martes, 18 de agosto de 2009

Lunes de la 20ª semana del tiempo ordinario

Lunes de la 20º semana: Dios ha sido muchas veces traicionado por el hombre, que prefiere seguir señuelos de felicidad más a corto plazo, pero su misericordia se vuelca en la historia, y se encarna en Jesús, que nos ofrece continuamente dejarlo todo y seguirle

 

Jueces 2,11-19. 11 Entonces los hijos de Israel hicieron lo que desagradaba a Yahveh y sirvieron a los Baales. 12 Abandonaron a Yahveh, el Dios de sus padres, que los había sacado de la tierra de Egipto, y siguieron a otros dioses de los pueblos de alrededor; se postraron ante ellos, irritaron a Yahveh; 13 dejaron a Yahveh y sirvieron a Baal y a las Astartés. 14 Entonces se encendió la ira de Yahveh contra Israel. Los puso en manos de salteadores que los despojaron, los dejó vendidos en manos de los enemigos de alrededor y no pudieron ya sostenerse ante sus enemigos. 15 En todas sus campañas la mano de Yahveh intervenía contra ellos para hacerles daño, como Yahveh se lo tenía dicho y jurado. Los puso así en gran aprieto. 16 Entonces Yahveh suscitó jueces que los salvaron de la mano de los que los saqueaban. 17 Pero tampoco a sus jueces los escuchaban. Se prostituyeron siguiendo a otros dioses, y se postraron ante ellos. Se desviaron muy pronto del camino que habían seguido sus padres, que atendían a los mandamientos de Yahveh; no los imitaron. 18 Cuando Yahveh les suscitaba jueces, Yahveh estaba con el juez y los salvaba de la mano de sus enemigos mientras vivía el juez, porque Yahveh se conmovía de los gemidos que proferían ante los que los maltrataban y oprimían. 19 Pero cuando moría el juez, volvían a corromperse más todavía que sus padres, yéndose tras de otros dioses, sirviéndoles y postrándose ante ellos, sin renunciar en nada a las prácticas y a la conducta obstinada de sus padres.

 

Salmo 106,34-37, 39-40,43-44. 34 No exterminaron a los pueblos que Yahveh les había señalado, 35 sino que se mezclaron con las gentes, aprendieron sus prácticas. 36 Sirvieron a sus ídolos que fueron un lazo para ellos; 37 sacrificaban sus hijos y sus hijas a demonios. 39 Así se manchaban con sus obras, y se prostituían con sus prácticas. 40 Entonces se inflamó la cólera de Yahveh contra su pueblo, y abominó de su heredad. 43 Muchas veces los libró aunque ellos, en su propósito obstinados, se hundían en su culpa; 44 y los miró cuando estaban en apuros, escuchando su clamor.

 

Mateo 19,16-22. 16 En esto se le acercó uno y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?» 17 El le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.» 18 «¿Cuáles?» - le dice él. Y Jesús dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, 19 honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.» 20 Dícele el joven: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?» 21 Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.» 22 Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.

 

Comentario: 1.- Jc 2,11-19. De hoy al jueves leeremos el Libro de los Jueces, siguiendo la historia del pueblo de Israel. Va a ser el último de la serie de libros del AT que hemos ido leyendo durante nueve semanas, a partir del Génesis y la historia de Abrahán, para pasar, desde el lunes que viene, al NT. El Libro de los Jueces nos cuenta la historia desde la muerte de Josué, cuando ya se estaba completando la entrada en la tierra de Canaán, hasta que unos dos siglos más tarde, se estableció la monarquía, con Saúl como primer rey. Más o menos, desde el 1200 al 1000 antes de Cristo. Es un período difícil, porque la instalación de las doce tribus en esta nueva tierra, aunque fuera la prometida a Abrahán, no les resultó nada fácil: como es natural, los pueblos allí residentes no aceptaban de buen grado a los nuevos vecinos. Además, los israelitas se habían acostumbrado a una vida nómada, por el desierto, y les costaba adaptarse a una cultura más sedentaria y agrícola. Dios les guió durante estos dos siglos suscitando a los Jueces, personas carismáticas que les ayudaban a defenderse del continuo acoso de los enemigos y les transmitían la voluntad de Dios. No vamos a leer la actuación de todos los Jueces (por ejemplo de Sansón o de Débora): sólo de dos de ellos, Gedeón y Jefté.

Es el «tiempo de los Jueces». Los hebreos se van instalando poco a poco en Palestina: las tribus, aún muy individualistas, son acechadas sin cesar por la hostilidad de las poblaciones locales y se dejan llevar fácilmente a adoptar los cultos idolátricos de esas poblaciones de Canaán. Entonces, «bajo la inspiración del Espíritu de Yavéh», surgen los jueces, es decir, unos héroes que vienen a restablecer la situación política comprometida... Una vez muerto Josué, las diversas tribus continuaron instalándose en la tierra prometida. No faltaron los conflictos con los pueblos allí establecidos, mientras los israelitas intentaban hacerse un lugar entre los pueblos cananeos. Durante este tiempo los recién venidos iban asimilando una cultura sedentaria y agrícola, iban obrando una integración que, de hecho, ponía a prueba la antigua fe en Yahvé. Leyendo el libro de los Jueces, vemos que los altibajos de apostasía y de conversión fueron constantes. Seducidos por los dioses de la fertilidad, por los dioses del éxito, abandonaban una y otra vez al Dios misterioso pero liberador de sus padres.

El libro de los Jueces, después de hacer una introducción histórica (c. 1), continúa con una segunda introducción, de carácter marcadamente deuteronómico, en la que anticipa a grandes rasgos las etapas teológicas del drama: o Israel tiene presentes las grandes gestas libertadoras de Yahvé (2,7.10) o Israel se desintegra. Según la visión del autor, el Dios único no se queda pasivo. Los éxitos o fracasos históricos son interpretados como un efecto de la acción de Yahvé, que toma una actitud severa, que se indigna, que les es contrario, que hasta los «vende» a los enemigos (14), pero que por medio de unos hombres escogidos los libera, cuando el pueblo con su clamor manifiesta un inicio de conversión. Es la historia de la fe de un pueblo, una historia no siempre edificante, una historia que es lugar de encuentro entre Dios y su pueblo, una historia que es en todo caso motivo de reflexión.

Es también la historia del amor de Dios. Un amor que, visto en una perspectiva deuteronómica, es apasionado y celoso (Dt 6,15ss), que no soporta la infidelidad (Dt 7). La responsabilidad del hombre y su obediencia a los preceptos del Señor son indispensables si el hombre quiere vivir feliz en la tierra prometida (Dt 28).

Pero este amor del Señor es fundamentalmente gratuito. Los simples gemidos del pueblo oprimido (18) bastan para mover al Señor a actuar. Entonces suscita "jueces", que en este caso son jefes carismáticos, los cuales saben aglutinar una o más tribus en torno de la fe en Yahvé y pueden hacer frente victoriosamente a los adversarios.

En esta segunda introducción hallamos anticipado el esquema teológico de muchos episodios del libro, esquema que se puede resumir en cuatro momentos: pecado de los israelitas, caída en manos de los enemigos, conversión y liberación (D. Roure).

La página que meditamos hoy es un prólogo doctrinal, una especie de teología de la historia en cuatro tiempos: 1. El pueblo de Israel abandona al verdadero Dios para seguir a los falsos dioses. 2. El castigo divino llega en forma de fracasos militares. 3. El pueblo suplica a Dios que le salve y hace penitencia. 4. Dios perdona y envía a un Juez para librarlos...

1. Después de la muerte de Josué, los hijos de Israel hicieron lo que desagradaba al Señor y dieron culto a los Baales... Siguieron a otros dioses de los pueblos de alrededor... No nos quedemos en la situación de "aquella época", evocada aquí. Nuestra época, nuestra Iglesia, nosotros los cristianos de HOY ¿no caemos también en esa misma infidelidad? que, como entonces, consiste precisamente en dejarse contaminar por el paganismo materialista que nos envuelve. ¿No adoptamos, también nosotros, la mentalidad del ateísmo del dejarse llevar, del culto del dinero y del confort? Me detengo a considerar mi vida y a descubrir como me dejo intoxicar... quizá sin darme cuenta de ello.

2. Entonces se encendió la ira del Señor contra Israel. Los puso en manos de salteadores, los abandonó a los enemigos del alrededor y fueron incapaces de resistirles... Fueron sumidos en un gran desamparo. Notemos que el castigo viene del mal mismo: se es castigado por donde se ha pecado. Los vecinos, a los que se ha imitado, son los que se encargan de hacer sufrir a los israelitas. Así puede ocurrir que la desacralización misma produzca como una especie de vacío: un estar abandonado a una vida sin Dios, a la angustia metafísica de la condición humana... En el fondo no hay peor castigo.

3. El Señor se conmovió por los gemidos que proferían los israelitas bajo la violencia de sus opresores. Es una verdad permanente: si no hay fidelidad, no hay tampoco Alianza posible con Dios. No puede contar con ser amigo de Dios aquel que hace el mal voluntariamente; porque no existe medida común entre Dios santo y justo y nuestras injusticias y bajezas. Pero, por parte de Dios, la Alianza hecha con la humanidad sigue en pie. Esta es otra verdad permanente: la fidelidad incansable de Dios no renuncia nunca a querer salvar y perdonar. Pero es preciso consentir en aceptar esa gracia.

4. Entonces el Señor suscitó jueces que les salvaran de los salteadores... Cuando el Señor hacia surgir para ellos un juez, les salvaba de la mano de sus enemigos. La liberación de los enemigos temporales es una primera aproximación de una «salvación, cuya verdadera naturaleza se irá revelando a lo largo de la historia sagrada: ¡Dios salva! La salvación definitiva será Jesucristo, vencedor del pecado y de la muerte. Gracias, Señor. ¡Sálvanos! (Noel Quesson). Los judíos tenían la impresión de que Dios los ayudaba con su misericordia, pero que los pecados eran causa del castigo de la deportación… la idolatría no determina un destino histórico, pero sí que se puede sacar experiencia del mal, como recordaba S. Josemaría: "En cierta ocasión, oí comentar a un desaprensivo que la experiencia de los tropiezos sirve para volver a caer, en el mismo error, cien veces. Yo os digo, en cambio, que una persona prudente aprovecha esos reveses para escarmentar, para aprender a obrar el bien, para renovarse en la decisión de ser más santo. De la experiencia de vuestros fracasos y triunfos en el servicio de Dios, sacad siempre, con el crecimiento del amor, una ilusión más firme de proseguir en el cumplimiento de vuestros deberes y derechos de ciudadanos cristianos, cueste lo que cueste: sin cobardías, sin rehuir ni el honor ni la responsabilidad, sin asustarnos ante las reacciones que se alcen a nuestro alrededor -quizá provenientes de falsos hermanos-, cuando noble y lealmente tratamos de buscar la gloria de Dios y el bien de los demás".

2. El peor pecado del pueblo de Israel, precisamente en la época de los Jueces y de los Reyes, desemboca en el castigo del desierto (vv 40-42), pero en el texto de la Misa se hace hincapié en la misericordia y el perdón.

En la página de hoy se nos dice cuál va a ser el «esquema» de esta historia esquema que repite, de forma más poética, el salmo: - el pueblo peca contra Dios, cayendo en la idolatría a la que le tientan los dioses de los pueblos cananeos (antes habían sido los de Egipto y los del desierto); «se fueron tras otros dioses, irritando al Señor»; ahora eran Baal y Astarté, los dioses de la fecundidad; - viene el castigo medicinal de Dios: «los entregó a bandos de saqueadores, los vendió a los enemigos... llegando a una situación desesperada»; - el pueblo recapacita, se arrepiente y se dirige a Dios para pedirle perdón y ayuda - Dios, con un corazón siempre lleno de misericordia y amor, «escucha sus gritos», como dice el salmo, y «hace surgir Jueces, que los libran de las bandas de salteadores». Con esto parecía que la cosa se remediaba, pero el mismo libro nos anuncia que «ni a los Jueces hacían caso», sino que, al cabo de poco, «en cuanto moría el Juez», volvían a las andadas, «recaían y se portaban peor que sus padres», «prostituyéndose con otros dioses».

La historia se repite. La humanidad no aprende. Nosotros, tampoco. En la vida de la Iglesia hay períodos difíciles de adaptación a los cambios culturales, que han ido acompañados de desviaciones y han necesitado correcciones posteriores. En nuestra vida personal también se dan altibajos notorios.

