lunes, 29 de junio de 2015

Domingo XIII de tiempo ordinario; ciclo B

Domingo de la semana 13 de tiempo ordinario; ciclo B

Jesús nos anima a tener fe, para poder transformar las penas en alegrías, y curarnos de nuestros males.
«Y una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido por parte de muchos médicos, y gas­tado todos sus bienes sin aprovecharle nada, sino que iba de mal en peor; cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la muchedumbre y tocó su vestido; porque decía: Si pudiera to­car, aun que sólo fuera su manto, quedaré sana. En el mismo instante se secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que es­taba curada de la enfermedad. Y al momento Jesús, conocien­do en sí mismo la virtud salida de él, vuelto hacia la muchedumbre, decía: ¿Quién ha tocado mis vestidos? Y le decían sus discípulos: Ves que la muchedumbre te oprime y dices ¿quién me ha tocado? Y miraba a su alrededor para ver a la que había hecho esto. La mujer; asustada y temblorosa, sabiendo lo que le había ocurrido, se acercó, se postró ante él y le confesó toda la verdad. Entonces le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu dolencia. Por el camino, te toca la mujer de los Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: -Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro? Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: -No temas; basta que tengas fe. No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos, que eran unas mujeres que se contrataban para llorar por los que morían, entre los judíos: las plañideras. Entró y les dijo: -¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida. Se reían de Él. Pero Él los echó fuera a todos, y con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: -Talitha qumi (que significa: “contigo hablo, niña, levántate”, en arameo, dialecto del hebreo). La niña se puso en pie inmediatamente  y echó a andar -tenía doce años-. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña”» (Marcos 5, 25-34).
1. Jairo te pide, Señor: “-Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva”. Fuiste con él, acompañado de mucha gente. Luego, resucitaste la niña.
Son dos milagros seguidos, la niña resucitada y la que perdía sangre, que para los judíos era una mujer "impura", que no podía tocar a nadie, pero toca el vestido de Jesús y se cura. Los que no creen, se ríen de Jesús, como hoy pensando que creer es de tontos. Es bonito, una mujer que lleva 12 años enferma y va perdiendo lentamente la vida; una niña que muere a los 12 años, la pierde de golpe. Nosotros también nos vemos débiles, con cosas que nos cuestan, y podemos no sólo tocar el vestido de Jesús, sino tomar su cuerpo. El número 12 nos recuerda la fe de la Iglesia, la comunión con los 12 apóstoles, nuevo pueblo de las 12 tribus de Israel.
Santa Teresa, pensando en esta presencia sanadora de Jesús, nos dice: “Esto pasa ahora y es entera verdad, y no hay para qué le ir a buscar en otra parte mas lejos; sino que, pues sabemos que mientras no consume el calor natural los accidentes del pan, que está con nosotros el buen Jesús, que nos lleguemos a El. Pues, si cuando andaba en el mundo, de sólo tocar sus ropas sanaba los enfermos, ¿qué hay que dudar que hará milagros estando tan dentro de mí, si tenemos fe, y nos dará lo que le pidiéremos, pues está en nuestra casa? Y no suele Su Majestad pagar mal la posada, si le hacen buen hospedaje” (Camino de perfección, 34,8).
Jesús, cuando me vea como la hemorroísa, esa mujer que tenía pérdidas de sangre, y yo también me presento delante de ti descalabrado, lleno de heridas, me acerco a ti, quiero tocar tu vestido y quedar curado. Y también quiero curar mis heridas por dentro, y no sólo quiero tocar tu vestido sino que te quiero dentro de mí, necesito comerte en el pan sagrado de tu Cuerpo; para que me transformes en ti… (si voy con fe, tú me curarás). «Ser santos es vivir tal y como nuestro Padre del cielo ha dispuesto que vivamos. Me diréis que es difícil. Sí, el ideal es muy alto. Pero a la vez es fácil: está al alcance de la mano. Cuando una persona se pone enferma, ocurre en ocasiones que no se logra encontrar la medicina. En lo sobrenatural, no sucede así. La medicina está siempre cerca: es Cristo Jesús, presente en la Sagrada Eucaristía, que nos da además su gracia en los otros Sacramentos que instituyó» (J. Escrivá, Es Cristo que pasa 160).
“Que no me acostumbre, Jesús; que la comunión no se convierta en una rutina, pues la rutina es la muerte de la piedad, del amor.
Jesús, ¿qué puedo hacer para encender mi fe en la Eucaristía?
Tal vez puedo prepararme a recibirte recitando una comunión espiritual, como, por ejemplo: «Yo quisiera, Señor; recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y el fervor de los Santos».
Y, después de recibirte, he de aprovechar bien esos minutos en los que permaneces realmente en mi para decirte que te quiero, que me perdones si algo me ha salido mal, que necesito tu ayuda.
Te puedo pedir también por la Iglesia y por el Papa; por mi familia y mis amigos; por los que sufren y por la paz en el mundo.
Y te puedo dar gracias por tantas cosas que me das y que no merezco” (Pablo Cardona).
Jesús, gracias por la comunión; quiero estar contigo cada semana; acompañarte y sentir que luego vas conmigo y estás en los demás, y cuando hago algo bueno a los demás (servicios en casa, visitar un pariente o un amigo), contigo lo hago, y cuando hago algo malo a los demás (insultar, enfadarme) también lo hago contigo, por eso hago el propósito de arreglarlo enseguida. Que si se me “gastan las pilas” Tú me las cargarás enseguida, y no quiero que se me gaste tu amor porque Tú eres la luz que me ilumina, contigo todo está claro aunque llueva, sin ti todo es oscuro aunque haga sol.
Quiero aprender también de lo que hiciste a esta niña, hija de Jairo, que estaba muerta y le dijiste:“niña, levántate y anda”, y resucitó; también nosotros resucitamos cada vez que te pedimos perdón, en ese momento cambiamos la historia, hemos arreglado lo que se había roto, cuando hacemos las paces ya es como si no hubiera pasado. Ayúdame Jesús, voy a procurar no enfadarme, y si me enfado procuraré desenfadarme enseguida.
Hoy vemos que la muerte para Dios no es un poder insuperable. Las cosas malas ante la mirada de Dios se funden, y así quiero que sea mi alma, como un jardín que Tú Jesús hagas florecer: que me enseñes con tu Espíritu a hacer florecer las plantas de mi corazón que no pueden contener la primavera que llevan dentro; las flores se abren a la luz y al calor, como dice la poesía, así hace el alma con Dios: "con un roce de tu mirada ya me rindo / y aunque yo me haya cerrado como un puño / tú siempre abres, pétalo tras pétalo, mi ser / como la primavera abre con un toque diestro y misterioso / su más terca rosa. / Y es un misterio esta destreza tuya de mirar y abrir / pero lo cierto es que algo me dice que la voz de tus ojos / es más profunda que todas las rosas / Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas"  (E.E. Cummings).
Cuando nos cerramos, Tú vienes a abrir los cerrojos del alma, nos vas animando a que no nos cerremos como el niño que se cierra enfadado en la habitación y no quiere ni cenar y sólo llorar triste. Entonces, tú Jesús te sientas a nuestro lado, nos va tocando el corazón y va cambiando nuestro mal humor en alegría y las lágrimas en sonrisas, las espinas en rosas que se abren, el miedo en confianza… con la confianza de un niño en su padre. Nos fiamos de Ti.
2. El libro de la Sabiduría nos dice que “Dios no hizo la muerte… Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo”. La etapa del hombre sobre la tierra es por un tiempo, pero si no hubiera habido pecado no habría dolor. Dios ama la vida y lo hace todo bonito pero el demonio sembró la destrucción y la muerte. Yahvé ("El que es") ha creado todas las cosas "para que sean", y con el poder del Abismo vino la muerte y el hombre "inmortal" que pasaría sin dolor de esta vida a la otra.
Como canta el Salmo, el Señor nos libra: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Señor sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa… Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre”. Es una "Resurrección": el tema de hoy es pasar de la muerte a la vida, la noche a la mañana, del desconcierto a la confianza, del luto a la fiesta.
3. San Pablo nos anima a ser generosos, que no nos preocupemos por lo que nos falte: «Al que recogía mucho, no le sobraba; y al que recogía poco, no le faltaba». Un chaval iba con su bocata pensando: “si invito a este que tiene cara de hambre y quiere pedirme, qué quedará para mí… pero esto hará de mi un egoísta… claro, si me lo como todo, qué quedaría para invitarle a él… esto hará de mí un hombre feliz, un hijo de Dios, que considera al otro un hermano”… y le invitó. Amar es compartir. Jesús nació pobre para que sepamos hacernos ricos dando a los demás.
Llucià Pou Sabaté

