domingo, 15 de noviembre de 2009

Sábado de la 28ª semana de Tiempo Ordinario. Apoyado en la esperanza, creyó Abraham, contra toda esperanza, y el Espíritu Santo también nos ilumina y da fuerza para seguir sus inspiraciones

 

 

Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 4,13,16-18. Hermanos: No fue la observancia de la Ley, sino la justificación obtenida por la fe, la que obtuvo para Abrahán y su descendencia la promesa de heredar el mundo. Por eso, como todo depende de la fe, todo es gracia; así la promesa está asegurada para toda la descendencia, no solamente para la descendencia legal, sino también para la que nace de la e de Abrahán, que es padre de todos nosotros. Así, dice la Escritura: "Te hago padre de muchos pueblos". Al encontrarse con el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe, Abrahán creyó. Apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: "Así será tu descendencia".

 

Salmo 104,6-7,8-9,42-43. R. El Señor se acuerda de su alianza eternamente

¡Estirpe de Abrahán, su siervo; hijos de Jacob, su elegido! El Señor es nuestro Dios, él gobierna toda la tierra.

Se acuerda de su alianza eternamente, de ña palabra dada, por mil generaciones; de la alianza sellada con Abrahán, del juramento hecho a Isaac.

Porque se acordaba de la palabra sagrada qué había dado a su siervo Abrahán, sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo.

 

Evangelio según san Lucas 12,8-12. En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios. Y si uno me reniega ante los hombres, lo renegarán a él ante los ángeles de Dios. Al que hable contra el Hijo del hombre se le podrá perdonar, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará. Cuando os conduzcan a la sinagoga, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de lo que vais a decir, o de cómo os vais a defender. Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir.»

 

Comentario: 1.- Rm 4,13.16-18. Cuando Pablo, de nuevo con el ejemplo de Abrahán, contrapone "fe y obras", no está queriendo decir que no tenemos que actuar y obrar el bien. Jesús dijo que "no el que dice: Señor, Señor, sino el que hace la voluntad de mi Padre", ése entrará en el Reino. Lo que contrapone es la fe en Cristo con el aferramiento espiritual a la observancia de la ley de Moisés como causa de la salvación. Una vez más resume su doctrina: "no fue la observancia de la ley, sino la fe, la que obtuvo para Abrahán y su descendencia la promesa de heredar el mundo". "Al encontrarse con el Dios que da vida, Abrahán creyó". Eso fue lo decisivo.

Nosotros nos esforzamos por vivir según el evangelio de Jesús. Imitamos a Abrahán, que creyó en Dios y creyó a Dios, y actuó en consecuencia. Pero caeríamos en la tentación de los judíos si diéramos a la "observancia" demasiado valor, de modo que caigamos en la autosuficiencia porque "somos buenos" y nos "ganamos" la salvación. La ley es buena. Pero no es la ley la que salva. "Todo es gracia", don de Dios, para Abrahán y para nosotros. Haremos bien en imitar a este gran hombre que se abrió totalmente a Dios, que nos dio un ejemplo admirable de fe, contra toda esperanza y contra toda apariencia, como dice el Catecismo al hablar de la fe, comienzo de la vida eterna:  "La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. Entonces veremos a Dios "cara a cara" (1 Cor 13,12), "tal cual es" (1 Jn 3,2). La fe es pues ya el comienzo de la vida eterna: 'Mientras que ahora contemplamos las bendiciones de la fe como el reflejo en un espejo, es como si poseyéramos ya las cosas maravillosas de que nuestra fe nos asegura que gozaremos un día' (S. Basilio; cf. S. Tomás de A., s.th. 2-2,4,1).

Ahora, sin embargo, "caminamos en la fe y no en la visión" (2 Cor 5,7), y conocemos a Dios "como en un espejo, de una manera confusa,...imperfecta" (1 Cor 13,12). Luminosa por aquel en quien cree, la fe es vivida con frecuencia en la oscuridad. La fe puede ser puesta a prueba. El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación.

Entonces  es cuando debemos volvernos hacia los testigos de la fe: Abraham, que creyó, "esperando contra toda esperanza" (Rom 4,18); la Virgen María que, en "la peregrinación de la fe" (LG 58), llegó hasta la "noche de la fe" (Juan Pablo II, R Mat 18) participando en el sufrimiento de su Hijo y en la noche de su sepulcro; y tantos otros testigos de la fe: "También nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe" (Hb 12,1-2)".

Las dos promesas de Dios -que tendría un hijo y que le pertenecería toda la tierra de Canaán-. parecían imposibles de conseguir, y sin embargo, Abrahán creyó. Y fueron posibles. Tanto en nuestra vida espiritual como en nuestro trabajo apostólico, no tendríamos que apoyarnos tanto en nuestros propios talentos y recursos, sino en la gracia y la fuerza salvadora de Dios. Nosotros tenemos un doble motivo para fiarnos de Dios: la promesa hecha a Abrahán y la Alianza Nueva que ha concedido a la humanidad en la Pascua de su Hijo.

 "El comienzo de la justificación por parte de Dios es la fe, que cree en el que justifica. Y esta fe, cuando se encuentra justificada, es como una raíz que recibe la lluvia en la tierra del alma, de manera que cuadno comienza a cultivarse por medio de la ley de Dios, surgen de ella ramas que llevan los frutos de las obras. La raíz de la justicia no deriva de las obras, sino que de la raíz de la justicia crece el fruto de las obras" (Orígenes). Y dice el Catecismo: "Abraham realiza así la definición de la fe dada por la carta a los Hebreos: "La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven" (Hb 11,1). "Creyó Abraham en Dios y le fue reputado como justicia" (Rom 4,3; cf. Gn 15,6). Gracias a esta "fe poderosa" (Rom 4,20), Abraham vino a ser "el padre de todos los creyentes" (Rom 4,11.18; cf. Gn 15,15)". Pablo continúa aquí estableciendo los lazos que existen entre la fe y la justificación a partir del ejemplo de Abraham. En un primer argumento el apóstol ha demostrado que el patriarca era impío y pecador cuando Dios lo justificó. Ahora desarrolla otros dos argumentos.

La cuestión está en saber por qué la fe justifica y no las obras. Pablo responde que la fe justifica mejor que las obras de la ley porque la fe arranca de ese proceso en el cual Dios sale al encuentro del hombre. No se trata de elegir entre una u otra: el secreto de la justificación se encuentra en Dios. Si Dios se acercara al hombre con un contrato, entonces serían las obras la respuesta humana más adecuada. Pero El viene al hombre con una promesa, es decir, con un don gratuito, cuya iniciativa quiere conservar; por esa razón las obras de la ley son inútiles, al menos en el proceso de realización de esta promesa. El hombre cree que puede conseguir mediante las obras lo que es objeto de la promesa (v 14), pero intenta conseguir por sus propios medios lo que es un don. De esta manera, desvirtúa la marcha de Dios y provoca automáticamente la ruptura (v 15), como el heredero que quisiera apropiarse de su herencia antes de tiempo.

El tercer argumento está apenas esbozado (vv 16-17). Abraham recibió la promesa en una época en que todavía no estaba circuncidado y en que Dios preveía para él una paternidad universal (Gen 17, 5). Por tanto, es contrario a la voluntad de Dios el limitar la posteridad de Abraham a aquellos que se circuncidan. Todo creyente es descendiente de Abraham y, además, Dios es bastante poderoso como para hacer beneficiarios de la promesa hasta a los mismos muertos, o a aquellos que todavía no han nacido (v 17). Una religión de la promesa está bastante lejos de la manera espontánea de proceder del hombre, que, al ir detrás de su salvación, busca seguridad. Es necesario haber encontrado al Dios vivo y haberse apoyado en su fidelidad para presentir que la salvación esperada pertenece al orden de la promesa, es decir, al orden del amor. Pero, ¿cómo encontrar a Dios y su promesa? Se necesita tiempo para profundizar en las relaciones recíprocas del amor y de la fidelidad.

Sin embargo, el camino está marcado. El hombre que reflexiona sobre sí mismo y sobre su existencia llega a veces a distinguir en él dos niveles de su personalidad: el "yo" solo puede experimentar sus limitaciones porque existe otro "yo" más profundo que participa del absoluto y de lo transcendente. El camino hacia Dios pasa por esta conciencia de los dos "yo". Es verdad que el hombre solo llega rara vez a vivir el nivel de su "yo" profundo y vivir su vida en función de él. Una especie de fisura separa esos dos niveles de manera casi "original". Aun cuando el hombre llega a alcanzar su "yo" profundo, aun llegando a participar del absoluto o al menos con sed de transcendencia, puede, sin embargo, fracasar al volverse sobre sí mismo. Se hace a sí mismo absoluto y no alcanza a ver más allá de sí mismo. Por el contrario, si él experimenta este "yo" transcendente como algo inesperado dentro de su ser, verá que se trata de un don gratuito de "alguien". No lo considerará como un poseedor, sino como el que encuentra una dádiva y una promesa, una persona divina y una gracia. Jesucristo es el primer hombre en quien Dios ha podido revelarse totalmente en el "yo" profundo y el primero que ha podido responder perfectamente a esta iniciativa de Dios (Maertens-Frisque).

-La promesa de Dios... Dios prometió a Abraham y a su descendencia ser herederos del mundo. La historia de Abraham está llena de promesas de Dios cuyo cumplimiento no depende del hombre, sino de la fidelidad de Dios a sus promesas. También Abraham era un pecador, pero creyó en esas promesa. Creyó en lo imposible. ¡Era anciano y sin hijos y Dios le prometió «el mundo en herencia» ! Y él creyó esto, y esto se realizó: cristianos, judíos, árabes... multitudes inmensas se llaman «hijos de Abraham». «Recibir el mundo en herencia». La fe da la posesión del mundo.

-Por la fe se pasa a ser heredero. Por esto es un don gratuito. Y la promesa permanece válida. Quisiera, Señor, llegar a ser «total acogida» de Ti. Quisiera encontrarte más y no apoyarme sino en Ti. Ahora sé -tu apóstol me lo ha repetido- que mi salvación depende de tu promesa, más que de mis obras y que Tú haces lo que prometes. Señor, tengo confianza en Ti. Estoy seguro de Ti. Yo, que sufro tanto de mis limitaciones, de mis pobrezas, quisiera, de una vez, aceptarlas y luego olvidarlas para no sufrir más por ellas y contar sólo contigo y no en mis propias fuerzas. ¡«Don gratuito»! ¡«Don gratuito»!

