viernes, 13 de noviembre de 2009

Domingo de la 26ª semana de Tiempo Ordinario. “¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta!”: procuremos no ser egoistas, pues en lugar de riqueza nos hundimos en la miseria, ser generosos y compartir, que ahí está el don de Dios

 

 

Lectura del libro de los Números 11,25-29. En aquellos días, el Señor bajó en la nube, habló con Moisés y, apartando algo del espíritu que poseía, se lo pasó a los setenta ancianos. Al posarse sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar en. seguida. Habían quedado en el campamento dos del grupo, llamados Eldad y Medad. Aunque estaban en la lista, no habían acudido a la tienda. Pero el espíritu se posó sobre ellos, y se pusieron a profetizar en el campamento. Un muchacho corrió a contárselo a Moisés: - «Eldad y Medad están profetizando en el campamento.» Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino: ' «Señor mío, Moisés, prohíbeselo.» Moisés le respondió: - «¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!»

 

Salmo 18,8.10.12-13.14. R. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón.

La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante.

La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.

Aunque tu siervo vigila para guardarlos con cuidado, ¿quien conoce sus faltas? Absuélveme de lo que se me oculta.

Preserva a tu siervo de la arrogancia, para que no me domine: así quedaré libre e inocente del gran pecado.

 

Carta del apóstol Santiago 5,1-6.  Ahora, vosotros, los ricos, llorad y lamentaos por las desgracias que os han tocado. Vuestra riqueza está corrompida y vuestros vestidos están apolillados. Vuestro oro y vuestra plata están herrumbrados, y esa herrumbre será un testimonio contra vosotros y devorará vuestra carne como el fuego. ¡Habéis amontonado riqueza, precisamente ahora, en el tiempo final! El jornal defraudado a los obreros que han cosechado vuestros campos está clamando contra vosotros; y los gritos de los segadores han llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en este mundo con lujo y entregados al placer. Os habéis cebado para el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste.

 

Evangelio según san Marcos 9,38-43.45.47-48. En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús: -«Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.» Jesús respondió: -«No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Y, además, el que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno, al fuego que no se apaga. Y, si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno. Y, si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.»

 

Comentario: 1. Nm 11,25-29. Apartir de este capítulo se narran una serie de acontecimientos y de peripecias que la tradición atribuye a aquel pueblo que peregrinó desde el Sinaí hasta la tierra de promisión. La etapa del desierto está llena de obstáculos y de dificultades. Y ante la prueba el pueblo protesta contra Moisés y contra el Señor. 70 ancianos participan del espíritu de Moisés: representan a los habitantes de la ciudad (Dt 21,3-8) y, ante todo, están dedicados a tareas de justicia (Dt 19,12; 22,15-19...). Aunque sean una institución más propia de la cultura y civilización sedentaria, todas las fuentes literarias hacen remontar su origen a la época de Moisés; son sus ayudantes en asuntos judiciales y oraculares (cf Ex 18,13-26; Dt 1,9-15), en este texto aparecen participando del carisma profético de Moisés, que está agobiado por tantos problemas que tiene que resolver solo. Y la palabra de Dios, que siempre sale al encuentro del hombre intenta iluminar y dar solución a este problema difícil. Moisés deberá reunir 70 ancianos sobre los que irrumpirá el espíritu de Dios y así podrán ayudarle en su misión. La carga al ser compartida será más ligera (vv 16-17). Se eligen los 70 ancianos. Josué se pone celoso e intenta prohibir el que profeticen (v 28), pero Moisés le recrimina. Moisés ha entendido el verbo compartir. Es humilde. Comprende que el poder de los otros no es merma para su poder sino que es una común participación en la misma misión (A. Gil Modrego).

El primer conocimiento que tuvieron los israelitas del Espíritu de Dios, lo sacaron de la actuación de los profetas. Estos eran hombres que sabían algo de los secretos de Dios, hombres a quienes Dios participaba algo de su sabiduría, hombres que en ciertas ocasiones disponían de una fuerza irresistible. Por su actuación, los israelitas comprendieron que Dios comunicaba su espíritu a manera de un viento violento e imprevisto (en hebreo, la misma palabra significaba espíritu y viento). Cf el relato con 1 Sm 10,1-13 y 19,13-14. Este relato enseña que son muy diversas las actuaciones del Espíritu (cf 1 Cor 12.14): hablar en lenguas, dirigir y enseñar al pueblo de Dios... Lo que en Moisés es simple deseo (quiere ver distribuido el Espíritu a todos, y no siempre va por línea digamos oficial, sino carismática), en Joel (c. 3) es profecía y en los Hechos de los Apóstoles es cumplimiento (Hech 2). Pablo dice a los obispos: "No apaguéis el Espíritu" (1 Tes 5, 19). El deseo de Moisés se convertirá con el tiempo en promesa para los tiempos mesiánicos (Joel 3, 1 s) y se cumplirá con la venida del Espíritu Santo sobre toda la comunidad de Jesús (Hech 2, 1-13: "Eucaristía 1988/1982").

El profeta no es, fundamentalmente, un adivino del futuro, sino alguien por medio del cual Dios hace sentir a todo su pueblo -y, en definitiva, a toda la humanidad- su voz. El profeta exhorta al pueblo, lo amonesta, incluso lo amenaza, y lo conduce por los caminos queridos por Dios. "Cuando el Espíritu sopla sobre Israel, todo el universo se pone de pie en un sobresalto patético y experimenta el paso de Dios" (André Nehér, L'essence du prophétisme). Moisés es el mayor de todos los profetas, porque a través de él Dios aglutinó aquellos clanes de beduinos, los convirtió en un pueblo y los condujo a través del desierto a la conquista de la tierra prometida. Con ningún otro tiene Dios la intimidad que tuvo con Moisés (Num 12,6-8). El Mesías será un nuevo Moisés. A éste, según Dt 18,18, Dios le promete suscitar un día, de entre sus hermanos, "un profeta semejante a él". Por ello, al aparecer Juan el Bautista, los enviados de Jerusalén le preguntan si es "el Profeta" (Jn 1,21). Moisés, según los textos sacerdotales, tiene en permanencia el Espíritu. Los setenta ancianos lo reciben excepcionalmente (Hilari Raguer).

La comunicación del Espíritu de Yahvé a los setenta ancianos del pueblo es un relato muy importante. Se halla en la línea de la gran tradición de Israel, que busca los rasgos de la presencia de Dios en su pueblo. Esta presencia se expresa de muchas formas a lo largo de toda la revelación bíblica, pero es, sobre todo, palabra que se apodera del hombre y le lleva a interpretar el sentido más hondo de los hechos históricos. Por eso, el profeta es esencialmente, el portavoz de Dios, el que comunica al pueblo las palabras de Dios y actúa en nombre de Yahvé, conduciéndolo siempre hacia la plenitud de la revelación como en un éxodo continuo. Es cierto que en el AT no se revela el Espíritu de Dios como una persona, sino como una fuerza que se apodera del hombre y lo transforma. Es una esperanza. Por esto no permanecerá en ellos plenamente y para siempre. Será Jesús quien con su Pascua dará el Espíritu a la Iglesia. Pero el Espíritu está en ella desde los orígenes. En nuestro texto, Yahvé responde a la pesadumbre de la carga de conducir al pueblo que recae sobre Moisés, poniendo su Espíritu sobre los setenta ancianos. Y ante los celos de Josué, Moisés dirá: «¡Ojalá todo el pueblo... recibiera el Espíritu de Yahvé!». Es una anticipación del oráculo de Joel: «Derramaré mi Espíritu sobre toda carne» (3,1ss). Y sobre todo es una visión profética de lo que se hará realidad plena el día de Pentecostés. A partir de ese día, el Espíritu de Dios está en todo el pueblo, no sólo en algunos de sus miembros. ¿Sabemos escucharlo en esta dimensión o resucitamos los celos del joven Josué? (J. M. Aragonés). San Cirilo de Jerusalén dirá: "se insinuaba lo acontecido em Pentecostés entre nosotros"; aquí podríamos leer cuanto se dice en Lumen gentium 12 sobre los carismas que el Espíritu Santo desde entonces distribuye en la Iglesia (cf Biblia de Navarra).

2. El Sal 18 nos habla de la ley de Dios. Nosotros, hombres modernos, ¿no tendríamos que redescubrir lo que es  una "ley"? El autor de este salmo, proclama jubilosamente que tiene una "ley". No da la  impresión de estar presionado, forzado por ella, como si esta ley se la impusieran de fuera...  "Los mandatos del Señor son rectos, alegran el corazón... son más preciosos que el oro,  más dulces que la miel". Cuando dos equipos de fútbol se encuentran en un estadio,  millones de hombres están atentos a las "reglas del juego". Se insiste en el Fair-play, la  corrección... Se dice que el equipo que respeta las leyes del juego es más "deportivo", en el  mejor sentido de la palabra. Este ejemplo muestra, que la ley es necesaria para el buen  funcionamiento de un grupo cualquiera. Sin ley, se imponen la guerra, la irregularidad, la  fuerza, la anarquía. La misma felicidad de vivir está en juego. ¿Puede una familia vivir sin un  mínimo de leyes reconocidas y respetadas libremente por todos? La ley de Dios, es aún más  profunda: regula desde el interior el correcto funcionamiento de nuestro ser. "La ley del  Señor es perfecta... guardarla es para el hombre una ganancia..." (Noel Quesson).

La ley de que habla el salmo es una ley al servicio del hombre para su crecimiento, para  la realización plena de su destino. Estamos por tanto lejos del legalismo formalista, de la  obsesión jurídica de la observancia escrupulosa de reglas minuciosas. Estamos, en cambio,  en el campo —evangélico, podríamos decir— de la ley al servicio del crecimiento del  hombre. No al revés. El hombre se realiza a sí mismo a través de la ley, en la libertad.  La ley por tanto no está sobre o ante el hombre, sino en su corazón. El Señor ha  realizado esta obra decisiva: "Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones" (Jr 31,33). Una ley externa —como ha hecho notar Karl Barth— es siempre molesta, sofocante, y  ante ella nos entran ganas de huir. Nos repite siempre el mismo estribillo: «debes». Y  nosotros respondemos: no puedo, no soy capaz, no tengo ganas. En cambio, la ley escrita  en el corazón nos dice: «puedes». Entonces la obediencia pedida por Dios no es un  cumplimiento del deber, sino que obedecer significa: poder obedecer en libertad. Por tanto, la ley, la palabra, me realiza en la libertad, además de llevarme a encontrar a  Dios. Pero no puedo contentarme con la observancia de la ley. La observancia más fiel de los  mandamientos divinos no me libra, por ejemplo, del pecado de arrogancia.

"Preserva a tu siervo de la arrogancia, para que no me domine" (v. 14). Hay que fiarse exclusivamente del Dios vivo y no poner la propia complacencia en el  cumplimiento de sus preceptos. Me convierto en un «ser regio» sólo cuando rechazo la arrogancia y me reconozco  sencillamente como siervo (v. 12) del rey de la gloria.

"Dichoso el hombre / que no sigue el consejo de los impíos... / sino que su gozo es la ley del Señor, / y medita su ley día y noche" (Sal 1, 1-2). El salmo 18 puede considerarse como el comentario más preciso de esas afirmaciones  del salmo 1. Y estamos ya en el sermón de la montaña (Alessandro Pronzato).

Después de cantar la creación como una cadena de tradición, como un clamor silencioso  parecido al que nos hace escuchar la página de un libro, o también como los horizontes  netos transidos de infinitud, el salmista puede alabar la Ley de Moisés, tal como la recibieron  los mejores hombres de Israel, límpida, pura, gozosa. Vida o miel. ¿Es que vivir conforme a la Ley no es vivir según las apariencias? El salmista responde  que la justicia penetra más allá de toda superficie: "¿Quién conoce sus fallos? / Absuélveme de lo que se me oculta" (v 13). La repetición de la palabra «ocultar» en los vv. 7 y 13 es intencionada. El sol penetra,  mediante su calor, hasta lo invisible. Del mismo modo, la verdad de la Ley no estará  completa hasta que llegue a las zonas ocultas del hombre. Algunos dirán que, gracias a la  Ley, puedo ver de golpe todas mis faltas y todas mis buenas acciones. No acepta el salmista  ese lenguaje especular en que una superficie (la de una página) refleja otra superficie (la de  un hombre). La verdadera luz de la Ley debe penetrarlo todo para que nada le quede  oculto, exigencia que podría interpretarse como la de un escrúpulo obsesivo por llegar a la  perfección. En la armonía del conjunto, es más justo ver las cosas de otro modo. Como el  sentido de la palabra no está en las palabras, sino en el silencio creado por una buena  escucha, tampoco la justicia está en una observancia particular. La sede de la justicia está  más bien en el centro invisible del hombre, al que el hombre mismo no puede acceder si  queda abandonado a solas sus fuerzas. Sólo Dios puede «purificarle» (v. 13).

La señal, en fin, de que alguien se ha quedado en la superficie de la Ley es que ello le  hace sentirse orgulloso. Ello es cierto si se trata de las palabras de Moisés o de las de  Cristo. Es admirable que una plegaria en que se pide observar la Ley acabe con la demanda  de no caer en la peor de todas las trampas que pueda tender: "Preserva a tu siervo de la insolencia, / para que no me domine: / así quedará libre e inocente de grave pecado" (v. 14).

Lejos de la superficie de la creación, lejos de la superficie de la Ley se oculta el gran  secreto propio de las dos, que es la humildad. Creación y Ley cumplidas en lo más oculto, hechas realidad en la humildad: esta alabanza debió de colmar de alegría a los primeros  discípulos de Jesús, cuando se supieron depositarios de eso que se transmite «de día en  día» y «de noche en noche» desde el comienzo del mundo (Paul Beauchano). Vemos que ante el compartir el espíritu de la primera lectura aquí se añade la humildad…

Juan Pablo II decía: "Antes de repasar los versículos del salmo elegidos por la liturgia, echemos una mirada al conjunto. El salmo 18 es como un dístico. En la primera parte (vv. 2-7)… encontramos un himno al Creador, cuya misteriosa grandeza se manifiesta en el sol y en la luna. En cambio, en la segunda parte del Salmo (vv. 8-15) hallamos un himno sapiencial a la Torah, es decir, a la Ley de Dios. Ambas partes están unidas por un hilo conductor común:  Dios alumbra el universo con el fulgor del sol e ilumina a la humanidad con el esplendor de su Palabra, contenida en la Revelación bíblica. Se trata, en cierto sentido, de un sol doble:  el primero es una epifanía cósmica del Creador; el segundo es una manifestación histórica y gratuita de Dios salvador. Por algo la Torah, la Palabra divina, es descrita con rasgos "solares": "los mandatos del Señor son claros, dan luz a los ojos" (v. 9).