Adorar a otros dioses no se refiere sólo a un culto litúrgico de fiestas o sacrificios. Conlleva otras cosas: «emparentaron con los gentiles, imitaron sus costumbres... se mancharon con sus acciones y se prostituyeron con sus maldades», como dice el salmo. Adorar a Baal suponía un género de vida que no era precisamente el que Israel había pactado con Yahvé, ni en el terreno de la vida sexual ni, sobre todo, en el de la justicia social. La dialéctica es la misma. Somos débiles y volvemos a las andadas, por más voces proféticas que oímos y por más escarmientos que nos hacen recapacitar. A un período más o menos floreciente, sigue otro de deterioro, en que volvemos a dejarnos contaminar por la mentalidad de los dioses circundantes. ¿Cuántas veces ha habido que acometer reformas en la historia de la Iglesia, porque las cosas no podían continuar como estaban? ¿no ha sido el Concilio Vaticano una revisión a fondo de nuestras comprensiones teológicas y de nuestras actitudes vitales? ¿no han tenido que reflexionar seriamente las familias religiosas sobre el camino que han seguido hasta ahora y el que se espera que sigan en el futuro, purificándose de adherencias que las empobrecían y desviaban? Algo parecido debemos hacer cada uno de nosotros, sobre todo en días de retiro o de ejercicios, o en los tiempos fuertes de la liturgia: examinar la marcha de nuestra vida, para que no se desvíe de los caminos de Dios. Menos mal que, por encima de nuestros fallos, está la bondad de Dios, que no se cansa de amar y de perdonar: «él miró su angustia y escuchó sus gritos» como nos ha dicho el salmo (J. Aldazábal).

3.- Mt 19, 16-22 (paralelo Mc 10,17-30: domingo 28, ciclo B). La escena del joven que se acerca a Jesús porque quiere ser perfecto, se ha convertido en el prototipo de la llamada vocacional a una vida de seguimiento más cercano de Jesús. Ese joven estaba bien dispuesto. No se conformaba con lo común, sino que buscaba un sentido más profundo para su vida. Los mandamientos los cumplía ya (por cierto, Jesús le recuerda, no los que se refieren a Dios, sino los que miran al prójimo). Pero, cuando oyó la respuesta de Jesús sobre lo que le faltaba -«vende... dalo a los pobres... vente conmigo»-, se asustó y no se atrevió a dar el paso. Se marchó triste. Era rico. Jesús también se quedó triste, lo mismo que los apóstoles que habían oído el diálogo.

Muchos cristianos no se conforman con cumplir los mandamientos. Quieren un ritmo de vida más significativo y generoso. Y, en efecto, Jesús nos ha propuesto un estilo de vida más exigente: vende lo que tienes, sígueme. Muchos lo han hecho y han decidido servir a Dios y a sus hermanos en la vida religiosa o consagrada o desde el ministerio ordenado. No siempre tuvo éxito Jesús a la hora de llamar a sus seguidores. Algunos, como Pedro y los demás apóstoles, lo dejaron todo -redes, barca, casa, familia, la mesa de los impuestos- y le siguieron. Pero otros creyeron que el precio era excesivo.

Sea cual sea nuestra vocación especifica -también la de tantos laicos comprometidos en trabajos apostólicos y misioneros-, hoy nos sentimos interpelados por las palabras de Jesús y animados a renovar nuestro propósito de entregar nuestras mejores energías a colaborar con él en la mejora de este mundo.

Ya sabemos que, para conseguirlo, hemos de renunciar a ciertas cosas. A Jesús no se le puede seguir con demasiado equipaje. El joven se marchó triste: no logró vencer el apego al dinero. ¿A qué hemos renunciado nosotros?. «Vende lo que tienes, dalo... sígueme». Es la aventura de la pobreza o del desapego. Renunciar a algo por una causa noble es lo que más alegría interior nos produce, también en la vida humana (J. Aldazábal).

Ante todo, reflexionemos juntos sobre el episodio de Jesús con el joven rico, exegéticamente lleno de problemas; sólo me referiré a alguno. Esta narración, hasta el Vaticano II, se la consideraba como el pasaje típico de la vocación religiosa. Sobre la base de esta narración se distinguía la doble vocación: la observancia de los mandamientos, la aceptación de los consejos evangélicos, sobre todo de la pobreza. En cambio, si leen a los exégetas de los últimos años, se darán cuenta que casi nadie considera esta pasaje como típico de la distinción entre vocación común y vocación a la perfección. En esto, me parece, nos hemos alineado con la opinión, común desde hace siglos entre los protestantes, los cuales siempre han negado la distinción entre los dos estados.

Ahora nosotros, sin negar la realidad de esta llamada a la perfección en la Iglesia, reconocemos que en este trozo se habla del hombre, no se tiende a dividir a la gente en dos categorías: hasta aquí para todos, después sigue la elección. Es un pasaje que habla de la existencia humana, de la situación existencial, como se dice, de la vida de cada día, por tanto, de cada uno de nosotros. Por eso en cierto modo nos vemos en él, aunque se trata de un trozo difícil de explicar en todos sus particulares.

Les propongo una explicación, que me parece corresponde al conjunto y que encuentro muy clara en los comentarios exegéticos. Vemos, pues, que Jesús se dirige hacia Jerusalén, y cerca de la ciudad se tratan dos grandes problemas de la existencia humana que se encuentran en este capítulo: el problema del matrimonio, del divorcio y del celibato, en la primera parte, y después el problema de la riqueza. Entre los dos, como intermedio y punto de referencia, encontramos la frase de Jesús respecto de los pequeños: "El que no se haga como estos pequeños no entrará en el reino".

Leámoslo así, con sencillez, sin profundizar demasiado el contexto, sino tratando de comprender, palabra por palabra, lo que nos dice. Pidámosle al Señor que nos haga entrar en esta situación, que también esta vez la leamos desde adentro.

-La confianza en el "poseer" y en el "hacer".

He aquí que uno viene y dice: Maestro, ¿qué tengo que hacer para poseer la vida eterna? Si reflexionamos bien, esta pregunta es de por sí muy significativa, porque ninguno de nosotros, como nos enseña la sicología moderna, abre la boca sin revelarse a sí mismo, sin revelar su mundo interior.

Este hombre pregunta: "¿Qué tengo que hacer?" Aquí ya nos parece un hombre muy preocupado del "hacer": qué tengo que hacer yo, qué bienes tengo que emplear. Después sabremos que es rico: es un hombre acostumbrado a comprar, sabe que todo tiene un precio, que el hombre rico puede hacer muchas cosas. Cree que tiene mucha confianza en la eficiencia: Señor, ponme una meta, aunque sea alta, de modo que yo pueda intentar. Un hombre que dice inmediatamente cuánto cuesta, estoy dispuesto a pagar. Es, pues, un hombre práctico.

"Para poseer la vida". Aquí también el verbo significa: para que yo la tenga en mano, esté seguro de tenerla. Es un hombre acostumbrado a comprar y a poseer mediante el dinero, por tanto hasta la vida eterna la quiere con seguridad.

Jesús, con mucha amabilidad, no lo rechaza, me parece, aunque hago una lectura que no es muy evidente por las palabras. Supongo que este hombre se presenta con un poco de vanidad, porque se necesita una cierta seguridad de sí para hacer semejante pregunta delante de toda la gente que escuchaba. Jesús se presta al juego, ve que este hombre en el fondo tiene buena voluntad (Marcos añade nada menos que Jesús "lo amó"), aunque probablemente es un poco pretencioso y quiere hacer buena figura delante de toda la gente. Jesús le contesta comenzando a corregirlo con amabilidad. La frase es muy misteriosa, y los exégeta se ponen también aquí sus problemas. Dice: "¿Qué me preguntas acerca de lo que es bueno? Uno sólo es el bueno". ¿Qué quiere decir? Se entiende Marcos, en donde el joven pregunta: "Maestro bueno" y Jesús contesta: "Uno sólo es bueno: Dios". Pero aquí, ¿en qué sentido lo entendió Mateo?

Yo lo leo así, precisamente según la hipótesis sicológica que he hecho: este es un hombre bastante preocupado de las cosas y Jesús le dice: cuidado, el bien no es una cosa, sino una persona. Tú te preocupas por hacer una cierta cantidad, en cambio estamos en el mundo de las relaciones, de las cualidades. No se trata de un bien, sino de una persona buena. Jesús no continúa, se limita a hacer benévola corrección a esta actitud demasiado mercantil de quien lo ha interrogado; vuelve sobre la pregunta, corrigiéndola también, no "si quieres poseer la vida", sino "si quieres entrar en la vida". Dios te ofrece la vida, por tanto, no es que tú puedas poseerla; sino, si quieres participar en ella, observa los mandamientos.

Jesús no se desconcertó, no dijo absolutamente nada de nuevo, se quedó en el terreno de la pregunta, corrigiéndola suavemente, de modo que la persona comprenda que no está en la justa posición, de preguntar partiendo de una cierta presunción, tal vez inconsciente, pero de la que Jesús trata de revelarle la existencia. Jesús le da una respuesta que se encuentra en el libro del Levítico, en toda la tradición Vetero-testamentaria. Para tener una respuesta del género, tan evidente, no había necesidad de hacer una pregunta tan solemne, en medio de la muchedumbre.

¿Qué edad tendría? Claro que no era un muchachito; el término "rico" indica un hombre joven, de unos 25 a 30 años, un hombre que ya tiene algo propio, tiene un porvenir por delante. Todavía no se ha casado, por eso está reflexionando sobre sí mismo, tiene ambiciones, aun de carácter filantrópico y moral, un hombre que sabe que la vida no se juega con poco, sino que hay que gastarla en cosas grandes.

Este hombre añade: "¿Cuáles mandamientos?". Aquí también Jesús sigue en su terreno, le da una respuesta evidente: "No matar, no robar, no fornicar, no decir falsos testimonios, honrar al padre y a la madre, amar al prójimo como a sí mismo". Como notan muy bien los exégetas, y como lo pueden ver ustedes también, aquí Jesús habla de la segunda Tabla de los mandamientos, es decir, de las relaciones con el prójimo: ten buenas relaciones con el prójimo, dice Jesús, no lo engañes en nada, da a cada uno lo que le pertenece: las cosas, la esposa, el honor al padre y a la madre, la verdad a todos.

Solamente Mateo añade una cosa que disturba un poco a los exégetas, es decir, el mandamiento general: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Es bastante indicativo, porque con esta palabra de Jesús Mateo hace referencia exactamente al juicio final.

Prácticamente Jesús le contesta: ten buenas relaciones con todos, más aun, ámalos a todos.

-La exigencia de "algo más". Así lo decía Juan Pablo II: ""Ven, y sígueme" (Mt 19,21). El camino y, a la vez, el contenido de esta perfección consiste en la sequela Christi, en el seguimiento de Jesús, después de haber renunciado a los propios bienes y a sí mismos. Precisamente ésta es la conclusión del coloquio de Jesús con el joven: "luego ven, y sígueme" (Mt 19,21). Es una invitación cuya profundidad maravillosa será entendida plenamente por los discípulos después de la resurrección de Cristo cuando el Espíritu Santo los guiará hasta la verdad completa (cf Jn 16,13).

Es Jesús mismo quién toma la iniciativa y llama a seguirle. La llamada está dirigida sobre todo a aquellos a quienes confía una misión particular, empezando por los Doce; pero también es cierto que la condición de todo creyente es ser discípulo de Cristo (cf Act 6,1). Por esto seguir a Cristo es el fundamento esencial y original de la moral cristiana: como el pueblo de Israel seguía a Dios, que lo guiaba por el desierto hacia la tierra prometida (cf Ex 13,21), así el discípulo debe seguir a Jesús, hacia el cual lo atrae el mismo Padre (cf Jn 6,44). No se trata aquí solamente de escuchar una enseñanza y de cumplir un mandamiento, sino de algo mucho más radical: adherirse a la persona misma de Jesús, compartir su vida y su destino, participar de su obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre. El discípulo de Jesús, siguiendo, mediante la adhesión por la fe, a aquél que es la Sabiduría encarnada, se hace verdaderamente discípulo de Dios (cf Jn 6,45). En efecto Jesús es la luz del mundo, la luz de la vida (cf Jn 8,12); es el pasto; que guía y alimenta a las ovejas (cf Jn 10,11-16), es el camino, la verdad y la vida (cf Jn 14,6), es aquel que lleva hacia el Padre, de tal manera que verle a él, el Hijo, es ver al Padre (cf Jn 14,6-10). Por tanto imitar al Hijo, que es "imagen de Dios invisible" (Col 1,15), significa imitar al Padre.

