miércoles, 1 de julio de 2015

Jueves de la semana XIII de tiempo ordinario; año impar

Jueves de la semana 13 de tiempo ordinario; año impar

Jesús en su obediencia perfecta nos consigue el perdón de nuestros pecados
«Subiendo a una barca, cruzó de nuevo el mar y vino a su ciudad. Entonces le presentaron un paralítico postrado en una camilla. Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados. Ciertos escribas dijeron en su interior: Éste blasfema. Conociendo Jesús sus pensamientos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: tus pecados te son perdonados, o decir: levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, dijo al paralítico: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Él se levantó y se marchó a su casa. Al ver esto las multitudes se atemorizaron y glorificaron a Dios por haber dado tal poder a los hombres» (Mateo 9, 1-8).
1. Jesús subió a una barca, cruzó a la otra orilla y llegó a Cafarnaúm, su ciudad. Después de su viaje a territorio pagano vuelve a su país.
“-Le presentaron un paralítico echado en un catre. Viendo la fe que tenían, Jesús dijo al paralítico: "¡Animo, hijo! Se te perdonan tus pecados"”. En Marcos (2, 4) y Lucas (5, 19) vemos más detalles: la camilla bajada desde el techo después de levantar algunas tejas... Mateo va  a lo esencial, el perdón de los pecados. Hasta aquí hemos visto a Jesús curando enfermos, dominando los elementos materiales, venciendo los demonios; y he aquí que ¡también perdona los pecados! Ahora tenemos la confesión, los sacramentos… aquel día, Jesús: ¿Qué pensaste cuando por primera vez dijiste "se te perdonan tus pecados"'?
-“Entonces algunos escribas o letrados dijeron interiormente: "Este blasfema"”. Está reservado a Dios. También Dios es vulnerable, en cierta manera. Es una cuestión de amor. Porque nos ama. Dios se deja "herir" por nuestros pecados. Señor, haz que comprendamos esto mejor. Para que comprendamos mejor también el perdón que nos concedes. Pienso que Dios es feliz cuando nosotros realizamos ese proyecto de amor, y se entristece cuando nos hacemos daño con el pecado, de ahí que le ofende el pecado. Y aunque no nos importe a veces nuestro bien, podemos evitar hacernos mal porque el pecado ofende a Dios.
-“Para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados, dijo entonces al paralítico: Ponte en pie, carga con tu catre y vete a tu casa”. Los escribas pensaban que la enfermedad estaba ligada a un pecado. Jesús denunció esa manera de ver (Jn 9, 1-41) "ni él ni sus parientes no pecaron para que se encuentre en este estado". Pero Jesús usa aquí la visibilidad de la curación corporal, perfectamente controlable, para probar esa otra curación espiritual, la del alma en estado de pecado. Los sacramentos son signos visibles que manifiestan la gracia invisible. En el sacramento de la Penitencia, el encuentro con el ministro, el diálogo de la confesión y la fórmula de absolución, son los "signos", del perdón. Hoy, uno se encuentra, a menudo con gentes que quisieran reducir esta parte exterior de los sacramentos -"¡confesarse directamente a Dios!"- De hecho, el hombre necesita signos sensibles. Y el hecho que Dios se haya encarnado es el gran Sacramento: hay que descubrir de nuevo el aspecto muy humano del sacramento. Jesús pronunció fórmulas de absolución -"tus pecados son perdonados"-, hizo gestos exteriores de curación -"levántate y vete a tu casa"-. De otro modo, ¿cómo hubiera podido saber el paralítico, que estaba realmente perdonado? Los signos del sacramento también nos dan seguridad del perdón, y paz en el alma, al confiar lo que era escondido y había que sacar fuera. Hay una necesidad de tener un “desagüadero”…
-“Al ver esto el gentío quedó sobrecogido y alababa a Dios, que da a los hombres tal autoridad”. El "poder" que Jesús acaba de ejercer... lo ha confiado a "unos hombres", en plural. Son pobres pecadores, a quienes se les había conferido ese poder, para llevar el perdón y la paz a los demás. La Iglesia es la prolongación real de la Encarnación: como Jesús es el gran Sacramento -el Signo visible-de-Dios... así la Iglesia es el gran Sacramento visible de Cristo. La Iglesia es la misericordia de Dios para los hombres (Noel Quesson).
La Iglesia, arraigo histórico de la obra de Cristo, perdona los pecados porque Cristo está verdaderamente presente en ella. Es el sacramento de salvación del hombre. La iniciativa amorosa de Dios continúa a través de los apóstoles o sus sucesores y los demás sacerdotes, que perdonan en nombre de Cristo. En este encuentro sacramental Dios se presenta al hombre que confiesa su pecadocomo el padre del hijo pródigo, que no piensa más que en preparar el festín familiar; en el mismo momento la Iglesia entera se hace partícipe con Dios en este perdón al reintegrar al penitente a la comunidad eclesial (Maertens-Frisque).
No hay pecado que sea imperdonable porque no hay situación de la que el hombre no pueda salir. Nadie puede descender demasiado bajo para Dios. Por muy podrido que uno esté, por mucho asco que se dé a sí mismo y a los demás, Dios puede con él. La fe, ese don o regalo que Dios da al hombre, si es auténtica, es capaz de llevarle a la conversión, a la reorientación de su vida y de su marcha hacia la felicidad, hacia la salvación. Y como para Dios el valor de un hombre no está en función de su pasado, de lo que ha hecho, sino de su futuro, de lo que puede alcanzar a ser, su pasado queda perdonado. Dios valora el futuro y perdona el pasado. Dios no juzga lo que hemos sido, sino lo que vamos a ser y por eso la muerte, el momento de la muerte, es el momento moral por excelencia, a partir del cual uno ya no puede cambiar, pero mientras hay vida hay esperanza de crecimiento, de cambio, de conversión y por tanto de perdón.
La gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad. Resulta apasionante tratar de vivir y de hacer vivir al auténtico Dios, al Dios Padre; ese Dios que la debilidad humana, demasiado a menudo, ha deformado y olvidado (Benjamín Oltra Colomer).
2. –“Dios probó a Abraham”. Nació por fin Isaac, y parece que Dios quiere pedirle el «sacrificio» supremo: sacrificar lo que hay de más amado en el mundo... según los usos de esa época primitiva en la que los padres tenían la costumbre de sacrificar a su «primogénito», en honor a su dios y para obtener sus favores. En un cierto sentido, puede decirse que Dios no ha querido nunca esa muerte. Pero de algún modo se sirvió de esa costumbre de la época para hablarnos de la fe de Abraham. Así existen quizá HOY en mi vida unas situaciones anormales y aún inhumanas, que pueden ser «recuperadas» para un bien mayor. El sufrimiento es un mal y sigue siendo un mal. Pero, en ciertas condiciones, puede ser utilizado como «prueba de la Fe» y del amor. No hay que hacer a Dios responsable de ciertas desgracias que nos suceden; y en ese sentido la expresión «Dios nos ha enviado tal cosa», es falsa. Porque Tú, Señor, sólo quieres la felicidad de tus hijos. Pero tus designios son misteriosos: algunos grandes sufrimientos son, como el sacrificio de Isaac, una cúspide hacia la que conduces de la mano a tus hijos. Me detengo a evocar las «pruebas», las mías de HOY. ¡Ayúdame a soportarlas en espíritu de Fe! Aunque no vea el final.
-“No me has negado tu hijo, tu único”. Cuando se lee esta frase pensando en Jesucristo, Tu único Hijo, toma un sentido enteramente nuevo. Es verdad. Si Abraham fue dispensado de tal prueba en tu amor paternal... Tú, oh Padre, has ido hasta el final. Esta página de la Biblia es ya el evangelio de la Cruz. Esta cúspide de la montaña es el anuncio del Calvario. El sufrimiento no es inútil si es «testimonio de un amor»: ¡no hay amor más grande que dar la vida por los que se ama! ¿Sabré, Señor, transfigurar mis pruebas dolorosas en una prueba de amor? Sin embargo, te pido, Señor, que no me anonaden. ¡Te pido, por mis hermanos que sufren, la fuerza de superar su prueba!
-“Porque tú has aceptado esto, te colmaré de bendiciones”. La alegría y la felicidad triunfan siempre... al fin. La gloria de Pascua sigue al anonadamiento del Viernes Santo. Señor, Tú finalmente quieres la felicidad así como la plena realización de tus hijos. Pero será quizá preciso que, como tu Hijo, pasen por la Cruz. Esto es difícil de comprender y duro de admitir y no obstante es el único y auténtico consuelo en las más difíciles pruebas. Es «la única luz capaz de iluminar la última prueba»: la muerte. Si la resurrección no existe, la vida no tiene sentido y la muerte es el absurdo más horrible. Gracias, Señor, por darnos a entender a través de nuestra Fe, que «colmas» luego a los que «has probado». Que el sacrificio no es más que un momento pasajero y meritorio. Que la muerte es sólo un pasaje hacia la vida (Noel Quesson).
De cuño elohísta, de profunda emotividad y densidad teológica, señala este episodio que Dios interrumpe los sacrificios humanos y proclama el “no matarás”, precisamente en el país de Moria (probable alusión a la montaña en que fue edificado el templo de Jerusalén; cf. 2 Cr 3,1), y preludia un Sacrificio que vendrá. La Carta a los Hebreos pone a Abrahán como modelo de fe y de disponibilidad ante Dios: «Por la fe, Abrahán, sometido a la prueba, presentó a Isaac como ofrenda, y el que había recibido las promesas, ofrecía a su unigénito. Pensaba que poderoso era Dios aun para resucitar de entre los muertos» (Hb 11,17-19). ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a ser fieles a Dios o a seguir a Cristo en su estilo de vida? ¿Seguimos a Cristo cuando todo va bien, o también cuando nos parece que no sale el sol y no le vemos sentido a lo que hacemos, aunque sepamos que es voluntad de Dios?; ¿le seguimos sólo a las buenas como la resurrección, o también el Viernes de la cruz, cuando la enfermedad o los fracasos o la fatiga ocultan la presencia del Señor en nuestra vida?; ¿somos capaces de salir de nuestro Ur, de la situación a la que nos habíamos acostumbrado, y de sacrificar nuestro Isaac, lo que más amamos en la vida?; ¿somos capaces de asumir la postura de Abrahán -«Dios proveerá»-, sin rebelarnos interior o exteriormente? La primera Plegaria Eucarística, al ofrecer el sacrificio de Cristo y el nuestro a Dios, dice: «acéptala (nuestra ofrenda) como aceptaste el sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe» (J. Aldazábal).
3. Si nos mostramos tan disponibles ante Dios, también nosotros tendremos descendencia numerosa y podremos decir con el salmo: «caminaré en presencia del Señor en el país de la vida... El Señor guarda a los sencillos; estando yo sin fuerzas me salvó». Pero, sobre todo, miremos a Jesús, que sí llegó hasta la muerte en su solidaridad y en su entrega, y subió al monte llevando la cruz, como Isaac la leña para el fuego, camino del monte Moría. Jesús es el modelo acabado de fidelidad, el que va por delante de todos en la fe: «corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios... No desfallezcáis faltos de ánimo» (Hb 12,1-4).
"Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante; porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco", cuando el peligro viene: “Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor: «Señor, salva mi vida»”. Es la imagen de una presa que ha caído en la trampa de un cazador, y desde ese abismo trágico sale un clamor hacia el único que puede extender la mano y arrancar al orante angustiado de aquella maraña inextricable: "Señor, salva mi vida". Así los discípulos en la tempestad (cf Mt 8,25), y Pedro al hundirse (cf Mt 14,30): “El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo”; es la confianza que siente el amor de Dios, aunque no podamos entender su manera de actuar: “el Señor guarda a los sencillos: estando yo sin fuerzas, me salvó. Arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída. Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida”.Señala Orígenes: “si uno se humilla, el Señor tiene misericordia de él y lo protege”, el que es pequeño y humilde puede recobrar la paz, la calma: "Recobra tu calma". Nuestra calma es Cristo, nuestro Dios".
Llucià Pou Sabaté

