viernes, 13 de noviembre de 2009

Jueves de la 25ª semana de Tiempo Ordinario. Alabar a Dios es ensalzarnos a nosotros también, pues nos hacemos grandes al glorificar al Señor. Jesús es la gloria del Padre encarnada, y vamos conociendo su misterio al tratarle

 

 

Comienzo de la profecía de Ageo 1,1-8. El año segundo del rey Darío, el mes sexto, el día primero, vino la palabra del Señor, por medio del profeta Ageo, a Zorobabel, hijo de Salatiel, gobernador de Judea, y a Josué, hijo de Josadak, sumo sacerdote: «Así dice el Señor de los ejércitos: Este pueblo anda diciendo: "Todavía no es tiempo de reconstruir el templo."» La palabra del Señor vino por medio del profeta Ageo: «¿De modo que es tiempo de vivir en casas revestidas de madera, mientras el templo está en ruinas? Pues ahora -dice el Señor de los ejércitos meditad vuestra situación: sembrasteis mucho, y cosechasteis poco, comisteis sin saciaros, bebisteis sin apagar la sed, os vestisteis sin abrigaros, y el que trabaja a sueldo recibe la paga en bolsa rota. Así dice el Señor: Meditad en vuestra situación: subid al monte, traed maderos, construid el templo, para que pueda complacerme y mostrar mi gloria -dice el Señor-.»

 

Salmo 149,1-2.3-4.5-6a y 9b. R. El Señor ama a su pueblo.

Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles; que se alegre Israel por su Creador, los hijos de Sión por su Rey.

Alabad su nombre con danzas, cantadle con tambores y cítaras; porque el Señor ama a su pueblo y adorna con la victoria a los humildes.

Que los fieles festejen su gloria y canten jubilosos en filas: con vítores a Dios en la boca; es un honor para todos sus fieles.

 

Evangelio según san Lucas 9,7-9. En aquel tiempo, el virrey Herodes se enteró de lo que pasaba y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado, otros que habla aparecido Elías, y otros que habla vuelto a la vida uno de los antiguos profetas. Herodes se decía: -«A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?» Y tenía ganas de ver a Jesús.

 

Comentario: 1.- Ag 1,1-8. Durante el cautiverio en Babilonia, Ezequiel había exhortado a los judíos a rendir a Yahvé un culto purificado en un nuevo templo. Era natural, pues, que una vez llegados a Jerusalén se pusiesen pronto manos a la obra y edificasen un altar (Esd 3,1s). Pero no era suficiente la mera ilusión y buena voluntad. Los problemas a resolver eran muchos y graves: la animosidad de los samaritanos, las malas cosechas, las rivalidades interiores... Las obras de reconstrucción del templo fueron abandonadas apenas se iniciaron. Esperando tiempos mejores el pueblo pensaba: «Todavía no ha llegado el momento de reedificar el templo de Yahvé» (v 2).

En el año 522 Cambises se suicidaba al tener conocimiento de una sublevación contra él. Darío, su sucesor, tardó dos años en reprimir las revueltas que surgen en todo el Imperio. Este período de recelos y de represalias da ocasión a Ageo para que invite a su pueblo a poner la confianza en Dios, señor de la historia. El libro de Ageo consta de cuatro discursos, de los que hoy leemos dos. El primero (1,1-15) está fechado en la segunda mitad del mes de agosto del año 520, y es una descripción de los esfuerzos del profeta para conseguir la reconstrucción del templo. No es que no haya recursos, ya que existen para construir casas bastante lujosas. Lo que hay es pereza y poca voluntad. Los hombres de todos los tiempos somos los mismos: y cuando aducimos muchas razones para justificar algo quiere decir, normalmente, que no tenemos ninguna y sí, en cambio, muchas excusas. El discurso apela luego a la experiencia: una tarea no bendecida por Dios no puede ser fructífera. Una afirmación con valor especial para nuestros tiempos en que la eficacia y la productividad tienen tan gran aprecio. El éxito de su misión fue inmediato: veintitrés días después empiezan las obras. Es un caso único en la historia del profetismo. Tengamos en cuenta, sin embargo, que Ageo no pedía una gran reforma interior, sino tan sólo la reconstrucción de un edificio.

En el segundo discurso (2,1-9) el profeta anuncia que, a pesar de las apariencias, el nuevo templo será superior al antiguo. En el reino mesiánico cabrán las riquezas, es decir, los valores de todos los pueblos. También los gentiles contribuirán a la salvación del mundo. Esto es válido para todos los pueblos y para todos los tiempos (J. Aragonés Llebaria).

Ageo fue profeta precisamente en este período de la vuelta del destierro, junto con otros personajes clave como Zorobabel o Josué. Levantó su voz porque los recién vueltos no parecían tener mucha prisa en reconstruir el templo. El profeta les anima a que todos colaboren en la tarea, que es urgente, para que sirva como punto de referencia para todas las demás dimensiones de la reconstrucción nacional. Ya habían transcurrido dieciocho años de la vuelta del destierro. Se ve que las casas propias sí las habían reconstruido, y bien. Pero el templo, no. La reconstrucción del Templo es signo de vitalidad religiosa del pueblo, construir la Casa de Dios, por eso las palabras claves son: este es el "momento", para construir "la casa", y hay que "reflexionar"… la idea conecta con los salmos (132,13-14: "porque el Señor ha elegido a Sión, la ha preferido como su morada: éste es el lugar de mi reposo para siempre"). Pasaba lo contrario que con David, que tomó la decisión de construir el templo porque le sabía mal vivir en una casa lujosa, sin haber edificado antes un templo en honor de Yahvé. Aunque el profeta le disuadió de la idea, que llevaría a cabo su hijo Salomón. Ageo dice a sus contemporáneos que el templo -símbolo de los valores religiosos- debe tener prioridad en esta tarea de la nueva instalación en Judá. Lo que le sucedió a Israel se debió, en gran parte, a su infidelidad a la Alianza. Ageo quiere que no se repita la historia, descuidando la vida de fe. ¡Manos a la obra!

Los valores éticos y religiosos son, también hoy, sintomáticos para saber cómo entendemos la historia y el futuro de la sociedad. Aunque lo cierto es que nos atrae más lo aparente y lo material, y sentimos pereza por lo espiritual. No se trata sólo -como tampoco era el caso en tiempos de Ageo- de levantar materialmente las paredes de un edificio. Sino de renovar la actitud de Alianza con Dios y las costumbres coherentes con ella. De no dejarse llevar sólo por intereses materialistas, sino de cuidar también los valores humanos y religiosos, según el proyecto de Dios. La prosperidad económica es importante, pero no es lo principal en la vida de una persona o de una comunidad. Todos estamos empeñados en alguna clase de construcción o reconstrucción, en el nivel personal o el comunitario: no descuidemos los aspectos religiosos, porque son básicos. Jesús nos dijo que el que construye sobre su Palabra es el que construye sobre roca. Si no, estamos edificando sobre arena. Y entonces nuestra casa está destinada a la ruina.

-El año segundo del reinado de Darío, el primer día del sexto mes fue dirigida la palabra del Señor por medio del profeta Ageo... La Palabra del Señor no es intemporal. Se inscribe, se encarna en fecha determinada, en una realidad concreta. Ageo comienza su ministerio el 1.° de agosto del año 520. Durante cinco meses, hasta el fin de diciembre, hablará en una plaza de Jerusalén. Hoy… Dios tiene algo que decirme.

-La palabra de Dios fue dirigida a Zorababel, gobernador de Judá y a Josué, sumo sacerdote. Zorobabel no es más que un sencillo funcionario, uno sobre doscientos cincuenta en el conjunto de la inmensa administración persa. Josué es un humilde servidor de un Templo ruinoso. Desde el retorno del cautiverio han pasado dieciocho años que se han empleado en instalarse materialmente: Dios es el gran olvidado... Si Dios toma la palabra, lo hace en primer lugar a través de las situaciones, de los acontecimientos.

-Así habla el Señor del universo: este pueblo dice: «Todavía no ha llegado el momento de reedificar la Casa del Señor...» ¿No es esta también la actitud del mundo moderno y la mía? ¡Vivir primero, trabajar primero, ganar dinero primero... orar después! No se tiene tiempo de ir a misa, usted lo comprende. ¡Hay tantas cosas que preparar los fines de semana!... ¿Cómo puedo rezar todos los días si no tengo un minuto? -Mirad lo que contestó el Señor: "¿Es acaso para vosotros el momento de instalaros en vuestras casas lujosas, mientras mi Casa está en ruinas?" ¡Pues. sí! los judíos que regresaron del exilio comenzaron por construirse hermosas casas confortables. Y durante esos años el Templo es un montón de piedras calcinadas. ¡Dios es el último en ser servido!

-Reflexionad sobre vuestra situación: Habéis sembrado mucho, pero la cosecha es poca. Habéis comido, pero sin quitaros el hambre. Habéis bebido, pero sin quitaros la sed. Os habéis vestido, mas sin calentaros. Y el obrero que ha ganado su salario, lo mete en bolsa rota... Son imágenes que interrogan. ¡Trabajáis! ¡os matáis trabajando! Pero ¿para qué, en el fondo? En el fondo vuestra vida no tiene sentido. Trabajar, consumir, ¿para qué? ¡si no hay una finalidad más esencial en todo ello! Comer, beber, ganar dinero. Esto no basta al hombre. Le deja con su hambre y su sed.

-Reflexionad sobre lo que debéis hacer. Dos veces se ha pronunciado esa palabra: «¡reflexionad!» Sí, se trata de superar lo inmediato, hay que ir más lejos. Hay que pensar, reflexionar.

-Subid a la montaña, traed madera para reedificar la Casa de Dios; y Yo la aceptaré gustoso y me sentiré honrado. Palabra del Señor. ¡Despertaos! Manos a la obra. Disponed un lugar para Dios en vuestra vida. Que sea el centro. Reconstruid una «Presencia» de Dios en el corazón de vuestra ciudad, en el corazón de vuestra vida. Se trata, en efecto, de rehacer, sin cesar, la unidad entre «vida» y «rito» (Noel Quesson).

No sólo nos hemos de preocupar de que el lugar de culto sea digno; sino que, especialmente, nos hemos de preocupar de ser nosotros mismos una digna morada del Señor, ya que Él habita en nosotros como en un templo. Cuando uno mismo busca sólo sus propios intereses, está provocando la pobreza y miseria de los demás. Si en verdad dejamos que el Señor tome posesión de nuestra vida, Él se convertirá en luz que ilumine, desde nosotros, el caminar de quienes nos rodean. Tratemos, por eso, de darle cabida a Dios en nosotros, pues Él mismo, nos envió a su propio Hijo para que nuestras viejas ruinas de maldad y de muerte desaparecieran y surgiera una humanidad nueva, capaz de vivir y caminar en el amor. Ojalá y no nos aferremos a todo aquello que en lugar de renovarnos nos destruye y nos hace vivir encerrados en nuestro egoísmo, incapaces de contemplar a nuestro prójimo en su dolor para tenderle la mano y generar, así, una vida más justa y más digna. Que la Iglesia sea signo de unidad, de paz y de amor fraterno. Esa es nuestra misión; vivámosla con gran responsabilidad.

2. Sal 149. Es una continuación a lo dicho, pero en forma de oracion: proclamar el nombre del Señor: "Que los fieles festejen su gloria, y canten jubilosos en filas". Juan Pablo II comenta: "Esta invitación del salmo 149, remite a un alba que está a punto de despuntar y encuentra a los fieles dispuestos a entonar su alabanza matutina. El salmo, con una expresión significativa, define esa alabanza "un cántico nuevo" (v. 1), es decir, un himno solemne y perfecto, adecuado para los últimos días, en los que el Señor reunirá a los justos en un mundo renovado. Todo el salmo está impregnado de un clima de fiesta, inaugurado ya con el Aleluya inicial y acompasado luego con cantos, alabanzas, alegría, danzas y el son de tímpanos y cítaras. La oración que este salmo inspira es la acción de gracias de un corazón lleno de júbilo religioso.

