domingo, 15 de noviembre de 2009

Miércoles de la 28ª semana de Tiempo Ordinario. Dios pagará a cada uno según sus obras, según su corazón, judíos y griegos, todos somos hijos de Dios, y la salvación no depende de la rigidez en cumplir leyes sino en el amor de verdad.

 

 

Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 2,1-11. Tú, el que seas, que te eriges en juez, no tienes disculpa; al dar sentencia contra el otro te condenas tú mismo, porque tú, el juez, te portas igual. Todos admitimos que Dios condena con derecho a los que obran mal, a los que obran de esa manera. Y tú, que juzgas a los que hacen eso, mientras tú haces lo mismo, ¿te figuras que vas a escapar de la sentencia de Dios? ¿O es que desprecias el tesoro de su bondad, tolerancia y paciencia, al no reconocer que esa bondad es para empujarte a la conversión? Con la dureza de tu corazón impenitente te estás almacenando castigos para el día del castigo, cuando se revelará el justo juicio de Dios, pagando a cada uno según sus obras. A los que han perseverado en hacer el bien, porque buscaban contemplar su gloria y superar la muerte, les dará vida eterna; a los porfiados que se rebelan contra la verdad y se rinden a la injusticia, les dará un castigo implacable. Pena y angustia tocarán a todo malhechor, primero al judío, pero también al griego; en cambio, gloria, honor y paz a todo el que obre el bien, primero al judío, pero también al griego; porque Dios no tiene favoritismos.

 

Salmo 61,2-3.6-7.9. R. Tú, Señor, pagas a cada uno según sus obras.

Sólo en Dios descansa mi alma, porque de él viene mi salvación; sólo él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré.

Descansa sólo en Dios, alma mía, porque él es mi esperanza; sólo él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré.

Pueblo suyo, confiad en él, desahogad ante él vuestro corazón, que Dios es nuestro refugio.

 

Evangelio según san Lucas 11,42-46. En aquel tiempo, dijo el Señor: -«¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios! Esto habría que practicar, sin descuidar aquello. ¡Ay de vosotros, fariseos, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas y las reverencias por la calle! ¡Ay de vosotros, que sois como tumbas sin señal, que la gente pisa sin saberlo! » Un maestro de la Ley intervino y le dijo: -«Maestro, diciendo eso nos ofendes también a nosotros.» Jesús replicó: -«¡Ay de vosotros también, maestros de la Ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros no las tocáis ni con un dedo!»

 

Comentario: 1.- Rm 2,1-11. Ayer desautorizaba Pablo a los paganos por no haber llegado al conocimiento de Dios, a pesar de que sus huellas están claras en la creación de este mundo. Hoy se dirige a los judíos. También ellos están fuera de juego: no han sabido estar a la altura de su elección y misión en el mundo. De esto parece escandalizarse Pablo más que del pecado de los paganos. Los judíos tampoco tienen excusa y no pueden juzgar despectivamente a los paganos: "al dar sentencia contra el otro, te condenas tú mismo, porque tú, el juez, te portas igual". Al igual que el don de Dios es para todos, su juicio también lo será, "pagando a cada uno según sus obras". Será juicio de "gloria, honor y paz", de "vida eterna" para todos, judíos y paganos, si han sabido responder al don de Dios. Pero será "de castigo implacable" también para judíos y paganos, si se han rebelado contra la verdad.

No hay trato de privilegio ante Dios. A los judíos se les recuerda que no basta pertenecer al pueblo de Abrahán, aunque sea el pueblo elegido de Dios, para serle agradable. Hay que responder a ese don con una conducta coherente con la Alianza. Precisamente por ser el pueblo elegido, el juicio será más exigente. Lo mismo se puede aplicar a nosotros, los que estamos tan ufanos de pertenecer a la Iglesia de Jesús, el nuevo Israel. Por desgracia también nosotros podemos tener "un corazón impenitente" o "rebelarnos contra la verdad y rendirnos a la injusticia". Existe el pecado en nuestra vida y podemos caer en la mediocridad y en el descuido, no respondiendo con coherencia al don de Dios. Las advertencias de Pablo a los cristianos judíos siguen la misma línea que las de Jesús a los fariseos de su época, llenos de sus propios méritos. Pero pensemos en nosotros mismos. No tenemos muchos motivos para sentirnos orgullosos ni meternos a jueces de los demás. "Tú, el que seas, que te eriges en juez, no tienes defensa". Somos propensos a mirar por encima del hombro a los que consideramos alejados o equivocados, y no nos damos cuenta de que "tú, el juez, te portas igual". Al que más se le da, más se le exige. El juicio no será de cuánto hemos recibido. Puede ser que el que ha recibido sólo un talento lo haya administrado mejor que nosotros, si hemos recibido diez. El juicio está en manos de Dios. Como dice el salmo de hoy: "tú, Señor, pagas a cada uno según sus obras". Más vale que, a medida que vamos escuchando día tras día su Palabra, adelantemos nosotros mismos la evaluación final, para ir corrigiendo las desviaciones posibles en nuestro camino. Con la confianza puesta en Dios, en cuyo nombre vamos construyendo nuestro destino final: "sólo en Dios descansa mi alma, porque de él viene mi salvación, sólo él es mi roca y mi salvación... él es mi esperanza".

Según el modo de la diatriba o disputa de los filósofos estoicos, San Pablo se dirige a un imaginario interlocutor judío haciéndole ver que nadie puede considerarse justo, pues todos son pecadores ante Dios y la mera posesión de la Ley no es suficiente para salvarse (Biblia de Navarra). -No tienes excusa, hombre quienquiera que seas, tú que juzgas. Pues juzgando a otros a ti mismo te condenas, puesto que obras como ellos, tú que juzgas. Después de describir la decadencia pagana, Pablo describe ahora el extravío judío. El «panorama» de la degradación a que llegó la existencia atea es tan sombrío -«¡se degradaron a sí mismos !»- que muchos hombres, en particular los fieles judíos o cristianos de HOY, están tentados de decir: «Yo no soy como éstos». Ahora bien, san Pablo quiere que todo hombre, quienquiera que sea, tome conciencia de su condición radicalmente pecadora. El hombre seguro de sí mismo, el hombre que se cree perfecto tiende a «juzgar a los demás» desde su superioridad. Pues bien, al hacer esto, se juzga a sí mismo porque hay en él las raíces mismas del mismo mal. Solidaridad profunda: todos somos pecadores.

-¿Crees que escaparás al juicio de Dios? ¿O desprecias, tal vez, sus riquezas de bondad, de paciencia, de generosidad, sin reconocer que esa bondad de Dios te impulsa a la conversión? La demora que Dios nos otorga antes del juicio final debe permitir «convertirnos». La «conversión» -metanoia- es la inversión del corazón, es el cambio de vida. Se trata de apartarse del mal para volverse hacia Dios. Gracias. Señor, de darnos esta demora. Gracias de tu paciencia para conmigo.

-Por la dureza y la impenitencia de tu corazón, vas atesorando contra ti cólera para el día de la cólera y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual dará a cada uno según sus obras... Estas palabras violentas repiten las imágenes mismas de Jesús y de todos los escritos del judaísmo contemporáneo de Cristo: las calamidades reservadas a los impíos en los últimos días. Ahora bien esas calamidades se prometen aquí también a los mismos judíos... en la medida en que tampoco ellos se conviertan. Es preciso atreverse a meditar estas Palabras. Dios, pasado su tiempo de «paciencia», después de haberlo «hecho todo» para salvarnos... no podrá «pactar con el mal», ¡si nos endurecemos el corazón! No es Dios el que condena, es el hombre que «se endurece el corazón» y que cosechará «según sus obras». Tenemos aquí motivo de reflexión sobre la importancia de nuestra libertad y de nuestro destino. «Tú que quitas el pecado del mundo, ¡ten piedad de nosotros!»

-La vida eterna... a los que buscan gloria, honor, inmortalidad. Cólera e indignación... a los rebeldes, los indóciles a la verdad. Tribulación y angustia... a todo el que obre el mal, ¡judío o griego! Porque en Dios no hay acepción de personas. En Dios no hay ningún favoritismo. No hay pueblo favorito. No hay hombre favorito. Todo hombre será juzgado por lo que él es. Por lo que él vive. Cuando un judío pensaba en el juicio, veía a todos los judíos salvados, y todos los paganos condenados. San Pablo se atreve a decir lo contrario. El pagano puede salvarse. Y en el pasaje siguiente (Rm 2,14. 15), Pablo indica el modo de salvarse el pagano: «seguir su conciencia», «la ley inscrita en su corazón». ¿Tengo yo tendencia a considerarme como un privilegiado? ¿A creer que mi salvación está asegurada? ¿A juzgar con demasiada dureza a los demás? ¿A ver el mal que hay en ellos, sin ver el mal que también hay en mí? Señor, haz que vea mi pobreza. Que sea más lúcido. Reconozco mis pecados. Me remito a tu misericordia (Noel Quesson).

Pablo se niega a contemplar el pecado de los paganos como una fatalidad. El pecado de los judíos es mucho más inexcusable; por eso Pablo se escandaliza de él de una forma más viva: «No tienes disculpa» (v 1). Porque el judío no sólo conoce la existencia de Dios, sino también los sentimientos más íntimos de su Señor: sólo un mal corazón se puede negar a la llamada de un Dios que no se deja vencer en misericordia y fidelidad. El judío ha visto la elección como privilegio y no como vocación para una tarea, como si Dios fuera un padre que ama a unos hijos y repudia a otros. Y eso no es verdad: Dios da a cada hombre una función diversa, pero, en la hora definitiva los hombres no son recompensados por la «categoría» de la función asignada, sino por la fidelidad con que han cumplido su papel. Ni siquiera el conocimiento más o menos perfecto de Dios será decisivo en aquella hora. Lo decisivo no es el conocimiento, sino la búsqueda: «A los que perseveraron en hacer el bien buscando gloria y honor que no decaen...». El conocimiento puede servir para buscar mejor, pero también puede desembocar en un castigo más severo. Tampoco el conocimiento de la ley será decisivo en aquella hora. Porque los que no conocen la ley escrita tienen una ley interior, escrita por Dios en su corazón, que les guía con sus dictámenes. De esta forma, Pablo habla de las posibilidades de salvación que tienen los unos y los otros (así como de la capacidad de infidelidad que tenemos todos). Pero no se trata de posibilidades que permitan prescindir de esa «fuerza de salvación» que es el evangelio. Porque si los hombres pueden eludir leyes claramente escritas, mucho más podrán eludir una ley escondida en el fondo del corazón (J. Sánchez Bosch).

¿De qué sirve poseer tesoros tan enormes de riqueza como son la Ley Santa de Dios para los Judíos, y la Gracia que Dios nos ha ofrecido en Cristo a quienes creemos en Él? No basta ser herederos de la Ley de Dios y condenar a quienes no la cumplen; hay que amoldar, uno mismo, su vida a ella. No basta ser herederos de la Gracia de Cristo y proclamar el Evangelio con los labios para que muchos más crean en el Señor; hay que vivir aquello que se anuncia. No sea que estando a la mesa de un banquete substancioso al final quedemos con el estómago vacío por no haber querido hacer nuestros esos alimentos. No vaya a suceder que al final quedemos con el corazón vacío por haber anunciado el Evangelio de la Gracia, pero no haberlo hecho parte de nuestra propia existencia. Hagamos el bien amoldando nuestra vida al Evangelio que es Cristo; más aún, revistámonos de Cristo para que perseverando en la práctica del bien busquemos gloria, honor e inmortalidad y recibamos, finalmente, Vida Eterna de manos de Dios, nuestro Padre.

