martes, 18 de agosto de 2009

Viernes de la 19º semana

Viernes de la 19ª semana de Tiempo Ordinario. Dios renueva su Alianza y su misericordia a través de la historia, en cada tiempo, y podemos corresponder en el amor indiviso: un solo Dios y en el camino del matrimonio o celibato por el Reino de los cielos

 

Lectura del libro de Josué 24,1-13. En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquén. Convocó a los ancianos de Israel, a los cabezas de familia, jueces y alguaciles, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo: -«Así dice el Señor, Dios de Israel: "Al otro lado del río Éufrates vivieron antaño vuestros padres, Teraj, padre de Abrahán y de Najor, sirviendo a otros dioses. Tomé a Abrahán, vuestro padre, del otro lado del río, lo conduje por todo el país de Canaán y multipliqué su descendencia dándole a Isaac. A Isaac le di Jacob y Esaú. A Esaú le di en propiedad la montaña de Seír, mientras que Jacob y sus hijos bajaron a Egipto. Envié a Moisés y Aarón para castigar a Egipto con los portentos que hice, y después os saqué de allí. Saqué de Egipto a vuestros padres; y llegasteis al mar. Los egipcios persiguieron a vuestros padres con caballería y carros hasta el mar Rojo. Pero gritaron al Señor, y él puso una nube oscura entre vosotros y los egipcios; después desplomó sobre ellos el mar, anegándolos. Vuestros ojos vieron lo que hice en Egipto. Después vivisteis en el desierto muchos años. Os llevé al país de los amorreos, que vivían en Transjordania; os atacaron, y os los entregué. Tomasteis posesión de sus tierras, y yo los exterminé ante vosotros. Entonces Balac, hijo de Sipor, rey de Moab, atacó a Israel; mandó llamar a Balaán, hijo de Beor, para que os maldijera; pero yo no quise oír a Balaán, que no tuvo más remedio que bendeciros, y os libré de sus manos. Pasasteis el Jordán y llegasteis a Jericó. Los jefes de Jericó os atacaron: los amorreos, fereceos, cananeos, hititas, guirgaseos, heveos y jebuseos; pero yo os los entregué; sembré el pánico ante vosotros, y expulsasteis a los dos reyes amorreos, no con tu espada ni con tu arco. Y os di una tierra por la que no habíais sudado, ciudades que no habíais construido, y en las que ahora vivís, viñedos y olivares que no habíais plantado, y de los que ahora coméis."»

 

Salmo 135,1-3.16-18.21-22 y 24. R. Porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor porque es bueno: R.

Dad gracias al Dios de los dioses: R.

Dad gracias al Señor de los señores: R.

Guió por el desierto a su pueblo: R.

Él hirió a reyes famosos: R.

Dio muerte a reyes poderosos: R.

Les dio su tierra en heredad: R.

En heredad a Israel, su siervo: R.

Y nos libró de nuestros opresores: R.

 

Santo evangelio según san Mateo 19,3-12. En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: -«¿Es lícito a uno despedir a su mujer por cualquier motivo?» El les respondió: -« ¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: "Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne"? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.» Ellos insistieron: -« ¿Y por qué mandó Moisés darle acta de repudio y divorciarse? » Él les contestó: -«Por lo tercos que sois os permitió Moisés divorciaros de vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. Ahora os digo yo que, si uno se divorcia de su mujer -no hablo de impureza- y se casa con otra, comete adulterio.» Los discípulos le replicaron: -«Si ésa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse.» Pero él les dijo: -«No todos pueden con eso, sólo los que han recibido ese don. Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos por el reino de los cielos. El que pueda con esto, que lo haga.»

 

Comentario: 1.- Jos 24,1-13. El libro de Josué termina con una ratificación de la Alianza, renovación del compromiso asumido en el Sinaí, por parte del pueblo de Israel que está en posesión de la tierra prometida. Estos elementos descritos aquí aparecen en pactos hititas de vasallajes del segundo milenio a.C., por tanto además de carácter religioso la Alianza aparece con fuerza de Ley. La Alianza, en la base de la moral cristiana, supone comprender que Dios es Señor de la historia, elige a los que han de asumir un compromiso concreto de fidelidad. "No hay duda de que la doctrina moral cristiana, en sus mismas raíces bíblicas, reconoce la especifica importancia de una elección fundamental que cualifica la vida moral y que compromete la libertad a nivel radical ante Dios. Se trata de la elección de la fe —de la obediencia de la fe (cf Rom 16,26), por la que "el hombre sé entrega entera y libremente a Dios, y le ofrece "el homenaje total de su entendimiento y voluntad" [DV 5] Esta fe, que actúa por la caridad (cf Gal 5,6), proviene de lo más íntimo del hombre, de su "corazón" (cf Rom 10,10), y desde aquí viene llamada a fructificar en las obras (cf Mt 12,33-35; Lc 6,43-45; Rom 8,5-8; Gal 5,22). En el Decálogo se encuentra, al inicio de los diversos mandamientos, la cláusula fundamental: "Yo, el Señor, soy tu Dios" (Ex 20,2), la cual confiriendo el sentido original a las múltiples y varias prescripciones particulares, asegura a la moral de la Alianza una fisonomía de totalidad, unidad y profundidad. La elección fundamental de Israel se refiere, por tanto, al mandamiento fundamental (cf Jos 24,14-25; Ex 19,3-8, Miq 6,8)" (Juan Pablo II, Veritatis Splendor 66). El cap 24 del libro de Josué constituye una especie de apéndice incorporado un siglo o dos después de la refundición deuteronómica del libro. Mas esta incorporación tardía no impide que el relato esté apoyado en una tradición muy antigua de la alianza de Siquem, anterior incluso a las de Jos 8, 30-35 y Dt 27, 1-26. Esta tradición presentaba la alianza pactada en Siquem de acuerdo con los tratados de alianza, normales en aquella época, entre soberano y vasallos. Un preámbulo (v 1), un discurso que recordaba las relaciones anteriores de los contratantes (vv 1-15), el anunciado de las estipulaciones del contrato (vv 16-18), la enumeración de las maldiciones y de los castigos que sancionarán toda contravención a la alianza (vv 19-24; cf, sobre todo, Dt 27), y, finalmente, la mención del rito de alianza y de la grabación del contrato en una estela (vv 25-28). Este fondo primitivo inspiró, sin duda, la redacción del relato de la alianza del Sinaí en el Éxodo, y el código cuya promulgación sitúa este libro en el Sinaí habría sido promulgado realmente en Siquem. Siquem fue, en efecto, durante cierto tiempo, el centro privilegiado del recuerdo de la alianza con Yahvé. El redactor definitivo de Jos 24 habría desfigurado bastante a fondo este relato con el fin de trasladar al Sinaí todo el interés primitivamente centrado en Siquem.

a) Las tribus reunidas en Siquem comprenden clanes instalados en Palestina desde la época de los patriarcas sin interrupción; clanes llegados a Palestina antes de Josué después de una estancia en el extranjero; finalmente, la "casa de José", el último clan llegado a la tierra de sus antepasados, bajo la dirección sucesiva de Moisés y de Josué. Este último grupo resultó ser muy pronto el más importante o, por lo menos, el más organizado y el más cultivado -sin duda gracias a su estancia en Egipto-, y, por consiguiente, el más capacitado para reunir en torno a sí a las demás tribus y para reducir toda la historia del pueblo a la suya propia, a su éxodo y a su alianza. Así es como en Siquem el Dios de la casa de José se convirtió en Dios de todas las tribus y cómo las tradiciones de cada clan se fusionaron para constituir la ley de la alianza.

b) El conjunto del diálogo del pueblo con Dios encierra aún algunos elementos de la tradición primitiva (vv 14-15 y 18); lo demás se incorporó después del exilio. El signo mediante el cual las tribus aceptan realmente las condiciones de la alianza será el abandono de los falsos ídolos: toda alianza supone, pues, una conversión, y ésta supone el abandono de los antiguos dioses de Mesopotamia, adorados por los antepasados de Abraham y de los dioses cananeos conocidos por las tribus que se quedaron en Palestina.

c) La finalidad de la alianza entre las tribus no es, en primer término, política sino religiosa: el servicio de Dios (vv 14-15). Se trata, sin duda, de la organización del culto de Yavhé en forma de anfictionía: doce clanes o tribus se habrán de poner de acuerdo para garantizar, por turno y por espacio de un mes, el "servicio" de un templo común (quizá el lugar elevado de Siquem). Pero en el momento en que el redactor toma por su cuenta esta tradición, el "servicio" de Dios adquirió una dimensión más espiritual; conoce por experiencia la infidelidad de los siglos anteriores, y, para él, servir a Dios es ante todo ser fiel a las condiciones de la ley, como un vasallo sirve a la voluntad de su soberano.

El relato de la asamblea de Siquem ilustra de forma interesante el contenido de la alianza, que no se reduce, en primer término, al hecho de un Dios que reconoce a un pueblo o de un pueblo ya constituido que reconoce a su Dios; es, ante todo, la constitución de un pueblo en torno a una fe común y a un culto común. En otras palabras: Israel nació política y culturalmente en el momento en que, aunado, reconoció a su Dios. Nacionalidad y religión son inseparables: los hebreos son "elegidos" en cuanto pueblo y es un comportamiento colectivo lo que preside la alianza religiosa. Ya que se pertenezca a la antigua o a la nueva alianza, esta característica domina el comportamiento de los contratantes. La alianza no es tan sólo un tipo de relaciones entre Dios y unos hombres individuales; es más exactamente la solidaridad que los hombres encuentran entre sí debido a que sirven al mismo Dios. Esta solidaridad puede perder el aspecto nacionalista de Siquem; el servicio de Dios puede adquirir nuevas dimensiones después de Jesucristo; pero la alianza es siempre una manera de vivir en común, porque Dios vive con nosotros (Maertens-Frisque).

-Josué reunió a todas las tribus de Israel en Siquem. Llamó a los ancianos, a sus jefes, jueces y a los comisarios. Juntos se situaron en presencia de Dios. Es el relato de lo que se ha llamado "la gran asamblea de Siquem". La unificación de las diversas razas no se hizo en un día. Miles de veces fue necesario renovar la Alianza tan solemnemente pactada en el Sinaí. Ayúdanos, Señor, a renovar constantemente la alianza contigo y con nuestros hermanos. Ayúdanos a superar nuestros individualismos personalistas, clasistas o racistas. Haz que nuestras vidas sean realmente solidarias, más allá de nuestros círculos demasiado estrechos.

-Dijo Josué a todo el pueblo: «Así habla el Señor, el Dios de Israel. Vuestros antepasados habitaban al otro lado del Eufrates desde siempre hasta Teraj, padre Abraham... y servían a otros dioses. Tomé entonces a vuestro padre Abraham y le hice recorrer toda la tierra de Canaán... Y Josué cuenta toda la historia de esas tribus, una historia sinuosa que pasa por la esclavitud y la liberación. Desde el comienzo de esta aventura, la opción esencial es el rechazo de los ídolos. El abandono de los dioses del Eufrates, adorados por los antepasados de Abraham, fue el signo de la nueva fe en el verdadero Dios. Para nosotros, HOY también el abandono de los falsos-dioses es una condición esencial de nuestra liberación y del verdadero encuentro con Dios. ¿Cuáles son mis ídolos, mis falsos ideales, mis apegos excesivos a lo que no vale la pena? ¿Qué conversión espera el Señor de mí para renovar una alianza más verdadera con El?

-No fue con tu espada ni con tu arco... Os he dado una tierra que no os ha costado fatiga alguna... Sabemos, sin embargo que, de hecho, la cosa no pasó sin combates y sin esfuerzos. Pero aquí el autor subraya la gratuidad del don de Dios. Evidentemente eso es todavía más verdadero respecto a la gratuidad del don que se nos hizo en Jesucristo: «Es la justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna: todos pecaron y están privados de la gloria de Dios pero son gratuitamente justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Jesucristo» (Rom 3,22-24).

-Unas ciudades en las que os habéis instalado sin haberlas construido, unas viñas y olivares de los que os alimentáis hoy sin haberlos plantado. No es solamente una ciudad, una viñas y unos olivares lo que Dios quiere darnos, es su «propia vida divina». El proyecto de Dios es nada menos que «hacernos participar» de su «naturaleza divina» (2 Ped 1,4). Para esto somos creados, para esto, estamos programados y fabricados por Dios desde el origen para llegar a ser hijos de Dios. Ahora bien, para esa aventura hacia el infinito partimos de cero y de menos que de cero. Lo que aquí dice Josué, del don de la Tierra Prometida es estrictamente verdadero cuando se trata del don esencial de Dios que aquel simbolizaba. ¡Nuestra divinización no se conquista! Nadie tiene derecho ni poder para ello. Nadie puede hacerse Dios: tan sólo podemos dejarnos hacer, en un «sí» lleno de humildad y de agradecimiento. «Por nosotros mismos no somos capaces de atribuirnos cosa alguna, como propia nuestra, sino que nuestra capacidad viene de Dios» (2 Co 3,5; Noel Quesson).

2. Saltándonos bastantes capítulos del Libro de Josué -en los que se cuentan las dramáticas aventuras de la ocupación de Canaán-, nos enteramos, hoy y mañana, de la gran asamblea de las tribus judías en Siquén, en el centro de Palestina, el mismo lugar donde Abrahán había erigido el primer altar a Dios y donde Jacob había tenido su misteriosa experiencia. Esta asamblea constituye el punto culminante del libro de Josué y, también, de la historia del pueblo de Israel, porque en ella renuevan la Alianza que la generación anterior había hecho en el Sinaí. Josué aprovecha para hacer una larga catequesis, un repaso de la historia del pueblo, desde la llamada de Abrahán hasta el momento presente, pasando por las peripecias de la ida y la vuelta a Egipto. Una catequesis que a nosotros nos sirve también para recordar lo que hemos ido leyendo como primera lectura de la misa durante las últimas semanas. En toda esta historia Josué ve la mano de Dios y quiere que el pueblo así lo recuerde para siempre. Naturalmente, la conquista de Canaán se ve, al cabo de varios siglos, bastante más pacífica y providencialista de lo que fue en realidad. Está muy bien elegido el salmo 135, que litánicamente va comentando: «porque es eterna su misericordia», porque Dios «guió por el desierto a su pueblo, les dio su tierra en heredad, y nos libró de nuestros opresores...».

A esta catequesis histórica los cristianos tenemos que añadirle varios capítulos: Cristo Jesús y los dos mil años de historia que ya lleva su comunidad, la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo. Nuestra fe cristiana es histórica. No se reduce a unas verdades que creer o a unos deberes que cumplir. Es la historia de cómo ha actuado y sigue actuando Dios, y cómo le ha respondido la humanidad, unas veces bien y otras, mal. Nuestra catequesis -la predicación, los cantos, el lenguaje de nuestra reflexión teológica- ganaría fuerza si fuera más «histórica». Es la mejor manera de presentar a Dios. No hecha de definiciones filosóficas, sino a partir de lo que ha obrado por su pueblo. Ahí aparecerían el amor y la fidelidad de Dios y también, las esclavitudes, los éxodos, los procesos de liberación, las idolatrías, las infidelidades, los valores y los fallos de la humanidad de entonces y de siempre. Y, en medio, se vería cómo, en Cristo, Dios se nos ha acercado definitivamente y cómo, en él, tenemos acceso confiado al Padre.