En el original hebreo del himno, a los protagonistas del salmo se les llama con dos términos característicos de la espiritualidad del Antiguo Testamento. Tres veces se les define ante todo como hasidim (vv 1,5 y 9), es decir, "los piadosos, los fieles", los que responden con fidelidad y amor (hesed) al amor paternal del Señor. La segunda parte del salmo resulta sorprendente, porque abunda en expresiones bélicas. Resulta extraño que, en un mismo versículo, el salmo ponga juntamente "vítores a Dios en la boca" y "espadas de dos filos en las manos" (v 6). Reflexionando, podemos comprender el porqué: el salmo fue compuesto para "fieles" que militaban en una guerra de liberación; combatían para librar a su pueblo oprimido y devolverle la posibilidad de servir a Dios. Durante la época de los Macabeos, en el siglo II a. C., los que combatían por la libertad y por la fe, sometidos a dura represión por parte del poder helenístico, se llamaban precisamente hasidim, "los fieles" a la palabra de Dios y a las tradiciones de los padres.

Desde la perspectiva actual de nuestra oración, esta simbología bélica resulta una imagen de nuestro compromiso de creyentes que, después de cantar a Dios la alabanza matutina, andamos por los caminos del mundo, en medio del mal y de la injusticia. Por desgracia, las fuerzas que se oponen al reino de Dios son formidables: el salmista habla de "pueblos, naciones, reyes y nobles". A pesar de todo, mantiene la confianza, porque sabe que a su lado está el Señor, que es el auténtico Rey de la historia (v. 2). Por consiguiente, su victoria sobre el mal es segura y será el triunfo del amor. En esta lucha participan todos los hasidim, todos los fieles y los justos, que, con la fuerza del Espíritu, llevan a término la obra admirable llamada reino de Dios.

San Agustín, tomando como punto de partida el hecho de que el salmo habla de "coro" y de "tímpanos y cítaras", comenta: "¿Qué es lo que constituye un coro? (...) El coro es un conjunto de personas que cantan juntas. Si cantamos en coro debemos cantar con armonía. Cuando se canta en coro, incluso una sola voz desentonada molesta al que oye y crea confusión en el coro mismo". Luego, refiriéndose a los instrumentos utilizados por el salmista, se pregunta: "¿Por qué el salmista usa el tímpano y el salterio?". Responde: "Para que no sólo la voz alabe al Señor, sino también las obras. Cuando se utilizan el tímpano y el salterio, las manos se armonizan con la voz. Eso es lo que debes hacer tú. Cuando cantes el aleluya, debes dar pan al hambriento, vestir al desnudo y acoger al peregrino. Si lo haces, no sólo canta la voz, sino que también las manos se armonizan con la voz, pues las palabras concuerdan con las obras".

Hay un segundo vocablo con el que se definen los orantes de este salmo: son los anawim, es decir, "los pobres, los humildes" (v. 4). Esta expresión es muy frecuente en el Salterio y no sólo indica a los oprimidos, a los pobres y a los perseguidos por la justicia, sino también a los que, siendo fieles a los compromisos morales de la alianza con Dios, son marginados por los que escogen la violencia, la riqueza y la prepotencia. Desde esta perspectiva se comprende que los "pobres" no sólo constituyen una clase social, sino también una opción espiritual. Este es el sentido de la célebre primera bienaventuranza: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos" (Mt 5,3). Ya el profeta Sofonías se dirigía así a los anawim: "Buscad al Señor, vosotros todos, humildes de la tierra, que cumplís sus normas; buscad la justicia, buscad la humildad; quizá encontréis cobijo el día de la cólera del Señor" (So 2,3).

Ahora bien, el "día de la cólera del Señor" es precisamente el que se describe en la segunda parte del salmo, cuando los "pobres" se ponen de parte de Dios para luchar contra el mal. Por sí mismos, no tienen la fuerza suficiente, ni los medios, ni las estrategias necesarias para oponerse a la irrupción del mal. Sin embargo, la frase del salmista es categórica: "El Señor ama a su pueblo, y adorna con la victoria a los humildes (anawim)" (v. 4). Se cumple idealmente lo que el apóstol san Pablo declara a los Corintios: "Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es" (1 Co 1,28). Con esta confianza "los hijos de Sión" (v. 2), hasidim y anawim, es decir, los fieles y los pobres, se disponen a vivir su testimonio en el mundo y en la historia. El canto de María recogido en el evangelio de san Lucas -el Magníficat- es el eco de los mejores sentimientos de los "hijos de Sión": alabanza jubilosa a Dios Salvador, acción de gracias por las obras grandes que ha hecho por ella el Todopoderoso, lucha contra las fuerzas del mal, solidaridad con los pobres y fidelidad al Dios de la alianza (cf. Lc 1,46-55)".

3.- Lc 9,7-9. La fama de Jesús se extiende y llega a oídos de Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y Perea, el asesino de Juan el Bautista. Este Herodes era hijo de Herodes el Grande, el de los inocentes de Belén. Su actitud parece muy superficial, de mera curiosidad. Está perplejo, porque ha oído que algunos consideran que Jesús es Juan resucitado, al que él había mandado decapitar. Este Herodes es el que más tarde dice Lucas que amenaza con deshacerse de Jesús y recibe de éste una dura respuesta: "id y decid a ese zorro..." (Lc 13,31-32). En la pasión, Jesús, que había contestado a Pilato, no quiso, por el contrario, decir ni una palabra en presencia de Herodes, que seguía deseando verle, por las cosas que oía de él "y esperaba presenciar alguna señal o milagro" (Lc 23,8-12).

Ante Jesús siempre ha habido reacciones diversas, más o menos superficiales. Entonces unos creían que era Elías, que ya se había anunciado que volvería (Jesús afirmó claramente que este anuncio de Malaquías 3,23 se había cumplido con la venida del Bautista, su Precursor). Otros, que había resucitado Juan o alguno de los antiguos profetas. Por parte de Herodes, el interés se debe a su deseo por presenciar algo espectacular. Otros reaccionaron totalmente en contra, con decidida voluntad de eliminarlo. En el mundo de hoy, por parte de algunos, también hay curiosidad y poco más. Si lo vieran por la calle, le pedirían un autógrafo, pero no se interesarían por su mensaje. Otros buscan lo maravilloso y milagrero, cosa que no gustaba nada a Jesús: "esta generación malvada pide señales". Para otros, Jesús ni existe. Otros le consideran un "superstar", o un gran hombre, o un admirable maestro. Otros se oponen radicalmente a su mensaje, como pasó entonces y ha seguido sucediendo durante dos mil años. Abunda la literatura sobre Jesús, que siempre ha sido una figura apasionante. Una literatura que en muchos casos es morbosa y comercial. Sólo los que se acercan a él con fe y sencillez de corazón logran entender poco a poco su identidad como enviado de Dios y su misión salvadora. Nosotros somos de éstos. Pero ¿ayudamos también a otros a enterarse de toda la riqueza de Jesús? Son muchas las personas, jóvenes y mayores, que también en nuestra generación "desean ver a Jesús", aunque a veces no se den cuenta a quién están buscando en verdad. Nosotros deberíamos dar testimonio, con nuestra vida y nuestra palabra oportuna, de que Jesús es la respuesta plena de Dios a todas nuestras búsquedas (J. Aldazábal).

Curiosamente, la pregunta de Herodes se inscribe entre el relato de la misión de los Doce y el de la multiplicación de los panes. "¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?" Herodes se interroga: ¡han nacido tantos movimiento sediciosos en esa Galilea que le ha tocado gobernar! Sin embargo, su pregunta tiene otra profundidad; efectivamente, coincide con la de todos los que se sienten interpelados por la persona de Jesús y por el testimonio de los discípulos. ¿Quién es ese hombre que envía emisarios y que conmociona los espíritus? Se hablaba de el, se contaban mil cosas sobre El, se ponían en sus labios palabras que sin duda eran inverosímiles, se le atribuían hechos que eran exagerados por el entusiasmo popular y el fervor de las pasiones... A Herodes le picaba la curiosidad. Y aquel poderoso, que debía el trono al favor de los ocupantes, quería ver a aquel individuo un tanto exótico en una Galilea demasiado provinciana. La sabiduría popular dice que hay curiosidades malsanas... Cuando permiten abusar de un poder que ellas mismas han atribuido injustamente. Cuando alimentan el escándalo que ellas mismas explotan. Cuando se detienen en lo accesorio, erigiéndolo en lo esencial. Herodes quería ver a Jesús para exhibirlo en su corte como se exhíbe un bufón: ¡ah, si pudiera ver un milagro! (cf. Lc 23, 9). Sin embargo, la curiosidad es, quizás, el primer paso para el encuentro y para la fe. El asombro, la sorpresa, la provocación son el pórtico que nos introduce en el descubrimiento de los laberintos de la casa y que nos inicia en el misterio de una morada. Curiosidad es sinónimo de descubrimiento; es tensión hacia un objeto entrevisto, deseado. ¡Ay del amor si no es curioso! el fuego que no se aviva, está ya muerto.

¿Sentís curiosidad por Jesús? De la fe se ha dicho que es fuerte si es certeza y seguridad. Se la ha reducido a confesar unas definiciones sin alma y a reconocerse en unos dogmas fríos y secos. La fe es curiosidad, es decir, asombro que compromete a arriesgarse en la aventura, en un encuentro entrevisto y, en consecuencia, deseado. La fe es curiosidad, de forma que la duda le es indispensable. La incertidumbre y la incomprensión no son la cara contradictoria de la fe, el otro aspecto que se opondría a ella como se opone el negro al blanco. La incertidumbre y la incomprensión pertenecen al terreno de la fe como el hueco que espera ser llenado, como la espera que aguarda el encuentro, como el hambre que se alimenta con lo que pueda satisfacerla.

Dios de eterna juventud, / aviva en nosotros la sed de conocerte / y el deseo de descubrirte. // Haznos sentir curiosidad por tu palabra: / que ella nos inicie en tu misterio / sin agotar el gozo del encuentro siempre nuevo, / incluso en los siglos sin fin (Dios cada día, Sal terrae).

-Herodes, príncipe de Galilea, se enteró de lo que pasaba acerca de Jesús. La fama de Jesús crece y se extiende. Los fenómenos de opinión pública han adquirido hoy mucha importancia con la radio, la televisión, la prensa. Esto es un hecho. ¿Les presto atención?

-Y estaba perplejo. Ante todas las informaciones que llegan a nosotros, también nos encontramos a menudo perplejos. La opinión pública aporta lo mejor y lo peor, como un río que trae a la vez el agua vivificante y los venenos de la polución. Para todo lo referente a la vida de la Iglesia, en particular, las informaciones sólo pueden darnos lo exterior de las circunstancias; por lo tanto, cada vez más, los cristianos deben habituarse a saber elegir y a interpretar con prudencia los acontecimientos. Herodes, ante el barullo de voces que circulaban acerca de Jesús, "estaba perplejo".

-Porque unos decían: "Es Juan Bautista que ha resucitado de entre los muertos." Otros decían: "Es Elías que ha aparecido de nuevo." Y otros: "Es uno de los antiguos Profetas que ha vuelto a la vida." El pueblo es fácilmente crédulo; acepta sin dificultad lo maravilloso. Además, entre los judíos de entonces, la espera del tiempo escatológico era intensamente vivida, de modo que interpretaban fácilmente los hechos como signos precursores del Mesías. Ese pueblo, sorprendente en tantos aspectos, no podía prescindir de los profetas, esos hombres "que hablan en nombre de Dios". Y como no los había, desde mucho tiempo, se esperaba con avidez que Dios rompiera su mutismo y se pudiera oir su potente Voz de la boca de algún hombre inspirado. De ahí el clamor de: ¡Que se levante un nuevo Moisés, un nuevo Elías! Esto nos muestra al menos que para sus contemporáneos Jesús apareció primero como un profeta... un portavoz de Dios... alguien que comenta los acontecimientos para sacar de ellos el sentido divino que contienen. La Iglesia primitiva conoció ese "don de profecía" (Mt 7,22; 10,41; Hch 11,27-28; 13,1; 15,32; 21,9; 1 Cor 12,29; 14,1). Y San Pablo llegará incluso a recomendar a sus fieles "que aspiren al don de profecía" (1 Cor  14,39). La Iglesia, en efecto, prolonga la actividad profética de Jesús en cuanto que, como El, habla verdaderamente en nombre de Dios e interpreta los "signos de los tiempos". ¿Presto atención a los profetas que Dios continúa enviando? ¿Soy dócil a las palabras proféticas y a los actos inspirados de la Iglesia de nuestro tiempo?

