viernes, 15 de abril de 2016

Sábado de la semana 3 de Pascua

Sábado de la semana 3 de Pascua

El Apóstol Pedro, vicario de Jesús, está asistido por el Espíritu Santo a lo largo del tiempo, y es portavoz de la fe de la Iglesia.
«Jesús, conociendo en su interior que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: ¿Esto os escandaliza? ¿Pues y si vierais al Hijo del Hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es el que da la vida, la carne de nada sirve: las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Sin embargo, hay algunos de vosotros que no creen. En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que le iba a entrega. Y decía: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí si no le fuera dado por el Padre. Desde entonces muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él. Entonces Jesús dijo a los doce: ¿También vosotros queréis marcharos? Le respondió Simón Pedro: Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios.» (Juan 6, 61-69)
1. El Evangelio de hoy muestra el escándalo y rechazo de la gran mayoría ante las palabras de Jesús: ¡es la crisis! Hasta aquí las muchedumbres le han seguido y buscado: -Muchos de sus discípulos gritaron: "¡Duras son estas palabras! ¿Quién puede escucharlas? ¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?": Lejos de retirar sus afirmaciones o de explicarlas simbólicamente, Jesús las subrayará: -"¿Esto os escandaliza? Pues, ¿qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde antes estaba?...  El Espíritu es el que da vida; la carne no aprovecha para nada. Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros algunos que no creen”. Pues desde el principio Jesús sabía quiénes eran los que no creían y quién le había de entregar, y decía: -Por esta razón os he dicho que nadie puede venir a mí, a menos que le haya sido concedido por el Padre.
Desde entonces, muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con Él. Entonces Jesús dijo a los doce: -¿Queréis acaso iros vosotros también?” "Yo no os retengo..." parece decir. Sois libres. En el conflicto actual entre muchos jóvenes y sus padres, cara a la eucaristía, recordemos ese gran misterio. Podemos decirle nosotros con san Pedro que no queremos dejarle: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna". Estar sin Jesús es un infierno insoportable, y estar con Jesús es un dulce paraíso (Kempis). Y Juan Pablo II decía: “Cuando, considerando demasiado duro su lenguaje, muchos de sus discípulos lo abandonaron, Jesús preguntó a los pocos que habían quedado: «¿También vosotros queréis marcharos?», le respondió Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna». Y optaron por permanecer con Él. Se quedaron porque el Maestro tenía palabras de vida eterna, palabras que, mientras prometían la eternidad, daban pleno sentido a la vida.
”Hay momentos y circunstancias en que es preciso hacer opciones decisivas para toda la existencia. Como sabéis muy bien, vivimos momentos difíciles, en los que con frecuencia no logramos distinguir el bien del mal, los verdaderos maestros de los falsos. Jesús nos ha advertido: «Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: "Yo soy" y "el tiempo está cerca". No les sigáis». Orad y escuchad su palabra; dejaos guiar por verdaderos pastores; no cedáis jamás a los halagos y a los fáciles espejismos del mundo que luego, con demasiada frecuencia, se transforman en trágicos desengaños… No olvidéis que «la suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y para esperar» (Gaudium et spes).
”Purificados por la reconciliación, fruto del amor divino y de vuestro arrepentimiento sincero, practicando la justicia, viviendo en acción de gracias a Dios, podréis ser en el mundo, a menudo sombrío y triste, profetas de alegría creíbles y eficaces. Seréis heraldos de la plenitud de los tiempos.
”El camino que Jesús os señala no es cómodo; se asemeja más bien a un sendero escarpado de montaña. No os desalentéis. Cuanto más escarpado sea el sendero, tanto más rápidamente sube hacia horizontes cada vez más amplios. Os guíe María, estrella de la evangelización. Dóciles, al igual que ella, a la voluntad del Padre, recorred las etapas de la historia como testigos maduros y convincentes. / Con ella y con los Apóstoles sabed repetir en cada instante la profesión de fe en la presencia vivificante de Jesucristo: Tú tienes palabras de vida eterna”.
Y también nos decía en una fiesta del Corpus: “Jesús se define "el Pan de vida", y añade: "El pan que yo daré, es mi carne para la vida del mundo". / ¡Misterio de nuestra salvación! Cristo, único Señor ayer, hoy y siempre, quiso unir su presencia salvífica en el mundo y en la historia al sacramento de la Eucaristía. Quiso convertirse en pan partido, para que todos los hombres pudieran alimentarse con su misma vida, mediante la participación en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.
”Como los discípulos, que escucharon con asombro su discurso en Cafarnaum, también nosotros experimentamos que este lenguaje no es fácil de entender. A veces podríamos sentir la tentación de darle una interpretación restrictiva. Pero esto podría alejarnos de Cristo, como sucedió con aquellos discípulos que "desde entonces ya no andaban con Él".
”Nosotros queremos permanecer con Cristo, y por eso le decimos con Pedro: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna". Con la misma convicción de Pedro, nos arrodillamos hoy ante el Sacramento del altar y renovamos nuestra profesión de fe en la presencia real de Cristo”.
2. En la historia de la primera comunidad de Jerusalén llegamos ahora a una época de paz. Vemos -Hechos (9,31-42)- la acción del Espíritu Santo: “Entonces por toda Judea, Galilea y Samaria la iglesia tenía paz. Iba edificándose y vivía en el temor del Señor, y con el consuelo del Espíritu Santo se multiplicaba”.
Pedro, sale de Jerusalén y hace un recorrido por las comunidades cristianas, a modo de visita pastoral, para reanimarlas en su fe: “Aconteció que mientras Pedro recorría por todas partes, fue también a visitar a los santos que habitaban en Lida”.
Su presencia va acompañada por hechos milagrosos. La fuerza curativa de Jesús se ha comunicado ahora a su Iglesia, en la persona de Pedro, que explícitamente invoca a Jesús: “Allí encontró a cierto hombre llamado Eneas, que estaba postrado en cama desde hacía ocho años, pues era paralítico. Pedro le dijo: "Eneas, ¡Jesucristo te sana! Levántate y arregla tu cama." De inmediato se levantó, y le vieron todos los que habitaban en Lida y en Sarón, los cuales se convirtieron al Señor”.
Entonces había en Jope cierta discípula llamada Tabita, que traducido es Dorcas. Ella estaba llena de buenas obras y de actos de misericordia que hacía”. Se enfermó y murió, y como Lida estaba cerca de Jope, los discípulos, al oír que Pedro estaba allí, le enviaron dos hombres para que le rogaran: "No tardes en venir hasta nosotros." Entonces Pedro se levantó y fue con ellos. Pedro, como Jesús, mandó sacar fuera a todos, “se puso de rodillas y oró; y vuelto hacia el cuerpo, dijo: "¡Tabita, levántate!" Ella abrió los ojos, y al ver a Pedro se sentó. Él le dio la mano y la levantó. Entonces llamó a los santos y a las viudas, y la presentó viva”. Antes de resucitar a la muchacha, se arrodilla y reza. Todo lo hace «en el nombre de Jesús». El milagro está en función de la fe. Y la fe se propaga (Noel Quesson). Como Pedro en su tiempo, deberíamos ser cada uno de nosotros «buenos conductores» de la salud y de la vida del Resucitado.
3. Con su resurrección Cristo ha vencido a la muerte. Las cadenas que nos ataban han quedado definitivamente rotas. Jesús nos ha salvado ¿Cómo pagar tan inmenso bien? La Santa Misa es la acción de gracias más agradable al Padre. Con el Salmo decimos: «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre” (116/115,12-17), alusión a la libación ritual, quizá, de vino y aceite, copa derramada en acción de gracias por haber sido librado de la muerte: “¿Quién te dio la copa de salvación, de suerte que, tomándola e invocando el nombre del Señor, le retribuyas por todo lo que a ti te retribuyo? Quien sino Aquel que dice: ‘¿podéis beber el cáliz que yo he de beber? ¿Quién te otorgó imitar sus padecimientos sino Aquel que primeramente padeció por ti? Por tanto, preciosa es delante del Señor la muerte de sus santos. La compró con su sangre, que primeramente derramó por la salud de sus siervos, para que sus siervos no dudasen en derramarla por el Nombre del Señor” (S. Agustín).
Sigue el Salmo: “Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo. Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava: Rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor». El sacrificio de acción de gracias tenía lugar en el Templo (donde habitaba el Señor): esas palabras eran citadas en la antigua liturgia romana antes de la comunión (la mejor manera de pagar la deuda es unirse al sacrificio de Jesús), y es un salmo que se usa con frecuencia para preparar el sacrificio de la Misa y lo proclama la liturgia en la fiesta del Corpus y el Jueves santo (Archidiócesis de Madrid).
Llucià Pou Sabaté

