viernes, 13 de noviembre de 2009

Miércoles de la 26ª semana de Tiempo Ordinario. La vocación se descubre en el tiempo, es un encuentro con el Señor que implica un compromiso… una misión divina.

 

 

Lectura del libro de Nehemías 2,1-8. Era el mes de Nisán del año veinte del rey Artajerjes. Tenía el vino delante, y yo tomé la copa y se la serví. En su presencia no debía tener cara triste. El rey me preguntó: -«¿Qué te pasa, que tienes mala cara? Tú no estás enfermo, sino triste.» Me llevé un susto, pero contesté al rey: -«Viva su majestad eternamente. ¿Cómo no he de estar triste cuando la ciudad donde se hallan enterrados mis padres está en ruinas, y sus puertas consumidas por el fuego?» El rey me dijo: -«¿Qué es lo que pretendes?» Me encomendé al Dios del cielo y respondí: -«Si a su majestad le parece bien, y si está satisfecho de su siervo, déjeme ir a Judá a reconstruir la ciudad donde están enterrados mis padres.» El rey y la reina, que estaba sentada a su lado, me preguntaron: -«¿Cuánto durará tu viaje, y cuándo volverás?» Al rey le pareció bien la fecha que le indiqué y me dejó ir, Pero añadí: -«Si a su majestad le parece bien, que me den cartas para los gobernadores de Transeufratina, a fin de que me faciliten el viaje hasta Judá. Y una carta dirigida a Asaf, superintendente de los bosques reales para que me suministren tablones para las puertas de la ciudadela de templo, para el muro de la ciudad y para la casa donde me instalaré.» Gracias a Dios, el rey me lo concedió todo.

 

Salmo 136,1-2.3.4-5.6. R. Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti.

Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión; en los sauces de sus orillas colgábamos nuestras cítaras.

Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar; nuestros opresores, a divertirlos: «Cantadnos un cantar de Sión.»

¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera! Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha.

Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no pongo a Jerusalén en la cumbre de mis alegrías.

 

Evangelio según san Lucas 9,57-62. En aquel tiempo, mientras iban de camino Jesús y sus discípulos le dijo uno: -«Te seguiré adonde vayas.» Jesús le respondió: -«Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.» A otro le dijo: -«Sígueme.» Él respondió: -«Déjame primero ir a enterrar a mi padre.» Le contestó: -«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.» Otro le dijo: -«Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.» Jesús le contestó: -«El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.»

 

Comentario: 1.- Ne 2,1-8. Continuamos en ese período que sigue al exilio. Hemos visto el retorno a Palestina de las primeras caravanas con Esdras. Hemos escuchado a los profetas Ageo y Zacarías que trataban de animar a los judíos expuestos a la difícil tarea de la reconstrucción de su templo y de su ciudad. He aquí un nuevo episodio. Hoy y mañana leemos unos pasajes del libro de Nehemías. Este judío, que se quedó en Babilonia cuando empezaron a volver las primeras caravanas de repatriados, había llegado a ocupar un cargo bastante importante en la corte de los reyes persas: era el copero mayor. Lo que nos recuerda la historia de José en Egipto, y también la de Ester en la corte de Asuero. Se ve que llegan noticias tristes de Jerusalén, por la desgana de algunos en la reconstrucción y por las dificultades que los pueblos vecinos -sobre todo los samaritanos- les ponen en el camino. Nehemías se muestra solidario de su pueblo y pide al rey que le permita volver a ayudar a su pueblo en la difícil tarea. Se ve que no sólo es una buena persona, sino que es emprendedor y sabe convencer a los que haga falta para conseguir sus propósitos. El rey le da facilidades, siguiendo la línea de tolerancia de la dinastía persa.

Es interesante que un laico, Nehemías, sienta esta preocupación por ayudar al pueblo en su reedificación, no sólo en el sentido material, sino también en el social y religioso. Nehemías, laico, y Esdras, sacerdote, trabajarán juntos en la gran obra. Podemos ver fácilmente el paralelo en nuestro tiempo. También ahora se puede decir que la situación no es nada halagüeña, ni en la Iglesia ni en la sociedad. Tal vez no será tan dramática como la que refleja el clásico salmo de Babilonia. Allí, después de una generación de lejanía de Jerusalén, el pueblo judío estaba a punto de olvidarse de la Alianza.

Pero entre todos, clérigos y laicos, pusieron manos a la obra y reedificaron Sión en todos los sentidos. En nuestra situación actual también hace falta la colaboración de todos, de los sacerdotes y religiosos, de las familias, de los catequistas, de los maestros, de los profesionales cristianos, incluidos los que están metidos en los medios de comunicación o -como en el caso de Nehemías- en la política. Se trata de salvar los valores humanos y cristianos fundamentales, para que las generaciones futuras tengan una sociedad mejor.

-Yo, Nehemías, era entonces encargado real del vino. El año veinte del reinado de Artajerjes, en el mes de Nisán, tomé vino y se lo ofrecí al rey. La corte del poderoso rey de Persia tiene todavía esclavos extranjeros. Nehemías es uno de ellos, encargado de la bodega real. No tiene derecho a la palabra, sólo tiene que asegurar el servicio. Pero es judío. Han llegado a sus oídos noticias de Jerusalén: allá las cosas van mal. Judío de la diáspora con un cargo de confianza cerca del rey persa -era su copero-, Nehemías es también un judío de corazón. Vive intensamente el drama de sus hermanos, obligados a abandonar la restauración de la ciudad y del templo. Solidario y sensible, se aflige ante las dolorosas noticias que llegan de Jerusalén. Pero, realista y práctico, en el secreto de su corazón forja un plan de acción: irá al país y aglutinará alrededor de su persona los anhelos del pueblo. Entonces, mañoso y avisado, sabe llevar la conversación con el rey con vistas al necesario permiso. Hombre de acción, Nehemías es también un hombre de oración. Ora al tener conocimiento de la desgracia de sus hermanos. Ora en las negociaciones con el rey. A lo largo de sus memorias, así como en los acontecimientos de la vida, tendrá continuamente la oración a flor de labios. Desde un principio, recién presentado el protagonista, ya aparece esta característica complementaria de su personalidad. Nehemías intercede, suplica, confiesa, y su oración lleva consigo implicaciones personales y colectivas, en la línea de una auténtica oración litúrgica (1,5-11). El yo y el nosotros cabalgan, se piden, se intercambian. Es un miembro del pueblo de Dios que ora y la oración personal resuena en el marco de la alianza entre Dios y su pueblo. Nehemías y el pueblo se identifican. Solidaridad en el pecado, solidaridad en la confesión: «Confesando los pecados de Israel, nuestros pecados contra ti, porque yo y la casa de mi padre hemos pecado» (1,6). Y esta confesión se convierte así en conversión. Incluso en garantía de la futura reunión de los dispersados (1,8-9): el pecado separa y divide, levanta murallas, hostilidades, incomprensiones; la conversión, la santidad, al contrario, une, crea una especie de ósmosis, de intuición, de comprensión universal que se extiende a todos y en todas las situaciones. El final de la oración de Nehemías, con la petición del éxito para su gestión delante del rey (1 11), enseña cómo una oración por la comunidad puede acabar con una súplica particular y concreta. Cuando oramos, ni el yo se ha de convertir en un nosotros rutinario, masificado, despersonalizador, ni el nosotros en un yo egoísta, interesado, mezquino (R. Vives).

-Anteriormente nunca había mostrado tristeza ante él, pero aquel día el rey me dijo: «¿Por qué ese semblante tan triste? ¡Tú no estás enfermo! ¿Acaso tienes alguna preocupación?» Es así como se revelará una «vocación». Nehemías será el gran animador de la reconstrucción de Jerusalén, siendo tan sólo un esclavo desgraciado a quien Dios viene a buscar en su trabajo habitual.

-Muy turbado dije: "¡Viva por siempre el rey! ¿Cómo no ha de estar triste mi semblante cuando la ciudad donde están las tumbas de mis padres está en ruinas y sus puertas devoradas por el fuego?" Ese pobre servidor tiene un gran corazón. No sufre por preocupaciones personales. Sufre del sufrimiento de su pueblo. Como Moisés, educado en la corte del Faraón, Nehemías se ha formado según los usos de la corte de Persia. Ha tenido que adquirir una cierta competencia en la organización de una gran casa, una casa real. Se siente llamado a poner esta competencia al servicio de sus compatriotas. Ayúdanos, Señor, a servir a nuestros hermanos con lo mejor de nosotros. Apártanos de nuestras situaciones confortables para saber mirar y adoptar las preocupaciones de nuestros hermanos. Después de todo, Nehemías, no tenía por qué sentirse desgraciado. ¡En palacio, estaba bien tratado! Quita de mi corazón, Señor, el gusto de ser feliz ¡yo solo! Que oiga, Señor, las llamadas que vienen del mundo. Progresivamente llegan hasta mí los sufrimientos de mi familia, de mi ámbito de trabajo, de mi país, del universo lejano. Y oro. Me dejo interrogar por los acontecimientos.

-Invoqué al Dios del cielo y respondí al rey: «Si le place al rey, y si estás satisfecho de tu servidor, envíame a Judá, a la ciudad de las tumbas de mis padres... Y yo la reconstruiré.» Con frecuencia, ante los sufrimientos del mundo, nos quedamos a nivel de la emoción. Nehemías va hasta la decisión. Es un inmenso viaje el suyo. Y el compromiso supondrá un grande y largo esfuerzo: no se reconstruye una ciudad con un golpe de varita mágica.

-Añadí aún: «Si le place al rey que se me den cartas para los gobernadores de la provincia que está al oeste del Éufrates... Asimismo una carta para el inspector de los parques reales para que me proporcione madera de construcción para las puertas de la ciudadela del Templo, las puertas de la ciudad y la casa en que yo me instalaré.» La caridad se inscribe en un programa concreto a largo término.

-El rey me lo otorgó porque la protección de mi Dios estaba conmigo. En los proyectos, aun los aparentemente más temporales, nunca falta, en la Biblia, esta referencia explícita a Dios, en la oración (Noel Quesson).

Nehemías ha sido informado por medio de Jananí de lo siguiente: El resto de los judíos que han quedado en su tierra se encuentran en gran estrechez y confusión. La muralla de Jerusalén está llena de brechas, y sus puertas incendiadas. Después de que Nehemías invoca al Señor, confiesa ante Él los pecados del pueblo, como si fueran suyos, pues se hace solidario del Pueblo al que pertenece; y entonces le recuerda a Dios el amor que siempre ha sentido por ellos, y le suplica que le conceda verse favorecido por el Rey de Babilonia: Artajerjes. Y Dios le concede lo que ha pedido, de tal forma que puede marchar hacia Jerusalén para reconstruir la ciudadela, y disponer de todo el material para llevar a cabo esa obra. Dios, por medio de Jesús, su Hijo hecho hombre, nos ha concedido todo lo que necesitamos para que nuestra vida deje de estar en ruinas, dominada por la maldad, que ha abierto brechas en nosotros y nos ha dejado a merced del pecado. Por medio de Cristo, el Hijo Enviado por el Padre, nuestra vida ha sido restaurada, hemos sido perdonados, y, sobre todo, hemos sido elevados a la gran dignidad de ser hijos de Dios y templos de su Espíritu. Si en nuestro camino por la vida sentimos que las fuerzas para continuar avanzando en el bien se nos debilitan, no dudemos en acercarnos a Dios, nuestro Padre, para pedirle que nos fortalezca y nos llene de su Espíritu, pues Él, ciertamente, está dispuesto a concedernos todo lo que le pidamos en Nombre de Jesús, su Hijo, nuestro Señor.