-Y Herodes decía: "A Juan yo le hice decapitar. ¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?" Una de las maneras de hablar de Dios, es la "voz de nuestra conciencia". Herodes no tenía la conciencia tranquila: una voz del fondo de sí mismo le recordaba su pecado. Señor, ayuda a todos los hombres a escuchar su conciencia; es el verdadero camino de salvación para muchos paganos y descreídos. "Cuando los paganos, que no tienen Ley hacen espontáneamente lo que ella manda, aunque la Ley les falte, son ellos su propia Ley... y muestran que llevan escrito en su corazón el contenido de la Ley cuando la conciencia aporta su testimonio" (Rom 2,14).

-Y tenía ganas de ver a Jesús. Un sincero remordimiento, un cuidado de seguir su conciencia... puede conducir a Jesús. Un día la ocasión se presentará (Lc 23,7), y Herodes verá a Jesús: será durante la Pasión, cuando Pilato le envía a Jesús en posición de condenado. Entonces Herodes no lo reconocerá, dejará pasar la ocasión que se le ofrecía. ¿Cuántas veces faltamos al encuentro con Dios? (Noel Quesson).

A nosotros nos ocurre muchas veces igual que Herodes. Nos vienen todos los días con noticias sobre la persona de Jesús. Algunos lo exaltan tanto que tememos perderlo de vista en las órbitas siderales. Otros, lo presentan como un personaje pintoresco, uno de tantos que han existido en la historia de la humanidad. Jesús en su época causó la misma impresión. Algunos lo asimilaban a la figura de su predecesor Juan. Incluso varios de los seguidores de Juan fueron más tarde sus discípulos. Muchos de entre el pueblo lo veían como un nuevo Elías, profeta del final de los tiempos que vendría a dar el dictamen decisivo de Dios sobre Israel. Otros en cambio lo asimilaban a la fuerte tradición profética. Lo veían como un profeta más en la línea de los grandes y antiguos orientadores del Pueblo elegido. Estando así de divididas las nociones acerca de Jesús, de estas preocupaciones no escapaban ni los grandes gobernantes. A todos les inquietaba este hombre que andaba por todos los caminos haciendo prodigios y anunciando una buena noticia a los pobres.

Nosotros hoy continuamos ansiosos por descubrir la identidad de este hombre. Pues, como cristianos aún desconocemos mucho de la vida y obra de quien consideramos el fundamento de nuestra Iglesia. Esta gran ignorancia respecto a él nos mueve a acercarnos a su figura con gran sencillez y confianza. La sencillez se funda en la imposibilidad de agotar con nuestra mirada toda la profundidad de su misterio. Porque, aunque es un ser humano como nosotros, su hondura existencial nos sobrepasa. Con confianza, puesto que nos sentimos como comunidad llamados por él para emprender la transformación de este mundo por medio de la misericordia y el amor fraterno.

Mientras los doce siguen sus correrías misioneras por la región de Galilea, el evangelista nos dice que Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, el que recibió de los Romanos el gobierno sobre la región de Galilea cuando su padre murió en el año 4 a.C., se alarmó por las noticias que contaban sobre los acontecimientos sorprendentes realizados por Jesús que tenían lugar en Cafarnaún y sus alrededores. Herodes se quedó perplejo porque unos decían que Juan Bautista, a quien había mandado decapitar porque denunció las relaciones fraudulentas que él tenía con Herodías, la mujer de su hermano Filipo, había resucitado de entre los muertos, aunque otros informes decían que Jesús no era Juan Bautista sino que era Elías, el profeta que anunciaba el comienzo de los últimos tiempos, después del cual vendría el Mesías y el reinado de Israel sobre las naciones. Para otros, era simplemente un profeta como los grandes profetas antiguos. Herodes, también desconcertado por todas esas noticias, y lleno de temores supersticiosos, se decía: ¿quién es entonces éste, del cual me cuentan cosas tan raras? Y tenía ganas de verlo.

Los temores de Herodes Antipas no lo llevaron a arrepentirse de sus muchos pecados, sobre todo, de haber mandado encarcelar y matar a Juan Bautista. Por el contrario, seguía preocupado por su seguridad y su poder. Herodes Antipas es el prototipo de muchos tiranos sanguinarios cuya conciencia está muerta y no dejan de aniquilar y pisotear la vida hasta que un poder más fuerte los detenga. Muchos "Juan Bautista" han sido asesinados por los "Herodes Antipas" que han tiranizado a muchos países de América Latina y Africa, pero su sangre derramada hará florecer en el mañana un mundo nuevo donde reine la justicia, el amor y la libertad (Servicio Bíblico Latinoamericano).

El texto de Lucas sobre los cuestionamientos de Herodes acerca de Jesús nos pone en el ambiente de su predicación y actuación profética. Los rumores que sobre él se van extendiendo, que volvemos a encontrar con motivo de la confesión de Pedro (¿"quién dice la gente que soy yo?") nos hablan de la gran resonancia y las expectativas que el carpintero de Galilea suscitó con su extraño género de vida y su profetismo radical. Compararle con Elías supone verle introduciendo el final de los tiempos. Parangonarle con el Bautista es subrayar la radicalidad de su mensaje y la libertad de pronunciarlo ante los poderosos. Pero, como nos mostrará el mismo Lucas en la historia de la pasión, Herodes es simplemente un frívolo que sólo busca espectáculo; y Jesús no está dispuesto a transigir, no le dirige ni una palabra. Sólo la tiene para quien está dispuesto a dejarse interpelar, a cambiar el corazón, a entrar en una época nueva, en un "fin del mundo". El evangelista Lucas, ciertamente interesado por la historia, no quiere hacer de Jesús un objeto de curiosidad histórica para su comunidad, sino el Mesías permanentemente presente en ella, orientador y vitalizador de los suyos (Severiano Blanco).

El poder se pone nervioso: El desconcierto de Herodes (b) se debe a las noticias que llegan a sus oídos sobre «todo lo que estaba pasando» (9,7a). Estas, aunque contradictorias, se refieren todas a la persona de Jesús: «Y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, en cambio, que había aparecido Elías, y otros que un Profeta de los antiguos había vuelto a la vida» (9,7b-8). Estas tres opiniones reflejan el sentir global de la multitud sobre Jesús. El hecho, sin embargo, de que la escena del tetrarca Herodes venga adosada a la misión de los Doce nos autoriza a sacar algunas conclusiones. En primer lugar, en su forma de evangelizar, los discípulos han sembrado el desconcierto (el participio presente sustantivado, «las cosas que estaban pasando», hace referencia inmediata a los acontecimientos de la misión). En segundo lugar, según se desprende de las diversas opiniones que se han ido formulando, han insistido en rasgos que eran característicos de Juan o de Elías, tales como el juicio escatológico inminente, la venganza a sangre y fuego; de otra manera, la gente no se habría confundido. En último término, lo máximo a que han llegado es a presentarlo como uno de los profetas antiguos, lo que equivale a decir que no se han movido del ámbito veterotestamentario.

 Ante tal variedad de opiniones, Herodes no se resigna a aceptar la creencia de que «aquel Juan a quien yo le corté la cabeza, ése ha resucitado» (Mc 6,16; Mt 14,2); al contrario -según Lucas-, lo niega rotundamente: «A Juan le corté yo la cabeza» (Lc 9,9a), y se pregunta por la identidad de Jesús: «¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?» (9,9b). Es la última vez que se formula esta pregunta. La respuesta se dará al término de la presente estructura. Herodes, el tetrarca de Galilea (cf. 3,1), del mismo modo que la parentela de Jesús (cf. 8,20), «tenía ganas de verlo» (9,9c: cf. 23,8)... porque lo «quería matar» (13,31).

Con frecuencia, en el momento actual, la posesión de fenómenos extraordinarios y de revelaciones se convierte en objetivo fundamental de la existencia, asedidada por inseguridades y miedos que brotan ante la incertidumbre de un futuro amenazante. Ellas son, en la conciencia de muchos hombres, el termómetro que mide el mayor o menor acercamiento de lo divino en su ámbito personal. La cercanía a Jesús se liga así en la mente de muchos a la existencia de estas revelaciones y señales que coloca a sus depositarios en una posición privilegiada. También el poder del rey quiere colocar los intereses de Dios al servicio de los propios intereses. El Evangelio de hoy, por el contrario, muestra los engaños en que nos puede colocar esa actitud. En él la curiosidad del "ver" puede asumir características malsanas y, como lo revela su presencia en Herodes (cf 9,9; 23,8), puede reflejar una lejanía del Maestro, una distancia infranqueable que puede coexistir con una actitud homicida frente a él. La lectura de hoy nos instruye sobre la distancia infranqueable entre la curiosidad malsana de ver "cosas raras" y la auténtica presencia de la fe. Esta sólo puede tener lugar cuando somos capaces de colocarnos, simultáneamente, en continuidad con la aceptación del mensaje de los profetas del pasado y en su superación en cada nueva intervención divina. Dicha actitud es maduración de una historia de salvación atestiguada por hechos salvíficos del pasado que son revividos de forma nueva por la presencia de Jesús en nuestra vida de todos los días (Josep Rius-Camps).

Hoy nos surge también a nosotros el mismo deseo que a Herodes. Tenemos ganas de ver a Cristo. Queremos conocerle y estar con El. "Estamos contigo, Cristo. No podemos reprimir el decirte, como Pedro, "Tú eres el Hijo de Dios vivo". Gracias, Señor, por haber entrado en nuestras vidas. Por haber irrumpido en la historia de la humanidad. Por haber cambiado los destinos de los hombres. Lo mismo que la historia se cuenta ahora a partir de tu nacimiento, queremos también que nuestras vidas se cuenten a partir de este encuentro contigo. Ayúdanos a llevar esta Buena Noticia a los hombres, a cambiar la historia como Tú lo hiciste. Te buscamos, ven a encontrarte con nosotros y colma nuestros anhelos.  Queremos estar contigo, Jesús, en este diálogo íntimo de hoy, en esta oración, en la que queremos ver tu rostro para poder darlo a conocer a los nuestros.  Herodes no sabía quién eras. Nosotros sabemos que Tú eres el Hijo de Dios, y que sólo Tú tienes palabras de vida eterna" (Clemente González).

¿Buscamos a Jesús y queremos verlo para comprometernos con Él, o sólo le buscamos por curiosidad? Sobre su identidad podemos dar una y mil respuestas y verter miles de conceptos conforme a lo que de Él hemos oído o leído. Muchos hablan bien o mal de Él. Sin embargo esto no es lo más importante, sino la actitud que nos lleva a Él. Todos sus beneficios, su amor por nosotros deben cuestionarnos acerca de si en verdad creemos en Él y le seguimos como discípulos, o simple y sencillamente queremos sentirnos a gusto por haber realizado en su presencia algunos actos de piedad y sentir que hemos recibido su consuelo, pero no se ha hecho huésped de nuestra vida. Herodes, antes de la pasión, finalmente se encontrará con Jesús y lo tomará como un loco y se burlará de Él. Ojalá y no busquemos al Señor para hacer de Él sólo un juguete en nuestra vida. Busquémoslo para encontrarnos con Aquel que le ha de dar un nuevo rumbo a nuestra historia, si es que en verdad somos capaces de escuchar su Palabra y ponerla en práctica.

En esta Celebración Eucarística tenemos la dicha de contemplar a Jesús con todo su amor hacia nosotros. Tenemos la dicha de escuchar su Palabra, mediante cuyo cumplimiento manifestaremos que se ha hecho realidad en nosotros la salvación que Dios nos ofrece. En el gesto de la Paz comenzamos a vivir aquella realidad de hermanos que nos lleva a invocar a Dios como Padre nuestro. Ojalá y no hayamos venido movidos por otra cosa que no sea sólo el de estar con el Señor para que, habitando en nosotros, vayamos a nuestras labores diarias siendo portadores de la vida y no de la muerte; que vayamos empapados en el amor fraterno de tal forma que, al buscar a nuestro prójimo no queramos encontrarnos con él para despreciarlo o entregarlo a la muerte, sino para salvarlo dando incluso, si es necesario, nuestra vida por él.

¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra que abrió su boca para recibirla. El fantasma de la maldad del hombre le persigue, pues al levantarse contra su propio hermano y acabar con Él, su conciencia constantemente le reclamará el no haber procedido con la rectitud requerida que reclama el respeto y el amor fraterno. Herodes, preocupado por la posible resurrección de Juan el Bautista, trata de apagar ese reclamo de su conciencia negando lo que otros rumorean, como si con eso pudiese recobrar la paz interior. Jesús, que ha querido quedarse entre nosotros por medio de su Iglesia, ha de seguir actuando en la historia por medio de ella, de tal forma que, a pesar de ser perseguida, jamás dé marcha atrás en la misión que se le ha confiado. La Iglesia ha de ser signo de la Vida de Dios entre nosotros, y signo de unión fraterna. Dios nos quiere no como curiosos inútiles en su presencia, sino como apóstoles que proclamen su Nombre sin cobardías. Jesús, muerto y resucitado, sigue vivo también en su Iglesia; y todos han de reconocer que en verdad Él sigue haciendo el bien a todos. Esta es la responsabilidad que tenemos quienes hemos depositado nuestra fe en Él.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser fieles a la fe que hemos depositado en Jesús, su Hijo y Señor nuestro. Señor, Dios nuestro, danos la gracia de no ser ingratos al amor, de no ser injustos con la justicia divina y humana, de no ser manipuladores de nuestros iguales en dignidad, de no olvidar tu nombre de Creador y Padre fabricando becerros de oro, de no ser malditos sino benditos ante tos ojos y en el corazón. Amén (www.homiliacatolica.com).

Miércoles de la 25ª semana de Tiempo Ordinario. Dios no nos abandonó en nuestra esclavitud, prepara la Iglesia; por eso envió a los apóstoles a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos, y a todos nos llama al apostolado

 

 

Lectura del libro de Esdras 9,5-9. Yo, Esdras, al llegar la hora de la oblación de la tarde, acabé mi penitencia y, con el vestido y el manto rasgados, me arrodillé y alcé las manos al Señor, mi Dios, diciendo: -«Dios mío, de pura vergüenza no me atrevo a levantar el rostro hacia ti, porque nuestros delitos sobrepasan nuestra cabeza, y nuestra culpa llega al cielo. Desde los tiempos de nuestros padres hasta hoy hemos sido reos de grandes culpas y, por nuestros delitos, nosotros con nuestros reyes sacerdotes hemos sido entregados a reyes extranjeros, a la espada, al destierro, al saqueo y a la ignominia, que es la situación actual. Pero ahora el Señor, nuestro Dios, nos ha concedido un momento de gracia, dejándonos un resto y una estaca en su lugar santo, dando luz a nuestros ojos y concediéndonos respiro en nuestra esclavitud. Porque éramos esclavos, pero nuestro Dios no nos abandonó en nuestra esclavitud; nos granjeó el favor de los reyes de Persia, nos dio respiro para levantar el templo de nuestro Dios y restaurar sus ruinas y nos dio una tapia en Judá y Jerusalén.»

 

Salmo Tb 13,2.3-4.6. R. Bendito sea Dios, que vive eternamente.

Él azota y se compadece, hunde hasta el abismo y saca de él, y no hay quien escape de su mano.

Dadle gracias, israelitas, ante los gentiles, porque él nos dispersó entre ellos. Proclamad allí su grandeza, ensalzadlo ante todos los vivientes: que él es nuestro Dios y Señor, nuestro padre por todos los siglos.

Veréis lo que hará con vosotros, le daréis gracias a boca llena, bendeciréis al Señor de la justicia y ensalzaréis al rey de los siglos.

Yo le doy gracias en mi cautiverio, anuncio su grandeza y su poder a un pueblo pecador.

Convertíos, pecadores, obrad rectamente en su presencia: quizás os mostrará benevolencia y tendrá compasión.

 

 

Santo evangelio según san Lucas 9,1-6. En aquel tiempo, Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles: -«No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto. Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si alguien no os recibe, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.» Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando el Evangelio y curando en todas partes.

 

Comentario: 1.- Esd 9,5-9. No todo fue fácil en la reconstrucción de la sociedad y de la vida religiosa, a la vuelta del destierro. Una generación entera que ha nacido y vivido en tierra pagana no cambia así como así de sensibilidad y costumbres sociales y religiosas. Por ejemplo, había bastantes matrimonios mixtos entre israelitas y paganos, lo que parecía poner en peligro la pureza de la fe yahvista. Esdras, uno de los sacerdotes artífices de esta vuelta, se expresa ante Dios con esta oración tan sentida: reconoce las culpas del pueblo y la contaminación que han sufrido de las costumbres paganas, agradece a Dios el don de la vuelta -"nuestro Dios no nos abandonó en nuestra esclavitud"-, y le pide su ayuda en la tarea de reconstrucción también moral de la sociedad.

Las situaciones de decadencia y desgracia suelen tener muchas veces sus causas en el abandono de los valores humanos y cristianos. Es bueno que, si nos toca experimentar algún período de estos, nos reconozcamos también nosotros culpables. Juan Pablo II, en la carta en la que nos convocó para el Jubileo del 2000 (Tertio millennio adveniente, 33-36), nos invitaba a hacer examen de conciencia y a reconocer la parte de culpa que todos tenemos "por los pecados que han dañado la unidad querida por Dios para su pueblo", o por haber permitido "métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a la verdad", y la responsabilidad que podemos tener en "la indiferencia religiosa que lleva a muchos a vivir como si Dios no existiera". El Papa afirma que la Iglesia "no pueda atravesar el umbral del nuevo milenio sin animar a sus hijos a purificarse, en el arrepentimiento, de errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes". "A las puertas del nuevo milenio los cristianos deben ponerse humildemente ante el Señor para interrogarse sobre las responsabilidades que ellos tienen también en relación a los males de nuestro tiempo". Son palabras que nos ayudan a aplicar a nuestro tiempo lo que Esdras pedía para el suyo, invitando a sus contemporáneos a levantar paredes materiales -del templo o de sus casas- pero sobre todo, a levantar los valores que habían descuidado. Hemos pasado esta puerta pero el ejemplo de Juan Pablo II podría ser seguido por muchos…

Para poder comprender la página que leeremos, debemos situarla en su contexto. Cuando toda una corriente bíblica -libros de Rut y de Jonás- parecía favorecer los matrimonios mixtos, con miras universalistas... Esdras, en cambio, prohibió severamente a los judíos que se casasen con extranjeras. Ese nacionalismo estrecho, ese racismo, diríamos hoy nosotros, era un reflejo defensivo: la pequeña minoridad de judíos que regresan a Palestina corría el riesgo de perder su identidad, adoptando las costumbres paganas. Esdras se coloca a ese nivel religioso.

-Yo, Esdras, a la hora de la oblación de la tarde, salí de mi postración y con las vestiduras y el manto rasgados, caí de rodillas, con las manos extendidas hacia el Señor, mi Dios. La causa de esa gran postración es el profundo dolor de Esdras por los abandonos de la Fe, consecutivos a los casamientos con mujeres paganas. Debemos ser respetuosos con las religiones de los demás; también resulta con frecuencia dramático ver como algunos creyentes abandonan su fe. Es un problema de todas las épocas. Este texto debe movernos a rogar por todas esas familias que se encuentran HOY en situaciones semejantes.

-"Dios mío, siento harta vergüenza y confusión, para levantar mi rostro hacia Ti". La conciencia del pecado. Esta es una gracia a pedir, sobre todo HOY en que en tantos de nuestros contemporáneos parece haberse borrado, casi completamente, el sentido del «mal». La psicología moderna, y esto es un bien, nos ha revelado los resortes escondidos y complejos del alma humana. Es verdad que nuestras culpabilidades son a menudo atenuadas por todo un conjunto de condicionamientos que pesan sobre nosotros. Sin embargo, con relación a nosotros mismos, en primer lugar es indispensable que agudicemos nuestra lucidez para no deslizarnos hacia la irresponsabilidad. Luego, con relación a los demás, es catastrófico dañarlos sin que nos demos cuenta de ello. En fin, con relación a Dios, es capital situarse ante El con la verdad: Dios es perfectamente santo y trascendente y yo soy pobre y frágil.

-Nuestras faltas se han multiplicado, nuestros pecados han crecido hasta el cielo. Esdras no se sitúa al nivel de una conciencia individual del pecado. Dice «nuestros». Se siente solidario de todo el mal que pueda haber cometido el conjunto del pueblo. HOY todavía, estamos sumergidos en un mal colectivo que gangrena nuestros ambientes, nuestra sociedad. Basta mirar a nuestro alrededor, escuchar las informaciones de cada día para tener conciencia de esa «marea negra», de esa «polución moral" que destruye a la humanidad. La fórmula de Esdras a ese nivel colectivo no es excesiva: ¡el mal nos "sumerge y crece". Hasta el punto que todos nosotros corremos el riesgo de cruzarnos de brazos diciendo: "¿qué podemos hacer?".

-A causa de nuestras faltas fuimos entregados a la espada, a la deportación, al saqueo, al oprobio. Sin llegar a establecer una relación absoluta entre la desgracia y el mal, hay que reconocer que muchos sufrimientos provienen del pecado de los hombres.

-Mas ahora, en un instante, el Señor nuestro Dios, con su misericordia nos ha permitido escapar dándonos una liberación. El sentimiento de postración da lugar a la acción de gracias (Noel Quesson).

Esdras, cargando con un pecado que no había cometido: casarse con alguna mujer extrajera como lo habían hecho los sacerdotes, levitas, jefes y algunos otros del Pueblo elegido, desobedeciendo la orden de Dios en este aspecto; ahora, Esdras confiesa ese pecado ante Dios, como si fuera suyo; reconoce el gran amor de Dios y su misericordia y se acoge a Aquel que se compadece de todos. Pide su perdón y agradece el permitirles encontrar protección y refugio en su templo, e incluso el que Judá y Jerusalén se conviertan en lugar y ciudad de refugio, donde no les alcance la ira de Dios por su pecado. Quienes creemos en Cristo, en Él hemos recibido la manifestación más grande del amor misericordioso de Dios, que vuelve su mirada, llena de compasión, hacia nosotros y nos ofrece su perdón y su paz. En Cristo no sólo encontramos refugio, sino que adquirimos la dignidad de hijos de Dios, ya que Él, cargando sobre sí nuestras miserias, nos ha dado el perdón y nos ha hecho partícipes de su vida y de su Espíritu. Tratemos de no perder, a causa de nuestros pecados, nuestra unión con el Señor; sino que, por el contrario, abandonando nuestras esclavitudes al mal llegue a nosotros en mayor abundancia la gracia de Dios.

2. Tob 13.2.4.6-8. En vez de salmo, hace eco a la lectura de hoy la oración de Tobías, que también sabe lo que es la culpa y el castigo y la ayuda de Dios para la conversión: "él nos dispersó entre los gentiles... veréis lo que hará con vosotros, le daréis gracias a boca llena... convertíos, pecadores, obrad rectamente en su presencia".

El himno no corresponde a la deportación de los israelitas a Asiria en el s. VIII a. C., el contexto histórico del momento, sino que supone la destrucción de Jerusalén y la cautividad de Babilonia y por eso sitúa la escena en el siglo VI a. C. Está compuesto para ser recitado en la diáspora, en cualquier circunstancia. En el canto –que tiene diferencias, en varias versiones- late la esperanza de la reunificación del pueblo judío en torno a una Jerusalén maravillosamente reconstruida, esperanza que continúa hasta la venida de Jesús que con la Iglesia, la Nueva Jerusalén, hace realidad todas las profecías de la que ha de aparecer gloriosa al fin de los tiempos (Ap 21,2-22,15; Biblia de Navarra).

Hacia este cántico pareciéramos remontar una buena parte del cántico de María en el Evangelio de san Lucas. Dios ha hecho grandes cosas por nosotros, por eso hemos de darle gracias. Más aún: estando en un país que no conoce a Dios hay que considerar eso como una luz, que Dios enciende por medio de sus elegidos, a favor del pueblo infiel en que los hijos de Dios viven su destierro para invitarlo a la conversión, a portarse rectamente, pues ¿Acaso en alguna otra ocasión el Señor los volverá a amar como ahora que tienen entre ellos al Pueblo elegido de Dios? Quizá esta sea la última oportunidad de conocer, amar y servir a Dios. Por eso no hay que dejar que la gracia de Dios caiga en saco roto. Dios nos ha dado la última oportunidad de salvarnos; y esto no puede ser sino en el Nombre de Jesús, por nuestra fe en Él y por recibir el Bautismo que nos hace ser miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia. No sólo tomemos conciencia de ese amor tan grande del Señor hacia nosotros, sino que vivamos de tal forma que en verdad permitamos que el Señor haga a favor nuestro y por medio nuestro grandes obras para todos los pueblos. Que la Iglesia sea, en el mundo, el lugar y el tiempo oportuno para que todos, desde el más pequeño hasta el más grande, conozcan al Señor y lo amen.

