jueves, 27 de marzo de 2014

Viernes de la semana 3 de Cuaresma

El amor de Dios está por encima de todo; dejarnos amar por Él, dejar que brote de nuestro corazón, el amor a los demás
“En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos».Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas” (Marcos 12,28b-34).
1. “Uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». La Ley de Cristo es el amor a Dios y al prójimo. San Bernardo dice que el amor no necesita que “sirva para nada”, “su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo para amar. Gran cosa es el amor”, es como participar de Dios.  
Jesús le contestó: «El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos»”. Hoy Jesús nos hace una receta en la que une dos citas bíblicas, nos dice. «Ama al Señor, tu Dios» (Dt 6,5) y otro lugar del Levítico: «Ama a los otros» (Lev 19,18), Jesús nos da la receta de la nueva Ley, que “cocinada” a fuego lento, con el amor del Espíritu Santo, al “baño María” nos da la mejor comida, la más sabrosa, exquisita, la de que hace felices a los demás y de paso a nosotros, porque para ser feliz hay que darse. Amar, en lo del día a día: en detalles de espíritu de servicio, como bajar la basura o recoger la mesa, hacer la cama pero antes el trabajo bien hecho: escuchar en clase, hacer los deberes y estudiar y luego disfrutar con lo que nos gusta, cultivar aficiones de leer, escribir, música, y todo tipo de juegos… la conversación amable, la serenidad cuando los nervios asoman.
“Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios»”. Cuando nos conectamos al Señor, podemos cargar las pilas, y ningún momento mejor que el de la Acción de Gracias después de comulgar. Como sabes, cuando comemos algo, durante un rato sigue siendo lo que es, pero pasado un tiempo lo convertimos en nuestro cuerpo. Por eso, después de comulgar y por unos diez minutos, tenemos a Jesús dentro de nosotros, al mismo que nació de María Virgen, que convertía el agua en vino, que sanaba a ciegos y cojos, al mismo que murió clavado en la Cruz para perdonarnos de nuestros pecados. Por eso, ¿por qué no aprovechas al acabar la Misa para quedarte un rato sentado hablando tranquilamente con Él, que está físicamente dentro de ti? Es el mejor momento para darle gracias por todo lo que te ha dado en tu vida, para pedirle por tus familiares y amigos, para pedirle perdón por tus pecados y para pedirle que te ayude a sacar adelante aquellas cosas que necesitas. ¡Gracias, perdón y ayúdame más! Continúa hablándole a Dios con tus palabras (José Pedro Manglano).
“Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas”. «El alma no puede vivir sin amor, siempre quiere amar alguna cosa, porque está hecha de amor, que yo por amor la creé» (Santa Catalina de Siena), por eso o nos cargamos de amor de Dios o nos engancharemos a lo primero que nos ofrezcan en la tele o en otro sitio según las modas. Pero entre tantas cosas que hacemos, podemos no tener tiempo para Dios. Y así, nos falta todo porque nos falta el sentido de amar, lo fundamental. Y es que lo más importante no se ve con los ojos del cuerpo sino con los del corazón. Jesús ama al Padre como Dios verdadero nacido del Dios verdadero y, como Verbo hecho hombre, crea la nueva Humanidad de los hijos de Dios, hermanos que se aman con el amor del Hijo. Es la "buena nueva" que mi vida toda debería estar proclamando. ¿Amo yo, efectivamente? ¿A quién amo? ¿A quién dejo de amar? ¿Cómo se traduce este amor? ¿Quién es mi prójimo? “Como tú mismo... Como tú misma...”, ¡no es decir poco! ¿Cómo me amo a mí mismo/a? ¿Qué deseo yo para mí? ¿Cuáles son mis aspiraciones profundas? ¿A qué cosas estoy más aferrado? ¿Qué es lo que más me falta? Y todo esto quererlo también para mi prójimo. No debo pasar muy rápidamente sobre todas estas cuestiones. Debo tomar, sobre ellas, una decisión en este tiempo de cuaresma.
-"No estás lejos del reino de Dios." ¡Jesús felicitó a un escriba! "El Reino de Dios" = ¡amar!, ¡a Dios y a los hermanos! ¡Tantas veces se ha hecho el encontradizo! En la alegría y en el dolor. Como muestra de amor nos dejó los sacramentos, “canales de la misericordia divina”. Nos perdona en la Confesión y se nos da en la Sagrada Eucaristía. Nos ha dado a su Madre por Madre nuestra. También nos ha dado un Ángel para que nos proteja. Y Él nos espera en el Cielo donde tendremos una felicidad sin límites y sin término. Pero amor con amor se paga. Y decimos con Francisca Javiera: “Mil vidas si las tuviera daría por poseerte, y mil... y mil... más yo diera... por amarte si pudiera... con ese amor puro y fuerte con que Tú siendo quien eres... nos amas continuamente”.
2. Oseas fue un profeta muy maltratado por el sufrimiento, y se fue volviendo dulce hasta cantar el amor de Dios, que siempre es fiel, aunque los hombres no lo sean: “Israel, vuelve al Señor, tu Dios… Decidle: Perdona todas nuestras culpas para que recobremos la felicidad y te ofrezcamos en sacrificio palabras de alabanza”. Los muchos juegos no nos pueden llenar el corazón, ni la wii, ni nada: “Asiria no nos puede salvar; no montaremos ya en los caballos, y no diremos más «dios nuestro» a la obra de nuestras manos, pues en Ti encuentra compasión el huérfano”. Y dejamos los diosecillos, ídolos, para abrirnos a Dios. En cuanto decimos: “perdona” ya está todo arreglado… “este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y se le ha encontrado” (Lc 15,32). Quien no encuentra el camino de Dios, quien no se deja hallar como oveja perdida, pierde el sentido de la vida (F. Raurell).
Yo los curaré de su apostasía, los amaré de todo corazón”, el Señor es como un jardinero que nos cuida: “Seré como el rocío para Israel; él florecerá como el lirio y echará sus raíces como el olmo. Sus ramas se extenderán lejos, hermosas como el ramaje del olivo, y su fragancia será como la del Líbano. Volverán a sentarse en mi sombra; cultivarán el trigo, florecerán como la viña y su renombre será como el del vino del Líbano… Yo lo atenderé y lo protegeré. Yo soy como un pino siempre verde; de mí procede todo fruto”. Son una colección de gracias que nos vienen de Dios, cuando nos abrimos a su amor: Florecerán como la vid; su renombre será como el del vino del Líbano... imágenes de prosperidad y de felicidad. Frescor. Fecundidad. Belleza. Fragancia. Flores. Solidez. Hay que "saborear" cada una de las imágenes: el rocío... el lirio... el árbol frondoso... el vino... los perfumes... las frutas... (Noel Quesson).
Estamos en la segunda parte de la cuaresma, si fuera un partido Deportivo de dos partes, estamos en la segunda, más cerca del final, y queremos aprovechar esos días para crecer interiormente, en esa apertura al amor de Dios, y en amor y servicio a los demás. No se es cristiano por un hacer cosas buenas (cumplir los mandamientos) o creer con la cabeza en ideas (unos dogmas fríos) sino por el encuentro con una Persona, Jesús, que provoca en nosotros un agradecimiento, de dejarnos querer por él, por el amor de Dios, y responder con una vida de amor: “Que el sabio comprenda estas cosas, que el inteligente las entienda, porque los caminos del Señor son rectos; por ellos caminarán los justos, mas los injustos tropezarán en ellos”. Oseas era también el profeta y el poeta del amor. Ese amor es aún más hermoso. No es sólo un amor que promete la felicidad, si se es fiel. Es un amor que perdona y que pide «Volver». Nos dice: «¡Vuelve!». Como dos esposos que se perdonan. Como dos amigos que reemprenden su amistad después de una temporada de frialdad. He de escuchar esas palabras de ternura.
3. La roca del agua en el desierto, y el camino de Dios son como el hilo de las lecturas de esta semana. Todo nos lleva a hacer la voluntad divina, vivir el mandamiento del amor. Además, Jesús, al hombre “espiritual, lo sació con miel, y no con agua, para que los que crean y reciban este alimento tengan la miel en su boca" (Orígenes), como hemos dicho con el salmo: “Oigo un lenguaje desconocido:… Clamaste en la aflicción, y te libré, te respondí oculto entre los truenos, te puse a prueba junto a la fuente… ¡ojalá me escuchases Israel! No tendrás un dios extraño, …yo soy el Señor, Dios tuyo, que saqué del país de Egipto; abre la boca que te la llene… te alimentaría con flor de harina, te saciaría con miel silvestre”. Siempre hay una referencia al desierto, porque fue una experiencia fuerte de desierto, de Dios.
Llucià Pou Sabat

