Navidad: 27 de Diciembre: San Juan, apóstol y evangelista. La verdad no la consigue la razón sola, sino aquella inteligencia amorosa que libremente acoge la Verdad de Jesús
Texto del Evangelio (Jn 20,2-8): El primer día de la semana, María Magdalena fue corriendo a Simón Pedro y a donde estaba el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó.
Comentario:
Dia 27: San Juan, apóstol y evangelista
Año Cristiano
- El evangelio nos presenta lo que es fundamental de los apóstoles: seguidores de Jesús, testigos de la resurrección, creyentes en Jesús resucitado y en todo su camino. Hoy, mientras contemplamos al Niño de Belén, somos invitados a vivir esta misma fe plena.
- Juan (1. Iectura) es testigo de lo que Jesús vivió e hizo, y nos invita a reconocer en Jesús la Palabra del Padre. Y escribe su evangelio "para que creamos y tengamos vida". Vale la pena que valoremos la presencia de Jesús entre nosotros, a través de la Escritura. Y también todas las demás presencias. Y que así tengamos alegría.
- Juan, en sus escritos, nos habla del amor-comunión de Dios con nosotros, y del amor que hemos de tener a los hermanos. Que la fiesta de hoy nos ayude a revivirlo.
1. 1 Jn 1, 1-4
1-1.
Quizá no sea ocioso que en el momento en que la liturgia acude a la primera carta de Juan y nos ofrece, primeramente, su prólogo, tratemos de exponer cómo este último encierra los principales temas de la carta y permite orientarnos sobre su argumentación.
* * *
a) El primer tema importante es el de la comunión con Dios (v. 3): esa es, a los ojos del autor, la finalidad y la razón de ser de su ministerio evangélico.
Este tema aparece bajo diversas formas en su carta: Juan hablará así de "nacer con Dios" (2, 29; 4, 7), de "permanecer en la luz", y esa luz es Dios (2, 8-11); de "permanecer en Dios" (3, 5-6; 4, 16), de "comulgar con Dios" (1, 5-7), de "conocer a Dios" (4, 7-8).
Todas las exposiciones de Juan tienden hacia la misma conclusión: Dios se revela a través de ciertas cualidades (justicia, amor, luz, etc.), y el cristiano que actúa de conformidad con esas cualidades (hace justicia, ama, camina en la luz), penetra en una determinada relación existencial con Dios a la que Juan designa aquí con el nombre de comunión.
La epístola precisará más adelante en qué consiste esa comunión: una presencia de Dios en el hombre y una presencia del hombre en Dios, por comunicación de vida, esa comunión realizada plenamente en Cristo, pero que está ya en marcha en cada cristiano (1 Jn 5, 11-12; 2, 5-6; 3, 6; 3, 24; 4, 13-16; 5, 19).
Esta comunión es también una alianza mediante la cual Dios concede al hombre un corazón nuevo para conocerle (Jer 31, 31-34; Ez 36, 25-28; cf. 1 Jn 5, 19; 2, 27).
b) D/CONOCIMIENTO: El segundo tema importante de la carta de Juan y de su prólogo es el del conocimiento de Dios (v. 1). Este tema coincide poco más o menos con el de la comunión. Pero reviste un valor particular que interesa captar. Para un semita como San Juan, el conocimiento no tiene nada de intelectual; es esencialmente concreto: se conoce a Dios en la medida en que se observan sus maravillas y sus intervenciones en el mundo; no se le conoce cuando se calla, por ejemplo, durante el destierro. Ahora bien, Juan explica con toda claridad un conocimiento también experimental: "él ha oído, él ha visto, él ha contemplado, él ha tocado" a Dios en la persona del Verbo de vida. Se trata, pues, de un conocimiento existencial de Dios del que los apóstoles quieren hacer beneficiarios a sus oyentes y corresponsales. No llegamos a Dios como si fuera una realidad abstracta, deducida a partir de pruebas silogísticas, sino como a un ser que vive y que, ahora, vive en Cristo y permanece en nosotros con ciertas condiciones.
c) En ese contexto de comunión y de conocimiento es donde se sitúa, por tanto, para San Juan la proclamación misionera (v.3) y la tarea del apóstol. Los términos con que se describe esa misión son significativos: Juan habla de "testimonio", de "anuncio", de "alegría" (vv. 2, 3, 5). También aquí nos encontramos en un plano existencial: la misión no es una enseñanza, es transmisión de experiencias y de aunación de una vida.
* * *
Un programa así pone seriamente en tela de juicio el cristianismo y su testimonio en el mundo moderno. El mundo se ha hecho ateo porque ya no encuentra a Dios: ya no tiene necesidad de El intelectualmente, apenas emotivamente, y, desde luego, no absolutamente en el plano moral... Entonces, ¿cómo pueden los cristianos, que no tienen más que un concepto de Dios a través de una enseñanza racional e intelectual, revelar al mundo de hoy la experiencia de Dios propuesta por San Juan? De hecho, el cristiano habla frecuentemente de una comunión con Dios y de un conocimiento de Dios que no pueden por menos de chocar al hombre moderno. Habla de Dios a veces porque no puede imaginarse al mundo sin Dios, noción vaga, justo suficiente para apuntalar una sana moral y una explicación de los acontecimientos. No es de ese Dios de quien habla San Juan.
Tampoco del Dios del judaísmo, en la medida en que se le ha tomado como parte contratante frente al hombre, como el simple "objeto" de una búsqueda, como el autor de estructuras legales o políticas preestablecidas, puede satisfacer al cristiano. Ese Dios es una causa distinta de su objeto; se convierte en un sujeto para el hombre y este último en un objeto para Dios, y nada más.
El Dios a quien Juan ha visto y oído (el mismo a quien los profetas habían presentido) supera al Dios del teísmo. Al Padre de Jesús es al único a quien se podía decir "Tú", porque era más El que El mismo, un El más fuerte que la muerte, la angustia y el pecado. No hay religión más inmanente al hombre que el cristianismo.
MAERTENS-FRISQUE
NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA I
MAROVA MADRID 1969.Pág. 234
1-2.
Lo que existe desde el principio. Lo que hemos oído.
Lo que hemos visto con nuestros propios ojos.
Lo que palparon nuestras manos:
El verbo eterno de Dios -la Palabra de Vida- pues la vida se hizo visible.
La Encarnación no es un sueño, un fruto de la imaginación. "Esta vida eterna que estaba junto al Padre -esta Palabra de vida- mediante la cual Dios se expresa a sí mismo, de una manera absoluta, perfecta, se manifestó, se hizo visible.
"Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros".
MEDIACIONES/FE:
Nosotros, a 20 siglos de distancia, aceptamos este mensaje que nos transmiten los testigos oculares, de que la Palabra de vida se ha hecho visible, de que ha entrado en la limitación. Nosotros sabemos que si aceptamos en la fe este mensaje, entonces él nos integra en la comunión de los testigos. Y muchos más aún; nos integra en la comunión con Dios mismo.
Porque la comunión con Dios no se comunica a cada individuo en particular, sino que se transmite por medio de la comunión con hombres. La gran comunión de la Iglesia, en la cual esto acontece, y también los distintos hombres particulares, por medio de los cuales Dios quiso comunicarnos personalmente su comunión, son un regalo que Dios nos hace, y nosotros sabemos que la fe en la comunión con Dios nos da la plena alegría, el gozo colmado, que Dios ha destinado para nosotros.
Por medio de la comunión con los testigos, nosotros mismos llegamos a ser testigos. Todo depende ahora de que estemos convencidos de la realidad de "la vida" que "se manifestó".
Sin genuina experiencia de la fe, nadie puede convertirse en instrumento para suscitar en otros la fe. Cuando anunciamos a Cristo como la vida, entonces no sólo queremos comunicar saber, sino también atraer a otros a nuestra comunión, y con ello a la comunión con el Padre y el Hijo, lo cual significa la salvación y el "gozo colmado".
Atraer a otros a la "comunión con nosotros", es decir, a la iglesia.
Es curioso que Jn. no emplee esta expresión.
1-3.
Lo que existía desde el principio, Lo que oímos,
Lo que contemplaron nuestros ojos,
Lo que palparon nuestras manos,
¡Es el Verbo, la palabra de vida!
La epístola que empezamos hoy es una meditación personal de Juan: recuerda, tiene los «ojos» llenos de esas escenas evangélicas. Y todos sus sentidos, sus ojos, sus o+dos, sus manos recuerdan: el sonido de la voz de Jesús, su rostro.
«Lo que palparon nuestras manos.» No, la Encarnación no es un sueño, un fruto de la imaginación. Juan es de los que han tocado a Jesús. En su mano tuvo el contacto de la mano de Jesús. Se comprende que se nos propongan esas lecturas en esos días de Encarnación.
Nosotros, hombres modernos, deseamos también pruebas tangibles. Nos gustan las cosas muy probadas, experimentadas, verificadas. Si nuestra fe fuera más viva, tendríamos también como Juan, el "contacto" del Señor:
-la eucaristía es ciertamente Jesús en nuestras manos...
-el servicio a los hermanos es ciertamente Jesús en nuestras manos...
Para los que han elegido en adelante comulgar «en la mano», es ésta una meditación muy realista: «lo que palparon nuestras manos, es el Verbo de vida».
-El verbo, la palabra de vida... sí, la vida se manifestó, la contemplamos y os anunciamos esa vida eterna...
Los dos términos «verbo» y «palabra» son equivalentes. Jesús es la «palabra» de Dios, Jesús revela a Dios.
Dios no es «algo», es "alguien". Dios no es algo estático, inmóvil, rígido, pasivo, insensible. Dios es «vida», actividad, dinamismo vital, pensamiento, palabra.
Para tratar de entender mejor esto es preciso evocar algunas imágenes, aunque imperfectas: es el único medio de hacerse una idea de esa vida divina.
-Dios, como un niño pequeño, exulta de su vida siempre nueva y desborda vitalidad...
-Dios, como un corazón palpitante de amor, está impulsado por incontables emociones...
-Dios, como una inteligencia viviente, rebosa de inmensos y complejos pensamientos...
-Dios, como una persona adulta y responsable, se desborda en actividades, proyectos y pensamientos. Dios es «vida».
Dios ha comunicado todo eso por medio de una «Palabra» en la que se ha expresado totalmente: Jesucristo.
¡Se me invita a vivir! Participar a la «vida» de Dios, es pues «pensar», «reflexionar», «amar», «actuar», «trabajar», como El... es tratar de reproducir la vida de Jesús. De ahí la importancia de la meditación.
-Esa vida eterna que estaba de cara al Padre y se manifestó a nosotros, os la anunciamos ahora para que estéis en comunión con nosotros, como nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo.
La «vida» de Dios es esencialmente una «vida de amor», una vida de familia: es la vida de muchas personas que viven en común-unión. Una vida paternal, una vida filial, una vida conyugal. En esto, también nos vemos obligados a usar comparaciones humanas: el amor de una madre en total comunión con su hijo... el amor de un matrimonio perfectamente unido... Ia unidad de una familia feliz. Todo esto, multiplicado al infinito y realizado en perfección.
NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 3
PRIMERAS LECTURAS PARA ADVIENTO - NAVIDAD
CUARESMA Y TIEMPO PASCUAL
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 62 s.
1-4. /1Jn/01/01-10
La solemnidad del fragmento es impresionante. Hay una resonancia de autoridad, de seguridad. Se pueden distinguir dos partes: la primera es como una obertura, el pórtico de un escrito peculiar y único en el NT. Es una parte enunciativa que hay que leer poco a poco para saborear el contenido añejo, experimentado y vivido (vv 1-5). Después entramos en otra parte más directa, más interpelante que nos juzga y nos penetra: si decimos, si confesamos, si caminamos... El autor ha dejado ya la introducción y nos habla con la misma solemnidad, con la misma autoridad, pero nos pide cuentas (6-10); y, en el fondo, lo hace a la luz del mensaje que nos transmite, a la luz del criterio fundamental de la fe cristiana: la experiencia del logos de vida.
Hay que prestar atención a la serie de verbos de experiencia que marcan el punto de referencia del testimonio del autor: hemos oído, hemos visto con nuestros ojos, hemos observado, lo que nuestras manos han palpado, lo que hemos visto y hemos oído os lo anunciamos (vv 1 y 3). Pero es importante destacar que lo que anuncia y de lo que da testimonio el autor no es el Verbo visto, palpado, contemplado..., sino más bien lo que ha visto, palpado y contemplado en el Verbo de la vida: que Dios es luz (5). Lo que el autor ha visto, palpado, contemplado es que Dios se ha manifestado. El objeto del testimonio del autor va más allá de su experiencia directa, va más allá de lo que ven los ojos y palpan las manos.
El cuarto Evangelio nos habla en términos semejantes cuando se refiere al testimonio de Juan Bautista: ve al Espíritu que se posa encima de Jesús en forma de paloma, pero su testimonio es: «éste es el hijo de Dios» (Jn 1,32-34). O, si se prefiere, el mismo evangelista da testimonio de la sangre y el agua que brotan del costado abierto de Jesús, pero su testimonio va más allá: ha visto al Espíritu unido al agua y brotando del costado de Cristo muerto. El cordero verdadero nos ha dejado el Espíritu que vive en los creyentes.
Nosotros hablamos mucho de testimonio. El cristiano ha de ser un testigo. Pero podemos preguntarnos si nuestro testimonio no se limita demasiado a las apariencias, a las cosas que vemos y palpamos. ¿No necesitaríamos profundizar nuestra mirada? Quizá entonces el objeto de nuestro testimonio sería más profundo. Quizá entonces nuestro anuncio tendría un poco más de seguridad y la convicción del fragmento de hoy.
ORIOL TUÑI
LA BIBLIA DIA A DIA
Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas
Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 616 s.
2. Jn 20, 02-08
2-1.
VER PASCUA DIA
2-2.
Todo es coherente en los misterios de Cristo. Anteayer festejábamos la Encarnación.
Ayer evocamos la Redención y la cruz a través del martirio de San Esteban. Hoy meditaremos sobre la Resurrección, a través del testimonio de San Juan.
Efectivamente, la Iglesia insiste en que no nos quedemos en el "Jesusito". La fiesta misma de Navidad no es un infantilismo: sólo la FE nos permitirá interpretar y superar los "signos" materiales para acceder al "misterio" que se esconde detrás de este niño recostado en un pesebre.
-El día de Pascua, por la mañana, María Magdalena echó a correr en busca de Simón Pedro y el otro discípulo, aquel que Jesús amaba...
De modo que Juan se caracteriza a sí mismo como: "el discípulo amado". ¡Qué audacia! Probablemente esto se traslucía, hasta llegar a provocar algún sentimiento de envidia, en el grupo de los doce (Juan, 21, 22-23) Pedro se extrañaba de esta preferencia de Jesús respecto a Juan.
Los designios de Dios son misteriosos e incomprensibles:
cada uno de los hombres recibe una vocación única...
* Pedro ha recibido la vocación del "Primado" en el colegio de los Doce.
* Juan ha recibido la vocación de ser "aquel que Jesús amaba ¿No encontraríamos en estos dos papeles, dos aspectos siempre necesarios en la Iglesia?:
-funciones de responsabilidad en las estructuras de Iglesia...
-funciones de animación interior en la Iglesia.
¡Señor! que todos sepamos aceptar los "papeles" que Tú quieras asignarnos. Ayúdanos a no hacer comparaciones y a saber valorar toda vocación. La más "vistosa", la más "escondida"... ambas son necesarias.
-Pedro y Juan corrían juntos hacia el sepulcro. Juan corrió más aprisa y llegó primero, pero no entró. Llegó tras el Simón Pedro y entró en el sepulcro.
Hay ciertamente en estos detalles una intención del evangelista.
Quiere poner a Pedro en primer término.
Evidentemente, Juan quiere respetar el papel de Simón Pedro, aquel que Jesús le ha conferido. "Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia." Juan se esfuma.
En la Iglesia no se escogen los papeles. Se reciben de Dios.
Hay aquí un acto de fe.
¿Considero así los ministerios en la Iglesia?
-Y fue entonces cuando entró el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro. Vio y creyó.
¿Qué es lo que vio? ¿Qué signo lo llevó a creer? "Vio el sudario allí y el lienzo que había cubierto la cabeza no estaba junto al sudario sino plegado aparte en su lugar." ¡Pobres signos! Signos humildes y modestos.
Al ver la piedra del sepulcro corrida, pensó sin duda en la posibilidad de un robo. Pero viendo los lienzos mortuorios bien plegados y colocados en su sitio, empezó a "creer" en la resurrección. ¡Cuán bueno es para nosotros leer estos humildes detalles que los testigos directos nos dan! En nuestras vidas, también para nosotros existen "signos" que Dios nos presenta.
Ayúdanos, Señor, a interpretarlos. ¿Cuáles son los humildes signos que Dios presenta actualmente en mi vida, a fin de que crezca mi fe?
NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 1
EVANG. DE ADVIENTO A PENTECOSTÉS
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 62 s.
2-3.
1 Jn 1, 1-4: Lo que hemos visto con nuestros propios ojos...
Sal 96, 1-2.5-6.11-12
Jn 20, 2-8: El sepulcro vacío
Inmediatamente después de Navidad nos vienen estas celebraciones de santos "de peso", pesos pesados. Lo que no deja de obligarnos a un cierto contrarritmo respecto a la celebración principal de la Navidad.
Juan era el "discípulo amado" del Señor, que junto con su hermano Santiago el Mayor y Pedro, fue testigo de la gloria de la transfiguración de Jesús y de su agonía en el Huerto.
En la última cena reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús y éste le comunicó la traición de Judas. Estuvo presente en el Calvario, al pie de la cruz en la que moría Jesús, y de sus labios recibió a María como su segunda madre. Con ella vivió después en Efeso, según la tradición. Fue también el primero en llegar a la tumba vacía del Resucitado y el primero en creer (evangelio de hoy).
Juan es también el escritor. De él tenemos un evangelio, tres cartas y el apocalipsis. Este último escrito, según la tradición, en su destierro en la isla de Patmos del mar Egeo.
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2-4.
Después de Esteban, el testimonio del apóstol Juan. Otro gran testigo que nos ayuda a profundizar en el misterio de la Navidad y a la vez relaciona estrechamente a ese Niño recién nacido con el Cristo que nos salva a través de su entrega pascual y su resurrección. Juan es el teólogo de la Pascua. Estuvo al pie de la cruz, con María, la Madre, y luego vio el sepulcro vacío.
Pero también es el teólogo de la Navidad. Nadie como él ha sabido condensar la teología del Nacimiento de Cristo: la Palabra, que era Dios, se ha hecho hombre.