-Te hice padre de muchos pueblos. Abraham es nuestro padre ante Dios «en quien creyó». La fe da una fecundidad extraordinaria. Porque creyó en Dios, Abraham es el "padre" de todos los hombres. Por su fe, verdaderamente, "dio la vida". No pueden saberse todas las ramificaciones vitales de un acto de Fe. Un hombre que cree en Dios desencadena en la humanidad una onda de «vida». Todo hombre que se eleva, eleva el mundo.

-Dios que da la «vida" a los muertos y llama a la existencia a lo que no existía. Abraham y Sara cuyo seno estaba muerto, hicieron de ello la experiencia. Dios es aquel que llama «de la nada al ser»... aquel que da «vida». ¡Tal fue la experiencia de Abraham! Tal fue sobre todo la experiencia de Jesús. La resurrección ocupa el centro del pensamiento de san Pablo. La fuerza de Dios que devuelve la vida a los muertos. Esta fuerza actúa todavía en el mundo. Es ella la que nos eleva en todos nuestros desalientos. Ella nos saca del pecado. Ella nos resucitará un día.

-Esperando contra toda esperanza, creyó... La vida de Abraham, la fe de Abraham no fue cosa fácil. Todo parecía contrario a las promesas de Dios. Todo parecía ir en el sentido opuesto... pero creyó, a pesar de todo, contra toda esperanza. La fe «para transportar las montañas», decía Jesús. La Fe, fuerza de lo imposible. Se comprende que Pablo diga que esa «Fe da posesión del mundo». En efecto, nada puede ir en contra de ello. No se apoya sobre nada humano: toda su fuerza está en Dios. ¡Danos esta Fe, Señor! (Noel Quesson).

2. Lo que dice el salmo podemos repetirlo con mayor alegría: "se acuerda de la palabra que había dado a su siervo Abrahán, sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo". Si creemos en Dios y no nos basamos en cálculos comerciales humanos, también nosotros seremos padres de numerosa descendencia. Y lo imposible será posible.

3.- Lc 12,8-12. Ayer nos animaba Jesús a ser valientes a la hora de dar testimonio de él, porque Dios nunca se olvida de nosotros: si lo hace con los pajarillos y los cabellos de nuestra cabeza, ¡cuánto más con cada uno de nosotros, que somos sus hijos! Hoy nos da otro motivo para ser intrépidos en la vida cristiana: él mismo, Jesús, dará testimonio a favor nuestro ante la presencia de Dios, el día del juicio. Y todavía otro protagonista en estos nuestros ánimos: el Espíritu de Dios. Así se completa la cercanía del Dios Trino. El Padre que no nos olvida, Jesús que "se pondrá de nuestra parte" el día del juicio, y el Espíritu que nos inspirará cuando nos presentemos ante los magistrados y autoridades para dar razón de nuestra fe. Sólo hay una clase de personas sin remedio, los que "blasfeman contra el Espíritu Santo", o sea, los que, viendo la luz, la niegan, los que no quieren ser salvados. Son ellos mismos los que se excluyen del perdón y la salvación.

Nosotros ya estamos empeñados, hace tiempo, en este camino de vida cristiana que no sólo sucede en nuestro ámbito interior, sino que tiene una influencia testimonial en el contexto en que vivimos. Para este camino necesitamos ánimos, porque no es fácil. Jesús nos asegura el amor de Dios y la ayuda eficaz de su Espíritu. Y además, nos promete que él mismo saldrá fiador a nuestro favor en el momento decisivo. No se dejará ganar en generosidad, si nosotros hemos sido valientes en nuestro testimonio, si no hemos sentido vergüenza en mostrarnos cristianos en nuestro ambiente. En los momentos en que sentimos miedo por algo -y a todos nos pasa, porque la vida es dura- será bueno que recordemos estas palabras de Jesús, afirmando el amor concreto que nos tiene el Dios Trino para ayudarnos en todo momento. Jesús calmó tempestades y curó enfermedades y resucitó muertos. Era el signo de ese amor de Dios que ya está actuando en nuestro mundo. También nos alcanza a nosotros. No tenemos motivos para dejarnos llevar del miedo o de la angustia (J. Aldazábal).

La opción del hombre en favor o en contra de Jesús decide su auténtica existencia y su suerte definitiva, escatológica. En el juicio, constante, implacable, del mundo contra Jesús, quien tenga el valor de declarar en su favor, tendrá a su favor el testimonio de Jesús en el juicio de Dios contra el mundo (cf 9,26; Mc 8,38; Jn 16,6-11). Hay un pecado contra el Espíritu, que es el pecado de la apostasía, el pecado de renegar de Cristo después de haberle prestado fe. Sólo en el Espíritu Santo se puede confesar que Jesús es el Señor. Quien reniega de esta fe, peca contra el Espíritu, ya no tiene salvación, porque la fe salva al hombre. El discípulo de Jesús vive constantemente al abrigo del Dios vivo, bajo su cuidado. Cuando suene la hora de la persecución, el Espíritu se encargará de la defensa. El juicio llevado por el mundo en contra de Cristo, se convertirá, por la acción del Espíritu, en testimonio dado en su favor.

No hay disociación entre cielo y tierra. El plan de Dios es el plan del hombre, que él encarna: «Y os digo que si uno, quienquiera que sea, se pronuncia por mí ante los hombres, también el Hombre se pronunciará por él ante los ángeles de Dios» (12,8). No dice: 'en los periódicos' o 'por la televisión'. Dios tiene otro canal: el hombre. A quien comete una injusticia contra el hombre, se le puede perdonar, pero quien se sirve de la fuerza del nombre de Dios para ir contra el hombre, no tiene perdón. Ha malgastado la energía del Espíritu, y ya no tiene recambio. No se trata de una 'blasfemia' de palabra, sino de hecho (12,10). Cierra esta serie de avisos con una nueva advertencia: «No os preocupéis de cómo o de qué os vais a defender o de lo que vais a decir» (12,11). No hagáis apologías personales o del grupo o estamento ante las autoridades civiles o religiosas. (Lucas está pensando en la retahíla de apologías a que Pablo se verá abocado: cf. Hch 22,1; 24,10; 26,1-2.24.) Quien se defiende es porque tiene miedo de perder las propias seguridades, porque se siente identificado con una determinada estructura. Es el punto flaco por donde os pueden atrapar y reconducir al redil de las falsas seguridades. «Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir» (Lc 12,12). La profecía es diametralmente opuesta a la apología. La apología se basa en medios humanos, y se puede contradecir; la profecía es irrebati-ble. La única 'solución' es eliminar al profeta. Jesús es el Profeta por excelencia: a pesar de que lo eliminaron, él sigue presente en la comunidad que celebra su memorial en la eucaristía y continúa moviendo hombres y mujeres y hablando a través de ellos. Son los 'profetas' modernos. Los que en vez de 'preocuparse' por defender su posición social, se ponen sin más al servicio del hombre y lo liberan.

La realización de la tarea misionera presenta inmensas dificultades que pueden hacer germinar en nosotros actitudes de desconfianza y desaliento. Por ello se hace necesario renovar continuamente los sentimientos de confianza volviendo constantemente a las palabras de promesa ofrecidas por Jesús a sus seguidores. En primer lugar, es necesario tener presente el compromiso asumido por Jesús de ser nuestro testigo en el Juicio de Dios si perseveramos con coraje en la tarea emprendida. La consideración de su actuación en el futuro Juicio de Dios que espera a todos los hombres es la primera fuente en que podemos encontrar el ánimo necesario para seguir adelante sin desfallecer.

En segundo lugar, tenemos a disposición una segunda fuente para renovar la confianza. La certeza de la presencia del Espíritu Santo en la tarea misionera nos da la seguridad necesaria para enfrentar los desafíos y dificultades que encontramos en su concreción. Dicha presencia llega hasta su identificación con los portadores del mensaje y con cada una de sus acciones encaminadas a concretarlo. Sobre todo, en las dificultades que pueden llegar a poner en peligro la propia vida, esa presencia confortante encontrará el modo de manifestarse claramente. Aún cuando seamos acusados y estemos en peligro de muerte a causa de los poderosos que se oponen al mensaje de Jesús, sabemos que el Espíritu actuará en nuestro favor, inspirando la forma de defensa. Esa actuación, hecha ya realidad durante el tiempo apostólico en Pedro (Hch 4,8; 5,32) y Esteban (Hch 7,55) sigue activa a lo largo del tiempo suscitando el testimonio eclesial (Josep Rius-Camps; textos tomados de mercaba.org; Llucià Pou Sabaté 2009).

 

Viernes la 28ª semana. Abrahán creyó a Dios, y esto le valió la justificación; la misericordia divina actúa si le dejamos al pedirle perdón sin miedo, y vivir la sinceridad.

 

 

Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 4,1-8. Hermanos: Veamos el caso de Abrahán, nuestro progenitor según la carne. ¿Quedó Abrahán justificado por sus obras? Si es asi, tiene de qué estar orgulloso; pero, de hecho, delante de Dios no tiene de qué. A ver, ¿qué dice la Escritura?: «Abrahán creyó a Dios, y esto le valió la justificación.» Pues bien, a uno que hace un trabajo el jornal no se le cuenta como un favor, sino como algo debido; en cambio, a éste que no hace ningún trabajo, pero tiene fe en que Dios hace justo al impío, esa fe se le cuenta en su haber. También David llama dichoso al hombre a quien Dios otorga la justificación, prescindiendo de sus obras: «Dichoso el hombre que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le cuenta el pecado.»

 

Salmo 31,1-2-5.11. R. Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación.

Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Habla pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: «Confesaré al Señor mí culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor; aclamadlo, los de corazón sincero.

 

Evangelio según san Lucas 12,1-7. En aquel tiempo, miles y miles de personas se agolpaban hasta pisarse unos a otros. Jesús empezó a hablar, dirigiéndose primero a sus discípulos: -«Cuidado con la levadura de los fariseos, o sea, con su hipocresía. Nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse. Por eso, lo que digáis de noche se repetirá a pleno día, y lo que digáis al oído en el sótano se pregonará desde la azotea. A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden hacer más. Os voy a decir a quién tenéis que temer: temed al que tiene poder para matar y después echar al infierno. A éste tenéis que temer, os lo digo yo. ¿No se venden cinco gorriones por dos cuartos? Pues ni de uno solo se olvida Dios. Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados. Por lo tanto, no tengáis miedo: no hay comparación entre vosotros y los gorriones.»