2. Sal.61. En Dios está mi salvación y mi gloria. Él siempre está a nuestro lado como poderoso defensor. Él es nuestro refugio, por eso en Él confía nuestro corazón. El Señor no sólo se ha hecho cercano a nosotros, sino que ha querido hacer su morada en nuestros corazones. Por eso, teniendo a Dios, nuestro corazón no tiembla, ni vacila nuestra alma. Si en verdad aceptamos en nosotros su presencia, si en verdad nos dejamos llenar de su vida, si en verdad dejamos que su Espíritu se posesione de todo nuestro ser, vivamos de un modo intachable, dando así testimonio de que la Gracia de Dios no ha caído en nosotros como en saco roto. Manifestemos, pues, nuestra fe en Cristo no sólo con palabras, sino con obras nacidas de nuestra unión sincera a Él.

Juan Pablo II comentaba: "Acaban de resonar las dulces palabras del Salmo 61, un canto de confianza, que comienza con una especie de antífona, repetida en la mitad del texto. Es como una jaculatoria fuerte y serena, una invocación que es también un programa de vida: «Sólo en Dios descansa mi alma, porque de Él viene mi salvación; sólo Él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré» (vv 2-3.6-7)…

…el hombre olvida que los ídolos no tienen consistencia, es más, son dañinos. Al confiar en las cosas y en sí mismo, olvida que es «un soplo», «apariencia», es más, si se pesa en la balanza, sería «más leve que un soplo» (Salmo 61,10; Cf. Salmo 38, 6-7).  Si fuéramos más conscientes de nuestra caducidad y de nuestros límites como criaturas, no escogeríamos el camino de la confianza en los ídolos, ni organizaríamos nuestra vida según una jerarquía de pseudo-valores frágiles e inconsistentes…

El Concilio Vaticano II dirigió a los sacerdotes la invitación del Salmo 61 a «no apegar el corazón a la riqueza». El decreto sobre el ministerio y la vida sacerdotal exhorta: «han de evitar siempre toda clase de ambición y abstenerse cuidadosamente de toda especie de comercio» (Presbyterorum ordinis, n. 17). Ahora bien, este llamamiento a rechazar la confianza perversa y a escoger la que nos lleva a Dios es válido para todos y debe convertirse en nuestra estrella polar en el comportamiento cotidiano, en las decisiones morales, en el estilo de vida.

Es verdad, es un camino arduo, que comporta incluso pruebas para el justo y opciones valientes, pero siempre caracterizadas por la confianza en Dios (v 2). Desde este punto de vista, los Padres de la Iglesia vieron en el orante del Salmo 61 una premonición de Cristo y pusieron en sus labios la invocación inicial de total confianza y adhesión a Dios. En este sentido, en el «Comentario al Salmo 61», san Ambrosio argumenta: «Nuestro Señor Jesús, al asumir la carne del hombre para purificarla con su persona, ¿no debería haber cancelado inmediatamente la influencia maléfica del antiguo pecado? Por la desobediencia, es decir, violando los mandamientos divinos, la culpa se había introducido, arrastrándose. Ante todo, por tanto, tuvo que restablecer la obediencia para bloquear el foco del pecado... Asumió con su persona la obediencia para transmitírnosla»".

3. Lc 11,42-46. Hoy escuchamos tres acusaciones muy duras de Jesús contra los fariseos, y una contra los juristas o doctores de la ley (que se lo buscaron metiéndose en la conversación): - pagan los diezmos hasta de las verduras más baratas (lo de pagar la décima parte de las ganancias era muy común en las varias culturas), pero luego descuidan lo principal: "el derecho y el amor de Dios"; - "os encantan los asientos de honor", - "sois como tumbas sin señal": por fuera, todo parece limpio, y por dentro sólo hay la corrupción de la muerte; - y los intérpretes de la ley "abruman a la gente con cargas insoportables, y ellos no las tocan ni con un dedo".

Algunos ejemplos pertenecen a la cultura de entonces. Pero Jesús sigue interpelándonos: ¿merecemos algunos de estos ataques? ¿en qué medida somos "fariseos"? Ahora no pagamos diezmos de cosas tan menudas. Pero igualmente podemos caer en el escrúpulo de cuidar hasta los más mínimos detalles exteriores mientras descuidamos los valores fundamentales, como el amor a Dios y al prójimo. Por cierto, recojamos la consigna de Jesús: no se trata de no prestar atención a las cosas pequeñas, con la excusa de que son pequeñas. Lo que nos dice él es: "esto habría que practicar (lo importante, lo fundamental), sin descuidar aquello (las normas pequeñas)". No invita a no atender a los detalles, sino a asegurar con mayor interés todavía las cosas que merecen más la pena. ¿Se puede decir que no andamos buscando los puestos de honor, ansiosos de la buena fama y del aplauso de todos, aunque sepamos interiormente que no lo merecemos? Podemos ser tan jactanciosos y presumidos como los fariseos. ¿Somos sepulcros blanqueados? Cada uno sabrá cómo está por dentro, a pesar de la apariencia que quiere presentar hacia fuera. Los demás no nos ven la corrupción interior que podamos tener, pero Dios sí, y nosotros mismos también, si somos sinceros. Si de alguna manera somos "doctores de la ley", porque enseñamos catequesis o educamos o predicamos, pensemos un momento si merecemos la queja de Jesús: ¿imponemos interpretaciones del evangelio que son demasiado exigentes, cargas insoportables? Ya es exigente de por sí la fe cristiana, pero no tenemos por qué añadirle nosotros cargas todavía más pesadas. Jesús se puso como modelo de lo contrario: "venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, porque mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11,29-30). Además, podemos caer en el fallo de ser exigentes con los demás y permisivos con nosotros mismos (J. Aldazábal).

Jesús echa en cara a fariseos y escribas su pecado, para moverlos a conversión. El pecado de los fariseos está en poner empeño escrupuloso en las normas insignificantes mientras desprecian lo esencial; en querer aparecer como irreprochables para ser honrados y estimados como piadosos (cf Mt 23,6-7; Mc 12,38-39). El discípulo de Jesús, en cambio, debe valorar las cosas según su importancia. No debe despreciar lo pequeño por ser pequeño, pero debe centrar su esfuerzo en lo fundamental: la justicia, el amor a Dios, el amor al hermano. El pecado del escriba, del especialista en la ley, está en escrutar la ley día y noche para descubrir a los hombres lo que deben hacer, pero no cumplirlo él ni ayudar a cumplirlo a los débiles. La salvación no está en saber mucho, sino en cumplir lo que se sabe, no en echar cargas sobre los hombros de los demás, sino en ayudar a los "pobres" a llevar su propia carga.

Las maldiciones contra los fariseos, que meditaremos hoy y mañana, las hemos ya encontrado en Mateo 23, 23 -martes de la 21ª semana del tiempo ordinario-. La Iglesia las pone una segunda vez ante nuestra vista para que las interioricemos más, aplicándolas a nosotros mismos y no aplicándolas a los demás.

-¡Ay de vosotros, fariseos... ¿En qué lugar dijo esto Jesús? ¿Lo dijo una sola vez o varias veces? Mateo dice explícitamente que Jesús pronunció esas invectivas en público, delante de las multitudes (Mt 23,1) Lucas, por el contrario, parece sugerir que Jesús dijo esto en casa de un fariseo que lo había invitado a comer a su mesa. Sabemos que los autores antiguos cuando escribían, usaban con gran libertad de los datos y de los materiales históricos. Y los evangelistas en particular usaron ampliamente de ese procedimiento de "reagrupación". Lucas pudo agrupar aquí, durante la comida en casa de un fariseo, temas que fueron de hecho tratados en otra parte. Sin embargo nos será conveniente seguir la sugerencia de Lucas y contemplar, por un instante a Jesús en plan de hacer, también El, un apostolado individual. Jesús amaba a los fariseos... Jesús podía pensar que un día curarían de su hipocresía... Jesús, invitado por uno de ellos, se mantiene en su actitud y repite a "este hombre" en su propia mesa lo que sin duda había proclamado otras veces en público. Señor, otórganos el amor a todos los hombres. Señor, te damos gracias porque nos amas tal como somos... incluso con esa parte de fariseísmo que hay en nosotros... ¡en mi!

-Vosotros pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de toda legumbre, y dejáis a un lado la justicia y el amor a Dios. Señor, es cierto que a menudo doy demasiada importancia a algunos detalles, y soy negligente en deberes mucho más importantes: 1º "La justicia"... es decir ¡los "derechos" que mis hermanos tienen sobre mi! 2º "El amor de Dios"... es decir, lo que da valor a los gestos exteriores. Ciertamente, en lugar de prestar tanta atención a pequeñeces, se tendría que ser más exigente respecto a esos dos puntos esenciales.

-Esto había que practicar, y aquello... no omitirlo. Señor, ayúdame a cumplir mis "pequeños" y mis "grandes" deberes.

-¡Ay de vosotros, los fariseos, que os gusta estar en el primer banco en la sinagogas... y que se os salude en las plazas!... ¿Apetezco también yo los honores, la consideración? ¿Qué forma tiene en mí ese orgullo universal? ¿esta seguridad de tener la razón? ¿ese querer llevar a los otros a pensar como yo? Hay mil maneras sutiles de querer el "primer puesto".

-Entonces un Doctor de la Ley intervino y le dijo: "Maestro, diciendo eso, nos ofendes también a nosotros". Pero Jesús replicó: "¡Ay de vosotros también, doctores de la Ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros ni las rozáis con el dedo!" ¿Hay quizá ciertas cargas que yo coloco sobre los hombros de los demás? Una vez más Jesús defiende a los pequeños, a los pobres, a los que no pueden cumplir toda la "Ley", de los doctores de la Ley, de los que son expertos en la materia y que lo saben todo. ¿Soy misericordioso con los pecadores? ¿con tantos hombres que no saben bien las exigencias de Dios? (Noel Quesson).

Qué pena esos maestros que presumen de decir las cosas claras y que van dejando un rastro de rencor, enemistades, sectarismo. Qué paz, el ministerio pastoral de Juan Pablo II... (gonzalo@claret.org).

¡AY, AY, AY...! Tres «ayes»: la cosa es muy grave. Primero denuncia a los fariseos (vv. 42-44), después a los juristas. Estos, representados por «cierto jurista», se sienten ofendidos por las palabras que Jesús acaba de dirigir a sus colegas de religión y de observancia («jurista», griego nomikos, casa con «ley», griego nomos). Juntamos las denuncias: «pasáis por alto la justicia y el amor de Dios» (11,42); «os gustan los asientos de honor y las reverencias» (11,43); «abrumáis a la gente con cargas insoporta-bles» (11,46).

Los ayes de Jesús describen las formas de la ausencia del Dios de la vida en el ámbito de los dirigentes religiosos. Y esos ayes se prolongan a lo largo del tiempo como una seria advertencia a todo hombre que se precie de religioso. Desde ellos se exige, en primer lugar, una jerarquización de los preceptos que rigen la relación con Dios. Ésta se concibe esencialmente como una práctica de amor y justicia sin cuya existencia el cumplimiento de las demás obligaciones son prácticas vacías de sentido. Lo que acontece con el diezmo de los escribas, en el primer ay pronunciado por Jesús, puede acontecer con toda práctica de piedad al margen de aquellos pilares fundamentales del amor y la justicia. Dichas exigencias principales de toda religiosidad auténtica son incompatibles con una práctica religiosa centrada en la búsqueda de los aplausos y de la aprobación de los semejantes. Por lo mismo, se exige del hombre religioso una constante purificación de sus motivaciones para mantener la posibilidad del encuentro con Dios en una vida realizada en la autenticidad de una existencia vivida conforme al querer de Dios. Toda actitud que enmascara intereses y egoísmos personales bajo el manto de la religiosidad vicia la raíz de la propia vida y coloca en una senda que, en lugar de acercar a Dios, aleja de Él. Por consiguiente, las acciones que se esperan de los demás deben ser asumidas previamente como compromiso y exigencia en la propia vida como el fundamento necesario para el encuentro con el Señor de todos (Josep Rius-Camps).

