sábado, 11 de octubre de 2014

Domingo 28ª semana de tiempo ordinario; año par

Domingo de la semana 28 de tiempo ordinario; ciclo A

Meditaciones de la semana
en Word
 y en PDB

«Jesús les habló de nuevo en parábolas diciendo: El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró las bodas de su hijo, y envió a sus criados a llamar a los invitados a las bodas; pero éstos no querían acudir. Nuevamente envió a otros criados ordenándoles: Decid a los invitados: mirad que tengo preparado ya mi banquete, se ha hecho la matanza de mis terneros y reses cebadas, y todo está a punto; venid a las bodas. Pero ellos, sin hacer caso, se marcharon uno a sus campos, otro a sus negocios; los demás echaron mano a los siervos, los maltrataron y dieron muerte. El rey se encolerizó y enviando a sus tropas, acabó con aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. Luego dijo a sus criados: Las bodas están preparadas pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis. Los criados, saliendo a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y se llenó de comensales la sala de bodas. Entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía traje de boda; y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin llevar traje de boda? Pero él se calló. Entonces dijo el rey a sus servidores: Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.» (Mateo 22, 1-14)
                                                                                                                        
1º. Jesús, Tú eres el Hijo del rey.
Tu boda es la nueva alianza que nos has ganado con tu muerte en la cruz y que se realiza a través de la Iglesia.
Es la boda de Cristo con su Iglesia: tu compromiso indisoluble de ayudar a los hombres con tu gracia, de darte a ellos mediante los sacramentos, de estar con ellos «hasta el fin del mundo» (Mateo 28,20)
«La Iglesia que es llamada también «la Jerusalén de arriba» y «madre nuestra», se la describe como la esposa inmaculada del Cordero inmaculado. Cristo la amó y se entregó por ella para santificaría; se unió a ella en alianza indisoluble, la alimenta y la cuida sin cesar»(CEC.-757)
Dios envía a sus siervos a «llamar a los invitados a las bodas»que eran los judíos: a ellos les fue predicado el Evangelio en primer lugar.
«Pero éstos no querían acudir».
Maltrataron a los profetas -enviados de Dios- y acabaron matándote a Ti.
No aceptaron la invitación de venir a las bodas, a la nueva y definitiva alianza que es la Iglesia.
Pero «las bodas están preparadas»y por eso mandas llamar «a todos cuantos encontréis».
La llamada se convierte así en una invitación universal.
Todos  judíos y no judíos, de todas las naciones, razas, condición social, sexo y edad  quedan invitados a participar de esta nueva alianza que nos hace hijos de Dios por la gracia.
2º. «Me gusta comparar la vida interior a un vestido, al traje de bodas de que habla el Evangelio. El tejido se compone de cada uno de los hábitos o prácticas de piedad que, como fibras, dan vigor a la tela. Y así como un traje con un desgarrón se desprecia, aunque el resto esté en buenas condiciones, si haces oración, si trabajas..., pero no eres penitente -o al revés-, tu vida interior no es -por decirlo así- cabal»(Surco.-249).
Estar en la Iglesia, no es condición suficiente para participar del banquete celestial.
Para entrar en el Cielo es necesario tener «el traje de bodas»: estar en gracia de Dios, haber vivido en la tierra una vida cristiana profunda, interior, espiritual.
Esa vida interior se compone de hábitos o prácticas de piedad que, como fibras, dan vigor a la tela.
Mi tarea en esta vida es ir tejiendo este traje espiritual, para que al final pueda merecer el premio eterno.
Todos los mandamientos y todas las virtudes son importantes: no seria cabal practicar sólo las que mejor me parezca, o sólo en determinadas circunstancias.
La vida interior tiene una unidad que no debo romper.
Por eso, Jesús, no quieres que tenga como una doble vida: a ratos cristiana y a ratos pagana.
Quieres que siempre y en todo, mi vida sea ejemplarmente cristiana: en el trabajo, en el descanso, en la diversión; cuando estoy con mi familia, con mis amigos o con mis compañeros; cuando estoy contento, y también cuando atravieso alguna dificultad.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.