jueves, 14 de abril de 2016

Viernes de la semana 3 de Pascua

Viernes de la semana 3 de Pascua

La vida de Jesús se nos transmite por la fe y la Eucaristía, y nos da una experiencia de Vida que podemos comunicar a otros.
«Discutían, pues, los judíos entre ellos diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mi y yo en él. Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquél que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del Cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente. Estas cosas dijo en la sinagoga, enseñando en Cafarnaún. Entonces, oyéndole muchos de sus discípulos, dijeron: Dura es esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?» (Juan 6, 52-60).
1. El Evangelio (Jn 6,52-59) llega al centro del discurso eucarístico, que ilumina el misterio, cuando llegue la Última Cena, cuando los cristianos celebren la Misa; ya les había explicado muchas cosas: “Los judíos discutían entre ellos: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del hijo del hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros”. Juan Pablo II escribió: «la Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones». El Señor insiste: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”. Jesús, ayúdame a entenderte cuando no nos dices que el que come tu carne “tendrá” la vida eterna en el cielo, sino “tiene ya” la vida eterna. Ayúdame a entenderte para ver que la Eucaristía es tomar la fuerza de Dios, comer la carne del Hijo del hombre y beber su sangre; si no se comulga no se puede tener vida; y esta vida es la vida eterna y es la condición para la resurrección.
“El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. Como el Padre que me ha enviado vive y yo vivo por el Padre, así el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo; no como el que comieron los padres, y murieron. El que come este pan vivirá eternamente»”. Jesús dirá más tarde: «Vivamente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer», y es que llevaba mucho tiempo con ese deseo. De amor serán también la “ternura” que tengamos hacia la Eucaristía: genuflexiones pausadas y bien hechas, incremento del número de comuniones espirituales... Y, a partir de la Eucaristía, los hombres nos aparecerán sagrados, tal como son. Y les serviremos con una renovada ternura (Juan Pablo II).
2. La conversión de Pablo se cuenta 4 veces en el Nuevo Testamento, impresiona que el perseguidor pase a ser el apóstol más audaz: “Saulo, respirando aún amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, con el fin de que si encontraba algunos que siguieran este camino, hombres o mujeres, pudiera llevarlos presos a Jerusalén. Yendo de camino y cerca ya de Damasco, de repente le rodeó la claridad de una luz venida del cielo” (Hechos 9,1-20). La capital de Siria estaba a 230-250 km de distancia. Hay una persecución, como hoy, quizá por ideas equivocadas, por miserias y resentimientos… En nuestro camino, podemos ir contra Jesús, sin verle: “son también nuestras miserias las que ahora nos impiden contemplar al Señor, y nos presentan opaca y contrahecha su figura. Cuando tenemos turbia la vista, cuando los ojos se nublan, necesitamos ir a la luz. Y Cristo ha dicho: ego sum lux mundi! (Jn 8,12), yo soy la luz del mundo. Y añade: el que me sigue no camina a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida” (S. Josemaría Escrivá).
 ¡Señor, transfórmanos! ¡Señor, mira los países perseguidos! ¡Señor, cambia nuestros corazones! Señor, ayúdanos a ver cómo tu designio puede ir progresando misteriosamente en todas las situaciones aparentemente opuestas al evangelio.
Cayó en tierra y oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» Los hombres que iban con él se habían detenido mudos de espanto; oían la voz, pero no veían a nadie… Saulo está a punto de sufrir una transformación, y tendrá que pasar por la soledad que pasó Jesús en la Pasión. Todos buscan a Jesús, se preguntan: ¿Qué hago con la vida?; ¿de dónde vengo…? ¿A dónde voy? ¿Me salvaré? “Ecce homo”, hemos leído en la Pasión: “¡he aquí al hombre!” Jesús es el modelo de persona: Cristo revela el hombre al hombre y le manifiesta la grandeza de su vocación (Gaudium et spes), en su caminar terreno decían de él: “porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos”; y resucitado también. La humanidad de Cristo sigue viva, en la Iglesia, por eso entiende Pablo que perseguir a los cristianos es perseguir a Jesús, que Jesús está presente en los cristianos, en la Iglesia: estar en ella es estar con Jesús, en ella encontramos a Jesús. Quienes desprecian la Iglesia como Saulo reciben estas palabras: “yo soy Jesús, a quien tú persigues”. “No dice –S. Beda- ¿por qué persigues a mis miembros? Sino: ¿por qué me persigues? Porque Él todavía padece afrentas en su Cuerpo, que es la iglesia”, perseguir a la Iglesia es perseguir a Jesús. Tener atenciones con una persona, como darle un vaso de agua, es ayudar a Jesús. Y así cuando llevamos a una persona a una charla de formación, a visitar el Sagrario, a rezar el Rosario o asistir a un retiro, cuando rezamos juntos: por la piedad, Dios dice de cada uno (imagen de su Hijo): “este es mi hijo amado, escuchadle”. Saulo creía perseguir a discípulos, hombres y mujeres. Encuentra a «Jesús». Es sorprendido por Cristo viviente, resucitado, presente en sus discípulos. «Lo que hiciereis al más pequeño de los míos, había dicho, me lo habréis hecho a mí.» Pablo encuentra a Jesús, en esos hombres y esas mujeres a quienes está persiguiendo: "¿por qué «me» persigues?" Desde el primer día de su encuentro con Jesús, se encuentra con el Cuerpo total de Jesús: los cristianos son el Cuerpo de Cristo, como dirá más tarde a los Romanos (12,5): «Vosotros sois el Cuerpo de Cristo... miembros de su Cuerpo...». Al comer el «Cuerpo de Cristo» en la eucaristía, los cristianos pasan a ser «cuerpo de Cristo». Gran responsabilidad la nuestra: en nosotros hacemos visible a Cristo, somos el cuerpo de Cristo... Ayúdame, Señor, a sacar las consecuencias concretas de este descubrimiento.
Sigue Jesús diciendo a Pablo: -“Levántate y entra en la ciudad; allí te dirán lo que debes hacer». Los que lo acompañaban se quedaron atónitos, oyendo la voz, pero sin ver a nadie. Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada; lo llevaron de la mano a Damasco, donde estuvo tres días sin ver y sin comer ni beber”. Bernardino Herrando dice: “La conversión es mucho más que un arrepentimiento o un clara conciencia de un mal hecho. La conversión es emprender un nuevo camino bajo la misericordia de Dios. Y sin dejar de ser uno mismo. Convertirse no es haber sido impetuoso y ser ahora una malva. Es ser ahora impetuoso bajo la misericordia de Dios. Por fortuna, San Pablo se convirtió de verdad; es decir, siguió siendo él mismo. Cambió de camino, pero no de alma”. A San Pablo un día Dios le tiró (los pintores lo ponen cayendo del caballo) y le explicó que la violencia que tenía era agua desbocada. Pero no hizo de él alguien sin carácter. Siguió como era, pero había encontrado la Verdad. Se ató porque quiso al amor de Jesús. “¡Cadenas de Jesús! Cadenas, que voluntariamente se dejó Él poner, atadme, hacedme sufrir con mi Señor, para que este cuerpo de muerte se humille... Porque -no hay término medio- o le aniquilo o me envilece. Más vale ser esclavo de mi Dios que esclavo de mi carne” (san Josemaría).
Muchas veces nos ayuda una persona en el momento oportuno, y aquí Dios le manda un encargo a un hombre fiel: “Había en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor llamó en una visión: «¡Ananías!». Y él respondió: «Aquí estoy, Señor». El Señor le dijo: «Vete rápidamente a la casa de Judas, en la calle Recta, y pregunta por un tal Saulo de Tarso, que está allí en oración y ha tenido una visión: un hombre llamado Ananías entraba y le imponía las manos para devolverle la vista». Ananías respondió: «Señor, he oído a muchos hablar de ese hombre y decir todo el mal que ha hecho a tus fieles en Jerusalén. Y está aquí con plenos poderes de los sumos sacerdotes para prender a todos los que te invocan». El Señor le dijo: «Anda, que éste es un instrumento que he elegido yo para llevar mi nombre a los paganos, a los reyes y a los israelitas. Yo le mostraré cuánto debe padecer por mí». Ananías partió inmediatamente y entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: «Saulo, hermano mío, vengo de parte de Jesús, el Señor, el que se te apareció en el camino por el que venías, para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo». En el acto se le cayeron de los ojos como escamas, y recobró la vista; se levantó y fue bautizado. Comió y recobró fuerzas. Y se quedó unos días con los discípulos que había en Damasco. Y en seguida se puso a predicar en las sinagogas proclamando que Jesús es el Hijo de Dios”.
3. El Salmo (117,1-2) canta con alegría: ¡Aleluya! Alabad al Señor, todos los pueblos, aclamadlo, todas las naciones, pues su amor por nosotros es muy grande y su lealtad dura por siempre”. Alegría porque Dios quiere que todos los hombres se salven.
Llucià Pou Sabaté

