre que pueda, a ser posible a diario, pues ¿acaso no aspiramos a tenerlo a Él por toda la eternidad en el cielo? Comulgar es tenerlo a Él conmigo, ser los dos uno. ¿Por qué iba a renunciar a mi ración diaria de cielo, mientras llega el cielo para siempre?" (Cristina Moreno). Para poder participar de este banquete es necesario creer. ¿Qué es lo que pretende Jesús? Pues no hay nada tan alto como que, comiendo su cuerpo, participemos de su divinidad; en la Eucaristía nos transformamos en lo que comemos, como dice el Concilio: "la participación del Cuerpo y Sangre de Cristo hace que pasemos a ser aquello que recibimos". Esta divinización del hombre podemos representarla con la imagen de la custodia. "Las custodias generalmente representan un sol cuyo centro es Él. Un encuadre perfecto que nos puede recordar que Jesús Eucaristía es la diana del cosmos. Punto de partida y de llegada de la creación entera. En torno a cada ostensorio o custodia bien pueden girar todas las galaxias, poniendo a la humanidad entera de rodillas en primera fila para adorarlo. Jesús Eucaristía, el Hijo de Dios, el mismo que inició este sublime traspaso lavándonos los pies" (Fanlo). Pero de nada aprovecha la carne si no lo aprovechamos en el espíritu, que es el que da vida.

 

3. San Pablo, en la lectura que hoy hicimos de un fragmento de su 1ª carta a los corintios, habla precisamente de un templo espiritual, no construido con piedras materiales, sino con "piedras vivas y espirituales" que somos nosotros. Así aprendemos que la Iglesia no es sólo el edificio donde se reúnen los cristianos, sino la comunidad viva y activa, que testimonia su fe en medio del mundo, y que la sigue anunciando y testimoniando a todos los que puede. Los cristianos corintios estaban divididos entre sí, formando bandos confrontados. Las causas de la división resultaban mezquinas y chocantes, y el apóstol fundador las enfrenta contraponiendo a la comunidad dividida, la imagen del único cuerpo de Cristo, en el cual todos los cristianos nos incorporamos por el bautismo. En este templo que es la Iglesia habita el Espíritu Divino, por tanto, atentar contra la unidad de la comunidad es atentar contra el Espíritu Santo.

Desgraciadamente la Iglesia sigue dividida, a pesar de la enseñanza del apóstol. Casi siempre nos sentimos orgullosos de la belleza de nuestros templos, y trabajamos mucho por mantenerlos espléndidos, como símbolos de la vitalidad de nuestras comunidades. Esto sucede tratándose de las humildes capillas e iglesitas campesinas, y de los grandes templos, santuarios y catedrales de nuestras ciudades. Si le hiciéramos caso a Pablo, trabajaríamos más bien por mantenernos unidos en la misión, en el servicio y en el testimonio, y por lograr la anhelada unidad de todos los cristianos en una sola Iglesia.

Hoy es un día óptimo para meditar sobre nuestra condición de templos, sobre el templo que es la iglesia. En la carta a los corintios, Pablo dice: "Sois templo de Dios". La razón es que "el Espíritu de Dios habita en vosotros". Para los judíos el templo de Jerusalén representaba un lugar sagrado. Desde su destrucción por parte de Tito en el año 70 no se ha vuelto a reconstruir. Sólo quedan unas enormes piedras del muro de contención sobre el que se erguía el templo de Herodes el Grande. Los judíos de hoy lo llaman el Muro Occidental. Nosotros lo conocemos, más bien, como el Muro de las Lamentaciones. A todas las horas del día y de la noche hay hombres y mujeres que rezan a Dios orientando sus cuerpos hacia esos restos (no es de extrañar que tengan la impresión de hablar con una pared…). Jesús salda definitivamente la distancia entre Dios y nosotros. No necesitamos ya ningún lugar separado para entrar en relación con Él porque todos los lugares pueden ser santos. El lugar por excelencia es el mismo cuerpo de Cristo. Este el templo nuevo. Nosotros somos las piedras de ese templo. Por tanto, la relación con Dios está ligada al reconocimiento de su presencia en todos aquellos que constituimos el cuerpo de Cristo. De aquí surge una nueva espiritualidad que siempre está por estrenar, que en toda época resulta demasiado rupturista como para que podamos aceptarla tranquilamente. Al final siempre se impone la fortaleza de un templo de piedra a la debilidad de los templos de carne y hueso (gonzalo@claret.org).

 

4. Jesús, siguiendo la tradición de los profetas, sustituye el templo de Jerusalén por su propio cuerpo. Jesús condena el templo como un mercado. No es ya un lugar de encuentro con Dios, una casa de Dios, sino un lugar de mercado, un espacio religioso de acumulación de dinero. Jesús echó con un látigo a todos los vendedores y cambistas del templo. Esta "violencia" profética de Jesús contra el templo y su llamado a destruir el templo, los discípulos lo entendieron después de su resurrección, pero sobre todo después del año 70, cuando el templo fue destruido por los romanos. El cristianismo nació así claramente como una religión sin templo. Su único templo era el cuerpo resucitado de Jesús. La carta de Pablo a los Corintios está en esta misma línea profética de Jesús. Para Pablo el santuario, la edificación de Dios, es la comunidad cristiana: "Ustedes son el santuario de Dios, donde habita el Espíritu de Dios". Este es el único santuario, que tiene por fundamento a Jesús. El cristianismo de los primeros siglos fue fiel esta tradición de Jesús y Pablo. Los cristianos se reunían en las casas o en sitios comunitarios, pero nunca edificaron templos. Es en el siglo IV, cuando la Iglesia de Jesús se transformó en imperio cristiano, cuando se empiezan a construir templos. Las primeras basílicas eran palacios paganos transformados en iglesias. Renació la antigua tradición judía salomónica, rechazada por los profetas, de una iglesia-templo-mercado. Si se construyeron edificios a lo largo de la historia, no fue como templos sagrados a la manera del de Salomón, sino como edificios cuya única finalidad era hacer posible la reunión de la comunidad. El único templo es la comunidad cristiana identificada con el cuerpo resucitado de Cristo (Josep Rius-Camps).

La lectura evangélica, tomada de san Juan, es el conocido episodio de la expulsión que hace Jesús de los mercaderes que comerciaban en los atrios del templo de Jerusalén. Se trató de un acto simbólico, digno de los antiguos profetas. Jesús lo realizó en su condición de Mesías, una de cuyas atribuciones, según las expectativas judías, era la de purificar el templo y devolverle su santidad original. Es que el santuario nacional de los judíos se había convertido en el epicentro de un poder económico y político, detentado por la aristocracia sacerdotal. Los que la componían, los más altos dignatarios de la religión mosaica, se aprovechaban de sus privilegios, toleraban un estruendoso mercado de víctimas para los sacrificios y de otros elementos necesarios para el culto de ese entonces: leña para los sacrificios, perfumes, panes, aceite, vino y sal, y una gran cantidad de cosas. Los sumos sacerdotes judíos y sus subalternos se lucraban de los impuestos que esos mercaderes tenían que pagar. Jesús proclama que el templo es la casa de Dios, que es casa de oración y no de tráficos mercantiles, que el templo construido por manos humanas está a punto de ser abolido para dar lugar a un templo espiritual: su cuerpo glorioso de resucitado, su Iglesia extendida por toda la tierra.

Si celebramos con alegría esta fiesta de la dedicación de la basílica de san Juan de Letrán, porque es la catedral de Roma y del papa, no podemos olvidar la lección de las lecturas, especialmente la del evangelio. El templo donde Dios quiere ser adorado de verdad, es la misma iglesia, la comunidad cristiana, unida indisolublemente a su Señor Jesucristo. La comunidad puede adorar a Dios hasta a la intemperie: desde que haya comunidad hay iglesia; si es auténtica será una iglesia movida por el Espíritu Divino, para amar y servir especialmente a los pobres y para proclamar el evangelio (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica).

El Templo, lugar de la enseñanza. El templo no es una cosa. No tiene valor por sí mismo ni por sus materiales. La actitud de Jesús en el evangelio de hoy sería sacrílega si el templo fuera una cosa. Mas no es así. Su valor le viene no de su hechura sino de su lugar real en la vida de la fe de un pueblo. Ya Jeremías había denunciado la falsa confianza a que puede conducir un templo considerado como cosa. Dijo: "No confiéis en palabras engañosas, diciendo: He aquí, vosotros confiáis en palabras engañosas que no aprovechan, para robar, matar, cometer adulterio, jurar falsamente, ofrecer sacrificios a Baal y andar en pos de otros dioses que no habíais conocido. ¿Vendréis luego y os pondréis delante de mí en esta casa, que es llamada por mi nombre, y diréis: "Ya estamos salvos"; para luego seguir haciendo todas estas abominaciones? ¿Se ha convertido esta casa, que es llamada por mi nombre, en cueva de ladrones delante de vuestros ojos? He aquí , yo mismo lo he visto--declara el SEÑOR" (Jer 7,4.8-11). Son las palabras con las que el evangelista interpreta la impresionante escena de Jesús purificando el templo de Jerusalén.

Si el templo no ha de ser reducido a cosa, sí ha de ser, en cambio, lugar de enseñanza, como lo mostró Jesucristo con su mismo ejemplo (cf Mt 21,23; Mc 12,35; 14,49; Lc 19,47; 21,37; Jn 7,28). Cabe decir que es la palabra la que da su sentido y en cierto modo santifica al templo. Es el sentido que recoge la práctica católica cuando da el primer lugar en cada iglesia local a la "catedral", es decir, el lugar de la "cátedra", sede propia de la predicación y la enseñanza del obispo. Sin la palabra delos apóstoles y de sus sucesores la catedral sería sólo un edificio bonito, quizá un buen museo.

El Templo, lugar de la comunidad. Ahora bien, la palabra no está destinada a los muros o las columnas sino, desde luego, a las personas, es decir, a la comunidad. La palabra de los apóstoles (Ef 2,20; cf 1 Pe 2,5; Col 2,7) edifica a la comunidad, y es ella, en realidad, el templo que en el que Dios quiere habitar. Por eso al celebrar hoy al lugar primero de la palabra del primero entre los apóstoles, enviemos desde aquí nuestra oración por el Papa, por su magisterio y su ministerio; y recibamos también aquí la bendición, la plegaria y la palabra que él, como signo de unidad de todos los cristianos, concede a la iglesia universal desde su iglesia particular.

El Año Litúrgico no puede girar sobre otro eje que no sea el mismo Jesucristo. Pero Cristo, la Cabeza del Cuerpo Místico, está siempre unido a sus miembros. Ahora bien, se podría decir que once meses del Año Litúrgico se dedican sobre todo a los grandes misterios de Cristo. En cambio, el mes de Noviembre se dedica más bien a los miembros del Cuerpo Místico. Y así, el día 1o. celebramos la "FIESTA DE TODOS LOS SANTOS" -Iglesia Triunfante-, el día 2, la CONMEMORACION DE LOS FIELES DIFUNTOS -Iglesia Purgante-, y hoy, día 9, "LA DEDICACION DE LA BASILICA DE LETRAN" -Iglesia Militante-. Estas celebraciones de Noviembre son sumamente importantes, pues, al estar los miembros íntimamente unidos a la Cabeza, cuando recordamos a éstos, celebramos en realidad el Cuerpo Místico Total. Hoy celebramos el aniversario de la Dedicación de la basílica construida a principos del siglo IV por el emperador Constantino, en su palacio de Letrán, sobre el monte Celio. La consagró el Papa San Silvestre el 9 de noviembre del año 324, después de bautizar a Constantino y curarle, según se cree, de la lepra. Cuatro son las basílicas mayores de Roma. Pero es la de San Juan de Letrán, que antes se llamó del Salvador, la que tiene mayor categoría litúrgica, la que es llamada "MADRE Y CABEZA DE TODAS LAS IGLESIAS DE LA URBE Y DEL ORBE". Es la catedral del Papa, junto a ella habitaron los Papas varios siglos y en ella se celebraron cinco Concilios Ecuménicos. La consagración de San Juan de Letrán es el símbolo y prototipo de la consagración de nuestras iglesias para el culto divino y la oración.

El templo material es a la vez símbolo del templo espiritual, el Cuerpo Místico de Cristo. En la cúspide de este templo está la piedra viva, y esencial, la piedra divina angular, Cristo. "He aquí que yo pongo en Sión una piedra angular, escogida, preciosa..."