Nuestra Señora del Pilar

María, por la que nos llegan las gracias del cielo, es pilar seguro que nos protege de todo mal, guía materna que nos lleva hacia el cielo
En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío levantó la voz, diciendo: -«Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.» Pero él repuso: -«Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen»”(Lucas 11,27-28).  
1. La advocación de la "Virgen del Pilar", de tan profunda raigambre hispánica, se funda en una antigua leyenda: el apóstol Santiago el Mayor, gran evangelizador de España, en una de sus andanzas se apoyó, extenuado, sobre una columna, y sintió que la Madre de Jesús lo animaba a completar la misión recibida de su Hijo. En el lugar se construyó más tarde una capilla, y después la gran Basílica del Pilar de Zaragoza. A esta advocación se encomendaban los soldados españoles que combatían por expulsar a los moros, y se dice que Cristóbal Colón encomendó a la Virgen del Pilar su trascendental aventura marítima. El papa Clemente XII fijó para el emblemático 12 de octubre la festividad de la Virgen del Pilar. Esta celebración nos exhorta a continuar la labor misionera de Santiago, que propuso el Evangelio desde el diálogo y la organización de las comunidades cristianas, y no mediante la espada y el aniquilamiento de las culturas autóctonas. La liturgia dedica a María de Nazaret un bello himno con motivo de esta invocación: "Esa columna, sobre la que posa, leve, sus plantas tu pequeña imagen, sube hasta el cielo: puente, escala, guía de peregrinos. Cantan tus glorias las generaciones, todos te llaman bienaventurada; la roca firme, junto al Ebro enhiesta, gastan a besos. Abre tus brazos virginales, madre, vuelve tus ojos misericordiosos, tiende tu manto, que nos acogemos bajo tu amparo" (jesusjorgetorres@yahoo.es).  
Hace unos días celebramos Nuestra Señora del Rosario y hoy la Virgen del Pilar nos recuerda que el pilar de nuestra fe, la roca angular, es Cristo Jesús.
Una mujer lanza un “piropo” a Jesús: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!». A ti, Jesús, te gusta que digan eso de tu madre, pero prefieres añadir algo más allá de la maternidad biológica: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan». Es la bienaventuranza de la Palabra, el piropo que recibe la Virgen por parte de su Hijo. Porque Ella fue la primera que escuchó y aceptó la Palabra de Dios en el anuncio del Ángel con su “fiat” incondicional. Su «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38) fue un asentimiento de fe que abrió todo un mundo de salvación. Como dice san Ireneo, «obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano». Esta bienaventuranza de la Palabra nos recuerda también aquel otro pasaje evangélico, en el que Jesús llama familiar suyo a todo el que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8,21). María es Madre de la Iglesia. María es Madre de todos los que sinceramente aceptan la Palabra de Dios e intentan cumplirla alegremente como hijos suyos. La altura que la Virgen alcanza en la fe, mediante la escucha y la práctica de la Palabra de Dios, la convierte en un claro ejemplo de fe para el discípulo de Cristo. La figura de María nos enseña que creer en la Palabra de Dios (escucharla y practicarla) supone un cambio radical en nuestra vida diaria (Pablo Casas Alhama).
La razón profunda de la excelencia de la Madre de Dios es esa fe encarnada por la escucha y la generosidad en vivir la Palabra. Siendo María toda la hermosura y plenitud física que puede ser pensada en una mujer, sin embargo, si es en verdad la bendita entre todas mujeres, según proclama de ella Isabel, su prima, se debe a que es la llena de Gracia, en palabras de Gabriel.
Su exquisita sensibilidad sobrenatural, siendo la llena de Gracia, le hace captar ante todo lo que Dios espera en cada instante: en aquello que le afecta personalmente de modo directo, y en las otras situaciones del mundo de las que tiene noticia. María es la que escucha a Dios por antonomasia. La que descubre el querer divino –siempre amoroso por lo demás– para cada instante: nada la distrae de Dios y así puede agradarle en todo, mientras nos esforzamos, con renovado tesón, en el trabajo fue implantado el Reinado de Dios en el mundo.
Es para nosotros modelo de vida cristiana. Amar a nuestro Padre Dios consiste, desde luego, en escoger aquello que nos "pide", aunque tal vez nos pueda costar, no sea lo más fácil o lo que más apetece. Si en María nada distrae de Dios su entendimiento; si, persuadida de su pequeñez y de la grandeza de su Creador, únicamente piensa en Él, y en el mundo que debe manifestar su gloria, de modo particular en la vida de los hombres; de modo semejante sucede con su voluntad. La Madre de Dios es, asimismo, la que guarda por antonomasia la divina palabra, la Voluntad de Dios. He aquí la esclava del Señor, declaró ante el arcángel, manifestando así lo que sería el programa de su completa existencia. La vida de María se consuma, pues, plenamente en la condición que su divino Hijo exige a los Bienaventurados, que escuchan la palabra de Dios y la guardan.
Sigamos el consejo de san Josemaría: invoca a la Santísima Virgen; no dejes de pedirle que se muestre siempre madre tuya: "monstra te esse Matrem!", y que te alcance, con la gracia de su Hijo, claridad de buena doctrina en la inteligencia, y amor y pureza en el corazón, con el fin de que sepas ir a Dios y llevarle muchas almas (Fluvium).
Esa columna sobre la que posa leve / sus plantas tu pequeña imagen, / sube hasta el cielo: es puente, / escala, guía de peregrinos.
Abre tus brazos virginales, Madre, / vuelve tus ojos misericordiosos, / tiende tu mano, que nos acogemos bajo tu amparo (de un himno de Laudes). Así hacía oración Juan Pablo II: «Doy fervientes gracias a Dios por la presencia singular de María en esta tierra española donde tantos frutos ha producido. Y quiero encomendarte, Virgen santísima del Pilar, España entera, todos y cada uno de sus hijos y pueblos, la Iglesia en España, así como también los hijos de todas las naciones hispánicas. ¡Dios te salve, María, Madre de Cristo y de la Iglesia! ¡Dios te salve, vida, dulzura y esperanza nuestra! A tus cuidados confío [...] las necesidades de todas las familias de España, las alegrías de los niños, la ilusión de los jóvenes, los desvelos de los adultos, el dolor de los enfermos y el sereno atardecer de los ancianos. Te encomiendo la fidelidad y abnegación de los ministros de tu Hijo, la esperanza de quienes se preparan para ese ministerio, la gozosa entrega de las vírgenes del claustro, la oración y solicitud de los religiosos y religiosas, la vida y el empeño de cuantos trabajan por el reino de Cristo en estas tierras. En tus manos pongo la fatiga y el sudor de quienes trabajan con las suyas; la noble dedicación de los que transmiten su saber y el esfuerzo de los que aprenden; la hermosa vocación de quienes con su conciencia y servicio alivian el dolor ajeno; la tarea de quienes con su inteligencia buscan la verdad. En tu corazón dejo los anhelos de quienes, mediante los quehaceres económicos procuran honradamente la prosperidad de sus hermanos; de quienes, al servicio de la verdad, informan y forman rectamente la opinión pública; de cuantos, en la política, en la milicia, en las labores sindicales o en el servicio del orden ciudadano prestan su colaboración honesta en favor de una justa, pacífica y segura convivencia. Virgen Santa del Pilar: aumenta nuestra fe, consolida nuestra esperanza, aviva nuestra caridad. Socorre a los que padecen desgracias, a los que sufren soledad, ignorancia, hambre o falta de trabajo. Fortalece a los débiles en la fe. Fomenta en los jóvenes la disponibilidad para una entrega plena a Dios. Protege a España entera y a sus pueblos, a sus hombres y mujeres. Y asiste maternalmente, oh María, a cuantos te invocan como Patrona de la Hispanidad. Así sea.»
2. 1 Crónicas 15, recuerda a la Virgen simbolizada por el arca de la alianza, presencia de Dios en medio de su pueblo, a través de María, lo cual es gozo para la Iglesia. La Antífona de entrada piensa en la Virgen como "la columna que guiaba y sostenía día y noche al pueblo en el desierto", y diremos en el aleluya: "afianzó mis pies sobre la roca y me puso en la boca un cántico nuevo". Domina pues en la liturgia la idea de la presencia de María en la Iglesia y de la firmeza que su intercesión y su devoción procura al pueblo de Dios.
Algunos documentos dicen que Santiago, "pasando por Asturias, llegó con sus nuevos discípulos a través de Galicia y de Castilla, hasta Aragón, Celtiberia, la la Cesaraugusta romana, hoy Zaragoza, en la ribera del Ebro. Allí predicó Santiago y, entre los muchos convertidos eligió a ocho hombres".
En la noche del 2 de enero del año 40, estando Santiago con sus discípulos junto al río Ebro, "oyó voces de ángeles que cantaban Ave, María, gratia plena y vio aparecer a la Virgen Madre de Cristo, de pie sobre un pilar de mármol". La Santísima Virgen, que aún vivía en carne mortal, pidió al Apóstol que le construyese allí una iglesia, en torno al pilar donde estaba de pie y prometió que "permanecerá este sitio hasta el fin de los tiempos para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio".
Desapareció la Virgen y quedó allí el pilar. El Apóstol Santiago y los ocho testigos del prodigio comenzaron a edificar una ermita en aquel sitio. Santiago ordenó presbítero a uno de sus discípulos para servicio de la misma y le dio el título de Santa María del Pilar, antes de regresar a Judea. Fue la primera iglesia dedicada a la Virgen Santísima. Que esta tradición es antigua lo muestra el sarcófago de Santa Engracia, que se conserva en Zaragoza desde el siglo IV, representa, en un bajorrelieve, el descenso de la Virgen aparececiéndose al Apóstol Santiago.
La fiesta del descubrimiento de América por parte de España y Occidente fue también el día doce de octubre. De ahí la unión cultural que esta fecha quiere significar para muchos. El Papa Juan Pablo II en 1984, al hacer escala en su viaje a Santo Domingo para iniciar la conmemoración del descubrimiento de América, la invocó como "patrona de la hispanidad". También hay quien llama ese día el día de la Raza. Aumentó la devoción a la Virgen del Pilar el prodigio ocurrido en la guerra civil de 1936-1939, cuando las tres bombas que cayeron sobre el templo no estallaron. Es un buen día para invocar su intercesión para las instituciones civiles, y la paz social.
Juan Pablo II diría en 1992: "Los marinos intrépidos de Palos, de Huelva, de Moguer, de Lepe, que en el nombre de Dios y de Santa María partieron del puerto de Palos, fueron protagonistas de aquella gran epopeya que llegaría a cambiar la configuración del mundo conocido y que, a la vez, abrió espacios insospechados a la expansión del mensaje cristiano".
Escribió Garcilaso de la Vega, historiador natural de Cuzco, Perú, que "ofrecía su historia para que se den gracias a Nuestro Señor Jesucristo y a la Virgen María, su Madre, por cuyos méritos e intercesión se dignó Dios sacar del abismo de la idolatría a tantas y tan grandes naciones y reducirlas al gremio de su Iglesia Católica Romana, la mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que los crió".
3. La segunda lectura (He 1,12) nos habla también de la presencia de la Virgen en la Iglesia y de las alabanzas que el pueblo le tributa. El prefacio celebra las maravillas que Dios ha realizado en María, "esperanza de los fieles y gozo de todo nuestro pueblo". En la oración colecta se pide por intercesión de la Virgen "fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor", y en la oración de las ofrendas, se muestra el deseo de "permanecer firmes en la fe". En el salmo cantamos que "el Señor me ha coronado, sobre la columna me ha exaltado".
Reunámonos hoy en oración comunitaria y eucarística, como los Apóstoles con María en el Cenáculo, para dar gracias porque nos ha dado a su Madre, "que nos protege en su tienda el día del peligro, y nos alza sobre la roca" (Salmo 26). y aclamemos a María, intacta en su virginidad, gloriosa en su descendencia y triunfante en su asunción. Que ella sea nuestro gozo y la causa de nuestra alegría.
Llucià Pou Sabaté
Se celebra el 12 de Octubre, día de la Hispanidad. Rezamos en el himno de Laudes de esta fiesta: "Santa María del Pilar, escucha nuestra plegaria, al celebrar tu fiesta, Madre de Dios y Madre de los hombres, Reina y Señora. Tú, la alegría y el honor del pueblo, eres dulzura y esperanza nuestra: desde tu trono, miras, guardas, velas, Madre de España. Árbol de vida, que nos diste a Cristo, fruto bendito de tu seno virgen, ven con nosotros hasta que lleguemos, contigo al puerto".
Y el himno de Vísperas resume los anhelos que todos los cristianos españoles y de todo el mundo, que hoy celebran la fiesta de Nuestra Señora del Pilar, debieran procurar vivir a lo largo de toda su vida:
"Esa columna, sobre la que posa, leve sus plantas tu pequeña imagen, sube hasta el cielo: puente, escala, guía, de peregrinos. Cantan tus glorias las generaciones, todas te llaman bienaventurada, la roca firme, junto al Ebro enhiesta, gastan a besos. Abre tus brazos virginales, madre, vuelve tus ojos misericordiosos, tiende tu manto, que nos acogemos, bajo tu amparo".
Lo cierto es que desde muy antiguo se la venera a la Virgen María del Pilar en este lugar de Zaragoza (España) y que desde muy antiguo también se levantó en su honor una sencilla capilla que con el tiempo fue dando lugar al suntuoso templo mariano donde hoy recibe visitas de todos los cristianos venidos de todas partes del mundo. Y no hay duda de que es el Templo de la raza, el que marca los hítos por los que se mueve la fe en España y en los pueblos que de los españoles recibieron la fe de Jesucristo y el amor hacia su Madre.
La Virgen María, allá por el año cuarenta, cuando todavía vivía en carne mortal, al despedirse el Apóstol Santiago a predicar la fe de Jesucristo, le prometió la Virgen que en aquel lugar donde más se convirtieran a su Hijo se le manifestaría ella. Al llegar a las riberas del Ebro en Cesaraugusta -la actual Zaragoza- "se convirtieron siete hombres para la fe de Cristo". La Virgen María cumplió su promesa y se le apareció trayendo una columna y rogándole que edificaran una capilla donde fuera adorado su Hijo Jesucristo por todos los siglos y le prometió "milagros admirables sobre todos los que imploren, en sus necesidades, mi auxilio. Este pilar quedará aquí hasta el fin de los tiempos, para que nunca le falten adoradores a Jesucristo".
La Sagrada Escritura habla de la columna que guiaba al pueblo de Dios durante el destierro hacia la tierra prometida. Esa columna debe ser para nosotros este Pilar de Zaragoza que ha recibido a través de los siglos la fe de nuestros padres y que ha amparado a cuantos a ella, a María, se han dirigido.
Siempre tiene gentes, venidas de todas las partes de España y aún más allá, para venerar este sagrado lugar donde reside María, la Madre, la Señora, siempre con los brazos y el corazón abiertos para bendecir, amparar, y consolar. No sólo el día 12 de octubre, que se celebra su fiesta, sino cada día miles de corazones se postran ante ella en este privilegiado lugar de oración, de recepción de sacramentos, de vivencia de nuestra fe.
Entre los grandes prodigios obrados por su medio sólo recordamos esos dos: El acaecido el 1637 con Miguel Pellicer, vecino de Calanda (España) a quien le devolvió la pierna sana después de que la tuviera tres años y cinco meses enterrada. Otro prodigio es más reciente: El 3 de agosto de 1936 los enemigos de la fe en España arrojaron tres bombas sobre el templo. Una cayó en frente de la Basílica que no causó desperfecto alguno y las otras dos sobre la misma Santa Capilla, sin explotar.
A continuación, os presento parte de un texto escrito por el religioso marianista Padre José María Salaverri:
"¡Qué pequeña eres, pero qué influencia tan grande tienes!" dijo Juan Pablo II en una de sus visitas a la Virgen de la columna. Y así es efectivamente. Los 38 cm. de la imagen de la Virgen del Pilar, sobre una columna de jaspe de 1.77 m., parecen la viva expresión material del Magnificat: "Ha mirado la pequeñez de su sierva… Ha hecho grandes cosas por mi".
En la liturgia del 12 de octubre puede leerse como primera lectura de la misa los versículos 12-14 del capítulo 1 de los Hechos de los apóstoles. Después de enumerar a los once apóstoles, Lucas nos dice que estaban en oración con "María, la madre de Jesús". Presencia aparentemente discreta, de segundo plano. María, sencilla, como perdida entre apóstoles, discípulos y discípulas, pero ¡qué fuerza emana de esas palabras! Como semilla que germina y da fruto abundante. Dice Juan Pablo II:
"Doy fervientes gracias a Dios por la presencia singular de María en esta tierra española donde tantos frutos ha producido."
Y el evangelio es también corto y significativo: una mujer que levanta la voz declarando dichosos el vientre y los pechos de la madre de Jesús. Y el mismo Jesús que replica: "Mejor: ¡dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!" Elogio que se aplica en primer lugar y plenamente a María, la "dichosa por haber creído"; pero que se siente más dichosa todavía al poder "dar" a todos ese Jesús concebido en su vientre y alimentado a sus pechos.
María del Pilar, en su fiesta del 12 de octubre de 1492, se convierte en proa de nave misionera. Es ella quien parece regalar a su hijo un nuevo mundo, a través de Colón y sus marineros, a bordo de tres carabelas, cuya capitana se llama la Santa María. Por eso Juan Pablo II, hace un alto en Zaragoza el 10 de octubre de 1984, camino de Santo Domingo para inaugurar la novena de años que van a preparar la celebración de la llegada del cristianismo a tierras americanas. Dice el Papa:
"Brilla aquí en la tradición firme y antiquísima del Pilar la dimensión apostólica de la Iglesia en todo su esplendor (…) La fe que los misioneros españoles llevaron a Hispanoamérica es una fe apostólica heredada de la fe de los apóstoles, según venerable tradición que aquí junto al Pilar tiene su asiento".
La columna sobre la que se mantiene, firme y erguida, la frágil imagen de la Virgen, está cargado de simbolismo. Evoca la columna de fuego que, de noche, guiaba a los israelitas por el desierto. "Faro esplendente", la llama el himno a la Virgen del Pilar, es decir, la que, en las noches oscuras de los cristianos, mantiene viva la luz de la fe. La columna evoca también la solidez del edificio de la Iglesia, siempre perseguida, pero siempre en pie, manteniendo la esperanza del que, como dice también el himno, "se abraza a tu Pilar", Virgen María. El himno nos dice también que ese pilar ha sido un "rico presente de caridad" del amor de Dios, que nunca desampara a su pueblo en los momentos difíciles.
La oración colecta de la fiesta de Nuestra Señora del Pilar es una obra maestra de síntesis: rico contenido teológico y sencilla plegaria:
Dios todopoderoso y eterno,
que en la gloriosa Madre de tu Hijo
has concedido un amparo celestial
a cuantos la invocan con la secular advocación del Pilar,
concédenos, por su intercesión, fortaleza en la fe,
seguridad en la esperanza y constancia en el amor.