Los intérpretes de la Ley han deshumanizado los mandamientos de Dios, transformándolos en un peso insoportable, volviendo odiosa la religión, han hecho de Dios un policía y fiscal, siendo infieles a la antigua tradición israelita del amor a Dios, de su providencia, del perdón y de la alianza. Por otra parte, su vida personal es ajena a la misma legalidad que imponen a los otros. La falta de la justicia y del amor divinos los hace culpables de rigidez y de hipocresía (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica). No es que Jesús rechace las leyes. De hecho, él y sus discípulos se mantienen dentro de la estructura legal del judaísmo y por lo tanto, no descuidan sus ritos. Lo que Jesús denuncia es la hipocresía de un cumplimiento externo, rigorista, que no nace de la auténtica relación de justicia ni de amor a Dios ni a los demás. Los fariseos pretenden mostrarse como perfectos cumplidores de las prescripciones legales y por eso buscan los primeros puestos y el aplauso de los otros. Su religión es insincera porque su motivación interior es la búsqueda de sí mismos; es la autosuficiencia del que se cree perfecto y superior a los demás. El fariseo ha olvidado que no se trata del frío cumplimiento de leyes lo que nos identifica con la santidad de Dios, sino que la verdadera relación y alianza divina, consiste en recibir ese don de Dios para traducirlo en la autenticidad de la justicia, de la solidaridad y del reconocimiento igualitario de los otros. La imagen del dios legalista, rigorista, inhumano, vigilante, retributivo que los maestros de la Ley han creado con su conducta y enseñanza, está lejos del Dios del Reino, del Dios revelado, del Dios de la alianza, que es amor, perdón misericordia y ternura infinitas para con hombres y mujeres (servicio bíblico latinoamericano).

Qué fácil es decirle a alguien que es hombre de Iglesia porque desembolsa grandes cantidades de dinero a favor de la misma, o porque paga puntualmente sus contribuciones a la Iglesia, o porque imparte pláticas y cursos como un gran experto en la fe. Mientras todos estos actos sólo sean una especie de paliativos a la conciencia para tratar de redimir con eso una vida desordenada o degenerada que no quiere abandonarse, las alabanzas y sonrisas y agradecimientos que se reciban no servirán realmente de nada en la presencia de Dios. El Señor, además de las obras de caridad nos pide que no nos olvidemos de la justicia y del amor de Dios. Que no sólo hablemos hermosa e ilustradamente acerca de la fe para hacer comprender a los demás sus compromisos de fe y de amor e invitarlos (obligarlos) (?) a amoldar su vida a ellos, sino que seamos nosotros los primeros en asumir nuestras responsabilidades en la fidelidad a la fe y al amor que proclamamos; de lo contrario seríamos cristianos de fachada, hipócritas, sepulcros blanqueados, aparentemente bellos, pero sólo por fuera, pues nuestro interior estaría lleno de carroña y podredumbre. Vivamos con lealtad nuestra fe en Cristo haciendo nuestros su Vida y su Espíritu, y no conformarnos pensando que ya estamos salvados por haber ayudado a nuestro prójimo, o por haber anunciado el Nombre del Señor.

El Señor nos ha convocado para estar con Él en esta Celebración de su Pascua. Venimos con la intención de ser los primeros en escuchar su Palabra para ponerla en práctica. El Señor nos quiere en Comunión de Vida con Él. Él nos quiere como un signo mucho muy claro de su amor salvador en medio de nuestros hermanos. Por eso no podemos sólo cumplirle al Señor participando en la Eucaristía, tal vez diariamente, sino que lo haremos realmente cuando dejemos que su Espíritu haga suya nuestra vida y nos conduzca de tal forma que por medio nuestro el Señor se convierta en cercanía amorosa para todos para salvarlos, fortalecerlos, socorrerlos y manifestárseles como Padre Misericordioso.

Hagamos el bien. Como Cristo, pasemos haciendo el bien a nuestro prójimo. Pero para esto, antes que nada hemos de reconocer nuestra propia realidad, lo que realmente somos internamente. No podemos dar una cara ante los demás mientras nuestro interior, mientras nuestras intenciones sean pecaminosas. Por eso hemos de vivir en una continua conversión para ser más leales ante Dios, ante nuestro prójimo y ante nosotros mismos. Sabiendo que nosotros mismos somos pecadores no queramos juzgar ni rechazar a los demás a causa de sus pecados y miserias; ni queramos proyectar en ellos la realización del bien, con cargas pesadas, que nosotros no estamos dispuestos a cumplir o a llevar con amor. Preocupémonos por construir un mundo más fraterno, más justo, más en paz. Pero que esto brote de nuestra sincera unión con Cristo y no por el afán de brillar ni de ser tenidos en cuenta. Cuando seamos sinceros en hacer el bien a los demás sin que medien intenciones torcidas estaremos, realmente, construyendo un mundo cada día mejor por haber actuado no conforme a nuestros criterios, sino conforme a los criterios de Cristo.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir con lealtad nuestra fe, de tal forma que, a partir de ella, podamos esforzarnos en continuar construyendo el Reino de Dios entre nosotros. Amén (www.homiliacatolica.com).

Por Cristo hemos recibido el don de la fe, y una misión, para hacer que los gentiles respondan a la fe, para ello no nos esclavicemos a las normas, sino que vivamos el espíritu del amor.

 

 

Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 1,1-7. Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios. Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo, nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte: Jesucristo, nuestro Señor. Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús. A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de los santos, os deseo la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.  

Salmo 97,1.2-3ab.3cd-4. R. El Señor da a conocer su victoria.

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.  

Evangelio según san Lucas 11,29-32. En aquel tiempo, la gente se apiñaba alrededor de Jesús, y él se puso a decirles: -«Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación. Cuando sean juzgados los hombres de esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que los condenen; porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón. Cuando sea juzgada esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que los condenen; porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás.»

Comentario: 1.- Rm 1,1-7. La carta comienza con un largo saludo a los destinatarios, y en la presentación se llama "siervo de Jesucristo" –como Moisés y los antiguos profetas lo eran de Dios-; "apóstol por vocación" divina como a nivel de los Doce, "designado –elegido- para el Evangelio de Dios", y llama a sus destinatarios, a los que no conoce personalmente, "amados de Dios" y "santos". Pablo vive la "obediencia de la fe" a la que todos estamos invitados (Biblia de Navarra).

El tema central de toda la carta va a ser que la salvación de Dios nos alcanza con plena energía en Cristo Jesús. Y que va destinada no sólo a los judíos sino también a los "griegos", o sea, a los paganos. Por una parte está el evangelio, que "es fuerza de salvación de Dios para todo el que cree" y es Buena Noticia "para los que creen en virtud de su fe, porque el justo vivirá por su fe". Pero, por otra, está la debilidad humana, el desfase entre el amor de Dios y nuestro pecado. Hoy, Pablo describe el fallo de los paganos, que deberían haber llegado a conocer a Dios y aceptarle, porque en la misma creación del mundo hay más que suficientes signos de su poder y su divinidad. Sin embargo, "no tienen defensa, porque conociendo a Dios no le han dado la gloria y las gracias que se merecía". Los paganos, "alardeando de sabios, resultaron unos necios": no han sabido dar el salto desde la hermosura de la naturaleza -"Dios mismo se lo ha puesto delante"- a la adoración del Dios verdadero, sino que se han hecho ídolos falsos y han caído en una vergonzosa decadencia en sus costumbres. La creación es ya el primer evangelio, que los paganos no supieron oír.

Pablo define el evangelio de Jesús, no tanto como una serie de verdades o de normas morales o de memorias históricas, sino como "fuerza de salvación de Dios". Es fuerza, hoy y aquí, no un recuerdo del pasado. Una fuerza que ha sido capaz de sacar a Pablo de su convicción judía y farisaica de antes y le ha convertido en apóstol incansable del Señor. Pero no sólo a él: Dios quiere transformar a todos, judíos o paganos, por la fe en Cristo Jesús. Pero la Buena Noticia es a la vez juicio y contraste, signo de contradicción. También hoy muchos se quedan en los medios y no llegan al fin, admiran la hermosura y la grandeza del cosmos o los enormes progresos de la ciencia. En vez de llegar a Dios, se llenan de satisfacción con eso y se construyen ídolos a los que adoran. Con las mismas consecuencias morales de corrupción que criticaba Pablo en la sociedad pagana de su tiempo, porque si prescindimos de Dios, estamos prescindiendo también de la ética en sus motivaciones últimas, y entonces no hay control posible que detenga la degradación del obrar humano (sería bueno leer el análisis que hizo el Vaticano II sobre el ateísmo moderno: GS 19-22).

Si a los paganos los llamaba Pablo necios por no llegar a conocer a Dios, a pesar de que tenían suficiente luz, ¡cuánto más lo diría de los judíos, que tuvieron la revelación del AT, y sobre todo de los cristianos, que tenemos la gran suerte de conocer además la verdad plena de Jesús. Todo nos tendría que ayudar a reconocer la cercanía de Dios, y lo afortunados que somos por ser sus hijos: la hermosura sorprendente de la creación, la historia de salvación que Dios lleva desde el comienzo de la humanidad y, sobre todo, el don que nos ha hecho en Cristo su Hijo y también en la Iglesia, que, animada por el Espiritu de Jesús, prolonga en el tiempo su plan salvador. No tenemos excusa si no vivimos totalmente impregnados por la Buena Noticia y movidos por su fuerza transformadora.

"Por la fe"... Nuestro encuentro con Dios está tejido de pura confianza. Tener fe en alguien es entregarse a él, abandonarse a él, poner todo el ser en sus manos. Tener fe en alguien es creer suficientemente en su palabra para que ella se haga nuestra propia palabra: no tengo más que decir que lo que tú dices de la vida, me atengo a lo que tú digas. La fe es adhesión. "Por la fe"... Tener fe en alguien es -junto con ese abandono fundamental- un combate, una conversión. Yo te doy mi fe, es decir, uno mi suerte a la tuya, tu vida pasa a ser mía, tus normas dirigirán mi vida, tus obsesiones serán ahora las mías. La fe es comunión: nos forja y nos modela; también de esta forma la fe es adhesión. "Por la fe"... El único fundamento, el único criterio, es la adhesión firme a Dios por Jesucristo en una fe confiada; en esa adhesión no hacen sumandos ni los fallos del hombre ni las obras buenas; sino que de ella brotan con toda naturalidad las obras del amor. "Por la fe, el justo vivirá". Tan sólo la adhesión podrá darnos toda la medida de nuestra libertad, de la sabiduría, del amor y de la esperanza que nos sostienen a través de las vicisitudes de la vida. No podemos olvidar que el evangelio es Buena Nueva… (Dios cada dia, Sal terrae).