3.- Lc 9,1-6 (ver paralelo Mt 9,36-10,8). Jesús ya había elegido a los doce apóstoles. Ahora les envía con poder y autoridad a una primera misión evangelizadora. Lo que les encarga en concreto es que liberen a los poseídos por los demonios, que curen a los enfermos y que proclamen el Reino de Dios. Para este viaje misionero, les encomienda un estilo de actuación que se ha llamado "la pobreza evangélica", sin demasiadas provisiones para el camino. Les avisa, además, que en algunos lugares los acogerán bien y en otros, no. Sacudirse el polvo de los pies era una expresión que quería significar la ruptura con los que no querían oír la Buena Noticia: de modo que no se llevaran de allá ni siquiera un poco de tierra en sus sandalias.

Ésta es la doble misión que Jesús encomendó a la Iglesia: por una parte, anunciar el evangelio y, por otra, curar a los enfermos y liberarlos de sus males también físicos y psíquicos. Exactamente lo que hacía Jesús: que iluminaba con su palabra a sus oyentes, y a la vez les multiplicaba el pan o les curaba de sus parálisis o les libraba de los demonios o incluso les resucitaba de la muerte. El binomio "predicar-curar" se repite continuamente en el evangelio y ahora en la vida de la Iglesia. Se puede decir que durante dos mil años se está cumpliendo la última afirmación del evangelio de hoy: "ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes". ¡Cuánto bien corporal y social ha hecho la comunidad cristiana, además del espiritual, sacramental y evangelizador! También deberíamos revisar como comunidad y cada uno personalmente el desprendimiento que Jesús exige de los suyos. Los misioneros -la Iglesia- deben ser libres interiormente, sin demasiado bagaje. No deben buscarse a sí mismos, sino dar ejemplo de desapego económico, no fiarse tanto de las provisiones o de los medios técnicos, sino de la fuerza intrínseca de la Palabra que proclaman y del "poder y autoridad" que Jesús les sigue comunicando para liberar a este mundo de todos sus males y anunciarle la noticia de la salvación de Dios. No trabajamos a nuestro estilo, sino según las consignas de Jesús. Porque no somos nosotros los que salvamos al mundo: sólo somos conductores -es de esperar que buenos conductores- de la fuerza salvadora del Resucitado y de su Espíritu (J. Aldazábal). El Catecismo 863 señala: "Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de los sucesores de San Pedro y de los apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es "enviada" al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. "La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado". Se llama "apostolado" a "toda la actividad del Cuerpo Místico" que tiende a "propagar el Reino de Cristo por toda la tierra" (AA 2)".

Es curioso notar que Lucas relata "dos veces" unas consignas de "misión" casi equivalentes: - aquí van dirigidas a los "Doce" (Lucas 9, 1-6); - en el capítulo siguiente van dirigidas a los "Setenta y dos" (Lucas 10, 1-12).

Papa, obispos, sacerdotes, laicos... son "enviados" a la misión. Todos reciben las mismas consignas de "pobreza":- a los Doce, se les dice: "No toméis ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni túnica de repuesto;" - a los Setenta y dos, se les dice: "No llevéis ni dinero ni alforja, ni sandalias..."

-Habiendo convocado Jesús a los doce les dio poder y autoridad para: 1º Expulsar todos los demonios y curar las enfermedades... 2º Proclamar el reino de Dios... Se pusieron pues en camino y fueron de aldea en aldea, 1º Anunciando la "buena noticia"...2º Curando en todas partes... La "misión" se resume pues en dos puntos precisos: uno es una palabra, una proclamación... otro es un acto propiamente dicho, una curación. Esos dos aspectos de la evange1ización se hacen a la vez. No hay anterioridad del uno respecto al otro. En la misma página Lucas los cita en un orden distinto. El misionero no puede contentarse con sólo "palabras", son necesarios "actos" concretos que muestren a los hombres que éstos contribuyen a liberarlos de la impronta del mal: expulsar los demonios, curar al hombre, liberar... Pero el misionero no puede tampoco contentarse con sólo "actos", es preciso que sus palabras expliciten lo que hace: decir que el reino de Dios está actuando allí, proclamar el evangelio... En una época reciente se ha desconfiado de un apostolado que parecía publicitario y se ha insistido en que el discurso, la predicación, eran menos importantes, para revelar a Jesucristo, que un cierto estilo de vida. En este sentido "toda la vida del cristiano" ha de ser evangelizadora. Pero, de ningún modo se debería llegar a que unos cristianos no afirmasen jamás explícitamente su fe en Jesucristo. ¿Soy misionero? ¿Lucho contra el mal? ¿Anuncio a Jesucristo salvador, con mis obras y con mi palabra?

-Jesús les dijo: "No toméis nada para el camino: Ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni túnica de repuesto. Quedaos en la casa donde os alojéis, hasta que os vayáis de aquel lugar." La Iglesia primitiva cuidaba mucho de mantener ese ideal de pobreza real. La pobreza era para ella un signo del Reino (Lc 6,20; 14,25-33; 16,19-31; 18,18-30). Cada vez que, de alguna manera, nos encontramos con esa exigencia evangélica, ésta debe interrogarnos; pues somos muy propensos a olvidarla y a instalarnos en el confort y el bienestar... con el riesgo tremendo de contentarnos con esos bienes materiales y nos falte la disponibilidad.

-Y en caso de que no os reciban al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos. Ese "rechazo" a recibir a los apóstoles se convierte en un "juicio" temible. Notemos, una vez más, que son los hombres mismos los que se condenan con su rechazo. ¡Señor, ten piedad de nosotros: si a menudo no atendemos las llamadas de tu gracia! (Noel Quesson).

San Josemaría hablaba de "Ser apóstol de apóstoles": "Llenar de luz el mundo, ser sal y luz : así ha descrito el Señor la misión de sus discípulos. Llevar hasta los últimos confines de la tierra la buena nueva del amor de Dios. A eso debemos dedicar nuestras vidas, de una manera o de otra, todos los cristianos.

Diré más. Hemos de sentir la ilusión de no permanecer solos, debemos animar a otros a que contribuyan a esa misión divina de llevar el gozo y la paz a los corazones de los hombres. En la medida en que progresáis, atraed a los demás con vosotros, escribe San Gregorio Magno; desead tener compañeros en el camino hacia el Señor.

Pero tened presente que, cum dormirent homines, mientras dormían los hombres, vino el sembrador de la cizaña, dice el Señor en una parábola. Los hombres estamos expuestos a dejarnos llevar del sueño del egoísmo, de la superficialidad, desperdigando el corazón en mil experiencias pasajeras, evitando profundizar en el verdadero sentido de las realidades terrenas. ¡Mala cosa ese sueño, que sofoca la dignidad del hombre y le hace esclavo de la tristeza!

Hay un caso que nos debe doler sobre manera: el de aquellos cristianos que podrían dar más y no se deciden; que podrían entregarse del todo, viviendo todas las consecuencias de su vocación de hijos de Dios, pero se resisten a ser generosos. Nos debe doler porque la gracia de la fe no se nos ha dado para que esté oculta, sino para que brille ante los hombres ; porque, además, está en juego la felicidad temporal y la eterna de quienes así obran. La vida cristiana es una maravilla divina, con promesas inmediatas de satisfacción y de serenidad, pero a condición de que sepamos apreciar el don de Dios, siendo generosos sin tasa.

Es necesario, pues, despertar a quienes hayan podido caer en ese mal sueño: recordarles que la vida no es cosa de juego, sino tesoro divino, que hay que hacer fructificar. Es necesario también enseñar el camino, a quienes tienen buena voluntad y buenos deseos, pero no saben cómo llevarlos a la práctica. Cristo nos urge. Cada uno de vosotros ha de ser no sólo apóstol, sino apóstol de apóstoles, que arrastre a otros, que mueva a los demás para que también ellos den a conocer a Jesucristo.

Quizás alguno se pregunte cómo, de qué manera puede dar este conocimiento a las gentes. Y os respondo: con naturalidad, con sencillez, viviendo como vivís en medio del mundo, entregados a vuestro trabajo profesional y al cuidado de vuestra familia, participando en los afanes nobles de los hombres, respetando la legítima libertad de cada uno.

Desde hace casi treinta años ha puesto Dios en mi corazón el ansia de hace comprender a personas de cualquier estado, de cualquier condición u oficio, esta doctrina: que la vida ordinaria puede ser santa y llena de Dios, que el Señor nos llama a santificar la tarea corriente, porque ahí está también la perfección cristiana. Considerémoslo una vez más, contemplando la vida de María.              

Porque eso es lo que explica la vida de María: su amor. Un amor llevado hasta el extremo, hasta el olvido completo de sí misma, contenta de estar allí, donde la quiere Dios, y cumpliendo con esmero la voluntad divina. Eso es lo que hace que el más pequeño gesto suyo, no sea nunca banal, sino que se manifieste lleno de contenido. María, Nuestra Madre, es para nosotros ejemplo y camino. Hemos de procurar ser como Ella, en las circunstancias concretas en las que Dios ha querido que vivamos.

Actuando así daremos a quienes nos rodean el testimonio de una vida sencilla y normal, con las limitaciones y con los defectos propios de nuestra condición humana, pero coherente. Y, al vernos iguales a ellos en todas las cosas, se sentirán los demás invitados a preguntarnos: ¿cómo se explica vuestra alegría?, ¿de dónde sacáis las fuerzas para vencer el egoísmo y la comodidad?, ¿quién os enseña a vivir la comprensión, la limpia convivencia y la entrega, el servicio a los demás?

Es entonces el momento de descubrirles el secreto divino de la existencia cristiana: de hablarles de Dios, de Cristo, del Espíritu Santo, de María. El momento de procurar transmitir, a través de las pobres palabras nuestras, esa locura del amor de Dios que la gracia ha derramado en nuestros corazones.

San Juan conserva en su Evangelio una frase maravillosa de la Virgen, en una escena que ya antes considerábamos: la de las bodas de Caná. Nos narra el evangelista que, dirigiéndose a los sirvientes, María les dijo: Haced lo que El os dirá. De eso se trata; de llevar a las almas a que se sitúen frente a Jesús y le pregunten: Domine, quid me vis facere?, Señor, ¿qué quieres que yo haga?

El apostolado cristiano -y me refiero ahora en concreto al de un cristiano corriente, al del hombre o la mujer que vive siendo uno más entre sus iguales- es una gran catequesis, en la que, a través del trato personal, de una amistad leal y auténtica, se despierta en los demás el hambre de Dios y se les ayuda a descubrir horizontes nuevos: con naturalidad, con sencillez he dicho, con el ejemplo de una fe bien vivida, con la palabra amable pero llena de la fuerza de la verdad divina.

Sed audaces. Contáis con la ayuda de María, Regina apostolorum. Y Nuestra Señora, sin dejar de comportarse como Madre, sabe colocar a sus hijos delante de sus precisas responsabilidades. María, a quienes se acercan a Ella y contemplan su vida, les hace siempre el inmenso favor de llevarlos a la Cruz, de ponerlos frente a frente al ejemplo del Hijo de Dios. Y en ese enfrentamiento, donde se decide la vida cristiana, María intercede para que nuestra conducta culmine con una reconciliación del hermano menor -tú y yo- con el Hijo primogénito del Padre.

Muchas conversiones, muchas decisiones de entrega al servicio de Dios han sido precedidas de un encuentro con María. Nuestra Señora ha fomentado los deseos de búsqueda, ha activado maternalmente las inquietudes del alma, ha hecho aspirar a un cambio, a una vida nueva. Y así el haced lo que El os dirá se ha convertido en realidades de amoroso entregamiento, en vocación cristiana que ilumina desde entonces toda nuestra vida personal.