Innumerables han sido los que han recibido, de María del Pilar, fortaleza en la fe. A imitación de la virgen Engracia y sus 18 compañeros mártires, fuertes en la fe en la persecución de Diocleciano, en el año 304, sufriendo con entereza los más atroces suplicios para mantener intacta la fe de su bautismo.
Innumerables han sido los que han recibido, de María del Pilar, la seguridad en la esperanza. Como aquel desterrado de la revolución francesa, el beato Guillermo José Chaminade, que pasa tres años a los pies del Pilar de 1797 a 1800, seguro en la esperanza de un renacimiento cristiano en su patria. Para asegurarla, la Virgen del Pilar le inspira sus fundaciones marianistas para renovar la fe de la juventud de su patria y del mundo. Y sus hijos e hijas, agradecidos, han llevado a todo el mundo su nombre, su imagen y su devoción.
Innumerables han sido los que han recibido, de María del Pilar, la constancia en el amor. Como aquella joven mujer de 23 años, María Rafols, que llega a Zaragoza en 1804, dispuesta a atender con un grupo de compañeras a los pobres y enfermos: las Hijas de la caridad de Santa Ana. Durante los dos sitios de Zaragoza, en plena guerra de la Independencia, merecerá que la ciudad de Zaragoza la declare "heroína de la caridad".
Fe, esperanza y amor reparte la Virgen desde su Pilar, desde su atalaya zaragozana. Con razón, el Papa Juan Pablo terminaba su oración a la Virgen:
"Virgen Santa del Pilar: aumenta nuestra fe, consolida nuestra esperanza, aviva nuestra caridad… Fomenta en los jóvenes la disponibilidad para una entrega plena a Dios. Protege a España entera y a sus pueblos, a sus hombres y mujeres. Y asiste maternalmente, oh María, a cuantos te invocan como patrona de la Hispanidad."