miércoles, 26 de marzo de 2014

Jueves de la semana 3 de Cuaresma

El camino a la felicidad es escuchar la voz de Dios, hacer su voluntad
“En aquel tiempo, Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron: «Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios». Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Pues, si también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?, porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama»” (Lucas 11,14-23).
1. “Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron”. Algunos decían que estaba endemoniado.
Pero Jesús les responde que cómo va a ser del demonio quitar demonios, que ningún reino puede durar si está dividido. En cambio, “si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios”, porque si él quita demonios es que es más fuerte que los demonios: “cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos” y nos anima a seguirle en su reino: “El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama”. Jesús, nos hablas del Evangelio, de ese combate espiritual contra las fuerzas del mal... contigo. Señor, sálvame de mis demonios... líbranos del mal. Eres más fuerte que Batman, que Superman, que todos los héroes, eres mi Salvador. Ven Jesús a combatir conmigo en esta Cuaresma. Cuaresma = energía (Noel Quesson).
En el ritual del Bautismo hay un gesto simbólico expresivo, el «effetá», «ábrete». El ministro toca los labios del bautizado para que se abran y sepa hablar. Y toca sus oídos para que aprenda a escuchar. Dios se ha quejado hoy de que su pueblo no le escucha. ¿Se podría quejar también de nosotros, bautizados y creyentes, de que somos sordos, de que no escuchamos lo que nos está queriendo decir en esta Cuaresma, de que no prestamos suficiente atención a su palabra? La Virgen María, maestra en esto, como en otras tantas cosas, de nuestra vida cristiana, nos ha dado la consigna que fue el programa de su vida: «hágase en mí según tu palabra» (J. Aldazábal).
2. Jeremías proclama la voz del Señor: “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo”. Es una de las expresiones más perfectas de la Alianza. Una pertenencia recíproca: yo soy tuyo, tú eres mío. Marca el camino seguro, “a fin de que todo os vaya bien y seáis felices”. Siempre el mismo lazo entre la «fidelidad» a Dios y la "alegría". No es para tomarlo en un sentido material, de tener éxito: «No te prometo hacerte feliz en este mundo», decía la Virgen a Bernardita Soubirous. A veces los que hacen cosas malas parece que se la pasan muy bien, y que gente buena se la pasan mal en la vida. Pero el que hace el bien, por dentro siente algo íntimo, como un calorcito parecido a la "felicidad", y es la alegría íntima que da el Señor a todos los que se esfuerzan en ser fieles. Dios espera «mi rostro»... cara a cara. Como los que se quieren.
Y yo me aparto de Él. Como sigue el profeta: “Pero ellos no escucharon ni inclinaron sus oídos, sino que obraron según sus designios, según los impulsos de su corazón obstinado y perverso; se volvieron hacia atrás, no hacia adelante”. Los profetas no fueron escuchados: “Tú les dirás todas estas palabras y no te escucharán: los llamarás y no te responderán”. Como ellos, los que no te quieren, Señor. Me despisto… y te pido, Señor, que no me despiste, que me acuerde de mis citas contigo, de ir a verte, de rezar ahí donde esté y conectar contigo… para que no digas de mí lo que de aquellos: “-No me escucharon”. Solo una cosa puede ponernos tristes: nuestros pecados. Cuando algo malo sucede me he de plantear: “¿es por mi culpa?” Si no, no he de aceptar ese decaimiento, pues ¡bendito sea Dios!, que permite aquello; pero si he pecado –el único mal de verdad- entonces he de rehacer aquello, arreglar la falta de amor con un acto de amor. Es esa conversión la que pide el profeta: -“No me escucharon”.
Tú no nos hablas sólo en la misa o en la oración. Debo escuchar en mi vida, en mi estudio y en mis clases, en mi casa y en mis responsabilidades, en mis amigos y en mis juegos. Pero, con frecuencia, no sé escucharte. Concédeme esa atención que me falta, Señor (Noel Quesson).
3. El salmo de hoy nos anima a eso: «ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón». “¡Venga, cantemos con júbilo al Señor, aclamemos a la Roca que nos salva!” La roca es Cristo, así como la del desierto se abrió y manó agua, así del corazón de Cristo nos viene la salvación del bautismo. ¡Vamos hasta Él dándole gracias, aclamemos con música al Señor! ¡Entremos, inclinémonos para adorarlo! ¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó! Porque Él es nuestro Dios, y nosotros, el pueblo que Él apacienta, las ovejas conducidas por su mano”.  Es un canto a tu realeza, Señor, y tu Reino está en el árbol de la cruz, tú reinas desde el árbol de la cruz, como dijeron ya los primeros cristianos, “Regnavit a ligno Deus”. Como tú dijiste, Señor: "El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mc 10, 43-45).
Señor, quiero alabarte, y procurar obedecer tu voluntad: “Ojalá hoy escuchéis la voz del Señor”… siento que va por mí: «ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón». Es una continuación de lo que me ha dicho el profeta antes… es lo que rezamos cada día: «hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo», que santo Tomás relaciona al don de ciencia, la ciencia que nos enseña el Espíritu Santo: la de vivir bien, que es no hacer nuestra voluntad sino la de Dios. Por eso, por este don pedimos a Dios que se haga su voluntad así en la tierra como en el cielo. En semejante petición se pone de manifiesto el don de ciencia. Decimos a Dios: Hágase tu voluntad, esto es, que su voluntad se cumpla en nosotros. El corazón del hombre camina derecho cuando va de acuerdo con la voluntad divina, como Cristo: “He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me ha enviado” (Jn 6,38). Y cuando decimos Hágase tu voluntad, estamos pidiendo cumplir los mandamientos de Dios, que son la voluntad de Dios, que al que ama le resulta placentera: “Ha salido la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón” (Sal 96,11).
La voz divina penetra con la gracia nuestros corazones, y ya no es esfuerzo humano la lucha interior sino que –dice el Aquinate- en primer lugar se debe a la misericordia divina que no niega su ayuda a quien la pide y confía: «Tres cosas se han de esperar de Dios, puesto que tres hay en el hombre: entendimiento, voluntad y virtud operativa. Por tanto, Dios instruye el entendimiento, satisface la voluntad y fortalece la virtud. Referente a lo primero, dice: le dio la ley en el camino que eligió; es decir, el hombre que teme al Señor elige el camino, a saber, el camino de servir a Dios: “servid al Señor en el temor” (Sal 2,11); “éste es el camino, caminad en él” (Is 30, 21), y en éste instruye de qué manera ha de proceder el hombre. Jerónimo dice: “le enseñaba”, y esto lo hace refiriéndose a la ley».
El Espíritu es quien mueve el corazón en la obediencia a la voluntad de Dios, la piedad de hijo se demuestra por la obediencia a este instinto filial: “lo propio de los hijos es obedecer” (Ef 6,1-3). El cristiano es buen hijo de Dios cuando se une a Cristo para poder con Él decir: “mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y dar cumplimiento a su obra” (Jn 4,34), cumpliendo el consejo de María: “haced lo que él os diga” (Jn 2,5): en esto consiste la santidad cristiana, pues la perfecta santidad es obedecer a Cristo en todas las cosas. En esta obediencia está la felicidad del hombre, al meditar y obedecer la ley. Meditación que ha de ser activa, donde intervienen las potencias del alma.
Hay muchos que viven esa escucha a Dios, son santos anónimos. "Soy consciente, rezaba Newman, de que a pesar de mis faltas, deseo vivir y morir para gloria de Dios. Deseo entregarme completamente a Él como instrumento suyo para la tarea que quiera y a costa de cualquier sacrificio personal". Hoy hago mía esta oración del converso inglés que tanto hizo por la Iglesia de su país: ¡Señor, aunque no valga nada, aquí estoy para hacer, por Ti, lo que quieras!
Tierno hablaba de los héroes anónimos, que no los saben ni ellos: "Jamás pensé que estar en contacto con la enfermedad y el sufrimiento de los demás podría hacerme tanto bien". Estando de camillero en Lourdes, una señora, medio ciega y sin piernas, rezaba el rosario. Como advertí preocupación en su rostro, le pregunté qué le apenaba. Ella me respondió: "Me entristece este pobre hombre de la camilla de al lado". Se me hizo un nudo en la garganta y pensé, ¡Dios mío! Ella sí que está físicamente mal y, sin embargo, no piensa en sí misma.
Esta aleccionadora experiencia me la contaba hace unos días en San Sebastián el propio protagonista, Luis, un hombre de mediana edad que, desde hace años, junto con su esposa, asiste como camillero voluntario a los enfermos que peregrinan a Lourdes. Tantas personas anónimas, la mayoría donantes de sangre, como Luis, que no desaprovechan la menor ocasión que se les presenta para ayudar según sus posibilidades, son héroes anónimos.
Tú nos explicaste que lo que hacemos con los demás lo hacemos contigo. Por eso trataré de ser generoso, Jesús, con los demás. En concreto estos días de Cuaresma procuraré hacer muchos favores. Recuérdamelo, por favor, y que sepas que los haré por amor a ti y a ellos. ¡Cada día, al menos, un buen favor! (José Pedro Manglano).
Llucià Pou Sabaté

