Martes de la 33ª semana de Tiempo Ordinario. Los mártires son semilla de salvación: “Legaré un noble ejemplo, para que aprendan a arrostrar voluntariamente la muerte por amor a nuestra Ley”. Jesús salva a un pecador publicano: “El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.”
Lectura del segundo libro de los Macabeos 6,18-31. En aquellos días, a Eleazar, uno de los principales escribas, hombre de edad avanzada y semblante muy digno, le abrían la boca a la fuerza para que comiera carne de cerdo. Pero él, prefiriendo una muerte honrosa a una vida de infamia, escupió la carne y avanzó voluntariamente al suplicio, como deben hacer los que son constantes en rechazar manjares prohibidos, aun a costa de la vida. Los que presidían aquel sacrificio ilegal, viejos amigos de Eleazar, lo llevaron aparte y le propusieron que hiciera traer carne permitida, preparada por él mismo, y que la comiera, haciendo como que comía la carne del sacrificio ordenado por el rey, para que así se librara de la muerte y, dada su antigua amistad, lo tratasen con consideración. Pero él, adoptando una actitud cortés, digna de sus años, de su noble ancianidad, de sus canas honradas e ilustres, de su conducta intachable desde niño y, sobre todo, digna de la Ley santa dada por Dios, respondió todo seguido: -« ¡Enviadme al sepulcro! Que no es digno de mi edad ese engaño. Van a creer muchos jóvenes que Eleazar, a los noventa años, ha apostatado, y, si miento por un poco de vida que me queda, se van a extraviar con mi mal ejemplo. Eso seria manchar e infamar mi vejez. Y, aunque de momento me librase del castigo de los hombres, no escaparía de la mano del Omnipotente, ni vivo ni muerto. Si muero ahora como un valiente, me mostraré digno de mis años y legaré a los jóvenes un noble ejemplo, para que aprendan a arrostrar voluntariamente una muerte noble por amor a nuestra santa y venerable Ley.» Dicho esto, se dirigió en seguida al suplicio. Los que lo llevaban, poco antes deferentes con él, se endurecieron, considerando insensatas las palabras que acababa de pronunciar. El, a punto de morir a fuerza de golpes, dijo entre suspiros: -«Bien sabe el Señor, que posee la santa sabiduría, que, pudiendo librarme de la muerte, aguanto en mi cuerpo los crueles dolores de la flagelación, y los sufro con gusto en mi alma por respeto a él.» Así terminó su vida, dejando, no sólo a los jóvenes, sino a toda la nación, un ejemplo memorable de heroísmo y de virtud.
Salmo 3,2-3.4-5.6-7. R. El Señor me sostiene.
Señor, cuántos son mis enemigos, cuántos se levantan contra mi; cuántos dicen de mí: «Ya no lo protege Dios.»
Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza. Si grito invocando al Señor, él me escucha desde su monte santo.
Puedo acostarme y dormir y despertar: el Señor me sostiene. No temeré al pueblo innumerable que acampa a mi alrededor.
Lectura del santo evangelio según san Lucas 19,1-10. En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: -«Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.» Él bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: -«Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.» Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: -«Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.» Jesús le contestó: -«Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»
Comentario: 1.- 2M 6,18-31. a) El ejemplo del anciano Eleazar, que se mantiene firme en su fe a pesar de las promesas y de las amenazas de los enemigos de Israel, es en verdad admirable y aleccionador para sus contemporáneos y para nosotros. No sólo no quiere claudicar, comiendo carne prohibida, sino que rechaza también la propuesta que se le hacía de comer carne permitida, simulando que comía la del sacrificio de los dioses: "no es digno de mi edad ese engaño: van a creer los jóvenes que Eleazar a los noventa años ha apostatado". El buen anciano quiere dar a todos un ejemplo de fidelidad a la Alianza: "si muero ahora como un valiente, me mostraré digno de mis años y legaré a los jóvenes un noble ejemplo". "De esta manera terminó su vida, dejando no sólo a los jóvenes, sino a toda la nación, un ejemplo memorable de heroísmo y de virtud".
b) Eleazar es uno de los primeros en la larga dan testimonio de su fe en Dios incluso con su vida. Su actitud nos recuerda la entereza de Jesús ante su muerte: "mi alma está triste hasta el punto de morir... Abbá, Padre, aparta de mí este cáliz, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú" (Mc 14,34-36). Y la de tantos cristianos que, imitando estos ejemplos, han sido y siguen siendo fieles a su conciencia, en medio de tentaciones, halagos y amenazas. Mártires de todos los tiempos, ejemplo y estímulo para nosotros, que a veces tan fácilmente nos asustamos del esfuerzo y aceptamos cambiar de camino. Comer o no una carne prohibida no tenía en sí demasiada importancia. Pero era un símbolo: si claudicaban ante esa norma, no fundamental pero sí visible y concreta, era señal de que también claudicaban en otras más graves, que llevaban a la idolatría y a un estilo pagano de vida. Lo mismo pasa con nuestras normas cristianas de ahora: cada una de ellas puede no tener importancia capital, pero sí ser símbolo de coherente fidelidad o de dejadez en las actitudes importantes. Eleazar también alienta a los ancianos, que tal vez no pueden ya realizar trabajos muy creativos, pero siguen teniendo una misión interesante: dar ejemplo a los más jóvenes, transmitir fidelidad, enriquecer con su sabiduría a los demás. ¡Lo que pueden hacer los abuelos en una familia, o los religiosos ancianos en su comunidad, aunque estén en silla de ruedas, dando a todos un testimonio creíble de fe, de amabilidad, de esperanza, de visión cristiana de las cosas!
El autor del segundo libro de los Macabeos se propone fortalecer la fe de sus hermanos presentándoles el ejemplo de quienes han resistido heroicamente la persecución. Y lo hace sirviéndose del estilo de la historia patética o retórica, es decir exagerando las cifras, inventando el diálogo e introduciendo milagros. En este género literario, el autor se interesa por la reacción emotiva del lector tanto o más que por la historicidad objetiva de los detalles del acontecimiento. El nombre de este libro puede inducir a pensar que se trata de una continuación del primero, de una segunda parte del mismo libro. En realidad es una obra independiente, una especie de meditación teológico-parenética sobre algunos acontecimientos narrados también en el primero. Tal como ha llegado a nosotros, es un compendio de la obra en cinco volúmenes de Jasón de Cirene (2,23).
El autor del resumen eligió entre los mártires judíos un caso típico de fidelidad a las leyes sobre alimentos impuros, concretamente el cerdo (Lv 11,7). Eleazar, venerable por su sabiduría y su ancianidad, lo será más aún por la valentía y la integridad de costumbres. Primero se afirma que el alimento prohibido es de carne de cerdo; después se dice que se trata de carnes sacrificadas a los dioses. Es posible que nos encontremos ante dos intentos distintos de vencer la constancia del anciano escriba; también es posible que la víctima fuera un cerdo, ya que los griegos lo ofrecían a Deméter y a Dióniso. Es curioso que, siendo el cerdo un animal impuro también para los sirios, los fenicios y los árabes, sólo los judíos fueron obligados a comerlo; al menos no tenemos noticia de ningún decreto real destinado a los otros pueblos. Tal diferencia puede obedecer a que la prohibición del cerdo era considerada como una característica de las costumbres judías y de su fanatismo religioso. Hay que resaltar la afirmación de la fe en la retribución después de la muerte. Se ha pasado de la responsabilidad colectiva a la personal. Al interés por la suerte de la nación se ha unido el interés por el individuo. La línea de pensamiento iniciada por Ezequiel ha llegado a término. Eleazar continúa siendo un ejemplo, pues todos los tiempos tienen ídolos a que no podemos sacrificar y cerdos a que debemos renunciar (J. Aragonés Llebaria).
Es un tema clásico, que se ofreció también a Sócrates: disimular y salvar la vida, o sacrificarse por el ejemplo a los demás. Un auténtico maestro de la Ley, si es sincero y congruente con lo que enseña, no puede actuar en contra de aquello que trata de infundir en quienes está formando; mucho menos puede simular hacer algo ni bueno ni malo, pues al ser descubierto será ocasión de descrédito y de burla de los demás. Eleazar, conducido al sacrificio por su fidelidad a Dios, se convierte en ejemplo para quienes aceptan seguir al Señor con todas las consecuencias que le vengan por ello. Jesucristo, nuestro Maestro, nos ha enseñado lo que es el compromiso de fidelidad a la Voluntad del Padre Dios; fidelidad que brota del amor, el cual lleva a su plenitud nuestra respuesta a Dios y nuestro compromiso con el prójimo. Quienes creemos en Él no podemos torcer sus caminos, ni podemos enseñar cosas que nos beneficien a costa de mal utilizar nuestra fe y el anuncio del Evangelio. Jamás podemos hacer acomodos o relecturas de la Palabra de Dios que nos dejen bien parados con los hombres, pero traicionando la raíz del Evangelio que nos ha sido confiado. Si en verdad queremos ser testigos de Cristo debemos aceptar todo, incluso la muerte, que tengamos que arrostrar por ir tras las huellas del Señor hasta donde Él vive y Reina sentado a la derecha del Padre Dios.
“El recuerdo de Eleazar enseña que la fidelidad a la ley de Dios es el valor supremo para el hombre justo, y que el ejemplo dado por personas de relevancia social tiene consecuencias de enorme importancia. San Gregorio Nacianceno llama a Eleazar ‘primicia de aqeullos que sufrieron antes de Cristo; así como Esteban lo es de aquellos que sufrieron después de Cristo’. En la tradición ascética ha quedado como un modelo de fortaleza” (Biblia de Navarra). “El camino del cristiano, el de cualquier hombre, no es fácil. Ciertamente, en determinadas épocas, parece que todo se cumple según nuestras previsiones; pero esto habitualmente dura poco. Vivir es enfrentarse con dificultades, sentir en el corazón alegrías y sinsabores; y en esta fragua el hombre puede adquirir fortaleza, paciencia, magnanimidad, serenidad.
Es fuerte el que persevera en el cumplimiento de lo que entiende que debe hacer, según su conciencia; el que no mide el valor de una tarea exclusivamente por los beneficios que recibe, sino por el servicio que presta a los demás. El fuerte, a veces, sufre, pero resiste; llora quizá, pero se bebe sus lágrimas. Cuando la contradicción arrecia, no se dobla. Recordad el ejemplo que nos narra el libro de los Macabeos: aquel anciano, Eleazar, que prefiere morir antes que quebrantar la ley de Dios. Animosamente entregaré la vida y me mostraré digno de mi vejez, dejando a los jóvenes un ejemplo noble, para morir valiente y generosamente por nuestras venerables y santas leyes.
El que sabe ser fuerte no se mueve por la prisa de cobrar el fruto de su virtud; es paciente. La fortaleza nos conduce a saborear esa virtud humana y divina de la paciencia. Mediante la paciencia vuestra, poseeréis vuestras almas (Lc XXI, 19). La posesión del alma es puesta en la paciencia que, en efecto, es raíz y custodia de todas las virtudes. Nosotros poseemos el alma con la paciencia porque, aprendiendo a dominarnos a nosotros mismos, comenzamos a poseer aquello que somos (S. Gregorio Magno). Y es esta paciencia la que nos impulsa a ser comprensivos con los demás, persuadidos de que las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo” (S. Josemaría Escrivá).
2. Sal. 3. No caminamos hacia la muerte, sino hacia la vida, y Vida Eterna. Ese es nuestro destino, la vocación que de Dios hemos recibido. Dios, para quienes creemos en Él y le somos fieles y sinceros, se convierte en nuestro escudo, nuestra gloria y nuestra victoria. Él siempre está con nosotros; y con Él a nuestro lado ¿a quién tendremos miedo? Aun cuando al terminar nuestra peregrinación por este mundo tengamos que acostarnos, dormiremos en paz hasta que el Señor nos despierte para estar eternamente con Él. Por eso, no sólo oremos, sino que también trabajemos con amor fiel, construyendo su Reino entre nosotros. Y no sólo construyamos su Reino; también oremos para que el Señor sea quien guíe nuestros pensamientos, palabras y obras. Entonces podremos decir que en verdad somos esos siervos buenos y fieles, que no trabajan conforme a sus propios planes e imaginaciones, sino conforme a la voluntad que Dios tiene sobre la humanidad.
Nos muestra aquí el salmo la paz y seguridad de los redimidos en la persona de David, quien, al escribir este salmo, huía de su palacio y de la ciudad santa a causa de la rebelión de su hijo Absalom. Aquí David: I. Se queja a Dios de sus enemigos (vv. 1,2). II. No obstante,confía en Dios como en su protector poderoso (v. 3). III. Recuerda la satisfacción que obtenía en las favorables respuestas que Dios daba a sus oraciones, así como su experiencia de la bondad de Dios hacia él (vv. 4, 5). IV. Triunfa sobre sus temores (v. 6) y sobre sus enemigos (v. 7). V. Da a Dios la gloria y toma para sí el consuelo de las bendiciones divinas y de la salvación que está asegurada a todos los hijos de Dios (v. 8).
Versículos 1-3. El título de este salmo, y el de muchos otros, es como una llave colgada a la misma puerta para abrirlo. Cuando conocemos la ocasión en que se compuso el salmo, tenemos la clave para mejor interpretarlo: 1. David estaba en gran apuro; cuando, en su huida, subió al monte de los Olivos, lloró amargamente, iba con la cabeza cubierta y a pie descalzo; sin embargo, fue entonces cuando compuso este salmo de confianza: lloró y oró, lloró y cantó, lloró y creyó. ¿Está alguno afligido a causa de la desobediencia y rebeldía de sus hijos? David lo estaba, pero eso no le estorbó su gozo en Dios, ni le hizo cantar fuera de tono sus cánticos sagrados. 2. Estaba en gran peligro; el complot era fuerte, formidable el partido de sus enemigos, y a la cabeza de ellos su propio hijo, de forma que su situación parecía extrema; pero fue entonces cuando se asió del poder de Dios. Los sustos y los peligros nos habrían de conducir a Dios, en lugar de alejamos de El. 3. Era provocado por aquellos de quienes tenía motivos para esperar mejores cosas: por su hijo, con quien había sido indulgente, y por sus súbditos, a quienes había colmado de beneficios. 4. Padecía por su pecado en el asunto de Urías, pues éste era el mal por el que Dios le había amenazado con la rebelión de su misma casa (2 S. 12,11); pero no por eso perdió su confianza en el poder y en la bondad de Dios, ni desesperó de obtener su socorro. Incluso nuestro pesar por el pecado no ha de estorbar ni nuestro gozo ni nuestra esperanza en Dios. 5. Parecía una cobardía huir delante de Absalom y abandonar la ciudad santa antes de haber librado una sola batalla; sin embargo, por lo que vemos en este salmo, estaba lleno de santa valentía, surgida de su fe en Dios. En estos tres versículos apela a Dios. ¿A quién sino a Él deberíamos acudir cuando algo nos apena o nos asusta? David acude a Dios:
l. Con una presentación del aprieto en que se halla (vv. 1,2). Mira en torno de sí, como echando un vistazo al campamento de sus enemigos. David se había adueñado del corazón de sus súbditos mejor que cualquier otro rey pudo haberlo obtenido; sin embargo, ahora lo había perdido súbitamente. Se habían levantado contra él y le perseguían a muerte. No sólo esto; decían: «No hay para él salvación en Dios.» Sacaban maliciosas conclusiones del aprieto en que se veía, como lo habían hecho de la aflicción de Job sus tres amigos. Pensaban que, puesto que le habían abandonado sus servidores y súbditos, también Dios le había desamparado a él y había abandonado su causa y, por lo tanto, había que considerarle como un malvado y un hipócrita. Se esforzaban por sacudir la confianza que tenía él en Dios y llevarle a desesperar de recibir socorro celestial. David acude a Dios y le declara lo que sus enemigos dicen de él. Al final de los vv. 2,4 y 8 aparece el vocablo hebreo selah, que significa pausa. Esta señal - nota del traductor- servía, no sólo para hacer una pausa, sino especialmente como indicación litúrgica y musical.
II. Con una profesión de su dependencia de Dios (v. 3). cuando sus enemigos dicen: «No hay para él salvación en Dios» (v. 2), él clama con tanto mayor seguridad (v. 3): «Mas tú, Yahweh, eres escudo alrededor de mí para defenderme, ya que mis enemigos me rodean por todas partes; tú eres mi gloria y el que levanta mi cabeza.» Sí, en el peor de los casos, los hijos de Dios pueden levantar con gozo la cabeza, sabiendo que todo cooperará para su bien, reconocerán que es Dios quien les levanta la cabeza, dándoles motivo para regocijarse y corazón para regocijarse.
Versículos 4-8. David se ha asido de su Dios ante la oposición sañuda de los que se sublevaban contra él, y había ganado valor y confianza para mirar hacia arriba cuando, mirando en tomo suyo, todo servía para causarle desánimo. Ahora mira hacia atrás con agradables reflexiones, y hacia delante con agradable expectación de un feliz resultado al que había de dar paso en breve la oscura situación en la que al presente se hallaba.
1. David había sido ejercitado en muchas dificultades, se había visto con frecuencia oprimido y en grave aprieto; pero siempre había hallado en Dios al Todo-suficiente.
(A) Sus apuros le habían puesto siempre de rodillas y, en medio de todos sus peligros y dificultades, había podido prestar a Dios su reconocimiento y levantar a él el corazón y la voz (v. 4): «Con mi voz clamé a Yahweh.»
(B) Siempre había hallado a Dios dispuesto a responder a su oración: «Y Él me respondió desde su monte santo», el monte santificado por la presencia del arca, de sobre la cual solía responder a quienes le buscaban. Cristo ha de ser entronizado Rey sobre Sión, el monte santo de Dios (2:6) y mediante tal Intercesor, al que el Padre escucha siempre, son escuchadas nuestras oraciones.
(C) David se había encontrado siempre a salvo bajo la protección divina (v. 5): «Yo me acosté y dormí, tranquilo y seguro, y desperté con nuevas fuerzas, porque Yahweh me sostenía.» (a) Esto es aplicable a las bendiciones ordinarias de cada noche, de lo que habríamos de dar gracias, tanto en privado como en familia, cada mañana. (b) Pero aquí parece referirse a la maravillosa calma y seguridad del ánimo de David en medio de sus peligros. Habiendo encomendado, en oración, su persona y su causa a Dios, y estando seguro de su protección, su corazón estaba tranquilo y en paz.
(D) Dios había quebrantado con frecuencia el poder y la maldad de los enemigos de David, dejándolos confusos («heridos en la mejilla») y sin poder («con los dientes quebrantados»), v. 7.
2. Véase con qué confianza se encara con los peligros que tiene delante:
(A) Sus temores estaban silenciados (v. 6): «No temeré a diez millares de gente, ya sea de invasión extranjera o de sublevación intestina, que pongan sitio contra mí, acampando en derredor de mí.» Cuando David huía de Absalom, le pidió a Sadoc que volviese el arca de Dios a la ciudad y, dudando del resultado de la contienda, concluyó en actitud de humilde penitente: «Aquí estoy; haga de mí lo que bien le parezca» (2 S.15,26). Pero ahora, en actitud de firme creyente, habla confiadamente y sin temor acerca del resultado.
(B) Sus oraciones rebosaban ánimo y aliento (v. 7). Creía en Dios como en su Salvador, aun cuando oraba con urgencia: «Levántate, Yahweh; sálvame, Dios mío.»
(C) Su fe salió triunfante. Comenzó el salmo quejándose de la fuerza y malicia de sus enemigos, pero lo concluye gozándose en el poder y la gracia de su Dios, pues ve que los que están con él son más que los que están contra él (v. 2 R. 6,16; 2 Cr. 32,7; Sal. 55,18; Ro. 8,31; 1 Jn. 4,4). Basa aquí su confianza en dos grandes verdades: (a) «La salvación es de Yahweh» (v. 37,39; Jon. 2,9; Ap. 7,10; 19,1). Él tiene poder para salvar, por muy grande que sea el peligro en que nos hallemos. (b) «Tu bendición sobre tu pueblo» (lit.). No sólo tiene Dios poder para salvarles, sino también para asegurarles su gracia y sus bendiciones; de ello podemos estar seguros, aunque no sean visibles los efectos de tales bendiciones (nota del traductor. Aunque no hay verbo en el hebreo, no hay duda de que la frase tiene sentido de súplica: "Sobre tu pueblo SEA tu bendición.» También es de notar que la numeración de los versículos de este salmo es diferente en la Biblia Hebrea -y en otras versiones- de la que aparece en nuestra Reina-Valera. Ello se debe a que en ésta el título del salmo no entra en la numeración, mientras que en aquéllas forma el v. 1, con lo que el salmo tiene nueve versículos en lugar de ocho).
En los vv. 5-7: “el Señor escucha siempre la plegaria que se le dirige en el Templo de Jerusalén (cf 1 R 8,30). El sueño del que, gracias al Señor, se despierta el salmista simboliza el sueño de la muerte del que despertó Jesucristo por el poder de Dios que le resucitó de entre los muertos (cf Rm 1,4)” (Biblia de Navarra) y Jesús nos recordará que lo que pidamos en su nombre nos lo concederá Dios (Jesús es el Templo del que habla la Escritura en imagen profética del de Jerusalén, y se consuma en la Jerusalén celestial, y tenemos la Iglesia que es el Templo del Espíritu en la historia). Así habla S. Ambrosio de la Dulzura del libro de los salmos: “Aunque es verdad que toda la sagrada Escritura está impregnada de la gracia divina, el libro de los salmos posee, con todo, una especial dulzura; el mismo Moisés, que narra en un estilo llano las hazañas de los antepasados, después de haber hecho que el pueblo atravesara el mar Rojo de un modo admirable y glorioso, al contemplar cómo el Faraón y su ejército habían quedado sumergidos en él, superando sus propias cualidades (como había superado con aquel hecho sus propias fuerzas), cantó al Señor un cántico triunfal. También María, su hermana, tomando en su mano el pandero, invitaba a las otras mujeres, diciendo: Cantaré al Señor, sublime es su victoria, caballos y carros ha arrojado en el mar.
La historia instruye, la ley enseña, la profecía anuncia, la reprensión corrige, la enseñanza moral aconseja; pero el libro de los salmos es como un compendio de todo ello y una medicina espiritual para todos. El que lo lee halla en él un remedio específico para curar las heridas de sus propias pasiones. El que sepa leer en él encontrará allí como en un gimnasio público de las almas y como en un estadio de las virtudes, toda la variedad posible de competiciones, de manera que podrá elegir la que crea más adecuada para sí, con miras a alcanzar el premio final.
Aquel que desee recordar e imitar las hazañas de los antepasados hallará compendiada en un solo salmo toda la historia de los padres antiguos, y así, leyéndolo, podrá irla recorriendo de forma resumida. Aquel que investiga el contenido de la ley, que se reduce toda ella al mandamiento del amor (porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley), hallará en los salmos con cuánto amor uno solo se expuso a graves peligros para librar a todo el pueblo de su oprobio; con lo cual se dará cuenta de que la gloria de la caridad es superior al triunfo de la fuerza.
Y ¿qué decir de su contenido profético? Aquello que otros habían anunciado de manera enigmática se promete clara y abiertamente a un personaje determinado, a saber, que de su descendencia nacerá el Señor Jesús, como dice el Señor a aquél: A uno de tu linaje pondré sobre tu trono. De este modo, en los salmos hallamos profetizado no sólo el namiento de Jesús, sino también su pasión salvadora,su reposo en el sepulcro, su resurrección, su ascensión y su glorificación a la derecha del Padre. El salmista anuncia lo que nadie se hubiera atrevido a decir aquello mismo que luego, en el Evangelio, proclamó el Señor en persona”.
3. Lc 19,1-10 (ver domingo 31C). Lucas es el único evangelista que nos cuenta la famosa escena de la conversión de Zaqueo. Es, en verdad, el evangelista de la misericordia y del perdón. Como publicano -recaudador de impuestos, y además para la potencia ocupante, los romanos-, Zaqueo era despreciado y sus negocios debieron ser un tanto dudosos ("si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más"). Pero Jesús, con elegancia, se hace invitar a su casa y consigue lo que quería, lo que había venido a hacer a este mundo: "hoy ha sido la salvación de esta casa, porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido". Los demás excomulgan a Zaqueo. Jesús va a comer con él. La de cosas que sucedieron en aquella sobremesa. Si ayer Jesús devolvió la vista a un ciego, hoy devuelve la paz a una persona de vida complicada.
¿Cómo actuamos nosotros en casos semejantes? ¿como Jesús, que no tiene inconveniente en ir a comer a casa de Zaqueo, o como los fariseos, que murmuraban porque "ha entrado en casa de un pecador"? Deberíamos ser capaces de conceder un margen de confianza a todos, como hacía Jesús. Deberíamos hacer fácil la rehabilitación de las personas que han tenido momentos malos en su vida, sabiendo descubrir que, por debajo de una posible mala fama, tienen muchas veces valores interesantes. Pueden ser "pequeños de estatura", como Zaqueo, pero en su interior -¡quién lo diría!- hay el deseo de "ver a Jesús", y pueden llegar a ser auténticos "hijos de Abrahán". ¿Nos alegramos del acercamiento de los alejados?, ¿tenemos corazón de buen pastor, que celebra la vuelta de la oveja o del hijo pródigo?, ¿o nos encastillamos en la justicia, como el hermano mayor o como los fariseos, intransigentes ante las faltas de los demás? Si Jesús, nuestro Maestro, vino "a buscar y a salvar lo que estaba perdido", ¿quiénes somos nosotros para desesperar de nadie? "Hoy voy a comer en tu casa". "Hoy ha sido la salvación de esta casa". Cada vez que celebramos la Eucaristía, que es algo más que recibir la visita del Señor, debería notarse que ha entrado la alegría en nuestra vida y que cambia nuestra actitud con los demás (J. Aldazábal).
Jericó era el primer bastión de la tierra prometida. Era el símbolo de las luchas de Israel. Allí, se encuentra Jesús a Zaqueo. Este hombre estaba encogido por los prejuicios de la gente que lo marginaba y lo minusvaloraba. Dirigía el grupo de cobradores de impuestos de la comarca. Oficio que era sumamente despreciado en medio del pueblo, debido a los malos manejos y la corrupción de los cobradores de impuestos. Oficio que era criticado por los fariseos porque los publicanos estaban en permanente contacto con los extranjeros (impuros) y con monedas profanas.
La multitud que lo desprecia le impide a Zaqueo ver a Jesús. No tiene otra opción que treparse en una higuera, pero de todos modos queda alejado del Maestro. Ya sea por el menosprecio de la gente o por el lugar que ha escalado (riqueza), Zaqueo no puede romper el cerco que lo sujeta. Jesús se percata de la situación y lo llama para que lo hospede.
La decisión de quedarse en la casa del Jefe de los publicanos provocó las más agrias reacciones. Todos los que se creen Israelitas santos y puros no dieron crédito a su ojos: ¡un profeta y maestro duerme en la casa del mayor de los pecadores! Zaqueo toma nuevamente la iniciativa y ante las críticas de los demás no trata de justificarse, sino que se compromete a enmendar su praxis. Reconoce que se ha enriquecido con la pobreza ajena, por eso decide devolver lo que ha conseguido legal pero injustamente. Sus bienes irán a parar a las manos de los pobres, de donde originalmente salieron. El desapego que Jesús ha motivado en Zaqueo respecto a las riquezas no es un asunto puramente psicológico: Zaqueo ha decidido liberarse de sus riquezas entregándolas a quien no se las puede devolver. El publicano ha realizado por iniciativa propia aquello que no pudo realizar el joven piadoso: entregar todos sus bienes y seguir a Jesús con alegría (servicio bíblico latinoamericano).
Continuamos escuchando al Espíritu que habla a las Iglesias, a la Iglesia. Un Espíritu exigente. Un Espíritu que invita a andar en verdad. A vivir en vela. A vivir preparados. A vivir del lado de la victoria. Pero un Espíritu exigente que respeta y no impone su presencia: "Estoy a la puerta llamando: si alguien oye y me abre, entraré..." ¡Qué difícil es quedarse a la puerta llamando! ¿Verdad? ¡Cómo nos gusta entrar sin llamar, irrumpir con fuerza para que los otros descubran la verdad! ¿O "mi" verdad? ¡Qué difícil es oír al Espíritu que llama suavemente! ¡Ojalá gritara con más vehemencia...!