1. Empieza hoy, precisamente en el día de su fiesta, y durará hasta el final del tiempo de la Navidad, la lectura continuada de la primera carta de Juan, que nos va a transmitir con lenguaje lleno de lucidez y exigencia el misterio del amor de Dios. Esta carta va a ser la voz que más oiremos a lo largo de estos días.
La introducción es solemne y densa, muy parecida al prólogo de su evangelio: «lo que hemos visto y oído, lo que contemplamos y palparon nuestras manos» es lo que anunciamos. Y no es sólo la experiencia de haber convivido con Jesús de Nazaret. Da testimonio de su preexistencia en el seno de Dios: «lo que existía desde el principio», «la Palabra de la Vida», «la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó».
La finalidad de toda la carta es clara. El amor de Dios se nos ha manifestado para que tengamos comunión de vida con él y la alegría sea plena: «para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo», y «que nuestra alegría sea completa».
¿Podemos pensar un mensaje mejor para interiorizar la Navidad?
No es de extrañar que el salmo nos invite insistentemente: «alegraos, justos, con el Señor. Amanece la luz para el justo y la alegría para los rectos de corazón». Para los que se saben amados y salvados por Dios todo es luz y fiesta.
2. El apóstol Juan, el que había sido testigo presencial de la muerte de Cristo, porque estaba al pie de la Cruz con María y las otras mujeres, es también testigo del sepulcro vacío.
En el grupo de los discípulos hubo un momento difícil de falta de fe. No entendían el anuncio de Jesús de «que él había de resucitar de entre los muertos». Finalmente, alertados por el testimonio de la Magdalena, corren Juan y Pedro. De Juan sí se dice que «vio y creyó».
Leer este pasaje en plena celebración navideña nos ayuda a entender todo el misterio de Cristo. No se trata sólo de la entrañable escena del Niño que nace adorado por pastores y magos. Ese Niño es el que con su muerte pascual nos conseguirá la salvación y la vida. La Navidad, cuando se profundiza, nos lleva hasta la Pascua.
3. a) Juan, el evangelista, el anunciador de la Buena Noticia.
Él lo hizo con los importantes escritos que se le atribuyen: el evangelio, las tres cartas y el Apocalipsis. Gracias a su testimonio, miles y millones de personas a lo largo de dos mil años han entendido mejor el misterio del Dios hecho hombre, que luego se entregó en la Cruz para la salvación de la humanidad y, resucitado de entre los muertos, está presente en la vida de su Iglesia a lo largo de la historia.
b) ¿Somos nosotros evangelistas de esta buena noticia en nuestro mundo? ¿Somos apóstoles, o sea, enviados?
No hace falta ser obispos o sacerdotes, ni saber escribir libros como el Apocalipsis, para ser buenos testigos de Cristo. Precisamente en los primeros días fueron las mujeres, y en concreto la Magdalena, las verdaderas evangelistas: fueron apóstoles para con los apóstoles, porque fueron ellas las que creyeron en Jesús Resucitado y fueron a anunciarlo a los apóstoles.
c) Lo que sí hace falta para ser evangelizadores es ser antes evangelizados nosotros mismos. Estar convencidos de esa gran noticia del amor de Dios que Juan nos va a ir repitiendo en su carta. La primera pregunta que nos debamos hacer hoy, al leer el inicio de la carta de Juan, es si de veras vivimos en comunión con ese Dios y estamos dispuestos a sacar todas las consecuencias que él nos pida.
En la bendición solemne de la Navidad, el sacerdote nos desea: «el que encomendó al ángel anunciar a los pastores la gran alegría del nacimiento del Salvador, os llene de gozo y os haga también a vosotros mensajeros del Evangelio».
Y en la de la fiesta de la Epifania, igualmente: «a todos vosotros, fieles seguidores de Cristo, os haga testigos de la verdad ante los hermanos».
El testimonio de los ángeles, el de los magos, el de Esteban y hoy el del apóstol Juan: estimulas para que en esta Navidad también cada uno de nosotros sea un mensajero del amor de Dios.
Hoy más que nunca, las personas que nos rodean sólo entienden el lenguaje de un testimonio vital, no hecho de discursos, sino de obras.
d) Cada Eucaristía es experiencia de Navidad y de Pascua: de un Dios hecho hermano nuestro, que se nos da él mismo como alimento desde su existencia pascual.
Cada Eucaristía deberla ser, por tanto, motor y estimulo de una jornada vivida en comunión con ese Cristo, para difundir su luz entre nuestros hermanos.
«Lo que hemos visto os lo anunciamos: la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó» (1ª lectura)
«Os escribimos esto para que nuestra alegría sea completa» (1ª lectura)
«Amanece la luz para el justo, la alegría para los rectos de corazón» (salmo)
«La Palabra se hizo hombre y acampó entre nosotros: de su plenitud todos hemos recibido» (comunión)
J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 1
Adviento y Navidad día tras día
Barcelona 1995 .Págs. 112 ss.
2-5.
1 Jn 1,1-4: La vida se dio a conocer, la hemos visto y somos testigos.
Jn 20,2-8: Pedro y el discípulo amado corren hacia el sepulcro vacío.
Es cierto que podemos cuestionar seriamente la veracidad histórica del suceso que nos relata el evangelio de Juan de este día. Es cierto que también podamos discutir que el mismo evangelio se esté refiriendo al apóstol-evangelista Juan al nombrar al di scípulo amado. Sin embargo, la tradición cristiana ha considerado que quien es considerado como el amado del Señor en este evangelio es el mismo Juan, hijo de Zebedeo, autor a la vez del cuarto evangelio.
Sin entrar en detalles que pertenecen al ámbito de los especialistas, podemos sin embargo sacar algunas conclusiones importantes para nuestra vida del pasaje que hoy nos toca celebrar.
En primer lugar es importante destacar que el evangelio de Juan no es amante de una eclesiología "petrina". Es por eso que el discípulo amado aparece con ciertos privilegios por encima de Pedro. Y este pasaje lo demuestra claramente en el hecho de que es él quien primero llega al sepulcro, dejando luego a Pedro el lugar para confirmar su descubrimiento de que en verdad el sepulcro estaba vacío.
Revela también que es él quien creyó al ver este signo de la ausencia del cadáver: "el otro discípulo, que había llegado primero, entró a su vez, vio y creyó" (20,8).
Este apóstol (para muchos exégetas símbolo de todo cristiano) estuvo recostado sobre el pecho de Jesús en la ultima cena, recibió a su madre en la cruz, y por lo tanto es signo de una gran intimidad y confianza. Se lo muestra unido al Señor por algo má s que el poder de Pedro: por el amor y la amistad.
Es esta amistad la que lo hace reconocer la resurrección y creer. El creer, por lo tanto, no está sujeto al lugar que se ocupa en la iglesia, ni al poder que en ella se ejerce, sino a la amistad con Jesús.
Celebrar a Juan es celebrar a la fe que se apoya en un creer por amor, que se adelanta siempre a la jerarquía, que le aporta a ella los contenidos de la fe que luego ha de creer toda la iglesia.
Debemos recordar que los contenidos de nuestra fe que se han propuesto a todos los cristianos siempre han surgido de los creyentes y que luego la jerarquía los asume y los propone para toda la comunidad.
Nuestro creer, por lo tanto, tiene la responsabilidad de ir siempre un paso más adelante de la jerarquía o de quienes ejercen la autoridad en la iglesia; tiene la responsabilidad de brindarle a esta misma iglesia los contenidos de la fe. Pero también e s cierto que no siempre la jerarquía está dispuesta a aceptar dichos contenidos desde el principio. Y nuestros teólogos latinoamericanos son un signo bastante elocuente de ello. Sin embargo, eso mismo es un estimulo para "seguir corriendo delante de Pedro", porque es una responsabilidad para toda la iglesia y para todos los creyentes.
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2-6. 2001
COMENTARIO 1
Alarma de María (2). Avisa a los dos discípulos por separado; la muerte de Jesús ha provocado la dispersión (16,32). Conclusión de lo que ha visto: se han llevado al Señor. No entiende lo que era señal de vida (el sepulcro abierto); para ella, el Señor, muerto, está a merced de lo que quieran hacer con él. El plural no sabemos muestra a la comunidad desorientada.
Igual reacción de ambos discípulos, ir al sepulcro (3-4). Correr juntos, común adhesión a Jesús. Diferencia: el amigo de Jesús se ade lanta a Pedro. Las dos veces que hasta ahora Pedro y el discípulo predi lecto han aparecido juntos (13,23-25; 18,15ss), Jn ha dado la ventaja al segundo. Corre más de prisa el que ha sido testigo del fruto de la cruz (19,33). Pedro no concibe aún la muerte como muestra de amor y fuente de vida (12,24).
El discípulo ve puestos los lienzos (5), como sábanas en el lecho nupcial; ya no atan a Jesús (19,40). Distingue la señal de la vida, pero no la comprende. Deberían deducir que Jesús se ha marchado solo (cf. 11,44, de Lázaro: «Desatadlo y dejadlo que se marche»), pero no conci ben que la vida pueda vencer a la muerte.
El discípulo no entra en el sepulcro; va a ceder el paso a Pedro. Después de las negaciones de éste (18,15-17.25), es un gesto de acepta ción y reconciliación. Pedro sigue al otro discípulo (6); el que es amigo de Jesús marca el camino. Ve también los lienzos puestos; descubre, además, el sudario, símbolo de muerte (11,44, de Lázaro), pero colo cado aparte: envolviendo determinado lugar (7). La expresión es ex traña, indicando un segundo sentido. «El lugar» denota en Jn el templo de Jerusalén (4,20; 5,13; 11,48) o, por contraste, el lugar donde se en cuentra Jesús, nuevo santuario (6,10.23; 10,40, etc.). Aquí este «lugar», separado del que es propio de Jesús, designa el templo. Al matar a Jesús han intentado suprimir la presencia de Dios; con ello han condenado su propio templo a la destrucción (cf. 2,19). La muerte, vencida por Jesús, amenaza sin remedio a la institución que lo condenó. No hay reacción de Pedro ante los signos.
Insiste Jn en la deferencia del otro discípulo (8: el que había llegado antes), que muestra una actitud de amor como la de Jesús. Al ver las se ñales, comprende: la muerte no ha interrumpido la vida, simbolizada por el lecho nupcial preparado. Ahora cree y ve así la gloria/amor de Dios (11,40), que da vida definitiva. Nuevo contraste entre los dos discí pulos: sólo cree el segundo.
COMENTARIO 2
En la lectura de un pasaje final del evangelio de San Juan asistimos a una escena singular: al descubrimiento por parte de María Magdalena de que la tumba de Jesús está vacía. Ella corre a contárselo a Pedro y a otro discípulo, al que Jesús más quería y ellos, a su vez, corren al sepulcro a verificar la noticia. La Iglesia tradicionalmente ha identificado a ese discípulo anónimo, caracterizado con un título tan significativo: "el que Jesús más quería", que aparece a partir del relato de la cena de despedida, en momentos significativos de los últimos días e instantes de Jesús, con Juan el hijo del Zebedeo, el presunto autor del 4º evangelio. Lo que menos importa es comprobar tal identificación, lo más importante es que la figura del discípulo amado puede ser la nuestra, siempre y cuando creamos firmemente en Jesús, en que Dios, al resucitarlo de entre los muertos, lo constituyó para nosotros Señor y salvador, y que estamos llamados a ser su presencia en el mundo, a llevar a otros el anuncio gozoso de la Buena Noticia, del Evangelio.
La fiesta del apóstol y evangelista san Juan, celebrada en este tiempo de Navidad, nos hace percatarnos de que no se trata sólo de los villancicos, las luces y los regalos, las tradicionales comidas de estos días, la música y los bailes. Que todo eso estará bien para quienes se toman en serio su fe de cristianos, si corre parejo con una actitud de maduro compromiso con el Señor, para llevar su Palabra a quienes no la han escuchado o recibido, para testimoniar su amor entre los humildes, los pobres y los sencillos. Todo como lo hicieron los apóstoles.
1. Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987 (Adaptado por Jesús Peláez)
2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)
2-7. 2002
Es una feliz coincidencia que se celebre la memoria de san Juan en pleno tiempo de Navidad, pues él contempló y narró, a impulsos del Espíritu Santo, el misterio de la encarnación del Verbo, la Palabra de Dios.
La tradición de la Iglesia ha identificado a Juan, hijo de Zebedeo, hermano de Santiago, uno de los primeros discípulos llamados por Jesús, cuando con su familia se dedicaba a la pesca en el lago de Genesaret, con el autor del cuarto evangelio, de tres cartas que llevan su nombre y del libro del Apocalipsis. Esto sólo bastaría, y con creces, para justificar la fiesta que celebramos en este día. Pero la tradición ha conservado también otras noticias: la de su estadía en la ciudad de Éfeso, la capital de la provincia imperial de Asia Proconsular, la de su destierro a la isla de Patmos, en la persecución de Domiciano, destierro durante el cual habría recibido las visiones que registra el Apocalipsis; y la tradición de su martirio que, por milagrosa intervención divina, no le causó la muerte.
Pero, más que todas esas tradiciones indemostrables por no estar respaldadas en documentación de primera mano, lo que dice la 1ª lectura es lo que constituye la gloria y el orgullo del cuarto evangelista: Él vio con sus ojos y oyó con sus oídos, él tocó con sus propias manos al Verbo de la Vida hecho carne, hecho ser humano, y recibió el encargo de comunicar esa alegre noticia a los demás.
Y en esta Navidad la figura ejemplar de Juan el evangelista es un llamado a nuestra responsabilidad de cristianos: no basta cantar y gozarse ante el pesebre; no vale sólo contemplar la belleza y la ternura de la Navidad, cuando el Hijo de Dios reposa dormido y confiado en el regazo de su joven madre, la virgen María. Hemos de convertirnos en heraldos, por la vida y por la palabra, del Verbo de Dios hecho ser humano, cuyo nacimiento celebramos.
En la lectura del evangelio se nos presenta la figura de un discípulo anónimo, solamente identificado como "el discípulo amado de Jesús". Él corre junto con Pedro hasta el sepulcro del Señor cuando María Magdalena les lleva la noticia de que la tumba está vacía. De los dos, él es el que cree después de observar las vendas con que había sido envuelto Jesús, tiradas por el suelo, y el sudario que había cubierto su rostro muerto, doblado y colocado aparte. Este misterioso discípulo ha sido tradicionalmente identificado con Juan, el hijo del Zebedeo, cuya fiesta celebramos hoy. En ninguna parte del evangelio se afirma expresamente tal identificación; es más: en el evangelio de Juan nunca aparece mencionado él mismo por su nombre, ni su hermano Santiago. Tan sólo una vez se los menciona como "los hijos de Zebedeo" (Jn 21,2). Para los exégetas esto es algo verdaderamente extraordinario.
En cambio, "el discípulo amado de Jesús" es mencionado varias veces, pero sólo al final del evangelio. Es quien confiadamente se recuesta sobre el pecho de Jesús para preguntarle por la identidad del traidor (13,23-25). Se le ha identificado también en el discípulo anónimo que junto con Pedro sigue a Jesús preso hasta el palacio del Sumo Sacerdote (18,15-16). Debía tratarse de un personaje de cierta influencia, pues entra fácilmente en el palacio y luego hace que Pedro también pueda entrar. Volvemos a encontrar al "discípulo amado" al pie de la cruz, junto a la madre de Jesús, recibiendo el encargo de velar por ella (19,25-27). Estará también junto a la tumba vacía, según leemos hoy; y volveremos a encontrarle en el epílogo del evangelio, reconociendo a Jesús, él el primero, en el misterioso personaje que les pregunta si tienen algo de comer desde la playa (21,7) y siguiendo a Pedro y a Jesús que dialogan, siendo objeto por parte del Señor Resucitado de una misteriosa profecía acerca de su martirio.
A lo largo de los siglos los cristianos no han dudado de la identidad del "discípulo amado". Siempre han visto en él al mismo Juan, hijo de Zebedeo, que calla su propio nombre por modestia. Sólo a partir del siglo pasado se han alzado voces críticas que manifiestan serias dudas sobre esta identificación tradicional. Pero no es éste el momento de adentrarnos en el tema. Para el creyente, la figura del evangelista es "ejemplar", como ya dijimos. Es una figura estimulante. ¡Con cuánto amor debió escribir su texto! ¡Con cuánta pasión debió anunciar el evangelio! Así nosotros, que estamos celebrando tan gozosamente la Navidad del señor Jesús, debemos comprometernos a proclamarlo y anunciarlo a todos, con alegría y valor.
Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)
2-8. DOMINICOS 2003
27 de diciembre, sábado: San Juan, apóstol y evangelista
Hoy, segundo día de la octava de la Navidad, honramos la memoria de San Juan, amigo del Señor, uno de los tres discípulos que estaban con Jesús, al lado de Pedro y Santiago, en los momentos de su mayor intimidad: Tabor, Getsemaní, Sepulcro...
Es también el discípulo que estaba con María al pie de la cruz y el que escuchó la palabra del Señor: ”he ahí a tu madre...”
Emprendida su acción apostólica, después de Pentecostés, fue hecho prisionero y desterrado por el emperador Domiciano. Vivió sus últimos años en el desierto de la isla de Patmos.
En torno a él, o siguiendo sus enseñanzas, se formó una comunidad espiritual-cultural muy importante. Él personalmente, o compartiendo con otros miembros de la comunidad, es el autor del cuarto Evangelio, del Apocalipsis y de varias Cartas.
De ellos tomamos las lecturas y mensajes en esta celebración litúrgica.
La luz de la Palabra de Dios
Primera Carta de Juan 1, 1-4:
“Queridos hermanos: Os anunciamos a vosotros lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos tocante al Verbo de la vida, ... Eso que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que viváis en comunión con nosotros.
Nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestro gozo sea colmado”.
Evangelio según san Juan 20, 2-8:
“El primer día de la semana, María Magdalena fue corriendo a donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo a quien Jesús amaba y les dijo: se han llevado del sepulcro al señor...
Pedro y el otro discípulo salieron hacia el sepulcro... Llegó Simón Pedro, entró... y vio las vendas en el suelo, y el sudario... Luego entró también el otro discípulo... Éste vio y creyó, pues hasta entonces los discípulos no habían entendido la Escritura, según la cual Jesús tenía que resucitar de entre los muertos”
Reflexión para este día
San Juan nos comunica cómo es nuestra vida en Cristo
En el contexto navideño, el párrafo tomado de la carta de Juan es una expresión de gozo íntimo. Juan nos hace partícipes a todos de los dones que ha recibido en relación con Jesús, el Cristo:
-don de ver, tocar, palpar, compartir la mesa, hablar, sufrir, llorar con Cristo;
-y don de sentirse inmerso espiritualmente en la vida del Padre y del Hijo por la fe que ilumina todo su ser.
Así es la vida cristiana: un modo de ser persona en el que, por gracia, amor, redención, somos elevados a la condición de hijos del Padre en el Hijo.
