viernes, 13 de noviembre de 2009

14 de septiembre, Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz: la misericordia divina transforma el mal y el pecado en perdón y salvación, pero es preciso mirar la Cruz, dejarse amar por Jesús

 

 

Lectura del libro de los Números 21,4-9. En aquellos días, desde el monte Hor se encaminaron los hebreos hacia el mar Rojo rodeando el territorio de Edom. El pueblo estaba extenuado del camino y habló contra Dios y contra Moisés: -¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos pan ni agua y nos da náusea ese pan sin cuerpo. El Señor envió contra el pueblo serpientes venenosas que los mordían, y murieron muchos israelitas. Entonces el pueblo acudió a Moisés diciendo: -Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las serpientes. Moisés rezó al Señor por el pueblo, y el Señor le respondió: -Haz una serpiente y colócala en un estandarte: los mordidos de serpiente quedarán sanos al mirarla. Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte; cuando una serpiente mordía a uno, miraba la serpiente de bronce y quedaba curado.

 

Salmo 77,1-2.34-35.36-37.38. R/. No olvidéis las acciones del Señor.

Escucha, pueblo mío, mi enseñanza; / inclinad el oído a las palabras de mi boca: / que voy a abrir mi boca a las sentencias, / para que broten los enigmas del pasado.

Y cuando los hacía morir, los buscaban, / y madrugaban para volverse hacia Dios; / se acordaban de que Dios era su roca, / el Dios Altísimo, su redentor.

Lo adulaban con sus bocas, / pero sus lenguas mentían: / su corazón no era sincero con él / ni eran fieles a su alianza.

El, en cambio, sentía lástima, / perdonaba la culpa y no los destruía: / una y otra vez reprimió su cólera, / y no despertaba todo su furor.

 

Carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses 2,6-11. Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo-, y toda lengua proclame: «¡Jesucristo es Señor!», para gloria de Dios Padre.

 

Evangelio según San Juan 3,13-17. En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: -Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

Comentario: En el año 630 d. C., Heraclio, emperador de Bizancio, tras derrotar al rey de Persia, Cosroes, recuperó la reliquia de la Santa Cruz que éste se había llevado de Jerusalén catorce años antes. Cuando iban a colocar de nuevo la preciosa reliquia en la basílica que Constantino había erigido en el Calvario, ocurrió un hecho extraordinario que la liturgia recuerda el 14 de septiembre con la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. "Heraclio —se leía hace años en el oficio de esa fiesta—, revestido con ornamentos de oro y piedras preciosas, quiso cruzar la puerta que da al Calvario, pero no podía. Cuanto más se esforzaba por seguir, más se sentía como clavado en aquel lugar. Estupor general. Entonces el obispo Zacarías le hizo notar al emperador que tal vez aquellas ropas de triunfo no condecían con la humildad con que Jesucristo había cruzado aquel umbral llevando la cruz. Inmediatamente el emperador se despojó de sus lujosas vestiduras y, con los pies descalzos y vestido como un hombre cualquiera, recorrió sin la menor dificultad el resto del camino y llegó hasta el lugar donde había que colocar la cruz".

De este episodio proviene remotamente el rito del Papa que, dentro de un poco se dirigirá –decía el predicador pontificio-, sin ornamentos y con los pies descalzos, a besar la cruz. Pero ese hecho tiene también un significado espiritual y simbólico que nos concierne a todos los que estamos aquí presentes, aunque no vayamos descalzos a besar la cruz. Quiere expresar que no podemos acercarnos al Crucificado si antes no nos despojamos de todas nuestras pretensiones de grandeza, de nuestros títulos; en una palabra, de nuestro orgullo y de nuestra vanidad. Sencillamente, no podemos; nos veríamos invisiblemente rechazados.

Y esto es lo que queremos hacer en esta liturgia. Dos cosas sumamente sencillas: la primera, echar a los pies del Crucifijo toda la carga de orgullo del mundo y del nuestro personal; la segunda, revestirnos de la humildad de Cristo y, con ella, volver a nuestra casa "justificados", como el publicano (cf Lc 18,14), es decir perdonados, renovados.

En el profeta Isaías leemos estas palabras del Señor: "Será doblegado el orgullo del mortal, será humillada la arrogancia del hombre; sólo el Señor será ensalzado aquel día" (Is 2,17). "Aquel día" es el día del cumplimiento mesiánico, el día en que Cristo proclamó desde la cruz que "todo está cumplido" (Jn 19,30). Aquel día, en una palabra, ¡es este día! ¿Y cómo doblegó Dios el orgullo de los hombres? ¿Atemorizándolos? ¿Mostrándoles su tremenda grandeza y su poder? ¿Aniquilándolos? No, lo ha doblegado anonadándose él: "Cristo Jesús, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó a sí mismo" (Flp 2,6-8). Humiliavit semetipsurn: ¡se humilló a sí mismo, no a los hombres! Doblegó el orgullo y la arrogancia humana desde dentro, no desde fuera. ¡Y hasta qué punto se humilló! No nos dejemos engañar por el esplendor de este lugar, de la liturgia, de los cánticos, de todos los honores con que hoy rodeamos a la cruz. Hubo un tiempo en que la cruz no era nada de todo esto, sino únicamente infamia. Algo que había que mantener lejos, no sólo de la vista, sino incluso de los oídos de los ciudadanos romanos (Cf Cicerón, Pro Rabino)'. Murió como había sido predicho: "No tenía presencia ni belleza que atrajera nuestras miradas, ni aspecto que nos cautivase. Despreciado y evitado de la gente, al verlo se tapaban la cara; lo tuvimos por un contagiado, herido de Dios y afligido" (Is 53,2-4). Sólo una persona en el mundo, a excepción de Jesús, sabe de verdad lo que es la cruz: María, su madre. Ella cargó, junto con él, con "el oprobio de la cruz" (Hb 13,13). Los demás, san Pablo incluido, conocieron "la fuerza de la cruz" (cf 1 Co 1,18), ella conoció también su debilidad; los demás conocieron la teología de la cruz, ella la realidad de la cruz.

1. Nm 21, 4-9. En el mar de las Cañas, es decir, en el golfo de Acabá, el pueblo se impacienta y se rebela contra Dios y contra Moisés. Está cansado de tanto vagar por el desierto y le fastidia no tener otra cosa que comer que un "pan sin cuerpo", el famoso maná. Añora el pescado y las cebollas de Egipto y sospecha maliciosamente contra Dios y Moisés. Se repiten las quejas de otras ocasiones y la misma desconfianza (cfr. 20,2ss; 14,1ss; 11,4ss). Este pueblo recalcitrante piensa que la libertad del desierto no es otra cosa que la libertad para morirse de hambre, y que hubiera sido mejor quedarse en la esclavitud de Egipto. Según se dice en Dt 8, 15, debió tratarse de una especie de serpientes muy peligrosas, que constituían una plaga del desierto. En los tiempos del rey Ezequías se conservaba una imagen de la "serpiente de bronce" (o Nejustán), atribuida a Moisés, a la que se le tributaba culto idolátrico (II Re 18,4), por cuya razón fue destruido, lo mismo que todos los ídolos, en la reforma de Ezequías. Si la desobediencia a Dios lleva a la muerte, la obediencia a Dios conduce a la salvación y a la vida. Lo que mata en definitiva no es la serpiente "saraf" (que así se llamaba aquella especie peligrosa), sino la desobediencia a Dios; de la misma manera sólo puede dar vida la aceptación de la voluntad de Dios, simbolizada en este caso por la serpiente de bronce. San Juan ha visto en la serpiente de bronce una imagen profética de Jesús colgado en el madero. Los que miran con fe y vuelven sus ojos confiadamente a la señal que ha querido alzar Dios en medio de su pueblo, se salvan. Este es el punto de comparación de la cruz con la serpiente de bronce ("Eucaristía 1975").

La serpiente de bronce levantada por Moisés sobre un asta en medio del campamento pasa a ser prototipo de Jesús, levantado sobre el madero de la cruz. Todos los israelitas que, habiendo sido castigados por sus rebeldías -mordidos por las serpientes venenosas-, miraban la serpiente de bronce se curaban. Todos aquellos que, seducidos por la serpiente diabólica, discurren por el camino del pecado y de la muerte son salvados también si «se vuelven» hacia la cruz de Jesús, es decir, si se convierten. Ni en uno ni en otro caso es un proceso mágico el que salva, sino sólo la voluntad de Dios, que nos ofrece el don de la fe: una nueva perspectiva -la correcta- del mundo y del hombre. En distintos pasajes de la Biblia se adivina una especie de pugna entre la idea de presentar la serpiente como una divinidad de la fecundidad y la perspectiva de la revelación que reconoce a Yahvé como el único dador de vida y salvación a los hombres. Así, la narración del pecado original que leemos en el Génesis emplea la serpiente para personificar la seducción de la humanidad por el mal. En los mismos orígenes de la vida humana, el mítico animal dador de la vida se nos presenta como el que seduce a los hombres atrayéndolos hacia las sendas del pecado y les inocula la muerte. Quien realmente abre a la humanidad las fuentes de la vida y se la comunica es el Dios de Israel, el único verdadero y, por tanto, el único capaz de devolvernos al camino de la verdad cuando somos seducidos por un dios falso. De ese modo, la serpiente, el dragón, pasarán a ser en Israel la personificación del maligno, que no sólo es incapaz de dar la vida, sino que también arrastra la humanidad a la perdición y que, en definitiva, será vencido por un hombre tan lleno de la presencia de Dios que será Dios y vencerá a la muerte en su propio terreno (J. M. Aragonés).

Si no sabemos qué significaba la serpiente del desierto, lo que sí sabemos es que el NT la interpreta como figura de Cristo en la Cruz: y él sí que nos cura y nos salva, cuando volvemos la mirada hacia él, sobre todo cuando es elevado a la cruz en su Pascua. Jesús, el Salvador. El mismo Jesús, en su diálogo con Nicodemo, nos explica el simbolismo de esta figura: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna» (Jn 3,14). Y en otra ocasión: «cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí. Decía esto para significar de qué muerte iba a morir» (Jn 12,32-33). Este «ser levantado» Jesús se refiere a toda su Pascua: no sólo a la cruz, sino también a su glorificación y su entrada en la nueva existencia junto al Padre. No entendemos cómo podían ser curados de sus males los israelitas que miraban a la serpiente. Pero sí creemos firmemente que, si miramos con fe al Cristo de la cruz, al Cristo pascual, en él tenemos la curación de todos nuestros males y la fuerza para todas las luchas. Sobre todo nosotros, a quienes él mismo se nos da como alimento en la Eucaristía, el sacramento en el que participamos de su victoria contra el mal. La gran prueba es la de dudar de Dios mismo. Ese estado de duda en nuestras relaciones con Dios suele aparecer cuando nos sentimos excesivamente aplastados por el peso de nuestras preocupaciones. Y esto sucede, en verdad, también a los cristianos más generosos y a los apóstoles más ardientes. Con mayor razón esto puede explicar en parte el ateísmo y la incredulidad: ¡con el desánimo a cuestas, se acusa a Dios! Pienso en la gran masa de nuestros contemporáneos que prescinden de Dios y ruego por ellos... ¡Ten piedad, Señor! ¡Alivia la carga que pesa sobre ellos! -Entonces, el Señor envió contra el pueblo serpientes venenosas. La serpiente ha sido siempre símbolo de espanto. Animal sinuoso y deslizante, difícil de atrapar, que ataca siempre por sorpresa y cuya mordedura es venenosa: el veneno que inyecta en la sangre no guarda proporción con su herida aparentemente benigna. Los hebreos, en el desierto no ignoraban que habían "hablado contra" Dios. Sabiéndose pecadores, interpretaban como un castigo del cielo las desgracias naturales que les sobrevenían. -Hemos pecado contra el Señor y contra ti. Intercede ante el Señor para que aparte de nosotros las serpientes. Toma de conciencia que acaba en intercesión. Señor, ayúdanos a ser conscientes de nuestros pecados. Haz que veamos claro; pero que la evidencia de nuestra culpa no nos deje sucumbir en el desaliento. En Sb 16,5-12 se nos dice que quien cura no es la serpiente, sino la misericordia divina, y Jesús nos explica que cuando sea elevado él curará todas nuestras dolencias.

-Moisés intercedió por el pueblo. Con frecuencia vemos a Moisés en oración. Moisés reza, pero no por sí mismo, sino por su pueblo. ¡Que tampoco yo deje de ampliar mi oración más allá de mis intereses particulares! El mundo espera intercesores, pararrayos. En el mundo, un poco en todas partes, hay almas que rezan y que salvan. ¿Soy una de ellas? Puedo hacerlo ahora mismo. Evocar en mi espíritu los grandes sectores de ateísmo, de pecado colectivo... rogar por esas intenciones (Noel Quesson).

2. Todo se espera de un David rey-pastor íntegro, prudente que guía a su pueblo. Y Jesús se presenta como este "Pastor" que viene a "dar su vida para salvará su pueblo" (Juan 10). No olvidemos nunca que Jesús entró en aquella historia y que es El mismo, un "hecho histórico". Nuestra fe cristiana no es tanto una "doctrina" como un acontecimiento. Igual que este salmo, el Evangelio de San Juan resume toda la historia en un drama: el rechazo permanente opuesto por el incrédulo a los múltiples dones de Dios. "Vosotros me véis, y no creéis" (Jn 6,36). "Os lo he dicho y no me creéis" (Jn 10,25).