viernes, 26 de junio de 2015

Sábado de la semana XII de tiempo ordinario; año impar

Sábado de la semana 12 de tiempo ordinario; año impar

Dios nos visita en Jesús, que viene a curarnos de nuestras dolencias y a bendecirnos, transformar las penas en alegrías
«Al entrar en Cafarnaún se le acercó un centurión y, rogándole, dijo: Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes. Jesús le dijo: Yo iré y lo curaré. Pero el centurión le respondió: Señor; no soy digno de que entres en mi casa; basta que lo mandes de palabra y mi criado quedará sano. Pues yo, que soy un hombre subalterno con soldados a mis órdenes, digo a uno: ve, y va; y a otro: ven, y viene; y a mi siervo: haz esto, y lo hace. Al oírlo Jesús se admiró, y dijo a los que le se guían: En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande. Y os digo que muchos de Oriente y Occidente vendrán y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán arrojados a las tinieblas exteriores: allí será el llanto y el rechinar de dientes. Y dijo Jesús al centurión: Vete y que se haga conforme has creído. Y en aquel momento quedó sano el criado.» (Mateo 8, 5-13)
1. –“Al entrar Jesús en Cafarnaúm se le acercó un centurión o capitán del ejército romano, y le rogó diciendo...” El primer milagro había sido para un miembro del pueblo de Dios... excluido por su lepra. El segundo será en favor de un pagano. ¡Todo un programa! El movimiento misionero de la Iglesia ya está presente. La salvación de Dios no está reservada a unos pocos. Dios ama a todos los hombres; su amor rompe las barreras que levantamos entre nosotros. Jesús hace su segundo milagro ¡en favor de un capitán del ejército de ocupación!, ¡en favor de un pagano! Los romanos eran mal vistos por la población: muchos judíos fieles escupían al suelo, en señal de desprecio, después de haberles adelantado en el camino. Señor, es a este centurión despreciado que vas a escuchar, complacer y alabar. Prescindes del "¿qué dirá la gente?", no aceptas nuestras divisiones ni nuestros racismos ni estrecheces de corazón. Tu corazón es universal, misionero. Contemplo ese corazón que ama a todos los hombres.
-“Señor, mi criado está echado en casa con parálisis, sufriendo terriblemente”. Expone simplemente la situación; describe la dolencia; y lo más notable es que habla en favor de otro, de su criado. ¿Es así mi plegaria? ¿Qué parte ocupa en mi vida la plegaria de intercesión? Mi tendencia ¿es quizá rezar sólo para mí? Ayúdame, Señor, a tener presente a los demás en mis peticiones, a pensar en ellos y sentir como propias sus necesidades.
-“Jesús contestó: Yo mismo iré y le curaré”. Disponibilidad, respuesta inmediata. Compromiso de toda su persona para servir a un desconocido.
-“Señor, yo no soy quién para que entres bajo mi techo, pero basta una palabra tuya para que mi criado se cure”. Humildad profunda. Este pagano es muy consciente de que la ley judía le rechaza; esto debe dolerle. Sin embargo no quiere poner a Jesús en una situación de "impureza legal". Y, por delicadeza, quiere evitarle que entre en su casa. En la Misa ha quedado plasmada la oración del “pagano”, antes de que recibamos al Señor: "Yo no soy quién, yo no soy digno". –“Porque yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes; y si digo a uno que se vaya, se va; y a otro que venga, y viene”... Este hombre subraya el valor de la "palabra" del que tiene autoridad. Tú, Jesús, tu Palabra, tiene autoridad.
-“Al oír esto Jesús se admiró y dijo a los que le seguían: "En verdad os digo que en ningún israelita he encontrado tanta fe."” Jesús, Ayúdame a creer más y mejor.
-“Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente a sentarse a la mesa con Abraham..”. En cambio a los ciudadanos del Reino los echarán afuera... Profecía: Jesús ve la entrada de los paganos en la Iglesia. Rezo por todos aquellos que se quedan aún esperando, por todos los que no se saben invitados al festín de Dios, a la mesa de Dios.
-Luego dijo Jesús: "Ve, que te sea otorgado lo que has creído". La Fe. Ella introduce al Reino. Aumenta nuestra fe, Señor; y haz que todos los hombres la descubran y la vivan (Noel Quesson).
Veo, Señor, tu solidaridad con nuestros males. Es lo que dijo Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades». Quiere curarnos a todos de nuestros males. ¿Será un criado o un hijo el que sufre, o nosotros los que padecemos fiebre de alguna clase? Jesús nos quiere tomar de la mano, o decir su palabra salvadora, y devolvernos la fuerza y la salud. Nuestra oración, llena de confianza, será siempre escuchada, aunque no sepamos como. Antes de acercarnos a la comunión, en la misa, repetimos cada vez las palabras del centurión de hoy: «no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme». La Eucaristía quiere curar nuestras debilidades. Ahora no nos toma de la mano, o pronuncia palabras. El mismo se hace alimento nuestro y nos comunica su vida: «el que come mi Carne permanece en mí y yo en él... el que me come vivirá de mí, como yo vivo de mi Padre» (J. Aldazábal).
2. –“En la encina de Mambré se apareció el Señor a Abraham, que estaba sentado a la puerta de su tienda. Era la hora más calurosa del día”. Una escena muy bella, muy simple y fácil de imaginar. Es así como Tú nos sorprendes, Señor, si estamos disponibles: en pleno mediodía, en el centro de nuestras jornadas, en el marco familiar de nuestras vidas. El largo caminar de Abraham está marcado por hitos, por puntos de referencia, por encuentros. Con frecuencia, como nosotros, tuvo que caminar de noche, sin verte, sin comprender. Y luego, de vez en cuando dabas una señal a Abraham, tu amigo. Hacías que sintiera tu proximidad. Ibas a él en la banalidad ordinaria de un pequeño suceso en apariencia. Un acontecimiento que era preciso descifrar y que otros no lo hubieran quizá interpretado así.
-“Vio a tres individuos de pie ante él”. Aparentemente son seres humanos, nómadas que van de paso. La acogida. La hospitalidad. El servicio prestado. El amor fraterno. La atención al otro. El don de sí. ¡Cuidado! no faltéis a la cita, es Dios que pasa. El texto bíblico dice «el Señor se apareció»: eres Tú el que se presenta a la entrada de la tienda, pero bajo la forma de tres viajeros misteriosos . El famoso icono de Rubliev no ha dudado en pintar las tres personas de la Trinidad a través de los desconocidos de este relato. ¿Tras de qué rostro te presentarás HOY, Señor? ¿Sabré encontrarte, a la entrada de mi tienda, hacia el mediodía?
-“Les sirvió agua, pan, un becerro tierno y sabroso, leche”... Hace preparar para ellos lo mejor que tiene, aquello que necesitan. Aquello que quizá esperaban, porque era mediodía. ¿Que esperan HOY de mí, los que viven conmigo?
-“La risa de Sara”. Trato de imaginarme esa risa algo trémula, esa alegría que estalla, que ilumina el rostro de ¡esa ancianita de noventa años! ¡No! es imposible; esos tres viajeros desconocidos están locos anunciando que Sara tendrá un hijo dentro de un año. Ríe porque le cuesta creer en esa promesa ridícula. Ríe también porque es feliz. ¿Es que hay algo demasiado maravilloso para el Señor? ¡Tal es la respuesta de Dios a la risa de Sara! En efecto, Dios propone siempre al hombre más de lo que éste se atreve a esperar. ¡Quieres, Señor, para nosotros, más de lo que queremos! Vas más allá de nuestros deseos. Tenemos un corazón demasiado pequeño. A través de esta «vida», concedida más allá de las leyes humanas, nos significas que quieres darnos una «vida» a la que no tenemos derecho. «Es que hay algo demasiado maravilloso para el Señor?» Quiero meditar esta palabra. Sí, lo creo, Señor. Tú quieres colmarnos. Tú quieres darnos mucho más de lo que te hemos pedido... pero frecuentemente «de otro modo». La vida terrestre, la que se desarrolla «junto a la encina de Mambre» o en otro lugar, la que ve nacer los niños en las familias... ¡es ya tan hermosa! Pero, ¡qué será la vida «maravillosa» que nos tienes destinada! (Noel Quesson).
Tres sonrisas: la de Abraham (17,17), la de Sara (18,12) y la de Ismael (21, 9), donde la traducción pone con frecuencia "juguetear", pero se trata siempre de la misma palabra. Estas son otras tantas alusiones al nombre de Isaac, forma abreviada de Yshq-EI, que significa «Que Dios sonría, que sea favorable». La sonrisa de Abraham expresa una cierta incredulidad ante la enormidad de la promesa; «la sonrisa nace del contraste», ha escrito Bergson. Sin embargo, la sonrisa de Abraham es ya una alegría ante la realidad maravillosa de la cual no puede dudar una vez que ha recibido la promesa de Yahvé. En Sara la sonrisa no es carencia de fe, no hace más que divertirse ante aquella promesa irrealizable (su sonrisa se convierte en una amplia risa de alegría ante el gozo del hijo). Isaac es la risa de Dios, figura de Jesús, "la alegría mesiánica".
3. Hoy cantamos el Magníficat de María de Nazaret, que alaba a Dios y recuerda la promesa hecha a Abrahán: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque ha mirado la humildad de su sierva... como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abrahán y su descendencia para siempre». El Catecismo aproxima a María a la figura de Abrahán: «Abrahán es el modelo de obediencia que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma» (144). Los «testigos de la fe son Abrahán, que creyó, esperando contra toda esperanza; la Virgen María que, en la peregrinación de la fe, llegó hasta la noche de la fe» (165). «Abrahán, por su fe, se convirtió en bendición para todas las naciones de la tierra. Por su fe, María vino a ser madre de los creyentes» (2676). Seremos fecundos también nosotros, si nos unimos a ese canto de María, que sigue: «Proclama mi alma la grandeza del Señor... porque ha mirado la humillación de su esclava... Auxilia a Israel, su siervo... y su descendencia por siempre». María es profeta del servicio a los demás…
Hay una gran afinidad con las bienaventuranzas de Lucas: dichosos los pobres y los hambrientos; ¡ay de vosotros, los ricos!... Se habla tanto de categorías sociales como de actitudes del corazón, indicando cómo todo cuanto Dios realizó en el Antiguo Testamento, dispersando a los poderosos y a los prevaricadores y defendiendo a sus pobres y a sus humildes, lo seguirá haciendo en la Nueva Alianza a través de la acción regeneradora de Jesús. Se trata, por tanto, de una síntesis de la historia, que sirve de prólogo al Evangelio (Carlo M. Martini).
Llucià Pou Sabaté