Las peticiones del salmista de los vv 13-14 culminan en la petición del padrenuestro: "y no nos pongas en tentación, más líbranos del mal", con la que pedimos a Dios "que no nos permita tomar el camino que conduce al pecado. Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza; solicita la gracia de la vigilancia y la perseverancia final" (Catecismo, 2863).

3. Santiago 5,1-6. Con una inspiración semejante a la de los antiguos profetas cuando atacaban la injusticia de los ricos, Santiago se vuelve ahora contra aquellos que se aferran de un modo culpable a sus bienes (vv. 2-3) hasta el extremo de no pagar debidamente a sus obreros (v. 4) y de oprimir, por añadidura, a las personas menos afortunadas que ellos. Santiago adopta contra estos ricos el estilo de las invectivas empleado por los profetas. Comienza invitándoles a llorar a gritos: tan enormes son las desgracias que les amenazan (v. 1). Sin duda se vale de este género de amenazas para tratar de mover a unos corazones tan endurecidos (cf. Am 8, 3). El pecado de esos ricos consiste en no pagar a sus obreros (v. 4), a pesar de los insistentes reproches de la ley (Lev 19, 13; Dt 24, 15) y de los profetas (Mal 3,5; Eclo 31,4; 34,21-27), un pecado que "clama al cielo". Este procedimiento era, en aquella época, uno de los medios más rápidos de enriquecimiento, y los procesos (v. 6) permitían las más de las veces, gracias al procedimiento judicial y a la venalidad de los jueces, desposeer al justo y al inocente en provecho de los grandes terratenientes (cf. la viña de Nabot, 1 Re 21). Santiago no teme lanzar sus duras invectivas contra los ricos. La Iglesia enseña en esta línea que además hay que usar los bienes en un sentido positivo, los ricos "tienen la obligación moral de no mantener capitales improductivos y, en las inversiones, mirar ante todo el bien común (…). El derecho a la propiedad privada no es concebible sin unos deberes con miras al bien común. Está subordinado al principio superior del destino universal de los bienes" (Libertatis conscientia).

Esta misma disposición de espíritu podemos encontrarla en el tercer evangelio (Lc 6,24; 12,16-21; 16,19-31). Como los ricos de nuestro tiempo no han cambiado sustancialmente su actitud y las riquezas se edifican, ahora como siempre, sobre las espaldas de los pobres, las invectivas de Santiago conservan todavía su razón de ser. Pero ¿quién se preocupa, sin temer las consecuencias, de proclamarlas? ¿Es que, acaso, no hay ricos en el pueblo de Dios para que la audacia profética de Santiago no encuentre en él un lugar absolutamente necesario? (Maertens-Frisque).

Una de las exhortaciones temáticas más conocidas de la carta es el texto de esta perícopa. Probablemente son las líneas del Nuevo Testamento más fuertes contra la riqueza. Se trata más que de una exhortación, de un apóstrofe o diatriba, de un acento extremadamente duro. No hay ninguna fundamentación religiosa explícita de la condena. La razón de ella (vs. 5 y 6) es la injusticia que la riqueza lleva aparejada como sabemos, los bienes de este mundo son, en último término, don de Dios. No son malos en sí mismos. Pero, tal como es el hombre, se produce una situación en torno a estos bienes que comporta la deshumanización, tanto de quienes son privados de la parte que les corresponde, como de los propios opresores. La de estos últimos es la peor parte. Estamos ante un texto no teórico, sino que parte de situaciones fácticas bien conocidas, frecuentes, por desgracia, ahora y entonces. Naturalmente se podrían dar otras razones de condena de la riqueza, v. g., en la línea de la justificación que no ha de apoyarse en nada, mientras la riqueza fomenta la autosuficiencia y el orgullo, pero la perícopa actual se fija en un motivo experimental y experimentado, de ética humana, asumida por el cristianismo. La injusticia entre los hombres no es denunciada sólo por otros, sino también por los cristianos. Y por motivos semejantes.

Sería falso pasar por alto este texto o edulcorarlo por encontrar demasiada violencia en él o porque se trata de demagogia. Efectivamente, se puede utilizar con resentimiento no cristiano, partiendo, por ejemplo, del v. 6. Pero ese peligro no es razón para olvidar su contenido (Federico Pastor).

En tono y estilo del AT se dirige el autor a un grupo de ricos. En la interpretación no hay acuerdo de si se refiere a ricos cristianos o increyentes (judíos o paganos), o a ricos en general sin tener en cuenta su pertenencia al cristianismo. Es muy probable que se dirija a no cristianos (J. Reuss), judíos y paganos, aunque muchas injusticias podían ya darse entre cristianos. Los apuros se cifran en la pérdida de los bienes y, al final, en la condenación el día del juicio; lo cual, al estilo de los profetas, se describe como algo ya presente. Siempre es actual lo que se verificaba en la civilización pobre del tiempo de Santiago. Los que viven bien deben su bienestar a que dos mil millones de personas viven en la miseria. La defensa de sus privilegios trae cada año como consecuencia inevitable la muerte injusta de millones de personas por hambre, represión y guerras.

En el NT, y aquí se inscribe la carta de Santiago, rico es quien piensa y actúa como tal; no es feliz, ni está libre de culpa. Comportarse como rico, de pensamientos o de obra, corrompe las riquezas que se tienen, aun cuando se crea poder afirmar que han sido ganados "legalmente" ("Eucaristía 1988").

EL juicio de la Biblia sobre las riquezas no es el mismo en cada una de sus páginas. En algunos libros del A. T. se dice que Dios enriquece o promete enriquecer a sus amigos, hasta el extremo que las riquezas pueden convertirse en señal de las bendiciones divinas; además, se valoran las riquezas como posibilidad de practicar la "justicia" haciendo sacrificios a Dios. De ahí que haya sido posible el desarrollo de una ética protestante que ensalza el trabajo y aconseja el ahorro como virtud y que, en opinión de Max Weber, constituye una de las bases principales del capitalismo. Pero la Biblia condena unánimemente el abuso de los ricos, la ambición desmedida y la explotación de los pobres. Además, los profetas del A. T. han visto en la riqueza una fuente de injusticia. Siguiendo esta misma línea, el N. T. es mucho más riguroso al enjuiciar las riqueza. Jesús, que vivió pobre entre los pobres, exigió a sus discípulos que lo dejaran todo y él mismo no tuvo dónde reclinar la cabeza. Para los evangelistas la riqueza aparece como un serio obstáculo que impide la entrada en el Reino de Dios. Especialmente dura es la crítica a las riquezas en el evangelio de Lucas.

Que el mensaje evangélico no sea neutral, lo mismo para los pobres que para los ricos, lo demuestra claramente esta invectiva de Santiago. El evangelio, que es Buena Noticia para los pobres ("y los pobres son evangelizados"), se convierte en mala noticia para los ricos. El autor denuncia el escaso valor que tienen los bienes y tesoros en los que los ricos han puesto su corazón. Los orientales atesoraban la riqueza acumulando objetos de oro y plata, guardando piezas de tela y vestidos (1 Mac 11, 24; Mt 6, 19 s; Hech 20, 33). Los tejidos se apolillaban con facilidad, mientras que los objetos de oro y de plata perdían su brillo por falta de uso. Santiago ve en las telas apolilladas y en los metales enmohecidos la prueba de la avaricia de los ricos y la causa de su condena cuando llegue el juicio de Dios.

Sin embargo, los ricos siguen acaparando riquezas sin caer en la cuenta de que el juicio de Dios es inminente. Contra estos ricos se alza el grupo de todos los obreros explotados. El jornal que han detenido, defraudando a los segadores, es como la sangre de Abel: un crimen que clama al cielo (Dt 24, 14). La ley mandaba pagar cada día a los obreros, antes de llegar la noche (Lv 19, 13; Dt 24, 15; Tob 4, 14). Pero la retención del jornal es aquí sólo un botón de muestra de la explotación y de la injusticia de los ricos. Sarcásticamente, el autor dice a estos ricos que son como los cerdos que se ceban para la matanza. Engordan sin producir nada, y no saben que se aproxima el juicio de Dios ("Eucaristía 1982").

Este último fragmento de Santiago se asemeja a las maldiciones que Lucas sitúa a continuación de las bienaventuranzas: "¡ay de vosotros, ricos, porque habéis recibido vuestro consuelo!" (6,24); "¡ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!" (6,25), y a la parábola del rico Epulón y Lázaro. El gran error que cometen es preocuparse solamente de aquello que con la muerte y resurrección de Jesús ha perdido todo valor: amontonar riquezas y llevar una vida de placeres, cosas destinadas a desaparecer. Sin embargo, la acusación de Santiago contra ellos va mucho más allá porque esto lo han hecho a costa de la opresión y la explotación de los pobres. Esta opresión de los pobres es condenada con las más duras palabras y es puesta al mismo nivel que el asesinato. Estas palabras de la carta pretenden despertar las conciencias de quienes viven así, seguramente no cristianos que explotan a trabajadores creyentes. Al mismo tiempo, infunde esperanza a estos últimos: el juicio de Dios ya está hecho y no tardará en manifestarse (J. Roca).

Resuenan en ella afirmaciones evangélicas muy conocidas. Pero sobre todo se encuentra una referencia a la situación cristiana: el tiempo final. Prescindimos de si esta expresión se interpretaba también en sentido cronológico; lo cierto es que sigue siendo válido para una visión del cristianismo como "etapa final". La comparación de Santiago aparece entonces muy gráfica: los ricos no han sido previsores, no han mirado más allá de su egoísmo, no se han dado cuenta de que la situación está cambiando. En esta perspectiva, el texto adquiere una dimensión muy profunda, el hombre egoísta, el que atesora ávidamente, el que defrauda a los demás, no ha comprendido nada del momento en el que vive; no es realista, en definitiva (Pedro Tena).

Una carta dura; se parece a una homilía destinada a despertar las conciencias. Sin que deba servir de bandera política, es aplicable hoy a las presentes situaciones, evitando las vulgaridades y superficialidad que semejante reproche tiene el riesgo de llevar consigo. El retrato de la riqueza está hecho con fuertes brochazos: una cruda pintura. La riqueza, al parecer tan deseable y brillante, súbitamente se desmorona y no queda de ella más que míseros jirones. No puede tener consistencia más que si la afrontamos con la vista puesta en el último día; en relación con él, la riqueza no tiene sentido ninguno, se convierte en una condenación. Está, además, manchada de injusticias de toda clase: salarios no pagados y que claman venganza, vida de lujo y de placer, mientras se oprime a la gente. Han condenado al justo y le han matado sin resistencia por su parte. Quitándoles el pan a los pobres se les condena a la muerte. Algunos han querido ver en este "justo" al propio Cristo (San Beda). La riqueza y su lujo matan a Cristo; así podría decirse viendo a Jesús cargar con los sufrimientos y las injusticias que sufren los pobres. Santiago se contenta con ese retrato y ese reproche cuya tranquila violencia será raramente superada. Sin duda, conocería en su comunidad judeo-cristiana situaciones graves de este género; son las que darían lugar a esta carta de la que nuestra época puede sacar amplio provecho meditándola humildemente (Adrien Nocent).

San Agustín comenta: "Pero me dice el ladrón de cosas ajenas: «Yo no soy como aquel rico. Celebro ágapes, llevo alimento a los encarcelados, visto a los desnudos, doy hospitalidad a los peregrinos». ¿Piensas que das? No quites y ya diste. A quien das, se alegra; pero a quien lo quitas, llora; ¿a quién de estos dos va a escuchar el Señor? Dices a quien diste: «Da gracias porque recibiste». Pero desde la parte contraria te dice el otro: «Lloro porque me lo quitaste». Quitaste a éste casi todo y diste a aquél sólo una mínima parte. Pero ni aunque hubieras dado a los necesitados todo lo que quitaste al otro, agradarían a Dios tales obras. Te dice Dios: «Necio; te mandé dar, pero no de lo ajeno. Si tienes, da de lo tuyo; si no tienes nada propio que dar, es mejor que no des a nadie antes de despojar a los otros».

Cuando Cristo el Señor se siente en el día del juicio y haga la separación poniendo a unos a la derecha y a otros a la izquierda, dirá a los que han obrado bien: Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino; en cambio, a los estériles, los que nada bueno hicieron en favor de los pobres, les dirá: Id al fuego eterno. ¿Y qué ha de decir a los buenos? Pues tuve hambre y me disteis de comer, etc. Ellos responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento? y él a ellos: Cuando lo hicisteis a uno de mis pequeños, a mí me lo hicisteis. Comprende, pues, necio, que quieres dar limosna de lo robado, que si cuando alimentas a un cristiano alimentas a Cristo, cuando despojas a un cristiano despojas también a Cristo. Considerad lo que ha de decir a los de la izquierda: Id al fuego eterno. ¿Por qué? Porque tuve hambre y no me disteis de comer; estuve desnudo y no me vestisteis (Mt 25,34-45). Si, pues, irá al fuego eterno aquel a quien Cristo diga: «Estuve desnudo y no me vestiste», ¿qué lugar tendrá en el ruego eterno aquel a quien diga: «Estuve vestido y me desnudaste»?

Es posible que te diga Cristo: «Estuve vestido y me desnudaste», y, cambiando de costumbre, pienses en despojar al pagano y vestir al cristiano. También entonces te responderá Cristo; mejor, te responderá ahora por cualquiera de sus ministros; te responderá y te dirá: «También aquí debes evitarmte males. Si siendo cristiano despojas a un pagano, le impides que se haga cristiano». Quizá tengas qué responder todavía a esto: «No le aplico el castigo por odio, sino más bien por amor a la disciplina misma; así, pues, despojo al pagano para que mediante esta disciplina dura y saludable se haga cristiano». Te escucharía y creería si le devolvieses siendo ya cristiano lo que le quitaste cuando era pagano".