"Le adulaban con sus bocas, pero sus lenguas mentían…" El pecado colectivo, hay pecados que marcan todo un conjunto humano, todo un pueblo. Hay que tomar conciencia de nuestra participación en mentalidades colectivas gravemente culpables: mentalidades culpables de mi profesión, de mi medio, de los grupos a que pertenezco. Los países occidentales por ejemplo, de consumo exagerado, de despilfarro en algunos casos, son colectivamente culpables hacia los países del Tercer Mundo, cuando éstos reclaman un mejor nivel de vida, un alza en los precios de los productos que venden a los países ricos (Noel Quesson). Por no hablar de los abortos, con excusa de libertad se mata gente, las guerras con excusas de paz cuando en realidad mandan criterios egoístas, económicos, y no se piensa en las vidas que matan aquellas "guerras preventivas"...

Conozco la historia, Señor, y sé la lección que nos enseña. Sé que la marcha de tu pueblo escogido de Egipto a Canaán es diseño y figura de mi propia vida de nacimiento a muerte, de pecado a redención, de cautividad a liberación. Y ahora vuelvo a vivir esa historia en mi corazón y me voy reconociendo a mí mismo en los episodios significativos de la travesía del desierto. La historia es un romance, y el romance tiene un tema y un estribillo. El tema es tu bondad, tu providencia, tu poder siempre a punto para ayudar a tu pueblo en todas sus dificultades y proveerlos en todas sus necesidades; y el estribillo es la ingratitud del pueblo, que, en cuanto recibe un nuevo favor, encuentra una nueva queja, duda de tu poder y se declara en rebeldía. Voy leyendo los capítulos de su peregrinación y voy pensando en las circunstancias de mi vida que en ellos se reflejan. ¿Aprenderé por fin la lección? «Hizo portentos a vista de sus padres, en el país de Egipto, en el campo de Soán: hendió el mar para abrirles paso, sujetando las aguas como muros; los guiaba de día con una nube, de noche con el resplandor del fuego». Esos portentos bastaban para fundar la fe de un pueblo para siempre. Sin embargo, su efecto no duró mucho. Sí, Dios nos ha sacado de Egipto; pero ¿podrá darnos agua en el desierto? «Hendió la roca en el desierto y les dio a beber raudales de agua; sacó arroyos de la peña, hizo correr las aguas como ríos». Nuevas maravillas para robustecer la fe. Y, sin embargo, nuevas dudas y nuevas quejas. Sí, nos ha dado agua; pero ¿podrá darnos pan?, ¿podrá darnos a comer carne en el desierto? «Pero ellos volvieron a pecar contra él y se rebelaron en el desierto contra el Altísimo: tentaron a Dios en sus corazones, pidiendo una comida a su gusto; hablaron contra Dios: ¿Podrá Dios preparar una mesa en el desierto? El hirió la roca, brotó el agua y desbordaron los torrentes; pero, ¿podrá también darnos pan, proveer de carne a su pueblo? «Lo oyó el Señor y se indignó, porque no tenían fe en su Dios ni confiaban en su auxilio». «Pero dio orden a las altas nubes, abrió las compuertas del cielo: hizo llover sobre ellos maná, les dio un trigo celeste, y el hombre comió pan de los ángeles; les mandó provisiones hasta la hartura. Hizo soplar desde el cielo el Levante y dirigió con fuerza el viento Sur: hizo llover carne como una polvareda, y volátiles como arena del mar; los hizo caer en mitad del campamento, alrededor de sus tiendas. Ellos comieron y se hartaron; así satisfizo él su avidez». «Sin embargo ellos siguieron quejándose, con la comida aún en la boca». Esa es la historia de la veleidad de Israel. Portento tras portento; queja tras queja. Fe pasajera que creía un instante, para dudar otra vez el siguiente. Pueblo de dura cerviz, eternamente cerrado ante el poder y la protección de Dios que cada día veían y cada día olvidaban. «Y, con todo, volvieron a pecar y no dieron fe a sus milagros. Su corazón no era sincero con él, ni eran fieles a su alianza. ¡Qué rebeldes fueron en el desierto, enojando a Dios en la estepa! Volvían a tentar a Dios, a irritar al Santo de Israel, sin acordarse de aquella mano que un día los rescató de la opresión». Triste historia de un pueblo rebelde. Y triste historia de mi propia alma. ¿No he visto yo en mi vida tu poder, tu protección, tu providencia? ¿No te he visto actuar yo en mi historia personal, Señor, desde el milagro del nacimiento, a través de la maravilla de la juventud, hasta la plenitud de mi edad madura? ¿No me has rescatado tú de mil peligros?; ¿no me has alimentado con tu gracia en mi alma y energía en mi cuerpo?; ¿no me has hecho sentir tantas veces la belleza de la creación y la alegría de vivir? ¿No he sentido yo tu presencia a mi lado a cada revuelta del camino, tu compañía, tu cariño, tu ayuda? ¿No has demostrado tú hasta la saciedad que eres mi amigo, mi protector, mi padre y mi Dios? Y, sin embargo, yo dudo. Me olvido, me enfado, me quejo, me desespero. Sí, me has dado libertad, pero ¿puedes darme agua? ¿Puedes darme pan? ¿Puedes darme carne? Me has llamado a la vida del espíritu, pero ¿puedes enseñarme a orar? ¿Puedes llevarme a la contemplación? ¿Puedes corregir mis vicios? ¿Puedes controlar mis pasiones? ¿Puedes purificar mis afectos? ¿Puedes suavizar mis depresiones? ¿Puedes darme fe? ¿Puedes darme felicidad? A cada favor tuyo le sigue una queja mía. Cada nuevo despliegue de tu poder me lleva a una nueva duda. Hasta ahora me has sacado adelante, pero ¿podrás sacarme en el futuro? Has hecho mucho, pero ¿podrás hacerlo todo? ¿Podrás hacerme de veras ferviente, libre, santo, entregado, espiritual, alegre, feliz? ¿Podrás? Y si es verdad que puedes, ¿por qué no lo muestras ahora y me transformas de una vez en esa persona ejemplar y radiante con que sueño ser?

«Ellos abusaron de la paciencia de Dios y se rebelaron contra él; no guardaron los preceptos del Altísimo; fueron desertores y traidores como sus padres, fallaron como un arco flojo. Provocaron su ira». Ten aún paciencia conmigo, Señor. Abre mis ojos para que vea tus obras y confíe en tu poder. Que las lecciones del pasado levanten mi confianza en el futuro. Refréscame la memoria para que me acuerde siempre de lo que has hecho, y así cobre seguridad sobre lo que puedes hacer. No me dejes poner límites a tu acción ni enturbiar con dudas mi relación contigo. Enséñame a fiarme de ti ciegamente en cualquier circunstancia y en todo momento: has hecho más que suficiente para merecer esa confianza por siempre. Despeja las nubes y acorta el desierto. No permitas que yo abuse más de tu paciencia. Hazme sentir la seguridad de que tú puedes resolver cualquier conflicto, y quieres hacerlo y lo harás. Déjame que reconozca el historial de tu misericordia. Déjame proclamar la fe con el gesto concreto de dejar de quejarme del presente y de preocuparme del futuro. Quiero proclamar que tú eres el Señor de la creación, de Israel y de mi propia vida, con la generosidad alegre de dejarla en tus manos sin reserva ni preocupación alguna. Te llamo «Señor», y Señor quiero que seas de mi vida, entregándotela con fe total y alegría sincera. Se acabaron las quejas, Señor. Mis dudas y mis culpas me han hecho sufrir en el pasado. Ahora deseo encontrar paz y consuelo en el perdón que ofreces a tu Pueblo a pesar de todas sus infidelidades.

«El, en cambio, sentía lástima, perdonaba la culpa y no los destruía: una y otra vez reprimió su cólera y no despertaba todo su furor, acordándose de que eran de carne, un aliento fugaz que no torna. Los hizo entrar por las santas fronteras hasta el monte que su diestra había adquirido; ante ellos rechazó a las naciones, les asignó por suerte su heredad: instaló en sus tiendas a las tribus de Israel». La historia de la salvación tiene un final feliz. Permíteme anticipar esa felicidad en mi vida, Señor (Carlos G. Vallés).

3. Flp 2. 6-11. El contexto de este himno, que no se cita hoy, manifiesta la preocupación de Pablo ante la manera de vivir los destinatarios de su carta. En su deseo de llevarlos a un estilo de relaciones mutuas más en consonancia con el Evangelio, les pone ante los ojos "a Cristo arrostrando la muerte y muerte de cruz". Invita a sus lectores a rechazar la vanagloria y el propio interés y les presenta a Jesús como modelo en rechazar la gloria. ¿Cuál es esta gloria rechazada por Jesús? Jesús aceptó esta notable humillación recordada por el himno, más que haciéndose hombre, "encarnándose", viviendo día tras día la existencia humana, y aceptando sus limitaciones concretas, especialmente la de la muerte. "Siendo rico, se hizo pobre" señala la segunda carta a los corintios (8,9). Correspondiéndole con todo derecho la gloria divina, por ser de "condición divina", Jesús aceptó vivir una vida despojada de esta gloria, una vida caracterizada por la humildad, tan distinta de la majestad de la que habría podido rodearse. ¿A qué se debe esta humillación, cuál es el motivo de tanta humildad? Los autores del N.T., fascinados por este tema, aducen varias razones: La emocionada frase de Pablo en la carta a los Gálatas: "me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2,20), ve en el amor la explicación de la vida humana de Jesús y la de Pablo, es como el lema central en este año dedicado al Apóstol (2008-2009). Por su parte, el autor del himno destinado a los Filipenses se fija más en la obediencia de Jesús. Esta obediencia invirtió la tendencia inaugurada por Adán. El tentador al dirigirse a Eva lo había hecho encandilándola con la promesa de que con su desobediencia se haría semejante a Dios: "seréis como dioses" (Gn 3. 5). JC, segundo Adán, al revés del primero, obedece. El primero desobedece para ser dios, el segundo obedece para ser hombre. Se somete incluso al libre juego de los egoísmos y de las injusticias de los hombres. "Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz". La cruz, señal del cristiano: "Es preciso pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios" (Hch 14, 22). Así lo han hecho los santos, como Josemaría Escrivá: "La vida espiritual y apostólica del nuevo Beato estuvo fundamentada en saberse, por la fe, hijo de Dios en Cristo. De esta fe se alimentaba su amor al Señor, su ímpetu evangelizador, su alegría constante, incluso en las grandes pruebas y dificultades que hubo de superar" (Juan Pablo II, homilía en la Misa de beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer y Giuseppina Bakhita. 17-V-1992).

-Exaltó a aquél que se había despojado en la muerte. Estamos acostumbrados a oír "al tercer día resucito de entre los muertos" que apenas nos hace mella el despojamiento de la cruz (la locura de la cruz). Más allá de la vida nuevamente conseguida, estas palabras se refieren al puesto que ahora se confía a Jesús, el obediente. "En el cielo, en la tierra, en el abismo". No se habla de hombres, sino de potestades. Se trata de aquellas potestades que hasta ahora esclavizaban el destino de los hombres y reducían la humanidad a esclavitud. Si doblan la rodilla ante Cristo, esto significa no sólo que le reconocen como más poderoso, sino también que el antiguo poder de ellos ha sido quebrantado. Se ha producido en el cosmos un cambio de dominio. "KYRIOS": el Jesús obediente ocupa ahora el puesto de Señor del universo. El sentido del mundo no es ya la insensatez, la ceguera, el azar, sino Jesucristo. Él es la respuesta a las preguntas que turban a los hombres. En él recobra el mundo su sentido. Estas mismas líneas maestras de este precioso himno a Cristo Señor se encuentran también en el relato de la Pasión (ciclos A y B) En la epístola a los Flp, Jesucristo "se despojó de su rango"; en el evangelio parece que no quiere que la gente descubra que Él es el Mesías: prohíbe hablar, manda callar (Mc:secreto mesiánico). Ahora Jesús declara sin rodeos su identidad ante el Sumo Sacerdote: "Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios". Y Jesús contesta afirmando su relación con Dios absolutamente única, y amplía su afirmación advirtiendo que lo que él es -ahora oculto-, llegará un día en que se manifestará: "Y veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo". -Padre, tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres" (Mc v.36). Nuevamente el tema de la obediencia, el mismo que la carta a los Flp desarrolla para explicar la humillación de Cristo. Y así como esta carta descubre en la obediencia el camino de la verdadera gloria: -"toda lengua proclame: Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre"- así también al final de esta Pasión "querida por el Padre", el evangelista escucha en el preciso momento en que Jesús muere que "toda lengua proclama" por medio del centurión: "verdaderamente este hombre era hijo de Dios". -En san Pablo, lo mismo que en el relato de la Pasión, Jesús entra en la gloria al final de una experiencia que consiste en la total aceptación de la vida de hombre, que es obediencia para gloria de Dios Padre. -Jesús ha querido ser Dios para nosotros haciéndose verdaderamente hombre.Sin alardes. Solidario en todo. Se sometió, "obediente hasta la muerte" a todo lo que comporta vivir como hombre: condicionamientos físicos y materiales (hambre, sed, calor, fatiga); condicionamientos económicos y culturales (los de la propia sociedad de su tiempo, cultura limitada, medios pobres, oportunidades concretas más o menos reducidas); y, sobre todo, condicionamientos sociales, que le implican en los intereses de las gentes de su tiempo, que le aman y son amados por él, le aceptan, o le rechazan, o le utilizan... y finalmente le matan, porque no se acomodaba a lo que ellos ansiaban y esto les molesta. Se hizo obediente a la realidad humana, tan compleja, promoviendo todo lo que era verdaderamente humano y rechazando todo lo que era contrario al hombre. Y así, de esta forma, obediente también al Padre, dando testimonio "hasta la muerte" de lo que el Padre quiere que sea la realidad humana.Y es esto precisamente lo que san Pablo recomienda a los filipenses: "tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús"; la misma obediencia a la realidad humana y al Padre, aunque esto pueda costaros la vida, "hasta la muerte"(...) La vida de Jesús es asumir la situación de los otros y ver cómo desde dentro de esa situación se puede crear la relación filial con el Padre y fraternal con los hermanos. (...) Mira el ejemplo de Jesús: deja tu "condición divina" -porque todos nos creemos de condición divina, nos hacemos absolutos y nos creemos dioses- y ponte en la condición del otro y procura sentir desde dentro al otro y padecer desde su situación (...) Nuestro espíritu propio nos lleva a la autoafirmación de nosotros mismos, de la que nacen todas las disensiones y disputas. Esto no es nada nuevo para nosotros porque lo venimos oyendo durante toda la vida y porque la imagen del crucificado es tan natural, que ya ha perdido su capacidad de escandalizar. Pero el Espíritu Santo puede hacer nueva y eficaz esta revelación. El Espíritu Santo puede hacernos volver hacia Jesús, humillado hasta la muerte y exaltado en su resurrección como Señor del universo, con una enorme admiración.