Sin embargo, el Espíritu es de otra naturaleza. Sabio, prudente, paciente, se queda a la puerta, llamando. Si alguien percibe su susurro, abrirá la puerta y el Espíritu entrará y comerán juntos.
Jesús llamó a la puerta de Zaqueo y él oyó-subió-abrió, con el esfuerzo que supone querer oír, alzarse y abrir. Jesús entró y comieron juntos. Y la salvación iluminó la casa de un pecador que deseaba oír-ver, quería levantarse y anhelaba abrir la puerta. La salvación entró en casa de alguien que, sabiéndose necesitado de ella, aguzó el oído.
La necesidad siempre espabila el sentido de aquello que más se necesita. Por eso creo que es bueno que nos reconozcamos necesitados, de cuando en cuando. Que repasemos nuestra lista de carencias. Que nos demos cuenta de ellas. Que las coloquemos por orden de importancia. Que descubramos si nos sentimos pecadores con oído fino, para abrir la puerta al Espíritu, dejar que Jesús coma con nosotros y recibir la salvación en nuestra casa.
Amigos, amigas, que no seamos consumidores inconscientes de salvación, como si fuera un bien perecedero de fácil almacenaje. Él sigue a la puerta llamando... ¿O ya está dentro? (Luis Ángel de las Heras).
El encuentro de Jesús y Zaqueo ponen de manifiesto dos comportamientos diversos, pero complementarios. En las acciones de Jesús se pone de manifiesto el carácter universal de la misericordia divina, en las acciones de Zaqueo se revela el camino de una sincera voluntad de conversión y sus consecuencias.
Las búsquedas de Zaqueo lo conducen a Jesús, superando todos los obstáculos que se le presentan en su camino. Soluciona su falta de estatura encaramándose a un sicomoro, y posteriormente lleno de alegría responde con prontitud al pedido de hospitalidad que le hace Jesús y, sobre todo, demuestra la sinceridad de aquellas búsquedas dando muestras de una generosidad que supera las formas corrientes.
Esta generosidad que le lleva a compartir sus bienes muestra hasta que punto está él decidido a participar en el misterio de comunión. Zaqueo ha comprendido que la integración a ese misterio debe transparentarse en todos los ordenes de la existencia, incluso en el económico. Su fe toma la forma concreta de acciones solidararias en este último campo.
Las acciones de Jesús se dirigen a poner de manifiesto el carácter ilimitado de la misericordia. Superando los prejuicios de impureza, comparte la vida con un jefe de los recaudadores de impuestos. La crítica dirigida a su actitud se convierte en ocasión para subrayar el significado del "Hoy" salvífico de Dios.
Los que se creía que estaban en una situación al margen de la realidad salvífica encuentran en Jesús la posibilidad de la participación en la gracia divina y de ese modo pueden integrarse plenamente en las promesas hechas a Abraham, el padre de todos los creyentes (Josep Rius-Camps).
El caso de Zaqueo ofrece la belleza de una conversión radical, consecuente, llevada hasta sus consecuencias materiales y sociales. Con frecuencia se dice que el evangelio es "para todos", y se dice eso a veces para desvirtuar la opción por los pobres. El evangelio, efectivamente, es para todos, pero desde los pobres, y por ello, "no de igual forma para todos". La actitud de Jesús hacia Zaqueo muestra, efectivamente, que Jesús busca a todos y que a todos les predica una Noticia, pero que esa noticia resulta para unos es buena y para otros "mala" (en un primer sentido). La Noticia es la misma, y es para todos. La significación de la Noticia es distinta para unos y otros, dependiendo del "lugar social" en que esté el receptor.
La conversión de Zaqueo en el evangelio ejemplifica el camino de la conversión del rico: comienza con el deseo de conocer a Jesús de cerca; continúa cuando el rico se junta al pueblo que busca a Jesús y luego lo acoge en su casa. Y se completa cuando Zaqueo comparte sus bienes devolviendo con creces lo que robó: "doy la mitad de mis bienes a los pobres" y "restituiré cuatro veces más lo que he robado". Resultó una cena muy cara, pero realmente liberadora (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica).
En una humanidad deteriorada por el pecado, el hombre empequeñecido por su propia miseria, busca incluso superarse a sí mismo y llegar hasta donde Dios habita. Tal vez nos pase lo mismo que a aquellos hombres que trataron de construir una torre tan alta que tocara al mismo cielo para ver a Dios. Zaqueo, hombre de baja estatura, se sube a un árbol para ver a Jesús cuando pasara por ahí. Pero Dios sabe que le buscamos; y cuando está junto a nosotros nos mira siempre con gran amor, pues Él es nuestro Padre y no enemigo a la puerta. Y a Zaqueo se le concederá no sólo ver y conocer a Jesús, sino la salvación que nos viene del Enviado del Padre Misericordioso. Y la salvación es iniciativa de Dios hacia nosotros: Baja en seguida, pues hoy tengo que hospedarme en tu casa. Sólo cuando Dios hace su morada en nosotros llegará su Luz, y a la luz de su encuentro con nosotros podremos reconocer que nuestros criterios de acción están muy lejos de Él. Entonces, si en verdad queremos que Él habite en nosotros y se quede para siempre, iniciaremos un proceso de amor servicial hacia nuestro prójimo, amándole como Cristo nos ha amado a nosotros (www.homiliacatolica.com).
Jesús, una muchedumbre te rodea al entrar en la ciudad de Jericó. No es para menos, pues acabas de curar a un ciego que muchos debían conocer, y ahora te sigue, alabando a Dios [Cfr. Lc 18, 43]. ¿Qué otros prodigios ibas a realizar? No se habían visto cosas tan espectaculares desde los tiempos de los grandes profetas, pensarían muchos de los que se agolpaban a tu alrededor. Tú, sin embargo, a ninguno de éstos diriges tu atención.
Mientras, ha llegado la noticia del milagro a Zaqueo, jefe de publicanos y rico. Zaqueo no se lanza a la calle a ver al profeta. Se queda unos momentos pensando y confuso: ¿quién soy yo para ver a Jesús? Mi corazón está manchado de injusticia y avaricia. Si sólo pudiera hablarle un instante y pedirle perdón... Y sale a la calle. Jesús, está a punto de pasar, pero es tal la muchedumbre que es imposible ver nada.
Y, adelantándose corriendo, subió a un sicómoro para verle. Zaqueo no se queda parado ante las dificultades, ni le importa hacer algo poco propio de una persona de su posición social: correr y subirse a un árbol para ver al Maestro. Jesús, Tú que conoces el interior de las almas no te haces esperar; y una vez más, pagas con creces insospechadas la generosidad del corazón humano: él buscaba verte, y Tú vas a hospedarte en su casa. Zaqueo bajó rápido y lo recibió con gozo.
No puede ser de otra manera. Si acudimos continuamente a ponernos en la presencia del Señor, se acrecentará nuestra confianza, al comprobar que su Amor y su llamada permanecen actuales: Dios no se cansa de amarnos. La esperanza nos demuestra que, sin Él, no logramos realizar ni el más pequeño deber; y con El, con su gracia, cicatrizarán nuestras heridas; nos revestiremos con su fortaleza para resistir los ataques del enemigo, y mejoraremos. En resumen: la conciencia de que estamos hechos de barro de botijo nos ha de servir, sobre todo, para afirmar nuestra esperanza en Cristo Jesús (Josemaría Escrivá, Amigos de Dios).
Jesús, tu presencia remueve a Zaqueo y le lleva a la conversión. Hoy ha llegado la salvación a esta casa. Todo empezó por aquel deseo de conocerte que le llevó a poner los medios que hiciera falta para verte pasar. Señor, yo también necesito que vengas a mi casa: a mi vida, a mi alma. Tengo tantas heridas que necesitan cicatrizar, tantas flaquezas que necesitan de tu fortaleza divina, tantos egoísmos que me impiden ser feliz. A veces pienso que no puedo...
¡No desesperéis nunca! Os lo diré en todos mis discursos, en todas mis conversaciones; y si me hacéis caso, sanaréis. Nuestra salvación tiene dos enemigos mortales: la presunción cuando las cosas van bien y la desesperación después de la caída; este segundo es con mucho el más terrible [San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la penitencia].
Jesús, que la conciencia de mi poquedad y mi fragilidad no me lleve a la desconfianza ni a la desesperación. La conciencia de que estamos hechos de barro de botijo nos ha de servir, sobre todo, para afirmar nuestra esperanza en Cristo Jesús. Y si alguna vez me rompo en mil pedazos, que siempre sepa volver a Ti, especialmente a través del Sacramento de la Penitencia, dándome cuenta de que el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido (Pablo Cardona).
Aquí el Señor nos ha ilustrado en la salvación de un hijo de Abrahán, que no vivía al parecer las condiciones de la Alianza. El episodio ilustra la misericordia divina ante la conversión del pecador, que tan bien describió Jesús en sus parábolas (Lc 15), y se aprovecha de su curiosidad y provoca el encuentro… el resultado es la alegría, la salvación. El Señor “elige a un jefe de publicanos, ¿quién deseperará de sí mismo cuando éste alcanza la gracia?” (S. Ambrosio). En Zaqueo vemos la búsqueda de Dios, sin miedo… “convéncete de que el ridículo no existe para quien hace lo mejor” (S. Josemaría Escrivá, Camino 392). Al final, su correspondencia a la gracia, propósitos de devolver… “Que aprendan los ricos que no consiste el mal en tener riquezas, sino en no usar bien de ellas; porque así como las riquezas son un impedimento para los malos, son también un medio de virtud para los buenos” (S. Ambrosio).
lunes, 14 de noviembre de 2011
domingo, 13 de noviembre de 2011
Lunes de la 33ª semana de Tiempo Ordinario. La desgracia de la incredulidad se abatió sobre Israel, pero gracias a unos pocos se salvó la fe del puebl
Lunes de la 33ª semana de Tiempo Ordinario. La desgracia de la incredulidad se abatió sobre Israel, pero gracias a unos pocos se salvó la fe del pueblo… como hoy. Un ciego pide a Jesús ver, y también nosotros le hemos de invocar para tener más fe.
Primer libro de los Macabeos 1,10-15.41-43.54-57.62-64. En aquellos días, brotó un vástago perverso: Antíoco Epifanes, hijo del rey Antíoco. Habla estado en Roma como rehén, y subió al trono el año ciento treinta y siete de la era seléucida. Por entonces hubo unos israelitas apóstatas que convencieron a muchos: -« ¡Vamos a hacer un pacto con las naciones vecinas, pues, desde que nos hemos aislado, nos han venido muchas desgracias! » Gustó la propuesta, y algunos del pueblo se decidieron a ir al rey. El rey los autorizó a adoptar las costumbres paganas, y entonces, acomodándose a los usos paganos, construyeron un gimnasio en Jerusalén; disimularon la circuncisión, apostataron de la alianza santa, emparentaron con los paganos y se vendieron para hacer el mal. El rey Antíoco decretó la unidad nacional para todos los súbditos de su imperio, obligando a cada uno a abandonar su legislación particular. Todas las naciones acataron la orden del rey, e incluso muchos israelitas adoptaron la religión oficial: ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el Sábado. El día quince del mes de Casleu del año ciento cuarenta y cinco, el rey mandó poner sobre el altar un ara sacrílega, y fueron poniendo aras por todas las poblaciones judías del contorno; quemaban incienso ante las puertas de las casas y en las plazas; los libros de la Ley que encontraban, los rasgaban y echaban al fuego, al que le encontraban en casa un libro de la alianza y al que vivía de acuerdo con la Ley, lo ajusticiaban, según el decreto real. Pero hubo muchos israelitas que resistieron, haciendo el firme propósito de no comer alimentos impuros; prefirieron la muerte antes que contaminarse con aquellos alimentos y profanar la alianza santa. Y murieron. Una cólera terrible se abatió sobre Israel.
Salmo 118,53.61.134.150.155.158. R. Dame vida, Señor, para que observe tus decretos.
Sentí indignación ante los malvados, que abandonan tu voluntad.
Los lazos de los malvados me envuelven, pero no olvido tu voluntad.
Líbrame de la opresión de los hombres, y guardaré tus decretos.
Ya se acercan mis inicuos perseguidores, están lejos de tu voluntad.
La justicia está lejos de los malvados que no buscan tus leyes.
Viendo a los renegados, sentía asco, porque no guardan tus mandatos.
Evangelio según san Lucas 18, 35-43. En aquel tiempo, cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un cie-go sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le explica-ron: -«Pasa Jesús Nazareno.» Entonces gritó: -«¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!» Los que iban delante le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: -«¡Hijo de David, ten compasión de mi!» Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: -«¿Qué quieres que haga por ti?» Él dijo: -«Señor, que vea otra vez.» Jesús le contestó: -«Recobra la vista, tu fe te ha curado.» En seguida recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios.
Comentario: 1.- 1M 1,11-16.43-45.57-60.65-67. Durante esta semana, la penúltima del Año Litúrgico, leemos una selección de los dos libros de los Macabeos. En el siglo II antes de Cristo, en concreto a partir del año 175, hubo en Israel un gran conflicto político, cultural y religioso. Con los reyes sirios seléucidas, que dominaron el territorio en aquella época, y sobre todo con Antíoco IV Epífanes, se desató una fuerte persecución religiosa. No sólo prohibió el culto judío, sino que profanó el Templo y el altar, y obligó a aceptar las costumbres helénicas. A bastantes judíos les agradó el cambio, por el prurito de imitar a las naciones vecinas y de adoptar un estilo de vida que les parecía más moderno, y apostataron de su fe. Mientras que otros, capitaneados por los hermanos Macabeos, se mantuvieron fieles a la Alianza y, después de una hostilidad de guerrillas y hasta de guerra en toda forma, lograron humillar a Antíoco, devolver la libertad al pueblo y restaurar el culto verdadero en el Templo de Jerusalén. Los dos libros de los Macabeos no son dos relatos sucesivos, sino paralelos, y por eso los leemos un poco mezclados. La lectura de hoy nos narra la diversa reacción de los israelitas ante la orden de adoptar la religión oficial pagana. Fue un tiempo difícil: "una cólera terrible se abatió sobre Israel".
La tentación secularizante sigue existiendo: también los cristianos de ahora podemos dejarnos encandilar por la idea de "hacer un pacto con las naciones vecinas", lo cual políticamente es recomendable. Pero si se refiere como aquí, a adoptar las costumbres paganas, en contra del estilo que Yahvé exigía a su pueblo y del que Cristo nos ha enseñado a nosotros, nos lleva a la pérdida de nuestra identidad y de nuestros mejores valores. El pecado de los judíos apóstatas no fue la aceptación o no de la cultura helénica, sino que "se acomodaron a las costumbres de los gentiles, apostataron de la alianza santa, se juntaron a los paganos y se vendieron para hacer el mal" y "ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado". Podemos ser modernos, y asumir todos los progresos de la ciencia y de la cultura. Pero lo que no tenemos que perder es nuestra fe y nuestro estilo cristiano de vida. Ahí está nuestro testimonio: ser fuertes, luchar contra corriente. Los judíos fieles lo fueron con todas las consecuencias: "prefirieron la muerte antes que contaminarse con aquellos alimentos y profanar la alianza santa, y murieron". En sus labios pone el salmo la queja: "sentí indignación ante los malvados que abandonan tu voluntad; los lazos de los malvados me envuelven, pero no olvido tu voluntad... ya se acercan mis inicuos perseguidores, están lejos de tu voluntad". Los alimentos o la circuncisión o el sábado, no son lo importante: lo importante es la alianza de la que eran signos esos elementos externos. Y es la alianza -para nosotros la Nueva Alianza en Cristo- la que hay saber conservar a pesar de las instancias contrarias de este mundo (J. Aldazábal).
Los 3 pilares judíos fueron atacados: el templo, la circuncisión, el sábado. Y los libros de la ley de Moisés. Podía desaparecer el judaísmo, pero no fue así, se mantuvo la identidad, es la enseñanza de los dos libros. San Agustín es consciente de que no han sido transmitidos estos libros con la misma importancia que otros, “pero no han sido recibidos por la Iglesia inútilmente, si se leen o se escuchan con serenidad, en especial lo referente a los mismos Macabeos que, por la ley de Dios, como verdaderos mártires padecieron cosas tan indignas y horrendas”.
Este libro relata la «resistencia». Después de doscientos años de ocupación persa, Palestina está ahora ocupada por el Imperio Macedonio -norte de Grecia-. A la muerte de Alejandro Magno que conquistó por las armas su inmenso Imperio, los judíos son sometidos al Reino griego de Egipto. En 198 pasan a depender de la autoridad de los griegos de Siria. Bajo esa dinastía Antíoco IV Epifanes (175-163) quiere imponer a todos sus súbditos la cultura griega, que le parece ser la única verdaderamente humana. Algunos judíos se dejan seducir y asimilar... Otros bajo la dirección de la Familia de los Macabeos se sublevan. Será ésta época de «mártires», de ahí que este libro se denomine también Libro de los Mártires. Señor, cuán importante es para nosotros, hombres del siglo XXI, saber que la Fe ha sido siempre vivida inmersa en la Historia, en medio de los acontecimientos, en el centro de situaciones políticas y culturales. ¿Cuál es el contexto de mi Fe, HOY? ¿Cuáles son las grandes corrientes de pensamiento que nos marcan, incluso sin que nosotros lo sepamos? Ayúdanos, Señor, a mirar cara a cara a nuestro "tiempo".
-Entre los nobles que se repartieron la sucesión de Alejandro, surgió un renuevo pecador, Antíoco Epifanes, hijo de Antíoco el Grande... El creyente reacciona según esta primera fórmula. La historia profana no es solamente profana, se juega en ella un misterio de "gracia y de pecado". En mi "empresa"... en mi "periódico"... en los "acontecimientos" de todas clases... ¿sabré leer e interpretar los "signos de Dios"?
-En aquellos días surgieron de Israel unos hijos rebeldes, que sedujeron a muchos diciendo: "concertemos alianza con los pueblos paganos que nos rodean..." Se trata del conocido fenómeno de "colaboración" con el ocupante. En profundidad es la tentación tan corriente de «asimilación y de contaminación» de la Fe con la no-Fe. «No te pido que los retires del mundo, sino que los preserves del maligno», decía Jesús. Es esencial para nuestra Fe que sea encarnada, que esté inmersa en el corazón del mundo pagano: es una "situación de contacto", providencialmente favorable a la "misión". Dios no quiso nunca que su pueblo fuese un pueblo protegido, encerrado en sus fronteras: los creyentes dentro... los paganos fuera... Dios quiso, y esto es un hecho, que los creyentes fuesen «dispersados» -la diáspora de los judíos primero-, sembrados, encarnados, testigos, fermento, en medio de los no-creyentes. ¿Siento nostalgia de una "cristiandad" bien protegida? ¿Acepto la responsabilidad y el riesgo del contacto? ¿Por qué estoy en contacto con tanta gente que no comparte mi Fe? ¿Se debe esto al plan de Dios, o al puro azar?
-Se les permitió adoptar las costumbres paganas: levantaron un gimnasio en Jerusalén, disimularon su circuncisión, sacrificaron a los ídolos, violaron el Sábado, quemaron los libros de la Ley... ¡He aquí la provocación! ¡Hay que elegir! Ya no se puede vivir entre dos aguas, mitad «a lo judío» y mitad «a lo pagano». Es la opción radical. Hay unos gestos exteriores, visibles que descubren la pertenencia o no pertenencia a tal tendencia. Claro está que esos "gestos" exteriores no son lo esencial, lo que cuenta es el corazón. Pero los ritos traducen el corazón y la Fe. ¿Qué sentido doy a los ritos?
-Pero muchos israelitas resistieron... Y prefirieron morir antes que... (Noel Quesson).
Los libros de los Macabeos no suelen presentar dificultades de interpretación. Narran la historia de un breve período de la vida de Israel (del 175 al 135 a. C.) que, por otra parte, todos los pueblos han vivido: la resistencia contra el dominio extranjero. La única diferencia está en que nuestros libros insisten mucho en el carácter religioso de la lucha y en el auxilio que Israel recibe de Dios. El título que se les ha dado proviene de Judas, tercer hijo de Matatías (1 Mac 2,4), y parece significar "designado por Dios" y no "martillo", como se ha dicho a menudo. El libro primero de los Macabeos empieza haciendo una presentación del imperio de Alejando Magno y de la muerte del rey (323 a. C.), que iba a crear la situación política en que se desarrollan nuestros hechos. Al parecer, Alejandro no dividió el reino durante su vida; pero los generales, una vez proclamados reyes diecisiete años más tarde (306 a. C.), se consideraron sucesores directos de él. El autor hace seguidamente un salto de ciento treinta y un años, y nos sitúa en septiembre del año 175, fecha en que Antíoco sucede a su hermano Seleuco; unos años más tarde toma el nombre de Epífanes (dios manifiesto), que sus súbditos cambian pronto en epimanes (loco). El poder central favorecía la cultura helenística para fomentar la unidad religiosa y social del reino. Muchos judíos contemplaban con simpatía la helenización de Palestina y la consideraban como un signo de cultura y modernización. Entre ellos destacaba Jasón, que había comprado el gran sacerdocio (2 Mac 4,7-20). Pero el helenismo encerraba graves dificultades para los judíos, entre otras la construcción de gimnasios, donde jugaban desnudos, con el correspondiente escándalo para la moral tradicional. Más aún: como los griegos despreciaban la circuncisión, los judíos la disimulaban con una operación quirúrgica, lo cual equivalía a la apostasía. Antíoco atacó a su sobrino Tolomeo VI de Egipto, que acababa de cumplir catorce años. Durante este tiempo corrió la voz de que había muerto, y Jasón, cabeza del partido pro-egipcio, se apoderó de la ciudad. Al regresar victorioso, Antíoco expolió el templo. Nosotros estamos viviendo un fenómeno parecido al que provocó el helenismo entre los judíos: en nombre de una nueva cultura, nos invaden ideas y maneras de vivir ajenas a la mentalidad cristiana. Y, como los judíos, podemos aceptarlas indiscriminadamente o rechazarlas en bloque, en lugar de hacer una selección y, sobre todo, una cristianización.
Para someter al pueblo judío, que, pese a las simpatías que el helenismo había suscitado en algunos, se oponía al intento dominador de Antioco, éste edificó una fortaleza en el interior de la ciudad para tener una especie de quinta columna. Y consiguió su propósito, al menos en parte: muchos se vieron obligados a abandonar la ciudad y el templo. Para llevar a cabo su propósito de erradicar el separatismo judío, el rey comenzó por revocar el decreto de su padre, que concedía a Judá regirse por sus leyes y costumbres. La disposición, aunque era universal, tenia consecuencias más graves para el yahvismo debido a sus especiales características: la supresión de todo culto en el único templo de Jerusalén, la abolición del sábado y demás fiestas, la construcción de lugares de culto idolátrico, el uso de animales impuros en los sacrificios, la prohibición de la circuncisión, signo de la alianza, etc. Para las naciones paganas significaba sólo añadir un nuevo culto a los muchos que ya practicaban.
El 7 de diciembre del año 167 a. C. llegó al máximo la profanación del templo: instaló un altar idolátrico encima del altar de los holocaustos. En otras partes se da como fecha de este acontecimiento el 25 del mismo mes; es posible que se trate de un error de la tradición manuscrita o bien un día es el de la colocación del altar y otro el de su inauguración con motivo de una fiesta, probablemente el natalicio del rey (v 62). Toda Palestina se paganizó; en las plazas de las ciudades se construyeron altares, y se ofrecía incienso a las divinidades colocadas en las puertas de las casas.
Todo se hacia en nombre de la unidad del reino. No era la primera vez -y, por desgracia, tampoco sería la última- que se cometía un feroz absolutismo en nombre de la unidad. Como si la unidad fuera uniformismo. O como si la unidad justificara egoísmo en cualquier nivel: social, eclesial, familiar... Es la excusa de la unidad que tantas veces se ha utilizado para ahogar la libertad humana (J. Aragonés Llebaria).
El hombre de fe vive en el mundo sin ser del mundo. Da testimonio de su fe en los diversos ambientes en que se desarrolla su existencia. Vive como todos, pero diferente a todos. Colabora con todos los hombres de buena voluntad en la construcción de un mundo más humano, más justo y más fraterno. Lo que le cuesta al hombre de fe es no disimular que ha depositado toda su confianza en Dios. No puede vivir con hipocresía, manifestándose como hombre de fe y piadoso en el templo, y después vivir en sus asuntos temporales como si no conociera a Dios, viviendo tras las injusticias y llevando una vida escandalosa, disociando así su fe de su vida ordinaria. Hemos de vivir en su totalidad nuestro compromiso con el Señor, aceptando todas las consecuencias que nos vengan por haber creído en Él. Hemos de vivir en el mundo sin ser del mundo; es decir: sin dejarnos envolver por actitudes contrarias a la fe, al amor a Dios y al amor fraterno. Con nuestro ejemplo, con nuestras palabras, con nuestras obras, con nuestra vida misma hemos de procurar que la Buena Nueva se vaya encarnando en todos los ambientes y culturas, de tal forma que la humanidad retome el rumbo del Reino del amor que Jesucristo inició entre nosotros. No dejemos que la maldad levante su trono en nuestros corazones. Esforcémonos denodadamente, guiados por el Espíritu Santo que habita en nosotros, para que el Reino de Dios llegue a nosotros y no nos convirtamos en hombres malvados que destruyen la vida y los auténticos valores en los demás.
2. Sal. 118. Vivimos inmersos en un mundo que trata de avanzar constantemente hacia su plena realización, gracias al esfuerzo constante de muchos que tienen una visión de un futuro mejor para toda la humanidad. Pero no podemos negar, por otra parte, la presencia del mal en muchos que, aprovechando los avances de la ciencia tratan de dañar las conciencias de las personas. Quienes creemos en Cristo no podemos caer en las redes del Maligno, pues no hemos sido llamados a unirnos con Cristo para convertirnos en signo de muerte sino de vida. Por eso, no pudiendo cerrar los ojos ante una realidad que se ha deteriorado en muchos aspectos y que amenaza con echar a perder los buenos propósitos de los hombres de buena voluntad, quienes vivimos en comunión con el Señor no podemos olvidar su Plan de Salvación, sino que hemos de trabajar, guiados por el Espíritu de Dios, para que no sólo no desaparezcan, sino que se incrementen entre nosotros la Verdad, el Amor y la Paz, que proceden de Dios, a cuya imagen y semejanza hemos sido creados.
Comienza el salmo de hoy con consuelo y esperanza. Lo que más siente él con respecto a sus enemigos, y lo que le enfurece (v. 53) hasta hacerle derramar ríos de lágrimas (v 136) es el desacato con que estos impíos tratan la Ley de Dios. ¡Ojalá sintiésemos nosotros la misma santa indignación al ver hollada de tantos modos la santa Ley de Dios! Pero no es difícil indignarse cuando son otros los que la huellan ¿nos indignamos también contra nosotros mismos cuando pecamos?
La decisión de ser fiel es lo siguiente. De alguna manera, había caído atrapado en las redes de los malvados (v. 61), “pero no olvido tu voluntad”: no se ha olvidado de la Ley de Yahweh (v. 61)…
Como en otras secciones, el salmista, además de luz, pide protección. En el versículo 134, habla de la «opresión» de los hombres, que podría resultarle un obstáculo para la observancia de los mandamientos de Dios: Ya que Dios le ha puesto en la senda recta con su palabra, pide que le siga guiando, con su palabra y con su gracia, por esa misma senda. De esa manera, ninguna iniquidad (hebreo, aven), es decir, ninguna infracción de la ley, se enseñoreará de él, prevalecerá sobre él con los halagos de la tentación.
En medio de este clamor de la oración, se advierte la nota de esperanza: «Cercano estás tú, Yahweh, para salvarme, como mis enemigos están cercanos (v. 150) para atacarme, pero no tengo miedo, porque ellos están alejados de tu ley (v. 150b), mientras que yo amo tu ley (v. 140, entre otros). Comenta Cohén: «Tras larga reflexión sobre los testimonios de Dios, se ha convencido de que son eternamente válidos y por eso confía en ellos cuando se halla en peligro.»