4. Marcos 9,38-43.45.47-48 (par: Lc 9,49-50; 17,1-2). Detrás de la observación de Juan (hemos visto a un extraño echando demonios en tu  nombre y se lo hemos prohibido) se vislumbra fácilmente el egoísmo del grupo (tan  frecuente), ese temor mezquino de la competencia de los demás que tantas veces se  disfraza de fe (con la pretensión de tutelar el amor de Dios), pero que en realidad es una de  sus más profundas negaciones. El discípulo ruín y cicatero -pero también profundamente  inseguro- soporta con dificultad que el Espíritu sople por donde quiera. Se muestra  envidioso, se siente desmentido y traicionado: ¿no debería el Espíritu de Dios estar sólo en  nuestras manos, de forma que se viera claramente que somos nosotros, solamente  nosotros, sus portadores? Salta al recuerdo un episodio del Antiguo Testamento: Moisés  comunicó el Espíritu de Dios a setenta ancianos que habían salido del campamento y se  habían reunido junto al tabernáculo; pero un joven vio con sorpresa que el Espíritu de Dios  se había posado también sobre Eldad y Medad, dos ancianos que no se habían unido al  grupo y que no habían salido del campamento, pero que se pusieron también a profetizar. Y  Josué exclamó: "Moisés, señor mío, ¡prohíbeselo!" Pero Moisés le respondió: "¿Estás celoso  por mí? ¡Ojalá profetizase todo el pueblo de Dios y hubiera puesto el Señor su Espíritu  sobre cada uno de ellos!" (Núm 11, 16-30). Los auténticos amigos de Dios, como Moisés y  Jesús, gozan de la liberalidad del Espíritu. No se sienten desmentidos, porque aman a Dios y  no se aman a sí mismos.

Y esto es lo principal. Pero muchos escrupulosos defensores de los derechos de Dios  -podríamos decir que todos los escrupulosos defensores de los derechos de Dios- se están  defendiendo y sosteniendo en realidad a sí mismos, su propio recinto.  Pero también es verdad que no todos los gestos son de Cristo, que no todos los intentos  de liberación pertenecen a Cristo; sólo le pertenece lo que se hace en su nombre… Lo que  pasa es que el "nombre" no indica el recinto, sino la lógica.

La sentencia con la que Jesús cierra todas estas enseñanzas es sorprendente: "El que no  está contra nosotros, está con nosotros." Es exactamente lo contrario de otra sentencia (Mt 12,30; Lc 11,23): "El que no está conmigo, está contra mí." Pero no hay ninguna  contradicción. Son las diferentes situaciones las que explican la diferencia de las  afirmaciones. La unidad está en el hombre que necesita de vez en cuando advertencias distintas. De  todas formas, "la tolerancia de Jesús prohíbe toda cerrazón ortodoxa". "Si alguno le quita la fe (escandaliza) a cualquiera de estos pequeños que creen..." (9, 42). En tiempos de Jesús eran los maestros de la Ley los que con el peso de su autoridad y  con la fascinación de su prestigio -y también con las amenazas de sus excomuniones (cf Jn 9,22; 12,42)- desaconsejaban a la gente sencilla que siguiera a Jesús: perturban su fe y  eran para ellos piedra de escándalo. Más en general, el "pequeño" es el discípulo  continuamente perturbado en su fe, perturbado no sólo por el mundo, sino por su misma  comunidad, incluso por aquellos que pretenden ser sus maestros. Y como si esto no fuera  suficiente, está también el escándalo que viene de nosotros mismos. El hombre es escándalo para sí mismo, lleno como está de vacilaciones, de compromisos y de excusas  demasiado fáciles. Con su lenguaje ("si tu pie es para ti ocasión de pecado -te escandaliza-,  córtatelo...; si tu ojo es para ti ocasión de pecado -te escandaliza-, sácatelo..."), Jesús afirma  la exigencia de una decisión sin reservas por el Reino, la absoluta necesidad de ponerlo en  el primer puesto (Bruno Maggioni).

Estas palabras van dirigidas contra esa determinada concepción de la autoridad que  subyace detrás de la intervención de Juan, uno de los doce, en el v. 38: autoridad como  control, como monopolio exclusivo y excluyente. Desde el v. 39 hasta el final, Jesús replica a  esta concepción de la autoridad.

Contra la intolerancia que sólo permite el reconocimiento a aquellos que se inscriben  oficialmente en la Iglesia, Jesús afirma taxativamente el contenido de los v. 40 y 41. La  autoridad debe caracterizarse por una amplitud de espíritu, por un saber estar por encima  de las ideologías de grupo; debe estar abierta a todos los hombres que defienden una  causa justa, aunque no sean cristianos; excluye la cerrazón ortodoxa, el sectarismo, la  retirada al ghetto, la mirada introvertida...

Como en Mateo, también aquí se recoge una palabra en favor de los "pequeños" que  creen en Jesús. Poco estimados, más ignorantes o débiles en la fe, jamás hay que hacerles  tropezar (escandalizar). Estos pequeños pueden ser en la comunidad los que necesiten ser  ayudados con cariño y paciencia para poder evolucionar sin desconcertar su fe. Pero  también los que sufren la tentación de abandonar la Iglesia por la lentitud de ésta en  renovarse. La instrucción termina con una exhortación a convivir en paz (v. 50). A su luz debe leerse  todo lo que precede.

Jesús había enviado a sus discípulos a predicar el evangelio del Reino de Dios por tierras  de Galilea (6,7-13). Ahora, que ya han regresado, cuentan a su Maestro lo que les ha  sucedido en esta primera experiencia misionera. Juan quiere hacerle una pregunta sobre el  modo como se habían comportado con un exorcista, a quien le habían prohibido arrojar  demonios en nombre de Jesús porque no era del grupo. Aunque Jesús no reprueba  abiertamente esta conducta, pues sabe que no había en ello mala voluntad, aprovecha la  ocasión para enseñarles qué deben hacer en adelante en casos parecidos.

En la guerra de César contra Pompeyo, éste consideraba enemigos a cuantos no estaban abiertamente con él; pero César, más generoso e inteligente, consideraba aliados suyos a cuantos no luchaban en contra suya. Jesús adopta en su lucha una u otra actitud de acuerdo a las circunstancias: no ser amigos nunca, en la batalla  decisiva contra Satanás. Y es claro que en este caso no cabe la neutralidad, pues se trata  de dos enemigos irreconciliables y de una guerra que a todos nos concierne personalmente.

También el exorcista que echa los demonios en nombre de Jesús está con Jesús y contra Satanás, aunque no sea oficialmente discípulo de Jesús. En este supuesto, Jesús pronuncia su sentencia contra todo tipo de partidismo. También en nuestros días hay muchos hombres que exorcizan el mal y la injusticia de nuestra sociedad y, con todo, no son expresamente cristianos, éstos son de los nuestros aunque no sean "de los nuestros", pues es claro que  no están contra nosotros.

¿Qué es escándalo? Todo el que se hace discípulo de Jesús y aún no ha llegado a una  fe adulta es "pequeñuelo". Y el que aparta de su camino a uno de estos pequeñuelos es un  homicida, ya que les impide llegar a la verdadera vida. "Escándalo" es la piedra que nos  hace tropezar, el impedimento que se encuentra en el camino. En sentido figurado significa tanto la dificultad que proviene de fuera, la dificultad objetiva (como en el presente texto), como la que surge del interior del hombre o dificultad subjetiva. En este segundo sentido  habla Pablo de la cruz como "escándalo" para los judíos (1 Co 1,23). Es claro que la cruz  sólo es un impedimento para los que no la aceptan debido a sus prejuicios triunfalistas o de  otro tipo.

La tentación nunca procede exclusivamente de fuera; de ahí que el hombre deba procurar  también no escandalizarse a sí mismo. Y esto no es posible si uno no lucha contra sus  propias inclinaciones y no toma medidas negándose a sí mismo.

Veamos qué dice el Catecismo: 2284: "El escándalo es la actitud o el comportamiento que induce a otro a hacer el mal. El que escandaliza se convierte en tentador de su prójimo. Atenta contra la virtud y el derecho; puede ocasionar a su hermano la muerte espiritual. El escándalo constituye una falta grave, si por acción u omisión, arrastra deliberadamente a otro a una falta grave.

2285: El escándalo adquiere una gravedad particular según la autoridad de quienes lo causan o la debilidad de quienes lo padecen. Inspiró a nuestro Señor esta maldición: "Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundan en lo profundo del mar" (Mt 18,6; cf 1 Co 8,10-13). El escándalo es grave cuando es causado por quienes, por naturaleza o por función, están obligados a enseñar y educar a otros. Jesús, en efecto, lo reprocha a los escribas y fariseos: los compara a lobos disfrazados de corderos (cf Mt 7, 15).

2286 El escándalo puede ser provocado por la ley o por las instituciones, por la moda o por la opinión.

Así se hacen culpables de escándalo quienes instituyen leyes o estructuras sociales que llevan a la degradación de las costumbres y a la corrupción de la vida religiosa, o a "condiciones sociales que, voluntaria o involuntariamente, hacen ardua y prácticamente imposible una conducta cristiana conforme a los mandamientos" (Pío XII). Lo mismo ha de decirse de los empresarios que imponen procedimientos que incitan al fraude, de los educadores que "exasperan" a sus alumnos (cf Ef 6,4; Col 3,21), o de los que, manipulando la opinión publica, la desvían de los valores morales.

2287: El que usa los poderes de que dispone en condiciones que arrastren a hacer el mal se hace culpable de escándalo y responsable del mal que directa o indirectamente ha favorecido. "Es imposible que no vengan escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen!" (Lc 17, 1)".

Aquí se contrapone la "vida" al "abismo" o "gehenna". La gehenna era el nombre de un  valle situado al sur de Jerusalén, en donde en tiempos de los reyes Ajaz y Manasés se  sacrificaron niños al ídolo Molek (2 Re 23,10; Jer 7,31s; Jer 32,35). A partir del siglo II y a  raíz de esta abominable experiencia, la gehenna pasó a significar en la literatura  apocalíptica lo mismo que el infierno; esto es, el lugar de tormento de todos los  condenados.

Con estas palabras alusivas a Is 66,24 se describen las torturas de los condenados. El "gusano que no muere" significa para algunos la conciencia, los remordimientos; pero hay  quien piensa que se trata de una alusión a la imagen profética del montón de cadáveres que  quedan sin enterrar y son pasto de los gusanos ("Eucaristía 1982/1988").

-El castigo es visualizado a través de la imagen del valle de la Gehenna, en el que  antiguamente se habían sacrificado niños a Moloc y en el momento presente era lugar de  putrefacción ("donde el gusano no muere y el fuego no se apaga"): ahí situaba el judaísmo  apocalíptico del tiempo de Jesús el lugar del castigo en el día final (J. Naspleda).

Comenta San Agustín: "Cristo puso en venta el reino de los cielos y cifró su precio en un vaso de agua fría. Cuando es un pobre quien da limosna, basta que dé un vaso de agua fría. Quien más tiene, más dé. Así lo hizo la viuda de las dos monedas. Zaqueo dio la mitad de sus bienes y reservó la otra mitad para cancelar sus fraudes. La limosna aprovecha siempre a quienes cambiaron de género de vida. Das a Cristo pobre para redimir tus pecados pasados. Pero si el motivo de tu donación es para poder seguir pecando impunemente, no sólo alimentas a Cristo, sino que intentas sobornarlo en cuanto juez. Dad limosna, sí; mas para que vuestras oraciones sean escuchadas y para que Dios os ayude a cambiar vuestra vida por otra mejor. Por lo tanto, los que cambiáis de vida, cambiadla mejorándola. Por vuestras limosnas y oraciones bórrense vuestros pecados pasados y lleguen a vosotros los sempiternos bienes futuros".

Partidismos de "los nuestros". Un cuerpo es una unidad compacta, un todo que ocupa un lugar en el espacio: donde hay un cuerpo, se dice, no puede haber otro. Por tanto, un cuerpo es impenetrable y desplaza siempre a otro cuerpo. Si hablamos de un cuerpo en sentido sociológico, o de una corporación, por ejemplo, del Cuerpo de Correos o del Cuerpo de la Guardia Civil, veremos que la unidad se logra entonces mediante una organización de miembros y funciones y la subordinación a un jefe o cabeza rectora. Los miembros tienen conciencia de pertenecer al mismo cuerpo y la expresan diciendo "nosotros", o "los nuestros", en relación a los otros, a los que no son de los nuestros.

Con frecuencia los que pertenecen al mismo cuerpo participan también de una misma mentalidad, defienden los mismos intereses -los del cuerpo- y corren el riesgo de encerrarse y de hacerse impenetrables a los demás. Se desarrolla en estos casos lo que se ha llamado "espíritu de cuerpo". Cabría esperar en principio que estas unidades se insertaran en la unidad más amplia del cuerpo social. Cabría esperar que "nosotros" o "los nuestros" se definiera no por exclusión de los otros sino por inclusión en los otros para constituir un "nosotros" universal y solidario, verdaderamente humano y al servicio de la humanidad entera. Sin embargo, el espíritu del cuerpo acentúa más la diferencia, acentúa más lo que separa que lo que une.

Los que tienen ese espíritu están ciegos para reconocer el valor de lo que hacen los otros, para comprender los intereses de los otros, las ideas, los planes, los proyectos que tienen los demás, y viven en su mundillo como si éste fuera todo el mundo. Se aíslan, y el aislamiento en que se hallan les lleva a sospechar de todo lo extraño. En este supuesto, el aislamiento puede vivirse y experimentarse como si fuera un acoso: los que no son de los nuestros están contra nosotros.

La Iglesia se ha comparado desde sus orígenes al cuerpo de Cristo, se ha dicho que es el cuerpo de Cristo y éste su cabeza. Pero no hay que olvidar que Cristo es el que se entrega, y los que se unen al cuerpo de Cristo se comprometen en la entrega de Cristo por todo el mundo. Por eso el Espíritu de Cristo no tiene que ver nada con el espíritu de cuerpo.