Primero, la Navidad de fe nos aproxima a la cuna de un Niño; y después la Pascua de resurrección nos introduce en el Reino de Dios donde la pura fe trasciende todo lo visible y palpable para que gocemos como hijos en el Hijo vencedor de la muerte y dador de vida.
Los ojos del evangelista, a través del ver, oír, tocar, comer, pescar, hablar con Jesús, comprueban su realidad física y reciben la doctrina que él les transmite, aunque no sean capaces de asimilarla por sí mismos.
Y esos mismos ojos, iluminados por la claridad de la fe en la resurrección, e inflamados por el fuego de Pentecostés, se sumergen en el misterio del Hijo de Dios para estallar de gozo e irradiarlo a todas las criaturas.
¡Jesús, el que nació y vivió entre nosotros, el que murió, vive, y nosotros vivimos o podemos vivir en él!
2-9. CLARETIANOS 2003
¡Discípulo de un solo Maestro!
Cuando alguien se nos muere, se acaban los contactos y todo lo llena el silencio. Si llamamos a su teléfono, su voz no responde. Si tocamos su cuerpo fallecido, no muestra sensibilidad. Pero apenas murió Jesús, a los dos días, el ambiente se llenó de rumores de resurrección: decían que estaba vivo y que se había aparecido a sus mejores amigos, entre ellos a su discípulo preferido. Hoy, en Navidad, celebramos su fiesta. Escuchemos el relato evangélico.
Celebramos hoy la fiesta de san Juan. El evangelio se centra en la figura del discípulo amado por Jesús. Fue testigo de muchos hechos de la vida de Jesús que sólo él nos transmitió. El más sorprendente, el que la Iglesia ha escogido para celebrar su fiesta es el siguiente: María Magdalena que fue la mañana del domingo al sepulcro se sobresalta y piensa que han robado el cuerpo de Jesús, pues el sepulcro está vacío. Lo comunica. Pedro y el discípulo amado salen corriendo hacia el sepulcro y verifican que el cuerpo de Jesús no está en el sepulcro. El discípulo amado no cree que lo hayan robado. Vio y creyó que había resucitado de entre los muertos, porque entendió en ese momento las Escrituras. Lo que otros interpretaban como robo, él lo interpretaba como resurrección.
El discípulo amado solo tuvo un Maestro y a él se entregó con pasión. Junto a él se hizo hombre y cristiano. Tomó muy en serio aquellas palabras de Jesús: ¡no llaméis a nadie maestro, uno solo es vuestro maestro! Junto a Jesús encontró a una mujer que tomó como madre espiritual, la misma madre de Jesús. Propio de este discípulo fue creer, sí creer siempre y amar, hacer del amor su arma más poderosa. Y fue consecuente hasta el final.
El discípulo amado no recibe en el cuarto evangelio un nombre propio. En él nos podemos reflejar cualquiera nosotros. Allí donde el Evangelio dice “discípulo amado” podemos poner nuestro propio nombre.
Yo veo hoy a mucha gente perdida, no porque no tengan maestro, sino porque tienen muchos: maestros según la conveniencia. Es como tener muchos dioses, sin comprometerse con ninguno, como tener muchos maridos o mujeres sin comprometerse con ninguna. De ese modo, el ser humano no se integra, ni unifica. Encontrar al único Maestro y entregarse apasionadamente a Él es lo único que se requiere de un cristiano.
Hace de Jesús su único maestro aquella persona que vive cada día bajo la Palabra de su Señor, que escucha y actúa desde lo que escucha. “Si no creéis no tendréis vida en vosotros”. Hace de Jesús su único maestro aquella persona que vive en el amor cada día y todo lo reduce a ese único mandamiento y es capaz de lavar los pies de cualquiera. Hace de Jesús su único maestro quien es capaz de seguirlo con María hasta el Calvario y de llegar allá donde, por miedo, muchos no llegan.
Como el discípulo amado también nosotros podemos vivir guiados por el único maestro. De él aprendemos la importancia de la fe, del amor, de vivir y permanecer unidos a la vid para dar fruto.
Ser discípulo amado de Jesús es ser experto en navidades. Sabremos descubrir los signos de Jesús resucitado e interpretar los rumores de Resurrección. Donde los demás ven contraindicaciones, nosotros veremos síntomas, huellas, signos. Donde otros veían un robo, el discípulo amado “vio y creyó”.
José Cristo Rey García Paredes
(jose_cristorey@yahoo.com)
2-10.
San Agustín (354-430) obispo de Hipona (África del Norte) doctor de la Iglesia
Comentario sobre 1Jn, 1,1
“Vio y creyó.”
“Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han tocado nuestras manos acerca de la Palabra de la vida...” (1Jn 1,1ss) Esta Palabra que se hizo carne, para que pudiera ser tocada con las manos, comenzó siendo carne cuando se encarnó en el seno de la Virgen María; pero no en ese momento comenzó a existir la Palabra, porque el mismo san Juan dice que existía desde el principio. Ved cómo concuerdan su carta y su evangelio, en el que hace poco oísteis: “En el principio ya existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios.”
Quizá alguno entienda la expresión ‘la Palabra de la vida’ como referida a la persona de Cristo y no al mismo cuerpo de Cristo, que fue tocado con las manos. Fijaos en lo que sigue: Pues la vida se hizo visible. Así, pues, Cristo es la Palabra de la vida. ¿Y cómo se hizo visible? Existía desde el principio, pero no se había manifestado a los hombres, pero sí a los ángeles, que la contemplaban y se alimentaban de ella, como de su pan. Pero, ¿qué dice la Escritura? El hombre comió pan de ángeles. (Sal 77,25)
Así, pues, la Vida misma se ha manifestado en la carne, para que, en esta manifestación, aquello que sólo podía ser visto con el corazón fuera también visto con los ojos, y de esta forma sanase los corazones. Pues la Palabra se ve sólo con el corazón, pero la carne se ve también con los ojos corporales. Éramos capaces de ver la carne, pero no lo éramos de ver la Palabra. La Palabra se hizo carne, a la cual podemos ver, para sanar en nosotros aquello que nos hace capaces de ver la Palabra.
“Os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó”...
2-11. 2003
Comentario: Rev. D. Manel Valls i Serra (Barcelona, España)
«Vio y creyó»
Hoy, la liturgia celebra la fiesta de san Juan, apóstol y evangelista. Al siguiente día de Navidad, la Iglesia celebra la fiesta del primer mártir de la fe cristiana, san Esteban. Y el día después, la fiesta de san Juan, aquel que mejor y más profundamente penetra en el misterio del Verbo encarnado, el primer “teólogo” y modelo de todo verdadero teólogo. El pasaje de su Evangelio que hoy se propone nos ayuda a contemplar la Navidad desde la perspectiva de la Resurrección del Señor. En efecto, Juan, llegado al sepulcro vacío, «vio y creyó» (Jn 20,8). Confiados en el testimonio de los Apóstoles, nosotros nos vemos movidos en cada Navidad a “ver” y “creer”.
Uno puede revivir estos mismos “ver” y “creer” a propósito del nacimiento de Jesús, el Verbo encarnado. Juan, movido por la intuición de su corazón —y, deberíamos añadir, por la “gracia”— “ve” más allá de lo que sus ojos en aquel momento pueden llegar a contemplar. En realidad, si él cree, lo hace sin “haber visto” todavía a Cristo, con lo cual ya hay ahí implícita la alabanza para aquellos que «creerán sin haber visto» (Jn 20,29), con la que culmina el vigésimo capítulo de su Evangelio.
Pedro y Juan “corren” juntos hacia el sepulcro, pero el texto nos dice que Juan «corrió más aprisa que Pedro, y llegó antes al sepulcro» (Jn 20,4). Parece como si a Juan le mueve más el deseo de estar de nuevo al lado de Aquel a quien amaba —Cristo— que no simplemente estar físicamente al lado de Pedro, ante el cual, sin embargo —con el gesto de esperarlo y de que sea él quien entre primero en el sepulcro— muestra que es Pedro quien tiene la primacía en el Colegio Apostólico. Con todo, el corazón ardiente, lleno de celo, rebosante de amor de Juan, es lo que le lleva a “correr” y a “avanzarse”, en una clara invitación a que nosotros vivamos igualmente nuestra fe con este deseo tan ardiente de encontrar al Resucitado.
2-12. 2003 Reflexión
El texto evangélico relata una de las experiencias que los discípulos tuvieron con el Cristo Resucitado. No se trata de un aparición, sino literalmente de una de las “etapas que los discípulos han tenido que recorrer” para comenzar a vislumbrar los nuevos horizontes de esperanza que el hecho de la Resurrección abriría en sus vidas. El acontecimiento se insinuaba ya en la tumba vacía, en las vendas que yacían en el suelo y en el sudario plegado en un lugar aparte. Ante estos hechos San Juan sentía que una certeza se fue apoderando de su corazón, la certeza de la fe: “Jesús está vivo”.
“Jesús está vivo”, esta convicción llena el corazón de todo creyente cristiano. La fe en la Persona viva de Jesucristo tiene el poder de abrir nuestros ojos para reconocerlo operante y presente en los sacramentos de la Iglesia, en los demás hombres, sobre todo en los que sufren y en nosotros mismos. Cristo, a través de su Iglesia, “está vivo” y pone su tienda en medio de nosotros.
Pero así como Jesucristo nació primero en el seno del Padre Eterno y luego en el seno de la Virgen María, así también tiene que nacer en nuestro corazón. Esto es lo que sucede en cada acto de fe.
Por eso tiene también sentido volver a celebrar su nacimiento en estas fechas. Sí, Belén fue un acontecimiento único, que ocurrió hace 2000 años, cuando, en un momento histórico concreto, el Hijo de Dios tomó nuestra carne y nació de la Virgen María. Pero este acontecimiento va teniendo sus repercusiones en la historia de los hombres como una piedra lanzada al centro de un lago, cuyo impacto va provocando ondas que se perciben hasta en los rincones más remotos del lago.
Por eso, Belén no es un acontecimiento aislado. A todas horas Cristo puede nacer en el corazón de cada hombre dispuesto a acogerlo. Con Él nuestro interior se alumbra y esto siempre nos da la certeza de que “está vivo”.
2-13. LECTURAS: 1JN 1, 1-4; SAL 96; JN 20, 2-9
1Jn. 1-4. A pesar de las pruebas por las que tengamos que pasar por creer en Cristo Jesús, vivamos completamente alegres en el Señor. Si el Señor está con nosotros y de parte nuestra ¿quién o qué podrá apartarnos de su amor? Por eso, habiendo experimentado el amor de Dios, cuando anunciamos su Nombre a los demás no podemos hacerlo desde fábulas o inventos humanos, sino desde un corazón que ha experimentado personalmente y ha hecho suyo al Señor y que, en una auténtica Alianza con Él, lo transparenta a través de la propia vida. Tratemos de vivir en una verdadera relación personal con el Señor para poder ser genuinos testigos suyos.
Sal. 96. La tierra se alegra porque ha visto al Salvador. Quienes, unidos a Cristo, vivamos en la justicia y el derecho, colaboraremos para que todos los pueblos vean la gloria de Dios. Ciertamente sólo al final veremos cara a cara al Señor y reinaremos junto con Cristo. Sin embargo, ya desde esta vida, hemos de ser testigos del Reino de Dios, que es justicia, paz y gozo en el Espíritu del Señor. La Iglesia peregrina de Cristo tiene como vocación transparentar la presencia de su Señor en el mundo. Quienes, por medio de ella, se encuentren con Jesucristo, deben encontrar esa alegría, paz, bondad, misericordia y gozo que proceden de Dios.
Jn. 20, 2-9. El discípulo amado vio y creyó. La transmisión del hecho de la resurrección es algo que el discípulo amado no sólo comprobará al ver el sepulcro vacío, sino también al contemplar al resucitado en las varias apariciones de las que será testigo. Lo que nos transmita no será sólo algo que le haya llegado de oídas, sino algo que él mismo vio y tocó con sus propias manos. A nosotros, al paso del tiempo, nos corresponde transmitir la Buena Nueva de Jesús Salvador, que por nosotros murió y resucitó. Y aún cuando nosotros nos apoyamos en la autoridad de quienes vieron al Señor, sin embargo hemos de abrir nuestro corazón para que Él viva en nosotros y no nos quedemos como un sepulcro vacío, sino que seamos como un templo en el cual habite el Señor. El vivir liberados de la esclavitud al pecado, vacíos de toda maldad, hará creíble nuestro testimonio de que somos hijos de Dios.
En esta Eucaristía el Señor viene a colmar nuestras esperanzas. Él viene a hacer su morada en nuestra propia vida. Si hemos recibido al Señor en nosotros no lo arrumbemos en nuestro propio interior, sino que entremos en un diálogo amoroso con Él. Convirtámonos en sus discípulos amados, que no sólo se dejan instruir por Él, sino que viven conforme a sus enseñanzas llevando una vida renovada en Cristo y dejándose guiar por el Espíritu Santo. Aun cuando por ser fieles a nuestra fe tengamos que entregar nuestra vida, como una ofrenda de amor a Dios y de amor a nuestros semejantes, esforcémonos en conocer al Señor para poder proclamar esa fe no sólo con los labios, sino con todo nuestro ser.
Habiendo participado de la Eucaristía hemos de volver a nuestra vida ordinaria como testigos del amor que Dios nos ha manifestado en Jesús, su Hijo. No vamos como quienes actúan de un modo imaginario. No llegamos ante los demás como quienes los obliga a caminar en el bien. Vamos como quienes, a través de un vida recta e íntegra, se convierten en la mejor invitación para que lo demás busquen al Señor, se encuentren y se comprometan con Él en la construcción de un mundo que día a día se vaya renovando en el amor fraterno. Aprendamos a entregar nuestra vida en lo cotidiano, en el servicio a favor de todos, amándolos como Cristo nos ha amado.
Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda vivir con lealtad nuestra fe, no sólo en el templo, de rodillas ante Él, sino en los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra existencia, amándonos fraternalmente unos a otros y preocupándonos del bien de todos. Amén.
www.homiliacatolica.com
2-14. ARCHIMADRID 2003
DESCANSAR Y AMAR.
“Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos”. Si alguien podía haber dicho esas palabras con propiedad, no es otro que San Juan, apóstol y evangelista. Hoy es su fiesta, la fiesta del “discípulo amado” de Jesús. Ayer era el martirio de la sangre, el de Esteban. Hoy la Iglesia nos muestra la entrega en amor de un apóstol: Juan. De tal manera se sintió querido por Jesús que él mismo se dio ese título, y quiso mostrarnos en el Evangelio algunos de los momentos en que recibió esas delicadezas de cariño de Jesús. ¿Recuerdas esa escena entrañable de la Última Cena en donde el Apóstol descansa su cabeza en el pecho del Señor…? Sentirse querido por Dios, poder apoyarse plenamente en Él… ¿No te parece que puede ser algo más que una aspiración en ti? ¿No te parece que ha de ser la constatación de una realidad?
Pregúntate: ¿Y yo, cómo descanso en Dios? Porque quizá esa sea la respuesta a la pregunta: ¿Yo cómo amo a Dios? El hombre busca cada vez con más frecuencia experiencias fuertes que le suban la adrenalina para “sentirse vivo”. Por otro lado, la maquinaria del estrés y el activismo nos embarca en esa especie de inercia de ir, sin darnos cuenta, a donde van todos. Pero, ¿nos sentimos verdaderamente realizados en esas circunstancias? ¿Es ése nuestro descanso? ¿o nuestra aspiración de descansar es más bien no hacer nada? Descansemos en el Señor, volquemos nuestros sentimientos y nuestros afectos en Jesús. Que sientas en tu cabeza el latido de su corazón y le transmitas el tuyo, para que los dos corazones latan al unísono. Así empezarás a descansar, así empezaras, posiblemente, a amar de verdad.
Fíjate en algo muy concreto: cuando se habla de cosas “tan inútiles” como la oración, olvidamos la necesidad ineludible del corazón por encontrar su auténtico sosiego. Y eso lo encontramos en ese momento en el que las pasiones y las preocupaciones quedan en nada porque las depositamos en la fuente de la paz: Cristo.
¡Qué grandeza la de la liturgia que nos muestra en Navidad, cuando ya nos hemos acostumbrado a un Dios-Niño, la figura de un apóstol adolescente que aprende a querer con un alma limpia!
Juan aprendió después la lección que Dios empieza a dar en Belén: que Dios ama desde la sencillez y busca corazones libres y enamorados que quieran descansar en Él.
Fíjate en la Virgen, en el Portal nos muestra a su Hijo, ella que en la cruz, a través de Juan, nos recibiría como hijos. Pídele que te dé un alma limpia que sepa querer así. Y descansa, descansa en el Señor, sólo en Él encontrarás la verdadera paz, el verdadero sosiego.
2-15. SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO
1 Jn 1, 1-4: Lo que vimos y oímos os lo anunciamos ahora
Salmo responsorial: 96, 1-2.5-6.11-12: El cielo pregona su justicia
Jn 20, 2-8: Pedro y el otro discípulo fueron al sepulcro de Jesús
El relato del Evangelio de hoy está puesto en la liturgia para hacer referencia al discípulo amado, al cual se lo identifica con el apóstol Juan y a su vez con el evangelista. Esta triple identificación está hoy bastante discutida, pero veamos por qué.
En los primeros tiempos, las comunidades cristianas empezaron a encontrar “baches” en los relatos evangélicos: ¿qué hizo Jesús en su “vida oculta”? ¿quiénes y cuántos eran los magos? ¿quién era el “buen ladrón”? Y preguntas semejantes. Con el tiempo se intentaron dar respuestas a estas y otras preguntas. Las respuestas tenían diferente origen: los evangelios apócrifos venían a llenar los huecos que los evangelios habían dejado, hablando de la familia de María, de la vida oculta, de la infancia, etc. Por otra parte, ante la falta de datos de algunos personajes, se intentó unificar en uno a dos o más sujetos. Así se identificó a María de Betania con María Magdalena y con una prostituta anónima en una sola mujer (por eso todavía hoy hay fiesta de santa Marta y no de santa María de Betania); se identificó a san Bartolomé apóstol con Natanael (por eso todavía hoy se lee el texto de Natanael en la fiesta del apóstol) y también se identificó a Juan de Zebedeo con el discípulo amado. Así se cubrían algunos baches, más allá de la verosimilitud o no de los datos. En el caso que nos toca, no es del todo improbable: sabemos por los evangelios que entre el grupo de los Doce, Jesús tenía predilección por Pedro y los hijos de Zebedeo a los cuales privilegió con signos y reflexiones en privado. Puesto que el Discípulo Amado aparece ligado a la redacción del Evangelio de “Juan” (21,24) y además unido a Pedro, es probable que se trate de Juan (Santiago había muerto antes de la redacción del Evangelio, ver Hch 12,2). Pero hoy encontramos varios motivos que nos invitan a dudar de esta identificación. La primera y principal es que el Discípulo Amado se encuentra siempre en relación a Jerusalén, mientras que -sabemos- Juan era un pescador de Galilea. Es muy probable que el Discípulo fuera un seguidor de Jesús que tenía su casa en Jerusalén y que allí se encontraran (o alojaran) al ir a la ciudad. Si es el mismo de 18,15 (“amigo del Sumo Sacerdote”) debe haber sido alguien importante para tener esta amistad, especialmente en tiempos en los que las relaciones horizontales eran fundamentales, y era “deshonroso” relacionarse con un “inferior” salvo en relaciones “clientelares”. Por otra parte, que el Cuarto Evangelio se remonte al Discípulo Amado no significa que este sea el “autor”; es -más bien- “la autoridad” sobre la que descansa este escrito. Posiblemente basados en la predicación de este discípulo, y en diferentes etapas, sus seguidores pusieron por escrito su “memoria” y sus palabras, recordadas quizá en una primera etapa en Jerusalén y más tarde en una ciudad (quizá Efeso).