Este fragmento parece ser un himno litúrgico, que fue introducido por el Apóstol en esta sección de la carta porque le convenía para apoyar su exhortación a la humildad y sencillez, a la renuncia a creerse superior... cosas todas que quería inculcar a los cristianos de Filipos. Desborda, sin embargo, esta motivación concreta y nos presenta el proceso de la Encarnación, abajamiento, exaltación y Resurrección de Jesucristo. En contraste con Adán, que quiso ser más de lo que era, y también en contraste con los demás hombres que también lo pretendemos a nuestra escala, Jesucristo no se aferra a su propio ser divino, sino en cierta manera renuncia a él. Naturalmente no deja de ser Dios, pero vive en la tierra como si no lo fuera, compartiendo toda la condición humana hasta en sus aspectos más oscuros.

Es el himno de la solidaridad de Dios con los pequeños, los pobres, los débiles... no con palabras, sino con su propia vida. Se trata de un invento, sólo posible a Dios, que le permite acceder a aspectos débiles que por sí mismo no le corresponden.Y todo ello por amor al hombre. No es masoquismo, ascetismo u otra cualquier cosa, sino deseo y realización de amor al hombre concreto que sufre y muere. Naturalmente, también, no para quedarse ahí, sino para resurgir y ser exaltado. Y llevando con El a cuantos han compartido su suerte. Es la condición de posibilidad de la salvación humana realizada por Cristo y en Cristo. Es el himno de la liberación, es decir, del partido que Dios toma por los pobres. Porque el himno no dice sólo que el Hijo se hace hombre, sino se hace esclavo, lo más pobre y pequeño que podía hacerse. Y muere no de viejo, sino en cruz, muerte condenada y de esclavo. Es el himno a la esperanza de los pequeños y oprimidos porque el Hijo se ha puesto de su lado (Federico Pastor).

Como se sabe, el himno tiene una primera parte descendente por la humillación, y una segunda ascendente pues al descenso gradual en la humillación corresponde una ascensión triunfal en la gloria. Esta visión de las cosas supera la del Siervo que no era más que "elevado" (Is. 52, 13). Cristo va más allá porque alcanza el título del Señor (Sal 109/110), título que le vale el honor de la "genuflexión" y de la "proclamación", ritos reservados a Dios exclusivamente. Ya los reyes se prosternaban ante el Siervo doliente (Is. 49, 7), pero lo hacían "a causa de Yahvé". Ante Cristo, por el contrario, los hombres se prosternan como ante Dios, no sin glorificar al mismo tiempo al Padre. Nuestro himno se ocupa en primer lugar de la preexistencia del salvador, nos habla de la "categoría" de Dios que le es propia a Cristo antes de la encarnación. Se dice, después, que Cristo no quiso retener para sí esa "categoría", de manera que le impidiese tratar humildemente con los hombres y asumir nuestra propia naturaleza. Sólo el que usurpa una dignidad, la mantiene a despecho de todos y contra todos y por encima de todos; pero Cristo no tenía por qué hacer alarde de lo que realmente era y de "aquella gloria que tuvo delante del Padre antes que el mundo existiera" (Jn 15, 5). Como dice san Pablo en otro contexto, Cristo "siendo él rico se hizo pobre por vosotros, para que os hicierais vosotros ricos por su pobreza" (2 Cor 8,9). Aunque Cristo murió ciertamente como un esclavo, en una cruz y entre dos ladrones (los hombres libres no morían así, pero sí Espartaco y los esclavos que se sublevaron en Roma), la palabra "esclavo" no tiene aquí un sentido sociológico. Debe entenderse referida a un hombre que está sometido a mil dependencias de este mundo y, quizás mejor, se refiera al "siervo de Yavé". Se rebajó, más bien se anonadó (se vació de sí mismo, en contraposición al que se hincha con un honor aparente). Y no es que Cristo dejara de ser por un solo instante el Hijo de Dios, sino que aceptó voluntariamente la humilde condición humana y no hizo ostentación de su categoría divina. Cristo quiso acreditarse como verdadero hombre y vivir como uno de tantos. Por su obediencia al Padre, por su condescendencia con los hombres y por su solidaridad con todos los pecadores, Cristo se anonadó hasta el límite: hasta la muerte y muerte de cruz. Pero desde el abismo de la cruz adonde descendió porque quiso, Dios lo ensalzó para darle un "nombre" que está por encima de todo nombre. El nombre es para los hebreos la expresión del propio ser, la proclamación de lo que uno es; al recibir Jesús el "nombre-sobre-todo-nombre" se expresa lo que él es por encima de toda criatura. Jesús es el Señor. El nombre significa también la misión que uno ha de cumplir en el mundo, la misión de Cristo es la más excelsa. Al Señor, a Jesús exaltado como Señor, le compete el culto supremo de adoración, la exaltación de Cristo es la proclamación de la gloria de Dios Padre ("Eucaristía 1975").

4. Jn 3. 14-21 (ver evangelio de la fiesta de la Trinidad, ciclo A: Jn 3, 16-18). El diálogo de hoy presupone el texto de Nm 21,9: "Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte". Fue una medida salvadora. "Cuando una serpiente mordía a uno, éste miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado". El correlativo de la serpiente de bronce en el estandarte es Jesús en la cruz; el correlativo de mirar es creer. Jesús tiene que ser levantado en alto. ¡Honda y misteriosa necesidad! Para que al levantar la vista hacia esa altura quedemos salvados. El autor habla en perspectiva de presente. Vida eterna no significa lo que nosotros solemos llamar vida después de la muerte. En la expresión de Juan, eterno no se contrapone a temporal. Vida eterna es sinónimo de vida plena; eterno designa plenitud, totalidad. Vida eterna es la vida propia de una existencia feliz, de un tiempo y un mundo nuevo. Jesús levantado en alto hace posible este tipo de existencia para todo el que levanta sus ojos hacia él, para todo el que cree en él. El designio del Padre, continúa Juan, su voluntad es que tengamos una existencia así. Parece un sueño. Sólo con pensarlo un indescriptible relajamiento se apodera de uno. Jesús levantado en alto acaba con toda situación y sensación de existencia echada a perder. Existencia echada a perder es lo contrario de vida eterna; la traducción sobre el juicio sería: el que cree en él no queda condenado, al que cree en él no se le condena. No debemos perder de vista el punto de partida: mirar a la serpiente levantada en alto suponía la curación. Lo contrario es igualmente válido: dejar de mirar a la serpiente suponía no curarse. Es decir, excluirse uno a sí mismo de ser curado. Esto es exactamente lo que dice Juan cuando escribe que los hombres han preferido la tiniebla a la luz. Lo cual significa que el hombre es el único responsable de su destino y que Dios no es ni su contrincante ni su juez. Dios es sencillamente un padre, cuyo hijo único ha sido levantado en lo alto de una cruz. Pero para fortuna nuestra, al mirar a este hijo quedamos salvados (A. Benito).

La salvación viene del Hijo del Hombre exaltado en la cruz: "Cuando yo sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí" (12, 32). Creemos que es así, porque conocemos que éste es el plan de Dios, cuyo objetivo no es otro que dar vida a los creyentes, glorificando con ello a su Hijo (17,2; cfr. 13, 31s). El versillo debiera traducirse: "para que todo el que cree tenga vida eterna en él". El plan de salvación no tiene otro fundamento que el incomprensible amor de Dios al "mundo", esto es, al mundo de los hombres, que habían quedado sin "vida" por su culpa. Llevado por su amor al mundo, Dios salta el abismo que nos separaba de él y se aproxima a nosotros, para darnos lo que más quiere: su "único Hijo". Más aún, entregando a su único Hijo a la muerte para que nosotros tengamos vida. En esto se manifiesta que Dios es amor. El mejor comentario a este texto lo hace Juan en su primera carta (4, 9s). Se contrapone aquí "perdición" (o muerte) y "vida", lo mismo que en el versillo siguiente "condenación" (o juicio) y "salvación". El hombre sólo puede escapar de la perdición y de la condena, si, creyendo en Jesucristo, recibe la vida y la salvación. Dios envía a su hijo para salvar al mundo y no para condenarlo, Dios quiere la salvación de todos los hombres, y Jesús es, como afirma la Samaritana, el "salvador del mundo" (4, 42). Frente a cualquier dualismo de buenos y malos, Dios ofrece a todos la salvación y no sólo a una minoría privilegiada. El nombre del Hijo único de Dios es "Jesús", que significa "Dios salva". Creer en el "nombre", es creer en la misión salvadora de Jesús. Dios quiere la salvación de todos; si, no obstante, algunos se condenan es porque no creen en el nombre de su hijo y rechazan la salvación. Es característico de Juan lo que se ha llamado "escatología presente", esto es, el considerar el juicio de Dios como algo que acontece ya cuando el hombre resiste al Evangelio con su incredulidad; pues el que no cree, a sí mismo se condena y se priva de la última oportunidad de alcanzar la vida. Según esto, lo que llamamos "juicio final" no sería otra cosa que la confirmación divina de aquella sentencia a la perdición y a la muerte. Frente a las "tinieblas", que se presentan aquí como una personificación del mal, se alza la "luz" que es el mismo Hijo de Dios en persona (1, 4s). La venida de la "luz" al mundo denuncia la existencia de las "tinieblas" y, aunque el hijo de Dios no viene a juzgar a nadie, su presencia establece inevitablemente un juicio. La "luz" -y, por lo tanto, la proclamación del evangelio- cuestiona a los hombres y les obliga a decidir entre la fe y la salvación, o la incredulidad y la perdición. Muchos se deciden por la incredulidad, porque sus obras no son buenas. Se habla aquí de "hacer la verdad"; pues para Juan la verdad, lo mismo que la mentira, no son dos teorías opuestas, sino dos modos contradictorios de vivir. Los que obran perversamente se oponen a la verdad con la mentira de su vida y esconden sus malas obras huyendo de la luz. En cambio, los que hacen la verdad buscan la luz, para que se vean sus obras buenas ("Eucaristía 1988"). San Josemaría tuvo una iluminación: "Llegó la hora de la Consagración: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, sin perder el debido recogimiento, sin distraerme, vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: 'et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum' Jn 12,32. Y comprendí que serían lo hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana. Y vi triunfar a Cristo, atrayendo a sí todas las cosas".

Vio –explica su sucesor, don Álvaro del Portillo- que si ponemos a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, entonces Dios Nuestro Señor reinará en el mundo entero.  Regnare Christum volumus! Para eso, la Cruz. Así como Jesucristo, alzado en el madero entre el cielo y la tierra, muriendo por Amor, abrió a todos las puertas del Cielo; así nosotros, muriendo cada uno a sí mismo, procurando hacer con perfección las cosas pequeñas de cada día, buscando siempre y sólo la gloria de Dios, convirtiendo en oración todo lo que hacemos, levantamos también la Cruz de Cristo en la cumbre, en el pináculo de todas las actividades humanas, y arrastraremos hacia Dios a otras almas, que se fijarán en esos instrumentos que somos cada uno de nosotros.