El salmista fija su mirada en su propia aflicción, tómame por cliente y defiende mi caso contra los que me persiguen (comp. con 35:1; 43:1), ellos no pueden esperar la salvación, porque están tan lejos de la salvación (v. 155), como de tu ley» (v. 150b). Nuestra obediencia es agradable a Dios únicamente cuando procede del amor; no se ama por obediencia, sino que se obedece por amor. Ese amor, esa búsqueda (v. 155).
3. Lc 18,35-43 (ver paralelo domingo 30B). La curación del ciego está contada por Lucas con detalles muy expresivos. Alguien explica al ciego que el que está pasando es Jesús. Él grita una y otra vez su oración: "Jesús, hijo de David, ten compasión de mí". La gente se enfada por esos gritos, pero Jesús "se paró y mandó que se lo trajeran". La gente no le quiere ayudar, pero Jesús sí. El diálogo es breve: "Señor, que vea otra vez", "recobra tu vista, tu fe te ha curado". Y el buen hombre le sigue lleno de alegría, glorificando a Dios.
Nosotros no podemos devolver la vista corporal a los ciegos. Pero en esta escena podemos vernos reflejados de varias maneras. Ante todo, porque también nosotros recobramos la luz cuando nos acercamos a Jesús. El que le sigue no anda en tinieblas. Y nunca agradeceremos bastante la luz que Dios nos ha regalado en Cristo Jesús. Con su Palabra, que escuchamos tan a menudo, él nos enseña sus caminos e ilumina nuestros ojos para que no tropecemos. ¿O tal vez estamos en un período malo de nuestra vida en que nos sale espontánea la oración: "Señor, que vea otra vez"? También podemos preguntarnos qué hacemos para que otros recobren la vista: ¿somos de los que ayudan a que alguien se entere de que está pasando Jesús?, ¿o más bien de los que no quieren oír los gritos de los que buscan luz y ayuda? Si somos seguidores de Jesús, ¿no tendríamos que imitarle en su actitud de atención a los ciegos que hay al borde del camino? ¿sabemos pararnos y ayudar al que está en búsqueda, al que quiere ver? ¿o sólo nos interesamos por los sanos y los simpáticos y los que no molestan?
Esos "ciegos" que buscan y no encuentran tal vez estén más cerca de lo que pensamos: pueden ser jóvenes desorientados, hijos o hermanos con problemas, amigos que empiezan a ir por malos caminos. ¿Les ayudamos? ¿les llevamos hacia Jesús, que es la Luz del mundo? (J. Aldazábal).
El Evangelio de este día cuenta cómo Jesús, después de anunciar su Pasión y resurrección curó a un ciego dentro del contexto de una subida a Jerusalén. La incredulidad de los apóstoles es un tema frecuente en los anuncios de la Pasión y de la subida a Jerusalén. Jesús padece esta falta de fe de los suyos que "no comprenden" (Mc 8, 31-33; cf. Lc 2, 41-50). Según esto, cabe preguntarse si Lucas no hace seguir el anuncio de la Pasión del relato de la curación del ciego con el fin de procurar una enseñanza sobre la necesidad de la fe. Mateo y Marcos sitúan este episodio más lejos, después de dos incidentes más (Mt 20, 29-34). Mateo ni siquiera hace alusión a la fe y menciona dos ciegos en donde Lucas solo cita uno. La intención de Lucas está tanto más clara en cuanto que une el episodio del ciego al hecho de que los apóstoles no comprenden nada de las palabras de Jesús (v. 34) y es el único en hacer notar esto. El es el único asimismo que menciona la frase "todo lo que ha sido escrito por los profetas" (v. 31). No se podía decir mejor que la ceguera de los apóstoles lleva precisamente a no entender las Escrituras a propósito del Hijo del hombre y de su necesidad de subir a Jerusalén. Poseemos una réplica luminosa de este pasaje en el episodio de los discípulos de Emmaús, en donde Lucas hace notar que después de la explicación de las Escrituras ("¿no era necesario que Cristo padeciese...?") y de la fracción del pan, "sus ojos se abrieron" (Lc 24, 26-31). La doctrina de esta perícopa se concreta de esta manera. Cristo debe subir a Jerusalén para cumplir la ley y los profetas; pero, para comprender este misterio pascual hay que abrir los ojos de la fe para poder entender las Escrituras. Los medios humanos son inadecuados; hay que "dejarse conducir" (v. 40) por otro para descubrir la luz. Las peregrinaciones a Jerusalén ocupan un gran puesto en la vida de Jesús. Si se prescindiera de ellas, no se entendería su ministerio público. Las "subidas" sucesivas de Jesús a Jerusalén son necesarias para entender su obra. Lucas concibe su Evangelio como una subida progresiva a Jerusalén en donde se consumará el sacrificio de la cruz. Para San Juan, las peregrinaciones de Jesús a Jerusalén forman la trama misma del relato evangélico (Jn 1,13; 5,1; 7,1-14; 10,22-23; 11,15). No debe extrañarnos esta situación. La intervención histórica de Jesús descubre su originalidad en el centro mismo del itinerario espiritual de Israel. Jesús, como miembro del pueblo escogido, sube a Jerusalén. Se trata, tanto para él como para todos los hijos de Abraham, de cumplir una obligación ritual que es esencial en la religión judía. Pero Jesús, al cumplir esa obligación en la forma en que lo hizo, inaugura la nueva religión fundada en su persona.
Al subir a Jerusalén, el hombre judío quiere manifestar el contenido de su fe en Yahvé. Dentro de este mismo rito, Jesús encarna su itinerario de obediencia hasta la muerte de cruz: sube a Jerusalén para morir de amor por los hombres. Al entregar su vida por obediencia a la voluntad del Padre, Jesús funda la religión del amor universal; se convierte en el prójimo de todos los hombres y los atrae a todos hacia él. Al mismo tiempo, el rito se hace caduco, pues al ser realizado por Jesús, la peregrinación a Jerusalén pierde su significación. Nace un nuevo templo: el cuerpo de Cristo. Se consuma el régimen de la ley: ha llegado el momento de una religión en espíritu y en verdad. Jesús supera definitivamente la solución pagana del "espacio sagrado". De ahora en adelante ya no hay ciudades santas. El centro espiritual de la humanidad es el cuerpo de Cristo resucitado. La obediencia amorosa de Cristo, hasta entregar su vida, inaugura en El un Reino que no es de este mundo. En toda su vida terrestre fue el peregrino de la Jerusalén celestial. Así será también la Iglesia, cuerpo de Cristo. Ella peregrina en esta tierra continuamente en marcha hacia su realización perfecta más allá de la muerte.
La Iglesia convoca a todo miembro suyo a ser aquí abajo un peregrino del Reino. Este peregrinar lo invita a dar su vida entera por la construcción del Reino. No le espera ninguna ciudad santa sino solo la familia del Padre. Esta tarea exige al cristiano que renueve constantemente su fe y su caridad. Ser peregrino del Reino es, en definitiva, "seguir a Jesús". Y Jesús nos invita a que le sigamos precisamente en aquellos pasajes evangélicos en que se trata de su subida a Jerusalén. Solamente Jesús trazó la ruta de la obediencia hacia el Reino; si lo seguimos, los cristianos seremos fieles a nuestra condición de peregrinos. A lo largo de su viaje por esta tierra, a la Iglesia le gusta recordar a la comunidad creyente su situación aquí abajo. Este peregrinar propuesto a los cristianos afecta a toda su vida. Exige ante todo un resurgimiento teologal (Maertens-Frisque).
Se ponía todos los días en el mismo lugar, como un complemento pintoresco entre otros muchos de la calle, sin molestar a nadie. En su mundo cerrado aparece de pronto una presencia: "Es Jesús el Nazareno". El hombre se pone en pie: "¡Señor, que vea!". Como Dios es Luz, ha inventado los ojos de Jesús para mirar nuestro mundo como nunca lo había podido mirar nadie, con una verdad y una intensidad que son a la vez inexorables para con la mentira y misericordiosas para con la debilidad, "¡Ten compasión de mí" Y como Jesús es la Luz del mundo, inventa unos ojos para ese mendigo ciego: Ve. Tu fe te ha salvado". Un proverbio árabe dice: "Ven a mi con tu corazón y yo te daré mis ojos". Ven a mí con tu corazón, nos dice Jesús. "¡Ten compasión de mí!" Tenemos que ir a Jesús con nuestro corazón, con nuestro coraje de ver, de verlo todo, de no parpadear ante la realidad, la de nosotros mismos, la del mundo. Tenemos que atrevernos a ver nuestras tinieblas: la fe es ante todo una prueba y un grito: "¡Ten compasión de mí!" Porque ¿cómo no hacer aquella constatación dramática de un hombre de teatro: "Por la mañana abría los ojos ciertamente con un verdadero placer por ver la luz del día; me levantaba y, al cabo de pocos minutos, como un manto de plomo, el cansancio aplastaba mis hombros... Es como si en pleno día estuviera viendo la noche, la noche mezclada con el día, el sol negro de la melancolía" (F. Ionesco, Journal en miettes)? "Ven a mí con tu corazón..." Sólo un grito puede subir de nuestros labios ante lo que estamos viendo: "¡Ten compasión de nosotros!" "Yo te daré mis ojos": sólo los ojos del Resucitado pueden hacernos huir de la desesperación y ver el mundo con una mirada distinta. Sólo la luz puede deslumbrarnos hasta el punto de llegar a irradiar la realidad entera. "Ve...": la mirada a la que nos abre Jesús no es una mirada cualquiera: si nos atrevemos a mirar la realidad cara a cara, es porque ella nos ha sido revelada como salvada.
Luz nacida de la luz,
Jesús, Hijo del Dios vivo,
¡ten compasión de nosotros!
Arráncanos de nuestras tinieblas,
danos a vivir tu salvación.
Deslúmbranos con tu misericordia
y enséñanos a mirar nuestro mundo
como Tú lo ves por los siglos de los siglos (“Dios cada día”, Sal terrae).
La impotencia humana y su humilde fe viene gráficamente expresadas en el ciego del evangelio de hoy. Es la imagen de Adán, cegado por la culpa. Es la imagen de la Iglesia, llamada del paganismo, en el que vivía pobre y pecadora, ciega para la verdadera gloria de Dios. En ella no había nada más que sed de luz, ansia por el "Dios desconocido". Se sienta en el camino y espera su salud. En el camino, pues "la Verdad misma dice: Yo soy el camino" (S. Gregorio Magno, segunda homilía sobre los Evangelios). Y no espera en vano; Cristo viene; sí, viene por el camino del sufrimiento, que ha de servirle para redimirnos. "Mirad que vamos a Jerusalén y se va a cumplir todo cuanto los profetas escribieron del Hijo del hombre. Será entregado a los gentiles, escarnecido, azotado, escupido y, en habiéndolo azotado, lo matarán. Y resucitará al tercer día" (Lc 18,31-33). Sí, Cristo viene. El mismo es el camino que conduce al Padre. Cristo viene; es la luz por la que clama la Iglesia. Toda sabiduría humana enmudece ante El; la pobre humanidad no redimida todavía hase olvidado por completo de todas las hermosas palabras de sus poetas y filósofos. Su única exclamación es: "¡Compadécete de mí!" La conducen a Jesús... Así lo ordena El; y nadie va a Jesús si el Padre no le atrae... La conducen, pues, a Jesús; El es quien dice: "Yo soy la luz del mundo". "¿Qué quieres que te haga?", le pregunta. No pide más que: "Señor, ¡que vea!". Sabe bien que El solo es la luz, y así lo cree y confiesa. En efecto, ha oído la llamada de "¡Despiértate tú que duermes, álzate de entre los muertos y Cristo te iluminará!" (Ef 5,14). Nada juzga tan preciso como la vista; con la luz le vendrá también todo lo demás. "Ve", le dice el Señor, "tu fe te ha salvado".
Aquí tenemos la verdadera imagen del Bautismo. Lo que el Señor hace al ciego, le acontece a la Iglesia entera. Viene del paganismo y está ciega. Se dirige a Cristo y El le da la luz. Los primitivos cristianos, al Bautismo lo llamaban "iluminación". El que ha de ser bautizado no tiene necesidad más que de creer en Cristo y desearle. La fe salva al hombre, ve y se pone a seguir a Cristo. Y el hecho de que le siga es precisamente porque lo ve.
La luz celestial está operante en él y no le permite ver otra cosa como necesaria, sino el seguir a Cristo. Aparece ahora netamente la relación con la historia de Abraham. De hecho, el retorno del hombre caído a la vida y a la salud de Dios no es posible de no hacerse por el camino de Cristo, y este camino es el de la fe y de la obediencia, como lo fue el de Abraham. No en vano la Iglesia ha pedido incesantemente desde el primer día del año litúrgico: "¡Muéstrame, Señor, tus caminos; adiéstrame en tus sendas!" (Sal 24,4). Y las dos cosas se realizan hoy: ve el camino y se le da fuerza para andarlo. Se ve ya a sí misma marchando por el camino de Cristo, resucitada de la oscuridad de la muerte y de la ceguera del pecado a la vida y a la luz de Dios.
Estamos en domingo, día de la resurrección de Cristo. Por eso, en la imagen de la curación del ciego, la Iglesia contempla su propia resurrección y vocación a la vida de Cristo, la resurrección de todos sus hijos en el Bautismo. Todos han sido iluminados, es decir, han recobrado la vista merced a la fe en Cristo. Ahora, en el sacrificio de Cristo en el altar, por el cual sus hijos son salvados y recobran la vista, vuelve a sentir realmente la Iglesia su vocación e iluminación; los llama al altar del Señor para que den gracias por la maravilla de su Bautismo (Emiliana Löhr).
Lucas concibió el plan de su evangelio como una «subida a Jerusalén», la ciudad santa donde tendrá lugar el sacrificio de Jesús y su glorificación... la ciudad de la que pronto volverá a salir la buena nueva para difundirse por toda la tierra... No olvidemos que esa subida de Jesús a Jerusalén corresponde a la época de la fiesta de la Pascua: grandes multitudes recorren los caminos con Jesús, son peregrinos que van a celebrar la «liberación de Israel». Jericó es la última ciudad etapa, a veinte Kms. tan sólo de Jerusalén. Jesús hará en ella dos «signos»: -curar a un ciego, -convertir un «recaudador de impuestos»... -Cuando se acercaban a Jericó, había un ciego sentado a la vera del camino, pidiendo limosna. Ese encuentro, aparentemente «casual», en el desarrollo del relato de Lucas, se sitúa inmediatamente después del «último anuncio de la Pasión» (Lucas 18,3-34), Lucas acaba de subrayar la ceguera de los apóstoles: «Pero ellos, los Doce, no entendieron nada. Esa palabra -el anuncio de la Pascua: muerte y resurrección- permanecía para ellos velado, y no sabían qué quería decir Jesús.»
También nosotros somos como ciegos a la vera del camino. Igual que los apóstoles, no vemos claro... Es necesario que el Señor mismo nos dé unos «ojos nuevos» para llegar a ser capaces de entender el significado de la «subida a Jerusalén». ¡Señor, concédenos la fe... aparta el velo que nos impide ver las cosas como Tú las ves! Lucas nos dará la réplica exacta de ese pasaje en el relato de los peregrinos de Emaús: cuando Jesús les habrá explicado de nuevo que «era preciso que Cristo sufriera» ... sus ojos se abrieron... (Lucas 24, 26-31)
-Al oír que pasaba gente... Son peregrinos, que cantan sin duda los «cánticos de las subidas», los Salmos 120 a 134, según la tradición. El ciego sentado está oyéndolos.
-...Preguntó qué era aquello. Es el ciego, el que toma la iniciativa.
-Le explicaron: «Está pasando Jesús, el Nazareno.» «Nazôreano», título raramente empleado por los otros evangelistas, y que Lucas usará ocho veces en los Hechos de los Apóstoles. La multitud identifica a Jesús más sencillamente como «Jesús de Nazaret», en patués arameo...
-Empezó a gritar diciendo: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mi!» En vez de repetir el título sencillo que acaba de oír, el ciego pasa de inmediato a una profesión de fe: «Hijo de David», título mesiánico, anunciado a María el día de la concepción de Jesús (Lucas 1, 32): «el Señor Dios le dará el trono de David, su padre». De modo que muchos vieron las obras de Jesús y permanecieron ciegos sobre su verdadera identidad. Pero el Mesías, anunciado por los profetas, es ciertamente aquel que «cura a los ciegos» (Isaías 35, 5; Lucas 4, 18) ¡y son esos «videntes interiores», los pobres, los que ven justo! Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Acepta ese título de realeza, cuyo uso había prohibido antes (Mateo 9,30) . Ahora que su Pasión está cerca, todas las esperanzas políticas y nacionales que no quiso asumir, cuando todo el mundo le empujaba a ellas, han quedado atrás: se dirige a Jerusalén, no para tomar el poder, sino para morir.
-Jesús le dijo: «Recobra la vista. Tu fe te ha salvado.» Y en el acto recobró la vista, y siguió a Jesús bendiciendo a Dios. ¡Concédeme, Señor, que yo también te siga hasta la cruz y hasta la Pascua! (Noel Quesson).
La situación del ciego era sumamente precaria. Estaba impedido por un defecto que no le permitía percibir la realidad, sino que lo limitaba a escuchar lo que ocurría. Estaba sentado a la orilla del camino, totalmente marginado del devenir humano. Además, pedía limosna como cualquier menesteroso. Sin embargo, es un hombre atento a los pocos signos que alcanza a percibir.
El ciego escucha el rumor que produce el avance de Jesús a Jerusalén. Sus discípulos van haciendo el camino con él y tratan de seguir adelante sin hacer caso al hombre postrado. Jesús se detiene al escuchar el clamor y pide que traigan al ciego, a pesar de la oposición de los discípulos.
Los discípulos quieren callar al ciego por varias causas. Su lamento era inoportuno e interrumpía la marcha. El nombre con el que el ciego llama a Jesús se presta para malos entendidos: "Hijo de David" era un título mesiánico que Jesús no reivindicaba para sí y que podía representar un peligro ante las autoridades de Jerusalén. Y, por último, era costumbre de los discípulos y apóstoles alejar a Jesús de la multitud.
La actitud de Jesús le da un giro a la situación: envía por el ciego y lo escucha. El ciego entonces no pide limosna, sino la restitución de sus sentidos. Jesús le da la vista, reconociendo en el hombre una fe transformadora de la realidad. Pasó de ser un marginado a ser un hombre en una nueva situación.
En la actualidad nosotros nos hallamos en una situación similar a la del ciego. Estamos atentos a los signos de la realidad pero no la percibimos completamente. Muchas veces nos sentamos a la orilla de camino sin saber qué hacer, aunque reconociéndonos como seres humanos necesitados. La parábola, entonces nos muestra que urgimos, como el ciego, ser curados por Jesús, recuperar nuestra visión de la realidad para poder seguirle. El evangelio nos invita a que clamemos a Jesús para que el nos ayude a ver la realidad y a seguir su camino (servicio bíblico latinoamericano).
El Señor nunca niega su gracia. Este hombre es imagen “de quien desconoce la claridad de la luz eterna”, pues en ocasiones el alma puede sufrir también momentos de ceguera y de oscuridad. Muchas veces esta situación está causada por pecados personales, cuyas consecuencias no han sido del todo zanjadas, o por falta de correspondencia a la gracia. En otras ocasiones, el Señor permite esta difícil situación para purificar el alma, para madurarla en la humildad y en la confianza en Él. Sea cual sea su origen, si alguna vez nos encontramos en ese estado, ¿qué haremos? El ciego de Jericó, Bartimeo, el hijo de Timeo (Marcos 10, 46-52) nos lo enseña: dirigirnos al Señor, siempre cercano para que tenga misericordia de nosotros, y como Bartimeo decirle: ¡Ut videam!, ¡Que vea, Señor!
Si el Señor permite que nos quedemos a oscuras, incluso en cosas pequeñas; si sentimos que nuestra fe no es firme, acudamos al buen pastor. Nadie, de ordinario, puede guiarse a sí mismo sin una ayuda extraordinaria de Dios. La falta de objetividad con que nos vemos a nosotros mismos hace imposible encontrar los senderos seguros que nos llevan en la dirección justa. “El alma sola sin maestro, que tiene virtud, es como el carbón encendido que está solo; antes se irá enfriando que encendiendo” (San Juan de la Cruz) ¡Cuántas veces Jesús espera la sinceridad y la docilidad del alma para obrar el milagro! Nunca niega el Señor su gracia si acudimos a Él en la oración y en los medios por los cuales derrama su gracia.
En quien nos ayuda vemos al mismo Cristo, que enseña, ilumina, cura y da alimento a nuestra alma para que siga su camino. Sin ese sentido sobrenatural, sin esta fe, la dirección espiritual quedaría desvirtuada. Se transformaría en algo completamente distinto: en intercambio de opiniones, quizá. Este medio es una gran ayuda cuando lo que realmente queremos es averiguar la voluntad de Dios sobre nosotros e identificarnos con ella. No busquemos en la dirección espiritual a quien pueda resolver nuestros asuntos temporales; nos ayudará a santificarlos, nunca a organizarlos ni a resolverlos. No es ésa su misión. Si seguimos bien este medio de dirección espiritual, nos sentiremos como Bartimeo, que seguía en el camino a Jesús glorificando a Dios, lleno de alegría. Nos acercamos a Jesús llenos de fe para suplicarle que nos haga contemplar su Rostro y nos llene de su Luz. Entonces podremos caminar tras sus huellas. Huellas que nos ha dejado especialmente en la Eucaristía, a la que acudimos no sólo a adorarlo y a reconocerlo como Señor en nuestra vida, sino a aceptar el compromiso de vivir conforme a su Evangelio, dando testimonio de Él con nuestras obras. Es el Señor que se acerca a nosotros y que nos dice: ¿Qué quieres que haga por ti? Ante esa pregunta no queramos responder pidiendo cosas intranscendentes. Pidámosle que nos dé un corazón nuevo y un espíritu nuevo, capaz de ayudarnos a convertirnos en un testimonio vivo del Amor y de la Verdad, que es Dios, y que habita en nuestros corazones. Ante el Señor reconocemos nuestras miserias, pero el Señor quiere perdonarnos; ojalá y aceptemos su perdón y, libres de las tinieblas del pecado y de la muerte, vayamos tras de Cristo, alabando su Nombre con nuestras buenas obras.
Quienes participamos de la Eucaristía y entramos en comunión de Vida con el Señor, hemos de tener los ojos abiertos para contemplar su Rostro en nuestros hermanos, para preocuparnos de hacerles siempre el bien. El ir tras de Jesús no ha de ser sólo para vivir nuestra fe de un modo personalista, sino para vivirla como testigos. A la Iglesia de Cristo, formada por nosotros, corresponde la Misión de devolver la vista a quienes el pecado les ha enceguecido los ojos del corazón y les ha embotado su mente. La proclamación del Evangelio de Cristo se ha de hacer en todo momento, insistiendo a tiempo y a destiempo. Y, al proclamar la Buena Nueva del Señor, no podemos dejar de pasar haciendo el bien a todos, pues el anuncio del Evangelio, que no vaya acompañado de buenas obras, difícilmente podrá conducir a la fe a quienes nos escuchen. El Espíritu Santo debe llenar todo nuestro ser para que podamos no sólo ver, sino comprender la voluntad de Dios sobre nosotros, y, siguiendo las huellas de Cristo, podamos algún día, junto con Él, contemplar y disfrutar eternamente la Gloria del Padre Dios.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser fieles discípulos de su Hijo, dejándonos perdonar por Él, permitiéndole que nos ayude a contemplar su vida para amoldarnos a ella, y dejándonos conducir por su Espíritu para llegar a la Gloria, a la que nos llama como término de nuestro camino como testigos por este mundo. Amén (www.homiliacatolica.com).
Primer libro de los Macabeos 1,10-15.41-43.54-57.62-64. En aquellos días, brotó un vástago perverso: Antíoco Epifanes, hijo del rey Antíoco. Habla estado en Roma como rehén, y subió al trono el año ciento treinta y siete de la era seléucida. Por entonces hubo unos israelitas apóstatas que convencieron a muchos: -« ¡Vamos a hacer un pacto con las naciones vecinas, pues, desde que nos hemos aislado, nos han venido muchas desgracias! » Gustó la propuesta, y algunos del pueblo se decidieron a ir al rey. El rey los autorizó a adoptar las costumbres paganas, y entonces, acomodándose a los usos paganos, construyeron un gimnasio en Jerusalén; disimularon la circuncisión, apostataron de la alianza santa, emparentaron con los paganos y se vendieron para hacer el mal. El rey Antíoco decretó la unidad nacional para todos los súbditos de su imperio, obligando a cada uno a abandonar su legislación particular. Todas las naciones acataron la orden del rey, e incluso muchos israelitas adoptaron la religión oficial: ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el Sábado. El día quince del mes de Casleu del año ciento cuarenta y cinco, el rey mandó poner sobre el altar un ara sacrílega, y fueron poniendo aras por todas las poblaciones judías del contorno; quemaban incienso ante las puertas de las casas y en las plazas; los libros de la Ley que encontraban, los rasgaban y echaban al fuego, al que le encontraban en casa un libro de la alianza y al que vivía de acuerdo con la Ley, lo ajusticiaban, según el decreto real. Pero hubo muchos israelitas que resistieron, haciendo el firme propósito de no comer alimentos impuros; prefirieron la muerte antes que contaminarse con aquellos alimentos y profanar la alianza santa. Y murieron. Una cólera terrible se abatió sobre Israel.
Salmo 118,53.61.134.150.155.158. R. Dame vida, Señor, para que observe tus decretos.
Sentí indignación ante los malvados, que abandonan tu voluntad.
Los lazos de los malvados me envuelven, pero no olvido tu voluntad.
Líbrame de la opresión de los hombres, y guardaré tus decretos.
Ya se acercan mis inicuos perseguidores, están lejos de tu voluntad.
La justicia está lejos de los malvados que no buscan tus leyes.
Viendo a los renegados, sentía asco, porque no guardan tus mandatos.
Evangelio según san Lucas 18, 35-43. En aquel tiempo, cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un cie-go sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le explica-ron: -«Pasa Jesús Nazareno.» Entonces gritó: -«¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!» Los que iban delante le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: -«¡Hijo de David, ten compasión de mi!» Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: -«¿Qué quieres que haga por ti?» Él dijo: -«Señor, que vea otra vez.» Jesús le contestó: -«Recobra la vista, tu fe te ha curado.» En seguida recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios.
Comentario: 1.- 1M 1,11-16.43-45.57-60.65-67. Durante esta semana, la penúltima del Año Litúrgico, leemos una selección de los dos libros de los Macabeos. En el siglo II antes de Cristo, en concreto a partir del año 175, hubo en Israel un gran conflicto político, cultural y religioso. Con los reyes sirios seléucidas, que dominaron el territorio en aquella época, y sobre todo con Antíoco IV Epífanes, se desató una fuerte persecución religiosa. No sólo prohibió el culto judío, sino que profanó el Templo y el altar, y obligó a aceptar las costumbres helénicas. A bastantes judíos les agradó el cambio, por el prurito de imitar a las naciones vecinas y de adoptar un estilo de vida que les parecía más moderno, y apostataron de su fe. Mientras que otros, capitaneados por los hermanos Macabeos, se mantuvieron fieles a la Alianza y, después de una hostilidad de guerrillas y hasta de guerra en toda forma, lograron humillar a Antíoco, devolver la libertad al pueblo y restaurar el culto verdadero en el Templo de Jerusalén. Los dos libros de los Macabeos no son dos relatos sucesivos, sino paralelos, y por eso los leemos un poco mezclados. La lectura de hoy nos narra la diversa reacción de los israelitas ante la orden de adoptar la religión oficial pagana. Fue un tiempo difícil: "una cólera terrible se abatió sobre Israel".