 

Comentario: 1.- Rm 4, 1-8. Un ejemplo que gusta mucho a Pablo y que repite en sus cartas, es el de Abrahán. Esta vez, para mostrar cómo fue la fe, y no las "obras de la ley", las decisivas a la hora de agradar o no a Dios. Cuando Dios eligió a Abrahán y le dio la misión de ser cabeza de su pueblo y a la vez bendición para todas las naciones de la tierra, Abrahán era pagano. No podía presentar ante Dios "las obras" que realizaba, perteneciendo a un pueblo idólatra. Pero aceptó el plan que se le proponía. Eso es lo que le hizo agradable a Dios, su fe: "creyó a Dios y le fue computado como justicia". No sus méritos previos. Porque su elección había sida totalmente gratuita por parte del Dios que le eligió misteriosamente a él.

Es una lección que Pablo recuerda de modo especial a los cristianos de Roma provenientes del judaísmo, propensos a sentir un santo orgullo por su pertenencia a la raza de Abrahán. Para Pablo, tanto puede ser heredero de Abrahán, y por tanto agradar a Dios, un judío convertido como un pagano que acepta la fe. Ambos pueden sentirse dichosos "porque Dios no les cuenta sus pecados", y eso gratuitamente. ¿Tenemos como un prurito de llevar contabilidad de las cosas que hacemos en honor de Dios, casi dispuestos -delicadamente- a presentar la factura y recibir el premio debido? Algo parecido preguntó Pedro a Jesús: "nosotros lo hemos dejado todo por ti: ¿qué nos darás?". Nos va bien recordar que también con nosotros Dios ha tenido que usar misericordia. Para que no vayamos por el mundo, como el fariseo de la parábola, con aire de perdonavidas, vanagloriándose delante de Dios de que él sí que era cumplidor, y no como aquel publicado que vete a saber qué pecados cometía... De nuevo el salmo, citado por Pablo en su carta, nos hace reconocer que también a nosotros nos perdona Dios: "dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito... alegraos, justos y gozad con el Señor, aclamadlo, los de corazón sincero".

En este pasaje, san Pablo tomará ejemplo de la vida de Abraham. El es el padre de todo el pueblo judío. Pues bien, tampoco él, dice san Pablo, fue justificado «por sus buenas obras» sino «por la Fe». Esto destruye toda perfección y esto debería convencer a todos aquellos que continúan pensando la salvación con una concepción demasiado judaica.

-¿Qué diremos de nuestro antepasado Abraham? Si nuestro padre en la Fe, obtuvo la justicia «en razón de sus obras», tiene de qué gloriarse, pero no delante de Dios. Por ahí san Pablo establece la unidad teológica de las dos Alianzas. Ya en la antigua Alianza era la Fe la que salvaba. El tema del «orgullo» es un tema dominante en el pensamiento de san Pablo: el pecado es ante todo esta pretensión, este orgullo del hombre de hacerse valer ante Dios, ya sea por la justicia de las obras -entre los judíos- ya sea por la apariencia -entre los griegos-. Entonces el hombre se olvida de que «todo lo que él es, lo debe a la gracia de Dios». Creer es, precisamente, reconocer esto y recibirlo todo de Dios.

-Creyó Abraham en Dios, y le fue reputado como justicia. Aumenta en nosotros la fe, Señor.

-Al que trabaja no se le cuenta el salario como favor, sino como retribución justa. En cambio al que, sin trabajar, cree en aquel que justifica al impío, su fe se le reputa como justicia. Los que no quieren comprender lo interpretan como una pura insistencia de san Pablo. La salvación no nos es debida. No es algo merecido, como lo es un salario. No hay que exigir a Dios unos «derechos adquiridos». Dios= «Aquel que justifica al impío», «aquel que hace del impío un hombre justo». ¡Qué hermosa definición de Dios! Gracias, Señor, de haberte revelado a nosotros bajo ese aspecto: Aquel que salva.

-Así también David proclama bienaventurado al hombre a quien Dios declara justo, independientemente de sus obras. Y como si no se hubiere aún comprendido, insiste nuevamente. ¡Ah Señor! Llénanos de esta certeza. Esto no significa que tenemos que permanecer pasivos en la Fe. No, la fe moviliza al hombre entero y lo induce a la actividad del amor. Pero con la convicción profunda que todo es gracia. «Cuando se ha hecho todo como no esperando nada de Dios... Hay que esperarlo todo de Dios como si no se hubiese hecho nada por sí...» (M. Blondel).

-Bienaventurado el hombre absuelto de su culpa y a quien han sido perdonados sus pecados. Así Abraham mismo es un pecador-salvado. Todo hombre recibe esta llamada y puede saborear esa dicha. Puedo repetir esa frase, adoptándola como oración. No se trata de complacerse en las propias culpas, sino de atreverse a pensar, con san Pablo, que no son forzosamente un obstáculo absoluto, en la medida en que nos hacen experimentar mejor la necesidad de un Salvador. En este caso pueden ser la fuente de una nueva dicha: «bienaventurado el hombre...». Señor, ayúdame a convertir «en bien» todo cuanto podría se en mí un mal. Que todo obstáculo, tanto en mí como en los demás, sea ocasión de apoyarnos más en Ti. En este sentido no hay nada peor que creerse justo o que no tener ninguna dificultad: ¡bastarse uno a sí mismo! (Noel Quesson).

"El comienzo de la justificación por parte de Dios es la fe, que cree en el que justifica. Y esta fe, cuando se encuentra justificada, es como una raíz que recibe la lluvia en la tierra del alma, de manera que cuando comienza a cultivarse por medio de la ley de Dios, surgen de ella ramas que llevan los frutos de las obras. La raíz de la justicia no deriva de las obras, sino que de la raíz de la justicia crece el fruto de las obras" (Orígenes).

2. Juan Pablo II comenta el Salmo 31: "«Dichoso el que está absuelto de su culpa». Esta bienaventuranza, con la que comienza el Salmo 31 que se acaba de proclamar, nos permite comprender inmediatamente el motivo por el que ha sido introducido por la tradición cristiana en la serie de los siete salmos penitenciales. Tras la doble bienaventuranza del inicio (vv 1-2), no nos encontramos ante una reflexión genérica sobre el pecado y el perdón, sino ante el testimonio personal de un convertido… tras el testimonio personal (vv 3-5)… una invitación a alegrarse en el Señor (v 11).

En esta ocasión, retomaremos sólo algunos elementos de esta composición. Ante todo, el que ora describe la penosa situación de conciencia en que se encontraba cuando callaba (v 3): habiendo cometido graves culpas, no tenía el valor de confesar a Dios sus pecados. Era un tormento interior terrible, descrito con imágenes impresionantes. Se le consumían los huesos bajo la fiebre desecante, el calor asfixiante atenazaba su vigor disolviéndolo, su gemido era constante. El pecador sentía sobre él el peso de la mano de Dios, consciente de que Dios no es indiferente ante el mal perpetrado por la criatura, pues él es el guardián de la justicia y de la verdad.

Al no poder resistir más, el pecador decide confesar su culpa con una declaración valiente, que parece una anticipación de la del hijo pródigo en la parábola de Jesús (cf Lc 15,18). Dice con corazón sincero: «confesaré al Señor mi culpa». Son pocas palabras, pero nacen de la conciencia; Dios responde inmediatamente con un perdón generoso (v 5). El profeta Jeremías dirigía este llamamiento de Dios: «Vuelve, Israel apóstata, dice el Señor; no estará airado mi semblante contra vosotros, porque piadoso soy, no guardo rencor para siempre. Tan sólo reconoce tu culpa, pues contra el Señor tu Dios te rebelaste» (3,12-13)…

San Pablo, en la Carta a los Romanos, se refiere explícitamente al inicio de nuestro Salmo para celebrar la gracia liberadora de Cristo (cf 4,6-8). Nosotros podríamos aplicarlo al sacramento de la Reconciliación. En él, a la luz del Salmo, se experimenta la conciencia del pecado, con frecuencia ofuscada en nuestros días, y al mismo tiempo la alegría del perdón. Al binomio «delito-castigo», le sustituye el binomio «delito-perdón», pues el Señor es un Dios «que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado» (Éxodo 34, 7).

San Cirilo de Jerusalén (siglo IV) utilizará el Salmo 31 para mostrar a los catecúmenos la profunda renovación del Bautismo, purificación radical de todo pecado. También él exaltará con las palabras del salmista la misericordia divina. Concluimos nuestra catequesis con sus palabras: «Dios es misericordioso y no escatima su perdón... El cúmulo de tus pecados no será más grande que la misericordia de Dios, la gravedad de tus heridas no superará las capacidades del sumo Médico, con tal de que te abandones en él con confianza. Manifiesta al médico tu enfermedad, y dirígele las palabras que pronunció David: "Confesaré mi culpa al Señor, tengo siempre presente mi pecado". De este modo, lograrás que se haga realidad: "Has perdonado la maldad de mi corazón"»".

Juan Pablo II aplicaba estas verdades, reafirmadas por el Sínodo, al sacramento de la penitencia.

I. "La primera convicción es que, para un cristiano, el sacramento de la penitencia es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del bautismo. Ciertamente, el Salvador y su acción salvífica no están ligados a un signo sacramental, de tal manera que no puedan en cualquier tiempo y sector de la historia de la salvación actuar fuera y por encima de los sacramentos. Pero en la escuela de la fe nosotros aprendemos que el mismo Salvador ha querido y dispuesto que los humildes y precisos sacramentos de la fe sean ordinariamente los medios eficaces por los que pasa y actúa su fuerza redentora. Sería pues insensato, además de presuntuoso, querer prescindir arbitrariamente de los instrumentos de gracia y de salvación que el Señor ha dispuesto y, en su caso específico, pretender recibir el perdón prescindiendo del sacramento instituido por Cristo precisamente para el perdón", y la renovación de los ritos realizada después del Concilio ha de servir "para suscitar en cada uno de nosotros un nuevo impulso de renovación de nuestra actitud interior, esto es, hacia una comprensión más profunda de la naturaleza del sacramento de la penitencia; hacia una aceptación del mismo más llena de fe, no ansiosa sino confiada; hacia una mayor frecuencia del sacramento, que se percibe como lleno de amor misericordioso del Señor".