Regnare Christum volumus!  Y para eso -insisto-, la Cruz de cada día...: el esfuerzo por cumplir un poquito mejor las prácticas de piedad, el empeño para realizar con más perfección el trabajo profesional, la lucha para afinar en los detalles de delicadeza en el trato y ayudar a los demás con la corrección fraterna, los pequeños vencimientos por los que nuestro espíritu apostólico resulta verdaderamente como el latir del corazón...

            Dentro de esa devoción al Crucificado, san Josemaría –que ponía cada año en la epacta: In laetitia, nulla dies sine cruce!, y veía que la alegría tiene las raíces en forma de cruz- quiso que representaran a Jesús  vivo en alguna imagen, de la que hay copia en el santuario de Torreciudad y en Roma: "Porque siempre lo representan muerto, y a mí muchas veces me gusta hacer la oración delante de un Crucifijo que me diga algo. También me habla por las llagas, y por los clavos que le tienen cosido al madero de la Cruz". Recordaba bien haber sentido en su interior, en medio de tormentos, un "abba, Pater!" dirigido a Dios… De la Cruz vamos siempre al gozo inmenso de sabernos hijos de Dios. Hoy, fiesta de la Santa Cruz, día en el que todos los piropos que echamos a la Cruz a lo largo del año parece que cuajan en guirnaldas de flores; hoy es día de propósitos, de generosidad, entrega, ansia de adquirir la caridad de Cristo, que cuajen en flores espléndidas, produzcan frutos sabrosos en actos de amor repetidos uno tras otro: Señor, esto por Ti; esto no lo quiero, pero lo ofrezco por Ti; esto me cuesta, Señor, esto me duele, pero lo acepto por Ti.

Jesús nos convoca en el Calvario, para que entreguemos la vida en corredención con El: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Este es el único camino para alcanzar la felicidad en el Cielo y en la tierra, pues el que pierda su vida por mí -promete el Señor-, la encontrará (Mt 16,25). Decía S. Josemaría, repensando 30 años más tarde aquella experiencia juvenil: "Tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios (...). Vale la pena clavarse en la Cruz, porque es entrar en la Vida, embriagarse en la Vida de Cristo". Y le ayudaban aleluyas de monja a rezar: "Corazón de Jesús, que me iluminas,/ hoy digo que mi Amor y mi Bien eres,/ hoy me has dado tu Cruz y tus espinas/ hoy digo que me quieres". Pues "El Señor, Sacerdote Eterno, bendice siempre con la Cruz".

Hay gente que siempre lo pasa fatal y ve maltratos y absolutiza las cosas malas en su vida, los dolores… Las contrariedades son en muchas ocasiones, subjetivas: cada uno toma las que quiere. El que está en Dios tiene pocas, porque, aunque sean reales, se sabe rendir ante la voluntad del Señor, le pide luces para superarlas, y no pierde la paz. "Me has dicho: Padre, lo estoy pasando muy mal.  Y te he respondido al oído: toma sobre tus hombros una partecica de esa cruz, sólo una parte pequeña. Y si ni siquiera así puedes con ella, ... déjala toda entera sobre los hombros fuertes de Cristo. Y ya desde ahora, repite conmigo: Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno. Y quédate tranquilo" (san Josemaría). Es importante la teología de la cruz, para no caer en el victimismo, sino unirnos a la Víctima. Así, en lugar de apartar a los demás, los atraeremos a Cristo.

Comenzamos toda actividad con la señal de la santa cruz, y es el signo positivo, que suma, el signo +, que nos auna, nos da optimismo, victoria, pues Jesús nunca habla de pasión sin hablar de resurrección. Si de verdad queremos ser felices: O bona Crux... La hemos de considerar como lo mejor: y por eso hemos de amarla y, como consecuencia de ese amor, buscarla. No podemos permitir que en nuestra vida haya tendencias que nos aparten de la Cruz. Tenemos que esforzarnos diariamente en amar en santidad, con esfuerzo, la Santa Cruz, de donde procede nuestra santificación. Hemos de ponerla en nuestras vidas, en nuestros sentidos, en nuestras potencias.

Nuestra gran ambición ha de ser ésta: divinizarnos y divinizar, y no hay más remedio que pasar por el camino de la Cruz, de la abnegación, de la renuncia; pero tampoco sin exagerar, porque el camino de la Cruz no es un camino de desasosiego ni de tragedia. Hay un texto de un autor del s. II que nos dice lo que tiene que significar para nosotros la Cruz: "Cuando me sobrecoge el temor de Dios, la Cruz es mi protección; cuando tropiezo, mi auxilio y mi apoyo; cuando combato, el premio; y cuando venzo, la corona. La Cruz es para mí una senda estrecha, un camino angosto: la escala de Jacob, por donde suben y bajan los ángeles, y en cuya cima se encuentra el Señor". Es interesante porque las imágenes de entonces sobre Jesús, que yo recuerde, eran el buen Pastor y el pez, etc. pero no la Cruz, más unitaria en la época medieval para representar a Jesús, pero la teología sigue desde el principio presente…

Una manera de amar la Cruz es amar la Santa Misa, que es la renovación del sacrificio de la Santa Cruz. Por eso hemos de procurar que la Misa tenga una consecuencia grande en nuestro día. La Virgen nos ayudará –stabat iuxta crucem Iesu, de pie-, para que agarrándonos a su mano, sepamos gustosamente incorporarnos a la Cruz, de donde nace la verdadera paz y el gaudium cum pace que tiene que informar toda nuestra vida, preparándonos para sus Dolores.

"Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito". ¡Profundas palabras, en las que el alma debe abismarse! Dios da. Este es el hecho fundamental de nuestra fe; sobre él descansa la revelación. De Dios sólo sabemos que da; se nos da a Sí mismo. Pues Dios no tiene algo, sino que El lo es todo. Si da, sólo puede darse a Sí mismo; y con El se nos da ciertamente todo. En todo lo que recibimos como don de la naturaleza o regalo de la gracia se da Dios a Si mismo. Y sólo en la medida en que lo reconocemos, poseemos lo que nos es dado. Todo lo que nos es dado puede sernos arrebatado de nuevo. Pero somos poseedores del don en tanto que reconocemos a Dios como la fuente de lo que nos da. Dios se convierte en don. Primero, dentro de su mismo Ser; pues al engendrar a su Hijo, se da a Sí mismo. Y el Hijo, al reconocer y amar a su causa generatriz, se vuelve a dar al Padre. La tercera persona divina, el Espíritu vital que sopla y fluye por doquier, el Espíritu Santo, es don entre Padre e Hijo. Pero el amor generoso de Dios sale de Sí mismo; en el Hijo se entrega al mundo. Esto sirve para entender bien que el Padre se entrega a sí mismo también cuando "da al Hijo" para la encarnación, la pasión y la muerte; para que su muerte borre los pecados del mundo, dejando en él lugar para Dios, que se entrega al mundo. Pero esto no basta; es preciso que los recipientes estén vacíos. Cuando Dios se da, es demasiado grande para que un hombre pueda comprenderle y poseerle. Es un don de tal categoría, que el mismo don nos concede la gracia de recibirlo. Nuestra naturaleza, aunque creada a imagen de Dios, no puede llegar a eso. Dios ha de dilatarla, elevarla. Más aún; ha de crearnos de nuevo, ha de darnos parte en su propia vida divina, en su Espíritu, para que nosotros podamos comprender y recibir lo que sobrepasa nuestra naturaleza. Con los dones divinos nos otorga la fuerza, también divina, para comprenderlos y guardarlos; la "virtus divina" que corresponde al "donum Dei". Esta fuerza para recibir y guardar los dones, es ya parte del don mismo, es un principio de la vida divina que ha de sernos dada; en una palabra, es la fe, que se nos da como comienzo de la vida divina en nosotros y cuya plenitud atrae sobre nosotros (Emiliana Löhr). En esta entrega del Hijo único hay un recuerdo del sacrificio que otro padre -Abraham- hizo también de su hijo único (Llucià Pou, 2009).

 

Domingo de la 24ª semana, B: Jesús dio la vida por mí, y yo tengo que darla por Él y por amor los demás.

Domingo de la 24ª semana, B: Jesús dio la vida por mí, y yo tengo que darla por Él y por amor los demás.

 

1. Isaías cantaba un poema del siervo de Yahvé, imagen de Jesús, desterrado y azotado, escupido y abofeteado, que supo obedecer, supo aguantar como Jesús ante Pilato: "yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado. Tengo cerca a mi defensor… el Señor me ayuda, ¿quién me condenará?" Así hemos de hacer cuando sentimos las violencias físicas, podemos completar lo que falta a la pasión de Cristo. Y en medio del sufrimiento el siervo experimenta la ayuda de Dios, que lo hace más fuerte que el dolor. Por eso practica la no resistencia a través del sufrimiento: confía sólo en Dios, que está con él. "... A quien te golpee la mejilla... ofrécele la otra..." como hizo Jesús, «siervo de Dios»: «porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos».

2. Este Salmo los judíos lo cantan al acabar la comida de Pascua, pues recuerda la liberación de la esclavitud de Egipto. Cómo Dios los ayudó a  escapar del grave peligro: Israel era prisionero en las redes del terrible faraón, sin ninguna libertad, se sentía muy "pequeño y débil" y "gritó". Y Dios lo escuchó y lo liberó a Israel, y lo hizo entrar en la "tierra del reposo", "la tierra de los vivos"... en que se vive a gusto: "Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida", pero podemos pensar que es el cielo, porque "Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante, porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco",

y así podemos rezar cuando nos vemos en peligro nosotros, Dios viene y nos saca del pozo: "Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor: «Señor, salva mi vida»". Y es que "El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo; el Señor guarda a los sencillos: estando yo sin fuerzas, me salvó. Arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída." Por eso me propongo desde hoy: "Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida". Jesús cantó la tarde del Jueves Santo este salmo al instituir la Eucaristía: "Amo al Señor... Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del Abismo, caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor: `¡Señor, salva mi vida!'» y es que Jesús se preparaba a morir por mí… Me acerco a este salmo con profunda reverencia…

3. Santiago dice: "¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras?" Está claro,  es como al ver un perro que se mueve, sabemos que está vivo. "¿Es que esa fe lo podrá salvar? Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: «Dios os ampare; abrigaos y llenaos el estómago», y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve? Esto pasa con la fe: si no tiene obras, por sí sola está muerta" O sea que si yo no tengo amor a los demás mi fe es como si estuviera muerta… entiendo, o sea que si no me ocupo de un necesitado y digo que amo a Dios es que es todo de boquilla pero no de verdad... "Alguno dirá: «Tú tienes fe, y yo tengo obras. Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe.»" Es aquello de que por sus frutos los conoceréis…

En el Evangelio vemos a Jesús que hace una encuesta, "preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?» Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.»", el enviado por Dios, ungido, para salvar. Lo que pasa es que pensaban entonces que quería decir un guerrero, por eso se inventa un nombre y les dice Jesús: "«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.»" Les dice dos cosas: que era el Hijo de Dios de la profecía de Daniel (que venía del cielo) pero que tenía que sufrir, y esto provoca la protesta del jefe de filas: "Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.»" -El Hijo del Hombre sufriente: Comienza una nueva revelación, que ha de morir en la cruz por nosotros, y que nosotros también hemos de tomar la cruz de cada día, pequeñas mortificaciones, no ser caprichosos, levantarnos puntuales, cosas que ayuden a los demás como hacer pequeños servicios o encargos en casa, obedecer a la primera, hacer los deberes o estudiar cuando toca, sonreír cuando nos cuesta, y ofrecer esas pequeñas cosas, como un sacrificio, unidos al sacrificio de Jesús, eso tiene mucho valor, que podemos meter en el banco de la comunión de los santos, que es como un banco de sangre espiritual, para ayudar a los que están sufriendo en tantos lugares del mundo, o para interceder para que no haya guerras, o no mueran de hambre, o las almas del purgatorio vayan al cielo…

 

Señor, ayúdame a servir

 

 

Jesús,
quiero seguir tu camino.
Vivir alegre y dispuesto
para servir a mis hermanos.
En el lugar que me pidas.
En mi familia,
con mis amigos,
en la escuela,
en el club o en el barrio.
Quiero vivir atento
a las necesidades de los demás.
En especial muy atento
a todas las personas que sufren.
Quiero ser como Tú,
servidor de todos.
Ayúdame a lograrlo.

(Marcelo Muría)

 

 

 

 

Domingo de la 24ª semana de Tiempo Ordinario. Jesús es el Siervo de Yavéh anunciado, que da su vida para nuestra salvación, y nos pide que vivamos una fe con obras de amor

 

 

Lectura del libro de Isaías 50, 5-9a

 

El Señor me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado. Tengo cerca a mi defensor, ¿quién pleiteará contra mí? Comparezcamos juntos. ¿Quién tiene algo contra mí? Que se me acerque. Mirad, el Señor me ayuda, ¿quién me condenará?

 

Salmo 114,1-2.3-4.5-6.8-9. R. Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.

Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante, porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor: «Señor, salva mi vida».

El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo; el Señor guarda a los sencillos: estando yo sin fuerzas, me salvó.

Arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lá imas, mis pies de la caída. Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.