-Hermanos, no me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree: del "judío" en primer lugar y también del «griego» después. Hay que detenerse ante esta palabra: "el Evangelio=fuerza de Dios". El termino griego utilizado por san Pablo es "dinamis", del que ha venido "dinamismo". El evangelio no es pues considerado como "algo" estático, pasivo: es un "dinamismo de Dios", es una "fuerza en acción", es un germen, una levadura, según una imagen utilizada por Jesús.

Y la evangelización es considerada como una colaboración a ese dinamismo divino ya en acción. Dios trabaja en el corazón de los hombres. Está ya obrando como una fuerza poderosa. ¿Iremos a El para trabajar con El? Comprendemos la certidumbre y la dignidad de Pablo. Comprendemos que no se avergüence. ¡Cuán mezquinos y pusilánimes somos nosotros! ¡Cuán faltos de audacia apostólica, porque nos falta Fe! Te ruego, Señor, que los cristianos de HOY encuentren de nuevo ese dinamismo gozoso... de anunciadores de la "buena" nueva. Porque es una «buena noticia" saber que «todo» hombre, si cree, puede salvarse, ya sea «judío», establecido en el Pueblo de Dios, ya sea «griego», es decir, pagano. La llamada a la Fe es universal. No hay ninguna restricción: «Quienquiera crea»...

-Porque la "Justicia-de-Dios" se revela en el Evangelio, de fe en fe, como dice la Escritura: "el justo vivirá por la fe". La Fe estará en el centro de toda la Carta a los Romanos. Aquí la fórmula «de fe en fe» indica que, para Pablo, la Fe es una realidad que ha de ir creciendo, desde una Fe naciente hasta las cumbres de una Fe dilatada y abierta. La fe es una «vida». No es una cosa adquirida definitivamente, sino un «continuo avance que se realiza todos los días en cada fiel».

«La Justicia-de-Dios» es una palabra que hay que entender bien. No se trata de la "justicia destributiva" que recompensa o castiga las obras. Se trata de una actitud activa de Dios que «justifica», que «hace ser justo». Es Dios quien salva por su gracia. Y la Fe del hombre es, justamente, la «correspondencia» a ese acto divino. Nos salvamos acogiendo por la Fe la salvación, la justicia, que Dios nos da.

-La cólera de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia. San Pablo empezará por desarrollar su primer tema: la incapacidad radical de todo hombre -judío o griego- de salvarse por sí mismo. Y empieza por describir la situación del paganismo. Dios no puede soportar el mal: esto incita «su cólera». Imagen antropomórfica, manera de hablar por comparación a los sentimientos humanos.

-Lo que puede conocerse de Dios, !es es manifiesto... sus perfecciones invisibles se dejan ver a la inteligencia a través de sus obras... Sí, el misterio de Dios «invisible» no está totalmente fuera del alcance humano. Las obras de Dios, su maravillosa creación en particular, deberían permitir a los hombres conocerle. Pero, precisamente, el hombre pagano natural, habiendo reconocido un poco a Dios no quiere tener una actitud consecuente: de adoración, acción de gracias. Es pues «inexcusable». Es el caso de tantos hombres de hoy que tienen «una cierta idea de Dios», pero que no adoran a Dios.

-Adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador. Es el drama de todos los materialismos. Se adora el «confort», el «placer», el «progreso» o la «tradición». ¡Líbranos, Señor, de los ídolos! (Noel Quesson).

La sabiduría de Dios es distinta de la de los hombres. Al que vive entregado a los caprichos de su yo y a las exigencias del mundo, le parece mera locura. La sabiduría de Dios se manifiesta en la Cruz de Cristo de un modo al mismo tiempo claro e incomprensible. La sabiduría de Dios no ha sido conocida por el mundo, no la han conocido ni los griegos, que buscan sabiduría, ni los judíos, que piden signos (Rom 1,21 ss). Por haber despreciado la sabiduría de Dios, ha sido juzgada en la Cruz la sabiduría de este mundo. La sabiduría de Dios, en cambio, la cual es locura para el mundo, trae a los creyentes -así lo quiso Dios- redención y salvación (1 Cor 1,2; 3,19ss; 2 Cor 1,12).

2. Sal.18. Dios ha dejado su huella en toda la creación. Basta abrir nuestros ojos para pensar: Si así de bellas son las cosas ¡Cuánto más lo será quien las hizo! San Francisco de Asís, consciente de esto, se dirigía a las plantas y a las flores y les decía: callad, callad; ya sé que Él existe. Ojalá y quienes habiendo sido elevados a la dignidad de hijos de Dios por nuestra unión a Cristo mediante la fe, vayamos siendo cada día una imagen más perfecta de Él en el mundo. Entonces todos conocerán el amor que Dios les manifiesta desde la Iglesia, esposa de Cristo. Entonces se podrá aplicar a la Iglesia aquella frase de la Escritura: Qué hermoso es ver por los montes las huellas de aquel que anuncia la Paz. El canto que hay que cantar no es sólo con los labios, sino con todo el ser… "¿Queréis rendir alabanzas a Dios? Sed vosotros mismos el canto que vais a cantar. Vosotros mismos seréis su alabanza, si vivís santamente" (S. Agustín). Juan Pablo II comenta: "Se trata de un himno al Señor, rey del universo y de la historia (v 6). Es definido como un «cántico nuevo» (v 1), que en el lenguaje bíblico significa un cántico perfecto, rebosante, solemne, acompañado por música festiva. Además del canto del coro, de hecho, se evoca el sonido melodioso de la cítara (v 5), la trompeta y el son del cuerno (v 6), así como una especie de aplauso cósmico (v 8). Además, incesantemente resuena el nombre del «Señor» (seis veces), invocado como «nuestro Dios» (v 3). Dios, por tanto, está en el centro del escenario en toda su majestad, mientras realiza la salvación en la historia y es esperado para «juzgar» al mundo y los pueblos (v 9). El verbo hebreo que indica el «juicio» significa también «gobernar»: hace referencia por tanto a la acción eficaz del Soberano de toda la tierra, que traerá paz y justicia.

El Salmo se abre con la proclamación de la intervención divina dentro de la historia de Israel (vv 1-3). Las imágenes de la «diestra» y del «brazo santo» se refieren al Éxodo, a la liberación de la esclavitud de Egipto (v 1). La alianza con el pueblo de la elección es recordada a través de dos grandes perfecciones divinas: «amor» y «fidelidad» (v 3). Estos signos de salvación son revelados «a las naciones» y a «los confines de la tierra» (vv 2 y 3) para que toda la humanidad sea atraída por Dios salvador y se abra a su palabra y a su obra salvadora…

En este Salmo, el apóstol Pablo reconoció con profunda alegría una profecía de la obra del misterio de Cristo. Pablo se sirvió del versículo 2 para expresar el tema de su gran carta a los Romanos: en el Evangelio «la justicia de Dios se ha revelado» (cf Rom 1,17), «se ha manifestado» (cf Rom 3,21). La interpretación de Pablo confiere al Salmo una mayor plenitud de sentido. Leído en la perspectiva del Antiguo Testamento, el Salmo proclama que Dios salva a su pueblo y que todas las naciones, al verlo, quedan admiradas. Sin embargo, en la perspectiva cristiana, Dios realiza la salvación en Cristo, hijo de Israel; todas las naciones lo ven y son invitadas a aprovecharse de esta salvación, dado que el Evangelio «es potencia de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y también del griego», es decir el pagano (Rom 1,16). Ahora «los confines de la tierra» no sólo «han contemplado la victoria de nuestro Dios» (v 3), sino que la han recibido. En esta perspectiva, Orígenes, escritor cristiano del siglo III, en un texto citado después por san Jerónimo, interpreta el «cántico nuevo» del Salmo como una celebración anticipada dela novedad cristiana del Redentor crucificado. Escuchemos entonces su comentario que mezcla el canto del salmista con el anuncio evangélico. «Cántico nuevo es el Hijo de Dios que fue crucificado -algo que nunca antes se había escuchado-. A una nueva realidad le debe corresponder un cántico nuevo. "Cantad al Señor un cántico nuevo». Quien sufrió la pasión en realidad es un hombre; pero vosotros cantáis al Señor. Sufrió la pasión como hombre, pero redimió como Dios". Orígenes continúa: Cristo "hizo milagros en medio de los judíos: curó a paralíticos, purificó a leprosos, resucitó muertos. Pero también lo hicieron otros profetas. Multiplicó los panes en gran número y dio de comer a un innumerable pueblo. Pero también lo hizo Eliseo. Entonces, ¿qué es lo que hizo de nuevo para merecer un cántico nuevo? ¿Queréis saber lo que hizo de nuevo? Dios murió como hombre para que los hombres tuvieran la vida; el Hijo de Dios fue crucificado para elevarnos hasta el cielo»".

3.- Lc 11,37-41. Continúa el viaje de Jesús, camino de Jerusalén. Lucas sitúa en este contexto una serie de recomendaciones y episodios. Durante tres días escucharemos sus duras invectivas contra los fariseos. Los fariseos eran buena gente: cumplidores de la ley, deseosos de agradar a Dios en todo. Pero tenían el peligro de poner todo su empeño sólo en lo exterior, de cuidar las apariencias, de sentirse demasiado satisfechos de su propia santidad. Por eso les ataca Jesús, con el deseo de que reflexionen y cambien. Tal vez no haya que pensar que dijo todo esto precisamente en casa del fariseo que le había invitado a comer. Es un recurso literario de Lucas: agrupar las varias enseñanzas de Jesús contra las actitudes de los malos fariseos. Mateo y Marcos las sitúan en otro contexto. Hoy la acusación es que los fariseos cuidan lo exterior -limpiarse las manos, purificar los vasos por fuera- y descuidan lo interior: "por dentro rebosáis de robos y maldades". Lo de "dar limosna" es uno de los temas preferidos de Lucas, pero no se sabe a qué se puede referir lo de "dar limosna de lo de dentro": ¿darse a sí mismo, su tiempo, su interés? ¿dar desde dentro, con el corazón, y no sólo con apariencia exterior?

Los detalles exteriores, que pueden ser legítimos, sin embargo no son tan importantes como las actitudes interiores. Claro que hay gestos externos y ritos celebrativos en nuestra vida de fe. El mismo Jesús nos encargó, por ejemplo, que hiciéramos el doble gesto del pan y del vino en memoria suya. Lo que desautoriza aquí es que nos quedemos en mero formalismo, que nos contentemos con lo exterior, cuando los gestos deben ser signo de lo interior.

Nosotros no nos escandalizamos ahora si alguien no se lava las manos. Pero puede haber "escándalos farisaicos" equivalentes, si nos contentamos con limpiar lo de fuera, mientras que lo de dentro lo tenemos impresentable, si ponemos demasiado énfasis en detalles insignificantes y casi hacemos depender de ellos la justicia o la salvación de alguien. ¿Qué es lo que nos preocupa: el ser o el parecer? ¿cumplir los ritos externos o la conversión y la pureza del corazón? Nuestra religión es "religión del deber" o "religión de la fe y del amor"? (J. Aldazábal).