II. "La segunda convicción se refiere a la función del sacramento de la penitencia para quien acude a él. Este es, según la concepción tradicional más antigua, una especie de acto judicial; pero dicho acto se desarrolla ante un tribunal de misericordia, más que de estrecha y rigurosa justicia, de modo que no es comparable sino por analogía a los tribunales humanos, es decir, en cuanto que el pecador descubre allí sus pecados y su misma condición de creatura sujeta al pecado; se compromete a renunciar y a combatir el pecado; acepta la pena (penitencia sacramental) que el confesor le impone, y recibe la absolución. Pero reflexionando sobre la función de este sacramento, la conciencia de la Iglesia descubre en él, además del carácter de juicio en el sentido indicado, un carácter terapéutico o medicinal. Y esto se relaciona con el hecho de que es frecuente en el Evangelio la presentación de Cristo como médico, mientras su obra redentora es llamada a menudo, desde la antigüedad cristiana, "medicina salutis". "Yo quiero curar, no acusar", decía san Agustín refiriéndose a la práctica de la pastoral penitencial, y es gracias a la medicina de la confesión que la experiencia del pecado no degenera en desesperación. El Rito de la penitencia alude a este aspecto medicinal del sacramento, al que el hombre contemporáneo es quizás más sensible, viendo en el pecado, ciertamente, lo que comporta de error, pero todavía más lo que demuestra en orden a la debilidad y enfermedad humana. Tribunal de misericordia o lugar de curación espiritual; bajo ambos aspectos el sacramento exige un conocimiento de lo íntimo del pecador para poder juzgarlo y absolver, para asistirlo y curarlo. Y precisamente por esto el sacramento implica, por parte del penitente, la acusación sincera y completa de los pecados, que tiene por tanto una razón de ser inspirada no sólo por objetivos ascéticos (como el ejercicio de la humanidad y de la mortificación), sino inherente a la naturaleza misma del sacramento".

 

III. "La tercera convicción que quiero acentuar se refiere a las realidades o partes que componen el signo sacramental del perdón y de la reconciliación. Algunas de estas realidades son actos del penitente, de diversa importancia, pero indispensable cada uno o para la validez e integridad del signo, o para que éste sea fructuoso. Una condición indispensable es, ante todo, la rectitud y la transparencia de la conciencia del penitente. Un hombre no se pone en el camino de la penitencia verdadera y genuina hasta que no descubre que el pecado contrasta con la norma ética, inscrita en la intimidad del propio ser, hasta que no reconoce haber hecho la experiencia personal y responsable de tal contraste; hasta que no dice no solamente "existe el pecado", sino "yo he pecado"; hasta que no admite que el pecado ha introducido en su conciencia una división que invade todo su ser y lo separa de Dios y de los hermanos. El signo sacramental de esta transparencia de la conciencia es el acto tradicionalmente llamado examen de conciencia, acto que debe ser siempre no una ansiosa introspección psicológica, sino la confrontación sincera y serena con la ley moral interior, con las normas evangélicas propuestas por la Iglesia, con el mismo Cristo Jesús, que es para nosotros maestro y modelo de vida, y con el Padre celestial, que nos llama al bien y a la perfección. Pero el acto esencial de la penitencia, por parte del penitente, es la contricción, o sea, un rechazo claro y decidido del pecado cometido, junto con el propósito de no volver a cometerlo, por el amor que se tiene a Dios y que renace con el arrepentimiento. La contricción, entendida así, es, pues, el principio y el alma de la conversión, de la metánoia evangélica que devuelver el hombre a Dios, como el hijo pródigo que vuelve al padre, y que tiene en el sacramento de la penitencia un signo visible, perfeccionador de la misma atrición. Por ello, "de esta contrición del corazón depende la verdad de la penitencia". Remitiendo a cuanto la Iglesia inspirada por la palabra de Dios, enseña sobre la contrición, me urge subrayar aquí un aspecto de tal doctrina, que debe conocerse mejor y tenerse presente. A menudo se considera la conversión y la contrición bajo el aspecto de las innegables exigencias que ellas comportan, y de la mortificación que imponen en vista de un cambio radical de vida. Pero es bueno recordar y destacar que contrición y conversión son aún más un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro de la propia verdad interior, turbada y trastornada por el pecado, una liberación en lo más profundo de sí mismo y, con ello, una recuperación de la alegría perdida, la alegría de ser salvados, que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo ha dejado de gustar. Se comprende, pues, que desde los primeros tiempos cristianos, siguiendo a los apóstoles y a Cristo, la Iglesia ha incluido en el signo sacramental de la penitencia la acusación de los pecados. Esta aparece tan importante que, desde hace siglos, el nombre usual del Sacramento ha sido y es todavía el de confesión. Acusar los pecados propios es exigido ante todo por la necesidad de que el pecador sea conocido por aquel que en el Sacramento ejerce el papel de juez -el cual debe valorar tanto la gravedad de los pecados, como el arrepentimiento del penitente- y, a la vez, hace el papel de médico, que debe conocer el estado del enfermo para ayudarlo y curarlo. Pero la confesión individual tiene también el valor de signo; signo del encuentro del pecador con la mediación eclesial en la persona del ministro; signo del propio reconocerse ante Dios y ante la Iglesia como pecador, del comprenderse a sí mismo bajo la mirada de Dios. La acusación de los pecados, pues, no se puede reducir a cualquier intento de autoliberación psicológica, aunque corresponde a la necesidad legítima y natural de abrirse a alguno, la cual es connatural al corazón humano, es un gesto litúrgico, solemne en su dramaticidad, humilde y sobrio en la grandeza de su significado. Es el gesto del hijo pródigo que vuelve al padre y es acogido por él con el beso de la paz; gesto de lealtad y de valentía; gesto de entrega de sí mismo, por encima del pecado, a la misericordia que perdona. Se comprende entonces por qué la acusación de los pecados debe ser ordinariamente individual y no colectiva, ya que el pecado es un hecho profundamente personal. Pero, al mismo tiempo, esta acusación arranca en cierto modo el pecado del secreto del corazón y, por tanto, del ámbito de la pura individualidad, poniendo de relieve también su carácter social, porque mediente el ministro de la penitencia es la comunidad eclsial, dañada por el pecado, la que acoge de nuevo al pecador arrenpentido y perdonado. Otro momento esencial del sacramento de la penitencia compete ahora al confesor, juez y médico, imagen de Dios Padre que acoge y perdona a aquél que vuelve: es la absolución. Las palabras que la expresan y los gestos que la acompañan en el antiguo y en el nuevo Ritual de la penitencia revisten una sencillez significativa en su grandeza. La fórmula sacramental: "Yo te absuelvo...", y la imposición de la mano y la señal de la cruz, trazada sobre el pentiente, manifiestan que en aquel momento el pecador contrito y convertido entra en contacto con el poder y la misericorida de Dios. Es el momento en el que, en respuesta al penitente, la Santísima Trinidad, se hace presente para borrar su pecado y devolverle la inocencia, y la fuerza salvífica de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús es comunicada al mismo penitente como "misericordia más fuerte que la culpa y la ofensa", según la definí en la Encíclica Dives in misericordia. Dios es siempre el principal ofendido por el pecado -"tibi soli peccavi"-, y sólo Dios puede perdonar. Por esto la absolución que el sacerdote, ministro del perdón -aunque él mismo sea pecador- concede al penitente, es el signo eficaz de la intervención del Padre en cada absolución y de la "resurrección" tras la "muerte espiritual", que se renueva cada vez que se celebra el sacramento de la penitencia. Solamente la fe puede asegurar que en aquel momento todo pecado es perdonado y borrado por la misteriosa intervención del Salvador. La satisfacción es el acto final, que corona el signo sacramental de la pentiencia. En algunos países lo que el penitente perdonado y absuelto acepta cumplir, después de haber recibido la absolución, se llama precisamente penitencia. ¿Cuál es el significado de esta satisfacción que hace, o de esta penitencia que se cumple? No es ciertamente el precio que se paga por el pecado absuelto y por el perdón recibido; porque ningún precio humano puede equivaler a lo que se ha obtenido, fruto de la preciosísima Sangre de Cristo. Las obras de satisfacción -que, aun conservando un carácter de sencille y humildad, deberían ser más expresivas de lo que significan- quieren decir cosas importantes: son el signo del compromiso personal que el cristiano ha asumido ante Dios, en el sacramento, de comenzar una existencia nueva (y por ello no deberían reducirse solamente a algunas fórmulas a recitar, sino que deben consistir en acciones de culto, caridad, misericordia y reparación), incluyen la idea de que el pecador perdonado es capaz de unir su propia mortificación física y espiritual, buscada o al menos aceptada, a la Pasión de Jesús que le ha obtenido el perdón; recuerdan que también después de la absolución queda en el cristiano una zona de sombra, debida a las heridas del pecado, a la imperfección del amor en el arrepentimiento, a la debilitación de las facultades espirituales en las que obra un foco infeccioso de pecado, que siempre en necesario combatir con la mortificación y la penitencia. Tal es el significado de la humilde, pero sincera, satisfacción".

 

IV. "Queda por hacer una breve alusión a otras importantes convicciones sobre el sacramento de la penitencia. Ante todo, hay que afirmar que nada es más personal e íntimo que este sacramento en el que el pecador se encuentra ante Dios solo con su culpa, su arrepentimiento y su confianza. Nadie puede arrepentirse en su lugar ni puede pedir perdón en su nombre. Hay una cierta soledad del pecador en su culpa, que se puede ver dramáticamente representada en Caín, con el pecado "como fiera acurrucada a su puerta", como dice tan expresivamente el Libro del Génesis, y con aquel signo particular de maldición, marcado en su frente; o en David, reprendido por el profeta Natán; o en el hijo pródigo, cuando toma conciencia de la condición a la que se ha reducido por el alejamiento del padre y decide volver a él; todo tiene lugar solamente entre el hombre y Dios. Pero al mismo tiempo es innegable la dimensión social de este sacramento, en el que la Iglesia entera - la militante, la purgante y la gloriosa del cielo- es la que interviene para socorrer al penitente y lo acoge de nuevo en su regazo, tanto más que toda la Iglesia había sido ofendida y herida por su pecado. El sacerdote, ministro de la penitencia, aparece en virtud de su ministerio sagrado como testigo y representante de esa dimensión eclesial. Son dos aspectos complementarios del Sacramento: la individualidad y la eclesialidad, que la reforma progresiva del rito de la penitencia, especialmente la del Ordo Paenitentiae promulgada por Pablo VI, ha tratado de poner de relieve y de hacer más significativa en su celebración".

 

V. "Hay que subrayar también que el fruto más precioso del perdón obtenido en el sacramento de la penitencia consiste en la reconciliación con Dios, la cual tiene lugar en la intimidad del corazón del hijo pródigo, que es cada penitente. Pero hay que añadir que tal reconciliación con Dios tiene como consecuencia, por así decir, otras reconciliaciones que reparan las rupturas causadas, por el pecado: el penitente perdonado se reconcilia consigo mismo en el fondo más íntimo de su propio ser, en el que recupera la propia verdad interior; se reconcilia con los hermanos, agredidos y lesionados por él de algun modo; se reconcilia con la Iglesia; se reconcilia con toda la creación. De tal convencimiento, al terminar la celebracion -y siguiendo la invitación de la Iglesia- surge en el penitente el sentimiento de agradecimiento a Dios por el don de la misericorida recibida. Cada confesionario es un lugar privilegiado y bendito desde el cual, canceladas las divisiones, nace nuevo e incontaminado un hombre reconciliado, un mundo reconciliado".