El salmo 135 es una Letanía de acción de gracias. Los judíos llaman a esta letanía «el gran Hallel», la gran alabanza, y la recitaban por Pascua, después del «pequeño Hallel», o sea, los salmos 112-117. En este salmo, con ritmo responsorial, con alternancia de coros, se cantan las grandezas de Dios en el cosmos y en la historia. En ella, un coro cantaba la primera parte del versículo, y el pueblo respondía: «Porque es eterna su misericordia», frase que hallamos muchas veces en la Sagrada Escritura, puesta en boca de los que alaban al Señor en el templo. La misericordia es el atributo divino que más de relieve se pone en el A. T., a pesar de lo cual, los fariseos lo entendieron tan poco, que fue necesario que Jesús les propusiese la parábola del «hijo pródigo», y les recordase aquellas palabras: «Misericordia quiero, que no sacrificios» (Mt 9,13).- «Himno pascual en forma de letanía. Recordamos todos y cada uno de los beneficios de Dios en la historia salvífica y en el caminar eclesial, y cantamos con entusiasmo: "Porque es eterna su misericordia". Alentados por esta presencia activa de Dios Amor en nuestra vida, comenzamos una nueva etapa en nuestro caminar, convencidos de que, a cada paso, encontraremos manifestaciones de la misericordia de Dios. Es una contemplación del amor, que mira siempre hacia un "más allá" y hacia un "aleluya" eterno» (J. Esquerda Bifet).

Sabemos por Esdras 3,11 y 2 Paralipómenos 7,3.6 que en la organización del culto cantaban alternativamente los coros, declarando la bondad y longanimidad de Yahvé. Algunas veces intervenía todo el pueblo con la contestación Amén, Aleluya.

Yahvé, Creador de todas las cosas (vv. 1-9).- El salmista inicia su himno responsorial invitando a reconocer la bondad divina y su soberanía sobre todo, incluso sobre los supuestos dioses de los otros pueblos, que para él no tienen vida propia. Su poder es omnímodo, y se manifestó en la obra de la creación. El canto sigue el relato de Génesis 1: la formación de los cielos y de la tierra sobre las aguas; después destaca el mundo sideral: el sol, la luna y las estrellas, que, lejos de ser divinidades, como creían los pueblos gentiles, son unos instrumentos al servicio del hombre. Cada uno de ellos tiene su momento fijado para aparecer: el sol de día, la luna y las estrellas de noche. Y todo conforme a un plan divino previamente fijado conforme a su sabiduría.

(Maximiliano García Cordero).

Juan Pablo II comentaba: "Reflexionemos ante todo en el estribillo: «Es eterna su misericordia». En esa frase destaca la palabra «misericordia», que en realidad es una traducción legítima, pero limitada, del vocablo originario hebreo hesed. En efecto, este vocablo forma parte del lenguaje característico que usa la Biblia para hablar de la relación que existe entre Dios y su pueblo. El término trata de definir las actitudes que se establecen dentro de esa relación: la fidelidad, la lealtad, el amor y, evidentemente, la misericordia de Dios. Aquí tenemos la representación sintética del vínculo profundo e interpersonal que instaura el Creador con su criatura. Dentro de esa relación, Dios no aparece en la Biblia como un Señor impasible e implacable, ni como un ser oscuro e indescifrable, semejante al hado, contra cuya fuerza misteriosa es inútil luchar. Al contrario, él se manifiesta como una persona que ama a sus criaturas, vela por ellas, las sigue en el camino de la historia y sufre por las infidelidades que a menudo el pueblo opone a su hesed, a su amor misericordioso y paterno.

El primer signo visible de esta caridad divina -dice el salmista- ha de buscarse en la creación. Luego entrará en escena la historia. La mirada, llena de admiración y asombro, se detiene ante todo en la creación: los cielos, la tierra, las aguas, el sol, la luna y las estrellas. Antes de descubrir al Dios que se revela en la historia de un pueblo, hay una revelación cósmica, al alcance de todos, ofrecida a toda la humanidad por el único Creador, «Dios de los dioses» y «Señor de los señores» (vv 2-3). Como había cantado el salmo 18, «el cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra» (vv 2-3). Así pues, existe un mensaje divino, grabado secretamente en la creación y signo del hesed, de la fidelidad amorosa de Dios, que da a sus criaturas el ser y la vida, el agua y el alimento, la luz y el tiempo. Hay que tener ojos limpios para captar esta revelación divina, recordando lo que dice el libro de la Sabiduría: «De la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor» (Sb 13,5; cf Rm 1,20). Así, la alabanza orante brota de la contemplación de las «maravillas» de Dios (cf Sal 135,4), expuestas en la creación, y se transforma en gozoso himno de alabanza y acción de gracias al Señor.

Por consiguiente, de las obras creadas se asciende hasta la grandeza de Dios, hasta su misericordia amorosa. Es lo que nos enseñan los Padres de la Iglesia, en cuya voz resuena la constante Tradición cristiana. Así, san Basilio Magno, en una de las páginas iniciales de su primera homilía sobre el Exameron, en la que comenta el relato de la creación según el capítulo primero del libro del Génesis, se detiene a considerar la acción sabia de Dios, y llega a reconocer en la bondad divina el centro propulsor de la creación. He aquí algunas expresiones tomadas de la larga reflexión del santo obispo de Cesarea de Capadocia: «"En el principio creó Dios los cielos y la tierra". Mi palabra se rinde abrumada por el asombro ante este pensamiento». En efecto, aunque algunos, «engañados por el ateísmo que llevaban en su interior, imaginaron que el universo no tenía guía ni orden, como si estuviera gobernado por la casualidad», el escritor sagrado «en seguida nos ha iluminado la mente con el nombre de Dios al inicio del relato, diciendo: "En el principio creó Dios". Y ¡qué belleza hay en este orden!» (1,2,4: ib., p. 11). «Así pues, si el mundo tiene un principio y ha sido creado, busca al que lo ha creado, busca al que le ha dado inicio, al que es su Creador. (...) Moisés nos ha prevenido con su enseñanza imprimiendo en nuestras almas como sello y filacteria el santísimo nombre de Dios, cuando dijo: "En el principio creó Dios". La naturaleza bienaventurada, la bondad sin envidia, el que es objeto de amor por parte de todos los seres racionales, la belleza más deseable que ninguna otra, el principio de los seres, la fuente de la vida, la luz intelectiva, la sabiduría inaccesible, es decir, Dios "en el principio creó los cielos y la tierra"». Creo que las palabras de este Santo Padre del siglo IV tienen una actualidad sorprendente cuando dice: «Algunos, engañados por el ateísmo que llevaban en su interior, imaginaron que el universo no tenía guía ni orden, como si estuviera gobernado por la casualidad». ¡Cuántos son hoy los que piensan así! Engañados por el ateísmo, consideran y tratan de demostrar que es científico pensar que todo carece de guía y de orden, como si estuviera gobernado por la casualidad. El Señor, con la Sagrada Escritura, despierta la razón que duerme y nos dice: «En el inicio está la Palabra creadora. Y la Palabra creadora que está en el inicio -la Palabra que lo ha creado todo, que ha creado este proyecto inteligente que es el cosmos- es también amor».

Por consiguiente, dejémonos despertar por esta Palabra de Dios; pidamos que esta Palabra ilumine también nuestra mente, para que podamos captar el mensaje de la creación -inscrito también en nuestro corazón-: que el principio de todo es la Sabiduría creadora, y que esta Sabiduría es amor, es bondad; «es eterna su misericordia»".

Luego del origen de las maravillas del universo, se proclama un horizonte diverso, el de la historia y del bien que Dios ha realizado por nosotros en el curso del tiempo. "Sabemos que la revelación bíblica proclama repetidamente que la presencia de Dios salvador se manifiesta de modo particular en la historia de la salvación (cf. Dt 26,5-9; Jos 24,1-13).

Así pues, pasan ante los ojos del orante las acciones liberadoras del Señor, que tienen su centro en el acontecimiento fundamental del éxodo de Egipto. A este está profundamente vinculado el arduo viaje por el desierto del Sinaí, cuya última etapa es la tierra prometida, el don divino que Israel sigue experimentando en todas las páginas de la Biblia. El célebre paso a través del mar Rojo, «dividido en dos partes», casi desgarrado y domado como un monstruo vencido (cf Sal 135,13), hace surgir el pueblo libre y llamado a una misión y a un destino glorioso (cf vv 14-15; Ex 15,1-21), que encuentra su relectura cristiana en la plena liberación del mal con la gracia bautismal (cf 1 Co 10,1-4). Se abre, además, el itinerario por el desierto: allí el Señor es representado como un guerrero que, prosiguiendo la obra de liberación iniciada en el paso del mar Rojo, defiende a su pueblo, hiriendo a sus adversarios. Por tanto, desierto y mar representan el paso a través del mal y la opresión, para recibir el don de la libertad y de la tierra prometida (cf Sal 135,16-20).

Al final, el Salmo alude al país que la Biblia exalta de modo entusiasta como «tierra buena, tierra de torrentes, de fuentes y hontanares (...), tierra de trigo y de cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares, de aceite y de miel, tierra donde el pan que comas no te será racionado y donde no carecerás de nada; tierra donde las piedras tienen hierro y de cuyas montañas extraerás el bronce» (Dt 8,7-9). Esta celebración exaltante, que va más allá de la realidad de aquella tierra, quiere ensalzar el don divino dirigiendo nuestra expectativa hacia el don más alto de la vida eterna con Dios. Un don que permite al pueblo ser libre, un don que nace -como se sigue repitiendo en la antífona que articula cada versículo- del hesed del Señor, es decir, de su «misericordia», de su fidelidad al compromiso asumido en la alianza con Israel, de su amor, que sigue revelándose a través del «recuerdo» (cf Sal 135,23). En el tiempo de la «humillación», o sea, de las sucesivas pruebas y opresiones, Israel descubrirá siempre la mano salvadora del Dios de la libertad y del amor. También en el tiempo del hambre y de la miseria el Señor entrará en escena para ofrecer el alimento a toda la humanidad, confirmando su identidad de creador (cf v 25).

Por consiguiente, en el salmo 135 se entrelazan dos modalidades de la única revelación divina, la cósmica (cf vv 4-9) y la histórica (cf vv 10-25). Ciertamente, el Señor es trascendente como creador y dueño absoluto del ser; pero también está cerca de sus criaturas, entrando en el espacio y en el tiempo. No se queda fuera, en el cielo lejano. Más aún, su presencia en medio de nosotros alcanza su ápice en la encarnación de Cristo. Esto es lo que la relectura cristiana del salmo proclama de modo límpido, como testimonian los Padres de la Iglesia, que ven la cumbre de la historia de la salvación y el signo supremo del amor misericordioso del Padre en el don del Hijo, como salvador y redentor de la humanidad (cf Jn 3,16). Así, san Cipriano, mártir del siglo III, al inicio de su tratado sobre Las obras de caridad y la limosna, contempla con asombro las obras que Dios realizó en Cristo su Hijo en favor de su pueblo, prorrumpiendo por último en un apasionado reconocimiento de su misericordia. «Amadísimos hermanos, muchos y grandes son los beneficios de Dios, que la bondad generosa y copiosa de Dios Padre y de Cristo ha realizado y siempre realizará para nuestra salvación; en efecto, para preservarnos, darnos una nueva vida y poder redimirnos, el Padre envió al Hijo; el Hijo, que había sido enviado, quiso ser llamado también Hijo del hombre, para hacernos hijos de Dios: se humilló, para elevar al pueblo que antes yacía en la tierra, fue herido para curar nuestras heridas, se hizo esclavo para conducirnos a la libertad a nosotros, que éramos esclavos. Aceptó morir, para poder ofrecer a los mortales la inmortalidad. Estos son los numerosos y grandes dones de la divina misericordia». Con estas palabras el santo Doctor de la Iglesia desarrolla el Salmo con una enumeración de los beneficios que Dios nos ha hecho, añadiendo a lo que el Salmista no conocía todavía, pero que ya esperaba, el verdadero don que Dios nos ha hecho: el don del Hijo, el don de la Encarnación, en la que Dios se nos dio a nosotros y permanece con nosotros, en la Eucaristía y en su Palabra, cada día, hasta el final de la historia. El peligro nuestro está en que la memoria del mal, de los males sufridos, a menudo sea más fuerte que el recuerdo del bien. El Salmo sirve para despertar en nosotros también el recuerdo del bien, de tanto bien como el Señor nos ha hecho y nos hace, y para que podamos ver si nuestro corazón se hace más atento: en verdad, la misericordia de Dios es eterna, está presente día tras día".

3.- Mt 19,3-12. Terminado ya el «discurso eclesial» del cap. 18, siguen unas recomendaciones de Jesús en su camino a Jerusalén: esta vez, la célebre cuestión del divorcio. La pregunta no es acerca de la licitud del divorcio, que era algo admitido. Sino sobre cuál de las dos interpretaciones era más correcta: la amplia de algunos maestros como Hillel, que multiplicaban los motivos para que el marido pudiera pedir el divorcio (no aparece que lo pueda pedir la mujer), o la más estricta de la escuela de Shammai, que sólo lo admitía en casos extremos, por ejemplo el adulterio. Jesús deja aparte la casuística y reafirma la indisolubilidad del matrimonio, recordando el plan de Dios: «ya no son dos, sino una sola carne: así pues, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre»  (cf Gaudium et spes 48). Al mismo tiempo, negando el divorcio, Jesús restablece la dignidad de la mujer, que no puede ser tratada, como lo era en aquel tiempo, con esa visión tan machista e interesada. La excepción que admite («no hablo de prostitución») no se sabe bien a qué se puede referir. -Nota breve sobre la excepción de Mateo: "salvo en caso de unión ilegal". Mateo es el único evangelista que introduce ese paréntesis, en una frase de Jesús que no tolera ningún motivo de repudio. El término griego debería más bien traducirse por "en caso de impudicia", o "en caso de prostitución". Parece que lo que Mateo tiene aquí en cuenta es el caso de aquellos que vivían juntos sin estar casados. En ese caso no hay divorcio en sentido estricto sino más bien restablecimiento de una situación normal. La tradición ortodoxa oriental ve en ello, por el contrario, una base para permitir un nuevo casamiento al consorte que ha sido victima de un adulterio. Esta interpretación no la admite la Iglesia católica por lo menos como regla codificada por la ley; pero acepta que en lo concreto es la misericordia la que ha de resolver a veces ciertas situaciones excepcionales. Esto no hace mas que subrayar la indisolubilidad fundamental del matrimonio en su dinamismo normal: los dos serán uno... para siempre.