 

Carta del apóstol Santiago 2,14-18. ¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar? Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: «Dios os ampare; abrigaos y llenaos el estómago», y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve? Esto pasa con la fe: si no tiene obras, por sí sola está muerta. Alguno dirá: «Tú tienes fe, y yo tengo obras. Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe.»

Santo evangelio según san Marcos 8,27-35. En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felípe; por el camino, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?» Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.» Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.» Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.»  

 

Comentario: 1. Is 50,5-10. En hermoso contraste con el Israel histórico, el Israel de la carne de la perícopa anterior, nos encontramos de repente con el anverso de la medalla, con el Israel fiel, con el siervo de Yahveh pintado en esta perícopa errante con nuevos, característicos e inconfundibles rasgos de una personalidad madura. El poema es el testimonio personal de la función profética de Israel dentro del plan divino, a pesar de las vejaciones porque tiene que pasar al presente. Este siervo de Yahveh tiene lengua de discípulo, de receptor y transmisor de la enseñanza revelada, eslabón fiel en la tradición. Con su palabra, la que ha recibido, que es fuerza de Yahveh, sostiene al cansado, al Israel histórico, escéptico y desilusionado. Y con la bella imagen del despertar mañanero a la voz de Yavheh sugiere en nosotros el misterioso contenido de la inspiración.

Desterrado y lleno de vejaciones, azotado, escupido y abofeteado, realidades simbólicas de todos los escarnios y humillaciones, supo obedecer a Yahveh, supo aguantar. Los Sinópticos dependen de este pasaje al pintarnos la situación de Jesús ante Pilato. Es que, aunque identifiquemos al Siervo de Yahveh con el "Resto", con el Israel de la fe, no cabe duda de que este Israel no era un fantasma abstracto sino la suma de muchos individuos que sufrieron en su propia carne estas violencias físicas y escarnios. Entre ellos, de un modo eminente y pleno, está Jesús y con él cuantos completemos en nosotros lo que falta a la pasión de Cristo. Quizás también el Deuteroisaías se sintió identificado como uno más con este Siervo de Yahveh, que, a pesar de todas las dificultades y contradicciones, de todos los sufrimientos y desprecios, supo confiar duramente en Yahveh. En él estaba su fuerza y vivía con la esperanza inminente de que estaba cerca su justificador. Es la seguridad de la cercanía de Yahveh en su vida como defensor sentado a la derecha en el juicio para defender y justificar al inocente. Todos lo acusan. Humanamente no hay respuesta. Las circunstancias lo condenan. Pero Yahveh sabe la verdad y está allí, a su lado, como justificador. ¿¡Quién contenderá contra él? La confianza es plena. Es el "Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado". Paso a paso el siervo de Yavheh nos va conduciendo hasta Cristo. Ellos lo vivieron a su modo. Nosotros al nuestro. Ambos mirando al Mesías y un Mesías crucificado (comentarios  Edic. Marova).

Su relación con el Evangelio es clara. El Evangelio de hoy narra la confesión mesiánica de Pedro; según Marcos se trata de un mesianismo paradójico, de un Mesías paciente, que Pedro no logra comprender. El texto del Antiguo Testamento está enfocado hacia ese Evangelio, indicando que el sufrimiento de Cristo estaba proféticamente previsto. Se trata del tercer cántico del Siervo, privado de su primer versículo (se podría comenzar la lectura en el verso 4, mejorando el sentido). Habla un personaje anónimo: no se llama "siervo", pero es semejante al personaje del capítulo precedente; no se llama profeta, pero narra una vocación profética. Es el hombre de la palabra, que deberá arrastrar las dificultades de su misión, confiando sólo en el Señor.

-Dios modela enteramente a su profeta o enviado: le da una lengua, le abre el oído. El profeta no opone resistencia a la llamada de Dios (compárese con Jr. 1,6; 15,17; 20,9); ésta es su primera justificación. En el desempeño de su misión acepta plenamente el sufrimiento. Como no resiste a la palabra del Señor tampoco resiste a las injurias humanas: ésta es su segunda justificación. En medio del sufrimiento experimenta la ayuda de Dios, que lo hace más fuerte que el dolor.

-La no resistencia podía tomarse como confesión de culpa, que da razón al contrario. El profeta, confiando en el Señor, acude tranquilo al juicio humano. Dios se encargará de la causa y probará la inocencia del acusado, su siervo. Véase el desafío de Jesús en Jn 8,46; la función del Espíritu respecto a Cristo en Jn. 16, 8-11, respecto al cristiano en Rom 8,33 ss. La iglesia y cuantos participan de la misión mesiánica de Jesús deben estar a la escucha, "abrir el oído", antes de hablar o pronunciar "una palabra de aliento". Sabiendo que la misión mesiánica pasa a través del sufrimiento y confiando sólo en Dios (A. Gil Modrego).

Este texto, que recoge casi completamente el tercer canto del siervo de Yavé, constituye una unidad con los otros cantos sobre el mismo tema (cf 42,1-9,1-6; 42,13-53,12). La figura del siervo de Yavé ha sido diversamente interpretada hasta nuestros días. Para unos, el siervo tenía un colectivo humano; esto es, el pueblo de Israel o más probablemente, el "resto de Israel" o "los pobres de Yavé". Para otros, se trataría de una persona individual, de un profeta y, sobre todo, del Mesías prometido. En cualquier caso, se trataría de uno (persona individual o colectiva) que padece por muchos, que toma sobre sí los pecados ajenos y que salva a los culpables con su resistencia hasta la muerte y con su triunfo a pesar de la muerte. Nos encontramos así con la idea de "representación", que permite conciliar las diversas interpretaciones apuntadas. Ya que en la historia de la salvación se observa como un proceso en el que la interpretación expiatoria y redentora se va concentrando cada vez más hasta llegar al Mesías: Israel representa a la humanidad; los "pobres de Yavé" representan a Israel; el Mesías representa a estos últimos y, en consecuencia, a Israel y a toda la humanidad. De esta manera el Siervo de Yavé es siempre el vehículo de una esperanza para todos y en cierto modo de todos, esperanza que en él se viste de paciencia a causa de los pecados ajenos. El poeta inspirado de estos cantos ha conseguido un alto grado de espiritualización de las expectativas mesiánicas de Israel, acercándose mucho a las realidades de la cruz de Cristo. No es de extrañar que Mateo identifique en Jesús de Nazaret al mismo Siervo de Yavé (Mt 12,15-21). Volviendo a nuestro texto conviene advertir que el autor acaba de describir en los versillos anteriores (1 ss) la situación en que actúa el Siervo de Yavé. El pueblo exiliado en Babilonia no cree ya en su liberación; piensa que Dios le ha abandonado como el esposo que repudia a su mujer o como un mal padre que vende a su hijo como esclavo (v 1; cfr. Dt 24,1; Jer 3,8). Pero lo que ha ocurrido es muy distinto: han sido los hijos de Israel los que han abandonado a Yavé; por lo cual han caído bajo el poder de Babilonia y padecen ahora el exilio y la esclavitud (v 1).

Alejados de Dios, no quieren escuchar la palabra que les dirige y desconfían que pueda salvarlos (v 2). Pero se equivocan; Dios es poderoso para salvar y cumplir lo que promete (vv 2 y 3). El Siervo de Yavé, que ha recibido buenos oídos para escuchar la palabra de Dios y una lengua expedita para anunciarla (a diferencia de Moisés, que era tartamudo; Ex 4, 10) no ha dejado de predicar la salvación de este pueblo cerril. En este ambiente hostil, la fidelidad del Siervo de Yavé y el valor con que cumple su misión despierta el enojo y la violencia de sus propios paisanos. Pero él lo aguanta todo, hasta los golpes y las acciones más débiles con que el populacho se ensaña contra su persona. El Siervo de Yavé no se vuelve atrás ni cejará en su empeño. Contra todos los ataques tiene el mejor defensor; contra todas las falsas acusaciones, el mejor abogado. El Siervo de Yavé confía salir victorioso de todos sus enemigos, porque Dios está con él ("Eucaristía 1991").

Hay que partir del versículo anterior que habla de la "lengua de los iniciados" y del oído para escuchar como iniciado. El Siervo ha recibido el encargo de sostener con su palabra a los desalentados. Para ello ha recibido el don de la palabra Is 49,2 a diferencia de Moisés que tenía dificultad en el hablar Ex 4,10. Pero ha recibido también la capacidad de escuchar la palabra-revelación de Dios. Profeta y mediador de salvación es aquel a quien Dios ha capacitado para escuchar su palabra y no se echa atrás a pesar de la dificultad que esta actitud comporta. El Siervo no se desanima porque Dios está presente, lo asiste y le hace justicia. La existencia del Siervo se caracteriza por "escuchar" y "anunciar". Puede cumplir la doble misión porque Dios le ha abierto el oído. Recibe y así puede dar=comunicar. Esta es la característica del servicio profético en Israel: ministerio profético-ministerio de la palabra. El drama del Siervo es interior y exterior: en lo exterior oprobios y malos tratos, en lo interior la actitud paciente y constante en medio de las angustias. Sin dudas ni vacilaciones se mantiene fiel a su compromiso. No sale de su boca una palabra de queja. Ha superado la concepción religiosa de su tiempo según la cual la desgracia era signo de castigo. El Siervo está seguro de su actitud al esperar que Dios le hará justicia. No sabe cómo pero no duda. La actitud del Siervo que sufre está en la línea de las enseñanzas del sermón del monte: "... A quien te golpee la mejilla... ofrécele la otra..." Mt 5, 39s (Pere Franquesa).

Al desarrollar su misión, el personaje acepta el sufrimiento. Con la misma actitud de no rebelarse a la acción de Dios, tampoco se resiste a las injurias de sus contemporáneos. De este modo la obediencia y la aceptación de su destino resultan perfectas.. En medio del sufrimiento experimenta la ayuda del Señor, quien le fortalece para resistir el dolor (cf. Jr 1,18;15,17.18; 20,11.13; Ez 2,8). La sumisión ante el sufrimiento podría hacer pensar en la aceptación de la culpabilidad del personaje. Éste, no obstante, afronta la dureza del juicio humano porque se sabe en manos de un abogado infalible: Dios en persona. Del mismo modo, san Juan nos presentará a Jesús afrontando su destino con fortaleza y serenidad, pues sabe que un Abogado, el Espíritu, probará su justicia (cf. Jn 16,4-11). El Salmo responsorial (114) narra la experiencia de liberación del salmista quien, tras sentir la muerte muy próxima, es escuchado por Dios que le retorna a la vida (Jordi Latorre).

En el libro de Benedicto XVI sobre Jesús, al hablarnos sobre sus nombres, señala: "Llegamos al tercer tipo de palabras sobre el Hijo del hombre: los preanuncios de la pasión. Ya hemos visto que los tres anuncios de la pasión del Evangelio de Marcos, que estructuran tanto el texto como el camino de Jesús mismo, indican cada vez con mayor nitidez su destino próximo y la necesidad intrínseca del mismo. Encuentran su punto central y su culminación en la frase que sigue al tercer anuncio de la pasión y su aclaración, estrechamente unida a ella, sobre el servir y el mandar: «Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos» (Mc 10, 45).

Con la citación de una palabra tomada de los cantos del siervo de Dios sufriente (cf. Is 53), aparece en la imagen del Hijo del hombre otro filón de la tradición del Antiguo Testamento. Jesús, que por un lado se identifica con el futuro juez del mundo, por otro lado se identifica aquí con el siervo de Dios que padece y muere, y que el profeta había previsto en sus cantos. De este modo se aprecia la unión de sufrimiento y «exaltación», de abajamiento y elevación. El servir es la verdadera forma de reinar y nos deja presentir algo de cómo Dios es Señor, del «reinado de Dios». En la pasión y en la muerte, la vida del Hijo del hombre se convierte también en «pro-existencia» (existir para los demás); se convierte en liberador y salvador para «todos»: no sólo para los hijos de Israel dispersos, sino para todos los hijos de Dios dispersos (cf. Jn 11, 52), para la humanidad. En su muerte «por todos» traspasa los límites de tiempo y de lugar, se hace realidad la universalidad de su misión.

La exégesis más antigua ha considerado que lo realmente novedoso y especial de la idea que Jesús tenía del Hijo del hombre, más aún, la base de su autoconciencia, es la fusión de la visión de Daniel sobre el «hijo del hombre» que ha de venir con las imágenes del «siervo de Dios» que sufre transmitidas por Isaías. Y esto con toda la razón. Debemos añadir, sin embargo, que la síntesis de las tradiciones del Antiguo Testamento que hace Jesús en su imagen del Hijo del hombre es aún más amplia e incluye además otros filones y veneros pertenecientes a estas tradiciones.