 

VI. "Finalmente, tengo particular interés en hacer una última consideración, que se dirige a todos nosotros sacerdotes que somos los ministros del sacramento de la pentiencia, pero que somos también -y debemos serlo- sus beneficiarios. La vida espiritual y pastoral del sacerdote, como la de sus hermanos laicos y religiosos, depende, para su calidad y fervor, de la asidua y consciente práctica personal del sacramento de la penitencia. La celebración de la Eucaristía y el ministerio de los otros sacramentos, el celo pastoral, la relación con los fieles, la comunión con los hermanos, la colaboración con el obispo, la vida de oración; en una palabra, toda la existencia sacerdotal sufre un inevitable vacimiento, si le falta, por negligencia o cualquier otro motivo, el recurso periódico e inspirado en una auténtica fe y devoción al sacramento de la penitencia. En un sacerdote que no se confesase o se confesase mal, su ser como sacerdote y su ministerio se resentirían muy pronto, y se daría cuanta también la comunidad de la que es pastor. Pero añado también que el sacerdote -incluso para ser un ministro bueno y eficaz de la penitencia -necesita recurrir a la fuente de gracia y santidad, presente en este sacramento. Nosotros, sacerdotes, basándonos en nuestra experiencia personal, podemos decir con toda razón que, en la medida en la que recurrimos atentamente al sacramento de la penitencia y nos acercamos al mismo con frecuencia y con buena disposiciones, cumplimos mejor nuestro ministerio de confesores y aseguramos el beneficio del mismo a los penitentes. En cambio, este ministerio perdería mucho de su eficacia si de algún modo dejáramos de ser buenos penitentes. Tal es la lógica interna de esta sacramento. El nos invita a todos nosotros, sacerdotes de Cristo, a una renovada atención en nuestra confesión personal. A su vez, la experiencia personal es, y debe ser hoy, un estímulo para el ejercicio diligente, regular, paciente y fervoroso del sagrado ministerio de la penitencia, en que estamos comprometidos en virtud de nuestro sacerdocio, de nuestra vocación a ser pastores y servidores de nuestros hermanos. También con la presente Exhortación dirijo, pues, una insistente invitación a todos los sacerdotes del mundo, especialmente a mis hermanos en el episcopado y a los parrocos, a que faciliten con todas sus fuerzas la frecuencia de los fieles a este sacramento, y pongan en acción todos los medios posibles y convenientes, busquen todos los caminos para hacer llegar al mayor número de nuestros hermanos la "gracia que nos ha sido dada" mediante la penitencia para la conciliación de cada alma y de todo el mundo con Dios en Cristo".

3.- Lc 12,1-7. Ante la gente que se agolpa a su alrededor, Jesús hace una serie de recomendaciones: - que tengan "cuidado con la levadura de los fariseos, o sea, con su hipocresía"; la levadura hace fermentar a toda la masa; puede ser buena, como en el pan y en la repostería, y entonces todo queda beneficiado; pero si es mala, todo queda corrompido;

- que la verdad siempre acabará por saberse: "lo que digáis al oído en el sótano, se pregonará desde la azotea"; al menos, Dios siempre la conoce;

- que no tengan miedo de dar testimonio de Cristo ante el mundo: lo peor que les puede pasar no es la muerte corporal, hasta el martirio, porque en ese caso el premio de Dios será grande, sino la muerte espiritual, el que alguien nos incite a la apostasía, porque entonces sí que la ruina es definitiva;

- el motivo de tener confianza y no dejarse dominar por el miedo es que Dios se preocupa de cada uno de nosotros, mucho más que de los pajarillas y hasta de los cabellos de nuestra cabeza: "ni de uno solo se olvida Dios".

Tenemos que ir madurando en nuestra fe y creciendo en nuestra imitación de Cristo. A medida que vamos leyendo, día tras día, la Palabra de Dios, nos damos cuenta de lo mucho que hay que transformar todavía en nuestra vida. Podría ser que en nuestro caso también pudiera existir esa "levadura de la hipocresía", que inficiona todo lo que decimos y hacemos. Para otros, el fermento maligno puede ser la vanidad o la sensualidad o el materialismo o el odio. Estas actitudes interiores pueden estropear nuestra relación con los demas, nuestra paz interior y nuestra oración. Lo que tenemos que atacar es la raíz de todo, la levadura interior. Si en nuestro ordenador hay un virus, ya podemos hacer lo posible por extirparlo, porque de lo contrario destruirá todos nuestros archivos. Por el contrario, nosotros mismos deberíamos ser buen fermento e ir contagiando a otros la mentalidad cristiana, la esperanza y la paz, la amabilidad, el humor. Todos somos levadura: buena o mala. Nuestra vida no deja indiferentes a los que nos rodean. Influye en bien o en mal. En vez de dejarnos inficionar por la levadura sensual y materialista de este mundo, los cristianos debemos mantener nuestra identidad con valentía y además influir en los demás. En vez de acomodarnos a lo que piensa la mayoría, si es que no va de acuerdo con el evangelio de Jesús, debemos ser minoría decidida y eficaz, que da testimonio profético de los valores en que creemos. ¿Que habrá dificultades? Jesús ya nos lo avisa, y nos da también la motivación para no perder los ánimos: Dios no se olvida de nosotros. Como cuida de las aves y las flores, y "tiene contados los cabellos de nuestra cabeza", ¿cómo va a dejar que queden sin recompensa nuestros esfuerzos por vivir en cristiano y por ayudar a los demás? Jesús nos muestra su propia cercanía y nos asegura la ayuda de Dios: "a vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo... pues ni de uno solo se olvida Dios" (J. Aldazábal).

La hipocresía es el pecado típico del fariseo (cf. 11. 42-44). El discípulo de Jesús debe proceder sin disimulo, sin doblez, sin mentira. Su conducta debe ser siempre franca, como quien obra a la luz del día, como en plena plaza. Toda su acción, toda palabra suya será un día testimonio público. El discípulo es el amigo de Jesús, el que recibe sus confidencia, el hombre de la intimidad. Con ellos Jesús no tiene secretos (Jn 15,14-15). Como amigo de Jesús compartirá con él hasta su misma suerte de persecución y de muerte (Jn 15,18-21; 16,1-4; 1 Jn 3,13). El discípulo debe mantenerse entonces fiel al amigo, sin temor. Sólo se justifica el temor amoroso al Padre, que dispone de los destinos definitivos. Junto al discípulo, a su vera, fija su amorosa mirada sobre él, está siempre el Padre. La historia personal, íntima, y la historia comunitaria, está en sus manos. Aun cuando sus caminos resulten incomprensibles para la sabiduría humana (Is 55,8-9).

Farisaica es la propia justicia, la satisfacción humana de que nos elevemos por encima de la conciencia que todo cristiano debe tener de sus pecados y que nos hace presumir de que no necesitamos al Redentor. Farisaico es este permanecer en tinieblas, este altanero ocultarse en la oscura nube de lo puramente humano -¡cuan pronto se torna incluso animal-! y de lo puramente natural, que en seguida se vuelve hasta contra naturaleza. Farisaico es, en una palabra, el resistir al testimonio, el hacer oídos sordos a la voz de Cristo.

Cristo da su testimonio y lo da de amor. Y es fariseo todo aquel que no cree en el amor que, aquí y ante nuestros ojos, sobre el altar del sacrificio, se dispone a sufrir, a morir, para escribir así con su propia sangre humana en nuestros corazones el testimonio divino de sí mismo. Es fariseo el que no cree en esta caridad, el que no bebe el cáliz del testimonio de Cristo, este cáliz que está junto a nuestros labios, igual que el beso del esposo en los de la esposa. Es fariseo el que no cree en el amor, el que no bebe el amor, el que no retorna amor por amor. Y no puede pasar al más allá con Cristo quien muere en su pecado. Y repitámonos ahora: ¿somos acaso nosotros los fariseos? No vayamos a pensar que para serlo se precisa una densa tiniebla de pecado, una franca resistencia... No siempre el fariseísmo se presenta en lucha tan abierta, como podemos ver en el evangelio. "Guardaos del fermento de los fariseos, que es la hipocresía", advierte Jesús a sus discípulos. Guardémonos bien del que vive oculto en nosotros. Pensemos que no se consigue echarle con facilidad. Y acordémonos que este momento, la hora de la celebración del misterio, del testimonio de Jesús hecho presente, es hora de juicio y de sentencia (Emiliana Löhr).

-En esto habiéndose reunido miles y miles de personas, hasta pisarse uno a otros... Un baño de multitud, como suele decirse hoy. El texto griego habla de "miríadas" Es sabido cuán difícil es evaluar el número de una manifestación. Lucas parece que habla de "decenas de millares" de personas.

-Jesús empezó a hablar, dirigiéndose en primer lugar a sus discípulos: "Guardaos de la levadura de los fariseos que es la hipocresía" ¡Qué valentía! Para atreverse a tomar posición también públicamente. No olvidemos que algunos fariseos eran ciertamente los notables de entonces y a menudo, sin duda, hombres relevantes... observadores minuciosos de la Ley... conocedores, sabios expertos en cuestiones religiosas. Jesús no les reprocha sus cualidades. Pero no soporta su orgullo ni su desprecio de los pequeños, de esa multitud de pobres que no saben bien "su catecismo" ni han acabado de comprender las teorías complicadas ni las numerosas y complejas obligaciones de los "muy comprometidos", de aquellos que se consideran como los "dirigentes" del pueblo. El gran peligro, la "mala levadura" de todos aquellos que pretenden dirigir y aconsejar a los demás... es la hipocresía: se es exigente para los demás, se les pide cosas difíciles... se influye sobre ellos, se les da lecciones... Es tentador querer aparecer como exteriormente irreprochable, sin cumplir interiormente la exigencia propuesta. ¡Guardaos de los slogans excesivos! ¡Guardaos de la suficiencia orgullosa! Desconfía de ti mismo si te crees perfecto, si, para ti ¡la verdad eres tú!