2. Ya no sonaban los cantos en honor de Yahvé: "¿cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera?". E incluso los ancianos se quejaban, poéticamente, de que se les podía "pegar la lengua al paladar", porque ya no iban a cantar más salmos, y que no les importaba que se les "paralice la mano derecha", porque ya no necesitarán tocar las citaras en el culto de Dios. Se estaba perdiendo, no sólo la identidad política, sino también la fe.

Hay más alegría en el Cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión. Hay que hacer fiesta por el hijo que ha vuelto; por la oveja perdida, que ha sido encontrada. Y el Señor lucha a nuestro favor para levantarse victorioso sobre nuestro enemigo, la serpiente antigua o Satanás. ¿Cómo cantar y vivir alegres, cómo dejar de preocuparnos pensando que todo va bien cuando muchos hermanos nuestros continúan al margen de la salvación? Dios nos ha enviado a proclamarles el Evangelio, a llamarlos a la conversión, a hacerlos partícipes de la Vida que Él ofrece a todos. No podemos quedarnos sentados, sintiéndonos seguros porque nosotros hemos ya recibido esa Vida. Mientras haya un sólo pecador no podemos dejar de esforzarnos por anunciar la Buena Nueva del amor, del perdón y de la misericordia de Dios, hasta que en verdad la Victoria de Cristo sobre el mal se haga realidad en el corazón de todos los hombres.

Los "ríos de Babilonia" incluyen el Tigris, Éufrates y numerosos canales entre ellos. Se ven los sentimientos del desterrado… Tras rememorar la nostalgia de Sión sentida en el destierro, el salmista lanza un juramento contra sí si se olvida de Jerusalén: que sea olvidada su diestra, para tocar la cítara… que se paralice o se seque, o no hablar… se quiere  mantener vivo el deseo del cielo, como dice San Agustín: "Nosotros, los cristianos, en comparación con los infieles, somos ya luz, como dice el Apóstol: En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz. Y en otro lugar dice: La noche está avanzando, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad.

No obstante, porque el día en que vivimos es todavía noche en comparación con aquella luz a la que esperamos llegar, oigamos lo que dice el apóstol Pedro. Nos dice que vino sobre Cristo, el Señor, desde la sublime gloria, aquella voz que decía: «Éste es mi Hijo amado, mi predilecto». Esta voz –dice– traída del cielo, la oímos nosotros, estando con él en la montaña sagrada. Pero, como nosotros no estábamos allí y no oímos esta voz del cielo, nos dice el mismo Pedro: Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día y el lucero nazca en vuestros corazones.

Por lo tanto, cuando venga nuestro Señor Jesucristo –como dice también el apóstol Pablo– iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón, y cada uno recibirá la alabanza de Dios, entonces, con la presencia de este día, ya no tendremos necesidad de lámparas: no será necesario que se nos lean los libros proféticos ni los escritos del Apóstol, ya no tendremos que indagar el testimonio de Juan, y el mismo Evangelio dejará de sernos necesario. Ya no tendrán razón de ser todas las Escrituras que en la noche de este mundo se nos encendían a modo de lámparas, para que no quedásemos en tinieblas.

Suprimido, pues, todo esto, que ya no nos será necesario, cuando los mismos hombres de Dios por quienes fueron escritas estas cosas vean, junto con nosotros, aquella verdadera y clara luz, sin la ayuda de sus escritos, ¿qué es lo que veremos? ¿Con qué se alimentará nuestro espíritu? ¿De qué se alegrará nuestra mirada? ¿De dónde procederá aquel gozo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar? ¿Qué es lo que veremos?

Os lo ruego, amemos juntos, corramos juntos el camino de nuestra fe; deseemos la patria celestial, suspiremos por ella, sintámonos peregrinos en este mundo. ¿Qué es lo que veremos entonces? Que nos lo diga ahora el Evangelio: En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Entonces llegarás a la fuente con cuya agua has sido rociado; entonces verás al descubierto la luz cuyos rayos, por caminos oblicuos y sinuosos, fueron enviados a las tinieblas de tu corazón, y para ver y soportar la cual eres entretanto purificado. Queridos –dice el mismo Juan–, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

Noto cómo vuestros sentimientos se elevan junto con los míos hacia las cosas celestiales; pero el cuerpo mortal es lastre del alma, y la tienda terrestre abruma la mente que medita. Ha llegado ya el momento en que yo tengo que dejar el libro santo y vosotros tenéis que regresar cada uno a vuestras ocupaciones. Hemos pasado un buen rato disfrutando de una luz común, nos hemos llenado de gozo y alegría; pero, aunque nos separemos ahora unos de otros, procuremos no separarnos de él".

Termina pidiendo al Señor el castigo de los deportadores. El amor profesado a Sión lo relaciona con los "cantos a Sión". La lejanía y añoranza de Jerusalén reflejadas en el salmo ayudan al cristiano a pensar en la esperanza del cielo, viviendo en este mundo como extranjeros en dispersión (1 P 1,1) y caminando aquí en la fe, no en visión (2 Cor 5,6). "La vida perdurable consiste, primariamente, en nuestra unión con Dios, ya que el mismo Dios en persona es el premio y el término de todas nuestras fatigas: Yo soy tu escudo y tu paga abundante.

Esta unión consiste en la visión perfecta: Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara. También consiste en la suprema alabanza, como dice el profeta: Allí habrá gozo y alegría, con acción de gracias al son de instrumentos.

Consiste, asimismo, en la perfecta satisfacción de nuestros deseos, ya que allí los bienaventurados tendrán más de lo que deseaban o esperaban. La razón de ello es que en esta vida nadie puede satisfacer sus deseos, y ninguna cosa creada puede saciar nunca el deseo del hombre: sólo Dios puede saciarlo con creces, hasta el infinito; por esto, el hombre no puede hallar su descanso más que en Dios, como dice san Agustín: «Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón no hallará reposo hasta que descanse en ti».

Los santos, en la patria celestial, poseerán a Dios de un modo perfecto, y, por eso, sus deseos quedarán saciados y tendrán más aún de lo que deseaban. Por eso, dice el Señor: Entra en el gozo de tu Señor. Y san Agustín dice: «Todo el gozo no cabrá en todos, pero todos verán colmado su gozo. Me saciaré de tu semblante; y también: El sacia de bienes tus anhelos».

Todo lo que hay de deleitable se encuentra allí superabundantemente. Si se desean los deleites, allí se encuentra el supremo y perfectísimo deleite, pues procede de Dios, sumo bien: Alegría perpetua a tu derecha.

La vida perdurable consiste, también, en la amable compañía de todos los bienaventurados, compañía sumamente agradable, ya que cada cual verá a los demás bienaventurados participar de sus mismos bienes. Todos, en efecto, amarán a los demás como a sí mismos, y, por eso, se alegrarán del bien de los demás como del suyo propio. Con lo cual, la alegría y el gozo de cada uno se verán aumentados con el gozo de todos" (Santo Tomás de Aquino).

3.- Lc 9,57-62. En el camino de Jesús se refleja nuestro camino. Hoy leemos tres breves episodios de "vocación" a su seguimiento, con situaciones diferentes y respuestas que parecen paradójicas por parte de Jesús. Las respuestas no se deben tomar al pie de la letra, sino como una manera expresiva de acentuar la radicalidad del seguimiento que pide Jesús, y su urgencia, porque hay mucho trabajo y no nos podemos entretener en cosas secundarias. Con su primera respuesta, nos dice que su seguimiento no nos va a permitir "instalarnos" cómodamente. Jesús está de camino, es andariego. Como Abrahán desde que salió de su tierra de Ur y peregrinó por tierras extrañas cumpliendo los planes de Dios. Con la segunda, Jesús no desautoriza la buena obra de enterrar a los muertos. Recordemos el libro de Tobías, en que aparece como una de las obras más meritorias que hacía el buen hombre. A Jesús mismo le enterraron, igual que hicieron luego con el primer mártir Esteban. Lo que nos dice es que no podemos dar largas a nuestro seguimiento. El trabajo apremia. Sobre todo si la petición de enterrar al padre se interpreta como una promesa de seguirle una vez que hayan muerto los padres. El evangelio pone como modelos a los primeros apóstoles que, "dejándolo todo, le siguieron". Lo mismo nos enseña con lo de "no despedirse de la familia". No está suprimiendo el cuarto mandamiento. Es cuestión de prioridades. Cuando el discípulo Eliseo le pidió lo mismo al profeta Elías, éste se lo permitió (I R 19). Jesús es más radical: sus seguidores no tienen que mirar atrás. Incluso hay que saber renunciar a los lazos de la familia si lo pide la misión evangelizadora, como hacen tantos cristianos cuando se sienten llamados a la vocación ministerial o religiosa, y tantos misioneros, también laicos, que deciden trabajar por Cristo dejando todo lo demás. Sin dejarnos distraer ni por los bienes materiales ni por la familia ni por los muertos. La fe y su testimonio son valores absolutos. Todos los demás, relativos (J. Aldazábal).

La narración ofrece tres posturas y tres puntos de vista de Jesús, frente a aquellos que querían seguirle, poniéndole condiciones. Jesús exige una unión incondicional con él y una superación de todo lo natural. La tierra no es el espacio de Jesús. Él camina hacia la muerte y aquellos que quieran seguirle se apuntan al mismo destino. Jesús, encarnación del Amor, no tiene lugar en una tierra de odio, no tiene casa, ni ciudad, ni pueblo; ni siquiera tiene lo que poseen los animales. Él es la entrega total, el que camina a Jerusalén, el Hijo del hombre, cuya patria no es la tierra. Enterrar a los familiares muertos era una grave obligación del cuarto mandamiento para los contemporáneos de Jesús. A pesar de todo seguir a Jesús y el servicio al Reino está sobre todo, aun sobre los preceptos de la antigua Alianza. La cercanía del Reino exige la superación de todos los deberes, aun los más sagrados (Lc 14,25).

La urgencia del Reino es tal que ya no queda tiempo, ni para despedir a los familiares. Para seguir a Jesús no se puede apartar la mirada de la meta y la meta es Jerusalén. No valen para el Reino los que dan importancia a lo que dejan. Solamente valen aquéllos que llenan su alma con su destino de servicio y de entrega. El seguir a Jesús exige el "en seguida" y el "totalmente" (Mt 4,20; Ga 1,16; 1 Co 9,24ss).

-Jesús subía hacia Jerusalén. Por el camino uno le dijo: "Te seguiré por doquiera que vayas". Meditaremos tres casos de "vocaciones". En el primero es el hombre mismo que se presenta y toma la iniciativa. Viene para proponer a Jesús: ¿me quieres contigo? Pero lo hace con cierta pretensión presuntuosa. ¡Está muy seguro de sé mismo! "Te seguiré por doquiera que vayas". Se cree fuerte, sólido, generoso.

-Jesús le respondió: "Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza". Es, evidentemente, una especie de puesta en guardia. Jesús advierte a ese hombre que para seguirle, no basta el entusiasmo. Es curioso ver cómo Jesús pone por delante la "dificultad" de seguirlo, en el mismo momento en que la aldea no ha querido recibirlo, en el mismo momento en que un hombre generoso se ofrece para seguirle, incondicionalmente. Jesús pone en primer lugar la falta de confort, la pobreza de su situación. Seguir a Jesús es ser partícipe de su destino. Esto subraya que Jesús es consciente de ir hacia su destino trágico en Jerusalén: ser discípulo de Jesús es estar preparado a ser rechazado como Él lo estuvo, es no tener seguridad... Señor, yo también quisiera siempre seguirte a donde Tú vayas... Pero ahora ya sé y la historia nos ha enseñado "dónde" ibas. Y el Gólgota me espanta, te lo confieso. Ciertamente que no podré seguirte si no me das la fuerza; pero tampoco me atrevo demasiado a pedírtela.