Jesús pide que le sigan y le imiten en el camino del amor, de un amor que se da totalmente a los hermanos por amor de Dios: "Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15,12). Este "como" exige la imitación de Jesús, la imitación de su amor cuyo signo es el lavatorio de los pies: "Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros" (Jn 13, 14-15). El modo de actuar de Jesús y sus palabras, sus acciones y sus preceptos constituyen la regla moral de la vida cristiana. En efecto, estas acciones suyas y, de modo particular, el acto supremo de su pasión y muerte en la cruz, son la revelación viva de su amor al Padre y a los hombres. Este es el amor que Jesús pide que imiten cuantos le siguen. Es el mandamiento "nuevo": "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos á los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros" (Jn 13,34-35).

            Este "como" indica también la medida con la que Jesús ha amado y con la que deben amarse sus discípulos entre sí. Después de haber dicho: "Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15,12), Jesús prosigue con las palabras que indican el don sacrificial de su vida en la cruz, como testimonio de un amor "hasta el extremo" (Jn 13,1): "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" (Jn 15,13).

            Jesús, al llamar al joven a seguirle en el camino de la perfección, le pide que sea perfecto en el mandamiento del amor en "su" mandamiento: que se inserte en el movimiento de su donación total, que imite y reviva el mismo amor del Maestro "bueno", de aquél que ha amado "hasta el extremo". Esto es lo que Jesús pide a todo hombre que quiere seguirlo: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mt 16,24)".

El diálogo debería haber terminado aquí, pero llega la sorpresa, pues el discurso continúa, como si Mateo quisiera contestar a una pregunta implícita: ¿cómo se pueden hacer obras de caridad sin cambiar el corazón? O también: ¿cómo es posible querer hacer estas obras de caridad y sin embargo no hacerlas, no ser capaces ni siquiera de verlas cuando se presentan? Hay algo más, pues, que el ejercicio material de las obras de caridad, hay algo más profundo.

En efecto, el joven dice: "Todo esto lo he observado". Por tanto, este joven no sólo ha sido honesto en la administración de su patrimonio, no ha robado, no ha mentido, ha honrado a sus padres, sino que también ha amado: ha dado limosnas, ha sido generoso con los pobres, se ha preocupado de los enfermos... E insiste: "¿Qué me falta todavía?".

Aquí me detengo un momento, pues quisiera preguntarle a este joven: ¿pero qué te pasa, por qué sigues preguntando? Por qué no dices: gracias, Señor, todo esto lo he observado y me voy para mi casa contento; ¿por qué te pones en problemas, haciendo todavía una pregunta que te hará quedar mal? El joven podría contestar: sentía que a pesar de todo no estaba satisfecho. Mi pregunta era una pregunta sincera. Había hecho todo bien, tenía amigos, administraba bien mis riquezas, me consideraban una persona honesta, pero yo soy joven, me siento llamado a hacer cosas grandes en la vida, yo quiero saber...

En el fondo de nosotros mismos se encuentra esta exigencia de algo más: nos damos cuenta que no es suficiente hacer "razonablemente" bien las cosas. O mejor, ya lo hemos visto y volveremos a verlo, hacer razonablemente bien las cosas es imposible, a menos que nos abramos a algo más.

Este joven ha comprendido perfectamente que el hombre, que es deseo infinito, de profundidad, de relaciones sin límites, no se detiene en las cosas ordinarias, a menos que acepte una existencia superficial y vana. En nosotros hay algo que exige más, que exige profundidad de relaciones, relaciones personales que van hasta el fondo, y esto se verifica principalmente con Dios. Por eso, este joven pregunta todavía: ¿qué me falta? También aquí encontramos esa presunción: quiero llegar a la plenitud.

-Una petición paradójica. Ahora la respuesta se hace solemne: "Le dijo Jesús". Al principio Jesús se había quedado en la superficie, pero al ver que la persona salió con algo mejor, esto es, en el fondo se ha demostrado verdadera, expresando el deseo de aquel "más" que hace ver que la pregunta no era sólo conveniencia humana, sino auténtica sed de saber, entonces también Jesús va a la profundidad, destapa las cartas: "Si quieres ser perfecto, anda, vende cuanto tienes y dalo a los pobres; y tendrás un tesoro en los cielos; después, ven y sígueme".

Fijémonos en el modo como se formula esta respuesta: "Si quieres ser perfecto". Aquí Jesús no habla de una acción supererogatoria, sino que dice: si verdaderamente quieres ser lo que como hombre estás llamado a ser, haz este acto paradójico que hasta ahora no te ha venido ni siquiera a la mente, es decir, libérate de todo lo que es la vida habitual, de todo lo que es la rutina de tu existencia, de todo aquello sobre lo que te apoyas, sin saberlo, y que hace tu vida tan inmóvil, tan estática, tan carente de sorpresas, tan burguesamente honesta.

Tienes que aceptar hacer aquel gesto paradójico que nadie hace casi nunca, en tu situación, que la gente considera loco: ¿qué le ha pasado, ahora, que le dio por vender todos sus bienes? ¡Se ha vuelto loco! Probablemente tenía deudas secretas, jugaba, no lo sabíamos, pero ahora finalmente se descubre todo; lo creíamos quién sabe quién... Así la gente comienza a maliciar.

A este joven le disgusta no sólo dejar todo, sino también el qué dirá la gente, el ser tenido por loco o que quién sabe qué se propone, porque en el fondo la gente no cree nunca que uno haga las cosas porque quiere hacerlas, por generosidad. Este hombre se siente llevado por Jesús a una situación que para él es verdaderamente absurda.

Jesús le explica amablemente el porqué de esta paradoja que se le pide: "Tendrás un tesoro en los cielos". Habitualmente, ¿por qué no logras equilibrar tu vida? Porque tu tesoro está en las cosas que posees. Probablemente ni siquiera te das cuenta, porque hasta ahora te has apoyado en ellas como en una evidencia; pero cuando te falten, verás realmente cómo te maniataban; verás cómo llegarás a ser libre, si pones tu punto de equilibrio fuera de ti, en los cielos, es decir, en Dios: verás cómo llegarás a una relación con Dios.

Hasta ahora era una relación de comodidad, de quien se siente seguro y entonces le ofrece a Dios su vida, su fidelidad, la observancia de los mandamientos, pensando: en todo caso estoy tranquilo, tengo las cosas que me sostienen. En cambio, así te colocas en una relación de enemistad con la sociedad que te rodea, que, como mínimo, por lo menos no te comprenderá; así te pones en una situación de dependencia total delante de Dios, te la jugaste toda por él. Hasta ahora podías jugar en dos ruletas distintas, apuntabas a veces aquí y a veces allá; ahora lo haces sobre una sola, por tanto tienes que perder el equilibrio por la fuerza. ¿Ves la racionalidad de esta paradoja? Tendrás un tesoro en los cielos. Sólo entonces podrás seguirme.

Nos encontramos aquí ante un concepto muy importante para Mateo; para él es necesario seguir a Jesús. En cambio, este hombre no podía seguirlo porque no había perdido el equilibrio. Sólo entonces, continúa Jesús, serás lo que verdaderamente debes ser, tendrás la plenitud de la vida y la autenticidad a la que aspiras secretamente, habrás vencido ese sutil descontento que te corroe, que está presente en todas las cosas que haces bien, en todas las alabanzas que recibes, en todos los honores que te brinda la gente a quien sirves. Entonces serás auténtico. Esta es la propuesta de verdad.

-La imposibilidad de salir de la propia esclavitud. Conocemos la respuesta que Mateo transmite con toda solemnidad. "Al oír esto, el joven se fue entristecido". Estas palabras se pueden entender como la Palabra de salvación definitiva, clara, la que necesitabas. Tú insististe por tenerla, la pediste repetidamente, tres veces: ahora se te ha dado, ahora ya conoces la verdad, sabes que en el fondo estás apegado a tus cosas, a tu mundo, a tus costumbres: comprendes que los demás te han marcado como rico y tú no te puedes liberar de esta marca, estás condenado a seguir así marcado, muy a pesar tuyo.

"Y el joven se fue entristecido". ¿Por qué triste?. Porque se dio cuenta que era esclavo. Extraña condición la de este joven que llegó libre, orgulloso, seguro de sí, y se va reconociendo su esclavitud, reconociéndose estancado en su vida, esclavo del juicio ajeno y de lo que posee y con un porvenir cerrado. "Se fue porque tenía muchas riquezas", o mejor muchas cosas que lo poseían.

En esta meditación les sugiero que no se queden aquí, sino que vayan a casa con este joven, que lo acompañen y vean lo que hace. Ciertamente comenzará a dar órdenes, se presentará airoso, tratará de olvidar, pero por la noche estará inquieto: ¿por qué me metí en esto? ¿Por qué hice esa pregunta? ¿No había sido mejor estar en casa? ¿Y mañana qué voy a hacer? Ahora voy a hacer cosas grandes, trabajaré...

Pero siempre vivirá con ese descontento: se fue entristecido, porque se dio cuenta que no es auténtico, no es verdadero. Podemos seguirlo durante los días siguientes, aparentemente contento, lleno de alegría, airoso. Tal vez se vuelva más piadoso, más devoto, trate de rezar más, para demostrarse a sí mismo que es una persona honesta, justa, recta. Va al Templo, da grandes ofertas a la sinagoga, limosnas a los pobres, todos lo consideran una persona verdaderamente devota, religiosa, pero no se siente satisfecho.

Podemos seguir adelante con la fantasía, para luego regresar al Evangelio, aunque no nos estemos alejando demasiado. Yo creo que a un cierto punto este joven debió de pensar: quiero otra vez hablar con Jesús, no me basta con la primera vez, no me doy por vencido. Lo busca, se informa y decide, porque no puede ya vivir sin ir a buscarlo.

Supongamos que nos pide consejo a cada uno de nosotros para saber, cuando volverá donde Jesús, qué decir, cómo comportarse.

Tal vez le diremos: toma una póliza y escribe: "todas mis riquezas las doy a los pobres" y la entregas a Jesús. ¿Sería el comportamiento justo? O, ¿qué otro consejo le podremos dar? ¿Cómo podríamos decirle que se presente a Jesús siendo auténtico, no haciéndose lo que no es?

Si este joven es honesto, como lo presenta el Evangelio, al final elegirá el camino justo. Es decir, probablemente se acerca a Jesús en un momento en el que estaba un poco solo (ya no se atreve a hablar delante de la gente, porque la otra vez había quedado impresionado con una respuesta pública) y le dirá: Señor, tú dijiste la verdad. Tienes razón, soy muy malo, pero ya no puedo más. No tengo nada que traerte, todas mis riquezas están allá, pero no sirven. No entiendo por qué no logro moverme. Te pido, Señor, que me expliques qué es lo que está sucediendo en mí. Haz que yo entienda mejor.

Señor, comprendo que no soy un héroe. Veo mi incapacidad, mi pobreza; no soy nada, pero ahora te lo digo, y al decírtelo me siento más tranquilo. Te pido una sola cosa: hazme comprender por qué no he sido capaz, por qué no he aceptado, por qué todavía me siento pesado, tan dividido internamente...

Y volvamos al Evangelio. Jesús le dirá: mira, tú no podías menos de comportarte así. Tal vez nos parezca extraño, pero empezaría precisamente por excusarlo: no podías obrar de otro modo, porque tu tesoro estaba allá y tú no podías cambiar el lugar de tu tesoro (Carlo M. Martini).

 

Domingo 20º del tiempo ordinario, ciclo B

Domingo 20, ciclo B: Dios nos ofrece gustar de las delicias celestiales a través de la Eucaristía, el pan vivo, Jesús en su cuerpo que se ofrece para darnos la vida eterna

 

Lectura del libro de los Proverbios 9,1-6. La Sabiduría se ha construido su casa plantando siete columnas; ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa;  ha despachado sus criados para que lo anuncien en los puntos que dominan la ciudad: «Los inexpertos, que vengan aquí, voy a hablar a los faltos de juicio: Venid a comer mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia.»

 

Salmo 33,2-3.10-11.12-13.14-I5 R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: Que los humildes lo escuchen y se alegren.

Todos sus santos, temed al Señor, porque nada les falta a los que temen; los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada.

Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor; ¿hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad?

Guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella.