jueves, 25 de junio de 2015

Viernes de la semana XII de tiempo ordinario; año impar

Viernes de la semana 12 de tiempo ordinario; año impar

De los males, Dios saca bienes, pues quedamos purificados y crecemos con las dificultades, nos ayudan a unirnos a la cruz de Cristo y recibir la salvación
«Cuando bajó del monte le seguía una gran multitud. En esto, se le acercó un leproso, se postró ante él y dijo: Señor si quieres, puedes limpiarme. Y extendiendo Jesús la mano, le tocó diciendo: Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio de la lepra. Entonces le dijo Jesús: Mira, no lo digas a nadie, sino anda, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda prescrita por Moisés, para que les sirva de testimonio.» (Mateo 8, 1-4)
1. Al bajar del monte, Jesús, te siguió un gran gentío. Te siguen "grandes muchedumbres", y al ver que luego no son fieles, te pido, Señor, que no se quede mi fe en sensiblería, sino en obediencia y fidelidad.
-“En esto se acercó a Jesús un leproso, y se puso a suplicarle: "Señor, si quieres, puedes limpiarme"”. Es el primer milagro concreto relatado por san Mateo, después de tu primer gran discurso, Jesús, pues no te contentas con "hermosas palabras" sino que pasas a los "actos": salvarás a muchos, como anuncio del cielo cuando todo mal será vencido. La lepra era el mal por excelencia... enfermedad contagiosa que destruía lentamente a la persona afectada, hombre o mujer, y que era considerada por los antiguos como un castigo de Dios, signo del pecado que excluye de la comunidad. (Dt 28,27-35; Lv 13,14). Y tú, Jesús, das la vuelta a todo esto dedicando el primer milagro a un leproso, alguien considerado impuro; y que todo lo que tocaba pasaba a ser impuro, no podía participar ni en el culto, ni en la vida social ordinaria; el leproso estaba afectado de un interdicto, de un tabú, que espantaba. Estaba prohibido tocarle.
-“Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: "¡Quiero, queda limpio!" Y en seguida quedó limpio de la lepra”. Me imagino lo duro que sería para mí que nadie me hablara, me mirara, se me acercara. Jesús, tú entras en el corazón de ese hombre. Curas sus heridas, las del cuerpo y del alma. Ofreces la mano tendida, el contacto como un signo de amistad, y por este humilde gesto, reintegras al pobre enfermo en la sociedad ordinaria de los hombres.
Contemplo tu gesto, Jesús: gesto de amor. Te rezo yo también, al ver mis lepras de egoísmo, de los pecados capitales: Señor, si quieres, ¡puedes limpiarme! Señor, si quieres, ¡puedes limpiar el mundo!
No quieres popularidad, Señor, mandas que no se pregone el milagro: danos una fe sencilla, una fe que no tenga necesidad de lo extraordinario. Veo también que aceptas las costumbres y las instituciones de su país y de su tiempo... muy sencillamente (Noel Quesson).
Jesús, nos «tocas» con su mano, como al leproso: nos tocas con los sacramentos, a través de la mediación eclesial. Nos incorporas a su vida por el agua del Bautismo, nos alimentas con el pan y el vino de la Eucaristía, nos perdonas a través de la mano de tus ministros extendida sobre nuestra cabeza.
Los sacramentos, como dice el Catecismo, son «fuerzas que brotan del Cuerpo de Cristo siempre vivo y vivificante, acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia, obras maestras de Dios en la nueva y eterna alianza» (Catecismo, 1116).
Además, Jesús, tú nos pides que hagamos lo que tú, que nos acercarnos al que sufre, para extender nuestra mano hacia él, «tocar» su dolor y darle esperanza, ayudarle a curarse. Somos buenos seguidores tuyos, Jesús, si, como tú, salimos al encuentro del que sufre y hacemos todo lo posible por ayudarle (J. Aldazábal)
2. –“Dios dijo a Abraham... Dios le dijo también... Dios siguió diciendo... Abraham contestó... De nuevo dijo Dios”... Solamente en esta página Dios toma la palabra cinco veces. Dios habla con Abraham «en lo íntimo de su vida». El objeto de su conversación es la gran preocupación de Abraham de no tener un hijo. Con frecuencia quisiera yo también que rompieras tu silencio, Señor. Tengo la impresión de que te callas. Y me gustaría oír tu voz. Si te oigo tan pocas veces, ¿no será porque no sé interrogarte sobre lo que constituye «lo íntimo de mi vida»? Mis relaciones contigo no pueden quedar en vaguedades. Como sucedió con Abraham, mi vida debería ser la materia de nuestras conversaciones, entre Tú y yo. ¿Cuál es mi preocupación, mi sufrimiento en este momento? ¿Qué responsabilidades tengo, qué proyectos? ¿Qué tengo que hacer HOY? Sobre todo esto te pido que me digas una palabra. ¿Qué piensas de todo ello? Pero, si te oigo tan pocas veces, ¿no será, sobre todo, porque «no quiero oír» lo que Tú dices? O ¿será quizá porque sólo quiero escuchar lo que me agrada? Hago oídos sordos cuando oigo Palabras que no corresponden a mis deseos. En lugar de decir sinceramente: «Hágase tu voluntad»... siento la tentación de cambiar los papeles, diciendo «hágase mi voluntad»...
-“Anda en mi presencia y sé perfecto”. Primera palabra. Esto es lo que también me pides a mí: «¡Anda!» «¡Avanza!» No seas pasivo. Levántate. Encárgate de tu vida. «En mi presencia». Estoy contigo, te ayudaré si tú empiezas la andadura. «Sé perfecto». Haz todo lo que puedas, progresa en todas tus empresas, ve más lejos, más alto, continúa, no te desanimes nunca, puedes hacerlo mejor todavía. Repítemelo, Señor.
-“Observarás mi alianza... estableceré mi alianza contigo”. Segunda palabra. Tú te adelantas, Señor, te comprometes. Te alías. Y me pides que me comprometa contigo lealmente. «Una Alianza» =un contrato, una promesa firme de la cual no puede retractarse cuando se es hombre de honor y se ha dado palabra. «Entre tú y yo»=es ya una alianza de amor, como un desposorio. Para lo mejor y para lo peor. ¡Qué misterio, Señor! Tal es tu manera de amar. Y para sellar esa alianza con un signo concreto, un signo de pertenencia, Dios pide que toda la raza judía sea marcada por la «circuncisión». Dios hará de nuevo «Alianza» en el Sinaí, con su pueblo, en la sangre del cordero pascual. Pero, sobre todo, renovará una «Alianza» en el sacrificio del Cordero Verdadero, Jesucristo. Para poder vivir como «aliados» tuyos, Señor, no podemos apoyarnos en nuestras propias fuerzas. Todo se apoya en tu gracia. En Ti, Jesús. Gracias (Noel Quesson).
La circuncisión queda establecida, con esa manifestación de Dios con un sentido algo indeterminado (término El-Saddai, nombre con que Dios se manifestó a los patriarcas según la tradición sacerdotal): «Dios de las montañas», “Dios omnipotente” o “Dios de la abundancia”. Explica Clemente de Alejandría que se le pide a Abrahán vivir en presencia de Dios y ser perfecto: “ésta es la única manera de mantenerse sin tropiezo: tener presente que Dios está siempre a nuestro lado.” La vida es tanto un camino como un movimiento. Dios nos lo exige. Caminar en presencia de Dios o dedicarle totalmente la existencia ha de constituir la suprema aspiración de los justos y perfectos, como Abrahán. El cambio de nombre, como en el caso de Jacob (Gn 32,29), en el de Pedro (Jn 1,42; Mt 16,18) y en el de Sara, en este mismo capítulo (con evolución semejante a la de Abrahán; Sara etimológicamente significa «princesa»), expresa que Dios se apropia de tales personas. El compromiso se mantendrá. La circuncisión se convierte en signo de la aceptación, por parte del hombre, del compromiso liberador de Dios, y por eso se vincula tan íntimamente a la fe de Israel, sobre todo a partir del exilio, cuando nació la tradición sacerdotal (J. Mas Anto). Abrahán es el primero en la historia bíblica al que Dios cambia el nombre, con un significado preciso, su nuevo nombre es ahora “padre de multitud de pueblos”. Abrahán, el primer hombre –después de Adán- con el Dios habla personalmente en la Biblia, es el “hombre de la alianza”, y se convierte en la profecía de la Iglesia, según San Pablo (cf Rm 4,17: Biblia de Navarra). El cambio del nombre de Sara y su papel se ve mejor en el trozo que se lee mañana.
3. Canción de las subidas. Dichosos todos los que temen a Yahveh, los que van por sus caminos”. Los peregrinos lo cantaban caminando hacia Jerusalén. Jesús "subió" a Jerusalén con motivo de las fiestas, y entonó este canto. “Del trabajo de tus manos comerás, ¡dichoso tú, que todo te irá bien!” Aparece la "felicidad en familia", de una familia modesta. El hombre "virtuoso" y "justo" tenía que ser feliz, y ser recompensado ya aquí abajo con el éxito humano. Aún no conoce la resurrección de la carne. Cualquier palabra sobre el sufrimiento tiene que tener una apertura a la esperanza, al cielo, si no está cojo. El sufrimiento no es un castigo. Es un hecho. Y el éxito humano, no es necesariamente señal de virtud. Sigue siendo verdad en el fondo, que el justo es el más feliz de los hombres, al menos espiritualmente, en el fondo de su conciencia: "¡feliz, tú que adoras al Señor!": “Tu esposa será como parra fecunda en el secreto de tu casa. Tus hijos, como brotes de olivo en torno a tu mesa”.
Así será bendito el hombre que teme a Yahveh. ¡Bendígate Yahveh desde Sión, que veas en ventura a Jerusalén todos los días de tu vida”.
Llucià Pou Sabate