-A otro le dijo: "Sígueme". En este segundo caso, es Jesús el que llama. El hombre respondió: "Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre". Jesús le replicó: "Deja que los muertos entierren a sus muertos". Esa réplica inverosímil suena como una provocación. En Israel, dar sepultura era una obligación sagrada... y ¡es un acto sumamente natural en todas las civilizaciones! Esas palabras del evangelio, esas exigencias exorbitantes, nos sitúan ciertamente ante un dilema:

-o bien Jesús es un loco que no sabe lo que dice...

-o bien Jesús es de otro orden distinto al terrestre, más allá del humano...

Tratemos de entender esa dura palabra. El término "los muertos" tiene dos sentidos diferentes en la misma frase: en uno de los casos tiene el sentido habitual, se trata de los "difuntos"... pero en el otro caso se refiere a los que todavía no han encontrado a Jesús, y Jesús se atreve a decir de ellos que están "muertos". ¡Ser discípulo, seguir a Jesús es haber pasado de la muerte a la vida! Es haber entrado en otro mundo, ¡que no tiene nada en común con el mundo habitual!

-Tú ve a anunciar el reino de Dios. El discípulo sólo tiene una cosa que hacer, ante la cual desaparece todo lo restante: "anunciar el reino de Dios". Es radical, absoluto. Esto no admite retraso alguno. "A veces la voluntad parece resuelta a servir a Cristo, pero buscando al mismo tiempo el aplauso y el favor de los hombres (…). Se empeña en ganar los bienes futuros, pero sin dejar escapar los presentes. Una voluntad así no nos permitirá llegar nunca a la verdadera santidad" (Juan Casiano).

-Otro le dijo: "Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia". Jesús le contestó: "EI que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios". ¿Quién es pues Jesús para pedir tales rompimientos? Y sin embargo Jesús nos ha pedido también que amemos a nuestros padres, y ha dado testimonio de un afecto delicado a su madre al confiarla a san Juan en el momento de su muerte. Pero Dios, nos pide que renunciemos por Él a todas las dulzuras familiares. Esto lo había ya exigido Elías a su discípulo (1 Reyes 19,19-21). El servicio del Reino de Dios, ¿tendrá aún en adelante, hombres de ese temple? (Noel Quesson).

Hoy, el Evangelio nos invita a reflexionar, con mucha claridad y no menor insistencia, sobre un punto central de nuestra fe: el seguimiento radical de Jesús. «Te seguiré adondequiera que vayas» (Lc 9,57). ¡Con qué simplicidad de expresión se puede proponer algo capaz de cambiar totalmente la vida de una persona!: «Sígueme» (Lc 9,59). Palabras del Señor que no admiten excusas, retrasos, condiciones, ni traiciones...

La vida cristiana es este seguimiento radical de Jesús. Radical, no sólo porque toda su duración quiere estar bajo la guía del Evangelio (porque comprende, pues, todo el tiempo de nuestra vida), sino —sobre todo— porque todos sus aspectos —desde los más extraordinarios hasta los más ordinarios— quieren ser y han de ser manifestación del Espíritu de Jesucristo que nos anima. En efecto, desde el Bautismo, la nuestra ya no es la vida de una persona cualquiera: ¡llevamos la vida de Cristo inserta en nosotros! Por el Espíritu Santo derramado en nuestros corazones, ya no somos nosotros quienes vivimos, sino que es Cristo quien vive en nosotros. Así es la vida cristiana, porque es vida llena de Cristo, porque rezuma Cristo desde sus más profundas raíces: es ésta la vida que estamos llamados a vivir.

El Señor, cuando vino al mundo, aunque «todo el género humano tenía su lugar, Él no lo tuvo: no encontró lugar entre los hombres (...), sino en un pesebre, entre el ganado y los animales, y entre las personas más simples e inocentes. Por esto dice: 'Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza'» (San Jerónimo). El Señor encontrará lugar entre nosotros si, como Juan el Bautista, dejamos que Él crezca y nosotros menguamos, es decir, si dejamos crecer a Aquel que ya vive en nosotros siendo dúctiles y dóciles a su Espíritu, la fuente de toda humildad e inocencia (Lluc Torcal).

Ya el Señor nos dice: Si uno de ustedes piensa edificar una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos y ver si tiene para acabarla? No sea que, si pone los cimientos y no puede acabar, todos los que lo vean comiencen a burlarse de él, diciendo: Este comenzó a edificar y no pudo terminar. El seguimiento del Señor en la fe no es un juego. Quien se compromete con Él está empeñando toda su vida, de tal forma que debe amarle muy por encima de todas las cosas; y ha de entrar en Alianza con Él de tal forma que se lleve a efecto una auténtica vida de Comunión entre Dios y nosotros. Entonces no contará el dinero ni los bienes pasajeros como parte de nuestra felicidad; tampoco contará nuestra familia como parte de nuestra seguridad; tampoco los demás serán el punto de referencia de nuestros actos. Sólo Dios, sin nadie más en quien hacer nuestro nido, ni en quien reclinar nuestra cabeza. Sólo Dios, convertido en el único Padre nuestro, punto de referencia y fin de nuestros actos. Sólo Dios, hacia quien nos encaminamos continuamente. Si le hemos dicho sí y nos hemos echado a andar tras de Él, vivámosle con la fidelidad de quien ha aceptado un amor indivisible; con el amor de quien se alegra por tenerlo por Padre; con el esfuerzo de quien, alegremente, trabaja por sembrar en el corazón de todos la Vida que Él nos ha confiado para que todos disfruten de ella. Todo por Él y por su Reino, pues fuera de Él nada tiene sentido.

El Señor nos ha convocado en esta Eucaristía, llamándonos a seguirlo libres de toda atadura. Cuando se lleva a cabo la alianza mediante el sacramento del Matrimonio, se entrega, en amor, el corazón de un modo indivisible a quien, en adelante, será cónyuge toda la vida. El Señor, con quien hemos sellado una Alianza desde el día en que, por medio del Bautismo, hicimos nuestra su Vida y Él hizo suya la nuestra, nos quiere comprometidos en una fidelidad constante, puesta a toda prueba. Él, además de ser nuestro Redentor y Señor, es nuestro Maestro que nos ha escogido como discípulos suyos, para que, permaneciendo con Él, aprendamos a trabar constantemente por su Reino sin buscar intereses mezquinos. Mediante la Eucaristía renovamos con Él nuestro compromiso de no reclinar, de no apoyar sino en Él toda nuestra vida para que, guiados por su Espíritu Santo en nosotros, nos esforcemos constantemente en construir un mundo más recto, más justo, más fraterno.

Quienes hemos seguido a Cristo, depositando nuestra fe en Él, no podemos llegar ante los demás con doblez, de tal forma que al proclamarles el Nombre del Señor queramos sacar partido queriendo granjearnos a los poderosos para que nos den seguridad. Quienes en la difusión del Evangelio se ganan a quienes detentan el poder para asegurar la aceptación de la fe en el Señor, en lugar de proclamar el Nombre del Señor con toda la entrega personal que requiere el llegar a los demás por el camino arduo de la cruz, que nos hace cercanos a todos y dar la vida por ellos, lo único que estarían provocando sería un nuevo colonialismo de una fe impuesta indirectamente e incapaz de llegar a una auténtica madurez. Sólo en la cruz hemos de reclinar nuestra cabeza, cruz que significa amor sacrificial en favor de aquellos a quienes hemos sido enviados como discípulos de Quien se empolvó los pies y se vistió con la túnica de peregrino para hacerse cercanía del hombre, para ser en verdad Dios-con-nosotros. Quien ha puesto la mano en el arado, quien ha cargado su propia cruz y ha emprendido el camino tras las huellas de Cristo, no puede terminar como enterrador de muertos, sino como el que da Vida, la Vida que procede de Dios, dándola aun a costa de tener que padecer, y ser perseguido, y ser condenado a muerte. Quien vive entre lujos, quien piensa que el pertenecer a Cristo es vivir de Cristo como ocasión de negocios económicos, ha puesto la mano en el arado y ha vuelto no sólo la mirada, sino la vida hacia las esclavitudes del pecado. La Iglesia de Cristo no puede dejar de caminar en la pobreza, desembarazada de todo aquello que deja de identificarla con su Señor. Seamos fieles a la Alianza que hemos hecho con Él y hagamos, no sólo con palabras, sino con la vida, que su mensaje de salvación sea más creíble para quienes le buscan.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Virgen María, nuestra Madre, una auténtica vida de fe, para que, no sólo con los labios, sino con nuestras obras manifestemos que en verdad somos discípulos fieles de Cristo. Amén (www.homiliacatolica.com).

Martes 26 del tiempo ordinario: la salvación se proclama universal, en la Iglesia, camino hacia la Jerusalén celestial que es el Reino que proclama Jesús, a quien vemos hoy inculcando el espíritu de amor: «volviéndose, les reprendió», les corrige y a

 

 

Profecía de Zacarías 8,20-23. Así dice el Señor de los ejércitos: Todavía vendrán pueblos y vecinos de grandes ciudades; los de una ciudad irán a los de otra y les dirán: 'Vayamos a implorar al Señor, a consultar al Señor de los ejércitos...'

Así vendrán pueblos incontables y naciones poderosas a consultar al Señor de los ejércitos en Jerusalén y a implorar su protección. Aquel día diez hombres de cada lengua extranjera agarrarán a un judío por la orla del manto, diciendo: 'Queremos ir con vosotros, pues hemos oído que Dios está con vosotros'

 

Salmo 86,1-3.4-5.6-7 (R. Za 8,23). R. Dios está con nosotros.

Él ha cimentado sobre el monte santo; y el Señor prefiere las puertas de Sión a todas las moradas de Jacob. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!

            "Contaré a Egipto y a Babilonia entre mis fieles; filisteos, tirios y etíopes han nacido allí." Se dirá de Sión: "Uno por uno todos han nacido en ella; el Altísimo en persona la ha fundado"

            El Señor escribirá en el registro de los pueblos: "Este ha nacido allí". Y cantarán mientras danzan: "Todas mis fuentes están en ti".

 

Evangelio de Lucas 9,51-56. Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo.

 

Comentario: 1.- Za 8,20-23. Con dos oráculos más terminamos la breve lectura del profeta Zacarías. Esta vez no sólo anuncia el bienestar del pueblo en su vuelta a Sión, sino que afirma el carácter universal de la salvación que Dios tiene programada: "vendrán pueblos incontables y numerosas naciones a consultar al Señor en Jerusalén". O sea, todos se habrán enterado de que la Palabra salvadora, la Verdad plena, está en Jerusalén, y correrán a porfía a "consultar" al Dios verdadero.

"Diez extranjeros agarrarán a un judío por la orla del manto": o sea, le pedirán insistentemente que les diga cómo se va a Jerusalén y que les admita en el grupo de los que rinden culto a su Dios. Nosotros, escuchando estas palabras, nos damos cuenta de que no se trataba, en los planes de Dios, de Jerusalén en su sentido geográfico: ya entonces los planes de Dios eran "católicos", universales. Pero que en Jesús lo empezaron a ser más plenamente.