Este rato de conversión delante del Señor, en el que hemos meditado sobre la devoción y el cariño a la Madre suya y nuestra, puede, pues, terminar reavivando nuestra fe (...)El Señor quiere de nosotros que no desaprovechemos esta ocasión de crecer en su Amor a través del trato con su Madre. Que cada día sepamos tener con Ella esos detalles de hijos -cosas pequeñas, atenciones delicadas-, que se van haciendo grandes realidades de santidad personal y de apostolado, es decir, de empeño constante por contribuir a la salvación que Cristo ha venido a traer al mundo.

Sancta Maria, spes nostra, ancilla Domini, sedes sapientiae, ora por nobis! Santa María, esperanza nuestra, esclava del Señor, asiento de la Sabiduría, ¡ruega por nosotros!"

No podemos considerar este envío como un simple entrenamiento, sino como el inicio de la misión que los apóstoles llevarán adelante de proclamar el Evangelio con poder y autoridad para expulsar toda clase de demonios y para curar enfermedades. El Señor quiere a los suyos como sus colaboradores en el anuncio del Reino de Dios. Los apóstoles harán presente al Señor hasta los últimos rincones de la tierra. Es bueno proclamar el Nombre de Dios, su Buena Noticia de amor. Pero el Evangelio no puede ceñirse sólo a discursos magistralmente preparados y bellamente pronunciados. Hay que propiciar que Jesús se haga cercano al hombre que sufre por la pobreza o enfermedad, al que vive esclavo de sus pasiones, para que la curación de todos estos males le haga saber que el pertenecer al Reino de Dios por creer en Cristo Jesús, hace de los creyentes personas libres de toda influencia del mal. El Señor nos quiere no sólo como promotores sociales sin trascender hacia Él; pero tampoco nos quiere sólo como predicadores angelistas, desencarnados de la realidad. El anuncio del Evangelio debe integrar al hombre completo, con sus aspiraciones y con sus debilidades, para ayudarle a vivir con mayor dignidad su ser imagen y semejanza de Dios, más aún, su ser de hijo de Dios por su fe y por su unión, mediante el Bautismo, a Cristo Jesús.

En esta Eucaristía celebramos el amor de aquel que, conociendo nuestra fragilidad, hizo suyos nuestros dolores, cargó sobre sí nuestras miserias y nos curó con sus llagas. Él se presentó entre nosotros no como el Dios terrible, que da miedo contemplar y escuchar; sino con la sencillez de quien nos ama entrañablemente y se acerca a nosotros para manifestársenos como la Buena Nueva que el Padre Misericordioso pronuncia a favor nuestro. Hoy estamos en torno a Él buscando, no sólo que nos conceda algún favor, sino que nos haga partícipes de su Vida y de su Espíritu para vivir de un modo mejor la fe que profesamos en Él.

Unidos al Señor Él nos envía para que proclamemos ante los demás lo misericordioso que Él ha sido para con nosotros. Les hemos de anunciar el Nombre del Señor; y lo hemos de hacer desde nuestra experiencia personal con el Señor y la vivencia fiel de sus enseñanzas. Pero no podemos quedarnos sólo en el anuncio con los labios, sino que también nuestras obras deben convertirse en la proclamación de la Buena Nueva de salvación. Sólo así podremos ser testigos del Señor que se preocupan de remediar los males tanto personales, como los que hay en el mundo. Hay muchas enfermedades interiores que hemos de curar en aquellos que nos rodean, como la soledad, la tristeza, la angustia, la inseguridad, el desbordamiento de las pasiones, la codicia, la preocupación compulsiva por los bienes temporales y por el poder; en fin, hay tantas esclavitudes que han atado a las personas y que requieren de nuestra atención de hermanos para ayudarles a darle un nuevo rumbo a su vida, y, desde su vida, a toda la historia. Dios quiere que no hundamos a los demás en el abismo, sino que les ayudemos a salir de él.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir confiados en el amor de Dios, pero al mismo tiempo vivir fieles a todo aquello que nos ha encomendado, especialmente proclamar su Evangelio con las obras y con las palabras, de tal forma que, en verdad, seamos constructores de su Reino entre nosotros. Amén (www.homiliacatolica.com).

Martes de la 25ª semana de Tiempo Ordinario. Terminaron la construcción del templo y celebraron la Pascua. Jesús es el nuevo templo y edifica la familia de los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra

 

 

Libro de Esdras 6,7-8.12b.14-20. En aquellos días, el rey Darlo escribió a los gobernantes de Transeufratina: «Permitid al gobernador y al senado de Judá que trabajen reconstruyendo el templo de Dios en su antiguo sitio. En cuanto al senado de Judá y a la construcción del templo de Dios, os ordeno que se paguen a esos hombres todos los gastos puntualmente y sin interrupción, utilizando los fondos reales de los impuestos de Transeufratina. La orden es mía, y quiero que se cumpla a la letra. Darío.» De este modo, el senado de Judá adelantó mucho la construcción, cumpliendo las instrucciones de los profetas Ageo y Zacarias, hijo de Idó, hasta que por fin la terminaron, conforme a lo mandado por el Dios de Israel y por Ciro, Darlo y Artajerjes, reyes de Persia. El templo se terminó el día tres del mes de Adar, el año sexto del reinado de Darío. Los israelitas, sacerdotes, levitas y resto de los deportados, celebraron con júbilo la dedicación del templo, ofreciendo con este motivo cien toros, doscientos carneros, cuatrocientos corderos y doce machos cabrios, uno por tribu, como sacrificio expiatorio por todo Israel. El culto del templo de Jerusalén se lo encomendaron a los sacerdotes, por grupos, y a los levitas, por clases, como manda la ley de Moisés. Los deportados celebraron la Pascua el día catorce del mes primero; como los levitas se habían purificado, junto con los sacerdotes, estaban puros e inmolaron la víctima pascual para todos los deportados, para los sacerdotes, sus hermanos, y para ellos mismos.

 

Salmo 121,1-2.3-4a.4b-5. R. Vamos alegres a la casa del Señor.

¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundada corno ciudad bien compacta. Allá suben las tribus, las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David.

 

Santo evangelio según san Lucas 8,l9-21. En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él. Entonces lo avisaron: -«Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte.» Él les contestó: -«Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra.»

 

Comentario: 1.- Esd 6,7-8.12b.14-20. (Año I) Esdras 6,7-8.12.14-20. Darío, sucesor de Ciro, sigue con su misma política de dejar bastante autonomía a los pueblos que pertenecen a su imperio, y favorece claramente, según el relato de hoy, que los judíos puedan reconstruir su templo. Los persas pensaban, como estrategia política, que se consigue mucho más teniendo contentos a los pueblos que oprimiéndolos innecesariamente. El relato deja entrever que los judíos habían encontrado dificultades por parte de los pueblos vecinos. La fiesta de la Dedicación del templo -el año 515 antes de Cristo- fue solemne y colmó de alegría el corazón de los israelitas. Este templo era el segundo, después del de Salomón, y duraría hasta Herodes el Grande, que un poco antes de nacer Jesús lo reedificó completamente, y que a su vez duraría hasta que los romanos lo asolaron el año 70 de nuestra era. A pesar de que esta reconstrucción no llegó a tener al esplendor del templo anterior, ¡qué emoción sentirían los israelitas, sobre todo los mayores, al volver a oír los cantos y al ver el esplendor de las ceremonias y las volutas de incienso subiendo hacia Dios! No es extraño que el salmo, uno de los más conocidos también por nosotros, exprese estos sentimientos: "¡qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor... Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta".

Después de la tempestad viene la calma. Ojalá también en nuestra propia vida, y en la de cada comunidad, tuviéramos, si hiciera falta, ánimos para una reconstrucción ilusionada. Si nuestra historia personal ha dejado que desear, o se ha empobrecido una comunidad cristiana, o fallan las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa, o la Iglesia atraviesa -como ha sucedido no pocas veces en la historia- por momentos de decadencia, siempre deseamos que Dios nos dé la fuerza suficiente para rehacernos. Nos costará, como les costó a aquella generación de los que volvieron del destierro. Nada se reconstruye sin esfuerzo y sacrificio. El templo no era lo único que se reconstruía en aquel tiempo, pero era el mejor símbolo de la identidad histórica de Israel. Por eso el relato nos habla de cómo se reorganizó el culto y la celebración de la Pascua: era la gozosa vuelta a los buenos tiempos de la Alianza con Dios. También ahora, cuando hay que reconstruir muchas cosas humanas, sociales, de justicia y distribución de bienes, no olvidamos los valores religiosos y éticos, que pueden considerarse como el termómetro de la recta dirección de la tarea. Ojalá también hoy se eleven voces proféticas, como las de Ageo y Zacarías, que se nombran en la lectura de hoy y que leeremos en días sucesivos, que inviten a nuestra sociedad a recapacitar y a no dejar perder los valores que constituyen nuestra mejor identidad humana y cristiana, y no sólo los materiales. Cuando celebramos, en el año litúrgico, las fiestas de la Dedicación de san Juan de Letrán o de la catedral de la diócesis o de la propia iglesia, los textos nos invitan a renovar cada año nuestra identidad eclesial: esas paredes son el símbolo exterior del edificio vivo que es la comunidad misma, destinada a alabar a Dios y a difundir su Palabra y celebrar sus sacramentos.

Después de recordar y reproducir el decreto de Ciro (Esd 6. 1-5), Darío autoriza a los judíos a continuar las obras de la construcción del templo y ordena a sus gobernadores de la satrapía transeufratina que no entorpezcan los trabajos. Más aún, les manda que ayuden a costear las obras con dinero tomado de los fondos reales (6. 6-12). Aunque pueda llamar la atención, esta liberalidad de Ciro primero, y luego de Darío, se ajusta bien al espíritu religioso y político de la corte persa. El 23 del mes de Adar del año sexto del rey Darío corresponde al primero de Abril del 515 a. J.C. Fue el año en que se terminaron las obras del templo y asimismo la fecha de su dedicación. El texto menciona a los profetas Ageo y Zacarías. En realidad a ellos se debe la construcción del templo postexílico. Fueron ellos los que, venciendo todas las dificultades y exhortando al pueblo, llevaron a feliz término la obra. A continuación tuvo lugar la dedicación y, a pocos días de distancia, la celebración de la Pascua. La dedicación se celebra en la fe cristiana como símbolo de que somos templo divino: "por eso, nosotros, carísimos, si queremos celebrar con alegría la dedicación del templo, no debemos destruir en nosotros, con nuestras malas obras, el templo vivo de Dios. Lo diré de una manera intelibible para todos: debemos disponer nuestras almas del mismo modo como deseamos encontrar dispuesta la iglesia cuando venimos a ella. ¿Deseas encontrar limpia la basílica? Pues no ensucies tu alma con el pecado. Si deseas que la basílica esté bien iluminada, Dios desea también que tu alma no esté en tinieblas, sino que sea verdad lo que dice el Señor: que brille en nosotros la luz de las buenas obras y sea glorificado aquel que está en los cielos" (S. Cesáreo de Arlés). Se celebra también la Pascua, pero no como partida hacia la liberación, sino como llegada, después de volver a preparar el Templo, y no solo como recuerdo sino como actualización de las obras de Dios, y como profecía de lo que será la liberación y salvación en Jesús (Biblia de Navarra).

Así se termina la primera parte del libro de Esdras (cc. 1-6), que gira toda ella en torno al templo. El templo junto con el personal dedicado a su servicio y la ordenación del culto son temas predilectos de la historia cronística. El templo postexílico, inaugurado en el 515, dura hasta Herodes el Grande (37-4 a. J.C.). En el año 18 de su reinado Herodes emprendió la construcción de un nuevo templo, que en lo esencial fue concluido en muy poco tiempo. En cuanto a las partes complementarias y a los detalles no fue ultimado hasta unos pocos años antes del 70 de nuestra era, en que fue totalmente destruido por los romanos. Aunque en realidad el templo de Herodes fue un tercer templo, ya que lo construyó desde sus cimientos y además fue el más sólido y suntuoso de todos, sin embargo los judíos lo consideran como una mera reconstrucción del anterior. De ahí que, al dividir su historia con referencia al templo, hablan de dos grandes períodos: el primero corresponde al primer templo, o sea hasta el destierro; y el segundo corresponde al segundo templo, que ellos alargan hasta el año 70 de nuestra era. A partir de esa fecha ha habido intentos, en distintas ocasiones, por ejemplo en tiempo de Juliano el Apóstata, de reconstruir el que los judíos llaman tercer templo, pero nunca se han visto coronados por el éxito. Actualmente, una vez que los judíos han regresado a su tierra, se ha vuelto a plantear la cuestión del templo y las opiniones andan divididas. La solución más generalizada es que el tercer templo lo construirá el Mesías, cuando venga (Edic. Marova).