La tentación secularizante sigue existiendo: también los cristianos de ahora podemos dejarnos encandilar por la idea de "hacer un pacto con las naciones vecinas", lo cual políticamente es recomendable. Pero si se refiere como aquí, a adoptar las costumbres paganas, en contra del estilo que Yahvé exigía a su pueblo y del que Cristo nos ha enseñado a nosotros, nos lleva a la pérdida de nuestra identidad y de nuestros mejores valores. El pecado de los judíos apóstatas no fue la aceptación o no de la cultura helénica, sino que "se acomodaron a las costumbres de los gentiles, apostataron de la alianza santa, se juntaron a los paganos y se vendieron para hacer el mal" y "ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado". Podemos ser modernos, y asumir todos los progresos de la ciencia y de la cultura. Pero lo que no tenemos que perder es nuestra fe y nuestro estilo cristiano de vida. Ahí está nuestro testimonio: ser fuertes, luchar contra corriente. Los judíos fieles lo fueron con todas las consecuencias: "prefirieron la muerte antes que contaminarse con aquellos alimentos y profanar la alianza santa, y murieron". En sus labios pone el salmo la queja: "sentí indignación ante los malvados que abandonan tu voluntad; los lazos de los malvados me envuelven, pero no olvido tu voluntad... ya se acercan mis inicuos perseguidores, están lejos de tu voluntad". Los alimentos o la circuncisión o el sábado, no son lo importante: lo importante es la alianza de la que eran signos esos elementos externos. Y es la alianza -para nosotros la Nueva Alianza en Cristo- la que hay saber conservar a pesar de las instancias contrarias de este mundo (J. Aldazábal).
Los 3 pilares judíos fueron atacados: el templo, la circuncisión, el sábado. Y los libros de la ley de Moisés. Podía desaparecer el judaísmo, pero no fue así, se mantuvo la identidad, es la enseñanza de los dos libros. San Agustín es consciente de que no han sido transmitidos estos libros con la misma importancia que otros, “pero no han sido recibidos por la Iglesia inútilmente, si se leen o se escuchan con serenidad, en especial lo referente a los mismos Macabeos que, por la ley de Dios, como verdaderos mártires padecieron cosas tan indignas y horrendas”.
Este libro relata la «resistencia». Después de doscientos años de ocupación persa, Palestina está ahora ocupada por el Imperio Macedonio -norte de Grecia-. A la muerte de Alejandro Magno que conquistó por las armas su inmenso Imperio, los judíos son sometidos al Reino griego de Egipto. En 198 pasan a depender de la autoridad de los griegos de Siria. Bajo esa dinastía Antíoco IV Epifanes (175-163) quiere imponer a todos sus súbditos la cultura griega, que le parece ser la única verdaderamente humana. Algunos judíos se dejan seducir y asimilar... Otros bajo la dirección de la Familia de los Macabeos se sublevan. Será ésta época de «mártires», de ahí que este libro se denomine también Libro de los Mártires. Señor, cuán importante es para nosotros, hombres del siglo XXI, saber que la Fe ha sido siempre vivida inmersa en la Historia, en medio de los acontecimientos, en el centro de situaciones políticas y culturales. ¿Cuál es el contexto de mi Fe, HOY? ¿Cuáles son las grandes corrientes de pensamiento que nos marcan, incluso sin que nosotros lo sepamos? Ayúdanos, Señor, a mirar cara a cara a nuestro "tiempo".
-Entre los nobles que se repartieron la sucesión de Alejandro, surgió un renuevo pecador, Antíoco Epifanes, hijo de Antíoco el Grande... El creyente reacciona según esta primera fórmula. La historia profana no es solamente profana, se juega en ella un misterio de "gracia y de pecado". En mi "empresa"... en mi "periódico"... en los "acontecimientos" de todas clases... ¿sabré leer e interpretar los "signos de Dios"?
-En aquellos días surgieron de Israel unos hijos rebeldes, que sedujeron a muchos diciendo: "concertemos alianza con los pueblos paganos que nos rodean..." Se trata del conocido fenómeno de "colaboración" con el ocupante. En profundidad es la tentación tan corriente de «asimilación y de contaminación» de la Fe con la no-Fe. «No te pido que los retires del mundo, sino que los preserves del maligno», decía Jesús. Es esencial para nuestra Fe que sea encarnada, que esté inmersa en el corazón del mundo pagano: es una "situación de contacto", providencialmente favorable a la "misión". Dios no quiso nunca que su pueblo fuese un pueblo protegido, encerrado en sus fronteras: los creyentes dentro... los paganos fuera... Dios quiso, y esto es un hecho, que los creyentes fuesen «dispersados» -la diáspora de los judíos primero-, sembrados, encarnados, testigos, fermento, en medio de los no-creyentes. ¿Siento nostalgia de una "cristiandad" bien protegida? ¿Acepto la responsabilidad y el riesgo del contacto? ¿Por qué estoy en contacto con tanta gente que no comparte mi Fe? ¿Se debe esto al plan de Dios, o al puro azar?
-Se les permitió adoptar las costumbres paganas: levantaron un gimnasio en Jerusalén, disimularon su circuncisión, sacrificaron a los ídolos, violaron el Sábado, quemaron los libros de la Ley... ¡He aquí la provocación! ¡Hay que elegir! Ya no se puede vivir entre dos aguas, mitad «a lo judío» y mitad «a lo pagano». Es la opción radical. Hay unos gestos exteriores, visibles que descubren la pertenencia o no pertenencia a tal tendencia. Claro está que esos "gestos" exteriores no son lo esencial, lo que cuenta es el corazón. Pero los ritos traducen el corazón y la Fe. ¿Qué sentido doy a los ritos?
-Pero muchos israelitas resistieron... Y prefirieron morir antes que... (Noel Quesson).
Los libros de los Macabeos no suelen presentar dificultades de interpretación. Narran la historia de un breve período de la vida de Israel (del 175 al 135 a. C.) que, por otra parte, todos los pueblos han vivido: la resistencia contra el dominio extranjero. La única diferencia está en que nuestros libros insisten mucho en el carácter religioso de la lucha y en el auxilio que Israel recibe de Dios. El título que se les ha dado proviene de Judas, tercer hijo de Matatías (1 Mac 2,4), y parece significar "designado por Dios" y no "martillo", como se ha dicho a menudo. El libro primero de los Macabeos empieza haciendo una presentación del imperio de Alejando Magno y de la muerte del rey (323 a. C.), que iba a crear la situación política en que se desarrollan nuestros hechos. Al parecer, Alejandro no dividió el reino durante su vida; pero los generales, una vez proclamados reyes diecisiete años más tarde (306 a. C.), se consideraron sucesores directos de él. El autor hace seguidamente un salto de ciento treinta y un años, y nos sitúa en septiembre del año 175, fecha en que Antíoco sucede a su hermano Seleuco; unos años más tarde toma el nombre de Epífanes (dios manifiesto), que sus súbditos cambian pronto en epimanes (loco). El poder central favorecía la cultura helenística para fomentar la unidad religiosa y social del reino. Muchos judíos contemplaban con simpatía la helenización de Palestina y la consideraban como un signo de cultura y modernización. Entre ellos destacaba Jasón, que había comprado el gran sacerdocio (2 Mac 4,7-20). Pero el helenismo encerraba graves dificultades para los judíos, entre otras la construcción de gimnasios, donde jugaban desnudos, con el correspondiente escándalo para la moral tradicional. Más aún: como los griegos despreciaban la circuncisión, los judíos la disimulaban con una operación quirúrgica, lo cual equivalía a la apostasía. Antíoco atacó a su sobrino Tolomeo VI de Egipto, que acababa de cumplir catorce años. Durante este tiempo corrió la voz de que había muerto, y Jasón, cabeza del partido pro-egipcio, se apoderó de la ciudad. Al regresar victorioso, Antíoco expolió el templo. Nosotros estamos viviendo un fenómeno parecido al que provocó el helenismo entre los judíos: en nombre de una nueva cultura, nos invaden ideas y maneras de vivir ajenas a la mentalidad cristiana. Y, como los judíos, podemos aceptarlas indiscriminadamente o rechazarlas en bloque, en lugar de hacer una selección y, sobre todo, una cristianización.
Para someter al pueblo judío, que, pese a las simpatías que el helenismo había suscitado en algunos, se oponía al intento dominador de Antioco, éste edificó una fortaleza en el interior de la ciudad para tener una especie de quinta columna. Y consiguió su propósito, al menos en parte: muchos se vieron obligados a abandonar la ciudad y el templo. Para llevar a cabo su propósito de erradicar el separatismo judío, el rey comenzó por revocar el decreto de su padre, que concedía a Judá regirse por sus leyes y costumbres. La disposición, aunque era universal, tenia consecuencias más graves para el yahvismo debido a sus especiales características: la supresión de todo culto en el único templo de Jerusalén, la abolición del sábado y demás fiestas, la construcción de lugares de culto idolátrico, el uso de animales impuros en los sacrificios, la prohibición de la circuncisión, signo de la alianza, etc. Para las naciones paganas significaba sólo añadir un nuevo culto a los muchos que ya practicaban.
El 7 de diciembre del año 167 a. C. llegó al máximo la profanación del templo: instaló un altar idolátrico encima del altar de los holocaustos. En otras partes se da como fecha de este acontecimiento el 25 del mismo mes; es posible que se trate de un error de la tradición manuscrita o bien un día es el de la colocación del altar y otro el de su inauguración con motivo de una fiesta, probablemente el natalicio del rey (v 62). Toda Palestina se paganizó; en las plazas de las ciudades se construyeron altares, y se ofrecía incienso a las divinidades colocadas en las puertas de las casas.
Todo se hacia en nombre de la unidad del reino. No era la primera vez -y, por desgracia, tampoco sería la última- que se cometía un feroz absolutismo en nombre de la unidad. Como si la unidad fuera uniformismo. O como si la unidad justificara egoísmo en cualquier nivel: social, eclesial, familiar... Es la excusa de la unidad que tantas veces se ha utilizado para ahogar la libertad humana (J. Aragonés Llebaria).
El hombre de fe vive en el mundo sin ser del mundo. Da testimonio de su fe en los diversos ambientes en que se desarrolla su existencia. Vive como todos, pero diferente a todos. Colabora con todos los hombres de buena voluntad en la construcción de un mundo más humano, más justo y más fraterno. Lo que le cuesta al hombre de fe es no disimular que ha depositado toda su confianza en Dios. No puede vivir con hipocresía, manifestándose como hombre de fe y piadoso en el templo, y después vivir en sus asuntos temporales como si no conociera a Dios, viviendo tras las injusticias y llevando una vida escandalosa, disociando así su fe de su vida ordinaria. Hemos de vivir en su totalidad nuestro compromiso con el Señor, aceptando todas las consecuencias que nos vengan por haber creído en Él. Hemos de vivir en el mundo sin ser del mundo; es decir: sin dejarnos envolver por actitudes contrarias a la fe, al amor a Dios y al amor fraterno. Con nuestro ejemplo, con nuestras palabras, con nuestras obras, con nuestra vida misma hemos de procurar que la Buena Nueva se vaya encarnando en todos los ambientes y culturas, de tal forma que la humanidad retome el rumbo del Reino del amor que Jesucristo inició entre nosotros. No dejemos que la maldad levante su trono en nuestros corazones. Esforcémonos denodadamente, guiados por el Espíritu Santo que habita en nosotros, para que el Reino de Dios llegue a nosotros y no nos convirtamos en hombres malvados que destruyen la vida y los auténticos valores en los demás.
2. Sal. 118. Vivimos inmersos en un mundo que trata de avanzar constantemente hacia su plena realización, gracias al esfuerzo constante de muchos que tienen una visión de un futuro mejor para toda la humanidad. Pero no podemos negar, por otra parte, la presencia del mal en muchos que, aprovechando los avances de la ciencia tratan de dañar las conciencias de las personas. Quienes creemos en Cristo no podemos caer en las redes del Maligno, pues no hemos sido llamados a unirnos con Cristo para convertirnos en signo de muerte sino de vida. Por eso, no pudiendo cerrar los ojos ante una realidad que se ha deteriorado en muchos aspectos y que amenaza con echar a perder los buenos propósitos de los hombres de buena voluntad, quienes vivimos en comunión con el Señor no podemos olvidar su Plan de Salvación, sino que hemos de trabajar, guiados por el Espíritu de Dios, para que no sólo no desaparezcan, sino que se incrementen entre nosotros la Verdad, el Amor y la Paz, que proceden de Dios, a cuya imagen y semejanza hemos sido creados.
Comienza el salmo de hoy con consuelo y esperanza. Lo que más siente él con respecto a sus enemigos, y lo que le enfurece (v. 53) hasta hacerle derramar ríos de lágrimas (v 136) es el desacato con que estos impíos tratan la Ley de Dios. ¡Ojalá sintiésemos nosotros la misma santa indignación al ver hollada de tantos modos la santa Ley de Dios! Pero no es difícil indignarse cuando son otros los que la huellan ¿nos indignamos también contra nosotros mismos cuando pecamos?
La decisión de ser fiel es lo siguiente. De alguna manera, había caído atrapado en las redes de los malvados (v. 61), “pero no olvido tu voluntad”: no se ha olvidado de la Ley de Yahweh (v. 61)…
Como en otras secciones, el salmista, además de luz, pide protección. En el versículo 134, habla de la «opresión» de los hombres, que podría resultarle un obstáculo para la observancia de los mandamientos de Dios: Ya que Dios le ha puesto en la senda recta con su palabra, pide que le siga guiando, con su palabra y con su gracia, por esa misma senda. De esa manera, ninguna iniquidad (hebreo, aven), es decir, ninguna infracción de la ley, se enseñoreará de él, prevalecerá sobre él con los halagos de la tentación.
En medio de este clamor de la oración, se advierte la nota de esperanza: «Cercano estás tú, Yahweh, para salvarme, como mis enemigos están cercanos (v. 150) para atacarme, pero no tengo miedo, porque ellos están alejados de tu ley (v. 150b), mientras que yo amo tu ley (v. 140, entre otros). Comenta Cohén: «Tras larga reflexión sobre los testimonios de Dios, se ha convencido de que son eternamente válidos y por eso confía en ellos cuando se halla en peligro.»
El salmista fija su mirada en su propia aflicción, tómame por cliente y defiende mi caso contra los que me persiguen (comp. con 35:1; 43:1), ellos no pueden esperar la salvación, porque están tan lejos de la salvación (v. 155), como de tu ley» (v. 150b). Nuestra obediencia es agradable a Dios únicamente cuando procede del amor; no se ama por obediencia, sino que se obedece por amor. Ese amor, esa búsqueda (v. 155).
3. Lc 18,35-43 (ver paralelo domingo 30B). La curación del ciego está contada por Lucas con detalles muy expresivos. Alguien explica al ciego que el que está pasando es Jesús. Él grita una y otra vez su oración: "Jesús, hijo de David, ten compasión de mí". La gente se enfada por esos gritos, pero Jesús "se paró y mandó que se lo trajeran". La gente no le quiere ayudar, pero Jesús sí. El diálogo es breve: "Señor, que vea otra vez", "recobra tu vista, tu fe te ha curado". Y el buen hombre le sigue lleno de alegría, glorificando a Dios.
Nosotros no podemos devolver la vista corporal a los ciegos. Pero en esta escena podemos vernos reflejados de varias maneras. Ante todo, porque también nosotros recobramos la luz cuando nos acercamos a Jesús. El que le sigue no anda en tinieblas. Y nunca agradeceremos bastante la luz que Dios nos ha regalado en Cristo Jesús. Con su Palabra, que escuchamos tan a menudo, él nos enseña sus caminos e ilumina nuestros ojos para que no tropecemos. ¿O tal vez estamos en un período malo de nuestra vida en que nos sale espontánea la oración: "Señor, que vea otra vez"? También podemos preguntarnos qué hacemos para que otros recobren la vista: ¿somos de los que ayudan a que alguien se entere de que está pasando Jesús?, ¿o más bien de los que no quieren oír los gritos de los que buscan luz y ayuda? Si somos seguidores de Jesús, ¿no tendríamos que imitarle en su actitud de atención a los ciegos que hay al borde del camino? ¿sabemos pararnos y ayudar al que está en búsqueda, al que quiere ver? ¿o sólo nos interesamos por los sanos y los simpáticos y los que no molestan?
Esos "ciegos" que buscan y no encuentran tal vez estén más cerca de lo que pensamos: pueden ser jóvenes desorientados, hijos o hermanos con problemas, amigos que empiezan a ir por malos caminos. ¿Les ayudamos? ¿les llevamos hacia Jesús, que es la Luz del mundo? (J. Aldazábal).
El Evangelio de este día cuenta cómo Jesús, después de anunciar su Pasión y resurrección curó a un ciego dentro del contexto de una subida a Jerusalén. La incredulidad de los apóstoles es un tema frecuente en los anuncios de la Pasión y de la subida a Jerusalén. Jesús padece esta falta de fe de los suyos que "no comprenden" (Mc 8, 31-33; cf. Lc 2, 41-50). Según esto, cabe preguntarse si Lucas no hace seguir el anuncio de la Pasión del relato de la curación del ciego con el fin de procurar una enseñanza sobre la necesidad de la fe. Mateo y Marcos sitúan este episodio más lejos, después de dos incidentes más (Mt 20, 29-34). Mateo ni siquiera hace alusión a la fe y menciona dos ciegos en donde Lucas solo cita uno. La intención de Lucas está tanto más clara en cuanto que une el episodio del ciego al hecho de que los apóstoles no comprenden nada de las palabras de Jesús (v. 34) y es el único en hacer notar esto. El es el único asimismo que menciona la frase "todo lo que ha sido escrito por los profetas" (v. 31). No se podía decir mejor que la ceguera de los apóstoles lleva precisamente a no entender las Escrituras a propósito del Hijo del hombre y de su necesidad de subir a Jerusalén. Poseemos una réplica luminosa de este pasaje en el episodio de los discípulos de Emmaús, en donde Lucas hace notar que después de la explicación de las Escrituras ("¿no era necesario que Cristo padeciese...?") y de la fracción del pan, "sus ojos se abrieron" (Lc 24, 26-31). La doctrina de esta perícopa se concreta de esta manera. Cristo debe subir a Jerusalén para cumplir la ley y los profetas; pero, para comprender este misterio pascual hay que abrir los ojos de la fe para poder entender las Escrituras. Los medios humanos son inadecuados; hay que "dejarse conducir" (v. 40) por otro para descubrir la luz. Las peregrinaciones a Jerusalén ocupan un gran puesto en la vida de Jesús. Si se prescindiera de ellas, no se entendería su ministerio público. Las "subidas" sucesivas de Jesús a Jerusalén son necesarias para entender su obra. Lucas concibe su Evangelio como una subida progresiva a Jerusalén en donde se consumará el sacrificio de la cruz. Para San Juan, las peregrinaciones de Jesús a Jerusalén forman la trama misma del relato evangélico (Jn 1,13; 5,1; 7,1-14; 10,22-23; 11,15). No debe extrañarnos esta situación. La intervención histórica de Jesús descubre su originalidad en el centro mismo del itinerario espiritual de Israel. Jesús, como miembro del pueblo escogido, sube a Jerusalén. Se trata, tanto para él como para todos los hijos de Abraham, de cumplir una obligación ritual que es esencial en la religión judía. Pero Jesús, al cumplir esa obligación en la forma en que lo hizo, inaugura la nueva religión fundada en su persona.
Al subir a Jerusalén, el hombre judío quiere manifestar el contenido de su fe en Yahvé. Dentro de este mismo rito, Jesús encarna su itinerario de obediencia hasta la muerte de cruz: sube a Jerusalén para morir de amor por los hombres. Al entregar su vida por obediencia a la voluntad del Padre, Jesús funda la religión del amor universal; se convierte en el prójimo de todos los hombres y los atrae a todos hacia él. Al mismo tiempo, el rito se hace caduco, pues al ser realizado por Jesús, la peregrinación a Jerusalén pierde su significación. Nace un nuevo templo: el cuerpo de Cristo. Se consuma el régimen de la ley: ha llegado el momento de una religión en espíritu y en verdad. Jesús supera definitivamente la solución pagana del "espacio sagrado". De ahora en adelante ya no hay ciudades santas. El centro espiritual de la humanidad es el cuerpo de Cristo resucitado. La obediencia amorosa de Cristo, hasta entregar su vida, inaugura en El un Reino que no es de este mundo. En toda su vida terrestre fue el peregrino de la Jerusalén celestial. Así será también la Iglesia, cuerpo de Cristo. Ella peregrina en esta tierra continuamente en marcha hacia su realización perfecta más allá de la muerte.
La Iglesia convoca a todo miembro suyo a ser aquí abajo un peregrino del Reino. Este peregrinar lo invita a dar su vida entera por la construcción del Reino. No le espera ninguna ciudad santa sino solo la familia del Padre. Esta tarea exige al cristiano que renueve constantemente su fe y su caridad. Ser peregrino del Reino es, en definitiva, "seguir a Jesús". Y Jesús nos invita a que le sigamos precisamente en aquellos pasajes evangélicos en que se trata de su subida a Jerusalén. Solamente Jesús trazó la ruta de la obediencia hacia el Reino; si lo seguimos, los cristianos seremos fieles a nuestra condición de peregrinos. A lo largo de su viaje por esta tierra, a la Iglesia le gusta recordar a la comunidad creyente su situación aquí abajo. Este peregrinar propuesto a los cristianos afecta a toda su vida. Exige ante todo un resurgimiento teologal (Maertens-Frisque).
Se ponía todos los días en el mismo lugar, como un complemento pintoresco entre otros muchos de la calle, sin molestar a nadie. En su mundo cerrado aparece de pronto una presencia: "Es Jesús el Nazareno". El hombre se pone en pie: "¡Señor, que vea!". Como Dios es Luz, ha inventado los ojos de Jesús para mirar nuestro mundo como nunca lo había podido mirar nadie, con una verdad y una intensidad que son a la vez inexorables para con la mentira y misericordiosas para con la debilidad, "¡Ten compasión de mí" Y como Jesús es la Luz del mundo, inventa unos ojos para ese mendigo ciego: Ve. Tu fe te ha salvado". Un proverbio árabe dice: "Ven a mi con tu corazón y yo te daré mis ojos". Ven a mí con tu corazón, nos dice Jesús. "¡Ten compasión de mí!" Tenemos que ir a Jesús con nuestro corazón, con nuestro coraje de ver, de verlo todo, de no parpadear ante la realidad, la de nosotros mismos, la del mundo. Tenemos que atrevernos a ver nuestras tinieblas: la fe es ante todo una prueba y un grito: "¡Ten compasión de mí!" Porque ¿cómo no hacer aquella constatación dramática de un hombre de teatro: "Por la mañana abría los ojos ciertamente con un verdadero placer por ver la luz del día; me levantaba y, al cabo de pocos minutos, como un manto de plomo, el cansancio aplastaba mis hombros... Es como si en pleno día estuviera viendo la noche, la noche mezclada con el día, el sol negro de la melancolía" (F. Ionesco, Journal en miettes)? "Ven a mí con tu corazón..." Sólo un grito puede subir de nuestros labios ante lo que estamos viendo: "¡Ten compasión de nosotros!" "Yo te daré mis ojos": sólo los ojos del Resucitado pueden hacernos huir de la desesperación y ver el mundo con una mirada distinta. Sólo la luz puede deslumbrarnos hasta el punto de llegar a irradiar la realidad entera. "Ve...": la mirada a la que nos abre Jesús no es una mirada cualquiera: si nos atrevemos a mirar la realidad cara a cara, es porque ella nos ha sido revelada como salvada.
Luz nacida de la luz,
Jesús, Hijo del Dios vivo,
¡ten compasión de nosotros!
Arráncanos de nuestras tinieblas,
danos a vivir tu salvación.
Deslúmbranos con tu misericordia
y enséñanos a mirar nuestro mundo
como Tú lo ves por los siglos de los siglos (“Dios cada día”, Sal terrae).
La impotencia humana y su humilde fe viene gráficamente expresadas en el ciego del evangelio de hoy. Es la imagen de Adán, cegado por la culpa. Es la imagen de la Iglesia, llamada del paganismo, en el que vivía pobre y pecadora, ciega para la verdadera gloria de Dios. En ella no había nada más que sed de luz, ansia por el "Dios desconocido". Se sienta en el camino y espera su salud. En el camino, pues "la Verdad misma dice: Yo soy el camino" (S. Gregorio Magno, segunda homilía sobre los Evangelios). Y no espera en vano; Cristo viene; sí, viene por el camino del sufrimiento, que ha de servirle para redimirnos. "Mirad que vamos a Jerusalén y se va a cumplir todo cuanto los profetas escribieron del Hijo del hombre. Será entregado a los gentiles, escarnecido, azotado, escupido y, en habiéndolo azotado, lo matarán. Y resucitará al tercer día" (Lc 18,31-33). Sí, Cristo viene. El mismo es el camino que conduce al Padre. Cristo viene; es la luz por la que clama la Iglesia. Toda sabiduría humana enmudece ante El; la pobre humanidad no redimida todavía hase olvidado por completo de todas las hermosas palabras de sus poetas y filósofos. Su única exclamación es: "¡Compadécete de mí!" La conducen a Jesús... Así lo ordena El; y nadie va a Jesús si el Padre no le atrae... La conducen, pues, a Jesús; El es quien dice: "Yo soy la luz del mundo". "¿Qué quieres que te haga?", le pregunta. No pide más que: "Señor, ¡que vea!". Sabe bien que El solo es la luz, y así lo cree y confiesa. En efecto, ha oído la llamada de "¡Despiértate tú que duermes, álzate de entre los muertos y Cristo te iluminará!" (Ef 5,14). Nada juzga tan preciso como la vista; con la luz le vendrá también todo lo demás. "Ve", le dice el Señor, "tu fe te ha salvado".
Aquí tenemos la verdadera imagen del Bautismo. Lo que el Señor hace al ciego, le acontece a la Iglesia entera. Viene del paganismo y está ciega. Se dirige a Cristo y El le da la luz. Los primitivos cristianos, al Bautismo lo llamaban "iluminación". El que ha de ser bautizado no tiene necesidad más que de creer en Cristo y desearle. La fe salva al hombre, ve y se pone a seguir a Cristo. Y el hecho de que le siga es precisamente porque lo ve.
La luz celestial está operante en él y no le permite ver otra cosa como necesaria, sino el seguir a Cristo. Aparece ahora netamente la relación con la historia de Abraham. De hecho, el retorno del hombre caído a la vida y a la salud de Dios no es posible de no hacerse por el camino de Cristo, y este camino es el de la fe y de la obediencia, como lo fue el de Abraham. No en vano la Iglesia ha pedido incesantemente desde el primer día del año litúrgico: "¡Muéstrame, Señor, tus caminos; adiéstrame en tus sendas!" (Sal 24,4). Y las dos cosas se realizan hoy: ve el camino y se le da fuerza para andarlo. Se ve ya a sí misma marchando por el camino de Cristo, resucitada de la oscuridad de la muerte y de la ceguera del pecado a la vida y a la luz de Dios.
Estamos en domingo, día de la resurrección de Cristo. Por eso, en la imagen de la curación del ciego, la Iglesia contempla su propia resurrección y vocación a la vida de Cristo, la resurrección de todos sus hijos en el Bautismo. Todos han sido iluminados, es decir, han recobrado la vista merced a la fe en Cristo. Ahora, en el sacrificio de Cristo en el altar, por el cual sus hijos son salvados y recobran la vista, vuelve a sentir realmente la Iglesia su vocación e iluminación; los llama al altar del Señor para que den gracias por la maravilla de su Bautismo (Emiliana Löhr).
Lucas concibió el plan de su evangelio como una «subida a Jerusalén», la ciudad santa donde tendrá lugar el sacrificio de Jesús y su glorificación... la ciudad de la que pronto volverá a salir la buena nueva para difundirse por toda la tierra... No olvidemos que esa subida de Jesús a Jerusalén corresponde a la época de la fiesta de la Pascua: grandes multitudes recorren los caminos con Jesús, son peregrinos que van a celebrar la «liberación de Israel». Jericó es la última ciudad etapa, a veinte Kms. tan sólo de Jerusalén. Jesús hará en ella dos «signos»: -curar a un ciego, -convertir un «recaudador de impuestos»... -Cuando se acercaban a Jericó, había un ciego sentado a la vera del camino, pidiendo limosna. Ese encuentro, aparentemente «casual», en el desarrollo del relato de Lucas, se sitúa inmediatamente después del «último anuncio de la Pasión» (Lucas 18,3-34), Lucas acaba de subrayar la ceguera de los apóstoles: «Pero ellos, los Doce, no entendieron nada. Esa palabra -el anuncio de la Pascua: muerte y resurrección- permanecía para ellos velado, y no sabían qué quería decir Jesús.»