miércoles, 24 de junio de 2015

Jueves de la semana XII de tiempo ordinario; año impar

Jueves de la semana 12 de tiempo ordinario; año impar

Edificar la vida sobre buena base es tener asentado todo en el amor de Dios, abrirnos así a su palabra y hacerla vida
«No todo el que me dice: Señor, Señor entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor ¿pues no hemos profetizado en tu nombre, y arrojado los demonios en tu nombre, y hecho prodigios en tu nombre? Entonces yo les diré públicamente: Jamás os he conocido: apartaos de mí, los que habéis obrado la iniquidad. Por tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, llegaron las riadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca. Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, llegaron las nadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, y cayó y fue tremenda su ruina. Y sucedió que, cuando terminó Jesús estos discursos, las multitudes quedaron admiradas de su doctrina, pues les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas.» (Mateo 7, 21-29)
1. "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos...". Leemos hoy las últimas recomendaciones del sermón de la montaña. Si ayer se nos decía que un árbol tiene que dar buenos frutos, y si no, es mejor talarlo y echarlo al fuego, hoy se aplica la misma consigna a nuestra vida: «no todo el que me dice, Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre». No se trata de decir palabras piadosas, sino de cumplir lo que esas palabras prometen.
A veces cambia mi estado de ánimo, Jesús, ocurre que las circunstancias cambian: aquellas prácticas de piedad que antes me llenaban, ahora no me dicen nada: o cambio de lugar y encuentro a faltar aquellos amigos y ese desarraigo influye en mi modo de sentirme; o los estudios o el trabajo me absorben más que en otras épocas: o simplemente, me canso de luchar. Y entonces, mi vida interior sufre como un descalabro, como un terremoto.
Jesús, ayúdame a reforzar los cimientos de mi vida cristiana a base de una vida de piedad más profunda, de una oración más constante, de un esfuerzo más serio por mejorar en las virtudes y en el estudio o trabajo profesional, de una mayor generosidad en el servicio a los demás (Pablo Cardona).
Te pido, Señor, que no haya divorcio entre mis palabras y mis hechos. Porque pienso que tú, Jesús, nos recuerdas que la santidad y la vida no se construye a base de palabras, sino de buenas obras: de amor, que se demuestra en hechos de generosidad, servicio, trabajo… Ayúdame, Señor, ayúdanos a todos, para no dejarnos llevar por un estado de ánimo, engaños como los que dicen: "hemos profetizado en tu nombre, hemos arrojado los demonios, hemos hecho milagros". Pero algo les falta, o es mentira o cumplieron pero por otros motivos, no por amor, pues les dices: "nunca os conocí; apartaos de mí". Quizá les pasan las dos cosas, y también que eran gente que les gusta escuchar, programar; pero que luego no hace, olvida obrar, aplicar los programas, y esta disociación es mala.
Jesús, pones también el ejemplo de la casa sobre roca. Dejarme llevar por mis fuerzas y cambios de ánimo, es como una casa construida sin cimientos. Se construye de prisa, pero está destinada a hundirse. Es el peligro de una oración ("Señor, Señor") que no se traduzca en vida y en compromiso ("la voluntad de Dios"), que no se convierte en nada práctico y operante. Lo esencial de la vida cristiana no es decir, ni tampoco confesar a Cristo de palabra, sino practicar el amor concreto a los pobres, a los oprimidos. Acuden a la mente las palabras de la escena grandiosa del juicio: "Venid, tomad posesión del reino, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui peregrino y me acogisteis" (25,34ss). Más aquí no podemos evitar una pregunta: ¿Por qué a veces la oración se cierra en sí misma, la escucha de la palabra no se traduce en vida y el encuentro con los hermanos no se abre al mundo?
Como final de todo el discurso, Jesús, propones esta imagen. ¿Sobre qué estoy edificando yo mi vida: sobre roca, sobre arena? ¿Sobre qué construyo mis amistades, o mi vida de familia, o mi apostolado: sobre engaños y falsedades? ¿Y me extrañaré de que los derrumbamientos que veo en otras personas o en otras instituciones me puedan pasar también a mi? (J. Aldazábal).
La roca eres tú, Señor, y tu palabra, y la tempestad rompe la casa frágil si no está basada mi fuerza en ti, sino en mis fuerzas. En la fuerza de Dios es donde el hombre encuentra su consistencia.
También me hablas aquí de la necesidad de un compromiso concreto, de un esfuerzo continuo para pasar de las palabras a los hechos. No existe verdadera fe sin empeño moral. La oración y la acción, la escucha y la práctica, son igualmente importantes. Como dirás en la parábola del sembrador, hay gente que recibe la semilla con entusiasmo pero luego la deja secar, no tiene constancia o se deja llevar por los vientos del momento, por el afán de tener, de poder, la comodidad...
Las cosas indispensables son tres: escucha atenta, práctica y perseverancia. La muchedumbre se llenaba de estupor ante tus palabras, Jesús, porque enseñabas "con autoridad". Tus palabras tienen verdad, comprometen, exigen plena disponibilidad (Bruno Maggioni).
2. –“Sara dio en maltratar a su sirvienta Agar -que estaba encinta- y ésta huyó de su presenciaEl ángel del Señor la encontró junto a una fuente que hay en el desierto, camino del Sur”.Dios mismo, por medio de su mensajero, trata de arreglar las cosas. «Retorna donde tu ama... Muéstrate sumisa... Estás en cinta, darás a luz a un hijo y le darás por nombre Ismael”. De este modo, también HOY Dios está presente en todas partes donde hombres divididos entre sí se dañan mutuamente, tratando de ayudarlos a soportarse los unos a los otros. Te ruego, Señor, por los árabes y por los judíos. Te ruego por todos aquellos que están en conflictos...
El ángel le dice a la desconsolada Agar: «haré tu descendencia tan numerosa, que no se podrá contar... el Señor ha escuchado tu aflicción». Dejo que esta palabra penetre en mí. Dios se compadece. Considera a todo hombre como hijo suyo. Está presente con quien sufre. Señor, que mi oración por el mundo entero llegue hasta Ti. ¡Hay tantas aflicciones todavía después de la de Agar!
-“Agar dio a luz un hijo a Abraham, y Abraham le puso por nombre Ismael”. El origen del pueblo Islam=Ismael tiene relación con la Alianza y con la Fe monoteísta de Abraham. Al hijo de la esclava le alcanza el amor de Dios: se llama Ismael, que significa «Dios escucha». Dios ama también a los que nosotros consideramos que están fuera. Recordemos lo que el Concilio Vaticano II dijo (Nostra aetate, n. 3): «la Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes, que adoran al único Dios vivo y subsistente, misericordioso y omnipotente... a cuyos ocultos designios procuran someterse por entero, como se sometió a Dios Abrahán, a quien la fe islámica se refiere de buen grado... Si bien en el transcurso de los siglos han surgido no pocas disensiones y enemistades entre cristianos y musulmanes, el Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, ejerzan sinceramente la comprensión mutua». Las tres grandes religiones monoteístas -cristianismo, judaísmo, Islam- tenemos un común punto de referencia en Abrahán y su fidelidad a Dios. Lástima que no nos conozcamos ni estemos reconciliados. El que Dios ame también a Ismael nos debería enseñar a tener un corazón más universal y ecuménico para con las personas que no son de nuestra raza, de nuestra edad y cultura. Por desgracia las heridas entre árabes y judíos no se han cicatrizado. Para convencerse de ello basta evocar la actual situación política del próximo Oriente. De modo que, una vez más, un texto, aparentemente «lejano» y casi «arqueológico» se revela como de flagrante actualidad: la trágica envidia de Sara y Agar continúa en pleno siglo xx. Por lo mismo, los cristianos deberían también prodigar una mejor acogida a los árabes que vienen a trabajar entre nosotros... A través de ese contexto, ¡la «humanidad» de Dios quedará patente!»
Abraham por un momento creyó que ese hijo sería el cumplimiento de la «promesa». De sufrimiento en sufrimiento ¡avanza, a pesar de todo, hacia la realización de lo que Dios le ha prometido! Sara ¡por fin!, le dará un hijo. Señor, me atrevo a pedirte que mis titubeos y mis errores sirvan a tu designio. «Dios escribe recto en líneas torcidas.» ¡Afortunadamente! (Noel Quesson).
Vemos hoy el origen del pueblo Islam=Ismael y su relación con la Alianza y con la Fe monoteísta de Abraham. El hijo de la esclava parece no tener lugar en la historia de la salvación, pero también a él le alcanza el amor de Dios: se llama Ismael, que significa «Dios escucha». El ángel le dice a la desconsolada Agar: «haré tu descendencia tan numerosa, que no se podrá contar... el Señor ha escuchado tu aflicción». Dios ama también a los que nosotros consideramos que están fuera. Recordemos lo que el Concilio Vaticano II dijo (Nostra aetate 3): «la Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes, que adoran al único Dios vivo y subsistente, misericordioso y omnipotente... a cuyos ocultos designios procuran someterse por entero, como se sometió a Dios Abrahán, a quien la fe islámica se refiere de buen grado... Si bien en el transcurso de los siglos han surgido no pocas disensiones y enemistades entre cristianos y musulmanes, el Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, ejerzan sinceramente la comprensión mutua». Las tres grandes religiones monoteístas -cristianismo, judaísmo, Islam- tenemos un común punto de referencia en Abrahán y su fidelidad a Dios. Lástima que no nos conozcamos ni estemos reconciliados. El que Dios ame también a Ismael nos debería enseñar a tener un corazón más universal y ecuménico para con las personas que no son de nuestra raza, de nuestra edad y cultura. Por desgracia las heridas entre árabes y judíos no se han cicatrizado. Para convencerse de ello basta evocar la actual situación política del próximo Oriente. De modo que, una vez más, un texto, aparentemente «lejano» y casi «arqueológico» se revela como de flagrante actualidad: la trágica envidia de Sara y Agar continúa en pleno siglo xx. Por lo mismo, los cristianos deberían también prodigar una mejor acogida a los árabes que vienen a trabajar entre nosotros... A través de ese contexto, ¡la «humanidad» de Dios quedará patente!»
3. “¡Dad gracias a Yahveh, porque es bueno, porque es eterno su amor!” Tienen motivo para alegrarse los que le buscan ¡cuánto más lo que le hallan!: “¿Quién dirá las proezas de Yahveh, hará oír toda su alabanza?” Las maravillas de su Providencia a favor nuestro nos hacen cantar: “¡Dichosos los que guardan el derecho, los que practican en todo tiempo la justicia!” Es la esperanza de que todo llega a su tiempo: “¡Acuérdate de mí, Yahveh, por amor de tu pueblo; con tu salvación visítame, que vea yo la dicha de tus elegidos, me alegre en la alegría de tu pueblo, con tu heredad me felicite!
Llucià Pou Sabaté