Junto a la Cabeza, la piedra angular, también los miembros son piedras vivas -piedras vivas y despiertas, no durmientes- de ese templo espiritual. Por tanto, un triple templo recordamos hoy. El TEMPLO MATERIAL de San Juan de Letrán, y en sentido amplio, de cualquier iglesia. EL TEMPLO ESPIRITUAL que forman entre sí, y con Cristo, todos los fieles cristianos en gracia, o Cuerpo Místico. Y EL TEMPLO DEL ALMA CRISTIANA, en gracia, en el que habita el mismo Dios. Dice la Palabra de Dios: "Si alguno me ama... vendremos a él y haremos en él nuestra morada". "¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros?".

Adoremos al Señor en espíritu y en verdad. Dios está en Jerusalén, en Garizín, en el Mar, en el Campo... Dios está en cada corazón en que fija su morada de amor. De cuando en cuando la liturgia nos sorprende invitándonos a celebrar no ya la memoria de mártires, predicadores, misioneros, padres de familia, sino incluso la memoria de templos que han tenido especial significado en la historia espiritual, doctrinal, misionera, de la Iglesia. Hoy corresponde esa gloria a la famosa basílica de "San Juan de Letrán". La primitiva iglesia-basílica de Letrán era una de las constantinianas, erigidas en el siglo IV, tras las persecuciones de los emperadores romanos, con el favor y protección del emperador Constantino. El edificio original era un palacio propiedad de la esposa de Constantino que lo donó al Papa san Silvestre. Desde entonces quedó convertido en Templo-Palacio, sede de los Papas, lugar de celebración de Concilios, centro de la cristiandad; y en ese servicio se mantuvo unos mil años, hasta que el papado se trasladó a Aviñón. Cuando los Papas volvieron a Roma, ya no acudieron a Letrán (deteriorado y olvidado) sino al Vaticano. Hoy, al celebrar esa memoria histórica, seleccionando dos textos especiales, debemos llenarla de sentido espiritual y acentuar la comunión de todas las iglesias de Cristo. Sea esta nuestra oración, pues andamos bien necesitados de volver y vivir en la unidad.

El Señor dijo a la samaritana: "se acerca la hora, ya está aquí en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad". El cosmos y yo mismo, morada de Dios. En leguaje religioso, para nosotros el cosmos es morada del Dios creador, pues lo hizo y lo mantiene en su ser, siempre moviéndose, transformándose, agrandándose. Las religiones todas, de una u otra forma, confiesan esa verdad: el cosmos o es un ser divino o es obra de la mano del Ser Divino. En ese supuesto, bien podemos decir que el cosmos es "sagrado'. Pero en todas las religiones, en todas las culturas que hablan de lo divino y lo humano, de la tierra y el cielo, de Dios (o dioses) y de las criaturas, hay lugares, gestos, acontecimientos, celebraciones, ámbitos, en que lo sagrado se hace más patente. En ellos, la presencia de lo divino parece como que se palpa, y allí es donde se favorece un encuentro de conciencia que adquiere mayor relieve y profundidad. Así sucede en las cumbres de los montes, en los ríos sagrados, en los árboles de la vida, en las aras de inmolación de ofrendas y víctimas, en momentos del nacimiento de un niño a la vida y de su muerte-- ¿No tenemos cada uno un lugar, momento o ámbito en que nos hallamos y hablamos mejor con Dios?

En esta fiesta universal de la Iglesia, recordamos que aunque Dios no puede ser contenido entre las paredes de ningún edificio del mundo, desde muy antiguo el ser humano ha sentido la necesidad de reservar espacios que favorezcan el encuentro personal y comunitario con Dios. Al principio del cristianismo, los lugares de encuentro con Dios eran las casas particulares, en las que se reunían las comunidades para la oración y la fracción del pan. La comunidad reunida era —como también hoy es— el templo santo de Dios. Con el paso del tiempo, las comunidades fueron construyendo edificios dedicados a las reuniones litúrgicas, la predicación de la Palabra y la oración. Y así es como en el cristianismo, con el paso de la persecución a la libertad religiosa en el Imperio Romano, aparecieron las grandes basílicas, entre ellas San Juan de Letrán, la catedral de Roma. San Juan de Letrán es el símbolo de la unidad de todas las Iglesias del mundo con la Iglesia de Roma, y por eso esta basílica ostenta el título de Iglesia principal y madre de todas las Iglesias. Su importancia es superior a la de la misma Basílica de San Pedro del Vaticano, pues en realidad ésta no es una catedral, sino un santuario edificado sobre la tumba de San Pedro y el lugar de residencia actual del Papa, que, como Obispo de Roma, tiene en la Basílica Lateranense su catedral. Pero no podemos perder de vista que el verdadero lugar de encuentro del hombre con Dios, el auténtico templo, es Jesucristo. Por eso, Él tiene plena autoridad para purificar la casa de su Padre y pronunciar estas palabras: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2,19). Gracias a la entrega de su vida por nosotros, Jesucristo ha hecho de los creyentes un templo vivo de Dios. Por esta razón, el mensaje cristiano nos recuerda que toda persona humana es sagrada, está habitada por Dios, y no podemos profanarla usándola como un medio (Joaquim Meseguer i García).

Jesús hablaba del templo de su cuerpo. Él resucitará al tercer día, después de haber cargado sobre sí la miseria de la humanidad para clavar en la cruz el documento que nos condenaba. Así Él llevó a efecto la purificación de todos nosotros, llamados a convertirnos en una digna morada para Él. Nosotros somos el templo de su cuerpo. Él habita en nosotros, y no podemos convertir nuestra vida en una cueva da maldad, de desórdenes, de infidelidades, de injusticias, de traficantes humanos o de drogas, etc. Cuando nosotros le abramos el corazón a Cristo no será sólo para que nos le acerquemos y le demos culto, sino para que Él nos purifique de todo aquello que ha deteriorado nuestras relaciones con Dios o con el prójimo. Por eso cada uno de nosotros está llamado a hacer muchas renuncias; incluso a morir a nosotros mismos para poder vivir con autenticidad nuestro ser de hijos de Dios, guiados ya no por nuestros caprichos, o por nuestra concupiscencia, sino por el Espíritu de Dios, siempre haciendo el bien a todos, pues de la abundancia de nuestro corazón hablará nuestra boca, y nuestras obras manifestarán si en verdad Dios habita o no en nosotros.

El Señor nos reúne en este día de la fiesta de la dedicación del Templo Madre, la Basílica de San Juan de Letrán, Catedral del Papa. Celebremos el Sacrificio Eucarístico, agradable a nuestro Dios y Padre. Y no sólo nos concretemos a una acción litúrgica, pues el Señor nos pide un auténtico compromiso en la construcción de su Reino entre nosotros. La vida de Dios habita en la Iglesia; en todos y en cada uno de los diversos miembros que conformamos el Cuerpo, del que Cristo es Cabeza, participando de un mismo Espíritu. Por eso el Señor nos quiere santos en su presencia, pues no podemos continuar siendo guiados por mundanos criterios, ni dominados por nuestra concupiscencia. Quien se ha hecho uno con Cristo debe manifestar ante el mundo entero la vida nueva con la que ha sido agraciado en Cristo Jesús. Vivamos conforme a la Palabra de Dios. Vivamos conforme a la Comunión de Vida con Cristo, cuyo culmen en esta vida es la Eucaristía, que nos compromete a vivir entregados a favor de nuestro prójimo para que también ellos lleguen a ser una digna morada del Espíritu. Vivamos conforme a la comunión fraterna cuyos lazos quedan fortalecidos durante nuestra Eucaristía, pues quienes participamos de una misma Palabra, de un mismo Pan y de un mismo Espíritu no podemos vivir divididos por enemistades o discordias.

Edifiquemos el Reino de Dios. Somos nosotros mismos los que, como piedras vivas, se van adhiriendo a la construcción del Templo Santo de Dios. Que sea el Espíritu de Dios el que nos una con la fuerza poderosa de su amor. Ya Jesús decía en su Evangelio: "Padre, que todos sean uno, para que el mundo crea." En un mundo en que se han generado muchas tensiones y divisiones, la Iglesia debe ser un signo de paz, de reconciliación, de unión fraterna. No podemos anunciar a Cristo con lealtad mientras nosotros mismos vivamos mordiéndonos unos a otros. Es fácil decir que creemos en Cristo. Sin embargo la fe en Él se manifiesta a través del amor que nos tengamos unos a otros, pues no posee a Cristo aquel que vive dividido o en discordias con su prójimo. Por eso le hemos de pedir a Dios que nos purifique de todo odio y división y que infunda en nosotros su Espíritu Santo para que en verdad formemos un sólo cuerpo con un sólo espíritu y un sólo corazón. Que esa unidad la vivamos en plena comunión con el sucesor de Pedro y de los demás apóstoles, pues una Iglesia que no viva fiel a su Cabeza no podrá ser signo de unidad ni de salvación para el mundo.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de dejarnos llenar del Espíritu Santo para que, guiados por Él, seamos una digna morada de Dios, pudiendo manifestarnos ante todos como el signo de salvación que Dios ha puesto en el mundo para que, por medio de Él, todos puedan llegar a su plena unión con Dios. Amén (Homiliacatolica.com).

"El templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros." (1Cor 3,17): "Muchas veces hemos oído decir que Moisés, después de haber sacado a Israel de Egipto, construyó en el desierto un tabernáculo, una tienda del santuario, gracias a los dones de los hijos de Jacob. Démonos cuenta de que el apóstol Pablo dice que todo esto fue un símbolo. (cf 1Cor 3,17)

Vosotros, hermanos, sois ahora el templo, el tabernáculo de Dios, como lo explica el apóstol: "El templo de Dios sois vosotros." Templo donde Dios reinará eternamente, sois su tienda porque él os acompaña en el camino. Tiene sed en vosotros, tiene hambre en vosotros (Mt 25,35) Esta tienda, hermanos, sois vosotros mismos en el desierto de esta vida, hasta que lleguéis a la tierra prometida. Entonces tendrá lugar la verdadera dedicación, e ntonces será edificada la auténtica Jerusalén, no ya bajo la forma de una tienda sino de una ciudad.

Pero ya ahora, si somos verdaderos hijos de Israel según el Espíritu, si hemos salido de Egipto en espíritu, ofrezcamos todos nuestros bienes a la construcción del tabernáculo: "A cada cual se le concede la manifestación del Espíritu para el bien de todos..." (cf 1Cor 12,4ss) ¡Que todo sea común para todos! ¡Que nadie considere como bien propio el carisma que haya recibido de Dios! ¡Que nadie tenga envidia de un carisma otorgado a otro hermano, sino que esté convencido de que el suyo sirve para bien de todos y no dude que el bien de su hermano es también su propio bien. Dios actúa de manera que cada uno necesite al otro. Lo que uno no tiene, lo puede encontrar en el hermano. Así se guarda la humildad, la caridad aumentará y la unidad será manifestada en el Cuerpo del Cristo total" (Elredo de Rielvaux: 1110-1167).

Sábado de la 30ª semana. Si la reprobación de los judíos es reconciliación del mundo, ¿qué será su reintegración sino un volver de la muerte a la vida? Dios quiere que todos se salven. Esta es la exaltación buena, y no la pretensión de ser más que lo

 

 

Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11,1-2a.11-12.25-29. Hermanos: ¿Habrá Dios desechado a su pueblo? De ningún modo. También yo soy israelita, descendiente de Abrahán, de la tribu de Benjamín. Dios no ha desechado al pueblo que él eligió. Pregunto ahora: ¿Han caído para no levantarse? Por supuesto que no. Por haber caído ellos, la salvación ha pasado a los gentiles, para dar envidia a Israel. Por otra parte, si su caída es riqueza para el mundo, es decir, si su devaluación es la riqueza de los gentiles, ¿qué será cuando alcancen su pleno valor? Hay aquí una profunda verdad, hermanos, y, para evitar pretensiones entre vosotros, no quiero que la ignoréis: el endurecimiento de una parte de Israel durará hasta que entren todos los pueblos; entonces todo Israel se salvará, según el texto de la Escritura: «Llegará de Sión el Libertador, para alejar los crímenes de Jacob; así será la alianza que haré con ellos cuando perdone sus pecados.» Considerando el Evangelio, son enemigos, y ha sido para vuestro bien; pero considerando la elección, Dios los ama en atención a los patriarcas, pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables.

 

Salmo 93,12-13a.14-15.17-18. R. El Señor no rechaza a su pueblo.

Dichoso el hombre a quien tú educas, al que enseñas tu ley, dándole descanso tras los años duros.

Porque el Señor no rechaza a su pueblo, ni abandona su heredad: el justo obtendrá su derecho, y un porvenir los rectos de corazón.