La nueva Jerusalén es la Iglesia de Jesús. Si de los judíos se podía decir: "Dios está con vosotros", mucho más de nosotros, porque él nos ha enviado al que se llama en verdad "Dios-con-nosotros". Si iban a subir los pueblos a consultar la Palabra de Dios a Jerusalén, mucho más desde que ha venido el que es la Palabra viviente de Dios, Jesús. Por descristianizada que nos parezca nuestra generación, en los planes de Dios todos están destinados a la fe y a la salvación. Lo decía S. Cirilo de Alejandría: "diciendo que serán de toda lengua aquellos que agarrarán al manto, ha puesto además de relieve claramente que aquel día la llamada a la bienaventuranza no estará reservada sólo a los israelitas, sino a todas las gentes dispersas por todo el mundo". Pero queda en el aire el interrogante: ¿somos en verdad, los que formamos la Iglesia, un signo tan lúcido de la presencia de Dios, una comunidad tan atractiva a la que da gusto acudir a "consultar con Dios" y a escuchar su Palabra? Los que nos ven actuar, ¿se sienten atraídos y nos tiran de la manga para que sin falta les dejemos juntarse con nosotros en nuestra vida de fe?

Todos los cristianos debemos ser "misioneros", preocupados de que cuantos más mejor escuchen la Palabra de Dios y se enteren de sus planes de vida. Empezando por los que tenemos más cerca en la familia o en la sociedad.

También nuestro mundo de hoy, a veces sin saberlo explícitamente, anda a la búsqueda de los valores que le den la felicidad. ¿Encuentran en nosotros la luz que les oriente? ¿les resultamos creíbles en nuestro testimonio de fe? ¿se cumple en la Iglesia lo que el salmo decía poéticamente de Sión: "contaré a Egipto y a Babilonia entre mis fieles", hasta el punto de sentirse todos orgullosos, porque "uno por uno todos han nacido en ella"? Seguro que tendremos que mejorar nuestra imagen para que todo esto deje de ser utopía.

El universalismo forma parte, HOY, de las aspiraciones de muchos hombres. Toda visión demasiado estrecha de la humanidad, está destinada al fracaso. Hay que tener amplitud de miras.

-Así habla el Señor del universo: «He aquí que afluirán los pueblos y habitantes de muchas ciudades. El universalismo forma parte del alma de Israel. Inmersos entre paganos, durante su largo destierro, los judíos más fervorosos adquirieron conciencia de que su Fe iba destinada a todos los hombres. Y expresaban esta convicción anunciando que todos los pueblos irían un día, en peregrinación, a Jerusalén.

-Y los de una ciudad irán a otra diciendo: «Ea, vamos a implorar al Señor; vamos a buscar el rostro del Señor del universo. En cualquier caso, yo voy. Al límite, el proselitismo no es ni siquiera necesario. Entre los paganos hay una especie de emulación mutua. El verdadero Dios es atrayente. Entran ganas de visitar esa ciudad, Jerusalén, donde se le adora. Nuestra vida cristiana, ¿hace también reflexionar a nuestros contemporáneos? ¿Manifiestan éstos deseos de saber el secreto que nos anima? En lo más profundo de nuestras vidas, ¿hay una alegría que les intriga? Y en nuestros corazones ¿hay un amor universal, humanamente inexplicable?

-Pueblos numerosos y naciones poderosas vendrán a Jerusalén a implorar al Señor del universo y a buscar su rostro. No se trata pues de una unidad política. No de la capital de un imperio terrestre: al contrario, ¡unos poderosos van hacia lo pequeño! Esa reunión de la humanidad es únicamente religiosa, está suscitada por la fe. Si pensamos en ello, ¿no es verdad que, a pesar de las apariencias, hay millones de hombres muy diversos, íntimamente unidos en la misma búsqueda del rostro de Dios? Siendo fiel a la oración, cada día, me uno a esa multitud de hombres y mujeres que contemplan el rostro de Dios y comulgan con el mismo soplo.

-En aquellos días, diez hombres de todas las lenguas de las naciones asirán por la orla del manto a un judío diciendo: «Vamos con vosotros porque hemos sabido que Dios está con vosotros». Jesús también repetirá que «la salvación viene de los judíos». (Jn, 4, 22). Pero, al mismo tiempo, hará que estalle todo particularismo y proclamará un amor universal sin fronteras. La verdadera entrada de los paganos en el pueblo de Dios será la Iglesia de Pentecostés. Históricamente es un hecho innegable.

Un judío contemporáneo, A. Chouraqui, antiguo alcalde de Jerusalén, sabe reconocer la función única de Jesús: «Más que por la substancia de su enseñanza, la singularidad de Jesús se sitúa en el extraordinario poder de su personalidad natural y sobrenatural: ésta proporciona un fundamento suficiente a la edificación de un universalismo que no era extraño al genio de Israel, ciertamente, pero que Israel no tuvo nunca la fuerza o la audacia de afirmar así. Jesús prevé que la era de las naciones ha pasado y que la gran obra de Israel deberá ser en adelante la de realizar la unidad universal del género humano". En cuanto a mí ¿cuál es mi concepción? ¿Vivo encerrado en pequeños clanes, en capillitas o ghettos? ¿Respiro ampliamente el aire del mundo entero? ¿Cuál es mi dinamismo misionero? ¿Soy un cristiano para mí mismo? ¿Presento un rostro atrayente de mi fe? (Noel Quesson).

El reconocimiento del Dios único, revelado a nuestros antiguos Padres, hará que finalmente todos acepten lo que Jesús, nuestro Señor, había indicado a la Samaritana: La Salvación viene de los Judíos. En torno a Dios y su Mesías se reunirán todas las naciones como un sólo pueblo que alabe su Nombre y le haga ofrendas agradables. No sólo tomaremos por el borde el manto de Jesús para ir con Él a glorificar al Padre Dios; sino que nos revestiremos de Él, de su dignidad de Hijo para participar de la Gloria que le corresponde como a Hijo unigénito del Padre. Finalmente aquella dispersión de la humanidad iniciada en Babel, ahora regresa a su unidad no en torno a un edificio que se elevaría para contemplar a Dios, sino en torno a Jesús que nos hace no sólo contemplar, sino participar de la misma vida divina. Procuremos que la Iglesia de Jesús se convierta, realmente, en signo de unidad para todos porque nuestro lenguaje, lenguaje de amor, sea el mismo en todas las naciones. Así, amándonos, podremos en verdad hacer que quienes no crean en Dios puedan decir: vayamos al Dios de los cristianos, pues nos gustaría amar como ellos se aman y vivir guiados y protegidos por el Dios que los guía y protege a ellos.

2. Sal 86, donde parece proclamarse que todas las naciones formarán parte del Pueblo de Dios, profecía de la Iglesia (cf Hch 2,5) como camino a la Jerusalén celestial, "nuestra madre" (Ga 4,26). Hay una referencia a Sión, monte sobre el que se edifica Jerusalén, al comienzo de la perícopa de hoy, y luego a que las naciones hostiles a Israel, Egipto y Babilonia, se conviertan al Dios verdadero, y también luego hay una referencia a que los judíos de la diáspora, estén donde estén, se consideren hijos de Jerusalén. Habiendo Dios escogido a Israel como Pueblo suyo y ovejas de su rebaño, el Señor mismo lo convierte en signo de salvación para todos los pueblos. Esa salvación no se limita a las naciones que, por lo menos, no hayan sido totalmente hostiles a Dios y a su Pueblo, sino que está abierta incluso a quienes les hicieron daño y les persiguieron como Egipto y Babilonia. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad, para que seamos libres, hijos y no esclavos. Por medio de la Iglesia el Señor ha hecho realidad este plan de salvación por el que quiere manifestar su amor misericordioso a todas las naciones. No importan los grandes pecados de los hombres, lo que importa es que vuelvan al Señor y hagan de su vida una continua alabanza de su Nombre, reconociendo que el Señor es la fuente de nuestra salvación, y que, fuera de Él, no puede encontrarse otro nombre ni otro camino que nos conduzca a la plena unión con Dios. La salvación nos viene de Dios, pero por la Iglesia nuestra madre, como dice el Catecismo: La salvación viene solo de Dios;  pero puesto que recibimos la vida de la fe a través de la Iglesia, ésta es nuestra madre: "Creemos en la Iglesia como la madre de nuestro nuevo nacimiento, y no en la Iglesia como si ella fuese el autor de nuestra salvación" (Fausto de Riez, Spir. 1,2). Porque es nuestra madre, es también la educadora de nuestra fe (…) "Creer" es un acto eclesial. La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe. La Iglesia es la madre de todos los creyentes. "Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por madre" (S. Cipriano)" (169,181).

"Todas mis fuentes" indica todos los beneficios del Señor, recordando el paraíso (cf Ez 47,1,12; Za 13,1; Biblia de Navarra).

Comenta Juan Pablo II así este salmo a Jerusalén, madre de todos los pueblos: "El canto a Jerusalén, ciudad de la paz y madre universal, que acabamos de escuchar, por desgracia está en contraste con la experiencia histórica que la ciudad vive. Pero la oración tiene como finalidad sembrar confianza e infundir esperanza. La perspectiva universal del salmo 86 puede hacer pensar en el himno del libro de Isaías, en el cual confluyen hacia Sión todas las naciones para escuchar la palabra del Señor y redescubrir la belleza de la paz, forjando "de sus espadas arados", y "de sus lanzas podaderas" (cf. Is 2,2-5). En realidad, el salmo se sitúa en una perspectiva muy diversa, la de un movimiento que, en vez de confluir hacia Sión, parte de Sión; el salmista considera a Sión como el origen de todos los pueblos. Después de declarar el primado de la ciudad santa no por méritos históricos o culturales, sino sólo por el amor derramado por Dios sobre ella (cf. Sal 86,1-3), el salmo celebra precisamente este universalismo, que hermana a todos los pueblos.

Sión es aclamada como madre de toda la humanidad y no sólo de Israel. Esa afirmación supone una audacia extraordinaria. El salmista es consciente de ello y lo hace notar: "¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!" (v. 3). ¿Cómo puede la modesta capital de una pequeña nación presentarse como el origen de pueblos mucho más poderosos? ¿Por qué Sión puede tener esa inmensa pretensión? La respuesta se da en la misma frase: Sión es madre de toda la humanidad porque es la "ciudad de Dios"; por eso está en la base del proyecto de Dios. Todos los puntos cardinales de la tierra se encuentran en relación con esta madre: Raab, es decir, Egipto, el gran Estado occidental; Babilonia, la conocida potencia oriental; Tiro, que personifica el pueblo comercial del norte; mientras Etiopía representa el sur lejano y Palestina la zona central, también ella hija de Sión. En el registro espiritual de Jerusalén se hallan incluidos todos los pueblos de la tierra: tres veces se repite la fórmula "han nacido allí (...); todos han nacido en ella" (vv. 4-6). Es la expresión jurídica oficial con la que se declaraba que una persona había nacido en una ciudad determinada y, como tal, gozaba de la plenitud de los derechos civiles de aquel pueblo.

Es sugestivo observar que incluso las naciones consideradas hostiles a Israel suben a Jerusalén y son acogidas no como extranjeras sino como "familiares". Más aún, el salmista transforma la procesión de estos pueblos hacia Sión en un canto coral y en una danza festiva: vuelven a encontrar sus "fuentes" (cf. v. 7) en la ciudad de Dios, de la que brota una corriente de agua viva que fecunda todo el mundo, siguiendo la línea de lo que proclamaban los profetas (cf. Ez 47,1-12; Zc 13,1; 14,8; Ap 22,1-2). En Jerusalén todos deben descubrir sus raíces espirituales, sentirse en su patria, reunirse como miembros de la misma familia, abrazarse como hermanos que han vuelto a su casa.

El salmo 86, página de auténtico diálogo interreligioso, recoge la herencia universalista de los profetas (cf. Is 56,6-7; 60,6-7; 66,21; Jl 4,10-11; Ml 1,11, etc.) y anticipa la tradición cristiana que aplica este salmo a la "Jerusalén de arriba", de la que san Pablo proclama que "es libre; es nuestra madre" y tiene más hijos que la Jerusalén terrena (cf. Ga 4,26-27). Lo mismo dice el Apocalipsis cuando canta a "la nueva Jerusalén, que baja del cielo, de junto a Dios" (Ap 21,2.10). En la misma línea del salmo 86, también el concilio Vaticano II ve en la Iglesia universal el lugar en donde se reúnen "todos los justos, desde Adán, desde el justo Abel hasta el último elegido". Esa Iglesia "llegará gloriosamente a su plenitud al final de los siglos" (Lumen gentium, 2).