martes, 23 de junio de 2015

Miércoles de la semana XII de tiempo ordinario; año impar

Miércoles de la semana 12 de tiempo ordinario; año impar

Por nuestros frutos se nos conoce. Pegados a Jesús, podemos conocer la voluntad de Dios, poder cumplirla, y querer cumplirla.
«Guardaos bien de los falsos profetas, que vienen a vosotros disfrazados de oveja, pero por dentro son lobos voraces. Por sus frutos los conoceréis: ¿acaso se cosechan uvas de los espinos o higos de las zarzas? Así todo árbol bueno da frutos buenos, y todo árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni un árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da fruto bueno es cortado y arrojado al fuego. Por tanto, por sus frutos los conoceréis.» (Mateo 7, 15-20)
1. -“Cuidado con los profetas falsos, esos que se os acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces”. Parecen predicar la buena doctrina y moral... pero son de hecho, "lobos" rapaces, incluso cuando pretenden hablar en el nombre de Dios. “El falso profeta suele predicar una doctrina más racional, más aceptable, más sentimental, tratando de evitar lo que es cruz o sacrificio, y lo que es sobrenatural. Se presenta como una religión más humana y asequible, una religión a la medida del hombre actual: más consensuada, más democrática, más «humilde»” (Pablo Cardona).
Jesús, te pido que sepa distinguir esas voces que no llevan verdad, ni amor, que es la prueba de que aquello es tuyo, pues como dice el himno, “donde hay verdad y amor, allí está Dios”: «Examina con sinceridad tu modo de seguir al Maestro. Considera si te has entregado de una manera oficial y seca, con una fe que no tiene vibración; si no hay humildad, ni sacrificio, ni obras en tus jornadas; si no hay en ti más que fachada y no estás en el detalle de cada instante..., en una palabra, si te falta Amor.
”Si es así, no puede extrañar te tu ineficacia. ¡Reacciona enseguida, de la mano de Santa María!» (J. Escrivá, Forja 930).
“Jesús, me pides que dé buen fruto, de modo que los que me rodean puedan conocer la bondad del árbol al que pertenezco, que es la Iglesia, pues «todo árbol bueno da frutos buenos.» Por ser cristiano, estoy obligado a dar buen fruto” (P. Cardona).
La gente juzga a la Iglesia por sus frutos, y de mí depende esa autenticidad del apostolado: “¿Es mi fe «una fe que no tiene vibración,» que no siente la necesidad de acercarte a los demás? ¿Es mi jornada un «ir tirando», sin sacrificio, sin oración, sin obras? ¿Hago mi trabajo lo mejor que puedo, estando en el detalle de cada instante y ofreciéndotelo por alguna intención? ¿Busco cada día ocasiones para servir a los demás con pequeños servicios que pasen desapercibidos? Si me falta Amor, si no hago las cosas por Ti y por los demás, si mi entrega es «oficial y seca,» haciendo lo mínimo indispensable, entonces también mi fruto será seco y vacío.
Jesús, nos das la clave para conocer las personas: “por sus frutos los conoceréis”. Eres realista. "Mirad y ved cómo actúan..." El verdadero valor de una persona se manifiesta por lo que hace. La persona no es lo que dice ni lo que piensa, sino en primer lugar lo que se define por sus frutos: si sus hechos son buenos, es una buena persona… en cambio, los falsos profetas saben engañar un tiempo, se presentan como la solución a todos los problemas, pero luego se ven sus frutos malos.
La docilidad al Espíritu y la humildad son los frutos por los que se reconoce al profeta auténtico. –“¿Se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Así los árboles sanos dan frutos buenos; los árboles dañados dan frutos malos”. ¡Un "buen" fruto! La calidad de una fruta depende de la calidad del árbol. Te pido, Señor, que mi árbol sea bueno porque esté unido a ti, y que dé frutos buenos pues quiero ayudar a los demás.
-“Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos”. Se conocen las instituciones, las personas, por los frutos que dan, pues todo se relaciona y la vida no depende de un momento, sino del conjunto, así los momentos serán fructíferos también.
-“Todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa al fuego”. Esto me hace pensar en la viña que no da fruto, en la higuera seca…. Señor, quiero estar unido a ti como el sarmiento a la vid, para tener vida y dar fruto.
”La Virgen supo estar en los detalles, vivir pendiente de los demás y sacrificarse por ellos como una buena madre, sin que se note.
Por eso su fruto es el mejor fruto: «bendito es el fruto de tu vientre» (Lucas 1, 42): Tú mismo, Jesús. Madre, ayúdame a vivir mi vida cristiana con la responsabilidad que tengo de dar buen fruto, de ser santo. De esta manera, los que me rodean conocerán la belleza de la Iglesia, el buen árbol plantado por Cristo para darnos su gracia y hacernos hijos de Dios” (P. Cardona).
2. –“Me voy sin hijos...
-“Mira al cielo y cuenta las estrellas. Así será tu descendencia...” Sorprendente diálogo. El gran sufrimiento humano de Abraham es no tener hijos. Así se lo confía a Dios. Este es también un problema de vida concreta. Y Dios «promete»… ¡Una descendencia tan numerosa como las estrellas! Hoy sabemos que esa promesa se ha realizado. Millones de judíos, de árabes y de cristianos honramos a Abraham como a nuestro padre. Pero él, en aquella época sólo veía que era viejo, que su mujer era estéril y que no tenía hijos. Así pues, Señor, Tú diriges nuestra mirada hacia el futuro. Eres dueño de lo imposible. El mundo no ha terminado. El porvenir está entre tus manos divinas. Nuestra Fe, también debe dirigirnos a nosotros «hacia el porvenir». ¿Qué haré hoy para trabajar en el sentido de Dios? Aunque no pueda ver el resultado de ello. La historia avanza hacia su cumplimiento.
-“Abraham creyó en Dios y el Señor lo declaró justo”. Confiar en Dios. Los años pasan y el hijo prometido no llega. ¿Serán engañosas las promesas divinas? Abraham, sin embargo, sigue confiando. Continúa esperándolo todo de Él. Dame, Señor, esta perseverancia y esta obstinación en la fe. Me detengo en un momento de silencio para evocar lo que espero, HOY, de Dios: tal gracia, tal liberación del pecado... que dura desde tiempo. Continúo creyendo en ti, Señor. Lo que prometiste se realizará.
-“Un sombrío y profundo sopor invadió a Abraham... Espesas tinieblas...” La fe, la certeza de Dios no suprimen cualquier angustia y obscuridad. En ciertos días esa espera interminable debió de parecerle muy dura a Abraham. Así en nuestras vidas, hay también noches vacías, oscuras, momentos en los que la prueba nos pone los nervios de punta. Ello es quizá un «signo» de que el Señor pasa, como en la vida de su amigo Abraham.
-“Aquel día firmó el Señor una alianza con Abraham”. Dios actúa a menudo en nosotros cuando estamos vacíos de nosotros mismos y completamente receptivos a su acción. Cuando todo parece perdido, como en la Pasión, es cuando la salvación pascual está cerca. Esta «Alianza» entre Dios y Abraham se expresa por ritos tomados de los usos de las tribus nómadas de la época: las dos partes se comprometen, aceptando ser despedazados como animales abiertos en canal, si dejan de cumplir la palabra dada. Pero Yavéh -Dios- pasa solo entre las víctimas, en forma de un «fuego», porque solamente su fidelidad queda realmente comprometida. Es algo emocionante ver a Dios así comprometido, aceptando la forma misma de ese contrato primitivo propio de nómadas que aún se basan en la violencia. HOY todavía, Señor, quieres pactar «Alianza» con el hombre. Sé que, por tu parte, esta alianza será sólida (Noel Quesson).
3. Algunas veces en mi vida «el sol se puso y vino la oscuridad». Me miro en el espejo de Abrahán. Y de Cristo, ejemplo pleno de confianza en Dios: «a tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu». Cuando no vemos el final del túnel… El salmo nos invita a esta actitud: «que se alegren los que buscan al Señor, recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro... él se acuerda de su alianza eternamente, de la alianza sellada con Abrahán».
Llucià Pou Sabaté