Cuando se observan señales de involución en la iglesia, cuando vemos que ésta se cierra en sí misma, temerosa quizás por perder su propia identidad y su función en un mundo secularizado, los cristianos debemos encontrar la manera de estar en el mundo como en nuestra casa y en la casa de todos los hombres, de colaborar con todos en la construcción de una sociedad más humana y sin afanes de protagonismo. Porque los nuestros son todos los que trabajan por la justicia, por la paz, por la libertad, y nada verdaderamente humano puede sernos extraño ("Eucaristía 1982").

Con todas las diferencias que se quieran colgar a los partidos políticos, son mayores las diferencias que atenazan a una comunidad política en que se prohíben. Un pueblo donde no existiesen partidos políticos no sería una comunidad política; pues tan pronto como surge en el hombre la vocación política aparecen también los partidos políticos, es decir, cauces para canalizar los diferentes modos de entender la gestión pública. El que no toma partido y pretende mantenerse en la neutralidad es tan parásito respecto de la comunidad política, como lo es respecto de la comunidad económica el que pretende vivir sin trabajar. Con la agravante de que quienes no quieren decidir tomando partido, luego resulta que de hecho deciden al azar. Hay ciertamente un peligro muy grave en los partidos. Y es que el partido se erija en fin del propio partido, con detrimento de los objetivos que justifican la existencia de los partidos. Cuando el partido sólo busca sobrevivir o mantener el prestigio, aun a costa del bien común, el partido es un verdadero cáncer social. Las diferencias en las ideologías de los partidos deben converger en la solución de los problemas reales ("Eucaristía 1976"). Lo más doloroso del caso es que nadie posee en exclusiva la verdad. Y que así como el bien común es fruto del esfuerzo de todos, así también se requiere la aportación de todos para alcanzar la verdad. Cuando se prescinde olímpicamente del parecer de algunos, o de algunos grupos... seguro que no se busca la verdad, sino la conveniencia. Y cuando se intenta tapar la boca a los que piensan de otra manera, ¿qué se busca? Y cuando se recurre a la injusticia para hacerlos callar, ¿qué se pretende? ("Eucaristía 1970").

Podemos sentir celos de que otros "que no sean de los nuestros" hagan el bien y tengan éxito, y no logremos controlar todo lo que surge en torno nuestro. Josué y Juan eran buenas personas, eran fieles a Moisés y a Jesús, y precisamente por eso se creían de alguna manera poseedores en exclusiva de su favor. Y recibieron la lección. De cuando en cuando vamos al médico a hacernos un chequeo del corazón. Hoy podemos examinar el nuestro y ponerlo en sintonía con el de Jesús. La comparación con la actitud de Cristo nos puede decir si tenemos un corazón mezquino o abierto. Si tendemos a acaparar el bien o la verdad o controlar los carismas del Espíritu. Deberíamos ser más tolerantes, más abiertos, y alegrarnos de que se haga el bien y de que prosperen las iniciativas buenas, aunque no se nos hayan ocurrido a nosotros, aplaudir los éxitos de los demás, y reconocer que no siempre tenemos nosotros toda la razón. Siguiendo el ejemplo de aquel Juan el Bautista, el Precursor, que tuvo como lema: "Que él crezca y yo disminuya" (J. Aldazábal).

 

Sábado de la 25ª semana de Tiempo Ordinario. “Yo vengo a habitar dentro de ti”, el templo es imagen de la presencia de Dios como pastor que nos cuida, y Jesús es el Dios encarnado que da la vida para salvarnos

 

 

Lectura de la profecía de Zacarías 2, 5-9. 14-15a. Alcé la vista y vi a un hombre con un cordel de medir. Pregunté -«¿Adónde vas?» Me contestó: -«A medir Jerusalén, para comprobar su anchura y longitud.» Entonces se adelantó el ángel que hablaba conmigo, y otro ángel le salió al encuentro, diciéndole: -«Corre a decirle a aquel muchacho: "Por la multitud de hombres y ganado que habrá, Jerusalén será ciudad abierta; yo la rodearé como muralla de fuego y mi gloria estará en medio de ella -oráculo del Señor-."» «Alégrate y goza, hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti -oráculo del Señor-. Aquel día se unirán al Señor muchos pueblos, y serán pueblo mío, y habitaré en medio de ti.»

 

Salmo: Jr 31,10.11-12ab.13. R. El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.

Escuchad, pueblos, la palabra del Señor, anunciada en las islas remotas: «El que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como un pastor a su rebaño.»

«Porque el Señor redimió a Jacob, lo rescató de una mano más fuerte.» Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión, afluirán hacia los bienes del Señor.

Entonces se alegrará la doncella en la danza, gozarán los jóvenes y los viejos; convertiré su tristeza en gozo, los alegraré y aliviaré sus penas.

 

Evangelio según san Lucas 9,43b-45. En aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacia, Jesús dijo a sus discípulos: -«Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres.» Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro que no cogían el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto.

 

Comentario: 1. Za 2,1-5.10-11a. La primera parte del libro de Zacarías (1,7-8,23) es de contenido visionario-apocalíptico. Va precedida de un prólogo (1,1-6), que es una exhortación a la conversión, fechada dos meses después de la primera profecía de Ageo. La conversión se presenta como un cambio, un «retorno» del hombre a Dios, siguiendo la tradición profética. Tiene una doble vertiente: supone la fe y el amor del hombre precediendo al perdón de Dios, pero no es posible si antes el hombre no ha sido movido por él. Por eso no se puede despreciar la gracia que pasa. La primera visión (1,7-17) es un anuncio de que, a pesar de las apariencias, se cumplirán las promesas mesiánicas. Unos caballos, que representan a los mensajeros del ángel tutelar de Israel (el caballero entre los mirtos) comunican que la tierra vuelve a estar en paz.

Probablemente es una referencia al término de las perturbaciones producidas durante los dos primeros años del reinado de Darío I, que debían de ser vistos por los judíos como precursores de la era mesiánica. Por eso el ángel se lamenta de la duración de la cólera divina: los setenta años son una expresión simbólica que manifiesta un período muy largo y hacen alusión a Jeremías (25,12; 29,10). La respuesta es consoladora: la ira de Dios es pasajera y, por otra parte, las naciones se han excedido en el castigo infligido a Israel.

Vendrá un tiempo en que «sobre Jerusalén se tenderá el cordel», es decir, será reedificada.

Una nueva visión (2,1-4) manifiesta que nada podrá impedir el reino mesiánico, ya que Yahvé suscitará unos instrumentos -los cuatro herreros- para castigar a todos los pueblos que han oprimido a Israel -los cuernos-. Zacarías pone mucho cuidado en resaltar la trascendencia del papel de Yahvé. El profeta no se comunica directamente con Dios, como Amós, Isaías o Jeremías, sino que recibe las revelaciones por medio de un ángel. Es evidente que el concepto de trascendencia divina ha llevado al desarrollo de la angelología. De este modo, ni la trascendencia hace a Yahvé un Dios lejano e indiferente al hombre, ni la providencia divina le hace a imagen y semejanza nuestra. Dos peligros que en todas las épocas acechan al creyente.

La tercera visión de Zacarías dice que la Jerusalén mesiánica será una ciudad abierta, en la que todos cabrán. Será inútil intentar medirla. Por otra parte, no necesitará murallas, ya que Dios mismo será su defensor. El profeta quiere dar confianza a los repatriados. A la ilusión del retorno de Babilonia había sucedido el desaliento ante la dura realidad. Los profetas anteriores al exilio habían anunciado la época mesiánica para después del cautiverio, pero la situación histórica de este tiempo no dejaba prever la realización próxima de esta promesa divina, la perspectiva de una inmediata inauguración de los tiempos mesiánicos se hacía cada día más oscura. ¿Qué debían pensar los contemporáneos del profeta de sus palabras? De hecho, poco después Nehemías (2,17) emprende la reconstrucción de las murallas de la ciudad como una de las tareas más importantes y urgentes. Esta aparente contradicción entre la promesa de Dios y la realidad es una consecuencia del carácter escatológico del reino mesiánico: su plena realización no se hará aquí y ahora, pero ya estamos en él (para Israel ya llegaba). Los hombres necesitaremos siempre «profetas» que nos recuerden su proximidad. No para dejar de ver la realidad presente ni menos aún para no responder a sus exigencias. Pero sí para no perder la esperanza. No vaya a suceder que el árbol no nos deje ver el bosque.

A la tercera de las visiones le sigue una ampliación (62,10-17) constituida por unas reflexiones del profeta, que, situándose en el pasado, hace una llamada a los desterrados para salir de Babilonia. De este modo puede anunciar como próximos los acontecimientos ya pasados. Es un procedimiento literario que llegará a ser común en el género apocalíptico. Israel, niña de los ojos de Yahvé, se convertirá en lugar de encuentro de numerosos pueblos, porque muchos de ellos le seguirán en el culto a Yahvé. Toda Palestina es llamada Tierra Santa por primera vez en la historia, ya que participará de la santidad del templo, casa de Yahvé. Es el anuncio del universalismo del reino mesiánico, frecuente entre los profetas  (J. Aragonés Llebaria).

Ahora el que habla es el profeta Zacarías, contemporáneo también de Ageo y de los acontecimientos de la vuelta del destierro y la restauración de Jerusalén. Nos presenta un gesto simbólico: una persona que quiere tomar, con un cordel, las medidas de Jerusalén. Pero un ángel le dice que no, que no hace falta medir nada, porque Jerusalén va a ser ciudad abierta, llena de riqueza, y que Yahvé será su única muralla y defensa: "alégrate, hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti". Es la vuelta a los tiempos de las buenas relaciones entre Yahvé y su pueblo.

Los que leemos esto después de la venida de Cristo, hace dos mil años, entendemos mejor lo que significa la palabra del profeta: "aquel día se unirán al Señor muchos pueblos y serán pueblo mío y habitaré en medio de ti". La salvación de Dios no sólo alcanza al pueblo judío, sino que va a ser universal. Esta página de Zacarías nos invita al optimismo. Pero a la vez nos recuerda que la Iglesia -la nueva comunidad de la Alianza- no puede ser medida con cordeles y cerrada en particularismos, sino que ha de ser abierta, universal, orgullosa de la variedad de sus pueblos y culturas y procedencias. Una ciudad que sabe que su mejor riqueza es Dios mismo. Es la "Jerusalén celestial" de la que nos habla el Apocalipsis, cumplimiento perfecto de la Jerusalén primera, y que nosotros sabemos que es la Iglesia, débil y pecadora, pero llena del Espíritu de Dios, camino de su realización última. El documento del Vaticano II sobre la relación de la Iglesia con el mundo, la Gaudium et Spes, nos invitó a abrir las ventanas y las puertas, a no usar esos cordeles de los que habla Zacarías, porque la Iglesia es espacio de esperanza para todos. Como pide la Plegaria Eucarística V b: "que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando" (J. Aldazábal).

-Yo, Zacarías, alcé los ojos y tuve una visión: Era un hombre con una cuerda de medir en la mano. Le pregunté: «¿Dónde vas?» Me respondió: «Voy a medir Jerusalén, a ver cuánta es su anchura y cuánta su longitud.» ¡Admirable imagen! En una época en que los judíos desanimados sentían la tentación de encerrarse en sí mismos, el profeta, en nombre de Dios, invita a los arquitectos de Jerusalén a «ampliar su mirada». Se precisa que los agrimensores midan sobradamente el trazado de la ciudad santa. A una Iglesia siempre tentada de encerrarse en sus problemas internos, Dios le repite: «mirad más allá, preveed holgadamente». A mí, siempre tentado de concentrarme en mis preocupaciones personales Dios me repite: «sal de ti mismo, ensancha tu corazón, adopta las preocupaciones de los demás.»

-Un ángel le dijo: «Corre, habla a ese joven y dile: Jerusalén tiene que ser una ciudad abierta, debido a la cantidad de hombres y ganados que la poblarán.» La ciudad futura. Una ciudad abierta a todos los caminos, en la que todos puedan entrar. ¿Imagen de la humanidad de mañana? ¿Imagen ya de la Iglesia de hoy? Es un interrogante. ¡Señor, cuán lejos estamos de esta apertura universal! Hay mucho trabajo por delante para que la humanidad sea unánime, para que la Iglesia sea, de hecho, realmente católica. Allá donde me encuentre, en los grupos de los que formo parte, trabajaré para que progresen las "aperturas", la "amplitud de miras". Fuera las pusilaminidades, los sectarismos, los proyectos raquíticos, los sistemas cerrados y estrechos.

-En cuanto a mí, Yo seré para ella muralla de fuego al derredor y dentro de ella seré gloria. Más que todas las más sólidas murallas, la verdadera protección, la única seguridad definitiva, es el Señor mismo. Aplico esta profecía a mi vida actual, a la vida de la Iglesia. A pesar de todas las apariencias contrarias, Dios es la única muralla.

-Canta y regocíjate, hija de Sión. He aquí que yo vengo a morar dentro de ti, declara el Señor. Dios da este consejo a los desanimados, les dice: «¡cantad!» No hay que dejarse llevar por el pesimismo, sino por la alegría. Cuando nuestros labios cantan, el corazón también canta progresivamente. Y este optimismo no es un optimismo artificial, una felicidad fingida, sino una esperanza apoyada sobre un dato objetivo: ¡Dios viene! Y se espera su llegada.

-En aquel día, muchas naciones se unirán al Señor, serán para Mí un pueblo y yo habitaré en medio de ti. No hay que cansarse de esas repeticiones. Es preciso ante todo y contra todo dejarse sacudir por ese gran soplo universal. ¡El único futuro de la humanidad va por aquí! A través de los crujidos de hoy, en medio de las fisuras y de los conflictos, la aspiración a lo universal sigue abriéndose camino. Llegará un día en que los hombres, tan diversos, se reconocerán, en el fondo, hermanos. Las xenofobias, los racismos, los ghettos y los clubs cerrados... van siendo cada vez más, unos testigos de antaño. Es evidente que un Dios único nos ha creado a todos y que nuestro destino es también «uno». ¿Extiendo mi oración a la humanidad entera? (Noel Quesson).