Pero lo que sí queda muy claro es el principio de que «lo que Dios ha unido el hombre no lo separe».

Cristo toma en serio la relación sexual, el matrimonio y la dignidad de la mujer. No con los planteamientos superficiales de su tiempo y de ahora, buscando meramente una satisfacción que puede ser pasajera. En el sermón de la montaña (lo veíamos el viernes de la semana décima) ya desautorizaba el divorcio. Aquí apela a la voluntad original de Dios, que comporta una unión mucho más seria y estable, no sujeta a un sentimiento pasajero o a un capricho. El plan es de Dios: él es quien ha querido que exista esa atracción y ese amor entre el hombre y la mujer, con una admirable complementariedad y, además, con la apertura al milagro de la vida, en el que colaboran con el mismo Dios. Lo cual nos recuerda la necesidad de que lo tomemos en serio también nosotros, dentro de la comunidad eclesial: la preparación humana y psicológica del matrimonio, su celebración, su acompañamiento después... El amor que quiere Dios es estable, fiel, maduro. Si el matrimonio se acepta con todas las consecuencias, no buscándose sólo a sí mismo, sino con esa admirable comunión de vida que supone la vida conyugal y, luego, la relación entre padres e hijos, evidentemente es comprometido, además de noble y gozoso. Como era difícil lo que nos pedía Jesús ayer: perdonar al hermano. Como es difícil tomar la cruz cada día y seguirle. Podríamos completar hoy nuestra escucha de la Palabra bíblica leyendo lo que el Catecismo dice sobre «el matrimonio en el Señor» (CEC 1612-1617); valora el matrimonio cristiano desde su simbolismo del amor de Dios a Israel y de Cristo a su Iglesia, y alude también, con la cita de ese pasaje de Mt 19, a la cuestión del divorcio. La lección de la fidelidad estable vale igualmente para los que han optado por otro camino, el del celibato. De eso habla hoy Jesús cuando afirma que hay quien renuncia al matrimonio y se mantiene célibe «por el Reino de los Cielos». Como hizo él. Como hacen los ministros ordenados y los religiosos: no para no amar, sino para amar más y de otro modo. Para dedicar su vida entera -también como signo-, a colaborar en la salvación del mundo. El celibato lo presenta Jesús como un don de Dios, no como una opción que sea posible a todos (J. Aldazábal).

-Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre... Si uno repudia a su mujer... y se casa con otra, comete adulterio. Jesús lanza una verdadera llamada a favor de la indisolubilidad del matrimonio. El conjunto del texto va, de modo manifiesto, en este sentido: la unión matrimonial transforma unos amantes, que podrían serlo sólo de paso, en "compañeros de eternidad". "¡Lo que Dios ha unido!" -No todos pueden entender esta palabra, sino sólo los que han recibido el don. Esa frase misteriosa de Jesús responde a una cuestión que expusieron los apóstoles: "El matrimonio, así concebido, es demasiado hermoso, demasiado difícil. Si esto es así, más vale no casarse. De ese modo, para Jesús la más alta concepción humana del amor conyugal es un "don de Dios". La doctrina de Jesús no será entendida por todos. ¡Señor, concédenos amar indisolublemente, fielmente, infinitamente... como Tu! ¡Definitivamente! Salva de lo efímero nuestros amores, Señor. Esto supone muchos combates, día tras día. -Hay gentes que no se casarán... porque son incapaces por naturaleza... otros porque han sido mutilados por los hombres... Pero los hay que no se casarán "por razón del reino de Dios". El que pueda con eso, que lo haga. Por segunda vez, y sobre otro asunto, pero muy próximo en el fondo, aludes, Señor, a una cierta intuición misteriosa que es dada por Dios: esa palabra de Jesús es "abierta", hace alusión a una cierta afinidad, a una cierta capacidad de recibirla, a un "carisma" personal. No puede erigirse en ley general en la Iglesia, ni en el mundo; pero es un camino abierto, distinto del matrimonio: el celibato, la continencia voluntaria. Es muy notable la insistencia de Jesús en dos puntos:

1º La libertad que requiere esta decisión, que no es impuesta ni "por la naturaleza" ni por la fuerza.

2º La motivación profunda de esta decisión voluntaria: "El Reino de Dios". Dice Jesús: hay quienes renuncian al matrimonio y a toda vida sexual para comprometerse con todo su ser en el "Reino", y teniendo, como amor casi exclusivo, a Dios. Así Jesús realza a un muy alto nivel el amor conyugal, dándole un horizonte eterno... y abre la hipótesis de un celibato de muy alto nivel, que tiene ese mismo horizonte (Noel Quesson). La motivación del celibato (también expresada en 1 Cor 7,7; Lumen gentium 42) está aquí apuntada por el Señor: señal y estímulo de caridad, manantial peculiar de espiritual fecundidad en el mundo. Se sitúan –matrimonio y celibato- en el mismo contexto del amor, pues la virginidad vale la pena por el Reino de Dios, como dice el Catecismo 1618: "Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con El ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales (cf Lc 14,26; Mc 10,28-31). Desde los comienzos de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que han renunciado al gran bien del matrimonio para seguir al Cordero dondequiera que vaya (cf Ap 14,4), para ocuparse de las cosas del Señor, para tratar de agradarle (cf 1 Co 7,32), para ir al encuentro del Esposo que viene (cf Mt 25,6). Cristo mismo invitó a algunos a seguirle en este modo de vida del que El es el modelo: Hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda (Mt 19,12).

1619    La virginidad por el Reino de los Cielos es un desarrollo de la gracia bautismal, un signo poderoso de la preeminencia del vínculo con Cristo, de la ardiente espera de su retorno, un signo que recuerda también que el matrimonio es una realidad que manifiesta el carácter pasajero de este mundo (cf 1 Co 7,31; Mc 12,25).

1620    Estas dos realidades, el sacramento del Matrimonio y la virginidad por el Reino de Dios, vienen del Señor mismo. Es él quien les da sentido y les concede la gracia indispensable para vivirlos conforme a su voluntad (cf Mt 19,3-12). La estima de la virginidad por el Reino (cf LG 42; PC 12; OT 10) y el sentido cristiano del Matrimonio son inseparables y se apoyan mutuamente:

Denigrar el matrimonio es reducir a la vez la gloria de la virginidad; elogiarlo es realzar a la vez la admiración que corresponde a la virginidad... (S. Juan Crisóstomo, virg. 10,1; cf FC, 16)".

 

 

jueves de la 19ª semana

Jueves de la 19ª semana de Tiempo Ordinario: Dios está siempre con nosotros en su alianza, nos acompaña con sus dones y prodigios, pero para ello hemos de abrirnos al perdón hacia los demás

 

Lectura del libro de Josué 3, 7-10a. 11. 13-17. En aquellos días, el Señor dijo a Josué: -«Hoy empezaré a engrandecerte ante todo Israel, para que vean que estoy contigo como estuve con Moisés. Tú ordena a los sacerdotes portadores del arca de la alianza que cuando lleguen a la orilla se detengan en el Jordán.» Josué dijo a los israelitas: -«Acercaos aquí a escuchar las palabras del Señor, vuestro Dios. Así conoceréis que un Dios vivo está en medio de vosotros, y que va a expulsar ante vosotros a los cananeos. Mirad, el arca de la alianza del Dueño de toda la tierra va a pasar el Jordán delante de vosotros. Y cuando los pies de los sacerdotes que llevan el arca de la alianza del Dueño de toda la tierra pisen el Jordán, la corriente del Jordán se cortará: el agua que viene de arriba se detendrá formando un embalse. » Cuando la gente levantó el campamento para pasar el Jordán, los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza caminaron delante de la gente. Y, al llegar al Jordán, en cuanto mojaron los pies en el agua -el Jordán va hasta los bordes todo el tiempo de la siega-, el agua que venía de arriba se detuvo, creció formando un embalse que llegaba muy lejos, hasta Adam, un pueblo cerca de Sartán, y el agua que bajaba al mar del desierto, al mar Muerto, se cortó del todo. La gente pasó frente a Jericó. Los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza del Señor estaban quietos en el cauce seco, firmes en medio del Jordán, mientras Israel iba pasando por el cauce seco, hasta que acabaron de pasar todos

 

Salmo l13A,1-2.3-4.5-6 R. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto, los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente, Judá fue su santuario, Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó, el Jordán se echó atrás; los montes saltaron como carneros; las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes, a ti, Jordán, que te echas atrás? ¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros; colinas, que saltáis como corderos?

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18,21-19,1. En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: -«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» Jesús le contesta: -«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara asi. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo." El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes." El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré." Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?" Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros m¡ Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.» Cuando acabó Jesús estas palabras, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

Palabra del Señor.

 

Comentario: 1.-Jos 3,7-17. El capítulo 3 de Josué presenta el pasaje del Jordán como la prueba maravillosa de la conducción efectiva del pueblo por Yahvé. Su género literario es épico: sus fuentes son múltiples pero sus distintos datos permiten al redactor formular adecuadamente el mensaje religioso esencial de la travesía del río.

a) Su primera preocupación es hacer de este pasaje la réplica del paso del mar Rojo. Las aguas del Jordán son "cortadas" (v 13) como las del mar rojo (Ex 14, 21); "se amontonan" (v 16) como en Ex 15,8 y dan lugar a lo "seco" (v 17) como en Ex 14,21-22. Los cronistas de Israel han concebido, pues, el paso del Jordán como una prueba de que la primera liberación pascual se renovaría cada vez que el pueblo tuviera necesidad de ella (cf Jos 5,10-12). En el momento en que Israel termina su peregrinación hacia la Tierra Santa se le recuerda con toda claridad que su marcha ha sido una larga prueba liberadora de todas las esclavitudes y de todas las alienaciones; no sólo de las que les habían impuesto sus enemigos los egipcios, sino también de las que su pecado provocó a lo largo de su permanencia en el desierto.

b) La travesía del Jordán se presenta como una procesión litúrgica. Se diría que el paso del río se reduce a llevar solemnemente el arca de Dios de una orilla a la otra. No se presta atención más que a ella (mencionada 17 veces en el capítulo 30; son los sacerdotes quienes la llevan (vv 14,15 y 17) y el pueblo recibe órdenes precisas (v 17) para pasar delante de ella como señal de veneración. Esta relevancia reservada al arca prueba que el redactor considera el paso del Jordán como la entrada solemne de Yavhé en el país que él mismo ha elegido como morada.

La detención de las aguas del Jordán (v 16) pudo ser un fenómeno natural; las colinas margosas que dominan el río se corren frecuentemente hacia las aguas -la última vez en 1927- y bloquean la corriente a veces durante todo un día. Pero el cronista no se detiene en esas puras causas naturales. Para él, el acontecimiento no es más que un signo de la presencia de Dios al lado de su pueblo; esa es precisamente la misión del profeta; descubrir el significado del acontecimiento y la forma en que es palabra de Dios (Maertens-Frisque).

¿Por qué cuarenta años? El significado de este número es conocido por los cristianos más familiarizados con la Biblia. Cuarenta significa una plenitud; el tiempo necesario para... Aquí, el tiempo necesario para forjar un pueblo, hacer de una reunión heteróclita el pueblo de Dios. Hay que tener en cuenta la resistencia natural a la renovación, la nostalgia de lo que se ha dejado atrás. Las famosas cebollas de Egipto. Toda una generación contaminada por las prácticas paganas de los egipcios y de los pueblos vecinos, la que siguió a Moisés, va a morir en el desierto. Para hacer desaparecer los defectos se necesita tiempo. No podemos olvidar esta lección. Hace falta tiempo para la evolución de nuestro grupo, de nuestro equipo; hace falta tiempo para la evolución de nuestro ambiente; tiempo para la evolución de nuestra pareja, de nuestro amor, para nuestra propia evolución. En toda empresa humana, aunque esté inspirada por los mejores motivos, en la reunión de un grupo de peregrinos o en la construcción de un equipo de matrimonios, de un grupo de oración, de una comunidad cristiana, es necesario tiempo para crear la unidad y la verdadera solidaridad.

En nuestras relaciones hay una primera etapa que resulta a menudo fácil, porque la buena educación, la cortesía sociológica, las buenas disposiciones religiosas vierten aceite en los engranajes. Pero después hay necesariamente un segundo estadio: los jóvenes se afirman como jóvenes; las personas de edad se comportan como personas de edad; los solteros como solteros y las parejas como parejas; los religiosos o las religiosas se afirman como tales; nuestros gustos espirituales se revelan diferentes, como diferentes nuestros tipos de evolución, nuestras intuiciones, nuestra historia y nuestra educación. Sin embargo estamos llamados, por las circunstancias a través de las cuales se ha manifestado el Espíritu Santo, a crear una comunidad verdadera. Es pues normal y sano, expresar críticas y reclamaciones. Sano, cuando la verdad lo exige pues las comunidades están compuestas de hombres y mujeres corrientes, que se manifiestan como son. Sano, a condición de que ascienda hasta ti, Espíritu de Dios, una súplica: "Espíritu Santo unificador, manifiéstate en nosotros; da a cada uno la paciencia necesaria, con los demás y consigo mismo, el respeto a los demás en su trayectoria personal; da a cada uno la posibilidad de ponerse al servicio de los demás en el amor que tú suscitas; da a cada uno la posibilidad de someterse ante el bien común y ante quienes han recibido la misión de reunir el rebaño en torno al único pastor; porque tú eres, oh Espíritu Santo, la fuente singular de la unidad con el Padre y el Hijo. Gloria a vosotros por los siglos de los siglos". Lo que constituye la comunidad no es la uniformidad sino Dios. Dios que permite superar las divergencias y las diferencias. Es bueno que cada uno se manifieste en su diferencia y que los demás acojan esta diferencia para someterlo a Dios, que actúa en el tiempo.

Llegamos al paso del Jordán. De la misma manera que Dios protegió a su pueblo para que franqueara el mar de las Cañas (Ex 14,22), igual es protegido para franquear el Jordán; las aguas se separan y el pueblo pasa a pie enjuto. Porque a tu pueblo no le falta jamás tu protección, Dios todopoderoso; aunque no siempre es consciente de ello. A los que entienden un poco se les dirige la recomendación de Josué: "Purificaos, porque mañana... " (Jos 3,6). Igual que los hebreos se santificaron con la sangre del cordero antes de huir de Egipto, los que se preparan para cumplir una misión, los que tienen una responsabilidad -y por tanto todo discípulo de Jesús- deben prepararse mediante una santificación, una purificación previa.

Escuchemos la lección de Orígenes (Homilía sobre Josué): "A ti, cristiano, que has franqueado las aguas del Jordán por el misterio del bautismo, la palabra de Dios te promete bienes mucho más grandes y más elevados: te promete que caminarás y pasarás incluso a través de los aires... No vayas a imaginarte, tú que oyes contar ahora lo que sucedió entre los antiguos, que todo eso no te concierne; todas esas cosas se realizan en ti de una manera espiritual. Porque, cuando abandonas las tinieblas de la idolatría y deseas llegar al conocimiento de la ley divina, es cuando comienza tu salida de Egipto".