¿Qué sabemos de Juan? Poco. Pero hay algo que sí es interesante destacar, sin duda alguna era un discípulo amado. Y el personaje del evangelio, además de histórico, es un personaje simbólico. Podemos decir que “es discípulo amado” todo aquel que se está al lado de Jesús, y goza de su confianza (13,23.25), el que está al pie de la cruz y recibe a la madre como suya (19,27), es el que “ve y cree” ante los signos de la tumba vacía (20,8), el que reconoce como “Señor” al resucitado (21,7), el que “permanece” hasta que Jesús vuelva (21,22). Es decir, es el discípulo modelo, especialmente por algo obvio: es el que “ama”, que es lo que da dignidad y jerarquía en el Cuarto Evangelio.
Digamos, brevemente, algo del texto bíblico de hoy: la unidad comienza en v.2 porque el acento en v.1 está puesto en María Magdalena (y parece continuar en v.11); incluso hay resabios de los otros relatos sinópticos de las mujeres al sepulcro, como se ve en el uso del plural “no sabemos”, cuando la que habla es una sola; o la ida de Pedro a la tumba en Lc 24,12 (como se ve, Jn ha omitido las otras mujeres y a agregado al discípulo). Como es frecuente en los relatos del Discípulo Amado, excluyendo el relato al pie de la cruz con la madre, éste se encuentra con Simón Pedro, y tiene una cierta preeminencia sobre él: corre más rápido, ve y cree... Esto posiblemente se remonte a la comunidad del discípulo amado que pretende acercarse a las comunidades eclesiales de su ciudad pero sin perder su identidad y con una cierta conciencia de superioridad. Lo fundamental está dado, como es característico del Cuarto Evangelio en que “creyó”, lo que es propio de todo discípulo; notemos que no se dice que Pedro creyera, sino el Discípulo Amado, este es el primero en reconocer los signos de la resurrección ante las vendas y el sudario (que esté enrollado parece pretender aludir a que el cuerpo no fue robado).
Reflexión
El Dios del desconcierto elige un extraño modo de presencia entre nosotros: ¡estar ausente! Los discípulos amados están llamados a “ver y creer” ante una tumba vacía. Los temerosos se vuelven valientes, los ignorantes tienen una sabiduría que no se puede contradecir, los confundidos, una luz que no se apaga. “Corrimos al sepulcro, corramos a anunciarlo": resucitó, está vivo.
El discípulo amado es testigo, también nosotros debemos ser signos de la resurrección. Aquí está nuestro desafío. Una comunidad cristiana que no está empujada por el valor, ¿cuánto puede mostrar de su esperanza? Si no está enamorada de la resurrección ¿cómo puede mostrar el sentido de una vida nueva jugada en el amor y el servicio? En un continente llamado cristiano, donde hay tanta violencia y muerte, ¿no es hora que -frente a tanta cruz- seamos testigos de la vida?
Jesús no resucitó para decirnos "¡tenía razón!", sino para mostrar que el amor sembrado y llevado hasta el extremo de dar la vida no cae en la tierra árida; el Reino de Dios no puede dejar de dar frutos, y este es la vida de los crucificados. "La resurrección de Jesús y sus efectos históricos son esperanza y futuro para quienes están todavía en los días de pasión. Ciertamente Jesús mantuvo la esperanza en el triunfo definitivo del Reino de Dios, al que dedicó su vida y por el que murió (...) La muerte va inseparablemente unida, en el caso de Jesús, a la llegada escatológica e histórica del Reino, por lo que la resurrección no significará tan sólo una comprobación o un consuelo, sino la seguridad de que ha de continuar su obra y de que El sigue vivo para continuarla" (I. Ellacuría).
Cristo vive para que vivan sus seguidores; resucita para que la vida nueva que trae sea vida sembrada por sus discípulos amados en el campo de la historia. Cristo resucita y la vida tiene la última palabra. Y a nosotros, un "sí" nos está esperando.
2-16. Lunes 27 de Diciembre de 2004
Temas de las lecturas: Les anunciamos lo que hemos visto y oído * El otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro.
1. Ojos a lo alto, mirada a lo profundo
1.1 Dos características destacan indudablemente, en los escritos del apóstol Juan; dos notas que parecen contradecirse en términos físicos, pero se complementan bellamente cuando se trata de espiritualidad: altura y profundidad, es decir: ojo a lo alto y mirada a lo profundo.
1.2 Este es el evangelista que hunde su mirada en el misterio admirable del Verbo y arranca del Cielo palabras que parecían prohibidas a los mortales. La audacia de su mensaje compite con la belleza de su expresión, de modo que el corazón creyente, cuando de veras lee a Juan, llega asentir esa especie de embriaguez deliciosa que se siente en los lugares altísimos, cuando todo se hace visible y adquiere por así decirlo su lugar en el conjunto sobrecogedor e imponente.
1.3 Nadie piense, sin embargo, que estamos hablando de un poeta de fantasías o de un novelista de seres o sensaciones imaginarias. Apegado a lo concreto y a lo real, mira qué nos ofrece: "lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de la vida...". No es un vendedor de quimeras, no es un soñador atorado en sus ilusiones: es ante todo un testigo.
2. Estar en comunión
2.1 Es difícil saber cuál podría ser la "gran palabra", el concepto clave de la enseñanza de Juan: ¿la Palabra?, ¿la pareja ver-creer?, ¿la vida? Lo más seguro es decir que, más que una palabra o una única idea, en el corazón de la doctrina de Juan tenemos un conjunto armonioso y complementario de experiencias vividas desde Dios y hacia Dios. En este sentido el término clave sería "comunión".
2.2 Estar "en comunión" es precisamente participar-de, recibir y compartir, aprender y ejercer un lenguaje, vivir lo mismo aunque no en la misma forma, en fin, llegar a ser con el otro. Es algo tan central en el mensaje de Juan, que llega a decirnos: "eso les anunciamos para que también ustedes estén en comunión con nosotros" (1 Jn 1,3).
2.3 Es preciso que nuestra fe católica redescubra la potencia de esas expresiones. "Estar en comunión", "comulgar", que es su equivalente, significa mucho más que participar de un rito, asentir a una doctrina o permanecer bajo una disciplina eclesiástica, aunque todo ello tiene también su valor. Es respirar de un mismo Espíritu, tener unas referencias experienciales comunes, haber aprendido juntos un modo de hablar sobre el Señor, llorar con las lágrimas del hermano y reír con su sola sonrisa.
2-17.
Comentario: Rev. D. Manel Valls i Serra (Barcelona, España)
«Vio y creyó»
Hoy, la liturgia celebra la fiesta de san Juan, apóstol y evangelista. Al siguiente día de Navidad, la Iglesia celebra la fiesta del primer mártir de la fe cristiana, san Esteban. Y el día después, la fiesta de san Juan, aquel que mejor y más profundamente penetra en el misterio del Verbo encarnado, el primer “teólogo” y modelo de todo verdadero teólogo. El pasaje de su Evangelio que hoy se propone nos ayuda a contemplar la Navidad desde la perspectiva de la Resurrección del Señor. En efecto, Juan, llegado al sepulcro vacío, «vio y creyó» (Jn 20,8). Confiados en el testimonio de los Apóstoles, nosotros nos vemos movidos en cada Navidad a “ver” y “creer”.
Uno puede revivir estos mismos “ver” y “creer” a propósito del nacimiento de Jesús, el Verbo encarnado. Juan, movido por la intuición de su corazón —y, deberíamos añadir, por la “gracia”— “ve” más allá de lo que sus ojos en aquel momento pueden llegar a contemplar. En realidad, si él cree, lo hace sin “haber visto” todavía a Cristo, con lo cual ya hay ahí implícita la alabanza para aquellos que «creerán sin haber visto» (Jn 20,29), con la que culmina el vigésimo capítulo de su Evangelio.
Pedro y Juan “corren” juntos hacia el sepulcro, pero el texto nos dice que Juan «corrió más aprisa que Pedro, y llegó antes al sepulcro» (Jn 20,4). Parece como si a Juan le mueve más el deseo de estar de nuevo al lado de Aquel a quien amaba —Cristo— que no simplemente estar físicamente al lado de Pedro, ante el cual, sin embargo —con el gesto de esperarlo y de que sea él quien entre primero en el sepulcro— muestra que es Pedro quien tiene la primacía en el Colegio Apostólico. Con todo, el corazón ardiente, lleno de celo, rebosante de amor de Juan, es lo que le lleva a “correr” y a “avanzarse”, en una clara invitación a que nosotros vivamos igualmente nuestra fe con este deseo tan ardiente de encontrar al Resucitado.
2-18.
Reflexión:
1Jn. 1-4. A pesar de las pruebas por las que tengamos que pasar por creer en Cristo Jesús, vivamos completamente alegres en el Señor. Si el Señor está con nosotros y de parte nuestra ¿quién o qué podrá apartarnos de su amor? Por eso, habiendo experimentado el amor de Dios, cuando anunciamos su Nombre a los demás no podemos hacerlo desde fábulas o inventos humanos, sino desde un corazón que ha experimentado personalmente y ha hecho suyo al Señor y que, en una auténtica Alianza con Él, lo transparenta a través de la propia vida. Tratemos de vivir en una verdadera relación personal con el Señor para poder ser genuinos testigos suyos.
Sal. 97 (96). La tierra se alegra porque ha visto al Salvador. Quienes, unidos a Cristo, vivamos en la justicia y el derecho, colaboraremos para que todos los pueblos vean la gloria de Dios. Ciertamente sólo al final veremos cara a cara al Señor y reinaremos junto con Cristo. Sin embargo, ya desde esta vida, hemos de ser testigos del Reino de Dios, que es justicia, paz y gozo en el Espíritu del Señor. La Iglesia peregrina de Cristo tiene como vocación transparentar la presencia de su Señor en el mundo. Quienes, por medio de ella, se encuentren con Jesucristo, deben encontrar esa alegría, paz, bondad, misericordia y gozo que proceden de Dios.
Jn. 20, 2-9. El discípulo amado vio y creyó. La transmisión del hecho de la resurrección es algo que el discípulo amado no sólo comprobará al ver el sepulcro vacío, sino también al contemplar al resucitado en las varias apariciones de las que será testigo. Lo que nos transmita no será sólo algo que le haya llegado de oídas, sino algo que él mismo vio y tocó con sus propias manos. A nosotros, al paso del tiempo, nos corresponde transmitir la Buena Nueva de Jesús Salvador, que por nosotros murió y resucitó. Y aún cuando nosotros nos apoyamos en la autoridad de quienes vieron al Señor, sin embargo hemos de abrir nuestro corazón para que Él viva en nosotros y no nos quedemos como un sepulcro vacío, sino que seamos como un templo en el cual habite el Señor. El vivir liberados de la esclavitud al pecado, vacíos de toda maldad, hará creíble nuestro testimonio de que somos hijos de Dios.
En esta Eucaristía el Señor viene a colmar nuestras esperanzas. Él viene a hacer su morada en nuestra propia vida. Si hemos recibido al Señor en nosotros no lo arrumbemos en nuestro propio interior, sino que entremos en un diálogo amoroso con Él. Convirtámonos en sus discípulos amados, que no sólo se dejan instruir por Él, sino que viven conforme a sus enseñanzas llevando una vida renovada en Cristo y dejándose guiar por el Espíritu Santo. Aun cuando por ser fieles a nuestra fe tengamos que entregar nuestra vida, como una ofrenda de amor a Dios y de amor a nuestros semejantes, esforcémonos en conocer al Señor para poder proclamar esa fe no sólo con los labios, sino con todo nuestro ser.
Habiendo participado de la Eucaristía hemos de volver a nuestra vida ordinaria como testigos del amor que Dios nos ha manifestado en Jesús, su Hijo. No vamos como quienes actúan de un modo imaginario. No llegamos ante los demás como quienes los obliga a caminar en el bien. Vamos como quienes, a través de un vida recta e íntegra, se convierten en la mejor invitación para que lo demás busquen al Señor, se encuentren y se comprometan con Él en la construcción de un mundo que día a día se vaya renovando en el amor fraterno. Aprendamos a entregar nuestra vida en lo cotidiano, en el servicio a favor de todos, amándolos como Cristo nos ha amado.
Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda vivir con lealtad nuestra fe, no sólo en el templo, de rodillas ante Él, sino en los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra existencia, amándonos fraternalmente unos a otros y preocupándonos del bien de todos. Amén.
Homiliacatolica.com
2-19.
Reflexión
“Vio y creyó”… “Bienaventurados los que sin ver crearán”, les dirá Jesús más adelante en el evangelio. Esos somos precisamente nosotros los que no tuvimos la oportunidad como san Juan de entrar, ver y creer. Nosotros basados en su testimonio, creemos que Jesús verdaderamente ha resucitado y se encuentra entre nosotros. La Iglesia ha puesto su fiesta inmediatamente después del nacimiento de Cristo para llamar nuestra atención en que su nacimiento es sólo el inicio de la realización del plan de Dios la cual necesita de testigos fidedignos… personas que sin haber visto crean… personas para las cuales la navidad no sea simplemente una fiesta llena de foquitos y de lindos regalos, sino el acontecimiento por el cual el Hijo de Dios entra a formar parte de nostros; el acontecimiento por el que el perdón de Dios se extiende a toda la humanidad. Ciertamente nosotros no somos testigos oculares, como lo fue san Juan. Sin embargo, somos, como él, testigos de la obra salvífica que Dios ha operado en nuestras vidas y eso es lo que valida nuestro testimonio. Siéntete orgullos de ser testigo de la luz y hazla presente en todos tus ambientes.
Pbro. Ernesto María Caro
2-20. El discípulo a quien amaba
I. Sabemos de San Juan que desde que conoció al Señor, no le abandonó jamás. Cuando ya anciano escribe su Evangelio, no deja de anotar la hora en la que se produjo el primer encuentro con Jesús: Era alrededor de la hora décima (Juan 1, 39), las cuatro de la tarde. No tendría aún veinte años cuando correspondió a la llamada del señor (Santos Evangelios, EUNSA), y lo hizo con el corazón entero, con un amor indiviso, exclusivo. Toda la vida de Juan estuvo centrada en su Señor y Maestro; en su fidelidad a Jesús encontró el sentido de su vida. Ninguna resistencia opuso a la llamada, y supo estar en el Calvario cuando todos los demás habían desaparecido. Así ha de ser nuestra vida: Jesús espera de cada uno de nosotros una fidelidad alegre y firme, como fue la del Apóstol Juan. También en los momentos difíciles.
II. Junto con Pedro, San Juan recibió del Señor particulares muestras de amistad y de confianza. El Evangelista se cita discretamente a sí mismo como el discípulo a quien Jesús amaba (Juan 13, 23; 19, 26 etc.). La suprema expresión de confianza en el discípulo amado tiene lugar cuando, desde la Cruz, el Señor le hace entrega del amor más grande que tuvo en la tierra: su santísima Madre (Juan 19, 26-27). Hoy, en su festividad, miramos a San Juan con una santa envidia por el inmenso don que le entregó el Señor, y a la vez hemos de agradecer los cuidados que con Ella tuvo hasta el final de sus días aquí en la tierra. Hemos de aprender de él a tratar a nuestra Madre con confianza: Juan recibe a María, la introduce en su casa, en su vida. El Evangelio, al relatarnos la vida de Juan, nos invita a todos los cristianos para que pongamos también a María en nuestra vida.
III. Hemos de pedirle a San Juan que nos enseñe a distinguir el rostro de Jesús en medio de las realidades en las que nos movemos, porque Él está muy cerca de nosotros y es el único que puede darle sentido a lo que hacemos. San Juan nos insiste en mantener la pureza de la fe y la fidelidad del amor fraterno (Santos Evangelios, EUNSA). Ya anciano repetía a sus discípulos continuamente: “Hijitos, amaos los unos a los otros” Le preguntaron por su insistencia en repetir lo mismo, y respondía: “Este es el mandamiento del Señor y, si se cumple, él solo basta”. Le pedimos a San Juan que nos enseñe a tratar a la Virgen y a los que están a nuestro alrededor, con el mismo amor que él trató a los que estaban cerca de él.
Fuente: Colección "Hablar con Dios" por Francisco Fernández Carvajal, Ediciones Palabra. Resumido por Tere Correa de Valdés Chabre
>>3. Juan es “hijo del Trueno” junto con su hermano, y de hecho tiene carácter duro, se ve cuando pregunta a Jesús si mandar fuego sobre un pueblo que no les acogió; luego se convierte en el apóstol del mandamiento nuevo del amor, puso a Jesús en su corazón y en su vida, y pasó de aquel rigor a una gran comprensión y ternura, pues se basó no tanto en las normas sino en poner en Cristo su vida entera. Le preguntaron, en una ocasión, a Chiara Lubich: ¿Qué es para ti Jesucristo? Ella, sin dudarlo un instante, respondió con la decisión con que se dice algo obvio: “¡Es todo!” Ser todo engloba la razón, amor y libertad, sentimiento y cuerpo; ser cristiano es seguir a Jesús; Él es su principio y su meta, su espíritu y su impulso vital, el ideal de su vida, la salvación. Lo testimonia con su vida san Juan, al que hoy celebramos, y que recogió palabras de fuego que Jesús decía y que calaban hondo en su corazón: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí. Si me habéis conocido, conoceréis también a mi Padre. (...) El que me ha visto a mí ha visto a mi Padre”. (Jn 14, 6-11). Jesús vino a mostrarnos el camino para ir al Padre, Él mismo como Palabra viva del Padre: “Yo soy el camino”. Nos indicó la verdad, al confesar: “Yo soy la verdad”. Nos enseñó cómo lograr una vida plena, al manifestar: “Yo soy la vida” (lo recordaba A. López Quintás). El camino es la libertad, la vida el amor, y la verdad la Palabra de Dios que se entiende con la razón.