También nosotros somos como ciegos a la vera del camino. Igual que los apóstoles, no vemos claro... Es necesario que el Señor mismo nos dé unos «ojos nuevos» para llegar a ser capaces de entender el significado de la «subida a Jerusalén». ¡Señor, concédenos la fe... aparta el velo que nos impide ver las cosas como Tú las ves! Lucas nos dará la réplica exacta de ese pasaje en el relato de los peregrinos de Emaús: cuando Jesús les habrá explicado de nuevo que «era preciso que Cristo sufriera» ... sus ojos se abrieron... (Lucas 24, 26-31)
-Al oír que pasaba gente... Son peregrinos, que cantan sin duda los «cánticos de las subidas», los Salmos 120 a 134, según la tradición. El ciego sentado está oyéndolos.
-...Preguntó qué era aquello. Es el ciego, el que toma la iniciativa.
-Le explicaron: «Está pasando Jesús, el Nazareno.» «Nazôreano», título raramente empleado por los otros evangelistas, y que Lucas usará ocho veces en los Hechos de los Apóstoles. La multitud identifica a Jesús más sencillamente como «Jesús de Nazaret», en patués arameo...
-Empezó a gritar diciendo: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mi!» En vez de repetir el título sencillo que acaba de oír, el ciego pasa de inmediato a una profesión de fe: «Hijo de David», título mesiánico, anunciado a María el día de la concepción de Jesús (Lucas 1, 32): «el Señor Dios le dará el trono de David, su padre». De modo que muchos vieron las obras de Jesús y permanecieron ciegos sobre su verdadera identidad. Pero el Mesías, anunciado por los profetas, es ciertamente aquel que «cura a los ciegos» (Isaías 35, 5; Lucas 4, 18) ¡y son esos «videntes interiores», los pobres, los que ven justo! Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Acepta ese título de realeza, cuyo uso había prohibido antes (Mateo 9,30) . Ahora que su Pasión está cerca, todas las esperanzas políticas y nacionales que no quiso asumir, cuando todo el mundo le empujaba a ellas, han quedado atrás: se dirige a Jerusalén, no para tomar el poder, sino para morir.
-Jesús le dijo: «Recobra la vista. Tu fe te ha salvado.» Y en el acto recobró la vista, y siguió a Jesús bendiciendo a Dios. ¡Concédeme, Señor, que yo también te siga hasta la cruz y hasta la Pascua! (Noel Quesson).
La situación del ciego era sumamente precaria. Estaba impedido por un defecto que no le permitía percibir la realidad, sino que lo limitaba a escuchar lo que ocurría. Estaba sentado a la orilla del camino, totalmente marginado del devenir humano. Además, pedía limosna como cualquier menesteroso. Sin embargo, es un hombre atento a los pocos signos que alcanza a percibir.
El ciego escucha el rumor que produce el avance de Jesús a Jerusalén. Sus discípulos van haciendo el camino con él y tratan de seguir adelante sin hacer caso al hombre postrado. Jesús se detiene al escuchar el clamor y pide que traigan al ciego, a pesar de la oposición de los discípulos.
Los discípulos quieren callar al ciego por varias causas. Su lamento era inoportuno e interrumpía la marcha. El nombre con el que el ciego llama a Jesús se presta para malos entendidos: "Hijo de David" era un título mesiánico que Jesús no reivindicaba para sí y que podía representar un peligro ante las autoridades de Jerusalén. Y, por último, era costumbre de los discípulos y apóstoles alejar a Jesús de la multitud.
La actitud de Jesús le da un giro a la situación: envía por el ciego y lo escucha. El ciego entonces no pide limosna, sino la restitución de sus sentidos. Jesús le da la vista, reconociendo en el hombre una fe transformadora de la realidad. Pasó de ser un marginado a ser un hombre en una nueva situación.
En la actualidad nosotros nos hallamos en una situación similar a la del ciego. Estamos atentos a los signos de la realidad pero no la percibimos completamente. Muchas veces nos sentamos a la orilla de camino sin saber qué hacer, aunque reconociéndonos como seres humanos necesitados. La parábola, entonces nos muestra que urgimos, como el ciego, ser curados por Jesús, recuperar nuestra visión de la realidad para poder seguirle. El evangelio nos invita a que clamemos a Jesús para que el nos ayude a ver la realidad y a seguir su camino (servicio bíblico latinoamericano).
El Señor nunca niega su gracia. Este hombre es imagen “de quien desconoce la claridad de la luz eterna”, pues en ocasiones el alma puede sufrir también momentos de ceguera y de oscuridad. Muchas veces esta situación está causada por pecados personales, cuyas consecuencias no han sido del todo zanjadas, o por falta de correspondencia a la gracia. En otras ocasiones, el Señor permite esta difícil situación para purificar el alma, para madurarla en la humildad y en la confianza en Él. Sea cual sea su origen, si alguna vez nos encontramos en ese estado, ¿qué haremos? El ciego de Jericó, Bartimeo, el hijo de Timeo (Marcos 10, 46-52) nos lo enseña: dirigirnos al Señor, siempre cercano para que tenga misericordia de nosotros, y como Bartimeo decirle: ¡Ut videam!, ¡Que vea, Señor!
Si el Señor permite que nos quedemos a oscuras, incluso en cosas pequeñas; si sentimos que nuestra fe no es firme, acudamos al buen pastor. Nadie, de ordinario, puede guiarse a sí mismo sin una ayuda extraordinaria de Dios. La falta de objetividad con que nos vemos a nosotros mismos hace imposible encontrar los senderos seguros que nos llevan en la dirección justa. “El alma sola sin maestro, que tiene virtud, es como el carbón encendido que está solo; antes se irá enfriando que encendiendo” (San Juan de la Cruz) ¡Cuántas veces Jesús espera la sinceridad y la docilidad del alma para obrar el milagro! Nunca niega el Señor su gracia si acudimos a Él en la oración y en los medios por los cuales derrama su gracia.
En quien nos ayuda vemos al mismo Cristo, que enseña, ilumina, cura y da alimento a nuestra alma para que siga su camino. Sin ese sentido sobrenatural, sin esta fe, la dirección espiritual quedaría desvirtuada. Se transformaría en algo completamente distinto: en intercambio de opiniones, quizá. Este medio es una gran ayuda cuando lo que realmente queremos es averiguar la voluntad de Dios sobre nosotros e identificarnos con ella. No busquemos en la dirección espiritual a quien pueda resolver nuestros asuntos temporales; nos ayudará a santificarlos, nunca a organizarlos ni a resolverlos. No es ésa su misión. Si seguimos bien este medio de dirección espiritual, nos sentiremos como Bartimeo, que seguía en el camino a Jesús glorificando a Dios, lleno de alegría. Nos acercamos a Jesús llenos de fe para suplicarle que nos haga contemplar su Rostro y nos llene de su Luz. Entonces podremos caminar tras sus huellas. Huellas que nos ha dejado especialmente en la Eucaristía, a la que acudimos no sólo a adorarlo y a reconocerlo como Señor en nuestra vida, sino a aceptar el compromiso de vivir conforme a su Evangelio, dando testimonio de Él con nuestras obras. Es el Señor que se acerca a nosotros y que nos dice: ¿Qué quieres que haga por ti? Ante esa pregunta no queramos responder pidiendo cosas intranscendentes. Pidámosle que nos dé un corazón nuevo y un espíritu nuevo, capaz de ayudarnos a convertirnos en un testimonio vivo del Amor y de la Verdad, que es Dios, y que habita en nuestros corazones. Ante el Señor reconocemos nuestras miserias, pero el Señor quiere perdonarnos; ojalá y aceptemos su perdón y, libres de las tinieblas del pecado y de la muerte, vayamos tras de Cristo, alabando su Nombre con nuestras buenas obras.
Quienes participamos de la Eucaristía y entramos en comunión de Vida con el Señor, hemos de tener los ojos abiertos para contemplar su Rostro en nuestros hermanos, para preocuparnos de hacerles siempre el bien. El ir tras de Jesús no ha de ser sólo para vivir nuestra fe de un modo personalista, sino para vivirla como testigos. A la Iglesia de Cristo, formada por nosotros, corresponde la Misión de devolver la vista a quienes el pecado les ha enceguecido los ojos del corazón y les ha embotado su mente. La proclamación del Evangelio de Cristo se ha de hacer en todo momento, insistiendo a tiempo y a destiempo. Y, al proclamar la Buena Nueva del Señor, no podemos dejar de pasar haciendo el bien a todos, pues el anuncio del Evangelio, que no vaya acompañado de buenas obras, difícilmente podrá conducir a la fe a quienes nos escuchen. El Espíritu Santo debe llenar todo nuestro ser para que podamos no sólo ver, sino comprender la voluntad de Dios sobre nosotros, y, siguiendo las huellas de Cristo, podamos algún día, junto con Él, contemplar y disfrutar eternamente la Gloria del Padre Dios.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser fieles discípulos de su Hijo, dejándonos perdonar por Él, permitiéndole que nos ayude a contemplar su vida para amoldarnos a ella, y dejándonos conducir por su Espíritu para llegar a la Gloria, a la que nos llama como término de nuestro camino como testigos por este mundo. Amén (www.homiliacatolica.com).
sábado, 12 de noviembre de 2011
Domingo XXXIII del tiempo ordinario (A): aprovechemos los talentos que Dios nos ha dado, en el servicio a los demás, pues con esta medida podremos rec
Domingo XXXIII del tiempo ordinario (A): aprovechemos los talentos que Dios nos ha dado, en el servicio a los demás, pues con esta medida podremos recibir la gracia del cielo
Lectura del libro de los Proverbios 31,10-13.19-20.29-31. Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? / vale mucho más que las perlas. / Su marido se fía de ella / y no le faltan riquezas. / Le trae ganancias y no pérdidas / todos los días de su vida. / Adquiere lana y lino, / los trabaja con la destreza de sus manos. / Extiende la mano hacia el huso / y sostiene con la palma la rueca. / Abre sus manos al necesitado / y extiende el brazo al pobre. / Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura; / la que teme al Señor merece alabanza. / Cantadle por el éxito de su trabajo, / que sus obras la alaben en la plaza.
Sal 127,1-2. 3. 4-5. R/. Dichoso el que teme al Señor.
¡Dichoso el que teme al Señor / y sigue sus caminos! / Comerás del fruto de tu trabajo, / serás dichoso, te irá bien. / Tu mujer como parra fecunda, / en medio de tu casa; / tus hijos como renuevos de olivo / alrededor de tu mesa.
Esta es la bendición del hombre / que teme al Señor. / Que el Señor te bendiga desde Sión, / que veas la prosperidad de Jerusalén, / todos los días de tu vida.
Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 5,1-6. Hermanos: En lo referente al tiempo y a las circunstancias no necesitáis que os escriba. Sabéis perfectamente que el Día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: «paz y seguridad», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar. Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas para que ese día no os sorprenda como un ladrón, porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas. Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y vivamos sobriamente.
Lectura del santo Evangelio según San Mateo 25,14-30. En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: -Un hombre que se iba al extranjero llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata; a otro, dos; a otro, uno; a cada cual según su capacidad. Luego se marchó. [El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.]
Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: -Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco.
Su señor le dijo: -Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.
Se acercó luego el que había recibido dos talentos, y dijo: -Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos.
Su señor le dijo: -Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante: pasa al banquete de tu señor.
Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: -Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces; tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo.
El señor le respondió: -Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco para que al volver yo pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que no tiene se le quitará, hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes.
Comentario: 1. Pr 31.10-13.19-20.30-31. El problema del feminismo es que ha habido machismo desde hace tiempo, y se ha aplicado el patrón del resto de aspectos sociales: antagonismo, confundir igualdad con uniformidad; negarse, en definitiva, a reconocer que hombre y mujer son distintos. Hombre y mujer son iguales en dignidad, en derechos, en oportunidades que deben recibir, en la consideración como seres humanos, etc. La marginación y sumisión en que la mayoría de las sociedades han tenido a la mujer probablemente se deba a una mala interpretación de la diferencia de cualidades entre el hombre y la mujer; pero el camino para resolver este grave error histórico no es cometer otro y negar las diferencias. En nuestro mundo urge admirar la existencia de una femineidad y la existencia de una masculinidad: Dios creó al hombre y a la mujer (varón y varona, dice literalmente la Biblia, para que se vea claramente la igualdad), y a los dos los hizo a su imagen y semejanza; y sólo a Eva reconoció Adán como carne de su carne y sangre de su sangre. Hay, por tanto, una evidente igualdad. Los creó "varón y varona", diferentes, distintos, para que se complementaran -no para que uno sometiera a otra, ni tampoco una al otro-. La primera lectura de hoy alaba a una mujer que sabe realizar correctamente las tareas domésticas… quizá es hora de que el Estado instaure la seguridad social y la pensión para las amas de casa, para realzar esta dignidad.
A vueltas con el refranero.- Dada la gran atracción que la mujer ejerce sobre el hombre: "Más tira moza que soga", no es raro que el hombre de todos los tiempos haya plasmado en refranes el papel decisivo que, para bien o para mal, puede ejercer la mujer en el hogar: "Con mal anda la casa donde la rueca manda a la espada", y un proverbio latino: "Femina raro bona, sed quae bona, digna corona". El predominio cultural del hombre ha recalcado más los aspectos negativos que los positivos. -También en los libros sapienciales de la Biblia encontramos proverbios de este mismo talante; "Más vale vivir en rincón de azotea que en taberna con mujer pendenciera" (21,9), "la mujer hacendosa es corona del marido, la de mala fama es caries en los huesos" (12,4; cf. 18,22; 5,15ss.). Aquí, la madre del rey Lemuel (v.1) presenta a su hijo el cuadro de una buena ama de casa (vv.10-31). Es un bello poema alfabético (cada uno de los veintidós versículos empieza con una letra diversa del alfabeto hebreo), sin ningún orden. Es el poema en su conjunto, y no el recorte de versículos, el que produce en el lector un gran impacto. Relato más apto para ser escuchado que comentado. El autor tiene ante los ojos a la mujer de sus sueños. La presenta como modelo a imitar por los israelitas e ideal de compañera, casi utópica, a alcanzar por el futuro esposo. -La interrogación del v. 10 no indica pesimismo. Una mujer, como la que nos presenta el poema, es difícil de encontrar, pero no imposible. El valor de la perla radica precisamente en su escasez; y el que la encuentra ha encontrado un gran tesoro. -Con su trabajo y buena administración mejora la economía de la casa y tiene un papel decisivo en la posición social del marido. Es comedida y certera en sus palabras, solícita con sus empleados y caritativa con los pobres (vv.11-27). Su marido y sus hijos la felicitan y la alaban (vv. 28-29). Sus mismas obras pregonan su personalidad (v.31). Una mujer de este calibre sólo puede causar admiración. -En el v.30 encontramos el único elemento religioso del poema: el temor de Dios está por encima de la caduca hermosura. Nuestro refranero hablará de sensatez: "Cabello largo y corto el seso", "anillo de oro en jeta de puerco es la mujer hermosa falta de seso" (11,22). La mujer ideal ha de poseer gran dosis de sensatez y, según Proverbios, debe integrar en su vida el aspecto religioso: deberá estar abierta a la divinidad en el amor (alteridad de la Alianza) y en el temor (saber reconocer su puesto y darse cuenta de la superioridad de la divinidad). Este es el concepto de “temor” bíblico, que nada tiene que ver con nuestra idea del temor… Si el autor de este libro viviera hoy, estoy seguro de que defendería con fuerza y tozudez los derechos de la mujer, su puesto en la sociedad, su igualdad en el trabajo..., nos presentaría un cuadro diverso de mujer… La mujer ideal, cantada por Proverbios, no guarda relación alguna con la importancia del puesto ocupado, sino con el saber hacer y comportarse con los que le rodean. Mujer ideal puede ser cualquiera que "preparó la comida, lavó la ropa, amamantó a sus hijos, veló a los enfermos, recorrió mil ventanillas solicitando un descuento o una ayuda" (J.M. Cabodevilla). En la sencillez que irradia paz y alegría entre los hombres radica la fuerza de esta mujer de Proverbios (A. Gil Modrego).
San Josemaría Escrivá hacía depender la sociedad de la familia y ésta de la mujer… El autor sagrado exige mucho de la mujer (cf. 11,22;12,4;14,1;19,13, etc.) pero concluye el libro con este canto a la mujer completa (cf. Pr 20,6, donde se hace la misma pregunta respecto al hombre ideal). El ideal femenino de aquí corresponde a una cultura patriarcal (se la considera algo así como una eterna menor de edad, inmadura: el muro de la casa, por ejemplo, es como el velo que preserva a la fuente de vida, que es la mujer, contra las nefastas influencias externas. A pesar de esto, la esposa judía no es, en modo alguno, la sempiterna esclava de que nos hablan otras culturas, basta ver los relatos de cómo se preparan las niñas chinas para el matrimonio, rompiéndoles los pies para empequeñecerlos –muchas mueren- y relegándolas a una habitación-cárcel para toda la vida), pero vemos algunos valores permanentes: espíritu fuerte y laborioso… lo más hermoso de la mujer son las virtudes que tiene (“Eucaristía 1990”). Fray Luis de León dedicó a estos versos un hermoso comentario, titulado "La perfecta casada". La lección de este fragmento es muy iluminadora en nuestros días, cuando la mujer va recuperando el lugar que siglos de injusticia y relegación le han negado; y aunque algunos puntos de las comparaciones no sean del todo actuales, el espíritu y la línea de este elogio admirable lo convierten en la página más brillante de la Biblia sobre la mujer; por eso, la Iglesia lo lee en la liturgia de las mujeres santas. De una manera práctica y concreta, el poema va describiendo las múltiples y acertadas actividades de la mujer ideal. En su casa reina la serenidad, la paz, la confianza y la prosperidad, y todos gozan de buen nombre; la causa es la presencia de esta mujer extraordinaria, de personalidad y carácter, enteramente entregada al bien de la familia, preocupada por todos, incluso en los detalles más insignificantes. Tiene iniciativa y acierta en lo que hace dentro y fuera de casa, pues esta esposa compra y vende campos, comercia con lo que fabrica y adquiere sus productos. Por eso (23) constituye la felicidad de su esposo y la alegría de sus hijos que la alaban y se complacen en ella; los criados se ven también favorecidos por su administración prudente y generosa, y los necesitados reciben ayuda de su atención y solicitud. Actividad y donación, entrega total fruto de un amor grande y centrado en los de casa y en el bien de su pueblo: ésos son los valores que nuestro texto pondera, no la belleza ni la apariencia externa (30). La segunda parte de este versículo se puede interpretar de dos maneras. Si seguimos el texto hebreo, deberemos traducir: «La mujer que merece alabanza es la que teme al Señor» sería una conclusión lógica y hermosa del poema dedicado a la mujer virtuosa. Si nos atenemos a la versión de los Setenta, deberemos leer: "Lo que hay que ensalzar es el temor del Señor"; se trataría de la conclusión del libro de los Proverbios, que comienza mostrándonos como principio de la sabiduría el temor de Yahvé (1,7). Las dos formas expresan la lección de un libro que nos ha querido mostrar que el bien auténtico del hombre y el camino que le lleva a la vida es escuchar y aceptar las enseñanzas de la sabiduría personificada en Cristo (J. M. Vernet).
2. El Sl 127 hace parte de los "salmos graduales" que los peregrinos cantaban caminando hacia Jerusalén. Desde los 12, cada año, Jesús "subió" a Jerusalén con motivo de las fiestas, y entonó este canto. La fórmula final es una "bendición" que los sacerdotes pronunciaban sobre los peregrinos, a su llegada: "Que el Señor te bendiga desde Sión, todos los días de tu vida..." Leemos un idilio encantador de sencillez y frescura. Es el cuadro de la "felicidad en familia", de una familia modesta: allí se practica la piedad (la adoración religiosa... La observancia de las leyes...), el trabajo manual (aun para el intelectual, constituía una dicha, el trabajo de sus manos), y el amor familiar y conyugal... En Israel, era clásico pensar que el hombre "virtuoso" y "justo" tenía que ser feliz, y ser recompensado ya aquí abajo con el éxito humano. En parte aún no había la revelación del cielo, pero quizá también hay mucho espiritualismo desencarnado. El pensamiento bíblico es más realista: afirma que Dios nos hizo para la felicidad, desde aquí abajo... ¿Por qué acomplejarnos si estamos felices? ¿Por qué más bien, "no dar gracias", y desear para todos los hombres la misma felicidad? No se trata tampoco de caer en el exceso contrario, el de los "amigos de Job" que establecían una ecuación casi matemática: ¡Sé piadoso, y serás feliz! ¡Sé malvado, y serás desgraciado! Sabemos, por desgracia, que los justos pueden fracasar y sufrir, y los impíos por el contrario, prosperar. El sufrimiento no es un castigo. Es un hecho. Y el éxito humano, no es necesariamente señal de virtud. Sigue siendo verdad en el fondo, que el justo es el más feliz de los hombres, al menos espiritualmente, en el fondo de su conciencia: "¡feliz, tú que adoras al Señor!": "¡Feliz tú, que honras al Señor y le eres obediente!" Con frecuencia dijo Jesús: "felices... felices... felices...". Son las Bienaventuranzas. Jesús también prometió la felicidad: "Felices aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica". "Tu mujer... Tus hijos..." Un ideal para la pareja. "Que el hombre no separe lo que ha unido Dios" (Marcos 10, 2-16...). La familia y demás relaciones humanas nobles no tienen por qué romperse. Jesús conoce el amor filial hacia el Pare, su ternura hacia los niños, la amistad, la paternidad espiritual y la relación esposal con la Iglesia (Ap 19,7; 21,2; Mt 9,15;25,1; Jn 3,29; 2 Cor 1,2), de cuya imagen es aquí otra vez la "viña" (cf. Jn 15). "Mi hijo, ve a trabajar en mi viña" (Mt 21,28).
Amor divino y humano... Recitemos este salmo pensando en los que amamos, orando por su felicidad, pidiendo que ellos aprendan a "amar". Las dos imágenes, la viña y el olivo, evocan la alegría: dos árboles frutales típicos del oriente... que dan el vino y el aceite. La imagen de los "hijos alrededor de la mesa" nos invita a orar por los niños, por su unión fraternal, porque las oposiciones entre padres e hijos no se agudicen. El trabajo profesional... La humanidad... La Sociedad, la felicidad de Jerusalén condiciona la felicidad de cada familia judía. Ningún hombre, ninguna mujer, ninguna familia, ningún grupo particular construye su felicidad en contra de la felicidad de los demás. La dimensión social de la existencia humana es constantemente subrayada por la Biblia: oro por mi país, por los organismos en que estoy comprometido, por la ciudad en que vivo, por mis conciudadanos. La felicidad... Tenemos marcada tendencia, a pensar en Dios sólo cuando "algo va mal", como si fuera el "tapa-huecos" de nuestras debilidades, de nuestros fracasos. Damos una imagen muy mezquina de Dios, cuando hacemos de El "motor auxiliar" de nuestras incapacidades. Descubramos la alabanza, y la oración festiva: que se alegra cuando "algo va bien", y que dice "¡gracias!" (Noel Quesson). Es una gracia de Dios comer juntos, sentirse en familia y charlar y comentar y comer y beber todos juntos en la alegre intimidad del grupo unido. Comer juntos es bendición de Dios. Quiero aprender el arte de la conversación en la mesa, marco elegante de cada plato en gesto de humor y cortesía…
3. 1 Ts 5, 1-6. Hay una falsa mística cristiana, que se funda en la paz y en la seguridad. La verdadera mística es la de la sorpresa: nuestro Dios es un Dios ladrón de nuestras seguridades burguesas y, por lo tanto, exige de nosotros una actitud de apertura a todo lo nuevo y sorprendente. Cuando Israel tiene acceso al régimen de la fe, ya había considerado el acontecimiento como el terreno privilegiado para el encuentro con Dios. Pero, cuando imagina la salvación, es decir, la intervención decisiva de Yahvé en favor de su pueblo, la circunscribía a un día que no pertenecía ya al tiempo de la historia, un día que debía detener el curso de la historia: el "día de Yahvé". Se produjo entonces una especie de dicotomía entre el tiempo profano y el sagrado, el tiempo del hombre y el tiempo de Dios. Jesús de Nazaret ha modificado profundamente estos valores tradicionales. El Reino que Él nos ofrece se construye aquí abajo, en lo cotidiano de la existencia. A su modo de ver, no existe para el hombre más que un solo tiempo: el que le toca vivir, plenamente, como el lugar en que Dios interviene para salvarnos. Esta es la tesis de Pablo: en lugar de esperar desesperadamente un "día de Yahvé", es mejor vivir con Dios, en la luz, cada uno de los días que nos toque vivir (también Mt reponde sobre la venida del Hijo del hombre con la vigilancia de cada día: Maertens-Frisque). Pablo insiste en la imprevisibilidad del día del Señor (Mt 24,43 ss.; Ap 3,3; 16,15)... La fe en la "parusía" relativiza la actitud del cristiano frente a todas las grandes realizaciones históricas. Por eso, cuando estén diciendo: "paz y seguridad, entonces de improviso les sobrevendrá la ruina". En una palabra, los cristianos, aun alegrándose de las victorias humanas sobre sus múltiples alienaciones, nunca juzgarán definitiva una época histórica, sino que siempre adoptarán frente a ella una actitud crítica y de espera (Comentarios, edic. Marova). Vigilantes y sobrios, no seremos sorprendidos (1 Tes 5,1-6). Ese Día del Señor, del que habla ya el profeta Amós (5,18-20) como de un día terrible, es el que Jesús describe como súbito (Mt 24,43; Lc 12,39). Hemos de velar siempre... Esta vigilancia supone sobriedad, es decir, aquella búsqueda del no-condicionamiento, del verdadero despego en orden a la venida de Cristo (Adrien Nocent). Decía D. Miguel de Unamuno que no sabía si merecíamos un más allá ni que la lógica nos lo muestre; "digo" -seguía- que lo necesito, merézcalo o no, y nada más. Digo que lo que pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad, y que sin ella me es todo igual. Yo necesito eso, ¡lo ne-ce-si-to! Y sin ello ni hay alegría de vivir ni la alegría de vivir quiere decir nada. Es muy cómodo esto de decir: "¡hay que vivir, hay que contentarse con la vida!" ¿Y los que no nos contentamos con ella?" Don Miguel se atreve, pues, a afirmar la absurdez fundamental si no hay un más allá (B. Cebolla). Pero después de hablar de que Jesús vendrá como un ladrón, les dice Pablo que no tengan angustia, pues aunque tengan que vivir de momento en las tinieblas, no pertenecen a ellas (5). La venida del Señor es el día y, por tanto, no les da miedo. El Apóstol quiere quitar a los tesalonicenses toda angustia que pueda paralizarlos para la practica del bien según el evangelio. Como soldados en vela, debemos estar armados «con la coraza de la fe y de la caridad y con el yelmo de la esperanza de la salvación» (8), por medio del Señor Jesucristo, que murió por ellos (10). Ni siquiera el creyente está seguro, pero puede abandonarse por completo a la misericordia divina (M. Gallart).
4. Mt 25. 14-30. Los judíos piadosos buscaban su seguridad personal en la observancia de la Ley, con el fin de hacer méritos ante Dios, pero entre tanto, por su exclusivismo egoísta, la religión de Israel se convertía en una magnitud estéril: por ello, Israel será desposeído de lo que tiene, y se dará a un nuevo pueblo que, aceptando el riesgo que implica toda inversión, sea capaz de hacer fructificar los dones recibidos (J. Lligadas)… se pueden dar muchas interpretaciones alegóricas, pero la parábola de los talentos está ahí, misteriosa y clara, y sigue al domingo pasado en su invitación a vivir con la mirada puesta en el futuro: "Velad porque no sabéis el día ni la hora". También podemos decir que el hombre que se marcha es Jesús subiendo al cielo. Los talentos, las capacidades que cada cristiano tiene. La vuelta, la segunda venida de Jesús al final de los tiempos. El tiempo entre la marcha y la vuelta de Jesús, la historia humana. El rendimiento de cuentas, el juicio final en el que cada uno deberá responder de las capacidades recibidas. El premio y el castigo, el cielo y el infierno… pero Mateo quiere reavivar no la zozobra (esto queda para frustrados, personas que han perdido el tren de la vida, agoreros y fatalistas), sino la vigilancia, es decir, la actitud abierta al futuro de Dios y de nosotros con Él. Una vez más, la plástica y la crudeza de las imágenes (esto es una parábola) ayudan más que cien palabras a despertar esta actitud abierta o de vigilancia y que en la parábola se expresa como actividad económica. Jesús era un maravilloso maestro del lenguaje. No estropeemos su lenguaje lleno de garra ni lo entenebrezcamos con nuestras alegorías del miedo. Miremos sin más hacia fuera de nosotros y hacia adelante, hacia la línea del horizonte en que el Hombre (cada uno de nosotros) y Dios se funden en un abrazo. Es el día y la hora (Alberto Benito).