El sacramento de la reconciliación en particular, que renueva la gracia del bautismo, desempeña ese oficio de santificación. No tanto para liquidar el ayer como para preparar el mañana, para recibir la fuerza necesaria del Espíritu Santo; entregar a la Iglesia mis insuficiencias para que la Iglesia me dé el Espíritu Santo que me ha obtenido la sangre de Cristo en la que he sido bautizado. "El Señor sea con vosotros", me dice la Iglesia. Entonces "caminaremos y pasaremos a través de los aires".

Para unos novios recibir el sacramento de la penitencia no es trazar una cruz sobre el ayer con objeto de que sean dos ángeles los que se casen, sino prepararse para la misión de la pareja mediante la santificación que nos proporciona este sacramento. Del mismo modo, recibir el sacramento del matrimonio es santificarse diciendo sí de antemano a la vida conyugal para disponerse a realizarla mejor. Lo mismo se puede decir del sacramento de los enfermos. Señor Dios, santifícame: si me ocupo de la preparación para el matrimonio o para el bautismo o de la catequesis, santifícame. Si tengo la responsabilidad de un grupo de oración, de una comunidad parroquial, de un grupo de familias, santifícame. Si milito en un sindicato, una asociación, un partido, santifícame. ¿Tengo yo la impresión de no haber pecado? Josué me responde: "Santifícate, renuévate, prepárate". Así que estoy dispuesto a pasar el Jordán o el mar Rojo. Es decir, a realizar lo que resulta imposible al hombre y que sólo tú, Señor Dios, puedes hacerme realizar: ver separarse las aguas, pasar a pie enjuto; ver derribado el ejército del Faraón, desplomadas las murallas de Jericó. Todos podemos así pasar el mar Rojo y el Jordán numerosas veces en nuestra vida. Realizar lo que es imposible al hombre. Pasa el mar Rojo la mujer que perdona al marido cuya infidelidad ha sorprendido. Pasa el Jordán el hombre que se aparta de una amante a la que quiere. Pasa el mar Rojo la mujer que acepta una responsabilidad que la supera. Pasan el mar Rojo y el Jordán todos esos hombres que triunfan "con mano firme y tendido el brazo de Dios" sobre los pecados que les invaden, sobre sus debilidades, sobre su mezquindad congénita, sobre sus demonios familiares, todos esos ejércitos del Faraón que tú dispersas.

Por tu gracia y la potencia del Espíritu Santo entramos sin saber cómo en la Tierra Prometida. Y llenamos nuestros ojos de la realidad con la que cumples tus promesas; sí, esas palmeras, esa verdura, esas corrientes de agua, verdaderamente valía la pena atravesar el desierto por todo eso. Aunque la conquista completa de la Tierra Prometida se haga más lentamente de lo que han querido contarla los historiadores sagrados. Tú cumples tus promesas y a través de la realidad visible de este espléndido oasis contemplamos la realidad invisible del Dios que cumple sus promesas. Bendito seas, Dios fiel (Alain Grzybowski).

Sabemos por la historia que la entrada en Canaán fue una larga y difícil conquista por las armas. ¿Por qué, pues, ese libro de la Biblia nos lo presenta como una tranquila y milagrosa procesión litúrgica que, sin quebranto alguno, atraviesa el Jordán precedida por el Arca de la Alianza? La respuesta no debe extrañarnos. Cuando hoy cogemos un libro de una biblioteca, habitualmente conocemos su género literario y sabemos distinguir un libro histórico de una novela, o de un relato épico. Ahora bien, los autores del libro de Josué escribieron más de cinco siglos después de ocurridos los hechos. Seguramente utilizaron documentos y tradiciones orales; pero buscaron ante todo «edificar» a la gente que recorría en peregrinación los santuarios célebres de la época de la conquista. Se comprende pues que esos relatos épicos narren hechos «maravillosos»: es un modo de decir que «Dios estaba con ellos». Aceptemos pues esos libros por lo que son y, más que insistir en los detalles pintorescos y fabulosos, que se han prodigado en ciertas «historias sagradas» para niños, leamos esas páginas como unas lecciones religiosas revestidas, eso sí, de hechos concretos. De otra parte las Biblias hebraicas no clasifican esos libros como históricos, sino como «los primeros profetas»; manifestando con ello que la enseñanza doctrinal tiene la primacía respecto a la precisa exactitud histórica.

-El Señor dijo a Josué: "Hoy mismo voy a empezar a engrandecerte a los ojos de todo Israel, para que sepan que lo mismo que estuve con Moisés, estoy contigo." Efectivamente el don de la Tierra prometida es una "acción de Dios". Tendemos demasiado a prescindir de Dios en nuestras perspectivas. Es evidentemente cierto que, habitualmente, Dios no actúa directamente en los acontecimientos: Dios es la Causa Primera que actúa a través de las causas segundas... es Aquel que, desde el interior anima a los hombres que mantienen sus responsabilidades... Pero ¡Dios está allá! La Biblia, libro religioso, interpelando nuestra Fe, nos afirma que Dios estaba con Josué como estuvo con Moisés. ¡Si por lo menos esta revelación nos ayudara a vivir de esta misma Presencia!

-Acercaos y escuchad las palabras del Señor: He aquí que el Arca de la Alianza del Señor de toda la tierra va a pasar el Jordán ante vosotros. En cuanto los sacerdotes hayan puesto la planta de sus pies en las aguas del Jordán, las aguas que vienen de arriba serán cortadas y se detendrán... Manifiestamente el autor quiere probar que se trata de una especie de re-edición del paso del Mar Rojo. Que es como la garantía que la «liberación pascual» es siempre actual y puede renovarse. Jesús querrá también sumergirse en este mismo Jordán. Y nuestros bautismos son una re-edición de ese mismo misterio: el agua es el signo de nuestro paso al Reino de Dios. El paso del mar Rojo no fue un fenómeno extraordinario «maravilloso»... pero no deja de ser una maravilla, una intervención gratuita de Dios. Este aspecto debe constituir nuestra meditación HOY. El hombre no se salva a sí mismo, nos repetirá san Pablo en la epístola a los Romanos (3,21-24). Es Dios el que salva. Gracias, Señor, por estar con nosotros.

-Entonces todo Israel atravesó a pie enjuto hasta que todo el pueblo hubo acabado de pasar el río. El nombre de Josué significa "Dios salva". Es la misma asonancia que el nombre de Jesús. Así vamos hacia la verdadera Tierra Prometida, la vida eterna, siguiendo a nuestro Salvador. Y la escena casi litúrgica de esa travesía subraya que los ritos son, para nosotros, un medio de revivir esos misterios o de vivirlos por adelantado (Noel Quesson). A mí me recuerda que Moisés es figura de Cristo, y Josué repite el paso, como la Iglesia la pascua con el bautismo hace viva la pascua de la salvación que Jesús con el paso de la muerte a la resurrección ha pasado el mar rojo de su sangre. Así pasamos con los sacramentos… se hace viva la historia ("el Dios vivo está en medio de vosotros" (v 10) es el "que da vida e interviene en la historia": Catecismo 2112), en en el río de la vida… cuando salieron de Egitpo la presencia de Dios se manifestaba mediante su ángel y con la columna de nube que los acompañaba (Ex 14,19), ahora el Arca de la Alianza desempeña esta función (imagen de la presencia del Señor en la Eucaristía), testimonio del compromiso que ha establecido entre Él y su pueblo, la Alianza. El paso del Jordán queda como una imagen anticipada del bautismo: "Finalmente, el Bautismo es prefigurado en el paso del Jordán, por el que el pueblo de Dios recibe el don de la tierra prometida a la descendencia de Abraham, imagen de la vida eterna. La promesa de esta herencia bienaventurada se cumple en la nueva Alianza" (Catecismo 1222; cf Biblia de Navarra).

2. Es un salmo que da la impresión que ha sido concebido para celebrar el paso del mar Rojo y del río Jordán a la entrada de la tierra prometida. Se recuerdan los fenómenos extraordinarios y se interpretan como manifestaciones del poder y la protección de Dios. Este poder divino manifestado en los milagros lo vemos en Jesús (verdadero anuncio que Moisés simbolizaba) en la tempestad calmada en el lago (Mt 8,26), y Jesús se sirve de la imagen de los montes que saltan (v 6) para hablar del poder de la fe (Mt 17,20; cf Biblia de Navarra; Josemaría Escrivá, Camino 586).

Concluida la lectura de los libros del Pentateuco, seguimos con otros relatos históricos, el libro de Josué y luego el de los Jueces. La aventura del pueblo de Israel continúa. Ha cambiado el líder. A Moisés le ha sucedido su fiel discípulo Josué. Pero lo importante es que Dios sigue al frente de su pueblo: «para que vean que estoy contigo como estuve con Moisés... un Dios vivo está en medio de vosotros». La actuación salvadora de Dios sigue ahora, todavía más intensa que entonces. La Pascua de Jesús fue el verdadero «éxodo», el paso a través de la muerte a la nueva existencia de Resucitado, la Pascua que nos salva a todos los que nos incorporamos a él por el sacramento del Bautismo. Ahora ya no son el Mar Rojo ni el río Jordán: es el torrente de la muerte y del pecado el que Cristo ha atravesado con su Pascua y que nos ayuda a atravesar también a nosotros. Los domingos, en el día de la victoria pascual de Cristo, en vísperas, cantamos muchas veces el salmo 113, el responsorial de hoy, que nos describe poéticamente con júbilo lleno de ironía- lo que le pasó entonces a Israel: «el mar, al verlos, huyó, el Jordán se echó atrás... ¿Qué te pasa a ti, Jordán, que te echas atrás?»... Ahora ya no se trata de ocupar tierras y, ciertamente, tampoco de usar métodos de fuerza y de hechos consumados. Jesús nos ha enseñado la fuerza de la no violencia. Pero sí tenemos que estar convencidos de que Dios está presente en nuestra vida y quiere salvarnos de nuestras esclavitudes personales o comunitarias.

Nosotros podemos alegrarnos, con mayor razón que nuestros hermanos del AT, de que «un Dios vivo está en medio de nosotros». Ahora no nos acompaña el Arca de la Alianza primera, sino el mismo Cristo, quien, para que entendiéramos mejor su presencia, se ha querido hacer también Eucaristía, alimento para el camino, que eso significa «viático»  (J. Aldazábal).

3.- Mt 18,21-19,1; ver domingo 24, ciclo A y martes de la 3ª semana de Cuaresma. 2. Mateo 18,21-19,1. Si ayer era la corrección fraterna, hoy Jesús, en su «sermón comunitario», sigue dando consignas sobre el perdón de las ofensas. Lo de hoy completa lo de ayer. La propuesta de Pedro ya parecía generosa. Pero Jesús va mucho más allá: setenta veces siete significa siempre. La parábola exagera a propósito: la deuda perdonada al primer empleado es ingente. La que él no perdona a su compañero, pequeñísima. El contraste sirve para destacar el perdón que Dios concede y la mezquindad de nuestro corazón, porque nos cuesta perdonar una insignificancia. Lo propio de Dios es perdonar. Lo mismo han de hacer los seguidores de Jesús. El aviso es claro: «lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

Es el nuevo estilo de vida de Jesús, ciertamente más exigente que el de los diez mandamientos del AT. ¿No es demasiado ya perdonar siete veces? ¿y no será una exageración lo de setenta veces siete? ¿no estaremos favoreciendo que reincida el ofensor? ¿y dónde queda la justicia? Pero Jesús nos dice que sus seguidores deben perdonar. Como él, que murió perdonando a sus verdugos. Pedro, el de la pregunta de hoy, experimentó en su propia persona cómo Jesús le perdonó su pecado. El gesto de paz antes de ir a comulgar tiene esa intención: ya que unos y otros vamos a recibir al mismo Señor, que se entrega por nosotros, debemos estar, después, mucho más dispuestos a tolerar y perdonar a nuestros hermanos (J. Aldazábal).

-Pedro se acercó a Jesús para decirle... Al comienzo de ese discurso "comunitario" fueron todos los apóstoles juntos los que hicieron una pregunta a Jesús. (ver martes último). Ahora es Pedro el que pregunta. Es el "juego" de la colegialidad: el conjunto de los obispos, de una parte, el Papa como porta-voz único del conjunto, de otra parte. El evangelio, discretamente, sugiere esa doble estructura esencial de la Iglesia. -Señor, si mi hermano me sigue ofendiendo, ¿cuántas veces lo tendré que perdonar? ¿No había entendido todavía? ¿Es pues tan difícil entender que Dios es bueno, misericordioso, capaz de perdonar infinitamente? ¿Por qué continuamos con nuestras imágenes de un Dios riguroso y duro?

-No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Simbolismo de las cifras: "siete" es la cifra perfecta, multiplicada por sí misma, indica el infinito. Hay dos maneras de traducirlo: setenta veces siete o setenta y siete veces. La expresión podría entenderse como una antítesis de Gn 4,24 donde Lamec proclama la venganza: "Caín será vengado siete veces, pero Lamec lo será setenta y siete". Frente al "nunca perdonaré" de Lamec Jesús proclama el perdonar "siempre" (Biblia de Navarra): "no encerró el Señor el perdón en un número determinado, sino que dio a entender que hay que perdonar continuamente y siempre" (S. Juan Crisóstomo). Pedro creía ir ya muy lejos ¡proponiendo hasta siete veces! Pero, para Jesús no hay tasas: ¡siempre hay que perdonar! Se dice muy aprisa que no se tiene nada que perdonar a nadie, que se es amigo de todo el mundo, que esta exigencia no nos concierne... o, lo que es peor, se encuentran muchas razones egoístas y sutiles, o colectivas e ideológicas para justificar nuestro rechazo a perdonar. Pero, una vez más, el evangelio nos interpela a cada uno ¿Tendré suficiente valor para reconsiderar mi vida y poner nombres y rostros concretos... en esta parábola que estoy escuchando y que Tú, Señor, pronunciaste?

-Un amo que quiso saldar cuentas con sus empleados... Una deuda de diez mil talentos -es decir, muchos millones-... Un pobre hombre que pide compasión... El amo "compadecido, ¡le perdona toda su deuda!" Una deuda grandiosa: un denario equivale al jornal de un trabajador, y un talento valía unos 6000 denarios, lo cual suman una deuda de 60.000.000 de denarios, cifra imposible de restituir, esta hipérbole indica la expresividad de la parábola.