martes, 30 de junio de 2015

Miércoles de la semana XIII de tiempo ordinario, año impar

Miércoles de la semana 13 de tiempo ordinario; año impar

Dios quita el mal en la historia, acude en nuestra necesidad y quiere que también nosotros vivamos en el amor
«Al llegar a la otra orilla, a la región de los gadarenos, le fueron al encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, tan furiosos que nadie podía transitar por aquel camino. En ese momento se pusieron a gritar diciendo: ¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí antes de tiempo para atormentarnos? Había lejos de ellos una gran piara de cerdos que pacían. Los demonios le rogaban diciendo: Si nos expulsas, envíanos a la piara de cerdos. Les respondió: Id. Y ellos salieron y entraron en los cerdos. Entonces toda la piara corrió con ímpetu por la pendiente hacia el mar y pereció en el agua. Los porqueros huyeron y al llegar a la ciudad contaron todo, en particular lo de los endemoniados. Ante esto toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y al verle, le rogaron que se alejara de su región.» (Mateo 8, 28-34)
1. –“Desde el cementerio dos endemoniados salieron al encuentro de Jesús; eran tan peligrosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino”... Mateo cita a "dos", Marcos y Lucas "uno". Ya sabemos que son tradiciones distintas, que se respetaron como las contaron los apóstoles, y que concuerdan en la esencia: el milagro de Jesús. A orillas del lago hay unos senderos en cuesta abrupta y rocosa, con grutas y tumbas: guaridas de bandoleros y de anormales, que roban a los transeúntes... El demonio encuentra allí buena clientela.
-“Empezaron a gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?"” No sabemos la inteligencia que tienen los demonios, pero intuyen que es "antes de tiempo" porque llegará un momento, el Juicio final, cuando los demonios serán reducidos sin que tengan más influencia sobre nadie más. Jesús va a anticipar ese día con el exorcismo que hoy recordamos.
Las fuerzas del mal atacan al hombre, le desvían de su ruta normal, le impiden de realizar su camino. El mal hace su juego contra el hombre... aun cuando toma la apariencia de ser su placer o su bien.¡Es preciso desenmascarar a Satán, "aquel que impide al hombre de pasar"!
En diálogo con Jesús, los demonios le piden ir a una piara de cerdos (animal impuro entre los judíos, prohibido, suponemos que por las enfermedades que llevaban entonces los cerdos, y que ahora están superadas): -“He aquí que la piara entera se abalanzó al lago, acantilado abajo, y murió ahogada.” La piara está territorio pagano. ¿Qué sentido tiene eso? No lo sabemos. Quizá consideran a Jesús culpable de la pérdida de una piara de cerdos, que seguramente se debió a algún fenómeno natural (J. Aldazábal). Quizá, por medio de ese gesto espectacular, hace una catequesis popular para mostrar de manera sensible que el Mal será "tragado por el mar". La Bestia del Apocalipsis (19,20), también es precipitada al "mar de fuego".
-“Los porquerizos salieron huyendo, llegaron al pueblo y lo contaron todo incluyendo lo de los endemoniados. Entonces el pueblo salió adonde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que abandonase su país”... Jesús saca los demonios de esos hombres, que están libres y felices. En cambio choca con la incomprensión de los hombres. El relato termina con la declaración de un fracaso dramático: ¡Jesús es expulsado! El camino que conduce a Dios está abierto, los demonios lo interceptan, pero los hombres se resisten a comprometerse. Señor, sana el mal uso de nuestra libertad (Noel Quesson).
En todo esto hay un sentido espiritual. Jesús, sigues ahora tu lucha contra el mal. Y nosotros, contigo. El mal que hay dentro de nosotros, el mal que hay en el mundo. Jesús, sigues siendo el más fuerte. Tanto si se trata del demonio, como de otro mal, todos tenemos experiencia de que existe el mal en nuestras vidas y, también, de nuestras pocas fuerzas para combatirlo. ¿Somos como los gerasenos, que desaprovechan la presencia del Mesías y no parecen querer que les cure de sus males?, ¿invocamos confiadamente a Jesús para que nos ayude en nuestra lucha? Haremos bien en pedirle que nos libere de las cadenas que nos atan, de los demonios que nos poseen, de las debilidades que nos impiden una marcha ágil en nuestra vida cristiana. En el Padrenuestro pedimos a Dios: «Mas líbranos del mal», que también se puede traducir «mas líbranos del malo».
Cuando vamos a comulgar, se nos recuerda que ese Pan de vida que recibimos, Jesús Resucitado, es «el que quita el pecado del mundo». Al mismo tiempo, como seguidores de Cristo, tenemos que saber ayudar a otros a liberarse de sus males. Jesús nos da a nosotros el equilibrio interior y la salud, con sus sacramentos y su palabra. Nosotros hemos de ser buenos transmisores de esa misma vida a los demás, para que alcancen su libertad interior y vivan más gozosamente su vida humana y cristiana (J. Aldazábal).
2. Abraham es mayor cuando nació su hijo Isaac. Dios es fiel. Mantiene sus promesas. La fe de Abraham, puesta a prueba tanto tiempo, no fue vana. Después de una larga espera, el plan de Dios se realiza. ¡No tienes prisa, Señor! En la historia sagrada se nos presentan toda la colección de las miserias humanas: celos, peleas… pero Dios condesciende y se pone a nuestra altura, permite todas estas cosas, porque sabe sacar de todo ello algo bueno, sabe “reciclar” de todo eso material para su obra, como hacía –imitándolo- Gaudí en sus edificios, aprovechando los rotos para recomponer sus “collages” y mosaicos y saber sacar de aquello una obra de arte.
Aquí se nos revela una idea muy pura de Dios. Un Dios que, una vez más, está atento, un Dios que escucha. Ningún sufrimiento humano, ningún grito lo deja indiferente. Ayúdanos, Señor, a parecernos a ti. ¿Oiré yo, en mi vida, las llamadas y los sufrimientos de mis hermanos?
-“No temas. ¡Arriba! Levanta al pequeño y tómalo fuertemente de la mano, porque haré de él un gran pueblo”. Actitud constante de Dios: levantar, ¡poner al hombre de pie! Volver a tener el valor y el gusto de vivir, dar un «sentido» a la vida. Te ruego, Señor, por todos los desanimados de la existencia, por todos los niños que siguen gritando en los países del hambre, por todas las madres que están al borde de la desesperación, por todos los que necesitan levantarse (Noel Quesson).
Isaac, el hijo esperado, el hijo de la promesa, llena de alegría la casa. Isaac significa «Dios sonríe» o «Dios es propicio». Este relato es distinto del que leímos hace días, de las discusiones entre Sara y Agar. Lo común es que «Dios oyó la voz del niño» (Ismael significa «Dios escucha»), que llegará a ser el padre de los ismaelitas, nómadas del desierto, y los árabes, que se refieren de buen grado a Abrahán como su padre y origen. Esta versión elohísta de la expulsión de Ismael nos muestra también que éste no quedará excluido de la protección divina. Dios «sabe escribir derecho con líneas torcidas», y aunque no forma parte de la elección especial, está llamado a convertirse en un «gran pueblo» (J. Mas Anto).
Nosotros solemos tener prisa por conseguir nuestros objetivos. Desde que Dios le prometió que tendría descendencia pasaron bastantes años, y Abrahán no perdió la esperanza. Finalmente, llegó, cuando parecía imposible. ¿Perdemos la esperanza en el porvenir de la Iglesia, de las vocaciones, en los valores de la juventud?; ¿queremos resultados a corto plazo, como si todo dependiera de nosotros, o nos fiamos de Dios, que conduce la historia a su ritmo misterioso? Otra lección que tenemos que aprender de esta página del Génesis es la amplitud de corazón. Como Dios y como Abrahán, ¿sabemos acoger a todos, tanto a Isaac como a Ismael, tanto a la libre como a la esclava?; ¿o somos mezquinos de corazón y celosos? En nuestra familia o en nuestra comunidad, ¿sabemos ceder, como Abrahán, que, una vez, dejó a su sobrino Lot escoger los mejores pastos y ahora se preocupa tanto del hijo de la esclava como del de la libre?; ¿miramos con ojos de simpatía, con ojos de Buen Pastor, también a los que en nuestra Iglesia vemos como alejados, y estamos dispuestos a descubrir los valores que también ellos tienen, y que nos pueden enseñar a nosotros? Dios está también con Ismael. ¿Quiénes somos nosotros para hacer acepción de personas? Acaba la lectura: “Dios estaba con el muchacho”.
3. El salmo parece personificar la oración de Agar y de su hijo en el desierto: “si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de su angustia”. Es una continuación del salmo que ya hemos comenzado a considerar, la bondad de Dios es grande, y la perciben los que se abren a su voluntad, los que siguen sus sendas (J. Aldazábal).
Llucià Pou Sabaté