Quien quiera ver lo negativo –tiene más fuerza- se fijará en el último administrador, el que recibe sólo un talento de plata y se lo guarda… el dueño le recrimina, pues no fue prudencia, como hacemos nosotros cuando decimos: "Yo estoy en paz con Dios porque no hago daño a nadie, porque no me meto con nadie, y voy a misa y rezo"... No es eso lo que quiere Dios, no es eso lo que predica Jesús, los pecados de omisión es hacer lo que el administrador que se guarda su talento y no lo hace rendir. Un cristiano queda en paz con Dios cuando se esfuerza porque los dones que tiene sirvan para que avance la causa del Evangelio en el mundo, para que crezca un poco más en el mundo la esperanza, el amor, la fe; y ello, aunque suponga complicaciones, riesgos, errores. porque si uno se queda encerrado sin preocuparse de nada, sin duda no se encontrará con ningún riesgo ni problema, pero al final Dios le llamará "negligente y holgazán", como al administrador del talento. Por el contrario, si uno quiere ser fiel, sin duda se encontrará con momentos poco claros, y se equivocará probablemente más de una vez. Pero Dios podrá decirle al final que ha sido fiel a lo que él quería: que los dones que él ofrece a los hombres den fruto (J. Lligadas). Vivir los talentos es no conformarse con un cristianismo flojo, una fe rutinaria y no nos limitamos a ir tirando, sino que aprovechamos toda la riqueza y la fuerza de los dones que Dios nos da para que -poco a poco y sencillamente- vayamos creciendo como hijos y nos vayamos asemejando a la imagen de su Hijo, Jesús. Cada uno de nosotros debe considerar con responsabilidad cómo trabaja los dones de Dios, es decir, si está respondiendo a lo que Dios espera de él (J. Colomer). Asi lo comenta Orígenes: “El justo siembra para el espíritu, y del Espíritu cosechará vida eterna… el justo siembra para el espíritu, y del Espíritu cosechará vida eterna. En realidad, todo lo que «otro», es decir, el hombre justo, siembra y recoge para la vida eterna, lo cosecha Dios, pues el justo es posesión de Dios, que siega donde no siembra, sino el justo. Lógicamente diremos también que el justo reparte limosna a los pobres y que el Señor recoge en sus graneros todo lo que el justo ha repartido en limosnas a los pobres. Segando lo que no sembró y recogiendo lo que no esparció, considera y estima como ofrecido a sí mismo todo lo que se sembró o se esparció en los fieles pobres, diciendo a los que hicieron el bien al prójimo: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer”, etc… para el que piensa que Dios es bueno, seguro de conseguir su perdón si se convierte a él, para él Dios es bueno. Pero para el que considera que Dios es bueno, hasta el punto de no preocuparse de los pecados de los pecadores, para ese Dios no es bueno, sino exigente… sembremos para el espíritu y esparzamos en los pobres, y no escondamos el talento de Dios en la tierra. Porque no es buena esa clase de temor ni nos libra de aquellas tinieblas exteriores, si fuéremos condenados como empleados negligentes y holgazanes. Negligentes, porque no hemos hecho uso de la acendrada moneda de las palabras del Señor, con las cuales hubiéramos podido negociar y regatear el mensaje cristiano, y adquirir los más profundos misterios de la bondad de Dios. Holgazanes, porque no hemos traficado con la palabra de Dios la salvación, nuestra o la de los demás, cuando hubiéramos debido depositar el dinero de nuestro Señor, es decir, sus palabras, en el banco de los oyentes, que, como banqueros, todo lo examinan, todo lo someten a prueba, para quedarse con el dogma bueno y verdadero, rechazando el malo y falso, de suerte que cuando vuelva el Señor pueda recibir la palabra que nosotros hemos encomendado a otros con los intereses y, por añadidura, con los frutos producidos por quienes de nosotros recibieron la palabra. Pues toda moneda, esto es, toda palabra que lleva grabada la impronta real de Dios y la imagen de su Verbo, es legítima”. Todo lo de hoy es una llamada a aprovechar el tiempo, que es breve… No es superfluo mirar hacia adelante. No es de "alienados" el pensar en lo que nos espera al final del camino. Es más bien, como nos decían las lecturas del domingo pasado, la verdadera sabiduría. Como es sabiduría para un estudiante pensar en el final del curso y sus exámenes ya desde octubre. Como es sabiduría para un deportista ir acumulando puntos desde el principio de la competición. La plegaria eucarística IV le da gracias por ello: "a imagen tuya creaste al hombre (Dios creador, el hombre, colaborador de esta creación), y le encomendaste el universo entero, para que, sirviéndote sólo a ti, su creador, dominara todo lo creado..." Nuestra pregunta hoy es: ¿en verdad estoy dando rendimiento a las cualidades que tengo? Hay mucho que hacer en la sociedad, en la Iglesia: ¿aporto yo mi colaboración, o bien me inhibo, dejando que los demás trabajen? Mi salud, mi vida, mis habilidades, las he recibido como bienes a administrar. No importa si son diez o dos talentos: ¿los estoy trabajando, o me he refugiado en la pereza y la satisfacción? Al final del tiempo -que no sé si será breve o largo- se me pedirá cuenta. ¿Me voy a presentar con las manos vacías? ¿Se podrá decir que mi vida, sea larga o breve, ha sido plena, que me he "realizado" según el plan que Dios tenía sobre mí? Ha sonado un despertador en nuestro calendario… que nos habla de compromiso, de empeño constructivo, de actividad diligente para que nuestra existencia sea provechosa y fructífera, para nosotros y para los demás, sin dejarnos amodorrar por el sueño o la pereza (J. Aldazábal).
Hace muchos años, acaso no tantos, con ocasión de las "santas misiones", solía hablarse del juicio final en términos verdaderamente dramáticos. Sin saber por qué, se lanzaban las "verdades eternas" como una especie de artillería pesada para forzar la rendición incondicional de los más recalcitrantes. Situar el juicio final en el último día, sin más trascendencia que el de un ajuste general de cuentas, es anecdotizar el contenido de la fe, minimizar su alcance y alienar al creyente. Creer en el juicio final no es saber que un día se celebrará un juicio por todo lo alto, en el que todos nos enteraremos de la vida y milagros de los demás. Tal actitud contraviene la esperanza en la justicia de Dios, degradándola a un cotilleo universal. Creer en el juicio final es creer ya que el hombre, todos y cada uno, por insignificantes que nos haga la masificación actual, tenemos que responder de la vida, de los talentos. Es estar convencidos firmemente de que somos responsables, de que no podemos desentendernos de la vida y refugiarnos en "vivir nuestra vida", al margen y sin tener en cuenta a los demás; es estar persuadidos de que no podemos tener la conciencia tranquila y "lavarnos las manos" cuando nos interesa no comprometernos. Porque el que, como Pilato, se lava las manos, es un irresponsable. Y no podrá presentarse con las manos limpias en el juicio de Dios. Sólo tiene las manos limpias el que no "se lava las manos" (“Eucaristía 1975”). Así animaba Luther King: “Debemos rezar constantemente por la paz, pero también debemos trabajar con todas nuestras fuerzas por el desarme y la suspensión de las pruebas de armas. Debemos utilizar nuestra inteligencia rigurosamente para planear la paz como la hemos utilizado para planear la guerra. Debemos rogar apasionadamente por la justicia racial, pero también debemos utilizar nuestras inteligencias para desarrollar un programa, organizarnos en acción de masas pacíficas y valernos de todos los recursos corporales y espirituales para poner fin a la injusticia racial. Debemos rezar infatigablemente por la justicia económica, pero también debemos trabajar con diligencia para llevar a término aquellos planes sociales que produzcan una mejor distribución de la riqueza en nuestra nación y en los países subdesarrollados del mundo. ¿No nos revela todo esto la falacia de creer que Dios eliminará el mal de la tierra aunque el hombre no haga otra cosa que sentarse complacido al borde del camino? Ningún rayo del cielo eliminará jamás el mal. Ningún poderoso ejército de ángeles descenderá para obligar a los hombres a hacer lo que no quieren hacer. La Biblia no nos presenta a Dios como un zar omnipotente que toma decisiones por sus súbditos, ni como un tirano cósmico que con parecidos métodos a los de la Gestapo invada la vida interior del hombre, sino como un Padre amoroso que concede a sus hijos todas las abundantes bendiciones que quieran recibir con buena disposición. El hombre tiene que hacer algo siempre. "Ponte en pie, que voy a hablarte" (Ez 2,1). El hombre no es un inválido total abandonado en un valle de depravación hasta que Dios le saque. El hombre más bien es un ser humano válido, cuya visión está averiada por los caracteres del pecado, y cuya alma está debilitada por el virus del orgullo, pero le queda suficiente visión para levantar los ojos hacia las montañas y le queda aún el recuerdo de Dios para que oriente su débil y pecadora vida hacia el Gran Médico que cura los estragos del pecado”. G. Bernanos ha observado que los cristianos poseen un mensaje de liberación. Pero que en la historia, han sido frecuentemente los otros los que han “liberado” a los hombres, por la inactividad de muchos “cristianos”. La colecta de hoy es una llamada a comprender correctamente qué significa esta fructificación de los talentos: "En servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero"… “Te he confesado hasta el fin / con firmeza y sin rubor. / No he puesto nunca, Señor, / la luz bajo el celemín. / Me cercaron con rigor / angustias y sufrimientos, / pero en mis desalientos / vencí, Señor, con ahínco. / Me diste cinco talentos / y te devuelvo otros cinco” (José Mª Pemán).
Lectura del libro de los Proverbios 31,10-13.19-20.29-31. Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? / vale mucho más que las perlas. / Su marido se fía de ella / y no le faltan riquezas. / Le trae ganancias y no pérdidas / todos los días de su vida. / Adquiere lana y lino, / los trabaja con la destreza de sus manos. / Extiende la mano hacia el huso / y sostiene con la palma la rueca. / Abre sus manos al necesitado / y extiende el brazo al pobre. / Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura; / la que teme al Señor merece alabanza. / Cantadle por el éxito de su trabajo, / que sus obras la alaben en la plaza.
Sal 127,1-2. 3. 4-5. R/. Dichoso el que teme al Señor.
¡Dichoso el que teme al Señor / y sigue sus caminos! / Comerás del fruto de tu trabajo, / serás dichoso, te irá bien. / Tu mujer como parra fecunda, / en medio de tu casa; / tus hijos como renuevos de olivo / alrededor de tu mesa.
Esta es la bendición del hombre / que teme al Señor. / Que el Señor te bendiga desde Sión, / que veas la prosperidad de Jerusalén, / todos los días de tu vida.
Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 5,1-6. Hermanos: En lo referente al tiempo y a las circunstancias no necesitáis que os escriba. Sabéis perfectamente que el Día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: «paz y seguridad», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar. Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas para que ese día no os sorprenda como un ladrón, porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas. Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y vivamos sobriamente.
Lectura del santo Evangelio según San Mateo 25,14-30. En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: -Un hombre que se iba al extranjero llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata; a otro, dos; a otro, uno; a cada cual según su capacidad. Luego se marchó. [El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.]
Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: -Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco.
Su señor le dijo: -Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.
Se acercó luego el que había recibido dos talentos, y dijo: -Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos.
Su señor le dijo: -Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante: pasa al banquete de tu señor.
Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: -Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces; tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo.
El señor le respondió: -Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco para que al volver yo pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que no tiene se le quitará, hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes.
Comentario: 1. Pr 31.10-13.19-20.30-31. El problema del feminismo es que ha habido machismo desde hace tiempo, y se ha aplicado el patrón del resto de aspectos sociales: antagonismo, confundir igualdad con uniformidad; negarse, en definitiva, a reconocer que hombre y mujer son distintos. Hombre y mujer son iguales en dignidad, en derechos, en oportunidades que deben recibir, en la consideración como seres humanos, etc. La marginación y sumisión en que la mayoría de las sociedades han tenido a la mujer probablemente se deba a una mala interpretación de la diferencia de cualidades entre el hombre y la mujer; pero el camino para resolver este grave error histórico no es cometer otro y negar las diferencias. En nuestro mundo urge admirar la existencia de una femineidad y la existencia de una masculinidad: Dios creó al hombre y a la mujer (varón y varona, dice literalmente la Biblia, para que se vea claramente la igualdad), y a los dos los hizo a su imagen y semejanza; y sólo a Eva reconoció Adán como carne de su carne y sangre de su sangre. Hay, por tanto, una evidente igualdad. Los creó "varón y varona", diferentes, distintos, para que se complementaran -no para que uno sometiera a otra, ni tampoco una al otro-. La primera lectura de hoy alaba a una mujer que sabe realizar correctamente las tareas domésticas… quizá es hora de que el Estado instaure la seguridad social y la pensión para las amas de casa, para realzar esta dignidad.
A vueltas con el refranero.- Dada la gran atracción que la mujer ejerce sobre el hombre: "Más tira moza que soga", no es raro que el hombre de todos los tiempos haya plasmado en refranes el papel decisivo que, para bien o para mal, puede ejercer la mujer en el hogar: "Con mal anda la casa donde la rueca manda a la espada", y un proverbio latino: "Femina raro bona, sed quae bona, digna corona". El predominio cultural del hombre ha recalcado más los aspectos negativos que los positivos. -También en los libros sapienciales de la Biblia encontramos proverbios de este mismo talante; "Más vale vivir en rincón de azotea que en taberna con mujer pendenciera" (21,9), "la mujer hacendosa es corona del marido, la de mala fama es caries en los huesos" (12,4; cf. 18,22; 5,15ss.). Aquí, la madre del rey Lemuel (v.1) presenta a su hijo el cuadro de una buena ama de casa (vv.10-31). Es un bello poema alfabético (cada uno de los veintidós versículos empieza con una letra diversa del alfabeto hebreo), sin ningún orden. Es el poema en su conjunto, y no el recorte de versículos, el que produce en el lector un gran impacto. Relato más apto para ser escuchado que comentado. El autor tiene ante los ojos a la mujer de sus sueños. La presenta como modelo a imitar por los israelitas e ideal de compañera, casi utópica, a alcanzar por el futuro esposo. -La interrogación del v. 10 no indica pesimismo. Una mujer, como la que nos presenta el poema, es difícil de encontrar, pero no imposible. El valor de la perla radica precisamente en su escasez; y el que la encuentra ha encontrado un gran tesoro. -Con su trabajo y buena administración mejora la economía de la casa y tiene un papel decisivo en la posición social del marido. Es comedida y certera en sus palabras, solícita con sus empleados y caritativa con los pobres (vv.11-27). Su marido y sus hijos la felicitan y la alaban (vv. 28-29). Sus mismas obras pregonan su personalidad (v.31). Una mujer de este calibre sólo puede causar admiración. -En el v.30 encontramos el único elemento religioso del poema: el temor de Dios está por encima de la caduca hermosura. Nuestro refranero hablará de sensatez: "Cabello largo y corto el seso", "anillo de oro en jeta de puerco es la mujer hermosa falta de seso" (11,22). La mujer ideal ha de poseer gran dosis de sensatez y, según Proverbios, debe integrar en su vida el aspecto religioso: deberá estar abierta a la divinidad en el amor (alteridad de la Alianza) y en el temor (saber reconocer su puesto y darse cuenta de la superioridad de la divinidad). Este es el concepto de “temor” bíblico, que nada tiene que ver con nuestra idea del temor… Si el autor de este libro viviera hoy, estoy seguro de que defendería con fuerza y tozudez los derechos de la mujer, su puesto en la sociedad, su igualdad en el trabajo..., nos presentaría un cuadro diverso de mujer… La mujer ideal, cantada por Proverbios, no guarda relación alguna con la importancia del puesto ocupado, sino con el saber hacer y comportarse con los que le rodean. Mujer ideal puede ser cualquiera que "preparó la comida, lavó la ropa, amamantó a sus hijos, veló a los enfermos, recorrió mil ventanillas solicitando un descuento o una ayuda" (J.M. Cabodevilla). En la sencillez que irradia paz y alegría entre los hombres radica la fuerza de esta mujer de Proverbios (A. Gil Modrego).
San Josemaría Escrivá hacía depender la sociedad de la familia y ésta de la mujer… El autor sagrado exige mucho de la mujer (cf. 11,22;12,4;14,1;19,13, etc.) pero concluye el libro con este canto a la mujer completa (cf. Pr 20,6, donde se hace la misma pregunta respecto al hombre ideal). El ideal femenino de aquí corresponde a una cultura patriarcal (se la considera algo así como una eterna menor de edad, inmadura: el muro de la casa, por ejemplo, es como el velo que preserva a la fuente de vida, que es la mujer, contra las nefastas influencias externas. A pesar de esto, la esposa judía no es, en modo alguno, la sempiterna esclava de que nos hablan otras culturas, basta ver los relatos de cómo se preparan las niñas chinas para el matrimonio, rompiéndoles los pies para empequeñecerlos –muchas mueren- y relegándolas a una habitación-cárcel para toda la vida), pero vemos algunos valores permanentes: espíritu fuerte y laborioso… lo más hermoso de la mujer son las virtudes que tiene (“Eucaristía 1990”). Fray Luis de León dedicó a estos versos un hermoso comentario, titulado "La perfecta casada". La lección de este fragmento es muy iluminadora en nuestros días, cuando la mujer va recuperando el lugar que siglos de injusticia y relegación le han negado; y aunque algunos puntos de las comparaciones no sean del todo actuales, el espíritu y la línea de este elogio admirable lo convierten en la página más brillante de la Biblia sobre la mujer; por eso, la Iglesia lo lee en la liturgia de las mujeres santas. De una manera práctica y concreta, el poema va describiendo las múltiples y acertadas actividades de la mujer ideal. En su casa reina la serenidad, la paz, la confianza y la prosperidad, y todos gozan de buen nombre; la causa es la presencia de esta mujer extraordinaria, de personalidad y carácter, enteramente entregada al bien de la familia, preocupada por todos, incluso en los detalles más insignificantes. Tiene iniciativa y acierta en lo que hace dentro y fuera de casa, pues esta esposa compra y vende campos, comercia con lo que fabrica y adquiere sus productos. Por eso (23) constituye la felicidad de su esposo y la alegría de sus hijos que la alaban y se complacen en ella; los criados se ven también favorecidos por su administración prudente y generosa, y los necesitados reciben ayuda de su atención y solicitud. Actividad y donación, entrega total fruto de un amor grande y centrado en los de casa y en el bien de su pueblo: ésos son los valores que nuestro texto pondera, no la belleza ni la apariencia externa (30). La segunda parte de este versículo se puede interpretar de dos maneras. Si seguimos el texto hebreo, deberemos traducir: «La mujer que merece alabanza es la que teme al Señor» sería una conclusión lógica y hermosa del poema dedicado a la mujer virtuosa. Si nos atenemos a la versión de los Setenta, deberemos leer: "Lo que hay que ensalzar es el temor del Señor"; se trataría de la conclusión del libro de los Proverbios, que comienza mostrándonos como principio de la sabiduría el temor de Yahvé (1,7). Las dos formas expresan la lección de un libro que nos ha querido mostrar que el bien auténtico del hombre y el camino que le lleva a la vida es escuchar y aceptar las enseñanzas de la sabiduría personificada en Cristo (J. M. Vernet).
2. El Sl 127 hace parte de los "salmos graduales" que los peregrinos cantaban caminando hacia Jerusalén. Desde los 12, cada año, Jesús "subió" a Jerusalén con motivo de las fiestas, y entonó este canto. La fórmula final es una "bendición" que los sacerdotes pronunciaban sobre los peregrinos, a su llegada: "Que el Señor te bendiga desde Sión, todos los días de tu vida..." Leemos un idilio encantador de sencillez y frescura. Es el cuadro de la "felicidad en familia", de una familia modesta: allí se practica la piedad (la adoración religiosa... La observancia de las leyes...), el trabajo manual (aun para el intelectual, constituía una dicha, el trabajo de sus manos), y el amor familiar y conyugal... En Israel, era clásico pensar que el hombre "virtuoso" y "justo" tenía que ser feliz, y ser recompensado ya aquí abajo con el éxito humano. En parte aún no había la revelación del cielo, pero quizá también hay mucho espiritualismo desencarnado. El pensamiento bíblico es más realista: afirma que Dios nos hizo para la felicidad, desde aquí abajo... ¿Por qué acomplejarnos si estamos felices? ¿Por qué más bien, "no dar gracias", y desear para todos los hombres la misma felicidad? No se trata tampoco de caer en el exceso contrario, el de los "amigos de Job" que establecían una ecuación casi matemática: ¡Sé piadoso, y serás feliz! ¡Sé malvado, y serás desgraciado! Sabemos, por desgracia, que los justos pueden fracasar y sufrir, y los impíos por el contrario, prosperar. El sufrimiento no es un castigo. Es un hecho. Y el éxito humano, no es necesariamente señal de virtud. Sigue siendo verdad en el fondo, que el justo es el más feliz de los hombres, al menos espiritualmente, en el fondo de su conciencia: "¡feliz, tú que adoras al Señor!": "¡Feliz tú, que honras al Señor y le eres obediente!" Con frecuencia dijo Jesús: "felices... felices... felices...". Son las Bienaventuranzas. Jesús también prometió la felicidad: "Felices aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica". "Tu mujer... Tus hijos..." Un ideal para la pareja. "Que el hombre no separe lo que ha unido Dios" (Marcos 10, 2-16...). La familia y demás relaciones humanas nobles no tienen por qué romperse. Jesús conoce el amor filial hacia el Pare, su ternura hacia los niños, la amistad, la paternidad espiritual y la relación esposal con la Iglesia (Ap 19,7; 21,2; Mt 9,15;25,1; Jn 3,29; 2 Cor 1,2), de cuya imagen es aquí otra vez la "viña" (cf. Jn 15). "Mi hijo, ve a trabajar en mi viña" (Mt 21,28).
Amor divino y humano... Recitemos este salmo pensando en los que amamos, orando por su felicidad, pidiendo que ellos aprendan a "amar". Las dos imágenes, la viña y el olivo, evocan la alegría: dos árboles frutales típicos del oriente... que dan el vino y el aceite. La imagen de los "hijos alrededor de la mesa" nos invita a orar por los niños, por su unión fraternal, porque las oposiciones entre padres e hijos no se agudicen. El trabajo profesional... La humanidad... La Sociedad, la felicidad de Jerusalén condiciona la felicidad de cada familia judía. Ningún hombre, ninguna mujer, ninguna familia, ningún grupo particular construye su felicidad en contra de la felicidad de los demás. La dimensión social de la existencia humana es constantemente subrayada por la Biblia: oro por mi país, por los organismos en que estoy comprometido, por la ciudad en que vivo, por mis conciudadanos. La felicidad... Tenemos marcada tendencia, a pensar en Dios sólo cuando "algo va mal", como si fuera el "tapa-huecos" de nuestras debilidades, de nuestros fracasos. Damos una imagen muy mezquina de Dios, cuando hacemos de El "motor auxiliar" de nuestras incapacidades. Descubramos la alabanza, y la oración festiva: que se alegra cuando "algo va bien", y que dice "¡gracias!" (Noel Quesson). Es una gracia de Dios comer juntos, sentirse en familia y charlar y comentar y comer y beber todos juntos en la alegre intimidad del grupo unido. Comer juntos es bendición de Dios. Quiero aprender el arte de la conversación en la mesa, marco elegante de cada plato en gesto de humor y cortesía…
3. 1 Ts 5, 1-6. Hay una falsa mística cristiana, que se funda en la paz y en la seguridad. La verdadera mística es la de la sorpresa: nuestro Dios es un Dios ladrón de nuestras seguridades burguesas y, por lo tanto, exige de nosotros una actitud de apertura a todo lo nuevo y sorprendente. Cuando Israel tiene acceso al régimen de la fe, ya había considerado el acontecimiento como el terreno privilegiado para el encuentro con Dios. Pero, cuando imagina la salvación, es decir, la intervención decisiva de Yahvé en favor de su pueblo, la circunscribía a un día que no pertenecía ya al tiempo de la historia, un día que debía detener el curso de la historia: el "día de Yahvé". Se produjo entonces una especie de dicotomía entre el tiempo profano y el sagrado, el tiempo del hombre y el tiempo de Dios. Jesús de Nazaret ha modificado profundamente estos valores tradicionales. El Reino que Él nos ofrece se construye aquí abajo, en lo cotidiano de la existencia. A su modo de ver, no existe para el hombre más que un solo tiempo: el que le toca vivir, plenamente, como el lugar en que Dios interviene para salvarnos. Esta es la tesis de Pablo: en lugar de esperar desesperadamente un "día de Yahvé", es mejor vivir con Dios, en la luz, cada uno de los días que nos toque vivir (también Mt reponde sobre la venida del Hijo del hombre con la vigilancia de cada día: Maertens-Frisque). Pablo insiste en la imprevisibilidad del día del Señor (Mt 24,43 ss.; Ap 3,3; 16,15)... La fe en la "parusía" relativiza la actitud del cristiano frente a todas las grandes realizaciones históricas. Por eso, cuando estén diciendo: "paz y seguridad, entonces de improviso les sobrevendrá la ruina". En una palabra, los cristianos, aun alegrándose de las victorias humanas sobre sus múltiples alienaciones, nunca juzgarán definitiva una época histórica, sino que siempre adoptarán frente a ella una actitud crítica y de espera (Comentarios, edic. Marova). Vigilantes y sobrios, no seremos sorprendidos (1 Tes 5,1-6). Ese Día del Señor, del que habla ya el profeta Amós (5,18-20) como de un día terrible, es el que Jesús describe como súbito (Mt 24,43; Lc 12,39). Hemos de velar siempre... Esta vigilancia supone sobriedad, es decir, aquella búsqueda del no-condicionamiento, del verdadero despego en orden a la venida de Cristo (Adrien Nocent). Decía D. Miguel de Unamuno que no sabía si merecíamos un más allá ni que la lógica nos lo muestre; "digo" -seguía- que lo necesito, merézcalo o no, y nada más. Digo que lo que pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad, y que sin ella me es todo igual. Yo necesito eso, ¡lo ne-ce-si-to! Y sin ello ni hay alegría de vivir ni la alegría de vivir quiere decir nada. Es muy cómodo esto de decir: "¡hay que vivir, hay que contentarse con la vida!" ¿Y los que no nos contentamos con ella?" Don Miguel se atreve, pues, a afirmar la absurdez fundamental si no hay un más allá (B. Cebolla). Pero después de hablar de que Jesús vendrá como un ladrón, les dice Pablo que no tengan angustia, pues aunque tengan que vivir de momento en las tinieblas, no pertenecen a ellas (5). La venida del Señor es el día y, por tanto, no les da miedo. El Apóstol quiere quitar a los tesalonicenses toda angustia que pueda paralizarlos para la practica del bien según el evangelio. Como soldados en vela, debemos estar armados «con la coraza de la fe y de la caridad y con el yelmo de la esperanza de la salvación» (8), por medio del Señor Jesucristo, que murió por ellos (10). Ni siquiera el creyente está seguro, pero puede abandonarse por completo a la misericordia divina (M. Gallart).