miércoles, 13 de abril de 2016

Jueves de la semana 3 de Pascua

Jueves de la semana 3 de Pascua

Jesús, pan de Vida, nos enseña el sentido del sufrimiento, y nos estimula a preocuparnos de los demás
Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trae, y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los Profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Todo el que ha escuchado al que viene del Padre, y ha aprendido viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, sino aquél que procede de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo que el que cree tiene vida eterna.Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Este es el pan que baja del Cielo para que si alguien come de él no muera. Yo soy el pan vivo que he bajado del Cielo. Si alguno come de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.Discutían, pues, los judíos entre ellos diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» (Juan 6,44-52).
1. Seguimos con la fe, y ya anuncia Jesús la Eucaristía, el pan que nos dará. San Agustín enseña: «El maná era signo de  este pan, como  lo era también el altar del Señor. Ambas cosas eran signos sacramentales: como signos son distintos, más en la realidad  hay identidad... Pan vivo, porque desciende del cielo. El maná también descendió del cielo; pero el maná era sombra, éste la verdad... ¡Oh qué misterio de amor, y qué símbolo de la unidad y qué vínculo de la caridad! Quien quiere vivir sabe dónde está su vida y sabe de dónde le viene la vida. Que se acerque y que crea, y que se incorpore a este cuerpo, para que tenga participación de su vida...». Así dice el Evangelio (Jn 6,44-51): “nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trae, y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: Todos serán enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y acepta su enseñanza viene a mí. Esto no quiere decir que alguien haya visto al Padre. Sólo ha visto al Padre el que procede de Dios. Os aseguro que el que cree tiene vida eterna”. No dice “tendrá”, sino “tiene”, pues la fe nos da ya lo que esperamos… un modo de vivir nuevo. San Ambrosio dirá: «Cosa grande, ciertamente, y de digna veneración, que lloviera sobre los judíos maná del cielo. Pero, presta atención. ¿Qué es más: el maná del cielo o el Cuerpo de Cristo? Ciertamente que el Cuerpo de Cristo, que es el Creador del cielo. Además, el que comió el maná, murió; pero el que comiere el Cuerpo recibirá el perdón de sus pecados y no morirá  para siempre. Luego, no en vano dices tú “Amén”, confesando ya en espíritu que recibes el Cuerpo de Cristo... Lo que confiesa la lengua, sosténgalo el afecto».
Sigue Jesús: “Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Éste es el pan que baja del cielo; el que come de él no muere. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo». Queremos ser testimonios de la Verdad, como pedimos en el Ofertorio: «¡Oh Dios! que por el admirable trueque de este sacrificio nos haces partícipes de tu divinidad; concédenos que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta verdad que conocemos». Dirá San Ignacio de Antioquía: «Partimos un mismo pan, que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, para vivir por siempre en Jesucristo».
2. Los Hechos (8,26-40) nos muestra hoy a Felipe, que un ángel le dice: «Ponte en marcha hacia el sur, por el camino que va de Jerusalén a Gaza a través del desierto». El evangelio, en los caminos… Por la calle que va de «mi» casa a la casa de los demás. Y sigue el texto: “allí ve a un etíope eunuco, ministro de Candaces, reina de Etiopía, administrador de todos sus bienes, que había venido a Jerusalén, que regresaba y, sentado en su carro, leía al profeta Isaías”. (Etiopía es el reino de Nubia, entonces su capital era Meroe, y se extendía al sur de Egipto más allá de Asuán, actualmente parte del Sudán, y Candace no era una persona real sino la dinastía de las reinas -entonces el país era gobernado por mujeres. Eunuco era en general un empleado de la corte, quizá ministro del tesoro).
El Espíritu dijo a Felipe: «Avanza y acércate a ese carro». Felipe corrió, oyó que leía al profeta Isaías y dijo: «¿Entiendes lo que estás leyendo?». Él respondió: «¿Cómo lo voy a entender si alguien no me lo explica?». Y rogó a Felipe que subiera y se sentara con él”. (Felipe iría en mula, la ataría al carruaje del ministro y subiría a leerle el pasaje que no entiende, el poema del Siervo que hemos meditado durante la semana santa. Y se sorprende de que el «justo» sea conducido al matadero como un cordero mudo, de que la vida del "justo" sea humillada y de que se termine en el fracaso. El sufrimiento... la muerte de los inocentes... ¡Gran pregunta!).
A veces la vida nos deja tristes y desconcertados, con una visión pesimista de la condición humana. Hay presiones, surge un sentimiento de insatisfacción, nos falta aire... Me acordaba de la historia de una chica joven, que desconsolada cuenta a su madre lo mal que le va todo: “-los estudios, un desastre; con el marido, la cosa no va bien, el examen de conducir suspendido”… Su madre, de pronto, le dice: "-vamos a hacer un pastel". La hija, desconcertada por esta salida ilógica, le ayuda entre sollozos. La madre le pone delante harina, y le dice: "-come". Ella contesta asombrada: "-¡si es incomible!" Luego le pone unos huevos, y vuelve a decirle: "-come", y la hija: "-¡si ya sabes que los huevos crudos me dan asco!" Y luego un limón, y otros ingredientes…, y la hija que insiste en que eran cosas muy malas para comer. La madre lo revuelve todo bien amasado, luego lo pasa por el horno, y queda un pastel que dice “cómeme” de sabroso que está. La madre le dice a su hija la moraleja: "-Tantas cosas de la vida son impotables, no nos gustan, son malas. Decimos: ¡vaya pastel! Y muchas veces nos preguntamos por qué Dios permite que pasemos por momentos y circunstancias tan malos, y trabaja estos ingredientes malos, los revuelve bien, de la misma manera que hemos hecho ahora... dejando que Él amase todo esto, bien cocinado, saldrá un pastel pero no malo sino delicioso… Solamente hemos de confiar en Él, y llegará el momento en el que ¡las cosas malas que nos pasan se convertirán en algo maravilloso! Lo mejor siempre está por llegar.
El tiempo nos da muchas respuestas, vemos que el dolor ennoblece a las personas y las sensibiliza, las hace solidarias, al punto de olvidar su propio dolor y conmoverse por el ajeno... Aprendemos a valorar las cosas importantes que están cercanas, y no desear lo que está lejano… El silencio de Dios ante tanto mal es un silencio que habla en todas las páginas de la Escritura Santa, de la fe de la Iglesia, que habla en Jesús colgado en la Cruz, que sufre callando, que sintió “eso” en su vida, y murió para con su dolor dar sentido al nuestro. Este Dios vivo nos deja rastros a su paso por la historia, como los montañeros que dejan marcas en el camino por donde pasan, hay unos mensajes que nos llegan como en una botella a la playa, en medio del mar de dolor, mensajes que se pueden oír en cierta forma, cuando tenemos el oído y corazón preparado. Son pistas que nos hablan de confiar, de amar, de que ante nosotros se abren dos puertas, la del absurdo (el sin-sentido) y la del misterio (la fe): abandonarnos en las manos de Dios es el camino que da paz, aunque no está exento de dolor, pero éste adquiere un sentido.
Y sobre todo es Jesús en la Cruz que en tres horas de agonía nos muestra un libro abierto, hasta exclamar aquel “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” Él, sin perder la conciencia de que aquello acabaría en la muerte, cuando se siente abandonado incluso por Dios, se abandona totalmente en los brazos de Dios, y se produce el milagro: pudo proclamar aquel grito desgarrador por el que decretó que “todo está consumado”; así, con la entrega de su vida la muerte ha sido vencida, ya no es una puerta a la desesperación sino hacia el amor del cielo, la agonía se convirtió en victoria y podemos unirnos, por el sufrimiento, al suyo y a su Vida. Es ya un canto a la esperanza, a la resurrección, pues el dolor no se convierte en el ladrón que nos roba los placeres que hay en la vida, sino un camino que nos habla de que la muerte es la puerta abierta para el gozo sin fin que es el cielo. Jesús nos salva en la Pascua, pero sobretodo demuestra su amor en el sufrimiento llevado hasta la muerte, que es lo que tiene mérito: resucitar no tiene tanto mérito como dar la vida, esto sí cuesta, y es lo que hace Jesús por nosotros, para darnos la Vida.
-“Felipe tomó entonces la palabra, y, partiendo de ese texto bíblico, le anunció la Buena Nueva de Jesús”. Pues «¡Era necesario que Cristo sufriera para entrar en su gloria!»
El pasaje de la Escritura que leía era éste: “Como cordero llevado al matadero, como ante sus esquiladores una oveja muda y sin abrir la boca. Por ser pobre, no le hicieron justicia. Nadie podrá hablar de su descendencia, pues fue arrancado de la tierra de los vivos”. El eunuco dijo a Felipe: «Por favor, ¿de quién dice esto el profeta? ¿De él o de otro?». Felipe tomó la palabra y, comenzando por este pasaje de la Escritura, le anunció la buena nueva de Jesús. Continuaron su camino y llegaron a un lugar donde había agua; el eunuco dijo: «Mira, aquí hay agua; ¿qué impide que me bautice?».
Y mandó detener el carro. Bajaron los dos al agua, Felipe y el eunuco, y lo bautizó. Al salir del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco ya no lo vio más, y continuó su camino muy contento. Felipe se encontró con que estaba en Azoto, y fue evangelizando todas las ciudades hasta llegar a Cesarea”.
-“Y el Etiope siguió gozoso su camino”. Jesucristo está presente en todos nuestros caminos, pero está «velado». Está en todas nuestras casas, en todos nuestros ambientes de trabajo... ¡portador de alegría! (Noel Quesson).
3. Es lo que canta el Salmo (66/65,8-9.16-17.20): Pueblos, bendecid a nuestro Dios, proclamad a plena voz sus alabanzas; Él nos conserva la vida y no permite que tropiecen nuestros pies. Fieles del Señor, venid a escuchar, os contaré lo que Él hizo por mí. Mi boca lo llamó y mi lengua lo ensalzó. Bendito sea Dios, que no ha rechazado mi plegaria ni me ha retirado su misericordia”. En la Colecta proclamamos esa gratitud y alabanza: «Dios Todopoderoso y eterno, que en estos días de Pascua nos has revelado claramente tu amor y nos has permitido conocerlo con más profundidad; concede a quienes has librado de las tinieblas del error adherirse con firmeza a las enseñanzas de tu verdad».
Llucià Pou Sabaté