lunes, 29 de junio de 2015

Martes de la semana XIII de tiempo ordinario; año impar

Martes de la semana 13 de tiempo ordinario; año impar

Dios parece que calla ante males del mundo, pero nos damos cuenta que acude a nuestra ayuda cuando le invocamos con fe
«Subiendo después a una barca, le siguieron sus discípulos. Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Y se acercaron y le despertaron diciendo: ¡Señor, sálvanos que perecemos! Jesús les respondió: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, increpó a los vientos y al mar y se produjo una gran bonanza. Los hombres se admiraron y dijeron: ¿Quién es éste que hasta los vientos y el mar le obedecen?» (Mateo 8, 23-27).
1. –“Subió Jesús a la barca y sus discípulos lo siguieron”. La palabra "seguir" tiene un sentido de entrar en la barca contigo, Jesús, meterse en esa aventura divina, con plena conciencia de los riesgos y renuncias a los que hay que atenerse. Eres tú, Señor, que nos dices: "Seguidme".
-“De pronto se levantó un temporal tan fuerte que la barca desaparecía entre las olas”. A veces la cruz aparece en forma de enfermedad, o de contradicciones, fracasos o penas de todo tipo. Y da miedo. En griego dice: "He aquí que sobrevino un gran seísmo", un temporal violento que hace temblar la tierra y que en suelo firme ya resulta horroroso, pero en una frágil barquilla lo es mucho más. El Lago de Galilea tiene fama de violentas tempestades, causadas por vientos que encajonados entre las montañas soplan muy fuertes sobre el agua.
-“Y Jesús dormía”. Hay sin duda un simbolismo que quieres subrayar, Señor: en la historia del mundo, de mi vida, a veces parece que Dios calla: ¡Dios duerme!... y nos preguntamos: ¿por qué no te manifiestas, Señor, para calmar las "tempestades", en las que tu Iglesia, que el mundo, parecen próximos a naufragar? ¿Por qué, Señor no intervienes en mi vida para salvarme de tal o cual cosa?
-“Se acercaron los discípulos y lo despertaron gritándole: "Sálvanos, Señor, que nos hundimos"”. Una oración que es nuestra muchas veces: “Señor, ¡sálvame!”
-“Jesús les dijo: "¿Por qué tenéis miedo? ¡Que poca fe!"” Es la respuesta del Señor, el núcleo de este relato: la fe nos salva. Jesús, nos das confianza: "No tengáis miedo". La fe nos quita el miedo: todo irá bien. Lo mejor está siempre por llegar. De ese mal Dios sacará algo bueno, si no –como buen Padre- no hubiera permitido que pasara aquello. En la más negra noche, amanece Dios. Dios aprieta pero no ahoga. Cuando me sienta desolado, Señor, que me arrastre la fe en ti, que me sienta seguro en tus brazos, que me sepa abandonar de verdad.
-“Entonces Jesús se puso en pie, increpó a los vientos y al lago y sobrevino una gran calma. Aquellos hombres se preguntaban admirados: "¿Quién será éste que hasta el viento y el mar le obedecen?"” Señor, en tus manos está la vida y la muerte, tienes el poder creador de Dios. Todo le obedece: las enfermedades, los demonios, los elementos. No me preocuparé de nada de lo qué pasa en el mar de la vida y sus tempestades: me ocuparé de todas esas cosas, pero sabiendo que tú estás en la barca, en mi vida... en la barca de la Iglesia... que contigo estoy seguro. ¡Señor, suprime todo temor y todo miedo en mí! (Noel Quesson).
«Los problemas que antes te acogotaban te parecían altísimas cordilleras  han desaparecido por completo, se han resuelto a lo divino, como cuando el Señor mandó a los vientos y a las aguas que se calmaran. / ¡Y pensar que todavía dudabas!» (J. Escrivá, Surco 119).
Y ahora, cuando la tempestad está calmada, me admiro de tu poder como los apóstoles, que «se admiraron y dijeron: ¿Quién es éste que hasta los vientos y el mar le obedecen?»
Eres hombre y Dios, Jesús. Y al calmar el viento y el mar, muestras el poder de tu divinidad de modo que la gente se pregunta: «¿quién es éste?» Yo te confieso como el Hijo de Dios que se ha hecho hombre para que los hombres podamos ser hijos de Dios (Pablo Cardona).
Confieso que «la nave es la Iglesia, en la que Jesucristo atraviesa con los suyos el mar de esta vida, calmando las aguas de las persecuciones» (Santo Tomás).
Te pido, señor, fe para creer que tú viajas en mi barca... en la barca de la Iglesia... ver que la tempestad son los acontecimientos históricos que ponen en peligro el mundo, la iglesia, mi vida… llegar a descubrir y admirar tu presencia honda, secreta y misteriosa en mi vida. Te pido fe viva, para que mi vida esté metida en este ambiente sobrenatural que es lo más natural del diario vivir del cristiano. La visión sobrenatural no es una imaginación, sino la gran verdad de la vida humana. Quien no tenga ojos de fe, no descubrirá nunca las bellezas de la vida.
2. En este relato que tiene mucho de simbólico, a pesar de la plegaria de Abraham, Dios no encontró en Sodoma los diez justos que hubieran permitido salvar la ciudad. Dios acepta que Lot, sobrino de Abraham, se libre del castigo: -“¡Levántate! Toma a tu mujer y a tus dos hijas: no vayas a ser barrido por el castigo a la ciudad”. La destrucción de Sodoma sería por un cataclismo natural que arrasó una ciudad del valle del Jordán. Pero la leyenda cobra ahora una «significación» de Fe: el tema de la «huida de una ciudad» es un tema importante a lo largo de la Escritura. En el contexto rural que era el del conjunto del Pueblo de Israel, la «ciudad» era considerada como la estancia del mal y del pecado. Abandonar una ciudad, huir de ella, es reconocer su maldad, es «convertirse». Los hebreos serán así invitados a abandonar las ciudades monstruosas de Egipto (Éx 1,11), y luego, de Babilonia, símbolo de la perversión pagana (Is 48,20; Ap 18,4). La huida de los discípulos de Cristo fuera de Jerusalén (Mateo 24, 16-20) reviste el mismo significado. Ayúdanos, Señor, a saber «interpretar» todos los acontecimientos, todas las situaciones a la luz de la Fe. En su última Carta apostólica, el Papa Pablo VI aporta una apreciación matizada al fenómeno moderno de la urbanización. «En lugar de favorecer el encuentro fraternal y la mutua ayuda la ciudad desarrolla las discriminaciones y las indiferencias y se presta a nuevas formas de explotación y de dominio... Las fachadas esconden muchas miserias que los vecinos más próximos ignoran; y abundan otras miserias en que la dignidad del hombre falla: delincuencia, criminalidad, droga, erotismo...» El texto del Génesis se pronunciaba ya contra la ciudad de Sodoma para «poner un dique» a prácticas sexuales aberrantes.
-“Mostraste, Señor, gran misericordia conservándome la vida”. Dios quiere «salvar». Así, Señor, si todavía HOY juzgas y condenas el anonimato, la promiscuidad, la malsana incitación de nuestras Sodomas modernas, lo que siempre quieres es «salvar» más que destruir. Y esperas sin duda que los cristianos con otros muchos hombres de buena voluntad, actúen en nuestras ciudades y asuman responsabilidades a fin de inventar nuevos estilos de relaciones humanas, para que todos puedan realizarse. Señor, te ruego por...
-“La mujer de Lot miró hacia atrás y se convirtió así en columna de sal”. Aquí la leyenda surgiría por una roca de forma caprichosa, pero ahora adquiere un sentido: «no hay que mirar atrás» (Mc 13,16; Lc 9,62). «Que quien esté en el campo, no vuelva por la capa.» «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no es apto para el Reino de Dios.» Señor, nos hablas HOY. Ayúdame a no «retroceder», a no «mirar atrás»... perdiendo la paz con victimismos, con el deseo de tomar otros derroteros en la vida… a no echar de menos lo que nos mandas dejar. De esta manera los primeros apóstoles «abandonaron las redes» para seguir a Jesús (Noel Quesson).
En la Biblia hay frases en las que Dios dice que maten, o como aquí, que manda un castigo que mata… ¿es así? No: Voy a decirlo de modo más claro: pienso que Dios no quiere el mal, y por tanto ni mata ni dice nunca que maten. La clásica expresión “Dios quiere que haya pasado esta desgracia” que se decía antes, hay que entenderla en el sentido de que Dios “permite” aquello, y su voluntad permisiva no ha cambiado con un milagro aquello. Porque Dios no permitiría nada malo si no fuera que de aquello sacará una cosa buena, por caminos que no conocemos…
3. Aquí el salmista presenta a Dios su inocencia y pureza de corazón (que viene de haber obtenido el perdón de Dios). Aunque en sentido pleno, sólo Jesús puede rezar este salmo en todo su alcance pues Él ha hecho siempre lo que agrada al Padre, y es para nosotros un estímulo en el camino de la santidad a la que estamos llamados: “Escrútame, Yahveh, ponme a prueba, pasa al crisol mi conciencia y mi corazón; está tu amor delante de mis ojos, y en tu verdad camino”.Cuando pide a Dios “sondea mis entrañas” indica lo más interior, la conciencia, por eso se añade el “corazón”. Vamos pidiendo el salmista el camino de la purificación y de la salvación, para presentarnos ante la mirada del Señor, estar con él, como nos sugiere el Evangelio y Abraham: “No juntes mi alma con los pecadores, ni mi vida con los hombres sanguinarios, que tienen en sus manos la infamia, y su diestra repleta de soborno. Yo, en cambio, camino en mi entereza; rescátame, ten piedad de mí; mi pie está firme en suelo llano; a ti, Yahveh, bendeciré en las asambleas”.
Llucià Pou Sabaté