Este pasaje es uno de los más duros del Evangelio: Jesús desenmascara el mayor vicio con el que se enfrenta, la hipocresía revestida de legalismo (Biblia de Navarra). Recuerdo en literatura La dama de blanco como el paradigma de la persona que tiene que sufrir esos que, so capa de bien, cumpliendo la mera letra de los preceptos, no cumplen su espíritu: no se abren al amor de Dios y del prójimo, y bajo la apariencia de honorabilidad, apartan a los hombres del verdadero fervor, haciendo intolerable la virtud. Pienso también en otras novelas que retratan situaciones parecidas: Retrato de una dama, El idiota, La edad de la inocencia, La letra escarlata, La regenta, Laura a la ciutat dels sants… A la actitud de los fariseos que ponen su empeño, su religiosidad en el cumplimiento de ritos, de normas exteriores, opone Jesús la actitud del discípulo, que se esfuerza por la pureza interior, que pone lo esencial en el corazón. El corazón, lo profundo del hombre, su interior, es lo que importa mantener limpio. Porque aquello que brota del corazón -la injusticia, la rapacidad, la avaricia- es lo que mancha al hombre (cf Mt 15.19-20, véase vv 10-18). La actitud farisea, en realidad, no conoce a Dios aun cuando le tenga constantemente en los labios (Is 29,13)

-Un fariseo invitó a Jesús a comer a su casa. Jesús entró y se puso a la mesa. Jesús era "invitado" a menudo y El aceptaba. Veremos que no por eso se sometía a todas las costumbres sociales o religiosas de la época.

-El fariseo se extrañó al ver que no se lavaba antes de comer. Había que lavarse las manos antes de ponerse a la mesa (Mc 7,2). Esa ablución ritual tenía mucha importancia para los doctores de la Ley. Era necesario hacer ese gesto para ser considerado como persona verdaderamente piadosa. Ahora bien, Jesús la omite (Mt 15,20), y sus discípulos le siguen (Mt 15,2) He ahí que la comida empieza ya por una tensión, un conflicto: Jesús no está de acuerdo con la postura tomada por su anfitrión y a éste le choca la actitud desenvuelta de Jesús. Pero, evidentemente, Jesús lo ha hecho exprofeso; y explicará por qué no quiso hacer ese gesto.

-Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis repletos de robos y maldades. ¿Quién es "puro" delante de Dios? Para los fariseos, es puro el que practica minuciosamente las prescripciones rituales. Para Jesús, es puro aquel cuya conciencia es pura: lo que ensucia al hombre no es el polvo, sino el "robo y la maldad". Jesús va directamente a lo esencial. Jesús opone la religión "exterior" de los fariseos a la religión "del corazón" la única que agrada a Dios (Lc 6,45; 10,27; 12,34; 21,34; 24,25; 16,15). En todos estos pasajes se trata del "corazón". En toda la Biblia el corazón es el "centro profundo del hombre": más allá de los impulsos superficiales y ocasionales hay en nosotros una especie de opción decisiva que constituye verdaderamente nuestra personalidad y que las ciencias humanas llaman hoy "el proyecto fundamental del hombre"... un poco como en la expresión corriente "lo que me embarga el corazón". Esto es lo que cuenta para Dios. ¿Cuál es mi opción, mi proyecto fundamental? ¿qué es lo que quiero más hondamente?

-¡Insensatos! El que hizo el exterior, ¿no hizo también el interior? Dios no es solamente el creador de las cosas visibles exteriores, es también, y ante todo, el que ha hecho el corazón humano, la conciencia. A invitación del mismo Jesús, convendría que cada vez estuviera yo más atento a lo que pasa en este "interior" profundo. Y rehusando lavarse las manos en la casa de ese fariseo Jesús quería acentuar esto: es desconocer a Dios el hecho de dar tanta importancia a la pureza exterior... siendo así que lo que cuenta es la pureza "interior"... Pero veamos ¿qué es esta pureza interior?

-Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros. ¡La pureza interior es el resultado del amor a los demás! ¡El amor fraterno y la limosna hacen puro nuestro corazón! Confesemos que no esperábamos esta definición de la pureza. El proyecto fundamental del hombre es amar. El término "limosna" no debe engañarnos. Como ocurre con el término "caridad", que hoy es desvalorizado y rechazado por muchos. Pero no debemos detenernos en las palabras. Es la realidad lo que cuenta y Lucas lo ha tratado muchas veces como un tema importante: Lc 12,33; 16,9; 19,8; Hechos 9,36; 10,2-4-31; 11,29; 24,17. Escuchemos de nuevo esa frase sorprendente, y tomémosla muy en serio: "daos como limosnas...", y todo será puro para vosotros (Noel Quesson).

Algunos grupos religiosos, como los fariseos, dieron a las normas más triviales una relevancia que no merecían. La intención que los guiaba era «ser perfectos en todo» mediante el cumplimiento de un montón de normas. Sin embargo, olvidaron el espíritu de la ley. Dentro de estas leyes estaban unas destinadas a diferenciar entre lo puro y lo impuro. Su referencia era puramente la apariencia exterior. Lo esencial para esta ley era estar limpio, sano y vivo. La intención con la que fueron promulgadas eran muy buena: propiciar en el pueblo un ambiente familiar, cultual y social que fuera apto para la relación con Dios.

Pero con el tiempo esta intencionalidad se olvidó. Y las leyes que estaban hechas para crear un buen ambiente se convirtieron en un arma de discriminación. Los enfermos fueron expulsados de las familias; se desarrolló un temor casi mágico frente a los cadáveres y la limpieza se convirtió en un asunto ligado exclusivamente a los baños rituales. La función de los baños rituales era purificar periódicamente al individuo para que permaneciera dentro del ámbito de lo sagrado. Esta intención se perdió al darle más importancia al baño en si mismo que al propósito que se perseguía. Por eso, Jesús confronta al fariseo y lo llama, junto a sus partidarios, a revisar sus actitudes de vida. Pues, en efecto, ellos empleaban la pureza ritual para encubrir los robos, las rapiñas y las malas intenciones que cometían diariamente. El pueblo acudía a ellos buscando un juicio justo, un consejo saludable, una defensa de los legítimos derechos, pero ellos sólo les interesaba sacar beneficio económico de su servicio. Jesús cuestiona estas prácticas y muestra cómo fariseos y escribas son continuadores de una mala tradición que no reconoce el valor del ser humano (servicio bíblico latinoamericano).

«Apenas terminó de hablar, un fariseo lo invitó a comer a su casa» (11,37a). Un fariseo se ha sentido aludido por las respuestas de Jesús y lo invita a su casa para aclarar las cosas. O sea, que los fariseos, representados por éste («un cierto fariseo», personaje representativo) -así como los juristas, como se verá seguidamente-, no solamente estaban presentes, sino que eran los objetores que trataban de descalificarlo. No se precisa ser demasiado listo para colegir que la invitación encerraba segundas intenciones. La inquisición está al acecho. Les faltan pruebas irrefutables sobre su manera libre de proceder al margen de la Ley. «Se extraña», como 'se extrañaron' las multitudes (v 14), al ver que Jesús no observa los rituales socio-religiosos. Ellos, los representantes de la Ley y de la ortodoxia, que proclamaban que el reinado de Dios se instauraría el día en que nadie dejase de observar los preceptos más insignificantes de la Ley (de esta manera se habían asegurado el poder de manejar el cotarro), no pueden sufrir que Jesús, en su casa, solar patrio de la ortodoxia, se salte el precepto de purificarse antes de comer (11,38). Se han montado una sociedad dividida en puros e impuros, ricos y pobres, buenos y malos..., ladrones y policías.

Ante nosotros se nos abren diversos caminos para el encuentro con Dios. Algunos de ellos son puertas que nos liberan de nuestros egoísmos, otros representan ilusiones que nos cierran aún más toda posibilidad de salida. Se hace por tanto necesario discernir para poder escoger la forma adecuada que nos conduzca al encuentro con Dios. Porque en la búsqueda de pureza en la relación religiosa puede también esconderse una forma de evitar las sendas de la purificación. De esa forma colocamos las acciones impulsadas por los egoísmos propios bajo la máscara o etiqueta del querer divino. Nuestra atención se dirige, entonces, a ámbitos que no tocan la raíz de donde surge nuestro aislamiento respecto a Dios y a nuestros hermanos. Los remedios aplicados para sanear nuestra relación con Dios no alcanzan su objetivo ya que sólo sirven para reafirmarnos en nuestra codicia que sigue siendo la fuente que nos esclaviza y que nos impide la pureza que Dios nos exige. El único camino posible debe, por el contrario, comenzar desde lo más íntimo de nuestro ser, y desde allí difundirse hacia el exterior. Si no parte de lo más recóndito de nuestro corazón donde la codicia impide el compartir, nuestra vida y nuestra relación con Dios no podrá nunca realizarse en la profundidad que nos exige el encuentro con todos nuestros hermanos, hijos del mismo Padre del cielo. Por ello la limosna, si de verdad es auténtica, aparece en el pasaje que leemos como la única forma de compartir nuestra vida con nuestros semejantes y con Dios y por consiguiente como la forma de realizar la limpieza de nuestro interior (Josep Rius-Camps).

El rito convertido en absoluto pierde el contenido de encuentro con Dios y la capacidad de experimentar su gratuidad y misericordia. Porque el rito es utilizado de manera interesada, pensando en el mérito con el que se pretende manipular a Dios. Su amor gratuito queda confundido con la retribución que ata en la recompensa. La antítesis "por dentro" y "por fuera" establecida en el v. 39 apunta a la coherencia moral nacida de la autenticidad de vida, motivada por el amor, que es el origen y el marco de toda ley, en contraposición al cumplimiento externo de leyes y de legalismos vacíos de la verdadera apertura a Dios y a los hermanos y hermanas. Por eso la sentencia final: "Den limosna de lo de dentro" (v 41). En efecto, la limosna es considerada por los judíos como una de las obras más excelentes. La expresión "de dentro" alude a la profunda experiencia interior, del que da cabida en su corazón al amor solidario y operativo ante el carente y expoliado. Se supera, entonces el cumplimiento legalista, del dar dinero en atención a la prescripción legal solamente, descuidando la práctica de la misericordia. El legalismo medía el valor de una persona por su fidelidad a las prácticas legales: lavarse las manos, dar limosna, en el texto presente. El relato de hoy destaca, que lo que mancha al ser humano no es la falta de cumplimiento de un ritual; lo que verdaderamente mancha, es la maldad interior, que convierte al hombre y a la mujer en injustos respecto de los otros, porque los cierra a la gratuidad y a la misericordia como don del Dios del Reino, quien ofrece su amor gratuitamente (servicio bíblico latinoamericano).

Para ser realmente hombres de fe en Cristo no basta manifestar esa fe mediante ritos puntual y exactamente cumplidos. Ciertamente hay normas litúrgicas en la Iglesia. Pero ellas no son para nosotros motivo de justificación. Si pensamos tener la salvación por nuestras celebraciones externamente bien hechas, pero sin vivir en una estrecha relación personal de amor con el Señor, se nos podrían aplicar aquellas palabras con que Dios recriminaba a los hipócritas: Este pueblo me honra con los labios, mientras su corazón está lejos de Mí. Dios no puede ser considerado sólo como dueño de exterioridades, sino dueño de todo nuestro ser; por eso hemos de vivir conservando el corazón puro, renovado por Él en nosotros. Esto no sólo nos llevará a darle culto, sino a amarlo sirviendo a nuestro prójimo, socorriéndolo en sus necesidades, entonces realmente quedaremos limpios, pues viviremos con el corazón sólo centrado en Dios y libre de las esclavitudes a lo pasajero.