Si el Señor no me hubiera auxiliado, ya estaría yo habitando en el silencio. Cuando me parece que voy a tropezar, tu misericordia, Señor, me sostiene.

 

Evangelio según san Lucas 14,1.7-11. Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola: -«Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: "Cédele el puesto a éste." Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: "Amigo, sube más arriba." Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

 

Comentario: 1.- Rm 11,1-2a.11-12.25-29. Sigue la reflexión de Pablo sobre la suerte de su pueblo y la pena que le da su obstinación contra Cristo. "¿Habrá Dios desechado a su pueblo? Ni hablar". Pablo está convencido de que Dios sigue siendo fiel a sus promesas: pues "los dones y la llamada de Dios son irrevocables". Dos consideraciones suyas pueden llegar a sorprendernos. Afirma que, aunque parezca que el rechazo de Cristo es definitivo, llegará al fin la conversión de Israel: "entonces todo Israel se salvará". Además, la caída de Israel puede considerarse providencial para los otros pueblos: "por haber caído ellos, la salvación ha pasado a los gentiles". Recordemos que, según el libro de los Hechos, tuvieron que salir de Jerusalén y de Judea, y ésa fue la ocasión para que anunciaran a los otros pueblos la Buena Noticia de Jesús.

En el Concilio Vaticano II hubo una Declaración, titulada Nostra aetate, en la que se habla de la postura de la Iglesia con las religiones no cristianas. En su número 4 habla del pueblo judío. Son dos páginas que haríamos bien en leer hoy, para ambientar el lamento de Pablo (cita expresamente estos capítulos de la carta a los Romanos) y a la vez resituar nuestra postura respecto al pueblo judío, al que tanto le debemos en el terreno de la fe. Les respetamos de corazón y, siguiendo el ejemplo de Pablo, no perdemos la esperanza de que un día acabarán aceptando a Jesús. Tenemos fe en la fidelidad de Dios con su pueblo, el pueblo en el que nació Jesús de María, la Hija de Sión. Con el salmo decimos: "El Señor no rechaza a su pueblo ni abandona su heredad". Además, nos aplicamos nosotros mismos la lección. Porque los que han sido más privilegiados pueden llegar a desaprovechar las gracias de Dios. Por una parte nos duele el que en torno nuestro parezca perderse la fe, y vemos alejarse a la juventud, y que las vocaciones escasean, y que la vieja Europa no da tantas muestras de vitalidad como otros pueblos más jóvenes. Y, por otra parte, podemos reflexionar sobre nuestra propia persona y preguntarnos si no podría aplicarse a nosotros, en alguna medida, el lamento de Pablo sobre la ceguera de su pueblo ante tanta luz. ¿Somos higueras que dan el fruto que el amo espera?, ¿semilla que da el ciento por ciento?, ¿siervos que sacan rendimiento a los talentos que han recibido?, ¿o sólo pensamos en Israel a la hora de señalar con el dedo la ingratitud y la inoperancia con los dones de Dios?

-Hermanos, os pregunto: ¿Habría Dios rechazado a su pueblo? No, de ningún modo. Yo mismo soy prueba de ello: también soy uno de Israel. Pablo subraya aquí que no fue Dios quien tomó la iniciativa de la ruptura. No deja de ser fiel a su esposa infiel. Dios ama a aquellos que no le aman. Dios no rechaza a nadie. Y Pablo, tomando de nuevo la tesis de los profetas según la cual sólo un «pequeño resto» subsistiría, hace notar que hay un grupito de judíos, como él, por ejemplo, que son los testigos de ese amor. Conservar las solidaridades. No quedarse aparte, resguardado, como aquellos que huyen del peligro. Al contrario, considerarse como responsable de todos aquellos que son solidarios con él: no soy un salvado "para mí", sino «para todos». Pablo-creyente es ya una parte del pueblo de Israel... ¡creyente! Pablo-salvado es ya una porción, algo del pueblo de Israel... ¡salvado!

-¿Ha caído Israel para no levantarse?... si por haber caído ellos la salvación ha pasado a los paganos, su caída ha supuesto riqueza para el mundo. Es preciso comprender bien este sorprendente argumento. Pablo alude al «hecho histórico» muy conocido: el rechazo de los judíos ayudó a Pablo a no encerrarse en el mundo judío e ir a los paganos. Expulsado de la Sinagoga y de la comunidad judía, se halló casi obligado a dirigirse a los paganos (Hch 23,44-52; 17,1-9; 11,19-26).

-No quiero dejaros en la ignorancia de este misterio: el endurecimiento de los judíos durará hasta la entrada del conjunto de los paganos. Visión histórica audaz. Así el rechazo de la Fe, de los judíos, lejos de contradecir el prodigioso amor salvador de Dios por todos los hombres -tesis de la Epístola de los Romanos- no es sino una ilustración temporal y brillante de ese amor universal. A través de este misterio quisiera comprender mejor el misterio de la "incredulidad" HOY. ¡Muchos son los que "rechazan" HOY a Dios o viven «como si no existiera»! Quiero creer que Tú sigues amándolos, Señor, y que quieres también salvarlos a todos. Tu proyecto es ¡«la entrada del conjunto de los paganos»! en la salvación.

-Es así que todo Israel será salvo. En cuanto al Evangelio, son enemigos para vuestro bien. Pero en cuanto a la elección de Dios, son amados en atención a sus padres... ¡Los dones y la vocación de Dios son irrevocables! También los judíos un día serán creyentes. El Señor vendrá. Pero retrasa su venida para dar a todos ¡un «plazo» de conversión! Así, todo contribuye al proyecto de Dios. La incredulidad de los judíos es la prueba dramática del fracaso del hombre que quiere salvarse por sí mismo. Como tal, esta «incredulidad» tiene un aspecto positivo, pone en evidencia que nos salvamos «por pura misericordia»: mas entonces los judíos pueden también beneficiarse, y se beneficiarán de ello. Los dones de Dios son "IRREVOCABLES". Pueblo nacido de una iniciativa del amor de Dios, Israel está siempre acosado por este amor, incluso en su rechazo: continúa viviendo de la fidelidad a la Palabra de Dios... Los judíos de HOY leen la misma Biblia que nosotros. Ojalá el cristiano pueda preparar su retorno definitivo y su propia plenitud, edificando una Iglesia que "sólo busque su fuerzas en la iniciativa de Dios y su pura misericordia. Sí, ¡los "enemigos de Dios" son los "muy amados" de Dios! Ruego por todos aquellos que se creen o que se dicen "enemigos de Dios" (Noel Quesson).

En este tercer capítulo sobre el tema, Pablo insiste en la exageración de los que dicen que el pueblo judío no ha aceptado a Cristo. «También yo soy israelita», afirma, y tras este «yo» está toda la plana mayor de la Iglesia y una parte considerable de sus fieles. Dios puede sacar de las piedras hijos de Abrahán. Si en tiempos de Elías, mientras la masa del pueblo claudicaba ante las persecuciones, Dios se reservó siete mil fieles que representasen la continuidad de la elección, también en el momento presente ha suscitado Dios millares de conversiones entre los judíos. Porque si la elección es obra de Dios no fruto de las obras humanas, también la continuidad de la elección es obra de Dios. Entonces, ¿habría podido Dios llevar a Cristo toda la masa del pueblo, lo mismo que ha llevado a una pequeña parte de él? Pablo respondería que sí, que es Dios quien no ha querido sacarlos de las tinieblas en que, como ha dicho antes, se encontraban. Y ¿por qué no lo ha hecho? Por una parte, para darles celos: para que, viendo las piedras convertidas en hijos de Abrahán, comprendieran que sólo Dios puede asegurar al hombre la continuidad en el camino de la salvación. Por otra, para facilitar el contacto directo a los pueblos no judíos: para que la montaña de la legalidad judía no se interpusiese como una barrera entre Dios y los pueblos paganos. De todas formas, añade Pablo, si la pérdida de los judíos ha sido una riqueza para los paganos, su retorno lo será todavía más, porque en la tradición multisecular del pueblo judío hay una experiencia de Dios que los cristianos necesitaremos siempre.

La realidad concreta de veinte siglos de historia en que el pueblo judío no ha llegado a la meta de la ley, que es Cristo, hace todavía más urgente la exhortación de Pablo a no creernos demasiado inteligentes, a comprender que los designios de Dios están por encima de nuestra interpretación y de nuestros cálculos. De todas maneras hay una promesa divina (eso quiere decir la palabra «misterio» o "designio" con que empieza el fragmento) de que esa llegada se producirá por caminos que sólo Dios conoce. Más siglos duró la miseria espiritual de los pueblos paganos. En otro tiempo, los demás pueblos desconocían a Dios, mientras Israel era el pueblo escogido. Ahora, en cambio, Dios ha tenido compasión de los otros pueblos, mientras Israel, por no reconocer esa misericordia, se ha vuelto infiel. Así, todos habrán pasado por la desobediencia y al final todos aprenderán qué significa ser salvado por misericordia. En medio de su infidelidad (parcial y temporal, como se nos repite varias veces), los judíos merecen ser amados a causa de las promesas de Dios: porque la elección del pueblo -como todos los dones de Dios- tiene algo de irrevocable. Eso es tan cierto que, mientras la masa de Israel no haya entrado en la Iglesia, no se podrá decir que se han cumplido las profecías mesiánicas. En diversas profecías se dice que el Salvador vendrá a expiar los pecados de Israel y a restablecer un pacto con quienes lo habían roto. Ni unos ni otros tenían suficientemente claro que nosotros no hemos dado a Dios nada que nos permita exigirle alguno de sus dones. Sólo el retorno constante a la idea de la gracia y de nuestra necesidad de salvación puede ser fuente de verdadera renovación para la humanidad  (J. Sánchez Bosch).

 

2. Contrasta el salmo con el anterior y con los que le siguen, pues trata de la triste realidad que nos presenta el mundo de hoy, lejos de la victoria total del bien en la era escatológica. Dos cosas presenta aquí el salmista: I. Convicción y terror para los perseguidores del pueblo de Dios (vv. 1-11), mostrándoles el peligro al que se exponen y la insensatez que muestran. II. Consuelo y paz para los perseguidos (vv. 12-23), asegurándoles, con base en la promesa de Dios y en la propia experiencia del salmista, que sus aflicciones tendrán un final feliz: que es la parte que nos interesa.

El salmista profiere ahora palabras de consuelo a los santos que sufren. Lo hace basado en las promesas de Dios y en su propia experiencia.

=Basado en las promesas de Dios, las cuales no sólo les preservan de la calamidad, sino que les aseguran la verdadera dicha (v. 12): «Dichoso el hombre a quien tú, Yahvé, corriges.» Aquí el salmista eleva la mirada por encima de los instrumentos de aflicción, y se fija en las manos de Dios, con lo que el castigo cambia de color. Los enemigos quebrantan al pueblo de Dios (v. 5); pero Dios, mediante ese quebranto, corrige a su pueblo, como un padre al hijo en quien tiene su deleite; los perseguidores son sólo la vara con que los corrige. Aquí se promete: (A) Que el pueblo de Dios obtendrá bienes de sus sufrimientos. Cuando Dios les castiga, les enseña (v. 12b), y dichoso es el hombre que recibe esta disciplina divina, pues nadie enseña como Dios. Cuando somos castigados, hemos de orar ser instruidos, y ver en la ley de Dios el mejor expositor de su Providencia. No es el castigo mismo el que hace bien, sino la enseñanza que le acompaña y explica. (B) Que el pueblo de Dios obtendrá paz de sus sufrimientos (v. 13): «Para hacerle descansar (no física, sino mentalmente, comp. Is. 7:4) en los días de aflicción». Dice Cohén: «El hombre que ha aceptado la instrucción de Dios no perderá ánimos ni fe en los días de prueba, porque está convencido de que llegará el día de dar cuentas.» (C) Que verán la ruina de los que eran instrumentos de sus padecimientos (v.13b). (D) Que, aunque se hallen abatidos, no quedarán abandonados (v. 14). Les pase lo que les pase. Dios no los desechará, no los borrará de su pacto ni les retirará su protección. El Apóstol Pablo se consolaba grandemente con esto (Ro. 11:1). (E) Que, por mal que marchen ahora las cosas, se han de arreglar un día (v. 15): «El juicio será vuelto a la justicia», es decir, los tribunales de justicia volverán a dictar sentencia de forma justa y equitativa, y abundarán los rectos de corazón que busquen la justicia. Todo esto será obra de Dios a favor del pueblo, para que Israel recobre su prosperidad. Esta misma esperanza nos ha de consolar cuando parezca que las cosas marchan mal en contra nuestra.