En la tradición cristiana, esta lectura eclesial del salmo se abre a la relectura del mismo en clave mariológica. Jerusalén era para el salmista una auténtica "metrópoli", es decir, una "ciudad-madre", en cuyo interior se hallaba presente el Señor mismo (cf. So 3,14-18). Desde esta perspectiva, el cristianismo canta a María como la Sión viva, en cuyo seno fue engendrado el Verbo encarnado y, como consecuencia, han sido regenerados los hijos de Dios. Las voces de los Padres de la Iglesia como, por ejemplo, Ambrosio de Milán, Atanasio de Alejandría, Máximo el Confesor, Juan Damasceno, Cromacio de Aquileya y Germano de Constantinopla, concuerdan en esta relectura cristiana del salmo 86. Citaremos ahora a un maestro de la tradición armenia, Gregorio de Narek (ca. 950-1010), el cual, en su Panegírico de la santísima Virgen María, se dirige así a la Virgen: "Al refugiarnos bajo tu dignísima y poderosa intercesión, encontramos amparo, oh santa Madre de Dios, consuelo y descanso bajo la sombra de tu protección, como al abrigo de una muralla bien fortificada: una muralla adornada, en la que se hallan engarzados diamantes purísimos; una muralla envuelta en fuego y, por eso, inexpugnable a los asaltos de los ladrones; una muralla que arroja pavesas, inaccesible e inalcanzable para los crueles traidores; una muralla rodeada por todas partes, según David, cuyos cimientos fueron puestos por el Altísimo (cf. Sal 86,1.5); una muralla fuerte de la ciudad de arriba, según san Pablo (cf. Ga 4,26; Hb 12,22), donde acogiste a todos como habitantes, porque, mediante el nacimiento corporal de Dios, hiciste hijos de la Jerusalén de arriba a los hijos de la Jerusalén terrena. Por eso, sus labios bendicen tu seno virginal y todos te proclaman morada y templo de Aquel que es de la misma naturaleza del Padre. Así pues, con razón se te aplican las palabras del profeta: "Fuiste nuestro refugio y nuestro defensor frente a los torrentes en los días de angustia" (cf. Sal 45,2)"".

3.- Lc 9,51-56 Los estudiosos afirman que en este pasaje empieza toda una larga sección, propia de Lucas, a la que llaman "el viaje a Jerusalén". En Lc 9,51 se nos dice que "Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén", y este largo viaje durará diez capítulos del evangelio, hasta Lc 18,14. Ha llegado para Jesús la hora "de ser llevado al cielo". Ha terminado su predicación en Galilea, y todo va a ser desde ahora "subida" a Jerusalén, o sea, hacia los grandes acontecimientos de su muerte y resurrección. De paso va a ir adoctrinando a sus discípulos sobre cómo tiene que ser su seguimiento. El primer episodio en el camino les pasa cuando tienen que atravesar territorio samaritano y no les reciben bien (porque los samaritanos no pueden ver a los judíos, sobre todo si van a Jerusalén). La reacción de Santiago y Juan es drástica: ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos? Se repite la reacción del profeta Elías, que hace bajar fuego del cielo contra los sacerdotes del dios Baal. Jesús, una vez más, les tiene que corregir, y duramente: "no sabéis de qué espíritu sois".

Una primera interpelación de este pasaje es, para nosotros, la decisión con que Jesús se dirige a cumplir la misión para la que ha venido. Sabe cuál es su camino y se dispone con generosidad a seguirlo, a pesar de que le llevará a la cruz. ¿Somos conscientes de dónde venimos y a dónde vamos, en nuestra vida? Nuestro seguimiento de Cristo ¿es tan lúcido y decidido, a pesar de que ya nos dijo que habremos de tomar la cruz cada día e ir detrás de él? También podemos dejarnos interrogar sobre nuestra reacción cuando algo nos sale mal, cuando experimentamos el rechazo por parte de alguien: ¿somos tan violentos como los "hijos del trueno", Santiago y Juan, que nada menos que quieren que baje un rayo del cielo y fulmine a los que no les han querido dar hospedaje? ¿reaccionamos así cuando alguien no nos hace caso o nos lleva la contraria? La violencia no puede ser nuestra respuesta al mal. Jesús es mucho más tolerante. No quiere -según la parábola que él mismo les contó- arrancar ya la cizaña porque se haya atrevido a mezclarse con el trigo. El juicio lo deja para más tarde. De momento, "se marcharon a otra aldea". Como hacía Pablo, cuando le rechazaban en la sinagoga y se iba a los paganos, o cuando le apaleaban en una ciudad y se marchaba a otra. Si aquí no nos escuchan, vamos a otra parte y seguiremos evangelizando, allá donde podamos. Sin impaciencias. Sin ánimo justiciero ni fiscalizador. Sin dejarnos hundir por un fracaso. Evangelizando, no condenando: "porque el Hijo del Hombre no ha venido a perder, sino a salvar" (J. Aldazábal).

Hoy, en el Evangelio, contemplamos cómo «Santiago y Juan, dijeron: 'Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?'. Pero volviéndose, les reprendió» (Lc 9,54-55). Son defectos de los Apóstoles, que el Señor corrige.

Cuenta la historia de un aguador de la India que, en los extremos de un palo que colgaba en sus espaldas, llevaba dos vasijas: una era perfecta y la otra estaba agrietada, y perdía agua. Ésta —triste— miraba a la otra tan perfecta, y avergonzada un día dijo al amo que se sentía miserable porque a causa de sus grietas le daba sólo la mitad del agua que podía ganar con su venta. El trajinante le contestó: —Cuando volvamos a casa mira las flores que crecen a lo largo del camino. Y se fijó: eran flores bellísimas, pero viendo que volvía a perder la mitad del agua, repitió: —No sirvo, lo hago todo mal. El cargador le respondió: —¿Te has fijado en que las flores sólo crecen a tu lado del camino? Yo ya conocía tus fisuras y quise sacar a relucir el lado positivo de ellas, sembrando semilla de flores por donde pasas y regándolas puedo recoger estas flores para el altar de la Virgen María. Si no fueses como eres, no habría sido posible crear esta belleza.

Todos, de alguna manera, somos vasijas agrietadas, pero Dios conoce bien a sus hijos y nos da la posibilidad de aprovechar las fisuras-defectos para alguna cosa buena. Y así el apóstol Juan —que hoy quiere destruir—, con la corrección del Señor se convierte en el apóstol del amor en sus cartas. No se desanimó con las correcciones, sino que aprovechó el lado positivo de su carácter fogoso —el apasionamiento— para ponerlo al servicio del amor. Que nosotros también sepamos aprovechar las correcciones, las contrariedades —sufrimiento, fracaso, limitaciones— para "comenzar y recomenzar", tal como san Josemaría definía la santidad: dóciles al Espíritu Santo para convertirnos a Dios y ser instrumentos suyos. La marcha hacia Jerusalén, ciudad de su pascua, es una partida memorable. Para Lucas, Jesús ya no regresará más a Galilea, su pequeña patria. De hecho, el término griego empleado por Lucas (lit. "Cuando se iban a cumplir los días de su arrebatamiento") es un término técnico: tan pronto dice relación con el arrebatamiento de Elías (4Re [2Re LXX] 2,9.10.11; Eclo 48,9; 49,14; 1Mac 2,58) como con la ascensión de Jesús al cielo (Hch 1,2.11.22). Con una serie de determinaciones análogas, Lucas irá indicando el acercamiento progresivo de este momento histórico (18,35; 19,11.29.37.41; 22,1.7.14), la hora de la muerte de Jesús, que acaeció figuradamente el día de la Pascua judía, figura del Exodo definitivo del Mesías fuera de Jerusalén. Por eso continúa: "Cuando iba llegando el tiempo de que se lo llevaran, también él decidió irrevocablemente ir a Jerusalén" (9,51b). La frase contiene una referencia clarísima a una actitud semejante narrada en el Antiguo Testamento. Literalmente dice que "también él (Jesús evidentemente) plantó cara a la situación encaminándose hacia Jerusalén". En el libro del profeta Ezequiel, en la versión griega llamada de los Setenta, hallamos una serie de expresiones análogas, en las que Dios invita al profeta a encararse con una serie de situaciones (once pasajes). En concreto, el pasaje a que aquí se hace referencia es Ez 21,7: "Por eso profetiza, hijo de hombre, y planta cara a Jerusalén, fija la mirada contra su santuario y profetiza contra la tierra de Israel. " (El original hebreo contiene algunas variantes: "Hijo de hombre, gira tu cara contra Jerusalén y haz gotear tu palabra contra el santuario y profetiza contra la tierra de Israel".) Jesús, como en otro tiempo Ezequiel, toma la decisión irrevocable de encararse con la institución judía simbolizada aquí por el término sacro "Jerusalén", término que empleaban los judíos y, casi de forma exclusiva, los escritores del Antiguo Testamento. (Cuando Lucas quiere designar simplemente la ciudad de Jerusalén, como lugar geográfico, se sirve del término "Jerosólima", término neutro empleado exclusivamente por los paganos y por los otros evangelistas, si exceptuamos el logion de Mt 23,37.) "Mi vida, nadie la toma, soy Yo quien la da." Contemplo ese instante decisivo en el corazón de Jesús. Señor, ayúdanos en las decisiones valientes que a veces hemos de tomar. "La Cruz es llamada también gloria y exaltacion de Cristo. Ella es el cáliz rebosante, de que nos habla el salmo, y la culminación de todos los tormentos que padeción Cristo por nosotros. El mismo Cristo nos enseña que la cruz es su gloria (...) También nos enseña Cristo que la cruz es su exaltación, cuadno dice: cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Está claro, pues, que la cruz es la gloria y exaltación de Cristo" (S. Andrés de Creta).

-Envió mensajeros por delante; yendo de camino entraron en una aldea de Samaría para prepararle alojamiento, pero se negaron a recibirlo porque se dirigía a Jerusalén. Los judíos fieles consideraron cismáticos a los Samaritanos cuando éstos construyeron un templo rival al de Jerusalén en la cumbre del monte Garetzim. Despreciados por los judíos, se tomaban su revancha ocasionando toda clase de molestias a los peregrinos que atravesaban su país para subir a Jerusalén. Jesús no evita pasar por esa tierra en la que un racismo y un desprecio recíproco hacía estragos. Jesús quiere a todos los hombres. Fracaso estrepitoso de los misioneros enviados a Samaria... Quizá trasmitieron que el profeta iba a ser coronado mesías en Jerusalén, y no era bien visto en Samaria... Un filtrado parecido del mensaje, según las conveniencias de cada uno o de un grupo o comunidad determinada, lo hacemos con frecuencia. Cuanto más fanáticos seamos y más cerrados estemos sobre nosotros mismos, más filtros interpondremos entre la Palabra que nos quiere interpelar y el mensaje que dejamos rezumar. "Profeta" es precisamente aquel mensajero "por cuya boca habla" Dios o el Señor Jesús. Y lo es cuando el contenido de la palabra que pronuncia no es lo que él piensa, sino aquello que, desde lo más profundo, experimenta de manera irresistible que debe comunicar.