viernes, 10 de octubre de 2014

Sábado de la 27ª semana de tiempo ordinario; año par

Sábado de la semana 27 de tiempo ordinario; año par

La Virgen María, modelo perfecto de bienaventurada porque pone en práctica lo que el Señor le pide
“En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a las gentes, una mujer de entre el gentío levantó la voz, diciendo: -«Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.» Pero él repuso: -«Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen»” (Lucas 11,27-28).  
1. Jesús, hoy te echan un piropo a tu madre, y tú lo aceptas con gusto, llevándolo a un motivo más alto.
-“Mientras Jesús decía estas cosas, una mujer de entre la gente le dijo gritando”... Se realza a una mujer. Esta humilde mujer anónima, proclamará su admiración por Jesús:
-"¡Dichosa la madre que te llevó en su seno y que de su leche te alimentó!" (literalmente: "¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que chupaste!"). Vas a decir a todos que la Virgen es grande sobre todo por ser humilde, es la que creyó en la Palabra que Dios le había dirigido a través del ángel, la que dice: "hágase en mí según tu Palabra".
-“Entonces repuso Jesús: "Más dichosos son aún los que oyen la palabra de Dios y la cumplen"”. Jesús, lo habías ya dicho (Lc 8,21) en otra circunstancia. Repetimos las ideas que llevamos más adentro en el corazón. En contraste -"Mas dichosos aún"...- con la maternidad carnal de su madre, que es grande y realmente gloriosa, Jesús exalta la grandeza de la fe. Notemos una vez más que Jesús no opone "contemplación" y "acción"; la verdadera bienaventuranza comporta los dos aspectos, inseparables el uno del otro: - contemplar, escuchar, orar... - actuar, poner en práctica la Palabra, comprometerse... En Zürich vi esta frase en una iglesia protestante, como indicando el camino para la perfección; pero ellos no ven que está dicha precisamente para María en primer lugar: "dichosa por haber creído" (Lc 1,45), le dirá Isabel, y por haber "guardando en su corazón" los acontecimientos concernientes a Jesús (Lc 2,19)
-"Dichosos los que..." Cincuenta veces sale esta expresión en el conjunto del Nuevo Testamento... veinticinco veces de los labios mismos de Jesús en el evangelio. Se ve que te gusta, Jesús: que quieres indicarnos ahí el camino. Vemos ahí una nueva bienaventuranza: Dichosos los pobres, los mansos, los afligidos, los puros, los que construyen la paz, los perseguidos por la justicia... Dichoso, ese servidor que su amo, a su regreso, encontrará vigilante... Dichosos los que escuchan la palabra de Dios... Dichosa la que ha creído -María- el cumplimiento de las palabras que le fueron dichas... Dichoso aquel para el cual Jesús no es ocasión de escándalo. Dichosos los ojos que ven lo que vosotros véis... Dichoso tú, si aquel a quien has prestado dinero no puede devolvértelo... Dichoso aquel que cenará en el Reino de Dios... Dichosos vosotros cuyos nombres están inscritos en el cielo... Dichosos sois vosotros si sabéis ser servidores los unos de los otros, hasta lavaros los pies... Dichosos los que creerán sin haber visto… (Noel Quesson).
Podemos aprender de María la gran lección que nos repite Jesús: Madre mía, Santa María, que sepamos escuchar la Palabra y la cumplamos.
Escribo esto en el Año de la fe (2012-1013) a los 50 años del Concilio Vaticano II, precisamente cuando la Iglesia, en la reforma postconciliar, ha redescubierto el valor de la Palabra de Dios (J. Aldazábal).
La salvación no proviene de pertenecer a determinados grupos ni a exclusivismos,  sino de una actitud de amor ante el prójimo y ante Dios. Ni la sangre ni la carne ya son la norma de Jesús. Él rompe con la tradición judía y amplía el horizonte del Reino a toda persona que quiera recibir a Dios como el único soberano de su vida, en la escucha de la Palabra de Dios y el ponerla en práctica.
"Si María no hubiera escuchado y observado la Palabra de Dios, su maternidad corporal no la habría hecho bienaventurada" (S. Crisóstomo). En otro sitio (Mc 3,34) cuando le hablan de su madre y hermanos, dice ante los que le rodean: "He aquí mi madre y mis hermanos”. Es la familia de la fe, la Iglesia. María es la bendita, más porque creía en Cristo que por haberlo dado a luz (S. Agustín).
2. La presencia de Cristo hace que caduque la Ley en ese sentido transitoria:
-“Hermanos, antes de que llegara la fe, estábamos encerrados bajo la «vigilancia» y el «dominio» de la ley, en espera de la fe que debía manifestarse. De manera que la ley ha sido nuestro «pedagogo» hasta Cristo, para ser justificados en virtud de la fe”. El "pedagogo" era el esclavo encargado de la educación de los hijos de las familias pudientes, y San Pablo nos dice que esto hace la Antigua Ley con nosotros: nos da pistas para ver el pecado, pero no la salvación.
-“Pero, una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el «celador» o pedagogo, en griego. Porque, en Jesucristo sois todos hijos de Dios, por la fe”. A partir del día de Jesucristo (la salvación) por la fe podemos ser "hijos de Dios". Gracias, Señor, porque nos abres un camino de libertad (Noel Quesson).
-“En efecto, todos los bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo”. A los Romanos Pablo les dirá que el bautismo nos hace participar de la muerte y resurrección de Cristo. Meternos en su vestido, en su visibilidad, es como hacían los antiguos para el teatro tomar la máscara y las pieles del animal que representaban. También tiene esta palabra una idea de “sumergirse” como en un líquido, así hemos de meternos en Cristo, hasta perdernos en él, para verdaderamente encontrarnos.
-“Ya no hay ni «judío» ni «gentil» ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ¡porque todos no sois más que uno en Cristo Jesús!” Es la nueva situación de libertad y de filiación. Señor, ayúdame a sentirme hijo en la casa de Dios, y no prisionero de obligaciones. Que me dirija a Dios como Padre y no sólo como Creador o como Juez. Que cumpla en la familia, en la Iglesia, en el trabajo… por amor, no por interés o miedo al castigo. Que viva la fe y eduque a los hijos o a los jóvenes con la oración, la participación en la Eucaristía dominical motivados más por el amor, que por mera tradición, por miedo, por interés comercial con Dios.
Si la fe la sentimos como una losa, si todavía somos "esclavos" o nos sentimos "prisioneros" o necesitamos del "pedagogo" de la disciplina exterior como los niños romanos, no hemos llegado a la madurez.
3. Te canto, Señor, con el salmista: “Cantadle al son de instrumentos, / hablad de sus maravillas; / gloriaos de su nombre santo, / que se alegren los que buscan al Señor”. A ti recurro, Señor, a su poder: “buscad continuamente su rostro. / Recordad las maravillas que hizo, / sus prodigios, las sentencias de su boca”. Te doy gracias por elegirme en tu amor: “El Señor es nuestro Dios, / él gobierna toda la tierra”.
Llucià Pou Sabaté


Santa Soledad Torres Acosta, virgen

Fundadora de las hermanas Siervas de María, Ministras de los enfermos.
María Soledad nació el 2 de diciembre de 1826, en Madrid (España), hija de un modesto comerciante. Fue bien instruida en la fe, estudiando con las hermanas Vicentinas. La dedicación total de estas religiosas a los más pobres la llenó de entusiasmo por la vida religiosa. Pero era muy débil de salud y no fue admitida en la comunidad. Pero a la edad de 25 años logró cumplir su anhelo de ser religiosa. 
El párroco de Chamberí, un barrio pobre de Madrid se entristecía al ver que muchos enfermos morían en el más completo abandono y sin recibir los santos sacramentos. Pensó en reunir a un grupo de mujeres piadosas que visitaran a los enfermos en sus domicilios y les ayudaran a bien morir. Al enterarse Soledad Torres de este deseo del párroco se presentó a él para ofrecerse a ayudarle en tan caritativa misión de misericordia. Ella desde niña había asistido a varios moribundos y sentía un gusto especial en ello. Era una gracia que le había concedido el Espíritu Santo. Al ver que era débil y enfermiza, el sacerdote no la aceptó en una primera entrevista, pero después se dio cuenta de que María Soledad tenía un alma muy especial. Con ella y seis compañeras más, fundó el 15 de agosto de 1851, la comunidad de Siervas de María o Ministros de los enfermos.
La novedad de esta comunidad estaba en que ellas debían asistir a domicilio y totalmente gratis a los enfermos que lo solicitaran. Por aquellos tiempos se propagó por Europa una terrible epidemia del cólera y en los hospitales no cabían los enfermos. Muchos de ellos eran abandonados por sus familiares por temor al contagio. María Soledad y sus religiosas se hacían presente por todas partes para atender a los más abandonados. El sacerdote que había inspirado la fundación se fue de misionero a lejanas tierras y el sucesor, dejándose llevar de rumores y chismes, destituyó a Soledad del cargo de superiora. Ella se alegró de poder asemejarse a Cristo en padecer incomprensiones y persecuciones. En sus visitas a Jesús Sacramentado obtenía fuerzas para sufrir con paciencia y por amor a Dios. Mas tarde se supo la verdad de todo y fue restablecida en su cargo. Bajo su dirección las Siervas de María, Ministras de los enfermos se extendieron prodigiosamente.
Santa María Soledad muere en Madrid el 11 de octubre de 1887 a la edad de 61 años. Fue canonizada por Pablo VI en 1970.  En la actualidad las Siervas de María son unas 2380 religiosas en diversos países y tienen 126 casas.
Alabado sea Dios que suscita en las almas la caridad. Que por intercesión de Santa María Soledad siempre hayan almas que se dediquen a los enfermos.
Beatificada por Pío XII, el 5 de febrero de 1950, y canonizada por Pablo VI, el 25 de enero de 1970.
De la homilía pronunciada por el papa Pablo VI en la canonización de santa Soledad Torres Acosta
María Soledad es una fundadora. La fundadora de una familia religiosa muy numerosa y difundida. Óptima y próvida familia. De este modo, María Soledad se inserta en ese grupo de mujeres santas e intrépidas que en el siglo pasado hicieron brotar en la Iglesia ríos de santidad y laboriosidad; procesiones interminables de vírgenes consagradas al único y sumo amor de Cristo, y mirando todas ellas al servicio inteligente, incansable, desinteresado del prójimo.
Por esto, contaremos a las Siervas de los enfermos en el heroico ejército de las religiosas consagradas a la caridad corporal y espiritual; pero no debemos olvidar un rango específico, propio del genio cristiano de María Soledad, el de la forma característica de su caridad; es decir, la asistencia prestada a los enfermos en su domicilio familiar, forma ésta que ninguno, así nos parece, había ideado en forma sistemática antes de ella; y que nadie antes de ella había creído posible confiar a religiosas pertenecientes a institutos canónicamente organizados.
La fórmula existía, desde el mensaje evangélico, sencilla, lapidaria, digna de los labios del divino Maestro: Estuve enfermo, y me visitasteis, dice Cristo, místicamente personificado en la humanidad doliente.
He aquí el descubrimiento de un campo nuevo para el ejercicio de la caridad; he aquí el programa de almas totalmente consagradas a la visita del prójimo que sufre.
Oración
Señor, tú que concediste a santa Soledad Torres Acosta la gracia de servirte con amor generoso en los enfermos que visitaba, concédenos tu luz y tu gracia para descubrir tu presencia en los que sufren y merecer tu compañía en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.