martes, 12 de abril de 2016

Miércoles de la semana 3 de Pascua

Miércoles de la semana 3 de Pascua

Jesús es Pan de vida y auténtica libertad, el árbol de la vida eterna
«Jesús les respondió: Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mino tendrá nunca sed. Pero os lo he dicho: me habéis visto y no creéis. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que viene a mino lo echaré fuera, porque he bajado del Cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad de Aquél que me ha enviado. Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que Él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. Esta es, pues, la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.» (Juan 6, 35-40)
1. El Evangelio (Juan 6,35-40) comienza el «discurso del Pan de la vida» con la fe en Él («yo soy el Pan de vida») y en la promesa de la Eucaristía («yo daré el Pan de vida»). Hoy comenzamos con la fe («el que viene a mí», «el que cree en mí», «el que ve al Hijo y cree en Él»). “La presentación de Jesús por parte del evangelista también nos está diciendo a nosotros que necesitamos la fe como preparación a la Eucaristía. Somos invitados a creer en Él, antes de comerle sacramentalmente” (J. Aldazábal).
Así dice el Evangelio: “Jesús continuó hablando a la gente: Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed. Sin embargo, vosotros, como ya os he dicho, aun viendo lo que habéis visto, no creéis. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad del que me ha enviado, a saber: que no se pierda nada de lo que me dio sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”. El árbol de la vida da sus frutos, que pueden tomarse inútilmente para hacerse como Dios. Volvemos al jardín del Edén de donde fuimos expulsados, para gustar del fruto del árbol: la cruz es el nuevo árbol de la vida en el que todo hombre puede encontrar su nacimiento, en la fe en ese Jesús que tiene sus brazos abiertos a todos, porque el amor de Dios es para todos.  El grano de trigo ha muerto en el surco del Gólgota, para nacer resucitado: "Si el grano no muere, no puede dar fruto" (Jn 12,24).
Ante las palabras de la zarza ardiente: "Yo soy el que soy", Jesús dirá: “Yo soy el Pan de vida”. Yo soy la Luz del mundo. Yo soy la Puerta de las ovejas. Yo soy el Buen Pastor. Yo soy la Resurrección y la Vida. Yo soy la verdadera Viña. "Yo soy el Pan." El “Emmanuel” es ese Dios que “es” y que “vendrá”, que “ya ha venido”: “Yo soy con vosotros”, como decimos en la Misa: “y con tu espíritu”, siempre con el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús. El trigo molido de Esteban y los primeros cristianos, son grano de trigo que al morir dan vida a muchos. Pedimos hoy al Padre: «Concédenos tener parte en la herencia eterna de tu Hijo resucitado» (oración).
En el fondo, todo es cuestión de dejar actuar a Dios en nosotros, de buscar la voluntad divina, entregarnos, superando lo que me gusta, lo que me interesa, lo que «necesito». Esa será la máxima libertad: “Nos quedamos removidos, con una fuerte sacudida en el corazón, al escuchar atentamente aquel grito de San Pablo: ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación. Hoy, una vez más me lo propongo a mí, y os lo recuerdo también a vosotros y a la humanidad entera: ésta es la Voluntad de Dios, que seamos santos. Para pacificar las almas con auténtica paz, para transformar la tierra, para buscar en el mundo y a través de las cosas del mundo a Dios Señor Nuestro, resulta indispensable la santidad personal” (San Josemaría Escrivá). Jesús, Tú has venido a hacer la voluntad del Padre Celestial y me has dado ejemplo de obediencia hasta en los momentos más difíciles. Ahora me pides que siga ese ejemplo; que mi gran objetivo sea la fidelidad a esa voluntad de Dios para mí que se me va manifestando día a día: mi santidad personal. Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación.
Pero, ¿cómo conocer la Voluntad de Dios? Lo primero es estar lo más unido posible a Él. ¿Cómo? Buscando unos momentos al día para tratarle, para pensar en Él, para pedirle cosas, para darle gracias. Así actuabas Tú, Jesús. Siempre encontrabas la forma de retirarte un poco de la muchedumbre para rezar. Rezar: éste es el gran secreto para unirse a Dios. La oración es fundamental en mi camino hacia la santidad.
Y hay tres tipos de oración: la oración mental, que son estos minutos dedicados a hablar contigo; la oración vocal, que es rezar oraciones ya hechas, entre la que destaca el Rosario; y la oración habitual, que es hacerlo todo en presencia de Dios, convertirlo todo en oración: el estudio, el trabajo, el descanso, el deporte, la diversión, etc... Ayúdame a decir sinceramente cada día: hoy, una vez más, me propongo luchar por cumplir tu Voluntad, luchar por ser santo, luchar por convertir todo mi día en oración (Pablo Cardona), y así, como pedimos en la Postcomunión, «que la participación en los sacramentos de nuestra redención nos sostenga durante la vida presente, y nos dé las alegrías eternas».
2. Los Hechos (8,1-8) siguen narrando el final del martirio de Esteban y la persecución que hubo después: “Y Saulo consentía en su muerte. En aquel día se desató una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén, y todos fueron esparcidos por las regiones de Judea y de Samaria, con excepción de los apóstoles.
Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban, e hicieron gran lamentación por él. Entonces Saulo asolaba a la iglesia. Entrando de casa en casa, arrastraba tanto a hombres como a mujeres y los entregaba a la cárcel. Entonces, los que fueron esparcidos anduvieron anunciando la palabra. Y Felipe descendió a la ciudad de Samaria y les predicaba a Cristo. Cuando la gente oía y veía las señales que hacía, escuchaba atentamente y de común acuerdo lo que Felipe decía. Porque de muchas personas salían espíritus inmundos, dando grandes gritos, y muchos paralíticos y cojos eran sanados; de modo que había gran regocijo en aquella ciudad”.
En medio de esas penas, fue comienzo de la gran «expansión» misionera del evangelio. Cuando parece que todo se pierde, que la Iglesia será exterminada, entonces en la más negra noche amanece Dios… así pasará con Saulo, que se levantará luego como san Pablo y Apóstol de las gentes. Aparecen los mártires de la fe. Siguen existiendo hoy, como columnas que invitan a dar la vida por la Vida. Porque, si la vida es lo más importante, hay algo más importante aún: la Vida eterna. Juan Pablo II se muestra convencido de ello cuando, en el año del Gran Jubileo, decía en su discurso en el Coliseo durante la conmemoración de los mártires del siglo XX: «Permanezca viva, en el siglo y el milenio que acaban de comenzar, la memoria de estos nuestros hermanos y hermanas. Es más, ¡que crezca! ¡Que se transmita de generación en generación, para que de ella brote una profunda renovación cristiana!». Los mártires son semilla de nuevos cristianos. El milagro de Pentecostés sigue haciéndose, la siembra divina continúa… Señala san León Magno: «La religión, fundada por el misterio de la Cruz de Cristo, no puede ser destruida por ningún género de maldad. No se disminuye la Iglesia por las persecuciones, antes al contrario, se aumenta. El campo del Señor se viste entonces con una cosecha más rica. Cuando los granos que caen mueren, nacen multiplicados».
3. El Salmo (65,1-3a.4-5.6-7a) convoca a todos los pueblos a alabar a Dios; llegará el día en que todos los países de la tierra alabarán al Dios verdadero: “Aclamad a Dios con alegría, toda la tierra. Cantad la gloria de su nombre; poned gloria en su alabanza. Decid a Dios: ¡Cuán asombrosas son tus obras! Toda la tierra te adorará, y cantará a ti; cantarán a tu nombre. Venid, y ved las obras de Dios, temible en hechos sobre los hijos de los hombres. Volvió el mar en seco; por el río pasaron a pie; allí en Él nos alegramos. Él señorea con su poder para siempre; Sus ojos atalayan sobre las naciones”.
Llucià Pou Sabaté

lunes, 11 de abril de 2016

Martes de la semana 3 de Pascua

Martes de la semana 3 de Pascua

Con la confianza puesta en el Señor, abandonamos en Él nuestro espíritu y todas nuestras cosas. La fe nos hace ver incluso en las contrariedades que todo será para bien
«Le dijeron: ¿Pues qué milagro haces tú, para que lo veamos y te creamos? ¿Qué obras realizas tú? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del Cielo. Les respondió Jesús: En verdad, en verdad os digo que no os dio Moisés el pan del Cielo, sino que mi Padre os da el verdadero pan del Cielo. Pues el pan de Dios es el que ha bajado del Cielo y da la vida al mundo. Ellos le dijeron: Señor, danos siempre de este pan. Jesús les respondió: Yo soy el pan de vida; el que viene a mino tendrá hambre, y el que cree en mino tendrá nunca sed.» (Juan 6, 30-35)
1. “Le replicaron: «¿Qué milagros haces tú para que los veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra?”. En el Evangelio (Jn 6,30-35)seguimos escuchando esa vida en Cristo, cuando le interrogan: “Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo»”. Jesús les responde con la profecía de una vida nueva, como decimos en la Comunión: «Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él. Aleluya» (Rm 6,8). Nos habla de la fe y de la Eucaristía, de la Vida eterna que podemos ya comenzar aquí a vivir: “Jesús les dijo: «Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo; mi Padre es el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo»”. Como rezamos en la Postcomunión: «Mira, Señor, con bondad a tu pueblo, y ya que has querido renovarnos con estos sacramentos de vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa». En el pan y el vino de la Misa nos ponemos en manos de Jesús que ofrece al Padre su misma vida, en la transustanciación del Pan y Vino consagrados.
-“Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan». Jesús les dijo: «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”. Es el don de la Eucaristía, la vida eterna que ya tenemos en la comunión. Así rezamos en el Ofertorio: «Recibe, Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo; y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno».
2. En los Hechos (7,51-60; 8,1) sigue Esteban con su discurso, que le llevará al martirio, donde se ve su vida interior, espíritu contemplativo: “Hombres de cabeza dura e incircuncisos de corazón y de oídos, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como fueron vuestros padres, así sois también vosotros. ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Mataron a los que predijeron la venida del Justo, del cual vosotros ahora sois los traidores y asesinos; vosotros, que habéis recibido la ley por ministerio de los ángeles, y no la habéis guardado». Al oír esto estallaban de rabia sus corazones, y rechinaban los dientes contra él. “Pero él, lleno del Espíritu Santo, con los ojos fijos en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios,  y dijo: «Veo los cielos abiertos y al hijo del hombre de pie a la derecha de Dios»”. Es una proclamación de la estancia de Jesús vivo, resucitado, junto al Padre, intercediendo por nosotros. 
Sigue el texto: “Ellos, lanzando grandes gritos, se taparon los oídos y se lanzaron todos a una sobre él; lo llevaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos habían dejado sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo. Mientras lo apedreaban, Esteban oró así: «Señor Jesús, recibe mi espíritu». Y puesto de rodillas, gritó con fuerte voz: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado». Y diciendo esto, expiró. Saulo aprobaba este asesinato. Aquel día se desencadenó una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén; y todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría”.
La misma petición que su maestro Jesús, pide por los que le matan. «Es evidente que los que sufren por Cristo gozan de la gloria de toda la Trinidad. Esteban vio al Padre y a Jesús situado a su derecha, porque Jesús se aparece sólo a los suyos, como a los Apóstoles después de la resurrección. Mientras el Campeón de la fe permanecía sin ayuda en medio de los furiosos asesinos del Señor, llegado el momento de coronar al primer mártir, vio al Señor, que sostenía una corona en la mano derecha, como si se animara a vencer la muerte y para indicarle que Él asiste interiormente a los que van a morir por su causa. Revela, por tanto, lo que ve, es decir, los cielos abiertos, cerrados a Adán y vueltos a abrir solamente a Cristo en el Jordán, pero abiertos también después de la Cruz a todos los que conllevan el dolor de Cristo y en primer lugar a este hombre. Observad que Esteban revela el motivo de la iluminación de su rostro, pues estaba a punto de contemplar esta visión maravillosa. Por eso se mudó en la apariencia de un ángel, a fin de que su testimonio fuera más fidedigno» (San Efrén).
¿Miró Esteban a Saulo? ¿Fue su sacrificio semilla de la conversión? Sabemos que todo es para bien, pues Dios nos ama y no permitiría algo malo si no fuera porque de ahí saldrá una cosa buena. La fe nos ayuda a ver que todas las cosas de la tierra, incluso los problemas y las cosas malas, por culpa nuestra o sin ella, nos ayudan a una vida mejor, que todo será para bien. Tenemos idea de lo que es bueno y lo malo, pero no tenemos la perspectiva, visión de conjunto de la historia del mundo y cada uno de nosotros. Recuerdo la pregunta que nos hacíamos ante la desgracia de hace unos años en el desastre del tsunami oriental, y es aplicable a cualquier circunstancia histórica: “¿Dónde estaba Dios el día del tsunami?” ¿Por qué el mal? ¿Por qué el tsunami, tanta muerte y devastación? ¿Cómo es posible que Dios permita todo esto?, y si es bueno, ¿cómo cuida de los hombres? Si es Omnipotente ¿por qué no hace algo? Esta es la gran pregunta. Hay dos soluciones ante esta pregunta: o todo es absurdo o la vida es un misterio. Pero acogernos al misterio no significa dejar de pensar. No. También ahí se me presentan dos opciones: Dios es malo porque yo no entiendo como permitiría esto, o bien Dios es bueno y sabio, pero yo no entiendo de qué va la cosa. Es como aquella historia de un aprendiz de monje que al entrar en el convento le encargaron colaborar en tejer un tapiz. Al cabo de varios días, dijo de golpe: "no aguanto más, esto es insoportable, trabajar con un hilo amarillo tejiendo en una maraña de nudos, sin belleza alguna, ni ver nada. ¡Me voy!..." El maestro de novicios le dijo: "ten paciencia, porque ves las cosas por el lado que se trabaja, pero sólo se ve tu trabajo por el otro lado", y le llevó al otro lado de la gran estructura del andamio, y se quedó boquiabierto. Al mirar el tapiz contempló una escena bellísima: el nacimiento de Jesús, con la Virgen y el Santo Patriarca, con los pastores y los ángeles... y el hilo de oro que él había tejido, en una parte muy delicada del tapiz: la corona del niño Jesús. Y entendió que formamos parte de un designio divino, el tapiz de la historia, que se va tejiendo sin que veamos nunca por completo lo que significa lo que vemos, su lugar en el proyecto divino. No lo veremos totalmente hasta que pasemos al otro lado, cuando muramos a esta vida y pasemos a la otra.
Jesús no vino a quitar el sufrimiento, sino a llenarlo de contenido, al dejarse clavar en la cruz. Y enseñó incluso que los que lloran son bienaventurados porque serán consolados (Mt 5,4). De manera que el mal es un problema difícil de resolver, pero ante él toda la tradición cristiana es una respuesta de afirmación de que donde la cabeza no entiende, el amor encuentra un sentido escondido cuando se ve con la fe  que Dios no quiere el mal, pero deja que los acontecimientos fluyan, procurando en su providencia que todo concurra hacia el bien: todo es para bien, para los que aman a Dios.
3. El Salmo (31,3-4.6-8.17-21) muestra esa confianza en Dios, se aplica a Jesús en la cruz, y también Esteban usa esas palabras antes de entregar su espíritu: “Atiéndeme, ven corriendo a liberarme; sé tú mi roca de refugio, la fortaleza de mi salvación; ya que eres tú mi roca y mi fortaleza, por el honor de tu nombre, condúceme tú y guíame; en tus manos encomiendo mi espíritu; tú me rescatarás, Señor, Dios verdadero… yo he puesto mi confianza en el Señor; tu amor ser mi gozo y mi alegría, porque te has fijado en mi miseria y has comprendido la angustia de mi alma; mira a tu siervo con ojos de bondad y sálvame por tu amor”. Nosotros podemos también recitarlo, ponernos en lugar de los mártires, de tantos que sufren, de nuestras oscuridades: “"Tú eres mi Dios". Tú eres el Creador; yo no soy sino un poquito de polvo en tus manos. Puedes configurarme a tu antojo o dejarme reducido a la nada. Y, con todo, eres mi Dios; sí, mío, yo te tengo, me perteneces. No me has creado para luego abandonarme, sino que te ocupas de mí. Es cierto que riges al mundo entero, pero él no te preocupa más que yo: "Tú eres mi Dios; mis días están en tus manos"” (Emiliana Löhr). En la Colecta pedimos: «Señor, tú que abres las puertas de tu reino a los que han renacido del agua y del Espíritu. Acrecienta la gracia que has dado a tus hijos, para que purificados del pecado alcancen todas tus promesas». 
Llucià Pou Sabaté