Nosotros andamos por la historia buscando la verdad, y muchas veces decimos haberla encontrado… quizá en los últimos siglos hemos hecho hincapié en la racionalidad, absolutizándola hasta hacerla racionalismo; somos analfabetos emocionales, no nos hemos educado el corazón. Decimos: es que los sentimientos han de estar sujetos a la voluntad, que domina la persona según los dictados de la inteligencia, según los dictados de la voluntad de Dios, que ha de imperar sobre todo lo demás. Y es cierto, la persona en su vocación más alta es –como Jesús- el que hace la voluntad del Padre: “no se haga mi voluntad, sino la tuya”, dice en la oración del huerto. Pero a veces lo presentamos sin amor, sin libertad…
Jesús, con su palabra, nos reveló al Padre como Amor, y el amor lleva al sacrificio y a la obediencia: “si me amáis, cumplid los mandamientos” como expresión de un amor vivido en libertad, pero hemos hecho de la norma, la ley, un juicio sobre la vida eterna: decimos que quien cumple la ley se salva y la vida cristiana es hacer la voluntad de Dios, cumplir con la ley. Queremos vivir con esfuerzo y lucha las virtudes, forjar la voluntad, el carácter, pero a veces puede hacerse de modo poco humano (como aquella expresión de “la letra con la sangre entra”, o las formas de evangelización que obligaban, etc.). Quizá falta entonces en el fondo del alma de quien vive así el sentido de plenitud, hay un vacío en el alma. Nietzsche habló de eso cuando –en la visión protestante- decía que era una “religión de esclavos”. En realidad, cuando no hay Dios, cuando se aparta Cristo, es cuando aparecen las esclavitudes, pero también hay que hacer examen y ver si en algún caso nos dejamos llevar por ese sometimiento a las leyes sin espíritu. Es difícil juzgar, cuando estamos dentro de una cultura racionalista, como el que está dentro del agua es difícil que no se moje. Pero en el caso de las ideas podemos crear oasis en los que se piense en libertad, donde se palpe esa vida en plenitud, y la Iglesia de Cristo ha de ser un oasis, donde la razón esté completada con la compasión, como decía San Francisco de Asís: mejorar, sí, pero hacer todo con dulzura. Por tanto, razón y orden, sí, porque sin una línea conductora la vida es un caos, sin un camino es difícil avanzar, sin un guión la película de la vida acaba en algo surrealista, que al final cansa y no lleva a la verdad, como algunas películas de Woody Allen, que muestran con sarcasmo los defectos del pensamiento moderno, pero no aportan intentos de solución.
Pero el otro extremo es un cumplimiento sin vida, una obligación fría, un aburrimiento de la vida... Conocemos ciertas pruebas como son la sequedad del alma, la noche oscura… Otras veces son motivos psicológicos, como el cansancio, la causa de esa falta de interés por vivir..., o, en el caso de falta de sensibilidad para las cosas de Dios, conocemos también los síntomas de la tibieza. Pero puede haber una sequedad debida a un cumplimiento de la ley sin responder a un espíritu interior (San Agustín habló muy bien sobre “el espíritu y la ley”). Quizá se habla mucho de lucha ascética y se descuida que lo más importante en la vida no es la razón sino el corazón, sentirse amado, amar. De hecho, la ley nueva del Evangelio es principalmente la presencia del Amor del Espíritu Santo en el alma, y secundariamente los mandamientos, como bien recordaba Santo Tomás de Aquino. Cumplir la ley es importante pero sólo se tiene una vida llena cuando hay libertad, cuando la verdad, amor y libertad van unidas de la mano en un mismo acto, que más importante que hacer las cosas bien es hacerlas porque uno quiere, y como un acto amoroso. De la misma forma, no es un amor verdadero si no es libre, o no es libertad lo que no responde a la verdad o como fruto del amor... Por eso, el voluntarismo puede dejar a las personas vacías, como secas y mustias, como obligadas a “portarse bien”, a “hacer lo correcto”, a “cumplir las obligaciones”, por dejar de lado la educación del corazón, de los sentimientos. Hay diferencias de caracteres, y es fácil que los más metódicos y racionales tengan tranquilidad y paz al cumplir un camino compuesto de normas severas, una rutina por la que caminar con tranquilidad. Pero otros temperamentos pueden amargarse y faltarles aire con una vida entendida como obligación, y donde impera la razón dejando de lado otros aspectos como el amor, el sentimiento, ese disfrutar de la vida, el sentido de plenitud que engloba tantas cosas como la estética, el arte… Sin embargo, esos temperamentos pueden priorizar la espontaneidad y no se dan cuenta de que incumplir las leyes, como llegar tarde a los sitios, es una falta de caridad con los demás... por eso, a veces abandonamos unos aspectos de la verdad, y priorizamos otros. Como se ha hablado mucho de la ley y el orden, pienso que es muy interesante lo que recientemente ha puesto de relieve el Papa en su carta sobre el amor: necesitamos sentirnos queridos, “Dios es amor”.
Desde Ockham, el racionalismo se ha unido al voluntarismo, hasta decir aquello de “si Dios mandara hacer un pecado, habría que hacerlo”; o como dice en forma moderna Woody Allen en uno de sus films, sobre un judío: “su idea de Dios está por encima de la verdad”. En la sociedad en la que estamos, las cosas no son buenas o malas, sino que se acepta como bueno el que sigue las normas impuestas por la mayoría, y malo ir contra ellas en ciertos temas. Esto ha generado una repulsa social, marginando los que contravienen algunas normas. Así pasó en época de Jesús, con la actitud farisaica, y así pasa en la moral victoriana, y también en las formas de puritanismo actual. No hemos de juzgar ni condenar, hay que tener paciencia con los demás y también con nosotros, que es lo más difícil y la base de la perseverancia. La perseverancia está basada en ese amor, pero para perseverar hay que tener paciencia para abandonarse en Dios, sin querer ser perfeccionistas: por encima de “hacer” las cosas bien hay que dejarse querer por Dios. Si no, uno se hunde al ver que somos pecadores. Y es que excepto Jesús y la Virgen, todos tenemos defectos en los que luchar, y eso nos lleva a dejarnos querer por Dios como él nos quiere, y ser comprensivos con los demás. En nuestra sociedad se apartan los que incumplen ciertas leyes (los delictivos), pero en el Evangelio, las cosas no son así: Jesús no se arrepiente de su ascendencia, y hemos visto en su genealogía muchos pecadores. Como tampoco tiene reparo de rodearse de publicanos y pecadores, de perdonar por encima de la normativa como con el buen ladrón al que le promete un paraíso inmediato sin purgatorio…
Son muy importantes las leyes, pues preservan la sociedad, ayudan al bien común, y a la santidad en el caso de las leyes de la Iglesia; pero han de surgir de la vida, del Evangelio, de Jesús. No pueden ir en contra de la caridad, de la comprensión, de la ternura que muestra el Señor.
Manel Valls i Serra comenta esas palabras que salen en el Evangelio de hoy: «Vio y creyó». Muestra como nuestra apertura a la fe nos lleva a Jesús, y no a las mediaciones humanas: “Al siguiente día de Navidad, la Iglesia celebra la fiesta del primer mártir de la fe cristiana, san Esteban. Y el día después, la fiesta de san Juan, aquel que mejor y más profundamente penetra en el misterio del Verbo encarnado, el primer "teólogo" y modelo de todo verdadero teólogo. El pasaje de su Evangelio que hoy se propone nos ayuda a contemplar la Navidad desde la perspectiva de la Resurrección del Señor. En efecto, Juan, llegado al sepulcro vacío, «vio y creyó» (Jn 20,8). Confiados en el testimonio de los Apóstoles, nosotros nos vemos movidos en cada Navidad a "ver" y "creer".
Uno puede revivir estos mismos "ver" y "creer" a propósito del nacimiento de Jesús, el Verbo encarnado. Juan, movido por la intuición de su corazón -y, deberíamos añadir, por la "gracia"- "ve" más allá de lo que sus ojos en aquel momento pueden llegar a contemplar. En realidad, si él cree, lo hace sin "haber visto" todavía a Cristo, con lo cual ya hay ahí implícita la alabanza para aquellos que «creerán sin haber visto» (Jn 20,29), con la que culmina el vigésimo capítulo de su Evangelio.
Pedro y Juan "corren" juntos hacia el sepulcro, pero el texto nos dice que Juan «corrió más aprisa que Pedro, y llegó antes al sepulcro» (Jn 20,4). Parece como si a Juan le mueve más el deseo de estar de nuevo al lado de Aquel a quien amaba -Cristo- que no simplemente estar físicamente al lado de Pedro, ante el cual, sin embargo -con el gesto de esperarlo y de que sea él quien entre primero en el sepulcro- muestra que es Pedro quien tiene la primacía en el Colegio Apostólico. Con todo, el corazón ardiente, lleno de celo, rebosante de amor de Juan, es lo que le lleva a "correr" y a "avanzarse", en una clara invitación a que nosotros vivamos igualmente nuestra fe con este deseo tan ardiente de encontrar al Resucitado”. En este Evangelio vemos también lo que hoy es nuestro comentario: la fe busca la verdad, pero esta se encuentra no en la razón que muestra un sepulcro vacío. La verdad está en el amor, que descubre la resurrección, que es la auténtica verdad. Es el amor lo que en la segunda pesca milagrosa hará ver a Juan, y reconocer a Jesús resucitado en aquel hombre que les habla desde la orilla, y decirle a Pedro: “es el Señor”, y cuando Pedro –la fe- lo escucha, se lanza al agua en pos de Jesús. La verdad, compuesta de una inteligencia amorosa (más intuitiva que racional, aunque la razón deberá ayudar, que para esto está) lleva a la máxima expresión de la libertad, que es la entrega incondicional, ese “ver” y “creer” lleva a “lanzarse” al agua, al compromiso de vida.
martes, 27 de diciembre de 2011
lunes, 26 de diciembre de 2011
Navidad, 26 de Diciembre: San Esteban, protomártir, nuestro modelo para vivir mirando a Cristo, según las bienaventuranzas.
Navidad, 26 de Diciembre: San Esteban, protomártir, nuestro modelo para vivir mirando a Cristo, según las bienaventuranzas.
Hechos de los apóstoles 6, 8-10; 7, 54-60. En aquellos días, Esteban, lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo. Unos cuantos de la sinagoga llamada de los libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban; pero no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba. Oyendo estas palabras, se recomían por dentro y rechinaban los dientes de rabia. Esteban, lleno de Espiritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo: _«Veo el cielo abierto y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios.» Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos, dejando sus capas a los pies de un joven llamado Saulo, se pusieron también a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación: -«Señor Jesús, recibe mi espíritu.» Luego, cayendo de rodillas, lanzó un grito: -«Señor, no les tengas en cuenta este pecado.» Y, con estas palabras, expiró.
Salmo responsorial Sal 30, 3cd-4. 6 y 8ab. 16bc-17. R. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
Sé la roca de mi refugio, un baluarte donde me salve, tú que eres mi roca y mi baluarte; por tu nombre dirígeme y guíame.
A tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás. Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría. Te has fijado en mi aflicción.
Líbrame de los enemigos que me persiguen; haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia.
Texto del Evangelio (Mt 10,17-22): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros. Entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se levantarán hijos contra padres y los matarán. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará».
Comentario: A. Comentario mío del 2007. El gozo de Navidad va seguido del recuerdo del primer mártir, el valiente Esteban, ante el que los adversarios «no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba» (Hch 6,10), como hemos leído en la primera lectura. Mártir significa “testimonio”. ¿Cómo hemos de ser testimonios de Jesús? Mirando al cielo, como el joven que hoy celebramos: «mirando al cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios» (Hch 7,55). Con fe, mirando Jesús, sin miedo de nada pues somos hijos de Dios. Se pregunta Benedicto XVI en su libro sobre Jesús: “¿qué son las Bienaventuranzas?” Y se refiere a esa mirada de fe en primer lugar, dentro de “una larga tradición de mensajes del Antiguo Testamento como los que encontramos, por ejemplo, en el Salmo 1 y en el texto paralelo de Jeremías 17, 7s: «Dichoso el hombre que confía en el Señor...». Son palabras de promesa que sirven al mismo tiempo como discernimiento de espíritus y que se convierten así en palabras orientadoras”.
Jesús muestra en plenitud este sentido, que Lucas sitúa –dentro del Sermón de la Montaña- ante los discípulos: «Levantando los ojos hacia sus discípulos...». “Describen, por así decirlo, su situación fáctica: son pobres, están hambrientos, lloran, son odiados y perseguidos (cf. Lc 6, 20ss). Han de ser entendidas como calificaciones prácticas, pero también teológicas, de los discípulos, de aquellos que siguen a Jesús y se han convertido en su familia”. Se refieren a los amigos de Jesús. Pero no es sólo una situación “actual”, de amenaza en que Jesús ve a los suyos, “ésta se convierte en promesa cuando se la mira con la luz que viene del Padre”. Son una paradoja: “se invierten los criterios del mundo apenas se ven las cosas en la perspectiva correcta, esto es, desde la escala de valores de Dios, que es distinta de la del mundo. Precisamente los que según los criterios del mundo son considerados pobres y perdidos son los realmente felices, los bendecidos, y pueden alegrarse y regocijarse, no obstante todos sus sufrimientos. Las Bienaventuranzas son promesas en las que resplandece la nueva imagen del mundo y del hombre que Jesús inaugura, y en las que «se invierten los valores»”. Son promesas escatológicas, pero no en el sentido de que hay que mirar al “más allá” porque aquí no tenemos donde mirar, como una escapatoria: “Cuando el hombre empieza a mirar y a vivir a través de Dios, cuando camina con Jesús, entonces vive con nuevos criterios y, por tanto, ya ahora algo del éschaton, de lo que está por venir, está presente. Con Jesús, entra alegría en la tribulación”.
San Pablo explica que en su vida ha encontrado estas dificultades (2 Co 6, 8-10; 4, 8-10). Él es «el último», como un condenado a muerte y convertido en espectáculo para el mundo, sin patria, insultado, denostado (cf. 1 Co 4, 9-13). “Y a pesar de todo experimenta una alegría sin límites; precisamente como quien se ha entregado, quien se ha dado a sí mismo para llevar a Cristo a los hombres, experimenta la íntima relación entre cruz y resurrección: estamos expuestos a la muerte «para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2 Co 4,11)”.
Esta es la maravilla de la mirada al cielo, ver a Cristo no hace dejar de sufrir, pero le da un sentido de amor, de felicidad, y de esperanza del cielo sin más sufrir y con plenitud de amor. “Y si el enviado de Jesús en este mundo está aún inmerso en la pasión de Jesús, ahí se puede percibir también la gloria de la resurrección, que da una alegría, una «beatitud» mayor que toda la dicha que se haya podido experimentar antes en el mundo. Sólo ahora sabe lo que es realmente la «felicidad», la auténtica «bienaventuranza», y al mismo tiempo se da cuenta de lo mísero que era lo que, según los criterios habituales, se consideraba como satisfacción y felicidad”.
Juan expresa de otro modo este sufrir por Cristo, la cruz del Señor aparece como «elevación», como entronización en las alturas de Dios. “La cruz es el acto del «éxodo», el acto del amor que se toma en serio y llega «hasta el extremo» (Jn 13, 1), y por ello es el lugar de la gloria, del auténtico contacto y unión con Dios, que es Amor (cf. 1 Jn 4, 7.16)”. Es una cuestión misteriosa, la del amor y el sufrimiento que van unidos, pero no está probado un amor que no sufre, en el fondo no sabemos si es amor aquel hasta que está probado con las obras de sacrificio.
Por eso, “las Bienaventuranzas expresan lo que significa ser discípulo. Se hacen más concretas y reales cuanto más se entregan los discípulos a su misión”, como san Pablo, como vemos hoy en San Esteban. Estas cosas no podemos explicarlas en teoría, sino que es algo que “se proclama en la vida, en el sufrimiento y en la misteriosa alegría del discípulo que sigue plenamente al Señor”. Esto limita el modo en que podemos explicarlo a gente que no quiera probar este amor que está unido a la unión con Cristo. “El discípulo está unido al misterio de Cristo y su vida está inmersa en la comunión con Él: «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20). Las Bienaventuranzas son la transposición de la cruz y la resurrección a la existencia del discípulo. Pero son válidas para los discípulos porque primero se han hecho realidad en Cristo como prototipo”.
Ratzinger analiza la versión de las Bienaventuranzas en Mateo (cf. Mt 5,3-12), para indicar “que las Bienaventuranzas son como una velada biografía interior de Jesús, como un retrato de su figura. Él, que no tiene donde reclinar la cabeza (cf. Mt 8, 20), es el auténtico pobre; El, que puede decir de sí mismo: Venid a mí, porque soy sencillo y humilde de corazón (cf. Mt 11, 29), es el realmente humilde; Él es verdaderamente puro de corazón y por eso contempla a Dios sin cesar. Es constructor de paz, es aquel que sufre por amor de Dios: en las Bienaventuranzas se manifiesta el misterio de Cristo mismo, y nos llaman a entrar en comunión con El”. Y esto es lo que hemos de hacer vida, es el camino para vivir su Vida, la auténtica vida, cada uno según su vocación.
B. Comentario de 2009, con textos que tomo de mercaba.org. - El día siguiente del nacimiento del Hijo de Dios, celebramos la muerte del primer mártir.
1. Hch 6, 8-10. 7, 54-60. Y es que este Niño que nace es aquel que, por fidelidad al camino de Dios, llegará hasta la cruz; y como él, sus seguidores son llamados a ser testigos ("mártires") de la Buena Noticia con la totalidad de su vida.
- Este martirio, no obstante, lo celebramos como una fiesta gozosa: la muerte de Esteban es su nuevo nacimiento, es la participación de la Pascua de Jesús.
- Recordamos hoy también quién fue Esteban y por qué lo mataron: él es el hombre abierto que comprende que la Buena Noticia de la fe cristiana significa apertura a todo el mundo, rompiendo el círculo de normas y leyes del judaísmo. Y eso, los fundamentalistas de su tiempo no se lo podían tolerar.
- Y Esteban destaca también porque personalmente creía y vivía totalmente el mensaje de Jesús: él, como Jesús, hace aquello tan difícil de amar a los enemigos (la oración nos hace pedir que también nosotros lo sepamos hacer).