4. Mt 25. 14-30. Los judíos piadosos buscaban su seguridad personal en la observancia de la Ley, con el fin de hacer méritos ante Dios, pero entre tanto, por su exclusivismo egoísta, la religión de Israel se convertía en una magnitud estéril: por ello, Israel será desposeído de lo que tiene, y se dará a un nuevo pueblo que, aceptando el riesgo que implica toda inversión, sea capaz de hacer fructificar los dones recibidos (J. Lligadas)… se pueden dar muchas interpretaciones alegóricas, pero la parábola de los talentos está ahí, misteriosa y clara, y sigue al domingo pasado en su invitación a vivir con la mirada puesta en el futuro: "Velad porque no sabéis el día ni la hora". También podemos decir que el hombre que se marcha es Jesús subiendo al cielo. Los talentos, las capacidades que cada cristiano tiene. La vuelta, la segunda venida de Jesús al final de los tiempos. El tiempo entre la marcha y la vuelta de Jesús, la historia humana. El rendimiento de cuentas, el juicio final en el que cada uno deberá responder de las capacidades recibidas. El premio y el castigo, el cielo y el infierno… pero Mateo quiere reavivar no la zozobra (esto queda para frustrados, personas que han perdido el tren de la vida, agoreros y fatalistas), sino la vigilancia, es decir, la actitud abierta al futuro de Dios y de nosotros con Él. Una vez más, la plástica y la crudeza de las imágenes (esto es una parábola) ayudan más que cien palabras a despertar esta actitud abierta o de vigilancia y que en la parábola se expresa como actividad económica. Jesús era un maravilloso maestro del lenguaje. No estropeemos su lenguaje lleno de garra ni lo entenebrezcamos con nuestras alegorías del miedo. Miremos sin más hacia fuera de nosotros y hacia adelante, hacia la línea del horizonte en que el Hombre (cada uno de nosotros) y Dios se funden en un abrazo. Es el día y la hora (Alberto Benito).
Quien quiera ver lo negativo –tiene más fuerza- se fijará en el último administrador, el que recibe sólo un talento de plata y se lo guarda… el dueño le recrimina, pues no fue prudencia, como hacemos nosotros cuando decimos: "Yo estoy en paz con Dios porque no hago daño a nadie, porque no me meto con nadie, y voy a misa y rezo"... No es eso lo que quiere Dios, no es eso lo que predica Jesús, los pecados de omisión es hacer lo que el administrador que se guarda su talento y no lo hace rendir. Un cristiano queda en paz con Dios cuando se esfuerza porque los dones que tiene sirvan para que avance la causa del Evangelio en el mundo, para que crezca un poco más en el mundo la esperanza, el amor, la fe; y ello, aunque suponga complicaciones, riesgos, errores. porque si uno se queda encerrado sin preocuparse de nada, sin duda no se encontrará con ningún riesgo ni problema, pero al final Dios le llamará "negligente y holgazán", como al administrador del talento. Por el contrario, si uno quiere ser fiel, sin duda se encontrará con momentos poco claros, y se equivocará probablemente más de una vez. Pero Dios podrá decirle al final que ha sido fiel a lo que él quería: que los dones que él ofrece a los hombres den fruto (J. Lligadas). Vivir los talentos es no conformarse con un cristianismo flojo, una fe rutinaria y no nos limitamos a ir tirando, sino que aprovechamos toda la riqueza y la fuerza de los dones que Dios nos da para que -poco a poco y sencillamente- vayamos creciendo como hijos y nos vayamos asemejando a la imagen de su Hijo, Jesús. Cada uno de nosotros debe considerar con responsabilidad cómo trabaja los dones de Dios, es decir, si está respondiendo a lo que Dios espera de él (J. Colomer). Asi lo comenta Orígenes: “El justo siembra para el espíritu, y del Espíritu cosechará vida eterna… el justo siembra para el espíritu, y del Espíritu cosechará vida eterna. En realidad, todo lo que «otro», es decir, el hombre justo, siembra y recoge para la vida eterna, lo cosecha Dios, pues el justo es posesión de Dios, que siega donde no siembra, sino el justo. Lógicamente diremos también que el justo reparte limosna a los pobres y que el Señor recoge en sus graneros todo lo que el justo ha repartido en limosnas a los pobres. Segando lo que no sembró y recogiendo lo que no esparció, considera y estima como ofrecido a sí mismo todo lo que se sembró o se esparció en los fieles pobres, diciendo a los que hicieron el bien al prójimo: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer”, etc… para el que piensa que Dios es bueno, seguro de conseguir su perdón si se convierte a él, para él Dios es bueno. Pero para el que considera que Dios es bueno, hasta el punto de no preocuparse de los pecados de los pecadores, para ese Dios no es bueno, sino exigente… sembremos para el espíritu y esparzamos en los pobres, y no escondamos el talento de Dios en la tierra. Porque no es buena esa clase de temor ni nos libra de aquellas tinieblas exteriores, si fuéremos condenados como empleados negligentes y holgazanes. Negligentes, porque no hemos hecho uso de la acendrada moneda de las palabras del Señor, con las cuales hubiéramos podido negociar y regatear el mensaje cristiano, y adquirir los más profundos misterios de la bondad de Dios. Holgazanes, porque no hemos traficado con la palabra de Dios la salvación, nuestra o la de los demás, cuando hubiéramos debido depositar el dinero de nuestro Señor, es decir, sus palabras, en el banco de los oyentes, que, como banqueros, todo lo examinan, todo lo someten a prueba, para quedarse con el dogma bueno y verdadero, rechazando el malo y falso, de suerte que cuando vuelva el Señor pueda recibir la palabra que nosotros hemos encomendado a otros con los intereses y, por añadidura, con los frutos producidos por quienes de nosotros recibieron la palabra. Pues toda moneda, esto es, toda palabra que lleva grabada la impronta real de Dios y la imagen de su Verbo, es legítima”. Todo lo de hoy es una llamada a aprovechar el tiempo, que es breve… No es superfluo mirar hacia adelante. No es de "alienados" el pensar en lo que nos espera al final del camino. Es más bien, como nos decían las lecturas del domingo pasado, la verdadera sabiduría. Como es sabiduría para un estudiante pensar en el final del curso y sus exámenes ya desde octubre. Como es sabiduría para un deportista ir acumulando puntos desde el principio de la competición. La plegaria eucarística IV le da gracias por ello: "a imagen tuya creaste al hombre (Dios creador, el hombre, colaborador de esta creación), y le encomendaste el universo entero, para que, sirviéndote sólo a ti, su creador, dominara todo lo creado..." Nuestra pregunta hoy es: ¿en verdad estoy dando rendimiento a las cualidades que tengo? Hay mucho que hacer en la sociedad, en la Iglesia: ¿aporto yo mi colaboración, o bien me inhibo, dejando que los demás trabajen? Mi salud, mi vida, mis habilidades, las he recibido como bienes a administrar. No importa si son diez o dos talentos: ¿los estoy trabajando, o me he refugiado en la pereza y la satisfacción? Al final del tiempo -que no sé si será breve o largo- se me pedirá cuenta. ¿Me voy a presentar con las manos vacías? ¿Se podrá decir que mi vida, sea larga o breve, ha sido plena, que me he "realizado" según el plan que Dios tenía sobre mí? Ha sonado un despertador en nuestro calendario… que nos habla de compromiso, de empeño constructivo, de actividad diligente para que nuestra existencia sea provechosa y fructífera, para nosotros y para los demás, sin dejarnos amodorrar por el sueño o la pereza (J. Aldazábal).
Hace muchos años, acaso no tantos, con ocasión de las "santas misiones", solía hablarse del juicio final en términos verdaderamente dramáticos. Sin saber por qué, se lanzaban las "verdades eternas" como una especie de artillería pesada para forzar la rendición incondicional de los más recalcitrantes. Situar el juicio final en el último día, sin más trascendencia que el de un ajuste general de cuentas, es anecdotizar el contenido de la fe, minimizar su alcance y alienar al creyente. Creer en el juicio final no es saber que un día se celebrará un juicio por todo lo alto, en el que todos nos enteraremos de la vida y milagros de los demás. Tal actitud contraviene la esperanza en la justicia de Dios, degradándola a un cotilleo universal. Creer en el juicio final es creer ya que el hombre, todos y cada uno, por insignificantes que nos haga la masificación actual, tenemos que responder de la vida, de los talentos. Es estar convencidos firmemente de que somos responsables, de que no podemos desentendernos de la vida y refugiarnos en "vivir nuestra vida", al margen y sin tener en cuenta a los demás; es estar persuadidos de que no podemos tener la conciencia tranquila y "lavarnos las manos" cuando nos interesa no comprometernos. Porque el que, como Pilato, se lava las manos, es un irresponsable. Y no podrá presentarse con las manos limpias en el juicio de Dios. Sólo tiene las manos limpias el que no "se lava las manos" (“Eucaristía 1975”). Así animaba Luther King: “Debemos rezar constantemente por la paz, pero también debemos trabajar con todas nuestras fuerzas por el desarme y la suspensión de las pruebas de armas. Debemos utilizar nuestra inteligencia rigurosamente para planear la paz como la hemos utilizado para planear la guerra. Debemos rogar apasionadamente por la justicia racial, pero también debemos utilizar nuestras inteligencias para desarrollar un programa, organizarnos en acción de masas pacíficas y valernos de todos los recursos corporales y espirituales para poner fin a la injusticia racial. Debemos rezar infatigablemente por la justicia económica, pero también debemos trabajar con diligencia para llevar a término aquellos planes sociales que produzcan una mejor distribución de la riqueza en nuestra nación y en los países subdesarrollados del mundo. ¿No nos revela todo esto la falacia de creer que Dios eliminará el mal de la tierra aunque el hombre no haga otra cosa que sentarse complacido al borde del camino? Ningún rayo del cielo eliminará jamás el mal. Ningún poderoso ejército de ángeles descenderá para obligar a los hombres a hacer lo que no quieren hacer. La Biblia no nos presenta a Dios como un zar omnipotente que toma decisiones por sus súbditos, ni como un tirano cósmico que con parecidos métodos a los de la Gestapo invada la vida interior del hombre, sino como un Padre amoroso que concede a sus hijos todas las abundantes bendiciones que quieran recibir con buena disposición. El hombre tiene que hacer algo siempre. "Ponte en pie, que voy a hablarte" (Ez 2,1). El hombre no es un inválido total abandonado en un valle de depravación hasta que Dios le saque. El hombre más bien es un ser humano válido, cuya visión está averiada por los caracteres del pecado, y cuya alma está debilitada por el virus del orgullo, pero le queda suficiente visión para levantar los ojos hacia las montañas y le queda aún el recuerdo de Dios para que oriente su débil y pecadora vida hacia el Gran Médico que cura los estragos del pecado”. G. Bernanos ha observado que los cristianos poseen un mensaje de liberación. Pero que en la historia, han sido frecuentemente los otros los que han “liberado” a los hombres, por la inactividad de muchos “cristianos”. La colecta de hoy es una llamada a comprender correctamente qué significa esta fructificación de los talentos: "En servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero"… “Te he confesado hasta el fin / con firmeza y sin rubor. / No he puesto nunca, Señor, / la luz bajo el celemín. / Me cercaron con rigor / angustias y sufrimientos, / pero en mis desalientos / vencí, Señor, con ahínco. / Me diste cinco talentos / y te devuelvo otros cinco” (José Mª Pemán).
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viernes, 11 de noviembre de 2011
Sábado de la 32ª semana de Tiempo Ordinario. Se vio el mar Rojo convertido en camino practicable, y así también Dios hará justicia a sus elegidos que
Sábado de la 32ª semana de Tiempo Ordinario. Se vio el mar Rojo convertido en camino practicable, y así también Dios hará justicia a sus elegidos que le corresponden.
Lectura del libro de la Sabiduría 18,14-16; 19,6-9. Un silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, tu palabra todopoderosa se abalanzó, como paladín inexorable, desde el trono real de los cielos al país condenado; llevaba la espada afilada de tu orden terminante; se detuvo y lo llenó todo de muerte; pisaba la tierra y tocaba el cielo. Porque la creación entera, cumpliendo tus órdenes, cambió radicalmente de naturaleza, para guardar incólumes a tus hijos. Se vio la nube dando sombra al campamento, la tierra firme emergiendo donde había antes agua, el mar Rojo convertido en camino practicable y el violento oleaje hecho una vega verde; por allí pasaron, en formación compacta, los que iban protegidos por tu mano, presenciando prodigios asombrosos. Retozaban como potros y triscaban como corderos, alabándote a ti, Señor, su libertador.
Salmo 104,2-3.36-37.42-43. R. Recordad las maravillas que hizo el Señor.
Cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas; gloriaos de su nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor.
Hirió de muerte a los primogénitos del país, primicias de su virilidad. Sacó a su pueblo cargado de oro y plata, y entre sus tribus nadie tropezaba.
Porque se acordaba de la palabra sagrada que había dado a su siervo Abrahán, sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo.
Evangelio según san Lucas 18,1-8. En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: -«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad habla una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario." Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, corno esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara. "» Y el Señor añadió: -«Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»
Comentario: 1.- Sb 18,14-16;19,6-9. En esta última página que leemos del libro de la Sabiduría, su autor reflexiona sobre la décima plaga que cayó sobre Egipto para que el Faraón se decidiera finalmente a dejar salir a los judíos hacia el desierto. La descripción es cósmica: en el silencio de la noche, sucede la intervención poderosa de Dios, su Palabra desciende como espada afilada, pisa la tierra y llena el cielo y siembra de muerte a los enemigos del pueblo elegido, mientras que todos los elementos naturales -la nube, la tierra, el mar y su oleaje- se ponen de parte de los israelitas. No sólo Israel, sino todo el cosmos "retozaban como potros y triscaban como corderos, alabándote a ti, Señor, su libertador".
El éxodo de los israelitas fue una poderosa figura del definitivo éxodo, la muerte y resurrección de Jesús, su paso a través de la muerte a la nueva existencia, guiando, como nuevo Moisés, al pueblo de los salvados. Esta lectura nos prepara para la celebración del domingo y nos ayuda a refrescar nuestra admiración por las maravillas que ha obrado Dios. Nunca será suficiente nuestra gratitud y nuestros cantos de alegría. ¿Se podría decir de nosotros alguna vez, viéndonos cantar alabanzas pascuales, que "retozamos como potros y triscamos como corderos"? ¿o más bien estamos apagados, sin dejar traslucir la suerte que tenemos al ser el pueblo liberado por Jesús? Si la salida de Egipto fue el acontecimiento decisivo para Israel, para nosotros lo es, y con mayor motivo, la Pascua de Jesús, que continuamente nos comunica en sus sacramentos y en la celebración de cada domingo, y sobre todo del Triduo Pascual cada año. A la luz de esta Pascua, hemos de interpretar la historia y los pequeños o grandes acontecimientos de nuestra vida, con la consecuencia de que siempre estemos optimistas y llenos de confianza en Dios. A ver si nos dejamos contagiar el entusiasmo del salmo y, con instrumentos o a viva voz, expresamos nuestra alabanza a Dios: "recordad las maravillas que hizo el Señor, cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas que se alegren los que buscan al Señor, porque sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo". Habitante de Alejandría, en Egipto, el autor del Libro de la Sabiduría, termina su estudio con una reflexión sobre las relaciones entre Egipto e Israel. Recordando las "plagas de Egipto" que liberaron de la servidumbre a sus antepasados, describe la parte debida a la "naturaleza" en el juicio entre hebreos y egipcios, y, para el fin de los tiempos, anuncia una «naturaleza transfigurada» en la que el cosmos entero intervendrá en la salvación de los justos.
-Cuando un sosegado silencio lo envolvía todo... Tu Palabra omnipotente. Señor, irrumpió en medio de este país... La intervención de Dios es aquí dramatizada a la manera épica. Ayúdanos, Señor, a ver tus intervenciones en el mundo. Ayúdanos a creer que no te desinteresas de los hombres y de los movimientos de la historia. Tu Palabra es siempre «activa» en el corazón de los hombres y en el de los acontecimientos. Pero, a menudo, no la oímos. Permanecemos envueltos en el silencio. Ayúdanos a percibir esta Voz.
-La creación entera, obediente a tus decretos, se rehízo de nuevo en sus diversos elementos, a fin de que tus hijos fuesen preservados de todo daño. El agua, los animales, el mar Rojo, intervienen para «salvar» a los hebreos. El autor de la Sabiduría lo interpreta como signo de que hay una correlación entre la "salvación de los justos" y el «equilibrio cósmico».
-Se vio una nube proteger su campamento... Una tierra seca emerger del agua que la cubría... Un camino practicable a través del mar Rojo... Una verde llanura del oleaje impetuoso... Es claramente como una "reproducción" de la creación primera. También en el Génesis el Espíritu, como una nube planeaba sobre las aguas (Gn 1,9). Así el Éxodo de Egipto es también la "evocación" de la creación futura. La Palabra de Dios que en el principio lo creó todo, está siempre presente sobre la tierra para preparar una "nueva creación" más allá de la muerte. En estas reflexiones hay una perspectiva, un sentido de la historia. Dios no ha hecho la "naturaleza", el "cuerpo", la "materia" para la destrucción. El proyecto de Dios no es tan solo la «salvación de las almas»: la creación material está realmente asociada al hombre. No olvidemos que ese texto fue escrito tan sólo unos años antes de Jesús. No solamente no desprecia Dios la «carne y el mundo material»... sino que "se encarna en él" y «resucita los cuerpos».
-Los que tu mano protegía mientras contemplaban tan admirables prodigios, eran "como caballos conducidos a los pastizales". "Retozaban como corderos", alabándote a Ti, Señor, que los habías liberado. La exultación corporal del hombre... es como la del caballo que salta y relincha percibiendo ya cerca el pastizal. La imagen es hermosa y audaz. Esforzándose por comprender el mundo, a veces el hombre tiende a separar "la materia del espíritu". En ciertos ambientes es de buen tono despreciar el cuerpo y la materia, lo que es una visión pesimista, jansenista. Es verdad que la "máquina", el "erotismo" pueden alienar al hombre. Pero el pensamiento cristiano no se resigna a un dualismo que diría: el espíritu es bueno... la materia es mala. De hecho, el dogma de la resurrección nos presenta como ideal buscar ya aquí y ahora, una reconciliación entre el cuerpo y el espíritu, un cuerpo flexible al ritmo del pensamiento y del amor. ¡Glorificar a Dios con todo mi ser y toda la naturaleza! (Noel Quesson).
Aquella noche de la liberación del Pueblo Israelita de la mano de sus opresores, en que la Palabra se manifestó como salvación para ellos, cumpliendo el Decreto Divino de condenar a los Egipcios y salvar a los Hebreos, es sólo una figura de aquel otro momento en que la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, manifestándose con todo su poder salvador para liberarnos de la esclavitud al pecado a que nos había sometido el Maligno, enemigo de Dios y de los hombres que están destinados a participar de la Vida Divina. Por eso llenémonos de gozo en el Señor y demos brincos de alegría, dando gracias al Señor por haberse convertido en nuestra defensa y salvación. Ojalá y permitamos que nuestra vida esté siempre en sus manos.
2. Sal. 104. Dios es siempre fiel a sus promesas. Por eso hemos de entrar a su Templo santo, para postrarnos ante Él y darle gracias. ¿Cómo no agradecerle a Dios y ser fieles a sus mandatos y enseñanzas, si su amor por nosotros ha llegado hasta el extremo de entregar a su propio Hijo a la muerte para liberarnos del pecado y de su consecuencia, la muerte? Dios no sólo quiere concedernos bienes terrenos, sino su vida y la salvación eterna. Por eso no lo busquemos sólo para que nos cargue de oro y plata y nos libre de nuestras enfermedades, sino que, más bien busquémoslo para que nos conceda su perdón, su paz, su vida y la presencia de su Espíritu Santo en nosotros.
La llamada por Abraham a tantos es divina, y requiere correspondencia: “"Se alegre el corazón de los que buscan a Dios" (Sal 105,3). Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha. Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, "un corazón recto", y también el testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios” (Catecismo 30).
3.- Lc 18, 1-8 (ver domingo 29C). Lucas es el evangelista de la oración. Es el que más veces describe a Jesús orando y más nos transmite su enseñanza sobre cómo debemos orar. Hoy lo hace con la parábola de la viuda insistente. El juez no tiene más remedio que concederle la justicia que la buena mujer reivindica. No se trata de comparar a Dios con aquel juez, que Jesús describe como corrupto e impío, sino nuestra conducta con la de la viuda, seguros de que, si perseveramos, conseguiremos lo que pedimos.
Jesús dijo esta parábola "para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse". Dios siempre escucha nuestra oración. Él quiere nuestro bien y nuestra salvación más que nosotros mismos. Nuestra oración es una respuesta, no es la primera palabra. Nuestra oración se encuentra con la voluntad de Dios, que deseaba lo mejor para nosotros. El Catecismo lo expresa con el ejemplo del encuentro de Jesús con la mujer samaritana, junto a la boca del pozo. "Nosotros vamos a buscar nuestra agua", pero resulta que ya estaba allí Jesús: "Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de él" (CEC 1560).
A veces esta oración la tenemos que expresar a gritos, día y noche, como dice Jesús, porque hay momentos en nuestra vida de turbulencia y de dolor intenso. Nos debe salir desde una actitud de humildad, no de autosuficiencia, desde una actitud de apertura confiada a Dios. O sea, desde la fe, como la del centurión que pedía por su criado, como la de la pobre viuda que insistía para conseguir justicia. La pregunta final de Jesús, en la página que hoy leemos, es provocativa: "cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?" (J. Aldazábal).
Oímos ayer que se nos invitaba a tomar en serio nuestro «fin». Las imágenes usadas fueron «el fuego, el agua», «el buitre» que se precipita sobre su presa. Todo esto podría generar angustia.
-Entonces les propuso esta parábola, para explicar a sus discípulos que tenían que orar siempre y no desanimarse. Jesús quiere que despertemos de nuestras torpezas y de nuestras indiferencias, pero no quiere angustiarnos. Su llegada tarda, se hace esperar, pero no hay que «desanimarse»: hay que rezar. En verdad una pregunta nos acucia: «Esperar, ¿hasta cuándo?» (Ap 6, 10), y otra más acuciante todavía: ¿Perseveraré hasta el fin? ¿Sería yo capaz de apostasía, o de un abandono lento y progresivo? ¿Podría mi Fe desmoronarse bajo los golpes de la duda o de la desgracia... quién sabe. Uno de los objetivos de la plegaria -no el único, evidentemente-, es el de mantener en nosotros la fe, la relación personal con Dios: es como la cita entre personas que se quieren para mantener ese amor y estimación. La oración tiene un aspecto anti-angustia: nos apoyamos en alguien, nos confiamos a él, salimos de nosotros mismos y nos abandonamos a otro.
-Érase una vez un juez que no temía a Dios y se burlaba de los hombres. En la misma ciudad había una viuda que iba a decirle: «Hazme justicia» ...Por bastante tiempo no quiso, pero después pensó: "Yo no temo a Dios, ni respeto a los hombres; pero esa viuda me está amargando la vida: Le voy a hacer justicia para que no venga sin parar a importunarme..." ¡Fijaos en lo que dice ese juez injusto! Pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que están clamando a El día y noche? Esto se llama una parábola «a contraste» en la que la lección a sacar de ella es lo «contrario» del ejemplo expuesto. El juez es «sin Dios» y «sin misericordia» y acaba haciendo justicia... ¡Con cuánta mayor razón, Dios que es padre y ama a los hombres, hará justicia a los que ama y la hará prontamente! La lección esencial de la parábola no es la perseverancia en la oración, sino más bien en la certidumbre de ser atendida: si un hombre impío y sin escrúpulos acaba atendiendo a una pobretona, ¡cuánto más sensible será Dios a los clamores de los que, en su pobreza, se dirigen a El! Sus elegidos claman a El noche y día... Hay que rogar siempre, sin desanimarse... Vuelvo a escuchar esas palabras. Si nos pides esto, Señor Jesús, es porque Tú mismo lo has hecho también: orabas sin cesar noche y día Procuro contemplar esa continua plegaria. En las calles de los pueblos de Palestina. Rodeado por el gentío de las orillas del lago. Por la mañana, al amanecer. No nos pides nada imposible ¿Cómo trataré hoy de hacer algo mejor una plegaria continua? No, forzosamente, recitando fórmulas de plegarias... sino por una unión constante contigo.
-Pero, cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿encontrará Fe en la tierra? Interrogación dolorosa, que escucho seriamente. La tentación de abandonar la Fe no es exclusiva de nuestra época: Los mismos «elegidos» están también amenazados. No hay que mantenerse en ninguna seguridad engañosa. Una oración repetida, constante, continua, obstinada, es nuestra única seguridad: Dios no puede abandonarnos, si nosotros no le abandonamos a El. ¿Qué voy a hacer HOY para alimentar mi fe? (Noel Quesson).
Jesús se vale de una situación bien conocida para ilustrar la verdadera actitud en la oración. El relato nos narra la historia, bastante conocida en la época, de la viuda indefensa que acude al juez con tanta insistencia que logra un fallo favorable. La tenacidad y la constancia de la mujer estuvieron por encima de la mala conciencia del juez. Las viudas, en su condición de mujeres desprovistas de la protección del marido, eran generalmente objeto de explotación y marginación. Junto con los huérfanos, los extranjeros y los enfermos pertenecían a los grupos excluidos de la sociedad. Su única alternativa era conseguir un defensor de sus derechos. Este defensor era llamado «Goel» y representaba el camino hacia una vida digna. Jesús toma este ejemplo y lo aplica a la oración. En la oración nos sentimos como la viuda: carentes de toda protección y a merced de la voluntad de Dios. Sin embargo, Dios no es un juez sordo o injusto. Dios se nos muestra como un Padre misericordioso, resuelto a escuchar a su hijos cuando éstos realmente están convencidos de su causa. Esta situación nos remite inmediatamente a la situación del suplicante, de la persona que eleva su clamor a Dios. Si esta persona carece de convicción, de la fe necesaria, de poco le sirve la oración. Pues, la oración es un agradecimiento por los bienes recibidos. Y si la persona, no considera anticipadamente que lo que pide ya lo ha recibido, se dirige a un Juez sordo, que no atiende su clamor. Fe y constancia, confianza y tenacidad, son las dos llaves que nos abren la posibilidad de un diálogo sincero con Dios y con los hermanos. Si en nuestra acción procedemos estratégicamente, o simplemente nos dirigirnos a Dios para calmar nuestros caprichos y necedades, seguramente perderemos el tiempo y la paciencia. Dios escucha el clamor de los marginados, de los oprimidos, de los justos. Si nosotros clamamos en estas condiciones hemos de tener la certeza de ser escuchados (servicio bíblico latinoamericano).
Orar más y mejor es un deseo que a menudo se encadena con el deseo de hacer un poco de ejercicio físico, vigilar la dieta o comunicarnos con los amigos que hace años que no vemos. A veces tenemos la impresión de estar siempre empezando y de estar siempre interrumpiendo.
Me llama la atención el modo como Lucas encabeza hoy la parábola del juez y la viuda: "Para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola". Para Jesús la oración es el amor hecho continuidad, insistencia, confianza. Sólo cuando nos mantenemos pacientemente en onda "perforamos la realidad". Esta es la razón por la cual los hombres y las mujeres orantes ven las cosas de otra manera, se comprometen de otra manera. ¡La lenta transformación de la oración!
Lo normal es que en este camino nos desanimemos. Lo normal es esperar algunos cambios de conducta de la noche a la mañana. O, por lo menos, algunos sentimientos gratificantes de bienestar, autoaceptación y cosas por el estilo. La realidad es demasiado dura como para ser perforada en un santiamén.
Las personas que oran saben esperar. Quizá el primer fruto de una oración humilde sea estar gratuitamente ahí, abiertos de par en par al sol de Dios, sin prisas, sin ansiedad. Un día y otro. Las personas que esperan pueden creer que todo es inútil, pero su actitud las hace estar en el lugar adecuado y en el tiempo oportuno para acoger la venida del Hijo del Hombre. El que ora es como una virgen con la lámpara encendida, como una viuda que no se cansa de suplicar justicia.
¿No os parece que el tiempo presente no nos ayuda a vivir así? Queremos que todo suceda cuanto antes. Somos como los políticos que necesitan inaugurar muchas cosas en el arco de una legislatura. O como los periodistas que tienen que rellenar un periódico cada veinticuatro horas.
Os invito a interrumpir la lectura para hacer un rato de oración desde la pantalla del ordenador. Es sólo una forma de estimularnos a orar siempre, en toda circunstancia (gonzalo@claret.org).