lunes, 22 de junio de 2015

Martes de la semana XII de tiempo ordinario; año impar

Martes de la semana 12 de tiempo ordinario; año impar

El don de Dios es una perla preciosa, que hemos de custodiar con nuestra lucha y confiando en Dios, también en las dificultades que encontremos en el camino de la vida
«No deis las cosas santas a los perros, ni echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen con sus patas y revolviéndose os despedacen. Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos: Esta es la Ley y los Profetas. Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran!» (Mateo 7, 6, 12-14)
1. Siguen, en el sermón del monte, diversas recomendaciones de Jesús. Hoy leemos tres. La primera es bastante misteriosa, probablemente tomada de un refrán popular: «no echar las perlas a los cerdos o lo santo a los perros». Puede referirse al acceso a los sacramentos sólo a los que ya están preparados, pero no deja de haber un tono de misterio, algo que sería habitual en tiempos de Jesús y que nosotros desconocemos: …”no sea que las pisoteen, y además se revuelvan y os destrocen”. Señor, veo ahí un respeto a las cosas santas... Te pido “que no me acostumbre a lo que es santo, y que trate con especial respeto todo lo sagrado: los vasos sagrados, los vestidos sagrados -los ornamentos-, y los lugares sagrados. Más aún he de tratar con especial respeto a las personas consagradas a Ti: los sacerdotes y religiosos” (Pablo Cardona). El cristianismo es una realidad sagrada, una "perla" preciosa. Jesús, ¿a qué te referías aquí? Intuyo que no podemos causar el desprecio de la fe, cuando queremos presentarla como una exigencia inhumana, o con la excusa de que hemos de decir la verdad la “imponemos” sin discernimiento, y creamos oposición...
La segunda sí que se entiende y nos interpela con claridad: «tratad a los demás como queréis que ellos os traten». Es la regla de oro, base de toda moral, presente en todas las religiones. “Todo lo que querríais que hicieran los demás por vosotros, hacedlo vosotros por ellos”. En los refranes populares, se dice: ¡haz a los demás lo que desees para ti! También se puede formular como negativa: "no hagas a los demás lo que no quisieras que se te hiciese." Luego nos darás, Jesús, la medida de ese amar al prójimo: como a uno mismo. Es más, como tú nos has amado. ¿Busco siempre el modo de servir a los demás en pequeños detalles, como me gustaría que hiciesen conmigo?
Igualmente se entiende bien la tercera: «entrad por la puerta estrecha», porque conocemos bien los textos sobre los dos caminos, el exigente y el permisivo, el estrecho y el ancho, todos tendemos a elegir el fácil, que no es precisamente el que nos lleva a la salvación. Jesús nos va enseñando sus caminos. Los que tenemos que seguir si queremos ser seguidores suyos. –“Entrad por la puerta angosta; porque ancha es la puerta y amplia la calle que llevan a la perdición. ¡Qué angosta es la puerta y qué estrecho el callejón que llevan a la vida!” Puerta angosta, camino estrecho… Señor, ayúdame a no ver, en tu evangelio, lo que me agrada, sino a ver también la exigencia a la que nos invitas, para no caer en la mediocridad de “dejarse llevar”. Pero el sendero que conduce a las cimas es escarpado y rocoso. ¿Qué debería cambiar en mi vida esta severa advertencia? ¿Dónde está la dificultad? ¿Es quizá el signo del deber? (Padre de Foucauld). Para recorrer «el camino que conduce a la Vida», he de luchar. “La santidad requiere esfuerzo, porque la puerta es «angosta y el camino estrecho», y es fácil desviarse. Por eso, hoy me puedo preguntar: ¿estoy luchando, de verdad, por ser santo?; ¿me propongo metas de mejora e intento seriamente cumplirlas?; ¿acudo con puntualidad a la dirección espiritual? para concretar los puntos en los que puedo y debo mejorar? Si no noto la exigencia de la lucha por ser santo, muy posiblemente lo que ocurre es que estoy yendo por la senda ancha que tantos y tantas eligen, pero «que conduce a la perdición»” (Pablo Cardona).
-“Son pocos los que encuentran el sendero”. Es necesario constatarlo -y contrastarlo- con Jesús. Los que aceptan vivir íntegramente el evangelio son una pequeña minoría. Los atraídos a no seguir el camino angosto son la masa. Danos, Señor, este valor y esta personalidad algo fuerte, que Tú nos sugieres con estas palabras abruptas (Noel Quesson/J. Aldazábal).
Danos también, Señor, la llave de la puerta estrecha que abre el camino angosto: la humildad de saber reconocerte en aquel que nos indica ese camino difícil, aun a costa de recibir nuestra negativa y perder nuestra consideración…concédenos, Señor, la docilidad necesaria para dejarnos guiar a través de esa puerta estrecha, cogidos de la mano de aquel que Tú has puesto en nuestro camino… Porque Tú, Señor, en las personas que nos guían y acompañan por el camino angosto que lleva a la vida eterna, a ti, te has quedado con nosotros hasta el fin de los tiempos…
«Has notado con más fuerza la urgencia, la «idea fija» de ser santo; y has acudido a la lucha cotidiana sin vacilaciones, persuadido de que has de cortar valientemente cualquier síntoma de aburguesamiento.
”Luego, mientras hablabas con el Señor en tu oración, has comprendido con mayor claridad que lucha es sinónimo de Amor; y le has pedido un Amor más grande, sin miedo al combate que te espera, porque pelearás por Él, con Él y en Él» (J. Escrivá, Surco 158). Jesús, la perla más valiosa que tengo es ser hijo de Dios, que por tu redención nos has dado. El pecado sería echar esa perla a los cerdos, por eso te pido: ayúdame a no pecar, cortando «valientemente cualquier síntoma de aburguesamiento.»
2. –“Hubo una disputa entre los pastores del ganado de Abram y los del ganado de Lot, su sobrino”... ¡Así suelen comenzar todas las guerras!, nacionales o sociales. Va a revelarse el «designio de Dios», de que «somos hermanos»... Porque Abram trata de ser fiel a Dios, porque es hombre de fe y de oración, es también fiel a sus hermanos: decidirá libremente que Lot se quede con los mejores pastos, los del valle del Jordán, abundantes en riego... Y Abram se queda con el resto: los collados más áridos de la montaña de Canaán: Dar al otro la mejor parte: Jesús repetirá ese gesto. Para Abram, «la paz» es ya un bien superior a los bienes materiales. El amor fraterno ante todo. Es ya un «evangelio» vivido, es el tema del Amor: ley esencial del Reino.
Señor, ayúdame HOY, en la situación en que me encuentro, a dar paz. ¿Soy un constructor de hermandad? Ayúdame a dejar pasar a los demás antes que yo. Que mi fe en ti sea también una exigencia de caridad. Que no pueda decirse: «adora a Dios, pero esto no le hace mejor». En tu designio, Señor, «oración y comunión fraterna» están ligadas. El progreso, de etapa en etapa, que Tú me pides, es a la vez una «búsqueda de Dios» y «una búsqueda de los hombres»: no hay más que dos mandamientos, se resuelven en uno, dirá Jesús.
-“Toda la tierra que ves te la daré”. Abram ha sido generoso, sin cálculo, para construir la paz fraterna. Este gesto de desprendimiento suscita, por así decirlo la generosidad de Dios. «Los que renunciaron a todo recibirán el céntuplo...» No se trata de ser negociantes, claro está. Pero queda fuera de duda que el que opta por Dios, no pierde. No quiero tomar esta Promesa únicamente en un sentido material e inmediato, Señor. Porque sé muy bien que hay gentes que te aman y que son desgraciadas y están en la miseria. Pero creo en tu palabra. Si no es HOY, creo sin embargo que colmarás un día a todos los que son fieles y buenos. Es necesario, Señor, es preciso que haya una justicia.
-“Abram vino a establecerse junto a la encina de Mambré, que está en Hebrón, y erigió allí un altar al Señor”. A cada etapa de su vida, ¡la oración! Su primer gesto, doquiera que llegue para plantar su tienda: construir un altar, ponerse ante Dios. Finalmente, para este hombre de fe su espera profunda no es ante todo una «tierra» ni una «posteridad», es Dios mismo. ¡Señor, sé mi saciedad cotidiana! «El pan nuestro de cada día, dánosle hoy.» Que sea tu presencia «lo que colme mi vida». ¡Erigir un altar! ¡Ofrecer mi vida! (Noel Quesson).
3. “El que anda sin tacha, y obra la justicia; que dice la verdad de corazón, y no calumnia con su lengua; que no daña a su hermano, ni hace agravio a su prójimo; con menosprecio mira al réprobo, mas honra a los que temen a Yahvé; que jura en su perjuicio y no se retracta, no presta a usura su dinero, ni acepta soborno en daño de inocente. Quien obra así jamás vacilará”.Es un examen de conciencia personal que nos anima a pedir perdón para entrar en comunión con el Señor: seguir el camino de la integridad moral, de la práctica de la justicia y, por último, de la sinceridad perfecta al hablar (ética general). Sigue eliminar la calumnia de nuestra lengua, evitar toda acción que pueda causar daño a nuestro hermano, no difamar a los que viven a nuestro lado cada día (el trato con los demás, fraternidad). En el ámbito social: considerar despreciable al impío y honrar a los que temen al Señor. Por último, ser fieles a la palabra dada, al juramento, incluso en el caso de que se sigan consecuencias negativas para nosotros; no prestar dinero con usura, delito que también en nuestros días es una infame realidad, capaz de estrangular la vida de muchas personas; y, por último, evitar cualquier tipo de corrupción en la vida pública, otro compromiso que es preciso practicar con rigor también en nuestro tiempo.  Seguir este camino de decisiones morales auténticas significa estar preparados para el encuentro con el Señor. Jesús, en el Sermón de la montaña, lleva a la plenitud esos consejos (Juan Pablo II). San Hilario de Poitiers comenta: "Quien obra de acuerdo con estos preceptos, se hospeda en la tienda, habita en el monte. Por tanto, es preciso guardar los preceptos y cumplir los mandamientos. Debemos grabar este salmo en lo más íntimo de nuestro ser, escribirlo en el corazón, anotarlo en la memoria. Debemos confrontarnos de día y de noche con el tesoro de su rica brevedad. Y así, adquirida esta riqueza en el camino hacia la eternidad y habitando en la Iglesia, podremos finalmente descansar en la gloria del cuerpo de Cristo". Podemos preguntarnos: ¿somos capaces de ceder, y dar prioridad a las necesidades de los demás o tiene que prevalecer mi gusto? ¿Sé resolver los conflictos de la vida familiar o comunitaria poniendo aceite en las junturas, buen humor?
Llucià Pou Sabaté