Así, en la respuesta de Jesús a la pregunta de si era el Mesías, el Hijo del Bendito, se funden Daniel 7 y el Salmo 110: Jesús se ve a sí mismo como el que está sentado «a la derecha de Dios», como dice el salmo sobre el futuro rey y sacerdote. Por otro lado, en el tercer anuncio de la pasión, en las palabras de rechazo de los letrados, los sumos sacerdotes y los escribas (cf Mc 8, 31) se inserta el Salmo 118 con la alusión a la piedra que desecharon los arquitectos y se convierte en la piedra angular (v 22); se advierte también una relación con la parábola de los viñadores infieles, en la que el Señor usa esta expresión para anunciar su rechazo y su resurrección, así como la nueva comunidad futura. A través de esta referencia a la parábola se perfila también la identificación entre el «Hijo del hombre» y el «Hijo predilecto» (cf Mc 12,1-12). Por último, también está presente la corriente de la literatura sapiencial: el segundo capítulo del Libro de la Sabiduría describe la hostilidad de los «impíos» frente al justo: «Se gloría de tener por Padre a Dios... Si es justo, el hijo de Dios, él lo auxiliará... Lo condenaremos a muerte ignominiosa» (vv 16-20)… El auténtico punto de referencia sigue siendo Isaías 53; lo que nos muestran otros textos es sólo que existe un amplio campo de referencias para esta visión fundamental.

Jesús vivió conforme a la Ley y a los Profetas en su conjunto, como decía siempre a sus discípulos. Consideró su propia existencia y su obra como la unión y el sentido de este conjunto. Juan lo expresa en su Prólogo diciendo que Jesús mismo es «la Palabra»; «en él todas las promesas han recibido un "sí"», escribe Pablo (2 Co 1, 20). En la enigmática expresión «Hijo del hombre» descubrimos con claridad la esencia propia de la figura de Jesús, de su misión y de su ser. Proviene de Dios, es Dios. Pero precisamente así —asumiendo la naturaleza humana— es portador de la verdadera humanidad.

«Me has preparado un cuerpo», dice a su Padre según la Carta a los Hebreos (10,5), transformando así las palabras de un Salmo en las que se dice: «Me abriste el oído» (Sal 40, 7). En el Salmo significa que la vida viene de la obediencia, del sí a la palabra de Dios, no de los sacrificios expiatorios y los holocaustos. Ahora, el que es la Palabra asume Él mismo un cuerpo; viene de Dios como hombre y atrae a sí toda la existencia humana, la lleva al interior de la palabra de Dios, la transforma en «oído» para escuchar a Dios y, por tanto, en «obediencia», en «reconciliación» entre Dios y los hombres (cf 2 Co 5,18-20). El mismo se convierte en el verdadero «sacrificio» al entregarse por completo en obediencia y amor, amando «hasta el extremo» (Jn 13,1). Viene de Dios y fundamenta así el verdadero ser del hombre. Como dice Pablo, contrariamente al primer hombre, que era y es de tierra, Él es el segundo hombre, el hombre definitivo (el último), el «celestial», y es «espíritu dador de vida» (1 Co 15,45-49). Viene, y a la vez es el nuevo «reino». No es solamente una persona, sino que nos hace a todos «uno» en El (cf. Ga 3,28), nos transforma en una nueva humanidad. El colectivo que Daniel descubre en lontananza («una especie de hombre») se convierte en una persona, pero en su «por muchos» la persona supera los límites del individuo y abarca a «muchos», se hace con todos «un cuerpo y un espíritu» (cf 1 Co 6,17). Este es el «seguimiento» al que Jesús nos llama: dejarnos conducir dentro de su nueva humanidad y, con ello, a la comunión con Dios. Escuchemos de nuevo lo que dice Pablo al respecto: «Igual que el terreno [el primer hombre, Adán] son los hombres terrenos; igual que el celestial, son los celestiales» (1 Co 15,48). La expresión «Hijo del hombre» ha quedado reservada a Jesús, pero la nueva visión de la unión de Dios y hombre que se expresa en ella se encuentra presente e impregna todo el Nuevo Testamento. A lo que tiende el seguimiento de Jesucristo es a esa humanidad nueva que viene de Dios".

S. Pablo hace alusión al v 9 al aplicar a Jesús la función de interceder por los elegidos en el pleito permanente con los enemigos del alma:  ¿quién puede pretender vencer en una causa contra Dios? (cf Rm 8,33). S. Jerónimo, subrayando la docilidad del discípulo, ve cumplidas en Cristo estas palabras: "esta disciplina y estudio le abrieron sus oídos para transmitirnos la ciencia del Padre. Él no le contradijo sino que se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz, de forma que puso su cuerpo, sus espaldas, a los golpes; y los latigazos hirieron ese divino pecho y sus mejillas no se apartaron de las bofetadas".

Una parte de este pasaje del poema del Siervo fue proclamada como 1ª lectura el domingo de Ramos. Aquí la profecía está tomada en consonancia con la predicción que Cristo hace de su Pasión y con la invitación que dirige a sus discípulos para que le sigan, precisándoles las condiciones que no pueden ser eludidas por quien quiera ser discípulo. Ya desde las primeras lineas advertimos la actitud del Siervo: no se ha rebelado y ha aceptado, sin echarse atrás, todos los sufrimientos que le han sido infligidos. No sólo no se sustrajo al sufrimiento, sino que ofreció la espalda y las mejillas y no protegió su rostro. Tal es el modelo de quienes quieren seguir a Cristo, tomar la propia cruz, no pretender salvar sus vidas. Situación imposible, si el Señor no acudiera en ayuda de quien da su vida por obedecerle. Aquí el texto de la profecía se hace lírico. Porque el Señor viene en ayuda de su siervo. Desde ese momento ya no se siente alcanzado por los ultrajes, su rostro es duro como pedernal. Pero sobre todo se siente fuerte moralmente: sabe que no quedará avergonzado porque tiene cerca al que le justifica. Ahí está el Señor que asume su defensa. Porque el siervo entrevé sus sufrimientos como situados en un breve intervalo que le separa del último día. Está cerca su abogado, y no tiene miedo en comparecer con los que le martirizan ante el tribunal del Señor. La oración es lo que permite al siervo pasar así indemne en medio de los ultrajes y soportarlos por el Señor… El sufrimiento del cristiano aparece en este domingo como transfigurado, y el significado de la renuncia para seguir a Cristo deja de verse como una amputación o una ascesis negativa. Aquí la vemos como participación en la Pasión gloriosa de Cristo que rescata a la humanidad y reconstruye el mundo. El sufrimiento del Siervo de Dios que es Cristo es una ofrenda sacerdotal. Cada cristiano, siguiendo a su modelo, participa así más profundamente en el sacerdocio de Cristo que se ofrece y ofrece.

Por consiguiente, no existe para nosotros más sufrimiento inútil que el que no aceptamos o no ofrecemos, todos los demás son redentores. Si no fuese esto verdad, no habría motivo para admitir la realidad de nuestro bautismo, que es participación de la vida de Cristo en su muerte y su resurrección, y habría que negar como irreal y simplemente mítico aquello que constituye lo esencial de la vida del cristiano: ser revestido de Cristo. De este modo, renunciarse, llevar la propia cruz, no son actividades mutiladoras, sino que, por el contrario, conducen al hombre a su glorificación, ofreciéndole la posibilidad de dar a su vida el máximo de eficacia" (Adrien Nocent).

2. El salmo 114, de acción de gracias, hace parte del "Hallel egipcio". Los judíos lo cantan al finalizar la comida Pascual, después de recordar la liberación de la esclavitud de Egipto. Este contexto es el telón de fondo. Los prisioneros liberados, los antiguos deportados, los que han escapado a un grave peligro... comprenderán mejor. Israel estaba efectivamente atado en las redes del terrible faraón, sin ninguna libertad, atado con nudos de la más dura sujeción: sofocado en medio de una civilización de paganismo idolátrico, el pueblo de Dios se sentía como muerto. Se sentía muy "pequeño y débil" frente al formidable poder del estado opresor. Israel "gritó". Y Dios escuchó su clamor, nos dice la Biblia (Exodo 2,23-24). Dios liberó a Israel, y lo hizo entrar en la "tierra del reposo", "la tierra de los vivos"... Esta tierra de Canaán en que se vive a gusto, la tierra misma de Dios, en donde está su Casa y su Ciudad, la tierra en que uno puede vivir "en presencia del Señor". Observemos hasta qué punto este poema está impregnado del acontecimiento Pascual.

¿Podriamos orar con este salmo, olvidando su contexto histórico? Recitémoslo, en nombre de Israel, poniéndonos sicológicamente en el lugar de este pueblo una noche de comida pascual, de este pueblo que tenía conciencia de existir únicamente porque Dios lo había "salvado". Salvados. Somos salvados. Dios nos salvó de la muerte.

¿Cómo podríamos recitar este salmo, ignorando que Jesús lo cantó la tarde del Jueves Santo, en "acción de gracias" por su última cena? Al instituir la Eucaristía, en el cuadro de la comida pascual tradicional de su pueblo, Jesús debió orar este salmo con particular fervor.

"Amo al Señor... " (el único salmo que comienza así –seguramente por Dt 6,5; 10,12 etc-, y Jesús no cesaba de hablar del Padre.

"Inclina su oído hacia mí..." afirmaba el salmo y Jesús decía: "Yo sé que tú me escuchas siempre" (Jn 11,42).

"Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo...". Para el salmista, era una imagen simbólica admirable. La Resurrección de Jesús, realizó al pie de la letra esta oración inaudita: "Invoqué el nombre del Señor: "Señor, salva mi vida".

"Arrancó mi alma de la muerte... Caminaré en presencia del Señor, en el país de la vida...".

Entre todos los humanos, Jesús solamente puede decir estas palabras con toda verdad... Como primogénito de entre los muertos. Nosotros podemos decirlo también, esperando nuestra propia resurrección.

Con un poco de imaginación, podemos acomodarnos en un rincón del cenáculo, aquella tarde memorable, entre los discípulos, con oído muy atento, para escuchar la voz de Jesús que canta. No es algo traído de los cabellos. Es la verdad. Jesús cantó las palabras de este salmo, aquella tarde.

Jesús, por otra parte, pidió a sus discípulos "hacer en lo sucesivo" lo que El había hecho aquella tarde: "Haced esto en memoria mía". ¿Realizan nuestras Misas este deseo de Jesús? Incansablemente damos gracias al Padre "que lo salvó de la muerte"... Y "que nos salva por su Resurrección".

 Pensemos en aplicarlo al hoy… Situaciones de tristeza y angustia. La densidad de la oración de Jesús infundida a este salmo no impide que la recitemos hoy por nuestra cuenta, por los oprimidos de hoy, los desesperados de hoy, los enfermos graves de hoy. La imagen de "la red", de "los lazos", es sugestiva. Cuántos hombres y mujeres, desgraciadamente, están "atados", inmovilizados por limitaciones físicas o sociológicas o morales... de las cuales no pueden liberarse. Cada uno conoce la terrible red en que se encuentra atrapado: este sufrimiento tenaz, este fracaso lacerante, este hábito que no logramos erradicar, este rasgo de temperamento que nos pesa, este pecado que nos tiene atados, esta situación sin aparente salida humana, esta preocupación por el dinero o el porvenir, esta preocupación ante los comportamientos de los niños, de los bebés. ¡Pobre humanidad! Habría que taparse los ojos, para no ver tanta angustia. Recitar los salmos, celebrar el Oficio, no es de ninguna manera marginarse de la realidad de este mundo. Nuestro "oficio" es justamente orar por el mundo. La condición humana en su totalidad está presente en los salmos. El grito de mi oración. La Biblia es con frecuencia más "veraz" que nosotros. En occidente, a menudo hemos suavizado la religión, la hemos civilizado, la hemos hecho culta. No hay que hacer ruido, no hay que gritar. ¡Vamos pues! Dios, escucha nuestros gritos. No se escandaliza por ellos. Los salmos están llenos de gritos (Salmos 27,1; 29,9; 30,23; 54,17; 56,3; 68,4; 76,2; 80,8; 94,1; 106,6; 119,1; 129,1, etc...). En este momento, sube desde la tierra un gran clamor. No nos tapemos los oídos. Hagamos que resuenen hacia Dios. Comprometámonos a "hacer alguna cosa", en favor de aquellos que gritan así... ¿Lo hacemos? "¡Señor, te lo ruego, libérame!". Oración que debemos repetir. "Líbranos del mal". "Líbrame de todo mal". Jesús nos sugirió orar de esta manera. Nuestro Dios es ternura, defiende a los pequeños. Nuestro Dios no es insensible. El mal le hace mal. Sufre con sus hijos. Como una madre que se siente personalmente herida por todo lo que se relaciona con los suyos. Nuestro Dios es un Dios vulnerable. Alma mía, recupera la calma. No se puede vivir en una tensión perpetua. Dios nos sugiere bondadosamente que tomemos un poco de reposo. Pero ¿"dónde" está este reposo? ""Arrancó mi alma de la muerte... Caminaré en presencia del Señor, en el país de la vida...". ¿Por qué en vez de rebelarnos y acusar a Dios del mal existente en el mundo, no lo escuchamos? Nos dice, y lo repite, que nos hizo para la resurrección... Para la vida, para "su" vida divina. El mundo moderno, acusa frecuentemente a Dios de haber creado un mundo imperfecto. Pero no escucha la respuesta. "Yo soy la Puerta, dice Jesús... Quien pasa por Mí encontrará la vida... Vine para que los hombres tengan vida, y la tengan en abundancia" (Juan 10,10). ¿Solemos, como lo hizo el salmista, como lo hizo Jesús, terminar un "grito de oración" mediante un apacible "canto de acción de gracias"? En la confianza de la fe... En el "reposo del alma" recuperado... (Noel Quesson).