 

Carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 5,15-20. Hermanos: Fijaos bien cómo andáis; no seáis insensatos, sino sensatos. Sabed comprar la ocasión, porque vienen días malos. Por eso, no estéis aturdidos, daos cuenta de lo que el Señor quiere. No os emborrachéis con vino, que lleva al libertinaje; sino dejaos llenar del Espíritu. Recitad, alternando, salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Señor. Celebrad constantemente la Acción de Gracias a Dios Padre, por todos, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo.

 

Santo Evangelio según San Juan 6,51-59. En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: -Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Disputaban entonces los judíos entre sí: -¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Entonces Jesús les dijo: -Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come, vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.

 

Comentario: 1. Proverbios 9,1-6. En esta lectura, la Sabiduría divina se muestra ansiosa por comunicarse a los hombres: en su trascendencia, Dios no cesa de animar a todas las cosas desde dentro y de preparar así su encarnación. Pero para poder recibirla, el hombre tiene que ser pobre de espíritu y reconocer su ignorancia (v 4; cf Lc 6,21; 1 Re 17,1-15; Is 55,1-3. En el banquete es donde mejor se manifiesta la comunicación del huésped (v 3) y la receptividad de los comensales (v 5), la riqueza y la abundancia del Dios que invita, la sencillez y la pobreza espiritual de los hambrientos de vida divina. Así se comprende que haya sido fundamentalmente en el banquete donde Cristo ha comunicado a los pecadores la justicia de Dios (Lc 5,29-32), donde ha revelado a los pobres el pan que viene del cielo (Jn 6,56-59) y ha dado su propia vida (Lc 22,14-20) a sus discípulos (Maertens-Frisque).

Este es uno de los textos que tradicionalmente se han leído con referencia eucarística; por eso se lee hoy, atraído por el discurso de Jn 6, del que está tomado el Evangelio.

-Hay que partir de la ecuación entre Sabiduría personificada y Mesías (cf 1 Cor 1,24), entre su casa y la Iglesia, entre los dos banquetes. No es difícil que en el texto bíblico haya un trasfondo de referencia cúltica al templo de Salomón, la mesa del altar, los banquetes litúrgicos. La parábola del banquete de Mt 22,1-14 recoge algunos motivos de este texto.

- La Sabiduría o Sensatez toma toda la iniciativa; como saber artesano, es capaz de construir una casa, amplia, sólida: eso nos dicen las siete columnas que aseguran la estabilidad y la belleza, y sugieren un tamaño de gran capacidad. Ella también como ama de casa (Gn 18,6), prepara el banquete: con el alimento del pan y el gozo del vino, abundante, porque son muchos los invitados (compárese con Is 25,6). El libro de los Proverbios presenta la revelación del designio de Dios de manera verdaderamente "humanista". La importancia que el autor quiere darles viene subrayada al ponerlos bajo el patronazgo de un gran rey de la historia de Israel, Salomón. En este pasaje se personifica a la sabiduría de una forma singular: bajo el modelo de una mujer. La sabiduría inmanente en el mundo y en el hombre no sólo se limita a interpelar a este hombre, sino que también le ama. El cúmulo de tópicos del lenguaje amoroso se despliega en textos de Prov 1-9. Este ir más allá de la expresión externa de la sabiduría, este querer encontrar ese punto de arranque donde todo se comprende bajo la óptica del amor es la pregunta que el hombre plantea continuamente. Para el creyente habrá una respuesta en Jesús.

La presencia de columnas en la casa de "Doña Sabiduría" hace como una referencia a los palacios reales y a los templos. Según el valor simbólico de la cifra siete, se puede pensar que esta morada de muchas columnas quiere afirmar que la Sabiduría posee una dignidad real, ya afirmada en el cap. 8. Son maneras de "adornar" la figura de esta señora para hacerla más atractiva, más capaz de sugestionar al hombre para hacer pasar de un simple conocimiento externo a una experiencia de eso último que es la pregunta de todo hombre. Sólo a partir de la vida puede plantearse bien la pregunta y sólo desde la vida podrá darse bien la respuesta.

-Ese pan y ese vino son la sensatez y la prudencia, que alimenta a los inexpertos, a cuantos tiene hambre del saber auténtico. Comiendo, se asimilarán la sabiduría, participarán de ella. Esto significa que la Sabiduría, en el pan y vino, se da a sí misma: es a la vez la que invita al banquete y el banquete ofrecido.

-Un pregón ciudadano anuncia el acontecimiento gozoso: todos están invitados, de balde. Especialmente los más necesitados, los que tienen hambre. Quizá los que se consideran sabios no tienen hambre y no asistirán al banquete. Las criadas de la Sabiduría tienen voz profética: parecen acusar de ignorancia o inexperiencia a los oyentes, y lo que pretenden es que los oyentes reconozcan su realidad menesterosa. Su mensaje es invitar: ellas no enseñan, no dan de comer sino que conducen a la sala del banquete. La sabiduría no es algo deliberadamente oculto, sino que llama al hombre. Y lo hace de una manera pública, incluso "enviando criados a llamar". No habla en el ámbito de lo sagrado, sino en los sitios públicos más profanos. La última pregunta del hombre no se responde desde un ámbito diferente al del hombre mismo, sino desde lo hondo de la vida. Desde esa vida aceptada y amada es desde donde Jesús ha tratado de esbozar una respuesta para el que le acepta (cf. 3a. lectura).

-La sala del banquete no se presenta como escuela fatigosa, casi forzada; la sabiduría que se sirve a la mesa es enjundiosa y sabrosa. Aprender es un gusto; asimilar, una delicia. Al final del banquete, uno puede emprender "el camino de la prudencia".

Así debería ser nuestra eucaristía: escuela sabrosa del camino cristiano, banquete gozoso en que Cristo, Sabiduría de Dios, se ofrece a todos sus ciudadanos (A. Gil Modrego). La comida tiene un significado simbólico: es la enseñanza de los sabios, y la asimila quien la escucha (cf Si 24,26-29; Ez 3). Ese alimento prefigura el verdadero Pan de Vida (cf Jn 4,14; 6,35) que Dios entregará a los hombres, el cuerpo del Verbo encarnado, de la Sabiduría hecha hombre (cf Biblia de Navarra). Un antiguo autor cristiano pone en boca de Jesús: "tanto a los faltos de obras de fe como a los que tienen el deseo de una vida más perfecta, dice: 'venid, comed mi cuerpo, que es el pan que os alimenta y fortalece; bebed mi sangre, que es el vino de la doctrina celestial que os deleita y os diviniza; porque he mezclado de manera admirable mi sangre con la divinidad, para vuestra salvación" (Procopio de Gaza).

La narración didáctica de Pr 7, 1ss muestra con gran plasticidad cómo seducían a los hombres las mujeres que habían hecho voto de fecundidad. Pero ir por ahí es ir a la muerte (Pr. 9, 13-18). La verdadera colaboradora que llama a los hombres es la sabiduría. Por eso esta llamada solamente es comprensible desde una postura de gran honradez humana. Construir cualquier tipo de fe desde lejos de lo humano, es correr el riesgo de caer en la vaciedad de una ilusión.

La imagen del banquete como la del "vino mezclado" están empujando al lector hacia ese ámbito del amor desde el que la sabiduría, el saber ser hombre, alcanza toda su plenitud. De ahí que el autor haga, a lo largo del libro, una ferviente llamada a llegar a amar la sabiduría y a dejarse amar por ella (Pr. 4, 8: 7,9); ese tal puede considerarse dichoso (Pr 9, 34). Merece la plena esforzarse en llegar a estos contextos hondos de vida donde se resuelve el verdadero ser del hombre. La persona viva de Jesús es el camino histórico que ha llegado a hacer realidad esta aspiración del hombre. Este es el Jesús que da vida (cf 3. lectura; "Eucaristía 1985").

Los capítulos 8 y 9 de los Proverbios forman un solo canto a la sabiduría. El autor sagrado la introduce en escena personificándola. Semejantes cantos y personificaciones ocurren con frecuencia en toda la literatura bíblica sapiencial, a cuyo género pertenece el libro de los Proverbios. En el capítulo 8 aparece la Sabiduría como la primera criatura de Dios que le acompaña después en todas las obras de la creación. Pero la personificación poética de la sabiduría no implica de suyo la afirmación de una persona realmente existente fuera de Dios: se trata de un canto de alabanza al Creador que hizo todas las cosas sabiamente. El sentido literal de este canto no dice tampoco nada sobre la existencia de la segunda persona divina, el Hijo de Dios y Sabiduría del Padre. Siguiendo el juego literario de la personificación, el autor sagrado, en la segunda parte de su himno (c.9), nos habla de la Sabiduría que edifica su casa entre los hombres y prepara un banquete para todos los que lo desean. Así pues, en cualquier caso se trata de una sabiduría que viene de Dios para los hombres. Y ahora, viendo las cosas desde el N. T., especialmente desde el prólogo al Evangelio según san Juan, podemos descubrir una intención más profunda en este himno, sobre todo si tenemos en cuenta el dinamismo profético de unas palabras que son también palabras de Dios y no sólo del autor sagrado: Cristo es en realidad aquella Sabiduría (o Palabra) de Dios que "era ya en el principio de todas las cosas, por quien todas éstas fueron creadas", "que habitó entre nosotros", "en quien puso el Padre todas sus complacencias", que vino al mundo "para que tengamos vida y la tengamos abundante" y que invita a todos los hombres a sentarnos a su mesa: la mesa de la "palabra que da la vida" y del "pan bajado del cielo" ("Eucaristía 1970").

2. El Salmo 33 es un canto de acción de gracias. Son muchos los beneficios que el salmista ha recibido del Señor y se ve en la necesidad de agradecérselos. En tantos momentos, especialmente en las pruebas de la vida, ha visto la mano bondadosa de Dios, su fidelidad, su solicitud, que ahora quiere expresar en un canto estupendo toda su gratitud al Dios providente de Israel. Las pruebas que Dios permite no superan nunca las fuerzas del justo, de modo que las fuerzas del mal no parecen romper el equilibrio de la fidelidad. El salmista tiene experiencia de esta protección y solicitud de Dios y por eso le agradece su bondad y al mismo tiempo comunica a los demás su vivencia, exhortándolos a la fidelidad y a la confianza, invitándoles incluso a que ellos mismos tengan esa experiencia de la providencia y de la cercanía de Dios. Por esto este salmo tiene igualmente un cariz sapiencial y exhortativo. Como muchos salmos de tipo sapiencial, el salmo 33 tiene en su original hebreo forma acróstica o alfabética.

El autor invita a los humildes a que le escuchen y se alegren, y también ellos se sumen a su alabanza: "Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre": (casi idéntico al Magfnificat de la Virgen) él se siente insuficiente para aclamar y agradecer al Señor, y por esto recurre a sus fieles para que le acompañen en su alabanza. La vida interior intensa, la experiencia de Dios se traslucen siempre, se irradian espontáneamente, se comunican. Es como la lámpara que arde e ilumina.

El conocido versículo: "Gustad y ved qué bueno es el Señor" es una enseñanza en que pretende el salmista que tengamos una experiencia de Dios se diría incluso física, material, de tan conocida, de tan probada. Dicen los entendidos que esta expresión hebrea derivaría de una más antigua de la literatura ugarítica que rezaría así: "Comed y bebed qué bueno es el Señor", el Dios de nuestra fe, que debería ser algo tan conocido, tan cercano, tan experimentado como el comer o el beber. Feliz mil veces el hombre que a este Dios se acoge, que tiene en él puesta su entera confianza, que acude siempre a él, cuyo primer pensamiento es Dios y su primera invocación, el nombre del Señor.

Nada falta a aquellos que le temen, los que le buscan no carecen de nada. Dios vela por ellos y se preocupa de su vida y de sus cosas (Mt 6,25-34). De nuevo el paralelo con el Magníficat: "nada les falta a los que le temen, los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada" // Magníficat: "A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos".

Sigue la exhortación: "Venid, hijos, escuchadme"; el salmista agradecido se hace ahora sapiencial: enseña a sus hijos, y les enseña el temor de Dios, el camino de la vida, el recto sendero para caminar con confianza en presencia del Señor.