Ante las múltiples injusticias que vemos sucederse en la vida de todos los días, surge un sentimiento de la propia impotencia. Dicha impotencia nos hace comprender nuestra incapacidad para enfrentar dichas situaciones. Y ese sentimiento hace que espontáneamente el recurso a Dios se presente como la única salida. Nos es relativamente fácil entonces comprender la importancia de la oración. La petición se multiplica en nuestros labios. Sin embargo, cuando esa oración no parece conseguir lo pedido, cuando las heridas injustamente causadas se multiplican, se hace sumamente difícil perseverar en la práctica de la oración que habíamos emprendido. Dios, en muchos de estos casos, aparece bajo la imagen de alguien desentendido de la búsqueda de la justicia. La parábola del juez inicuo quiere enseñarnos a rectificar esos sentimientos que brotan en los momentos en que se oscurecen ante los propios ojos los valores del Reino de Dios y de su justicia. Junto a ello la parábola quiere marcar en nosotros de forma indeleble una pauta referente a la práctica de la oración. En Dios debemos seguir contemplando la fuente de toda justicia y desde esa contemplación se hace necesario renovar nuestro compromiso con la justicia en una oración perseverante. En los momentos en que más lúcidamente descubrimos el aplastamiento de los derechos propios o de los demás se hace más urgente seguir la exhortación de Jesús a orar siempre, sin desfallecer jamás. Este comportamiento puede mantener vivo en nosotros la lucha por la justicia y, sobre todo, puede recrear en nosotros la confianza en Dios, íntimamente comprometido con los valores de la justicia (Josep Rius-Camps).
Orar. Orar siempre y sin desfallecer. Y esto porque la oración en el hombre de fe equivale a la respiración que nos conserva vivos. Sin la oración el hombre fácilmente es presa del pecado y muere para Dios. Por eso incluso nuestra vida ordinaria debe convertirse en una continua alabanza del Nombre de Dios. Y hemos de ser constantes en la oración, a pesar de que sabemos que Dios sabe lo que necesitamos aún antes de que se lo pidamos. Pidámosle su Espíritu Santo; roguémosle que nos perdone y nos justifique para que seamos dignos hijos suyos. Ojalá y nos mantengamos firmes en la fe para que podamos permanecer de pie cuando venga el Hijo del hombre, encontrándonos en vela y oración trabajando por su Reino.
El Señor nos ha convocado y nosotros hemos hecho caso a su llamado reuniéndonos en esta Acción Litúrgica para celebrar la Eucaristía, Memorial de su Pascua. ¿En verdad hemos venido con fe? Este momento es el momento culminante de la oración del cristiano. Hasta aquí nos han traído nuestras esperanzas e ilusiones; y desde aquí ha de partir nuestro trabajo para lograr un mundo renovado en Cristo, en su amor, en su paz. Ojalá y no vengamos sólo para pedirle que llene nuestras manos de bienes materiales, o de poder terreno; sino para pedirle que nos conceda la Sabiduría necesaria para utilizar los bienes temporales sin olvidar los del cielo. Roguémosle especialmente que nos haga justos, para que libres de nuestros pecados podamos manifestarnos, con toda claridad, como hijos de Dios.
Igual que todas las personas, los cristianos seguimos insertos en el mundo cumpliendo con nuestros deberes diarios, poniendo el mejor de nuestros esfuerzos para darle su verdadera dimensión a la vida terrena. Sin embargo, sabiendo que pisamos la tierra y que trabajamos responsablemente en ella, no nos olvidemos de tener la mirada puesta en el Cielo. Así, no sólo nos preocuparemos por llevar a nuestro mundo a su plena realización, sino que, guiados por nuestra fe en Cristo e impulsados por la presencia de su Espíritu Santo en nosotros, nos esforzaremos decididamente por hacer realidad entre nosotros, ya desde esta vida, el Reino de Dios para que llegue a nosotros con toda su fuerza. Esto requiere de nosotros una continua conversión para caminar, no conforme a los criterios mundanos, sino conforme a los criterios de Dios. Aunado a la conversión debe estar en nosotros el espíritu de comunión , que nos ayude a permanecer firmemente anclados en el amor a Cristo y en el amor fraterno, aceptando libre, pero responsablemente, todas sus consecuencias. Y, finalmente, hemos de vivir la solidaridad con nuestro prójimo, tanto haciendo nuestros sus dolores, esperanzas y sufrimientos para remediarlos, como convirtiéndonos en colaboradores, junto con todos los hombres de buena voluntad, en la construcción de un mundo más fraterno, más maduro en la paz y más solidario en la justicia social (www.homiliacatolica.com).
Un mosquito en la noche es capaz de dejarnos sin dormir. Y eso que no hay comparación entre un hombre y un mosquito. Pero en esa batalla, el insecto tiene todas las de ganar. ¿Por qué? Porque, aunque es pequeño, revolotea una y otra vez sobre nuestra cabeza con su agudo y molesto silbido. Si únicamente lo hiciera un momento no le daríamos importancia. Pero lo fastidioso es escucharle así durante horas. Entonces, encendemos la luz, nos levantamos y no descansamos hasta haber resuelto el problema. Este ejemplo, y el del juez injusto, nos ilustran perfectamente cómo debe ser nuestra oración: insistente, perseverante, continua, hasta que Dios “se moleste” y nos atienda. Es fácil rezar un día, hacer una petición cuando estamos fervorosos, pero mantener ese contacto espiritual diario cuesta más. Nos cansamos, nos desanimamos, pensamos que lo que hacemos es inútil porque parece que Dios no nos está escuchando. Sin embargo lo hace. Y presta mucha atención, y nos toma en serio porque somos sus hijos. Pero quiere que le insistamos, que vayamos todos los días a llamar a su puerta. Sólo si no nos rendimos nos atenderá y nos concederá lo que le estamos pidiendo desde el fondo de nuestro corazón.
Lectura del libro de la Sabiduría 18,14-16; 19,6-9. Un silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, tu palabra todopoderosa se abalanzó, como paladín inexorable, desde el trono real de los cielos al país condenado; llevaba la espada afilada de tu orden terminante; se detuvo y lo llenó todo de muerte; pisaba la tierra y tocaba el cielo. Porque la creación entera, cumpliendo tus órdenes, cambió radicalmente de naturaleza, para guardar incólumes a tus hijos. Se vio la nube dando sombra al campamento, la tierra firme emergiendo donde había antes agua, el mar Rojo convertido en camino practicable y el violento oleaje hecho una vega verde; por allí pasaron, en formación compacta, los que iban protegidos por tu mano, presenciando prodigios asombrosos. Retozaban como potros y triscaban como corderos, alabándote a ti, Señor, su libertador.
Salmo 104,2-3.36-37.42-43. R. Recordad las maravillas que hizo el Señor.
Cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas; gloriaos de su nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor.
Hirió de muerte a los primogénitos del país, primicias de su virilidad. Sacó a su pueblo cargado de oro y plata, y entre sus tribus nadie tropezaba.
Porque se acordaba de la palabra sagrada que había dado a su siervo Abrahán, sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo.
Evangelio según san Lucas 18,1-8. En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: -«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad habla una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario." Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, corno esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara. "» Y el Señor añadió: -«Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»
Comentario: 1.- Sb 18,14-16;19,6-9. En esta última página que leemos del libro de la Sabiduría, su autor reflexiona sobre la décima plaga que cayó sobre Egipto para que el Faraón se decidiera finalmente a dejar salir a los judíos hacia el desierto. La descripción es cósmica: en el silencio de la noche, sucede la intervención poderosa de Dios, su Palabra desciende como espada afilada, pisa la tierra y llena el cielo y siembra de muerte a los enemigos del pueblo elegido, mientras que todos los elementos naturales -la nube, la tierra, el mar y su oleaje- se ponen de parte de los israelitas. No sólo Israel, sino todo el cosmos "retozaban como potros y triscaban como corderos, alabándote a ti, Señor, su libertador".
El éxodo de los israelitas fue una poderosa figura del definitivo éxodo, la muerte y resurrección de Jesús, su paso a través de la muerte a la nueva existencia, guiando, como nuevo Moisés, al pueblo de los salvados. Esta lectura nos prepara para la celebración del domingo y nos ayuda a refrescar nuestra admiración por las maravillas que ha obrado Dios. Nunca será suficiente nuestra gratitud y nuestros cantos de alegría. ¿Se podría decir de nosotros alguna vez, viéndonos cantar alabanzas pascuales, que "retozamos como potros y triscamos como corderos"? ¿o más bien estamos apagados, sin dejar traslucir la suerte que tenemos al ser el pueblo liberado por Jesús? Si la salida de Egipto fue el acontecimiento decisivo para Israel, para nosotros lo es, y con mayor motivo, la Pascua de Jesús, que continuamente nos comunica en sus sacramentos y en la celebración de cada domingo, y sobre todo del Triduo Pascual cada año. A la luz de esta Pascua, hemos de interpretar la historia y los pequeños o grandes acontecimientos de nuestra vida, con la consecuencia de que siempre estemos optimistas y llenos de confianza en Dios. A ver si nos dejamos contagiar el entusiasmo del salmo y, con instrumentos o a viva voz, expresamos nuestra alabanza a Dios: "recordad las maravillas que hizo el Señor, cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas que se alegren los que buscan al Señor, porque sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo". Habitante de Alejandría, en Egipto, el autor del Libro de la Sabiduría, termina su estudio con una reflexión sobre las relaciones entre Egipto e Israel. Recordando las "plagas de Egipto" que liberaron de la servidumbre a sus antepasados, describe la parte debida a la "naturaleza" en el juicio entre hebreos y egipcios, y, para el fin de los tiempos, anuncia una «naturaleza transfigurada» en la que el cosmos entero intervendrá en la salvación de los justos.
-Cuando un sosegado silencio lo envolvía todo... Tu Palabra omnipotente. Señor, irrumpió en medio de este país... La intervención de Dios es aquí dramatizada a la manera épica. Ayúdanos, Señor, a ver tus intervenciones en el mundo. Ayúdanos a creer que no te desinteresas de los hombres y de los movimientos de la historia. Tu Palabra es siempre «activa» en el corazón de los hombres y en el de los acontecimientos. Pero, a menudo, no la oímos. Permanecemos envueltos en el silencio. Ayúdanos a percibir esta Voz.
-La creación entera, obediente a tus decretos, se rehízo de nuevo en sus diversos elementos, a fin de que tus hijos fuesen preservados de todo daño. El agua, los animales, el mar Rojo, intervienen para «salvar» a los hebreos. El autor de la Sabiduría lo interpreta como signo de que hay una correlación entre la "salvación de los justos" y el «equilibrio cósmico».
-Se vio una nube proteger su campamento... Una tierra seca emerger del agua que la cubría... Un camino practicable a través del mar Rojo... Una verde llanura del oleaje impetuoso... Es claramente como una "reproducción" de la creación primera. También en el Génesis el Espíritu, como una nube planeaba sobre las aguas (Gn 1,9). Así el Éxodo de Egipto es también la "evocación" de la creación futura. La Palabra de Dios que en el principio lo creó todo, está siempre presente sobre la tierra para preparar una "nueva creación" más allá de la muerte. En estas reflexiones hay una perspectiva, un sentido de la historia. Dios no ha hecho la "naturaleza", el "cuerpo", la "materia" para la destrucción. El proyecto de Dios no es tan solo la «salvación de las almas»: la creación material está realmente asociada al hombre. No olvidemos que ese texto fue escrito tan sólo unos años antes de Jesús. No solamente no desprecia Dios la «carne y el mundo material»... sino que "se encarna en él" y «resucita los cuerpos».
-Los que tu mano protegía mientras contemplaban tan admirables prodigios, eran "como caballos conducidos a los pastizales". "Retozaban como corderos", alabándote a Ti, Señor, que los habías liberado. La exultación corporal del hombre... es como la del caballo que salta y relincha percibiendo ya cerca el pastizal. La imagen es hermosa y audaz. Esforzándose por comprender el mundo, a veces el hombre tiende a separar "la materia del espíritu". En ciertos ambientes es de buen tono despreciar el cuerpo y la materia, lo que es una visión pesimista, jansenista. Es verdad que la "máquina", el "erotismo" pueden alienar al hombre. Pero el pensamiento cristiano no se resigna a un dualismo que diría: el espíritu es bueno... la materia es mala. De hecho, el dogma de la resurrección nos presenta como ideal buscar ya aquí y ahora, una reconciliación entre el cuerpo y el espíritu, un cuerpo flexible al ritmo del pensamiento y del amor. ¡Glorificar a Dios con todo mi ser y toda la naturaleza! (Noel Quesson).
Aquella noche de la liberación del Pueblo Israelita de la mano de sus opresores, en que la Palabra se manifestó como salvación para ellos, cumpliendo el Decreto Divino de condenar a los Egipcios y salvar a los Hebreos, es sólo una figura de aquel otro momento en que la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, manifestándose con todo su poder salvador para liberarnos de la esclavitud al pecado a que nos había sometido el Maligno, enemigo de Dios y de los hombres que están destinados a participar de la Vida Divina. Por eso llenémonos de gozo en el Señor y demos brincos de alegría, dando gracias al Señor por haberse convertido en nuestra defensa y salvación. Ojalá y permitamos que nuestra vida esté siempre en sus manos.
2. Sal. 104. Dios es siempre fiel a sus promesas. Por eso hemos de entrar a su Templo santo, para postrarnos ante Él y darle gracias. ¿Cómo no agradecerle a Dios y ser fieles a sus mandatos y enseñanzas, si su amor por nosotros ha llegado hasta el extremo de entregar a su propio Hijo a la muerte para liberarnos del pecado y de su consecuencia, la muerte? Dios no sólo quiere concedernos bienes terrenos, sino su vida y la salvación eterna. Por eso no lo busquemos sólo para que nos cargue de oro y plata y nos libre de nuestras enfermedades, sino que, más bien busquémoslo para que nos conceda su perdón, su paz, su vida y la presencia de su Espíritu Santo en nosotros.
La llamada por Abraham a tantos es divina, y requiere correspondencia: “"Se alegre el corazón de los que buscan a Dios" (Sal 105,3). Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha. Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, "un corazón recto", y también el testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios” (Catecismo 30).
3.- Lc 18, 1-8 (ver domingo 29C). Lucas es el evangelista de la oración. Es el que más veces describe a Jesús orando y más nos transmite su enseñanza sobre cómo debemos orar. Hoy lo hace con la parábola de la viuda insistente. El juez no tiene más remedio que concederle la justicia que la buena mujer reivindica. No se trata de comparar a Dios con aquel juez, que Jesús describe como corrupto e impío, sino nuestra conducta con la de la viuda, seguros de que, si perseveramos, conseguiremos lo que pedimos.
Jesús dijo esta parábola "para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse". Dios siempre escucha nuestra oración. Él quiere nuestro bien y nuestra salvación más que nosotros mismos. Nuestra oración es una respuesta, no es la primera palabra. Nuestra oración se encuentra con la voluntad de Dios, que deseaba lo mejor para nosotros. El Catecismo lo expresa con el ejemplo del encuentro de Jesús con la mujer samaritana, junto a la boca del pozo. "Nosotros vamos a buscar nuestra agua", pero resulta que ya estaba allí Jesús: "Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de él" (CEC 1560).
A veces esta oración la tenemos que expresar a gritos, día y noche, como dice Jesús, porque hay momentos en nuestra vida de turbulencia y de dolor intenso. Nos debe salir desde una actitud de humildad, no de autosuficiencia, desde una actitud de apertura confiada a Dios. O sea, desde la fe, como la del centurión que pedía por su criado, como la de la pobre viuda que insistía para conseguir justicia. La pregunta final de Jesús, en la página que hoy leemos, es provocativa: "cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?" (J. Aldazábal).
Oímos ayer que se nos invitaba a tomar en serio nuestro «fin». Las imágenes usadas fueron «el fuego, el agua», «el buitre» que se precipita sobre su presa. Todo esto podría generar angustia.
-Entonces les propuso esta parábola, para explicar a sus discípulos que tenían que orar siempre y no desanimarse. Jesús quiere que despertemos de nuestras torpezas y de nuestras indiferencias, pero no quiere angustiarnos. Su llegada tarda, se hace esperar, pero no hay que «desanimarse»: hay que rezar. En verdad una pregunta nos acucia: «Esperar, ¿hasta cuándo?» (Ap 6, 10), y otra más acuciante todavía: ¿Perseveraré hasta el fin? ¿Sería yo capaz de apostasía, o de un abandono lento y progresivo? ¿Podría mi Fe desmoronarse bajo los golpes de la duda o de la desgracia... quién sabe. Uno de los objetivos de la plegaria -no el único, evidentemente-, es el de mantener en nosotros la fe, la relación personal con Dios: es como la cita entre personas que se quieren para mantener ese amor y estimación. La oración tiene un aspecto anti-angustia: nos apoyamos en alguien, nos confiamos a él, salimos de nosotros mismos y nos abandonamos a otro.
-Érase una vez un juez que no temía a Dios y se burlaba de los hombres. En la misma ciudad había una viuda que iba a decirle: «Hazme justicia» ...Por bastante tiempo no quiso, pero después pensó: "Yo no temo a Dios, ni respeto a los hombres; pero esa viuda me está amargando la vida: Le voy a hacer justicia para que no venga sin parar a importunarme..." ¡Fijaos en lo que dice ese juez injusto! Pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que están clamando a El día y noche? Esto se llama una parábola «a contraste» en la que la lección a sacar de ella es lo «contrario» del ejemplo expuesto. El juez es «sin Dios» y «sin misericordia» y acaba haciendo justicia... ¡Con cuánta mayor razón, Dios que es padre y ama a los hombres, hará justicia a los que ama y la hará prontamente! La lección esencial de la parábola no es la perseverancia en la oración, sino más bien en la certidumbre de ser atendida: si un hombre impío y sin escrúpulos acaba atendiendo a una pobretona, ¡cuánto más sensible será Dios a los clamores de los que, en su pobreza, se dirigen a El! Sus elegidos claman a El noche y día... Hay que rogar siempre, sin desanimarse... Vuelvo a escuchar esas palabras. Si nos pides esto, Señor Jesús, es porque Tú mismo lo has hecho también: orabas sin cesar noche y día Procuro contemplar esa continua plegaria. En las calles de los pueblos de Palestina. Rodeado por el gentío de las orillas del lago. Por la mañana, al amanecer. No nos pides nada imposible ¿Cómo trataré hoy de hacer algo mejor una plegaria continua? No, forzosamente, recitando fórmulas de plegarias... sino por una unión constante contigo.
-Pero, cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿encontrará Fe en la tierra? Interrogación dolorosa, que escucho seriamente. La tentación de abandonar la Fe no es exclusiva de nuestra época: Los mismos «elegidos» están también amenazados. No hay que mantenerse en ninguna seguridad engañosa. Una oración repetida, constante, continua, obstinada, es nuestra única seguridad: Dios no puede abandonarnos, si nosotros no le abandonamos a El. ¿Qué voy a hacer HOY para alimentar mi fe? (Noel Quesson).
Jesús se vale de una situación bien conocida para ilustrar la verdadera actitud en la oración. El relato nos narra la historia, bastante conocida en la época, de la viuda indefensa que acude al juez con tanta insistencia que logra un fallo favorable. La tenacidad y la constancia de la mujer estuvieron por encima de la mala conciencia del juez. Las viudas, en su condición de mujeres desprovistas de la protección del marido, eran generalmente objeto de explotación y marginación. Junto con los huérfanos, los extranjeros y los enfermos pertenecían a los grupos excluidos de la sociedad. Su única alternativa era conseguir un defensor de sus derechos. Este defensor era llamado «Goel» y representaba el camino hacia una vida digna. Jesús toma este ejemplo y lo aplica a la oración. En la oración nos sentimos como la viuda: carentes de toda protección y a merced de la voluntad de Dios. Sin embargo, Dios no es un juez sordo o injusto. Dios se nos muestra como un Padre misericordioso, resuelto a escuchar a su hijos cuando éstos realmente están convencidos de su causa. Esta situación nos remite inmediatamente a la situación del suplicante, de la persona que eleva su clamor a Dios. Si esta persona carece de convicción, de la fe necesaria, de poco le sirve la oración. Pues, la oración es un agradecimiento por los bienes recibidos. Y si la persona, no considera anticipadamente que lo que pide ya lo ha recibido, se dirige a un Juez sordo, que no atiende su clamor. Fe y constancia, confianza y tenacidad, son las dos llaves que nos abren la posibilidad de un diálogo sincero con Dios y con los hermanos. Si en nuestra acción procedemos estratégicamente, o simplemente nos dirigirnos a Dios para calmar nuestros caprichos y necedades, seguramente perderemos el tiempo y la paciencia. Dios escucha el clamor de los marginados, de los oprimidos, de los justos. Si nosotros clamamos en estas condiciones hemos de tener la certeza de ser escuchados (servicio bíblico latinoamericano).
Orar más y mejor es un deseo que a menudo se encadena con el deseo de hacer un poco de ejercicio físico, vigilar la dieta o comunicarnos con los amigos que hace años que no vemos. A veces tenemos la impresión de estar siempre empezando y de estar siempre interrumpiendo.
Me llama la atención el modo como Lucas encabeza hoy la parábola del juez y la viuda: "Para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola". Para Jesús la oración es el amor hecho continuidad, insistencia, confianza. Sólo cuando nos mantenemos pacientemente en onda "perforamos la realidad". Esta es la razón por la cual los hombres y las mujeres orantes ven las cosas de otra manera, se comprometen de otra manera. ¡La lenta transformación de la oración!
Lo normal es que en este camino nos desanimemos. Lo normal es esperar algunos cambios de conducta de la noche a la mañana. O, por lo menos, algunos sentimientos gratificantes de bienestar, autoaceptación y cosas por el estilo. La realidad es demasiado dura como para ser perforada en un santiamén.
Las personas que oran saben esperar. Quizá el primer fruto de una oración humilde sea estar gratuitamente ahí, abiertos de par en par al sol de Dios, sin prisas, sin ansiedad. Un día y otro. Las personas que esperan pueden creer que todo es inútil, pero su actitud las hace estar en el lugar adecuado y en el tiempo oportuno para acoger la venida del Hijo del Hombre. El que ora es como una virgen con la lámpara encendida, como una viuda que no se cansa de suplicar justicia.
¿No os parece que el tiempo presente no nos ayuda a vivir así? Queremos que todo suceda cuanto antes. Somos como los políticos que necesitan inaugurar muchas cosas en el arco de una legislatura. O como los periodistas que tienen que rellenar un periódico cada veinticuatro horas.
Os invito a interrumpir la lectura para hacer un rato de oración desde la pantalla del ordenador. Es sólo una forma de estimularnos a orar siempre, en toda circunstancia (gonzalo@claret.org).
Ante las múltiples injusticias que vemos sucederse en la vida de todos los días, surge un sentimiento de la propia impotencia. Dicha impotencia nos hace comprender nuestra incapacidad para enfrentar dichas situaciones. Y ese sentimiento hace que espontáneamente el recurso a Dios se presente como la única salida. Nos es relativamente fácil entonces comprender la importancia de la oración. La petición se multiplica en nuestros labios. Sin embargo, cuando esa oración no parece conseguir lo pedido, cuando las heridas injustamente causadas se multiplican, se hace sumamente difícil perseverar en la práctica de la oración que habíamos emprendido. Dios, en muchos de estos casos, aparece bajo la imagen de alguien desentendido de la búsqueda de la justicia. La parábola del juez inicuo quiere enseñarnos a rectificar esos sentimientos que brotan en los momentos en que se oscurecen ante los propios ojos los valores del Reino de Dios y de su justicia. Junto a ello la parábola quiere marcar en nosotros de forma indeleble una pauta referente a la práctica de la oración. En Dios debemos seguir contemplando la fuente de toda justicia y desde esa contemplación se hace necesario renovar nuestro compromiso con la justicia en una oración perseverante. En los momentos en que más lúcidamente descubrimos el aplastamiento de los derechos propios o de los demás se hace más urgente seguir la exhortación de Jesús a orar siempre, sin desfallecer jamás. Este comportamiento puede mantener vivo en nosotros la lucha por la justicia y, sobre todo, puede recrear en nosotros la confianza en Dios, íntimamente comprometido con los valores de la justicia (Josep Rius-Camps).
Orar. Orar siempre y sin desfallecer. Y esto porque la oración en el hombre de fe equivale a la respiración que nos conserva vivos. Sin la oración el hombre fácilmente es presa del pecado y muere para Dios. Por eso incluso nuestra vida ordinaria debe convertirse en una continua alabanza del Nombre de Dios. Y hemos de ser constantes en la oración, a pesar de que sabemos que Dios sabe lo que necesitamos aún antes de que se lo pidamos. Pidámosle su Espíritu Santo; roguémosle que nos perdone y nos justifique para que seamos dignos hijos suyos. Ojalá y nos mantengamos firmes en la fe para que podamos permanecer de pie cuando venga el Hijo del hombre, encontrándonos en vela y oración trabajando por su Reino.
El Señor nos ha convocado y nosotros hemos hecho caso a su llamado reuniéndonos en esta Acción Litúrgica para celebrar la Eucaristía, Memorial de su Pascua. ¿En verdad hemos venido con fe? Este momento es el momento culminante de la oración del cristiano. Hasta aquí nos han traído nuestras esperanzas e ilusiones; y desde aquí ha de partir nuestro trabajo para lograr un mundo renovado en Cristo, en su amor, en su paz. Ojalá y no vengamos sólo para pedirle que llene nuestras manos de bienes materiales, o de poder terreno; sino para pedirle que nos conceda la Sabiduría necesaria para utilizar los bienes temporales sin olvidar los del cielo. Roguémosle especialmente que nos haga justos, para que libres de nuestros pecados podamos manifestarnos, con toda claridad, como hijos de Dios.
Igual que todas las personas, los cristianos seguimos insertos en el mundo cumpliendo con nuestros deberes diarios, poniendo el mejor de nuestros esfuerzos para darle su verdadera dimensión a la vida terrena. Sin embargo, sabiendo que pisamos la tierra y que trabajamos responsablemente en ella, no nos olvidemos de tener la mirada puesta en el Cielo. Así, no sólo nos preocuparemos por llevar a nuestro mundo a su plena realización, sino que, guiados por nuestra fe en Cristo e impulsados por la presencia de su Espíritu Santo en nosotros, nos esforzaremos decididamente por hacer realidad entre nosotros, ya desde esta vida, el Reino de Dios para que llegue a nosotros con toda su fuerza. Esto requiere de nosotros una continua conversión para caminar, no conforme a los criterios mundanos, sino conforme a los criterios de Dios. Aunado a la conversión debe estar en nosotros el espíritu de comunión , que nos ayude a permanecer firmemente anclados en el amor a Cristo y en el amor fraterno, aceptando libre, pero responsablemente, todas sus consecuencias. Y, finalmente, hemos de vivir la solidaridad con nuestro prójimo, tanto haciendo nuestros sus dolores, esperanzas y sufrimientos para remediarlos, como convirtiéndonos en colaboradores, junto con todos los hombres de buena voluntad, en la construcción de un mundo más fraterno, más maduro en la paz y más solidario en la justicia social (www.homiliacatolica.com).
Un mosquito en la noche es capaz de dejarnos sin dormir. Y eso que no hay comparación entre un hombre y un mosquito. Pero en esa batalla, el insecto tiene todas las de ganar. ¿Por qué? Porque, aunque es pequeño, revolotea una y otra vez sobre nuestra cabeza con su agudo y molesto silbido. Si únicamente lo hiciera un momento no le daríamos importancia. Pero lo fastidioso es escucharle así durante horas. Entonces, encendemos la luz, nos levantamos y no descansamos hasta haber resuelto el problema. Este ejemplo, y el del juez injusto, nos ilustran perfectamente cómo debe ser nuestra oración: insistente, perseverante, continua, hasta que Dios “se moleste” y nos atienda. Es fácil rezar un día, hacer una petición cuando estamos fervorosos, pero mantener ese contacto espiritual diario cuesta más. Nos cansamos, nos desanimamos, pensamos que lo que hacemos es inútil porque parece que Dios no nos está escuchando. Sin embargo lo hace. Y presta mucha atención, y nos toma en serio porque somos sus hijos. Pero quiere que le insistamos, que vayamos todos los días a llamar a su puerta. Sólo si no nos rendimos nos atenderá y nos concederá lo que le estamos pidiendo desde el fondo de nuestro corazón.
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