Este salmo se rezó un Jueves Santo de camino hacia Getsemani. Había acabado la cena; el grupo era pequeño, y el último himno de acción de gracias, el Hal-lel, quedaba por recitar; y lo hicieron al cruzar el valle hacia un huerto de antiguos olivos, donde unos descansaron, otros durmieron, y una frágil figura de bruces bajo la luz de la luna rezaba a su Padre para librarse de la muerte. Sus palabras eran eco de uno de los salmos del Hal-lel que acababa de recitar. Salmo que, en su recitación anual tras la cena de pascua, y especialmente en este último rito frente a la muerte, quedó como expresión final del acatamiento de la voluntad del Padre por parte de Aquel cuyo único propósito al venir a la tierra era cumplir esa divina voluntad.

«Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del Abismo, caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor: `¡Señor, salva mi vida!'»

Me acerco a este salmo con profunda reverencia, sabiendo como sé que labios más puros que los míos lo rezaron en presencia de la muerte. Pero, respetando la infinita distancia, yo también tengo derecho a rezar este salmo, porque también yo, en la miseria de mi existencia terrena, conozco la amargura de la vida y el terror de la muerte. El sello de la muerte me marca desde el instante en que nazco, no sólo en la condición mortal de mi cuerpo, sino en la angustia existencial de mi alma. Sé que camino hacia la tumba, y la sombra de ese último día se cierne sobre todos los demás días de mi vida. Y cuando ese último día se acerca, todo mi ser se rebela y protesta y clama para que se retrase la hora inevitable. Soy mortal, y llevo la impronta de mi transitoriedad en la misma esencia de mi ser.

Pero también sé que el Padre amante que me hizo nacer me aguarda con el mismo cariño al otro lado de la muerte. Sé que la vida continúa, que mi verdadera existencia comienza sólo cuando se declara la eternidad; acepto el hecho de que, si soy mortal, también soy eterno y he de tener vida por siempre en la gloria final de la casa de mi Padre.

Creo en la vida después de la muerte, y me alienta el pensar que las palabras del salmo que hoy me consuelan consolaron antes a otra alma en sufrimiento que, en la noche desolada de un jueves, las dijo también antes de que amaneciera su último día sobre la tierra: «Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida» (Carlos G. Vallés).

3. Santiago 2,14-18 expone ahora la relación entre fe y obras. Entre los lectores de la carta había cristianos que se contentaban con una fe teórica, que confesaban la fe con la boca, pero no actuaban de acuerdo con ella en la vida práctica (cf 1,22). A éstos les indica el autor con toda fuerza que la fe manifiesta su efectividad en las obras de cada día. Esta exposición es a la vez una exigencia que se subraya expresamente, se fundamenta y se defiende contra cualquier falsa concepción. Con todo esto, el autor es portador de la enseñanza de Jesús en Mt 7,21-27. La "redención" no consiste en la primera justificación del hombre, en el paso del pecado a la gracia, sino en la consecución de la "salud", de la vida eterna por medio precisamente del hombre justificado. Se trata, pues, de aprender aquí que la adhesión al mensaje de Jesús (esto es, la fe) exige la colaboración efectiva con Dios en su designio de solucionar los problemas del hombre.

Esta colaboración no se hace cumpliendo las obras de la ley, sino amando al prójimo como "hermano" (cf 2,8s; Mt 25,34-36; Gal 6,6.13-26; 1 Cor 13,1-3; Col 3,14; "Eucaristía 1988").

El autor de la carta se esfuerza por mostrar la íntima y necesaria vinculación entre la verdadera fe y las obras. Parece ser que entre los posibles lectores había quienes se gloriaban mucho de su ortodoxia y descuidaban, en cambio, la buena conducta (la ortopraxis). El que cree escucha a Dios, y esto quiere decir, para Santiago, que hace lo que Dios dice. Creer es obedecer, según el doble significado de la palabra catalana "creure" (creer y "hacer caso" de lo que se oye siguiendo la voz: obedecer) y la etimología latina de la palabra "obediencia" (ob-audire, prácticamente lo mismo, seguir lo que se oye por la confianza que se pone en ello). Creer es hacer la verdad, según afirma también san Juan. Y, en concreto, es cumplir, ante todo, el mandamiento del amor. Al acentuar la necesidad de la ortopraxis, el autor de esta carta no hace otra cosa que recordar las palabras de Jesús: "No todo el que dice ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre" (Mt 7,21). En esta misma carta dice Santiago que la religión verdadera, la auténtica fe, consiste en "visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos en este mundo" (1, 27).

Cuando Pablo critica la doctrina de los fariseos sobre la salvación por la obras de la Ley, cuando afirma que lo que salva es la fe en Jesucristo (p. e. en Gál 2, 16), no se refiere a una fe de los labios. Porque, también para Pablo, creer es hacer la verdad que viene de Dios en Jesucristo para los hombres.

Con un ejemplo sencillo y tremendamente realista, el autor ilustra lo que entiende por verdadera fe y muestra lo poco que sirve una fe sin obras. Si las buenas palabras no resuelven nunca los problemas del prójimo, tampoco resuelve nada la fe sin obras. La fe es un principio de vida. Cuando carece de obras no da señales de vida; es una fe muerta. La fe no es una tontería, ni simple adhesión teórica a unas verdades prácticas. El que sólo cree con la cabeza, no cree.

Es muy cómodo decir que se tiene fe cuando no se practica; pero esto no prueba nada. Las obras son las únicas señales que acreditan la fe delante de los hombres ("Eucaristía 1991").

La carta de Santiago sigue el estilo propio de la literatura sapiencial del A. T. El contexto judeo-cristiano es claro. Es una colección de dichos, exhortaciones y normas morales. Se caracteriza no por la reflexión teológica, sino por las indicaciones explícitas hacia la vida concreta. El diálogo polémico es una ficción literaria. No es posible establecer quién sea el adversario con quien polemiza. En la carta no hay indicaciones concretas. En la lectura de hoy se desarrolla el tema Fe-Obras. Algunos han querido oponer esta doctrina a la de Pablo en Romanos y Gálatas.

Se trata de puntos de vista distintos, no de contraposiciones. La fe que Santiago rechaza es totalmente distinta de la fe a la que Pablo atribuye la justificación. Pablo conoce la fe que opera por medio de la caridad, Ga 5,6. Es posible que en este texto se polemice contra un paulinismo mal entendido que quería renunciar a hacer la fe operante en la vida. Contra esta actitud se propone una fe que actúa en la vida.

El modo cómo esta concreción se realiza depende del mensaje de la carta de Santiago. Una fe viva y dinámica significa una vida tan radical y profundamente solidaria con los otros como lo fue la de Cristo que es el sujeto de nuestra fe. Es un mensaje que nos toca de cerca. El tema es hoy tan actual como en los tiempos de Santiago. También hoy se da la fe sin obras o la fe que no se encarna en la vida.

Una fe simplemente intelectual, que no es capaz de cambiar la vida, que no es compromiso y entrega a los hombres, es una fe muerta que no salva ni da vida. Decir palabras bonitas y vacías a quien tiene necesidad de ayuda es lo mismo que la fe sin obras (Pere Franquesa).

-La fe sin las obras: Con los actos es como hay que demostrar la fe. Este pasaje de Santiago nos preserva de toda ilusión en la vida cristiana: ésta no consiste en conceptos, sino en realizaciones concretas. Al leer el pasaje, caemos en la cuenta de que está hecho más bien para ser proclamado; es incisivo, y su proclamación a nadie puede dejar indiferente. El cristiano que lo oye, se siente inmediatamente invitado a considerar cómo vive. No nos dice Santiago -que lo da por sabido- qué es la fe y cuál es su objeto. En cuanto a la concreta actividad que ella supone, nos la describen estos versículos orientados al cuidado del otro y de la caridad. Es un estilo pastoral muy simple y un tema querido de Juan en sus cartas. La fe conceptual no salva; tiene que pasar a lo concreto de la vida. Para expresarlo mejor, Santiago recurre, como buen predicador, a un ejemplo. No le falta humor en la elección de su parábola, de hecho, en ella encontramos a nuestros buenos cristianos de siempre, fecundos en principios de vida, pero poco inclinados a ponerlos en práctica. Decía san Agustín que no se evangeliza a vientres vacíos. El verdadero testigo de la fe no se contenta con predicarla, sino que percibe de hecho las necesidades y busca solucionarlas. Para Santiago, el cristiano de su parábola sólo tiene una fe muerta... "Yo, por las obras, te probaré mi fe". Así pues, la sola posesión del don de la fe no puede salvar, es preciso obrar. Ninguna oposición en esto a san Pablo: aunque éste escribe que la fe sola salva (Rm 3,28), en él se trata de una manera de expresar teológicamente la iniciativa del Señor que salva mediante el don de la fe; nuestras actividades nada pueden por sí mismas. La fe es don de Dios (Rm 3,27; 4,2-5), y la salvación está condicionada por la fe (Rm 3,22-28). Sin embargo, san Pablo nos dice insistentemente que es la actividad obediente de Cristo la que nos salva (Rm 5,18-19), en ese sentido, no son las obras de los hombres las que pueden salvarlos (Rm 3,28); pero la colaboración del hombre que ha recibido la fe es necesaria para su salvación: "... hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos" (Ef 2, 10; Adrien Nocent).

"Así como del movimiento del cuerpo conocemos su vida, así tambie´n conocemos la vida de la fe por las buenas obras. Porque la vida del cuerpo es el alma, por la cual se mueve y siente, y la vida de la fe, la caridad… por lo que, resfriándose la caridad, muere la fe, así como muere el cuerpo apartándose de él el alma" (S. Bernardo). Y el Catecismo 1815 distingue la fe sin obras como muerta: "El don de la fe permanece en el que no ha pecado contra ella (cf Cc Trento: DS 1545). Pero, "la fe sin obras está muerta" (St 2,26): Privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo".

4. Marcos 8,27-35 (par: Lc 9,22-25; Mt 16,21-27). Hay que observar cómo el anuncio de la pasión va siempre unido al anuncio de la resurrección. El misterio de Jesús tiene dos caras, y la definitiva es la resurrección, no la pasión. Marcos no quiere solamente decirnos que la resurrección vendrá después de la pasión, como un triunfo sobre ella, sino que la salvación pasa a través de la cruz. Con esto queda afirmado, al menos implícitamente, el carácter soteriológico de la pasión. Finalmente, resulta sorprendente cómo tras cada una de las predicciones de la pasión aparece de una manera o de otra la incomprensión de los discípulos: la de Pedro, la de los discípulos que discuten sobre quién es el más grande, la de Juan y Santiago que buscan el primer puesto... Así pues, la soledad de Jesús es total: no sólo no lo comprende la gente, sino ni siquiera los discípulos.

-El Hijo del Hombre sufriente: Comienza una nueva revelación, que será habitual a partir de este momento. La novedad de la revelación (que se irá concretando cada vez más en el evangelio) consiste en esto: se pasa de la revelación de Jesús Mesías a la del Hijo del Hombre que sufre. Pedro le llama Mesías, y Jesús lo asume pero sin querer banderas humanas se llama enseguida Hijo del hombre para incluir lo que le llamó Natanael ("Hijo de Dios") pero de un modo nuevo, con la pasión. Paralelamente comienza un nuevo tipo de incomprensión, que no es ya la de la gente, sino la de los discípulos. Ellos están dispuestos a aceptar el carácter mesiánico de Jesús, pero no en el camino mesiánico hacia el sufrimiento. A la profundización en la perspectiva mesiánica corresponde otra profundización de la fe (o de la incredulidad).

Lo repetimos una vez más: la soledad de Jesús es total. No sólo es la gente la que no comprende, sino tampoco los discípulos. Jesús condena a Pedro con los mismos términos con que condenó a Satanás en la tentación del desierto. Se trata realmente de la misma tentación: una oposición mesiánica que descarta los caminos de Dios para imponer los caminos humanos. Hay que comprender además en qué consiste la novedad de la revelación que aquí se nos hace. No consiste solamente en la perspectiva de la pasión, sino en el hecho de que esta pasión entra en los planes de Dios.

Conviene que nos fijemos bien en ese "era necesario" que recogen todas las fuentes. No indica simplemente una certidumbre de orden histórico y psicológico, basada en las observaciones que Jesús podía ir sacando del ambiente y de las situaciones. Expresa claramente la conciencia de una necesidad de orden teológico. La pasión no es la consecuencia de una fatalidad, sino de la voluntad de Dios. Está arraigada en el plan mismo de Dios. Y aquí es donde está el escándalo de los discípulos: esta forma de presentar la pasión no sólo afecta a su concepto del Mesías, sino más hondamente al plan mismo de Dios, a su concepto mismo de Dios (Bruno Maggioni; Biblia de Navarra, ver notas y citas de algunos santos al respecto: S. León Magno, S. Beda).

El discípulo tiene que "negarse" a sí mismo (8, 34), esto es, tiene que aceptar -a diferencia de Pedro- el proyecto mesiánico de Cristo, invirtiendo de esta manera la imagen de Dios que se había construido y purificando radicalmente las esperanzas que había cultivado hasta entonces.