jueves, 9 de octubre de 2014

Viernes de la 27ª semana de tiempo ordinario: año par

Viernes de la semana 27 de tiempo ordinario; año par

Jesús nos abre los ojos a la luz: “si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros”.
“En aquel tiempo, habiendo echado Jesús un demonio, algunos de entre la multitud dijeron: -«Si echa los demonios es por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios.» Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo en el cielo. Él, leyendo sus pensamientos, les dijo: -«Todo reino en guerra civil va a la ruina y se derrumba casa tras casa. Si también Satanás está en guerra civil, ¿cómo mantendrá su reino? Vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú; y, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros. Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero, si otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte el botín. El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama. Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por el desierto, buscando un sitio para descansar; pero, como no lo encuentra, dice: "Volveré a la casa de donde salí." Al volver, se la encuentra barrida y arreglada. Entonces va a coger otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio»” (Lucas 11,15-26).
1. Como continuando la última petición del Padrenuestro, Jesús nos muestra hoy la lucha contra el maligno. El mal no se explica totalmente en razón de la libertad humana. Tiene raíces extremadamente profundas que no podemos desarraigar. Tú, Jesús, has venido a destruir este imperio del mal. El Reino de Dios es el futuro del hombre, pero no sólo está en el cielo. Esta la plenitud en Dios a la que tiende el hombre ya tiene en esta vida un comienzo, podemos gustarla, aunque sabemos también que no puede realizarse plenamente en el mundo actual. Hay obstáculos como el demonio, pero se realiza cuando Jesús expulsa a los demonios, perdona los pecados, libera a los hombres de la fuerza del diablo y los conduce hacia un futuro de gracia, de libertad y de vida. -Reino de verdad y de vida. -Reino de santidad y de gracia. -Reino de justicia, de amor y de paz, como diremos dentro de pocas semanas, en la fiesta de Cristo Rey.
La Biblia nos presenta que la vida es lucha entre dos espíritus: el del hombre natural, y el del Espíritu que viene de Dios que lo hace partícipe de la libertad divina (Misa dominical 1990).
-“Algunos de los asistentes dijeron: "Echa los demonios con poder de Belzebú, el jefe de los demonios…"; otros, para comprometerle le exigían una señal que viniera del cielo...” Una de las cosas más duras que nos pueden hacer es ser incomprendido, despreciado; es ver deformados sus propósitos, sus propias intenciones. Jesús conoció esa clase de indigencia. ¡Se le acusó de estar del lado de Satán. La acusación era dura y despreciativa: Belzebú significa ¡"Baal del estercolero... Señor de las moscas"! Esto es lo que se decía de Jesús en su lengua, el arameo. Ayúdanos, Señor, a evitar todas las interpretaciones malévolas. Ayúdanos, Señor, a soportar, si somos víctimas de ellas, como Tú lo fuiste, esas críticas o esas calumnias.
Es por ceguera y envidia que esos te acusan, Señor. Son ganas de eliminar de alguna manera a quien se nos presenta como enemigo, con la mentira, el engaño.
-“Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: "Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado... Si pues Satán está dividido contra sí mismo ¿cómo va a mantenerse en pie su reino?” Jesús, subrayas la importancia de la unidad. El peor enemigo es el de dentro, dividir.
-“Pero, si Yo echo los demonios "con el dedo de Dios", señal es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.” El "dedo de Dios" es imagen de la potencia divina; el texto griego dice: "el reino de Dios os ha llegado por sorpresa... ha venido de súbito... os ha sorprendido... os ha alcanzado". Se trata de una "irrupción absoluta y rápida" que corta el aliento, que impide parar el golpe. El golpe dado a Satán no tiene esquiva posible.
-“Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su casa, sus bienes están seguros. Pero cuando otro "más fuerte" lo asalta y lo vence, le quita las armas”... Uno "más fuerte" es el nombre que Juan Bautista había dado al mesías (Lc 3,16). Jesús "más fuerte" que el mal, más fuerte que Satán, ven en mi ayuda, en ayuda de nuestra pobre humanidad.
-“El que no está conmigo, está contra mí.” En Lucas 9,50, Jesús había dicho: "el que no está contra vosotros, está a favor vuestro". Aquí nos muestras la radicalidad de la llamada y la respuesta al Reino.
-“Cuando echan de un hombre el espíritu inmundo, éste va atravesando lugares resecos buscando un sitio para descansar; al no encontrarlo, decide volver a la casa de donde lo echaron... Entonces va a buscar otros siete espíritus peores que él, vuelven y se instalan allí. Y el estado final de aquel hombre resulta peor que el principio”. Una vez conocemos el amor de Dios, no podemos volver a nuestros antiguos descaminos (Noel Quesson).
La llamada a la vigilancia es evidente. Cada uno sabe qué demonios le pueden tentar desde dentro y desde fuera. Haremos bien en decir humildemente, con el Padrenuestro, "no nos dejes caer en la tentación", “líbranos del Maligno”.
Cuando comulgamos, se nos invita a participar de Cristo Jesús, que es "el que quita el pecado del mundo". La Eucaristía es la mejor fuerza que Dios nos da en la lucha contra el mal (J. Aldazábal).
2. Sigue S. Pablo: “-Hermanos, sabed de una vez que los que viven de la fe, esos son los hijos de Abraham”. Abraham era el gran antepasado ideal. Jesús, tú nos abres de par en par las puertas del «pueblo de Dios»: «de estas mismas piedras, Dios puede suscitar hijos de Abraham» (Mateo 8-11) «Si fueseis hijos de Abraham, haríais las obras de Abraham» (Juan, 8-39).
Pablo nos dice que esa salvación de nuestro Padre Abraham no viene por la pertenencia a los judíos, sino que es para todos según desarrollará en la Epístola a los Romanos: que «todos» los hombres pueden llegar a ser «hijos de Abraham», no por la práctica de la Ley, sino por la Fe... Pues esto es precisamente lo que ha caracterizado a Abraham: «¡el hombre de la Fe!»
Te pido, Señor, no estar cerrado en una visión raquítica, como de juzgar a los demás. Que entienda bien el termino «católico», «universal», «abierto a todos», «misionero». ¿Tengo ansia interna de anunciar la «buena nueva» a los paganos? ¿Qué hago yo para ser un testigo de ese amor universal? Este año de la fe (2012-1013) es muy bueno para fomentar ese afán misionero.
-“Así pues, todos los que viven de la fe, son bendecidos en Abraham, «el hombre de la fe». En cuanto a los que viven de las obras de la ley incurren en maldición”:... La ley no «justifica» a nadie ante Dios, ¡es cosa evidente!
-“Cristo nos rescató de la maldición de la Ley... A fin de que la bendición de Abraham llegara a todas las naciones paganas en Jesucristo, gracias a la fe”. Pues «Cristo nos ha rescatado de la maldición, haciéndose "maldición" por nosotros.» Que Cristo haya aceptado por nosotros ser un hombre «maldito» para salvarnos de la maldición que pesaba sobre nosotros... ¡qué misterio! (Noel Quesson).
3. Con el salmista cantamos también: “Doy gracias al Señor de todo corazón, / en compañía de los rectos, en la asamblea. / Grandes son las obras del Señor, / dignas de estudio para los que las aman”. Dar gracias no le añade nada a Dios, pero a nosotros nos hace mejores.
“Esplendor y belleza son su obra, / su generosidad dura por siempre; / ha hecho maravillas memorables, / el Señor es piadoso y clemente.
Él da alimento a sus fieles, / recordando siempre su alianza; / mostró a su pueblo la fuerza de su obrar, / dándoles la heredad de los gentiles.”
Llucià Pou Sabaté