-Ante ese rechazo, los discípulos Santiago y Juan le propusieron: "Señor ¿quieres que ordenemos que caiga fuego del cielo y acabe con ellos?" Era el castigo que Elías infligió a sus adversarios (2 Reyes 1, 10). Sed de venganza... Santiago y Juan, en representación del grupo de los Doce, después de haber comprometido con sus tejemanejes el viaje de Jesús a través de Samaria, lanzan ahora el grito al cielo y claman venganza. La propuesta que le hacen, la formulan con palabras del libro de los Reyes, donde se dice que Elías, en un caso parecido en que el rey Ocozías de Samaría le envió unos mensajeros pidiéndole que acudiese para librarlo de la muerte con que Dios lo había castigado por culpa de su idolatría, "hizo bajar fuego del cielo" que consumió a los cincuenta hombres que había enviado (4Re [2Re] 1,1-14 LXX). Piden, por tanto, a Jesús que actúe al modo de Elías y se vengue de la mala acogida de los samaritanos. No les basta con tergiversar el mensaje, sino que exigen un castigo en nombre de Dios contra sus enemigos mortales. "Jesús se volvió y los increpó" (lit. "conminó", como si estuviesen endemoniados) (9,55). De hecho, están "poseídos" por una ideología que les impide actuar como personas sensatas: están repletos de odio, de intolerancia religiosa y de exaltación nacionalista. Jesús "se vuelve": esto quiere decir que él no se había inmutado y que proseguía su camino, mientras que los discípulos se habían quedado atrás, esperando la venganza del Mesías contra aquellos canallas samaritanos. El conjuro que les lanza debía ser sonado. "El Señor hace admirablemente las cosas (...) Actúa así con el fin de enseñarnos que la virtud perfecta no guarda ningún deseo de venganza, y que donde está presente la verdadera caridad no tiene lugar la ira y, en fin, que la debilidad no debe ser tratada con dureza, sino que debe ser ayudada" (S. Ambrosio). "Y se marcharon a otra aldea" (9,56). El espíritu de poder está siempre ahí, en el corazón de los hombres. Y lo que es peor que todo: ¡que es de ese modo, como nosotros nos imaginamos el comportamiento de Dios! Esos pobres discípulos creían ser los intérpretes de Dios, y ¡cuán seguros estaban de poseer la verdad! Creían disponer del "fuego divino" para juzgar a esos Samaritanos. Fácilmente, también nosotros tenemos quizá deseos de ese género: que Dios intervenga y destruya de una vez a sus enemigos, que muestre su Poder. Este episodio evangélico nos presenta el viaje de Jesús, hacia Jerusalén, la ciudad que era el centro del poder político y religioso del judaísmo. El viaje se vuelve conflictivo al pasar por Samaria.

Lucas, como Marcos, enfatiza la decidida voluntad con que Jesús emprendió ese viaje, aún con la oposición de los Doce, que, según Marcos, protestaron por esta decisión y lo siguieron a regañadientes (Mc 10, 32). Seguir a Jesús, no es un viaje fácil; puede convertirse en un "viaje sin retorno", y aunque tiene como meta el encuentro definitivo con el Padre, no se puede olvidar -como Jesús nunca lo olvidó- el duro y cruel trance de la cruz. A medida que Jesús se acerca a la hora definitiva de la cruz, los seguidores del Maestro, más que acercarse al punto de vista de Jesús, parecen alejarse de él. Los apóstoles entran en una confusión mental de incomprensión, miedos y dudas. La actitud de Santiago y de Juan pone en evidencia que los apóstoles no han entendido plenamente a Jesús. Ellos, por su intolerancia, no encuentran otro camino para tratar a los samaritanos sino el camino de la violencia. Jesús los reprende y les pide enérgicamente que se comporten de acuerdo al proyecto que Él mismo les ha enseñado. La actitud de Santiago y Juan sigue estando presente en muchas religiones del mundo. Por todos los medios los seres humanos a lo largo de la historia hemos buscado la forma de acabar con los que piensan, actúan o viven de forma diferente. Solamente, por poner algunos ejemplos de esta intolerancia tan cruel, patrocinada muchas veces por la religión, pensemos un momento en la relación entre católicos y protestantes durante cuatro siglos; o la relación entre cristianos y musulmanes. No podemos olvidar esta cruel historia de intolerancia y de irrespeto que hemos tenido unos con otros. Pero frente a esta cruda realidad, la intervención de Jesús sigue siendo válida hoy: "¿Acaso no saben de qué espíritu son?". Los cristianos estamos llamados a comportarnos con la misma altura y responsabilidad con que se comportó Jesús de Nazaret. Estamos obligados a ser respetuosos con los demás y hacer posible la paz entre las religiones, que traerá como fruto la paz universal. Y para la paz entre las religiones, primero debe haber diálogo entre las religiones, y, antes aún, debe haber un "intradiálogo" en cada religión (R. Panikkar; Josep Rius-Camps). El espíritu de Jesús es un espíritu de no violencia, de misericordia. Jesús pide a sus discípulos que respeten los plazos de la conversión: el descubrimiento de la verdad es lento, muy lento, en el corazón del hombre. Jesús nos da aquí la verdadera imagen de Dios. El, que siendo Todopoderoso, no interviene como potentado para doblegar a los que le están sujetos o a sus enemigos, sino que, humildemente, pobremente, espera la conversión, a la manera de un padre o de una madre.

-"Y se marcharon a otra aldea." Como hacen los pobres cuando se les despide. Contemplo a Jesús marchándose hacia otra aldea... Señor, me interrogo sobre mis impaciencias... Ante mis propios pecados, mis propios fracasos, ante los rechazos de los demás, ante las lentitudes o los retrasos de la Iglesia... Danos, Señor, tu divina paciencia (Noel Quesson).

Algunos manuscritos griegos, que fueron seguidos por la Vulgata, añaden al final del v 55: "diciendo: no sabéis a qué espíritu pertenecéis. El Hijo del hombre no ha venido a perder a los hombres sino a salvarlos". Jesús nos dirá: Yo no he venido para condenar al mundo, sino para salvarlo; pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido. Y para hacer eso una realidad, porque nos ama y para Él valemos más de lo que nos imaginamos, lo contemplamos hoy iniciando su camino hacia Jerusalén, desde donde, después de padecer por nosotros, será elevado y glorificado junto a su Padre Dios. Mediante la obra de salvación realizada por el Hombre-Dios el Señor, siempre fiel, cumplirá sus promesas hechas a Jerusalén: desde ahí llegará la salvación al mundo entero. Quienes hemos sido hechos depositarios de la salvación de Dios para proclamar la Buena Nueva a todas las naciones, y llevar la Luz y la salvación que Dios ofrece a todos los hombres, no podemos excluir a nadie de esa oferta que Dios nos ha confiado. No importa el que alguien nos rechace, se comporte mal con nosotros, nos persiga y ponga en riesgo nuestra vida por Cristo; el Señor nos pide orar por los que nos persiguen y maldicen, no nos indica que hagamos bajar fuego contra ellos para hacerlos desaparecer. Finalmente somos portadores de la Vida y del Amor que proceden de Dios, y no de la muerte ni del egoísmo que proceden del Maligno y ofuscan la mente de los hombres para quitarles la paz y destruir entre ellos el amor fraterno.

Quienes celebramos la Eucaristía, celebramos el amor de Dios, que ha salido a buscarnos para ofrecernos sus perdón y su Vida. Quienes hemos respondido a este llamado de Dios y estamos en torno a Él para escuchar su Palabra y hacerla nuestra, para entrar en comunión de vida con Él, hacemos nuestro también el compromiso de dejar a un lado aquellos signos de destrucción y de muerte que tal vez nos habían dominado. Es necesario hacer que la Iglesia sea más creíble en su fe por el amor que manifieste hacia aquellos que, incluso levantándose en contra de ella, han tomado por caminos de persecución, de maldad, de destrucción y de muerte. Tomar nuestra cruz de cada día y tomar la firme determinación de seguir a Cristo hacia Jerusalén, significa no sólo hacer nuestra la salvación que Él nos ofrece, sino convertirnos en un signo verdadero de salvación para todos. Por eso jamás podremos condenar a nadie, pues somos signos de Cristo, que vino a dar su vida en rescate por la humanidad de todos los tiempos y lugares.

Un filtrado parecido del mensaje, según las conveniencias de cada uno o de un grupo o comunidad determinada, lo hacemos con frecuencia. Cuanto más fanáticos seamos y más cerrados estemos sobre nosotros mismos, más filtros interpondremos entre la Palabra que nos quiere interpelar y el mensaje que dejamos rezumar. "Profeta" es precisamente aquel mensajero "por cuya boca habla" Dios o el Señor Jesús. Y lo es cuando el contenido de la palabra que pronuncia no es lo que él piensa, sino aquello que, desde lo más profundo, experimenta de manera irresistible que debe comunicar.
diciones y culturas. Así como Él nos reúne como hermanos en la Eucaristía sin distinción de personas, así nos quiere a todos como hermanos en el seno de su Iglesia, y así nos quiere ver reunidos por un mismo amor y un mismo Espíritu en la Casa eterna del Padre Dios.

Quien se dedique a condenar aplastando y haciendo gala de su poderío, en lugar de salvar y sanar las heridas que ha causado el pecado, la pobreza y la enfermedad, no recibirá la bienaventuranza de Dios, sino una fuerte recriminación de Aquel que nos envió a buscar a la oveja perdida, no para maltratarla, sino para cargarla amorosamente sobre nuestros hombros y llevarla de vuelta al redil. No podemos hacer caer fuego del cielo para quienes se oponen a nuestros pensamientos o intereses. El verdadero profeta no puede sólo denunciar, sino proponer caminos que den soluciones más humanas a los problemas y retos que la vida nos presenta. Quien sólo denuncia y no tiene la capacidad de encontrar los caminos de paz para una mejor convivencia, terminará asesinando y apoderándose de lo que no le pertenece. Jesús pudo haberle permitido a Santiago y a Juan que hiciesen bajar fuego del cielo sobre los samaritanos, para después pasar y hospedarse en esa tierra como si fuera suya, sin quien alguien de esa región pusiera en riesgo su vida ni le criticara por encaminarse hacia Jerusalén. Pero Él nos da ejemplo de que quien posee su Espíritu sabrá amar a sus mismos enemigos y dar su vida por ellos para que rectifiquen sus caminos y, unidos en un solo pueblo, construyan un mundo más fraterno y más capaz de convertirse en un inicio del Reino de Dios entre nosotros. Quien actúa de un modo distinto y se levanta contra su prójimo, si dice que es cristiano, está manifestando, con esas actitudes y con esas obras equivocadas, que no conoce ni ama a Dios, pues no sabe qué clase de Espíritu es el que ha recibido.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber trabajar denodadamente por construir un mundo más justo, más fraterno, más solidario, guiados únicamente por el Amor que Dios ha infundido en nosotros, y que nos ha de llevar a dar, si es necesario, nuestra propia vida sembrada como consecuencia de nuestro trabajo a favor del Evangelio de Jesucristo, nuestro Señor. Amén (www.homiliacatolica.com).

Lunes de la 26ª semana. “Yo libertaré a mi pueblo del país de oriente y de occidente”, dice el Señor. Liberación que nos llega con Jesús en el camino de la humildad y el amor.

 

 

Profecía de Zacarías 8,1-8. En aquellos días, vino la palabra del Señor de los ejércitos: «Así dice el Señor de los ejércitos: Siento gran celo por Sión, gran cólera en favor de ella. Así dice el Señor: Volveré a Sión y habitaré en medio de Jerusalén. Jerusalén se llamará Ciudad Fiel, y el monte del Señor de los ejércitos, Monte Santo. Así dice el Señor de los ejércitos: De nuevo se sentarán en las calles de Jerusalén ancianos y ancianas, hombres que, de viejos, se apoyan en bastones. Las calles de Jerusalén se llenarán de muchachos y muchachas que jugarán en la calle. Así dice el Señor de los ejércitos: Si el resto del pueblo lo encuentra imposible aquel día, ¿será también imposible a mis ojos? -oráculo del Señor de los ejércitos-. Así dice el Señor de los ejércitos: Yo libertaré a mi pueblo del país de oriente y del país de occidente, y los traeré para que habiten en medio de Jerusalén. Ellos serán mi pueblo, y yo seré su Dios con verdad y con justicia.»