La venganza era una ley sagrada en todo Oriente; el perdón era humillante. La parábola es un drama en cuatro actos: deuda, misericordia, crueldad y justicia. Un hombre debía diez mil talentos. Una suma exorbitante. El auditorio de Cristo no podía imaginar deuda semejante. La conclusión: se trata de una deuda impagable. El acreedor ordena vender todo cuanto se tiene incluyendo la familia. Ser vendido como esclavo por deudas no era infrecuente en el antiguo Oriente Próximo, pero ese procedimiento era utilizado con mayor frecuencia como castigo, más que para el pago de deudas. Sin embargo, el rey atiende la súplica y perdona. El deudor perdonado se convierte en deudor despiadado que ante su compañero deudor de algo insignificante en comparación con lo que se le había perdonado lo mete en la cárcel después de casi ahogarlo. El hecho de no mostrar misericordia donde él la había recibido lleva a que la misericordia del rey sea revocada, y el siervo inmisericorde es entonces entregado a los verdugos (v. 34) hasta que pague esa deuda imposible de saldar. En síntesis, la idea es que la soberanía de Dios exige que la misericordia divina sea la medida del perdón en nuestras relaciones con los demás.

En este pasaje se nos aclara y recalca algo muy importante: la pertenencia al reino es el perdón y éste es sin límites y a todos tomando como ejemplo a Dios mismo cuya oferta de gracia desborda todo cálculo humano. No hay lugar para la venganza personal, porque uno siempre vive en el amor misericordioso del Padre (Is 40,2; 43,25), y por tanto debemos reflejar ese amor misericordioso a los demás.

Pedro introduce el tema de cuántas veces hay que perdonar, Jesús responde que setenta veces siete; es decir, siempre; porque siempre tenemos necesidad del perdón divino. En este contexto Jesús pronuncia esa parábola paradójica, en la que todo parece desproporcionado: la disparatada deuda del primer servidor y donde no tiene ninguna posibilidad de que la devolviera, pese a su promesa de hacerlo junto con su crueldad para con el compañero que tiene con él una deuda insignificante y que se podía pagar fácilmente. Lo que queda claro es que la condición esencial para el perdón divino es que nosotros perdonemos a nuestros prójimos, y con un perdón "de corazón", como el perdón de Dios. Actuar con perdón es el estilo del reino. Negarse a perdonar nos sitúa fuera del reino y, por consecuencia, fuera de la esfera del amor misericordioso de Dios. Esta parábola es un drama que se actúa continuamente pues el que queda impune de grandes actos de enriquecimiento ilícito quiere luego ahorcar a sus trabajadores que le deben cualquier cosa en comparación con lo robado o ganado ilícitamente. Esto lo vemos en la cuestión económica pero se da en todos los campos de las relaciones humanas. Un cónyuge, normalmente el varón por el machismo mundial que vivimos, engañando gravemente al otro, resulta que llega a lastimar y hasta matar al otro por una tontería que agiganta por los celos. Afortunadamente con Dios no es así, no podemos jugar. El es capaz de tomar todos nuestros pecados, nuestras deudas para obtener el perdón; pero no puede tolerar el abuso de que, siendo pecadores, nos neguemos a perdonar las mínimas ofensas que se nos hacen. Con esto podremos rezar con fuerza, conciencia y compromiso aquella parte del Padrenuestro "perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden..." (Servicio Bíblico Latinoamericano). Para querer cambiar a otra persona tengo que mejorar yo primero en eso que quiero que ella cambie. Luego, quererla tal como es, pues con imposiciones no conseguiré que mejore, más bien metiéndome en su piel, pensando cómo me gustaría que me trataran en su lugar, para ayudarme. Pues por el cariño se consigue más que con la exigencia mala… y viendo en ella a Jesús… así, Dios tendrá paciencia conmigo, si yo la tengo con los demás. Si no juzgo a los demás, no seré juzgado yo tampoco por Dios. Si perdono, seré perdonado… es decir, podré acogerme al perdón, al amor, porque todo depende de abrir mi corazón, no de Dios que me ofrece siempre el don, sino de que sea yo capaz de poder aceptarlo, de que esté receptivo, no herméticamente cerrado. Él siempre nos ofrece su don.

Tal es Dios, dice Jesús; infinito en su bondad; capaz de perdonar todo. En primer lugar, contemplo detenidamente esa magnanimidad, esa generosidad inverosímil, esa renuncia del amo a sus derechos, ese perdón infinitamente propalado. HOY, en nuestro mundo, los hombres van acumulando pecados. La deuda miserable seguirá creciendo. Y Dios, movido a compasión, una vez más "perdonará toda la deuda". Gracias, Señor. Y en esta marea de la humanidad pecadora, pienso en mi propia parte. Constantemente, yo mismo, soy perdonado... obtengo la remisión de mi deuda personal. Y nada es capaz de hastiar a Dios. La fabulosa suma citada por Jesús no se debe al azar... es la verdad. Dios hace lo que ningún acreedor es capaz de hacer (cf. Camino 452).

-Ese mismo empleado, el mismo que fue tan generosamente tratado por su amo... exige a uno de sus compañeros una ínfima deuda de cien denarios (menos de un dólar). Entonces el amo le dijo: "¡Miserable! Yo perdoné toda tu deuda... ¿No podías tú tener también compasión de tu compañero?" Para Jesús, el deber del perdón mutuo se funda en el hecho que todos, nosotros mismos, somos beneficiarios del perdón de Dios. Se perdona realmente a los demás, a todos aquellos que nos ofenden, cuando se es consciente de ser uno mismo un "perdonado". Una vez más es pues a Dios que hay que mirar, si queremos llegar a ser capaces de reconciliación sincera.

-Pues lo mismo os tratará mi Padre... si cada uno no perdona de corazón a su hermano. "Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores." "Perdónanos nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden." "Dichosos los misericordiosos, ellos alcanzarán misericordia" El aparente rigor de Dios es el reflejo y el castigo de nuestra dureza de corazón (Noel Quesson). 

Miércoles de la 19 semana

Miércoles de la 19ª semana de Tiempo Ordinario: la amistad con Dios se rompe con el pecado, y la separación es como una muerte, pero tiene un sentido salvífico por la aceptación del dolor padecido y el perdón

 

Lectura del libro del Deuteronomio 34,1-12. En aquellos días, Moisés subió de la estepa de Moab al monte Nebo, a la cima del Fasga, que mira a Jericó; y el Señor le mostró toda la tierra: Galaad hasta Dan, el territorio de Neftall, de Efraín y de Manasés, el de Judá hasta el mar occidental, el Negueb y la comarca del valle de Jericó, la ciudad de las palmeras, hasta Soar; y le dijo: -«Ésta es la tierra que prometí a Abrahán, a Isaac y a Jacob, diciéndoles: "Se la daré a tu descendencia." Te la he hecho ver con tus propios ojos, pero no entrarás en ella.» Y allí murió Moisés, siervo del Señor, en Moab, como había dicho el Señor. Lo enterraron en el valle de Moab, frente a Bet Fegor; y hasta el dia de hoy nadie ha conocido el lugar de su tumba. Moisés murió a la edad de ciento veinte años; no habla perdido vista ni habla decaído su vigor. Los israelitas lloraron a Moisés en la estepa de Moab treinta días, hasta que terminó el tiempo del duelo por Moisés. Josué, hijo de Nun, estaba lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés le había impuesto las manos; los israelitas le obedecieron e hicieron lo que el Señor había mandado a Moisés. Pero ya no surgió en Israel otro profeta como Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara; ni semejante a él en los signos y prodigios que el Señor le envió a hacer en Egipto contra el Faraón, su corte y su país; ni en la mano poderosa, en los terribles portentos que obró Moisés en presencia de todo Israel.

 

Salmo responsorial Sal 65,1-3a.5 y 8.16-17. R. Bendito sea Dios, que me ha devuelto la vida.

Aclamad al Señor, tierra entera; tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria. Decid a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!»

Venid a ver las obras de Dios, sus temibles proezas en favor de los hombres. Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, haced resonar sus alabanzas.

Fieles de Dios, venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo: a él gritó mi boca y lo ensalzó mi lengua.

 

Santo evangelio según san Mateo 18,15-20. En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

 

Comentario: 1.- Dt 34,1-12. –Antes de morir, Moisés subió de las estepas de Moab al monte Nebó sobre una cima frente a Jericó. De lo alto de esta montaña se domina el Mar Muerto y el Valle del Jordán y, si el día es claro, toda la comarca de Jerusalén, «la tierra de Palestina». Sobre esta montaña contempla la tierra prometida (desde ahí no se alcanza todo lo que se describe, pero simbólicamente se hace ver a Moisés todas las regiones que no abarcan la vista), y murió Moisés, muy cerca de la Tierra prometida. -El Señor le mostró todo el país y le dijo: «Esta es la tierra que bajo juramento prometí a Abraham, a Isaac y a Jacob, dar a su descendencia. Te dejo verla, pero no entrarás en ella. Después del desierto del Negueb, después de las estepas de Moab, es un verdadero país de Jauja lo que Moisés tiene a la vista: el verde palmeral de Jericó, los cultivos irrigados de las orillas del Jordán. Es el oasis, la abundancia tras las duras marchas bajo el sol, el hambre y la sed. Este es el resultado final de toda la vida de un hombre que ha dado lo mejor de sí mismo para «liberar a su pueblo» y conducirlo a esa «Tierra de libertad y de felicidad», ¡una tierra que mana leche y miel! Episodio emocionante, Moisés no entrará en ella. Esa mirada de Moisés es todo un símbolo. Danos, Señor, el valor de emprender, en la Fe, aunque no podamos humanamente terminar lo emprendido: ¡hay que empezar! ¡hay que proseguir! -Allí murió Moisés, servidor del Señor, "amigo de Dios" (Ex 33,11), en el país de Moab, según la palabra del Señor. Fue enterrado en el Valle frente a Bet-Peor en el país de Moab. Nadie hasta hoy ha conocido su tumba. Misterio de la muerte. Si es el punto final de una vida de hombre, nada más absurdo. Pero nuestra Fe nos dice que la muerte es sólo un episodio: Dios continúa viviendo y pasamos a El para vivir su vida. En la montaña de la Transfiguración, Moisés estaba de pie con Elías, cerca de Jesús, hablando con El (Mc 9, 4). La vida continúa. El proyecto de Dios continúa. El Nuevo Testamento es continuación de Moisés. ¿Creo de veras que Dios prosigue siempre HOY su proyecto?

-No ha vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés, a quien el Señor trataba cara a cara. Moisés «servidor de Dios» «profeta que el Señor trataba cara a cara». Se le recordaba como a un hombre excepcional... ¡como a alguien de los que ya no quedan!

Pero los evangelistas presentarán, precisamente, a Jesús como el «nuevo Moisés», el verdadero servidor de Dios, aquel que, más aún que Moisés, conocía a Dios cara a cara. En las controversias con sus contemporáneos, Jesús hablará a menudo de Moisés. A quien se consideraba como el mediador y el protector de los judíos delante de Dios: Jesús se atreverá a presentarlo como su acusador (Jn 5, 45-46) porque los judíos no querían comprender que el verdadero sentido de la Ley estaba en orientar hacia la revelación definitiva que Jesús aportaba. «Si la Ley fue dada por Moisés, la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo" (Jn 1,7). «En verdad, no fue Moisés quien os dio pan del cielo, es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo" (Jn 6,32).

Contemplo interiormente la continuidad de las obras de Dios. Moisés y el pueblo de Israel... Jesús y la Iglesia de hoy... El Padre, incansablemente, prosigue su designio. La historia contemporánea está inmersa en ese gran movimiento. ¿Participo yo de él? (Noel Quesson).

El desamparo de Israel, que pierde a su guía y profeta, queda paliado con la sucesión: «Josué, hijo de Nun, poseía grandes dotes de prudencia, porque Moisés le había impuesto las manos» (34,9). La imposición de manos significaba la investidura del cargo y, sobre todo, la transmisión del espíritu. El relato de la muerte de Moisés está íntimamente relacionado con la sucesión carismática de Josué (como ocurre con Elías y Eliseo); en ambos, la narración es el resultado de una «teología» profética del Espíritu. La desaparición de Moisés no podía ser menos numinosa que la de Elías: «Lo enterró en el valle», habría que traducir, para ajustarse al texto hebreo. Es decir, lo enterró Yahvé, fórmula que explica el hecho inexplicable de que «hasta el día de hoy nadie ha conocido el lugar de su tumba» (6). Sobre el lugar de sus restos surgió toda una literatura, de la que hay huellas en el NT («el arcángel Miguel, cuando altercaba con el diablo disputándole el cuerpo de Moisés...: Jds 9). Según la tradición rabínica, la tumba de Moisés estaba preparada allí (en las llanuras de Moab) desde los seis días de la creación, para expiar por el pecado de Israel (idolatría: Nm 25) (Rashi, ad loc. = Aboth 5,9). En realidad, la tumba de Moisés no será centro de peregrinaciones, porque Moisés sigue viviendo en su pueblo.

Profeta grandioso («ya no surgió en Israel otro profeta como Moisés»: v 10), cuya plenitud y superación sólo se encuentran en Jesús: «La ley se dio por medio de Moisés, el amor y la verdad se hicieron realidad en Jesucristo» (Jn 1,17), fuente de vida para todos (R. Vicent).

2. Terminamos hoy la lectura del Deuteronomio, y con él, la del Pentateuco el grupo de los primeros cinco libros de la Biblia. Y lo hacemos con el relato sobrio por demás, de la muerte del gran protagonista de las últimas semanas. Muere a la vista de la tierra que Dios había prometido a Abrahán y sus descendientes. Los ciento veinte años no habría que entenderlos como números aritméticos, sino simbólicos: Moisés muere habiendo llevado a cabo la misión que se le había encomendado. La historia sigue. Ahora, bajo la guía de Josué, el pueblo se dispone a la gran aventura de la ocupación de la tierra de Canaán. Pero, dentro de la discreción del pasaje, es lógico que se haga un breve resumen de la figura de Moisés y que se nos diga que «ya no surgió en Israel otro profeta como Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara». Gran profeta, amigo de Dios, solidario de su pueblo, hombre de gran corazón, líder consumado, gran orante, convencido creyente, que ha dejado tras sí la impresión de que no es él, un hombre, sino Dios mismo el que ha actuado a favor de su pueblo. El protagonista ha sido Dios. Incluso en su muerte, Moisés es discreto: no se conoce dónde está su tumba.

El salmo parece que pone en sus labios esta invitación: «Aclama al Señor, tierra entera, cantad himnos a su gloria, venid a ver las obras de Dios... venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo: a él gritó mi boca y lo ensalzó mi lengua».

Ojalá se pudiera resumir nuestra vida, y la misión que realizamos, cada cual en su ambiente, con las mismas alabanzas que la de Moisés. Recordemos las veces que lo nombra el mismo Jesús. Y cómo en la escena de la Transfiguración en el monte, aparece Moisés, junto con Elías, acompañando a Jesús en la revelación de su Pascua y de su gloria. ¿Se podrá decir de nosotros que hemos sido personas unidas a Dios, que hemos orado intensamente? ¿y que hemos estado en sintonía con el pueblo, sobre todo con los que sufren, trabajando abnegadamente por ellos? ¿se podrá alabar nuestro corazón lleno de misericordia? Tal vez no se nos permitirá ver el fruto de nuestro esfuerzo, como Moisés no vio la tierra hacia la que había guiado al pueblo durante cuarenta años de esfuerzos y sufrimientos. Pero no se nos va a examinar por los éxitos y los frutos a corto plazo, sino por el amor y la entrega que hayamos puesto al colaborar en la obra salvadora de Dios.