Santo Tomás de Villanueva, obispo. San Daniel Comboni, obispo

Vino al mundo en la localidad de Fuentellana, en Castilla, a principios de 1488, y su sobrenombre le vino de Villanueva de los Infantes, la ciudad donde creció y se educó. Sus padres eran también originarios de Villanueva. El amo de la casa era dueño de un molino y, desde luego, su fortuna no era digna de tomarse en cuenta, pero no fue esa la herencia más importante que dejó a su hijo, sino su profundo amor por Dios y por los hombres, que se traducía en una inagotable caridad. A la edad de quince años, Tomás fue enviado a la Universidad de Alcalá, donde continuó sus estudios con mucho éxito; llegó a obtener su título de maestro de artes y, al cabo de diez años en la casa de estudios de Alcalá cuando tenía veintiséis de edad, ya era profesor de filosofía y, entre los alumnos que asistían a sus clases, se hallaba el famoso Domingo Soto.
En 1516, Tomás se unió a los frailes agustinos en Salamanca y, a juzgar por su ejemplar comportamiento en el noviciado, ya había tenido una larga experiencia en lo que se refiere a austeridades, renuncias a los deseos de su voluntad y el ejercicio de la contemplación. En 1518, fue elevado al sacerdocio y se le mandó predicar y hacerse cargo de un curso de Teología en su convento. Sus libros de texto eran los de Pedro Lombardo y Tomás de Aquino y, apenas iniciado el curso, los estudiantes de la universidad solicitaron permiso para asistir a sus clases. Poseía una inteligencia excepcionalmente lúcida, y su extraordinario sentido común le hacía emitir juicios concretos y firmes, pero siempre tuvo que luchar contra sus distracciones y su falta de memoria. Poco después, fue prior en varias de las casas de agustinos y, mientras desempeñaba aquellos cargos, dispensó particular solicitud por los frailes enfermos. A menudo decía a sus religiosos que la enfermería era como la zarza de Moisés, donde el que se dedica a cuidar a los enfermos encontrará seguramente a Dios entre las espinas que le rodean y le cubren hasta esconderle. En 1533, cuando era el provincial para Castilla, envió a tierras de América al primer grupo de agustinos que establecieron en México su orden, como misioneros. Con frecuencia caía Tomás en arrebatos y éxtasis cuando se entregaba a la oración, y sobre todo durante la misa; no obstante que se esforzaba por ocultar aquellas gracias, no lo conseguía del todo: a menudo, después de celebrar el santo sacrificio, le relucía el rostro con tanta fuerza, que parecía deslumbrar a los que le contemplaban. Cierta vez, cuando predicaba en la catedral de Burgos para reprobar los vicios y la ingratitud de los pecadores, levantó en alto un crucifijo y clamó con voz emocionada: «¡Cristianos, miradle..!» Pero no pudo agregar nada más, porque así como estaba, con el brazo en alto y los ojos fijos en la cruz, había sido arrebatado en éxtasis. En otra ocasión, cuando se dirigía a una congregación que asistía a la ceremonia de la toma de hábito de un novicio, cayó en un rapto y quedó mudo e inmóvil durante un cuarto de hora. Al volver en sí, dijo a la asamblea que aguardaba expectante: «Hermanos: os pido perdón. Tengo el corazón débil y me apena sentirme perdido en ocasiones como ésta. Trataré de reparar mi falta».
Tomás realizaba la periódica visita a sus conventos cuando el emperador Carlos V lo llamó para que ocupase la sede arzobispal de Granada y se presentase ante él en Toledo. El santo emprendió el viaje, pero con el único objeto de rehusar ante el emperador la dignidad que le había concedido; tanta energía puso en su demanda, que consiguió lo que quería. Algunos años más tarde, Jorge de Austria renunció al arzobispado de Valencia, y el emperador volvió a pensar en Tomás, pero inmediatamente se arrepintió porque estaba seguro de que volvería a rechazar el puesto; en consecuencia, ordenó a su secretario que escribiese un nombramiento en favor de cierto religioso de la orden de San Jerónimo. Al disponerse a firmar la carta, advirtió el emperador que su secretario había escrito el nombre del hermano Tomás de Villanueva y preguntó la razón. Confuso, el secretario respondió que le parecía haber oído aquel apelativo, pero que en un momento repararía el error. «De ninguna manera -dijo Carlos V-, esto ha sucedido por un especial designio de Dios. Hagamos Su voluntad». De modo que firmó el nombramiento tal como estaba y lo envió en seguida a Valladolid, donde Tomás era el prior en el convento agustino. Éste recurrió a todos los medios imaginables para librarse del cargo, pero, a fin de cuentas, se vio obligado a aceptar y fue consagrado en Valladolid. Al otro día, muy de mañana, partió hacia Valencia. La madre del santo, que ya para entonces había transformado su casa en un hospital para los pobres, le había pedido que, en su jornada, pasase por Villanueva; sin embargo, Tomás quería obedecer literalmente las palabras del Evangelio acerca de dejar padre, madre, esposa, por Cristo y por el Evangelio (Lc 14,26), así que apresuró la marcha y se fue directamente hacia la sede que ahora era suya, con el convencimiento de que su nueva dignidad le obligaba a postergar toda otra consideración ante la de llegar a servir al rebaño que había sido puesto a su cuidado (algún tiempo después, pasó un mes de vacaciones con su madre en Lliria). Siempre viajaba a pie por los caminos de su diócesis y no usaba otra vestidura que su raído hábito de monje y el sombrero que le habían dado el día en que hizo su profesión. En sus caminatas le acompañaban un religioso y dos criados. Cuando llegó a hacerse cargo de su sede, hizo varios días de retiro en un convento de agustinos de Valencia, entregado a la penitencia y la plegaria a fin de implorar la gracia de Dios para desempeñar debidamente sus funciones.
Tomó posesión de su catedral el primer día del año 1545, en medio de gran regocijo popular. En consideración a su pobreza, el capítulo le ofreció cuatro mil coronas para que acondicionara su casa; él aceptó el donativo en forma por demás humilde y dio las gracias, conmovido, pero inmediatamente envió todo el dinero a un hospital con una recomendación para que lo utilizaran en la reparación del edificio y la atención a los enfermos. Después quiso dar explicaciones a los canónigos y les dijo: «A Nuestro Señor se le puede servir y glorificar mejor si damos vuestros dineros a los pobres del hospital que tanto lo necesitan, en vez de usarlo yo. ¿Para qué quiere muebles y adornos un pobre fraile como yo?» Con frecuencia se dice que los honores y el poder cambian las costumbres más arraigadas, pero no fue ese el caso de santo Tomás que, en su calidad de arzobispo, no sólo conservó la misma humildad de corazón sino todos los signos exteriores del desprecio por sí mismo. Usó durante varios años, el mismo hábito con que salió de su monasterio y, muchas veces, se le sorprendió mientras lo remendaba. Uno de los canónigos le manifestó su extrañeza al verlo perder el tiempo en coser un parche a su hábito, tarea que cualquier sastrecillo haría con gusto por un maravedí. Pero el arzobispo le replicó que él no había dejado de ser fraile y que era mejor ahorrarse aquel maravedí con el que podía darse algo de comer a un mendigo. Por regla general vestía tan pobremente, que sus canónigos y familiares se avergonzaban de mostrarse junto a él y, cuando éstos le instaban a que usase ropas más de acuerdo con su dignidad, respondía invariablemente: «Os estoy muy agradecido, caballeros, por los cuidados que os tomáis por mi persona, pero verdaderamente no puedo comprender de qué manera mis ropas de religioso lleguen a menguar mi dignidad de arzobispo. Bien sabéis que mi posición y mis deberes son completamente independientes de mis vestiduras y consisten en cuidar las almas que me han sido confiadas». A fuerza de insistir, los canónigos llegaron a convencerle para que cambiase su viejísimo sombrero de fieltro por otro de seda, nuevo y reluciente el cual, a partir de entonces, solía mostrar cuando venía al caso, al tiempo que decía socarronamente: «¡He aquí mi dignidad episcopal!» A veces, agregaba: «Los señores canónigos juzgan necesario que yo use este sombrero de seda si quiero agregarme al número de los arzobispos». Pero sin sombrero o con él, santo Tomás desempeñó a maravilla las obligaciones del pastor de almas y de continuo visitaba una u otra de las iglesias de su diócesis y, lo mismo en ciudades y aldeas, predicaba y ejercía su ministerio con celo infatigable y afecto irresistible. Sus sermones producían cambios y reformas visibles en la vida diaria de las gentes a tal extremo, que por doquier se decía que era un nuevo apóstol o un profeta elegido por Dios para guiar al pueblo por los caminos del bien. A poco de ocupar la sede, convocó a una asamblea provincial (la primera en muchos años) en la que con la ayuda de sus obispos, redactó y puso en efecto una serie de ordenanzas para acabar con todos los desórdenes y malos usos que hubiese observado entre su clero durante sus visitas. Las reformas a sus propios capitulares le costaron muchas dificultades y mucho tiempo. En todo momento, acudía al altar y se postraba ante el tabernáculo para conocer la voluntad de Dios; a menudo pasaba horas enteras en su oratorio y, como advirtiese que los criados no se atrevían a perturbarle en sus devociones cuando alguien llegaba a consultarle, dio órdenes estrictas a fin de que, tan pronto como cualquier persona preguntase por él, a cualquier hora, le llamasen sin hacer aguardar al visitante.