En la acusación de Esteban Lucas ha seguido el mismo esquema de la acusación a Jesús, tanto en el proceso contra Jesús como en el que ahora se sigue contra Esteban sus buscados falsos testigos. A ambos se les acusa de actitud y palabras blasfemas contra la ley y el templo. La misma actitud hostil de los dirigentes judíos que excitan a la muchedumbre contra los acusados. Son llevados al mismo tribunal, el Sanedrín, que les condenará por los mismos motivos.
Esteban era diácono, es decir, encargado del servicio de comedor durante los ágapes o comidas fraternas. Estaba al servicio de los más pobres.
"Esteban lleno de Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios.
Deberíamos pedir esa "mirada interior" que nos hace ver lo invisible. De esa visión Esteban sacó su fuerza y nadie pudo doblegarle.
Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo.
"Cuando os arresten, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis; no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre, hablará por vosotros".
Serán llevados a los tribunales y juzgados en cuanto mensajeros y anunciadores de la Palabra Dei. La Palabra de Dios es llevada al tribunal de los hombres y como es Dios -su Palabra- el encartado en el pleito, él se defendería, dará a los discípulos la palabra oportuna para su defensa.
Saulo cambiará pronto su nombre por el de Pablo. S. Pablo conservó toda su vida un recuerdo vivo de las persecuciones en las que había participado. Aquel día estaba allí. Miraba cómo mataban a un hombre a pedradas. Estaba de acuerdo con esa tortura: guardaba los vestidos de los verdugos que se habían puesto más cómodo para su tarea. Desde aquel día, Saulo debió de hacerse una pregunta: "¿De dónde le viene ese valor y entereza? Hoy, todavía, la mayoría de las conversiones, vienen de un testimonio... de alguien cuyo modo de vivir suscita una pregunta.
-Pío XII: "Que tu conducta y tu palabra puedan significar un llamamiento de Dios a la mente y al corazón de los que de El están alejados".
"Señor, no les tengas en cuenta esta pecado". Esta es la novedad del Evangelio, capaz de suscitar una pregunta, pues hace al hombre capaz de orar y amar a quien los destruye.
Los ángeles de Navidad jamás anunciaron a un "Jesusito" dulzón y sosito. Anunciaron a un "salvador"; y es por la cruz que Jesús nos salva.
Esteban, según los Hechos de los Apóstoles es el «primer mártir», el primero en seguir a su maestro, al llevar, él también, su cruz. Esteban reproduce la muerte misma de Jesús.
-Esteban, lleno de gracia y de poder, realizaba entre el pueblo grandes prodigios y señales. Era «diácono» es decir «encargado del servicio de comedor» durante los ágapes o comidas fraternas, en el curso de las cuales los primeros cristianos celebraban la eucaristía (Hechos 6, 2-3). Estaba al servicio de los más pobres. Fue nombrado para ese cargo esencial para aliviar de esa tarea a los apóstoles. (Hechos 6, 1-2.) Desde el principio, la Iglesia tuvo que hacer frente a situaciones de penuria, entre los sacerdotes. ¿Presto atención a las necesidades de los más pobres? ¿Soy capaz, como Esteban, de poner mis aptitudes al servicio de los más necesitados?
-Unos de la sinagoga se pusieron a discutir con Esteban; pero no pudieron resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba. Se encolerizaron contra él... Pero, Esteban, lleno del Espíritu Santo, miraba fijamente al cielo... y vio la gloria de Dios y a Jesús en pie a la diestra de Dios. Danos, Señor, esa «mirada interior», que nos hace ver lo invisible. Danos el Espíritu. Fue de esa «visión» que Esteban sacó su fuerza. A partir de ello nada pudo detenerle ni doblegarle.
-Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo. Este cambiará pronto su nombre por el de Pablo. San Pablo conservó toda su vida un recuerdo muy vivo de las persecuciones en las que había participado. Aquel día estaba allí. Miraba cómo mataban a un hombre a pedradas. Estaba de acuerdo con esa tortura: guardaba los vestidos de los verdugos que se habían puesto más cómodos para su tarea. Desde aquel día Saulo debió hacerse una pregunta: "¿De dónde le viene ese valor y entereza?" HOY todavía, la mayoría de las conversiones vienen de un testimonio... de alguien cuyo modo de vivir suscita una pregunta. Mi vida ¿suscita una pregunta a los incrédulos que me conocen?¿Hay a mi alrededor quienes podrían descubrir el móvil de mi vida? ¿Este mirar al cielo y ver a Jesús en pie?
-Esteban oraba mientras le lapidaban... Mirad a uno que, en verdad, es más fuerte que sus verdugos.
-«Señor Jesús, recibe mi espíritu... Señor, no les tengáis en cuenta ese pecado.» La más pura joya del evangelio: «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, rogad por los que os persiguen.» La víctima que "ama" a los que la dañan. Jesús fue el primero en hacerlo. Es la actitud evangélica por excelencia, el amor universal, sin condición y sin frontera... La novedad del evangelio, capaz de suscitar una pregunta al hombre. ¿A quién debo perdonar? ¿A quién he de ofrecer ese amor que va más allá de las concesiones humanas? No pasar ligeramente sobre esas dos preguntas, propias para ese tiempo de Navidad (Noel Quesson).
Celebramos el martirio de Esteban. Pero para la Iglesia el día de la muerte de un santo es el «dies natalis», el día de su verdadero nacimiento. No andamos lejos de la fiesta de ayer. Ahora se trata del nacimiento de Esteban a su vida gloriosa, ya en comunión perfecta con Cristo Jesús.
Esteban es el primero que ha dado testimonio hasta la muerte. A lo largo de la historia, cuántos cristianos han seguido a Cristo en medio de la persecución y las dificultades. Su respuesta ante las dificultades ha sido perseverar dando testimonio de Jesús y de su evangelio hasta la muerte. Que es el testimonio más creíble.
Hay martirios breves e intensos, como el de Esteban. Hay martirios largos: el testimonio y las dificultades de cada día, a lo largo de años. Tal vez éste es el nuestro. Y hoy se nos invita a no cansarnos de este amor y de esta fidelidad. ¿Damos nosotros, en nuestra vida, un testimonio así de creíble para los que nos rodean? ¿o nos echamos atrás por cualquier esfuerzo que nos suponga la fe en Cristo? Cuando surgen estas dificultades en nuestro camino de seguimiento de Cristo, ¿hacemos nuestras las palabras de confianza del salmo: «A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu», que Esteban hizo propias: «Señor Jesús, recibe mi espíritu»? ¿Sabemos hacer nuestras sus últimas palabras de perdón? El ejemplo de Esteban que, a imitación del mismo Cristo, muere perdonando, es una lección para nosotros. A nosotros no nos están apedreando físicamente. Pero al cabo de la vida tenemos mil ocasiones para perdonar a nuestros hermanos. Como hemos pedido en la oración del día: «concédenos la gracia de imitar a tu mártir san Esteban, que oró por los verdugos que le daban tormento, para que nosotros aprendamos a amar a nuestros enemigos» (J. ALDAZABAL).
Decía el Padre De Lubac: “Si la vida del cristiano transcurre sin persecución, es porque en ella no está presente la vida de su Maestro; el cristiano siempre será un hombre contestado”. Hoy, la Iglesia celebra la fiesta de su primer mártir, el diácono san Esteban. El Evangelio, a veces, parece desconcertante. Ayer nos transmitía sentimientos de gozo y de alegría por el nacimiento del Niño Jesús: «Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc 2,20). Hoy parece como si nos quisiera poner sobre aviso ante los peligros: «Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán» (Mt 10,17). Es que aquellos que quieran ser testimonios, como los pastores en la alegría del nacimiento, han de ser también valientes como Esteban en el momento de proclamar la Muerte y Resurrección de aquel Niño que tenía en Él la Vida. El mismo Espíritu que cubrió con su sombra a María, la Madre virgen, para que fuera posible la realización del plan de Dios de salvar a los hombres; el mismo Espíritu que se posó sobre los Apóstoles para que salieran de su escondrijo y difundieran la Buena Nueva —el Evangelio— por todo el mundo, es el que da fuerzas a aquel chico que discutía con los de la sinagoga y ante el que «no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba» (Hch 6,10). Era un mártir en vida. Mártir significa “testimonio”. Y fue también mártir por su muerte. En vida hizo caso de las palabras del Maestro: «No os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento» (Mt 10,19). Esteban, «mirando al cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios» (Hch 7, 55). Esteban lo vio y lo dijo. Si el cristiano hoy es un testigo de Jesucristo, lo que ha visto con los ojos de la fe lo ha de decir sin miedo con las palabras más comprensibles, es decir, con los hechos, con las obras (Joan Busquets).
Santa Edith Stein, Teresa Benedicta de la Cruz (1891- 1942) carmelita mártir, copatrona de Europa, hablaba de que “La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la han podido apagar”: “El Niño del pesebre extiende sus bracitos, y su sonrisa parece decir ya lo que más tarde pronunciarán los labio del hombre: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré.” (Mt 11,28)...¡Sígueme! así dicen las manos del Niño, como más tarde lo harán los labios del hombre. Así hablaron al discípulo que el Señor amaba y que ahora también pertenece al séquito del pesebre. Y San Juan, el joven con un limpio corazón de niño, lo siguió sin preguntar a dónde o para qué. Abandonó la barca de su padre y siguió al Señor por todos sus caminos hasta la cima del Gólgota.
¡Sígueme!- esto sintió también el joven Esteban. Siguió al Señor en la lucha contra el poder de las tinieblas, contra la ceguera de la obstinada incredulidad, dio testimonio de El con su palabra y con su sangre, lo siguió también en su espíritu, espíritu de Amor que lucha contra el pecado, pero que ama al pecador y que, incluso estando muriendo, intercede ante Dios por sus asesinos.
Son figuras luminosas que se arrodillan en torno al pesebre: los tiernos niños inocentes, los confiados pastores, los humildes reyes, Esteban, el discípulo entusiasta, y Juan, el discípulo predilecto. Todos ellos siguieron la llamada del Señor. Frente a ellos se alza la noche de la incomprensible dureza y de la ceguera: los escribas, que podían señalar el momento y el lugar donde el Salvador del mundo habría de nacer, pero que fueron incapaces de deducir de ahí el “Venid a Belén”; el rey Herodes que quiso quitar la vida al Señor de la Vida. Ante el Niño en el pesebre se dividen los espíritus. El es el Rey de los Reyes y Señor sobre la vida y la muerte. El pronuncia su ¡sígueme!, y el que no está con El está contra El. El nos habla también a nosotros y nos coloca frente a la decisión entre la luz y las tinieblas” (El misterio de Navidad, Obras completas IV, 232).
Al día siguiente de la Solemnidad de la Navidad, la Iglesia nos recuerda a San Esteban, y enseguida nos dice sus “apellidos”: diácono y protomártir. ¿Quiénes eran los diáconos? Aquellos cristianos que, al ir creciendo la Iglesia, ayudaban a los apóstoles a realizar determinadas tareas: llevar la comunión a los enfermos, atender a las viudas, hacer las colectas, etc, para ser así más eficaces en el ministerio que les había encomendado el Señor. Protomártir es el otro “apellido” de Esteban, y junta dos palabras griegas de hondo calado: “protos”, que significa primero y “mártir”, que significa testigo. El primero de los que dio testimonio de Cristo con su sangre.
“Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios”. Aún tenemos en nuestras retinas la figura del Niño Dios acurrucado en el Pesebre, y a María y José velando su sueño o sus lloros. También nos ha emocionado ver a esos sencillos pastores acercarse al Portal, y dejar sus ofrendas y presentes a los pies de la cuna. ¡Qué dicha el ser testigos de un Dios hecho carne!… lo que generaciones anteriores desearon ver y no pudieron, lo que profetas durante siglos anunciaron… Sin embargo, existen otras formas de ver a Dios, y así lo hizo San Esteban. En el momento en que iba a ser lapidado vio, no sólo una figura, sino la misma gloria de Dios. Éste es el premio que se da a los testigos de Cristo, a los que derramaron su sangre por confesar su nombre.
“A tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás”. De esta manera se abandona el salmista en la voluntad divina. De esta manera también deberíamos confiar plenamente en los planes que Dios tiene sobre cada uno de nosotros. Igual que San Esteban confió su destino en la Resurrección de Cristo, nosotros sabemos que pocas cosas en este mundo nos han de amedrentar. Únicamente el pecado nos puede confundir y entristecer, pero aún así sabemos que contamos con la gracia de la reconciliación, y que Dios nos concede en el sacramento de la Penitencia. ¡Qué más podemos pedir!
Apenas hemos celebrado el Nacimiento del Señor y ya la liturgia nos propone la fiesta de San Esteban, el primero que dio su vida por ese Niño que acaba de nacer. La Iglesia quiere recordar que la Cruz está siempre muy cerca de Jesús y de los suyos. En la lucha por la santidad el cristiano se encuentra con situaciones difíciles y acometidas de los enemigos del mundo: Si el mundo os odia, sabed que antes me ha odiado a mí... (Jn 15,18-20). La sangre de Esteban (Hch 7, 54-60), derramada por Cristo, fue la primera, y ya no ha cesado hasta nuestros días. Cuando Pablo llegó a Roma, los Cristianos ya eran conocidos por el signo inconfundible de la Cruz y de la contradicción. Nada nos debe extrañar si alguna vez en nuestro andar hacia la santidad hemos de sufrir alguna tribulación, por ser fieles a nuestro camino en un mundo con perfiles paganos. El Señor siempre nos ayudará con Su gracia: En el mundo tendréis tribulación, pero confiad: Yo he vencido al mundo (Jn 16,33).
No siempre la persecución ha sido de la misma forma. Durante los primeros siglos se pretendió destruir la fe de los cristianos con la violencia física. En otras ocasiones, sin que ésta desapareciera, los cristianos se han visto –se ven- oprimidos en sus derechos más elementales: sufren campañas dirigidas para minar su fe, dificultades para educar cristianamente a sus hijos, o se les priva de las justas oportunidades profesionales. Otras veces es la persecución solapada: ironía por ridiculizar los valores cristianos, presión ambiental que amedrenta a los más débiles, calumnia y maledicencia. Más doloroso es cuando la persecución viene de los propios hermanos en la fe movidos por envidias, celotipias y faltas de rectitud de intención, piensan que hacen un servicio a Dios (Juan 16. 2). Todas las contradicciones hay que sobrellevarlas junto al Señor en el Sagrario; allí adquiriremos fecundidad en el apostolado, y saldremos de esas pruebas con el alma más humilde y purificada.
El cristiano que padece persecución por seguir a Jesús sacará de esta experiencia una gran capacidad de comprensión y el propósito firme de no herir, de no agraviar, de no maltratar. El Señor nos pide, además, que oremos por quienes nos persiguen: debemos enseñar la doctrina del Evangelio sin faltar a la caridad de Jesucristo. En momentos de contrariedades es de gran ayuda fomentar la esperanza del Cielo. Nuestra Madre está cerca de nosotros especialmente en los momentos difíciles (Francisco Fernández Carvajal).
2. Sal. 30. Puestos en manos de Dios sabemos que Él vela por nosotros como lo hace un Padre amoroso sobre sus hijos. Ciertamente que esto no nos libra de las críticas, de las persecuciones, ni de la posible muerte a manos de los pecadores. Sin embargo, a quienes creemos en Dios como Padre nuestro, Él nos libra de la mano de nuestros enemigos, sabiendo que el último enemigo en ser vencido será la muerte. Así, Dios se levantará victorioso y nos hará partícipes de su vida eterna, donde ya no habrá ni llanto, ni luto, ni dolor, sino gozo y paz en el Señor.
3.- Mt 10. 16-22. Tres festividades de santos siguen inmediatamente a la de Navidad: San Esteban, San Juan, los santos Inocentes. La fiesta de Navidad es todo dulzura, pero no es sensiblera. Somos nosotros quienes hemos hecho del "Belén" algo gracioso... y de los pastores una ocasión de evocación pastoril emotiva... De hecho, el primer pesebre era ante todo el símbolo doloroso de la pobreza, de la miseria: un pesebre es lo contrario de una cuna. Todas las madre del mundo escogen las telas más finas y las cunas mas bonitas para recostar a sus bebés... Dios sólo ha tenido derecho a un rústico pesebre. La cruz se perfila ya. San Esteban fue el primer mártir. El primero en seguir verdaderamente a su maestro llevando la cruz, como otro Cristo.
-Jesús decía a sus discípulos: "No os fiéis de estos hombres. Pues os delatarán a los tribunales y os azotarán... y por mi causa seréis conducidos ante los gobernadores y los reyes..." Cuando Mateo escribe esto, la persecución es el lote cotidiano de los cristianos, en la Iglesia primitiva. Jesús había anunciado las dificultades de la misión que confiaba a sus discípulos: todo hombre que proclama el Reino de Dios debe estar dispuesto a afrontar la oposición, la contestación. ¡Qué misterio, Señor! ¿Por qué el mundo rehúsa a Dios? ¿Por qué el mundo rehúsa a los que hablan de ti? ¿Por qué los hombres persiguen a los que no desean otra cosa sino comunicarles una buena noticia? El discípulo de Jesús, el misionero sólo tiene por misión hacer el bien y decir cosas buenas. Y sin embargo, suscita la oposición. El caso es que Dios aparece siempre, desde el exterior, como un intruso: como alguien que viene para ocupar todo el espacio, como un inoportuno. El egoísmo del hombre, su deseo de independencia son la causa del rechazo. Se rechaza al amor. Es el rechazo a dejarse tomar por Dios. Rechazo a someterse a Dios. Cuando Dios verdaderamente "reina" se acaban las pretensiones orgullosas del hombre. Ayúdame, Señor, a someterme totalmente a ti. Ayúdame a soportar las dificultades y las oposiciones. Ayúdame a interpretarlas a la luz de tu presencia.
-No os atormentéis pensando lo que vais a decir... Puesto que no seréis vosotros quienes hablaréis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. Jesús nos pide pues que renunciemos a las preocupaciones. "No os atormentéis". Tú, Señor, no quieres que tengamos miedo. Ello sería signo de que aún contamos demasiado con nuestras propias fuerzas, con nuestros recursos humanos. Se trata por lo contrario, de abrirnos a la acción de Dios: "el Espíritu hablará por vosotros". "No seréis vosotros los que hablaréis". ¡Señor! Quisiera, siguiendo tu invitación, dejarme desposeer totalmente por ti! ocupa todo mi ser. Que progresivamente llegue a ser un simple instrumento en tus manos, y al soplo de tu Espíritu.
-El que se mantendrá firme hasta el fin, sera salvado. ¡Es esto justamente lo mas difícil! Uno aguanta un momento, pero, a la larga, la cosa falla. ¡Oh, Señor, puesto que Tú me lo pides..., ayúdame también a "aguantar firme"! Que tu Espíritu venga realmente a mi espíritu (Noel Quesson).