=Basado en sus experiencias y observaciones personales. (A) Él y sus amigos habían estado oprimidos por crueles tiranos, que disponían del poder necesario para abusar de los buenos ciudadanos. Eran malignos y hacedores de iniquidad (v. 16). Se entregaban a toda clase de impiedad e inmoralidad, de forma que su tribunal era inicuo (v. 20). La iniquidad es suficientemente atrevida aun en el caso de que las leyes humanas la persigan, pues raras veces resultan efectivas, pero ¡cuánto mas insolente y dañina es cuando está respaldada por la ley! Estos obradores de iniquidad condenaban la sangre inocente (v. 21b) haciendo agravio bajo forma de ley (v. 20b), lo mismo que hicieron contra Daniel (Dan. 6:7) para echarle al foso de los leones. Así han sido tratados con frecuencia los mayores bienhechores de la humanidad, bajo capa de ley y justicia, como si fueran los peores malhechores. (B) La opresión que sufría pesaba gravemente sobre ellos. El salmista se veía a sí mismo, si no fuese por la ayuda de Dios, morando en el silencio de la tumba (v. 17, comp. con 115,17); estaba «en las últimas», sin saber qué decir ni hacer. El Apóstol había recibido, en un caso similar, dentro de sí respuesta (lit.) de muerte (2 Co. 1,8, 9). El salmista decía : «Mi pie resbala» (v. 18, comp. con 38,16; 73,2). Una multitud de pensamientos contradictorios le dejaban perplejo, sin saber en qué iba a parar aquello ni qué medidas tomar. (C) En su apuro, buscó ayuda, socorro y alivio (v. 16): «¿Quién se levantará por mí contra los malignos? ¿Tengo algún amigo que se preste, por amor, a socorrerme?» Miraba en derredor y no veía a ninguno. Cuando Pablo fue llevado ante el tribunal de Nerón, ninguno estuvo a su lado (2 Ti. 4:16). Le gritaban al Señor (v. 20): «¿Se aliará contigo el tribunal inicuo?» Como diciendo: «¿Es posible que estos inicuos puedan resguardarse bajo el pretexto de que administran la justicia en nombre de Yahweh?» Sólo cuando está a favor de la equidad y de la justicia puede decirse que un tribunal es aliado de Dios. El tribunal inicuo no puede en modo alguno tener comunión con Dios. (D) Hallaron socorro y alivio en Dios, y sólo en Él. Por eso, habla el salmista de la ayuda de Yahweh (v. 17), cuando se pone en Él la confianza y se espera de Él el alivio. « Si no fuera por eso, dice, nunca habría podido conservar el dominio de mí mismo; pero viviendo por fe en Él, he podido conservar la cabeza por encima del agua.» El socorro que recibimos se lo debemos no sólo al poder de Dios, sino a su misericordia (vv. 18,19): «Tu misericordia, Yahweh, me sustenta. Tus consolaciones alegran mi alma, cuando son muchas las preocupaciones dentro de mí. Cuando se agolpan en mi mente los pensamientos inquietantes, sólo el consuelo que tú me ofreces sirve para aquietar mi mente y dar paz a mi alma.» Las consolaciones de Dios llegan hasta el alma, no sólo hasta la imaginación, y le dan la paz y el gozo que no pueden darle las sonrisas del mundo, ni pueden quitarle los enfados del mundo. (E) Dios es, y siempre será, Justo Juez, protector del derecho y castigador del mal; de esto tenía el salmista la seguridad y la experiencia (v. 22): «Cuando nadie quiera, o no pueda, o no se atreva a defenderme, Yahweh es mi baluarte, para preservarme de la maldad de mis apuros, para no hundirme bajo su peso ni ser arruinado por ellos; y es la roca de mi refugio, en cuyas hendiduras puedo cobijarme y encima de la cual puedo asentar mis pies para estar fuera del alcance de todo peligro.»

 

3.- Lc 14,1.7-11. Invitado a comer en casa de un fariseo, Jesús aprovecha para darles una lección plástica de humildad. No sabíamos decir si se trata de una parábola, o sencillamente, de un hecho observado en la vida. Lo de buscar los primeros puestos era, se ve, un defecto característico de los fariseos. Hace pocos días leíamos cómo Jesús se lo echaba en cara: "Ay de vosotros, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas" (Lc 11,43). Hoy les invita a elegir los lugares más humildes. La lección se resume al final: "porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido".

No hace falta que seamos fariseos para merecer la reprimenda de Jesús. Porque a todos nos gusta aparecer y ser vistos y alabados por la gente. Eso no pasa sólo en los actos políticos y sociales, en que se sigue un riguroso orden protocolario, sino también en nuestra vida de cada día, en que cada uno intenta deslumbrar a los otros mostrando un nivel de vida y unas cualidades, que a veces son nada más apariencia, pero que provocan la admiración y la envidia. Jesús nos ha enseñado una y otra vez que su estilo y, por tanto, el de sus discípulos, debe ser el contrario: la humildad y la sencillez de corazón. Aunque eso de ser humildes no esté de moda en el mundo de hoy. A los seguidores de Jesús no les tendría que importar ocupar los últimos lugares. Y no como un truco, para que luego nos inviten a subir, sino con sinceridad, por imitación del Maestro, que no vino a ser servido sino a servir. ¿O somos como los apóstoles, que no acababan de entender la lección de humildad, y discutían sobre quién iba a ocupar los puestos de honor?, ¿no tendríamos que moderar nuestro afán de protagonismo y de aparecer? Si fuéramos humildes, seríamos más felices: nos llevaríamos menos disgustos. Seríamos más aceptados por los demás: a los vanidosos nadie les quiere. Y más agradables a los ojos de Dios: él prefiere a los humildes. Un ejemplo muy cercano lo tenemos en la Virgen Marta, la madre de Jesús. Humilde y discreta, ella pudo decir, resumiendo también el estilo de Dios en la historia: "enaltece a los humildes y a los ricos los despide vacíos". Y, hablando de sí misma, "ha mirado la pequeñez de su sierva" (J. Aldazábal).

-Durante la comida en casa de uno de los jefes de los fariseos, Jesús, notando que los invitados elegían los primeros puestos... El mundo judío -por ejemplo, las "reglas de la Comunidad de Qumram- tenía gran preocupación por seguir el orden jerárquico. En un banquete, antes de sentarse, cada invitado elegía "su" puesto según su rango, según la idea que él tenía de su propia dignidad, en comparación a los demás invitados. Y esto estaba codificado por las escuelas de Doctores de la Ley. Se aconsejaba un poco de prudencia elemental, por ejemplo: "Sitúate dos o tres puestos más allá del que te convendría". Sinceramente, ¿podría decirse que la preocupación de "mantener su rango" es algo del pasado? Hoy tenemos muchos signos distintivos que permiten realzar la posición social de cada uno: un cierto estilo o clase en el vestir... una marca de automovil...

-Jesús les propuso esta parábola: "Cuando alguien te convide a una boda no ocupes el puesto principal... Jesús no entra aquí en los problemas de las conveniencias mundanas, no es su objeto... repite lo que ya dijo otras muchas veces... ¡sed humildes!, ¡disponeos a ser el servidor de los demás!, ¡ocupad el ultimo puesto!, ¡los pequeños son los más grandes!, si no os hacéis pequeños, ¡no entraréis en el Reino de Dios! No, nadie puede revindicar la entrada a las Bodas eternas como algo que le es debido, en virtud de su propia justicia.

-Al revés, cuando te conviden, vete derecho al último puesto. Durante la última Cena, sabemos que hubo una discusión entre los Doce sobre sus jerarquías y sus prelaciones. "Llegaron a querellarse sobre quién parecía ser el mayor. Jesús les dijo: Los reyes de las naciones gobiernan como señores... Pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros, ocupe el puesto del más joven, y el que manda, el puesto del que sirve... Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve" (Lc 22,24-27) Al relatar esa escena, Lucas pensaba en las "asambleas eucarísticas, donde, en su tiempo -¿y en el nuestro?- surgían dificultades entre clases sociales. Santiago (2,14) y san Pablo (1 Cor 11,20) se encontraban con esos mismos problemas en sus comunidades. "Si en vuestra reunión entra un personaje con sortijas de oro, magníficamente vestido y entra también un pobretón con traje mugriento; si atendéis al primero en detrimento del pobre, ¿no hacéis una discriminación?" Hoy, hay muchas maneras de creerse superior, de excluir a un tal o a un cual, de hacer discriminaciones. Señor, haznos acogedores los unos hacia los otros. Que todos los participantes a nuestras asambleas dominicales se sientan cómodos. Que las celebraciones eucarísticas no pasen a ser pequeños clubs cerrados en los que "las personas, allí reunidas, se sientan bien", porque se ha comenzado por excluir a "los que no piensan como nosotros".

-El que se encumbre, lo abajarán, y al que se abaja lo encumbrarán. Es la condena de cualquier suficiencia. Dios cerrará su Reino, a los que están persuadidos de su propia justicia. Ser humilde. Hacerse pequeño. Juzgarse indigno... No juzgar indignos a los demás. La parábola del Fariseo y del Publicano se terminará con la misma fórmula (Lc 18,14): "Todo el que se encumbra lo abajarán, y al que se abaja, lo encumbrarán." Señor, ayúdame; quiero combatir todas mis formas de orgullo. Quiero conocer mis miserias, para que no me estime superior a los demás. Ayúdame a encontrarme feliz en el "último puesto". como Tú, Señor: "Jesús, de tal manera tomó para sí el último puesto, que nadie se lo ha podido quitar" (Noel Quesson; textos tomados de mercaba.org; Llucià Pou Sabaté, 2009).

 

Viernes de la 30ª semana de Tiempo Ordinario.Quisiera ser un proscrito por el bien de más hermanos”: Pablo está dispuesto a todo para salvar a todos. Jesús nos enseña a “quemarnos” por caridad, pues Él lo ha dado todo por nosotros: no poner la reputa

 

 

Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 9,1-5. Hermanos: Digo la verdad en Cristo; mi conciencia, iluminada por el Espíritu Santo, me asegura que no miento. Siento una gran pena y un dolor incesante en mi corazón, pues por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne, quisiera incluso ser un proscrito lejos de Cristo. Ellos descienden de Israel, fueron adoptados como hijos, tienen la presencia de Dios, la alianza, la ley, el culto y las promesas. Suyos son los patriarcas, de quienes, según la carne, nació el Mesías, el que está por encima de todo: Dios bendito por los siglos. Amén.

 

Salmo 147,12-13.14-15.19-20. R. Glorifica al Señor, Jerusalén.

Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión: que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti.

Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina. Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz.

Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos.

 

Evangelio según san Lucas 14,1-6. Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Se encontró delante un hombre enfermo de hidropesía y, dirigiéndose a los maestros de la Ley y fariseos, preguntó: -«¿Es lícito curar los sábados, o no?» Ellos se quedaron callados. Jesús, tocando al enfermo, lo curó y lo despidió. Y a ellos les dijo: -«Si a uno de vosotros se le cae al pozo el hijo o el buey, ¿no lo saca en seguida, aunque sea sábado?» Y se quedaron sin respuesta.

 

Comentario: 1.- Rm 9,1-5 (ver domingo 19 A). Después del capítulo octavo, sobre la vida en el Espíritu, Pablo dedica tres, del noveno al undécimo, a manifestar el dolor que siente por la obstinación de su pueblo Israel y a reflexionar sobre su futuro. Él se siente judío y desearía que todos sus "hermanos de raza y sangre", hubieran aceptado a Cristo, como él lo ha hecho. Pero no es así. La mayoría del pueblo elegido se ha quedado fuera de la Iglesia cristiana: "siento una gran pena y un dolor incesante". Reconoce Pablo que Israel tiene valores muy ricos que ha dejado en herencia a la Iglesia: "la presencia de Dios, la alianza, la ley, el culto y las promesas". De ese pueblo ha nacido el Mestas, Jesús. ¿Cómo puede ser que no le hayan aceptado?