A diario acudían a la casa del arzobispo centenares de mendigos y necesitados que jamás se iban sin haber recibido limosna, que generalmente consistía en una comida con su correspondiente copa de vino y una moneda. El prelado dispensaba particulares cuidados a los niños huérfanos y, durante los once años de su episcopado, no hubo una sola doncella pobre en su diócesis que llegase al matrimonio sin haber recibido la generosa ayuda de su caridad. A fin de alentar a sus criados en la tarea de descubrir a los niños expósitos o abandonados por sus padres, les daba una corona por cada criatura desamparada que encontrasen. En 1550, los piratas saquearon y asolaron una ciudad en las costas de su diócesis y, en seguida, el arzobispo mandó cuatro mil ducados, ropas, provisiones y medicamentos por un valor igual, para socorro de los necesitados y rescate de los cautivos. Como siempre ha sucedido, santo Tomás fue víctima de las críticas porque muchas de las gentes a quienes ayudaba eran flojos, vagabundos y aun delincuentes que abusaban de su bondad. «Si acaso -respondía el prelado a aquellas críticas- hay vagabundos y gentes que no viven de su trabajo en estas comarcas, corresponde al gobernador y al prefecto de la policía ocuparse de ellos: ése es su deber. El mío es dar ayuda y consuelo a todos los que llegan hasta mi puerta a solicitármelos». Y no se limitaba a socorrer a los pobres con sus propios medios, sino que continuamente alentaba y recomendaba a los grandes señores y a los ricos que demostrasen su poder y su importancia, no en el lujo y el despliegue de la opulencia, sino en la protección hacia sus servidores y vasallos y en su generosidad hacia los necesitados. Con frecuencia los exhortaba a enriquecerse más en actos de caridad y misericordia que en bienes terrenales. «Respóndeme, pecador -solía decir-: ¿Puedes comprar con todas tus riquezas algo de mayor valor y más precioso que la redención de tus culpas?» También decía: «Si quieres que Dios oiga tus oraciones, escucha tú el clamor de los pobres. Si deseas que Dios alivie tus necesidades, alivia tú las miserias de los indigentes, sin esperar a que te lo pidan. Anticípate a satisfacer las necesidades, especialmente de los que no se atreven a pedir: obligarlos a pedir una limosna equivale a forzarlos a que la compren».
Santo Tomás se opuso siempre con energía a que la Iglesia usara métodos coercitivos o presiones para hacer entrar en razón a los pecadores, pero recomendaba en cambio el sistema de llamarlos y acogerlos con solicitud, tratar de convencerlos con afecto y agotar todos los medios del amor, sin recurrir jamás a los de la fuerza. En cierta ocasión, un teólogo y canonista se lamentaba de que el arzobispo no se decidiese a lanzar amenazas y a tomar medidas severas para acabar con el concubinato, y el prelado, al referirse a su crítico, decía: «No hay duda de que es un buen hombre, pero es de esos fieles fervorosos que a menudo menciona san Pablo y los califica de celosos sin objeto y sin conocimiento de causa. ¿Sabe acaso ese buen caballero los trabajos que he pasado para corregir esos errores que él desearía arrancar de raíz? ... Sería bueno hacerle saber que ni san Agustín, ni san Juan Crisóstomo usaron jamás anatemas ni excomuniones para combatir los vicios de la embriaguez y la blasfemia que tanto practicaban las gentes que estaban a su cuidado. No; nunca lo hicieron porque eran lo suficientemente sabios y prudentes y no les parecía justo cambiar un poco de bien por un gran mal, si usaban de su autoridad sin consideraciones y, de esta manera, excitaban la aversión de aquellos cuya buena voluntad querían ganar a fin de guiarlos hacia el bien». Durante largo tiempo, el arzobispo había tratado en vano de enmendar la vida que llevaba uno de sus canónigos, hasta que decidió invitarlo a pasar una temporada en su casa, con el pretexto de prepararle a desempeñar una importante misión ante la Santa Sede en Roma. Como parte esencial de aquellos supuestos preparativos, figuraba una buena confesión para estar bien con Dios. Pasaron uno, dos, tres meses, y el asunto de Roma sin arreglar, pero en aquel período, el canónigo recibía diariamente lecciones y ejemplos sobre todas las gracias que podía aportar la penitencia. Al cabo de seis meses, abandonó la casa del arzobispo transformado en un hombre nuevo, mientras que todos los amigos y conocidos del canónigo suponían que acababa de regresar de Roma y le felicitaron por el desempeño de su misión. Otro sacerdote que llevaba una vida irregular fue amonestado por Tomás, recibió de mala manera las represiones y, luego de insultar al arzobispo en su cara, partió hecho una furia. «No lo detengan -ordenó el prelado a sus capellanes y servidores-. La culpa fue mía. Fueron demasiado duras mis reprimendas».
El santo trató de imponer los mismos métodos que usaba para gobernar a sus clérigos y a sus fieles, al campo de los nuevos cristianos o moriscos, es decir, los moros que se habían convertido al cristianismo, pero cuya fe era inestable a tal extremo, que muchos de ellos caían en la apostasía y, en consecuencia, eran llevados ante el tribunal de la Inquisición y, a menudo, sometidos a torturas. Pero, no obstante su buena voluntad y la tenacidad de sus esfuerzos, fue muy poco lo que el arzobispo pudo hacer en favor de los moriscos en su extensa diócesis, aparte de obtener del emperador un fondo especial destinado a sostener a los sacerdotes especialmente capacitados para trabajar entre los moros convertidos. También consiguió fundar el santo prelado un colegio para los hijos de los moriscos. Se las arregló asimismo, para poner en funciones una escuela para niños pobres, dependiente de la universidad de Alcalá, donde él había estudiado y, después, al sentir ciertos escrúpulos por haber gastado dinero fuera de su diócesis, fundó otra escuela igual en Valencia. Su generosidad material igualaba a la caridad de su espíritu. Aborrecía las murmuraciones y, siempre que oía hablar mal de alguien, defendía al ausente. «Caballeros -decía en esas ocasiones-: juzgáis el asunto desde un punto de vista equivocado. Si ese hombre ha obrado mal, pudo haber tenido una buena intención, con lo cual basta para que haya obrado bien. Por mi parte, creo que así fue». Se registraron muchos ejemplos sobre los dones sobrenaturales que poseía santo Tomás, como su poder para curar las enfermedades y multiplicar las provisiones, así como de numerosos milagros que obró o que se atribuyen a su intercesión, antes y después de su muerte.
No se sabe con certeza la razón que impidió al santo arzobispo asistir al Concilio de Trento. En representación suya fue el obispo de Huesca, y la mayoría de los obispos de Castilla le hicieron consultas antes de partir hacia la magna asamblea. Se sabe que a todos les rogó que luchasen para conseguir que el Concilio decretara una reforma interna de la Iglesia, que era tan necesaria como la batalla contra la herejía del luteranismo. Sugirió además dos proposiciones muy interesantes que, desgraciadamente, no fueron tenidas en cuenta. Una de ellas consistía en que todos los trabajos para el bien de las almas fuesen desempeñados por los sacerdotes o religiosos nativos del país, siempre y cuando estuviesen calificados para ello, especialmente en los distritos rurales; en la segunda propuesta, se pedía que fuera reforzada y actualizada la antigua ley canónica que prohibía el traslado del obispo de una sede a otra. Aquella idea de la unión indisoluble del obispo con su sede, corno con una esposa, siempre estuvo presente en la mente del santo que vivió consagrado al cabal desempeño de sus deberes episcopales. «Nunca sentí tanto miedo -confesó en cierta ocasión- de quedar excluido del número de los elegidos, como en aquel momento en que fui consagrado obispo». En diversas oportunidades solicitó en vano la autorización para renunciar, hasta que, a la larga, Dios tuvo a bien escuchar sus ruegos y lo llamó a Su seno. En el pies de agosto de 1555, fue atacado por una angina de pecho. Al sentirse enfermo, ordenó que fuese distribuido entre los pobres todo el dinero que estuviera en su posesión; el resto de sus bienes, a excepción del lecho en que yacía, fueron a parar a manos del rector de su amada escuela; su cama fue la herencia del carcelero para que la diera a los presos, pero con la condición de que su futuro dueño se la prestara hasta que ya no tuviese necesidad de ella. El 8 de septiembre, su fin parecía inminente. Mandó que se oficiase una misa en su presencia; después de la consagración, comenzó a recitar en voz alta, firme y pausada, el salmo «In te, Domine, speravi»; terminada la comunión del sacerdote, dijo el versículo: «En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu» y con estas palabras entregó el alma a Dios, cuando había cumplido los sesenta y seis años de edad. De acuerdo con sus deseos, fue sepultado en la iglesia de los frailes agustinos en Valencia. Se le canonizó en 1658. En vida se llamó a santo Tomás «prototipo de obispos», el «generoso», el «padre de los pobres» y por cierto que era todo eso y mucho más, porque estaba inflamado por un gran amor a Dios, que se pone de manifiesto en su apasionada y tierna exhortación: «¡Oh, maravillosa bendición! ¡Dios nos promete el Cielo como recompensa por amarlo! ¿No es acaso Su amor mismo, la mayor, la más deseable, la más preciosa de las recompensas y la más dulce de las bendiciones? Sin embargo, hay todavía otra recompensa, un premio inmenso para agregar al de Su amor. ¡Maravillosa bondad! Tú nos diste tu amor y por causa de ese amor nos entregas el Paraíso».
SAN DANIEL COMBONI, OBISPO
Daniel Comboni nace en Limone sul Garda (Brescia, Italia) el 15 de marzo de   1831, en una familia de campesinos al servicio de un rico señor de la zona. Su padre Luigi y su madre Domenica se sienten muy unidos a Daniel, que es el cuarto de ocho hijos, muertos casi todos ellos en edad temprana. Ellos tres   forman una familia unida, de fe profunda y rica de valores humanos, pero pobre   de medios materiales. La pobreza de la familia empuja a Daniel a dejar el pueblo para ir a la escuela a Verona, en el Instituto fundado por el sacerdote don Nicola Mazza para jóvenes prometedores pero sin recursos.