domingo, 10 de abril de 2016

Lunes de la semana 3 de Pascua

Lunes de la semana 3 de Pascua

Con la aceptación de Jesús realizamos la obra de Dios, por la fe
“Al día siguiente, la multitud que estaba al otro lado del mar vio que no había allí más que una sola barca, y que Jesús no había subido a la barca con sus discípulos, sino que éstos se habían marchado solos. Llegaron otras barcas de Tiberíades, junto al lugar donde habían comido el pan después de haber dado gracias el Señor: Cuando vio la multitud que Jesús no estaba allí ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún buscando a Jesús. Y al encontrarle al otro lado del mar, le preguntaron: Maestro, ¿cuándo llegaste aquí? Jesús les respondió: En verdad, en verdad os digo que vosotros me buscáis no por haber visto los milagros, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad no por el alimento que perece sino por el que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre, pues a éste lo confirmó con su sello Dios Padre. Ellos le preguntaron: ¿Qué haremos para realizar las obras de Dios? Jesús les respondió: Esta es la obra de Dios, que creáis en quien Él ha enviado” (Juan 6,22-29).
1. El Evangelio (Jn 6,22-29) nos muestra el ambiente después de la tempestad calmada: al día siguiente la gente, que se había quedado a la otra parte del lago, notó que allí había sólo una barca y que Jesús no había subido a ella con sus discípulos, pues éstos se habían ido solos. Entretanto, llegaron otras barcas de Tiberíades y atracaron cerca de donde habían comido el pan después que el Señor dio gracias. Cuando la gente vio que no estaban allí ni Jesús ni sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús”. Como han hecho los santos, también nosotros decimos: “buscaré tu rostro, Señor”. Vamos por la vida en busca de Jesús, sabiendo que Él “nunca falló a sus amigos” (Santa Teresa). Llega en el momento oportuno. La plena confianza en Dios, da al cristiano una singular fortaleza y una especial serenidad en todas las circunstancias. “Si no le dejas, Él no te dejará”, decía san Josemaría Escrivá; e insistía en su oración: “Cuando imaginamos que todos se hunde ante nuestros ojos, no se hunde nada, porque Tú eres, Señor, mi fortaleza. Si Dios habita en nuestra alma, todo lo demás, por importante que parezca, es accidental, transitorio. En cambio, nosotros, en Dios, somos lo permanente”. Escuchamos el “Soy yo, no tengáis miedo”, que leímos ayer cuando ya vuelve la calma.
Sigue el Evangelio de hoy: “Lo encontraron al otro lado del lago, y le dijeron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?». Jesús les contestó: «Os aseguro que no me buscáis porque habéis visto milagros, sino porque habéis comido pan hasta hartaros. Procuraos no el alimento que pasa, sino el que dura para la vida eterna; el que os da el hijo del hombre, a quien Dios Padre acreditó con su sello». Estos días vamos a leer el "Discurso sobre el Pan de Vida" que ahora Jesús se dispone a contarnos. Después de la multiplicación de los panes y su caminar sobre las aguas, veremos que "el pan de vida" es Jesús mismo, “pan vivo”, y está en relación la eucaristía. Son dos líneas del discurso que se entrelazarán, la fe en Jesús y su presencia eucarística...
Le preguntaron: «¿Qué tenemos que hacer para trabajar como Dios quiere?». Jesús les respondió: «Lo que Dios quiere que hagáis es que creáis en el que él ha enviado»”. A veces queremos hacer muchas cosas (trabajar), pero el fundamento de todo es saber por qué vivimos, pues el pan se acaba, hay otro Pan que no se acaba, la fe y el amor. Así pedimos en la Postcomunión: «Dios todopoderoso y eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has hecho renacer a la vida eterna; haz que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante y que el alimento de salvación que acabamos de recibir fortalezca nuestras vidas».
Comenta San Agustín: «Jesús, a continuación del misterio o sacramento milagroso, hace uso de la palabra, con la intención de alimentar, si es posible, a los mismos que ya alimentó; de saciar con su palabra las inteligencias de aquellos cuyo vientre había saciado con pan abundante, pero es con la condición de que lo entiendan y, si no lo entienden, que se recoja para que no perezcan ni las sobras siquiera... “Me buscabais por la carne, no por el Espíritu”. ¡Cuántos hay que no buscan a Jesús sino para que les haga beneficios temporales! Tiene uno un negocio y acude a la mediación de los clérigos; es perseguido otro por alguien más poderoso que él y se refugia en la iglesia. No faltan quienes piden que se les recomiende a una persona ante la que tienen poco crédito.
«En fin, unos por unos motivos y otros por otros, llenan todos los día la iglesia. Aprendamos a buscar a Jesús por Jesús... “Me buscabais por algo que no es lo que yo soy; buscadme a Mí por mí mismo”. Ya insinúa ser Él este manjar, lo que se verá con más claridad en lo que sigue... quizá estaban esperando comer otra vez pan y sentarse otra vez, y saciarse de nuevo. Pero Él había hablado de un alimento que no perece, sino que permanece hasta la vida eterna. Es el mismo lenguaje que había usado con la mujer aquella samaritana... Entre diálogos la llevó hasta la bebida espiritual. Lo mismo sucede aquí, lo mismo exactamente. Alimento es, pues, éste que no perece, sino que “permanece hasta la vida eterna”. De este alimento distinto que hay que buscar, el debate se eleva hasta la preocupación por el obrar que agrada a Dios. A las obras múltiples que los galileos se muestran dispuestos a cumplir, Jesús opone la única "obra de Dios", la que Dios realiza en el creyente. Esta obra es creer en Jesús como el Enviado de Dios. Santa Teresa de Jesús nos enseña a buscar al Señor y a creer en Él: "Porque, a cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración y consideración, no digo más mental que vocal, que, como sea oración, ha de ser consideración; porque la que no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quien pide y a quien, no lo llamo yo oración aunque mucho menee los labios".
Dicen que hace mucho tiempo, vivía en un pueblo una aldeana muy hermosa. Todos querían esposarla pero ella sentía que nadie le aseguraba verdadero amor. Así, se le acercó el mercader más rico diciéndole: “Te amaré a pesar de tu pobreza”. Pero como en sus palabras no encontró verdadero amor prefirió no casarse. Después se le acercó un gran general y le dijo: “Me casaré contigo a pesar de las distancias que nos separen”. Pero tampoco aceptó la hermosa aldeana. Más tarde se le acercó el emperador a decirle: “Te aceptaré en mi palacio a pesar de tu condición de mortal”. Y también rehusó la muchacha a casarse porque tampoco veía en él un amor desinteresado. Hasta que un día se le acercó un joven y le dijo: “Te amaré a pesar... de mí mismo”. Y como en sus palabras encontró un amor verdadero y sincero, optó por casarse con él. Nosotros, ¿buscamos a Jesús por tener “pan” que nos aproveche, cosas materiales, y pensamos conseguirlas una fórmula mágica que nosotros llamamos “oración”, o bien lo hacemos por amor, de forma desinteresada? Señor, quiero quererte “por ti”, “a pesar de mí mismo”, hacer las cosas por Ti, por agradarte a Ti, con la alegría de un buen hijo que intenta hacer las cosas lo mejor que puede, poniendo los cinco sentidos en esa labor, por amor, por cumplir tu voluntad como nos dices hoy: «Obrad no por el alimento que perece sino por el que perdura hasta la vida eterna.» Ayúdame, Jesús, a obrar con rectitud de intención; es decir, con la intención recta, con la intención correcta, porque es la que perdura, porque es la Tuya. Ayúdame a buscar en todo momento tu voluntad, y a ponerla en práctica con todo el entusiasmo posible (P. Cardona).
2. Los Hechos (6,8-15) nos cuenta que Esteban, lleno de gracia y de poder, “realizaba grandes prodigios y milagros en el pueblo”. Unos cuantos de la sinagoga se pusieron a discutir con él; “pero no podían resistir la sabiduría y el espíritu con que hablaba. Entonces sobornaron a unos hombres” y le montaron un falso juicio en el tribunal supremo, acusándolo así: «Este hombre no cesa de decir palabras contra este lugar santo y contra la ley; le hemos oído decir que ese Jesús, el Nazareno, destruirá este lugar y cambiará las costumbres que nos transmitió Moisés». “Entonces todos los que estaban sentados en el tribunal clavaron sus ojos en él y vieron su rostro como el rostro de un ángel”. Mirando ese ejemplo que tenemos en el primer mártir, «rechazamos lo que es indigno del nombre cristiano y cumplimos lo que en él se significa» (oración del día).
3. El Salmo (119,23-24.26.29) fomenta nuestra confianza, como la tuvo San Esteban. Hemos resucitado con Cristo y donde Él está ahí también iremos, en este camino de la verdad, procurando seguir los mandatos del Señor: “Aunque los jefes se reúnan y deliberen contra mí, tu siervo medita en tus decretos; tus decretos hacen mis delicias, ellos son mis consejeros. Te he contado mis andanzas y tú me has escuchado: enséñame tus decretos; señálame el camino de tus mandamientos y yo meditaré en tus maravillas. Aleja de mí el camino de la mentira y dame la gracia de tu ley; he elegido el camino de la verdad y he preferido tus sentencias”.
Llucià Pou Sabaté
San Estanislao, obispo y mártir