En su enseñanza hace una pregunta, la más existencial para un hombre: "¿Hay alguien que ame la vida?" y él mismo la responde mostrando el camino: "Guarda tu lengua del mal, apártate del mal, obra el bien, busca la paz": instrucción sabia, fruto de la experiencia. El salmista sabe bien que la lengua es con frecuencia motivo de conflicto, de crítica, de falsedad, cosas que originan luego sinsabores o enemistades, odios y abismos entre las personas. Luego da el otro gran principio: "apartarse del mal", resumen de toda buena conducta, evitar el mal, rehuir el pecado, mantenerse limpio de las faltas que más tarde pesan y oprimen, no cometer el mal, no sembrar tristeza, no fomentar intrigas o injusticias. Y, el aspecto positivo: "hacer el bien", caminar por un sendero de bondad como Cristo que "pasó por este mundo haciendo el bien" (Hch 10,38), donde se encuentra la paz y la alegría, la amistad y el buen nombre, la auténtica vida. Nos dice también el salmista: "busca la paz y corre tras ella": porque sin paz no se puede vivir; sin paz en el corazón, en la vida, el corazón sangra y se ve envuelto en sombras y en temores. La paz del corazón rige la auténtica vida. Por esto se nos exhorta a buscarla y a no cejar hasta encontrarla, esa paz que luego se comunica, se regala espontáneamente y por esto es tan preciosa (J. M. Vernet).

Los vv 13-15 quedan recogidos en en la primera carta de san Pedro cuadno exhorta a los cristianos a no devolver mal por mal, sino hablar siempre bien de los demás (3,8-12), pues es la manera de actuar de los que "buscan la paz" y a los que nuestro Señor llama "bienaventurados".

3. Efesios 5,15-20. La vida nueva en Cristo está basada en la luz de la fe y lleva a la sensatez del que la ama de verdad, apoyados en la Palabra de Dios: v. 19: No se trata forzosamente de salmos bíblicos (cf. Col 3, 18-19). Los tres términos pueden insinuar también las improvisaciones suscitadas por el Espíritu a lo largo de una asamblea litúrgica (cf. 1 Cor 12, 7-8; 14,26). La vida cristiana se celebra también y se vive en el marco del gozo que produce el llegar a saber que se va captando lo esencial del mensaje y que se está poniendo el acento donde es su lugar. Esto produce gozo y alabanza al Dios bueno. La celebración de la gracia de Dios es una de las notas dominantes de toda la carta desde la bendición inicial (1, 3-14) hasta las exhortaciones de la segunda parte (4, 7). De ahí que esta carta más que una charla didáctica pueda considerarse como una exposición lírica. Cuando la fe llega a tocar los puntos vitales de la vida, rápidamente se pasa a la alabanza. El creyente no puede callar, hacerse lenguas, prorrumpir en alabanzas ("Eucaristía 1985").

San Pablo apoya siempre el deber en el ser, el imperativo en el indicativo: "Vosotros erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la Luz" (Ef 5,8). Más aún: "Fijaos bien como andáis...", es decir, daos cuenta del terreno que pisáis. Porque vosotros "hijos de la luz", tenéis la posibilidad y el deber de caminar con el espíritu alerta. No tenéis por qué andar todavía escondiendo vuestros crímenes en la noche y caminar aún a tientas por las tinieblas de una vida sin fe ni esperanza. Caminad, ya que podéis, a plena luz del día; no tengáis nada que esconder, vigilad y vivid atentos al momento. Por el momento, "los días malos que corren", tiene un valor adquisitivo de una vida mejor. No os agarréis avaramente al instante, negociadlo para la vida eterna. Marchad despabilados y atentos para descubrir la importancia de cada momento: lo que el Señor quiere de vosotros en cada instante. Porque no basta con saber lo que se debe hacer en general, sino que es preciso descubrir la voluntad de Dios en cada situación concreta; por ejemplo; ir a misa los domingos es un deber general para todos los cristianos, pero cuando se está quemando una casa el deber del momento es llamar a los bomberos. El vino, que anima las orgías y los "guateques" de la noche, sirve a la verdad poniendo al descubierto las vergüenzas escondidas en el corazón del libertino, pero no es un buen consejo para andar seguro y tomar la decisión prudente. La sabiduría de la vida tiene otra fuente de inspiración: el Espíritu Santo. El es también el que debe animar nuestras fiestas, el que pone en nuestros labios los salmos inspirados y nos invita a cantar con toda nuestra alma para el Señor. No lleguen a confundir al Espíritu Santo con el espíritu del mosto (cf Hech 2,15). la fiesta cristiana, tal y como se celebraba entonces, es decir, en unión de una comida no eucarística, podía degenerar en excesos reprobables; así sucedió ya en Corinto (1 Cor 11,20-22), y así ocurre a veces en nuestras romerías y procesiones "demasiado animadas". Por eso no está de más la advertencia de San Pablo: "No os emborrachéis con vino, que lleva al libertinaje; sino dejaos llenar del Espíritu". Pero el comportamiento normal de los primeros cristianos era muy distinto y causaba verdadera admiración a los gentiles. Plinio, gobernador de Bitinia (años 111-113) escribe en su informe a Trajano: "Ellos (los cristianos) acostumbran a reunirse en días señalados, antes de salir el sol, para cantar, alternando, un himno a Cristo como a Dios". Es el Espíritu Santo el que inspira estos himnos y el que provoca con su gozo la Acción de Gracias al Padre en nombre de Nuestro Señor Jesucristo ("Eucaristía 1970"). "¡Qué cosa más estupenda que imitar en la tierra el coro de los ángeles! –exclama S. Basilio-. Disponerse  para la oración las primeras horas del día, y glorificar al Creador con himnos y alabanzas. Más tarde, cuando el sol luce en lo alto, lleno de esplendor y de luz, aducir al trabajo mientras la oración nos acompaña a todas partes, condimentando las obras –por decirlo de algún modo- con la sal de las jaculatorias". Y el v 20 es parecido en su contenido a Rom 8,28; San Jerónimo lo comenta así: "en cuanto a lo que dice: dando gracias siempre por todas las cosas, debemos examinarlo de dos maneras: en sentido de dar gracias a Dios en todo tiempo, y por todo lo que nos sucede, de modo que no sólo ante lo que consideramos bueno, sino también ante lo que nos oprime y viene contra nuestra voluntad, prorrumpa nuestra mente en gozosa alabanza a Dios".

"Mirad atentamente cómo vivís". La cosa no es tan simple. Hay fuerzas de dentro (2, 3) y fuerzas de fuera, que están operando para oscurecer la luz, turbar la mirada e impedir o dificultar la recta opción. Y ya no deben vivir como "necios", puesto que han dejado de serlo al recibir en sí abundantemente la riqueza de la gracia de Dios como suma de toda sabiduría e inteligencia a través de la revelación del misterio de la voluntad de Dios (1,8s). Por el contrario, deben vivir como "sabios". Hay que estar atentos a esta vida, ya que en ella está la verdadera sabiduría. Ésta no consiste en una descuidada e irreflexiva improvisación al día, sino en un consciente "aprovechar el tiempo". La palabra griega KAIROS dice más que TIEMPO: se refiere al contenido de este tiempo, a la situación que este tiempo trae consigo, a las posibilidades que ofrece. Y "aprovechar el tiempo" quiere decir sacar ventaja de estas posibilidades con vistas al fin último, entresacando de cada situación lo mejor. Esto es sabiduría, y sabiduría urgente, "...pues los días son malos". Luchas, tentaciones y peligros. Descubrir la voluntad de Dios en todas estas cosas no puede realizarse sin la ayuda de la sabiduría. De aquí la repetición: "no seáis insensatos". ¡Sólo la voluntad de Dios! Conocerla es lo contrario de la insensatez. La voluntad de Dios es decisiva para todo lo que hay que hacer, permitir o padecer. No deja de ser sorprendente la exhortación a no embriagarse con vino. Cabría esperar que a la embriaguez se le opusiera la templanza; pero lo que se considera como su anverso es la "embriaguez en el Espíritu". De la embriaguez se dice que hay en ella asotia, esto es, ausencia de salvación, perdición. La tentación del hombre es buscar en la embriaguez refugio y salvación en sus necesidades y angustias. Realmente, desaparecen así por un momento las preocupaciones de cada día, proyectándolas a la vida "en otro mundo". Esto es lo que ocurre verdaderamente en el mundo, del que el Espíritu nos arrebata en diversas maneras y grados, como primicias de la vida en Dios, a cuyo encuentro vamos (Zerwidk).

4. Jn 6, 51-59 (también en la Fiesta del Corpus en el Ciclo A). El pan eucarístico sigue las leyes de todo pan ofrecido por el padre de familia a los suyos. Los comensales, al participar de ese pan, comparten en cierto modo la vida misma de quien se lo ha dado (v. 54). Si los padres y los hijos pueden cargar de un significado profundo al pan cada vez que lo comparten, ¿por qué Jesús, que es el hombre más perfecto que haya existido, no habría de poder dar al pan una significación completamente nueva, al nivel de la profundidad del ser del que vive, y hacer de él la participación de su vida con el Padre (v. 57) y el elemento constitutivo de un nuevo tipo de humanidad impregnado de vida eterna? (v. 54; Maertens-Frisque).

Como en el cap. 5 tenemos aquí un duplicado del discurso del pan de vida que pretende lanzar aún más lejos la reflexión del tema anterior, es decir: Jesús como revelación y como eucaristía dentro del simbolismo del pan. Parece como si el autor quisiera terminar su discusión sobre la contraposición maná/Cristo, volviendo a sacar jugo de Dt 8, 3: el maná no era más que una profecía de la que ahora se saca la lectura y lección definitiva. Los judíos no han comprendido esta lectura y siguen aferrados a la perspectiva del alimento material. Esto va a dar pie a una nueva explicación, aún más en la línea dura de la presentación de la persona de Jesús. Se va yendo hacia posturas de aceptación o de no aceptación: de amor en definitiva.

Esta palabra "carne" va a ser en adelante la palabra clave en torno a la cual se desarrollará la profundización sobre el misterio revelador. La palabra "carne" designa todo lo que constituye la realidad del hombre con sus posibilidades y debilidades (cf 1,14; 3,16; 8,15). Jn tal vez ha conservado una tradición litúrgica independiente, que traducía literalmente la palabra aramea bisra (carne) que Jesús había podido emplear en la Cena. Jn insiste sobre todo en el valor salvífico de la encarnación. No hay posibilidad de fe más que a partir de Jesús. De un modo u otro hay que llegar a "comprender", a amar a este Jesús que posibilita el acceso a Dios.

v. 54: Lit.: "el que mastica mi carne". Jn utiliza un vocabulario particularmente realista para caracterizar la participación en la eucaristía. Según la costumbre judía, los alimentos de la comida pascual tenían que ser cuidadosamente masticados. En el fondo el escándalo nace de la comprensión a dos niveles que se da en un diálogo de sordos ya que los puntos de partida son diferentes: Jesús habla del todo de su persona, mientras que los judíos lo están comprendiendo en sentido material. Sin embargo, Jn quiere decir que los judíos no están dispuesto a aceptar al todo Jesús, al Jesús de la historia como revelador del Hijo. Por eso se aferran a un diálogo ficticiamente paralelo. En el fondo y de nuevo, la figura del Jesús evangélico es la piedra de discernimiento.

Vivir es entrar en comunión con el Hijo y desde entonces con el Padre. Este intercambio hecho de conocimiento y de amor mutuos queda asegurado por el hecho "Jesús" de una forma estable y definitiva. Esto es lo que celebra el creyente cada domingo: la vida de Jesús y, por la aceptación de ese Jesús, la vida del creyente como lugar único del encuentro con Dios. Huir en la vida es no creer, mientras que amar la vida y defenderla es comenzar el camino de la comprensión última del amor de ese Dios que tiene por Hijo al Jesús de la historia ("Eucaristía 1985").

Hasta ahora había hablado Jesús del pan de vida que baja del cielo, del pan con el que regala el Padre a los hombres enviándoles a su propio Hijo. Este es el pan de vida (v. 35, 48-51 a), de la misma manera que es también la luz del mundo (8, 12), y da vida a los que creen en él. Pero ahora habla Jesús del pan que él mismo les dará y se refiere expresamente a su carne y sangre, los dones eucarísticos.

El lugar paralelo a estas palabras "vida del mundo" lo encontramos en las que pronuncia Cristo sobre el pan en la Cena y precisamente en la forma que recoge la tradición paulina en 1 Cor 11, 24. La expresión "para la vida del mundo" significa lo mismo que "entregada para la vida del mundo" y es una alusión clara al sacrificio de su muerte en la cruz. Por lo tanto, el pan que da la vida es precisamente el cuerpo de Cristo entregado a la muerte para salvar al mundo (cf Lc 22,19).

Los judíos entienden estas palabras literalmente, como verdadera comida de la carne de Jesús. Pero les parece un disparate, una locura. No obstante, Jesús no mitiga el escándalo que han producido sus palabras. Ahora, confirmando de nuevo el sentido, realista, añade que es también preciso beber su sangre, lo cual resultaba especialmente escandaloso para los judíos, a quienes les estaba prohibido el alimentarse de sangre (Lev 17,10 s; Hech, 15,20).