martes, 25 de marzo de 2014

Miércoles de la semana 3 de Cuaresma

Alabemos a Dios que nos ha enviado a Jesús para darnos una ley nueva: la libertad y el amor de los hijos de Dios
“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos»” (Mateo 5,17-19).
1. Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”. Es una ley de libertad, como decía Jacques Philippe  cuando habla de la libertad interior que nadie puede arrebatarnos. Esto es medicina para no agobiarnos, para gozar de la auténtica felicidad. Hay cosas que nos harán sufrir, pero ninguna logrará hundimos ni agobiamos del todo. Se trata de tener un “oasis” en nuestro corazón: “el hombre conquista su libertad interior en la misma medida en que se fortalecen en él la fe, la esperanza y la caridad… el dinamismo de lo que tradicionalmente se han denominado las «virtudes teologales» constituye el centro de la vida espiritual”; esto coloca en un papel decisivo en el desempeño de nuestro crecimiento interior la virtud de la esperanza: una virtud que sólo puede cultivarse unida a la pobreza de corazón, resumida en la primera bienaventuranza: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Para ser dóciles a esa maravillosa renovación interior que el Espíritu Santo quiere obrar en los corazones con el fin de hacemos acceder a la gloriosa libertad de los hijos de Dios –“donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”-, es importante acudir a María: «Ofreceremos a Dios nuestra voluntad, nuestra razón, nuestra inteligencia, todo nuestro ser a través de las manos y el corazón de la Santísima Virgen. Entonces nuestro espíritu poseerá esta preciada libertad del alma, tan ajena a la ansiedad, a la tristeza, a la depresión, al encogimiento, a la pobreza de espíritu. Navegaremos en el abandono, liberándonos de nosotros mismos para atarnos a Él, el Infinito» (Madre Yvonne-Airnée de Malestroit).
Jesús luchaba contra todo formalismo, contra toda estrechez de miras. Sin embargo, obrando así, pero no para destruir la Ley, sino para salvarla,  mejorarla para que cumpliera su fin. “Nada es pequeño delante de Dios, según el texto de la Sagrada Escritura. No hay "pequeños deberes" sobre lo que nos pide la Palabra de Dios.
"Considerar las cosas pequeñas como grandes, a causa de Jesús que es quien las hace en nosotros” (B. Pascal). Jesús nos invita a no soñar con cosas grandes: lo que a diario hacemos es a menudo pequeño, minúsculo. Todo depende de lo que nuestro corazón pone en ello.
Santa Teresa de Lisieux entró en el Carmelo a los quince años con todo el entusiasmo de su adolescencia. Lo que le esperaba fue: barrer los claustros, hacer la colada, acompañar al refectorio a una hermana vieja y enferma. Pequeñas cosas. La vida humilde, la dedicada a trabajos pesados y fáciles, es una obra de selección que requiere mucho amor.
-“El que practicare y enseñare -esos mandamientos mínimos- será "grande" en el reino de los cielos”. "Las obras deslumbrantes me están prohibidas. Para dar pruebas de mi amor no tengo otro medio que el de no dejar escapar ningún pequeño sacrificio, ninguna mirada, ninguna palabra; de aprovechar las más pequeñas acciones y hacerlas por amor.' (Santa Teresita) Lo que es "pequeño" a los ojos de los hombres, puede ser "grande" a los ojos de Dios (Noel Quesson), como decía san Teófilo de Antioquía: «Dios es visto por los que pueden verle; sólo necesitan tener abiertos los ojos del espíritu (...), pero algunos hombres los tienen empañados». Para poder purificar el corazón y poder ver, pedimos en la Colecta: «Penetrados del sentido cristiano de la Cuaresma y alimentados con tu Palabra, te pedimos, Señor, que te sirvamos fielmente con nuestras penitencias y perseveremos unidos en la plegaria». Y también en la Postcomunión: «Santifícanos, Señor, con este pan del cielo que hemos recibido, para que, libres de nuestros errores, podamos alcanzar las promesas eternas».
 “Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos». ¿Qué son esos mandamientos tan importantes que hay que seguir? El amor. En la vida vamos pasando del “yo, me, mí, conmigo” a un “tú, te, ti, contigo”, de un “quiero para mí” a una vocación de servicio. El amor es la vocación de la persona, el servicio es la misión que tenemos. El que da, es rico. El que se queda con todo es pobre. Hay gente tan pobre que solo tiene dinero. El pobre es el egoísta. Y hay una pobreza aún mayor: "Hay diversas clases de pobreza -cuenta la madre Teresa de Calcuta-. En la India hay gente que muere de hambre. Un puñado de arroz es precioso, valiosísimo. En los países occidentales, sin embargo, no hay pobreza en ese sentido. Nadie muere de hambre y ni siquiera abundan los pobres como en la India... Pero existe otra clase de pobreza, la del espíritu que es mucho peor. La gente no cree en Dios, no reza, no ama, va a lo suyo... Es una pobreza del alma, una sequedad del corazón que resulta mucho más difícil de "remediar". ¿Puedes tener tú esa pobreza? Pídeles a Jesús y a María que nunca caigas en esa pobreza de espíritu; que te ayuden a quererles cada día más y a acudir a ellos ante cualquier necesidad, y que te ayuden a querer a los demás. ¡Jesús, María, que no olvide rezar ni por la noche ni al levantarme! Que sea generoso: porque el verdaderamente "pobre" es el egoísta. Recemos: Señor, purifica mi amor, con la forja donde se ponen los sentimientos en el fuego y se quema lo malo y se esculpe la imagen de Jesús en nosotros...
Cuentan que un obrero había encontrado un billete de mil dólares; no le llamó mucho la atención porque en América los billetes son iguales aunque tengan más valor y aquel papelito no le impresionó demasiado. Se lo guardó en un bolsillo, varios días más tarde, al pasar por un Banco, entró a preguntar cuánto valía. Casi se desmaya cuando se lo dijeron, pues la suma equivalía a más de un mes de su jornal...
No es raro encontrarse con gente que no sabe lo que tiene; puede ser un cuadro de un pintor famoso, un objeto antiguo, unas monedas raras, unos sellos valiosísimos... Cuando nos enteramos, solemos sentir una especie de envidia. No se nos ocurre pensar que nosotros también tenemos un tesoro que quizá no apreciamos: El Sacramento de la Penitencia es esa forja donde se realiza ese milagro. Tal vez al recibirlo frecuentemente y sepamos que no sólo sirve para perdonar los pecados graves, sino también los leves; que aumenta la gracia santificante y nos proporciona una gracia especial para rechazar las tentaciones... Sin embargo, a lo mejor nos parece que no nos aprovecha demasiado, que no nos hace mejores; que nos acusamos una y otra vez de los mismos pecados, inútilmente... Si eso pensamos, lo más probable es que nuestras confesiones no sean buenas. La Penitencia es un sacramento que Jesús pagó con su vida. Debemos cuidar todo lo que tiene que ver con la confesión.
¿Hago bien el examen? ¿Pido perdón con dolor? ¿Digo los pecados en concreto y también los veniales? ¿Hago propósito de no volver a cometerlos? ¿Cumplo la penitencia? La gracia de Dios que nos llega por esos dos sacramentos no circula en vano por nuestra alma, algo hace en nosotros (Agustín Filgueiras Pita).
Hoy en misa pidieron por los que se aprovechan de la crisis económica, para hacerse ricos, para que el Señor les convierta y sepan abrirse a los demás. ¡Señor perdónales porque no saben lo que hacen! Estas fueron casi las últimas palabras que Jesús dijo antes de morir en la Cruz. Dios perdona siempre cuando le pedimos perdón, incluso piensa a la maldad de los hombres la llama ignorancia (“no saben”…), y es también causa de salvación (“Padre, ¡perdónales…!”). Esto podemos aplicarlo no solo a los asesinos, sino también a los que promueven ideas o películas malas, a los que roban o engañan…
2. Los caminos que Dios enseña son justos y muy buenos, camino para la felicidad y la vida. Dios se dirige a los hombres como a una persona amada, por su nombre: «Escucha, Israel...» y nos va dando los mandamientos… En estos días de cuaresma trato de estar «a la escucha». «Para vivir» plenamente... Escuchar a Dios para vivir en plenitud. Ayúdame, Señor: que yo experimente, que tu Palabra escuchada sea «vida» para mí... como una respiración. Para así entrar en posesión de la tierra que Dios da. Que tu Palabra, Señor, sea mi "sabiduría", un alimento de mi espíritu. Que tus pensamientos lleguen a ser también mis pensamientos. Que tu manera de ver impregne mis modos de ver. Y todo ello en plena libertad. No como una coacción exterior obligatoria... sino como una fuente vivificante y profunda. No como algo mandado: “qué palo, hay que ir a misa…" sino quiero sentir como una necesidad interior aceptada de buen grado de quererte. Sin embargo, a veces dudamos: Tú te callas, pareces estar lejos de nosotros. Pero lo sé, estás ahí. Tú me miras en este mismo momento. Te interesas por mí y estás más cerca de mí que mi propio corazón (Noel Quesson).
3. “¡Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión! […] Envía su mensaje a la tierra… le dio a conocer sus mandamientos. ¡Aleluya!” Jerusalén se había derrumbado ante el asalto del ejército del rey Nabucodonosor (586 a. c.). Pero luego Nehemías restableció los muros de Jerusalén para que volviera a ser oasis de serenidad y paz. La paz, «shalom», es evocada inmediatamente, pues está contenida en el mismo nombre de Jerusalén, simbólicamente. Hay una confirmación de la elección divina del pueblo, de su misión única: «Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos». El salmo habla de las bendiciones como la “flor de harina”, que Orígenes ve en clave eucarística: «Nuestro Señor es el grano de trigo que cae a tierra y se multiplicó por nosotros. Pero este grano de trigo es superlativamente copioso. La Palabra de Dios es superlativamente copiosa, recoge en sí misma todas las delicias. Todo lo que quieres, proviene de la Palabra de Dios, como narran los judíos: cuando comían el maná sentían en su boca el sabor de lo que cada quien deseaba. Lo mismo sucede con la carne de Cristo, palabra de la enseñanza, es decir, la comprensión de las santas Escrituras: cuanto más grande es nuestro deseo, más grande es el alimento que recibimos. Si eres santo, encuentras refrigerio; si eres pecador, tormento».
Llucià Pou Sabaté