 

Salmo 101,16-18.19-21.29 y 22-23. R. El Señor reconstruyó Sión, y apareció en su gloria.

Los gentiles temerán tu nombre, los reyes del mundo, tu gloria. Cuando el Señor reconstruya Sión, y aparezca en su gloria, y se vuelva a las súplicas de los indefensos, y no desprecie sus peticiones.

Quede esto escrito para la generación futura, y el pueblo que será creado alabará al Señor. Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario, desde el cielo se ha fijado en la tierra, para escuchar los gemidos de los cautivos y librar a los condenados a muerte.

Los hijos de tus siervos vivirán seguros, su linaje durará en tu presencia, para anunciar en Sión el nombre del Señor, y su alabanza en Jerusalén, cuando se reúnan unánimes los pueblos y los reyes para dar culto al Señor.

 

Evangelio según san Lucas 9,46-50. En aquel tiempo, los discípulos se pusieron a discutir quién era el más importante. Jesús, adivinando lo que pensaban, cogió de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo: -«El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí acoge al que me ha enviado. El más pequeño de vosotros es el más importante.» Juan tomó la palabra y dijo: -«Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y, como no es de los nuestros, se lo hemos querido impedir.» Jesús le respondió: -«No se lo impidáis; el que no está contra vosotros está a favor vuestro.»

 

Comentario: 1.- Za 8,1-8. Con Zacarías -que ya empezamos a leer el sábado pasado- seguimos la serie de profetas que hablaron en los tiempos de la vuelta del destierro de Babilonia. Aquí escuchamos cinco breves oráculos -cada uno empieza con las palabras "así dice el Señor"-, esperanzadores todos ellos, porque parten de la convicción de que Dios ama a Sión apasionadamente, hasta celosamente. El cuadro que dibuja de la nueva Jerusalén es expresivo: en sus calles volverán a sentarse los ancianos a tomar el sol y volverán a jugar los niños y jóvenes llenos de alegría. ¿Les parece esto tal vez imposible a los que acaban de volver y comprueban las dificultades de la reconstrucción? Pues a Dios no le resulta imposible, porque ha decidido liberar a su pueblo y renovar la Alianza: "ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios".

Los proyectos de Dios son siempre salvadores, proyectos de vida y renovación. Siempre está dispuesto a empezar de nuevo y nos invita a que también nosotros colaboremos. El profeta Zacarías no se preocupa tanto de levantar unas paredes, sino que ve en Jerusalén el futuro de una comunidad que vuelve a apreciar los valores en que siempre había creído. Sea cual sea la situación en que nos encontramos personalmente o como comunidad eclesial, siempre es posible, con la ayuda de Dios, la reconstrucción de la vida según la Alianza. La bendición de Dios -ancianos sentados tranquilamente y jóvenes jugando llenos de vitalidad- la podemos experimentar también nosotros. Hay una condición: que sean verdad aquellas palabras que han ido resonando en la historia de Israel desde la salida de Egipto: "ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios". Los cristianos con mayor motivo, porque la Nueva Alianza que Dios nos ha ofrecido en su Hijo Jesús todavía nos llena de mayor alegría y a la vez nos comporta más compromiso. Para nosotros tienen mayor sentido las palabras de Dios: "habitaré en medio de Jerusalén". Dejémonos conquistar por este optimismo del profeta, que es también el optimismo de un Dios que nos ama y que, no importa qué hayamos hecho antes, siempre nos da una nueva oportunidad para reconstruir nuestro futuro.

-Me fue dirigida la Palabra del Señor del universo en estos términos: «Siento por Sión un amor celoso y un ardor apasionado.» Hay que aceptar la sorprendente revelación contenida en esta frase y aplicarla a nuestra vida: el gran Dios del universo, el «Señor Sabaot», el jefe de los ejércitos celestiales... es también el Dios que se interesa concretamente por un pueblo pequeño. Cuando me pongo ante Ti, Señor, me pierdo en el océano sin límite de tu poder. Tu transcendencia me aventaja infinitamente y tu luz me deslumbra. Sin embargo, al mismo tiempo, me siento amado personalmente, como si estuviese yo solo en el mundo contigo. Hay aquí un lenguaje de enamorados. «Siento por ti un amor celoso y un ardor apasionado.» Cuando la filosofía razonando se acerca a Dios, llega, a menudo, a unas nociones frías y abstractas. Cuando Dios se revela, se atreve a mostrarse apasionado y entusiasta: es un Dios tierno y ardiente; diríamos que es un Dios lleno ya de humanidad, ¡Todo ello anuncia la encarnación de Dios!

-He vuelto a Sión y en medio de Jerusalén estableceré mi morada. ¿Estoy realmente convencido de que Dios habita también en mi ciudad, en mi pueblo, en mi casa?

-Jerusalén se llamará: «Ciudad-fiel» y la montaña del Señor del universo: "Monte-Santo". La presencia de Dios es fuente de responsabilidad. Dios transforma la ciudad donde mora. Su fidelidad y su santidad se transfunden en ella. ¿Contribuyo yo a transformar las relaciones humanas de mi ciudad, de mi barrio, de mi empresa, de mi familia en el sentido y dirección de Dios? Siempre con la convicción de que Dios está obrando en ellas.

-Se sentarán viejos y viejas en las plazas de Jerusalén, cada cual con su bastón en la mano, por ser muchos sus días. Las plazas de la ciudad se llenarán de muchachos y muchachas que irán allá a jugar. Es una imagen muy hermosa, un cuadro idílico, símbolo de una vida feliz: los ancianos viven muchos años y las nuevas generaciones son muy numerosas. No olvidemos que, según el profeta, es Dios quien habla así. ¡La alegría de Dios es contemplar una humanidad alegre y feliz, niños y muchachos que se divierten! La presencia de Dios en una ciudad o en una familia logra esas relaciones humanamente armoniosas: Dios es amor.

-Si todo esto parece maravilloso para los supervivientes de aquel tiempo, ¿será también una maravilla imposible para mí? declara el Señor del universo. Dios es perfectamente consciente de que hay un aspecto utópico en ese sueño de felicidad. Y sin embargo no renuncia a él. Nada es imposible.

-He aquí que yo salvo a mi pueblo, trayéndolo de nuevo del país de Oriente y de Occidente. En efecto, en aquel tiempo todas las apariencias eran contrarias. Y precisamente, entonces Dios anuncia que hará regresar a los exiliados. En el mismo seno de la desgracia y de la prueba hay que oír la promesa divina de felicidad.

-Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, fiel y justo. Fórmula de alianza, repetida tantas veces en los profetas (ver Biblia de Navarra). ¿Estoy de veras convencido de que Dios me ama y se ha unido a mí? (Noel Quesson). Con mucha frecuencia veo que éste es el problema que agobia a muchos, no creerse amados por Dios, no "sentirlo" como real.

Nos hallamos delante de una serie de breves oráculos que están yuxtapuestos sin demasiada conexión lógica. Parece también que la última redacción ha alterado su forma rítmica original y algunos de ellos han perdido la estructura poética. Todos van precedidos de la fórmula: «Así dice el Señor de los ejércitos».

Dios está lleno de celo por cumplir las promesas mesiánicas comenzando por la glorificación de Jerusalén y de su templo (v 1-2); «plantará su tienda» entre ellos, es decir, vivirá en medio de su pueblo como había vivido en el desierto (3); Jerusalén gozará de paz, de manera que sus plazas se llenarán de ancianos y de niños (4-5); un aviso a los hombres de poca fe: aunque eso parezca imposible a los repatriados -que padecen las dificultades del momento presente-, no lo es para Dios (6); el retorno incluirá a todos los judíos de la diáspora no solamente a los de Babilonia (Oriente). De nuevo se formará el pueblo de Yahvé, con quien estará unido por la alianza (7-8); se exhorta a proseguir la restauración del templo y de la nación. Están viviendo el comienzo de una nueva época de prosperidad, que contrasta con la que habían vivido hasta entonces. Antes de la reconstrucción del templo eran tiempos de miseria y de inseguridad social. Ahora Yahvé cambiará la maldición por bendición (9-13), la iniciativa ha venido de Yahvé. La maldición es consecuencia del pecado de Israel; la bendición, en cambio, del amor gratuito de Dios (14-15); sigue un pequeño código moral para la vida comunitaria, insistiendo en la justicia, la verdad, la caridad, que son el origen de la paz.

Los juicios se hacían a las puertas de la ciudad (16-17); los dos últimos oráculos presentan a todos los pueblos buscando a Yahvé, ya que reconocen que sólo Él salva a los hombres. Ya Isaías (60,4) y Miqueas (4,2) habían expresado esta idea. Zacarías lo hace diciendo que no irán allí individualmente sino en muchedumbre (los habitantes de una ciudad irán hacia la otra). «Agarrar de la orla del manto» significa rezar con insistencia. Los paganos pedirán a los judíos ser aceptados entre ellos, porque «Dios está con vosotros», es decir, tenéis un Dios efectivo, que salva. Una hermosa idea, siempre válida: un Dios que no salva no es Yahvé (J. Aragonés Llebaria).

2. El salmo prolonga el tono de esperanza: "el Señor reconstruyó Sión... desde el cielo se ha fijado en la tierra para escuchar los gemidos de los cautivos...". El Catecismo comenta la trascendencia divina que vemos en este Dios que es único (Is 44,6); en Dios no hay cambios: "En el transcurso de los siglos, la fe de Israel pudo desarrollar y profundizar las riquezas contenidas en la revelación del Nombre divino. Dios es único; fuera de Él no hay dioses (cf. Is 44,6). Dios transciende el mundo y la historia. Él es quien ha hecho el cielo y la tierra: "Ellos perecen, mas Tú quedas, todos ellos como la ropa se desgastan...pero Tú siempre el mismo, no tienen fin tus años" (Sal 102,27-28). En Él "no hay cambios ni sombras de rotaciones" (St 1,17). Él es "El que es", desde siempre y para siempre y por eso permanece siempre fiel a sí mismo y a sus promesas" (212).

3. Lc 9,46-50. Termina hoy el relato que nos ha hecho Lucas sobre el ministerio de Jesús en Galilea. A partir de mañana se inicia su viaje a Jerusalén. El sábado, cuando Jesús anunció a los suyos la muerte que le esperaba, "ellos no entendían este lenguaje". Hoy tenemos la prueba de esta cerrazón: están discutiendo quién es el más importante. No han captado el mensaje de Jesús, que su mesianismo pasa por la entrega de sí mismo y, por tanto, también sus seguidores deben tener esta misma actitud. Jesús tuvo que mostrar su paciencia no sólo con los enemigos, sino también con sus seguidores. Iban madurando muy poco a poco. Pero hay otro episodio: los celos que siente Juan de que haya otros que echan demonios en nombre de Jesús, sin ser "de los nuestros". Juan quiere desautorizar al exorcista "intruso". Jesús les tiene que corregir una vez más: "no se lo impidáis: el que no está contra vosotros, está a favor vuestro".