domingo, 21 de junio de 2015

Lunes de la semana XII de tiempo ordinario; año impar

Lunes de la semana 12 de tiempo ordinario; año impar

No juzguemos, ni las personas ni las desgracias, sabiendo que si llevamos todo con Dios, nos servirá para obtener por la misericordia divina una vida mejor
“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: "No juzguéis y no os juzgarán. Porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: "Déjame que te saque la mota del ojo", teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita: sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano"” (Mateo 7,1-5).
1. Hoy, Jesús, nos hablas de no juzgar al hermano, pues puedo medir mis cosas de una forma y de una forma distinta las de los demás: «¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?». Cuando hago un examen, si apruebo soy “yo, mis méritos: he aprobado”, pero si suspendo son los demás: “me han suspendido”. Esta forma de deformar la realidad que tenemos es tan clara a veces… Un padre de familia se quejaba del gasto de agua caliente, y él era el que más la gastaba en la ducha. No tenía dinero para la familia y se quejaba que su mujer gastaba mucho en comida buena, cuando él se gastaba cada día dinero en bares, tomando vinos con sus amigos. Por eso, Jesús, tú fomentas la comprensión y la tolerancia con las personas, siendo al mismo tiempo intransigente con la doctrina.
Nos dices que no lo juzguemos: «os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros». Si juzgo con dureza, seré así juzgado; y si tengo misericordia, mi corazón estará dispuesto a la misericordia divina. San Pablo aprendió la lección, cuando nos decía: "Nada juzguéis antes de tiempo, hasta que venga el Señor, que iluminará los escondrijos de las tinieblas y declarará los propósitos de los corazones" (1 Co 4,5). Es lo que pedimos en el Padrenuestro: «perdónanos como nosotros perdonamos». Ayúdame, Señor, a no juzgar, para quedar también yo libre de juicio… «No juzguéis y no os juzgarán».
No es malo tener capacidad de observación y un sano espíritu crítico, pero una interpretación de ello que nos lleve a la "cólera" será malo, pues "todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal" (Mt 5, 22). Se dice hay que juzgar, el "juicio" ha de ser justo y sin juzgar las intenciones, pues sólo Dios las conoce totalmente. «No queramos juzgar -Cada uno ve las cosas desde su punto de vista... y con su entendimiento, bien limitado casi siempre, y oscuros o nebulosos, con tinieblas de apasionamiento, sus ojos, muchas veces.
Una cosa importante que te pido, Señor, es una escucha activa, con empatía: que no me deje llevar por mis ideas preconcebidas al oír alguien, sino que me meta en sus necesidades, para desde ahí poder ayudarle.
"Quita primero la viga de tu ojo y entonces verás claro para quitar la paja del ojo de tu hermano". Comenzar por ordenar nuestra casa nos permite ver mejor las cosas de los demás, como dicen: “el que trabaja su campo no hace mal a nadie”, en cambio el perezoso se queja de que no tiene suerte pues el campo del vecino es siempre mejor, y esparce habladurías contra él.
Nos dice la mitología que Júpiter puso sobre nuestros hombros unas alforjas con dos aberturas: en la delantera están los defectos ajenos y las virtudes propias; en la de la espalda, las virtudes de los otros y los defectos propios. Vemos primero lo de delante de la vista, que no tiene capacidad para ver la alforja de delante. Vemos primero los defectos de los demás.
Además, lo mismo que la de esos pintores modernistas, es la visión de ciertas personas tan subjetiva y tan enfermiza, que trazan unos rasgos arbitrarios, asegurándonos que son nuestro retrato, nuestra conducta...
”¡Qué poco valen los juicios de los hombres! -No juzguéis sin tamizar vuestro juicio en la oración» (J. Escrivá, Camino 451).
Veo que si tengo que juzgar por necesidad, ha de ser con ese “tamizar mi juicio en la oración”, para poder decir las cosas con tu dulzura y misericordia, Señor, pensando no tanto en mi necesidad (“¡es que si no lo digo reviento!”) sino en el modo y las palabras y afecto que lo harías tú, Jesús. Pero quisiera entenderte cuando vas más allá, y dices: "¡no juzguéis!" en lugar de "no juzguéis severamente..." o "no juzguéis injustamente..." o "no juzguéis calumniosamente..." Dices: "no juzguéis..."; y añades:  -“Porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis la usarán con vosotros”.
Veo que mis juicios tienen que considerar que yo tengo necesidad del perdón y del juicio indulgente de Dios.
Veo que no soy objetivo pues calibro distinto las cosas de las demás y las mías: -“¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?
Veo que soy incapaz de ver verdaderamente en el corazón de los demás, y por eso me pides que no me meta en juzgar (Noel Quesson). Que tengo que luchar en mi alma primero: -“Hipócrita, sácate primero la viga de tu ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano”.
Veo que nos pides ver más lo "positivo" que lo negativo. Señor, concédeme lucidez para que me dé cuenta de seré bueno si sé ver las cosas buena de los demás (san Josemaría).
2. Vemos hoy el final del reino del Norte, Samaria (que se separó del Sur después del reinado de Salomón) cuando el año 721 a. C. (estamos en la época de la fundación de Roma) fue vencido y deportadas sus gentes a Asiria. El Libro de los Reyes lo interpreta como castigo de Dios. Dios ha sido fiel a su Alianza, pero el reino de Samaria, cada vez más deteriorado en su vida social y religiosa, ha caminado hacia la ruina. Abandonaron la religión verdadera, adoraron a dioses falsos, no hicieron ningún caso de los profetas que Dios les enviaba y procedieron según las costumbres de los paganos. Por eso ha venido el cataclismo: «el Señor se irritó contra Israel».
Aprendamos la lección. La infidelidad, el pecado, la flojedad en nuestra alianza con Dios, nos llevan a desastres más o menos calamitosos, a la ruina personal y a la comunitaria. La culpa no es de Dios, sino nuestra. No es que él sea rencoroso o vengativo.  Nosotros mismos elegimos, a veces, el camino más cómodo y ancho, pero que lleva a la ruina. Un camino torcido nunca lleva a la felicidad duradera. Esto les pasa a los pueblos, cuando se dejan llevar por la corrupción y las ambiciones injustas. Y a las comunidades cristianas, cuando aflojan en la fidelidad a sus ideales. Y a las personas, cuando eligen el camino de lo superficial (J. Aldazábal).
Cuando veamos los bajorrelieves que se encuentran en museos de todo el mundo con el terror que siembran los guerreros de Asiria (todo tipo de tormentos y muertes), pensemos que también hoy las «grandes potencias» se reparten las bombas atómicas, fabrican ingenios perfeccionados para matar, ¡ellos los usan y los venden a los demás! Y pensemos en la interpretación del libro que leemos: -“Esto sucedió porque los israelitas habían pecado contra su Dios... Habían adorado a otros dioses”... Jesús dirá que la desgracia no es un castigo (Juan 9,3; Lucas 13, 4). Pero no hay que olvidar lo que añade Jesús: «si no hacéis penitencia, pereceréis de modo semejante». Es difícil interpretar la historia con prudencia y fe… (Noel Quesson).
3. De manera que no podemos juzgar ni siquiera las desgracias, que no son por nuestra culpa muchas veces, pero a partir de ellas podemos sacar una enseñanza de penitencia, de mejorar espiritualmente, de que salga de aquel mal un bien más alto. El salmo nos da la clave para la interpretación religiosa de este triste final: «Oh Dios, nos rechazaste, estabas airado... hiciste sufrir un desastre a tu pueblo... tú nos has rechazado y no sales ya con nuestras tropas». Se cumple lo de los dos caminos del salmo. Si seguimos los caminos de Dios, tendremos vida; si preferimos los más cómodos de este mundo, nosotros mismos nos estamos condenando a la esterilidad y al fracaso. Y no se podrá decir que no hayamos tenido avisos. Los israelitas desoyeron a los profetas. Nosotros tenemos a Cristo mismo y a la Iglesia que nos recuerda sus palabras: que el que edifica sobre arena se expone a derrumbes estrepitosos. El salmo nos hace reconocer la culpa y pedir clemencia a Dios: «que tu mano salvadora, Señor, nos responda... restáuranos... auxílianos contra el enemigo, que la ayuda del hombre es inútil».
Llucià Pou Sabaté