La Nueva Jerusalén, Ciudad Santa, Esposa del Cordero, Iglesia Santa, ya no tiene murallas, sino sólo al Señor que la custodia como muralla de fuego para que los poderes del infierno no prevalezcan sobre ella. A pertenecer a ella están convocadas todas las naciones. Quien se haga parte de esta Comunidad de creyentes se hará huésped del mismo Dios; más aún: Dios vendrá como huésped al corazón del creyente, habitando en él como en un templo. Por eso hemos de poner nuestro empeño en no destruir el templo santo de Dios que somos nosotros, sino en conservarlo santo e irreprochable hasta la venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo.

2. Jer 31,10-13. Se cumple lo que dice el salmo: "el que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como pastor a su rebaño... vendrán con aclamaciones, afluirán hacia los bienes del Señor". Concluyó el destierro; hay que volver a la tierra prometida; el Señor se convertirá en protector y defensor de su pueblo en su camino por el desierto hacia la tierra que Él dio a los patriarcas. Al poseer nuevamente la tierra prometida, volverá la paz, la alegría y el disfrutar de los abundantes frutos, que finalmente no será sino gozar de los bienes del Señor. Por medio de Cristo Jesús nosotros hemos sido liberados de nuestra esclavitud al mal; y el Señor nos ha dado su Espíritu que nos guía hacia la posesión de los bienes definitivos. Mientras vamos por este camino cargando nuestra cruz de cada día, esforcémonos por no dejarnos desviar de la meta a la que se han de dirigir nuestros pasos: la posesión de los bienes eternos, en que ya no habrá tristeza, ni dolor, ni penas, sino alegría, gozo y paz en el Señor. Vayamos, pues, tras de Cristo, que vela de nosotros como el pastor cuida su rebaño.

"Escuchad, pueblos, la palabra del Señor, anunciadla en las islas remotas" (Jr 31,10). Y Juan Pablo II comentaba: "¿Qué noticia está a punto de darse con estas solemnes palabras de Jeremías? Se trata de una noticia consoladora, y no por casualidad los capítulos que la contienen (cf. 30 y 31) se suelen llamar "Libro de la consolación". El anuncio atañe directamente al antiguo Israel, pero ya permite entrever de alguna manera el mensaje evangélico. El núcleo de este anuncio es el siguiente: "El Señor redimió a Jacob, lo rescató de una mano más fuerte" (Jr 31,11). El trasfondo histórico de estas palabras está constituido por un momento de esperanza experimentado por el pueblo de Dios, más o menos un siglo después de que el norte del país, en el año 722 a. C., hubiera sido ocupado por el poder asirio. Ahora, en el tiempo del profeta, la reforma religiosa del rey Josías expresa un regreso del pueblo a la alianza con Dios y enciende la esperanza de que el tiempo del castigo haya concluido. Toma cuerpo la perspectiva de que el norte pueda volver a la libertad e Israel y Judá vuelvan a la unidad. Todos, incluyendo las "islas remotas", deberán ser testigos de este maravilloso acontecimiento: Dios, pastor de Israel, está a punto de intervenir. Había permitido la dispersión de su pueblo y ahora viene a congregarlo.

La invitación a la alegría se desarrolla con imágenes que causan una profunda impresión. Es un oráculo que hace soñar. Describe un futuro en el que los exiliados "vendrán con aclamaciones" y no sólo volverán a encontrar el templo del Señor, sino también todos los bienes: el trigo, el vino, el aceite y los rebaños de ovejas y vacas. La Biblia no conoce un espiritualismo abstracto. La alegría prometida no afecta sólo a lo más íntimo del hombre, pues el Señor cuida de la vida humana en todas sus dimensiones. Jesús mismo subrayará este aspecto, invitando a sus discípulos a confiar en la Providencia también con respecto a las necesidades materiales (cf. Mt 6,25-34). Nuestro cántico insiste en esta perspectiva. Dios quiere hacer feliz al hombre entero. La condición que prepara para sus hijos se expresa con el símbolo del "huerto regado" (Jr 31,12), imagen de lozanía y fecundidad. Dios convierte su tristeza en gozo, los alimenta con enjundia (cf. v. 14) y los sacia de bienes, hasta el punto de que brotan espontáneos el canto y la danza. Será un júbilo incontenible, una alegría de todo el pueblo.

La historia nos dice que este sueño no se hizo realidad entonces. Y no porque Dios no haya cumplido su promesa: el responsable de esa decepción fue una vez más el pueblo, con su infidelidad. El mismo libro de Jeremías se encarga de demostrarlo con el desarrollo de una profecía que resulta dolorosa y dura, y lleva progresivamente a algunas de las fases más tristes de la historia de Israel. No sólo no volverán los exiliados del norte, sino que incluso Judá será ocupada por Nabucodonosor en el año 587 a. C. Entonces comenzarán días amargos, cuando, en las orillas de Babilonia, deberán colgar las cítaras en los sauces (cf. Sal 136,2). En su corazón no podrán tener ánimo como para cantar ante el júbilo de sus verdugos; nadie se puede alegrar si se ve obligado al exilio abandonando su patria, la tierra donde Dios ha puesto su morada.

Con todo, la invitación a la alegría que caracteriza este oráculo no pierde su significado. En efecto, sigue válida la motivación última sobre la cual se apoya: la expresan sobre todo algunos intensos versículos, que preceden a los que nos presenta la Liturgia de las Horas. Es preciso tenerlos muy presentes mientras se leen las manifestaciones de alegría de nuestro cántico. Describen con palabras vibrantes el amor de Dios a su pueblo. Indican un pacto irrevocable: "Con amor eterno te he amado" (Jr 31,3). Cantan la efusión paterna de un Dios que a Efraím lo llama su primogénito y lo colma de ternura: "Salieron entre llantos, y los guiaré con consolaciones; yo los guiaré a las corrientes de aguas, por caminos llanos para que no tropiecen, pues yo soy el Padre de Israel" (Jr 31,9). Aunque la promesa no se pudo realizar por entonces a causa de la infidelidad de los hijos, el amor del Padre permanece en toda su impresionante ternura.

Este amor constituye el hilo de oro que une las fases de la historia de Israel, en sus alegrías y en sus tristezas, en sus éxitos y en sus fracasos. El amor de Dios no falla; incluso el castigo es expresión de ese amor, asumiendo un significado pedagógico y salvífico. Sobre la roca firme de este amor, la invitación a la alegría de nuestro cántico evoca un futuro de Dios que, aunque se retrase, llegará tarde o temprano, no obstante todas las fragilidades de los hombres. Este futuro se ha realizado en la nueva alianza con la muerte y la resurrección de Cristo y con el don del Espíritu. Sin embargo, tendrá su pleno cumplimiento cuando el Señor vuelva al final de los tiempos. A la luz de estas certezas, el "sueño" de Jeremías sigue siendo una oportunidad histórica real, condicionada a la fidelidad de los hombres, y sobre todo una meta final, garantizada por la fidelidad de Dios y ya inaugurada por su amor en Cristo. Así pues, leyendo este oráculo de Jeremías, debemos dejar que resuene en nosotros el evangelio, la buena nueva promulgada por Cristo en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4,16-21). La vida cristiana está llamada a ser un verdadero "júbilo", que sólo nuestro pecado puede poner en peligro. Al poner en nuestros labios estas palabras de Jeremías, la Liturgia de las Horas nos invita a enraizar nuestra vida en Cristo, nuestro Redentor (cf. Jr 31,11), y a buscar en él el secreto de la verdadera alegría en nuestra vida personal y comunitaria".

3.- Lc 9,44b-45 -Entre la admiración general por todo lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos... San Lucas, según el plan de su evangelio, termina así la actividad de Jesús en Galilea. Pronto Jesús "emprenderá resueltamente el camino hacia Jerusalén" Las primeras actuaciones de Jesús significaron un cierto éxito. Ahora bien, Jesús mismo temió que sus discípulos preferidos se dejaran arrastrar por ese entusiasmo ficticio de la gente. Jesús no se deja aturdir por la admiración general de la que es objeto; considera humildemente el sencillo papel que su Padre le ha encomendado representar.

Mesías-pobre, Mesías-humillado, Jesús los prepara a no desconcertarse por el sacerdocio que El ha elegido: un sacerdocio sacrificial en que El será la victima.

-"El Hijo del hombre"... Al utilizar ese título, Jesús no abdica en absoluto de su grandeza. Esa expresión alude directamente a un célebre pasaje del profeta Daniel. "Yo contemplaba en las visiones de la noche. "Y he aquí que en las nubes del cielo venía, "Como un Hijo de hombre. "Se dirigió hacia el Anciano (Dios) y fue llevado a su presencia. "A el se le confirió el Imperio, el Honor y la Realeza. "Y todos los pueblos, naciones y lenguas le servirán. "Su Imperio es un Imperio eterno que nunca pasará. "Y su Reino no será destruido jamás" (Daniel 7, 13-14).

-"... Lo van a entregar en manos de los hombres". Con esa expresión, Jesús aludía directamente a un célebre pasaje del profeta Isaias: "No tenía belleza ni esplendor, despreciable y desecho de la humanidad. "Era despreciado y no se le tenía en cuenta. "Fue oprimido y El se humilló. "Y no abría la boca, como un cordero conducido al degüello. "Fue herido de muerte". (Isaías 53, 2-12).

-Pero ellos no entendían ese lenguaje; les resultaba tan oscuro que no captaban el sentido. Los Doce no entendían nada en todo esto. "Nadie se escandalice de ver tan imperfectos a los apóstoles. Todavía no se había consumado el misterio de la Cruz, todavía no se les había dado la gracia del Espíritu Santo" (San Juan Crisóstomo). A diferencia de lo que dice en otros lugares, aquí no une el sufrimiento a la gloria. Aquí nos habla de la ciencia de la cruz… "pasar con Él por la muerte de cruz, crucificando como Él la propia naturaleza con una vida de mortificación y de renuncia, abandonándose en una crucifixión llena de dolor y que desembocará en la muerte como Dios disponga y permita. Cuanto más perfecta sea tal crucifixión activa y pasiva, tanto más intensa resultará su unión con el Crucificado y tanto más rica su participación en la vida divina" (Santa Teresa Benedicta de la Cruz). Jesús superpuso dos concepciones del Mesías, opuestas aparentemente: - El Hijo del hombre evoca una imagen de "transcendencia"... un Mesías que participa de la grandeza de Dios... - El Servidor, evoca una imagen de pobreza, de indigencia total... un Mesías sin poder alguno.

-El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres. En san Lucas, éste es pues el segundo anuncio de la Pasión; y lo sitúa justo en el momento que "la gente estaba admirada". Ocasión esta de profundizar en la conciencia íntima de Jesús: el sacrificio de su vida, que termina su "viaje aquí abajo", y que relatan los cuatro evangelistas, ¡no es simplemente un episodio, el último... es el centro! Jesús pensaba en ello desde mucho tiempo. Se preparó detenidamente. Y trató, en vano, de preparar a sus apóstoles. Se comprende que la Eucaristía, que es el "signo actual" que nos ha sido dado, tenga una tal importancia en la vida de la Iglesia: es en verdad el "memorial" de lo más señalado en la vida de Jesús.

-Y tenían miedo de preguntarle sobre el asunto. Efectivamente, los apóstoles no quieren abordar ese asunto con El, porque interiormente rehusan la muerte de Jesús. No comprendieron que era su mayor acto de amor. Pero, ¿y nosotros? ¿Hemos comprendido todo lo que la misa representa? (Noel Quesson).

Jesús despierta admiración, por sus gestos milagrosos y por la profundidad de sus palabras. También a nosotros nos gusta fácilmente ese Jesús. Pero el Jesús servidor, el Jesús que se ciñe la toalla y lava los pies a los discípulos, el Jesús entregado a la muerte para salvar a la humanidad, eso no lo entendemos tan espontáneamente. Quisiéramos sólo el consuelo y el premio, no el sacrificio y la renuncia. Preferiríamos que no hubiera dicho aquello de que "el que me quiera seguir, tome su cruz cada día". Pero ser seguidores de Jesús pide radicalidad, no creer en un Jesús que nos hemos hecho nosotros a nuestra medida. Ser colaboradores suyos en la salvación de este mundo también exige su mismo camino, que pasa a través de la cruz y la entrega. Como tuvieron ocasión de experimentar aquellos mismos apóstoles que ahora no le entienden, pero que luego, después de la Pascua y de Pentecostés, estarán dispuestos a sufrir lo que sea, hasta la muerte, para dar testimonio de Jesús (J. Aldazábal).

Las palabras de Jesús cuestionaban hondamente a los discípulos, sin embargo, ellos guardaban silencio porque no comprendían o porque no se arriesgaban a confrontar al maestro. A los discípulos no les entraba en la cabeza que el camino del enviado de Dios tuviera que pasar necesariamente por la cruz. Ellos esperaban un Cristo arrollador que mediante un éxito deslumbrante eliminara todas las dudas respecto a su persona y a su misión. Sin embargo, el proceder y el camino de Jesús los controvertía abiertamente. Los discípulos "no comprendían" las palabras de Jesús no porque éstas fueran obscuras o ininteligibles, sino porque su proceder no iba conforme a las ideas vigentes, fueran de izquierda o derecha, sino que nacían de una originalidad realmente desconcertante. La originalidad de Jesús respecto a sus contemporáneos lo condujo poco a poco a una radical incomprensión, tanto de seguidores como de enemigos. A los discípulos "algo" les impedía comprender. Ese algo se refería a las rimbombantes expectativas mesiánicas con las que no coincidía la obra ni la acción de Jesús. Por eso, no fueron los opositores del imperio romano quienes salieron a defenderlo, ni sus incondicionales discípulos. Por su compromiso radical con los pobres, con Dios Padre y consigo mismo, Jesús tuvo que enfrentar su destino en absoluta soledad. Ese "algo" que estaba en la mente de sus contemporáneos los volvía ciegos ante la novedad definitiva que Dios suscitaba en Jesús y les impedía ponerse del lado del hombre que realmente los podía salvar. Hoy nosotros, al igual que los discípulos, tenemos muchas preocupaciones que embotan nuestro entendimiento y nos impiden ponernos del lado de Jesús. Nuestra vida ya esta tan cargada de actividades que difícilmente estamos en condiciones de prestar atención a la propuesta de Jesús y, mucho menos, de aceptar su proyecto del Reino como nuestro programa de vida (servicio bíblico latinoamericano).