Lunes de la semana XIII de tiempo ordinario; año impar

Lunes de la semana 13 de tiempo ordinario; año impar

Jesús nos enseña el desprendimiento, que nos da libertad de espíritu
«Viendo Jesús a la multitud que estaba a su alrededor ordenó pasar a la otra orilla. Y acercándose a él cierto escriba, le dijo: ‘Maestro, te seguiré dondequiera que vayas’. Jesús le contestó: ‘Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza’. Otro de sus discípulos le dijo: ‘Señor permíteme ir primero a enterrar a mi padre’. Jesús le respondió: ‘Sígueme y deja a los muertos enterrar a sus muertos’» (Mateo 8, 18-22).
1. Jesús, buscas la soledad… a veces me cuesta, porque confundo el trabajo con activismo. Con tu vida, me enseñas que el equilibrio humano corporal y espiritual requiere descanso, que no somos mejores por desarrollar una hiperactividad... ¿Cómo empleo mi tiempo libre, de descanso, de vacaciones?
-“Se acercó un escriba a Jesús y le dijo: "Maestro, te seguiré vayas adonde vayas"”. Es bonito ver que quieren seguirte, Señor. Me recuerdas que la vida cristiana no es solo seguir unos principios... Esto sería "moralismo". Tampoco unos dogmas... esquemas mentales... Ser cristiano es seguirte, Señor, compartir tu vida... imitarte... necesito meditar tu evangelio, tratarte, para conocerte mejor. Como tus discípulos, ir contigo y seguir tus pasos. No quiero, Señor, solamente "saber", sino "aprender" contigo.
-“Jesús respondió al escriba: "Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza...” Las personas necesitan seguridad, algo así como lo que hacen los animales, de “marcar su territorio”, lo que es suyo. Pero tú, Jesús, vives en libertad, tienes en tu madre tu hogar, y en la familia que has comenzado que es la Iglesia, y te sientes en casa dondequiera que estés: "no tengo dónde reclinar mi cabeza". Hoy te pido, Señor, no estar apegado a mis cosas, "seguirte". Sé que eso es renunciar a cosas, al excesivo confort. Que la cruz aparece como un tesoro, eso que llamamos inseguridad... ¡sin un lugar donde reclinar la cabeza! Pero, Señor, Tú nos enseñas a caminar por donde tú has ido.
-“Otro, ya discípulo, le dijo: "Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre". Jesús le replicó: "Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos."” Desprendimiento de la "familia" que hay que entender en el contexto del mensaje de Jesús, de su amor a la familia y de los preceptos de atención a la familia, sino sería algo no evangélico, descarnado, y que pasa factura cuando uno abre los ojos a lo que de verdad nos dice el Señor (Noel Quesson).
2. –“Dijo el Señor a Abraham: «¡Su pecado es gravísimo!»” Señor, consideras realmente a Abraham como «Tu amigo». Le confías lo que se da en lo más íntimo de tu corazón. Eres un Dios Santo y no puedes pactar con el mal. No puedes admitir la maldad, la injusticia, la corrupción. Te desagrada el hombre perverso que quiere hacer el mal. Estás decidido a destruir el mal que va extendiéndose en la ciudad corrompida de Sodoma. Y confías tu propósito a Abraham.
Señor, ¿soy suficientemente amigo tuyo para que compartas, también conmigo, tu preocupación divina de «combatir el mal», de «hacer progresar el bien», en el mundo, en la ciudad donde habito, en la profesión en que trabajo? «¡Su pecado es gravísimo!»
-“¿No perdonarás por los cincuenta justos que hubiere en la ciudad?” Abraham intercede a favor de toda la ciudad. Ruega a Dios por esta urbe, donde «hay tanto mal», en medio de tan «poco bien». Miles de hombres malvados... y ¿quizá cincuenta hombres justos? La fe me pone «en diálogo contigo» y me introduce en el misterio de la «salvación» de la humanidad. La fe me hace ver el mundo «desde un cierto ángulo»: lo veo como un mundo que hay «que salvar». Una humanidad a la que hay que ayudar a salir del mal. La fe me hace participar de tu manera de ver, Señor. Descubro los caminos de Dios.
Creyendo en Ti, Señor, adopto tu punto de vista: en el fondo y a pesar de las apariencias ¡quieres salvar a todos los hombres! Y los que son tus amigos, como Abraham, comparten tu preocupación.
¿Qué haré, HOY, para ayudarte en tu labor de Salvador? ¿A quién puedo ayudar? «¿Me atreveré a interpelar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza?»-
Abraham se siente a sí mismo pecador. Ante el Dios Santísimo, está al lado de la humanidad pecadora y pobre amasada de frágil barro. Quizá por esto, emprende la defensa de sus hermanos: se siente solidario porque hay también mal en él.
Señor, ayúdame a no juzgar, incluso cuando «combato el mal»... pensando que yo mismo participo también de ese pecado. Necesito ser «salvado» yo primero. Mi deseo de salvar a los demás no es una superioridad orgullosa: porque yo mismo he sido beneficiado, quisiera hacer llegar a otros el mismo beneficio: tu perdón.
Que mi fe, Señor, me ayude a profundizar en mi solidaridad con el mundo pecador, que diga yo de veras «perdónanos nuestras ofensas» -insistiendo sobre el «-nos»... contándome estar entre los pecadores-.
-“¿Quizá se encuentren allí diez. - En gracia de esos diez no destruiré la ciudad.” A ese final tiende todo el relato. Ahí se revela la intención profunda de Dios: en realidad. Tú no deseas castigar sino salvar... Esto es ya el evangelio: por «un solo Justo», Jesús, ha llegado la salvación a todos los pecadores. ¡Qué misterio de bondad, Señor! Algunos justos son suficientes para salvar a toda la comunidad.
Concédeme la gracia, Señor, de ser de «los que contribuyen a salvar»... y no de los que contribuyen a merecer la desgracia... Te doy gracias, Señor Jesucristo, a Ti que has dado tu vida por nosotros. ¡Concédenos la gracia de no condenar al mundo, sino de interceder por él, como tu amigo Abraham!
HOY, en mi familia, en mi oficio o profesión, en los grupos que frecuentaré, quiero «atraer el perdón» para todos (Noel Quesson).
3. El diálogo es un regateo delicioso. Abrahán está convencido de la justicia de Dios y, a la vez, de su misericordia. Pero no se atreve a bajar del número de diez justos. Y, como no se encuentran tantos en Sodoma, cae el juicio de Dios sobre esta ciudad, como leeremos mañana.
El salmo subraya la actitud comprensiva de Dios, que va aceptando todas las rebajas que le pide Abrahán, porque lo que Dios quiere es la salvación y no la condenación de los hombres: «el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo». Rezamos de nuevo este salmo, que tan hermosamente canta el amor misericordioso de Dios (J. Aldazábal). El sacrificio pascual de Jesús lleva a coronación ese Amor: «dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia y reconoce en ella la victima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad» (Plegaria Eucarística III). Nuestra oración es eficaz a los ojos de Dios porque está apoyada en la de Jesús.
Llucià Pou Sabaté

Domingo XIII de tiempo ordinario; ciclo B

Domingo de la semana 13 de tiempo ordinario; ciclo B

Jesús nos anima a tener fe, para poder transformar las penas en alegrías, y curarnos de nuestros males.
«Y una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido por parte de muchos médicos, y gas­tado todos sus bienes sin aprovecharle nada, sino que iba de mal en peor; cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la muchedumbre y tocó su vestido; porque decía: Si pudiera to­car, aun que sólo fuera su manto, quedaré sana. En el mismo instante se secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que es­taba curada de la enfermedad. Y al momento Jesús, conocien­do en sí mismo la virtud salida de él, vuelto hacia la muchedumbre, decía: ¿Quién ha tocado mis vestidos? Y le decían sus discípulos: Ves que la muchedumbre te oprime y dices ¿quién me ha tocado? Y miraba a su alrededor para ver a la que había hecho esto. La mujer; asustada y temblorosa, sabiendo lo que le había ocurrido, se acercó, se postró ante él y le confesó toda la verdad. Entonces le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu dolencia. Por el camino, te toca la mujer de los Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: -Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro? Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: -No temas; basta que tengas fe. No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos, que eran unas mujeres que se contrataban para llorar por los que morían, entre los judíos: las plañideras. Entró y les dijo: -¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida. Se reían de Él. Pero Él los echó fuera a todos, y con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: -Talitha qumi (que significa: “contigo hablo, niña, levántate”, en arameo, dialecto del hebreo). La niña se puso en pie inmediatamente  y echó a andar -tenía doce años-. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña”» (Marcos 5, 25-34).
1. Jairo te pide, Señor: “-Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva”. Fuiste con él, acompañado de mucha gente. Luego, resucitaste la niña.
Son dos milagros seguidos, la niña resucitada y la que perdía sangre, que para los judíos era una mujer "impura", que no podía tocar a nadie, pero toca el vestido de Jesús y se cura. Los que no creen, se ríen de Jesús, como hoy pensando que creer es de tontos. Es bonito, una mujer que lleva 12 años enferma y va perdiendo lentamente la vida; una niña que muere a los 12 años, la pierde de golpe. Nosotros también nos vemos débiles, con cosas que nos cuestan, y podemos no sólo tocar el vestido de Jesús, sino tomar su cuerpo. El número 12 nos recuerda la fe de la Iglesia, la comunión con los 12 apóstoles, nuevo pueblo de las 12 tribus de Israel.
Santa Teresa, pensando en esta presencia sanadora de Jesús, nos dice: “Esto pasa ahora y es entera verdad, y no hay para qué le ir a buscar en otra parte mas lejos; sino que, pues sabemos que mientras no consume el calor natural los accidentes del pan, que está con nosotros el buen Jesús, que nos lleguemos a El. Pues, si cuando andaba en el mundo, de sólo tocar sus ropas sanaba los enfermos, ¿qué hay que dudar que hará milagros estando tan dentro de mí, si tenemos fe, y nos dará lo que le pidiéremos, pues está en nuestra casa? Y no suele Su Majestad pagar mal la posada, si le hacen buen hospedaje” (Camino de perfección, 34,8).
Jesús, cuando me vea como la hemorroísa, esa mujer que tenía pérdidas de sangre, y yo también me presento delante de ti descalabrado, lleno de heridas, me acerco a ti, quiero tocar tu vestido y quedar curado. Y también quiero curar mis heridas por dentro, y no sólo quiero tocar tu vestido sino que te quiero dentro de mí, necesito comerte en el pan sagrado de tu Cuerpo; para que me transformes en ti… (si voy con fe, tú me curarás). «Ser santos es vivir tal y como nuestro Padre del cielo ha dispuesto que vivamos. Me diréis que es difícil. Sí, el ideal es muy alto. Pero a la vez es fácil: está al alcance de la mano. Cuando una persona se pone enferma, ocurre en ocasiones que no se logra encontrar la medicina. En lo sobrenatural, no sucede así. La medicina está siempre cerca: es Cristo Jesús, presente en la Sagrada Eucaristía, que nos da además su gracia en los otros Sacramentos que instituyó» (J. Escrivá, Es Cristo que pasa 160).
“Que no me acostumbre, Jesús; que la comunión no se convierta en una rutina, pues la rutina es la muerte de la piedad, del amor.
Jesús, ¿qué puedo hacer para encender mi fe en la Eucaristía?
Tal vez puedo prepararme a recibirte recitando una comunión espiritual, como, por ejemplo: «Yo quisiera, Señor; recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y el fervor de los Santos».
Y, después de recibirte, he de aprovechar bien esos minutos en los que permaneces realmente en mi para decirte que te quiero, que me perdones si algo me ha salido mal, que necesito tu ayuda.
Te puedo pedir también por la Iglesia y por el Papa; por mi familia y mis amigos; por los que sufren y por la paz en el mundo.
Y te puedo dar gracias por tantas cosas que me das y que no merezco” (Pablo Cardona).
Jesús, gracias por la comunión; quiero estar contigo cada semana; acompañarte y sentir que luego vas conmigo y estás en los demás, y cuando hago algo bueno a los demás (servicios en casa, visitar un pariente o un amigo), contigo lo hago, y cuando hago algo malo a los demás (insultar, enfadarme) también lo hago contigo, por eso hago el propósito de arreglarlo enseguida. Que si se me “gastan las pilas” Tú me las cargarás enseguida, y no quiero que se me gaste tu amor porque Tú eres la luz que me ilumina, contigo todo está claro aunque llueva, sin ti todo es oscuro aunque haga sol.
Quiero aprender también de lo que hiciste a esta niña, hija de Jairo, que estaba muerta y le dijiste:“niña, levántate y anda”, y resucitó; también nosotros resucitamos cada vez que te pedimos perdón, en ese momento cambiamos la historia, hemos arreglado lo que se había roto, cuando hacemos las paces ya es como si no hubiera pasado. Ayúdame Jesús, voy a procurar no enfadarme, y si me enfado procuraré desenfadarme enseguida.
Hoy vemos que la muerte para Dios no es un poder insuperable. Las cosas malas ante la mirada de Dios se funden, y así quiero que sea mi alma, como un jardín que Tú Jesús hagas florecer: que me enseñes con tu Espíritu a hacer florecer las plantas de mi corazón que no pueden contener la primavera que llevan dentro; las flores se abren a la luz y al calor, como dice la poesía, así hace el alma con Dios: "con un roce de tu mirada ya me rindo / y aunque yo me haya cerrado como un puño / tú siempre abres, pétalo tras pétalo, mi ser / como la primavera abre con un toque diestro y misterioso / su más terca rosa. / Y es un misterio esta destreza tuya de mirar y abrir / pero lo cierto es que algo me dice que la voz de tus ojos / es más profunda que todas las rosas / Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas"  (E.E. Cummings).
Cuando nos cerramos, Tú vienes a abrir los cerrojos del alma, nos vas animando a que no nos cerremos como el niño que se cierra enfadado en la habitación y no quiere ni cenar y sólo llorar triste. Entonces, tú Jesús te sientas a nuestro lado, nos va tocando el corazón y va cambiando nuestro mal humor en alegría y las lágrimas en sonrisas, las espinas en rosas que se abren, el miedo en confianza… con la confianza de un niño en su padre. Nos fiamos de Ti.
2. El libro de la Sabiduría nos dice que “Dios no hizo la muerte… Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo”. La etapa del hombre sobre la tierra es por un tiempo, pero si no hubiera habido pecado no habría dolor. Dios ama la vida y lo hace todo bonito pero el demonio sembró la destrucción y la muerte. Yahvé ("El que es") ha creado todas las cosas "para que sean", y con el poder del Abismo vino la muerte y el hombre "inmortal" que pasaría sin dolor de esta vida a la otra.
Como canta el Salmo, el Señor nos libra: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Señor sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa… Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre”. Es una "Resurrección": el tema de hoy es pasar de la muerte a la vida, la noche a la mañana, del desconcierto a la confianza, del luto a la fiesta.
3. San Pablo nos anima a ser generosos, que no nos preocupemos por lo que nos falte: «Al que recogía mucho, no le sobraba; y al que recogía poco, no le faltaba». Un chaval iba con su bocata pensando: “si invito a este que tiene cara de hambre y quiere pedirme, qué quedará para mí… pero esto hará de mi un egoísta… claro, si me lo como todo, qué quedaría para invitarle a él… esto hará de mí un hombre feliz, un hijo de Dios, que considera al otro un hermano”… y le invitó. Amar es compartir. Jesús nació pobre para que sepamos hacernos ricos dando a los demás.
Llucià Pou Sabaté