Cristo anuncia a sus seguidores que les llevarán a los tribunales. Les perseguirán. Creerán que hacen un acto de culto a Dios eliminándolos. Pero no tienen que temer: el Espíritu es el que les inspirará lo que deben decir.
Esta página fue escrita cuando ya la comunidad tenía la amarga experiencia de las detenciones y los martirios, por ejemplo de Santiago. Pero la persecución la experimentaron todos: Pedro, los apóstoles, Pablo en sus varios viajes. Y el primero, Esteban. También aquí la Navidad apunta a la Pascua, con su gran decisión de entrega y de cruz, para Cristo y para sus seguidores.
Las consecuencias de la Navidad son inesperadas. De la alegría de Belén y del Dios-con-nosotros pasamos a la seriedad del testimonio de vida por coherencia con la fe. Navidad es algo más que la ternura del Niño entre pajas, acompañado por María y José y el canto de los ángeles. Creer en Jesús y seguirle comporta decisiones y tomas de postura: es signo de contradicción. Jesús lo había anunciado: sus seguidores serán perseguidos.
Todos los odiarán a ustedes por mi causa, pero el que persevere hasta el fin se salvará. ¡Ánimo, no tengan miedo! Yo he vencido al mundo. Bienaventurados serán ustedes, cuando los persigan y maldigan por causa mía, pues sus nombres estarán escritos en el Reino de los cielos. Sin embargo no podemos buscar ser mártires por el deseo de brillar mediante él. El Señor quiere le que vivamos plenamente fieles aceptando todas las consecuencias que se nos vengan por haber creído en Él. Aprendamos a ponernos en manos del Señor y a dejarnos conducir por su Espíritu para que nos quedemos en simples transmisores de palabras humanas, sino que seamos auténticos testigos del Evangelio.
“Cuando os arresten, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en su momento se os sugerirá lo que tenéis que decir; no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros”. Efectivamente, hay muchas situaciones que se nos presentan y que nos agobian, que pueden quitarnos la tranquilidad interior: incomprensiones, injurias, malentendidos, difamaciones… pero Jesús es categórico: si somos fieles, el Espíritu Santo actuará y vendrá la paz. Mira al Portal, mira a Jesús, conviértete en testigo, y notarás que el Príncipe de la paz te devuelve la paz. La misma paz que en la Nochebuena proclamaba el ángel a los pastores, esa paz que surge al adentramos en la oración y contemplar a Dios en lo más humilde…, esa misma paz que el mundo nunca podrá dar hasta que reconozca a Cristo como su Señor y Rey… Aprenderás también a mirar con más simpatía a Esteban, porque aprenderás de él a ser mártir y ver la gloria de Dios donde otros ven amargura (Archimadrid).
El Señor, que por salvarnos y ser fiel a las promesas de salvación que nos hizo, entregó su vida por nosotros, nos reúne en esta Eucaristía para celebrar el Sacramento de su amor por nosotros. Él, perseguido por amarnos y ponerse de parte de los pecadores y de los pobres, haciéndose en verdad Dios-con-nosotros, nos une a Él y nos participa de su mismo Espíritu para que también nosotros nos convirtamos en fieles y valientes testigos suyos. Hemos de ir tras las huellas de Cristo, cargando nuestra cruz de cada día, hasta llegar a donde Él nos espera después de haber padecido por nosotros. En la Eucaristía, al entrar en comunión de vida con el Señor, asumimos la responsabilidad de continuar su obra salvífica con todas las consecuencias que nos vengan por haber aceptado el convertirnos en apóstoles de su Evangelio.
El riesgo del profeta, del apóstol del Señor es no sólo el ser rechazado, sino perseguido, calumniado, odiado, golpeado, juzgado y condenado a muerte. No podemos, a causa de querer evitar estos riesgos, quedarnos mudos ante la proclamación del Evangelio. No podemos convertirnos en cómplices de las injusticias que se cometen contra los más desprotegidos; no podemos pasar de largo ante la pobreza y sus consecuencias en millones de hermanos nuestros. Quien es congruente con su fe y con el Evangelio debe preocuparse, no de convertirse en un líder de luchas sociales destructivas, que generan guerras, terrorismo o actitudes aplastantes injustas, sino que se ha de convertir en liberador de conciencias que generen capacidad de diálogo, de colaboración, de solidaridad. Tal vez al vivir con sinceridad nuestra fe en Cristo sin ideologías extrañas seamos perseguidos, calumniados e incluso asesinados. Esto no debe angustiarnos, pues lo único que queremos es ser fieles al Señor que, nacido de Santa María Virgen, dio su vida por amor a nosotros. Ojalá y jamás cerremos nuestra boca ante la maldad que, apoderándose del hombre, requiere fuertes llamados a la conversión. Ojalá y no por querer quedar bien ante los poderosos y gozar de sus favores, con actitudes equivocadas nos pongamos de su lado y en lugar de llamarles a la conversión les indiquemos, de una y mil formas, que sus actitudes no son nada pecaminosas. Aquel que al nacer fue recostado en un pesebre, y al morir estuvo desnudo clavado en una cruz, nos llama a creer en Él y a seguirlo con mayor lealtad.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de dejarnos guiar por el Espíritu Santo para poder convertirnos en valientes y auténticos testigos de Jesucristo y de su Evangelio. Amén (www.homiliacatolica.com). Llucià Pou Sabaté
Hechos de los apóstoles 6, 8-10; 7, 54-60. En aquellos días, Esteban, lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo. Unos cuantos de la sinagoga llamada de los libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban; pero no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba. Oyendo estas palabras, se recomían por dentro y rechinaban los dientes de rabia. Esteban, lleno de Espiritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo: _«Veo el cielo abierto y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios.» Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos, dejando sus capas a los pies de un joven llamado Saulo, se pusieron también a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación: -«Señor Jesús, recibe mi espíritu.» Luego, cayendo de rodillas, lanzó un grito: -«Señor, no les tengas en cuenta este pecado.» Y, con estas palabras, expiró.
Salmo responsorial Sal 30, 3cd-4. 6 y 8ab. 16bc-17. R. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
Sé la roca de mi refugio, un baluarte donde me salve, tú que eres mi roca y mi baluarte; por tu nombre dirígeme y guíame.
A tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás. Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría. Te has fijado en mi aflicción.
Líbrame de los enemigos que me persiguen; haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia.
Texto del Evangelio (Mt 10,17-22): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros. Entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se levantarán hijos contra padres y los matarán. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará».
Comentario: A. Comentario mío del 2007. El gozo de Navidad va seguido del recuerdo del primer mártir, el valiente Esteban, ante el que los adversarios «no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba» (Hch 6,10), como hemos leído en la primera lectura. Mártir significa “testimonio”. ¿Cómo hemos de ser testimonios de Jesús? Mirando al cielo, como el joven que hoy celebramos: «mirando al cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios» (Hch 7,55). Con fe, mirando Jesús, sin miedo de nada pues somos hijos de Dios. Se pregunta Benedicto XVI en su libro sobre Jesús: “¿qué son las Bienaventuranzas?” Y se refiere a esa mirada de fe en primer lugar, dentro de “una larga tradición de mensajes del Antiguo Testamento como los que encontramos, por ejemplo, en el Salmo 1 y en el texto paralelo de Jeremías 17, 7s: «Dichoso el hombre que confía en el Señor...». Son palabras de promesa que sirven al mismo tiempo como discernimiento de espíritus y que se convierten así en palabras orientadoras”.
Jesús muestra en plenitud este sentido, que Lucas sitúa –dentro del Sermón de la Montaña- ante los discípulos: «Levantando los ojos hacia sus discípulos...». “Describen, por así decirlo, su situación fáctica: son pobres, están hambrientos, lloran, son odiados y perseguidos (cf. Lc 6, 20ss). Han de ser entendidas como calificaciones prácticas, pero también teológicas, de los discípulos, de aquellos que siguen a Jesús y se han convertido en su familia”. Se refieren a los amigos de Jesús. Pero no es sólo una situación “actual”, de amenaza en que Jesús ve a los suyos, “ésta se convierte en promesa cuando se la mira con la luz que viene del Padre”. Son una paradoja: “se invierten los criterios del mundo apenas se ven las cosas en la perspectiva correcta, esto es, desde la escala de valores de Dios, que es distinta de la del mundo. Precisamente los que según los criterios del mundo son considerados pobres y perdidos son los realmente felices, los bendecidos, y pueden alegrarse y regocijarse, no obstante todos sus sufrimientos. Las Bienaventuranzas son promesas en las que resplandece la nueva imagen del mundo y del hombre que Jesús inaugura, y en las que «se invierten los valores»”. Son promesas escatológicas, pero no en el sentido de que hay que mirar al “más allá” porque aquí no tenemos donde mirar, como una escapatoria: “Cuando el hombre empieza a mirar y a vivir a través de Dios, cuando camina con Jesús, entonces vive con nuevos criterios y, por tanto, ya ahora algo del éschaton, de lo que está por venir, está presente. Con Jesús, entra alegría en la tribulación”.
San Pablo explica que en su vida ha encontrado estas dificultades (2 Co 6, 8-10; 4, 8-10). Él es «el último», como un condenado a muerte y convertido en espectáculo para el mundo, sin patria, insultado, denostado (cf. 1 Co 4, 9-13). “Y a pesar de todo experimenta una alegría sin límites; precisamente como quien se ha entregado, quien se ha dado a sí mismo para llevar a Cristo a los hombres, experimenta la íntima relación entre cruz y resurrección: estamos expuestos a la muerte «para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2 Co 4,11)”.
Esta es la maravilla de la mirada al cielo, ver a Cristo no hace dejar de sufrir, pero le da un sentido de amor, de felicidad, y de esperanza del cielo sin más sufrir y con plenitud de amor. “Y si el enviado de Jesús en este mundo está aún inmerso en la pasión de Jesús, ahí se puede percibir también la gloria de la resurrección, que da una alegría, una «beatitud» mayor que toda la dicha que se haya podido experimentar antes en el mundo. Sólo ahora sabe lo que es realmente la «felicidad», la auténtica «bienaventuranza», y al mismo tiempo se da cuenta de lo mísero que era lo que, según los criterios habituales, se consideraba como satisfacción y felicidad”.
Juan expresa de otro modo este sufrir por Cristo, la cruz del Señor aparece como «elevación», como entronización en las alturas de Dios. “La cruz es el acto del «éxodo», el acto del amor que se toma en serio y llega «hasta el extremo» (Jn 13, 1), y por ello es el lugar de la gloria, del auténtico contacto y unión con Dios, que es Amor (cf. 1 Jn 4, 7.16)”. Es una cuestión misteriosa, la del amor y el sufrimiento que van unidos, pero no está probado un amor que no sufre, en el fondo no sabemos si es amor aquel hasta que está probado con las obras de sacrificio.
Por eso, “las Bienaventuranzas expresan lo que significa ser discípulo. Se hacen más concretas y reales cuanto más se entregan los discípulos a su misión”, como san Pablo, como vemos hoy en San Esteban. Estas cosas no podemos explicarlas en teoría, sino que es algo que “se proclama en la vida, en el sufrimiento y en la misteriosa alegría del discípulo que sigue plenamente al Señor”. Esto limita el modo en que podemos explicarlo a gente que no quiera probar este amor que está unido a la unión con Cristo. “El discípulo está unido al misterio de Cristo y su vida está inmersa en la comunión con Él: «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20). Las Bienaventuranzas son la transposición de la cruz y la resurrección a la existencia del discípulo. Pero son válidas para los discípulos porque primero se han hecho realidad en Cristo como prototipo”.
Ratzinger analiza la versión de las Bienaventuranzas en Mateo (cf. Mt 5,3-12), para indicar “que las Bienaventuranzas son como una velada biografía interior de Jesús, como un retrato de su figura. Él, que no tiene donde reclinar la cabeza (cf. Mt 8, 20), es el auténtico pobre; El, que puede decir de sí mismo: Venid a mí, porque soy sencillo y humilde de corazón (cf. Mt 11, 29), es el realmente humilde; Él es verdaderamente puro de corazón y por eso contempla a Dios sin cesar. Es constructor de paz, es aquel que sufre por amor de Dios: en las Bienaventuranzas se manifiesta el misterio de Cristo mismo, y nos llaman a entrar en comunión con El”. Y esto es lo que hemos de hacer vida, es el camino para vivir su Vida, la auténtica vida, cada uno según su vocación.
B. Comentario de 2009, con textos que tomo de mercaba.org. - El día siguiente del nacimiento del Hijo de Dios, celebramos la muerte del primer mártir.
1. Hch 6, 8-10. 7, 54-60. Y es que este Niño que nace es aquel que, por fidelidad al camino de Dios, llegará hasta la cruz; y como él, sus seguidores son llamados a ser testigos ("mártires") de la Buena Noticia con la totalidad de su vida.
- Este martirio, no obstante, lo celebramos como una fiesta gozosa: la muerte de Esteban es su nuevo nacimiento, es la participación de la Pascua de Jesús.
- Recordamos hoy también quién fue Esteban y por qué lo mataron: él es el hombre abierto que comprende que la Buena Noticia de la fe cristiana significa apertura a todo el mundo, rompiendo el círculo de normas y leyes del judaísmo. Y eso, los fundamentalistas de su tiempo no se lo podían tolerar.
- Y Esteban destaca también porque personalmente creía y vivía totalmente el mensaje de Jesús: él, como Jesús, hace aquello tan difícil de amar a los enemigos (la oración nos hace pedir que también nosotros lo sepamos hacer).
En la acusación de Esteban Lucas ha seguido el mismo esquema de la acusación a Jesús, tanto en el proceso contra Jesús como en el que ahora se sigue contra Esteban sus buscados falsos testigos. A ambos se les acusa de actitud y palabras blasfemas contra la ley y el templo. La misma actitud hostil de los dirigentes judíos que excitan a la muchedumbre contra los acusados. Son llevados al mismo tribunal, el Sanedrín, que les condenará por los mismos motivos.
Esteban era diácono, es decir, encargado del servicio de comedor durante los ágapes o comidas fraternas. Estaba al servicio de los más pobres.
"Esteban lleno de Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios.
Deberíamos pedir esa "mirada interior" que nos hace ver lo invisible. De esa visión Esteban sacó su fuerza y nadie pudo doblegarle.
Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo.
"Cuando os arresten, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis; no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre, hablará por vosotros".
Serán llevados a los tribunales y juzgados en cuanto mensajeros y anunciadores de la Palabra Dei. La Palabra de Dios es llevada al tribunal de los hombres y como es Dios -su Palabra- el encartado en el pleito, él se defendería, dará a los discípulos la palabra oportuna para su defensa.
Saulo cambiará pronto su nombre por el de Pablo. S. Pablo conservó toda su vida un recuerdo vivo de las persecuciones en las que había participado. Aquel día estaba allí. Miraba cómo mataban a un hombre a pedradas. Estaba de acuerdo con esa tortura: guardaba los vestidos de los verdugos que se habían puesto más cómodo para su tarea. Desde aquel día, Saulo debió de hacerse una pregunta: "¿De dónde le viene ese valor y entereza? Hoy, todavía, la mayoría de las conversiones, vienen de un testimonio... de alguien cuyo modo de vivir suscita una pregunta.
-Pío XII: "Que tu conducta y tu palabra puedan significar un llamamiento de Dios a la mente y al corazón de los que de El están alejados".
"Señor, no les tengas en cuenta esta pecado". Esta es la novedad del Evangelio, capaz de suscitar una pregunta, pues hace al hombre capaz de orar y amar a quien los destruye.
Los ángeles de Navidad jamás anunciaron a un "Jesusito" dulzón y sosito. Anunciaron a un "salvador"; y es por la cruz que Jesús nos salva.
Esteban, según los Hechos de los Apóstoles es el «primer mártir», el primero en seguir a su maestro, al llevar, él también, su cruz. Esteban reproduce la muerte misma de Jesús.
-Esteban, lleno de gracia y de poder, realizaba entre el pueblo grandes prodigios y señales. Era «diácono» es decir «encargado del servicio de comedor» durante los ágapes o comidas fraternas, en el curso de las cuales los primeros cristianos celebraban la eucaristía (Hechos 6, 2-3). Estaba al servicio de los más pobres. Fue nombrado para ese cargo esencial para aliviar de esa tarea a los apóstoles. (Hechos 6, 1-2.) Desde el principio, la Iglesia tuvo que hacer frente a situaciones de penuria, entre los sacerdotes. ¿Presto atención a las necesidades de los más pobres? ¿Soy capaz, como Esteban, de poner mis aptitudes al servicio de los más necesitados?
-Unos de la sinagoga se pusieron a discutir con Esteban; pero no pudieron resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba. Se encolerizaron contra él... Pero, Esteban, lleno del Espíritu Santo, miraba fijamente al cielo... y vio la gloria de Dios y a Jesús en pie a la diestra de Dios. Danos, Señor, esa «mirada interior», que nos hace ver lo invisible. Danos el Espíritu. Fue de esa «visión» que Esteban sacó su fuerza. A partir de ello nada pudo detenerle ni doblegarle.
-Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo. Este cambiará pronto su nombre por el de Pablo. San Pablo conservó toda su vida un recuerdo muy vivo de las persecuciones en las que había participado. Aquel día estaba allí. Miraba cómo mataban a un hombre a pedradas. Estaba de acuerdo con esa tortura: guardaba los vestidos de los verdugos que se habían puesto más cómodos para su tarea. Desde aquel día Saulo debió hacerse una pregunta: "¿De dónde le viene ese valor y entereza?" HOY todavía, la mayoría de las conversiones vienen de un testimonio... de alguien cuyo modo de vivir suscita una pregunta. Mi vida ¿suscita una pregunta a los incrédulos que me conocen?¿Hay a mi alrededor quienes podrían descubrir el móvil de mi vida? ¿Este mirar al cielo y ver a Jesús en pie?
-Esteban oraba mientras le lapidaban... Mirad a uno que, en verdad, es más fuerte que sus verdugos.
-«Señor Jesús, recibe mi espíritu... Señor, no les tengáis en cuenta ese pecado.» La más pura joya del evangelio: «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, rogad por los que os persiguen.» La víctima que "ama" a los que la dañan. Jesús fue el primero en hacerlo. Es la actitud evangélica por excelencia, el amor universal, sin condición y sin frontera... La novedad del evangelio, capaz de suscitar una pregunta al hombre. ¿A quién debo perdonar? ¿A quién he de ofrecer ese amor que va más allá de las concesiones humanas? No pasar ligeramente sobre esas dos preguntas, propias para ese tiempo de Navidad (Noel Quesson).
Celebramos el martirio de Esteban. Pero para la Iglesia el día de la muerte de un santo es el «dies natalis», el día de su verdadero nacimiento. No andamos lejos de la fiesta de ayer. Ahora se trata del nacimiento de Esteban a su vida gloriosa, ya en comunión perfecta con Cristo Jesús.