"Cuando el alma recuerda los beneficios que antaño recibió de Dios y considera aquellas gracias de que la colma en el presente, o cuando endereza su mirada hacia el porvenir sobre la infinita recompensa que prepara el Señor a quienes le aman, le da gracias en medio de indecibles transportes de alegría" (Casiano).

3.- Mt 18,15-20 (ver domingo 23, ciclo A). Sigue el «discurso eclesial o comunitario» de Jesús, esta vez referido a la corrección fraterna. La comunidad cristiana no es perfecta. Coexisten en ella el bien y el mal. ¿Cómo hemos de comportarnos con el hermano que falta? Jesús señala un método gradual en la corrección fraterna: el diálogo personal, el diálogo con testigos y, luego, la separación, si es que el pecador se obstina en su fallo.

Todos somos corresponsables en la comunidad. En otras ocasiones, Jesús habla de la misión de quienes tienen autoridad. Aquí afirma algo que se refiere a toda la comunidad: «lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo», «donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Cuando un hermano ha faltado, la reacción de los demás no puede ser de indiferencia, que fue la actitud de Caín: «¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?». Un centinela tiene que avisar. Un padre no siempre tiene que callar, ni el maestro o el educador permitirlo todo, ni un amigo desentenderse cuando ve que su amigo va por mal camino, ni un obispo dejar de ejercer su gula pastoral en la diócesis. No es que nos vayamos a meter continuamente en los asuntos de otros, pero nos debemos sentir corresponsables de su bien. La pregunta de Dios a Caín nos la dirige también a nosotros: «¿qué has hecho con tu hermano?». Esta corrección no la ejercitamos desde la agresividad y la condena inmediata, con métodos de espionaje o policíacos, echando en cara y humillando. Nos tiene que guiar el amor, la comprensión, la búsqueda del bien del hermano: tender una mano, dirigir una palabra de ánimo, ayudar a rehabilitarse. La corrección fraterna es algo difícil, en la vida familiar como en la eclesial. Pero cuando se hace bien y a tiempo, es una suerte para todos: «has ganado a un hermano». Una clave fundamental para esta corrección es la gradación de que nos habla Cristo: ante todo, un diálogo personal, no empezando, sin más, por una desautorización en público o la condena inmediata. Al final, podrá ocurrir que no haya nada que hacer, cuando el que falta se obstina en su actitud. Entonces, la comunidad puede «atar y desatar», y Jesús dice que su decisión será ratificada en el cielo. Se puede llegar a la«excomunión», pero eso es lo último. Antes hay que agotar todos los medios y los diálogos. "Las palabras atar y desatar significan: aquel a quien excluyáis de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquel a quien que recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios" (Catecismo 1445). Somos hermanos en la comunidad.

Corrección fraterna entre amigos, entre esposos, en el ámbito familiar, en una comunidad religiosa, en la Iglesia. Y acompañada de la oración: rezar por el que ha fallado es una de las mejores maneras de ayudarle y, además, nos enseñará a adoptar el tono justo en nuestra palabra de exhortación, cuando tenga que decirse (J. Aldazábal).

El tema importante de este pasaje es el perdón. Cristo recuerda su universalidad (vv. 21-23 y al mismo tiempo da poderes para concederlo (vv. 15-18). La nueva era se caracteriza porque el Señor ofrece al hombre la posibilidad de liberación del pecado, no solo triunfando del suyo en la vida personal, sino también triunfando del de los demás por medio del perdón. La sociedad primitiva se manifestaba violentamente contra la falta del individuo, porque carecía de medios para perdonarle y tan solo podía vengar la ofensa mediante un castigo ejemplar setenta y siete veces más fuerte que la misma falta (Gn 4, 24). Se producirá un progreso importante cuando la ley establezca el talión (Ex 21, 24). El Levítico (Lev 19, 13-17) da un paso más hacia adelante. Propiamente hablando no establece la obligación del perdón (el único caso de perdón en el Antiguo Testamento es: 1 Sam 24 y 1 Sam 26), pero insiste en la solidaridad que une a los hermanos entre sí y les prohíbe acudir a los procedimientos judiciales para arreglar sus diferencias. La doctrina de Cristo sobre el perdón señala un progreso decisivo. El Nuevo Testamento multiplica los ejemplos: Cristo perdona a sus verdugos (Lc 23,34); Esteban (Act 7,59-60), Pablo (1 Cor 4,12-13) y otros muchos hacen lo mismo. Generalmente, la exigencia del perdón va ligada a la inminencia del juicio final: para que Dios nos perdone en ese momento decisivo es necesario que nosotros perdonemos ya desde ahora a nuestros hermanos (sentido parcial del v 35) y que tomemos como medida del perdón la misma que medía primitivamente la venganza (v 22; cf Gen 4,24). Basado en la doctrina de la retribución (Mt 6,14-15; Lc 11,4; Sant 2,13), este punto de vista es todavía muy judío. Pero la doctrina del perdón se orienta progresivamente hacia un concepto típicamente cristiano: el deber del perdón nace entonces del hecho de que uno mismo es perdonado por Dios (Mt 18,23-25; Col 3,13). El perdón que se ofrece a los demás no es, pues, tan solo una exigencia moral; se convierte en el testimonio visible de la reconciliación de Dios que actúa en cada uno de nosotros (2 Cor 5,18-20).

El perdón no podía concebirse dentro de una economía demasiado sensible a la retribución y a la justicia de Dios entendida como una justicia distributiva. Corresponde a una vida dominada por la misericordia de Dios y por la justificación del pecador. Eco de esta manera de concebir las cosas, Mt 18,15-22 la formula aún a la manera judía. Pero al menos el evangelista es consciente de que la Iglesia es una comunidad de salvados que no puede tener otras intenciones que salvar al pecador. Si no lo consigue es porque el pecador se endurece y se niega a aceptar el perdón que se le ofrece (v 17). La comunidad cristiana se diferencia, pues, de la comunidad judía en que no juzga al pecador sino perdonándole. Por consiguiente, la condena solo puede caer sobre él si se niega a vivir en el seno de esa comunidad acogedora. El pecador no descubre el perdón de Dios si no toma conciencia de la misericordia de Dios que actúa en la Iglesia y en la asamblea eucarística. Los miembros de una y de otra no viven tan solo una solidaridad nacional que les obligaría a perdonar tan solo a sus hermanos; están incorporados a una historia que arrastra a todos los hombres hacia el juicio de Dios y que no es otra cosa que su perdón ofrecido en el tiempo hasta su culminación eterna (Maertens-Frisque).

v. 15: Si tu hermano te ofende, ve y házselo ver, a solas entre los dos. Si te hace caso, has ganado a tu hermano. La ofensa crea división en la comunidad y ésa ha de ser reparada lo antes posible. Por eso, Jesús no prescribe al ofensor que vaya a pedir perdón al ofendido, sino, al contrario, es éste quien ha de tomar la iniciativa, para mostrar que ha perdonado y facilitar la reconciliación. El ofensor ha de mostrar su buena voluntad reconociendo su falta. Dado lo anormal que es esta situación en la comunidad y el daño que puede producir, no se dará publicidad al asunto. Es un caso particular del expuesto en la parábola de la oveja perdida. Cuando el extravío tiene por causa una falta contra un miembro de la comunidad, que nadie sabe más que éste, ha de considerarse responsable de atraer a la unidad al culpable. -Si tu hermano te ofende... Ya se ha tratado este caso en el pasaje precedente: y Jesús había dicho que no había que despreciar al extraviado sino ir en su busca... La Iglesia no es una comunidad de "puros" -cátaros-. Cuando nos echan en cara que los "cristianos no son mejores que los demás", debemos reconocer sencillamente que es verdad, y que Jesús lo ha previsto y ha establecido una serie de actitudes a tomar en este caso. -Ve y házselo ver a solas entre los dos. Si te hace caso, has ganado a tu hermano. El hermano que ha notado el "mal" en otro ha de dar el primer paso. Pero éste será discreto, a solas los dos para que el mal no trascienda, en lo posible... y el hermano pueda conservar su reputación y su honor. ¿Somos nosotros delicados como lo fue Jesús... o bien nos apresuramos a publicar los defectos de los demás? ¿Tenemos el sentido de los "contactos personales"... o bien preferimos ser un enderezador publico de entuertos? ¿Nuestras intervenciones intentan "salvar", "ganar" a nuestros hermanos... o contribuyen a hundirles mas todavía?

vv. 16-17: Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que toda la cuestión quede zanjada apoyándose en dos o tres testigos (Dt 19-15).

17Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un recaudador. En caso de que el ofensor no quiera reconocer su falta, algunos otros miembros pueden apoyar la oferta de reconciliación. Mt cita Dt 19,15. Se mueve en ambiente judío. Si el individuo tampoco acepta el arbitraje y se niega a restablecer la unidad, el árbitro será la comunidad entera. Si fracasa el intento, el ofendido se desentiende del ofensor, lo considera como un extraño para sí. El uso de los términos «pagano» y «recaudador» es sorprendente, dado que Jesús era llamado amigo de pecadores y recaudadores (11,19). Pero el texto no habla de individuos, sino de situaciones. Jesús no aprobaba la situación de recaudadores y pecadores, aunque no la consideraba definitiva y les ofrecía la posibilidad de salir de ella. Sin embargo, esas situaciones eran objetivamente de error e injusticia: el pagano equivale al que no conoce al verda dero Dios; el recaudador, al que, conociéndolo, hace caso omiso de su voluntad. -Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos para que toda la cuestión quede zanjada por la palabra de dos o más testigos. Si no los escucha, díselo a la comunidad de la Iglesia. Si rehúsa escuchar a la Iglesia, considéralo como un pagano o un publicano. En esa gradación progresiva, hay varias indicaciones importantes:

1º No resignarse a los fracasos; continuar, por otros medios, a querer salvar.

2º No usar las grandes condenas sin haber probado otros medios.

3º No fiarse del propio juicio personal y, en fin, remitirse al juicio del conjunto de la comunidad, de la Iglesia.

4º Consideremos por fin que es el hermano mismo, quien se ha situado fuera de la comunidad, por sus rechazos repetidos. La dureza de la última frase -"considéralo como un pagano"- no se explica, precisamente, más que ¡por el hecho de haberlo probado todo para la retractación del pecador! ¿Adoptamos esas actitudes misericordiosas en nuestros grupos, en nuestras comunidades, en la Iglesia? El gran riesgo de todos los grupos "fervientes" es hacerse sectarios, es encerrarse en capillitas que pasan el tiempo en excluir a los que no piensan como ellos: condenar, criticar, rebatir... ¡a los demás!

v. 18: Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra que dará desatado en el cielo. Se dirige Jesús a la comunidad, repitiendo las palabras dichas a Pedro como primer creyente (16,19). Todos los que profesan la misma fe en Jesús pueden decidir sobre admitir o expulsar de la comunidad. Se ve que Pedro en aquella escena era prototipo de la comunidad misma. La decisión humana está refrendada por Dios. -Todo lo que desatéis en la tierra, quedará desatado en el cielo, y todo lo que atéis en la tierra, quedará atado en el cielo. ¡Sorprendente! Jesús repite ahora a toda la comunidad lo que había dicho personalmente a Pedro (Mt 16,19). Así pues, por las palabras de Jesús, todos los miembros de la comunidad quedan encargados de perdonar a sus hermanos. Y esto es verdad, y muy psicológico: muchas personas no descubrirán el "perdón de Dios" -perdón del cielo- si no descubren, cerca de ellos a unos hermanos -en la tierra- que lleven a la práctica, en su conducta humana, una actitud concreta de misericordia y de perdón. La Iglesia es el lugar maravilloso de la misericordia. Los cristianos "obligan" a Dios. Entre "cielo" y "tierra" hay semejanza: ¡qué responsabilidad!

vv. 19-20: Os lo digo otra vez: Si dos de vosotros llegan a un acuerdo aquí en la tierra acerca de cualquier asunto por el que hayan pedido, surtirá su efecto por obra de mi Padre del cielo, 20pues donde están dos o tres reunidos apelando a mí, allí en medio de ellos, estoy yo. Jesús repite el mismo principio con otras palabras. La traducción de este pasaje es difícil. La correspondencia temática de los dos versículos se aprecia por la oposición entre tierra y cielo y entre hombres y Dios (implícito en los verbos pasivos de v. 18). El tema común es que lo acor dado por los hombres queda confirmado por Dios. Entra, sin embargo, en la segunda formulación el elemento de la petición. La eficacia del acuerdo se debe a la presencia de Jesús entre los que apelan a él. No se toman, pues, las decisiones a la ligera, ni resultan tampoco del mero parecer humano: se hacen contando con la presencia del Señor en el grupo cristiano a quien se dirige la petición. Las expresiones «por el que hayan pedido» (19) y «apelando a mí» (20) son equivalentes. -Además en verdad os digo: Cuando dos o tres personas se reúnen en mi nombre -apelando a mí- Yo estoy allí en medio de ellas. Hay que rezar "juntos". No hay que encerrarse en las propias y mezquinas intenciones o en actitudes personales. "Estar-con". La Iglesia hoy, desde el Concilio Vaticano II, ha revalorizado esta necesidad de la participación de todos en la misma plegaria, y la dimensión colectiva de todos los sacramentos (Noel Quesson).

En la comunidad son inevitables los conflictos interpersonales, pero lo importante es que esté preparada para enfrentar las dificultades. La preparación no consiste en la formulación de un conjunto de leyes o un curso de relaciones humanas. La comunidad asume el conflicto interno ante todo con la buena formación de sus integrantes. Seres humanos que se han abierto al Espíritu de Dios y son capaces de vivir un clima de diálogo, tolerancia, compresión y escucha. Personas dispuestas a construir una comunidad de hermanos en la que no prevalezcan ninguna clase de ventajas particulares, pues los únicos privilegiados son las personas más pobres y necesitadas.

Esta formación lleva al ofendido a buscar a la persona que le ha causado el problema y trata de hacerle ver el error. De este modo, se rompe el círculo vicioso de las ofensas mutuas porque el ofendido toma una actitud reconciliadora. Si el que ofende se niega a reconocer el error cometido, entonces se llama a dos testigos, no para recriminarle la falta, sino para ayudarle a entrar en razón. Cuando esto no funciona, entonces, el problema pasa a manos de la comunidad. Ésta examina si la persona es factor permanente de discordia y crea mal ambiente en la comunidad, entonces, actúa aislándolo, siendo indiferente con su actitud pendenciera.

Hoy necesitamos que nuestras comunidades ofrezcan excelentes espacios de formación. Comunidades abiertas al diálogo, tolerantes y comprometidas con las necesidades de quienes lo necesitan. Iglesias donde las personas que se sientan agredidas por el hermano, se adelanten a ayudarle al otro a reconocer su falta. De esta manera, se enfrentarán los problemas no con la ley en la mano, sino con una actitud cordial, respetuosa y ante todo, fraterna (Servicio Bíblico Latinoamericano).