viernes, 26 de junio de 2015

Sábado de la semana XII de tiempo ordinario; año impar

Sábado de la semana 12 de tiempo ordinario; año impar

Dios nos visita en Jesús, que viene a curarnos de nuestras dolencias y a bendecirnos, transformar las penas en alegrías
«Al entrar en Cafarnaún se le acercó un centurión y, rogándole, dijo: Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes. Jesús le dijo: Yo iré y lo curaré. Pero el centurión le respondió: Señor; no soy digno de que entres en mi casa; basta que lo mandes de palabra y mi criado quedará sano. Pues yo, que soy un hombre subalterno con soldados a mis órdenes, digo a uno: ve, y va; y a otro: ven, y viene; y a mi siervo: haz esto, y lo hace. Al oírlo Jesús se admiró, y dijo a los que le se guían: En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande. Y os digo que muchos de Oriente y Occidente vendrán y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán arrojados a las tinieblas exteriores: allí será el llanto y el rechinar de dientes. Y dijo Jesús al centurión: Vete y que se haga conforme has creído. Y en aquel momento quedó sano el criado.» (Mateo 8, 5-13)
1. –“Al entrar Jesús en Cafarnaúm se le acercó un centurión o capitán del ejército romano, y le rogó diciendo...” El primer milagro había sido para un miembro del pueblo de Dios... excluido por su lepra. El segundo será en favor de un pagano. ¡Todo un programa! El movimiento misionero de la Iglesia ya está presente. La salvación de Dios no está reservada a unos pocos. Dios ama a todos los hombres; su amor rompe las barreras que levantamos entre nosotros. Jesús hace su segundo milagro ¡en favor de un capitán del ejército de ocupación!, ¡en favor de un pagano! Los romanos eran mal vistos por la población: muchos judíos fieles escupían al suelo, en señal de desprecio, después de haberles adelantado en el camino. Señor, es a este centurión despreciado que vas a escuchar, complacer y alabar. Prescindes del "¿qué dirá la gente?", no aceptas nuestras divisiones ni nuestros racismos ni estrecheces de corazón. Tu corazón es universal, misionero. Contemplo ese corazón que ama a todos los hombres.
-“Señor, mi criado está echado en casa con parálisis, sufriendo terriblemente”. Expone simplemente la situación; describe la dolencia; y lo más notable es que habla en favor de otro, de su criado. ¿Es así mi plegaria? ¿Qué parte ocupa en mi vida la plegaria de intercesión? Mi tendencia ¿es quizá rezar sólo para mí? Ayúdame, Señor, a tener presente a los demás en mis peticiones, a pensar en ellos y sentir como propias sus necesidades.
-“Jesús contestó: Yo mismo iré y le curaré”. Disponibilidad, respuesta inmediata. Compromiso de toda su persona para servir a un desconocido.
-“Señor, yo no soy quién para que entres bajo mi techo, pero basta una palabra tuya para que mi criado se cure”. Humildad profunda. Este pagano es muy consciente de que la ley judía le rechaza; esto debe dolerle. Sin embargo no quiere poner a Jesús en una situación de "impureza legal". Y, por delicadeza, quiere evitarle que entre en su casa. En la Misa ha quedado plasmada la oración del “pagano”, antes de que recibamos al Señor: "Yo no soy quién, yo no soy digno". –“Porque yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes; y si digo a uno que se vaya, se va; y a otro que venga, y viene”... Este hombre subraya el valor de la "palabra" del que tiene autoridad. Tú, Jesús, tu Palabra, tiene autoridad.
-“Al oír esto Jesús se admiró y dijo a los que le seguían: "En verdad os digo que en ningún israelita he encontrado tanta fe."” Jesús, Ayúdame a creer más y mejor.
-“Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente a sentarse a la mesa con Abraham..”. En cambio a los ciudadanos del Reino los echarán afuera... Profecía: Jesús ve la entrada de los paganos en la Iglesia. Rezo por todos aquellos que se quedan aún esperando, por todos los que no se saben invitados al festín de Dios, a la mesa de Dios.
-Luego dijo Jesús: "Ve, que te sea otorgado lo que has creído". La Fe. Ella introduce al Reino. Aumenta nuestra fe, Señor; y haz que todos los hombres la descubran y la vivan (Noel Quesson).
Veo, Señor, tu solidaridad con nuestros males. Es lo que dijo Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades». Quiere curarnos a todos de nuestros males. ¿Será un criado o un hijo el que sufre, o nosotros los que padecemos fiebre de alguna clase? Jesús nos quiere tomar de la mano, o decir su palabra salvadora, y devolvernos la fuerza y la salud. Nuestra oración, llena de confianza, será siempre escuchada, aunque no sepamos como. Antes de acercarnos a la comunión, en la misa, repetimos cada vez las palabras del centurión de hoy: «no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme». La Eucaristía quiere curar nuestras debilidades. Ahora no nos toma de la mano, o pronuncia palabras. El mismo se hace alimento nuestro y nos comunica su vida: «el que come mi Carne permanece en mí y yo en él... el que me come vivirá de mí, como yo vivo de mi Padre» (J. Aldazábal).
2. –“En la encina de Mambré se apareció el Señor a Abraham, que estaba sentado a la puerta de su tienda. Era la hora más calurosa del día”. Una escena muy bella, muy simple y fácil de imaginar. Es así como Tú nos sorprendes, Señor, si estamos disponibles: en pleno mediodía, en el centro de nuestras jornadas, en el marco familiar de nuestras vidas. El largo caminar de Abraham está marcado por hitos, por puntos de referencia, por encuentros. Con frecuencia, como nosotros, tuvo que caminar de noche, sin verte, sin comprender. Y luego, de vez en cuando dabas una señal a Abraham, tu amigo. Hacías que sintiera tu proximidad. Ibas a él en la banalidad ordinaria de un pequeño suceso en apariencia. Un acontecimiento que era preciso descifrar y que otros no lo hubieran quizá interpretado así.
-“Vio a tres individuos de pie ante él”. Aparentemente son seres humanos, nómadas que van de paso. La acogida. La hospitalidad. El servicio prestado. El amor fraterno. La atención al otro. El don de sí. ¡Cuidado! no faltéis a la cita, es Dios que pasa. El texto bíblico dice «el Señor se apareció»: eres Tú el que se presenta a la entrada de la tienda, pero bajo la forma de tres viajeros misteriosos . El famoso icono de Rubliev no ha dudado en pintar las tres personas de la Trinidad a través de los desconocidos de este relato. ¿Tras de qué rostro te presentarás HOY, Señor? ¿Sabré encontrarte, a la entrada de mi tienda, hacia el mediodía?
-“Les sirvió agua, pan, un becerro tierno y sabroso, leche”... Hace preparar para ellos lo mejor que tiene, aquello que necesitan. Aquello que quizá esperaban, porque era mediodía. ¿Que esperan HOY de mí, los que viven conmigo?
-“La risa de Sara”. Trato de imaginarme esa risa algo trémula, esa alegría que estalla, que ilumina el rostro de ¡esa ancianita de noventa años! ¡No! es imposible; esos tres viajeros desconocidos están locos anunciando que Sara tendrá un hijo dentro de un año. Ríe porque le cuesta creer en esa promesa ridícula. Ríe también porque es feliz. ¿Es que hay algo demasiado maravilloso para el Señor? ¡Tal es la respuesta de Dios a la risa de Sara! En efecto, Dios propone siempre al hombre más de lo que éste se atreve a esperar. ¡Quieres, Señor, para nosotros, más de lo que queremos! Vas más allá de nuestros deseos. Tenemos un corazón demasiado pequeño. A través de esta «vida», concedida más allá de las leyes humanas, nos significas que quieres darnos una «vida» a la que no tenemos derecho. «Es que hay algo demasiado maravilloso para el Señor?» Quiero meditar esta palabra. Sí, lo creo, Señor. Tú quieres colmarnos. Tú quieres darnos mucho más de lo que te hemos pedido... pero frecuentemente «de otro modo». La vida terrestre, la que se desarrolla «junto a la encina de Mambre» o en otro lugar, la que ve nacer los niños en las familias... ¡es ya tan hermosa! Pero, ¡qué será la vida «maravillosa» que nos tienes destinada! (Noel Quesson).
Tres sonrisas: la de Abraham (17,17), la de Sara (18,12) y la de Ismael (21, 9), donde la traducción pone con frecuencia "juguetear", pero se trata siempre de la misma palabra. Estas son otras tantas alusiones al nombre de Isaac, forma abreviada de Yshq-EI, que significa «Que Dios sonría, que sea favorable». La sonrisa de Abraham expresa una cierta incredulidad ante la enormidad de la promesa; «la sonrisa nace del contraste», ha escrito Bergson. Sin embargo, la sonrisa de Abraham es ya una alegría ante la realidad maravillosa de la cual no puede dudar una vez que ha recibido la promesa de Yahvé. En Sara la sonrisa no es carencia de fe, no hace más que divertirse ante aquella promesa irrealizable (su sonrisa se convierte en una amplia risa de alegría ante el gozo del hijo). Isaac es la risa de Dios, figura de Jesús, "la alegría mesiánica".
3. Hoy cantamos el Magníficat de María de Nazaret, que alaba a Dios y recuerda la promesa hecha a Abrahán: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque ha mirado la humildad de su sierva... como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abrahán y su descendencia para siempre». El Catecismo aproxima a María a la figura de Abrahán: «Abrahán es el modelo de obediencia que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma» (144). Los «testigos de la fe son Abrahán, que creyó, esperando contra toda esperanza; la Virgen María que, en la peregrinación de la fe, llegó hasta la noche de la fe» (165). «Abrahán, por su fe, se convirtió en bendición para todas las naciones de la tierra. Por su fe, María vino a ser madre de los creyentes» (2676). Seremos fecundos también nosotros, si nos unimos a ese canto de María, que sigue: «Proclama mi alma la grandeza del Señor... porque ha mirado la humillación de su esclava... Auxilia a Israel, su siervo... y su descendencia por siempre». María es profeta del servicio a los demás…
Hay una gran afinidad con las bienaventuranzas de Lucas: dichosos los pobres y los hambrientos; ¡ay de vosotros, los ricos!... Se habla tanto de categorías sociales como de actitudes del corazón, indicando cómo todo cuanto Dios realizó en el Antiguo Testamento, dispersando a los poderosos y a los prevaricadores y defendiendo a sus pobres y a sus humildes, lo seguirá haciendo en la Nueva Alianza a través de la acción regeneradora de Jesús. Se trata, por tanto, de una síntesis de la historia, que sirve de prólogo al Evangelio (Carlo M. Martini).
Llucià Pou Sabaté