¡Lo que nos gusta ser los más importantes, que todos hablen bien de nosotros, aparecer en la foto junto a los famosos! Tampoco nosotros hemos entendido mucho de la enseñanza y del ejemplo de Jesús, en su actitud de Siervo: "no he venido a ser servido sino a servir". Tendría que repetirnos la lección del niño puesto en medio de nosotros como "el más importante". El niño era, en la sociedad de su tiempo, el miembro más débil, indefenso y poco representativo. Pues a ése le pone Jesús como modelo. También tenemos la tendencia que aquí muestra Juan, el discípulo preferido: los celos. Nos creemos los únicos, los que tienen la exclusiva y el monopolio del bien. Algo parecido pasó en el AT (cf. Nm 11), cuando Josué, el fiel lugarteniente de Moisés, quiso castigar a los que "profetizaban" sin haber estado en la reunión constituyente, y Moisés, de corazón mucho más amplio, le tuvo que calmar, afirmando que ojalá todos profetizaran. ¿Tenemos un corazón abierto o mezquino? ¿sabemos alegrarnos o más bien reaccionamos con envidia cuando vemos que otros tienen algún éxito? No tenemos la exclusiva. Lo importante es que se haga el bien, que la evangelización vaya adelante: no que se hable de nosotros. No se trata de "quedar bien", sino de "hacer el bien". También "los otros", los que "no son de los nuestros", sea cual sea el nivel de esta distinción (clero y laicos, religiosos y casados, mayores y jóvenes, católicos y otros cristianos, practicantes y alejados), nos pueden dar lecciones. Y en todo caso "el que no está contra nosotros, está a favor nuestro", sobre todo si expulsan demonios en nombre de Jesús. Si seguimos buscando los primeros lugares y sintiendo celos de los demás en nuestro trabajo por el Reino, todavía tenemos mucho que aprender de Jesús y madurar en su seguimiento (J. Aldazábal).

Jesús manifiesta una vez más el conocimiento profundo de los corazones de los hombres y plantea el problema de la grandeza en el Reino de Dios. ¿Quién es el mayor? Lucas no responde como Marcos. Para él todo se centra en un problema de servicio. La pregunta estaba mal planteada por los discípulos. El mayor es no el "niño", sino aquel que le sirve y no simplemente le sirve, sino el que le sirve "en nombre de Jesús", es decir, se trata de un servicio sencillo, no raro y rebuscado, basado únicamente en el hecho de que es seguidor de Aquél que "ha venido a servir" (Mt 20,28) y un discípulo de Jesús, por serlo, tiene obligación de hacer lo mismo (Lc 17,10). En esto se mide la cercanía de Jesús, en el servicio (2 Ts 1,11 ss).

El segundo problema es tremendamente esperanzador para nuestros tiempos. El que trabaja por el bien, se encuentre donde se encuentre, pertenece al grupo. No importa tanto el grupo, cuanto hacer el bien en nombre de Jesús. Quizá nadie ha entendido en este punto tan bien a Jesús como Pablo (Flp 1,15ss; 1 Co 3,5ss; Ga 1,11ss).

El texto que comentamos consta de dos unidades diferentes. La primera (9. 46-48) trata de la relación de los creyentes entre sí. La segunda (9. 49-50) se preocupa de la actitud de la Iglesia ante los valores de los hombres que permanecen fuera de ella. Común en ambas es la preocupación por superar la autosuficiencia de los grandes y el orgullo de grupo que ha podido surgir dentro de la iglesia. En ambos casos nos hallamos ante una de las expresiones más auténticas del mensaje de Jesús para los hombres.

La primera unidad se ocupa de la constitución interna de los discípulos de Jesús o de la Iglesia. Siguiendo la lógica de este mundo parece evidente que los más importantes dentro de la comunidad son aquellos que destacan por sus cualidades o por la responsabilidad de las funciones que están desarrollando. Por eso, los apóstoles discutían sobre el puesto y nombre del mayor como lo hacen tantos todavía. Pues bien, la respuesta de Jesús sigue siendo tan cortante ahora como entonces: el mayor y más valioso es simplemente el más necesitado, el niño, el indefenso.

Niño, sus valores: El niño no es mayor por sus valores, su inocencia o su ternura. Es importante sólo porque es pobre, porque está necesitado de los otros y no puede resolver la vida por sí mismo. En este aspecto, son valiosos -junto con el niño- todos los que están más alejados, perdidos, indefensos, pobres. Ellos son los que han constituido el centro de atención de Cristo. Ellos seguirán siendo el centro de los cuidados de la Iglesia. Por eso son los más valiosos e importantes. Esto significa que la Iglesia no es una sociedad que está formada sobre el valor de las personas que la integran, sino sobre las necesidades y miserias de aquellos que precisan recibir su ayuda. Su movimiento fundamental no es la defensa de sus bienes interiores, sino aquella fuerza de expansión por la que sale de sí misma y ofrece su ayuda a los que están necesitados (dentro y fuera de sus filas). Dentro de la perspectiva del texto que comentamos es necesario completar esta verdad desde otro plano: a) decíamos que importa el niño o necesitado que carece de todo y simplemente es el objeto de la ayuda de los otros en la Iglesia; b) después se añade que es grande aquel que "se ha venido a hacer pequeño"; esto supone que tenía capacidad para actuar y decidir, para buscar sus propios bienes y anhelar ventajas; sin embargo, lo ha dejado todo y se ha convertido en pequeño para servir a los demás.

Con esto hemos logrado descubrir los dos tipos originales de oyentes de Jesús: a) Discípulo u oyente es el que escucha la palabra sobre el Reino y recibe el auxilio que le ofrece Cristo. (Los primeros que penetran en el Reino son los pobres, los pequeños o los niños; quien les ayuda o les recibe ha recibido o ayudado al mismo Cristo). b) Pero, a la vez, es discípulo el que ayuda a los pequeños, el que vive preocupado por los otros y es pequeño simplemente por servirles. En esta perspectiva se comprende la palabra de Jesús sobre los hombres que utilizan su mensaje (su poder sobre las fuerzas del demonio) sin estar formando parte de su Iglesia (segunda unidad). El evangelio es don abierto; todos tienen poder de utilizarlo. La Iglesia es servidora del mensaje de Jesús y no su dueña. Por eso no puede impedir que lo utilicen los de fuera. En definitiva, lo que importa no es el triunfo externo de la Iglesia o la ventaja que adquieren los cristianos; lo que vale es que la fuerza y la verdad del Reino se propague hacia los hombres (Coment. De Edic. Marova).

Jesús se sirve de un proverbio que se había hecho corriente desde la guerra civil de los romanos: "Te hemos oído decir que nosotros (los hombres de Pompeyo) tenemos por adversarios nuestros a todos los que no están con nosotros, y que tú (César) tienes por tuyos a todos los que no están contra ti". Jesús da razón al dicho del César.

-A los discípulos se les ocurrió hacer una pregunta. Jesús acababa de anunciar su Pasión, apropiándose la profecía de Isaías que anuncia a un "Mesías-pobre-servidor"... "Padeceré mucho, seré rechazado, condenado a muerte... entregado en manos de los hombres".

-"¿Cuál de ellos sería el más grande?" Decididamente, tendrá que pasar mucho tiempo antes de que lleguen a entender. Permanecen apegados a proyectos de gloria. El deseo de dominar, de ser "más" que los demás, es natural al hombre. Más que juzgar a esos discípulos podría yo sacar provecho detectando, en el fondo de mi propia vida, las huellas de ese mismo deseo ¿Qué formas, aparentes o escondidas, toma mi deseo de dominar, de ser más grande...?

-Jesús, adivinando lo que pensaban... Se trataba pues de un debate interior, mental -según san Lucas- ¡mientras que Marcos hablaba con mayor crudeza de una disputa entre ellos! En la versión de Lucas todo sucede muy suavemente: la imaginación presenta a los discípulos rumiando interiormente sus sueños gloriosos y saboreando los triunfos futuros, todo ello en el fondo de su corazón... y a Jesús que adivina sus pensamientos y los pone de manifiesto.

-Tomó de la mano a un chiquillo, lo puso a su lado y les dijo. "El que toma a un niño en mi nombre, me acepta a mí, y el que me acepta, acepta también al que me ha enviado." El sitio de honor "a su lado" Jesús lo reserva para el más pequeño. El que quiera ser el mayor... que se ponga al servicio de los más pequeños, que dedique su tiempo a recibir a los más pobres. Puedo tratar de contemplar lo más detenidamente posible ese "icono": Jesús de pie con "un niñito a su lado". ¿Cómo traduciré esa estampa en mi vida concreta, en mi propia conducta? Señor, ayúdame a que no me agraden las acciones deslumbrantes, sino a encontrar mi alegría en lo "cotidiano" en las pequeñas cosas ordinarias.

-Pues el más pequeño entre todos vosotros, ¡ese es el mayor! Lo grande no es reinar, sino servir. Sí, para Jesús el servir es cosa grande: porque servir al más despreciado de los hombres, es servir a Dios... y es imitar a Jesús. El destino personal de Jesús ha estado en contradicción total con lo que los hombres sueñan habitualmente. ¡De ahí su grandeza! "Jesucristo, sin bienes y sin sabidurías, está en el orden de la santidad. No ha inventado nada, no ha reinado, pero ha sido humilde, paciente, santo, santo ante Dios, terrible ante los demonios, sin pecado alguno. Es sencillamente ridículo escandalizarse de la humildad de Jesucristo... Pero los hay que no admiran más que las grandezas carnales, como si no las hubiera espirituales... Todos los cuerpos juntos, y todos los espíritus juntos y todas sus producciones, no valen lo que el menor gesto de caridad..." (B. Pascal).

-Intervino Juan y dijo: "Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y hemos intentado impedírselo, porque no anda con nosotros siguiéndote". Jesús le respondió: "No se lo impidáis; porque el que no está contra vosotros está a favor vuestro" (Seguimos con el tema de ayer domingo, ciclo B). El espíritu del poder es difícil de vencer. Juan mismo, no entendió nada. Quiere tener la exclusiva. Tiene envidia del éxito ajeno. Considera su vocación, su elección, como un privilegio (Noel Quesson).

Los discípulos mientras permanecieron con el Maestro nunca abandonaron sus pretensiones de poder. Constantemente se enfrascaron en discusiones acerca de quién debería ocupar el primer lugar, quién ocuparía un trono junto al rey o quién sería el más importante en el futuro. Jesús, con su sin igual sencillez y pedagogía, les va mostrando que por ese camino únicamente llegarán al lugar que ocupan los poderosos. Lugares que son sumamente criticados, pero extremadamente apetecidos. Por eso, Jesús desenmascara las intenciones de sus seguidores y los pone a pensar en una nueva lógica, donde lo valioso no es el prestigio, sino la sencillez y la verdad. La llamada de Jesús pone de manifiesto que las aspiraciones de un discípulo no deben imitar las aspiraciones de los discípulos de los fariseos. Éstos sólo buscaban el reconocimiento y la popularidad manipulando a la gente para ganar posición social. El discípulo de Jesús no se debe montar en ese tren, sino que, siguiendo el ejemplo del niño sirviente, se pondrá en el último lugar para servir y animar a los hermanos. Sólo la actitud de servicio le dará una nueva dimensión al ser humano.

De igual modo, los discípulos creían poseer la autoridad de Jesús en exclusiva, pero Jesús los contradice. Siempre que se luche contra el mal, se haga el bien y se siga los caminos de Jesús, cualquier persona tiene el poder y la autoridad que Dios otorga a todos los seres humanos de buena voluntad. El don de Dios no es para privilegiados, sino que está disponible para la humanidad en la medida que sea bien empleado. Hoy, necesitamos crear una catequesis que realmente cultive el conocimiento de Jesús y la práctica de sus actitudes. Pues, lo que Jesús quería era crear un grupo de personas que, atendiendo a la llamada de Dios, propiciaran nuevas alternativas de vida (servicio bíblico latinoamericano).