Domingo XII de tiempo ordinario; ciclo B

Domingo de la semana 12 de tiempo ordinario; ciclo B

Ante los miedos y tempestades en el mar de nuestra vida, podemos estar seguros si  sabemos que Jesús es el hombre invisible que va en nuestra barca, ya que es Dios y aunque nos quedemos dormimos, con Él no nos hundimos.
«Aquel día, llegada la tarde, les dice: Crucemos al otro lado. Y despidiendo a la muchedumbre le llevaron en la barca tal como se encontraba, y le acompañaban otras barcas. Y se levantó una gran tempestad de viento, y las olas se echaban encima de la barca, de manera que se inundaba la barca. Él estaba en la papa durmiendo sobre un cabezal; entonces lo despiertan, y le dicen: Maestro, ¿no te importa que perezcamos? Y levantándose, increpó al viento y dijo al mar: ¡Calla, enmudece! Y se calmó el viento, y se produjo una gran bonanza. Entonces les dijo: ¿Por qué tenéis miedo? ¿Todavía no tenéis fe? Y se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: ¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?» (Marcos 4, 35-41).
1. En el  Evangelio  Jesús  va con  sus discípulos a la otra orilla y “se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron diciéndole: —Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” “Jesús, yo estoy contigo en la barca de mi vida. Como en la travesía del Evangelio, a veces se levantan olas de todo tipo que ponen en peligro mi barca: exámenes o presiones profesionales que me agobian; sufrimientos o roces familiares que me hunden en la tristeza; la ola de la pereza, que no me deja avanzar; la ola de la sensualidad, que llena de agua mi barca...
«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» Jesús, ¿dónde estás mientras yo estoy peleando por sobrevivir en mi vida cristiana? Parece que estás dormido, que estás ausente. Pero estás: «yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28,20). Estás esperando que a la vez que pongo todos los medios humanos  te despierte, te pida ayuda” (Pablo Cardona). «Cristiano, en tu nave duerme Cristo; despiértale, que Él increpará a la tempestad y se hará la calma» (San Agustín).
 “Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: —¡Silencio, cállate! El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: —¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?  Se quedaron espantados y se decían unos a otros: — ¿Pero, quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!” “Jesús, mientras permanezca en la barca contigo, no tengo nada que temer. Ayúdame a trabajar con fuerza, con ahínco, para llevar tu barca a buen puerto. Y si, alguna vez, me agobio o pierdo la esperanza de mejorar, que sepa acudir a Ti, a tus sacramentos, a la comunión especialmente, y te despierte: en el fondo era yo el que estaba dormido espiritualmente, porque no me daba cuenta de que seguías estando junto a mí” (Pablo Cardona).
Navegamos por un mar donde los vientos y tempestades no faltan, dice san Agustín: parece que  Jesús está dormido porque muchos no creen en Dios, pensamos que si  Él estuviera vivo y despierto, no  nos  sacudirían estas tempestades,  no matarían misioneros o no habría tantas guerras, la gente viviría el mandamiento del amor, si Jesús vigilara despierto... ¿Y qué significa Jesús dormido? Quizá es que soy yo el que duermo y por eso Jesús no puede hacer mucho y prosperan los malos. Despierta a Jesús, diciéndole: ¡Maestro, que perecemos!, para que Jesús nos despierte y Él viva en nosotros para cambiar el mundo: por la fe habita Cristo en nuestros corazones. Por la fe habita Cristo en ti. La fe presente es Cristo, la fe despierta es Cristo despierto, la fe olvidada es Cristo durmiente. Despiértalo, pues; sacúdete, di: ¡Maestro, que perecemos! Cuando le decimos: Levántate, Señor, ¿por qué duermes?, somos nosotros quienes dormimos, y cuando se dice que se levanta Él, somos nosotros quienes nos levantamos. Tu nave es tu corazón. Jesús estaba en la nave: la fe habita en tu corazón. Dile: «Despierta, Señor, que perecemos», para que dé órdenes a los vientos y se produzca la  calma  en tu corazón (que sepamos hacer las paces, arreglar las cosas que hemos hecho mal, perdonar y pedir perdón, saber amar, vencer la pereza…). Cuando Cristo, es decir, cuando tu fe está despierta en tu corazón, se alejan todas las tentaciones o, al menos, pierden toda su fuerza. Por tanto, ¿qué significa  “levántate”? Muéstrate, manifiéstate, hazte notar. Levántate, Señor, y ven en mi auxilio. Es el milagro de la tempestad calmada…
Te pido, Jesús, que cuando vaya a comulgar  rece el "Padrenuestro", la oración de los hermanos,  para prepararme bien como hijo de Dios,  que sepa amar y perdonar, y me prepararé para comulgar sin  miedo, sin  estar distraído, para verte mejor, porque depende de cómo me preparo que  te  vea mejor,  puedo imaginarme también con los ojos del alma a los ángeles adorándote en la Hostia. Puedo imaginarme que estoy con los discípulos de Emaús, que  te  reconocieron en la fracción del pan, que pasaron de estar desanimados a felices. A veces estoy como Tomás, que le cuesta creer: "si no lo veo no lo creo", y  me hundo en las tempestades hasta que Tú te apareces después resucitado y le dices: "Tomás, no seas incrédulo, sino creyente… bienaventurados (felices) los que sin haber visto creerán".Buen momento para decir yo también: "¡Señor mío y Dios mío!" y pedirte más fe cuando te recibo: "creo firmemente que estás aquí con tu Cuerpo, con tu Sangre, con tu Alma y tu Divinidad. Auméntame la fe, la esperanza y la caridad... te adoro con devoción, Dios escondido".
2. Job  era un personaje de la  historia de un hombre bueno que lo pasa mal, pero “el Señor habló a Job desde la tormenta” y le dijo que Él dominaba  el mar y las nubes y las olas. El sufrimiento en el mundo es como el mar con olas altas, y Dios parece que  no responde,  pero habla en la tempestad, en el Salmo  se habla de que cuando rezamos nos ayuda, nos oye siempre y aparecen entre las olas “las obras de Dios, sus maravillas en el océano. El habló y levantó un viento tormentoso, que alzaba las olas a lo alto; subían al cielo, bajaban al abismo, el estómago revuelto por el mareo. Pero gritaron al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación. Apaciguó la tormenta en suave brisa, y enmudecieron las olas del mar. Se alegraron de aquella bonanza, y Él  los condujo al ansiado puerto. Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres”. Hoy las lecturas nos hablan del miedo y el mar.
3. San Pablo  nos habla del amor de Cristo, que “murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos… El que vive con Cristo, es una creatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo”.
Me hago nuevo con la comunión, que me transforma, cuando dice Jesús: "si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros". Así como la comida es necesaria como alimento del cuerpo, mi alma necesita la Eucaristía, para amar, para sentir como San Pablo: "Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí".
Decía S. Josemaría: «Tu barca -tus talentos, tus aspiraciones, tus logros- no vale para nada, a no ser que la dejes a disposición de Jesucristo, que permitas que El pueda entrar ahí con libertad, que no la conviertas en un ídolo. Tú solo, con tu barca, si prescindes del Maestro, sobrenaturalmente hablando, marchas derecho al naufragio. Únicamente si admites, si buscas, la presencia y el gobierno del Señor, estarás a salvo de las tempestades y de los reveses de la vida. Pon todo en las manos de Dios: que tus pensamientos, las buenas aventuras de tu imaginación, tus ambiciones humanas nobles, tus amores limpios, pasen por el corazón de Cristo. De otro modo, tarde o temprano, se irán a pique con tu egoísmo» (Amigos de Dios 21).
Virgen María, quiero pedirte, Madre mía, para que se haga día a día más realidad este vivir en Cristo, y que sepa poner en él las cosas que tengo en la cabeza, que al estar con él en la barca, seguro, nunca me dejes estar triste.Que vea que todo será bueno si estoy contigo en la barca con Jesús, no quiero dejar nunca las tres avemarías de la noche, el escapulario. Tú has sido generosa con Dios, has dicho: “hágase en mí según tu palabra”. Ayúdame a que yo también sea generoso, diga a Jesús que sí, ayúdame a estar cerca de Jesús, a no dejarle, a volver si me voy lejos de su barca. A dejarme guiar por tu corazón Inmaculado, por los sentimientos del Corazón de tu Hijo. Entonces estaré a salvo de las tempestades y reveses de la vida.
Llucià Pou Sabaté