En esta Eucaristía estamos en la presencia del Señor como el hijo se encuentra con su Padre. Venimos a orar, recordando lo que dice santa Teresa de Jesús: Orar es hablar de amor con Aquel que sabemos que nos ama. Estamos conscientes de que el Señor nos escucha, pero también estamos conscientes de que nosotros lo escuchamos; y así como esperamos que el Señor dé respuesta favorable a nuestras peticiones, también nosotros queremos dar respuesta a lo que nos ha enseñado o pedido en su Palabra. Así vivimos en una verdadera amistad con el Señor y nos dejamos guiar por su Espíritu Santo. Así percibimos que nuestra presencia en la Eucaristía no es el cumplimiento externo de algún rito, sino el compromiso de dejarnos convertir en un signo del Señor para iluminar el camino de nuestro prójimo, para que también él pueda encontrarse con el Señor y, lleno de su Espíritu, pueda trabajar haciendo el bien a sus hermanos.

Quienes participamos de esta Eucaristía no podemos vivir con hipocresía nuestra fe en la vida ordinaria. No podemos venir al lugar sagrado a poner una cara de bondad y de piedad, para después volver a nuestra casa y tratar mal a los nuestros, o ir a nuestro trabajo y comportarnos de un modo deshonesto. El mundo está requiriendo de personas que vivan comprometidas con la lucha sincera por la paz, con el esfuerzo de convivir como hermanos, con la preocupación por resolver realmente el problema de la pobreza y del hambre. La vida de fe no puede quedarse únicamente en oraciones, sino que ha de trascender a la vida ordinaria por darle un nuevo rumbo a nuestro mundo y su historia.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, que nos conceda la Gracia de saber vivir con lealtad nuestra fe, sabiendo que hemos sido llamados como discípulos para que, escuchando al Señor, vivamos guiados por Él y por su Espíritu, como constructores de un mundo que día a día se vaya renovando en Cristo, para Gloria del Padre y bien de todos nosotros. Amén (www.homiliacatolica.com).

 

12 de octubre. Nuestra Señora del Pilar. María, por la que nos llegan las gracias del cielo, es pilar seguro que nos protege de todo mal, guía materna que nos lleva hacia el cielo

 

 

Primer libro de las Crónicas 15, 3-4.15-16; 16,1-2. En aquellos días, David congregó en Jerusalén a todos los israelitas, para trasladar el arca del Señor al lugar que le habla preparado. Luego reunió a los hijos de Aarón y a los levitas. Luego los levitas se echaron los varales a los hombros y levantaron en peso el arca de Dios, tal como habla mandado Moisés por orden del Señor. David mandó a los jefes de los levitas organizar a los cantores de sus familias, para que entonasen cantos festivos acompañados de instrumentos, arpas, cítaras y platillos. Metieron el arca de Dios y la instalaron en el centro de la tienda que David le habla preparado. Ofrecieron holocaustos y sacrificios de comunión a Dios y, cuando David terminó de ofrecerlos, bendijo al pueblo en nombre del Señor.

 

Salmo 26,1.3.4.5. R. El Señor me ha coronado, sobre la columna me ha exaltado

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?

Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla; si me declaran la guerra, me siento tranquilo.

Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo.

El me protegerá en su tienda el día del peligro; me esconderá en lo escondido de su morada, me alzará sobre la roca.

 

(Hechos de los Apóstoles, 1,12-14)

"Después de subir Jesús al cielo, los apóstoles se volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos... Llegados a casa, subieron a la sala donde se alojaban: Pedro, Juan, Santiago, Andrés... Todos ellos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, con sus hermanos"

 

Evangelio según san Lucas 11,27-28. En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío levantó la voz, diciendo: -«Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.» Pero él repuso: -«Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.»

 

Comentario: La advocación de la "Virgen del Pilar", de tan profunda raigambre hispánica, se funda en una antigua leyenda: el apóstol Santiago el Mayor, gran evangelizador de España, en una de sus andanzas se apoyó, extenuado, sobre una columna, y sintió que la Madre de Jesús lo animaba a completar la misión recibida de su Hijo. En el lugar se construyó más tarde una capilla, y después la gran Basílica del Pilar de Zaragoza. A esta advocación se encomendaban los soldados españoles que combatían por expulsar a los moros, y se dice que Cristóbal Colón encomendó a la Virgen del Pilar su trascendental aventura marítima. El papa Clemente XII fijó para el emblemático 12 de octubre la festividad de la Virgen del Pilar. Esta celebración nos exhorta a continuar la labor misionera de Santiago, que propuso el. Evangelio desde el diálogo y la organización de las comunidades cristianas, y no mediante la espada y el aniquilamiento de las culturas autóctonas. La liturgia dedica a María de Nazaret un bello himno con motivo de esta invocación: "Esa columna, sobre la que posa, leve, sus plantas tu pequeña imagen, sube hasta el cielo: puente, escala, guía de peregrinos. Cantan tus glorias las generaciones, todos te llaman bienaventurada; la roca firme, junto al Ebro enhiesta, gastan a besos. Abre tus brazos virginales, madre, vuelve tus ojos misericordiosos, tiende tu manto, que nos acogemos bajo tu amparo" (jesusjorgetorres@yahoo.es).       

Hace unos días celebramos Nuestra Señora del Rosario y hoy la Virgen del Pilar. El pilar de nuestra fe, la roca angular, es Cristo Jesús, a pesar de esa canción mariana que habla de la Virgen como la mujer que "es el pilar de nuestra historia, la roca de la fe". Pero María, con el Espíritu, representa el principio de cohesión de la Iglesia.

1. Luz hermosa, claro día. Amor constante de los españoles y de hispanoamérica. La primera lectura de la fiesta del Pilar, 1 Crónicas 15, recuerda a la Virgen simbolizada por el arca de la alianza, presencia de Dios en medio de su pueblo, a través de María, lo cual es gozo para la Iglesia. La Antífona de entrada: piensa en la Virgen como "la columna que guiaba y sostenía día y noche al pueblo en el desierto", y diremos en el aleluya: "afianzó mis pies sobre la roca y me puso en la boca un cántico nuevo". Domina pues en la liturgia la idea de la presencia de María en la Iglesia y de la firmeza que su intercesión y su devoción procura al pueblo de Dios.

Según una piadosa y antigua tradición, ya desde los albores de su conversión, los primitivos cristianos levantaron una ermita en honor de la Virgen María a las orillas del Ebro, en la ciudad de Zaragoza. La primitiva y pequeña capilla, con el correr de los siglos, se ha convertido hoy en una basílica grandiosa que acoge, como centro vivo de peregrinaciones, a innumerables fieles que, desde todas las partes del mundo, vienen a rezar a la Virgen y a venerar su Pilar.

Muy por encima de milagros espectaculares –que los hay, especialmente la curación de la pierna de aquel que la Virgen se la devolvió-, de manifestaciones clamorosas y de organizaciones masivas, la Virgen del Pilar es invocada como refugio de pecadores, consoladora de los afligidos, madre de España. Su quehacer es, sobre todo, espiritual. Y su basílica, en Zaragoza, es un lugar privilegiado de oración, donde sopla con fuerza el Espíritu.

La devoción al Pilar tiene una gran repercusión en Hispanoamérica, cuyas naciones celebran la fiesta del descubrimiento de su continente el día doce de octubre. Como prueba de su devoción a la Virgen, los numerosos mantos que cubren la sagrada imagen y las banderas que hacen guardia de honor a la Señora ante su santa capilla, testimonian la vinculación fraterna que Hispanoamérica tiene por el Pilar, con la patria española. Abierta la basílica durante todo el día, jamás faltan fieles que llegan al Pilar en busca de reconciliación, gracia y diálogo con Dios (LH).

La tradición, tal como ha surgido de unos documentos del siglo XIII que se conservan en la catedral de Zaragoza, se remonta a la época inmediatamente posterior a la Ascensión de Jesucristo, cuando los apóstoles predicaban el Evangelio. Se dice que el Apóstol Santiago el Mayor, hermano de San Juan e hijo de Zebedeo, vino a evangelizar a España. Los documentos dicen que Santiago, "pasando por Asturias, llegó con sus nuevos discípulos a través de Galicia y de Castilla, hasta Aragón, Celtiberia, la la Cesaraugusta romana, hoy Zaragoza, en la ribera del Ebro. Allí predicó Santiago y, entre los muchos convertidos eligió a ocho hombres".

En la noche del 2 de enero del año 40, estando Santiago con sus discípulos junto al río Ebro, "oyó voces de ángeles que cantaban Ave, María, gratia plena y vio aparecer a la Virgen Madre de Cristo, de pie sobre un pilar de mármol". La Santísima Virgen, que aún vivía en carne mortal, pidió al Apóstol que le construyese allí una iglesia, en torno al pilar donde estaba de pie y prometió que "permanecerá este sitio hasta el fin de los tiempos para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio".

Desapareció la Virgen y quedó allí el pilar. El Apóstol Santiago y los ocho testigos del prodigio comenzaron a edificar una ermita en aquel sitio. Santiago ordenó presbítero a uno de sus discípulos para servicio de la misma y le dio el título de Santa María del Pilar, antes de regresar a Judea. Fue la primera iglesia dedicada a la Virgen Santísima. Muchos historiadores e investigadores defienden esta tradición basados en una serie de monumentos y testimonios que demuestran la existencia de una iglesia dedicada a la Virgen de Zaragoza. El más antiguo de estos testimonios es el sarcófago de Santa Engracia, que se conserva en Zaragoza desde el siglo IV, que representa, en un bajorrelieve, el descenso de la Virgen aparececiéndose al Apóstol Santiago.

Asimismo, hacia el año 835, Almoino, monje de San Germáin de París, redactó unos escritos en los que habla de la Iglesia de la Virgen María de Zaragoza, "donde había servido en el siglo III el gran mártir San Vicente", cuyos restos fueron depositados por el obispo de Zaragoza, en la iglesia de la Virgen María. También está atestiguado que antes de la ocupación musulmana de Zaragoza, en 714, había allí un templo dedicado a la Virgen. La devoción del pueblo a la Virgen del Pilar está tan arraigada entre los españoles y desde épocas tan remotas, que el Papa permitió el Oficio del Pilar en el que se consigna la aparición de la Virgen del Pilar como "una antigua y piadosa creencia". El Papa Clemente XII señaló la fecha del 12 de octubre para la festividad de la Virgen del Pilar, pero ya desde siglos antes, en todas las iglesias de España y entre los pueblos hispanos, se celebraba la venida de la Madre de Dios en carne mortal.

Fue una venida extraordinaria de la Virgen, cuando todavía vivía en Palestina: "Con ninguna nación hizo cosa semejante", canta con razón la liturgia del 2 de enero, fiesta de la Venida de la Virgen. Ahí nace la vinculación de la tradición pilarista con la tradición jacobea de Santiago de Compostela. Por ello, Zaragoza y Compostela, el Pilar y Santiago, han constituido dos ejes fundamentales, en torno a los cuales ha girado durante siglos la espiritualidad de España.

El pilar o columna: la idea de la solidez del edificio-iglesia con la de la firmeza de la columna-confianza en la protección de María. La columna es símbolo y la "manifestación de la potencia de Dios en el hombre y la potencia del hombre con el poder de Dios". Es soporte de los sagrado y de la vida cotidiana. María, la puerta del cielo, la escala de Jacob, ha sido la mujer escogida por Dios para venir a nuestro mundo. En ella la tierra y el cielo se han unido en Jesucristo. Las columnas garantizan la solidez del edificio, sea arquitectónico o social. Quebrantarlas es amenazar el edificio entero. La columna es la primera piedra del templo, que se desarrolla a su alrededor; es el eje de la construcción que liga entre si los diferentes niveles. María es también la primera piedra de la Iglesia, el templo de Dios; en torno a ella, lo mismo que los apóstoles reunidos el día de pentecostés, va creciendo el pueblo de Dios; la fe y la esperanza de la Virgen alientan a los cristianos en su esfuerzo por edificar el reino de Dios.