San Estanislao, nació en Szczepanow, cerca de Cracovia el día 26 de julio de 1030. Fue hijo único. Su nacimiento puede considerarse como un prodigio, pues vino al mundo después de treinta años de casados sus padres.
 Los padres, Wielislaw y Bogna, de noble alcurnia, llevaban vida austera y piadosa, siendo muy estimados por sus grandes virtudes.
 En el hogar paterno Estanislao recibió una esmerada cultura, tanto moral como intelectual; sus estudios superiores los realizó en Cracovia y en París.
 Fue ordenado sacerdote por el obispo de Cracovia, Lamberto, siendo elegido sucesor de esta sede el día 2 de febrero de 1072. Gobernó valientemente la diócesis durante ocho años, al cabo de los cuales fue martirizado.
 El día 17 de septiembre de 1253 quedó canonizado en Asís por el papa Inocencio IV. El papa Clemente VIII extendió su culto para toda la Iglesia en el año 1605.
 La muerte de San Estanislao en el pensamiento polaco significa lo mismo que la muerte de los valores con los cuales él vivía, por los que luchaba y por los que murió como mártir. Con la muerte de estos valores desaparecía también Polonia; por el contrario, con el desarrollo de estas virtudes se reavivaron las almas de los polacos, y sus méritos colmaban la nación de beneficios especiales.
 Esta idea tan acertada —es un lema de la existencia de Polonia— y de actualidad siempre en la vida del pueblo polaco, el papa Pío XII la subrayó en una carta dirigida al cardenal primado de Polonia, monseñor Esteban Wyszynski, el día 16 de julio de 1953.
 No cabe duda. La figura del Santo constituye para todo el pueblo polaco, en su marcha histórica, ideológica y natural, un magnífico ejemplar y seguro guía.
 Por otra parte, la grandeza de San Estanislao consiste en saber vivir y realizar el ideal de nuestra religión, tantas veces subrayado por San Pablo: christianus sum. Este ideal le hizo hombre de gran virtud, fundada en la confianza en Dios, que por honrarle, por la religión verdadera, por la justicia, por la libertad y salvación de su pueblo, llegaba a despreciar todas las penas, dificultades, cruces y sufrimientos, guardando siempre en los momentos más importantes y duros de su vida el equilibrio de su espíritu, su fervorosa piedad y un alma inquebrantable.
 No es cierto que San Estanislao fuera un hombre duro y de un temperamento rencoroso y terco que le llevara al conflicto con el rey Boleslao y, en consecuencia, a la muerte. Es una opinión falsa y sin fundamento, porque los motivos de su actuación que causaron su martirio eran altamente cristianos, dignos de un obispo católico.
 El primer biógrafo y famoso historiador polaco, Jan DIugosz, confirma esta opinión diciendo: "Estanislao era de carácter dulce y humilde, pacífico y púdico; era muy cuidadoso en reprimir sus propias, faltas antes de hacerlo con sus prójimos; era un alma que jamás mostró soberbia ni se dejó llevar por la ira, muy atento, de naturaleza afable y humano, de gran ingenio y sabiduría, y dispuesto siempre a ayudar a quien necesitaba ayuda alguna. Odiaba la adulación e hipocresía, mostrándose siempre sencillo y de corazón abierto".
 En una palabra, el obispo de Cracovia era un hombre serio, templado y de verdadera santidad.
 Todo lo contrario le ocurría al rey polaco Boleslao. Era un gran guerrero, muy valiente y audaz; pero también era figura de grandes vicios y de muy débil voluntad, defectos que le oscurecieron la inteligencia y le llevaron a la mayor catástrofe de su vida. Agravaron esta situación suya los éxitos políticos y militares, hasta tal punto que en su soberbia Boleslao llegó a creer que a él, el rey, le estaba permitido todo; su conducta se manifestó entonces totalmente amoral, dando paso a sinnúmero de crueldades y abusos que clamaron al cielo.
 San Estanislao, viendo un mal tan grande y pecados tan notorios, no pudo quedarse tranquilo; callar en esta situación significaba lo mismo que aprobar la conducta del rey. Decidió entonces intervenir. Varios eran los motivos que tenía San Estanislao para amonestar al soberano. En primer lugar era el obispo de la capital de Polonia, vivía cerca de la corte del rey, era el obispo de la Iglesia de Cristo, que no podía quedarse mudo frente a un pecador público; era un cristiano que debía amonestar a un hermano suyo que estaba errando. Además, Estanislao era un alto dignatario de la Corona y por esto quería demostrar su disconformidad con los tímidos cortesanos.
 Sin embargo, la empresa no era fácil ni sin grandes peligros, pues Gallus Anonimus, la auténtica historia polaca de aquella época, llama al rey Boleslao "rex ferox". Se debía, por tanto, emplear la máxima prudencia.
 San Estanislao, en el cumplimiento de este deber suyo, se mostró a su debida altura. Amonestaba al rey pidiendo y rogándole que cambiase su postura, que frenase su inmoralidad, el terror y toda la ilegalidad. Actuaba paternal y pacíficamente, sin ira y sin faltar al respeto a un soberano.
 Sin embargo, todos sus esfuerzos fueron vanos. Según Jan Dlugosz, el efecto era contrario. El rey, en vez de prestar atención a los consejos de su obispo, se llenaba de furia y contestaba con amenazas, olvidándose de su propio honor. Boleslao no quiso ver en la persona del obispo de Cracovia sino a un audaz enemigo que se atrevía a reprimir al rey. En consecuencia, la justa postura del obispo de Cracovia quedó juzgada falsamente y, herido el corazón del rey, decidió su muerte. Aprovechando la ocasión de que el obispo celebraba una misa en las afueras de la ciudad, en la iglesia llamada "Na Skalce”, invadió el templo con su cuadrilla y le mató personalmente durante el santo sacrificio.
 La leyenda que siempre acompaña a hechos tan extraordinarios dice que el rey se detuvo ante la puerta de la misma iglesia, mandando entrar a sus soldados y dar la muerte al santo obispo. Estos, intentando cumplir la orden, tres veces llegaron hasta el altar y tres veces, aterrorizados por el miedo, huyeron del templo. Fue entonces cuando el furibundo rey penetró y, yéndose hasta el altar, personalmente mató al ilustre prelado. Cometido el crimen, mandó sacar el cadáver fuera de la iglesia y machacarlo con las espadas.
 Satisfecho de su éxito dejó los restos a la intemperie para que fueran pasto de las fieras. Sin embargo, era Dios mismo, prosigue la leyenda, quien se preocupó por estos santos restos mortales de un obispo mártir. En el lugar del sacrilegio aparecieron cuatro grandes águilas reales que volaron sobre estas reliquias durante el tiempo que tardó en integrarse el cuerpo de nuevo y hasta que Ilegaron los sacerdotes para recogerlo.
 Esta leyenda tiene mucha aceptación en Polonia, pues su símbolo profético era, y es, muy vivo. La maldad desmembró el cuerpo del obispo Estanislao, la santidad lo unió milagrosamente de nuevo. En la vida histórica de la nación varias veces la maldad desmembró a Polonia, pero era la santidad, la penitencia del pueblo, sus sacrificios y la perseverancia en sus altos valores lo que unía a Polonia de nuevo y la resucitaba. Siempre que Polonia defendía el reinado de Dios, la Verdad, la justicia y el bien de las almas era nación grande e invencible; si traicionaba estos valores caía desmembrada.
 Los amigos del rey justificaban al soberano divulgando que el castigo era justo porque el obispo de Cracovia era un traidor. Hoy día esta canción la cantan también los enemigos de Polonia. Y surge la pregunta: ¿A quién debía obedecer el obispo de Cracovia? ¿A Dios o al rey? ¿Debía, acaso, traicionar su fe y a su Dios y servir a un rey que ha traicionado todo? San Estanislao se mostró un obispo intrépido, un magno defensor de los derechos de Dios, de la moral y de la justicia. He aquí su gloria y su ejemplo para todos los cristianos.
 Dios, justo y santo, honró esta postura, pues tanto durante su vida como después de su muerte muchos milagros —el proceso de canonización revisó 36 de primera clase— glorificaron la santidad de este intrépido obispo de Cracovia.
 San Estanislao era uno de estos seres a quienes Dios, queriendo manifestar su omnipotencia, y para que sirvan de ejemplo a los demás hombres, les concede bienes sobrenaturales, con el fin de que, por ellos, la verdad de la fe y de la religión brille para la salvación y confortación de los creyentes.
 MARIANO WALORECK