Es una conversión que llega hasta la raíz y alcanza hasta el centro de la propia mentalidad, desconcertando los criterios de fondo e indiscutibles de las propias valoraciones. Se puede por tanto hablar muy bien de "negarse a sí mismo".

El discípulo (8, 35) tiene que proyectar su existencia en términos de entrega, no de posesión: "El que quiera asegurar su vida la perderá; en cambio, el que pierda su vida por mí y por el Evangelio se salvará". Hay que evitar absolutamente leer estas palabras en una clave dualista: renunciar a esta vida terrena por la celestial, a los valores materiales por los espirituales. Nada de esto. Jesús afirma que la vida entera, material y espiritual, se posee únicamente en la entrega de sí mismo. Vale la pena que insistamos: Jesús no nos pide que renunciemos a la vida (a esta vida, para que tengamos otra), sino que exige que cambiemos el proyecto de esta vida. No se trata de una renuncia a la vida, sino de un proyecto de la misma en la línea del amor.

En definitiva, ¿de qué sirve ganar el mundo entero si se pierde uno a sí mismo? (8,36-37). Estamos siempre en la misma línea de pensamiento. Ninguna oposición entre alma y cuerpo, entre espíritu y materia. La oposición está en el proyecto del hombre y el proyecto de Dios, entre dos modos posibles de conducir la existencia. No está en juego una vida en lugar de la otra, no se trata de elegir simplemente entre esta vida y la vida futura. Está en juego toda la existencia; la elección hay que hacerla entre una vida "llena" y una vida "vacía". Puedes jugarte la existencia apostando por la posesión, dentro de la lógica de tener cada vez más; o te la puedes jugar apostando por la solidaridad, según la lógica del discípulo. La primera elección, a pesar de su fascinación inicial, contiene la negación de la vida, porque en su esencia más profunda el hombre está hecho de amor, no de soledad. La segunda, a pesar de su fracaso aparente, contiene la plenitud de la vida (Bruno Maggioni).

Se sitúa la escena en la zona más septentrional judía, donde el río Jordán comienza su andadura. Marcos centra su atención en Jesús, abordando el interrogante que con anterioridad había aparecido en al menos cinco ocasiones. La pregunta sobre quién es Jesús se la han formulado a sí mismos absolutamente todos los que le rodean: la gente, los responsables doctrinales, los discípulos, los paisanos de Jesús, Herodes Antipas (Mc 1,27; 2,7; 4,41; 6,2-3.14-16). En el texto de hoy es el propio Jesús quien traslada la pregunta a sus discípulos. Es una forma de resaltar la importancia del texto de hoy. La respuesta de Pedro en nombre del grupo va seguida de un tajante mandato de Jesús instando a sus discípulos a guardar silencio. El mandato de guardar silencio que el domingo pasado recaía sobre la curación del sordomudo, recae hoy sobre la confesión de Pedro. La actividad curativa de Jesús y la personalidad de Jesús las recubre Marcos con el mismo velo de silencio. En cualquier caso, del más sorprendente. Mandatos de silencio hasta ahora constatados acerca de la persona de Jesús: Mc 1,25 y 3,12; acerca de las curaciones: Mc 1,44; 5,43; 7,36; 8,26.

El mandato de silencio viene seguido en esta ocasión por unas palabras de Jesús sobre su camino futuro. Marcos subraya que se trata de una revelación a las claras, de un hablar abiertamente, sin esconder ni velar nada. Cuatro verbos resumen ese futuro camino: padecer, ser condenado, ser ejecutado, volver a la vida.

La expresión padecer mucho no se refiere a un momento concreto, sino que recoge el conjunto de tribulaciones causadas a Jesús a lo largo de su existencia terrena. Pedro cuestiona la revelación de Jesús. La reprensión siguiente de Jesús viene a sumarse a las cuatro ocasiones anteriores en que Marcos ha presentado a Jesús reprendiendo a sus discípulos por su falta de comprensión. Mc 4,40; 6,52; 7,18 y 8,17-21. Se trata de otro rasgo peculiar del quehacer teológico de Marcos.

El texto concluye con una solemnidad especial en razón de la ampliación del auditorio. Se anuncia el comienzo de una andadura difícil y se formulan dos condiciones para emprenderla: negación de sí mismo y disposición a cargar con la cruz.

En Mc. 4, 11 el autor ha empleado la palabra misterio refiriéndose al Reino de Dios. Marcos entiende esta palabra en el sentido de algo oculto y desconocido. Una cosa que los contemporáneos de Jesús parecían desconocer es que el Reino de Dios es una realidad abierta absolutamente a todos los hombres. Este es el aspecto del Reino de Dios que Marcos ha ido desvelando hasta este momento.

En el texto de hoy Marcos aborda un segundo aspecto oculto y desconocido del Reino de Dios. Su formulación es trágicamente sencilla: el sufrimiento del Enviado, del Hijo. Esto es lo que hoy Marcos desvela con toda claridad.

Marcos recoge más bien las palabras de Pedro como afirmación válida, como auténtica confesión en la persona de Jesús. El término Mesías está en la linea del término Hijo. La razón de esta prohibición y de todas las anteriores la encontramos en el v. 32. Este versículo desvela del todo el misterio del Reino de Dios, un Reino abierto a todos y un Reino cimentado sobre el sufrimiento del Enviado de Dios. En la concepción de Marcos la fe en Jesús pasa en primer lugar por un creer en Jesús muerto y resucitado. Es inválida toda confesión sobre Jesús que no parta de la provocación de la muerte y de la resurrección de Jesús. Porque es realmente provocativo decir que el Hijo de Dios tiene que morir y resucitar. Escandaloso para los esquemas humanos de lo divino. ¡Un Dios que sufre como cualquier mortal el desbarajuste y los descalabros de los mortales! La tremenda necesidad nacida de la realidad. El fascinante realismo del Reino de Dios. El texto termina transfiriendo al creyente el camino de Jesús, el camino completo, esto es, muerte y vida. Ser discípulo de Jesús, según Marcos, es reconocer el camino de Jesús y asumirlo como único camino personal. Es importante devolver a este camino toda su impronta de realismo, derivado de las provocaciones humanas. Esto sí que es misterioso, me refiero al hecho de que seamos ("tengamos que ser") lobos los unos para los otros. El creyente se encuentra situado en el mismo camino que Jesús. La confesión externa puede resultar sencilla; su puesta en práctica es difícil. La protesta proviene de la consternación existencial. Pero puede ayudar a que la confesión hecha con los labios llegue a madurar hasta convertirse en fe auténtica (Alberto Benito).

Jesús en aquel tiempo encontró la fe en el hijo del hombre celeste, en el que tenía que venir al final en gloria para juzgar; y él mismo se refiere a esa expresión (Mc 13,24.26; 8,38). Pero ahora no nos encontramos con esas palabras acerca del futuro hijo del hombre, sino con otras (por ejemplo 8, 31) en las que la expresión "hijo del hombre" se refiere a su existencia terrena. ¿Cómo es esto? Aunque en todas las preguntas que se plantean en esta perícopa las opiniones exegéticas difieren mucho entre sí, hay algo a lo que podemos atenernos con toda seguridad: siempre que nos encontramos con la expresión "hijo del hombre", hemos de estar atentos a la dignidad que Jesús mismo atribuye a esa persona (él mismo) por quien Dios quiere establecer su reino y llevar a cabo su juicio.

El camino que Jesús como mesías ve ante sí y del que abiertamente hablaba con sus discípulos (Mc 8, 31s) no era entendido por Pedro. Por eso Jesús lo toma aparte para recriminarlo, no dejándose desviar de su camino. Y dice a Pedro: "apártate detrás de mi (de mi vista), Satanás" (v. 33). Esta es una importante y dura palabra, pues ese "detrás de mí" (así en el original para decir "apártate de mi vista") es la misma expresión que en otro tiempo dirigió a Simón para invitarlo al seguimiento (1, 17). Con el intento de desviar a Jesús de su camino, Pedro traiciona su vocación como discípulo.

Jesús, sin embargo, debía sufrir, porque éste era el destino de los hombres después del pecado. Debía sufrir y ser rechazado por las autoridades, porque éste es el destino de los que proclaman la verdad entre nosotros. Debía ir voluntariamente a la muerte, porque el sacrificio de sí mismo libremente aceptado es el único medio para salvar al mundo ("Eucaristía 1988").

Jesús quiere saber hasta qué punto la fe de su discípulos va más allá de la opinión que tiene la gente de su persona. De ahí que la primera pregunta prepare la segunda y decisiva. De la encuesta que hace Jesús a sus discípulos se desprende que el pueblo andaba dividido en múltiples opiniones respecto a su persona. Después de unos siglos de opresión y dominación extranjera, el pueblo de Israel había puesto todas sus esperanzas en el Mesías anunciado por los profetas. Se explica que la expectación fuera grande y que la gran mayoría esperara a un Mesías que librara a Israel de la dominación extranjera. Nadie, al parecer, pensaba en un Salvador que librara a todos los hombres de la esclavitud del pecado y de la muerte, aunque sí se esperaba la destrucción de los pecados por la ira de Dios. Mucho menos se esperaba que el Mesías cumpliera su misión padeciendo y muriendo en una cruz. Es comprensible, pues, que las gentes no reconocieran a Jesús como Mesías, ya que su doctrina y su comportamiento no encajaba con sus prejuicios nacionalistas. Pedro, al confesar decididamente que Jesús es el Mesías, se eleva por encima de la opinión general de la gente; pero su fe es todavía imperfecta: sólo después de la experiencia pascual creerá que Jesús es el Hijo de Dios. Cuando el evangelista Mateo, en el lugar paralelo a este de Marcos, pone en labios de Pedro la confesión de que Jesús es el Hijo de Dios (Mt 16,16), realiza una anticipación literaria. Sólo teniendo en cuenta la imperfección de la fe de Pedro en este momento, se entiende que, acto seguido, trate de disuadir a Jesús de que cumpla su misión muriendo en la cruz.

Aunque Jesús acepta la confesión de Pedro, prohíbe a sus discípulos que vayan diciendo por ahí que él es el Mesías. Con ello quiere evitar el peligro de un malentendido, muy probable en un pueblo que se había formado una idea tan distinta del Mesías a como era Jesús.

A partir de este momento, Jesús quiere hablar sin rodeos de lo que le espera y de qué manera ha de entrar en su gloria padeciendo antes la afrenta de la cruz. Esto, que había sido anunciado por Isaías en los cantos del Siervo de Yavé, era, sin embargo, lo que no podían entender los discípulos en aquella ocasión.

Pedro, y de seguro también sus compañeros, piensan de Jesús "como los hombres". Peor aún; Pedro se comporta aquí lo mismo que Satanás en las tentaciones de Jesús en el desierto. Por eso Jesús lo rechaza de la misma manera (cf Mt 4,10).

Pero ni Pedro ni nadie puede detener a Jesús en su camino y en el cumplimiento de su misión. Todo lo contrario, Jesús está dispuesto a exigir a sus discípulos que lo sigan. Porque sólo aquel que carga con la cruz y se niega a sí mismo, puede ser su discípulo. "Cargar con la cruz" no era para los oyentes una expresión simbólica. Los romanos obligaban al reo a llevar sobre los hombros su propia cruz, y más de uno de los oyentes habría visto con sus ojos a alguno de estos desgraciados caminar fatigosamente para ser crucificado. Cargar con la cruz significa renunciar voluntariamente a los instintos de conservar la vida, los honores y las riquezas cuando todo esto no es posible sin quebrantar la voluntad de Dios. Pero la cruz, que es la más alta expresión del sacrificio, no tiene que ver nada con el masoquismo: el cristiano no se sacrifica por amor al dolor, sino por amor a Cristo y a los hombres y por hacer la voluntad de Dios.

La entrega de la propia vida, cuando esto es una exigencia del evangelio (y lo es al menos cuando a uno le llega la muerte), es el único modo de entrar en la vida eterna (Mt 16,24-25; Lc 9,23-25; "Eucaristía 1991").

-El Hijo del hombre tiene que padecer mucho (Mc 8, 27-35). El domingo 21 (ciclo A) proclama el evangelio de san Mateo, que nos trae el mismo relato de la confesión de Pedro y del anuncio de la pasión (Mt 16, 13-20). El pasaje se leía en aquella ocasión con la intención de detenerse sobre todo en la confesión de Pedro y de enseñar el fundamento firme sobre el que la Iglesia está establecida. Aquí, por el contrario, se quiere más bien fijar nuestra atención en el anuncio de la Pasión y en los sufrimientos necesarios de Cristo. Jesús ha mantenido el secreto acerca de su identidad; no ha considerado oportuno revelar su mesianidad, y con frecuencia, después de un milagro, ha mandado que no se publique la curación, sobre todo, según hemos visto, cuando ésta puede ser considerada como un claro signo de la presencia del Mesías. En el momento de la confesión de Pedro cae el velo, al menos para los discípulos. El anuncio de la Pasión compromete a Cristo a dar a los discípulos las condiciones esenciales para seguirle. Aun cuando el evangelio de Marcos sea la fuente del de san Mateo, nos basta remitir al comentario ya expuesto de este ultimo (Adrien Nocent).