De la misma suerte que el alimento natural se une orgánicamente al hombre, así también el que come la carne y bebe la sangre de Cristo entra en una unión de vida con él. Esta unión es comparada a la que Jesús tiene con el Padre que le ha enviado al mundo. Así como el Hijo tiene vida por el Padre (cfr. 5, 26), así también el que coma la carne de Cristo tendrá vida por el Hijo, esto es, participará en aquella misma vida que el Hijo recibe del Padre. Las palabras "vivirá por mí" son equivalentes a "vivirá por mi carne y sangre"; por lo tanto, esta última expresión debe entenderse de todo lo que Jesús es. El verdadero pan de vida bajado del cielo no es el "maná", sino el que da Cristo. Porque éste sí que viene verdaderamente del Padre y conduce a la vida eterna a todos los que lo reciben con fe y se unen de este modo a Cristo que se entrega para vida del mundo. Comulgar es entrar en unión de vida con Cristo para entregarse con él a todos los hombres y alcanzar así vida eterna ("Eucaristía 1970").

Continuamos con el discurso del pan de vida. El fragmento de este domingo entra de lleno en la clave eucarística, tal como era entendida y vivida por la comunidad joánica. "Mi carne para la vida del mundo", en el fondo de esta expresión hay una fórmula aramea en la que "carne" sustituye a "cuerpo" para designar la realidad creatural de la persona humana. "Para la vida" traduce la preposición griega "Hyper", que en el cuarto Cántico del Siervo y en los relatos de la institución de la eucaristía denota el carácter sacrificial y expiatorio de la muerte de Cristo. "Mundo" acentúa el sentido universalista de la salvación. Las murmuraciones de los judíos del v. 42 nos recuerdan las de sus antepasados ante Moisés en la travesía del desierto del Sinaí.

La Eucaristía proporciona una comunión real de vida y de destino con la persona de Jesús. Lo acentúa nuestro texto de varias maneras: el cuerpo de Jesús nos hace participar en la resurrección, nos hace vivir "por Cristo", que es vida "para siempre". Ello hay que entenderlo no de una manera mágica, sino como una comunión auténticamente personal. La clave de comunión es, además, típica de la teología joánica: comunión de Cristo con el Padre (cf 10,38; 14,10-11), del discípulo con Cristo (cf 15,4-10), y del creyente con el Padre y con Cristo (cf 17,21-23).

Cristo cumple las expectativas del Antiguo Testamento: es el verdadero Moisés que nos nutre con el maná de la Eucaristía, es la verdadera Sabiduría que nos ofrece el pan y el vino de su Palabra y de su Persona presente en el Sacramento. Esa vida de Cristo nos compromete a ponerla en obra en nuestra vida de cada día, como nos indicaba Pablo (Jordi Latorre).

Comer es incorporarse, fusionar. "¡Te comería a besos!", dice la madre mientras estrecha en sus brazos a su hijo. Tomar el cuerpo y la sangre de Cristo es entrar en comunión de amor y de destino. Tomar el cuerpo y la sangre es, además, reconocer la vida del Espíritu en la carne y en la sangre de la humanidad de hoy. La humanidad que sufre, que busca, que da a luz al mundo con dolor; la humanidad que se regocija, que canta y que baila. Humanidad de ricos y de pobres, humanidad de pecadores y de santos. Tenían razón para escandalizarse, porque en lo sucesivo, cuando unos hombres y mujeres, reunidos en el nombre del Señor, compartan el pan dando gracias, se producirá una y otra vez el advenimiento de la sorprendente novedad de Dios que toma carne viva, la carne de la existencia entera de los hombres ("Dios cada día", de Sal terrae).

Para desempeñar un oficio, para pertenecer a ciertas sociedades, para poder tener acceso a ciertas profesiones, para poder realizar ciertos planes... se requieren ciertas condiciones de edad, preparación, títulos académicos, etc. La condición que Jesús pone para permanecer en él y para tener vida eterna es la de comer su pan y beber su sangre, comer de este pan que Jesús ofrece es una condición decisiva, comerlo es vivir eternamente, no comerlo es aceptar no tener vida. Desde nuestra experiencia vital esto es clarísimo. El que no come muere de hambre, y el que come poco está desnutrido, débil, sin fuerzas para el trabajo que otros bien nutridos, cumplen con relativa facilidad.

La vida del Espíritu, la vida de Dios, necesita su adecuado alimento que es el cuerpo de Cristo. No comerlo es resignarse o morir. Hacerlo con poca frecuencia o de manera inadecuada es condenarse a estar débil, desnutrido, sin fuerzas para las dificultades morales de la vida y los compromisos cristianos. No hay cristianos de distinta naturaleza. Aquí radica la diferente fortaleza o debilidad entre los cristianos. En la distinta manera de alimentarse de Cristo.

El alimento es el cuerpo de Cristo, a condición de que se reciba de manera adecuada: con reflexión y no por rutina, con debidas disposiciones y preparación, con voluntad de aceptar los compromisos que de ello se derivan.

"¿Esto os escandaliza?" Les dice Jesús "pues si vierais subir al Hijo del hombre donde estaba antes", esto sí que os terminaría de escandalizar. Habla del Hijo del hombre que volverá a subir donde estaba antes. Dicho en otras palabras. Jesús no es un hombre cualquiera. No se trata de que se escandalicen más sino de dar la razón del mismo; el escándalo se produce sencillamente porque no se reconoce quién es Jesús. Los que lo reconocen como el Hijo del hombre saben que puede hacer lo que dice y aceptan su palabra.

"¿Y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu Santo es quien da vida; la carne no sirve de nada". El discurso sobre el pan de vida y el pan de la eucaristía alcanza su lugar exacto hablando de la "ascensión" y del Espíritu Santo. La carne en cuanto carne pertenece al ámbito del pan "perecedero". El Espíritu es el que da vida. Ahora bien, Jesús, en cuanto Hijo del hombre, pertenece a esa esfera de arriba, del Espíritu. Y solamente cuando esté dominado por el Espíritu, que lo resucitó de entre los muertos, podrá entregar la carne y la sangre, animadas del mismo Espíritu como principio de vida eterna.

El evangelista ha querido precisar al final del relato, algunos datos importantes relacionados con la eucaristía. Da importancia fundamentalmente a dos cosas: una relacionada a la ascensión del Hijo del hombre y otra relacionada con el Espíritu con mayúscula. Sólo después de la ascensión del Hijo del hombre será posible recibir el pan vivo de la eucaristía. La mención del Espíritu alude, sobre todo, a la fe como medio absolutamente necesario para ver la eucaristía como la carne y la sangre del Hijo del hombre. O, dicho de otro modo, que sólo puede recibirse fructuosamente la Eucaristía cuando se está en posesión del Espíritu. Se trata por tanto de rechazar una interpretación mecánica o mágica de la eucaristía. Tal vez está en la mente del evangelista afirmar que no es el cuerpo terreno o muerto de Jesús, sino el cuerpo resucitado, lleno, penetrado por el Espíritu de vida, el que aprovecha en la eucaristía.

La fe es, por tanto, indispensable para comer el nuevo pan. Los discípulos que ese día abandonan al Maestro han renunciado a su fe: han preferido juzgar por su cuenta, han intentado comprender lo incomprensible. Pedro, por el contrario, en nombre de los doce, a la pregunta de Jesús sobre si ellos también quieren marcharse, contesta arrebatado. "Señor ¿a quien vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios". Al hablar así, Pedro no demuestra haber comprendido -¿como iba a comprender nadie el misterio eucarístico?- lo que hace es una acto de inmensa fe, una protesta de adhesión incondicional, a pesar de la gran oscuridad que envolvía aquellas declaraciones de su Maestro.

Emplea S. Juan la misma palabra "carne" cuando habla de la encarnación: "el Verbo se hizo carne". Viene a decir que la realidad del cuerpo de Jesús en la comunión eucarística es la misma realidad que la del cuerpo de Jesús. Niega, por tanto, que exista solamente una unión espiritual por la fe con la persona de Jesús, y por eso repite machaconamente intentado poner de relieve que la carne y la sangre de Jesús son verdadera comida y verdadera bebida. Que no se trata simplemente de una comida y bebida simbólicas, sino de una comida real en la cual se participa realmente de la carne y de la sangre de Cristo.

Tres efectos de la recepción sacramental del cuerpo de Cristo:

-vida eterna y resurrección.

-inmanencia recíproca de Cristo y del cristiano.

-consagración del cristiano a Cristo.

El cuarto evangelio no relata la institución de la eucaristía. Al describir la última cena no se menciona la eucaristía para nada. Es algo realmente sorprendente. Probablemente la razón de esa ausencia está en que Juan traspasa la narración de la última cena, por lo que a la eucaristía se refiere, a este momento. Hay comentaristas que dicen que los vv. 51-59 no fueron pronunciados en Cafarnaún sino en el cenáculo.

A veces se oye hablar de la Eucaristía como si fuese sólo una cena de hermandad donde los cristianos hacen memoria de Jesús y de su muerte, casi de la misma manera como se podría recordar a cualquier otra persona querida. Es evidente que esta manera de hablar resulta totalmente insuficiente y ajena a la gran tradición de la Iglesia, que desde sus comienzos celebró la Eucaristía como el misterio absolutamente singular de la presencia viva y real de Jesús.

Cumpliendo este encargo de Cristo, en las celebraciones eucarísticas de la Iglesia primitiva recibían siempre todos los participantes el cuerpo del Señor, todos recibían la comunión. Después, frente al arrianismo se hizo especial hincapié en la divinidad de Cristo, mientras que su humanidad pasó a segundo plano en la conciencia de los fieles. Y esa actitud de amor y confianza para con la eucaristía fue sustituida por la de reverencia y temor.

Hasta el v. 51 todo el discurso del pan de vida se viene refiriendo a la persona de Jesús, recibida por la fe. Medio por el cual es dada la vida eterna. Ahora afirma Jesús, y pudiéramos decir de una manera descarada, que es su misma carne la que es el pan de vida. Se nos dice que la vida eterna es el efecto, no de "creer" en Jesús, sino de "comer" su carne. El protagonista ya no es el Padre, que da el verdadero pan del cielo, sino Jesús, que da su carne y su sangre.

Hay un crudo realismo -probablemente intentado por el evangelista- en estas expresiones: comer la carne y beber la sangre. Cuando Juan escribe estas palabras lleva más de 60 años celebrando la Eucaristía y han surgido -como aparecen en todos los tiempos- esos hombres tan espirituales que niegan la materialidad del cuerpo.

"Mi carne para la vida del mundo": en el fondo de esta expresión hay una fórmula aramea en la cual "carne" sustituye a "cuerpo" para designar la realidad criatural de la persona humana. "Para la vida" traduce la preposición griega "hyper", que en cuarto Cántico del Siervo y en los relatos de la institución de la eucaristía denota el carácter sacrificial y expiatorio de la muerte de Cristo. "Mundo" acentúa el sentido universalista de la salvación.

Las murmuraciones de los judíos del v. 52 nos recuerdan las de sus antepasados ante Moisés al atravesar el desierto del Sinaí.

La Eucaristía proporciona una comunión real de vida y de destino con la persona de jesús. Nuestro texto lo acentúa de diversas maneras: el cuerpo de Jesús nos hace participar en la resurrección, nos hace vivir "por Cristo", que es vida "para siempre". Lo cual se ha de entender no de forma mágica, sino como una comunión auténticamente personal. La clave de comunión es, demás, típica de la teología juánica: comunión de Cristo con el Padre (cf 10,38;14,10-11), del discípulo con Cristo (cf 15,4-10), y del creyente con el Padre y con Cristo (cf 17,21-23).

Cristo cumple las expectativas del Antiguo Testamento: es el verdadero Moisés que nos alimenta con el maná de la Eucaristía, es la verdadera Sabiduría que nos ofrece el pan y el vino de su Palabra y de su Persona presente en el Sacramento. Esta vida de Cristo nos compromete a ponerla en práctica en nuestra vida de cada día, como nos indicaba san Pablo (Jordi Latorre).