Ha sido siempre un interrogante la situación de Israel en relación con la fe. El mismo Jesús lloró sobre Jerusalén, previendo su ruina. Había intentado, como nos dice en el evangelio (lo leíamos ayer), "recoger a sus hijos como la gallina protege bajo sus alas a sus polluelos", y no han querido. Igualmente fracasó la comunidad primera: fueron perseguidos y se tuvieron que dispersar fuera de Palestina. Pablo, allí donde iba, predicaba primero en las sinagogas, a los judíos, los herederos primeros de la promesa, y sólo cuando allí era rechazado pasaba a predicar a los paganos. Nosotros miramos con respeto este misterio de obstinación. Jesús nació en el pueblo judío, de familia judía, descendiente de la casa de David. Sus primeros seguidores -toda la "plana mayor" de la primera comunidad- eran judíos. Creyeron en él bastantes, pero la mayoría le rechazó. Respetamos su sensibilidad y les estamos agradecidos por la herencia que nos han dejado: los salmos, su capacidad de oración, su veneración por la Palabra, los libros inspirados del Antiguo Testamento, sus fiestas, las grandes categorías de la alianza, del memorial o de la asamblea. Pero nos duele, como a Pablo, que el pueblo judío no haya aceptado a Jesús como el Mesías esperado. También experimentamos dolor por la increencia de muchos, en la sociedad de hoy, por la pérdida de la fe y de los valores cristianos. ¡Cuántos padres, religiosos y educadores, están sufriendo por esta situación de frialdad de la fe en Cristo Jesús! ¿Sentimos con la misma fuerza que Pablo este dolor?, ¿no es todavía más triste que los cristianos, que han recibido más bienes y privilegios que los judíos, también se olviden de Dios?, ¿no se puede decir, de nosotros más que de ellos, lo del salmo: "con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos"? Pasamos aquí a un desarrollo completamente nuevo de la gran Carta a los Romanos. Hasta aquí Pablo nos ha demostrado: - la miseria universal del hombre, la humanidad «separada» de Dios... - la reconciliación universal, la humanidad «animada» por Dios -Fe-... Ahora bien, Pablo sabe, desde lo interior, porque formaba parte de este pueblo, que a esta demostración podría hacerse una objeción mayor: ¡el problema de la incredulidad judía! ¿Cómo explicar que el pueblo, el primer beneficiario de esa revelación maravillosa, haya podido rehusar a Jesucristo, en su conjunto? Esto es lo que abordará ahora en los capítulos 9, 10 y 11 de su carta.

-Afirmo la verdad en Cristo. No miento. Mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo. Nos damos cuenta de que abordar este asunto le desgarra el corazón. Y lo hace sólo por fidelidad a la «inspiración interior». Lo que nos ha predicado es el primero en vivirlo. Habla «en Cristo» y «en el Espíritu». Las palabras que salen de la boca de Pablo, las verdades que trata de desarrollar no son suyas, son «las de Cristo». Aludan, Señor, a referirme siempre a ti.

-Siento una gran tristeza y un dolor incesante en el corazón. ¡Desearía incluso ser anatema, separado de Cristo por los judíos, mis hermanos de raza! Pablo sufre. No con un dolor personal, sino por la salvación del mundo. ¡Pablo obsesionado por la salvación de sus hermanos! ¡Un auténtico misionero! ¡Viendo que sus hermanos de raza, los judíos, rehúsan la fe, llega hasta a desear su condena personal si esto puede salvarlos! Dicho de otro modo, está presto a renunciar a su eterna felicidad si esto pudiera asegurar la de ellos. ¡No debemos dejar pasar a la ligera tales declaraciones! Se ha reprochado a menudo a los cristianos ser «interesados» -portarse bien en la tierra para obtener el cielo en recompensa-: esto es una caricatura del cristianismo. De hecho el verdadero amor es desinteresado. Leyendo estas palabras apasionadas, no olvidemos que Pablo era perseguido por aquellos de quienes habla: la Sinagoga lo consideraba un renegado, un apóstata... Concédeme, Señor, que mi oración sea también por los que no me aman. Dame el ansia de la salvación de mis hermanos. Hazme misionero.

-Son, en efecto, los hijos de Israel, de los cuales es la adopción filial, la gloria, las alianzas, la Ley, el culto, las promesas de Dios y los patriarcas, de los cuales también procede Cristo, según la carne. Una letanía de siete privilegios excepcionales. Siete es la cifra de la perfección. Se resume aquí toda una historia. La historia de un amor. Dios y ese pueblo se amaron. ¿Amor decepcionado? ¿Amor fallido? No, dirá Pablo, más aún, esto no es posible. Todo continúa siendo válido. Dios continúa amándolos.

-De ellos procede Cristo, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito eternamente. Esta profesión de amor por los judíos, sus infieles hermanos de raza, termina en una plegaria, una doxología a Cristo. Es el equivalente de una de nuestras fórmulas finales de oración: «por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Dios y Señor». Pablo atribuye pues a Cristo, hombre nacido según la carne, de la raza judía, un título que los judíos reservaban sólo a Dios, como para que resaltase mejor el «rechazo escandaloso» de los judíos. No quisieron reconocerlo como «Dios». Y sin embargo, verdaderamente, ¡Jesucristo es Dios! (Noel Quesson).

Recordamos aquella afirmación de Jesús hecha a la Samaritana: La salvación viene de los judíos. Pues, efectivamente, de ellos procede Cristo según la carne. ¿Tendrá algún caso el que el Padre Dios, cumpliendo las promesas hechas a los antiguos padres, haya enviado a su Hijo para que, encarnado, nos salvara, si al final nadie de su Pueblo lo aceptara? A pesar de su cerrazón, los Israelitas son los primeros en ser llamados a la salvación en Cristo. Y aun cuando no todos aceptaron a Cristo, hubo un pequeño resto fiel que sí lo hizo. Tenemos la esperanza de que algún día todos reconozcan al Salvador, Cristo Jesús. Pablo, muchas veces rechazado por ellos, continuaría toda su vida preocupándose por encaminarlos a Cristo; hoy nos dice que, incluso, estaría dispuesto a ser considerado un anatema de Cristo (Separado de Cristo) si eso ayudara a la salvación de los de su pueblo y raza. Nosotros no podemos conformarnos con vivir nuestra fe de un modo personalista, sino que hemos de esforzarnos constantemente en cumplir con la misión que el Señor nos ha confiado: Hacer que todos los hombres se salven en Cristo; pero ¿Realmente estamos dispuestos a ser condenados con tal de salvar a quienes viven rechazando a Cristo?, ¿Estamos dispuestos a cargar como nuestros sus pecados, y hacer nuestras sus pobrezas y enfermedades? ¿Estamos dispuestos a padecer por Cristo sabiendo que Él está presente en nuestros hermanos? ¿Hasta dónde amamos? ¿Realmente hasta que nos duela? o ¿Sólo anunciamos el nombre de Dios y volvemos a nuestras comodidades y a nuestra vida muelle y poltrona? ¿Cuál es nuestro compromiso de fe?

 

2. Juan Pablo II comentaba: "El Salmo que se acaba de proponer a nuestra meditación constituye la segunda parte del precedente Salmo 146. Las antiguas traducciones griega y latina, seguidas por la Liturgia, lo han considerado, sin embargo, como un canto independiente, pues su inicio lo distingue claramente de la parte anterior. Este inicio se ha hecho famoso en parte por haber sido llevado con frecuencia a la música en latín: «Lauda, Jerusalem, Dominum». Estas palabras iniciales constituyen la típica invitación de los himnos de los salmos a alabar al Señor: Jerusalén, personificación del pueblo, es interpelada para que exalte y glorifique a su Dios (Cf. V 12). Ante todo se menciona el motivo por el que la comunidad orante debe elevar al Señor su alabanza. Es de carácter histórico: ha sido Él, el Liberador de Israel del exilio de Babilonia, quien ha dado seguridad a su pueblo, reforzando «los cerrojos de las puertas» de la ciudad (v 13). Cuando Jerusalén se derrumbó ante el asalto del ejército del rey Nabucodonosor en el año 586 a. c., el libro de las Lamentaciones presentó al mismo Señor como juez del pecado de Israel, mientras «decidió destruir la muralla de la hija de Sión... Él deshizo y rompió sus cerrojos» (Lam 2,8.9). Ahora, el Señor vuelve a construir la ciudad santa; en el templo resurgido vuelve a bendecir a sus hijos. Se menciona así la obra realizada por Nehemías (Cf. Neh 3,1-38), quien restableció los muros de Jerusalén para que volviera a ser oasis de serenidad y paz.

De hecho, la paz, «shalom» es evocada inmediatamente, pues es contenida simbólicamente en el mismo nombre de Jerusalén. El profeta Isaías ya había prometido a la ciudad: «Te pondré como gobernantes la paz, y por gobierno la justicia» (60, 17). Pero, además de reconstruir los muros de la ciudad, de bendecirla y de pacificarla en la seguridad, Dios ofrece a Israel otros dones fundamentales: así lo describe el final del Salmo. Se recuerdan los dones de la Revelación, de la Ley de las prescripciones divinas:

«Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos» (Sal 147,19). De este modo, se celebra la elección de Israel y su misión única entre los pueblos: proclamar al mundo la Palabra de Dios. Es una misión profética y sacerdotal, pues «¿cuál es la gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy?» (Dt 4, 8). A través de Israel y, por tanto, también a través de la comunidad cristiana, es decir, la Iglesia, la Palabra de Dios puede resonar en el mundo y convertirse en norma y luz de vida para todos los pueblos (Cf Sal 147,20).

Hasta este momento hemos descrito el primer motivo de la alabanza que hay que elevar al Señor: es una motivación histórica, ligada a la acción liberadora y reveladora de Dios con su pueblo. Hay, además, otra razón para exultar y alabar: es de carácter cósmico, es decir, ligada a la acción creadora de Dios. La Palabra divina irrumpe para dar vida al ser. Como un mensajero, recorre los espacios inmensos de la tierra (v 15). E inmediatamente hace florecer maravillas. De este modo, llega el invierno, presentado en sus fenómenos atmosféricos con un toque de poesía: la nieve es como lana por su candor, la escarcha recuerda al polvo del desierto (v 16), el granizo se parece a las migajas de pan echadas al suelo, el hielo congela la tierra y bloquea la vegetación (v 17). Es un cuadro invernal que invita a descubrir las maravillas de la creación y que será retomado en una página sumamente pintoresca por otro libro bíblico, el Eclesiástico (43,18-20).

Ahora bien, la acción de la Palabra divina también hace reaparecer la primavera: el hielo se deshace, el viento caluroso sopla y hace discurrir las aguas (v 18), repitiendo así el perenne ciclo de las estaciones y, por tanto, la misma posibilidad de vida para hombres y mujeres. Naturalmente no han faltado lecturas metafóricas de estos dones divinos: La «flor de harina» ha hecho pensar en el don del pan eucarístico. Es más, el gran escritor cristiano del siglo III, Orígenes, vio en esa harina un signo del mismo Cristo, y en particular, de la Sagrada Escritura. Este es su comentario: «Nuestro Señor es el grano de trigo que cae a tierra y se multiplicó por nosotros. Pero este grano de trigo es superlativamente copioso. La Palabra de Dios es superlativamente copiosa, recoge en sí misa todas las delicias. Todo lo que quieres, proviene de la Palabra de Dios, como narran los judíos: cuando comían el maná sentían en su boca el sabor de lo que cada quien deseaba. Lo mismo sucede con la carne de Cristo, palabra de la enseñanza, es decir, la comprensión de las santas Escrituras: cuanto más grande es nuestro deseo, más grande es el alimento que recibimos. Si eres santo, encuentras refrigerio; si eres pecador, tormento».

Por tanto, el señor actúa con su Palabra no sólo en la creación, sino también en la historia. Se revela con el lenguaje mudo de la naturaleza (cf. Sal 18,2-7), pero se expresa de manera explícita a través de la Biblia y a través de su comunicación personal por medio de los profetas y en plenitud por medio del Hijo (Cf. Hebr 1,1-2). Son dos dones de su amor diferentes, pero convergentes. Por este motivo todos los días debe elevarse hacia el cielo nuestra alabanza. Es nuestro gracias, que florece desde la aurora en la oración de Laudes para bendecir al Señor de la vida y de la libertad, de la existencia y de la fe, de la creación y de la redención".