-Nada hay encubierto que no deba descubrirse, ni nada escondido que no deba saberse, porque lo que dijisteis de noche se escuchará en pleno día, y lo que dijisteis al oído en un rincón de la casa, se pregonará desde las azoteas. Es una clara invitación a la sinceridad que es lo contrario a la hipocresía. Hay un cierto estilo de "diplomacia" sigilosa y hábilmente secreta que es contraria a la simplicidad del evangelio. Hoy se habla mucho de la "opinión publica". Aquí Jesús habla en favor de una Iglesia a "pleno día", de una casa de cristal donde todo pueda ser visto y oído. ¿No existe a veces la tendencia a instaurar "capillitas", clubs cerrados, grupos subterráneos... en los que hay que tener carta blanca para ser admitido?

-Escuchadme ahora vosotros, amigos míos: "No temáis a los que matan el cuerpo y después no pueden hacer nada más". Vivir a pleno día, someterse a la opinión pública no quiere decir "halagar la opinión corriente". Al contrario, Jesús tiene una visión clara, está pensando el caso cuando sus discípulos van contra-corriente, y se atreven a decir cosas que no agradan. Hablar francamente, sin tener en cuenta las opiniones demasiado humanas. Jesús también a menudo y muy netamente ha pensado en la "persecución", y ha pedido que no se la temiera: "no temáis a los que matan el cuerpo".

-¿No se venden cinco gorriones por cuatro cuartos? Y, sin embargo, ni de uno solo de ellos se olvida Dios. No tengáis miedo: valéis mas que todos los gorriones juntos. Dios se ocupa de las más pequeñas de sus criaturas. Dios contempla los pajarillos. Dios se interesa por todo lo que no tiene la menor apariencia de grandeza. Todo lo lleva en su corazón. ¡Mayormente a los hombres! Señor, yo creo que estoy "ante tu mirada" (Noel Quesson). Con este convencimiento, ¿cómo puedo tener miedo? Le decía S. Tomás Moro a su hija: "Finalmente, mi querida Margarita, de lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve... nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor"

 

El evangelio de Lucas dedica en los capítulos siguientes dos extensas secciones a la instrucción. Jesús le dirige al pueblo de Israel una nueva enseñanza, un nuevo testamento. Quiere que su mensaje le ayude a comprender la nueva situación en que vive ante Dios y ante el resto de la humanidad: la nueva realidad histórica y salvífica. Sin embargo, muchos sectores de entre los líderes del pueblo y entre las multitudes se muestran reacios y obstinados. Jesús, entonces comprende, que la multitud no es el lugar ideal para hacer crecer el Reino, y que es necesario partir siempre de una pequeña comunidad que sea fermento de cambio y esperanza.

 

La multitud congregada alrededor de Jesús acude gustosamente a escucharlo. Las masas siempre están atentas a las novedades y corren tras el nuevo maestro. Jesús es muy crítico ante ese éxito entre la gente. El no confía en los espectáculos multitudinarios.

 

15 de octubre, Santa Teresa de Jesús. La llena el Señor de sabiduría en la ciencia del amor de la Humanidad Santísima del Señor, y ella corresponde con amor y dedicación de servicio a Dios y a los demás

 

 

Lectura del libro del Eclesiástico 15,1-6. El que teme al Señor obrará así, observando la ley, alcanzará la sabiduría. Ella le saldrá al encuentro como una madre y lo recibirá como la esposa de la juventud; lo alimentará con pan de sensatez y le dará a beber agua de prudencia; apoyado en ella no vacilará y confiado en ella no fracasará; lo ensalzará sobre sus compañeros, para que abra la boca en la asamblea; lo llena de sabiduría e inteligencia, lo cubre con vestidos de gloria; alcanzará gozo y alegría, le dará un nombre perdurable.

 

Salmo 88,2-3.6-7.8-9.16-17.18-19. R. Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré.

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad.

El cielo proclama tus maravillas, Señor, y tu fidelidad, en la asamblea de los ángeles. ¿Quién sobre las nubes se compara a Dios? ¿Quién como el Señor entre los seres divinos?

Dios es temible en el consejo de los ángeles, es grande y terrible para toda su corte. Señor de los ejércitos, ¿quién como tú? El poder y la fidelidad te rodean.

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro; tu nombre es su gozo cada día, tu justicia es su orgullo.

Porque tú eres su honor y su fuerza, y con tu favor realzas nuestro poder. Porque el Señor es nuestro escudo, y el Santo de Israel nuestro rey.

 

Evangelio según san Mateo 11,25-30. En aquel tiempo, exclamó Jesús: -«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

 

Comentario: En tiempo recios, ¡cómo agradecemos que alguien nos ayude a distinguir el día de la noche, la verdad de la mentira, el bien del mal! Hace años, el cardenal Martini dijo que los peores tiempos de la Iglesia no han sido aquellos en los que se han cometido muchos pecados, sino aquellos en los que se ha perdido el don del discernimiento, los tiempos en los que todo ha dado igual. La liturgia nos regala hoy la fiesta de Teresa de Jesús, una mujer "sabia" en tiempos no menos recios que los nuestros, una mujer que supo discernir. Ella no fue alumna de la Universidad de Salamanca o de la de Alcalá, pero se doctoró en la universidad de la oración y de la vida. La Iglesia la considera "doctora de la fe". Naturalmente, este doctorado no tiene nada que ver con un título académico. Es un don del Padre. Jesús lo dice en el evangelio de hoy: "Has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla". Teresa, que no fue una mujer de temperamento débil o apocado, sí fue una creyente inundada por la sencillez que viene del Espíritu.

1. La sabiduría está en la búsqueda de la verdad, decía Juan Pablo II, "no es casual que, en el momento en que el autor sagrado quiere describir al hombre sabio, lo presente como el que ama y busca la verdad… la fe agudiza la mirada interior abriendo la mente para que descubra, en el sucederse de los acontecimientos, la presencia operante de la Providencia". Se personifica luego con la madre y esposa, como cultivó santa Teresa esta ciencia del amor divino, hacia Jesús, Sabiduría encarnada, con sus Ayes del destierro: "¡Cuán triste es, Dios mío; / La vida sin ti! / Ansiosa de verte / Deseo morir. / Carrera muy larga / Es la de este suelo, / Morada penosa, / Muy duro destierro. / ¡Oh dueño adorado, / Sácame de aquí! / Ansiosa de verte / Deseo morir. // Lúgubre es la vida, / Amarga en estremo; / Que no vive el alma / Que está de ti lejos. / ¡Oh dulce bien mío, / Que soy infeliz! / Ansiosa de verte / Deseo morir. // ¡Oh muerte benigna, / Socorre mis penas! / Tus golpes son dulces, / Que el alma libertan. / ¡Que dicha, oh mi amado, / Estar junto a Ti! / Ansiosa de verte / Deseo morir. / El amor mundano / Apega a esta vida; / El amor divino / Por la otra suspira. / Sin ti, Dios eterno, / ¿Quien puede vivir? / Ansiosa de verte / Deseo morir. / La vida terrena / Es continuo duelo; / Vida verdadera / La hay sólo en el cielo. / Permite, Dios mío, /  Que viva yo allí. / Ansiosa de verte / Deseo morir. // ¿Quien es el que teme / La muerte del cuerpo, / Si con ella logra / Un placer inmenso? / ¡Oh, sí, el de amarte, /  Dios mío, sin fin! / Ansiosa de verte / Deseo morir. //  Mi alma afligida / Gime y desfallece. / ¡Ay! ¿Quien de su amado / Puede estar ausente? / Acabe ya, acabe / Aqueste sufrir. / Ansiosa de verte / Deseo morir. // El barbo cogido / En doloso anzuelo / Encuentra en la muerte / El fin del tormento. // ¡Ay!, también yo sufro, / Bien mío, sin ti. / Y Ansiosa de verte / Deseo morir. // En vano mi alma / Te busca, ¡oh mi dueño!; / Tu siempre invisible / No alivias su anhelo. / ¡Ay!, esto la inflama / Hasta prorrumpir: / Ansiosa de verte / Deseo morir. / ¡Ay!, cuando te dignas / Entrar en mí pecho, / Dios mío, al instante / El perderte temo. / Tal pena me aflige / Y me hace decir: / Ansiosa de verte / Deseo morir. // Haz, Señor, que acabe / Tan larga agonía, / Socorre a tu sierva / Que por ti suspira. / Rompe aquestos hierros / Y sea feliz. / Ansiosa de verte / Deseo morir. // Mas no, dueño amado, / Que es justo padezca; / Que expíe mis yerros, / Mis culpas inmensas. / ¡Ay!, logren mis lágrimas / Te dignes oír / Ansiosa de verte / Deseo morir".

¿Qué podemos aprender hoy de su experiencia espiritual para iluminar nuestra vida? Quiero resaltar tres lecciones: 1) Sin amistad con Dios no hay transformación posible (ni personal ni social). La oración es la más profunda, arriesgada y necesaria aventura que puede emprender el ser humano; 2) Toda religiosidad naufraga cuando no es curada por la humanidad de Cristo. 3) La humildad, la audacia y la fortaleza son virtudes esenciales para afrontar las crisis (incluidas las de la Iglesia). A la oración se suele llegar tarde, como si la seducción de Dios siempre fuera el enamoramiento postrero después de habernos dejado seducir por otras muchas realidades. A veces llegamos demasiado tarde y, entonces, tenemos la impresión de haber malgastado la vida. La humanidad de Cristo nos sitúa otra vez en la órbita de Dios después de nuestros devaneos religiosos y humanistas, esclavos de todas las modas que desfilan por la pasarela de las ideologías. La humildad, la audacia y la fortaleza son virtudes de las personas sabias, de los ancianos, difícilmente asumibles en tiempos en los que "ser joven" parece más una meta que una etapa del camino de la vida. Dejemos que la Santa nos acompañe durante esta jornada. Para ello, os propongo acercarnos a uno de sus mejores poemas: Vivo sin vivir en mí (gonzalo@claret.org).

"Señor Dios nuestro, que has suscitado a Santa Teresa para mostrar a tu Iglesia el camino de la perfección, cóncedenos vivir de su doctrina y enciende en nuestros corazones el deseo de la verdadera santidad"… ella hacía oración desde niña, con una piedad innata, y un sentido de lo eterno muy acusado, y ejercitaba su carisma con su hermanito Rodrigo, un poco mayor que ella, y los dos construían ermitas para dedicarse a orar y a releer y memorizar las lecturas de las Vidas de los Santos, que escuchaban al amor de la lumbre, con toda la familia reunida. Se le encendían en el corazón los deseos del martirio y pensaba que los mártires habían comprado barato el cielo. Llegó la adolescencia y se enfrió, se disipó, se volvió vanidosa y coqueta, flirteaba con sus primos, y a punto estuvo de perder su gran llamada, su vocación de orante y maestra de oración.