lunes, 24 de marzo de 2014

Martes de la semana 3 de Cuaresma

Cuando perdonamos, nos hacemos dignos de la misericordia divina
“En aquel tiempo, Pedro se acercó y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, lo entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano»” (Mateo 18,21-35).
1. Pedro preguntó a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Y nos cuentas esta parábola del perdón de las deudas. Y quien no quiere, recibirá ya el castigo en esa falta de amor, “si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».
Está claro: hemos de saber vivir esta misericordia, para poder recibirla: perdonar nosotros a los que nos hayan podido ofender. «Perdónanos... como nosotros perdonamos», nos atrevemos a decir cada día en el Padrenuestro. Para pedir perdón, debemos mostrar nuestra voluntad de imitar la actitud del Dios perdonador. Se ve que esto del perdón forma parte esencial del programa de Cuaresma, porque ya ha aparecido varias veces en las lecturas. ¿Somos misericordiosos? ¿Cuánta paciencia y comprensión almacenamos en nuestro corazón? ¿Tanta como Dios, que nos ha perdonado a nosotros diez mil talentos? ¿Podría decirse de nosotros que luego no somos capaces de perdonar cuatro euros al que nos los debe? ¿Somos capaces de pedir para los pueblos del tercer mundo la condonación de sus deudas exteriores, mientras en nuestro nivel doméstico no nos decidimos a perdonar esas pequeñas deudas?
Se cuenta de Ramón Narváez, un primer ministro de la España del siglo diecinueve, que firmó la sentencia de muerte de 35.000 enemigos. Cuando él estaba muriéndose, en 1886, le preguntó el sacerdote si estaba dispuesto a perdonar a todos sus enemigos. Él contestó:
-“¿Enemigos? Padre, yo no tengo enemigos. Los he fusilado a todos”.
La manera cristiana de no tener enemigos no es fusilarles. Si supiésemos mirar a todos como amigos, no tendríamos enemigos. A las personas, en buena manera, las convertimos en lo que vemos en ellas cuando las miramos. Parafraseando el Evangelio: “Mira a los demás, a cada uno, como quieres que ellos te miren a ti”.
A veces no nos gusta algo de los demás: ¿y qué vamos a hacer, matarlos? No: quererles como son. Fallar y equivocarse es propio de la criatura. Pedir perdón es profundamente humano. Perdonar es lo más divino. Cuando perdonamos, de verdad, es, quizás, cuando más nos parecemos a Dios. Nos cuesta perdonar cualquier cosilla que nos hacen o que creemos nos hacen. Y aún cuando perdonamos, no somos capaces de olvidar. Impresiona que todo un Dios, incluso antes de que le ofendamos, ya está inventando la manera de concedernos su perdón. Y, además, de hacernos saber que estamos perdonados. Quiere perdonarnos y que podamos quedar tranquilos. Eso es la confesión. Un buen hombre desembarca en San Francisco y se va a confesar a la primera iglesia que encuentra. -“¿Cómo tarda usted dos años - le pregunta el cura- en venir a confesarse?”
-“Mire usted -explica el hombre, buscando una excusa- yo vivo en tal isla, que, como sabe, está perdida en el Pacífico. Este es el puerto más cercano. Cuando puedo, aprovecho para venir al continente con algún  amigo pescador”.
El cura recuerda que en esta isla hace escala semanalmente una mala línea de aviones. Y le dice: -“Comprendo. Pero todos los lunes tiene usted un servicio de avión”.
-“También yo he pensado en eso -replica el buen hombre, buscando otra excusa-. Pero póngase en mi lugar: tomar ese avión por pecados veniales, es demasiado caro. Y tomarlo con pecados mortales, es demasiado peligroso (Agustín Filgueiras Pita).
Pues no: sabemos que con un acto de contrición tenemos la gracia de Dios, aunque el sacramento nos da la seguridad del perdón. Porque conviene enseguida pedir perdón a Dios, ya un solo día en pecado mortal “es demasiado peligroso”.
Cuaresma es tiempo de perdón, reconciliación con Dios y con el prójimo. No echemos mano de excusas para no perdonar: Dios nos ha perdonado sin tantas distinciones. Como David perdonó a Saúl, y José a sus hermanos, y Esteban a los que lo apedreaban, y Jesús a los que lo clavaban en la cruz. Es como la prueba del nueve que se hace para ver si una división está bien hecha, así el padrenuestro se reza bien si se cumple ese colofón, como condición, o petición para que nos quede bien grabado que si perdonamos, nuestro corazón puede abrirse al perdón divino: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Dios nos ha perdonado mucho, y no debemos guardar rencor a nadie. Hemos de aprender a disculpar con más generosidad, a perdonar con más prontitud. Perdón sincero, profundo, de corazón. A veces nos sentimos heridos sin una razón objetiva; sólo por susceptibilidad o por amor propio lastimado por pequeñeces que carecen de verdadera entidad. Y si alguna vez se tratara de una ofensa real y de importancia, ¿no hemos ofendido nosotros mucho más a Dios? Él no acepta el sacrificio de quienes fomentan la división.
2. Daniel y sus amigos prefirieron el suplicio que renegar de Dios. Echados al fuego, el emperador que miraba dijo: "yo veo cuatro hombres que caminan libremente por el fuego sin sufrir ningún daño, y el aspecto del cuarto se asemeja a un hijo de los dioses". Daniel pedía a Dios en aquel destierro que sufrían, que dejaran de ser esclavos de los dominadores, oración que podemos hacer nuestra: -«Por el honor de tu nombre, no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu misericordia. Por Abraham, tu amigo; por Isaac, tu siervo; por Israel, tu consagrado; a quienes prometiste multiplicar su descendencia como las estrellas del cielo, como la arena de las playas marinas. Pero ahora, Señor, somos el más pequeño de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados”.
Qué bonito cuando ofrecemos a Dios nuestro corazón. La plegaria de Daniel se apoya por entero en la «misericordia» de Dios. La época de Daniel es un período de prueba, de mucha humillación. Los judíos han sido deportados a Babilonia. Son perseguidos. “En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes; ni holocausto, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso; ni un sitio donde ofrecerte primicias, para alcanzar misericordia. Por eso, acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde... Que éste sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados. Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos y buscamos tu rostro, no nos defraudes, Señor. Trátanos según tu piedad, según tu gran misericordia. Líbranos con tu poder maravilloso y da gloria a tu nombre, Señor.»
Sigue pidiendo a Dios que el sacrificio “sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados”.Yo y todos los hombres tenemos necesidad de ti, Señor, buscamos tu rostro: “Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos y buscamos tu rostro, no nos defraudes, Señor. Trátanos según tu piedad, según tu gran misericordia”. «Busco tu rostro, el rostro del Señor». Rostro misericordioso… Gracias por inspirarnos esta oración, Señor, estos sentimientos (Noel Quesson).
¿Qué significa misericordia? La alianza con Dios fue rota muchas veces. Israel fue infiel. Pero siempre Dios en lugar de castigar mostraba su misericordia, con imágenes como el amor de esposo que supera las traiciones. El Señor ve la miseria de su pueblo y quiere liberarlo. Ese amor y compasión demostrado por Dios, es fuente de seguridad y esperanza para Israel, sustenta a todos. “La misericordia se contrapone en cierto sentido a la justicia divina y se revela en multitud de casos no sólo más poderosa, sino también más profunda que ella”, dice Juan Pablo II indicando que la justicia es servidora de la caridad: “La primacía y la superioridad del amor respecto a la justicia (lo cual es característico de toda la revelación) se manifiestan precisamente a través de la misericordia”.
3. Cuando Dios perdona, olvida nuestros pecados (algo que nosotros no podemos, cuando nos han ofendido), lo  que significa remisión completa y absoluta. Podemos decir como oración personal nuestra -por ejemplo, después de la comunión- el salmo de hoy: «Señor, recuerda tu misericordia, enséñame tus caminos, haz que camine con lealtad... el Señor es bueno y recto y enseña el camino a los pecadores...».
Llucià Pou Sabaté


La Anunciación del Señor

«En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel departe de Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David, y el nombre de la virgen era María. Y habiendo entrado donde ella estaba, le dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba que significaría esta salutación. Y el ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin.María dijo al ángel: ¿De que modo se hará esto, pues no conozco varón? Respondió el ángel y le dijo: El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios (...). Dijo entonces Maria: He aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia». (Lucas 1, 26-38)
1º. Madre, el Evangelio de hoy narra el momento de la anunciación: el día en el que conociste con claridad tu vocación, la misión que Dios te pedía y para la que te había estado preparando desde que naciste.
«No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios.»
No tengas miedo, madre mía, pues aunque la misión es inmensa, también es extraordinaria la gracia, la ayuda que has recibido de parte de Dios.
«¿De que modo se hará esto, pues no conozco varón?»
Madre, te habías consagrado a Dios por entero, y José estaba de acuerdo con esa donación de tu virginidad.
¿Cómo ahora te pide Dios ser madre?
No preguntas con desconfianza, como exigiendo más pruebas antes de aceptar la petición divina.
Preguntas para saber cómo quiere Dios que lleves a término ese nuevo plan que te propone.
«El Espíritu Santo descenderá sobre ti.»
Dios te quiere, a la vez, Madre y Virgen.
«Virgen antes del parto, en el parto y por siempre después del parto» (Pablo IV).
«He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra.»
Madre, una vez claro el camino, la respuesta es definitiva, la entrega es total: aquí estoy, para lo que haga falta.
¡Qué ejemplo para mi vida, para mi entrega personal a los planes de Dios!
Madre, ayúdame a ser generoso con Dios.
Que, una vez tenga claro el camino, no busque arreglos intermedios, soluciones fáciles.
Sé que si te imito, Madre, seré enteramente feliz.
2º. «Nuestra Madre es modelo de correspondencia a la gracia y, al contemplar su vida, el Señor nos dará luz para que sepamos divinizar nuestra existencia ordinaria. (...) Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: «he aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu palabra». ¿Veis la maravilla? Santa María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a que descubramos «la libertad de los hijos de Dios» (Es Cristo que pasa.-173).
Madre, hoy se ve a mucha gente que no quiere que le dicten lo que debe hacer, que no quiere ser esclavo de nada ni de nadie.
Paradójicamente, se mueven fuertemente controlados por las distintas modas, y no pueden escapar a la esclavitud de sus propias flaquezas.
Tú me enseñas hoy que el verdadero señorío, la verdadera libertad, se obtiene precisamente con la obediencia fiel a la voluntad de Dios y con el servicio desinteresado a los demás.
Lunes de la semana 3 de Cuaresma