Esteban es el primero que ha dado testimonio hasta la muerte. A lo largo de la historia, cuántos cristianos han seguido a Cristo en medio de la persecución y las dificultades. Su respuesta ante las dificultades ha sido perseverar dando testimonio de Jesús y de su evangelio hasta la muerte. Que es el testimonio más creíble.
Hay martirios breves e intensos, como el de Esteban. Hay martirios largos: el testimonio y las dificultades de cada día, a lo largo de años. Tal vez éste es el nuestro. Y hoy se nos invita a no cansarnos de este amor y de esta fidelidad. ¿Damos nosotros, en nuestra vida, un testimonio así de creíble para los que nos rodean? ¿o nos echamos atrás por cualquier esfuerzo que nos suponga la fe en Cristo? Cuando surgen estas dificultades en nuestro camino de seguimiento de Cristo, ¿hacemos nuestras las palabras de confianza del salmo: «A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu», que Esteban hizo propias: «Señor Jesús, recibe mi espíritu»? ¿Sabemos hacer nuestras sus últimas palabras de perdón? El ejemplo de Esteban que, a imitación del mismo Cristo, muere perdonando, es una lección para nosotros. A nosotros no nos están apedreando físicamente. Pero al cabo de la vida tenemos mil ocasiones para perdonar a nuestros hermanos. Como hemos pedido en la oración del día: «concédenos la gracia de imitar a tu mártir san Esteban, que oró por los verdugos que le daban tormento, para que nosotros aprendamos a amar a nuestros enemigos» (J. ALDAZABAL).
Decía el Padre De Lubac: “Si la vida del cristiano transcurre sin persecución, es porque en ella no está presente la vida de su Maestro; el cristiano siempre será un hombre contestado”. Hoy, la Iglesia celebra la fiesta de su primer mártir, el diácono san Esteban. El Evangelio, a veces, parece desconcertante. Ayer nos transmitía sentimientos de gozo y de alegría por el nacimiento del Niño Jesús: «Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc 2,20). Hoy parece como si nos quisiera poner sobre aviso ante los peligros: «Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán» (Mt 10,17). Es que aquellos que quieran ser testimonios, como los pastores en la alegría del nacimiento, han de ser también valientes como Esteban en el momento de proclamar la Muerte y Resurrección de aquel Niño que tenía en Él la Vida. El mismo Espíritu que cubrió con su sombra a María, la Madre virgen, para que fuera posible la realización del plan de Dios de salvar a los hombres; el mismo Espíritu que se posó sobre los Apóstoles para que salieran de su escondrijo y difundieran la Buena Nueva —el Evangelio— por todo el mundo, es el que da fuerzas a aquel chico que discutía con los de la sinagoga y ante el que «no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba» (Hch 6,10). Era un mártir en vida. Mártir significa “testimonio”. Y fue también mártir por su muerte. En vida hizo caso de las palabras del Maestro: «No os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento» (Mt 10,19). Esteban, «mirando al cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios» (Hch 7, 55). Esteban lo vio y lo dijo. Si el cristiano hoy es un testigo de Jesucristo, lo que ha visto con los ojos de la fe lo ha de decir sin miedo con las palabras más comprensibles, es decir, con los hechos, con las obras (Joan Busquets).
Santa Edith Stein, Teresa Benedicta de la Cruz (1891- 1942) carmelita mártir, copatrona de Europa, hablaba de que “La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la han podido apagar”: “El Niño del pesebre extiende sus bracitos, y su sonrisa parece decir ya lo que más tarde pronunciarán los labio del hombre: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré.” (Mt 11,28)...¡Sígueme! así dicen las manos del Niño, como más tarde lo harán los labios del hombre. Así hablaron al discípulo que el Señor amaba y que ahora también pertenece al séquito del pesebre. Y San Juan, el joven con un limpio corazón de niño, lo siguió sin preguntar a dónde o para qué. Abandonó la barca de su padre y siguió al Señor por todos sus caminos hasta la cima del Gólgota.
¡Sígueme!- esto sintió también el joven Esteban. Siguió al Señor en la lucha contra el poder de las tinieblas, contra la ceguera de la obstinada incredulidad, dio testimonio de El con su palabra y con su sangre, lo siguió también en su espíritu, espíritu de Amor que lucha contra el pecado, pero que ama al pecador y que, incluso estando muriendo, intercede ante Dios por sus asesinos.
Son figuras luminosas que se arrodillan en torno al pesebre: los tiernos niños inocentes, los confiados pastores, los humildes reyes, Esteban, el discípulo entusiasta, y Juan, el discípulo predilecto. Todos ellos siguieron la llamada del Señor. Frente a ellos se alza la noche de la incomprensible dureza y de la ceguera: los escribas, que podían señalar el momento y el lugar donde el Salvador del mundo habría de nacer, pero que fueron incapaces de deducir de ahí el “Venid a Belén”; el rey Herodes que quiso quitar la vida al Señor de la Vida. Ante el Niño en el pesebre se dividen los espíritus. El es el Rey de los Reyes y Señor sobre la vida y la muerte. El pronuncia su ¡sígueme!, y el que no está con El está contra El. El nos habla también a nosotros y nos coloca frente a la decisión entre la luz y las tinieblas” (El misterio de Navidad, Obras completas IV, 232).
Al día siguiente de la Solemnidad de la Navidad, la Iglesia nos recuerda a San Esteban, y enseguida nos dice sus “apellidos”: diácono y protomártir. ¿Quiénes eran los diáconos? Aquellos cristianos que, al ir creciendo la Iglesia, ayudaban a los apóstoles a realizar determinadas tareas: llevar la comunión a los enfermos, atender a las viudas, hacer las colectas, etc, para ser así más eficaces en el ministerio que les había encomendado el Señor. Protomártir es el otro “apellido” de Esteban, y junta dos palabras griegas de hondo calado: “protos”, que significa primero y “mártir”, que significa testigo. El primero de los que dio testimonio de Cristo con su sangre.
“Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios”. Aún tenemos en nuestras retinas la figura del Niño Dios acurrucado en el Pesebre, y a María y José velando su sueño o sus lloros. También nos ha emocionado ver a esos sencillos pastores acercarse al Portal, y dejar sus ofrendas y presentes a los pies de la cuna. ¡Qué dicha el ser testigos de un Dios hecho carne!… lo que generaciones anteriores desearon ver y no pudieron, lo que profetas durante siglos anunciaron… Sin embargo, existen otras formas de ver a Dios, y así lo hizo San Esteban. En el momento en que iba a ser lapidado vio, no sólo una figura, sino la misma gloria de Dios. Éste es el premio que se da a los testigos de Cristo, a los que derramaron su sangre por confesar su nombre.
“A tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás”. De esta manera se abandona el salmista en la voluntad divina. De esta manera también deberíamos confiar plenamente en los planes que Dios tiene sobre cada uno de nosotros. Igual que San Esteban confió su destino en la Resurrección de Cristo, nosotros sabemos que pocas cosas en este mundo nos han de amedrentar. Únicamente el pecado nos puede confundir y entristecer, pero aún así sabemos que contamos con la gracia de la reconciliación, y que Dios nos concede en el sacramento de la Penitencia. ¡Qué más podemos pedir!
Apenas hemos celebrado el Nacimiento del Señor y ya la liturgia nos propone la fiesta de San Esteban, el primero que dio su vida por ese Niño que acaba de nacer. La Iglesia quiere recordar que la Cruz está siempre muy cerca de Jesús y de los suyos. En la lucha por la santidad el cristiano se encuentra con situaciones difíciles y acometidas de los enemigos del mundo: Si el mundo os odia, sabed que antes me ha odiado a mí... (Jn 15,18-20). La sangre de Esteban (Hch 7, 54-60), derramada por Cristo, fue la primera, y ya no ha cesado hasta nuestros días. Cuando Pablo llegó a Roma, los Cristianos ya eran conocidos por el signo inconfundible de la Cruz y de la contradicción. Nada nos debe extrañar si alguna vez en nuestro andar hacia la santidad hemos de sufrir alguna tribulación, por ser fieles a nuestro camino en un mundo con perfiles paganos. El Señor siempre nos ayudará con Su gracia: En el mundo tendréis tribulación, pero confiad: Yo he vencido al mundo (Jn 16,33).
No siempre la persecución ha sido de la misma forma. Durante los primeros siglos se pretendió destruir la fe de los cristianos con la violencia física. En otras ocasiones, sin que ésta desapareciera, los cristianos se han visto –se ven- oprimidos en sus derechos más elementales: sufren campañas dirigidas para minar su fe, dificultades para educar cristianamente a sus hijos, o se les priva de las justas oportunidades profesionales. Otras veces es la persecución solapada: ironía por ridiculizar los valores cristianos, presión ambiental que amedrenta a los más débiles, calumnia y maledicencia. Más doloroso es cuando la persecución viene de los propios hermanos en la fe movidos por envidias, celotipias y faltas de rectitud de intención, piensan que hacen un servicio a Dios (Juan 16. 2). Todas las contradicciones hay que sobrellevarlas junto al Señor en el Sagrario; allí adquiriremos fecundidad en el apostolado, y saldremos de esas pruebas con el alma más humilde y purificada.
El cristiano que padece persecución por seguir a Jesús sacará de esta experiencia una gran capacidad de comprensión y el propósito firme de no herir, de no agraviar, de no maltratar. El Señor nos pide, además, que oremos por quienes nos persiguen: debemos enseñar la doctrina del Evangelio sin faltar a la caridad de Jesucristo. En momentos de contrariedades es de gran ayuda fomentar la esperanza del Cielo. Nuestra Madre está cerca de nosotros especialmente en los momentos difíciles (Francisco Fernández Carvajal).
2. Sal. 30. Puestos en manos de Dios sabemos que Él vela por nosotros como lo hace un Padre amoroso sobre sus hijos. Ciertamente que esto no nos libra de las críticas, de las persecuciones, ni de la posible muerte a manos de los pecadores. Sin embargo, a quienes creemos en Dios como Padre nuestro, Él nos libra de la mano de nuestros enemigos, sabiendo que el último enemigo en ser vencido será la muerte. Así, Dios se levantará victorioso y nos hará partícipes de su vida eterna, donde ya no habrá ni llanto, ni luto, ni dolor, sino gozo y paz en el Señor.
3.- Mt 10. 16-22. Tres festividades de santos siguen inmediatamente a la de Navidad: San Esteban, San Juan, los santos Inocentes. La fiesta de Navidad es todo dulzura, pero no es sensiblera. Somos nosotros quienes hemos hecho del "Belén" algo gracioso... y de los pastores una ocasión de evocación pastoril emotiva... De hecho, el primer pesebre era ante todo el símbolo doloroso de la pobreza, de la miseria: un pesebre es lo contrario de una cuna. Todas las madre del mundo escogen las telas más finas y las cunas mas bonitas para recostar a sus bebés... Dios sólo ha tenido derecho a un rústico pesebre. La cruz se perfila ya. San Esteban fue el primer mártir. El primero en seguir verdaderamente a su maestro llevando la cruz, como otro Cristo.
-Jesús decía a sus discípulos: "No os fiéis de estos hombres. Pues os delatarán a los tribunales y os azotarán... y por mi causa seréis conducidos ante los gobernadores y los reyes..." Cuando Mateo escribe esto, la persecución es el lote cotidiano de los cristianos, en la Iglesia primitiva. Jesús había anunciado las dificultades de la misión que confiaba a sus discípulos: todo hombre que proclama el Reino de Dios debe estar dispuesto a afrontar la oposición, la contestación. ¡Qué misterio, Señor! ¿Por qué el mundo rehúsa a Dios? ¿Por qué el mundo rehúsa a los que hablan de ti? ¿Por qué los hombres persiguen a los que no desean otra cosa sino comunicarles una buena noticia? El discípulo de Jesús, el misionero sólo tiene por misión hacer el bien y decir cosas buenas. Y sin embargo, suscita la oposición. El caso es que Dios aparece siempre, desde el exterior, como un intruso: como alguien que viene para ocupar todo el espacio, como un inoportuno. El egoísmo del hombre, su deseo de independencia son la causa del rechazo. Se rechaza al amor. Es el rechazo a dejarse tomar por Dios. Rechazo a someterse a Dios. Cuando Dios verdaderamente "reina" se acaban las pretensiones orgullosas del hombre. Ayúdame, Señor, a someterme totalmente a ti. Ayúdame a soportar las dificultades y las oposiciones. Ayúdame a interpretarlas a la luz de tu presencia.
-No os atormentéis pensando lo que vais a decir... Puesto que no seréis vosotros quienes hablaréis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. Jesús nos pide pues que renunciemos a las preocupaciones. "No os atormentéis". Tú, Señor, no quieres que tengamos miedo. Ello sería signo de que aún contamos demasiado con nuestras propias fuerzas, con nuestros recursos humanos. Se trata por lo contrario, de abrirnos a la acción de Dios: "el Espíritu hablará por vosotros". "No seréis vosotros los que hablaréis". ¡Señor! Quisiera, siguiendo tu invitación, dejarme desposeer totalmente por ti! ocupa todo mi ser. Que progresivamente llegue a ser un simple instrumento en tus manos, y al soplo de tu Espíritu.
-El que se mantendrá firme hasta el fin, sera salvado. ¡Es esto justamente lo mas difícil! Uno aguanta un momento, pero, a la larga, la cosa falla. ¡Oh, Señor, puesto que Tú me lo pides..., ayúdame también a "aguantar firme"! Que tu Espíritu venga realmente a mi espíritu (Noel Quesson).
Cristo anuncia a sus seguidores que les llevarán a los tribunales. Les perseguirán. Creerán que hacen un acto de culto a Dios eliminándolos. Pero no tienen que temer: el Espíritu es el que les inspirará lo que deben decir.
Esta página fue escrita cuando ya la comunidad tenía la amarga experiencia de las detenciones y los martirios, por ejemplo de Santiago. Pero la persecución la experimentaron todos: Pedro, los apóstoles, Pablo en sus varios viajes. Y el primero, Esteban. También aquí la Navidad apunta a la Pascua, con su gran decisión de entrega y de cruz, para Cristo y para sus seguidores.
Las consecuencias de la Navidad son inesperadas. De la alegría de Belén y del Dios-con-nosotros pasamos a la seriedad del testimonio de vida por coherencia con la fe. Navidad es algo más que la ternura del Niño entre pajas, acompañado por María y José y el canto de los ángeles. Creer en Jesús y seguirle comporta decisiones y tomas de postura: es signo de contradicción. Jesús lo había anunciado: sus seguidores serán perseguidos.
Todos los odiarán a ustedes por mi causa, pero el que persevere hasta el fin se salvará. ¡Ánimo, no tengan miedo! Yo he vencido al mundo. Bienaventurados serán ustedes, cuando los persigan y maldigan por causa mía, pues sus nombres estarán escritos en el Reino de los cielos. Sin embargo no podemos buscar ser mártires por el deseo de brillar mediante él. El Señor quiere le que vivamos plenamente fieles aceptando todas las consecuencias que se nos vengan por haber creído en Él. Aprendamos a ponernos en manos del Señor y a dejarnos conducir por su Espíritu para que nos quedemos en simples transmisores de palabras humanas, sino que seamos auténticos testigos del Evangelio.
“Cuando os arresten, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en su momento se os sugerirá lo que tenéis que decir; no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros”. Efectivamente, hay muchas situaciones que se nos presentan y que nos agobian, que pueden quitarnos la tranquilidad interior: incomprensiones, injurias, malentendidos, difamaciones… pero Jesús es categórico: si somos fieles, el Espíritu Santo actuará y vendrá la paz. Mira al Portal, mira a Jesús, conviértete en testigo, y notarás que el Príncipe de la paz te devuelve la paz. La misma paz que en la Nochebuena proclamaba el ángel a los pastores, esa paz que surge al adentramos en la oración y contemplar a Dios en lo más humilde…, esa misma paz que el mundo nunca podrá dar hasta que reconozca a Cristo como su Señor y Rey… Aprenderás también a mirar con más simpatía a Esteban, porque aprenderás de él a ser mártir y ver la gloria de Dios donde otros ven amargura (Archimadrid).
El Señor, que por salvarnos y ser fiel a las promesas de salvación que nos hizo, entregó su vida por nosotros, nos reúne en esta Eucaristía para celebrar el Sacramento de su amor por nosotros. Él, perseguido por amarnos y ponerse de parte de los pecadores y de los pobres, haciéndose en verdad Dios-con-nosotros, nos une a Él y nos participa de su mismo Espíritu para que también nosotros nos convirtamos en fieles y valientes testigos suyos. Hemos de ir tras las huellas de Cristo, cargando nuestra cruz de cada día, hasta llegar a donde Él nos espera después de haber padecido por nosotros. En la Eucaristía, al entrar en comunión de vida con el Señor, asumimos la responsabilidad de continuar su obra salvífica con todas las consecuencias que nos vengan por haber aceptado el convertirnos en apóstoles de su Evangelio.
El riesgo del profeta, del apóstol del Señor es no sólo el ser rechazado, sino perseguido, calumniado, odiado, golpeado, juzgado y condenado a muerte. No podemos, a causa de querer evitar estos riesgos, quedarnos mudos ante la proclamación del Evangelio. No podemos convertirnos en cómplices de las injusticias que se cometen contra los más desprotegidos; no podemos pasar de largo ante la pobreza y sus consecuencias en millones de hermanos nuestros. Quien es congruente con su fe y con el Evangelio debe preocuparse, no de convertirse en un líder de luchas sociales destructivas, que generan guerras, terrorismo o actitudes aplastantes injustas, sino que se ha de convertir en liberador de conciencias que generen capacidad de diálogo, de colaboración, de solidaridad. Tal vez al vivir con sinceridad nuestra fe en Cristo sin ideologías extrañas seamos perseguidos, calumniados e incluso asesinados. Esto no debe angustiarnos, pues lo único que queremos es ser fieles al Señor que, nacido de Santa María Virgen, dio su vida por amor a nosotros. Ojalá y jamás cerremos nuestra boca ante la maldad que, apoderándose del hombre, requiere fuertes llamados a la conversión. Ojalá y no por querer quedar bien ante los poderosos y gozar de sus favores, con actitudes equivocadas nos pongamos de su lado y en lugar de llamarles a la conversión les indiquemos, de una y mil formas, que sus actitudes no son nada pecaminosas. Aquel que al nacer fue recostado en un pesebre, y al morir estuvo desnudo clavado en una cruz, nos llama a creer en Él y a seguirlo con mayor lealtad.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de dejarnos guiar por el Espíritu Santo para poder convertirnos en valientes y auténticos testigos de Jesucristo y de su Evangelio. Amén (www.homiliacatolica.com). Llucià Pou Sabaté
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