 

"El «Lauda Jerusalem» que acabamos de proclamar es particularmente querido por la liturgia cristiana. Con frecuencia entona el Salmo 147 para referirse a la Palabra de Dios, que «corre veloz» sobre la faz de la tierra, pero también a la Eucaristía, auténtica «flor de harina» donada por Dios para «saciar» el hambre del hombre (Cf. vv 14-15). Orígenes, en una de sus homilías, traducidas y difundidas en Occidente por san Jerónimo, al comentar este Salmo, ponía precisamente en relación la Palabra de Dios con la Eucaristía: «Nosotros leemos las sagradas Escrituras. Yo pienso que el Evangelio es el Cuerpo de Cristo; yo pienso que las sagradas escrituras son sus enseñanzas. Y cuando dice: "Quien no coma de mi carne y beba de mi sangre" (Juan 6, 53), si bien puede referirse también al Misterio [eucarístico]; sin embargo, el cuerpo de Cristo y su sangre es verdaderamente la palabra de la Escritura, y la enseñanza de Dios. Si al recibir el Misterio [eucarístico] dejamos caer una brizna, nos sentimos perdidos. Y al escuchar la Palabra de Dios, cuando nuestros oídos perciben la Palabra de Dios y la carne de Cristo y su sangre, ¿en qué peligro tan grande caeríamos si nos ponemos a pensar en otras cosas? Se abre con un gozoso llamamiento a la alabanza: «Alabad al Señor, que la música es buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa» (Salmo 146, 1).

Si prestamos atención al pasaje que acabamos de escuchar, podemos descubrir tres momentos de alabanza, introducidos por una invitación a la ciudad santa, Jerusalén, a glorificar y alabar a su Señor (v 12). Díos actúa en la historia
En un primer momento (vv 13-14) entra en escena la acción histórica de Dios. Es descrita a través de una serie de símbolos que representan la obra de protección y de apoyo del Señor a la ciudad de Sión y a sus hijos. Ante todo, hace referencia a los «cerrojos» que refuerzan y hacen infranqueables las puertas de Jerusalén. El Salmista se refiere probablemente a Nehemías que fortificó la ciudad santa, reconstruida después de la experiencia amarga del exilio de Babilonia (Cf. Nehemías 3, 3.6.13-15; 4, 1-9; 6, 15-16; 12, 27-43). Entre otras cosas, la puerta es un signo que indica a toda la ciudad en su compacidad y tranquilidad. En su interior, representado como un seno seguro, los hijos de Sión, es decir, los ciudadanos, gozan de paz y serenidad, envueltos en el manto protector de la bendición divina. La imagen de la ciudad gozosa y tranquila es exaltada por el don altísimo y precioso de la paz que hace seguros los confines. Pero precisamente porque para la Biblia la paz-«shalôm» no es un concepto negativo, evocador de la ausencia de la guerra, sino un dato positivo de bienestar y prosperidad, el Salmista habla de saciedad al mencionar la «flor de harina», es decir, el excelente trigo de espigas repletas de granos. El Señor, por tanto, ha reforzado las murallas de Jerusalén (Cf. Salmo 87, 2), ha ofrecido su bendición (Cf. Salmo 128, 5; 134, 3), extendiéndola a todo el país, ha donado la paz (Cf. Salmo 122, 6-8), ha saciado a sus hijos (Cf. Salmo 132, 15).

En la segunda parte del Salmo (Cf. Salmo 147, 15-18), Dios se presenta sobre todo como creador. En dos ocasiones se relaciona la obra creadora con la palabra que había dado origen al ser: «Dijo Dios: "Haya luz"» y hubo luz... «Manda su mensaje a la tierra...» «Manda una orden» (Cf. Génesis 1, 3; Salmo 147, 15.18). Por indicación de la Palabra divina irrumpen y se establecen las dos estaciones fundamentales. Por un lado, la orden del Señor hace descender sobre la tierra el invierno, representado por la nieve blanca como la lana, por la escarcha parecida a la ceniza, por el granizo comparado a las migajas de pan y por el hielo que todo lo bloquea (Cf. versículos 16-17). Por otro lado, otra orden divina hace soplar el viento caliente que trae el verano y que derrite el hielo: las aguas de la lluvia y de los torrentes pueden discurrir libres e irrigar la tierra, fecundándola. La Palabra de Dios está, por tanto, en la raíz del frío y del calor, del ciclo de las estaciones y del flujo de la vida de la naturaleza. Se invita a la humanidad a reconocer y dar gracias al Creador por el don fundamental del universo, que la circunda, y permite respirar, la alimenta y la sostiene. Dios ofrece su Revelación.

Se pasa entonces al tercer y último momento de nuestro himno de alabanza (Cf. vv 19-20). Se vuelve a hacer mención del Señor de la historia con quien se había comenzado. La Palabra divina lleva a Israel un don todavía más elevado y precioso, el de la Ley, la Revelación. Un don específico: «con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos» (v 20). La Biblia es, por tanto, el tesoro del pueblo elegido al que hay que acudir con amor y adhesión fiel. Es lo que dice, en el Deuteronomio, Moisés a los judíos: «Y ¿cuál es la gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy?» (Dt 4, 8).

Así como se constatan dos acciones gloriosas de Dios en la creación y en la historia, así existen también dos revelaciones: una escrita en la naturaleza misma y abierta a todos; la otra ha sido donada al pueblo elegido, que tendrá que testimoniarla y comunicarla a toda la humanidad y que está comprendida en la Sagrada Escritura. Dos revelaciones distintas, pero Dios es único como única es su Palabra. Todo se ha hecho por medio de la Palabra --dirá el prólogo del Evangelio de Juan-- y sin ella nada de lo que existe ha sido hecho. La Palabra, sin embargo, también se hizo «carne», es decir, entró en la historia, y puso su morada entre nosotros (cf. Juan 1,3.14)".

Meditando la historia de las intervenciones de Dios a favor de su Pueblo, podemos decir que en verdad Dios lo ha amado. Muchas veces ofendieron a Dios y se alejaron de Él; pero el Señor, rico en misericordia, siempre ha estado dispuesto a perdonar cuando ve que se retorna a Él con un corazón realmente arrepentido. ¿Qué manifestación más grande de amor podría Dios darle a su Pueblo cuando ha hecho que de Él naciera el Salvador del mundo? En verdad que no ha hecho nada igual con ninguna otra nación, ni le ha confiado a otro sus decretos. En Cristo, Dios, a quienes no pertenecemos al Pueblo de los Israelitas, nos ha llamado para hacernos partícipes de su Vida. Así, las promesas de salvación no sólo se cumplieron para Israel, sino también para nosotros que, como ramas de un olivo silvestre, fuimos injertados en el olivo fértil, pudiendo compartir con él la raíz y la savia del olivo. En verdad que Dios nos ha amado como a ningún otro pueblo. Por eso debemos ser testigos de la vida nueva que hemos recibido en Cristo colaborando, así, para que muchos más alcancen en Él la salvación.

3.- Lc 14,1-6. Otra curación en sábado. El lunes pasado leíamos una que hizo Jesús con la mujer encorvada. Hoy es con un hombre aquejado del mal de la hidropesía, la acumulación de líquido en su cuerpo. Pero no importa tanto el hecho milagroso, que se cuenta con pocos detalles. Lo fundamental es el diálogo de Jesús con sus adversarios sobre el sentido del sábado: una vez más da a entender que la mejor manera de honrar este día santo es practicar la caridad con los necesitados. Y les echa en cara que por interés personal -por ejemplo para ayudar a un animal de su propiedad- sí suelen encontrar motivos para interpretar más benignamente la ley del descanso. Por tanto no pueden acusarle a él si ayuda a un enfermo.

Uno de los 39 trabajos que se prohibían en sábado era el de curar. Pero una reglamentación, por religiosa que pretenda ser, que impida ayudar al que está en necesidad, no puede venir de Dios. Será, como en el caso de aquí, una interpretación exagerada, obra de escuelas rigoristas. ¿Qué excusas ponemos nosotros para no salir de nuestro horario, en ayuda del hermano, y tranquilizar así nuestra conciencia?, ¿el rezo?, ¿el trabajo?, ¿el derecho al descanso? Sí, el domingo es día de culto a Dios, de agradecimiento por sus grandes dones de la creación y de la resurrección de Jesús. Todo lo que hagamos para mejorar la calidad de nuestra Eucaristía dominical y para dar a esa jornada un contenido de oración y de descanso pascual, será poco. Pero hay otros aspectos del domingo que también pertenecen a su celebración en honor del Resucitado: es un día de alegría, todo él -sus veinticuatro horas- vivido pascualmente, sabiendo encontrarnos a nosotros mismos y nuestra paz y armonía interior y exterior, un día de contacto con la naturaleza, por poco que podamos. Y también un día de apertura a los demás: vida de familia y de comunidad -que nos resulta menos posible los días entre semana- y un día de "saber descansar juntos", cultivando valores humanos importantes. Un día de caridad, en que se nos ocurran detalles pequeños de humanidad con los demás: ¿a qué enfermo de hidropesía ayudamos a sanar en domingo?, ¿no hay personas a nuestro lado con depresiones o agobiadas por miedos o complejos, a las que podemos echar una mano y alegrar el ánimo? Jesús iba a la sinagoga, los sábados. Y parece como que además prefiriera ese día precisamente para ayudar a las personas curándolas de sus males. Sus seguidores podríamos conjugar también las dos cosas (J. Aldazábal).

-Un sábado, Jesús fue a comer a casa de uno de los jefes fariseos, y ellos lo estaban observando. No rehúsa las invitaciones de sus adversarios habituales. Porque ha venido a salvar a todos los hombres. La casa de ese jefe de los fariseos es muy significada por un gran respeto y devoción a la Ley: en ella, las tradiciones morales y culturales son respetadas de modo muy estricto. Es un sábado, un día sagrado para el anfitrión de Jesús. Desde su entrada en la casa, Jesús es "observado" acechado, vigilado... se le va a medir con el mismo rasero de la piedad farisea más rigurosa; son personas aferradas a la santificación del sábado y que se imaginan que Dios no puede pensar de manera distinta al parecer de ellos.

-Un hidrópico se encontraba en frente de Jesús. Aparentemente éste no era un "invitado". Quizá estaba mirando al interior desde la ventana. Para los fariseos toda enfermedad era el castigo de un vicio no declarado. Según ellos, ese pobre hombre debió haber llevado una vida inmoral y por esto Dios le habría castigado.

-Jesús tomó la palabra y preguntó a los Doctores de la Ley y a los fariseos: "¿Es lícito curar en sábado, o no?" Ellos se callaron. ¡Qué extraña pregunta! ¿A qué viene ese innovador? Hace ya tiempo que las "Escuelas" han saldado definitivamente todos esos casos. Si Jesús hubiera ido a las Escuelas, sabría que: - Cuando la vida de una persona corre peligro, está permitido socorrerlo... - Cuando el peligro no es mortal agudo, hay que esperar que termine el día sábado para prestarle alguna ayuda. ¿No es esto lógico? ¿Por qué no contentarse con la "tradición de los antiguos"? ¿Por qué suscitar nuevas cuestiones? Los fariseos callan. No quieren discutir. Ellos poseen la verdad. No es cuestión de modificar en nada sus costumbres. Jesús no puede hablar ni actuar en nombre de Dios, puesto que no se conforma a "su" enseñanza... a la enseñanza tradicional.

-Jesús tomó al enfermo de la mano, lo curó y lo despidió. Y a ellos les dijo: "Si a uno de vosotros se le cae al pozo su hijo o su buey ¿no lo saca en seguida aunque sea sábado?" ¡Perdón, caballero! Este caso está también previsto por la casuística, parecéis ignorarlo... Si un animal cae en una cisterna los legistas permitían que se le alimentara para que no muriera antes del día siguiente... y de otra parte, estaba permitido echarle unas mantas y almohadas para facilitarle salir por sus propios medios; pero ¡sin "trabajar" uno mismo en sábado! Esos ejemplos nos muestran la gran liberación aportada por Jesús. Una nueva manera de concebir el "descanso" del sábado, del domingo. Mas allá de todos los juridicismos. El sábado es el día de la benevolencia divina, el día de la redención, de la liberación, de la misericordia de Dios para con los pobres, los desgraciados, los pecadores. El día por excelencia para hacer el bien, curar, salvar. El día en el que hay que dejarse curar por Jesús. Señor, ayúdanos a ser fieles, incluso en las cosas pequeñas, pero sin ningún formalismo, sin meticulosidad. Señor, ayúdanos a permanecer abiertos, a no estar demasiado seguros de nuestras opiniones, a no quedarnos inmovilizados en nuestras opciones precedentes. El mundo de hoy nos presenta muchas cuestiones nuevas: ¿sabremos abordarlas con la misma profundidad con que las juzga Jesús? (Noel Quesson).