Como en Ex 13, 21-22, una columna de fuego por la noche acompañaba al pueblo de Israel peregrino en el desierto, dirigiendo su itinerario. El pueblo ve en la Virgen del Pilar simbolizada "la presencia de Dios, una presencia activa que, guía al pueblo de elegido a través de las emboscadas de la ruta".

El Papa Juan Pablo II en 1984, al hacer escala en su viaje a Santo Domingo para iniciar la conmemoración del descubrimiento de América, reconoció a la Virgen del Pilar como "patrona de la hispanidad". Aumentó la devoción a la Virgen del Pilar el prodigio ocurrido en la guerra civil de 1936-1939, cuando las tres bombas que cayeron sobre el templo no estallaron en lo que muchos vieron un signo de la especial protección de la Virgen sobre las tropas nacionalistas. De toda España acudían peregrinos a pie a dar gracias a la Virgen por haberlos librado de los peligros de la guerra.

El día 12 de octubre de 1492, precisamente cuando las tres carabelas de Cristóbal Colon avistaban las desconocidas tierras de América, al otro lado del Atlántico, los monjes jerónimos cantaban alabanzas a la Madre de Dios en su santuario de Zaragoza, por lo cual, el 12 de Octubre día de la Virgen del Pilar, es también el día de la Raza. Invoquemos su intercesión para que hoy libre a España de tantos errores, siembre la verdad, barra las mentiras, desbarate las intrigas, aleje para siempre la lacra del terrorismo, eleve el nivel ético y moral de los ciudadanos y purifique la fe de los creyentes y la haga operativa por la caridad y la práctica de las virtudes cristianas, enfervorice a los tibios y haga santos a los que ya son buenos.

Dios se valió de España para llevar la fe salvadora a pueblos innumerables, que hoy permanecen fieles a ella y son la esperanza de la Iglesia, sobre todo en América. Juan Pablo II decía en 1992: "Los marinos intrépidos de Palos, de Huelva, de Moguer, de Lepe, que en el nombre de Dios y de Santa María partieron del puerto de Palos, fueron protagonistas de aquella gran epopeya que llegaría a cambiar la configuración del mundo conocido y que, a la vez, abrió espacios insospechados a la expansión del mensaje cristiano".

Escribió Garcilaso de la Vega, historiador natural de Cuzco, Perú, que "ofrecía su historia para que se den gracias a Nuestro Señor Jesucristo y a la Virgen María, su Madre, por cuyos méritos e intercesión se dignó Dios sacar del abismo de la idolatría a tantas y tan grandes naciones y reducirlas al gremio de su Iglesia Católica Romana, la mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que los crió". Los que propalaron la sinrazón de que España pidiera perdón a los americanos por haberles liberado de sus ritos macabros hasta llegar a sacrificar cada día muchachas para que el sol volviera a nacer al día siguiente, son los mismos que pretenden hoy que nuestros niños y jóvenes crezcan en la ignorancia del barro que les construye por dentro, desconozcan el pensamiento y el arte occidentales, y el fabuloso legado moral sin el cual serían incompresibles conquistas como la abolición de la esclavitud o la condena de la pena de muerte, sin enumerar prolijamente los avances de la civilización que ha ido acumulando el cristianismo. Privar a un muchacho de la religión es como despojarlo de su filiación genética. La moral cristiana instituyó la piedad como regla de conducta, el respeto y el amor al prójimo como pilares de nuestra convivencia.

¿Es lícito escamotear que Dios se hizo un hombre como nosotros, que proclamó el bello poema de las bienaventuranzas, que impidió matar a pedradas a una mujer adúltera y que le pidió agua a una mujer samaritana y le ofreció a cambio el agua de la eternidad gloriosa con Él? ¿Y junto a esto, la creación de una nueva cultura que ha inspirado las más eximias excelencias de nuestros artistas que han trascendido los siglos, y que los hombres de mañana entren en el museo del Prado o en los otros del mundo como papanatas? ¿Qué entenderán del Greco, de Velázquez, de Zurbarán, de Giotto, del Tintoretto, del divino Morales y de Rafael, de los grandes genios de la música y de la arquitectura, de Miguel Ángel, de la poesía, qué de San Juan de la Cruz, qué de la Divina Comedia, de la gran obra civilizadora de la Orden del Císter?... Europa, engendradora de pueblos y patrocinadora del humanismo cristiano, como un árbol envejecidos, se está convirtiendo a pasos agigantados en un tronco seco y sin sabia. Con sentido excepcional de oportunidad este viejo Papa joven, dispuso celebrar en Roma el Sínodo de los Obispos para afrontar la pérdida de fe de Europa.

Ante él, el cardenal belga Jan Pieter Schotte dijo que el principal desafío no es un problema político o social sino el debilitamiento de la fe. Europa sufre un problema de conocimiento de la fe y de su transmisión. Las familias se sienten impotentes, las escuelas encuentran dificultades y en las parroquias se nota menor presencia de fieles. Además, los medios de comunicación crean una cultura no siempre religiosa. La respuesta al panorama incierto y oscuro fue el tema de la asamblea: "Jesucristo viviente en su Iglesia, fuente de esperanza para Europa". El Cardenal Rouco ha formulado este dilema fundamental: "O Europa se convierte al Dios de nuestros padres, o se desarraiga de las raíces espirituales de las que ha germinado el verdadero humanismo europeo. Nuestra tarea como Iglesia es anunciar con obras y palabras al Dios vivo". Fuera de Cristo no sabemos qué son Dios, la vida, la fe, ni nosotros mismos.

La Virgen María fue la primera misionera que nos dejó en su Pilar el dedo certero que nos señala de nuevo: "Haced lo que El os diga". Al celebrar la fiesta de la Virgen del Pilar, proclamamos que María ha escogido el Pilar para derramar sobre España sus bendiciones. Allí, los Reyes, los Capitanes, los Héroes, han encontrado la fuerza para cumplir su misión providencial. "A los tuyos les diste una columna llameante, guía para un camino desconocido" Sabiduría 18,3. "El Señor les precedía de día en columna de nube para marcarles el camino, y en columna de fuego de noche para alumbrarles" Génesis 13,21.

Así dice la historia que la Virgen los llevó como columna llameante por el camino desconocido: El siete de octubre, Colón está inquieto ante las dudas y peleas lógicas de aquellos noventa hombres, después de setenta días de navegación, y con un problemático retorno. Poco después llegó la calma y se hizo en el océano una gran bonanza. El día ocho, estaba el mar claro y sosegado y eran los aires dulces y olorosos, como si fueran del mes de abril sevillano. El día nueve durante toda la noche los navegantes oyeron volar pájaros. El día diez vieron pasar grajos y papagayos.

El día once aumentaron los indicios. La noche fue una noche clara de luna y en el aire y en el agua flotaba un ambiente de calma suave. De repente, sonó en la Pinta un tiro de bombarda, y se oyó el grito triunfal y esperado: TIERRA. Lo había dado Rodrigo de Triana. Eran dos horas después de la media noche. Y allí hay noventa hombres de pie sobre el puente de las carabelas con los corazones agitados por violenta emoción. Al amanecer apareció la lengua blanca de arena del primer suelo americano. En España, las campanas de los conventos llamaban a Maitines, y todo aquel día 12, la Iglesia de España rezaba a la Virgen del Pilar. Era el día del desembarco y del Descubrimiento.

Cuando un sacerdote, un cristiano llega a América y oye hablar y rezar en nuestra propia lengua a Dios y a la Virgen, se le acelera el corazón, se le hace un nudo en la garganta, y sus ojos lloran lágrimas de asombro, de gratitud, de admiración y de fe. Y cuando en la Basílica de Guadalupe, todo el día abierta y siempre llena de mexicanos, que más que rezar, hablan con la Virgen con un hablar continuo, mezclado de sollozos, gritos, palabras ternísimas llenas de íntima e ingenua confianza, muchos de ellos caminando de rodillas, arrastrando los padres a sus pequeños, siente la gratitud y el gozo de ser español (Jesús Martí Ballester).

2. El Señor es nuestra luz y salvación… pero todo nos llega por María. Ya la primitiva comunidad cristiana estaba en cohesión por ella, cuando Jesús ya no estaba físicamente presente. Y, sin embargo, "todos perseveraban unánimes en la oración", todos recibieron juntos la efusión del Espíritu.

Está claro que en el grupo hay un jefe. De hecho, es Pedro quien toma la iniciativa de elegir a uno que ocupe el puesto dejado por Judas Iscariote. Con todo, no parece que ese espíritu de cohesión que muestra la comunidad se deba a la autoridad de Pedro sino a la presencia de María. No es la cohesión de un ejército a base de disciplina, sino la unanimidad de una familia en la que la madre es capaz de unir a todos con los lazos del amor. Hay en la primitiva comunidad una presencia mariana sin la cual hubiera sido imposible mantener la unión hasta la venida del Espíritu.

¿Os habéis preguntado por qué en muchos de nuestros pueblos la patrona es lo único indiscutible entre sus habitantes? Cuando se trata de la Virgen María (bajo cualquiera de sus múltiples advocaciones) parece que pasa a un segundo plano ser de derechas o de izquierdas, joven o viejo, incluso creyente o no creyente. María sigue ejerciendo hoy entre nosotros una enorme fuerza de atracción y de cohesión. Es como un imán. Ella es capaz de unir a los que están separados. Es, sencillamente, la madre de la familia. En toda familia, la madre entrega su vida para que todos puedan sentirse en casa. En este sentido, ella es "el pilar".

Muchas felicidades a las que lleváis este hermoso nombre. Y también a los que vivís en Zaragoza, en Aragón, en España y en todo el mundo hispánico. Disfrutemos cantando juntos a la Madre que nos hace perseverar en la fe (gonzalo@claret.org).

La segunda lectura (He 1,12) y el evangelio (Lc 11,27) nos hablan también de la presencia de la Virgen en la Iglesia y de las alabanzas que el pueblo le tributa. El prefacio celebra las maravillas que Dios ha realizado en María, "esperanza de los fieles y gozo de todo nuestro pueblo". En la oración colecta se pide por intercesión de la Virgen "fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor", y en la oración de las ofrendas, se muestra el deseo de "permanecer firmes en la fe". en el salmo cantamos que "el Señor me ha coronado, sobre la columna me ha exaltado".

3. Reunámonos hoy en oración comunitaria y eucarística, como los Apóstoles con María en el Cenáculo, para dar gracias porque nos ha dado a su Madre, "que nos protege en su tienda el día del peligro, y nos alza sobre la roca" Salmo 26. y aclamemos a María, intacta en su virginidad, gloriosa en su descendencia y triunfante en su asunción. Que ella sea nuestro gozo y la causa de nuestra alegría.

4. Con este breve Evangelio, notamos el sabor del pueblo sencillo que —admirado por la figura de Jesucristo— se expresa de una forma espontánea por boca de una mujer: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!» (Lc 11,27). Este piropo que a través de Cristo se dirige a María, el Señor lo acepta complacido, pero prefiere añadir algo: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan» (Lc 11,28). Se podría decir que se añade una nueva bienaventuranza, la de la Palabra, que constituye al mismo tiempo un nuevo piropo a María Santísima, esta vez por parte de su Hijo. Porque Ella fue la primera que escuchó y aceptó la Palabra de Dios en el anuncio del Ángel con su "fiat" incondicional. Su «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38) fue un asentimiento de fe que abrió todo un mundo de salvación. Como dice san Ireneo, «obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano». Esta bienaventuranza de la Palabra nos recuerda también aquel otro pasaje evangélico, en el que Jesús llama familiar suyo a todo el que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8,21). María es Madre de la Iglesia. María es Madre de todos los que sinceramente aceptan la Palabra de Dios e intentan cumplirla alegremente como hijos suyos. La altura que la Virgen alcanza en la fe, mediante la escucha y la práctica de la Palabra de Dios, la convierte en un claro ejemplo de fe para el discípulo de Cristo. La figura de María nos enseña que creer en la Palabra de Dios (escucharla y practicarla) supone un cambio radical en nuestra vida diaria (Pablo Casas Alhama).