¡Qué difícil entender que el camino que lleva a Jesús a la gloria ha de pasar por la muerte! Él mismo indicará a los discípulos que se encaminaban hacia Emaús: Era necesario que el Hijo del hombre padeciera todo esto para entrar así en su Gloria. Ojalá y no seamos tardos ni duros de corazón para entender y vivir aquella invitación que el Señor nos hace: Toma tu cruz de cada día y sígueme. No podemos amar nuestra vida de tal forma que nos apeguemos a ella y tratemos de evitarle todo el sacrificio y esfuerzo que se exige a quien quiera no sólo anunciar, sino ser testigo de la Buena Nueva del amor de Dios para todos. No nos quedemos con una imagen falsa de hedonismo cristiano. Quien quiera colaborar para que el Reino de Dios se haga realidad entre nosotros, debe aprender a renunciar a sí mismo, a no querer conservar su vida sin sembrarla en tierra para que muera y surja una humanidad nueva en Cristo. La fecundidad que viene del Espíritu de Dios en nosotros requiere que muramos a nuestros egoísmos y a nuestras visiones cortas de la vida, y que comencemos a dar nuestra vida para que otros tengan vida, y la tengan en abundancia. Y esto, no porque no haya bastado la Redención efectuada por Cristo, sino porque, ya desde la cruz, Él asoció a su Redención nuestras penas, dolores, sacrificios, entrega, e incluso nuestra muerte aceptada por Él y por su Evangelio.

En esta Eucaristía celebramos el Memorial de aquello que pareció ser el gran fracaso del Mesías esperado. En la mente de los judíos se cernía la imagen de un Mesías con criterios meramente humanos; capaz de alimentarlos a todos sin el más mínimo esfuerzo; capaz de liberarlos de sus enemigos, sin que ellos levantaran siquiera un dedo. Pero el Señor, aparentemente vencido por las fuerzas del mal que actuaron a través de personas que sólo eran santos en su apariencia, pero cuyo corazón estaba podrido por el pecado, ahora, reinando glorioso desde el cielo, manifiesta que el Mesías debía padecer para hacer de nosotros un pueblo de santos e hijos de Dios. Al participar de esta Eucaristía, entrando en comunión de vida con el Señor, decidimos, también nosotros, caminar en adelante, no conforme a los criterios mundanos, sino conforme a los criterios del amor verdadero que procede de Dios y que nos lleva a vivir sin egoísmos, sino en una entrega generosa, incluso de nuestra vida, por el bien de nuestro prójimo… dando la vida en la existencia cotidiana, ahí donde uno ha de ser testigo de rectitud, de honestidad, de alegría, de bondad, de paz, de solidaridad, en fin, de todo aquello que ha de brotar de la presencia del Espíritu de Dios en nosotros. ¿Que esto requiere sacrificios? Es seguir al que nos ha precedido con su cruz en el camino que nos conduce a la Gloria (www.homiliacatolica.com).

 

Viernes de la 25ª semana de Tiempo Ordinario. La esperanza en la gloria del Templo es una visión profética de Jesús que viene a salvarnos, según la confesión de Pedro, su fe: “Tú eres el Mesías de Dios”, que está apoyada en la oración de Jesús y en s

 

 

Lectura de la profecía de Ageo 1, 15b-2,9. El año segundo del reinado de Darlo, el día veintiuno del séptimo mes, vino la palabra del Señor por medio del profeta Ageo: «Di a Zorobabel, hijo de Salatiel, gobernador de Judea, y a Josué, hijo de Josadak, sumo sacerdote, y al resto del pueblo: "¿Quién entre vosotros vive todavía, de los que vieron este templo en su esplendor primitivo? ¿Y qué veis vosotros ahora? ¿No es como si no existiese ante vuestros ojos? ¡Ánimo!, Zorobabel -oráculo del Señor-, ¡Ánimo!, Josué, hijo de Josadak, sumo sacerdote; ¡Ánimo!, pueblo entero -oráculo del Señor-, a la obra, que yo estoy con vosotros -oráculo del Señor de los ejércitos-. La palabra pactada con vosotros cuando salíais de Egipto, y mi espíritu habitan con vosotros: no temáis. Asi dice el Señor de los ejércitos: Todavía un poco más, y agitaré cielo y tierra, mar y continentes. Pondré en movimiento los pueblos; vendrán las riquezas de todo el mundo, y llenaré de gloria este templo -dice el Señor de los ejércitos-. Mía es la plata y mío es el oro -dice el Señor de los ejércitos-. La gloria de este segundo templo será mayor que la del primero -dice el Señor de los ejércitos-; y en este sitio daré la paz -oráculo del Señor de los ejércitos.-"»

 

Salmo 42,1.2.3.4.  R. Espera en Dios, que volverás a alabarlo: «Salud de mi rostro, Dios mío.»

Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa contra gente sin piedad, sálvame del hombre traidor y malvado.

Tú eres mi Dios y protector, ¿por qué me rechazas?, ¿por qué voy andando sombrío, hostigado por mi enemigo?

Envía tu luz y tu verdad: que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada.

Que yo me acerque al altar de Dios, al Dios de mi alegría; que te dé gracias al son de la citara, Dios, Dios mío.

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas 9,18-22. Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: -«¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos contestaron: -«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.» Él les preguntó: -«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro tomó la palabra y dijo: -«El Mesías de Dios.» Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: -«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.»

 

Comentario: 1.- Ag 2,1-10. Son los dos últimos discursos del profeta. En primer lugar nos encontramos ante una acción simbólica, forma frecuente en la conducta profética. Su mensaje es diáfano: el mal es más contagioso que el bien. No sabemos, sin embargo, a quién se refiere concretamente cuando dice: «Así es este pueblo así es esta nación...» (v 14). ¿Es una alusión a los samaritanos impuros por su sincretismo religioso, o más bien a los propios judíos, impuros por su infidelidad a Yahvé? Sean quienes sean, estos versículos nos manifiestan claramente que Ageo, cuando exhortaba para que el templo fuera reconstruido, no pretendía simplemente que se rehiciese un edificio, sino que se renovase la comunidad yahvista. El profeta defiende una comunidad centrada en el templo, pero esto no quiere decir que tenga una visión puramente cultual de la religión y mucho menos una moral ritualista. Por eso nuestro texto mantiene hoy toda su actualidad. Prepara la doctrina del NT, que presenta al cristiano como el verdadero templo de Dios (1 Cor 3,16s; 6,19) aislado de toda contaminación exterior (2 Cor 6,16s), sin que esto exija una separación de los demás (Jn 17,15; 1 Cor 5,10).

Los versículos 15-19 parecen la continuación de 1,5a y muchos comentaristas los juzgan continuación de este versículo. Presentan la reconstrucción del templo como el principio de una era de prosperidad. Israel había experimentado las consecuencias del abandono del templo; pero, una vez renovadas las obras de reconstrucción, Dios será fiel a la alianza. De nuevo Yahvé «bendecirá» al pueblo. Esta palabra nos recuerda las promesas a los patriarcas. El último discurso del profeta es un oráculo escatológico, formado por una condena de las naciones y una promesa a la dinastía davídica representada por Zorobabel. El sello era un objeto personal usado para firmar documentos y que comportaba a la vez dependencia absoluta e intimidad total con su propietario. La comparación pretende manifestar que Yahvé siente hacia Zorobabel un amor total. Las promesas mesiánicas hechas a la casa de David son transferidas a Zorobabel, que así pasa a ser figura de Cristo. El será el verdadero «siervo» «sello» y "el elegido" que construirá definitivamente el templo espiritual (J. Aragonés Llebaria).

El profeta Ageo sigue animando a los que han vuelto del destierro a que reconstruyan equilibradamente su identidad: sin descuidar los valores religiosos, representados en el templo.

Les recuerda que Dios les ha estado siempre cercano, tanto cuando les liberó de Egipto como ahora, que les ha devuelto de Babilonia. Eso les debe estimular a tener en cuenta la Alianza en su tarea de reedificación. De parte de Dios les dice: "¡Ánimo, pueblo entero: a la obra, que yo estoy con vosotros!"

Más aún: les promete que el futuro todavía será mejor que el pasado: "la gloria de este segundo templo será mayor que la del primero". Este templo será menos esplendoroso que el de Salomón, pero sigue siendo el mejor símbolo de la Alianza entre un Dios cercano y un pueblo que ha prometido vivir según la voluntad de Dios.

Era un momento difícil, como nos cuenta el libro de Esdras, pues los ancianos habían conocido el esplendor de Salomón: "cuando se pusieron los cimientos de este Templo delante de sus ojos, muchos de los sacerdotes, levitas y cabezas de familia ancianos, que habían visto el primer Templo, empezaron a llorar con grandes gemidos" (3,12). Ahora, con la ciudad medio derruida, no había el mismo esplendor… de ahí el tono alentador del profeta: No tendríamos que dejarnos engañar nunca por los agoreros de males, ni vencer por la pereza en nuestra misión de testimonio cristiano. Por una parte, el pesimismo nos seca los ánimos para el trabajo. Y, por otra, como quiera que nos llaman mucho más la atención las cosas inmediatas y visibles, tendemos a descuidar las espirituales. Entonces, lo del pesimismo nos suele venir muy bien de excusa para no poner manos a la obra en la tarea de la evangelización y de la construcción de una sociedad mejor, aunque se trate, como entonces, de reparar paredes ruinosas. Tenemos que escuchar también nosotros las palabras de aliento del profeta Ageo: "ánimo, pueblo entero... no temáis... que Dios está con vosotros y volverá a llenar de gloria este templo". La Iglesia de Jesús tiene futuro. Su Espíritu sigue inspirando y animando. El lenguaje suena a los textos apocalípticos de otros profetas, y también los Padres lo interpretan como un anuncio profético de Cristo y de la Iglesia, como hace S. Cirilo de Alejandría: "La venida de nuestro Salvador en el tiempo fue como la edificación de un templo sobremanera glorioso; este templo, si se compara con el antiguo, es tanto más excelente y preclaro cuanto el culto evangélico de Cristo aventaja al culto de la Ley o cuanto la realidad sobrepasa a sus figuras. Con referencia a ello, creo que puede también afirmarse lo siguiente: El Templo antiguo era uno solo, estaba edificado en un solo lugar y sólo un pueblo podía ofrecer en él sus sacrificios. En cambio, cuando el Unigénito se hizo semejante a nosotros, como el Señor es Dios: él nos ilumina, según dice la Escritura, la tierra se llenó de templos santos y de adoradores innumerables, que veneran sin cesar al Señor, del universo con sus sacrificios espirituales y sus oraciones. Esto es, según mi opinión, lo que anunció Malaquías en nombre de Dios, cuando dijo: Desde el oriente hasta el poniente es grande mi nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrecerá incienso a mi nombre y una oblación pura.

En verdad, la gloria del nuevo templo, es decir, de la Iglesia, es mucho mayor que la del antiguo. Quienes se desviven y trabajan solícitamente en su edificación obtendrán, como premio del Salvador y don del cielo, al mismo Cristo, que es la paz de todos, por medio de quien tenemos acceso al Padre en un solo Espíritu; así lo declara el mismo Señor, cuando dice: En este sitio daré la paz a cuantos trabajen en la edificación de mi templo. De manera parecida, dice también Cristo en otro lugar: Mi paz os doy. Y Pablo, por su parte, explica en qué consiste esta paz que se da a los que aman, cuando dice: La paz de Dios, que está por encima de todo conocimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. También oraba en este mismo sentido el sabio profeta Isaías, cuando decía: Señor, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú. Enriquecidos con la paz de Cristo, fácilmente conservaremos la vida del alma y podremos encaminar nuestra voluntad a la consecución de una vida virtuosa.

Por tanto, podemos decir que se promete la paz a todos los que se consagran a la edificación de este templo, ya sea que su trabajo consista en edificar la Iglesia en el oficio de catequistas de los sagrados misterios, es decir, colocados al frente de la casa de Dios como mistagogos, ya sea que se entreguen a la santificación de sus propias almas, para que resulten piedras vivas y espirituales en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado. Todos estos esfuerzos lograrán, sin duda, su finalidad y quienes actúen de esta forma alcanzarán sin dificultad la salvación de su alma".

El tono mesiánico es más claro aún en el v. 7: "vendrán los tesoros de las naciones", que en hebreo es desear, querer, complacerse en esos tesoros, incluso como traduce la Vulgata "vendrá el Deseado de todas las gentes" (J. Aldazábal, Biblia de Navarra). S. Bernardo excamaba: "abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador. Mira que el Deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta".

-El día veintiuno del séptimo mes, la palabra del Señor se dejó oír por medio del profeta Ageo. Estamos en octubre del 520. Después de un largo período de desaliento los repatriados emprendieron la reconstrucción del Templo. Pero muchos permanecen pesimistas. ¡Apenas han pasado dos meses desde que se empezó la obra! Queda tanto trabajo por hacer que entran ganas de cruzarse de brazos. ¡Esta es, a menudo. nuestra situación, Señor! Por lo tanto, toma la palabra, Señor. ¡Haznos de nuevo valientes!

-Les dirás: ¿queda alguno entre vosotros que haya visto este templo en su primitivo esplendor? Y ¿qué es lo que véis ahora? ¿No es como nada, a vuestros ojos? Dios es realista; no nos pide nunca que cerremos los ojos ante las dificultades. Hay que mirar de frente. «¿Quién se acuerda del pasado?» Está ya tan lejos, tan acabado... que costaría encontrar siquiera a un anciano de noventa años que se acordase de haber visto cómo era el Templo de Salomón, el de su infancia. Siendo así las cosas, lo importante es mirar hacia el futuro. Y el profeta se atreve a decir que el nuevo Templo, ahora en sus penosos fundamentos, superará al viejo Templo. Ageo no imaginaba ser tan certero cuando se decía: ese nuevo Templo durará cerca de quinientos años y presidirá uno de los más puros períodos del judaísmo. Es como si HOY Dios nos dijera: "Dejad de mirar a la Iglesia de ayer... ¡Vamos, ánimo! Construid la Iglesia de los siglos futuros".