 

martes, 11 de agosto de 2009

Martes de la 19ª semana de Tiempo Ordinario: Dios despierta en nosotros la confianza humilde y la espera como actitudes básicas de nuestra vida en la tierra, sabedores que Él está a nuestro lado y hace las cosas perfectas

Martes de la 19ª semana de Tiempo Ordinario: Dios despierta en nosotros la confianza humilde y la espera como actitudes básicas de nuestra vida en la tierra, sabedores que Él está a nuestro lado y hace las cosas perfectas

 

Lectura del libro del Deuteronomio 31, 1-8. Moisés dijo estas Palabras a los israelitas: -«He cumplido ya ciento veinte años, y me encuentro impedido; además, el Señor me ha dicho: "No pasarás ese Jordán." El Señor, tu Dios, pasará delante de ti. Él destruirá delante de ti esos pueblos, para que te apoderes de ellos. Josué pasará delante de ti, como ha dicho el Señor. El Señor los tratará como a los reyes amorreos Sijón y Og, y como a sus tierras, que arrasó. Cuando el Señor os los entregue, haréis con ellos lo que yo os he ordenado. ¡Sed fuertes y valientes, no temáis, no os acobardéis ante ellos!, que el Señor, tu Dios, avanza a tu lado, no te dejará ni te abandonará.» Después Moisés llamó a Josué, y le dijo en presencia de todo Israel: -«Sé fuerte y valiente, porque tú has de introducir a este pueblo en la tierra que el Señor, tu Dios, prometió dar a tus padres; y tú les repartirás la heredad. El Señor avanzará ante ti. Él estará contigo; no te dejará ni te abandonará. No temas ni te acobardes.»

 

Salmo: Dt 32, 3-4a.7.8.9 y 12. R. La porción del Señor fue su pueblo.

Voy a proclamar el nombre del Señor: dad gloria a nuestro Dios. Él es la Roca, sus obras son perfectas.

Acuérdate de los días remotos, considera las edades pretéritas, pregunta a tu padre, y te lo contará, a tus ancianos, y te lo dirán.

Cuando el Altísimo daba a cada pueblo su heredad y distribuía a los hijos de Adán, trazando las fronteras de las naciones, según el número de los hijos de Dios.

La porción del Señor fue su pueblo, Jacob fue el lote de su heredad. El Señor solo los condujo, no hubo dioses extraños con él.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 1-5.10.12-14. En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: -«¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?» Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: -«Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mi. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial. ¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en el monte y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Lo mismo vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños.»

Palabra del Señor.

 

Comentario: 1.- Dt 31,1-8. En este pasaje aparecen, junto a una antigua tradición (vv. 1-3a), un texto añadido en el momento de la redacción definitiva del Deuteronomio (vv. 3b-8). Un jefe se va y le reemplaza otro. Dios convence a Moisés de que ha llegado el momento de transmitir sus poderes a Josué. Entiéndase bien esta intervención de Dios en el relevo de la autoridad y en la investidura de los jefes del pueblo. Dios, el invisible, no se asocia directamente a estas decisiones, pero, al hacerle intervenir de modo tan explícito, el autor quiere simplemente traducir la conciencia que hay de la presencia de Dios, y de sus intenciones, en lo más íntimo del ejercicio de la autoridad humana. Ahora bien, la autoridad de Josué será de orden profano: conquistar una tierra, ser fuerte para llevar a cabo la operación e infundir valor y confianza al pueblo. Ninguna misión específicamente religiosa le ha sido confiada y, sin embargo, el autor declara que Dios está con él.

Un jefe político no tiene necesidad de una responsabilidad religiosa y, menos aún, de una consagración litúrgica para que su autoridad revista una significación divina. El organiza, en efecto, la comunidad de tal manera que las opciones espirituales y el destino de cada uno pueda realizarse; y esto concierne eminentemente a Dios. No es tampoco necesario que el jefe político prevea y defienda, para cada uno, el ejercicio de la religión de sus preferencias. Nuestra marcha hacia Dios no la efectuamos exclusivamente por los caminos de la religión, sino también por la vida en sociedad. Desde el momento en que un jefe político se preocupa de las condiciones óptimas para mejorar esta vida en sociedad, su cometido reviste una dimensión divina (Maertens-Frisque).

-Moisés dijo: «Hoy he cumplido ciento veinte años, ya no puedo entrar ni salir y el Señor me ha dicho: "Tú no pasarás este río Jordán..."

Moisés ha llegado ya al final de su vida. «Ciento veinte años» es una cifra simbólica que indica «la perfección». Se reparten esos años en 3 bloques: 40 años en Egipto (Hch 7,23), otros tantos en Madián (Ex 7,7) y en el desierto. Quizá quieran indicar el tiempo de una generación, o cada una de las etapas de su vida y las que Dios manifiesta su poder y su elección, y el profeta responde con docilidad y eficacia.

Moisés se siente viejo y confiesa que no puede ya desplazarse; como muchos ancianos es un inválido. El análisis humano que hace de su estado, se transpone inmediatamente en él en interpretación religiosa: ve en ello la voluntad de Dios. Oye que Dios le habla a través de las limitaciones de su ancianidad: «el Señor me ha dicho...» Ayúdanos, Señor, a escuchar tu Palabra en los acontecimientos y las situaciones de nuestras vidas.

-Será Josué quien pasará delante de ti, como ha dicho el Señor. Así Moisés no cumplirá hasta el final la obra emprendida. ¿Quién de nosotros ve, de hecho, el resultado perfecto de sus proyectos? A un momento dado es preciso saberse retirar y dejar el lugar a los demás. Señor, me pides que yo represente plenamente mi papel durante el tiempo dado para ello. Ayúdame a no perder ese tiempo que compromete mi responsabilidad: Tú sólo, Señor, eres capaz de terminar lo que he comenzado.

-El Señor os entregará las naciones. Nos chocan esas promesas de destrucción de los pueblos que ocupará Israel en Canaán. Ya hemos visto que la Biblia le pone todo en la cuenta de Dios, sin hacer las distinciones necesarias entre los diversos planos. Recordemos, una vez más, que la historia profana tiene repercusiones profundas más allá de las apariencias. Todavía HOY Dios está comprometido en todo movimiento histórico... incluso si nos resulta más difícil que a los hebreos hacer una interpretación absolutamente cierta y justa del mismo.

-Sed fuertes y valerosos, porque el Señor tu Dios marcha contigo: no te dejará ni te abandonará. Detengámonos a considerar el equilibrio de esta frase. Vemos que, en la conquista de Canaán se conjugarán dos «acciones»:

1.° Dios estará presente allá, fiel a cumplir sus promesas poniendo su fuerza para ayudar a su pueblo a ganarse una tierra donde pueda vivir en libertad.

2.° Pero para ello ese pueblo ha de combatir y se le pide que sea fuerte y valeroso.

De hecho, sabemos que la Tierra prometida no fue un regalo para niños mimados. Israel tuvo que conquistarla en recia lid, después de largos y penosos esfuerzos.

En nuestras vidas juegan también dos «acciones» conjugadas e imposibles de separar.

-Dios no hace nada sin nosotros, es el papel de nuestra libertad...

-no hacemos nada bueno sin El, es el papel de la gracia…

-Luego llamó Moisés a Josué y le dijo: «Tú entrarás con ese pueblo en tierra que el Señor juró dar a sus padres... El Señor marcha delante de ti.

En esta transmisión de poderes, Dios está siempre presente.

Lo sabemos en teoría pero nos precisa que de nuevo lo meditemos y lo llevemos a la oración: toda responsabilidad, incluso la más humana -Josué es un simple jefe político-, tiene un alcance religioso. Reflexiono sobre mis responsabilidades.

Ruego por todos los que tienen responsabilidades mas amplias en la ciudad, en los diversos grupos humanos... en la Iglesia (Noel Quesson).

Este capítulo contiene diversos elementos superpuestos, y en él se entrecruzan varios temas (la ley que se pone por escrito es entregada a los levitas, los cuales la leerán luego al renovar la alianza, la sucesión de Josué, etc.). No se ahorran detalles con tal de provocar en el oyente una impresión de dramatismo: se supone a Moisés en el momento supremo de su vida, a punto de conducir al pueblo a la última etapa del éxodo, pero detenido frente a la tierra prometida por una orden de Yahvé («no pasarás ese Jordán»: v 2).

Nos puede dar la impresión de vacío de poder ante la ausencia de Moisés que adquiere un carácter dramático ante la perspectiva de conquistar una tierra enemiga. La exhortación que Moisés dirige al pueblo, vista con ojos demasiado fundamentalistas, podría leerse como una «guerra santa»: «Yahvé, tu Dios, pasará delante de ti. El destruirá delante de ti esos pueblos, para que te apoderes de ellos» (3). Esto nos hace pensar en que la lectura de la Palabra de Dios ha de hacerse según el sentir de Dios, que no quiere la guerra sino la paz, no quiere la muerte sino la vida, es decir el sentido global de la Biblia ha de iluminar el sentido de unos versículos, para vislumbrar el sentido oculto que hay debajo de los que redactaron aquello. Aquí me supera pensar si fueron los sacerdotes que en el exilio pusieron en boca de Dios la justificación de las hazañas de su pueblo, dándole un carácter épico, lo interesante está en la protección divina que subyace ahí: «Sé fuerte y valiente, que tú has de introducir a los israelitas en la tierra... Yo estaré contigo» (23).

El carisma de guiar al pueblo pasa ahora de Moisés a Josué: se suceden las personas; Yahvé y su fidelidad permanecen. Es la voz firme que resonará también en los profetas y sostendrá su vida: «No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte» (Jr 1,8; cf. Ez 2,6). Esa promesa llega intacta al Nuevo Testamento y se expresa en la paradoja cristiana: «Presumiré de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo» (2 Cor 12,9). Las personas y las generaciones se suceden mientras permanece firme la promesa de Jesús: «Yo estoy con vosotros cada día...» (Mt 28,20; R. Vicent).

2. Siguiendo el género literario de los testamentos, el Deuteronomio pone en labios de Moisés, cuando ya está a punto de morir, las últimas recomendaciones para su pueblo y para Josué, a quien da la investidura como su sucesor. Moisés no va a poder entrar en la tierra prometida, por más que se lo haya pedido a Dios. Pero no va a producirse un «vacío de poder» en un momento tan delicado como éste, en que están ya a las puertas de Canaán y se disponen a iniciar su ocupación. En primer lugar, porque Moisés nombra a Josué como guía del pueblo en esta etapa de la entrada y el asentamiento en Palestina. Y, sobre todo, porque Dios sigue acompañándoles también ahora, como lo ha hecho a lo largo de todo el camino por el desierto. Moisés anima al pueblo y a Josué: «sed fuertes y valientes, no temáis, que el Señor tu Dios avanza a tu lado». Es la convicción que recoge el salmo: «acuérdate de los tiempos remotos... la porción del Señor fue su pueblo... el Señor solo los condujo».

Una lección que podemos aprender es de qué manera acepta Moisés el hecho de no poder entrar en la tierra prometida. Oíamos hace unos días -el jueves de la semana 18- cómo Dios se lo anunciaba. Allí se interpretó como un castigo por su poca fe en el episodio del agua de la roca. A Moisés le hacía una ilusión enorme completar su obra: conducir al pueblo desde la esclavitud de Egipto hasta la tierra prometida. Pero no, no puede entrar, aunque desde una altura ya se alcanza a ver. Moisés no reacciona con amargura. Lo que le preocupa es que el pueblo tenga un guía, que Dios le siga protegiendo, que realicen bien su entrada. A Josué le transmite la autoridad con sincero interés, sin rencor. No hay ninguna palabra agresiva ni de queja en sus labios. Como dice: "Las obras de Dios son perfectas (Dt 32,4), por eso, a quienes se da divinamente una potestad, se les dan también los medios para usarla dignamente" (s. Tomás), es lo que se dice en la ordenación en palabras de S. Pablo: el que ha comenzado la buena obra en ti la llevará a término. Así escribía de él mismo san Josemaría, cuando sufrió remordimientos de miseria y fue consolado al oír esta locución divina: "Escribía aquel amigo nuestro: "muchas veces pedí perdón al Señor por mis grandísimos pecados; le dije que le quería, besando el Crucifijo, y le di las gracias por sus providencias paternales de estos días. Me sorprendí, como hace años, diciendo —sin darme cuenta hasta después—: «Dei perfecta sunt opera» —todas las obras de Dios son perfectas. A la vez me quedó la seguridad plena, sin ningún género de duda, de que ésa es la respuesta de mi Dios a su criatura pecadora, pero amante. ¡Todo lo espero de El! ¡¡Bendito sea!!" / Me apresuré a responderle: "el Señor siempre se comporta como un buen Padre, y nos ofrece continuas pruebas de su Amor: cifra toda tu esperanza en El…, y sigue luchando"".

En nuestra vida también nos puede pasar lo mismo: en un momento determinado, lo que nosotros hemos sembrado vemos que lo van a cosechar otros. Un cambio de destino o una enfermedad -o la muerte- pueden truncar nuestros esfuerzos, y otros seguirán nuestro trabajo. ¿Reaccionamos con un corazón magnánimo como Moisés, o nos llenamos de amargura y depresiones? ¿somos capaces de animar al pueblo, de apoyar a nuestro sucesor? ¿o nos encerramos en la depresión, con sentimientos de envidia o de fracaso? Si reaccionamos como Moisés, será señal de que no nos estábamos buscando a nosotros mismos, sino que lo que nos interesaba era el bien de los demás y la gloria de Dios, que es quien salva y lleva a plenitud nuestra obra. Nosotros somos sólo colaboradores. No protagonistas. Ni imprescindibles. Tenemos que saber retirarnos a tiempo. Con la elegancia espiritual de Moisés.