jueves, 25 de junio de 2015

Viernes de la semana XII de tiempo ordinario; año impar

Viernes de la semana 12 de tiempo ordinario; año impar

De los males, Dios saca bienes, pues quedamos purificados y crecemos con las dificultades, nos ayudan a unirnos a la cruz de Cristo y recibir la salvación
«Cuando bajó del monte le seguía una gran multitud. En esto, se le acercó un leproso, se postró ante él y dijo: Señor si quieres, puedes limpiarme. Y extendiendo Jesús la mano, le tocó diciendo: Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio de la lepra. Entonces le dijo Jesús: Mira, no lo digas a nadie, sino anda, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda prescrita por Moisés, para que les sirva de testimonio.» (Mateo 8, 1-4)
1. Al bajar del monte, Jesús, te siguió un gran gentío. Te siguen "grandes muchedumbres", y al ver que luego no son fieles, te pido, Señor, que no se quede mi fe en sensiblería, sino en obediencia y fidelidad.
-“En esto se acercó a Jesús un leproso, y se puso a suplicarle: "Señor, si quieres, puedes limpiarme"”. Es el primer milagro concreto relatado por san Mateo, después de tu primer gran discurso, Jesús, pues no te contentas con "hermosas palabras" sino que pasas a los "actos": salvarás a muchos, como anuncio del cielo cuando todo mal será vencido. La lepra era el mal por excelencia... enfermedad contagiosa que destruía lentamente a la persona afectada, hombre o mujer, y que era considerada por los antiguos como un castigo de Dios, signo del pecado que excluye de la comunidad. (Dt 28,27-35; Lv 13,14). Y tú, Jesús, das la vuelta a todo esto dedicando el primer milagro a un leproso, alguien considerado impuro; y que todo lo que tocaba pasaba a ser impuro, no podía participar ni en el culto, ni en la vida social ordinaria; el leproso estaba afectado de un interdicto, de un tabú, que espantaba. Estaba prohibido tocarle.
-“Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: "¡Quiero, queda limpio!" Y en seguida quedó limpio de la lepra”. Me imagino lo duro que sería para mí que nadie me hablara, me mirara, se me acercara. Jesús, tú entras en el corazón de ese hombre. Curas sus heridas, las del cuerpo y del alma. Ofreces la mano tendida, el contacto como un signo de amistad, y por este humilde gesto, reintegras al pobre enfermo en la sociedad ordinaria de los hombres.
Contemplo tu gesto, Jesús: gesto de amor. Te rezo yo también, al ver mis lepras de egoísmo, de los pecados capitales: Señor, si quieres, ¡puedes limpiarme! Señor, si quieres, ¡puedes limpiar el mundo!
No quieres popularidad, Señor, mandas que no se pregone el milagro: danos una fe sencilla, una fe que no tenga necesidad de lo extraordinario. Veo también que aceptas las costumbres y las instituciones de su país y de su tiempo... muy sencillamente (Noel Quesson).
Jesús, nos «tocas» con su mano, como al leproso: nos tocas con los sacramentos, a través de la mediación eclesial. Nos incorporas a su vida por el agua del Bautismo, nos alimentas con el pan y el vino de la Eucaristía, nos perdonas a través de la mano de tus ministros extendida sobre nuestra cabeza.
Los sacramentos, como dice el Catecismo, son «fuerzas que brotan del Cuerpo de Cristo siempre vivo y vivificante, acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia, obras maestras de Dios en la nueva y eterna alianza» (Catecismo, 1116).
Además, Jesús, tú nos pides que hagamos lo que tú, que nos acercarnos al que sufre, para extender nuestra mano hacia él, «tocar» su dolor y darle esperanza, ayudarle a curarse. Somos buenos seguidores tuyos, Jesús, si, como tú, salimos al encuentro del que sufre y hacemos todo lo posible por ayudarle (J. Aldazábal)
2. –“Dios dijo a Abraham... Dios le dijo también... Dios siguió diciendo... Abraham contestó... De nuevo dijo Dios”... Solamente en esta página Dios toma la palabra cinco veces. Dios habla con Abraham «en lo íntimo de su vida». El objeto de su conversación es la gran preocupación de Abraham de no tener un hijo. Con frecuencia quisiera yo también que rompieras tu silencio, Señor. Tengo la impresión de que te callas. Y me gustaría oír tu voz. Si te oigo tan pocas veces, ¿no será porque no sé interrogarte sobre lo que constituye «lo íntimo de mi vida»? Mis relaciones contigo no pueden quedar en vaguedades. Como sucedió con Abraham, mi vida debería ser la materia de nuestras conversaciones, entre Tú y yo. ¿Cuál es mi preocupación, mi sufrimiento en este momento? ¿Qué responsabilidades tengo, qué proyectos? ¿Qué tengo que hacer HOY? Sobre todo esto te pido que me digas una palabra. ¿Qué piensas de todo ello? Pero, si te oigo tan pocas veces, ¿no será, sobre todo, porque «no quiero oír» lo que Tú dices? O ¿será quizá porque sólo quiero escuchar lo que me agrada? Hago oídos sordos cuando oigo Palabras que no corresponden a mis deseos. En lugar de decir sinceramente: «Hágase tu voluntad»... siento la tentación de cambiar los papeles, diciendo «hágase mi voluntad»...
-“Anda en mi presencia y sé perfecto”. Primera palabra. Esto es lo que también me pides a mí: «¡Anda!» «¡Avanza!» No seas pasivo. Levántate. Encárgate de tu vida. «En mi presencia». Estoy contigo, te ayudaré si tú empiezas la andadura. «Sé perfecto». Haz todo lo que puedas, progresa en todas tus empresas, ve más lejos, más alto, continúa, no te desanimes nunca, puedes hacerlo mejor todavía. Repítemelo, Señor.
-“Observarás mi alianza... estableceré mi alianza contigo”. Segunda palabra. Tú te adelantas, Señor, te comprometes. Te alías. Y me pides que me comprometa contigo lealmente. «Una Alianza» =un contrato, una promesa firme de la cual no puede retractarse cuando se es hombre de honor y se ha dado palabra. «Entre tú y yo»=es ya una alianza de amor, como un desposorio. Para lo mejor y para lo peor. ¡Qué misterio, Señor! Tal es tu manera de amar. Y para sellar esa alianza con un signo concreto, un signo de pertenencia, Dios pide que toda la raza judía sea marcada por la «circuncisión». Dios hará de nuevo «Alianza» en el Sinaí, con su pueblo, en la sangre del cordero pascual. Pero, sobre todo, renovará una «Alianza» en el sacrificio del Cordero Verdadero, Jesucristo. Para poder vivir como «aliados» tuyos, Señor, no podemos apoyarnos en nuestras propias fuerzas. Todo se apoya en tu gracia. En Ti, Jesús. Gracias (Noel Quesson).
La circuncisión queda establecida, con esa manifestación de Dios con un sentido algo indeterminado (término El-Saddai, nombre con que Dios se manifestó a los patriarcas según la tradición sacerdotal): «Dios de las montañas», “Dios omnipotente” o “Dios de la abundancia”. Explica Clemente de Alejandría que se le pide a Abrahán vivir en presencia de Dios y ser perfecto: “ésta es la única manera de mantenerse sin tropiezo: tener presente que Dios está siempre a nuestro lado.” La vida es tanto un camino como un movimiento. Dios nos lo exige. Caminar en presencia de Dios o dedicarle totalmente la existencia ha de constituir la suprema aspiración de los justos y perfectos, como Abrahán. El cambio de nombre, como en el caso de Jacob (Gn 32,29), en el de Pedro (Jn 1,42; Mt 16,18) y en el de Sara, en este mismo capítulo (con evolución semejante a la de Abrahán; Sara etimológicamente significa «princesa»), expresa que Dios se apropia de tales personas. El compromiso se mantendrá. La circuncisión se convierte en signo de la aceptación, por parte del hombre, del compromiso liberador de Dios, y por eso se vincula tan íntimamente a la fe de Israel, sobre todo a partir del exilio, cuando nació la tradición sacerdotal (J. Mas Anto). Abrahán es el primero en la historia bíblica al que Dios cambia el nombre, con un significado preciso, su nuevo nombre es ahora “padre de multitud de pueblos”. Abrahán, el primer hombre –después de Adán- con el Dios habla personalmente en la Biblia, es el “hombre de la alianza”, y se convierte en la profecía de la Iglesia, según San Pablo (cf Rm 4,17: Biblia de Navarra). El cambio del nombre de Sara y su papel se ve mejor en el trozo que se lee mañana.
3. Canción de las subidas. Dichosos todos los que temen a Yahveh, los que van por sus caminos”. Los peregrinos lo cantaban caminando hacia Jerusalén. Jesús "subió" a Jerusalén con motivo de las fiestas, y entonó este canto. “Del trabajo de tus manos comerás, ¡dichoso tú, que todo te irá bien!” Aparece la "felicidad en familia", de una familia modesta. El hombre "virtuoso" y "justo" tenía que ser feliz, y ser recompensado ya aquí abajo con el éxito humano. Aún no conoce la resurrección de la carne. Cualquier palabra sobre el sufrimiento tiene que tener una apertura a la esperanza, al cielo, si no está cojo. El sufrimiento no es un castigo. Es un hecho. Y el éxito humano, no es necesariamente señal de virtud. Sigue siendo verdad en el fondo, que el justo es el más feliz de los hombres, al menos espiritualmente, en el fondo de su conciencia: "¡feliz, tú que adoras al Señor!": “Tu esposa será como parra fecunda en el secreto de tu casa. Tus hijos, como brotes de olivo en torno a tu mesa”.
Así será bendito el hombre que teme a Yahveh. ¡Bendígate Yahveh desde Sión, que veas en ventura a Jerusalén todos los días de tu vida”.
Llucià Pou Sabate