Ante el sufrimiento, ante la pobreza, ante las injusticias, ante el pecado que padecen muchos hermanos nuestros no podemos pasar de largo dejándolos hundidos en sus males. En dar una respuesta, en esforzarnos por remediar esos males no podemos argumentar ni siquiera que es el día del Señor para eludir nuestras responsabilidades. No podemos esperar para mañana para hacer el bien a quien hoy lo necesita. Cada día debemos ser la Iglesia de Cristo que no sólo anuncia el Nombre de Dios, sino que, además, sirve con gran amor a los necesitados. Dar culto a Dios, en este sentido, no es sólo arrodillarnos ante Él, sino además, identificarnos con Cristo que, como Buen Pastor, salió al encuentro de la oveja descarriada y herida, empobrecida y hambrienta, enseñándonos, así, que también nosotros hemos de dar culto a Dios amando como el Señor nos ha amado y enseñado, pues Él no descansó, sentándose en la Gloria de su Padre, hasta dar su Vida para sacarnos del pozo de nuestra maldad en el que habíamos caído.

El Señor lo dio todo por nosotros. Esa entrega hasta el extremo es no sólo lo que recordamos, sino lo que vivimos en esta Eucaristía, Memorial de Quien por nosotros fue al Calvario, lleno de amor, para ser Crucificado para el perdón de nuestros pecados. Pero celebramos también a Quien, al tercer día de muerto, resucitó para darnos nueva vida y darle sentido a nuestra fe. Nosotros, ahora, somos testigos de todo esto. Y el Señor viene a sanar las heridas que el pecado dejó en nosotros, pues por sus llagas hemos sido curados. Él, como el buen samaritano, se ha detenido ante nuestro dolor, y ha dado su vida para que, en ese momento de Gracia, retornemos a Dios, ya no como esclavos, sino como hijos por nuestra fe y unión al Hijo de Dios. Así experimentamos el gran amor que Dios nos tiene, pues compartiendo nuestros sufrimientos, no retuvo para sí el ser igual a Dios, sino que, humillado, dio su vida para que nosotros tengamos Vida, la misma que Él posee recibida del Padre Dios.

Y somos testigos del Memorial de la Pascua de Cristo no sólo porque contemplamos extasiados el amor que Dios nos ha tenido, sino porque, a partir de nuestro encuentro con el Señor Resucitado nuestra vida ya no puede ir por el mismo camino. El Señor nos ha cautivado y nos ha llenado de su amor y nos ha enviado para que vayamos y hagamos nosotros lo mismo que Él ha hecho por nosotros y en nosotros. Unidos a Cristo, firmemente afianzados en Él no debemos tener miedo a dar nuestra vida por los demás, sabiendo que, siendo condenados por ellos, Dios, nuestro Padre, nos levantará para glorificarnos junto con Cristo, con quien vivimos íntimamente unidos desde ahora como los miembros de un cuerpo lo están a la cabeza. Al igual que Cristo, detengámonos ante el dolor, ante el sufrimiento, ante la pobreza de nuestro prójimo y, si es necesario, paguemos con nuestra propia vida, con tal de que él recobre su dignidad y alcance su salvación en Cristo. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber amar, no con la miopía nacida de nuestro miedos, sino con la amplitud, la fuerza y la valentía que nos vienen del Espíritu de Dios que habita en nosotros. Amén (www.homiliacatolica.com)

 

Jueves de la 30ª semana de Tiempo Ordinario. Ninguna criatura podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo

 

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8,31b-39. Hermanos: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros? ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?, como dice la Escritura: «Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza.» Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.

 

Salmo 108,21-22.26-27.30-31. R. Sálvame, Señor, por tu bondad.

Tú, Señor, trátame bien, por tu nombre, líbrame con la ternura de tu bondad; que yo soy un pobre desvalido, y llevo dentro el corazón traspasado.

Socórreme, Señor, Dios mío, sálvame por tu bondad. Reconozcan que aquí está tu mano, que eres tú, Señor, quien lo ha hecho.

Yo daré gracias al Señor con voz potente, lo alabaré en medio de la multitud: porque se puso a la derecha del pobre, para salvar su vida de los jueces.

 

Evangelio según san Lucas 13,31-35. En aquella ocasión, se acercaron unos fariseos a decirle: -«Márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte.» Él contestó: -«ld a decirle a ese zorro: "Hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; pasado mañana llego a mi término." Pero hoy y mañana y pasado tengo que caminar, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la clueca reúne a sus pollitos bajo las alas! Pero no habéis querido. Vuestra casa se os quedará vacía. Os digo que no me volveréis a ver hasta el día que exclaméis: "Bendito el que viene en nombre del Señor."»

 

Comentario: 1.- Rm 8,31-39. Estamos leyendo páginas profundas y consoladoras en extremo. Hoy, Pablo entona un himno triunfal, que pone fin a la primera parte de su carta, un himno al amor que nos tiene Dios. Con un lenguaje lleno de interrogantes retóricos y de respuestas vivas, canta la seguridad que nos da el sabernos amados por Dios: "si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?". No puede condenarnos ni el mismo Jesús, que se entregó por nosotros, ni ninguna de las cosas que nos puedan pasar, por malas que parezcan: ni la persecución ni los peligros ni la muerte ni los ángeles ni criatura alguna "podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús".

Esta confianza fue para Pablo el punto de apoyo en sus momentos difíciles, el motor de su vida, la motivación de su entrega absoluta a la tarea misionera de la evangelización. Se sintió amado por Dios y elegido personalmente por Cristo para una misión. Lo que nos da tanta seguridad no es el amor que nosotros tenemos a Dios: ése es bien débil, y nos lo podrían arrebatar fácilmente esas fuerzas que nombra Pablo. Es el amor que Dios nos tiene: ése sí que es firme, en ése sí que podemos confiar, "el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús". Si tuviéramos esta misma convicción del amor de Dios, nuestra vida tendría sentido mucho más optimista. De tanto decirlo y cantarlo, tal vez no nos lo acabamos de creer: que Dios nos ama, que Cristo está de nuestra parte e intercede por nosotros. Gracias a eso, "vencemos fácilmente por aquél que nos ha amado". Ni siquiera nuestro pecado podrá con el amor que Dios nos tiene. Este texto inspira cantos preciosos, que saborean la serenidad que nos infunde en lo más hondo de nuestro ser esta explosión de euforia de Pablo.

He ahí el final de la primera parte de la Epístola a los Romanos. Después de haber «encerrado» todo el universo en la impotencia, bajo la «cólera de Dios». Después de haber revelado la justificación universal por la gracia y el «amor de Dios». He ahí en conclusión un «grito de victoria», apasionado, vibrante.

-Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? No estamos seguros de nosotros, ¡oh no! Seguimos sin fiarnos de nuestros propios límites, desgraciadamente continuamos pecando... Pero ¡estamos seguros de Dios ¡Estamos seguros del amor de Jesús!

-El que no perdonó ni a su propio Hijo... Antes bien lo entregó por todos nosotros... ¿cómo no nos dará con El todas las cosas? Quiero tratar de contemplar detenidamente ese «don del Hijo». Dios, ¡que ha dado su Hijo por nosotros! Que es lo más querido. Alusión al sacrificio que Abraham había aceptado también (Gn 22,16). Cuidado. Hay que entender bien esta expresión: «entregó» a su Hijo. ¡No tiene aquí el mismo sentido que en la frase: «Judas entregó a Jesús»! Sería inicuo y cruel. Estamos ante el misterio: Dios ama a su Hijo y el Hijo ama a su Padre y ambos están de acuerdo en el Espíritu y el Hijo «se entrega". Esto es mi Cuerpo entregado por vosotros. Y el Padre acepta ese don total, que la malignidad de los hombres se ingenió en hacer cruel.¿De qué obstáculo no podrá triunfar tal amor?

-¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¡Pues es Dios quien justifica! ¿Quién condenará? Puesto que Jesucristo murió... Más aún, resucitó... Está a la diestra del Padre... Intercede por nosotros... No somos dignos, Señor. Somos muy ingratos contigo. Quisiera amarte más. Quiero contemplar la intercesión que en este instante estás llevando a cabo por mí en el cielo... por nosotros los hombres, ¡por todos! En este mismo instante, Tú, Señor, estás intercediendo por los pecadores, por aquellos que, como yo, cometen el mal. Estás intercediendo por todos los que me están dañando, por todos los que yo no amaría o que detestaría.

-¿Quién podrá separarme del amor de Cristo? A veces, Señor, llego a preguntarme si te amo de veras... Lo cierto, es que yo quisiera amarte, sinceramente. Pero, ¡mis actos cotidianos contradicen tan a menudo este deseo y esta buena voluntad! Esa frase de san Pablo me invita HOY a no pensar ya en el "amor que debería yo tener por Ti"... para pensar, en cambio, en el «amor que Tú tienes por mí». Incluso si llego a abandonarte alguna vez, Señor, sé que Tú no me abandonas nunca. ¿«Quién podrá separarme del amor de Cristo»?

-Nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Jesús. Ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el peligro, ni... Es una especie de letanía triunfal en la que san Pablo pone a continuación todos los obstáculos que ha ido encontrando personalmente: nada, nada, nada, puede separarnos de Ti. Guardo unos momentos de silencio para reflexionar en lo que podría yo añadir a esa lista: ¿cuáles son mis pruebas y dificultades desde hace unas semanas, HOY mismo? Trato de repetir a mi vez la certeza: ni... ni... ¡ni... podrán jamás separarme de tu amor, Señor!

-Saldremos vencedores, gracias a Aquel que nos amó. Qué hermosa definición de Jesús: «aquel que nos amó"... Trato de dar a estas palabras un contenido concreto: Tú piensas en mí, Señor... Quieres mi felicidad... Me tiendes la mano cuando caigo... Me comprendes... Das tu vida por mí... Me perdonas... Me amas... (Noel Quesson).

           

2. El salmista reacciona contra estas calumniosas acusaciones, y comienza su defensa exponiendo ante Dios lo que ellos desean. El v. 20 dice literalmente: «Esta (es) la obra (que) mis adversarios (demandan) de Yahweh y los que hablan el mal contra mi alma.»

A continuación, pide a Dios: «Favoréceme en atención a tu nombre» (v. 21) y, más detalladamente, en el v. 26: «Ayúdame, Yahweh Dios mío; sálvame conforme a tu amor misericordioso.» Pide (v. 28): «Maldigan ellos, pero bendice tú.» Si Dios nos bendice, no nos ha de importar que nos maldigan los hombres.

Expone ante Dios su triste situación (vv. 22-25). (A) Está pobre y necesitado, con el corazón herido (v. 22), no por conciencia de pecado, sino por la maldad de sus enemigos. (B) Se siente cerca de la muerte («Me voy»), como la sombra cuando se alarga, y sacudido como la langosta (v. 23), que uno se sacude cuando se le pega al vestido. (C) Se siente sumamente débil (v. 24): Las piernas le flaquean y todo su cuerpo está macilento por falta de aceite, tan importante en la dieta de los orientales. Aun así, es mejor tener un cuerpo macilento por el ayuno si el alma está ganando salud, que estar bien cebados, como Israel, y tener el alma rebelde (Dt. 32:15).

Pide a Dios que sus enemigos sean avergonzados (v. 28), vestidos de ignominia (v. 29), cubiertos de confusión como de un manto (v. 29b), de forma que su insensatez quede a la vista de todos, pues el manto era la vestidura exterior. Si esa confusión les lleva al arrepentimiento, no hay duda de que el salmista se verá satisfecho, pues eso es lo que debemos pedir a Dios con respecto a nuestros enemigos.

Apela a la gloria de Dios y al honor de su nombre, como ya lo había hecho en el v. 21. Allí había dicho: «Líbrame, porque tu amor misericordioso es bueno.» Y esto es lo que quiere alabar (lit. dar gracias) en gran manera con su boca (v. 30), es decir, en voz alta y públicamente. Y añade que tendrá buen motivo para ser agradecido a Dios, pues Dios estaba a su diestra, no para acusarle, sino para protegerle (v. 31) y librarle de los que le juzgaban, es decir, querían que se le condenara a muerte (www.eladorador.com).

Quien se ve perseguido y condenado injustamente, fácilmente reacciona con violencia; y si busca su refugio en Dios no es sólo para que Él lo proteja, sino también para pedirle que le haga justicia de tal forma que el mal que han tramado contra él sus enemigos se vuelva en contra de ellos. Y dará gracias a Dios porque se puso a favor del pobre para salvarle la vida de sus jueces. El Señor Jesús nos ha enseñado a comportarnos de un modo muy diferente. Él nos dice: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen para que sean dignos hijos de su Padre del cielo. Y Él no se quedó en una vana palabrería, sino que, a quienes le persiguieron, condenaron y asesinaron colgándolo de la cruz les perdonó y disculpó ante su Padre Dios diciendo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Sólo cuando nos amemos como hermanos seremos capaces de colaborar en la construcción del Reino de Dios entre nosotros, pues entonces seremos un signo creíble del amor del Señor en medio de nuestros hermanos.