Durante estos años pasados en Verona Daniel descubre su vocación sacerdotal, cursa los estudios de filosofía y teología y, sobre todo, se abre a la misión de Africa Central, atraído por el testimonio de los primeros misioneros del Instituto Mazza que vuelven del continente africano.   En 1854, Daniel Comboni es ordenado sacerdote y tres años después parte para la misión de Africa junto a otros cinco misioneros del Istituto Mazza, con la bendición de su madre Domenica que llega a decir: «Vete, Daniel, y que el Señor te bendiga».
En el corazón de Africa - con Africa en el corazón
Después de cuatro meses de viaje, el grupo de misioneros del que forma   parte Comboni llega a Jartum, la capital de Sudán. El impacto con la realidad Africana es muy fuerte. Daniel se da cuenta en seguida de las dificultades que la nueva misión comporta. Fatigas, clima insoportable, enfermedades, muerte de numerosos y jóvenes compañeros misioneros, pobreza de la gente abandonada   a si misma, todo ello empuja a Comboni a ir hacia adelante y a no aflojar en la tarea que ha iniciado con tanto entusiasmo. Desde la misión de Santa Cruz escribe a sus padres: «Tendremos que fatigarnos, sudar, morir; pero al pensar   que se suda y se muere por amor de Jesucristo y la salvación de las almas más abandonadas de este mundo, encuentro el consuelo necesario para no desistir en esta gran empresa».
Asistiendo a la muerte de un joven compañero misionero, Comboni no se desanima y se siente confirmado en la decisión de continuar su misión: «Africa o muerte!».
Cuando regresa a Italia, el recuerdo de Africa y de sus gentes empujan a Comboni a preparar una nueva estrategia misionera. En 1864, recogido en oración sobre la tumba de San Pedro en Roma, Daniel tiene una fulgurante intuición   que lo lleva a elaborar su famoso «Plan para la regeneración de Africa», un   proyecto misionero que puede resumirse en la expresión «Salvar Africa por medio de Africa», fruto de su ilimitada confianza en las capacidades humanas y religiosas de los pueblos africanos.
Un Obispo misionero original
En medio de muchas dificultades e incomprensiones, Daniel Comboni intuye que la sociedad europea y la Iglesia deben tomarse más en serio la misión de Africa Central. Para lograrlo se dedica con todas sus fuerzas a la animación misionera por toda Europa, pidiendo ayudas espirituales y materiales para la misión africana tanto a reyes, obispos y señores como a la gente sencilla y pobre. Y funda una revista misionera, la primera en Italia, como instrumento de animación misionera.
Su inquebrantable confianza en el Señor y su amor a Africa llevan a   Comboni a fundar en 1867 y en 1872 dos Institutos misioneros, masculino y femenino respectivamente; más tarde sus miembros se llamarán Misioneros Combonianos y Misioneras Combonianas.
Como teólogo del Obispo de Verona participa en el Concilio Vaticano I, consiguiendo que 70 obispos firmen una petición en favor de la evangelización   de Africa Central (Postulatum pro Nigris Africæ Centralis).
El 2 de julio de 1877, Comboni es nombrado Vicario Apostólico de Africa Central y consagrado Obispo un mes más tarde. Este nombramiento confirma que   sus ideas y sus acciones, que muchos consideran arriesgadas e incluso   ilusorias, son eficaces para el anuncio del Evangelio y la liberación del continente africano.
Durante los años 1877-1878, Comboni sufre en el cuerpo y en el espíritu, junto con sus misioneros y misioneras, las consecuencias de una sequía sin precedentes en Sudán, que diezma la población local, agota al personal misionero y bloquea la actividad evangelizadora.
La cruz como «amiga y esposa»
En 1880 Comboni vuelve a Africa por octava y última vez, para estar al   lado de sus misioneros y misioneras, con el entusiasmo de siempre y decidido a continuar la lucha contra la esclavitud y a consolidar la actividad misionera. Un año más tarde, puesto a prueba por el cansancio, la muerte reciente de varios de sus colaboradores y la amargura causada por acusaciones infundadas, Comboni cae enfermo. El 10 de octubre de 1881, a los 50 años de edad, marcado por la cruz que nunca lo ha abandonado «como fiel y amada esposa», muere en Jartum, en medio de su gente, consciente de que su obra misionera no morirá. «Yo muero –exclama– pero mi obra, no morirá».
Comboni acertó. Su obra no ha muerto. Como todas las grandes realidades que « nacen al pie de la cruz », sigue viva  gracias al don que de la propia vida han hecho y hacen tantos hombres y mujeres  que han querido seguir a Comboni por el camino difícil y fascinante de la misión  entre los pueblos más pobres en la fe y más abandonados de la solidaridad de  los hombres.
Fechas más importantes
— Daniel Comboni nace en Limone sul Garda (Brescia, Italia) el 15 de marzo de 1831.
— Consagra su vida a Africa en 1849, realizando un proyecto que lo lleva a arriesgar la vida varias veces en las difíciles expediciones misioneras desde 1857, que es cuando va por primera vez a Africa.
— El 31 de diciembre de 1854, año en que se proclama el dogma de la Inmaculada Concepción de María, es ordenado sacerdote por el Beato Juan Nepomuceno Tschiderer, Obispo de Trento.
— En 1864 escribe un Plan fundado sobre la idea de « salvar Africa por medio de Africa », que demuestra la confianza que Comboni tiene en los   africanos, pensando que serán ellos los protagonistas de su propia evangelización (Plan de 1864).
— Fiel a su consigna « Africa o muerte », no obstante las dificultades sigue con su Plan fundando, en 1867, el Instituto de los Misioneros   Combonianos.
— Voz profética, anuncia a toda la Iglesia, sobre todo en Europa, que ha llegado la hora de evangelizar a los pueblos de Africa. No teme presentarse,   como simple sacerdote que es, a los Obispos del Concilio Vaticano I, pidiéndoles que cada Iglesia local se comprometa en la conversión de Africa (Postulatum, 1870).
— Demostrando un valor fuera de lo común, Comboni consigue que también las religiosas participen directamente en la misión de Africa Central, siendo  el primero en tomar tal iniciativa. En 1872, funda un Instituto de religiosas dedicadas exclusivamente a la misión: las Hermanas Misioneras Combonianas.
— Gasta todas sus energías por los africanos y lucha con tesón para que sea abolida la esclavitud.
— En 1877, es consagrado Obispo nombrado Vicario Apostólico de Africa Central.
— Muere en Jartum, Sudán, abatido por las fatigas y cruces, en la noche del 10 de octubre de 1881.
— El 26 de marzo de 1994, se reconoce la heroicidad de sus virtudes.
— El 6 de abril de 1995, se reconoce el milagro realizado por su intercesión  en una muchacha afrobrasileña, la joven María José de Oliveira Paixão.
— El 17 de marzo de 1996, es beatificado por el Papa Juan Pablo II en la Basílica de San Pedro de Roma.
— El 20 de diciembre 2002, se reconoce el segundo milagro realizado por su intercesión en una madre musulmana del Sudan, Lubna Abdel Aziz.
— El 5 de octubre de 2003, es canonizado por el Papa Juan Pablo II en la Basílica de San Pedro de Roma.