Jesús nos da el agua viva que cura, que sacia la sed, que crece cuando se comunica con el amor
“En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente reunida en la sinagoga de Nazaret: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio».Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó” (Lucas 4,24-30).
1. “Jesús dijo a los de Nazaret que «ningún profeta es bien recibido en su patria... muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio”, como vemos en la primera lectura. Los paisanos de Jesús se llenaron de ira; “y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó”.Esperaban ver cosas extraordinarias. No tienen fe, y Jesús no hizo allí ningún milagro. Aquellas gentes sólo vieron en Él al hijo de José, el que les hacía mesas y les arreglaba las puertas. No supieron ver más allá. No descubrieron al Mesías que les visitaba. Nosotros, para contemplar al Señor, hemos de preparar nuestra visión del alma. La Cuaresma es buena ocasión para intensificar nuestro amor con obras de penitencia que disponen el alma a recibir las luces de Dios (Noel Quesson). No te reconocen, Jesús. Tu infancia y juventud habían sido tan normales que ahora no pueden aceptar tu divinidad y necesitan milagros como prueba de que eres el Mesías. ¡Auméntanos la fe! «Señor, purifica y protege a tu Iglesia con misericordia continua» (oración).
Veo que tienes contrariedades, Jesús, y sé que éstas me hacen comprender las mías, saber que me ayudan a prepararme para mi misión, como tú la tuya. Lo que me cuesta, me hace crecer. Tu Cruz explicará mis cruces, Señor. El lugar donde sufriste, el dolor de la soledad, las injusticias que has sufrido en momentos como el que leemos hoy, los insultos que recibió... Los de aquel momento y los de toda la historia. El dolor que sientes por lo que yo he hecho mal hoy contra otra persona, o contra mí mismo o contra Ti. Esa es tu cruz, Tú sufres cuando yo no me porto bien.
Y mi cruz de cada día, la que tengo que coger para seguirte, no es ponerme piedras en los zapatos. Mi cruz es el dolor cuando algo me cuesta, las injusticias que sufro, el cansancio de una clase o trabajo duros, luchar contra la pereza, el esfuerzo por ser generoso -porque me cuesta dar mis cosas-. Mi cruz es trabajar bien cuando no me apetece. Y saber obedecer cuando no quiero, y luchar contra esas debilidades que me cuestan... todo esto es obedecer y así al hacer la voluntad de Dios, amar a Dios y a los demás, más que mi voluntad. Durante esta cuaresma, Señor, quiero coger mi cruz de cada día porque quiero seguirte. ¡Que sea generoso, Dios mío!
2. Cuenta el Libro de los Reyes que “Naamán, general del ejército del rey de Arám, era un hombre prestigioso y altamente estimado por su señor, porque gracias a él, el Señor había dado la victoria a Arám. Pero este hombre, guerrero valeroso, padecía de una enfermedad en la piel”. Su mujer tenía una esclava judía que le dijo a su patrona: "¡Ojalá mi señor se presentara ante el profeta que está en Samaría! Seguramente, él lo libraría de su enfermedad". Naamán fue y le contó a su señor: "La niña del país de Israel ha dicho esto y esto". El rey de Arám respondió: "Está bien, ve, y yo enviaré una carta al rey de Israel". Naamán partió llevando consigo diez talentos de plata, seis mil siclos de oro y diez trajes de gala, y presentó al rey de Israel la carta que decía: "Al mismo tiempo que te llega esta carta, te envío a Naamán, mi servidor, para que lo libres de su enfermedad". Apenas el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras y se puso nervioso: “Fijaos bien y ved que él está buscando un pretexto contra mí". Pero Eliseo, el hombre de Dios, dijo al rey: "Que él venga a mí y sabrá que hay un profeta en Israel". Naamán llegó y Eliseo mandó un mensajero para que le dijera: "Ve a bañarte siete veces en el Jordán; tu carne se restablecerá y quedarás limpio". Pero Naamán, muy irritado, se fue diciendo: "Yo me había imaginado que saldría él personalmente, se pondría de pie e invocaría el nombre del Señor, su Dios; luego pasaría su mano sobre la parte afectada y curaría al enfermo de la piel. ¿Acaso los ríos de Damasco, el Abaná y el Parpar, no valen más que todas las aguas de Israel? ¿No podía yo bañarme en ellos y quedar limpio?". Y dando media vuelta, se fue muy enojado. Pero sus servidores se acercaron para decirle: "Padre, si el profeta te hubiera mandado una cosa extraordinaria ¿no la habrías hecho? ¡Cuánto más si él te dice simplemente: Báñate y quedarás limpio!". Entonces bajó y se sumergió siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios; así su carne se volvió como la de un muchacho joven y quedó limpio. Luego volvió con toda su comitiva adonde estaba el hombre de Dios. Al llegar, se presentó delante de él y le dijo: "Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra, a no ser en Israel. Acepta, te lo ruego, un presente de tu servidor".
Estaba enfermo de lepra, era tozudo, pero al final obedeció y se hizo el milagro. Los sirios tenían fama de poseer secretos mágicos para curar las enfermedades. Los judíos, inferiores en sabiduría y en ciencia profana, tienen el favor divino de curar. Cuando sufro por mis pecados, cuando me siento egoísta, cuando veo que soy cobarde ante mis responsabilidades... ¿acudo a Dios, a la gracia de mi bautismo? Yo también he sido lavado por el agua que purifica por la Fe. No saldré de mis debilidades con mis esfuerzos sino con tus sacramentos, Señor: penitencia y eucaristía... Tú eres: "el que salva", eres mi salvador” (Noel Quesson).
Tu fuerza sigue viva en nosotros, Señor. Me gusta explicar a los pequeños que Jesús nos ha dado una “poción mágica”, un alimento más potente que el de Asterix y la olla donde cayó Obelix, y es la fe y los sacramentos, la santa Misa. Que no la desaprovechemos. Una historia nos puede ayudar a entender su importancia: A media tarde, Jorge entra en la cocina como un huracán y le dice a su mujer:
"-Hola, cariño... Voy a cambiarme. Felipe y yo vamos a jugar un partido de tenis antes de que se haga de noche".
-"¡Pero, Jorge! –se queja su mujer- es muy tarde y tenía preparada una excelente cena: carne a la borgoñesa, y verduras, y una tarta de limón."
"-Lo siento, cariño -responde Jorge- tomaré un bocadillo en un bar. Tómatelo tú..."
A los cinco minutos, Jorge ya está en camino. Su mujer no puede reprimir el llanto.
-"No me quiere", solloza contemplando la excelente cena que había preparado a su marido. Cualquier mujer que lea esto simpatizará con la esposa de Jorge y hasta muchos hombres le darán la razón, sin pensar que casi todos somos culpables de una falta de consideración semejante, cuando no vamos a este encuentro con nuestro Amigo Jesús. Falta de consideración con Jesús. Desprecio del amor que ha derrochado con nosotros. Indiferencia ante el Gran Banquete -la Eucaristía, la Comunión- a que nos invita. ¿Vas a Misa siempre que puedes? ¿Adelantas el estudio para poder ir a estar con tu Amigo acompañándole en la Pasión, que eso es la Misa? Qué buen propósito: durante la Cuaresma ir a Misa siempre que pueda, todos los días que me sea posible (José Pedro Manglano).
3. En nuestra vida aparecen preguntas, dificultades: Si Dios existe, ¿por qué tanto mal en el mundo? ¿Por qué el malo triunfa y el justo viene pisoteado? ¿La omnipotencia de Dios no termina con aplastar nuestra libertad y responsabilidad? Este salmo recoge las aspiraciones del alma: “Como anhela la cierva… así te anhela mi alma… Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo: ¿Cuándo iré y veré la faz de Dios?” Esa aspiración es una necesidad del hombre que no se puede ahogar, nos nace en el interior…
«Ningún manjar es más sabroso para el alma que el conocimiento de la verdad» (Lactancio); te pedimos luz para que miraremos, Señor, y así podemos conocernos a nosotros mismos: considerar tu vida, para conocerte más, para tratarte más, para amarle más, para seguirle más. Son momentos de agradecer esta oportunidad de una nueva conversión, de fomentar la esperanza: Dios se vuelca con gracias muy especiales.  Es el de hoy un salmo de búsqueda…: “Envíame tu luz y tu verdad: que ellas me encaminen y me guíen a tu santa Montaña, hasta el lugar donde habitas. / Y llegaré al altar de Dios, el Dios que es la alegría de mi vida; y te daré gracias con la cítara, Señor, Dios mío”.
Cuando no se encuentra a Dios, esas palabras expresan nuestra sed de Él, la unión con Dios: «Tu gracia vale más que la vida» (Salmo 62,4). Esta sed queda saciada en Cristo crucificado y resucitado.
Llucià Pou Sabaté