 

3.- Lc 13,31-35. No sabemos si la advertencia que hicieron a Jesús los fariseos era sincera, para que escapara a tiempo del peligro que le acechaba: "márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte". Herodes, el que había encarcelado y dado muerte al Bautista (como antes, su padre Herodes el Grande había mandado matar a los inocentes de Belén cuando nació Jesús), quiere deshacerse de Jesús. Jesús responde con palabras duras, llamando "zorro" al virrey y mostrando que camina libremente hacia Jerusalén a cumplir allí su misión. No morirá a manos de Herodes: no es ése el plan de Dios. La idea de su muerte le entristece, sobre todo por lo que supone de ingratitud por parte de Jerusalén, la capital a la que él tanto quiere. Es entrañable que se compare a sí mismo con la gallina que quiere reunir a sus pollitos bajo las alas.

Jesús aprovecha la amenaza de Herodes para dar sentido a su marcha hacia Jerusalén y a su muerte, que él mismo ha anunciado y que no va a depender de la voluntad de otros, sino que sucederá porque él la acepta, por solidaridad, y además cuando él considere que ha llegado "su hora". Mientras tanto, sigue su camino con decisión y firmeza. El lamento de Jesús -"Jerusalén, Jerusalén"- es parecido al dolor que siente luego Pablo (Rm 9,11) al ver la obstinación del pueblo judío que no ha querido aceptar, al menos en su mayoría, la fe en el Mesías Jesús. El amor de Dios a veces se describe ya en el AT con un lenguaje parecido al de la gallina y sus pollitos: el águila que juega con sus crías y les enseña a volar (Dt 32,11), o el salmista que pide a Dios: "guárdame a la sombra de tus alas" (Ps 17,8), y otras con un lenguaje materno y femenino: "en brazos seréis llevados y sobre las rodillas seréis acariciados, como uno a quien su madre le consuela, así yo os consolaré" (Is 66,12-13). ¿Estamos dispuestos a una entrega tan decidida como la de Jesús?; ¿incluso si aquellos por los que nos entregamos se nos vuelven contra nosotros?; ¿tenemos un corazón paterno o materno, un corazón bueno, lleno de misericordia y de amor, para seguir trabajando y dándonos día a día, por el bien de los demás?; ¿o nos influyen los Herodes de turno para cambiar nuestro camino, por miedo o por cansancio? (J. Aldazábal).

-Algunos fariseos se acercaron a Jesús para decirle: "Vete, márchate de aquí, que Herodes quiere matarte". Ya hemos observado que Lucas, a diferencia de Mateo, no parece tener ningún a priori contra los fariseos. Anota aquí un paso que ellos hicieron para salvar la vida de Jesús. Y todo ello, no lo olvidemos, es revelación del clima dramático en el que vivía Jesús: ¡quieren su muerte! Los poderosos de este mundo lo consideran un hombre peligroso al que hay que suprimir. Herodes sería capaz... ya había hecho decapitar a Juan Bautista, unos meses antes solamente (Lc 3,19). Quiero compartir contigo, Señor, esa angustia de tu muerte que se avecina.

-Jesús les contestó: "Id a decir a ese zorro..." Jesús no se presta a dejarse influenciar por Herodes. Es Jesús quien decide su camino a seguir. Jesús responde a esa amenaza de Herodes con el desprecio: el "zorro" es un animal miedoso que sólo caza de noche y huye a su madriguera al menor peligro... ¡Herodes, ese zorro, ese cobarde! ese hipócrita que no se atreverá siquiera a tomar sobre sí la responsabilidad de la muerte de Jesús y la endosará a Pilato (Lc 23,6-12).

-"Mira, hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; y al tercer día acabo". La expresión "el tercer día" es usual en lengua aramea para significar "en plazo breve". "Acabo"... estoy llegando al final, o bien "he logrado mi objetivo..." Jesús sube a Jerusalén. Sube hacia su muerte. Pero no es un condenado a muerte ordinario. Es consciente de ir hacia un cumplimiento. Jesús conoce perfectamente a lo que va. No morirá el día que Herodes decida, sino ¡el día que El decida!

-Pero hoy, mañana, y el día siguiente es preciso que prosiga mi camino, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Palabras misteriosas! El profeta Oseas había escrito esas otras palabras misteriosas "Dentro de dos días, el Señor nos dará la vida y al tercer día, nos levantará y en su presencia, viviremos" (Oseas 6, 2) Jesús, caminando hacia Jerusalén, caminando hacia su muerte, pone en manos de Dios el cuidado de prolongar su misión.

-¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían!... Jerusalén, ciudad de los dones de Dios, ciudad de la "proximidad de Dios..." Jerusalén, ciudad de la revuelta contra Dios, del rechazo a Dios... Pero, la tierra y la humanidad entera están simbolizadas en esa ciudad: la historia de los rechazos hecho a Dios por tantos hombres, alcanzara aquí su punto culminante... ¡los hombres van a juzgar a Dios! Y eso continúa también hoy.

-¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la clueca a sus pollitos bajo las alas... pero no habéis querido! Imagen de ternura. Imagen maternal. El pájaro que protege a sus polluelos (Dt 32 10; Isa 31,5, Sal 17,8; 57,2; 61,5; 63,8; 91,4). La oferta de la salvación, de la protección, de la ternura de Dios... ha sido rehusada. "¡No habéis querido!"

-Pero Yo os digo: "No me volveréis a ver hasta el día que exclaméis: Bendito el que viene en nombre del Señor". Jesús sabe que hay un más allá después de su muerte... Día vendrá en el que se le saludará exclamando: "Bendito el que viene" (Noel Quesson).

Irreverente para con la autoridad parecería Jesús con ese modo de hablar… En vez de huir, por la amenaza que le dicen que pesa sobre él, Jesús desafía al "zorro" de Herodes, con un misterioso argumento de que no conviene que un profeta muera fuera de Jerusalén… Se trata de una virtud -la libertad y autonomía personal frente a la autoridad- que nos es en verdad muy extraña. Siglos de inculcamiento de la obediencia y la sumisión como las grandes virtudes cristianas, pesan notablemente, y todavía el subconsciente colectivo está dependiente de ellas. Tenemos introyectada la mitificación de la autoridad. Como si estar investido de autoridad fuese un certificado de ser una persona divina. Como si las personas revestidas de autoridad no fueran… eso: simples personas humanas, de carne y hueso, con la misma responsabilidad ante Dios y ante la historia que cada uno de nosotros. Afortunadamente la sociedad humana ha crecido mucho en los últimos siglos, desde la Ilustración y la modernidad hasta nuestros días.  Lamentablemente, ha tenido que ser fuera del ámbito eclesiástico donde ha florecido más claramente esta conciencia de la dignidad de la persona y de la igualdad de todos ante Dios y ante la historia. Todos somos simples seres humanos, sometidos a la misma oscuridad, igualmente impelidos a jugarnos nuestra vida a unos determinados valores. Todos tenemos el riesgo de equivocarnos, y cada cual debe asumir su riesgo. Podemos y debemos discrepar de la autoridad cuando, según nuestra conciencia, no está actuando correctamente. Eso, por sí mismo, no es irreverencia ni rebeldía, sino rectitud de conciencia y coherencia consigo mismo. El poder puede dar apariencia de triunfo en este mundo, pero el único verdadero triunfo es la fidelidad al amor y a la verdad (Josep Rius-Camps).

Durante la persecución religiosa en España, en el año de 1936, un grupo de milicianos llegó a un convento de carmelitas descalzas con la orden de subir a todas las monjas a un camión y llevarlas a fusilar. La sorpresa de los soldados fue mayúscula cuando escucharon a la madre superiora comunicar a las religiosas que "estos señores nos llevan al cielo porque nos van a hacer mártires, como los primeros cristianos" y acto seguido ver a las monjas felicitarse alegremente porque recibían el mayor don de Dios. A los ojos de Cristo eran de las pocas que habían entendido lo que significa amar a Dios hasta dar la vida por él. Cristo va subiendo a Jerusalén decidido; lleva prisa. En otro pasaje del Evangelio se nos dirá que en este su último viaje «iba delante de los discípulos». No tiene miedo, sino premura. Sabe que la voluntad de Dios es, a fin de cuentas, lo único que nos cuenta en esta vida, y sabe que muchos cristianos a lo largo de la historias sabrán renunciar a muchas cosas, incluso a su vida misma, por cumplir fielmente la voluntad de Dios. Jesús está loco, porque es el amor. Por eso todo amor que se precie ha de llevar una dosis de locura e incomprensión. Locura porque lo que se hace no tiene sentido desde el punto de vista humano, parece ir en contra de lo natural y de lo que es razonable. Incomprensión porque no sólo va a estar teñido de un color que las personas que no entiendan, sino que provocará sorpresa por lo desconocido que es y desatará todo tipo de opiniones desde las risas y tachaduras de tontos hasta las más incisivas y violentas. Jesús con su vida provoca, ha llegado la hora de preguntarse qué pasa con nuestra vida, que reacción provocamos en los demás, ojalá que la respuesta no sea indiferencia.

Jesús tiene una conciencia clara de la Misión que el Padre Dios le ha confiado: salvar a la humanidad y llevarla de retorno a la casa paterna, no en calidad de siervos, sino de hijos en el Hijo. Y nadie le impedirá cumplir con la voluntad de su Padre. Dios, efectivamente, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Él, a pesar de nuestras rebeldías, no sólo nos llama a la conversión, sino que nos da muchos signos de su ternura para con nosotros; jamás se comporta como juez, sino siempre como un Padre-Madre amoroso, cercano a nosotros y amándonos hasta el extremo. Ojalá y algún día no sea demasiado tarde cuando, terminada nuestro peregrinar por este mundo, tengamos que juzgar nuestra vida confrontándola con el amor que el Señor nos ha tenido y salgamos reprobados; y nuestra casa, nuestra herencia, la que nos corresponde en la eternidad, quede desierta por no poder tomar posesión de ella a causa de nuestra rebeldía al amor de Dios.

Miremos cuánto amor nos ha tenido el Señor. Él, con sinceridad, ha dicho: todo está cumplido. La Misión que el Padre Dios le confió fue cumplida con un amor fiel a Dios y al hombre. Este Memorial de su Pascua que estamos celebrando nos lo recuerda. Pero nos lo recuerda no sólo para que lo admiremos, sino para que sepamos cuál es el camino que hemos de seguir quienes creemos en Él. Hacernos uno con el Señor en una Alianza nueva y eterna que nos lleva a entregar nuestra vida, a derramar nuestra sangre no por actitudes enfermizas ni masoquistas, sino porque, al amar a nuestro prójimo y al verlo hundido en el pecado y en una diversidad de signos de muerte, vamos en su búsqueda para ayudarle, con mucho amor, a volver a la casa paterna; con amor, con el mismo y en la misma forma en que nosotros hemos sido amados por Dios. Si lo hacemos así entonces estaremos en una verdadera comunión de Vida con el Señor.

A todos los que participamos de la Vida Divina, por la fe y el bautismo, se nos ha confiado la proclamación de la Buena Nueva de Salvación. Y en el cumplimiento fiel de esa Misión no podemos darnos descanso. No ha de importarnos la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro, ni la espada que tengamos que padecer por Cristo. El Señor está siempre a nuestro lado para que su Victoria sea nuestra Victoria, de tal forma que el amor de Dios siempre esté en nosotros. No nos dejemos amedrentar por quienes, teniendo el poder, quisieran apagar nuestra voz e impedir nuestro testimonio y nuestra labor conforme al Evangelio de Cristo con toda su fuerza y poder salvador. No vendamos nuestra vida a los poderosos, ni a los ricos de este mundo. No diluyamos la Fuerza del Mensaje de Cristo en aras de recibir protección o unas cuantas monedas, sabiendo que de nada sirve al hombre ganar el mundo entero si al final pierde su vida. No permitamos que nadie nos tenga como perros mudos a su servicio, amordazados e incapaces de velar por el Pueblo de Dios y de esforzarnos para que todos sean alimentados a su Tiempo con la Palabra de Dios, proclamada con lealtad.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, tomar nuestra cruz de cada día y echarnos a andar tras las huellas de Cristo, aceptando con amor todas las consecuencias que por ello nos vengan; pero con la seguridad de que la muerte no tiene la última palabra, sino la Vida, Vida eterna que Dios regala a quienes le viven fieles. Amén (www.homiliacatolica.com; textos tomados de mercaba.org; Llucià Pou, 2009).