Decía S. Agustín: "Y para que no se les ocurriese pensar que con este manjar y bebida se promete la vida eterna, en el sentido de que quienes lo comen no mueren ni siquiera corporalmente, el Señor se dignó adelantarse a este posible pensamiento. Después de haber dicho: Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida eterna, añadió inmediatamente: Y yo lo resucitaré en el último día (Jn 6,55), para que entretanto tenga la vida eterna según el espíritu y viva en la paz reservada al espíritu de los santos; en cuanto al cuerpo, no se encuentre, defraudado tampoco de la vida eterna, sino que la tenga en el día último, en la resurrección de los muertos.

Dice: Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida (Jn 6,56). Con la comida y bebida, los hombres buscan apagar su hambre y su sed; pero eso no lo logran en verdad sino con este alimento y bebida, que hace inmortales e incorruptibles a los que lo toman, haciendo de ellos la sociedad misma de los santos, donde existe la paz y unidad plena y perfectas. Por esto -y ya lo han visto antes algunos hombres de Dios- nuestro Señor Jesucristo nos dejó su cuerpo y sangre bajo realidades que se hacen unidad a partir de muchos elementos. En efecto, una de ellas se elabora a partir de muchos granos de trigo y la otra de muchos granos de uva.

Finalmente, explica ya cómo se efectúa ese su comer su cuerpo y beber su sangre. Quien come mi carne y bebe mi sangre, está en mí y yo en él (Jn 6,57). Comer ese manjar y beber esa bebida es lo mismo que permanecer en Cristo y tener a Jesucristo que permanece en sí mismo. Por eso, quien no permanece en Cristo y aquel en quien no permanece Cristo, sin duda alguna no come ni bebe espiritualmente su cuerpo y sangre, aunque material y visiblemente toque con sus dientes el sacramento del cuerpo y la sangre de Cristo. Por el contrario, come y bebe para su perdición el sacramento de realidad tan augusta, ya que, impuro como es, osa acercarse a los sacramentos de Cristo, que sólo los limpios pueden recibir dignamente. De ellos se dice: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5,8)".

"¿Que palabras habéis oído de boca del Señor que nos invita?, ¿Quién nos invita? ¿A quiénes invitó y qué preparó? Fue el Señor quien invitó a sus siervos, y les preparó como alimento a sí mismo. ¿Quién se atreverá a comer a su Señor? Con todo, dice: Quien me come, vive por mí (Jn 6,58). Cuando se come a Cristo, se come la vida. No se le da muerte para comerlo; al contrario, él da la vida a los muertos. Cuando se le come, da fuerzas, pero él no mengua. Por tanto, hermanos, no temamos comer este pan por miedo a que se acabe y no encontremos después qué tomar. Comamos a Cristo: aunque comido, vive, puesto que habiendo muerto resucitó. Ni siquiera lo partimos en trozos cuando lo comemos. Así acontece, en efecto, en el sacramento (…) Pero, ¿cómo ha de ser comido Cristo? Como él mismo lo indica: quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él (Jn 6,57). Así, pues, si él permanece en mí y yo en él, es entonces cuando me come y me bebe; quien, en cambio, no permanece en mí ni yo en él, aunque reciba el sacramento, lo que consigue es un gran tormento. Lo que él dice: Quien permanece en mí, lo repite en otro lugar: Quien cumple mis mandamientos, permanece en mí y yo en él (1 Jn 3,24). Ved, hermanos, que si los fieles os separáis del cuerpo del Señor, es de temer que os muráis de hambre. Él mismo dijo: Quien no come mi carne ni bebe mi sangre, no tendrá vida en sí (Jn 6,54). Si, pues, os separáis hasta el punto de no tomar el cuerpo ni la sangre del Señor, es de temer que muráis; en cambio, si lo recibís y bebéis indignamente, es de temer que comáis y bebáis vuestra condenación.

Os halláis en grandes estrecheces; vivid bien, y esas estrecheces se dilatarán. No os prometáis vida, si vivís mal; el hombre se engaña cuando se promete a sí mismo lo que no le promete Dios. Mal testigo, te prometes a ti mismo lo que la verdad te niega. Dice la Verdad: «Si vivís mal, moriréis por siempre», y ¿dices tú: «Viviré ahora mal, pero viviré por siempre con Cristo»? ¿Cómo puede ser posible que mienta la Verdad y digas tú verdad? Todo hombre es mentiroso (Sal 115,11). Por tanto, no podéis vivir bien si él no os ayuda, si él no os lo otorga, si él no os lo concede. Orad y comed de él. Orad y os libraréis de esas estrecheces: Al obrar el bien y al vivir bien, él os llenará. Examinad vuestra conciencia. Vuestra boca se llenará de alabanza y gozo de Dios, y, una vez liberados de tan grandes estrecheces le diréis: Libraste mis pasos bajo mí y no se han borrado mis huellas (Sal 17,37)".

Nosotros comemos animales y plantas, nos alimentamos de ellos; los animales se alimentan de plantas o de otros animales; las plantas se alimentan de sustancias minerales que nosotros no podemos asimilar directamente.

¿Qué significa "asimilar"? Hacer pasar a la propia sustancia. Yo como animales y plantas; soy yo quien vive, soy yo quien asimila: ellos entran en mi sustancia y se convierten en mí mismo. El fin de la nutrición es éste: la asimilación de las cosas a mi propia sustancia. San Agustin pone en labios de Cristo estas palabras: "Yo soy el alimento de los mayores: crece y me comerás. Pero no eres tú quien me cambiarás en ti, como el alimento de tu cuerpo; soy yo quien te cambiará en mí".

Por la Eucaristía nosotros comemos a Cristo; pero entre el Señor y nosotros, él es quien vive, él es el más fuerte, el más activo; nosotros comemos, pero es él quien nos asimila a sí, hasta hacernos formar un solo ser con él. Sin anular nuestra personalidad, cobra certeza el hecho de que Cristo vive en mí. "Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí; y aunque al presente vivo en carne, vivo en la fe del Hijo de Dios...(Ga, 2, 20).

Y, sin embargo, soy yo también quien vive la vida de Cristo. Que muchas personas, aun siendo muchas y conservando cada una su personalidad, vivan una misma vida que sea la vida del Hijo de Dios hecho hombre, es, precisamente, el misterio del Cuerpo Místico: "somos un solo Cuerpo, aun siendo muchos": una misma vida compartida por muchas personas, una misma vida comunicada a muchos...

Muchas veces se ha escuchado la queja de una persona piadosa, de comunión diaria, que se maravillaba de no ser mejor a pesar de recibir a Jesucristo todos los días y de recibirlo, claro está, con las disposiciones debidas: estado de gracia y ayuno eucarístico. Sin embargo, quizá no se haya apreciado de una manera conveniente la tercera condición que apunta el catecismo: "Saber a quién se recibe". Esto, en resumidas cuentas, coincide también con la condición exigida por San pablo: "Discernir el cuerpo de Cristo".

Teóricamente, uno se queda tranquilo pensando que sí sabe a quién se recibe. Pero el equívoco está en que se trata de un mero saber humano, porque así nos lo enseñaron, y no de una fe auténtica.

¿Cómo es posible creer que recibimos a Jesucristo en la Eucaristía, sin creer que Cristo murió y dio su vida para la salvación de todos? ¿Cómo es explicable ese anhelo de Cristo sacramentado, con esa indiferencia escandalosa hacia Cristo presente en el prójimo? ¿A qué Cristo queremos recibir? Todo hace pensar que hemos reducido la comunión al aspecto del mero consumidor, pero no hemos insistido convenientemente en el otro aspecto de compromiso, de compartir los sentimientos de Cristo, de tomar parte en su obra de salvación. Sólo así es posible que nos parezca normal una actitud egoísta y de evasión con la práctica de la comunión frecuente. Y así nos maravilla que nos cueste ser mejores, a pesar de nuestro esfuerzo de cada día en acercarnos a recibir el pan de los ángeles ("Eucaristía 1970").

Después de participar en tantas liturgias eucarísticas en nuestra vida, parece innecesario detenernos a reflexionar sobre el sentido de la comunión eucarística. Sin embargo, el evangelio nos pide que hoy concentremos nuestra atención sobre este gesto tan tradicional en nuestra vida de fe, para que todo él refleje el espíritu que quiso imprimir Cristo a los actos de culto. Jesús se hizo carne: no solamente al nacer sino durante toda su vida. Y se hace carne de nosotros en cada eucaristía. ¿Comprendemos todo el alcance de esta expresión? La liturgia de hoy nos ayudará a aumentar la comprensión de lo que constituye el centro de toda la liturgia cristiana: la Eucaristía (B. Benetti). Comer juntos juntos es el acto más expresivo de la vida familiar y el momento más fuerte de vinculación y crecimiento en el amor común. En el plano humano es asimilar el poder de otra cosa, es reconocer que uno solo no se basta, es llegar a ser adulto, es mantenerse en la vida y reforzar el signo de unidad y de alegría. Pero el banquete siempre ha tenido un carácter sagrado y difícilmente se dan acciones sagradas sin banquete. Comer en el plano divino es participar en la vida de la divinidad, es divinizarse por connaturalidad y por asimilación. La asimilación del alimento es la expresión fundamental de la asimilación de Dios. Por eso en todas las culturas religiosas, de una forma u otra, siempre han existido los banquetes sagrados que desde una valoración pagana, podían ser totémicos, sacrificiales y mistéricos.

Lo que no puede negarse al cristianismo es una peculiar originalidad al imprimir al banquete unos valores profundos y singulares. La "fracción del pan eucarístico", desde sus orígenes, es el modo perenne de relación con Dios y de actualización de la obra redentora de Cristo. A los primeros cristianos ya se les reconocía públicamente por este banquete sagrado, signo de la mutua caridad, esencialmente vinculada a la "fracción". La Eucaristía es por un lado perfección de toda una serie de signos prefigurativos veterotestamentarios, y por otro, memorial y recuerdo de los acontecimientos salvíficos cumplidos por Cristo en su muerte y resurrección.

El cristiano vive en permanente invitación a la comunión con la sabiduría divina y con Cristo a través de la Eucaristía. La comunión eucarística transforma al creyente en himno de alabanza a Dios, en Cuerpo de Cristo, en Palabra viva que testimonia ante el mundo la salvación. La Eucaristía es sacramento de la fe, sacrificio pascual, presencia de Cristo, raíz y cUlmen de la Iglesia, signo de unidad, vínculo de amor, prenda de esperanza y de gloria futura (Andrés Pardo). "La Eucaristía es nuestro pan cotidiano. La virtud propia de este divino alimento es la fuerza de unión: nos une al Cuerpo del Salvador y hace de nosotros sus miembros para que vengamos a ser lo que recibimos... Este pan cotidiano se encuentra, además en las lecturas que oís cada día en la Iglesia, en los himnos que se cantan y que vosotros cantáis. Todo eso es necesario en nuestra peregrinación" (San Agustín). En el corazón de la celebración de la Eucaristía se encuentran el pan y el vino que, "por las palabras de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Fiel a la orden del Señor, la Iglesia continúa haciendo, en memoria de El, hasta su retorno glorioso, lo que El hizo la víspera de su pasión: "Tornó pan...", "tomó el cáliz lleno de vino...". Al convertirse misteriosamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los signos del pan y del vino siguen significando también la bondad de la creación. Así, en el ofertorio, damos gracias al Creador por el pan y el vino, fruto "del trabajo del hombre", pero antes, "fruto de la tierra" y "de la vid", dones del Creador. La Iglesia ve en el gesto de Melquisedec, rey y sacerdote, que "ofreció pan y vino" (Gn 14,18) una prefiguración de su propia ofrenda" (Catecismo 1333; cf. n. 1334). Y 1376: "El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: "Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación" (DS 1642)".

Domingo 20º del tiempo ordinario, ciclo B jóvenes

Domingo 20, ciclo B: Dios nos ofrece gustar de las delicias celestiales a través de la Eucaristía, el pan vivo, Jesús en su cuerpo que se ofrece para darnos la vida eterna

 

1. El libro de los Proverbios habla de un "banquete, mezclado el vino y puesto la mesa;  ha despachado sus criados para que lo anuncien…: Venid a comer mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia", un banquete de fiesta suculento donde no falte nada, que anuncia el que Jesús nos dará…

2. El Salmo nos anima a probar las cosas de Dios: "Gustad y ved qué bueno es el Señor". No es saber sino probar. Es como si nos dicen: -"¿cómo es el sabor de las cerezas?" No sabemos explicar, sino que decimos: "-toma, come, prueba" porque solo comiendo se sabe explicar. Pues las cosas de Dios hay que probarlas para explicar qué es rezar, cómo se hace… las cosas de amistad se han de probar también, hay que gustarlas, y así se ve que Dios es muy bueno.