sábado, 22 de marzo de 2014

Domingo de la semana 3 de Cuaresma; ciclo A

Jesús es el agua viva, que con su Espíritu nos infunde para poder dar vida a los demás, por el amor 
En aquel tiempo, Jesús llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta. Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber». Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice a la mujer samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva». Le dice la mujer: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le respondió: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna».Le dice la mujer: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla». El le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve acá». Respondió la mujer: «No tengo marido». Jesús le dice: «Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad».Le dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar». Jesús le dice: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad».Le dice la mujer: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo». Jesús le dice: «Yo soy, el que te está hablando».En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le dijo: «¿Qué quieres?», o «¿Qué hablas con ella?». La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?». Salieron de la ciudad e iban donde Él.Entretanto, los discípulos le insistían diciendo: «Rabbí, come». Pero Él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis». Los discípulos se decían unos a otros: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Les dice Jesús: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge fruto para la vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador. Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador: yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga».Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por las palabras de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Cuando llegaron donde Él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Y fueron muchos más los que creyeron por sus palabras, y decían a la mujer: «Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo» (Jn 4,5-42).
1. En el pozo de Jacob, con Jesús cansado al mediodía, vemos la imagen del agua como Vida. Un judío y una samaritana, dos concepciones de la religión (desde el s. V a.C. la escisión de Judea y Samaría era total: templos diferentes, versiones diferentes de la Torá...). Jesús remonta hacia lo alto y le habla a partir del agua natural de la que es Viva. Sube de nivel sus preocupaciones más internas, las que no se ven, las que se pronuncian cuando hay confianza, confidencia. «Dame de beber». Así Jesús va llevando la conversación. Ella pregunta por la auténtica religión, dónde adorar a Dios, y Jesús la lleva al auténtico Templo. El pozo de Jacob se relaciona con el pozo existente dentro del que bebe el agua que Jesús trae. Es un surtidor. «Su sed material —nos dice Juan Pablo II— es signo de una realidad mucho más profunda: manifiesta el ardiente deseo de que, tanto la mujer con la que habla como los demás samaritanos, se abran a la fe».
La mujer ha de salir del resentimiento por no cumplir la Torah (los 5 maridos coinciden con sus 5 libros), el paganismo (la unión actual con otro hombre) hacia una vida en "espíritu y verdad". Es "hacia el mediodía", la hora que Jesús dará a luz esta libertad (a esta misma hora hará sentar Pilato a Jesús en Jn 19. 13-14), la hora de la matanza de los corderos inocentes en el Templo, todo habla –como el domingo pasado- del Cordero glorificado en su misma muerte: "Yo soy, el que habla contigo". Jesús está construyendo un nuevo templo. Nuestro templo no estará en piedra, sino en nuestro corazón, es Cristo y nosotros con él.
El tema de hoy es el agua -enlace de las tres lecturas- que representa la fe, el Espíritu Santo que se nos da y con él nos da la gracia (como veremos en la segunda lectura), tema que retoma el prefacio, al invocar a Cristo, “quien, al pedir agua a la samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe, y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer fue para encender en ella el fuego del amor divino”. Benedicto XVI habló de las grandes imágenes del Evangelio de san Juan: “el agua es un elemento primordial de la vida y, por ello, también uno de los símbolos originarios de la humanidad. El hombre la encuentra en distintas formas y, por tanto, con diversas interpretaciones”:
1) el manantial, agua fresca que brota de las entrañas de la tierra, origen, principio, pureza (elemento creador, símbolo de la fertilidad, de la maternidad).
2) el río (Nilo, Eufrates y Tigris, Jordán…) portador de vida, con su profundidad representa también el peligro de muerte al sumergirse, y el salir de ella puede simbolizar un renacer.
3) el mar como fuerza que causa admiración y que se contempla con asombro en su majestuosidad, opuesto a la tierra, temido; el mar Rojo fue símbolo de la salvación (y es imagen del bautismo de sangre de Jesús, de su pasión), y amenaza que resultó fatal para los egipcios. Este es el simbolismo del agua en la historia de las religiones. “El simbolismo del agua recorre el cuarto Evangelio de principio a fin”, desde la conversación con Nicodemo (capítulo 3, 5: renacer del agua y del Espíritu).
Encontramos hoy a Jesús junto al pozo de Jacob: el Señor promete a la Samaritana un agua que será, para quien beba de ella,fuente que salta para la vida eterna (cf. 4,14), de tal manera que quien la beba no volverá a tener sed. “Aquí, el simbolismo del pozo está relacionado con la historia salvífica de Israel”. Jacob había visto cómo subían y bajaban los ángeles de Dios en una escalera, signo de Jesús que une el cielo y tierra, como anuncia a Natanael que sus discípulos verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre Él (cf. 1,51). “Aquí, junto al pozo, encontramos a Jacob como el gran patriarca que, precisamente con el pozo, ha dado el agua, el elemento esencial para la vida. Pero el hombre tiene una sed mucho mayor aún, una sed que va más allá del agua del pozo, pues busca una vida que sobrepase el ámbito de lo biológico”. El agua se convierte en símbolo del Pneuma, de la verdadera fuerza vital que apaga la sed más profunda del hombre y le da la vida plena, que él espera aun sin conocerla. El hambre que tiene Jesús no es del pan corruptible que sació en el desierto, sino de esa Eucaristía que une el cielo y tierra.
La semana pasada veíamos la Transfiguración en la fiesta de las tiendas, y hoy vemos que el agua está ligada a esta fiesta, como revelan Jesús con ocasión de la fiesta de las Tiendas que nos relata Juan en 7, 37ss. «El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús en pie gritaba: "El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba"; como dice la Escritura: "De sus entrañas manarán torrentes de agua viva"...».
Jesús pregunta cosas y lo sabe todo, la samaritana tiene agua del pozo pero pide agua a Jesús, la que quita la sed del corazón. Lo que nos dice Jesús: «¡Si conocieras el don de Dios!», nos lleva a pedirle: “Señor, enséñame a conocer, a saber, a querer”...
2. En el desierto, “el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: -¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?” Y Moisés siguiendo la inspiración divina golpea la piedra y aparece agua, de modo que responde el Señor a la tentación del pueblo que pensaba: “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?” El agua que brotó de la roca para los judíos durante su travesía del desierto, no obstante todas sus dudas y temores, es parte importante de la esperanza mesiánica: “Moisés había dado a Israel, durante la travesía del desierto, pan del cielo y agua de la roca. En consecuencia, también se esperaban del nuevo Moisés, del Mesías, estos dos dones básicos para la vida” (Ratzinger). El agua y la roca y el pan son Cristo, como dice S. Pablo «Todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebieron de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo» (1 Cor 10,3s).
Y el nuevo templo ya no será de piedra, pues con un amor «hasta el extremo», que ha pasado por la cruz –de donde surge sangre y agua salvadoras- y ahora está resucitado, Cristo vivo es el templo. Esa agua que mana del Gólgota discurre a través de la historia, de los tiempos, para que la tierra se purifique, se llene de vida verdadera.
"¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?" Sospecha en contraste con la fe de Abrahan que veíamos el domingo pasado, y el nombre dado al lugar recuerda la tentación ("Meribá"=riña, altercado o querella, y "Massa"=tentación). Beber esa agua es participar de la fuente: “el que beba el agua que yo le daré, el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4, 13-14). Queremos ser fieles, vivir la oración del salmo: “Venid, aclamemos al Señor,  demos vítores a la Roca que nos salva;  entremos a su presencia dándole gracias, vitoreándolo al son de instrumentos… bendiciendo al Señor, creador nuestro.  Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo,  el rebaño que él guía.  Ojalá escuchéis hoy su voz:  «No endurezcáis el corazón como en Meribá,  como el día de Massá en el desierto,  cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras”. 
3. Lo más importante de la ley del Nuevo Testamento, en lo que consiste toda su fuerza, es la gracia del Espíritu Santo, que nos viene dada por la fe en Cristo: “ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo”. «Por la fe, el alma se une a Dios: pues por la fe el alma cristiana celebra como una especie de matrimonio con Dios: te desposaré conmigo en fe (Os 2, 20)» (Santo Tomás de Aquino). Es una ley escrita en nuestro corazón, que nos da fuerza para usar bien la libertad y crecer en el amor: “Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de los Hijos de Dios”. Es una esperanza con contenido, pues Dios mismo est´aen nosotros dándonos su amor: “La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”.
Es un misterio ese amor divino que se nos da por entero: “En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; -en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir-; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros”. La caridad es así vista como una participación de la infinita caridad que es el Espíritu Santo. Para que pueda decirse que una Persona divina ha sido enviada a una criatura hace falta que la persona se asemeje a la Persona divina enviada; «y puesto que el Espíritu Santo es el Amor, el alma es asimilada al Espíritu Santo por el don de la caridad: y de ahí que la misión del Espíritu Santo se considere en razón del don de caridad» (sigue diciendo el Aquinate). 
Llucià Pou Sabaté
Sábado de la semana 2 de Cuaresma