Su tío, Don Pedro Sánchez de Cepeda, junto con Doña María de Briceño, la monja agustina que la cuidaba en su convento, la devolvieron al camino. El primero con el testimonio de su vida orante y de penitencia, pues, viudo cómo era, se retiró a un monasterio de monjes Jerónimos, no sin antes poner en las manos de Teresa el libro que la salvaría: "El tercer Abecedario de Francisco de Osuna", que la conduciría a reencontrarse a sí misma, a través de la palabra de Dios. Decidida a ingresar en el Carmelo, se lo comunicó a su padre, que era para ella asunto irreversible y acabado pues, era tan tenaz, pundonorosa y valerosa, que ya nadie, después de empeñada su palabra, la detendría ni sería capaz de influenciarla para que diera un paso atrás, como dice el Evangelio del que pone su mano en el arado. Buscó y ojalá no encontrara. Buscó y encontró medio letrados, personas con el corazón poco ablandado en Cristo, pusilánimes y temerosos y tan calculadores de los resortes humanos que la hacían desistir del seguimiento de su evidente llamada. Unos que para qué monja. Otros que para qué tanta oración. Que ya era suficiente con rezar el breviario y el rosario... Casi todos también que para qué otra Orden. Que las que habían sobraban y que se creía superior a todos, pues se erigía ella en Fundadora. Todo la hizo sufrir. Siguió buscando y cada día peor.

Llegó un tiempo que no había quien la quisiera confesar, porque el revuelo y la murmuración en su ciudad era general y deprimente. Le hicieron creer que era demonio lo que Jesús le comenzó a regalar. Se predicó contra ella en los púlpitos y se la humilló y ridiculizó ignominiosamente, con un manifiesto desprecio a su dignidad de mujer y de cristiana. Se le prohibieron los libros que eran su único consuelo y que la conducían hasta que Jesús le dijo un día, cuando estaba abrumada por la desolación. "No temas, hija, que desde hoy te daré libro Vivo". Y se lo dio: Fue Él, glorioso y vivificante que le dio la vida y la elevó a la cumbre más elevada y luminosa de la cristificación, como Ella describe en sus celestiales Moradas.

Porque escuchó y fue fiel, aunque perdió el camino, pero siguió, tras el despiste, en la búsqueda. Porque ante los desvíos, siguió y no retrocedió. Porque no se amilanó ante las persecuciones y murmuraciones y difamaciones que amenazaban paralizarla, hoy tenemos una maestra excelsa de oración, y una madre que siempre nos ayuda a discernir, a seguir, a caminar, y a buscar hasta encontrar el agua viva siquiera llegue, murmure quien murmurare, siquiera se hunda el mundo, siquiera me muera en el camino.

De almas como Teresa está necesitada la Iglesia. Nosotros, al menos, tomémosla como Maestra, que iremos bien servidos, pues Dios quiso hacer de Teresa un testigo de Jesús resucitado, como hizo a Juan y a Pedro y a los apóstoles. Esta elección la convirtió en mujer nueva, capacitada para testificar con su vida lo que había visto y oído. Y el mensaje que aportó Teresa a la Iglesia de su tiempo fue, principalmente, el de la imperiosa necesidad de orar, como camino para amar, cuando la oración mental, fruto de la devotio moderna, que había degenerado en puro juego de silogismos, era desconocida y peligrosa.

Los teólogos escolásticos oficiales de entonces, carecían del conocimiento de este don. Decía fray Domingo de Soto que «si no era con el evangelio delante no sabía pensar en Dios, que, como era invisible, no sabía qué pensaban algunos hincados de rodillas dos horas delante del altar, que él no podía hacerlo". Otros, tanto o más calificados, tuvieron expresiones todavía más inauditas y lamentables. Melchor Cano ataca los «Comentarios sobre el catecismo cristiano» de Bartolomé Carranza porque divulgan la oración mental entre todos los cristianos. Por la misma razón acusaba a fray Luis de Granada, y hasta veía en la oración mental peligro para el desarrollo normal de la sociedad. Se comprende, sólo con asomarnos a aquel ambiente, que Teresa tuviera dificultades, y no sólo las sociales. En una atmósfera, no sólo poco propicia, sino hostil, cuando sólo el pensamiento de buscar la interioridad era peligroso (se temía el erasmismo y el alumbradismo), Teresa se abre camino y ofrece con contundencia el mensaje de aquel momento, para aquel momento. Y en medio de la tormenta se abrió camino, ¡y qué camino!

Creo que no hay en toda la historia de la Iglesia un panegirista de la oración más caracterizado, elocuente y persuasivo que Teresa en obras y en palabras. Fue su gran divina intuición. Hemos vivido unos años de verdadera algarabía en torno a la oración. Y no sólo en la Iglesia Católica sino también en las separadas. Sobre la oración primero fue el silencio. Después la calumnia. Luego la omisión. Y ahora que se habla más de ella, creo que se habla más que se ejerce. Mientras avanza el desierto. Con la teología radical de la muerte de Dios, no había posibilidad de diálogo con un Dios muerto. Con la crisis y falta de fe, Dios no interesaba al hombre. La autonomía del hombre descartaba el trato con el Ser trascendente. Más, se le consideraba rival y amenazante. Estorbo para el desarrollo humano. Con la secularización y la desacralización, el trato con Dios era una forma alienante de la personalidad. Le escasa coherencia de los orantes profesionales, daba origen a acusar a la oración de evasión y desencarnación de la vida. En esta situación, como en la suya, no más fácil, ni menos difícil, Teresa alza la voz y nos dice: «que nadie tomó a Dios por amigo que no se lo pagase». Y se pregunta: ¿Por qué no hacen oración? "Por cierto, si no es para pasar con más trabajo los trabajos de la vida, yo no lo puedo entender, y para cerrar a Dios la puerta para que no les dé alegría en la oración. Cierto, les tengo lástima, porque a su costa sirven a Dios; porque a los que hacen oración el mismo Señor corre con el gasto, pues por un poco de trabajo les da gusto para que con él se pasen los trabajos».

La oración es importantísima, pero no lo es todo. El primado es del amor, pero sin oración el huerto no produce flores, es decir, ni amor ni valores humanos, ni virtudes evangélicas, y las bienaventuranzas sin ella yacen marchitas, heladas: «Que para esto es la oración, para que nazcan siempre obras, obras, obras», que en el pensamiento de la maestra equivalen a virtudes. "No pongáis vuestro fundamento sólo en rezar y contemplar; porque si no procuráis virtudes y no hay ejercicio de ellas, siempre os quedaréis enanas". Es decir, sin oración no hay cristianos. Y sin cristianos no puede haber "nueva evangelización", al menos en profundidad. Por eso Juan Pablo II, promotor de la misma, ha dicho que «el mensaje de santa Teresa conserva hoy toda su verdad y fuerza» y pide «que el pueblo cristiano se ponga a la escucha del mensaje teresiano».

Es en la oración, ciertamente, donde Jesús nos hace el yugo suave y nos aligera la carga. Allí es donde nos enseña a ser humildes y mansos de corazón. Es allí donde, cuando llegamos cansados y agobiados por nuestros trabajos y contradicciones, encontramos nuestro descanso (Jesús Martí Ballester).

Vuestra soy, para vos nací / ¿Que mandáis hacer de mí? / ...Vuestra soy, pues me criasteis, / Vuestra, pues me redimisteis, / Vuestra, pues que me sufristeis, / Vuestra, pues que me llamasteis, / Vuestra, porque me esperasteis, / Vuestra, pues no me perdí. / ¿Qué mandáis hacer de mí?... (Sta Teresa). Fundó 15 nuevos monasterios diseminados por España. Escribió con mano de artista sus andanzas de fundadora, sus experiencias místicas, y bellísimas poesías. Fue gran maestra de espíritus y tuvo bien merecido el título de Doctora de la Iglesia con que ha sido honrada.

Temor, sabiduría, prudencia, revelación a los humildes. Si miramos a Teresa de Jesús, comprobaremos que forma parte del grupo de los elegidos: temor de hija que no quiere ofender, sabiduría de quien encontró la suprema luz y gozo en Dios, prudencia que pone cautelas a todos los sentimientos y acciones, revelación y experiencia de que estamos llamados a sumergirnos en el misterio insondable de la divinidad. Lo contrario es no tener sabiduría. Así lo declaran los Ayes teresianos desde el destierro de este mundo con ansias de ir a Dios: ¡Cuán triste es, Dios mío, / la vida sin ti! // Ansiosa de verte / Deseo morir. // Carrera larga es la de este suelo, / Morada penosa, muy duro destierro. / ¡Oh dueño adorado!, sácame de aquí. //  Ansiosa de verte / Deseo morir. //  El amor mundano apega a esta vida. / El amor divino por  la otra suspira. / Sin ti, Dios eterno, ¿quién puede vivir? // Ansiosa de verte / Deseo morir.

La fuerza y la confianza de la oración. Celebramos con alegría la fiesta de Santa Teresa de Jesús, Doctora de la Iglesia. Teresa de Cepeda y Ahumada tomó el nombre de Teresa de Jesús al ingresar en el Carmelo. El cambio de nombre supuso para ella mucho más que cumplir con lo establecido para el momento de la profesión religiosa. Significaba, en efecto, el cambio profundo que quiso llevar a cabo en su vida: de ser una mujer como la mayoría, dedicada a sus intereses particulares y de relaciones familiares y sociales en general, sería en adelante, de modo exclusivo, para Jesús. No habría ya más afanes en su vida que los de Cristo. Su nombre de religiosa expresa, pues, posiblemente del modo más sintético y real, lo que fue la vida de esta Santa a partir del momento en que decidió consagrarse a Dios.

No fue sencillo para Teresa de Jesús alcanzar esa santidad –identificación plena con Cristo– que se le presentó como un ideal fascinante en sus años de juventud. Fue necesario que pusiera lo personal muy en segundo término y en todos los aspectos. Sin embargo, con el paso de los años, mostró una fuerza consigo misma y una capacidad de impulso hacia la perfección genuina exigida por Jesucristo, que admiró y hasta desconcertó a los de su misma orden religiosa. De modo particular llamó la atención y recibió críticas de algunos sectores, en cierta medida acomodados y poco exigentes, respecto a su rigor primigenio. A partir de aquella situación se sintió impulsada a emprender una profunda reforma del Carmelo, recobrando así el espíritu que dio origen a la Orden.