-El rey de Persia, Darío, escribió a las autoridades de la provincia situada al oeste del Eufrates y de la que dependía Jerusalén... En efecto, Jerusalén no es más que un pequeño cantón del Imperio persa. Los judíos han perdido toda esperanza de restablecer un reino terrenal en la dinastía de David. Es muy notable que en lugar de crisparse por la pérdida de lo que fue un sueño temporal, los judíos más conscientes llegados de nuevo a Jerusalén, acepten lealmente la autoridad persa y se entreguen totalmente a la edificación de una «comunidad» fervorosa y únicamente religiosa. Habiendo perdido toda ilusión de independencia política, se dedican a profundizar lo esencial de su razón de vivir: la fe y el culto de Yahvéh. Cuando ciertas circunstancias exteriores son desfavorables ¿tengo yo también el reflejo de concentrarme en lo esencial, sirviéndome de las contrariedades para lograr una purificación y un avance espiritual?

-«Dejad al gobernador de Judá y a los ancianos de los judíos que reconstruyan ese Templo de Dios... los gastos de esas gentes les serán reembolsados sin demora de los fondos reales, es decir, de los impuestos de la provincia.» Es de admirar la amplitud de miras de ese rey pagano... cuyos proyectos humanos se inscriben con tanta exactitud en los proyectos de Dios. Esos acontecimientos antiguos no se nos relatan para que los recordemos como tales, sino para que nos ilustren sobre el DÍA de HOY de Dios. Alguna vez, escuchando la radio o leyendo el periódico ¿trato de leer en esas noticias los movimientos de la historia que me parece que hacen avanzar el proyecto de Dios?

-Los ancianos de Judá continuaron con éxito los trabajos de construcción, animados por la palabra de los profetas Ageo y Zacarías. Llevaron a término la construcción conforme a la orden del Dios de Israel y según los decretos de Ciro y de Darío. Deportados puestos en libertad... decretos reales... descentralización regional... impuestos... Son todas ellas cuestiones típicamente profanas y políticas. Pero, en el interior de todo ello, unos hombres viven el dinamismo de su Fe: si el decreto proviene del Rey, ellos obedecen de hecho en profundidad a la «orden de Dios». Y los profetas, de los que leeremos algunas páginas la próxima semana, están allá para dar el sentido de la acción emprendida.

-El Templo fue terminado el día veintitrés del mes de Adar, el año sexto del reinado de Darío. Los israelitas -sacerdotes, levitas y el resto de los repatriados- celebraron con júbilo la dedicación del Templo. En 515, el santuario, completamente nuevo, es consagrado. Este edificio, llamado «segundo Templo» -el primero, construido por Salomón, había sido destruido por Nabucodonosor en 587- durará hasta el tiempo de Herodes que lo embellecerá unos años antes de Jesús. Es el edificio que frecuentrará Jesús. A algunos metros de distancia Jesús será crucificado y resucitará. Jerusalén permanece como uno de los altos lugares espirituales de la humanidad.

-Los deportados celebraron la Pascua... Inmolaron la Pascua para todos, para sus hermanos, los sacerdotes y para sí mismos. Se trata en efecto, de una renovación religiosa. Aquel día recomienza un culto interrumpido durante setenta y dos años. Admirable tenacidad la de esos creyentes. Podría creerse que la Fe de Israel había zozobrado en la persecución y en la deportación. Pues bien, sin ninguna estructura, sin ninguna ceremonia se mantuvo y fue, incluso, más profunda (Noel Quesson).

Las dificultades, en tiempos del persa Darío, de la oposición samaritana en cuanto a levantar el templo de Jerusalén son resueltas por la comunidad restauradora alegando el edicto de Ciro (vv 3-5), el fundador del Imperio persa. Es conocida la actitud respetuosa de los persas por lo que respecta a las religiones de los pueblos que se anexionaban. Este hecho, explicable como una simple medida política en orden a la convivencia pacífica, viene considerado como una cooperación de la causalidad divina y humana (14), puesto que llevaba a cabo el cumplimiento del designio de Dios (12). Sin caer en un providencialismo alienante, hay que aprender de una vez por todas esta lección constantemente repetida: el Dios de la Biblia es el Dios que se revela en la historia. La complicada trama de los acontecimientos tiene un sentido querido por Dios, verdadero rector del flujo histórico, a pesar de los zigzags que aparentan como si la historia fuera dirigida fatalmente por el capricho de los prepotentes, o por el juego dialéctico de la materia o incluso por la complicación creciente de las estructuras.

Recobrada la mansión de la vida religiosa, los regresados del exilio podrán encaminar sus fuerzas en convertirse en una comunidad cultual y socialmente organizada. Por otra parte, la recuperación del templo de Jerusalén sellará definitivamente el cisma con los samaritanos, los cuales acabarán construyéndose un templo en la montaña de Garizín. Los cristianos sabemos que el auténtico templo, el auténtico lugar de encuentro con Dios es Jesús (Jn 2,21) y que desde entonces todo templo de fabricación humana está radicalmente relativizado porque «es llegada la hora -dice Jesús- en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad" (Jn 4,21.23; R. Vives).

Dios nos llama para que, por más que nos veamos acosados por una serie de diversas tentaciones, jamás nos dejemos de esforzarnos, ayudados por su Gracia y su Espíritu, por hacer de nuestra vida personal y de toda la comunidad de creyentes, una digna morada al Señor. Entonces seremos dignos de celebrar el Memorial de su Misterio Pascual, pues la vida de la Iglesia se construye en torno a la Eucaristía; sin ella la vida y el apostolado de la Iglesia no tiene significado alguno, pues, finalmente la Eucaristía nos hace pregustar los bienes eternos, ya que la vida de la Iglesia se encamina a la celebración del Banquete eterno, Pascua que ya no acaba, pues el Cordero de Dios iluminará para siempre nuestra vida por los siglos de los siglos.

2. Sal. 121. S. Agustín comenta: "Esta ciudad bien compacta es la Iglesia. Su cimiento es Cristo. En la tierra, cuando se echa el cimiento, se edifican las paredes hacia arriba y su peso gravita hacia abajo, porque abajo está colocado el fundamento. Pero, si nuestro fundamento –Cristo- está en el Cielo, entonces edificamos hacia el Cielo. En esta basílica que veis, la que hoy nos reúne, los arquitectos colocaron los ciminetos abajo; pero cuando somos edificados como templo espiritual, el cimiento lo hemos de colocar en las alturas. Corramos, pues hacia allí; apresurémonos hasta que nuestros pies estén pisando tus umbrales, Jerusalén". Juan Pablo II comenta: "La oración que acabamos de escuchar y gustar es uno de los más hermosos y apasionados cánticos de las subidas. Se trata del salmo 121, una celebración viva y comunitaria en Jerusalén, la ciudad santa hacia la que suben los peregrinos. En efecto, al inicio, se funden dos momentos vividos por el fiel: el del día en que aceptó la invitación a "ir a la casa del Señor" (v. 1) y el de la gozosa llegada a los "umbrales" de Jerusalén (cf. v. 2). Sus pies ya pisan, por fin, la tierra santa y amada. Precisamente entonces sus labios se abren para elevar un canto de fiesta en honor de Sión, considerada en su profundo significado espiritual.

Jerusalén, "ciudad bien compacta" (v. 3), símbolo de seguridad y estabilidad, es el corazón de la unidad de las doce tribus de Israel, que convergen hacia ella como centro de su fe y de su culto. En efecto, a ella suben "a celebrar el nombre del Señor" (v. 4) en el lugar que la "ley de Israel" (Dt 12,13-14; 16,16) estableció como único santuario legítimo y perfecto. En Jerusalén hay otra realidad importante, que es también signo de la presencia de Dios en Israel: son "los tribunales de justicia en el palacio de David" (Sal 121,5); es decir, en ella gobierna la dinastía davídica, expresión de la acción divina en la historia, que desembocaría en el Mesías (cf. 2 S 7,8-16).

Se habla de "los tribunales de justicia en el palacio de David" (v. 5) porque el rey era también el juez supremo. Así, Jerusalén, capital política, era también la sede judicial más alta, donde se resolvían en última instancia las controversias: de ese modo, al salir de Sión, los peregrinos judíos volvían a sus aldeas más justos y pacificados. El Salmo ha trazado, así, un retrato ideal de la ciudad santa en su función religiosa y social, mostrando que la religión bíblica no es abstracta ni intimista, sino que es fermento de justicia y solidaridad. Tras la comunión con Dios viene necesariamente la comunión de los hermanos entre sí (…).

Concluyamos nuestra meditación sobre el salmo 121 con la reflexión de uno de los Santos Padres, para los cuales la Jerusalén antigua era signo de otra Jerusalén, también "fundada como ciudad bien compacta". Esta ciudad -recuerda san Gregorio Magno en sus Homilías sobre Ezequiel- "ya tiene aquí un gran edificio en las costumbres de los santos. En un edificio una piedra soporta la otra, porque se pone una piedra sobre otra, y la que soporta a otra es a su vez soportada por otra. Del mismo modo, exactamente así, en la santa Iglesia cada uno soporta al otro y es soportado por el otro. Los más cercanos se sostienen mutuamente, para que por ellos se eleve el edificio de la caridad. Por eso san Pablo recomienda: "Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo" (Ga 6,2). Subrayando la fuerza de esta ley, dice: "La caridad es la ley en su plenitud" (Rm 13,10). En efecto, si yo no me esfuerzo por aceptaros a vosotros tal como sois, y vosotros no os esforzáis por aceptarme tal como soy, no puede construirse el edificio de la caridad entre nosotros, que también estamos unidos por amor recíproco y paciente". Y, para completar la imagen, no conviene olvidar que "hay un cimiento que soporta todo el peso del edificio, y es nuestro Redentor; él solo nos soporta a todos tal como somos. De él dice el Apóstol: "Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo" (1 Co 3,11). El cimiento soporta las piedras, y las piedras no lo soportan a él; es decir, nuestro Redentor soporta el peso de todas nuestras culpas, pero en él no hubo ninguna culpa que sea necesario soportar". Así, el gran Papa san Gregorio nos explica lo que significa el Salmo en concreto para la práctica de nuestra vida. Nos dice que debemos ser en la Iglesia de hoy una verdadera Jerusalén, es decir, un lugar de paz, "soportándonos los unos a los otros" tal como somos; "soportándonos mutuamente" con la gozosa certeza de que el Señor nos "soporta" a todos. Así crece la Iglesia como una verdadera Jerusalén, un lugar de paz. Pero también queremos orar por la ciudad de Jerusalén, para que sea cada vez más un lugar de encuentro entre las religiones y los pueblos; para que sea realmente un lugar de paz".

Qué alegría estar nuevamente en Jerusalén; qué alegría poder en ella alabar al Señor en su templo; esta es la razón por la que se buscará la felicidad de esa ciudad, pues de ella recibimos la paz y la felicidad. Nosotros, creyentes en Cristo, hemos recibido la paz, el perdón, la misericordia de Aquel que no rehuyó manifestarnos su amor hasta el extremo, yendo a Jerusalén, pues no es bueno que un profeta muera fuera de Jerusalén. Dios nos quiere entregados a favor de los demás; hemos de ser para ellos motivo de paz y de felicidad. Jamás motivo de tristeza, dolor, sufrimiento y muerte; pues Jesús no nos envió a destruir, sino a construir su Reino de justicia, de santidad y de paz.