La vida es un “ir volviendo” a la casa del Padre, con la conversión
“En aquel tiempo, viendo que todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola. «Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde’. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’. Y, levantándose, partió hacia su padre.Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: ‘Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus siervos: ‘Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado’. Y comenzaron la fiesta.Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: ‘Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano’. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: ‘Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!’ Pero él le dijo: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado’»(Lucas 15,1-3.11-32).
1. Jesús, nos muestras hoy el corazón de Dios Padre. Vemos que se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle, y murmuraban: "Este acoge a los pecadores y come con ellos." Y tú les ofreciste entonces la parábola del hijo perdido y encontrado... por su padre. La parábola del Padre que no desespera jamás de sus hijos. Es el "padre", y no el hijo, el que constituye el centro de la parábola. Un padre amoroso, respetuoso de la libertad y de la autonomía de sus dos hijos. Con la muerte en el alma deja partir al menor; pero con la esperanza de que será adulto algún día y comprenderá el amor de su padre. Un hijo disconforme, que quiere vivir su vida, que rehúsa el estar sometido, que cree que será más libre si está totalmente independizado. Es una rebelión típica de nuestro tiempo y de todos los tiempos: "el rechazo del padre"... el rechazo de Dios. Pero luego tiene necesidad ese hijo… El pecado siempre se presenta primero como agradable, atrayente, seductor. El Maligno es suficientemente hábil para de momento, disimular su "juego". Vivir su libertad, reivindicar su autonomía... es positivo bajo un cierto aspecto. Eres Tú, Señor, quien nos has dado esta sed de libertad. Haz que seamos más lúcidos, Señor.
Entonces recapacitó y dijo: …estoy aquí muriéndome de hambre! Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé'”... -Danos, Señor, este valor... saber reconocer nuestro mal y tomar la postura eficaz para probar que es verdadera nuestra decisión. San Pedro Crisólogo (hacia 406-450) obispo de Rávena, doctor de la Iglesia en sus Sermones hablaba de ese “Me pondré en camino, volveré a casa de mi padre”, que nos pasa a todos por la cabeza, y decía: “El que pronuncia estas palabras estaba tirado por el suelo. Toma conciencia de su caída, se da cuenta de su ruina, se ve sumido en el pecado y exclama: “Me pondré en camino, volveré a casa de mi padre.” ¿De dónde le viene esta esperanza, esta seguridad, esta confianza? Le viene por el hecho mismo que se trata de su padre. “He perdido mi condición de hijo; pero el padre no ha perdido su condición de padre. No hace falta que ningún extraño interceda cerca de un padre; el mismo amor del padre intercede y suplica en lo más profundo de su corazón a favor del hijo. Sus entrañas de padre se conmueven para engendrar de nuevo a su hijo por el perdón. “Aunque culpable, yo iré donde mi padre.”
…“Su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó”. Es así como el padre acoge al hijo "rebelde". Y el padre, viendo a su hijo, disimula inmediatamente la falta de éste. Se pone en el papel de padre en lugar del papel de juez. Transforma al instante la sentencia en perdón, él que desea el retorno del hijo y no su perdición... “Lo abrazó y lo cubrió de besos” (Lc 15,20). Así es como el padre juzga y corrige al hijo. Lo besa en lugar de castigarlo. La fuerza del amor no tiene en cuenta el pecado, por esto con un beso perdona el padre la culpa del hijo. Lo cubre con sus abrazos. El padre no publica el pecado de su hijo, no lo abochorna, cura sus heridas de manera que no dejan ninguna cicatriz, ninguna deshonra”. “Dichoso el que ve olvidada su culpa y perdonado su pecado” (Sl 31,1).” Incansablemente. “El joven le dijo: 'Padre, pequé... Pero el padre dijo a sus servidores: 'Traed en seguida la mejor ropa… Traed el ternero... Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado'. Y comenzó la fiesta”. -Eres Tú, Jesús, quien ha inventado este relato. Eres Tú quien ha acumulado todos esos detalles del retorno del hijo pródigo. Escucho tu voz. Trato de imaginar las inflexiones de tu voz cuando decías esto por primera vez. Querías darnos a entender algo muy importante. ¿Cómo reaccionaron tus oyentes? ¿Qué hicieron después de haberlo oído? ¿Vinieron a confiarte sus pecados? ¿Qué confidencias te hicieron?
Comenta san Ambrosio: «No temamos haber despilfarrado el patrimonio de la dignidad espiritual en placeres terrenales. Porque el Padre vuelve a dar al hijo el tesoro que antes poseía, el tesoro de la fe, que nunca disminuye; pues, aunque lo hubiese dado todo, el que no pierde lo que da lo tiene todo. Y no temas que no te vaya a recibir, porque Dios no se alegra de la perdición de los vivos. En verdad, saldrá corriendo a tu encuentro y se arrojará a tu cuello, pues el Señor es quien levanta los corazones, te dará un beso, señal de la ternura y del amor, y mandará que te pongan el vestido, el anillo y las sandalias. Tú todavía temes por la afrenta que le has causado, pero Él te devuelve tu dignidad perdida; tú tienes miedo al castigo, y Él sin embargo te besa; tú temes, en fin, el reproche, pero Él te agasaja con un banquete».
El hijo ha preparado un discurso, pero el padre no le permite terminarlo, no se le gana en generosidad e iniciativa: no sólo -contra las costumbres orientales- “corre” al encuentro del hijo al que ve de lejos, sino que le devuelve la filiación que había “perdido”: eso significan el anillo (sello), las sandalias y el mejor vestido, digno de un huésped de honor. La alegría del padre queda reflejada, además, en la fiesta por “este hijo mío” (Noel Quesson).
El hermano mayor no quiere ingresar a la casa y participar de la fiesta. Nuevamente el padre sale al encuentro de un hijo y debe escuchar los reproches. El mayor se niega a reconocerlo como hermano (“ese hijo tuyo”) cosa que el padre le recuerda (“tu hermano”). El padre no le niega razón a que el hijo mayor “jamás desobedeció una orden”, es fiel, uno que “está siempre con el padre” y todo lo suyo le pertenece, pero el padre quiere ir más allá de la justicia “a secas”: el menor “no merece”, pero “es bueno” festejar. La misericordia supone un salir hacia los otros, los pecadores que -por serlo- no merecen, pero el amor es siempre gratuito y va más allá de los merecimientos, mira al caído y lo hace grande. Vamos a pedir a la Virgen que nos dejemos amar por el Señor, y transformar en lo que Él quiera.
Hoy vemos la misericordia, la nota distintiva de Dios Padre, en el momento en que contemplamos una Humanidad “huérfana”, porque —desmemoriada— no sabe que es hija de Dios. Cronin habla de un hijo que marchó de casa, malgastó dinero, salud, el honor de la familia... cayó en la cárcel. Poco antes de salir en libertad, escribió a su casa: si le perdonaban, que pusieran un pañuelo blanco en el manzano, tocando la vía del tren. Si lo veía, volvería a casa; si no, ya no le verían más. El día que salió, llegando, no se atrevía a mirar... ¿Habría pañuelo? «¡Abre tus ojos!... ¡mira!», le dice un compañero. Y se quedó boquiabierto: en el manzano no había un solo pañuelo blanco, sino centenares; estaba lleno de pañuelos blancos.
Nos recuerda aquel cuadro de Rembrandt en el que se ve cómo el hijo que regresa, desvalido y hambriento, es abrazado por un anciano, con dos manos diferentes: una de padre que le abraza fuerte; la otra de madre, afectuosa y dulce, le acaricia. Dios es padre y madre... «Dios nos espera —¡cada día— como aquel padre de la parábola esperaba a su hijo pródigo» (San Josemaría). El protagonista es siempre el Padre. Que el desierto de la Cuaresma nos lleve a interiorizar esta llamada a participar en la misericordia divina, ya que la vida es un ir regresando al Padre.
2. Reza el profeta: “Como en los días en que salías de Egipto, muéstranos tus maravillas. ¿Qué dios es como Tú, que perdonas la falta y pasas por alto la rebeldía…?” sigue diciendo que “ama la fidelidad. Él volverá a compadecerse de nosotros y pisoteará nuestras faltas. Tú arrojarás en lo más profundo del mar todos nuestros pecados”. Dios ha salido a buscarnos como el pastor busca a la oveja perdida. Dejémonos encontrar y salvar por Él... Dios nos ama; dejémonos amar por Él y nos transforme de pecadores en justos y en hijos suyos. Las ovejas alocadas, perdidas en el monte bajo, esperan que vaya el pastor a liberarlas y conducirlas a los verdes pastizales. A veces veo que no controlo, que estoy como loco, como una cabra, un potro salvaje, y me da mucha paz pensar: existo, porque Dios se enamoró de mí. Me quiere como soy. En mí todo es gracia: nací de un sueño de amor de Dios –que está loco por mí- y me tiene un amor gratuito.
Una oración humilde y confiada en Dios, es la que nos ofrece Miqueas hoy; el Señor:
- es como el pastor que irá recogiendo a las ovejas de Israel que andan perdidas por la maleza;
- volverá a repetir lo que hizo entonces liberando a su pueblo de la esclavitud de Egipto;
- y no los castigará: Dios es el que perdona; ésa es la experiencia de toda la historia: «se complace en la misericordia», «volverá a compadecerse», será «compasivo con Abrahán, como juraste a nuestros padres en tiempos remotos»;
- «arrojará a lo hondo del mar nuestros delitos». Es una verdadera amnistía la que se nos anuncia hoy.
3. Por eso cantamos en el Salmo: “bendice al Señor, alma mía, y nunca olvides sus beneficios. El perdona todas tus culpas y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de ternura… no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas… aparta de nosotros nuestros pecados”.
Llucià Pou Sabaté