miércoles, 24 de junio de 2015

Jueves de la semana XII de tiempo ordinario; año impar

Jueves de la semana 12 de tiempo ordinario; año impar

Edificar la vida sobre buena base es tener asentado todo en el amor de Dios, abrirnos así a su palabra y hacerla vida
«No todo el que me dice: Señor, Señor entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor ¿pues no hemos profetizado en tu nombre, y arrojado los demonios en tu nombre, y hecho prodigios en tu nombre? Entonces yo les diré públicamente: Jamás os he conocido: apartaos de mí, los que habéis obrado la iniquidad. Por tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, llegaron las riadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca. Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, llegaron las nadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, y cayó y fue tremenda su ruina. Y sucedió que, cuando terminó Jesús estos discursos, las multitudes quedaron admiradas de su doctrina, pues les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas.» (Mateo 7, 21-29)
1. "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos...". Leemos hoy las últimas recomendaciones del sermón de la montaña. Si ayer se nos decía que un árbol tiene que dar buenos frutos, y si no, es mejor talarlo y echarlo al fuego, hoy se aplica la misma consigna a nuestra vida: «no todo el que me dice, Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre». No se trata de decir palabras piadosas, sino de cumplir lo que esas palabras prometen.
A veces cambia mi estado de ánimo, Jesús, ocurre que las circunstancias cambian: aquellas prácticas de piedad que antes me llenaban, ahora no me dicen nada: o cambio de lugar y encuentro a faltar aquellos amigos y ese desarraigo influye en mi modo de sentirme; o los estudios o el trabajo me absorben más que en otras épocas: o simplemente, me canso de luchar. Y entonces, mi vida interior sufre como un descalabro, como un terremoto.
Jesús, ayúdame a reforzar los cimientos de mi vida cristiana a base de una vida de piedad más profunda, de una oración más constante, de un esfuerzo más serio por mejorar en las virtudes y en el estudio o trabajo profesional, de una mayor generosidad en el servicio a los demás (Pablo Cardona).
Te pido, Señor, que no haya divorcio entre mis palabras y mis hechos. Porque pienso que tú, Jesús, nos recuerdas que la santidad y la vida no se construye a base de palabras, sino de buenas obras: de amor, que se demuestra en hechos de generosidad, servicio, trabajo… Ayúdame, Señor, ayúdanos a todos, para no dejarnos llevar por un estado de ánimo, engaños como los que dicen: "hemos profetizado en tu nombre, hemos arrojado los demonios, hemos hecho milagros". Pero algo les falta, o es mentira o cumplieron pero por otros motivos, no por amor, pues les dices: "nunca os conocí; apartaos de mí". Quizá les pasan las dos cosas, y también que eran gente que les gusta escuchar, programar; pero que luego no hace, olvida obrar, aplicar los programas, y esta disociación es mala.
Jesús, pones también el ejemplo de la casa sobre roca. Dejarme llevar por mis fuerzas y cambios de ánimo, es como una casa construida sin cimientos. Se construye de prisa, pero está destinada a hundirse. Es el peligro de una oración ("Señor, Señor") que no se traduzca en vida y en compromiso ("la voluntad de Dios"), que no se convierte en nada práctico y operante. Lo esencial de la vida cristiana no es decir, ni tampoco confesar a Cristo de palabra, sino practicar el amor concreto a los pobres, a los oprimidos. Acuden a la mente las palabras de la escena grandiosa del juicio: "Venid, tomad posesión del reino, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui peregrino y me acogisteis" (25,34ss). Más aquí no podemos evitar una pregunta: ¿Por qué a veces la oración se cierra en sí misma, la escucha de la palabra no se traduce en vida y el encuentro con los hermanos no se abre al mundo?
Como final de todo el discurso, Jesús, propones esta imagen. ¿Sobre qué estoy edificando yo mi vida: sobre roca, sobre arena? ¿Sobre qué construyo mis amistades, o mi vida de familia, o mi apostolado: sobre engaños y falsedades? ¿Y me extrañaré de que los derrumbamientos que veo en otras personas o en otras instituciones me puedan pasar también a mi? (J. Aldazábal).
La roca eres tú, Señor, y tu palabra, y la tempestad rompe la casa frágil si no está basada mi fuerza en ti, sino en mis fuerzas. En la fuerza de Dios es donde el hombre encuentra su consistencia.
También me hablas aquí de la necesidad de un compromiso concreto, de un esfuerzo continuo para pasar de las palabras a los hechos. No existe verdadera fe sin empeño moral. La oración y la acción, la escucha y la práctica, son igualmente importantes. Como dirás en la parábola del sembrador, hay gente que recibe la semilla con entusiasmo pero luego la deja secar, no tiene constancia o se deja llevar por los vientos del momento, por el afán de tener, de poder, la comodidad...
Las cosas indispensables son tres: escucha atenta, práctica y perseverancia. La muchedumbre se llenaba de estupor ante tus palabras, Jesús, porque enseñabas "con autoridad". Tus palabras tienen verdad, comprometen, exigen plena disponibilidad (Bruno Maggioni).
2. –“Sara dio en maltratar a su sirvienta Agar -que estaba encinta- y ésta huyó de su presenciaEl ángel del Señor la encontró junto a una fuente que hay en el desierto, camino del Sur”.Dios mismo, por medio de su mensajero, trata de arreglar las cosas. «Retorna donde tu ama... Muéstrate sumisa... Estás en cinta, darás a luz a un hijo y le darás por nombre Ismael”. De este modo, también HOY Dios está presente en todas partes donde hombres divididos entre sí se dañan mutuamente, tratando de ayudarlos a soportarse los unos a los otros. Te ruego, Señor, por los árabes y por los judíos. Te ruego por todos aquellos que están en conflictos...
El ángel le dice a la desconsolada Agar: «haré tu descendencia tan numerosa, que no se podrá contar... el Señor ha escuchado tu aflicción». Dejo que esta palabra penetre en mí. Dios se compadece. Considera a todo hombre como hijo suyo. Está presente con quien sufre. Señor, que mi oración por el mundo entero llegue hasta Ti. ¡Hay tantas aflicciones todavía después de la de Agar!
-“Agar dio a luz un hijo a Abraham, y Abraham le puso por nombre Ismael”. El origen del pueblo Islam=Ismael tiene relación con la Alianza y con la Fe monoteísta de Abraham. Al hijo de la esclava le alcanza el amor de Dios: se llama Ismael, que significa «Dios escucha». Dios ama también a los que nosotros consideramos que están fuera. Recordemos lo que el Concilio Vaticano II dijo (Nostra aetate, n. 3): «la Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes, que adoran al único Dios vivo y subsistente, misericordioso y omnipotente... a cuyos ocultos designios procuran someterse por entero, como se sometió a Dios Abrahán, a quien la fe islámica se refiere de buen grado... Si bien en el transcurso de los siglos han surgido no pocas disensiones y enemistades entre cristianos y musulmanes, el Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, ejerzan sinceramente la comprensión mutua». Las tres grandes religiones monoteístas -cristianismo, judaísmo, Islam- tenemos un común punto de referencia en Abrahán y su fidelidad a Dios. Lástima que no nos conozcamos ni estemos reconciliados. El que Dios ame también a Ismael nos debería enseñar a tener un corazón más universal y ecuménico para con las personas que no son de nuestra raza, de nuestra edad y cultura. Por desgracia las heridas entre árabes y judíos no se han cicatrizado. Para convencerse de ello basta evocar la actual situación política del próximo Oriente. De modo que, una vez más, un texto, aparentemente «lejano» y casi «arqueológico» se revela como de flagrante actualidad: la trágica envidia de Sara y Agar continúa en pleno siglo xx. Por lo mismo, los cristianos deberían también prodigar una mejor acogida a los árabes que vienen a trabajar entre nosotros... A través de ese contexto, ¡la «humanidad» de Dios quedará patente!»
Abraham por un momento creyó que ese hijo sería el cumplimiento de la «promesa». De sufrimiento en sufrimiento ¡avanza, a pesar de todo, hacia la realización de lo que Dios le ha prometido! Sara ¡por fin!, le dará un hijo. Señor, me atrevo a pedirte que mis titubeos y mis errores sirvan a tu designio. «Dios escribe recto en líneas torcidas.» ¡Afortunadamente! (Noel Quesson).
Vemos hoy el origen del pueblo Islam=Ismael y su relación con la Alianza y con la Fe monoteísta de Abraham. El hijo de la esclava parece no tener lugar en la historia de la salvación, pero también a él le alcanza el amor de Dios: se llama Ismael, que significa «Dios escucha». El ángel le dice a la desconsolada Agar: «haré tu descendencia tan numerosa, que no se podrá contar... el Señor ha escuchado tu aflicción». Dios ama también a los que nosotros consideramos que están fuera. Recordemos lo que el Concilio Vaticano II dijo (Nostra aetate 3): «la Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes, que adoran al único Dios vivo y subsistente, misericordioso y omnipotente... a cuyos ocultos designios procuran someterse por entero, como se sometió a Dios Abrahán, a quien la fe islámica se refiere de buen grado... Si bien en el transcurso de los siglos han surgido no pocas disensiones y enemistades entre cristianos y musulmanes, el Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, ejerzan sinceramente la comprensión mutua». Las tres grandes religiones monoteístas -cristianismo, judaísmo, Islam- tenemos un común punto de referencia en Abrahán y su fidelidad a Dios. Lástima que no nos conozcamos ni estemos reconciliados. El que Dios ame también a Ismael nos debería enseñar a tener un corazón más universal y ecuménico para con las personas que no son de nuestra raza, de nuestra edad y cultura. Por desgracia las heridas entre árabes y judíos no se han cicatrizado. Para convencerse de ello basta evocar la actual situación política del próximo Oriente. De modo que, una vez más, un texto, aparentemente «lejano» y casi «arqueológico» se revela como de flagrante actualidad: la trágica envidia de Sara y Agar continúa en pleno siglo xx. Por lo mismo, los cristianos deberían también prodigar una mejor acogida a los árabes que vienen a trabajar entre nosotros... A través de ese contexto, ¡la «humanidad» de Dios quedará patente!»
3. “¡Dad gracias a Yahveh, porque es bueno, porque es eterno su amor!” Tienen motivo para alegrarse los que le buscan ¡cuánto más lo que le hallan!: “¿Quién dirá las proezas de Yahveh, hará oír toda su alabanza?” Las maravillas de su Providencia a favor nuestro nos hacen cantar: “¡Dichosos los que guardan el derecho, los que practican en todo tiempo la justicia!” Es la esperanza de que todo llega a su tiempo: “¡Acuérdate de mí, Yahveh, por amor de tu pueblo; con tu salvación visítame, que vea yo la dicha de tus elegidos, me alegre en la alegría de tu pueblo, con tu heredad me felicite!
Llucià Pou Sabaté