¿Cómo fue capaz una mujer, sin recursos ni influencias, de establecer tan profundos cambios, claramente negativos desde un punto de vista humano, y contra el parecer de la mayoría? ¿Cuál fue el estímulo que hizo posible el sorprendente desarrollo posterior de su Empresa? Pues, era insólito su sacrificio en una sociedad cada vez más afanada en las comodidades de una vida fácil, no se podía comprender el sentido de tan rigurosa exigencia. De diversos modos la Santa de Ávila se remitía siempre a la oración, para señalar la causa, el origen, el único fundamento consistente de cualquier tarea eficaz al servicio de Dios. En su propia oración aprendió Santa Teresa que, viviendo la vida con Dios en un trato habitual, los hombres podemos y debemos sentirnos siempre triunfadores a pesar de aparentes contratiempos momentáneos, pues no es posible que, empeñados en sus mismos afanes, podamos fracasar con Él.

En cambio, sin oración tenemos garantizada la esterilidad: el que no deja de andar e ir adelante, aunque tarde, llega. No me parece es otra cosa perder el camino sino dejar la oración. Es su viva experiencia, de un permanente empeño por agradar a Dios yendo de su mano, con la impresión, en ocasiones, de que todo ese esfuerzo es excesivo, poco eficaz en apariencia. Sin embargo, insiste en la necesidad de no abandonarla, aunque parezca estéril: La oración no es problema de hablar o de sentir, sino de amar. Y se ama, esforzándose en intentar decir algo al Señor, aunque no se diga nada. Cuando Dios quiere el alma nota, hasta de modo sensible, la eficacia y la paz de la súplica: Entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allí a guardar (...). Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese de una vez para no ofenderle. Y en otro momento concluye: Siempre salía consolada de la oración y con nuevas fuerzas.

Ante nuestros ojos está, visible por todo el mundo, la eficacia santificadora de esta Santa, que trasciende mucho más allá del ámbito carmelitano, y hace sentir sus efectos en otras familias religiosas y en toda sociedad católica en general. El sentido común y sobrenatural, la gracia humana con un gran ingenio y espíritu práctico para la vida, su indudable talento literario y poético, y hasta el sentido del humor de Teresa de Ávila, han quedado para la historia de la cultura y de la espiritualidad como un animante estímulo para cuantos nos resistimos a ser vulgares.

Acudimos a su particular asistencia en el día de su fiesta, para que no desistamos de la oración confiada en los momento de dificultad, convencidos de que, con Jesucristo, nunca podremos perder, a pesar de que, por momentos, la tentación nos sugiera pensamientos de desánimo. La Madre de Dios, Virgen Poderosa, según la aclamamos en las Letanías del Santo Rosario, nos confirma que, de la mano de Dios, siempre vamos seguros.

3. El Evangelio nos recomienda la sencillez de niños, a fin de ponernos en manos del Padre: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños» (Mt 11,25). En el Catecismo se nos habla de esa tierna oración de Jesús con su Padre (2603): "Los evangelistas han conservado dos oraciones más explícitas de Cristo durante su ministerio. Cada una de el las comienza precisamente con la acción de gracias. En la primera (cf Mt 11,25-27 y Lc 10,21-23), Jesús confiesa al Padre, le da gracias y lo bendice porque ha escondido los misterios del Reino a los que se creen doctos y los ha revelado a los "pequeños" (los pobres de las Bienaventuranzas). Su conmovedor "¡Sí, Padre!" expresa el fondo de su corazón, su adhesión al querer del Padre, de la que fue un eco el "Fiat" de Su Madre en el momento de su concepción y que preludia lo que dirá al Padre en su agonía. Toda la oración de Jesús está en esta adhesión amorosa de su corazón de hombre al "misterio de la voluntad" del Padre (Ef 1,9)".

De los niños había dicho Jesús: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos» (Mt 19,14). Ser como niños no significa permanecer en un infantilismo psicológico permanente. El niño es aquel que se deja guiar con docilidad por la mano del padre. El niño descubre a cada paso aquello que los padres le muestran. Todos los niños dan sus primeros pasos cogidos de las manos amorosas de unos padres. Seguir la voluntad del Padre es lo que pedimos cada vez que recitamos el Padrenuestro, y ésta es la característica fundamental de quien se hace como niño. «Aquel que se ocupó de ti antes de que existieras, ¿no se ha de preocupar de ti una vez que te llamó a la vida? Quien te creó es también quien te sostiene» (San Agustín). Todo descansa en la providencia de Dios.

Dios, nuestro Padre, no nos abandona nunca. Por el contrario, somos nosotros quienes nos tenemos que abandonar en las manos de Dios. El Evangelio de hoy nos invita a ello: confiar en Aquel que nos acompaña siempre. Tener confianza y ser humildes no está de moda, pero ciertamente es el único camino para llegar a Dios. Lo afirma expresamente santa Teresa: «He visto claramente que, si queremos que la majestad soberana nos revele grandes secretos, hemos de entrar por esta puerta [la contemplación de Jesús]. No quiera nadie ningún otro camino (...). Este camino se ha de recorrer con libertad, abandonándonos en las manos de Dios».

Preguntémonos, hoy especialmente, cómo es nuestra vida: ¿guardamos silencio para dejar hablar a Dios? ¿Rezamos abandonándonos en sus manos? Pero confiar y ser humildes son dos términos que hemos de aprenderlos dentro de la Iglesia, ¡nuestra Madre!: ¿confiamos humildemente en ella y la amamos? (Ferran Jarabo Carbonell).

 "Sólo Dios basta". Hoy es la Fiesta de Santa Teresa de Jesús. No necesita presentación. Pero, como maestra de vida cristiana, sí podemos descubrir más y más facetas de su fascinante santidad: mística, fraterna y dicharachera, fundadora, itinerante, perseguida... Teresa de Jesús armoniza la experiencia de gozo del amor de Dios con el sufrimiento de esta vida de una manera admirable.

¡Oh hermosura que excedéis / a todas las hermosuras! / Sin herir, dolor hacéis, / y sin dolor deshacéis / el amor de las criaturas! / ¡Oh ñudo que así juntáis / dos cosas tan desiguales, / no sé por qué os desatáis, / pues atado fuerza dais / a tener por bien los males!

Teresa de Jesús es una excelente guía para ir hacia Él, cansados y agobiados, confiados en que nos aliviará. Ir hacia Él y cargar con su yugo llevadero y aprender su mansedumbre y humildad de corazón. ¿Hay mejor modo de encontrar descanso? ¿Hay mejor senda para hallar la sabiduría?

Nada te turbe, / nada te espante; / todo se pasa. / La paciencia / todo lo alcanza. / Dios no se muda. / Quien a Dios tiene / nada le falta. / Sólo Dios basta (luisangelcmf@yahoo.es).

Santa Teresa y Nuestra Señora

Este día 15 podríamos ver muchos aspectos en relación con la fiesta de Santa Teresa de Jesús, y sin duda uno de ellos, en este mes del Rosario, nos habla de ir a Jesús por Maria. Revisando algunos documentos carmelitanos, se puede ver que entre sus primeros recuerdos de la infancia ya habla del amor a la Virgen: habla del cuidado que su madre tenía de hacerlos rezar y ayudarles a que fueran devotos de Ella y de algunos santos, que la comenzó a despertar a los seis o siete años; es conmovedora su oración cuando pierde su madre, a la edad de 13 años: afligida fue a una imagen de nuestra Señora y le suplicó con muchas lágrimas que ella fuera su madre; y desde entonces tiene conciencia de una protección especial de María, que la ha vuelto a ella cuantas veces tenía necesidad. Su devoción mariana crece día a día: acude a ella en las penas, la recuerda en sus fiestas, cultiva la devoción al Rosario... es una progresiva contemplación y experiencia de los momentos más importantes de la vida de la Virgen, según las palabras del Evangelio, que van haciendo mella en su alma, va acogiendo su corazón de Fundadora aquellos misterios: así, el canto del Magnificat estará en sus labios constantemente; como también contempla el misterio de la Encarnación pensando en la presencia del Señor dentro de nosotros a imagen de la Virgen que lleva dentro de sí al Salvador; y penetra en el corazón de María al pie de la cruz, porque ha entrado místicamente en el dolor de la Virgen, cuando ella también ha probado la desolación y la noche oscura del espíritu. Sus profundas experiencias místicas le llevan a revivir los misterios de la vida de María. También es muy interesante ver como desde la primera fundación la devoción mariana va siempre acompañada a la de San José, que en sus experiencias místicas lo ve al lado de la Virgen, quien le dice que pusiese al primer convento el nombre de san José, que ellos dos serían los protectores.

María es vista por Teresa como la primera cristiana, la discípula del Señor, la seguidora de Cristo hasta el pie de la Cruz. En ella se han mirado siempre como al espejo las carmelitas, y Teresa de una manera particular ve en Nuestra Señora la esposa ideal del Cantar de los cantares, la mujer perfecta, totalmente poseída por Dios, enamorada de Él, que nunca ha puesto resistencia a las mociones del Espíritu Santo; modelo de una adhesión total a la Humanidad de Cristo. Ella es modelo de sentimientos de pureza de corazón, de pensamiento y de intención; de pobreza y humildad; de admiración que llega al estupor ante las maravillas de Dios: para Teresa es ejemplo y modelo de todas las virtudes, y la Madre que nos enseña que la cruz es camino por la gloria.

Esta filiación a Maria Santa queda expresada en muchos detalles hasta el punto que decir Carmelo es decir María, el Carmelo es todo de María. Ella es Señora, Patrona, Madre de la Orden y de cada uno de sus miembros. Todo es mariano en los Carmelos de Santa Teresa: el hábito, la Regla, las casas. Ya la primera casa la confía a Ella en el gobierno, y la llama "mi Priora". Su devoción al Santo Escapulario queda expresada en lo que dice a propósito de la muerte de un carmelita: porque ha vivido su estado de vida religiosa, le han aprovechado las Bulas de la Orden para no entrar en el Purgatorio. Y desde que recibió una especie de investidura mariana para ser Fundadora, procuraba vivir y hacer vivir "la Regla de nuestra Señora del Carmen", que tanta gloria da al Señor y a la gloriosa Virgen María, llevando su hábito. Veía a la Virgen como la gran intercesora, que con manto blanco acogía a todas y distribuía las gracias, como la de ir superando diversas dificultades que encontraban las fundaciones, y por ella se van poblando "los 'palomarcitos' de la Virgen nuestra Señora ..."

Sobre este fundamento del amor filial a la Virgen, se edifica la fraternidad carmelitana, ese amor del espíritu de familia. Ocupando lugar tan destacado en el Carmelo, las imágenes de la Virgen -"dulce Madre"- presiden también sus iglesias, y así Santa Teresa continúa propagando la devoción mariana a través de sus hijos.

Llucià Pou Sabaté