No es su maternidad, en el sentido biológico de la expresión –el vientre que te llevó y los pechos que te criaron–, tal como expresa la mujer del pueblo, la razón profunda de la excelencia de la Madre de Dios. Sin duda, el cuerpo de María ha sido el más perfecto de los cuerpos humanos, después del de su divino Hijo. Pero la maravilla de María está ante todo en su espíritu, pues no es lo corporal lo que caracteriza de modo específico al ser humano. Siendo María toda la hermosura y plenitud física que puede ser pensada en una mujer, sin embargo, si es en verdad la bendita entre todas mujeres, según proclama de ella Isabel, su prima, se debe a que es la llena de Gracia, en palabras de Gabriel.

La Gracia de Dios, que Santa María tiene en plenitud, supone una sintonía con el Creador máxima en Nuestra Madre: la mayor identificación y unión con Dios que es posible en una criatura. Santa María debe su excelencia, no tanto a lo que –podríamos decir– tiene como propio de Ella misma. Cualquier cualidad personal de María, siendo humana, y corporal en este caso, posee un valor necesariamente relativo por ser criatura. La Madre de Dios es ciertamente maravillosa sobre todo en su alma: su ser está en todo momento en máxima sintonía con Dios. Su entendimiento, su imaginación, su memoria, sus afectos, sus ilusiones, todo su esfuerzo; en suma, toda su capacidad de pensar y de amar, se dirige de continuo a Él. Lo demás –lo que no es Dios–, siendo efecto de la creación, María lo contempla como realidades que manifiestan la gloria divina y, en el caso de las personas, como criaturas con capacidad de darle gloria en el ejercicio de su libertad. Las cosas, en sentido estricto, propiamente no pueden ser buenas o malas, ya que no tienen capacidad moral al no ser libres; las personas, en cambio, nos definimos respecto a Dios en cada momento por nuestras acciones libres. Según sea nuestra actitud respecto a Dios, somos buenos o malos.

La alabanza de Jesús corresponde, por tanto, antes que nada a su Madre. Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan, dice el Señor. María "escuchaba" de continuo la voz de su Creador. A cada paso se le manifiesta su querer nítidamente, porque no tiene más interés que descubrir la voluntad de Dios para sí misma, para el mundo, para los hombres. Su exquisita sensibilidad sobrenatural, siendo la llena de Gracia, le hace captar ante todo lo que Dios espera en cada instante: en aquello que le afecta personalmente de modo directo, y en las otras situaciones del mundo de las que tiene noticia. María es la que escucha a Dios por antonomasia. La que descubre el querer divino –siempre amoroso por lo demás– para cada instante: nada la distrae de Dios y así puede agradarle en todo, mientras nos esforzamos, con renovado tesón, en el trabajo fue implantado el Reinado de Dios en el mundo.

Haber descubierto la Voluntad de Dios, de nuestro Creador y Señor, reclama del hombre un empeño por identificarse con esa Voluntad con todas las fuerzas. Nada de lo que reconocemos como querer divino nos debe resultar indiferente. El buen cristiano vibra en deseos de ver establecida la voluntad divina por todas partes: hágase tu Voluntad en la tierra como en el cielo, rezamos muy frecuentemente. Nos consume esa impaciencia, mientras vemos que no son las cosas a nuestro alrededor como las quiere Dios. Y pedimos perdón por los que no saben valorar ese Señorío y Amor divinos que debe establecerse de modo universal.

Sabemos por la fe que el destino del mundo es inseparable de un triunfo clamoroso y glorioso de Dios ante toda la creación. Diríamos, entonces, que la Voluntad de Dios está llamada a triunfar indudablemente: es omnipotente, como Dios mismo. Por otra parte y en otro sentido, la Voluntad de Dios ha quedado encomendada, en algunos aspectos, como una tarea para el hombre. Decimos, por esto, que debemos cumplir la Voluntad de Dios. Ya que gozamos de capacidad de opción en tantas manifestaciones del comportamiento humano, debemos configurar nuestra vida –entendida como tarea que vamos actualizando segundo a segundo– con ese querer divino que podemos descubrir. También a cada paso, levantando los ojos del espíritu hacia Dios, descubrimos lo que espera Nuestro Señor de nosotros hoy y ahora, lo que más le agrada entre las varias opciones que se nos presentan. Amarle consiste, desde luego, en escoger aquello que nos "pide", aunque tal vez nos pueda costar, no sea lo más fácil o lo que más apetece.

Si en María nada distrae de Dios su entendimiento; si, persuadida de su pequeñez y de la grandeza de su Creador, únicamente piensa en Él, y en el mundo que debe manifestar su gloria, de modo particular en la vida de los hombres; de modo semejante sucede con su voluntad. La Madre de Dios es, asimismo, la que guarda por antonomasia la divina palabra, la Voluntad de Dios. He aquí la esclava del Señor, declaró ante el arcángel, manifestando así lo que sería el programa de su completa existencia. La vida de María se consuma, pues, plenamente en la condición que su divino Hijo exige a los Bienaventurados, que escuchan la palabra de Dios y la guardan.

Sigamos el consejo de san Josemaría: Invoca a la Santísima Virgen; no dejes de pedirle que se muestre siempre madre tuya: "monstra te esse Matrem!", y que te alcance, con la gracia de su Hijo, claridad de buena doctrina en la inteligencia, y amor y pureza en el corazón, con el fin de que sepas ir a Dios y llevarle muchas almas (Fluvium).

Esa columna sobre la que posa leve / sus plantas tu pequeña imagen, / sube hasta el cielo: es puente, / escala, guía de peregrinos.

Abre tus brazos virginales, Madre, / vuelve tus ojos misericordiosos, / tiende tu mano, que nos acogemos bajo tu amparo (de un himno de Laudes). Así hacía oración Juan Pablo II: «Doy fervientes gracias a Dios por la presencia singular de María en esta tierra española donde tantos frutos ha producido. Y quiero encomendarte, Virgen santísima del Pilar, España entera, todos y cada uno de sus hijos y pueblos, la Iglesia en España, así como también los hijos de todas las naciones hispánicas. ¡Dios te salve, María, Madre de Cristo y de la Iglesia! ¡Dios te salve, vida, dulzura y esperanza nuestra! A tus cuidados confío [...] las necesidades de todas las familias de España, las alegrías de los niños, la ilusión de los jóvenes, los desvelos de los adultos, el dolor de los enfermos y el sereno atardecer de los ancianos. Te encomiendo la fidelidad y abnegación de los ministros de tu Hijo, la esperanza de quienes se preparan para ese ministerio, la gozosa entrega de las vírgenes del claustro, la oración y solicitud de los religiosos y religiosas, la vida y el empeño de cuantos trabajan por el reino de Cristo en estas tierras. En tus manos pongo la fatiga y el sudor de quienes trabajan con las suyas; la noble dedicación de los que transmiten su saber y el esfuerzo de los que aprenden; la hermosa vocación de quienes con su conciencia y servicio alivian el dolor ajeno; la tarea de quienes con su inteligencia buscan la verdad. En tu corazón dejo los anhelos de quienes, mediante los quehaceres económicos procuran honradamente la prosperidad de sus hermanos; de quienes, al servicio de la verdad, informan y forman rectamente la opinión pública; de cuantos, en la política, en la milicia, en las labores sindicales o en el servicio del orden ciudadano prestan su colaboración honesta en favor de una justa, pacífica y segura convivencia. Virgen Santa del Pilar: aumenta nuestra fe, consolida nuestra esperanza, aviva nuestra caridad. Socorre a los que padecen desgracias, a los que sufren soledad, ignorancia, hambre o falta de trabajo. Fortalece a los débiles en la fe. Fomenta en los jóvenes la disponibilidad para una entrega plena a Dios. Protege a España entera y a sus pueblos, a sus hombres y mujeres. Y asiste maternalmente, oh María, a cuantos te invocan como Patrona de la Hispanidad. Así sea.»

Ni la sangre ni la carne ya son la norma de Jesús. Él rompe con la tradición judía y amplía el horizonte del Reino a toda persona que quiera recibir a Dios como el único soberano de su vida. Jesús, lo deja claro. No es la pertenencia a Israel lo que da la garantía de acceder al Reino de Dios, sino al escuchar la Palabra de Dios y el ponerla en práctica. Quien hace fructificar en su vida con actitudes palpables y con acciones reales lo que ha escuchado, ése es verdaderamente dichoso, para Jesús.

Una gran dificultad a nivel cristiano es creernos que somos bienaventurados por haber recibido los sacramentos o por asistir diaria o semanalmente a misa. Eso para Jesús no cuenta, si nuestra vida no está de acuerdo con su propuesta del Reino, y si no demostramos que caminamos con fidelidad y en crecimiento constante por su proyecto.

La única realidad que garantiza el Reino en nuestras vidas son las actitudes coherentes con sus valores. El Reino no se mide por actos de piedad ni por actos de caridad. El Reino se mide por la justicia que tengamos en la vida y la forma responsable como asumamos nuestra existencia. De esta manera seremos dichosos como fue María, no por ser la madre de Jesús, sino por escuchar atentamente la Palabra, meditarla en su corazón y ponerla en práctica. No sin sentido confesamos a María como "la primera evangelizada y evangelizadora". Ella supo pasar de la relación madre-hijo, a la relación de discípulo-Maestro (Josep Rius-Camps).

María es la buena discípula. Encontramos en este pasaje de Lucas, la aclamación de una mujer que simboliza el resto de Israel: ¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron! Esta mujer es representante de una pequeña parte del pueblo que se escapa de la destrucción y constituye el núcleo del «pueblo salvado por Dios», según el lenguaje de los profetas.

Muchos en Israel, siguieron creyendo con sinceridad en los privilegios históricos del pueblo de Dios. Pero Jesús, rechaza esta postura de privilegio y golpe los apegados al pasado. Jesús, ha proclamado una sociedad alternativa, en la que todo hombre y mujer, de cualquier condición, raza, cultura, y religión, tenga cabida. Por eso él repuso: Mejor: ¡dichosos los que escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen!

El texto, y hasta la actitud misma de Jesús, que en él se refleja- parecería que tiene una actitud negativa hacia María, como si Jesús no compartiera la admiración de aquella mujer del pueblo que alabó a su madre... Pero no es así; simplemente Jesús quiere decirnos que María misma, es mucho más bienaventurada por haber escuchado la Palabra de Dios y haberle dado acogida, que por «haber llevado en su seno y haber amamantado con sus pechos al hijo de Dios. En el Reino de Dios, la primacía la tiene la fe, el amor, la pasión por la voluntad de Dios. Y es claro que María fue en esto, como solemos decir, «la primera cristiana". O sea, que mucho mayor es su gloria por este capítulo que por cualquier otro.

No sin sentido, confesamos a María como la primera evangelizada y evangelizadora. Ella supo pasar de la relación madre-Hijo, a la relación de discípula-Maestro (jesusjorgetorres@yahoo.es).