La oración y los sacramentos son los medios para estar unirnos al Señor como una lapa, para vivir el amor a los demás que nos hace comprender este Amor de Dios, para dejarnos llenar de este Amor del Espíritu SanSanto. Con estos medios, con la oración tenemos experiencias de Dios, como tuvo Moisés cuanto se acercaba a aquella zarza que quemaba sin consumirse, y oyó: "Descálzate, porque este lugar es santo." Queramos sentir esta presencia, como San Pablo en el camino de Damasco: delante de la luz del Espíritu Santo, delante de la Stma. Trinidad. Queramos sentirnos mirados por Dios, que nos aprieta, que nos atrae hacia él; y queramos dejarnos arrastrar por este Amor de Dios que, nos va desplegando a una serie de virtudes. Pero que todo salga de esta fe que está viva por la caridad. Fe, de una forma que es necesaria: la santidad personal. Y fruto de esta interioridad, de esta oración viene la alegría, viene dejarse atraer por el amor; viene esta siembra de paz que necesita la sociedad. Por tanto, si es verdad que hay obstáculos: el mundo, el demonio y la carne, los medios son la buena voluntat, la lucha por la santidad, dejar hacer a Dios adentro nuestro, y concretar con correspondencia, lucha y esfuerzo, por ser mejores. Más que hacer cosas, debemos dejar que Dios haga en nosotros: El Espíritu SanSanto. Pilar Urbano decía: "Un santo es un avaricioso que va llenándose de Dios a fuerza de vaciarse de sí, un débil que se amuralla en Dios y en Él construye su fortaleza". No nos debemos sentir como perfeccionistes, sino vulnerables; mostrarnos con esta riqueza que Dios nos ha dado: "Un hombre que todo lo toma de Dios, un ladrón que le roba a Dios hasta el amor con que poder amarle". El "quid" de la santidad, es una cuestión de confianza. San Josemaría fue repitiéndolo: este dejarse amar por Dios, abandonar todo en Dios, dejar actuar Dios: "Lo que el hombre esté dispuesto a dejar que Dios haga en él. No es tanto, el "yo hago", como "hágase en mí". "El santo ni ama, ni cree, ni espera a solas, él siempre cuenta con el Otro." Decía una vez a Ratzinger, hablando de Sn. Josemaría: No hizo grandes cosas extraordinarias, fuera del día a día; todo que hizo cosas que son para nosotros extraordinarias, pero lo más importante, era dejar actuar Dios; no está en el Big-Bang -como esto que deiem, también, el otro día-, sino que está en el día a día. -Decía: "EL santo incluso cuánto cae, cae en manos de Dios. Se siente siempre en las manos de Dios. Por eso el santo confía, se pierde en Dios; pero hay que decir, que antes, Dios se ha apiadado de él.

3.- Mt 18, 1-5.10.12-14 (ver domingo 25, ciclo B,  y martes de la 2ª semana de adviento). El capitulo 18 de san Mateo, que leemos desde hoy al jueves, nos propone el cuarto de los cinco discursos en que el evangelista organiza las enseñanzas de Jesús. Esta vez, sobre la vida de la comunidad. Por eso se le llama «discurso eclesial» o «comunitario». La primera perspectiva se refiere a quién es el más importante en esta comunidad. Es una pregunta típica de aquellos discípulos, todavía poco maduros y que no han penetrado en las intenciones de Jesús. La respuesta, seguramente, los dejó perplejos. El más importante no va a ser ni el que más sabe ni el más dotado de cualidades humanas: «llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: os digo que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino». Lo pequeño, humilde… "si me preguntáis qué es lo más importante en la religión y en la disciplina de Jesucristo, os responderé: lo primero la humildad, lo segundo la humildad, y lo tercdero la humildad" (S. Agustín). ¿Un niño el más importante?

Nos convenía la lección, si somos de los que andan buscando los primeros lugares y creen que los valores que más califican a un seguidor de Jesús son la ciencia o las dotes de liderazgo o el prestigio humano. Hacerse como niños. Los niños tienen también sus defectos. A veces, son egoístas y caprichosos. Pero lo que parece que vio Jesús en un niño, para ponerlo como modelo, es su pequeñez, su indefensión, su actitud de apertura, porque necesita de los demás. Y, en los tiempos de Cristo, también su condición de marginado en la sociedad. Hacerse como niños es cambiar de actitud, convertirse, ser sencillos de corazón, abiertos, no demasiado calculadores, ni llenos de sí mismos, sino convencidos de que no podemos nada por nuestras solas fuerzas y necesitamos de Dios. Por insignificantes que nos veamos a nosotros mismos, somos alguien ante los ojos de Dios. Por insignificantes que veamos a alguna persona de las que nos rodean, tiene toda la dignidad de hijo de Dios y debe revestir importancia a nuestros ojos: «Vuestro Padre del cielo no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños». Jesús vino como el Siervo, no como el Triunfador. No vino a ser servido, sino a servir. Nos enseñó a no buscar los primeros lugares en las comidas, sino a ser sencillos de corazón y humildes. Los orgullosos, los autosuficientes como el fariseo que subió al Templo, ni necesitan ni desean la salvación: por eso no la consiguen (J. Aldazábal).

Mucha gente tiene quizá un comportamiento espiritual propio de un infantilismo malo, con una actitud ante Dios reduciéndolo al papel de policía o de contable que castiga las faltas o sopesa los méritos. La religión es para ellos una acumulación de ritos y preceptos a los que es necesario ser fiel si se quiere "ganar el cielo" y "salvar el alma"; los sacramentos, los medios para procurarse la buena conciencia o estar en regla; y el pecado, la trasgresión de una ley que debe evitarse por temor al castigo que le seguirá (Colete Hovase). Los escribas y fariseos no ven en el pecador más que a un enemigo de Dios. ¿No es también esa la actitud de aquellos que juzgan con excesiva severidad los fallos de los otros? En cambio Dios obra de muy distinta manera. No espera el arrepentimiento para amar al pecador sino que lo deja todo para ir en su búsqueda. El responsable de la comunidad es, pues, el encargado de revelar al pecador que Dios le ama primero (1 Jn 4, 10, 19; 2 Cor 5, 20), incluso sin aguardar a su arrepentimiento, y que se preocupa de la salvación de todos. ¿Se dan siempre cuenta los ministros de la Iglesia de esta responsabilidad? ¿No están acaso tan absorbidos por la administración del rebaño fiel que no encuentran tiempo de ocuparse de los "pequeños? ¿No da a veces también la Iglesia la impresión de ser una institución demasiado pesada de manejar para hacer entrar en su seno a los pobres y pecadores respetando su dignidad? (Maertens-Frisque).

A la actitud de los fariseos, arrebujados en su justicia, Jesús opone la alegría de Dios, que prefiere la conversión del pecador a la satisfacción de los justos estancados en sus hábitos adquiridos.

¿Qué os parece? Esto lo dice hoy Jesús a nosotros.

Una imagen sacada de la vida diaria de sus oyentes. Jesús se mantenía cercano a la vida de las gentes de su pueblo, de su tiempo. Había visto a los pastores abandonar la guarda del rebaño para ir a buscar la oveja perdida. La parábola de las cien ovejas y de la que se descarría parece que hay que interpretarla aquí en la misma linea que lo del niño: cada oveja, por pequeña y pecadora que parezca, comparada con todo el rebaño, es preciosa a los ojos de Dios: él no quiere que se pierda ni una. Así decía S. Asterio de Amasea: "jamás desesperemos de los hombres ni los demos por perdidos, uqe no los despreciemos cuando se hallan en peligro, ni seamos remisos en ayudarlos, sino que cuando se desvían de la rectitud y yerran, tratemos de hacerlos volver al camino, nos congratulemos de su regreso y los reunamos con la muchedumbre de los que siguen viviendo justa y piadosamente". Todos somos esa oveja al mismo tiempo, necesitados del Señor… oveja…

Dios es así, dice Jesús. Cuando un solo hombre se aleja de El, esto no le deja indiferente.

Debo hacer todo lo posible por sintonizar con este anhelo del corazón de Dios. Un Dios a la búsqueda... del hombre. Un Dios que mantiene el contacto. Este es Jesús.

Según el plan de Mateo, entraremos hoy en el cuarto gran discurso de Jesús; Mateo ha reagrupado en él unas enseñanzas, todas ellas versan alrededor del tema de la "vida comunitaria".

-Los apóstoles preguntan a Jesús: "¿Quién es más grande en el Reino de Dios?" Jesús llamó a un niño, lo puso en medio y contestó: "Si no cambiáis y os hacéis como estos niños, no entraréis en el Reino de Dios. Cualquiera que se haga tan "pequeño" como este chiquillo, ése es el más "grande"...

Es la primera regla de vida comunitaria: cuidar de los más pequeños... hacerse uno mismo pequeño... Hay que tratar de imaginarse bien esa escena: en medio de la asamblea de esos doce hombres graves y adultos tomándose muy en serio, y haciendo una pregunta a Jesús, sobre las "prelaciones" a respetar, y las "jerarquías" a establecer.

-"¿Quién es el más grande?"- Jesús llama a un chicuelo de la calle y ¡lo lanza, algo asustado, en medio de esos grandes personajes! "Haceos como él." ¡Qué cambio total! Cada uno de nosotros, según su temperamento, puede meditar sobre esta primera consigna: "haceos como niños." Lozanía, belleza, inocencia del niño... ¿por qué no? Pero el ápice del pensamiento de Jesús gira hacia otro aspecto: "grande" y "pequeño". Así lo esencial, para Jesús, parece ser el permanecer dependientes, no dárselas de listo, ni de grandes personas; el niño no puede vivir solo, no se basta a sí mismo, necesita sentirse amado, todo lo espera de su madre.

-Y el que acoge a un chiquillo como éste por causa mía, me acoge a mí.

Toda la gran doctrina del Cuerpo Místico, que desarrollará San Pablo, está ya en germen en esta sencilla fórmula.

Todo lo que se hace por el menor, por el más pequeño, es a Cristo a quien se hace.

¡El que toca a un niño, toca a Jesús! San Pablo descubrirá esto en el camino de Damasco: "¡Yo soy Jesús, a quien tú persigues!" Esta es la base -y ¡cuán profunda!- de toda vida comunitaria: el respeto a todo hombre, en especial a los más débiles.

¡Cuán lejos estamos de esto, muchas veces!

-Cuidado con mostrar desprecio a un pequeño de esos, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial.

Tampoco importan a los ojos de los hombres... aquellos a quienes se considera como insignificantes... pero tienen un peso infinito ante Dios. ¿Cómo podríamos no darles importancia, olvidar su existencia?

-A ver, ¿qué os parece?

Procedimiento de libre discusión. De ese modo dialogaba Jesús. Que cada uno pueda exponer su parecer.

-Suponed que un hombre tiene cien ovejas y que una se le extravía; ¿no deja las noventa y nueve en el monte para ir en busca de la extraviada?

Esta es también una regla esencial de la vida "en la Iglesia".

Los fariseos eran unos "separados", y juzgaban severamente a los pecadores, a los caídos en alguna falta... Ios cuales eran excluidos de las comidas sagradas, como enemigos de Dios. Ahora bien, precisamente, Dios actúa completamente al revés: ni siquiera espera el arrepentimiento del pecador para amarle, ¡antes bien, abandona todo lo restante para ir en su búsqueda!

-Pues lo mismo es voluntad de vuestro Padre del cielo que no se pierda ni uno de esos "pequeños".

En nuestras comunidades ¿qué se hace por esos "pequeños", por esos débiles, por esos pecadores amados de Dios? ¿y por los que Jesús está dispuesto a ir hasta el final? Lo dice hoy. Pronto derramará su sangre por ellos (Noel Quesson).

Jesús nos propone hacernos como niños. Si no, no podremos entrar en el Reino. ¡Cómo cuesta aceptar estas palabras en aquellas etapas de la vida en que necesitamos exhibir nuestra condición de "adultos"! Y, sin embargo, nos están regalando la clave para entender por qué tan a menudo encontramos las puertas cerradas, por qué no nos dice nada todo lo que tiene que ver con El. Hay personas que necesitan 70 u 80 años en ser como niños. La vida misma los va haciendo cada vez más dependientes, más tiernos, más indefensos, más humildes. Hay otras que intuyen mucho antes que "este" es el camino y procuran ponerse en manos del Padre. Los itinerarios son muchos. El punto de llegada es siempre el mismo. Tal vez la sabiduría se parezca algo a esto. ¿Qué cualidades tiene un niño? Aparte de la sencillez, ¿qué valor puede hallarse en semejante personaje? Precisamente el no tener ninguno, ni pretender tenerlo robándole la gloria a Dios como hacían los fariseos (cf. Luc. 16, 15; 18, 9 ss.; etc.). Una sola cualidad tiene el niño, y es el no pensar que las tiene, por lo cual todo lo espera de su padre.

Al dictar severas leyes de pureza y al prescribir abluciones antes de las comidas, los fariseos habían excluido automáticamente de los banquetes sagrados a una serie de pecadores y publicanos. Cristo opone a ese ostracismo la misericordia de Dios, que trata incesantemente de salvar a los pecadores. Él mismo es, por tanto, fiel al deseo del Padre (v.14) cuando agudiza al máximo la búsqueda del pecador. Esta intención se refleja inmediatamente en la parábola de la oveja perdida.

Cierto que Mt es más reservado que Lc, puesto que no compara directamente la alegría del pastor que ha recuperado su oveja con la de Dios. Por lo demás, no dice que el pecador sea más amado que los demás: no hay que confundir alegría por las recuperaciones y amor a todos los hombres.

El hombre moderno experimenta, ante el tema clásico de la misericordia divina, cierta incomodidad. Existe la palabra misma que, en las lenguas modernas, evoca una actitud sentimental y paternalista; existe, sobre todo, la idea que provoca en la mente la impresión de una alienación religiosa, como si el cristiano que recurre fácilmente a la misericordia de Dios se dispensara también espontáneamente de sus verdaderas responsabilidades.

Ahora bien, la Biblia propone un concepto de la misericordia mucho más profundo. Este término pertenece rigurosamente al lenguaje más elevado de la fe. En cuanto al amor, evoca tanto el aspecto de fidelidad al compromiso adquirido como el aspecto de ternura del corazón. En una palabra, designa una actitud profunda de todo el ser.

La experiencia de la condición miserable y pecadora del hombre ha dado cuerpo a la noción de la misericordia de Dios, que se nos presenta como la actitud de Dios ante el pecado del hombre. No se trata tan sólo de pasar la esponja: la misericordia de Dios no es ingenuidad, sino invitación a la conversión e invitación a practicar a su vez la misericordia respecto a los demás hombres, especialmente respecto a los paganos (Si 23. 30-28. 7).

En este punto Jesús es fiel a las perspectivas del A.T. Presenta la misericordia de Dios en todas sus consecuencias, vinculándola al ejercicio de la misericordia humana para hacer de ella una empresa combinada de Dios y del hombre, respuesta activa del hombre a la iniciativa previsora de Dios. Refleja una misericordia sin fronteras, accesible a los pecadores y a los excomulgados.

Los cristianos son invitados, en primer lugar, a hacer la experiencia espiritual de la misericordia divina para con ellos: Dios los acepta tal como son; nunca llega a consumarse la ruptura entre Dios y ellos: Dios está siempre allí, anda incluso siempre en su busca. Por tanto, siempre es posible el recurso a la buena disposición paterna. Pero, entiéndase bien: el pecador no es realmente un arrepentido si la misericordia divina no le llama no sólo a la conversión, sino también al ejercicio de la misericordia para con las demás miserias humanas. De igual modo, la Iglesia, en cuanto cuerpo, no habrá comprendido realmente la misericordia divina que la fundamenta en la existencia, hasta el día en que aparte los obstáculos a que da origen la institución eclesial para llegar hasta los pobres y los pecadores de su tiempo, al mismo tiempo que respeta su dignidad (Maertens-Frisque).