martes, 23 de junio de 2015

Miércoles de la semana XII de tiempo ordinario; año impar

Miércoles de la semana 12 de tiempo ordinario; año impar

Por nuestros frutos se nos conoce. Pegados a Jesús, podemos conocer la voluntad de Dios, poder cumplirla, y querer cumplirla.
«Guardaos bien de los falsos profetas, que vienen a vosotros disfrazados de oveja, pero por dentro son lobos voraces. Por sus frutos los conoceréis: ¿acaso se cosechan uvas de los espinos o higos de las zarzas? Así todo árbol bueno da frutos buenos, y todo árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni un árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da fruto bueno es cortado y arrojado al fuego. Por tanto, por sus frutos los conoceréis.» (Mateo 7, 15-20)
1. -“Cuidado con los profetas falsos, esos que se os acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces”. Parecen predicar la buena doctrina y moral... pero son de hecho, "lobos" rapaces, incluso cuando pretenden hablar en el nombre de Dios. “El falso profeta suele predicar una doctrina más racional, más aceptable, más sentimental, tratando de evitar lo que es cruz o sacrificio, y lo que es sobrenatural. Se presenta como una religión más humana y asequible, una religión a la medida del hombre actual: más consensuada, más democrática, más «humilde»” (Pablo Cardona).
Jesús, te pido que sepa distinguir esas voces que no llevan verdad, ni amor, que es la prueba de que aquello es tuyo, pues como dice el himno, “donde hay verdad y amor, allí está Dios”: «Examina con sinceridad tu modo de seguir al Maestro. Considera si te has entregado de una manera oficial y seca, con una fe que no tiene vibración; si no hay humildad, ni sacrificio, ni obras en tus jornadas; si no hay en ti más que fachada y no estás en el detalle de cada instante..., en una palabra, si te falta Amor.
”Si es así, no puede extrañar te tu ineficacia. ¡Reacciona enseguida, de la mano de Santa María!» (J. Escrivá, Forja 930).
“Jesús, me pides que dé buen fruto, de modo que los que me rodean puedan conocer la bondad del árbol al que pertenezco, que es la Iglesia, pues «todo árbol bueno da frutos buenos.» Por ser cristiano, estoy obligado a dar buen fruto” (P. Cardona).
La gente juzga a la Iglesia por sus frutos, y de mí depende esa autenticidad del apostolado: “¿Es mi fe «una fe que no tiene vibración,» que no siente la necesidad de acercarte a los demás? ¿Es mi jornada un «ir tirando», sin sacrificio, sin oración, sin obras? ¿Hago mi trabajo lo mejor que puedo, estando en el detalle de cada instante y ofreciéndotelo por alguna intención? ¿Busco cada día ocasiones para servir a los demás con pequeños servicios que pasen desapercibidos? Si me falta Amor, si no hago las cosas por Ti y por los demás, si mi entrega es «oficial y seca,» haciendo lo mínimo indispensable, entonces también mi fruto será seco y vacío.
Jesús, nos das la clave para conocer las personas: “por sus frutos los conoceréis”. Eres realista. "Mirad y ved cómo actúan..." El verdadero valor de una persona se manifiesta por lo que hace. La persona no es lo que dice ni lo que piensa, sino en primer lugar lo que se define por sus frutos: si sus hechos son buenos, es una buena persona… en cambio, los falsos profetas saben engañar un tiempo, se presentan como la solución a todos los problemas, pero luego se ven sus frutos malos.
La docilidad al Espíritu y la humildad son los frutos por los que se reconoce al profeta auténtico. –“¿Se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Así los árboles sanos dan frutos buenos; los árboles dañados dan frutos malos”. ¡Un "buen" fruto! La calidad de una fruta depende de la calidad del árbol. Te pido, Señor, que mi árbol sea bueno porque esté unido a ti, y que dé frutos buenos pues quiero ayudar a los demás.
-“Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos”. Se conocen las instituciones, las personas, por los frutos que dan, pues todo se relaciona y la vida no depende de un momento, sino del conjunto, así los momentos serán fructíferos también.
-“Todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa al fuego”. Esto me hace pensar en la viña que no da fruto, en la higuera seca…. Señor, quiero estar unido a ti como el sarmiento a la vid, para tener vida y dar fruto.
”La Virgen supo estar en los detalles, vivir pendiente de los demás y sacrificarse por ellos como una buena madre, sin que se note.
Por eso su fruto es el mejor fruto: «bendito es el fruto de tu vientre» (Lucas 1, 42): Tú mismo, Jesús. Madre, ayúdame a vivir mi vida cristiana con la responsabilidad que tengo de dar buen fruto, de ser santo. De esta manera, los que me rodean conocerán la belleza de la Iglesia, el buen árbol plantado por Cristo para darnos su gracia y hacernos hijos de Dios” (P. Cardona).
2. –“Me voy sin hijos...
-“Mira al cielo y cuenta las estrellas. Así será tu descendencia...” Sorprendente diálogo. El gran sufrimiento humano de Abraham es no tener hijos. Así se lo confía a Dios. Este es también un problema de vida concreta. Y Dios «promete»… ¡Una descendencia tan numerosa como las estrellas! Hoy sabemos que esa promesa se ha realizado. Millones de judíos, de árabes y de cristianos honramos a Abraham como a nuestro padre. Pero él, en aquella época sólo veía que era viejo, que su mujer era estéril y que no tenía hijos. Así pues, Señor, Tú diriges nuestra mirada hacia el futuro. Eres dueño de lo imposible. El mundo no ha terminado. El porvenir está entre tus manos divinas. Nuestra Fe, también debe dirigirnos a nosotros «hacia el porvenir». ¿Qué haré hoy para trabajar en el sentido de Dios? Aunque no pueda ver el resultado de ello. La historia avanza hacia su cumplimiento.
-“Abraham creyó en Dios y el Señor lo declaró justo”. Confiar en Dios. Los años pasan y el hijo prometido no llega. ¿Serán engañosas las promesas divinas? Abraham, sin embargo, sigue confiando. Continúa esperándolo todo de Él. Dame, Señor, esta perseverancia y esta obstinación en la fe. Me detengo en un momento de silencio para evocar lo que espero, HOY, de Dios: tal gracia, tal liberación del pecado... que dura desde tiempo. Continúo creyendo en ti, Señor. Lo que prometiste se realizará.
-“Un sombrío y profundo sopor invadió a Abraham... Espesas tinieblas...” La fe, la certeza de Dios no suprimen cualquier angustia y obscuridad. En ciertos días esa espera interminable debió de parecerle muy dura a Abraham. Así en nuestras vidas, hay también noches vacías, oscuras, momentos en los que la prueba nos pone los nervios de punta. Ello es quizá un «signo» de que el Señor pasa, como en la vida de su amigo Abraham.
-“Aquel día firmó el Señor una alianza con Abraham”. Dios actúa a menudo en nosotros cuando estamos vacíos de nosotros mismos y completamente receptivos a su acción. Cuando todo parece perdido, como en la Pasión, es cuando la salvación pascual está cerca. Esta «Alianza» entre Dios y Abraham se expresa por ritos tomados de los usos de las tribus nómadas de la época: las dos partes se comprometen, aceptando ser despedazados como animales abiertos en canal, si dejan de cumplir la palabra dada. Pero Yavéh -Dios- pasa solo entre las víctimas, en forma de un «fuego», porque solamente su fidelidad queda realmente comprometida. Es algo emocionante ver a Dios así comprometido, aceptando la forma misma de ese contrato primitivo propio de nómadas que aún se basan en la violencia. HOY todavía, Señor, quieres pactar «Alianza» con el hombre. Sé que, por tu parte, esta alianza será sólida (Noel Quesson).
3. Algunas veces en mi vida «el sol se puso y vino la oscuridad». Me miro en el espejo de Abrahán. Y de Cristo, ejemplo pleno de confianza en Dios: «a tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu». Cuando no vemos el final del túnel… El salmo nos invita a esta actitud: «que se alegren los que buscan al Señor, recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro... él se acuerda de su alianza eternamente, de la alianza sellada con Abrahán».
Llucià Pou Sabaté