sábado, 9 de abril de 2016

Domingo de la semana 3 de Pascua; ciclo C

Domingo de la semana 3 de Pascua; ciclo C

Meditaciones de la semana
en Word y en PDB
Jesús se aparece a los discípulos y come con ellos: sigue presente en nuestro mundo, nos acompaña con los Sacramentos, dándonos el alimento de su vida
«Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades.  Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.  Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”.  Ellos le respondieron: “Vamos también nosotros”.  Salieron y subieron a la barca.  Pero esa noche no pescaron nada.Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él.  Jesús les dijo: “Muchachos, ¿tienen algo para comer?”.  Ellos respondieron: “No”.  Él les dijo: “Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán”.  Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla.  El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: “¡Es el Señor!”.  Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua.  Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas, y pan.  Jesús les dijo: “Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar”.  Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió.  Jesús les dijo: “Vengan a comer”.  Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: “¿Quién eres?”, porque sabían que era el Señor.  Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.  Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos»  (Juan 21,1-19).
1. El evangelio de este domingo nos relata una escena sorprendente. Los discípulos han vuelto a su quehacer de cada día, porque también ellos tienen que trabajar para vivir. Pedro dice a sus amigos: "Voy a pescar" y éstos le responden: "Vamos nosotros contigo". La presencia del Señor da un sentido nuevo a su actividad, y ahora bregando sin descanso les acompañará siempre la memoria de Jesús; y allí está Jesús en su lugar de trabajo, en la incertidumbre de su pesca, en la angustia de su fracaso y en sus cavilaciones de no poder llevar nada a casa. Está Jesús irreconocible, como un espectador indiferente, pero está, y está pendiente de ellos. Les anima a intentarlo otra vez, a volver a echar la red una vez más. Los pescadores están cansados, rendidos, desanimados: los esfuerzos de toda la noche han sido un fracaso. Pero dan gusto al desconocido, y sucede lo inesperado, lo que parecía imposible se hace posible y realidad. Ahí está la red llena del peso de tantos peces. Y de repente una luz, una corazonada: ¡Es el Señor! No ha sido el azar. Las cosas no siempre suceden por casualidad. Y la casualidad no es más que la ignorancia de una causalidad compleja (“Eucaristía 1989”).
La pesca milagrosa tiene muchos símbolos: la obediencia de echar las redes por donde indica Jesús, que en la orilla recoge los peces, los frutos. La imagen de la unidad de la Iglesia expresada en que la red esta vez no se rompe, lo mismo que lo era la túnica inconsútil de Jesús en la cruz.
Es encantador ver a Jesús preparando unas tostadas, un desayuno con peces asados, para ofrecer a los discípulos. Esta comida matinal de la resurrección con los peces, es también símbolo del pez como imagen de Cristo, ya que el nombre griego de "pez", “Ichthys”, tenía las letras iniciales griegas de "Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador”. Para saciarnos nos da "Pan del cielo", el alimento de los ángeles; divina presencia que, para ellos, está al descubierto, pero que no por eso deja de estar para nosotros bajo el velo de la figura simbólica. Desde la orilla eterna, desde el altar del sacrificio nos llama la voz del glorificado: "¡Venid y comed!"; y tanto para nosotros como para los discípulos no quiere decir esto sino: "Venid, benditos de mi Padre; tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo". Pues "comer" con Cristo resucitado es participar del manjar sacrificial de su santa carne y sangre; "reinar" con El "ya en vida". Es no permanecer en el mar del error, sino estar con Él en la orilla de la Galilea de Dios. Galilea es el lugar de la revelación, la tierra de la resurrección e inmortalidad; en este país es donde nos introduce Cristo. País a un mismo tiempo presente y futuro. Galilea es donde los discípulos se reunieron después de la resurrección del Señor y donde lo reconocieron al compartir con Él la comida. Galilea es la Iglesia; allí, en el sacrificio y en los Sacramentos, en la oración y en la lectura de la Sagrada Escritura, resplandece el "añorado rostro" de Cristo en su glorificación pascual. Galilea es la Eternidad, donde nosotros podremos contemplar gloriosamente a Aquel que ahora vemos encubierto en el santo sacrificio eucarístico; pero de quien tenemos una certeza tal, que nadie se atreve a preguntar: "¿Tú, quién eres?", ya que todos sabemos muy bien "que es el Señor" (Emiliana Löhr).
Luego, el diálogo con Pedro, y Jesús no dice “apacienta tus ovejas”, sino “apacienta mis ovejas”: son de Jesús, los ministros son vicarios de Cristo, que es el único pastor de las ovejas. Vemos aquí no sólo el encargo de Pedro sino cómo el Señor le busca para que pueda afirmar abiertamente su adhesión al Señor después de las tres negaciones: acude más humildemente al conocimiento que Cristo puede tener al respecto ("Tú sabes que te amo"). En griego se ven matices, como que Pedro no habla del mismo amor que Cristo. Jesús le pregunta por dos veces si siente hacia Él amor ("agapê"), pero Pedro responde diciendo que siente apego hacia su Maestro ("filia”). Pedro no quiere pronunciarse sobre el amor profundo, de donación, el amor religioso que Jesús le pide, y se limita a manifestar su amistad. Todo el afecto y la adhesión encerrados en la idea de "filia" se encuentran ciertamente en la de "agape", pero no se atreve a decir que tiene un amor de caridad. La tercera le pregunta Jesús por esa amistad, si tiene “filia”. La revelación del amor ("agapê") hecha por Cristo es el mandamiento cristiano (Maertens-Frisque).
"DICHO ESTO, AÑADIÓ: -SÍGUEME". Según los evangelios, Jesús, repetidamente, durante sus breves años de predicación por las tierras de Palestina, dijo esta palabra, hizo esta invitación a hombres del pueblo: "Sígueme". Pero lo curioso, lo que hoy quisiera subrayar al iniciar este comentario es que -según el evangelio que acabamos de leer- la hizo también -lo dijo también- ya resucitado. A nosotros nos continúa diciendo "SÍGUEME" cuando pasa a nuestro lado, en nuestro trabajo de pesca… después de preguntarnos como a Pedro si le amamos, si le queremos, nos dice también: "Sígueme". Y espera nuestra respuesta.
2. Hechos (5,27b-32.40b-41) nos muestra a los apóstoles contentos aunque sean llevados a la cárcel: “Azotaron a los Apóstoles, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los Apóstoles salieron del Consejo, contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”. Los sacerdotes judíos tienen miedo de ser culpados de la muerte de Jesús. San Pedro evoca la crucifixión de Jesús y su resurrección por obra de Dios; la vida de Jesús es como una continuación de la alianza; es el "Señor" que nos hace una invitación a la salvación, y para eso vivir el arrepentimiento. La predicación que se atiene a lo esencial, que va derecha al asunto: fundamentar la vida cristiana en la fe. Este es el mensaje central del suceso pascual. La respuesta de Pedro da razón del valor que anima al apóstol. Este es el principio básico de todo el que proclama con verdad el nombre de Dios: el hombre tiene que estar siempre orientado hacia Dios. La respuesta del apóstol es una denuncia, ya que obliga a tomar posición ante el mensaje.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí”. El Salmo 28 nos muestra el peligro de una tempestad, imagen de toda zozobra, y se canta la protección divina, las maravillas que Dios hace en la creación, y se intuye la redención que Jesús ha operado en la Cruz: “Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa”. San Basilio escribe: "Tal vez, más místicamente, "la voz del Señor sobre las aguas" resonó cuando vino una voz de las alturas en el bautismo de Jesús y dijo: "Este es mi Hijo amado". En efecto, entonces el Señor aleteaba sobre muchas aguas, santificándolas con el bautismo. El Dios de la gloria tronó desde las alturas con la voz alta de su testimonio (...). Y también se puede entender por "trueno" el cambio que, después del bautismo, se realiza a través de la gran "voz" del Evangelio".
También hoy día, muchos temen el fin del mundo ante signos de la naturaleza. Este salmo nos ayuda, en medio de los "miedos" y de los terrores humanos, a permanecer en paz en manos de Dios. Cuando todo tiembla alrededor, el pueblo creyente, "canta serenamente la "gloria de Dios", se encuentra tranquilo bajo las "bendiciones de un Dios" que lo colma de beneficios": “Tañed para el Señor, fieles suyos, dad gracias a su nombre santo; su cólera dura un instante, su bondad, de por vida”. Son palabras que  nos llenan de paz, ante el miedo atómico, el miedo por el futuro, la degradación de la naturaleza, los terrores sociales de toda clase, fuerzas nuevas difícilmente controlables, la huelga, la inflación, los desequilibrios económicos, etc. Recitar este salmo hoy día es erguirse arrogantemente, valientemente, y pensar que el hombre de fe no tiene miedo, no tiene miedo de nada, pues sabe que todo está en manos de Dios (Noel Quesson).
“Escucha, Señor, y ten piedad de mí.  Señor, socórreme”. El salmo nos anima a buscar el rostro de Dios: el que se descubre en la intimidad de la oración done se siente la paz, la protección que la Providencia nos ofrece. En la oración se conoce que el Señor desea verdaderamente dar la paz: “Cambiaste mi luto en danzas. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre”.
3. Yo, Juan, miré y escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.»” El apocalipsis (5,11-14) nos muestra la alabanza a Dios como tal, reconocimiento y proclamación de él mismo. Es una actitud de adoración, de reconocimiento y entrega, propio de nuestro ser de creaturas. El cristiano es más que una simple creatura, porque también es hijo, pero no deja de ser lo primero y no está mal que imite esta actitud presentada aquí, por lo menos en algunas ocasiones. Se trata de la gratuidad en nuestras relaciones con Dios.
 “Y oí a todas las creaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar -todo lo que hay en ellos- que decían: «Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.»” En la visión, el autor del Apocalipsis no sólo ve lo que está sucediendo (persecución actual de la iglesia por un poder concreto), sino también lo que va a suceder en el futuro. La lucha entre imperio romano e Iglesia nos evoca y es sólo reflejo de esa gran lucha entablada entre Dios y Satán a lo largo de toda la historia de la iglesia, historia erizada de dificultades, de luchas en las que las nuevas fieras y prostitutas parecen llevar la mejor parte. La Iglesia, según las apariencias, está abocada al caos, a la destrucción. En realidad no es así. La desarmonía, luchas, persecuciones y catástrofes cósmicas que nos encontramos a lo largo de todo el libro del Apocalipsis y que son fruto del poder humano actual contrasta con la armonía que reina en el cielo y que es fruto del poder divino. Este es el fin de la historia humana representada en los veinticuatro ancianos que evocan, quizá, a las doce tribus de Israel y a los doce apóstoles. Es el nuevo pueblo de Dios triunfante que contrasta con el actual pueblo de Dios que sufre.
“Y los cuatro vivientes respondían: Amén. Y los ancianos cayeron rostro en tierra, y se postraron ante el que vive por los siglos de los siglos”. El “Cordero” ocupa un lugar privilegiado junto al trono para indicarnos su filiación divina, pero además posee atributos humanos: es el "león de la tribu de Judá", título que se aplica al Mesías al igual que el de "retoño de David". El león es símbolo de poder y en este capítulo se le asocia a la conquista, ya que puede abrir el rollo y destruir a las dos fieras y a Satán hasta implantar en la tierra el reinado de Dios, la nueva sociedad de salvados, representada por la Jerusalén celeste. Pero en este texto el león es a la vez cordero; no triunfa por su violencia, sino por su sufrimiento y al ser degollado nos salva (Dabar 1977). La fe en Dios creador y en su Hijo salvador. La última palabra en esta alabanza cósmica la pronuncian los cuatro vivientes. Con su "Amén" se cierra esta maravillosa liturgia, inmediata cercanía de Dios, allí donde había comenzado; pero después de haber sido asociadas a la misma fiesta todas las criaturas (“Eucaristía 1989”).
Llucià Pou Sabaté