3. La Carta a los Efesios nos anima a portarnos bien: "Fijaos bien cómo andáis; no seáis insensatos, sino sensatos... no estéis aturdidos, daos cuenta de lo que el Señor quiere… dejaos llenar del Espíritu". La alegría de vivir no la trae la publicidad, aunque compremos muchas cosas, sino la generosidad, el amor, el Espíritu del Señor, la fe, el gozo y alabanza al Dios bueno, la esperanza de sentirse hijos de Dios, hacer la voluntad de Dios, y como nos dice el Evangelio estar con Jesús en su Eucaristía que es su Cuerpo.

4. En el Evangelio Jesús dice: "-Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo... El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él... el que me come, vivirá por mí". En la Misa nos encontramos a Jesús que nos quiere con locura, que es Dios y se funde con nosotros. "¡Te comería a besos!", dice la madre mientras estrecha en sus brazos a su hijo. Tomar el cuerpo y la sangre de Cristo es entrar en comunión de amor. A veces tenemos pegas: "La Misa es aburrida", "no me dice nada", "siempre se hace lo mismo", "no siento la necesidad, y para hacer una cosa que no siento mejor no hacerla..." "¿qué pasa en la Misa, que sea tan importante?" Preguntemos al enamorado que lleva la rosa a la chica que ama, si encuentra aburrido este gesto; o a los que se aman si se cansan de verse con las mismas caras. En la Misa disfrutamos saboreando una y otra vez antiguas palabras con las que han rezado tantos cristianos que se encuentran con Jesús como a través del túnel del tiempo. No hay rutina si hay amor. Nuestra vida es como una canción, que tiene letra y música. La letra consiste en todo lo que hacemos, nuestras acciones, y la música es la voz del corazón, el amor que ponemos en todo. De manera que la vida es aburrida o entusiasmante, dependiendo del amor que ponemos. ¿Aburrido?: te falta amor. ¿Procuras entusiasmarte haciendo las cosas porque te da la gana (aunque en algún momento no tengas ganas)? Entonces lo quieres de verdad, hay amor. La Misa es sumergirse en una corriente de vida y de amor. Si hay aburrimiento puede que no hayamos conseguido aún una conexión con Él: si conectamos siempre "pasa algo", Jesús nos dice de alguna manera: "Ven conmigo", y nos pide más, y estamos más contentos.

Jesús viene a nosotros, y se realiza lo que hizo con su cruz y resurrección, que tiene un valor infinito. Pero depende de nuestra fe, pues es como un océano de agua, que podemos ir a recoger con un vasito pequeño (distraídos, sin prepararnos, sin comulgar) o bien con una gran tinaja (devotamente, con amor, comulgando bien confesados); es decir que la eficacia depende de las disposiciones que llevemos, y por eso se dice sacramentos de la fe, pues producen la gracia que significan, pero al mismo tiempo se expresa y enriquece nuestra fe. Hemos procurado hacer actos de fe, mientras el sacerdote hacía la fracción del pan y recordábamos las palabras del centurión, y por dentro pensábamos que si una sola palabra de Jesús es capaz de curar cualquier dolencia, ¡cuanto más tenerle, bien dispuestos, dentro de nosotros! Lo deseamos, como la mujer que padecía flujos de sangre quedó curada al tocar el manto de Jesús, pero nosotros tenemos más, podemos comulgar. Vemos junto a la Eucaristía, con los ojos del alma, los ángeles adorando la Hostia. Pensemos si lo reconocemos por la fe, nosotros también en la fracción del pan. Buen momento para decirle también nosotros: "¡Señor mío y Dios mío!" y pedirle más fe: "creo firmemente que estás aquí con tu Cuerpo, con tu Sangre, con tu Alma y tu Divinidad. Auméntame la fe, la esperanza y la caridad... te adoro con devoción, Dios escondido".

Jesús se da como alimento de los que peregrinan: "quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré en el último día", "si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros". Así como la comida es necesaria como alimento del cuerpo, el alma necesita la Eucaristía; es necesaria en cualquier circunstancia de cansancio o agobio, hambre y sed de salvación, en salud y enfermedad, en juventud y vejez, fortalece a todos mucho más que la poción de Astérix pues no es mágica sino sobrenatural.

Está presente el mismo Jesús que nació en Belén y creció en Nazaret y que hizo milagros y murió en el calvario, el mismo que está en el cielo es el que se nos da en la comunión. En su sermón de Cafarnaum, nos abrió este sentido: "Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Este es el pan que baja del cielo, para que el que lo coma no muera más sino que vivirá para siempre".

La comunión es un misterio inmenso, pues no transformamos el cuerpo de Jesús en el nuestro sino que  Jesús nos hace como él (espirituales, hijos de Dios). La fe nos va llevando a tratar a Jesús como una persona viva, y transformarnos hasta poder decir: "no soy yo el que vivo, es Cristo quien vive en mí". Esta acción de gracias después de comulgar -tiempo de recogimiento en el que agradecemos a Dios que haya venido a nosotros-, puede continuar aún después del saludo final del sacerdote: "Podéis ir en paz": así acaba la Misa. Como decía Teresa de Jesús: "si después de comulgar / no recogen las miradas  / y van de acá para allá / desmemoriándose vanas, / olvidan Al que está en ellas; / no digan que Él no les habla. / Desvívanse recibiéndolo; / Dios no suele, cuando viaja, / si les dan buen hospedaje, / pagar tan mal la posada". Decía el santo cura de Ars: "Cuando se comulga, se siente algo extraordinario… un gozo… una suavidad… un bienestar que corre por todo el cuerpo… y lo conmueve. No podemos menos de decir  con san Juan: ¡es el Señor!... ¡Oh Dios mío! ¡Qué alegría para un cristiano, cuando al levantarse de la sagrada mesa se lleva consigo todo el cielo en el corazón!" Somos enviados a llevar la paz, llevando a Jesús con nosotros: vemos a Jesús en los demás, y pensamos que dar un vaso de agua fresca a quien lo necesite es también ayudar a Jesús que está en aquel hermano. Ir en paz es una misión que cumplir, es comprender y perdonar (condición que pone Dios para podernos perdonar).

 

 

15 de agosto, Solemnidad de la Asunción de María Virgen, jóvenes

Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen: María es el Arca de la Alianza que nos ha traido el Cielo a la tierra y cuando Jesús ha ido al cielo ella ha ido con su hijo, donde nos espera y nos ayuda como Madre

1. El Apocalipsis es un libro que nos habla de puertas misteriosas y un templo celeste con el Arca de la Alianza, y "rayos y truenos y un terremoto: una tormenta formidable. Después apareció una figura portentosa en el cielo: Una mujer vestida del sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas". Iba a tener un hijo, pero "un enorme dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos…" quería luchar contra ella, y "con la cola barrió del cielo un tercio de las estrellas, arrojándolas a la tierra". Yo pienso en el demonio que se llevó muchos ángeles con él. Y quería hacer daño al niño, pero no pudo. La mujer es la Virgen María anunciada por los profetas, y las 12 estrellas son las tribus de Israel, que simbolizan todo el mundo. Se inspiraron en esa imagen para hacer la bandera de Europa. La luna representa el tiempo. Ella es el Arca de la Alianza que nos trae a Jesús. La celebramos este día en muchos pueblos y le dedicamos nuestros mejores regalos, para demostrarle nuestro cariño. Cuentan que Juanito vio a su hermana que se acercó al altar de la Virgen y dejó algo, y le preguntó, y ella le dijo que le había regalado un caramelo; entonces él en un papel apuntó el último chiste que sabía, para llevárselo a la Virgen para que se lo contara a Jesús.

Es un buen día para decirle a nuestra Madre que queremos estar junto a Jesús, en sus brazos. Que nos proteja, y nos guía al cielo donde ella está con su Hijo y con Dios Padre y el Espíritu Santo. Que le ofrecemos nuestro corazón para que esté con el suyo y nos enseñe a amar como ella ama, a perdonar y hacer las paces enseguida, a arreglar als cosas y desenfadarnos enseguida, a ser generosos con lo nuestro.

Ella ha sido llevada al cielo para que desde allí sea la Madre de la Iglesia, de cada uno de nosotros, y nos guía como una estrella para que no equivoquemos el camino… "Se ha dormido la Madre de Dios. -Están alrededor de su lecho los doce Apóstoles… Y nosotros, por gracia que todos respetan, estamos a su lado también. Pero Jesús quiere tener a su Madre, en cuerpo y alma, en la Gloria… Y la Corte celestial despliega todo su aparato, para agasajar a la Señora. -Tú y yo -niños, al fin- tomamos la cola del espléndido manto azul de la Virgen, y así podemos contemplar aquella maravilla. La Trinidad beatísima recibe y colma de honores a la Hija, Madre y Esposa de Dios... -Y es tanta la majestad de la Señora, que hace preguntar a los Angeles: ¿Quién es ésta?... María ha sido llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos. Hay alegría entre los ángeles y entre los hombres. ¿Por qué este gozo íntimo que advertimos hoy, con el corazón que parece querer saltar del pecho, con el alma inundada de paz? Porque celebramos la glorificación de nuestra Madre y es natural que sus hijos sintamos un especial júbilo, al ver cómo la honra la Trinidad Beatísima" (san Josemaría Escrivá). AVE-EVA, es al revés, María arregla con el sí que le dijo al ángel cuando la saludó con AVE el estropicio del no que dijo EVA cuando la tentó el demonio. Ella vence al dragón rojo, que es la serpiente del primer pecado solo que mejor vestida, ahora va de colorada: la imagen del dragón con siete cabezas aparece ya en los textos mitológicos de Ugarit y significa la irrupción brutal y la superioridad aplastante con que aparece el mal. Se puede ver en el fondo de esta descripción una alusión a la lucha entre Satanás y los ángeles en el cielo; la serpiente y el hombre en el paraíso. Es la tentación del mal, los placeres fáciles a la exigencia, contaba Juan Pablo II: "y el camino de santidad que el hombre está llamado a recorrer. En esta lucha espiritual la ayuda de María es a la Iglesia determinante para llegar a la victoria definitiva sobre el mal. María es una madre solícita que apoya el esfuerzo de los creyentes y los estimula a perseverar en su empeño. Pienso aquí en los jóvenes, más expuestos a los halagos y mitos efímeros y a falsos maestros. Queridos jóvenes, mirad a María e invocadla con confianza. María os ayudará a no tener miedo de asumir vuestras responsabilidades creíbles del amor de Dios". María es el dulce nombre, camino seguro al cielo. "¡Ay, piadosa Virgen Bella! / ¡Qué fuera de mí sin Vos? /¿Por dónde llegara a Dios / por tal mar sin tal estrella? (Lope de Vega).

2. El Salmo habla de "las nupcias del rey..." y "la esposa predilecta..." Jesús es un enamorado, "ama a su pueblo" y "el reino de Dios es semejante a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo".

3. Cristo es la primicia de los resucitados. Es la primera gavilla de la gran cosecha que Dios recoge de la siembra en el mundo. La primera gavilla indica que la cosecha ha empezado. María es la segunda en subir al cielo. La primera totalmente humana, o sola mujer, que es la esperanza de que nosotros también estaremos con ella, nuestra madre. Es como si nos tuviera de la mano y nos lleva con ella hacia arriba con Jesús.

4. El Evangelio recuerda el canto que María hace con Isabel, dando gracias a Dios. María ha recibido ya el fruto de su fe: "dichosa tu porque has creído", le dice su prima. Juan Pablo II decía: "El Magnificat,  su canto de fe en la acción transformadora de Dios alumbra nuestra fe y aumenta nuestra esperanza. Ahora se sienta como Reina junto a su Hijo en la eterna felicidad del Paraíso, y desde lo alto mira a sus hijos. Brilla hoy como Reina de todos nosotros peregrinos hacia la gloria inmortal. En Ella, llevada al Cielo, se nos manifiesta el eterno destino que nos espera  más allá del misterio de  la muerte: destino de felicidad plena en la gloria divina". Es lo que pedimos en la Misa de hoy: que también a nosotros, como a la Virgen María, nos conceda "el premio de la gloria", que "lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo". Como la Virgen prorrumpió en el canto del Magnificat, así nosotros expresamos nuestra alegría y nuestra admiración por lo que Dios hace, en cantos, en aclamaciones y, sobre todo, en la Plegaria Eucarística. Es nuestra respuesta a la acción de Dios: nuestro "Magnificat" continuado: "quien come mi Carne y bebe mi Sangre tendrá la vida eterna, y yo le resucitaré el último día".