3.- Lc 8,19-21 2. (ver Mc 3. 31-35: martes de la tercera semana). Entre los muchos que seguían a Jesús, hoy aparecen también "su madre y sus hermanos", o sea, María su madre y los parientes de Nazaret, que en lengua hebrea se designan indistintamente con el nombre de "hermanos". ¿A qué vinieron? Lucas no nos lo dice. Marcos, en una situación paralela, interpreta la escena como que los familiares, asustados por lo que se decía de Jesús y las reacciones contrarias que hacían peligrar su vida, venían poco menos que a llevárselo, porque decían que "estaba fuera de sí" (Mc 3,20-21). Lucas, que parece conocer noticias más directas -¿de parte de la misma Virgen?- no le da esa lectura. Podían venir sencillamente a saludarle, a hacer acto de presencia junto a su pariente tan famoso, a alegrarse con él y a preocuparse de si necesitaba algo.

Jesús aprovecha la ocasión para decir cuál es su nuevo concepto de familia o de comunidad: "mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra". No niega el concepto de familia, pero sí lo amplía, dando prioridad a los lazos de fe por encima de la sangre. Continúa, por tanto, el eco de la parábola que leíamos el sábado: la de la semilla que es la Palabra de Dios. Da fruto cuando se acoge bien y se pone en práctica.

La nueva comunidad de Jesús no va a tener como criterio básico la pertenencia a la misma raza o familia de sangre, sino la fe. Ciertamente en el pasaje de Lucas no podrá entenderse esto como una desautorización de su madre, porque el mismo evangelista la ha puesto ya antes como modelo de creyente: "hágase en mí según tu palabra". Al contrario: es una alabanza a su madre, en la que Jesús destaca, no tanto su maternidad biológica, sino su cercanía de fe. Su prima Isabel la retrató bien: "dichosa tú, porque has creído".

Nosotros pertenecemos a la familia de Jesús según este nueva clave: escuchamos la Palabra y hacemos lo posible por ponerla en práctica. Muchos, además, que hemos hecho profesión religiosa o hemos sido ordenados como ministros, hemos renunciado de alguna manera a nuestra familia o a formar una propia, para estar más disponibles en favor de esa otra gran comunidad de fe que se congrega en torno a Cristo. Pero todos, sacerdotes, religiosos o casados, debemos servir a esa "super-familia" de los creyentes en Jesús, trabajando también para que sea cada vez más amplio el número de los que le conocen y le siguen (J. Aldazábal).

La comunidad con Jesús, más que en la sangre está en oír y hacer realidad la Palabra. María es madre de Jesús por el "sí" total y absoluto, dado un día a la Palabra de Dios. "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,37). El texto no es un rechazo de María, es más bien una alabanza. Ella fue un "sí" a la Luz y dio a luz la Luz del mundo; no se la apropió, la entregó y esta misma donación la hace madre y hermana de todos los que siguiendo sus huellas son un sí a la Palabra y un ejemplo para el "hacer" de la Iglesia. Dirá S. Agustín: "de ahí que María es dichosa también porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió; llevó en su seno el cuerpo de Cristo, per omás aún guardó en su mente la verdad de Cristo. Cristo es la verdad, Cristo tuvo un cuerpo: en la mente de María estuvo Cristo, la verdad; en su seno estuvo Cristo hecho carne, un cuerpo. Y es más importante lo que está en l amente uqe lo que se lleva en el seno". No es la raza la que une con Jesús, ni la sangre; sino la acogida creyente y realista, en obras, de la Palabra. La última frase es dirigida a aquellos que por lo que sea: sangre, raza, nombre... creen tener un derecho sobre Jesús. El que se entrega sin presupuestos de ningún género no reconoce derechos, a no ser la necesidad. Dios nos ha elegido. La razón no es nuestra grandeza. Si de algo frente al Señor podemos gloriarnos es de nuestra propia debilidad (Dt 7,7-12).

Los parientes, madre y hermanos, quieren "ver" a Jesús. Es muy difícil precisar lo que esa palabra significa. En el texto correspondiente de Marcos, que Lucas tuvo presente al redactar su evangelio, la intención de la familia se precisa de un modo diáfano: buscan a Jesús para llevarle, porque piensan que está loco (Mc 3. 20-21). Juzgan que está loco porque anuncia entre las gentes cosas que se oponen a las viejas tradiciones de su pueblo.

Formulada con otras palabras, su acusación se identifica con aquélla que dirigen los fariseos: "Está poseído por Beelzebul o Satán", de tal manera que su vida y su mensaje están al servicio de las fuerzas de lo malo (Mc 3,22. Téngase en cuenta la unidad que forman Mc 3,20-21 y 3,31-35). Lucas, mucho más reverente en lo que respecta a la familia de Jesús (especialmente a María), ha suprimido ese motivo (la intención de la familia). Sin embargo, todo nos permite suponer que la llamada familiar reviste para el mismo evangelio de Lucas un rasgo negativo: los parientes quieren monopolizar a Jesús, utilizando los privilegios que les ofrece su parentesco. En este contexto se comprende la respuesta: "Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra" (8,21).

Frente al viejo parentesco de la sangre, Jesús funda las bases de la nueva familia de su Reino, en la que toman parte aquéllos que reciben y cumplen su palabra. Ténganse en cuenta los dos rasgos:

a) es preciso "escuchar la palabra", es decir, hallarse abiertos a la gracia, recibiendo el don de amor que Dios nos ha ofrecido por el Cristo;

b) hay que cumplir la palabra: solamente aquél que la traduce con su vida la ha escuchado plenamente.

El mensaje de Jesús se centra en estos rasgos de gracia y exigencia. Ser cristiano significa vivir en el misterio del amor que Dios nos comunica como nueva posibilidad de existencia; pero, a la vez, supone lograr que el don se expanda de tal forma que se convierta para nosotros en un principio de existencia: desde el amor de Dios debemos llegar a ser puente de amor para los otros.

Los que escuchan y cumplen la palabra de Jesús se han convertido en su familia. No son siervos que están fuera y que reciben por simple compasión un don de amor. Son la madre y los hermanos; es decir, forman con Jesús un mismo hogar de comunión y de confianza. Las barreras de este mundo (divisiones sociales, políticas, religiosas) pierden su sentido. En Jesús y por Jesús todos los hombres constituyen una misma familia, siendo miembros los unos de los otros (Coment. Edic. Marova).

Desde que Jesucristo está sentado a la diestra del Padre, no podemos ya entrar personalmente en contacto con él, no podemos ya verlo con los ojos, no podemos ya presenciar su acción. Jesús mismo dice qué es lo que importa: oír y poner en práctica la palabra de Dios. Nosotros tenemos la palabra de Dios. Los discípulos la siembran todavía en el mundo. Por Jesús fue traída la palabra de Dios al mundo, hizo una carrera triunfal por el mundo, nos llegó también a nosotros. En la palabra está la acción salvífica de Jesús, él está presente como portador de salud "Bienaventurados los que no vieron y creyeron" (Jn 20,29). El que escucha y pone en práctica la palabra de Dios, es madre y hermano de Jesús. No son los lazos de la sangre los que proporcionan la comunión con Jesús, sino el oír y poner en práctica la palabra de Dios. La Iglesia es edificada por la palabra de Dios. Ésta es el alma de la Iglesia, y la Iglesia es su fruto. De la palabra de Dios brota siempre Iglesia viva. Ésta viene a ser familia de Cristo oyendo y guardando la palabra de Dios. En la historia de la infancia se presenta ya a la madre de Jesús como la tierra buena que oye y hace, pone en práctica la palabra de Dios. Es esclava del Señor, que oye la palabra de Dios y se pone a su disposición como esclava (1. 38). Guarda cada palabra y la medita en su corazón (2,19). Lleva la palabra a Isabel, y su anuncio la hace tan rica, que desborda en un cántico (1,46-55). María es el corazón bueno, que retiene la palabra y lleva fruto con constancia. María es madre de Jesús, no sólo porque le dio la vida humana, sino también porque oyó y puso en práctica la palabra de Dios (El NT y su mensaje, Herder).

Lucas escogió colocarlo exactamente después de las parábolas de la "semilla" y de la "lámpara". De ese modo Lucas elaboró como una pequeña teología de la Palabra: los que escuchan a Dios, son tierra buena que produce mucho... son también como lámpara sobre un pedestal que alumbra lejos en derredor... pero también, y sobre todo, son la "familia de Jesús"..."¿Mi madre, mis hermanos? ¡Son los que escuchan la Palabra de Dios!" Tal como Lucas relata esa frase, no tiene nada de polémica. ¡No se trata, para Jesús, de rehusar a su familia, sino de ampliarla! Como si dijera: "¡Oh sí, amo a mi familia; pero esa familia es mucho más extensa de lo que imagináis! Comporta innumerables lazos con innumerables hermanos". Si escuchamos la Palabra de Jesús, nos hacemos semejantes a El, poco a poco vamos pensando y reaccionando como El... como si viviéramos familiarmente con El, como hermanos... ¡Señor, si eso resultara ser verdad! ¡Si escuchara tu voz de tal manera, que llegara yo, efectivamente, a percibirla como una voz familiar, y que, a su vez, mi propia voz acabara por tener la misma entonación que la tuya!

-Los que escuchan la Palabra de Dios, y la ponen en obra. Encontramos aquí la misma insistencia que en las dos parábolas precedentes: vivir la fe... vivir lo que se cree; poner en práctica, eficazmente, nuestras convicciones... practicar, poner en obra, la Palabra de Dios... (Noel Quesson).

María, la Mujer siempre fiel a la Voluntad Divina; aquella que escuchó la Palabra de Dios y, llena de amor, le dice al Señor: He aquí tu esclava, hágase en mí según tu Palabra, es para nosotros el modelo de todo aquel que ha sido redimido y salvado; y no lo es tanto por su Maternidad Divina, cuanto por su fidelidad a Dios. Ella, más que cualquiera de nosotros, es la que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica; por eso es bienaventurada. Por eso se dice que, antes que concebir al Hijo de Dios para que se hiciera hombre en su seno, lo concibió en su corazón. Las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy, más que constituir un desprecio hacia su Madre, se convierten en un descubrir la grandeza de María ante Dios especialmente por su amor fiel. Dios no toma tanta importancia al lugar, tal vez muy importante, que ocupemos en su Cuerpo, que es la Iglesia, sino a nuestra fidelidad que nos hace testigos y signos creíbles de su amor ante nuestros hermanos.

En esta Eucaristía no sólo hemos llegado a los umbrales del templo para celebrar a Aquel que es nuestra reconciliación y nuestra paz; sino que por medio de Cristo Jesús nos acercamos hasta el Misterio de Dios, y no como esclavos sino como hijos. El Señor no sólo se nos muestra para que le demos culto, sino que nos hace entrar en comunión con Él de tal forma que se convierte para nosotros en nuestro Camino de salvación. Él, a pesar de nuestras infidelidades, nos concede el perdón y la paz. Que su vida, en nosotros, no se convierta en esterilidad, sino que encuentre en nosotros un terreno fértil capaz de producir abundantes frutos de salvación para que la paz, la felicidad, la armonía y el amor, que proceden de Dios, llegue, por medio de su Iglesia, a todos los pueblos.

El Señor nos hace partícipes de su vida. Pero esa vida es para hacerla parte de nuestra existencia, que manifieste nuestra fidelidad a la Palabra y al Amor recibidos no sólo con actos de culto, sino con nuestras obras buenas, convertidas en una continua alabanza al Nombre de Dios. Ante Dios no contará sólo el culto que le tributemos en el templo; junto con nuestra alabanza hemos de pasar haciendo el bien si no queremos que al final el Señor nos diga que no nos reconoce, no tanto porque no nos hayamos sentado a su Mesa y lo hayamos escuchado por las plazas, y en su Nombre hayamos, incluso, expulsado demonios, sino porque nuestra vida se convirtió en un obrar la iniquidad, haciendo, así, por desgracia, que nuestras obras personales no concordaran con aquello que anunciábamos. Vivamos y caminemos en la justicia y en la paz, de tal forma que, ya desde la construcción de la ciudad terrena, vayamos construyendo entre nosotros el Reino de Dios que, en la eternidad llegará a su Plenitud cuando, reunidos como hijos en torno a nuestro Padre, junto con Jesús sea Él nuestra la Paz eterna.

Que Dios nos conceda, por intercesión de María, nuestra Madre, la gracia de vivir, a ejemplo de ella, escuchando la Palabra de Dios y poniéndola en práctica hasta que, finalmente alcancemos los bienes eternos y gocemos, así, de la Bienaventuranza sin ocaso. Amén (www.homiliacatolica.com)