viernes, 8 de abril de 2016

Sábado de la semana 2 de Pascua

Sábado de la semana 2 de Pascua

Jesús se muestra en las tempestades de la vida, para darnos su presencia y con ella fuerza y esperanza.
“A la caída de la tarde, los discípulos bajaron al lago, subieron a una barca y emprendieron la travesía hacia Cafarnaum. Era ya de noche y Jesús no había llegado. De pronto se levantó un viento fuerte que alborotó el lago. Habían avanzado unos cinco kilómetros cuando vieron a Jesús, que se acercaba a la barca caminando sobre el lago, y les entró mucho miedo. Jesús les dijo:- Soy yo. No tengáis miedo.Entonces quisieron subirlo a bordo y, al instante, la barca tocó tierra en el lugar al que se dirigían” (Juan 6,16-21).
1. El Evangelio (Juan 6,16-21) nos narra el oleaje que hace inseguros a los Apóstoles dentro de la barca; nos hace pensar en las persecuciones de la Iglesia, herejías e infidelidades: “A la caída de la tarde, los discípulos bajaron al lago, subieron a una barca y emprendieron la travesía hacia Cafarnaum. Era ya de noche y Jesús no había llegado. De pronto se levantó un viento fuerte que alborotó el lago. Habían avanzado unos cinco kilómetros cuando vieron a Jesús, que se acercaba a la barca caminando sobre el lago, y les entró mucho miedo”. Las cosas malas y las contrariedades nos hacen sufrir, y a veces sentimos miedo hasta que vemos que es Jesús quién está en nuestro día, en nuestra vida, en nuestra barca, y volvemos a la paz y seguridad de saber que Cristo está dentro de la barca; y podemos sentirnos seguros. Cuentan de una nave que se balanceaba en medio del oleaje y los pasajeros se angustiaban gritando aterrados. Sólo una niña jugaba tranquilamente en la cubierta, y cuando ya pasó todo le preguntaron qué le llevaba a tener esa paz, por qué no había tenido miedo: “-¿Miedo? –dijo- ¿De qué? Mi padre lleva el timón, y con él no puede pasarme nada malo”. Esa confianza es la que hemos de tener con Jesús y el Espíritu Santo que guían la Iglesia en las tempestades de la historia, y nuestras vidas. Nos dijo Jesús que Él estaría siempre con nosotros hasta el final del mundo. La Iglesia puede evolucionar en algunos puntos de su doctrina, profundizando en lo que está implícitamente en el Evangelio. No es una religión del Libro, sino de la Persona de Jesús que está vivo por su Espíritu, desarrollando aspectos de doctrina siempre dentro de la fidelidad. Por eso hemos de tener paciencia, estar en comunión, fieles a la doctrina, unidos a Jesús por los sacramentos, dóciles a la jerarquía.
Jesús domina las aguas del caos, en esta nueva Creación de la Pascua, instaura el nuevo día, Domingo, “Día del Señor”, cambia la historia. El descanso del Sábado evoluciona, como el Mar Rojo hizo pasar a la tierra prometida, ahora llegamos a ese “Día que ha hecho el Señor”, donde Jesús es el nuevo Moisés que no sólo habla con Dios sino que dice: “Yo soy, no tengáis miedo”. Así leemos en el Evangelio: “Jesús les dijo: - Soy yo. No tengáis miedo.
Entonces quisieron subirlo a bordo y, al instante, la barca tocó tierra en el lugar al que se dirigían”.
El “Yo soy” nos remite al nombre de Dios tal como lo reveló a Moisés en la zarza ardiente. En medio de nuestras oscuridades, amanece Dios, Jesús llega caminando sobre las aguas, para ayudarnos en nuestras tempestades. Llega en la oración y los sacramentos, y nos dice "no tengáis miedo... Soy Yo". Juan Pablo II comentó mucho estas palabras: “Cristo dirigió muchas veces esta invitación a los hombres con que se encontraba. Esto dijo el Ángel a María: "No tengas miedo". Y esto mismo a José: "No tengas miedo". Cristo lo dijo a los Apóstoles, y a Pedro, en varias ocasiones, y especialmente después de su Resurrección, e insistía: "¡No tengáis miedo!"; se daba cuenta de que tenían miedo porque no estaban seguros de si Aquel que veían era el mismo Cristo que ellos habían conocido. Tuvieron miedo cuando fue apresado, y tuvieron aún más miedo cuando, Resucitado, se les apareció. Esas palabras pronunciadas por Cristo las repite la Iglesia. Y con la Iglesia las repite también el Papa. Lo ha hecho desde la primera homilía en la plaza de San Pedro: "¡No tengáis miedo!" No son palabras dichas porque sí, están profundamente enraizadas en el Evangelio; son, sencillamente, las palabras del mismo Cristo.
¿De qué no debemos tener miedo? No debemos temer a la verdad de nosotros mismos. Pedro tuvo conciencia de ella, un día, con especial viveza, y dijo a Jesús: "¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!" Pienso que no fue sólo Pedro quien tuvo conciencia de esta verdad. Todo hombre la advierte. La advierte todo Sucesor de Pedro. La advierte de modo particularmente claro el que, ahora, le está respondiendo. Todos nosotros le estamos agradecidos a Pedro por lo que dijo aquel día: "¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!" Cristo le respondió: "No temas; desde ahora serás pescador de hombres". ¡No tengas miedo de los hombres! El hombre es siempre igual; los sistemas que crea son siempre imperfectos, y tanto más imperfectos cuanto más seguro está de sí mismo. ¿Y esto de dónde proviene? Esto viene del corazón del hombre, nuestro corazón está inquieto; Cristo mismo conoce mejor que nadie su angustia, porque "Él sabe lo que hay dentro de cada hombre"”.
2. Los Apóstoles recibían muchas peticiones de gente necesitada, pues la Iglesia ha atendido a los pobres desde el principio. De ahí lo que hoy nos cuentan los Hechos (6,1-7): “En aquellos días, debido a que el grupo de los discípulos era muy grande, los creyentes de origen helenista murmuraron contra los de origen judío, porque sus viudas no eran bien atendidas en el suministro cotidiano. Los Doce convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron:
— No está bien que nosotros dejemos de anunciar la Palabra de Dios para dedicarnos al servicio de las mesas”. Los Apóstoles dicen: «nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra». Es lo primero, la unión con Dios: una prioridad que ha recordado Juan Pablo II como programa de apostolado para el tercer milenio. Sin vida interior, sin oración, no es posible una verdadera evangelización. Así lo ve San Agustín: «Al hablar haga cuanto esté de su parte, para que se le escuche inteligentemente, con gusto y docilidad. Pero no dude de que, si logra algo y en la medida en que lo logre, es más por la piedad de sus oraciones que por sus dotes oratorias. Por tanto, orando por aquellos a quienes ha de hablar, sea antes varón de oración, que de peroración y cuando se acerque la hora de hablar, antes de comenzar a proferir palabras, eleve a Dios su alma sedienta, para derramar de lo que bebió y exhalar de lo que se llenó». Y también: «Si no arde el ministro de la Palabra, no enciende al que predica».
-“Por tanto, elegid de entre vosotros, hermanos, siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a los cuales encomendaremos este servicio para que nosotros podamos dedicarnos a la oración y al ministerio de la Palabra”. Los recién llegados, los de una cultura nueva, se sentían cristianos de segunda clase respecto a los judíos «de siempre». Vemos también a veces en la Iglesia que hay “clases”. De otra parte, si de una parte hemos de hacer de “buen samaritano” y no pasar de largo, de otra el buen samaritano luego lleva al herido a una hospedería, y que el buen hostelero hiciera su trabajo. Así tienen que aparecer en la Iglesia misiones, encargos o responsabilidades, para poder llegar a todo…
-“La proposición agradó a todos, y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, y a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Los presentaron ante los apóstoles, y ellos, después de orar, les impusieron las manos”. Los 7 elegidos recuerda los 70 jueces que elige Moisés para que le ayuden a administrar justicia o los 70 miembros del Sanedrín.
-“La Palabra de Dios se extendía, el número de discípulos aumentaba mucho en Jerusalén e incluso muchos sacerdotes se adherían a la fe”. A partir de ahora, los cristianos se llamarán “discípulos” en los Hechos. Esteban será luego el primer mártir cristiano.
3. Justos, alabad al Señor, la alabanza es propia de los rectos; dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor con el arpa de diez cuerdas; pues la palabra del Señor es eficaz, y sus obras demuestran su lealtad; Él ama la justicia y el derecho, la tierra está llena del amor del Señor”. Jesús resucitado nos protege siempre; nos da confianza su misericordia, que vela por mí, y en este sentido hay que entender el “ojo de Dios”, que no es un espía que conoce todo para castigar, sino mirada amorosa: "Dondequiera que vayas, hagas lo que hagas, tanto en las tinieblas como a la luz del día, el ojo de Dios te mira" (comenta san Basilio), y acoger ese don nos da vida, como sigue diciendo el Salmo (32,1-2,4-5,18-19): “Pero el Señor se cuida de sus fieles, de los que confían en su misericordia, para librarlos de la muerte y sostenerlos en tiempos de hambre. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
Llucià Pou Sabaté