-Mas ahora, ¡ten ánimo, Zorobabel! ¡Animo, Josué, sumo sacerdote! ¡Animo, pueblo todo de la tierra! ¡A trabajar! Cuán saludable es para nosotros, Señor, oír estas palabras tuyas que resuenan continuamente en nuestra época. Se reconstruye siempre sobre ruinas. En mi oración, evoco mis proyectos, las tareas que esperan al mundo del mañana, la renovación de la Iglesia contemporánea. Pero repítenos, Señor, las razones sólidas que Tú propones a nuestro desánimo.

-Estoy con vosotros, declara el Señor del universo, según la palabra que pacté con vosotros. Primer motivo de aliento. La presencia de Dios, su proximidad. «Dios con nosotros». Si realmente lo creyéramos así, ¿no es verdad que desaparecería toda desesperanza? ¿Podría Dios fracasar? Nada es imposible a Dios. Y ¡Dios se muestra en las situaciones más desesperadas! La resurrección de Jesucristo, surgiendo vivo de la muerte, es la realización más radical de ello. Oro a partir de las situaciones que estimo por el momento «sin salida». Y creo también, Señor, que Tú estás conmigo... con tu Iglesia... con los oprimidos de cualquier clase.

-Mi espíritu se mantiene en medio de vosotros: no temáis. Dentro de muy poco sacudiré el cielo y la tierra, el mar y los continentes. Segundo motivo de aliento: La intervención escatológica de Dios. Encontramos aquí el lenguaje clásico de los apocalipsis, para significar los grandes actos de Dios preparando el «fin de los tiempos». La historia va hacia su fin: todo crece y converge; hasta que «Dios sea todo en todos». El cosmos entero, cielo, tierra, mar, es remodelado para llegar a ser una nueva creación.

-Sacudiré todas las naciones paganas y llenaré el Templo de esplendor. El esplendor futuro de este Templo superará el primero, y en este lugar os haré don de mi paz. Tercer motivo de aliento: La elevación de los pueblos hacia la unidad en Dios (Noel Quesson).

No es bueno hacer comparaciones, sino esforzarnos porque lo que hagamos sea lo mejor, aun cuando no alcancemos a realizar lo que otros hicieron en otros tiempos. Ciertamente los Israelitas, vueltos del desierto, no contaban con todos los recursos que David había dejado a su hijo Salomón para la construcción del Templo, que se considera como una de las siete maravillas del tiempo antiguo. Quienes lo conocieron y se entristecieron por su destrucción, ahora, al levantar un nuevo santuario en honor del Señor, comparando lo sencillo de este con el esplendor del primero, pueden decir que es muy poca cosa a sus ojos. Sin embargo, no es lo externo, sino el corazón que busca al Señor para darle culto, aun cuando sea en un lugar muy sencillo, lo que importa; por eso hay que vivir con fidelidad a la alianza pactada con el Señor; entonces Él será Dios-con-nosotros, pues su Espíritu estará con nosotros. Al llegar los tiempos Mesiánicos el Señor, finalmente, será el Dios-con-nosotros; el Dios, cuyo Espíritu habita en nosotros como en un templo, sin importar nuestro porte externo, sino nuestro amor fiel que nos lleve a escuchar su Palabra y a ponerla en práctica. Que otros tiempos fueron mejores en el camino de la fe; que no había tantos desórdenes ni tentaciones como ahora se nos presentan; que era más fácil creer; esto no debe desanimarnos, sino por el contrario, hacernos poner el mejor de nuestros empeños, pues, en medio de un mundo de voces contrarias, el Señor nos concede los medios necesarios para que podamos proclamar su Nombre a todas las naciones; y de este esplendor no podía gozar antes la Iglesia; ojalá y lo aprovechemos para que el Señor sea cada vez más conocido y más amado.

2. Digamos con el salmo que habla del deseo del Templo: "Espera en Dios, que volverás a alabarlo... Envía tu luz y tu verdad, que ellas me guíen". Que nunca sea excusa para nuestra pereza la situación del mundo, por decadente que nos parezca. Cuanto más ruinoso esté, más urgente es nuestro trabajo.

Juan Pablo II comenta: "los salmos 41 y 42 constituyen un único canto, marcado en tres partes por la misma antífona: "¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo: Salud de mi rostro, Dios mío" (Sal 41,6.12; 42,5). Estas palabras, en forma de soliloquio, expresan los sentimientos profundos del salmista. Se encuentra lejos de Sión, punto de referencia de su existencia por ser sede privilegiada de la presencia divina y del culto de los fieles. Por eso, siente una soledad hecha de incomprensión e incluso de agresión por parte de los impíos, y agravada por el aislamiento y el silencio de Dios. Sin embargo, el salmista reacciona contra la tristeza con una invitación a la confianza, que se dirige a sí mismo, y con una hermosa afirmación de esperanza: espera poder seguir alabando a Dios, "salud de mi rostro". En el salmo 42, en vez de hablar sólo consigo mismo como en el salmo anterior, el salmista se dirige a Dios y le suplica que lo defienda contra los adversarios. Repitiendo casi literalmente la invocación anunciada en el salmo anterior (cf. Sal 41,10), el orante dirige esta vez efectivamente a Dios su grito desolado: "¿Por qué me rechazas? ¿Por qué voy andando sombrío, hostigado por mi enemigo?" (Sal 42,2).

Con todo, siente ya que el paréntesis oscuro de la lejanía está a punto de cerrarse y expresa la certeza del regreso a Sión para volver al templo de Dios. La ciudad santa ya no es la patria perdida, como acontecía en el lamento del salmo anterior (cf. Sal 41,3-4); ahora es la meta alegre, hacia la cual está en camino. La guía del regreso a Sión será la "verdad" de Dios y su "luz" (cf. Sal 42,3). El Señor mismo será el fin último del viaje. Es invocado como juez y defensor (cf. vv. 1-2). Tres verbos marcan su intervención implorada: "Hazme justicia", "defiende mi causa" y "sálvame" (v. 1). Son como tres estrellas de esperanza, que resplandecen en el cielo tenebroso de la prueba y anuncian la inminente aurora de la salvación. Es significativa la interpretación que san Ambrosio hace de esta experiencia del salmista, aplicándola a Jesús que ora en Getsemaní: "No quiero que te sorprendas de que el profeta diga que su alma estaba turbada, puesto que el mismo Señor Jesús dijo: "Ahora mi alma está turbada". En efecto, quien tomó sobre sí nuestras debilidades, tomó también nuestra sensibilidad, por efecto de la cual estaba triste hasta la muerte, pero no por la muerte. No habría podido provocar tristeza una muerte voluntaria, de la que dependía la felicidad de todos los hombres. (...) Por tanto, estaba triste hasta la muerte, a la espera de que la gracia llegara a cumplirse. Lo demuestra su mismo testimonio, cuando dice de su muerte: "Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!"" (Las Lamentaciones de Job y de David).

Ahora, en la continuación del salmo 42, ante los ojos del salmista está a punto de aparecer la solución tan anhelada: el regreso al manantial de la vida y de la comunión con Dios. La "verdad", o sea, la fidelidad amorosa del Señor, y la "luz", es decir, la revelación de su benevolencia, se representan como mensajeras que Dios mismo enviará del cielo para tomar de la mano al fiel y llevarlo a la meta deseada (cf. Sal 42,3). Es muy elocuente la secuencia de las etapas de acercamiento a Sión y a su centro espiritual. Primero aparece "el monte santo", la colina donde se levantan el templo y la ciudadela de David. Luego entra en el campo "la morada", es decir, el santuario de Sión, con todos los diversos espacios y edificios que lo componen. Por último, viene "el altar de Dios", la sede de los sacrificios y del culto oficial de todo el pueblo. La meta última y decisiva es el Dios de la alegría, el abrazo, la intimidad recuperada con él, antes lejano y silencioso.

En ese momento todo se transforma en canto, alegría y fiesta (cf. v. 4). En el original hebraico se habla del "Dios que es alegría de mi júbilo". Se trata de un modo semítico de hablar para expresar el superlativo: el salmista quiere subrayar que el Señor es la fuente de toda felicidad, la alegría suprema, la plenitud de la paz. La traducción griega de los Setenta recurrió, al parecer, a un término arameo equivalente, que indica la juventud, y tradujo: "al Dios que alegra mi juventud", introduciendo así la idea de la lozanía y la intensidad de la alegría que da el Señor. Por eso, el Salterio latino de la Vulgata, que es traducción del griego, dice: "ad Deum qui laetificat juventutem meam". De esta forma el salmo se rezaba al pie del altar, en la anterior liturgia eucarística, como invocación de introducción al encuentro con el Señor.

El lamento inicial de la antífona de los salmos 41-42 resuena por última vez al final (cf. Sal 42,5). El orante no ha llegado aún al templo de Dios; todavía se halla en la oscuridad de la prueba; pero ya brilla ante sus ojos la luz del encuentro futuro, y sus labios ya gustan el tono del canto de alegría. En este momento la llamada está más marcada por la esperanza. En efecto, san Agustín, comentando nuestro salmo, observa: "Espera en Dios, responderá a su alma aquel que por ella está turbado. (...) Mientras tanto, vive en la esperanza. La esperanza que se ve no es esperanza; pero, si esperamos lo que no vemos, por la paciencia esperamos (cf. Rm 8,24-25)". Entonces el salmo se transforma en la oración del que es peregrino en la tierra y se halla aún en contacto con el mal y el sufrimiento, pero tiene la certeza de que la meta de la historia no es un abismo de muerte, sino el encuentro salvífico con Dios. Esta certeza es aún más fuerte para los cristianos, a los que la carta a los Hebreos proclama: "Vosotros os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, reunión solemne y asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos, y a Dios, juez universal, y a los espíritus de los justos llegados ya a su consumación, y a Jesús, mediador de la nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel" (Hb 12,22-24).

La luz y la verdad del v 3 están personificadas, "luz" en el sentido de amor y salvación, "verdad" en el de fidelidad y justicia. El salmista piensa en el futuro: espera la alegría que le produce la contemplación de la presencia de Dios en el templo, su alabanza; entretanto sabe que Dios es su fuerza (cf J. Escrivá, Cristo que pasa, 80). El alma espera en el Señor (v 5; cf Catecismo, 1115 con cita de S. León). Son palabras que preparan la recepción de la Eucaristía…

3.- Lc 9, 18-22 (ver paralelo Mt 16,13-19). En un primer momento, Cristo quiere obtener una confesión de los Doce sobre su mesianidad. Por boca de Pedro, los apóstoles llegan a confesarla, después de haber descartado las demás hipótesis posibles. Pero esta mesianidad es equívoca en la medida, en que entraña, en el espíritu de los contemporáneos, la idea del restablecimiento del Reino por la violencia y por un juicio de las naciones. En la versión de Lucas aparece la nota de la oración de Jesús. Vamos a ir de la mano de Juan Pablo II, en la carta del nuevo milenio, a adentrarnos –con alguna nota del pasaje de Mt- en este misterio del conocimiento del Redentor: "En realidad, aunque se viese y se tocase su cuerpo, sólo la fe podía franquear el misterio de aquel rostro. Ésta era una experiencia que los discípulos debían haber hecho ya en la vida histórica de Cristo, con las preguntas que afloraban en su mente cada vez que se sentían interpelados por sus gestos y por sus palabras. A Jesús no se llega verdaderamente más que por la fe, a través de un camino cuyas etapas nos presenta el Evangelio en la bien conocida escena de Cesarea de Filipo (cf. Mt 16,13-20). A los discípulos, como haciendo un primer balance de su misión, Jesús les pregunta quién dice la «gente» que es él, recibiendo como respuesta: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas» (Mt 16,14). Respuesta elevada, pero distante aún -¡y cuánto!- de la verdad. El pueblo llega a entrever la dimensión religiosa realmente excepcional de este rabbí que habla de manera fascinante, pero que no consigue encuadrarlo entre los hombres de Dios que marcaron la historia de Israel. En realidad, ¡Jesús es muy distinto! Es precisamente este ulterior grado de conocimiento, que atañe al nivel profundo de su persona, lo que él espera de los «suyos»: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,15). Sólo la fe profesada por Pedro, y con él por la Iglesia de todos los tiempos, llega realmente al corazón, yendo a la profundidad del misterio: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16).

¿Cómo llegó Pedro a esta fe? ¿Y qué se nos pide a nosotros si queremos seguir de modo cada vez más convencido sus pasos? Mateo nos da una indicación clarificadora en las palabras con que Jesús acoge la confesión de Pedro: «No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (16,17). La expresión «carne y sangre» evoca al hombre y el modo común de conocer. Esto, en el caso de Jesús, no basta. Es necesaria una gracia de «revelación» que viene del Padre (cf. ibíd.). Lucas nos ofrece un dato que sigue la misma dirección, haciendo notar que este diálogo con los discípulos se desarrolló mientras Jesús «estaba orando a solas » (Lc 9,18). Ambas indicaciones nos hacen tomar conciencia del hecho de que a la contemplación plena del rostro del Señor no llegamos sólo con nuestras fuerzas, sino dejándonos guiar por la gracia. Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de aquel misterio, que tiene su expresión culminante en la solemne proclamación del evangelista Juan: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14)".

  También Cristo impone antes que nada el silencio a los suyos, sugiriéndoles que no habrá mesianidad sino a través de la muerte y la resurrección. En un momento dado de su ministerio Jesús ha tomado, pues, conciencia de las modalidades en las que iba a ejercerse su mesianidad y ha hecho compartir esta convicción a los suyos. Se advertirá que esta luz le ha sido dada (v. 18) en el curso de un tiempo de oración. En su deseo de responder lo más perfectamente posible a la voluntad de Dios, Jesús quiere que su mesianidad no tenga nada de político ni de desquite (cf. Mt 8, 4-10), sino que sea toda de dulzura y de perdón. Esta opción no es fácil de tomar ni de mantener. Numerosas oposiciones se dirigen contra Jesús, y este no tarda en darse cuenta de que tal elección le conducirá a la muerte (v. 22).