jueves, 20 de marzo de 2014

Viernes de la semana 2 de Cuaresma

El Señor saca bien hasta de las desgracias, si nos dejamos guiar por su providencia
“Escuchad otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero. Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta” (Mateo 21,33-34.45-46).
1. –“Un padre de familia plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar, y edificó una torre”... Jesús, citas aquí un oráculo de Isaías (5,2-5) sobre la decepción divina. ¿Qué decepciones tienes de mí? ¿Qué esperas de mí, Señor? –“Y la arrendó a unos viñadores”... se me ha confiado la viña, con responsabi1idades: ¿Cuáles? ¿De qué y de quiénes deberé darte cuenta? ¿Qué debo hacer fructificar? ¿Qué iniciativas esperas de mí para que la porción de tus tierras no pase a ser un erial?
-“Cuando se acercaba el tiempo de los frutos, envió a sus criados para percibir su parte...” Los viñadores les apedrearon... Se rechaza a Dios. También hoy. Dios es un estorbo. Yo mismo te rehúso, Señor, cuando vienes a pedirme los frutos. Ahora, detenidamente, me propongo buscar, en mi vida concreta, las exigencias, las llamadas divinas que acepto mal y que rechazo (Noel Quesson).
–“De nuevo les envió otros siervos, en mayor número que los primeros. Finalmente les envió a su Hijo”. La perseverancia de Dios. Va hasta el final. Sacrifica lo que es más precioso para El. "De tal manera ha amado Dios al mundo que le ha enviado su propio hijo." Me detengo a contemplar la amplitud insospechada de este don: "Puesto que Dios nos ha amado hasta darnos a su propio Hijo, ni la muerte, ni el pecado nos arrancarán de su amor."
–“Cuando venga, pues, el amo de la viña... ¿Qué hará? Hará perecer de mala muerte a los malvados, y arrendará la viña a otros”. La historia que leemos hoy de José se repite en Jesús. El evangelio cita el salmo pascual por excelencia, el 117: «la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». La muerte ha sido precisamente el camino para la vida. Durante la Cuaresma, y en particular los viernes, nuestros ojos se dirigen a la Cruz de Cristo, cuyo fruto es el Espíritu Santo. San Agustín así lo explica: «Se plantó la viña, es decir, la ley dada en los corazones de los judíos. Fueron enviados los profetas a buscar el fruto, o sea, la rectitud de vida. Estos profetas recibieron afrentas y hasta la muerte. Fue enviado también Cristo, el Hijo único del Padre de familia; y no sólo dieron muerte al heredero, sino que también, por ello, perdieron la heredad. Su perversa decisión les produjo el efecto contrario. Para poseerla le dieron muerte, y por haberle dado muerte, la perdieron». El Señor vino a salvarnos, y los suyos no le recibieron (Juan 1,11)... Así hicieron con el Señor: lo sacaron fuera de la ciudad y lo crucificaron.
2. Israel amaba a José más que a ningún otro de sus hijos, porque era el hijo de la vejez, y le mandó hacer una túnica de mangas largas”. Israel amaba a José… "Este es mi hijo, mi bien amado, escuchadle...».
“Pero sus hermanos, al ver que lo amaba más que a ellos, le tomaron tal odio que ni siquiera podían dirigirle el saludo. Un día, sus hermanos habían ido hasta Siquem para apacentar el rebaño de su padre. Entonces Israel dijo a José: "Tus hermanos están con el rebaño en Siquem. Quiero que vayas a verlos". "Está bien", respondió él. "Se han ido de aquí, repuso el hombre, porque les oí decir: "Vamos a Dotán". José fue entonces en busca de sus hermanos, y los encontró en Dotán. Ellos lo divisaron desde lejos, y antes que se acercara, ya se habían confabulado para darle muerte. "Ahí viene ese soñador", se dijeron unos a otros. "¿Por qué no lo matamos y lo arrojamos en una de esas cisternas? Después diremos que lo devoró una fiera. ¡Veremos entonces en qué terminan sus sueños!"”. Aquí José representa también a Jesús, que hoy habla de un «hijo» enviado para cosechar los frutos de una viña, y que los viñadores matan para desembarazarse de él. «Venid. Matémosle». Las mismas palabras de la historia de José, que prefigura la de Jesús. -Conspiraron contra él para matarle: «Venid, matémoslo»: otro “anuncio” de la "Pasión de Jesús". Pero también tienen un valor actual las palabras: cuando corre la sangre sobre un rostro, víctima de la brutalidad humana, es el rostro ensangrentado de Jesús que aún sufre.
“Pero Rubén, al oír esto, trató de salvarlo diciendo: "No atentemos contra su vida". Y agregó: "No derraméis sangre. Arrojadlo en esa cisterna que está allá afuera, en el desierto, pero no pongáis sus manos sobre él". En realidad, su intención era librarlo de sus manos y devolverlo a su padre sano y salvo. Apenas José llegó al lugar donde estaban sus hermanos, estos lo despojaron de su túnica -la túnica de mangas largas que llevaba puesta-, lo tomaron y lo arrojaron a la cisterna, que estaba completamente vacía. Luego se sentaron a comer. De pronto, alzaron la vista y divisaron una caravana de ismaelitas que venían de Galaad, transportando en sus camellos una carga de goma tragacanto, bálsamo y mirra, que llevaban a Egipto. Entonces Judá dijo a sus hermanos: "¿Qué ganamos asesinando a nuestro hermano y ocultando su sangre? En lugar de atentar contra su vida, vendámoslo a los ismaelitas, porque él es nuestro hermano, nuestra propia carne". Y sus hermanos estuvieron de acuerdo. Luego lo vendieron a los ismaelitas por veinte monedas de planta”. -“Le vendieron por veinte monedas de plata”... El dinero. Por dinero se maltrata a los hombres. Perdón, Señor. Por dinero, Judas vendió a Jesús a los sumos sacerdotes. Dios se sirve de acontecimientos aparentemente contrarios a su proyecto (Noel Quesson).
3. “-Y José fue llevado a Egipto”. La historia de José es muy bonita, y le toca sufrir, pero Dios escribe derecho en renglones torcidos. Todo sirve para nuestro bien, pues como dice el salmo, en Egipto fue “vendido como esclavo”… y luego “el rey ordenó que lo soltaran… lo nombró señor de su palacio y administrador de todos sus bienes”. El sentido del texto mesiánico está completado en este Salmo. Es el sentido misterioso del sacrificio.
Recuerdo la historia de una princesa triste de leyenda, que sueña felicidades extrañas asomada al jardín del palacio. De pronto, entre las flores aparece su hada madrina y le dice: -“La felicidad va a venir por estos caminos; si logras conocerla, ve tras ella y te dará la dicha que sueñas”.
Y apareció una mujer magnífica, adornada con todo tipo de joyas de oro y plata. La siguió la princesa anhelante y al ver que no era dichosa con ella, le preguntó:
-¿Eres tú la felicidad?
-No, contestó: soy la riqueza.
-Por eso, dijo la princesa, sentía yo a tu lado sabor de tierra despreciable en mis labios.
Y apareció enseguida otra joven cubierta con un manto de estrellas. La princesa caminó con ella, y al notar el corazón vacío, le preguntó:
-¿Eres tú la felicidad?
-No, contestó: soy la gloria.
-Por eso -dijo la princesa- sentía yo a tu lado llena de humo y de viento la cabeza.
Y apareció después otra, sonando cascabeles de alegría. La princesa la siguió y al ver en sus ojos una niebla triste, le preguntó:
-¿Eres tú la felicidad?
-No: soy el placer.
-Por eso -dijo la princesa- sentía yo en el alma un peso de ilusiones muertas.
Y apareció una viejecita astrosa, pero agradable, con un rostro surcado de lágrimas, entre las que miraba sonriente. La princesa la siguió. Caminaba por caminos largos, de abrojos y espinas, y sentía la princesa como un descanso parecido al placer. Y en medio de un bosque se trocó en la más admirable de las hermosuras.
-¡Oh! -gritó la princesa, cayendo de rodillas- ¡Tú eres la felicidad!
-No -contestó ella-. ¡Soy el sacrificio! La felicidad completa no existe  en  esta vida; pero entre todas las apariencias del mundo, soy la única verdadera.
La historia tiene una moraleja: la obsesión por el dinero deja regusto a tierra menospreciable, a tristeza, pues no hay cosa peor que la carcoma de la envidia, esa tristeza por lo que tienen los demás (me decía una persona: “daría todo el que tengo por arrancarme esta envidia que no me deja vivir”) y la avaricia (una persona mayor sufría mucho cuando aquel mes, en lugar de ingresar dinero al banco, tenía de sacar: aquello era ya una enfermedad pues vivía solo para tener más dinero). El poder y la gloria material es todo humo y viento como un globo que está lleno de aire y un día se pincha y se ve que no tenía nada dentro, como vemos en modelos e ídolos de nuestro tiempo, que se derrumban a la pequeña contrariedad... En cuando al placer, es peso de ilusiones muertas, si se busca “pasarlo bien” por encima de todo, como un mecanismo defensivo, y queriendo evadirse de la lucha por la vida se cae en la esclavitud del sexo, alcohol y drogas... y  la desesperanza. Puede decirse que lo que hace infeliz a una sociedad es la búsqueda desordenada de bienes materiales.
Las palabras que más tarde José dirigirá a sus hermanos centran ese sentido de providencia por la que Dios lleva la historia: “No temáis, ¿puedo ponerme yo en lugar de Dios? Ciertamente que vosotros os portásteis mal conmigo, pero Dios lo cambió en bien para hacer lo que hoy estamos viendo: para dar vida a un gran pueblo” (Gén. 50,19-20). Todo en la historia de José es emotivo: la envidia de los hermanos, los sueños de las vacas flacas y su interpretación, y cómo de la desgracia pudo valerse Dios para salvar de la muerte por sequía al pueblo de Israel. La sed que tenemos es de Dios, tú la sacias, Jesús.
Llucià Pou Sabaté