Cabe imaginarse el drama de conciencia de Cristo: se sabe encargado de cumplir con una vocación mesiánica, entiende que ha de cumplirla en la dulzura y con medios pobres y se da cuenta de que no podrá conducir a buen término su obra al intervenir la muerte antes de su realización. ¿Entonces? Sin duda Dios quiere que sea más allá de la muerte cuando Jesús complete con éxito su misión mesiánica. ¡Dios no le abandonará, sin duda, en la muerte! De esta manera Cristo llega a pensar en su resurrección y a proclamarla (v. 22).

Lucas muestra a Cristo en oración cada vez que va a tomar una decisión importante o va a comprometerse en una nueva etapa de su misión (cf. Lc 3, 21; 6, 12; 9, 29; 11, 1; 22, 31-39). Lucas es, en este caso, el único que menciona la oración de Cristo (v. 18) antes de obtener la profesión de fe en los suyos y de anunciarles su Pasión. Así cabe pensar, como en cada una de las demás circunstancias mencionadas por Lucas, que Jesús reza por el cumplimiento de su misión, cuyos contornos no ve más que en la oscuridad. No basta explicar esta actitud de oración en Jesús por el deseo único de dar ejemplo a sus apóstoles. Jesús no ora simplemente con fines edificantes. Si reza es porque realmente el objeto de su oración no le parece cierto: los teólogos que atribuyen a Jesús un conocimiento perfecto del futuro no pueden dar un contenido real a la oración implorante de Jesús: no se reza para que la ley de la gravedad produzca sus efectos.

Si Jesús reza es que el futuro, como es el caso de todo hombre, no está en sus manos, y que la incertidumbre sobre lo que va a pasar reina en su conciencia. La voluntad humana, que es la suya, no tiene en sí misma el poder de realizar su misión; también El pide a Dios luz y ayuda.

La oración de Jesús, es, pues real: significa que El afronta el misterio de la muerte que se perfila en el horizonte de su ministerio en la oscuridad de la conciencia y del saber humanos.

Si la oración de Jesús demuestra la realidad de su humanidad, no deja de ser un signo de su divinidad. La oración es, en efecto, imposible para el hombre, ya que no es un discurso que se dirige a Dios como un objeto. Tiene a Dios por sujeto, que conoce esta profundidad en nosotros que debemos obtener para orar, pero que no podemos alcanzar si no es con la ayuda de su Espíritu (Rom 8, 26-27). Que Jesús pueda reunir en su oración la profundidad de su persona, donde se establece su vocación mesiánica es el índice de que dispone del Espíritu de su Padre (Maertens-Frisque).

¿Quién es Jesús? Inquieto por el revuelo suscitado en su provincia por aquel hombre, Herodes plantea la cuestión. Es verdad que no es un miembro de la Iglesia, pero su pregunta encuentra eco en el corazón de los discípulos. También ellos se interrogan: ¿quién es ese Jesús en quien han puesto su fe? Pedro responde: "El Mesías de Dios". Pero con ello no todo queda resuelto, ya que la fe no se limita a una adhesión intelectual, sino que suscita un compromiso personal. ¿Quién es ese Jesús por el que yo me comprometo? El evangelio responde con el anuncio de la pasión. Jesús es el hombre nuevo, totalmente entregado a la voluntad del Padre: tiene que llegar hasta el fondo el compromiso tomado en la sinagoga de Nazaret. Para Jesús, obedecer es ser hijo, sin condiciones. "¿Quién soy yo para ti?". Para ti, no para la gente. Para ti, personalmente, por encima de las respuestas hecha. Una pregunta delicada. Nos gustaría hacérsela a otros, pero vacilamos. ¿No vas a encerrarme en una definición demasiado rápida, a darme un nombre que apenas comprendes o malentiendes, a reducir el misterio de mi riqueza, del que quizá ni siquiera yo conozco toda su profundidad? Me responderás:"Tú eres mi hijo..., mi amigo..., mi dueño..., mi amor...". Y lo soy. Pero soy también algo más, otra cosa distinta.... Sí, es difícil conocer al otro sin herirle. "¿Quién soy yo para vosotros?" Jesús se arriesga a interrogarnos. Las respuestas abundan. Se han escrito libros enteros para darlas. ¿Jesús? Un profeta asesinado, el Sagrado Corazón, verdadero Dios y verdadero hombre, super-star... Jesús impone silencio... Es difícil conocer a Dios sin herirle. Jesús estaba en oración cuando planteó esta cuestión. En la verdad de su ser y de su existencia, El puede decir que conoce a Dios. "¡Padre, Abbá!". Puede decir ese nombre sin herir a Dios, porque El se deja herir por ese nombre: "¡Padre, hágase tu voluntad!". En el Calvario Jesús mostrará hasta dónde le ha llevado su respuesta. En la hora de su pasión será cuando pueda decir de verdad: "Padre, les he dado a conocer tu nombre". Conocer a Dios es una pasión; un amor inmenso y un profundo sufrimiento a la vez. Conocer a Dios es una vocación, una llamada: "El que quiera venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo". Hacerse discípulo es una cuestión de opción y de obediencia.

Es un opción. Será discípulo el hombre que se haya visto tocado en su corazón por una palabra que lo desborda. La vocación es una prueba, ya que la llamada quema como una urgencia, es radical como un juicio. Ser discípulo es abrirse a una pregunta, dejarse cuestionar. Sin más seguridad que la gracia para salir vencedor de la prueba.

Y es una obediencia. Será discípulo aquel que se entusiasme con el don recibido. A todos los que tienen sed de Dios, del Dios de vida, Jesús les da su Espíritu: por el bautismo nos hemos revestido de Cristo; nosotros le pertenecemos. Nuestra vocación es una iniciación. Conocer a Dios será siempre un nuevo nacimiento. Pedro no podrá decir de verdad el nombre de Jesús más que después de su negación y de la Pascua: "Tú lo sabes todo; tú sabes que te amo". Aquel día, en vez de imponerle silencio, Jesús le alentará en su vocación de afianzar a sus hermanos. "¿Quién soy yo..?". ¿Quién nos dirá, pues, el nombre de Dios, sino la herida que El mismo ha abierto en nuestro corazón con el deseo de conocerle? (Dios cada dia, Sal terrae).

-Un día, mientras Jesús estaba orando en un lugar solitario, estaban con El los discípulos... Jesús se pone en oración siempre que va a suceder algo importante, cada vez que un viraje decisivo asoma en su vida humana. Estamos siempre tentados de no tomarnos en serio esa oración, porque más o menos decimos: "pero, vamos a ver, era el Hijo de Dios ¿qué necesidad tenía de orar?..." O bien minimizamos la densidad de esa oración, reduciéndola a ser sólo un modelo para nosotros: "Jesús oró para enseñar a sus discípulos a hacerlo..." En fin nos aventuramos a refugiarnos en la "visión beatifica" y decimos: "siendo Hijo de Dios vivía continua y fácilmente en la contemplación íntima de su Padre, estaba en constante oración... Ahora bien, los momentos en los que Lucas afirma que Jesús oró, son, evidentemente, todos ellos momentos de gran tensión humana: la oración de Jesús era, humanamente, una oración real... pedía efectivamente la ayuda de su Padre a fin de tener la fuerza humana necesaria para poder realizar su misión... no representaba una farsa, realmente buscaba luz y valor.

-Les preguntó: "¿Quién dice la gente que soy Yo?" Contestaron ellos: "Juan Bautista. Otros, en cambio, que Elías, y otros un profeta de los antiguos, que ha resucitado." Encontramos de nuevo los mismos fenómenos de opinión pública.

-Jesús les preguntó; "Y vosotros, ¿quién decís que soy?" Jesús les pide una respuesta personal. ¡Hay que tomar posición! Pues no basta ir repitiendo las opiniones oídas, si uno no se compromete personalmente. Jesús oró en primer lugar por esto: se encontraba ante la incertidumbre respecto de sus amigos. ¿Lo seguirían verdaderamente? ¿Vacilarían solamente, no dirían "ni sí ni no", como tantos contemporáneos?

-Pedro contestó: "El Mesías de Dios." Se podría traducir por: "el Ungido de Dios", "el Cristo de Dios". Esto era lo que Jesús había ya afirmado al principio de su ministerio, cuando leyó, en la sinagoga de Nazaret, el pasaje de Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha conferido la unción para llevar la buena nueva a los pobres" (Lc 4, 18). Ahora Pedro, después de estar un año viviendo con Jesús, lo reconoce en nombre de los Doce. Sobre Jesús, sobre su persona, sobre su identidad profunda, sólo podemos atenernos a lo que El nos ha revelado de sí mismo. Señor, dinos "quién eres". Y concédenos tener plena confianza en ti.

-Pero Jesús les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Lo hemos visto en San Marcos, los sueños populares sobre el Mesías eran demasiado políticos y revanchistas. Jesús no quería representar el papel de Mesías potente y victorioso. Pide que no se diga que El es el Mesías... antes de la Pasión y Resurrección. Y nosotros, ¿qué papel pedimos a Jesús? ¿Estamos dispuestos a seguirlo desinteresadamente?

-Y añadió: "Es preciso que el Hijo del hombre padezca mucho, sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los letrados, sea ejecutado y resucite al tercer día." Jesús ha rezado también por todo esto: siendo consciente de que iba a desempeñar ese papel de "mesías sufriente" veía perfilarse su muerte sobre el horizonte de su juventud. Si habló de ello este día, inmediatamente después de la profesión de Fe de Pedro fue porque lo había estado pensando más en la oración que precedió al diálogo. En fin, probablemente Jesús oró también para que sus apóstoles no se quedaran demasiado vacilantes ante ese anuncio dramático. Señor, que esté seguro de que continúas orando por nosotros, para que nuestra Fe no vacile. Gracias (Noel Quesson).

Nosotros, los del siglo XXI, vivimos en la época de la exploración espacial, de la macro y microfísica, y de la física atómica. El hombre es cada vez más dominador del universo; pero ya no tiene la ingenuidad del científico del siglo XIX; las leyes físicas aparentemente poseídas quedan falsadas con cualquier nuevo e inesperado descubrimiento. Sigue habiendo quien califique la maravilla cósmica o humana de "chiripa de la naturaleza"; ya no funcionan apodícticamente los silogismos de "a Dios por la ciencia", y la secularidad y autonomía humana en el dominio del universo es legítima. Pero el dotado de espíritu poético tiene la suerte de trascender las fórmulas físicas; y el creyente, además de ver las cosas, ve a través de ellas, percibe la inabarcable huella de Dios en ellas (Severiano Blanco). Hay algo misterioso en el Evangelio de hoy que nos hace entrever que la fe de Pedro y la nuestra tiene algo que ver con aquella oración de Jesús… La escena del evangelio de hoy está enmarcada en un contexto de oración. Estaba orando a solas: Basta saber que Jesús cultivaba la soledad, para comprender que es bueno hacer lo mismo, y que en ello se encuentra un tesoro…

¿Quién es Jesús para nosotros? No podemos responder a esa pregunta con palabras magistrales nacidas del estudio. Nuestra respuesta debe ser muy sencilla; nacida de la vida, de lo que realmente hemos experimentado de Él; de cómo le hemos permitido entrar en nuestra vida y darle un cambio a nuestro ser y actuar; o, por desgracia, de cómo lo hemos ignorado o, peor, aún, de cómo lo hemos expulsado de nuestra vida para poder llevar una existencia conforme a nuestros caprichos e inclinaciones equivocadas. Cuando el Señor nos dice: Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los anciano, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día, nos está dando a conocer qué somos nosotros para Él; ante Él valemos el precio de su sangre, de su muerte, de su resurrección. Él nos ama de tal manera que ha salido a nuestro encuentro para ofrecernos el perdón y darnos la oportunidad de participar de su Gloria a la diestra de su Padre. El quiere, así, que seamos sus amigos y hermanos, de su misma sangre, disfrutando de la misma herencia que le corresponde como Hijo. Ojalá y el Señor también signifique mucho en nuestra existencia, y aceptando en nosotros su Vida, y dejándonos guiar por su Espíritu no sólo digamos que Él es el Mesías, el Hijo de Dios Vivo, el Salvador, sino que esa realidad de fe nos ayude a darle un nuevo sentido a nuestra existencia y a convertirnos en testigos de su amor en medio de nuestros hermanos.

El Señor nos manifiesta su amor hasta el extremo en este Memorial de su Pascua; Él sigue amándonos y confiando en nosotros; Él continúa llamándonos para que estemos con Él en este momento de soledad, convertido en momento de soledad sonora por estar en un diálogo de amor con Él. Así como Jesús se retiró con sus discípulos a un lugar solitario a orar, así ahora estamos solos con Él para que en un encuentro personal podamos responder a su cuestionamiento sobre lo que Él significa en nuestra vida. Este momento de encuentro entre Dios y nosotros no puede reducirse a un desgranar oraciones por costumbre; es el momento de tomar conciencia de lo que Dios es en nuestra vida y de lo que nosotros somos para Dios.

Abramos todo nuestro ser para que en Él habite el Señor; entonces será posible esa Comunión de Vida entre Él y nosotros; y nuestro volver a la vida ordinaria será un ir como criaturas renovadas que podrán manifestar su fe viviendo a la altura de hijos de Dios y esforzándose para que el Reino de Dios se haga realidad en medio de las actividades de los hombres, reinando la paz, la justicia, la bondad, la fraternidad, la alegría, la solidaridad. Entonces, en verdad, no sólo habremos venido a visitar a Cristo, sino que Él irá con nosotros e impulsará nuestra vida para que trabajemos de tal forma que no sólo anunciemos su Evangelio con los labios, sino que nosotros mismos nos convirtamos en una Buena Noticia del amor salvador de Dios para todos los pueblos.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir nuestra fe en Cristo como un esfuerzo constante que nos lleve a hacer de nuestro mundo un signo verdadero del Reino del amor, de la justicia y de la paz que Dios nos ha ofrecido en Cristo Jesús, Señor nuestro. Amén ( www.homiliacatolica.com).